Todos los días suelen ser iguales hasta que ocurre lo impensable.
Nueva plaga del café
en México
Resumen
A manera de fábula se cuenta el arribo Xylosandrus compactus, el taladrador negro de la
rama del café, a tierras mexicanas. Este relato tiene el propósito de alertar a los productores
ante una nueva plaga de café en México.
Palabras clave: Xylosandrus compactus, insecto, escarabajo ambrosial, café robusta,
México.
A la memoria de Jaime Gómez Ruiz
“Fue así como emprendieron la travesía de la sierra. Varios amigos de José Arcadio
Buendía, jóvenes como él, embullados con la aventura, desmantelaron sus casas y
cargaron con sus mujeres y sus hijos hacia la tierra que nadie les había prometido.”
Gabriel García Márquez, Cien años de soledad, Edición Conmemorativa, 2007, p. 33.
Un nuevo amanecer
Me despierto, bostezo hasta que la quijada me truena y sin querer se me sale un pum
largamente retenido; bueno, qué le vamos a hacer, el cuerpo tiene sus propias dinámicas.
Afuera el sol ya está bien arriba, calculo que serán como las 12 del día. Veo que mis hijas e
hijos se pelean por los mendrugos que sobraron anoche.
No sé dónde estamos. Por varios días hemos estado ocultos entre contenedores de
mercancías diversas. Primero, viajamos todo un día en la góndola de una camioneta semi
desvencijada. El traqueteo de ese automóvil viejo por caminos terregosos nos dejó como
polvorones de Navidad y casi nos desnuca por los brincos que daba debido a los
innumerables hoyos que había en el camino. Ese día el calor fue insoportable, diría que la
temperatura alcanzó fácilmente los 40 grados centígrados. Pero con la noche vino el frío,
pues aún nos encontrábamos en la montaña. Para darnos calor nos hicimos bolita y nos
arrejuntamos unos con otros. Así, con frío y hambre pasamos esa noche. Hubo un momento
en que pensé que no lograríamos sobrevivir.
Después, al llegar muy de madrugada a la costa —la cual pudimos identificar por el calor y
la humedad sofocante que sentimos— a toda prisa nos embarcaron en un tráiler con gran
contenedor, cerraron sus puertas a cal y canto, y se hizo el silencio y la obscuridad.
Viajamos por carreteras desconocidas e interminables, interrumpiéndose de vez en cuando
la monotonía de la travesía por paradas cortas; en esos momentos oíamos cuchicheos de
voces humanas ahogadas apenas por las paredes del contenedor.
Una semana más tarde, creo, llegamos a lo que parece ser nuestro destino final. Me asomo
por una rendija y escudriño el horizonte. Mis hijas e hijos aguardan a mi señal de “no hay
peligro”. Huele a tierra mojada. Estamos en un cafetal, lo sé porque su olor y el canto de las
aves me son familiares. Por lo que veo y percibo, esta tierra augura un nuevo amanecer para
nuestra estirpe.
Mi historia
Mi familia y yo somos dignos representantes de la especie Xylosandrus compactus, mejor
conocida como el taladrador negro de la rama del café. Somos escarabajos cuyo linaje
proviene de una remota región de bosques tropicales y subtropicales del sureste asiático. De
allí, hace 20 millones de años mis ancestros se dispersaron por la Tierra, colonizando
lejanos continentes en una épica y continua emigración que perdura hasta nuestros días. En
esta ocasión, a mi familia y a mí, nos forzaron a migrar a estas tierras. No importa, nos
vamos a adaptar y colonizaremos sus cafetales. Aquí seremos, si Dios quiere, los
fundadores de nuestra especie.
Habitamos en ramas de muchas especies de plantas, mas tenemos un gusto preferencial por
las ramas de las plantas de café robusta. Nuestra madre eligió la rama donde pasamos la
niñez y juventud hasta convertirnos en adultos. Madre nos contó que le llevó toda una tarde
volar hasta encontrar un cafeto que olía mucho a etanol porque estaba estresado por falta de
agua y buena nutrición. Este —nos dijo— sería el lugar idóneo para vivir y formar una
familia. Ella eligió una rama maciza pero aún verde y flexible para edificar nuestro hogar.
Nos contó que posó sus mandíbulas poderosas sobre la corteza de la rama y con ellas
excavó un túnel hasta llegar a la médula. Allí, en el interior de la rama, hizo una amplia
cavidad o galería donde puso los primeros huevos de donde nacieron mis hermanas y
hermanos mayores.
En la galería de esa rama —nuestro hogar— fuimos una familia feliz y numerosa, tan
numerosa que alcanzamos a ser como 40. En esos días las labores principales de madre eran
dar a luz a sus hijos, ampliar continuamente la galería, sacar el aserrín acumulado para
mantener limpio el lugar y cuidarnos de los intrusos. Yo nací de los primeros huevos que
madre puso, así que además de comer y dormir, mis hermanas mayores y yo le ayudamos a
ensanchar la galería. Recuero que cuando éramos pequeñas larvas comíamos los sabrosos
hongos que madre cultivaba con esmero y paciencia en las paredes de la galería. Madre
trajo las semillitas de esos hongos desde casa de la abuela en unas bolsitas especiales que
tenemos en el cuerpo. Por el gusto que nuestra especie tiene por comer estos hongos, dicen
que somos escarabajos ambrosiales; madre nos explicó que “ambrosial” proviene de
“ambrosía”, palabra usada en la mitología griega para referirse al suculento alimento que
comían los dioses.
Por las noches, antes de dormir, madre nos contaba que crecimos siendo unas hermosas
larvitas blancas sin patas y con linda cabeza dura y marrón. De esa época recuerdo
vagamente que nos gustaba desplazarnos por toda la galería, así como comer y… ¡comer!
¡Qué días aquellos! Nosotras, las chicas, éramos más numerosas, inquietas y de talla mayor
que nuestros hermanos. Déjenme les cuento que al cumplir 22 días de vida me sentí
somnolienta y comprendí que estaba ocurriendo algo extraño con mi cuerpo. Madre me
explicó que al llegar ese momento entraría en un sueño profundo, como la Bella Durmiente,
pero que en realidad nuestros cuerpos seguirían muy activos, pues de las larvas que éramos,
en pocos días nos transformaríamos en escarabajos como ella. Yo admiraba a madre y
quería imitarla. En especial me gustaban las dos antenitas como pequeños mazos que le
salían de su gran cabeza redonda, y me asombraba su caparazón negro y duro salpicado con
pelos hirsutos, pero sobre todo, me gustaban sus seis patitas con las que me abrazaba y
acariciaba.
Por fin, el día que me desperté cumpliendo 28 días, era una hermosa hembra adulta de
Xylosandrus compactus. Me sentía viva, energizada y con el deseo irresistible de formar mi
propia familia. Mis hermanos, que antes me parecían tontos e impertinentes, ahora
encontraba en ellos “un no sé qué” que me atraía y confundía. Según madre, juntarse entre
hermanos para tener hijos es normal entre los escarabajos ambrosiales. También ella nos
dijo que tendríamos hijas si fecundábamos nuestros huevos e hijos si no los fecundábamos.
Esta forma de reproducción la comparten también otros grupos de insectos.
Un mes después de que fuimos pequeños huevos puesto por madre, y ya siendo adultos
fecundados, mis hermanas y yo estábamos listas para abandonar la rama que había sido
nuestro hogar. A diferencia de nuestros hermanos, nosotras sí podíamos volar, dijo madre
una tarde cuando le pregunté por esas cosas membranosas debajo de mi caparazón: “Son
tus alas —me dijo— un día podrás volar con ellas en búsqueda de la planta más apta para
establecer tu hogar”.
Y llegó ese día. Serían como las dos de la tarde cuando sentí ansias locas de salir de la
galería. Estábamos en plena época lluviosa y ese día después de llover el sol brillaba
intensamente. Para entonces, mis hermanas mayores ya se habían marchado de casa y ahora
era mi turno. Me asomé por la perforación que servía como puerta a nuestro hogar y salí.
De pronto, una brisa de viento me arrojó al vacío y automáticamente mi caparazón se abrió,
mis alas se desplegaron y agitándolas a gran velocidad, evité estrellarme en el suelo.
“¡Puedo volar! ¡Puedo volar!” gritaba sin parar. Alguien que también volaba por allí
emitiendo un fuerte zumbido me miró con curiosidad; el “cri-cri” que cantaba otro, se
interrumpió cuando pasé a su lado. Yo empezaba a conocer el mundo que me rodeaba y ese
mundo aún extraño para mí, comenzaba a conocer el taladrador negro de la rama del café.
En una plantación de café robusta
Tomás era el vivo retrato de su padre y, como él, era un productor de café de la vieja
guardia. Se levantaba con el alba y se acostaba al caer el sol, no sin antes limpiar y dar filo
al machete para cortar la hierba al día siguiente, desgranar el maicito cosechado para hacer
las tortillas, guardar las gallinas en el gallinero, regar el huerto, alimentar a los perros, y
ayudar a su esposa a dormir a sus hijos... Sin embargo, si el padre de Tomás viviera, se
volvería a morir. Y no es para menos: un día Tomás fue a la parcela y arrancó de la tierra el
café arábigo sembrado hacía más de 20 años por su padre y en su lugar sembró café
robusta. “¿Qué pasa, compadre? ¿ya acabaste con el cafetal que te dejó tu papá?”, le dijo un
día Prudencio. Ya sea por el cambio climático, los precios del café o la infestación de
plagas como la roya y la broca, los tiempos del café arábigo en esta zona han terminado, le
explicaba Tomás a su compadre Prudencio y a otros productores vecinos. “Aquí el café
arábigo ya no produce, ya no vale, se lo acaba la plaga… solo nos queda el café robusta”,
les decía enfático. Con el paso de los años otros productores siguieron el ejemplo de
Tomás. Ahora, años después, esta comarca era una zona robustera.
“Todos los días suelen ser iguales hasta que ocurre lo impensable”, le dijo doña Ágata, una
anciana tuerta y arrugada, cuando ese día muy temprano Tomás fue a su tiendita de
abarrotes a comprar aceite de cocina, sal, azúcar y una lima para afilar el machete. Sin
saber por qué, Tomás se estremeció ante el dicho de la anciana, quien lo miró intensamente
con su único ojo. Mas al salir de la tiendita con los víveres adquiridos, la mente de Tomás
estaba ocupada en los quehaceres del día, que recién empezaba. Más tarde, sin embargo,
Tomás recordaría con preocupación el dicho de doña Ágata, reforzándose en él la creencia
generalizada respecto a que ella podía leer el futuro y, por consiguiente, que tenía pacto con
el diablo.
Tomás llegó a su parcela como a las 7:30, y con ganas comenzó a segar la hierba con el
machete, cuidando de cortarla al ras, pero no por debajo de cinco centímetros del suelo para
evitar la erosión, como bien sabía. Silbando, cantando y secándose el sudor de la frente con
el dorso de la mano, Tomás se sentía el hombre más feliz del mundo.
Lo primero que Tomás notó fue una rama seca en el cafeto que tenía frente a él… no,
fijándose bien, eran varias ramas secas; llegó a contar hasta ocho en toda la planta. Dejó el
machete clavado en el suelo y revisó con detenimiento también otros cafetos… ¡todos
tenían ramas secas! Entonces se le ocurrió cortar una de las ramas secas con el machete y al
revisarla con atención observó unas perforaciones minúsculas de las cuales salía un poco de
aserrín. Procedió a cortar la rama a lo largo y vio unas cavidades como galerías que
contenían gusanitos blancos y pequeños escarabajos negros, parecidos a la broca. Pero a la
broca no le gustan las ramas, se dijo, prefiere los frutos del café, de eso estaba bien seguro.
Repitió la operación con más ramas secas de otros cafetos y, al cortarlas a lo largo, de casi
todas salieron más insectos como los que había visto. Tampoco podía ser —pensó— el
“mal de hilachas”, pues las ramas secas no presentaban los síntomas característicos de esa
enfermedad fungosa del café, como son los hilillos blancuzcos del hongo patógeno que
cubren ramas y hojas y que impiden que estas se desprendan con facilidad de la rama, como
bien le enseñaron los ingenieros. Pronto Tomás concluyó que las ramas secas de los cafetos
eran un problema diferente, uno del que hasta ahora no tenía noticias por su rumbo. En ese
momento preciso recordó aquel dicho fatal pronunciado por la anciana tuerta: “Todos los
días suelen ser iguales hasta que ocurre lo impensable…” Recogiendo a toda prisa sus
cachivaches, Tomás corrió sin parar con dirección al pueblo para dar la voz de alarma.
Los hechos reales
En noviembre de 2021 técnicos del Comité Estatal de Sanidad Vegetal visitaron la zona
afectada por Xylosandrus compactus en la Sierra Negra de Puebla. En busca de asesoría se
acudió al M. en C. José Domingo Roblero —académico de la Universidad Autónoma
Chapingo— quien se encargó de capacitar a los técnicos de la región sobre un método para
cuantificar los daños ocasionados y delimitar el área afectada. Posteriormente, ya entrado el
año de 2022, la identificación taxonómica de Xylosandrus compactus a partir de examinar
especímenes colectados en la zona afectada, corrió por cuenta del Dr. Armando Equihua,
profesor investigador del Colegio de Postgraduados. Recorridos posteriores realizados en
2022 por las autoridades estatales y personal técnico también confirmaron la presencia de
esta plaga en plantaciones de café en comunidades circunvecinas a la zona afectada, tanto
de Puebla como de Veracruz y Oaxaca.
Desde hace muchos años Xylosandrus compactus es una de las plagas más temibles del café
robusta en otros países. Y no solo es un problema para el café, este insecto también ataca a
plantas ornamentales, frutales y forestales, conociéndosele más de 250 especies de plantas
hospederas por el mundo. Por eso, los productores de cacao, aguacate y mango, entre otros,
deben estar muy alertas ante la posible presencia del taladrador negro de la rama en sus
huertas.
A la fecha no se ha logrado erradicar a Xylosandrus compactus una vez que se confirma su
presencia en algún territorio, por lo tanto, es imprescindible que productores, autoridades y
academia se coordinen para conocer mejor a esta plaga mediante investigación científica,
realizar su control sin contaminar el ambiente para disminuir sus daños y fortalecer el cerco
de contención que retrase lo más que se pueda su inevitable dispersión por territorio
nacional.
La intención de esta historia fabulada es alertar a los cafeticultores mexicanos,
especialmente a los productores de café robusta, sobre la presencia de Xylosandrus
compactus, una nueva plaga del café. Seguramente nunca sabremos con precisión de dónde,
cuándo y cómo llegó el taladrador negro de la rama del café a cafetales de México, pero
esta historia representa una teoría plausible de su llegada en material vegetal infestado y de
la reacción de un productor que por primera vez pudo enfrentarse a este problema.
Bibliografía
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sustainable management of invasive Xylosandrus ambrosia beetles. Journal of Pest Science,
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Túler A, Valbon W, Rodrigues H, et al. (2019). Black twig borer, Xylosandrus compactus
(Eichhoff), as a potential threat to the coffee production. Revista de Ciencias Agrícolas.
36(E). 9-20. [Link]