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Proyecto Onirica - Alberto Rueda

El documento describe el día en que Daniela Palmer se entera por la televisión de que un cometa llamado Arcángel impactará contra la Tierra en aproximadamente un año, poniendo fin a la humanidad. Llama a su madre para calmarla, pero ambas están preocupadas por la incertidumbre sobre el futuro y las posibles reacciones del público.

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Proyecto Onirica - Alberto Rueda

El documento describe el día en que Daniela Palmer se entera por la televisión de que un cometa llamado Arcángel impactará contra la Tierra en aproximadamente un año, poniendo fin a la humanidad. Llama a su madre para calmarla, pero ambas están preocupadas por la incertidumbre sobre el futuro y las posibles reacciones del público.

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¿Qué sentirías si hoy, nada más llegar

a casa, te enterases de que al mundo


le queda apenas un año de vida?
¿Cómo crees que reaccionarían las
personas a tu alrededor? Después de
una semana rodeada de extraños
sucesos, la psicóloga y violinista
Daniela Palmer se tendrá que
enfrentar a esas preguntas justo antes
de ser arrestada bajo la acusación de
espionaje. Dos días más tarde, tras
una inesperada liberación, huirá a
Sídney en compañía de un hábil
ciberdelincuente para tratar de
descubrir qué se esconde tras la
apocalíptica noticia y sus
consecuencias. Sin embargo, sus
hallazgos se complican cuando entra
en escena una misteriosa corporación
con la que tuvo relación en el pasado
y un proyecto experimental de potencial ilimitado. Con todas las piezas sobre
la mesa, Daniela deberá resolver un desconcertante rompecabezas consciente
de que cada vez está más cerca de traspasar los límites de su cordura.

La Corporación Albiorix sigue expandiendo su imparable monopolio


alrededor del mundo, creando cada día nuevos adictos a sus cápsulas de
sueños. En plena lucha contra su dependencia, Miles Cavanagh ve a su mujer
desaparecer tras contemplar su muerte en lo que debería haber sido una
apacible experiencia en un lago. Investigando, el gestor financiero descubre
que el proyecto Onirica no se limita solo al entretenimiento, sino que encubre
unos propósitos mucho más perniciosos. Al mismo tiempo, Miles conoce a la
misteriosa Alissa, integrante de un grupo de resistencia contra la Corporación,
con la que establece un ambicioso acuerdo de colaboración. ¿Lograrán
averiguar qué hay detrás de la desaparición de Elisabeth Warby? ¿Guardará

Página 2
alguna relación con los extraños
sucesos a los que Miles se enfrenta en
el bosque? ¿Será alguien capaz de
frenar los oscuros planes de la
Corporación?

Página 3
Alberto Rueda

Proyecto Onírica
ePub r1.0
XcUiDi 12-06-2023

Página 4
Alberto Rueda, 2018

Editor digital: XcUiDi


ePub base r2.1

Página 5
En memoria de Enrique Laso

Página 6
Página 7
I
20 de julio de 2019
Día 0 del Año de Incertidumbre

Fue un sábado. Ni aunque hubiese vivido otros cien años habría podido
olvidarlo. De la hora exacta sí que no me acuerdo, pero debían ser sobre las
ocho, porque acababa de llegar a casa tras los ensayos con la orquesta y el
salón ya se encontraba del todo a oscuras. Recuerdo que dejé el chubasquero
mojado sobre la silla y las bolsas de la compra en la cocina, le eché de comer
a Coyote, me puse el pijama, enchufé la plancha y encendí el televisor
mientras esperaba a que calentase. Con el ajetreo de los últimos días me había
quedado sin nada que ponerme que no se pareciese a una uva pasa, así que
decidí hacer caso al remedio antes de que se tornase en enfermedad.
Tras diez minutos, más o menos, casi todas las cadenas interrumpieron sus
emisiones con un boletín de última hora. Al empezar a oír la noticia en
cuestión, lo primero que pensé es que se trataba de una broma, la típica
ocurrencia de algún presentador falto de ingenio con guionistas sin talento
para rellenar su, a todas luces, excesivo espacio en parrilla. Pero cuando,
cansada de semejante pantomima, averigüé dónde había dejado el mando a
distancia y conseguí cambiar de canal, me topé con distintos actores en unos
escenarios casi idénticos.
Ocurrió lo mismo en los tres o cuatro siguientes canales por los que fui
pasando. Todos emitían al mismo tiempo las imágenes de un hombre
hablando en público en un trozo de la pantalla mientras que en el otro, un
presentador nervioso lanzaba preguntas a un corresponsal de su cadena igual
de alterado que él.
Recuerdo que me quedé paralizada. Aunque todo lo contaban de forma
atropellada, uniendo los diferentes retales de información inconexa que
llegaban a mí, pude hacerme una idea de lo que aquellos hombres trajeados
trataban de explicar.
Según el rótulo inferior, quien se encontraba dando la rueda de prensa era
el secretario de la presidencia de los Estados Unidos de América. Un tipo
importante de esos que de tanto en cuando juegan al golf con el presidente,

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viajan en coches negros y alargados, y acostumbran a recibir mensajes por un
pinganillo bien disimulado bajo sus canas patillas. Hablaba con cara muy
seria, mirando a una audiencia que le fotografiaba sin piedad y haciendo
entrenados gestos con sus manos para transmitir una sensación de
tranquilidad calculada. Pero ni ese hombre la poseía en esos momentos, ni los
periodistas acreditados que tenía enfrente la percibían. Sin embargo, ahí
estaba él, conteniendo su histeria para que el mundo no se volviese loco de
repente, fingiendo como le habían adiestrado a hacer en esos caros cursos de
gestión del pánico que recibía cada dos meses. Al menos, no se le podía
reprochar que no hubiese aprovechado su tiempo y el dinero de los
contribuyentes.
Fue el fuerte olor a nailon quemado, proveniente de la manga derecha de
una camisa, el que me hizo regresar de golpe al salón del pequeño ático en el
que vivía. Una camisa que me había costado un riñón, aunque no fuese
auténtica. Era una falsificación de Gucci de casi sesenta dólares que había
comprado para ocasiones especiales pero que, por falta de uso, había
empezado a poner a diario. Se estaba quemando bajo mis narices y ni siquiera
me daba cuenta de cuándo había comenzado a plancharla.
Desenchufé el aparato y lo posé sobre la tabla. Después, me senté en el
sofá y permanecí en esa postura durante unos largos minutos. Seguía mirando
la televisión, aunque ya no la escuchaba. El video del hombre canoso dando
explicaciones se repetía una y otra vez, mientras los trabajadores de los
informativos se afanaban por traer la última hora y ganar ventaja frente a su
competencia con nuevos y rebuscados datos de interés.
El teléfono fijo se encargó sin reparos de sacarme de mi abstracción.
Podría haber sido cualquiera —⁠por aquel entonces seguramente un ochenta
por ciento de la población del planeta estuviese ya al corriente del
descubrimiento y necesitase desahogarse con alguien cercano⁠—, pero en esa
ocasión era mi madre.
«Dani, hija, ¿has oído las noticias? ¡Han dicho que el mundo se va a
acabar!», pronunció entre sollozos. «Tranquila, mamá, que nada se va a
acabar. Hay gente muy lista y seguro que dan con una solución al problema».
No sé por qué lo dije tan convencida. Hasta entonces todavía no me lo había
terminado de creer pero, de algún modo, aquella respuesta me dio un empujón
por la espalda hacia la realidad.
«¿Tú crees? Ay, no sé, mi vida… Esas cosas son imposibles de detener.
No estamos en una de esas películas en las que un hombre muy guapo nos
salva justo al final».

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«Lo sé, mamá, pero no te preocupes, ¿vale? Nunca nos han hecho falta los
hombres muy guapos y nunca lo harán. Nos queda mucho tiempo, y seguro
que hay miles de personas inteligentes trabajando en ello. A nosotros nos lo
acaban de decir, sí, pero ellos ya lo habrán sabido hace varios meses». «No
nos queda tanto, hija. Un año hasta que empecemos a verlo. ¿Y luego qué?
¿Un año más? Esas cosas van muy rápido».
Mi madre tenía razón. Según las noticias, en aproximadamente un año el
cometa Arcángel se haría visible en el cielo. Al principio, siendo un punto
diminuto, distinguible solo en los días más claros. Después, el punto iría
adquiriendo un mayor tamaño de forma progresiva a medida que se acercase a
nosotros. Así, hasta el mismo día del impacto, aunque para entonces no
quedaría nadie capaz de prepararle una fiesta de bienvenida.
Un experto había afirmado en un momento de la emisión que tras la
difusión de la noticia el mundo entraba en lo que él mismo definía como
«Año de incertidumbre». Me gustó el término. «El año de incertidumbre».
Era un periodo de tiempo en el que la gente seguiría sin asimilar que la fecha
del fin del mundo era ya una realidad concreta; sin aceptar la información
oficial por considerarla inverosímil e imprevista. Cuando ese año concluyese
y todos comprobasen con sus propios ojos lo que estaba sucediendo, el
experto vaticinaba que el caos y la destrucción se apoderarían de la sociedad.
La gente ya habría asumido su destino y a nadie le importaría levantarse
temprano para ir al trabajo, sembrar la tierra para recoger sus frutos o cuidar
de su salud y de la de su entorno. La situación se volvería insostenible y el
mundo viviría sus últimos días sumido en una anarquía generalizada.
Digamos que aquel hombre pecó de optimista.
Mamá suspiró al otro lado del auricular.
«¡Ay, Dios! ¡Qué lástima que muramos así!».
«Venga, mamá, no te apures. Ya verás como la cosa se arregla. ¿Qué tal
está papá?».
«Bien».
«En los próximos días intentad salir poco de casa, ¿de acuerdo? No sé
cómo reaccionará la gente y me preocupa que os veáis en peligro».
«Sí, cariño. Tú haz lo mismo».
«Claro, mamá. Cuidaos, ¿vale? Ya hablaremos».
«Adiós, mi vida».
Fue una conversación breve, pero quedó grabada en mi cabeza para
siempre. No podría haber sido de otro modo.

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Al poco, el teléfono sonó un par de veces más, pero no volví a cogerlo ni
a mirar quién me llamaba. En esos momentos ni siquiera me planteé que
pudieran ser Ronnie o mi hermana quienes tratasen de contactar conmigo.
Supongo que el móvil estaría también repleto de llamadas y mensajes en mi
bolso, pero no tenía ganas de mirarlo. Simplemente, cambié de canal y busqué
una de esas cadenas que emitían videos musicales las veinticuatro horas del
día. Me recosté en el sofá y empecé a pensar en cosas sin demasiada relación.
Había comprado algo de pescado para la cena, pero cuando me fijé en la hora
que brillaba en el display de mi reproductor multimedia era ya tarde para
ponerme a prepararlo y tampoco tenía mucha hambre. En la tele sonaba el
Have You Ever Seen the Rain? de los Creedence Clearwater Revival. Me
resultó curioso que la música fuese casi lo único sagrado en la televisión, lo
único que nadie se había atrevido a cortar para dar paso a un improvisado
boletín apocalíptico.
Miré hacia la enorme montaña de ropa sin planchar. La verdad es que no
tenía ninguna gana de emplear mi tiempo en labores domésticas tan tediosas
como el planchado. Dejé de tener claro, con mucha antelación a tenor de lo
expuesto por el entendido, que debiese seguir yendo a trabajar. No sabía
cómo se comportarían mis clientes. ¿Acudirían ellos a las citas concertadas?
¿Iría Anette a ayudarme? Aunque no estar en mi consulta eliminaría la
necesidad de tener lista una blusa sin arrugas, pensándolo mejor llegué a la
conclusión de que necesitaría seguir trabajando al menos hasta que terminase
«El año de incertidumbre» —⁠me sorprendió lo rápido que había interiorizado
el término⁠—. No tenía dinero para subsistir tanto tiempo, teniendo en cuenta,
además, que tras la noticia era presumible que los precios de los alimentos se
disparasen y los suministros se redujesen hasta finalmente ser cancelados.
Basándome en las palabras del experto, mientras la gente no tuviese la certeza
de que iba a morir, seguiría gastando su dinero en cosas materiales más o
menos como hasta entonces. Luego, ya veríamos… Quedó bastante claro que
aquel hombre tampoco sabía lo que era la psicosis humana.
Me levanté del sofá y fui hasta la cocina. Eché en un vaso dos dedos del
café que me había sobrado del desayuno, saqué una botella de leche de la
nevera, la abrí y vertí un chorro sobre él. No me agradaba el sabor del café
recalentado, pero nunca me acordaba de comprar una cafetera de menor
tamaño, así que todos los días hacía más cantidad de la que consumía. Pensé
que ya no me compensaba hacerme con otra para lo poco que me quedaba en
el mundo. Guardé la leche en la nevera y terminé de colocar el resto de cosas
con las que había planificado sustentarme una semana. Me fijé en la fecha de

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caducidad impresa en una botella de aceite adquirida por unos nada irrisorios
siete dólares. Faltaban cinco años para que expirase, pero si no la consumía en
unos meses, no habría nadie en todo el planeta que pudiese tirarla a la basura.
Sin proponérmelo, había creado una nueva forma de medir el tiempo: «antes
del fin del mundo» y «después del fin del mundo». De manera irrefutable,
todo hecho caería a un lado o a otro de la divisoria.
Suspirando, calenté la mezcla amarronada en el microondas y regresé
frente al televisor, acompañada por el sonido del segundero girando en el reloj
de la cocina. Hasta entonces siempre había ido marcado segundos de más. En
adelante, lo que marcaría sería segundos de menos. Y era extraño, porque
desde pequeña había sido consciente de que algún día moriría y de que cada
instante consumido acortaba un poco más mi vida. Pero de algún modo, tener
una fecha marcada en el horizonte sirvió para modificar mi perspectiva de una
forma radical.
Enterré la cara entre mis manos. «¿Cuánto tiempo llevarán sabiendo que
ese pedrusco se desplaza hacia nosotros? ¿Cuántas decisiones se habrán
tomado ya a lo largo y ancho del planeta condicionadas por ello?». Lo que
parecía claro era que a partir de entonces todas las que se tomasen lo estarían.
«¿Por qué habrán establecido este día para anunciarlo a los cuatro vientos?».
Supuse que los astrónomos de la NASA lo habrían dilatado al máximo,
seguramente hasta que el cuerpo casi fuese visible usando telescopios de
menor alcance que los suyos, pero eso era solo una conjetura.
Aunque la música me agradaba, sentí la tentación de retornar a la
programación de algún canal convencional. Imaginé que estarían informando
del tamaño de Arcángel, del efecto que ocasionaría cuando impactase, de las
expectativas sobre la conservación de la vida en el futuro o de la posibilidad
de ser trasladada a otro lugar del universo. En fin, una lista interminable de
suposiciones, previsiones y presagios. Pero lo que ya sabía me bastaba: en un
par de años recibiríamos la colisión de un cometa tan grande que borraría por
completo la vida de la Tierra. No había lugar para la esperanza. El secretario
de la presidencia había sido muy claro, no se había andado con rodeos. En
cierto modo, al verlo hablar me había recordado a un médico experimentado
explicándole a su paciente que le quedaban tan solo unos meses de vida. La
única diferencia era que él se lo había dicho a la vez a miles de millones de
pacientes repartidos por todo el condenado mundo.
Nada más llevarme la taza por segunda vez a la boca, el timbre sonó un
par de veces seguidas. Supuse que sería algún vecino preocupado por su
futura extinción, pero no había en el bloque nadie con quien hubiese

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estrechado lazos tanto como para sentirme obligada a soportar tal ración de
lágrimas, así que ignoré la llamada. Entonces el timbre volvió a sonar por
tercera vez, sin que todavía eso me impulsase a abrir la puerta. Sonó una
cuarta. Entre el fastidio y el mal humor, comprendí que quien estuviese
llamando era alguien paciente y tenaz que no se iría sin haber hablado antes
conmigo. Claro que también podía ser el señor Francisco, armado de maletas
con la intención de despedirse de mí antes de tomar un avión rumbo a Chile.
No sé cómo pude pensar en aviones después de lo acontecido en los últimos
días.
Finalmente me dirigí a la entrada, dejé la taza sobre el zapatero y abrí la
puerta. Tras ella no había ningún vecino, ni tampoco estaba el señor
Francisco. A quienes encontré fue a dos tipos de larga gabardina con cara de
no haber probado nunca el algodón de azúcar. Parecían agentes de algo, pero
era difícil intuir de qué. Me pregunté si se habrían enterado de la noticia o los
habría pillado de servicio.
«¿Daniela Palmer?», diría que me preguntaron, aunque lo cierto es que
pronunciaron mi nombre como si me estuviesen informando de él. En sus
labios me sonó como si nunca antes lo hubiese escuchado. «La misma. ¿En
qué puedo ayudarles?», interpelé con mucha cautela. La verdad es que no era
capaz de adivinar qué demonios hacían en mi apartamento.
Resultó que en lo que podía ayudarles era algo tan sorpresivo como
desagradable, lo último que cabría esperarse tras un final de día como el que
acabábamos de vivir.
«Policía Federal. Queda usted detenida bajo sospecha de espionaje»,
dijeron ambos al unísono.

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II
16 de julio de 1995
24 años antes del Año de Incertidumbre

Diana me miró y se echó a reír como una lunática. Al principio no le di


mucha importancia, porque tenía la costumbre de desternillarse por cualquier
tontería, pero después de dos minutos sin tregua empecé a cansarme. Le
advertí un par de veces que dejase de mirarme o le daría un bofetón, sin que
ello surtiese efecto. Ella hacía como si intentase controlarse desviando la vista
hacia el plato, pero pronto la alzaba de nuevo y volvía a soltar una carcajada.
Al final me harté, cogí un poco de crema de queso con la cuchara y lo
catapulté hacia su cara con tan buena puntería que la alcancé en mitad de la
frente.
—¡Chicas, ya está bien!
Mi madre no solía perder los nervios con frecuencia y cuando lo hacía, el
noventa por ciento de las veces era por nuestra culpa. Nada incomprensible,
Diana y yo nos comportábamos como dos demonios, aunque nos queríamos
más que a ninguna otra cosa en el mundo. El que tenga, o haya tenido, un
hermano gemelo sabrá a lo que me refiero.
—Quedamos en que os haría la tarta de zanahoria si os portabais bien,
pero empiezo a creer que me habéis engañado.
—¡No, mamá! Es solo que Daniela… ¡Se parece mucho al lechón que
nació ayer!
Diana volvió a troncharse de risa. Cerca de nuestra casa vivía una mujer
mayor, la señora Willmore, en una granja con una buena parcela sembrada de
maíz y algo de ganado. Solía llamarnos para que fuésemos cuando iba a nacer
algún animal.
—¿Ah sí? —le pregunté indignada⁠—. ¡Pues más te pareces tú a su madre,
comiendo como una cerda!
—¡¿Qué?!
Herida en su orgullo, Diana cogió un trozo de tarta y me lo arrojó, pero su
tino no era tan bueno como el mío y el proyectil acabó chorreando por la
pared.

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—¡Pero bueno! ¿Qué está pasando aquí? —⁠preguntó nuestro padre tras
acercarse, atraído por el jaleo, a la puerta de la cocina.
—Nada, papá.
—Tus hijas, que son unas mentirosas y unas maleducadas.
—Vaya, vaya… Entonces esta tarde tendrán que quedarse en casa, y es
una pena, porque hace un viento magnífico en el faro.
—¡No, papá!
—Pues limpiad todo eso y cuando acabéis, fregáis también los platos
sucios. Luego ya hablaremos.
—¡Qué cruel!
Cruel o no, nos lo habíamos ganado a pulso.
Terminamos de beber la leche en silencio y recogimos la mesa. Después,
siguiendo las órdenes de nuestro padre, vaciamos el fregadero de platos y
cubiertos. Yo iba frotando con jabón y aclarando los cacharros, y Diana los
secaba con un trapo. Para acabar, los guardamos en los armarios y cubrimos
la mesa con un mantel recién lavado. La cocina quedó como si nunca se
hubiese cocinado en ella, lo que nos otorgó el beneplácito de nuestra madre.
—Ven, antes de irnos quiero enseñarte algo —⁠me dijo Diana, tirándome
de la manga.
—¿Qué es?
—Ya lo verás.
Subimos a nuestra habitación y cerramos la puerta. Diana se agachó junto
a la cama y sacó de debajo un pequeño objeto reluciente. Me lo acercó para
que pudiese verlo con más facilidad, pero no quiso soltarlo. Era una piedra
blanquecina muy brillante, algún tipo de cuarzo o algo similar.
—¡Qué bonita! Tiene forma de pez. ¿Dónde la encontraste?
—En la playa. Creo que es un fósil.
—Ah, un fósil de pez, ¡claro!
—Hoy podemos buscar más. Este lo voy a usar en un regalo que estoy
haciendo.
—¿Para quién?
—¡Para ti, tonta!
No era mi cumpleaños hasta muchos meses después, así que recibir un
regalo en esa época era algo inesperado.
—¿Y qué va a ser?
—¡Siempre igual! Es una sorpresa, ya lo verás —⁠dijo Diana, dejando otra
vez el trozo de mineral en su escondite.
—¿Guardas mi regalo ahí también?

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—¡Ni se te ocurra mirar! Como lo veas antes de que lo tenga terminado,
se lo regalaré a mamá. O me lo quedaré yo.
—Vale, vale, no miraré.
Nuestra madre llamó a la puerta.
—Chicas, ¿estáis listas? Vuestro padre os está esperando abajo.
—¡Ya vamos, mamá!
—¿Dónde está mi sombrero? —⁠se preguntó Diana.
—En el armario —predijo con exactitud mi madre desde el pasillo.

La virazón arrastraba el aroma del mar hasta nuestra casa como parte de una
llamada a la que era imposible resistirse. En cuanto salía al porche, mis pies
se giraban hacia él y empezaban a moverse guiados por el influjo del salitre
en mis pulmones. Era ese tipo de olor que hipnotiza y atrae sin necesidad de
agarrar por el cuello; ese que conocen bien los marineros y del que nunca se
pueden separar una vez que lo han respirado por primera vez.
Salimos caminando los tres, papá con su abrigo de lana y nosotras
ataviadas con nuestros vestidos de domingo y unos sombreros de macramé
que yo pronto me quité. Íbamos muy elegantes, a juego con una primavera
que se recreaba en los albores del rigor estival. Mamá solía ir a la playa por
las mañanas, cuando el aire todavía era fresco y el sol no calentaba
demasiado, pero por las tardes prefería quedarse bordando en la puerta de
casa o leyendo novelas románticas. Bajamos por el estrecho sendero que se
abría paso entre las docas y bordeamos las dunas hasta enlazar con el camino
de tierra que conducía hasta el faro, situado en una explanada libre de
vegetación en la cima de una pequeña loma. Desde ella se ofrecía una
magnífica panorámica de la playa y de los acantilados que se elevaban más
allá de la frontera con las olas.
Encallado en la arena sesteaba el esqueleto de una vieja barca sobre la que
se posaban los cormoranes cuando esta conseguía asomarse por encima de las
aguas. Aunque habíamos estado muchas veces entre sus cuadernas sin
encontrar nada interesante, Diana estaba segura de que por algún lado
aguardaba todavía enterrado un viejo cofre lleno de joyas y monedas de oro.
Yo le había repetido en varias ocasiones que aquella no era más que una
barcaza de pesca ruinosa que nadie se había molestado en retirar, pero su
imaginación la transportaba mucho más allá. Impulsivamente, me dejaba
arrastrar por ella y pasábamos buenos momentos simulando ser rudos piratas
arribando con nuestro galeón a una isla desierta. Cuando nuestro padre nos

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llamaba, yo regresaba al mundo real de inmediato. Nuestros enemigos y sus
navíos desaparecían, la isla misteriosa volvía a ser una playa cercana a nuestra
casa y nosotras un par de niñas con muchos sueños en la cabeza. Pero para
Diana era diferente, quizá porque ella también lo era. Diana seguía hablando
como si estuviese en ese otro lugar durante horas, en ocasiones hasta la noche,
cuando apoyaba sobre una silla su pata de palo y se acostaba en su camarote
dispuesta a dormirse mecida por la marea.
Al llegar junto a la elevación del faro, comenzamos a subir las escaleras
excavadas en la tierra bajo el vuelo de las gaviotas, que graznaban nerviosas
por nuestra cercanía a sus nidos. Naciendo en el último peldaño, se extendía
un verde prado en el que las pisadas de los visitantes habían dibujado en tonos
marrones un camino hasta la torre luminosa. Nos acercamos al borde del
acantilado para contemplar la grandeza del mar, sus lejanos brillos de plata y
su despliegue de fuerza a los pies de las rocas. Posamos la cometa en el suelo
y extendimos un buen trozo de cuerda. Diana cogió los mandos y, con cara de
emoción descontrolada, empezó a correr tirando de ellos. La cometa se
arrastró por la hierba varios metros hasta que, tras dos o tres intentos fallidos,
despegó decidida hacia el cielo. Mi hermana fue soltando hilo para hacerla
ganar altura mientras el pájaro de tela coloreada desafiaba a las fieras ráfagas
de viento. Al poco, la cometa alcanzó cierta estabilidad y le pedí que me
cediera el control. Ella no estaba del todo satisfecha con el tiempo que le
había correspondido, pero su carácter generoso la llevó a aceptarlo. Volamos
la cometa, intercambiándonosla, durante casi una hora mientras nuestro padre,
sentado en una piedra, fumaba tabaco de pipa y dibujaba a carboncillo en un
bloc de bolsillo. Después de hacerla bajar a tierra, extendimos una manta a la
sombra del faro para descansar un rato y merendar.
—¿Qué has pintado? —le pregunté a papá, apartándome los pelos de la
cara. Diana era más lista en ese sentido que yo, y siempre llevaba el cabello
recogido en una coleta, o controlado bajo el sombrero, pero a mí me gustaba
dejarlo libre, algo que en ocasiones como aquella suponía un problema.
Papá nos lo enseñó, aunque ya sabíamos lo que era. Siempre nos dibujaba
a nosotras junto al faro, volando la cometa. A veces desde lejos, otras veces a
modo de retrato, desde detrás, desde el mar, desde el cielo… El encuadre
variaba pero, en esencia, la escena era una y otra vez la misma. En aquella
ocasión nos había dibujado de espaldas, con la enorme masa de agua salada al
fondo. Me pareció un dibujo precioso.
—¿Vas a guardarlo con los demás? —⁠le pregunté.
—Ya veré lo que hago con él —⁠me respondió, pensativo.

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Tras merendar, quisimos volver a jugar con la cometa, pero en cuestión de
minutos un banco de bruma marítima se elevó sobre la costa provocando un
descenso brusco de la temperatura. El viento se volvió desagradable y empezó
a portar partículas sólidas que amenazaban con metérsenos en los ojos. Papá
resolvió que era un buen momento para volver a casa.

Al entrar por la puerta, el olor a carne asada nos hizo olvidar la merienda y
ansiar que llegase pronto la hora de cenar. Mamá estaba en el patio trasero
recogiendo unas sábanas del tendal ante la más que evidente previsión de
lluvia. Aprovechamos su ausencia para coger unas cuantas galletas con
nueces de la alacena y, mientras esperábamos a que alguien nos recordase que
había llegado la hora del baño, subimos a la habitación a comérnoslas
escuchando los viejos vinilos que mi padre guardaba con tanto esmero. La
mayoría eran piezas de compositores clásicos interpretadas por grandes
orquestas europeas que había ido coleccionando a través de un dominical. No
eran, por tanto, ediciones de gran valor monetario, pero lo que contenían era
para nosotras el pasaporte hacia un mundo fantástico lleno de magia y
colorido que poco tenía que ver con los paisajes aburridos que traían pintadas
en sus carátulas. Cuando al girar sobre el plato empezaban a sonar sus
melodías, nuestra imaginación se llenaba de mariposas agitando las alas sobre
ríos de aguas claras y prados repletos de flores, con nosotras volando entre
ellas.
Éramos felices, quizá demasiado, y no estar preparadas para el
sufrimiento hizo que en los meses venideros el dolor que se propagó por
nuestras vidas fuese tan devastador. En especial para Diana.

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III
14 de julio de 2019
6 días antes del Año de Incertidumbre

—Alguien cercano a ti te traerá malas noticias.


—¿Es el mío?
—Virgo.
—Pues vaya una forma de empezar la semana. Esperaba haber agotado mi
mala suerte con la avería de ayer.
—¿Problemas con esa vieja lata?
—El catalizador. Por lo visto se ha roto.
—¿El catalizador? Uff… Pues ponte en lo peor.
—Sí, lo sé.
—Bueno, te subirá algo la factura, pero supongo que es importante
controlar las emisiones si queremos que nos dure un poco más este planeta.
Ronnie dejó el periódico sobre la mesa, satisfecho de su alegato.
—Me alegra verte tan concienciado —⁠aprecié⁠—. Aunque lo de
«supongo» lo haya estropeado un poco.
—¡Eh! ¿Qué insinúas?
—Recuerdo que cuando vivíamos juntos te costaba reciclar.
—¡Ni hablar! Lo que pasa es que tú querías separarlo todo, y yo había
cosas que no sabía si iban con los envases o con el cartón. Ahora en mi casa
reciclo mucho más.
—Eso está muy bien. Pronto estarás preparado para pasar a la siguiente
fase.
—¿Qué fase? ¿Comerme la basura para hacerla desaparecer?
—¡Oye, pues sería una buena opción!
—Qué graciosa eres…
—Me refiero a generar menos residuos comprando envases más grandes
para rellenar los que ya tienes, o productos con menos plástico en sus
envoltorios.
—¿Quién ha dicho que hace eso? ¿El último Nobel de medioambiente?
—Yo lo hago. Y mucha otra gente que conozco.

Página 19
Ronnie me miró como si me faltara un tornillo.
—Bueno, ¿y qué dice el tuyo? —⁠Quise saber, como forma de cambiar de
tema.
—¿Mi horóscopo? Ni idea, no lo he mirado.
—Ah. —Era casi seguro que sí lo había mirado⁠—. Entonces, según el
periodista que ha escrito eso, ¿debo esperarme lo peor?
—Yo diría que sí.
—Genial…
El camarero se acercó con dos granizados y los dejó sobre unos posavasos
en nuestra mesa. Puede que en la calle hiciese frío, pero en el interior de la
cafetería la temperatura alcanzaba los veintimuchos grados.
—Hola, Daniela —saludó alguien detrás de mí. Era Marcelo, nuestro
director de orquesta.
—Marcelo.
—Quería felicitarte expresamente, tu interpretación esta tarde ha sido
magnífica.
—Viento sonó potente. Eso le dio carácter a las melodías.
—Puede ser… ¡Oh! Discúlpame.
El teléfono de Marcelo se había puesto a vibrar en su bolsillo y, al
percatarse, este se alejó de la mesa para contestar a la llamada.
—¿«Discúlpame»? —enfatizó Ronnie⁠—. ¿Segunda persona del singular?
Muy apropiado, viniendo de él.
—Lo ha dicho muy rápido. Normalmente, uno se disculpa usando frases
hechas o simples palabras, las primeras que le vienen a la cabeza. No creo que
le haya dado tiempo a pensar: «Oh, me están llamando. Debo atender la
llamada. Estoy hablando con dos personas. Me excusaré ante ellas y me
separaré de su mesa para contestar».
Pero él prefirió ignorar mi ironía e insistir en su corajina.
—Bueno, técnicamente él solo estaba hablando con una persona.
—¡Pero qué tonto eres!
Ronnie acercó su boca a las dos pajitas de colores apoyadas en el lateral
del vaso y sorbió como un mosquito sediento la mitad de su granizado.
—Cuando lo vi venir, supuse que tus malas noticias estarían al caer
—⁠dijo, tratando de disimular el agudo dolor en las sienes que el frío le había
provocado.
—Pues parece que estabas equivocado. Tan solo ha venido a felicitarme.
—Te recuerdo que todavía no ha acabado contigo.

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Negué con la cabeza. En ocasiones, Ronnie me recordaba al actor
principal de una película que había visto de niña. No recuerdo su nombre,
pero aparecía un detective muy serio que cada poco decía: «Disculpe, todavía
no he acabado con usted». Durante los cuatro años que estuvimos juntos
escuché esa frase tantas veces que acabé aborreciéndola. Desde la perspectiva
de la distancia, poco a poco empezaba a resultarme divertida.
—Perdona, Daniela, que te he dejado a medias —⁠se excusó Marcelo al
regresar a nuestro lado. Parecía bastante estresado, aunque en general, él era
la típica persona que vivía siempre desbordada por los acontecimientos.
Siempre nervioso, siempre ajetreado, siempre con un pico de la camisa por
encima del cinturón. Basándome en la influencia positiva que la música tenía
en mí, a menudo me preguntaba cómo sería su vida si no se dedicase a
explorarla y fuera, por ejemplo, un conductor de autobús.
—No te preocupes. Las llamadas siempre hay que atenderlas.
—Sí, especialmente algunas. Era la chica de nuestra agencia de viajes.
Este año se le ha ocurrido a mi mujer la genial idea de veranear en Yalong y
no te imaginas la cantidad de decisiones que hay que tomar para visitar un
lugar tan pequeño.
—Estamos en julio. ¿No es un poco pronto para pensar en el verano?
—Sí, así debería ser. Pero reservando con tanta antelación los viajes
resultan mucho más económicos.
—Entiendo.
—Ella elige el destino, pero es a mí a quien me toca lidiar con la logística.
¡Qué dolor de cabeza! —⁠se quejó, frotándose la cara⁠—. Oye, ¿te vendría bien
tomar un café conmigo el fin de semana y empezamos a preparar lo que va a
ser el concierto de primavera?
—¿Es que no vamos a seguir la misma partitura?
—Me gustaría evitarlo. A veces suena un tanto manida. He pensado en
añadir una base de percusión a la parte central, antes de las lalalá, pom, pom-
pom-pom, pom, pom-pom-pom…
—Ya… —Traté de poner cara de estar dudando⁠—. Quizá fuese mejor
trabajarlo con todo el grupo a la vez, ¿no crees?
—Sí, claro. Pero primero me gustaría contar con tu opinión. No quisiera
presentarla ante la orquesta y que todos me considerasen, ya sabes, demasiado
osado. Oh, vaya, el teléfono otra vez. Bueno, piénsatelo y me lo confirmas en
el próximo ensayo, ¿vale?
—Vale, sí.
—No obstante, tienes mi teléfono…

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—Mejor no te molesto con eso, ya sufres demasiadas llamadas.
—Discutir sobre partituras nunca es molestia para mí —⁠argumentó
sonriendo⁠—. Que tengas una buena tarde, Daniela. Hasta mañana.
Marcelo se dio la vuelta y salió presuroso de la cafetería. Mientras,
Ronnie le seguía con una mirada enclavada en un rictus de total
autocomplacencia.
—Marcelo, Marcelo… Menudo personaje. Ahí tienes tus malas noticias
—⁠dijo, feliz por habérselo olido.
—No es para tanto. Además, con decirle que no, será suficiente.
—Ya, ya…
—Oye, que ese hombre está casado, si es que vas por ahí.
—¿Y qué? Es un pánfilo de manual. De los que llenan las redes con fotos
de los cumpleaños de sus hijos, como si a los demás nos importasen esos
sacos de mocos.
—¿Acaso has visitado su perfil?
—No, no es alguien que me interese en absoluto.
—Me alegra saberlo.
—Digamos que ver a su perro durmiendo me robaría un tiempo que puedo
emplear en cosas mucho más interesantes.
—¡Vaya!
—¿No me crees?
—Claro que te creo. Es solo que me hace gracia que tengas celos a estas
alturas.
No sé por qué, pero Ronnie se sintió en la obligación de justificarse.
—Bueno, no me dirás que tú no sientes celos cuando me ves con Megan.
—No los siento.
—¡Venga ya! ¿Ni siquiera unos pocos?
—Cero.
—Ya veo, sigues siendo tan dura como siempre, ¿eh?
—Psé.
Ronnie empezó a machacar los restos de hielo sin sabor que quedaban en
el fondo de su vaso con una de las pajitas.
—La cuestión es que…
—Oye, me tengo que ir —le corté. No quería que la conversación
derivase hacia según qué derroteros⁠—. Debo hacer un montón de cosas
todavía.
—Ya, bueno. ¿Nos vemos otro día?
—Sí, lo vamos hablando. ¿Te parece?

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—Claro. Mañana temprano viajo a Hong Kong y estaré allí una semana.
Cuando vuelva te llamo o me acerco a verte a algún ensayo.
—¿Temas de trabajo?
—Sí, lo de siempre, reuniones con un cliente para cerrar los flecos del
próximo contrato.
—Pues como quieras, aquí puedes venir siempre que te apetezca. Pero no
sé si la semana que viene podré tomar algo contigo al acabar. Necesito darle
un empujón a varios artículos que estoy preparando para unas revistas.
—Sin problema. ¿Cómo va tu consulta?
—Genial —respondí mientras me levantaba de la silla⁠—. Nunca había
tenido tantos pacientes.
—El mundo está cada vez más loco, ¿verdad?
—Somos las personas las que cada vez vivimos con más miedos y
preocupaciones, no le podemos echar la culpa al mundo.
—Claro.
—Bueno, que tengas un buen viaje. Ya nos veremos.
—Gracias. Y tú cuídate.
—Lo haré. Dale recuerdos a Megan.
—De tu parte. Adiós, Daniela.
Al salir del conservatorio vi que el tiempo había mejorado y decidí ir
caminando hasta casa. Me paré a comprar la cena en el bistro De la Cruz y
crucé los jardines de Fitzroy esperando no encontrarme demasiada gente
patinando. Estábamos en ese periodo del año en el que ya había empezado a
oscurecer pronto pero las farolas aún tardaban en encenderse y se hacía difícil
ver el suelo bajo los pies. Los patinadores miopes eran un peligro tras cada
esquina y no quería que mi integridad física fuese dañada ni que mi violín
acabase volando por los aires antes de hacerse pedazos.
Me sorprendió lo fría que era la brisa, algo que parecía haber ahuyentado
a la mayoría de paseantes que otras tardes solían frecuentar el parque. Tan
solo los que lo utilizábamos como ruta de paso y algunos mimos con atuendos
sencillos, nos dejábamos ver serpenteando por los asfaltados riachuelos que
zigzagueaban a través de los castaños. No obstante, aunque el paseo no fuera
todo lo gratificante que me hubiera gustado, agradecía tomar un poco de aire
fresco y escuchar algo de música proveniente de la naturaleza.
Por desgracia mi dicha duró poco. Nada más abandonar la zona arbolada
por Lansdowne con Wellington me sorprendió un chaparrón breve pero
suficiente para calarme en mi trayecto apresurado hasta los soportales. Esperé
a que me sobrepasara la nube y continué hacia el norte por Spring St.,

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esquivando charcos a izquierda y derecha, y vigilando que no me alcanzasen
las salpicaduras de los coches.
Ya cerca de mi portal, me metí en una tienda y me aprovisioné de leche,
huevos y esos deliciosos bizcochos de nata que me hacían enloquecer desde la
infancia. Seguramente, echando cuentas, me habría comido unos tres mil a lo
largo de mi vida, y esos eran muchos bizcochos. No sería descabellado visitar
la fábrica y exigir por escrito tener un retrato en el despacho del director.
Eché un vistazo a las revistas de música por si había alguna novedad
interesante a la que prestar atención. Aunque lo mío fuese el violín y me
dedicase a tiempo parcial a la música clásica, los sonidos más modernos
también ocupaban un lugar destacado en mi colección de vinilos.
Recopilatorios de temas antiguos, giras de despedida y entrevistas sin mucho
interés ocupaban las portadas, sin hacer mención a ninguna novedad
importante. Opté por no comprar ninguna de las publicaciones, temiendo que
el interior fuese tan anodino como sus titulares destacados.
Al entrar en el portal, el señor Francisco me dio las buenas tardes de un
modo lacónico y me entregó el paquete que había dejado un mensajero para
mí. Por el remitente y el tacto acolchado del sobre, supuse que eran las
camisetas que había pedido dos meses antes a China. Como siempre, la
paciencia era la mejor aliada cuando se realizaban compras en las surtidas
webs del gigante asiático.
—¿Va todo bien, señor Francisco?
El señor Francisco llevaba siendo el portero de mi edificio durante los
últimos cuarenta años. Antes que él solamente hubo otro encargado del
mantenimiento que también había estado un periodo de tiempo bastante largo,
aunque creo que no tanto. Obviamente, a aquel no llegué a conocerlo.
—Sí, sin novedad, gracias. ¿Sigue teniendo problemas con la humedad en
el salón?
—Por ahora no, pero sospecho que aquella mancha no tardará en
reaparecer.
—Es una pintura buena, pero si la ve volver a salir, avíseme con premura.
—Lo haré —le prometí mientras abría el buzón. Estaba vacío⁠—. ¿Qué tal
su hijo?
—¿Antonio?
—Sí. —No sabía que tuviese otro⁠—. ¿Sigue en Chile?
—Sí. Ya le he dicho varias veces que se venga para acá, que iba a
encontrar trabajo a poco que buscase. Pero siempre me dice lo mismo, que

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aquella es su casa y que no quiere moverse. En fin, cada uno busca lo mejor
para sí mismo, es natural.
—Claro.
Me acordé de mi madre. Ella también me sugería cada dos por tres que me
fuese a vivir a Sídney. Debía tratarse de un mal común entre los progenitores,
pero era entendible. A nadie le gusta vivir lejos de sus hijos.
—Bueno, voy subiendo, que tengo un hambre canina. Gracias por el
paquete, y buenas noches.
—Que Dios la guarde.
Me despedí de nuevo del señor Francisco y esperé a que llegase el
ascensor. No tuve que usar el pulsador porque alguien se encontraba ya
bajando en él, así que me limité a contemplar cómo el indicador luminoso iba
saltando de un número a otro de forma descendente.
Cuando las puertas se abrieron, dejaron paso a uno de los personajes que
menos me agradaba de todo el edificio: Desmond Warren, un cincuentón de
aspecto extravagante con varias denuncias por acoso sexual a sus espaldas.
Algunas de ellas provenían de vecinas a las que observaba desde la ventana
de su aseo o que le acusaban de haberles robado la ropa interior de su tendal.
Por suerte, vivía dos pisos por debajo de mí, en la misma letra, así que mis
ventanas estaban fuera de su campo visual. Cuando nos cruzábamos en el
portal, solía mirarme de arriba abajo con aquellos ojos empequeñecidos tras
sus gruesas gafas de pasta y sonreía como una comadreja. Vivía solo, como
era de esperar y, que yo supiese, nunca había tenido pareja. Solo de pensar en
cómo sería su casa por dentro, me entraban escalofríos. Tenía entendido que
trabajaba de tasador inmobiliario en alguna empresa del centro de Melbourne,
pero nunca lo había visto en acción.
—Buenas noches, señorita —soltó el señor Warren, esgrimiendo otra vez
su estúpida sonrisa.
—Buenas noches —contesté, tratando de bordearlo para entrar en el
ascensor cuanto antes.
—¿Hace buen tiempo ahí fuera?
—No.
—Aunque claro, lo de buen tiempo es relativo. A mí, por ejemplo, me
encanta la lluvia. Hace que el ambiente se llene de olores intensos.
Desmond Warren olisqueó el aire a su alrededor.
—Me encanta esa colonia… ¿Marc Jacobs?
—No. Una barata.

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—Cualquier perfume barato, portado con clase, puede adquirir la
categoría de elixir.
Sentí una convulsión en la boca del estómago más propia del final de una
juerga etílica que del portal de un bloque de viviendas. Pulsé repetidas veces
el botón del quinto piso hasta que por fin las puertas se cerraron poniendo
tierra de por medio entre el señor Warren y yo. Me daba una pereza enorme
toparme con él.
Mientras subía en el ascensor, aproveché para abrir el sobre y echar un
primer vistazo a mis nuevas adquisiciones. Lo único para lo que me sirvió,
fue para descubrir que ambas camisetas habían sido enviadas en una talla
equivocada. Eran poco más grandes que unas prendas para niñas de cuatro
años. Para colmo, tampoco eran los modelos que había solicitado. Una de
ellas llevaba estampado un oso panda bonachón y la otra una insulsa mariposa
blanca y rosa. Resoplé. Me iba a tocar devolverlas y reclamar para que me las
enviasen de nuevo en su tamaño correcto. Parecía que, en efecto, el horóscopo
había tenido razón al predecir una jornada de infortunio. «¿Estarán teniendo
un día tan aciago todos los virgos del planeta?», me pregunté.

Cené mi bocadillo de atún en silencio, regándolo con una buena copa de vino.
Después, fregué los platos y salí a la terraza a encenderme un cigarrillo
—⁠aunque terminé por dejarlo, por entonces todavía fumaba más de lo que
debiera⁠—. Estaba segura de que en algún lugar cercano alguien me veía hacer
lo mismo cada noche y le recordaba a una especie de faro que con cada calada
hacía brillar una lucecita que indicaba a los barcos su posición.
Había dejado de llover y las nubes comenzaban a dispersarse hacia la
costa. Miré al cielo y una vez más añoré la época en la que podía ver en él
nítidamente las estrellas. Desde hacía años parecía que el cielo ansiaba
convertirse en una cúpula negra vacía e inexpresiva. O esa impresión me daba
a mí. No recordaba si estando en Melbourne las había llegado a ver como de
pequeña; mis recuerdos me transportaban siempre a una edad más temprana,
en la que todavía vivía con mis padres. En el presente, varios carteles
luminosos anunciaban desde lo alto de los tejados aceites de motor, cervezas
y automóviles que todos debíamos conducir.
La luz artificial desvió mi atención hacia las diferentes ventanas repartidas
por los edificios más próximos. Aunque me limitaba a observar las escenas
cotidianas con el mismo interés con el que podía seguir el caminar de una
mosca sobre la mesa, de algún modo me relajaba contemplar a las personas en

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su propia realidad. Descubría gente cocinando, viendo la tele, guardando la
ropa en sus armarios… Las cosas típicas que uno puede realizar en función de
la estancia de la casa en la que esté.
En la ventana del pintor no había nadie, supuse, porque la luz estaba
apagada y lo más lógico sería que pintase con ella encendida. Me pregunté
una vez más qué aspecto tendrían sus cuadros. Su trípode estaba colocado
siempre de lado, por lo que nunca veía su lienzo ni sabía cómo de avanzado
llevaba su trabajo. Tampoco me enteraba de cuándo terminaba un cuadro y
empezaba con el siguiente, porque sus tamaños siempre eran muy similares.
El pintor era un hombre de cincuenta y tantos años, moreno, con una ligera
barba y una bata blanca. No solía topármelo por la calle con frecuencia, lo
que me había hecho hacerme de él la idea de un hombre solitario y reservado.
Pero también era verdad que no había tiendas de pintura por los alrededores,
lo que podría hacerle salir siempre con su coche por el garaje, de ahí que no lo
viese a menudo. Dos pisos por encima de él residía el chico informático. Al
igual que el pintor, creía que vivía solo en casa, pues nunca veía a nadie llegar
por detrás para avisarle de que la cena estaba lista, ni aparecía ninguna otra
persona en las habitaciones contiguas. El chico informático se pasaba horas y
horas tecleando frente a su portátil, lo que me hacía suponer que trabajaba
desde casa. Tampoco estaba en su domicilio. ¿Qué pasaba? ¿Habían quedado
ambos en el bar para ver un partido de la Super Bowl? Nah, era poco probable
que a alguno de ellos le interesasen los deportes.
Pese a que también los observaba de vez en cuando, el resto de personajes
de su edificio no me interesaban demasiado. Eran en su mayoría personas
dedicadas en cuerpo y alma a calentar sus sofás o a discutir con sus
cohabitantes a saber de qué tonterías. En un bloque adyacente, una pequeña
chimenea dejaba escapar una fina columna de humo. Me parecía raro que
alguien estuviese calentando su casa porque, a pesar del mal tiempo, la
temperatura era bastante agradable tanto fuera como dentro.
Vivir en un ático me brindaba una visión privilegiada del vecindario y una
mayor cercanía al cielo, principal motivo por el que me decidí a alquilarlo. O
quizá me influía más el deseo de mantenerme lo más lejos posible de la gente
de las calles y aún no me daba cuenta.
Miré hacia arriba otra vez. No sé por qué, pero desde siempre había
sentido una fascinación muy especial por el universo. Bueno, en realidad no
desde siempre. Acabábamos de estrenar 1997 y en el cielo se empezó a
vislumbrar un luminoso cometa. En la televisión dijeron que se trataba del
Hale-Bopp —⁠en honor a sus descubridores⁠—, y que brillaría más que ningún

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otro cometa en muchos años. Yo me encontraba con él casi cada noche y lo
observaba durante un buen rato antes de meterme en la cama. Cuando llegó
mi cumpleaños, les pedí a mis padres que me compraran un telescopio, y
desde mi habitación pude empezar a verlo como nunca antes lo había hecho.
Recuerdo los leves temores a quedarme tuerta por pasar tanto tiempo con un
ojo guiñado, pero el arriesgarme a ello era ampliamente recompensado por la
espectacular visión de aquel mágico cuerpo de dos colas.
El cometa nos acompañó durante un año y medio, más o menos, y luego
desapareció. Se fue perdiendo poco a poco en la negra inmensidad del
universo, como un tren engullido por un túnel que atravesase una enorme
cordillera. Durante el tiempo que compartimos nos observó, aprovechó la
oportunidad para conocernos un poco más. Aprendió todos nuestros secretos,
comprobó nuestras virtudes y constató nuestras miserias, y se fue a descubrir
otras civilizaciones extraterrestres a muchos millones de años luz. A menudo
me pregunté qué lugar en su ranking de civilizaciones ocuparíamos los
humanos. ¿Estaríamos entre las cinco primeras? Al menos no le tocó vivir
uno de nuestros peores años. Acabábamos de clonar una oveja, Bill Clinton
comenzaba su segundo mandato y Diana de Gales moría en un accidente de
coche en París. Aunque no sabía si al cometa esas noticias le importarían
demasiado.
«Ay, el Hale-Bopp… ¿Dónde se encontrará ahora mismo?». En la
televisión nunca volvieron a nombrarlo. Lo despacharon diciendo que no nos
visitaría otra vez hasta pasados cuatro mil años. Fue como si estuviesen
hablando de una de esas personas que te cruzas en algún momento de tu vida
y se va sin dejar ninguna huella en ti. Pero para mí significó mucho más. Fue
un brillante viajero de los cielos que en pocos meses me conoció mejor que
nadie y se llevó a cuestas todos mis miedos y pesares. Cuatro mil años.
«¿Quién sabe? —⁠pensé⁠— Igual para entonces vuelve cargado con las
soluciones a todos nuestros problemas». Lo malo es que ni yo ni nadie
viviríamos lo suficiente para poder escucharlas.
Consciente de que la función vecinal carecía de sus más notables
personajes, apagué lo que quedaba del cigarrillo en el cenicero y me dispuse a
regresar al interior, pero un fogonazo repentino captó mi atención. En el piso
del informático —⁠empezaré a llamarle Omar, ya que hablaré bastante de él⁠—,
alguien se movía blandiendo una linterna. Al principio creí que era el propio
Omar quien, obviamente, ante la ausencia de corriente en su casa no había
podido utilizar su equipo más allá de las dos horas escasas de batería —⁠luego
supe que poseía un sistema de alimentación ininterrumpida para casos como

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aquel⁠—. Pero pronto los haces de luz se multiplicaron delatando la presencia
de más de un individuo. Había varias personas rondando por las habitaciones
del piso, y probablemente ninguna de ellas fuera su dueño. ¿Ladrones? Tal
vez, la casa seguro que estaba repleta de cachivaches tecnológicos de gran
valor. Sin embargo, no, no eran ladrones.
Al poco alguien accionó un interruptor y una de las habitaciones se llenó
de claridad. Otros fueron haciendo lo mismo por toda la casa hasta dejarla del
todo iluminada. Entonces me di cuenta de quiénes eran aquellos hombres.
Policías. ¡Eran todos policías! ¿Pero…? ¿En qué lío se habría metido el chico
informático? Rogué que no hubiera cometido ningún delito grave. Desde la
distancia, él me caía bien y no quería que mi percepción se viese empañada
tan de repente. Uno de los hombres hablaba por teléfono, mientras que el
resto registraba su casa de manera exhaustiva.
Al cabo de un rato, los policías recogieron su ordenador, supongo que
varios discos duros externos y alguna memoria auxiliar, y se fueron de la
vivienda. Como la entrada del edificio daba a otra calle perpendicular a la
mía, no los pude ver salir por el portal.
Me quedé intranquila. Pensé una y otra vez en los motivos por los que la
Policía podría tener interés en registrar un domicilio particular y ninguno me
aliviaba. Al final me fui a la cama un tanto desconcertada, pero presa de un
cansancio de efectos irreversibles que hizo que pronto me quedase dormida.
Tal vez propiciada por el encuentro con Desmond Warren, tal vez por la
impresión que me produjo ver a la Policía inspeccionando la casa de mi
vecino, o tal vez, nada más, porque el subconsciente es terco y timorato,
durante toda la noche padecí una recurrente pesadilla. Dejo lugar a la duda
porque no era la primera de ese tipo que sufría en los últimos meses y las
circunstancias siempre habían sido distintas. Puede que mi contexto vital
fuese suficiente para desatar esos reiterados tormentos mentales, que
disfrutase enzarzándose con mi almohada de vez en cuando. El caso es que
me costaba encadenar varias noches de reparadora quietud. Es posible que
algún experto en el estudio de los sueños le encontrase explicación, pero
nunca me decidí a consultar a ninguno. Supongo que mi orgullo profesional
se empeñaba en autoanalizarme, creyéndose el mejor conocedor de mí misma,
y eso me limitaba a buscar ayuda más allá de los diplomas que colgaban en
las paredes de mi despacho.
La pesadilla era extraña, difícil de clasificar o interpretar desde un punto
de vista racional. Me encontraba en un lugar diminuto y oscuro, sola, como si
me hubiesen secuestrado y arrojado a un zulo escondido en algún lugar del

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bosque, aunque no hacía frío ni tenía la sensación de estar en un espacio
enterrado. A mi alrededor no había puertas ni ventanas, pero en ocasiones se
oía hablar a alguien y se escuchaban sus pisadas. Seguramente fuese la
persona que me había llevado allí, que cada poco se acercaba a comprobar
que no me había escapado. El desenlace no llegaba nunca y me quedaba
atrapada durante horas en un bucle cuya única salida era el despertar.

Al día siguiente el pintor retomó su actividad, pero no hubo ni rastro del chico
informático. De no haber visto a nadie en su casa la noche anterior hubiera
supuesto que se encontraba de viaje, visitando a algún familiar o en la
presentación oficial de algún nuevo aparato. Pero la situación era diferente y
eso me preocupaba.
En cualquier caso, no iba a tardar demasiado en descubrir qué se cocía
alrededor de su repentina desaparición.

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IV
15 de julio de 2019
5 días antes del Año de Incertidumbre

Durante todo el día hizo un tiempo horroroso. Apenas salí un rato por la
mañana, y por obligación, a comprar algo con lo que preparar la comida,
estando fuera solo lo imprescindible. Cuando volví a casa, me puse algo
cómodo y me encerré en la cocina a improvisar frente a los fogones. Coyote
miraba con aspecto somnoliento cómo iba sacando las verduras de las bolsas
y las colocaba sobre la encimera. Nunca había sido un animal muy cariñoso y
el no percibir olor a comida felina a mi alrededor le hacía perder pronto el
poco interés con el que solía aguardar mis llegadas. Pensarás que Coyote es
un nombre poco apropiado para un gato —⁠al principio a mí me pasaba lo
mismo⁠—, pero con el tiempo me acabé acostumbrando. Venía escrito en la
medallita que colgaba de su cuello cuando lo adopté, así que preferí
respetarlo, a sabiendas de que iba a tener que estar continuamente dando la
razón a quienes tildasen de curiosa su denominación.
Lavé y troceé la cebolla, los pimientos, los champiñones y el calabacín, y
los fui añadiendo poco a poco a un wok en el que había calentado un buen
chorro de aceite. Sazoné ligeramente las verduras y las regué con salsa de
soja. No hubiera estado de más algo de pollo o ternera, pero hacía algo más de
un año que había empezado a reducir la carne de mi dieta y prescindía de ella
todo lo que podía.
Saqué una cerveza de la nevera y me senté a almorzar en la propia cocina.
Seguía dándole vueltas a lo de anoche, pero hacerlo no me llevaba a ningún
sitio.
Me había apresurado a sacar las verduras del fuego y la mayoría estaban
todavía un poco duras. Di cuatro o cinco pinchadas más y las fui royendo
como un conejo. Me consolé pensando que al menos me quitarían el hambre.
Retiré los restos del plato y lo dejé en el fregadero. Apuré la cerveza y
encendí un cigarrillo antes de salir a la terraza a tomar el aire. Tenía
curiosidad por ver si el chico informático volvía a dejarse ver por su piso.

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No fue así. Sin embargo, como ya adelanté, quien sí hizo acto de
presencia fue el pintor. Ataviado con su bata blanca y una paleta en la mano,
repartía toques de color sobre su lienzo de algodón imprimado.
Entonces sucedió algo extraordinario. Tras unos diez minutos de
calculados retoques, el pintor dejó sus utensilios sobre la mesa y salió de la
habitación. Al poco, regresó con una silla en la mano, la situó frente a la
ventana y abrió esta de par en par. Se acercó al caballete, cogió el lienzo y lo
posó sobre la silla, permitiéndome ver por primera vez una muestra de su arte.
Seguramente tuviese prisa porque la pintura se secase pronto, no lo sé, pero
fuese lo que fuese lo que provocó su acto, tuvo unas consecuencias en mí que
nunca hubiera podido imaginar.
Al principio no lo vi bien —⁠de improviso podía tratarse de cualquier
cosa⁠—, pero tras unos segundos, la imagen fue adquiriendo su propia
personalidad. No me lo podía creer. Era imposible que ese hombre hubiese
pintado semejante cuadro. Apagué el cigarrillo contra el cenicero y corrí a mi
habitación. Busqué en un cajón mis viejos prismáticos y regresé a la terraza.
No veía al pintor, pero su obra seguía apoyada en el respaldo de la silla,
arrojando hacia mí un intenso hálito de perplejidad. Levanté los prismáticos y
pegué mis ojos en ellos. Era imposible, sí, pero era cierto. ¿Cómo podía
haberlo hecho? ¿Acaso él estuvo allí? Tenía que preguntárselo. Conté los
pisos desde la calle para cerciorarme: uno, dos, tres. No sabía la letra de su
puerta, pero probaría hasta dar con ella. Entré en casa, dejé los prismáticos
sobre la mesa del salón y me calcé las botas. Agarré el chubasquero y abrí la
puerta de casa.
—¡Vuelvo enseguida, Coyote!
Pero al poner mis pies sobre el felpudo, la irritante voz de Desmond
Warren ascendió por las escaleras y reptó hasta ellos bloqueándolos de
inmediato. Estaba hablando con algún vecino, aunque no entendía lo que
decían. Maldije en voz baja. Por nada del mundo quería topármelo en el
ascensor y mucho menos bajar hasta el portal en su compañía. Dudé unos
instantes, pero al final decidí volver a entrar en casa y esperar a que se fuera.
Coyote me lanzó una mirada impávida desde su cesta y se acomodó
buscando una nueva posición. Apoyé mi espalda contra la puerta, todavía
alucinando. No podía ser fruto de la casualidad, era una imagen demasiado
precisa, demasiado fidedigna. Seguía oyendo las voces de mis vecinos
llegando desde abajo. «¿Es que no se van a ir nunca?».
El teléfono empezó a sonar, y siguió haciéndolo en lo que me recompuse
del ataque cardiaco, salté sobre el sofá y empecé a rebuscar entre los cojines.

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Era una de las situaciones más estresantes que recordaba. Finalmente, pude
dar con el aparato, pulsar el botón de aceptar la llamada y acercármelo a la
oreja antes de que colgasen.
—¡Daniela! ¡¿Estás viendo la tele?! —⁠dijo un hombre al otro lado del
auricular.
—¿Ronnie? —pregunté, aunque ya había reconocido su voz. Parecía muy
alterado.
—¿Te has enterado de lo que han dicho? ¡Oh, dios mío!
—Ronnie, ¿estás ya en Hong Kong?
—¡Sí, sí! ¡Oh, Dios!
—Ronnie, cálmate y dime despacio qué te pasa.
Pero Ronnie no parecía estar próximo a calmarse.
—¡Joder! ¡Esto va a ser el caos!
—Oye, habla más despacio, ¿quieres?
—¡Es mejor que enciendas la tele y lo veas con tus propios ojos! A mí no
me salen las palabras.
—¿Ya has terminado de trabajar?
—¡Por favor, hazme caso y enciéndela!
—Está bien, dame un segundo. Debo buscar el mando.
Lo encontré sobre la mesa, escondido bajo unas revistas de naturaleza y,
siguiendo sus instrucciones, encendí el televisor. La primera cadena que
apareció fue la 14Tv, seguramente la última que había sintonizado. No me
acordaba de qué demonios había visto, lo que indicaba lo mucho que había
significado para mí aquella experiencia. En esos momentos estaban poniendo
un concurso bastante ridículo que nunca me había parado a ver. Me acerqué el
teléfono de nuevo al tímpano. Ronnie estaba callado al otro lado, pero le oía
respirar profundamente.
—¿En qué cadena lo tengo que poner?
—¡No importa! ¡Lo están diciendo en todas! ¡No hablan de otra cosa!
—Está bien. A ver…
Pulsé el botón para avanzar de programa tres o cuatro veces. Me topé con
un serial de aspecto antiguo, un anuncio publicitario centrado en las amas de
casa y una película del Oeste, antes de llegar a un boletín informativo. El
presentador hablaba de las tremendas inundaciones que en Indonesia habían
anegado pequeños pueblos y campos de cultivo. Apareció, como no podía ser
de otro modo, la imagen de un hombre siendo rescatado por un helicóptero
del tejado de su casa.
—¿Te preocupan las inundaciones?

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—¡¿Qué?! ¡No, no! ¡No es eso! ¡Hablo del maldito…!
En esos momentos la línea se cortó, dejándole a él con la palabra en la
boca y a mí con el oído lleno de interrogantes. Me pregunté qué estaría viendo
para haberse alterado tanto y haberme llamado para contármelo. Marqué su
número en el teléfono y esperé, pero la línea estaba comunicando. Repetí la
operación dos veces más con el mismo resultado y al final desistí. Ya probaría
más tarde. O tal vez consiguiese llamarme él a mí primero.
Sin embargo, no sucedió ni una cosa ni la otra y nunca más volví a hablar
con Ronnie.

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V
16 de julio de 2019
4 días antes del Año de Incertidumbre

Ronnie y yo nos habíamos separado hacía dos años. Fue un momento duro, no
lo voy a negar, pero quizá el tener ya cierta edad por aquel entonces, me hizo
relativizar un poco y ver la situación desde una perspectiva más abierta. Antes
de estar con él ya había pasado por alguna relación que otra y sabía que la
mayoría de las cosas —⁠evitaré decir «todas»⁠— tarde o temprano se terminan.
Daba igual que fuesen años, relaciones, o películas en el cine. Todo tiene un
principio y un fin, y si ambos habíamos decidido vivir nuestras vidas por
separado, teníamos todo el derecho a hacerlo y ser respetados.
Desde entonces no había vuelto a tener una relación seria con ningún otro
chico. Al principio no podía evitar tener la impresión de estar desperdiciando
los mejores años de mi vida; sin embargo, esa percepción cambió pronto y fui
aprendiendo a sentirme bien en mi propia compañía. Veía a Ronnie de vez en
cuando porque, aunque él lo negara, ansiaba que nos diésemos una segunda
oportunidad. Pero dos años es mucho tiempo, e incluso la nostalgia de
nuestras vivencias ya solo era para mí como una vieja enredadera seca que se
resiste a desprenderse del muro en el que un día habitó. Estaba ahí, sí, y vista
desde lejos podría recordar su antigua razón de ser. Pero su momento de
esplendor había pasado y, aunque uno se esforzase por regarla y ella
respondiera, serían otros tallos los que naciesen, otras hojas… Nunca nada
volvería a ser lo mismo.
Cuando quedaba con Ronnie me alegraba de volver a verlo, pero después
de despedirnos, no podía decir que lo empezase a echar de menos. De hecho,
de no ser por él, cualquiera de las veces que nos habíamos citado podía
perfectamente haber sido la última. En cambio, desde aquella llamada
truncada no había dejado de pensar en él. Me pasaba un buen rato a solas
dándole vueltas, cada vez con más lucidez y preocupación, a la situación en la
que podía encontrarse. Estaba segura de que le había pasado algo malo que lo
imposibilitaba a usar el teléfono, y quedarme de brazos cruzados esperando
no era algo que lo fuese a ayudar. Sabía dónde se encontraban sus oficinas y

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el hotel en el que solía hospedarse, así que, pese a lo enorme de la ciudad, no
sería como buscar una aguja en un pajar.
La tarde del día anterior había sido una locura. Después de la llamada, me
había olvidado por completo del pintor y de su dichoso cuadro, y durante la
noche apenas pude pegar ojo. El estrés me había mantenido activa como si
hubiese tomado una droga cuyos efectos secundarios estaba ahora empezando
a pagar. Me hallaba muy cansada y me quedaba por delante todo un día de
consultas. No tenía la mente fresca para conectar con mis pacientes y mi
situación no iba a mejorar.
Como si esa palanca que todos llevamos dentro y que marca nuestros
impulsos más viscerales se accionase de repente, desterré de mi mente
cualquier obligación laboral y me dirigí hacia el salón. Me senté frente al
ordenador y pulsé el botón de encendido. Mientras el sistema operativo ponía
en orden todos sus unos y ceros llamé a mi secretaria y le pedí que, por
indisposición, cambiase todas mis citas inmediatas de día. Anette se
sorprendió, pues, aunque fuese por fuerza mayor, era la primera vez que
desatendía mi consulta. Me deseó una pronta recuperación y quedó en
llamarme más tarde para ver si me encontraba mejor.
En cuanto la máquina terminó de arrancar, pinché sobre la barra del
navegador y tecleé la dirección de la página web de Austral Airlines, la
aerolínea que solía utilizar para viajar fuera del continente. Comprobé los
vuelos disponibles a Hong Kong que me daba tiempo a coger y seleccioné el
primero de la lista. Tenía tres horas para prepararme y llegar al aeropuerto;
suficiente, teniendo en cuenta que no pensaba facturar.
Mientras mi petición de reserva se procesaba, abrí mi cliente de correo
electrónico. Su contador me indicaba que tenía seis mensajes sin leer. Repasé
sus asuntos de un vistazo. Entre ellos, para mi desesperación, se encontraban
las notificaciones del propio proveedor de correo informando de que mis
reclamaciones por la talla equivocada de mis camisetas no se habían podido
entregar a su destinatario. Me pareció increíble que un gigante de la venta por
internet tuviese colapsado su servicio de atención postventa, aunque, si todos
los pedidos los preparaban con el mismo cuidado que el mío, no era de
extrañar que media población mundial los escribiese a menudo. Decidí dejar
pasar un par de días antes de intentar contactar con ellos de nuevo, por si se
daban cuenta del problema y lo solucionaban entre tanto. La verdad es que no
tenía muchas ganas de llamar a China y ponerme a explicar el tema de las
tallas a la teleoperadora de turno. Desde luego, el correo electrónico era de lo
más cómodo, pero tenía un montón de inconvenientes.

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Justo cuando iba a borrar una nueva invitación para rellenar una encuesta
de satisfacción sobre mi gasolinera habitual, una notificación emergente me
avisó de la llegada de un nuevo correo. Su remitente era un tal Bobbin
Threadbare, nombre que me resultaba familiar pero que no supe situar en
aquellos momentos. Al principio pensé que se trataba del clásico correo
basura, pero el asunto captó de golpe mi atención. «Daniela, si tus ojos no
pueden ver, mira a través de los míos». Suena cobarde, lo sé, pero debo
reconocer que me asusté. Apagué rápidamente el ordenador y me quedé
pensativa. Era ridículo, porque en mi casa solo estábamos Coyote y yo, y unas
cortinas bastante gruesas cubrían las ventanas, pero en aquellos momentos
tuve la sensación de estar siendo vigilada.
Traté de reponerme, pero por más que lo intentaba, no acababa de
sentirme segura. Me había precipitado dándole al botón y no sabía si la
compra del billete había llegado a completarse. Encendí otra vez el equipo y
comprobé que había recibido la confirmación de mi reserva, imprimí la tarjeta
de embarque y me fui a la habitación a meter en una maleta pequeña un par
de mudas limpias y un básico neceser. Me pareció que no sería suficiente y
saqué del armario mi maleta grande para llenarla con unas cuantas cosas más.
Después llamé a un taxi y, mientras esperaba su llegada, preparé bastante
comida y agua para que Coyote estuviese abastecido una semana. Renové la
arena de su caja y me fui al baño a peinarme y echarme un poco de maquillaje
que disimulase mis ojeras.
Cuando terminé, miré por la ventana. El taxi estaba esperándome frente a
la puerta del edificio. En ese momento sonó el telefonillo. Era el señor
Francisco para avisarme precisamente de su llegada. Cogí mi maleta, me
despedí del gato desde la puerta y bajé a la calle sin malgastar más tiempo.

A decir verdad, siempre me habían encantado los aeropuertos. Me fascinaba


que en un concreto e irrepetible instante de tiempo, y en un espacio bien
acotado, pudieran coexistir miles de personas que pasadas unas horas estarían
dispersas por diferentes lugares del mundo. Las probabilidades de que todas
ellas volviesen a encontrarse en un radio tan reducido en otro momento de la
historia eran casi, casi nulas. Nulísimas, más bien. En ese sentido era como un
pequeño big bang humano en el que ese puñado de desconocidos salía
despedido en todas direcciones a lo largo y ancho del globo. Habían tomado
el desayuno cerca los unos de los otros, pero algunos cenarían oden frente al
Tama, otras verduras y carne especiada cerca de Santa Sofía, y quizá alguno

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tuviese la opción de decantarse por una contundente ración de soul food al sur
de Harlem.
Pero al mismo tiempo que centenares de pasajeros partían hacia sus
destinos, otra gran remesa de ellos entraba por las puertas acristaladas o
aterrizaba con cara somnolienta proveniente de cualquier lejana ciudad. La
mayoría se apresuraba a encender sus teléfonos para transmitir su llegada a
sus parientes más próximos de camino a las cintas de equipaje. «Cariño, he
llegado, tienes vía libre para acostarte con quien quieras. Yo haré lo propio
con alguna fulana al salir de la reunión. Te quiero». Seguramente no tuviesen
mucho más que decirse.
Pasados dos minutos sobre las diez de la mañana, coloqué el
marcapáginas señalando el progreso actual de mi lectura. Había cogido antes
de salir mi copia de bolsillo de Rayuela, la cual llevaba en lista de espera
desde las navidades pasadas y esperaba darle un buen repaso durante el vuelo.
Eso siempre que mis pensamientos me dejasen centrarme en otra cosa que no
fuese Ronnie, claro. El marcapáginas sobresalía tres centímetros por el borde
superior del libro. Me parecían muy curiosos esos utensilios. Se las
ingeniaban para conservar una identidad propia en un ámbito en el que
cualquier otro objeto podría reemplazarlos. Un billete de tren usado, un
bolígrafo, una postal… y en general cualquier trozo de papel sin ningún otro
tipo de utilidad. Y eso dejando a un lado la opción de colocar el libro
bocabajo sobre alguna superficie lisa, abierto por la última página leída, en
espera de que la lectura sea reanudada. En fin, preferí no darle más vueltas a
los fundamentos del marcapáginas y guardé el libro en el bolso.
Pendiente del fuerte resonar de mis tacones en las abrillantadas baldosas
de color crema, me acerqué a la barra de una pequeña cafetería para degustar
una taza de cafeína líquida. No me apasionaba el establecimiento, pero solía
elegirlo antes de mis viajes como alternativa al inmundo fluido que servían en
los aviones. Me senté en un taburete anclado al suelo muy cerca del extremo
de la barra y esperé a que me atendieran. Cuando el joven camarero me
preguntó, opté por un expreso acompañado de un cruasán con mermelada de
naranja. Mientras me lo servían, busqué algo de prensa por las mesas.
—¿No tenéis ningún periódico internacional? —⁠le pregunté al barman.
—No, señorita. Hace un par de días que no recibimos rotativos de fuera.
—¡Vaya, hombre!
La verdad es que me gustaba echar un vistazo a la prensa estadounidense
de vez en cuando, y ya me había hecho a la idea de que podría hacerlo en la
cafetería, como acostumbraba a hacer siempre.

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—Su café —me avisó el camarero.
Tomé la taza y me la acerqué a la nariz para percibir su fuerte aroma
italiano, pero la realidad no hizo justicia a mis expectativas. «Demasiados
kilómetros lejos de ‘la bota’ como para conservar sus matices», supuse.
—¡Oh, disculpe!
Pero ya era tarde. Un inoportuno y patoso cliente me golpeó en la espalda,
provocando que parte del café se derramara sobre mi camisa. «¡Qué
catástrofe!». Al menos no me quemé la piel, pero mi vestimenta sufrió un
percance del que hasta mi llegada a Hong Kong no podría reponerme. Todas
mis camisas de repuesto viajarían en el compartimento de carga e
inexplicablemente, una vez pasado el control de seguridad ya no había tiendas
de ropa abiertas. No tuve tiempo de protestar demasiado o excusar al torpe
viajero, pues este se alejó raudo hacia el extremo opuesto del establecimiento
y evitó cruzar miradas conmigo mientras permaneció en él. «Hay que tener
poca vergüenza», me dije de mal humor, mientras frotaba la mancha con una
servilleta.
—Puede darle con un poco de agua en el baño, señorita —⁠me propuso el
camarero al darse cuenta de mi contratiempo.
—No sé qué será peor, si ir manchada de café o parecer sudada
—⁠regruñí⁠—. ¿Estoy a tiempo de cancelar el cruasán?
—Por supuesto, señorita. Y deje lo del café.
—Pero tú no tienes la culpa.
—Es igual.
—Está bien, muchas gracias.
Desde mi taburete comprobé en los paneles una última vez que mi vuelo
no registraba incidencias, cogí mi chaqueta y mi liviano equipaje de mano y
fui caminando hasta la puerta de embarque. Tenía muchas ganas de pasar un
tiempo alejada del terrible invierno australiano y, aunque fuesen solo unos
pocos días los que iba a estar en Hong Kong, pensé que ese respiro le vendría
muy bien a mis pulmones. Aunque hacía unos años había viajado bastante por
asuntos de trabajo, llevaba encadenados varios meses de sedentarismo en mi
consulta, algo que no me acarreaba más que tedio y hastío. Yo me sentía
hecha para moverme, y los congresos y seminarios me parecían una
oportunidad perfecta para hacer un paréntesis en mi vida y sumergirme en
otros mundos y culturas que de otra forma probablemente no llegase a
conocer. Aunque a veces el tiempo que quedaba libre para el esparcimiento en
esos viajes era meramente testimonial.

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La chica de la aerolínea que me dio la bienvenida y comprobó mi billete
sonreía de forma protocolaria. Llevaba un uniforme impoluto y su cabello
recogido con tirantez en la parte trasera de su cabeza. Presentaba rasgos
caucásicos, una mirada pletórica y un hermetismo emocional casi robótico.
No tardó más de un segundo y medio en olvidarse de mí y dedicarle su
efímera atención al siguiente pasajero de la fila, aunque no me importó;
también me olvidaría de ella pronto, a no ser que me la encontrase más tarde
vendiendo bizcochitos de nata en el pasillo del avión.
Devolví el saludo al personal de a bordo que recibía al pasaje al final del
túnel de embarque, cogí un ejemplar del periódico que me ofrecieron y
busqué mi asiento. Siempre que podía, elegía plaza junto a la ventanilla, pues
me gustaba ver el mundo desde las alturas. Las ciudades se veían diminutas y
los campos se volvían cuadrículas de tonos verdosos y amarillentos antes de
desaparecer y dar paso al vasto océano. Pese a comprar el billete a última
hora, pude escoger un buen lugar para viajar, algo raro en los tiempos que
corrían. Guardé mi maleta en el compartimento superior y ocupé mi asiento.
Agradecí que mi compañero de travesía aún no hubiese aparecido y eso me
facilitase el acceso. Me abroché el cinturón y aguardé pacientemente a que
llegase el resto de pasajeros antes de recostarme en el asiento e intentar
relajarme.
La persona que al fin se sentó a mi lado resultó ser una mujer de unos
cuarenta años, vestida con un traje gris, que, tras saludarme, siguió utilizando
frenéticamente su teléfono. Sus dedos martilleaban la pequeña pantalla a una
velocidad difícil de seguir con la mirada. Debía de estar redactando un correo
electrónico o un informe importante que necesitaba ser enviado antes de
partir.
Pronto las puertas del avión se cerraron y, mientras encarábamos la pista
de despegue, una grabación recordaba las principales medidas de seguridad y
cuál era el protocolo de actuación en caso de emergencia. La mujer apuró
todo lo que pudo antes de apagar su teléfono y amarrarse al asiento. Se
santiguó dos veces y rezó algo en voz baja.
Al llegar a la pista, el avión se detuvo a esperar su turno detrás de dos
aeronaves de otras compañías y, tras recibir la pertinente autorización desde
la torre, comenzó a acelerar sonoramente al tiempo que toda su estructura
empezaba a vibrar.
El despegue se desarrolló sin sobresaltos. Apenas noté un ligero vaivén en
el estómago al separarnos del suelo y pronto volví a tranquilizarme para
afrontar la larga ascensión hacia las alturas. El avión adquirió velocidad de

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crucero y el capitán procedió a dar la bienvenida a los pasajeros e informar de
las principales características del vuelo. Cuando terminó, saqué mi
reproductor de música del bolsillo de la chaqueta, me coloqué los auriculares
en las orejas y cerré los ojos. Prefería dormir unas cuantas horas antes de
continuar leyendo o ponerme a ver alguna película en el equipo multimedia
del asiento delantero.
No me resultó difícil. Apenas había concluido la primera canción, me
quedé profundamente dormida.

Para cuando el avión aterrizó en la recién asfaltada pista de Melbourne


pasaban ya de las nueve de la noche y el cielo era una inmensa cortina de
alabastro. Me había despertado unos minutos antes, a tiempo de ver aparecer
la ciudad como un enjambre de pequeñas luces blancas, rojas y amarillas.
Miré el reloj. No sabía cuánto tiempo habría estado durmiendo, pero el viaje
me había parecido poco más que un suspiro. Apuré el ya cálido contenido
restante de la lata de refresco que tenía frente a mí y me pregunté por qué me
habría dado por pedir semejante bebida de adolescente. Llevaba años sin
tomar uno de esos coloridos líquidos azucarados y, de hecho, no me acordaba
de haberlo solicitado. Entonces caí en la cuenta de que podía ser una
consumición de mi compañera de fila que de algún modo indeterminado
hubiese acabado en mi bandeja. Miré a mi derecha. Un hombre gordo vestido
con un pantalón corto y una camiseta bastante fea roncaba despreocupado en
la butaca de al lado. Por si acaso, dejé la lata de refresco frente a él y me
entregué a las preciosas vistas de Melbourne desde el cielo.

Al llegar al portal de casa, revisé el contenido de mi buzón —⁠el cual se


encontraba sorpresivamente vacío⁠—, y esperé al ascensor. Durante el trayecto
de cinco plantas busqué las llaves en el bolso de mi chaqueta, comprobé el
peso máximo soportado por el elevador, me miré en su espejo y me coloqué el
pelo por detrás de las orejas. Tenía cara de cansada, no lo podía negar. Pensé
que habría sido una buena ocasión para toparme con el señor Warren;
seguramente, viéndome así no me volvería a molestar.
Entré en casa sin hacer apenas ruido, solté el equipaje junto a la puerta y
me dejé caer sobre el sofá. Coyote vino a darme la bienvenida y se restregó
entre mis piernas maullando.
—Ehhh, chiquitín… ¿Me has echado de menos estos días?

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Coyote saltó al sofá y se enroscó a mi lado. Era ya tarde, pero tenía un
poco de hambre, así que decidí picar algo antes de irme a la cama. Fui a la
cocina y en un par de minutos me preparé un sándwich de salmón y queso, un
cuenco con galletas saladas y una lata de cerveza. Era una comida simple,
pero la verdad es que me encantaban las cenas de ese estilo. Me ayudaban a
dormir bien y, teniendo en cuenta que ya lo había hecho en el avión, temía
que esa noche me costase conciliar el sueño.
Regresé al salón y encendí la televisión. Estaban echando un documental
acerca de las extracciones petrolíferas en altamar y, aunque no me parecía
demasiado interesante, no me apetecía ponerme a cambiar de canal. Coyote se
levantó y empezó a frotarse contra mis brazos.
—Pero chico… ¡Qué cariñoso estás! ¡Ni que hubieses estado sin verme un
año! Si solo han sido…
En esos momentos me quedé ofuscada. ¿Cuántos días había estado fuera?
Intenté recordarlo, pero no fui capaz. Caminé hasta el baño y me refresqué la
cara con agua fría. Al mirarme en el espejo, este me devolvió una imagen
mucho más desmejorada que la que se había reflejado en el ascensor. Tenía el
pelo acartonado, los labios agrietados y los ojos hinchados. Entonces reparé
en la enorme mancha marrón que lucía a la altura del pecho en mi camisa.
Parecía de café. «¿Café?». Un tipo me había tirado el café encima antes de
partir, pero ¿acaso alguien volvió a hacérmelo también a la vuelta? O eso, o
una de dos: o no me había dado cuenta y al vestirme el último día había
elegido de nuevo esa camisa, o durante el viaje había estado llevando siempre
la misma ropa. Era ridículo aceptar cualquiera de las tres posibilidades, pero
lo cierto era que no podía confirmarlas ni desmentirlas.
No obstante, no se trataba de una simple confusión. Me sentía realmente
desorientada. Mi memoria parecía haberse resquebrajado, aislando algunos
recuerdos en porciones inaccesibles para mis neuronas. Me concentré con
esmero buscando sintetizar conclusiones, pero me di cuenta de una
circunstancia inverosímil en la que no había reparado hasta entonces:
sorprendentemente, no recordaba nada en absoluto de lo acontecido durante
mi viaje a Hong Kong.

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IV
05 de agosto de 1995
24 años antes del Año de Incertidumbre

Me crucé con el coche del doctor Gleason apenas cinco minutos antes de
llegar a casa. Aun aminorando la marcha, había levantado una buena
polvareda al pasar a mi lado. Si hubiese tenido problemas respiratorios a esa
edad, los encuentros motorizados que a menudo se producían en el trecho que
separaba nuestra casa de la carretera comarcal hubiesen sido un auténtico
problema. Por suerte, mis pulmones no eran la parte de mi cuerpo por la que
más tendría que preocuparme.
Entré en casa y, tras saludar en voz alta, fui a la cocina a tomar un vaso de
agua. Al oírme llegar, mamá bajó las escaleras y acudió a mi encuentro.
—¿Todo bien? No has tardado mucho.
—La señora Willmore dijo que no hacía falta que me quedase más
tiempo.
—¿Estaba todavía el veterinario con ella?
—Sí.
Terminé de beber el agua y me serví medio vaso más antes de ir a
sentarme junto a la mesa.
—¿Qué ha dicho el doctor? —⁠le pregunté.
Mamá se acercó y se sentó a mi lado. Me cogió la mano.
—Tu hermana está muy enferma —⁠dijo sin titubeos.
Que el estado de salud de Diana era malo ya lo sabía, por eso llevaba
tantos días en la cama y nunca dejaba de estar cansada.
—Pero el doctor está cuidándola, se pondrá bien —⁠le recordé.
—Me temo que el doctor no puede hacer nada, Daniela. El tratamiento
que está recibiendo no funciona como esperábamos.
Percibir tanto pesimismo de boca de mi madre no resultaba halagüeño. No
tenía sentido andarse por las ramas.
—¿Se va a morir?
No contestó. En lugar de eso, se echó a llorar. Mis ojos también se
llenaron de lágrimas. No podía dejarme sola. Teníamos muchas cosas que

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hacer juntas todavía. Teníamos que hacernos mayores, y vivir en casas muy
cerca la una de la otra, para poder visitarnos todas las tardes y tomar té helado
mientras nuestros maridos construyesen un granero. Teníamos que quedarnos
embarazadas a la vez y que, al nacer, nuestros hijos se pareciesen mucho entre
ellos. Teníamos que poder cuidarnos entre nosotras siempre que alguna de las
dos enfermara. No estaba escrito, pero sabíamos que la vida debía seguir ese
camino.
—¿Cuándo…?
—Cuando ya no pueda seguir luchando —⁠aseguró mi madre, rota de
dolor⁠—. Cuando la enfermedad le arrebate todo el coraje que lleva dentro.
Yo sabía que el coraje era una seña distintiva de Diana y que no se lo
pondría nada fácil a la muerte. Pero también sabía que cuando se rindiese,
moriría algo más que mi hermana. Moriría la mitad de mí, porque ambas
cosas eran lo mismo.
—¿Puedo subir a verla?
—Claro, pero ten cuidado, por si está dormida.
Papá bajaba en esos momentos de su habitación. Por norma general, él
contenía muy bien sus emociones, pero la expresión de su cara hacía aguas
por todos lados.
—¿Está despierta? —le pregunté.
—Sí. Sube si quieres.
Enfilé las escaleras secándome las lágrimas con la mano. No quería que
Diana me viese llorar, pensaría que significaba que había malas noticias. Oí
cómo mi padre le preguntaba a mi madre si había hablado conmigo y ella
afirmaba. Seguro que no le fue fácil arrancar de sus adentros tan lacerantes
palabras.
Encontré a Diana tumbada en la cama, como esperaba, con los ojos
cerrados. Al principio creí que se había dormido, pero nada más notar mi
presencia, alzó un párpado y me miró.
—Hola.
—Hola. ¿Estás bien?
—Sí. Un poco cansada.
—Es normal.
—¿Vais a ir esta tarde al faro?
—No creo, se prepara mal tiempo.
—Ah.
Diana trató de incorporarse, pero sus brazos no tenían mucha fuerza.
—¿Te ayudo?

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Negó con la cabeza.
—Me gusta mucho tu camiseta. ¿Es nueva? —⁠me preguntó.
—Esto…
—¿Qué pasa?
—Que me la ha regalado la señora Willmore, y he traído otra para ti. Pero
como pensé que estarías durmiendo, la he dejado abajo. Se suponía que iba a
ser una sorpresa.
—¿La mía también es de un panda?
—No, de una mariposa.
—Vaya…
—También está bien —le dije, encogiéndome de hombros. La verdad es
que yo prefería la del oso panda⁠—. Te he traído los bizcochos de nata,
cómetelos antes de que te vea mamá o aprovechará para embucharte la sopa.
—¡Qué bien! Comamos uno ahora.
Abrí uno de los paquetes y extraje dos esponjosos y dorados bizcochos.
Le di uno a Diana y enseguida le asesté el primer bocado al mío. Ella intentó
hacer lo mismo, pero antes de llevárselo a la boca, la asaltó un ataque de tos.
—¿Te traigo un poco de agua?
—No, no te preocupes. Estoy bien. Oye, debajo de mi cama está tu regalo.
Dejé el dulce en la mesita, me puse de rodillas y me agaché hasta pegar
con la oreja en el suelo. Vi una pequeña caja de zapatos cerca del cabecero.
—¿Esa caja de cartón?
—Sí, cógela.
Alargué el brazo y la arrastré hacia mí. Al levantarla noté que pesaba
bastante. Se la di a Diana y esperé a que la abriese. Cuando lo hizo, descubrí
que estaba llena de conchas de molusco y algunas piedras vistosas. Se puso a
revolver entre ellas hasta que encontró mi regalo. Se trataba de un colgante en
el que el cuarzo que me había enseñado dos meses antes lucía engarzado en
mitad de una concha y otras piedras más reducidas dibujaban los rayos de una
especie de sol.
—¿Te gusta?
No me salían las palabras.
—Me… encanta —logré decir al fin⁠—. ¿Es un pez sol?
—No está terminado como me hubiera gustado, pero no he tenido mucho
tiempo últimamente, ya sabes.
Claro que lo sabía. Diana se había pasado las últimas semanas yendo al
hospital cada poco y, cuando estaba en casa, la mayor parte del día tenía que

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estar en la cama. Ni siquiera entendía cómo había podido dejarlo así de
bonito.
—Lo llevaré siempre conmigo.
—Te ayudará a recordarme cuando yo no esté.
Es imposible comprender cómo puede alguien estar más preparado para
decir esas palabras que los demás para escucharlas. En aquellos momentos, yo
no lo estaba. Me produjeron unas profundas punzadas que atravesaron mis
nervios y los cristalizaron.
—No te vas a morir.
—Es solo cuestión de tiempo.
—¡Te vas a poner bien! —le grité, cargada de rabia.
Diana agachó la cabeza. Sabía que mi voluntad no era suficiente para
curarla. Yo también lo sabía, pero no lo quería asumir. No había magia en mi
voz. No tenía el poder de lanzar un hechizo sanador para que las células
cancerígenas desapareciesen de su sangre.
—Lo siento.
—No importa.
Pero sí importaba. Cuando más falta le hacía, demostraba ser menos fuerte
que ella.
—¿Qué pasa? —me preguntó.
Lo vio en mi cara, en mi mirada, en mi alma.
—Estás sangrando —le dije—. Por la nariz.
Diana se pasó el dedo por el labio superior. Le quedó manchado por una
gruesa línea roja.
—No se lo digas a mamá —me pidió, sacando un pañuelo de debajo de la
almohada en el que ya se apreciaban manchas secas de sangre.
—Pero…
—Pero nada —sentenció, mojándose con saliva la piel y secándola con el
pañuelo⁠—. Ven, que te ayudo a ponerte el colgante.
Pasando página de lo ocurrido, Diana guardó de nuevo el trozo de tela en
su escondrijo, tomó el collar de mis manos y abrió el cordel para rodear con él
mi cuello.
—No, no lo quiero usar todavía.
—¿Por qué? —preguntó mi hermana, sorprendida.
—Me lo pondré cuando te cures, ¿vale? Y será para mí un símbolo de
fuerza y esperanza, para acordarme de que luchando se pueden superar hasta
los peores momentos.
Diana sonrió, pero sus ojos proyectaban melancolía.

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—De acuerdo —aceptó. Hizo un lazo con el cordel y me lo entregó⁠—.
Estoy un poco cansada.
—Me voy y te dejo dormir. ¿Quieres que guarde tu caja donde estaba?
—Me da igual. Ya no esconde nada.
—Vale. Que descanses.
—Gracias —dijo, estirándose en la cama y girándose hacia la pared.
Me despedí de Diana y fui directa a mi habitación. Necesitaba estar sola
para desahogarme y dejar que mi frustración se fuese diluyendo con cada una
de mis lágrimas. Guardé el colgante en una lata de galletas junto a otros
tesoros secretos y me senté frente al escritorio. Quería hacerle un dibujo como
agradecimiento, pero todas las hojas que cogía se iban a la papelera con el
único trazo que imprimían las gotas saladas que caían desde mis mejillas.
Cogí el tocadiscos de mi padre y empecé a escuchar música. Primero, El
ocaso de los dioses de Wagner y después, una delicada interpretación del
Adagio de Albinoni que siempre me había encantado. Con los ojos cerrados,
me fui dejando llevar por sus melodías como una hoja al viento hasta que
todo a mi alrededor quedó reducido a meras imaginaciones de mi realidad
interior.
En cualquier caso, dentro de un plano u otro de la conciencia, aquella
noche no pude parar de llorar.

Al día siguiente me desperté con una idea en la cabeza y la seguridad


incontestable de que iba a funcionar. Después de mucho tiempo
escuchándola, me había dado cuenta de que la música tenía un poder
impresionante, emocional, terapéutico. Me convencí sin reparos de que
ejercería una acción muy positiva en Diana desde el principio y, como no
había tiempo que perder, tragué el desayuno para evitar interrupciones
maternas reiteradas y corrí a la habitación de mi hermana para comenzar con
mi tratamiento experimental.
Diana se encontraba aún dormida, pese a que la claridad de la habitación
impedía ya disimular cualquier signo de enfermedad de cuantos yacían en su
rostro. Aparté de su escritorio los libros de animales que tanto le gustaba leer
y posé allí el tocadiscos para enchufarlo. Volví un momento a mi cuarto y
regresé con un vinilo que abría la Danza húngara n.º 5 de Johannes Brahms.
Lo coloqué sobre el plato y posé con cuidado la aguja sobre sus privilegiados
surcos. Aquellos violines mágicos obraron enseguida el primer milagro: que
Diana se despertase sonriendo. No con una mueca melancólica como la de la

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tarde anterior, sino con una sonrisa moldeada por la alegría. Se sentó en la
cama con los ojos cerrados y, sin decir nada, se quedó escuchando la música y
haciendo leves movimientos de manos y cabeza como si fuese coordinando la
interpretación. A su lado, yo empecé a tocar un violín imaginario siguiendo la
partitura que había aparecido frente a mí. Sentir que esa música provenía de
mis dedos era algo tan sublime que no podría ser descrito con palabras. Y no
solo eso; además, esa música estaba curando a mi hermana.
Lo racional sería suponer que no tuvo nada que ver, pero, a partir de
aquella mañana, Diana comenzó a recuperarse. Siguió recibiendo su
quimioterapia hasta que las células cancerígenas fueron derrotadas, y después
su tratamiento se complementó con radiaciones periódicas en el mismo
hospital. Los médicos se congratulaban por su éxito, pero yo sabía el
verdadero secreto de su curación: fue la música la que nos permitió volver a
correr por la playa, jugar a los piratas y, si la tarde se presentaba ventosa,
visitar el faro para hacer volar nuestra cometa.

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VII
17 de julio de 2019
3 días antes del Año de Incertidumbre

El ensayo matutino transcurrió con normalidad. Empezamos con el primer


movimiento de la Heroica de Beethoven, logrando un desarrollo enérgico y
brillante. Seguimos con la apasionada y premonitoria Sinfonía n.º 6 de
Tchaikovsky y finalizamos con tres quintos de la Fantástica, del francés
Berlioz. Terminar de tocar piezas tan hermosas era como regresar al instante
de un paraje de ensueño. Igual que un astronauta tras penetrar en la atmósfera,
yo también necesitaba unos minutos de descompresión, en este caso
emocional.
Mientras guardaba mi instrumento en su estuche, Marcelo tuvo tiempo de
acercarse a saludarme.
—Hola, Marcelo —le correspondí.
—Hicimos bien en añadir esos retoques a la Marcha al cadalso, ha
sonado de maravilla.
—Sí, yo también lo creo —dije, aunque sinceramente tenía mis dudas de
que fuesen bien recibidos por el público en general⁠—. ¿Ya has podido
finalizar los preparativos de tus vacaciones?
—¡Qué va! ¡Menuda pesadilla! La chica de la agencia me ha dicho que no
sabe qué pasa, pero que no consigue contactar con ningún hotel de la zona.
No es que haya muchos, pero que todos comuniquen es un poco raro.
—Vaya, pues sí.
—No sé, imagino que acabaremos buscando alguna alternativa de última
hora.
—No esperéis demasiado, que luego los precios se disparan —⁠le
recomendé, sabiendo que apostaba sobre seguro.
—¡Ya lo creo! He estado viendo qué cantidades se manejan en el turismo
local y este año han subido casi un setenta por ciento los alojamientos.
Me eché el estuche del violín al hombro.
—De locura. Creo que me sentará bien quedarme en casa este verano.

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—¿Quedarte en casa? ¡No digas eso! ¡Hay que salir a ver mundo y
aprovechar, que son dos días! —⁠exclamó Marcelo, como si fuese el
propietario de la agencia de viajes⁠—. Y hablando de casa, ¿quieres que te
acerque con el coche? Me da la impresión de que está lloviendo bastante.
Aunque la sala no daba al exterior ni su techo directamente al tejado,
algunas personas habían venido a buscar a sus parejas o amigos portando
paraguas chorreantes, así que era de suponer que sí llovía bastante. Otra cosa
era que me apeteciese que Marcelo me acompañara.
—No te preocupes, cogeré un taxi.
—¿Un taxi? ¡Ni hablar! ¡Los taxistas están medio locos!
—Supongo que su profesión es harto estresante.
—No sé lo que es, pero créeme, conozco a varios taxistas y a ninguno le
funciona bien la chaveta.
—Cogeré el metro entonces.
—Vamos, Daniela, que para mí no es ninguna molestia. Tengo que pasar
un momento por Sunbury, así que tu barrio me queda de camino.
—No te apures, de verdad —insistí⁠—. Además, no voy a casa. Tengo
consulta esta tarde.
—Me desviaré.
Entre su obstinación y el temor que me había infundido aquel inquietante
correo recibido, al final acepté. No me atraía la idea de cruzar el parque sola,
ni adentrarme en el metro una vez caída la noche y encontrarme cara a cara
con su remitente, ese tal Bobbin no sé qué.
—Está bien —accedí finalmente.
—¡Genial! Oye, ¿has pensado en lo del fin de semana?
—¿El café?
—Sí.
—Lo siento, creo que no voy a poder —⁠rechacé, casi como en un acto
reflejo.
Lo más probable era que pudiese de sobra, pero no me apetecía quedar
con Marcelo a solas. Tenía miedo de que quisiese abordar temas
sentimentales, como había insinuado Ronnie, y que dijese según qué cosas
estropearía nuestra relación y, a la postre, imposibilitaría mi participación en
la orquesta. Me arrepentí al momento de haber accedido a ir con él en el
coche.
—Bueno, no hay problema. Iremos viendo lo de la partitura en los
ensayos.

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Accedimos al vehículo, un Chrysler de alta gama estacionado en el
segundo sótano del edificio, y empezamos la ascensión por las estrechas
rampas de subida. En el equipo de música un violonchelo interpretaba el
preludio de la Suite n.º 1 de Bach. El coche era amplio y elegante, y Marcelo
lo mantenía impoluto por fuera y por dentro.
Alguien accionó la barrera del parking desde una caseta para dejarnos
pasar y acto seguido nos zambullimos en el gran caudal motorizado de la
ciudad. El tráfico era denso, pero tenía tiempo de sobra antes de la consulta
con el señor Patterson, mi primer paciente del día, así que no me preocupé por
que en algunos tramos avanzásemos despacio. Íbamos en silencio, me parecía
una herejía interrumpir una pieza como aquella con conversaciones
irrelevantes, y seguramente a Marcelo le pasase lo mismo. Sin embargo,
aprovechando la suavidad del menuetto, se animó a introducir un tema sobre
al que, a buen seguro, llevaba dando vueltas un rato.
—Vamos bien de tiempo, ¿no?
—Sí, no te preocupes. Queda más de media hora —⁠le contesté, sin apartar
la vista del luminoso paisaje desplegado tras las gotas del cristal.
—¿Qué tal te va en la consulta?
—No me quejo. Trato a bastantes pacientes, teniendo en cuenta que lleva
solo dos años abierta.
—Si te parece bien, un día podemos charlar un rato tú y yo en ella, ¿sí?
Giré mi cabeza hacia él.
—¿Te refieres a concertar una cita?
Marcelo asintió, al tiempo que imprimía una velocidad más al
limpiaparabrisas para adaptar su movimiento a la nueva intensidad de la
lluvia.
—Pues sí, cuando quieras —le dije⁠—. Le pediré a Anette que te busque
un hueco y te llame. Seguramente tengas que esperar unos diez días. ¿Te
viene bien?
—Sí, magnífico. No es algo urgente.
Pero en su interior, la preocupación seguía latente y hablar de ello era más
imperioso de lo que él pudiera pensar.
—Es que…, bueno…, a veces, tengo la sensación de imaginarme cosas y
necesito aclarar si me las estoy inventando o suceden de verdad. ¿Me podrías
ayudar con eso?
—Podemos tratar de ver juntos si obedecen a alguna razón concreta o
estás distorsionando la realidad. Hay muchos factores que pueden inducirte a
ello, aunque también en ocasiones nuestra percepción está justificada.

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—Me tranquiliza saber que ambas cosas son normales.
—En cada ser humano la normalidad la marca el propio individuo.
Marcelo volvió a asentir. La breve charla pareció rebajar su preocupación
y no necesitó decir nada más en lo que restó de trayecto. Me pareció extraño
que alguien como él, perfecto en su propia concepción, precisase también el
sentarse a descargar su cabeza de vez en cuando. Puede que aquel café no
fuese más que una excusa para estar conmigo y hablarme de sus
preocupaciones, después de todo. Me sentí una estúpida engreída por haber
presupuesto lo que no era y agradecí no haber tenido la osadía de hablar de
más antes de tiempo.

—¿Cómo se encuentra, señor Patterson?


—Me gustaría decirle que bien, señorita Palmer, que las cosas se van
arreglando, que empiezo a controlar lo que pasa en mi vida como lo hacía
antes y que todo lo que me forzó a venir a verla son ya fantasmas del ayer.
—Intente ser paciente, señor Patterson. Aún nos queda camino por
recorrer —⁠le aseguré⁠—. Dígame, ¿en qué ha notado que su situación no
mejora?
—En mi memoria, por ejemplo. Cada vez me falla más, hasta el punto de
olvidar episodios enteros de mi vida.
—¿No recuerda acontecimientos recientes o sus vacíos se corresponden
con pasajes de un pasado lejano?
—Recientes. En su mayoría son experiencias que se supone que he vivido,
pero que soy incapaz de recordar incluso justo después de que ocurran.
—¿Como olvidar lo que ha comido o dónde ha dejado las llaves?
—Cosas más importantes —me encauzó⁠—. Cosas como salir del cine sin
saber qué película acabo de ver, o no recordar con quién he pasado la tarde.
Anoté en mi cuaderno aquel rotundo testimonio con preocupación. Si el
señor Patterson estaba empezando a perder la memoria de forma tan drástica
quizá fuese importante derivar su caso a un neurólogo cuanto antes.
—A veces algunas personas padecen episodios de amnesia puntual que les
hacen sufrir una especie de despertar en mitad de un gran desconcierto
—⁠quise tranquilizarle.
—No es amnesia puntual —me rectificó⁠—. Son periodos largos de
supuesta inconsciencia. ¿Considera usted puntual realizar un viaje de varios
días y no tener ni idea de lo que acaeció en él?
—¿Disculpe?

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Creí haber oído mal.
—Lo que le digo. Hace dos días tomé un avión hacia Shanghái. Iba a
visitar a un familiar que acaba de abrir un hotel allí y pensaba pasar con él
unos diez días. Cuando aterricé en mi casa no recordaba nada de dicho viaje.
Fue como si no hubiese ocurrido en realidad.
Me puse muy nerviosa. Si ya era preocupante que me hubiera pasado eso
a mí el día anterior, saber que al menos otra persona había vivido la misma
situación me dejaba descompuesta. Intenté mostrarme calmada. Que el señor
Patterson detectase mi turbación podía llevarle a pensar que su situación era
grave y, aunque no lo descartaba, todavía no podía posicionarme con
seguridad. Era un síntoma extraño que obedecía, tal vez, a varios factores,
pero que ambos lo hubiésemos sufrido casi a la vez…
—¿No recordaba… nada?
—Nada de nada. Ni un lugar, ni un hecho, ni una persona.
Me faltaron las palabras. Solo alcancé a pronunciar un «ajá» tan frágil
como una amapola. En cualquier caso, no, el suyo y el mío no eran casos
comparables. Lo que él tenía en la cabeza no tenía nada que ver con lo que me
había sucedido a mí. Él había partido hacía dos días para pasar diez en su
destino, pero estaba en mi consulta preguntándose si su viaje se habría
concretado o no. Era obvio que el señor Patterson no había salido de
Australia. ¿Y yo? ¿Había llegado a poner los pies en Hong Kong?
—Pero no es solo eso. También… ¿Se encuentra usted bien?
Me froté los ojos con los dedos y traté de recomponerme.
—Sí, discúlpeme, es la alergia —⁠me excusé⁠—. ¿Podría describirme el
resto de síntomas, señor Patterson?
—Son como bucles.
—¿Bucles temporales?
—Sí. Continuos déjà-vus de cosas cotidianas. Las noticias de algunos
canales, por ejemplo. Creo ver en ellas una repetición de lo que ya emitieron
hace semanas y en los concursos aparecen los mismos concursantes que ya
fueron eliminados. Es como un ciclo que se repite una y otra vez.
—Todos esos episodios de los que habla, ¿empezaron a ocurrirle más o
menos al mismo tiempo?
—Más o menos, sí. De unos días para esta parte.
—¿Y su mujer también los ha padecido?
—No lo sé. No he querido preocuparla.
—¿No le ha hablado de ellos?
—No.

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—¿Cree que podría tener una reacción negativa si se enterase de lo que
está experimentando?
—Tal vez.
Era una pena que el señor Patterson no confiase en su mujer, porque el
que ella fuese o no partícipe de sus experiencias me hubiese ayudado a
comprender más rápidamente lo que pasaba.
—Mire, he leído algunos artículos por ahí, y a veces estas cosas se dan en
pacientes con tumores en la cabeza. Oprimen el cerebro y hacen tener
alucinaciones o amnesia, dependiendo de los casos.
—Es muy pronto para poder diagnosticar algo así, señor Patterson. No lo
descartaremos, y de hecho le aconsejaré realizar unas cuantas pruebas, pero
también valoraremos otras causas.
—Bien. No me alarmaré.
Solo faltaba que yo predicase con el ejemplo.
—Siga hablándome de ese viaje del que asegura no conservar ningún
recuerdo —⁠le pedí amablemente. Quería conocer más detalles para saber
hasta qué punto nuestras situaciones eran equiparables.
Matthew Patterson me contó entonces los pormenores de su periplo, o
más bien, de su inicio y su final, pues según él, desde poco después de
despegar, y hasta el momento en el que el avión había tomado tierra en el
aeropuerto de origen, sus recuerdos se habían esfumado. Era demasiado. No
podían existir tantas similitudes entre su historia y la mía. Cada vez me
costaba más trabajo fingir una posición objetiva y profesional.
—¿Sufrió algún tipo de golpe en la cabeza durante el trayecto de vuelta?
—⁠le pregunté, buscando desesperadamente una tangente por la que
desviarme.
—Creo que no.
—Y dígame, ¿tomó alguna fotografía o adquirió algún objeto durante su
estancia en el extranjero? ¿Algún souvenir, tal vez?
—En principio, no. Y es raro, porque siempre que voy a un sitio nuevo me
traigo un frasquito de aire. Pero esta vez, ni eso.
—¿De aire?
—Sí, una muestra del aire de ese lugar.
—¿Las analiza?
—Las colecciono. Es una costumbre que tengo desde pequeño. Poseo aire
de todos los continentes, menos de la Antártida.
—Es una afición muy curiosa. ¿Qué cree que le hizo pasarla por alto esta
vez?

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—Ni idea. Llevé mis frasquitos, como siempre, pero no verlos etiquetados
a la vuelta me hace pensar que siguen conteniendo el aire de mi sala de estar.
—¿Ha probado a llamar a su hotel? Es posible que el personal de allí
pueda darle alguna pista sobre lo que hizo, qué comió, o si le ocurrió algo
fuera de lo normal.
—Llamé esta mañana, pero siempre comunica.
—Es importante que lo siga intentando —⁠le aconsejé.
El señor Patterson asintió en silencio. Seguramente estuviese pensando
que para recibir esa clase de consejos no necesitaba pagar cincuenta dólares la
hora.
—Discúlpeme, señor Patterson, vuelvo enseguida.
—Claro.
Salí de la consulta y me acerqué hasta el mostrador de mi secretaria.
—Anette, hazme un favor.
—Tienes mala cara, Daniela.
—Quiero que busques en internet noticias relacionadas con la aviación
comercial de las últimas semanas. Entra en las páginas de las compañías y de
los aeropuertos australianos, comprueba todas las incidencias en los vuelos…
Me interesa cualquier cosa excepcional que haya sucedido.
—¿Vas tras la pista de algo concreto?
—Todavía no. Pero espero que encuentres un punto que me sirva de
partida.
—Bien.
—Cuando lo tengas, avísame, por favor —⁠le pedí, antes de acercarme
hasta la fuente para servirme un vaso de agua.
Me sentía mareada, era probable que tuviese baja la tensión. Volví a mi
despacho y me encontré al señor Patterson con los ojos cerrados, parecía a
punto de quedarse dormido.
—Lo siento, señor Patterson, me ha surgido un imprevisto. ¿Podríamos
interrumpir la consulta en este punto? Venga otro día, si quiere, no le
cobraremos nada.
—¿Va mal algo?
—No se preocupe, no es nada grave.
—De acuerdo, pues lo dejamos aquí —⁠dijo incorporándose.
—Concierte cita en recepción para el día que mejor le venga.
—Gracias.
El señor Patterson cogió su chaqueta y salió de la consulta. De inmediato,
desbloqueé mi ordenador y di un rápido repaso a los perfiles de todos mis

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contactos en las redes sociales. Varios de ellos eran asiduos trotamundos y
siempre publicaban amplios reportajes con cientos de fotografías sobre sus
andanzas. Centré mi atención en aquellos que sabía que habían realizado
viajes en los últimos meses y no me costó encontrar varios álbumes y fotos
sueltas que los documentaban. ¿Acaso cabía esperar otra cosa?
La impaciencia podía conmigo. Me levanté y salí a ver si a Anette le había
dado tiempo a descubrir algo interesante.
—¿Has encontrado algo que te llame la atención?
La cara que puso Anette evidenciaba que le molestaba mi ansiedad. Tal
vez el señor Patterson se le hubiese quejado también de lo decepcionante de
su sesión y estuviese ante un cúmulo de negatividad.
—Solo una cosa, pero seguro que te sorprende. Parece que hace unos tres
o cuatro días los vuelos a China se redujeron en un noventa y siete por ciento
en todas las aerolíneas que operan en Australia. La medida afectó por igual a
todos los destinos del país.
A China. Mi vuelo se englobaba en ese paquete, y el del señor Patterson,
también.
—Pero eso es una reducción muy radical, tiene que haber un buen motivo
para que alguien haya tomado esa decisión tan drástica.
—Pues no la he encontrado. Además, ese dato lo he conocido al ir
cotejando el número de vuelos programados con los realizados, no porque la
prensa lo haya publicado.
—No tiene sentido.
—Ya.
—Bueno, haz una pausa y vete a comer.
—¿Tú no vienes?
—No, hoy no. Voy a quedarme revisando unos papeles.
—Te traeré algo, entonces. ¿Un sándwich de atún con pasas?
—Una ensalada mejor. La de queso de cabra.
—Muy bien. La de queso de cabra.
—Gracias, Anette.
—De nada. Enseguida estoy de vuelta.
Pero poco después de que Anette saliese por la puerta, presa de la
impaciencia, cogí mis cosas y me fui a casa. No había mucho más que indagar
en mi despacho que no pudiese hacerlo allí y si ella descubría alguna otra
cosa importante, ya me lo haría saber. Cogí un papel y un bolígrafo y le dejé
apuntadas instrucciones para reprogramar mi agenda más inmediata. Imagino
que no le hizo mucha gracia encontrarse con ellas al regresar de comer, pero

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al menos una vez que hubiese acabado, podría tomarse el resto de la tarde
libre.

Llegué a casa unos cuarenta y cinco minutos después, molida y al borde de la


histeria. Cada vez que llovía, las calles de Melbourne se volvían intransitables
para los vehículos, y los atascos eran algo que me sacaba de quicio.
Antes de ponerme a hacer nada, me recosté en el sofá y disfruté de la
contemplación horizontal durante un rato. Coyote se arremolinó a mi lado
ronroneando. Para él todos los días eran muy similares, casi idénticos. Pocas
cosas lo sobresaltaban o lo hacían llegar a la noche pensando: «¡Vaya, hoy ha
sido un día jodido!». A decir verdad, no parecía muy duro ser Coyote y cada
vez tenía más dudas de que valiese la pena tener una vida como la mía antes
que como la suya. No se perdía grandes satisfacciones y se ahorraba unos
cuantos disgustos.
Entonces caí en la cuenta de que, de nuevo, había olvidado pasarme por la
casa del pintor. La lluvia me había hecho estar más pendiente de llegar de una
vez a casa que de cualquier otra cosa y a esas alturas no me apetecía volver a
enfundarme el chubasquero y las botas para salir a la calle. Me acerqué a la
ventana para ver si alguno de mis vecinos predilectos daba señales de vida,
pero ni el pintor ni, por supuesto, el chico informático estaban en casa.
«Bueno, después de todo, aun acercándome a su casa me hubiese sido
imposible hablar con él», me autoexculpé.
Comprobé la hora en el reloj de mi muñeca y decidí llamar a mi madre.
Me tranquilizó que el teléfono que me negaba hablar con Ronnie, sí me dejase
contactar con ella.
—Hola, mamá.
—Hola, hija, ¿qué tal estás?
—Muy bien, preparando el recital del mes que viene. —⁠Había
abandonado un poco la música en los últimos años, pero la tuve que retomar
cuando empecé a notar la fuerte necesidad de refugiarme otra vez en ella⁠—.
¿Y tú, qué haces?
—Cuidando un poco las plantas. Luego más tarde tengo reunión del club
de lectura para hablar de El guardián entre el centeno, así que encaro un día
bastante ajetreado.
—Eso es estupendo —valoré. Mi madre siempre había sido una gran
lectora⁠—. ¿Y qué tal papá?

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—Bien, como siempre —dijo, aunque esa afirmación, de por sí, era
bastante contradictoria.
—Dale un beso de mi parte.
—Se lo daré. ¿Cómo llevas el tema del trabajo? Leí en el periódico que en
Sídney están buscando psicólogos como locos. Podrías echar unos
currículums a ver si tienes suerte y te llaman.
«¿Buscando psicólogos como locos?». Me reí ante el involuntario doble
sentido de su comparación.
—Estoy cómoda aquí, mamá, pero ya me conoces, nunca le cierro la
puerta a nada. El mundo nos obliga a ser flexibles y a adaptarnos al presente.
—¡Cuánta razón tienes! ¿Ya sabes algo de aquellos análisis?
—Sí, todo bien, como siempre. No era más que un control rutinario —⁠le
dije, aunque lo cierto era que todavía no había recibido los resultados.
—Bien. Aunque seas joven, es bueno revisar la salud de vez en cuando.
Seguimos hablando un rato, pero no entramos en ningún asunto relevante.
La verdad es que solo quería oír su voz, las palabras que esta transportase
eran lo de menos. Al final nos despedimos como de costumbre, y le prometí,
una vez más, hacer lo imposible por volar pronto a Sídney y hacerles una
visita.
Tras colgar, dejé el teléfono sobre la mesa y pensé que con una copa de
vino ya estaría preparada para reanudar mis investigaciones. Sin embargo,
mientras me la servía, me percaté de que no tenía muy claro hacia dónde
avanzar, así que decidí sentarme un rato frente al ordenador a ver qué
acontecía en el mundo y, de paso, darme algún capricho si encontraba alguna
cosa interesante. Aparté unos cuadernos de la silla y prendí el flexo del
escritorio pero, justo antes de encender el equipo, el teléfono empezó a sonar
con machaconería.
—¡Disculpe que la moleste, doctora Palmer!
Era Matthew Patterson, el paciente involucrado en el extraño vuelo.
—Hola, señor Patterson, ¿le ocurre algo?
—Sabe que normalmente no la llamo a horas intempestivas, pero hay algo
que me gustaría comentarle antes de mi próxima visita a su consulta.
—No se preocupe, no es tan tarde. Dígame de qué se trata.
—Es por el viaje fantasma.
—Ajá.
Era de suponer. Deseé que hubiese recordado algo que pudiese
extrapolarse a mi caso.

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—Busqué en la página web de la aerolínea los datos de mis antiguos
billetes, pero parece ser que han eliminado la opción de consultar el histórico
de los vuelos de cada cliente.
Pensé que era un error limitar el acceso de los usuarios a su propia
información, aunque también podía deberse a un fallo informático que pronto
subsanasen.
—Qué extraña decisión…
—Así es. Sin embargo, conservaba mis tarjetas de embarque en el bolsillo
interior de mi chaqueta, y en ellas, la fecha de regreso concuerda con el día en
que volví a casa.
—Bien, es lo que cabría esperar, si no fuera porque regresó muchos días
antes de lo programado.
No había caído en la cuenta de hacer eso con las mías, pero, por fortuna,
el señor Patterson lo había hecho con las suyas.
—Eso es. De ahí que las cosas siguiesen sin cuadrarme. Recordé que en el
momento de imprimirlas la tinta de mi impresora se había terminado a mitad
del trabajo, obligándome a sustituir el cartucho y repetir la impresión.
—Ajá.
—El caso es que busqué en la papelera que tengo junto al escritorio, pues
tenía la sospecha de que había desechado allí esa copia incompleta. ¡Y en
efecto! ¡Allí estaba la primera tarjeta de embarque a medias de imprimir!
—Bien.
—No se lo va a creer. ¡La fecha de regreso que aparecía en ella era la
misma que había marcado en el calendario! ¡No me equivoqué! ¡Mi vuelo
tenía que haber regresado siete días después de lo que lo hizo!
Tal y como el señor Patterson había dicho, era difícil de creer.
—Eso significa que realmente usted volvió a Australia en una fecha
diferente a la esperada —⁠admití perpleja.
—¡Eso es! ¡No todo son alucinaciones mías! ¡Ocurre algo raro!
—Espere, espere, señor Patterson… Existe la posibilidad de que estando
en Shanghái adelantase su regreso y cambiase su vuelo. O también puede que
en esa primera tarjeta de embarque que imprimió figurase una fecha errónea y
por eso la tiró.
—¿Cómo? ¿El mismo día que aparece en el calendario? ¡Yo tenía previsto
volver exactamente ese día!
El señor Patterson tenía razón, había dicho una estupidez. Pero es que su
hipótesis sonaba tan rocambolesca que se me hacía muy difícil de asimilar.

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Intenté seguir mostrando una actitud cabal, pese a que mi cabeza daba
vueltas, desubicada.
—Muy bien, señor Patterson, añadiré estos detalles a su historial y los
discutiremos con más calma en nuestra próxima reunión. Creo que mi
secretaria ya le dio una nueva cita.
—Sí, el martes que viene, a las cinco.
—Estupendo. No obstante, si recuerda nuevas situaciones, o se da cuenta
de algo importante, no dude en llamarme de nuevo.
—Muchas gracias, doctora Palmer. Y disculpe otra vez mi intromisión.
Creía que por fin había encauzado mis ideas.
—No se preocupe —dije con voz sosegada⁠—. Y tampoco se impaciente.
Llegaremos al fondo de este asunto a su debido tiempo.
—Claro, yo confío plenamente en usted.
—Muchas gracias. Y buenas noches, señor Patterson.
—Buenas noches.
Solté el aparato sobre la mesa y corrí a la habitación. Ya no necesitaba
aparentar templanza ante nadie, aunque tener un poco más de cuidado me
hubiese ahorrado el tropezarme con Coyote. El gato gruñó molesto, pero en
apariencia no le había hecho ningún daño. Busqué la bolsa de viaje que
acostumbraba a usar como equipaje de mano y repasé los bolsillos exteriores.
En el más grande encontré el billete que había imprimido antes de salir hacia
el aeropuerto. Al comprobar la fecha de mi partida sentí tanto vértigo que
tuve la sensación de estar cayendo a un abismo. 16 de julio de 2019. ¡Eso era
ayer! ¡¿Me había ido ayer?! ¡¿Pero qué hacía en mi habitación entonces?!
Puede que mi cabeza empezase a ser un remolino de incertidumbre capaz de
engullir el poco raciocinio que me iba quedando, pero recordaba nítidamente
haber cogido ese avión. ¡Si lo había hecho ayer, significaba que también mi
regreso se había producido el mismo día!
Me senté sobre la cama presa de un fuerte mareo. Estaba enloqueciendo,
no me cabía duda. Me planteé si el señor Patterson sería realmente una
persona de carne y hueso o un personaje nacido de una recién estrenada
enfermedad. Me incorporé y fui dando tumbos hasta el ordenador. Abrí mi
correo y lo chequeé. Solamente había recibido una confirmación de compra:
el billete de ida a Hong Kong. Consulté los últimos movimientos en mi cuenta
bancaria. El último cargo provenía de la aerolínea y se correspondía con un
solo billete: el de ida. No había comprado la vuelta. ¿De dónde lo había
sacado? ¿Quién lo había pagado? Y no menos importante: ¿Dónde estaba ese
billete?

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VIII
18 de julio de 2019
2 días antes del Año de Incertidumbre

El señor Francisco estaba pasando la fregona por el suelo del portal cuando
llegué cargada de bolsas. Al verlo, me sentí bastante mal por tener que pisar
la zona mojada, pero, como si fuese capaz de leer mi pensamiento, él hizo un
gesto con la mano para que no me preocupara.
—Buenas tardes —me saludó.
—¿Qué tal, señor Francisco?
—Bien. Fregando un poco esto, que con la lluvia enseguida se llena de
pisadas y no he tenido tiempo de hacerlo hasta ahora. Por cierto, han dejado
una carta certificada para usted. Ahora se la doy.
El señor Francisco apoyó su fregona contra la pared y se acercó a la
portería.
—Aquí está —me dijo, metiéndome el sobre en una de las bolsas de
papel⁠—. Fue fácil de encontrar, como últimamente no llega mucho correo…
Era una carta del hospital, seguramente con los resultados de los últimos
análisis.
—Muchas gracias. ¿Le queda mucho?
—No, con esto ya acabo.
—Pues que tenga buenas noches —⁠le deseé, accediendo al ascensor.
Como no llevaba ningún producto congelado, al entrar en casa dejé las
cosas junto al mueble del recibidor y me fui directa al servicio. Necesitaba
con urgencia sacudirme el vahído con un buen baño de agua templada y
mucha espuma. Coyote se apresuró a recordarme que no vivía sola y que un
gato, por independiente que sea, conlleva unas obligaciones. Fui a la cocina y
le serví un poco de paté en su plato, comprobé que tenía agua bastante y
aproveché para servirme una copa de vino. Le di un sorbo casi testimonial y
me la llevé conmigo.
Puse el tapón en la bañera, abrí el grifo de agua caliente y eché un potente
chorro de jabón líquido dentro. Mientras se llenaba, me solté la coleta y me
fui quitando la ropa. Hacía tiempo que no me pasaba por la peluquería y,

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suelto hacia adelante, el cabello ya me cubría del todo los pechos. Siempre me
había gustado el tacto de mi pelo y adoraba ese tono anaranjado que me hacía
tan especial en mi familia —⁠nadie supo decirme nunca si algún antepasado
mío había sido también pelirrojo⁠—. Me pregunté por qué habría tardado tanto
en decidir dejármelo así de largo.
Contemplarse a una misma puede resultar complaciente, pero el clima no
animaba a estar desnuda demasiado tiempo frente al espejo, así que me
dispuse a entrar en la bañera disfrutando por adelantado esa sensación tan
placentera que sentiría al introducir mis piernas lentamente en el agua. Sin
embargo, antes incluso de que mis dedos tocasen la espuma, el teléfono sonó
desde algún lugar del salón.
Gruñí. El temor de que Matthew Patterson fuese quien había arruinado mi
momento de ensueño me hizo comprender que debía serenarme. Me enrosqué
una toalla alrededor del cuerpo y, como siempre, busqué el teléfono siguiendo
su rastro sonoro. Lo cierto es que bien podía haber ignorado la llamada, pero
si no lo hice fue tal vez por la esperanza de que el que llamaba fuese Ronnie.
Para mi desilusión, la que llamaba era Anette.
—Me he quedado tan perpleja que quería contártelo cuanto antes, a ver si
se te ocurre qué podemos hacer.
En condiciones normales, hablar de trabajo quizá fuese lo menos
estimulante en un momento como aquel, pero la posibilidad de arrojar algo de
luz sobre mi situación me volvía más receptiva.
—Los últimos días están resultando bastante extraños, no creo que lo que
vayas a decir desentone. O eso espero.
—Bueno, curioso, al menos, es —⁠adelantó Anette⁠—. Solo esta tarde
hemos recibido la llamada de cuarenta y seis nuevos pacientes, solicitando
una consulta urgente.
—¡¿Cuarenta y seis?!
—Cuarenta y seis. Y urgente. ¿No es increíble?
De inicio no sabía cómo recibir la noticia, pero pronto comprendí que algo
así no podía significar nada bueno.
—Sí. Increíble y desconcertante. ¿Por qué crees que tendrían todos tanta
prisa?
—No lo sé. Consulté por internet si había habido algún accidente
colectivo por la zona o despidos masivos en alguna compañía, pero no vi nada
que fuese en esa dirección.
—Qué raro… ¿Qué les dijiste?

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—A los primeros los fui ubicando como pude. Después, ya solo apunté
sus nombres y les dije que los llamaríamos.
—Van a ser unas cuantas llamadas.
—¡Ya lo creo! ¡Hoy terminaré con la oreja achicharrada!
—Tendremos que hacer malabarismos para cuadrarlos a todos en la
agenda. Los pacientes nuevos requieren una primera entrevista pausada,
necesitan explicar con calma sus problemas. Es muy importante que tengan
tiempo para desinhibirse. Además, me preocupa comenzar a tratar a tantos a
la vez —⁠reflexioné. Temía hacerme un lío con sus historiales y mezclar sus
patologías.
—Bueno, no quería estresarte, solo que lo supieras. Igual va siendo hora
de ampliar la consulta, ¿eh?
—¿Tanto optimismo por una tarde productiva? —⁠bromeé⁠—. Intentemos
ayudar a los pacientes que ya tenemos y busquemos crecer poco a poco.
—Sensatas palabras.
—Que tengas buenas noches, Anette. Y gracias por llamarme.
—De nada. Nos vemos mañana.
Al final, la llamada solo había servido para embadurnarme con nuevos
interrogantes. ¿Qué pasaba en la ciudad para que tanta gente necesitase de
repente atención especializada? Parecía que, después de todo, estaba muy
lejos de ser la única en pensar que estaba perdiendo la cabeza.
Cuando volví al baño, la temperatura del agua había descendido por
debajo del umbral de la apetencia, pero no renuncié a zambullirme en ese mar
espumoso con olor a lavanda. Ni tampoco, por supuesto, a mi copa de vino.
Bien es cierto que acorté sensiblemente el tiempo empleado en escuchar cómo
las pequeñas burbujitas iban estallando una a una junto a mi oído.
Al salir del agua me volví a enroscar la toalla por debajo de las axilas y
con otra más pequeña me hice un turbante en la cabeza. No era época de irse a
la cama con el pelo mojado. Entré en mi habitación y cambié la toalla por
unas bragas y un pijama, y me dirigí a la cocina a preparar algo de picar. Para
variar, no tenía ninguna gana de cocinar. Abrí un armario y saqué un paquete
de pan de molde, unté dos rebanadas con mayonesa y le metí un par de
lonchas de fiambre que me quedaban en la nevera. Lamenté no tener a mano
unas hojas de lechuga para darle un punto de frescura al sándwich, pero
tampoco era plan salir a comprar solamente semejante nimiedad.
Cené sentada en la cocina paladeando, tanto como la comida, el silencio
que flotaba a mi alrededor. Cuando terminé, fregué el plato y fui al salón. Vi
la carta en el recibidor y dudé si debía abrirla o no. Al final, opté por

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posponer cualquier alteración anímica hasta la mañana siguiente. Temía
pasarme la noche en vela dándole vueltas a sabe Dios qué.
No obstante, era temprano para ir a dormir, así que decidí ensayar un rato.
Pensé que me ayudaría a despejar la cabeza de esos pensamientos
desconcertantes que empezaban a enmarañar el mundo con sus huesudos
dedos. Saqué mi violín de la funda y me acerqué a la ventana. No me apetecía
ponerme a realizar complejos ejercicios para mejorar la técnica, así que
busqué en mi cabeza alguna pieza interpretable por el mero hecho de disfrutar
tocando. En primera instancia elegí el complejo Concierto para violín de
Brahms, pero a mitad del primer movimiento me decanté por la tétrica
Novena sinfonía de Mahler y su dramática sección de cuerda. Amaba con toda
mi alma esa cadena de sentimientos que emanaban de mi instrumento cada
vez que la interpretaba.
Toqué durante cuarenta largos minutos una selección de mis cortes
favoritos, logrando evadirme del caos y la complejidad en los que veía
disolverse la ciudad.
Cuando abrí los ojos, me sentí bastante cansada. Ya he dicho que dejar de
tocar era siempre para mí como despertar de un profundo sueño; como
abandonar un estado mental de auténtica conexión con la melodía y regresar a
un mundo anodino y displicente en el que uno está por estar. Coloqué mi
violín en su estuche, fui a la habitación a preparar la cama y me lavé los
dientes. Al ir a la cocina a beber un vaso de agua, vi un sobre tirado en el
suelo, muy cerca de la puerta del apartamento. Supe que no era mío, e intuí
que alguien lo había deslizado por debajo mientras tocaba. Me acerqué a
cogerlo y eché un vistazo por la mirilla, pero no había nadie fuera. El sobre no
incluía remitente, ni tenía nada escrito, pero contenía una nota en su interior.
Lo abrí, extraje el papel y lo desdoblé para leerlo. «Cuando estés preparada
para conocer la verdad, enciende y apaga intermitentemente la luz de tu
cuarto», era todo cuanto ponía. No se habían molestado en rubricarlo.
Suspiré. Era lo que me faltaba, que me llenasen la cabeza con más
preocupaciones. «La verdad». ¡Claro que quiero conocer la verdad! Pero
¿quién podía tener la arrogancia de creerse capaz de transmitirla? Tuve miedo
de que la nota hubiese sido dejada por algún paciente en medio de una crisis
que no hubiese sido capaz de atajar. ¿Apagar la luz de mi cuarto? ¿Es que me
estaban espiando? ¿Me veían desde el edificio de enfrente?
Estaba demasiado cansada como para preocuparme con nuevos acertijos,
así que me eché en la cama y apagué la luz. Esperé. Sentí cómo Coyote
saltaba sobre mí y se hacía un hueco entre las sábanas. Si en esos momentos

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hubiese encendido la luz de nuevo, ¿habría alguien golpeado mi puerta?
¿Recibiría una llamada telefónica? ¿Sería necesario hacerlo dos veces para
que eso ocurriese? ¿Quizá tres? No lo tenía claro, pero, en cualquier caso,
dejarla apagada debía enviarle un claro mensaje a ese alguien que me
estuviese observando desde alguna cornisa: «Lo siento, pero no es el
momento, colega».
Como dije, estaba cansada pero, aunque lo intenté largo rato, no me pude
dormir. Pasé un par de horas dando vueltas antes de incorporarme
desesperada. Encendí la luz. «La verdad». ¿Conocer la verdad? ¿La verdad
sobre qué? ¿Tendría algo que ver con los hechos de los últimos días? ¿Por
qué alguien tendría interés en contarme la verdad sobre algo? Estaba claro
que haber recibido la dichosa nota era un fastidio. Pero, para bien o para mal,
la había leído, y ahora tenía dos opciones: conocer «la verdad» o vivir el resto
de mi vida abrazada a la ignorancia.
Por un instante pensé que saber la verdad no me haría ningún daño.
Después ya vería de qué me servía esa verdad, si es que al final me servía de
algo.
Apagué la luz. La volví a encender. La apagué. Y ya no la encendí más.
Al poco, esta vez sí, caí rendida dentro de un sueño que solo Coyote osó
interrumpir a la mañana siguiente.

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IX
19 de julio de 2019
1 día antes del Año de Incertidumbre

Eran las nueve y cuarto de la mañana. Dejé los análisis sobre la mesa y pulsé
el icono de rellamada, pero tampoco esa vez se puso nadie al aparato. Lo
llevaba intentando desde hacía media hora y empecé a pensar que el mundo se
había confabulado para ignorarme. Sopesé ir al hospital, pero estaba lo
suficientemente lejos como para que no fuese viable ir caminando y el
transporte público me haría perder toda la mañana. Miré la fecha del
matasellos del sobre y calculé. Parecía que el envío se había retrasado, siendo
remitido hacía algo más de una semana. Pensé que tal vez el hospital
estuviese tan saturado como los servidores de correo de China y por eso las
comunicaciones fuesen tan lentas.
Miré a través de la ventana del salón el aspecto del cielo, confiando en
que fuese capaz de levantarme el ánimo. Sin embargo, ni era bueno, ni
mostraba evidencias de querer mejorar. La llovizna parecía garantizada todo
el día. Me deprimía ver cómo los días se tornaban ante mis ojos en una
procesión húmeda y gris, pero al fin y al cabo, era invierno y esa climatología
era lo normal en esa época. Vi que las ventanas del piso del pintor estaban
abiertas, lo que me llevó a suponer que se encontraba en casa. También podía
haberse ido dejándolas así para ventilar el piso de olores a pintura y aguarrás,
pero me pareció una buena oportunidad para probar suerte y ver si por fin
podía hablar con él.
Me puse las botas de agua y el chubasquero y salí de casa. Me di cuenta
de que me había vestido con lo mismo que en mi primera intentona y me paré
junto al ascensor por si al señor Warren, como entonces, le daba también por
abortarla. No se oía a nadie.
Saludé al señor Francisco mientras atravesaba el portal, salí a la calle,
esperé frente al semáforo de peatones a que se pusiese en verde, crucé la calle
y bordeé el edificio hasta llegar a su entrada principal. Recordé que el pintor
vivía en el tercero y, mientras miraba las cuatro letras que identificaban los

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apartamentos de cada planta tratando de averiguar por ciencia infusa cuál era
la elección adecuada, el portero se acercó hasta mí y me ofreció su ayuda.
—¿A quién busca?
—¿Puede decirme en qué piso vive el pintor? Quiero hacerle un encargo.
—¿El pintor?
—Sí. Sé que es en un tercero, pero no sé la letra.
—No me suena que en el tercero viva ningún pintor. ¿Está segura de que
es en este bloque?
Me hizo dudar, pero ¿en qué otro bloque iba a ser? Ese era el que estaba
frente a mi balcón, no podía estar equivocada.
—Sí, claro.
—Pues…
—Cincuenta años, alto, moreno, con barba y gafas.
El portero arrugó la cara dando a entender que ni por asomo conocía a
nadie en el mundo entero que encajase con mi descripción.
—¿Pintor de cuadros o de paredes?
—De cuadros.
—No sé… No caigo… ¿Sabe cómo se llama?
—Ni idea. ¿Puedo probar? —le pregunté, cabeceando hacia el panel de
botones.
—Adelante.
—¿Cuáles son los que dan para esa calle?
—B y C.
—Y según se mira al edificio desde la otra acera, ¿el de la derecha?
—B.
Pulsé el botón correspondiente y esperé. El portero no se separó de mí;
supongo que tenía curiosidad por comprobar a quién me refería. A los pocos
segundos, una voz masculina y robótica contestó a través el altavoz.
«¿Diga?».
—Hola, me llamo Daniela Palmer, ¿es usted el pintor?
«No, se ha equivocado».
—¡Oh, lo siento! ¿Y sabe en qué piso vive?
«No».
—Vaya… Gracias.
El vecino colgó y, sin necesidad de mirar para él, pude notar la cara de
satisfacción que el portero adoptaba a mi lado.
—Y a usted también.
—No hay de qué.

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Retorné a casa cabizbaja, no sin antes alzar la vista desde la calle para
corroborar que, en efecto, era una ventana del tercero la que veía desde mi
balcón. No entendía qué clase de portero no conocía a los vecinos de su
comunidad. Ni el portero, ni un individuo que vivía puerta con puerta con
otro, claro. «¡Qué frustración!», me dije, lanzando el chubasquero sobre el
perchero. Fui hasta la ventana y lo comprobé otra vez: «Uno, dos, tres…
¡Tres! ¡Tercero! ¡Es el jodido tercer piso! ¡Y ya está!».
Me tumbé un instante en el sofá. Tenía la cabeza embotada. Me planteé si
ir al ensayo o quedarme en casa durmiendo, aunque pronto un sentimiento de
responsabilidad se apoderó de mí, obligándome a no eludir mi compromiso
con la orquesta. «Descansaré media hora y luego me prepararé», me aseguré.
Pero tan solo medio minuto después, un punto negro y diminuto sobre la
pared del salón captó mi atención. Se movía despacio, pero se movía, lo cual
solo podía significar que estaba vivo. Cuando afiné la vista, la cosa empeoró:
se trataba de una araña.
¡Por Dios, odiaba las arañas! Aunque todo el mundo pensase que viviendo
en Australia tendríamos que estar acostumbrados a lidiar con los arácnidos, la
realidad era bien distinta. Uno nunca termina de perder su aversión a esas
patas peludas y alargadas, a esos ojos de extraterrestre hipnótico y a esos
pequeños colmillos puntiagudos. Desde siempre las había odiado. Con toda
mi alma, además. Pero es que encima, nuestra relación había empeorado
durante unas vacaciones con Ronnie en el bosque. Una mañana, mis botas
amanecieron con una incómoda inquilina en su interior. Se trataba de una
enorme araña lobo que se había colado en ellas atraída por su tacto suave y
acolchado. Aunque siempre revisaba el calzado, y más en esos casos, me llevé
un susto de muerte. ¡Era un bicho enorme! En esta ocasión, por el contrario,
la protagonista medía poco más de un centímetro, así que fue un auténtico
milagro que la viese.
A tenor de cómo caminaba, en pocos segundos la araña habría llegado al
suelo o bordeado la esquina de la pared, abandonando por completo mi campo
de visión. Como es obvio, no iba a permitir que eso ocurriera. Me levanté de
un salto y corrí a por un vaso de cristal a la cocina. Con él en la mano, me
acerqué cautelosamente a mi víctima y fui acercando poco a poco el
recipiente hacia ella. En última instancia, la invasora se dio cuenta de su
situación y comenzó a corretear a más velocidad, pero ya era demasiado
tarde. Lancé el vaso contra la pared y la atrapé en una prisión vidriosa de la
que no podría escapar. Con el monstruito bajo control, tanteé la mesa
buscando una hoja de papel con la que empujarlo hacia el interior del vaso y,

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un instante después, este se encontraba en mi poder. Llevé el vaso a la cocina
y lo coloqué bocabajo sobre la encimera, todavía con la hoja de papel
sellando las salidas.
La verdad es que estando bajo la luz de la bombilla, asustada, la pobre
araña parecía poca cosa. No obstante, eso no significaba que no me diese el
mismo asco. La dejaría ahí hasta la tarde, cuando volviese a casa
—⁠insecticida en mano⁠—, dispuesta a acabar con ella. Estaba claro que no la
iba a aplastar mediante técnicas mecánicas, pero de lo que menos ganas tenía
era de que se fuese de rositas y se dedicase a poner huevos desperdigados por
toda la casa. Me daba repelús solo de pensarlo.
Miré el reloj de la cocina. Con el lío de la araña me había quedado sin
apenas tiempo antes del ensayo. Fui a la habitación y me cambié de ropa tan
rápido como pude. Para tocar solía elegir siempre prendas cómodas y
holgadas que me permitieran moverme con libertad. Llevé el estuche del
violín junto a la entrada para no olvidarlo al salir. Me remarqué la raya de los
ojos, me eché un poco de laca, me pasé el cepillo por el pelo y me pinté los
labios. Confié que con esos cuatro simples gestos mi aspecto denotase que
estaba viva y enfilé hacia el ascensor.
Mientras bajaba los pisos que me separaban del portal, iba pidiéndole al
mundo un receso, que bajase sus revoluciones y me dejase tomar aire. Todo
parecía estar adquiriendo un ritmo demasiado veloz, un impulso irreversible
hacia el descontrol generalizado. «Necesito con urgencia unas vacaciones
—⁠pensé⁠—. Tal vez en Tasmania. Podría coger un barco para cruzar el
estrecho y así evitar los aviones. Además, seguro que a la mujer de Marcelo
no le daría nunca por elegir Tasmania». Sí, Tasmania era un buen lugar para
perderse y la tenía ahí al lado. No sabía cómo no la había visitado antes.
Lo que tampoco sabía era que la próxima vez que cogiese ese mismo
ascensor, estaría a punto de escuchar una noticia en la televisión que lo
cambiaría todo; que reducir la velocidad de giro del mundo no era algo que le
preocupase a todos y que nuestras cosas eran nuestras solo hasta que alguien
decidía que dejasen de serlo. ¡Qué poco me lo imaginaba por aquel entonces!
Ah, y por supuesto, nunca llegué a pisar Tasmania.

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X
20 de agosto de 1995
24 años antes del Año de Incertidumbre

Dos semanas después de que Diana empezase su recuperación, papá y yo


fuimos juntos al faro. Ella seguía un poco débil y prefirió quedarse reposando,
aunque el verano ya se terminaba y seguramente esa fuese la última ocasión
en la que podríamos ir. Al día siguiente daban lluvia y después estaríamos ya
liados recogiendo nuestras cosas para tenerlas listas cuando llegase el camión
de la mudanza. Cogimos la cometa y enfilamos el sendero hacia la playa,
siguiendo los pasos que tantas veces nos habían guiado.
La bajamar se había alcanzado una hora antes, con lo que la playa era una
inmensa planicie parda en la que todavía nadie había dejado su impronta. Mi
padre y yo caminábamos en silencio, nunca nos atrevíamos a llenar el vacío
que las palabras de Diana dejaban en su ausencia. Tampoco podríamos. La
presencia de mi hermana no se reemplazaba con nada que no fuese ella, y así
lo supimos todos en casa desde el principio.
Al llegar al faro soplaba un viento fortísimo que enseguida izó la cometa.
Solté cuerda tan rápido como pude hasta dejarla elevarse unos diez metros.
Entonces, después de varios minutos resistiéndose a ondear, la liberé. La dejé
ser compañera del viento hacia las alturas, hasta ese lugar en el que poder
volverse un punto diminuto y desaparecer para siempre. Ese lugar en el que
otros niños con menos suerte que Diana podrían jugar con ella cada atardecer
hasta que cayese la noche y la cometa se mezclase con las constelaciones.
Papá, unos metros más atrás, rayaba su cuaderno dando forma a su último
trazo estival. Al verme, sonrió. Entendió muy bien mis motivaciones y,
aunque como padre de familia tratase de aparentar ser fuerte e inquebrantable,
en su intimidad las compartía.
Papá terminó su dibujo y cerró el cuaderno. Me propuso merendar en
casa, lo que me pareció buena idea. Tenía ganas de volver con mi hermana y
escuchar a su lado por enésima vez algún disco antiguo.
Me despedí del faro. Le dije adiós al mar, a las rocas y a la arena. Le
deseé mucha suerte al esqueleto de la barca encallada, que todavía gozaría de

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unas horas al sol antes de que la marea lo cubriese con su velo. Después, nos
fuimos.
Dos días después cargamos los últimos bultos en el maletero de nuestro
coche y pusimos rumbo a Pine Valley, el pequeño pueblo enclavado en las
afueras de San Diego en el que teníamos nuestro hogar habitual.
Necesitábamos dejar muchas cosas atrás, pasar página en nuestras vidas tras
un verano atroz y empezar a escribir sobre un papel nuevo que permitiese
rimar versos de felicidad. Era lo que necesitábamos y lo que queríamos.
Más adelante supe que las personas con los años perdemos en gran
medida la capacidad de sobreponernos y que el pasado no es algo que en
realidad se olvide nunca. El pasado es, además, presente, y en buena medida,
futuro. Es un tiempo omnipresente que nunca se termina del todo y que,
cuando nos morimos, se adhiere a la piel de quienes nos han acompañado
hasta ahí.
Al poco tiempo, mis padres, mucho más conscientes de lo sucedido y con
menos tolerancia a maquillar el dolor con nuevas alegrías, se encerraron en la
desesperación, terminando por agarrarse al único clavo que quizá tenían a
mano. Tal vez buscasen solo su dinero o tal vez, en verdad, calentasen su
alma con un rayo de esperanza en esos últimos momentos. No sabría qué
decir, supongo que solo ellos podrían haber respondido a esa pregunta. Lo
que sí sé es que nos dejaron solas en el mundo. Sin familia. Solas, llorando y
mirando al cielo, diciéndole adiós a un cometa que cada noche se alejaba un
poco más en la eternidad del universo.
Pensándolo fríamente, es normal que luego hiciese lo que hice.

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XI
21 de julio de 2019
Día 1 del Año de Incertidumbre

Pasé la mayor parte de mi detención confinada en los calabozos de la


comisaría, sin que nadie se molestase en explicarme los motivos. Ni los dos
individuos que me arrestaron, ni tampoco los escasos policías que se dignaron
a dirigirme la palabra, me dieron ninguna información sobre por qué había
sido secuestrada de mi casa y encerrada allí.
«Bonita manera de empezar mi año de incertidumbre…», pensaba para
mis adentros.
En los calabozos había media docena de celdas enfrentadas a lo largo de
un amplio corredor. A mí me ubicaron en la última a la derecha, habiendo
otras tres ocupadas también. Eran tres hombres y de vez en cuando hablaban
entre ellos. Por sus conversaciones deduje que dos se conocían de antes y con
el otro habían coincidido allí por primera vez. También que llevaban varios
días retenidos y que no se habían enterado de la noticia del cometa. Me
dirigieron la palabra tres o cuatro veces, y de un modo educado, pero no quise
participar en su tertulia y opté por ignorarlos. No sabía nada de ellos. Podían
haberlos arrestado sin motivos, como a mí, o podían ser tipos peligrosos, y yo
tampoco era de las que hacían amigos nuevos nada más llegar a los sitios.
Además, no tenía ninguna gana de hablar. Me daba lo mismo el tema o con
quién, no tenía ánimos para nada.
El aire era bastante frío en nuestro sótano y mi chaqueta de ante no
abrigaba lo suficiente. Pedí una manta y un café en voz alta, pero mi solicitud
fue ignorada. Aparte de herméticos y mecanizados, los agentes de esa
comisaría podían tacharse de poco hospitalarios. Decidí que nunca los
invitaría a mis futuras fiestas de cumpleaños. Pero ¿qué se creían? ¡No tenían
ningún derecho a tratarme como a un criminal! Aunque, bueno, quién sabe
cuántos cumpleaños me quedaban por celebrar. ¿Uno? ¿Dos? Seguramente no
más.
Pasadas ocho o nueve horas desde mi llegada, fui requerida en una mesa
de interrogatorios. Allí me esperaba un hombre rudo, de esos que por norma

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rechazan las invitaciones de sus compañeros para tomarse una copa al acabar
la jornada, y se van a casa cuando ya solo quedan en el edificio el vigilante de
la entrada y él. Imaginé que no viviría con nadie o, en su defecto, con su
madre. Aunque no era demasiado afable, el susodicho sí tuvo al menos la
decencia de explicarme por qué me acusaban. Según él, habían encontrado
fotos mías y diverso material relacionado conmigo en el ordenador de un
ciberdelincuente. Quizá debería haber exigido la presencia de un abogado,
pero en aquellos momentos me sonó todo tan disparatado que supuse que en
cuanto abriese la boca le trasladaría esa misma impresión y me despediría con
una disculpa y una sonrisa bobalicona.
Pero la realidad no fue exactamente así.
Cuando me enseñó una foto descubrí que el peligroso ciberdelincuente
con el que se me asociaba era, según él, Omar Tebbetts, el chico informático
que vivía en el edificio de enfrente. Aquello me resultó bastante chocante,
porque me di cuenta de que mientras yo lo observaba sin demasiado interés
fumando un cigarrillo al acabar el día, él recolectaba fotos mías y algún tipo
de información relevante. No obstante, no parecía que hubiese hecho nada
con todos esos datos, o por lo menos el inspector no aludió a ello. Lo que sí
hizo fue culparle de la quiebra de Hoffmeister and Associates, el hasta hacía
pocas semanas gigante de las finanzas, primero accediendo a información
privilegiada, tanto de ciertas actividades empresariales ilícitas como de
impopulares andanzas de algunos directivos, y después difundiéndolas por las
redes. El revuelo hizo desplomarse sus acciones en bolsa y sus principales
clientes les retiraron de inmediato su capital y su confianza.
Como no podía ser de otra forma, yo no tenía mucha idea de lo que me
estaba hablando y así se lo reiteré varias veces. Le pregunté si no había visto
las noticias, si creía que aunque sus insinuaciones fuesen ciertas, en ese marco
concreto, tenían la más mínima importancia. No me contestó, pero su silencio
me dio a entender que en el fondo compartía mi visión.
El inspector, si es que ese era su rango, me hizo unas cuantas preguntas
relacionadas con el chico informático, hasta que pareció darse por vencido.
No sé si esperaba una confesión al uso, pero desde luego no iba a poder
establecer una conexión directa entre nosotros dos basándose en mi
testimonio. El hombre salió de la sala y, tras unos minutos en los que supuse
que habría intercambiado impresiones con algún colega, entró con la boca
arrugada, me miró con desagrado y me dijo que seguiríamos hablando en otro
momento.

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Volvieron a llevarme a la celda, para entonces algo más caldeada. Me
llamó la atención, y a la vez me indignó, que el resto de ellas siguiesen en su
mayoría vacías. ¿Es que nadie había hecho nada peor que yo tras la bomba
informativa que habían arrojado la noche anterior? Un cometa se iba a
estrellar contra la Tierra ¿y yo era la mayor amenaza? Sentí tanta impotencia
y ganas de ahogar a los dos imbéciles que me habían arrastrado hasta allí, que
empecé a enfurecerme. Me estaban robando las preciadas horas que le
restaban a mi vida con el único pretexto de que un sociópata tenía fotos mías
fumando un cigarrillo.
El policía que me acompañó prometió llevarme en breve el desayuno y, a
los pocos minutos, apareció con una bandeja de huevos revueltos, beicon y
café. Tenía más sueño que hambre pero la comida no tenía mala pinta, así que
opté por comer algo. Cuando regresó a por la bandeja, le pregunté cuándo
pensaban sacarme de allí. «Pronto», fue todo cuanto le apeteció responder.
Pasaron varias horas cargadas de desesperación. No me dejaban hablar
con nadie, ni siquiera por teléfono. Cada vez parecía más conveniente contar
con la defensa de un abogado, pero aquellos prepotentes no se dignaban ni a
sugerírmelo. Me dije por un momento que les prepararía una buena demanda
cuando saliese, pero luego recordé que tampoco tendría mucho sentido
emplear lo poco que me quedaba en pleitos absurdos.
En fin. Un par de años. ¿Quién iba a decirme unas horas antes que me
quedaban solo dos años para jubilarme? Claro, que tampoco tendría opción de
disfrutar el tiempo libre que vendría después… Dándole vueltas a esos
pensamientos llegó un punto en el que me sentí incluso ridícula. ¿Qué estaba
haciendo? ¿Planificar los últimos años antes del Armagedón? ¡Qué estupidez!
No obstante… ¿Qué otra cosa podía hacer? Estaba claro que mi percepción
del mundo se había alterado por completo. La mía y seguramente la del resto
de seres humanos. Los millones de personas que habitábamos el planeta
habíamos cambiado de forma radical nuestra concepción de la vida. Nuestra
escala de valores acababa de truncarse y algunas de las cosas más importantes
iban a dejar de serlo, mientras que lo que hasta entonces considerábamos
simples naderías pasarían a ser ocasiones únicas y vivencias irrepetibles.
Entonces recuerdo que me invadió un miedo horrible al pensar que la
próxima vez que saliese al exterior, el mundo sería distinto. No tenía ni idea
de cómo serían sus calles, sus gentes, sus aromas, sus colores… Todo lo que
me encontraría en él sería nuevo, todo habría cambiado. Sin embargo, todavía
no era consciente de cuánto.

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Uno de mis compañeros, quizá en una situación distinta a la mía, pero no
despareja, empezaba a hartarse también y decidió gritar improperios contra
todo el mundo. Nadie le hizo mucho caso. Me tumbé en el banco a descansar
un rato. Estaba totalmente extenuada. La última semana había sido casi como
una alucinación para la que no encontraba en mi cabeza un molde adecuado.
Y como guinda al pastel nos dicen que en apenas un año nos iríamos todos a
la porra. Mis neuronas no podían más, se habían fundido. Tenía tanto sueño…
La forzada reclusión me sirvió para reflexionar sobre el presente y un
hipotético futuro que nos aguardaba como especie en vías de extinción. Quizá
demasiado. Pero ¿quién sería capaz de espantar un pensamiento así de su
mente estando en un lugar en el que no cabía hacer otra cosa que pensar?
«¡Quiero hacer una llamada!», exigí a voz en grito, pero nadie me hizo
caso. Repetí mi alegato más alto y al poco apareció un policía pelirrojo de
acento sureño.
—¿Qué te pasa?
—Quiero llamar. Sé que tengo derecho —⁠dije, aunque sabía que tenerlo
no me hacía dejar de depender de su permiso.
—¿Vas a llamar a un abogado?
—Tal vez.
Sin molestarse en ocultar su fastidio, el policía abrió la celda y me
custodió hasta una cabina telefónica. Me dio un plazo de cinco minutos para
terminar de hablar y se retiró para dejarme un poco de protocolaria intimidad.
Marqué sin demora los números sobre el teclado del aparato y me acerqué el
altavoz al oído. Tras cuatro tonos ligeramente espaciados, respondió una voz
femenina carente de emoción.
—Diga.
—¡Diana! Soy Daniela.
—¿Quién?
—Tu hermana.
—Lo siento, señorita, se ha equivocado.
—¡No!
—Esto es una mueblería y no hay ninguna Diana en plantilla.
Maldita sea, estaba segura de haber marcado bien el número. Si la llamada
no había llegado a su destinataria sería porque las líneas se habrían cruzado
por el camino. «Disculpe», dije antes de colgar y volver a pulsar la sucesión
numérica sobre el panel metálico.
—Una llamada, guapa —me recordó el policía llegando por detrás y
poniendo su mano sobre el dispositivo de desconexión⁠—. Y ya la has hecho.

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—No he podido hablar con quien quería —⁠pronuncié casi suplicando.
—Aquí no existen privilegios. Un detenido, una llamada.
—¡Por Dios! ¿Pero qué le pasa? ¡Se va a acabar el mundo en un año, no
me venga con tonterías!
—Pero todavía no se ha acabado —⁠reprochó, como si ese hecho no le
importase en absoluto.
—Quiero un abogado ¡ya!
—Está de camino, no seas pesada.
—¿Seguro? —No me lo creía.
—Venga, que no tengo todo el día —⁠dijo, empujándome para que me
moviese.
Volvió a encerrarme en la celda y a dejarme sola, pero ahora mucho más
desesperada. Necesitaba saber que mi hermana estaba bien, hablar del tema y
conocer sus planes. Era probable que se pareciesen a los míos, pero eso no
significaba que no quisiese oírselos explicar. Después, le hubiese pedido que
me enviase un abogado, pues no me fiaba de la palabra de ese estúpido
carcelero uniformado, pero eso lo hubiese dejado para el final.
Me senté en la cama derrengada. Me pregunté qué había pasado con mi
vida en las últimas veinticuatro horas. Me planté ante ellas con ilusiones, con
un espléndido concierto en ciernes y con muchos más por delante. Tenía
suficientes pacientes en mi consulta como para sentirme orgullosa y realizada,
y me permitían soñar con una posición financiera, al menos, desahogada.
Ahora estaba arrestada por algo ajeno a mí, con poco más de cuatrocientos
días en el calendario y una sensación de derrota como nunca antes la había
tenido.
Me recosté en la cama y cerré los ojos. Mis fuerzas empezaron a
sedimentarse sobre la almohada como atraídas por la gravedad y enseguida
me quedé dormida.

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XII
22 de julio de 2019
Día 2 del Año de Incertidumbre

Alguien me llamó. Abrí un ojo. No discernía si había llegado a quedarme


dormida o no, pues sentía mi consciencia como una nebulosa lejana y difusa.
Junto a la puerta estaba el policía pelirrojo que ya conocía, abriendo la
cerradura. «Hora de largarse», dijo sin más. «¡Por fin!». Uno de mis
compañeros de calabozo protestó airadamente: «¡Vaya! Parece que a no todos
los que estamos aquí nos dispensan el mismo trato. La mudita está en el grupo
de los delincuentes prioritarios. ¿Quién eres, guapa, la puta de algún
ministro?». Otro de los detenidos rio su ocurrencia. El tercero no reaccionó.
No sabía si estaba dormido, si no le había hecho gracia o si ya lo habían
soltado. No me fijé en su celda la última vez que pasé frente a ella.
El agente me acompañó hasta la entrada, me entregó mis cosas y me
advirtió que no me fuese muy lejos durante los próximos días. No entendía
qué había pasado para que mi situación cambiase de repente, pero no quise
preguntar. Si me dejaban ir, sería por algo. Seguramente, el raciocinio había
encontrado un pequeño hueco por el que colarse en sus cuadriculadas
cabezas, haciéndolos reflexionar.
Un gran tumulto se agolpaba en torno a la puerta de la comisaría, no en
actitud violenta, pero sí bastante nerviosa. Lanzaban proclamas contra la
Policía ante una barrera de antidisturbios. Bajé la escalera y a duras penas me
fui abriendo paso entre ellos. Por suerte, mi presencia no atraía su atención y
la mayoría se apartaba unos centímetros sin ni siquiera darse cuenta.
Al salir de la zona con mayor densidad de gente, le pregunté a una mujer
cariaceda el motivo de sus quejas. «La Policía está impidiendo el acceso a los
hospitales y, como la mayoría de clínicas no abren desde ayer, mucha gente se
está quedando sin atención médica y sin medicinas», me dijo. Me pareció
muy comprensible su enojo. Por mi profesión sabía la importancia de una
medicación continua y bien planificada.
Me aparté del grupo unos cuantos metros y encendí mi teléfono móvil. La
batería se había descargado casi por completo y apenas tenía cobertura. Miré

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la hora en su alargada pantalla y abrí el calendario. Eran casi las seis de la
tarde del lunes 22, lo que significaba que había dormido unas cuantas horas y
que había perdido un día y medio de mi año de incertidumbre entre rejas. Era
para tirarse de los pelos.
Cuando volví a alzar la vista enseguida noté que algo había cambiado a mi
alrededor. Melbourne me seguía resultando una ciudad gris y apática, repleta
de gente contaminada por sus propias preocupaciones. La mayoría siempre
me había parecido que se movía de una forma mecanizada, como si el interior
de sus cuerpos estuviese formado enteramente por muelles y engranajes.
Cuando abrían la boca para hablar, solo se oían los chirridos de sus piezas mal
engrasadas rozando entre ellas. Sin embargo, palpé algo en el aire que no
estaba dos días antes. Aparte de una menor afluencia en las calles, por
primera vez, un vínculo común unía todas nuestras almas como una gran
telaraña tejida con hilos de miedo. La gente caminaba mirando al suelo,
alzando solo la cabeza para comprobar el estado de algún semáforo o la
proximidad de los coches al cruzar la carretera. Hasta ese día nunca había
sentido tal conexión. Lo normal era que unos fuesen a trabajar pensando en
sus familias, otros en el béisbol y otros en sus deudas o en su cada vez más
patente exceso de peso. Pero a partir de entonces, los pensamientos
empezaron a ser los mismos para todo el mundo. Quizá no era el hecho de
saber que teníamos fecha de caducidad, porque eso era algo que todos
sabíamos desde el principio, sino el darnos cuenta de que ese instante había
sido fijado ya en el calendario y estaba mucho más cerca de lo que a todos
nos hubiese gustado.
Me paré frente a un dispensador de periódicos que todavía contenía
algunos ejemplares del día anterior. Herald Sun, The Daily Telegraph y The
Age abrían sus ediciones con la misma portada. Lo que mostraba la última la
hacía sin duda la más impactante de las tres: una gran cruz de mármol con una
leyenda que rezaba: «Descanse en paz, Humanidad». Sentí un escalofrío
arrollador. ¿Hasta qué punto podía un rotativo afirmar que la Humanidad
estaba sentenciada sin tener la rotunda certeza de que así ocurriría? ¿Habían
estudiado detenidamente todas las informaciones aparecidas en la televisión y
las habían completado con indagaciones propias? ¿Hasta dónde habían podido
investigar en un par de horas? ¿Contarían con el testimonio de alguno de los
científicos que participaron en el descubrimiento? Sentí curiosidad por saber
si dentro del rotativo se desvelaban esas cuestiones pero, al no llevar dinero
suelto encima, renuncié a comprar algún ejemplar.

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Busqué un taxi libre por la zona y en cuanto lo identifiqué, le hice un
gesto para que parase. El vehículo aminoró la marcha y se detuvo a mi lado,
dándome tiempo para subir en él. En su interior encontré a un taxista gordo y
velludo que, a juzgar por el olor a tabaco en el que flotaba, solía fumar con
asiduidad.
—¿Qué hace sola por la calle con la que se está preparando? —⁠me
preguntó antes de nada.
—Intento ir a casa. ¿Me lleva?
—No estoy de servicio, pero la he visto ahí, medio perdida, con esa cara
de no creerse lo que está pasando, y he tenido que parar a recogerla.
—Ah… Pues muy amable.
—Ande, dígame a donde la llevo.
Le indiqué mis señas y me abroché el cinturón, rogando no haberme
topado con un hombre necesitado de alguien con quien hablar. En cualquier
caso, si trataba de darme conversación, lo menos que podía hacer era
corresponderlo. Como se vio muy pronto, no todo el mundo estaba dispuesto
a seguir trabajando hasta el mismo día de su muerte, y yo necesitaba que
alguien me llevase a casa. Me acordé de mi coche, aguardando solitario en el
taller a que algún mecánico piadoso lo reparase y comprendí que nunca
volvería a subirme en él.
—Si le parece bien, daremos un pequeño rodeo por Elizabeth Street. Vi
gente muy nerviosa en Chinatown la última vez que pasé por allí.
—Sí, como usted quiera.
—Muy bien —dijo el taxista, al tiempo que engranaba la primera marcha.
En la radio tenía sintonizada una emisora que cubría la única noticia que
probablemente le importase ya a la gente.
—Parece que estamos bien jodidos, ¿eh, señorita? —⁠dijo con voz rota,
mirándome a través del espejo interior.
—Eso parece.
—Antes han dicho que hay riesgo de que se empiece a especular con la
comida.
—Ya.
—Por lo visto, en algunos supermercados que abrieron ayer se agotaron
las provisiones en cuestión de minutos.
—¿De veras?
Eso sonaba muy preocupante.
—Sí. Hoy la mayoría de las tiendas no han abierto al público y mañana es
posible incluso que no lo haga ninguna. Ya sabe, en las que tengan todavía

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mercancía estarán liados cambiando etiquetas por otras con unos precios diez
veces mayores.
—¡Serán capaces!
—No lo dude. Se teme que muchas empresas cesen su actividad, con lo
que algunos productos básicos podrían convertirse desde ya en artículos de
lujo. Además, los cajeros se han quedado sin dinero en efectivo y los bancos
no piensan reponerlo.
—¡Qué barbaridad! ¿Y qué dice el Gobierno?
—¡Nada! ¿Qué va a decir? Pide a los empresarios que no inflen los
precios y que sigan produciendo como hasta ahora. Como si alguien fuese a
hacer caso a esos botarates encorbatados.
—Tiene usted razón.
Siguiendo en parte mis instrucciones y, en mayor medida, su propio
criterio, el taxista se las arregló para dejarme a las puertas de mi edificio. No
nos topamos con grandes aglomeraciones de gente, pero sí con varios grupos
de jóvenes que gritaban y bebían a morro botellas de alcohol. A esas horas su
estado físico empezaba a resentirse. Seguramente la desesperación hubiera
hecho a la mayoría beber más de la cuenta. Le pagué al taxista la cantidad que
marcaba el taxímetro más una buena propina y bajé del vehículo echando un
rápido vistazo alrededor. La situación parecía en calma, pero aun así opté por
cubrir corriendo los escasos metros que me separaban del portal, al tiempo
que buscaba en mi bolso la llave de la puerta. Oí gritar a alguien al final de la
calle, pero no me volví para ver quién era. Metí la llave en la cerradura y la
giré hasta accionar el mecanismo. Quien quiera que estuviese a lo lejos volvió
a gritar. Sentí un escalofrío y me apresuré a entrar en el edificio y cerrar la
puerta. Miré durante unos segundos a través del cristal, pero nadie se acercó,
lo que me ayudó a recobrar una incierta tranquilidad.
Cuando me di la vuelta enseguida me llamó la atención el desorden que
reinaba en el portal. Alguien había volcado las papeleras y las macetas,
desperdigando restos de basura y tierra por el suelo. Dos lámparas de pared
estaban rotas y no alumbraban, aunque gracias a que otras dos todavía
funcionaban, aun en penumbra, podía verse dónde se pisaba. El señor
Francisco no estaba en su portería, en esos momentos cerrada a cal y canto y
con la luz apagada. Llamé al ascensor y esperé su llegada. Se oían ruidos
provenientes de la escalera, como si alguien estuviese moviendo muebles por
el descansillo. Sin embargo, a nadie se oía hablar. Debía tratarse de una única
persona.

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Me dio la impresión de que el ascensor partió del tercero, pero el tiempo
que tardó en llegar hasta el bajo me pareció una eternidad. Cuando por fin se
detuvo ante mí y abrió sus puertas, pude contemplar su caótico interior. El
suelo estaba encharcado de un líquido que por su olor y tonalidad parecía
orina, y en las paredes alguien había garabateado con spray varias palabras
malsonantes. No me apetecía nada encerrarme en semejante retrete durante
casi medio minuto, pero los ruidos de la escalera tampoco me gustaban, así
que busqué una pequeña porción de suelo a la que no había llegado la
presunta micción y situé en ella los pies.
Por fortuna, conseguí aguantar la respiración durante todo el trayecto, y
solo necesité tomar aire una vez que ya había salido del elevador. De todos
modos, mi alegría duró muy poco. La puerta de mi apartamento se encontraba
entreabierta, aunque estaba segura de que la había cerrado antes de irme. Miré
a ambos lados, pero no vi a nadie, ni tampoco cuando me asomé por el hueco
de la escalera. El que estuviese moviendo muebles hacía un par de minutos,
ya se había ido. Me fijé en las puertas de mis vecinos y constaté que todas
ellas estaban bien cerradas. Quien hubiese forzado la mía debió elegir mi
apartamento a sabiendas de que no había nadie dentro. Me recordé a mí
misma que velar por la seguridad a partir de esos momentos iba a ser
fundamental.
Afiné el oído, pero no capté ningún ruido que pudiera provenir del interior
del inmueble. Por un momento me sentí tentada de llamar a algún vecino, y
también a la Policía, pero al final me decanté por valerme por mí misma y
empujé suavemente la puerta rezando por que no chirriara demasiado.
Dentro, la casa aguardaba invadida por la oscuridad. Como es lógico,
preferí no encender la luz y dejarme guiar por mis dilatadas pupilas. Me armé
con un paraguas que dejaba siempre en el recibidor y me interné en el salón
andando de puntillas.
Casi se me sale el corazón del pecho cuando noté a Coyote pasar
restregándose por mis tobillos. Mi grito asustado alertó de inmediato al
ocupante de mi apartamento, que no se había percatado de mi llegada y
dormitaba en una silla junto a la ventana. El intruso saltó como un resorte de
la silla y me encaró pero, contra todo pronóstico, pronto adoptó una posición
defensiva.
—¡No! ¡Espera! —gritó sobresaltado. Por su timbre de voz, era un
hombre.
Su presencia allí no podía significar nada bueno, así que le asesté un duro
golpe con el paraguas en la cabeza y corrí a encender la luz. Él chilló

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dolorido.
—¡Espera, por favor! ¡No he venido a hacerte daño! —⁠gritó para
detenerme, pero haber entrado sin permiso en mi casa no me parecía un buen
comienzo.
Al accionar el interruptor, el ambiente se aclaró y el individuo se reveló
ante mí como un hombre joven de buena estatura, vestido con tejanos negros
y una sudadera con capucha con la que cubría la mayor parte de su rostro. No
estaba armado ni, en principio, parecía dispuesto a utilizar la fuerza contra mí.
—¡Cálmate!
—¡Quítate la capucha! —le exigí con un coraje impropio de mí.
El joven obedeció la orden sin resistirse.
—¡Tú! ¡Tú eres el tipo que guardaba fotos mías en el ordenador! —⁠lo
acusé nada más reconocerlo. Mi propia voz canalizó mi ira hacia un nivel
superior.
—Sí, así es, y lo siento —se disculpó. Parecía en verdad avergonzado⁠—.
Por favor, deja que te lo explique.
—¿Qué pasa, eres algún tipo de psicópata o solo las querías para…
para…?
—¡No! Ni una cosa ni la otra.
—¿Ah, no? ¡¿Y qué estás haciendo ahora en mi casa, cabrón?!
—¡Esperarte!
—¿Esperarme?
Lo apunté con el paraguas para dejarle claro que volvería a usarlo si me
obligaba a ello.
—Te envié un mensaje hace unos días, y también un correo electrónico.
Quise llegar a ti en dos ocasiones, pero en ninguna de ellas me lo permitiste.
—¡Sal de mi casa ahora mismo o llamo a la Policía!
—¡No, por favor! ¡Deja que te explique!
—¿Qué tienes que explicarme? ¡Vamos, habla!
—Aquí no estamos seguros, Daniela, ven conmigo y te lo aclararé todo
—⁠me pidió, muy nervioso.
Me resultó chocante que me tratara por mi nombre de pila.
—Por favor… —insistió al ver que no me movía⁠—. Has visto la puerta.
Lo creas o no, no fui yo quien la forzó.
—¿Dónde está el portero?
—¡No lo sé!
—¿Quién lo hizo? La puerta. ¿Quién la forzó?

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—¿Quiénes van a ser? ¡Los mismos que te llevaron la otra noche! No
tenían una orden para registrar tu casa, así que entraron por la fuerza.
—Pues parece que sí la tenían para registrar la tuya. ¿Por qué?
En esos momentos, el ruido de unos cristales rotos y un maullido llegaron
juntos desde la cocina. Coyote había tirado al suelo el vaso en el que había
atrapado a la araña que correteaba por la pared. A buen seguro, al pequeño
arácnido le había sobrado tiempo para escabullirse entre los trozos de vidrio.
Coyote también salió corriendo de casa hacia las escaleras.
—¡Dichoso gato!
—¿Ha sido el vaso de la araña?
—Sí.
—¿Y qué hacías con una espalda roja metida en un vaso?
—La encontré caminando por la pared.
—¿Por la pared de esta casa?
—¡¿Y a ti qué más te da?!
Pero a decir verdad, todo parecía de suma relevancia para él.
—Coge lo que necesites, pero no mucho, y vamos tras él. Aquí no
estamos a salvo —⁠dijo, mirando con cuidado por un lateral de la ventana⁠—.
¡Date prisa!
—¿Que no estamos a salvo? ¿Y adónde deberíamos ir para estarlo?
—No lo sé, fuera de la ciudad, al menos. Andar por la calle también se ha
vuelto muy peligroso. Tenemos que resguardarnos en un lugar seguro cuanto
antes.
Lo miré detenidamente. La realidad es que no me infundía el más mínimo
temor, por mucho que tuviese en cuenta su allanamiento de morada. Entonces
volví a pensar en la araña. No tenía ni idea de dónde se habría guarecido y ni
por todo el dinero del mundo estaría tranquila sabiendo que ese ser del
infierno campaba a sus anchas por mi casa.
—Y no es solo una cuestión de seguridad; lo hago por ti, quiero hacerte
abrir los ojos.
Intencionada o no, su afirmación estableció una rápida conexión en mi
cabeza.
—«Si tus ojos no pueden ver, mira a través de los míos».
El chico asintió.
—Vamos —volvió a insistir—, Coyote ya debe estar bastante lejos.
—¿Cómo sabes su nombre?
Él se subió otra vez la capucha y respondió como si fuese una obviedad.
—Sé mucho sobre vosotros.

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Pensé que con esa respuesta no hacía más que empeorarlo, pero me di
cuenta de que la introversión era una de sus mayores virtudes y lo encuadré
en su contexto.
—Déjame hablar contigo y, si quieres, vuelve luego y quédate aquí
—⁠reiteró.
Pero por mucho que me garantizase la conveniencia de seguirle el juego,
no conseguía convencerme de que esa fuese mi mejor alternativa. Entonces
sucedió algo con lo que ninguno contábamos.
—¿Danieeela? —preguntó alguien con voz melosa desde la puerta.
«¿¿Desmond??». Le hice un gesto al chico informático para que se
escondiera y pegué la espalda a la pared.
—Acabo de oírte, sé que estás ahí —⁠me advirtió Desmond Warren. El
tono empleado me produjo un terrible escalofrío⁠—. Vamos, no pretenderás
esconderte en un apartamento de, no sé, ¿cuarenta metros cuadrados, a lo
sumo? Dios santo, no sé cuánto dinero se podría sacar por un cubículo así.
No entendía qué hacía ese hombre en mi casa, y mucho menos
comportándose de ese modo. Tal vez se había propuesto ratificar lo
grandísimo hijo de puta que era.
—He venido antes, pero no estabas. ¡Una pena! Aunque… no te
preocupes, como ves, soy un hombre paciente. Cuando quiero algo, no me
precipito ni pierdo la cabeza. Simplemente, voy dejando que poco a poco se
vaya acercando a mí hasta que… ¡Zas! ¡Lo atrapo con los dientes!
Desmond Warren cerró la puerta tras de sí de un portazo. Estaba claro que
sus intenciones no eran honestas. Debía tener cuidado, pues no sabía si poseía
algún arma, y aunque su voz no lo denotase, podría haberse drogado o
emborrachado.
—Contigo ha sido así, pequeña conejita —⁠continuó diciendo mientras se
acercaba⁠—. Llevas escondiéndote de mí desde la primera vez que nos vimos,
pero ya ves, aquí estamos tú y yo. Ese cometa te ha jugado una mala pasada,
¿sabes? Porque me ha hecho replantearme alguna que otra cosa.
El chico informático me miró buscando indicaciones sobre cómo actuar.
Aunque deseaba que saltase sobre él y le reventase la cabeza, le hice un gesto
para que se mantuviese oculto. No veía ningún objeto contundente cerca de
mí que pudiese usar para defenderme, pero junto a él había un cenicero de
cristal bastante robusto. Le indiqué que lo cogiese.
—Un año y pico, dicen que nos queda. Después… ¡Pum! ¡Todo al
cuerno! Como que las cosas han dejado de tener mucho sentido, ¿eh? No sé,
el trabajo, los ahorros, las deudas, las condenas…

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«¿Las condenas? ¡Cerdo de mierda! ¡Vas a saber lo que es una condena!».
El sonido de unos trozos de cristal pisoteados llegó desde la cocina.
Parecía que Warren había elegido ese lugar para empezar a probar suerte en
su cacería. De haber estado sola en esos momentos no sé lo que hubiera
pasado. Pero no lo estaba, y aunque el chico informático era flacucho y se
notaba que no había levantado una pesa en su vida, sí que tenía nervio
encerrado.
—He pensado que lo más lógico sería invertir ese tiempo en disfrutar de
los placeres de la vida, ¿no te parece? Y quien dice «de la vida», dice «de la
carne…». Estoy seguro de que ambos lo podemos pasar muy bien. Total, ¿qué
puede ocurrir? ¿Qué te arrepientas? No será una carga que arrastres muchos
años…
Ya de por sí, imaginarme teniendo sexo con semejante espécimen me
revolvía las tripas. Pero es que, además, el muy cabronazo había venido a
violarme. Había oído la noticia en la televisión y lo único que su mente había
elucubrado era que podría forzar a las mujeres sin temor a represalias. Solo
por individuos como Desmond Warren el mundo podía irse tranquilamente a
la mierda y nadie lo echaría en falta.
—A propósito —añadió al atravesar la puerta que unía la cocina con el
salón⁠—. Sé que no estás sola. Hablabas con alguien, pero los teléfonos no
funcionan. Estás con una amiga, ¿verdad?
El señor Warren no tuvo tiempo de poner el segundo pie en el salón. En
cuanto entró en su campo visual, el chico informático se abalanzó sobre él y
le estampó el cenicero en el rostro.
—¡No soy ninguna amiga, mamón! —⁠le gritó al golpearlo.
Dando un enorme alarido, el señor Warren reculó. El duro cristal le había
partido el tabique nasal y una gran hemorragia brotaba por sus narices. Me
sorprendió la rapidez y la decisión con la que el chico informático lo había
atacado, que unido al factor sorpresa, habían formado un embate demoledor.
Pero la víctima era corpulenta y sus niveles de adrenalina se habían disparado.
—¡¿Y tú quién cojones eres?!
Entonces vi que portaba un bate de beisbol en la mano y me enfurecí.
¿Para qué pensaba utilizarlo ese desgraciado cuando entró con él en mi casa?
Me lancé sobre su espalda y le propiné un fuerte mordisco en el hombro.
Nunca había sido una persona violenta, pero lo que pretendía hacer conmigo
ese individuo merecía un castigo. Desmond Warren volvió a gritar con la
misma virulencia.
—¡Serás zorra! ¡Te vas a enterar!

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Con un rápido movimiento me cogió del pelo y, dando un brusco tirón,
me arrojó al suelo. El chico informático corrió en mi ayuda, pero el señor
Warren se anticipó a su ataque y le asestó un golpe con el bate en la pierna,
haciéndolo doblar la cintura. De inmediato, aprovechó para estrellárselo de
nuevo en la cara, dejándolo temporalmente inconsciente.
—¡Eres un psicópata y un salvaje! —⁠le grité, deseando desde lo más
profundo poder hacerle mucho daño.
—¡Gracias! —exclamó pegándome una bofetada⁠—. ¿Y ahora? ¿Quién te
va a defender? Vine con la intención de que ambos lo pasásemos bien, pero
me has hecho cambiar de opinión. Ahora solo seré yo quien disfrute.
Intentó arrancarme los botones de la camisa pero lo sujeté por la muñeca y
se lo impedí. Entonces lanzó un pequeño quejido, atenuado sin duda por la
ingente cantidad de testosterona que colmaba su cuerpo.
—¡Maldito bicho!
El inquieto arácnido, liberado de su cárcel de cristal, se las había
arreglado para trepar a su mano y había hincado sus afilados dientecillos en
ella. El sarpullido fue inmediato; debía tratarse de una especie bastante
venenosa. Desmond Warren miró a la araña, la espachurró de un puñetazo
contra el suelo y luego se acercó la mano a los ojos. Lo que vio no debió
gustarle.
—¡Una espalda roja! ¡Joder, cómo escuece!
La urgencia del imprevisto le hizo aligerar su opresión.
—¡Rápido, dame el antídoto!
—No tengo ningún antídoto.
—¿Qué? ¿Tienes espaldas rojas en casa y no tienes antídoto? ¡Eres más
tonta de lo que pensaba!
Desmond Warren se incorporó y sacó de un bolsillo del pantalón un
puñado de bridas de plástico. Me agarró una mano e intentó rodearla por la
muñeca con una de las alargadas tiras, pero sus movimientos empezaron a
volverse torpes e inseguros. Sus ojos empezaban a perder la orientación
dentro de sus cuencas oculares. Parecía sentirse aturdido y mareado. Se puso
en pie tiritando y se apoyó en el armario.
—No… no te muevas de aquí. Vuelvo… enseguida —⁠dijo, mientras se
daba la vuelta y se alejaba dando tumbos hacia la puerta.
Gateé hasta el chico informático y le sujeté la cabeza. Tenía una fuerte
contusión en la frente. Me levanté y fui al baño. Mi pulso seguía enloquecido.
Cogí una toalla, la empapé de agua fría y regresé con ella al salón. Se la puse

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sobre la cabeza y esperé a que le surtiese efecto. Por fortuna, solo tardó unos
segundos en despertar.
—Uff… qué dolor de cabeza…
—Venga, tenemos que irnos de aquí.
—¿Dónde está ese tipo?
—Se ha ido, pero volverá en cuanto pueda.
El chico informático asintió. Lo ayudé a levantarse y lo acompañé hasta
una silla.
—Cogeré cuatro o cinco cosas imprescindibles.
Fui hasta la habitación, busqué mi maleta y me dispuse a meter en ella
algunas mudas para cambiarme y artículos de higiene personal. Pero entonces
me di cuenta de que seguía llena con las cosas que había llevado a Hong
Kong. La abrí y vi que todo estaba limpio y ordenado, tal y como lo había
colocado antes de partir. Resoplé. No tenía tiempo para comerme el tarro con
sinsentidos. Reuní algo de dinero rebuscando por los cajones y lo arrojé
dentro. Después, cerré la cremallera y volví al salón.
—Vamos. ¿Tienes el coche cerca?
—¿El coche?
—Sí, el mío está en un taller y hemos acordado que las calles no son
seguras.
—Mi coche está en el garaje —⁠dijo⁠—. Pero todavía no tengo carné de
conducir.
—¿Tienes coche pero no tienes carné?
—Bueno, es una larga historia.
—De acuerdo, si no sabes conducir, lo haré yo. Andando.
Salimos del apartamento sudando cautela. Me asomé por el hueco de la
escalera y comprobé que todo estaba en calma. Bajar caminando nos obligaría
a estar alerta, pero prefería eso a tener que usar el ascensor.
—Qué silencio —susurró el chico informático.
Le hice un gesto para que me siguiera y comencé a descender los primeros
peldaños. Al llegar al descansillo, nos encontramos a Desmond Warren caído
en el suelo, bocabajo. Tenía una brecha en la frente por la que había perdido
sangre, pero no parecía que la hemorragia constituyese su mayor
preocupación.
—¿Crees que está muerto?
—No lo sé.
Le toqué el cuello. Tenía pulso, aunque su temperatura era muy alta.
Probablemente el veneno de la araña le hubiese provocado fiebre. Supuse que

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no le quedaría demasiado con vida y me alegré. Estuviese bien o estuviese
mal, lo hice.
—Todavía respira. Tendrá que arreglárselas por su cuenta. No se merece
que perdamos el tiempo con él —⁠sentencié.
Continuamos bajando sin interrupciones hasta el portal. Estaba en
penumbra, pero el camino hacia la calle parecía despejado. Me acordé otra
vez del señor Francisco. Vivía en un piso de la primera planta. Acabábamos
de pasar por ella sin sobresaltos, así que no supondría un mayor problema
subir de nuevo y llamar a su puerta. Le tenía una gran estima y quería
asegurarme de que se encontraba bien.
—Espérame aquí, vuelvo enseguida.
El chico informático se sorprendió y me miró preocupado.
—¿Adónde vas? —me preguntó, pero para entonces yo ya saltaba los
escalones de tres en tres hacia arriba.
Cuando llegué al rellano, me dirigí a la puerta bajo la A mayúscula y
pulsé el timbre. Del interior llegó un sonido que parecía querer imitar las
imponentes campanas de las catedrales europeas, pero, aunque esperé unos
segundos, el señor Francisco no acudió a mi llamada. Sentí unos ojos sobre
mi nuca, provenientes del piso superior. Me giré con rapidez, pero no vi a
nadie junto a la barandilla de la escalera. Hubiera jurado que allí había
alguien, escondido quizá entre los oscuros dobleces de las sombras, pese a
que no pudiera situarlo. Sentí miedo. Noté una presencia a mi espalda, alguien
pegado a mí alargando su brazo hasta tocarme.
—Eh, ¿qué haces aquí?
Tuve que hacer verdaderos esfuerzos para no gritar del susto. Mi corazón
había saltado tanto que casi había impactado contra la úvula.
—¡Dios! ¡Por poco me matas! ¿Estás loco?
—Perdona, no era mi intención —⁠se disculpó el chico informático.
—Creo que hay alguien en la escalera. Allí —⁠dije, señalando hacia el
descansillo del segundo piso.
Él se acercó al hueco y, alzando la vista, escudriñó la penumbra.
—Si hay alguien ahí, hace esfuerzos por ocultarse —⁠remarcó⁠—. Venga,
vámonos cuanto antes. En la calle las cosas empiezan a ponerse feas.
—¿Por qué? ¿Qué pasa?
—Hay tensión en el ambiente.
Esta vez fui yo la que le seguí a él escaleras abajo y mientras
atravesábamos el portal. Tal y como decía, del exterior llegaban gritos que
presagiaban aguas revueltas.

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—¿No has visto a Coyote? —Quise saber.
—No. Habrá salido del edificio. Los gatos suelen escaparse por cualquier
recoveco.
Era cierto, pero no me consolaba. Y aunque no fuesen casos comparables,
tanto Ronnie como el señor Francisco, como Coyote…, digamos las personas
y seres más cercanos a mí, iban poco a poco desapareciendo, y por desgracia,
cuando más los empezaba a necesitar a mi lado.
Abrimos la puerta y alargamos el cuello para otear la avenida. Un nutrido
grupo de gente armaba jaleo a unos trescientos metros. Los más exaltados se
habían subido a unos coches y agitaban palos y barras de metal en el aire.
Cuando les parecía, los estampaban contra los vehículos entre risas
descontroladas y vítores. Parecían guiados por la ebriedad más que perseguir
algún objetivo o reivindicación clara. Cerca de ellos, ardían unos
contenedores volcados en mitad de la carretera.
—Por ahí es mejor que no intentemos pasar —⁠dedujo con buena lógica el
chico informático.
—Está mucho peor que cuando llegué hace un rato.
—Y más que se pondrá. ¿Ves esa furgoneta blanca? A la de tres vamos
hacia ella y desde allí cruzamos la calle hasta el buzón. Luego iremos pegados
a los edificios hasta la esquina, con mucho cuidado de que no nos vean. A
unos cincuenta metros por la misma acera está la entrada al garaje.
—De acuerdo.
—¿Preparada?
Le aseguré estarlo.
—¡Vamos!
Caminamos agachados hasta la furgoneta y, sin dejar de movernos,
atravesamos la carretera. Nada más pisar el ándito opuesto, la alarma de un
escaparate empezó a sonar de forma estruendosa. Alguien acababa de romper
su cristal con un ladrillo.
—¡Vosotros! —voceó de repente un hombre corpulento a escasos metros
de donde nos encontrábamos. Estaba sentado en el escalón de un portal junto
a otro individuo medio dormido. Ambos tenían cara de haberse pasado la
noche bebiendo vino.
—No tendréis un par de dólares por ahí, ¿verdad?
—¡No te pares! —Apremió el chico informático.
—¡Venga, hombre! ¿Para qué queréis ya el dinero?
—Lo siento —le dije—, no llevamos suelto.

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Pero el hombre no acostumbraba a darse por vencido, así que sacó una
pistola del interior de su cazadora y me apuntó con ella.
—¿Dónde vais? ¡Volved aquí ahora mismo!
Parecía incapaz de sujetar derecha el arma. Aunque disparase, sería muy
difícil que nos alcanzase. Sin embargo, el ruido atraería a los violentos que
calle abajo habían empezado a desbalijar los comercios más cercanos y era
muy difícil prever su comportamiento.
—¡Dadme todo lo que llevéis encima! —⁠ordenó en tono tajante.
El chico informático y yo nos miramos nerviosos.
—No llevamos nada, ya se lo hemos dicho —⁠dijo él, palpándose los
bolsillos.
—¡No me toquéis los cojones que os pego un tiro! —⁠gritó mientras
pasaba a encañonarle⁠—. ¿Y esas bolsas y esa maleta, qué?
—¿Qué haces, tío? —balbuceó su compañero, entornando al fin un ojo.
—Estos, que no nos quieren ayudar.
—Ah… Pues cárgatelos.
—Sí, eso va a ser lo que haga.
Aquel individuo parecía carecer de escrúpulos que le impidiesen llevar a
cabo sus amenazas; sin embargo, el sonido de una sirena de policía
aproximándose lo hizo recular.
—¡Joder, tú, vámonos! —Le azuzó a su compañero.
—Lo que nos faltaba…
A duras penas, los dos individuos lograron ponerse en pie y se alejaron
tambaleándose calle abajo. El chico informático parecía tentado a seguirlos,
pero seguramente entendió que eso no nos llevaría a nada y cambió de
parecer. El coche de policía pasó a nuestro lado a alta velocidad, dirigiéndose
a los disturbios desatados al final de la avenida. Al verlo llegar, la caótica
algazara se descontroló y cada uno de sus integrantes reaccionó de una forma
distinta. La mayoría optó por salir corriendo, pero otros cuantos creyeron que
lo mejor era dejar claro desde el principio que no pensaban someterse a una
autoridad nunca más y comenzaron a lanzar objetos hacia los agentes en
cuanto estos pusieron un pie sobre el asfalto. Los dos policías no se
amedrentaron y, armados con rifles de proyectiles de goma, abrieron fuego
contra los insurgentes. La trifulca tenía visos de no haber hecho más que
empezar, y no parecía conveniente quedarse a comprobar su incierto devenir.
—¡Vamos! —le dije al chico informático, tirándole del brazo.
Recorrimos la distancia que nos separaba de la esquina del edificio y la
doblamos con precaución. Era imposible saber qué nos esperaría en

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cualquiera de los rincones de la ciudad, así que se antojaba crucial actuar en
todo momento con la máxima cautela. La calle aparentaba estar tranquila, tal
vez por ser una vía estrecha sin mucho interés de paso. Su mayor virtud era
servir de conexión entre la avenida principal y otras paralelas, pero no
albergaba comercios ni servicios públicos. Nos metimos en el garaje bajando
por la rampa de vehículos a sabiendas de que constituía una temeridad. Tal y
como estaban los nervios, podíamos encontrarnos con un coche viniendo de
frente y no tener tiempo de apartarnos, pero no pensamos en ello en aquellos
momentos.
—Está en el segundo sótano.
Descendimos dos pisos por las escaleras de hormigón y entramos en la
zona de los aparcamientos. Algunos fluorescentes del techo parpadeaban
rogando un mantenimiento al que nadie atendía. Me fijé en que muchas de las
plazas estaban vacías, lo que significaba que la gente se había apresurado todo
lo posible a hacer las maletas y dejar su casa. Esperaba no toparme con ellos a
la salida de Melbourne o el atasco sería monumental.
—¿Cómo puede ser que todo el mundo se haya ido ya de la ciudad?
—⁠pregunté.
—Porque tienen pánico. Los he visto desde el tren mientras volvía a por
ti, dando puñetazos al claxon como posesos, como si la salvación les fuese en
ello. Pero no te preocupes, nosotros no seguiremos su misma ruta.
El chico informático accionó un botón de la llave de su coche y un
Mitsubishi Magna de color granate y apático acabado encendió sus
intermitentes a modo de bienvenida. Tenía una buena capa de polvo encima y
algunas abolladuras repartidas a lo largo de su carrocería, la más profunda,
situada en el parachoques delantero.
—No sabía que a esos modelos tan antiguos los hubiesen dotado de
apertura automática —⁠observé.
—Creo que se lo puso el anterior dueño, no venía de serie —⁠repuso él⁠—.
Toma las llaves, quedamos en que conducías tú.
Me extrañó que para no tener carné siempre llevase las llaves encima,
pero no quise comentar nada al respecto.
—Está bien —accedí.
Entramos en el coche y nos abrochamos el cinturón. Lancé mi mochila al
asiento trasero y ajusté los espejos y la distancia a los pedales. Introduje la
llave en el contacto y la giré. El viejo motor diésel gruñó como un ogro que
despierta de un sueño legendario y empezó a carburar.
—De acuerdo. ¿Adónde vamos? —⁠pregunté, agarrándome al volante.

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—Hay unos garajes en Malvern East que usamos las bandas de la zona
para ensayar. Nos resguardaremos dentro unas horas.
—¿Tocas algún instrumento?
—La guitarra.
Asentí. Saber que era músico mejoraba mi predisposición hacia él.
—¿Crees que estaremos a salvo allí?
—Es donde me he escondido estos días, desde que supe que la Policía iba
a inspeccionar mi casa.
—¿Quieres decir que no te arrestaron?
—Por supuesto que no me arrestaron. Tengo pinchadas sus emisoras,
conozco sus pasos y puedo anticiparme. —⁠El chico hizo una pausa⁠—. Bueno,
las tenía. Ahora vamos a ciegas.
—Llevo bastantes horas sin dormir, no sé si aguantaré despierta muchas
más.
—No te preocupes, en quince minutos habremos llegado. Hay un sillón y
algunas mantas, y quizá quede algo de comer. Podrás descansar un rato
—⁠dijo, interactuando con la pantalla de su teléfono⁠—. Ahora necesito que te
concentres en la conducción. Venga, salgamos de aquí.
Sin más dilación, puse en movimiento el vehículo y enfilamos las rampas
que nos llevaban de vuelta a la calle.
—Izquierda —indicó el chico informático poco antes de entrar en la vía.
Seguí las sucesivas instrucciones que me fue dando y en poco tiempo
estábamos a tres o cuatro manzanas de nuestros edificios. Hasta allí no
habíamos encontrado ni semáforos ni personas, algo que a partir de entonces
cambió radicalmente. Nada más desembocar en una de las calles que bajaban
al puerto, una gran masa humana se irguió ante nosotros cortándonos el paso.
—¿Te preguntabas dónde se había metido la gente?
—Por ahí no podremos pasar —⁠constaté.
—Ni de coña. ¡Media vuelta!
Frené y di marcha atrás unos metros, girando para poder cambiar de
rumbo.
—Probaremos por Hoddle hasta Alexandra.
—¿Te has fijado? Casi todos llevan algún objeto contundente —⁠dije, al
verlos portar barras de hierro, bates de beisbol e incluso machetes.
—Espero que solo quieran usarlos para defenderse. ¡Métete por aquella!
Entre tanto, un pequeño grupo formado por tres hombres y dos mujeres se
había pegado demasiado al coche, dificultando nuestro avance.
—¿Y a estos qué les pasa? —⁠Se impacientó mi copiloto.

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—Intentaré dejarlos a un lado.
Solté medio embrague y aceleré despacio. No quería hacerlos presuponer
que pretendía atropellarlos. Pero mis precauciones fueron en vano. Sin mediar
palabra, uno de los hombres golpeó el capó del coche con un palo bastante
grueso mientras lanzaba un grito de furia.
—¡¡Me cago en…!! —exclamó a su vez el chico informático⁠—. ¡Date
prisa, Daniela, que nos cosen a hostias!
Clavé el pie en el pedal derecho y di un volantazo para no pasar por
encima de ninguno de ellos, aunque en mi opinión bien lo mereciesen. Las
ruedas chirriaron sobre el asfalto antes de propulsarnos hacia delante. Los
viandantes dieron un paso atrás temiendo lo peor, pero por fortuna nadie
resultó herido. Esquivamos a unas cuantas personas más que se habían
acercado a nosotros no sabía muy bien por qué, y aceleré con la calzada
despejada. Se me helaba la sangre al ver las calles de Melbourne convertidas
en el plató de una película de zombis, con gente deambulando perdida como
si tuviese frito el cerebro.
—¿¿Y los semáforos?? —pregunté al aproximarnos con rapidez al
luminoso círculo rojo que nos ordenaba detenernos frente a un cruce de
caminos.
—¡Nos los saltamos! ¡Todos! —⁠Sentenció Omar.
Me pareció buena idea. Levanté un poco el pie del pedal y no dejé de
mirar a ambos lados hasta que atravesamos la perpendicular. Después,
callejeamos con rapidez por varias manzanas hasta desembocar en Hoddle
Street, desde la que enlazamos con Punt Road hasta cruzar el Yarra. Luego
tomamos Alexandra Avenue hacia el este, dejando la isla de Herring a un
lado, antes de girar al sur y afrontar una Toorak Road en la que el tráfico se
volvía más denso.
—Lo has hecho fenomenal —reconoció el chico informático.
—Gracias. No estoy acostumbrada a conducir bajo tanta presión.
—Lo imagino. Ya solo nos queda coger la autopista Monash un poco más
adelante y pronto habremos llegado.

Aparcamos en una explanada de gravilla rodeada de una veintena de garajes y


bajamos del coche. Tenía los dedos agarrotados por la tensión con la que
había estado sujetando el volante y los ojos enrojecidos por una excesiva
concentración en la carretera.
—Es ese de ahí —me indicó.

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Cogimos nuestras cosas y esperamos unos instantes para corroborar que
no nos había seguido nadie. El chico informático abrió la portezuela del
garaje que había señalado y entramos dentro. Una ventana en la parte trasera
dotaba al espacio de cierta claridad, pero todavía faltaban unas cuantas horas
para que amaneciese. Omar la cubrió con una cortina y encendió una bombilla
que, a modo de lámpara minimalista, colgaba solitaria del techo.
—Aquí practicaba con mi banda dos días por semana —⁠dijo, haciendo
desviarse mi atención hacia un póster que anunciaba un concierto colgado en
la pared. El nombre del grupo era Final Exit y el evento había ocurrido hacía
algo más de seis meses⁠—. Podemos quedarnos unas horas. Duerme ahí, yo
tengo libros para entretenerme, y también vigilaré de vez en cuando por si se
mueve algo fuera.
Aparté unos cuadernos con partituras para guitarra y me senté en un hueco
del sofá. Era muy antiguo y estaba lleno de manchas, pero parecía cómodo.
Seguramente proviniese de la renovación del mobiliario de alguna vivienda
cercana. El chico informático cogió una manta que reposaba sobre una silla y
me la tendió. Olía a armario cerrado, pero parecía libre de parásitos, así que la
acepté sin reproches y me cubrí con ella las piernas. Sin decir nada más, el
chico dio media vuelta y se sentó en la silla que había quedado libre.
Me recosté sobre el brazo del sofá y subí los pies, adoptando una postura
más cómoda. Sentía un enorme aturdimiento por todo lo que había acontecido
en mi vida en los últimos días, pero tenía la esperanza de encontrar pronto
algunas respuestas. También sentía mucho miedo. Miedo hacia lo
desconocido, hacia lo salvaje, hacia el hombre hecho hombre de vuelta a las
cavernas. Nadie podía predecir nuestro destino sin tener una gran
probabilidad de equivocarse. Pero eso tampoco es que importase demasiado
porque, en el fondo, ya todo daba igual.

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XIII
27 de septiembre de 2012
7 años antes del Año de Incertidumbre

Respiré hondo. Quedaban diez minutos para las nueve de la mañana y la


cafetería del hospital empezaba a verse bastante concurrida, sumando
empleados del propio centro y familiares de pacientes con cara de no haber
pasado una buena noche. Apuré mi valeriana y dejé la taza en la bandeja.
Había llegado la hora, el momento para el que me había estado preparando
toda mi vida. Si todo iba bien, y no tenía motivos para esperar lo contrario,
desayunaría allí por segunda vez cada día durante los próximos años. Tal vez
junto a algunos compañeros que se encontraban entonces a mi lado. Me
encantaba la idea. Había visto a varias mujeres con aspecto de auténticas
profesionales de la medicina y mi sueño era convertirme poco a poco en una
de ellas e ir compartiendo con mis colegas los casos de pacientes anónimos.
Esperaba, sobre todo, que me asignasen una buena mentora de la que pudiese
aprender las vicisitudes de la medicina práctica.
Me levanté, dejé mi bandeja en el carro y salí de la cafetería. Tomé uno de
los ascensores en la planta baja y subí al cuarto piso, donde se encontraba la
unidad de psiquiatría. Acudí al mostrador y hallé a un hombre tecleando
frente al ordenador, muy enfrascado en su trabajo.
—Buenos días —le saludé.
El hombre alzó la mirada. Tenía aspecto de ser un tipo simpático.
—Hola, ¿en qué puedo ayudarte?
—Soy Daniela Palmer, me han dicho que pregunte por la doctora Natalie
Hoffman.
—¡Ah! ¿Eres la chica que empieza hoy? —⁠me preguntó mientras
descolgaba el teléfono.
Le dije que sí.
—¡Pues bienvenida! Seguro que te va bien aquí, ya lo verás. Somos todos
una pequeña familia. ¿Doctora Hoffman? —⁠le dijo al aparato⁠—. Está aquí la
señorita Palmer, digo, la doctora Palmer. Perdona —⁠me dijo, tapando el

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micrófono con la mano⁠—. Muy bien, de acuerdo. Ajá. Muchas gracias,
doctora Hoffman. Espere aquí, por favor, que ahora mismo viene.
—Gracias.
Me entretuve observando un corcho con dibujos y fotografías expuesto
junto al mostrador. Había instantáneas tomadas con una Polaroid en ese
mismo sitio y también otras celebrando varios acontecimientos, no sabía si
jubilaciones de veteranos, despedidas o simplemente algunos cumpleaños. La
gente salía muy sonriente en las fotografías. Se podía respirar un buen
ambiente en ellas.
Los pasillos se veían tranquilos —⁠eso era importante en un hospital⁠—, y
las paredes estaban pintadas con colores suaves. La luz era adecuada. Me
pareció un buen entorno para trabajar.
—Por cierto, yo soy Tobias Atkins, aunque me suelen llamar Tobit.
—Encantada, Tobit. ¿Esos de las fotos sois todos vosotros? —⁠le pregunté
señalando al tablón.
—Pufff… Pues muchos sí, los irás conociendo. Otros han cambiado de
centro, aunque de vez en cuando quedamos alguna noche para tomarnos una
copa. Hay un pub irlandés bastante chulo aquí cerca y la cerveza es barata.
Los que salen sin bata son, en su mayoría, pacientes que están o han estado
ingresados en esta planta.
—Tienen buena cara.
—Sí, bueno, suelen ser fotos de cuando les damos el alta.
—¿Doctora Palmer?
Podría decir que la jefa de psiquiatría se había casi materializado detrás de
mí.
—Buenos días, doctora Palmer, soy la doctora Natalie Hoffman, jefa de la
unidad de psiquiatría.
La primera impresión que me dio esa mujer fue diametralmente opuesta a
la que me había dado Tobit minutos antes. La noté fría, impenetrable, capaz
de ser sustituida por una máquina de cubitos de hielo sin la menor merma de
sentimientos.
—Mucho gusto —le contesté.
—Venga conmigo, le enseñaré los vestuarios y el que será su despacho.
¿Le han dado el uniforme?
—Todavía no.
—Lo pediremos por el camino.
Acompañé a la doctora por los pasillos mientras me iba explicando qué
era cada sala, hacia dónde dirigía cada desvío y quiénes eran las personas a

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tener en cuenta en cada una de las áreas. Aunque no era el mayor hospital de
Melbourne, se constituía en un edificio bastante grande, con varias plantas y
un montón de gente trabajando en él.
Nos detuvimos frente a una máquina de café expreso con la fotografía de
una humeante taza entre granos de café tostados. Sin embargo, el olor que
desprendía la cubeta de goteo evocaba otra cosa.
—¿Quiere un café?
—Acabo de desayunar abajo, gracias.
—Ha hecho bien. A partir de este momento, y mientras esté en este
centro, no tendrá tiempo de volver a hacerlo.
Creí percibir un atisbo de sonrisa maliciosa en sus labios.
—Bueno, si vengo un poco antes de que empiece mi turno…
Su semblante se ensombreció.
—Usted verá, pero, estando ya en el hospital, perder el tiempo en la
cafetería… En fin.
—Claro.
De inmediato confirmé mis sospechas: aquella mujer dejaba bien claro las
líneas que no debían cruzarse, y entre su vida profesional y la personal había
marcado un trazo bien grueso.
La doctora Hoffman recogió su cortado y proseguimos nuestra ronda.
Cada cierto tiempo interrumpía su discurso para dar un pequeño sorbo al café.
Me sorprendió que, tras el primer contacto con su boca, la bebida no se
hubiese helado por completo. Cogimos un ascensor y descendimos a la planta
baja para recoger mi bata en el almacén.
—Mire, hoy va a conocer al doctor Kinnaman —⁠me dijo la doctora,
señalando con una carpeta hacia adelante⁠—. Es el director.
El doctor Kinnaman era un hombre alrededor de los cincuenta, serio, con
el pelo moreno, de constitución ancha y alta estatura. Vestía un traje marrón
oscuro y unos zapatos negros relucientes. Hablaba con dos mujeres de bata
blanca que supuse serían médicos o enfermeras del hospital. Al vernos llegar,
se despidió de ellas y nos prestó su atención.
—Doctor Kinnaman, le presento a la doctora Palmer.
—¡Ah! Es la psicóloga que se une a nosotros hoy. Es un placer tenerla en
nuestro equipo.
Su voz era ronca y profunda, transmitía experiencia; era una voz perfecta
para el cargo que ostentaba. Que la doctora y él no se hubiesen saludado al
empezar a hablar me hizo suponer que ya se habrían visto antes. Agradecí su
deferencia con cortesía y le mostré mi agrado por formar parte de la plantilla.

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—Vamos a por el uniforme —informó la doctora.
—Bien, que tengan un buen día.
—Igualmente. Por cierto, doctor Kinnaman, tenía pendiente entregarle
esta carpeta, así que aprovecho ahora que le tengo delante.
El director Kinnaman se colocó las gafas que le colgaban del cuello, tomó
la carpeta y la abrió para ojear los documentos que contenía.
—Muy bien. Cuando los lea, nos reunimos y lo hablamos.
Nos despedimos nuevamente y continuamos sin más interrupciones hasta
el almacén de vestuario. Allí me entregaron dos batas como las del resto de
facultativos y me dieron la opción de adquirir más unidades a precio reducido.
Después, volvimos a la cuarta planta y, tras unas pocas indicaciones más, por
fin pude ver cuál sería mi consulta. Era un espacio diáfano y funcional, con
todo lo imprescindible para recibir a mis futuros pacientes. Me hubiese
gustado contar con butacas más cómodas que las típicas sillas ordinarias que
se podían encontrar frente a la mesa de cualquier consulta, pero no estaba mal
para comenzar.
—Siéntase cómoda. Llamaré a los del soporte informático para que le
enseñen a conectarse con su usuario y le den unas instrucciones básicas.
Luego vendrá un compañero a explicarle cómo funciona el programa con el
que trabajamos. Si necesita cualquier cosa, llámeme. Con el teléfono de su
escritorio hay que marcar el 0 al principio.
La doctora Hoffman me entregó una tarjeta con su número y se fue a
atender otros asuntos que la requerían, dejándome sola en la consulta. No me
lo creía. Había conseguido mi sueño. Años y años de duro trabajo y esfuerzo
sobrehumano para lograr ser una de las primeras de mi promoción y
conseguir una plaza en el hospital de una de las principales ciudades de
Australia. Me sentí realizada y orgullosa de mí misma. Quería hacer
partícipes a los demás de mi felicidad y pensé en llamar a mi madre, o a
Diana, o a Ronnie, uno de mis mejores amigos por aquellas fechas.
Mi vida profesional apuntaba bien alto y ni por lo más remoto imaginaba
que en apenas un año y medio daría un vuelco tan violento como el que dio.
Quizá debí haber intuido que amenazar con destapar una trama tan truculenta
como la que se cernía sobre el hospital solo podía acarrearme represalias.

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XIV
23 de julio de 2019
Día 3 del Año de Incertidumbre

Oí cómo la cabeza del chico informático chocaba contra la bombilla,


haciendo oscilar el cable y animando las sombras de la pared y el suelo.
—¡Maldita sea! —exclamó, intentando controlarse⁠—. Mierda, ¿te he
despertado?
Solté un pequeño bostezo. Aunque de buena gana la hubiese alargado un
poco más, me había venido muy bien esa cabezada.
—¿Habías olvidado que estaba ahí?
Él no contestó. Vi que llevaba dos latas de cerveza en las manos. Se
acercó a mi lado, abrió una de ellas y me la ofreció. Estaba sedienta y tenía
mucha hambre, y como no sabía si en aquel pequeño antro habría algo
masticable, decidí conformarme con la bebida. Pegué el frío envase de metal
a mi cara para espabilarme antes de probarla y me estiré.
—¿Es la cena o el desayuno?
—Lo segundo. Pronto saldrá el sol.
—Me encanta la cerveza por las mañanas —⁠afirmé con sarcasmo.
—Me temo que en adelante tendrás que aprender a amoldarte a lo que
tengas. Como todos.
Di un par de sorbos. Al menos era clara y de sabor suave.
—¿Y bien? —le pregunté. Sentía una impaciente curiosidad por ver cómo
hilvanaría la disculpa que me debía por tener fotos mías en su portátil.
—¿Qué?
—Soy toda oídos, Omar. Porque te llamas así, ¿verdad? Me suena
habérselo oído decir al comisario…
—Sí —confirmó sin vacilar.
—Pues adelante.
Omar bebió de su cerveza. Parecía no saber muy bien por dónde empezar,
pero había captado que le exigía una explicación.
—Oye, para que pueda confiar en ti, lo primero que debes explicarme es
por qué había fotos en tu ordenador en las que salía yo.

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Él tragó saliva.
—Vamos, no me hagas tirarte de la lengua.
—De acuerdo —accedió a aclarar—. No sé si lo creerás, pero las fotos
eran solo un señuelo, una distracción para situaciones de emergencia.
—¿Un señuelo? ¿A qué te refieres exactamente?
—A que yo no quería tus fotos para nada que no fuese el desviar la
atención de la Policía en caso de que mis equipos fuesen requisados.
—¿Bromeas?
—Para nada. Necesitaba material, te veía todas las noches en tu terraza y
pensé en tomarte unas cuantas fotografías para aparentar ser un acosador.
—Pero no lo eres.
—No.
Saqué los cigarrillos del bolsillo de mi chaqueta. Le ofrecí uno, pero lo
rechazó. Me lo llevé a la boca y lo prendí. Aspiré una larga calada. En ese
momento me di cuenta de que había estado bastante tiempo sin fumar y
tampoco era que lo hubiese echado de menos.
—¿Y quieres que me crea esa estupidez?
—Eso espero.
—¡Pues no! ¿Por qué no se te ocurrió descargar unas cuantas fotografías
de internet?
—¿De chicas anónimas? ¡No! Cualquiera tiene en su ordenador ese tipo
de fotografías. Ningún investigador las tendría en cuenta. Necesitaba material
de alguien específico, alguien próximo a mí.
—Y me elegiste al azar.
—Prácticamente, sí, así fue.
Guardé silencio. Todavía no sabía cómo de enrevesado podía llegar a ser
aquel muchacho, por lo que su versión no debía descartarse tan pronto.
—Estuviste a punto de meterme en un buen lío.
—Lo sé. Y lo siento.
Bebí otro sorbo de cerveza. Seguía bastante fría. Sin duda, aunque vieja y
medio oxidada, la pequeña nevera que tenían en el garaje cumplía de sobra su
función.
—Por lo visto, tu estrategia no te sirvió de mucho. Al final te
descubrieron, fuese lo que fuese eso que tenías entre manos…
Omar se frotó los ojos. Parecía molestarle el humo, así que apagué el
cigarrillo contra la lata de cerveza y eché la colilla dentro.
—Bueno, en realidad solo en parte.

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—¿Solo en parte? ¿Es que piensas hundir alguna otra compañía más antes
de que acabe la semana? Si te digo la verdad, ahora mismo creo que es una
pérdida de tiempo.
—A ver, escúchame atentamente —⁠dijo, mirando hacia el suelo⁠—. Esa
dedicación no ocupaba más del cinco por ciento de mi tiempo. No era más
que un hobby para relajarme.
—Pues no sé si quiero saber más…
—¡Tienes que saberlo! Porque te guste o no, tú también estás involucrada.
Tú y el resto del mundo, claro.
—No me digas.
—Así es, te guste o no.
Me recosté en el respaldo del sofá. Que todas estas circunstancias se
estuviesen dando a la vez no podía ser casual.
—¿Guarda alguna relación con el cometa Arcángel? —⁠me aventuré a
preguntar.
—¡Sí! Bueno, en cierto modo.
—¿En cierto modo? Vamos, ve al grano de una vez.
—Muy bien. —Omar carraspeó—. Aparte de mi afición por la música y
mi trabajo de administrador de sistemas… Por tu comentario anterior deduzco
que ya sabes a qué me dedico, ¿no es así?
—Eres un hacker. Me lo dijeron en la comisaría.
A él ese término no parecía acabarle de encajar.
—Digamos que analizo vulnerabilidades en redes y sistemas distribuidos.
—Y aprovechas esos análisis para robar información clasificada de
empresas y hacerlas quebrar.
—Solo cuando lo merecen —se escudó, rechazando la acusación.
Sin ninguna duda, Omar era de esos jóvenes brillantes que si se hubiesen
decantado por el laboratorio en lugar de por la informática, habrían
descubierto ya varias vacunas. Sin embargo, él se dedicaba a hundir grandes
compañías en sus ratos libres.
—¿Quiénes tienen que merecerlo? ¿La directiva? ¿Los accionistas? ¿El
grueso de la plantilla?
—El ochenta y cinco por ciento de los trabajadores de Hoffmeister fueron
contratados por empresas de la competencia, si eso es lo que te preocupa.
—Pues aún falta el otro quince.
—Mira, puede que no entiendas mis motivaciones, pero en el fondo me da
igual. Seguramente tampoco entiendas la música que hago en este local o los

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pensamientos que cada dos por tres cruzan por mi cabeza. Pero nada de eso
tiene relevancia para mí.
—Bien.
—Lo único que quiero que entiendas, y por eso te he traído hasta aquí, es
lo que está sucediendo a tu alrededor. Y a la vez, que me ayudes a
comprenderlo a mí.
—Entonces creo que te corresponde a ti abrir la partida.
—Eso pretendo —se quejó—. Escucha, es normal que estés un poco
aturdida por culpa de todas esas noticias de los informativos.
—Si te soy franca, no sé qué ha pasado en el mundo desde que lo
anunciaron. Estuve en comisaría dos días y la conexión a internet de mi
teléfono ha dejado de funcionar.
—Sí, ese problema lo hemos tenido todos. Dime una cosa, ¿has notado
algo extraño durante los días previos?
No necesité hacer demasiada memoria para recordar que muchos de los
hechos recientes me habían desconcertado.
—Creo que mi vida en su totalidad ha sido bastante extraña.
—¿Y, que tú sepas, ha sido solo la tuya o también la de alguien más?
Su intencionada pregunta hizo que mi pulso se acelerase.
—No. También le ha ocurrido a otra gente que conozco. Pacientes,
vecinos, amigos…
Él asintió.
—¿No te resulta sospechoso?
—Mentiría si lo negase.
—Hay algo oscuro detrás de esto, algo que no nos han contado sobre
Arcángel pero que es determinante. Yo estaba cerca de ese algo, y por eso
fueron a por mí. Al menos, gracias a tus fotos y a otras distracciones, estaba
preparado para una situación de ese calibre, y se quedaron con cara de idiotas
cuando no encontraron en mis ordenadores nada de lo que andaban buscando.
—Es decir, que analizando las vulnerabilidades de los sistemas
gubernamentales, casi descubres algo muy importante relacionado con la
noticia del cometa. Entonces, de algún modo, sus sistemas de inteligencia
captan tus intrusiones y dan la orden de ir a por ti, pero tú, que eres un chico
listo, estás prevenido y enmascaras todas tus huellas bajo la falsa y común
figura de un acosador cualquiera.
—Un buen resumen.
Me quedé unos segundos pensando en su planteamiento.
—¿Estás seguro de lo que dices?

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—Sí. Al cien por cien. ¿Por qué no iba a estarlo?
—Todo podría ser fruto de tu imaginación. Soy psicóloga y has dicho que
necesitabas mi ayuda.
—Te elegí porque me sentía en deuda contigo por el tema de las
fotografías. Incluso antes de que las encontrasen ya te había seleccionado, por
eso te envié el correo electrónico y te pasé la nota por debajo de la puerta. Lo
único que necesito de ti es que me ayudes a llegar a donde quiero ir.
—Suena muy halagador —ironicé para disimular la sorpresa que me
suponía poner así fin a esos misterios⁠—. ¿Y adónde quieres ir?
—A la sede de la empresa para la que trabajo.
—¿Qué se te ha perdido en ese lugar?
—En el ordenador de mi oficina guardo una copia de seguridad de todos
mis datos y la mayoría de las claves de acceso. La Policía no me ha devuelto
mis equipos personales, y aunque lo hicieran tampoco me servirían ya de
mucho. Borré con cuidado todo lo que podía comprometerme antes de que se
los llevaran, así que no me queda otra alternativa que ir allí a terminar lo que
estaba haciendo. Necesito llegar al fondo de este asunto cuanto antes.
—¿Borraste bien toda la información? He oído que a veces se puede
recuperar…
—Si no la hubiese borrado bien, a ti no te habrían soltado tan pronto ni yo
hubiese podido esperarte en tu casa. ¿Conoces el algoritmo de Gutmann?
—No, lo siento. Pero tranquilo, te creo —⁠le dije⁠—. Oye, ¿está muy lejos
tu empresa?
—En Sídney. Por eso normalmente trabajo desde casa.
Ignoraba lo que nos costaría llegar hasta Sídney, pero allí vivían mis
padres, y más pronto que tarde se hubiese convertido en mi destino. En
cualquier caso, él me había garantizado respuestas y, por el momento, eran
pocas las que había recibido por su parte. Precisaba un impulso mayor para
seguirle.
—Buscas que colabore contigo, Omar, pero estoy segura de que te
reservas información relevante. Dijiste que me abrirías los ojos, pero sigo tan
ciega como al principio y necesito pensar que lo que estoy haciendo tiene
algún sentido.
Omar introdujo sus manos en los bolsillos de la sudadera y encogió y
cruzó sus piernas. Sin duda era una persona introvertida.
—No pienses que sé demasiado, solo algunas cosas que he ido
averiguando con cuentagotas. Pero es cierto que mereces que las comparta
contigo —⁠dijo, mientras sacaba un mechero del bolsillo derecho y se ponía a

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darle vueltas en su mano⁠—. ¿Cuánto hace que se ha hecho público lo del
cometa? No sé. ¿Algo más de cuarenta y ocho horas?
—Sí, más o menos.
—¿Y qué pensarías si te digo que hemos sido los últimos en enterarnos?
—¿Los últimos de qué?
—Los últimos del mundo.
No entendía lo que quería decir. Hasta donde yo sabía, la transmisión se
había hecho en directo para todo el planeta. O al menos en Australia así creía
que lo habíamos visto.
—Pues… No sabría qué pensar. Tal vez que te lo estarías inventando.
—Nada de eso —dijo, negando con la cabeza⁠—. Daniela, lo que viste en
televisión, lo que todos los australianos vimos, era una grabación diferida de
algo que ya se había emitido mundialmente casi una semana antes.
Me quedé paralizada. Eso no tenía ningún sentido.
—¡¿Una semana antes?! ¡¿Quieres decir que hemos tardado siete días más
que el resto del mundo en enterarnos?!
—Algo menos, pero sí.
—¡¿Pero por qué?!
—No tengo ni idea. Lo que está claro es que alguien de las altas esferas
sabía que el anuncio se efectuaría en esa fecha y levantó una enorme muralla
informativa alrededor del continente. Por eso se han interrumpido las
comunicaciones con el exterior, se han cortado los suministros, las noticias
que se han emitido estos días han sido viejas grabaciones repetidas…
Llevábamos una semana aislados del mundo, sumidos en la inopia mientras
miles de millones de personas ya lloraban su final. Lo que estamos viviendo
ahora, Daniela, este caos incontrolable, ya lo han sufrido el resto de países
hace días.
—Es… difícil de creer —reconocí.
—¿Y qué no lo es? ¡Todo se ha convertido en una inmensa locura!
Busqué una relación entre lo que decía y los últimos sucesos vividos. Los
correos que enviaba y no podían ser entregados, los sitios de internet caídos,
los… ¡los viajes irrecordables! ¿¿Qué demonios había ocurrido en aquel
avión?? ¿Y si no me acordaba de nada porque no había nada que recordar?
Dónde habíamos estado y qué nos había pasado constituían un enorme
interrogante de respuesta compleja. ¿Y Ronnie? ¿Qué habría sido de él?
¿Estaría bien en la jungla de Hong Kong? ¿Cómo se las arreglaría para volver
a casa, si los medios de transporte transoceánicos habían dejado de funcionar?
Aunque… pensándolo bien, seguramente no valiese la pena siquiera

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intentarlo. Era probable que nunca más volviese a verlo. No obstante, lo que
al menos sacaba en claro era que no estaba enloqueciendo. Habíamos sido
manipulados y confundidos de forma intencionada para ocultarnos la verdad,
una verdad imparable que, como era de esperar, había finalmente emergido
desde las profundidades.
—Conocer la actualidad de cualquier otro país nos serviría para saber
hacia dónde nos encaminamos.
—¿Quieres saber hacia dónde nos encaminamos? ¿De verdad no te lo
imaginas? —⁠le pregunté con la mirada perdida en el suelo.
—Tengo esperanza.
—¿Esperanza? No hay más que dos túneles frente a nosotros. Uno nos
lleva a morir achicharrados cuando ese cometa atraviese la atmósfera y el otro
a un callejón donde nos esperan tipos como Desmond Warren, dispuestos a
autoproclamarse los reyes del vertedero.
—Puede que aparezca alguien a tiempo capaz de solucionarlo.
Preferí no seguir dinamitando su fe. Miré la hora en mi reloj.
—Son casi las seis y está a punto de salir el sol —⁠dije, levantándome del
sofá⁠—. Coge lo que tengas que coger y en marcha.
—¡Espera! —alertó Omar.
Tardé como tres o cuatro segundos más que él en escuchar lo que parecían
las ruedas de un coche sobre la grava.
—Viene alguien. ¡Apaga la luz!
Me acerqué hasta la bombilla y tiré de la cadenita. Al momento nos
quedamos a oscuras. Omar abrió una rendija la puerta del garaje y echó una
ojeada, pero desde su posición era incapaz de ver nada. El ruido había cesado,
lo que indicaba que el coche se había detenido. Rogué porque el nuestro no
fuese boicoteado ni nos hubiese encontrado alguien violento. Se oyó cómo se
abrían unas puertas y al momento volvían a cerrarse. Unos pasos firmes
comenzaron a acercarse hacia nosotros.
—¡La puerta está abierta! —⁠dijo alguien fuera⁠—. ¡Como nos hayan
destrozado el local te juro que mato a alguien!
Al oír la voz del visitante, Omar abrió la puerta del todo.
—Tranquilo, Markus, que soy yo.
—¡Omi! ¡Tío, qué mal rollo!
—Tú también me has asustado. No esperaba a nadie.
Omar se volvió hacia mí.
—Es Markus, nuestro cantante.

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—¡Joder, Omar, has tenido la misma idea que yo! Pues mira que no pensé
que a ti te diese también por traerte chicas al local.
—Es una amiga, capullo.
—Sí, claro. Pues vamos a tener que hacer algo, que nosotros traemos
bastante calentón en el cuerpo. ¿No os apetece montároslo en el buga?
—No te preocupes, que ya nos íbamos.
—Tampoco molestáis aquí —dijo la chica que acompañaba a Markus.
—No es por eso —intervine—. Nos encantaría quedarnos y jugar todos
juntos, pero tenemos un largo viaje por delante.
—¿Adónde vais?
—A Sídney.
—Pues han dicho en no sé qué emisora que la Hume está cortada. Un
camión quedó atravesado ayer y nadie va a retirarlo. Hay más de veinte
kilómetros de coches parados.
—Si no podemos usar la autopista estamos jodidos.
—Iremos por la costa. Tardaremos más, pero evitaremos todo el tráfico
que vaya a Camberra —⁠observé.
—Tienes razón.
Omar metió en una mochila algunas cosas y se puso el abrigo.
—¡Oye, no te lleves las cervezas! —⁠exclamó Markus.
—¿No habéis traído nada?
—Algo, pero poco. Además, ya sabes que el alcohol y el coche son malos
compañeros.
—No conduzco yo, así que no te preocupes tanto.
—¡Qué tacaño eres! Menos mal que ya no volveremos a tocar juntos, con
gente así no me gusta tratar.
Aunque dicha con ironía, la afirmación de Markus despertó en ambos
cierta nostalgia.
—¿Te ha contado Omi cuando casi ganamos un Grammy? —⁠me preguntó.
—Nos faltó bastante para ganarlo —⁠repuso Omar.
—¡¿Qué dices?! Lo tuvimos al alcance de la mano. Cuéntale cómo fue la
historia. ¡No se la va a creer!
—Se la contaré por el camino.
A Markus le sirvió para darse por satisfecho.
—Tío, lo hemos pasado bien, ¿eh?
—Sí, ha estado genial —coincidió Omar⁠—. Os echaré de menos a todos.
Guardaron un instante de silencio. Posiblemente cada uno estuviese
recordando alguno de sus momentos más especiales como grupo. Pensé en mi

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orquesta. No me había podido despedir de ninguno de mis compañeros, ni
siquiera de Marcelo. Al verlos gozar de ese privilegio no pude evitar sentir un
retazo de envidia.
—Salúdalos cuando los veas.
—Claro, de tu parte, tío. Cuídate.
—Y tú. Nos habría quedado un disco muy guapo, ¿eh?
—Sí, las canciones molaban un huevo…
Markus cantó un par de versos a capela de lo que supuse que era un tema
nuevo que iban a incluir en el disco. La letra era un poco críptica para mi
gusto, pero el tipo afinaba con solvencia.
—Vaya, cantas muy bien —le dije⁠—. Y tienes un buen registro.
—¡Gracias! ¿Eres músico?
—Toca el violín en una orquesta —⁠se adelantó Omar.
—¡Genial! El violín tiene pinta de ser muy chungo.
—Bueno, requiere su técnica y mucha dedicación —⁠admití⁠—. Ha sido un
placer conoceros, creo que es mejor que nos vayamos ya.
—Sí, vamos. Pasadlo bien, chicos. Ya nos veremos en otra vida.
Nos despedimos una última vez y nos fuimos al coche impregnados en
cierta melancolía. Era duro decirle adiós a alguien sabiendo que muy
probablemente nunca más volverías a verlo, pero estábamos obligados a
adaptarnos a las nuevas circunstancias.
—Este sitio ha sido como mi segunda casa —⁠dijo triste Omar, echándole
un último vistazo a su local.
—Quizá a la vuelta de Sídney puedas seguir viniendo a tocar algunos días.
¿Qué mejor forma de emplear el tiempo que nos queda que haciendo lo que
más nos gusta?
—No sé si tendré mucho ánimo para volver aquí. De este lugar partían
todos mis sueños, pero ahora no tiene sentido seguir soñando.
—Te equivocas. Mientras nos quede vida, todo seguirá teniendo sentido
—⁠lo corregí, aunque no sabía si lo decía convencida o era mi profesión la que
emergía por mi garganta.
Entramos en el coche y bloqueamos las puertas. En el horizonte
zigzaguearon un par de relámpagos. Encendí las luces y arranqué el motor. Si
era verdad que el mundo todavía conservaba algún sentido, no me moriría sin
encontrárselo.

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XV
10 de marzo de 2014
5 años antes del Año de Incertidumbre

Mis inicios en el hospital fueron prometedores. Me movía en un entorno


tranquilo, cooperativo y bien organizado, con unos compañeros profesionales
que enfocaban todo su esfuerzo en buscar el beneficio de sus pacientes.
Descubrí que la buena fama del hospital en el fondo se sustentaba en ellos y
me sentí una privilegiada por haber conseguido una plaza allí. Me
enorgullecía vestir el uniforme con su nombre bordado.
Sin embargo, no todo lo que parecía ejemplar lo era, y aprovechando
aquella fachada construida con nuestro trabajo, se ocultaban otros
subnegocios de oscura naturaleza y propósito. Conversaciones furtivas,
actitudes desconfiadas, llamadas habituales y privadas que debían atenderse
en la intimidad, exceso de celo ante determinados asuntos… Hechos que poco
a poco me iban haciendo sospechar que algo se estaba fraguando en las
cloacas. Y en el centro de todas mis elucubraciones se encontraba una figura
concreta: la doctora Hoffman. A mi juicio, ella era la principal instigadora y
de quién surgían mis conjeturas. A menudo se reunía con hombres trajeados,
con aspecto de estrictos comerciales, con los que nunca llegaba a alcanzar
ningún acuerdo. O por lo menos, ninguno que se materializase ante nuestros
ojos en forma de nuevos equipos o instrumental. Diría que el resto de la
plantilla no compartía mis impresiones, porque nunca hacían comentarios al
respecto, ni parecían molestos por la situación. Me recordaban a un equipo de
patinaje artístico danzando en una fina capa de hielo sobre la superficie de un
pantano, quedándose con la belleza exterior sin darse cuenta del cieno que
amenazaba nuestros pies.
Un día decidí investigar. Aprovechando una visita al mostrador para
consultar un cambio de turno, le traté de sonsacar a Tobias algo de
información, aun no teniendo muy claro que pudiese contestarme.
—¿Sabes si la doctora Hoffman está en consulta, o está con los
comerciales?

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—Pues no sabría decirte… Hoy no la he visto con nadie, así que supongo
que estará atendiendo a algún paciente. ¿Quieres que la avise al busca?
—No, no… No te preocupes. Pasaré por su consulta dentro de un rato a
ver si la localizo. Últimamente es difícil coincidir con ella, siempre está de
reuniones con esos tipos.
—¿Qué tipos? ¿Los comerciales?
—Los de traje azul marino.
—Ah, ya, perdona. Sí, es normal. Se ocupa de negociar con ellos el
material y el mobiliario que vamos necesitando.
—¿Sabes de qué empresa son los que te digo?
Tobit me miró extrañado.
—Bueno, tengo un conocido que ha montado una ortopedia y necesita
conseguir clientes. Me ha preguntado si le resultaría complicado entrar en la
cartera de proveedores del hospital.
—Pues no creo que sea fácil. Son los mismos desde hace muchos años.
Los últimos que aparecieron por aquí son precisamente los de Albiorix, que
son los tipos a los que creo te refieres, ¿no?
—Albiorix, eso es. ¿Y de qué nos proveen?
—Pues a decir verdad, no sé lo que suministran. Igual algún tipo de
servicio, simplemente.
—¿No hay ningún albarán?
—Si lo hay, no ha pasado por mis manos. Ten en cuenta que esos temas
los lleva la doctora Hoffman y, si acaso, es ante el doctor Kinnaman ante el
que debe rendir cuentas.
—Comprendo. Bueno, le preguntaré a la doctora si puede recibir a mi
conocido.
—Claro, no pierdes nada por probar. Si mejora el precio y el servicio de
algún otro… Igual con el cambio nos ahorramos un dinerito.
—Sí, esa es la idea. Muchas gracias.
—¡A ti!

Tuve que esperar casi una semana para volver a encontrarme con uno de
aquellos hombres por los pasillos. Ya lo había visto otras veces, caminando
siempre tan rígido como un pilar del vestíbulo y sin hacer ningún caso a lo
acontecido a su alrededor. Ya podía pasar junto a un niño enrabietado que por
mitad de una sala llena de enfermos terminales; su atención no se desviaba un
milímetro ni su expresión se veía alterada. O bien no consideraba útil

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observar a los pacientes a los que debía satisfacer con sus productos, o bien
esos no eran del tipo que le interesaba.
Me topé con él al salir del ascensor. Venía directamente hacia mí y ya no
tenía tiempo de maniobrar para esquivarlo o esconderme detrás de una
columna. «Doctora Palmer», me saludó al cruzarse conmigo. Me quedé
impertérrita. ¿Cómo diantres sabía mi nombre? Nunca nos habían presentado.
¿Existía la posibilidad de que la doctora Hoffman le hubiese hablado de mí?
¿Con qué propósito podría haberlo hecho? Oí las puertas del ascensor cerrarse
detrás y tomé una decisión: lo seguiría a donde fuese. Abrí la puerta de acceso
a las escaleras y me lancé por ellas hacia la planta baja.
El ascensor era bastante lento y solía hacer paradas, así que tuve tiempo
de llegar antes de que sus puertas se abriesen para dejar salir a mi objetivo.
Iba mirando la pantalla de su móvil y seleccionando en ella varias opciones.
Luego se lo llevó a la oreja y a los pocos segundos comenzó a hablar. Su
expresión facial siguió siendo plana durante la breve conversación telefónica,
y como tampoco sabía leer los labios, pude sacar poco en claro. El hombre se
metió en el quiosco de prensa y compró un periódico. Buscó un banco libre y
se sentó a ojearlo. Me di cuenta de que estaba perdiendo el tiempo espiándolo,
además de que mi actitud podría llamar la atención de cualquiera.
Decidí volver a mi consulta; había dejado a un paciente esperando en la
puerta y no procedía demorarme más. Entonces el hombre miró el teléfono y
se levantó. Debió llegarle algún tipo de aviso. Caminó hasta la puerta
principal y abandonó el edificio. Un coche estaba esperándolo en la entrada,
estacionado en una zona reservada para recibir a las emergencias. El supuesto
comercial abrió la puerta trasera del vehículo y se acomodó tras unas lunas
ahumadas que ocultaron de inmediato su presencia. Arrancaron e iniciaron la
marcha hacia la salida del recinto hospitalario. Dudé si bajar corriendo al
parking y perseguirlos en mi coche o llamar a un taxi para ir tras ellos, pero
ambas eran ideas absurdas; en unos segundos serían absorbidos por el tráfico
y su rastro se diluiría en el asfalto caliente.
Tomé el ascensor y subí hasta nuestra planta dispuesta a pesquisar, pero
Tobias no estaba es su silla habitual. Me asomé a la sala de descanso que
había tras el mostrador, pero tampoco se hallaba tomando café. Me acerqué a
su sitio para dejarle una nota indicando que quería hablar con él. Pero al coger
las notas autoadhesivas, mis ojos se fijaron de forma inconsciente en las fotos
que había en el corcho. En una de ellas, el propio Tobias aparecía junto a
varios de mis compañeros, incluida la doctora Hoffman, rodeando al
individuo al que había estado vigilando en el vestíbulo. Vestía uno de

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nuestros uniformes y, si tuviera que haber apostado, lo hubiese hecho porque
esa foto retrataba su acto de despedida.
—Doctora Palmer, ¿puedo ayudarla?
Era Tobias con cara de no gustarle verme junto a su mesa.
—¿Quién es este? —le pregunté, señalando la fotografía.
—No la entiendo, doctora Palmer.
—No es tan difícil. ¿Quién es este tipo? —⁠insistí.
—Un antiguo compañero nuestro.
—No es un comercial, ¿qué hace en este hospital fingiendo serlo?
—De verdad, doctora Palmer, me está desconcertando.
—¿Por qué lo proteges? ¿Tú también estás metido en el ajo?
—Yo como el resto. ¿A qué viene ahora esa pregunta? —⁠preguntó Tobias,
acentuando su perplejidad.
—No quieres confesar, ¿eh? Muy bien, pues tendré que averiguarlo por
mis propios medios.
—Doctora Palmer, no siga por ahí.
—¿Qué os pasa, chicos? —se interesó una de nuestras compañeras al
vernos discutir de forma distinta a la acostumbrada.
—Nada —respondí escuetamente.
Pero algo raro estaba pasando en mi hospital y me veía en la obligación de
investigarlo.
Al acabar mis consultas, me senté frente al ordenador y busqué
información sobre Albiorix, la supuesta empresa para la que trabajaba el
también supuesto comercial. Sin embargo, lo único que encontré fueron
referencias a una de las lunas de Saturno. Abrí la página de la Oficina de
Patentes y Marcas y busqué por ese término. No apareció entrada alguna bajo
su denominación. Resultaba muy extraño que una empresa de suministros que
trabajaba con hospitales importantes operase bajo un nombre sin registrar.
Mi infecunda búsqueda sirvió para agrandar mi curiosidad y las sospechas
de que a mi alrededor sucedían cosas opacas que alguien debía destapar. El
problema era que entre ellas y yo se levantaba un muro enorme que no me
dejaba ver más allá de sus ladrillos. Iba a necesitar la ayuda de terceros para
poder seguir avanzando. Gente que no me traicionase y en la que fuese
asumible confiar. Por suerte, sabía perfectamente quién estaría dispuesto a
cooperar conmigo.

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XVI
24 de julio de 2019
Día 4 del Año de Incertidumbre

Recorrimos los cien primeros kilómetros con la radio apagada y sin apenas
decir nada. En ese punto empezaron a caer unas gotas de lluvia cuyo golpeteo
en el techo se sumó al deslizamiento de los limpiaparabrisas sobre la luna
delantera. Estaban muy gastados y en ninguna de las pasadas eran capaces de
achicar toda el agua, obligándome a centrarme en la conducción mucho más
de lo que hubiera querido. Omar iba tranquilo, con la cabeza apoyada en el
cristal y la mirada perdida en el paisaje. Me sentí tentada de preguntarle si
había sustituido las escobillas alguna vez, pero no me apetecía quebrar sus
pensamientos con digresiones inoportunas.
Evitar la autopista principal resultó ser un acierto. Desde la salida de
Melbourne habíamos viajado sin incidentes, si bien cada vez que nos
aproximábamos a un pueblo teníamos que extremar las precauciones. De
todos modos, en ellos no parecían haberse tomado las noticias de la misma
forma que en la ciudad, o quizá fuese que a la hora de destrozar las cosas, se
encontraban con que todo pertenecía a algún vecino cercano. No les envolvía
ese halo de impropiedad y anonimato que rodeaba a los contenedores, los
escaparates y los coches aparcados en las calles de la gran urbe. En el pueblo
el daño se le hacía a alguien conocido, así que los arrebatos furiosos no tenían
las mismas consecuencias.
De manera fortuita, el indicador naranja del aceite se encendió en una
esquina del cuadro de mandos. Comprobé la temperatura del motor.
Empezaba a ser demasiado alta para el ritmo que le estaba exigiendo. Parecía
como si el vehículo no hubiese recibido una puesta a punto desde hacía
mucho tiempo.
—¿Cuándo fue la última vez que llevaste este trasto al taller?
—Pues… es posible que haga más de cuatro años.
—¿¿Tanto??
—No creo que pase nada, apenas lo he usado en ese tiempo.
—Los coches requieren un mantenimiento aunque no se utilicen.

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—¿Y cómo iba yo a saber que lo necesitaría por algo así? Normalmente
me muevo en tren o autobús.
—Tenemos que parar y dejar que se enfríe. Ya veremos si podemos
continuar después, y durante cuántos kilómetros.
—Oh, genial…
Detuve el coche en la cuneta y apagué el motor. Quité la llave del
contacto y me la metí en un bolsillo de la chaqueta. Bajé del coche y tanteé
con el pie la presión de los neumáticos delanteros. Parecía quizá un poco baja,
pero lo peor es que estaban demasiado gastados.
—¿Has invertido un solo dólar en esta lata desde que la compraste?
—Trasto, lata… Vas a terminar por herir sus sentimientos. Y los míos,
como el propietario que soy.
—Sí, y ese va a ser el motivo por el que nos deje tirados, ¿no?
—Sería por tu culpa.
Le mostré el dedo corazón, insinuándole que se lo podía meter por donde
le cupiese.
—Anda, ya que estamos aquí, aprovechemos para comer algo. Coge la
bolsa del asiento trasero y la manta que está en el maletero.
Descendimos por un prado en pendiente y nos acercamos hasta una zona
arbolada a unos treinta metros de donde habíamos dejado el coche. No se veía
ninguna casa ni nave industrial por la zona, parecía un lugar tranquilo.
Extendimos la manta y nos sentamos bajo un roble de copa amplia y aspecto
vigoroso. Saqué de la bolsa unas patatas fritas y se las lancé a Omar. Cogí
unas galletas de centeno para mí.
—¿Habías venido alguna vez por aquí? —⁠le pregunté, echando una
mirada a los alrededores.
—De pasada, hace tiempo. Últimamente no viajo demasiado. ¿Y tú?
—No. La única vez que fui en coche de Sídney a Melbourne me moví por
la autopista, y el resto de veces he ido en avión.
—¿Sueles hacer ese trayecto a menudo?
—De vez en cuando, para ver a mis padres. Pasé la juventud y parte de mi
infancia con ellos. Cuando me gradué, me trasladé a Melbourne buscando
trabajo. Estuve un par de años en un hospital y después monté una consulta
privada.
—¿Eres enfermera?
—Psicóloga.
—Ah, qué interesante.
—¿Y qué me dices de ti? ¿Llevas mucho tiempo en esa empresa?

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—Lo suficiente como para saber bastantes cosas de ella.
—Pero no las suficientes como para utilizarlas en su contra.
—Todavía no.
—Oye, para no conducir, ni tener carné, conoces muy bien el callejero.
—¿Qué?
—Que sabías muy bien por dónde teníamos que meternos con el coche
para salir de la ciudad.
—Ya, bueno…
No me pareció que quisiese darme ninguna explicación.
—No eres muy hablador, ¿verdad?
Omar se encogió de hombros.
—No me gusta demasiado hablar de mí —⁠confesó.
—Hablemos de otros, entonces. En tu edificio hay un hombre que pinta
cuadros, dos pisos por debajo de ti.
—Sí. Thomas Hayer, se llama.
Sentí un gran alivio al constatar que alguien más se había percatado de su
existencia. ¿Por qué no habría podido llegar a él cuando salí a buscarlo?
—Veo que lo conoces. ¿Qué me puedes contar acerca de su persona?
—Que creo que también hace esculturas y da clases de arte en la
universidad. Alguna vez ha participado en exposiciones vendiendo cuadros y
todo eso.
—¿Sabes de dónde es?
Omar negó con la cabeza.
—No. Me parece que es australiano, pero nada más. No sé en qué lugar
concreto nació. ¿Por qué te interesa?
—No, por nada, no te preocupes —⁠dije.
—Tú tampoco te explayas demasiado en tus respuestas.
Supuse que estaba en lo cierto y que, si quería sonsacarle información,
necesitaba mostrarme más abierta ante él.
—Perdona, tienes razón.
Dejé las galletas y abrí un botellín de agua.
—Uno de estos últimos días vi uno de sus cuadros y me llamó mucho la
atención. Era un paisaje costero, un atardecer frente a un acantilado. A un
lado del lienzo había pintado un faro y, junto a él, un hombre y una niña de
vestido azul volando una cometa.
—Tiene fama de ser muy bueno, seguro que era un cuadro bonito.
—Sí, parecía muy realista —⁠afirmé. Bebí un sorbo de agua y volví a dejar
la botella en la bolsa⁠—. El caso es que esa escena me resultó muy familiar.

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Demasiado, diría yo.
—¿En qué sentido?
—Conocía ese lugar. Iba allí a menudo, cuando era pequeña.
—¿En serio?
—Sí. Con mi padre y mi hermana. Los domingos por la tarde salíamos a
caminar y nos acercábamos al faro. Solía soplar mucho viento allí, por eso era
un sitio ideal para volar la cometa.
—¿Quieres decir que la niña del cuadro eras tú y el hombre tu padre?
—⁠preguntó Omar, interesado.
—Apostaría a que sí.
—¿Y tu hermana?
—No la pintó.
Omar masticó varias patatas mientras le buscaba explicación, pero no
debió deducir nada que lo contentase.
—Bueno, sería mucha coincidencia, pero tal vez él también haya estado
allí en alguna ocasión y recuerde la escena. Puede que le pareciese entrañable
y quisiese rescatarla de su memoria.
—Sí, supongo que es posible. Pero no deja de ser una casualidad inmensa.
La otra opción sería que todo fuese una increíble coincidencia —⁠reconocí,
porque lo recordaba como un lugar solitario en el que casi nunca nos
topábamos con nadie⁠—. En ambos casos sería sorprendente, porque ese lugar
está en Los Ángeles.
—¿En Los Ángeles?
—Sí. Viví allí cuando era una niña.
—Vaya, eso lo hace ciertamente excepcional.
—Sí. Lástima que ya no podamos preguntarle —⁠me resigné⁠—. ¿Seguimos
otro poco?
Recogimos nuestras cosas y volvimos al coche. Las nubes se habían
hecho a un lado y el sol incidía en él, convirtiéndolo en un horno.
—¿No es raro que no haya tráfico a estas horas? —⁠apunté, al constatar la
ausencia de vehículos por la carretera.
—¿Y qué no es raro desde lo del cometa?
—Tienes razón. Pero mientras veníamos, no estábamos solos y ahora
lleva un buen rato sin pasar nadie.
—¿Y qué sugieres?
—No lo sé —dije, devolviendo la mochila y la manta al maletero⁠—. Será
otra coincidencia.

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El vehículo arrancó a la primera y, en apariencia, no sufría ninguna avería.
El sonido del motor era ronco y elevado, pero ya lo era cuando lo puse en
marcha por primera vez en el garaje.
Nos incorporamos a la vía y proseguimos nuestro camino a buen ritmo,
aunque sabiendo que a no mucho tardar tendríamos que volver a parar, esta
vez a cargar combustible. Habíamos pasado varias estaciones de servicio
cerradas y otras cuantas que indicaban que el suministro se había cortado.
Como era lógico, Omar no había previsto realizar un viaje tan largo a corto
plazo y, al no usar el coche a menudo, el gasoil que tenía en el depósito no era
mucho. Empezaba a hacerse tan necesario como difícil el repostar, o nos
quedaríamos tirados en cualquier cuneta.
A los veinte minutos, se encendió el piloto que indicaba la entrada en
reserva. A partir de entonces tendríamos combustible para tirar algo más de
cincuenta kilómetros. Pensé que sería un buen momento para empezar a rezar,
pero recordé que me había despedido de Dios hacía mucho tiempo y todavía
no estaba preparada para volver a su lado. Por fortuna, un poco más adelante
nos topamos con una señal que anunciaba una gasolinera a cinco kilómetros
siguiendo una comarcal de doble sentido. Aminoré la marcha para pensar
antes de llegar a la salida si sería buena opción jugarnos esos diez kilómetros
a una sola carta. Miré a Omar. Estaba quedándose dormido. Deduje que una
carretera secundaria tendría menos afluencia de coches, con el consiguiente
menor número de repostajes, así que si en algún lugar quedaba una sola gota
de gasolina tenía que ser en aquel. Giré el volante a la izquierda y nos
metimos en el carril de desaceleración que desembocaba en la carretera
comarcal.
Cada kilómetro que recorríamos era una nueva gota de sudor que caía por
mi frente. Pensar que podíamos estar malgastando combustible inútilmente
yendo hacia un lugar sin salida me ponía muy nerviosa. Omar pareció darse
cuenta de que habíamos dejado la nacional justo en el momento en el que se
refirió a ello.
—¿Nos hemos desviado?
—Hay una gasolinera cerca —⁠le informé⁠—. Necesitamos llenar el
depósito y quizá fuese buena idea comprar alguna garrafa adicional para
llevar. No sabemos lo que nos encontraremos más adelante, pero si es como
hasta ahora, nos va a venir bien cada gota de gasoil que llevemos encima.
—Sí, supongo que es buena idea —⁠admitió Omar.
Al llegar a la estación de servicio, comprobamos con alivio que no había
ningún cartel disuasorio a la entrada. De hecho, los dueños de una furgoneta

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se encontraban rellenando el depósito de su vehículo con aparente
normalidad.
—Parece que es una estación de autoservicio y está en funcionamiento
—⁠observé.
—Hemos tenido suerte. Aprovecharemos para comprar también algo de
comida.
Aparqué junto al surtidor libre, fijándome en que se adecuase a nuestro
motor.
—Llena tú el depósito —me pidió Omar⁠—. Yo voy a pagar y de paso cojo
lo que me parezca. ¿Alguna preferencia?
—Bizcochos de nata, si los hay.
—Bizcochos de nata, vale.
—¿Tienes dinero?
—Sí, de sobra.
Nos bajamos del coche y le devolvimos el saludo al tipo de la furgoneta,
quien acababa de colgar su manguera y se encontraba apretando el tapón del
depósito. Mientras Omar se iba dentro, introduje el boquerel en el Mitsubishi
y apreté el gatillo para comenzar a cargar. El mecanismo de llenado
automático estaba estropeado, así que me vi obligada a mantener pulsado el
gatillo durante todo el repostaje.
—Menos mal que hemos encontrado esta gasolinera, ¿eh? —⁠dijo el tipo
del surtidor de al lado, muy sonriente.
—Pues sí.
—La mayoría ha acabado con sus reservas y en ninguna saben si recibirán
más. El suministro empieza a complicarse en todo el país.
—Eso no suena nada bien.
—¡Ya lo creo que no! ¿Vais muy lejos tu amigo y tú?
—Sí. Nos quedan unas cuantas horas.
—¡Vaya! ¿Y no te parece un poco egoísta por vuestra parte?
Su pregunta me desconcertó.
—¿Disculpe?
Me pregunté, a su vez, si había oído bien, pues aquel giro en la
conversación me había cogido por sorpresa. ¿Me estaba acusando aquel
hombre de gastar demasiado gasoil?
—Lo que digo es que con el poco combustible que hay, vosotros dos os
dedicáis a hacer viajecitos por ahí. ¿Crees que eso está bien?
En esos momentos Omar salió de la tienda corriendo y dando voces.
—¡¡Daniela!! ¡¡Entra en el coche!!

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—¡¿Qué pasa?!
—¡¡Corre, corre!!
Intenté colocar rápidamente la pistola del surtidor en su sitio, pero con los
nervios no conseguía engancharla.
—¡Déjala! ¡Vamos! ¡Entra y arranca!
Bastante asustada, solté la manguera y corrí a meterme en el automóvil.
Omar abrió la puerta del acompañante y saltó sobre el asiento.
—¡Vamos, vamos!
Saqué la llave del bolsillo y traté de meterla en la cerradura de contacto,
pero no conseguía atinar.
—¡Dime qué pasa!
—¡Esos dos, joder! ¡Se han cargado al tipo de la gasolinera!
—¡¿Qué?!
—¡Vamos, coño! ¡Que vienen!
Miré hacia el otro surtidor. El individuo arrogante se acercaba riendo. Su
compañero también venía hacia nosotros siguiendo los pasos de Omar.
Llevaba una escopeta en las manos, seguramente la que habría usado para
matar al dependiente. Logré hacer entrar la llave al tiempo que el hombre se
situaba frente al coche y golpeaba con sus dos grandes manazas el capó. Si
con su gesto pretendía intimidarnos, lo había conseguido. Arranqué el motor y
pisé fuerte el embrague, empujé la palanca de marchas hacia la primera
posición y aceleré.
—¡El freno de mano!
—¡¡Bajad del puto coche!!
—¡No va a apartarse!
—¡¡Pues pásale por encima!!
—¡¿Cómo voy a atropellarlo?!
—¡¡Venga, que nos fríen!!
Entendí que eran ellos o nosotros. Pulsé el botón y bajé la palanca que
desactivaba el freno de estacionamiento y volví a acelerar. El hombre se
inclinó sobre el capó, enfurecido. La sonrisa de su cara había dejado paso a
una mueca iracunda.
Lo arrastramos unos cuantos metros hasta que sus pies se engancharon en
el suelo y su cuerpo fue engullido por los bajos del vehículo. El coche se
elevó al pasarle por encima mientras gritaba de dolor. Miré por el retrovisor y
lo vi retorcerse en el suelo como un gusano sumergido en alcohol.
—¡¡Joder!! —exclamé, desbordada por la adrenalina.

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Entonces se oyó un disparo y la luna trasera reventó en pedazos.
Debíamos alejarnos rápido o estabamos perdidos.
—¡¡Me cago en la puta!! —gritó Omar a mi lado.
Se produjeron dos disparos más sin aparentes consecuencias antes de que
tomásemos la primera curva y escapásemos de su alcance. Me temblaban las
manos, los pies, la mandíbula… Me costaba un esfuerzo enorme mantener el
coche en la carretera. Nunca me había visto en una situación tan tensa, ni
siquiera estando bajo el enorme cuerpo sudoroso del señor Warren. Y no era
la única. Omar a mi lado estaba pálido. Miraba al frente solamente por miedo
a mirar atrás. O quizá fuese porque sus pupilas se habían congelado en esa
posición. Quise pedirle que vigilase si nos seguían, pero sabía que no me iba a
escuchar, así que pisé el acelerador todo lo que pude e intenté poner tierra de
por medio entre aquellos bastardos y nosotros. Lo más importante era llegar a
la nacional. Allí ellos no sabrían hacia dónde habríamos tirado. Me alegré de
no haberle dicho al tipo de la furgoneta cuál era nuestro destino porque eso
nos daba un cincuenta por ciento de posibilidades de que perdiesen pronto
nuestro rastro.
Mis ojos regresaban cada poco a los retrovisores, mi respiración era
agitada y mi pulso seguía desbocado. Y todo sabiendo que los sucesivos
cambios de rasante harían imposible verlos a no ser que estuviesen muy cerca
de nosotros.
Tras un frenético trayecto que parecía no acabar nunca, conseguimos
llegar a la nacional sin que nadie nos pisase los talones. Pese a que era
probable que el pistolero se hubiese quedado socorriendo a su compañero
atropellado, en todo momento tuve la impresión de sentir su aliento
acosándonos. Tenía el presentimiento de que las ruedas no le habían pasado
por encima del tronco, pero sí que alguna extremidad había podido verse
afectada. Era horrible haberle hecho eso a aquel hombre, pero tampoco había
tenido alternativa. Si me hubiese quedado clavada junto al surtidor, para
entonces Omar y yo estaríamos muertos o seríamos sus rehenes. La gente se
había vuelto loca, había dejado salir su lado más salvaje en pos de su
supervivencia y muchas veces eso llevaba implícito imponer la ley del más
fuerte. Al menos, me había dado tiempo a llenar el depósito de combustible,
lo que nos permitiría recorrer un gran número de kilómetros sin parar.
Aunque esos dos se propusieran seguirnos, cada metro que les ganásemos
sería un metro que nos tendrían que recortar después. Eso, obviamente, era lo
que yo pensaba.

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Cubrimos media docena de kilómetros haciendo todo lo posible por
recobrar la calma. Pusimos algo de música suave de una emisora de country
que estaba sintonizada al encender la radio, e intentamos entablar una
conversación. Pero no éramos capaces de enlazar dos o tres frases seguidas.
Entonces se produjo un chirrido bajo el capó. Omar y yo nos miramos de
inmediato. Ningún ruido en el mundo parecido a ese podía deparar algo
bueno.
—Ha sonado como si se rompiese alguna pieza —⁠apunté con temor.
—¡No fastidies!
Silencié la radio y nos mantuvimos callados unos segundos, agudizando el
oído por si escuchábamos alguna nueva señal de alarma, pero el coche parecía
haberse repuesto de lo que hubiese ocurrido en su interior.
—¡Está claro que no ha sido nada! —⁠exclamó Omar en un tono
falsamente animado.
—Sí, estamos demasiado pendientes de todo lo que puede salir mal.
Tendríamos que ser más optimistas.
—Estoy de acuerdo. Nos iría mejor. ¡Adelante!
Pese a su enérgica inyección de moral, solo pudimos recorrer quinientos
metros más. La aguja del indicador de la temperatura del motor empezó a
subir rápidamente, entrando al instante en la zona de riesgo.
—El motor se ha puesto al rojo vivo —⁠indiqué, volviendo a la cruda
realidad⁠—. No refrigera.
Omar se inclinó para comprobar el panel con sus propios ojos.
—¡Mierda!
—Tenemos que parar.
—¡No! Vete más despacio a ver si baja.
—¿Qué? Se quemará. No podemos continuar así.
Omar lanzó un gruñido desesperado y se echó las manos a la cabeza.
Detuve el vehículo en el arcén y paré el motor. Accioné la palanca que
liberaba el gancho del capó y miré por el retrovisor para asegurarme de que
no venía nadie.
—Vamos a echar un vistazo, a ver si vemos algo.
—Como no podamos seguir, estamos jodidos. Dudo que el servicio de
grúa esté operativo.
—Sí, nadie va a venir a buscarnos.
Bajamos del coche y levantamos el cobertor metálico. El líquido
anticongelante había bullido hasta salirse del depósito y se había
desparramado sobre el motor.

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—El circuito de refrigeración no funciona —⁠observé, señalando al origen
de la fuga⁠—. Decididamente no vamos a poder seguir en esto.
—«Esto» es mi coche —protestó Omar.
—Como sea. El caso es que Sídney aún nos queda muy lejos, no tenemos
medio de transporte, por aquí no pasa nadie y el pueblo más próximo, que
creo que es Morwell, está a unas horas andando.
Omar se apoyó sobre el chasis y resopló.
—Tarde o temprano tendrá que pasar alguien, es una carretera.
Caminaremos hasta que nos recojan —⁠propuse para paliar su sinsabor.
—Supongo que no nos queda otro remedio. ¿Y el equipaje?
—Todo lo que no nos haga falta debe quedarse en el coche. Y gran parte
de lo que nos la hace, también.
Pero había otras opciones, y Omar hizo bien en recordármelo.
—¿Y si nos quedamos aquí esperando a que pase alguien? Podríamos
cargar todas nuestras cosas en su coche y no tendríamos que prescindir de
ellas.
—Puede que tengas razón. Pero me aterra la posibilidad de pasar la noche
en este lugar. No estamos tan lejos de la gasolinera como para que esos tipos
desistan de ir tras nosotros, si han decidido hacerlo.
—¿Escondemos el coche?
—El guardarraíl nos lo impide.
—Es verdad —admitió Omar al caer en ello.
—Debemos ponernos en marcha antes de que empiece a anochecer. Lo
peor que nos puede pasar es llegar a un pueblo antes de que nos recoja
alguien. Haríamos noche en él y mañana buscaríamos un medio de transporte.
Habrá algún autocar que cubra la ruta a Sídney y si no, tal vez podamos
alquilar otro coche.
—Pues no lo demoremos más.
Volvimos a sacar del maletero la mochila, la cargamos todo lo que
pudimos con comida, una linterna y ropa, y salimos del asfalto para caminar
más seguros junto a la carretera.
—Lástima todo ese gasoil que queda en el depósito —⁠se lamentó Omar.
—Al menos no llegaste a pagarlo, ¿no?
—Eso es cierto. Pero seguro que en una semana su precio será cinco veces
mayor.
—Como el del resto de las cosas, supongo.
Lo que me temía era que en pocos días casi nadie fuese capaz de pagar los
bienes de primera necesidad y la gente empezase a optar por tomarlos a la

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fuerza. Algo así como lo que había pasado en la gasolinera, pero a gran
escala.
—Oye, no pude cogerte los bizcochos que me pediste.
Me hizo gracia que en esos momentos se disculpase por algo así.
—Más te vale que encontremos unos cuantos por el camino o no te lo
perdonaré nunca.
—¡Qué idiota! —Remató.
Anduvimos una hora siguiendo la carretera sin encontrarnos con ningún
automóvil, lo que cada vez se volvía más extraño. Afortunadamente, tampoco
los asesinos de la escopeta hicieron acto de presencia. Sin embargo, la
eventualidad de que el hombre atropellado hubiese muerto me hizo sentir una
punzada en el corazón. Hice todo lo que estuvo en mi mano para escapar de
él, pero no había sido mi intención aplastarlo. Esperaba con sinceridad no
haberlo matado.
Se me empezaba a hacer duro caminar. No había salido de casa con un
calzado preparado para recorrer distancias largas y eso me estaba pasando
factura. Me dolían los pies y los notaba muy cansados. Tenía mucha sed, pero
apenas nos quedaban un par de botellines de agua, así que decidí racionarlos.
Me entraron ganas de patalear, de agarrar un berrinche como un niño pequeño
y quejarme de lo injusto que estaba siendo el mundo conmigo, pero en
momentos así lo que procedía era tirar de carácter y templar los nervios. Era
psicóloga, no tenía sentido mostrarme como la más débil e incapaz.
Para cuando empezó a anochecer, aún no habíamos divisado ningún
pueblo en el horizonte. Obviamente, no podíamos estar muy lejos del más
próximo, aunque nuestras ansias de llegar hacían que ese último tramo se
estuviese haciendo eterno.
—¿Vas bien? —me preguntó una vez Omar.
—Empiezo a estar cansada.
—Ese maldito pueblo está más lejos de lo que pensábamos, ¿eh?
—Pues sí.
—Espero que aparezca pronto, porque ya está oscureciendo y este lugar
me da escalofríos —⁠admitió, refiriéndose al perímetro boscoso que rodeaba la
carretera, el cual, poco a poco se iba convirtiendo en una masa negra e
impenetrable.
—No hemos visto ni una sola señal que nos diga cuántos dichosos
kilómetros nos quedan —⁠me quejé.
—No, y nos habría venido muy bien.
—Seguro que enseguida vemos las primeras luces, allá adelante.

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—Allá adelante no sé, pero allá atrás ya han aparecido las primeras.
—¿Qué…?
Me giré y vi las luces a las que Omar se refería. Sin duda procedían de los
focos de un vehículo aproximándose en la distancia. No venía a gran
velocidad, lo que me hizo pensar que sus ocupantes no huían de nadie.
También podía deberse a que el conductor repartiera su atención entre la
carretera y sus lindes. Eso me trasladó directamente al incidente vivido en la
gasolinera. Tal vez fuesen esos tipos haciendo una redada para encontrarnos.
—¡Eh! Escondámonos antes de que nos vean —⁠sugirió presuroso Omar.
—Pero entonces pasarán de largo, y nosotros lo que necesitamos es que
nos auxilien.
—¿Y si son los locos de la furgoneta?
—Quien quiera que sea el conductor, lo mejor será hacerle aminorar la
marcha para ver si lo reconocemos cuando esté cerca. Si nos inspira
confianza, intentaremos captar su atención para que se detenga.
—Es arriesgado.
—Sí. Pero también es nuestro último cartucho para evitar pasar una noche
a la intemperie.
Omar bufó al no tenerlas todas consigo.
Nos agachamos tras el quitamiedos, evitando movernos hasta que tuvimos
el coche muy cerca. Entonces comprobamos desahogados que se trataba de
una camioneta desconocida para nosotros y que la fisonomía del único
hombre que viajaba en ella no tenía nada que ver con la de nuestros temidos
perseguidores. Borrados nuestros miedos, nos levantamos gritando bien fuerte
para hacernos notar. El conductor de la camioneta detectó nuestra presencia
inmediatamente y, como esperábamos, detuvo su vehículo en el arcén.
Permaneció inmóvil hasta que nos situamos a su lado, entonces bajó la
ventanilla y nos miró entre curioso y extrañado. Era un hombre moreno y
musculado con aspecto de haber trabajado toda su vida bajo el sol.
—¿Quiénes sois? —Profirió.
—Me llamo Daniela Palmer y él es Omar. Nos dirigimos a Sídney, pero
nuestro coche se ha averiado.
—¿Es el Magna de allá atrás?
—Sí.
—Habéis caminado bastante. ¿Qué le pasó?
—El motor empezó a calentarse y hubo una fuga de anticongelante.
—¿Nos podrías acercar a Morwell?
—¿Queréis ir a Morwell? —preguntó, sorprendido.

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—Sí. Tenemos intención de pasar la noche allí, y ya pensaremos por la
mañana cómo continuar —⁠afirmé, muy segura de la idoneidad del plan.
—¿Y si queréis ir a Morwell para qué seguís caminando?
—¿A qué te refieres?
—A que ya lo dejasteis atrás hace veinte kilómetros.
—¿En serio?
—Claro. El próximo pueblo es Rosedale, a unos diez.
Me extrañó su respuesta. No conocía muy bien la zona, pero no había sido
consciente de haber pasado por Morwell.
—También nos sirve —se mostró conforme Omar⁠—. ¿Puedes llevarnos?
—Puedo hacer algo más, incluso. Mañana partiremos un pequeño grupo
hacia Sídney, que será una escala de nuestro viaje. Cuantas más personas
vayamos juntas, mejor será para todos.
—Bueno, podemos pensarlo durante la noche —⁠acordé. En aquellas
circunstancias, no me atraía la idea de compartir medio de transporte con
desconocidos, si bien Omar hasta hacía muy poco también lo había sido.
—Iréis mejor con nosotros que en esa tartana, de eso puedes estar segura.
Noté cómo Omar se mordía la lengua para contener su orgullo. No
entendía por qué le costaba tanto reconocer que lo que él tenía era solo un
viejo cacharro gripado.
—Mirad, si decidís acompañarnos, iré temprano hasta vuestro coche,
extraeré el combustible que llevéis en el depósito y os traeré alguna cosa que
hayáis podido dejar en él.
Nos pareció una propuesta muy buena, casi calcada a aquella con la que
habíamos especulado unas horas antes.
—Es diésel, ¿verdad?
—Sí, y está lleno.
—Estupendo. Nos vendrá bien ese gasoil.
Solo faltaba cerrar el trato.
—De acuerdo. Te agradecemos la ayuda.
—Pues venga, subid atrás. Puede que todavía lleguemos a tiempo para la
cena.
Accedimos al vehículo por las puertas traseras y dejamos los bultos junto
a nuestros pies. La decoración del interior resumía a la perfección el uso
habitual del mismo. La tapicería de los asientos dejaba entrever la espuma que
los rellenaba en varios puntos, el suelo estaba lleno de barro seco, hierbajos y
herramientas, y los cristales se mostraban tan sucios por dentro como por
fuera. Del espejo retrovisor colgaba un rosario nacarado. Olía tanto a polvo

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que, pese a no haber sufrido nunca episodios de asma, mis bronquios
amenazaron con bloquearse.
—¿De dónde venís? —Quiso saber el hombre, sin volverse hacia
nosotros.
—De Melbourne.
—Hay una buena liada allí, según ha dicho la radio.
—Por lo que hemos visto, no es el único sitio donde la situación se está
desmadrando.
—La gente acostumbra a perder muy pronto los estribos.
—Has sido el primer coche con el que nos hemos cruzado en varias horas.
¿Ocurre algo allá atrás?
—No he llegado muy lejos, pero no he visto nada raro ni a la ida ni a la
vuelta —⁠nos aseguró mientras nos poníamos en marcha⁠—. Lo único que me
ha llamado la atención es lo que dices, que no hay nadie en la carretera. ¿Os
importa que lleve encendida la radio?
—Claro que no. Un poco de información nos vendrá bien.
—¿Y que fume?
—Es tu camioneta, no te retraigas.
—Gracias. Me llamo Jorn, por cierto. Ahí atrás tenéis unas cuantas
botellas de agua, por si traéis sed.
—Encantados, Jorn —le dije.
—Te agradecemos el agua —añadió Omar⁠—. Y también te agradecería
algo de tabaco.
Jorn le lanzó la cajetilla a las manos y Omar cogió uno de los cigarrillos.
Después me ofreció otro a mí.
—Lo he dejado —rechacé. Igual era una idiotez abandonar el hábito de
fumar cuando iba a morir de todas formas, pero pensé que aprovechar el
tiempo que me quedaba para proponerme retos importantes sería la única
forma de mantenerme activa.
—Pues a buenas horas… —rio Omar, devolviéndole el paquete a Jorn.
Las noticias locales eran un calco de mis presentimientos. La emisora
cubría la actualidad del sur de Australia relatando sucesos que bien podrían
resumir lo que ocurría en cualquier otra parte del mundo. Caos financiero,
político, social… Ningún país estaba preparado para afrontar una catástrofe
como la que se avecinaba y, en pocas horas, había quedado en evidencia. Las
principales potencias habían invertido sus recursos en ir saliendo al paso de
los problemas sin poner su mirada más allá de sus intereses inmediatos. «Sal
al paso de lo que ocurra en tu legislatura, no importa lo que debas hipotecar

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para ello, y que la herencia que le dejes a tu sucesor sea un hueso duro de
roer», parecía ser la mayor consigna de los mandatarios.
—Oye, ¿has visto una furgoneta amarilla por el camino?
—No he visto a nadie.
Por una parte era un alivio no tener a aquellos dos pisándonos los talones,
pero por otra, me sentía mal ante la posibilidad de que el hombre atropellado
hubiese muerto. Yo no era una asesina; tal vez en poco tiempo me viese en la
obligación de tener que matar a alguien para sobrevivir, pero no estaba
preparada para que sucediese de aquella manera. Omar supo captar mi
aprensión.
—Hiciste lo que tenías que hacer.
—Gracias. Pero no puedo evitar preocuparme. Puede que ese hombre
haya muerto.
—Por supuesto, seguramente te lo hayas cargado. Pero era algo necesario.
De lo contrario, ahora seríamos como dos erizos despachurrados en aquella
cuneta. En el futuro tendrás que volver a matar, y es importante que lo
asumas. Tu vida dependerá de ello.
Asentí convencida de que era mi sino. Lo único que esperaba era ser
capaz de aguantar hasta el último momento antes de ajusticiar a otra persona;
no tener más remedio que apretar el gatillo, clavar el cuchillo o empujar al
vacío para salvar mi vida.

Apenas diez minutos después, Jorn aparcó en una de las calles


perpendiculares a la carretera que atravesaba la pequeña Rosedale, al amparo
de una casa de dos plantas de aspecto deslucido y anticuado.
—Hemos llegado.
Bajamos de la camioneta. Se había hecho noche cerrada y soplaba un
viento racheado que hacía de la estancia al aire libre una experiencia
desapacible. Pasar la noche al raso hubiese sido algo parecido a juguetear con
la enfermedad, y no podíamos permitirnos caer en esos contratiempos.
—Es aquí —anunció Jorn, refiriéndose, como me temía, a la casa⁠—. Creo
que todos están acostados ya.
Ciertamente, desde nuestro lado no se veía ninguna luz encendida. Por un
instante temí que nos estuviésemos viendo envueltos en el intrincado plan de
un psicópata y que todo aquello no fuese sino una disimulada cacería. Pero lo
cierto es que Jorn no tenía aspecto de loco ni de caníbal, y su comportamiento
hasta entonces no merecía mi desconfianza.

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Lo que sí me asustó, y bastante, fue vislumbrar una oscura silueta humana
junto a la escalinata de una de las propiedades aledañas. Por la melena suelta
y su complexión menuda deduje que se trataba de una mujer, y no demasiado
mayor, quizá de unos sesenta años. Estaba quieta, observándonos sin decir
nada.
—¿Qué pasa? —me preguntó Omar al notar mi sobresalto.
—Hay una señora en esa casa que nos está mirando —⁠le mostré.
Me di cuenta de que la mujer vestía un camisón largo hasta los tobillos e
iba descalza. Parecía como si se hubiese levantado de la cama para salir ex
profeso al jardín.
—¡Joder, es verdad! ¡Qué miedo!
Jorn la identificó enseguida.
—Es Margaret, una vecina.
La mujer no se inmutó al ver que habíamos reparado en ella, ni tampoco
cuando Jorn agitó una mano para saludarla.
—No os preocupéis, no está loca ni nada parecido. Solo que, desde que es
sabido lo del cometa, no duerme bien por las noches y sale de vez en cuando
al jardín a mirar el cielo.
Sin embargo, era a nosotros a quienes estaba mirando.
—Pero todavía falta un año para que sea visible —⁠señalé.
Jorn miró hacia la mujer con cara de lástima. Seguramente recordase que
pocas semanas atrás, ella era una persona normal, amable, de las que siempre
es una suerte tener como vecinas.
—Oye, ¿tendremos que madrugar mucho mañana? —⁠preguntó Omar, al
que se veía impaciente por entrar en la casa.
—Si te preocupa levantarte demasiado pronto, no temas. A ninguno nos
gusta dormir demasiado y, cuando toca viajar, preferimos salir temprano.
—Ah, fabuloso —fingió alegrarse Omar, cuyos deseos, obviamente, iban
encaminados hacia otra dirección.
—Venid, entraremos por detrás.
Lo seguimos hacia la parte posterior de la casa, muy oscura al tratarse de
una zona alejada de las farolas de la calle principal. Mis ojos no se separaron
de la mujer hasta que salió de mi campo visual. Ella siguió sin reaccionar en
todo ese tiempo.
—Vamos —apremió Jorn—. A ver si hay algo para que cenéis antes de
acostaros.
—No te preocupes, no tenemos hambre —⁠dije, aunque al menos yo sí la
tenía. No obstante, el hombre ya había hecho bastante por nosotros y, si el

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apetito nos impedía dormir, siempre podríamos picar algo de las bolsas que
llevábamos en las mochilas.
—¿En serio no queréis comer nada?
—No. Además, no me gusta ir a la cama con el estómago lleno.
Omar se limitó a asentir cuando Jorn se volvió hacia él para conocer su
opinión.
—Bien, pues os acompañaré a vuestro cuarto. Hay dos camas, no sé si
dormís juntos o separados…
—De momento, separados —le aclaré, ante el silencio de mi compañero.
Jorn metió la llave en la cerradura y la hizo girar. Me froté los ojos
mientras contenía un bostezo. Llevaba tiempo sin dormir en una cama
decente.
—Adelante, estáis en vuestra casa.

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XVII
07 de abril de 2014
5 años antes del Año de Incertidumbre

La tenue iluminación diseñada para crear ambientes cálidos fue engullida de


inmediato por unos focos mucho más funcionales que invitaban al público a ir
abandonando el teatro. Busqué a Diana entre el respetable, segura de que
habría disfrutado del concierto, pero no la pude ubicar. Había mucho
movimiento de gente y el graderío era muy amplio. Sin embargo, allá atrás,
en una de las últimas filas, semioculto bajo las sombras de los palcos
superiores, lo vi a él. Me miraba directamente a los ojos, dedicándome una
media sonrisa de labios prietos. Su repentina aparición me dejó paralizada.
Podía ser casual que hubiese ido a presenciar el concierto —⁠había mucha
gente que amaba la música clásica y nuestra orquesta tenía fama de dar
buenos recitales⁠—, pero el observarme con mirada fija conllevaba
intencionalidad. Obligado por el movimiento migratorio de sus compañeros
de bancada, el hombre se levantó de su butaca, se abrochó el primer botón de
su americana y se dejó arrastrar hacia el pasillo.
Tras unos instantes de duda, decidí seguirlo, sin haberme parado a pensar
qué le diría cuando lo alcanzase. Dejé mi instrumento sobre la silla y bajé
rápidamente entre los dos grupos de violinistas, con mucho cuidado de no
derribar a ningún compañero de un empujón. Crucé frente al estrado de
Marcelo y troté escaleras abajo hacia el pasillo lateral. El hombre se
encaminaba hacia la salida; tenía que llegar a él antes de que se mezclase con
el resto de los asistentes en el hall principal.
—¡Daniela! —exclamó Ronnie, saliendo de la nada y plantándose en
mitad del pasillo.
—¿Ronnie? Creía que trabajabas esta noche.
—He cambiado el turno con un compañero; no quería perderme el
concierto.
—¡Ah, estupendo! ¿Y te ha gustado? —⁠le pregunté, alzando la vista por
encima de su hombro.
—Pues sí, habéis estado perfectos. ¿Cenamos juntos?

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—Pues… ¿Me disculpas un momento?
—¿Eh…? Sí… —aceptó, un poco sorprendido. Para entonces yo ya me
encontraba driblando por el pasillo a los más rezagados.
Como me temía, la interrupción de Ronnie me hizo perder de vista a mi
objetivo y cuando llegué al recibidor, la masa humana complicaba
enormemente su localización. Me dirigí con rapidez al ropero, con la
esperanza de encontrarlo allí, pero no estaba entre la gente que aguardaba a
que le entregasen sus abrigos. Entonces, un inesperado golpe de suerte hizo
que mis ojos reparasen en una figura lejana justo antes de que esta
desapareciese por las escaleras de acceso al parking subterráneo. ¡Y era él!
Esquivé a cuantos tenía delante durante su persecución, sin poder evitar que
algún desafortunado se llevase un fortuito codazo en las costillas.
Seguí sus pasos hasta el primer sótano y corrí hacia él cuando lo
identifiqué junto a su automóvil.
—¡Eh, espere! —le grité.
El hombre se volvió con gesto muy serio.
—Solo quiero hablar con usted —⁠le confesé.
—Señorita, no deben vernos juntos.
—¿Qué?
—La discreción es fundamental.
—Dígame por qué ha venido, por qué me estaba mirando y qué líos se
trae con algunos médicos del hospital.
—Se lo repito, señorita Palmer, no deben vernos juntos.
—O me lo cuenta usted, o tendré que averiguarlo por mis propios medios.
Y eso no les va a gustar.
La expresión del hombre pasó de la desaprobación a la amenaza.
—Atrévase a poner en riesgo nuestra empresa y será lo último que haga
en su vida profesional.
Sin más, abrió la puerta de su coche y se sentó frente al volante.
—Considérelo una última advertencia de cortesía —⁠dijo, antes de cerrar
de golpe.
El vehículo arrancó y se puso en marcha mientras el parking se llenaba de
gente dispuesta a seguir sus pasos. Lo acompañé con la mirada hasta que se
perdió por la rampa de salida, jurándome que haría lo imposible por destapar
los sucios negocios que ese tipo se traía entre manos.

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Pasaron dos semanas desde el concierto sin que hubiese logrado ningún
avance. El comercial no volvió por el hospital en ese tiempo y, que yo
supiese, claro, la doctora Hoffman no mantuvo ninguna reunión con otras
personas del mismo palo. Esa frustración me había llevado a pensar en
explorar otras vías de investigación menos lícitas, tal vez, pero más efectivas,
y para ello necesitaba ayuda. La noche anterior me había registrado en una
comunidad de hackers y había estado leyendo varios artículos sobre
intrusismo digital. Lo que buscaba, en resumen, eran formas de extraer
información de los ordenadores de la doctora Hoffman y del director
Kinnaman. Lo incluí a él porque me costaba creer que estuviesen haciéndose
negocios de cierta magnitud en su hospital sin que tuviese constancia. Un
volcado de sus discos duros, por ejemplo, podría contener la clave de sus
misteriosas actividades y, seguramente, para los expertos en infiltraciones no
supusiese demasiado esfuerzo. Pero por más que leía, no acababa de entender
nada. Estaba claro que hacían falta unas nociones muy avanzadas de
informática y programación para perpetrar lo que estaba tramando.
Al final, me había acostado tardísimo y a la mañana siguiente pagué las
consecuencias. Cuando me di cuenta, llevaba media hora de retraso respecto a
mi horario habitual. Salté de la cama, me duché con agua fría por no esperar a
que calentase, y engullí una magdalena de la que bajaba al garaje. Prescindir
de ese primer café al levantarme implicaba estar arrastrándome el resto del
día, así que, en cuanto pude, me acerqué a la cafetería del hospital y pedí un
café americano para llevar.
Volví a mi consulta y me senté en la butaca, dispuesta a tomarme el café y
espabilar cuanto antes. Entonces reparé en unas hojas que mi impresora había
escupido a la bandeja de salida mientras estaba fuera. Al recogerlas comprobé
que eran los expedientes de varios pacientes de la unidad de salud mental del
hospital. Entre ellos hallé unos cuantos relacionados conmigo, gente a la que
yo trataba desde hacía más o menos tiempo, y algunos otros que conocía de
haberlos visto por los pasillos. En total, unos veinte, de los que tres cuartas
partes eran hombres y el resto mujeres. Si habían salido de mi impresora sin
que yo los hubiese enviado, significaba que provenían de otro equipo
informático enchufado a la red, y creía saber de cuál.

La doctora Hoffman estaba sentada frente a su ordenador, pulsando con


insistencia el botón izquierdo del ratón. Maldecía en voz baja como si el
trebejo no le estuviese haciendo ningún caso.

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—Doctora Hoffman, ¿tiene un segundo? —⁠pregunté, golpeando con los
nudillos la puerta de su despacho.
—Me pilla en un mal momento, tendrá que ser otro día —⁠dijo ella sin
apartar la mirada de la pantalla. Se notaba nerviosa.
—Es que es bastante urgente.
Movió la cabeza hacia mí, pero no sus ojos.
—Está bien. Dígame qué sucede.
—Alguien ha imprimido estos expedientes, creo que sin autorización.
Mis sucintas palabras consiguieron por fin atraer su atención.
—¿Expedientes?
—Sí, son todos pacientes de psiquiatría, algunos míos, otros no.
La jefa de planta se sorprendió tanto al verme con ellos en la mano que
intentó actuar con naturalidad, pero solo consiguió ponerse más nerviosa y
balbucear.
—Pues… ehhh… no sé… ¿Dónde los ha encontrado?
—En mi impresora —dije sin indirectas⁠—. Pero creo que los imprimió
usted.
—¿Cómo dice?
—Que son suyos.
La doctora Hoffman se mordió el labio inferior antes de mentir.
Seguramente aquella situación fuese algo que no se esperaba.
—¿Pero qué está diciendo? No tengo nada que ver con ellos. Puedo
consultarlos cuando quiera desde mi ordenador.
—Entonces ¿por qué los ha imprimido? ¿Se los ha pedido alguien?
—Doctora Palmer, le estoy diciendo que no tengo nada que ver con ellos.
—Sabe igual que yo que los expedientes son altamente confidenciales.
Jamás pueden dejarse al alcance de cualquiera, y mucho menos ofrecérselos a
alguien ajeno al hospital.
—Démelos, los destruiremos y ya está.
—No, no está. Debe decirme a quién se los iba a dar.
—¡Ya está bien! —se defendió de una forma más agresiva⁠—. ¿De qué
cree que va? Acaba de llegar, como aquel que dice, y ya está poniendo y
quitando a su antojo, diciendo lo que los demás debemos y no debemos hacer.
¿Pues sabe una cosa? Le importa una mierda lo que yo haga y así va a seguir
siendo, ¿me ha oído?
—Doctora Hoffman, los compromisos básicos de confidencialidad no
deben nunca ser ignorados. ¡Usted misma me los hizo firmar!
—No me trate como a una paciente suya, no soy ninguna retrasada.

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—Sé que usted y el doctor Kinnaman se traen algo turbio entre manos y
pronto voy a averiguar qué es.
—Tenga cuidado con las amenazas.
—¿Quién está amenazando a quién?
—Créame, bonita, estoy en disposición de hacerlo —⁠me lanzó como un
dardo⁠—. Hemos terminado.
Tenía razón, seguir discutiendo no llevaba a ninguna parte. Ella no iba a
soltar prenda sobre sus asuntos y yo no veía ninguna cuerda de la que tirar;
solo un puñado de fichas clínicas cuyo propósito y relación desconocía.
Dediqué un severo gesto de desaprobación a mi superiora y me dirigí derecha
a mi consulta.
En su soledad, traté de buscar las posibles conexiones que pudiera haber
entre los pacientes. Esparcí los documentos por la mesa y los observé con
detenimiento. Estaba claro que compartían alguna peculiaridad que los hacía
igualmente interesantes para la jefa de psiquiatría, pero podría ser difícil el
establecer cuál. No era el sexo, eso se descartaba de inmediato. Tampoco la
edad, la mayoría rondaba la treintena, pero los había de edad más avanzada y
al menos un caso de veintipocos. Me concentré y pensé durante varios
minutos, hasta que por fin me di cuenta de que solo estaba moviéndome en
círculos en torno a la solución más obvia. Lo que unía a todos ellos eran unas
patologías concretas: el trastorno de identidad disociativo y la esquizofrenia.
Alguien llamó a la puerta.
—Doctora Palmer.
—Sí, ¿qué desea?
Samuel, uno de los guardias de seguridad más veteranos, abrió y asomó la
cabeza.
—Doctora Palmer, debe recoger sus cosas en no más de diez minutos y
acompañarme.
Al momento comprendí que acababa de ser cesada de todas mis
funciones.
—Claro, Samuel. No le haré esperar.

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XVIII
25 de julio de 2019
Día 5 del Año de Incertidumbre

Pese al agotamiento que arrastraba desde hacía varios días, me desperté al


alba. La orientación de la habitación hacía que el sol se colase desde muy
temprano por entre las tablillas de la persiana, colmándola de luz. Si el resto
de dormitorios daban también al este, no era de extrañar que en esa casa todos
se levantasen tan temprano. Me incorporé y miré a Omar. Seguía echado en
su cama, pero estaba también despierto. Tenía la atención fija en el techo y no
pestañeaba. Era imposible saber en qué lugar del universo se encontraba su
mente.
—¿Qué tal has dormido? —le pregunté tras detectar, al rato, el primer
pestañeo.
—No muy bien. No me acostumbro a dormir en otro sitio que no sea mi
cama. ¿Y tú?
—Mejor de lo que esperaba. Estaba muy cansada.
—¿Nos levantamos ya?
Me hubiese gustado seguir arremolinándome en la cama durante horas,
pero ponerse en marcha era lo más adecuado.
—Sí, no es de buena educación hacer esperar a nuestros anfitriones. ¿Te
importa si uso el baño la primera?
—No te preocupes, yo ya he ido.
Aprecié que tenía el pelo aún mojado.
—Ah, genial.
Cogí una camiseta y unos tejanos limpios de la mochila y me dirigí al
servicio. Al salir de la habitación escuché a gente conversando en el piso de
abajo, seguramente en la cocina. Una voz femenina predominaba sobre de las
demás. Entré en el pequeño cuarto azulejado y al instante me despojé del
pijama y de la ropa interior. Abrí el grifo del agua caliente y mientras esta
adquiría cierta temperatura me senté en el váter. Se respiraba un profundo
olor a lavanda, de esos capaces de marearte pasado algún tiempo
inhalándolos. Estar sola en un lugar desconocido me hizo de pronto sentirme

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diminuta, insignificante. Quizá lo fuese, de hecho. El caso era que echando la
vista atrás, no había estado realmente sola desde el momento en que había
abandonado la comisaría y eso me había impedido pararme a reflexionar
sobre lo delicado de nuestras vidas. En condiciones normales, yo debería estar
a punto de salir de casa para ir a mi consulta y recibir a unos cuantos
pacientes habituales. Me contarían cómo habían pasado las últimas semanas y
luego se irían. Entonces saldría a comer con Anette y por la tarde ensayaría
con la orquesta. Tal vez Marcelo se acercase a contarme cualquier tontería al
acabar, como hacía tantas veces, y por la noche, cenaría en la cocina con
Coyote a mis pies. No sabía lo que opinarían los demás de mi vida, pero
tampoco era algo que me importase. Yo era una persona independiente,
realizaba una buena labor social con gente que lo necesitaba y cuidaba de mi
planeta. Razones suficientes para justificar mi existencia. Anette, Marcelo, el
señor Francisco… ¿Qué habría sido de ellos? Ronnie… Pensé que quizá
Megan tuviese noticias suyas. Pude haberla llamado hacía días; ella era su
novia, la primera persona a la que por lógica él habría recurrido, pero no caí
en la cuenta. ¿Y Coyote? ¿Dónde estaría mi gato? Era un animal espabilado,
seguro que sabría buscarse la vida en cualquier entorno. Añoré poder
reencontrarme con él algún día…
La ducha me sentó de maravilla. Salí del cuarto de baño rejuvenecida y
con el ánimo ligeramente renovado. No olvidaba la situación en la que estaba,
esa no había cambiado, pero al menos la afrontaba con el pelo limpio y la piel
fresca. Era como empezar un nuevo asalto en el combate después de unos días
arrastrándome por la lona.
Omar me estaba esperando en lo alto de la escalera para bajar juntos con
los demás. Me asomé a la habitación y comprobé que había recogido nuestras
cosas y hecho las camas; todo un detalle por su parte. Fui hasta mi mochila y
guardé en ella la ropa usada y mi cepillo de dientes. Tenía tanta hambre que,
por educación, pensé en llenarme la boca de frutos secos antes de bajar a
desayunar para no agotar las reservas de su nevera, pero creí conveniente ir
aprendiendo a administrar los recursos de los que disponíamos. Omar así lo
hacía.
De la que bajábamos, me fijé por primera vez en los cuadros que colgaban
de las paredes del pasillo. Todos mostraban imágenes religiosas de diversa
índole; seguramente la gente que habitaba en la casa fuese muy creyente.
—Estás muy guapa —me lisonjeó Omar.
Le sonreí.
—Venga, a ver si podemos comer algo antes de irnos —⁠apremié.

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Terminamos de bajar las escaleras y entramos en la cocina atraídos por el
olor de un delicioso desayuno americano. La boca se me estaba haciendo
agua.
—Buenos días —nos saludó una mujer negra que sostenía una sartén llena
de huevos revueltos⁠—. Sois Daniela y Omar, ¿verdad?
—Sí.
—Jorn nos lo ha dicho —informó, y se señaló al pecho⁠—. Nira. Él es
René y ella, Vana.
René resultó ser un hombre recio, de barba y largos cabellos rubios, con
ojos achinados, que nos saludó levantando el tenedor. Por su parte, Vana era
una niña de siete u ocho años, también rubia, con la piel clara y la mirada
avispada. Supuse que tal vez fuese hija de René pero no de Nira, basándome
en un planteamiento meramente genético.
—También nos dijo que vendréis con nosotros.
—Nos lo…
—Vaya, hay jaleo ahí fuera… —⁠me cortó Nira al ver algo desde la
ventana.
—¿Jaleo? —preguntó René.
—Sí, nada. Unas personas que están hablando en la calle —⁠dijo. Luego se
volvió hacia mí⁠—. Perdona, ¿me decías?
—Sí, eso, que nos lo ofreció y nos pareció bien.
—Nuestro coche se averió a unos cuantos kilómetros de aquí. Jorn nos
recogió anoche con su camioneta —⁠explicó Omar.
—Lo sé. Ha ido a sacarle la gasolina del depósito —⁠dijo la mujer,
acercándose a la mesa.
Efectivamente, Jorn me había pedido las llaves con ese propósito la noche
anterior.
Nira vació su sartén en los tres platos situados frente a ella y se los puso
delante a los otros dos.
—Ahora mismo os preparo lo vuestro.
—Por favor, no dejes que se te enfríe el desayuno. Permite que nos lo
preparemos nosotros —⁠le pedí.
A ella le pareció bien y se sentó a la mesa.
—Usa los huevos que quieras, el resto nos los llevaremos cocidos —⁠dijo,
cortando unas rebanadas de pan de centeno⁠—. También tenéis ahí beicon y
salchichas caseras, por si os apetecen.
Omar me hizo un gesto para dar a entender que todo le apetecía, y como
yo estaba igual de famélica, no escatimé a la hora de añadir elementos a la

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plancha. Nos servimos café en unas tazas de tamaño extra grande y nos
sentamos junto al resto. Vana se entretenía jugando con una muñeca de trapo
mientras los demás daban buena cuenta de su desayuno.
—Es una muñeca muy bonita, ¿cómo se llama?
—Diana —respondió Nira en su lugar.
No esperaba tener que enfrentarme a ese nombre de una forma tan
repentina.
—¿Diana?
—Sí, como la princesa de Gales.
Asentí, todavía tambaleándome en la silla.
—¿Se viene también con nosotros?
—Vana no habla demasiado, pero es una gran madre. No la puede dejar
aquí sola —⁠explicó la mujer.
La acaricié en la mejilla y la sonreí. Deseé con todas mis fuerzas que su
mutismo no obedeciese a un episodio doloroso.
—¿Qué tal las cosas por Melbourne? —⁠preguntó René, girando la cabeza
hacia nosotros.
—Vana, cariño, si ya has acabado, ¿por qué no subes a jugar con Diana?
La niña asintió y, abrazada a su muñeca, se fue corriendo escaleras arriba.
—Muy descontroladas —le resumí con tristeza⁠—. Lo abandonamos hace
un par de días y por entonces ya habían empezado los saqueos. La gente
deambulaba por la calle como si no supiese adónde ir, y algunos ya dejaban
entrever de qué pasta estaban hechos.
René pareció esperarse mi respuesta.
—Las cosas por aquí no difieren demasiado.
—Ayer intentaron robarnos, y no hemos sido a los únicos —⁠añadió Nira.
—Es el momento idóneo para largarse.
—¿Hacia dónde os dirigís? —⁠le pregunté sin rodeos⁠—. Después de
Sídney.
—Nueva Zelanda.
—¿Nueva Zelanda? Eso está lejos. Tardaréis en llegar.
—Nadando sí —admitió René—, pero no volando.
Creo que expresé mi sorpresa con un gesto involuntario, porque enseguida
se apresuró a explicármelo.
—Jorn fue piloto de las Fuerzas Aéreas. A las afueras de Sídney hay un
aeródromo militar desde el que volaremos hasta Auckland.
—¿Y qué haréis cuando lleguéis?

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—El abuelo de René construyó un refugio nuclear a mediados de los años
ochenta, después de lo de Chernóbil. Aquel accidente lo afectó bastante y a
partir de entonces la seguridad nuclear se convirtió en una obsesión para él.
¿No es curioso? Después de tantos años, ese viejo agujero va a servirnos para
algo. La idea es aguantar fuera todo lo que podamos y después, meternos
dentro a rezar.
—¿Y cuando se os acaben los víveres?
—Supongo que moriremos. Para entonces las cosas ya estarán bien
organizadas en el cielo y no tendremos que hacer cola a la entrada —⁠bromeó
Nira, levantándose de la mesa y recogiendo los platos vacíos⁠—. ¿Sois
creyentes?
—No demasiado —dije por los dos.
Omar no quiso desmentirlo, viendo que a ella no pareció importarle.
—En cualquier caso, os buscaré por allá arriba para charlar un rato. Será
interesante cotejar a quiénes les ha ido mejor en sus últimos días.
Se lo agradecí con una sonrisa.
—Descartáis entonces que esto tenga arreglo.
René se pasó la mano por los cabellos y ladeó la cabeza.
—Mi fe se alimenta en Dios más que en el ser humano.
—¿Y si el cometa cambia su trayectoria? ¿Y si se desvía y pasa rozando
la Tierra en lugar de chocar contra ella? Ahí no intervendría la mano del
hombre.
—Bueno… Si algo así ocurriese, volveríamos a casa, supongo.
Alguna vez había oído que existía esa posibilidad, que la trayectoria de un
asteroide podía alterarse al verse afectada por el campo gravitatorio de algún
astro o planeta junto al que cruzase. Ojalá el Sol actuase como un ángel de la
guarda y nos salvase la vida.
—¿Y vosotros? ¿Adónde vais? —⁠se interesó Nira.
—Sídney es nuestro destino final.
—No creo que los ánimos estén más calmados en Sídney que en
Melbourne —⁠opinó René, amontonando unas migas con la servilleta.
—No, seguro que no. Pero quiero visitar a mis padres antes de que el
mundo se convierta del todo en un manicomio.
—Es importante pasar estos meses con la familia —⁠apuntó Nira⁠—. ¿No
tienes a nadie más? ¿Vosotros…?
—Omar y yo nos conocemos desde hace poco, somos amigos, y lo cierto
es que no, no hay nadie más.

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—También debemos pasar por las oficinas de mi empresa —⁠intervino
Omar, tal vez por sentirse algo incómodo.
—¿Y a qué se dedica tu empresa, si no es indiscreción?
—Consultoría especializada.
—¿Eres informático?
—Así podría resumirse.
—Me lo parecías. Pues me hubieras venido muy bien en otras
circunstancias. Ahora no creo que vuelva a usar nunca ese viejo cacharro.
En esos instantes Jorn entró por la puerta y echó una mirada a la cocina.
—Veo que ya os habéis conocido.
—Sí, son unos chicos muy majos —⁠nos halagó Nira.
—Podemos ir, entonces.

Cargamos la camioneta con los bultos que conformaban el equipaje y nos


fuimos subiendo en ella. Omar se ofreció a ir sentado en uno de los asientos
abatibles de la parte trasera, en vista de que con el resto se ocupaban todas las
plazas principales. Mientras nos acomodábamos y nos abrochábamos los
cinturones, Jorn se cercioró de que las puertas de la casa y sus ventanas
quedaban bien cerradas, y se sentó a los mandos del vehículo. René haría de
copiloto y atrás viajaríamos la niña y, a ambos lados, las dos mujeres.
Imaginé que si esas eran las posiciones habituales, las conversaciones que
debían mantener piloto y copiloto en la carretera debían ser dignas de
recordar.
—¿Qué habrá pasado? —preguntó Nira, aún intrigada por toda la gente
que se había congregado en la calle. Parecían concentrarse en las
inmediaciones de la casa de la señora que observaba el cielo la noche anterior.
Jorn la miró por el retrovisor y, cuando ella se dio cuenta, le hizo un gesto
ensayado. Nira puso las manos sobre las orejas de Vana para que no los
escuchase. La niña, acostumbrada, siguió peinando su muñeca como si nada.
Lo que Jorn dijo me hizo desear que alguien hubiese tapado mis oídos
también.
—Margaret. La han encontrado ahorcada en el granero esta mañana.
—¡Santo cielo! —exclamó Nira cerrando los ojos y santiguándose. Luego
volvió a cubrir los oídos de la pequeña⁠—. Tenemos que hablar con Henry.
—No hay tiempo para eso. Nos vamos.
—¿Qué?
—No vamos a decirle nada que no le hayan dicho ya.

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—¡Pero era su mujer!
—¿Y qué? ¿Crees que ha sido la única que se ha quitado la vida esta
noche? ¿Crees que será la única que lo hará de aquí a que se acabe el mundo?
Seguir en el pueblo es peligroso, debemos irnos cuanto antes.
—Jorn tiene razón, Nira —se posicionó René⁠—. Retrasando nuestra
salida no vamos a arreglar nada.
Miré hacia el granero y la sensación de ingravidez en mi estómago se
intensificó. Pensé que vomitaría en cuestión de segundos.
—Por favor, ¿podéis abrir la ventanilla? —⁠Les rogué a los ocupantes
delanteros.
—Claro.
Jorn fue el primero en hacerlo y René lo siguió. Con el movimiento de la
camioneta el aire de la mañana empezó a entrar en el habitáculo y su frescura
me ayudó a mitigar las náuseas.
—Adiós, Rosedale, gracias por haber sido nuestro hogar —⁠le reconoció
René al pequeño pueblo que abandonábamos. Supuse que la mayoría de ellos,
si no todos, habrían nacido en él. Mientras tanto, a nuestro lado, Nira
continuaba rezando por la salvación de Margaret. Vi cómo lloraba, tal vez por
su vecina, tal vez por dejar atrás una vida de la que no había querido
desprenderse. Tal vez por ambas cosas. El apego que esta gente tenía por su
pueblo sobrepasaba con creces la nostalgia que yo pudiera sentir por
Melbourne, eso seguro, y a mí ya me había costado lo suyo decirle adiós a mi
día a día.

Siguiendo la tónica general, acumulamos un buen puñado de kilómetros sin


romper el escudo de silencio que protegía nuestras almas de la abrasiva
realidad. No era tiempo de charlar, sino de velar por nuestro pasado y untar
una buena pomada en las heridas que todos llevábamos abiertas. Incluso yo,
preparada para asistir a los demás cuando el dolor los desorientaba, no
encontraba un saliente al que agarrarme.
Al final nos dimos cuenta de que, aunque ninguno estuviera en
disposición de hablar, todos lo estábamos de escuchar, y enterarse de la
situación en la que se encontraba la ciudad a la que llegaríamos esa noche,
nos haría precaver los riesgos. René encendió la radio y trató de sintonizar
alguna emisora, pero era imposible captar nada. Tras pelearse con el dial un
par de minutos, al final desistió y, maldiciendo, la apagó.

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—No es buen augurio que ninguna emisora de Sídney esté en el aire
—⁠advirtió Jorn.
—Para nada —coincidió él con el ceño fruncido.
—Puede que algún radioaficionado esté emitiendo en onda corta
—⁠apunté.
—No, he barrido toda la FM.
—Prueba entonces en AM, puede haber alguien en banda ciudadana.
—¿Banda ciudadana? ¿Qué carajo es eso? —⁠preguntó René.
—Frecuencias para uso civil aficionado —⁠se anticipó Jorn⁠—. Buena idea,
chica.
—Exacto. Mucha gente emite en ese rango del espectro en situaciones
críticas, transmitiendo de forma autónoma desde sus casas. Con la telefonía
móvil fuera de servicio, puede ser la única vía de comunicación vigente.
—Pues vamos a ver si hay suerte.
René accionó de nuevo la radio y seleccionó la amplitud modulada.
—¿Dónde estás, criaturita…? —⁠canturreó mientras giraba el sintonizador.
Pero no se oía más que ruido.
«… inimaginable…».
—Creo que tampoco…
—¡¡¡Callaos!!!
«… restos de cadáveres esparcidos por el camino».
—¡Santo Señor de los cielos! ¡¿Pero adónde coño estamos yendo?! —⁠se
preguntó René en voz alta.
«En total, más de una veintena de tumbas han sido exhumadas».
—Un cementerio —apuntó enseguida Nira⁠—. Está diciendo que han
profanado un cementerio.
—¡Eso no me tranquiliza!
—¡Silencio! —exigió Jorn.
«El suministro de agua se ha interrumpido en la zona comprendida entre
Castle Hill y Richmond. Se desconoce si se reestablecerá en las próximas
horas. En cuanto al tráfico, los accesos a la ciudad por la A32 han sido
cortados por un grupo de insurgentes que han quemado neumáticos y algunos
vehículos».
—¿Es nuestra ruta de acceso? —⁠Fue la inevitable pregunta de René.
Jorn negó con la cabeza. A nosotros nos correspondía entrar por el sur,
mientras que los altercados anunciados se estaban produciendo en el noroeste.
Eso no quitaba que también pudiese haber problemas más abajo, o que se
desatasen antes de que llegásemos.

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«En el aeropuerto la tensión puede cortarse con un cuchillo. Muchos
pasajeros con billete ya comprado se han quedado en tierra porque su vuelo se
ha cancelado. Lo mismo ha ocurrido con la mayoría de vuelos entrantes. Los
familiares que esperaban la llegada de viajeros han comenzado a protestar
airadamente ante la desinformación de las aerolíneas».
—Pronto estaremos incomunicados —⁠presagió Nira.
«Por ahora nada más, amigos. Tened cuidado donde estéis. En cuanto
tenga más novedades, volveré para informaros».
La voz del desconocido se silenció y todos los ocupantes del coche
sentimos algo parecido a la congoja, estoy segura. Nos estábamos dirigiendo a
una ciudad que en cualquier momento podía estallar. Era algo irracional que,
al mismo tiempo, no podíamos evitar.

En torno al mediodía, encontramos un bar de carretera con apariencia de estar


abierto y decidimos parar a descansar y beber algo. Vana llevaba unos
kilómetros quejándose de tener muchas ganas de ir al baño y, quien más o
quien menos, todos necesitábamos vaciar la vejiga. Aparcamos frente al
restaurante y nos apresuramos a bajar y estirar las piernas. Jorn prefirió
quedarse fuera fumando un cigarrillo y vigilando la camioneta, pero el resto
ansiábamos hacer un paréntesis alejados del sol. Estábamos atravesando la
franja del día más calurosa y la vieja camioneta no contaba con aire
acondicionado. Era lo más parecido a un asador de pollos que había visto en
mucho tiempo.
El interior del establecimiento estaba decorado siguiendo una estética muy
americana, con alusiones a la filosofía motera y a la afamada Ruta 66. Los
ventiladores daban vueltas en el techo y en la televisión tenían puestos
videoclips de música country. El ambiente no era demasiado fresco, aunque
se beneficiaba del contraste con la alta temperatura exterior. Nada más ver el
billar que ocupaba uno de los rincones, Vana le pidió a Nira jugar una partida.
A ella no le quedó más remedio que aceptar, pero le suplicó a Omar que las
acompañase para así turnarse con él, bajo el pretexto de ser bastante mala
jugando.
René y yo nos sentamos en la barra. La atendía un hombre mayor con un
peto vaquero y una camisa a cuadros granate y azul. Parecía más un mecánico
que un camarero, aunque era posible que también se dedicase a reparar coches
al lado del restaurante. Un chico más joven secaba unos vasos recién salidos
del lavavajillas. No había nadie más en el local, así que el dueño nos atendió

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de inmediato. Tenía aspecto de cansado, como si llevase trabajando muchas
horas seguidas, pero eso no lo impidió ser educado en el trato. Le pedimos
dos cervezas, una tónica para Nira y dos refrescos de zarzaparrilla para Omar
y la niña.
—¿Es tu hija? —le pregunté a René, dándole tiempo a que probara su
jarra antes.
—No, no soy tan egoísta como para tener hijos.
Me sorprendió una respuesta tan tajante en un tema como ese.
—¿Consideras el ser padre un acto de egoísmo?
—Así es —me confirmó sin rodeos⁠—. Nada supera a la paternidad en ese
aspecto.
Me quedé unos minutos pensativa, sin decir nada, viendo a los chicos
jugar al billar. René tampoco abrió la boca durante ese tiempo.
—No estoy de acuerdo contigo.
—¿En qué?
—En lo de tener hijos. No creo que sea egoísta.
—Lo comprendo —admitió, rascándose la barba.
—Creo que dar la vida a un nuevo ser es algo bonito y generoso.
René bebió un trago de cerveza y se encogió de hombros.
—Quizá si estuviésemos en el paraíso tendría que darte la razón. Pero
traerlo a este mundo…, con independencia de lo del cometa, me parece una
buena putada.
Comprendía su razonamiento y, en parte, lo compartía.
—Mujeres que paren en países en guerra para dejar a sus hijos huérfanos
al poco de nacer, en desiertos en los que no tienen con qué alimentarlos… Lo
siento, pero no veo que tenga nada de generoso.
—No vivimos en esos lugares.
—Pero los consentimos. Sabemos que están ahí y los contemplamos con
indiferencia. Un «primer mundo» regido por la envidia y la usura tampoco es
muy distinto.
—Procrear es el primer paso hacia la supervivencia. Y tenemos derecho a
luchar por ella.
René apretó las mandíbulas y apuró su cerveza.
—Igual es ese el problema. Igual es que no tiene sentido sobrevivir.
—¿Por qué lo crees?
—¿Ves a esa niña? —preguntó, mirando a Vana por el espejo tras la
barra⁠—. No puede sujetar el taco derecho porque no quiere soltar su muñeca
en ningún momento. Tiene un corazón puro, porque ha nacido con él. Así es

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como nacen los niños: puros e inmaculados. Pero a medida que crecen, los
adultos nos dedicamos a corromperlos. Los educamos para que se
transformen en nosotros. Los enseñamos a odiar, a desconfiar, a no perdonar
al prójimo. Los convencemos de que deben hacerse mayores, de formar parte
de esa condición, de ese grupo de gente que usa armas para matar, que
secuestra, que tortura… Estúpidos engreídos… ¿Por qué no somos nosotros
los que aprendemos de ellos?
—Vosotros no la educáis así. Es posible otro camino.
René me miró con expresión vacua. En verdad parecía un hombre
desengañado del mundo.
—¿Y tú? ¿Dónde están tus hijos?
—Supongo que nunca encontré al padre adecuado, pero me hubiese
gustado ser madre —⁠le confesé. Él pareció aceptarlo.
—Somos sus tíos.
—¿Dónde están sus padres?
—Su madre, en la cárcel. Un tema de drogas. Su padre, donde nadie
pueda encontrarlo, imagino.
—Pobrecita.
—Hemos solicitado un indulto. Esperemos que los jueces sean
benevolentes al menos con los presos que tengan delitos menores y condenas
próximas a cumplirse. Sería bueno para Vana pasar estos últimos meses con
su madre.
—¿Y cómo os enteraréis de si sale libre?
—Fuimos a verla ayer. Sabe adónde vamos.
—¿Os pongo algo más? —preguntó el camarero, acercándose a retirar las
jarras vacías.
—Tenemos que continuar, gracias —⁠declinó René.
—Pues son quince dólares.
René me detuvo al ir a sacar mi billetera.
—Deja, a esta invito yo —dijo—. Por lo que veo, no tiene mucha clientela
hoy, ¿eh, amigo?
—No para casi nadie —respondió el camarero⁠—. Y de los que lo hacen,
muchos se van sin pagar.
—¿Por qué no les cobra por adelantado?
—Nunca he tenido esa costumbre, creo que está feo. En fin, tampoco tiene
mucha importancia. Si seguimos abiertos no es por dinero.
—¿Ah, no?

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—No, que va. Estamos aquí porque no puedo abandonar este negocio. Mi
abuelo se gastó todos sus ahorros levantándolo hace más de ochenta años.
Luego lo regentó mi padre, que en paz descanse, y ahora es mi
responsabilidad. Tal vez nunca llegue a ser propiedad de mi hijo, pero eso no
significa que pueda dejarlo y largarme a cualquier parte.
—Pues le deseamos mucha suerte, es admirable su fidelidad.
—Gracias, amigo. ¿Sabe qué? Déjelo, invita la casa.
—De eso nada. Necesitará el dinero para seguir pagando a sus
proveedores. Pero guárdemela para la próxima.
—Está bien —aceptó el camarero, pasando la bayeta por nuestra zona de
la barra.

Alrededor de la una de la tarde dejamos atrás el desvío que en Cann River nos
permitía tomar Monaro Highway y desplazarnos por la ruta interior
atravesando Camberra, para seguir nuestro itinerario prefijado por la costa
oriental.
«Buenas tardes a todos los que estéis escuchando al otro lado, soy Andy
Handler», empezó a decir la radio del coche. René alzó la mano, pero todos
sabíamos que no debíamos hablar. «Procedo a repasar algunas noticias que
me han llegado y que creo que pueden ser de vuestro interés. Me centraré en
Sídney. El ejército ha reprendido con dureza las revueltas insurgentes del
centro de la ciudad. Parece que ha habido heridos y que se han producido
detenciones. Se extiende el descontrol por los suburbios. Varias reyertas
acabaron anoche con una docena de muertos, al menos cinco eran menores de
edad. También se han registrado atracos y agresiones en Glebe y la violación
de una chica en Surry Hills. Sigue siendo muy aconsejable no salir de casa
más de lo imprescindible y nunca moverse solo. Para mañana hay anunciados
repartos de víveres en Chippendale, Darlinghurst y Bondi Junction. Recordad:
solo se entregará un lote por persona. El incendio declarado en Maroubra
sigue activo, habiendo calcinado ya seis bloques de pisos. Espero que alguien
haga algo pronto para extinguirlo o las llamas acabarán con toda la manzana.
En otro orden de cosas, una mujer ha dado a luz en el barrio de Potts Point.
Ella y el niño han sido atendidos por personas con conocimientos médicos y
se encuentran bien. En el aeropuerto las cosas han empeorado. Ya es
definitivo: se ha cancelado el tráfico aéreo en su totalidad. A partir de ahora
nadie podrá entrar ni salir del continente en avión comercial. Somos los que
estamos. Por otro lado, si alguien tiene pensado venir a la ciudad en coche,

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aparte de mantenerse alejado del aeropuerto, que evite la entrada por el puente
de Sylvania, pues los vecinos de Blakehurst han levantado una barricada que
corta el paso. Para finalizar, un apunte nacional: sigue sin conocerse el
paradero del presidente ni de ningún otro miembro del gobierno del país.
Siento no poder daros cuenta de lo que ocurre fuera de Australia, pero utilizo
un equipo bastante limitado».
Las noticias me dejaron preocupada. Maroubra era el barrio de mis
padres. Esperaba que el foco del incendio y su alcance estuviesen lo
suficientemente lejos de su casa como para que no les hubiese afectado. Pero,
por si fuera poco, ese no era el único problema.
—Nuestra ruta cruza el puente de Sylvania —⁠constaté⁠—. Vamos a tener
que desviarnos un poco antes de llegar y atravesar la bahía por Alfords Point.
—De acuerdo. Avísame cuando debamos tomar esa alternativa —⁠me
pidió Jorn.

Una hora después, arribamos Eden y seguimos nuestro camino pegados al


mar por Princess Highway. Aunque el tráfico nunca llegó a ser ni siquiera
moderado, sí que al menos no éramos los únicos en la carretera, y toparnos
con varios camiones de mercancías nos produjo una sensación de cierta
normalidad. Se hacía agradable ver el Mar de Tasmania desde la ventanilla y
respirar el aire salino que ascendía por los acantilados. Me hubiera gustado
escuchar algo de música, pero Jorn mantenía el ruido de la radio a volumen
muy bajo en espera de recibir nuevas noticias. Era un poco molesto, pero
merecía la pena soportarlo; cualquier información que obtuviéramos de la
ciudad sería de gran utilidad. Mis acompañantes iban la mayoría del tiempo
callados, pensativos, con la cabeza puesta, seguramente, en el cometa. Como
todo el mundo. ¡Qué duro era vivir sin esperanza! No obstante, aunque poco
habladores, estaba contenta de haberlos encontrado. Iba cómoda viajando con
Omar, pero en ese grupo tenía la sensación de ser más fuerte, de no vagar sola
por un laberinto sin centro ni salida. Supuse que a él le pasaría algo parecido,
pero al mirarlo, vi que su cara reflejaba más mareo que otra cosa.
—¿Te encuentras bien?
—Sí —dijo, aunque estaba pálido y sus ojos bailaban desubicados.
—¿Quieres que paremos?
—No, estoy bien.
—De acuerdo.

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Sin embargo, pocos kilómetros después, tuvimos que detenernos para que
Omar vomitase en la cuneta. El calor y las interminables curvas de la ruta
costera habían supuesto demasiado estrés para su estómago. Por fortuna, tras
unos minutos recibiendo el soplo del mar en la cara y el momentáneo refresco
de una botella de agua, Omar logró recomponerse y aguantar otro buen
puñado de kilómetros sin que la cosa volviese a ir a mayores. La parte
negativa fue que perdimos unos cuantos minutos de rodaje que implicarían
llegar a Sídney a una hora bastante tardía. Pero ese tipo de imprevistos eran
algo intrínseco a los viajes largos y poco podíamos hacer por evitarlos.

Llegamos a Wollongong pasadas las nueve. Gracias a los bidones de gasoil


que llevábamos con nosotros, pudimos completar el trayecto sin necesitar una
gasolinera. No habíamos vuelto a tener noticias de Andy, lo cual nos
inquietaba. Esperábamos que no se hubiese complicado su situación y se
encontrase bien. Vana se había quedado dormida con la cabeza apoyada en mi
brazo y el temor a despertarla me impedía moverme.
—Queda una hora hasta Sídney —⁠informó Jorn⁠—. Es preferible hacer
noche aquí y entrar en la ciudad por la mañana, cuando haya claridad.
Buscaremos un motel donde descansar.
—Apoyo la moción —dijo René—. Tengo el trasero cuadrado.
Pero justo antes de apagar el motor, una última emisión llegó a nuestra
antena para hacerse notar. En lo que transcurrió un segundo, nuestro destino
había vuelto a cambiar, como si quisiera recordarnos que a pesar de nuestros
esfuerzos por resolver con éxito las más difíciles disyuntivas, en el fondo, él
siempre tenía la última palabra.
—¡Es él! ¡Súbelo!
«Hola de nuevo a todos los que estáis al otro lado. Disculpad si mi señal
es limitada, emito desde una tienda y he tenido que esconderme en el
almacén. Aquí espero estar más seguro, al menos de momento. No he podido
recabar más novedades, lo lamento de veras, y seguramente a corto plazo siga
sin poder hacerlo. Hay otros compañeros enganchados también a sus emisoras
que os proveerán de información actualizada con frecuencia».
—¡Pues qué bien! —se quejó René.
«¿Qué ha sido eso?». La señal se interrumpió unos segundos. «Joder, creo
que no estoy solo». De nuevo, silencio. «No veo a nadie, pero seguro que está
ahí. Puede que agachado tras las estanterías», añadió, mucho más bajo y
nervioso. Se oyó un fuerte ruido de fondo que nos heló a todos la sangre.

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Nuestro compañero en las ondas también se asustó. «¡Joder, mierda! ¡¿Qué
coño ha sido eso?! Creo que han tirado una estantería. Si estás cerca, por
favor, ayúdame», suplicó. «Estoy en un Moorley’s, en el 250 de Wardell
Road. Hay alguien dando vueltas por aquí y tengo mucho miedo. ¡¡Joder!!».
La comunicación sufrió un corte radical.
—¡Mierda! ¿Eso ha sido un rugido?
Ninguno quiso pronunciarse.
—¿Qué? ¿No vais a decir nada?
—A mí me lo ha parecido —confirmó finalmente Jorn.
—A mí también, maldición.
—¡No puede ser un rugido! —⁠Se mostró discordante Nira⁠—. ¿Quién
ruge? ¿Eh? ¿Un jodido gato? No fue un rugido. Punto.
—¡A la mierda! ¡Tenemos que ir a ayudarle! ¡Jorn!
—¡Pero no sabemos dónde está! —⁠Recordó Nira.
—Lo encontraremos. Él nos ha ayudado, debemos corresponderlo.
—Abrochaos otra vez los cinturones —⁠resolvió Jorn.
Nira gruñó desesperada.
—No digo que le neguemos nuestra ayuda, pero nos queda otra hora hasta
Sídney. Más lo que tardemos en dar con él. Si está en apuros y llegamos, lo
haremos tarde.
—Lo comprobaremos —sentenció Jorn antes de dar marcha atrás y
enfocar el morro de la camioneta hacia la carretera.

Nada más ver el aspecto de la ciudad, me vino a la mente el escenario de una


guerra. No asumía cómo en tan pocos días se había podido producir tanta
destrucción sin contemplar el impacto de misiles o morteros. Los cristales de
escaparates y edificios estaban rotos, sus paredes, ennegrecidas. En muchos
tramos los escombros habían sepultado las aceras y ocupaban gran parte de la
superficie de la carretera, obligándonos continuamente a modificar la
trayectoria. Daba la impresión de haber entrado en una ciudad abandonada
tras una pandemia silenciosa. Una pandemia de miedo.
—Esto está peor de lo que imaginaba —⁠observó René.
—No toda la ciudad estará igual. No puede haberse ido todo el mundo.
—Quizá las afueras sean las más castigadas.
—Estamos en una zona de oficinas, aquí no hay muchas viviendas
—⁠agregué.

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—Sí, y además es tarde. La poca gente que haya a estas horas se habrá
resguardado en sus casas.
Pero lo cierto era que, aunque avanzábamos, la situación a nuestro
alrededor no mejoraba.
—¿Alguien sabe hacia dónde debemos dirigirnos? —⁠pregunté.
—¿Wardell Road?
—En la guantera hay un libro de mapas —⁠informó Jorn⁠—. Es algo viejo,
pero no creo que la ciudad haya cambiado tanto como para dejarlo obsoleto.
René abrió la puertecilla del compartimento y extrajo el libro. No me pasó
por alto que junto a él había un par de pistolas y algunas cajas con munición.
—Vale, creo que estamos en este punto —⁠señaló, al poco de empezar a
situar nuestra ubicación⁠—. Y tenemos que ir aquí.
—No está demasiado lejos.
—Creo que sé dónde es —recordé—. Estuve yendo una temporada a una
clínica que había en una calle paralela. Es una zona de edificios bajos.
—¡Pues no perdamos más tiempo!
Pero aunque Jorn quisiera ir más deprisa, la conducción por un firme tan
sucio era complicada. Y también peligrosa.
—Ten cuidado, hay muchos restos de hormigón armado por aquí.
Podemos pinchar con una varilla —⁠observó René con acierto.
Nos fuimos internando en la ciudad a través de tranquilos barrios
residenciales por los que apenas avistamos transeúntes. Solo un grupo de
personas que ocultaban su rostro tras unos pañuelos y nos lanzaron piedras y
reproches al pasar y algún otro que simplemente hablaban entre ellas. Por
suerte, ningún impacto alcanzó las lunas del coche, aunque una roca bastante
grande rebotó en el capó provocando un buen abollón y dándonos un susto de
muerte. Noté que Jorn hizo verdaderos esfuerzos para no bajarse a plantarles
cara, pero todos estábamos bien, que era lo importante, y la estética del
vehículo carecía de trascendencia. Además, no debíamos perder el tiempo con
enfrentamientos inútiles, el chico de la radio podría necesitar nuestra ayuda y
cada segundo era crucial.
Por fortuna, la zona permitía ya conducir más deprisa, posibilitando
enfocar la larga avenida en pocos minutos. Identificamos el cartel rojo del
Moorley’s y, por prudencia, aparcamos retirados unos metros. La puerta del
establecimiento estaba abierta y desde fuera se veía alguna de sus luces
encendida.
—René y yo iremos a echar un vistazo —⁠decretó Jorn, extrayendo de la
guantera y cargando una de las pistolas. Se la tendió a René y repitió la

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maniobra con la otra.
—Yo también quiero ir —repuse.
—Vamos a echar un vistazo, si necesitamos la ayuda de alguien más,
vendremos a avisaros —⁠sentenció él antes de bajarse del coche y cerrar la
puerta.
Intenté abrir la mía, pero había sido bloqueada. Jorn me miró desde fuera
y sonrió.
«¡Cabrón!».
Ambos entraron en la tienda y desaparecieron de nuestra vista.
—¿Tienes hambre? —le preguntó Nira a Vana, quien, somnolienta, abría
los ojos unos pocos milímetros.
Al interpretar su escueto gesto como un «sí», Nira sacó un bocadillo de la
bolsa y se lo pasó junto a un brick de zumo.
—¿Tenéis hambre, chicos?
Le dijimos que no.
—Alguna vez, no sé en qué ciudad, hubo una catástrofe y soltaron a los
animales del zoo para que no se murieran en las jaulas.
—¿Lo dices por el «rugido»? Es un poco pronto para dejar campar a los
depredadores por las calles, ¿no te parece?
—No hay ningún león ahí dentro, ¿vale? Estate tranquilo —⁠resolvió Nira.
—¡Ahí están!
Jorn y René venían hacia el coche en compañía de un chico tapado con la
cazadora del primero. Caminaba encogido, tiritando, parecía estar helado.
Abrieron la puerta trasera y lo ayudaron a subir y sentarse.
—Omar, ¿puedes cambiarte con Nira? —⁠le pidió René.
La mujer ocupó de inmediato su asiento y arropó al muchacho con una
manta para intentar hacerlo entrar en calor.
—¿Qué le ha pasado?
—Se asustó y se encerró en la cámara frigorífica. Llevaba ahí escondido
desde que se cortó la comunicación.
—Está congelado… —constató Nira⁠—. Podrías haber muerto, ¿sabes?
Estás al borde de la hipotermia.
—¿Qué fue lo que lo asustó? —⁠pregunté.
—Fantasmas —respondió un críptico Jorn.
—¿Fantasmas?
—Ruidos y sombras —explicó René⁠—. No llegó a ver nada concreto y,
por lo que hemos revisado nosotros, en la tienda no hay nadie más. Y
tampoco ningún animal.

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—Pudo haberse ido.
—Claro.
—Tenemos que mudarlo de ropa y llevarlo a algún sitio a que tome algo
caliente —⁠determinó Nira, tocándole las manos.
—¿Hay algún lugar por aquí cerca donde podamos pasar la noche y
cenar? —⁠le pregunté al muchacho.
Su mandíbula temblaba por el frío. Su piel estaba amoratada y en el pelo
todavía conservaba indicios de escarcha.
—Mi… c… ca… casa.
—¿En serio? Pues si cabemos todos, nos harías un enorme favor.
El chico asintió dejando caer su rígido cuello.
—¡Fantástico! Pues danos la dirección y pongámonos en ruta.
Haciendo caso a las entrecortadas indicaciones del radioaficionado,
llegamos a un bloque de dos plantas al oeste de Allawah, una zona apacible
donde, pese a todo, no lográbamos sentirnos a salvo. A veces los lugares más
apartados son los más peligrosos, precisamente por la discreción que aporta
esa quietud.
—No me gusta nada dejar el coche en la calle —⁠constató René al ver el
aspecto de la avenida. Pero no había muchas más opciones por las que
inclinarse.
—Subiremos todas nuestras cosas, si así te quedas más tranquilo —⁠le
propuso Nira.
—Oye, Jorn —intervino Omar—. ¿Podríamos ir en la camioneta hasta mi
oficina?
—¿Ahora? Si son casi las doce…
—Es muy importante. Y no tardaremos mucho. Te lo prometo.
Jorn miró a René y este asintió, dándole a entender que la situación estaba
bajo control. Luego buscó en mí una evidencia de lo que pensaba hacer, a lo
que respondí del mismo modo. Me moría por echarme en la cama y darme la
oportunidad de vivir un sueño hermoso, uno de esos que te hace despertar con
una sonrisa en la boca, aunque ello comportase el fuerte desengaño de
regresar al mundo real. Sin embargo, acompañar a Omar en esa especie de
cruzada arqueológica de la verdad era para mí prioritario, aunque dispusiese
llevarla a cabo al filo de la medianoche.
—Está bien, vamos.

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XIX
26 de julio de 2019
Día 6 del Año de Incertidumbre

El edificio acristalado que albergaba las oficinas de la empresa en la que


Omar trabajaba se erguía entre los demás como un enorme caparazón lleno de
boquetes. Se veían cristales rotos en las ventanas exteriores de la mayoría de
sus plantas, e incluso huecos enteros dejados por paneles desprendidos.
Quienes los hubiesen provocado se habían divertido también arrojando por
ellos el mobiliario de oficina, sembrando las aceras de sillas, papeles,
ordenadores… e incluso algún armario reventado.
—No tardaremos —le dije a Jorn. Al menos, eso esperaba.
—Tomaos el tiempo que necesitéis.
Omar y yo nos dirigimos al edificio caminando con cautela. No queríamos
llamar la atención de cualquiera que anduviese por los alrededores. Había
mucha tecnología desparramada por la calle que bien podría valer miles de
dólares y, mientras existiese la posibilidad de venderla, existiría gente
dispuesta a hacerse con ella.
—No sé si podrás recuperar tus datos —⁠reconocí, sobrecogida al pasar
entre tanta destrucción.
—Espero que sí. Por suerte no los guardaba en mi equipo. Están en una
unidad de red ubicada en un servidor seguro. Es una zona restringida y de
difícil acceso físico, así que no creo que nadie haya podido dañarla. Con
encontrar una toma de red que funcione, podré conectarme al servidor y
extraerla.
—Ojalá que así sea.
Para nuestro alivio, no parecía que hubiese nadie campando por las
inmediaciones. No se veían luces encendidas ni se oían ruidos
superponiéndose a las sirenas que resonaban en la lejanía. Caminamos
esquivando los cristales más cercanos a la puerta principal, parcialmente
desencajada de las bisagras doradas que con anterioridad la habían sostenido.
Metimos la cabeza por debajo del arco y, finalmente, entramos al vestíbulo.
—¡Cómo está esto! —exclamé asombrada⁠—. ¡Lo han destrozado todo!

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—¿Pero dónde está la seguridad que protege estos edificios? ¿Es que ya
no les interesan a sus empresas?
—Supongo que los vigilantes intentarían contener el caos los primeros
días, pero al ver que les era imposible, habrán desistido.
—¿Los primeros días? Ha pasado una semana desde el anuncio; el ejército
ya debería tener controlada la situación.
—No hay suficientes efectivos para protegerlo todo. De momento tienen
bastante con controlar los núcleos urbanos más poblados. Los edificios de las
afueras quedan en segundo plano cuando hay vidas en juego —⁠argumenté. De
todos modos, me costaba aceptar que esas poderosas corporaciones no
hubiesen podido asegurarse protección privada ni gubernamental en
detrimento de la seguridad ciudadana.
—Ha bastado una semana para acabar con el orden social —⁠reflexionó
Omar.
—Así es. Cuesta creer que el mundo se sostuviera sobre unos pilares a la
postre tan frágiles.
—Vamos a probar desde mi puesto; está en la segunda planta. No sé si los
ascensores tendrán corriente, pero supongo que es mejor no arriesgarnos y
usar directamente las escaleras.
Me pareció lo mejor. Quedarse atrapado en un ascensor en esas
circunstancias era como quedarse encerrado en una jaula de tiburones.
Saltamos uno de los tornos dispuestos a la izquierda de la recepción y
empezamos a subir hacia la primera planta.
—No hagas mucho ruido, no me fío de esta calma.
—No pasa nada. Aunque haya alguien robando por aquí, no pienso
enfrentarme a él. Por mí pueden llevarse todo lo que quieran —⁠afirmó Omar,
muy seguro.
—¿Sí? ¿Y qué pasa si te piden tu tableta?
—Pasa que en eso no había pensado… —⁠Reconoció.
Llegamos al segundo piso y, con la espalda pegada a la pared, nos
asomamos al pasillo. Estaba despejado. Lo cruzamos corriendo casi de
puntillas. Según Omar, la mesa que ocupaba cuando acudía esporádicamente
a su oficina se encontraba en una gran sala al fondo del mismo. Al llegar allí,
Omar se detuvo en seco.
—¿Qué pasa?
—Shhh… Hay un tipo ahí dentro.
—¿En tu sitio?
—No, en el mío no. Varios más acá.

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—¿Y qué hacemos?
Omar se quedó pensativo.
—¿Llamamos a Jorn?
—No seas ridículo. Tenemos que saber arreglárnoslas nosotros solos.
—No parece peligroso —observó, a buen seguro intentando aparentar
bravura.
—Es mejor que no nos arriesguemos.
—Tengo una idea. Espero que funcione.
Omar dio un paso hacia adelante y sacó media cabeza por el marco de la
puerta.
—¡Eh, amigo! —exclamó. Me pareció una locura.
El hombre se volvió de un salto y, de inmediato, empezó a buscar con la
mirada a quien lo había llamado.
—¿Quién eres? ¡Sal de donde estés! —⁠gritó con voz renqueante.
—Tranquilo, no venimos a llevarnos nada; no nos interesan estas
máquinas —⁠advirtió Omar, avanzando con las manos levantadas.
El hombre lo identificó enseguida y se acercó a toda prisa hacia nosotros.
Omar se quedó petrificado hasta que el otro llegó a su altura y, cogiéndolo del
cuello, lo empotró contra la pared. Supongo que no esperaba una reacción tan
violenta.
—¡¿Qué hacéis aquí?! ¡Voy a mataros a los dos!
—No… queremos…
—¡Suéltalo! —le grité, sujetándolo del brazo y zarandeándolo.
—¡Estáis muertos!
—¡He dicho que lo sueltes!
—¡Que te jodan, zorra!
Estaba claro que aquel tipo no era de los que disfrutaban con una buena
negociación.
—Suél-ta-lo —repetí por última vez, poniéndole la pistola en la sien.
Lentamente, el hombre aflojó sus manos y fue moviendo los ojos hacia
mí.
—¿¿Tienes una pipa?? —preguntó, incrédulo, Omar.
—Jorn me la prestó.
—¡Joder!
—Tranquila, chica, no pierdas la calma.
—¿Ya no soy una «zorra»? ¡Échate para atrás! ¡Vete hasta esa pared y
ponte mirando hacia ella!

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El saqueador reculó sin oponer resistencia. Supongo que, además de la
pistola, vio algo en mi cara que no le gustó.
—Hemos venido a mirar unas cosas en un ordenador. Cuando lo hagamos,
nos iremos. ¿Lo has entendido?
—Vale. No os molestaré; déjame seguir con lo mío.
—Ya es tarde para cortesías. ¡Ponte contra la pared! Y las manos, sobre la
cabeza.
Le hice un gesto a Omar para que empezase a trabajar y me senté en una
de las mesas, sin dejar de apuntar al ratero. Él enchufó su tableta en la toma
de red y la encendió.
—¿No podías tenerla ya preparada? —⁠le reprobé.
Omar me miró contrariado. Puede que pecase de impaciente, pero tener a
un tipo tan agresivo encañonado durante mucho tiempo me ponía, digamos,
un poco nerviosa.
—Cada segundo de batería es importante —⁠incidió.
Entonces lo vi entrar en una especie de trance. Casi sin pestañear, empezó
a abrir ventanas y desplegar menús mientras tecleaba códigos a toda
velocidad. Se había trasladado a una dimensión propia, un estado de absoluta
simbiosis con el universo binario que se expandía fugazmente ante a sus ojos.
Alabé su dominio de la informática, pero él no me escuchó. Todos sus
sentidos se enfocaban hacia las diez pulgadas de superficie luminosa que le
unían a su «yo» digital.
Aprovechando la sumisión del retenido, fui hasta la brecha abierta en un
enorme panel acristalado y eché un vistazo a la calle. Jorn estaba apoyado en
la camioneta fumando un cigarrillo. Me avistó enseguida y me hizo un gesto
indicando que todo seguía bien por allá abajo.
—¿Cómo va eso? —le pregunté a Omar, pero el canal de comunicación
entre nosotros seguía interrumpido.
—¿En serio vas a usar ese trasto conmigo? —⁠Puso en duda el individuo
girando el cuello hacia atrás.
—¿Quieres comprobarlo?
—¡No, qué va! Solo que no te veo muy capaz.
—Pues lo soy.
—¿Ah, sí? ¿Y si me doy la vuelta y te pongo en un aprieto?
—No lo hagas.
—Lo voy a hacer —decidió, bajando los brazos y dándose la vuelta por
completo⁠—. En vista de que tu amigo está ausente, voy a ir hasta donde estás

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y te voy a empujar a través de la ventana. Hay una buena caída, ¿no te
parece?
—Te queda un año de vida, no lo malgastes —⁠le aconsejé.
En otro tiempo hubiese sido diferente, sin duda, pero para entonces la vida
de gusanos como aquel me importaba bien poco. Lo apunté al pecho y
reposicioné mi dedo sobre el gatillo. Pero ese simple gesto provocó en mí un
vértigo que a punto estuvo de hacerme perder el equilibrio y precipitarme al
vacío. El muy cabrón tenía razón en lo que decía: no iba a ser capaz de
disparar.
—Tal vez no te mate de inmediato, pero te prometo que acertaré
—⁠imprequé, tratando de mostrarme implacable⁠—. Y desangrarte lentamente
con una bala metida en el cuerpo no te resultará agradable.
—No te creo.
—¡Tengo lo que necesitaba! —⁠Prorrumpió Omar, apareciendo a nuestro
lado.
El hombre se detuvo y lo miró como si acabase de salir de una hipnosis
sanguinaria.
—Podemos irnos.
—¿Has conseguido acceder a los datos? —⁠le pregunté, sin apartar el arma
de mi objetivo.
—He copiado parte de la información, el resto ha quedado aislado en la
nube.
—¡Bien! Nosotros nos vamos —⁠le dije al ladrón. Me pareció que escupir
hacia un lado era lo que más procedía en esos momentos, pero mi boca estaba
seca⁠—. Quédate con tu chatarra, a ver si logras un buen precio.
El tipo se quedó parado, viendo cómo nos íbamos. Parece que a última
hora entendió que no merecía la pena jugarse la vida con dos desconocidos
que, a fin de cuentas, solo estaban de paso y no lo volverían a incordiar. Pero
en cuanto Omar y yo abandonamos la sala, la gruesa puerta de cristal se cerró
herméticamente, aislándolo dentro. De inicio me quedé sorprendida, pero al
instante comprendí que alguien a mi lado tenía mucho que ver.
—¿Es cosa tuya? —le pregunté a Omar.
—Bueno, digamos que me he entretenido reprogramando el sistema de
seguridad de la planta.
—¡Eh! ¡Qué coño habéis hecho! ¡Abrid esa puerta! —⁠gritó el individuo al
verse enjaulado.
Bullendo de rabia, corrió hacia ella y se puso a golpearla mientras
vociferaba dicterios. Al otro lado del cristal, Omar y yo nos alejábamos de él,

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provocándole cada vez más irritación.
—Increíble. Ese tipo estaba a punto de tirarme por la ventana, ¿y tú te
divertías reprogramando puertas?
—Eso es. ¡Eh, colega! ¡Cuando salgas por la ventana ten cuidado, hay
muchos cristales!
Pese a todo, aquel tipo se merecía el escarmiento y me alegraba de poder
verlo tan enfadado. Gritando, cogió una silla y la arrojó contra la puerta, pero
apenas le hizo un rasguño.
—¡Sí, ten cuidado, porque hay una buena caída! —⁠Le recordé.

Nos reunimos con Jorn junto a la camioneta, le devolví la pistola y


emprendimos el regreso hacia la casa de Andy. Estábamos agotados.
Confiaba en que el expiloto fuese capaz de mantener el vehículo en la
calzada, porque yo no podía sostener los párpados en alto y sentía mi cabeza
tan pesada como el ancla de un transatlántico.
Jorn nos despertó al llegar al edificio. Tanto Omar como yo nos habíamos
quedado profundamente dormidos durante casi todo el camino, él abrazado a
su tableta y yo a un sueño cruel que me dominaba desde mis adentros. Íbamos
los tres en la misma camioneta, con la diferencia de que era yo quien
conducía. Las calles también me eran familiares, es muy probable que
estuviésemos atravesando Melbourne. Circulábamos solos, de noche, bajo la
absorta mirada de la luna llena. No tenía consciencia de dónde veníamos ni
hacia dónde íbamos, pero en cada intersección sabía qué camino tomar y los
otros dos parecían conformes con mis decisiones. Entonces, en un momento
dado, llegó el fatídico accidente. Una niña de unos ocho años, con el pelo
rubio y un bonito vestido blanco, salía de detrás de un automóvil aparcado a
un lado y empezaba a cruzar la calle sin dar muestras de notar que nos
aproximábamos. Era imposible esquivarla. Traté de volantear y frenar en
seco, pero la inercia del vehículo no se podía anular de repente. El violento
golpe la hizo salir despedida unos cuantos metros por la calzada. El tiempo se
detuvo, el mundo dejó de girar, la luna se apagó como si la hubiese visitado el
sereno. «¡Vana!».
—¿Estás bien? —me preguntó Jorn al notar en mi rostro la angustia.
—Sí. Creo que me he mareado un poco. Necesito dormir.
—He aparcado al lado, en cinco minutos estarás en la cama.
Entonces me di cuenta de que el rostro de Omar traslucía una emoción
incluso peor que la mía. Al acercarme a él, un rutilante destello en sus ojos

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delató que lloraba.
—¿Oye, qué te pasa?
—Nada. Es que yo también me he mareado —⁠se escudó, pero no lo creí.

A salvo en casa, y tras abrigarse con ropa seca y tomar algo caliente, el chico
del supermercado había recuperado su lozanía. Su aspecto no guardaba
ninguna relación con el que tenía cuando lo conocimos; de hecho, en otras
circunstancias, hubiera pasado ante mí por una persona diferente. Nos preparó
unas bandejas de lasaña precocinada que nos supieron a gloria y después nos
acomodó en una habitación con cama de matrimonio. Al parecer, el piso
había pertenecido a sus padres hasta que estos tuvieron que mudarse a una
casa sin escaleras y, creyendo que Omar y yo éramos la única pareja del
grupo, nos había reservado su antigua habitación durante el reparto. Esperaba
que Nira y René no hubieran tenido nada que ver en ello.
Omar se tiró en la cama y empezó a trastear con su tableta. Di por hecho
que estaría tratando de procesar la información que había recabado de su
empresa. Fui al baño y remojé en agua jabonosa la ropa usada esos días. La
aclaré y la tendí en una cuerda estirada en la bañera. Después me puse el
pijama y me lavé los dientes pero, antes de acostarme, me acerqué a la cocina
a prepararme un vaso de leche caliente. Encontré un cartón empezado en la
nevera, y aunque al acercarlo a la nariz no desprendía mal olor, recé porque
no llevase abierto desde antes de que su dueño se quedase aislado en la tienda.
Tomé la leche sentada en la cocina, con la mirada perdida y unos
pensamientos bastante vagos borboteando como un río de lava. Qué
reconfortante era el silencio que campeaba en la noche. Incluso los crujidos
de un mundo derrumbándose podían ceder unos instantes de protagonismo a
una insonoridad fuera de cualquier contexto. Aunque no nos diéramos cuenta,
ese silencio era uno de los mayores responsables de nuestra cordura. Después
de mi último sueño, yo lo necesitaba de una forma ostensible. Aquellas
nítidas imágenes me habían dejado abatida. ¿Qué misteriosos procesos
psíquicos podían llevar a alguien a tener un sueño tan macabro y dañino como
ese?
Enjuagué el vaso, bebí un poco de agua del grifo, y lo dejé en el
escurridor. Al ir hacia la habitación pasé junto al salón. Jorn estaba tumbado
en el sofá, con la cabeza apoyada en sus manos y las piernas estiradas. Tenía
los ojos abiertos.

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—¿Todavía estás dando vueltas por ahí? —⁠preguntó, sin apartar la mirada
del techo.
Me sorprendió que hubiese notado mi presencia con tanta facilidad.
—Me da pena quemar los pocos momentos que me quedan durmiendo.
Él no contestó. Se limitó a torcer levemente el cuello hacia mí. Entonces,
al pensar en mi respuesta, temí haberle dado a entender algo que no pretendía.
Me puse bastante nerviosa.
—Quiero decir…, aunque sea solo haciendo cosas normales.
—¿Como tomar un vaso de leche?
Nuevamente, era increíble que hubiese adivinado qué había estado
haciendo en la cocina. No sabía si se basaba en su oído, en su capacidad de
deducción o en meras especulaciones acertadas, pero su porcentaje de éxito
era abrumador.
—Sí, eso es.
Jorn sacó una de sus manos de detrás de la cabeza y me la tendió. Mi
corazón arrancó a latir sobreacelerado. Su simple gesto despertó en mí un
éxtasis casi olvidado que de súbito ansié rememorar. Tal vez iba unido a una
necesidad de gritarle al mundo que entre tantas cosas hechas por deber,
también había algunas en las que todavía nos quedaba elección y que, pese al
dominio primordial de la supervivencia, el ser humano se extinguiría como lo
que siempre había sido: un montón de personas de carne y hueso capaces de
dejarse amar.
Caminé hasta Jorn y me eché a su lado. Me rodeó el cuello con su brazo y
me acarició el hombro por debajo del pijama. Con su otra mano me sujetó por
la cadera. Le acaricié la cara y el pelo; después lo besé. Nuestros cuerpos se
incendiaron como ascuas ardientes bajo la brisa, como dos gotas de agua que
se encuentran en su descenso por el cristal de una ventana y de inmediato se
vuelven una. Me olvidé del cometa, del dolor, del miedo a la muerte; me
olvidé de todos a cuantos conocía. Me olvidé incluso de Jorn. Me vi a mí
misma sosteniendo mi violín sobre una montaña de escombros, con la luna
como única espectadora, llenando la melancolía de su noche con notas
desgarradas por una intensa pasión. Mi partitura era la historia de la
Humanidad, desde su comienzo hasta su inminente desenlace. Cinco líneas
para representar la vida, el amor, el individuo en sí mismo, el odio y la muerte
en un último y agonizante compás.
Cuando nuestros cuerpos se separaron, todo regresó al plano de la
palpable realidad. Tuve la sensación de entrar en una etapa de tiempo
innecesaria. Como en una de esas películas maravillosas en las que, tras lo

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que debería ser su final, el metraje se extiende varios minutos sin ningún
sentido. Yo ya no necesitaba seguir viviendo más allá de la coda, pero el terco
director de orquesta se empeñaba en prolongar el recital.
Como un yoyó de enorme cuerda lanzado a gran velocidad, mi corazón
tardó un buen rato en recobrar su ritmo de pulsaciones habitual. Jorn siguió
acariciándome con dulzura como un amante entregado que sabe rematar un
buen trabajo. Se lo agradecí con una sonrisa y un beso sincero antes de
vestirme de nuevo e irme a mi dormitorio.
Omar seguía tumbado en la cama en la misma postura que cuando me fui.
Imaginé que, al igual que yo podría pasarme horas interpretando música, él
sería capaz de alargar la interacción con sus ordenadores hasta la eternidad.
Cerré con cuidado la puerta y caminé de puntillas hasta la cama. Me senté
en el borde del colchón y me recosté despacio para no hacerle temblar y
desconcentrarle. Por suerte, la cama era lo suficientemente amplia como para
que hubiese espacio de sobra entre los dos. Me quedé mirando la lámpara que
colgaba del techo, la cual poco a poco iba perdiendo nitidez. Estaba relajada,
había liberado una gran tensión y mis músculos requerían un periodo de
recuperación.
—Vale. He conseguido descifrar casi toda la información… —⁠dijo Omar
pasados, quizá, diez minutos.
Yo ya empezaba a no poder resistir más el envite del sueño, pero supe que
valdría la pena escucharlo, así que hice todo lo posible por abrir los ojos y
prestar atención. Me costó un esfuerzo titánico.
—¿Sí?
—Hay bastantes cosas inservibles que me han hecho perder el tiempo,
pero he encontrado algo interesante —⁠adelantó⁠—. Supongo que nunca has
oído hablar del proyecto Onirica.
—No, ¿qué es? —pregunté a un volumen mucho más bajo que el suyo.
—Hace pocos años, un equipo de investigación saltó a la palestra porque
uno de sus miembros anunció en público la inminente culminación de un
proyecto revolucionario. Fue en un seminario de innovación tecnológica sin
demasiada repercusión, por eso, entre una cosa y otra, el anuncio no
trascendió. —⁠Omar hizo una pausa y, por fin, se reacomodó⁠—. El científico
fue hallado muerto dos días después, pero en ninguno de los pocos medios
que se hicieron eco del fallecimiento se mencionaba ni su profesión, ni mucho
menos que había participado en el reciente seminario. Murió en el anonimato,
como cualquier otro vecino de su barrio residencial, y nunca más se volvió a
saber del proyecto en el que trabajaba su equipo.

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—El proyecto Onirica.
—Exacto. Eso hasta ahí era lo que yo sabía.
—¿Y cómo te enteraste de aquello si no tuvo repercusión?
—Porque yo era uno de los asistentes al seminario.
—¡Vaya!
—Buscaba una beca en la empresa que lo impartía, así que intentaba
participar en todas sus iniciativas. La empresa se llamaba Albiorix
Corporation.
Hasta entonces la historia no estaba suscitando en mí demasiado interés.
Sin embargo, reencontrarme con ese nombre hizo que mi modorra se
volatilizase al instante. Me vi de pronto ante la posibilidad de esclarecer los
motivos que me habían expulsado del hospital, lo que supondría para mí una
inmensa liberación mental. A partir de ahí, el asunto cobraba un aliciente
especial.
—El proyecto Onirica fue clasificado como secreto y borrado de la faz de
la Tierra. Incluso el centro en el que se desarrollaba dejó de estar involucrado
sin que pudiese averiguar adónde fue trasladado.
—Parece que a alguien no le gustó que hablasen de ello en público
—⁠observé.
Como imaginaba, en torno a Albiorix se movían intereses controvertidos y
personas malvadas con gran poder. Era descorazonador que los tentáculos de
organizaciones así llegasen a sitios tan importantes como los hospitales.
—Alguien sanguinario, además. Incluso los asistentes al seminario
recibimos intimidaciones, en mi caso hasta que pude hacerme desaparecer e
inventarme una identidad nueva.
—¿No te llamas Omar?
—No. Omar Tebbetts es solo uno de los personajes tras los que me oculto.
—¿Hay más?
—Alguno.
—¿Y los conozco? —pregunté temerosa.
—Solo al que te envió el correo electrónico.
Era un alivio. No tenía claro hasta qué punto su creación de nuevos
avatares respondía a una necesidad o a un trastorno mental. Al menos no me
había involucrado con ninguno de ellos sin saberlo.
—Onirica debía de ser un proyecto importante —⁠reconduje antes de
perderme en un laberinto de personalidades múltiples.
—Sí, sin duda. Por eso no me quedé de brazos cruzados. Desde entonces,
he estado investigando sin descanso, desde mi casa, desde el trabajo…

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Cuando por fin di con sus ordenadores, traté de entrar en ellos, pero nunca
llegué a descubrir la tecla adecuada —⁠reconoció con escozor antes de esbozar
una sonrisa⁠—. Hasta hace un par de minutos.
—¿Has hallado algo interesante?
—Alguna cosa, pero no todo lo que habría podido encontrar en
condiciones normales. Las conexiones con el exterior están cortadas y la
mayoría de la información se almacena en servidores norteamericanos.
—¿Y qué tienes?
—El nombre de unos de los responsables del equipo que heredó el
proyecto: Richard Lonergan.
Como era de esperar, el nombre no me sonaba de nada.
—¿Y vive en Australia actualmente?
Omar afirmó con la cabeza.
—En Campbelltown.
—Eso está a las afueras, ¿no?
—A una hora en coche.
—Pues ya tenemos un plan para cuando nos levantemos. Ahora, tratemos
de descansar. Mañana será un día duro.
—«Mañana» es hoy desde hace unas horas —⁠me corrigió.
—Cierto. Hasta dentro de unas horas —⁠me despedí, girándome hacia el
exterior y abandonándome por fin al sueño.
—Descansa, Jorn y tú estaréis agotados…
La semiinconsciencia me impidió dilucidar si las palabras que había
creído oír provenían de Omar o eran el fruto de una comprensión defectuosa.
El tiempo me lo aclararía.

Un irresistible aroma a mantequilla caliente hizo de mi despertar algo mucho


más llevadero. Por fortuna, no había tenido ningún sueño tenebroso, y me
sentía de buen humor y con ganas de afrontar un día que, a priori, se preveía
determinante. Visitar al científico podría arrojar respuestas sobre mis
reiterados interrogantes que, aunque solo fuera para morirme tranquila,
necesitaba conocer.
Omar estaba a mi lado, despabilado, tarareando algo casi imperceptible.
Me pregunté cómo se las arreglaba para despertar siempre antes que yo.
Puede que fuese consecuencia de un olfato más fino que el mío y el olor del
desayuno lo trajese antes de vuelta. O puede que sencillamente necesitase
menos horas de sueño que yo. El caso es que ahí estaba, esperando con

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paciencia a que yo también despertase para echar a andar. Seguro que incluso
ya había ido al servicio.
—¿Qué tarareas? —le pregunté.
—Una de The Who.
—Ah. Huele muy bien.
—Sí. Parece que nos están preparando un buen desayuno.
—Hemos tenido suerte encontrando a ese chico.
—Y algunos no querían ir a socorrerlo…
—Ya, bueno, en estas circunstancias no siempre se toman las decisiones
más acertadas. No es el mejor momento para etiquetar a alguien por su
comportamiento.
—Yo creo que en estas situaciones es donde se comprueba de qué pasta
está hecho cada uno.
Aunque seguía mi conversación, notaba en Omar cierta tirantez; como si
estuviese reticente a tratar conmigo. Temí que mi encuentro con Jorn la noche
anterior tuviese algo que ver, más aún, teniendo en cuenta lo que me había
parecido escuchar antes de quedarme dormida. Traté de averiguar por dónde
iban los tiros.
—¿Estás bien?
—Sí.
—Vale. Si te pasara algo…, sabes que puedes contar conmigo, ¿no?
—Claro, sin problema.
—¿Está libre el baño?
—Ni idea. Cuando yo fui, sí.
—Bien. Probaré. ¿Por qué no te vas vistiendo y nos vemos en la cocina?
—Sí, ahora lo hago. En cuanto tenga ganas.
—De acuerdo.
Fui al baño y comprobé que la ropa tendida estaba ya seca. Alguien la
había doblado y colocado sobre una banqueta; supuse que el primero que
necesitase libre la bañera. Me duché, me vestí y volví a la habitación. Omar
ya se había ido, dejando una vez más todo recogido. Sin embargo, en esta
ocasión no se quedó esperándome en el pasillo. Guardé mis cosas en mi
mochila y me dirigí a la cocina, sumida en un creciente parloteo.
—No me puedo creer que siempre sea la última en aparecer —⁠dije al
constatar que todos estaban ya sentados a la mesa. Sentí un respingo al ver a
Vana, pero también un gran alivio porque ese tipo de sueños perecieran al
abrir los ojos.

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—Los de la ciudad no sabéis lo que es el madrugar —⁠quiso picarme
René⁠—. Vamos, siéntate, que tienes para comer hasta que revientes.
No le faltaba razón, sobre la mesa había gofres, cruasanes, magdalenas,
tortitas, beicon, alubias, huevos fritos, zumos, cereales… Me pareció un poco
excesivo tal despilfarro de comida, más teniendo en cuenta que debíamos
racionar los alimentos durante varios meses, pero, por ver a todos tan felices
en unos momentos tan duros, valía la pena hacer una excepción.
—No puede quedar nada —advirtió el radioaficionado, cuyo nombre,
recordaba, era Andy.
Lo cierto es que el estómago se me estaba derritiendo como una vela en
un brasero, así que tomé asiento y me serví uno de los desayunos más
copiosos de toda mi vida. Necesitaba alimentarme todo lo que pudiera, pues
en solo una semana había notado que la ropa empezaba a quedarme más
holgada. A ese ritmo, me quedaría en los huesos antes de que pasase un mes.
Comimos y conversamos distendidamente durante largo rato. Era
increíble vivir esos instantes tan especiales entre gente que apenas nos
conocíamos como si llevásemos toda una vida juntos y me dolía pensar que
pronto llegaría el momento de decirnos adiós. Al terminar el desayuno,
recogeríamos nuestros trastos y Omar y yo nos dirigiríamos a visitar al doctor
Lonergan, mientras que el resto seguiría su periplo hacia el aeródromo para
volar a Nueva Zelanda. Seguramente nunca nos volviésemos a ver; la vida se
había convertido en una amarga y continua despedida, y poco podíamos hacer
al respecto.
Al acabar, recogimos la casa entre todos y nos preparamos para partir.
Andy se ofreció a llevarnos a Campbelltown para no demorar más la partida
de nuestros amigos de Rosedale. Me entristecía adelantar nuestro adiós, pero
nos haría ganar tiempo a todos, así que lo aceptamos con agrado. Fuimos
bajando los bultos en varios viajes mientras Jorn los colocaba en la
camioneta. Habían subido todos los trastos la noche anterior y ahora, viendo
que el vehículo no había sufrido ningún boicot, la medida nos parecía
exagerada. Pero, al fin y al cabo, más valía prevenir que lamentar.
—Bueno, compañeros, ha llegado el momento de decirnos «hasta luego»
—⁠asumió Nira, abriendo los brazos.
—No tenemos palabras para mostraros nuestro agradecimiento —⁠le
reconocí.
—Ha sido un placer teneros con nosotros.
Nos deseamos el mejor de los futuros, intercambiando fuertes abrazos
hasta que no pudimos dilatarlo más. Dejé para el final mi despedida con

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Vana; todavía sentía reparos de mirarla a la cara. ¿La niña del sueño era
realmente ella? ¿Tenía algún significado que la hubiese atropellado o fue solo
el fruto de unas aleatorias conexiones neurales en mi cerebro? Por mucho que
la respuesta existiera, era tan inalcanzable para mí que nunca la encontraría.
—Me ha encantado conocerte, Vana. Nira me ha dicho que os vais a un
sitio muy bonito; lamento no poder ir con vosotros. —⁠Había un gran poso de
verdad en lo que decía⁠—. ¿Cuidarás de Diana? —⁠le pregunté, señalando la
muñeca.
La niña negó con la cabeza.
—¿No?
—No. Quiero que la cuides tú —⁠me pidió, entregándomela.
—Yo no…
Pero, pese a mi negativa, ella mantuvo los brazos estirados. Recogí la
muñeca de sus manos y la abracé. Vana sonrió complacida y salió corriendo
hacia su tía.
—Yo cuidaré de Diana —le dije desde la distancia⁠—. Te lo prometo.

El estilo de conducción de Andy distaba bastante del que Jorn había empleado
los últimos días. Estaba claro que conocía la zona, pero, para mi gusto, iba
demasiado deprisa. Cierto es que en los cruces levantaba el pie del acelerador,
pero si hubiese venido otro coche en dirección perpendicular, nos lo
habríamos comido de igual forma.
Gracias al cielo, llegamos a casa del doctor Lonergan con el corazón en
un puño, pero sin incidentes. No obstante, me dolían los tendones de la mano
de apretar tan fuerte la agarradera del techo. Omar tampoco llevaba cara de
haber disfrutado el viaje, pero, en cuanto el vehículo se detuvo, fue
embriagado por la excitación de saberse ante un descubrimiento importante.
—Os espero aquí —dijo Andy, abatiendo el asiento hacia atrás. Según
había comentado durante el desayuno, apenas pudo dormir por la noche⁠—.
¡Que tengáis suerte con ese hombre!
—A ver cómo nos lo encontramos de receptivo…
Lo dejamos intentando echar una cabezada y nos dirigimos hacia la casa.
Una verja hecha con tablones de madera delimitaba la propiedad, custodiada
por un American Staffordshire-Terrier sin amarrar. Buscamos el pulsador del
timbre y lo accionamos. Al poco, abrió la puerta una mujer de raza negra cuya
edad me resultó difícil de adivinar.
—¿En qué puedo ayudarles? —⁠se ofreció en un tono cortés.

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—Buenos días, estamos buscando al doctor Lonergan —⁠dije⁠—. ¿Vive
aquí?
Cabía esperarse una mirada tan desconfiada como la que nos dedicó.
—Nos gustaría hablar con él un momento, si puede atendernos.
La mujer dudó unos instantes. Luego echó un vistazo a la calle, a un lado
y a otro, y regresó su atención a nosotros. Bajó las escaleras y se acercó a
donde nos encontrábamos.
—¿Y quiénes son ustedes? ¿Policías?
—No. Solo somos dos personas normales que quieren hablar con el doctor
Lonergan.
—¿Para qué?
Estaba claro que no nos lo iba a poner fácil, así que decidí no andarme
con rodeos.
—El doctor Lonergan ha trabajado en un proyecto secreto de gran
importancia.
—El proyecto Onirica —concretó Omar.
—Si era tan secreto, ¿cómo es que lo conocen dos «personas normales»?
—Por favor —le rogué—. No le quitaremos mucho tiempo.
La mujer suspiró y, al fin, se animó a sujetar al perro y dejarnos pasar.
—Tiempo es lo que nos sobra. Quizá no tanto como antes de que dijesen
lo del cometa, pero aún tenemos más del que necesitamos. Total, ya no se
puede ni salir de casa…
Nos acompañó a una sala de estar y nos instó a ponernos cómodos. Quiso
ofrecernos una taza de té que gustosamente aceptamos.
—Ahora mismo les atiende mi marido —⁠dijo, yéndose a preparar la
bandeja.
—Gracias.

El doctor Lonergan apareció en la salita cuando estaba apurando el té de mi


taza. Era un hombre, como su esposa, de raza negra, alto y delgado, con el
pelo canoso y unas gafas de moldura fina y metálica. Vestía muy elegante
para andar por casa, desde luego; tal vez se hubiese arreglado para hablar con
nosotros. Se tiró de las perneras del pantalón y tomó asiento en un sillón en el
lado opuesto de la mesa.
—Soy Richard Lonergan, ¿en qué puedo ayudaros? —⁠Se presentó
formalmente, aunque ya sabíamos quién era.

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—Soy Daniela Palmer y él es… Omar Tebbetts. —⁠Me sonaba raro
dirigirme a él por un nombre que no era el suyo.
—Encantado de conoceros. Rosana me ha dicho que queréis hablar
conmigo de un asunto de trabajo, algo referente a Onirica, ¿puede ser?
—Sí, así es.
—No sé cómo os habréis enterado de su existencia, ni tampoco de que yo
guardo alguna relación con él, pero si lo habéis hecho es porque en cierta
medida también estáis involucrados, ¿me equivoco?
—Éramos amigos del doctor Fermand —⁠mintió Omar.
El doctor Lonergan dejó salir por sus narices todo el aire de sus pulmones,
mientras asentía repetidas veces.
—Era un científico brillante. Todos lo admirábamos.
—Si tanto lo admiraban ¿por qué, tras su extraña muerte, siguieron
adelante con el proyecto? —⁠preguntó Omar entre ofendido e incrédulo.
—La ciencia está por encima del individuo, jovencito. El doctor Fermand
sufrió un ataque al corazón, y todos lo lamentamos profundamente. Pero su
muerte no podía ser óbice para que continuásemos con las investigaciones.
A Omar no pareció satisfacerle la respuesta y lo manifestó con un
gruñido.
—Mirad, este es un asunto secreto del que no puedo hablar con nadie. Es
más, debería haberos echado de casa sin explicaciones, o a lo sumo,
negándoos saber de qué demonios me estabais hablando. Pero os he recibido
y me he sentado con vosotros, así que vamos a dejar los juicios de valor a un
lado y a comportarnos como personas serias. ¿De acuerdo?
—De acuerdo —aceptamos.
—Bien. Quiero saber si sois científicos.
—No, yo soy psicóloga.
—Yo programaba software de procesamiento de datos.
—Ya. Por tanto, ninguno de los dos tiene, ni está autorizado a conocer
detalles del proyecto por el que me preguntáis.
—Por favor, solo queremos saber en qué consistía y qué relación guarda
con el cometa Arcángel —⁠le suplicó Omar.
Creía que relacionar el proyecto Onirica con el cometa Arcángel había
sido una ocurrencia súbita que había trascendido al lenguaje verbal; sin
embargo, el doctor Lonergan la recibió con naturalidad, como una obviedad,
incluso. Se limitó a coger la tetera y, tras ofrecernos otra taza, servirse una
para él. Sopló su superficie y dio un cuidadoso sorbo desde el borde de
porcelana.

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—Supongo que no tiene mucha importancia seguir guardando secretos,
viendo adónde nos han llevado —⁠meditó en voz alta. Luego dejó la taza en el
plato y se recostó en el sillón.
—Se lo agradecemos.
—Desde épocas remotas —comenzó a decir, entrelazando sus dedos⁠—, el
hombre ha perseguido técnicas y herramientas que le hiciesen la vida más
sencilla y placentera. En innumerables ocasiones, nuestros esfuerzos han ido
encaminados hacia la creación de máquinas para ayudarnos a ahorrar; ahorrar
diferentes cosas que al final se traducían en tiempo y dinero. Ahorrar tiempo
yendo a trabajar en coche, o utilizando aviones para cruzar el globo de punta a
punta, sin dejar de perfeccionar sus motores en pos de un ahorro de
combustible. Construimos superordenadores buscando los más veloces
cálculos computacionales, nuevos métodos de regadío que economicen el
agua, o ascensores que nos eviten el esfuerzo de subir escaleras.
Históricamente hemos bautizado esas innovaciones como «progreso» y hasta
hoy conformaban el mundo tal y como lo conocíamos.
El doctor Lonergan apretó los labios antes de hablar de su colega. Podía
apreciar en él la admiración de la que presumía y cierto dolor por su muerte.
—El doctor Fermand era una de esas personas excepcionales
obsesionadas con la idea de economizar el tiempo. Analizó la vida del ser
humano, buscando los puntos clave para optimizar, y llegó a una conclusión
irrefutable: la gente se pasaba casi un tercio de su vida durmiendo. ¿No es
impactante? ¿Cuánto más podría dar de sí la existencia de una persona si el
dormir le ocupase seis o siete veces menos?
—¿Hablamos de dormir una sola hora al día? —⁠pregunté sorprendida.
Omar no me había querido adelantar los pormenores de lo que suponía
Onirica, y ciertamente, de haberlo hecho hubiera tenido serias dificultades
para creerlo. Aprovechar las horas de sueño para realizar otras actividades
había sido mi reflexión ante Jorn la noche anterior y ahora se revelaba como
la esencia de una revolución tecnológica.
—Una hora, o incluso menos. Ese era el objetivo final del proyecto.
Conseguir que, como mucho, en solo una hora de reposo total, nuestro cuerpo
repusiese toda su energía y reconstituyese sus tejidos, de forma que al
despertar fuese capaz de funcionar a pleno rendimiento veintitrés horas más.
—Pero eso tiene que ser imposible…
—Todo es imposible hasta que alguien se lo plantea y lo lleva a cabo
—⁠repuso, enfatizándolo con el dedo índice⁠—. Cuando dormimos, nuestro
cuerpo pasa por varias fases repetitivas conocidas como «ciclos de sueño».

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Cada uno de ellos suele durar una hora y media y en conjunto los podemos
representar con una U. En la parte alta están la fase uno y la fase REM, que
son en la que empezamos a quedarnos dormidos y en la que más soñamos,
respectivamente. A medida que descendemos, el índice de reposo es mayor,
alcanzando los niveles máximos entre las fases tres y cuatro. En esos
momentos nos cuesta despertar y, cuando nos obligan a hacerlo, nos sentimos
desubicados y confusos.
Para entenderlo, hice un rápido cálculo mental y determiné que mi
descanso diario se compondría más o menos de cuatro ciclos de sueño.
—Esas ondas que van formando los ciclos se van haciendo menos
acusadas cada vez —⁠prosiguió el doctor⁠—, de forma que las dos últimas ni
siquiera se acercan a la fase cuatro. Si restringiéramos el descanso a las fases
tres y cuatro, estaríamos hablando de un periodo de menos de dos horas. Esa
fue la semilla de Onirica, diseccionar el sueño para quedarnos solo con la
parte provechosa y exprimirla al máximo.
—Pero, según su postulado, se perdería para siempre la fase en la que se
producen los sueños —⁠apunté con tristeza, olvidando por un instante que eso
ya no importaba.
—Perder nuestros sueños es un insignificante daño colateral de lo que
supone ganar treinta años de vida útil, ¿no te parece?
—Tal vez —asumí.
—En cualquier caso, eso lo matizaremos luego —⁠adelantó⁠—. Como
aplicación práctica de lo que os decía, durante los primeros años del proyecto
construimos una cápsula reparadora en la que se recreaban las condiciones
óptimas para el descanso humano: un aire de enorme pureza, con un
porcentaje de oxígeno próximo al treinta por ciento y el doble de ozono de lo
normal. Nada de partículas contaminantes ni cancerígenas; un aire tan limpio
como no se respira en ningún lugar del planeta. A la par, un alto índice de
humedad ayudaba a eliminar por la piel las toxinas del sujeto, lo cual era
primordial.
—Seríamos como máquinas que solo necesitaríamos recargar baterías un
rato para seguir funcionando —⁠señalé con cierto pavor, imaginándome
aletargada junto a un enchufe.
—Considero ese planteamiento muy superficial —⁠sentenció sin derecho a
réplica el doctor, antes de proseguir con su explicación⁠—. La estancia en la
cápsula Onirica se complementaba con una alimentación controlada. El sujeto
se tomaba entre dos y seis cápsulas antes y después de dormir que le
aportaban la totalidad de los nutrientes básicos necesarios para realizar su

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actividad diaria. Pero eso formaba parte de otro proyecto paralelo conocido
internamente como Nutritica que todavía se encontraba en un estadio poco
avanzado.
—¿Alimentarse a base de pastillas? —⁠reflexioné. Para mí todo aquello
carecía de sentido. Era buscar la mejora del ser humano prescindiendo de su
humanidad.
—Sí. Y, sobre el papel, con incontestables beneficios. De todos modos,
digamos que algunos contratiempos hicieron que el proyecto se tambalease.
—¿Qué clase de contratiempos?
—Bueno, no te puedo decir gran cosa porque yo no participé directamente
en él, solo sé que mientras duró, los resultados nunca fueron los deseables.
—Vale. Cuéntenos entonces qué pasó con Onirica y por qué guarda
relación con el cometa —⁠quiso reconducirle Omar.
El doctor asintió.
—Como os decía, imaginaos lo que supondría que todas las personas del
mundo estuviésemos despiertas veintitrés horas al día. Tendríamos tiempo
para realizar el doble de tareas que ahora. También necesitaríamos el doble de
alimento, de ahí la necesidad imperiosa de que Nutritica saliese adelante…
—… O no habría suficiente comida para todos.
—Exacto —confirmó el doctor—. Pero en lo positivo, podríamos tener
dos trabajos a turno completo, o destinar ocho horas del día al ocio personal.
Dispondríamos de tiempo de sobra para estar con nuestros hijos, podríamos
estudiar al mismo tiempo otra carrera, viajar más…
—Un universo de nuevas posibilidades.
—Desde luego, sería el mayor avance de nuestra historia.
Pero a mí me costaba admitirlo.
—No sé si el mundo estaría preparado para un cambio tan radical
—⁠apunté, llena de escepticismo.
—Ese fue el mayor problema, de hecho. Que ni siquiera estábamos
preparados para enfrentarnos a la posibilidad de su consecución. ¿Queréis otra
taza de té?
Le dijimos que no.
—Después de que el doctor Fermand la expusiese en aquel seminario, la
idea se propagó como la pólvora en todas direcciones. Al día siguiente, el
servicio de Inteligencia de los Estados Unidos se plantó en la puerta del
laboratorio dispuesto a asumir la dirección del proyecto.
—¿Estados Unidos?

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—Sí, Albiorix les había vendido parte de los derechos de explotación del
proyecto por unos cuantos billones de dólares.
—¿Y para qué lo querían los americanos?
—¿Para qué lo iban a querer? Para fines militares. Para utilizar las
cápsulas en zonas de guerra y que sus soldados pudiesen combatir día y noche
sin parar. Querían convertir su ejército en un rodillo humano allá donde
atacase.
—¡Qué espanto! —protestó Omar.
—Nosotros habíamos creado la cápsula para regalar a las personas nuevas
vidas y ellos pretendían usarla para destruirlas.
Me sentí defraudada una vez más por la raza humana, incapaz de utilizar
su inteligencia para hacer el bien. Algo que podría haber servido para que las
personas tuviésemos una vida más larga y tranquila, acababa inevitablemente
convertido en un arma de aniquilación en manos del mejor postor. Pero mi
desilusión iba pareja a mi incomprensión.
—No obstante, Albiorix se reservó una línea de experimentación, si bien
se cimentaba en unas motivaciones muy distintas a las que nos movían al
inicio. —⁠El gesto del doctor Lonergan evidenciaba que no aprobaba esa
reorientación⁠—. Nos basamos en sus capacidades de análisis y exploración
para poner en marcha investigaciones secretas de muy dudosa ética desde el
punto de vista científico y moral.
—¿Es que ninguna de las dos vertientes buscó el bien común? —⁠pregunté
asombrada.
El doctor Lonergan negó con la cabeza.
—Partiendo de los minuciosos estudios de las ondas cerebrales que la
máquina proveía, diseñamos un sistema capaz de trasladar los modelos
activos de una mente a otra. O lo que es lo mismo: podíamos inducir en una
persona sueños ajenos.
—¿Hacer que una persona tenga los sueños de otra?
—Lo llamábamos «replicación onírica». Los sueños se podían registrar y
reproducir en la mente de diferentes sujetos indefinidas veces. Imaginaos la
proyección del negocio que automáticamente asaltó sus cabezas: ¡Sueños a la
carta para todos!
Aunque a nivel económico pudiera tener unos resultados brillantes, la
posibilidad de que un desconocido se sumergiese en mis sueños me parecía
una violación de la intimidad infranqueable.
—No sé cuántas cápsulas llegarían a fabricar los americanos. Por nuestra
parte, estuvimos experimentando con algunos individuos seleccionados según

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criterios específicos, en cuyas pruebas, las cápsulas no fueron los únicos
contenedores utilizados.
—¿Y qué otros usaron?
—Pues, por ejemplo, sé que se probó la incidencia del gas sobre los
pasajeros de algunos aviones durante vuelos comerciales o en determinadas
proyecciones de varias salas de cine.
Me llevé la mano a la boca y me mordí un dedo para no gritar. ¿Era
posible que mi vuelo a Hong Kong hubiese servido de test para comprobar los
efectos de ese gas sobre nosotros? ¿Cabía la posibilidad de que todo mi viaje
se hubiese limitado a unas cuantas horas rociada con el gas del sueño? ¿Y el
de mi paciente, el señor Patterson? ¿Hasta dónde alcanzaban las
confabulaciones del proyecto Onirica?
Cerré los ojos y respiré hondo. Me empezaba a sentir aturdida y
descontrolada.
—Señorita, ¿se encuentra bien?
—¡Daniela!
—Nuestro vecino es médico, si queréis puedo…
—Estoy bien, no se preocupe —⁠dije, tratando de reponerme del trauma.
—Pues no lo parece.
El doctor Lonergan llamó a su mujer y le pidió una jarra de agua fresca y
unos vasos para servirla. Enseguida noté sus efectos y en pocos minutos, ya
había recobrado el control de mi cuerpo.
—Me has dado un buen susto —⁠se quejó nuestro anfitrión.
—Afortunadamente, se ha quedado en eso —⁠apuntó Omar, quien también
se había llevado el suyo.
—Lo que todavía no entiendo es qué tiene que ver la cápsula con el
cometa —⁠les recordé con voz temblorosa, pese a mis reservas a querer seguir
conociendo los entresijos.
—Tienes razón —admitió el doctor Lonergan, inclinándose hacia
delante⁠—. Verás, al igual que el proyecto llegó a oídos de los americanos,
también otros países poderosos focalizaron su atención en él y, por supuesto,
no nos engañemos, con las mismas funestas intenciones. Rusia trató por todos
los medios de hacerse con la patente y el conocimiento para seguir
desarrollándolo por su cuenta. Los árabes, lo mismo. Todos tenían claro que
conseguir la cápsula podía ser la llave para convertirse en los dueños del
mundo. Empezaron una guerra encubierta con una furia y una virulencia
como nunca antes habíamos visto. No sabemos quién lo originó ni hacia
dónde lo dirigió primero; solo conocemos las consecuencias.

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—¿Originar el qué?
—El bulo, la mentira, la gran injuria. —⁠El doctor Lonergan se volvió a
dejar caer sobre el respaldo del sofá y cruzó los brazos⁠—. El cometa.
—¿El cometa? ¿De qué está hablando?
—De que no hay ningún cometa.
—¡¿Qué?! —exclamamos Omar y yo a la vez.
—Al menos no que vaya a chocar contra la Tierra a corto plazo. ¡No lo
hay! Todo eso del año de incertidumbre, la destrucción del planeta… ¡Todo
es mentira! ¡El cometa Arcángel no existe!
Al oír la confesión del doctor casi me deshago en pedazos. ¿Significaba
eso que, así, de un segundo para otro, estábamos todos salvados?
—Pero… eso… es… ¡maravilloso!
—La ambición ilimitada de alguno de los países involucrados lo llevó a
preparar esa farsa y hacérsela creer a los demás.
—¿Pero con qué fin?
—El de destruirlos. Que la histeria se apoderase de sus gobernantes y
ciudadanos, y ellos mismos provocasen su exterminio. Una Tercera Guerra
Mundial contra un único enemigo: el pánico.
—¡Qué idea más macabra!
—Y, sin embargo, ha funcionado —⁠constató, cabizbajo, Omar.
—Para lograr algo así haría falta una infraestructura gigantesca —⁠supuse.
—O solo simularla —puntualizó él.
—¿A qué te refieres?
—A que muchas veces no es necesario que las cosas ocurran, basta con
hacer que los demás crean percibirlas.
—¿Como virtualizar percepciones? —⁠inquirió el doctor Lonergan.
—Eso me temo…
—En cualquier caso, aunque Arcángel no vaya a destruir el planeta,
resulta imposible detener esta hecatombe. El mundo entero ha retrocedido a la
Edad de Piedra y nadie puede hacer nada para reconducirlo —⁠asumió
resignado el doctor Lonergan.
—Es demasiado tarde para reparar el daño —⁠coincidió Omar.
Pero yo veía las cosas de otra manera. Saber que todavía podíamos
salvarnos tan solo con evitar destruirnos me daba nuevas fuerzas para seguir
peleando.
—¡Vamos! Debemos ser optimistas, ¿no era eso lo que me decías tú hace
unos días? —⁠Le recordé⁠—. Es vital que recuperes tu positivismo, porque la
Humanidad te necesita.

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—Ya…
—¡Haz un esfuerzo, hombre!
—Es que…
—¡¿Es que qué?!
—Es que creo que sé quién es el culpable de que se haya extendido la
falsa noticia por el mundo; el responsable de que millones de personas hayan
muerto o lo vayan a hacer pronto.
—¡¿De veras?! —preguntó el doctor Lonergan, ajustándose sus gafas.
—Sí.
—¿Y puede saberse quién es ese maldito genocida? —⁠Quiso saber.
La respuesta de Omar fue breve, gélida y concisa.
—Yo —dijo, con los ojos llenos de lágrimas.

Dejé que pasasen veinte minutos conversando con el doctor Lonergan acerca
de los fundamentos en los que se sustentaba Onirica y de la escasa relación de
los científicos con los directivos de Albiorix, cuyas decisiones se tomaban
unilateralmente y sin su consenso. Después, me disculpé ante él, llené un vaso
de agua y salí al porche a ver cómo se encontraba Omar. Lo vi sentado en la
escalera, con la mirada perdida y una actitud derrotada.
—¿Sigue Andy durmiendo? —le pregunté, ofreciéndole el agua.
—Creo que sí —contestó, aceptándola.
—Eso que has dicho antes… ¿Estás seguro de que es verdad?
—Sí.
—Quiero decir…, bueno…, si realmente lo has provocado tú, ya sabrías
que la noticia era una mentira. ¿Has estado engañándome todo este tiempo?
—¡No!
—Pues es difícil de entender. Anda, bebe un poco. Es agua.
Omar se llevó el vaso a la boca, pero apenas mojó sus labios.
—¿Quieres que te deje un poco más a solas?
—No, está bien. Quédate.
Me senté a su lado con la esperanza de que no tardase en arrancar a
hablar. Le debía mucho, pero su reciente confesión me había dejado
trastornada. ¿Qué quería decir con eso de que el culpable era él? Era ridículo
pensar que una sola persona hubiese sido capaz de propagar una noticia de
semejante calado sin saber que en realidad era una falacia. No tenía ningún
sentido, por eso quería dejarle explicarse antes de hacer ninguna conjetura.
—Hace bastante frío, ¿eh?

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Omar no hizo ninguna apreciación al respecto. Sin embargo, parecía que
por fin había reunido las fuerzas suficientes para enfrentarse a una confesión.
—Fue durante la primavera del año pasado. Creo que en octubre.
Asentí.
—Alguien contactó conmigo y me hizo un encargo muy particular. Quería
que utilizase para él el Gran Cortafuegos. ¿Sabes lo que es?
—A decir verdad, no.
—Es el sistema que controla desde hace más de diez años el tráfico de
internet que entra y sale de China. Bloquea los contenidos inapropiados,
analiza la información y la censura de acuerdo a los criterios establecidos por
el gobierno del país. Es, en esencia, como el cortafuegos de un ordenador,
pero a una grandísima escala.
—Entiendo.
—Pues lo que me pedían eran poder usar ese sistema para cribar los
paquetes de datos de cualquier país. Una especie de configuración genérica
que permitiese filtrar lo que los ciudadanos de un lugar concreto podrían
recibir y enviar. Eso era prácticamente imposible, porque muchos de los
mecanismos empleados en China son humanos; miles de individuos
examinando minuciosamente cada texto e imagen. Lo que conseguí al final
fue clonar partes de ese sistema y suplantar lo que llegaba a otras para que
pensasen que estaban trabajando para su país, cuando en realidad lo hacían
para el que yo prefijase.
—Me parece de una complejidad que no logro asimilar.
—Ya, bueno, no estás familiarizada con ese tipo de sistemas.
—Tal vez sea eso… —dije, sonriendo.
—Ahora sé que querían usar mi plataforma para lanzar la noticia del
cometa en determinadas zonas aisladas y comprobar el impacto sobre ellas.
Sería como abrir la puerta de un país para arrojar dentro una botella de gas
lacrimógeno antes de volver a cerrarla. Encajan todas las piezas. Empezaron
por China, siete días antes, usando el cortafuegos original. Por eso las
comunicaciones con el país se interrumpieron de golpe.
Según se desprendía de sus palabras, al menos no era él quien había
propagado la noticia, sino que solamente proveyó del canal adecuado para
transmitirla, sin conocer el fin para el que se lo requerían.
—¿Y los observatorios espaciales? ¿No hubo ninguno que pudiese
desmentirlo a tiempo?
—Supongo que contrataron a otra gente para atacar e inutilizar sus
sistemas. A efectos, sería como si les hubiesen tapado los telescopios con

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esparadrapo.
Era increíble el poder que el miedo tenía sobre la gente. La noticia sobre
Arcángel lo había demostrado, propagando el pánico a una velocidad que
nadie había podido controlar. La situación provocada era inédita, ni el mejor
consejo de sabios y expertos podría dilucidar hacia dónde evolucionaría. Pero
nosotros teníamos una opción. Confiábamos en la esperanza y en la capacidad
de superación de los hombres y mujeres que poblábamos el planeta.
Encenderíamos una nueva mecha salvadora y nos aseguraríamos de que
llegase a cada rincón.
—Mira, da igual lo que haya pasado —⁠le dije, pasándole el brazo por los
hombros⁠—. Olvidémonos de tu error. ¡Estás a tiempo de enmendarlo y salvar
millones de vidas!
—No es tan fácil…
—¡Sí que lo es! Empecemos por encontrar a Jorn y a los demás. Tenemos
que avisarlos de que no necesitan enterrarse en ningún bunker, de que pueden
volver a su casa y seguir con sus vidas.
—Sería algo bueno.
—¡Claro que sí! Yo voy en su búsqueda. ¿Vienes conmigo?
Omar se lo pensó unos instantes.
—Sí —accedió finalmente.
—Gracias, amigo.

—¿Qué tal ha ido? —nos preguntó Andy nada más subir al coche.
—Ha sido muy revelador —respondí, percibiendo un fuerte olor a
opiáceos en el ambiente.
—¿Algo que pueda saber?
—Bueno, para empezar, que el cometa no existe.
—¡¿Qué?! —exclamó, tal y como hicimos nosotros, abriendo sus
enrojecidos ojos como platos.
—Conduce. ¿Puedes hacerlo? Te lo explicaremos por el camino.
—¿¿No existe?? ¿¿No vamos a morir??
—Todavía no. Vamos, arranca.
—No vamos a morir…
Andy parecía destinado a entrar en una fase de embobamiento
irreversible.
—¡Vamos, Andy!
Por fin pareció reaccionar.

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—Sí… ehhh… ¿adónde queréis ir?
—Al aeródromo de Bathurst. Tenemos que llegar antes de que despeguen.
—¡Pero eso está a tres horas de aquí!
—Así, si le pisas tanto como antes, nos dará tiempo a interceptarlos.
—¡Eso está hecho! Pero… Si lo que decís del cometa es cierto, haríamos
mejor repartiéndonos el trabajo —⁠planteó.
—¿A qué te refieres?
—Él tiene razón —apoyó Omar—. Con que vaya una persona es
suficiente. Andy, ¿te encargas de ello?
—¡Claro!
—Daniela, mientras tanto, tú y yo podemos buscar un lugar desde el que
conectarnos a la red.
—Las comunicaciones en esta ciudad han dejado de responder —⁠advirtió
Andy.
—Lo sé, pero nos esforzaremos por encontrar algo. Nuestro mensaje
necesita ser transmitido.
—¡Vayamos a la tienda! —propuse en firme⁠—. Podemos empezar
lanzándolo a través de tu radio.
—¡Buena idea!
—Mi emisora anunciando la salvación… —⁠Vislumbró Andy,
amenazando con caer de nuevo en la ensoñación.
—No perdamos más tiempo. ¡Vamos!
—Andy. ¡Andy!
Lo zarandeé por el hombro. Estaba claro que seguía bajo los efectos del
hachís.
—¿Sabes qué? Bájate, yo conduzco.

Si a la ida Andy había hecho correr el coche sobre el asfalto, a la vuelta,


literalmente, yo lo hice volar. No obstante, pese a la conveniencia de ir lo más
rápido posible, tuve que aminorar la marcha un par de veces. Matarnos en un
accidente de tráfico conllevaría la pérdida de millones de vidas humanas. No
nos lo podíamos permitir.
A esas alturas ya no sabía quién regía el destino del mundo; si el cielo, el
karma o la Divina Providencia. El caso es que, una vez más, avistamos la
tienda de comestibles sanos y salvos.
—Vamos al almacén. La emisora está allí —⁠informó Andy, mientras
subía la persiana metálica.

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Cruzamos el establecimiento con paso decidido, deteniéndonos solamente
para coger unas bolsas de patatas fritas y unas bebidas energéticas de las
estanterías. No había mucho más donde elegir.
—Tengo casi toda la mercancía guardada en cajas aquí dentro. Está más
protegida contra los pillajes —⁠explicó Andy, desbloqueando la puerta del
almacén⁠—. Dejé unas pocas cosas fuera para que, si alguien entraba, pensase
que todo se había terminado.
En efecto. En el interior se apilaban varias cajas que, de estar llenas de
víveres, constituirían un tesoro apetecible para cualquiera.
—Echad un vistazo si queréis y coged lo que os apetezca.
—Gracias, pero con esto nos conformamos —⁠dije. Era increíble lo que
había cambiado mi dieta en una semana.
Andy encendió la emisora y nos dio las instrucciones básicas para usarla y
comunicarnos.
—Bueno, chicos, me voy a la caza de los demás. Espero llegar antes de
que despegue su avioneta.
—Ve con cuidado, por favor —⁠le rogué. No tenía claro que volviese a
estar totalmente capacitado para conducir.
—No te preocupes —dijo él. Al menos, de su voz se desprendía
seguridad⁠—. Por cierto, hay una moto en la trastienda por si necesitáis ir a
algún lado.
—Genial.
—Nos vemos aquí o en casa. Esta noche tendremos que celebrarlo por
todo lo alto.
—Claro. Gracias por tu ayuda, amigo.
Mientras Andy se iba corriendo hacia la calle, Omar y yo nos sentamos
frente a la emisora dispuestos a hacer público nuestro descubrimiento. Sin
embargo, él no parecía del todo contento, lo cual me llamó la atención, pues
casi era el mejor final que podía imaginar para el viaje que habíamos
comenzado juntos.
—Lo conseguiremos, Omar —traté de animarlo⁠—. El mundo saldrá de
esta.
Pero él parecía enmascarar su alegría bajo un gesto sobrio y apagado.
—¿Quieres decirme qué te pasa antes de abrir el micrófono?
Omar me dedicó una mirada oscura, llena de rencor. No parecía la misma
persona que había entrado conmigo en el almacén.
—Te vi la otra noche con Jorn —⁠afirmó en tono gélido.

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—¡¿Qué?! —Ni por asomo me esperaba semejante salida⁠—. ¡¿Estabas
espiándonos?!
—Eso no importa.
—¡Claro que importa! —exclamé indignada.
—No, no importa. Lo que importa es que lo hiciste. Te acostaste con él.
—¿Y? ¿Qué te has creído? ¿Qué debo darte explicaciones por algo así?
—Jorn es un imbécil, y tú te lo has tirado —⁠me reprochó con soberbia.
No daba crédito a sus acusaciones.
—¿A qué viene eso ahora, Omar? ¿Te has propuesto estropear este
momento?
—Viene a que lo he dado todo por ti. Te saqué de la cárcel, te he estado
protegiendo estos días, te he mostrado la verdad… Y así es cómo me lo
agradeces.
—No tienes ningún derecho a decirme esas cosas —⁠le recriminé⁠—. Puede
que hicieses algo para ayudarme a salir de la cárcel, pero también fuiste quien
motivó mi arresto.
—Eres una ingrata.
—¿Ingrata? Yo no te pedí que estuvieses en mi casa esperando mi regreso
aquella noche. Y te diré más, ya que has sacado el tema; Jorn es un capullo,
sí, pero no se oculta tras una careta. Puede que sea un chulo, un vanidoso y un
engreído. ¿Y qué? Tiene agallas y es capaz de liderar un grupo cuando lo
necesitan. Tú eres un enigma, un sañudo impredecible del que nada se sabe,
alguien acostumbrado a esconderse tras docenas de personajes que no dan
nunca la cara.
—¿De veras? Sabes definirme muy bien, pero lo ignoras todo sobre ti.
—No me digas…
—¿Tienes idea de quién imprimió aquellos expedientes que aparecieron
en la impresora de tu despacho?
Me sorprendió su repentina alusión a aquel hecho, pero entonces recordé
que había pedido ayuda en una comunidad hacker la noche anterior. Debí
suponer que había sido Omar a través de alguna de sus personalidades quien
había atendido mi petición.
—Tú —respondí, intuyendo falsamente lo que me iba a contestar.
—No —negó, sonriendo—. Fuiste tú.
—¿Qué? ¡Bromeas! —exclamé, aunque no le viese la gracia por ningún
lado.
—No, Daniela, no bromeo. ¿Querías que fuese de cara? Bien, hagámoslo.
Vayamos de cara.

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—Tienes imaginación, desde luego. Pero mentir para atacar a alguien es
algo despreciable.
—¿Despreciable? ¿Sabes lo que es despreciable? Te dije que te haría
entender lo que ocurría a tu alrededor a cambio de tu ayuda. ¿Y qué has hecho
tú? ¿En qué me has ayudado, Daniela? Ni siquiera me has librado de esa niña.
¡Ni en tus sueños puedo evitar hacerle daño!
—¿De qué hablas? ¡¿Qué niña?! Estás enfermo, y yo no te puedo ayudar
más.
—Enfermo… Claro. Por cierto, ¿adivinas quién iba a entregar los
expedientes que imprimiste a los técnicos de Albiorix para que seleccionasen
sujetos adecuados para sus experimentos con Onirica?
No le contesté.
—También tú —sentenció duramente⁠—. Tú eras la encargada de nutrir a
esa corporación que ahora odias tanto de conejillos de indias para sus pruebas.
Tratabas a tus pacientes solo para identificar a los candidatos idóneos.
—Eso es ridículo.
—Pero se te va tanto la cabeza…, estás tan jodidamente loca que tuvieron
que prescindir de ti.
—¡Cállate!
—Sí, te apartaron del proyecto porque tan pronto cumplías
magníficamente con tu labor, como los amenazabas con hacer públicas sus
investigaciones.
Tragué saliva. Omar había traspasado una línea a la que nadie antes había
osado acercarse.
—¿Sabes quién me encargó el dichoso cortafuegos para acabar con el
mundo? —⁠Hizo una pausa en la que no quise intervenir⁠—. Tú, mi querida
Daniela. ¡Tú, en aquel condenado foro!
Era el colmo. Acusarme de inventar un cometa para aniquilar a la raza
humana era algo tan grave, tan doloroso, tan propio de una mente enferma y
peligrosa, que me dejó muy claro que no quería volver a estar con él. Jamás.
—Vete —le dije, empujándolo por el pecho⁠—. ¡Vete! ¡Vete y arregla lo
que has provocado, maldito cabrón! ¡Y no te atrevas nunca más a culpar al
resto de tus errores! ¡Cobarde miserable!
El rostro de Omar se sumergió en las tinieblas. Lo que le había dicho
había llegado a lo más profundo de su ser, al origen de todas sus
personalidades, y lo había golpeado tan fuerte que unas grietas enormes
comenzaron a resquebrajarlas una a una.

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—Disculpa, todavía no he acabado contigo —⁠susurró entre dientes. Vi
reflejada en su cara la mismísima maldad del diablo.
En ese momento me di cuenta de que había enloquecido; había entrado en
una fase de explosión violenta en la que necesitaba volcar en mí toda la
tensión que acumulaba en su cabeza. No me lo pensé. Saqué la pistola que
llevaba sujeta al cinturón y lo apunté a la cara.
—Así que sigues conservando ese juguete, ¿eh? Ese novio tuyo piensa en
todo… —⁠Sin darme tiempo a reaccionar, me asestó un manotazo en la
muñeca que lanzó la pistola varios metros hacia un lado.
Me tiré al suelo a por el arma, pero él me sujetó del pie y me arrastró
hacia atrás. Forcejeé, pero la cólera lo había dotado de una fortaleza feroz.
Conseguí revolverme y, sacando todo el partido a un instante de indefensión,
le asesté una patada en la nariz que lo obligó a soltarme. Gateé todo lo rápido
que pude hasta la pistola, la empuñé, me giré y, sin dar opción a más
linchamiento, la dirigí hacia él. Y disparé.

Llegué a la casa de mis padres todavía tiritando. Sentía la sangre palpitar en


mis sienes y unos sudores fríos recorriéndome el espinazo que me helaban
todo el cuerpo. Mis manos olían a pólvora y mis tímpanos emitían un pitido
continuado que me taladraba el cerebro. Sin embargo, verme delante de
aquella casa me alentaba, me hacía notar que había alcanzado el fin del
camino y que por fin podría descansar.
Aparqué la moto sobre la acera y la apoyé en su caballete. Me quité el
casco y me sacudí el pelo, lo dejé colgando del manillar y me dirigí hacia la
vivienda. No había rastro del incendio que Andy había anunciado en sus
transmisiones, lo cual me alivió. Pulsé el timbre y esperé. Mi madre solía ser
siempre la que acudía a abrir la puerta, aunque fuese mi padre el que más
cerca se encontrase de la misma.
—Dios mío… ¡Daniela! —exclamó al verme. Hacía tiempo que mamá
tenía el pelo gris y, aunque siempre había tenido bastantes arrugas, en esa
ocasión la vi más envejecida que nunca. Seguramente los disgustos habían
mellado su físico.
—Hola, mamá.
Nos fundimos en un emotivo abrazo. Un mundo entero había muerto y
vuelto a renacer desde la última vez que habíamos estado juntas, aunque esa
segunda parte ella todavía no la sabía. Al separarnos, vi que sus ojos se
habían inundado de lágrimas.

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—¡Hija! —exclamó mi padre llegando por detrás. Me dio otro abrazo y un
sonoro beso en la frente⁠—. ¡Pensábamos que no volveríamos a verte!
Intentamos ir a tu casa, pero yo ya no puedo conducir tanta distancia y en la
estación de trenes dejaron de vender billetes. El teléfono ya no funcionaba, y
la televisión y la radio tampoco.
—Lo sé. ¿Estáis bien?
—Bueno… Los militares no nos han dejado salir de casa estos días, ni
siquiera para comprar o recoger comida. Es horrible estar incomunicados.
—Aquí habéis estado mejor, las calles se han vuelto peligrosas.
—¿Te quedarás con nosotros? —⁠Quiso saber mi padre.
Lo miré a los ojos, emocionada.
—Tengo que contaros algo —les dije, sintiéndome feliz.
Fuimos a la salita y, allí sentados, les revelé la verdad. No pudieron evitar
volver a llorar, aunque esta vez conmigo, y de alegría. Todas las injurias de
Omar habían volado con el viento; habían sido desterradas a un periodo de mi
pasado que ya había concluido.
—Si es verdad que el mundo no se va a acabar, Dani, vente a Sídney
—⁠me animó mamá entre sollozos.
—Mamá, sabes que en Melbourne tengo mi vida. No quiero irme de allí.
—Pero aquí puedes volver a empezar; conseguir un trabajo. No hace falta
que estés con nosotros, puedes tener tu propia casa y hacer también tu vida.
—Pero yo ya tengo mi clínica. Soy mi propia jefa y tengo bastantes
pacientes. No necesito cambiar de trabajo.
Mi madre me sonrió, pero sus ojos pasaron a reflejar lástima. Mi padre le
cogió la mano y la apoyó sobre su regazo.
—No, mi vida —negó, conmovida—. Esa clínica no existe. Llevas sin
trabajo desde que te despidieron del hospital. Todo lo demás son
imaginaciones que te han metido en la cabeza con esa máquina.
—¿Qué máquina?
—Daniela, lo que dice tu madre es cierto —⁠la apoyó papá.
—No son reales. Necesitas dejar de usarla y regresar a la tierra cuanto
antes, o acabarás enloqueciendo.
Estaba claro que mis padres percibían una realidad distorsionada por la
edad; mucho más entonces, todavía conmocionados por la historia del
cometa, cuya inexistencia no habían tenido tiempo de digerir. No podía
otorgarle demasiada trascendencia a sus comentarios. Al fin y al cabo, era
normal que quisieran tenerme cerca.

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—¿Y Diana? No he podido hablar con ella esta semana y estoy
preocupada. ¿Ha venido por aquí? —⁠les pregunté para desviar su atención
hacia una zona más confortable. Pero el resultado no fue el que esperaba.
Ambos agacharon la cabeza.
—¿No tenéis noticias suyas?
—Daniela, no, no sigas… Disfrutemos del momento —⁠abogó mi madre.
—¿Le ha pasado algo a Diana?
Ella cerró los ojos y apretó los labios.
—Daniela, estás confusa. Es por culpa de esa máquina del infierno.
Debiste hacerme caso cuando te dije que no la usases más.
—¿De qué máquina me hablas? Mamá, creo que estás desvariando.
—La máquina de los sueños.
—¿Onirica? —pregunté extrañada—. Yo no he usado esa máquina,
mamá, estás liando las cosas. ¡Pero si hasta hace poco no sabía ni que existía!
Aunque, a tenor de lo expuesto por el doctor Lonergan, muy
probablemente hubiese estado alguna vez bajo los efectos del gas que
utilizaba la cápsula, no había participado en ningún experimento de forma
voluntaria ni, por supuesto, había estado dentro de ninguna de ellas.
—Dime, Daniela —insistió mi madre⁠—, si tu hermana está viva, ¿dónde
está? ¿Cuándo fue la última vez que la viste? ¿Puedes concretarlo? Son
preguntas fáciles, me basta una aproximación.
Era cierto, eran preguntas sencillas, pero, paradójicamente, no las supe
contestar. Traté de concentrarme, mas no fui capaz de hallar ningún recuerdo
reciente de ella. Pensé que era consecuencia del cansancio, del tsunami
emocional que había anegado mi cabeza durante aquel boletín nocturno que
sentenció al mundo. No implicaba contacto alguno con las cápsulas.
—Daniela, ¿no te acuerdas de Diana? —⁠me preguntó mi padre.
—No lo sé…
—Tu hermana murió hace muchos años, mi vida, cuando todavía era una
niña y ambas vivíais con vuestros padres biológicos en Norteamérica.
Eso era imposible. Mis verdaderos padres habían muerto en el 97, en un
rancho de San Diego, junto a varios miembros más de la secta Heaven’s Gate.
Acabaron con su vida al mismo tiempo, guiados por las ideas que les
inculcaba su líder durante unas eficaces sesiones de lavado de cerebro. Él los
hizo creer que tras la cola del Hale-Bopp se aproximaba una nave espacial a
la que podrían subir una vez que sus almas se hubiesen separado de sus
cuerpos. Se quitaron la vida después de purificarse bebiendo zumo de limón.
Pero Diana no se había ido con ellos; había venido conmigo a Australia y se

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había criado con Ronald y Anne-Marie bajo ese mismo techo. Vale que no lo
recordaba, pero estaba segura de que así había sido.
—Se la llevó la leucemia, Daniela, y tus padres hicieron lo imposible por
reunirse con ella. Incluyendo el irse antes de tiempo.
—Necesito…, necesito irme —⁠conseguí pronunciar con mucho esfuerzo.
Cogí las llaves del coche de mi padre y salí dando tumbos a la calle. Me
subí en el viejo Magna de color granate y arranqué el motor. Oí que alguien
gritaba mi nombre mientras las ruedas chirriaban sobre la pista de cemento,
antes de agarrarse a ella e impulsarme hacia adelante. Los bajos del vehículo
golpearon el asfalto de la carretera al enganchar con la calle principal antes de
girar a la derecha y pisar a fondo el acelerador.
Crucé varias manzanas a gran velocidad sin hacer caso a señales ni
semáforos; solo aflojaba la marcha para esquivar los obstáculos que se iban
interponiendo en mi trayectoria. La precaución ya no era para mí un factor a
tener en cuenta. Atrás iban quedando también todos los militares que
encontraba a mi paso, haciendo aspavientos para que me detuviese a su lado.
No sabían que empotraría el coche contra ellos antes que hacerlo parar. Los
más bravucones quisieron hacer constar su gallardía lanzando varios disparos
al aire, como si eso sirviese para amedrentar a una mente desbocada.
Al llegar a Prestons divisé una barrera de escombros que los rebeldes
habían levantado para evitar los accesos a la ciudad. El ejército había parecido
ignorar su presencia, y eso era exactamente lo que también pretendía hacer
yo. Dos rebeldes que custodiaban el parapeto con metralletas empezaron a
hacerme gestos disuasorios. Era muy gracioso verlos. Pasé silbando a su lado
justo antes de reventar su apestosa empalizada. Cuando logré controlar el
coche, miré por el retrovisor y vi a sus compañeros volviéndose hacia mí,
atónitos. Meros aficionados a la insurgencia que un mes antes calentaban con
sus gordos culos las sillas de sus oficinas. Lamenté que no pudieran ver la
sonrisa demencial que en su honor afloraba sobre mis dientes.
Alcanzada la autopista, solo restaba mirar al frente y dejar pasar las horas
en el display del radiocasete y los kilómetros bajo mis ruedas. No había más.
El mundo se había paralizado a mi alrededor para no interferir en mis
propósitos, para no horadar mi voluntad con detalles sin importancia.

Aparté con el pie las cajas de cartón que obstaculizaban mi paso y asomé la
cabeza suplicando no encontrarme un paisaje demasiado amargo. La realidad,
aunque a esas alturas ya creía estar preparada para lo peor, hizo que los

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dispersos pedazos de mi alma se desintegraran por completo. Mi apartamento
era un fiel reflejo de la inmensa escombrera en la que la ciudad y el mundo se
habían convertido, el escenario de una guerra devastadora que nos habíamos
inventado para autodestruirnos.
Caminé por lo que antaño había sido mi salón, ahora una suerte de charca
techada de olor rancio y desagradable. El sofá estaba cubierto de mugre y
basura. Los cojines, reventados, escupían jirones de espuma sobre
desperdicios en descomposición. Reconocía algunos envases y envoltorios.
Estuvieron en mi congelador y en mis armarios tan solo unos días atrás. Había
cristales rotos por el suelo, muchos de ellos provenientes de las ventanas. La
televisión había sido arrojada contra la pared, la lámpara arrancada del techo,
los muebles quemados… Me acerqué a la cocina. No había un palmo donde
pisar en el que no hubiese un trozo de plato o de vaso, o un cubierto. Me
agaché y cogí un cuchillo, por si acaso. Seguí caminando hasta el baño, pero
no tenía que haberlo hecho. La bañera estaba llena de un agua tan amarronada
que parecía llevar un siglo estancada. El lavabo había sido golpeado con
algún objeto contundente hasta quedar hecho añicos. Preferí no arrimarme al
inodoro.
Junto al armario de mi habitación hallé la vieja caja de galletas que desde
niña usaba para esconder mis tesoros y que conservaba con mucho cariño. La
abrí y encontré varios sobres que nadie había considerado interesantes o
dignos de romper. Eran blancos y no tenían nada escrito, aunque los
reconocía bien; contenían los análisis que me iba realizando periódicamente
en el hospital. Saqué el informe de uno de ellos, pero lo que encontré difería
por completo de lo esperado. Repetí la operación con un par de ellos más y
comprobé que guardaban lo mismo: justificantes de ingresos mensuales
remitidos por Albiorix Corporation entre finales de 2012 y principios de
2014. Coincidía con el periodo que había estado trabajando en el hospital.
Noté un nudo en el estómago. Retiré todos los sobres y los arrojé, llena de
rabia, lejos de mí.
Y en ese momento me reencontré con él. El colgante. Aquel colgante que
Diana me había regalado con todo su amor, hecho con una concha, piedrecitas
y un cuarzo redondo imitando un sol radiante. «Me lo pondré cuando te
cures», le había dicho. El cordón seguía entrelazado tal y como ella lo había
dejado aquel día. «Me lo pondré cuando te cures», le prometí. Pero nunca lo
había estrenado. Me temblaron los párpados; mi cabeza empezó a dar vueltas;
me faltaba el oxígeno. Grité. Grité infecta de ira e impotencia. Grité tan alto
que podrían haberme oído desde las estrellas. Me puse a golpear con los

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puños las paredes de mi habitación hasta que se rompieron los nudillos. Lo
único que ansiaba era morir.
Y entonces, cuando parecía que ya no me quedaban más mares en los que
naufragar, lo vi allí, tirado y abandonado como un despojo en un rincón. Con
su pequeño cuerpo herido como el casco de un viejo buque encallado en un
arrecife de coral; con sus cuerdas enroscadas igual que los tirabuzones de una
muñeca rota; con su mástil partido a la mitad y sujeto por unas pocas
astillas…
Me puse a llorar. De todo cuanto había abandonado en la casa, mi violín
era junto al colgante el elemento más especial, el único bien material que en
el fondo me importaba. Era parte de mí, el único instrumento capaz de
transmitir mis emociones, de canalizar mis sentimientos hacia el mundo.
Verlo agonizando en un eterno silencio era como sufrir la pérdida de un ser
querido. Nunca podría reemplazar su existencia.
Lo recogí con cuidado, con miedo a que se deshiciese entre mis manos.
Sentía cómo en su interior su corazón aún latía, percibía su calor. Lo apoyé en
mi hombro para que llorase conmigo. Cogí el arco y lo posé sobre su vientre.
Coloqué mis dedos en su mástil, cerré mis ojos y empecé a tocar. Podía
escuchar su lamento brotando de sus entrañas y llenando la estancia, cayendo
de escalón en escalón por la escalera, rebosando por el alfeizar de la ventana y
resbalando por las paredes del edificio hasta la calle. Allí formaba un
remolino que se alzaba hacia los cielos y teñía de color azul el universo. Cada
estrella, cada planeta y cada constelación se iluminaban con sus melodías. Su
música llegaba hasta aquel viejo cometa, mi siempre añorado Hale-Bopp, y le
decía muy bajito al oído que todavía quedaba esperanza; que en esta gran bola
residía la simiente adormecida de algo hermoso, y que él también lo vería.
Dentro de muchos años, cuando volviese a cruzar a nuestro lado, le saludarían
hombres y mujeres libres, dispuestos a enseñarle todo lo conseguido y de
situar nuestra civilización al frente de la galaxia una vez más.
Noté cómo se descargaba mi alma de aflicciones y pesares. Volvía a ser
capaz de liberarme de mi cuerpo y fundirme con la música, bailando con cada
nota en un pentagrama infinito. Me sentí mejor. Me dejé arrastrar por el
torrente sonoro hacia el exterior y me zambullí en sus aguas, cálidas y
reparadoras. Me sentí bendecida. Había hecho las paces con el universo y ya
nada nos impedía caminar juntos de la mano. Me sentí viva.
Me sentí libre al fin.

Página 186
XX
14 de julio de 2019
6 días antes del Año de Incertidumbre

Parpadeé despacio. Mis pupilas se contrajeron para adaptarse a la nívea


claridad que me envolvía. Respiré profundamente y giré la cabeza hacia el
pequeño display luminoso. Faltaban solo cuarenta segundos para que la sesión
concluyese. Decidí aguardar sin moverme, no fuera a ser que algún recóndito
electrodo se molestara y, al final, la considerasen inválida.
Cuando el contador llegó a cero, la compuerta superior de la cápsula se
abrió como la concha de una almeja al introducirse en agua caliente. Me
incorporé hasta quedar sentado con las piernas colgando a un lado. Miré las
píldoras depositadas sobre la mesita auxiliar junto al vaso de agua. Una azul,
una verde y una naranja. Eché un vistazo a la habitación. La cápsula, el
espejo, la puerta, la taquilla y el biombo. Seguía estando en el mismo sitio.
No sabía por qué usaban una luz tan intensa en un lugar con paredes tan
blancas; deslumbraba demasiado, sobre todo cuando los ojos estaban todavía
aclimatándose al ambiente.
Me encontraba solo, aunque seguramente estuviesen observándome a
través del espejo, anotando unas conclusiones que a cualquiera de nosotros le
resultarían incomprensibles.
Mientras estiraba mis músculos, la puerta se abrió, y entró por ella el
asistente que me había acompañado hasta la habitación, sonriendo con la
misma cordialidad de hacía dos horas.
—Buenos días, señor Patterson. Le traigo el cuestionario habitual. Debido
al reducido periodo que ha pasado en la cápsula, debe tomar también esta otra
pastilla —⁠dijo, dejando el vaso de plástico que la contenía junto a las demás.
—¿Qué es?
—Son, básicamente, aminoácidos. Por favor —⁠prosiguió, mientras me
despegaba los electrodos del pecho⁠—, cuando termine, deje el cuestionario
sobre la mesa, vístase y pulse el botón de llamada. Vendré enseguida y lo
acompañaré hasta la puerta.
Asentí. Era el procedimiento habitual.

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El asistente dio media vuelta y se fue caminando sin hacer ruido. En
general, su comportamiento me hacía dudar si se trataba de una persona real o
de algún otro proyecto experimental de la corporación. Cogí la carpeta y eché
un rápido vistazo al documento. Bajo una cabecera para especificar el nombre
del sujeto, su sexo, edad, y la duración de la sesión, contenía las mismas
preguntas que las otras tres veces, dando la posibilidad de puntuar del uno al
cinco el grado de conformidad con lo planteado. «Al concluir la sesión se
siente más descansado». Intenté evaluar mentalmente mi vitalidad. Me
encontraba bien y relajado. Completamente de acuerdo. «Ha tenido
dificultades para despertar». En desacuerdo. «Ha experimentado algún tipo de
sueño y recuerda sus detalles». Dudé. Tenía la vaga sensación de haber
soñado, pero desde luego, no recordaba los detalles. Ni de acuerdo ni en
desacuerdo. «El sueño era realista y coherente». Ni de acuerdo ni en
desacuerdo. La última pregunta era nueva; tal vez propia de la sesión que
acababa de realizar. «Durante el sueño, tuvo consciencia de ser otra u otras
personas». Era una pregunta extraña. ¿Soñar que era otra persona? Sería
interesante probarlo. Ni de acuerdo ni en desacuerdo.
Al pie del cuestionario debía indicar también las píldoras consumidas al
despertar. Azul, verde, naranja —⁠miré dentro del vaso de plástico⁠— y negra.
Dejé la carpeta en la mesita y las cogí. No me hacía gracia tomar tantas
pastillas sin saber exactamente qué me estaba metiendo en el cuerpo, pero
había firmado un contrato comprometiéndome a cumplir con todos los
requisitos, así que fui colocándomelas en la lengua y empujándolas una a una
por la garganta con la ayuda de pequeños sorbos de agua.
Me puse en pie y caminé hasta la taquilla. Cogí mi ropa de las perchas y,
detrás del biombo, me quité el camisón y me vestí con ella. Volví a la cápsula
y pulsé el botón para llamar al asistente.
Apenas diez segundos después, el hombre entró por la puerta.
—De acuerdo —dijo, yéndose directo a por la carpeta.
De un rápido vistazo revisó el cuestionario y, asintiendo con la cabeza,
dio su aprobación. No me preguntó si había tomado las pastillas, supuse que
porque me habría visto hacerlo a través del cristal.
—Sígame, por favor.
Salimos de la habitación y cruzamos un largo pasillo con varias puertas a
los lados. El aspecto de todas ellas era idéntico, tal vez dentro hubiese
también cápsulas para otros voluntarios como yo. Curiosamente, hasta
entonces me había tocado siempre la misma sala. Lo más probable es que

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estuviésemos haciendo a la inversa el mismo camino que al entrar, pero no
podría asegurarlo.
Llegamos a un ascensor y nos detuvimos. El asistente pulsó el botón con
una flecha que señalaba hacia arriba y apoyó sus manos contra el abdomen.
Mientras esperábamos, tuvo tiempo de mirar su reloj de pulsera y echar una
nueva ojeada al cuestionario.

El vehículo se detuvo frente a mi portal y la puerta se desbloqueó. El


conductor no se giró ni dio la impresión de querer despedirse. Bajé y me cubrí
de la lluvia con la cazadora vaquera, mientras completaba los pocos metros
que me separaban del edificio. Estaba, literalmente, diluviando.
En el portal, don Marcelo cambiaba la bombilla de una lámpara de pie
junto a su portería, subido en un pequeño taburete.
—Buenas tardes —lo saludé.
Él me miró por encima de las gafas.
—¿Llueve?
—Hace una tarde de perros.
—Pues suba y póngase cómodo. Ya está funcionando la calefacción.
—Estupendo.
—Oiga, Omar. Antes vino un policía preguntando por usted.
—¿Un policía?
—Sí. Se interesó por la clase de chico que era y por cómo era su relación
con los vecinos.
—Gracias, don Marcelo. Llamaré a la comisaría a ver qué me cuentan.
Obviamente, no pensaba llamar a la comisaría. Sabía de sobra que se
trataba del teniente Desmond Warren, quien llevaba un tiempo husmeando en
mis asuntos. Podía seguir malgastando su jornada laboral conmigo todo lo
que quisiese, que nunca encontraría gran cosa.
Nada más entrar en casa, dejé la cazadora en el perchero y me quité las
botas. Como siempre, Coyote corrió a darme la bienvenida con su larga
lengua colgando por un lado del hocico. Siempre ha sido un perro bastante
cariñoso y leal, y desde el principio hubo buena sintonía entre nosotros. Me di
cuenta de que la temperatura en el interior de la casa era cálida, tal y como me
había adelantado el portero, pero, al llevar todo el día cerrada, urgía renovar
su aire con otro más fresco. Abrí la ventana de la cocina y me preparé un café
bien cargado. No podía decir que lo necesitase; desde que empecé a participar
como voluntario en el programa Onirica, con solo tres horas dentro de la

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cápsula me sentía despejado el resto del día, pero su sabor —⁠o quizá su
contenido en cafeína⁠—, hacía años que me había convertido en adicto.
Me llevé la taza a mi habitación. La cama estaba cubierta de ropa pero,
por lo demás, estaba ordenada. Corrí las cortinas y me senté frente al
ordenador. Mientras arrancaba, alcé la mirada hacia la ventana de la chica
pelirroja. No estaba en el balcón y ninguna de las luces de su casa se veía
encendida. Miré la hora. Eran las ocho y media. Pensé que seguramente la
lluvia la tendría retenida en algún atasco, pues siendo sábado, ya habría salido
de sus clases de violín. Para calmar mi ansiedad por verla, abrí la carpeta con
sus fotos e hice doble clic sobre la primera de ellas. Ahí estaba de nuevo
frente a mí, bebiendo una taza de té con los ojos clavados al cielo. El cielo le
gustaba, como también lo hacían los gatos, la música, o los bizcochos de nata.
La había visto comprarlos cientos de veces en el supermercado de Andy. Ella
nunca había reparado en mí, no perdía el tiempo con las cosas que no le
interesaban, pero yo sí la veía. ¿Cómo no hacerlo? Era una chica preciosa.
Tenía cientos de fotos suyas en mi ordenador; viendo pasar la vida desde su
balcón, entrando en el portal, cruzando por el parque, tocando su violín en los
conciertos… ¡Cómo tocaba! ¡Qué maestría y sentimiento! La había visto
actuar en más de veinte recitales con la orquesta. En el último fue cuando me
di cuenta de que me había enamorado de ella.
Visto desde fuera, alguno podría pensar que soy un acosador, pero no es el
caso. Soy un chico completamente normal, aunque es justo reconocer que un
poco introvertido. Eso me ha dificultado el acercamiento a las mujeres mucho
más de lo que me hubiera gustado, de ahí que me vea obligado a observarlas
desde la distancia, como un cazador furtivo.
Sé que está enferma, que padece una enfermedad contra la que lleva
luchando desde hace cosa de un año, y que no se lo ha dicho a nadie. Es una
mujer fuerte, logrará salir adelante. Los resultados de sus últimos análisis no
han sido muy positivos, pero ella todavía no lo sabe. Aún no los ha recibido y,
cuando lo haga, lo que le llegará será la versión edulcorada que le he
preparado. Es tan sencillo romper la seguridad de los sistemas informáticos de
los hospitales… Tal vez no sea justo ocultarle la verdad, pero es importante
que no pierda la esperanza y que siga luchando con todas sus fuerzas, y para
ello, debe constatar que sus sacrificios valen la pena. Lo que más me aterra es
que se rinda antes de saber lo que siento, lo que estoy dispuesto a hacer por
llegar a ella.
No dejo de debatirme entre si debo accionar ese botón o no. Lo tengo todo
preparado; dormir tan poco me ha permitido trabajar a buen ritmo durante

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semanas y solo me falta tomar la decisión definitiva. A partir de entonces ya
no habrá marcha atrás. Haré enloquecer al mundo y, mientras todo se
desmorona, me presentaré ante ella como un mesías, como el salvador que
atesora respuestas y un rayo de esperanza. No podrá resistirse a mí. Será, por
fin, mía.
Sí, mañana lo haré; tampoco tiene sentido retrasarlo por más tiempo. Los
observatorios tarde o temprano se repondrán del ataque y podrán volver a
captar imágenes reales del cielo, y algunos sistemas infectados que ahora son
vulnerables, en cualquier momento pueden dejar de serlo. Empezaré por
China, a modo de prueba. Luego lo aplicaré a Norteamérica y, si funciona,
aislaré Australia del resto del mundo cortando la totalidad de sus
comunicaciones y propagaré la noticia desde un millar de nodos distintos. En
una semana, el mundo entero será un campo de batalla en el que la
supervivencia de cada uno deberá disputarse minuto a minuto. Para entonces,
ya me habré ganado la confianza de Daniela y estaremos juntos en esto.
Afrontaremos el fin del mundo uno al lado del otro. Será un bonito homenaje
a mis padres. Ellos murieron de la mano, viendo un cometa en el cielo, y
nosotros lo haremos imaginando que otro se acerca, solo que esta vez, será la
Humanidad entera la que nos acompañe.
Ambos estarían orgullosos de mí.
Abrí el servidor de correo y seleccioné la opción para crear uno nuevo.
Era el momento de ultimar los preparativos si quería tenerlo todo listo para
luego poder preocuparme solo de disfrutar. Especifiqué su dirección en el
campo del destinatario y pinché en el del asunto. Pensé durante unos instantes
y empecé a escribir.

«Daniela, si tus ojos no pueden ver, mira a través de los míos».

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I
Fue un martes. Ni aunque hubiese vivido otros mil años habría podido
olvidarlo. Esa noche, después de muchos meses de calvario, Eli se esfumó de
mi almohada sin dejar el menor rastro.
Se había acostado con fiebre, todavía bajo los efectos de una experiencia
que, desde el mismo momento en que la vi aparecer en el vestíbulo, supe que
no había ido del todo bien. Una experiencia que habíamos afrontado como la
definitiva; como el último escollo en el lento camino de su recuperación. A
esas alturas había conseguido reducir las sesiones a solo una por semana, y
superando aquella, el tratamiento contra su adicción llegaba a su fin. Según el
doctor Kempkes, sería como fumarse un cigarrillo percibiendo que su nicotina
ya no tiene la más mínima incidencia en la voluntad. Por desgracia, debo
decir que no fue del todo así.
Nos presentamos ante las instalaciones de Albiorix cogidos de la mano,
esperanzados con un futuro llamado a retornarnos al pasado feliz; a aquel en
el que paseábamos por el botánico planificando nuestras vidas sin prever que
la tiranía de los sueños las engulliría de un mordisco. Y entramos en el
edificio de la Corporación convencidos de que así sería, de que pisábamos
aquellos suelos impolutos que separaban el infierno de nuestra ordinaria
existencia por última vez. Una existencia sencilla, pero dichosa encuadrada en
esa sencillez, y lo más importante: real.
«Gracias», me dijo con un poso de culpa en su voz. Yo le pregunté por
qué me las daba. «Por haber estado siempre a mi lado». Le sonreí. «Eres mi
mujer —⁠añadí⁠—. No te abandonaría jamás». Fue ella entonces la que me
sonrió.
Aguardamos nuestro turno como tantas veces lo habíamos hecho, en unas
colas que cada día que acudíamos allí eran mayores. Como desde el inicio del
tratamiento, me senté con ella en la sala de espera, entre gente indiferente que
no devolvía el saludo ni todavía era consciente de su adicción. «Voy a
despedirme del lago», me confesó cuando la asistenta de rigor le pidió que la
acompañase. Habíamos hablado muchas veces de comprarnos una cabaña
junto a un lago para pasar los fines de semana y los puentes largos. Me
ilusionó comprobar que aunque no nos refiriésemos constantemente a ella, esa
idea seguía latiendo en su cabeza.

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La vi alejarse tranquila y confiada, el estado más opuesto de aquel en el
que regresó.
«¡La he visto! ¡En el sueño!», fue lo primero que me dijo cuando apareció
en el vestíbulo. Lo gritó conteniendo sus palabras, disimulándolas para que
nadie ajeno a nosotros las recogiese. Sus ojos viraban desorientados, perdidos
en la blancura infinita de aquella colmena sin reina en la que revoloteábamos
con ciega ignorancia. Sus manos temblaban sobre las mías, su piel estaba
cubierta de un sudor alcalino. «¿Qué has visto, Eli? ¡Cálmate!», le imploré,
aunque de inmediato me vi prendido de su misma inquietud. «¡Tu muerte!
—⁠exclamó, ya sin reservas⁠—. ¡He visto cómo te mataban!».
Dos guardias uniformados, inclementes y robustos como armarios, nos
hicieron abandonar el edificio con premura, casi empujándonos por la espalda
para que avanzásemos. Era la primera vez que los veía; de hecho, alguna vez
me había preguntado si no era raro que aquel coloso de hierro y cristal no
contase con personal de seguridad. Supuse que mantenerlo oculto en una sala
de vigilancia era otra de las arraigadas políticas de la siempre solemne
corporación Albiorix.
Intenté hablar con mi mujer en el aparcamiento, ya dentro del coche, pero
seguía sin reaccionar. Parecía como si la claridad con la que había vivido
aquella última experiencia la impidiese discernir entre lo ocurrido en el
interior de la cápsula y el mundo real. Meneé la cabeza furioso. Desde el
principio había sabido que los efectos de aquella máquina acabarían
pasándonos factura.
Volvimos a casa en silencio. No quería insistirle una y otra vez cuando
veía en sus ojos que no estaba en disposición de contestar. Seguía ida, aunque
ya no temblaba y en su frente solo brillaba el trasudor. Decidí dejarla respirar
y aplazar para el día siguiente cualquier conversación entre nosotros. A fin de
cuentas, lo que pudiese decirme en aquel estado solo serviría para ponerme
aún más nervioso.
Al caer la noche comenzó a subirle la temperatura. La cubrí con paños
húmedos y abrí las ventanas del dormitorio, pero su tendencia no se revertía.
Cuando alcanzó los cuarenta grados, llamé al doctor para que nos visitase.
«Parece estar bajo los efectos de un fuerte estrés», recuerdo que dijo mientras
la examinaba. Me hizo varias preguntas para saber cómo había llegado a tal
situación y le comprobó de nuevo el pulso y la respiración. «Sí —⁠resolvió⁠—.
No es la primera vez que alguien sale alterado de uno de esos aparatos. No
han estudiado lo suficiente sus efectos en las personas y ahora están
empezando a manifestarse». Me aconsejó que la dejase reposar unos días, que

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no la permitiese levantarse de la cama, y se mostró confiado en que poco a
poco fuese mejorando.
Cuando el doctor Kempkes se marchó, Eli ya estaba dormida. Lo último
que había dicho era que se notaba vacía, sin fuerzas. No había sido capaz de
hilvanar un pensamiento coherente en toda la tarde y eso, en alguien tan
resuelto como mi mujer, no era normal. Al verla, creía que jamás se
recuperaría y que se quedaría postrada en un estado de vegetación
permanente. Sin embargo, Eli estuvo en la cama mucho menos de lo que yo
suponía y, cuando desperté por la mañana esperando encontrarla a mi lado, lo
único que hallé en su almohada fue el vacío de su ausencia.

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II
La ranita flexionó las patas traseras y ladeó su cuerpo al notar nuestra
presencia. Su pecho se hinchaba como un globo con cada respiración, y de no
haber sido por eso —⁠y por su ubicación⁠—, podría haber pasado por una
figura de porcelana. Bajo su nenúfar buceaban despreocupados multitud de
peces y pequeños renacuajos.
Hacía un día estupendo en Vancouver. Parecía mentira que faltasen
todavía varias semanas para la llegada de la primavera. La mayoría de los
animales y plantas que poblaban el jardín botánico se debatían entre desplegar
toda su vitalidad o reservar algunas energías para un último tramo de frío que,
por lejano que pareciese entonces, se hacía inevitable. La nieve se
amontonaba todavía a ambas orillas del camino y en el centro del estanque
flotaba una gruesa escama de hielo. Eli y yo nos paramos frente a él y
contemplamos su hermosura, rememorando que hacía menos de un mes
habíamos estado patinando por su superficie helada.
—El viernes que viene será nuestro primer San Valentín juntos —⁠me
recordó ella, tras un breve apunte sobre las flores del laburno.
La miré de refilón para averiguar si bromeaba, pero no me lo pareció.
El 14 de febrero no era una fecha que a lo largo de mi vida hubiese tenido
ocasión de celebrar especialmente, aunque supuse que en su caso habría sido
distinto. De todos modos, su aviso también podría deberse a que actuase
animada por la mágica intimidad del momento.
—¿No se supone que las ranas todavía deberían estar hibernando? Y esos
peces… —⁠Le planteé, tal y como se me ocurrió, creyendo que ahí acabaría el
recordatorio. Pero estaba equivocado.
—He pensado que al volver de Seattle podríamos hacer algo diferente
—⁠prosiguió.
«Diferente» me sonó a «caro», «ridículo», «propio de San Valentín» y,
por tanto, «poco atrayente». Fue obvio que Eli lo percibió al instante, aunque
su fina educación la llevó a fingir lo contrario.
—Diferente a lo que hace todo el mundo, quiero decir.
—¿Como qué?
—No sé, una experiencia juntos o algo así.
—¿Una experiencia? ¿Como ir a un musical? —⁠pregunté, sin saber por
qué demonios había nombrado los musicales, cuando eran un tipo de

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espectáculo que nunca me había gustado en absoluto.
—Sí. O algo que no hayamos hecho antes ninguno de los dos.
«Algo que no hayamos hecho antes ninguno de los dos» podía seguir
significando muchas cosas: montar en globo, bucear en el estanque que
teníamos enfrente, o un voluntariado de diez años en Namibia. Necesitaba
más información para poder posicionarme.
—¿Y en qué has pensado?
Eli intentó simular un gesto de improvisación, pero era evidente que había
salido de casa con la idea bien rumiada.
—Me apetece probar lo de las cápsulas de sueños —⁠dijo con rapidez,
como si tuviese prisa por quitárselo de la lengua.
Me froté la cara para ganar unos segundos. No era un musical, era algo
incluso peor. Era sucumbir a la última moda, a la sensación del momento. A
esa atracción patrocinada por famosos de pacotilla en multimillonarias
campañas de mercadotecnia. No entendía cómo a la gente le gustaba tanto
fabricar su mundo en cartón piedra habiendo tantas cosas por descubrir a
nuestro alrededor. Lugares extraordinarios como el jardín botánico contaban
cada vez con menos visitantes, pese a que la entrada a muchos de esos sitios
era muy barata o gratuita. Los menos afortunados estaban llegando incluso a
desaparecer por esa falta de interés. Y es que parecía como si, de repente, las
personas tuviésemos prisa por olvidarnos de nuestra vida enlatando el cerebro
en unas estúpidas cápsulas de cristal y carbono de diseño futurista.
—¿Una experiencia onírica? ¿Lo dices en serio? —⁠le pregunté, un tanto
confuso. Aunque se estaban volviendo muy populares, como decía, gracias al
enorme y permanente desembolso publicitario de la Corporación, hasta
entonces ni Eli ni yo nos habíamos mostrado ningún interés por probarlas.
—Una compañera de trabajo ha ido varias veces y dice que es una pasada.
—Una pasada, ¿eh? —Medio cuestioné, mientras desenvolvía un
caramelo de regaliz. Por aquel entonces eran uno de los pequeños vicios que
aún me quedaban. Quizá los disfrutaba tanto porque no había ninguna
multinacional detrás anunciándolos a todas horas.
—Sí. Dice que las cosas se viven dentro como si pasasen de verdad y que,
al salir, se tiene la sensación de que todo ha sido real.
—¿Tan real como el sabor de este caramelo de regaliz? —⁠pregunté,
lanzándomelo a la boca.
—Sí.
—¿… O tan real como tu intención de aprender a tocar el piano?
Sobra decir que mi ocurrencia no fue de su agrado.

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—¿Quieres pasar un San Valentín sin tener nada que celebrar? —⁠me
amenazó, medio en broma, medio en serio.
—No sé, Eli. No me convencen mucho esos juegos —⁠reconocí con
sinceridad. Experimentar con la mente siempre me había producido bastante
respeto⁠—. ¿Y si no nos despertamos y quedamos en una especie de trance
hipnótico para siempre?
—¡Qué cosas tienes!
Noté cómo se sentía un tanto ridiculizada por mi oposición.
—A ver, explícame un poco más en qué consiste eso de las cápsulas —⁠le
pedí, aunque estaba seguro de saber lo suficiente como para no querer usarlas.
—Pues es lo que sale en los anuncios —⁠dijo, dándome una última
oportunidad antes de dejar de hablarme durante quince días⁠—. Te metes en
una cápsula y te duermes. Dentro, simulan como si estuvieses viviendo una
experiencia real. Hay muchas para elegir y algunas tienen muy buena pinta.
Estoy segura de que tú también encontrarías varias que te llamasen la
atención.
Sonaba interesante, claro, como en los cientos de cuñas publicitarias con
las que Albiorix nos había bombardeado en los últimos meses. No obstante,
ninguna había llegado a traspasar del todo mi congénita coraza de
escepticismo y, en un minuto, Eli tampoco lo iba a conseguir.
—Hagamos una cosa —traté de concluir⁠—: si tanto te atrae la idea,
métete en una de esas cápsulas. Será mi regalo de San Valentín, ¿vale? Y para
compensar, mientras estás dentro, yo voy a ver a los Canucks.
Se vio que no estuve del todo atinado con mi propuesta.
—Lo que yo quería era compartir el día contigo —⁠aclaró mi mujer,
molesta⁠—, no hacer algo en plan soltera y que tú te vayas al hockey.
Una libélula se cruzó entre nosotros. A Eli le encantaban esos insectos. Se
había tatuado hacía muy poco uno sobre el omóplato derecho que, en mi
opinión, cuando quedaba visible le añadía un punto muy sexy.
—Oye, ¿dónde está la ranita? —⁠pregunté, al ver despejada la hoja de
nenúfar donde el pequeño anfibio había tomado el sol.
—¡¿La ranita?! ¡¿Pero me quieres hacer caso?! —⁠gritó ella, esta vez sin
ocultar su malestar.
—Lo siento… —me disculpé, reconociendo que me había desviado del
tema⁠—. De acuerdo, aplazaré lo de los Canucks para otro día y te acompañaré
al sitio ese, pero no pienso meterme en un cacharro lleno de cables a dejar que
me seden unos chiflados. Me quedaré esperándote en la cafetería.

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Tras una breve negociación de asuntos menores, logré convencerla de que
no todo el mundo tenía por qué sentirse atraído por los mismos avances
tecnológicos y conseguí que aceptara mi papel de mero acompañante. Dentro
de lo malo, no había salido mal parado, pero me decepcionaba verla atrapada
en una espiral que, hasta entonces, creía que solo arrastraba a los más débiles
de voluntad. «Bueno —⁠consideré⁠—, todos somos humanos. Que lo pruebe
para saciar su curiosidad y tener qué aportar cuando charle con sus
compañeros de trabajo». Daba por hecho que la cosa no iría más allá,
sencillamente porque no esperaba que hubiese un más allá. Aunque en
realidad llevásemos poco tiempo juntos, mi mujer y yo teníamos formas
idénticas de ver lo esencial. Opinábamos lo mismo en muchos temas y nos era
sencillo llegar a acuerdos intermedios al presentarse una disputa. Nos
habíamos conocido hacía poco más de medio año. Había llegado a mi
sucursal bancaria buscando un préstamo para cambiar de coche y, en cuanto
la vi sentada al otro lado de la mesa, me enamoré de ella como un
adolescente. Era cinco años más joven que yo, pero ya ostentaba un cargo
muy importante en la junta directiva de la petrolera Suncor, lo que, luego
descubrí, la hacía viajar continuamente por el mundo. Con su perfil
financiero, no tendría problemas para obtener ningún préstamo, pero me las
ingenié para hacerla volver un par de veces por la oficina antes de sellar su
concesión definitiva. Pocos días después, tuve la suerte de volver a
encontrármela en una gasolinera, ya conduciendo su flamante coche nuevo.
La saludé y, tras una breve charla, me invitó a ir con ella a una exposición
sobre pintura barroca en la Vancouver Art Gallery. Es obvio que acepté el
ofrecimiento y el resto, como suele decirse, es historia. Una historia cuyo
culmen fue la preciosa boda que a los tres meses celebramos en Garden Bay
junto a un reducido grupo de familiares e íntimos amigos. Y digo reducido,
porque Eli provenía de Boston, sus padres habían muerto hacía unos años y
casi no había hecho amistades vancuveritas. Sus únicos invitados fueron
algunos colegas del trabajo y media docena de parientes más o menos directos
que se desplazaron desde Massachusetts. Resumiendo: conocer a Eli había
sido el típico golpe de suerte que de vez en cuando reciben algunos tipos
ordinarios como yo y que nunca se repite. De hecho, al principio tuve miedo
de que de un día para otro se diese cuenta de que, en verdad, no sentía ningún
interés por mí y me dejase. Pero nuestra vida en común avanzaba, los pilares
sobre los que se sustentaba eran cada vez más gruesos y a ambos se nos veía
muy contentos con nuestras decisiones.

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Durante toda la semana, fui tomando conciencia de cuánto le apetecía a Eli
realizar aquella experiencia. Me preguntaba por qué no lo habría mencionado
antes, si era tal su interés, resistiéndome a asumir que una fehaciente falta de
comunicación pudiese haberse instaurado entre nosotros. A la vez, y no
menos doloroso, me escocía no haber sabido percibirlo por mí mismo. En
cualquier caso, si probar el simulador de sueños servía para hacerla un poco
más feliz, merecía mi pena intentarlo.
Salimos de casa solo tres cuartos de hora antes de la cita. Aunque Eli no
había querido dormir mucho la noche anterior —⁠por eso de tenerlo más fácil
dentro de la cápsula⁠—, su emoción no fue suficiente para reducir el tiempo
que solía hacerme esperar mientras se arreglaba. Yo me había despachado
pronto, con los mismos tejanos de los últimos dos días y una camiseta de
algodón básica. Tenía claro que con la calefacción que solía haber en esos
sitios, cualquier prenda adicional me haría sudar la gota gorda. No obstante,
antes de irnos, Coyote tuvo a bien restregar su hocico por mi pantalón,
dejándome una buena mancha de paté de buey en la pernera. Aproveché para
cambiarme de ropa teniendo presente que Eli y yo fuésemos un poco más
conjuntados, deferencia que ella agradeció con una sonrisa al verme salir del
vestidor.
Poco después de sobrepasar el edificio de Albiorix, encontré un parking
subterráneo con el indicador de «Libre» y, casi como en un acto reflejo,
encarrilé el coche hacia la rampa de bajada. Siempre había detestado dar
vueltas por las calles de Vancouver buscando aparcamiento y supuse, de
forma errónea, claro, que pagando la tarifa correspondiente a tres horas y
media —⁠unos siete dólares, según el tablón de la entrada⁠— sería suficiente.
Aunque tuve que dejar atrás varios pasillos llenos de vehículos, no tardé en
toparme con la primera plaza desocupada. Era espaciosa y frente a ella
alumbraba una pareja de tubos fluorescentes, así que, en general, me di por
satisfecho.
Eli saltó del coche como una niña del autobús escolar al finalizar el último
día lectivo. Ni siquiera me oyó cuando le pedí que me esperase mientras cogía
el abrigo o mientras la perseguía por las escaleras que daban a la calle. Al
verla, no podía negar que, por momentos, creyera que tal vez estuviésemos
haciendo lo correcto.

El edificio de Albiorix era grande y estaba bien situado, y desde fuera


mostraba un aspecto moderno y lustroso. No tenía nada que ver con el resto

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de construcciones de la zona, esas que en la primera mitad del siglo XX se
habían erigido en las grandes urbes de Norteamérica y en las que la robustez y
la funcionalidad primaban en detrimento de un diseño que, con el tiempo,
había ido quedando obsoleto.
Entramos por una enorme puerta de cristal situada en medio de la fachada
principal y aparecimos en un vestíbulo circular, dotado de un mostrador con
cuatro recepcionistas al frente y sendas escaleras a los lados. Dos pares de
ascensores trasparentes y cilíndricos conectaban la planta baja con los
diferentes niveles estratificados hacia las alturas. Las paredes, los suelos, los
mostradores, los uniformes de los empleados…, todo era de color blanco. Un
blanco tan marcado que nunca lo hubiese creído posible. Estaba claro que los
mandamases se habían esforzado en crear un paisaje que transmitiese
sensación de modernidad y tecnología en la que querer confiar, pero a mí lo
que me producía a simple vista era temor. No dejaba de verlo como una
máscara resultona tras la que se escondían unos objetivos empresariales de
ambición y codicia dañinos. A mi lado, sin embargo, Eli sonreía encantada.
Nos pusimos al final de la cola que conducía al segundo mostrador,
despachada por una joven con aspecto de azafata de vuelos. Aunque la
cantidad de personas aguardando su turno era considerable, la cola avanzaba
con fluidez. Aproveché el tiempo para ojear los anuncios que se iban
sucediendo en unas pantallas situadas junto a las escaleras. Parecían los
típicos de esas películas futuristas en las que una superempresa espacial busca
atraer a hombres y mujeres esbeltos para formar colonias en otros planetas.
Eli hacía lo mismo que yo, pero luciendo en su cara esa sonrisa de encanto
que tan agridulce sensación me producía.
«Buenos días —nos saludó la chica uniformada⁠—. ¿Traen cita?». Tras
confirmarlo, recitó en voz alta lo que iba comprobando en la pantalla de su
terminal: que era nuestra primera cita, que era a las doce del mediodía, que
todavía no habíamos escogido la experiencia… Nos entregó un catálogo con
un sinfín de posibilidades para que eligiésemos la que más nos gustase
—⁠siempre tratándonos en plural, aunque le reiteré varias veces que solo mi
mujer sería la que se prestase⁠— y nos indicó el pasillo por el que llegar a la
sala de espera.
Dejando el sitio libre para los siguientes clientes, me despedí de Eli a un
lado del mostrador, confirmándole que la recogería en la entrada a las tres
para ir a comer juntos a una trattoria que solíamos frecuentar. Ella se fue con
el catálogo bajo el brazo, a mi juicio, excesivamente ilusionada. Me resigné.

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A lo tonto, le había hecho el regalo con el que más se había emocionado en
los meses que llevábamos juntos.
Salí a la calle y, al ver que el cielo no amenazaba con descargar, decidí
dar un paseo hasta el puerto. En última instancia me había parecido mejor
opción que aguardar en la cafetería del edificio junto a otros acompañantes
aburridos con la atención perdida en las pantallas de sus teléfonos. Hacía
bastante frío, pero me había abrigado con una gruesa chaqueta que
conservaba de temporadas pasadas y que, aunque algo vieja y raída, cumplía
su función aun cuando la temperatura apenas superaba los cero grados. Sin
embargo, pronto sentí una corriente helada azotando mis lumbares y al
llevarme la mano al lugar, descubrí un amplio agujero por el que rebosaba el
plumón. Probablemente me hubiera enganchado con algún saliente, un
alambre o algo así, sin darme cuenta. Metí los dedos por el boquete para
frenar la hemorragia, asumiendo que mis días felices junto a aquella prenda
habían llegado a su fin, y me encogí en su interior antes de empezar a
caminar. También lo lamenté por las pobres flores y animales del botánico.
Bajé evitando el bullicio por la larga y estrecha Cambie St., hasta el reloj
de vapor, a tiempo de escuchar los dos cuartos de Westminster que marcaban
las doce y media. Le hice una foto junto a él a una pareja japonesa que me lo
pidió y giré por Water St., parándome en algunos escaparates a mirar los
coloridos suvenires que los cubrían de arriba abajo. Un vehículo irrumpió en
la calle cubierto de propaganda electoral, animándonos a votar al candidato
del RPC —⁠siglas del Renacer del Pueblo Canadiense⁠—, un partido de
ultraderecha sin representación todavía en la Cámara de los Comunes. Su
líder, Donovan Forge, era un fascista confeso que abogaba por recuperar «el
auténtico espíritu del país» en base a un conservacionismo anticuado y mal
digerido. La actitud molesta de los transeúntes al ver la sonrisa de Forge en
los carteles denotaba que su desagrado iba más allá del producido por la
fanfarria que escupían los altavoces. No obstante, en los últimos tiempos
habían aparecido un buen número de adeptos a su propuesta, impulsados por
el desengaño de las políticas actuales, que hacían pensar en Forge como en
una amenaza real.
Tomé West Cordova St., y seguí por ella hasta Burrard St., la cual me
llevó directo al soleado paseo que perfilaba el puerto. Había caminado una
barbaridad y razoné que a la vuelta sería mejor tomar un taxi para evitar andar
con prisas el resto del tiempo. Me apoyé en la barandilla y me relajé mirando
los hidroaviones que flotaban amarrados a los muelles. Nunca había subido en
uno y pensé que hubiera sido una buena idea celebrar San Valentín dando un

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paseo aéreo con Eli. Desde luego, mucho mejor que haberla dejado tirada,
respirando dos horas los vapores alucinógenos de una máquina del diablo. Me
lo anoté como opción a considerar el año siguiente y busqué un banco libre
donde sentarme y descansar un poco repasando las noticias. Antes de nada,
abrí la aplicación móvil de Bernie y comprobé la temperatura y el grado de
humedad de mi casa, vi mis últimos movimientos bancarios, y que la compra
semanal llegaría a las seis de la tarde. Era más cara de lo habitual, así que
intuí que Bernie habría incluido algunos artículos que ni Eli ni yo nos
habíamos dado cuenta de que se habían acabado.
En cuanto a las noticias, me llamó la atención que mencionasen la
aparición de nuevas luces púrpura en el cielo de Regina, no catalogables
dentro de las auroras boreales y que algunos habían empezado a conocer por
el nombre de Steve. No era la primera vez que se divisaban, y valoré que el
artículo incidiese en ese hecho porque a mí me resultaba muy significativo.
La actualidad política era copada por la dimisión del líder del Partido
Conservador, el ultraderechista Samuel Hart, quien había estado liderando en
la sombra durante años un entramado financiero para desviar capitales a
diversos paraísos fiscales. Su prometedora carrera hacia la jefatura de
gobierno ya pendía de un hilo antes de ese último escándalo y, tras la
aparición de ocho nuevas sociedades fantasma, se encontró, literalmente,
entre la espada y la pared. Lo cierto es que nunca me había gustado ese
hombre. Aun no simpatizando con su ideología, en lo relativo a su persona al
principio le había concedido el beneficio de la duda, pero con cada una de sus
intervenciones parlamentarias me había dejado claro lo peligroso que era.
Como cada vez que se aproximaban elecciones, las páginas se plagaban de
noticias repasando la actualidad de cada partido, la intención de voto según
los últimos sondeos y los cruces de declaraciones entre los candidatos, algo
que desde hacía días me saturaba. Deseaba que todo terminase pronto, ganase
quien ganase, y que dejasen de aburrirnos con sus memeces.
Antes de retornar el teléfono al bolsillo, consulté los deportes. Los Blue
Jays de Toronto se enfrentaban a los Washington Nationals el domingo y, al
parecer, el ambiente se había caldeado tras unas declaraciones del bateador
Yangervis Solarte, probablemente, sacadas de contexto.
—Señor.
Un chico a mi lado me tendía una cuartilla publicitaria del Luzziano’s, un
restaurante que según el propio panfleto se jactaba de llevar hasta Canadá el
mejor sabor de la Toscana.
—Cena especial de San Valentín —⁠me informó.

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Dándole las gracias, cogí el papel y le eché una ojeada. Me gustaba la
comida italiana, pero ya había elegido local para el mediodía y repetir por la
noche con una apuesta tan contundente me parecía demasiado. A mis casi
cuarenta años, mi estómago ya no alcanzaba el mismo número de
revoluciones que en mi juventud y la cenas pesadas habían sido sustituidas
por ligeros aperitivos hacía varios inviernos. Al no ubicar papeleras a mi
alrededor, me guardé la propaganda en el bolsillo y regresé a la barandilla
para contemplar los chispeantes destellos solares sobre el agua de la bahía. A
mi derecha, el ferri que comunicaba el centro de la ciudad con Vancouver del
Norte se alejaba dejando un rastro espumoso como el de un caracol
atravesando una carretera. Pensé que de no ser por ese momento, mi paseo
habría resultado bastante estúpido y, tras revisar la hora en el teléfono, resolví
que si salía entonces, tendría tiempo de volver caminando a por Eli y me
ahorraría el dinero del taxi. Además, prolongar la caminata me serviría para
abrir el apetito, pues no había nada que detestase más que acudir sin hambre a
uno de mis restaurantes favoritos y ver la comida regresar, apenas degustada,
a la cocina.
Al llegar al lujoso edificio de la Corporación, me encontré a mi mujer con
lágrimas en los ojos. Lágrimas de emoción, de no dar crédito a lo que acababa
de ocurrir. Le pregunté preocupado qué había sucedido, pero enseguida me
tranquilizó diciéndome que simplemente había vivido una de las mayores
experiencias que se podían imaginar. Supuse que eso era bueno, así que
sonreí y la rodeé con mis brazos para recoger el abrazo agradecido con el que
me quiso premiar. Después, la cogí de la mano y echamos a andar, junto a la
promesa de que la experiencia no se volvería a repetir en, al menos, una
buena temporada.
A partir de ese día, Eli siguió visitando la sede de Albiorix para consumir
experiencias cada vez con más frecuencia. Al principio, a escondidas, solo
una o dos veces por semana; después, arrepentida y consciente, siempre que
podía, al tiempo que luchábamos juntos contra su adicción.

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III
La tienda de Hubert siempre olía de un modo raro. Era algo así como una
mezcla aposentada de comida de roedor seca, agua sucia de peceras y heno
empapado en orina, en proporciones variables según el momento. No había
forma de camuflarlo, ni mucho menos de evitarlo; ese era su olor y lo llevaba
siendo desde el día en el que se encendieron sus luces por primera vez. Es
posible que, en el fondo, se tratase de un olor común a todas las tiendas de
animales, pero como en muchos años no había entrado en otra que no fuese la
suya, no podía confirmarlo.
—¡Miles! —exclamó mi amigo al verme entrar por la puerta.
—¡Dios! ¿No te ahogas aquí dentro? —⁠le pregunté, al notar el brusco
aumento de temperatura respecto a la calle.
Él se encogió de hombros mientras terminaba de realizar unas cuentas en
un albarán. Debía de estar adaptado ya a ese microclima.
—Son las lámparas de los pollos —⁠dijo entonces para justificarlo⁠—. Ya
sabes que dan bastante calor.
—Vas a asarlos antes de que crezcan.
—¡Qué va! Todavía no tienen ni un bocado —⁠descartó, antes de
deducir⁠—: sería un derroche.
Me acerqué al mostrador. Hubert me miró por encima de sus gafas y me
ofreció una sonrisa de afecto.
—¿Qué tal estás? —se interesó.
—He tenido días mejores.
—Ya. ¿Se sabe algo de Eli?
—Nada nuevo. Están investigando, pero no sé si lo suficiente.
Que estaban investigando era algo que el inspector de Policía a su vez me
decía, y no me quedaba más remedio que creerlo. Lo único que yo podía
corroborar era que un equipo de criminología había estado examinando el
apartamento y haciéndome preguntas y que la Científica había ido a recoger
muestras de ADN y huellas. Todo muy profesional, muy de película, pero por
el momento sin resultados.
—Ánimo. Seguro que pronto descubren algo.
—Sí, es muy probable —le dije, convencido de que no sería así. Habían
pasado siete días sin recibir novedades importantes sobre la desaparición de
mi mujer y ya me estaba empezando a impacientar. Además, mientras no las

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hubiese, para la Policía yo seguiría siendo el principal sospechoso, algo que
me resultaba hasta grotesco.
—¿Has vuelto ya por la oficina?
—No. Iré uno de estos días. Dame un saco de pienso, anda.
—Coyote sigue siendo una lima, ¿eh?
—Gasto más en su comida que en la mía —⁠reconocí y, excluyendo la
bebida, no me alejaba demasiado de la realidad.
—Es un esquimal canadiense. Es normal que coma mucho. Quieres el de
adultos, ¿verdad?
—Sí.
Hubert se acercó a una estantería y volvió con un saco de 20 Kg que dejó
posado a mi lado.
—¿Y él, no oyó nada?
—¿Quién?
—Coyote, hombre. Esa noche, ¿no ladró ni hizo nada fuera de lo común?
—No.
—Qué raro —caviló, mesándose la barba.
Y tanto que lo era. Mi perro solía alterarse con solo notar la entrada de un
vecino en el portal. Sin embargo, en aquella ocasión, su sueño parecía haber
sido tan profundo como el mío.
—Más extraño es que Bernie tampoco diese la voz de alarma —⁠añadí.
Bernie era un asistente doméstico de alta generación, un sistema domótico
centralizado que había instalado medio año antes de conocer a Eli para
coordinar los servicios de la que por entonces era solo mi vivienda. Los
sistemas más antiguos analizaban el lenguaje y el comportamiento de sus
propietarios y reaccionaban con mayor o menor inteligencia. Sin embargo, los
nuevos modelos, como el nuestro, se integraban con su mente detectando
deseos y necesidades, y adelantándose a sus peticiones. De ese modo, podían
adecuar las condiciones de la casa de forma inmediata en cada situación y
muchísimas cosas más. Si tenía frío, Bernie reconfiguraba el termostato; si me
notaba deprimido, Bernie concertaba una cita con mi psicólogo; si mi índice
de masa corporal aumentaba, Bernie reducía las grasas saturadas y los
azúcares de la lista de la compra. Hablo siempre en primera persona, porque
Eli todavía era reacia a dejarse leer la mente por una máquina y solo
manteníamos activo mi perfil de usuario. Por lo general, los dos estábamos
muy contentos con Bernie, pues simplificaba la toma de decisiones en nuestro
día a día y, hasta entonces, nunca había fallado. No habría estado de más,
también, que hubiese dado la voz de alarma aquella noche.

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—Esos asistentes tienen fama de infalibles —⁠constató Hubert⁠—, ¿qué
crees que pudo pasar?
—No tengo ni idea —reconocí, y eso que ya le había dado muchas
vueltas⁠—. Es como si a los tres nos hubiesen desconectado, o sedado, porque
ni el perro, ni el robot, ni yo nos enteramos de nada.
—¿Y no notaste nada extraño en los días anteriores a su desaparición?
—No, qué va. Eli estuvo en Seattle tres días y en la casa no noté nada
fuera de lo normal.
—¿En Seattle?
—Sí, ya sabes que viaja casi todas las quincenas. Su trabajo es así.
—La verdad es que es un caso desconcertante.
—Sí que lo es. Oye, Hubert, ¿tú qué opinas de las cápsulas? —⁠le
pregunté, aunque sabía que su parecer y el mío iban bastante parejos.
—Las cápsulas, ¿eh? Las de sueños.
—Sí.
Mi amigo dudó. Tenía presente que en mi posición era un tema delicado y
al momento comprendí que no quería herirme con palabras desafortunadas.
—No sé qué decirte, Miles. Supongo que es un entretenimiento como otro
cualquiera. Estamos viviendo una época de cambios y ese tipo de
experiencias gusta mucho a la gente joven, pero también a personas adultas.
Ya sabes que yo no tengo muchas ganas de probarlas, soy muy tradicional en
la mayoría de los aspectos.
—Ya, pero ¿crees en ellas? ¿Crees que son auténticas?
—¿A qué te refieres?
—La última vez que Eli usó ese aparato vio mi muerte —⁠confesé en
público por primera vez. Era algo que me había reservado incluso al hablar
con la Policía.
—¿¿Tu muerte?? ¡Joder!
—Mi asesinato, para ser exactos.
Hubert se quedó sin palabras, con la cara constreñida por la impresión.
Quizá huyendo de los suyos, mis ojos dieron un salto y se posaron sobre una
iguana petrificada bajo un tubo de luz ultravioleta.
—Pero… ¿no se supone que en esos sitios escoges lo que quieres soñar?
—Sí, y tienen un catálogo muy amplio —⁠reconocí, aunque nunca me
había parado a examinarlo⁠—. El caso es que el último sueño de Eli debió de
ser alterado o algo así. No estoy seguro de qué pudo pasar, pero tengo la
impresión de que no terminó como ni ella ni la Corporación esperaban.

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—¡Pues qué mierda! —Hubert se quedó pensativo⁠—. Pregúntales a ellos.
A los de la Corporación. A ver si te pueden dar alguna explicación
convincente.
—Ya probé. Los llamé hace unos días. Pero dicen que, según sus
registros, la experiencia transferida fue exactamente la contratada.
—No quieren mojarse.
—Puede ser.
—Yo les insistiría un poco más, a ver si apretándoles las tuercas acaban
cantando —⁠argumentó Hubert, convencido de su estrategia.
—Sí, eso haré.
—Oye, aprovechando que has venido… Lilith, la veterinaria, ha recibido
un ragdoll de apenas dos meses, por si lo quieres.
—¡No! No quiero ningún gato en casa.
—¿Por qué no? Los ragdoll son muy cariñosos. No son como los perros,
claro, pero tampoco notarás mucho la diferencia.
Si no lo conociera, me hubiese parecido inaudito escuchar al dueño de una
tienda de mascotas hablar en términos tan superficiales.
—Con Coyote tengo bastante —⁠le recordé⁠— y, de momento, no me
planteo meter más animales en casa.
—Allá tú. Estas cosas te las cuento a ti porque eres mi amigo, que yo
estoy aquí para vender animales, no para darlos en adopción.
—Pues no sería un mal negocio si luego vendes la comida a sus
propietarios.
—¿La comida? La gente la compra en los supermercados, joder.
—Pues me acabas de dar una idea.
—No fastidies —gruñó Hubert, torciendo el gesto⁠—. ¡Sin los amigos no
sé de qué iba a vivir!
Le pagué la comida y nos despedimos. Salí de la tienda cargando con el
saco y caminé hasta donde había dejado el coche. Abrí el maletero, hice un
poco de hueco entre toda la basura y lo metí en él. Después me senté al
volante, miré la hora en el salpicadero y respiré hondo. Tras un par de
minutos con la mente en blanco, giré la llave de contacto y, una vez en
marcha, salí a Fraser St., y continué hasta desembocar en Kingsway,
aprovechando la baja afluencia de coches a esas horas del mediodía. En la
radio sonaban los Bee Gees, grupo que nunca me había gustado, pero me dio
pereza resintonizar el dial. Desde la desaparición de mi mujer, cualquier cosa
que pensase hacer me la daba. Cualquier cosa menos averiguar qué había
pasado en aquella última visita a las cápsulas, qué era eso de que había visto

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mi muerte y si algo de ello había tenido que ver con su adiós. Y aunque
sonase a tópico, estaba dispuesto a remover cielo y tierra hasta llegar al fondo
del asunto. Hacer preguntas por aquí y por allá seguiría sin servirme de nada,
ya lo tenía asumido. Siete días perdidos sin apenas dormir, sin entender qué
estaba pasando, sin recibir más que respuestas vagas y exentas de voluntad.
Había llegado la hora de actuar, de mover algo más que los labios suplicando
atención, y la única puerta para entrar en aquella enorme fortaleza de
desconocimiento estaba dibujaba en la fachada del edificio de la Corporación.

Como ya he dicho, la sede de Albiorix que frecuentábamos se ubicaba en una


de las edificaciones más ostentosas de Coal Harbour, y todo el que la veía por
primera vez se quedaba impresionado. Los turistas incluso llegaban a sacarse
fotografías con ella, como si de uno de los emblemas más representativos de
Vancouver se tratara. Más allá de eso, sus paredes acristaladas, sus vigas
relucientes y su recibidor, amplio y luminoso, evidenciaban que la empresa
atravesaba un periodo de auténtica prosperidad. Lo miré al pasar con una
mezcla de desconfianza y hastío. Siempre había creído que su producto era
una especie de droga que, sin que uno se diese cuenta, disociaba la
personalidad en múltiples realidades ilusorias, dejándole confundido y
desorientado. Y con Eli lo había comprobado de primera mano.
Medio kilómetro más adelante, llegué al parking público en el que solía
entrar con el coche y busqué estacionamiento una vez más en él. El tipo de la
entrada revisaba el horóscopo del periódico con gran interés y ni me hubiera
visto de no ser porque reclamé su atención. Parecía que la vigilancia del
aparcamiento seguía sin estar a la altura del precio que se pagaba por la
estancia.
—Oiga, ¿abren también los domingos? —⁠le pregunté, aventurándome a
pensar que mis visitas podrían extenderse durante varios días seguidos.
Él puso cara de no apetecerle contestar, aunque, pese a todo, lo hizo.
—Sí, todos los días. Hasta las once de la noche —⁠afirmó, señalando con
un lápiz mordisqueado un cartel que en el cristal ratificaba lo que decía.
—Perfecto, muchas gracias.
—Espere, ya que está aquí —⁠me dijo antes de que me fuese⁠—. Con siete
letras: «aparato de fonación que tienen las aves en el lugar en que la tráquea
se bifurca para formar los bronquios».
Era la primera vez que le dirigía la palabra y me bastó poco tiempo para
tomar nota de no volver a hacerlo.

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—Pues… no lo sé.
—Ya, bueno, no importa.
—¿No vienen las soluciones en la última página? —⁠le pregunté.
—Sí, claro. Pero no las quiero mirar.
—Ah. En ese caso, le deseo mucha suerte —⁠le dije finalmente, antes de
largarme.
Tal vez fui un poco grosero con él, pero en esos momentos las
preocupaciones copaban mi cabeza, no quedando espacio para conversaciones
de ascensor. Si no le valía mirar las soluciones, ¿qué sentido tenía que se las
soplase otra persona?

Cuando entré en el edificio de Albiorix, sentí como mi alma se comprimía


hasta alcanzar las dimensiones de un garbanzo. Constatar su formidable
actividad, pese a la franja horaria en la que nos encontrábamos, e imaginar su
curva de beneficios, me producía náuseas. El espectro de clientes era cada vez
más amplio, incluyendo perfiles de toda condición: gente joven, gente adulta,
gente gorda, gente flaca, amas de casa, jubilados… Cualquiera era susceptible
de caer en las redes de la Corporación. Por otras visitas sabía que, por
ejemplo, tras un rápido almuerzo, muchos trabajadores de empresas cercanas
iban allí en busca de una siesta reparadora y placentera. Podría incluso
entenderlo, pero mi aversión hacia la Corporación me impedía aceptarlo.
—Buenas tardes, ¿en qué puedo ayudarle? —⁠me preguntó amablemente la
recepcionista que sonreía tras el blanquísimo mostrador. La conocía de otras
muchas ocasiones, pero ella seguía actuando como si fuese la primera vez que
me veía. También era posible que no me recordase.
—Hola, quisiera vivir una experiencia onírica —⁠anuncié, casi recitando el
eslogan del cartel que colgaba sobre su cabeza.
—¿Tiene cita?
—Esto… No, lo siento. He venido porque me han anulado una reunión de
trabajo y me sobran un par de horas. No contaba con ello.
—Muy bien, trataré de encontrarle un hueco libre. ¿Conoce ya nuestro
catálogo? —⁠preguntó, sin dejar de mostrar sus dos magníficas hileras
dentales.
—Sí —dije, aunque en realidad ni siquiera me había interesado nunca por
las experiencias que había elegido mi mujer. No sabría si justificarlo como
una forma de preservar su intimidad, o era porque realmente no quería tener
nada que ver con ellas⁠—. Quiero el mismo sueño que Elisabeth Warby eligió

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el martes de la semana pasada. Uno de un lago. Se escribe Windsor,
Abbotsford, Richmond…
La recepcionista alzó sus finas y cuidadosamente perfiladas cejas y apretó
los labios en una mueca de velada disconformidad.
—Es mi mujer —me apresuré a explicar⁠—. Quiero revivir su último
sueño. Vino hace siete días y me dijo que le había gustado y que…
—Me temo, señor, que sin una autorización no puedo darle ninguna
información sobre terceras personas. Si quiere vivir una experiencia onírica,
debe seleccionarla usted mismo de entre todas las que le ofrecemos en nuestro
catálogo. En caso de duda, en la web aparece la puntuación media de cada
una de ellas, según las valoraciones de nuestros clientes.
Parecía tan bien adoctrinada que dudé si la Corporación tendría también
un proyecto para programar la personalidad de sus trabajadores. Aunque
tampoco descartaba que bajo esa piel pálida y sin mácula se escondiesen un
puñado de cables, piezas de titanio y circuitos integrados.
—Ya. ¿Y lo tiene por ahí?
La chica alargó el brazo bajo el mostrador y me facilitó el elegante libreto
adornado con la fotografía de una sonriente familia sobre un paisaje arbolado.
Siempre me había parecido una escena muy exagerada, incluso cuando solo la
desconfianza me condicionaba.
—Dígame su nombre.
—Miles Cavanagh.
Pude percibir en su mímica una ligera perturbación, a buen seguro tras
detectar que mi apellido y el de mi mujer no coincidían. Eli había optado por
conservar el de soltera —⁠lo cual me pareció fantástico⁠—, pero nos hacía tener
que dar a veces más explicaciones de las deseadas.
—¿Es la primera vez que viene, señor Cavanagh? —⁠me preguntó, tras
introducir mi nombre en el ordenador.
«Mierda». Supuse que eso hacía menos creíble la versión de que había
decidido ir de improviso.
—Sí… Sí. Siempre he querido probarlo, pero por una cosa u otra, al
final… ¡Puf! Ya sabe…
No puedo negar que se me da fatal el mentir, y la chica lo notó de
inmediato aunque, a nivel profesional, tampoco le servía de nada enjuiciarme.
Se conformó con cambiar su sonrisa por un ademán desdeñoso.
—Por favor, lea esto y fírmelo —⁠me pidió, mientras me entregaba una
declaración de consentimiento⁠—. Vaya pasando a la sala de espera y en unos
minutos le atenderemos. Al final de ese pasillo —⁠dijo, señalando el largo

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corredor que partía a su izquierda y por el que tantas veces había acompañado
a Eli.
—Gracias —dije sin más. La chica pasó de forma automática a ser parte
de ese enorme grupo de personas de las que sabía que en toda mi vida no
obtendría absolutamente nada.
En la sala había unas veinte personas pero, como casi siempre, ninguna
me devolvió el saludo. Tomé asiento en una silla tan nívea e impoluta como
los aseos de Buckingham Palace y abrí mi catálogo por la primera página. En
ella se incluía una introducción al mundo de Onirica y se relataban sus
bondades y beneficios para el cuerpo y la mente. «¡Claro!». A continuación,
aparecía un índice que recogía las distintas temáticas que las experiencias
abarcaban: «Relaciones personales», «Mundo laboral», «Al aire libre», «El
mar», «Aventuras y acción», «Música»…, y para cerrar, la zona adulta, con
una gran variedad de vivencias eróticas y pornográficas. Nunca le había
hecho caso y ahora lo tenía frente a mí, desplegando su monumental abanico
de falsa realidad. Sentí un escalofrío al pensar que ese mismo ejemplar pudo
haber estado en manos de Eli durante su imparable caída al abismo.
De un salto pasé a la página 32, donde se recogían los sueños al aire libre,
y busqué el apartado relacionado con los lagos en el bosque. De acuerdo a lo
que me había dicho mi mujer antes de entrar, en él debería hallarse su
elección. Se presentaban seis variantes diferentes: una versión en familia, otra
en plan romántico y una más, individual; todas en las correspondientes
modalidades diurna y nocturna. Decidí probar con la fórmula en pareja
durante la noche. Sabía que a Eli le gustaban las chimeneas y solía ser una
chica muy cariñosa; estaba casi seguro de que se habría decantado por la
opción de infusión más abrazo frente al fuego.
Cerré el catálogo y me recosté en la silla. Alcé la cabeza y resoplé. No me
creía que pudiera estar a un paso de meterme en una de esas cápsulas. Me
aterraba solo el hecho de pensar en ello, pero sabía que no me quedaba otra
alternativa si quería encontrar a mi mujer, así que el sacrificio era obligado.
Miré la pantalla de mi teléfono. Por supuesto, no tenía ninguna llamada
perdida, ni de la Policía, ni de nadie. Sin Eli, no era más que un individuo
olvidado por un mundo que él tampoco tenía interés en recordar.
—¿Ya la tiene, señor? —me preguntó la asistenta, cortada por el mismo
patrón que las demás, que se personó a mi lado. Ella, al contrario que su
compañera de la entrada, no me resultaba conocida.
—Eh… Sí, creo que sí. —Reabrí el catálogo y busqué rápidamente por
entre sus páginas. La verdad es que no me esperaba que me atendieran tan

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pronto⁠—. Quiero la…, sí, la… 3214.
—Es una magnífica elección —⁠dijo, como una presentadora que escucha
la respuesta correcta en un concurso televisivo.
—Todo aquí es magnífico —aprecié, con una sonrisa sarcástica que ella
pareció ignorar.
—Venga conmigo —me pidió, al tiempo que otras cinco personas eran
requeridas por otras tantas azafatas.
Fui llevado a una habitación de tamaño reducido, con un armario donde
dejar mi chaqueta y mi jersey, y un biombo tras el que poder cambiarme de
ropa. En el centro, la majestuosa cápsula Onirica reinaba como una enorme
almeja de cristal dominando el fondo del océano. Aunque en el catálogo y en
diferentes campañas publicitarias ya la había visto, teniéndola ante mis ojos
quedé impresionado por su aspecto. Su diseño curvo y estilizado, sus colores
grises y azules en tonos metalizados, la elegancia con la que los cables
descendían por su espalda… Nada más verla, la impresión que me dio fue la
de tener delante uno de los más perfectos avances tecnológicos de los últimos
cien mil años.
—Quítese la parte de arriba y recuéstese, por favor —⁠me indicó la chica,
accionando el pulsador que abría la cápsula⁠—. Vuelvo ahora mismo.
Salió de la habitación y cerró la puerta tras de sí. Al quedarme solo, pese a
seguir embelesado por la belleza que me rodeaba, no pude evitar tener una
sensación parecida a cuando visitaba al dentista. Todo lo que me rodeaba era
hermoso, atrayente, concebido para enamorar, pero visto con los ojos del
recelo, el conjunto adquiría una frialdad desproporcionada.
Poco después, la asistenta golpeó con los nudillos la puerta y la abrió con
discreción. Al comprobar que yo ya estaba preparado, se acercó hasta mí y me
entregó un vaso de papel.
—Tenga, tómese estas dos pastillas —⁠me pidió amablemente⁠—. Le
ayudarán a alcanzar un sueño profundo en poco tiempo. Así la experiencia
alcanzará su máxima intensidad.
La verdad es que Eli nunca me había hablado de ninguna pastilla y eso me
hizo desconfiar.
—¿Qué son?
—Relajantes —explicó la chica con la naturalidad requerida para
convencerme⁠—. ¿Ha firmado ya el consentimiento?
—No, perdón.
Me tragué las dos píldoras y tomé un sorbo de agua para acelerar su
tránsito por el esófago. Cogí el bolígrafo que me ofrecía y rubriqué el

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documento. No me había dado tiempo a leerlo, pero supuse que se trataba de
un mero formalismo. Después de todo, nada de lo contemplado en él me
detendría, así que casi prefería no saber a qué me estaba comprometiendo.
—Perfecto. Pues solo nos queda conectar los sensores —⁠me informó,
mientras me tendía sobre la superficie acolchada del interior de la cápsula.
Con elegancia y diría que cierta sensualidad, fue pegando los pequeños
dispositivos sobre mi pecho. Luego les conectó unas pinzas dentadas y
metálicas, unidas por unos cables a la estructura de la cápsula. Por último,
colocó con cuidado la malla oval sobre mi cabeza, de forma que todas las
terminaciones sensoriales quedasen en contacto con la piel de mi frente y mi
nuca. Me sentí esclavizado por la máquina, sometido a su dictatorial voluntad;
como parte de un proceso distópico tantas veces representado en la ficción y
que, en nuestra infinita ignorancia, los humanos pareciésemos empeñados en
recrear. Quise arrancarme los cables del cuerpo, saltar de esa trampa bivalva y
huir corriendo sin parar hasta caer exhausto sobre la fresca hierba de un
prado. Toda mi valentía se había esfumado en un suspiro.
—Estamos listos —confirmó la chica, sin apear su sempiterna sonrisa⁠—.
Disfrute, señor Cavanagh, vendré a buscarlo al terminar.
Apreté los puños rezando por que los relajantes me hiciesen efecto cuanto
antes. Cerré los ojos un instante y cuando los volví a abrir la chica ya no
estaba en la habitación. Tuve el convencimiento de que si los hubiese
mantenido abiertos, la habría visto atravesar la puerta como un ánima. La luz
de la sala bajó su intensidad dando forma a un cálido ambiente. Dejé caer de
nuevo mis párpados y escuché el sonido hipnótico que emitía la cápsula al
cerrarse, similar al de las persianas de mi apartamento. Un motor bajo mi
cuerpo empezó a girar con un tenue zumbido y un aire enriquecido con
oxígeno fue llenando poco a poco el habitáculo. Era fresco y estaba
impregnado de un sutil toque a hierba mojada. Respiré hondo. El aire se
expandió por mis pulmones como una ráfaga primaveral penetrando en un
hormiguero. De inmediato me sentí bien, relajado, vivo, incluso levemente
eufórico. Creo que justo antes de caer dormido, y casi sin darme cuenta,
llegué a esbozar una sonrisa.

Lo primero que noté fue frío. El viento que soplaba entre las coníferas
arrastraba el aire de las cumbres nevadas hasta el valle, marcando su territorio
como un coto privado que solo con su permiso se pudiese franquear. Me
abroché el abrigo, cogí los troncos y aligeré el paso sobre las piñas que, entre

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crujidos y chasquidos, desprendían embriagadores aromas a cedro y resina
fresca.
Eli me pidió que cerrara pronto la puerta, con la excusa de evitar que el
calor de la cabaña se escapase por ella. La empujé con el pie y me dirigí a la
chimenea a depositar los trozos de madera junto al fuego. Después, me quité
el abrigo, me senté a su lado y dejé que se arrullara contra mí.
«Tienes la cara fría», me dijo, nada más sentir mi mejilla contra la suya.
«No hemos traído suficiente ropa de abrigo», le contesté. «Anda, tómate algo
caliente. Hay café sobre la lumbre». Me pareció buena idea.
«Tenemos que volver otra vez con más tiempo —⁠dijo ella, con la mirada
puesta en el lago⁠—. Un fin de semana es muy poco. Hay unas cuantas rutas
muy bonitas que salen de aquí y hace mucho que no hacemos senderismo».
De nuevo, me pareció una idea estupenda. Dejé que mi mente sobrevolase los
cerros del horizonte, que planease sobre el circo del glaciar y que, al fin,
descendiese por el cañón como un torrente en primavera. «Hay unas truchas
inmensas —⁠añadí, conforme con su propuesta⁠—. Podría ser una buena
ocasión para desempolvar mi vieja caña».
Las ruedas del Jeep chirriaron sobre la gravilla, humedecida todavía con
el manto de rocío que durante la noche las había bendecido. «Es el
guardabosque», dije, tras apartar la cortina y echar un vistazo. «¿El
guardabosque? —⁠se extrañó Eli, dejando su tostada sobre el plato⁠—. ¿Y a qué
habrá venido tan temprano?». Le abrimos la puerta antes de que llegase a la
escalinata de la entrada.
«Sonríe un poco», le dije a Eli, a punto de disparar. «¿Así?», me preguntó,
enseñándome toda su dentadura en una mueca forzada. Enseguida estalló en
una carcajada. Aproveché para tomar la fotografía. «Es una cabaña preciosa,
no me puedo creer que nos haya salido tan barata», dijo, mientras revisaba la
instantánea en mi teléfono móvil. «Todavía es temporada baja —⁠le recordé⁠—.
En verano alcanza unos precios desorbitados». Eli hizo un gesto dando a
entender que era comprensible. «¿Pero qué foto me has sacado, traidor?». Me
reí a carcajadas. «¿Quieres que te saque yo a ti otra?», me preguntó, tras lo
que supuse, se escondían unas claras intenciones de venganza. «Deja, deja»,
rechacé. En el fondo, nunca me había gustado salir retratado.
«Vamos dentro —dijo mi mujer, estremeciéndose⁠—. Está empezando a
oscurecer». Eché un último vistazo alrededor. Los colores se iban apagando y
la neblina empezaba a desprenderse de las hojas caídas que tapizaban el suelo.
El bosque rezumaba esa belleza natural y melancólica de los bosques
canadienses que tanto amaba y con la que, de vez en cuando, me necesitaba

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reencontrar. Me pareció escuchar el canto de un pájaro a muy poca distancia.
Alcé la vista y observé entre los árboles, pero no vi ninguno. Había muchas
casitas de madera colgando de las ramas intermedias dispuestas para el
anidamiento, pero mis ojos no eran una herramienta lo bastante precisa como
para situar al plumoso cantarín.
«¡Miles!».
Llené una última vez mis pulmones con la pureza de la taiga y seguí los
pasos de Eli hacia la plácida y tentadora calidez del hogar.

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IV
Abrí los ojos segundos antes de que Bernie encendiese las luces e hiciese
sonar por toda la casa el primer acto de Las bodas de Fígaro. En teoría,
Bernie estaba programado para analizar la intensidad del sueño nocturno de
los habitantes del hogar y elegir una melodía adecuada para despertarlos cada
mañana. Era una de esas cosas difíciles de probar, pero que el fabricante decía
que venía de serie y, por tanto, nadie se molestaba en plantearse si era un
extra por el que merecía la pena pagar. Aunque solían agradarme sus
selecciones, esa vez no supe por qué demonios se había decantado por una
pieza así. En cualquier caso, preferí no preguntar.
«—Buenos días, señor —recitó Bernie con voz animada⁠—. Espero que
haya dormido bien. Hoy tendremos un tiempo inestable en toda la costa oeste
con temperaturas mínimas de 2° y máximas de 11°».
—Muy bien —dije embotado. Sabía que no había ninguna necesidad de
contestar a una máquina, pero instintivamente tenía la sensación de que no
hacerlo era incorrecto.
Miré hacia la izquierda. La mitad de la cama estaba vacía. Me froté los
ojos. Sentía mis globos oculares huecos, como dos pelotas de golf
inexpresivas y olvidadas, fuera de los límites del hoyo. Parecía que mi cabeza
regía, pero mis pensamientos no eran del todo coherentes. Era como si mi
cerebro se estuviera reiniciando y durante ese lapso de tiempo no atendiese a
estímulos externos.
«Ha llamado el señor Cutmore. Necesita saber cuántos días más piensa
faltar al trabajo».
—No lo sé. Puede que vaya mañana. ¿Por qué me tratas de usted?
Ciertamente, aunque estuviese muy atareado buscando a mi mujer, tarde o
temprano tendría que volver al trabajo porque, a ojos de mis jefes, quien
tendría que ocuparse de ese tema era la Policía, mientras que yo me debía a lo
que me daba de comer: la venta de productos bancarios.
—¿Hay algo más en el buzón? —⁠pregunté, aunque de haber sido así,
Bernie ya me lo habría comunicado.
«No».
Suspiré. Me sentía desolado. Estrenar un nuevo día sin Eli era como
levantarse de la cama sin alma, sin cuerpo, igual que un ente inmaterial
arrastrado por el viento. Noté también la ausencia de Coyote quien,

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normalmente, en cuanto sonaba el despertador, iba a darme los buenos días.
Silbé y esperé, pero el perro no apareció por la puerta de la habitación.
Con el diálogo entre Fígaro y Susanna de fondo, me obligué a poner los
pies sobre la alfombra, sin reunir aún fuerzas para dar continuidad a ese
primer gesto. La cabeza me pesaba como el ancla de un trasatlántico, aunque
no recordaba haberme pasado con el alcohol la noche anterior. O por lo
menos, no más que otras veces.
«He realizado el pedido de suministros semanal. La entrega se efectuará
mañana antes del mediodía».
—Bien, gracias. Y por favor, apaga la música.
La ópera de Mozart cesó de inmediato, dejando la habitación en silencio.
Percibí un zumbido constante en el oído, el mismo que aparecía siempre que
apagaba la televisión o el motor del coche en el garaje. Le agradecí al ruido
mundano que normalmente me librase de ese pitido enloquecedor.
Pasados unos minutos, me calcé las zapatillas y, por fin, me incorporé. Fui
arrastrando los pies hasta el lavabo y me miré en el espejo. No me reconocía.
La piel de mi cara lucía lechosa y mi pelo suplicaba un poco de atención. No
me había afeitado desde hacía ocho días y, aunque nunca había sido un
hombre con mucho bello en el rostro, el que tenía había alcanzado ya por
derecho propio el estatus de barba. No obstante, no le di demasiada
importancia. Oriné y me lavé la cara con agua fría, esperando espabilar un
poco. Fui hasta la cocina y me llené una taza usada de un café que no me
preocupé en calentar. Dando pequeños sorbos, me acerqué hasta la ventana.
Una capa nubosa se movía entre mis ojos y el cielo con tan pocas ganas que
parecía existir solo por obligación. Ese tiempo, más propio de un invierno
tardío que de la primavera, siempre conseguía deprimirme.
Me extrañó que Bernie no hubiese reaccionado ante mi ánimo
reemplazando las vistas reales por imágenes de un cielo despejado con un sol
radiante. Sentía que lo necesitaba de veras, así que terminé por pedírselo. Al
instante, el robot proyectó sobre mi ventana la simulación adecuada, no sin
antes consultarme si quería añadir o no un arcoíris en algún rincón. Me dio la
impresión de que había estado más determinante otras veces y recordé que no
era el primer indicio de un mal funcionamiento.
Eché un vistazo por la casa buscando a Coyote. Lo encontré recostado en
su cama, apático, como yo y como el día. La comida de su plato estaba sin
tocar, aunque me tranquilizó que sí hubiese bebido agua.
—¿Qué pasa, amigo? ¿No te apetece levantarte?

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El perro siguió inmóvil, con el hocico apoyado sobre las patas delanteras.
Desde cachorro, había compartido toda su vida con Eli y acusaba su falta
tanto como yo.
—Dentro de un rato saldremos a dar una vuelta —⁠le prometí.
Mientras terminaba el café pensé que yo era el único que podía enderezar
un día como aquel y que, por empezar por lo más inmediato, rasurarme la
cara era una buena forma de cambiar mi actitud. Me afeitaría, me daría una
buena ducha, me vestiría con ropa limpia y saldría a la calle a dar un paseo.
Después, desayunaría nuevamente en una cafetería, esa vez en condiciones.
Solo tras haber hecho todas esas cosas estaría preparado para continuar
indagando con energías renovadas.
Como colofón al propósito, Bernie requirió mi atención.
«Señor. Hay una llamada entrante esperando a ser atendida. ¿Desea
hacerlo ahora?».
No tenía motivos para demorarlo. Posé la taza vacía sobre la mesa de la
cocina y volví a la habitación aliado con un efímero optimismo.
—Sí, pásamela. ¡Y deja de tratarme de usted!
«¿Señor Cavanagh? Soy el inspector Ryssen».
—¿Qué tal le va? —pregunté—. ¿Hay alguna novedad?
«De momento no. Pero quería que supiese que seguimos buscando a su
mujer y que no descansaremos hasta encontrarla».
Quise golpear la pared hasta tirarla abajo. Se había cumplido una semana
desde la desaparición de Eli y la Policía estaba igual de perdida que ella. Traté
de serenarme y fingir confianza en su trabajo.
—Bien. Se lo agradezco.
«Para cualquier cosa que recuerde o crea que puede ser relevante para el
caso, no dude en llamarme».
—Así lo haré —le aseguré, mientras ojeaba las camisas de mi armario. No
podía dejar que esos incompetentes arruinasen mi renovado talante.
«De acuerdo. Que tenga un buen día», me deseó el inspector antes de
colgar.
Otra llamada insustancial y otro día perdido. Ya no sabía cómo intentar
autoconvencerme de que debía ser paciente y esperar. Mi visita a la
Corporación no me había servido para mucho más que para conocer de
primera mano las máquinas en las que había estado metida mi mujer y en qué
consistían aquellas experiencias. Seguramente mi única opción pasase por
seguir intentándolo hasta encontrar un punto de partida desde el que poder

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progresar. Y quién sabe, igual si compartía mis averiguaciones con esos
cretinos de la Policía conseguía que ellos también se desatascasen.
—¿Algo nuevo en el mundo que deba saber?
«El Renacer del Pueblo Canadiense está consiguiendo apoyos en…».
—¿En serio? ¿Se han vuelto todos locos o qué?
Regresé al baño, abrí el armario y busqué mi maquinilla de afeitar.
Entonces reparé en que había desechado su hoja la última vez que la había
usado, el mismo día de la desaparición de Elisabeth.
—Oye, Bernie, ¿has incluido cuchillas de afeitar en algún pedido?
«No».
—¿No? Pues se acabaron el martes pasado.
«Lo siento. No han sido incluidas. ¿Quiere que envíe una petición de
ampliación para el último pedido?».
—Sí, por favor.
Estaba un poco confuso. Normalmente, Bernie detectaba en la conducta
de las personas sus necesidades cotidianas. Tendría que haber notado que mis
cuchillas se habían terminado aquel día y registrarlas en la lista de artículos
del pedido semanal. Se apoderó de mí la sospecha de que algo no andaba del
todo bien.
—Bernie, ¿qué nivel de acceso tienes configurado?
«Nivel bajo».
—¿Nivel bajo? ¿Cómo que nivel bajo? —⁠pregunté, escamado. En el nivel
más bajo, Bernie era poco más que una cámara de vigilancia tapada con un
pañuelo.
«Nivel bajo en todas las funciones cognitivas, señor», confirmó en mayor
detalle.
—¿Pero… de qué estás hablando? ¿Desde cuándo guardas esa
configuración?
Su respuesta, remontándose siete días atrás, directo al punto de inflexión
que marcó mi vida, desbandó cualquier atisbo de casualidad.
«Desde el martes pasado».

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V
—¡Miles! Me alegra volver a verte —⁠me dio la bienvenida Hubert, quien no
estaba acostumbrado a recibir mis visitas con tanta frecuencia.
—Hola, Hu.
Esperé a que el dependiente terminase de empaquetar las bolsas de
comida para peces de una clienta dándome una vuelta entre las estanterías.
Cuando los oí despedirse, me acerqué al mostrador.
—¿Qué te trae de nuevo por aquí? ¿Hay alguna novedad sobre Eli?
—Ojalá la hubiera… Anteayer fui a las instalaciones de Albiorix a revivir
su último sueño —⁠le expliqué sin preámbulos⁠—. ¿Qué tienes aquí? ¿Arañas?
—⁠Me di cuenta de que me había apoyado en una vitrina llena de redecillas
blancas.
—¡Eh, cuidado!
Hubert bordeó rápidamente el mostrador y me apartó unos centímetros del
terrario.
—Tranquilo, no iba a meter la mano ahí dentro —⁠le aclaré.
—Es una especie muy, muy venenosa.
—¿Y las tienes ahí, sin un cartel que avise del peligro?
—Me llegaron ayer, todavía no las he preparado.
Me sonó a excusa barata.
—Un día vas a tener problemas —⁠le reproché. Me daba igual que fuera
mi amigo⁠—. No sé por qué comercias con bichos como esos.
—Ya, ya… Puedo dedicarme a vender grillos, si te parece.
Hubert volvió a su lugar natural, al otro lado del mostrador.
—Anda, me decías que habías ido a la empresa de las pesadillas —⁠quiso
retomar, no supe si más por cambiar de tema que por verdadero interés.
—¿Eh? Sí… Quería sumergirme en el sueño de Eli a ver si encontraba
alguna pista sobre qué le pudo pasar, así que me metí en una de esas cápsulas.
Hubert me miró asombrado. Seguramente no esperase verme desde el
principio tan dispuesto a romper con mis propios tabúes.
—Interesante… —dijo, entrecerrando los ojillos tras sus gafas de gruesa
montura⁠—. ¿Y descubriste algo destacable?
—En realidad, no —confesé—. Eli y yo pasamos una noche fantástica en
una cabaña junto a un lago. Nada más. Bueno, no solo la noche; también
hicimos cosas por la mañana y al atardecer.

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—¿Eli y tú?
—Sí.
—¿Cómo es posible que soñases con Eli? —⁠exclamó Hubert, abriendo,
esta vez, los dos ojos de par en par.
—Lo sé, es increíble. Aunque es el mismo sueño para todo el que lo
contrate, de algún modo se personaliza para cada cliente.
—¿Increíble? Turbador, diría yo.
—También —coincidí, aunque en el fondo era lógico que así fuese.
—No sabía que esos juguetes llegasen tan lejos.
—Ya. El caso es que tomamos chocolate caliente, escuchamos jazz… Era
todo increíblemente real, y auténtico.
—Oye, ¿se hace el amor en esos sitios?
—Hu, era un sueño sin clasificar.
—¡Pues menuda mierda!
Me encogí de hombros. Hasta entonces yo tampoco hubiese creído que
acabaría pagando por algo así, aunque era justo reconocer que en la clínica
conseguían que la experiencia resultase gratificante. En una hora o dos había
vivido lo que en la vida real me hubiese supuesto varias veces más tiempo y
dinero y, además, sin moverme de la habitación. Después de todo, el invento
tenía su atractivo.
—¡Oh, disculpa, Miles! No debería frivolizar con este tema.
—No te preocupes —le exculpé—. La cuestión es que estuve alerta
esperando a que en mitad de la noche entrase en la cabaña un demente con un
hacha a descuartizarme, pero nadie nos molestó en todo el sueño. Y nadie
murió en él.
—Está claro que te equivocaste.
—¿Cómo?
—Si en el sueño de Eli alguien te asesinaba y en el tuyo no, es que no
elegiste el sueño correcto. No hay más vuelta de hoja.
Lo cierto era que no tenía con qué rebatírselo. Era razonable pensar que
no habíamos vivido la misma experiencia, pues en ambos casos ocurrían
cosas distintas. Al menos en lo concerniente a mi asesinato.
—Sí, tal vez tengas razón —⁠reconocí sin tapujos. Llevaba pensando en
ello dos días para nada y, mientras tanto, Eli seguía perdida en a saber qué
lugar. Me martirizaba pensar que alguien pudiera estar haciéndole daño.
Quería creer que seguía viva, necesitaba creerlo para que mi integridad no se
desmoronase, pero nadie me lo aseguraba⁠—. Por cierto, la noche de su
desaparición, alguien anuló a Bernie para que no detectase nada.

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—¿Qué? ¿Cómo es posible?
—A veces se produce una reconfiguración con los parámetros de fábrica
tras una actualización del software a gran escala —⁠le expliqué, basándome en
las argucias recibidas del servicio técnico⁠—. En cualquier caso, es mucha
coincidencia. Creo que alguien los modificó manualmente. Y tengo la
sospecha de que Coyote también fue drogado.
—Estás insinuando que si fue un secuestro, contó con cierta
premeditación.
—Exacto. Quien o quienes lo ejecutasen, lo habían preparado bien y no
eran ciudadanos corrientes.
—Eso debería servirte para estrechar el cerco.
—Lo he hecho, pero todavía no lo suficiente —⁠confirmé, siendo presa al
momento de un impulso inesperado.
Le hice a Hubert un gesto de despedida y me dirigí hacia la puerta.
—¿Ya te vas?
—A ver si averiguo algo nuevo.
—¿Y no me vas a comprar nada? ¿No quieres una serpiente? ¿Y un geco?
¡Son muy cariñosos!
—No quiero más animales en mi vida, ya te lo he dicho mil veces. Con
Coyote y contigo tengo bastante.
—¡Muchas gracias, hombre!

Regresé al coche y, replicando los movimientos de hacía dos días, me dirigí a


las instalaciones de Albiorix. Por fortuna, la emisora sintonizada no volvió a
castigarme con un tema de los Bee Gees, aunque un especial sobre el country
estadounidense tampoco era algo que me apasionase.
Dejé el vehículo estacionado en el mismo aparcamiento, aunque en una
planta inferior, y volví a cruzar frente al desatento vigilante diurno, quien
veía, tan ajeno como siempre, los deportes en un pequeño televisor portátil.
En esa ocasión fue él quien me hizo parar, aunque lo más sorprendente fue
que se diera cuenta de mi presencia.
—¡Muy buenas!
—¿Qué tal?
—Le estaba esperando —me dijo.
—¿A mí?
—Sí. Tengo otra palabra para usted.

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—Pero yo no soy bueno haciendo pasatiempos. Ya lo comprobó el otro
día.
—No son pasatiempos, son crucigramas —⁠me corrigió con tono molesto.
—Ah, claro, disculpe.
—Aquí está —dijo, recuperando su habitual cara de bobo⁠—. Con trece
letras, «coincidencia deliberada o casual de dos o más factores en la
producción de un efecto».
—Esa es muy larga.
—La tercera es una ene y la octava una te. Por si le sirve de pista.
Pensé durante unos instantes, pero no se me ocurrió nada. Y tampoco era
cuestión de perder toda la tarde dándole vueltas a una definición. El tipo
podía hacerlo, porque el tiempo era algo que a él le sobraba, pero yo tenía
cosas más importantes que hacer.
—Nada, que no caigo.
—Nah, no se preocupe. Si al final, siempre me vienen cuando menos me
lo espero. El otro día…
—Sí, sí, le dejo, que tengo prisa —⁠me excusé de mala manera antes de
irme. La verdad era que al tipo solo le pedía que vigilase que nadie saliese del
parking conduciendo mi coche; me importaba poco verme incluido en su
círculo de amistades, si es que esa área comprendía algo más que el punto
sobre el que él mismo plantaba sus pies.
De camino a la sede de Albiorix sentí rugir mi estómago como un oso
polar, aviso que traté de aplacar entrando en un establecimiento y pidiendo
unos fideos chinos con doble ración de carne y verduras. Por el aspecto del
local, no serían los mejores que habría comido, pero servirían para saciar mi
apetito después de toda una mañana sin haber probado bocado.
Tomé asiento junto a la ventana con mi cuenco humeante entre las manos.
Desprendía un olor especiado que se mezclaba con el de otras recetas en una
sinfonía culinaria armoniosa y equilibrada.
—Buenos días, señor Cavanagh.
Alcé la vista y me encontré al inspector Ryssen de pie, al otro lado de la
mesa. Llevaba puesta su gabardina marrón, lo que me hizo pensar que ya se
marchaba.
—¿Qué tal? ¿Algún avance?
—De momento, nada. Pero seguimos tras la pista de su mujer. No se
desanime.
—¿Realmente es tan difícil?

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Mi pregunta, obviamente, lo molestó, pero era algo de lo que no me había
preocupado antes de formularla, ni tampoco después.
—No es un caso sencillo, señor Cavanagh. Ocurren hechos similares
todos los días, pero siempre el desencadenante es diferente. No hay un patrón
establecido, ni se resuelven siguiendo los pasos descritos en un manual.
Trabajamos sin descanso para encontrar a su mujer, pero no es fácil cuando
alguien se esfuma de repente.
—Mi mujer no se esfumó. A mi mujer la secuestraron —⁠me atreví a
apostarle⁠—. Y alguien la tiene retenida en algún lugar en el que a ustedes aún
no les ha dado por meter las narices.
Sin duda, un inspector jefe de la Policía no estaba acostumbrado a recibir
rapapolvos de gente tan insignificante como yo y su reacción fue tan visceral
como espontánea.
—Está muy cerca del edificio de la Corporación, señor Cavanagh. No
estará usted repitiendo los mismos errores que llevaron a su mujer a la
demencia, ¿verdad?
Su acusación me sacó de mis casillas. Me levanté de la mesa y lo agarré
por el cuello de la camisa. A punto estuve de arrearle un puñetazo que le
borrase esa cara de idiota que tanto detestaba ver. Me enfurecía pensar que el
destino de Eli estuviera en manos de un ser tan ruin e incompetente. Pero en
mitad de las llamas comprendí que no me convenía ser arrestado. Así,
contuve mi impulso y terminé por soltarlo.
—Cálmese, señor Cavanagh. No le conviene alterarse —⁠dijo con
altanería, recolocándose la corbata y las solapas de la gabardina.
Con una sonrisa estúpida, el policía revisó las miradas de los clientes, dio
media vuelta y se fue del local.
—¡Váyase al cuerno! —le imprequé, convirtiéndome en el único foco de
atención.
«¡Inepto!». Me senté de nuevo frente a los fideos, indignado hasta la
médula. Aunque nunca me había caído bien, el inspector Ryssen siempre se
había comportado de una manera más o menos educada y respetuosa. No
entendía a qué obedecían las formas empleadas en esa ocasión.
Al terminar la comida, dejé los palillos a un lado del cuenco y pedí una
taza de té verde. Seguía pensando en lo ocurrido. ¿Era posible que estuviese
al tanto de mi visita a la sede de la Corporación y eso le molestase? Pero ¿por
qué habría de hacerlo? En cualquier caso, y fuese lo que fuese, se había
dirigido a mí de una forma intimidatoria y ahora me correspondía dejarle
claro que si pretendía amedrentarme, había pinchado en hueso.

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En el hall del edificio, la recepcionista de turno me dio la bienvenida como si
la esperanza por llegar a verme aparecer algún día la hubiese impulsado a
seguir levantándose cada mañana.
—Buenos días, ¿puede dejarme el catálogo de las experiencias? —⁠Me
adelanté a solicitar.
—Claro, señor, aquí lo tiene —⁠dijo, posándolo sobre el mostrador.
Lo miré como si se tratase de un maletín con explosivos junto a una
botella del mejor whisky escocés.
—¿Las experiencias que hay aquí dentro se renuevan de vez en cuando o
son siempre las mismas? —⁠le pregunté. Quería estar seguro de que el sueño
de Eli seguía estando incluido en esas páginas.
—Van renovándose, señor. Las que menos demanda tienen dejan paso a
las novedades de cada temporada.
—¿Y sabe si han cambiado hace poco?
—No, señor. Las últimas modificaciones llegaron con las navidades
pasadas.
La chica abrió el catálogo y fue directa a la última página para señalar con
el dedo el texto donde se indicaba que la fecha de revisión, en efecto,
correspondía a finales del año anterior.
—Bien, gracias.
—También había una segunda opción para sueños a la carta, pero fue
suspendida temporalmente.
—¿Para elegir qué soñar? —Quise saber.
—Sí, con total libertad. Se podía diseñar la experiencia en base a un
cuestionario en nuestra página web.
—Ah, vaya. ¿Y estará pronto disponible de nuevo?
—No lo sé —reconoció.
Noté como la señora que me sucedía en la cola se empezaba a
impacientar.
—Vale, pues querría una ahora —⁠dije, antes de que alguien me
recriminara la tardanza.
Pero frente a mí tampoco tenía un camino despejado.
—No tiene cita, ¿verdad?
—No. Ha sido un plan de última hora. Me han cancelado una reunión de
trabajo y…
Al igual que su otra compañera, me tomó el nombre y me entregó el
consentimiento sin mayores impedimentos. Esta vez mis referencias ya se

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encontraban en la base de datos de la compañía y el trámite no era nuevo para
mí, por lo que me fue más fácil poner buena cara y mentir.
—Si quiere, vaya pasando a la sala de espera. Así, elige mientras lo
atienden.
Le di otra vez las gracias y me dirigí a la estancia donde dos días antes me
había unido a una veintena de clientes. En esta ocasión había incluso más,
quizá unos treinta, todos de aspecto variopinto para dejar constancia de que
ningún colectivo era ajeno a una infausta existencia. Me sorprendió que esa
vez alguien me devolviese el saludo. Era una chica de veintipocos años con el
pelo recogido bajo una gorra y ropa informal que esperaba de brazos
cruzados. Aprovechando que había un hueco libre, tomé asiento a su lado,
abrí el catálogo por el índice y lo repasé. Estaba seguro de que mi mujer había
escogido una experiencia en el lago, ella me lo había dicho antes de entrar.
Pero si no había sido la de corte romántico, ¿cuál podría ser? ¿La solitaria?
¿La familiar? «¿Familiar?», me volví a preguntar. Era conocida la ilusión de
Eli por formar una familia algún día, pero acudir a un sitio así a fantasear con
la idea me parecía un esperpento impropio de ella.
—¿Difícil elección? —me preguntó la chica de la gorra sin girar la
cabeza.
—Me debato entre dos —admití—. ¿Tú lo tienes claro?
—Yo ya he salido de la mía. Estoy descansando un poco antes de irme.
—Ah. Son agotadoras, ¿verdad?
Ella me miró de lado y en sus ojos percibí cierto grado de arrogancia.
—Depende de lo que hagas ahí dentro —⁠dijo.
Me dejó un tanto confundido su respuesta.
—Decídete por cualquiera de ellas y ya volverás otro día —⁠resolvió al ver
que no le replicaba.
No era mala idea, la verdad. Pero cada experiencia costaba noventa y
cinco dólares y, aunque no me suponía un esfuerzo desorbitado, tampoco
podía estar tirando el dinero a lo tonto una y otra vez. Resolví que la opción
familiar era, por fuerza, la más indicada y así se lo comuniqué a la asistenta
que me preguntó.

Debo admitir que la experiencia fue reparadora e, incluso para mí, que
todavía no me había hecho a la idea de tener hijos, ciertamente entrañable.
Montamos en barca, hicimos una hoguera junto a la orilla, cenamos
salchichas como las que recordaba haber comido de pequeño y contamos

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historias de miedo. Era todo tan real que incluso la fisionomía de nuestros
hijos era muy parecida a la nuestra. Sin embargo, para bien o para mal, nadie
interrumpió esa idílica jornada en el lago.
Salí de la sala ensimismado, encantado de haber vivido un sueño tan
maravilloso. Pero, por otro lado, seguía estancado en la búsqueda de mi mujer
lo que, tras unos minutos de meditación, me empujó a solicitar una entrevista
con algún profesional cualificado.
—Señorita —dije al llegar al mostrador de la entrada⁠—, ¿existe la
posibilidad de concertar una cita con un especialista? Un psicólogo o algo
así…
—¿Es para hablar de alguna experiencia concreta?
—Sí, digámoslo así.
—Me temo que ese servicio no está actualmente disponible, señor
—⁠lamentó la recepcionista pelirroja, mostrando la misma pena prosaica que al
informarme de la suspensión de los sueños a la carta.
Parecía claro que el objetivo del proyecto Onirica era hacer dinero fácil y
rápido, sin ofrecer nada más allá de ese electrizante viaje en montaña rusa.
—¿De verdad que no hay nadie con quien pueda reunirme en ninguno de
esos pisos superiores? —⁠inquirí. Me resultaba absurdo que en treinta pisos no
hubiese ninguna persona con la que tratar en un despacho.
—Lo siento.
—Vaya… Oiga, ¿usted sabe de dónde provienen los sueños?
—¿«De dónde provienen», señor?
—Sí, esas experiencias del catálogo, ¿de dónde surgen?
—Pues, según tengo entendido, de los creadores.
Lo pronunció con cierta inseguridad y un halo de misticismo que se
amplificó en mis oídos hasta alcanzar cotas de auténtica fascinación.
—¿Y quiénes son esos creadores?
—Son las personas que generan las experiencias —⁠respondió esta vez con
aires de obviedad⁠—. Es gente muy creativa, y con un cociente intelectual muy
alto. No todo el mundo vale para desempeñar ese trabajo.
—Ya lo supongo. ¿Y sabe también dónde se encuentran?
—No tengo ni idea. Puede que en este edificio, o puede que en cualquier
otro lugar. Nunca los he visto ni he tenido constancia de su ubicación
aproximada. Solo sé que existen y que son la fuente de las experiencias.
Suspiré decepcionado. El hermetismo con el que la Corporación guardaba
sus secretos me ponía de los nervios. Me despedí de la chica y salí a la calle

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con la sensación contradictoria de tener la cabeza llena de interrogantes pero,
a la vez, de haber pasado un buen rato dentro de la cápsula.
—¿Qué tal ha ido?
Al girarme me topé de frente con la chica de la sala de espera. Portaba un
monopatín de aspecto ochentero con el que supuse que se desplazaba por la
ciudad.
—¿Todavía por aquí? —le pregunté, extrañado.
—Me fui. Pero he vuelto. ¿Has notado algo raro?
—¿Algo raro?
—Con eso me basta —afirmó—. ¿Sabes? Creo que mejor dejo reposar el
cerebro por hoy. Además, tengo que trabajar dentro de un rato. Nos vemos
otro día…
—Miles.
—De acuerdo. Hasta la vista, Miles —⁠se despidió, echando su monopatín
a tierra y alejándose rodando por la acera.
Era increíble cómo en el sitio menos pensado podías encontrarte con
alguien tan peculiar como aquella chica. Nuestras conversaciones no habían
sido gran cosa, pero al menos me harían buscarla con la mirada cada vez que
volviese a la sala de espera.
Me notaba descansado físicamente y no me apetecía ir a casa. Era pronto,
y seguramente todos mis amigos —⁠cuyo contacto había perdido en su
mayoría hacía demasiado tiempo⁠— estuviesen ocupados y no pudiesen
quedar para tomarse unas cervezas. Quizá fue ello lo que me empujó hacia un
pensamiento imprevisto, hacia una ocurrencia inesperada. Me di la vuelta y
entré otra vez en el edificio. No me parecía que mi cerebro necesitase reposar
todavía.
—Señorita, ¿puede dejarme otra vez el catálogo? —⁠le pedí al llegar mi
turno, casi quince minutos después.
—Claro, señor. Aquí tiene.
Reservé una nueva sesión, regresé a la sala de espera, me senté y abrí el
muestrario por el índice, pero esta vez no escogí uno de los relajantes
momentos en el lago. Siempre había querido ser una estrella de rock y, ahora
que sabía lo nítidas que eran esas subvivencias, me apetecía probar algo
relacionado con ello.
—La 5204 —le especifiqué a la asistenta.
—Estupendo, señor Cavanagh. Acompáñeme.
Completé el trayecto hasta la cápsula con una sensación de creciente
excitación, como un niño en Navidad avanzando poco a poco en la cola que le

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lleva directamente a Papá Noel.
Una vez dentro del ingenio, con las dos píldoras aún descendiendo hacia
mi estómago, empecé a notar el olor a humo, a pólvora quemada, y el griterío
de la gente en la distancia. Me vi saliendo del backstage junto a mis
compañeros, estrechando manos a medida que recorría el largo pasillo
subterráneo. Subí las escaleras que llevaban al escenario con el corazón en un
puño. Todo estaba a oscuras. El ambiente al otro lado del telón era
ensordecedor, habría miles de gargantas gritando, ansiosas por recibir nuestra
descarga sonora. Me abracé una última vez a mis compañeros. Alguien gritó:
«¡Vamos, tíos!». Cogí mi Gibson Firebird, me coloqué a un lado del
escenario, me pasé la correa por encima de la cabeza y comprobé que al
instrumento le llegaba corriente. El cantante tomó el micro y saludó a la
audiencia, plenamente enardecida. Entonces el telón cayó y unos enormes
chorros de fuego iluminaron el cielo. Toda la banda empezó a tocar con la
energía que tanto nos caracterizaba. Yo, flotando en un torbellino de
adrenalina pura, deslizaba mi mano izquierda por el mástil de la guitarra al
tiempo que la derecha vibraba como un terremoto accionando sus cuerdas de
acero. Sentía el calor de las llamas abrasando mi piel.

Cuando la cápsula se abrió y dejé atrás a mis compañeros celebrando el éxito


y bebiendo Jack Daniel’s en el backstage, y regresé a la pequeña habitación,
tan blanca y funcional, sentí una especie de pinchazo en el corazón. Había
sido tan real, tan intenso, que volver a transformarme de golpe en el gris
individuo que encarnaba en mi día a día me pareció despiadado en exceso.
—¿Lo ha disfrutado, señor Cavanagh? —⁠se interesó la asistenta nada más
verme consciente. Era innegable que todo el personal de la clínica se
caracterizaba por un trato y una atención exquisitos.
—Sí… Sí… Ha sido… increíble.
La chica me mostró una sonrisa en la que aprecié quizá un atisbo de
complicidad. No sabía si porque ella también había disfrutado alguna vez de
esa misma experiencia, de cualquier otra, o simplemente porque tenía la
habilidad de sonreír. Me retiró la malla de electrodos de la cabeza y empezó a
despegar los sensores adheridos a mi pecho.
—¿Podría volver a vivirla? —⁠me sorprendí diciendo en voz alta.
—Claro, señor. Todas las veces que quiera.
—Ahora.
Ella se detuvo.

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—¿Ahora?
—Tengo tiempo todavía —me justifiqué tontamente, mirando el reloj de
la pared.
—Tendría que consultarlo, señor. Hay gente esperando fuera y…, y ya ha
utilizado el servicio dos veces hoy. No es recomendable asistir a más de dos
sesiones al día.
—Ah, claro, entiendo. Tiene razón, volveré mejor en otra ocasión.
La chica terminó de quitarme todos los sensores del cuerpo y me
incorporé. Mientras me abrochaba la camisa, me recreaba recordando el
subidón de adrenalina que había experimentado en lo alto del escenario. Me
había sentido como un dios. «¿Por qué no habré sido músico de verdad?», me
pregunté, sintiéndome un estúpido, no por pensarlo, sino por no haberlo
hecho.
Justo antes de salir por la puerta, la chica me llamó.
—Señor Cavanagh.
—¿Sí?
—Su abrigo.
—¡Oh, qué despiste!
Me acerqué a la percha y cogí la cazadora.
—Si me permite la sugerencia —⁠dijo en voz reservada al tenerme
cerca⁠—, no se pierda la experiencia de los Oscar.
Su complicidad esta vez fue palpable.
—¿Los Oscar?
—Sí. En la ceremonia de los Oscar, usted es el ganador del premio al
actor o actriz principal y todo el mundo lo ovaciona al terminar su discurso. A
mí me encanta. La habré vivido por lo menos diez veces.
—Ah, pues lo tendré en cuenta —⁠admití, aunque ya había decidido que
mi prioridad sería la música. Sin embargo, algo en sus palabras me llamó la
atención⁠—. A propósito de lo que ha dicho… ¿Cómo es que el mismo sueño
puede cambiar de género según la persona que lo viva?
La chica se irguió para contestar. Seguramente a ella también le hubiesen
resuelto alguna vez la misma duda.
—Porque las experiencias solo se definen al cien por cien en la cabeza del
anfitrión. De ese modo, cada uno interpreta de una manera muy personal los
estímulos recibidos dentro de la cápsula.
Eso sonaba interesante incluso para mí y de algún modo explicaba que en
mi sueño en el lago fuese mi mujer la que me acompañase, difiriendo de la
experiencia que cualquier otro pudiera vivir allí.

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—Entiendo. Así que… no es un sueño pregrabado lo que se nos infiere,
sino los desencadenantes que producen esa experiencia en nuestro
subconsciente.
—Eso es —confirmó la asistenta, usando esta vez su sonrisa como una
profesora orgullosa de los progresos de sus alumnos.
Pensé en el sueño de Eli. ¿Era posible que ella hubiese malinterpretado el
estímulo transmitido a su cerebro? ¿O que lo hubiese mezclado con otros
pensamientos, a priori, no relacionados? ¿Pudo mi asesinato no ser más que
una señal corrompida por su propia cabeza?
—Oiga, y según eso, ¿hasta qué punto pueden variar los sueños en cada
individuo? Quiero decir, ¿puede alguien llegar a modificarlos tanto como para
desvirtuar la experiencia?
—¿Se refiere a anular su propósito final?
—Exacto. Que todo acabe resultando muy diferente a lo previsto.
Ella se encogió de hombros.
—Imagino que podría darse el caso, pero el método está muy depurado. Si
la máquina observa una desviación importante, automáticamente reconduce al
cerebro hacia la senda principal con recordatorios.
—Como un perro pastor reagrupando a las ovejas descarriadas.
—Sí, supongo que es algo así —⁠admitió la chica, quien probablemente no
esperaba un símil tan alejado de la tecnología que estábamos tratando.
—Lo tienen bien estudiado, ¿eh?
Volvió a encogerse de hombros, esta vez de una forma más acusada.
—Supongo que sí.
—¿Usted conoce a algún creador? —⁠le pregunté, disimulando mi
rebosante interés tras una careta de impavidez.
—No —negó sin más.
Asentí antes de despedirme de ella y salir de la sala arrimando con
cuidado la puerta de cristal tintado.

Una avería en la máquina de pagos me hizo tener que pasar por la recepción
del aparcamiento para validar mi tique y de paso, vérmelas con mi nuevo
amigo, el Hombre Crucigrama. Lo curioso es que nada más verlo, me vino a
la cabeza la palabra que estaba buscando horas antes, como si de una
revelación se tratase.
—¿Concomitancia?
—¿Cómo dice?

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—¿Puede ser el término que andaba buscando?
—Pues todavía lo tengo pendiente, así que espere que lo mire…
El hombre cogió el periódico y contó el número de casillas mientras
deletreaba la palabra. Al llegar a la última letra, esbozó una sonrisa.
—¡Sí que lo es! ¡Encaja!
—Vaya, me alegro.
—Y yo también. ¡Ya lo creo! Con esta no había manera. Igual luego esta
noche hubiera…
—¡Ah! Y la del otro día es siringe —⁠añadí sin darme cuenta.
—¿De verdad se acuerda? ¡Increíble! Esa ya la había buscado en las
soluciones —⁠admitió, riendo sobre unos dientes que parecían manchados con
grasa de motor⁠—. Pero también era muy difícil. No se le dan a usted nada mal
los crucigramas, no…
—Bueno, tampoco es para tanto. Ande, cóbreme.
—¿Sabe qué? Que por haberme ayudado, hoy no le cobraré nada. Cuando
vaya a salir con el coche, le levanto la barrera y ya está.
—Oh, estupendo.
Le di las gracias y me fui a buscar mi vehículo. Al cliente que esperaba
detrás de mí no pareció hacerle mucha gracia tener que pagar mientras otros
usaban el parking gratis, pero se dio por satisfecho mostrando un gesto
amargo y pronunciando algo entre dientes. En ese instante fui consciente de lo
que solía exasperar a la gente aguardar turno detrás de mi persona.
Llegué hasta la mismísima plaza de aparcamiento y me quedé mirando un
rato hacia ella. Supuestamente, allí debería encontrarse mi coche, pero el que
había era uno bastante diferente. Alcé la vista y eché un vistazo alrededor
para asegurarme de que no me había desorientado y, en efecto, apostaría lo
que fuese a que me había bajado de mi coche en aquel mismo lugar.
Volví corriendo hasta la entrada, convencido de que alguien me lo había
robado, y así se lo manifesté al vigilante.
—Mi coche. ¡Me lo han robado!
—¿Le han robado el coche? —⁠repitió el tipo, con cara de morsa.
—Sí. No está donde lo había dejado. ¿Puede mirar en los monitores quién
se lo ha llevado?
—Aquí solo veo lo que ocurre en directo. Las grabaciones se revisan, si es
necesario, al acabar el día.
—¿Y tengo que quedarme cruzado de brazos? Llamaré a la Policía…
El tipo pareció ignorar mi amenaza.
—¿El suyo era un CR-V gris perla? —⁠preguntó.

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—Sí.
—Está aparcado ahí, al final de la recta del primer sótano.
—No, no puede ser. Aparqué en la planta −2 —⁠dije, inclinándome a
través la ventanilla para comprobar en el monitor si el coche al que se refería
era el mío.
—¿Seguro? ¿No se estará confundiendo y habrá sido anteayer cuando lo
estacionó ahí? A mucha gente le pasa eso cuando viene a menudo.
Me hizo dudar.
—Pues… No sé qué decirle…
—Tiene cara de cansado. Ha estado en una de esas máquinas, ¿verdad?
—Sí —reconocí, aunque no el hecho de haber repetido tras la primera
sesión.
—Coja el coche y váyase a casa —⁠me recomendó como si fuese un
doctor⁠—. Y no le dé más vueltas.
Asentí y, siguiendo su consejo, fui hasta el lugar en el que se hallaba
estacionado mi vehículo. La llave lo abrió a la primera y encajó a la
perfección en la puesta en marcha. No cabía duda de que se trataba de mi
coche. Resolví que debía de encontrarme muy cansado para haber olvidado
algo así y me propuse llegar a casa cuanto antes para acostarme.

Al entrar en mi apartamento, Bernie me saludó con su acostumbrada mezcla


de cortesía y servidumbre.
«Buenas noches, Miles».
El haber recuperado la configuración avanzada le permitía reconocer a
cada sujeto y tratarlo por su nombre de pila, algo que, en momentos así,
agradecía. Aunque supiese que no dejaba de ser una estúpida máquina
configurada para emitir palabras pregrabadas en su memoria, prefería un
«Miles» cercano y coloquial, a un «señor» y un tratamiento de usted.
—Hola, colega —le respondí. Y es que, en el fondo, le tenía cariño a ese
trasto.
Bernie adecuó las condiciones lumínicas a mi estado de ánimo e hizo
sonar una relajante melodía en toda la casa. Empecé a percibir un delicado
olor a flores.
«La cuantía relativa a su última nómina ha sido ingresada en su cuenta.
Las protestas que lleva realizando el personal portuario esta semana se han
saldado con incidentes entre los sindicalistas y la Policía. La calidad del aire

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hoy en Vancouver es buena. Ha nacido una cría de ballena azul en el
conservatorio austral».
—¿En serio?
«Así es. Y el pedido de comida china se encuentra en camino».
Aunque tenía hambre, a Bernie debió pasársele por alto que había
almorzado en un restaurante chino y que no me apetecía repetir. Quizá mi
cansancio en general le impedía acceder correctamente a ese tipo de
sensaciones.
—Por favor, cancela el pedido. Deseo cenar otra cosa.
«El pedido se encuentra en camino, Miles».
Suspiré. Parecía que haber reconfigurado la central domótica al máximo
nivel de detección no era suficiente para garantizar su buen funcionamiento.
Tal vez su versión de software incluyese todavía fallos importantes corregidos
en otras configuraciones más avanzadas.
«Por solo 125 dólares mensuales, puedes solicitar una versión superior de
Bernie con un software más potente y actualizaciones diarias», me recordó él
mismo.
—No quiero otra versión superior —⁠rechacé, en cierto modo apenado
porque en su interior a esos sistemas les diese igual que los sustituyesen por
otros⁠—. En cualquier caso, me vendría bien una pizza. Haz otro pedido: pizza
con triple de pepperoni y una ración de palitos de mozzarella.
«Pedido realizado en Olbrich’s Pizza —⁠concretó Bernie apenas cinco
segundos después. Nunca había oído nombrar ese restaurante, así que supuse
que sería de reciente apertura y que Bernie lo habría elegido tras detectar en
mí una leve disposición a experimentar cosas nuevas⁠—. Hora estimada de
entrega: 8:30 pm».
—Gracias, colega. ¿Hay algún mensaje nuevo?
«No».
—¿Y qué hay de la actualidad política? No me has dicho nada.
«He percibido falta de interés por tu parte».
—No creas. Tengo curiosidad por saber en qué anda metido Donovan
Forge.
«Lo más reseñable de la jornada son sus declaraciones contra los líderes
del NDP y del Partido Conservador, acusándolos de estar más interesados en
repartirse la Cámara y el Senado que en los problemas de los canadienses».
—Bueno, razón no le falta —⁠admití. El tipo era peligroso, pero no se le
podía reprochar que en sus intervenciones no soltase verdades como puños.

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Y, desde luego, poseía un carisma que ya quisieran sus adversarios de los
partidos mayoritarios.
Aprovechando que quedaban aún veinte minutos para que llegase la cena,
me di una ducha fresca y me puse algo de ropa cómoda. Con cubrirme con
una gabardina cuando bajase a Coyote más tarde tendría suficiente y no me
apetecía estar en casa con las prendas que había llevado todo el día.

Un minuto después de lo que me había anticipado, Bernie me avisó de la


llegada del primer pedido. El repartidor tomó el ascensor y en apenas veinte
segundos, se plantó frente mi puerta.
—Buenas noches —saludó. Era un chico oriental que mostraba un más
que correcto dominio del idioma.
Me entregó dos bolsas de plástico con los productos que mi asistente
había encargado y esperó a que le pagase. Le di todo el dinero que había
llevado a casa en los bolsillos, suficiente para pagar la cuenta y cubrir la
propina.
—Muchas gracias, señor. Que disfrute de la cena —⁠me deseó antes de
irse.
De camino al ascensor se cruzó con el segundo repartidor, quedándose
igual de extrañado que este al verse llevando menús tan dispares a una misma
dirección. El nuevo repartidor parecía un chico más bajo y joven que el
primero, y su actitud era mucho más informal. Llegó ataviado con una gorra
negra y un chubasquero del mismo color, con el logo del Luzziano’s
estampado. Era muy ocurrente escribir sus dos zetas, presentes también en la
palabra pizza, usando otra tipografía, pero lo que yo esperaba era encontrarme
con el del Olbrich’s.
—¿Qué tal? —me saludó, apoyándose en un gesto con la cabeza.
—Creo que no es para aquí —⁠le dije.
Me leyó la dirección impresa en su albarán que, en efecto, se correspondía
con la mía. Supuse que se debía a un nuevo error de Bernie, otro de tantos, y
opté por aceptar el pedido. El chico me lanzó una mirada ladeada mientras
sacaba la caja de cartón de su funda y me la entregaba. Me dio la sensación de
que me escudriñaba. Entonces vi que llevaba la raya inferior del ojo pintada y
que, en realidad, se trataba de una chica.
—Son veinte dólares, por favor.
Tomé la caja, la posé en el suelo junto a las bolsas de comida china y
acerqué la tarjeta de crédito al lector que la repartidora me acercaba. Se

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escuchó el pitido de confirmación.
—Cinco más de propina —dije. Ella introdujo el valor en su dispositivo.
—¿Sabes qué ve el mirlo blanco desde el tejado, Miles?
Su pregunta, tan repentina como desconcertante, me dejó descolocado.
—¿Cómo dices?
La chica sonrió de lado, me dio las gracias por el pedido y desapareció de
mi vista antes de que pudiera volver a insistir. Perplejo, cerré la puerta y me
dirigí a la cocina.
«¡Qué aproveche! —me deseó Bernie, subiendo dos puntos la intensidad
de la luz⁠—. Hamilton con Nelson».
—¿No había un banco en esa esquina?
«Sí, de los pocos que quedaban en Yaletown. Pero ya no lo hay. Ahora
está la pizzería».
Me quedé pensativo. No quise mencionarle que se había equivocado de
local. Me bastaba con que la calidad de la pizza la hiciese merecedora de un
hueco en el complicado sector de la comida tradicional. Cogí una cerveza del
frigorífico y me senté en el sofá, frente a la caja de cartón. «¿Qué ve el mirlo
blanco desde el tejado? Pero ¿qué clase de persona le pregunta eso a un
desconocido, tratándole por su nombre, mientras le entrega una pizza?», me
cuestioné, mientras separaba la primera porción con los dedos. Entonces
advertí que no éramos tan desconocidos. Yo mismo le había dado mi nombre,
frente a la puerta de la clínica, esa misma tarde. Por algún motivo que se me
escapaba no la había reconocido al instante. El que su maquillaje fuese
diferente, el verla con otra ropa, el haber recibido una segunda descarga
sensorial entre medias… Tal vez la suma de todos esos factores y algunos
más, fueron la causa de mi torpeza mental.
Masticando mis pensamientos al mismo ritmo que la comida, cené sin
interrupciones ni sobresaltos. Bernie percibió que no deseaba conversar y
guardó silencio, limitándose a ir reduciendo la temperatura de la casa según
aumentaba mi grado de saciedad.

Página 237
VI
Aparqué más o menos donde la última vez creí haberlo hecho —⁠no de donde
recogí el vehículo al marchar⁠— y me dirigí andando a la entrada principal.
Cuando iba con Eli solíamos utilizar las escaleras que conectaban
directamente con el exterior, pero por alguna razón mis hábitos habían
cambiado y ahora siempre pasaba por la garita del Hombre Crucigrama. Y eso
a pesar de que me arriesgaba a que me interceptase con alguna tontería de
esas que usaba para rellenar sus interminables turnos de guardia. En esa
ocasión, me lo encontré ojeando en la pantalla de su terminal algunos equipos
de realidad virtual que acababan de salir al mercado.
—Buenos días —lo saludé, con ánimo de despertarlo.
Él me miró como quien mira un reloj de pared en el que solo han pasado
cinco minutos desde el vistazo anterior.
—Cada día hay más coches, ¿eh?
El tipo se rascó la mandíbula.
—No crea, cada vez viene menos gente —⁠dijo, pareciendo darlo todo por
perdido⁠—. Muchos usan las lanzaderas y se evitan los atascos.
Aunque nunca las había utilizado, sí sabía de su existencia. Todas las
sedes de Albiorix disponían de servicios de lanzadera ininterrumpidos desde
varios puntos de las ciudades, que además servían para conectarse entre ellas.
Incluso la gente se había habituado a usar aquellas de largo alcance porque
permitían viajar con una velocidad y comodidad sin precedentes, por no
hablar de lo que suponía poder disfrutar del catálogo completo de
experiencias durante los desplazamientos. Aunque ese servicio todavía era
exclusivo de unos pocos vehículos de primera clase en las rutas entre algunas
ciudades, como Toronto o Montreal.
—¿Sabe si algún trabajador de la compañía sigue viniendo en su coche
particular?
Pensé que sería absurdo que un creador, que era el perfil que me
interesaba, utilizase algo que no fuese una flamante lanzadera, pero también
me pareció cierto que el anonimato y la discreción a veces se consiguen más
fácilmente mezclándose entre la gente corriente que tratando de evitarla.
—Supongo que sí —dijo, echando al suelo unas migas de pan que había
esparcidas por la mesa⁠—. La verdad es que no suelo fijarme mucho en quién
entra y quién sale.

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Me costaba entender cómo al vigilante de un aparcamiento le sonaba tan
lejana la necesidad de fijarse en las personas que lo utilizaban, más aún,
tratándose de clientes habituales con bonos de estancias prolongadas y en una
época en la que la afluencia de vehículos era cada vez menor.
—Bueno, si recordase a alguien y fuese tan amable de decírmelo, me
haría un gran favor.
—¡Ok! —resolvió sin disposición, volviendo la vista a su pantalla. Estaba
claro que al hombre no le interesaba ese día cultivar nuestra amistad con tanto
ahínco como otras veces.
Salí del parking con paso ligero y no tardé más de quince minutos en
llegar al edificio de la Corporación, incluyendo una pausa intermedia para
comprar un café que me tomé en la segunda mitad del trayecto. Coincidí en el
vestíbulo con un nutrido grupo de individuos ansiosos por recibir una nueva
descarga de estímulos prefabricados. La mayoría era gente absorta, guiada por
un instinto arraigado en su cerebro que con toda seguridad era incapaz de
cuestionar. Ni allí, ni después en la sala de espera, me encontré con la chica
misteriosa del día y la noche anteriores. Supuse que si había trabajado hasta
tarde, era normal que se pasase toda la mañana durmiendo.
Llegado el momento, ocupé mi silla —⁠catálogo en mano⁠— dispuesto a
elegir una nueva experiencia que arrojase un poco de luz sobre la
desaparición de Eli, sin alejarme de las tentativas que me empujaban a repetir
vivencias más excitantes y lúdicas. Por un momento pensé que estaba
tentando a mi suerte, jugueteando con esas primeras rayas por las que pasan
todos los cocainómanos que mueren antes de desenrollar el último billete.
Pero pronto me convencí de que todavía estaba muy lejos de eso, de que solo
estaba experimentando, sin más. Puede que me resultase atrayente la idea de
volver a verme en lo alto de un escenario, tal que un mesías ante su ejército de
incondicionales, sí, pero esa atracción no sobrepasaba mis ganas de ir al cine
con Eli, por ejemplo, o de jugar al póquer con mis antiguos amigos. No había
nada diferente en ello, eran actividades igual de puntuales e inofensivas.
Entonces, nada más abrir el catálogo, tuve una revelación. Me estaba
acostumbrando a ese tipo de lúcidas manifestaciones sin saber de dónde
provenían o qué las producía, pero dotaban a mi vida de un deje improvisado
muy estimulante. Volví corriendo al mostrador y se lo entregué a la
recepcionista, pidiéndole que anulase mi cita. Regresé al aparcamiento y
arranqué el motor del Honda con la mente puesta en llegar lo antes posible a
mi casa. Quería investigar de verdad —⁠me sentía como un escalador que por

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fin encuentra un saliente al que aferrarse cuando ya había asimilado que se
precipitaría al vacío⁠—, y creía saber por dónde empezar.

Sentado frente al terminal inteligente, Bernie empezó a mostrarme fotografías


relacionadas con mi pensamiento. Había interiorizado la posibilidad de que
los creadores de los sueños basasen estos en sus vivencias personales, que
fuesen concebidos a partir de sus recuerdos pasados. Así, quien hubiese
creado el sueño de la tarde en el lago podría haber estado en él en algún
momento de su vida, podría todavía pasar allí sus vacaciones o, quién sabe,
podría usar ese refugio todos los fines de semana. Dar con la ubicación de la
cabaña era un buen primer paso para llegar al creador y obtener algunas
respuestas. Estaba seguro de que la desaparición de Eli guardaba una estrecha
relación con el sueño y nadie mejor que su autor para ayudarme a encauzar mi
investigación.
Imágenes de lagos en bosques con cabañas junto a embarcaderos fueron
sucediéndose en el monitor con la misma rapidez con la que las iba
descartando. Las primeras eran las más cercanas a Vancouver, para ir
alejándose de forma progresiva a otros rincones de Canadá. Supuse que el
sitio que buscaba no estaría muy lejos, o de lo contrario no tendría sentido que
alguien me asesinase allí. ¿A qué iba a ir yo a un lago perdido en un bosque
recóndito? A nada. Era imposible que alguien me atacase en un sitio al que
nada me impulsaba a ir.
Bernie se detuvo un instante antes de que yo se lo ordenase.
«Lago Maligne, en Alberta. A unos ochocientos kilómetros por la British
Columbia 5. El gasto estimado de combustible es de sesenta y cinco dólares».
—Muéstrame más fotos relacionadas.
Aunque la mayoría de las que veía se encuadraban en la parte más
turística del lago, sabía que la cabaña tenía que estar en algún recodo
escondido que alguien hubiera fotografiado en algún momento. Sin embargo,
Bernie no fue capaz de encontrar ninguna instantánea que mostrase su
ubicación exacta. Lo más parecido era la casa de madera del embarcadero que
los turistas utilizaban para navegar en canoa por el lago, pero refugios
solitarios donde descansar alejados del caos mundano, ninguno.
—¿Crees que es el lago del sueño? —⁠le pregunté, dudando.
«Basándome en los indicios extraídos de tu experiencia, puedo asegurarlo
con un 14 % de probabilidad. Basándome en los indicios extraídos de la

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mente de la repartidora de pizzas, puedo asegurarlo con un 87 % de
probabilidad».
—¡¿Qué?!
La centralita inteligente no dijo nada.
—¿Leíste la mente de esa chica y no me has dicho nada hasta ahora? —⁠le
pregunté, estupefacto, aunque la respuesta a mi pregunta era bastante obvia.
«Por solo 125 dólares mensuales…».
—¡Maldita sea, no quiero cambiar de versión! —⁠exclamé, levantándome
de la silla⁠—. ¡Solo quiero que actúes con un poco de sentido común!
Aunque Bernie era solo la voz grabada de un ente inmaterial, me lo
imaginé bajando la cabeza, avergonzado, y sentí lástima por él.
—Lo siento, colega —le dije—. Es solo que desde que Eli no está, siento
que el mundo se me está cayendo encima. No quería hablarte así.
Con un sentimiento mucho más humano que la absurda simulación que
gobernaba mi casa, Coyote se acercó a mí y estregó su hocico contra mis
piernas. Le rasqué la cabeza y le acaricié el lomo, agradeciendo su calor.
—¿Qué más has extraído de la cabeza de esa chica?
Bernie consultó sus registros buscando datos importantes, pero poca luz
pudo arrojar sobre mis interrogantes.
«No puedo darte más información, Miles. El núcleo de su mente era como
una caja fuerte cuya clave de apertura desconocía. Solo tuve acceso a un
primer nivel, y lo que había en él relacionado contigo es lo que ya te he
contado».
—¿Puedes aplicar algún algoritmo de desencriptado sobre los niveles
inferiores?
«Podría intentarlo, pero tardaría horas en hacer algún avance. Noté sobre
su mente un férreo hermetismo».
—Ochocientos kilómetros, ¿eh? —⁠Retomé, haciendo cábalas sobre el
tiempo y la distancia⁠—. Te daré un par de días para que lo trabajes.

El viaje se me estaba haciendo eterno y, tras completar la primera mitad,


empecé a sentirme algo más que fatigado. No estaba acostumbrado a conducir
de noche por esas carreteras solitarias, en las que parecías avanzar sobre una
cinta de correr con un decorado negro al fondo. Coyote iba echado en la parte
de atrás, sin hacerse notar. Lo envidié por tener la opción de dormirse cuando
le apeteciese. Por momentos, me parecía absurdo estar yendo a un lugar como
aquel en busca de vete tú a saber qué. Vale que Eli había soñado con que

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alguien me mataba en un lago, pero puede que fuese una simple ilusión; no
tenía sentido tomarla en serio porque no había nada que me hiciese ir hasta
allí —⁠salvo considerar el hecho de que ya me encontraba yendo, claro⁠—.
Pero, por otro lado, la única alternativa era quedarme en casa esperando una
llamada que nunca se produciría, o seguir tostando mis neuronas dentro de
una cápsula onírica. El que me conocía un poco sabía que no era de los que se
quedaban parados esperando a que le sucedieran las cosas.
Casi a la mitad, hice un alto en una gasolinera para repostar y comprar un
par de latas de bebida energética y continué mi camino haciendo uso de ellas
cada vez que mis párpados se juntaban rozando el peligro.
Cinco horas después, por fin detuve el coche en el aparcamiento de tierra
situado junto al embarcadero. Acababan de dar las diez de la mañana y solo
otros dos vehículos me hacían compañía, probablemente de empleados que
también llevasen poco tiempo en el lugar. Estaba agotado, pero no me hacía a
la idea de dejar de buscar a Eli por pararme a descansar. Bajé del vehículo e
inspiré el aire fresco del lago, poblado de unos matices que ninguna cápsula
de sueños sería jamás capaz de imitar. Abrí el portón del maletero para que
Coyote bajase y dejé que diese cuenta de un poco de agua y unas barritas de
aperitivo para perros. Empecé a caminar siguiendo las pisadas humanas que
me dirigían a la plataforma de tablones en la que flotaba la oficina de la
empresa turística, confiando en que alguien allí pudiese echarme una mano.
Antes de abrir la puerta me asomé por el cristal de la ventana y me
cercioré de que había gente dentro. Vi a un joven vestido con un polo verde
que preparaba la tienda para recibir a los primeros clientes del día. Al fondo,
tras el mostrador, un hombre mayor que él apuntaba en una hoja algún tipo de
información que iba leyendo de otra. Al oír las campanillas de la puerta, el
primero se volvió y me dio los buenos días.
—¿En qué puedo ayudarle? —se ofreció, mientras yo le hacía un gesto a
Coyote para que esperase fuera.
—Soy Miles Cavanagh, fotógrafo, y he venido a tomar unas instantáneas
de la zona.
—Pues este sitio es muy bonito.
—Sin duda. Quiero sobre todo hacer fotos de cabañas. ¿Sabes si hay
alguna por los alrededores del lago? Busco algo de aspecto acogedor, que
nada más verla incite a venir los fines de semana.
—Hum… Pues no, lo siento. Es que llevo trabajando solo dos meses aquí.
—Ah, entiendo.

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—Espere, que le pregunto a Nolan. Es el jefe y conoce el lago mucho
mejor que yo —⁠dijo el chico, dando media vuelta y acercándose al mostrador
para hablar con su compañero.
Nolan era un tipo corpulento, aunque no demasiado alto, con la cabeza
encajada en las clavículas y los brazos llenos de un vello rizado.
—¿Qué hay? —saludó al llegar a mi lado.
—Hola. Soy Miles…
—Sí, sí, un fotógrafo. Vienen muchos todos los días. No sé cómo siguen
quedándoles cosas por fotografiar.
—Ya… Supongo que cada uno querremos darle un enfoque propio al
paisaje.
—Puede ser. ¿Preguntaba si hay alguna cabaña?
—Sí, eso es. A poder ser con un pequeño embarcadero.
—Las hay. Venga por aquí. —⁠Me llevó junto al mostrador. Tomó un
mapa del lago para turistas y marcó con cruces tres ubicaciones distintas en
las que aparecía el símbolo de una cabaña de madera⁠—. Aquí, aquí… y aquí.
Repasé los lugares y aprecié la existencia de un cuarto icono más alejado
que el resto.
—¿Y esta? —me interesé.
—A esa no va nunca nadie. Queda muy a desmano y estaba ya en bastante
mal estado la última vez que la vi, hará cosa de un año.
—Entiendo.
Volví mi atención hacia las otras tres.
—Hay que ir andando, ¿verdad?
—Para llegar a esta puede acercarse con el coche hasta la misma puerta.
Para las otras dos hay que caminar, sí. Un par de kilómetros en cada caso.
—Bueno, tampoco es mucho.
Nolan se mostró de acuerdo.
—Pues muchísimas gracias —le dije⁠—. Me ha sido de gran ayuda.
—De nada.
—¿Puedo quedarme el mapa?
—Claro, quédeselo. Es gratuito.
—Genial. Por cierto —añadí para terminar⁠—, ¿tienen café?
—En esa máquina que hay junto a la entrada.
—¡Gracias!
Con mi café de cuarenta centavos en la mano, salí al porche, le agradecí al
perro su buen comportamiento y observé los alrededores, todavía sumidos en
la quietud de la ausencia humana. Me apoyé en la barandilla de madera

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dejando que entrasen en mí los ruidos de la naturaleza. La cordillera se
reflejaba en la superficie del lago como en un espejo de color negro, creando
una suerte de mundo invertido que se solapaba con el reino subacuático. Me
gustaba el sitio. Y estaba seguro de que a Eli le hubiera gustado también
compartir ese instante conmigo, aunque no fuese para ella un paraje del todo
desconocido.
Apuré el horroroso café de máquina y tiré el vaso a la papelera. Desplegué
el mapa del lago y traté de trasladar su imagen a mi cabeza para situarme en
todo momento sin la necesidad de consultarlo de continuo. Lo doblé en cuatro
partes y me lo guardé en el bolsillo mientras regresaba al coche.
El aparcamiento empezaba a llenarse de turistas con vestimentas ridículas
estirando las piernas. Coyote y yo subimos al CR-V, lo arranqué, y conduje
despacio hacia el camino que nos llevaría, bordeándolo por la izquierda, hasta
la parte septentrional del lago. No dejábamos de cruzarnos coches y
caravanas, lo que me hacía suponer que el idílico paisaje de naturaleza y paz
pronto desaparecería hasta la mañana siguiente.
Recorrimos la pista forestal aprendiendo a valorar la suspensión del
todoterreno sobre un suelo deformado por unas inmensas ruedas de camión.
Por allí ya no había turistas ni señales de bienvenida, lo que me hizo
reencontrarme —⁠metafóricamente hablando⁠— con el espíritu del bosque.
Antes había reducido casi al máximo el volumen de la radio, pero llegados a
ese punto, opté por apagarla del todo y bajar la ventanilla para captar el trino
de los pájaros sobre la rodadura de los neumáticos.
El camino moría en una explanada circular y vallada con el espacio justo
para dar la vuelta con el coche. Aparqué a un lado, todavía hechizado por la
autenticidad de cuanto me rodeaba. Desde ese punto partían dos senderos,
cada uno de los cuales debía conducirme a una cabaña diferente. Según el tipo
de la oficina, las dos estarían a un par de kilómetros, así que, en principio, me
daba igual por cuál empezar. Sin embargo, uno de los caminos parecía más
escarpado que el otro, por lo que decidí darle prioridad en vista de que todavía
estaba fresco. Bajé al perro, me eché la mochila al hombro y empecé a
caminar animado, con la esperanza de hallar un lugar idéntico al de mi sueño,
en el que encontrar… ¡Un momento! Ni siquiera me había parado a pensar
qué podía encontrar. Me había emocionado con la idea de descubrir algo que
me revelase dónde estaba mi mujer, pero ni siquiera imaginaba de qué tipo de
objeto, lugar o situación podría tratarse. Comprendí que mi única opción era
resignarme y mantenerme a la expectativa de lo que pudiera suceder, por poco
que me gustase esa actitud pasiva.

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La primera mitad del trayecto fue una subida casi constante. Trepar por
aquella cuesta fragosa era en algunos tramos complicado incluso con carga
liviana. Pero, al fin y al cabo, todo lugar tranquilo y apartado que quisiese
seguir siéndolo requería una barrera protectora contra domingueros, y un
acceso empinado era una de las mejores garantías de supervivencia.
Una vez superado el escollo inicial, la pendiente se suavizaba, llegando a
invertirse en el tramo final, poco antes de vislumbrar la orilla del lago. No
pasé por alto la ausencia en el camino de huellas humanas de reciente calado,
así como de papeles, envoltorios plásticos y demás porquerías que la gente
solemos dejar sembradas a nuestro paso. En conjunto, eran varios los
indicadores que sugerían que aquel no era un emplazamiento muy transitado.
En cuanto vi el embarcadero, tuve la certeza de que no era el escenario del
sueño. Para empezar, no estaba en el lugar adecuado, era demasiado estrecho
y adolecía de un abandono palpable. Pero es que un simple vistazo a la cabaña
servía para borrar las pocas dudas que pudiesen quedar. Su estructura era
distinta, el tejado carecía de canalones, la escalera de la entrada era solo un
peldaño de poca altura, las paredes eran de tablones en lugar de troncos y, en
general, era mucho más pequeña y modesta que la conservada en mi
memoria. Había errado de pleno en mi primera elección. Además, me fijé que
en los árboles no había casitas para los pájaros y… «¡Joder! ¿Cómo puedo ser
tan imbécil?». Recordé cómo en el sueño el guardabosque había llegado con
su Jeep hasta la puerta de la cabaña. Era imposible conducir hasta ese lugar. Y
lo mismo pasaba con la otra cuyo acceso obligaba a ir a pie. La cabaña a la
que tenía que haberme dirigido desde el principio era aquella a la que se
llegaba en coche.
No quise malgastar más tiempo pese a que me parecía un sitio agradable
del que, en otras circunstancias, hubiera podido disfrutar. Silbé para que un
desperdigado Coyote se reuniese conmigo y di media vuelta para desandar el
camino a paso ligero. Esta vez me aproveché del perfil favorable para avanzar
a buen ritmo y en poco más de quince minutos había llegado hasta el lugar
donde aguardaba mi coche.
Me fui lamentando todo el camino hasta el embarcadero turístico, plagado
a esas horas de vehículos familiares con bacas y portabicicletas. Seguí sin
pararme hasta enlazar con la pista forestal que conducía a la parte oriental del
lago, un lugar mejor comunicado, según el texto que acompañaba al mapa,
por la existencia en el pasado de una rica mina de oro, pero que en la
actualidad no contaba con mayores atractivos turísticos. Adelanté a un
pequeño grupo de senderistas que discurrían en fila india por el arcén y a dos

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ciclistas que exprimían al máximo las prestaciones de sus bicicletas, y me fui
perdiendo hacia un rincón del lago húmedo y frondoso, en el que los extremos
de la pista se iban acercando cada vez más, hasta apenas exceder la anchura
de un vehículo convencional. Dos o tres repechos serios y un riachuelo que no
convenía menospreciar, me hicieron reducir la velocidad y concentrarme en la
conducción. Estaba claro que el acceso a la tercera cabaña tampoco era un
camino de rosas.
Llegados a un punto en el que una señal recordaba la prohibición de
arrojar basuras, acampar y encender hogueras, la pista emprendía un descenso
final hacia el lago trufado de baches y socavones. Probablemente, los túneles
de la vieja mina se extendiesen bajo la superficie provocando algunos
hundimientos que sin duda merecía la pena esquivar.
Detuve el coche frente a la cabaña y la observé desde la distancia. De
algún modo, esta sí que despertaba en mí un vago recuerdo que me inducía, al
menos, a contemplar la posibilidad de que fuera la correcta. Aunque no era tal
cual la recordaba, se parecía en verdad a la imagen que conservaba en mi
cerebro. Bajé del vehículo, liberé otra vez a Coyote y caminé hasta el
embarcadero. A simple vista, no había nada que me hiciese renegar de él.
Miré los árboles. Pinos y cedros que se erguían orgullosos hacia los cielos
luchando por un hueco bajo el sol. De sus ramas colgaban algunas casitas de
madera de aspecto artesanal. Me acerqué a la cabaña, subí los escalones y
deslicé mi mano por la barandilla. Percibía cada acto como algo familiar, algo
conocido. No eran nítidos recuerdos —⁠eso es cierto⁠—, pero sí que evocaban
pasajes difuminados en mi memoria. Cerré los ojos y dejé que el céfiro me
empapase hasta el tuétano con su regusto ambarino.
Golpeé la puerta con los nudillos pero nadie me abrió. Pegué mi nariz a
una ventana. El interior estaba oscuro y el cristal cubierto por una capa
polvorienta que lo volvía traslúcido. Bajé la escalera y bordeé la cabaña. En la
parte trasera encontré un cobertizo con piñas y troncos cubiertos de musgo.
Había también algunas herramientas y garrafas amarillas llenas de un líquido
que podría ser cualquier cosa.
Regresé al embarcadero y me senté en el borde de los tablones. El lago ya
no era el nítido espejo de hacía unas horas, pero sus aguas presumían de un
azul intenso que mantenía su belleza en lo más alto. Sobre ellas revoloteaban
libélulas de diferentes colores y tamaños, yendo y viniendo de un nutrido
juncal que a buen seguro serviría de hogar a numerosos reptiles y anfibios. A
lo lejos, la isla Espíritu ponía la pincelada mística en un cuadro espectacular.
Rebotando en las montañas llegaban hasta mí algunos gritos amortiguados,

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seguramente de piragüistas y visitantes de los campings cercanos cuya visión
me vetaban los numerosos entrantes y salientes de la orilla del lago.
Bajé la mirada y observé mi reflejo en el agua. Aquella podía ser, de todas
las cabañas de Canadá, la que me había propuesto encontrar. ¿Y ahora qué?
¿Qué se suponía que debía hacer? Por mucho que cuestionase la eficacia de la
Policía, yo no es que supiese hacerlo mucho mejor. Me pregunté por qué
Bernie no habría encontrado fotografías que mostrarme de las tres cabañas,
pues me habrían sido de gran utilidad y, tal vez, me hubiesen llevado hasta el
lugar a tiro fijo.
En esos momentos sonó mi teléfono. Me sorprendió tener cobertura en un
lugar tan apartado de la civilización. Miré la pantalla. Era el señor Cutmore,
seguramente para recordarme una vez más que debía incorporarme sin falta a
mi puesto de trabajo.
—Señor Cutmore…
«Miles, ¿estás bien?».
—Sí.
«Oye, no es que quiera meterte presión, ni que no empatice con tu
sufrimiento, pero los de arriba me están insistiendo mucho. Miles, si no
vienes ya, te van a despedir, ¿lo entiendes?».
—Lo entiendo —dije con voz llana.
«¿Por qué no te pasas por aquí y hacemos que esto se serene un poco?
Todos nos quedaremos más tranquilos».
—No estoy en casa, señor Cutmore. Estoy bastante lejos.
«¿Muy lejos?».
—Lo suficiente. Hoy es viernes. Dígale a los de arriba que volveré el
lunes.
«¿El lunes? ¿Seguro?».
—Sí. Seguro.
«De acuerdo».
Cuando el señor Cutmore colgó, me dieron ganas de tirar el teléfono lo
más lejos que pudiera, pero el lago no merecía que lo contaminase con mis
dilemas. Permanecí alrededor de cuarenta minutos más sentado en el
embarcadero. Cada poco volvía la vista hacia la cabaña y me preguntaba qué
pasos seguir. Necesitaba que llegase alguien y me revelase algo
extraordinario, algo que me hiciese conectar con el paradero de Eli. O que
llegase un tipo con mal aspecto en una furgoneta destartalada, llena de
animales muertos, y que me echase de allí con malas artes —⁠y quizá una
amenaza de muerte⁠— antes de encerrarse en su escondrijo. Pero nada de eso

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parecía próximo a suceder. Entonces noté la humedad nasal de Coyote en el
brazo y me volví hacia él para devolverle el afecto. Llevaba en la boca un
pedazo de tela alargado. Le acaricié la cabeza para que me lo diese y lo
observé con detenimiento. En efecto, era un trozo de material textil con forma
de lengua, de un tono azulado, vistoso, aunque sucio y bastante estropeado.
Medité durante unos minutos si aquel retal podría alojar algún tipo de
conexión con Eli, pero me fue imposible establecerla. Mi cerebro seguía
desengrasado, y ya no podía culpar a una reciente sesión onírica. Tenía la
impresión de que estaba empezando a funcionar más a base de pálpitos que de
razonamientos lógicos y eso disminuía mi confianza en mis propias
capacidades.
Aburrido de estar allí, me acabé levantando, tomé algunas fotografías de
la cabaña y sus alrededores y me fui al coche.

Al entrar por segunda vez en el embarcadero, me asombré de la cantidad de


gente que albergaba. En un grupo de unas diez personas hablaban todas al
mismo tiempo, mientras esperaban instrucciones de su monitor para seguirlo
hasta el lago. Cerca de ellas, una señora le gruñía a su hijo para que dejase de
pedirle que le comprase un helado. Me acerqué al joven de polo verde que me
había atendido a primera hora de la mañana. Tenía el pelo mucho más
alborotado y las manchas de sudor en su polo evidenciaban que estaba
pasando calor.
—Hola otra vez. ¿Te acuerdas de mí?
—Sí, claro, estuvo esta mañana.
—Eso es. ¿Tienes un momento?
—Por supuesto —dijo, aunque se le veía atareado colocando peluches en
un expositor.
Me puse a su lado para despertar en él una sensación de cercanía.
—Me decías que llevabas poco tiempo trabajando aquí —⁠le dije,
ajustando el volumen de mi voz.
—Sí, dos meses.
—¿Te contrataron porque alguien dejó un puesto vacante?
—Sí. Antes había una chica, y antes que ella, creo que otra. Lo que no sé
es cómo se llamaban.
—Dos chicas, ¿eh?
—Sí, e imagino que antes que ellas también hubo otras.
—¿Sabes por qué se fueron?

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—Pues no. Para estudiar o algo así, me parece. Si quiere le pregunto otra
vez al jefe…
—No, no —rehusé—. No será necesario.
Me eché a un lado para dejar pasar al monitor y al bullicioso grupo que lo
seguía como una pata con sus patitos.
—¿Dónde podría encontrarlas?
El chico me dio a entender con un gesto que no lo sabía. Le di las gracias
y le pedí que me cobrase un calendario con fotos del lago en las diferentes
estaciones del año que cogí de la estantería. Entonces me fijé en los diferentes
peluches que tenía frente a mí y un modelo en particular llamó mi atención.
Eran unas libélulas de aspecto simpático y tacto suave con un cordel alargado
que permitía colgarlas del techo. Vi que el trozo de tela encontrado por
Coyote era idéntico a cada una de sus alas. ¿Por qué aparecían en la búsqueda
de mi mujer esas libélulas? ¿Por qué una de ellas había perdido una de sus
alas junto a la cabaña? ¿Casualidad? Esperé que una corazonada audaz
acudiera al rescate pero, simplemente, no ocurrió. Añadí al calendario uno de
los insectos de peluche y pagué ambas cosas con mi tarjeta. Después saqué un
nuevo café de la máquina y salí al aparcamiento tratando de mentalizarme del
largo viaje que me aguardaba. Pensé que sería una buena idea hacer una
parada a mitad de camino, en Kamloops quizás, y pasar la noche en un motel.
No era realista pretender cubrir los ochocientos kilómetros de vuelta sin
dormir unas horas, por muchos cafés de máquina y bebidas energéticas que
me embuchase entre medias.
Subí al CR-V y colgué la libélula del retrovisor. Era demasiado grande y
me exponía a una multa de tráfico, pero decidí llevarla allí por lo menos hasta
llegar a casa. Arranqué y salí del aparcamiento despacio. Ya quedaban
muchos menos vehículos que antes, pero en cualquier momento podría
cruzarse un niño o un campista despistado y no era cuestión de atropellarlo.
Cubrí los primeros cuarenta y tres kilómetros en apenas una hora, hasta
enlazar con la BC-5 en Tête Jaune Cache. Allí hice un receso para repostar e
ir al baño, y aproveché para tomar un café bien cargado, esta vez de cafetera.
La noche ya era cerrada y en la barra del bar se aglutinaban camioneros
prestos a ingerir una cena grasienta y unas cuantas cervezas antes de irse a
dormir. Pero todavía era temprano para mí. Me quedaban tres horas y media
hasta Kamloops y cada kilómetro que me quitase entonces era un kilómetro
que me ahorraría al día siguiente.
Mientras tomaba el café, imité al resto de hombres y me giré hacia la
televisión, donde un noticiario repasaba la actualidad de la Columbia

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Británica. Se mostraban imágenes de unos mineros manifestándose en
Vancouver por la gran bajada en el precio del carbón respecto al que se
producía en Alberta.
—¡Al primer ministro le faltan pelotas! —⁠exclamó uno de los hombres,
tras unos minutos de andar poniendo malas caras.
—Pero ¿qué dices? Si siempre lo has defendido a capa y espada.
—¡Pues ya me he cansado! ¡Conmigo que no cuente más!
—¿Y a quién vas a votar si no? ¿A los conservadores, que no dejan de
subir los impuestos?
—¡Pues voto al RPC!
—¿Tú? ¿Al RPC? ¡Pero si has votado toda tu vida al NDP!
—¿Sí? ¡Pues ya no! —Sentenció el tipo, antes de dar un trago de su
cerveza.
—Ahora este se ha vuelto un fascista. Lo que hay que oír… —⁠se mofó el
hombre que estaba a mi lado, volviéndose hacia la barra.
Aunque un poco cómica, al final no dejaba de ser la típica escena de gente
descontenta descargando su frustración contra la televisión. Una más de todas
las que se producirían en el bar a lo largo de la semana. Me tomé el resto del
café y compré un par de chocolatinas por si me entraba hambre por el camino,
y un perrito caliente para Coyote. No había comido nada en horas y, aunque
entonces no me apetecía ingerir nada sólido, era fácil que el apetito me
asaltase a no mucho tardar.
Salí de la cafetería y proseguí mi viaje hacia el sur, ya mucho más rápido
que por las curvas y estrechas carreteras de montaña que había transitado
hasta entonces. No tardó en ponerse a llover, obligándome a añadir un extra
de atención a la conducción. Iba bastante cómodo sin tener que compartir la
vía con vehículos adicionales, pero manejar el volante con lluvia, y casi a
oscuras, era algo que me ponía muy nervioso desde el accidente. Además, el
pavimento mojado repercutiría negativamente en la duración del trayecto.
Subí la música y empecé a canturrear el Is this love de Bob Marley. El
contador de kilómetros se incrementaba sin prisa pero sin pausa, mientras las
escobillas achicaban el agua de la luna a un lado y a otro. Empezaba a
encontrarme extenuado. Llevaba muchas horas sin dormir en las que mi
cabeza no había dejado de funcionar, girando como una peonza en torno a los
mismos pensamientos. De vez en cuando, el destello de unas luces en sentido
contrario me deslumbraba, imprimiendo sus espectros en mis retinas y
proporcionándome una limosna de lucidez que enseguida consumía.

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Tardé cuatro horas y cuarto en llegar a Kamloops. Para entonces la lluvia se
había tornado en aguacero, volviendo la conducción sumamente peligrosa.
Me detuve en el primer motel que vi, uno bastante modesto tras un
descomunal cartel luminoso que lo anunciaba como si fuese un casino de Las
Vegas. Salí corriendo bajo la lluvia, cubriéndome con mi chaqueta, hasta la
recepción. La encontré cerrada y con las luces apagadas. En la puerta colgaba
un cartel informando de que estaba completo. Maldije con rabia y volví a toda
prisa a meterme en el coche. En los pocos segundos que había estado fuera
me había empapado, y el agua estaba helada. Saqué el teléfono y traté de
buscar otro hospedaje en el pueblo, pero la cobertura era muy limitada y me
costaba navegar. Cuando por fin el terminal me mostró los resultados, vi que
había otro motel a unos trescientos metros de allí, en la misma carretera. Me
aseguré de que admitiesen perros y conduje hasta la nueva ubicación. Por
desgracia, también estaba completo. En lugar de resignarme, cavé en mi valor
hasta que de entre sus cascotes brotó un hilo de gallardía. Saqué de una
máquina expendedora las seis latas energéticas que le quedaban y me subí al
coche dándome un puñetazo en el pecho.
Bebí las primeras dos latas seguidas en el aparcamiento. Después
arranqué, di marcha atrás y volví a la carretera. Pese a las precauciones, para
evitar que el sueño me sorprendiera, bajé un poco la ventanilla, pero el agua
empezó a colarse por la rendija, mojando el reposabrazos. Tampoco la
corriente de aire helado iba a hacerme ningún bien estando tan mojado, así
que la volví a subir y dirigí el ventilador hacia el cristal para que no se
empañase. Apuré el resto de envases metálicos, subí la música y continué
devorando kilómetros como si la carretera fuese hundiéndose tras de mí.
«¿Quién sabe? Igual cuando llegue me encuentro a Eli esperándome en el
salón», pensé como un idiota.

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VII
Apenas llevaba una hora despierto y ya no aguantaba la soledad. Saqué a
Coyote a dar un paseo por el parque y aproveché, de paso, para despistar al
cansancio con el fresco azote de la brisa de la bahía. Había pasado tres días
tirado en la cama con fiebre, fruto de un buen constipado, y un cansancio
demoledor. Pero además de las fieras consecuencias que había tenido sobre
mi salud, aquella mojadura volviendo del lago me hizo perder todo un fin de
semana de investigaciones. Y eso me dolía mucho más que la cabeza o la
garganta.
Durante el paseo, sentí un par de veces la tentación de acercarme al
edificio de la Corporación para disfrutar de una nueva experiencia onírica.
Estaba seguro de que no lo necesitaba, pero me apetecía escapar, aunque
fuese solo por unas horas, de la infructuosa persecución en la que se había
convertido mi vida. En ambos casos lo descarté, recordándome que tenía otras
formas de abstraerme de mis preocupaciones, como salir a correr, ver la
televisión o leer un buen libro. Tenía muchos títulos pendientes desde
Navidad y había varias novedades en el horizonte que también me
interesaban. Se me estaba amontonando el trabajo.
De vuelta a casa, paré en el supermercado para comprar lo imprescindible
y de paso evitar que Bernie lo incluyese en el próximo pedido. Cogí una
botella de leche, otra de whisky, unas manzanas, un poco de pan y un paquete
de chicles. Al llegar a la caja, eché un vistazo a los periódicos que se
amontonaban junto a ella. Lo que más me llamó la atención fue el anuncio de
una subida generalizada en los recibos de la luz, el agua y el gas, además de
otro incremento en las facturas pactado entre los principales operadores de
telefonía. Seguramente a nadie le hiciese gracia pagar más todos los meses,
pero me pareció un encarecimiento bastante razonable. El partido de Donovan
Forge había ganado las elecciones el domingo, por un corto margen de
ventaja sobre el NDP y sus primeras medidas —⁠como si la prisa lo
apremiara⁠— iban encaminadas a subir los impuestos. No es lo que había
prometido en campaña, ni mucho menos, pero supuse que si lo hacía era
porque no le quedaba más remedio. Al final yo no había ido a votar, porque
mi aspecto se parecía más al de un zombi con resaca que al de un ciudadano
ejemplar, pero también me había sentido tentado a darle una oportunidad.
Estaba convencido de que sus ideas extremistas no eran más que una fachada

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para impresionar al pueblo y asustar a la oposición, y que tras ellas se
escondían verdaderas voluntades de progreso.
—¿A estas alturas de la vida y vas a empezar a fumar, hombre?
—⁠preguntó el cajero al cliente que tenía justo delante.
—Sí. ¿Qué problema hay?
—Pues que nosotros ya tenemos una edad y empezar ahora con estas
cosas no creo que nos haga ninguna falta.
—Si tú no me lo quieres vender, iré a comprarlo ahí enfrente —⁠refunfuñó
el otro.
—Pues vete.
—Y avisaré a la Policía, de paso, de que vendes tabaco a chavales de
quince años y se lo niegas a señores de sesenta.
—¡Vamos, hombre, no fastidies!
—Tú eliges.
—Está bien —accedió al final el tendero⁠—. Vete pensando también lo
que le dirás a tu cardiólogo cuando vea lo bien que te cuidas.
El hombre pasó por el escáner dos cartones de tabaco y los añadió a la
bolsa de papel con el resto de productos.
—Que los disfrutes —le dijo a su, en teoría, viejo conocido.
El nuevo fumador cogió la bolsa y se fue de la tienda apaciguado.
—¿Puedes creerlo? Con cincuenta y ocho años y se pone a fumar ahora
—⁠me dijo, buscando un apoyo cercano.
—¿En serio? —pregunté sin sorprenderme⁠—. ¿Es que está barato el
tabaco?
—¡Qué va! Ha subido medio dólar cada cajetilla esta mañana. Es el precio
más caro de la historia.
—¡Vaya! Pues póngame a mí otros dos cartones —⁠le pedí.
La verdad es que tampoco había fumado nunca, pero no sé por qué, el
hecho de pensar en ello hizo que me apeteciese saborear algunos pitillos.
El tendero me miró con cara de no entender nada.
—El mundo se está volviendo loco. No entiendo nada…
Pagué mi compra y salí a desatar a Coyote. A pocos metros estaba parado
el tipo con el que acaba de coincidir en la cola del supermercado, prendiendo
el primero de sus cigarrillos. Al verlo de frente, lo reconocí, aunque su
aspecto no tenía nada que ver con el de la última —⁠y única⁠— vez que lo
había visto.
—¿Tío Martin? —le pregunté, acercándome a él.
Se quedó mirándome con extrañeza, como si no me recordase.

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—¿Nos conocemos?
—Claro. Usted es el tío Martin, estuvo en la boda de su sobrina Elisabeth.
Yo era el novio.
Él frunció el ceño. Trataba de encender su mechero girando la rueda con
enorme torpeza.
—¿No se acuerda?
—Sí… sí, cierto. ¿Cómo estás?
—No muy bien desde su secuestro.
—¿El secuestro de quién?
—De… Elisabeth.
—Eh…, vaya…, yo…
Me dio la sensación de que mis palabras lo habían dejado fuera de juego.
—¿Sabía que Elisabeth había desparecido, verdad?
—Pues… eh… Mira, ahora no puedo hablar. Lo siento —⁠dijo,
nervioso⁠—. Me alegro de volver a verte.
El hombre tiró el cigarrillo al suelo, cogió sus bolsas y salió caminando a
toda prisa. Su reacción me dejó tan pasmado que ni se me ocurrió salir tras él
a pedirle explicaciones. Vale que no habíamos intimado demasiado, pero un
poco más de cortesía no me hubiera molestado. «Y luego soy yo el que dicen
que es raro…».
Cuando por fin me recompuse, volví a por Coyote y desanudé su correa,
pensando todavía qué motivos podían llevar a alguien a actuar de un modo tan
impredecible. Joder, que era su sobrina y había ido a su boda; no le estaba
hablando de cualquiera que pasase por la calle. Lo que tampoco entendía era
qué hacía el tío Martin tan lejos de Massachusetts.
En los escasos cien metros que separaban la tienda de mi casa tuve
ocasión de ver por lo menos cuatro anuncios distintos de Onirica. Uno en un
taxi, otro en una valla publicitaria, otro en un cartel pegado a la pared de un
edificio en ruinas y otro más en el limpiaparabrisas de un coche.
Seguramente, si algún vehículo hubiese pasado a mi lado con las ventanillas
bajadas, tendría que haber sumado uno o dos spots radiofónicos a la lista. Era
increíble.
Nada más entrar en casa, le di agua a Coyote y le llené el comedero con el
pienso especial para animales adultos de Hubert. No sabía si me estaba
convirtiendo en alguien propenso a ver las cosas con pesimismo o si mi
percepción se ajustaba a la realidad, pero cada día que pasaba, veía a nuestro
perro más viejo. Quizá yo también estuviese envejeciendo sin darme cuenta y
a él le pasara lo mismo conmigo, no lo sé.

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Guardé las cosas en los armarios de la cocina y cuando llegué al tabaco
me entró la duda de dónde esconderlo. Obviamente, no podía dejarlo en
cualquier lugar y que Eli lo encontrase, o tendría que darle unas explicaciones
que no sabía de dónde las iba a sacar. Elegí el horno como escondite
provisional, a expensas de decidirme por alguno un poco mejor. Miré los
platos sucios que se apilaban en el fregadero. La mayoría tenía unos restos
resecos que me iba a costar dios y ayuda eliminar. Odiaba fregar y no lo había
hecho desde que Eli no estaba, pero ya iba quedándome sin sitio en la
encimera donde colocar más cacharros. Puse el tapón para retener el agua y
llené el fregadero con unos cuantos litros y un chorro de detergente. Dejarlos
un rato en remojo me facilitaría el trabajo.
Volví a acordarme del tío Martin y pensé en el nombre de algún otro
invitado a nuestro enlace. «¿Cómo era aquella mujer canosa que se parecía a
Margaret Atwood? ¿Anitta? Sí, pudiera ser… ¿Y su marido? ¿Edward?». No
recordaba de memoria los nombres de casi nadie y aventurarme con sus
apellidos, aspirando al éxito, sería una completa utopía.
«No se encuentran resultados destacables, Miles —⁠me informó Bernie
tras realizar un sondeo por la red⁠—. Sus caras están borrosas en tu memoria».
—Lo imagino, colega.
Fui hasta el armario del dormitorio donde Eli guardaba sus cosas, pero
tras mucho rebuscar, no fui capaz de encontrar la carpeta donde habíamos
guardado los papeles de nuestra boda. Estaba seguro de que en ella había una
lista completa de los asistentes pero, o la carpeta se había esfumado, o no
quiso mostrarse ante mí. A esas alturas, ya no descartaba ninguna de las
opciones.
—¡Esta es una casa de orates! —⁠grité enfurecido, cerrando el armario.
De inmediato, Bernie hizo sonar el hit de Black Sabbath Paranoid en
todas las habitaciones.
—¡Mierda, quita eso! —le volví a gritar, aunque era un tema que en
condiciones normales me encantaba.
«Miles, hay una llamada entrante. Es el señor Cutmore».
—El que faltaba.
«¿Ignoro la llamada?».
—No, está bien. Apaga la música y pásamela.
«Miles, me prometiste volver ayer al trabajo», me recordó el jefe de la
sucursal con voz grave.
—Sí, lo sé, señor Cutmore. He estado todo el fin de semana enfermo y
todavía no me encuentro nada bien. Lo más probable es que tenga que

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pasarme dos o tres días más en la cama.
«¿¿Dos o tres días más?? ¿¿Pero qué demonios tienes??».
—Creo que un gripazo tremendo.
«¿¿Crees??».
—Sí, es que todavía no he podido ir al médico.
El señor Cutmore no pareció conforme con mi justificación.
«Está bien, Miles, tú sabrás lo que haces con tu vida», me endilgó antes de
finiquitar la llamada.
Por supuesto que sabía lo que hacer con ella. Me tomé una ducha y
preparé una ensalada sencilla con un poco de lechuga y un tomate que
encontré en la parte trasera de mi nevera. Aunque trataba de centrarme en la
necesidad de seguir investigando sobre el secuestro de mi mujer, un impulso
más enérgico me empujaba en otra dirección bien distinta. Era inútil tratar de
engañarme; ansiaba con todas mis fuerzas volver a introducirme en una
cápsula de sueños. Me convencí de que sería parte de mi investigación y
disipé todas mis dudas antes de dejar el bol vacío junto al fregadero. Me
vendría bien librarme un rato de la pesada carga que pendía de mi espalda.
Pasé el estropajo con más detergente por toda la vajilla y la aclaré a
conciencia antes de dejarla en el escurreplatos. Me cambié de ropa y busqué
unos zapatos limpios y una cazadora sin agujeros. Pero antes de salir del
apartamento, tuve otra de mis esporádicas revelaciones.
—¡Horton! ¡Edward Horton! —⁠exclamé.
Me acordé de que en la boda habíamos hecho alusión al actor Edward
Norton, señalando la casualidad de que también este hubiese nacido en
Boston, y que, para sorpresa de todos, Edward Horton nos reveló que también
había existido otro actor neoyorquino cuyo nombre era igual al suyo, con
Everett entre medias.
«Existen tres coincidencias buscando el nombre de Edward Horton en
Boston, Massachusetts».
—Vale, empieza por la que quieras.
«La primera marcación, no responde», informó Bernie a los pocos
segundos.
—Siguiente.
«La segunda marcación, comunica».
—Prueba la tercera.
«¿Diga?», respondió por fin alguien al otro lado de la línea. Era una voz
masculina que me resultaba familiar.
—¿Edward Horton?

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«Sí, ¿quién es?».
—¿Conoce a Elisabeth Warby?
«No, lo siento. ¿Quién es usted? ¿Llama desde Canadá?».
—¿Existe la posibilidad de que estuviese en su casamiento, a las afueras
de Vancouver hace unos meses?
El tipo guardó silencio un instante.
«Ah, sí, vale. Ya, ya me acuerdo».
Era él. ¡Lo había encontrado!
—Soy su marido. Hablamos de cine, de Edward Norton… ¿Se acuerda?
«Sí, sí».
—Le llamo por mi mujer. Ha desaparecido y quería saber si alguno de sus
familiares tenía noticias suyas.
«Ya…».
El hombre se quedó otra vez callado.
—¿Las tiene?
«Mira… No sé si decirte esto, pero…».
Las pausas que realizaba se me hacían interminables.
—¿Pero qué?
«Que en verdad no tengo nada que ver con aquella chica».
—¿Cómo que no? ¡Pero si los invitó a nuestra boda!
Lo que decía no tenía sentido.
«Sí, pero…».
—Por favor, hábleme claro.
«Está bien. Verás, una semana antes de que celebraseis el enlace, recibí
una llamada en la que me ofrecían doscientos dólares a mí y otros tantos a mi
mujer, más los gastos del viaje, por asistir».
Su confesión me dejó de piedra. ¿Habían cobrado por ir a la boda?
—¿Me lo está diciendo en serio?
«Por supuesto, hijo. Y creo que no éramos los únicos que estábamos allí
en esas circunstancias».
Me resultaba dificilísimo creerlo.
—¿Quién les pagó? ¿Elisabeth?
«No, creo que no. Pero tampoco sé quién fue. Solo sé que aceptamos,
fuimos, volvimos y cobramos. Y con eso el asunto quedó zanjado».
Apoyé el rostro en la palma de mis manos, hundido en la amargura.
¿Aquellas personas que Eli me había presentado en nuestra boda como sus
familiares y amigos, no eran tal cosa? ¿Eran solo figurantes? ¿Hombres y
mujeres pagados por un tercero por estar allí? Puede que el dinero no hubiese

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salido del bolsillo de mi mujer —⁠e indirectamente del mío propio⁠—, pero ella
sabía de sobra que aquella gente no era quien me aseguraba. Me mintió con
cada uno de ellos. Una y otra vez. ¿Quién le hace algo así a su marido?
¿Dónde estaba la verdadera familia de Elisabeth Warby? ¿Acaso se
avergonzaba de ella y por eso contrató a otros parientes postizos? ¿Temía no
estar a altura de mi vulgar linaje? ¿… O es que ella tampoco lo sabía? ¿Y si
alguien le hizo creer que realmente esos extraños eran su gente cercana? ¿Y si
el plan de su secuestro ya estaba en marcha en esos momentos? Ambos
teníamos buenos trabajos e ingresábamos mucho dinero todos los meses.
¿Pudo ser ese el desencadenante de su secuestro? Sí, estaba claro: si Eli me
había engañado era porque ella también actuaba bajo el influjo de la mentira.
—Gracias, señor Horton. Gracias de veras. Y dele recuerdos a su esposa.
«Gracias a ti. Lo siento mucho».
Bajé al garaje, me subí en el coche y me dirigí como una polilla atraída
por el fuego al edificio de la Corporación. Aunque todavía no había llegado a
los límites alcanzados por mi mujer en su peor época, si alguien hubiese
tratado de detenerme, habría provocado en mí un terrible enfado. Por suerte, a
nadie le importaba un bledo lo que yo hiciese o dejase de hacer con mi vida, y
mi camino fue solo entorpecido por el tráfico habitual de la implacable
Vancouver.
Ya en la sala de espera —sin repartidoras de pizza mediantes⁠—, no
necesité perderme entre las incontables opciones del catálogo. Lo tenía
bastante claro. Basándome en lo que me había explicado la asistenta en la
última visita, confiaba en que mi sueño se viese condicionado por mi viaje al
lago, en que todo lo que allí se había archivado en mi cabeza fuese utilizado
por mi cerebro para interpretar los estímulos de manera diferente y conformar
con ellos un sueño revelador.
Llegó mi turno y comuniqué mi preferencia. Seguí a la chica hasta la
habitación, me desvestí, tomé las píldoras de rigor y me eché en el interior de
la cápsula queriendo creer que me movía la voluntad, que lo hacía como un
sacrificio desagradable aunque necesario. Pero, en realidad, lo que me había
llevado hasta ese punto era algo más cercano a la dependencia que a la libre
elección. «En cuanto descubra dónde está mi mujer, no volveré a pisar este
lugar», me prometí en firme.
Cerré los ojos mientras me colocaban los electrodos y la malla craneal, y
mi sensación de sometimiento y sacrificio se desvaneció. Después de todo,
era increíble pensar que en apenas unos segundos iba a verme transportado a
aquel hermoso lugar del que me separaban casi ochocientos kilómetros de

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duro asfalto. Noté cómo la parte superior de la cápsula descendía hasta
acoplarse herméticamente con su otra mitad. Me sentí flotando en un marcado
silencio, carente de tristeza, carente de sufrimiento. Carente incluso de
motivaciones para existir. Reconocí el aroma del bosque deslizándose a través
de mis fosas nasales. No estaba nada mal conseguido. Escuché el rumor del
viento agitando las punzantes agujas de los pinos. Quise abrir los ojos para
sentirme capaz de controlar mi propia percepción, para poder decirme a mí
mismo: «¡Ey, te das cuenta de que esto es una simple ilusión! ¡No están
consiguiendo engañarte!», pero entre mis párpados y mis pupilas se había
formado ya un regio paisaje del que, de forma consciente, no podía escapar.

Me abroché el abrigo antes de recibir el segundo soplo de tramontana. Cogí la


leña y me dirigí a la cabaña. Una fina columna de humo brotaba de la
chimenea y ascendía hasta diluirse en el resto de las maravillas de la
Creación. A su alrededor, cientos de pájaros invisibles celebraban un
concierto sin más dirección que su propia batuta. Alcé la vista y conté más de
media docena de casitas de madera colgando de las ramas de los árboles.
Enseguida vi que había muchas más repartidas por los alrededores. Eran cajas
bastante grandes donde los carboneros y los petirrojos podrían anidar y
mantener sus huevos a salvo, pues el calibre de su agujero impedía que se
colasen especies de mayor tamaño.
Entonces lo vi, apoyado en el borde del canalón que abarcaba la mitad del
tejado. Un mirlo blanco rotaba la cabeza sin dejar de apuntarme con el pico.
Pio. «¿Qué pasa, pequeño? ¿Estás guardando la cabaña?». Entonces el pájaro
desplegó sus alas y salió volando por encima de mi cabeza. Aterrizó en la
rama baja de un pino y, de nuevo, volvió a mirarme y a piar. Lo observé con
atención, esperando que en cualquier momento alzase el vuelo y se perdiese
en el bosque pero, en lugar de eso, el pájaro siguió piando intermitentemente.
«¿Quieres que te siga?». Apoyé los troncos contra la escalera y me fui
aproximando muy despacio hacia él. Era sorprendente, pero tuve la sensación
de que todo el bosque se había silenciado para que pudiese escuchar con
nitidez su piar. Al llegar a pocos metros de su árbol, el mirlo abandonó de
nuevo la rama para trasladarse a otra, unos cuantos pasos más allá. Estaba
alejándome de la cabaña y no me agradaba la idea de dejar a Eli sola, pero
que aquel pájaro pareciera querer decirme algo merecía mi atención. Lo fui
siguiendo de árbol en árbol hasta la bajada por la que el sendero desembocaba

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en la parcela de la cabaña. Desde allí, me hizo ascender la ladera y abandonar
la senda para acabar sumergiéndome en la vegetación del lindero.
Debimos adentrarnos unos cincuenta metros nada más, pero la orografía
del terreno comprendía pequeños saltos en altura, suelos rocosos y
depresiones empantanadas que, entre zonas de zarzales densas y laberínticas,
lo volvían prácticamente inescrutable. El mirlo no encontraba mayor
dificultad pero a mí cada vez se me hacía más difícil seguir sus vuelos.
Llegados al punto en el que opté por tirar la toalla y regresar a la cabaña,
el pájaro dibujó un nuevo segmento perpendicular en su trayectoria y se posó
sobre un árbol semicaído, apoyado en una protuberancia de tres o cuatro
metros de altura. Quise subir a lo alto de la loma para aprovechar la visión
periférica, pero en ese momento discerní una oquedad entre las rocas.
Analizándola, llegué a la conclusión de que era una entrada a la vieja mina, y
que el pájaro me había conducido hasta allí con el único pretexto de
mostrármela. Era una suposición bastante arriesgada, pero si había aceptado
seguir sus revoloteos, no tenía sentido al final desacreditarlos.
Aparté algunas ramas y raíces que disimulaban el paso y colé la cabeza
por el hueco formado. Ante mí se presentaba una cavidad en la que apenas
cabría un adulto, pero al fijarme en el suelo vi una especie de trampilla hecha
con tablones. Retiré el resto de la maleza como si fuese una cortina y me colé
por la rendija. Al agacharme y golpear la madera, comprobé que devolvía un
sonido hueco. Estaba claro que cubría un agujero. No dudé en alzar los
tablones y dejarlos apoyados contra la pared, aun sin tener ni idea de qué
ocultaban debajo. Pronto descubrí que no se trataba de un simple agujero: en
el suelo había un boquete que permitía descender por unas escaleras talladas
en el lateral a lo que parecía ser una galería subterránea. La claridad que
traspasaba la abertura revelaba una altura de algo menos de dos metros, quizá
lo justo para que un adulto pudiese caminar sin tener que agacharse. Verifiqué
que guardaba una linterna en la mochila y que sus pilas tenían carga
suficiente, y fui descendiendo de peldaño en peldaño hasta el suelo de la
galería. Echando un rápido vistazo alrededor, no me pareció que se tratase de
un camino propio de la mina, sino tal vez uno auxiliar, o una salida de
emergencia. Avancé extremando la precaución sobre un suelo húmedo y
resbaladizo, y en muy poco tiempo llegué al final del túnel. Allí se alzaba una
pared de cemento que soportaba una puerta metálica de apenas un metro y
medio de altura. Di por hecho que esa portezuela sí daría acceso a una galería
de la mina y comprobé que estaba cerrada con un candado. La golpeé con los
nudillos para ver si lo que retumbaba dentro me daba una idea del tamaño del

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corredor. Sin embargo, el eco fue engullido por el sonido enlatado de la
propia puerta. Me quedé pensativo. Podría deberse a que, al otro lado, un
derrumbe hubiese sepultado el túnel y, por tanto, las ondas no pudiesen
propagarse. Pero no tuve ocasión de especular demasiado con esa teoría
porque, casi de inmediato, alguien me imitó golpeando la cara opuesta de la
chapa.
Mi corazón se detuvo. No sé durante cuánto tiempo, pero estoy
convencido de que lo hizo. Aguardé en silencio sin saber muy bien qué estaba
esperando que ocurriese. ¿Había alguien allí encerrado, a escasos centímetros
de mí? ¿Cómo era posible? Volví a golpear la puerta con el puño cerrado y,
esa vez, la reacción fue instantánea.
—¿Hola? —susurré.
No obtuve respuesta.
—¿Me oyes? ¿Hay alguien? —insistí al poco, alzando levemente la voz.
Lo que oí a continuación produjo en mí un intenso escalofrío:
«¿Papá? ¿Eres tú?».

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VIII
El timbre de la entrada arroyó sin piedad los velos que cubrían mi
inconsciencia. Estaba tan agotado que no recordaba cuándo me había dormido
ni mucho menos cómo había llegado al sofá. «Tengo que cambiar ese maldito
tono», me dije, como cada vez que alguien lo hacía sonar. Bernie leyó en mi
cabeza que precisaba un despertar calmoso y subió solo dos puntos la
luminosidad del ambiente. Rellenó el silencio con una bonita melodía
irlandesa a un volumen bastante bajo y me informó: «Es la pizza», con total
naturalidad.
—¿La pizza? ¡No quiero ninguna pizza! —⁠exclamé, mientras me frotaba
los ojos⁠—. ¿Por qué la has pedido?
«Te apetecía».
—¿Apetecerme? ¡Pero si estaba dormido! ¿Qué diablos de hora es?
«Las doce en punto».
—¿Las doce? ¿¿Me apetecía una pizza a las doce?? Dios mío…
Bufé descontento. Me incorporé del sofá y di varios pasos tratando de
encajar mis pies en las zapatillas. Al final, las empujé a un lado de un par de
patadas. Estaba harto de pizza. La había pedido casi todas las noches
esperando encontrarme con la chica soñadora en la puerta, pero Bernie no
dejaba de asegurarme que el Luzziano’s no existía, y el repartidor del
Olbrich’s que llegaba siempre a mi domicilio así parecía atestiguarlo.
El timbre volvió a sonar por encima de la música.
—¡Oye, cambia ya ese jodido tono o te destrozo las tripas con el bate de
beisbol!
Sin objetar ni media palabra, Bernie reprodujo a continuación el cálido
sonido de un arpa. No supe si era que me había obedecido o que se estaba
cachondeando de mí.
Cuando abrí la puerta, esa vez sí me encontré a la misma chica que hacía
unos días había pisado mi felpudo. La repartidora, la soñadora y la
patinadora; la veinteañera de mente impenetrable que, solo quizá, me había
permitido de forma deliberada acceder a uno de sus escuetos recuerdos.
—¿Qué tal, Miles? ¿Ya sabes qué ve el mirlo blanco desde el tejado?
—⁠me preguntó, esta vez, nada más verme.
—No sé de qué me hablas —le contesté con total desconfianza.

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Sin decir nada más al respecto, abrió la funda térmica y sacó una
humeante caja de pizza con el conocido logo del Luzziano’s, que también
identificaba su gorra y su chaqueta. Me la entregó con un gesto neutro y la
volvió a cerrar.
—Son veinticinco dólares.
Antes de entregarle el dinero, había algo que quería saber.
—¿Eres Alissa? —le pregunté sin vacilar, pero sin saber por qué lo hacía
ni el motivo por el que ese nombre había venido a mi cabeza.
La chica reaccionó al oírme, pero su sorpresa fue pronto reemplazada por
una media sonrisa.
—Parece que vas haciendo progresos —⁠me dijo.
—Ignoraba que hubiese alguien midiéndolos.
—Lo ignoras casi todo, Miles —⁠me soltó, como un derechazo en la
mandíbula.
—¿Quién eres?
—Solo una chica que reparte comida a domicilio y que, a veces, se gasta
sus propinas en las cápsulas de sueños.
La miré con recelo.
—No te creo.
—Me da igual.
—¿Qué sabes de las cápsulas de sueños?
—Nada en absoluto. Lo mismo que el resto de la gente: lo que cuentan los
anuncios.
—Sigo sin creerte.
Ella borró su sonrisa y me miró con seriedad.
—Dame garantías.
—¿Garantías de qué?
—De que estás dispuesto a llegar hasta el final y de que no saldrás
corriendo con el rabo entre las piernas.
Aunque no podía dejar que se marchara con otra cosa que no fuese mi
compromiso incondicional, aquello no era fácil de aceptar. Y eso que
sospechaba que ella podría ser el único salvoconducto en mi viaje.
—Te doy mi palabra —dije al fin.
—La palabra de un hombre no vale nada —⁠me aseguró entonces,
impasible⁠—. La pizza son veinticinco dólares, pero esta observación es
gratuita.
—Me colmas de gratitud —aprecié con sarcasmo mientras le acercaba la
tarjeta al terminal de cobros. Por entonces ya no era consciente de que estaba

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pagando, como un tonto, por una pizza que no había encargado.
—Muchas gracias. Y no te preocupes por la propina —⁠dijo⁠—, ha sido un
placer venir a verte.
La chica se dio la vuelta y se dirigió a las escaleras. Miré una última vez
la pantalla de mi teléfono móvil. No tenía ningún aviso de llamadas perdidas,
ni mensajes que pudiesen hacerme recobrar la esperanza y seguir por el
camino conformista que marcaban los cánones.
—He visto al mirlo —confesé—. En el tejado de la cabaña.
Ella se paró en seco, se giró y arqueó una ceja.
—¿Lo has visto? ¿En serio?
—Es a mí a quien mira. ¿Por qué lo hace?
La repartidora se quedó parada unos instantes antes de dictaminar:
—Bien. Dejaré que te pegues una ducha y te comas tranquilamente la
pizza. Después vendrás conmigo.
—¿Qué? Estás de broma, imagino…
—No bromeo —dijo. Su cara tampoco era la de estar chanceando.
Tuve que apartarme para dejarla pasar, mientras me preguntaba por qué
demonios estaba entrando aquella chica en mi piso.
—¡Hola, guapo! —le dijo a Coyote, rascándole la cabeza. Al perro
pareció causarle buena impresión y se mostró afectivo con ella⁠—. Pero
tampoco tardes mucho, que los demás están abajo esperando.
—¿Los demás? ¿Es que no has venido sola?
—¡Veeenga! —Apremió.

Me duché, me cambié de ropa y cogí una chaqueta no demasiado gruesa. La


chica me esperaba en el salón jugando con el perro.
—Estoy listo —informé.
—Tu perro es un encanto —dijo ella, alzando la mirada⁠—. Coyote, ¿no?
—Sí.
—¿Por qué le pusiste ese nombre?
—Se lo puso mi mujer. Cuando la conocí, el chucho también venía en el
lote.
—¿Es la chica de las fotos?
—Sí.
—Oye, ¿no vas a comerte la pizza? —⁠preguntó, señalando la caja sobre la
mesa.
—No tengo hambre.

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—Entonces me la llevo, que a los chicos no les importará que esté fría
—⁠resolvió⁠—. Coyote también se viene, que estaremos fuera unos días.
—Genial…
Me di cuenta de que, definitivamente, había dejado de ser el dueño de mi
vida.
Salimos de casa y esperamos al ascensor como una pareja que sale a dar
un aburrido paseo de domingo. Sin embargo, en este caso parecía que iba a
tardar más de dos horas en regresar y que no malgastaría el tiempo ojeando
escaparates.
—¿Puedo saber a dónde vamos? —⁠le pregunté, mientras descendíamos de
planta en planta. Por primera vez noté en ella una actitud tensa.
—Lo descubrirás enseguida —⁠contestó sin más, antes de revelar el motivo
de su inquietud⁠—. Perdona, es que odio los ascensores.
Dejamos el portal, tras aclararme que no necesitaríamos mi coche, y
caminamos unos metros por la acera. Nos paramos al llegar a una furgoneta
blanca, rotulada con el nombre de una empresa de mudanzas de la que jamás
había oído hablar. La chica golpeó la puerta corredera del lateral y alguien la
abrió desde dentro.
—¿Ya estáis aquí? —saludó a su manera un hombre negro de mediana
edad y gran musculatura, sentado en una bancada de hierro.
Con él había otros dos hombres, ambos de piel blanca; uno delgado, con
gafas de pasta y pelo rubicundo y otro más fornido, de cabellos canosos y
unos años mayor que el primero, a los mandos del vehículo. La furgoneta
estaba vacía, con la salvedad de los asientos, pero parecía preparada para
albergar monitores y otros aparatos de vigilancia.
—¿El perro también?
—¿Qué querías, que lo dejásemos allí? —⁠se justificó la chica.
Nos hicieron un hueco para que subiésemos y volvieron a cerrar la puerta.
—No ha querido la pizza —⁠informó Alissa, ocupando un lugar libre al
fondo. Me hizo señas para que Coyote y yo pasásemos de igual forma entre
los hombres y nos sentásemos frente a ella.
—¿No? ¿Y para eso ando preocupándome por tus gustos? —⁠se quejó el
chico de gafas, abriendo la caja y comprobando el estado de su contenido.
—¿Es la que le gusta a él o la que te gusta a ti? —⁠preguntó Alissa,
riéndose.
—A mí me gustan todas. Por cierto, soy Larry —⁠se presentó, limpiándose
la grasa de la mano en el pantalón, antes de ofrecérmela⁠—. El grande es
Barrett, nuestro jefe y experto en armas y él, RCP, que sabe mucho de todo.

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Los dos me saludaron haciendo leves gestos con la cabeza.
—No confundir con ese diabólico partido político ¿ok? —⁠aclaró RCP⁠—.
Y no le hagas caso, yo solo soy el conductor de este trasto.
Larry se inclinó hacia mí con un aparato similar al lector de códigos
utilizado para revisar los precios en los supermercados.
—Tengo que comprobar algo —⁠me advirtió solo por cortesía⁠—. Con tu
permiso…
Me lo acercó a la oreja derecha y pulsó un botón. El aparato emitió una
especie de pitido de confirmación y Larry afirmó, como si esperase el
resultado.
—Está activo —trasladó al resto. Ninguno se inmutó.
—¿Activo? —pregunté, descontento con la terminología⁠—. ¿De qué estás
hablando?
—Del microchip. Lo tienes, y está funcionando.
—¿¿Microchip?? —Me horrorizó ser el único extrañado.
Alissa se quitó la gorra de repartidora y dejó caer una brillante melena
azul sobre sus hombros. Me quedé embobado al ver cómo cambiaba su
fisonomía con un gesto tan simple.
—Ya nos conoces a todos —concluyó, ignorando como el resto mi
pregunta⁠—. Ahora sí que no hay vuelta atrás.
RCP puso en marcha la furgoneta y emprendimos rumbo hacia algún
lugar desconocido. Sin duda, mi vida se había descontrolado.
—No te preocupes —dijo él, mirándome por el retrovisor⁠—. Lo que
queda por delante es lo más interesante.
No supe si alegrarme o temerme lo peor, así que opté por seguir haciendo
lo mismo: dejarme arrastrar por la marea. A fin de cuentas, tenía claro que si
quería encontrar a Eli tendría que salvar algunos terrenos pantanosos.
La furgoneta no tenía cristales en los laterales, pero por la luna delantera
podía ver que nos dirigíamos hacia Burnaby, que atravesábamos Coquitlam y
que nos íbamos alejando cada vez más del centro de Vancouver. Al llegar a
Silver Valley, cruzamos varias manzanas residenciales y, finalmente, nos
detuvimos frente al aparcamiento trasero de una especie de nave de hormigón
visto en la que no parecían desarrollarse actividades empresariales. Ninguno
había vuelto a abrir la boca durante el viaje y en las contadas ocasiones en las
que mi mirada se había cruzado con la de alguno de ellos, me había
apresurado a desviarla hacia el suelo. Larry se bajó de la furgoneta para abrir
el candado de una verja metálica que parecía delimitar la propiedad.

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—¡Hemos llegado! —Determinó Barrett. Después de todos aquellos
minutos en silencio, su voz brotó ronca y áspera de sus entrañas.
Reanudamos la marcha despacio hasta llegar al muro exterior de la
edificación. Allí, RCP apagó el motor y cada uno fue cogiendo una mochila y
bajando de la furgoneta, asegurándose de que nadie nos estuviese vigilando.
Una vez fuera, Barrett me indicó que los siguiese hasta la entrada que había
en la parte delantera del edificio.
La puerta estaba protegida por una gruesa cadena que Larry abrió con una
nueva llave. Después se hizo a un lado y dejó que fuésemos pasando al
interior. Me recordó al mayordomo de una película antigua guiando a los
huéspedes de su señor por las dependencias del castillo por las que pueden
transitar. Aunque, como personaje, su caracterización monstruosa dejaba
bastante que desear. Dentro estaba todo en penumbra, la temperatura era baja
y el aire olía a humedad. Sin mediar palabra, avanzamos por un angosto
pasillo y descendimos dos tramos de escaleras. Por los pocos carteles que
quedaban en las paredes, deduje que aquel sitio había sido un antiguo
matadero.
Nos detuvimos al llegar a la entrada de una sala, a priori, idéntica a las
demás. Barrett me dio a entender que yo debía ser el primero en traspasarla,
tal vez convencido de que lo que allí guardaban me iba a sorprender. Debo
decir que si ese fue el motivo, no se equivocó en absoluto.
La sala no tendría más de cincuenta metros cuadrados, era ligeramente
rectangular y, esta vez sí, todas sus paredes estaban cubiertas de monitores y
paneles llenos de luces y botones. Qué controlaban y mostraban era algo que
todavía no podía imaginar. Bajo un techo abovedado, en el centro de la
estancia, tan majestuosa, enigmática y atrayente como todas sus hermanas,
una cápsula onírica abría sus valvas invitando a los incautos a reposar sobre
su lengua de cuero y espuma.
—¿Qué…? ¿Qué es todo esto? —⁠Fue cuanto pude expresar.
Alissa se situó a mi lado y me dio una palmadita en el hombro.
—Tu nueva casa, querido Miles —⁠dijo con su habitual socarronería⁠—.
Nos alegramos de que te guste.
—Ahora somos como compañeros de piso —⁠observó Larry.
Él y RCP dejaron sus cosas a un lado y empezaron a encender algunos
aparatos. Barrett me ofreció una silla para que me sentara, mientras Alissa
buscaba otra desde la que hacernos compañía.
—Creo que ha llegado la hora de que te contemos de qué va todo esto
—⁠dijo el fornido cabecilla, lo cual me pareció bastante oportuno.

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—Sí. Para empezar, me vendría bien saber qué hago aquí, quiénes sois
vosotros y por qué tenéis una cápsula ahí mismo.
Barrett se sentó en una silla invertida y apoyó sus brazos en lo alto del
respaldo.
—Somos, por así decirlo, una unidad de acción independiente que quiere
hacerle la guerra a la Corporación.
—¿Sois terroristas?
—¿Terroristas? —resonó Barrett, indignado⁠—. Eso me ha dolido, tío.
—Somos una especie de resistencia, si quieres verlo así. Pero de momento
nuestros métodos son pacíficos —⁠aclaró Alissa.
—¡De momento! —exclamó Larry desde atrás⁠—. Hasta que cabreen al
moreno.
Barrett le pidió con una expresión abrupta que se dedicara a sus asuntos.
—Como te habrás dado cuenta, la Corporación ha convertido sus cápsulas
en una de las formas de entretenimiento más extendidas entre la población.
Esa era una verdad irrefutable.
—Pero esas inofensivas ilusiones recreadas en su interior —⁠prosiguió⁠—,
esconden un propósito mucho más peligroso. No solo persiguen desatar una
rápida adicción en el individuo sino que, además, en cada sesión van
alterando su subconsciente con mensajes subliminales que él no es capaz de
percibir.
Yo escuchaba con atención. Siempre había intuido que el objetivo de la
Corporación era tenebroso y ese grandullón me lo estaba refrendando.
Empezaba a dilucidar que, al menos, íbamos en el mismo barco.
—¿Qué contienen esos mensajes?
—Lo que la gente que maneja la Corporación convenga. Opiniones en
diversos ámbitos, hábitos de consumo, ideas políticas, propósitos
personales… Cualquier cosa que ahora tengas en la cabeza puede haber sido
introducida en ella a través de una de esas cápsulas sin que lo sepas, pero tú lo
verás como una convicción propia. Y en algunos casos, esas ideas las
defenderías a muerte.
Entonces Larry expuso un cálculo revelador:
—La Corporación tiene en funcionamiento más de mil cápsulas solo en
Canadá. Diez mil, si nos vamos a Estados Unidos. Cada día pueden pasar por
cada una once o doce personas. Al cabo del año, quitando a los que reinciden,
podemos estar hablando de más de treinta millones de personas. Eso es uno
de cada diez estadounidenses.

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—Están lavando el cerebro a todo el que se les pone a tiro —⁠resumió con
acierto Alissa.
En verdad era un panorama preocupante. Si la voluntad del pueblo estaba
en manos de una organización privada como la Corporación, movida por
intereses económicos, quien mejor pagase tendría el poder, sin que
importasen sus motivaciones.
—¿Y el gobierno sabe algo de esto?
—¿Saberlo? ¡El gobierno está ahí por esto! ¿Cómo crees que un partido
como el RPC…? ¿Cómo crees que un tipo como Donovan Forge llega a
presidir el gobierno de un país? Han ordenado a la gente que los apoye, por
eso su popularidad ha ido in crescendo mientras que la valoración de sus
rivales tocaba fondo.
Me sentí manipulado; avergonzado de haberme dejado convencer para
apoyar a un fascista y de muchas otras decisiones que ni imaginaba. Claro,
que la culpa era mía por exponerme a ser engañado sabiendo desde el
principio lo peligroso y sombrío que era el negocio de las cápsulas. Continuó
Alissa:
—Nuestra misión es la de infiltrarnos entre los creadores para añadir
disonancias dentro de las experiencias. Es decir, alteraciones camufladas en
las que transmitir mensajes ocultos.
—Mensajes ocultos para la Corporación, en pugna con sus propios
mensajes ocultos. El cazador cazado —⁠constató la ironía, Barrett⁠—. Lo que
buscamos es revertir el efecto adictivo de sus sueños insertando en los
subconscientes de quienes los viven la idea de que no han sido satisfactorios,
para que no quieran repetir en el futuro.
—El problema es que no todos los individuos perciben nuestras
disonancias —⁠observó Alissa⁠—. Hemos estado haciendo pruebas durante
meses, tratando de incrustar nuestro código entre los algoritmos que utiliza el
sistema para generar los estímulos, pero hasta ahora no habíamos obtenido
resultados favorables.
—¿Y lo que dices guarda alguna relación conmigo? —⁠pregunté.
—El mirlo blanco —me respondió ella⁠—. Has sido el primero en verlo.
—¿Vosotros lo pusisteis en mi sueño?
—Alissa lo puso. Como algunas otras cosas. Ella es la única de nosotros
capaz de generar las disonancias —⁠apuntó Larry.
—Lo que hacéis, colándoos en la mente de las personas y modificándola,
es muy peligroso —⁠desautoricé.

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—¿Peligroso, dices? La gente que usa las cápsulas ya ha firmado el
consentimiento para que la Corporación entre en su mente. ¡Para que
reemplace su voluntad! ¿Es más peligroso que nosotros les abramos los ojos?
¿Acaso menciona el contrato lo del microchip?
Recordé que nunca había llegado a leer el dichoso contrato.
—Decidme de una vez qué pasa con el microchip.
—Durante la primera sesión, te incrustan un microchip cerca del cerebro
que amplifica las señales de la cápsula y les ayuda a controlarte —⁠me explicó
Alissa⁠—. Larry comprobaba si lo tenías, aunque ya lo sospechábamos.
—Además, sirve de localizador.
—¡Quiero que me lo quitéis ahora mismo!
—No, Miles. No podemos.
—¡Entonces sabrán dónde estoy! —⁠exclamé.
—Lo sabrían si les interesase saberlo. Pero hasta donde yo sé, todavía no
has hecho nada por lo que ellos quieran buscarte, ¿no es cierto?
Acepté su deducción.
—Esta cápsula es una versión antigua. Para que puedas usarla en plenitud
te necesitamos con él —⁠argumentó Barrett.
—¿Tú también lo tienes? —le pregunté a la chica.
—Sí. Pero ya no funciona.
Me costaba creer todo lo que decían.
—¡Ah! Y también hace las veces de inhibidor —⁠añadió Larry desde su
consola.
—¿De qué?
—¡De sueños reales! ¿Recuerdas haber soñado algo desde tu primera
sesión?
—Pues…
Era aterradoramente cierto. No es que no lo recordase, es que estaba
seguro de que desde la primera vez que había usado una cápsula, mi mente se
había pasado las noches en blanco.
—Privan al cerebro de un estímulo al que está acostumbrado de forma
natural, lo que potencia el efecto adictivo del sustituyente. Nos convierten en
yonquis de sus sueños.
—Es… horrible —acerté a valorar. Ya lo creía antes, pero se me estaban
empezando a terminar los calificativos para describir semejante barbarie.
—En Albiorix utilizan este sistema desde que empezaron a usar las
cápsulas con fines lúdicos —⁠recuperó la voz Barrett⁠—. Su objetivo inicial era
muy distinto, y hasta lo calificaría de loable, pero había intereses demasiado

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fuertes en reconducir el negocio. Ahora, sus experiencias son sencillamente
sueños plagados de órdenes que se agarran al cerebro para condicionar las
acciones de quienes los han vivido. Te pondré un ejemplo: ¿Por qué crees que
pediste una pizza aquella noche?
—Porque me apeteció.
—¡Claro! Porque nosotros hicimos que te apeteciera —⁠contrarrestó el
exmilitar⁠—. ¿Por qué la pediste en nuestro local?
—El local lo eligió mi asistente doméstico, y se equivocó.
—No se equivocó. Te leyó el pensamiento. Tú tenías grabado en la cabeza
cuál era tu preferencia, sin ni siquiera saberlo.
—No es verdad, no era una idea con la que hubiese llegado a casa. Lo
decidí en aquel mismo momento.
Pero Barrett se había empeñado en desmontar mis premisas.
—En absoluto. Saliste de la cápsula con ella. Al contrario de lo que nos
pueda parecer, las ideas del cerebro no son percibidas de forma inmediata. En
ocasiones, nuestro coco toma decisiones de las que tardamos un buen rato en
ser conscientes ¡pero que ya existían mucho antes!
Y Larry se esforzó en que me quedara claro:
—Lo extraordinario de las disonancias —⁠dijo con auténtica devoción⁠—,
es que son señales de una intensidad muchísimo mayor que la de los sueños.
En estos últimos, es tu cerebro el que va dando forma a los estímulos
recibidos de una manera más o menos natural. Las disonancias son señales
incisivas que lo fuerzan a recrear algo con un gran nivel de detalle. En otras
palabras: el emisor tiene poder total sobre el receptor y por eso puede hacerse
con el control de sus actos.
—Es increíble…
—¿Entiendes ahora el verdadero potencial de estas máquinas?
Me costaba asimilarlo. Ya no era que alguien influyese sobre nosotros,
condicionándonos en nuestro comportamiento o en nuestra forma de pensar;
era directamente que alguien suplantaba nuestra conciencia, que se vestía con
el manto de nuestra piel para hacernos actuar a su antojo. ¿Quién había en
realidad bajo la apariencia de los líderes mundiales? ¿Quién gobernaba bajo
sus pellejos? ¿Qué intereses y propósitos perseguían? ¿El cerebro de quién
dirigía las manos de los terroristas y asesinos que veíamos en los telediarios?
Empecé a comprender que someterse o batallar eran las dos únicas vías.
Desde fuera sería imposible convencer a la gente de la amenaza que suponía
la Corporación, en esencia porque ellos ya eran la Corporación. Había que
escarbar en su corteza cerebral y plantar semillas de autocrítica; regar la

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simiente de un pensamiento reflexivo que los forzase a recapacitar. Solo así la
Humanidad podría salvarse de la esclavitud.
—¿Por qué me seleccionasteis a mí? ¿Cuestión de azar?
—No. En tu elección Bob jugó también un papel muy importante
—⁠contestó Larry, sin dejar de teclear.
—¿Quién coño es Bob?
—Bob es uno de los nuestros —⁠explicó Barrett.
—Es el tipo que vigila el aparcamiento que hay cerca de la sede de
Albiorix en la que nos conocimos —⁠concretó Alissa.
—¡Venga ya!
—Él es uno de los que han ido cribando a los posibles candidatos, y
finalmente se decantó por ti —⁠trató de convencerme.
—No puede ser.
—Te dije que había muchas cosas que ignorabas —⁠me recordó, riéndose
otra vez⁠—. Las palabras del crucigrama… te las inserté yo en la cabeza.
—No…
Resoplé. ¡Qué descabellado era todo! Tenía que autoconvencerme de que
la realidad superaba a la ficción, aunque me esperanzaba pensar que, de entre
todas las cosas que desconocía, pudiese haber alguna realmente valiosa. Por
desgracia, pronto dejé de dar cobijo a falsas ilusiones.
—¿Algo de esto tiene que ver con mi mujer?
La pregunta pareció sorprenderlos.
—¿Qué le pasa a tu mujer? —⁠preguntó Larry, desconfiado.
—La secuestraron hace más de dos semanas y nadie la encuentra.
—Joder…
—Lo siento, no sabíamos nada —⁠me desengañó Alissa.
—Espero que aparezca pronto.
Pero en medio de aquella vorágine, se me ocurrió que todos ellos podrían
serme de gran ayuda. No en vano, me encontraba en un punto desde el que no
sabía bien hacia dónde seguir. Avanzaba muy despacio, o no lo hacía, y
cuando lograba dar un paso en firme, no hallaba otra cosa que nuevos
impedimentos. Necesitaban de mí para proseguir con sus planes, o de lo
contrario no estaría allí. No sabía si pretendían pagarme de algún modo
—⁠suponía que no⁠—, pero los sacrificios que tuviese que hacer tenían derecho
a ser correspondidos, así que decidí proponérselo.
—Os ayudaré en todo lo que pueda para acabar con la tiranía de la
Corporación —⁠les confirmé, posicionándome al lado de su causa⁠—. A
cambio, lo único que pido es que me ayudéis a encontrar a mi mujer.

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Se quedaron pensativos.
—Nos parece justo —aceptó finalmente Barrett, tras un breve repaso a las
caras de sus compañeros⁠—. Pero para ello, sería interesante que nos hicieses
una introducción sobre las circunstancias que rodearon su desaparición.
Era lógico, así que les conté todo lo que sabía. No era mucho, y algunas
cosas seguramente estuviesen equivocadas pero, al menos, sirvió para
confirmar mis conjeturas.
—Sospecho que la Corporación es la responsable última de su secuestro
—⁠reconocí⁠—. Eli viaja mucho por negocios y es posible que en uno de sus
desplazamientos descubriese algo que no debía.
—Un golpe de infortunio —atribuyó Larry.
—Se codeaba con gente importante, así que no sería descabellado.
—Sí, es muy probable que la Corporación tenga algo que ver, sea del
modo en que sea —⁠dispuso Barrett.
—Siempre tiene que ver con todo —⁠condenó su compañero.
—Creo que el incidente de tu muerte pudo ser añadido como una
disonancia en el sueño original —⁠coincidió Alissa⁠—. Lo complicado es
averiguar por quién.
—¿Hay más cápsulas como esa en manos extrañas? —⁠Quise saber.
—Supongo que ha podido haber más robos, aparte del nuestro. Son
contrariedades que a la Corporación no le gusta hacer públicas.
—Sin duda —opinó Larry—. A nosotros no nos resultó tan difícil
hacernos con ella. Además, fíjate, según la chapa del registro, aparte de en
dos sedes más, estuvo un tiempo en la clínica a la que ibas. Puede que hasta la
hayas utilizado.
Le recordé que yo era un usuario reciente de esas máquinas, pero coincidí
en que Eli sí que podía haber estado en ella.
—Lo que está claro es que quien haya introducido esa secuencia en el
sueño de tu mujer lo ha hecho con un propósito —⁠observó por primera vez
RCP.
—¿Cuál?
Él se encogió de hombros.
—No lo sé. No tiene mucho sentido.
—No es por aguaros la fiesta —⁠intervino Larry⁠—, pero recordad que el
sueño se forma en la propia mente del sujeto. Aunque tu mujer viese tu
muerte, pudo no haber sido, necesariamente, lo que recibiese mediante
estímulos.
—Es posible… —admití, en base a la información que iba reuniendo.

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—Supongo que ella pudo interpretarlo de ese modo, aunque lo que le
insuflasen fuese otra cosa. Puede que incluso dirigida a otra persona.
—Quieres decir… que Eli pudo ser un receptor equivocado y que la señal
que interpretó como mi muerte estaba destinada a transformarse en la de otra
persona en el receptor correcto —⁠resumí.
—¡Premio!
—Creo que me voy a volver loco… —⁠concluí al palpar la complejidad
del asunto.
—No es para menos. ¿Por qué no descansas y te echas un rato? —⁠me
propuso Alissa⁠—. En unas horas deberíamos empezar con las primeras
pruebas.
—¿Qué pruebas?
—Tú hazle caso y descansa —⁠la secundó Larry⁠—. Tu mente va a
necesitar estar fresca para lo que se le avecina.
Alissa me acompañó a una especie de dormitorio improvisado, con una
colchoneta en el suelo sobre la que se extendía un saco de dormir y una
cajonera de oficina a modo de mesita de noche. Había también una estantería
con algunos libros y ropa doblada.
—Este es mi cuarto, por así decirlo —⁠me explicó⁠—. Puedes dormir en él
mientras te preparamos el tuyo.
—Gracias, Alissa.
Comprobé la hora en mi teléfono móvil y vi que en aquellos sótanos
carecíamos de cobertura.
—Antes de acostarme, me gustaría ver si tengo algún mensaje o llamada
perdida. ¿Te importa que suba un momento?
—Tengo apuntada la contraseña del wifi que preparó Larry en un papel de
ese cajón. Si quieres, métesela al teléfono.
—Lo haré, pero ahora me vendría bien llenar los pulmones de aire fresco.
—Vale. Las puertas están cerradas con llave, pero hay ventanales abiertos
por los que entra el aire de la calle —⁠dijo, dando media vuelta para irse.
—Ese pájaro… —Pronuncié casi en un susurro.
Alissa me oyó y se volvió de nuevo hacia mí.
—El mirlo blanco —concreté—. En el sueño me guiaba hacia un lugar.
—¿Hacia dónde?
—No estoy muy seguro.
Se quedó meditando unos instantes.
—Mi labor consistió solo en ponerlo ahí —⁠repuso⁠—. Lo hubieses visto
independientemente de la experiencia que estuvieses viviendo, así que no sé a

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qué obedece que te haya conducido a algún lugar concreto dentro de ella. La
disonancia original carecía de un comportamiento complejo.
Si ella no había dirigido al pájaro, tenía que haberlo hecho otra persona,
pero ¿quién? ¿Podrían estar cohabitando dos disonancias en mi cerebro? No
tenía el conocimiento suficiente para quedarme con las hipótesis viables y
excluir las que iban más allá, y tampoco estaba convencido de poder
alcanzarlo en el futuro.
—No te preocupes —le dije—. Seguramente estuviese solo huyendo de
mí.
Nos despedimos y cada uno tomó un camino diferente; ella volviendo con
los chicos y yo yendo escaleras arriba, hacia el piso principal.
No me resultó difícil llegar a la superficie retrocediendo los pasos que nos
habían llevado hasta el sótano, aunque debo reconocer que hacerlo solo, daba
un poco más de miedo.
Una vez llegado a la puerta por la que habíamos entrado, mi teléfono
empezó a recibir los avisos pendientes. Casi todo eran correos estúpidos o
publicitarios, pero también tenía dos llamadas de números desconocidos, un
mensaje y una notificación de Bernie requiriendo mi atención. Lo primero
que hice fue abrir el mensaje. «Lo siento, Miles. He hecho todo lo que he
podido. Espero que estés bien. Puedes pasar a recoger tus pertenencias cuando
quieras. Un abrazo, Louis». Louis era el nombre de pila del señor Cutmore y
Miles el de un gestor financiero oficialmente despedido. Ya no me bastaba
con encontrar a mi mujer, también tendría que buscar un nuevo empleo.
Entré en la aplicación de Bernie y elegí la opción para establecer
comunicación con él.
«Hola, Miles».
—¿Qué sucede, Bernie?
«Me habías pedido que durante tu viaje al lago estudiase el algoritmo de
desencriptado para acceder a la mente de la repartidora».
—Sí, es verdad. ¿Hay algo?
«Me llevó más días de lo previsto, pero ayer por fin logré comprenderlo».
—Más vale tarde que nunca, amigo.
«Así es. El caso es que cuando esta tarde esa chica estuvo en casa
esperando a que te preparases, tuve tiempo de aplicarlo sobre ella y conseguí
acceder a una capa más profunda que guardaba información interesante».
—¡Eso es magnífico! ¿Y qué averiguaste?
«Algunas cosas que no te vas a creer».

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IX
Me los encontré sentados en una sala diáfana que utilizaban a modo de
cocina. Estaban jugando una partida de póker apostando algunas monedas
mientras tomaban café. Coyote estaba con ellos y, en cuanto notó mi
presencia, corrió a saludarme.
—¿Cuánto llevabas sin dormir? —⁠me preguntó Alissa nada más verme⁠—.
Teníamos que haber empezado las pruebas ayer.
—No seas tan dura con él; recuperaremos el tiempo perdido —⁠la
tranquilizó RCP.
—Venga, desayuna algo. Te vendrá bien —⁠me aconsejó Larry,
arrastrando por la mesa una caja de cereales que tomó de una repisa.
Me eché un puñado en la mano y se los acerqué al hocico a Coyote. Me
fijé en las vastas manchas de humedad que desconchaban las paredes. Le
quitaban el apetito a cualquiera. Un calendario de 2015, cuyas hojas habían
dejado de arrancarse en mayo, colgaba en una de ellas, supuse que cubriendo
algo todavía más desagradable.
—Luego te traeré comida para él —⁠me prometió el experto en
informática.
—¿Tenéis más café?
RCP me indicó dónde estaba la cafetera. Todavía quedaba medio depósito
y seguía caliente. Me serví una taza y me senté en una silla libre.
—¿Has descansado bien entonces? —⁠se interesó.
—Sí, muy bien, gracias.
—Este es un refugio tranquilo. Aquí podemos trabajar sin que venga
nadie a molestarnos, ya me entiendes —⁠explicó Larry.
Asentí. Era un alivio saber que se sentían seguros allí abajo aunque, en
caso de asalto, yo veía aquello lo más parecido a una ratonera.
—¿Quién podría venir a molestarnos?
—Pues, para empezar, la Policía, porque alguna vez hemos tenido que
saltarnos varias señales de tráfico. Y después, la propia Corporación, que
cuenta con un equipo de matones que ya quisiera la mafia calabresa.
Sentí un poco de vértigo al comprobar la magnitud del asunto en el que
me estaba involucrando. No había sido capaz de averiguar casi nada sobre mi
mujer y ahora unos tipos que parecían sacados de Matrix me pedían que fuese

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su Neo particular. Al menos, siguiendo con la analogía, esperaba que no
contasen con un traidor en el equipo.
—¿Y seguís creyendo que yo puedo ayudaros?
—Eso es.
—¿Porque le transmití a Bob un par de palabras que habíais colado en mi
cabeza?
—No es solo eso —puntualizó Alissa⁠—. Bob observó en ti unas pautas de
comportamiento específicas y unas reacciones concretas. Por ejemplo, cuando
volvías al aparcamiento tras las sesiones, siempre presentabas una actividad
cerebral mucho mayor que cuando dejabas el coche allí. Él lo comprobaba en
sus monitores. Eso indicaba que, pese a que tu cerebro había estado sometido
a una actividad intensa, todavía reaccionaba de forma adecuada. También
señaló que te mostraste interesado en el verdadero significado y propósito de
lo que ocurría en el edificio de la Corporación.
Pese a que muchas de las situaciones extrañas vividas en el aparcamiento
podrían tener ahora explicación, seguía resultándome tan inverosímil que
aquel tipo hubiese estado analizándome como al principio.
—Siguen siendo dos simples palabras. Nada más —⁠objeté.
—Las palabras, como conceptos, son, por así decirlo, la unidad atómica
de una disonancia. Luego están las sensaciones básicas y los sentimientos,
como el frío y el calor o el cansancio y la pena. Por último, tendríamos las
percepciones más complejas que captamos con la vista o el oído. Contigo
probamos con el mirlo blanco un par de veces sin éxito hasta que, por fin,
fuiste capaz de verlo. Eso nos confirmó que eras especial.
Confirmado o no, yo no me sentía especial, y dudaba bastante del valor
real de las conclusiones de Bob.
—¿Modificasteis mi sueño desde aquí?
—Desde aquí no podemos hacer esas cosas —⁠declaró Alissa, echando sus
cartas sobre la mesa⁠—. Por eso he tenido que ir varias veces a sus
instalaciones. Me metía en las cápsulas y, al mismo tiempo que me inferían
las experiencias, yo grababa mis disonancias en la memoria RAM de los
servidores. Luego tú y otros sujetos llegabais y las recibíais, algunos
percibiéndolas y otros no. Ha sido un trabajo duro, la verdad.
—Y lo peor era que al tratarse de memoria volátil, todas se perdían con
cada reinicio del sistema —⁠añadió Larry.
—Por desgracia, los equipos que tenemos aquí solo sirven para nuestras
pruebas, por lo que muchas veces tenemos que jugárnosla yendo hasta las
sedes de Corporación —⁠lamentó RCP.

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—Y porque yo no podría hacerlo con esta máquina tan antigua, claro
—⁠reconoció la chica.
Me terminé el café de la taza y me levanté para servirme un poco más.
Después de tantas horas durmiendo, el despertar no era un proceso inmediato
y entender lo que decían esos tipos requería siempre un extra de atención.
—Habladme del proceso de creación de las experiencias —⁠les pedí.
—Pues, para empezar, podríamos partir de que un sueño no pertenece a
un único creador —⁠empezó a explicar Alissa⁠—. Algunos llegan a pasar
incluso por cuatro o cinco, y en varios ciclos, antes de darse por cerrados. Es
lo que se conoce como proceso de refinamiento. Normalmente el primer
creador no es capaz de concebir la experiencia con total exactitud, ni siquiera
después de varios intentos. Por eso se depura en la mente de otros creadores,
hasta alcanzar el resultado óptimo. De ese modo evitan también un
condicionamiento excesivo y la completa dependencia de un solo creador
—⁠explicó, encogiéndose de hombros⁠—. La cuestión es que durante ese
proceso, el sueño puede sufrir alteraciones muy importantes, llegando en
algunos casos a un resultado final muy alejado de su concepción inicial.
—¿Hasta qué punto?
—Hasta el punto de cambiar localizaciones, actores o incluso la
meteorología. Por ejemplo, en tu caso, ni siquiera ver al asesino en el sueño te
serviría para reconocerlo en el mundo real, porque podría haber sufrido
alteraciones durante el refinamiento. Tendríamos que dar con el creador que
aportó la secuencia del asesinato y tomar nota del aspecto del individuo tal y
como aparece en ese sueño concreto. E incluso ahí podría no ser muy exacto,
si no lo sabes interpretar —⁠resumió, dándome a entender que ella lo tenía
muy claro.
—La única opción es intentarlo.
Larry carraspeó.
—En teoría, todos los sueños son almacenados —⁠le recordó la chica⁠—,
así que, en teoría, podríamos acceder a cualquier de ellos.
—Sí, claro. Pero en la práctica, están en un lugar indeterminado y puede
que incomunicado, así que, en la práctica, no sé si va a ser posible —⁠desarmó
él, quizá más realista.
—Si estuviesen aislados, la Corporación no podría acceder a ellos para
reproducirlos, lumbreras —⁠contraatacó RCP⁠—. ¿Y tú presumes de ser
informático?
—¡Qué gracioso!
—Sí, muy gracioso, pero te toca darme la razón.

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—Entonces —traté de sintetizar—, si encontráramos al creador del sueño
primario, o bien al que añadió la disonancia de mi asesinato durante un
refinamiento, podríamos resolver el rompecabezas, ¿no?
—Sobre el papel, sí, pero… no es tan sencillo. Los creadores son como
entes a los que es casi imposible llegar —⁠explicó Larry, controlando de reojo
a RCP⁠—. Pero es que, incluso teniéndolos delante, sería poco probable que se
prestasen a hablar con nosotros.
—Es normal. La Corporación mataría a sus creadores antes de exponerse
a que estos revelasen sus secretos.
—Sí, no debe ser un ambiente laboral muy distendido.
—Al menos, como este, seguro que no.
—A propósito, ¿vosotros sabéis dónde están? —⁠pregunté.
—¿Dónde están… viviendo?
—Sí.
—En instalaciones de la Corporación. En principio, no las abandonan a no
ser que deban documentarse para crear nuevas experiencias.
—¿Y no salen nunca si no es para eso?
—Bueno, si lo piensas, es como trabajar en Google —⁠comparó Larry.
—Eso no tiene gracia —le reprendió Alissa.
—¡Perdón!
—No entiendo cómo pueden mantenerse rodeados de tanto hermetismo
—⁠admití, aunque parecía evidente que los creadores eran la piedra angular de
la Corporación y sin ellos nada tendría sentido. Era lógico que estuviesen
altamente protegidos.
—Bueno, son su principal activo —⁠corroboró RCP.
—Me gustaría que me dijeseis más sobre cómo se documenta una
experiencia.
Fue Alissa la que tomó otra vez la palabra.
—Aunque los creadores son personas singulares con unas capacidades
cerebrales fuera de lo común, tampoco es fácil para ellos generar los sueños
que se comercializan. Ten en cuenta que para soñar algo concreto hay que
predisponer al cerebro, no basta con tumbarse y dormir. La Corporación envía
a los creadores con semanas de antelación un dosier con los requisitos del
encargo: su temática, su ambientación…, y un montón de videos, imágenes y
otro material relacionado. La llaman fase de documentación. A veces, incluso
viajan al lugar en el que se encuadra el sueño y pasan unos cuantos días allí.
Todo eso no garantiza de ningún modo que el día de la creación el resultado
sea el adecuado, pero si sobrepasa un umbral establecido de calidad, entra en

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el proceso de refinamiento con otros creadores, de manera que entre todos
puedan moldear ese conjunto de sensaciones que dan forma a la experiencia
final.
—Entiendo… —dije, aunque todavía lo estaba digiriendo.
—Bien, porque necesitamos que llegues a ese umbral mínimo para pasar
el corte.
—¿Qué?
Me di cuenta de que, de repente, volvía a no entender nada.
—En eso va a consistir tu trabajo, colega. O al menos, en algo parecido
—⁠recondujo RCP, recordándome que si estaba allí era por un objetivo
primordial: ayudarlos a derrotar a la Corporación. Lo de mi mujer no dejaba
de ser para ellos un añadido muy secundario.
—No tienes las cualidades que definen a un creador —⁠reconoció Larry⁠—,
pero sí las suficientes para generar disonancias conceptuales.
—¿Estáis de broma? Esto es una locura.
—En absoluto. Eres más capaz de lo que piensas.
—Pero yo no estoy entrenado para ello.
—Lo sabemos —reconoció RCP—. Por eso es importante que empieces
tu preparación cuanto antes.
El exmilitar reunió todas las cartas y dio por concluida la partida. No
sabía quién había ganado, pero si alguien apareciese para entregar el premio
al perdedor del día, tenía claro quién se lo iba a llevar.
—Mi preparación, claro…
—¡Nos vemos allí! —me emplazó, guiñándome un ojo.
Larry y él se levantaron de sus sillas y se fueron de la cocina. Me quedé
mirando los posos de café pegados a la pared interior de mi taza.
—No sé qué opinar de todo esto —⁠me sinceré.
—Es confuso, lo sé —reconoció Alissa.
Pero, para mí, su magnitud sobrepasaba a la confusión. El eje de
coordenadas que me situaba en el mundo había desaparecido y me encontraba
flotando a la deriva entre interrogantes cuya respuesta era más incierta que la
propia pregunta. Temí que el único umbral capaz de presentarse ante mí fuese
el de la locura.
—¿Cómo saber que lo que estamos viviendo ahora mismo no es otro de
esos sueños?
La chica apuró su té y se encendió un cigarrillo.
—Es probable que lo sea, de hecho —⁠dijo, ofreciéndome otro. Preferí
rechazarlo.

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—¿Eso crees?
—Piénsalo. Estamos en una realidad en la que los sueños son tan reales
como ella misma. ¿Dónde podríamos estar, si no es en otro sueño?
Su reflexión no carecía de cierta lógica, pero hacía que todo se volviese
aún más insustancial.
—¿Y qué sentido tendría luchar, si así fuese?
Su mirada se perdió en un rincón lleno de cables que a simple vista no
pertenecían a ningún aparato. Encogió las piernas y apoyó los pies sobre el
extremo de la silla.
—¿Acaso te has dejado atrapar alguna vez por alguien que te persiguiese
en un sueño?
—Creo que no.
—¿Te has dejado matar? ¿O has corrido y peleado, mostrando siempre
resistencia?
En cierto modo, tenía razón.
—En nuestros sueños luchamos por lo que nos importa con todas nuestras
fuerzas, porque ese ámbito en el que nos movemos es nuestra realidad. Igual
que hacemos ahora. —⁠La chica se quedó pensativa⁠—. De todos modos, es
posible que también me condicione el miedo a descubrir que no lo es en el
último momento, cuando ya sea demasiado tarde para reaccionar.
Me quedé mirándola sin saber qué decir.
—Mira, no sé tú, pero yo no he visto ningún mirlo blanco por aquí abajo,
así que supongo que eso es buena señal —⁠completó, dejando escapar esa
sonrisa ladeada que tanto la caracterizaba⁠—. Anda, vamos; es hora de
convertir este sueño, para algunos, en una pesadilla.

En la sala de la cápsula, Larry y RCP ultimaban los preparativos de la primera


prueba. Barrett también estaba con ellos, repasando con atención unas
anotaciones de su cuaderno. Ver el habitáculo iluminado, listo para empezar a
funcionar, hizo que me temblasen las piernas. Era viejo y estaba sucio
—⁠parecía otra máquina distinta a las que seguían operando en las sedes de la
Corporación⁠—, pero en el fondo, conservaba el mismo halo de reminiscencias
absorbentes.
—¡Buenos días! —me saludó el cabecilla⁠—. Ya me han dicho que te has
levantado dispuesto a comerte el mundo.
Yo no lo hubiese definido de ese modo, pero fingí darlo por acertado.

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—Esto está casi listo —informó Larry, tecleando como un poseso sobre
su consola.
Me acerqué a los monitores y vi que varios de ellos mostraban imágenes
del interior de lo que supuse eran diferentes clínicas de Albiorix. Sentí una
punzada en el pecho al reconocer el vestíbulo del edificio al que tantas veces
había ido con Eli. Como cabía esperar, estaba atestado de gente.
—¿Por qué observáis esos lugares?
—Observar al enemigo es fundamental —⁠justificó Barrett.
—Nos sirve para identificar a las personas. Si tú nos fallas, tenemos otros
siete candidatos seleccionados por Bob con los que podemos probar
—⁠reconoció Larry sonriendo. Dudé si bromeaba o no, pero sus compañeros
no se rieron.
—También nos sirve para ubicar a los diferentes empleados de Albiorix.
En función de las veces que entran y salen, y el horario en el que lo hacen,
podemos más o menos extrapolar cuál es su rol dentro de la empresa. Sobre
todo, en lo referente a los que visitan varios edificios en la misma semana.
—¿Y habéis descubierto a algún creador?
—Tenemos uno o dos posibles, pero no acabamos de verlo claro.
—¡Bueno, basta de charla! —⁠interrumpió Barrett⁠—. Vamos a probar si
nos sirves o si tenemos que volver a ir de pesca.
Su sentencia tuvo el mismo efecto en mí que la llegada de un enfermero a
una habitación indicando el momento de bajar al quirófano. Me planteé
insinuar la necesidad de ir al baño para salir corriendo en cuanto tuviese
ocasión, pero si algo tenía ante mí era una magnífica oportunidad de
demostrar mis agallas. Respiré hondo varias veces y me lancé:
—¿Qué tengo que hacer?
—Ya sabes cómo funciona esto —⁠me dijo Alissa⁠—. Te quitas la camisa,
te tumbas ahí y te conectamos. Después, a dormir.
—¿Solo eso?
—En esta primera sesión, sí.
—¿Y las píldoras? —pregunté, mientras me desabrochaba la camisa.
—Las píldoras son solo otro invento de Albiorix para provocar
dependencia. Poseen una mezcla de opiáceos y otros compuestos sintéticos.
—¡Una bomba! —exclamó Larry, arrastrándose en su silla hasta la
cápsula⁠—. ¿Necesitas algún relajante, amigo?
—No —dije—. Probemos sin anestesia.
Me acerqué al aparato y me recosté en su interior. Ni desde fuera ni desde
dentro despertaba en mí la misma sensación que en la pulcra sala de la clínica.

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Si en aquellas ocasiones tenía la impresión de estar visitando al dentista, aquí
lo que me veía era tumbado en una camilla de la morgue.
Larry me colocó los terminales de rigor y ajustó algunos parámetros en la
consola.
—¿Estás listo?
Miré a Alissa. Se mostraba seria, pero no parecía preocupada. Frente a los
monitores, RCP empezó a entonar O sole mio. Envidié estar en la piel de
cualquiera de los tres.
A mi señal, Larry accionó el mecanismo de cierre y la compuerta
descendió sobre mí para aislarme del universo. Mis nervios me hacían pensar
que no lograría dormir, pero la cápsula había sido diseñada para combatir las
peores vigilias y era implacable con sujetos como yo. Igual que siempre,
escuché un motor dando vueltas, noté la frescura del aire llenando el
compartimento y el abrazo invisible de un Morfeo de silicio que me recogía
del suelo y me elevaba por encima de las nubes.

Fue el familiar susurro de la descompresión el que me trajo de vuelta al plano


terrenal. Hice acopio de todas mis fuerzas y me incorporé vaciando mis
pulmones. Abrí los ojos, valorando por primera vez de forma positiva la
oscuridad del subsuelo. Alissa se acercó para examinarme, mientras Larry y
RCP chequeaban algunos resultados en sus monitores.
—No sé lo que me habréis hecho —⁠conseguí decir⁠—, pero tengo la
cabeza como si me la hubiese aplastado una apisonadora.
—¿Recuerdas algo?
—No.
—Es normal. Han sido solo unas pruebas de intrusión —⁠me informó
Alissa, revisando mis pupilas⁠—. Intentamos penetrar en tu cerebro y medir
sus capacidades.
—¿Y cómo ha ido?
—Larry tiene que analizarlo.
Barrett se acercó a los monitores e intercambió unas palabras con el
informático. Su expresión era cada vez más severa.
—Creo que no les gusta lo que ven —⁠predije.
—No te preocupes —me quiso tranquilizar Alissa, pero era obvio que su
percepción era la misma.
Me fijé en que la chica había cambiado su ropa holgada y deportiva por
una más propia del punk, con una minifalda plisada sobre unas medias

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violetas y una camiseta de tirantes. En los pies se había calzado unas botas de
cuero altas y, adornando su rostro, lucía un maquillaje centrado en sus ojos,
para los que había escogido un tono azulado, a juego con su pelo. En
conjunto, era una transformación increíble que le hacía parecer unos cuantos
años mayor que antes y diría que incluso más alta.
—¿Cuánto ha durado la prueba?
—Unas dos horas.
Ya sabía que la noción del tiempo era algo que en la cápsula se perdía por
completo, pero el no haber tenido actividad cerebral consciente me
imposibilitaba hacer cualquier tipo de estimación.
—Vamos a esperar para quitarte los electrodos a que nos confirmen que
todo ha ido bien —⁠me dijo, expectante.
Pero cuando su conversación con el informático llegó a su fin, Barrett se
acercó hasta nosotros y, sin perderse entre rodeos, nos trasladó su resolución:
—Lo siento —pronunció muy serio⁠—. No nos vales.
Me quedé helado. Aunque sabía de sobra que el puesto me venía grande,
en algún lugar conservaba una porción mínima de la esperanza de encontrar
en aquel equipo la fuerza necesaria para continuar mi cruzada. Tan parco
como su veredicto, ese átomo de fe, de pronto, había estallado sin hacer ruido
como una pompa de jabón.
—No pasa nada —acepté, al notar la mano de Alissa sobre la mía.
Barrett apretó los labios y cerró los ojos.
—Lo siento de veras —enfatizó, antes de irse de la sala estrangulado por
una gran decepción.
—Quizá teniendo más tiempo y trabajando muy duro hubiéramos podido
intentarlo —⁠quiso suavizar Larry⁠—. Tienes lo esencial, pero no está lo
suficientemente maduro.
—Bueno, lo hemos intentado.
—Gracias por haberte prestado a ello —⁠añadió RCP.
Les sonreí.
—En cuanto me vista, recogeré todas mis cosas.
—Tómate el tiempo que necesites. Es lo menos que podemos hacer por ti.
Cuando termines, te acercaré a casa.
Sin duda, todos compartían mi misma desilusión. Creo que habíamos
asumido que los cinco formaríamos un buen equipo, pero ahora nos tocaba
volver atrás y continuar por distintos caminos.
—Qué pena… —admitió Alissa, con la expresividad del mar en sus ojos.
—Juntos o separados, nos irá bien. Ya lo verás.

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Me enfundé lo que me quedaba de ropa y, en medio de un silencio
sepulcral, salí de la sala y me dirigí hacia la habitación. Les había dicho que
recogería mis cosas y me iría, pero realmente no tenía demasiadas, así que
terminaría pronto. Paré en la cocina para beber un poco de agua pues, aunque
no estaba sediento, notaba mi boca pastosa. Coyote estaba tumbado,
mordisqueando una pelota de tenis que no sé de dónde habría sacado.
—Espero que no hayas cambiado la dirección de los recibos todavía —⁠le
dije⁠—. Cancelamos la mudanza.
Él no me hizo el menor caso. Llené un vaso con agua del grifo y bebí la
mitad. Luego lo aclaré y lo dejé bocabajo sobre un paño de cocina. Me sentía
ridículo. ¿A qué demonios había ido allí? ¿A jugar a ser un superhéroe
callejero que un día descubre sus poderes y destruye a una maligna
corporación? ¡Qué cosa más absurda! Chasqueé los dedos y Coyote se levantó
de inmediato, esperando mis órdenes.
—Vámonos de esta pocilga.
Fui hasta la habitación y cogí mi cazadora y mi mochila. Después, volví a
la sala de la cápsula sintiendo en mi interior el despertar de un tímido agravio.
Era lacerante saber que el hecho no de poder ayudarlos anulaba también su
compromiso en la búsqueda de mi mujer. Pero así se comportaba el ser
humano, a menudo más pendiente del beneficio particular que del común, y
eso que esa gente alardeaba de estar actuando casi, casi como una ONG
contra el mal.
A mi llegada, los cuatro miembros de la resistencia permanecían callados,
cada uno pendiente de una tarea específica. Noté algo extraño, aunque no
sabría concretar qué. Parecía como si el aire de la sala se hubiese vuelto
mucho más denso y frío.
—He pensado que para no molestaros, cogeré un autobús —⁠dije.
Me miraron con sorpresa. Seguramente no me esperasen de vuelta tan
pronto.
—No es ninguna molestia —me aseguró RCP⁠—. Y no te dejarán subir al
autobús con el perro.
—Da igual, ya me las arreglaré. Me apetece tomar el aire.
—De acuerdo. Tienes una parada nada más salir. Pasa cada quince
minutos y te llevará hasta el centro.
—Estupendo.
—Si no ves llegar ninguno en un rato, vuelve por aquí.
—Bien —acepté, antes de soltar un largo suspiro⁠—. Pues nada, espero
que tengáis más suerte con el próximo candidato y que logréis darle a la

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Corporación lo que merece. El día que la vea caer, brindaré por vosotros.
—Gracias, tú también habrás colaborado en ello —⁠reconoció el
excombatiente.
—Y mucha suerte con lo de tu mujer —⁠añadió Larry, aunque para
entonces ya lo recibí como un comentario un tanto hipócrita.
Alissa se acercó a él, le pidió su manojo de llaves y se dirigió hacia la
puerta.
—Te acompañaré arriba —me dijo.
Subimos las escaleras y atravesamos los pasillos sin abrir la boca. Con las
enormes botas militares la chica prácticamente igualaba mi estatura. Pero no
era eso lo que más me chocaba en ella sino, quizá, su falta de emoción ante
algo tan determinante como el fin de nuestra relación. Vale que no habíamos
intimado casi nada, pero su comportamiento era más propio de una asistenta
de la Corporación que de la chica resuelta que llevaba pizzas a mi puerta y me
hacía preguntas sobre pájaros.
Salimos del edificio, cruzamos el patio y, al llegar a la verja exterior,
Alissa abrió el candado y se volvió hacia mí.
—Gracias por darnos ilusiones. Tu empuje ha puesto en marcha nuestra
maquinaria y no dejaremos que su inercia desaparezca.
—Me alegra oír eso —le respondí⁠—. Por favor, dile adiós a Barrett de mi
parte.
—Lo haré.
Sin más, me di la vuelta y me alejé del matadero, embargado por un
creciente desengaño. Cuando lo perdí de vista, tomé asiento en un banco y
saqué mi teléfono de la mochila.
—Llamar a Hubert —pronuncié directamente.
«Sí», dijo él, casi de inmediato.
—Hubert, soy Miles. ¿Te pillo mal?
«No, no, ¿qué pasa?».
—Estoy en Silver Valley. ¿Podrías venir a buscarme?
«¿Silver Valley? Está bien. Pásame tu localización y dame unos treinta
minutos».
—No sabes cómo te lo agradezco.
Colgué el teléfono y, sin preocuparme de las notificaciones, lo volví a
tirar en el interior de la mochila.
—Vaya panorama, ¿eh, colega?
Coyote me miró con ojos tristes. Nunca me había sentido tan perdido.

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Hubert llegó puntual. Detuvo el coche frente al banco y esperó a que nos
subiéramos.
—¿Qué haces por estos suburbios?
—Es una larga historia. Te la contaré cuando me reponga.
—Vaya, eso no me deja muy tranquilo.
—Estoy bien.
Él entrecerró los ojos sin saber si creerme o no.
—De acuerdo —aceptó al fin—. ¿Dónde te llevo?
—A casa.
Hubert no me hizo más preguntas y yo tampoco quise profundizar en el
asunto, pues necesitaba ver las cosas con más perspectiva para emitir un
juicio razonable. Así, durante el trayecto, la conversación se centró en su
tienda de animales y en la inesperada confesión de su coqueteo con la
veterinaria. Siempre habían mantenido una buena relación laboral y parecía
que a ambos les atraía la idea de llevarla un paso más allá. Me alegré por mi
amigo, quien nunca había tenido mucha suerte con las mujeres o, al menos,
no desde que yo lo conocía.
Me dejó a la puerta de mi edificio y, aunque se ofreció a ayudarme en
cualquier otra cosa, preferí no abusar más de su generosidad. Sabía que había
dejado su tienda desatendida y por cada minuto que pasase fuera de ella
podría estar perdiendo clientes. Quedé en pasarme a visitarlo al día siguiente,
o dos días después, aprovechando para comer juntos, y me esperé en la acera
hasta verlo desaparecer.

Al entrar en casa, Bernie me realizó un chequeo anímico completo y optó por


un seguir un programa diseñado para levantar la moral de los usuarios. Lo
cierto es que reencontrarme con él fue como una extraña paramnesia y
aunque, en realidad, había pasado poco tiempo desde mi escapada con Alissa,
al verme entre las paredes de mi apartamento sentí sobre mí el paso de los
años. Era como volver a una vida pasada o, como mínimo, a una etapa
anterior de la misma ya finalizada.
Antes de ponerme al día revisando los mensajes pendientes, me serví una
copa y me senté en el sofá. Consideraba que recuperar a Eli era a esas alturas
un asunto de vida o muerte pero mis fuerzas no daban para más. Sus captores
ni siquiera se habían pronunciado todavía sobre un posible rescate. ¿Por qué
seguían dilatando la situación? ¿Con qué fin la habían secuestrado? ¿Es que
no querían nada a cambio? Aunque no estuviese dispuesto a cerrar ninguna

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puerta, cada vez me parecía más evidente que la Corporación estaba detrás de
ello, quizá porque Eli hubiese descubierto algo en su última visita a la clínica.
Algo relacionado con mi asesinato, de hecho, o incluso algo más allá del
mismo.
«Miles, el inspector Ryssen ha entrado en el portal», me informó Bernie.
—¿El inspector Ryssen?
«Y viene acompañado de tres policías».
En efecto, al abrir la puerta me encontré con la antipática presencia del
inspector Ryssen y tres de sus hombres escoltándolo. No puedo decir que
perdiese el tiempo con saludos ni formalidades.
—Señor Cavanagh, será mejor que nos acompañe —⁠me advirtió de
inmediato.
—¿Acompañarlos?
—Ahora mismo.
—Pero ¿de qué va esto?
—Sabemos de su relación con el grupo terrorista Luna Negra.
—No sé de qué me habla.
—Si no quiere que la cosa vaya a peores, le aconsejamos que venga con
nosotros.
—¿Tiene una orden de arresto?
—No, todavía —reconoció con desprecio⁠—. No me haga esperar por ella.
—Sin esa orden no pondré un pie más allá de esta puerta.
La mirada del policía se infectó de un arrebato demencial.
—Entonces seremos nosotros los que la traspasemos —⁠sentenció,
propinándome un violento empujón en el pecho.
—¡¿Qué está haciendo?!
Dos de sus acompañantes se adelantaron y, flanqueándome, me agarraron
de los brazos. El tercero corrió a sujetar a Coyote del collar y lo arrastró
forcejeando hasta la habitación, dejándolo encerrado y ladrando tras la puerta.
—¡¡Bernie, pide auxilio!! —⁠grité.
—Eso, Bernie, llama a la Policía.
El inspector Ryssen cogió un taburete, se acercó a la centralita domótica y
la reventó a golpes. Después, se inclinó hacia atrás para tomar impulso y me
asestó un puñetazo en el estómago. Caí de rodillas, doblado por el dolor.
«Se ha producido un aviso de asalto al norte de Mount Pleasant —⁠empezó
a transmitir el walkie de uno de sus hombres⁠—. Su localización indica que se
encuentra ya en el lugar. Por favor, indique estado de la situación».

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—Controlada —confirmó el policía, tras acercárselo a la boca y pulsar el
botón de comunicación.
Grité para pedir auxilio, pero el inspector Ryssen se apuró en
desengañarme.
—Es una grabación, cretino. ¿Qué sabe de Luna Negra?
—¡Nada!
Mi respuesta fue correspondida con una brutal patada en el costado.
—¿Dónde se esconden?
—¡Váyase a la mierda!
Enfurecido, cogió su pistola y me colocó el cañón sobre la sien.
—¿Daría su vida antes que confesar dónde están sus amiguitos?
—Que le jodan.
El inspector hizo temblar su dedo sobre el gatillo.
—¿Cree que no está cargada, verdad? —⁠preguntó sonriendo como un
psicópata⁠—. Porque sí lo está. Sí, sin duda lo está.
—Señor. Ya basta —se atrevió a frenarle uno de sus hombres.
—Vaya, pero si tenemos aquí a un disidente.
—Ya ha captado el mensaje, señor.
El inspector le sostuvo la mirada unos instantes, luego se incorporó y me
arreó una nueva y demoledora patada en el abdomen.
—¡Idiota! —exclamó, escupiendo sobre mí⁠—. Volveré con esa orden y le
encerraré para siempre. ¡Vámonos de aquí!
Antes de irse, uno de los policías se acercó a mí con una jeringuilla y me
la clavó en el muslo, vertiendo su contenido en mis venas.
—Dulces sueños… —me susurró, copiando el tono delirante de su
superior.

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X
La cápsula se despresurizó de una forma más tosca que a la que sus
semejantes me tenían acostumbrado, quizá debido a su antigüedad o al poco
mantenimiento que suponía que recibía.
Al abrir los ojos, lo primero que vi fue la atenta cara de Alissa orientada
hacia mí.
—¿Estás bien? —me preguntó, tras dejar que aclimatase.
—No sé lo que me habréis hecho —⁠conseguí decir⁠—, pero tengo la
cabeza como si me la hubiese aplastado una apisonadora.
—¿Recuerdas algo?
—¿Recordar?
Empecé a sentirme confuso.
—Recuerdo que me fui de aquí por no pasar vuestras pruebas —⁠dije,
tratando de situarme en el espacio y en el tiempo⁠—. Recuerdo que tú eras
diferente. Y recuerdo al inspector Ryssen dándome una paliza en mi
apartamento.
—Parece que todo ha ido bien. Nos sirves —⁠me informó Barrett desde la
consola, dando una sonora palmada.
—Pero… ¿qué está pasando aquí?
—Era una prueba que tenías que pasar —⁠dijo con naturalidad⁠—. Lo
siento, pero no podíamos arriesgarnos a que nos traicionases.
—¿Qué?
—Estamos seguros contigo en el equipo. Eso significa que podemos
seguir adelante con las disonancias. Tenemos algunas sencillas por aquí para
probar.
—¿Me tomáis el pelo?
—En absoluto —contestó Larry—. A mí también me hicieron pasar por
algo parecido estos sinvergüenzas.
—Si a ti te hubiésemos hecho pasar por algo parecido, no estarías en el
equipo —⁠le espetó Barrett.
—¡Gracias, hermano!
No sabía cómo reaccionar. Por un lado, me aliviaba pensar que lo último
que había vivido no fuese real pero, por otro, me sentía utilizado, quizá hasta
traicionado, por el hecho de que no hubiesen confiado en mi palabra.

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—No te quites los electrodos —⁠me indicó Alissa⁠—, que ahora es cuando
empieza lo bueno.
Pero yo en esos momentos no estaba preparado para continuar. Precisaba
relajarme y asimilar con calma su manera de actuar.
—¿Puedo descansar un rato?
—Hay que aprovechar que tu cerebro ahora mismo gira como la turbina
de un reactor nuclear.
—Necesito beber un poco de agua.
—Claro. Te la traigo ahora mismo.
La chica se retiró a la cocina y enseguida regresó con un vaso en la mano.
Lo bebí del tirón como si nunca hubiese probado antes algo tan bueno.
—Creo que esto no os lo perdonaré en la vida —⁠le confesé.
—Todos nos jugamos mucho, Miles.
Supuse que en el fondo tenía razón. Yo mismo les había insistido en que
seguramente se hubiesen equivocado de candidato. Era normal que se
preocupasen por su seguridad. Además, mi prioridad seguía siendo encontrar
a Eli y si ellos podían ayudarme, lo menos que debía hacer era tragarme mi
orgullo y buscar ese fin. Después de todo, no estaba allí para hacer amigos y,
cuando la colaboración terminase, volvería a mi vida sin tener contacto con
ellos nunca más.
—Jamás —recalqué.
—El premio te hará olvidar el rencor.
Esperaba que así fuese. Me recosté y traté de abstraerme mientras la
cápsula se replegaba sobre mí. «Allá vamos de nuevo», pensé, antes de darme
cuenta de que no sabía exactamente hacia dónde íbamos de nuevo. ¿Había
dicho Barrett algo de probar disonancias? Noté cómo una nueva ráfaga de aire
puro me rociaba e inspiré hasta tensar la piel de mi pecho.

—¡Buen trabajo, chicos! —nos felicitó otra vez Barrett⁠—. Ahora sí que es
hora de tomarse un descanso.
Larry y RCP dejaron sus auriculares sobre la consola de mandos y
siguieron a su jefe hacia la cocina, haciendo bueno su ofrecimiento de un par
de cervezas frías.
—Vosotros dos, también —nos instó el primero desde la puerta.
—Ya vamos —dijo la chica, retirándome la malla de la cabeza.
—¿Qué hora es? —le pregunté.
—Las dos.

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—Vaya…
—Sí, hemos estado jugando con varios parámetros y el tiempo ha sido
uno de ellos.
Me sentía cansado, como si hubiese estado leyendo un complicado texto
científico durante todo el día. Era aterrador pensar que las siguientes pruebas
pudiesen exigirme un esfuerzo aún mayor, y si así fuese, me vería obligado a
plantarme. Seguro que había otras formas de proceder que no se pareciesen
tanto a una lobotomía, porque si no, que se mentalizasen de no contar
conmigo. Lo que me hacían traspasaba mis límites de lo tolerable.
—No sé si podré con esto, Alissa —⁠me sinceré.
—Es necesario que lo hagas.
Pero en aquellos momentos, lo que en verdad necesitaba era parar.
—Tú metiste en mi sueño la disonancia del mirlo. ¿Por qué no puedes
realizar estas pruebas?
Ella me miró con ojos opacos.
—¿Me estáis usando como conejillo de indias?
—No, Miles.
—Entonces, si tampoco es algo peligroso, no entiendo por qué no lo haces
tú.
—Porque no puedo —se defendió. En sus palabras me pareció percibir un
embozado lamento⁠—. Para llegar al servidor central necesitamos una
disonancia REM de una potencia que yo ya no podría alcanzar.
Verla afectada, me incitó a recular. No era justo que pagase con ella mi
frustración.
—Sé que es duro —continuó—. Yo también lo he vivido. Pero para
ninguno de los que estamos aquí es más fácil. Y la recompensa que
perseguimos vale la pena.
Tenía razón. No era quien para ponerme a llorar como un chiquillo, y
menos aún, cuando la vida de tanta gente estaba en nuestras manos. Me quité
los últimos electrodos y salí de la cápsula. Recogí mi camisa de sus manos y
me la enfundé.
—Sé que eres la creadora del sueño del lago —⁠le dije, abrochándome los
botones.
Alissa se apartó un par de metros de mí y me dio la espalda. Sacó un
cigarrillo de la cajetilla y lo encendió entre sus labios.
—Pasaste una temporada trabajando en el lago Maligne para preparar la
experiencia. No eras una simple empleada como los demás en el
embarcadero.

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Ella aspiró dos caladas seguidas.
—¿Por qué lo dejaste? ¿Por qué ya no estás con la Corporación?
No me contestó.
—¿Lo sabe Barrett?
—¡Me escapé! ¿Vale?
Su fugaz estallido dio paso al silencio. De nuevo, había perdido una
ocasión maravillosa de mantenerme callado. Valoré la posibilidad de que mis
niveles de empatía se hubiesen visto mermados durante el entrenamiento.
—Lo siento —me disculpé, avergonzado.
Con voz queda, Alissa empezó a relatar:
—Desde muy pequeña tuve problemas de adaptación. No atendía a las
explicaciones en la escuela, no me relacionaba con mis compañeros y no
interactuaba con los profesores. Cuando me diagnosticaron autismo, mis
padres optaron por enviarme a un colegio especial, con un ambiente
específico para niños con mi misma enfermedad. Allí descubrieron que mi
capacidad intelectual era extraordinaria y que no disminuía tampoco cuando
estaba dormida. Eso me hacía presentar una gran actividad física en periodos
de inconsciencia. Ya ves, autista y sonámbula a la vez.
La chica se detuvo para dar otras dos caladas seguidas al cigarrillo. Luego
continuó:
—Pasaron los años entre pruebas y estudios que buscaban encasillar esas
y otras particularidades de mi perfil, hasta que, de algún modo, la
Corporación conoció mi caso y se interesó por mí. Imagino que, literalmente,
me compró pagando una cantidad de dinero que alguien se embolsó en su
chaqueta y acabé formando parte de su grupo de creadores. Era la más joven
del equipo.
Bernie ya me había dado algunas pinceladas de su testimonio robadas de
su subconsciente, pero escucharlo entero saliendo de su boca hacía que se me
encogiese el alma.
—No ha tenido que ser una vida agradable —⁠señalé.
—No lo ha sido —convino ella, aplastando el cigarrillo contra el suelo⁠—.
Aunque los que han oído hablar de los creadores piensen que viven en una
especie de suite de lujo, rodeados de opulencia y distinción, la realidad es
bien distinta. La sobreexplotación mental es inhumana. A veces, un creador es
obligado a repetir su experiencia decenas de veces hasta obtener un resultado
comercialmente viable, aunque luego ese resultado vaya a ser refinado por
otros creadores en las mismas condiciones. Lo habitual es acabar extenuado y
¿cómo puede alguien dormir por las noches cuando lleva durmiendo horas y

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horas durante el día? Nunca se consigue descansar, se pierde la noción del
tiempo, la consciencia del día y la noche, de las estaciones. La mayoría de los
creadores aguantan ese ritmo unos meses, en los que pueden llegar a producir
treinta o cuarenta sueños distintos. Después, con el cerebro achicharrado, son
desechados. Ahí es cuando el despojo humano al que han quedado reducidos
termina sus días postrado en la cama de un sanatorio mental, junto a los que
disfrutaron de sus experiencias. Podrían matarlos directamente, pero les es
más sencillo dejar que se mueran por sí mismos; total, es algo que ocurre en
pocas semanas.
No sabía cómo reaccionar. Sentí un poco de lástima por ella porque, en el
fondo, bajo esa superficie de chica ruda y pasota había un ser herido por su
propia existencia. Un ser al que el mundo había tratado mal y que no conocía
otra cosa que el sufrimiento. Pero también era alguien fuerte que luchaba por
salir adelante, que se revelaba contra todo y que solo necesitaba de un último
empujón para hacerse letal.
—Tu relato es escalofriante —⁠valoré⁠—. La gente debería saber cómo
funciona la Corporación para, entre todos, acabar con ella.
—Eso es imposible, la Corporación está en todas partes. Y ni siquiera la
mayoría de los de dentro lo saben.
Me sentía tan rabioso como impotente. Asumir que el mal era dueño del
mundo y que nada podía hacerse por remediarlo era como para volverse loco.
—Pero tú pudiste escapar.
—Sí, pude hacerlo. Creé la experiencia del lago y otras cuatro anteriores
más. Con esa última noté cuánto me había degradado y, aprovechando uno de
los traslados, me fugué. Por supuesto, la Corporación me sigue buscando, por
eso es tan arriesgado para mí ir a sus clínicas. Tener mi chip inactivo hace que
no puedan rastrearme aunque use sus máquinas en sus narices, pero también
que solo pueda meterme en la RAM del sistema y no en su núcleo central.
Está férreamente asegurado y, aunque no me detectasen en persona,
reconocerían mi patrón.
—¿Tu patrón de disonancias?
—Eso es. Está presente en todas las experiencias en las que participé, ya
fuera como creadora original o como refinadora. Analizando un sueño se
puede identificar a sus autores, como se puede reconocer al pintor de un
cuadro tras examinar sus trazos o su estilo. Pero el patrón no fue lo único
personal que dejé en mis creaciones. También coloqué ciertas trampillas por
las que poder colarme si, llegado el momento, lo necesitaba. Trampillas que

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ahora te vendrán muy bien porque son los puntos de acceso que debes
aprovechar para lanzar tu disonancia.
—¿Trampillas? ¿Y cómo las reconoceré?
—Se representan como objetos dentro del sueño. En mi caso, siempre
utilizaba libélulas. ¿Viste alguna por el lago?
—Sí. Aunque me temo que una de ellas acabó un poco rota —⁠dije,
recordando el ala del insecto de peluche.
—La habrán degradado durante el refinado. Es lo malo de que otros metan
las zarpas en tu trabajo. O puede ser cosa de un centinela.
—¿Un centinela?
—Son personas que también trabajan para la Corporación, inmersas en las
experiencias, y que buscan garantizar el correcto funcionamiento de las
mismas. Algo así como la Policía en ese contexto.
—Pero van de incógnito.
—Eso es. Puede que alguno se topase con ella, la considerase un ítem
ajeno a la experiencia y la destruyese. Yo siempre trato de esconderlas, pero
nunca están del todo a salvo de los centinelas.
—¿Por qué escogiste ese insecto?
—En la cultura japonesa, los samuráis las usaban como emblema, pues
eran símbolo de buena suerte. Akitsu Shima es también el antiguo nombre de
Japón y significa Islas Libélula. Mis abuelos maternos son originarios de allí.
Sabiéndolo, pude reconocer en sus facciones unas pinceladas orientales
que hasta entonces se me habían pasado por alto.
—Así que cuando vea una libélula, podré lanzar una disonancia.
—Eso es. Las hay en todas mis creaciones.
—Pero ¿cómo lo haré?
Alissa sonrió.
—Lo habrás aprendido cuando estés preparado.
De la cocina llegaron unas risotadas de Barrett. Parecía que el resultado de
las pruebas lo habían llenado de optimismo.
—¿Cómo los conociste?
—¿A los chicos? En la red. Existen muchos grupos activistas contrarios a
Albiorix en un segundo plano pero que poco a poco van perdiendo el miedo a
alzar la voz. RCP y Barrett pertenecían a uno denominado Luna Negra, pero
pronto surgió la ocasión de montar algo por nuestra cuenta y aquí estamos.
Larry se unió unos meses después. Sus historias personales, la verdad, las
desconozco.

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—Quiero que me hagas un favor —⁠le pedí⁠—. Quiero que me mandes otra
vez al bosque. Sin disonancias. Quiero vivir la versión original de tu sueño.
—¿Crees que te ayudaría a encontrar a tu mujer?
—No lo sé, pero necesito comprobarlo. Después de viajar al lago volví a
meterme en una de las cápsulas, y el sueño varió. Y creo que en la dirección
correcta.
Alissa miró por encima de mi hombro.
—¿El mismo sueño se hizo diferente?
—Sí.
Se quedó pensativa.
—Entonces has sido tú quien lo ha hecho evolucionar en base a tu propia
experiencia.
—Y quiero seguir haciéndolo hasta llegar a algo tangible.
—Mira, no sé si podré hacerlo, Miles. Poco a poco he ido perdiendo esa
capacidad. A las disonancias menores sí que puedo enfrentarme, pero ya no
creo que sea capaz de crear un sueño completo. Tengo la mitad del cerebro
chamuscado.
—Te ruego que lo intentes.
Ella se volvió hacia la cápsula y, al instante, bajó la mirada.
—Está bien, haré lo que pueda. Mientras, ve con ellos. Conócelos un poco
más —⁠me sugirió, recogiéndose el pelo en una coleta⁠—. Pero intenta
arrancarles su historia con algo más de tacto que conmigo. Yo intentaré
revivir y grabar aquel sueño tal y como lo concebí en su momento. Si lo
consigo, será todo tuyo.
—Te lo agradezco de veras —⁠dije con voz temblorosa.
Me di la vuelta y, dejándola a solas, me fui a degustar con los chicos
aquella cerveza.

—¡Ey! —me saludó Larry al entrar en la cocina.


Coyote estaba con ellos y, como siempre, nada más verme se lanzó a mí
para que lo acariciase.
—Le he traído pienso a tu perro —⁠dijo Barrett. En efecto, en su rincón
había un plato lleno de comida especial para él.
—Gracias.
—¡Cógete una! —me invitó RCP—. Hay muchas en la nevera.
Fui hasta el deslucido electrodoméstico y saqué cuatro nuevas latas. Puse
tres sobre la mesa y abrí la cuarta para darle un trago inmediato. La cápsula

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de sueños me provocaba siempre una sed terrible. Me senté con ellos y traté
de intuir de qué estaban hablando, pero enseguida la conversación se tornó
hacia mí. Entonces me di cuenta de que Larry estaba tomando algo parecido a
una bebida al cacao.
—¿Cómo te encuentras? —se interesó Barrett.
—Bien, aunque algo cansado.
—Es normal. Estas primeras sesiones son duras. Hoy no haremos más.
—Me gustaría hacer otra.
—¿Qué? Ni hablar. No quiero tener que llevarte al nuevo Riverview.
—¿Un hospital mental es lo que me espera si abuso?
Barrett dio un largo trago de cerveza.
—No lo sabes, claro —reflexionó⁠—. El hospital ha sido reconstruido
gracias a los fondos de un inversor privado que a poco que investigues
descubrirás: la Corporación Albiorix. ¿Y sabes por qué lo ha hecho?
Negué con la cabeza.
—Porque le viene de perlas para internar a las personas a las que han
freído el coco sin que nada trascienda. Se cree que hay más de cuatrocientos
pacientes en tratamiento continuo, y todos eran personas normales que un día
tuvieron la mala idea de divertirse en una de sus cápsulas. ¿Dónde crees que
conocimos a Larry?
Barrett rio a carcajadas.
—¡Yo nunca he probado una de esas cosas! —⁠se quejó el aludido⁠—. Oye,
¿y Alissa? —⁠me preguntó para cambiar de tema.
—Se ha quedado revisando unas gráficas —⁠mentí.
Larry asintió, aunque sospeché que no le había convencido. Tal vez de
esos asuntos se ocupasen tan solo ellos tres.
—Me ha contado cómo os conocisteis.
—Tuvimos mucha suerte de encontrarla —⁠confesó Barrett, al que intuí lo
movía cierto instinto paternalista.
—Es una chica extraordinaria —⁠admitió RCP.
—Sin ella, nada de esto estaría pasando, eso seguro —⁠determinó
finalmente Larry.
Barrett abrió la lata que le había acercado y me dedicó un brindis.
—Lo importante es que los cuatro hemos formado algo más que un
equipo. Somos una familia y eso tiene un enorme valor para mí —⁠se sinceró
el grandullón.
—Lo que no me contó es de dónde salisteis cada uno.

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—Tampoco es ningún secreto —⁠dijo RCP⁠—. Yo he sido toda mi vida un
activista. Estuve muchos años con Anahareo, defendiendo los derechos de los
animales. Cuando ella murió, me enrolé en el ejército, en la división de
Infantería Ligera. En Afganistán conocí a un ángel negro al que juré seguir
hasta el fin de mis días.
—Un ángel negro al que salvaste la vida —⁠le reconoció Barrett.
RCP sonrió, paladeando su bebida.
—Solo fui el primero que te encontró. Cualquiera de tus hombres hubiera
hecho lo mismo.
—¡De eso no estoy tan seguro!
—Y yo solo soy un doctor en Inteligencia Artificial y varias cosas más de
quien estos dos se aprovechan todo lo que quieren —⁠se quejó Larry.
—¿Aprovecharnos? —cuestionó Barrett⁠—. ¿No te he traído otra bolsa de
M&M’s para ti solo?
—Una bolsa de M&M’s entre más de ochenta latas de cerveza no es una
gran deferencia.
—Haber madurado a tiempo —le espetó, justo antes de lanzar otra brutal
carcajada.
El antiguo mando militar apuró su lata de un trago y se levantó
arrastrando la silla hacia atrás.
—Mañana a las siete y media continuaremos. Disfrutad de la tarde, y
tened cuidado si salís —⁠dijo antes de retirarse⁠—. ¡Ah! Y siento que hayas
tenido que pasar por lo de antes.
—Aquello ya está olvidado.
—Yo también tengo cosas que hacer, camaradas —⁠se disculpó RCP⁠—.
Nos vemos mañana.
Estrujó las latas vacías y las arrojó al contenedor de la basura. Nos dio una
palmadita en la espalda y se fue entonando el estribillo del Por ti volaré de
Andrea Bocelli.
—Bueno, qué, ¿qué te ha parecido esto? —⁠me preguntó Larry al
quedarnos solos.
—Sois un equipo… interesante.
—¿Interesante? —repitió, riendo⁠—. Bien, me gusta ese calificativo.
Asentí.
—Oye, Miles. Estando en la cápsula, durante el test de aceptación, vi que
se activaban en tu cabeza regiones límbicas y neurotransmisores relacionados
con la atracción sexual.
—¿Disculpa?

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—Que tu respuesta neurológica incluía evidencias de estar
experimentando esas sensaciones. Antes de la paliza.
—¿Y qué me quieres decir?
—En resumen, que Alissa es muy joven para ti, ya me entiendes.
Me pareció que los celos eran el principal motor de su preocupación.
—¿Sabes? Necesito que me dé un poco el aire. Creo que subiré a dar un
paseo con el perro —⁠le dije.
—No te vayas muy lejos.
—No saldré del recinto.
Bebí lo que me quedaba de cerveza y animé a Coyote a que me siguiera.

Nada más pisar la tierra del patio, Coyote echó a correr, dejando su impronta
con orina en varios puntos estratégicos. Me resultaba curioso ver con qué
facilidad los escogía, siempre dirigiéndose al punto preciso. Después de unas
cuantas carreras, todo el exterior del matadero era suyo.
Me encogí dentro de mi abrigo. El cielo estaba cubierto de nubes grises y
la brisa era fría. En un ambiente tan húmedo no tardaría en tiritar. Decidí
moverme antes de perder temperatura y atravesé el patio hasta la malla de dos
metros de altura, coronada con alambre de espino, que delimitaba el
perímetro. Al otro lado estaba el peor Vancouver de la actualidad: una zona
marginal plagada de edificios deteriorados y locales cerrados con un índice de
criminalidad y desempleo a la cabeza del país. Aquel paisaje, sumido en un
clima tan desmotivador, se hacía especialmente aciago. Como había previsto,
pronto empecé a tiritar.
Coyote me hizo notar su presencia dándome toquecitos con el hocico.
—A ti tampoco te gusta esto, ¿eh, amigo?
Él no me contestó, pero se veía diferente.
Al otro lado de la calle, a los pies de un edificio, dos hombres con
gabardina y sombrero conversaban sin ganas. Me pareció que ninguno podía
echar al otro en cara el no compartir su efusividad. Una mujer caminaba
corcovada portando unas bolsas con los pocos productos que le permitiría
comprar su escaso subsidio o una mísera pensión de viudedad. Al pasar junto
a los hombres, tuvo que bajarse de la acera para poder continuar. Pensé que si
tuviera que vivir en un sitio así, vendería mi alma al diablo para comprar una
cápsula y encerrarme en ella hasta que la compañía eléctrica me cortase el
suministro. Luego, seguramente, saltase desde alguno de esos tejados.
Coyote empezó a gemir. Estaba claro que no se encontraba a gusto allí.

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—Vamos a dar una vuelta y entramos, ¿vale, colega?
Atajamos en oblicuo una esquina del solar y recorrimos el lateral del
edificio hasta la parte trasera. Nos topamos con un muelle de carga con tres
puertas bajo un pequeño voladizo por el que, supuse, debían cargar las piezas
de carne en los camiones refrigerantes. Una de las persianas que cubrían las
puertas había sido forzada por algún toxicómano o vagabundo en el pasado,
dejando el hueco necesario para poder entrar y salir. Decidí comprobar a
dónde se llegaba a través de ella. Tiré de las lamas sueltas hacia fuera y le
hice un gesto a Coyote para que se metiese por el agujero. Me colé tras él
teniendo cuidado de no cortarme con el afilado extremo de las tiras metálicas
y volví a tirar de ellas en sentido contrario para disimular un poco la abertura.
Cuando me incorporé, vi que estaba en un pequeño lugar de tránsito que
unía otros espacios de mayor tamaño con los muelles de carga. Accediendo al
primero de ellos descubrí que se trataba de una sala de despiece de unos
cincuenta metros de largo y veinte de ancho. Del techo colgaban ganchos y
motosierras llenos de mugre. También había algunos cuchillos y machetes
tirados por el suelo. Parecía que no se habían parado a limpiar el último día,
antes de irse. Por suerte, los restos de sangre y vísceras estaban ya secos y no
desprendían olores. Aun así, la presencia allí no se hacía agradable, así que le
di un toque a Coyote en el lomo y salimos de la sala de troceado. No puedo
negar que estuve tentado a guardarme un cuchillo en el bolso, por precaución.
Después de todo, estaba encerrado en una especie de búnker con unos
desconocidos mucho más fuertes y diestros en el combate que yo, y no me
ofrecían todavía la suficiente confianza como para dármelas de seguro con
ellos a mi lado.
Llegamos a otra estancia más grande, regada por la tenue claridad de los
lucernarios del techo. Me di cuenta de que se trataba del vestíbulo principal,
al que habíamos llegado por la puerta delantera el día anterior. En un lateral
distinguí el pasillo por el que nos habíamos metido en busca de las escaleras
de acceso a los sótanos. Volvimos sobre nuestros pasos y examiné otras
puertas en la sala de despiece. La primera conectaba con una enorme cámara
frigorífica y la segunda llevaba a una nueva sala de desangrado y degüello,
supuse que de pollos, a tenor de las cintas correderas con ganchos que
colgaban del techo. Sobre las paredes había todavía muchas herramientas de
cortado. Empecé a sentir náuseas imaginando cómo las aves llegaban
transportadas por las cintas y eran decapitadas una tras otra, regando con su
sangre las botas de sus verdugos.

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Abrí una tercera puerta y descubrí un alargado corredor con un aseo y dos
oficinas a los lados. Por las ventanas se veían archivadores, mesas, sillas y
papeles tirados por los suelos. Al final del pasillo, una escalera transportaba al
piso inferior. Pero antes de llegar a ella, una última puerta protegida por un
candado me hizo preguntarme qué guardaría. Oí los pasos de alguien
subiendo desde el sótano y pronto divisé la efigie de Barrett pisoteando los
últimos peldaños.
—¡Hombre! ¿Qué haces tú ahí perdido? —⁠se interesó.
—Dábamos un paseo.
—¡Bien! Pasear es una de las cosas más relajantes que existen. Y también
es muy saludable.
Miró hacia la puerta y después, me preguntó:
—¿Quieres saber lo que hay detrás de ella?
—Si no es algo que pueda matarme…
—Bueno, eso según se mire.
Tomándolo como un sí, Barrett sacó un llavero del bolsillo y escogió la
llave adecuada. Me pregunté qué criterio habrían seguido para elegir al
guardián de cada una de las diferentes puertas, pero cuando vi lo que aquella
albergaba detrás, comprendí que solo el hercúleo veterano podía estar en
disposición de controlar su acceso. Se trataba de un cuarto con multitud de
armas de fuego ancladas a las paredes y también algunos cuchillos de corte
militar. Me dio la impresión de que podrían abastecer a un ejército entero.
—¡Menudo arsenal!
—Nunca está de más ser precavido, ¿no crees?
—Tenía entendido que vuestros métodos eran pacíficos.
—Y lo son, de momento. Pero si la Corporación nos descubriese, tendría
garantizada una bonita bienvenida —⁠sentenció con orgullo⁠—. ¿Quieres coger
algo?
—No, gracias.
—No, claro que no —confirmó, riendo⁠—. Estas cosas no las puede
manipular cualquiera. Se necesita un entrenamiento especial. Igual que para
lo que estás haciendo allá abajo.
Barrett pasó su mano por la culata de un subfusil como si acariciase algo
extremadamente delicado. Parecía sentir fascinación por su belleza y por su
tacto.
—Son tan bellas como una mujer, ¿no crees?
—Yo no diría tanto.
Me miró alzando una ceja, como si mi respuesta lo descuadrase.

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—Bueno, pues ya conoces a nuestras pequeñas aliadas —⁠apostilló,
espabilando⁠—. Venga, vámonos antes de que no me pueda resistir a coger
alguna.
Salimos de la armería y la puerta volvió a sucumbir a su mandato.
—Hay una canasta arriba, por si te aburres y quieres poner a prueba tu
puntería de un modo más pacifista.
—Gracias, lo tendré en cuenta.
Barrett continuó por la ruta establecida antes de toparse conmigo y yo
seguí explorando las dependencias que me faltaban por ver. En el sótano
identifiqué la cocina, los vestuarios convertidos en cuartos donde se habían
instalado Alissa y los chicos y, al fondo, la gran sala de la cápsula. Entré en la
cocina a prepararme un café pues, aunque en el interior del edificio no hacía
el mismo frío que fuera, la temperatura seguía siendo bastante baja y notaba
mi cara helada y mi nariz, húmeda.
Larry seguía allí metido. Estaba leyendo un ejemplar atrasado de la revista
Focus. Pese a lo mucho que reverberaban los ruidos en un espacio como
aquel, tardó unos segundos en darse cuenta de que habíamos vuelto.
—¡Ey! ¿Qué tal? ¿Habéis disfrutado del paseo?
—Bueno, he estado en hoteles con jardines más bonitos —⁠admití,
mientras cargaba la cafetera.
—Ya. Este sitio apesta.
—¿Por qué lo habéis elegido?
—La Corporación descubrió nuestro anterior escondrijo. ¡Y no veas cómo
están los alquileres en Vancouver!
Esperando a que el café se hiciese, me senté a la mesa con Larry. Coyote
se echó sobre la manta doblada que le habían puesto en un rincón.
—¿Le pasa algo al perro? Está como decaído.
—Sí, no es el de siempre. Creo que está empezando a acusar la ausencia
de mi mujer.
—Ya…
—Lo siento, Miles —lamentó Alissa, apareciendo en ese instante por la
puerta.
Al verla comprendí lo mucho que le dolía haberme fallado.
—No te preocupes —le dije—. Gracias por intentarlo.
—¿Intentar el qué? —Quiso saber Larry.
—Reprogramar un sueño de la Corporación para que él lo reviviera.
Solamente eso.
—¡¿Qué?! ¿Estáis locos? Si Barrett se entera, os matará.

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—No exageres, que no es para tanto. Además, él también estuvo de
acuerdo con ayudarlo. ¿Cómo lo íbamos a hacer si no?
—¡Vale! ¡Yo no sé nada! ¡Allá vosotros! —⁠dijo, volviendo la atención
hacia su revista.
—No seas tonto. Ya te hemos dicho que no he podido.
—Deberías estar descansando, y no reviviendo viejos sueños —⁠me
recordó Larry⁠—. Esta mañana has trabajado duro, pero dentro de unas horas
te necesitaremos lúcido otra vez.
Miré a Alissa, quien se limitó a soplar un mechón de pelo que le caía por
la frente.
—Larry, ¿tú no podrías ayudarnos?
—¿Yo?
—Tú eres informático.
—¿Y qué?
—Que tal vez puedas meterte en los sistemas de la Corporación y robarles
el sueño que me interesa.
—No sé, Miles, yo… No sabemos dónde se encuentran esos sueños.
—¿Y si lo supiéramos? —preguntó RCP desde la puerta.
Larry lo miró desconfiado.
—¿Tú no tenías cosas que hacer?
—¡Vamos! ¡Colabora con nuestro amigo!
—Aunque lo supiéramos, no sería suficiente. Habría que burlar la
seguridad que los protege que, seguramente, sea igual o mayor que la del
sistema central.
—¡Qué exagerado!
—¡Soy realista, maldita sea! —⁠protestó Larry⁠—. Además, es hablar por
hablar porque no sabemos dónde están almacenados.
RCP se acercó a la cafetera pero, en última instancia, optó por abrir una
lata de cerveza.
—Cuando estaba destinado en Afganistán, teníamos unas cuantas cápsulas
que usábamos para descansar. Dormíamos en ellas y en un par de horas
estábamos despiertos, con los sentidos alerta y las pilas a tope para combatir.
Era una maravilla meterse en una de ellas y respirar ese aire puro y fragante
después de pasar veinte horas aspirando el polvo del desierto. Los
canadienses no teníamos muchas pero, de vez en cuando, a todos nos llegaba
el turno.
Yo desconocía que el ejército poseyera cápsulas para regenerar a sus
soldados en las guerras y me pareció pasmoso que pudiesen estar usándose

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para propósitos tan distintos al mismo tiempo.
—El caso es que cuando traían una cápsula nueva o se llevaban alguna
rota, o cuya reparación no se podía realizar in situ, la escoltábamos hasta el
aeropuerto o hasta el campamento, según fuese el caso. En el convoy solía
viajar también personal de Albiorix relacionado con el proyecto, técnicos y
algún supervisor, generalmente. En uno de esos trayectos conocí a una mujer
que formaba parte de ese segundo grupo. No era muy guapa, pero yo tampoco
lo soy, y ya sabéis que durante las misiones, pasamos muchos meses lejos de
casa. La invité a cenar, charlamos y, finalmente, nos acostamos. Pero eso
tampoco viene al caso, perdonadme. Lo que quería decir es que durante la
cena, entre vino y champán, me contó muchas cosas del proyecto que de
aquella poco me importaban, la verdad, pero que ahora sí que pueden sernos
útiles.
—¿De veras?
—Una de ellas es dónde se encuentran guardadas las experiencias.
—¡¿Qué?! —exclamó Larry—. ¿¿Y por qué nunca has dicho nada??
—Porque nunca han sido algo que necesitásemos.
—Supongo que eso lo cambia todo —⁠afirmé lleno de optimismo.
Larry enterró la cara en la palma de sus manos.
—Chicos, yo no soy ningún experto en seguridad. Sé de inteligencia
artificial, soy casi una eminencia en redes neuronales, en interfaces entre
sistemas… Pero en otros ámbitos, a lo más que llego es a robarle la conexión
wifi a esos pisos de enfrente.
—¿Qué tipo de perfil necesitaríamos entonces? —⁠preguntó RCP.
—Un experto en intrusismo informático, en descifrado de claves, en
lenguajes de programación a bajo nivel…
—Necesitamos a un hacker —⁠concluí⁠—. Al mejor que podamos
encontrar.

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XI
Como estaba previsto, durante los días siguientes continuamos con el
entrenamiento mental. Cada jornada realizábamos tres sesiones en la cápsula
en las que Larry estimulaba mis neuronas a fin de levantar puentes de
comunicación entre mi cerebro y el sistema. «Es como aprender un nuevo
idioma —⁠me decía⁠—. Tú la primera parte ya la has superado: eres capaz de
entender lo que el sistema te dice, tanto experiencias enteras, como pequeñas
disonancias. Ahora nos toca lo más complicado: hacerte entender a ti por él».
Con ese objetivo seguimos trabajando, aunque los progresos eran difíciles de
cuantificar. Yo me fiaba de Larry, cuando al acabar cada sesión le señalaba
mediciones en los monitores a Barrett y ambos afirmaban con la cabeza,
porque lo cierto era que desde mi posición, nada tenía forma de constatar.
Después de cinco sesiones, Larry me informó de que la correspondencia
entre mi cerebro y la máquina era buena, así que reduciría la potencia del
microchip que tenía implantado todo lo que pudiera. «Con este aparato
inhibimos el de Alissa. Al tuyo no podemos darle tanta caña, porque
necesitamos que emita y reciba». Me acercó el conocido dispositivo a la oreja
y lo puso a funcionar hasta que emitió un pitido. Sentí una pequeña quemazón
cerca del tímpano. «Ya está. A partir de ahora deberías ir recuperando la
actividad onírica; estate atento las próximas noches». Reconozco que me hizo
ilusión el volver a soñar por mí mismo.

«¿Huevos fritos con beicon? —⁠exclamó Larry al verme despertar de la octava


sesión⁠—. ¿¿Has enviado un mensaje diciendo eso??». Estalló de alegría
cuando se lo confirmé. «¡Es un hito importantísimo! ¡Enhorabuena!»,
remarcó, y salió corriendo a avisar a los demás. En verdad, era un logro que
me acercaba sin paliativos al objetivo final del entrenamiento: pronto sería
capaz de transmitir sensaciones. Me sentí orgulloso, capacitado y con muchas
ganas de seguir progresando.

Durante la cena del tercer día, RCP nos dio la gran exclusiva:
—Ahora que estamos todos reunidos, aprovecho y os lo digo, aunque
Barrett ya sabe algo: he localizado a un hacker que nos puede ayudar.

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Apreté los puños de gozo.
—Es un chico de Melbourne —⁠nos adelantó⁠—. Se llama Omar Tebbetts,
aunque siempre le ha gustado crearse nuevas identidades para sus jueguecitos
virtuales. Le conocen como Armadillo en los círculos en los que se mueve y
le tiene bastantes ganas a la Corporación. Parece ser que le prohibieron la
entrada a todas sus clínicas después de un lío gordo con la Policía.
—¡Vaya! Pues no sé si debemos fiarnos de alguien tan problemático
—⁠advirtió Larry.
—Por lo visto fue detenido cuando preparaba algo bastante jodido a nivel
mundial y desde entonces está bajo vigilancia, hasta que se celebre el juicio.
Es posible que le hayan requisado el pasaporte, pero podría trabajar desde
casa.
—No, no, no. Que consiga un nuevo pasaporte que le permita la entrada
en Canadá, y si no lo consigue, consígueselo tú —⁠dispuso Barrett⁠—. Lo
quiero aquí cuanto antes.
Pero el todavía único informático del grupo no lo veía claro.
—En serio, ¿no hay nadie mejor y más cerca? No me lo creo.
—El tipo es un crack, Larry. Ha ganado un montón de concursos
internacionales de hacking y ha trabajado para las mejores empresas de
antivirus. De un tiempo a esta parte puede que se haya pasado de la raya
pero… también nosotros nos situamos al otro lado de ella, ¿no?
Eso era bastante cierto. Salvo en mi caso, claro, porque yo todavía podía
considerarme un ciudadano ejemplar en busca de su mujer desaparecida.
—No hay más que hablar, Larry —⁠decretó Barrett⁠—. El tiempo se nos
echa encima y tenemos que ser resolutivos.
Aunque para mí el brío del cabecilla se traducía en algo positivo, sentí un
poco de lástima por el flacucho de la bata blanca, pues veía que sus opiniones
contaban más bien poco. Claro, que también era el que más objetaba cuando
se discutía cualquier asunto.
—R, recuerda que hoy te toca a ti fregar los platos —⁠le espetó después al
otro, como para evitar que se sintiese plenamente vencedor⁠—. Yo voy a subir
a fumar un puro, ¿me acompaña alguien?
—Aún no he empezado las natillas —⁠se excusó Larry.
—Fregaré esta marranada que me dejáis y luego subiré a echar unos tiros
—⁠argumentó, por su parte, RCP.
Alissa y yo decidimos ir con él. A mí siempre me apetecía ver el cielo, y
mucho más desde que vivía encerrado en un sótano. Avisé a Coyote para que

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nos siguiese, pero el perro no mostró demasiado interés. Le insistí y, tirándole
un poco del collar, conseguí que se moviera.
Salimos por un lateral del edificio, siguiendo una ruta por la que nunca
había ido. Bajo un tendejón estaba nuestra furgoneta aparcada, quedando
invisible desde el exterior. El cielo ya había oscurecido, aunque la noche era
clara y nos regalaba un precioso paisaje estrellado. Aunque no había
encontrado ocasión para ir a mi casa a coger más ropa, los chicos me habían
prestado algunas cosas —⁠las de RCP me quedaban grandes y las de Larry
ajustadas⁠—, y el abrigo que llevaba me servía de sobra para resguardarme de
un frío cada vez más diseminado.
—Espero no haberme equivocado —⁠reflexionó Barrett tras prender su
cigarro.
—Te agradezco lo que haces por mí —⁠le dije.
—Me comprometí a ayudarte —⁠recordó⁠—. ¿Tú cómo lo llevas?
—Bueno, le sigo dando vueltas a la experiencia en el lago. Creo que en
ella hay alguien en peligro, aparte de mí, y por eso no veo la hora de volver
allí.
—Es posible que alguien haya añadido una disonancia para decirte algo
—⁠intervino Alissa.
—¿A qué te refieres? —le preguntó su jefe.
—A que un creador que esté en peligro y no pueda escapar, como hice yo,
podría intentar enviar una señal de auxilio al exterior usando ese canal.
—¿Crees que se trata de eso?
—No lo sé, pero es viable.
A pocos metros, unos gatos se enzarzaron en una pelea callejera de uñas y
colmillos que logró disparar la atención de Coyote. El perro se incorporó de
un salto, tensó los músculos de su cuerpo y empinó las orejas. Le faltaba tan
solo una última señal para salir corriendo tras ellos y tomar parte en su
trifulca. Podía ser una palmada en el lomo, la entrada de uno de los felinos en
su campo visual, o quizá algo que solo su interior percibiera. Fuese una cosa u
otra, ninguna se produjo, y cuando los maullidos cesaron, Coyote retomó su
actitud relajada. Salvando las distancias, me vi protagonizando una situación
parecida y decidí reaccionar.
—Tenemos que liberar a los creadores —⁠determiné entonces, lleno de
convencimiento⁠—. A todos.
Mi arrojo hizo brotar en Alissa el mismo sentimiento.
—¡Cuenta conmigo!

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—¡Eh, eh! ¡Un momento, justicieros! ¿Queréis entrar en todos los
edificios de la Corporación y dejar libres a todos los creadores? —⁠preguntó
Barrett, sorprendido por nuestro ímpetu.
—No sería justo abandonarlos.
Estaba convencido de que él también lo veía así, pero su percepción
militar lo hacía valorar las dificultades desde un punto de vista más realista.
—Es una misión que entraña muchos riesgos.
—Sois vosotros los que empezasteis esto. Cuando yo llegué, me exigisteis
la voluntad de llegar hasta el final. Bien, pues ya sabemos dónde está ese
final.
Barrett expiró una bocanada de humo que a punto estuvo de sepultar las
estrellas.
—¿Y por qué pensáis que todos ellos van a querer desertar?
Alissa le contestó con una mueca que me dio a entender que Barrett
también sabía el calvario que había pasado allí dentro y que, por tanto, le
sorprendía que formulase esa pregunta.
—Lo tendremos que consensuar con el resto. Esto añade un extra de
dificultad al plan original con el que no contábamos y las desviaciones son
siempre arriesgadas.
—De acuerdo —accedió Alissa—. Aunque ya somos mayoría. A las
malas, tres contra dos.
—¿Tres? ¿Es que este ya se ha ganado el derecho a votar? —⁠cuestionó
Barrett en alusión a mí. Pero su ironía hizo que me sintiese integrado.
—Tengo un poco de frío. Voy a volver abajo —⁠se excusó la chica,
mientras replegaba su cuerpo menudo.
Barrett volteó el cigarro hacia su boca y lo sopló suavemente.
—Tu mujer y tú —empezó a decir cuando nos quedamos a solas⁠—,
¿lleváis muchos años casados?
—Solo siete meses.
—¡Vaya! Ahora entiendo por qué te brota todavía miel de los ojos
—⁠sostuvo riendo⁠—. No te agobies, la encontraremos.
—Gracias —respondí—. ¿Y vosotros? ¿Alguno tenéis familia?
—Como siempre digo: aquí somos nuestra propia familia.
—Pero… ¿y antes?
—Bueno, yo estuve casado un par de años, pero supongo que no
funcionó. Larry vivía con su madre hasta que esta falleció y al poco, se vino
con nosotros. RCP siempre ha sido un ligón, ya sabes, y Alissa creo que en

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los últimos tiempos ha salido con varias chicas, según me ha parecido
entender. Como ves, ninguno estamos para dar lecciones amorosas a nadie.
Me ofreció el cigarro pero se lo rechacé.
—Supongo que este estilo de vida requiere un espíritu solitario.
—Sí, tal vez.
—¿Qué pasará conmigo cuando recupere a Elisabeth?
—Si eso ocurre antes de que hayamos cumplido con nuestro cometido,
que ojalá así sea, espero que te quedes con nosotros un poco más. Luego ya es
a ti a quien le corresponde la elección de qué hacer en el futuro: volver a tu
vida anterior o continuar guerreando. En el fondo, siempre hay algo por lo
que luchar y cada uno tiene que elegir cuando quiere parar.
—Supongo que sí —medité, mientras veía cómo las estrellas se ocultaban
tras una nueva nube de humo.

El hacker llegó a Vancouver dos días después de que le confirmasen su


colaboración. RCP se había dado prisa con los trámites y el chico había salido
de su país en un avión de Air Canada haciéndose pasar por un turista normal y
corriente. El exmilitar había ido a buscarlo al aeropuerto a primera hora de la
mañana y sobre las diez, avisó de que su vuelo había aterrizado sin
contratiempos. Veinte minutos más tarde, nos confirmó también su encuentro
y el inmediato retorno al matadero. Larry había vuelto a respirar tras las
últimas novedades, pero sin apear del todo su mal agüero.
En el sótano ya habíamos completado una primera sesión de
entrenamientos, y nos encontrábamos tomando un café cuando llegaron.
—Os presento a Omar Tebbetts —⁠anunció RCP, invitándolo a entrar en la
cocina.
Omar era un chico pálido y delgado, con el pelo negro y alborotado.
Vestía unos vaqueros claros y una camiseta que decía «Ok, let’s go rescue
Sandy!», y desde el principio dejó claro que se caracterizaba por ser una
persona introvertida. Entró casi de puntillas, con reservas, como si temiese
molestar, y nos saludó alzando su mano igual que un indio, sin dejar de hacer
quiebros con la mirada.
—Hola —se atrevió a decir al final.
Le dimos todos la bienvenida y Larry fue presentándonos uno a uno, de
un modo similar a como había hecho conmigo. A mí me bautizó como El
bello durmiente, para explicar que mi papel allí consistía, básicamente, en
dormir.

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—Cualquier cosa que necesites, puedes pedírnosla —⁠le ofreció Barrett⁠—.
Aquí andamos con lo justo, como comprenderás. No sería la primera vez que
tuviéramos que salir pitando y sería una putada dejar atrás cosas de mucho
valor.
—¿Una birra? —le ofreció Larry.
—Gracias, pero no bebo alcohol.
—¡Ah! Yo tampoco. Bueno, solo cuando quiero celebrar algo. Un vaso de
agua, entonces.
—No es por rechazarla, ¿eh?
—Claro, no te preocupes. Aquí hay quién te lo agradecerá.
—Es que no lo bebo, de verdad —⁠insistió. Parecía preocupado por que no
lo malinterpretasen.
Larry levantó los brazos como si lo estuviesen apuntando con un rifle.
—Te daré… el agua.
—Sí. El agua está bien.
—La especialidad de Omar es la de colarse en los sistemas informáticos,
por blindados que parezcan —⁠presumió RCP⁠—. Contigo, Larry, formará un
tándem intratable.
—Sí, es muy probable. Luego te dejaré que eches un vistazo a nuestros
ordenadores. No son lo último de lo último, pero creo que servirán.
—No obstante, si necesitas que te proveamos de algo, cuanto antes nos lo
digas, antes lo tendrás —⁠dispuso otra vez Barrett.
Omar asintió, cogiendo el vaso que le ofrecía Larry.
—Este es el equipo humano y perruno. Ahora te enseñaré el palacio. Se
nos han acabado las habitaciones presidenciales, así que dormirás con Miles
—⁠decidió unilateralmente Barrett, aunque me miró tanteando alguna posible
censura que no demostré.
Lo acompañamos hasta la sala de la cápsula donde, nada más verla, su
cara cambió. Sus ojos se abrieron adquiriendo un brillo especial, no sabía si
por el entorno tecnológico que constituían los ordenadores y la cápsula en
conjunto, o por una posible adicción hacia esta última, acentuada por su
abstinencia obligada.
—Una Omicron 3500FTZ, de los primeros modelos que se fabricaron
pero también de los más fiables —⁠reconoció Omar⁠—. No llegaron muchas a
Australia. ¿De dónde…?
—Se la compré a mi madre pero no le gustó, y me daba pena devolverla
—⁠le contestó RCP.
Omar lo miró con extrañeza.

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—Es de las que funcionaban con microchip —⁠rememoró, volviendo su
atención hacia ella.
—Funcionaban y funcionan. En realidad se puede usar también sin él,
aunque con limitaciones —⁠quiso constatar Larry.
—¿Te gustaría probarla? —le preguntó el exmilitar.
Pero Barrett no quería que las cosas fuesen tan deprisa.
—Tranquilos, chicos —los frenó—. Él no ha venido aquí a divertirse. ¿O
ya se te ha olvidado?
RCP sonrió.
—Aunque quisieras usarla, no podrías —⁠terminó de desengañarlo
Larry⁠—. Está vacía y aislada. Todo lo que podrías encontrar ahí son los restos
de alguna disonancia con la que hayamos estado trabajando.
—Anda, échale un ojo a los ordenadores y dinos si es suficiente.
Larry lo acompañó y le fue mostrando los equipos, enumerándole las
ampliaciones realizadas en cada uno. Parecía que se ajustaban a sus
necesidades. Omar había traído en un disco duro una compilación de
herramientas software que preveía utilizar y se aseguró de que todas podían
correr en aquellas máquinas.
—Parece un poco callado —me dijo Alissa en voz baja.
Le resumí en un gesto coincidente mi parecer.

Por la tarde continuamos con las pruebas en la cápsula. Según me iba


explicando Larry, ya había sido capaz de establecer un canal estable de
comunicación entre mi mente y el servidor, y lo procedente a partir de
entonces era dar forma al mensaje que debía transmitir por él. Haciendo
buenos sus símiles, era como conocer un alfabeto y saber construir palabras,
y, en base a eso, utilizar una semántica apropiada para crear significado.
Dicho de otro modo, una cosa era decirle al ordenador central lo que te
apetecía desayunar y otra bien distinta era transmitir sensaciones
desagradables para generar rechazo. Pese al súbito brote de optimismo que de
mí se había adueñado, me di cuenta de que todavía me faltaba mucho por
aprender.
Dejé a Larry explicándole al nuevo la ubicación y naturaleza de los
servidores que debíamos hackear y a los antiguos militares contrastando la
información de los monitores, para meterme en la cápsula y proseguir mi
entrenamiento. Cada día que pasaba notaba que mi control mental y mi
capacidad aumentaban, y que ese túnel inescrutable que al principio tanto se

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me resistía, iba hospedando cada vez más luz. Diría que incluso estaba cerca
de elegir dormirme antes de que la cápsula ejerciera ese poder sobre mí.

—Enhorabuena —dijo Larry al concluir la sesión⁠—. Hemos detectado una


primera manifestación voluntaria de ondas rápidas en tu cerebro.
—Debo suponer que eso es bueno.
—Son las ondas beta y theta presentes en la fase REM, y es muy
importante que vayas manejándolas con consciencia —⁠añadió Alissa.
—¡Son el germen de las disonancias REM! —⁠exclamó Larry⁠—. Ya está
en tu interior, solo hay que seguir regándolo.
—Estás progresando a gran velocidad.
—Todavía me cuesta mucho trabajo concentrarme —⁠admití.
—Claro, es normal —coincidió Alissa⁠—. Te contaré mi secreto: yo
siempre empiezo imaginándome una lámpara de plasma. Pienso en sus rayos
fluctuando entre el orbe y el cristal, e intento canalizar esa energía en forma
de ondas. Cada vez añado más y más rayos a la lámpara, y al poco, una luz
cegadora empieza a brotar de su interior y se expande. Se expande por toda la
bola, por la habitación entera, y cuando esa luz es tan poderosa que parece
que va a estallar, ahí lanzo mi disonancia.
Me pareció un método interesante y me prometí probarlo la próxima vez.
—Gracias por compartirlo conmigo.
—De nada. ¡Para eso estamos los colegas!
—Hay alguien fuera vigilando el edificio —⁠aseguró Omar desde la puerta
de la sala.
—¿Estás seguro? —preguntó Barrett.
—Sí. No dejaban de mirar hacia aquí y cuchichear entre ellos.
—Bah, serían jubilados recordando sus buenos tiempos, cuando
trabajaban en el matadero —⁠supuso RCP.
—Tendrían poco más de cuarenta años. No eran muy mayores.
—Ve a echar un vistazo, R —⁠le sugirió Barrett a su camarada⁠—. No
podemos confiarnos.
Pero al volver, RCP solo pudo constatar que quienes hubiesen estado
vigilando, ya se habían ido.

Al llegar la noche, nos reunimos en la cocina en torno a unas cervezas y unos


sándwiches de pastrami. Omar había cogido un par de ellos y se los había

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llevado a la habitación, pero el resto preferimos compartirlos entre anécdotas
divertidas de cada uno. Larry recordó su etapa de profesor adjunto en la
Universidad de Carleton y Barrett, por su parte, incidió en lo
contraproducente que es quedarse sin papel higiénico en el desierto.
Cuando opté por irme a descansar, recibí unos mordaces abucheos, pero
todos comprendían que se había hecho tarde y que mi cabeza había trabajado
al límite durante buena parte del día. Me lavé los dientes con el cepillo que
incluía un neceser que me había regalado Larry y me fui a la provisoria
habitación. Omar estaba tendido en la colchoneta haciendo uso de su tableta.
—Puedes pedirle la clave del wifi a Larry —⁠le informé, desatándome el
calzado.
—¿Qué? Ah, sí. Pero no me hace falta.
—¿No necesitas conectarte a la red?
—Sí, pero la contraseña ya la he encontrado.
—Claro, había olvidado que eres un hacker.
Omar me miró.
—¿Por qué dices eso?
—Porque… lo eres, ¿no?
—Sí —admitió—. Es solo que… me había parecido que lo decías como
en un tono despectivo.
—No, no. Para nada. Bueno, algunos hackers sí que usan sus
conocimientos para hacer cosas no del todo correctas, ¿no?
—También.
Saqué las botas al pasillo y me senté sobre la colchoneta. Tuve una ligera
tentativa de ponerme a revisar las alertas del teléfono, y quizá establecer
comunicación verbal con Bernie, pero pronto la expelí. Supongo que había
empezado a preferir la incertidumbre a la decepción.
—Perdona si te ha molestado lo que he dicho.
—No, no me enfado por eso. Ya estoy acostumbrado a que la gente
confunda hacker con pirata informático.
Omar deslizó varias veces el dedo por la pantalla de su dispositivo.
—Me molestan más otras cosas —⁠añadió al poco.
Me intrigó saber a qué se refería.
—¿Como qué?
—La forma de mirar de alguna gente.
—Ah.
—Larry lo hace como si los hackers fuésemos la oveja negra de su
profesión.

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—¿En serio? A mí no me lo ha parecido… Además, nos estás ayudando;
tan malas no serán tus intenciones.
—Da igual, déjalo. Tú no te das cuenta porque contigo todos se portan
bien. Eres parte del equipo.
—Los conozco casi tan poco como tú. Y si lo voy haciendo cada día más,
es porque no me voy cuando se juntan para cenar.
—No me invitaron a sentarme con ellos.
Tampoco quería discutir por algo así, y menos, estando tan cansado.
—Ok —le dije, acomodando mi cabeza sobre un viejo trapo que me había
agenciado a modo de almohada⁠—. Buenas noches.
—Vuestro jefe se enfadó conmigo porque RCP me preguntó si quería usar
la cápsula, pero yo no se lo había pedido. Y seguro que no me creyó cuando
dije que había unos hombres fuera, observándonos.
Preferí fingir no oírlo y mantener los ojos cerrados hasta quedarme
dormido.

Omar tuvo la oportunidad de redimirse cuando nos reunimos a almorzar en


torno a dos suculentas pizzas y unas cuantas raciones de pan de ajo. Larry
llevaba dando la tabarra varios días sobre cuánto le apetecía reencontrarse con
el manjar italiano y, al final, RCP accedió a ir a por un par de ellas. Salirnos
de la rutina de los platos precocinados y los bocadillos no era mala idea, y una
comida especial sería una buena bienvenida para el nuevo miembro del clan.
—Me hice adicto a la pizza por toda la que comimos cuando probábamos
las disonancias con los candidatos —⁠se justificó el informático.
—¿Sí? Pues yo acabé aborreciéndola —⁠dijo por su parte RCP.
—Bob casi los había descartado a la mayoría. Si nos acercábamos con la
furgoneta a sus casas, era solo por salir de este agujero —⁠confesó Barrett.
Alissa separó el borde de las porciones con los dedos y fue llenando los
platos según se los íbamos acercando.
—La que a mí me llevasteis estaba fría y apenas tenía ingredientes —⁠me
quejé.
—¡Normal! —exclamó nuestro líder⁠—. Habías pedido comida china y ya
dábamos la noche por perdida. De hecho, tuve casi que quitarle la pizza a
Larry de la boca cuando nos llegó tu segundo pedido.
—¿Qué tipo de comida os daban en la Corporación? —⁠le pregunté a
Alissa, mientras me servía.

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—No sé si atreverme a llamarlo comida. Tomábamos siempre unas
píldoras con nutrientes básicos y otras con compuestos que favorecían la
actividad cerebral. Venían en unos frascos en los que ponía «Nutritica».
«Nutritica, ¿eh?». El nombre no me resultó extraño.
—Es otro proyecto que la Corporación mantiene en la sombra —⁠informó
Barrett⁠—. Superalimentos en pastillas para todos. Pero no creo que los
grandes chefs estén muy a favor del invento, la verdad.
—Con ese sistema se acaba perdiendo el sentido del gusto. Y no me
extrañaría que también acabasen por caerse los dientes y que las mandíbulas
quedasen colgando por un exceso de saliva en la boca —⁠se temió la chica.
—¿Y vivir? ¿Dónde vivías? —⁠Quise saber.
—Pues… He estado en varios sitios, como todos los creadores. Cuando
escapé, en la última planta del edifico que ya conoces.
—¿¿Estabas allá arriba??
—Sí. Éramos unos veinte, creo. Aunque tampoco nos veíamos casi nunca,
así que la cifra exacta no te la puedo garantizar.
Siempre había contemplado la posibilidad de que hubiese creadores en
aquella sede, así que no entiendo por qué al confirmarla se transformó en
sorpresa. Lo único que se me ocurre es que se tratase de una de esas ideas que
uno tiene en la cabeza que cuando le preguntan: «¿De verdad crees eso?», lo
hacen cambiar de parecer y admitir un: «Tienes razón, es una estupidez».
—¡Joder! —gritó entonces Larry, mirando la pantalla de su teléfono⁠—.
No has tardado en hacerte echar en falta, ¿eh?
—¿Y a este qué diantres le pasa? —⁠nos preguntó RCP.
Al prestarle atención, vimos que se refería abiertamente a Omar.
—«En busca y captura Omar Tebbetts, también conocido como
Armadillo, uno de los hackers más peligrosos del mundo» —⁠leyó del
terminal.
Omar se encogió de hombros.
—Podías habernos dicho que tenías que ir todos los días al juzgado —⁠le
reprochó su colega.
Barrett lo miró en silencio, pero se notaba que la noticia no le hacía
ninguna gracia.
—«… Uno de los más peligrosos del mundo» —⁠repitió Larry enfatizando
cada palabra⁠—. Estupendo.
—Puedes estar tranquilo. No he venido a matarte.
Antes de que la disputa fuese a mayores, el cabecilla quiso tomar cartas en
el asunto:

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—A partir de este momento quedan prohibidas las salidas, ¿entendido?
—⁠Se pronunció, mirando abiertamente a Omar. Por suerte el veto parecía
afectarle solo a él.
Pero el hacker no pareció preocuparse. Igual es que tampoco
acostumbraba a salir demasiado.
—¡Hemos metido a una víbora en nuestra madriguera! —⁠siguió
lamentándose Larry.
—Ya está bien, no te pases —⁠le reprochó Barrett⁠—, que no somos
perritos de las praderas. Si mantenemos la precaución, no tiene por qué
ocurrir nada. Después de esta colaboración, cada uno seguirá su camino. Lo
siento, pero estarás solo.
—Bien —aceptó Omar.
Acabamos el almuerzo en silencio, aunque la incomodidad no se dilató
demasiado. Enseguida Larry se levantó para irse a cacharrear con los
ordenadores, y el resto terminamos nuestras porciones de pizza y evitamos
repetir. Las circunstancias hicieron que el australiano y yo nos quedásemos
solos en la cocina.
—¿Qué vas a hacer cuando termines el trabajo? —⁠le pregunté, mientras
recogíamos la mesa.
—No lo sé. Lo más probable es que me quede en Canadá o que me vaya a
Los Ángeles. Cualquier cosa menos volver a Melbourne. Aprovecharé la
identidad que me creó RCP para hacer turismo, aunque el nombre de Tobias
no es que sea de mis favoritos.
Al oírlo, fui consciente por primera vez de que una vida nómada de
prófugo podría ser también lo que me esperase a mí al final del túnel y me
sentí superado. Experimenté una especie de agorafobia y deseé desde lo más
profundo no tener que volver a salir jamás de aquel sótano.

Pese a sus diferencias y al gran susto de descubrir que nuestro asociado era
activamente perseguido por la Justicia —⁠aunque tal vez también por verse
obligados a ello⁠—, Omar y Larry trabajaron codo con codo durante una
semana. En ese tiempo, estudiaron bien la infraestructura sobre la que se
asentaba la seguridad de Albiorix y trazaron algunas estrategias de ataque,
haciendo pequeñas intrusiones a modo de prueba. En la cápsula, yo proseguía
avanzando con paso firme y la simulación sensorial cargada en el servidor por
primera vez empezó a mostrar variaciones, coincidiendo con los periodos en
los que yo me sumergía en el subconsciente e intentaba alterarla.

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En uno de los descansos, aprovechando que ya había salido con Coyote y
que no lo veía interesado en repetir, decidí jugar un poco al baloncesto. Me
solía venir bien para despejarme y ejercitar los músculos, y de paso respiraba
otro aire distinto al del sótano, que al no renovarse, estaba siempre bastante
viciado.
Me pasé por la cocina a beber un vaso de agua y vi que Omar estaba
ojeando una de las revistas de Larry. La mayoría eran algo antiguas, así que
seguro que él ya conocía todas las novedades que en ellas se comentaban.
—Puedo ayudarte con lo de tu mujer —⁠me dijo, sin levantar la cabeza.
Aunque yo no le había contado nada directamente, supuse que después de
unos días escuchándonos hablar, habría reunido la suficiente información
como para entender lo que pasaba⁠—. Si tú quieres.
—Ya lo estás haciendo, Omar. Con Larry.
—De otra manera.
No entendía muy bien a qué se refería.
—¿Echamos unas canastas? —le propuse.
Él dudó. En verdad, no se le adivinaban buenas dotes para el deporte.
—No soy muy bueno en baloncesto —⁠alegó con apuro.
—El resultado es lo de menos.
Al final logré convencerlo y llevarlo frente a la canasta. Cogí la pelota y le
di unos cuantos botes. Estaba un poco deshinchada, pero serviría para
ponernos a prueba. Se la pasé a Omar, quien la recibió con torpeza.
—Lanza y me cuentas —le pedí.
Su tiro se estrelló en el tablero y salió rebotado hacia un lado.
—El sistema que tienes en casa, Bernie, es un sistema bastante vulnerable
—⁠empezó a decir⁠—. Almacena muchísima información y de una forma muy
intrusiva. Pero la protege fatal.
—¡Pues menuda alegría! Vamos, que cualquiera puede espiar lo que hago.
—El que te espía es él, y algunos, no cualquiera, podemos acceder a esa
información. Basta con métodos sencillos; son sistemas llenos de bugs,
programados por aficionados que acaban de terminar la carrera.
Me acerqué hasta la pelota y la atrapé con una mano. Me preparé y lancé,
logrando un enceste impecable.
—De todos modos, no encontrarías nada. Eli no se había creado ningún
perfil de usuario y, además, el día de su secuestro, Bernie estaba configurado
al nivel más bajo.
Omar tomó la pelota, la frotó con las manos y la lanzó con atrevimiento,
pero esta acabó repelida por el aro.

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—No seas ingenuo —me dijo, descontento con su actuación.
—¿He dicho algo erróneo?
—Las aplicaciones de hoy no desprecian ni un átomo de información.
Rastrean dónde estás, lo que piensas, lo que dices, lo que compras, lo que
comes… Te conocen al detalle y utilizan toda esa sabiduría para esclavizarte.
No te ofrecen lo que necesitas, te venden el producto que más les interesa,
conduciéndote de la mano hasta su misma estantería. La configuración de los
sistemas como Bernie solo afecta al volumen de información que ellos
reconocen estar recabando. Siempre te exprimirán al máximo, lo único que
cambia es el jugo que te digan y muestren que te han exprimido.
Mi segundo lanzamiento rebotó en el tablero, dio dos vueltas en el aro y,
finalmente, también acabó entrando.
—¿Quieres decir que Bernie ha estado almacenando tanto información
mía como de mi mujer?
—Eso es.
—Pese a no tener un perfil de usuario.
—Correcto.
—¿Y que incluso ese día, analizó al detalle todo lo que ocurría dentro de
la casa?
—Sí.
—¿Y que tú tienes la llave para acceder a esa información?
La pelota llegó rodando hasta sus pies.
—Parece que la lógica se te da igual de bien que el baloncesto
—⁠concluyó, mandándola de un puntapié al otro lado de la nave.

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XII
Llevábamos ya varios días trabajando a pleno ritmo. La pareja de
informáticos afirmaba estar a un paso de acceder a los archivos que contenían
la experiencia en el lago y yo seguía entrenando mi cerebro para producir
disonancias REM. Alissa me acompañaba casi en todo momento y me daba
instrucciones y consejos para mejorar mi concentración. Por su parte, RCP y
Barrett siempre estaban ocupados discutiendo frente a unos planos cuestiones
que, supuestamente, a los demás no nos concernían.
Había autorizado a Omar a intentar hackear mi centralita domótica, pues
confiaba en que realmente hubiese grabado información relevante pero, desde
entonces, ninguno de los dos nos habíamos vuelto a referir al asunto. Solo una
noche, antes de dormir, intenté saber si seguía teniéndolo en mente y el
resultado no fue del todo bueno.
—¿Por qué me preguntas eso?
—Por saber si ya habías mirado algo —⁠dije, percibiendo un matiz molesto
en sus palabras.
—Creías que lo había olvidado.
—¿Qué? ¡No!
—No lo he olvidado.
—Vale.
—Pensabas que al final no lo haría por humillarme al baloncesto.
—¡Qué va! —descarté—. Y no te humillé. En realidad metí solo un par de
canastas más que tú.
—Sí, pero te había dicho que no sabía jugar y quisiste aprovecharte.
Insististe.
—Solo quería moverme un poco.
—Es de inteligentes aprovechar los puntos débiles de los demás. Pero
también es un poco cruel.
Como otras veces, opté por no discutir y hacerme el dormido. Omar era
una persona amable, pero le daba demasiadas vueltas a sus percepciones, y
hablar con él sin posibilidad de cambiar su opinión era algo que me repateaba.

El domingo por la tarde por fin se produjo uno de los momentos que más
estaba esperando. Omar aguardó a que volviese de pasear con Coyote y me

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abordó nada más entrar por la puerta.
—He restringido la búsqueda a la noche de su desaparición, a partir del
momento en el que el doctor se fue de tu casa —⁠me puso en contexto⁠—. Y
me he centrado solamente en las imágenes grabadas. No he leído los registros
del pensamiento ni ninguna otra información personal.
—¿En serio has accedido ya al material?
—Sí, eso te estoy diciendo.
—¿Y lo has visionado?
—No.
—¡Bien, pues vamos a verlo! —⁠exclamé, lleno de impaciencia.
Fuimos al sótano y nos sentamos frente a uno de los ordenadores. Omar se
puso a teclear algunos comandos antes de avisarme de que ya lo tenía todo
listo.
—¿Estás seguro de que lo quieres ver? —⁠Quiso asegurarse antes de
empezar.
No dudé. Si Eli no aparecía, no iba a pasarme el resto de mi vida
ahogándome en un interrogante sin respuesta.
—Pues esto es lo que hay grabado —⁠dijo, al tiempo que en otra pantalla
se abría una ventana con una imagen congelada en la que se distinguía nuestro
dormitorio. Sentí un escalofrío nada más verlo⁠—. Le daré algo más de brillo.
Con las teclas de función puedes cambiar de cámara, si quieres.
Omar ajustó una rueda, apretó un botón y la secuencia de vídeo comenzó
a reproducirse en el monitor. Eli aparecía en la habitación, dormida y
calmada. Yo todavía no estaba acostado.
—Dale un poco para adelante —⁠le pedí, con la piel de gallina.
Pronto llegó el momento en el que yo aparecía, le posaba la mano en la
frente, le retiraba un par de palmos las sábanas para regular su temperatura, y
me tumbaba a su lado. A partir de ese punto, nada interesante ocurría en unos
cincuenta segundos a cámara superrápida. Habíamos llegado a las seis de la
mañana.
—Espera, un poco más despacio…
Apenas había acabado de hablar cuando algo sucedió en la pantalla.
—¡Para! —exclamé.
Eli se había incorporado de la cama y permanecía sentada en el borde del
colchón.
—¿¿Es sonámbula?? —Me planteé, desconcertado.
Entonces me miró. Se quedó inmóvil con la vista sobre mí unos instantes
y después se levantó. Fue un momento al baño y, al volver, comenzó a

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vestirse.
—Vaya…
Guardamos silencio mientras Eli se enfundaba unos pantalones y un
jersey, y salía de la habitación con los zapatos en la mano. Cambiamos de
cámara a la del salón a tiempo de verla dirigirse hasta la puerta de casa y, con
sumo cuidado, girar la manilla. En esos momentos, Coyote entró en escena,
acercándose a ella y dando un par de vueltas a su alrededor. Eli lo acarició y
le hizo un gesto para que se sentase y no hiciese ruido. Todavía sin haberse
calzado, mi mujer salió del apartamento y cerró la puerta, manteniendo el
mismo nivel de cautela que hasta entonces. La pantalla siguió emitiendo
imágenes de un salón vacío durante unos segundos en los que ninguno de los
dos dijo nada. Yo, porque había enmudecido y Omar, supongo, por respeto a
un pobre imbécil.
—Se ha ido —me pronuncié al fin.
Omar se mantuvo callado.
—Nadie la ha secuestrado. Se ha ido ella sola.
No sabía cómo sentirme. Quizá engañado sería la palabra más apropiada
para definirlo.
—Me dejó —asumí—. Sin una carta con las razones. Simplemente, me
dejó y se fue a otro lado. Sola, con otro tío… Ni idea.
—Puede que fuese sonámbula.
—Sí, pero nunca lo mencionó. Ni vi que lo manifestase.
Rompiendo un nuevo silencio, Omar decidió preguntarme:
—¿Quieres que extraiga más información?
Pero prefería no saber nada más.
—No. Déjalo. Muchas gracias, Omar. Puedes borrarlo todo. Tira las
cintas, quémalas en una papelera… No sé cómo funciona eso…
—Bueno, ya no usamos cintas.
—Haz lo que tengas que hacer.
Me fui a la habitación y me tumbé en la colchoneta. Llevaba casi un mes
buscando a una persona que se había ido por propia voluntad. Una persona a
la que había ayudado a salir del pozo más profundo, a la que había abierto mi
casa, a la que confiaba en tener a mi lado el resto de mi vida. Por ella había
perdido mi trabajo, dormía en una colchoneta tirada en el suelo, me había
vuelto un yonqui de los sueños… ¡Había destrozado mi vida por nada!
—Estás ahí —advirtió Alissa desde la puerta.
—Por favor, haz como si no estuviera —⁠le rogué.
Pero tenía razones para buscarme:

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—Es Coyote —dijo muy seria.
Fui tras ella hasta la cocina y lo encontré tumbado sobre su manta, con
trazas cansadas y el pulso muy débil.
—Tengo que llevarlo al veterinario —⁠determiné, cogiéndolo en brazos.
—Cogeré la furgoneta —dispuso Larry⁠—. Esperadme junto a la entrada.
—Voy contigo —decidió Alissa.
Sin embargo, para cuando llegamos al piso principal, él ya me había
abandonado. No sé si el alma de los perros pesa igual que el de las personas,
ni si ese peso es perceptible, pero echando la vista atrás, creo que podría
señalar en el suelo el punto exacto en el que mi amigo pereció. Lo noté al
pasar justo por encima de él.
Coyote ya nunca volvió al sótano. Lo enterré en el patio trasero, al
resguardo de la cornisa, y sobre su tumba dejé su collar. Aunque me esforcé
por disimularlo todo lo que pude, su partida me produjo un enorme pesar.
Habíamos compartido solo una parte del último año de nuestras vidas, pero
muchos momentos buenos. Otros no tanto, claro, pero siempre los habíamos
superado juntos. Eli, cómo no, también le tenía mucho cariño. Me dio pena
pensar que si algún día decidía regresar a casa, ya no lo encontraría sobre la
alfombra.

Aquella noche mis sueños por fin regresaron, pero lo hicieron en tropel. Me
arroyaron como el agua acumulada en una presa recién reventada, y lo peor
de todo, es que no fueron nada dulces. Las interminables pesadillas que
pasaron por mi lecho no me dejaron dormir, y no fue porque el espíritu de mi
perro se hubiese quedado en el sótano para atormentarme. Lo que volvía en
repetidas ocasiones a mi mente era la puerta oxidada de aquella gruta y la voz
desgarradora que no había podido socorrer. Me angustiaba conjeturar quién
estaría al otro lado, solo, encerrado, y cuánto tiempo llevaría allí antes de que
yo lo encontrara. ¿Sería real? ¿Por qué apareció aquello en mi experiencia?
¿Por qué me guio hasta allí el dichoso pajarraco blanco?
A mitad de la noche, me desvelé por completo. Abrí los ojos de par en par
y me quedé mirando al techo suplicando porque mi cabeza se alejase de aquel
bosque maldito y volviese a la habitación. Me incorporé y miré la hora. Eran
poco más de las cuatro. Decidí ir a la cocina a beber un poco de leche, cuando
vi que Omar no estaba en su colchoneta. Podría haberle ocurrido como a mí,
que llevase unos minutos en vigilia y, harto de dar vueltas, se levantase a
tomar algo caliente. Pero yo ya llevaba consciente un rato y en todo ese

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tiempo, nadie había entrado ni salido del cuarto. «Espero que no esté por ahí
descuartizando a los demás», pensé con retintín.
Metí los pies en mis botas y, caminando con cuidado de no hacer mucho
ruido, me acerqué a la cocina. El tubo del techo parpadeaba al son que le
dictaba el cebador, emitiendo un zumbido reiterativo. Habría que cambiarlo
pronto o se haría insoportable permanecer debajo. Fui a la nevera y saqué una
botella de leche. La olí, me serví un vaso y lo calenté en el microondas. Lo
tomé sentado a la mesa, contemplando a una valiente cucaracha que
correteaba sobre ella entre unas migas de pan. Decidí que mañana me iría. Me
importaba una mierda la Corporación, su negocio, su plan de sometimiento
mundial y todas sus payasadas. Me iría al campo, lejos de la ciudad. ¡Qué
demonios! Me iría al lago Maligne, pediría trabajo en el embarcadero y me
dedicaría a guiar a excursionistas por los bosques de la zona. Entonces me
volví a acordar de la voz, de ese recuerdo borroso al que me había conducido
el mirlo y que aún no sabía interpretar. ¿Merecía la pena hacerle caso? Pensé,
después de todo, que tal vez debiera darles un par de días más. Si en ese
tiempo no conseguían recuperar la experiencia de los servidores, abandonaría
el barco y me esfumaría en mitad de la noche, como mi mujer.
Antes de volver a la habitación, pasé junto a la sala de la cápsula. Eché
una ojeada y vi que no había nadie dentro. Caminé hasta ella y posé mi mano
sobre su carcasa, notando que estaba caliente. Desde ese mismo instante,
cualquiera hubiera puesto sus sospechas sobre Omar, por lo que no me sentí
demasiado culpable. ¿Para qué habría usado la cápsula? ¿Habría estado
realizando alguna prueba por su cuenta? ¿Pero por qué querría hacerla en
secreto?
Cuando regresé a nuestro cuarto, el hacker ya estaba en su colchoneta. Se
hizo el dormido mientras me descalzaba y me echaba; luego fingió dar una
vuelta regida por el sueño, girándose hacia el otro lado. Subrayé en mi
cerebro la convicción de que, pese a todo, Omar seguía siendo una persona a
la que tener vigilada, algo de lo que ninguno nos estábamos encargando.

A la mañana siguiente, mientras desayunábamos, Larry me dio la gran


noticia. No me pillaba en mi mejor momento, pero era la culminación de
muchos días de trabajo ímprobo e hice todo lo posible porque notase que lo
valoraba.
—Lo tenemos, Miles.
—¿El qué?

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—La experiencia del lago. La que nos pediste.
—¿De verdad?
—Sí —confirmó, mientras se llevaba una cucharada colmada de cereales
a la boca⁠—. La conseguimos ayer, pero por respeto no te dijimos nada. Hoy
ya es otro día y estoy seguro de que quieres seguir adelante.
—Gracias, Larry. ¡Gracias a todos, chicos!
—Omar hace honor a la fama que le precede —⁠reconoció⁠—. Es sigiloso
como un felino y no hay protocolo de seguridad que le plante cara. Nos
colamos en el servidor y descargamos el sueño sin dejar huella. Ha sido un
trabajo impecable.
Omar se ruborizó ligeramente y lanzó una sonrisita nerviosa. Yo preferí
no contarles lo que habíamos descubierto gracias a su anterior gran proeza, ni
tampoco lo que creía que había estado haciendo la noche anterior.
—Gracias, en serio —le dije—. Entonces, ¿cuándo la probamos?
—¡Cuando friegues las tazas! Yo ya he arreglado la lámpara del techo, así
que de esta me libro —⁠promulgó Barrett.
—De esta hoy también te libras, querrás decir —⁠observó con acierto
Larry, dejando constancia de que a Barrett le producía bastante alergia el
estropajo.

Cumplí su voluntad a sabiendas de que cambiar el cebador le habría llevado


dos o tres minutos. Después de la mala noche que había pasado y del revés
sufrido el día anterior, la noticia de que la cápsula estaba dispuesta para
hacerme volver al bosque acabó por animarme más de lo que creía, y aclarar
un puñado de tazas no haría más que acrecentar mi impaciencia por usarla.
En la sala se encontraban Alissa y los dos informáticos esperándome. Lo
tenían ya todo preparado, así que no quise malgastar el tiempo y me apresuré
a desvestirme.
—… Y la bella durmiente se coloca en posición —⁠empezó a narrar Larry.
—Por favor, cuando tengas que despertarme, no lo hagas con un beso en
la boca —⁠le rogué.
—¿Necesito decirte lo mucho que te pierdes?
Me recosté y e intenté relajarme, pero en los últimos tiempos la cápsula
no había hecho otra cosa que freírme el cerebro a base de disonancias y mi
subconsciente había desarrollado contra ella cierta aversión. Hice vibrar los
músculos de mis muslos para liberar la tensión y realicé varias respiraciones
profundas.

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—Cuando queráis.
Alissa me colocó los terminales y la malla y me deseó mucha suerte. A
continuación, intercambió una mirada de aprobación con Larry y accionó el
mecanismo de cierre.

La claridad que inundaba la habitación de la cabaña me despertó un rato antes


de lo que solía considerar una hora razonable. Las contraventanas se habían
abierto, no sabía si por haberlas dejado mal ancladas o porque su cierre no era
demasiado fuerte, pero el resultado era el mismo. En cualquier caso, haber
madrugado un poco más de la cuenta no impedía que me sintiese
estupendamente. Había descansado, la temperatura era agradable y en la
habitación flotaba el perfume de los pinos entremezclado con la fragancia de
mi mujer. La miré sonriendo. Todavía dormía, vistiendo esa cara desprovista
de los condicionantes de la vida, esa cara de ángel inocente y hermoso de la
que me iba enamorando un poco más cada día. Le acaricié los cabellos y
repasé con la mirada el firmamento de pequitas esparcidas por su cara. No
pude dejar de hacerlo hasta que también se despertó, devolviéndome la
sonrisa antes de girarse contra la pared, suplicando por unos minutos más de
sueño. Vi la libélula tatuada muy cerca de su hombro y la besé. «Vamos,
perezosa», le dije. «Quiero estar un poco más», protestó con voz juguetona.
«Voy a coger las cañas al coche, prepararé el desayuno y volveré a por ti, y
como no te levantes…». Eli gruñó y se tapó con el nórdico.
Fui al baño, me vestí y salí descalzo al salón, notando el agradable roce de
la moqueta en la planta de los pies. Las brasas de la chimenea estaban del
todo apagadas, así que aproveché para limpiarla y dejarla lista por si nos
apetecía encender el fuego al mediodía. Hice café y me serví una buena taza.
Mientras inspiraba su aroma, decidí ir al embarcadero. Tomarlo escuchando
los sonidos de la naturaleza era algo que no me quería perder. Salí al porche y
cogí mis botas, que había dejado allí ventilando durante la noche, pero pronto
vi que no había sido buena idea. Al ir a ponerme la primera, casi me da un
ataque al corazón. Resguardada en su interior había una enorme araña lobo
sin muchas ganas de que un desconocido la obligase a abandonar su recién
conquistada madriguera. Eli me oyó chillar desde la habitación. «¡No pasa
nada!», grité tras un abrupto «¡¡Joder!!». Fui cojeando hasta la barandilla y
sacudí la bota hasta que su anfitriona se rindió y me permitió arrojarla al
suelo. ¡Era tan grande como mi mano abierta! Esperé con paciencia hasta que
el animal optó por alejarse de la casa y lancé un bufido para descargar mi

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tensión. Revisé que no quedasen crías en el interior de la bota ni restos de
hilos e hice lo mismo con su compañera antes de calzármelas. Más tranquilo,
caminé hasta el embarcadero y por fin pude disfrutar de mi café en un
ambiente comparable al vórtice del paraíso.
«¡Cierra la puerta, loco!», me exigió mi mujer desde el sofá al entrar en la
cabaña. Empujé la puerta con el pie, apoyé las cañas de pescar junto a ella y
fui hasta la chimenea para dejar los leños que había cogido del cobertizo. Me
senté a su lado, dejando que buscase mi calor. «Tienes la cara fría —⁠me dijo,
al sentir el contacto de mi mejilla⁠—. He hecho tostadas, vamos, antes de que
se enfríen». Nos sentamos a la mesa y seguimos desayunando. Entonces oí el
ruido de unas ruedas de coche frenando junto a la cabaña. Me acerqué a la
ventana y aparté la cortina. «Es el guardabosque», dije. «¿El guardabosque?
—⁠preguntó Eli, extrañada⁠—. ¿A qué habrá venido?». Abrí la puerta antes de
que la golpease. «Buenos días», lo saludé. Él me correspondió sin apear el
semblante serio que lo acompañaba. «Ayer desapareció una niña —⁠nos
informó⁠—, cerca del embarcadero. Estoy preguntando a todos los que han
estado en el lago en las últimas veinticuatro horas y que todavía están aquí.
Tiene ocho años y lleva un vestido estampado. Zapatos naranjas. Miren, esta
es una fotografía reciente». Impactados, memorizamos el rostro de la niña y
escuchamos atentamente el resto de su descripción, pero no pudimos hacer
más que prometer extremar la atención por si nos cruzábamos con ella.
Sin embargo, al poco de quedarnos solos, decidimos suspender la sesión
de pesca y buscar a la niña. Recorrimos los alrededores de la cabaña e incluso
barrimos otros lugares entre la misma y el embarcadero a los que nos
desplazamos en coche, pero no hubo forma de encontrar ni rastro de la
pequeña. En un par de ocasiones nos topamos con otros grupos de batida que
acumulaban la misma desazón y realizamos peinadas conjuntas que tampoco
dieron resultado.
Cuando ya anochecía, volvimos a nuestro refugio con una sensación
bastante amarga. Eli y yo no podíamos ni imaginarnos lo que sería para esa
niña pasar una segunda noche perdida en el bosque. «Voy a hacer un último
intento por aquí alrededor», le dije, deteniéndome en la escalinata. «Esta zona
ya la hemos comprobado», me contestó. «Sí, lo sé. Pero hace varias horas ya
y la niña ha podido llegar a ella durante ese tiempo». «De acuerdo, pero no te
alejes. No quiero que tú también te pierdas».
Caminé hasta la bajada por la que el camino enlazaba con la explanada de
la cabaña y ascendí por ella. Acabábamos de recorrerla en coche, pero quería
regresar a la pista principal. Había una zona al otro lado que no habíamos

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examinado y era muy probable que ningún otro buscador hubiese llegado
hasta allí. Me metí entre la maleza gritando el nombre de la niña cada diez
segundos, pero nunca obtenía respuesta. En pocos minutos, y casi sin darme
cuenta, empecé a perder las referencias que me ayudaban a situarme. La
oscuridad se había vuelto densa y me había rodeado en una parte del bosque
más espesa que las que había transitado durante el día. Las aves noctámbulas
tomaron el relevo de sus compañeras diurnas y el resto de ruidos a los que
hasta entonces no había dado importancia, se tornaron amenazantes. Dudé si
suspender la búsqueda porque, como Eli había pronosticado, estaba a punto
de extraviarme, pero me imaginé a la niña en mi misma situación y me sentí
egoísta por sopesar abandonarla. Con la atención puesta en no clavarme las
invisibles ramas de los árboles en los ojos y en no torcerme un tobillo, seguí
penetrando en la maraña forestal.
Tardé veinte minutos en encontrar un pequeño montículo cubierto de
vegetación y, al bordearlo, vi un hueco por el que cabría una persona.
Recordé haber leído en algún sitio algo sobre el pasado minero de la zona y lo
identifiqué como una posible entrada a la mina. Vi que las raíces de los
árboles más elevados la cubrían como una cortina y la aparté para meter la
cabeza. Entonces mis ojos empezaron a emborronar todo lo que veía. Unas
centelleantes ráfagas luminosas flotaron ante mí. Mis oídos se llenaron de
interferencias ensordecedoras y un pinchazo me atravesó el cráneo de punta a
punta. Me doblé en dos, cerrando los ojos y tapando mis oídos, pero fuera lo
que fuese aquello, estaba ocurriendo dentro de mí.
Cuando el episodio por fin cesó, volví a incorporarme muy despacio.
Destapé mis oídos y poco a poco fui abriendo los ojos, los cuales flotaban
todavía en la oscuridad. «Señor», dijo una voz a mi lado. Era un hombre
vestido de esmoquin provisto de una pequeña linterna. «Señor, ¿me permite
ver su entrada?». Instintivamente, se la tendí. «Fila 12, butaca 34. Hacia la
mitad del pasillo», me indicó. Seguí las luces de cortesía que delimitaban el
camino y me detuve donde el acomodador me había indicado. «Perdón; lo
siento; perdón…», me fui disculpando ante todos los espectadores que debían
apartar sus piernas para dejarme pasar.
Ya en mi asiento, esperé nervioso a que la música empezase a sonar. Allí
estaba ella, junto al resto de la Sydney Symphony Orchestra, esperando la
llegada del director, con su violín preparado para deslumbrar al mundo
interpretando la obertura de Egmont Op. 84. Estaba preciosa con aquel
vestido negro. No sabía que había ido desde Melbourne solo para verla a ella.

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Nunca lo sabía. Estaba seguro de que, de hacerlo, se pondría nerviosa y eso
era lo peor que le podía pasar antes de tocar.
Arrancaron los violines, fieros y orgullosos, para pronto callar, dejando
que el oboe y el fagot les marcasen un nuevo sendero por el que acompañarse.
Pronto el clarinete y la flauta se unieron en esa mágica forma de moldear el
viento, siguiendo las figuras de unas manos prodigiosas. La intensidad fue
aumentando a medida que los hermanos mayores cobraron protagonismo, en
una progresión melódica inigualable. Entonces, justo cuando los timbales
asomaban desde fondo, la música empezó a diluirse lentamente, como si el
escenario se fuese alejando por una inmensa cinta transportadora, y me quedé
solo en la penumbra.
Lo siguiente que escuché fue el alargado sonido producido por la
descompresión. Alissa me miraba al otro lado del cristal como un familiar que
visita a un paciente en el hospital.
—¿Qué tal ha ido? —me preguntó, ayudándome, como siempre, a
despegar los electrodos del pecho.
Tardé unos segundos en reponerme. Tenía el cuerpo cubierto de sudor y
sufría una atonía mental que me incapacitaba para pensar.
—¿Te encuentras bien, Miles?
—¿Dónde están los demás? —pregunté, al ver que solo Larry y la chica
estaban conmigo.
—Están arriba, jugando al baloncesto.
—¿Y Omar?
—Creo que con ellos.
—Tenemos problemas.
—¿Qué ocurre? —preguntó el informático, nervioso.
—Es el sueño. Había una interferencia.
—¿Qué quieres decir? —Se preocupó Alissa.
—No estoy seguro, pero es posible que Omar se descargase de los
servidores algo más que nuestra experiencia.
—¿El qué?
—He vivido una especie de híbrido entre dos sueños distintos.
—¡¡Oh, Dios!! —exclamó Larry, echándose las manos a la cabeza⁠—.
¡¡Eso es terrible!!
—¿Por qué? —inquirió Alissa—. Larry, me estás preocupando a mí
también.
—Al bajarnos la experiencia de Miles, la protegí para que no pudiera ser
rastreada. Recuerda que tiene el microchip en el coco y que, además de

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amplificar la señal, está diseñado para transmitir la respuesta cerebral al
servidor central. Allí se analiza con potentes algoritmos de Big Data que
descartan la información que no sirve y se quedan con la parte que a la
Corporación le interesa.
—Vale, vale. ¡Ve al grano!
—¡Sí, sí, de acuerdo! La experiencia que haya podido descargar Omar, no
está protegida y podría haberse comunicado con el servidor, delatando nuestra
ubicación a través de la dirección IP de la interfaz.
—¿¿Y ahora saben que estamos aquí??
—Si no es ahora, lo sabrán pronto. Al primero que visitarán será al pobre
desgraciado al que robamos la conexión a internet. Pero luego darán con
nosotros en un abrir y cerrar de ojos. La parte buena es que mientras se
percatan de este hecho, nos rastrean y montan la operación para venir a
cazarnos, tenemos tiempo de reaccionar.
—Hay otra mala noticia, Larry —⁠añadí, para desgracia de todos.
—¡Oh, no! ¡No me digas eso!
—Creo que Omar utilizó la cápsula anoche para vivir esa segunda
experiencia.
Antes de que Larry pudiera volver a maldecir, una fuerte explosión en el
piso de arriba dio paso a un griterío de consignas montoneras.
—¡Joder! ¡¡Ya están aquí!!
—¡¿Qué?! —chilló Alissa, asustada.
—¡La Corporación! ¡Nos ha descubierto! —⁠gritó Larry, fuera de sí.
Antes de decidir qué hacer, Barrett se asomó por la puerta y, al ver que
estábamos los tres, nos hizo un gesto para que lo siguiéramos.
—¡Rápido! —exclamó, agitando su manaza.
Corrimos tras él por los pasillos auxiliares hasta la salida de emergencia,
sin dejar de escuchar muy cerca las voces de nuestros perseguidores. Bajamos
por las escalerillas metálicas y subimos prestos a la furgoneta, donde ya nos
esperaban los otros dos. RCP arrancó y, acelerando al máximo, nos lanzó a
través del patio. Larry era, con mucho, el más alterado de todos.
—¡Estarás contento! —le reprochó a Omar⁠—. ¡Esto es por tu culpa!
—¿Qué estás diciendo? —Rugió Barrett.
—¡¡Sujetaos!! —exclamó RCP, un instante antes de llevarse por delante
un trozo de verja.
La sacudida consiguió desestabilizarnos, pero pudimos salvarla sin
excesivas complicaciones.
—¡Ayer utilizó la cápsula con una experiencia no protegida!

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El hacker no pudo disimular su sorpresa.
—¡No podías usarla! ¡Te lo dijimos! —⁠le siguió acusando Larry con
vehemencia⁠—. ¡¡Nos has descubierto!!
—La culpa es mía —lo eximí—. Él vino para ayudarme con lo de Eli. Si
está aquí, es por mí.
—¡Dejaos ya de competir por ver quién es más capullo! —⁠protestó RCP
desde el volante.
—Lo… siento —se disculpó Omar, al fin, mostrando su arrepentimiento.
—¡Joder, la cápsula…! ¿Dónde coño vamos a conseguir otra? —⁠lamentó
Larry.
—¡Y toda esa munición! —Se preocupó a su vez Barrett⁠—. Con ella
habríamos podido sobrevivir en Vietnam. Cuando esos idiotas se hayan ido,
tengo que volver a por ella.
—¿Estás loco?
—¿Es mejor tirar la toalla, quizá?
—Estábamos tan cerca… —Sintió Alissa.
Era verdad, estábamos muy cerca, y no iba a permitir que unos villanos
venciesen en nuestra película.
—Si han venido por la señal de Omar, de mí no sospechan todavía
—⁠apunté⁠—. Dejadme donde podáis y poneos a salvo.
—¿Qué vas a hacer? —inquirió Barrett.
—Lo que hemos planeado: acabar con la Corporación.
—¡No podrás hacerlo solo! —⁠me advirtió Alissa, muy preocupada.
—No lo estoy haciendo solo —⁠le dije.
Pero ella era consciente de que me estaba saltando unas cuantas lecciones.
—Aún no estás preparado.
—Claro que lo estoy. Me habéis entrenado bien.
Pronto entendió que no había otra salida. Me abrazó y me dio un beso en
la mejilla.
—Ten cuidado, Miles.
La sonreí.
—No lo dudes.
RCP giró en un cruce a toda velocidad y se metió por una estrecha
callejuela entre dos altos edificios.
—¡¡Sujetaos más fuerte!! —gritó de nuevo, antes de pegar una agresiva
frenada.
Por mucho que nos agarramos a los asientos, nuestros cuerpos salieron
empujados hacia adelante. Afortunadamente, nadie se golpeó contra algo duro

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ni sufrió contracciones. Barrett me abrió la puerta echando mano de todo su
poderío y me dio una palmada en el hombro. Larry y RCP me desearon
también suerte. Omar sacudió la cabeza. Miré una última vez a Alissa y salté
del vehículo para ocultarme entre unos contenedores. El rudo activista clavó
de nuevo el pie en el acelerador y, tras un estruendoso chirrido de ruedas, la
furgoneta salió impulsada hacia el otro lado del callejón. Allí giró
nuevamente, desapareciendo de mi vista. Apenas treinta segundos después,
dos coches negros con las lunas tintadas volaron por la calle, veloces como un
rayo. Recé por que la ventaja de los chicos fuese suficiente para llegar a algún
lugar seguro.
Salí del pasaje y, tratando de pasar lo más desapercibido posible, saqué el
teléfono del bolsillo y marqué uno de mis números frecuentes. Escuché dos
tonos de llamada antes de que descolgasen.
—¡Hubert! Soy Miles.
«¡Miles! ¿Qué tal estás?».
—Bien. Oye, ¿tienes mucha gente en la tienda?
«Déjame ver… No, solo un hombre mayor embobado con los jilgueros».
—¿Podrías venir a buscarme cuando se vaya?
«¿Dónde estás? ¿Muy lejos?».
Le envié mi ubicación.
«Calculo que en unos veinte minutos estaré allí», me confirmó.
—¡Perfecto! Te espero —resolví antes de colgar.
Aguardé a que llegase semioculto en el callejón. En poco tiempo, pasaron
varios coches medio desvencijados por delante que bien podrían haber sido el
auto de Hubert; sin embargo, todavía quedaba un rato para que,
humanamente, le fuese posible llegar hasta allí. Lo que, por suerte, no vi
fueron más vehículos de la Corporación.
—¡Eh, amigo! ¿Tienes un cigarrillo?
El tipo que me pedía tabaco era el estereotipo perfecto del habitante del
lugar.
—Lo siento, no fumo.
—¡Oh, vaya! Bueno, esa suerte tienes. Al precio al que se ha puesto la
cajetilla es imposible pagarla. ¡Ese ladrón de Forge nos va a dejar sin un
centavo!
Sentí el impulso de replicar, pero enseguida recordé que mis sentimientos
hacia Forge habían sido manipulados. Yo nunca hubiese sido partidario de
tener un presidente así, ni hubiese valorado la legitimidad de sus propuestas.

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—Tienes razón. Ese tipo es una rata, como todos los de su partido. Y a las
ratas hay que exterminarlas.
—¡Bien dicho!
En ese instante un coche bloqueó sus frenos frente a nosotros.
—¡Miles! —me llamó Hubert desde su interior.
Fui corriendo hasta el vehículo, me subí en él y me abroché el cinturón.
Por suerte, su coche olía mejor que su tienda.
—¿Tienes un cigarrillo?
—¿Fumas?
—¿Lo tienes?
Hubert sacó una cajetilla del bolsillo de la camisa y me la tendió. Cogí un
cigarrillo y lo encendí con el mechero del salpicadero. Di una calada lo más
profunda que pude.
—¡Joder! —se sorprendió Hubert.
—Dame la cajetilla.
—¿Toda?
—Sí, venga —apremié, casi quitándosela de las manos.
A través de la ventanilla, exhalé el humo al exterior. Luego le di todo el
tabaco al tipo de fuera.
—Te la pagaré —dije, volviéndome hacia mi amigo⁠—. Ahora necesito
que me lleves a Coal Harbour. ¿Sabes dónde está el edificio de Albiorix?
—Creo que sé cómo llegar —afirmó⁠—. ¿Qué hacías aquí? ¿Buscar a Eli?
—Sí, más o menos. Oye, ¿habías venido a buscarme a esta zona antes?
Hubert me miró extrañado.
—No, creo que no. ¿Por qué?
—Por nada. ¡Vamos!
Mientras pulíamos el asfalto, empecé a sentir sudores y a temblar con solo
imaginarme dentro de una cápsula de nuevo. Eso sí, me juré que, pasase lo
que pasase, no habría una próxima vez.

Página 332
XIII
Siguiendo mis indicaciones, Hubert detuvo el coche frente al edificio de la
Corporación. Lo había conducido como un piloto de carreras, desoyendo las
continuas advertencias de seguridad que le profería su ordenador de a bordo.
Por suerte, se notaba que le tenía cogida la medida y que lo manejaba con
destreza, y en ningún momento estuvimos cerca siquiera de tener un
accidente. Apenas le di explicaciones de por qué lo había llamado para que
fuese a buscarme o de qué pretendía hacer en el lugar de destino, y tras unas
pocas preguntas, las cesó de pedir. Sin embargo, no quería dejarme ir sin
asegurarse primero de que mi cabeza todavía regía a un nivel aceptable.
—¿Qué esperas encontrar ahí dentro? —⁠me preguntó, situando su mano
sobre el anclaje de mi cinturón de seguridad.
—No lo sé —reconocí pensativo—. Pero estoy seguro de que hoy
concluirá mi búsqueda.
—Me da pavor escucharte.
Miré la bombástica fachada del edificio y sentí un bestial regocijo al
pensar que en mi mano estaba poder cambiar el destino del mundo. Mi amigo
dobló sus brazos sobre el volante y apoyó la cabeza en ellos.
—Contempla bien este imperio, Hubert, porque está a punto de
derrumbarse —⁠sentencié, justo antes de soltarme y abrir la puerta.
—¡Cielos, no hagas ninguna locura! —⁠Me apercibió. Pero ¿acaso se podía
hacer otra cosa en un mundo ya de por sí enloquecido?
Mi corazón se avivó al poner los pies sobre la acera como el de un
marinero que pisa el muelle después de pasar media vida en altamar. No
podía negar la evidencia: yo también me había hecho adicto a esa droga. Por
un lado, quería destruir todas las cápsulas que existiesen pero, por otro, me
aterraba la idea de no poder volver a verme dentro de una. Subí la cremallera
de mi chaqueta y empecé a caminar.
Mi adicción se manifestó en una gran ansiedad al entrar en el recibidor y
ver la longitud de las colas que llevaban al mostrador. Eran las más largas y
nerviosas que había visto jamás. Incluso habían instalado postes separadores
con cintas extensibles para hacerlas zigzaguear. Desesperado, fui a hablar
directamente con una chica pelirroja que ya me había atendido en alguna otra
ocasión.

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—Necesito una experiencia —⁠le dije, interrumpiendo su conversación con
el hombre que tenía delante.
—Oiga, no sea impertinente —⁠me exigió este, irritado.
—Disculpe, es una emergencia —⁠le justifiqué, antes de volver con la
chica⁠—. La experiencia del lago, en pareja.
—Señor, tiene que esperar en la cola, como todo el mundo. ¿Tiene cita?
—¡No, no tengo cita! He aprovechado un hueco…
—Señor, estamos hasta arriba y sin cita no lo podré atender —⁠remató,
usando el mismo tono que el contestador de una funeraria⁠—. Tenga una
tarjeta y llame al número que…
—¡Traiga!
Cogí la cartulina y me aparté antes de que la chica avisase a Seguridad. El
hombre me miró con expresión flatulenta y retomó sus absurdas aspiraciones
de ocio con la recepcionista. Arrugué la tarjeta y la arrojé a la papelera —⁠si la
hubiese tirado al suelo probablemente también habrían llamado a
Seguridad⁠—. Después, me dirigí al pasillo que unía el recibidor con una de
las salas de espera.
Como no podía ser menos, el lugar estaba abarrotado.
—¡Si tienen el coche en el parking público vayan enseguida! —⁠grité,
captando la atención de todos los presentes⁠—. ¡Está ardiendo!
Más de la mitad de los clientes saltaron de sus sillas en mitad del revuelo
y corrieron hacia el vestíbulo. El resto, tampoco podía ocultar su inquietud.
—No se preocupen, han conseguido evacuarlos a todos —⁠dije, cogiendo
uno de los catálogos huérfanos y sentándome lo más cerca posible del acceso
a las salas.
No tardó en aparecer una asistenta requiriendo la presencia del siguiente
cliente de la lista.
—¿Es que se han ido todos? —⁠preguntó, sorprendida por la desbandada.
—Por lo visto hay un incendio en el aparcamiento —⁠le explicó un señor
muy atento.
—¡Pues vaya! —exclamó ella, antes de nombrar a una mujer.
Para mi fortuna, la susodicha no estaba en la sala y el siguiente nombre
era el de un varón. Al ver que tras un par de segundos, nadie reaccionaba, me
levanté como un resorte de mi silla.
—¡Sí, yo, disculpe!
—¿Ya ha hecho su elección?
Afirmé.
—La 3214 —dije de memoria—. La del lago.

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—Sígame, por favor.
Entramos en una de las primeras salas del pasillo, de aspecto calcado a
todas las demás. La asistenta configuró algunos parámetros básicos en la
cápsula y comprobó que todo estaba correcto.
—Vaya desvistiéndose —me indicó⁠—. ¿Trae cubierta la exención de
responsabilidades?
—¡Oh, vaya! ¡Sí, pero he debido dejarla en la sala de espera!
—No se preocupe, le traeré otra. Cuando termine, túmbese en la camilla.
Yo volveré enseguida.
La chica salió de la sala y regresó cinco minutos después, portando otra
copia del documento extraviado y el habitual vaso con píldoras. Firmé las dos
hojas y fingí tragarme la correspondiente dosis hipnótica.
—Parece que su experiencia ha sido recientemente actualizada —⁠me
informó muy alegre⁠—. Va a tener el honor de estrenarla.
—¡Fantástico! —exclamé pero, en realidad, era una noticia espantosa.
Cualquier modificación llevaba implícita una alta incertidumbre y aquel no
era el mejor momento para las sorpresas⁠—. ¿Es un cambio muy grande?
—No suele ser así en las actualizaciones. Si la ha vivido antes, es
probable que no note la diferencia. A veces se trata solo de las mismas
sensaciones, pero mejor conseguidas.
—Ah, de acuerdo.
—Muy bien. Ahora relájese —⁠me pidió, justo antes de colocarme los
pertinentes terminales eléctricos.
Pero lejos de relajarme, lo que intenté fue concentrarme con todas mis
fuerzas. Esa vez no necesitaba recibir una descarga pasiva para recrearme en
un mundo de fantasía. Ni siquiera me conformaría con instalar en los
servidores una rutina para que las futuras experiencias provocasen una
reacción adversa en los soñadores, como planeaban mis compañeros. Lo que
me proponía era aprovechar una de las brechas en el sueño de Alissa para
revertir la señal y provocar una disonancia masiva que, a través del sistema
central, se propagase hasta los mismísimos creadores. Me colaría en sus
cabezas y les lanzaría un mensaje conciso, una misiva irrechazable que los
alzase en armas contra su opresor. No estaba seguro de poder conseguirlo,
pero estaba en juego el fin de la Corporación y valía la pena intentarlo. Y no
solo eso. También tenía el convencimiento de que entre los creadores
encontraría a alguien que pudiese revelarme el paradero de Eli y que me
ayudase a encontrarla.

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La compuerta superior comenzó a descender sobre mí. Me saqué las
píldoras de la boca y las arrojé a mis pies. Después cerré los ojos y sonreí. Un
complejo virus informático acababa de colarse en sus sistemas y ya era tarde
para poder reaccionar. Los iba a destruir por completo.

Cuando abrí los ojos, vi que ya era de día. A mi izquierda yacía mi mujer, en
posición ladeada. Me daba la espalda, pero oía su respiración rítmica y
calmada. Seguía dormida. Con cuidado para no despertarla, deslicé mi dedo
bajo el cuello de su pijama y lo hice descender por su hombro. No había
ninguna libélula tatuada sobre su omóplato. «¿Cómo es que no está ahí?», me
pregunté con recelo. Levanté las mantas que me cubrían y salté de la cama.
Cogí mi ropa y fui al salón, me vestí y salí de la cabaña. Hacía una mañana
fresca y el cielo ofrecía un pronóstico soleado. Bajé la escalinata y fui directo
hasta el embarcadero, presto a ver algunos insectos voladores rastreando las
aguas. Pero parecía que todos seguían al amparo del juncal y no dejaban que
nadie los divisase. Opté por rastrear los alrededores buscando por el suelo un
pedazo de trapo hasta que, tras quince minutos sin éxito, decidí cambiar mi
estrategia. Volví corriendo al refugio, me puse la cazadora y comprobé que en
su bolsillo estaban las llaves del coche. Conduje sin detenerme hasta el
embarcadero turístico y aparqué lo más cerca que pude del mismo. Dentro,
algunos trabajadores preparaban la tienda antes de abrirla al público. Golpeé
el cristal para llamar su atención, pero en cuanto me vieron hicieron alusión a
la hora de apertura. Insistí, pidiéndoselo por favor. Uno de ellos se acercó al
cristal y me reiteró de palabra que aún no habían abierto. «¡Necesito comprar
una cosa. Es urgente!». El chico negó con la cabeza. «¡¡Abran!!», grité.
Intimidado por el repentino aumento en el volumen de mi voz, el joven
empleado me amenazó con llamar a la Policía. Pero yo no podía seguir
aguantando tantas tonterías. Golpeé con el codo el cristal, haciendo uso de
todas mis fuerzas. Una de las cuatro partes de la ventana cayó al suelo hecha
añicos. Los empleados se asustaron de verdad y uno de ellos empezó a marcar
el número de la comisaría. Metí la mano por el hueco del cristal y abrí la
puerta desde el interior. De una patada, la lancé hacia dentro y me colé en la
tienda. Los dependientes —⁠distinguí a tres⁠—, me miraban sin dar crédito.
Seguramente lo estuviesen interpretando como un robo, mas lo que a mí me
interesaba no era el dinero. Corrí hacia la estantería a escarbar entre los
peluches, pero no encontré ninguna libélula. «¡¿Dónde están?!». Me
preguntaron que a quiénes me refería. «¡A las libélulas!», grité. Se habían

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agotado hacía meses y no las habían repuesto. Volví corriendo hasta el coche
y arranqué. Dejando un gran círculo en la grava, di la vuelta y enfilé el
camino hacia la cabaña. Me estaba empezando a desesperar. Aunque no era
consciente de estar dentro de una experiencia onírica, algo me decía que mi
tiempo era limitado y que fuera lo que fuera lo que tenía que hacer, era de
vital importancia. «¡¿Dónde se han metido todas las malditas libélulas?!».
No aflojé la marcha hasta encarar la pendiente de acceso al refugio.
Cualquiera con la mala fortuna de haberse cruzado en mi camino habría
salido despedido por los aires y ni lo habría visto. En mi cabeza no había otra
cosa que llegar y comprobar que Eli seguía bien. Me sentía un verdadero
idiota por haberla dejado sola en aquella cabaña, pues de ningún modo la
tenía por un lugar seguro. Pero justo cuando me disponía a iniciar el descenso,
vi algo moverse entre la maleza. Desde esa primera impresión, tuve claro que
se trataba de una persona, tal vez un adulto. Frené en seco y miré por la
ventanilla del copiloto. Si algo realmente se había movido, en ese momento
permanecía quieto. Bajé del coche, cogí una palanca de acero por si tuviera
que defenderme y examiné con más calma las proximidades de la cuneta,
agudizando el oído para escuchar cualquier pisada o ruido delatador.
«¡Hola!», pronuncié en voz alta, dudando de si quería obtener respuesta o no.
En cualquier caso, nadie contestó. Entonces un ruido bronco a mis espaldas
me hizo dar un salto de alarma. Era el rugido de una moto de cross que
emergía de la masa forestal y avanzaba con rapidez hacia donde me
encontraba. Sobre ella, alguien embutido en un mono negro, con un casco que
cubría la totalidad de su cabeza, blandía un hacha de leñador destinado a
partirme en dos el cráneo.
Pude apartarme quizá medio segundo antes de que su hoja hiciese silbar el
aire. Aterrado, me giré para ver cómo el desconocido echaba un pie a tierra y
volteaba el manillar antes de emprender una segunda embestida. Incapaz de
cualquier otra reacción, balanceé mi cuerpo para obtener la máxima
estabilidad y, a su paso, esquivé el ataque a la vez que hundía mi palanca en
sus costillas. El agresor lanzó un grito terrible antes de quedarse sin aire y
caer de espaldas al suelo. Su moto dibujó una cabriola en el aire y, desbocada,
se fue destrozando contra la tierra en sucesivas vueltas de campana. Corrí
hacia él, pero mi confianza me jugó una mala pasada y, al inclinarme sobre su
cuerpo para inmovilizarlo, recibí un cabezazo salvaje en mitad de la cara. Mi
tabique nasal crujió vomitando un chorro de sangre y mis ojos se perdieron en
una espiral de fuegos artificiales. Me eché a un lado intentando recuperarme,
pero una patada en el pecho me hizo perder el equilibrio y lo poco que aún

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conservaba de ventaja. Mi atacante se incorporó antes que yo y se situó ante
mí, con una mano aferrada al costado y la otra sujetando su hacha. Me tenía a
su merced. Sin dudar ni un instante, pasó a empuñar el mango con ambas
manos y lo fue haciendo subir hacia el cielo para propinar un único golpe
certero. Entonces, bajo la visera del casco pude distinguir la huella de una
mirada inconfundible. Aquellos ojos ansiosos por contemplar mi muerte eran
los mismos de los que tantas veces me había prendido mientras su dueña y yo
discutíamos quién de los dos era el más afortunado por habernos conocido.
«Eli…», susurré, con un nudo en la garganta. Al oír su nombre, ella se
detuvo. Posó el arma en el suelo y, lentamente, llevó su mano hasta el cuello.
Desabrochó la correa que lo sujetaba y se liberó del casco. Se quedó inmóvil
sin decir nada, mirándome con una despiadada indiferencia. «¿Por qué?», le
pregunté. Ella sonrió con prepotencia. Con un rápido movimiento, flexionó
sus piernas y alzó la hoja enastada por encima de su cabeza. Devastado por
una traición para la que no estaba preparado, cerré los ojos y me abandoné a
la crueldad del destino.
«¡Quieta!», gritó alguien justo antes de oírse un fuerte golpe. Al recobrar
la visión, lo que encontré me alejó aún más de los límites de lo racional.
Alissa, surgiendo de la nada, se había abalanzado sobre Eli y forcejeaba con
ella en el suelo. No sabía cómo nos había encontrado en un lugar tan remoto
si, además, yo no le había dicho a nadie dónde pasaríamos el fin de semana.
También me sorprendió lo alta y diferente que parecía vistiendo un tipo de
ropa tan distinto del habitual. Era como una configuración alternativa de la
misma persona.
«¡Miles, corre!», exclamó Alissa. «Eli quería matarme…», le dije, todavía
incapaz de asimilarlo. «¡Ella no es Eli, es un centinela!». «¿Un qué?». «¡Un
centinela! ¡Y vienen muchos más! ¡Te han descubierto! ¡Corre!». Yo no
entendía nada pero, si algo tenía claro, era que aquella mujer, Eli, había
intentado matarme, y correr no era una de las peores cosas que podía hacer.
«Te ayudaré», le dije, al ver que le pelea se estaba recrudeciendo. «¡Vete! ¡No
te necesito! ¡Busca a la niña!», gritó. Aunque no sabía a qué se refería, algo
en mi cabeza me indicó cómo actuar. Salí corriendo hacia el interior del
bosque, trotando sobre los troncos y regateando las zarzas. Me sorprendí
demostrando una agilidad con la que no contaba, pues no era una zona que
conociese y siempre había tenido la impresión de ser bastante torpe.
Pronto llegué a una elevación en el terreno en cuya pared se adivinaba una
especie de entrada, aunque la vegetación la cubría casi por completo. Me
acerqué al hueco abierto en la roca y miré en su interior. En el suelo había una

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trampilla de madera que parecía cubrir el acceso a una ruta subterránea. Me
disponía a levantar los tablones cuando, al unísono, escuché un fuerte disparo
y noté un mordisco en el muslo. Mi pierna se dobló irradiando un dolor
inhumano. Me llevé las manos a la extremidad y al instante las vi bañadas en
sangre. Por la herida de bala escapaba un torrente color púrpura imposible de
controlar. «¡Le he dado!», oí gritar a alguien. No tardé en identificar al
guardabosque, saliendo sonriente de detrás de unos matorrales y armado con
una escopeta de caza. Me arrastré como pude hasta dentro de la pequeña
oquedad, dejando bajo mi cuerpo un reguero sangriento. Empezaba a sentir
mucho frío y un mareo incipiente de consecuencias fatales. Pero no estaba
dispuesto a rendirme.
En dura pugna con mi flaqueza, logré apartar los tablones del suelo y
descubrí una sucesión de peldaños escarbados en la pared. Supe que mi única
escapatoria, si la había, estaría allí abajo. Me deslicé con torpeza por la
rudimentaria escalera hasta la galería, dando por bueno el impacto de mis
huesos contra la tierra. Me arranqué el cinturón y lo até todo lo fuerte que
pude por encima de la herida, ahogando cualquier expresión de dolor. No
quería darle a nadie el gusto de ser partícipe de mi sufrimiento. Durante casi
un minuto, me alejé reptando por el túnel hasta llegar a una puerta metálica
cariada por la corrosión. Ver el débil hilo luminoso que la subrayaba me hizo
pensar que había alguien al otro lado. La golpeé suave con los nudillos y, al
no obtener respuesta, repetí con más determinación. Casi de seguido, una voz
afligida la atravesó. «¿Papá? ¿Eres tú?». Pero a esas alturas ya no podía hacer
otra cosa que llorar de impotencia. «Lo siento», sollocé derrotado. Iba a morir
frente a aquella puerta sin poder ayudar a quien estuviese atrapado detrás de
ella.
Entonces, entre la hoja y el marco, se formó una apertura de apenas un
centímetro por la que escapó un chorrito de luz. Un ojo asustado me
examinaba con cautela a través de la hendidura. «No temas», logré
pronunciar. La puerta se abrió del todo, revelando la presencia de una niña
con un vestido estampado y zapatos naranjas. «Yuri». «Hola, papá —⁠me
saludó ella, sonriendo⁠—. Te estaba esperando». Se acercó a mí y me ayudó a
entrar en su refugio. «No te preocupes, Miles, te pondrás bien», me dijo,
cerrando la puerta. Estábamos en una estancia pequeña, quizá un antiguo
almacén de herramientas. A la izquierda, una lámpara de aceite emitía
destellos intermitentes. A la derecha, había un colchón en el suelo y sobre él
una libélula de peluche que había perdido una de sus alas. «¿Cómo sabes mi
nombre? ¿Por qué me llamas papá?», pregunté aturdido. «Porque ese es tu

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nombre y eso es lo que eres», contestó, con voz muy tranquila. La niña me
rodeó con sus estrechos brazos y apoyó la cabeza sobre mi pecho. Había
llegado al punto de no cuestionarme nada de lo que viese u oyese, pues la
pérdida de tanta sangre a buen seguro me estaba haciendo desvariar. «No
tenemos mucho tiempo. Están a punto de llegar», me avisó la niña. Me hizo
acompañarla hasta la cama y me ayudó a tenderme sobre ella. «Me alegro de
haberte conocido», dijo, mostrando en su rostro esa alegría. Hice un esfuerzo
atroz, pero creo que conseguí devolverle la sonrisa. Me dio un beso en la
mejilla, cogió el insecto de peluche y me lo ofreció. «Vas a necesitar esto»,
confirmó. Asentí, tomando la libélula entre mis manos. El guardabosque
golpeó con rabia la puerta. «¡¡Abran!!», comenzó a gritar entre amenazas.
Cerré los ojos e intenté concentrarme como la chica de pelo azul me había
enseñado. Pensé en la bola de plasma, emitiendo cientos de rayos ultravioletas
entre el electrodo y el cristal. Pensé en una luz intensa emergiendo del núcleo,
absorbiendo energía y condensándola en sus átomos hasta hacerlos rebosar. El
suelo vibró bajo mi espalda. Tuve la sensación de empezar a levitar en un
torbellino electroquímico que giraba sin control, arrastrando el poder de su
voltaje hacia mí. Percibí cómo mi cuerpo se fundía en magma, disolviéndose
velozmente en la corriente desatada. Toda la materia a mi alrededor se
convirtió en energía momentos antes de ser liberada en una explosión
devastadora.

Noté cómo la cápsula se abría, pero era incapaz de moverme. Oí una voz
lejana, como si alguien hablase al otro lado de una gruesa membrana. Estaba
aturdido, golpeado por una actividad psíquica extrema que nunca había
experimentado antes. Sentí un clavo atravesándome el cráneo de punta a
punta y unas profundas náuseas agitando la boca de mi estómago. Estaba,
literalmente, reventado. Alguien me dio unas palmaditas en la cara a ver si
reaccionaba, pero seguía sin poder tomar el control de mi cuerpo. Percibí un
pinchazo en el brazo, pero el dolor apenas se trasladó a mi cerebro y este
envió un impulso de retirada que ninguno de mis músculos procesó.
Fuese lo que fuese lo que me habían inyectado, lentamente fue
haciéndome recuperar la posesión de mis actos. Siguieron poniéndome luces
frente a los ojos y comprobando mis reflejos, hasta que pude reunir fuerzas
para alzar la mano derecha y dar muestras de consciencia.
«Parece que reacciona. Llévese la epinefrina».

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Los contornos se fueron definiendo ante mí como si alguien los estuviese
repasando con tinta china. Junto a la asistenta que me había acompañado
hasta la sala había otra mujer más madura, con gafas y el pelo recogido detrás
de la cabeza.
—¿Me oye, señor Tremblay?
Asentí recordando que ese era el apellido del hombre al que había
suplantado.
—Parece que ha habido un problema con la última actualización de su
experiencia —⁠me informó, aunque la pobre mujer ni se imaginaba lo que en
verdad había ocurrido.
En esos momentos comenzó a sonar una alarma en algún punto del
edificio. Un sonido que llegaba a nosotros atenuado, pero que se volvió más
perceptible cuando un efectivo de Seguridad abrió nuestra puerta.
—Tienen que salir —se limitó a ordenar.
—¿Puede levantarse? —me preguntó la mujer, quien debía ser una
especie de doctora.
Agité la cabeza. Me retiraron rápidamente los terminales eléctricos que
me conectaban a la cápsula y me ayudaron a incorporarme. El guardia de
seguridad insistió de nuevo en la necesidad de abandonar la sala cuanto antes.
Estaba seguro de que la alarma significaba que lo había conseguido, que les
había ensartado el estoque en el centro del corazón. Los había dejado heridos
de muerte y ya solo les quedaba dar unos coletazos, como un pez fuera del
agua, hasta ahogarse del todo y perecer. Me empecé a vestir lo más deprisa
que pude, alentado por el alboroto de fuera.
Cuando terminé, las dos mujeres salieron delante de mí.
—¿Qué ocurre? —le pregunté al guardia al pasar frente a él.
—Una situación que hay que controlar —⁠zanjó.
Pero su walkie-talkie quiso darme una explicación más detallada:
«Hibernáculos 1 y 3, controlados. 2 y 4 requieren más efectivos. Por
favor, diríjanse a la zona».
Me atreví a suponer que los llamados «hibernáculos» eran las salas en las
que los creadores parían en serie sus experiencias y, aunque liberarlos era mi
siguiente objetivo, de momento dejé que nos acompañasen hasta el vestíbulo
y nos reunieran con los demás evacuados. A esas alturas, no podía permitirme
el lujo de arruinarlo todo por precipitarme al tomar una decisión. Esperé hasta
estar seguro de que nadie me miraba y, en cuanto tuve ocasión, me deslicé
hasta uno de los ascensores que acababa de transportar al personal de
dependencias superiores hasta la planta baja.

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El panel de mandos mostraba una treintena de botones numerados, más
dos adicionales correspondientes a sendos sótanos, y otro en lo alto que solo
se podía accionar con la tarjeta llave correspondiente. Pulsé el
inmediatamente inferior a ese y esperé a que las puertas se cerrasen, cruzando
los dedos para que nadie me detuviera. Por suerte, ni el más atento de los
guardias había reparado en mí y pronto me puse en movimiento.
Ascendí con rapidez los veintinueve niveles evitando mirar al suelo.
Nunca había sido un gran amante de las alturas y aquel elevador cilíndrico y
acristalado parecía haber sido concebido más como una muestra de petulancia
que como un aparato funcional. A medio camino me crucé con otro ascensor
en el que bajaban dos miembros de Seguridad. Se quedaron mirándome con
desconfianza y, acto seguido, uno de ellos cogió su walkie-talkie y se lo llevó
a la oreja. Era de suponer que estaba dando la voz de alarma, pero en aquellos
momentos me preocupaba el vértigo más que ninguna otra cosa.
Respiré más tranquilo cuando las puertas se abrieron y pude poner mis
pies en el firme suelo de la planta 29. Busqué con diligencia unas escaleras
que la conectasen con la superior, pues además de que Alissa ya me lo había
adelantado, se infería de su nivel de seguridad que en ella sería en la que
residiesen los creadores. Me agaché al oír disparos provenientes de algún
lugar cercano —⁠todavía tenía muy presente mi reciente herida de bala⁠—,
pegué la espalda a la pared y avancé con cautela veinte metros hasta la
escalera de incendios. Empujé la puerta y comprobé que los accesos estaban
despejados. Subí dos tramos de peldaños cementados y me planté frente a una
puerta protegida por un código de seguridad numérico.
«¡¡Maldición!!», grité enojado.
—¡¡Eh!! ¡¡Usted!! —vociferó alguien tras de mí.
Para mi desgracia, habían descubierto muy pronto al intruso. Mientras el
guardia subía las escaleras enardecido por su sentido del deber, miré con
resignación el panel con teclado digital que me separaba de los hibernáculos.
Entonces, desde algún rincón de mi cerebro me llegó un impulso nervioso que
supe atender. «627534». Sin el lujo que suponía el derecho a la duda,
introduje el código en el panel y comprobé, estupefacto, que los números eran
correctos. «¡¡Quieto ahí!!», me gritó el guardia al ver que la puerta se abría.
Pero antes de que pudiese apuntarme con su arma, la atravesé y la volví a
cerrar con la agilidad de un fantasma que se cuela por el hueco de una
ventana. Parecía que en algún momento del pasado, alguien había imprimido
esa combinación en mi cabeza sabiendo que un día me sería de gran ayuda.

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Sin embargo, aun habiendo accedido al hogar de los creadores, lo más
complicado estaba por llegar. Frente a mí había un pasillo plagado de
guardias armados tratando de controlar la situación a golpe de metralla. En el
suelo se esparcían los cadáveres de seis hombres y mujeres ataviados con
camisones blancos llenos de sangre. Corrí en cuclillas a ponerme a cubierto
de los disparos, sin entender cómo podían estar repartiendo balazos contra
unas personas que sustentaban la actividad de la compañía. Estaba claro que
la situación se había descontrolado y que carecían de un mando eficaz que la
restituyese.
Refugiado tras una columna, inspeccioné el pasillo valorando mis
alternativas. Cuatro carteles numerados del 1 al 4, y pegados en otras tantas
columnas a mitad del corredor, identificaban cada hibernáculo. Como había
oído a través del walkie-talkie, el 1 y el 3 no presentaban problemas y sus
puertas estaban selladas. Para entonces, la paz en el 4 también había sido
restablecida y solo el 2 parecía requerir algún tipo de acción especial.
Entonces distinguí que, al margen de los guardias y de los creadores,
había otros combatientes calados en monos negros que cubrían sus rostros con
máscaras militares. Era un escenario distinto del que esperaba encontrar —⁠si
es que en lo más remoto de mi ser esperaba encontrar alguno⁠—, y me sentí
bloqueado. No sabía hacia dónde ir o qué hacer. Estaba en medio de una
guerra entre tres bandos y a ninguno de ellos tenía nada que aportar. Lo único
que podía hacer era tratar de ocultarme y esperar a que la contienda amainase.
Había sido demasiado pretencioso asumiendo que yo solo podría liberar a los
creadores. Me había creído un semidiós por haber aprendido a generar
disonancias, como si hubiese sido el primer ser humano en conseguirlo y
verme allí, agachado y asustado como un niño, suponía un duro golpe de
realidad.
Me escurrí por el pasillo hasta encontrar lo que parecía ser un cuarto de
limpieza. Entorné la puerta y me colé dentro con el máximo sigilo que pude
mantener. El interior estaba casi del todo a oscuras; solo la luz que se colaba
por el ventanuco de cristal impreso le aportaba un mínimo de claridad.
Busqué un rincón en el que aguardar agazapado y me encogí todo lo que
pude. ¿Para qué había subido hasta allí? ¿Para eso? Pensé en el sueño que
había vivido hacía unos minutos. Me habían descubierto y todos los
centinelas se habían propuesto detenerme, pero ninguno lo había logrado. No
era tan inútil, después de todo. ¿Y la niña? No estaba perdida en el bosque, se
escondía, probablemente de los propios centinelas. El guardabosque, la falsa
Eli, el resto de campistas… Todos la buscaban para eliminarla del sueño,

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sabían que constituía una amenaza. Pero ¿quién era? ¿Qué hacía en mi sueño?
¿Por qué me había llamado papá? ¿Es que tenía una hija y no lo sabía?
¿Existía en la realidad? ¿Dónde estaba?
Era de locos intentar desenredar la madeja de pensamientos que tenía en
la cabeza. ¿Me había despertado en verdad, o seguía en la cápsula y todo era
parte de ese sueño en el que pretendía acabar con la Corporación? No sería la
primera vez que me ocurría algo semejante. Pero, si despertase, ¿dónde lo
haría? ¿En la misma clínica? ¿En el matadero de la Resistencia? ¿En un
instante del pasado en el que aún no conociese a Eli? Si como creía, aclarar
mis ideas y comprender mi vida era cosa de locos, me consolaba saber que
pronto podría tener la llave para conseguir hacerlo. Mi mente ya no aguantaba
más embrollos y no tardaría en ceder al delirio permanente. Me acurruqué aún
más y empecé a llorar.
«Papá, no te rindas», dijo alguien en mi cabeza. Era la voz de Yuri.
«Mamá y yo te necesitamos». Su mensaje reencendió mi red neuronal.
«¡Yuri!», la llamé, pero no obtuve respuesta. «¿Dónde estás?». Me levanté del
suelo y corrí hacia la puerta. Estuviese viviendo una simulación prefabricada
o la vida real, aquello se tenía que acabar. Yo no tenía ninguna hija, solo un
montón de voces en la cabeza que debía acallar para poder descansar. Salí al
pasillo. Miré a ambos lados y avancé a grandes zancadas hasta la puerta del
primer hibernáculo. Aún no sabía cómo, pero iba a destrozar todas las
malditas cápsulas que encontrase. Y no me importaba si para ello tenía que
usar mi propia cabeza; las haría añicos hasta que los huesos de mi cráneo no
aguantasen más. Empujé la puerta e irrumpí en el interior, preparado para
comenzar mi orgía de destrucción. Sin embargo, algo en el ambiente hizo que
de golpe me frenase. El hibernáculo era una sala bastante amplia que
albergaba dos hileras de diez cápsulas aún más grandes e impresionantes que
todas las que hasta entonces había visto. Y era silencioso, muy silencioso. Ni
siquiera se escuchaban los motores de las propias máquinas, o los disparos,
tan presentes en mis oídos hasta hacía unos segundos. Diría que las paredes
engullían cada ruido imponiendo una insonoridad absoluta.
Me acerqué a la primera cápsula. Un hombre joven dormía en ella
provisto de un sistema sensorial muy similar a los convencionales. Pero, pese
a su apariencia corriente, había algo en él que no podía apreciarse al mirar a
cualquiera de los cándidos ocupantes de las máquinas de la planta baja. Era
un creador y su figura desprendía un halo misterioso y diría que casi
espiritual. Me pareció que notaba mi presencia, pues el gesto sereno de su
cara sufrió una leve alteración. Tal vez algún sensor estuviese captando esa

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señal y dando la alarma en una sala de vigilancia, pero a buen seguro nadie la
atendería. Me pregunté si habría recibido mi mensaje, si estaría ya grabado en
aquella cabeza privilegiada o se habría desperdigado por los nodos
intermedios. También era posible que no todos los creadores reaccionasen
igual y algunos se revelasen durante el sueño y otros solo después de
despertar.
Seguí caminando frente a las cápsulas, tal vez por la curiosidad de ver
cómo eran esos entes celestiales a los que la Corporación exprimía sin
clemencia, como a unos pobres animales enjaulados entre barrotes de oro.
Entonces la vi. Sumida en un aura superior al del resto, tejiendo con los
mismos hilos su propio sueño, yacía mi mujer, con los ojos sellados, con el
rostro tranquilo; con esa expresividad innata con la que mostraba que todo iba
bien cuando todo iba bien. Me apoyé en el cristal, afectado por un tembleque
que no podía controlar. Eli. Era Eli. Una creadora. La había tenido sobre mi
cabeza todas las veces en las que me había metido en una cápsula para
averiguar su paradero. Y me la mostraba el azar. Eli. Mi Eli. La que hasta
hacía varios meses era tan reacia como yo a todo lo relacionado con el
proyecto Onirica. Se había convertido en una creadora.
No, no podía ser verdad. Habían sido ellos los que se habían aprovechado
de su adicción y la habían engañado para unirse a la Corporación. Tal vez con
engaños o tal vez con amenazas, no lo sabía, pero estaba claro que Eli no se
hubiese dejado atrapar de no haber sido por algo así.
Miré su consola. El monitor mostraba un pulso normal… junto a otro más
acelerado. Di un paso hacia atrás. ¿No se suponía que aquella máquina la
controlaba solo a ella? Entonces bajé la mirada hasta su vientre y pronto lo
entendí: Eli estaba embarazada y la segunda frecuencia cardiaca era la de su
bebé. «¿Un bebé?». Me llevé las manos a la cara, superado por la emoción.
«Por favor, papá, sálvanos». El retorno de esa voz a mi mente hizo que me
tambalease y acabase perdiendo el equilibrio. Caí sobre un costado
golpeándome la cabeza contra el suelo y perdí el conocimiento.

—¡Miles! ¡Miles! ¡Espabila!


Noté que alguien me abofeteaba. Traté de detener sus manos pero solo
conseguí agitar las mías en el aire como un pollo sin cabeza.
—Está grogui.
Rápidamente, me mojé los dedos con saliva y me humedecí los ojos.
Cuando por fin pude separar las pestañas y enfocar mi visión, me encontré

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con el rostro de Barrett sucio y salpicado de sangre. RCP también me miraba
por encima de su hombro. Junto a ellos, otros cinco hombres vigilaban muy
atentos lo que ocurría a su alrededor. Iban vestidos con el traje negro que ya
había visto en el pasillo y armados hasta los dientes. O habían regresado al
matadero para recuperar su arsenal, o no era el único que tenían. Recordé que
Alissa había mencionado la antigua participación de ambos en una
organización conocida como Luna Negra y, atando cabos, resolví que los
vínculos con sus antiguos compañeros no se habían extinguido del todo.
—¿Qué demonios haces aquí? ¿Has venido a echar el currículum? —⁠me
preguntó el líder de la Resistencia.
Me llevé una mano a la cabeza. El punto en el que me había golpeado se
había hinchado sobremanera y dolía solo con pensar en él.
—Sí, deberías ponerte un poco de hielo —⁠me aconsejó RCP.
—Es… Eli.
Me incorporé y me acerqué hasta su cápsula.
—¿Ella es tu mujer?
Asentí.
—¿Y qué carajo hace ahí? Espera… ¿Es una creadora? ¡No nos lo habías
dicho!
—No lo sabía.
—¿Qué? ¿No lo sabías? ¡Joooder!
—Tengo que llevármela de aquí.
—¿En serio? ¿Y cómo piensas hacerlo? ¿En cuello?
—Sí.
Barrett rio.
—Te considero muy capaz. A juzgar por la que hay montada allá abajo
presiento que has hecho algo más que grabar un simple mensaje en la
memoria, ¿me equivoco?
—Yo también me alegro de veros —⁠me limité a contestar⁠—. ¿A qué
habéis venido?
Barrett se encogió de hombros.
—No echaban nada en la tele —⁠alegó RCP.
—¿Y Alissa?
—Con Omar y Larry, intentando deshacerse del todo de ese localizador
que lleva grapado al cerebro —⁠explicó el cabecilla⁠—. No te preocupes, están
bien. Venga, coge a tu mujer y vámonos de aquí.
Oprimí el botón para cancelar y acepté la petición de confirmación,
mientras RCP y sus hombres iban repitiendo lo mismo en todas las máquinas

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del hibernáculo. La cápsula terminó de almacenar algunos datos y preparó su
descompresión. Lo cierto es que me sentía raro siendo yo el que observaba el
proceso desde fuera. Cuando terminó, liberé a Eli de sus ataduras de cobre y
la alcé en brazos, con sumo cuidado para mantener a salvo la hermosa
protuberancia de su abdomen.
Los primeros creadores en poner los pies sobre el suelo nos miraron con
inseguridad y desconfianza, pero a medida que su número aumentaba,
también lo hacía su convencimiento. El más avezado no tardó en asestar un
puñetazo a la consola de la cápsula de la que había emergido, seguido de otro
de igual intensidad contra el cristal de la compuerta. Sus compañeros,
contagiados por su bravura, comenzaron a canalizar la rabia contenida hacia
sus manos, usándolas para golpear los terminales y arrancar las camillas y el
cableado. En pocos segundos la sala parecía haber sido arrasada por un
tornado, pero los creadores, en su nuevo rol de destructores, seguían
descargando su ira sobre las máquinas como si nada fuese para ellos
suficiente.
—Mientras estos se divierten, vamos a despejar el resto de la planta
—⁠indicó Barrett a sus camaradas.
Seguí al grupo hasta la puerta, pero justo cuando íbamos a atravesarla, el
enorme excombatiente emitió lo más parecido a una señal de alarma:
—¡¡Joder, al suelo!! —gritó, alzando su fusil y abriendo fuego hacia el
pasillo.
Sorprendido, me lancé a un lado mientras Barrett y el resto se enfrascaban
en un tiroteo con otros guardias que pretendían recuperar el lugar. No
tardarían más de diez segundos en neutralizar el ataque, pero a mí me
parecieron más de diez años.
—¿Estás bien? —me preguntó RCP.
—Sí.
—Yo me quedaré para joderle el sueño a los demás dormilones —⁠añadió
Barrett⁠—. Tú vete con RCP y saca a tu mujer de aquí volando.
—¿Volando?
—¡Sígueme! —me indicó entonces el aludido⁠—. ¡Nos la subimos!
—¿Subírnosla? ¿A dónde?
—Al helipuerto.
—¿Es que hay un helipuerto en el tejado?
—Claro. No pensarás que hemos venido en ascensor como tú, ¿verdad?
—No, claro que no.
Barrett sonrió.

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—Me alegro de que la hayas encontrado.
—Nunca lo hubiera hecho sin vosotros.
—¡Eso puedes jurarlo! —exclamó, ya riendo con estruendo⁠—. ¡Os cubro!
—⁠bramó entonces, disparando hacia una esquina tras la que se ocultaban
varios efectivos.
Otros miembros de Luna Negra se unieron a él después de que los
requiriese a voz en grito y fueron siguiendo sus instrucciones. Era evidente
que estaban bien coordinados y que sabían cuál era su lugar en la jerarquía.
RCP y yo corrimos sin separarnos hasta las escaleras de acceso a la
azotea, sorteando cuerpos y esquivando balazos que pasaban silbando a
escasos centímetros de nuestras cabezas. Al llegar a cielo abierto, vi el
moderno helicóptero al que Barrett había hecho referencia. Yo no entendía de
esos aparatos, pero a simple vista estaba claro que el propósito de aquel era
puramente militar. RCP abrió la compuerta lateral y se dirigió a la cabina,
mientras me indicaba que apartase los objetos que había sobre el banco para
hacer sitio a mi mujer. Cerré la puerta y nos sumimos en el huracán que
arrancaban las hélices del helicóptero al girar. Acaricié la cara de Eli y aparté
los cabellos que la surcaban. Estaba temblando. Parecía que le costaba
demasiado despertar. Aunque todavía muchos interrogantes poblaban mi
cabeza, sabía que no soportaría el hecho de perderla nada más recuperarla. No
iba a dejar que me la arrebatasen de las manos.
—¡Agárrate que nos vamos! —⁠exclamó RCP, haciendo despegar el
aparato.
Como si alejarnos del lugar surtiese un efecto milagroso en ella, al poco
de llevar volando pareció recuperar ligeramente la consciencia.
—¿Miles?
Al oír por fin su voz, mis ojos se esmaltaron con lágrimas. Mi boca se
secó como si me hubiese tragado la arena de mil desiertos. Volví a sentirme
mareado.
—Eli, mi amor —casi sollocé—. ¡Resiste! ¡Te llevaremos a un hospital!
—Nunca te he merecido —dijo, con una voz que rozaba lo celestial⁠—. Ni
tú merecías tampoco lo que te he hecho.
El tono sosegado de sus palabras provocaba en mí la reacción inversa.
Pensé que estaba delirando, que la fiebre había embarullado las conexiones
entre sus neuronas. Entonces, como la dulce melodía de un caramillo juglar
en mitad de una batalla, el alegre cantar de un pájaro llegó a mis oídos. Lo
busqué con la mirada en el interior de la cabina pero, por supuesto, no pude
verlo. Supuse que sería cosa del viento. O no…

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—Esto… ¿Esto es un sueño? —⁠pregunté aturdido. Puede que yo también
empezase a ser rehén de las alucinaciones.
Ante mí, la sonrisa de Eli navegó desde el mar de la alegría al de la
complicidad.
—¿Y qué no lo es? —reflexionó—. Nuestras alegrías y nuestras penas,
nuestras conversaciones y nuestros silencios. Nuestras aventuras por el
mundo y las que ocurrieron en nuestro sofá. Todo lo que hemos vivido es ya
un recuerdo eterno.
—Pero Eli, ¿qué estás diciendo?
Noté cómo en mi interior la desesperación daba paso a un sollozo de
impotencia.
—Te pido perdón por haberte escogido a ti. Por el egoísmo infinito de
haberme colado en tu vida. Y te doy las gracias por haberlo hecho real.
Sus músculos cedieron y su cuerpo se relajó. Las correas de la camilla
evitaron que cayese al suelo y se golpease contra el metal. Una gota salina
descendió por mi mejilla y se mezcló con los posos de su confesión.
—Ojalá pudiese revivirlo una y mil veces… —⁠susurró al final.
La quise besar, pero en su lugar ya solo quedaba el vacío de un estímulo
perecedero.

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XIV
El día en el que regresé a casa, Bernie me brindó un caluroso recibimiento.
Supuse que algún analista funcional, en algún momento de su desarrollo,
había considerado que si los habitantes de un hogar se ausentaban durante una
temporada, el saludo de su centralita domótica a su vuelta debía ser cálido y
efusivo. Como el de un perro, pero sin los lametones ni los saltos al pecho.
—¿Qué tal, patética basura electrónica?
«Hay correspondencia ordinaria no recogida», me informó como si nada.
Aprovechando que aún no me había descalzado, bajé de nuevo al portal y abrí
el buzón. Dentro encontré algunas facturas y un sobre de un tamaño superior
al del resto con lo que parecían ser varias hojas dentro. Regresé al
apartamento y lo dejé todo sobre la mesa del salón. Para entonces, Bernie ya
había adecuado la casa como le había venido en gana.
—¿Hay algo más que quieras decirme? —⁠le pregunté, quitándome los
zapatos.
«Se prevé una subida de las temperaturas…», comenzó a exponer. Sin
esperar a que terminase de ponerme al día, fui hasta el armario y busqué mi
caja de herramientas. Cogí un destornillador Torx T10 y me acerqué hasta la
caja central instalada junto a la entrada de la casa. Desenrosqué los cuatro
tornillos que fijaban la tapa protectora y la retiré.
—Colega, ha sido un placer —⁠me despedí, justo antes de empezar a
deshabilitar todas sus conexiones.
«Gracias por utilizar…». Antes de que Bernie terminase con su
formalismo, el apartamento se sumió en el silencio.
—¡De nada!
Extraje la unidad central de la placa base y la tiré al cubo de la basura.
Después subí todas las persianas y abrí las ventanas. Necesitaba que entrase
aire fresco y luz natural. Conecté mi vieja gramola y pinché un vinilo casi
olvidado que de inmediato hizo sonar el clásico del 76 More than a feeling.
Me senté en el sofá y cerré los ojos. Notaba mi cabeza despejada, libre. Sabía
que era una sensación más psicológica que otra cosa; era imposible que mi
cerebro se sintiese más relajado solo porque el robot doméstico no estuviese
analizando mis pensamientos. ¿O quizá no?
Pensé en Eli. Una creadora. Todavía no lo había asimilado. Todo ese
tiempo buscándola en una cápsula y la tenía al otro lado del sistema, treinta

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pisos más arriba. ¿Qué sueños habría creado para disfrute de los demás? No
había entendido casi nada de lo que me había dicho en ese pequeño rato que
compartimos en el helicóptero, pero me había reiterado varias veces que me
quería. ¿Por qué se habría ido entonces de casa para trabajar en la
Corporación? ¿O es que nunca había llegado a superar su adicción y el fin del
tratamiento suponía para ella no poder volver a usar una cápsula? ¿Pudo esa
idea agobiarla y ser el detonante? Miré a mi alrededor. Tampoco sabía si
podía culparla de buscar otra salida a envejecer entre esas cuatro paredes.
Pero parecía tan feliz conmigo… Reparé en la manta de Coyote, en su plato,
en sus juguetes tirados por la alfombra. Me sentí tan solo que por un instante
me planteé recuperar la unidad central de Bernie y volver a instalarla en la
caja.
Al acabar la cuarta canción, me acordé de la correspondencia. Suponía
que no habría nada importante, pero sentía curiosidad por aquel sobre grande.
Me acerqué a la mesa y le eché una ojeada. Entonces vi que en el reverso
aparecía escrito: «El hombre que no teme a las verdades, nada debe temer a
las mentiras. Thomas Jefferson». Intrigado, despegué la solapa y extraje su
contenido. Eran varias hojas en cuyo encabezado se leía «Elisabeth Warby.
Información clasificada». El logotipo de la empresa desarrolladora de Bernie
aparecía en una de las esquinas. O mi percepción me engañaba, o se trataba
de una copia impresa de la información más relevante que Bernie había
extraído de la mente de Eli durante los meses en los que había vivido
conmigo. El rostro de Omar apareció de repente dentro de mi cabeza.
«¡Maldito granuja!». Me quedé un buen rato pensando si querría de verdad
conocer las motivaciones que habían impulsado a mi mujer a tomar, desde mi
ingenuo punto de vista, tan cuestionables decisiones. ¿Cambiaría mi
percepción sobre ella si leyese ese informe? ¿Dejaría de amarla? ¿Merecía la
pena arriesgarse a algo así?
Finalmente, decidí que ya era mayor para romanticismos e historias de
amor verdadero y que haría del pragmatismo el encargado de guiar mis pasos
en el futuro. Cogí un par de cervezas de la nevera y me llevé el informe al
sofá. Estaba seguro de que me esperaba una lectura apasionante.

Me senté en el murete de cemento junto a la Gota, atento al aterrizaje de un


hidroavión cerca de la tienda flotante con el cartel de la Chevron. Hacía un
día soleado y la gente lo había aprovechado para salir a pasear y mezclarse

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con turistas y estudiantes en tránsito, habituales pobladores del centro de
Vancouver.
Aunque cabría presuponer lo contrario, lo cierto era que entre tanto
viandante yo me sentía especialmente anónimo. Pensé que haría bien
quedando con Hubert para charlar un rato, pero a buen seguro me preguntaría
por lo ocurrido en la Corporación y estaríamos todo el tiempo hablando de
ello. No obstante, él era mi amigo —⁠uno de los mejores, diría yo⁠—, y siempre
me había ayudado en todo lo que podía. Se merecía que lo correspondiese de
igual forma. Además, pensando en términos un poco más egoístas, hasta que
Eli despertase del coma o el bebé naciese, Hubert era de lo poco que aún me
conectaba con el mundo. No podía soltar esos lastres o la corriente me
arrastraría hacia la locura. Sí, le haría una visita, quizá esa misma tarde,
aunque ya no me encontrase entre sus clientes, y lo invitaría a tomar unas
cervezas. Y a jugar unos dardos. Había un pub irlandés cerca de su tienda y
nos gustaba, porque su ambiente permitía hablar durante el día con
tranquilidad y bailar durante la noche al son de la música tradicional de la
gran isla. Además, en él tiraban unas pintas de Guinness como en ningún otro
sitio en la ciudad.
Me aparté unos metros para no salir en todas las fotografías de la famosa
escultura pluvial y me enredé en mis propios pensamientos. Si pudiese volver
atrás, seguramente no hubiese leído el informe sobre mi mujer. Sin embargo,
ya era tarde para eso y su contenido me condicionaría de por vida. En el
mismo, se reconocía a Eli como una de las creadoras de la Corporación desde
mucho antes de conocernos y nuestra relación habría sido solo la preparación
de una de sus últimas experiencias. Nuestra felicidad había sido un artificio,
algo necesario para producir un sueño romántico lo suficientemente creíble
como para ser incluido en ese estúpido catálogo. Cuando visitábamos la
clínica de Albiorix no era para vivir experiencias, como ella me decía. Era
para crearlas o refinarlas. Ese era su trabajo, y de ese modo podía acudir a él
sin levantar mis sospechas. Me había tenido engañado todo el tiempo. A buen
seguro, pensé, se había tatuado la libélula en la espalda después de refinar la
experiencia del lago. No sé cómo no me había dado cuenta antes. Lo más
doloroso era pensar que se había ido de casa el mismo día en el que su
experiencia había sido admitida. Sin recoger sus cosas, sin despedirse…
Supuse que no se le había ocurrido otra forma mejor de proceder. O quizá
ninguna más profesional.
Mientras me perdía entre tribulaciones, mi teléfono empezó a vibrar. Lo
saqué del bolsillo y miré la pantalla. Era el inspector Ryssen.

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«Señor Cavanagh —dijo con voz reposada⁠—. Le llamaba para informarle
de que seguimos buscando a su mujer».
—¿Sí? No me diga…
«Creo que pronto podremos darle buenas noticias. No desespere».
—Por supuesto que no, inspector Ryssen. Sabe que tienen toda mi
confianza.
«Me alegra oír eso. Buenos días».
Colgué el teléfono y lo devolví al bolsillo. Al ver que no terminaba de
encontrar su espacio, decidí hacer un poco de limpieza. Saqué varios tiques de
aparcamiento arrugados, publicidad del Luzziano’s y dos pañuelos de papel
sin usar que debían de llevar allí por lo menos diez años. Entre toda la basura
también encontré un caramelo de regaliz olvidado. Con todo lo que me
gustaban, llevaba mucho tiempo sin comer ninguno. Lo desenvolví y me lo
lancé a la boca.
—Parece que la liaste gorda allí dentro —⁠dijo alguien a mi espalda.
Me llevó un par segundos reconocer a Alissa bajo la gorra, el pantalón de
deporte y la camiseta de los Canucks. Llevaba el mismo monopatín con el que
la había visto aquella tarde frente al edificio de la Corporación.
—Bonito disfraz.
—Gracias.
—¿Cómo demonios me has encontrado?
—Fácil, te dejé metida en la cabeza la idea de venir aquí cuando todo
hubiese acabado.
—¡Venga ya! ¿En serio? ¿Y qué más cosas voy a hacer en el futuro por tu
culpa?
—Si te las dijese, perderían su emoción.
La chica saltó el murete y se sentó a mi lado, apoyándose en el
monopatín. La tabla llevaba serigrafiado el lema «Live to Ride» y entre los
ejes de las ruedas una calavera con dos tibias y el epitafio «RIP».
—Ha habido motines en todas las sedes de la Corporación —⁠me informó
con voz risueña⁠—. Algunos fueron pronto controlados, pero otros acabaron
yéndose de madre. Se cree que Albiorix ha perdido el ochenta por ciento de
sus creadores y los daños en sus sedes, sobre todo en lo referente a las
cápsulas madre y los hibernáculos, podrían ascender a muchos, muchos
millones de dólares.
—¡Qué locura!
—Si te digo la verdad, nunca hubiera apostado por ti ni un centavo.
—¡Vaya, me enorgullece tu confianza! —⁠Aprecié, mirando al frente.

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—No te lo tomes a mal. Conocía la dificultad que entrañaba el desafío y
era consciente de que yo tampoco podría lograrlo. Por eso te buscamos.
—Claro.
—Al final, no solo hiciste lo que se te pedía, sino muchísimo más.
—Bueno, solo quise aprovechar la visita.
Alissa se rio sin reparos.
—Te lo tomas a broma, pero lo que conseguiste es una auténtica salvajada
—⁠me aseguró⁠—. ¿Qué tal tu mujer?
—Sigue dormida. Es un coma moderado, así que estas primeras semanas
serán cruciales.
—¿Y el bebé?
—Todas las pruebas han ido bien y últimamente ha crecido bastante. Ya
tiene casi seis meses.
—¡Vaya, me alegro mucho! ¿Te han dicho si es niño o niña?
—Es una niña.
—¡Una niña, qué bien! ¿Has pensado un nombre o vas a esperar a que se
despierte tu mujer?
—Creo que se llamará Yuri.
—Yuri… Es un nombre muy bonito.
—Sí.
—Espero que vaya todo bien y que ambos la disfrutéis juntos.
—Gracias.
Por el momento, preferí no mencionar el papel jugado por la niña dentro
de mi experiencia, ni de cómo, apenas superada su fase embrionaria, había
sido capaz de incluir en ella una disonancia perfecta mientras su madre la
refinaba. Tampoco de las dotes telepáticas que había usado para comunicarse
conmigo en la distancia. Eran ambos aspectos tan quiméricos que me daba
miedo tan solo el hecho de nombrarlos en alto.
—Oye, sabes que la Corporación se repondrá, ¿verdad? Encontrará a
nuevos creadores y se protegerá aún más. Tú tienes todavía el microchip,
cuando analicen la infección de sus sistemas, sabrán que has sido tú el origen
e irán a por ti. Deberías inhabilitarlo —⁠me recomendó⁠—. Yo no perdería el
tiempo.
—Sí, buscaré el modo de hacerlo cuanto antes.
—Bien.
Alissa se puso en pie y dejó su monopatín en el suelo. Antes de que se
fuera, tuve tiempo de hacerle dos últimas preguntas.
—¿Volveremos a vernos?

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—Bueno, tú nunca bajes la guardia —⁠dijo, poniendo un pie sobre la
tabla⁠—. Por si acaso, si ves un mirlo blanco, síguelo; nunca sabes dónde te
llevará.
—Entiendo. ¿Y si veo una libélula?
Alissa se dio la vuelta y sonrió de lado.
—En ese caso, concéntrate con todas tus fuerzas y ya veremos qué has
provocado cuando despiertes.

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Agradecimientos

Mi más profundo agradecimiento a todas las personas que en estos años han
comprado, leído, promocionado y/o valorado Orissa y Hale-Bopp. Gracias a
ellas, esta tercera novela se ha convertido en una realidad. Mención especial
para Andrés y Jose (lectores cero), Nym (La Revolución de los Libros),
Sandra (Mi Rincón de Libros y Yo) y Sheyla (La Voz de Avilés/El
Comercio).

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Agradecimientos especiales

Como siempre, a mi familia y amigos, en especial a Inmaculada, Antonio,


Nora, Sergio, María, Chelo, Félix González, Lourdes y Susana Molina;
Arminda, Carolina, Laura, Lorena, Nuria, Sabrina, Andrés, Alex, Jose, Fausti,
Goyo, Javi García, Javi Pérez; Rebeca, Gonzalo; Bardy, Chema, Noelia y
Luchamos por la Vida; Alberto de Manuel, Álvaro, Dulce, Fontaneda, Isa,
Isma, Jaime, Lourdes, Manolo, Maribel, Miñoca, Miguel Ángel (PJ), Noe,
Nuria, Patricia, Sevilleja, Silvia, Sosa, Susana, Vecino, Viti, Vítores, Villarejo
y el resto de mis compañeros/as de trabajo; Patricia López, Vanesa Aguado;
Adolfo Pascual, Alberto García-Donas, Alejandro Colucci, Alan Somoza,
Andrés Pinar, Elena Picó, Esteban Díaz, Fernando G. Mancha, Fran Hernaiz,
Fran Tessainer, Isabel Albella, Joan Porxas, Jordi Villalobos, Jorge Urreta,
Lourdes Tello, Lusa Guerrero, Lydia Sánchez, Manuel Revilla, Manuel
G. Sanahuja, María Gámez, María Laso, Myriam Cobos, Pierre Monteagudo,
Ramón Somoza, Ricardo García-Aranda, Fernando Cotta y los demás
autores/as de la Sociedad Cooperativa de Escritores, Ediciones Proust,
Festival Literania, Barrios de Letras y Vías Literarias; Maribel (Despierta
Sherezade), V. Contreras Vacscom y F. J. Bravo (Radio Universo Literario),
Celsius 232, Festival Tártarus, Cylcon; Kinnia, Alber Bass y Pedro de Mingo.
Por último, pero no menos importante: a todos/as mis amigos/as de Facebook
y Twitter que me acompañan cada día.

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Alberto Rueda. Nacido en Avilés en 1980, debuta en 2016 con la
publicación de Orissa, una épica y misteriosa aventura ambientada en la India
durante la época colonial británica. La obra, dividida en dos partes, obtiene
excelentes críticas gracias a una narrativa fluida y envolvente, un minucioso
tratamiento de los personajes y una intrigante trama, repleta de enigmáticos
sucesos y giros inesperados.
Meses después, Alberto se incorpora a la primera cooperativa de escritores
como promotor y colabora en la organización del festival literario de lectura,
diez días repletos de conferencias, teatro, recitales de poesía, música en
directo y cuentacuentos infantil, entre otras actividades. Simultáneamente,
Alberto finalizó el lanzamiento de Hale-Bopp, una nueva propuesta donde la
ciencia ficción toma protagonismo, sin perder la esencia de su característico
estilo.
Fruto del éxito de la novela, en 2018 aparece ONÍRICA: El secreto de la
libélula, donde se da una nueva vuelta de tuerca al planteamiento de su
antecesora.

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