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Conversaciones Absurdas en Londres

El documento presenta una conversación entre el Sr. Smith y la Sra. Smith en su hogar inglés. La Sra. Smith habla extensamente sobre la cena y temas varios mientras el Sr. Smith permanece leyendo el periódico y chasqueando la lengua. La conversación se vuelve cada vez más absurda a medida que intercambian opiniones sobre doctores, enfermos, barcos y la familia Watson. Finalmente, la Sra. Smith se enoja y arroja los calcetines, pero el Sr. Smith la calma. Luego, llegan los esposos
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Conversaciones Absurdas en Londres

El documento presenta una conversación entre el Sr. Smith y la Sra. Smith en su hogar inglés. La Sra. Smith habla extensamente sobre la cena y temas varios mientras el Sr. Smith permanece leyendo el periódico y chasqueando la lengua. La conversación se vuelve cada vez más absurda a medida que intercambian opiniones sobre doctores, enfermos, barcos y la familia Watson. Finalmente, la Sra. Smith se enoja y arroja los calcetines, pero el Sr. Smith la calma. Luego, llegan los esposos
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SEÑOR HERRERA (Tania)

SEÑORA HERRERA (Yohana)

SEÑOR MARTINEZ (David)

SEÑORA MARTINEZ (María)

EL CAPITÁN DE LOS BOMBEROS (David)

ACTO 1
Interior burgués inglés, con sillones ingleses. Velada inglesa. El Sr. Smith, inglés, en su sillón y con
sus zapatillas inglesas, fuma su pipa inglesa y lee un diario inglés, junto a una chimenea inglesa.
Tiene anteojos ingleses y un bigotito gris inglés. A su lado, en otro sillón inglés, la señora Smith,
inglesa, remienda unos calcetines ingleses. Un largo momento de silencio inglés. El reloj de
chimenea inglés hace oír diecisiete toques ingleses.

ESCENA 1

SRA. SMITH: ¡Vaya, son las nueve! Hemos comido sopa, pescado, patatas, y ensalada inglesa. Los
niños han bebido agua inglesa. Hemos comido bien esta noche. Eso es porque vivimos en los
suburbios de Londres y nos apellidamos Smith.

SR. SMITH: (continuando su lectura, chasquea la lengua).

SRA. SMITH: Las patatas están muy bien, y el aceite de la ensalada no estaba rancio. El aceite del
almacenero de la esquina es de mucho mejor calidad que el aceite del almacenero de enfrente, y
también mejor que el aceite del almacenero del final de la cuesta. Pero con ello no quiero decir
que el aceite de aquéllos sea malo.

SR. SMITH: (continuando su lectura, chasquea la lengua).

SRA. SMITH: Sin embargo, el aceite del almacenero de la esquina sigue siendo el mejor.

SR. SMITH: (continuando su lectura, chasquea la lengua).

SRA. SMITH: Esta vez han cocido bien las patatas. La vez anterior no las habían cocido bien. A mí
no me gustan si no cuando están bien cocidas.

SR. SMITH: (continuando su lectura, chasquea la lengua).

SRA. SMITH: El pescado era fresco. Me he chupado los dedos. Lo he repetido dos veces. No, tres
veces. Eso me hace ir al retrete. Tú también has comido tres raciones. Sin embargo, la tercera vez
has tomado menos que las dos primeras, en tanto que yo he tomado mucho más. Esta noche he
comido mejor que tú. ¿Cómo es eso? Ordinariamente eres tú quien come más. No es el apetito lo
que te falta.

SR. SMITH: (continuando su lectura, chasquea la lengua).


SRA. SMITH: No obstante, la sopa estaba quizás un poco demasiado salada. Tenía más sal que tú
(se ríe a carcajadas).

SR. SMITH: (continuando su lectura, chasquea la lengua).

SRA. SMITH: Nuestro muchachito habría querido beber cerveza. ¿Has visto cómo en la mesa
miraba la botella? Pero yo vertí en su vaso agua de la garrafa. Tenía sed y la bebió. Elena se parece
a mí: es buena mujer de su casa, económica, y toca el piano. Nunca pide de beber cerveza inglesa.
Es como nuestra hijita, que sólo bebe leche y no come más que gachas. Se ve que sólo tiene dos
años. Se llama Peggy.

SR. SMITH: (continuando su lectura, chasquea la lengua).

SRA. SMITH: La señora Parker conoce un almacenero rumano, llamado Popesco Rosenfeld, que
acaba de llegar de Constantinopla. Es un gran especialista en yogurt. Posee diploma de la escuela
de fabricantes de yogurt de Andrinópolis. Mañana iré a comprarle una gran olla de yogurt. No hay
con frecuencia cosas como ésa aquí, en los alrededores de Londres.

SR. SMITH: (continuando su lectura, chasquea la lengua).

SRA. SMITH: El yogurt es excelente para el estómago, los riñones, el apéndice y el cerebro. Eso es
lo que me dijo mi doctor, que atiende a los niños de nuestros vecinos, los Johns. Es un buen
médico. Nunca recomienda más medicamentos que los que ha experimentado él mismo. Antes de
operar a Parker se hizo operar el hígado sin estar enfermo.

SR. SMITH: Pero, entonces, ¿cómo es posible que el doctor saliera bien de la operación y Parker
muriera a consecuencia de ella?

SRA. SMITH: Porque la operación dio buen resultado en el caso del doctor y no en el de Parker.

SR. SMITH: Entonces él no es un buen médico. La operación habría debido dar buen resultado en
los dos o los dos habrían debido morir.

SRA. SMITH: ¿Por qué?

SR. SMITH: Un médico comprometido debe morir con el enfermo si no pueden curarse juntos. El
capitán de un barco muere con el barco, en el agua. No sobrevive.

SRA. SMITH: No se puede comparar a un enfermo con un barco.

SR. SMITH: ¿Por qué no? El barco tiene también sus enfermedades; además tu doctor es tan sano
como un barco; también por eso debía perecer al mismo tiempo que el enfermo, como el doctor y
su barco.

SRA. SMITH: ¡Ah! ¡No había pensado en eso!... Entonces, ¿cuál es tu conclusión?

SR. SMITH: Que todos los doctores no son más que charlatanes. Y también todos los enfermos.
Sólo la marina es honrada en Inglaterra.

SRA. SMITH: Pero no los marinos.

SR. SMITH: Naturalmente. (Pausa)


SR. SMITH (sigue leyendo el diario): Hay algo que no comprendo. ¿Por qué en la sección del
registro civil del diario dan siempre la edad de las personas muertas y nunca la de los recién
nacidos? Es absurdo (un poco molesto).

SRA. SMITH: ¡Nunca me lo había preguntado! (silencio incómodo).

SR. SMITH (siempre absorto en su diario): Mira, aquí dice que Bobby Watson ha muerto.

SRA. SMITH: ¡Oh, Dios mío! ¡Pobre! ¿Cuándo murió?

SR. SMITH: ¿Por qué pones esa cara? Lo sabías muy bien. Murió hace dos años. Recuerda que
fuimos a su entierro hace año y medio.

SRA. SMITH: Claro está que lo recuerdo. Lo recordé en seguida, pero no comprendo por qué te has
mostrado tan sorprendido al ver eso en el diario.

SR. SMITH: Eso no estaba en el diario. Hace ya tres años que hablaron de su muerte. ¡Lo he
recordado por asociación de ideas!

SRA. SMITH: ¡Qué lástima! Se conservaba tan bien.

SR. SMITH: Era el cadáver más lindo de Gran Bretaña. Pobre Bobby, llevaba cuatro años muerto y
estaba todavía caliente. Era un verdadero cadáver viviente. ¡Y qué alegre era!

SRA. SMITH: La pobre Bobby.

SR. SMITH: Querrás decir "el" pobre Bobby.

SRA. SMITH: No, me refiero a su mujer. Se llama Bobby como él, Bobby Watson. Como tenían el
mismo nombre no se les podía distinguir cuando se les veía juntos. Sólo después de la muerte de él
se pudo saber con seguridad quién era el uno y quién la otra. Sin embargo, todavía al presente hay
personas que la confunden con el muerto y le dan el pésame. ¿La conoces?

SR. SMITH: Sólo la he visto una vez, por casualidad, en el entierro de Bobby.

SRA. SMITH: Yo no la he visto nunca. ¿Es bella?

SR. SMITH: Tiene facciones regulares, pero no se puede decir que sea bella. Es demasiado grande y
demasiado fuerte. Sus facciones no son regulares, pero se puede decir que es muy bella. Es un
poco excesivamente pequeña y delgada y profesora de canto. (Pausa larga).

SRA. SMITH: ¿Y cuándo van a casarse los dos?

SR. SMITH: En la primavera próxima.

SRA. SMITH: Sin duda habrá que ir a su casamiento.

SR. SMITH: Habrá que hacerles un regalo de boda.

SRA. SMITH: ¿Por qué no hemos de regalarles una de las siete bandejas de plata que nos regalaron
cuando nos casamos y nunca nos han servido para nada?... Es triste para ella haberse quedado
viuda tan joven.
SR. SMITH: Por suerte no han tenido hijos.

SRA. SMITH: ¡Sólo les falta eso! ¡Hijos! ¡Pobre mujer, qué habría hecho con ellos!

SR. SMITH: Es todavía joven. Muy bien puede volver a casarse. El luto le luce.

SRA. SMITH: Pero ¿quién cuidará de sus hijos? Sabes muy bien que tienen un muchacho y una
muchacha. ¿Cómo se llaman?

SR. SMITH: Bobby y Bobby, como sus padres. El tío de Bobby Watson, el viejo Bobby Watson, es
rico y quiere al muchacho. Muy bien podría encargarse de la educación de Bobby.

SRA. SMITH: Sería natural. Y la tía de Bobby Watson, la vieja Bobby Watson, podría muy bien, a su
vez, encargarse de la educación de Bobby Watson, la hija de Bobby Watson. Así la mamá de Bobby
Watson, Bobby, podría volver a casarse. ¿Tiene a alguien que le interese?

SR. SMITH: Sí, a un primo de Bobby Watson.

SRA. SMITH: ¿Quién? ¿Bobby Watson?

SR. SMITH: ¿De qué Bobby Watson hablas?

SRA. SMITH: De Bobby Watson, el hijo del viejo Bobby Watson, el otro tío de Bobby Watson, el
muerto.

SR. SMITH: No, no es ése, es otro. Es Bobby Watson, el hijo de la vieja Bobby Watson, la tía de
Bobby Watson, el muerto.

SRA. SMITH: ¿Te refieres a Bobby Watson el viajante de comercio? SR. SMITH: Todos los Bobby
Watson son viajantes de comercio.

SRA. SMITH: ¡Qué trabajo tan difícil! Sin embargo, se hacen buenos negocios.

SR. SMITH: Sí, cuando no hay competencia.

SRA. SMITH: ¿Y cuándo no hay competencia?

SR. SMITH: Los martes, jueves y martes.

SRA. SMITH: ¿Tres días por semana? ¿Y qué hace Bobby Watson durante ese tiempo?

SR. SMITH: Descansa, duerme.

SRA. SMITH: ¿Pero por qué no trabaja durante esos tres días si no hay competencia?

SR. SMITH: No puedo saberlo todo. ¡No puedo responder a todas tus preguntas idiotas!

SRA. SMITH (ofendida): ¿Dices eso para humillarme?

SR. SMITH (sonriente): Sabes muy bien que no.

SRA. SMITH: ¡Todos los hombres son iguales! Os quedáis ahí durante todo el día, con el cigarrillo
en la boca, sino arman un escándalo cincuenta veces al día, sino se dedican a beber sin
interrupción.
SR. SMITH: ¿Pero qué dirías si vieses a los hombres hacer como las mujeres, fumar durante todo el
día, empolvarse, ponerse rouge en los labios, beber whisky?

SRA. SMITH: Yo me río de todo eso. Pero si lo dices para molestarme, entonces...¡sabes bien que
no me gustan las bromas de esa clase! Arroja muy lejos los calcetines y muestra los dientes. (Se
levanta).

SR. SMITH (se levanta también y se acerca su esposa, tiernamente): ¡ay, mi amor! ¿Por qué
escupes fuego? Sabes muy bien que lo digo por reír. (La toma por la cintura y la abraza.) ¡Qué
ridícula pareja de viejos enamorados somos! Ven, vamos a apaciguarnos y acostarnos (salen del
escenario por el lado izquierdo).

ESCENA 2

Mary y los esposos Martin

Entran los Martin sin tocar la puerta, saludando y diciendo: “Ya llegamos”, entrando a escena del
lado izquierdo y acomodándose en las sillas. Después de sentarse, observan la sala y sus miradas
se cruzan y entablan una conversación con timidez, como si fueran desconocidos.

SR. MARTIN (el diálogo que sigue debe ser dicho con una voz lánguida, un poco cantante):
Discúlpeme, señora, pero me parece, si no me engaño, que la he encontrado ya en alguna parte.

SRA. MARTIN: A mí también me parece, señor, que lo he encontrado ya en alguna parte.

SR. MARTIN: ¿No la habré visto, señora, en Manchester, por casualidad?

SRA. MARTIN: Es muy posible. Yo soy de la ciudad de Manchester. Pero no recuerdo muy bien,
señor, no podría afirmar si lo he visto allí o no.

SR. MARTIN: ¡Dios mío!, ¡qué curioso! ¡Yo también soy originario de la ciudad de Manchester!

SRA. MARTIN: ¡Qué curioso!

SR. MARTIN: ¡Muy curioso!... Pero yo, señora, dejé la ciudad de Manchester hace cinco semanas,
más o menos.

SRA. MARTIN: ¡Qué curioso! ¡Qué extraña coincidencia! Yo también, señor, dejé la ciudad de
Manchester hace cinco semanas, más o menos.

SR. MARTIN: Tomé el tren de las ocho y media de la mañana, que llega a Londres a las cinco menos
cuarto, señora.

SRA. MARTIN: ¡Qué curioso! ¡Qué extraño! ¡Y qué coincidencia! ¡Yo tomé el mismo tren, señor, yo
también!

SR. MARTIN: ¡Dios mío!, ¡qué curioso! ¿Entonces, tal vez, la vi en el tren?
SRA. MARTIN: Es muy posible, no es improbable, es posible y, después de todo, ¿por qué no?...
Pero yo no lo recuerdo, señor.

SR. MARTIN: Yo viajaba en segunda clase, señora. No hay segunda clase en Inglaterra, pero a pesar
de ello yo viajo en segunda clase.

SRA. MARTIN: ¡Qué extraño!, ¡qué curioso, qué coincidencia! ¡Yo también, señor, viajaba en
segunda clase!

SR. MARTIN: ¡Qué curioso! Quizás nos hayamos encontrado en la segunda clase, estimada señora.

SRA. MARTIN: Es muy posible y no queda completamente excluido, Pero lo recuerdo muy bien,
estimado señor.

SR. MARTIN: Yo iba en el coche número 8, sexto compartimiento, señora.

SRA. MARTIN: ¡Qué curioso! Yo iba también en el coche número 8, sexto compartimiento,
estimado señor.

SR. MARTIN: ¡Qué curioso y qué coincidencia extraña! Quizá nos hayamos encontrado en el sexto
compartimiento, estimada señora.

SRA. MARTIN: Es muy posible, después de todo. Pero no lo recuerdo, estimado señor.

SR. MARTIN: En verdad, yo tampoco lo recuerdo, pero es posible que nos hayamos visto allí, y si
reflexiono sobre ello, me parece incluso muy posible.

SRA. MARTIN: ¡Oh, verdaderamente, verdaderamente, señor!

SR. MARTIN: ¡Qué curioso! Yo ocupaba el asiento número 3, junto a la ventana, estimada señora.

SRA. MARTIN: ¡Oh, Dios mío!, ¡qué curioso y extraño! Yo tenía el asiento número 6, junto a la
ventana, frente a usted, estimado señor.

SR. MARTIN: ¡Oh, Dios mío!, ¡qué curioso y qué coincidencia! ¡Estábamos, por lo tanto, frente a
frente, estimada señora! ¡Es allí donde debimos vernos!

SRA. MARTIN: ¡Qué curioso! Es posible, pero no lo recuerdo, señor.

SR. MARTIN: Para decir la verdad, estimada señora, tampoco yo lo recuerdo. Sin embargo, es muy
posible que nos hayamos visto en esa ocasión.

SRA. MARTIN: Es cierto, pero no estoy de modo alguno segura de ello, señor.

SR. MARTIN: ¿No era usted, estimada señora, la dama que me rogó que colocara su valija en la red
y que luego me dio las gracias y me permitió fumar?

SRA. MARTIN: ¡Sí, era yo sin duda, señor! ¡Qué curioso, qué curioso, y qué coincidencia!

SR. MARTIN: ¡Qué curioso!, ¡qué extraño, y qué coincidencia! Pues bien, entonces, ¿tal vez nos
hayamos conocido en ese momento, señora?
SRA. MARTIN: ¡Qué curioso y qué coincidencia! Es muy posible, estimado señor. Sin embargo, no
creo recordarlo.

SR. MARTIN: Yo tampoco, señora.

Un momento de silencio. El reloj toca 2–1.

SR. MARTIN: Desde que llegué a Londres vivo en la calle Bromfield, estimada señora.

SRA. MARTIN: ¡Qué curioso!, ¡qué extraño! Yo también, desde mi llegada a Londres, vivo en la
calle Bromfield, estimado señor.

SR. MARTIN: Es curioso, pero entonces, entonces tal vez nos hayamos encontrado en la calle
Bromfield, estimada señora.

SRA. MARTIN: ¡Qué curioso!, ¡qué extraño! ¡Es muy posible, después de todo! Pero no lo
recuerdo, estimado señor.

SR. MARTIN: Yo vivo en el número 19, estimada señora.

SRA. MARTIN: ¡Qué curioso! Yo también vivo en el número 19, estimado señor.

SR. MARTIN: Pero entonces, entonces, entonces, entonces quizá nos hayamos visto en esa casa,
estimada señora.

SRA. MARTIN: Es muy posible, pero no lo recuerdo, estimado señor.

SR. MARTIN: Mi departamento está en el quinto piso, es el número 8, estimada señora.

SRA. MARTIN: ¡Qué curioso, Dios mío!, ¡y qué extraño! ¡Y qué coincidencia! ¡Yo también vivo en el
quinto piso, en el departamento número 8, estimado señor!

SR. MARTIN (pensativo): Qué curioso, qué curioso, ¡qué curioso y qué coincidencia! Mire, yo
tengo una cama, con un edredón verde, al final del pasillo, entre los retretes y la biblioteca.

SRA. MARTIN: ¡Qué coincidencia, Dios mío, qué coincidencia! Mi dormitorio tiene también una
cama con un edredón verde y se encuentra en el fondo del pasillo, entre los retretes y la biblioteca,
mi estimado señor.

SR. MARTIN: ¡Es extraño, curioso, extraño! Entonces, vivimos en la misma habitación y dormimos
en la misma cama, estimada señora. ¡Quizá sea en ella donde nos hemos visto!

SRA. MARTIN: ¡Qué curioso y qué coincidencia! Es muy posible que nos hayamos encontrado allí y
tal vez anoche. ¡Pero no lo recuerdo, estimado señor!

SR. MARTIN: Yo tengo una niña, mi hijita, que vive conmigo, estimada señora. Tiene dos años, es
rubia, con un ojo blanco y un ojo rojo, es muy linda y se llama Alicia, mi estimada señora.

SRA. MARTIN: ¡Qué extraña coincidencia! Yo también tengo una hijita de dos años con un ojo
blanco y un ojo rojo, es muy linda y se llama también Alicia.

SR. MARTIN (con la misma voz lánguida y monótona): ¡Qué curioso y qué coincidencia! ¡Y qué
extraño! ¡Es quizá la misma, estimada señora!
SRA. MARTIN: ¡Qué curioso! Es muy posible, estimado señor.

(Un momento de silencio bastante largo, unos 10 segundos, los personajes ven a todos lados
como si no tuvieran algo más para conversar).

SR. MARTIN (después de haber reflexionado largamente, se levanta con lentitud y, sin
apresurarse, se dirige hacia la señora Martin, quien, sorprendida por el aire solemne del señor
Martin, se levanta también, muy suavemente; el señor Martin habla con la misma voz rara,
vagamente cantante): Entonces, estimada señora, creo que ya no cabe duda, nos hemos visto ya y
usted es mi propia esposa. . . ¡Isabel, te he vuelto a encontrar!

SRA. MARTIN (se acerca al señor Martin sin apresurarse. Se abrazan sin expresión. El reloj suena
una vez, muy fuertemente. El sonido del reloj debe ser tan fuerte que sobresalte a los
espectadores. Los esposos Martin no lo oyen). ¡Donald, eres tú! Se sientan en el mismo sillón, se
mantienen tomados de las manos

ESCENA 3

Los mismos y la voz de X. Los Martin se mantienen sentados en los sillones

X: Isabel y Donald son ahora demasiado dichosos para que puedan oírme. Por lo tanto, puedo
revelarles a ustedes un secreto. Isabel no es Isabel y Donald no es Donald. He aquí la prueba: la
niña de que habla Donald no es la hija de Isabel, no se trata de la misma persona. La hijita de
Donald tiene un ojo blanco y otro rojo, exactamente como la hijita de Isabel. Pero en tanto que la
hija de Donald tiene el ojo blanco a la derecha y el ojo rojo a la izquierda, la hija de Isabel tiene el
ojo rojo a la derecha y el blanco a la izquierda. En consecuencia, todo el sistema de argumentación
de Donald se derrumba al tropezar con ese último obstáculo que aniquila toda su teoría. A pesar
de las coincidencias extraordinarias que parecen ser pruebas definitivas, Donald e Isabel, al no ser
padres de la misma criatura, no son Donald e Isabel. Es inútil que él crea que ella es Isabel, es inútil
que ella crea que él es Donald: se equivocan amargamente. Pero ¿quién es el verdadero Donald?
¿Quién es la verdadera Isabel? ¿Quién tiene interés en que dure esa confusión? No lo sé. No
tratemos de saberlo. Dejemos las cosas como están. (Da algunos pasos hacia la puerta y luego
vuelve y se dirige al público.) Mi verdadero nombre es Sherlock Holmes. Sale.

ESCENA 4

Los Martin

El reloj suena todo lo que quiere. Muchos instantes después la señora y el señor Martin se separan
y vuelven a ocupar los asientos del comienzo.

SR. MARTIN: Olvidemos, todo lo que no ha ocurrido entre nosotros, y ahora que nos hemos vuelto
a encontrar tratemos de no perdernos más y vivamos como antes.

SRA. MARTIN: Sí.


ESCENA 5

Los mismos y los Smith

La señora y el señor Smith entran por la derecha.

SRA. SMITH: ¡Buenas noches, queridos amigos! Discúlpennos por haberles hecho esperar tanto
tiempo. En cuanto supimos que querían hacernos el favor de venir a vernos sin anunciar su visita,
nos apresuramos a ir a ponernos nuestros trajes de gala.

SR. SMITH (furioso): No hemos comido nada durante todo el día. Hace cuatro horas que los
esperamos. ¿Por qué se han retrasado?

Los Martin, sobre todo ella, parecen turbados y tímidos. Es porque la conversación se entabla
difícilmente y a las palabras les cuesta salir al principio. Un largo silencio incómodo al comienzo y
luego otros silencios y vacilaciones.

SR. SMITH: ¡Hum! Silencio.

SRA. SMITH: ¡Hum, hum! Silencio.

SRA. MARTIN: ¡Hum, hum, hum! Silencio.

SR. MARTIN: ¡Hum, hum, hum, hum! Silencio. SRA. MARTIN: Oh, decididamente. Silencio.

SR. MARTIN: Todos estamos resfriados. Silencio. SR. SMITH: Sin embargo, no hace frío. Silencio.

SRA. SMITH: No hay corriente de aire. Silencio. SR. MARTIN: ¡Oh, no, por suerte! Silencio.

SR. SMITH: ¡Ah, la la la la! Silencio.

SR. MARTIN: ¿Está usted disgustado? Silencio. SRA. SMITH: No. Se enmierda. Silencio.

SRA. MARTIN: Oh, señor, a su edad no debería hacerlo. Silencio.

SR. SMITH: El corazón no tiene edad. Silencio. SR. MARTIN: Es cierto. Silencio.

SRA. SMITH: Así dicen. Silencio.

SRA. MARTIN: Dicen también lo contrario. Silencio. SR. SMITH: La verdad está entre los dos.
Silencio. SR. MARTIN: Es justo. Silencio.

SR. SMITH (a los esposos Martin): Ustedes que viajan mucho deberían tener, no obstante, cosas
interesantes que relatarnos.

SR. MARTIN (a su esposa): Diles, querida, lo que has visto hoy.

SRA. MARTIN: No merece la pena, no me creerían.

SR. SMITH: ¡No vamos a poner en duda su buena fe!

SRA. SMITH: Nos ofenderían si pensaran eso.


SR. MARTIN (a su esposa): Les ofenderías, querida, si lo pensaras.

SRA. MARTIN (graciosa): Pues bien, hoy he presenciado algo extraordinario, algo increíble.

SR. MARTIN: Apresúrate a decirlo, querida.

SR. SMITH: Nos vamos a divertir.

SRA. SMITH: Por fin.

SRA. MARTIN: Pues bien, hoy, cuando iba al mercado para comprar legumbres, que son cada vez
más caras. . .

SRA. SMITH: ¡Adonde va a ir a parar eso!

SR. SMITH: No debes interrumpir, querida, malvada.

SRA. MARTIN: Vi en la calle, junto a un café, a un señor, convenientemente vestido, de unos


cincuenta años de edad, o ni siquiera eso, que. . .

SR. SMITH: ¿Quién? ¿Cuál? SRA. SMITH: ¿Quién? ¿Cuál?

SR. SMITH (a su esposa): No hay que interrumpir, querida; eres fastidiosa.

SRA, SMITH: Querido, eres tú el primero que ha interrumpido, grosero.

SR. MARTIN (A su esposa): ¿Qué hacía ese señor?

SRA. MARTIN: Pues bien, van a decir ustedes que invento, pero había puesto una rodilla en tierra y
estaba inclinado.

SR. MARTIN. SR. SMITH, SRA. SMITH: ¡Oh!

SRA. MARTIN: Sí, inclinado. SR. SMITH: No es posible.

SRA. MARTIN: Sí, inclinado. Me acerqué a él para ver lo que hacía.. . SR. SMITH: ¿Y?

SRA. MARTIN: Se anudaba las cintas de los zapatos que se le habían soltado.

LOS OTROS TRES: ¡Fantástico!

SR. SMITH: Si no lo dijera usted, no lo creería.

SRA. SMITH: ¡Qué extravagante!

SR. MARTIN: querido amigo, ¿podría prestarme el baño? Me siento muy cansado, quiero
descansar.

SR. SMITH: ¡Claro! Sírvase. Mi casa es la suya y la suya es bien mía (con un poco de malicia para
un doble sentido).

SR. MARTIN: Gracias (sale por el lado izquierdo).

SR. SMITH: Llaman, han tocado la puerta.

SRA. SMITH: Debe de ser alguien. Voy a ver. (Va a ver. Abre y vuelve.) Nadie. Se sienta otra vez.
SR. SMITH: Llaman otra vez.

SRA. SMITH: Debe de ser alguien. Voy a ver. (Va a ver. Abre y vuelve.) Nadie. Vuelve a su asiento.

SR. MARTIN (que ha olvidado dónde está) ¡Oh! SRA. MARTTN: ibas a citar otro ejemplo.

SR. MARTIN: Ah, sí... Suena la puerta.

SR. SMITH: Llaman.

SRA. SMITH: Yo no voy más a abrir.

SR. SMITH: Sí, pero debe de ser alguien.

SRA. SMITH: La primera vez no había nadie. La segunda vez, tampoco. ¿Por qué crees que habrá
alguien ahora?

SRA. MARTIN: ¡Porque han llamado! Cuando se oye llamar a la puerta es porque hay alguien en la
puerta que llama para que le abran la puerta.

SR. SMITH: La mayoría de las veces, sí. Cuando yo voy a casa de alguien llamo para entrar. Creo que
todo el mundo hace lo mismo y que cada vez que llaman es porque hay alguien.

SRA. SMITH: En realidad las cosas suceden de otro modo. Lo has visto hace un momento.

SRA. MARTIN: Su esposa tiene razón.

SR. SMITH: ¡Oh, ustedes, las mujeres, se defienden siempre mutuamente!

SRA. SMITH: Bueno, voy a ver. No dirás que soy obstinada, pero verás que no hay nadie. (Va a ver.
Abre la puerta y la cierra de nuevo.) Ya ves que no hay nadie. Vuelve a su sitio. ¡Ah, estos hombres
quieren tener siempre razón y siempre se equivocan! Se oye llamar otra vez.

SR. SMITH: Llaman de nuevo. Tiene que ser alguien.

SRA. SMITH (con un ataque de ira): No me mandes a abrir la puerta. Has visto que era inútil. La
experiencia nos enseña que cuando se oye llamar a la puerta es que nunca está nadie en ella.

SRA. MARTIN: Nunca.

SR. SMITH: Incluso es falso. La mayoría de las veces, cuando se oye llamar a la puerta es que hay
alguien en ella.

SRA. SMITH: No quiere desistir.

SRA. MARTIN: También mi marido es muy testarudo.

SR. SMITH: Hay alguien. SRA. SMITH (a su marido): No. SR. SMITH: Sí.

SRA. SMITH: Te digo que no. En todo caso, ya no me molestarás inútilmente. ¡Si quieres ver quién
es, vete tú mismo!
SR. SMITH: Voy. (La señora Smith se encoge de hombros. La señora Martin menea la cabeza.
Smith va a abrir): ¡Ah! ¿Cómo lo hciciste? (Lanza una mirada a la señora Smith y a los esposos
Martin, quienes manifiestan su sorpresa.) ¡Es el capitán de los bomberos!

ESCENA 6

Los mismos y el Capitán de los Bomberos

EL BOMBERO (lleva, por supuesto, un enorme casco brillante y uniforme): Buenos días, señoras y
señores. (Los otros siguen un poco sorprendidos. La señora Smith, molesta, vuelve la cabeza y no
responde a su saludo.) Buenos días, señora Smith. Parece usted enojada.

SRA. SMITH: ¡Oh!

SR. SMITH: Es que, vea usted... mi esposa se siente un poco humillada por no haber tenido razón.

SR. SMITH: Ha habido, señor capitán de Bomberos, una controversia entre la señora y yo.

SRA. SMITH: ¡Eso no es asunto suyo!

SR. SMITH: No es culpa de él ni de usted. EL BOMBERO: En fin, ¿de qué se trata?

SRA. SMITH: Mi marido pretendía. . .

SR. SMITH: No, eras tú la que pretendías. SR. MARTIN: Sí, es ella.

SRA. MARTIN: No, es él.

EL BOMBERO: No se enojen. Dígame qué ha sucedido, señora Smith.

SRA. SMITH: Pues bien, oiga. Se me hace muy molesto hablarle con franqueza, pero un bombero
es también un confesor.

EL BOMBERO: ¿Y bien?

SRA. SMITH: Se discutía porque mi marido decía que cuando se oye llamar a la puerta es porque
siempre hay alguien en ella.

SRA. MARTIN: La cosa es sencilla.

SRA. SMITH: Y yo decía que cada vez que llaman es que no hay nadie.

SRA. MARTIN: Eso puede parecer extraño.

SRA. SMITH: Pero está demostrado, no mediante demostraciones teóricas, sino por hechos.

SR. SMITH: Es falso, puesto que el bombero está aquí. Ha llamado, yo he abierto y él ha entrado.

SRA. MARTIN: ¿Cuándo?

SRA. SMITH: inmediatamente, pero sólo después de haber oído llamar por cuarta vez ha aparecido
alguien. Y la cuarta vez no cuenta.
SRA. MARTIN: Siempre. Sólo cuentan las tres primeras veces.

SR. SMITH: Señor capitán, permítame que le haga, a mi vez, algunas preguntas. EL BOMBERO:
Hágalas.

SR. SMITH: Cuando he abierto la puerta y lo he visto, ¿era usted quien había llamado?

EL BOMBERO: Sí, era yo.

SR. SMITH: ¿Estaba usted en la puerta? ¿Llamó para entrar? EL BOMBERO: No lo niego.

SR. SMITH (a su esposa, victoriosamente) ¿Lo ves? Yo tenía razón. Cuando se oye llamar es porque
hay alguien. No puedes decir que el capitán no es alguien.

SRA. SMITH: No puedo, ciertamente. Pero te repito que me refiero únicamente a las tres primeras
veces, pues la cuarta no cuenta.

SRA. MARTIN: Y cuando llamaron la primera vez, ¿era usted? EL BOMBERO: No, no era yo.

SRA. MARTIN: ¿Ven ustedes? Llamaron y no había nadie. SR. MARTIN: Era quizás algún otro.

SR. SMITH: ¿Hacía mucho tiempo que estaba usted en la puerta? EL BOMBERO: Tres cuartos de
hora.

SR. SMITH: ¿Y no vio a nadie?

EL BOMBERO: A nadie. Estoy seguro de eso.

SRA. MARTIN: ¿Oyó usted que llamaban por segunda vez?

EL BOMBERO: Sí, pero tampoco era yo. Y seguía no habiendo nadie.

SRA. SMITH: ¡Victoria! Yo tenía razón.

SR. SMITH (a su esposa): No tan de prisa. (Al Bombrero.) ¿Qué hacía usted en la puerta?

EL BOMBERO: Nada. Estaba allí. Pensaba en muchas cosas.

SR. MARTIN (al Bombero): Pero la tercera vez, ¿no fue usted quien llamó? EL BOMBERO: Sí, fui yo.

SR. SMITH: Pero al abrir la puerta no lo vieron. EL BOMBERO: Es que me escondí... de bromita.

SRA. SMITH: No se ría, señor capitán. El asunto es demasiado triste.

SRA. MARTIN: En resumidas cuentas, seguimos sin saber si cuando llaman a la puerta hay o no
alguien. SILENCIO

SRA. SMITH: Nunca hay nadie. SR. SMITH: Siempre hay alguien.

EL BOMBERO: Voy a hacer que se pongan de acuerdo. Los dos tienen un poco de razón. Cuando
llaman a la puerta, a veces hay alguien y a veces no hay nadie.

SRA. MARTIN: Eso me parece lógico.

EL BOMBERO: Las cosas son sencillas, en realidad. (A los esposos Smith.) Abrácense.
SRA. SMITH: Ya nos abrazamos hace un momento.

SRA. MARTIN: Se abrazarán mañana. Tienen tiempo de sobra.

SRA. SMITH: Señor capitán, puesto que nos ha ayudado a ponerlo todo en claro, póngase cómodo,
quítese el casco y siéntese un instante.

EL BOMBERO: Discúlpeme, pero no puedo quedarme aquí mucho tiempo. Estoy dispuesto a
quitarme el casco, pero no tengo tiempo para sentarme. (Se sienta sin quitarse el casco.) Les
confieso que he venido a su casa para un asunto muy distinto. Cumplo una misión de servicio.

SRA. SMITH: ¿Y en qué consiste su misión, señor capitán?

EL BOMBERO: Les ruego que tengan la bondad de disculpar mi indiscreción. (Muy perplejo) ¡Oh!
(Señala con el dedo a la señora Martin) ¿Puedo…delante de ella…?

SRA. MARTIN: No se preocupe. Somos amigos viejos. SR. SMITH: Hable.

EL BOMBERO: Pues bien, sea. ¿Hay fuego en su casa? SRA. SMITH: ¿Por qué nos pregunta eso?

EL BOMBERO: Porque. . . discúlpenme, tengo orden de extinguir todos los incendios de la ciudad.

SRA. MARTIN: ¿Todos?

EL BOMBERO: Sí, todos.

SRA. SMITH (confusa): No sé... no lo creo… ¿Quiere que vaya a ver?

SR. SMITH (husmeando): No debe de haber fuego. No se siente olor a chamuscado.

EL BOMBERO (desolado): ¿No lo hay absolutamente? ¿No tendrán un fueguito de chimenea, por
lo menos?

SRA. SMITH: No quiero apenarlo, pero creo que no hay fuego alguno en nuestra casa por el
momento. Le prometo que le avisaremos en cuanto haya algo.

EL BOMBERO: Me harán un favor. SRA. SMITH: Prometido.

EL BOMBERO (a la SRA Martin): Mire, ¿y su marido? ¿dónde está?

SRA. MARTIN: aquí, de visita en casa ajena… pero justo ahora está en el baño, descansando.

EL BOMBERO: ya veo. ¿Siempre deja que usted lleve las riendas de las conversaciones?

SRA. MARTIN: Sí, yo le ayudo haciendo todo.

EL BOMBERO: Y en la casa de ustedes, ¿tampoco arde nada?

SRA. MARTIN: No, desgraciadamente. Las cosas marchan mal en este momento.

EL BOMBERO: Muy mal. Casi todas las casas han perdido las llamas.

SR. SMITH: Nada marcha bien. Con todo sucede lo mismo. El comercio, la agricultura, están este
año como el fuego, no marchan.
SRA. SMITH: ¿No fue a averiguar a la tienda del vendedor de fósforos?

EL BOMBERO: Es inútil. Está asegurado contra incendios.

SRA. MARTIN: Entonces, vaya a ver de mi parte al sacerdote del pueblo.

EL BOMBERO: No tengo derecho a apagar el fuego en las casas de los sacerdotes. El obispo se
enojaría. Apagan sus fuegos ellos mismos o hacen que los apaguen sus vestales.

SRA. SMITH: Puesto que no tiene usted mucha prisa, señor capitán, quédese un ratito más. Nos
hará un favor.

EL BOMBERO: ¿Quieren que les relate anécdotas?

SRA. SMITH: ¡Oh, muy bien, es usted encantador! Le abraza.

SR. SMITH, SRA. MARTIN, SR. MARTIN: ¡Sí, sí, anécdotas! ¡Bravo! Aplauden.

SR. SMITH: Y lo que es todavía más interesante es que las anécdotas de bombero son todas ellas
auténticas y vividas.

EL BOMBERO: Hablo de cosas que yo mismo he experimentado. La naturaleza, nada más que la
naturaleza. No los libros.

SRA. MARTIN: Exacto: la verdad no se encuentra en los libros, sino en la vida.

SRA. SMITH: ¡Comience

SRA. MARTIN: Silencio, comienza.

EL BOMBERO (tosiquea muchas veces): Discúlpenme, pero no me miren así. Hacen que me sienta
incómodo. Ya saben que soy tímido.

SRA. SMITH: ¡Es encantador! Le abraza.

EL BOMBERO: Procuraré comenzar a pesar de todo. Pero prométanme que no me escucharán.

SRA. MARTIN: Pero si no le escuchamos no le oiremos. EL BOMBERO: ¡No había pensado en eso!

SRA. SMITH: Ya les he dicho: es un niño.

EL BOMBERO: Pues bien, comienzo. (Vuelve a tosiquear y luego comienza con una voz a la que
hace temblar la emoción.) "El perro y el buey", fábula experimental: una vez otro buey le preguntó
a otro perro: ¿por qué no te has tragado la trompa? Perdón, contestó el perro, es porque creía que
era elefante.

SRA. MARTIN: ¿Cuál es la moraleja?

EL BOMBERO: Son ustedes quienes tienen que encontrarla. SR. SMITH: Tiene razón.

SRA. SMITH (furiosa): Otra.

EL BOMBERO: Voy a relatarles otra. "El gallo". Una vez un gallo quiso pasar por perro, pero no
pudo, pues lo reconocieron en seguida.
SRA. SMITH: En cambio, al perro que quiso pasar por gallo no lo reconocieron.

SR. SMITH: No es gran cosa. Además, yo la conocía. SR. SMITH: Es terrible.

SRA. SMITH: Pero eso no sucedió en realidad. SRA. MARTIN: Sí, por desgracia, cuente una más
alegre.

EL BOMBERO: "El resfriado": Improvisación (SRA. MARTIN interrumpe cuando escucha algo
sobre una tercera mujer)

SRA. MARTIN: Conocí a esa tercera mujer, si no me engaño. Comía pollo.

EL BOMBERO: No era la misma. Además, eso me recuerda que debo irme. Puesto que ustedes no
tienen hora, yo, dentro de tres cuartos de hora y dieciséis minutos exactamente tengo un incendio
en el otro extremo de la ciudad. Tengo que apresurarme.

SRA. SMITH: ¿De qué se trata? ¿De un fueguito de chimenea?

EL BOMBERO: Ni siquiera eso. Una velita de la virgen y un pequeño ardor de estómago.

SR. SMITH: Entonces, lamentamos que se vaya.

SRA. SMITH: Ha estado usted muy divertido.

EL BOMBERO (se dirige hacia la salida y luego se detiene): A propósito, ¿y la cantante calva?

Silencio general, incomodidad.

SRA. SMITH: Ahí, con el mismo peinado.

EL BOMBERO: ¡Ah! Adiós, señores y señoras.

SR. MARTIN: ¡Buena suerte y buen fuego!

EL BOMBERO: Esperémoslo. Para todos. El Bombero se va. Todos lo acompañan hasta la puerta y
vuelven a sus asientos.

ESCENA 7

Los mismos y el SR. MARTIN, menos el Bombrero

SRA. MARTIN: Puedo comprar un dólar a un cuarto de dólar, pero ustedes no pueden comprar el
banco por 10 ctvs.

SR. SMITH: Se camina con los pies, pero se calienta mediante el carbón.

SRA. SMITH: En la vida hay que mirar por la ventana.

SRA. MARTIN: Se puede sentar en la silla, mientras que la silla no puede hacerlo.

SR. SMITH: Siempre hay que pensar en todo.


SRA. SMITH: El maestro de escuela enseña a leer a los niños, pero la gata amamanta a sus crías
cuando son pequeñas.

SRA. MARTIN: El que compra hoy un buey tendrá mañana un huevo.

SRA. SMITH: Cuando digo que sí es una manera de hablar.

SR MARTIN (Interrumpe entrando del lado derecho): El baño es tan cómodo como el que no hace
nada.

SR. SMITH: El techo está arriba y el piso está abajo. . .

SRA. MARTIN: A cada uno su destino.

SRA. SMITH: Benjamín Franklin tenía razón: usted es menos tranquilo que él.

SR MARTIN (Observa de manera incómoda el cambio de frases): Tomen un círculo, acarícienlo, y


se hará un círculo vicioso.

SR. SMITH: Cuando estoy en el campo me agradan la soledad y la calma.

SR. MARTIN: Todavía no es usted bastante viejo para eso.

SRA. MARTIN: ¿Cuáles son los siete días de la semana?

SR. SMITH: lunes, martes, miércoles, jueves, viernes, sábado y domingo.

SR. MARTIN: Edwin es empleado de oficina, su hermana Valeria, mecanógrafa, y su hermano


Carlitos, ayudante de tienda.

SRA. SMITH: ¡Qué familia divertida!

Después de la última réplica de la Sra. Smith los otros callan durante un instante, estupefactos.
Se advierte que hay cierta nerviosidad. Los sones del reloj son más nerviosos también. Las
réplicas que siguen deben ser dichas al principio en un tono glacial, hostil. La hostilidad y la
nerviosidad irán aumentando. Al final de esta escena los cuatro personajes deberán hallarse en
pie, muy cerca los unos de los otros, gritando sus réplicas, levantando los puños, dispuestos a
lanzarse los unos contra los otros.

SR. MARTIN: No se hace que brillen los lentes con lejía.

SRA. SMITH: Sí, pero con dinero se puede comprar todo lo que se quiere.

SR. MARTIN: Prefiero matar un conejo que cantar en el jardín.

SR. SMITH: Cacatúas, cacatúas, cacatúas, cacatúas, cacatúas, cacatúas, cacatúas, cacatúas,
cacatúas, cacatúas.

SRA. SMITH: ¡Qué cagada, qué cagada, qué cagada, qué cagada, qué cagada, qué cagada, qué
cagada, qué cagada, qué cagada, qué cagada!
SR. MARTIN: ¡Qué cascada de cagadas, qué cascada de cagadas, qué cascada de cagadas, qué
cascada de cagadas, qué cascada de cagadas!

SR. SMITH: Los perros tienen pulgas, los perros tienen pulgas.

SRA. MARTIN: ¡Cacto, coxis! ¡Coco! ¡Cochino!

SRA. SMITH: ma, me, mi , mo, mu.

SR. MARTIN: Prefiero poner un huevo que robar un buey.

SRA. MARTIN (abriendo la boca de par en par): ¡Ah! ¡Oh! ¡Ah! ¡Oh! ¡mi mamá me mima!

SRA. SMITH: ¡Caimán!

SR. MARTIN: Vamos a abofetear a Edipo.

SR. SMITH: Yo voy a vivir en mi casa.

SRA. SMITH: Los ratones tienen cejas, las cejas no tienen ratones.

SRA. MARTIN: ¡Toca mi toca!

SR. MARTIN: ¡Tu toca de loca!

SR. SMITH: La toca en la boca, la boca en la toca.

SRA. MARTIN: Disloca la boca.

SRA. SMITH: Emboca la toca.

SR. SMITH: ¡Y usted me provoca!

SRA. MARTIN: ¡Pedazos de pavos, pedazos de pavos!

SR. MARTIN: ¡Rosita, culo de marmita!

SR. SMITH: ¡El Papa se empapa! El Papa no come papa. La papa del Papa.

SR. MARTIN: ¡Bazar, Balzac, Bazaine!

SRA. MARTIN: ¡Paso, peso, piso!

SR. SMITH: A, e, i, o, u, a, e, i, o; u; a; e; i; o; u.

SR. MARTIN: ¡Del ojo al ajo, del ajo al hijo!

SRA. SMITH (imitando al auto): ¡teeeeeeeen, teeeeeeeeeen, teeeeeeeen, teeeeeeeen, jiiiiii!

SR. SMITH: ¡No!

SRA. MARTIN: ¡Es!

SR. MARTIN: ¡Por!

SRA. SMITH: ¡Allá!


SR. SMITH: ¡Es!

SRA. MARTIN: ¡Por!

SR. MARTIN: ¡A!

SRA. SMITH: ¡Aquí!

Todos juntos, en el colmo del furor, se gritan los unos a los oídos de los otros. La luz se ha
apagado. En la oscuridad se oye, con un ritmo cada vez más rápido:

TODOS JUNTOS: ¡Por allá, por aquí, por allá, por aquí, por allá, por aquí, por allá, por aquí!

Las palabras dejan de oírse bruscamente. Se encienden las luces. El señor y la señora Martin
están sentados como los Smith al comienzo de la obra. Ésta vuelve a empezar esta vez con los
Martin, que dicen exactamente lo mismo que los Smith en la primera escena, mientras se cierra
lentamente el telón.

TELÓN

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