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Matad A Rommel Steven Pressfield

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Otoño de 1942.

Las legiones de Hitler se extienden por Europa,


Francia ha caído, y Churchill y los británicos se encuentran aislados.
En el norte de África Rommel y sus Panzer han derrotado al VIII
Ejército británico y se preparan para invadir Egipto, Suez y los
yacimientos petrolíferos de Oriente Medio. Con el resultado de la
guerra pendiendo de un hilo, los ingleses traman un plan
desesperado: enviar una pequeña unidad móvil fuertemente armada
tras las líneas alemanas para dar el golpe que detendrá al Afrika
Korps.
Narrada desde el punto de vista de un joven teniente, Matad a
Rommel relata la aventura de una de las primeras unidades de
fuerzas especiales, el Longe Range Desert Group. Sigilosos y
letales como el escorpión que les sirve de insignia, su función es la
de planear emboscadas e incursiones, de acuerdo con su lema Non
Vi Sed Arte («No por la fuerza, sino por la astucia»). Matad a
Rommel recrea las tácticas, armamento y habilidades especiales
necesarias para el combate en las condiciones extremas del
desierto, llevadas a cabo por un grupo de hombres que serán
protagonistas de actos cruciales para la victoria de los Aliados en el
norte de África.
Steven Pressfield

Matad a Rommel
ePub r1.0
Deadsoul 14.10.14
Título original: Killing Rommel
Steven Pressfield, 2008
Traducción: Manuel Mata
Ilustraciones: Laura Hartman Maestro
Retoque de cubierta: Deadsoul

Escaneo y edición digital: Deadsoul


ePub base r1.1
Para Nancy
NOTA HISTÓRICA

Lo que sigue es una obra de ficción, pero basada en hechos reales.


Todo lo referente a los carros de combate y los vehículos es
históricamente fiel, así como la geografía del desierto y sus topónimos, las
campañas y las fechas de las batallas, el equipo, las armas, la nomenclatura
y todos los protocolos de comunicación y de operaciones. Todas las
unidades militares son reales, con la excepción de la patrulla T3 y el
regimiento de la 22.ª Brigada Blindada, que son ficticios. Todos los detalles
referentes a la vida y la muerte de Erwin Rommel son ciertos. Todo lo
relacionado con el reconocimiento y flanqueo de la línea Mareth (finales de
1942 — comienzos de 1943) son fieles a la realidad, salvo la participación
de la patrulla T3.
Los nombres de las patrullas y los de los comandantes del Long Range
Desert Group, el Grupo de Largo Alcance del Desierto, son históricamente
verídicos y las órdenes que aparecen en la novela se corresponden con las
que se emitieron en la realidad. Allí donde aparece un personaje histórico
—Jake Easonsmith, Paddy Mayne, Nick Wilder, Ron Tinker, por citar los
más destacados—, todo cuanto se lleva a cabo antes y después de la misión
central se corresponde con total exactitud a los actos de los personajes
reales. Los demás personajes son recreaciones o invenciones.
«Solo deben presentarse voluntarios aquellos hombres a los que
no les importe la vida dura, la escasez de comida y agua y la
abundancia de penalidades, hombres dotados de resistencia e
iniciativa».

De la circular inicial del ejército británico, norte de África, verano


de 1940, en busca de voluntarios para lo que se convertiría en el
Long Range Desert Group
Cuando murió mi padre, su mejor amigo me acogió como mentor y padre
sustituto. No fue fácil, puesto que Chap —su nombre completo era R.
Lawrence Chapman— vivía en Inglaterra, mientras que la casa de mi
familia se encontraba en Manhattan. Chap era editor; así que visitaba
Nueva York con cierta regularidad. Recuerdo que todos los inviernos me
llevaba a los Millrose Games en el Madison Square Garden, en los tiempos
en que aquellos eventos se celebraban en un estadio tan rebosante de humo
de tabaco que desde un lado de las gradas apenas se alcanzaba a divisar el
otro. En verano yo iba a visitar a Chap y a su esposa, Rose, a Londres y ala
casita de campo que el hermano de Rose, Jock, tenía en un pueblo escocés
llamado Golspie. Chap y Rose tenían una hijastra, Jessica, exactamente de
mi misma edad, y dos hijos, Patrick y Tom, un par de años mayores. Los
cuatro éramos inseparables.
Chap había perdido a sus padres de niño, así que conocía bien las
necesidades de un huérfano. Me llevaba de excursión y a practicar la pesca
con mosca; me enseñó a preparar té y a escribir oraciones enunciativas.
No era raro que vinieran a cenar escritores como Harold Pinter y John
Osborne. Además, Chap también era, aunque jamás hablaba de ello, un
héroe de guerra. Durante la segunda guerra mundial había recibido una
DSO por los servicios prestados en el norte de África. DSO son las siglas
de Distinguished Service Order (Orden de Servicios Distinguidos). La
única condecoración británica de rango superior es la Cruz Victoria, el
equivalente a nuestra Medalla de Honor. Por entonces yo era demasiado
joven como para entender bien estas cosas, pero no por ello me
impresionaban menos.
Recuerdo que, en una ocasión, Rose me enseñó un álbum de fotos en su
piso de Knightsbridge. Allí estaba ella, alrededor de 1939, tan glamurosa
como Gene Tierney en Laura. Y el joven teniente Chapman, tan
deslumbrante como Tyrone Power. Miré con enorme interés las fotos
protagonizadas por los jóvenes ingleses y neozelandeses de la unidad de
Chap, el Long Range Desert Group, junto a aquellos camiones preparados
para operar en el desierto y armados con ametralladoras Vickers K del
calibre 303. Montados en los flancos de los vehículos se veían los «canales
de arena», planchas de acero perforado que los hombres utilizaban para
sacar los camiones que habían quedado atascados en la arena. Rose me
contó que aquellas patrullas, en misiones de rutina, recorrían centenares, e
incluso miles de kilómetros en un desierto en el que no había agua ni
gasolina y en el que no cabía encontrar misericordia ni esperanza si algo
salía mal.
A comienzos de los setenta, Chap empezó a escribir unas memorias
sobre aquella época. Por entonces yo tendría once o doce años. Recuerdo
que nos enviaba a Jessica y a mí a los archivos públicos de Chancery Lane
para consultar los registros del ejército. Los documentos se habían
desclasificado hacía muy poco tiempo. Cada uno de ellos lucía en la
primera página un sello que rezaba: ALTO SECRETO HASTA 1972.
Chap nos pagaba cinco peniques por página copiada, lo que era una
suma bastante generosa para la época. Trabajaba en casa, en su despacho,
un cuartito repleto de diarios, cartas de sus antiguos camaradas, mapas del
norte de África e informes de operaciones en inglés y alemán. Yo, a quien
todo aquello le fascinaba, solía bombardear a Chap con un diluvio de
preguntas, la mayoría de las cuales solía tener la deferencia de responder.
Sin embargo, hasta comienzos de los noventa, cuando yo mismo me
había convertido en historiador, no volví a pensar seriamente en las
memorias de Chap. Había ido a visitarlos a Escocia; él y yo estábamos
jugando al golf en el campo de Struie, contiguo al Royal Dornoch. Le
pregunté qué había sido de aquel documento. Me dijo que se encontraba
guardado en un cajón de su casa. Lo había terminado, pero nunca había
llegado a enseñárselo a nadie, aparte de Rose. Le pregunté si podía leerlo.
No, es muy malo. Además, no puedo publicarlo.
Expresó una serie de reservas, relacionadas en su mayor parte con la
naturaleza personal del material. Temía, según me dijo, ahondar en el
dolor de las viudas y los hijos ya adultos de los hombres cuyas muertes se
describían en aquellas páginas. Me di cuenta de que su pena era profunda
y muy sentida. Sin embargo, un escritor no puede dejar que este tipo de
sentimientos lo detengan y Chap lo sabía.
—¿No puedes ni contarme de qué va?
—Ni siquiera es un libro. Es solo… no sé… una relación de hechos.
—¿Sobre qué?
—Nada importante. Una patrulla. Y encima saldada con un fracaso.
Tras algunos esfuerzos, logré sonsacarle que el objetivo de la operación
había sido localizar y asesinar al mariscal de campo Erwin Rommel, el
legendario Zorro del Desierto.
Aquello sí que suscitó mi interés. Insistí en que me enseñara al menos
algunas páginas. Me mostré implacable. Lo acusé de ser un cobarde.
Estaba exhibiendo, le dije, todos los síntomas del miedo a la publicación
que, según él mismo me había dicho muchas veces, mostraban siempre sus
escritores.
Vamos, Chap, no puedes ser tan duro con ellos y tan indulgente contigo
mismo.
—Ellos son escritores profesionales —dijo—. Yo no.
De vuelta a Estados Unidos, me vi incapaz de desembarazarme de la
curiosidad que me consumía. Empecé a investigar la época. El Long Range
Desert Group, descubrí, era una de las primeras unidades de lo que
acabarían por conocerse como «fuerzas especiales». Sus bases se
encontraban en El Cairo y en diversos oasis del desierto libio; sus objetivos
eran misiones de incursión y reconocimiento tras las líneas enemigas
contra los italianos y el Afrika Korps de Rommel. El LRDG era un grupo
pequeño y secreto. El propio Rommel había declarado que, hombre por
hombre, había causado más daño al Eje que ninguna otra unidad de toda la
campaña norteafricana.
El 31 de agosto de 2002, Chap sufrió un infarto, aunque salió del paso
y se recuperó rápidamente. Pero el día de Navidad de 2004 tuvo otro. Tomé
el primer avión para verlo. Estaba preocupado. Rosa se mantuvo a su lado
en todo momento. Tres noches después de Navidad, Chap le cogió la mano.
Dijo que no creía que llegara a ver Año Nuevo. A las diez y cuarto había
muerto.
El funeral se celebró en el Magdalen College de Oxford. La asistencia
me dejó boquiabierto. Había casi cuatrocientas personas en la capilla,
incluidos tres ganadores del premio Booker a los que Chap había editado o
publicado.
La mañana antes de que regresara a Nueva York, recibí un paquete de
Rose.

«Chap quería que tuvieras esto. Me dijo que no quería seguir


siendo un cobarde», decía la nota.

Era el manuscrito.
Lo leí durante el vuelo de regreso y otras dos veces a lo largo de los tres
días siguientes. Hay que ser muy cuidadoso con algo así, si uno no quiere
dejarse llevar por la emoción del momento ni por el afecto personal que le
inspira el autor. Con todo, supe desde la primera página que estaba ante
algo especial. Era Chap en estado puro, todo lo bueno que de él había
llegado a conocer y otros aspectos que nunca había tenido la ocasión de
ver; como su amor por Rose, que hizo que se me saltaran las lágrimas en
más de una ocasión. Pero lo mejor de todo era su retrato de los hombres y
la guerra del desierto. Los ingleses y neozelandeses de Chap no eran
soldados profesionales. En absoluto. No habían dedicado toda su vida a
prepararse para la guerra, como tantos otros enemigos del Eje, pero, sin
embargo, en el momento preciso, habían respondido a la llamada. La
historia del propio Chap era la de un civil que, forzado por las
circunstancias y la ley, había abrazado las virtudes de la guerra y se había
visto transformado por ellas.
Las memorias de Chap sacaban a colación un segundo tema que, para
mí, era igualmente importante. El de la contención, e incluso la
caballerosidad que había caracterizado las conductas de los combatientes
de los dos bandos durante la campaña norteafricana. Como las fuerzas se
enfrentaban en el desierto, lejos de los centros de población civil, había
muy poco de eso que hoy en día ha dado en llamarse «daños colaterales»,
Las deshabitadas y yermas extensiones, unidas a la naturaleza extrema de
los elementos y del terreno, transmitían una especie de «pureza» al
conflicto.
Con frecuencia, los ametralladores dejaban de disparar cuando las
dotaciones enemigas salían de un tanque inutilizado. A los camilleros se les
permitía salir a campo abierto para evacuar a los heridos. Muchas veces,
en las enfermerías de campaña, los heridos del Eje y los aliados recibían
tratamiento unos al lado de otros, y no era inusual que los oficiales
médicos alemanes y británicos trabajaran codo con codo. El ejemplo más
característico de esta realidad era el propio Rommel. Al recibir órdenes de
Hitler de que ejecutara a unos comandos británicos que habían caído en
sus manos, Rommel arrojó el documento a la papelera. Siempre insistió en
que los prisioneros ingleses recibieran las mismas raciones e idéntico
tratamiento médico que él mismo. Hasta escribió un libro sobre el conflicto,
titulado Krieg ohne Hass (La guerra sin odio). Los diferentes relatos
existentes sobre la campaña atestiguan que, a pesar de la fiereza y
brutalidad de la lucha, las relaciones entre los enemigos se mantuvieron en
un nivel de caballerosidad que hoy en día resultaría casi inconcebible.
Este capítulo es la introducción a las memorias de Chap. Lo que sigue
es el documento en su totalidad. Ha sido decisión mía no adaptarlo al
inglés estadounidense, sino conservarlo en su forma original, tal como lo
escribió Chap. A beneficio de los lectores norteamericanos, lo he corregido
ligeramente y he añadido un breve epílogo con el fin de actualizar las
biografías de los oficiales y soldados que lo protagonizan con todo lo
sucedido desde su muerte. Para evitar el uso de notas a pie de página o de
glosarios, me he tomado la libertad de introducir en el texto (de la manera
más limpia posible) aclaraciones referentes a los anglicismos o
abreviaturas utilizados en ocasiones por Chap (acrónimos militares como
KDG, King’s Dragoon Guards —Dragones de la Guardia Real—, un
regimiento de vehículos blindados). Con respecto a la jerga del período, he
intentado dar forma al texto que rodea a los términos más abstrusos, de
modo que el significado quede claro a partir del contexto o al menos no
resulte indescifrable. Con estas salvedades, el texto final mantiene la
máxima fidelidad al original de Chap.
LIBRO I

Un inglés
1

Durante los últimos meses de 1942 y las primeras semanas de 1943, tuve
la extraordinaria oportunidad de tomar parte en una operación tras las líneas
enemigas encaminada a localizar y asesinar al mariscal de campo Erwin
Rommel, comandante en jefe de las fuerzas alemanas e italianas en el norte
de África.
La operación —el término «incursión» jamás se utilizó— recibió la
autorización del teniente general Bemard Law Montgomery, comandante
del 8.° Ejército, se planeó en la oficina del teniente coronel John Shan
Hackett, de la Fuerza de Incursiones G, y recayó para su ejecución en
diversos elementos de las SAS (Special Air Service) del teniente coronel
David Stirling, reforzados por tropas irregulares del [Link] pelotón de
demoliciones del mayor Vladimir Peniakoff, conocido de manera familiar
como el «ejército privado de Popski», así como por varios oficiales del
Long Range Desert Group. La operación fiaba sus probabilidades de éxito
no a la potencia de fuego, puesto que los vehículos más pesados que
emplearía eran unos camiones Chevrolet de tonelada y media, armados
únicamente con Browning de aviación de calibre 50 y cañones Breda de 20
milímetros, sino a la astucia, la audacia y la sorpresa. No era la primera vez
que se atentaba contra la vida de Rommel. Sin embargo, los intentos
anteriores habían tenido como escenario zonas de la retaguardia poco
defendidas, a las que el objetivo se había retirado temporalmente para
descansar o recuperarse. La operación en la que yo participé golpearía en el
corazón mismo del Afrika Korps, en pleno frente.
Si al lector le parece un plan impulsado por la desesperación,
es porque lo era. En el momento en que se concibió originalmente la
operación —verano de 1942— Rommel y su Panzerarmee Afrika acababan
de infligir una sonora derrota al 8.º Ejército en una serie de batallas libradas
en el desierto occidental. Los blindados alemanes habían dispersado
nuestros tanques y efectivos a lo largo de toda Libia, obligándolos a
retirarse más allá de la frontera egipcia, hasta las mismas puertas de
Alejandría. Churchill acababa de reemplazar al alto mando de nuestras
fuerzas. En El Cairo estaban quemando los libros de claves. Rommel se
encontraba a un solo paso de Suez y de los campos petrolíferos de Oriente
Medio. Con el petróleo árabe, Hitler podría quebrar de una vez el espinazo
del Ejército Rojo. Y tampoco podíamos contar de momento con la ayuda de
los norteamericanos. Estados Unidos acababa de entrar en la guerra. La
movilización general tardaría muchos meses en completarse. Los aliados
afrontaban la posibilidad real de una derrota total.
¿Podía una misión de comando en África marcar la diferencia? Los
estrategas de El Cairo creían que sí, si su objetivo era eliminar a Rommel.
—Los alemanes no tienen ningún general a su altura —había dicho el
mayor Jake Easonsmith, nuestro comandante, en la primera reunión—. Si lo
matamos, acabaremos con la bestia.
Pero ¿podía tener éxito un plan semejante? Pues sí, y paradójicamente a
causa de la valentía de Rommel y de su particular estilo de mando. El Zorro
del Desierto dirigía sus tropas desde el frente. Su idea del liderazgo era
situarse en persona allí donde la lucha era más encarnizada, sin pararse a
pensar en su seguridad.
—Rommel no es un temerario —declaró Easonsmith—. Simplemente
se ha dado cuenta de que en la guerra móvil, la presencia del comandante en
el escenario de la acción es vital.
De hecho, según nos habían informado, el Zorro del Desierto se había
hecho famoso entre sus oficiales más jóvenes por su costumbre de
presentarse sin previo aviso en posiciones de vanguardia, con su avión
Fieseler Storch, su vehículo blindado de mando Mamut, o (con menor
frecuencia) un carro de combate, un coche o incluso una moto que acababa
de tomar prestada para la ocasión. No era insólito que transmitiera
personalmente sus órdenes a los comandantes de regimiento o incluso, en el
acaloramiento del momento, que tomase el mando de unidades tan
pequeñas como compañías de infantería.
Esta audacia había estado a punto de costarle la vida en más de una
ocasión. Una vez, por accidente, su avión aterrizó en medio de una
formación aliada, de la que logró escapar a duras penas bajo una verdadera
lluvia de balas. Otra vez escapó a su captura por muy poco, al quedarse sin
combustible en la frontera, de nuevo en medio de las tropas de la
Commonwealth. Y por último, en una tercera ocasión, fue rescatado por el
coche de uno de sus propios generales que, intentando emular la audacia de
su mentor, tuvo la suerte de encontrarse en las cercanías.
Teníamos la esperanza de que la característica agresividad de Rommel
lo hiciera vulnerable a un ataque por sorpresa. Si un grupo de incursión
aliado podía usar las rutas secundarias del desierto para colocarse en la
retaguardia alemana, si una vez allí lograba avanzar sin ser descubierto, si
conseguía averiguar la posición de Rommel…, si un grupo valiente y hábil
conseguía todas estas cosas, tendría la oportunidad de asestar un golpe que
cambiaría el curso de la guerra.
Me llamo Richmond Lawrence Chapman. En septiembre de 1942 era
teniente de la 22.a Brigada Blindada, 7.ª División Blindada. Era oficial
tanquista. En teoría mandaba un pelotón «recce» (de reconocimiento)
formado por cuatro Crusader A-15. Digo en teoría porque en el fragor del
combate, la acción era tan rápida y tan violenta que, fuera por fallos
mecánicos o por acción del fuego enemigo, un pelotón podía quedar
fácilmente reducido a dos blindados o incluso uno solo, y verse
reconstruido de la noche a la mañana con vehículos diferentes recién
llegados de las áreas de reparación: Grant estadounidenses, Crusader
británicos y esos Stuart de fabricación americana, con motores de aviación,
que sus dotaciones llamaban Honey. Con los hombres pasaba algo parecido.
Ésa es otra historia. Pero lo que importa a los efectos de este relato es que
en aquel momento las circunstancias conspiraron para sacarme de la
división blindada y trasladarme al Long Range Desert Group.
Mi presencia en esta compañía se producía únicamente en calidad de
asesor técnico. Me habían trasladado en comisión de servicio con el
objetivo de evaluar el terreno por el que viajarían las tropas, o más
concretamente su capacidad de soportar tráfico de blindados y transportes
pesados en el futuro. No era, ni de lejos, el primer oficial tanquista que se
asignaba a esta unidad. La presencia de asesores de los Reales Cuerpos
Blindados en el LRDG con fines similares era habitual; y también la de
oficiales de las Reales Fuerzas Aéreas, que se encargaban de localizar
posibles puntos de aterrizaje en medio del desierto.
El objetivo del Long Range Desert Group era realizar misiones de
incursión y reconocimiento en la retaguardia enemiga. Cuando yo me uní a
él, la unidad operaba en patrullas de cuatro o cinco camiones, con un oficial
y entre quince y veinte hombres. Estas patrullas operaban con total
autonomía, equipadas con combustible propio, agua, provisiones, munición
y piezas de repuesto propios. Además de sus misiones de combate, el
LRDG se encargaba de trasladar espías y agentes en misiones encubiertas y
de proporcionar medios de transporte y servicios de navegación a los
grupos de asalto de las SAS y a otros comandos. Sin embargo, las misiones
preferidas del grupo eran las llamadas «palizas», nombre con el que en su
jerga particular se conocía a los ataques contra los aeródromos, las áreas de
reparación de vehículos y las rutas de avituallamiento del enemigo.
En el momento de la retirada británica hacia El Alamein, en verano de
1942, el Long Range Desert Group llevaba operativo casi dos años. Sus
incursiones habían destruido y dañado centenares de aviones alemanes y
provocado que alemanes e italianos tuvieran que retirar miles de hombres
del frente para reforzar la seguridad en retaguardia. La formación había
adquirido cierta aura de glamour aventurero. Los voluntarios acudían por
centenares. Ingresar, sin embargo, no era fácil. De un lote de setecientos
aspirantes, el LRDG sólo aceptó una docena. Los criterios de selección eran
menos brutales y vagos de lo que cabría imaginar. El grupo no buscaba
maleantes ni asesinos. Lo que sus oficiales querían eran hombres de una
pieza, maduros, la clase de tipos que podrían pensar con claridad incluso
bajo presión, capaces de colaborar estrechamente con sus compañeros y de
enfrentarse, no sólo a situaciones de peligro extremo, sino también al tedio,
las penurias y las privaciones. Virtudes tales como los recursos, la
compostura, la paciencia, el estoicismo e incluso el sentido del humor, se
valoraban tanto como la valentía, la agresividad y la destreza marcial.
Desde mi punto de vista, el LRDG había acertado en esto de pleno. Uno
de los factores que me han desalentado hasta la fecha para escribir sobre
mis propias experiencias en combate es el malestar que siempre me ha
inspirado el género de la literatura bélica. Los relatos sobre héroes, nobles
sacrificios y este tipo de cosas siempre me han puesto un poco nervioso,
porque se contradicen con mis experiencias personales. Por lo que yo he
visto, las operaciones militares no consisten tanto en gloriosos ataques y
valientes acciones defensivas como en una sucesión ininterrumpida de
mundanas, y a menudo atroces, escaramuzas. La operación sobre la que
estoy escribiendo, característica de este tipo de misiones, no alcanzó ningún
extremo heroico más allá de su propia supervivencia, salvo quizá al final, y
entonces no tanto por brillantez táctica o genio militar, sino más bien por la
suerte y por la tenaz, e incluso tozuda negativa de sus hombres a rendirse.
Aquellas acciones de sus miembros a las que sería lícito atribuir la
condición de heroicidad, derivaron en su mayor parte de un intento por salir
de los peligros en los que, generalmente por un exceso de celo, nos
habíamos visto metidos, y en su práctica totalidad se produjeron a
instancias del instinto o con sus protagonistas sumidos en un frenesí de
terror sanguinario. Muchas veces, los responsables de estas heroicidades no
recordarían nada una vez pasada la crisis.
Quisiera decir algo sobre el valor bajo el fuego. En mi experiencia, la
valentía en acción es mucho menos importante que cumplir con el cometido
de cada uno sin meter la pata. Esto no es, ni de lejos, tan sencillo como
pueda parecer. De hecho, en muchos aspectos es lo más difícil del mundo.
Por cada muerte gloriosa inmortalizada en los relatos de guerra podrían
encontrarse no menos de veinte que fueron producto de circunstancias tales
como la fatiga, la confusión, la falta de atención, el exceso o la falta de
autoridad, el pánico, la vacilación, la timidez, los errores, las averías o los
accidentes, las colisiones, los fallos mecánicos, la escasez de piezas de
repuesto por extravío u olvido, las deficiencias de los servicios de
inteligencia, la deficiente traducción de claves o los cuidados médicos
tardíos o inadecuados, por no hablar de las órdenes equivocadas (o mal
interpretadas), el fuego amigo y el caos general, directamente achacables en
muchas ocasiones al soldado muerto. En mi opinión, el principal cometido
del oficial es algo tan prosaico como vigilar a sus hombres con el fin de
impedir que se olviden de quiénes son, cuál es su objetivo, cómo deben
llegar hasta él y qué equipo se supone que deben tener consigo cuando
lleguen. Ah, y volver, claro. Eso suele ser lo más complicado. Los éxitos
que cosechó el Long Range Desert Group pueden atribuirse en no poca
medida al excelente liderazgo del coronel Ralph Bagnold y el teniente
coronel Guy Prendergast, fundador de la unidad y primer oficial de la
misma, respectivamente, en quienes la preparación y la diligencia brillaban
con más fuerza aún que el valor y la intrepidez.
Antes de que se me asignara al Long Range Desert Group serví, como
ya he dicho, en la 22.a Brigada Blindada de la 7.a División, las famosas
«Ratas del Desierto». Nuestro regimiento salió del delta entre abril y mayo
de 1942 para servir como unidades de reemplazo durante las caóticas
batallas de Gazala y del Caldero. La 22.a Brigada Blindada había
comenzado la batalla adscrita a la 1.a División, pero fue trasladada a la 7.a
dada la urgencia de la situación. Sus regimientos hermanos (que a esas
alturas habían quedado reducidos a formaciones heterogéneas) eran el 3.° y
el 4.° de la Yeomanry del condado de Londres y el 2.a de Reales Húsares de
Gloucestershire. También nosotros éramos un regimiento Yeomanry, esto
es, una formación británica del ejército territorial, y más en concreto de
caballería, aunque recientemente mecanizada y dotada de blindados.
Desde el punto de vista de los civiles (y el mío, antes de que empezara a
conocerlos), los carros de combate son colosos invulnerables bajo la mole
de su armadura, sus grandes cañones y el ensordecedor rugido de sus
motores. En realidad, un tanque es tan frágil como una flor. Basta una zanja
de un metro de anchura para partir las orugas; un giro demasiado brusco
puede arrancar los remaches que mantienen unidos los eslabones. Una
columna acorazada engulle gasolina a velocidad vertiginosa; si no se
reaprovisiona con regularidad no puede permanecer en acción más de dos
horas y media, o menos aún si tiene que atravesar terreno abrupto o avanzar
a gran velocidad. Un Mathilda británico tenía una autonomía de ciento
veinte kilómetros. En condiciones de batalla, los Stuart estadounidenses
tenían que repostar cada setenta kilómetros.
Los carros de combate avanzan encadenados a los vehículos de
aprovisionamiento: los camiones pesados, los transportes no blindados y los
camiones descubiertos que transportan el combustible, las provisiones, el
agua, los lubricantes y la munición sin los que los monstruosos blindados se
transforman en presas torpes y estacionarias.
Un blindado depende totalmente del apoyo de las demás armas. Sin la
infantería para proteger sus flancos y su retaguardia, acabar con la artillería
anticarro y limpiar los campos de minas, es vulnerable a toda clase de
peligros. Sin artillería y fuego anticarro para protegerlo frente a los
blindados enemigos, sin aviación para descargar sus bombas y sus cañones
contra el enemigo que se aproxima más allá de su rango de visión, un carro
de combate es una perita en dulce, una diana ambulante, un pato de feria.
La munición explosiva puede hacer pedazos su suspensión y sus orugas; la
penetrante puede perforar la torreta. Un cañón anticarro puede atravesar su
blindaje desde dos mil metros de distancia. Cuando vas en un blindado, los
cazas y los bombarderos están sobre ti antes de que los oigas. En un
blindado estás sordo y ciego.
El comandante de un Crusader o un Grant estadounidense va
directamente sobre la caja de cambios y el motor, cuya combinación emite
un estruendo tan atronador que un obús enemigo puede estallar a diez
metros de distancia sin que te des cuenta. Cuando el carro de combate
avanza a gran velocidad sobre terreno irregular, el comandante sufre las
mismas sacudidas que el cilindro de la torreta, con las gafas pegadas a los
ojos, los auriculares en las orejas, totalmente concentrado, hora tras hora, no
sólo en las llanuras, las dunas, los barrancos, los wadis y la tierra yerma que
se extiende en todas direcciones —y, por descontado, en los enemigos que
maniobran, acechan y avanzan velozmente hacia él—, sino también, sin un
solo segundo de respiro, en la atroz cacofonía de su escuadrón, de las redes
de comunicaciones del regimiento por la que le llegan las órdenes y los
informes, de los que no puede perderse absolutamente nada, pues su vida y
las vidas de sus hombres dependen de ello. Y luego esta el calor, ti capitán
James Matton, primer jefe de mi pelotón, que era ingeniero mecánico antes
de la guerra, calculó que la temperatura ambiental óptima para un blindado
en movimiento es de diez grados centígrados. Con diez grados en el
exterior, el interior del tanque está a veinte grados. Por cada medio grado
adicional de temperatura exterior, la interior asciende tres cuartos de grado.
Veinte grados en el exterior son treinta y cinco en el interior; treinta son
cincuenta. Con treinta y cinco en el exterior —y en el desierto el
termómetro los supera todos los días—, en el interior, a casi sesenta grados
de temperatura, te estás cociendo literalmente.
A pesar de todo esto, a mí me encantaban los carros de combate. Era un
enamorado de la división blindada. Lo que detestaba, lo que aborrecía hasta
el último de nosotros, eran las estúpidas y temerarias tácticas que una
doctrina obsoleta y unos modelos de carro inferiores en potencia de fuego y
con exceso de blindaje nos obligaban a utilizar. Mientras que los Panzer
Mark III y Mark IV de Rommel avanzaban a saltos, apoyados por su
infantería motorizada de élite y las pantallas de letales cañones anticarro de
50 y 88 mm, nuestros Crusader, Grant y Honey se encontraban, una vez tras
otra, solos, aislados y expuestos al fuego enemigo. Superados en casi mil
metros de alcance por los 75 milímetros del cañón de los Mark IV (y casi
tanto por los de los Mark III), nuestros escuadrones no tenían otra
alternativa que correr como conejos de cobertura en cobertura (si es que las
había) con la remota esperanza de flanquear al enemigo o culminar con
éxito una carga frontal, realizada muchas veces a campo abierto, en un
desesperado intento por colocarse a una distancia en la que nuestros
cañones fueran eficaces antes de que sus cañones anticarro nos convirtieran
en carcasas humeantes o «cerillas». Como es natural, el enemigo era
consciente de esta ventaja y la explotaba implacablemente por medio de
retiradas fingidas, maniobras de flanqueo y emboscadas en las que nosotros
nos metíamos de cabeza una vez tras otra.
En mi caso, la retirada hacia la frontera egipcia en verano de 1942
culminó en un fiasco que tuvo por escenario la carretera de arena que
discurría paralela a la vía férrea El Cairo-MersaMatnih. Los cuatro carros
de mi pelotón habían quedado reducidos a un Crusader y un Grant. A lo
largo de los veintiún días anteriores, nuestro escuadrón había perdido no
menos de diecinueve blindados, entre Valentine, Honey, Cruiser A-10 y
A-13 (e incluso un par de M-13 italianos capturados). Algunos de ellos
habían llegado como reemplazos desde la áreas de reparación y otros los
habíamos rescatado intactos en pleno campo de batalla o los habíamos
reacondicionado sobre la marcha junto con unas dotaciones, que, muertas,
heridas o capturadas, pasaban tan de prisa por la unidad que apenas
teníamos tiempo de aprendemos nuestros respectivos nombres. El vigésimo
primer día me encontré separado de mi escuadrón (que se encontraba dos o
tres kilómetros por delante), en el cuello de botella de la carretera de arena
que hay al oeste de Fuka, en medio de un atasco de ciento cincuenta
kilómetros. Al final de este atasco se encontraba Alejandría, y ciento
cincuenta kilómetros más allá, El Cairo. Mi mujer, Rose, trabajaba como
operadora de telégrafo en Alejandría, y en aquel momento estaba
embarazada de nuestro primer hijo. Yo estaba desesperado por conseguir
que la evacuaran antes de que Rommel y el Panzerarmee Afrika pasara
como un rodillo por Egipto en dirección a Suez. De repente vislumbré un
hueco en la columna y, más allá, un trecho de campo abierto lo bastante
largo como para, al menos, reunirme con mi escuadrón.
—Piloto, a la derecha —ordené, y, con un rugido de los motores, el
vehículo echó a andar en línea recta hacia la alambrada que delimitaba la
carretera y la mina que había justo detrás.
Nadie resultó herido, pero la oruga derecha y el ventilador delantero del
blindado quedaron inutilizados. En condiciones normales, la dotación puede
reparar una oruga con cierta facilidad: primero se acopla la tracción a la
oruga en buen estado y se colocan unas placas de acero por debajo de la
otra. A continuación, empleando la potencia de la oruga intacta, se avanza
muy lentamente sobre las placas provisionales. En el exterior del vehículo,
una parte de la dotación saca las piezas dañadas de la oruga rota, las
reemplaza con otras de repuesto y luego vuelve a remacharlas. En medio de
un campo de minas, aquello era impensable. Nuestro estado de
desesperación era más acuciante a cada segundo que pasaba. Para
indisimulado deleite de los centenares de oficiales y soldados que nos
estaban viendo, salí del vehículo junto con mi dotación, decidido a salir a
pie del campo de minas para reunirme con el único tanque móvil de que aún
disponía. La humillación se vio agravada más aún, si cabe, por la imagen
del piloto, el artillero y el operador de radio del blindado, que en aquel
momento salían del vehículo cargados de latas de melocotón, cigarrillos,
jamón italiano y media docena de botellas de ginebra Boar’s Head, botín
que habíamos afanado en medio de la retirada. El comandante del
regimiento, un coronel con el que yo había tenido un desagradable
encontronazo en el desierto varios días antes, escogió aquel momento para
aparecer en el arcén y ordenarme que regresara junto con mi dotación al
tanque inmovilizado y volviera a subir a bordo. Señaló entonces un cartel
que había junto a lo que quedaba de la alambrada.
—Dígame, teniente, ¿puede usted leer ese cartel?
Le respondí que sí.
—¿Y qué dice?
—Campo de minas, señor.
—¿Y de quién es ese campo de minas?
—Nuestro, señor.
—Entonces, por los clavos de Cristo, ¿qué demonios hace usted metido
en él?
Me pidió mi nombre y mi unidad, a pesar de que los conocía
perfectamente, y por señas indicó a su teniente que tomara nota. Mis
hombres y yo permaneceríamos allí hasta que pudiera llegar un pelotón de
zapadores para sacarnos.
Pero me he adelantado. Debo volver atrás y establecer el rumbo de
aproximación (por decirlo así) sin el que este relato no tendrá sentido para
el lector ni para mí. Si ésta fuera una obra de ficción y yo su editor, instaría
al autor a dramatizar los sucesos más sustantivos para la tesis de la
narración. Pero no tengo paciencia para estas cosas en mi propia memoria,
así que espero que el lector sepa perdonarme si me limito a exponer Jo
sucedido de manera llana, tal como ocurrió y tal como yo recuerdo haberlo
vivido.
2

Soy un producto del sistema educativo público británico. No lo afirmo con


orgullo ni con vergüenza, sino como un mero hecho del que me atrevo a
extraer la tesis de que esta institución, a menudo hostil, brutal y
característicamente británica, sean cuales fueren sus defectos, merece al
menos el crédito de haber producido un tipo de ciudadano que alcanzó su
plenitud durante la guerra, en el cuerpo de oficiales que luchó en todos los
teatros del conflicto y especialmente en el desierto occidental.
¿Qué hay en estos monótonos yermos que con tanta intensidad apela al
espíritu anglosajón? William Kennedy Shaw, que sirvió como oficial de
inteligencia del Long Range Desert Group desde su creación, cuenta la
historia de un oficial alemán prisionero, transportado de Kufra a El Cairo
por una de las patrullas del LRDG. Casi mil doscientos kilómetros en
camiones Chevrolet, a través de unos páramos tan desolados que ni siquiera
las tribus senussi de la zona solían aventurarse por ellos. Al cabo de varios
días observando a los tommies británicos y kiwis neozelandeses del Long
Range Desert Group, imperturbables en sus labores, el prisionero les confió
a sus captores:
—Nosotros, los alemanes, nunca podríamos hacer esto, vagar durante
kilómetros y kilómetros en medio de la nada. Nos falta la iniciativa
individual necesaria. Nosotros preferimos ir en manada.
Lo que a los soldados de los demás países se les antojaban insoportables
penurias producía una especie de exultación a nuestros muchachos, criados
a base de Kipling y el institucional porridge (gachas de avena). Algún
tiempo después de la guerra me encontré con un antiguo compañero de
colegio, un piloto, el teniente S. Derribado sobre Holanda en 1940, se había
pasado casi cuatro años en Olag Luft III, el más famoso campo de
prisioneros para aviadores aliados. Cuando le pedí que me describiera la
experiencia, su respuesta fue:
—Parecido a St. Paul, aunque con mejor desayuno.
El sistema educativo británico para las clases privilegiadas de aquella
época conformaba una identidad dúplice: escuela pública y universidad. Al
llegar la guerra apareció un tercer elemento: el regimiento, de tal modo que
un joven se podía identificar, por ejemplo, como Harrow/Sandhurst/Royal
Scots Gray o Ampleforth/Cambridge/Coldstream Guards, combinación de
extracción familiar y obra personal que lo adscribía a un estamento de la
jerarquía social del que ninguna fuerza terrena podía extraerlo: viejo rico,
nuevo rico, nuevo rico arruinado o ancestralmente empobrecido. Por lo que
se refiere a mí, podía definirme como «viejo rico recientemente
empobrecido» por parte de padre, y «nunca rico, ni de lejos», por parte de
madre.
En Winchester, cuando yo tenía tres años, había tres estufas, dos baños
de tamaño medio y un excusado para una casa que albergaba a treinta niños.
De noche utilizábamos orinales. En invierno el agua se congelaba en las
jarras. A los chicos de Winchester se los conocía por «los comunes».
Llevábamos corbata en clase y gorro y bata los días de examen. Un paquete
de veinte cigarrillos costaba un chelín menos un penique. Leíamos la Aná-
basis de Jenofonte en griego y la Historia de Roma de Livio en latín,
además de la obra completa de Chaucer, Milton y Shakespeare, y buena
parte de la de Marlowe, Coleridge, Hardy, Arnold, Tennyson, Thackeray,
Dickens y Conrad; lloviera o hiciera sol practicábamos fútbol, rugby,
criquet, remo, equitación y carreras campo a través y acudíamos a los
servicios religiosos (normalmente anglicanos), no solo los domingos, sino
cinco veces a la semana.
Muchos de los niños sólo veían a sus padres en vacaciones; algunos, ni
siquiera entonces. Se criaban juntos como fieras salvajes, con todos los
abusos y excesos que comporta una educación como ésa. Para la mayoría,
funcionaba. Las escuelas públicas de la época produjeron un tipo de joven
que era agudo sin ser pedante, atlético sin ser musculoso, de corazón alegre
y semblante confiado, un tipo sólido, que antes preferiría morir que
abandonar a los suyos. Dicho de otro modo, el sistema engendró una clase
de individuo que con frecuencia exhibía hastío o una apática complacencia
en tiempos de prosperidad, pero jamás lo hacía en los momentos duros. A
menudo, al pensar en algunos camaradas que cayeron en la guerra como
héroes, me he preguntado si, en el fatal instante, no se sentirían en el fondo
aliviados, temiendo más a la cotidianeidad de la paz que a las balas y a los
obuses del enemigo.
Cuando yo tenía doce años, mi madre se mató en un accidente. No soy
partidario de la teoría de la psicopatología traumática. A mi modo de ver,
aislar un episodio de la infancia y extrapolar a partir de él una aberración de
la personalidad, indeleble ya para el resto de la existencia, es un disparate.
Mi padre, que era el que conducía en el momento del accidente, sufrió más
que yo. Incapaz de superar la pena y la culpa, se fue apartando de todo,
primero de su trabajo, luego de su familia, y finalmente, de la tristeza de la
existencia. Tengo tres hermanas, Edna, Charlotte y Margaret Anne. Tras las
muertes de nuestros padres, nuestros tíos por parte de padre, a cuyo cuidado
nos habían encomendado, consideraron que lo mejor para nosotros era
enviarnos a un internado. Mis hermanas ingresaron en el St. Catherine, una
academia anglicana de Herefordshire, cerca de la localidad de Hay-on-Wye.
A mí me enviaron a Winchester.
La noche del accidente de mis padres, a mis hermanas y a mí nos
llevaron al hospital unos vecinos en su sedán Humber de 1924, un coche
que yo adoraba porque tenía un asiento plegable que se abría desde la parte
de atrás. Mis hermanas lo consideraban algo indigno, cosa que a mí me
llenaba de satisfacción, porque significaba que lo tenía todo para mí. Nadie
nos había explicado qué había pasado ni adonde íbamos. Sin embargo, algo
se percibía en el ambiente y el viaje resultó lúgubre. Mis hermanas ya
habían empezado a llorar.
Al llegar al hospital, una enfermera nos indicó que esperáramos en unos
bancos de madera. Mis hermanas obedecieron con grave seriedad. Nuestros
vecinos, una pareja de ancianos, se sentaron con nosotros. Al final del
pasillo había dos amplias puertas sin picaporte, que de vez en cuando
atravesaba una enfermera precedida por una camilla. Al otro lado estaban
operando a nuestra madre. Según nos dijeron, los médicos estaban haciendo
esfuerzos heroicos por salvarla; las lesiones de nuestro padre eran menos
graves; lo estaban tratando en otra ala.
Esperamos. ¿Cuánto iba a tardar la operación? Nadie lo sabía. A mí me
pareció que pasaban horas. Los vecinos no nos dejaban salir a la calle, así
que pedí permiso para ir al baño. Asomé la cabeza por un pasillo que
desembocaba en la zona de las habitaciones, de la que me echó una
enfermera. Un espacio mal iluminado conducía a una especie de antesala.
Entré en ella. En el rincón había una camilla. Mi madre estaba encima.
Su ropa ensangrentada, hecha un ovillo, estaba depositada en la bandeja
inferior. Mi madre yacía bajo una sábana quirúrgica de color blanco que,
parcialmente retirada, exponía parcialmente su desnudez de la cintura al
cuello. Tenía la boca entreabierta; el cuerpo había empezado a agarrotarse.
No había nadie. Los auxiliares la habían dejado allí, sin más.
Los niños ven y entienden mucho más de lo que creen los adultos. Yo
mismo supe en aquel instante que aquello era la muerte. Mi madre había
muerto; aquel objeto inerte no era ella. Ella estaba con Jesucristo, o
vagando entre las estrellas. No es que creyera en aquellas tonterías, pero las
repetí para mis adentros, como pensaba que era mi obligación. Me dije que
no debía enfadarme. El hospital tenía muchos otros pacientes cuyas
necesidades eran más urgentes que las de mi madre. A veces, el personal no
tenía más remedio que quitar temporalmente de en medio a una persona
muerta para seguir atendiendo las demás emergencias. Las enfermeras
volverían en seguida y le devolverían la dignidad.
Pero yo sabía que todo eso eran pamplinas. Odiaba a aquella gente por
dejar a mi madre así, aunque sólo fuera un momento.
Y estaba furioso con ellas por no habernos contado a mis hermanas y a
mí lo que había pasado. ¿Cuánto tiempo pretendían tenemos en suspenso,
creyendo que nuestra madre aún podía sobrevivir, cuando en realidad
habían abandonado su frío cadáver en aquella vergonzosa vía muerta antes
de olvidarse de él por completo? Me acerqué a la camilla y me encargué de
cubrir sus vergüenzas. Le quité los anillos y me los guardé en el bolsillo. No
quería que el personal pudiera robárselos.
Más tarde, mis hermanas me contarían que nunca me habían visto en un
estado tal como cuando reaparecí en el pasillo.
—Tenías la cara morada —dijo Edna—. Y las mejillas empapadas de
lágrimas. Los cirujanos, uno joven y otro más maduro, acababan de salir
por las puertas de atrás. Sin decir palabra, cruzaste corriendo el pasillo
entero, saltaste sobre ellos y la emprendiste a puñetazos y patadas. —Al
final, según me contaron, tuvieron que administrarme un sedante y llevarme
al coche a la fuerza. Yo no lo recuerdo. Lo que sí recuerdo, con una ardiente
claridad, es esto:
La muerte de mi madre era culpa mía.
Era algo que supe instintivamente y con todas las células de mi cuerpo.
Su final era obra mía. ¿Cómo? Por haber sido demasiado joven y demasiado
pequeño para protegerla. Si hubiera sido yo el que conducía el coche en vez
de mi padre, no se habría producido el accidente. Si hubiese estado con
ellos, aunque fuese como pasajero, de algún modo habría podido protegerla.
Pero no estaba allí. Por culpa de mi ausencia, mi madre había muerto.
Los niños no juzgan las cosas con la razón. Más tarde, en la
universidad, estudiamos a Freud, a Adler y a Jung. Esto me permitió
comprender desde un punto de vista intelectual el despropósito de aquella
conclusión infantil. Pero la razón está inerme frente a la emoción.
Poco después de aquella noche, la influencia de mis tíos me
proporcionó un puesto en Winchester. Hasta entonces nunca había tenido
problemas en la escuela; a partir de aquella fecha, raro era que no los
tuviera. Todos los días acababa magullado, bien por alguna pelea con los
demás alumnos o bien por algún castigo impartido por los profesores.
Odiaba a todo el mundo. Despreciaba la escuela y cada uno de los
artificiales ritos y las crueles tradiciones de los que tanto se enorgullecía. La
residencia a la que me habían asignado se llamaba Kingsgate. Cada una de
las residencias contaba con tres prefectos. Eran alumnos mayores que
recibían ciertos privilegios a cambio de actuar como consejeros y mantener
el orden. Los nuestros se llamaban Tallicott, Martin y Zachary Stein. Stein
era judío y se rumoreaba que también poeta. Yo sólo sabía que era alto y
rico, y que pasaba mucho tiempo en su cuarto. Tenía una bicicleta
americana, una Schwinn con la ilustración de un piel roja en el carenado de
la cadena, en la que iba a todas partes, lloviera o hiciese sol.
Ingresé junto con otros dos chicos, cuyos nombres he olvidado. Los tres
temamos trece años. Los chicos mayores nos sometieron al recibimiento
acostumbrado. Yo no sabía nada de los internados y no estaba preparado
para ello. Además, era tanto un «mulo» (un huérfano) como un «trasto» (un
chico difícil), lo que significaba que estaba en la auténtica base de la escala
jerárquica. Los otros dos muchachos respondieron a cada nueva indignidad
a la que nos sometieron con una alternancia de rabia y desesperación.
Detestaban a los mayores y albergaban fantasías homicidas; cuando no era
así, los idolatraban sin molestarse en disimularlo. Yo no hacía ninguna de
las dos cosas. Sólo sentía desprecio por nuestros torturadores. Ellos lo
percibían, claro está, y me sometían al doble de abusos.
Por aquel entonces empecé a tener una pesadilla recurrente. En el sueño,
me encontraba junto a un lago, al anochecer. Una neblina flotaba sobre el
agua. El cuerpo de mi madre yacía sobre una barcaza, cubierto de sedas y
flores. Tenía los ojos cerrados y las manos cruzadas sobre el pecho. Sin
embargo, yo estaba seguro de que seguía viva. De repente, la barca,
impulsada por alguien o por su propia voluntad, empezaba a moverse y se
alejaba de la costa en dirección a la neblina, que yo sabía significaba el
olvido. ¡Tenía que salvarla! En un estado de desesperación, me zambullía
en el lago con las manos estiradas hacia el bote, decidido a alcanzarlo. Un
gran peso de hierro —una prenda de hierro, o algo parecido— me arrastraba
hacia el fondo. Me arrebataban el cuerpo durmiente de mi madre. Y
entonces despertaba, embargado de temor y consternación.
En Winchester, la culminación de las ordalías de iniciación es un rito
llamado «la congelación». Era una tradición de la escuela. Una noche
especialmente fría y tormentosa, se despojaba a los novatos de bufandas y
abrigos y se los arrojaba al patio, con las puertas cerradas. Uno de los
alumnos de sexto menos crueles nos había avisado de que la tortura no
duraría toda la noche. Los mayores estarían observándonos en secreto;
cuando nuestra piel hubiese alcanzado la tonalidad de azul que exigía la
prueba, nos dejarían entrar de nuevo. Mis compañeros de penurias se
reunieron entre exageradas demostraciones de sufrimiento. Al verlos, sólo
sentí desprecio. No estaba dispuesto a dar satisfacción a mis torturadores.
Eché a andar. Me volvía a casa.
Llegué a la estación del tren. Estaba desierta. Bajé a las vías y seguí
andando. Hasta dónde llegué, no lo sé. En algún momento me desplomé
sobre la nieve.
Stein, el prefecto, fue quien me encontró. Más tarde me contaría que,
aunque tenía la sensación de que la congelación estaba al caer, los demás lo
habían engañado colocando almohadas en mi cama y en las de los otros
dos. No se enteró de lo que estaba pasando hasta que volvieron a meter a
los dos chicos, medio helados. ¿Cómo me encontró? Gracias a mis huellas
en la nieve y a su propia imaginación. La estación de tren. Volver a casa.
Era un poeta. Lo dedujo.
Estaba sobre las vías cuando oí la campanilla de su Schwinn.
—¡Chap! ¿Dónde diablos estabas? —Nunca había oído usar semejante
lenguaje a un alumno de los cursos superiores. Aceleró su pedaleo. Estaba
aterrado; pensaba que me había congelado. Me envolvió en una manta de
lana. Al poco llegó el ayudante del director en un viejo Peugeot. Paró en la
carretera que discurría paralela a las vías. Stein me llevó entre los árboles
hasta el coche.
—Será mejor que no vomites, pequeña ratilla —dijo el ayudante del
director mientras Stein me metía como si fuera un fardo por la puerta del
pasajero y pegaba mi cuerpo al modesto calentador del vehículo. Me tapó
con la manta y con el gabán verde que llevaba y masculló una imprecación
al ver que el ayudante se confundía al meter la marcha y el coche se calaba
—. No irá a morirse este pequeño idiota, ¿verdad? —preguntó el otro.
Stein sacó una petaca plateada.
—Se pondrá bien —dijo mientras me acercaba el whisky a los labios—.
Sólo necesita un trago.
3

En Oxford, Stein fue mi tutor. Para quienes no estén familiarizados con el


sistema, así es como funciona: los estudiantes universitarios adquieren su
educación atendiendo a las clases y los seminarios que imparten los
catedráticos; la asistencia es voluntaria. En teoría puedes saltártelas todas
(como en efecto hacían algunos, yo entre ellos) para dedicarte a jugar al
croquet en el césped de la parte trasera del Magdalen, mi facultad, y a pesar
de ello graduarte con la máxima nota. Pero para conseguirlo debes
examinarte y demostrar un dominio completo de la materia.
Para ayudar al estudiante en esta tarea, la universidad le asigna un tutor.
Normalmente, los tutores son desgreñados y desaliñados profesores
ayudantes, que fuman y beben en exceso y jamás abandonan sus cuartos
salvo para mantener algún encuentro sexual ilícito o reabastecer sus
reservas de tabaco y licor. Un buen tutor puede convertir tu periplo
universitario en una experiencia revolucionaria, tanto desde el punto de
vista académico como el vital; uno malo puede hacer de ella una miseria.
La facultad proporciona alojamiento a los tutores, normalmente en
habitaciones dobles que se comparten con otro tutor (la de Stein se
encontraba de hecho en el Trinity, donde estaba preparando su doctorado),
con una cocina y un aseo con baño, dos aposentos y un pequeño saloncito
entre ambos. Este último era invariablemente una leonera, calentada en
invierno casi hasta el límite de la combustión y rebosante de papeles de
todo tipo y otros detritos de la vida académica. Yo adoraba el saloncito de
Stein. Era el primer hogar que había tenido desde la muerte de mi madre.
Había ingresado en Oxford gracias a él.
Sus cartas y testimonios me habían franqueado la entrada. Stein tenía
otros ocho o nueve pupilos, entre ellos Alian «Jock» McCall, un muchacho
de Golspie, Sutherland. Jock era mi mejor amigo. En aquellos tiempos, lo
ideal era ser un tipo polifacético.
Y eso es lo que era Jock: atleta imbatible en los cuatrocientos metros,
ensayista brillante y editor ayudante de Cherwell a pesar de ser sólo un
alumno de segundo (insólito honor que a mí me inspiraba no poca envidia)
y aborrecer la línea editorial de la publicación, que era descaradamente
belicosa e imperialista. Rose, la mujer con la que llevo felizmente casado
más de treinta años, era su hermana. Pero me estoy adelantando otra vez.
Stein me llevaba cinco años. Cuando ingresé en Oxford, tenía
veinticuatro y ya había publicado libros de poemas. Aparte de sus estudios
sobre Milton, autor en el que ya por entonces era una acreditada autoridad,
estaba escribiendo una novela. Esto era lo que más me impresionaba. Se
negaba a enseñársela a nadie, e incluso a revelar su temática. No obstante,
se rumoreaba que era política y homosexual.
—Bueno —solía preguntarme Jock cuando llegaba para su tutoría, que
venía inmediatamente después de la mía—, ¿de qué habéis estado hablando
Oscar Wilde y tú?
Stein me trataba con una actitud de afectuosa ironía. Hacía constantes
bromas a costa de mi «negrura irlandesa», con lo que se refería a la
melancolía que con tanta frecuencia se apoderaba de mí y que él atribuía a
la ascendencia de mi madre.
Stein tenía la teoría de que la desesperación de los judíos y la de los
irlandeses eran diferentes.
—La desesperación judía deriva del deseo y se cura con el hartazgo.
Dale cincuenta libras esterlinas a un judío sin blanca y se le alegrará el
semblante. La desesperación irlandesa es otra cosa. No hay nada capaz de
aliviarla. El irlandés no protesta frente a sus circunstancias, que el esfuerzo
o la suerte pueden tornar brillantes, sino contra la injusticia de la propia
existencia. ¡La muerte! ¿Cómo podría un Dios benevolente hacernos un
regalo tan hermoso como la vida, pero acompañado de tan cruel caducidad?
La desesperación irlandesa no conoce remedio. El dinero no ayuda; el amor
termina; la fama es ilusoria; las únicas curas son el alcohol y los
sentimientos. Por eso los irlandeses son tan nobles bebedores y tan
gloriosos poetas. Nadie canta ni se lamenta como los irlandeses. ¿Por qué?
Porque son ángeles atrapados en vestimentas de carne.
Cuando le conté mi sueño recurrente, su primera pregunta fue:
—¿Qué prenda de hierro es la que te arrastra al fondo? —Al
describírsela, dijo al instante—: Una armadura.
Nunca lo había pensando.
Su conclusión fue que era un caballero de corazón, y que nunca llegaría
a resolver el misterio de mi vida sin tener en cuenta esa vocación.
Stein aliviaba un poco mi pesadumbre. Su ejemplo me indujo a ir en
busca de mi verdadero yo. Me asignó lecturas que excedían con mucho los
límites estrictos de mi educación universitaria. En compañía de Jock y otros
hablábamos de literatura durante horas. Bajo su tutela florecí como escritor
y como crítico de lo que escribían otros. Perdí el miedo a parecer
inteligente, a destacar o a ser diferente.
Entre las muchas cualidades que yo admiraba en él, destacaba por
encima de todas las demás su tenaz negativa a ser otra cosa de lo que era en
realidad. En aquellos tiempos la homosexualidad era algo de lo que no se
hablaba, ni siquiera en el ámbito universitario. Iba contra la ley. Podía
llevarte a prisión y, en el mejor de los casos, arruinar tu carrera. Pero a Stein
no le importaba un comino.
—Judío, poeta y marica —declaraba de sí mismo—. ¡La terna del
estigmatismo social por excelencia!
Una vez, en el comedor, Jock y yo nos peleamos a causa de él. Jock lo
respetaba, pero en público lo evitaba. Una proximidad excesiva, decía,
podía ser perjudicial para su posición.
—Tonterías —repuse yo—. Stein es más listo que la mitad de esos
condenados catedráticos, dos veces mejor escritor y tres veces más
trabajador; es el único que dedica tiempo de verdad a sus pupilos y además
tiene las agallas de decir lo que piensa, a diferencia de todos esos
aduladores.
Desde el punto de vista político, Stein era de izquierdas y radical.
También era fabulosamente rico. Una vez estuve en la finca que tenía su
familia en el West Riding de Yorkshire; sus tierras cubrían setecientos
acres; su madre descendía de una sobrina de
Benjamin Disraeli. La familia se había enriquecido con el comercio de
la lana. Los Lederer, la familia de su madre, poseían fábricas en Bradford,
Leeds y Bingley. El tatarabuelo de Stein, considerado pionero de la idea de
la comunidad-fábrica, brindaba a sus trabajadores alojamiento, educación y
atención médica, algo insólito para su época. Su ensayo Sobre la
perfectibilidad de la naturaleza humana era una de las lecturas obligatorias
de mi curso de Ciencias Naturales.
En aquella época, la élite social en Oxford estaba gobernada por un
selecto grupo perteneciente a las familias más ricas y antiguas del país, que
poseían o fingían poseer la siguiente constelación de virtudes: habilidad
atlética (sobre todo si se adquiría sin esfuerzo aparente); capacidad para
resistir el alcohol; valentía física rayana en la temeridad (sobre todo en todo
lo referente a los caballos, las alturas y los coches); desprecio por todos los
asuntos religiosos, políticos y comerciales; y, por último, un desdén
abrasador por las instituciones y los logros académicos. Curiosamente, los
retoños de esta élite no sentían el menor desprecio hacia Hitler. Muchos de
ellos aplaudieron la firma del Pacto de Múnich en 1938 y miraban con
sorna a los «rojos» que se oponían a la política de apaciguamiento. A sus
ojos, Churchill era poco menos que un jingoísta y belicista
archiconservador.
Yo detestaba a esos bastardos. Stein también. En Winchester se había
hecho famoso por el odio que le inspiraba el siglo XX. Se negaba en
redondo a aprender a conducir. Creía en la reencarnación. Si alguien le
preguntaba qué religión profesaba, él respondía «hinduismo». Hablaba y
leía en francés, alemán e italiano y podía traducir de corrido el griego
clásico y el latín. Además, cuanto más antisemitismo detectaba en el
gobierno y en la prensa, más se identificaba con sus correligionarios y más
pública se hacía su defensa de ellos. Escribía cartas a los editores y
financiaba todo tipo de causas. Cuando yo ingresé en Oxford, leía seis
periódicos al día. Lo sé porque solía enviarme a comprarlos. Se manifestaba
con los comunistas en la puerta del Parlamento. En los años treinta, como
ya he mencionado, existía un intenso sentimiento germanófilo y pronazi en
Inglaterra. Stein se dejaba el pelo demasiado largo y vestía con premeditado
descuido. No era un «hombre de bien». Empezaron a circular los rumores.
Stein se reía de ellos y recordaba que eran los mismos que habían esgrimido
contra Sócrates: inventar nuevos dioses y corromper a la juventud.
Su caída se produjo a causa de un estudiante al que llamaremos B. (B,
un excelente jugador de rugby, llegó a ingresar en los Marines Reales y
cayó a los mandos de una lancha de asalto en la playa Gold el 6 de junio de
1944, el día D.) B se enamoró de Stein, pero nunca llegó a confesárselo.
Confinó sus pasiones a las páginas de su diario, sin duda aterrado por las
consecuencias potenciales de sus impulsos. Su padre, un importante
procurador, se enteró, no sé cómo. Al día siguiente, dos policías se
presentaron en casa de Stein. Éste dio por sentado que el problema estaba
relacionado con sus actividades en pro de los refugiados judíos.
—Se trata del Acta de Enmienda —le dijeron los agentes.
Esta ley perseguía las «indecencias públicas» y la «comisión de actos
antinaturales». Stein fue arrestado por seducir a un muchacho al que ni
siquiera conocía. Al final se retiraron los cargos por falta de pruebas, pero
no antes de que el caso alcanzara gran notoriedad. En aquella época, tal vez
un profesor veterano hubiese podido superar un escándalo así; para un
simple tutor fue fatal.
Peores aún fueron las consecuencias para su novela. El padre de B,
según parece, no estaba satisfecho con haber conseguido que lo expulsaran
de Oxford, y se consagró con todas sus fuerzas a acabar también con su
carrera en el mundo de las letras. En aquellos tiempos sólo había un puñado
de editoriales con la intrepidez necesaria para publicar novelas como la que
estaba escribiendo Stein. Al padre de B no le costó demasiado convencerlas
de que hacerlo podía resultar sumamente inconveniente. Stein decidió ir a
verlo y enfrentarse a él en persona. Yo lo acompañé para prestarle mi
apoyo. El encuentro se produjo en la oficina del padre de B, en la calle
Great Titchfield. El viejo hizo que nos echaran a patadas.
Stein se enfrentó a todo este proceso con una mezcla de reserva y
humor. Pero los que lo conocíamos nos dábamos cuenta de que le costaba
bastante digerir aquella animosidad, aquella amarga y miope malicia.
—Es una desgracia para la literatura —declaró una noche uno de sus
pupilos en el cuarto de Stein.
Éste se echó a reír.
—Por no decir para Inglaterra.
Por supuesto, ninguno de nosotros había leído su manuscrito. No se lo
había enseñado a nadie.
La reunión se disolvió. Los estudiantes nos sentíamos como los
discípulos en Getsemaní. Cuando Stein me pidió que me quedara, supuse
que sería para hablar de mi trabajo sobre Milton, que estaba descuidando.
Las habitaciones se vaciaron. Stein sirvió jerez para los dos.
—Chap, ¿querrías echarle un vistazo a mi manuscrito?
Aquello me dejó sin habla.
—Tendría que ser esta noche —dijo Stein—. Y aquí. No tengo más
copias y no puedo dejar que te lleves el original.
Le dije que sería un privilegio. Sólo esperaba ser digno de él.
—No te subestimes, compañero. Posees una mente incisiva. No se me
ocurre nadie cuya opinión valore más.
Permanecí despierto toda la noche. Leí el manuscrito de corrido,
volviendo a los pasajes más importantes dos y hasta tres veces. Era una
obra mucho más política que sexual. Era Swift, no Rabelais. La ambición
de Stein era asombrosa, mucho más de lo que yo había esperado. Y era muy
divertida. Me aterraba la idea de responder con una crítica demasiado
sesuda, sobre todo después de que hubiera demostrado tanta fe en mí. El
reloj del campanario dio las seis. Le pregunté si podía dejarme el resto de la
mañana para ordenar mis pensamientos.
—No —me respondió—. Tiene que ser ahora.
Salimos a pasear por el río. Empecé a balbucear alabanzas
convencionales. Stein resopló. Estaba empezando a enfadarse. Nos
habíamos detenido bajo una hilera de carpes. Sacó su pipa apagada. Yo
aspiré hondo.
—El libro es demasiado bueno, Stein. Demasiado sincero, demasiado
valiente. Va mucho más allá de lo que el público podría tolerar. Ningún
editor tendrá las agallas de publicarlo, y si lo hiciera, los críticos lo harían
pedazos y te crucificarían a ti.
Tenía miedo de ofrecerle este análisis. Estaba tan convencido de su
veracidad como del hecho de que lo destrozaría. Pero para mi sorpresa,
echó la cabeza hacia atrás y lanzó un enorme y atronador grito de alegría.
—¡Chapman, amigo mío, vamos a emborracharnos como malditas
cubas!
Mi crítica, al parecer, era exactamente la que había esperado.
—Te juro por Dios que si te hubieras mostrado más comedido, me
habría arrojado al maldito río.
No podía emborracharme con Stein aquel día: tema dos exámenes y una
reunión del club de remo.
—¿Por qué —le pregunté— necesitabas que lo leyera hoy mismo?
—Porque me he alistado —respondió.
Aquella tarde tomó el tren a Aldershot. Estábamos en febrero de 1939.
La guerra con Hitler se encontraba a sólo medio año de distancia.
4

Stein se alistó como soldado raso, pero no tardaron en ascenderlo a oficial.


El ejército lo asignó a la Royal Horse Artillery, el más destacado de los
regimientos de esta arma. Lo celebramos una noche de finales de verano en
un pub de Knightsbridge, el Melbourne; Jock con su novia, Sheila, y yo con
la hermana de Jock, Rose.
Stein acababa de salir de la OCTU, la Officer Cadet Training Unit
(Unidad de Instrucción de Oficiales Cadetes) de Sandhurst. Tenía un
aspecto muy marcial con su uniforme de la RHA y su estrella de teniente de
segunda.
—¿Realmente tenéis caballos en la artillería ecuestre? —bromeó Rose.
—¿Caballos? ¡Da gracias a que tengamos cañones!
Los enviaban a Egipto. El Ejército del Nilo de Wavell debía defender El
Cairo y el canal de las trece divisiones de los fascisti de Mussolini, que
estaban congregándose en Cirenaica y superaban en número a los nuestros
en una proporción de entre cinco y diez a uno. Stein nos entretuvo con
anécdotas sobre su instrucción como operador de artillería, un oficial cuyo
cometido era dirigir los cañones de 25 libras de su batería. Hablaba de
«planimetría» y «tiempos hasta el objetivo». A mí todo esto me sonaba a
chino, pero Stein, para su sorpresa, la mía y la de Jock, parecía estar
pasándoselo en grande. Su barco levaba anclas veinte días después, y
pasaría su permiso de embarque en Yorkshire, con su familia.
—¿Querrías cuidarme una cosa, Chap?
Y sacó su manuscrito.
Rose frunció el ceño.
—Esto no será una escenita morbosa, ¿no, Stein? Porque no pienso
tolerar que hagas de agorero con respecto a ti mismo.
—Querida mía —respondió él—. Pienso sobreviviros a todos.
Rose, como ya he dicho, era la hermana pequeña de Jock. Durante
nuestros primeros trimestres en el Magdalen, todos los fines de semana,
Sheila venía en tren desde Londres. Rose la acompañaba para mantener a
raya las habladurías. Como no podía ser de otro modo, acabamos juntos.
Si es posible ser doble, e incluso triplemente virgen, ése era mi estado
en aquel momento. El concepto del sexo, y más aún el del amor, me
resultaban totalmente inalcanzables. Nunca había conocido a ninguna
mujer, aparte de mi madre, que sintiera interés por mi persona después de la
presentación inicial, y desde luego ninguna que creyera en mí. Rose cambió
esto. Desde el primer instante, sentí que veía a través de todo cuanto me
envolvía hasta llegar a mí, a un yo que estaba ahí pero que ni yo mismo era
capaz de aprehender aún. Ella vio ese «yo» y todos los futuros «yoes» y
creyó en ellos. Por mi parte, la primera vez que puse los ojos sobre ella,
supe que era la criatura más encantadora que había visto nunca. Y además
tenía ingenio. Nunca había conocido una chica que me hiciera reír. Rose no
le tenía miedo a nadie, pero se mostraba amable con todos, especialmente
conmigo, fenómeno al que yo no terminaba de encontrar sentido. No podía
comprender qué podía encontrar de valioso en mí, y antes de imponerle mi
presencia habría escapado volando a la luna. La principal emoción que me
inspiraba era un deseo feroz de protegerla. Desde el primer momento me
fue tan preciosa que me habría arrojado al fuego en su defensa.
Cuando eres joven y careces de recursos, no tienes donde ir con tu
pareja. Rose y yo no teníamos habitaciones privadas, ni coche, ni ningún
sitio para resguardamos. Parecía que estábamos todo el día fuera. Era
maravilloso. Sólo Stein nos acogía. Preparaba el té y se sentaba con
nosotros durante horas, charlando de política y poesía.
Rose y yo nos escribíamos. Aún no la había besado. Tardé semanas en
reunir el valor necesario para pasar de «Querida señorita McCall» a «Mi
querida señorita McCall». Al mismo tiempo, sabía con absoluta certeza que
ella y yo acabaríamos casados. Nunca lo mencioné, ni ella tampoco, pero
ambos lo sabíamos, y ambos sabíamos que el otro lo sabía. En Oxford,
aparte de los Azules de la universidad, cada facultad tenía su propio club de
remo. Yo remaba en el del Magdalen. A comienzos del verano hay una
competición conocida como Eights Week, un evento bastante popular en el
calendario universitario. Rose acudió para animarme. No recuerdo en qué
puesto quedamos, pero en la agradable tarde que siguió a la competición,
cuando Rose y yo, como de costumbre, no teníamos adonde ir, decidimos ir
a pasear junto a la orilla, con otra pareja. Estalló una tormenta y buscamos
refugio en una de las casetas donde se guardaban los botes. Al momento,
los otros dos empezaron a besarse en una esquina, un acto de una audacia
casi inaudita en aquellos tiempos. Rose y yo estábamos lívidos. Salimos de
la caseta y nos quedamos bajo los aleros. La pasión de nuestros compañeros
no se aplacaba, así que al final decidimos dejar de esperar y echamos a
andar bajo la lluvia. Yo estaba tan enamorado que me costaba hasta respirar.
De repente sentí que Rose me cogía la mano. La sangre se me alborotó de
tal modo que estuve a punto de perder el conocimiento.
Iniciamos nuestro romance. Yo me zambullí en él como un hombre que
saltara al mar desde un acantilado. La inocencia de nuestros actos de amor
desafiaría la credulidad de la juventud de hoy en día. Sin embargo, la
castidad no imposibilita la pasión. Encontramos lugares para nuestros
encuentros: escondites en los bosques, asientos traseros de los coches…
Alquilábamos habitaciones en hoteles, registrados como marido y mujer.
Una noche, Jock nos sorprendió al salir de unas habitaciones que había
sobre un pub de High Street, enfrente de una farmacia que ya no existe
llamada Saxon Chemists. Iba con Sheyla; evidentemente, habían estado
haciendo lo mismo que nosotros, y probablemente mucho más.
—¡Maldita sea, Chapman! ¿Qué estabas haciendo con mi hermana?
Era un boxeador aficionado de cierto talento. Levantó los puños y tuve
que empujarlo para impedir que me golpeara. La escena degeneró en una
especie de patética parodia en la que chocábamos contra la hilera de
bicicletas aparcadas en el pavimento mientras nuestras jóvenes novias
trataban de conseguir que pararamos a bolsazo limpio. Dos policías nos
separaron. Jock intentó llevarse a Rose a rastras. Ella se zafó.
—¡Vete a la mierda, Jock!
Vino hacia mí y la rodeé con el brazo.
Jock nos miró, boquiabierto y consternado.
—¡Maldita sea, Rose! ¿Es él quién te ha enseñado a hablar así? —Me
fulminó con la mirada—. ¿Qué tienes que decir, maldito imbécil?
Tomé aliento.
—Tu hermana está conmigo, Jock. Eso es todo.
Sentí que el brazo de Rose se apretaba con más fuerza alrededor de mi
cintura. Nunca había sido más feliz.
Jock dejó de hablarme durante meses. Aquello sucedió en pleno
escándalo de Stein, cuando la universidad estaba procediendo al acto de su
expulsión física. Para entonces yo ya había leído su novela. Cuando se
marchó al ejército, me juré que conseguiría que se publicara, aunque tuviera
que imprimirla y coserla con mis propias manos. Rose me ayudó. Pasamos
mucho tiempo en Londres, reenviando el manuscrito a todas las editoriales
que ya lo habían rechazado una vez. Uno de ellos, de Lion’s Gate, barajó
brevemente la posibilidad, imaginando que estallaba la guerra y Stein moría
como un héroe. Las novelas cuyos autores caían en el campo de batalla se
vendían mejor.
—Hablaremos con Stein —dijo Rose—. Quizá pueda conseguir que lo
maten el día exacto de la publicación.
Por entonces ella vivía en su casa. Su padre, un coronel del ejército
territorial, no era muy partidario de la idea de que mantuviera un romance
con un estudiante universitario sin un penique en el bolsillo y con un
historial académico cada vez menos prometedor. Ordenó que Rose quedara
«confinada en sus aposentos*. Pero ella se escapaba a hurtadillas de todos
modos. Nos citábamos a la salida de las estaciones del metro o en quioscos
de periódicos y pasábamos horas a bordo de los autobuses o los vagones del
metro. Al poco de comenzar el trimestre de otoño, Rose dejó la escuela y se
estableció por su cuenta. Encontró un piso en Shepherd’s Bush y un trabajo
en una imprenta.
—Es totalmente dickensiano. —Estaba encantada. Hicimos planes para
casamos. Yo me disponía a volver a Oxford. Entonces llegó el 1 de
septiembre de 1939.
¡Hitler invade Polonia! Dos días después, el país estaba en guerra.
No podía hacer otra cosa que alistarme. Lo que me sorprendió fue la
intensidad de mi reacción. Al instante se disiparon todos los nubarrones.
Volvió la claridad. Amaba a Rose e iba a marcharme para luchar por mi
país. La única pregunta era dónde me alistaría y en calidad de qué.
Y precisamente tuvo que ser B —el desgraciado muchacho cuya
obsesión por Stein había provocado su debacle— quien decidió mi destino.
En el momento álgido del escándalo, había ido a ver a Stein para
disculparse. Y aunque parezca increíble, Stein y él habían entablado
amistad. De hecho, no sólo ellos; también yo le cogí simpatía. Fue él quien
sugirió que nos alistáramos los dos como soldados rasos. Nos dirigimos al
centro de reclutamiento de Kensington en su Standard del 32. Estaba
extasiado.
—Dime, Chapman, ¿te sientes como yo? El alivio me abruma. Me
siento como si hubiera estado toda mi vida esperando algo y finalmente
hubiera llegado. —Era el momento, declaró—. Historia. Grandes sucesos.
En Kensington, los diferentes regimientos habían desplegado unas
mesas en la calle, cada una con su correspondiente toldo y su oficial de
alistamiento, y una hilera de jóvenes expectantes bajo la lluvia adherida a
un extremo. B se dirigió sin dudarlo a los Marines Reales. Yo al Yeomanry
de Staffordshire, donde habían servido mi padre y mi tío. El sargento de
alistamiento me informó de que un joven con mis méritos, esto es, con más
de dos años en la universidad, ingresaría inmediatamente en la OCTU y
sería enviado a Sandhurst. Gracias a Stein y a otros amigos yo sabía que
esto podía significar, con la instrucción especializada posterior, que pasaría
un año o más antes de que entrara en acción. Protesté. Detrás de la mesa
contigua se sentaba un flaco sargento mayor de unos cuarenta años. Estaba
hablando con dos jóvenes que querían alistarse, pero me di cuenta en
seguida de que al mismo tiempo prestaba atención a nuestra conversación.
Delante de él, medio empapado por la lluvia, se encontraba un cartel con el
armatoste blindado que yo llegaría a conocer en Bovington como Nuffield
Cruiser A-9. La placa con su nombre decía: SARGENTO MAYOR
STREETER REAL CUERPO BLINDADO.
—¿Por qué andar —dijo— cuando puedes ir montado?
Me prometió que si firmaba con el rey aquel día, estaría de camino a la
guerra contra los hunos en veintiséis semanas.
Rose fue la única que aprobó mi decisión. A mis tíos casi les da una
apoplejía. La propia Rose se había alistado como voluntaria en el servicio
civil y había pedido una plaza de conductora de ambulancia. Todos nos
sentíamos igual. Habríamos dado hasta la última gota de nuestra sangre por
Inglaterra.
Jock y yo arreglamos las cosas unos meses después. Él se había alistado
con los Highlanders de Cameron, el regimiento de su familia desde hacía
cinco generaciones. No podía perdonarme las «libertades» que me había
tomado con su hermana. «Pero —me escribió— la culpa es mía por
colocarla a tu alcance». Añadió que me daba dos opciones en la guerra que
se avecinaba: morir o casarme con Rose.
El andén de la estación Victoria estaba repleto de reclutas con sus
novias, despidiéndose antes de partir a los diferentes campos de instrucción.
La atmósfera no era tan festiva e irreflexiva como en tiempos de nuestros
padres, al comienzo de la Gran Guerra. Tampoco tan sombría como debería
haber sido. Más bien, tal como había dicho B, la sensación dominante era
de alivio abrumador. Nos sentíamos como si nos hubieran amnistiado de un
estado de insoportable suspense para dejarnos libres en el campo de la
acción.
«Al fin —pensé— ya no soy ni demasiado joven ni demasiado pequeño
para defender a mi país y a la mujer que amo».
5

El campo de entrenamiento del Real Cuerpo Blindado, tal como se lo


conocía por entonces, se encontraba en el campamento de Bovington,
Dorset. El lugar estaba a rebosar de reclutas y voluntarios. Cuando llegó el
contingente en el que iba yo no quedaba sitio en los barracones, así que nos
alojaron en tiendas de doce hombres, con suelo de tablones y una letrina de
tres agujeros para cada cuatro tiendas. Tras la instrucción básica, el curso de
conducción duraba dieciséis semanas. Empezamos practicando con los
camiones de setecientos cincuenta kilos, para pasar luego a los de tonelada
y media y finalmente a los de tres toneladas, tanto en carreteras
pavimentadas como campo a través y por circuitos de obstáculos. Al cabo
de seis semanas pasamos a los vehículos de orugas, primero transportes
Bren y luego tanques ligeros. Aprendimos a vadear arroyos y trasponer
muros de piedra, a atar grandes haces de maderas o tuberías y utilizarlos
para cruzar fosos antitanque. Cuando llegó el momento de entrenar con
blindados de verdad, resultó que el campo contaba con tan pocos que
tuvimos que usar tractores agrícolas Holt acondicionados, los viejos DCM
de la Gran Guerra. Se montaba una carcasa de madera y tela sobre la cabina
del conductor para que éste no pudiera ver lo que tenía delante. Por encima
y por detrás de él se posicionaba un segundo recluta, el «comandante», que
asomaba sobre esta carcasa. El comandante impartía sus órdenes a gritos
—«¡Piloto, avance!», «¡Piloto, a la derecha!»— mientras el pobre
desgraciado de la cabina luchaba con las palancas de dirección y el enorme
embrague, trabajando simultáneamente los dos aceleradores y los
ensordecedores engranajes de la caja de doble embrague asíncrona. Los
carros de combate no se giran con un volante, sino con palancas y pedales
que permiten que una de las orugas retroceda mientras la otra avanza. No es
fácil. Si giras con excesiva brusquedad puedes reventar los remaches de la
oruga. La oruga se suelta de los piñones como el papel higiénico de un rollo
al darle un tirón. Si pasa esto, la dotación tiene que salir del apuro por sí
sola.

Queridísima Rose,
Sé que no debería estar divirtiéndome tanto, habida cuenta del
desesperado estado de las cosas en Europa y en el mundo. ¡Sin
embargo, no puedo evitarlo! El oficial superior de nuestro batallón
de instrucción me ha recomendado para el cuerpo de oficiales,
como a todo aquel que haya pasado un mínimo de diez minutos en
la universidad, pero dice que en cualquier caso debo aprender a
pilotar un tanque, así que me quedaré hasta el final del curso.

La instrucción se volvió algo más sencilla cuando nos trasladamos a


Lulworth para practicar con los A-9 y A-10 (carros de combate reales) y los
nuevos A-13, los primeros de la serie que más adelante se conocerían como
Crusader. Los pilotos-operadores, como todos nosotros, aprendían también
a usar la radio inalámbrica. Teníamos que dominar todas las tareas, de tal
modo que el cargador pudiera tomar el puesto del operador de radio y
cualquiera de ellos estuviese en condiciones, llegado el caso, de convertirse
en comandante. Además, debíamos aprender mecánica. Los instructores, la
mayoría de los cuales eran mecánicos antes de la guerra, nos enseñaban por
el procedimiento de averiar deliberadamente los vehículos: estropear los
sistemas de refrigeración, obturar las tuberías del combustible… Se suponía
que debíamos ser capaces de diagnosticar el problema y arreglarlo mientras
los instructores no paraban de gritarnos al oído: «¿Cuál es el problema,
novato? ¿No sabes poner ese purgador?». El entrenamiento físico consistía
en carreras de cinco y de ocho kilómetros, con los cascos de acero en la
cabeza, los petates llenos y los rifles al hombro. Una mañana, en una colina
al sur de Fordingbridge, me fallaron las piernas. Una ambulancia me llevó a
un hospital, donde un mayor hindú me examinó de la cabeza a los pies y, en
el inglés más perfecto que jamás hubiera oído, me dijo:
—Lo siento. Tiene usted la polio.
En aquella época, un diagnóstico de parálisis infantil era el más
aterrador que podía recibir un paciente. Era una enfermedad virulenta,
infecciosa e incurable. La parálisis comenzaba por las piernas e iba
ascendiendo por el torso hasta alcanzar los pulmones, momento en que el
paciente no podía ni respirar sin contar con la ayuda de un monstruoso
armatoste mecánico llamado pulmón de acero en el que quedaba prisionero,
inmovilizado y tendido de espaldas. Y sin embargo, por grande que fuera el
espanto que me inspiraban los aspectos médicos de la cuestión, lo que más
me atormentaba era la idea de dejar la instrucción. ¿Por qué era tan
importante para mí? No sabría decirlo, ni siquiera ahora. Dudo que muchos
de mis compañeros hubieran podido hacerlo. Simplemente nos impulsaba el
deseo de entrar en liza, o tal vez, para expresarlo de un modo más preciso,
de no quedarnos atrás. Por absurdo que pueda parecer, la idea de quedarme
paralítico el resto de mi vida era en mi cabeza un temor secundario frente a
la de quedarme varado, incapaz de ayudar a Inglaterra en aquella hora de
peligro mortal.
El ejército me puso en cuarentena y me envió a una clínica civil para
poliomielíticos. Rose acudió sin perder un instante. Se negó a aceptar el
diagnóstico. Tuvo una fortísima pelea con el segundo o tercer médico que
me veía, no recuerdo cuál. No podía darme el alta por miedo a que
propagara la infección, mientras que ella no estaba dispuesta a que
permaneciera allí, donde casi con toda seguridad contraería la infección si
no la tenía ya. Al mismo tiempo, y por su propia cuenta, inició una
investigación en publicaciones médicas, artículos especializados y casos
clínicos; se convirtió en una auténtica experta en todas las formas de
desórdenes víricos, especialmente aquellos que atacaban las vainas de los
canales nerviosos. Pasé por seis plantas de tres hospitales diferentes, en
cada una de las cuales recibí un diagnóstico diferente. A esas alturas ya
había perdido la motricidad por debajo de la cintura y tenía casi treinta y
nueve de fiebre. El comandante de mi batallón, un tipo decente, me visitó
en el hospital para felicitarme por haber sido aceptado en la OCTU. El
curso empezaba diez días más tarde.
—Le guardaremos el puesto, Chapman —me dijo con un tono que
revelaba que no esperaba volver a verme.
Me dieron un alta de convalecencia. Rose me llevó a la granja de su
hermana en Golspie. Nos casamos allí, en la catedral de Domoch. Yo iba en
silla de ruedas, con dos semanas de paga —una libra y seis peniques— en el
bolsillo. Nunca olvidaré la fe y la amabilidad de la familia de Rose, en
especial de su hermana Evelyn y su cuñado Angus, en cuya casita vivimos
desde aquel invierno al verano siguiente. Me acogieron como si fuera de su
propia sangre. Rose se había enterado de que había una enfermedad
parecida a la polio llamada mielitis transversal. Los médicos lo
confirmaron. A veces se la llamaba «falsa polio».
Con la ayuda de Rose, inicié una batalla para volver a andar. Al
principio, con muletas y refuerzos para las piernas, recorría únicamente los
cincuenta metros que había hasta la entrada de la granja. Luego empezamos
a apuntar más lejos, al buzón, a unos ciento cincuenta metros. El día que
conseguí coronar la loma que se levantaba junto a la casa —doscientos
metros—, cogimos una gloriosa borrachera.
El campo de golf de Golspie discurre a lo largo del Domoch Firth, y
empecé a pasear por allí mañana y tarde, en compañía de Rose y de un
sabueso llamado Jack, que nos había adoptado y se reunía con nosotros sin
falta al llegar al primer tee. Hasta entonces yo no sabía una palabra sobre el
golf. Pensaba que era un juego para viejos. Pero en aquellos paseos que
Rose y yo dábamos por allí día tras día, la nobleza un poco brusca de los
jugadores, la mayoría de ellos veteranos de la Gran Guerra, me conmovió
hasta tal punto que empecé a apreciar la intensa belleza del juego. Sin
embargo, no habría podido usar un palo. Después de recorrer tres o cuatro
hoyos, llegaba a casa tan exhausto que no podía ni subir los escalones de la
entrada. Una vez dentro, me desplomaba sobre una silla como si estuviera
muerto.
A lo largo de este período recibimos las cartas de Stein, que seguía en el
norte de África. A consecuencia de las heridas recibidas en la operación
Battleaxe lo habían ascendido a teniente y su nombre se había mencionado
en los despachos oficiales. Era un héroe. Jock, destinado en Francia, había
escapado por los pelos de Dunquerque. Yo sentía una envidia desesperada,
la misma que me inspiraban todos los hombres capaces de ponerse en pie,
caminar y cumplir con su deber. En la granja, todos los trabajos se
destinaban al abastecimiento de las tropas. La cosecha de cebada, que antes
de la guerra se utilizaba para la destilación del whisky Glenmorangie,
acababa ahora en la oficina de aprovisionamiento, donde se destinaba a la
preparación de comida, sopa y forraje. En Naim había un campamento de
instrucción de pilotos de Spitfire; los veíamos jugando «a tocar» en los
canales de la comarca y en los del Royal Dornoch. Las costas eran objeto de
vigilancia día y noche; estaban construyendo depósitos de munición en
Brora y a lo largo de la carretera de John o’Groats, cada treinta kilómetros.
A mediados de verano ya era capaz de caminar treinta y seis hoyos. El
Real Cuerpo Blindado no volvería a aceptarme hasta que hubiera pasado el
PHT, el test de resistencia física, una especie de circuito de obstáculos que
debían completar todos los aspirantes a la Unidad de Instrucción para
Oficiales Cadetes en un tiempo determinado. Por suerte para mí, el
cronometrador asignado a mi grupo era el sargento mayor Streeter, el
mismo que me había reclutado en aquella mesa de Kensington. Obtuve una
puntuación de cuarenta y siete sobre cincuenta. Estaba dentro. Años
después me encontré con Streeter en un andén de la estación Waterloo. Me
confesó que mi verdadera puntuación había sido veintisiete, un suspenso.
—Una errata, lo reconozco.
Al final se confirmó que lo que tenía era falsa polio. La enfermedad se
retiró siguiendo el mismo camino por el que había llegado: del abdomen a
los muslos, luego a los tobillos y, por fin, fuera del cuerpo.
Francia había caído mientras yo me recuperaba; la batalla de Inglaterra
estaba en su momento álgido. Hitler preparaba la invasión de Rusia. En
primavera de 1941, cuando yo acababa de completar el curso del OCTU,
Rommel desembarcaba en Túnez con su Afrika Korps. Su primera
embestida había cogido con la guardia baja a la Fuerza del desierto
occidental y la había obligado a retroceder casi hasta Alejandría. A
continuación, el propio Rommel había tenido que replegarse ante el
contraataque de Auchinleck en la operación Crusader (a estas alturas, la
Fuerza del desierto occidental se había transformado ya en el VIII Ejército).
Cuando llegué a Palestina, a finales de año, el Zorro del
Desierto estaba preparando su nueva ofensiva desde su bastión de El
Agheila.
Mi regimiento, como ya he dicho, pertenecía al Yeomanry, lo que
significaba que había pasado de ser caballería a infantería mecanizada,
antes de acabar convertida en una unidad blindada. Yo, sano al fin y ansioso
por empezar a luchar, era teniente de segunda. «El regimiento» (como, al
igual que todas las del ejército, llamábamos a nuestra unidad) no tenía tanta
prisa. El cuerpo de oficiales era un auténtico avispero compuesto por dos
grupos enfrentados: los veteranos de los viejos tiempos, que habían estado
con la unidad en su época ecuestre (o cuyos padres y abuelos lo habían
estado) y los novatos como yo a quienes les importaban un rábano aquellas
tonterías y sólo querían luchar. Cuando quedó claro que no entraríamos en
acción hasta al menos seis meses más tarde, solicité el ingreso en el n.° 11
de Comandos Escoceses, a varios de cuyos oficiales había conocido en
Golspie y Durnoch. Pensé que al regimiento no le importaría hacer una
excepción con un oficial que estaba impaciente por entrar en liza. Vaya sí le
importó. Cuando el oficial de máxima graduación, el coronel L, se enteró de
mi solicitud, me hizo llamar para leerme la cartilla. Al parecer, aquella
especie de deserción no dejaba en buen lugar al regimiento. Me ordenó que
la retirara. Me negué. Desde aquel mismo momento, para el coronel L pasé
a ser un terrorista bolchevique.
Yo detestaba Palestina. No hacíamos otra cosa que entrenarnos sin ir a
ninguna parte. Lo único que me levantaba un poco el ánimo era Jerusalén.
Todos los fines de semana que tenía la ocasión, cogía el autobús número 11
de Qama, un Citroen multicolor, con el techo decorado con borlas y
abarrotado de gallinas y pequeños árabes gritones, que a menudo viajaban
subidos al tejado o de pie sobre el guardabarros trasero. Me pasaba el día
entero en la librería judía que había frente al hotel Rey David, o caminando
sobre las mismas piedras que habían pisado Jesús y los discípulos. Me
sentía como un judío, un marginado sin cabida en ninguna parte. Como es
natural, aquellas excursiones sólo conseguían aislarme aún más con
respecto a mis compañeros oficiales, quienes me consideraban un arisco
antisocial, especialmente el coronel L, a cuyos ojos yo era un alborotador
de primer orden o, peor aún, un intelectual —en sus propias palabras
«alguien que lee libros»—, el peor calificativo que podía recibir un joven
teniente.
Rose me había seguido a Oriente Medio. Llegó en barco, en un convoy
de tropas que había cruzado el Atlántico, de Glasgow a Río de Janeiro y
luego había hecho el camino de vuelta doblando el cabo de Buena
Esperanza y pasando por Durban hasta llegar a la costa este de África; doce
mil millas en seis semanas. Desembarcó en Tewfiq, el puerto de Suez y
desde allí bajó hasta El Cairo (en la región del Nilo, «bajar hasta»
significaba viajar en dirección norte) en la parte trasera de una furgoneta de
correo junto con otras seis chicas que se habían embarcado en el mismo
viaje por la misma razón. Cuando lo pienso ahora, me parece una audacia
casi inconcebible. Los jóvenes están locos. Pero como ya he dicho, Rose no
estaba sola. Docenas de esposas y novias habían hecho viajes similares, y
miles más lo habrían hecho de haber podido.
¿Cómo organizó Rose esta aventura?: gracias a su hermana Jemima, que
era amiga de Randolph Churchill, hijo del primer ministro. Por intercesión
de éste consiguió una entrevista con un general de los Reales Telegrafistas.
—Hija mía —declaró este oficial con toda amabilidad—, antes enviaría
un cohete a la luna que a usted a Egipto. —Sin embargo, antes de
despedirse, mencionó de pasada la escasez de telegrafistas civiles que
aquejaba a la Marina. Rose se dirigió en línea recta hacia el Almirantazgo.
Cinco semanas después dominaba los códigos civiles y militares y había
superado el examen de operadora de telégrafo. Diecinueve semanas más
tarde se encontraba en Alejandría, trabajando sesenta horas a la semana
para la Inteligencia Naval con primas por peligrosidad y destino colonial.
Yo seguía en Palestina. Aún no la había visto. Estábamos en marzo de
1942. Las crecidas de primavera habían aplazado temporalmente las
operaciones en el desierto, pero todo el mundo sabía que la lucha se
reanudaría pronto. Rommel nos atacaría, o nosotros a él. Otras formaciones
partían hacia el frente, pero la nuestra no. Habían colgado en la sala del
regimiento una lista llamada la «lista dulce», en la que podíamos
presentarnos voluntarios como oficiales de reemplazo para las demás
unidades. Mi nombre la encabezaba todas las semanas. No me llamaron
nunca. Seguí solicitando el ingreso en las fuerzas especiales. Me presenté
voluntario para la fuerza de avanzada A y para la SOE, una unidad de
operaciones especiales. Llegué incluso a solicitar permiso para hacer el
curso de paracaidismo del destacamento L de las SAS, antes de que una
nota de la división lo prohibiera aduciendo que los oficiales tanquistas eran
demasiado valiosos para arriesgarlos. A pesar de todo, conseguí una
entrevista con Jake Easonsmith, a la sazón capitán del Long Range Desert
Group. Volé de Lydda a Heliópolis en un bombardero Bombay, pero al
llegar me encontré con que el deber había reclamado al capitán Easonsmith
en otra parte. Le dejé una carta (más bien una súplica) antes de tratar, en
vano, de encontrar un vuelo de regreso. Al final tuve que volver en autobús,
en un viaje de dos días que me costó el día de paga y una declaración como
prófugo. Como castigo me nombraron, junto a otro subalterno poco
afortunado, oficial cinematográfico. Pasábamos las sesiones nocturnas de
películas del Oeste norteamericanas y películas de gánster de antes de la
guerra. Los hombres nos llamaban los Warner Brothers.
En abril el regimiento partió para Egipto. Finalmente íbamos a «subir al
azul», lo que significaba adentrarnos en el desierto occidental, cuyas
inmensas y monótonas superficies y cuyos cielos eternamente despejados
recordaban más al mar que al desierto. Nuestra formación se incorporó a la
22.a Brigada Blindada, que había formado parte de la 7.a División, pero
ahora pertenecía a la 1.a. Por lo que se refiere a la situación táctica, era ésta:
en enero, Rommel había atacado desde El Agheila y su acometida había
obligado al VIII Ejército a retroceder hasta Gazala. Allí, una línea de
posiciones defensivas había conseguido contener al Zorro del Desierto, al
menos de momento. Pero todo el mundo sabía que el Afrika Korps volvería
a lanzar un asalto, y pronto.
Stein se encontraba en algún lugar del frente. Era observador avanzado
de artillería en el 4.° RH A, el cuarto de la Royal Horse Artillery. Sus
baterías de 25 libras estaban en constante movimiento (una carta suya, más
o menos, lograba llegar cada mes) como parte de diferentes columnas
móviles, formaciones de blindados, infantería y artillería que se adentraban
en el desierto y atacaban cuando y donde podían.
En cuanto a nuestro regimiento, nos transportaron, vía Kabrit, hasta los
cuarteles de Abassia, la base del Real Cuerpo Blindado a las afueras de El
Cairo. Al menos ya teníamos tanques: Stuart norteamericanos
reacondicionados, a los que llamábamos Honey; A-13 y A-15 Crusader,
dotados de cañones más potentes; y Grant pesados estadounidenses. Pero ni
siquiera entonces entramos en combate. Continuamos entrenando y
preparando posiciones defensivas.
La posición que ocupábamos se conocía como un «cajón». Era un punto
fuerte, minado y rodeado de alambradas, situado en pleno desierto, al sur de
Mersa Matruh. Junto con otros cajones, la mayoría de los cuales estaba aún
en construcción, conformaba una línea defensiva que protegía una profunda
sucesión de campos de minas y fosas antitanque, con los espacios
intermedios cubiertos por la artillería, con compañías de infantería y
baterías antitanque en puntos estratégicos y con columnas blindadas en
reserva. Yo mandaba un pelotón de cuatro A-15 Crusader, la sección recce
de un escuadrón formado por tres pelotones, que a su vez pertenecía a un
regimiento de cuatro escuadrones. Pasábamos todo el tiempo en agotadores
ejercicios, igual que en Palestina, volando de un sector a otro del cajón y
familiarizándonos hasta la extenuación con nuestro cometido como reserva
móvil. Sin embargo, esto era preferible a lo que estaba haciendo la
infantería, que tenía que soportar nubes de voraces moscas mientras cavaba
estrechas trincheras en la cuarteada y rocosa tierra.
La única acción real era alguna que otra «demostración» o algún que
otro «reconocimiento en fuerza». Aún existía una zona vacía de más de
trescientos kilómetros de profundidad entre nuestra línea defensiva de
retaguardia y el frente de Gazala. Por aquel vacío patrullaban y se
adentraban nuestros escuadrones.
La experiencia, aunque carente por completo de toda importancia
táctica, resultaba de incalculable valor para las dotaciones novatas. Nos
aventuramos más allá de Sidi Barrani y Buq Buq y, tras rodear las alturas de
Halfaya, continuamos en dirección oeste hasta Sidi Omar y Gabr Saleh. Los
alemanes también estaban allí, en unidades de reconocimiento formadas por
coches blindados y carros ligeros y rápidos (muchos de ellos nuestros
propios Honey y Crusader, capturados el pasado otoño en aquel mismo
escenario). En ocasiones nos encontrábamos tras las líneas enemigas y lo
mismo les sucedía a ellos. Intercambiábamos alguna que otra salva y, raras
veces, incluso nos enzarzamos en persecuciones. Y aprendimos algunas
cosas cruciales: dónde buscar el botín a la hora del saqueo (chocolate
bávaro, botellas de Liebfraumilch, cigarrillos macedonios); cómo preparar
el té en el campo de batalla, usando una estufa de petróleo o un motor
encendido; y la técnica adecuada para engullir una comida a base de una
sopa espesa de carne y galleta triturada sin perder la mitad a manos de las
omnipresentes nubes de moscas que hacían acto de presencia en cuanto se
abría una lata. Pero las impresiones más duraderas e importantes de
aquellas primeras misiones fueron: para empezar, la monumental escala de
la movilización, tanto por parte del Eje como de los aliados; la vasta
cantidad de vehículos que estaban llegando al frente, por tren, en camiones
o por sus propios medios; y también la colosal magnitud de la destrucción
del verano y el otoño pasados, en especial al sur del fuerte Capuzzo y a lo
largo de la carretera de Trigh el Abd, donde, kilómetro a kilómetro, se
acumulaban las moles abandonadas, los restos destruidos y las tumbas de
los desgraciados que no habían sobrevivido.
El 26 de mayo, Rommel atacó la línea Gazala. Finalmente, nuestro
regimiento fue convocado. Mi escuadrón se había retirado temporalmente al
área de reparación móvil de Fuka para cambiar las orugas a los vehículos.
El resto de la formación puso rumbo a Mersa Matruh. En otras palabras, nos
separamos.
La línea Gazala estaba formada por una serie de cajones defensivos de
unos trescientos kilómetros desde Mersa Matruh y otras trescientas desde
Alejandría. La línea discurría desde la costa hacia el sur, atravesando varios
puntos fuertes (como por ejemplo el de Knightsbridge) hasta llegar a Bir
Hacheim, su pivote meridional. Esta posición era crucial porque,
inevitablemente, Rommel intentaría rodearla. Si lo conseguía, la línea
entera se desplomaría. Su defensa estaba al cargo de las fuerzas de la
Francia libre y los hombres de la Legión Extranjera. Según nos habían
dicho, resistirían hasta el último hombre para restaurar el honor de Francia a
los ojos del mundo.
En Fuka, mi escuadrón estaba removiendo cielo y tierra para volver a la
acción cuanto antes. Aún no temamos nuestras orugas. Cuando llegaron,
resultó que traían los remaches equivocados. Cada noche, la BBC
informaba de choques cada vez más feroces a lo largo de la línea Gazala:
los Panzer de Rommel habían abierto brecha; nuestros camaradas habían
conseguido rechazarlos; el Afrika Korps estaba atrapado en medio de
inmensos campos de minas; no, había conseguido escapar. La agitación de
mis camaradas de escuadrón (y la mía) iba creciendo por momentos.
Llevábamos semanas entrenándonos en el noble arte de cargar carros de
combate en unos transportes especiales llamados «tráileres chatos». Al fin,
cuando nuestros carros ya estaban reparados, sólo apareció la mitad de los
transportes. Al parecer, por algún error administrativo, la otra mitad se
había asignado a otros regimientos. El resultado fue que los dieciséis
blindados de nuestro escuadrón salieron hacia Gazala, primero en tren y
luego por sus propios medios. Tardamos tres días en llegar hasta Sollum, de
los cuales las primeras veinticuatro horas las pasamos viajando campo a
través. Cuando finalmente llegamos a la carretera de la costa, los pelotones
y escuadrones estaban irremediablemente separados, tanto entre sí como
con respecto al alto mando. Mi pelotón quedó reducido a tres carros, y
luego a dos, primero por un fallo de suspensión y luego por un motor roto.
No importó. Recogimos otros dos blindados abandonados y seguimos
adelante.
La unidad táctica básica de los regimientos blindados británicos es el
escuadrón. Un escuadrón completo está formado por tres pelotones de
cuatro carros cada uno, así como un quinto pelotón de reserva compuesto
por otros cuatro o cinco blindados. El jefe de un escuadrón suele ser un
capitán, que comanda personalmente uno de los blindados, mientras que los
otros dos o tres están al mando de un sargento de pelotón y uno o dos cabos.
Por encima del escuadrón está el batallón (a veces llamado regimiento en el
ejército británico), formado por tres escuadrones y un grupo de reserva, que
totalizan cincuenta y dos carros de combate. Cada regimiento tiene dos
grupos adjuntos, el A y el B. Éstas son las unidades de avituallamiento, los
camiones pesados y los camiones que vuelan a la velocidad del rayo entre
los depósitos de retaguardia y el frente de combate transportando
combustible, municiones, gasolina, provisiones y agua.
Cuando mi pelotón llegó a Sollum (un pueblo de la llanura costera en la
base del declive que asciende a la meseta del interior) habíamos perdido el
contacto con el batallón, la brigada y la división. Restablecer la
comunicación por radio era impensable con los equipos de los que
disponíamos, la masiva sobrecarga de las redes y el cambio habitual de las
frecuencias y protocolos de comunicación. La carretera de Sollum asciende
hacia la meseta desértica describiendo una serpentina de doscientos metros.
Allí tuvimos la suerte de conseguir espacio en los transportes para dos de
nuestros carros mientras que los otros dos tuvieron que ascender por la
ladera en un avance penoso y carísimo, a razón de cuatro litros cada
kilómetro. En medio del atasco avisté una banderola de mando que conocía
y me acerqué a pie al Grant del mayor Mike Mallory, nuestro 2/IC (segundo
en el mando), quien conservaba su camión de reparaciones, dos blindados
de reserva y nada más.
—¡Caray, Chapman, eres la primera cara familiar que veo en cuarenta y
ocho horas! —Utilizando unas ceras, Mallory señaló en mi mapa las
localidades de Sidi Rezegh y Bir el Gubi y las posiciones del enemigo (en
amarillo) y las nuestras (en rojo).
—Esto era ayer —dijo—. Puede que hoy los colores hayan cambiado.
Desde la frontera, situada a varios kilómetros de distancia según
Mallory, aún quedaban otros ciento treinta kilómetros hasta la línea del
frente, que se encontraba alrededor de Bir Hacheim, el extremo meridional
de la línea Gazala. Las fuerzas de la Francia libre y los legionarios estaban
ofreciendo una resistencia heroica, pero Rommel había enviado a la 2.a y la
15.a Divisiones Panzer, junto con la Ariete italiana, en una amplia maniobra
envolvente. Si se salía con la suya, los franceses no tendrían otra alternativa
que retirarse. Aparte de esto, lo único que Mallory sabía era que nuestras
órdenes eran encontrar a los Panzer de Rommel y detenerlos, aunque para
ello tuviéramos que sacrificar hasta el último tanque de que disponíamos.
Dos días más tarde, mi escuadrón, siguiendo una línea de señales, se
tropezó al fin con una unidad que conocíamos. El regimiento se encontraba
en formación dispersa, desplegado a lo largo de varios kilómetros de
territorio pedregoso y llano, al este de El Adem y al sur de Tobruk. Los
carros de combate, los coches blindados, los transportes de infantería y los
vehículos del grupo B iban llegando con cuentagotas desde la retaguardia,
alterando con su aparición el despliegue de la unidad, de modo que
perdimos casi un día buscando la posición que nos correspondía y sólo nos
quedaron unas horas para reaprovisionarnos de gasolina y aceite, volver a
tensar las orugas de los tanques, comer y echar un sueñecito. El sargento de
mi pelotón, Hammond, se destrozó los dedos de las manos con la portezuela
de una escotilla. Tuvieron que evacuarlo a retaguardia y su puesto lo ocupó
un cabo llamado Pease, del 5.° de Reales Tanques, al que había recogido en
el camino junto a su A-13 y que era lo más cercano a un suboficial que
pudimos encontrar. El jefe del escuadrón era el capitán Patrick McCaughey,
al que yo conocía desde los tiempos de Magdalen. Al amanecer del primer
día, nuestro batallón tuvo que acudir a socorrer a la 150.ª Brigada de
Infantería y la 1.ª Brigada Blindada del ejército, que estaban sufriendo la
feroz embestida de la 90.ª División Ligera del Afrika Korps en lo que los
alemanes llamaban un Hexenkessel, «un caldero de bruja», delimitado por
campos de minas cerca del cajón de Knightsbridge, al norte de Bir
Hacheim. Cuando llegamos allí, el flanco derecho de Rommel había
conseguido envolver a los franceses.
Bir Hacheim cayó.
La 15.a y la 21.a Divisiones Panzer avanzaban a toda velocidad por
nuestro flanco.
A partir de aquel momento comenzó la retirada. Una retirada que no
terminó hasta que Rommel estuvo a las puertas de Alejandría.
En las películas siempre son los carros de combate los que encabezan el
avance. En la guerra de blindados real, las cosas eran al revés. Primero
llegaban las formaciones de infantería en motocicleta. Después de las motos
venían los coches blindados, los SdKfz-222 y 234, de cuatro y ocho ruedas,
que servían de pantalla y como elementos de reconocimiento para los
blindados y los elementos de asalto frente a las tropas de a pie y los
transportes no blindados. A éstos los seguía la infantería motorizada, en
camiones y semiorugas. La misión de la infantería del Afrika Korps era
acabar con los transportes no acorazados y las dotaciones de los cañones —
cañones anticarro, artillería y vehículos de grupo— y proteger sus propios
antitanques, los Pak 38 y los gigantescos 88. Estos últimos, con cañones tan
largos como blindados enteros, eran enormes; se elevaban más de tres
metros sobre el suelo del desierto y utilizaban dotaciones de siete hombres.
Cuando has oído el ruido de un 88 nunca lo olvidas. Originalmente se había
diseñado como cañón antiaéreo. Disparaba un proyectil de trayectoria plana
a una velocidad extremadamente elevada, capaz de penetrar una plancha de
150 milímetros a dos mil metros de distancia. Nuestros vehículos mejor
acorazados, los carros de combate pesados de infantería Mathilda, apenas
contaban con planchas de 100 milímetros. Un 88 podía acabar de un solo
tiro con un Crusader desde dos mil quinientos metros. El alcance efectivo
de los cañones de nuestros Honey y Mathilda era de unos quinientos
metros. Los 88 y los Pak avanzaban y se atrincheraban, utilizando los
afloramientos rocosos y los pliegues del terreno para protegerse. Sólo
entonces aparecían los Panzer.
A las tropas nuevas nos habían preparado para esto; en teoría estábamos
entrenados para reconocer tales tácticas al verlas en acción, pero había que
estar allí y sufrirlo en las carnes para asimilarlo de verdad. Dos días después
de El Adem, en las monótonas regiones onduladas que se extendían al oeste
de Bir el Gubi, los cuatro blindados de mi pelotón de reconocimiento se
encontraban al frente del batallón, en la ladera anterior de un risco,
vigilando sobre la cresta, cuando el que ocupaba el flanco izquierdo —el
A-13 Crusader de Pease— localizó dos Mark III alemanes que retrocedían a
toda velocidad justo delante de nosotros. La parte más vulnerable de un
blindado es su retaguardia. No podíamos dejar pasar una presa así, de modo
que salimos en pos de ellos como unos sabuesos detrás de un zorro. Antes
de que hubiéramos bajado setenta metros de ladera, dos de nuestros tanques
habían sido alcanzados y estaban inmovilizados. Las dotaciones de los dos
carros (un tercero, el mío, había recibido otro impacto, pero permanecía
operativo) empezaron a proferir salvajes aullidos al sentir que caía sobre
ellas una salva de proyectiles de tungsteno-acero de gran capacidad de
penetración. Nunca llegamos a ver a los 88. Mientras emprendíamos la
retirada, dejando sobre la arena un Crusader y un Honey humeantes (y con
mi propio tanque maltrecho y rumbo al área de reparaciones) pude ver que
el comandante alemán nos saludaba con el brazo desde la torreta de su
Mark III.
A lo largo de los cinco días siguientes, nuestros pelotones y escuadrones
participarían en las que, más adelante, los historiadores bautizarían como
las batallas de El Adem y Knightsbridge, pero para nosotros fue una
sucesión de escaramuzas aisladas y enloquecedoramente indecisas. La
brigada nos ordenaba que tomásemos posiciones y nos preparásemos para
un ataque inmediato. Corríamos al punto indicado y nos preparábamos. El
enemigo no aparecía. Pasábamos horas allí agazapados, tostándonos al sol,
atrincherados detrás de un risco, con los demás escuadrones a ambos
flancos y los vehículos de reserva y del grupo B desplegados en retaguardia
a lo largo de un espacio de varios kilómetros. De repente, la radio empezaba
a lanzar confusos informes sobre columnas alemanas que avanzaban por
nuestro flanco. Levantábamos la posición con frenética precipitación y al
avanzar en la dirección indicada no encontrábamos otra cosa que el desierto
vacío.
Una acción típica, cuarto día de operaciones, reconstruida a partir de mi
diario:
La voz del capitán, sembrada de estática, se oye en la radio:
—Hola. A todas las estaciones Juma, aquí Juma. Nuestros amigos —
porque quería decir las pantallas de coches blindados— nos informan de
que cuatro cero tanques enemigos se aproximan por el suroeste, a una
distancia de tres cero cero cero. Órdenes: tres —el tercer pelotón, es decir,
el nuestro—, prepárese pero no abra fuego hasta que todas las unidades
estén preparadas. Los demás, muévanse conmigo. Avanzaremos y
esperaremos órdenes. Cambio y corto.
Mi pelotón, reconstruido en el área de reparación, avanza en la
dirección indicada. Es mediodía y la calina reduce la distancia de
visibilidad a mil metros. Entre el estruendoso traqueteo de los motores, nos
posicionamos sobre una cresta, separados por intervalos de trescientos
metros, un carro de combate en el punto indicado y otros dos en los flancos.
Quinientos metros más atrás, McCaughey trae los demás pelotones del
escuadrón y ocupa el centro de la retaguardia. Por los auriculares le oigo
desplegar a los demás carros e informar al mando del regimiento sobre lo
que están viendo los vehículos blindados en vanguardia. Sin que nosotros lo
sepamos, el enemigo también está escuchando. Los alemanes cuentan con
camiones de intercepción de señales, cuyos operadores hablan inglés mejor
que nosotros y poseen dotes de detección que les permiten reconocer las
voces de los comandantes de cada escuadrón e incluso los de algunos
pelotones. Ya están transmitiendo nuestros movimientos y los números de
nuestras formaciones a la columna de Panzer que avanza tras ellos.
Entonces, el batallón nos informa de que el enemigo se ha detenido.
—Juma tres, aquí Juma. Sigan adelante. Informen de lo que vean.
Corto.
Esta orden es para nosotros. Desde la torreta bamboleante y sofocante,
con las posaderas sobre el borde de la escotilla, una rodilla apoyada en el
estante que contiene las bombas Mills, mis otras gafas y los cuatro libros
que estoy leyendo, y la otra contra el costado de la guarda de la recámara de
nuestro cañón de dos libras, indico con gestos al cabo Pease (que es quien
manda el primer carro) que avance. Avanzamos a unos ocho kilómetros por
hora. Tengo los prismáticos literalmente pegados a los ojos. Es como una
pequeña travesía en bote. Apesta a gasolina y aceite de motor. El sol ha
recalentado de tal manera la superficie de la torreta que me quema los codos
a pesar de la camisa. Dentro del blindado, la temperatura supera de largo los
treinta y cinco grados.
Entonces veo a nuestros «amigos», dos coches blindados de la 3DGR
(la 3.a de Dragones de la Guardia Real), que corren a toda velocidad hacia
nosotros, de depresión en depresión, como cucarachas. Aquí todos estamos
aprendiendo, día a día. Ojalá fuera un comandante experimentado. No lo
soy. Ignoro la mitad de lo que finjo saber. La experiencia del enemigo es
muy superior a la nuestra, así como sus tácticas y su equipo. Lo sabemos y
él también. No estoy asustado; no hay tiempo para eso; hace falta
demasiada concentración. Pero sí soy plenamente consciente de mis propias
deficiencias, de las de mis compañeros de dotación, de las de mis cañones y
de las de mis mandos. Y no es un sentimiento tranquilizador.
Frente a nosotros hay una ladera con una hondonada en la que podría
refugiarse un carro de combate sin quedar expuesto.
Ordeno a Pease que tome el flanco. Yo avanzo hacia la hondonada.
—Alto, piloto —ordeno para poder echar un vistazo. Una brisa recorre
el territorio del sur. La temperatura en el exterior roza los cuarenta grados.
Con los prismáticos veo dos columnas de polvo que avanzan al sureste, por
nuestro flanco. La primera es de carros. La que la sigue, ocho kilómetros
más atrás, está formada por transportes motorizados del enemigo, camiones
de combustible y municiones.
—Hola, Juma, aquí Juma tres. —Informo de lo que veo.
—Hola, Juma tres, aquí Juma. Mantenga la posición. Espere órdenes.
Frente a nosotros, asciende correteando por la ladera una cucaracha, uno
de los coches blindados de la 3DGR. Al llegar a nuestra altura se detiene.
En el capó delantero se puede leer «Prieta 21», sobre una excelente
recreación de una preciosidad en traje de baño montada a horcajadas sobre
un cañón Breda. El comandante es un sargento al que no reconozco. Sonríe.
—No tendrá un cigarrillo, ¿verdad, amigo?
Le tiro un paquete, al que aún le quedan cuatro espantosos Chelsea, de
la reserva que guardo en el estante de la radio.
—¿Qué hay ahí delante?
Enciende dos cigarrillos y le pasa uno de ellos al conductor a través de
la ventanilla.
—La mitad del condenado ejército de los hunos. —Nos cuenta que ha
tenido que escapar de la infantería motorizada alemana, grandes vehículos
de ocho ruedas y coches blindados que avanzan al mismo tiempo que no
menos de cincuenta Mark III y Mark IV—. Una imagen —añade— que casi
hace que me mee encima.
La presencia de la infantería en vanguardia significa que están
protegiendo cañones anticarro, lo que es una mala noticia para nosotros.
—A todas las unidades Juma, aquí Juma. Órdenes: virar hacia el sur,
avanzar y entablar combate con la columna de avituallamiento enemigo.
Corto.
Obedecemos. Al verlo, los carros de combate alemanes, que se habían
detenido, comienzan a avanzar de nuevo y atraviesan la posición que
acabamos de abandonar antes de que nuestros elementos de apoyo tengan
tiempo de ocuparla para impedírselo. Al sur, en la planicie, la columna de
avituallamiento alemana, advertida por el polvo que levantamos y, a buen
seguro, por sus interceptores de radio, se desvía mucho antes de que la
alcancemos. Nuestro ataque se encuentra con una furiosa pantalla de fuego
anticarro. Nos vemos obligados a retroceder cuando la proximidad de la
primera columna de Panzer amenaza con dejarnos aislados. Pierdo el
blindado de Pease por culpa de una salva explosiva que convierte su oruga
derecha y su suspensión en un montón de piezas sueltas y su piloto se parte
la mandíbula al recibir el vehículo un nuevo impacto en la torreta. Está
llegando la noche. El cabo Ledgard es el comandante del carro número tres.
Mientras recogemos a la dotación de Pease y retrocedemos hacia el
perímetro defensivo de vehículos e infantería que llamamos «parapeto
nocturno», vemos que dos Mark III se aproximan para hacerse con el A-13
de Pease. A medianoche, los grupos de recuperación alemanes lo habrán
remolcado hasta un área de reparación. Dentro de cinco días volveremos a
verlo, con una cruz negra pintada en un flanco y una dotación germana en
su interior.
El día ha terminado. No hemos muerto, no estamos en una bolsa de
plástico, no nos hemos puesto en evidencia, pero tampoco hemos
conseguido absolutamente nada, y, de hecho, estamos treinta kilómetros al
este de donde empezamos. Mientras se pone el sol y nuestros escuadrones
se retiran en columnas fatigadas y cubiertas de polvo, sabemos bien que el
enemigo no está lamentándose como nosotros, sino que permanece
preparado y alerta, esperando con impaciencia la llegada del amanecer,
cuando podrá volver a lanzarse contra nosotros y, una vez más, tendremos
que hacerle frente con tácticas, vehículos y armamento inferiores.
Saber que el enemigo te supera es una sensación atroz. Todos podemos
sentir la fuerza del genio de Rommel. Él dirige la orquesta y nosotros
bailamos a su son, siempre un paso por detrás. Rommel concentra sus
blindados; nosotros dividimos los nuestros en pequeños grupos y cometidos
triviales. Sus Panzer sólo atacan en masa. Cuando ves carros de combate
del Eje, ves columnas y falanges; es como si el mundo entero se te viniera
encima. La estrategia del enemigo es violenta y audaz. Hasta el último de
ellos es un pequeño Rommel. Si consiguen abrir la menor brecha, la
explotan de manera implacable y sin vacilar. Convierten las pequeñas
victorias en grandes triunfos. En cambio, nosotros somos valientes pero no
inteligentes; nuestras ofensivas son como la carga de la Brigada Ligera, un
exceso de dramatismo y nada de eficacia. En este momento, en el
campamento, los mandos de los pelotones y los escuadrones están reunidos
en el camión del coronel L, en medio de la nube de humo de pipa que se
extiende al otro lado la negra cortina que cubre la entrada. En el aire flota la
sensación de que estamos perdiendo el control y todo el mundo lo nota. El
campo de batalla es demasiado amplio y el enemigo demasiado veloz e
impredecible. Los mandos de los escuadrones preguntan a L las posiciones
del enemigo. Él las ignora. La brigada las ignora. La división las ignora.
Siguen varios días de desconcierto. No tenemos respuesta para los
carros, la potencia de fuego y la movilidad de Rommel. La táctica del
Afrika Korps es lanzar sus blindados y sus cañones anticarro en tándem,
bien para apoderarse de algún punto estratégico que amenace nuestro flanco
o nuestra ruta de retirada, bien para avanzar por el centro con tal fuerza que
si no les hacemos frente corremos el riesgo de que nos arrollen. Como el
alcance de nuestros cañones no nos permite presentar batalla desde lejos, la
única alternativa que nos queda es buscar el cuerpo a cuerpo. Y esto es
exactamente lo que él quiere. Nuestros Honey y Crusader, superados en
potencia de fuego y blindaje, se lanzan sobre los Mark III y Mark IV de
Rommel, que inmediatamente dan media vuelta y los dejan diabólicamente
expuestos al fuego de los 88 y los Pak 38. Los cañones anticarro nos hacen
trizas. Cuando los oficiales enemigos consideran que ya hay suficientes
blindados ardiendo o inutilizados, sus Panzer reaparecen. Con cada
escaramuza perdemos nuevos vehículos.
Nuestra línea retrocede una y otra vez. En la confusión, las unidades se
dispersan. Los regimientos se desbaratan. Las brigadas se deshacen. Se
pierden pelotones enteros. Puede que los civiles no se lo crean. ¿Cómo se
puede perder en el desierto algo tan grande como un blindado? Pero una
brigada en movimiento se dispersa a lo largo de docenas de kilómetros.
Cuando se trata de terreno abrupto, cuando hay tormentas de arena y polvo,
cuando el sol de mediodía brilla tanto que te ciega o los carros de combate
deben moverse en la oscuridad, si una columna es atacada y los elementos
que la forman deben reaccionar rápidamente para contraatacar o retirarse,
separarse no es sólo lo más fácil del mundo, sino que, de hecho, se
requieren dosis tremendas de concentración y presencia de ánimo para no
hacerlo. La dispersión es un mal endémico. Aprendemos a disparar al cielo
nocturno ráfagas de trazadoras para que los compañeros sepan dónde
estamos y puedan ayudarnos a encontrar el camino a casa, aunque sea a
tientas.
En las batallas del Caldero (como han terminado por conocerse estos
enfrentamientos, en honor a los campos de minas que rodean
Knightsbridge), nuestro escuadrón pierde ocho de sus blindados. En King’s
Cross, al sur de Tobruk, mi pelotón queda reducido a un solo tanque, y
luego a ninguno. Pease ha perdido su carro cuatro veces; yo, tres. Cuando
llegan los reemplazos, de noche, cada jefe de pelotón se apodera de lo que
puede. Los rostros se reciclan con la misma rapidez que las máquinas.
Cuando las atronadoras columnas regresan a la seguridad de los parapetos
nocturnos, nos encontramos con caras que nunca hemos visto: carros de
combate solitarios, separados de sus escuadrones, regimientos y brigadas.
Al séptimo día tras la caída de Bir Hacheim nos pasa a nosotros. Nos
perdemos. Tengo dos blindados desconocidos, con dotaciones
desconocidas. Terminamos con lo que queda de la 4.a Brigada Blindada,
que a su vez, sin pretenderlo, ha terminado en compañía de unidades de
infantería hindúes y sudafricanas.
A medida que sucumbe la organización en aquel vasto y embarullado
campo de batalla, la improvisación se convierte en el pan nuestro de cada
día. Los protocolos de radio exigen que los mandos de los pelotones y
escuadrones se comuniquen sólo con sus propios regimientos; quebrantar
esta norma se pena con un consejo de guerra. Sin embargo, los mandos se
cuelan en cualquier red que encuentran a su alcance, tratando de recabar
cualquier ayuda posible. Al noveno día, mientras nos retiramos hacia la
línea defensiva que está constituyéndose en la vía
Tobruk-El Adem, me encuentro una voz conocida al conectarme a una
red de artillería.
—Por las campanas del infierno, ¿eres Chapman, del Magdalen?
—¿Quién habla?
Es Stein. Sus dos baterías de 25 libras (o más bien las secciones de ellas
que aún permanecen intactas y operativas) han conseguido de algún modo
reunirse con los elementos de nuestro regimiento que todavía mantienen la
cohesión. Dos noches más tarde nos encontramos en el parapeto, junto al
camión de mando del coronel L.
Stein ya es capitán, aunque en este momento ejerce de mayor. Apenas lo
reconozco. Una horrorosa cicatriz de quemadura le cruza una de las
mejillas. Según me cuenta otro oficial, la metralla le ha dejado una rodilla
inmovilizada. Está hecho pedazos, pero vuela alto. Los capitanes y tenientes
lo tratan con toda deferencia; es su jefe y lo aman.
Está sucediendo algo extraordinario. Bajo la presión de la retirada y la
desorganización, con la cadena de mando arrojada a las llamas de la
anarquía por las bajas, han empezado a aparecer bolsas de liderazgo. Mis
oficiales superiores responden brillantemente a la crisis, pero otros
desmayan, fracasan o, en la práctica, abdican. En numerosas unidades, los
2I/C, segundos oficiales, se ven obligados a tomar el mando. Es el caso de
Stein. Sólo es capitán, pero se ha hecho cargo de parcelas de mando que le
corresponderían a un coronel. Lo hace con tanta sutileza que apenas nos
damos cuenta. De su comportamiento y de la seguridad con la que imparte
las órdenes (sin hablar de la prontitud con la que las obedecen los demás)
deduzco que su puesto es el de comandante de batería. Tardo un día o dos
en darme cuenta de que su nombre no encabeza la hoja del organigrama
militar. Simplemente se ha hecho cargo, o, más bien, las circunstancias lo
han obligado a hacerlo.
Stein siempre ha poseído brillantes dotes de liderazgo. Ahora las
emplea. Al comienzo de la retirada, cuando las baterías de 25 libras eran
atacadas, se limitaban a desmontar los cañones y marcharse. La mayoría de
ellas sigue haciéndolo. Stein pone fin a esto. Cuenta con dos baterías, así
que las alterna: una en retaguardia y otra en vanguardia. Esta última lucha
en compañía de los blindados, en posiciones tan avanzadas que a veces casi
se encuentra con los carros enemigos. Entrena a sus hombres para
«emplazar, otear y disparar», y luego retroceder a una nueva posición y
repetir la maniobra. Recluta observadores adelantados en las unidades
dispersas de infantería: los heridos y los soldados de los grupos B que se
han quedado sin camiones; les entrega radios viejas, transportes Bren o
camionetas Morris y les enseña a pedir ataques de artillería. Su objetivo es
muy sencillo: «convertir en un infierno la vida de los 88 de Rommel».
Tenemos un oficial como él en nuestro regimiento. Es el mayor Mike
Mallory, segundo en el mando del coronel L, al que me encontré en la
carretera de Sollum. Antes de la guerra era productor teatral en Londres
(justo antes de que estallara tuvo un gran éxito con Irene Calwey en Her
Sweet Fancy). Es imposible decir si esto lo ha preparado para el mando. Lo
que sí sabemos todos es que L no será quien nos saque de este atolladero.
Impelidos por el instinto de supervivencia, los oficiales jóvenes nos
reunimos en tomo a Mallory. Lo escuchamos. Hacemos lo que nos dice. Se
convierte en el comandante de facto del batallón, con la ayuda de Stein y
otros dos o tres capitanes y mayores de las unidades de apoyo.
El alto mando ha perdido el control del campo de batalla. La brigada no
sería capaz de ubicar a los elementos que la constituyen en un mapa, y
mucho menos al enemigo. Tampoco sabría qué hacer con ninguno de los
dos, aun en el caso de que los encontrara. Mi diario registra un total de
cuatro días en los que no llegan órdenes, o cuando lo hacen tienen tan poco
que ver con la realidad que obedecerlas sólo provocaría un agravamiento de
la tragedia que ya estamos viviendo.
—Yo mismo no sé lo que está pasando aquí. ¿Ustedes sí? —transmite
Mallory en un mensaje que se hace especialmente célebre. Cuando termina
de enviarlo, recibe una salva de aplausos.
Entonces imparte su orden esencial:
—A partir de este momento se prohíbe toda forma de heroísmo. Si oigo
a un solo oficial hablar de «valerosas cargas» o «resistencias desesperadas»,
juro por el cielo que iré a buscarlo y le retorceré el pescuezo con mis
propias manos.
Prohíbe también las retiradas indisciplinadas.
—No podemos recoger las cosas y echar a correr como alma que lleva
el diablo. Es de mala educación.
Nuestro nuevo líder restaura el orden. Nos da aliento. Define el
problema y nos ofrece una solución:
—El enemigo ataca utilizando conjuntamente los tanques y los
antitanques. Avanza en masa, mientras que nosotros respondemos con
pequeñas unidades dispersas. De ahora en adelante, avanzaremos y nos
retiraremos como una sola unidad, apoyándonos unos a otros.
Con la sola excepción de los cañones de 75 milímetros de los Grant, el
VIII Ejército no cuenta con un solo blindado capaz de disparar munición
explosiva, la que se necesita para acabar con los 88 y sus dotaciones. Los
proyectiles penetrantes de nuestros Honey y Crusader no sirven de nada
contra ellos.
Aquí es donde Stein acude en nuestro auxilio. Pone a disposición de
Mallory sus 25 libras, que sí pueden disparar munición explosiva, y éste
empieza a utilizarlos junto con los carros de combate. Es un gambito
desesperadamente arriesgado, porque para este tipo de cañones es muy
complicado desplazarse con rapidez. Se tardan varios minutos en desmontar
el armón para su transporte, así que siempre corren el riesgo de quedar a
tiro de la artillería o la infantería de Rommel. No queda más remedio que
protegerlos con nuestros carros. Los 25 libras de Stein son las únicas armas
eficaces de que disponemos contra los 88 y los Pak del Afrika Corps, así
como las únicas capaces de destruir a los Mark III y Mark IV desde más de
mil metros. Estamos juntos en esto. No es una cuestión táctica, sino de vida
o muerte.
—Escúchenme, amigos míos —nos dice Mallory en el parapeto
nocturno—. Algo que nunca permitiré es que se abandone a uno de nuestros
camaradas. No es cuestión de protocolos militares ni de caducas nociones
sobre el honor. Al infierno con eso. La cuestión es que si dejara atrás a un
amigo, no podría vivir con ello, y seguro que a ustedes les ocurre lo mismo.
Cosas como éstas son las que necesitamos oír.
Nuestra situación es realmente desesperada. Somos como civiles que
intentan emplear el sentido común para resolver problemas especializados
sin haber recibido la preparación necesaria para hacerlo. Y lo que es peor,
tenemos que poner al día a los novatos, a veces la noche antes de que entren
en acción, a pesar de que estamos casi tan verdes como ellos. Los
«jovencitos» frescos llegan desde la retaguardia y mueren casi antes de que
hayamos aprendido sus nombres. Para Stein es duro. Como para todos los
oficiales jóvenes.
La decimotercera noche, Stein y yo disponemos de unos minutos de
intimidad después de haber completado los deberes del día. Nos sentamos
sobre la portezuela trasera de una camioneta de reparaciones y tomamos un
poco de té y un trago de ron de la misma petaca con la que me revivió
aquella noche en Winchester. Le pregunto si sigue escribiendo poesía.
—Cielos, no. Y nunca volveré a hacerlo. —Señala los carros de
combate y los hombres que nos rodean—. Este tipo de cosas requieren
prosa, Chap. Frases cortas, concisas y limpias.
Le confieso lo impresionado que estoy con él y lo poco que se parece al
hombre al que conocí en la universidad.
—No estoy de acuerdo. Lo que ha cambiado es que hemos pasado de
ser hombres de palabras a hombres de acción. ¡Lo cual es un alivio,
demonios!
Me cuenta que nada más llegar a Egipto solicitó un puesto en el Long
Range Desert Group.
—Me pareció que es lo que habría hecho Lawrence. —Se refiere a T. E.
Lawrence, Lawrence de Arabia, alumno de Oxford como nosotros.
Le cuento que hice lo mismo, sin suerte.
—¿A ti te aceptaron?
—La división lo impidió. Dijeron que no podían prescindir de ningún
oficial de artillería. ¡Serán idiotas! Les habría sido mucho más útil allí,
entre los profetas y los escorpiones. —Se echa a reír—. Tengo que decirte
una cosa, Chap, algo que no me he atrevido a confesarle a nadie. Me estoy
divirtiendo como nunca. —Asiente con la cabeza—. Sé que es horrible
decir tal cosa mientras a nuestro alrededor vuelan por los aires mis amigos y
la propia supervivencia de Inglaterra pende de un hilo. Pero, por Dios, aquí
la vida se vive de manera más intensa, ¿no te parece?
Me pregunta si alguna vez he tenido una premonición de mi propia
muerte. Le digo que sigo el consejo de mi sargento instructor desde
Bovington: «calla y no pienses».
—¿Podrías llevar esto a casa por mí, amigo mío? —Y me mete un sobre
plegado en el bolsillo de la pechera.
—¿Qué es?
—Quiero nombrarte albacea de mis bienes.
—No digas tonterías, Stein.
Lo dice en serio. Me pregunta si recuerdo nuestra conversación sobre el
siglo XX y lo mucho que lo aborrecía.
—Todo eso ha quedado atrás, Chap. Estamos viviendo en la era anterior
a Cristo. —Se ríe y señala el desierto que rodea el campamento—. Somos
una tribu. Así hemos acabado. Igual que los hunos. Pobres bastardos.
Levanta la petaca.
—¿Sabes? —continúa—. Antes me sentía diferente a los mercaderes,
como solía llamarlos mi padre. Era gente de otra clase. Ya no. Aquí he
terminado por quererlos. Y también a los oficiales. Por las campanas del
infierno, si hasta quiero a esos apestosos cerdos de los alemanes.
Me dice que si vuelve a escribir algo en el futuro, será muy serio. Vida y
muerte. Pero también será divertido. Los propios dioses se ríen, añade.
—Y no con humor negro, sino con alegría.
Entonces aparece Mallory, nuestro líder.
—¿Qué están tramando ustedes dos?
—Nada que no pudiera usted entender —dice Stein mientras le pasa la
petaca.
—Bueno, pues déjenlo un momento, ¿quieren? —Señala el camión de
mando, donde están reuniéndose los oficiales, al parecer para un cambio de
órdenes de última hora—. A ver si podemos dar con el modo de salir de
este atolladero un día más.
6

Día 21 de junio. Cae Tobruk. Con ella, Rommel se hace con un puerto a
quinientos kilómetros de Alejandría… y nosotros perdemos nuestro último
bastión en Cirenaica. La galopada se reanuda, esta vez en dirección a El
Cairo.
Dos episodios ilustran el ambiente de la retirada. El primero tiene que
ver con el coronel L. Nuestro comandante es dolorosamente consciente de
que Mallory lo ha reemplazado en los corazones de los hombres. Como esto
lo avergüenza, realiza espasmódicos intentos de reafirmar su autoridad. En
medio de la retirada por el desierto que separa Sidi Aziz y el fuerte
Capuzzo, ordena al pelotón del escuadrón A que tome posiciones
defensivas en un punto identificado en los mapas como colina 99. Llegamos
con los demás pelotones, once carros de combate en total, y nos
atrincheramos a lo largo de la cresta, en dirección oeste. Al cabo de pocos
minutos empiezan a llover bombas a nuestro alrededor: primero unas que
explotan a media altura, las que utilizan los 88 para estimar las distancias;
luego munición explosiva normal, posiblemente disparada por Panzer
Mark IV, aunque no los vemos; por fin, detonaciones aún más fuertes, que
Pease identifica como obuses de 105 milímetros. El fuego no viene de
delante, donde supuestamente se encuentra el enemigo, sino de la
retaguardia y de la izquierda. ¿Qué demonios está pasando?
Avanzo hasta el frente de la colina junto con el sargento de mi pelotón,
«Tich» Haskell, y el teniente llamado Marsden, al que llaman «Duke», que
manda el pelotón adyacente. Dirigimos la mirada hacia el punto en el que se
supone que se encuentra atrincherada nuestra infantería, esperando al
enemigo. Hay infantería atrincherada, sí, pero está disparando contra
nosotros. Son los alemanes. O el mapa está equivocado o nos encontramos
en el lugar erróneo. Llamo al batallón, informo de la situación y solicito
permiso para atacar a la infantería.
—Mantengan la posición —ordena el coronel L—. No se muevan hasta
recibir mis instrucciones.
No hace falta demasiada imaginación para darse cuenta de que nuestros
vecinos del Afrika Korps no van a quedarse de brazos cruzados esperando.
Los tendremos encima en cualquier momento, armados hasta los dientes
con antitanques de infantería y cargas de demolición. Y lo que es peor, la
artillería de Rommel nos tiene a tiro. Vuelvo a llamar al batallón y pido
permiso para replegarme. Hagamos algo: avanzar o retroceder. «Negativo»,
replica L, aderezando su respuesta con referencias a mi masculinidad.
Marsden intenta mediar y recibe una dosis de las mismas invectivas. Uno de
los Crusader de su pelotón recibe un impacto directo y queda convertido en
una antorcha. La dotación consigue salir mientras el compartimiento del
motor exuda una humareda negra. Haskell está apuntando hacia el flanco
sur. A unos trescientos metros se ve una falange de formas oscuras que
avanza con un enorme estruendo en nuestra dirección. Mientras estoy
informando de ello, Haskell suma a las cifras otros diez enemigos que acaba
de localizar en una cresta algo más alejada. Mientras tanto, las salvas de
posicionamiento de los 105 milímetros empiezan a acercarse
peligrosamente. El blindaje de los tanques repica con el tintineo de la
metralla. Sin embargo, L sigue sin dejar que nos movamos.
—A la mierda —estalla Haskell cuando se corta la comunicación—. No
pienso quedarme aquí hasta que lleguen los hunos cabalgando sobre
nuestros agujeros. —Un instante después, un proyectil de gran capacidad de
penetración pasa entre nosotros a una altura de un metro sobre la arena, a
trescientos kilómetros por hora y chillando como un gato. Su paso nos
arranca el aire de los pulmones.
—¡Escuadrón A, repliéguese ordenadamente! —grita la voz de Mallory
por el comunicador. Salimos de aquel infierno antes de que L tenga tiempo
de anular la orden.
Así es como pasa el mando de un oficial débil a otro fuerte.
La cadena de mando no se altera; no hay papeleo. Sin mediar una
palabra, todos los hombres comprenden lo ocurrido.
Aquella noche, L y Mallory se reúnen a solas en el camión de mando
del primero. Oímos voces alteradas.
—Son Bligh y el señor Christian —dice Marsden cuando le doy el
relevo de guardia a las 22.00. Stein me trae té. Cuando Mallory, con el
rostro acalorado, sale del camión de L, el coronel aparece en la oscura
entrada.
—Se acabó la fiesta —le dice a Stein con brusquedad. Luego me
pregunta a mí de manera perentoria si aún tengo tiempo libre para leer. La
noche siguiente reprende con especial virulencia a un valiente y exhausto
jefe de pelotón al que llamaré Q. En el momento álgido de su diatriba, el
joven oficial, sin ninguna intención, deja caer la mano sobre la culata de su
pistola.
—¡Adelante! —ruge L—. Es lo que quieren todos ustedes, ¿no?
Llegamos a la frontera egipcia. Estamos aprendiendo tardíamente las
lecciones que los soldados de las brigadas veteranas ya tuvieron que
aprender en su día. Comprendemos ahora la diferencia entre estar
«enlazados» y «en el aire».
Una unidad está «enlazada» cuando se encuentra en contacto con
formaciones amigas por la izquierda y por la derecha. En cambio, está «en
el aire» cuando está aislada, sola.
Un ejército de eslabones enlazados puede resistir.
Un ejército en el aire sólo puede correr.
El secreto de la guerra en el desierto, empezamos a comprender, radica
en dejar a tu enemigo en el aire al tiempo que tú permaneces enlazado. En
esto, Rommel demuestra una brillantez indiscutible. Sus blindados aparecen
de repente en gran número. Por medio de un ataque irresistible o alguna
estratagema astuta, logran abrir brecha. Los Panzer fluyen por ella como el
agua por un embudo. El frente, así penetrado, queda dividido en dos
secciones. Las dos quedan en el aire.
Sin poder evitarlo, echamos a correr. No se trata de un acto de cobardía;
es un redespliegue que tiene por objeto volver a enlazarse. La última
escaramuza de importancia que libran nuestras tropas se produce en la
defensa del cerro de las cercanías de Sofafi, al este del paso de Halfaya. La
infantería australiana defiende un flanco de esta modesta colina
sedimentaria y tres o cuatro pelotones de blindados británicos se atrincheran
en el otro. El enemigo lo ha atacado una vez por la mañana y ha sido
repelido, lo mismo que al mediodía; ahora vuelve a intentarlo. El asalto
cuenta con el apoyo de la artillería pesada y de los 88 y los Mark IV, que
disparan desde más cerca.
Detrás de éstos, sabíamos (aunque no pudiéramos verla) que esperaba
una formación masiva de carros de combate Mark III, más rápidos y
móviles, con infantería motorizada justo detrás. En algún momento, el
enemigo concentraría estas tropas y las lanzaría en masa contra un punto
vulnerable. Una de las dos baterías de 25 libras de Stein, situados varios
kilómetros en retaguardia, trataba de mantener a raya a los 88 de Rommel
con un fuego sostenido de munición explosiva. Él se encontraba en el
frente, con la otra. Para dirigir el fuego contaba con sus observadores
avanzados, que saltaban de un punto a otro antes de que el enemigo tuviera
tiempo de localizarlos y borrarlos del mapa: dos en blindados, otros dos en
coches blindados, con transportes de infantería Bren y equipos de asalto
montados en camiones para protegerlos. Mi pelotón, formado en aquel
momento por dos Crusader y un A-9, también estaba en primera línea,
intentando proteger esta pantalla. Contaba con un cabo nuevo, Wicks, en
uno de los Crusader, y con Pease en el A-9. El tercer Crusader era mío.
Estábamos cortos de munición y exhaustos. Quedaban dos horas para el
anochecer. Habíamos pasado toda la tarde esperando un momento de pausa
en el ataque enemigo para poder retroceder y reabastecernos, o al menos un
instante de respiro en el fuego que permitiera a los camiones de
avituallamiento subir hasta nosotros.
De repente llegó una señal urgente por los auriculares. Habían
alcanzado a uno de los Bren. Eran vehículos sin techo, famosos por la
debilidad de su blindaje y de uso polivalente, aunque principalmente se
empleaban como transportes de infantería. Aquél en concreto tenía la
misión de proteger a uno de los observadores de Stein. No estaba muy claro
lo que había ocurrido, pero sea lo que fuere, había varios hombres
malheridos. Nuestro pelotón recibió la orden de ir a buscarlos. Wicks se
situó en vanguardia, como tanque recce. Podíamos ver el Bren, en la base
de una columna de denso humo negro. En aquel momento, la segunda
batería de Stein empezó a disparar cargas de humo para protegerlo.
Entonces se desencadenó el ataque alemán. Al noroeste de la cresta del
cerro había una especie de cuenca natural, y hacia allí, desde el norte,
avanzó atronadora una masa de tanques de color oscuro.
Oí el informe de Duke Marsden:
—… cifras, cinco cero Mark III y yo diría que otros tantos Mark IV. —
Aquella hueste estaba avanzando implacablemente hacia el transporte
alcanzado, que se encontraba a unos cuatrocientos metros de distancia. No
se desplazaban en masa, sino por elementos; una sección se detenía y abría
fuego mientras otra continuaba el avance; a continuación, la que se había
detenido se lanzaba de nuevo a la carga mientras la otra paraba, apuntaba y
disparaba. En el mismo momento en que llegaba junto al Bren, Wicks fue
alcanzado por un proyectil explosivo justo encima del compartimiento del
motor. Le grité por la radio. Oí que él llamaba a sus hombres en el interior
del tanque; estaba claro que al menos uno de ellos estaba herido; en el
habitáculo reinaba el caos. Pease y yo marchábamos unos trescientos
metros por detrás cuando vi una nueva detonación y la mole del carro de
Wicks se hundió como lo hacen los vehículos blindados cuando se les
rompe la suspensión.
La posición de Stein se encontraba al extremo sureste de la cresta;
estaba presenciándolo todo desde allí (de eso me enteré más tarde a través
de Mallory; en aquel momento estaba demasiado ocupado con mis propios
problemas). Al parecer, se dio cuenta de que aquel contingente de blindados
era el ataque principal del enemigo y de que aquel punto del cerro era lo
que los mandos del Afrika Korps llamaban el Schwerpunkt, el punto crítico.
También se dio cuenta de que no había blindados británicos en posición de
responder, aparte de mi pelotón ligero y el de Marsden, que estaban a punto
de ser vaporizados. Las formas negras se encontraban a trescientos
cincuenta metros. Ordenó que su primera batería avanzara aprovechando
cualquier cobertura que pudiera encontrar. El 25 libras no es un cañón muy
grande. Su boca está más o menos a la misma altura que la cabeza de un
hombre; tres soldados fornidos pueden moverlo fácilmente sobre las ruedas.
Pero a la hora de disparar es rápido, preciso y letal. Yo no podía oírlo por
los auriculares; estaba en una frecuencia diferente. Pero Mallory me contó
más tarde que estaba dirigiendo el fuego de su primera batería, al tiempo
que exhortaba a la segunda y pedía ayuda a todo aquel que pudiera oírlo.
Para entonces, mi Crusader se encontraba a cien metros de Wicks. El
fuego empezaba a asomar entre las planchas del compartimiento del motor.
Utilizando la radio, le ordené que sacara a los hombres al instante. Era
posible que desde dentro del vehículo no se hubiese percatado aún del
peligro que corrían, pero el fuego avanzaba reptando hacia la munición y el
humo podía acabar por asfixiarlos.
—Nos están apedreando por todas partes —respondió Wicks, con lo que
quería decir que se encontraban bajo fuego sostenido de ametralladora.
Envié a Pease a por los hombres del Bren. Yo me dirigí a por Wicks.
Empezamos a oír un traqueteo sobre nuestro propio techo. El fuego
procedía del flanco izquierdo, así que, al tiempo que encendía el generador
de humo, ordené al piloto que se situara delante del lado derecho de Wicks
para ofrecerle cobertura. Una nube de hollín negro nos envolvió. Oí un
estruendo titánico y sentí que nuestro avance se interrumpía de repente.
«Nos han dado», pensé. Pero no, habíamos chocado con el tanque de Wicks
en medio del humo. Sentí que el carro empezaba a hundirse como un
destornillador debajo de nosotros: una de las orugas tenía tracción, pero la
otra se había enganchado con algo, posiblemente el tanque de Wicks, que
para más inri acababa de perder la radio, por lo que estábamos
incomunicados. «Menuda manera más ridícula de meter la pata», pensé.
Abrí la escotilla y salí, pero me había olvidado de apagar los
generadores de humo. Mis pulmones succionaron las nubes negras y la
peste a petróleo que emitían cuando empecé a llamar a gritos a Wicks.
Entonces lo localicé en medio del humo, ayudando a su artillero a salir por
la escotilla delantera. Las llamas del compartimiento del motor bailaban tras
ellos. Si el carro de combate explotaba, sería el fin para todos. Bajé de la
torreta para ayudarlo a sacar a sus hombres. No parecía una ¡dea
especialmente peligrosa, puesto que ambos vehículos estaban envueltos en
una oscuridad estigia y la mole del mío nos protegía de las ametralladoras
enemigas. La principal emoción que me dominaba en aquel momento era de
indignación hacia los alemanes, porque en todos los enfrentamientos
anteriores de aquella campaña, el sentido de la caballerosidad había dictado
que los hombres dejaran de disparar cuando una dotación trataba de escapar
de su vehículo. Sea como fuere, bajé del tanque de un salto y me agarré a la
barra de la izquierda de la torreta de Wicks (sobre la cual los petates y sacos
de dormir de la dotación ardían como troncos en una chimenea) para
subirme y ayudar al artillero. No terminaba de comprender por qué
continuaba el traqueteo de las ametralladoras a nuestro alrededor. Entonces
me di cuenta de que había al menos una segunda disparando desde la
dirección contraria. Luego me enteré de que era una de las nuestras, cuyo
operador recibió una severa reprimenda más tarde, no tanto por disparar
contra sus propias tropas como por hacerlo en una situación como aquélla.
En aquel momento yo me encontraba encaramado al flanco del blindado
de Wicks, bajo una lluvia de proyectiles del calibre 30 que rebotaban en los
cascos de ambos carros y de trazadoras que pasaban silbando alrededor del
cabo, de su artillero y de un servidor. De repente, el viento cambió de
dirección. En el tiempo que hace falta para pronunciar esta frase, el humo
que nos cubría se levantó por completo y nos dejó allí, expuestos como
patos en una caseta de feria, bajo el fuego de dos ametralladoras. La
vergüenza, unida a la valentía de Wicks y al peligro que estábamos
compartiendo todos, así como a la indignación contra el enemigo por estar
disparándonos en aquellas condiciones, me impidió arrojarme de nuevo al
agujero del que acababa de salir. Para abreviar el relato, en ese momento
llegó Pease, con los supervivientes del Bren alojados en todos los rincones
que habían podido encontrar, y con su ayuda logramos sacar la dotación del
tanque de Wicks, meterla en el mío y salir de allí. El carro de combate no
llegó a explotar. De hecho, nos lo volvimos a encontrar cuatro días más
tarde (llevaba su nombre, era «Mad» Marta, estarcido con grandes letras
blancas), aún operativo pero ahora en manos del enemigo.
Al mismo tiempo que se producía este episodio, Stein, en lo alto del
cerro, contenía casi por sí solo el ataque principal alemán. Hay que entender
que un 25 libras está totalmente indefenso cuando se usa de este modo, a la
desesperada y sin cobertura. La dotación, protegida únicamente por el
escudo del cañón, está a merced del fuego de ametralladora o de los
proyectiles explosivos, armas de las que disponían en abundancia los
Panzer y los cañones 88 y 105 que avanzaban sobre nosotros. Lo peor del
asunto era que nada de aquello habría tenido que ocurrir si el VIII Ejército
hubiera contado con armamento adecuado y tácticas eficaces. El enemigo
tenía cañones capaces de disparar munición explosiva y munición
penetrante. ¿Por qué nosotros no? ¿Por qué teníamos que improvisar? ¿Por
qué nuestros artilleros se veían obligados a compensar con su valor unas
deficiencias a las que podría, y debería, haberse puesto remedio meses
atrás? ¿Por qué hacía falta que alguien como Stein tuviera que usar artillería
convencional en lugar de los tanques y frente a los tanques? Era una locura
de principio a fin. El hecho de que surtiera efecto, al menos durante el
tiempo suficiente para que los australianos y un par de pelotones de Grant
acudiera en nuestro auxilio y convenciera al enemigo de que lo dejara para
otro día fue obra exclusivamente de la suerte y el valor, un bello relato para
los archivos del regimiento, pero una maldita farsa en términos militares.
Stein perdió seis hombres valientes y cuatro piezas. Aunque parezca
increíble, él salió sin un rasguño. La cuenta total de Panzer que se cobraron
sus cañones, cinco, no parece demasiado espectacular, pero lo cierto es que
sus acciones y las de sus hombres salvaron aquel día la línea y la posición.
Sin su concurso, habríamos perdido docenas de hombres y tal vez la
formación entera.
Después de la batalla, Mallory propuso a Stein para la Orden de
Servicios Distinguidos y a cuatro de sus hombres para la Medalla Militar,
tres de ellas a título postumo. A Wicks y a mí se nos mencionó en los
despachos. Cuando fui a ver a Mallory y le conté que, por mi parte, merecía
ser degradado más que recibir una mención, se echó a reír y dijo:
—Acéptela de todos modos. Quedará bien en su esquela.
El VIII Ejército seguía retirándose. Las carcasas de los Crusader, los
Grant y los Honey con las que nos encontrábamos raras veces habían caído
bajo el fuego enemigo. Lo más normal era que hubieran sufrido fallos
mecánicos o colisiones, o que se hubiesen quedado sin combustible.
Cuando un carro de combate quedaba inutilizado, el reglamento establecía
que la dotación debía destruirlo para que no cayera en manos del enemigo.
Pero inutilizar un blindado no es un juego de niños, aunque sea el tuyo y
esté parado. La mayoría de los nuestros se contentaba con llevarse los
cierres de los cañones y los libros de claves, romper la radio, verter un poco
de gasolina sobre el motor y echar una cerilla encima. Algunos ni siquiera
hacían esto. Se limitaban a «plantar al cabrón» y largarse. Los equipos de
rescate alemanes recuperaban docenas de tanques y centenares de camiones
pesados y cañones en estado funcional. Era un escándalo. Hasta los
corresponsales se hacían eco del asunto. Cada Grant y Honey intacto con el
que se cruzaba nuestra columna en su retirada provocaba los airados
insultos de unos soldados que sabían que, en cuestión de días, volverían a
ver aquellas máquinas, sólo que esta vez tripuladas por soldados del Eje.
Nuestros pelotones retrocedían por la carretera de la costa. En aquel
momento mis preocupaciones no se centraban en mi propia persona. Aún
creía, como cualquier otro imbécil, que era inmune a las balas y los obuses.
Pensaba en Rose; me preocupaba su seguridad y quería que supiera que me
encontraba bien. Estaba convencido de que la Marina la habría evacuado de
Alejandría, junto al resto de la oficina de inteligencia en la que trabajaba.
Pero ni siquiera en El Cairo estaría completamente a salvo. Cada vez que
pasábamos por un puesto avanzado con el tendido telefónico intacto
intentaba ponerme en contacto con ella. En vano; en El Cairo reinaba el
pánico. Las centralitas civiles, e incluso las militares, habían dejado de
funcionar. Los que estábamos en la carretera de la costa no sabíamos quién
estaba al mando y no teníamos otro plan que poner rumbo a levante y seguir
avanzando.
14.30 horas, 26/6/42. En algún lugar al oeste de El Daba. Humo
y fuego hasta donde alcanza la vista. Los Stuka nos bombardean
durante todo el día, y por la noche llegan los Henschel y los Machii
italianos y reanudan el ataque a la luz de las bengalas. Vuelan
siempre sobre la carretera. ¿Por qué no? Esto es como una caseta
de feria.

La retirada se había convertido en el mayor atasco del mundo. Durante


ciento cincuenta kilómetros, no había un centímetro de asfalto libre de
transportes pesados, piezas de artillería, cañones de 2 libras tirados por
semiorugas, ambulancias, coches blindados, camiones descubiertos,
vehículos blindados ligeros, transportes de carros de combate y carros de
combate sin transportes.
En el atasco corrían toda clase de rumores sobre apariciones de
Rommel. En uno que resultó ser cierto, los supervivientes de una batería
británica, rodeados, se negaban a rendirse. El capitán alemán que los tenía
rodeados había capturado días antes a un importante oficial británico,
Desmond Young (quien, más adelante, ya brigadier, escribiría un
extraordinario libro sobre el Zorro del Desierto), y le exigía a punta de
pistola que ordenase a los soldados que se rindieran. Young le respondía
que guardase el arma. De repente, una tormenta de arena, un coche del
cuartel general…, y aparecía Rommel en persona. El capitán escupía su
historia. El Zorro del Desierto reflexionaba un momento.
—No —decía—. Una petición así contravendría las normas de la
caballerosidad y las convenciones más honorables de la práctica militar. —
Ordenaba al capitán que resolviera el problema de otro modo y luego
compartía con Young un poco de té helado con limón de su propia
cantimplora.

08.00 horas, 27/6/42. El control de tráfico nos ha desviado de la


carretera. Tenemos una cantidad incontable de vehículos por
delante. Llueve a cántaros. Los árabes nos venden huevos. Quieren
papel de aluminio, no sé para qué, y les entusiasman nuestras
raciones. Gracias a, Dios ha aparecido la RAF. Sin ella, la
Luftwaffe convertiría esta carretera en una tumba de ciento
cincuenta kilómetros.

Más rumores sobre Rommel. Dirige personalmente el avance de los


Panzer y nos pisa los talones, según dicen.
—¿Por qué no mandamos unos puñeteros comandos para acabar con ese
tipo? —repite cada soldado de la columna—. ¡Hay que liquidar a ese
marica! ¡Queremos luchar!

16.30 horas, 27/6/42. El A-9 se ha quedado sin gasolina. Hemos


llenado el depósito en un camión cisterna volcado. Un mayor
intenta adelantársenos, pero lo soborno con dos billetes de cinco
libras y el Breitling que me regaló mí abuelo. Conseguimos
cincuenta litros. Suficiente para que tres tanques recorran seis
kilómetros.

Sigo sin contactar con Rose, pero me encuentro a Jock en una red de
radio de la infantería. Me entero de que sus Highlanders cayeron
prisioneros en Tobruk, pero él logró escapar con un grupo del regimiento de
la Guardia. Está en la misma columna, sólo que unas millas más al este. En
El Cairo, el cuartel general está destruyendo los libros de claves; el propio
Mussolini ha llegado desde Italia y promete entrar triunfal en la ciudad,
como un emperador romano.
¿Tan inminente es la derrota? ¿De verdad va a caer El Cairo? Si
Rommel toma Suez, Inglaterra quedará aislada de la India y el Extremo
Oriente. Se perderán doscientos mil hombres. Y, lo que es aún peor, Hitler
podrá poner sus zarpas sobre los campos petrolíferos de Irak y Arabia. Ante
esto, Rusia podría caer o solicitar los términos de la capitulación. La guerra
se perdería de un solo golpe.
La única buena noticia, me dice Jock, es que cuanto más avanzan los
alemanes hacia el este, más se alargan sus líneas de abastecimiento desde el
puerto de Trípoli. Tobruk, bombardeada por la RAF, aún no es operativa.
—Rommel tiene que transportar a lo largo de mil seiscientos kilómetros
el combustible para mover sus camiones. Ni siquiera él puede seguir
avanzando eternamente.

22.00 horas, 28/6/42. Sigue lloviendo. Ocho kilómetros en trece


horas. Por delante: campos de minas y las posiciones defensivas de
El Alamein. Se rumorea que el VIII Ejército intentará detener a los
alemanes allí. También se dice que Rommel se ha detenido a ciento
veinte kilómetros de aquí. Se ha quedado sin gasolina.
7

Tardé diez días en encontrar a Rose. No me dieron permiso, ni un mal


pase de pernocta para ir a El Cairo.
Estaban reorganizando el VIII Ejército de la cabeza a los pies. Lo que
quedaba de nuestro regimiento permaneció en la 22.a Brigada Blindada,
pero se le adjuntaron una nueva compañía antitanque, una batería de 25
libras y dos batallones de infantería motorizada con los efectivos muy
reducidos. Nos sumamos a una serie de unidades parecidas que
conformarían una reserva móvil para cuando Rommel reemprendiera su
ofensiva. A efectos inmediatos, lo que esto significaba eran nuevos carros
de combate, nuevas dotaciones y más instrucción. Estaba atrapado, lo
mismo que todos los demás. Nos encontrábamos en Kabrit, donde se había
establecido temporalmente el cuartel general de la división blindada. Jock
también estaba allí. Nos encontramos una noche en un punto de
aprovisionamiento de combustible llamado Dixie Once. Lo habían
ascendido a capitán y estaba esperando la inminente concesión de una Cruz
Militar por su heroísmo en la salida de Tobruk. Había hablado por teléfono
con Rose dos noches antes.
—Se encuentra bien y le he dicho que tú también.
Oír que se encontraba cerca sólo sirvió para azuzar mi necesidad de
verla.
—¿Dónde está?
—Sigue en Inteligencia Naval. Han trasladado la oficina de Alejandría a
Grey Pillars, en El Cairo. Pero no te preocupes. Le he asegurado que te
encuentras bien y os veréis muy pronto.
—¿Van a evacuarla?
—No lo sé.
El punto de aprovisionamiento no era más que un semicírculo de
camiones cisterna aparcados bajo unas farolas apagadas, en medio de una
llanura a los pies de las colinas Muqattam y rodeado por filas de tanques,
camiones pesados, semiorugas y transportes Bren desesperados por
conseguir algunos litros de combustible. Teóricamente, la gasolina sólo se
dispensaba a quienes tuviesen una autorización del cuartel general y a unas
horas establecidas, pero la inminencia del ataque de Rommel había hecho
aflorar un nuevo orden, cuya moneda eran el whisky y los cigarrillos, las
libras esterlinas (nada de dinero egipcio) y los amigos que, cuando recibían
permiso para reaprovisionarse, te dejaban echar algunos litros en el depósito
antes de que la indignación de los demás los obligaba a parar.
Le pregunté a Jock si Rose le había contado algo sobre el niño. Como
ya he dicho, mi esposa estaba embarazada de casi seis meses.
—Está perfectamente, Chap. Mejor que nosotros. —La medalla había
llegado acompañada por un permiso de doce horas, y Jock me lo regaló
para que pudiera ir a ver a Rose.
A la mañana siguiente logré localizarla por teléfono. Quedamos en
vernos en el hotel Shepheard, en El Cairo, dos días después. Me pidió que
no me preocupara por su seguridad. Su sección se retiraría a Haifa en
cuanto pudieran organizar el traslado.
Al final, el pase de Jock no me sirvió de nada. Tenía que autorizarlo el
oficial al mando del beneficiario. No pude obtener otro, y, además, el uso de
las líneas telefónicas había quedado restringido a las llamadas de
emergencia. Pasaron cuatro días más; finalmente, al quinto, ante la
imposibilidad de utilizar el teléfono, fui en persona al Shepheard, esperando
contra toda esperanza que me hubiera dejado una nota.
Rose estaba allí.
Todo lo que dicen sobre el amor en tiempos de guerra es cierto. Cuando
vi a mi esposa estaba en la pose menos atractiva que se pueda imaginar:
apoyada en la pared de una habitación sin ventanas, descalza y con uno de
los ojos tapado por una melena despeinada. Vestía de civil. Aún no me
había visto. En aquella época, el Shepheard era uno de los hoteles más
elegantes del mundo. La atmósfera de peligro había alcanzado unas cotas de
tensión casi insoportables con la proximidad de Rommel, lo que tornaba
preciosos cada sonido y cada sensación. En medio de todo aquello se alzaba
Rose. Supongo que todos los hombres deben creer que su novia es la chica
más hermosa del mundo. Corrí hacia ella. Nos abrazamos como si nos fuera
la vida en ello.
—¿Cuánto llevas aquí?
—Desde el otro día. Sabía que no podrías encontrar un teléfono. —Nos
besamos como posesos—. ¿Estás bien, cariño?
—¿Yo? ¿Y tú?
Me dijo que había conseguido una habitación. La atraje hacia mí. Sentí
que se resistía. Por un momento pensé que era por el niño.
—Tengo algo que decirte.
Aspiró hondo y se enderezó.
—Es Stein.
Sentí que el suelo se abría bajo mis pies.
—Ha muerto —dijo Rose—. El informe ha pasado por mi mesa. Lo he
visto.
Fue como si la habitación se quedara de repente sin aire. Me dijo que
había intentado hacer una copia en carboncillo, pero la normativa prohibía
sacar cualquier documento de la oficina.
—Vámonos de aquí —le dije.
Atravesamos el bullicio del salón principal. Un coronel estaba al piano
de cola, tocando. Un grupo cantaba a coro una canción universitaria. En el
exterior, la terraza estaba abarrotada de australianos y sudafricanos
borrachos. Los gharries y los taxis iban y venían. Dos mayores
neozelandeses, al reparar en el embarazo de Rose y en su estado de
agitación, se levantaron al instante y nos ofrecieron la mesa. Cuando les
estreché la mano estaba temblando.
Rose me contó que Stein había caído en un lugar llamado Bir Hamet, al
sur de Fuka. Un obús había acabado con su vida y la de otros dos hombres.
—He buscado al oficial que había redactado el informe y me ha
confirmado que lo vio con sus propios ojos. He verificado el nombre y he
revisado las listas del VIII Ejército. Capitán Zachary Aaron Stein. No hay
otro.
La rodeé con mis brazos. Nos bebimos dos brandis como si fueran agua.
Rose me dijo que se lo había contado a Jock; ya lo sabía cuando nos vimos
en el punto de aprovisionamiento.
—Me dijo que cuando te viera no podría darte la noticia.
Mi valerosa Rose.
—Eres más valiente que ningún soldado.
El que Stein pudiera morir era una posibilidad que nunca había
contemplado. Era mi mentor. Me había salvado la vida.
—Es como… —dije— como si hubiéramos perdido la guerra.
Ahora lo más importante era poner a Rose a salvo. Palestina no era más
seguro que Egipto. De hecho, si caía El Cairo, no habría ningún lugar
seguro en todo Oriente Medio. Le dije que tenía que dejar su puesto en la
oficina de claves. Debía volver a casa.
Se negó. Allí la necesitaban.
—¿Crees —dijo— que en casa estaría más segura?
Me explicó que los restos de Stein estaban en el depósito temporal que
había en los cuarteles de Ksar-el-Nil, en el centro de la ciudad. Decidimos
ir. Soy una de esas personas que combaten la consternación por medio de la
actividad. Debía ver el cuerpo de Stein. Identificarlo. Debía ponerme en
contacto con su familia y cumplir sus deseos de la manera más rápida y
precisa posible. Eran las ocho de la tarde. ¿Estaría abierto el depósito?
Había dos teléfonos públicos en el Shepheard, en el pasillo contiguo al
bar. Una fila de oficiales esperaba en cada uno de ellos. Uno de ellos era el
coronel L. «Cojones —pensé—, lo que faltaba». L nos había visto. Le
presenté a Rose. No había manera de librarse. Cuando nos preguntó qué
estábamos haciendo allí, no tuvimos otra alternativa que contárselo.
Para mi sorpresa, al instante se ofreció a ayudarnos. Tenía coche y
chófer. Nos llevó a Ksar-el-Nil sin perder un segundo y una vez allí se
encargó del sargento de guardia que intentó que volviéramos a la mañana
siguiente.
El depósito estaba formado por dos enormes tiendas montadas sobre
una plaza que antes de la guerra se empleaba para realizar exhibiciones
ecuestres. Sólo se permitía acceder al personal de uniforme. L se ofreció a
quedarse con Rose. Entré solo, escoltado por un cabo del registro funerario.
Junto a la entrada de cada una de las tiendas había dos enormes
refrigeradores diésel. Los habían apagado para ahorrar combustible, como
todas las noches, según me explicó el cabo.
Los cadáveres, oficiales todos ellos, descansaban sobre mesas,
camastros y cualquier superficie disponible.
—Teníamos literas —me explicó el cabo—, pero se las llevó el Cuerpo
de Ambulancias. —Me enseñó dos cadáveres equivocados antes de que por
fin diéramos con Stein.
Los restos de mi amigo se encontraban tendidos sobre una plancha para
la arena de acero perforado, de esas que utilizan los camiones y los coches
blindados cuando se quedaban atascados en el desierto. Una sábana de
hospital lo cubría.
«Igual que a mi madre», pensé.
No tardé más que un momento en realizar la identificación. La
explosión le había incinerado la mitad de la cara, pero la otra mitad estaba
más o menos intacta.
—Lo han propuesto para la Orden de Servicios Distinguidos —dijo el
cabo mientras señalaba el registro—. Y seguro que se la conceden. La junta
nunca rechaza las peticiones TP.
—¿TP?
—A título postumo.
Cuando salí, L me ofreció un cigarro. Estaba hablándole a Rose del
heroísmo de Stein en El Duda. Una vez en la calle, nos buscó un taxi y lo
pagó: tenía una reunión y necesitaba el coche. Le tendí la mano y él me la
estrechó.
—Señor, estoy en deuda con usted, y no sólo por su amabilidad de esta
noche. No le he servido como es debido en el campo de batalla, y crea que
lo siento profundamente. Le ruego que me perdone. De ahora en adelante,
haré todo cuanto esté en mi mano por servir al máximo de mi potencial.
Cuando Rose y yo llegamos al Shepheard, se había ido la luz. Los
ventiladores de las habitaciones no funcionaban. Permanecimos sentados en
la cama en medio de la oscuridad, fumando y bebiendo champán caliente
directamente de la botella. Rose había traído el manuscrito de Stein, que yo
le había pedido que guardara. Lo metió en mi petate. Las páginas estaban
dentro de una carpeta de pana con la palabra «Macédoine» escrita a
máquina. El nombre de una variedad de porcelana o algo así.
Permanecimos despiertos toda la noche. Le conté a Rose todo cuanto
pude recordar sobre las proezas de Stein durante la retirada hacia El Cairo.
No era el único, le aseguré, que lo idolatraba.
—¿Recuerdas la serenidad con la que respondía siempre a cualquier
crisis en el Magdalen? En el desierto era igual. No había cambiado. No soy
capaz de expresar lo aterradoras, agotadoras y frustrantes que pueden llegar
a ser las cosas en el campo de batalla y lo cerca que hemos estado de una
desbandada total e irremediable. Stein mantenía a raya el caos. Cuando
llegaba, casi podías oír cómo los oficiales suspiraban de alivio. Stein ha
llegado, pensábamos todos. Todo irá bien.
Le conté cómo se sentaba pacientemente a explicarles a los cabos
jóvenes cómo pedir apoyo artillero, a pesar de llevar varias noches sin
apenas dormir.
—En las divisiones blindadas, cuando empieza el fuego, siempre puedes
meterte en el vehículo, pero él, con sus 25 libras, estaba al descubierto. Una
vez le pregunté si no tenía miedo. «Miedo no, terror —me dijo—. Pero no
puedo dejar que se note, ¿verdad?»
Le expliqué que, a pesar de toda la sangre y la muerte que había
presenciado durante los últimos treinta días, la experiencia de la guerra
había seguido siendo algo irreal para mí hasta aquel momento.
—Lo estaba mirando todo desde fuera, como una película, o algo que
estuviera ocurriéndole a otra persona.
Por la mañana pedimos unos sándwiches de queso y jamón en la terraza
del hotel y los devoramos con la ayuda de sendas tazas de fuerte café
egipcio. Descubrí una caja con un pañuelo en el bolsillo de mi chaqueta; un
regalo que le había comprado a Rose y había olvidado. Su cumpleaños
había sido el día anterior. Tenía veinte años.
—Sé que estás preocupado por mí, cariño —me dijo—. Y te amo por
ello. Pero no me pasará nada, te lo prometo. Traeré a tu hijo sano y salvo a
este mundo.
Me dejó muy claro que no debía volver a mencionar el tema de enviarla
a casa.
—No me iré. No me lo pidas. Cumplo con mi deber, como tú. Nuestro
hijo nacerá aquí. Puede que sea el destino.
Nuestro taxi la dejó en Grey Pillars. Tenía que volver a la oficina y yo a
mi campamento. Nuestro beso de despedida se produjo en la calle, delante
de un puesto de guardia protegido por un parapeto de sacos terreros.
—Vine desde Inglaterra por ti, amor mío —me dijo—. Para mí también
era como un juego. Un romance, una gran aventura. Pero se ha convertido
en otra cosa, ¿verdad?
Tres semanas después la evacuaron a Haifa junto con el resto de su
oficina. Los nuevos comandantes del VIII Ejército, Montgomery y
Alexander, acababan de asumir el mando. La línea estaba resistiendo en El
Alamein.
Se produjo un compás de espera que ambos bandos aprovecharon para
acumular material y suministros de cara al inevitable choque. Yo me
dediqué a entrenar con mi formación hasta finales de agosto. Una mañana,
justo antes del comienzo de septiembre, me enviaron con unos informes a la
ciudadela de Saladino, un complejo inmenso, digno de las mil y una noches,
donde el Real Cuerpo Blindado había establecido su cuartel general. En las
escaleras me encontré con Mike Mallory. Volvía de la ceremonia en la que
había recibido su Orden de Servicios Distinguidos: aún tenía la caja con la
mención en la mano. Me contó que lo habían ascendido provisionalmente a
teniente coronel. Dirigiría un batallón de la 1.a División Blindada.
—Los pedí a usted —me explicó, lo que quería decir que había
solicitado que me trasladaran a su unidad—. Pero parece ser que el cuartel
general lo quiere para el Long Range Desert Group.
—¿Cómo?
Me estrechó la mano como felicitación.
—Según parece, el coronel L ha intercedido en nuestro favor. Yo voy a
«bajar al azul» y a usted lo envían al desierto.
LIBRO II

El Long Range Desert Group


8

Como ya he dicho, el Long Range Desert Group era una de las unidades
de «fuerzas especiales» en las que había intentado ingresar sin éxito durante
el último invierno, en Palestina. Hacía tiempo que había perdido la
esperanza de saber nada del asunto y, desde luego, no contaba con que una
de ellas llegara a reclamarme. La noticia me electrizó.
Al fin me encontraba con una unidad pequeña y personal, donde un solo
individuo podía marcar las diferencias. El LRDG operaba solo, tras las
líneas enemigas, a cientos de millas de la cadena de mando centralizada.
Los riesgos eran muy elevados, pero también la oportunidad de asestar un
golpe importante. Sin embargo, para ser sincero, debo reconocer que había
algo más profundo en mi deseo de servir con aquel grupo de hombres. Algo
relacionado con el desierto, el desierto profundo. Quería verlo. Quería
alejarme de la corrompida y superpoblada franja costera, poner rumbo al
sur y adentrarme mil o mil quinientos kilómetros en el continente.
¿Tenía algo que ver con la muerte de Stein? No podría haber respondido
a esta pregunta. Sólo sabía que necesitaba llegar más allá de donde otros
hubieran estado antes, más allá de cualquier sitio que conociera. Necesitaba
ponerme a prueba. La guerra no tenía nada que ver. No odiaba a los
alemanes. No me dominaba un ardiente deseo de infligirles muerte o dolor.
Pero quería hacer algo. Quería asestar un golpe.
Cuán profunda fue mi decepción cuando, cuatro días más tarde, llegaron
finalmente las órdenes y me enteré de que el VIII Ejército no estaba
enviándome al LRDG para que me uniera a él, sino sólo en comisión de
servicio. Iba a servir en «labores puramente técnicas».
MISIÓN: acompañar a una patrulla del Long Range Desert Group con
el fin de evaluar las posibilidades de acceso a un cuadrante que se
especificará más adelante para un contingente formado por todas las armas.
En otras palabras, colaboraría en la búsqueda de rutas en el desierto
profundo por las que pudieran transitar tanques, cañones y equipo pesado.
Era suficiente para mí.
Me bastaría.
Me presento en el cuartel general del Long Range Desert Group, el
oasis de El Fayum, el 7 de septiembre, diez días antes de mi
vigesimosegundo cumpleaños. Como ya he explicado, estaré en comisión
de servicio hasta el final de esta operación.
El Fayum es un balneario abandonado situado junto a una cadena de
lagos de sal, a una hora al sur de El Cairo. Es un lugar enorme. Varios
elementos de los 4.° y 7.° de Tanques Reales están aquí, entrenándose con
los nuevos Sherman americanos, así como algunas formaciones del 2.° de
Yeomanry del condado de Londres y del regimiento de Yeomanry de
Staffordshire, el viejo regimiento de mi padre y mi abuelo. El ataque de
Rommel contra El Alamein se cree inminente. Hay largas filas de
transportes sobre el asfalto, aguardando para llevar los tanques de nuevo a
la lucha. Mi propia unidad, ya reconfigurada, ha adoptado posiciones
defensivas en Alam Halfa.
Son las 13.30 horas cuando localizo la sala de mando. El termómetro
marca casi cuarenta grados centígrados. El mayor Jake Eaonsmith, un
hombre por el que siento gran respeto, me recibe con cordialidad y me
presenta al sargento Malcolm McCool. El sargento, un neozelandés, hace
constar mi incorporación en los registros de la unidad y me acompaña a mis
aposentos, un bungaló en lo que antes era la zona de baños del viejo
balneario. Compartiré dos habitaciones con un teniente de segunda llamado
Tinker, que en ese momento está de patrulla. McCool me pregunta si he
comido. Cuando le respondo que no, me lleva al comedor común (en el
LRDG, oficiales y soldados comen juntos), una tienda Nissen con
disipadores de calor en el techo y ventiladores portátiles a ambos extremos.
McCool me dice que debo presentarme en la oficina de Eaonsmith a las
16.30.
—Le darán los libros.
—¿Libros?
—Tiene mucho que aprender, señor. —Se sonríe y me deja solo.
El comedor está vacío cuando entro, con la única excepción de seis
tipos que se sientan juntos a una mesa, bajo el techo ondulado. Nunca he
visto hombres tan morenos y fornidos. Son comandos del SAS. Tienen las
armas al alcance de la mano: dos ametralladoras Thompson, tres Bren y una
ametralladora de posición, que resulta ser una Spandau alemana. Sólo uno
de ellos es oficial. Lo reconozco. Es Paddy Mayne, el legendario jugador de
rugby irlandés que era mi ídolo en la universidad. Mayne raya los treinta
(aunque parece mayor), supera de largo el metro noventa de estatura y es
fuerte como un Áyax. No estaría más nervioso en presencia del rey. Pero
sus hombres y él me dan la bienvenida calurosamente. Les habían dicho que
iba a venir un oficial de la división blindada. Nos entrenaremos juntos
durante un periodo de duración indeterminada, aunque breve, y luego
partiremos para dar una «paliza», una incursión, deduzco. Trato de
comportarme como si la noticia no me hubiera cogido por sorpresa.
—¿Sabéis adónde iremos?
—A algún sitio divertido —dice un sargento.
Ya ha oscurecido cuando consigo ver al mayor Eaonsmith. Es un
hombre parco en palabras aunque amigable. Le entrego mis órdenes, que
lee en cuestión de segundos y luego deja a un lado. Le pregunto por mi
misión.
—No te preocupes por eso —me dice—. Y, por favor, llámame Jake.
Jake me explica mis deberes en los términos más vagos que se puedan
imaginar. De momento sólo debo entrenarme y ponerme al día con respecto
a los protocolos del LRDG.
—Tendrás que absorber seis semanas de instrucción en menos de dos.
Espero que no te suponga un problema. —Antes de que tenga tiempo de
responder, señala una docena de libros amontonados sobre una mesa, en la
parte trasera de la sala—. Léetelos y apréndetelos de memoria. Es
importante, porque no podrás volver a consultarlos luego.
Da unos golpecitos al dossier que contiene mis órdenes y me felicita por
mis evaluaciones.
—¿Señor?
—El análisis de tu coronel sobre tus aptitudes como oficial. Según él,
puedes caminar sobre el agua.
Vaya, el regalo de despedida de L.
También me han elegido para esta misión, me dice, porque mi hoja de
servicios indica que hablo alemán. Le explico que en mi mejor momento,
hace varios trimestres, lo máximo que conseguía era pelearme
amistosamente con la portada del Frankfurter Allgemeine Zeitung.
—Ya lo recuperarás —me asegura. Me entrega una gorra de la
Wehrmacht—. Por si te hace falta.
Se pone en pie.
—Ah una cosa más. Los libros no pueden salir de esta oficina. Tendrás
que estudiarlos aquí después de la instrucción diaria. —Me da una amistosa
palmadita en el hombro y luego me acompaña a la puerta—. Huelga decir
que no puedes comentar esto con nadie.

Mi queridísima Rose,
Bueno, aquí estoy. No puedo decirte dónde, pero es un lugar
pintoresco y hace un calor de mil demonios. La unidad no se parece
a ninguna otra en la que haya servido antes. Los oficiales no llevan
insignias y se llaman unos a otros por sus nombres de pila. Cuando
hay algún trabajo manual, todo el mundo se presenta voluntario.
Me gusta.

Durante los primeros días de la instrucción, en la costa se libra la feroz


batalla que acabará por conocerse como El Alamein. Rommel está lanzando
todo lo que tiene contra los blindados y la artillería de Montgomery,
atrincherados en el desierto. Cada noche, mientras mis nuevos camaradas se
pegan como lapas a la radio para mantenerse al día de las últimas noticias,
yo estoy en la oficina de Jake, leyendo. El primero de los libros es la
famosa obra del propio mariscal, Infantrie Greift An (La infantería ataca),
una exposición seria, casi erudita, de sus hazañas como teniente durante la
Gran Guerra. Me asombra la cantidad de acciones en las que ha participado,
más de un centenar, todas ellas ejemplo de audacia y valentía. En la
campaña de los Cárpatos, tras cruzar un río helado con un puñado de
soldados bajo el fuego de la artillería enemiga, logró hacer casi un millar de
prisioneros. Atraviesa las líneas defensivas, captura puntos fortificados,
cambia el signo de las batallas por sí solo… Es todo cierto, y encima no
está rebozado de egolatría o grandiosidad, sino expuesto con el espíritu
didáctico de un maestro que pretende compartir su experiencia con la
próxima generación de oficiales de infantería. En la portada del libro se ve
una ilustración de la más alta condecoración alemana al valor, la Pour le
Mérite, de la que Rommel es el más joven destinatario en la historia de su
país. Además de este libro, leo las comunicaciones secretas (interceptadas
por nuestros servicios de inteligencia) con Kesselring, su superior
inmediato, y con el propio Hitler. Estudio el informe de una operación de
comandos realizada el año pasado contra el cuartel general de retaguardia
de Rommel, en Beda Littoria. Los hombres irrumpieron de noche en lo que
creyeron que eran los aposentos del general, que procedieron a volar antes
de que la guarnición lograra rechazarlos. Al final resultó que la información
de los servicios de inteligencia no era precisa: aquél no era el cuartel de
Rommel y él mismo llevaba no menos de quince días sin aparecer por allí.
Estudio artículos y conferencias académicas sobre Rommel, o escritos por
él, así como los tratados sobre el uso de los blindados del general Heinz
Guderian (su superior durante la blitzkrieg en Francia) y los ensayos sobre
las fuerzas acorazadas escritos por nuestros compatriotas J. F. C. Fuller y
B. H. Liddel Hart. Leo Mein Kampf.
Sigo sin saber nada sobre la fecha o los objetivos de nuestra misión.
Durante el día me entreno con los comandos del SAS. Entrenamos entre
las colinas arenosas, cerca de las Pirámides. Nuestros instructores son
Willets y Enders, dos suboficiales neozelandeses que suman más de
cuarenta patrullas del LRDG entre ambos. Nos enseñan a manejar
explosivos: aprendemos a manipular detonadores, cebadores, «bombas
adhesivas» (una mezcla de explosivo plástico, aceite de motor y thermite
incendiario que se usan para volar aviones en tierra), «lápices
temporizadores» (un tipo de detonador del tamaño de un tubo de ensayo
que se activa partiéndolo por la mitad y vertiendo el ácido sobre el
revestimiento de un cable eléctrico de cobre), deflagradores y «cadenas de
margaritas» (que se usan para producir explosiones simultáneas o
secuenciales). Para los hombres del SAS todo esto ya es antiguo, pero para
mí no. Juntos aprendemos a conducir en el desierto; a sacar los vehículos de
la arena; a emplear las mejores formaciones para viajar; a defendernos en
caso de ataque aéreo; a mantener los vehículos en buen estado y repararlos;
a orientarnos usando la brújula solar y el teodolito. Cada día entrenamos
dos horas con las armas, concentrándonos especialmente en mantenerlas
limpias de arena y gravilla. Cada camión del LRDG cuenta como mínimo
con dos ametralladoras de aviación Browning del calibre 50 y sendas
Vickers del 303. En cada patrulla, uno de los camiones es lo que se llama
«el vehículo de armas», equipado con un cañón Breda italiano de 20
milímetros, capaz de volar el muro de una casa. Estudiamos primeros
auxilios, radiotelefonía sin hilos y claves. El entrenamiento puramente
físico se restringe a las horas del alba, tanto por el calor como porque los
hombres del SAS ya están tan en forma como galgos de carreras.
Para el trabajo con los vehículos contamos con la supervisión del cabo
Hank Lincoln, otro neozelandés que se ha convertido en una especie de
celebridad desde que escapó de una prisión enemiga en Agedabia y caminó
veintinueve días a lo largo del desierto para llegar a nuestras líneas. Su
historia se publicó en la prensa y le granjeó bastante notoriedad. Es un tipo
alegre, que tiene la costumbre de llamar a todo el mundo Bub o Topper, y
posee inmensos conocimientos en los campos del armamento, la
navegación y la conducción. Nos enseña técnicas de conducción en el
desierto: cómo subir y bajar lomas y dunas, cómo inflar correctamente las
ruedas, cómo reconocer las marismas salinas y las arenas movedizas. El
alcance de sus enseñanzas llega hasta los mismísimos granos de arena, que,
aprendemos, son más gruesos en la cúspide de las dunas más pequeñas y
más finos en la de las más grandes. Esto significa que tienes que conducir
de manera diferente por las enormes dunas de cien metros de altura del Mar
de Arena. En éstas, los granos han conformado a lo largo de los siglos una
configuración geométrica cuya superficie es tan frágil como la cobertura de
un pudding de arroz. Estas dunas gigantes, nos enseña Lincoln, se toman a
la máxima velocidad que se puede conseguir. En las prácticas ponemos los
vehículos a cuarenta, con el motor aullando y sin pasar de segunda. Cuando
las ruedas delanteras alcanzan la «plataforma» y el morro del camión se
inclina hacia arriba, Lincoln ruge:
—¡Aguanta ese acelerador!
Si pisas demasiado a fondo, el giro de las ruedas rompe la membrana
creada por la tensión superficial; la atraviesas y te hundes hasta el eje. Si
vas demasiado lento, encallas en la arena. No puedes cambiar de marcha
para no perder tracción. Mientras tanto, la cegadora y monótona superficie
de la duna enmascara toda sensación de movimiento. El motor aúlla, pero
tienes la sensación de que estás inmóvil. De repente: la cima.
—¡Noventa grados, ya! —grita Lincoln, lo que quiere decir girar a la
izquierda o a la derecha y hundirse deliberadamente en la arena. Si permites
que las ruedas delanteras asomen más de cincuenta centímetros, el camión
volcará y caerá hacia adelante.

Queridísima Rose,
Sigo sin saber nada sobre nuestra misión. Nos entrenamos y
comemos,nos entrenamos y dormimos. Las conversaciones entre los
hombres están compuestas principalmente de especulaciones:
«¿Adónde vamos?», «¿Cuándo?», «¿Con qué órdenes?».

En El Alamein sigue la lucha. Lo que ninguno de los nuestros termina


de entender es qué le reservan los jefazos a un grupo tan minúsculo como el
nuestro. ¿Qué pueden conseguir nuestros modestos cañones y
ametralladoras cuando hasta el último tanque y cañón aliado está empeñado
ya en la batalla que decidirá el destino de Egipto, de los campos petrolíferos
de Persia y Arabia y hasta puede que de la propia guerra?
Pasan los días. Aunque el objetivo de la misión sigue siendo un
misterio, su composición empieza a aclararse. Han llegado dos unidades
adicionales. La primera de ellas es la patrulla T1 del LRDG, formada por
cinco camiones y dieciséis hombres que acaban de participar en una
incursión contra la base aérea del Eje en Barce. La T1 está bajo el mando
del capitán Nick Wilder, un neozelandés. A Wilder se lo llevan al hospital
nada más llegar, pues ha recibido disparos en ambas piernas, además de una
fuerte contusión cuando su camión volcó al chocar contra dos tanques
italianos L3 que habían bloqueado la única ruta de escape de su patrulla. La
incursión logró destruir veinte aviones alemanes en tierra, amén de volar
varios almacenes y áreas de reparación. A Wilder le han concedido una
Orden de Servicios Distinguidos por méritos de guerra. Necesita un bastón
para caminar, pero va mejorando día a día.
La segunda adición es el mayor Vladimir Peniakoff, llamado Popski en
honor al personaje de las tiras cómicas. El grupo de Popski está formado
por un número indeterminado de árabes, oficiales y suboficiales de la
Commonwealth de opaca procedencia y una perra blanca llamada Bella. En
la documentación oficial figura como EPP, o Ejército Privado de Popski.
Popski es un belga de ascendencia rusa que antes de la guerra se dedicaba a
hacer negocios en Egipto, y, según dicen, habla innumerables dialectos
árabes y ama más a Inglaterra que Milton, Shakespeare y Churchill juntos.
Tiene unos cincuenta años, es rollizo como una rosquilla y tiene un cráneo
tan desprovisto de pelo como un huevo de avestruz. Tres fornidos senussi lo
acompañan a todas partes (uno de los cuales, se dice, es un jeque). Solo
hablan con él y se niegan a dormir al raso.
En cuanto a nuestro contingente del SAS, se diría que está formado en
exclusiva por campeones de concursos de bebedores y jugadores de rugby.
Una noche, en el comedor, su oficial al mando, el mayor Mayne, se sitúa en
el centro de la sala y desafía a que un grupo de cuatro hombres, sea cual
sea, intente derribarlo. Diez tipos robustos hacen turnos para intentarlo
durante media hora. Mayne permanece en pie en todo momento, sin dejar
de sonreír.
Sin ningún género de dudas, el líder del grupo es Jake Eaonsmith.
Nunca he conocido un oficial como él. Manda exclusivamente en virtud del
ejemplo o, para ser más precisos, de una es pecie de concentración y
gravedad que eleva cada acto que realiza a la categoría de inspiración e
induce a todos sus subalternos a tratar de emularlo. Cualquiera de nosotros
se cortaría una mano antes que decepcionar a Jake, aunque de todos los
hombres a los que les he preguntado el porqué, nadie ha sabido
explicármelo. En las fuerzas especiales, estoy empezando a comprender, un
oficial raramente da órdenes. Los hombres van por delante de él. Sea cual
sea la tarea, se ponen manos a la obra sin que los oficiales se lo ordenen y la
tienen medio terminada antes de que sepan que tienen que hacerlo. La
disciplina no se impone, como en la división blindada. Aquí es
autodisciplina, más bien.
—Un buen hombre del desierto —declara Jake en medio de una patrulla
de entrenamiento— tiene un poco de asceta. Debe disfrutar de las
privaciones y crecer en las penurias.
Es un tipo alto y delgado, de treinta y pocos años, con una mata de pelo
tupido que parece permanentemente cubierta de polvo y arena. No parece el
típico militar; antes de la guerra era comerciante de vinos en Bristol. He
oído las cantatas de Bach saliendo de su habitación. Lidera con la máxima
discreción; durante la instrucción aparece en momentos insospechados y
sólo se queda unos instantes, pero todos los hombres, Mayne y Popski
incluidos, saltarían al vacío si se lo pidiera. La única conversación personal
que hemos mantenido, una noche durante una patrulla de prácticas, versó
sobre el tema de la imaginación. Yo había mencionado que el desierto era
un lugar en el que la mente podía tender a divagar.
—Pues más le vale no hacerlo, Chapman. El desierto demanda
concentración constante.
Me ha asignado la elaboración de un documento sobre Rommel y la
disposición defensiva empleada por el Afrika Korps en el campo de batalla.
Al mismo tiempo, otros oficiales están preparando otros documentos. La
mañana de su distribución, Jake clausura el sector de la base que
corresponde al LRDG. El cabo Arnem-Butler, de la oficina de mando, hace
correr la voz: todos los oficiales y suboficiales de las patrullas R1, T1 y T3,
incluidos los navegadores y el personal médico, se reunirán a las 13.00
horas.
—¿Ya? —le pregunto.
Se limita a sonreír y no dice nada.
9

La reunión se produce en el área de reparación de vehículos de la sección


pesada, la unidad del LRDG que tiene por objeto aprovisionar de gasolina,
municiones y vituallas a las patrullas en misión de combate. Es la única
zona que cuenta con paredes a prueba de viento (para proteger la
maquinaria nueva) y que al mismo tiempo es lo bastante grande y fresca
como para resultar confortable. Lo llaman «el granero». Tres oficiales la
presiden: el mayor Eaonsmith, jefe de la operación en su conjunto; el
capitán Bill Kennedy Shaw, oficial de inteligencia del LRDG; y el mayor
Mayne, jefe de los SAS.
Están presentes todos los oficiales y suboficiales de las patrullas del
LRDG: el capitán Wilder, jefe de la patrulla T1, y el teniente Warren, jefe
de la T3 (Jake mandará la R1 en persona). La T2, bajo el mando del
teniente de segunda Tinker, está empeñada en otra operación. El mayor
Peniakoff —Popski— toma asiento en uno de los bancos, junto a su
segundo en el mando, el teniente Yunnie. Yo encuentro un sitio a un lado.
Delante está el oficial médico de las patrullas, el capitán Dick Lawson, y el
adjunto de la RAF, el teniente de vuelo Higge-Evert, quien acompañará a la
patrulla de Wilder en calidad de asesor y enlace con las fuerzas aéreas.
Cerca del mayor Mayne se sientan tres suboficiales, Reg Seekings, Johnny
Cooper y Mike Sadler, el navegador, junto con otro oficial de su misma
graduación, el capitán Alexander Sandy Scratchley. La atmósfera es
sumamente despreocupada. No hay sillas, así que la gente se sienta en
mesas de trabajo o bancos, o simplemente en el suelo, con las rodillas
levantadas y los brazos alrededor de las piernas desnudas. El uniforme
comprende pantalón corto, camiseta y chaplies, esas sandalias de suela
cuadrada que los hombres prefieren a las botas porque son más frescas y los
escorpiones y las arañas no pueden esconderse en su interior.
Un sargento llamado Collier cierra las grandes puertas correderas. En la
parte delantera, Kennedy Shaw clava una foto sobre una pizarra de
presentaciones. Es una foto de Rommel.
Miro a mi alrededor para comprobar si alguno de los oficiales está
sorprendido. Si es así, no lo demuestra. El sargento Collier regresa y toma
asiento a mi lado, sobre un cajón de madera de munición del 303.
—El Zorro del Desierto —dice Kennedy Shaw señalando la foto—.
Durante casi dos años, todos los hombres de esta sala han rezado por
tenerlo delante. Bueno —afirma—, pues pronto será así.
A continuación realiza una breve exposición sobre los primeros pasos
de su carrera: sus espectaculares triunfos como oficial de infantería durante
la Gran Guerra, la obtención de la Pour le Mérite, el éxito de su libro La
infantería ataca… Kennedy Shaw está tratando de ofrecernos una
semblanza del personaje.
—El valor de Rommel es incuestionable. El marchamo de su estilo es la
audacia y la agresividad.
En 1940, durante la invasión de Francia, Rommel manda una unidad de
élite, la 7.a División Panzer. La formación, punta de lanza de la blitzkrieg,
encabeza la penetración por las Ardenas, el golpe que derriba a Francia. La
recompensa de Rommel es el mando del DAK, el Deutsches Afrika Korps,
así como de todas las tropas alemanas en Túnez y Libia.
Ascendido a teniente general, Rommel desembarca en Trípoli en febrero
de 1940. En su primera campaña, antes de que hayan llegado la mitad de
sus hombres y sus carros de combate desde Europa, consigue expulsar de
Cirenaica a la Fuerza del Desierto Occidental; nuestras divisiones blindadas
se ven obligadas a ceder casi enteras los mil quinientos kilómetros que
habían avanzado desde la frontera egipcia. La propia prensa británica lo
encumbra al otorgarle el título de «el Zorro del Desierto». Hasta Churchill
declara: «Tenemos frente a nosotros a un adversario audaz y habilidoso y, si
se me permite decirlo entre los horrores de la guerra, a un gran general».
—Nadie tiene que explicarle esto a los soldados británicos —dice
Kennedy Shaw.
Tan poderoso es el influjo que su figura ejerce sobre su imaginación que
el general Auchinleck, comandante supremo del VIII Ejército, cree
necesario emitir la siguiente directiva: «Nos enfrentamos a la posibilidad
real de que nuestro amigo Rommel se convierta en una especie de mago u
hombre del saco para nuestras tropas, que hablan demasiado de él. No es,
en modo alguno, un superhombre, y sería muy poco conveniente para
nosotros que nuestros hombres le atribuyeran poderes sobrenaturales. […]
Debemos referirnos a «los alemanes» o «las potencias del Eje» […], en
lugar de estar constantemente aludiendo a él. Les ruego que subrayen ante
todos los mandos que, desde un punto de vista psicológico, ésta es una
cuestión de la máxima importancia».
—Lo que complica aún más el hacer frente al mito de Rommel —
continúa Kennedy Shaw— es el hecho de que no encaja en los estereotipos
del huno rapaz o el nazi brutal y fanático. No es miembro del partido y no
lo ha sido nunca. Su código militar es producto de las tradiciones militares
prusianas, anteriores al auge del nacionalsocialismo. Es, según nos han
contado, un guerrero de una época pretérita, un caballero a la antigua
usanza, para el que las virtudes de la caballerosidad y el respeto por el
adversario son inseparables de la pasión por la victoria. En otras palabras —
concluye—: ¡es imposible odiar a ese bastardo!
»Si lo eliminamos, clavaremos una lanza en el corazón de las fuerzas
del Eje en el norte de África.
Señala la foto del Zorro del Desierto.
—Y aquí, amigos míos, es donde entran ustedes.
A continuación cede el centro del escenario al mayor Eaonsmith. Jake le
da las gracias a Kennedy y se adelanta con una mirada tímida dirigida a su
audiencia.
—¿Cuento con su atención, caballeros?
Por primera vez, unas carcajadas quiebran la gravedad de la atmósfera.
—Sé lo que están pensando —dice—. Es una misión imposible. Y
somos la gente apropiada para llevarla a cabo.
Más carcajadas. Una petaca de café circula entre los presentes. Se
encienden cigarrillos. A mi lado, el sargento Collier comprime el tabaco de
su pipa Sherlock Holmes y vuelve a encenderla.
Jake comienza describiendo el estilo de liderazgo de Rommel. El Zorro
del Desierto manda a sus tropas desde primera línea.
—Tiene agallas, hay que reconocerlo. No dirige las batallas por
teléfono. —Mientras habla, distribuye una serie de fotografías
propagandísticas del Afrika Korps, en las que se ve a Rommel en
situaciones diversas, aunque siempre en el frente: en coches del cuartel
general, montado en un Panzer Mark IV… Su instinto agresivo, nos dice
Jake, lo impele una y otra vez a dirigirse allí donde la lucha es más
encarnizada.
—En otras palabras, caballeros, nuestro más importante enemigo, el
hombre del que depende la suerte de la guerra en el norte de África, no
estará cómodamente sentado varios cientos de kilómetros tras las líneas
enemigas, donde nos sería imposible alcanzarlo, sino que es probable que se
sitúe en primera línea, a plena luz del día, sin más protección que un coche
del cuartel general. Lo único que tenemos que hacer es encontrarlo.
Los hombres reciben fotos de los vehículos que componen el cuartel
general móvil de Rommel, su Gefechtssaffel, cuyas características
distintivas debemos estudiar y aprendernos de memoria. El puesto de
mando de un mariscal de campo, recuerda Jake a los hombres, se encuentra
rodeado por una multitud de vehículos y hombres, a causa de la
concentración de antenas, del tráfico de correos y de la presencia del
personal de seguridad. Paradójicamente, estos factores también contribuyen
a engrosar nuestras probabilidades de éxito.
Esto provoca la segunda carcajada de la reunión.
—¿Y qué se supone que vamos a hacer, señor, recorrer el desierto de un
lado a otro hasta dar con ese bastardo? —pregunta un sargento.
—Insel se ha enterado —responde Jake (con «Insel» se refiere a
Inteligencia de Señales, los chicos de intercepción de radio)— de que cada
noche, cuando las circunstancias impiden a Rommel volver al cuartel
general en retaguardia, su operador de radio envía una señal en clave a una
hora específica. La señal, diferente cada noche, informa al personal del
cuartel general del paradero de su comandante en jefe.
Nuestros espías, nos explica Jake, se han hecho con esta información.
Señala las palabras Zorro del Desierto, pintadas sobre la pizarra.
—Esto quiere decir que podemos usarla para encontrarlo. Como es
natural, esto no garantiza que vaya a permanecer fijo en un lugar. A las
19.30 horas no tiene por qué estar donde estaba a las 19.00. Y aquí es donde
entran ustedes, caballeros. Mayor Mayne, ¿quiere seguir?
Paddy Mayne da un paso al frente. Para la gente de nuestra época no
sería necesaria la siguiente aclaración, pero a beneficio de los lectores más
modernos diré que, antes de la guerra, Mayne era una estrella del rugby a la
altura de los mejores de todos los tiempos. Es alumno de Cambridge y
procurador, y al final de la guerra será el soldado más condecorado de la
Gran Bretaña y, con la única excepción de su oficial superior en el SAS,
David Stirling, el comando más famoso de toda la guerra norteafricana.
—¿Qué quiere decir eso, señor? —le pregunta una voz—. ¿Que, una
vez localizado Rommel, iremos a por él armados hasta los dientes?
Mayne sonríe.
—Ojalá fuera así, caballeros. Pero me temo que toda la gloria será para
la RAE
Esto provoca la primera protesta.
La misión de nuestro grupo, nos explica Mayne, será penetrar las
defensas del enemigo y aproximarse lo bastante al objetivo como para
transmitir su posición exacta o, en caso de que sea posible, marcarla con
humo rojo. Los cazas de la RAF se encargarán de acabar con él. Nuestro
cometido entonces será limpiar los restos y salir de allí con el rabo entre las
piernas.
Al oír esto, el silencio expectante que reinaba hasta ahora cede el paso a
una indignación plagada de murmullos. Por mi parte, aunque a lo largo de
la guerra asistiré a varias reuniones parecidas, donde se transmitirán
órdenes igualmente absurdas con absoluta impasibilidad y durante las
cuales, invariablemente, sentiré cómo se me hiela la sangre, no puedo dejar
de sentirme asombrado por el entusiasmo ferviente y jubiloso con el que los
hombres abrazan esta misión casi suicida.
—Así es la vida —dice Mayne—. Las fuerzas aéreas nos han ganado
por la mano esta vez. No obstante, nuestra tarea no será en absoluto
insignificante. No desesperen, muchachos. No sería la primera vez que veo
fallar a esos aviadores. Si meten la pata, tendremos nuestra oportunidad.
De este modo, la reunión termina con la moral por todo lo alto. Los
hombres, que se conocen de sus unidades y de operaciones anteriores, se
dividen en varios grupos para ir perfilando los detalles de cada misión
individual. Yo me encuentro solo, pensando en las vastas extensiones del
desierto occidental y las decenas de miles de soldados, carros de combate y
cañones del Afrika Korps. ¿Sólo a mí me parece absurda esta operación?
Me vuelvo hacia el sargento neozelandés, Collier, que ha pasado toda la
reunión a mi lado, sentado sobre una caja de munición. Tiene aspecto de
atleta. Puede que antes de la guerra fuera jugador de rugby o montañero,
como casi todos ellos.
—¿Qué le parece esta fiesta, sargento?
El neozelandés se vuelve hacia mí con una sonrisa en los labios.
—Un auténtico embrollo, señor.
10

Aquella tarde tenemos que cargar.


Las órdenes se imparten a las 14.00. Se cancelan todos los pases y los
privilegios postales y telefónicos. Las instrucciones para los comandantes
de patrulla son aprovisionar sus vehículos de gasolina, aceite, comida, agua
y municiones para treinta días.
La patrulla T3 —en la que yo iré— ha perdido en el último instante a su
jefe, el teniente Warren, por culpa de una apendicectomía de emergencia. El
sargento Collier lo reemplaza. Los otros once hombres son neozelandeses,
salvo Miller, el enfermero, un oriundo de Bradford, Yorkshire. Cinco
hombres del SAS vendrán con nosotros.
Los camiones se cargan en un patio al que sólo tiene acceso el personal
del LRDG, aprovechando las horas de la tarde y la noche. Estoy presente,
pero intento no estorbar.
En honor a la composición neozelandesa de la patrulla T3, todos los
camiones llevan nombres maoríes. Yo voy a ir en el Te Aroha IV. Los
vehículos de los jefes de patrulla son jeeps Willys estadounidenses,
reservados para el LRDG entre la escasa y preciada reserva que ha caído en
manos del VIII Ejército. Con ellos podrán adelantarse en misiones de
reconocimiento a pesar de lo accidentado del terreno. El resto de los
vehículos son camiones de tonelada y media. La tripulación del Te Aroha IV
(o Cuatro, como se lo conoce) comprende al soldado L. G. Oliphant como
conductor, al cabo Jack Standage como primer ametrallador, el soldado
Punch Danger (pronunciado DAN-gurr, con una «g» muy marcada) como
segundo ametrallador, y un servidor. Uno de los hombres del SAS, el
sargento Pokorny, nos acompaña como pasajero. Lleva su propia arma, una
Bren. El sargento Wannamaker manda el Te Rangi V, el camión de la radio,
con Frank Grainger como operador, Marks como ametrallador y Durrance
como mecánico. El cabo Conyngham manda el camión de armas, Tirau VI,
con Midge y Hornsby como ametralladores y Miller, el enfermero. Cada
uno de ellos lleva dos comandos del SAS a bordo. Los hombres del LRDG
son todos neozelandeses, como ya he dicho, y todos ellos, salvo los dos
cabos, Holden y Davies, me sacan como mínimo siete años. Antes de la
guerra eran peritos agrícolas, ganaderos, mecánicos y carpinteros. Tienen
familias y granjas. La familia de Oliphant posee cuatro mil hectáreas.
La carga se produce bajo el alero del área de reparación. Los
suministros se disponen a un lado, sobre unas lonas alquitranadas. Wilder y
Eaonsmith supervisan la operación. Todo el material solicitado parece estar
a mano, con la excepción de la gasolina del T3, que el oficial de intendencia
no ha enviado. La T1 y la R1 tienen la suya. Las patrullas de Eaonsmith y
Wilder terminan el trabajo y cubren los camiones con sus propias lonas (no
para la lluvia, sino para la arena y el polvo). Aún no ha llegado nuestra
gasolina. Ya ha oscurecido. Finalmente llega un camión cisterna, un White
de diez toneladas cargado hasta los topes de latas de gasolina. Nuestros
hombres descargan las cajas marcadas como SHELL, MT y BENZINE.
Este White, así como un Mack NR9, acompañará a las patrullas durante
los cuatrocientos primeros kilómetros, haciendo las veces de gasolinera
rodante.
Se supone que un camión de tonelada y media no debe llevar una carga
superior a su propio peso. Con unos amortiguadores de ballesta adicionales,
esta cifra puede subir hasta los mil seiscientos cincuenta kilos, pero Collier
me dice que, a ojo de buen cubero, debemos de llevar alrededor de dos
toneladas. Lo primero que se carga en un camión es la gasolina. La gasolina
de las patrullas T1 y R1 viene en unas latas impermeables y herméticas,
capturadas a los alemanes y casi tan preciadas como los jeeps americanos.
Cuarenta y cinco por camión, en total. Cada uno de los jeeps de Wilder y de
Eaonsmith lleva ocho de esas latas, y otras tres se han reservado para el
grupo de infiltración del mayor Mayne y para Popski. Pero la intendencia
ha metido la pata con el combustible para la T3; en lugar de las latas
alemanas recibimos los frágiles contenedores de quince litros que
prácticamente se pueden perforar con las uñas de los dedos. Éstos vienen en
unas cajas de cartón que contienen dos latas cada una. De las setenta y seis
que descargan los hombres de Collier del Mack, veintiuna tienen fugas en
las junturas; once de ellas han perdido ya la mitad de su contenido.
—Nos espera mucho trabajo con el embudo —dice nuestro sargento.
Urdimos un plan. Recurrimos al saqueo para combatir la escasez: tres
bidones de ciento cincuenta litros que, bajo mi supervisión, Punch y
Grainger sacan de las estanterías del almacén y luego nos llevamos rodando
en la oscuridad. La solución resulta tan satisfactoria que decidimos
apoderarnos de dos bidones más, dejando, eso sí, las latas medio vacías para
el oficial de intendencia. Cargamos los bidones en la parte posterior del
camión. Contando los ochenta litros del depósito de combustible, cada
camión está cargado ahora con cerca de setecientos litros, o lo que es lo
mismo, un poco más de media tonelada.
La tonelada restante está compuesta de agua, comida y utensilios de
cocina, aceites y lubricantes, munición, sacos de dormir, planchas para la
arena y esterillas, radios, baterías, armas y los propios hombres. Además, y
sólo para esta operación, el jefe de cada patrulla llevará una radio A de
corto alcance, como las que usan los blindados. Los jefes de patrulla las
usarán para comunicarse entre sí y con los jeeps de los equipos de
infiltración del SAS. El camión del mecánico lleva ejes y radiadores, discos
de embrague y cigüeñales de recambio, así como toda clase de mangueras,
correas y accesorios. Debajo de las cabinas se almacenan veintiséis latas de
gasolina en cuatro filas de seis, con las restantes encima. Por delante de
éstas se encuentra la montura de la Browning. En las cuatro esquinas de la
parte trasera de cada camión hay unos puntales que pueden servir como
monturas suplementarias. Las cajas de munición forman una especie de
lecho para el ametrallador, formando un muro que se levanta justo detrás de
la gasolina. En los huecos van las lonas, los chaquetones, los cascos, las
redes y los sacos de dormir y petates de cada soldado. Las raciones y los
utensilios de cocina (y esos tarros de cerámica de ron marcados como
«DSR», es decir Depósitos de Suministros de Reserva, y que algunos
hombres ven por vez primera) se aseguran justo debajo de la compuerta
trasera, para que el cocinero, o quien haga las veces de tal, sólo tenga que
bajar la plancha para ponerse a preparar el rancho cuando los hombres estén
hambrientos. El agua para beber se lleva en unas latas idénticas a las que
usamos para la gasolina, con los tapones soldados para impedir las fugas y
marcadas con una gran X blanca.
—Esto —declara el sargento Wannamaker— es para que los oficiales
puedan deciros de qué lata debéis beber.
Una bomba Mills es lo que los yanquis conocen como una granada.
Oliphant y Holden las almacenan en los cuatro vehículos de la T3. Cada
elemento va en una caja separada: los explosivos en una y los detonadores
en otra. Las cajas son de madera, cosa que, según nos explica Oliphant,
resulta muy útil, porque si queremos preparar un té solo tenemos que
romper una de ellas y encender una fogata con los pedazos.
A las diez de la noche los camiones ya están cargados. Un cambio de
última hora saca a Popski y a sus árabes de la operación. Se rumorea que,
cuando vuelva la patrulla T2, partirán con ella en una misión diferente.
Cargados y cubiertos con las lonas, los vehículos parecen regalos de
Navidad. Yo apenas he participado en el trabajo, pero me siento tan
satisfecho como si lo hubiera hecho. Después de una cena rápida y un
cigarrillo con Collier y Oliphant me voy a dormir.
No puedo conciliar el sueño. La medianoche llega y se va. Estoy
pensando en mis útiles de afeitado. ¿Para qué he cogido una navaja? No
tendré agua para afeitarme. ¿Y el peine? ¿Y la pistola? Cada gramo de peso
adicional significa gasolina de menos. Los libros. Ésos sí que voy a
necesitarlos. Saco media docena, incluidos El paraíso perdido, El sol
también sale y el manuscrito de Stein, que espero que me traiga suerte. A
las 02.45 estoy levantado y paseando de un lado a otro. Me afeito una
última vez, me visto y salgo a pie hacia el patio donde esperan los
camiones.
El aparcamiento está totalmente a oscuras; están prohibidas las luces,
farolas incluidas. Sin embargo, las noches del desierto son luminosas. Los
camiones proyectan sombras incluso a la luz de las estrellas. Desde que me
fui a cenar han llegado cuatro nuevos vehículos: Kübelwagen alemanes, con
pintura de camuflaje e insignias del Afrika Korps. Nadie me había hablado
de ellos. Deben de ser para los equipos de infiltración del SAS. Rodeo los
camiones. Se huele el pavonado de las Browning y las Vickers, a pesar de
las lonas que las cubren. Los vehículos apestan a gasolina, caucho, aceite de
motor y grasa. El metal se enfría durante la noche; la condensación se
acumula formando gotas sobre los guardabarros y desciende lentamente por
los bordes de éstos. De los flancos cuelgan las planchas de arena
perforadas. Junto a ellas están montados los mástiles seccionados para las
antenas; azadones y hachas; amortiguadores de recambio. El espacio entre
los neumáticos y los guardabarros era de más de cuarenta y cinco
centímetros cuando empezamos; ahora, con la carga, no llega a los quince.
Estos camiones no tienen puertas, sólo lonas para protegerlos del polvo. En
lugar de techos o parabrisas sólo tienen «aeros» como los de los
descapotables, cubiertos de tela para que los reflejos del sol sobre el cristal
no deslumbren al conductor. Los asientos y los volantes están cubiertos con
sábanas para protegerlos de la humedad de la noche y del sol del día. Este
tipo de camiones no tiene llave. Para arrancarlos sólo hay que pisar el
estárter. Estoy terminando mi ronda alrededor del Te Aroha IV cuando una
forma oscura se materializa a un lado del edificio.
Es Eaonsmith. Por un momento barajo la posibilidad de esconderme,
hasta tal punto me intimida su presencia, pero me ve y se encamina hacia
mí.
—No puedes dormir, ¿eh, Chapman?
—No, señor.
—Yo tampoco. Nunca puedo conciliar el sueño la noche antes de
empezar una misión.
Intercambiamos un saludo y varios momentos de charla informal. Me
pregunta sobre mis notas y mis órdenes. ¿Tengo todo lo que necesito?
¿Entiendo lo que se espera de mí?
Le aseguro que sí.
—Sí —responde—. Yo también mentía siempre.
Me lanza una mirada meditabunda. Lleva un gabán de lana de Hebrón;
yo, con mi Tropel nuevo, estoy tiritando.
—Me alegro de que nos hayamos encontrado, Chapman. Tengo algo
que decirte.
Me preparo para la clásica disertación sobre las diferencias entre las
operaciones especiales y el ejército regular que ya he oído media docena de
veces en boca de Kennedy Shaw, Willets, Enders y los demás instructores.
Pero eso no es lo que Jake tiene pensado.
—Estás aquí en una posición un poco especial, Chapman: un oficial en
una patrulla cuyo jefe es suboficial. Me refiero al sargento Collier. Es una
desgracia que el teniente Warren haya enfermado tan repentinamente, pero
las cosas están así. Puedo asegurarte que Collier es un soldado de primera,
un viejo veterano del desierto. Comprenderás que no puedo colocar a
alguien como tú, un oficial en comisión de servicio y sin experiencia en el
desierto profundo, al mando de una unidad especializada cuyos hombres
llevan mucho tiempo sirviendo juntos a las órdenes de ese hombre. Como
ya sabrás, llevamos a un oficial de la RAF en la patrulla del capitán Wilder,
y he procedido del mismo modo con él.
Le aseguro que lo entiendo.
—Dicho esto, no creas que eres un simple pasajero; en modo alguno. —
Saca su pipa y, mientras le da una vuelta, señala el desierto con la cabeza—.
En este tipo de operaciones hay una cosa que se puede dar por segura: algo
saldrá mal. Y en este lugar, invariablemente, las desgracias nunca vienen
solas. Antes de que te des cuenta, todos los planes que con tanto cuidado
habías elaborado son papel mojado.
Respondo con un simple «sí, señor».
—Seguro que piensas que no he estado observándote, Chapman, pero te
equivocas. He estado esperando a que encuentres tu lugar. A que nades o te
hundas.
Le digo que estoy nadando con todas mis fuerzas.
—Pues intenta hacerlo con menos fuerza.
Suenan unos pasos al otro lado del aparcamiento: son el mayor Mayne y
Mike Sadler, el navegante del SAS, que se acercan para revisar sus
vehículos. Jake los saluda desde su posición antes de volverse hacia mí.
—Esta operación puede irse al diablo por nada, Chapman. Debes estar
preparado para cuando se te necesite.
Asiento mientras tirito debajo de mi fino abrigo.
—Toma —dice Jake—. Te estás helando.
Se quita el gabán y me lo coloca sobre los hombros.
—No te preocupes —añade—. Tengo otro.
Ahora sí que estoy totalmente confundido. ¿Cuento con su aprobación o
no?
Golpea la cazoleta de la pipa contra la suela de su bota y luego arroja
los restos de tabaco sobre la arena. Endereza la espalda, dispuesto a
marcharse.
—No le des muchas vueltas a esta pequeña charla, Chapman. Estaba un
poco nervioso, nada más. Podría decirse que ha sido como pensar en voz
alta.
Me da una palmada en el hombro y señala con la cabeza el libro que
llevo en el bolsillo.
—¿Qué estás leyendo?
—¿Se refiere a este libro, señor?
Sonríe.
—Porque tú lees, ¿no, Chapman?
Avergonzado, confieso que es El castillo de cromo, de Bertie Nevins.
Una novela de detectives. Una completa memez.
—¡Excelente! —declara—. Por un momento temí que fueras a
responder Livio o Lucrecio.
LIBRO III

El desierto profundo
11

Estoy asomado por encima del capó. El velocímetro marca 60. Hasta
donde alcanza la vista, la llanura es tan lisa como una mesa de billar y tan
blanca como un océano de sal. Las gafas no son necesarias. Los gruesos
granos de arena que levantan nuestras ruedas se los lleva el viento antes de
que lleguen a subir medio metro de altura. El aire que nos azota la frente es
transparente. No creo que el propio Adán respirara algo más puro. Si fuera
mediodía, estaríamos contemplando la superficie de un espejismo, con
ondas de calor que se elevarían casi veinte metros en el aire. Pero los
camiones no pueden viajar a mediodía; las sombras son demasiado cortas
para orientarse con las brújulas solares. En lugar de hacerlo, los muchachos
se tienden a la sombra de los camiones. El calor es tan intenso que evapora
la humedad superficial de los globos oculares y absorbe el aire y el agua de
los pulmones. Sin embargo, son las 09.00 y el día aún se aferra a los últimos
vestigios de frescor. Avanzamos por una superficie tan lisa como el
alquitrán. No hay un solo matorral, ni una sola roca a la vista. Una taza de
té sobre la arena se vería desde ocho kilómetros de distancia.
Por encima del capó del Chevrolet diviso las patrullas T1 y R1, que
marchan por delante de nosotros en tercera, seis camiones cada una, en
formación diamante, precedidos por sus respectivos jefes en sus jeeps y
separados unos de otros por si se produce un ataque aéreo. Hay doscientos
metros entre cada vehículo y ochocientos metros entre cada patrulla. El jeep
de Collier marcha adelantado. Desde la compuerta trasera veo los
Chevrolets que nos siguen. Parecen torpederas en el mar. El reguero de
arena que levanta nuestro camión se levanta como una estela; los dos
camiones que marchan detrás de nosotros hacen lo propio. Nos divertimos
como unos niños en el parque de atracciones más grande del mundo. Punch
sonríe al volante.
—Es divertido, ¿verdad? —Lleva barba de dos días.
La ruta de la patrulla desde El Fayum ha sido: al sur hasta Beni Suef y
luego, tras dejar a un lado las modestas pirámides de Hawara y El Lahun,
por la carretera de Assyut. Se supone que nuestra partida debía ser un
secreto, pero cuando atravesamos el bazar de Nazir El Wab, congestionado
de gharries y carromatos de mulas, los muchachos que venden melones y
dátiles en las callejuelas se encuentran a un lado de la carretera, esperando,
como si supieran que veníamos desde hacía días. Las tres patrullas han
juntado sus piastras y se las han entregado al sargento Kehoe, de la T3. El
neozelandés se aprovisiona de huevos, dátiles, alubias y naranjas frescas
mientras avanzamos a través de esta muchedumbre con la lentitud de un
hombre a pie. Éste es el último lugar donde el papel moneda tiene valor. A
las diez hemos salido de «los cultivos» y hemos dejado la civilización atrás.
Los hombres no están enterados aún de la misión. Se les informará en
los próximos días, cuando Jake lo crea conveniente. Lo que todos saben es
que no podemos tomar las rutas habituales hacia el interior del desierto. Las
fuerzas de Rommel controlan el oasis de Siwa, la antigua base del LRDG.
Desde allí, los alemanes pueden lanzar patrullas aéreas y terrestres a cientos
de kilómetros a la redonda. Otras unidades enemigas han bloqueado
físicamente las vías que parten de la depresión de Qattara o las cruzan con
demasiada frecuencia como para arriesgarse a utilizarlas. Tendremos que
alejarnos bastante en dirección sur, más allá del alcance de los aviones de
patrulla del Eje, antes de virar hacia el oeste para tratar de cruzar las
extensiones inhabitadas y teóricamente impenetrables del Gran Mar de
Arena egipcio. Yo lo encuentro tremendamente emocionante.

Queridísima Rose:
Al fin estoy donde quería estar. Por insignificante que pueda
parecer nuestra unidad desde el punto de vista numérico, por
primera vez me siento como si formara parte de grandes cosas.
Vamos a cruzar regiones de desierto que ninguna expedición
motorizada, aparte de las patrullas del LRDG, ha atravesado jamás
y vamos a ver cosas que pocos europeos habrán visto, si es que
alguno lo ha hecho.

La carretera hacia el desierto se interrumpe de repente al final de un


campo de melones. Hay un montón de piedras que sujeta una vieja señal
metálica con el sello del Real Automóvil Club de Egipto: SIWA 500 KM.
La columna abandona la carretera. Ante nosotros se extiende sólo un
camino de mala muerte. Lejos del río hace más calor. La temperatura sube
cuatro grados y medio en solo cien metros y la sensación, poco estimulante,
es que nos encontramos en un horno. Los camiones avanzan por el camino
dando tumbos, aunque a buen ritmo. Estoy extasiado. Me dispongo a
volverme para echar un último vistazo a la civilización. Punch me lo
impide.
—No mire atrás, señor. Trae mala suerte.
El camino, una simple franja de tierra que te hace traquetear el cerebro
en el cráneo y los molares en las mandíbulas, avanza en línea recta. Punch
maneja el volante con habilidad. Encuentra la velocidad que nos permite ir
superando una loma tras otra. Otros camiones se salen del camino buscando
un terreno más liso. El viento sopla desde el sur, a nuestra izquierda, lo que
hace que los vehículos se desvíen en esa dirección para evitar el polvo de
los que lo preceden. Es emocionante la imagen de este ejército camuflado
que avanza a unos vertiginosos sesenta kilómetros por hora.
Noventa minutos más tarde, en una formación llamada la Aguja de
Roca, nos esperan el White de diez toneladas y el Mack NR9, cargados de
combustible. A la sombra de la roca aguarda también un remolcador
Bedford de gran tamaño, que lleva bajo unas lonas los cuatro coches del
Afrika Korps que vi en El Fayum. Mi reloj marca las 11.00. Punch me
indica que la temperatura es de casi cincuenta grados, aunque a mí no me
parece tan alta. Los hombres se cobijan bajo los camiones pesados y toman
un almuerzo a base de salmón enlatado, melones y berenjenas. El conductor
del remolcador descarga los coches sin dejar que nadie lo ayude. Lleva
guantes de soldador. Aun a pesar de las lonas, el metal está tan caliente que
no se puede tocar sin quemarse. Los hombres miran las insignias con la
esvástica y las palmeras del Afrika Korps, que los Kübelwagen exhiben
sobre el capó.
—¿A por quién vamos, teniente? —me pregunta un soldado cuando
paso a su lado, de camino a una reunión en el camión de Jake. Guardo
silencio y sigo mi camino.
Aquella noche cenamos en un lugar llamado la Roca Champiñón, que,
como cabe esperar, tiene precisamente forma de champiñón. Luego viene
un largo día de viaje por arenas blandas y profundas, donde los camiones
sufren una y otra vez esas desalentadoras y bruscas paradas que se producen
al hundir el morro en la arena. Hay que usar constantemente las esterillas y
las planchas. Es un trabajo agotador a cuarenta y cinco grados de
temperatura, pero la moral de los hombres sigue alta. Lo llevan como si se
tratara de un concurso —¿qué conductor se queda atascado menos veces?
—, y cuando alguno de ellos sufre la desgracia, los demás se burlan de él
con jovial tomadura de pelo.
Esta región es mucho más seca que la costa. La foto de Rose se arruga
como una hoja en el fuego. Los lomos de los libros de bolsillo se retuercen;
las costuras de las botas se agrietan y se rompen. No obstante, aún estamos
muy lejos del desierto profundo. Hay indicios de presencia humana por
todas partes. Cientos de huellas de vehículos cruzan la arena. Hay señales a
los lados del camino: postes de hierro, montones de piedras, latas de
gasolina llenas de arena para impedir que se las lleve el viento. Cada treinta
y cinco kilómetros pasamos por delante de un depósito de combustible,
provisiones, agua y piezas de repuesto. Aún no hemos tenido que utilizar
los instrumentos de navegación, sólo seguir el camino y el polvo que
levantan los camiones que nos preceden. El segundo día, a última hora, le
pregunto a Collier dónde comienza el Mar de Arena.
—No se preocupe, Chap. Se dará cuenta cuando lleguemos.
Llevo un diario. Me ayudará a completar los informes que debo
redactar, pero también lo hago para mantener en orden mis pensamientos.
Aquí es fácil extraviarse mentalmente. Por la tarde de ese mismo día
paramos en un pozo llamado Bir el Aden, que no es otra cosa que un círculo
de rocas en medio de ciento cincuenta kilómetros de arena. Una tubería de
hierro con un par de latas de petróleo hacen las veces de señal. Hay una
polea y dos cubos. ¿Vamos a acampar aquí? No, llega la orden de Jake, aún
quedan dos horas de sol. Los camiones y jeeps recogen toda el agua que
pueden cargar, después de vaciar los contenedores parcialmente vacíos.
Parece una locura verter agua perfectamente potable en la arena, pero no se
puede mezclar agua vieja con agua nueva. Si la vieja está mala, estropeará
la nueva. Los hombres vuelven a equilibrar las cargas y comprueban las
armas, los neumáticos, y los niveles. Jake aparece y pregunta si va todo
bien; le digo que sí. ¿Necesito algo? ¿Alguna razón para volver?
El tercer día, a las 10.30 horas, la patrulla entra en la amplia cuenca de
grava en la que se encuentra Ain Dalla, el primer hito reseñable del paisaje.
En árabe, ain significa primavera. Llegamos a un trecho de terreno llano.
Lo cruzamos al vuelo. Algo más adelante se ha detenido uno de los
camiones. Un pinchazo. Nuestros vehículos pasan a su lado a sesenta y
cinco kilómetros por hora. Es el camión del sargento Kahoe, de la T1, la
patrulla de Wilder. Al pasar veo que dos hombres están sacando la cámara
de aire interior del neumático. Nadie ha parado para ayudarlos. Es lo que
dictan las normas. Sin embargo, es frustrante ver cómo se va alejando el
camión de Kehoe hasta quedarse solo en medio de esta vasta nada.
—¿Y si no pueden arreglarlo? —le pregunto a Punch.
—Podrán.
Mi reloj marca las 11.11 cuando cruzamos una loma y vemos Ain Dalla.
Las patrullas de Jake y Nick ya se encuentran allí, durmiendo la siesta,
cuando nuestros tres camiones llegan al lugar. Juraría que cada tomillo y
cada perno traquetean y cada remache parece impaciente por salirse. Los
pobres cigüeñales han sufrido un castigo tal que Durrance, el mecánico,
tiene que esperar a que el acero se enfríe para poder ajustarlos; si les da un
martillazo estando calientes, me dice, se doblarán como si estuvieran
hechos de goma.
Ain Dalla es un lugar despoblado, formado por unas pocas palmeras de
dátiles y una loma arenosa con un pozo en mitad de la ladera y una tubería
de quince centímetros que vierte un agua fresca y excelente en un estanque
hecho con latas de petróleo vacías. Una fila de doce hombres aguarda su
turno para afeitarse y lavarse los genitales. Cada patrulla establece su
propio campamento, de modo que puedan dispersarse fácilmente en caso de
ataque aéreo. Los hombres acaban con la fruta fresca. Punch me recuerda
que ésta es la última vez que vamos a encontrar agua, así que debemos
lavarnos y afeitarnos ahora, porque no volveremos a tener la ocasión. El
camión cisterna de diez toneladas nos ha seguido hasta aquí. Nos llenará los
depósitos y luego volverá a El Fayum. Mientras Standage y Oliphant
levantan el campamento, Collier y yo cogemos el camión para ir a ver Nick
y a Jake. Los hombres de Jake están levantando la antena para llamar por
radio a la base de El Cairo. Los dos mástiles, sustentados por cables de
tensión, tienen cinco metros de altura; la antena está suspendida entre
ambos. Cuando llegamos están repartiendo agua a los hombres, que la
juntan para preparar el té. Wilder se levanta al vernos.
—¿Qué le está pareciendo el desierto de verdad, Chapman?
Le digo que pensaba que hacía más frío en septiembre.
—Es que ésta es la estación fría. —Se ríe—. Venga, tengamos una
pequeña charla.
Los oficiales y suboficiales se reúnen a la sombra de una lona
desplegada a un lado del camión de armas de Jake. El vehículo irradia calor
como si fuera un horno. Jake revisa las órdenes rápidamente para que
podamos descansar y tanto Nick como Collier y yo mismo podamos volver
a tomar el té y comer un poco. Observo todas las caras. ¡Qué seguridad
transmiten! ¡Qué relajados están! Es como si estuviéramos en un andén de
Wimbledon.
—¿Qué le ha pasado a Kehoe? —pregunta Jake.
—Un pinchazo.
El navegante de Jake, el cabo Erksine, nos explica cómo abordaremos el
Mar de Arena, cuyo extremo oriental, deduzco de sus palabras, se encuentra
sólo a cinco horas de aquí. Esta noche acamparemos temprano y mañana, a
primera hora, atacaremos las primeras dunas; necesitamos sombras para
poder evaluar los ascensos y las crestas. Jake no ha reunido aún a los
hombres, pero éstos han deducido perfectamente nuestro objetivo. Están
emocionados. Yo también. Hasta el momento no existe sensación de
peligro. La escala y el aislamiento del paisaje son tan abrumadores que creo
que si nos encontráramos con otros seres humanos nuestra reacción
instintiva sería saludarlos e invitarlos a fumar un cigarrillo y tomar una taza
de té. El vacío nos vuelve humildes. Cuando Punch, Collier u Oliphant
hablan, suelen hacerlo con susurros. De repente me doy cuenta de que yo
también he empezado a hacerlo.

Queridísima Rose:
Podría pensarse que en un lugar tan vacío y desprovisto de
estímulos, la imaginación sería propensa a levantar el vuelo. Pero
sucede justo lo contrario. La capacidad creativa se bloquea.

No pienso en Rose hasta que estamos en el campamento, de noche. Jake


tenía razón: aquí, uno consume toda su energía tratando de mantener la
concentración.
—En este lugar, los hombres viven como reptiles —dice Punch
mientras avanzamos por un tramo de gravilla a treinta kilómetros por hora,
con la mirada entornada clavada en el horizonte, en busca del Mar de Arena
—. Consérvelo todo, incluso el aire en los pulmones. —Me enseña a
respirar por la nariz, siempre por la nariz—. Se pierde tres un litro y medio
de agua al día sólo respirando.
12
Ya llevamos tres días en el Mar de Arena. Las dunas son tan
altas como edificios de treinta plantas; pasamos entre ellas con
nuestros ruidosos camiones, con las ruedas medio hinchadas para
conseguir tracción y el acelerador pisado a fondo. Es como escalar
montañas de azúcar. Nos deslizamos por unas superficies de
geometría tan frágil que se desgarran como la seda al menor
maltrato. Diez veces al día tenemos que sacar los vehículos de la
arena, bajo un sol que quema como una fundición y un aire que
abrasa los pulmones.

He decidido transformar mi diario en una especie de carta continua para


Rose. Tampoco es que tenga muchas alternativas, puesto que no podré
enviar nada por correo hasta que regresemos. El Mar de Arena está a la
altura de su reputación. El terreno recuerda a la superficie de Marte:
desprovisto de toda vida, perfectamente geométrico, modelado únicamente
por las fuerzas del viento, la gravedad y el tiempo. Una vez que estás
dentro, el paisaje captura por completo tu atención. Estar sobre la cima de
una duna, en cuyo costado el viento levanta un penacho de arena,
contemplando una eternidad formada por fila tras fila de dunas de tonos
pastel, debe de asemejarse mucho a lo que sintió George Leigh Mallory en
la cima del Everest, si es que alguna vez llegó allí. Luego bajas deslizándote
hasta la depresión que separa las crestas —y deslizarse es la palabra
correcta, puesto que un descenso en el que las ruedas no sirven de nada y el
volante es incapaz de alterar tu curso un solo milímetro se parece más a lo
que hace un esquiador que un conductor— y la emoción pasa de ser una
exaltación sobrenatural a algo profundo, maternal y encapsulado. Te sientes
a salvo. Al tocar el fondo de la depresión, cuando tus ruedas encuentran
asidero al fin en la superficie arenosa pero lisa, y recuperas los sentidos del
oído y el tacto con el gruñido del motor, y sientes que los pedales vuelven a
responder, te envuelve una sensación de liberación que es prehistórica,
primordial y ultraterrena. Entiendes por qué los hombres santos se retiran al
desierto. Las grandes dunas parecen absorber y concentrar una inmensa
energía cósmica sobre el bulevar por el que avanzas en ese momento. Es
algo hipnótico. Para contrarrestarlo, nuestros hombres recurren a su yo más
soldadesco y profano. Los neozelandeses, hombres serios donde los haya,
maldicen y mascullan. Revolucionan los motores y hacen gruñir la caja de
cambios. Las órdenes se imparten a gritos y se organiza un buen revuelo
cada vez que paramos para reagruparnos, reorganizarnos y hacer las
oportunas reparaciones. Los tramos llanos entre las dunas pueden tener
entre tres y cinco kilómetros de anchura. Los muchachos aumentan la
presión de las ruedas de 10 a 40 (más tarde, cuando lleguemos al serir de
grava dura, volverán a subirla a 60); los conductores y mecánicos se
introducen bajo los vehículos para sacar la arena, que se ha introducido por
todos los agujeros y escondrijos, ha desalojado el lubricante y ha pulido la
parte interior de los ejes de tracción como si los hubiéramos frotado con un
estropajo de acero.
Durante todo el día seguimos las huellas de las patrullas que nos
preceden. Los grupos tratan de mantenerse unidos, pero es imposible.
Inevitablemente, los más veteranos dejan atrás a los novatos. A mediodía
del tercer día, las compuertas traseras de los camiones de Jake y Nick se
han perdido de vista tras los inmensos abultamientos de arena. En la
patrulla T3 los pilotos van cambiando tratando de encontrar a los más
capacitados para enfrentarse a las dunas. Punch parece poseer un don
innato. Reemplaza a Oliphant. A Holde, a los mandos del jeep de Collier, se
le da bastante bien, pero Marks, en el tercer Chevrolet, no consigue hacerse
con ello, mientras que Hornsby, en el camión Breda, está estableciendo
nuevos récords de accidentes y contratiempos. Miller, el enfermero, acaba
sustituyéndolo. Yo reemplazo a Punch cuando empieza a cansarse. Me
alegra poder contribuir. De este modo me siento menos como un pasajero.
El segundo día, cuando paramos a mediodía, Standage me enseñó un truco
para refrescarse: un golpe de ron con agua y polvo de lima en un plato
llano.
—Póngalo aquí —dice mientras coloca el cóctel sobre un neumático, a
la sombra del guardabarros—, donde le dé la brisa. —Y, en efecto, cinco
minutos después, tenemos una bebida asombrosamente fresca. Standage la
bebe con la delectación de un coronel al borde de la piscina del Club
Deportivo de Gezira.
Mis informes rezan lo mismo cada noche: «Infranqueable para TM».
Los transportes a motor —lo que quiere decir blindados y artillería— no
pueden cruzar el Mar de Arena. Incluso nuestros camiones, especialmente
acondicionados, tienen grandes dificultades para hacer frente a este terreno,
y si lo consiguen es mérito exclusivo de la habilidad y la paciencia de sus
dotaciones
Por delante, las formaciones de Jake y Nick se han separado. No les
queda otro remedio para no pasar sobre la arena que han removido y
debilitado los camiones de las patrullas que han pasado delante. La
búsqueda de terreno firme obliga a los vehículos a desplegarse en abanico.
Tras la estela de Jake y Nick, pasamos junto a dunas cuya arena removida
revela que algún camión quedó atascado y hubo que sacarlo. La tercera
noche nuestra patrulla acampa a solas. Llevo todo el día esperando el
momento con impaciencia, pero ahora, cuando nos detenemos, me invade
una sensación aterradora. Las mismas dunas que ayer me parecían tan
acogedoras y maternales se me antojan ahora espectrales, sobrenaturales.
Nadie más parece sentirlo. Los hombres trabajan con vigoroso denuedo: no
tardan en montar un campamento de primera. Estamos en un valle, entre
moles de arena de setenta metros de altura; un estrecho camino discurre
alrededor de una en dirección nordeste y de otra en dirección sureste; es
como estar sentados en el fondo de una botella.
Siento claustrofobia. El mundo se ha transformado en un paisaje lunar y,
con la caída de la noche, helado. Es como estar en otro planeta, en un lugar
hostil, como si te hubieras alejado tanto de tu mundo que fuera imposible
regresar. Siento la respiración entrecortada y el corazón alborotado. ¿Qué
me pasa? Los demás están bromeando y charlando de tonterías. Hay tres
fogatas encendidas. Y para empeorar aún más las cosas, un lamento
sobrecogedor se alza entonces detrás de una de las dunas. Nunca había oído
nada tan fantasmal. Miro de soslayo a Pokorny, el sargento del SAS; él
también lo ha oído. El sonido asciende, se apaga y luego regresa redoblado.
¿Motores? ¿Voces humanas?
—¿Qué demonios es eso? —pregunta Pokorny.
—La arena —dice Grainer con toda normalidad, mientras se acerca
desde el camión de la radio y se sienta apoyando la espalda en la rueda
trasera derecha del de armamento—. Cuando el día ha sido ventoso, como
hoy, pero el viento cesa al llegar la noche, los granos superficiales se posan
y se restriegan unos con otros.
—¿Eso es lo que hace ese ruido?
—Da miedo, ¿eh?
El viejo veterano suelta una risilla al ver lo asustados que estamos los
novatos.
Al otro lado de la fogata, Punch sonríe y me señala.
—Tomemos el ejemplo del señor Chapman. Tan contento como una
almeja, aquí en el Mar de Arena. ¿No es así, señor? ¿No se alegra de
haberse librado del ejército regular? Fatiga, instrucción, desfiles en cuanto
uno se descuida, y siempre algún maldito marica esperando la ocasión de
echársete al cuello sólo porque te has abrochado mal un botón o las costuras
de los pantalones cortos no están bien. Antes de llegar aquí, serví con la
Segunda Neozelandesa en la operación Battleaxe. El desierto parecía el
condenado Piccadilly en hora punta: camiones cisterna, cañones, tanques y
transportes por todas partes. ¡No como aquí! ¡Esto sí que es vida! —Hace
un ademán en dirección a las interminables dunas y el cielo—. Sin
oficiales…, o al menos sólo los más decentes, tipos que saben cómo son las
cosas. Sin nada que te moleste, aparte de algún que otro escorpión en la
bota o una víbora negra que se te mete por el culo mientras duermes.
Al cuarto día tengo la ocasión de hablar un momento a solas con el
sargento Collier. Es mediodía y los camiones están parados, esperando a
que el sol abandone su cénit. Hemos coronado a pie una duna tan alta como
un rascacielos y estamos en la cúspide, observando el paisaje con los
prismáticos, buscando las huellas de Jake o las de Nick. Me ofrece un
cigarrillo. Resulta que su cumpleaños es el 17 de septiembre, el mismo día
que el mío. Antes de la guerra, me cuenta, era tasador agrícola. Su esposa se
llama Nola (abreviatura de Eleanor) y tienen tres hijas. Se presentó
voluntario para la 2.a División Neozelandesa y desde allí para el LRDG. Es
uno de los voluntarios originales que llevan aquí desde el principio, cuando
el coronel Bagnold formó la unidad.
—Entonces se llamaba LRP, Long Range Patrols (Patrullas de Largo
Alcance).
Me fijo en sus gruesos antebrazos pelirrojos cuando levanta la pitillera
para encender el mechero. En uno de ellos lleva escrita la palabra
«Cocoliso» sobre un dibujo de Popeye, Olivia y su hijito. Es un dibujo que
la mayor de sus niñas, Susannah, le hizo poco antes de que embarcara.
Lo admiro. Pienso en Rose y en nuestra vida futura. En cierto modo,
Collier encarna todo lo que yo querría ser: un tipo de una pieza, decente y
honrado, sin dobleces.
Pasamos toda la tarde coronando duna tras duna, ejecutando giros de
noventa grados al llegar a la cima y deteniéndonos una vez allí para
escudriñar las arenas con los prismáticos. Jake y Nick siguen sin aparecer.
Nunca había sentido un agotamiento así. Repetimos la misma maniobra una
vez tras otra. Finalmente, cuando mi reloj marca las 1.600, nos deslizamos
por la ladera de la última duna. Se acabó.
El Mar de Arena ha quedado atrás. Una interminable llanura de grava se
extiende en dirección oeste. ¿Dónde están Jake y Nick? Collier y yo
dividimos la patrulla en dos secciones de dos camiones y partimos en
direcciones opuestas. La mía encuentra unas huellas justo antes del
anochecer. Lanzo una bengala Verey para llamar a Collier.
Juntos seguimos las huellas en medio del crepúsculo. En estas latitudes
anochece muy de prisa. Avanzamos a tientas, con las luces apagadas, por
una planicie sembrada de piedras negras, de bordes afilados y grandes como
manzanas. El camión de las armas ha perdido la tercera marcha y el de la
radio, con un colector roto, avanza renqueante; pierde aceite a tal velocidad
que cada quince minutos tenemos que parar para rellenarle el depósito.
Collier y Punch se adelantan. Pasa una hora. Finalmente vemos un puntito
luminoso, que se transforma en un destello, luego en una luz solitaria y,
finalmente, se divide en dos, los faros del Chevrolet de Collier, que ha
regresado para buscarnos. Las «manzanas» de la llanura se transforman en
guijarros pequeños, interrumpidos a intervalos regulares por dunas bajas
con forma de media luna. Los camiones de Jake y Nick han acampado en la
base de una de ellas, alrededor de unas fogatas delimitadas con latas de
gasolina viejas.
Nos reciben sin ceremonias. Uno de los cabos de Jake señala el lugar en
el que ha aparcado el camión de Punch y donde debemos montar nuestro
campamento. Collier pasa la orden: nada de té ni de comida hasta que nos
hayamos encargado de los camiones, hayamos limpiado, engrasado y
tapado las armas y hayamos vuelto a equilibrar el cargamento, que las
constantes sacudidas habrán desorganizado como de costumbre. Sin perder
un instante, sale a informar a Jake. Yo lo acompaño.
Espero una reprimenda por nuestra tardanza, pero Jake se muestra
tranquilo. Nos ofrece té, pero Collier declina hasta que los hombres hayan
podido tomarlo. Siento un inmenso alivio. ¡Lo hemos conseguido! El día
podría haber terminado perfectamente en una calamidad. Pero aquí estamos,
de una pieza y aún operativos.
Cuando llegamos a nuestro pequeño campamento, Oliphant nos sale al
encuentro con cara de consternación.
—Estábamos repartiendo el cargamento para mañana…
—¿Qué pasa? —lo interrumpe Collier.
—… cuando nos hemos encontrado con los bidones de combustible de
ciento cincuenta litros. Estaban debajo de una lona, ¿recuerdan?
—¿Qué sucede?
—Diésel.
A Collier le cambia la cara. Tres barriles de ciento cincuenta litros es
más de la mitad de nuestras reservas de combustible. Los motores de
nuestros camiones no pueden usar diésel.
Debimos equivocarnos en algún momento mientras cargábamos los
bidones en El Fayum en la oscuridad
—¿Cuántos? —pregunta Collier.
—Tres de los cinco.
Siento que se me hace un nudo en el estómago. Tres barriles equivale a
cuatrocientos cincuenta litros: alrededor de dos mil kilómetros. En otras
palabras, la T3 no tiene combustible suficiente para llegar hasta su objetivo,
y mucho menos para regresar.
—Fui yo quien cargó los barriles —digo—. Es culpa mía.
13

No hay otra alternativa que ir a contárselo inmediatamente a Jake.


Vamos Collier y yo.
—Bueno —dice Jake cuando termino mi confesión—. Pues tendréis que
regresar.
Nos explica que hay un depósito de combustible cercano, en un lugar
llamado Great Cairn, pero otras patrullas han utilizado sus reservas. Lo ha
confirmado esta misma tarde por radio. La base de Kufa, a trescientos
cincuenta kilómetros al sur de aquí, no nos sirve: la aviación alemana e
italiana patrulla sistemáticamente todos los caminos de salida y entrada.
—Tendréis que volver a Dalla y reaprovisionaros allí.
Nos encontramos junto a su camión de armas. Collier intenta asumir la
responsabilidad de la catástrofe. No se lo permito. Pero la culpabilidad es lo
último en lo que piensa Jake: en este momento, lo único que le importa es la
misión. Entretanto, los hombres de las tres patrullas y del SAS convergen
en su jeep para la reunión en la que se trazarán los últimos detalles de la
operación. A estas alturas, la noticia de lo ocurrido ha corrido como un
reguero de pólvora por todo el campamento. Siento deseos de esconderme.
—No podemos esperaros —me dice Jake en ese momento—. Tendréis
que cruzar solos el Mar de Arena y volver a buscarnos.
Le digo que partiré esa misma noche.
—Y un cuerno.
Los hombres se reúnen. Han desplegado unas lonas, con un lado sobre
la arena para sentarnos y otro extendido sobre los flancos de los camiones
aparcados para protegernos del viento. Para cenar han preparado croquetas,
que humean tentadoramente en las sartenes y despiden un olor delicioso al
frío aire del desierto. Las tazas de té pasan de mano en mano. Los hombres
se sientan. Los suboficiales han traído cuadernos de notas; los oficiales
abren los estuches de mapas.
Jake y el mayor Mayne describen la operación en términos muy
parecidos a los de la reunión preliminar que celebramos en El Fayum. Los
soldados, que a lo largo de los últimos días han ido sonsacándole la verdad
a quienes han podido, ya los conocen en su mayor parte. Parecen
entusiasmados. Yo trato de prestar atención, pero me abruma el peso de la
culpa y la idea de lo que podría costarle a la operación. Ya estoy pensando
cómo voy a hacer para cruzar dos veces el Mar de Arena lo más
rápidamente posible. Jake está transmitiéndoles a los hombres la última
información conocida sobre el paradero de Rommel.
—Como ya sabrán, caballeros, en El Alamein está a punto de desatarse
un auténtico infierno. Monty ha reunido todo lo que tiene, salvo el
fregadero de la cocina, y está preparándose para arrojárselo a Rommel a la
cabeza. Si las cosas salen bien, los alemanes tendrán que replegarse.
Cuando lo hagan, avanzaremos desde su retaguardia. El enemigo no sabe
aún que Insel intercepta sus transmisiones; todas las noches seguimos
recibiendo informes sobre el paradero de Rommel. Con suerte —añade—,
esteremos en condiciones de actuar dentro de no más de diez días.
La reunión concluye. Me dicen que no me mueva. Jake y Nick Wilder
hablan un momento en privado con el mayor Mayne y los jefes de los
grupos del SAS. Vuelven a llamarme. Jake dice que ha cambiado de idea
con respecto a lo de enviarme de regreso a Ain Dalla.
Despliega un mapa sobre el capó de su jeep. Hay depósitos de
combustible en Gravel Cairn y Two Hills, dice, a este lado del Mar de
Arena.
—Son difíciles de encontrar, y con el poco combustible que os queda no
podemos arriesgamos, así que vais a ir aquí: al depósito de South Cairn.
Está a unos doscientos cincuenta kilómetros, de buen terreno en su mayor
parte, y no tendréis que volver a atravesar el Mar de Arena.
Le dice a Collier que no puede prescindir de él. Seguirá hacia el norte
con su jeep y el camión de armas, cargados hasta los topes de combustible.
Yo me llevaré los otros dos, el mío con Punch, Standage y Oliphant, y el de
la radio con el sargento Wannamaker.
¿South Cairn? Se me encoge el corazón. ¿Qué puede ser salvo un lugar
deshabitado en medio de un desierto de mil quinientos kilómetros?
—La razón por la que no voy a enviarte de nuevo al otro lado del Mar
de Arena —dice Jake— no es que no crea que puedas conseguirlo. Con
Punch y Oliphant, lo harías. Lo que me preocupa es que os localicen desde
el aire, o al menos vuestras huellas. Hasta el momento hemos tenido suerte.
No quiero forzarla. No obstante, las cosas no serán fáciles en South Cairn:
los alemanes y los italianos están en los alrededores de Kufa. Tened
cuidado.
Me doy cuenta de que Jake no está enfadado conmigo, ni personal ni
profesionalmente. Está totalmente concentrado en la misión.
—¿Has podido comer algo? —me pregunta. Cuando le respondo que
no, se asegura de que su propio cocinero me prepare algo. Y ordena que se
reparta una ración de ron para toda la tropa. Despide a Collier con un
amistoso apretón de manos y luego me lleva a mí al otro lado de su jeep.
—Ya te han enseñado que, como oficial, no debes fingir nunca que
sabes hacer algo que no sabes hacer. Ahora voy a darte un corolario para
esa máxima: nunca intentes reparar un error con otro más grande. —Me
pone amistosamente una mano sobre el hombro—. Ve a South Cairn,
reaprovisiónate y regresa. Será como bajar al quiosco a comprar el Daily
Express.
Trato de darle las gracias pero no me deja.
—En cierto modo —dice—, esta metedura de pata es para ti una especie
de billete de entrada al club. Todos los que estamos aquí hemos cometido
muchos errores. Lo que cuenta es enderezar las cosas y seguir adelante.
14

Jake supervisa personalmente la descarga de los dos camiones que irán a


South Cairn. Acaba de amanecer. Ordena que toda la munición y los
explosivos sobrantes se transfieran a su propio vehículo, tanto para ahorrar
peso como porque sabe que él podrá darles mejor uso que nosotros. Repasa
con el sargento Wannamaker y conmigo las señales de reconocimiento y las
rutas hacia el punto de encuentro, un lugar llamado Garet Chod, donde
volveremos a reunimos con la patrulla cuando regresemos de South Cairn.
Tenemos cinco días para llegar hasta allí. Nos asigna el combustible justo
para llegar, y unos pocos litros de sobra.
—Esto os servirá de incentivo —dice sin el menor asomo de humor.
Necesita todo el combustible para la operación principal. Pero en el último
momento, mientras esperamos a que salga el sol, Nick Wilder y el sargento
Kehoe nos pasan en secreto un par de latas alemanas llenas, que guardamos
en la parte trasera del camión, junto a la rueda de repuesto que hay detrás
del asiento del jefe de la patrulla.
La dotación del Te Aroha IV está formada por Punch, Standage y yo
mismo. Oliphant y el artillero del SAS, Pokorny, permanecerán con el
grupo principal, en parte para ahorrar y en parte porque Pokorny no querría
perderse la acción. La dotación del camión de la radio la componen
Wannamaker, Grainger y Durrance. Jake se ha quedado con Mars, un
ametrallador extraordinario. Nos preparamos un desayuno a base de beicon,
galletas, melocotón en almíbar y té con azúcar y leche, y nos ponemos en
marcha en cuanto el sol está lo bastante alto para proyectar una sombra
sobre la brújula solar.
La navegación en el desierto es igual que en el mar. Como el paisaje
apenas tiene hitos reconocibles, debes usar el cielo para orientarte. Los
viajeros del desierto emplean las mismas técnicas que los marinos: la
brújula y las estrellas cuando estás en movimiento; el sol y las estrellas
cuando estás parado. Standage es nuestro navegante; Punch se encarga de
las armas. Yo conduzco. La brújula solar es un disco de unos ocho
centímetros de diámetro, dividida en 360 grados y montada horizontalmente
sobre el salpicadero, entre el conductor y el navegante. En el centro del
disco se alza una fina varilla de metal que proyecta una sombra, como en un
reloj de sol. El navegante alinea el disco de modo que la sombra caiga en la
dirección deseada. Cada media hora ajusta el disco unos pocos grados para
compensar el movimiento del sol por el cielo. El trabajo del conductor
consiste en mantener el vehículo recto para asegurarse de que la sombra no
se mueva. No es tan sencillo como parece. Standage, un navegante de
primera, ha aprendido con Mike Sadler —el mejor de todos los tiempos,
según me han dicho—, quien se dirige ahora mismo hacia el norte con el
capitán Mayne. Lo más complicado de orientarse en el desierto utilizando
las estrellas es que el terreno nunca es completamente plano. No se puede
mantener el rumbo tan fácilmente como en el mar. En el desierto, el
navegante tiene que compensar mental y matemáticamente los
desplazamientos de su camión al sortear las colinas, las marismas salinas,
los wadis y las hileras de, dunas. Un grado de desviación en un trayecto de
ciento cincuenta kilómetros son cinco kilómetros de distancia con respecto
a tu objetivo. Algo que puede suponer la diferencia entre la vida y la
muerte. Standage permanece pegado a la brújula, el velocímetro y el reloj.
X minutos avanzando hacia Y a una velocidad Z equivale a nuestra
posición actual, más o menos. Cada vez que me desvío medio grado me
fulmina con la mirada.
—Las ruedas son el principal problema —dice Punch una vez que
paramos para reparar un pinchazo e igualar la presión. El calor del sol y la
fricción del avance por una superficie como ésta, tan caliente como un
horno, hacen que se expanda el aire de las cámaras. La presión aumenta,
pero no de manera uniforme: un neumático puede estar a 40 y otro a 60.
Standage cuenta los segundos para el arranque. Espero, con el pie sobre el
acelerador.
—Ahora —dice, y nos ponemos en marcha. En el camión de la radio, el
sargento Wannamaker lleva su propio cuaderno de navegación; con lecturas
de rumbo, tiempo y distancia.
Nunca había visto un terreno tan plano. Es como conducir sobre una
superficie de linóleo. La monotonía de la región anula totalmente la
sensación de velocidad. El tiempo se vuelve elástico; los minutos parecen
horas y viceversa.
Le hablo a Standage sobre Einstein. Relatividad. En la universidad di un
curso de Teoría Especial.
—Un hombre va en un ascensor que está cayendo a la velocidad de la
luz. Lleva en la mano una linterna eléctrica con la que apunta hacia el suelo.
Y ahora la pregunta: cuando el hombre enciende su linterna, ¿a qué
velocidad baja la luz hacia el suelo?
—La de la luz multiplicada por dos —dice Standage.
Le digo que ésa fue también mi respuesta. Pero no, nada puede viajar
más rápido que la luz, aunque esté moviéndose a la velocidad de la luz.
—Joder —exclama.
Seguimos adelante. Ahora, la llanura se ve interrumpida por cerros de
basalto, cuyos flancos ha ido tapizando el viento con largas cuestas de
arena. Para evitarlas no describimos giros amplios y suaves, sino cambios
de dirección bruscos, geométricos —lo que se llama «trazar cuadros»—,
para no comprometer la exactitud de las lecturas. Treinta kilómetros más
tarde, los cerros se vuelven más altos y más abruptos, y forman barreras que
debemos explorar en busca de grietas y collados bajos. La velocidad y la
dirección cambian constantemente. La fatiga empieza a pesar. Es imposible
saber cuál es tu temperatura corporal cuando sopla una brisa permanente y
la humedad ambiental es casi nula. Probablemente el cerebro se nos esté
cociendo debajo de los turbantes árabes que nos hemos confeccionado con
harapos y jirones de tela. Oigo el chapoteo de la gasolina en las dos latas
alemanas que nos dieron Nick Wilder y el sargento Kehoe, justo detrás de
mi asiento. Mi mirada permanece clavada en la brújula. En un desierto tan
liso y vacío como éste no es necesario mirar al frente. Estoy revisando
mentalmente el tiempo y el combustible. Doscientos cincuenta kilómetros
hasta South Cairn, a razón de treinta kilómetros por hora, son cerca de ocho
horas. Salimos a las 08.15. Sumando la hora de descanso al mediodía y otra
media para hervir el agua a la hora del té, deberíamos de estar
aproximándonos a nuestro destino hacia las 17.45. El 29 de septiembre el
sol se pone a las 18.51. Eso nos da una hora de luz para explorar la zona.
Mi pie pisa el acelerador.
—Señor.
Es Standage, que ha reparado en que he acelerado.
—Lo siento. —Reduzco la velocidad.
—Puede darle más gas. Sólo tiene que avisarme primero.
A las diez el sol está en lo alto del cielo. Es imposible explicarle el calor
del desierto libio a alguien que no lo haya experimentado. Es como una
fiebre sobrenatural; un calor como el que uno esperaría encontrarse en
Venus. Hemos encontrado un camino usado hace años por los italianos. Se
desvía en dirección suroeste, hacia el oasis de Kufa, pero Standage cuenta
con los datos de los mapas trazados por anteriores patrullas del LRDG así
que, me asegura, podemos utilizarlo sin echar a perder nuestros cálculos. El
camino está formado por dos pistas paralelas. Unos mojones de hierro
marcan la ruta a intervalos de un kilómetro. Pasamos velozmente frente a
ellos bajo una calina cada vez más intensa. Algo pequeño y redondo
descansa en el minúsculo cuadrado de sombra que cada señal tiene a los
pies.
—¿Qué es eso, Punch?
—Pájaros.
Parpadeo.
—Esos pequeños bribones cruzan este infierno en sus migraciones. Ésos
son los débiles, los que no lo consiguen. Están perdidos —me dice—. Se
posan y esperan a que les llegue la muerte. Luego se los lleva el viento.
El cuaderno de Standage registra una velocidad superior a los ciento
treinta kilómetros por hora. Estamos rodeados de espejismos. En el camión
de la radio, Wannamaker está esperando a que hagamos la parada del
mediodía. La sombra en las brújulas es demasiado corta para continuar.
Paramos en el centro de una hondonada poco pronunciada donde el sol
es tan intenso que el aire mismo riela. El calor ya no es venusiano; ahora es
mercurial. No creo que ni la superficie del sol esté tan caliente. Los
espejismos son tan intensos que podría pasar una división acorazada a un
kilómetro de distancia y no la veríamos. Durante las últimas dos horas no
hemos pensado en otra cosa que en el trago de agua que tomaremos al parar.
Los hombres despliegan las lonas para protegerse del sol y se ponen a
trabajar.
El cometido de Standage es fijar la posición de la patrulla «apuntando al
sol» con el teodolito. Grainger lo ayuda con el cronómetro. Son técnicas
básicas de navegación náutica, y funcionan. Punch se encarga de revisar el
agua, las lonas que cubren las armas y las mantas que tapan los asientos y el
volante para protegerlos del calor del sol. Mi tarea como conductor es
inspeccionar el motor y los neumáticos, el aceite, el agua, los radiadores y
las correas. Con este calor, el caucho se funde y el metal se expande de tal
modo que te obliga a revisar cosas que serían irrelevantes en los climas
templados. Las llantas de los neumáticos se desgastan; las barras de acople
se doblan; los amortiguadores se salen de sus fijaciones. Hay que revisar
cada junta para asegurarse de que sigue siendo estanca.
Cuando termino, voy a ver a Wannamaker, Grainger y Durrance para
asegurarme de que va todo bien y para estirar las piernas. La radio número
11 está montada detrás de la cabina, en un compartimiento externo situado
en el flanco derecho del camión: tiene un tablero retráctil que se puede
utilizar para escribir. Wannamaker y Durrance despliegan y erigen los
postes de la antena. Una vez montada, Grainger llama a Jake. Su patrulla
también ha parado. Las señales cifradas se envían por telégrafo. «Uno
siete» significa «estamos bien y hemos parado». Grainger envía el mensaje
en menos de un segundo. Al cabo de un instante llega la respuesta: «nueve
nueve», es decir, «mensaje recibido, sigan adelante», seguido por «nueve»,
es decir, «no hay más instrucciones». Los postes vuelven a sus soportes, a
un lado del camión. Grainger desengancha los cables de la antena y los
guarda.
Nos refugiamos a la sombra de los camiones. El termómetro de Punch
marca 53 grados.
—No está tan mal —dice.
—Vaya —dice Standage—. ¿Qué es eso?
Dos pájaros se han posado en la arena, junto a nuestra rueda delantera
izquierda. De un par de saltitos se refugian a la sombra del chasis, donde los
tres descansamos sobre una lona, apoyados sobre los codos. La llegada de
estos visitantes nos anima; los pajarillos parecen ya inmunes al miedo.
Cuando Punch les pone un tapón de cantimplora con agua se acercan a ella
saltando por encima de nuestras manos.
—No quieres volver al calor, ¿eh, amiguito?
El segundo pájaro bebe de la mano de Standage.
Pero un minuto después, cuando volvemos a mirar, se han ido.
—Qué pena, ¿no? —dice Punch.
Los dos camiones están aparcados uno junto al otro para que las dos
dotaciones puedan hablar sin necesidad de salir al sol.
Comento nuestra posición con Wannamaker y Standage. Ciento treinta
kilómetros hasta South Cairn. Si nos ponemos en camino sobre las 13.00 y
mantenemos una velocidad de cerca de treinta kilómetros por hora,
deberíamos llegar a nuestro objetivo con más o menos una hora y media de
luz por delante. He decidido anular la parada para el té. Les planteo la idea
de que cuando reanudemos el viaje; avancemos a la máxima velocidad
posible sin recalentar los motores.
—Lo que perderemos en combustible lo ganaremos en minutos de luz.
No quiero andar a tientas en la oscuridad, buscando latas de combustible
enterradas debajo de unas rocas. ¿Estamos de acuerdo?
Grainger se nos acerca con unas latas de carne de buey, que nos pasa
con un guiño y una mueca.

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¿Realmente podemos comer carne con este calor?


Grainger pincha su lata con el cuchillo para romper el vacío. Coge el
abrelatas, sujeta con él la punta de la tira metálica de apertura y luego
circunvala el ecuador de la lata hasta que la parte inferior, que con este fin
es más ancha que la superior, sale sola. Le da un golpecito con el dorso de
la mano y, con un ruido sordo, un bloque de carne gelatinosa y rosada cae
sobre el plato.
—Galletas. Carne. ¿Qué más puede necesitar un hombre?
Wannamaker está de acuerdo con mi idea de llegar lo antes posible al
depósito.
—En el desierto, las cosas nunca están donde uno piensa. Y después de
anochecer todo se complica. No sería la primera vez que una patrulla se lía
a tiros con sus propios hombres.
A las 13.15 estamos preparados para irnos, pero el sol sigue demasiado
alto para proyectar una sombra sobre las brújulas. Le digo a Standage que
establezca el rumbo magnéticamente y nos ponemos en marcha de todos
modos. En total, la demora nos cuesta media hora. El terreno se ha vuelto
abrupto; estamos sorteando una serie de cerros de basalto. Cada desvío
complica un poco más la navegación. Mi cerebro recalentado empieza a dar
vueltas: ¿Y si no encontramos el depósito? Nos quedaremos sin
combustible a novecientos kilómetros de nuestro lado del Mar de Arena y a
más de quinientos de Jake y Nick. ¡Qué dependientes somos de estas
frágiles y falibles máquinas! De repente me doy cuenta de que mis oídos
pugnan por captar la menor irregularidad. Punch sonríe desde su asiento.
—Nunca se le presta tanta atención a un motor como aquí, ¿eh?
Me ha pillado.
—Le juro —me dice— que a veces puedo oír el tictac de cada taqué.
Sorteamos otro cerro.
—¿A qué se dedica en casa, Punch?
—A criar patos. Y en serio: cinco estanques; un criadero entero.
—¿Y quién lo está cuidando ahora?
—Mi hermano. La mujer. —Mientras habla, no despega un solo instante
los ojos del cielo, por los aviones. Me cuenta que tiene tres hermanos
alistados, uno aquí, en el RASC, y otros dos en la Marina. El último, en
casa, exento del servicio, se encarga de llevar los asuntos de todos.
—¿Echa de menos su hogar?
—Prefiero no pensar en ese tipo de cosas, señor. Me volvería loco.
14.00 horas. El día se vuelve más caluroso a medida que desciende el
sol. Sin yo pretenderlo, mis pensamientos vuelan a algo que me dijo Stein
en el parapeto nocturno, durante la batalla de
Gazala, poco antes de que lo mataran. Me preguntó si seguía teniendo el
sueño de mi madre y el lago. Le contesté que sí, aunque últimamente con
una curiosa variación:
La prenda de hierro ya no me pesa. Te acuerdas, ¿no? Tú decías que era
una armadura. ¿Qué te parece? ¿Es un progreso?
Stein tiene una teoría sobre la evolución interna. Cree que los hombres
maduran de arquetipo en arquetipo: de Hijo a Vagabundo; de Vagabundo a
Guerrero y a partir de allí, si tienen suerte, a Amante, Marido, Padre, Rey,
Sabio y Místico.
—Es posible —dijo mientras reflexionaba sobre la evolución de mi
sueño— que tu viaje ya no necesite la armadura de un caballero, puesto que
ya estás viviendo la vida de uno en tus propias carnes. —Señaló con un
ademán los tanques y vehículos blindados que nos rodeaban—. Aquí ya
tienes toda la «armadura» que puedes necesitar, ¿no? —Y se echó a reír—.
Lo próximo sólo puede ser algo así como Asceta, Anacoreta o Renunciante.
Predijo que acabaría en el desierto profundo, otra metáfora. Pero ahora,
me doy cuenta, estoy en él.
¿Habrá algo de verdad en eso? ¿Estará el alma gobernada por una
arquitectura interior como ésa? Y, en caso de que sea así, ¿con qué fin?
Me saca de mis ensoñaciones el chasquido de una correa de ventilador
que se desgarra. La aguja de la temperatura del agua sube al rojo. Paramos
en seco y abrimos el capó. Wannamaker, doscientos metros a nuestra
derecha, continúa durante cuatrocientos metros hasta una loma cercana,
donde toma posiciones en un punto que le permite controlar toda la región y
cubrirnos a nosotros.
Cuando nos reunimos con él, diez minutos más tarde, veo que se ha
detenido junto a unas huellas de neumáticos cuyo aspecto no le gusta nada.
¿Alemanes?
—Coches blindados —dice—. Dos.
No sabe lo recientes que son las huellas. Podrían tener dos días o dos
horas. Mientras tanto, nuestro camión de radio tiene sus propios problemas;
en este caso un eje doblado, que hace que las ruedas delanteras se
bamboleen violentamente. Si no paramos y lo enderezamos con unos
martillazos, se pasará todo el viaje de vuelta reventando neumáticos.
—Ésa es la menor de nuestras preocupaciones —dice Punch. Está
pensando en el combustible. Estamos veinticinco kilómetros al sur de South
Cairn y nos quedan noventa minutos de luz solar—. Vamos a buscar lo que
hemos venido a buscar.
Seguimos con cautela hasta nuestro objetivo. ¿Dónde está el depósito?
Punch ha estado allí antes, lo mismo que Grainger. Los coloco en las
cabinas, de pie. Avanzamos a muy poca velocidad, separados por
cuatrocientos metros.
El terreno ha vuelto a cambiar: ahora es un zócalo de barrancos y
torrenteras secas en el que convergen numerosas huellas de neumáticos,
como un nudo de autopistas. Una línea de dunas bajas discurre de norte a
sur. Me recuerda a la costa de Cornualles. ¿Nos habremos pasado de largo?
Al cabo de veinte minutos, Grainger lanza un grito y señala una loma
situada varios cientos de metros a la derecha.
Ordeno a los dos camiones que tomen posiciones detrás de unos cerros,
al norte del lugar. No puedo enviar a Grainger; es demasiado valioso como
operador de radio. Punch y Durrance se dirigen hacia la loma a pie.
Apagamos los motores para poder oírlos.
En el desierto, al ponerse el sol, se levanta una brisa provocada por el
enfriamiento del aire sobre la arena todavía tórrida. Si las huellas que vimos
antes eran recientes, los coches blindados que las dejaron podrían estar en
cualquier sitio.
Punch y Durrance buscan la señal del depósito. Ven algo y luego se
pierden de vista detrás de una duna. Cuando vuelven a aparecer, Punch abre
los dos brazos, con las palmas hacia arriba, como para decir que estamos
metidos en un buen lío.
Se une a nosotros.
—Unos hijos de puta se nos han adelantado.
Llegamos allí mientras todavía hay luz. El depósito es una «L» de finas
trincheras excavadas en el suelo rocoso y cubierta de arena y piedras. Hay
unas sesenta latas alemanas, y más o menos el mismo número de las otras,
pulcramente dispuestas en varias filas. Durrance pasa por delante de ellas
golpeándolas con un palo. Vacía, vacía, vacía…
—Sólo quedan quince con gasolina.
Un rápido cálculo confirma que tenemos lo justo para regresar. Si no
fuera por las dos latas que nos dio Nick Wilder, ni siquiera habría para eso.
Esos bastardos podrían haber tenido al menos la decencia de dejar una
nota —dice Grainger—. Aunque por lo menos tenemos algo para cenar —
añade mientras levanta los seis tarros de miel palestina que ha encontrado.
Dejamos nuestro diésel en el depósito. El combustible podría salvarle un
día la vida a alguien, aunque sea un enemigo.
—Quien se haya llevado la gasolina —apunta Wannamaker— podría
seguir por aquí.
Nos miramos.
—Llenad los depósitos —digo—. Y en marcha.
El desierto se vuelve muy oscuro antes de que salga la luna. Eso nos
viene de perlas. Las huellas y el depósito saqueado nos inquietan a todos.
Lo de menos es que los saqueadores sean los alemanes, los italianos o
nuestros tommies y kiwis; en la oscuridad, cualquiera que nos vea abrirá
fuego.
Partimos hacia el norte por un camino diferente. El camión de
Wannamaker revienta dos neumáticos por culpa del eje doblado.
Finalmente, cuando sale la luna, podemos parar para arreglarlo. El ruido
debe de oírse a treinta kilómetros de distancia. Seguimos con lentitud. La
noche se va cubriendo de escarcha bajo unas estrellas que proyectan la luz
justa para avanzar. Vamos embozados en pasamontañas, bufandas y
gabanes, con las camisas de manga larga y los jerséis debajo. A las 22.00
acampamos. Nada de fogatas. Comida fría. Llevamos catorce horas
conduciendo. Una doble ración de ron consigue reavivarnos. Montamos la
antena y tratamos de contactar con Jake. Es demasiado tarde. Habrá
sintonizado las emisoras de Londres y el Servicio de Ultramar. Las diez en
Libia son las nueve en casa. Ponemos la BBC nosotros también. La voz de
barítono de Alvar Lidell grazna por los auriculares de Grainger, colocados
como unos pequeños altavoces sobre la superficie retráctil que utiliza para
escribir. Standage y Grainger apuntan a las estrellas con el teodolito. Le
pregunto a Standage con qué exactitud puede llegar a determinar nuestra
posición.
—¿Juega usted al golf?
—Un poco.
—Pues digamos que es como golpear con un hierro nueve.
No hay peligro de ataque aéreo, así que los camiones permanecen
juntos, con todas las armas bajo las lonas. Desplegamos unas mantas,
cavamos unos agujeros y extendemos los sacos de dormir sobre la roca.
De repente, en la distancia, un motor.
Todas las manos vuelan a las armas. Quitamos las lonas, retiramos los
seguros, amartillamos. Oigo el ruido que hace la respiración de Punch al
salir por la nariz.
El sonido del motor remite.
Silencio.
—Demonios —dice Durrance.
Nos relajamos. Dos minutos después vuelve el sonido del motor. Todas
las manos vuelven a saltar.
De nuevo es un fantasma.
—Maldito sea este sitio. ¿Qué demonios pasa aquí?
Durrance y Standage cogen las ametralladoras y las bajan de los
camiones aguzando los oídos al máximo. Los demás nos quedamos junto a
las Vickers y las Browning, atentos como perros.
—Ahí —dice Punch.
Se acerca sin hacer ruido a la compuerta trasera del camión.
—Es la condenada jarra de ron.
Nos reunimos a su alrededor.
El viento, al soplar alrededor de la jarra de cerámica, hace un sonido
idéntico al del motor de un camión.
Llamo a Durrance y a Standage con un silbido. Estamos todos dos veces
más nerviosos. Nos tumbamos, pero no podemos dormir. Poco a poco el
nerviosismo nos va carcomiendo por dentro. Hacia el norte, el terreno es
llano: no hay wadis ni hondonadas en los que esconderse.
—Vámonos —digo—. Quiero alejarme lo más posible de este lugar.
Nos ponemos en marcha con las luces apagadas, utilizando la estrella
polar para orientarnos. ¿Qué más da lo cansados que estamos? Si esos
coches blindados nos encuentran nos harán picadillo. Yo abro la marcha,
con Wannamaker cien metros por detrás y a un lado, para que no
choquemos si nos extraviamos en la oscuridad. Cada veinte minutos
intercambiamos nuestras posiciones. Los camiones recorren diez
kilómetros, luego veinte. Entonces empezamos a ver luces.
¿Faros? ¿Estrellas?
—¿Las veis?
Todos las vemos, pero ninguno de nosotros se fía ya de su imaginación.
Las luces se desplazan a velocidad constante en dirección noroeste, a
nuestra derecha, paralelas a nuestra ruta. No tiene sentido. Si un enemigo
nos estuviera siguiendo, lo haría con las luces apagadas. Tiene que ser un
fantasma. Coloco mi camión en paralelo al de Wannamaker, a quince
kilómetros por hora. Los dos llevamos los prismáticos. Las luces están a
dos mil metros de distancia. Justo el alcance de nuestras ametralladoras.
—Aceleremos —digo.
Las luces permanecen con nosotros.
Aminoramos. Las luces no se marchan.
Entonces aparece un segundo grupo. Más alejado, pero también paralelo
a nosotros.
—Vamos a por esos maricas —dice Punch—. Vamos a buscarlos.
Lo prohíbo. Incluso es posible que las luces no sean reales. Podrían ser
un fenómeno atmosférico. Es lo que me hace creer su forma de imitar
nuestros movimientos.
—Están acercándose —dice Standage.
—Atención todos —advierto—. Mucha calma.
Ordeno que ambos cambiones giren hacia el flanco, alejándose noventa
grados de las luces. ¿Nos seguirán? Todas las miradas se dirigen hacia allí.
—¿Dónde está Wannamaker?
¡Hemos perdido el camión de la radio!
Freno y apago el motor. Escuchamos. En el frío, un camión no queda en
silencio instantáneamente. La suspensión y la carrocería gimen y chirrían.
—No oigo absolutamente nada, maldita sea —dice Punch.
Una forma.
El ruido de un motor.
Punch quita el seguro a su arma.
Es Wannamaker.
—¡Malditos cretinos! —sisea Durrance desde su camión—. Casi os
hacemos papilla.
Ambos camiones empiezan a vomitar maldiciones.
—¡Silencio todos! —Estoy furioso. Profiero un chorro de blasfemias
contra los hombres de los dos camiones, Wannamaker incluido. Los
hombres se me quedan mirando. Técnicamente, ni siquiera soy su
comandante. No tengo derecho a tratarlos así. Pero todos parecen responder
de manera positiva a mi estallido. Lo que puedo asegurar es que a mí sí me
ayuda. Cuando termino, tengo los nervios templados y la mente clara.
Lo que más me preocupa de las luces fantasmales es la posibilidad de
que sean los faros de algún camarada. Otra patrulla en una misión diferente.
Entablar combate con una fuerza desconocida en la oscuridad es una
locura. Pero no podemos seguir así; vamos a volvernos locos.
Giramos de nuevo hacia el norte. Las luces aún nos siguen. Es
demasiado.
—Muy bien —digo—. Vamos a liquidarlos.
Posiciono los camiones con los flancos hacia las luces, separados entre
sí por cincuenta metros. Nos aproximaremos en diagonal hasta que nos
encontremos a mil quinientos metros y entonces abriremos fuego con las
Vickers y las Browning. Las armas disparan una trazadora cada cinco balas.
A mi orden, abrimos fuego; a mi orden, dejamos de disparar.
—Hacedlos pedazos.
En el mismo instante en que las ametralladoras abren fuego, cambia
todo. La transformación obrada en el espíritu de los hombres es inmediata y
milagrosa. El formidable estruendo que escupen las bocas de los cañones, el
humo, las cintas de munición que van engullendo las Browning, el aullido
de los tambores de las Vickers, las grandes parábolas de dos mil metros que
describen las trazadoras; el tintineo de los casquillos usados al caer sobre el
suelo de los camiones y las satisfactorias sacudidas que experimentan los
vehículos a causa del retroceso. La iniciativa borra todo rastro de
irresolución.
—¡Alto el fuego!
¿Está respondiendo el enemigo? Al deslumbrante resplandor de los
destellos de nuestras ametralladoras no hemos visto absolutamente nada.
¿Hay alguien ahí fuera?
Las luces han desaparecido. Ninguno de nuestros hombres está herido.
La Browning de Punch lanza una última ráfaga, por si acaso.
—¡A ver si los hemos alcanzado!
En absoluto.
Ordeno que los camiones pongan rumbo al norte. Conducimos durante
toda la noche, orientándonos por las estrellas y la presencia de las dunas
periféricas del Mar de Arena, a nuestra derecha. Varias veces me parece
oler a gasolina derramada, pero lo achaco a mi imaginación, como las luces
fantasmales. Dos horas después del amanecer, cuando finalmente nos
reunimos con los camiones número 3 y número 5 de Jake, al cargo del
sargento Thoroughgood (que nos han estado esperando en el aeródromo
210, en el desfiladero entre los mares de arena de Egipto y Kalansho),
inspecciono las latas de gasolina que llevamos detrás del asiento del
conductor. Sendos balazos han atravesado limpiamente la parte superior de
cada una de ellas.
15

El sargento Thoroughgood ordena a los dos camiones rezagados que nos


recojan. Para mi inmenso alivio, traen gasolina para nosotros. Uno de los
camiones de Jake se ha averiado y han tenido que abandonarlo. Jake lo ha
despojado de cañones, munición y combustible y luego lo ha ocultado, por
si más adelante puede servirles para algo.
Thoroughgood nos pone al día de la situación. La T1 y la R1 han
cruzado el cuello de botella que separa los mares de arena y ahora se
encuentran trescientos kilómetros al norte. Nos llevará hasta ellas.
—¿Alguna posibilidad de echar una cabezada? —pregunta Punch.
Estamos exhaustos.
Thoroughgood dice que no; las órdenes de Jake son llevamos al norte en
cuanto aparezcamos. Debemos establecer una base para las demás patrullas,
que van a lanzar incursiones contra las rutas de abastecimiento del Eje.
—Ah —dice el sargento—. Casi se me olvida. Anoche recibimos un
mensaje del cuartel general: han evacuado a Rommel a Alemania. La
misión se ha cancelado.
Nos lo quedamos mirando. ¿Está de broma?
—Ese hijo de perra está enfermo; se lo han llevado al hospital. ¿Qué les
parece? —La noticia, nos cuenta Thoroughgood, tiene más de una semana
de antigüedad—. Inteligencia se ha enterado por la BBC. Brillante, ¿eh?
No puedo decir si la noticia me alivia o me decepciona. Estoy
demasiado cansado para pensar. Mientras los hombres preparan un té sobre
los depósitos de combustible, Thoroughgood me expone la situación sobre
el mapa. En lugar de avanzar en dirección norte hasta estar más allá del
alcance de las patrullas del Eje que utilizan como base los oasis de Jarabub
y Siwa para luego lanzarnos en línea recta sobre la retaguardia de Rommel
(nuestro plan original), nos dirigiremos hacia el norte y el oeste, en
dirección a Sidi Omar y Sidi Aziz. Jake, Nick y el mayor Mayne han
establecido un campamento base a medio camino, en un lugar llamado
Hatiet el Etla. Desde allí continuaremos hacia el norte, donde empezaremos
a atacar los convoyes alemanes e italianos en Trigh el Abd y Trigh
Capuzzo. Me bebo de un trago una taza de té caliente y dulce y vuelvo a
subirme al camión. ¡En marcha!
Se tarda dos días en cruzar los mares de arena hasta Garet Chod, unos
cien kilómetros al este de Jarabub. La luna nueva está aproximándose;
estamos a seis de octubre. Thoroughgood nos lleva por el camino de
Garbada, una pista desolada y sembrada de rocas que discurre primero a lo
largo del extremo de los mares y luego por el duro y liso serir. El Cairo nos
mantiene informados sobre Rommel. Según parece, sus médicos han
ordenado que se lo evacúe al hospital de Semmering, cerca de Viena.
Ictericia, con complicaciones intestinales. El general George Stumme, del
que ninguno de nosotros ha oído hablar nunca, está ahora al mando de la
Panzerarmee Afrika.
Tardamos otros tres días de dura marcha en atravesar una franja de
marismas salinas llamadas balats. Los camiones se averían con
desalentadora regularidad. Están agotados, lo mismo que nosotros. Al
quinto mediodía volvemos a encontrarnos, a Dios gracias, en la arenosa y
ondulada tierra de las dunas. Esa misma noche llegamos a Hatiet el Etla.
Jake no está allí; tampoco el mayor Mayne ni los SAS. Los únicos
camiones que quedan en el campamento son el segundo de Collier y uno de
los de Jake, que están siendo reparados. Collier nos espera. Sale a nuestro
encuentro con una gran sonrisa. La intensidad de la emoción, tanto por su
parte como por la mía, me sorprende. Apenas lo conozco; sólo hemos
servido juntos por espacio de unos pocos días, pero ahora nos estrechamos
las manos como si fuéramos hermanos. Sí, el desierto profundo es como el
mar. Cuando tocas puerto, sientes que se te quita de encima el peso del
mundo entero.
Collier nos tiene preparado café caliente y galletas italianas, saqueadas
de los restos de los camiones italianos de las proximidades.
—¿Os habéis enterado de que la misión se ha ido al diablo?
Nos cuenta que han enviado desde Kufa otra patrulla del LRDG, la Y1
de Spicer, con combustible, munición y piezas de repuesto para nosotros.
Nos quedaremos a esperarla.
—¡Por las pelotas del infierno! —exclama Collier al ver a Punch,
Standage y Grainger—. Tenéis pinta de haber salido de una máquina de
hacer salchichas.
La patrulla de Spicer aparece cuatro días más tarde. En mi diario consta
que pasamos los seis días siguientes reparando los vehículos y sirviendo
como base en retaguardia para las operaciones de las demás patrullas.
Hatiet el Etla no es más que una pequeña colonia de montículos de arena y
wadis, pero a juzgar por la densidad de huellas de camello y ruedas que lo
rodean es un caravasar habitual para los tommies y los árabes. Para no
correr riesgos, cambiamos de posición constantemente, y cuando creemos
estar seguros, volvemos a cambiarla. Hay demasiados nativos husmeando
por la zona.
—Son amistosos —señala Collier—, pero nunca se sabe.
Quedan dos días para la luna llena. No hace falta ser ningún genio para
darse cuenta de que Monty lanzará su ataque total esa noche. La cuestión es
si los alemanes atacarán primero.
La noche del 23 de octubre, un mensaje de Jake nos envía
apresuradamente a un lugar desértico llamado Bir Golan, al sur del Trigh el
Abd y al oeste del camino Sidi Ommar-Fuerte Maddalena. Cuando al fin lo
encontramos, justo antes del amanecer, la BBC está informando sobre el
mayor bombardeo de artillería de la guerra hasta la fecha. La batalla final
en El Alamein ha comenzado.
Las patrullas de Jake y Nick nos están esperando en Bir Golan.
Descargan con avidez la gasolina y las municiones que les traemos de parte
de Spicer. Le pregunto a Jake si Nick nos estaba esperando sólo a nosotros.
—No —dice nuestro comandante—. También a los equipos de
infiltración.
Tres equipos de los comandos del SAS, con el mayor Mayne al frente,
han salido dos noches antes para atacar el depósito de suministros del
Afrika Korps en Sidi Suleiman. No han regresado. Esto es lo que los
mantiene aquí. Cada noche, Jake ha enviado un camión a buscarlos, pero
deben de haber avanzado más allá del alcance de sus radios.
—¿Podrían haberlos capturado? —pregunto.
—Sí. O matado —dice Jake.
Nick pregunta cuánto tiempo vamos a esperar a los equipos del SAS.
—Hasta esta noche —responde Jake—. Dejaremos dos camiones un día
más, pero el resto tiene que seguir adelante.
Pasa la noche. Ni rastro de los equipos de infiltración.
Jake se queda hasta el mediodía.
A las 13.00 llega una débil señal. Jake llama a los equipos. Responden.
Pero ahora no son capaces de encontramos. Envía a los tres camiones de
radio a buscar algún contacto.
Sin suerte.
Trasladamos el campamento dos veces más. Hay Storch y ME-110
encima de nosotros todo el tiempo. Hemos empezado a ver cazas Macchi y
bombarderos Savoia Marchetti. En una ocasión, una patrulla de coches de
reconocimiento italianos pasa a menos de ciento cincuenta metros de
nosotros. He dejado de escribir el diario por si nos capturan. No tiene
sentido darle al enemigo más información de la que ya tiene. Las horas se
suceden a paso de tortuga. El tiempo se ha vuelto frío y desapacible. Nos
cobijamos debajo de los camiones, esta vez no del sol, sino de la lluvia. No
me he bañado desde El Fayum ni he hecho de vientre desde el Mar de
Arena. Todos sufrimos lo que se llaman «llagas del desierto», pequeñas
úlceras causadas por picaduras y arañazos que se llenan de aceite, arena y
grasa. Se infectan y hay que vendarlas.
Del norte de África llega un rumor sin confirmar: el comandante George
Stumme ha resultado muerto en un ataque de artillería. Stumme es el
general que reemplazó al mariscal de campo Rommel hace menos de diez
días. Rommel ha sido evacuado a Austria para recibir tratamiento médico.
A las 04.00, Collier me despierta. Cuando llegamos al camión de Jake
vemos que el mayor Mayne ha regresado con dos de los equipos del SAS.
Nick y los sargentos Kehoe y Wannamaker llegan apresuradamente, aunque
todavía adormilados, desde sus camiones. Jake tiene en la mano una hoja de
papel rayado, de las que se usan para anotar y descifrar los mensajes
recibidos desde El Cairo. Lee:
—«Stumme ha muerto. Rommel vuelve. Reanuden operación».
El grupo, aún medio dormido, se lo queda mirando en silencio. Le pasa
la hoja a Mayne, quien la estudia un instante y luego se la entrega a Wilder.
—¿Qué significa esto, Jake?
Que Rommel está en un avión rumbo al norte de África. Va a reasumir
el mando.
Recupera la nota.
—Y que volvemos a entrar en juego.
LIBRO IV

El Zorro del Desierto


16

La operación recupera su plan original: penetrar hacia el este desde la


retaguardia de las formaciones alemanas e italianas al oeste de El Alamein.
Un día de viaje, cortado en seco por una tormenta de arena, nos lleva
hasta Bir al Khamsa, al sur de Sofaf; un día aquí para hacer algunas
reparaciones y luego dos noches por buen terreno (viajar de día se ha vuelto
demasiado peligroso; los cielos están cubiertos de cazas y bombarderos del
Eje) que llevan las patrullas hasta Bir el Ensor, setenta kilómetros al sur de
Fuka. En el mapa, este punto está marcado como «Pulgar Inflamado» por
un gran afloramiento de arenisca. Aquí, Jake establece una base con dos de
los camiones de su propia patrulla, la Rl, incluido el vehículo médico del
capitán Lawson y uno de los camiones de radio, que tiene la segunda y la
tercera marcha inutilizadas y necesita reparaciones de todos modos. Los
combates más encarnizados de El Alamein se libran setenta kilómetros al
este, a lo largo de los cincuenta kilómetros que separan la depresión de
Qattara del mar. Al caer la noche vemos los destellos de la artillería en el
horizonte. Jake da la orden de que se reúnan todos los jefes de patrulla y los
suboficiales
Por primera vez se pide mi participación. Los equipos de asalto, dice
Jake, se trasladarán esta misma noche hasta sus posiciones de avanzada;
penetrarán en las formaciones del Eje dentro de cuarenta y ocho horas.
—Necesito una idea aproximada del tipo de formaciones de seguridad
con la que nos encontraremos, así como tus conjeturas sobre la posición y
las acciones de Rommel.
Describo brevemente las tácticas y las configuraciones empleadas por el
Afrika Korps en la ofensiva, en los repliegues y a la hora de levantar los
campamentos nocturnos. Ya he preparado un documento sobre el particular,
como dije antes, que se distribuyó entre estos mismos oficiales y
suboficiales en El Fayum. Aunque probablemente lo estudiaron en su
momento, la mayoría de ellos ya habrá olvidado el grueso de la
información. Así que vuelvo a exponerlo. Describo cómo las formaciones
de suministro del Eje acuden a los campamentos durante la noche para
reabastecer a la artillería y los blindados de primera línea. Mayne lo
confirma con lo que ha visto en su reciente incursión. Está empezando a
impacientarse. Quiere saber dónde estará Rommel. Cuando le respondo «en
el frente» se echa a reír y señala que para decirles eso no necesitaban un
oficial del RAC.
La mera idea de un plan formal se le antoja ridícula. Lo que él propone
es hacerlo por las bravas. A plena luz del día. Sin miedo.
Sus equipos no han tenido el menor problema en las misiones de
infiltración de los últimos días. Nos dice que una vez atravesado el
perímetro italo-germano, han podido moverse a sus anchas.
—Si los chicos de Insel pueden localizar a Rommel, por el cielo les
garantizo que le proporcionaremos un funeral de estado.
—¿Ése es tu plan? —dice Jake—. Un poco vago, ¿no?
—Eso es lo bueno —replica Mayne—. Cuanto más vago, mejor.
Tiene cierto sentido. Flexibilidad. Improvisación.
—De todos modos va a ser un embrollo de primera, Jake. Deja que
nuestros hombres vayan y lo intenten.
A medianoche parten las tres patrullas hacia el este. Al amanecer, Jake
las tiene a veinticinco kilómetros del frente, desplegadas y camufladas
sobre un cerro que él mismo ha descrito como «un rasgo distintivo del
terreno» y Punch llama «un otero del tamaño de uña teta». Jake sitúa los
vehículos de nuestra T3 en el flanco meridional. Su plan es éste:
A la salida del sol, siete de los nueve camiones —las patrullas de Jake y
de Nick, más el jeep de Collier y el camión de armas de Connyngham, de la
nuestra— continuarán en dirección este hasta situarse directamente en la
retaguardia del enemigo. Mayne y los equipos del SAS, que habrán salido
con antelación, ya estarán allí. En el último minuto, Collier decide
intercambiar su puesto con Connyngham, dejando a éste y a Holden en el
jeep para ir él en el vehículo de armas. A partir de ahora, dice, la potencia
de fuego será más crucial para la misión que la movilidad. Los dos
camiones restantes de la T3, el mío y el de Grainger (sin el sargento
Wannamaker, que irá con el grupo principal, ni Standage, que manejará el
Breda del de Collier), establecerán una posición de cobertura donde
estamos ahora. Nuestro cometido será doble: servir como punto de
repliegue y reserva móvil; proporcionar cobertura a todos los vehículos que
huyan hacia el Pulgar Inflamado; y recoger a cualquier rezagado cuyo
camión haya sido destruido o inmovilizado en la huida.
Las patrullas de Jake, Nick y Collier se preparan a la luz de la luna. Tras
cenar un poco, tomar un té y comunicarse una última vez con el cuartel
general, se ponen en camino en dos columnas. Les deseamos buena suerte.
El polvo que levantan y el sonido de sus motores van alejándose en la
oscuridad.
Mi camión y el de Grainger están solos ahora. Tengo a Punch y a
Oliphant; Grainger tiene a Marks y a Durrance. Excavamos un foso poco
profundo en la ladera posterior, donde atrincheramos los dos camiones, y
luego procedemos a cubrirlos con las redes de camuflaje y todos los
matorrales que logramos reunir. Los camiones están al revés, para que
puedan disparar desde la parte trasera, que es donde las armas son más
eficaces. Las emplazamos en dirección al este. Quitamos las rocas del borde
del foso para impedir que se conviertan en metralla en el fragor del combate
y luego cubrimos el parapeto con arena apelmazada, el mejor amortiguador
de impactos para las balas o el fuego de artillería. Grainger coloca la antena
diez metros cuesta abajo. Será mejor que ningún enemigo aparezca por
detrás de la ladera a la luz del día, porque el condenado armatoste se ve a
ocho kilómetros de distancia. Sin embargo, tenemos que estar en contacto,
no sólo con Jake y con Nick, sino también con el cuartel general y hasta
puede que con la RAF.
Mientras salen las estrellas, reúno a los hombres y repasamos los
posibles escenarios. Cenamos un curry de ternera y arroz regado con té
dulce y caliente y un cóctel de lima con doble ración de ron. Los hombres
están preparados. Envío a Punch y a Oliphant al este del cerro para buscar
un camino de subida, que deben dejar señalizado para que no nos caigamos
de morros en alguna depresión si tenemos que acudir al rescate de alguien.
Grainger y yo vamos hacia el este a buscar una ruta de escape. Ordeno que
se limpien y engrasen las armas, que se comprueben las cintas de munición
y que se alineen los ejes una última vez. Practicamos el arreglar las armas
encasquilladas. Vuelvo a subrayar ante los hombres que, una vez que
comience la lucha, la potencia de fuego lo es todo.
—No dejéis de disparar. Ráfagas controladas y apuntadas. Nada de
quemar los cañones. Pero, aparte de esto, hay que disparar sin descanso.
Esta es la clase de órdenes que a los hombres les gusta oír. Está bien,
estoy contento. Está formándose un lazo entre Punch, Grainger y Oliphant.
Está ocurriendo en este mismo momento. Lo noto. Cuando se monta la
primera guardia, me siento con dos mantas alrededor de los hombros, la
espalda apoyada en la rueda trasera del Te Aroha IV, una taza de té caliente
sobre la arena y mi cuaderno en el regazo.

Queridísima Rose,
Estoy sentado en un otero, en medio del desierto, un lugar que,
en una tarde agradable sería el lugar perfecto para un picnic. Por
desgracia esta noche estamos congelándonos…

Me asigno la última guardia y me acuesto bajo las estrellas. Despierto


solo, un minuto antes de que Oliphant me sacuda por el hombro. La luna ha
descendido. Tengo tanto frío que apenas puedo moverme. Es hora de llamar
por radio.
—Despierta a Grainger. Dile que se vaya poniendo los auriculares.
Todo el mundo está en pie a las 04.30 horas. Una densa neblina
amortigua los sonidos. Los hombres trabajan con los gabanes y las gorras
de lana caladas hasta las orejas. Subo el cerro en compañía de Punch y
Oliphant. Nos estiramos como búhos en la niebla.
El terreno está salpicado de cerros bajos, de los cuales el nuestro, que se
levanta unos diez metros desde el suelo del desierto, es el más elevado. Hay
abundantes crestas falsas, que dejan grandes franjas de tierra muerta. Los
matorrales de tamarisco crecen con cierta profusión, entre depresiones
rocosas tan desnudadas por el viento que casi parecen tramos de carretera
pavimentada. Se podría ocultar un regimiento entero allí. Oliphant acaba de
preguntarme si podemos correr el riesgo de encender una fogata discreta
cuando oímos un ruido de motores.
—¡Silencio!
Grainger apaga la radio.
—¿De dónde viene?
No lo sabemos.
—¿Son los nuestros?
—Del este —dice Oliphant señalando la dirección por donde vendría el
VIII Ejército. El problema es que los Panzer de Rommel llegarían antes. El
sonido va y viene. Si es un motor diésel, son alemanes. Aún no es posible
asegurarlo. Está a unos mil metros, y acercándose. Envío a Oliphant y a
Durrance a desmontar la antena. Los otros cuatro corremos hacia las
ametralladoras. Mi corazón late como un martillo neumático. Si la fuerza
que se acerca es alemana, ¿disparamos y dejamos que nos liquiden o
elegimos la forma adecuada del valor y huimos para luchar otro día?
Ordeno que enciendan los motores y suelten todo el camuflaje para poder
salir de allí a la carrera. Orientamos las cuatro ametralladoras hacia el
sonido de los motores.
—¡Ahí! —exclama Oliphant.
Faros. En medio de la negrura son como ojos de gato. Ciento cincuenta
metros al sur, una motocicleta con sidecar corona una cresta, Oliphant y
Durrance están a campo abierto. En la oscuridad, la moto no los ve. Sigue
su camino, seguida por otra y por otra.
—BMW —dice Punch—. Reconozco el sonido.
—¿Estás seguro? —Les indico con una señal que aguarden.
—750, motores horizontales. Tan alemanas como el sauerkraut.
Oliphant y Durrance se han arrojado de bruces sobre la arena. Los
mástiles de la antena, con sus cinco metros de altura, se elevan sobre ellos.
Una columna de motocicletas pasa a nuestro lado. Cada moto sigue a la
que la precede sin desviar la mirada a derecha o a izquierda.
—¡Bajad esa antena! —Mientras Oliphant y Durrance la desmontan,
oímos un rugido diferente procedente del extremo sur del cerro. Antes de
que tengamos tiempo de reaccionar aparece otra moto con sidecar, sólo que
esta vez sí nos ve y se dirige hacia nosotros. La moto frena en medio de un
ciclón de arena. La máquina, veo, no utiliza una cadena como transmisión,
sino un cardán. Tanto los conductores como los pasajeros están recubiertos
de mugre y parecen agotados. El conductor se quita las gafas
—Wobind sind sie gafabrenf —inquiere. ¿Adónde han ido?
Me llevo una mano a la oreja.
—Was?
—ln welche Ricbtung sind die Krads Gehfaren?
Señalo hacia el oeste. El conductor y su artillero se alejan en esa
dirección.
Un camión de reconocimiento alemán pasa trescientos metros al sur de
nuestra posición, seguido de otro a la misma distancia, pero por el norte.
Daimler, con la característica parte superior en forma de bombín. Oliphant y
Durrance regresan arrastrándose al camión de radio, echan los mástiles al
suelo y vuelven a guardarlos. Hay más vehículos de reconocimiento al sur,
avanzando ruidosa y lentamente por la tierra ondulada y aún a oscuras.
Punch y yo nos asomamos por encima de la cresta. La neblina limita el
alcance de visión a un centenar de metros, pero el gruñido de los motores
diésel es inconfundible: motores grandes de Panzer Mark III y Mark IV, no
los ligeros de los Mark II, que suenan como los de los camiones. Ordeno
retirar las redes de camuflaje y guardarlas en los camiones.
—Preparados para salir.
No hay adonde.
En cuestión de minutos, el área situada detrás de nuestro puesto es un
hervidero de tropas y transportes del Afrika Korps. Todo sucede de manera
tan repentina y tranquila que casi nos sentimos como si fuéramos alemanes.
Al menos una docena de camiones cisterna —la mitad de ellos Bedford
británicos— pasan por delante de nuestra posición, siguiendo el camino
abierto por las motocicletas. Tras ellos aparecen nuevas oleadas de
camiones y cañones.
Oliphant prepara su Browning.
—¿Qué diablos hacemos ahora?
—Movernos con ellos.
Luchar es un suicidio. Si nos quedamos quietos, acabarán por vernos.
—Buscar una nube de polvo y meternos dentro.
Avanzamos varios kilómetros con el convoy alemán. Todos los
vehículos salvo los nuestros lucen la insignia de la palmera y la esvástica
del Afrika Korps sobre la carrocería. A Dios gracias, el polvo y la
penumbra del alba nos ofrecen cierta protección. De repente, la columna
empieza a aminorar la velocidad. La policía militar alemana ha establecido
un control. Con gestos de los brazos, sus hombres indican a las unidades
dónde deben parar.
—Están acampando.
—Pues acampemos con ellos. Busca un lugar.
Ahí vienen los carros de combate que habíamos oído antes. Los vemos
cuando la niebla empieza a levantarse, avanzando en columna sobre la
tierra llana del sur. Treinta, cuarenta, cincuenta de ellos. Justo delante de
nosotros, los suboficiales del Afrika Korps han desmontado y están
seleccionando sus posiciones. Los camiones y los transportes de artillería
maniobran mientras los hombres empiezan a atrincherarse. Aparecen los
cañones anticarro: los enormes y aterradores 88 y los achaparrados y letales
Pak 38, tirados por camiones y vehículos semioruga.
Buscamos un lugar donde podamos mezclarnos con ellos.
—¿Ahí? —pregunta Punch.
La dotación de una ametralladora Spandau se nos adelanta.
—A la izquierda.
Más infantería que se atrinchera.
—¡Ahí!
Aparcamos entre dos lomas.
—¿Y ahora qué? —pregunta Oliphant.
—Les seguimos el juego.
Desmontamos. Todo lo que hacen las tropas de Rommel lo hacemos
nosotros también. La dotación de un mortero acampa cien metros detrás de
nosotros: un puesto de ametralladora aparece en nuestro flanco, a cincuenta
metros. En cuestión de minutos las dos unidades están convenientemente
atrincheradas. Delante, la dotación de un 88, con la ayuda de un transporte
semioruga y un camión de municiones de tres toneladas, está excavando
una trinchera para el cañón y preparando redes de camuflaje. Nosotros
sacamos también nuestras redes. Huelo a salchichas. Punch señala.
—Mire eso, señor. Esos bastardos están preparando el desayuno.
Huele a gachas y a sucedáneo de café. Los alemanes, vemos, utilizan
para freír los mismos fogones de arena y gasolina que nosotros.
—Haz lo mismo que ellos, Punch.
—¿Señor?
—Que prepares algo. Actúa con naturalidad.
Lo que nos mantiene a salvo en medio del campamento enemigo es el
tipo de uniformes que ambos ejércitos utilizan en el desierto: gabanes y
pantalones caqui para el frío, gorras con visera, pañuelos y gafas para la
arena. Además, los dos bandos han capturado y utilizado tal cantidad de
vehículos enemigos que la presencia de nuestros Chevrolet resulta tan poco
sorprendente como la del resto de los Ford, Mack y Marmon-Herrington
que pasan a nuestro lado por todas partes. Nuestros vehículos se parecen a
los suyos y los suyos a los nuestros.
Sin embargo, estamos aterrorizados. Por alguna razón, el hecho de que
nos descubran nos da más miedo que caer en acción. Pero entonces el
miedo se ve reemplazado por la teatralidad casi absurda de la situación. Nos
sentimos como escolares haciendo una travesura. Conforme pasan los
minutos y seguimos friendo nuestro beicon sin que ningún enemigo repare
siquiera en nosotros, sentimos que nos invade una especie de exultación.
—¿Me atrevo a hacer de vientre? —dice Grainger. Y se atreve. Se lleva
una pala «a dar un paseo» entre nuestra posición y la del 88, doscientos
metros más allá.
A las 06.30 en punto comienza el bombardeo británico. Evidentemente,
ésa es la razón del repliegue alemán. Los primeros obuses caen sin causar
daños sobre el desierto vacío, pero luego empiezan a avanzar hacia el oeste,
donde estamos nosotros. No se trata de cañones ligeros del 25, sino piezas
más serias de artillería media y pesada. Nadie se mueve. El enemigo se ha
atrincherado y parece decidido a mantener la posición.
—¡Maldición! —refunfuña Punch—. ¿Cuánto tiempo cree que van a
quedarse sentados esos héroes?
Tengo otras preocupaciones. Está claro que este repliegue alterará la
posición de Rommel… y la de Jake, Nick y los equipos del SAS. Mi misión
era montar una posición que cubriera la retirada de nuestros hombres.
Ahora eso ha cambiado. ¿Qué debemos hacer? ¿Cómo podemos ayudar? Es
evidente que el plan A ha quedado obsoleto.
Llamo a Grainger y a Oliphant con el brazo.
—Preparados para moverse. Que parezca oficial, como si hubiéramos
recibido órdenes. Salimos en tres minutos.
Grainger se detiene.
—¿Y adónde vamos?
—No tengo ni idea.
Me estoy volviendo hacia Punch para repetir estas instrucciones cuando
un Kübelwagen con un suboficial del Afrika Korps a bordo llega hasta la
posición del 88 y ordena a la dotación que desmonte el cañón y se prepare
para ponerse en marcha. A continuación viene hasta nosotros y repite la
misma orden desde lejos. A lo largo de toda la línea, los alemanes están
preparando los armones de los cañones y arrancando los motores.
—Es hora de levantar el campamento —dice Oliphant.
La posición entera se va a desmantelar y replegar.
—¡Por mis pelotas! —exclama Punch—. Parece que al final los hunos
no son tan estúpidos como pensaba.
Veinte minutos más tarde, nuestros camiones avanzan hacia el norte en
medio de una columna de 88 tirados por semiorugas blindados. Tras cruzar
un cerro, Punch levanta una nalga y expele una sonora ventosidad.
—¡Maldición! —dice—. Ya hasta me pedorreo como los boches.
17

Pasan tres horas. Brilla el sol. Nos hemos desnudado hasta la cintura, con
la salvedad de las gorras y las gafas de la Werhmacht. Las tormentas de
arena nos acosan, arrastradas por un abrasador viento del este. La columna
alemana se ha detenido y se ha dispersado tres veces, todas ellas falsas
alarmas. Una vez ante una formación de carros de combate que asomó
sobre una elevación por el este y resultó ser alemana; otra cuando los
aviones de exploración británicos pasaron a gran altura, y la última sin
razón alguna. Resulta tranquilizador comprobar que el enemigo, lejos de
estar formado por superhombres, se compone de una tropa confundida que
avanza como puede, tan ciega y sorda como nosotros.
—¿Asomamos las orejas? —inquiere Grainger en medio de la polvareda
de la segunda parada.
Se refiere a si debemos señalar por radio nuestra posición e informar
acerca de lo que hemos visto. Llevo dándole vueltas desde la primera vez
que nos dispersamos. ¿Es esta información más valiosa para el ejército
inglés que para nuestra misión? Decido que no. Hemos visto cómo nos
sobrevolaban nuestros propios aviones. ¿Qué podemos aportar nosotros que
los pilotos no hayan radiado ya? Y luego están Jake, Nick y el mayor
Mayne. Romper el silencio de radio los pondría en peligro a ellos y a toda
la operación, por no hablar de nuestros pellejos.
Por otra parte, puede que nos hayamos topado con algo. El objetivo de
la operación es penetrar en las líneas enemigas. Eso lo hemos hecho de
sobra. Decido que ahora tenemos que permanecer tranquilos y mantener los
ojos abiertos. Tras la tercera dispersión, nos situamos en el flanco, alejados
de la concentración de vehículos pesados. Nadie se percata. Discurrimos en
paralelo a la columna más meridional, un convoy de transportes de
munición, a varios kilómetros de nuestra posición original. Mi reloj marca
las diez, momento en que la calina de mediodía empieza a empañar la
visión, cuando cruzamos la estribación de una anónima autopista del
desierto y nos adentramos en un ancho valle recortado por varios
desfiladeros y wadis. Se pueden ver coches y motocicletas de
reconocimiento del Eje al frente. Los vehículos de suministros se organizan
en columnas de una sola fila por decreto de la policía militar, con la insignia
de la calavera y las cadenas alrededor del cuello. Unas avenidas delimitadas
con cinta marcan la salida de un campo de minas. Los oficiales nos dan
indicaciones a nosotros también. Una enorme zona organizada se extiende
ante nosotros. Debe de haber una división.
Punch conduce. Me he colocado en el puesto del comandante para
asomarme sobre el parabrisas y ver mejor. He cambiado de opinión acerca
de informar al cuartel general. Oliphant está a la altura de mi hombro, en la
Vickers, ocupado limpiando el receptor con un pincel. Yo estoy luchando
con el mapa en medio de la ventolera cuando Grainger me silba desde el
camión de la radio.
Apunta hacia el oeste. Un acantilado de trescientos metros discurre
paralelo a nuestra ruta. Justo en el borde hay un enorme vehículo con
pintura de camuflaje, elevándose sobre varios vehículos de personal y
reconocimiento que hay aparcados a su lado. El vehículo, cubierto con una
tela de camuflaje sujeta con red, se encuentra enterrado para pasar
desapercibido. Pero es tan grande que es imposible no reparar en él. A
varios centenares de metros se levanta un bosque de antenas; tiene que ser
el cuartel general. Se me eriza el vello de la nuca.
—¿Rommel? —le insinúo a Grainger.
—Si no es él, es su tío.
Le digo a Punch que aminore la velocidad sin detenerse. Nuestros dos
camiones siguen su marcha a un kilómetro, más o menos, paralelamente al
acantilado aunque trescientos metros por debajo. Nos encontramos en un
amplio valle arenoso, salpicado de formaciones diseminadas de infantería,
morteros y posiciones antitanque; de hecho, nos encontramos en la ruta que
emplean los camiones de suministro para darles servicio. En la cima del
acantilado cuento una docena de vehículos ligeros. Nada de carros de
combate.
—Allí —dice Oliphant, señalando la base de la pendiente. Hay seis o
siete Mark III en línea. Las escotillas están abiertas y las dotaciones
tendidas con holgazanería, aunque sin perder de vista sus vehículos. Les
han colocado unas lonas para dar sombra. Veo a un tipo afeitándose sobre
una palangana de lona. Pasamos a noventa metros delante de ellos. Nadie
nos presta atención. El lugar parece un poblado tranquilo, con docenas de
personas que van de acá para allá sin prisa ninguna.
Observo con los prismáticos el vehículo más grande. Se trata, sin duda,
de un Dorchester, el tipo de blindado británico que Rommel llama Mamut.
¿Debería informar? Decido no alertar al cuartel general. Ahora sólo pienso
en Jake, Nick y el mayor Mayne. Tienen que saber con qué nos hemos
encontrado.
—Punch, voy a sacar la caña de pescar.
El ruido del motor me impide oír. Voy al frente. Cruzo la pasarela de la
parte posterior y suelto la antena de casi dos metros para la radio «A», el
comunicador de corta distancia. La antena se eleva con un fuerte chasquido.
Pienso que si la caravana está en la cima del acantilado, sin duda es el
Mamut de Rommel, aunque es poco probable que el propio Rommel se
encuentre en él. Seguro que está en un coche de personal, en vanguardia.
No gano nada rompiendo el silencio de radio. Me arriesgaría a arruinar toda
la misión si los alemanes nos interceptaran.
Por otro lado, Rommel sí que podría estar allí. Podría ser. Toparse con
tamaña oportunidad y no hacer nada…
La radio «A» está bajo una placa de acero, tras el asiento del conductor
de mi camión. Oliphant ya ha sacado los auriculares y el micrófono
pectoral. Enciende la radio. Cojo el equipo y me arrodillo junto al
comunicador, balanceándome entre una rueda de repuesto y un saco de
cajas de munición. Levanto la placa de la radio y extiendo la mano para
palpar los tubos de vacío. Cuando estén calientes, el equipo estará listo. Me
coloco los auriculares sobre la gorra. Lo que estoy a punto de hacer es,
potencialmente, el acto más trascendental de mi vida.
Al diablo con los códigos y el protocolo. Estoy en el aire.
—Hola, Jake, aquí Chap. Objetivo a la vista. Repito: veo lo que estamos
buscando. Cambio.
Los auriculares se inundan de estática. Nada. Me doy cuenta de que no
he pensado en lo que haré después de enviar la señal. No tengo ni idea de
qué hacer a continuación, salvo seguir informando. Repito:
—Hola, Jake y Nick, aquí Chap. Objetivo a la vista. Corto.
No hay respuesta. En parte, me siento aliviado. ¿Cuántas veces podré
volver a transmitir antes de que algún camión de intercepción alemán nos
detecte? Vuelvo a oprimir con fuerza el botón del micrófono, cuando Punch
me da un fuerte golpe. Por delante de nosotros, en el camino de arena, un
Fiat de tres toneladas se abre paso directamente hacia nosotros, seguido de
varios camiones más.
—Sonreíd y saludad.
Los italianos pasan cantando. Transportes de munición. Otros dos pasan
junto a nosotros, envueltos en un remolino de polvo. Mis auriculares cobran
vida:
—Hola, Chap, aquí Jake. Te veo. Cierra el pico y métete en un agujero.
Repito: Apaga y busca un agujero. Cambio.
El último Fiat pasa y llena de polvo nuestra cabina. Apago el auricular y
me dirijo a Punch y a Oliphant.
—Jake está aquí.
Se quedan tan pasmados como yo.
—Sigue adelante —le indico a Grainger, que está en el camión de la
radio, para que continúe.
Estoy seguro de que todo el campamento va a estallar en cualquier
momento. Seguro que alguien ha escuchado nuestra conversación; es
cuestión de segundos que nos acribillen. Pero no ocurre nada. Seguimos
rodando sobre el llano. Oliphant garabatea «Jake» en un bloc y se lo
muestra a Grainger. Marks y Durrance están en el camión de la radio.
Devuelven la señal. Lo han entendido. Me da vueltas la cabeza. ¿Habré
hecho lo correcto? ¿Dónde está Jake? La ruta que siguen nuestros camiones
lleva más allá de algún tipo de taller de reparaciones móvil. Un punto
seguro. Sin infantería. Punch lo ve y enfila hacia allí.
Pasamos a la altura de un par de transportes aparcados. Sus conductores
fuman a la sombra, junto a la cabina del primero.
Vuelvo a dirigir la mirada al acantilado. Las dotaciones de los carros de
combate se preparan para ponerse en marcha. Los hombres trepan por las
orugas de sus vehículos; unos penachos de humo de diesel salen de los
tubos de escape.
¿Habrán interceptado mi señal? ¿Se marchan por eso? No puede ser.
Ninguna formación tan grande puede reaccionar tan rápido. ¿Qué
deberíamos hacer? Ojalá Jake estuviese aquí, con Nick, y los SAS de
Mayne. ¿Habrán alertado a la RAF? ¿Atacarán Mayne y Jake por su
cuenta?
A nuestro alrededor, el personal empieza a cargar y los motores
arrancan. Los conductores de los transportes nos miran. No lo hacen con
suspicacia; más bien es como si, confusos por la movilización, quisieran
consultarlo con nosotros, sus camaradas, para ver si sabemos lo que está
pasando. Uno de ellos empieza a caminar hacia nosotros. Me vuelvo hacia
Oliphant, que está en las ametralladoras Vickers.
—Lo veo —dice.
El alemán sigue acercándose. Está a cincuenta metros.
—Punch, en marcha. —Indico a Grainger que haga lo mismo. Detrás de
mí, Oliphant amartilla ambas armas. El conductor enemigo sigue
acerándose.
—Chap —dice Oliphant—, deja que me lo cargue ahora.
—No.
El camión de la radio arranca. Punch se envara.
—¡Muévete, Grainger!
El conductor ve que nuestro segundo camión arranca y acelera el paso.
Punch se pelea con el estrangulador. Puedo oler la inundación de
combustible. El alemán está ahora a quince metros. Se detiene.
—Lo tenemos encima —dice Oliphant.
El alemán nos mira con los ojos entornados. De repente, se vuelve y
echa a correr. Veo la parte posterior de su camiseta y las suelas de sus botas.
En ese momento, la tierra estalla.
Una tempestad de destrucción cae directamente sobre el hombre. Por un
momento creo que es Oliphant con las Vickers. Entonces nos alcanza la
onda de choque. Nos envuelven las sombras; un estallido, como el de una
bomba, está a punto de arrancarme del camión.
Dos cazas de la RAF pasan sobre nuestras cabezas a trescientos
kilómetros por hora, arrasándolo todo a su paso. Dos surcos de quince
metros de ancho se abren paso a increíble velocidad.
—¡Dios santo! —grita Punch.
Los Hurricane pasan de largo. El rugido de sus motores es
ensordecedor. Ni siquiera los hemos oído llegar.
En la arena, el conductor del transporte, que había quedado inmóvil en
el suelo, se pone en pie como puede y corre como alma que lleva el diablo.
De alguna manera, los proyectiles no lo han alcanzado. Cuando me vuelvo
para comprobar cómo estamos nosotros, otros dos Hurricane aparecen de la
nada y barren el valle, ametrallando a los carros de combate y los camiones
enemigos que hay en la base del cerro. Allí donde impactan los proyectiles,
la tierra explota en una tormenta de roca y arena. Los cazas pasan por la
cima del acantilado en vuelo rasante.
Punch maldice el motor ahogado. El segundo par de Hurricane ha
pasado tan de prisa que nos ha sido imposible seguirlos con la mirada. En la
zona atacada, los camiones y los transportes alemanes quedan
desmenuzados como juguetes al capricho de un vendaval. La tierra sigue
temblando bajo nosotros.
Un impulso me obliga a consultar mi reloj de muñeca. Es un Wittnauer
Elysian con números cuadriculados y agujas de radio que compré en la calle
Fouad el Awal, en El Cairo, tras trocar el Breitling de mi abuelo por
combustible durante la retirada hacia El Alamein. En ese instante lo
comprendo todo.
—¡Eso es!
El ataque. Está ocurriendo ahora. Por eso Jake nos ha ordenado que
busquemos un agujero y nos metamos en él.
Los aviones pasan aullando sobre el acantilado y rugen al remontarse
hacia el cielo en un ángulo pronunciado. Tiene que pasar un rato hasta que
la cabeza deja de darnos vueltas, tan apabullados nos sentimos por la
repentina aparición de los aviones y el impacto de su velocidad y potencia.
En pocos instantes, la segunda pareja de Hurricane remonta trescientos
metros y empieza a describir el giro que los devolverá a la zona del
objetivo. Podemos ver el rastro que deja el humo de sus motores en el aire.
En la cima del acantilado, un sorprendentemente reducido número de
vehículos enemigos emprende la marcha. Los hombres corren en todas
direcciones.
Nosotros nos movemos también. Punch ha conseguido arrancar el
motor. Observo el Mamut por los prismáticos. Está intacto. No se ha
movido. Veo hombres armados que corren hacia él, y otros, sin armas, que
salen por uno de sus laterales y la compuerta trasera. Lo hacen ajenos a todo
pánico y toda urgencia, pero con un aire confuso, como si creyeran que ha
pasado algo pero no estuvieran seguros del todo de qué se trata.
—¡A por el objetivo!
Cogemos velocidad, directamente hacia el eje del valle. He vuelto al
compartimento de carga del camión y peleo contra el toldo que cubre la
Browning. Oliphant ya ha abierto fuego con las Vickers. Los cañones
gemelos disparan tan rápidamente, novecientos cincuenta proyectiles por
minuto, que devoran una cinta de noventa y seis proyectiles en apenas
segundos, aullando con un chirrido tan agudo que hiela la sangre. El Mamut
asciende por el acantilado, a novecientos metros de distancia y treinta
metros de altura. Pasamos justo delante de él. Frente a nosotros está la zona
de reparaciones. Los mecánicos salen a la carrera de las instalaciones.
Algunos corren hacia las trincheras, mientras otros se reúnen
despreocupadamente, como si fueran a pedirle un cigarrillo a sus
compañeros. Cuando aceleramos para rodear la tienda de reparaciones, un
camión de diez toneladas se nos cruza por delante, bloqueándonos el paso.
Oliphant gira las Vickers. El camión, alcanzado por los proyectiles, empieza
a arder. Jamás había visto explotar un motor tan de prisa.
Ya hemos rebasado los talleres. Noto que Punch mete la tercera. El
camión corcovea como una bestia salvaje. Aún no hemos visto a Jake, a
Nick ni al mayor Mayne. Pero los alemanes sí que nos han visto a nosotros.
A ambos lados del camino, soldados enemigos toman posiciones. Oliphant
acribilla a un tipo delante de una pared de sacos de arena. Le grito que
dispare al Mamut. Miro hacia atrás. Un camión nos persigue. Giro la
Browning para apuntar, pero entonces me doy cuenta de que es Collier.
Está de pie tras las ametralladoras, agarrándose a la Breda de veinte
milímetros y apuntando con frustración a la cima del acantilado. La Breda
pesada apunta hacia atrás y no puede rotar hacia el frente más de noventa
grados. Standage, embutido en cintas de munición, se agarra con firmeza al
camión. Midge conduce; Hornsby está con la Browning delantera. No veo
por ninguna parte el jeep con Conyngham y Holden. El camión de Collier
acelera, al parecer en busca de algún punto desde el que poder disparar.
Pasamos junto a dos hombres del Afrika Korps que llevan palas de zapador;
imagino que vuelven de obedecer la llamada de la naturaleza. Nos miran,
atónitos como turistas. Oliphant deja de disparar a pesar de que parecen
patos de feria.
El camión de Collier se sale del camino y se orienta hacia el acantilado.
Viramos con él. La adrenalina corre por las venas. Miro a los ojos de
Oliphant y veo que le pasa lo mismo. Está cambiando las cintas de
munición. Los cañones de ambas Vickers echan humo como si estuviesen
ardiendo. Brincamos fuera del camino principal a noventa por hora.
En la cima del acantilado, dos tormentas de arena caen sobre el Mamut.
De ambas surgen los dibujos de las balas trazadoras. Sólo pueden ser Jake y
Nick, o los SAS de Mayne. Está demasiado lejos para verlo bien, y es
imposible usar los prismáticos con estas violentas sacudidas, pero los
vehículos, sean quienes sean, se lanzan a la carrera a lo largo de la cresta
del acantilado, levantando nubes de polvo y humo. Abajo, en el llano,
nuestra columna de tres crea su propio vendaval. Por imposible que
parezca, nadie nos ha disparado. Vamos tan rápidos que nos adelantamos a
las alarmas.
Algo me induce a levantar la mirada. Lo que veo me oprime el corazón.
Dos Hurricane se lanzan en picado sobre nosotros. Puedo ver sus hélices
como molinos de viento gigantes y los destellos de los cañones a los
extremos de las alas. Nos disparan. La polvareda que hemos levantado ha
debido de alertar a los pilotos. Me percato de todo ello en una fracción de
segundo. Entonces, los proyectiles nos alcanzan. Jamás había escuchado
nada tan violento como los proyectiles de grueso calibre que impactan a
nuestro alrededor, incluidos los disparos de los Panzer Mark IV. Suena
como el fin del mundo. Los atronadores Hurricane pasan tan cerca de
nuestras cabezas que las puntas de sus alas parecen arañar la arena.
—¡Somos de los vuestros! —les grita Punch, adornando su discurso con
una ristra de obscenidades. Oliphant grita algo que no alcanzo a oír
mientras apunta a los aviones que se alejan y empiezan a ascender. Eso
quiere decir que van a volver.
En la cresta del acantilado, aunque sólo lo sabremos más tarde, se
desata el mismo caos. La polvareda que vimos antes era, de hecho, cosa de
Jake y Nick, junto al mayor Mayne. Los otros dos pilotos de Hurricane han
debido de verlos también. ¿Los habrán confundido con la señal de humo
rojo que debía marcar el objetivo? ¿O acaso esos pilotos están tan ebrios de
adrenalina como nosotros y le disparan a todo lo que se mueve?
Ya no veo el camión de Grainger. Collier nos adelanta. Todas las armas
del campamento parecen estar ocupadas con los aviones. De repente, nos
encontramos en medio del campamento de la infantería. Los soldados
enemigos saltan para apartarse de nuestro camino. Punch pasa por encima
de la tienda de una cocina. Nuestro guardabarros derecho atraviesa la
chimenea de una estufa de campaña; el combustible explota en todas
direcciones, alcanzándonos cuando pasamos a toda velocidad. Estamos
ardiendo. Estoy en la parte trasera del camión, luchando con la Browning
mientras el líquido inflamable impregna un montón de cajas de madera con
munición y otras dos de granadas. Se me quema el vello de los brazos y la
barba. Cojo un trozo de lona, empiezo a sacudirme como un loco, y luego
me lanzo sobre las cajas de munición para extinguir el fuego. Entonces el
fuego prende en la propia lona. Oliphant está centrado en encontrar al
Mamut, cuya red de camuflaje es mucho más eficaz desde su ángulo de
visión. No tiene ni idea de que nuestro camión va a arder como un pino.
Ahora nos encontramos justo bajo el acantilado, a trescientos cincuenta
metros.
—¿Dónde está ese bastardo? —maldice Oliphant, frustrado.
En ese momento, el Mark III que hay en la base del risco nos divisa. Sus
cañones del 7,92 escupen fuego. Mientras lucho contra las llamas que
devoran las cajas de munición, unas astillas se me clavan en la mejilla y el
oído derecho, arrancadas por el fuego de ametralladora. De haber seguido
de pie, las balas me habrían partido por la mitad.
Oliphant sigue maldiciendo. La arena ha atascado uno de los cargadores
y no puede colocarlo. Sigue sin saber que el camión está ardiendo. Yo he
arrojado la lona en llamas. No puedo apagar las cajas de munición, así que
decido arrojarlas también, envueltas en llamas como están. Una caja de
madera de granadas del 303 pesa más de veinte kilos. La lanzo fuera del
camión como si fuera una caja de buñuelos. Mientras tanto, el camión se
zarandea con tanta violencia que temo que nos hayan alcanzado en una
rueda. Me adelanto hacia la cabina. Punch pisa el acelerador a fondo.
—¡Estoy bien! —grita.
Vuelven los aviones.
Una de las parejas se dirige hacia el acantilado, mientras que la otra se
lanza hacia el llano. Veo el camión de Collier noventa metros por delante,
alejándose de la cima en diagonal, de modo que su Breda, montada en la
parte de atrás, pueda hácer algunos disparos. Collier dispara el arma y
Standage coloca las cintas; Midge y Hornsby van delante. Los Hurricane se
echan sobre todos nosotros.
El tiempo se ralentiza y veo el doble rastro que va dejando el fuego de
cañones por la arena, delante de Collier. El surco derecho discurre paralelo
al camión. El vehículo, cargado hasta los topes de explosivos, es una bomba
con ruedas. Veo cómo se desintegra la mitad posterior. Midge, al volante,
gira bruscamente a la derecha para esquivar el fuego. Cuando la parte
posterior del camión explota, el armazón y el chasis delantero se
estremecen, zarandeados por una serie de tumbos y brincos. El armazón
inferior salta tres metros por los aires, seguido del motor, que sale
despedido en lo que parece un salto mortal. La Breda, más de trescientos
kilos de peso, cae a plomo sobre Standage. Los Hurricane pasan dejando
una onda de choque que casi nos vuelca.
Más tarde, Nick nos contaría lo que estaba pasando al mismo tiempo en
la cima. Antes de la primera pasada, uno de los jeeps del SAS ha logrado
acercarse lo suficiente al Mamut para marcarlo con humo rojo, tal como
estaba planeado. Sin embargo, los Hurricane no lo ven. Su primera pasada
falla. Al mismo tiempo, los defensores del Mamut, conscientes del
significado del humo, lanzan inteligentemente sus propias granadas de
humo, que empiezan a marcar todos los vehículos y posiciones en un radio
de doscientos metros.
El Mamut, como todos los centros de mando, cuenta con la protección
de su propio personal de combate, y esas tropas, tras adoptar posiciones
defensivas, están cosiendo a tiros los vehículos de nuestros compañeros. Ni
Jake ni Nick pueden ver lo que pasa con los equipos del SAS durante el
asalto, pero sólo hay dos posibilidades: están muertos o los han capturado.
En ese momento vuelven los Hurricane en su segunda pasada. Para
entonces, los camiones y los jeeps de Jake, Nick y el mayor Mayne han sido
localizados por el enemigo y se encuentran en medio de un tiroteo. En su
tercera pasada, los Hurricane se centran en ellos. Nick nos contará más
tarde que está disparando su Thompson contra una hilera de vehículos del
Eje, astutamente alejados del Mamut, cuando se percata de que los aviones
se ciernen sobre él. En un abrir y cerrar de ojos, el capó de su camión se
vaporiza, junto con las dos ruedas delanteras, el radiador y la mitad del
motor. El aceite del motor le quema la cara y lo deja ciego. El Chevrolet se
estrella de morro contra la arena. Nick está seguro de que ha llegado el fin,
pero el camión sencillamente se detiene, permanece derecho, y él, su
conductor y su artillero desmontan «como quien sale de un taxi en
Grosvenor Square». Los Hurricane han arrasado todo lo que hay en la cima,
salvo el Mamut.
—Pude ver a ese maldito —diría Nick más tarde—, tan gordo como el
trasero de la tía Fanny y sin un solo rasguño.
Uno de los jeeps de Mayne recoge a Nick y a sus hombres. Al final
huyen por la loma opuesta de la elevación, perseguidos por el fuego de las
ametralladoras y los cañones de los vehículos blindados enemigos.
En el llano, Punch pone el camión a su límite de velocidad en dirección
al accidentado camión de Collier. Éste, achicharrado pero aún en pie, se
encuentra junto a Standage, cuya pierna derecha pende de un jirón de carne.
Se apoya en Collier. A Midge y a Hornsby no los vemos. Mientras nuestro
camión se acerca a toda velocidad a Collier y a Standage, otro vehículo
aparece por nuestra derecha. Se trata de un furgón del Afrika Korps que se
acerca j al lugar con el acelerador a fondo. Le grito a Oliphant que elimine a
los alemanes. El campamento está sumido en un caos absoluto, en el que
hombres y camiones se entrecruzan sin orden ni concierto en medio de una
mezcla de humaredas y polvaredas.
Oliphant gira las Vickers. Entonces lo veo: ¡el furgón enemigo es una
ambulancia! Obviamente, los alemanes creen que el camión destrozado es
de los suyos. ¿Y por qué no, cuando acaba de ser acribillado por dos
aviones británicos? Oliphant ve la cruz roja y no dispara. Sólo un
pensamiento nos mueve: sacar de allí a nuestros camaradas.
Punch derrapa sobre el terreno hasta detener el camión junto a Collier y
Standage. Oliphant y yo corremos hacia ellos. La gente de la ambulancia
también reacciona (dos camilleros, apenas unos muchachos, y un oficial en
pantalones cortos con aspecto de médico). En ese momento vemos a Midge
y a Hornsby. La mandíbula de Midge ha desaparecido; sus pantalones y
camiseta han quedado calcinados y está desnudo, con el pecho, los brazos y
las piernas abrasados. Se levanta del sitio donde había caído. Tiene la
mirada despejada. Hornsby yace boca abajo sobre la arena. Midge trata de
hablar. La sangre sale a borbotones por donde antes tenía la boca. Me siento
como si estuviera en el infierno. La magnitud del horror supera mi
capacidad de aguante. Al mismo tiempo, una parte de mí permanece lúcida.
Esa parte se acuerda de los Hurricane. No tardarán en volver para descargar
otra lluvia de proyectiles sobre nosotros. Oliphant y yo llegamos hasta
Midge justo cuando el médico llega a la carrera. Toma a nuestro camarada
por una axila.
—Hilf dem Anderen! —grita. ¡Ayudad al otro!
Se acercan más soldados desde otras unidades. Aún no se han dado
cuenta de que somos el enemigo. Collier sube a Standage al camión. Punch
tira de él. Oliphant y yo llegamos junto a Hornsby. Cuando lo giramos,
parece estar bien. Puede que el golpe le haya hecho perder el conocimiento.
Luego nos percatamos del charco que se ha formado bajo su cráneo. Los
camilleros están con Midge. Trato de idear cómo sacarlo de allí. El
conductor de la ambulancia ha maniobrado marcha atrás para que suban los
hombres. Un médico abre las puertas de par en par; podemos ver las
sujeciones para las camillas en el interior. El médico se pone delante de mí.
Veo cómo cambia la expresión de su cara. Por un momento se queda
helado. Luego, en un perfecto inglés, dice:
—¡Salvaos! —Señala a Hornsby—. ¡Dejad a los heridos conmigo!
Miro de reojo a Oliphant, y luego a Punch y a Collier.
—Ambos morirán si los movéis —dice el oficial médico.
Ojalá supiese el nombre de aquel tipo; ojalá pudiera darle un apretón de
manos. Pero no puedo hacer ni decir nada, salvo mirar a los agonizantes
Midge y Hornsby y correr como un rayo hacia el camión.
Diez minutos después, los Hurricane se marchan. Nosotros también, en
dirección sur, hacia el desierto. El camión de Grainger y el jeep de
Conyngham han desaparecido. No tenemos ni idea de lo que ha pasado con
Jake, el mayor Mayne y los hombres del SAS.
18

Tardamos cuarenta y ocho horas, viajando de noche y descansando de día,


en alcanzar el punto de reunión de Bir el Ensor, el Pulgar Inflamado.
Apenas hemos descansado en todo el día.
A tres kilómetros del final del desierto, en plena huida, el motor del
Te Aroha IV empieza a humear. Aún quedan cinco horas de sol. Podemos
ver la polvareda de los vehículos blindados del Eje varios kilómetros por
detrás de nosotros y el zumbido de los aviones al este y al oeste. Nos
buscan a nosotros y a los otros. Al parecer, el enemigo ha tardado en darse
cuenta de que el asalto no sólo provenía del cielo, sino también de nuestros
camiones. En el desconcierto del momento, creyeron que nuestros camiones
corrían para esquivar las ráfagas de los aviones. Para cuando se han dado
cuenta de la realidad, les llevamos ventaja. Al anochecer, cuando hacemos
la primera parada para recuperar el aliento, Punch descubre un balazo de
gran calibre en el cárter y una fisura en el motor por la que se puede meter
el dedo meñique.
—Ya os lo dije —dice—. Lleva funcionando treinta kilómetros con sólo
dos cilindros.
El camión sigue adelante, a pesar de que pierde líquido y se
sobrecalienta. Standage gime en la parte trasera. Está herido en las dos
piernas. En la derecha, sólo son quemaduras y abrasiones, pero la izquierda
la tiene casi amputada a la altura de la rodilla. La parte inferior está unida al
resto gracias sólo a un fino jirón sanguinolento. No podemos hacer más que
vendársela con fuerza e inyectarle una dosis de caballo de morfina. Punch y
Collier le han hecho un espacio entre las ruedas de repuesto y las latas de
combustible, y lo han colocado sobre nuestro saco de dormir, que quedó
medio chamuscado por las balas trazadoras. A pesar de todo, tratamos de
acomodarlo lo mejor posible. Sólo se queja del frío. Es gracioso, pero
cuando hieren a un hombre empiezas a llamarlo por su apodo. Standage era
«Stan» hasta hace poco, y ahora se ha convertido en «Standy». Collier le
cede su dosis de morfina a pesar de que la necesita para aliviar sus propias
quemaduras. Yo hago lo mismo. El coraje de Standage nos sobrecoge. El
propio Collier tiene quemaduras en la espalda, el cuello y la mitad derecha
de la cara. La barba se le ha chamuscado. El camión resopla con dificultad
al avanzar por el llano. El radiador sigue hirviendo. Le han perforado el
depósito de agua y sigue perdiendo a pesar de los parches. Lo rellenamos
usando la «jarra de miel» con nuestra orina de toda la semana, que
guardamos para tal emergencia. Temo que Collier vaya a entrar en shock. Él
trata de disipar mis temores.
—Tengo todo el tiempo del mundo para morirme mañana —dice.
Cuando el motor se calienta demasiado como para seguir funcionando,
lo dejamos en punto muerto. El esfuerzo nos lleva casi hasta al límite, pero
no tenemos alternativa. Si abandonamos el camión, tendremos que cargar
con nosotros el agua, la comida, la munición y las armas, por no hablar de
Standage, cuya muerte será más llevadera envuelto en sábanas que
arrastrado en una camilla. De hecho, gracias al cielo y a la morfina pierde el
conocimiento. Seguimos empujando hasta que el motor se enfría, luego
volvemos a ponerlo en marcha y seguimos conduciendo hasta que empieza
a oler a quemado y las juntas echan humo. Empujar y conducir, empujar y
conducir. La radio «A» se ha averiado en algún momento de la huida. Y, lo
que es peor, se ha roto el teodolito. No podemos transmitir ni recibir, y
tampoco podemos navegar. A eso de las 22.00 sentimos que el camión es
menos difícil de empujar. Vamos cuesta abajo. Estamos tan confusos con la
resaca de adrenalina, miedo y agotamiento, que empezamos a reímos.
Damos una palmada de ánimo al camión antes de saltar dentro y dejarnos
llevar. Es gracioso. El camión va cogiendo velocidad. Esta noche es luna
nueva; es como conducir a través de una nube de tinta. Ni siquiera hay
nadie al volante. ¿Contra qué podríamos chocar en medio del desierto?
—¡Frena! —grita Punch de repente.
Lo siguiente que sabemos es que el morro del Te Aroha IV está en el
aire y que el chasis ha chocado contra el borde rocoso de un acantilado de
quince metros. El camión pende sobre el precipicio. Standage lanza un
alarido. El resto nos agarramos a lo que podemos y, tirando con cada fibra
del cuerpo, logramos estabilizar la parte de atrás. Standage agoniza. Lo
envolvemos con cada trozo de tejido que encontramos, implorando su
perdón y prometiéndole que no se volverá a repetir.
—¡Malditos imbéciles! —dice Stan—. Me he despertado creyendo que
estaba muerto.
Estamos agotados y helados. Ordeno un alto para descansar. Es una
locura encender un fuego para preparar el té, pero tenemos que echarnos al
estómago algo caliente y dulce. Apenas hemos empezado a tomarlo cuando
el camión de Grainger aparece en la oscuridad.
Lleva una hora avanzando por el mismo acantilado y casi se despeña
varias veces. Viene hacia nosotros, precedido por gritos en la distancia. Por
Dios, ¡cómo nos alegramos de encontrarnos! La radio de Grainger sigue
funcionando, al igual que el motor. Nos montamos con él. Sus hombres,
Marks y Durrance, están sanos y salvos, pero no hay ni rastro del cabo
Conyngham y Holden, así como del jeep.
—Lo más probable es que los boches los hayan capturado durante el
tiroteo —dice Grainger.
Al amanecer, hemos situado ambos camiones bajo las redes y los
sometemos a una profunda revisión. Pasamos todo el día descansando y
comprobando las armas. También improvisamos sellos y tapones para las
diversas fugas de las líneas y los manguitos del motor. Collier dice que sus
quemaduras son superficiales. Yo no estoy tan seguro. Echamos mano de
cada gramo de margarina que nos queda para engrasárselas. Incluso usamos
aceite de motor, que al menos es estéril, recién sacado de la lata. Lo
colocamos en una hamaca junto a Standage y tratamos de mantenerlo
caliente. En el camión de Grainger hay otras dos dosis de morfina, que
reservamos para Standage. Resulta asombrosa la lucidez que mantiene. Me
pide que le lea. Saco de la mochila El paraíso perdido.
Standage no lo soporta. Pruebo con la Biblia, y eso tampoco funciona.
Termino por leer el manuscrito de Stein. A Standage le gusta. Las alusiones
homosexuales navegan en su mente. Me había olvidado de lo bueno que es
el libro. Me alivia también a mí. Cuando nos cansamos, le hablo de Stein y
de su muerte. Él me habla de su hija en Nueva Zelanda. Es un prodigio al
piano. En la comunidad agrícola de las afueras de Wellington, donde vive
con su familia, no hay profesor capaz de llevar a su hija al nivel que ellos
creen que puede alcanzar. Standage y sus hermanos han puesto dinero entre
todos para que la cría pueda vivir y estudiar en la ciudad.
—La echo mucho de menos —me dice—, pero cuando una chica tiene
un don…
Mientras me está hablando de ello, me ocurre la cosa más extraña que
se pueda imaginar. Me doy cuenta de lo que quiero hacer con mi vida. Es
decir, mi vida como civil, si es que algún día la recupero. Quiero ser editor.
No escritor. Carezco de ese don y no estoy hecho para la soledad.
Un editor. Tendré mi propia editorial y descubriré a mis propios
escritores. ¿Cómo es que no se me ha ocurrido antes?
Se lo digo a Standy. Lo comprende en seguida.
—Las cosas le llegan a uno en los momentos más inesperados, ¿verdad,
jefe?
Ser jefe de patrulla no es lo mío. Collier tiene mucha más madera. Pero
los demás toman nota del desliz de Standage. Está tumbado bajo la red de
camuflaje. Tiene la pierna mal vendada y entablillada, y su cabeza descansa
sobre el bloque de roble que usamos para llevar el gato. Miro a Collier, que
descansa de lado en la parte trasera del camión, sobre una hamaca
improvisada, con la espalda, el cuello y la cara vendados. Cruzamos una
mirada, a la que se unen Punch y Grainger.
Merced a esta muda ratificación, me convierto en comandante.
Los aviones de reconocimiento enemigos nos sobrevuelan durante todo
el día. Henschel y Storch, y, a media tarde, una flotilla de cazas italianos
Macchi. Al anochecer oímos un ruido de motor merodeando. Punch y yo
nos ponemos en la Browning y apuntamos a la cúspide del wadi en el que
nos encontramos. Un avión de reconocimiento Storch, con las cruces negras
del Eje en ambas alas, aterriza en el llano y se detiene a doscientos metros
de nosotros.
Se abre la escotilla y sale el piloto. Está solo. Punch lo apunta con la
mira del arma. No tiene ni idea de que estamos aquí. Se quita los
pantalones, se agarra a la punta del ala y suelta una defecación digna de un
percherón. El dedo de Punch se curva sobre el gatillo; lo detengo posando
una mano sobre su hombro.
—Si ese avión no regresa a su base esta noche, los boches enviarán más
a buscarlo mañana. Punch cede, reacio.
El piloto vuelve a su Storch y emprende el vuelo.
—Me encantaría toparme con ese bastardo algún día —dice Punch—.
Sólo para decirle lo cerca que estuvimos.
La noche siguiente, nos arrastramos hasta nuestra base en el Pulgar
Inflamado. Nick Wilder nos espera allí, con los restos de la patrulla T1, dos
camiones y seis hombres. También está lo que queda de la R1 de Jake, junto
con el capitán Lawson, el oficial médico. Al propio Jake lo han evacuado
veinticuatro horas atrás con la clavícula rota, junto con otros seis heridos
del LRDG. Un mensaje de El Cairo les ha ordenado retirarse hasta Bir al
Khamsa; se enviará otra patrulla para recogerlos. Jake ha pedido al doctor
Lawson que se quede en previsión de los heridos que sin duda irán
llegando.
Cuando estamos montando el campamento, llega el mayor Mayne con
tres jeeps y seis soldados, entre ellos Cooper, Seekings y Mike Sadler.
Faltan cuatro de sus comandos. Mayne tiene planeado descansar lo justo
para comer y beber algo antes de regresar con los supervivientes en busca
de los desaparecidos. No los dejará tirados a merced de un enemigo
decidido a cazarlos.
Bir significa pozo en árabe. Nuestro campamento es el típico oasis lleno
de moscas: un puñado de palmeras moribundas, unos cuantos cobertizos
diseminados y el propio pozo, un círculo de piedras, argamasa y una tapa
metálica llamada meit para proteger el agua de la arena. Una portezuela
abatible permite el paso del cubo. Cuando el bir está seco, los hombres de
la tribu abren la tapa y se deslizan dentro con una cuerda en busca de algo
de agua. Los campamentos se extienden aquí y allá entre las acacias del
desierto. Esta noche, además de nosotros, han acampado varios grupos
tribales de árabes senussi. Se huelen sus camellos y se oye el tintineo de las
campanillas de sus cabras y ovejas.
Sendas cruces marcan dos tumbas recientes. Nick me dice que han
enterrado a otros tres compañeros a toda prisa mientras huían. Uno era
Malcolm McCool, el sargento neozelandés que me enseñó mis aposentos el
día que me uní a la patrulla. Otro era el cabo Mickey Lukich, un gimnasta
olímpico que se unió al SAS como chófer de su fundador, David Stirling, y
que ganó la Medalla Militar al heroísmo en el primer asalto a Bengasi.
Oscurece cuando nos instalamos. El capitán Lawson ha organizado la
parte trasera de su camión a modo de hospital de campaña. Encomendamos
a Standage a sus sabios cuidados. Collier sólo quiere grasa o mantequilla
para sus quemaduras; sale con Punch para comprar o intercambiar algo con
los árabes. Hay un taller de reparaciones. Grainger lleva nuestros camiones.
Yo informo a Nick y al mayor Mayne, quienes se dirigen a mí como Chap y
me estrechan la mano con sorprendente afecto. Sólo Dios sabe cuánto me
alegro de verlos.
Las patrullas llevan ya más de un mes en misión. Todos los hombres
lucen barba. Aquí, en el bir, hay agua para afeitarse, pero nadie la quiere. El
vello facial se ha convertido en una divisa de honor; deshacerse de él
devaluaría de alguna manera el sacrificio de nuestros camaradas caídos.
Antes de partir en pos de los desaparecidos, el mayor Mayne convoca
una reunión. Durante varios minutos se habla de los hombres que hemos
perdido y de los que han llegado heridos. Mayne calcula que el grupo de
Jake estará ahora a medio camino de Bir al Khamsa. Mientras habla, llega
un mensaje del cuartel general en el que se informa a Mayne, que ha
asumido el mando desde la evacuación de Jake, de que se van a enviar
desde El Cairo tres bombarderos Bombay equipados con material médico.
El punto de aterrizaje será el LG 119, un aeródromo de emergencia más
alejado que el de Khamsa, pero más seguro. EL mensaje también se le
entregará a Jake en su próxima parada programada. Con suerte, nuestro
comandante y sus heridos estarán en Heliópolis dentro de tres días,
durmiendo en sábanas limpias.
¿Qué hay de nosotros? El camión y el jeep de Jake se han llevado el
combustible mínimo para completar el viaje, pero incluso esta modesta
medida afecta al conjunto, dejando sedientos a los demás vehículos. Las
patrullas tienen ahora agua del bir, pero andan escasos de munición;
además, hemos perdido los dos depósitos de repuestos y no nos queda un
solo vehículo sin problemas mecánicos de algún tipo. Ahora toca especular
sobre qué medidas adoptará Rommel cuando sepa que los cazas lo buscaban
a él en persona.
¿Qué vamos a hacer ahora?
¿Lo hemos conseguido?
¿Volvemos atrás?
La reunión se celebra al abrigo del camión de la radio de Nick Wilder.
Los mecánicos, Durrance y Lister, presentan su informe. Necesitarán otro
día, puede que dos, para arreglar los camiones. El capitán Lawson expresa
su preocupación por los heridos. Hay que trasladar a Standage a un hospital.
Dos de los SAS de Mayne también necesitan atención. Hay que poner a los
tres en un camión tan pronto como los vehículos estén reparados y puedan
llegar hasta LG 119, o dondequiera que ordene El Cairo. ¿Debería
acompañarlos Lawson? ¿Dejar las patrullas sin su oficial médico?
¿Regresaremos todos?
Lo primero que quiere saber Mayne es el daño que ha provocado
nuestro asalto. Nick y yo, junto con los sargentos Kehoe y Wannamaker, así
como los suboficiales del SAS, emitimos nuestra evaluación. La conclusión
es que hemos hecho condenadamente poco. Mayne está furioso con
nosotros y consigo mismo. Mientras debatimos con él, llega un mensaje de
El Cairo. Ambas patrullas deben retirarse para reorganizarse y aguardar
órdenes.
—Tonterías —dice Mayne.
Quiere volver a por Rommel.
Alguien le pregunta si va en serio.
Mayne extiende un mapa y señala El Alamein.
—Monty abrirá una brecha en las líneas alemanas en cualquier
momento. Rommel tendrá que retroceder. Demonios, ya está retrocediendo.
—Mayne indica el desierto abierto que hay al sur de Mersa Matruh y Sidi
Barraní—. Adondequiera que vaya Rommel, nosotros llegaremos antes. Lo
estaremos esperando.
Miro a Nick Wilder. Luce una sonrisa burlona, igual que Red
Seekings, Johnny Cooper y los hombres del SAS. ¿Es que se han vuelto
locos? El sargento Wannamaker trata de restaurar la cordura. Hace
referencia a las patrullas enemigas que, tanto por tierra como por aire,
recorren el desierto ahora mismo. ¿Es que nadie se ha dado cuenta de que
todo el Afrika Korps se encuentra en alerta y buscándonos? Ya no tenemos
reconocimiento direccional, ni podemos contar con la RAF.
—¡Al cuerno con la RAF! —ruge Mayne—. Toda esta fiesta ha sido
demasiado complicada desde el principio. Temamos que haber acabado con
los hunos nosotros solos, y no perder el tiempo con este circo de tres pistas.
Tiene razón. Los hombres asienten.
—Hemos enterrado a cinco buenos hombres —dice el mayor Mayne—
y hemos mandado a casa a otros nueve, hechos pedazos. No niego que
hayamos recibido un duro golpe, pero, demonios, el resto de nosotros
seguimos en pie. Aún tenemos pegada.
Alguien pregunta qué hacemos con las órdenes del cuartel general.
—¿Qué órdenes? —replica Mayne.
Empieza la planificación. Los hombres saben que es una locura. Pero
Mayne tiene razón. El enemigo espera que salgamos corriendo y lanzará
partidas de caza a las rutas por las que espera que huyamos. Sabe que sería
una locura plantar cara.
—Las locuras —dice Paddy Mayne— son lo nuestro.
19

Necesitamos dos días más para que las patrullas localicen a los
desaparecidos (todos ellos ilesos), reparen los camiones y los hombres
descansen y se recuperen. Los demás heridos, incluido Standage pero no
Collier (que rehúsa ser evacuado), llegarán al aeródromo 119 (a unos ciento
cuarenta kilómetros al nordeste del oasis de Jarabub y doscientos de
Halfaya) en cuanto los vehículos puedan transportarlos. El sargento
Wannamaker, que padece disentería y tiene que regresar de todos modos,
dirigirá la expedición.
El mayor Mayne ordena el traslado del campamento de Bir el Ensor,
que al parecer ha sido atacado con dureza por los ME-110 diez horas
después de nuestra marcha. La tercera noche, las patrullas se desplazan
veinte kilómetros al este, lo máximo que pueden hacer los camiones en su
lamentable estado, y otros veinticuatro hacia el sur durante la siguiente
noche.
El plan ha cambiado. Monty y el VIII Ejército atacan El Alamein con
más fuerza de lo que nadie podía pronosticar. Rommel se retira a toda prisa.
Los aliados podrían llegar a Mersa Matruh en cuestión de días y Tobruk
podría ser liberada poco después. Las nuevas órdenes nos mandan incluso
más al oeste. Los informes de Inteligencia indican que Rommel sigue
padeciendo desórdenes intestinales. Aparte de Trípoli, que está a
ochocientos kilómetros, sólo Bengasi cuenta con instalaciones médicas
adecuadas. El Zorro del Desierto tendrá que ir allí, o al menos eso cree el
cuartel general. Nosotros haremos lo mismo.
La tercera patrulla se ha unido a nuestra expedición. El teniente de
segunda Tinker salió de El Fayum con su T2, y después de atravesar Kufra
y el cuello que separa los mares de arena por el mismo lugar que nosotros,
Garet Chod, viró hacia el este para evitar Jarabub. Uno de los camiones de
Tinker lleva a nuestros heridos; otro remolca a nuestro vehículo más
dañado. Esta triste columna cubre ochenta kilómetros, hasta el campamento
de Gadd el Ahmar, que está lo bastante al sur como para evitar a los aviones
de reconocimiento del Eje y lo bastante al este como para hallarse a un día
de marcha del aeródromo 119. Tinker es el oficial con el que compartí
habitación en el campo de entrenamiento, aunque no llegamos a conocernos
en persona porque él estaba de servicio. Con él, son doce hombres en tres
camiones y dos jeeps, que llevan a nuestro amigo Popski junto con dos
guías senussi de aspecto salvaje, así como una pareja de artilleros de
Warwickshire que no se parecen a ningún soldado que haya visto antes.
—¿Quiénes son esos tipos? —le pregunto a Nick.
—Nunca le pregunto a Popski por sus asuntos. Pero una cosa sí te digo:
esos cabrones saben cercenar un cuello.
En cuanto a Tinker, estoy encantado de conocerlo. Es neozelandés,
como Nick, y a sus veintinueve años es un diablo agraciado con una densa
barba negra que le confiere la seriedad de un hombre diez años más viejo.
Sus compañeros dicen que es el mejor navegante del LRDG (aunque él ha
llegado más lejos, a jefe de patrulla) y un especialista en el desierto. Cuando
le pregunto por qué llevaba sus camiones con las luces encendidas cuando
nos acechaban, responde con una sonrisa burlona:
—Para atraer vuestro fuego. Teníamos la luna a la espalda, podíamos
ver el destello de vuestras gorras, pero no estábamos seguros de quiénes
erais. No debía haber patrullas amigas en la zona, así que dimos por sentado
que erais boches.
Tinker dice que su intención, una vez abriésemos fuego, era apagar de
golpe las luces, desplegarse y devolver el fuego usando los destellos de
nuestro fuego como dianas.
—Pero tus tiradores eran demasiado buenos —se ríe—. Disparamos una
vez y tuvimos que salir corriendo.
Tinker es uno de esos tipos, como Mayne y Wilder, que han nacido para
la guerra. Mayne, la estrella del rugby, es un ejemplo formidable, e incluso
diría que temible, de ese tipo de gente. El sargento de patrulla de Tinker,
Garven, me ha hablado de un ataque el año pasado contra el aeródromo
alemán de Berka. Mayne dirigió a un equipo del SAS que se infiltró a pie,
de noche, para colocar bombas incendiarias en los aviones. Una vez en el
interior del perímetro, los asaltantes se dieron cuenta de que cada avión
estaba custodiado por un centinela armado. Mayne mató a siete de ellos con
su cuchillo, uno a uno, mientras recorría el campo plantando explosivos.
Al mismo tiempo, con nosotros, sus camaradas, es el compañero más
amable y generoso que se pueda encontrar, alguien que saldría en busca de
un amigo en apuros y que no escatimaría esfuerzos para hacer que te
sintieras parte del equipo. Las historias de sus excesos con el alcohol son
legendarias. Aun así, es un consumado erudito, un hombre de Cambridge
procedente de una familia acomodada del Ulster, y un hombre de negocios
de pura cepa. Posee una extraña delicadeza verbal: es capaz de jurar como
el más soez de los soldados, pero sin emplear jamás el omnipresente
término referente a la fornicación, que muchos soldados emplean una vez
en cada diez palabras, ni cualquier término obsceno referido a una mujer o a
cualquier parte de su anatomía.
El campamento de Gadd el Ahmar está lleno de wadis, que además de
ofrecemos cobertura, nos proporcionan gran cantidad de agua procedente de
una antigua cisterna romana. Varios grupos árabes saben de la llegada de
Popski gracias a los canales oficiosos de comunicación del desierto. Los
hombres de las tribus senussi odian a los italianos, que los expulsaron al
desierto desde las fértiles tierras de pasto que bordean la costa, y cuyo
método de ejecución favorito para cualquier árabe sospechoso de
colaboracionismo con los británicos es colgarlo de un garfio clavado bajo la
mandíbula. A la caída de la noche estamos a salvo de la aviación alemana, y
los amigos árabes de Popski nos protegerán, ajenos a cualquier traición.
Preparamos el té en los cazos. La característica más poderosa del
desierto es su eternidad. Me contoneo para dar forma a un asiento en la
arena, con los hombros envueltos en el abrigo de felpa que me dio Jake y la
espalda apoyada contra una rueda. Contemplo el campamento y los
hombres afanados en sus quehaceres, los camiones y los jeeps dispersos
entre las acacias del desierto, los árabes y sus rebaños, las hogueras, la
bóveda celeste. Soy un inglés de a pie en la vastedad de la noche africana,
rodeado de hombres que podrían descender de las legiones de César o de las
falanges de Alejandro. El entorno es tan primitivo que no me sorprendería
demasiado ver aparecer a Escipión el Africano en medio de la penumbra
para sentarse sobre un bidón abollado. Wannamaker vigila a nuestros
amigos árabes, como, a buen seguro, lo habían hecho Tolomeo o Aníbal
hace más de dos mil años. Varios camaradas queridos han perdido la vida;
yo mismo podría morir mañana mismo. Sin embargo, esto no hace sino que
aprecie más el hecho de seguir con vida. Llegan olores de acacia y aceite de
motor, sudor y excrementos de oveja. La alegría del momento, de estar en
este lugar junto a estos hombres, es tan poderosa que se me humedecen los
ojos. ¿Podré escribir a Rose acerca de esto? ¿Sentirá congoja al leerlo?
Al mismo tiempo, me doy cuenta de otra cosa: no soy un guerrero. No
como mis compañeros. No soy un Paddy Mayne, ni un Nick Wilder, ni un
Jake Easonsmith ni un Ron Tinker. Sé que si Mayne viajara siglos al
pasado, encajaría bien entre los romanos o los macedonios más duros. Y los
otros no le irían a la zaga.
Yo no me parezco a mis compañeros. Los admiro; ojalá fuese como
ellos. Son hombres de acción, guerreros y asesinos. Yo no.
Esta aprensión es, paradójicamente, el inicio de mi auténtica vocación
como oficial. Todas las epifanías genuinas parecen seguir este modelo: la
cualidad que las define es la renuncia a las falsas ilusiones. El temor inicial
es haber perdido algo. Hay que renunciar a una concepción propia muy
querida, y uno se siente acongojado por ello. Sin embargo, eso es un error.
Tras deshacerte del peso muerto de este engañoso y molesto bagaje
descubres que te has vuelto más fuerte. De hecho, te vuelves más «tú
mismo» al compadecer la concepción de tu propia persona con los hechos.
Yo era un oficial fracasado en la división acorazada. Carecía de
empatía; no estaba hecho para dirigir a otros hombres. Sin embargo, al
finalizar la guerra me había convertido en un comandante bastante hábil,
cosa que defino conforme a los siguientes criterios: primero, desde el punto
de vista de mis superiores, se podía contar conmigo para realizar la misión
que me habían encomendado o, si resultaba imposible, para improvisar y
dirigir los esfuerzos de mis hombres hacia una tarea secundaria tan útil
como la primaria o mejor. Segundo, desde el punto de vista de mis
subordinados, me había convertido en alguien a quien podían recurrir en
busca de liderazgo, alguien que los protegiera de las intromisiones de los
mandos superiores y que no les exigiera nada que él mismo no estuviese
dispuesto a hacer. Proporcionaba a mis hombres un marco en el que eran
libres de usar sus cualidades y su valor, su ingenio y su tenacidad.
Tinker se acerca y se deja caer a mi lado. Dice que sus órdenes, tras
reabastecernos, son las de reconocer las «rutas» al sur y al oeste de Trípoli.
Las órdenes proceden del VIII Ejército, de Montgomery en persona.
Nuestro comandante en jefe está considerando la posibilidad de atacar el
flanco izquierdo de Rommel. Pero antes tiene que estar seguro de que el
terreno sea transitable en esta época para los blindados pesados. La misión
de Tinker es crítica, pero en cuanto oye hablar del plan de Mayne de asaltar
Bengasi, decide participar como sea.
Mayne lo rechaza. Él y Tinker tienen una buena pelea a cuenta de ello.
Tinker aduce que no sólo ha estado varias veces en Bengasi durante pasados
asaltos (al igual que Mayne), sino que también conoce la ruta hasta el hotel
d’Italia, el lugar donde se asentó en el pasado el Kampfstaffel de Rommel,
el cuartel general en retaguardia del mariscal de campo. Tinker dice que nos
puede llevar hasta allí. Mayne insiste en su negativa. Tinker ya tiene sus
órdenes. Pero, eso sí, le hace dibujar un mapa y describir en detalle cómo
encontrar el sitio.
En la segunda noche, Collier se ha recuperado lo suficiente de sus
quemaduras como para volver al servicio. Al menos eso es lo que dice él.
Aún tiene los hombros bien untados con una grasa de oveja que ha obtenido
de los árabes, pero jura que las quemaduras no son tan graves como
parecen. No le creo, pero no seré yo quien le impida hacer lo que quiera.
Standage se aferra sombríamente a la vida. Lawson le ha amputado la
pierna izquierda hasta la rodilla y le ha entablillado la derecha. Tendemos a
nuestro camarada lo más cómodamente posible en un camastro, sobre el
camión del sargento Wannamaker, rebautizado como el «billete de vuelta a
casa». Todos nos turnamos para hacerle compañía de noche.
Al tercer día, las patrullas se preparan. Todas viajarán por rutas
separadas. Los T1 de Nick, junto con los equipos SAS de Mayne y los
vehículos y hombres supervivientes de la R1 de Jake, se dirigirán hacia el
oeste a través del desierto, entre Msus y Solluch, y llegarán a Bengasi desde
el sur. Tinker rebasará Bengasi completamente y, pasados Agedabia y El
Agheila, virará hacia el sur y al oeste para dirigirse a Trípoli. Wannamaker
se dirigirá al aeródromo 119 con los heridos. Collier y yo, con los dos
camiones que nos quedan, avanzaremos hacia el norte y el oeste, hacia
Jebel Akhdar. Nuestras órdenes son seguir las rutas superiores que cruzan
las colinas e informar sobre el tráfico del Eje a medida que avanzamos. Nos
reuniremos con la T1 al cabo de cinco días en Bir el Qatal, en el desierto al
sur de Bengasi, un punto que todos conocen menos yo. Oliphant vendrá con
nosotros, con Grainger en la radio.
07.30, hora de ponerse en marcha. Compruebo la presión de las ruedas y
apuro un cigarrillo cuando Collier se acerca sin decir nada.
—¿Qué? —le pregunto.
Se trata de Standage.
Enterrarlo es nuestro último acto antes de partir.
—Hasta siempre, compañero —dice Punch, mientras lanzamos unos
chelines sobre la mortaja de tela. Nadie se avergüenza por llorar.
—Empezaba a envidiar a Standy —dice Punch—. Volvía a El Cairo.
Los soldados son supersticiosos. Tratamos de desterrar los miedos a
toda prisa.
Ese día, nuestros camiones sólo recorren sesenta y cinco kilómetros
sobre un terreno de gravilla. Pinchamos cuatro veces y, en una ocasión,
tenemos que parar largo rato para reparar el carburador. Esa noche, mientras
dormimos, llega un mensaje del cuartel general. Resulta que el Mamut que
atacamos no era el de Rommel. Ni siquiera era un vehículo de mando, sino
los antiguos aposentos del general Stumme, muerto semanas antes. Los
alemanes lo habían reconvertido en un hospital móvil. Cuando nuestros
compañeros lo atacaron, lo hicieron contra hombres enfermos y heridos.
Más tarde sabremos que el propio Rommel ni siquiera se encontraba en
ese campamento, y nunca había estado allí. En el momento de nuestro
ataque, se encontraba con la 15.a División Panzer en alguna parte al oeste
de Kidney Ridge, en plena batalla de El Alamein.
20

Desde Gadd el Ahmar, mi camión y el de Collier siguen en dirección


noroeste, hacia Trigh el Abd, con la esperanza de bordear las estribaciones
montañosas y virar al oeste antes de que alguna columna del Afrika Korps
en retirada nos lo impida. Pero el lugar está hasta las cejas de boches. Las
lluvias han convertido el desierto en un lodazal. Las columnas de
transportes del Eje bloquean todas las carreteras. Nosotros también estamos
bloqueados. Nos pasamos tres días bajo redes de camuflaje, con la
presencia, hora tras hora, de aparatos Macchi y ME-110. Desplegar la radio
o abrir fuego sería demasiado arriesgado; sólo nos queda tumbarnos
miserablemente bajo los camiones y matar el tiempo con la lectura y el
cuidado de nuestras armas.
Finalmente, a la cuarta mañana, el cielo clarea. Un viento helado
desciende desde el norte. La superficie del desierto se convierte en una dura
corteza. Encontramos un lugar donde cobijarnos y desplegamos la antena.
El cuartel general nos indica que el enemigo se retira más de prisa de lo
esperado. Se está abriendo un hueco entre Rommel, que se retira hacia el
oeste, y Monty, que lo persigue infatigablemente. Recibimos nuevas
órdenes: proceder hacia Bengasi a través de los caminos que conectan los
asentamientos coloniales italianos (Luigi di Savoia, Beda Littoria,
D’Annunzio), o tan cerca de ellos como sea prudente, e informar de lo que
veamos.
Avanzamos hacia el oeste y el norte durante todo el día sobre un terreno
arenoso pero decente, cruzando caminos anónimos que atraviesan los
riscos. El desierto está salpicado de restos de convoyes y tumbas. Pasamos
por los campos de batalla del verano, el invierno y la primavera del pasado
año. A lo largo de carreteras con señalizaciones en inglés, alemán e italiano,
yacen los restos calcinados de carros de combate y camiones de suministro,
tanto nuestros como del enemigo. En las cabinas carbonizadas atisbamos
los restos de los conductores y los oficiales de los convoyes, los jirones
chamuscados de cuyos uniformes aún penden de sus huesos. Durante varias
horas recorremos el vértice del Trigh. Pasamos por enclaves donde las
columnas de suministros fueron atacadas. Se ve un lugar donde aguardaron
los carros de combate, agazapados para la emboscada, noventa metros por
detrás de un desnivel. Desde allí, atacaron a los camiones y los transportes
blindados de la columna. Las víctimas, carcasas quemadas y acribilladas, se
extienden a lo largo de varios kilómetros.
Allí donde los soldados han muerto alcanzados por munición explosiva
no queda nada del cuerpo, salvo las botas. Los cadáveres han volado por los
aires. De norte a sur, podemos ver los fosos donde, durante su retirada, los
Honey y los Crusader de la 7.ª División Blindada tomaron posiciones y
mantuvieron el tipo, tratando de ralentizar el avance de Rommel. Vemos
que donde estaban situadas las armas anticarro que apoyaban a los carros de
combate, ahora sólo queda la basura de los soldados, las redes y las gorras
del desierto, los desechos de los campamentos. Todo lo que tenía algo de
valor ha desaparecido. Los equipos de recuperación alemanes son expertos
en convertir la basura en armamento, y lo que se dejan ellos se lo llevan los
árabes. Las llanuras que hay entre elevaciones están jalonadas de montones
chamuscados, restos de tanques con sus dotaciones dentro. Solo quedan
enteros los más inservibles; los alemanes se han llevado todo lo que han
podido. Muchos de los restos son Grant americanos, máquinas pesadas
impulsadas por motores de aviación que emplean combustible de alto
octanaje. Alrededor de esas chatarras inmóviles se arremolinan unos
vapores tan inflamables, que sólo hace falta una bala extraviada para que
todo salte por los aires. Alemanes e ingleses marcan las tumbas de sus
hombres con un rifle clavado en el suelo del revés y un casco sobre la
culata. Los italianos usan la versión del rifle y el salacot. Los soldados
quitan los cerrojos de los rifles para inutilizarlos, pero los árabes se los
llevan igualmente. Sus armeros, muy expertos, son capaces de fabricar
cualquier pieza.
Sería razonable pensar que unas escenas tan horrorosas nos
amedrentarían, pero en realidad estamos contentos.
—Seguimos respirando —observa Punch.
Tampoco estamos por encima de un prudente pillaje. Oliphant
comprueba cada depósito de combustible; es increíble la cantidad de
gasolina que se puede recuperar con un sencillo tubo de goma. Registramos
de arriba abajo todas las cajas de herramientas de los vehículos blindados y
los camiones de munición, y rebuscamos en las entrañas de los tanques.
Prohíbo a los hombres que saqueen los cuerpos, pero eso no les impide
hurgar en los bolsillos de las camisas y gabardinas sueltas. En los vehículos
alemanes se puede encontrar tabaco, chocolate y salchichas enlatadas.
Nuestros propios compañeros nos proporcionan cigarrillos, mermelada y
dulces confitados. Los camiones italianos son el premio gordo, con
delicadezas tales como peras y cerezas enlatadas, puros, Chianti y Frasead,
agua Pellegrino e, incluso, champán. Arramblamos con latas de queso y
sardinas, paquetes de Fatimas, Players o Gallagher’s Blues. Los mejores
premios son las pistolas Luger, las banderas con la esvástica y los
prismáticos Dienstglas. Tras hacerme con ellos, no dudo en tirar mis Taylor-
Hobsons. Grainger se encuentra una hebilla con el Gott mit Uns, que Mark
mejora con una pitillera de plata, seguramente el regalo de la mujer de
algún mayor, con el siguiente mensaje grabado: GOTT STRAFE
ENGLAND (Que Dios castigue a Inglaterra).
En la tierra yerma nos topamos con mochilas que ya han recibido las
atenciones de otros carroñeros. Su contenido nos encoge el corazón: diarios
y libretas de paga, carteras, fotos y cartas de las esposas. Recogemos esos
objetos, los del enemigo y los nuestros, y los guardamos en una maleta que
Punch ha rescatado de un vehículo de reconocimiento Daimler. Los
entregaremos cuando contactemos con los mandos superiores. Unos objetos
tan personales pueden aliviar el dolor de una joven viuda o suponer un grato
recuerdo para un hijo o una hija.
Al atardecer del quinto día desde que salimos de Gadd el Ahmar,
llegamos a la costa. A lo largo de la carretera de Martuba vagan
interminables columnas de la infantería de Mussolini. Los alemanes se han
quedado todos los transportes a motor, dejando las botas para sus aliados.
Los italianos han recorrido más de ciento cincuenta kilómetros y aún les
quedan otros trescientos por delante. Marchan sin orden alguno, despojados
de su impronta de soldados. Podríamos capturar a cinco mil, pero ¿qué
íbamos a hacer con ellos? Les dedicamos un hondo suspiro y seguimos
adelante.
Una avería nos mantiene inmovilizados durante todo el día siguiente.
Envío a Punch y a Jenkins, que ha sustituido a Durrance como mecánico, a
buscar piezas entre los restos. Lo que más necesitamos son manguitos,
conductos interiores y juntas. Regresan con los brazos llenos, además de
dos radiadores y una placa de cárter.
Durante todo ese día, las columnas enemigas no dejan de pasar en su
retirada hacia el oeste. De noche contemplamos cómo se unen los Panzer a
sus compañeros y vemos los haces de las Verey que disparan para guiar a
los rezagados. El mar no dista más de quince kilómetros; puedo olerlo. Los
tintineos metálicos de los talleres de reparación del enemigo se oyen desde
varios kilómetros de distancia. Un mensaje del cuartel general nos indica
que el convoy de Wannamaker ha llegado al aeródromo 119 sin problemas.
Nuestros heridos han sido evacuados en los bombarderos Bombay
reconvertidos en ambulancias. Nos bebemos una botella de coñac para
celebrarlo.
Empezamos a ver árabes. Habitualmente tímidos como las gacelas, los
hombres de las tribus aparecen ahora en grupos de diez a veinte individuos,
a pie o en camello. Huelen el saqueo. Al séptimo amanecer, rodeamos un
campamento alemán recién abandonado. Los saqueadores senussi están por
doquier arramblando con todo. Nos saludan mientras exclaman: «Inglesi!
Inglesi!».
Intercambiamos té y azúcar por huevos y leche de cabra hervida. Los
árabes son obeidis, de las montañas al sur de Derna. Conocen a Popski.
Cuando averiguan que está por aquí y que somos sus amigos, nuestras
reservas se incrementan. Un tipo con aspecto de pirata le da a Punch una
Luger nueva, aún en su caja, a cambio de un reloj de pulsera y una cajetilla
de cincuenta cigarrillos Woodbine. El jeque es un tipo larguirucho con la
nariz de Disraeli y los dientes más blancos que he visto jamás. Mediante
señales y palabras sueltas en inglés macarrónico nos hace saber que esos
alemanes (los que acaban de abandonar el campamento) son lo único que
queda de las formaciones de Rommel de aquí a El Cairo.
—Todos volando —dice, imitando con gestos el vuelo de los pájaros.
Y es verdad. Desde el promontorio en el que nos encontramos, podemos
ver el humo de cinco columnas en retirada.
El jeque quiere unirse a nosotros. Le gustan nuestros camiones; son
capaces de acarrear más botín que sus camellos y asnos. Declino
educadamente. Le pregunto adonde irá ahora. Señala el norte.
—Pueblos —dice. Y sonríe burlonamente.
21

Derna es el primer asentamiento civilizado en el que entramos. Es un


pueblo de buen tamaño situado en la llanura costera, al pie de la montaña,
convertido en puesto de mando temporal durante la ocupación de Rommel y
ahora reducido a campamento de italianos y alemanes. Nuestras órdenes
nos han llevado hasta el extremo oriental de Jebel Akhdar, el gran saliente
que sobresale hacia el Mediterráneo entre Gazala y El Agheila. Bengasi se
encuentra en su extremo occidental. Nosotros nos encontramos al nordeste.
Estamos en tierra de nadie. Los alemanes e italianos en retirada la han
abandonado, pero Monty y el ejército británico aún no han llegado.
Acercándonos desde el desvío de Martuba, podemos ver columnas de humo
negro que se elevan desde la cima, donde los ingenieros del Eje han
incendiado los depósitos de combustible del aeródromo de El Fatiah. Unos
estallidos sordos resuenan en la llanura. Cualquier objeto de valor que no se
puede transportar se destruye, para que los británicos no puedan
aprovecharlo cuando lleguen. En la base de la montaña hay recintos con
prisioneros de guerra, con las alambradas y las torres de vigilancia aún
intactas. De repente, toda la ladera se estremece. Algo nos empuja hacia el
lateral de la carretera, que discurre en una pendiente zigzagueante. Unas
oleadas de polvo gris amarillento ascienden desde más abajo. Los equipos
de demolición están destruyendo la carretera. Les damos media hora para
despejar y luego descendemos como podemos entre la arena y las piedras
reventadas. El lado oriental del poblado está conformado por el barrio
nativo. De aquí en adelante los caminos y las carreteras estarán minados.
Los ingenieros enemigos se dedicarán a destruir puentes y pasos, poniendo
cargas de demolición en cada cruce que pueda retrasar el avance de la
columna británica.
Derna se nos antoja un sucio poblacho, tragado por un depósito militar
que aún lo es más. Hay folletos revoloteando sobre las calles asfaltadas,
anunciando a la ciudadanía en alemán, italiano y árabe que la autoridad
administrativa ya no puede garantizar la seguridad de las personas o las
propiedades. Una escuela pintada de blanco y despojada de todo a
excepción de la bandera nos deslumbra bajo el sol. El patio es un caos de
muebles destrozados y pupitres infantiles. En una de las paredes puede
leerse una de las proclamas a Mussolini: VINCEREMO, DUCE,
VINCEREMO.
Nos adentramos en el poblado. Los enormes depósitos de combustible y
parques móviles han sido evacuados e inutilizados. Se han establecido los
cimientos de un hospital en una ciudad de tiendas; ahora no queda más que
basura y catres militares rotos. Todas las casas y las tiendas están cerradas.
Los patriarcas nativos acampan en el exterior. Tienen sillas y sofás
destrozados, en los que se arrellanan al sol, con rifles Mauser y Enfield
cruzados sobre las rodillas y rodeados de hijos y hermanos que lucen toda
suerte de armas antiguas. Hay un alegre anciano bajo un parasol que exhibe
la palabra CINZANO. En cuanto los ingenieros alemanes despliegan las
minas y se marchan, los aldeanos corren para marcar los puntos, con
barriles si los tienen, con sillas, palos y alambre si no, para protegerse a sí
mismos y a sus hijos. Cuando los aldeanos se dan cuenta de que somos
«ingliesi», nos hacen parar. Quieren que detonemos las minas por ellos. No
estamos ni entrenados ni equipados para esa tarea, así que les decimos que
no se muevan y que esperen la llegada de los zapadores británicos. En los
grupos familiares árabes no se ven mujeres adultas, sólo niñas de menos de
doce años, descalzas y con la cabeza tapada. Los chicos se muestran
orgullosos y desafiantes. Grainger traduce otra consigna que figura en un
mural del Duce: CREDERE, OBBEDIRE, COMBATTERE.
En el barrio europeo, las villas pintadas de tonos pastel lucen la palabra
«CIVIL» en los muros de sus patios. Los arcenes de las carreteras que salen
del poblado están llenos de camiones averiados y remolques de artillería.
Giramos hacia el puerto, suponiendo que allí estará el verdadero saqueo.
Hay un bonito hotel con el mirador reventado. Varias sillas de campo rotas
jalonan una calle; los grifos no funcionan. No hay electricidad. En el césped
que hay delante de las cabañas yacen unos colchones destripados a cuchillo,
entre lámparas pisoteadas y mimbres deslavazados.
En la avenida principal, junto a la prefettura, se alza el esqueleto de un
cine. Están proyectando una película del Oeste en alemán. Sondeamos las
avenidas jalonadas de jacarandás. Punch divisa una especie de claustro: un
convento abandonado que no ha sido saqueado. Puede que el enemigo lo
haya dejado intacto por respeto a las hermanas. Abrimos a la fuerza la
puerta de hierro empujando con la parte trasera del camión y entramos con
las armas listas. Punch aparca bajo una estatua de la Virgen. Los envío a él
y al nuevo mecánico, Jenkins, a buscar algún huerto o jardín donde
podamos agenciarnos zanahorias o patatas. Collier se lleva a Oliphant y a
Miller, nuestro ordenanza médico de Yorkshire, a registrar algunos edificios
de la parte de atrás. Si hay alguna enfermería, nos llevaremos todas las
vendas y medicamentos que podamos encontrar. Me quedo con Grainger y
los demás en los camiones. Estamos alerta. Veo desaparecer a Miller en un
patio, más allá de una columnata.
—¡Cuidado con las trampas explosivas!
Vuelve a aparecer casi de inmediato, indicando que nos acerquemos.
Collier, Oliphant y yo entramos en el patio. Al pie de un muro hay un
montón de cadáveres. La escayola que hay tras ellos ha saltado por los
balazos. Registra los cuerpos mientras los demás cubrimos las azoteas y las
rutas de entrada.
—¿Crees que son saqueadores? —pregunta Oliphant.
Collier cree que son desertores.
—Más bien unos infelices que quisieron huir.
Alguien se ha llevado las botas, probablemente los jóvenes nativos.
Todos los cadáveres están descalzos.
—Ya es suficiente —digo—. Vámonos.
El comedor y la enfermería del convento han sido desvalijados. Sobre el
suelo hay sacos de grano arrugados, abiertos a cuchillo; las botellas de vino
y la porcelana están destrozadas; los contenidos de los muebles, esparcidos
por el suelo embadurnados de parafina. Encontramos la sacristía. Punch
rebusca en las taquillas.
—¿Qué demonios estás buscando? —inquiere Jenkins.
Punch se vuelve con una botella.
—La sangre de Cristo —sonríe.
Las poblaciones son un verdadero problema para la disciplina. Sólo
llevamos aquí una hora y ya nos hemos convertido en un grupo de turistas y
saqueadores. Es hora de largarse. Tomamos una de las carreteras que
conducen al desvío que han construido los italianos. Varios grupos de
pilluelos árabes se arremolinan en torno a nuestros vehículos pidiéndonos
cigarrillos y chocolate.
Las laderas de las afueras están jalonadas de granjas y casas
abandonadas. El lugar recuerda a Italia. En las cimas de las elevaciones
pueden verse techumbres de teja roja y muros blancos.
Está todo abandonado. Las granjas son complejos fortificados con
puertas de hierro y fortines con troneras para las armas.
Al tomar la ruta de Martuba, Collier ve un coche que se nos acerca por
el este. Saco a ambos camiones de la carretera y los dispongo para
enfrentarnos a él. El coche, al vemos, frena en medio de la carretera, a unos
cuatrocientos cincuenta metros. Collier lo observa con los prismáticos.
—Que me aspen —dice.
—¿Qué?
—Periodistas.
A través de mis nuevos prismáticos alemanes veo caras sonrosadas y
uniformes de corresponsales de guerra.
—¿Qué están haciendo?
—Discutir.
Digo a Grainger que se levante y los salude con el casco. De inmediato
vemos pañuelos. Los periodistas también nos han visto.
—¡Canadienses! ¡Sudafricanos! —gritan, mientras su cochazo pasa
junto a nosotros. El coche resulta ser un antiguo Humber cargado con
corresponsales de prensa y radio que van de excursión desde las posiciones
del VIII Ejército hasta la recién liberada Tobruk.
—¿Es que estáis chiflados? —dice Punch—. ¡Los boches están a menos
de ocho kilómetros carretera arriba!
Los periodistas salen por tres de las cuatro puertas del coche (sólo el
conductor, un lugareño, se queda en su sitio) para estrecharnos la mano y
expresar su alegría por haberse encontrado con nosotros. Luego se retiran al
arcén, donde se desabrochan camisas y chaquetas. Sudan a chorros. Son las
cuatro de la tarde y todos están borrachos. El Humber es un taxi. Nos dicen
que uno de los corresponsales lo ha alquilado esta mañana y sus colegas se
han apuntado para que no les gane la mano a la hora de encontrar una
historia. Al no encontrarse con el enemigo, han decidido seguir hacia el
oeste. Y aquí están ahora, a noventa y cinco kilómetros del puesto aliado
más avanzado. Les pregunto si alguno de ellos lleva armas.
—Sólo esto —dice uno, exhibiendo una botella de brandy por la mitad.
No tiene gracia. La seguridad de estos idiotas es ahora mi
responsabilidad. Les ordeno que nos sigan fuera de la carretera, donde hay
menos probabilidades que nos ataque la Luftwaffe. El problema es que,
mientras tanto, uno de mis compañeros ha abierto la boca acerca de la
masacre del convento. Los corresponsales quieren verlo con sus propios
ojos. Se lo prohíbo. El cabecilla del grupo resulta ser Don Munro, de la
CBC. He oído hablar de él. Tiene fama de excelente periodista.
—¿Qué hace con estos chiflados? —le pregunto.
No puedo dejar que nuestros huéspedes vayan por ahí sueltos sin
escolta. Acabarían capturados o con un balazo en la cabeza. Si les ordeno
que regresen a Tobruk, lo que harán será esperar hasta perdernos de vista y
luego hacer lo que les venga en gana. Lo que está claro es que no pueden
venir con nosotros. A juzgar por nuestras barbas y nuestros vehículos ya
sabrán quiénes somos; si les damos la menor pista de adonde vamos, la
noticia estará en primera plana mañana a la hora del té.
Los invitamos a comer. Tienen una cuña de queso Reggiano, que llevan
en la nevera portátil, con jamón y salchichas dulces.
—Se estropeará si no nos lo comemos —dice Munro.
Admito que los periodistas saben divertirse. Aun sin mujeres a bordo,
llevan una buena borrachera encima. No les dejaré que se acerquen a
ninguna granja abandonada, tal como desean; no haría sino empeorar las
cosas. En vez de ello, los invito a acampar con nosotros en las colinas, en
una posición donde podamos defendernos. Eso sí, nada de hogueras por la
noche. Hago que me prometan que, a cambio de nuestra protección esta
noche, regresarán mañana a Tobruk. Al anochecer, las bravatas de nuestros
huéspedes se van apagando. Se alegran de poder echarse a dormir bajo
nuestros camiones mientras nosotros vigilamos.
Al final resultan ser unos tipos decentes. Uno de ellos, un sudafricano
llamado Van der Brucke, tiene una Cruz de la Victoria de la Gran Guerra.
Sus compañeros nos dicen que sirvió en la caballería. Ahora es dueño de su
propio periódico en Durban y podría haberse quedado felizmente allí,
escribiendo las historias que le llegasen por el cable.
—Pero no podía. La idea de que hubiera chicos como vosotros por aquí
me atormentaba. —Collier y Punch se acercan. Hay algo en el veterano que
les atrae. Dice que fue mayor. Collier lo invita a que se una a nosotros.
—Podría venirnos bien.
Es una broma, por supuesto, y el sudafricano lo sabe. Carraspea y sigue:
—Sería un honor morir con hombres como vosotros. —Me dice que soy
un buen oficial, aunque excesivamente indulgente—. Debiste habernos
disparado en la carretera. —Me pregunta que cómo sabía que no eran
agentes alemanes.
Más tarde, comparto una taza de té con Munro, el canadiense. Ahora
está sobrio y un poco arrepentido. Quiere ayudar. Me dice que extienda el
mapa y lo enfoca con una linterna, cubriéndolo con la chaqueta.
—Monty no espera que haya enfrentamientos en Trípoli —dice—.
Espera flanquear la ciudad a través de Jebel Nefusa. Rommel podría plantar
cara, pero seguro que se replegará hasta aquí. —Da unos golpecitos sobre
un punto al oeste de Medenine, Túnez—. La línea Mareth.
—Espere un momento —interrumpo—. Deje que llame a mi sargento y
a alguien más.
Cuando llegan Collier, Punch, Oliphant y Grainger, Munro prosigue.
Nos habla de la línea Mareth. La construyeron los franceses durante la
última guerra para mantener a los italianos fuera de Túnez. Nadie sabe con
exactitud cuántos emplazamientos defensivos tiene, el calibre de su
artillería o la extensión de los campos de minas.
—Pero no es moco de pavo. Son sesenta y cinco kilómetros de lado a
lado que bloquean todo el terreno abierto entre el mar y las montañas. Si
Rommel llega tras la línea con las 15.ª y 21.ª Divisiones Panzer, la 90.a
División Ligera, las divisiones blindadas italianas Ariete y Centauro y los
paracaidistas de la Folgore, por no hablar de los refuerzos blindados y
aéreos que imagino que enviará Hitler para paliar esta emergencia, caerán
muchos de los nuestros tratando de sacarlo de ahí.
Munro averigua por nuestras expresiones que no sabíamos nada de esto.
—Mirad —dice—, todos sabemos quiénes sois y por qué estáis aquí.
Estaba tomando una cerveza con vuestro jefe, Guy Prendergast, el día que
envió a Tinker y a Popski a buscaros. Nadie sabe dónde fueron Wilder y
Easonsmith el mes pasado, por lo que asumo que están con vosotros, o
vosotros con ellos.
Quedamos impresionados.
—Por vuestras caras veo que aún no tenéis órdenes relacionadas con la
línea Mareth —dice Munro—. Pero las recibiréis.
Sobre el mapa, indica el terreno escarpado al sur de la línea Mareth
(Jebel Nefusa) y al suroeste del Gran Erg Oriental, un mar de dunas
inexplorado tan vasto como el desierto de Egipto.
—Monty no puede sortear ese obstáculo directamente. Algunos
bastardos tendrán que explorar la región para encontrar un rodeo. Supongo
que ésa es ahora la tarea de Tinker y Popski.
—O puede que la nuestra, dentro de poco.
—Soló digo que no empecéis a contar los días que os quedan para estar
saboreando un John Collins en la terraza del Shepheard. Os tendrán aquí
fuera hasta que se acabe la fiesta, amigos.
Al día siguiente le entregamos a Munro el correo para que lo haga llegar
al VIII Ejército. Tengo veintisiete cartas para Rose. Munro me promete que
la telefoneará desde Haifa, y si no logra dar con ella, la buscará en persona
para asegurarle que estoy bien.
Lo último que ocurre antes de salir del pueblo es que capturamos a un
italiano. Para ser más precisos, el tipo se dirige a nosotros donde la carretera
de Derna se une al desvío de Martuba y no deja de insistir hasta que
aceptamos su rendición. Tiene cuarenta años y, evidentemente, es un recluta
involuntario, descalzo y aterrorizado, lo que induce a Punch a pensar que es
un desertor o que ha escapado de un pelotón de fusilamiento. Nos explica
por gestos que es un experto mecánico de Fiat, pero cuando levantamos el
capó del Te Aroha IV , abre los ojos como platos, como si fuese la primera
vez que ve un motor en su vida. A mediodía nos detenemos para enviar un
mensaje a El Cairo solicitando instrucciones. Nos dicen que nos
deshagamos de él. También nos dicen que se ha anulado el ataque contra
Rommel en Bengasi, al igual que nuestra misión de informar acerca del
tráfico enemigo por las carreteras de la zona. Nuestras órdenes son
reunimos dentro de tres días con Nick Wilder y el mayor Mayne en Bir el
Gamara, en las montañas al sureste de Benina. Allí recibiremos nuevas
instrucciones.
Dejamos al italiano a cinco kilómetros de un asentamiento árabe con un
cuarto de botella de Pellegrino y un gorro de paja lleno de queso y jamón.
—Demonios —dice Collier, viendo cómo se aleja el tipo por el camino
—, es la imitación de soldado más triste que he visto en mi vida.
LIBRO V

Benina
22

Avanzamos con las luces apagadas por la carretera recién asfaltada que
une Benina con la línea de ferrocarril Bengasi-Solluch. Es de noche y
llueve. Mil ochocientos metros por delante, los camiones y los jeeps de
Nick y el mayor Mayne avanzan hacia el aeródromo del Eje en Benina. Mis
dos camiones, con Collier, Grainger, Marks y Jenkins en uno, y Punch,
Oliphant, Milier y yo mismo en el otro, nos acercamos a una intersección en
L, desde donde cubriremos su retirada. Desde el primer momento tengo el
presentimiento de que la fiesta saldrá mal.
Benina es un aeródromo y un centro de reparaciones. Alrededor del
puerto de Bengasi hay otros campamentos satélite parecidos, como Regima
y los dos de Berka.
El cuartel general ha decidido que el uso más eficaz de nuestra potencia
de fuego conjunta no es contra el personal enemigo, es decir, Rommel, sino
contra su aviación y sus talleres. Éste es el tipo de trabajo idóneo para el
SAS y el LRDG. Así que nuestras órdenes han cambiado y ahora vamos a
atacar Benina.
En cuanto a nuestro grupo de dos camiones (el mío y el de Collier),
hemos cruzado Derna en tres noches, primero por la carretera asfaltada más
allá de Beda Littoria y D’Annunzio, luego por las laderas de las colinas
próximas a Maddalena y más tarde campo a través en dirección suroeste
hasta llegar a Bengasi, en la costa. La montaña más cercana desde la que se
divisa la ciudad se alza a unos ocho kilómetros de Benina, que es visible de
día al final de una llanura que debería estar en plena estación del maíz y el
melón, pero que ahora se encuentra embarrada, cubierta de ciénagas y
canales de irrigación obstruidos.
Llueve mucho y hace frío. Sin techo, nos calamos hasta los huesos. La
temperatura ha descendido hasta los cinco grados. Las armas están
empapadas a pesar de sus cubiertas de lona. Conduzco yo. El volante es
manejable gracias a su forma, pero los pedales de acero del freno y el
embrague resultan muy resbaladizos bajo mis suelas.
Esperamos a oír las primeras explosiones. La mala suerte ha rondado
esta operación desde su comienzo. Media jornada tras la salida de Derna, el
Te Aroha IV empezó a inundarse y a renquear. Durante dos noches hemos
tenido que vérnoslas con cortocircuitos en el sistema eléctrico, y los parches
que hemos puesto no sirven de gran cosa con esta lluvia. Vamos por nuestro
segundo y último árbol de transmisión, cuyos engranajes ya empiezan a
hacer ruidos. La lista de averías del camión de Collier no es menos larga.
Además, Miller, nuestro ordenanza médico, padece unas fiebres de origen
desconocido. Está en condiciones de actuar, pero la enfermedad le ha
afectado gravemente al oído y sufre delirios: dos veces ha llamado a los
hombres por el nombre equivocado a pesar de conocerlos a estas alturas
como si fuesen sus hermanos. Collier no se ha recuperado plenamente de
sus quemaduras. De día se las arregla, pero por la noche se le escapa tan de
prisa el calor corporal que no puedo contar con él para las guardias. Lo
único que puede hacer es envolverse en todo lo que encuentra para aguantar
hasta que sale el sol. Los demás estamos afectados por todas las dolencias e
inflamaciones cutáneas, de estómago e intestinos que puedan asaltar a unos
hombres que llevan demasiado tiempo sin probar la verdura fresca y lejos
de sábanas limpias y una atención médica decente.
El viaje de Nick y el mayor Mayne ha sido tan accidentado como el
nuestro. El equipo de Mayne fue atacado por unos Macchi 202 hace dos
días, mientras descendían la montaña al este de Solluch. Los aviones
alcanzaron a tres de sus cuatro vehículos. El recuento de bajas ha dejado
dos muertos y dos heridos, y, a pesar de que los dos compañeros heridos
vuelven a estar de servicio, la pérdida de dos buenos hombres ha tenido un
efecto devastador en una patrulla cuyos miembros habían desarrollado una
relación tan estrecha.
En cuanto a Nick Wilder, una tormenta de arena aisló a su patrulla de la
de Mayne el día que partieron. Marchando medio a ciegas, uno de los
camiones se despeñó por un wadi de doce metros. La enfermedad y los
problemas mecánicos han causado la baja de otro camión y de cuatro
hombres. Cuando mi Chev y el de Collier se encuentran con lo que queda
de los equipos de Nick y Mayne en el oasis de Saunnu (nuestro nuevo punto
de encuentro y retirada), la fuerza combinada se ha reducido a nueve
vehículos, cuatro de ellos jeeps, y veintidós hombres.
Nuestro equipo avanza ahora pesadamente sobre alquitrán oscuro en
busca de la intersección en L. De acuerdo con el mapa de la ruta de los
aeródromos, en ese punto la carretera gira a la izquierda. Los camiones de
Nick la han tomado hace treinta minutos. Después de asaltar el aeródromo,
volverán a toda prisa por ella. Nuestro trabajo consiste en cubrir su retirada.
Pero ¿dónde está la L? Se suponía que estaba a menos de un kilómetro,
pero hemos recorrido el doble de esa distancia, y nada. Pasamos por una
señal que indica COLONIA ESPARZA. Está en nuestros mapas, justo
pasando la intersección. ¿Nos la habremos pasado?
De repente, oímos una explosión en el este. Nos ponemos tensos, a la
espera de un proyectil que nunca llega. Se produce una segunda explosión,
seguida al poco por una tercera. Esperamos que salten alarmas y se
enciendan focos, pero no ocurre nada.
—¿Qué demonios está pasando?
Seguimos adelante durante otro kilómetro y medio. Hay un cruce. Giro
a la izquierda, seguido por el camión de Collier.
Pero la intersección es en forma de T, no de L. En el mapa no hay
ninguna T. Collier y yo intercambiamos miradas. Hace una noche helada,
pero los dos estamos sudando. ¿Nos hemos perdido?
—Apaga el motor —digo.
Escuchamos. Nada. De repente, todo el aeródromo estalla. Unas bolas
de fuego amarillo saltan hacia el cielo, seguidas de enormes explosiones
que hacen estremecerse la tierra. Oímos fuego de ametralladora y
empezamos a ver trazadoras verdes y rojas que saltan en todas direcciones.
Pasan más minutos. De repente, aparecen unos faros que se nos acercan a
toda velocidad desde el aeródromo. Nuestros dos camiones, cubiertos
parcialmente tras los arcenes elevados de arena, han tomado posiciones a
los flancos de la carretera. Suponemos que son los jeeps y los camiones de
Nick que vienen a toda velocidad atravesando la oscuridad.
Pero lo que oímos es el rugido de unos motores diesel y el chirrido del
metal contra el alquitrán. Tres blindados pasan de largo: un M-13 italiano y
dos Panzer Mark III alemanes. No nos ven. Giran a la derecha y se alejan
por la misma carretera por la que hemos venido. Son los primeros carros
que veo desde El Cairo. Me quedo impresionado por lo enormes y
terroríficos que resultan. Tan pronto como pasan, Collier y Grainger se me
acercan corriendo. Oímos más motores diesel y vemos más faros que se
aproximan.
—Esta carretera —dice Collier— empieza a perder su encanto.
Retrocedemos con respecto a la intersección en busca de una posición
desde la que podamos vigilar a los que se acerquen por la carretera sin ser
tan visibles. Los camiones no han recorrido ni cincuenta metros cuando las
ruedas del mío están a punto de acabar en un canal de irrigación de dos
metros de profundidad. Estamos en medio de maizales y melonares. No veo
por dónde rodear el canal. Es demasiado profundo para cruzarlo.
Exploramos los bordes en busca de un puentecillo o un paso, pero el barro
por el que conducimos embadurna las ruedas de tal manera que tenemos
que detenernos y quitarlo con palas. Veo faros que se aproximan por el este
y el oeste. De repente, una voz en italiano atraviesa la oscuridad.
Punch amartilla la Browning. En ese momento oímos el estrépito de una
vajilla de campaña que cae al suelo, aderezado por una serie de furiosos
juramentos latinos.
—¡Fuego!
Punch dispara a discreción. Tiene una probabilidad de mil a uno de
acertar a alguien en esta negrura, pero, como siempre, el estruendo de la
ametralladora hace que nos suba la adrenalina. Cuando Punch deja de
disparar, oímos unos pasos que se alejan.
—Así los espaguetis harán un poco de ejercicio —dice Punch.
Reanudamos nuestro lento avance hacia la carretera. En el aeródromo
siguen explotando las bombas. Los edificios son hangares y talleres. Nick y
el mayor Mayne habrán hecho detonar los explosivos con mecanismos de
acción retardada para poder estar bien lejos cuando eso ocurra, aunque
también es posible que sigan allí, activándolos a medida que los plantan.
Sea como fuere, no podemos quedarnos aquí. Los italianos con los que
acabamos de tropezamos podrían tener una radio para pedir refuerzos; o
podrían lanzar una bengala e incluso recuperar el valor y volver aquí para
jugar a los francotiradores con nosotros, o lanzarnos esas condenadas
granadas que llaman «diablos rojos».
Se oyen más explosiones desde Benina. Al fin empiezan a sonar las
sirenas. Vemos y oímos camiones de bomberos y ambulancias que circulan
a gran velocidad entre los edificios, muchos de los cuales están ardiendo.
No nos queda más remedio que abandonar la intersección. No podemos
avanzar más y arriesgarnos a quedar acorralados, pero tampoco podemos
dejar de lado nuestra misión de cubrir la retirada de nuestros camaradas.
Ai fin sacamos los camiones de los melonares y colocamos las ruedas
embarradas sobre asfalto. De repente, el morro del camión de Collier se
inclina hacia la derecha y se detiene. Yo también me paro. Oigo unos
juramentos. Aún no sabe cómo, Collier ha pasado sobre una alambrada,
parte de la cual se ha enrollado en su eje delantero y en la rueda anterior
derecha, que, además, se ha pinchado por Dios sabe cuántos sitios. Jenkins
rebusca unas tenazas entre las cajas de material. Me acerco corriendo.
Collier rezuma su habitual calma.
—Vale, compañeros, aguantad. Voy a desmontar las gemelas —dice,
refiriéndose a las ametralladoras Vickers K— y a buscar una posición en la
carretera donde montarlas. —Da unos golpecitos en el lateral del camión—.
Jenkins y Marks, no os pongáis nerviosos. No hay enemigos a la vista.
Cerrad el pico y sacad la maldita rueda.
Le pregunto cuánto tiempo le llevará la reparación.
—Diez minutos.
Lo ayudo a desmontar las Vickers. Somos muy conscientes de la
vulnerabilidad de nuestra posición. Tenemos que reforzarla, pero ¿durante
cuánto tiempo? Ya hemos visto pasar un tanque M-13 y dos Panzer Mark III
en dirección sur (es decir, entre nosotros y la ruta de escape). Y lo que es
aún peor, como hemos comprobado en nuestra aventura en el melonar, tiene
que haber patrullas en los laterales de la carretera por toda la zona, así como
en el perímetro, las rutas de acceso al aeródromo y los carriles para
vehículos de emergencia, por no hablar de los caminos rurales que usan los
árabes para meter y sacar sus carros. Los soldados que nos hemos
encontrado no tardarán en informar de nuestra incursión, si es que no lo han
hecho ya. ¿Cuánto tiempo puede pasar antes de que corten todas las rutas
que salen de aquí?
En la guerra, nada sale nunca conforme a lo planeado.
—Me voy a adelantar —le digo a Collier—. Tenemos que saber lo que
pasa más arriba.
Le dejo con las Vickers a cargo de la protección del camino y de su
camión. Punch, Oliphant, Miller y yo avanzamos hacia el oeste, en
dirección al aeródromo.
Sigue lloviendo a cántaros. Voy en segunda, con los faros apagados, y
de repente: ¡Un camello!
—¡Dios santo!
La bestia aparece de la nada, de frente, y es tan grande como un
granero. Piso a fondo el freno. Punch, que está de pie en la Browning, cae
encima de mi hombro y se estampa contra el parabrisas. De alguna manera,
la inercia de la frenada permite que no salga volando. Aparecen otros dos
camellos. Es un rebaño. Ninguno de ellos se molesta siquiera en alzar la
mirada. El camión hace un derrape de 180 grados y se desliza sobre la
carretera mojada con las cuatro ruedas bloqueadas. Punch cae de lado.
Oliphant y Miller se agarran como pueden en la parte de atrás. El camión se
detiene con la trasera orientada hacia los camellos, que aún no han
reaccionado en modo alguno. Aparecen entonces dos árabes, golpeando la
grupa de los animales con sus varas. Segundos después, la caravana se ha
vuelto a fundir con la noche. Miller se acerca apresuradamente a Punch. Por
puro milagro no está herido. El camión está bien.
Ahora sí que estamos agotados. Punch cubre de improperios mi
habilidad de conducción mientras Miller y Oliphant maldicen a los
camellos y todos hacemos lo propio con los árabes. En la frenada, una de
las ruedas de repuesto y todos nuestros sacos de dormir, junto a la mitad de
las raciones de agua, se han derramado sobre el asfalto.
—¡Luces! —grita Punch, mientras nos apretujamos para volver a
subirlo todo.
Vemos cómo se acercan a la intersección desde el norte. Subimos
nuestras cosas al camión, pero no hay tiempo para recogerlas todas.
—Podría ser Nick.
—Podría ser Collier.
—Podría ser medio ejército alemán.
Es esto último. Salimos de la carretera hacia los campos de cultivo
aledaños. Antes de que el camión haya recorrido noventa metros, dos
vehículos blindados todoterreno aparecen en el punto que acabamos de
abandonar. Frenan. Los faros lanzan unos fogonazos en la oscuridad y
descubren los restos de nuestro material sobre la carretera. Nos
encontramos en un terreno abierto como el demonio, sin más cobertura que
la oscuridad. Oigo órdenes tajantes en alemán.
Delante mismo de mis ojos, el parabrisas se desintegra. Algo caliente
pasa muy cerca, por debajo de mi asiento. Los alemanes disparan a ciegas.
Punch responde con la Browning. Giro el volante y piso el acelerador.
Estamos en un barrizal. Las ruedas derrapan. El camión echa a andar a paso
de tortuga. Grito a Punch que deje de disparar; los destellos del arma
revelan al enemigo nuestra posición. Me obedece. Nos deslizamos y nos
arrastramos durante lo que parecen minutos, pero en realidad son quince
segundos. El enemigo barre el terreno con ráfagas. Oímos el sonido de al
menos un cañón ligero y los eructos más graves de una 7,92.
Los vehículos blindados se dividen. Cada uno sale en una dirección
diferente para acorralamos. Y lo más seguro es que estén pidiendo refuerzos
por radio. Tenemos que rodearlos y regresar a la carretera. Pero ¿dónde
está? Sé que avanzo en paralelo, pero no sé a qué distancia nos hemos
quedado. Temo que en cualquier momento el camión caiga en un canal
traicionero. Diviso una cañada que se cruza en ángulo recto. ¿Llevará a la
carretera? Noto la lluvia en el rostro, mezclándose con la sangre que mana
donde el cristal me ha herido. Los proyectiles que han pasado bajo los
asientos han hecho pedazos el condensador. El agua hirviendo sale
disparada por encima del capó hasta mi pierna y mi brazo derecho. Con un
fuerte bandazo, el camión corcovea sobre un canal y acaba en una carretera
sin asfaltar. ¿Dónde demonios estamos ahora?
Giro bruscamente hacia la derecha, todavía con los faros apagados.
Chocamos de costado contra un bidón de aceite de ciento setenta litros
colocado en medio de la carretera. Es un bloqueo de caminos. El camión
rebota sobre este primer obstáculo (que, sin duda, está lleno de arena) y
choca de cara contra otro. La inercia me arroja contra el volante y el
vehículo se detiene en seco. El impacto me ha vaciado los pulmones. Soy
consciente de que nos están disparando desde muy cerca. El capó del
camión levita de una forma que desafía las reglas de la física. Vislumbro a
un guardia a un lado de la carretera. Trazadoras amarillas rebotan contra la
carrocería. Piso a fondo el acelerador. El camión avanza como puede. El
mundo se ha convertido en una película muda. Un abrasador vendaval pasa
por debajo de mí y siento cómo se desintegra la placa del suelo. En el
asiento de la izquierda, Miller se ve lanzado de cara contra el salpicadero.
—¡Me han dado! —grita.
Me vuelvo hacia él. Le han arrancado la parte derecha del brazo, el
hombro y la cavidad torácica, de tal modo que los huesos y las vísceras
quedan a la vista. Cae a plomo hacia su izquierda, fuera del camión, tan
rápidamente que, cuando intento agarrarlo, sólo logro asirlo por el cinturón.
Vuelvo a meterlo dentro. Es un peso muerto inconsciente. Lo coloco en el
asiento, gritándole que aguante, aunque sé que no me oye.
Siento, más que veo, que un segundo vehículo se acerca desde el norte.
La máquina derrapa y se detiene de costado, atravesada en la carretera.
Es Collier.
No alcanzo a ver quién dispara sobre nosotros ni qué les ocurre. Oigo el
atroz estruendo de las Vickers K y el repiqueteo de lo que supongo que es la
Browning de Marks. Sigo agarrando a Miller con la mano izquierda.
Entonces aparecen Punch y Oliphant y sujetan a Miller. Me vuelvo
hacia donde estaba el guardia. Quienquiera que nos estuviese disparando,
ha desaparecido. Es un triste consuelo, pues el jaleo y los fuegos artificiales
van a atraer a todas las tropas del Eje de la zona. Huelo a combustible y veo
llamas en la parte posterior del camión. Punch carga con Miller hasta el
camión de Collier. Un alto precio para cubrir la retirada de Nick. Ahora sólo
nos queda una opción, y es la de salir de ese maldito sitio.
Milagrosamente, mi camión sigue funcionando. Punch y Oliphant se
suben. Están arrojando bidones de combustible al suelo. Arranco el motor y
seguimos a Collier de vuelta a la carretera principal.
Los soldados suelen decir que los problemas nunca vienen solos. Vemos
más faros: dos nuevos pares que se nos acercan desde el sur. ¿Dónde están
los vehículos blindados? Nunca llegamos a saberlo. Lo que está claro es que
no hay forma de rodear las luces que se aproximan. Bloquean nuestra ruta
de escape.
Frenamos en medio de la carretera. El capó acribillado rezuma líquido
por todas partes y sale humo de debajo de la cabina. La primera no
funciona, pero la segunda y la tercera aún parecen hacerlo. Jenkins grita que
su Browning se ha averiado. Está claro que mi camión está en las últimas.
¿Debería abandonarlo? Barajo la posibilidad de amontonarnos los ocho en
el camión de Collier. Pero ¿adónde podemos ir?
Nuestra única posibilidad son nuestras armas.
Las luces del enemigo siguen aproximándose. Están a noventa metros,
pero sus luces largas ya se acercan a la zona donde nos encontramos.
Sacamos como podemos ambos camiones de la carretera. Nos
apartamos lo justo para que no nos descubran las luces que se aproximan,
pero no demasiado, para poder volver corriendo al asfalto en cuanto pasen
de largo.
Si es que pasan de largo.
Ambos camiones se detienen uno junto al otro, de espaldas a la
carretera. Recogemos y amontonamos arbustos para cubrimos.
Ahí llegan las luces. Ya podemos oír los motores del enemigo. Collier
vuelve a subir para ponerse con las gemelas Vickers; Jenkins lo asiste con la
munición. Punch está en una de las Browning de mi camión, mientras que
Oliphant se coloca en la otra. Mark pone un cargador en su Thompson.
—No disparéis hasta que lo ordene —digo.
Empezamos a ver al enemigo con claridad.
Dos camiones Fiat de tres toneladas; transportes de infantería.
Los vehículos se aproximan a treinta kilómetros por hora y ruedan a
treinta metros el uno del otro. Veo al conductor y a un oficial en el primero.
El parabrisas está plegado. El oficial aún no nos ha visto. Está de pie en la
plataforma, agarrado al retrovisor lateral. Veo que apunta hacia el frente.
El primer camión reduce la velocidad.
El segundo hace lo propio.
El oficial nos ve. Baja del vehículo y hace gestos para que ambos
camiones se detengan. Se detienen. El oficial es muy joven y viste una
gorra de bersaglieri. Apunta hacia nosotros mientras grita algo en italiano.
Lo que ocurre a continuación no lleva más de veinte segundos.
Los Fiat están cubiertos con lonas que protegen de la lluvia a los
soldados de atrás. Los hombres viajan sobre dos bancadas de madera
paralelas que recorren el camión de un lado a otro. Para desmontar, los
soldados tienen que levantarse y ponerse en fila en la parte de atrás, soltar
los cierres traseros y saltar a la carretera. En cuanto empiezan a hacerlo,
ordeno que abran fuego.
Collier dispara con las Vickers K. Punch y Oliphant se unen con las
Browning, y Mark con su Tommy. Yo también disparo mi Thompson, que
he cogido a toda prisa de su soporte en la cabina.
Los italianos bajan desde la parte posterior de los camiones, de uno en
uno o de dos en dos, como críos al salir de un autobús escolar. El oficial
permanece en la carretera. Sólo tiene una pistola. Intenta disparar mientras
las Vickers de Collier le dan de lleno en el pecho. La Vickers K tiene dos
cañones gemelos. Su cadencia de fuego es de novecientos cincuenta
proyectiles por minuto. Es un arma de aviación. Los objetivos para la que se
ha diseñado son otros aviones, no la carne humana. No describiré su efecto
en el joven oficial italiano, salvo diciendo que aquello que un instante antes
era sólido, se vuelve líquido al siguiente.
Las Browning de Punch y Oliphant son ametralladoras del 303, armas
diseñadas para usarse contra la infantería. Su cadencia de fuego es de
ochocientos proyectiles por minuto. En la Gran Guerra, las Browning
montadas sobre trípodes podían acabar sin problemas con compañías
enteras de tropas a pie a una distancia superior a los cuatrocientos cincuenta
metros. Esta noche, nosotros disparamos a no más de veinticinco metros.
Eso equivale a disparar a quemarropa.
Al cabo de unos segundos, el primero de los camiones enemigos se ha
desintegrado. La Vickers destroza la cabina, las ruedas estallan, el chasis
cae a peso sobre las llantas. Nuestras trazadoras incendian el combustible
que se derrama de los tanques agujereados y, finalmente, el Fiat salta por
los aires envuelto en una bola de fuego naranja. El segundo camión da
marcha atrás tan rápido como puede. Le disparo con mi Thompson. Veo
cómo salta el parabrisas. El vehículo pierde el control y vuelca. Entonces
los hombres tratan de salir a rastras. La mitad de los soldados del primer
camión y un puñado de los del segundo han saltado a la carretera. Nuestras
ametralladoras los abaten y los proyectiles que los atraviesan acribillan a los
que aún están en los camiones. En un instante he agotado un cargador de
cincuenta proyectiles. Las ametralladoras de Punch y Oliphant siguen
disparando. Estamos tan cerca de los italianos que puedo verles los bigotes
y los anillos de boda.
La potencia de fuego de las Vickers y las Browning es tan prodigiosa
que genera un vendaval. Las lonas de los camiones se estremecen y salen
volando, antes de incendiarse. Los italianos saltan fuera de los camiones,
sumidos en un terror animal. Pocos son los que llevan encima sus armas, y
ninguno trata de devolver el fuego. Lo único que hacen es saltar en busca de
cobertura. Nuestras balas y trazadoras los atraviesan. Oigo cómo crepita la
Browning de Punch a pocos centímetros de mi oído mientras escupe humo
por el cañón. Nuestras balas distan mucho de arrancar la vida de nuestros
enemigos con precisión quirúrgica. Los aniquilan en un holocausto. El
espectáculo no se parece nada a lo que se ve en el cine, donde, tras la
masacre, el suelo queda sembrado de formas claramente reconocibles como
seres humanos, con sus piernas y sus brazos. Cuando terminamos, del
enemigo no quedan más que sus despojos. Doy gracias al cielo por atisbar
ese horror sólo a la luz de las trazadoras y de los camiones incendiados, y
sólo durante el instante en el que me permito mirar. En mi mente, un
pensamiento cobra más relevancia que cualquier otro: tenemos que matar o
inutilizar a todos los hombres de los camiones. Permitir que sobreviva
aunque sólo sea uño en la oscuridad, desde donde podría abatir a cualquiera
de mis hombres, es impensable. Son enemigos armados que han venido
hasta aquí con un solo objetivo: quitarnos la vida a mis compañeros y a mí.
Tengo que quitársela a ellos antes. No hay verdad más contundente. Sin
embargo, al mismo tiempo, nada puede alterar el hecho de que, bajo la
insignia fascista de sus uniformes, esos hombres son padres, esposos o
hijos.
Sigo disparando hasta que parece que no queda nada con vida.
—¡Alto el fuego!
Corro hasta el borde de la carretera, donde atisbo un tercer conjunto de
luces que se aproxima desde el norte. Grito a Collier que se prepare para
salir de allí. Volaremos mi camión y nos llevaremos todo el material en el
suyo. De repente, las luces se detienen. Una bengala amarilla sale disparada
hacia el cielo, seguida de otra roja.
—¡Es Nick!
La patrulla de Wilder nos alcanza en menos de treinta segundos. Tienen
sus dos camiones y un Lancia italiano. Sin necesidad de recibir la orden,
Punch y Oliphant empiezan a subir nuestras cosas a bordo. Cargan la
Browning, las cajas de munición, las latas de agua y los bidones de
combustible. Grainger impregna de combustible nuestro camión y enciende
una cerilla. Nick contempla la carnicería de la carretera.
—Dios —dice—, qué desastre.
Subo a bordo del Lancia con el estruendo de la masacre aún en los
oídos. Cuando los camiones arrancan, mi última mirada se fija en Punch,
que regresa al Te Aroha IV, ahora pasto de las llamas, en busca de nuestros
petates y la garrafa de ron que hay en la compuerta trasera.
23

Al llegar al punto de reunión de Saunnu nos lo encontramos inundado por


un aguacero. El asalto a Benina ha sido como agitar un avispero. Las
patrullas alemanas e italianas cubren todas las rutas de escape al sur y al
este, mientras que sus aviones de reconocimiento peinan las llanuras y cada
porción de terreno que ofrezca cobertura. Ahora Nick Wilder está al mando,
cosa de la que me alegro.
Huimos durante dos días y dos noches. La lluvia dificulta la
localización de los camiones desde el aire, pero la superficie del desierto
está embarrada y nuestras ruedas van dejando cicatrices a su paso. Gracias a
ellas, el enemigo sabe en qué dirección huimos. Envían Macchi y ME-110.
Así es como localizan el punto de reunión.
Miller ha muerto. No hemos podido hacer nada por él; ha perdido
demasiada sangre. Plantamos nuestro primer campamento nocturno en la
orilla de un ancho wadi de piedra. Hemos aprendido a acampar bajo
elevaciones poco pronunciadas para poder salir corriendo en caso de
necesidad. El bajón de adrenalina nos ha puesto de mal humor. Nos
calentamos alrededor del motor y tragamos más ron del que deberíamos.
Envolvemos el cuerpo de Miller en su abrigo y lo atamos a una plancha de
arena que dejamos en la parte de atrás del Lancia. Miller había sido
campeón de ajedrez del equipo de Yorkshire, los Green Howards. Lo
amortajamos con su tablero en miniatura y las piezas bajo la ropa. Ni
siquiera hemos tenido un momento para vaciarle los bolsillos en busca de
pertenencias personales que mandar a su esposa e hijos.
Nick me pide que le dé el informe de daños. Se lo puedo referir en diez
segundos: ordenanza médico muerto, vehículo de radio destruido. En el otro
camión: Browning averiada, cárter reventado, dos ejes doblados, y
combustible para ciento sesenta kilómetros. Hombres magullados, heridos,
enfermos o todo a la vez. La T1 de Nick está igual, salvo que su radio sigue
funcionando. Al igual que nosotros, no les funciona el sistema de
navegación.
Llegamos al punto de reunión al anochecer del segundo día. Nick lo
estudia con los prismáticos y luego ordena que retrocedamos ocho
kilómetros hasta el punto de reunión secundario, antes de que las
guarniciones salgan hacia Benina. Los restos del desastre son una visión
desalentadora. Incluso a la luz mortecina del alba distinguimos los restos de
los vehículos de nuestros camaradas (los de Nick, el doctor Lawson y los
mecánicos), apenas un amasijo de hierros sobre ruedas incineradas. Los
motores expuestos al aire están abrasados, las gomas evaporadas, los
asientos fundidos a los muelles y los armazones. Vemos las rutas por las
que llegaron los vehículos blindados del Afrika Korps, acabaron con
nuestros compañeros y luego se fueron. Los bancos de arena están hendidos
por las cadenas de los semiorugas que usan los alemanes para su infantería.
Más allá, vemos los surcos dibujados por las ruedas de los camiones de tres
toneladas, donde transportan la munición, las raciones y el combustible.
—No han salido de excursión —dice Nick.
Esta vez quieren encontrarnos.
Tras anochecer, se lleva a dos hombres y avanza a rastras hasta el punto
de reunión para inspeccionarlo. A la vuelta nos informa de que hay tres
tumbas, una de un enemigo y dos de los nuestros (Daventry y Porter),
ambos neozelandeses y ninguno conocido mío.
—Los han enterrado como es debido, eso tenemos que reconocérselo.
—Nick ha cogido las placas de los hombres, que los alemanes habían
dejado sobre montículos rodeados de piedras. Las llevará a casa si puede.
Los enemigos han escrito algo sobre nuestros camiones quemados: 288
MENTON.
—Es para que sepamos quién nos ha zurrado —dice Nick—. Es su
patrulla, sea lo que sea lo que signifique.
Por muy exhaustas que estén las dos patrullas, no podemos
desmoronarnos. Estaríamos más seguros si nos dividiésemos. Un grupo
podría alcanzar una zona segura y enviar ayuda al otro, pero con una sola
radio tenemos que permanecer juntos. ¿Deberíamos enterrar aquí a Miller,
junto a los demás? No hay tiempo. Repartimos lo que queda de combustible
y nos reunimos para compartir el ron, los cigarrillos, el té y el chocolate
entre los cuatro vehículos, por si alguno es alcanzado o queda atrapado.
—Suerte —dice Nick—. Nos vamos.
Buscamos una forma de atravesar la extensión de lodazales. Aquí, en el
extremo sur de la montaña, los wadis desembocan en el desierto, formando
unos lagos llamados balats. Los lagos tienen noventa centímetros de
profundidad en algunos puntos y sólo unos pocos en otros. Su fondo es
como el mucílago. Las patrullas buscan el camino en la oscuridad, y andan
a tientas por los islotes que se elevan unos centímetros por encima del lodo.
Una y otra vez, un camión queda atrapado y el otro ha de remolcarlo. Los
embragues están achicharrados y se estremecen. La labor se torna un
verdadero vía crucis en el que las ruedas se van embadurnando de lodo y
resultan cada vez más pesadas. Sólo podemos limpiarlas con las palas, lo
que resulta agotador. Al final no conseguimos salir de los balats. El
amanecer sorprende a los cuatro camiones avanzando con dificultades y
gran desánimo de vuelta al punto de partida, al oeste, mientras dos
oteadores rastrean el cielo en busca de los aviones que sabemos que se
aproximan.

08.15 horas. ME-110 sobrevolando. Dos en total, con un


oteador. Permanecemos bajo redes de camuflaje en el saliente de un
acantilado. Los ME no nos han detectado aún. Su técnica consiste
en atacar un saliente cada vez bombardeándolo de arriba abajo.
09.00 horas. Los ME se largan porque se han quedado sin
munición. El ojeador nos ha detectado, pero se queda en la zona,
aunque fuera del alcance de las ametralladoras.

11.45 horas. Bueno, ha sido una hora y media en el tostador.


Los ME han vuelto reabastecidos. Son malditos monstruos
bimotores que escupen fuego desde sus cañones y las
ametralladoras del morro. Nos encontramos tan abajo del
acantilado que los aviones no pueden tener un vector de
aproximación claro, salvo que quieran estrellarse contra la pared
del precipicio. Pero siempre andan cerca, y estamos bastante
inquietos.

Al llegar el mediodía, los Messerschmitt se han ido por segunda vez


para rearmarse y reponer combustible. Pero ahora nos han localizado
también unos vehículos blindados, probablemente los mismos que atacaron
el punto de reunión. No nos queda más alternativa que huir. Lo malo es que
estos ataques a intervalos no nos dejan tiempo para montar la antena y
enviar un mensaje al cuartel general. Puede que haya otras patrullas amigas
en la zona, que podrían apoyarnos. Tinker y Popski, seguro. Nick dice que,
según los mensajes que ha recibido, al menos otras dos, la S1 de Lazarus y
la Y1 de Spicer, podrían estar dentro de un radio de noventa y cinco
kilómetros, por no hablar del mayor Mayne y sus SAS, de los que no hemos
sabido nada desde Benina. Y, por si esto fuera poco frustrante, no sabemos
hasta dónde han avanzado las líneas británicas, que es adonde queremos
llegar. La salvación podría estar a ciento cincuenta kilómetros, es decir, a
nuestro alcance, o a quinientos, fuera del mismo.
Está claro que nuestros perseguidores lo saben. Vienen por el este, lo
que nos impide huir en esa dirección. ¿Sabrán que somos los que
intentamos acabar con Rommel? ¿Los habrán mandado para cazarnos por
ello?
—Hay una Cruz de Hierro esperando a cualquier teniente boche que les
lleve nuestros pellejos —dice Nick.
Mi reloj marca las 12.30 cuando nuestros cuatro camiones salen de sus
escondites y parten hacia el norte, bordeando la base de la elevación. Nos
persiguen al menos dos vehículos blindados, uno de cuatro ruedas y otro de
ocho, que hemos atisbado avanzando campo a través, así como un
semioruga con infantería. Nuestros Chevrolet, e incluso el Lancia, podrían
dejar atrás a los sabuesos si estuviesen en buen estado, pero con los
embragues quemados, los cárteres parcheados y los radiadores acribillados,
la persecución adopta unos tintes tan ridículos como una comedia de
Keystone Kops. La velocidad punta nunca supera los quince kilómetros por
hora por un terreno sembrado de arbustos y guijarros, interrumpido cada
treinta metros por zanjas y arroyos, algunos tan amplios que podrían
tragarse un jeep entero, mientras que otros sólo tienen treinta centímetros de
profundidad y sesenta de anchura. Éstos son los peores, porque cada vez
que nos topamos con uno, el eje delantero sufre tal impacto que parece que
la carrocería estuviera sobre un yunque y tanto hombres como mercancía
salen volando. Sigue lloviendo. La visibilidad se ha reducido a quince
metros. No podemos ver a los alemanes, y ellos no nos pueden ver a
nosotros. Los cañones de los vehículos blindados son inútiles en esta
penumbra, así que se contentan con barrer a ciegas el terreno que tienen
delante con sus 7,92. Vemos las trazadoras que rebotan sobre el pedregal y
oímos las balas que pasan sobre nosotros e impactan en la ladera. Contamos
con temor los minutos que faltan para que vuelvan a echar mano de los 110.
—A lo mejor esos cerdos paran para almorzar —me grita Punch
mientras el Lancia bota sobre los obstáculos del terreno, haciendo que
chirríe cada perno y cada remache.
La persecución se prolonga, desprovista ya de emoción e, incluso, de
urgencia. Simplemente parece estúpida. Una forma de morir tan idiota
como fútil. Al cabo de una hora, nuestros camiones consiguen una ventaja
suficiente para que Nick mande una parada y prepare una posición de
emboscada tras un risco. Desde mil trescientos metros, las Vickers de
Collier y dos de las Browning de Nick alcanzan al vehículo de cuatro
ruedas, que pillamos a campo abierto con las dos escotillas bajadas y las
cabezas del comandante y el conductor asomadas. Con los prismáticos
Dienstglas veo las trazadoras que rocían el vehículo blindado como si
estuviese cayéndole encima el chorro de una regadera. Los alemanes giran,
se estrellan contra un profundo wadi y paran en seco con un estrépito.
—¡Le he dado! —grita Punch.
—Sigue —le ordena Nick—. Acaba con él del todo.
Por primera vez, siento una rabia genuina hacia el enemigo. Ya estoy
harto de que me persigan esos bastardos. Las armas de nuestros dos
camiones regurgitan fuego sobre el vehículo blindado. Pero los otros dos no
tardan en llegar. Los alemanes se deslizan literalmente por el wadi y
empiezan a acercársenos.
—Al menos lo hemos ralentizado —dice Collier.
Corremos durante otra hora, recibiendo ráfagas intermitentes del
vehículo de cuatro ruedas (parece que el de ocho ha quedado atrás) y de dos
semiorugas, que atisbamos de vez en cuando entre la maleza, hasta nos
salva una tormenta de arena que parece salida del Antiguo Testamento.
Cuando anochece, habremos avanzado otros veinticinco kilómetros. La
tormenta se disipa y el cielo se aclara. La noche se vuelve despiadadamente
fría. Hemos corrido durante todo el día hacia el norte y el oeste, un desvío
de 180 grados con respecto a la dirección que queremos tomar. La
oscuridad nos sorprende tratando de montar rápidamente un campamento en
un wadi al pie de la elevación, ochenta kilómetros más allá de donde
estábamos al amanecer. Nos queda combustible para menos de cien
kilómetros.
Y esto no es lo peor, pues cuando el operador de Nick monta la antena,
las condiciones atmosféricas son tan malas que no podemos enviar nada.
Collier, Punch y yo exploramos un punto elevado donde esperamos que no
lleguen las próximas inundaciones. Enterramos el cuerpo de Miller en
silencio, como si cavásemos con cucharas de té, e improvisamos una lápida
con un montículo de piedras y una cruz hecha de arbustos. Permanecemos
con las cabezas descubiertas alrededor del de Yorkshire. Tenemos una
cerveza. Al principio queremos enterrarla con él, pero luego cambiamos de
opinión y nos la repartimos.
—Nos habría matado —dice Punch— si hubiésemos desperdiciado una
buena pinta.
De vuelta al campamento, una creciente niebla ha pintado la noche de
frío y de negro.
—Ya me estoy hartando de esto —le digo a Nick, mientras nuestras
patrullas improvisan lechos y tratan de mantener encendida una fogata.
Todos sabemos que no podemos seguir así—. ¿Y ahora qué hacemos? —
pregunto.
Nick señala la montaña que se eleva treinta pisos sobre nosotros.
—No sé qué hay en la cima de esta bastarda —dice—, pero si no
subimos esta noche, los boches acabarán con nosotros por la mañana.
24

El escarpe se eleva noventa metros por encima de nuestras cabezas. No es


mucho en comparación con los enormes acantilados de la costa, en Sollum
y Halfaya, pero sigue siendo condenadamente aterrador de noche, con los
camiones a punto de desmoronarse y los hombres más que exhaustos. Peor
aún son el frío y la humedad. La superficie del acantilado es como cualquier
otra en la zona montañosa: piedra caliza y conglomerado marino, los
sedimentos de algún antiguo mar. Los wadis y los barrancos surcan el
acantilado, que retrocede desde la base hasta la cima, de forma que, desde
el fondo, no se puede ver la parte más alta. Eso está bien; significa que la
pendiente debe de tener ensenadas y pasos que nuestros vehículos podrían
aprovechar.
Nick nos manda a Punch y a mí en el Lancia hacia el norte, bordeando
la base del escarpe en busca de un ascenso.
—No perdáis el tiempo —dice.
Al cabo de un kilómetro, Punch localiza una vía de ascenso natural. Me
adelanto a pie, con una pala y una linterna. Punch se debate a mi espalda. El
Lancia corcovea cuesta arriba entre saltos y bandazos. El motor gime como
si llevara kilómetros subiendo. La senda empieza pareciéndose a una
cañada para camellos, se estrecha hasta quedar reducida a un camino de
cabras y luego queda reducida a una vereda que, finalmente, desaparece.
Simplemente, se acaba. Volvemos a descender, marcha atrás, yo al volante y
Punch guiándome a voces. Los frenos se sobrecalientan. Recorro los
últimos metros en punto muerto y regreso al llano dando botes mientras
Punch se echa al suelo lanzando palabrotas.
Lo intentamos por tres rutas más, hasta que tenemos que detenernos
para no quemar el embrague a treinta metros de la cima.
—Ésta tiene que ser la buena —declara Punch.
No nos quedan fuerzas para probar otra. Miramos abajo y vemos unos
haces rojos que brillan sobre el borde del acantilado. Escuchamos ruidos
secos por encima de nosotros y empiezan a llovemos pedruscos. Mi primera
idea es que se trata de cabras, o incluso lobos.
—Eso ha sido una maldita ametralladora —afirma Punch.
En ese momento vemos las trazadoras y los puntos que delatan el fuego
de las bocachas, lejos, en el llano. El enemigo, en lugar de parar para pasar
la noche, nos ha seguido, probablemente gracias al sonido de nuestro motor.
En el campamento, los hombres se han puesto en pie. Los camiones
están en marcha y listos. En los minutos que han transcurrido hasta que
Punch y yo regresamos, el enemigo ha localizado nuestro refugio y nos
dispara con un cañón de 20 milímetros y dos ametralladoras. Hay al menos
tres vehículos en la oscuridad, uno de ellos blindado.
—¿Cuánto queda para ese camino tuyo? —pregunta Nick.
Obviamente, no lo encontramos. He marcado el sitio con una piedra
caliza, pero ahora la marca se resiste a aparecer. Las trazadoras, las balas y
los proyectiles incendiarios siguen impactando en la pared del acantilado,
por encima de nuestras cabezas. Nick nos reúne. Su idea es despistar al
enemigo volviendo sobre nuestros pasos. Pero es demasiado arriesgado,
dice, como para que lo intenten los cuatro camiones.
—¿Quién sigue ascendiendo?
Miro a Collier.
—Al demonio —dice. Es su peculiar manera de decir que está de
acuerdo.
Dividir una patrulla con una sola radio viola el protocolo, pero si
permanecemos juntos estamos acabados. Cuatro camiones no tendrían
ninguna oportunidad de subir el acantilado bajo el fuego enemigo.
Quienquiera que logre escapar primero enviará ayuda a los demás.
—Suerte —vuelve a decir Nick. Una vez más, nos estrechamos la
mano.
Los camiones de Nick fingen huir hacia el norte, disparando las armas
durante un tramo. Luego dejan de disparar y giran hacia el sur, dejándose
tragar por la oscuridad.
Punch y yo encontramos un camino que se parece al nuestro y lo
seguimos cuesta arriba. Las siguientes cinco horas son, sin duda, las más
largas de mi vida, así como las de todos los hombres que hay en el camión
de Collier y en el Lancia. En cuanto abandonamos la cobertura de la base
del acantilado, los alemanes pueden oír nuestros motores, y a medida que
asciende la luna, también empiezan a vemos.
El arma de 20 milímetros con la que nos disparan es un Pak antiaéreo,
tan grande como un Breda. Dispara proyectiles de cañón, no balas.
Empezamos el ascenso con el Lancia a la cabeza y Punch al volante.
Oliphant y yo abrimos paso a pie, mientras que Collier se ocupa del espacio
entre los camiones. El camino nos permite ascender dieciocho metros sin
problemas antes de virar hacia una cuesta practicable. Podemos oír el
rugido de los motores diésel que se acercan. Nuestros perseguidores están
llevando el armamento a la base del escarpe. En este momento, todos los
hombres, excepto los conductores, están fuera de los camiones, con palas y
azadones. Unos densos arbustos bloquean el camino. Los arrancamos:
estamos construyendo el camino sobre la marcha. La fortuna nos sonríe un
momento, cuando un recodo en el camino coloca una ladera entre nosotros
y los proyectiles de 20 milímetros. Estamos en un ángulo muerto, pero
podemos oír cómo se despliegan los soldados enemigos más abajo, en
busca de un buen ángulo desde el que dispararnos. Utilizan proyectiles
explosivos, trazadoras y balas. Sus disparos rocían la cima del acantilado
con ráfagas secas. Saben lo que hacen. A cuarenta y cinco metros por
encima, se abre ante nosotros una senda transitable, pero para llegar hasta
ella los camiones tendrán que sortear un pronunciado ascenso en zigzag a lo
largo de un paso que no es más ancho que los propios camiones, y con una
caída de más de cuarenta metros. Punch lo intenta con el Lancia mientras
yo me cuelgo de un lateral sobre el vacío. Al derrapar, las ruedas arrancan
el suelo pedregoso, y provocan una algarabía de pedruscos que entrechocan
mientras caen en avalancha ladera abajo.
—¡Esto no me gusta! Este tramo tendremos que subirlo a contramarcha.
A los camiones les lleva una hora salvar el recodo. Seguimos oyendo a
los soldados alemanes, que suben la pendiente a pie. Pero, tras uno o dos
disparos de nuestras armas, deciden pensárselo mejor. Sitúo a Oliphant y a
Grainger con las Vickers en un saliente desde donde podrán dar una
bienvenida apropiada a nuestros perseguidores si siguen empeñados en
seguirnos. Más arriba continúa nuestra pelea con los camiones. En cierto
momento, cuando el camino casi ha desaparecido, nos vemos obligados a
situar una plancha de arena sobre el vacío, reforzándola con palas en los
extremos. Los camiones avanzan lentamente hasta un callejón sin salida y
luego dan marcha atrás para seguir ascendiendo por la ladera. Esta
maniobra se repite cuatro veces a lo largo de los siguientes dieciocho
metros. Al destruir el camino que dejamos atrás impedimos que el enemigo
nos persiga con sus vehículos. A estas alturas han montado un campamento
a ciento ochenta metros, sobre el llano, y han empezado a atacar la ladera
con todo lo que tienen. Podemos oírlos claramente:
—¡Vamos, amigos! —exclama una voz en un inglés seco e impecable
—. ¡Tenemos caldo caliente para vosotros!
Hemos alcanzado un saliente cubierto. Estamos a salvo por el momento.
—¿Quién demonios sois vosotros, malditos bastardos? —grita Punch.
—Grupo de combate dos ocho ocho. ¡Sed razonables, hombres, no tiréis
vuestras vidas así como así!
Al cabo de una hora más, estamos a nueve metros de la cima. Aquí, el
camino cae abruptamente. Se abre un abismo de seis metros de ancho. Es
imposible rodearlo. ¿Tendremos que volar los camiones y seguir huyendo
pie? Quedan cuatro horas para el amanecer. Sus aviones arrasarán la cima
en cuanto salga el sol. Sólo nos queda una esperanza: llenar el hueco con
arbustos y usar las planchas como puente.
—Hay otra forma —dice Jenkins—. Rendirnos.
La reacción se manifiesta en forma de imprecaciones. Pero a Jenkins,
que no es ningún cobarde, le trae sin cuidado.
No nos matarán. Esto es un campamento. ¿A quién le importa?
—Ya basta —digo.
Veo que Jenkins está a punto de seguir defendiendo su postura, lo cual
no carece de mérito. En los combates de blindados de toda la campaña en el
desierto, es normal que las dotaciones aliadas o del Eje levanten las manos
cuando sus vehículos no dan para más y no están en condiciones de esperar
ayuda. No es un acto vergonzoso. Generales de ambos bandos han sacado
bandera blanca. Se cuentan innumerables historias de soldados que se
rinden a una hora, para que sus captores caigan prisioneros a la siguiente,
cuando cambian las tornas de la batalla.
Pero esta noche es diferente. La idea de rendirse, meditada un solo un
segundo, horadará nuestra voluntad y nos quebrará antes del amanecer.
—No quiero volver a oír hablar de eso —le digo a Jenkins.
No sé si es mi voz o mi mirada, pero Jenkins desiste al momento. Se
disculpa.
—Olvídalo —le digo—. Vuelve al trabajo.
Todos los hombres se entregan a la tarea de recoger maleza. Es una
técnica que practiqué en Bovington. Así es como los tanques cruzan las
zanjas. Hacemos unas gavillas alargadas con tamariscos y acacias y luego
las atamos con cuerdas y cadenas. La tarea nos lleva horas. Mientras tanto,
mi mente no deja de trabajar. ¿Cómo podré restaurar la confianza de los
hombres en Jenkins y la fe de éste en sí mismo después de lo que ha
pasado?
Por fin colocamos la masa de arbustos en su sitio y las planchas de
arena por encima. Los hombres contemplan su obra. Hay que estar loco
para conducir sobre esa frágil superficie.
—Jenkins —digo—, tu primero.
Jenkins comprende. Todos comprenden. No se trata de un castigo, sino
de una oportunidad de redención.
Sube al asiento y se pone al volante.
—¡Adelante!
El camión cruza el abismo con la agilidad de un zorro. Alcanza terreno
firme, se detiene para afianzarse y remolca el camión de Collier con una
cadena. Acto seguido, tiramos ladera abajo el improvisado puente de
arbustos para que nuestros enemigos no puedan utilizarlo. Una vez en la
cima, Collier y Punch le dan unías palmadi tas en la espalda a Jenkins como
muestra de reconocimiento. Oliphant y Grainger suben desde sus puestos de
retaguardia. El enemigo, más abajo, sigue insistiendo en sus ofertas de
rendición.
Collier se para al borde de la cima con su Vickers.
—¿Quién quiere una ración? —dice, apuntando con el arma.
No hay respuesta.
Los hombres están cansados y aliviados por seguir vivos y libres.
25

Teníamos la esperanza de que la cima fuera más fácil de recorrer, pero a


partir de los primeros cuarenta y cinco metros los camiones quedan
atrapados en una amplia extensión de acacias y tamarisco. Son dos
variedades de planta resistentes y duras, inasequibles a cualquier otra cosa
que no sean hachas afiladas, por lo que no queda más remedio que ir
abriendo exiguas brechas con las palas para luego ensancharlas con los
camiones. El avance es de una descorazonadora lentitud, lo que contribuye
a alimentar la frustración provocada por el hecho de que los arbustos, altos
como hombres, nos impiden ver más allá de unos pocos metros. Una y otra
vez, los camiones se hunden en desniveles del terreno ocultos. Incluso la
menor de las zanjas, de apenas sesenta centímetros, produce un choque que
sacude las ya maltrechas barras de acoplamiento, las cajas de cambio, los
ejes, los cárteres y los amortiguadores. Cada vez que un camión cae en una
de estas zanjas, se ladea de tal manera que son necesarias todas las manos
para evitar que vuelque del todo. Y por si esto fuera poco, el camión de
Collier y mi Lancia empiezan a torturarnos con averías menores. El motor
de Collier se sobrecalienta y perdemos veinte minutos comprobando el
radiador, las bridas y los manguitos antes de descubrir que se trata del
termostato. Lo sacamos y lo desmontamos del todo. A continuación, la
bomba del agua de mi Lancia empieza a fallar. Tardamos media hora en
arreglarla.
La carrera es contra el amanecer, no sólo para dejar atrás a los Macchi y
a los Messerschmitt que nuestros amigos del 288 seguramente habrán
llamado para que nos ataquen con las primeras luces, sino también para
poner la máxima distancia posible entre nosotros y los vehículos blindados
alemanes y la infantería motorizada que tratan de rodear el escarpe (cosa de
la que estamos seguros porque es lo que haríamos nosotros) para darnos
caza al otro lado. No podrán subir hasta la cima a menos que encuentren
otra forma de ascender, dado que hemos inutilizado sobremanera nuestra
propia ruta de ascenso. Y, aun en el caso de que lo consiguieran, tendrán
que hacer frente al mismo terreno por el que hemos tenido que transitar
nosotros. De repente, otro golpe de mala suerte. Al cabo de uno o dos
kilómetros de horrible trabajo, el motor de Collier exhala su último aliento.
Hemos quemado litros de combustible sólo para ascender por la ladera.
Ordeno un alto.
—Vale, ¿cuánto tiene cada uno?
En el desierto, cada vehículo cuenta con una reserva secreta de
combustible. Punch y yo tenemos una lata alemana escondida detrás de la
rueda de repuesto. Collier admite que tiene otra. Oliphant contribuye con
dos litros, escondidos entre las latas de lubricante. Reunimos esta reserva y
seguimos adelante.
Estamos exhaustos, pero la moral sigue alta. Descubro en mí mismo una
nueva capacidad. Sin que digan una palabra, soy capaz de sentir el estado
de ánimo de mis camaradas. Puedo sentir si el grupo está a punto de
quebrarse, individual y colectivamente. ¿Me he convertido en un
comandante al fin? Me parece saber cuándo obrarán en nuestro favor o en
nuestra contra los elementos del tiempo, el clima y el terreno, casi sin
pensarlo. Puedo calibrar cuánto durarán las máquinas antes de que fallen, y
los hombres antes de que empiecen a desmoralizarse. Puedo sentir sus
reservas de energía, así como las mías, más allá de ese punto. Incluso puedo
percibir el teatro de operaciones a mayor escala, la campaña, la guerra en sí.
A medida que la patrulla avanza a trompicones por la cima, intuyo, a pesar
del inmediato peligro que nos acecha, que un enemigo de mayor calibre está
de camino. El propio Rommel y todo el Panzerarmee Afrika se retiran ante
el empuje de Montgomery. Esto no augura nada bueno para la T3, por
supuesto, si nos matan o somos capturados.
Aun así, me encuentro en paz. Jamás me había sentido tan unido a mis
camaradas ni tan acostumbrado a su presencia. No hay un solo ápice de
gloria en nuestra misión actual. Nos arrastramos como escarabajos,
avanzando por metros en lugar de por kilómetros. Tampoco «lidero» de
ninguna manera reconocible o recomendable en los manuales. Me limito a
sudar miserablemente junto con los demás. Somos como uno solo, y todos
dan lo mejor de sí. Adopto otra actitud, y noto que mis hermanos de armas
también lo hacen.
Al despuntar el alba hemos alcanzado la vertiente occidental de la
montaña, que, afortunadamente, sigue sumida en densas sombras. Los
frenos de Collier no dan más de sí, así que baja la pendiente sujeto por la
cadena al Lancia, cuyos discos se han desgastado hasta el punto de rechinar
cada metro del descenso. A las ocho hemos alcanzado el fondo y hemos
ocultado los camiones en el wadi más profundo que hemos podido
encontrar. Los chicos convierten matorrales y redes en obras maestras del
camuflaje, y luego caen rendidos. Todos excepto los centinelas que coloco a
intervalos de una hora en busca de aviones. Los Storch y los 110 del
enemigo baten la zona, pero no nos descubren. Al fin, cuando anochece,
nos permitimos el lujo de dormir. Estamos seguros de que nada más podra
ir mal, al menos hasta la mañana siguiente.
26

Oigo un rugido y siento como si el suelo se rompiera bajo mis pies. Algo
frío y terrible me despierta de golpe. Suena un vendaval. ¿Estaré soñando?
Oigo gritar a Punch desde la posición elevada, pero sus palabras se las lleva
el viento. Entonces veo la inundación.
La onda de choque que la precede me arranca de mi lecho. En cuestión
de instantes, el follaje que he empleado como colchón es arrastrado, junto
con mi Thompson, las mantas y la lona. El camión de Collier es como un
juguete en una tormenta. Pasa junto a mí, volcado, y se pierde en la
oscuridad.
Medio desnudo, me arrastro frenéticamente para ascender por el wadi.
Justo debajo, dando vueltas descontroladas sobre el agua enfurecida, veo el
Lancia. Oliphant y Collier dormían en él. Jenkins también. No logro verlos.
Estoy escalando con las manos. El torrente pasa aullando a escasos
centímetros de mis talones. Está desmoronando la pendiente por debajo de
mí. Punch me coge por el brazo. Los pedruscos y los matorrales pasan a
toda velocidad bajo mis pies. Me doy cuenta de que es una inundación
repentina. Las tormentas en otra zona de la montaña han dado lugar a este
torrente mientras nosotros permanecíamos aquí, secos y sin saber lo que se
nos venía encima.
Lo peor pasa en cuestión de minutos. Resulta notable la velocidad a la
que recuperamos el valor una vez nos sabemos seguros. Punch, Grainger y
yo hemos llegado a un saliente sólido. El estruendo de las furiosas aguas
remite por segundos. El torrente, que ha alcanzado los seis metros de
profundidad, va desaguando hasta quedar reducido a un rápido de menos de
un metro.
Hemos escapado, pero estamos empapados. Algunas porciones de la
ladera siguen desprendiéndose bajo nosotros arrastradas por la inundación.
—¡Collier! ¡Oliphant! —llamamos a nuestros camaradas en la
oscuridad.
Empieza a caer un diluvio helado, bajo el cual permanecemos los tres,
agazapados y tiritando. El alcance de esta calamidad nos sobrepasa. ¿Qué
vamos a hacer?
La profundidad del agua ha disminuido a noventa centímetros, pero no
deja de ser un torrente peligroso y letal. Nuestra prioridad es encontrar a los
compañeros que sigan vivos y ayudar a los heridos. Aparece Jenkins,
precedido de un grito. Luego llega Oliphant, arrastrándose por la ladera, tan
helado y lleno de barro como nosotros. Se ha hecho daño en la rodilla
izquierda, pero asegura que no es nada serio. Reunimos nuestros recursos:
dos abrigos y tres mantas; un Enfield 303 sin munición, pero con los seis
cartuchos que había cuando nos sorprendió la inundación, y dos botellas de
agua de un litro. Aún conservo mi mochila, que había prestado a Punch para
que la usase como almohada. Contiene una camiseta y un par de pantalones,
así como el manuscrito de Stein y los restos manoseados de mi material de
lectura. Los recursos combinados de la patrulla consisten ahora en dos latas
de sardinas, medio puñado de dulces, una pluma estilográfica y dos
bayonetas. Grainger aún conserva su reloj. No tenemos mapa, ni té, ni
linternas, ni pistola de bengalas. Y aún nos faltan dos hombres.
Ha pasado una hora desde la inundación. Son las 03.20. El grupo
empieza a descender por el arroyo en fila india, llamando a Collier y a
Marks. Por la superficie del agua, que nos llega hasta las rodillas, se
deslizan serpientes. Nos tienen tanto miedo como nosotros a ellas. Si bien
las aguas han reducido su profundidad, el caudal de la inundación ha
generado bolsas de arenas movedizas en las que caemos una y otra vez; un
grito, y nos ayudamos a salir unos a otros. Medio kilómetro más abajo
encontramos a Marks. Sigue vivo, pero se ha lastimado las dos piernas
dañadas en la caída. No puede mantenerse en pie, aunque por fortuna no
tiene ningún hueso roto. También se ha golpeado el cráneo, posiblemente
contra un tronco o un pedrusco, lo que le ha arrancado parcialmente el
cuero cabelludo en una superficie equiparable a la mano de un hombre y ha
dejado el hueso a la vista. La herida sangra copiosamente. Marks,
conmocionado, tiene convulsiones. Lo llevamos a terreno seco y nos
turnamos para calentarlo con nuestros propios cuerpos. Jenkins, que ha
sustituido a Millae como sanitario, devuelve delicadamente a su sitio la
porción de cuero cabelludo arrancada e improvisa un vendaje.
—Si logramos encontrar uno de los camiones —dice—, podremos usar
el hilo y la aguja del botiquín.
Jenkins se ofrece para quedarse. Lo dejo para que mantenga caliente a
Marks. Los demás seguimos adelante.
Noventa metros más abajo, encontramos el camión de Collier. Yace
volcado sobre el costado izquierdo, tan enterrado en el lodo que las únicas
partes visibles son el eje trasero y el soporte de la rueda de la puerta del
conductor. Todo lo demás está sumergido en un montón de lodo y arbustos
que se ha formado tan rápidamente que es un milagro que lo hayamos
localizado. Subo a través del eje. Todo lo que había en el compartimiento de
carga (armas, munición, combustible, agua) ha sido arrastrado. Llamamos a
Collier. Nada. El botiquín sigue en su sitio. Envío a Oliphant de vuelta con
Marks y Jenkins. Punch, Grainger y yo seguimos el curso del wadi.
Amanece. Aún no hemos encontrado a Collier. De vuelta a los restos del
camión, Oliphant y Jenkins han secado a Marks envolviéndolo en toda la
ropa y las mantas que han podido encontrar. Jenkins ha cosido la herida,
pero el pobre Marks se encuentra en un estado miserable y, casi
inconsciente, no para de tiritar. La rodilla herida de Oliphant se ha
inflamado; apenas puede caminar. Improvisamos un campamento en una
posición elevada con respecto al curso de la inundación. Cuando Marks se
recupera lo suficiente para hablar, no puede parar de pedir disculpas. Ruega
que lo dejemos atrás; no soporta la idea de que su estado nos ponga en
peligro, dice.
—Cierra la maldita boca —le ordena Grainger con una voz
exquisitamente tierna.
Los reúno a todos.
—Nadie va a abandonar a nadie —digo.
Hemos encontrado dos bidones de combustible alemanes y una caja de
cerillas. Nos bastará para encender una hoguera, incluso con madera
mojada. Hay que arriesgarse a hacerlo, a pesar del humo. Si no secamos las
mantas y la ropa, moriremos helados. No tenemos recipiente para hervir el
agua, ni casi té. Punch lía dos cigarrillos casi secos que tenemos que
compartir entre todos.
—¡Nada de guarradas, muchachos!
Es la calada más agradable que hemos dado jamás.
El último plan de repliegue de Nick Wilder antes de su partida fue el de
reunimos en Bir Hemet, en el camino del oasis de Augila. Digo a los
hombres que eso es lo que vamos a hacer.
—Descansaremos esta mañana y secaremos el material. Punch y yo
seguiremos buscando a Collier. Esta tarde intentaremos desenterrar el
camión. Si no se puede hacer nada, dormiremos por la noche e iniciaremos
la marcha hacia el punto de reunión con la patrulla de Wilder, tal como
estaba planeado.
27

Mediodía: Punch y yo encontramos a Collier y el Lancia. Ambos han


sido arrastrados un kilómetro abajo. Collier padece una ligera hipotermia,
pero se reanima al ver a sus camaradas y gracias al calor que le
proporcionan las dos mantas secas que llevamos con nosotros. Ha pasado la
noche en una madriguera de zorro, bajo el barro y las ramas, tras ahuyentar
a sus propietarios. El Lancia no ha volcado, pero está enterrado en el barro
hasta los ejes, con dos ruedas intactas y dos rajadas.
Envío a Punch de vuelta para que recoja a Marks y a los demás, para
rescatar todo lo que podamos del camión de Collier. El vehículo está
irreparable. A media tarde, todos los que están ilesos han hecho dos viajes.
Hemos recuperado tres latas de combustible y un cargamento de calcetines,
cinturones y accesorios. La patrulla se reúne alrededor del Lancia. Empieza
a caer una lluvia helada; quedan unas tres horas de luz. Desenterramos el
vehículo y lo llevamos empujando hasta terreno seco. Vomita fango de
color chocolate por cada agujero.
—Intenta arrancar, jefe —dice Grainger.
Vamos a probarlo. Habrá que hacerlo, no tenemos nada que perder. ¡Y
arranca a la primera! Me doy cuenta de que estoy llorando. Los demás
saltan de alegría y se dan palmadas en la espalda. El motor se ahoga, pero a
nadie parece importarle. Si ha arrancado una vez, lo hará otra.
Pasamos la noche amontonados para combatir el frío y con los primeros
rayos de sol nos ponemos en marcha. Por lo que a herramientas se refiere,
sólo tenemos dos llaves inglesas fijas y una ajustable. No tenemos
destornilladores, llaves de tubo, llaves de bujías, llaves Alien, calibradores
ni espigones. No tenemos herramientas para sacar cabezales ni para
reemplazarlos, ni juntas ni material para fabricarlas, por no hablar de
cadenas para las ruedas, palancas, bombas, neumáticos, válvulas o
abrazaderas para reemplazar las tuercas. Tenemos aceite de motor y
combustible. Tenemos agua.
Lo primordial es cuidar de los heridos. La rodilla de Oliphant parece
haber empeorado; las quemaduras de Collier, que se han vuelto a abrir a
causa de la inundación, lo atormentan sin tregua y el estado de Marks no
deja de agravarse. Hay que llevarlos en el Lancia. Grainger, convertido en
navegante, estima que Bir Hemet se encuentra a ciento doce kilómetros en
dirección sur sureste. Podríamos conseguirlo en tres noches. Pero para
orientarnos tenemos que conocer nuestra posición inicial y ahora mismo
solo podemos intuirla. El desierto que debemos cruzar está lleno de balats y
zonas inundadas que tendremos que rodear, sin mapas ni forma alguna de
guiarnos por el sol o las estrellas. Nos hará falta una suerte increíble para
acertar, y no tendremos forma de saber si hemos pasado de largo. Y aun en
el caso de que lleguemos, nada nos asegura que Nick Wilder siga
esperándonos allí.
Pienso todo esto, pero no lo digo.
Supongo que todos los demás también lo harán.
Los hombres pasan todo el día trabajando. Primero desconectan,
enjuagan y secan todos los conductos de combustible y agua, reconectan
laboriosamente las abrazaderas usando la punta de una bayoneta a modo de
destornillador, y luego limpian y vuelven a ensamblar todas las bombas.
Dos zorros nos observan desde un afloramiento cercano. Sus pelajes son del
color de la arena y están sucios. El grito de «¡aviones!» nos obliga a buscar
refugio apresuradamente media docena de veces, pero los zorros ni se
inmutan. Los aviones enemigos pasan de largo.
Decidimos bautizar ese lugar como Dos Zorros. Lo pondremos en el
mapa cuando volvamos. La idea nos llena de optimismo.
La ley de Murphy sigue causándonos problemas. Todo lo que puede ir
mal, va mal. Durante la inundación, la placa de apoyo del diferencial del
Lancia se ha roto: además de dejar sus entrañas a la vista, ha apelmazado
con arena y barro el árbol de transmisión y, por supuesto, lo ha dejado seco
de lubricante. De alguna manera, Punch consigue sellarla y volver a fijarla.
Pero ¿qué vamos a usar como lubricante? Extraemos la sustancia viscosa de
un cactus. Dicen que las pieles de plátano sirven. Puede que esto también.
Mientras tanto, Oliphant ha desmontado el carburador y lo ha limpiado de
arena y cieno. Jenkins trabaja en los conductos del freno.
Al anochecer lo hemos solucionado todo excepto los neumáticos. Sólo
dos permanecen hinchados. Grainger propone un truco que empleaba con
los tractores en casa: llenarlos de arbustos. Funciona. El problema es que
entonces, al retirar la rueda delantera derecha, descubre que el eje está roto.
No tenemos repuestos. Ya está demasiado oscuro para seguir trabajando. De
repente, nuestros zorros salen de sus madrigueras y huyen al trote. Oí un
ruido sordo en la distancia.
Motores diésel.
El grupo de combate 288 regresa.
Cubrimos el Lancia con la red y nos desplegamos sobre el perímetro.
Los alemanes se aproximan en dos grupos, rebuscando en los wadis a
medida que avanzan. Está claro que nuestros perseguidores saben que sólo
hemos podido escapar en una dirección y no estamos demasiado lejos.
Vemos los destellos de sus linternas y faros cuando descubren el camión de
Collier, un kilómetro wadi arriba.
¿Se ha terminado? ¿Es el fin?
La oscuridad, aliada a un nuevo aguacero, nos salva. Los hombres se
agazapan miserablemente mientras oyen cómo monta su campamento el
enemigo. Lo despliega en paralelo al nuestro, a medio kilómetro, en el llano
seco y a salvo de la inundación.
No nos han visto.
Por el momento, estamos a salvo.
Pero el estado de Marks empeora a cada instante. La fiebre lo
atormenta. Cree que las voces del campamento alemán son los fantasmas de
nuestros camaradas caídos. Pronuncia sus nombres. Punch le tapa la boca
con la mano, pero Marks, enfurecido, gime más alto y se debate tratando de
librarse. Collier se le echa encima, le tapa la boca con la palma de una mano
y le propina con la otra un golpe seco, justo entre los ojos.
Marks boquea, parpadea y luego vuelve en sí. Cierra la boca. Collier lo
acuna tan delicadamente como si fuera un bebé.
—Mi viejo siempre usaba este truco conmigo.
La lluvia remite, reemplazada por un gélido ventarrón del norte.
Nuestros perseguidores han montado un confortable campamento. Vemos
las luces de sus fogatas, oímos sus carcajadas y olemos las patatas y
salchichas que fríen. He organizado a los hombres por parejas para que
calienten el cuerpo de Marks. Cuando nos llega el turno a Grainger y a mí,
nuestro compañero está tiritando convulsivamente. Los ojos de Grainger me
buscan.
¿Deberíamos rendirnos?
Puede que el enemigo tenga un médico o un enfermero. Como mínimo
tienen vehículos que podrían llevarlo a alguna parte para que lo ayuden. No
son monstruos. Lo harían.
¿Esto es la guerra?
La guerra es el choque de las formaciones de blindados, hombres y
máquinas. No esto. Sólo somos un grupo de hombres asustados y ateridos
que tratan de mantener con vida a un camarada.
—Marks… —digo.
—No lo hagas —responde.
Grainger y yo nos pegamos más a él.
—Y tú no te hagas el héroe, caray —dice Grainger.
Hay momentos para los que ningún entrenamiento, por intensivo que
sea, puede prepararte: la vida de un hombre frente a una cuestión de honor.
¿Quién soy yo, a mis veintidós años, para tomar una decisión como ésta,
para arriesgar todo lo que posee o jamás poseerá este individuo —su
esposa, sus hijos, las vidas y el futuro de éstos—, por un principio abstracto
cuyo valor no estoy más capacitado para evaluar que él mismo?
Hace dos días me faltó poco para sacar la pistola cuando Jenkins tuvo la
osadía de proponer que sacáramos la bandera blanca. Ahora me da igual. La
victoria o la derrota llegarán cuando y como tengan que llegar,
determinadas por fuerzas mucho más grandes que nuestro modesto grupito.
Lo que ahora importa es la vida de un buen hombre. Puedo salvarlo con un
simple grito en medio de la oscuridad. ¿Y si no lo hago? ¿Tendremos que
enterrar a Marks al alba, para que vaya a reunirse con Standage y Miller y
para que mañana lo sigan quién sabe cuántos de nosotros, puede que incluso
yo mismo, por hambre o sed?
Pero no puedo hacerlo.
—¿Puedes aguantar, Marksy?
Al amanecer, nuestros perseguidores levantan el campamento. Realizan
un registro poco sistemático del wadi, y al no encontrar nada forman
alrededor de su teniente para recibir las últimas órdenes antes de partir.
¿Debemos llamarlos? Los veo con toda claridad desde la ladera en la que
me escondo.
Dejo que se marchen.
Nuestros camaradas salen como zorros de sus madrigueras. Parecemos
muertos. Los ojos de Collier se encuentran con los míos. Hemos estado
pensando lo mismo: ¿somos idiotas?
El agua caliente y las galletas no consiguen devolvernos las fuerzas,
pero durante la noche a Grainger se le ha ocurrido una idea para que el
Lancia vuelva a funcionar.
—Sacamos el eje delantero y ponemos algo largo y sólido en su lugar.
Bastarán un par de troncos atados entre sí, como los frenos traseros de un
avión. Podemos ir marcha atrás. No será muy eficaz —añade—, pero al
menos podremos llevar a los heridos y el agua.
Improvisamos una especie de plataforma para poder transportar a Marks
y a Oliphant. Collier se mete como puede en el asiento del copiloto. Punch
conduce. La ventaja de contar sólo con el Lancia es que las probabilidades
de que nos localicen por el aire son menores. Colocamos dos hombres en la
parte delantera para buscar indicios de la presencia del grupo 288 y uno en
la trasera, vigilando el cielo. Avanzamos una hora y descansamos quince
minutos. Al cabo de tres de estos ciclos paramos un rato para comer un
poco y echar el último cigarrillo. Si llegamos a Bir Hemet lo haremos
pasado mañana a primera hora.
Hacia mitad de la tarde hemos cruzado los balats y entrado en una zona
rocosa sembrada de espectaculares formaciones de arenisca. En un
momento dado oímos el crujido que hacen nuestras ruedas al pulverizar un
depósito de conchas, reliquias de un lecho marino ancestral.
Empezamos a ver árabes, al principio grupos pequeños y luego grandes
comitivas, a pie y en camello. Están a varios kilómetros de distancia y no se
aproximan. La hondonada se ha convertido en una enorme llanura yerma
delimitada por colinas lejanas. Seguro que nos han visto, pero no hacen
ademán de acercarse. Cuando avanzamos en su dirección, se retiran.
¿Simple cautela o algo peor? Seguramente los alemanes habrán puesto
precio a nuestras cabezas, o al menos habrán amenazado a cualquiera que se
atreva a ayudarnos.
Pasamos todo el día afanados en un laborioso avance hacia las colinas.
Deben de ser las laderas del Gilí Atar, la meseta que debemos cruzar para
alcanzar el camino de Bir Hamet. Al llegar a una zona de terreno más firme,
enviamos el Lancia por delante a toda velocidad. Son sólo cinco o seis
kilómetros por hora, pero verlo avanzar nos alegra el espíritu. Las colinas se
van acercando poco a poco. Al atardecer, el Lancia las ha alcanzado.
Cuando llega el grupo casi deshecho de los que vamos a pie, tres horas
más tarde, Marks, Oliphant, Collier y Punch ya están cómodamente
instalados en una cueva, sobre las ruinas de una cisterna romana con agua
en abundancia. Llamo a todos los hombres. Puede que Bir Hamet esté a
sólo sesenta kilómetros. ¿Debemos dejar a los heridos aquí, con las armas y
los hombres más fatigados, mientras los dos o tres que se encuentran en
mejores condiciones salen esta misma noche en el Lancia hacia el punto de
reunión?
Estamos debatiéndolo cuando aparecen tres nativos en la llanura, a pie,
seguidos por un cortejo de cuatro camellos. Nos devuelven los saludos:
según parece se dirigen a nuestra cueva. Suben. Cuando Punch les pregunta
si tienen leche de cabra o huevos para vender, el más alto de ellos, un tipo
muy bien parecido, pregunta:
—Inglesi?
—¡Ingleses, sí, camarada! —exclama Punch, y luego empieza a citar los
nombres de todos los oficiales y jefes de patrulla que han podido cruzar
alguna vez estos desolados parajes. Wilder, Eaonsmith, Mayne y Tinker,
hasta llegar a Vladimir Peniakoff. Popski.
Al oír este nombre, las caras de los tres nativos se iluminan. Conocen a
Popski. Adoran a Popski. Hace dos noches, nos informan, tuvieron el honor
de compartir su pan con él.
LIBRO VI

El Paso de Wilder
28

Veinte días más tarde, me encuentro en posición de firmes, con unos


pantalones y una camisa de instrucción caqui que me han prestado, frente a
un coronel del estado mayor y dos mayores del cuartel general avanzado del
VIII Ejército. Estamos en un punto del golfo de Sirte llamado Marble Arch,
al que he llegado en avión desde el oasis de Jalo tras pasar por Zella. A
Tinker, Popski y Nick Wilder los han traído desde otros cuadrantes. Tinker
y yo ofrecemos verbalmente una primera relación de lo sucedido, antes de
que nos dejen enviar nuestros informes al LRDG. Luego nos llevan de
inmediato al hospital.
Tengo la tripa totalmente suelta desde hace dos semanas. En medio de
penurias mucho peores, me he limitado a soportarlo asumiendo que mi
organismo se recompondría en cuanto pudiera tomar unas cuantas verduras
frescas. En este momento un médico sudafricano me da su diagnóstico:
neumonía.
—Es usted todo un catálogo de dolencias, Chapman.
Me muestra mi historial: «Neumonía bacteriana (aguda). Contusiones
en las costillas y el esternón. Numerosas llagas ulceradas. Posible malaria.
Posibles parásitos intestinales».
Me dejan en un hacinado pabellón de tiendas, donde me atiborran de
penicilina. Mi temperatura sube a 40 grados. El enfermero no me lo dice,
pero lo leo más tarde en el historial. He perdido todo mi equipo en Jalo,
incluido el petate con mi diario y el manuscrito de Stein. ¿Dónde estoy?
¿Qué ha pasado?
Después de nuestro encuentro con los árabes de Popski en la cueva de la
cisterna, la patrulla T2 de Tinker nos ha llevado a Bat el Agar, un complejo
de cavernas situado al oeste de una línea de balats. Popski está allí. Nick
Wilder, según nos cuenta, ha conseguido despistar a nuestros amigos del
grupo de combate 288. Sus camiones están de camino al aeródromo 125,
una pista de emergencia situada en pleno desierto, al sur de Msus. Otra
patrulla del LRDG, mandada por el teniente Bernard Bruce, aparece aquella
tarde. Bruce es un tipo maravillosamente grosero, situado en algún punto de
la línea directa de sucesión al título de lord Elgin, lo que supone que,
conforme a los dictados del protocolo, debe rellenar sus informes como «el
honorable teniente», en lugar de como «el teniente». Se lleva a Marks en el
camión que transportará sus propios heridos al oasis déjalo, ahora en manos
británicas, desde donde una ambulancia aérea se llevará a los hombres al
hospital de Benghazi, otra plaza en la que ondea desde hace muy poco la
Union Jack.
—Además, gracias a vosotros —declara—, el desierto está lleno de
patrullas boches. —Pero podemos enviar nuestros informes. Propongo a
Collier, a Punch y a Grainger para una mención.
El grupo pasa diez días en unas cuevas, al resguardo de las lluvias y
esperando a que llegue un transporte. Nunca he estado tan enfermo. Los
árabes nos proveen —con generosidad, teniendo en cuenta su propio estado
de pobreza— de huevos, dátiles y una leche de cabra agria con tomillo
silvestre, pero mi organismo no es capaz de retener nada. Expulsa hasta el
último gramo que recibe, dejándome tan flaco como un tallo y ardiendo de
fiebre.
Collier me vela en medio de unas pesadillas atroces. Veo a Stein,
muerto sobre la plancha de arena, y también a mi madre en su camilla, veo
a los italianos que hemos masacrado. Esta última aparición es tan real
(incluidos la peste a cordita y el estrépito de las armas) que mi camarada
tiene que zarandearme durante varios segundos aun después de que me haya
despertado. También veo a nuestros muertos, Standage y Miller. No puedo
dejar de pedirles perdón. Ellos le restan importancia.
—No pasa nada, Chap —dicen.
Cada noche que se traslada nuestro campamento nos guían los árabes de
Popski. Mis tripas siguen sin darme descanso. Sólo podemos viajar de
noche, entre vientos glaciales que nos torturan como cuchillos por muchas
mantas y andrajos en los que nos envolvamos. Marchamos a pie o en
camiones durante lo que se antojan horas, y al terminar la jornada nos
encontramos en una húmeda gruta idéntica a la anterior, que apesta como
ella a excrementos de cabra y mierda de camello. Me duele hasta la última
célula del cuerpo. Nunca había sido tan agónicamente consciente de esta
envoltura física que es la carne. ¡Cómo ansío escapar de ella! ¿Cómo se
puede sentir tanto frío y tanto calor al mismo tiempo?
La décima noche aparecen tres camiones de la patrulla mandada por un
tal teniente Birdwood (que no viene con ellos, pues está en una misión de
reconocimiento al oeste) y se nos llevan. A Collier, a Punch y a mí nos
acomodan en la parte trasera del camión del mecánico. El sargento que lo
manda se llama Chapman, como yo. Nos dice que en Jalo hay una
enfermería de campaña al mando del capitán Lawson. Chapman resulta ser
un fanático de la BBC y nos pone al día con las últimas noticias. Parece ser
que el VIII Ejército ha tomado Derna y Bengasi. Los Hurricane de la RAF y
los Royal South Africans sobrevuelan en este mismo momento Benina, el
campo donde disparamos a los italianos hace sólo… ¿cuánto, veinte días?
Los Panzer de Rommel han evacuado Msus y Solluch y están saliendo de
Antelat y Agedabia. Toda Cirenaica está en manos británicas. Estamos a 10
de diciembre. ¡Se acerca la Navidad!
El propio Rommel, dice Chapman, se ha replegado hasta su antigua
posición defensiva de El Agheila, que luego (nos enteramos en Jalo) evacúa
el día 12. El grupo de combate 288 hace las veces de retaguardia; nuestros
viejos amigos están volando puentes y minando wadis mientras el
Panzerarmee Afrika retrocede en dirección a Trípoli.
Todo esto está muy borroso para mí. El frente se ha desplazado con tal
velocidad hacia el oeste que probablemente la próxima acción no sea otra
contraofensiva de Rommel sino una prolongación del asalto aliado, bien
contra las posiciones fortificadas del Eje en Wadi Zem Zem, al este de
Trípoli, o bien contra la barrera natural y fortificada de la línea Mareth, al
oeste, a lo largo de la frontera tunecina. Ésta es la antigua cadena de
fortificaciones francesas de las que nos hablaron Don Munro y los
corresponsales cuando nos encontramos con ellos en Derna.
Estoy demasiado enfermo para visualizar el mapa de Ja campaña. Lo
único que sé, mientras el sargento Chapman nos lleva a Jalo, es que tengo
que evacuar cada cuarto de hora. El camión para una vez de cada dos.
Tengo un caldero de cuarto de litro como orinal, y parte de un periódico
árabe mojado. Los aguaceros continúan. Collier, Punch y yo no tenemos
nada más para guarecernos que unas lonas sueltas que nos echamos sobre
los hombros. Punch está aún más enfermo que yo. Cada vez que va a
aliviarse yo no tardo en seguirlo, y viceversa. ¡Cómo detestamos este
desierto!
En medio de todo esto, Collier es como una roca en el océano. A pesar
de su propio estado de salud, cuida de nosotros. Lo llamamos Sherlock por
la estoica impasibilidad con la que enciende a contraviento su pipa de
arcilla negra.
¿Qué sé sobre Collier? Allí en Nueva Zelanda, si la suerte quiere que
vuelva sano y salvo, no podrías distinguirlo de otros veinte tipos idénticos,
sentados en el banco de cualquier iglesia anglicana o revisando el motor de
su Norton en una salida de fin de semana. Pero es un héroe. Un baluarte del
Imperio. Puede que, por el escalafón, esta patrulla sea mía, pero él es su
espina dorsal y el corazón que la impulsa. Me respeta. Para él soy «señor»,
«jefe» o «teniente». No me llama «Chap», a pesar de que se lo he pedido
más de una vez y no me ofendería si lo hiciera. Si, cuando todo esto acabe,
nos vemos para tomar una pinta, seguirá llamándome «jefe» y se marchará
con los mismos andares desmañados y la misma actitud de cierto
azoramiento.
En la vida real, yo nunca me relacionaría con un hombre como éste, ni
social ni profesionalmente. Pero aquí somos más que hermanos. Considero
el hecho de poder servir a su lado uno de los grandes honores de mi vida.
No se podría pedir un compañero mejor.
En Jalo, nuestro grupo se separa. Collier, Punch, Grainger, Oliphant y
Jenkins se quedarán allí con Doc Lawson; a mí van a llevarme a Zella en un
Valentia y luego, en un bombardero Bombay, a Marble Arch, el nuevo
cuartel general del VIII Ejército. Una vez allí, la emoción y la novedad me
permiten superar un interrogatorio de dos horas del que después no
recordaré nada y terminado el cual me desplomo sobre un banco, ya fuera
de la tienda; tienen que llevarme al hospital en camilla.
Paso un día y una noche en un pabellón formado por cuatro tiendas
unidas, parte del hospital de campaña que ocupa varias hectáreas de
desierto a lo largo de la Via Balbia. En teoría, el pabellón es sólo para los
oficiales británicos y de la Commonwealth, pero el número de bajas, tanto
del Eje como aliadas, es tan grande que ya no se hacen distinciones. Las
camillas de los mutilados y los agonizantes de los dos bandos se dejan bajo
los aleros de las tiendas o se aparcan de tres en tres y de cuatro en cuatro en
las ambulancias y los camiones que los han traído. En el interior de las
tiendas, el espacio es tan escaso que los camastros se agrupan de cuatro en
cuatro, con espacios a modo de pasillos en la periferia. Durante las primeras
veinticuatro horas, tres oficiales del Afrika Korps ocupan consecutivamente
la cama contigua. Los dos primeros son tenientes, ambos llamados Schmidt.
Lo sé por las tarjetas blancas de siete por doce centímetros (las aliadas son
azules) que los ordenanzas prenden con alfileres de sus mantas. Puede ser
que simplemente los bauticen así (del mismo modo que ellos nos llaman a
todos nosotros Tommy Atkins) y les otorguen el título honorífico de
Leutnant para abreviar el papeleo cuando haya que trasladarlos. En
cualquier caso, ninguno de ellos es capaz de hablar. Su estado es demasiado
grave.
El tercer oficial se llama Ehrlich, palabra que significa «honorable».
Conversamos en inglés y en alemán. Es maestro e instructor de esquí en un
pueblo de los Alpes bávaros, Garmisch-Partenkirchen. Me explica la
diferencia entre un Oberleutnant, el equivalente a un capitán británico, y un
Oberstleutnant, un teniente coronel. Olvido cuál de los dos rangos es el
suyo. Manda una batería, como Stein. La ametralladora del 303 de un
Hurricane le ha destrozado la pelvis.
—Tengo las tripas hechas papilla —me dice. Me entrega su cartera y su
cartilla de pago y me pide con un susurro que se las lleve a su mujer cuando
acabe la guerra. El desayuno viene acompañado de paquetes de cigarrillos
Capstans (de cuatro unidades) y cajas de goma de mascar Beechies. Ehrlich
me da las suyas.
—Habré muerto antes del almuerzo.
Mientras él dormita un rato, entra un enfermero para decirme que un
oficial de los Highlanders de Cameron ha estado buscándome. Un minuto
después se levanta la lona de la entrada y entra Jock. Me pregunta lo que
tengo. Le digo que neumonía.
Sonríe.
—No está mal.
29

Soy padre. Rose ha dado a luz. Una niña. Jock aún no sabe cómo se llama.
Intenta que me suban a un camión, pero no quiero dejar a Ehrlich.
—Tienes un billete de salida —me dice—. Puedo llevarte a El Cairo, e
incluso a Haifa. No irás a hacerte el héroe, ¿verdad?
Tiene un aspecto pulcro y saludable. Me cuenta que está en el cuartel
general de la división. Acerca una lata de gasolina y se sienta sobre ella.
Aparte de lo que me ha contado, lo único que sabe es que Rose está bien, lo
mismo que la niña. Le ha llegado la noticia por uno de esos telegramas que
pueden incluir un máximo de quince palabras. Brindamos por la recién
llegada.
—Tienes un aspecto magnífico, Jock.
Sólo puede quedarse un minuto, me dice. Ha venido a buscar a un
oficial herido de su regimiento. Mientras buscaba su nombre se ha
tropezado con el mío por casualidad. Me dice que puede tirar de los hilos
para sacarme de aquí, hasta puede que en un buque hospital.
—La neumonía te garantiza un mínimo de dos semanas en la casa de
reposo de lady Lampson en el Nilo y un mes más de permiso para
recuperarte. Para Rose, verte supondría un mundo.
Le pregunto qué le depara el futuro al VIII Ejército.
Me confirma que la línea Mareth. Estamos a mediados de diciembre;
hacia febrero, Rommel habrá consolidado sus posiciones alrededor de las
plazas tunecinas de Gabès y Sfax. La línea Mareth las protege.
—Si estoy recuperado —le digo—, volveré a mi regimiento blindado,
donde pasaré a ser una pieza más en el inevitable asalto.
Dice que si puede me encontrará un puesto en el cuartel general, si no,
en algún destino donde no corra peligro.
Me lo ofrece con la mejor intención del mundo. Aprecio su amistad. El
cielo sabe que se ha ganado la Cruz Militar que luce en la solapa luchando a
la bayoneta para escapar de Tobruk. Pero cuanto más habla de sacarme de
allí, más me convenzo de que debo quedarme.
Ehrlich nos está escuchando. Lo entiende. Luego, cuando Jock se ha
marchado, hablamos.
Si cojo el billete de salida que me ofrece Jock, no volveré a ver a mis
camaradas del LRDG. Volveré a los Tanques Reales. Quedarse es una
chifladura, ¿no? Le cuento lo de los italianos en Benina. No dice nada, lo
que me induce a pensar que ha vivido cosas parecidas.
—Le darán una medalla por esto —me dice. Le cuento lo de Standage y
Miller. Eso también lo entiende.
Llega un enfermero para limpiarle la herida y cambiarlo de ropa. Según
parece, hay vendas de sobra, pero no morfina, ni para él ni para nadie.
Ehrlich no articula un solo sonido mientras el enfermero hace su trabajo.
Luego permanece inmóvil largo rato, hasta el punto de que llego a creer que
ha dejado de respirar.
—Chapman…
—¿Sí? —Me vuelvo hacia él al instante.
—¿Me permite una observación sobre sus compatriotas?
Tengo grandes deseos de oír lo que quiere decirme, porque sospecho
que tiene que ver con el dilema al que me enfrento. Pero le digo que no
soporto ver el dolor que le causa el esfuerzo de hablar. Sonríe y se apoya
sobre el codo para mirarme a los ojos.
—Ustedes, los ingleses, son reacios a abrazar las virtudes del guerrero.
Es un acto que los avergüenza. Prefieren verse como civiles que responden
a su pesar a la llamada de las armas, como… ¿cuál es la palabra que
utilizan…? aficionados. —Se ríe entre dientes al decirlo, lo que le provoca
un penetrante lanzazo de agonía en las tripas. Pasan largos instantes antes
de que recobre la respiración.
—Pero son ustedes guerreros. Lo son, Chapman. Créame, yo me he
enfrentado a ustedes en el campo de batalla.
Le digo que no lo entiendo.
—No tenga miedo —continúa— de tomar la decisión de un guerrero…
por las razones de un guerrero.
Se duerme. Yo también. Cuando despierto, ya de noche, hay otro oficial
herido en su cama. A lo largo de la noche, otros dos, un rhodesiano y un
australiano, pasan por el camastro para morir. Tengo que salir de aquí.
Decido hacerlo andando, simplemente. Buscaré el cuartel general del
LRDG y me reincorporaré al servicio. Que el ejército me declare desertor.
Me da igual. Mi único temor es que cuando el sistema no pueda
encontrarme, le notifique a Rose que estoy muerto o desaparecido. ¿Cómo
impedirlo? Busco al mayor sudafricano que me ingresó. Lo encuentro fuera
de la tienda, con otros dos médicos; están fumándose un pitillo entre
operación y operación. Entiende mi situación antes de que diga dos frases.
—Adelante —responde—. Necesito la cama.
Me dice dónde puedo encontrar una hoja para mandar un telegrama
imperial; las quince palabras se le enviarán a quien yo diga. El hospital, me
confía, lleva cuarenta y ocho horas de retraso con el papeleo; es la ventaja
que me dará.
—Viaje de enfermería de campaña a enfermería de campaña. De ese
modo, si le fallan las fuerzas, no acabará muerto en una cuneta.
Le envío lo siguiente a Rose: «Vi a Jock en hospital. Estoy sano y salvo.
Os quiero a las dos».
Cuando salgo, el mayor sudafricano se me acerca. Me pone un bote de
pastillas en la mano.
—Usted tenía neumonía, ¿verdad? —Me palpa el vientre y las costillas
alrededor de la zona del hígado—. Pues también tiene ictericia.
En el recinto de entrada hay centenares de botas, cinturones, cascos y
gabanes amontonados, propiedad, según parece, de hombres que ya no van
a necesitarlos. Cojo un par de botas altas y un gabán militar nuevo. Dos
horas después estoy en un camión de tres toneladas de camino al frente.
30

Antes de partir, voy a buscar a Nick Wilder. No está. Tampoco puedo


encontrar a Tinker ni a Popski. Alguien me cuenta que la base de avanzada
del LRDG se ha trasladado al oasis de Zella, donde cogí el avión que me
trajo, doscientos cincuenta kilómetros al suroeste de El Agheila. Voy hasta
Wadi Matratin en un Bedford de cinco toneladas cargado de cerezas en lata
y jamones de Navidad.
Todos los vehículos se dirigen al este. La Vía Balbia de Mussolini está a
rebosar de camiones y cañones. En Matratin me encuentro con un
compañero del club de remo de los tiempos de Oxford, un tipo llamado
Jaffers que ahora es capitán del RASC; me saca de la lluvia para subirme a
la cabina de un camión de tres toneladas. Bebo solución astringente como
un bebé de la teta. No me sirve de nada. Tengo que evacuar cada veinte
minutos. La mitad de los soldados del camión está en el mismo estado. Un
enfermero nos instruye:
—No dejen de beber. La deshidratación es lo que los mata.
Nos entrega pastillas de sal para que nuestro organismo no se
cortocircuite por falta de electrolitos. Cada vez que paramos, cogemos una
pala y nos vamos a dar un paseíto. Vemos las mismas caras, por decirlo así,
una y otra vez.
Por muy caótica que fuera la retirada hacia El Cairo el año pasado, este
avance es aún peor. Miles de hombres se han visto separados de sus
unidades. Lo único que los conductores saben con total certeza es que sólo
hay una carretera. El tráfico va en la misma dirección y nadie va a someter
a un consejo de guerra a un hombre que se dirige al frente.
A medianoche ya estoy preguntándome si habré cometido un grave
error al abandonar el hospital. Llegan las dos de la mañana. Me aferro al
asiento del copiloto de un camión cisterna aparcado a un lado, bajo la
helada lluvia que entra por la ventanilla. Me hago un ovillo como un gato
enfermo. Detrás, bajo la lona del camión, hay dos pelotones de infantería
sudafricana, cuyos miembros se sientan miserablemente en los dos bancos
paralelos, con el rifle entre las rodillas y el casco metálico apoyado sobre el
antebrazo. Se agarran al cañón de sus Enfield como borrachos a una farola.
Una imagen que tiene cierto parecido con ésta se instala en mi mente y
se niega a marcharse: una imagen oscura de los soldados italianos a los que
acribillamos en Benina. No dejo de verlos. Nunca me he sentido menos
militar. La insignia de mi hombro, el uniforme que llevo… Por debajo sigo
siendo yo. No puedo excusar mis acciones de aquella noche apelando a
conceptos tales como «la guerra» o «el enemigo». Y, sin embargo, es cierto
que estamos en guerra.
Me doy cuenta de que estoy sufriendo una crisis moral. Al mismo
tiempo, en mi estado febril, me da la impresión de que es otro el que está
viviendo la experiencia. Pugno por dejar la mente en blanco, pero el interior
de mis párpados se empeña en iluminarse como la pantalla de un cine en la
que se reproduce la misma escena una y otra vez. Mi crisis está
desarrollándose de manera invertida. El ejército está tratando de enviarme a
la retaguardia, donde podría estar con mi esposa y mi hija, una unión que
deseo más que ninguna otra cosa del mundo, y sin embargo aquí estoy,
volando hacia el frente en contra de lo que aconsejaría el sentido común y
de las expectativas de mis camaradas. ¿Por qué? Porque me siento culpable
por haber matado al enemigo, que es exactamente lo que se supone que
debo hacer y lo que he accedido a hacer. Cuando llegue al frente, ¿cómo
espero redimirme? Matando más enemigos o llevando a cabo acciones que
provocarán, de manera directa o indirecta, la muerte del máximo número de
enemigos posible, como si ahondando en el crimen pudiera recibir la
absolución de mis crímenes pasados, que en realidad no son crímenes, sino
actos por los que mi país me honrará y que en los años venideros me
inspirarán una satisfacción secreta (y puede que no tan secreta). ¿Me he
vuelto loco? Por un lado, no puedo ni quiero creer que lo que ordené hacer
e hice yo mismo en Benina estuvo «bien». No lo está ni lo estará nunca. No
puedo borrarlo como si no hubiera ocurrido y seguir como si tal cosa. Pero
al mismo tiempo debo seguir adelante: por mis camaradas, por Inglaterra,
por Rose y por nuestra niña. La alternativa es impensable. Esto me permite
entender la naturaleza perversa de la guerra y la verdadera tragedia del
conflicto armado. El enemigo contra el que luchamos está formado por
seres humanos como nosotros, individuos de los que podríamos haber sido
amigos de no ser por las delirantes ficciones de la nación, la doctrina, la
raza y la religión y a los que ahora debemos tratar de asesinar (lo mismo
que ellos a nosotros) en nombre de estas mismas ficciones. Y sin embargo,
a pesar de saber y de entender todo esto, tanto ellos como nosotros
debemos, de un modo ineluctable y perverso, llevar este horror hasta su
sanguinaria conclusión.
He dejado de escribir mi diario. Lo único que puedo hacer es poner una
marca cada día que pasa. A la tercera marca —un mediodía brillante y
ventoso— llego tambaleándome a una enfermería de campaña avanzada y,
sin más, me siento entre los heridos. No hay tiendas, ni camas, ni refugios.
Las tropas alemanas, británicas e imperiales yacen codo con codo sobre una
amplia llanura del tamaño de medio campo de fútbol. Alguien me pone una
inyección. Ignoro qué contiene, pero me hace sentir mejor. Despierto al
socaire de una lona contra el viento donde dos hindúes vendados están
cocinando chapatis sobre un infiernillo plano hecho con una lata de
gasolina. Un enfermero está apuntando mi nombre, que ha encontrado en
mi cartilla de pago AB64. Los rayos del sol invernal caen oblicuamente. El
desierto está sembrado de carros de combate, camiones y cañones averiados
hasta donde alcanza la vista.
—¿Qué ha pasado aquí?
—Los boches han vendido muy caro hasta el último wadi.
La carretera continúa hacia el oeste a lo largo de la costa. Veo un puente
volado. Unas cintas delimitan el camino que atraviesa un campo de minas.
Una columna de camiones cisterna asciende lentamente por una rampa de
arena recién levantada en el lugar donde antes se levantaba el puente, y
luego continúa por la carretera. A treinta metros de mí, en el desierto, yace
un cañón anticarro Pak 38 con un 288 estarcido sobre el escudo. El arma
descansa de costado en medio de un verdadero basurero, con la recámara
hecha pedazos y seis anillos blancos pintados alrededor de la boca del
cañón. Cada anillo representa un tanque o camión aliado destruido.
—¿Dónde estamos?
—En Nofilia.
—¿Sólo? —He tardado tres días en atravesar sesenta y cinco
kilómetros.
El enfermero me mira a los ojos. Me administra otra dosis.
Cuando vuelvo a despertar, el sargento Kehoe está arrodillado a mi lado.
Es el suboficial jefe de Nick Wilder.
—Se supone que está usted muerto —me dice.
Me alegro de verlo.
—¿Dónde están todos?
31

Zella es la nueva base adelantada del LRDG. Es un triste oasis situado


trescientos kilómetros al interior. Voy en el jeep del sargento Kehoe. No lo
han enviado a Nofilia a por mí, sino a buscar a Jake Eaonsmith, quien se
supone que debía llegar en un avión desde El Cairo en misión para los
americanos (que han desembarcado en Argelia al mando de Eisenhower y
Patton), pero ha volado directamente a Marada y ha hecho el resto del
camino en camión.
El campamento de Zella está formado por tres grandes carpas y una
Nissen a medio instalar que hace las veces de taller, con un aparcamiento
delimitado por trincheras y protegido del sol mediante un entoldado
coronado por palmeras enanas. Hay un pozo de agua y un estanque de tres
metros por tres para bañarse al que llamamos Pequeña Cleopatra. Los
camiones, en diversos estados de reparación, asoman el morro por debajo
de las redes de camuflaje, hinchadas por un fuerte y arenoso ventarrón.
Llegamos a la hora del almuerzo. Hay dos postes de antena de tres metros
de altura, pero en lugar de caseta para la radio sólo tienen un par de
camiones aparcados debajo de una lona, con unas mesas sobre la arena y
unos tableros de mapas pegados con cinta adhesiva a los flancos, ocultos
bajo más redes de camuflaje. Junto a ellos hay un generador Cummins que
se estremece como una lancha torpedera. Veo el biplano Waco del coronel
Prendergast, con las alas plegadas para protegerlas del viento.
—Venga —dice Kehoe—. Vamos a llenar el estómago.
El comedor es una solitaria mesa bajo el ala de una de las carpas, detrás
de una lona zarandeada por el viento. El almuerzo está formado por
sándwiches envueltos en papel de cera, sujetos con piedras para que no se
los lleve el viento. Cada sandwich contiene, como dice el dicho, «más arena
que chicha». Me da igual. He vuelto a la vida. Jake está allí, con el hombro
vendado, dirigiendo la fiesta.
—Chapman —dice—. ¿Sabes que tengo órdenes de ponerte bajo
arresto?
Pero me estrecha la mano con una cálida emotividad, que le devuelvo.
—¿Se encuentra usted bien, señor?
—Nunca he estado mejor.
La última vez que nos vimos tenía una clavícula rota. Fue en Bir el
Ensor, el Pulgar Inflamado, después de la incursión.
Pregunto por Collier, Punch, Grainger y Oliphant.
—¿Tiene algún trabajo para mí, señor?
Me envía a la tienda médica. Me dan un camastro en el tercero de tres
barracones, junto al teniente Ken Lazarus, al que no conozco y que en este
momento está fuera, de patrulla. Duermo durante tres días. Todo este
tiempo, el trasiego de camiones no cesa un solo momento. Se organizan y
se envían patrullas mientras otras regresan renqueantes. Estoy al cuidado de
un cabo llamado Hartley. Es muy amigo de uno de los operadores de radio.
Todas las señales están clasificadas como alto secreto, pero en una unidad
tan pequeña, todo el mundo acaba por saberlo todo. Hartley me cuenta que
mi antigua unidad está decidida a recuperarme ahora que mi comisión de
servicio en el LRDG ha terminado. Hay gran demanda de oficiales
tanquistas para la próxima ofensiva de Monty. Al mismo tiempo, me
informa, el 30.° Cuerpo ha enviado un mensaje a Jake anunciándole la
llegada a Zella de dos tenientes de los RAC que acompañarán a las patrullas
con el objetivo de evaluar el terreno entre Trípoli y aquí. ¡En otras palabras,
mi trabajo original! Cuando estoy lo bastante recuperado como para
levantarme, se lo expongo a Jake.
—Jake, ¿cómo puede el 30.° Cuerpo exigir mi regreso y enviar a dos
oficiales tanquistas con la misma misión que yo desempeñaba?
—¿Cómo sabes lo que quiere el 30.° Cuerpo?
Cierro el pico.
—¡Por las pelotas del infierno, ¿es que en este sitio es imposible
mantener un secreto?!
Al día siguiente, Collier, Punch y Oliphant llegan desde Jalo.
Celebramos una reunión. Cuando se enteran de que me van a devolver a la
división blindada, piden hablar con Jake. Se lo prohíbo.
Entonces, el día de Navidad (el séptimo que paso en Zella) se cuelga
una hoja de operaciones actualizada en el tablón de la oficina de la
compañía. Por debajo de «Wilder T1» y «Tinker T2» leo: «Chapman T3».
Voy a buscar a Jake para darle las gracias, pero se ha marchado a
Argelia en un vuelo que salió al amanecer. Bill Kennedy Shaw, ahora al
mando de la unidad, me muestra el mensaje que Jake ha enviado al 30.°
Cuerpo referente a mi estado: «Operación aún en curso. El oficial será
devuelto inmediatamente a su finalización».
El cuartel general de avanzada del LRDG se traslada de Zella a Hon,
otro grupo de oasis. Vamos con él. Se están enviando patrullas desde los dos
sitios. La primera oleada deberá reconocer los caminos al oeste de Sirte,
Wadi Zem Zem y Misurata, y luego rodear Trípoli por la izquierda. La
segunda se adentrará más en la propia Túnez, buscando un modo de rodear
Gabès y la línea Mareth.
Lo que sigue, una copia de la hoja de operaciones, está entre mis notas
del 26 de diciembre de 1942. No recuerdo por qué me lo llevé conmigo,
aunque supongo que fue porque intuí algo histórico en lontananza. Son las
patrullas, con los nombres de sus respectivos oficiales:

Wilder TI
Tinker T2
Chapman T3
McLauchlan R1
Talbot R2
Lazaras SI
Henry S2
Spicer Y1
Hunter Y2
Bruce G
Birdwood India 1
Rand India 2
Nangle India 3

Me dan tres camiones y seis hombres nuevos, todos ellos infantería de


élite del 6.° Batallón de Granaderos de la Guardia, recién llegados de un
curso de instrucción impartido por nuestros antiguos maestros Willets y
Enders. El resto lo forma nuestra propia patrulla: Collier, Punch, Grainger y
Jenkins, pero no Oliphant, que ha sufrido una infección ocular y ha tenido
que ser evacuado a El Cairo.
Hon, adonde nos trasladamos el 26 de diciembre, es el cuartel general
más lujoso que he conocido hasta la fecha: una colonia de oasis en
miniatura que ha servido de base de operaciones para la Compañía
Motorizada del Sáhara, equivalente italiano del LRDG. Cuenta con
barracones, hospital, aeródromo, e incluso cancha de tenis. ¿Dónde están
todos?
Popski, que, según me cuentan, acaba de llegar a Zella, está
preparándose para unirse a la patrulla S1 al mando del teniente Lazaras (mi
compañero de enfermería) en una misión de reconocimiento del Jebel
Nefusa, al sur de Trípoli. El teniente Hunter y la Y2 también están allí,
preparándose para salir después de Año Nuevo hacia la misma región. Nick
Wilder partirá desde Zella, pero en dirección a Túnez. Su T1 será la primera
patrulla que explore la línea Mareth. Tinker, con la T2, está aún
reconociendo las carreteras al este de Trípoli.
El VIII Ejército ha acampado para pasar la Navidad al oeste de Nofilia.
Monty anda corto de combustible; sus ingenieros están reparando el puerto
de Bengasi y construyendo aeródromos lo más de prisa posible. Rommel,
según nos han dicho, con la 21.ª División Panzer y la 90.ª División Ligera,
está levantando posiciones defensivas alrededor de Beurat y Wadi Zem
Zem. La 15.ª División Panzer permanece en vanguardia.
Queridísima Rose:
Es posible que ésta sea la última carta que pueda enviarte
durante algún tiempo, aunque, como es natural, seguiré
escribiéndote todos los días y guardaré las cartas para cuando
cambie la situación. ¡Olvidé decirte que aún tengo el manuscrito de
Stein! Me lo dejé en Jalo y creí que lo había perdido para siempre.
Sin embargo, en Navidad lo recuperé gracias al sargento Collier,
quien lo encontró junto con otras cosas mías.

Los hombres reciben la llegada de 1943 con una fiesta que dura toda la
noche. Desde mi brote de ictericia no puedo beber una sola gota de alcohol.
No me importa. El tiempo nos ha dado un respiro, lo mismo que a mí la
fiebre. Estoy bien, salvo por las llagas de los brazos y las piernas, y el
estómago, que sigue un poco revuelto. Pero doy gracias por sufrir sólo esas
pequeñas molestias. Los días son ahora de mucho viento, y las noches,
atrozmente frías.
Mientras parten las patrullas y los hombres que se quedan siguen
trabajando en los preparativos, todo el mundo se mete en los asuntos de los
demás. Los oficiales interrogan a los otros oficiales sobre los últimos
rumores; los subordinados interrogan a los de su propia graduación. Todos
queremos saber qué se prepara y si va a ser muy duro.
La primera pista nos la proporciona Tinker, cuya patrulla llega desde
Geddahiah pocos días después de Navidad. La T2, atacada por aire y por
tierra por un grupo de coches blindados, ha perdido seis hombres y dos
camiones. Casi el mismo día y casi en el mismo punto, la patrulla del
capitán Tony Browne se ha adentrado en un campo de minas del que sale
con un oficial muerto y Browne gravemente herido. Lo reemplaza el
teniente Paddy MacLauchlan, quien, pocos días después, cae en una
emboscada tendida por coches blindados alemanes cerca de Wadi Tamet;
MacLauchlan pierde un camión y cuatro hombres, capturados por el
enemigo. Pocos días después, la Y2 de Hunter, atacada por una escuadrilla
de ME-110, tendrá que regresar antes de haber alcanzado su zona de
operaciones.
—Las cosas están poniéndose al rojo vivo —dice Kennedy Shaw, quien
extrae la observación del informe del propio Tinker, en el que éste afirmaba
haber visto el número 288 en los dos vehículos de ocho ruedas que lo
seguían.
Nunca he visto un comedor de oficiales más competitivo que el del
Long Range Desert Group. Por un lado, los jefes de patrulla arriesgan la
vida para ayudar a sus camaradas oficiales, pero al mismo tiempo no
pueden soportar que otro los supere. Todos los oficiales creen que su
patrulla es la mejor y él mismo es el hombre idóneo para el puesto.
Mi viejo compañero de tienda, Tinker, es el más competitivo de todos.
La salida anticipada de Nick Wilder hacia la línea Mareth lo ha puesto muy
nervioso. Apenas acaba de volver al cuartel cuando empieza a trabajar para
salir de nuevo. Su deseo se cumple el 16 de enero, cuando su patrulla y la
T2 parten de Hon como escolta para dos camiones de tres toneladas que
llevarán combustible y un grupo formado por artificieros y árabes de Popski
(pero no al propio Popski, que está ya con el grueso de sus hombres en
algún lugar de las proximidades de Wadi Zem Zem). Una vez recibidos
estos refuerzos, Popski se reunirá con Tinker en una posición que a éste se
le notificará por radio. A continuación, las unidades de Tinker y Popski
avanzarán conjuntamente hacia la línea Mareth.
En cuanto a mi patrulla, estamos preparados para partir el 3 de enero,
con la adición de un nuevo jeep Willys y el soldado Holden, el conductor
original de Collier. Pero las órdenes no dejan de cambiar a lo largo de los
quince días siguientes. Estoy agradecido por la demora; cada hora adicional
me permite recuperar peso y fuerzas.
En este momento, la misión de la línea Mareth lo es todo para mí. Paso
varias horas al día consultando los mapas franceses e italianos que, aunque
casi inútiles, son la única información topográfica sobre Túnez de que
disponemos, y hablando con los demás jefes de patrulla y suboficiales que
están preparando sus propias misiones. Kennedy Shaw y sus dos cabos
veteranos estudian febrilmente sus propios mapas, basados en las señales
que a diario recibimos de las pocas patrullas —principalmente las de Nick
Wilder y David Stirling, de los SAS— que están reconociendo el área ahora
mismo.
En resumen, la siguiente oleada de patrullas estará operando seiscientos
cincuenta kilómetros tras la línea actual del frente, al este de Trípoli.
Cruzaremos Tripolitania entera de este a oeste y penetraremos en Túnez al
sur del Jebel Nefusa, la gran media luna de colinas cuyas estribaciones
septentrionales se estrechan en un punto próximo al mar, al sur de Gébes,
un lugar de las colinas de Matmata llamado Ksour de Mons.
Nuestra misión es encontrar un camino para cruzar esas colinas.
Al este de ellas se encuentra la llanura costera, interrumpida al sur de
Gébes por el cuello de botella de la línea Mareth. Al oeste de las colinas se
extiende una segunda planicie, desierta y desguarnecida según los mapas
franceses, que nos permitiría rodear la línea defensiva entera.
Esta segunda planicie es la que quiere conocer Monty.
Quiere saber si un millar de carros de combate y cañones podrían llegar
hasta allí. ¿Hay rutas que atraviesen las colinas? ¿Ha fortificado Rommel
los pasos? ¿Cómo es de practicable el terreno al otro lado? ¿Están los
alemanes allí y, en caso afirmativo, en qué número?
Kennedy Shaw ha troceado esta tarta en porciones tan grandes como la
mitad de Irlanda. Cada una de nuestras patrullas cogerá una de ellas y
procederá a explorarla exhaustivamente para elaborar un mapa del territorio
asignado.
—Ya está —dice—. Es la gran fiesta.
32

Mi patrulla parte de Hon el 16 de enero de 1943.


Avanzamos rápidamente hasta el pozo de Socna (donde nuestros tres
camiones y nuestro jeep, acompañados por el camión de combustible de
tres toneladas, repostan agua conforme a las instrucciones recibidas) y más
rápidamente aún a lo largo del camino italiano que conduce al escarpe de
Sciueref, que evitamos al recibir información por radio sobre actividad
motorizada alemana en las inmediaciones. Desde allí, por la carretera de
Mizda —una buena carretera, con un firme de roca pulverizada que permite
avanzar a buen ritmo— seguimos hasta Oswald, un depósito de gasolina
establecido por patrullas anteriores. Contamos con coordenadas exactas,
pero al llegar a ellas somos incapaces de encontrar el condenado lugar.
Estoy furioso y me acuerdo de la debacle con el diésel en el Mar de Arena,
pero As-quith, nuestro nuevo navegante, sospecha que puede tratarse de una
mera errata en la transcripción de los números, y tiene razón: el depósito
aparece a cinco kilómetros de su supuesto emplazamiento. Nos
reabastecemos a mediodía y, dejando allí nuestras latas vacías, continuamos
hasta la última hora de luz que nos ofrece el invierno. Tenemos órdenes de
dirigirnos a un punto de encuentro situado a 29 grados 30 minutos de
latitud, cerca de la carretera Mizda-Brach. No las tengo todas conmigo con
respecto a Asquith, pero la verdad es que nos lleva hasta allí con exactitud
milimétrica.
El lugar es un complejo de wadis situado bajo un abrupto escarpe de
disposición norte-sur. La T2 de Tinker ya se encuentra allí. Al amanecer
han llegado otras tres patrullas: la R2 del sargento Wadford (cuyos dos
oficiales, los tenientes Talbot y Kinsman, han sido capturados por el
enemigo en Sciueref cuatro días antes), la Y1 del teniente Spicer y la Y2 del
capitán Hunter. Parece una convención de camiones Chevrolet. Popski está
de camino, nos indican por radio, seguido por la S1 de Lazarus, que acaba
de tener un encontronazo con una patrulla del Eje al norte de Wadi Zem
Zem, a unos ochenta kilómetros de nuestra posición actual, y ha tenido que
dar la vuelta dejando dos hombres en manos del enemigo, tres en paradero
desconocido y cinco camiones destruidos. A la mañana siguiente, el 20 de
enero, llega el coronel Prendergast en su Waco con instrucciones para todos.
Prendergast es el oficial al mando del LRDG. El VIII Ejército, nos
informa, va a atacar Beurat esta misma mañana, con la idea de estar en
Trípoli dentro de pocos días. Monty necesita desesperadamente datos sobre
la línea Mareth.
Entonces suelta el bombazo: Nick Wilder, nos dice, ha encontrado un
paso a través de las colinas de Matmata.
Estoy junto a Tinker cuando lo dice. Nunca he visto a unas mejillas
perder el color a tal velocidad. Al unísono, los demás jefes de patrulla
prorrumpen en gritos de «¡Bravo!» o «¡Brillante!». Tinker está desolado.
Cuando Prendergast cita las coordenadas del descubrimiento de Nick y nos
ordena inscribir la posición en los mapas como «Paso de Wilder», la moral
de Tinker alcanza un nuevo mínimo.
Popski se echa a reír.
—Alegra esa cara, bastardo. ¡Estamos todos del mismo lado!
Nada puede consolar a Tinker. Me doy cuenta de que lo que más le irrita
es el hecho de que el nombre del Paso de Wilder va a estar en los mapas del
norte de África para siempre. Comento en voz alta que no es demasiado
deportivo lamentar los éxitos de un camarada, sobre todo cuando se han
obtenido con todo merecimiento.
—Al diablo con la deportividad —replica Tinker.
Popski sonríe.
—La guerra es un infierno.
Le pregunta a Tinker su edad.
—Veintinueve.
—¿Y tú, Chapman?
—Veintidós.
Popski se rasca su cabeza cincuentona y se ríe con más ganas aún. El
ánimo de Tinker remonta el vuelo con la siguiente noticia de Prendergast:
parece que la patrulla de Nick Wilder ha conseguido penetrar sólo una corta
distancia en las colinas de Matmata antes de que unos problemas mecánicos
los hayan obligado a dar la vuelta.
—Nick nos ha indicado el camino, nada más —declara nuestro oficial
superior—. Nadie sabe qué nos espera al otro lado de esas colinas, ni si el
paso es transitable para los tanques y los cañones. Nadie sabe dónde está
Rommel ni qué clase de fortificaciones y tropas defienden la región.
En otras palabras, que aún queda mucha gloria por cosechar.
El Paso de Wilder está unos ciento quince kilómetros al sur del punto
por el que Monty pretende rodear a Rommel y la línea Mareth.
—A pesar de que la ruta por las colinas de Matmata ha sido
exhaustivamente explorada y cartografiada hasta el momento, las regiones
del otro lado nos son desconocidas. El reconocimiento del paso es una
misión crítica, de la que dependen miles de vidas y la suerte de la campaña
norteafricana en su conjunto. Aquí están sus órdenes. Cúmplanlas.
Prendergast es un buen tipo. Hasta ahora sólo lo había visto en persona
una vez, pero me impresiona su estilo seco pero intenso. Pilota el Waco él
mismo, sin ayuda. Cinco minutos después ha despegado y vuela de regreso
a Hon.
Se distribuyen las órdenes. Las patrullas de Lazarus, Spicer y Watford
regresarán a la base para reacondicionar los vehículos y prepararse para
volver lo antes posible. La mía y la de Tinker, con los hombres de Popski,
procederán hasta el Paso de Wilder, desde donde reconocerán las regiones
del otro lado hasta Gabés y la línea Mareth.
Antes de salir, Tinker, Popski y yo dedicamos la tarde a establecer un
depósito con el combustible que hemos escoltado desde Hon. Enterramos
trescientas setenta y cinco latas alemanas y las camuflamos. Tinker detesta
tener que empezar la misión con otra patrulla; no obstante, exploraremos
sectores diferentes, lo que quiere decir que no hay competencia directa
entre nosotros.
En cuanto a Collier, Punch, Grainger y yo mismo, al fin tenemos las
órdenes que esperábamos:

MISIÓN: obtener la información topográfica más detallada


sobre el área delimitada por los siguientes puntos:
NORTE: CARRETERA DE LA COSTA-MATMATA-KEBILE
ESTE: LLANURA DE TRÍPOLI
OESTE: CHOTT DJERID
SUR: LAT. 32° 30’

La información deberá centrarse en el posible avance de una fuerza


formada por todas las armas a lo largo de un frente amplio. Tendría que
incluir los siguientes elementos:

TRANSITABILIDAD
FRANQUEO DE WADIS
DISPONIBILIDAD DE AGUA Y POZOS
ZONAS DE ATERRIZAJE

Las órdenes de Tinker son idénticas, aunque referidas a una zona


situada al oeste y al norte de la nuestra. Ambas patrullas partirán a la
mañana siguiente y harán juntas el primer trecho del viaje. Ningún lugar
está donde debería según los mapas franceses e italianos, pero la emoción
de emprender una misión crucial, con los camaradas a los que queremos y
en los que confiamos, es tan grande que nos trae sin cuidado.
El Hammada el Hamra, por el que ambas patrullas avanzan ahora con
entusiasmo, es un desierto firme de color rojizo en el que no se vislumbra el
menor atisbo de vegetación. Punch pisa a fondo el acelerador; queremos
recorrer el máximo número de kilómetros en el mínimo tiempo posible. Me
siento renacer al verlo al volante del nuevo Chev de tonelada y media (que
hemos bautizado como Te Aroha V), y a Collier en su propio camión
reparado, con Grainger a la radio y Jenkins en la Vickers y en calidad de
médico. Asquith, el navegante que ha reemplazado a Oliphant, parece un
tipo de fiar, al igual que el conductor del jeep, Holden, con el que viajo yo,
y los nuevos chicos, los granaderos, hombres sólidos y curtidos. Tras las
tormentas de los últimos días, el desierto resplandece bajo un cielo de color
madreperla.
El 23 de enero nos encontramos con Nick Wilder en un wadi situado
sesenta y cinco kilómetros al sur de Foum Tatahouine. Su patrulla vuelve a
la base, renqueantes pero también triunfantes. Prendergast les ha ordenado
por radio que se reúnan con las nuestras y nos proporcionen cualquier
información que pueda sernos de utilidad.
Sus hombres parecen al borde del agotamiento, pero están felices. Son
conscientes de la importancia de lo que han hecho. Popski sonríe al ver que
Tinker le estrecha la mano a Wilder como gesto de felicitación.
—¡Estás en el mapa! —dice Tinker mientras le enseña a Nick el nombre
PASO DE WILDER manuscrito con tinta china en su mapa sobre el punto
YK. 5991.
Nick se muestra agradecido pero modesto. Pasa dos horas ayudándonos
a copiar sus mapas y alertándonos sobre los peligros que nos esperan al otro
lado de las colinas de Matmata, especialmente los aviones de exploración
del Eje.
—Los hunos tienen pájaros por todas partes. Rommel sabe que estamos
aquí y sabe también que representamos una auténtica amenaza. Mucho
cuidado con los nativos. Los boches han puesto precio a nuestras cabezas; y
todos los nativos en un radio de ciento cincuenta kilómetros a la redonda
estarán buscándonos con tantas ganas como si fuéramos camellos
extraviados.
Tinker destapa el brandy. Brindamos en tazas de latón.
—No te voy a mentir, Nick —dice Tinker—. Daría el testículo
izquierdo por haber sido el que encontrara ese paso. Pero si tenía que ser
otro, me alegro de que hayas sido tú.
Media hora más tarde me encuentro a su lado, observando cómo se
alejan Wilder y la patrulla T1 para cubrir la última etapa de su viaje a Hon.
—Por el cielo —dice Tinker—, ahí va un auténtico soldado. Después de
Jake, el mejor de todos nosotros.
33

La bella llanura del Hammada el Hamra, sobre la que hemos estado


viajando tranquilamente desde Hon, se extiende aún unas pocas millas al
este de la frontera tunecina, donde el terreno da paso a una sólida formación
de dunas y cerros arenosos. El navegante de Tinker encuentra un hueco por
el que se cuelan nuestras patrullas. Cruzamos la frontera, demarcada por
una serie de gruesos pilares blancos, a media mañana.
Hay una carretera con buen firme, la Foum Tatahouine-Nalut, que
discurre en dirección norte sur, pero está tan expuesta que decidimos
ocultarnos en un wadi, quinientos metros al este, y esperar a que esté
despejado para ir avanzando de escondrijo en escondrijo. Y en efecto, justo
cuando el segundo de Tinker, el sargento Garven, se dispone a salir en su
jeep como avanzadilla, al norte aparece una patrulla alemana formada por
dos vehículos blindados de ocho ruedas. Detrás de Jos coches viene un par
de Opel de tonelada y media, remolcando sendos cañones de 20 milímetros
y precedidos por un vehículo de exploración Flitzer. Al cabo de unos
momentos la unidad se detiene, imagino que al ver las huellas que
atraviesan la carretera. Los blindados son SdKfz 234, grandes como carros
de combate, pero con ruedas de caucho en lugar de orugas, y armados con
torretas y cañones de 75 milímetros —dos veces más grandes que los dos
libras de los Crusader británicos y los Honey americanos— y
ametralladoras del 7,92. Con los prismáticos, Collier y yo vemos que un
oficial envía a sus hombres a ambos lados de la carretera para investigar.
—No ves ningún 288, ¿verdad? —pregunta Collier. Estas palabras me
hielan la sangre. Los alemanes pasan un rato buscando y luego vuelven a
montar y siguen su camino. Tinker nos hace esperar hasta que la calina de
mediodía llega a su cénit, momento que aprovechamos para salir a la
carretera y avanzar unas pocas millas hasta un nuevo escondite.
Mientras esperamos aquí, nos llega un mensaje del cuartel general:
Trípoli ha caído. El 23 de enero, la 11.ª de Húsares entra en la ciudad;
Rommel ha escapado hacia el oeste.
—¿Qué significa eso para nosotros? —le pregunta Holden al sargento
Garven.
—Que la próxima parada es Túnez, muchachos. —Señala la carretera
de Foum-Tatahouine, al norte—. Ahora todo el mundo está mirándonos.
A las dos ya hemos encontrado al Paso de Wilder. Nick ya nos había
advertido de que no se trata de ninguna excursión campestre. El paso
discurre zigzagueante durante casi cincuenta kilómetros, al principio por
wadis amplios y fácilmente transitables y luego por un camino en desuso
que atraviesa unas colinas abruptas y una zona de cerros. El paisaje es
precioso, y en algunos tramos tiene una anchura de hasta ocho kilómetros.
La hierba invernal es tupida y verde; según Punch, está a rebosar de
nutrientes.
—Aquí se podría montar una estupenda granja de ovejas —dice, y, en
efecto, nos cruzamos con varios pastores, niños y viejos en su mayor parte,
que cuidan de sus rebaños. Dos veces nos pasa un Henschel por encima,
pero hay sitios de sobra para esconderse, así que no llegan a vernos.
Continuamos en dirección oeste durante toda la tarde, siguiendo los mapas
de Nick y nuestros propios instintos. El lugar, según los mapas franceses, se
llama Dahar. Unos quince kilómetros después de haber entrado aparece un
escarpe, justo donde Nick dijo que estaría. Localizamos el camino que sus
camiones usaron para descender. Lo ha marcado con un mojón de piedras.
Las patrullas paran al llegar allí. Es hora de separarse. Cada una reconocerá
la región circundante en una dirección diferente hasta hallar una ruta de
descenso sencilla, y luego continuará de forma independiente hacia el área
de operación que tiene asignada.
Cuando las patrullas se separan en el desierto, lo hacen sin apenas
ceremonias. Esta vez es diferente, porque vamos a operar en una
proximidad peligrosa. Tinker subraya ante los hombres la importancia de
conocer al dedillo las señales de reconocimiento; revisa los puntos de
encuentro, las claves y las frecuencias de comunicación por radio sin hilos.
Repartimos las reservas de suministros para que cada camión tenga la
misma cantidad de combustible, aceite, agua y municiones. Popski advierte
a todos los hombres de que tengan cuidado con los nativos: no son los
árabes senussi de Libia, que eran amistosos con los ingleses, sino bereberes,
cuyas tierras y hogares han sido objeto de saqueo para los franceses.
—Para ellos, los boches son los mejores tipos del mundo.
Cuando me llega el turno, enfatizo ante los hombres la importancia de
trazar mapas topográficos que sean lo más claros y legibles posible.
—No estamos buscando una simple vía campestre. Si los mapas son
fieles, la carretera tendrá ciento cincuenta kilómetros de longitud. Los
vehículos tendrán que poder moverse por ella en columnas de a seis, a ocho
o a diez. Y no hablamos de camiones ligeros de tonelada y media, como los
nuestros, sino de Sherman de treinta toneladas o transportes de quince, de
camiones cisterna de veinte, de transportes de agua y artillería pesada. Una
división blindada entera utilizará la ruta que estamos reconociendo. Eso
significa columnas de diez o quince millas de longitud, un castigo atroz
para los caminos. Tenemos que asegurarnos de que son firmes y lo
suficientemente anchos.
El sargento Garven pregunta si la división contará con equipos de
zapadores.
—Probablemente —digo—, pero no podemos contar con ello. Elijan
rutas que se puedan transitar tal cual están… y asegúrense de que pueden
aguantar incluso en medio de un aguacero.
Quedan suficientes horas de luz para que las patrullas se pierdan
mutuamente de vista.
—Nos vemos, Chap.
—Suerte, Tink.
Eso es todo. Le estrecho la mano a Popski y nos marchamos.
24/1/43. El grupo se separa de la T2 y continúa en dirección
norte a través de unas colinas; acampamos de noche en WADI EL
AREDJ, en el YE. 1633. Es una región agreste pero transitable para
toda clase de TM. Hay un puesto de vigilancia enemigo en la colina
EL OUTID, desde el que se dominan todos los wadis y los accesos.

25/1/43. Todo el día por terreno abrupto y cerros arenosos hasta


llegar a la aldea árabe de KSAR EL HALLOUF, que el grupo OC
explora a pie tras anochecer. Descubrimos un aparcamiento con
cerca de veinte coches blindados y vehículos de reconocimiento
alemanes e italianos. Hay muchos nativos. No son amistosos.

Tinker y Popski están reconociendo la llanura al oeste; a nosotros nos


han tocado las colinas. El objetivo principal es encontrar una vía de acceso
al norte del Paso de Wilder. Nada. Mis anotaciones topográficas registran
una sucesión ininterrumpida de callejones sin salida.
—Este país me pone nervioso —dice Punch. Se refiere a las colinas—.
Aquí no hay forma de escapar.
Esperábamos que la región estuviera despoblada. No tenemos esa
suerte. Nuestro propósito de establecer un campamento base donde
podamos almacenar las reservas y el camión de la radio se ve frustrado por
la densidad de patrullas enemigas (incluidas las aéreas) y la sorprendente
abundancia de población nativa, que solo conseguimos evitar a costa de
grandes esfuerzos. Sin embargo, es imposible evitarlos del todo, puesto que
en esta zona parece que cada otero y cada montículo alberga muchachos o
viejos bereberes con sus rebaños. Al cruzar un jerd muy al descubierto
pasamos por delante de un tipo desdentado, que hace entrechocar los
talones y nos obsequia con un saludo nazi. Se lo devolvemos, nos
detenemos y donamos un par de cigarrillos a la causa.
—Vuestros amigos —nos comunica alegremente por signos— están
volando el valle.
A cambio de un puñado de hojas de té, el viejo accede a trabajar para
nosotros como guía, dejando las cabras al cuidado de su nieto. Viajamos por
los caminos que recorren una sucesión de lomas llamadas Tel Gomel, la
Casa del Camello, hasta llegar a la aldea de Matmata, un área de datileras
desde la cual, al otro lado de un recodo, nos llega una secuencia de
detonaciones amortiguadas.
—Están construyendo carreteras —dice Collier—. O fortificaciones.
Esto podría ser crucial. Sumado al puesto de observación que hemos
visto en El Outid, significa que el enemigo es consciente de su
vulnerabilidad al oeste de las colinas de Matmata y está tomando medidas
para remediarlo. Según nuestros servicios de inteligencia, la aldea de
Matmata es el eje interior de la línea Mareth, aunque desde nuestra posición
no se divisa fortificación alguna. Ésta es la zona que Monty ha elegido para
su maniobra de flanqueo. Si Rommel, tal como parece, está emplazando
artillería y búnkers, significa que está extendiendo su frente.
Nuestra patrulla se pone en camino bajo la calina del mediodía, pero al
poco de partir se le estropea la dirección al camión de la radio. Mientras los
hombres la reparan, cojo el jeep y, acompañado por Jenkins y un cañón
Bren, asciendo por unas torrenteras secas y tapizadas de vegetación; luego
ocultamos el vehículo y continuamos a pie hasta la cima de un cerro bajo.
Con los prismáticos avisto dos excavadoras del Afrika Korps que, según
parece, están excavando un foso en el flanco contrario de una cresta que
domina el valle. Al otro lado continúan las detonaciones, pero todavía
seguimos sin verlas. Jenkins y yo sólo alcanzamos a distinguir una fracción
del valle, que serpentea alrededor de un recodo antes de ascender hacia la
parte alta de meseta. Sin embargo, es evidente que los alemanes se han
puesto el mono de trabajo. Volvemos a hurtadillas al jeep y descendemos
por las torrenteras hasta los camiones, que Collier, en el ínterin, ha cubierto
con las redes de camuflaje. Al llegar me encuentro con que Punch y Holden
están maniatando a nuestro guía y atándolo a la parte trasera del camión.
Parece ser que el viejo ha deducido al fin que no somos alemanes.
—¿Qué hacemos con el abuelo? —pregunta Punch. Por pura casualidad,
decide aprovechar el momento de descanso para limpiar su revólver. Al ver
que saca el arma, nuestro prisionero se echa a llorar—. No, compañero —le
dice Punch—, no es eso. —Trata de tranquilizar al viejo ofreciéndole un
cigarrillo, lo que éste toma por la confirmación de que ha llegado su última
hora. Punch tarda diez minutos en aplacar sus miedos. Pasado este tiempo,
nuestro invitado se ha convertido en un ferviente anglófilo. Nos informa de
que una docena más de «inglesi» (los hombres del SAS bajo el mando de
David Sterling) están acampados unos kilómetros al suroeste de Bir
Soultane. Nuestros compatriotas han evacuado el lugar temporalmente, nos
explica el viejo, para explorar las colinas, igual que nosotros.
—¡Condenados nativos! —dice Punch—. ¿Es que nunca pasa nada sin
que se enteren?
El viejo se queda con nosotros durante la noche, mientras informamos
al cuartel general de que hemos avistado fortificaciones enemigas en
construcción y de que los nativos conocen la posición del campamento del
SAS. En el mensaje de respuesta se nos ordena abandonar de momento las
tareas cartográficas para concentrarnos en reconocer las fortificaciones
enemigas.
Por la mañana fingimos partir en dirección este antes de soltar a nuestro
guía. Una vez que se ha perdido de vista giramos en dirección contraria.
La aviación enemiga nos sobrevuela durante todo el día. Es imposible
moverse. Nos camuflamos y esperamos.
—El chico —dice Collier refiriéndose al nieto de nuestro guía—. Habrá
avisado a los boches en cuanto ha visto que su abuelo no venía a cenar.

27/1/43. Equipos de traslado de tierra por la carretera TOU-


JANE-MATMATA. Seis excavadoras en transportes, además de
niveladoras y hormigoneras. Dos recuas de mulas en VR. 8991, con
unos veinte animales cada una, posiblemente con un cargamento de
minas. Están asfaltando de nuevo la carretera entre VR. 8993 y VR.
8995.
Al mediodía, Collier y el camión de la radio se topan con un grupo del
SAS bajo el mando de Mike Sadler, el navegante, que regresa a Bir
Soultane después de haber explorado el Jebel Tebaga, una cadena de colinas
situada al norte. Collier advierte a Sadler de que los lugareños están al tanto
de la posición de su campamento (cosa de la que, como ya he dicho, hemos
informado al cuartel general y de la que éste, a su vez, ha advertido a
Sadler). Precisamente por eso regresa, para levantar el campamento y
largarse.
—Hemos visto un Mamut —le dice Sadler a Collier. Se refiere a un
vehículo gigantesco, del mismo tamaño que el camión de mando del propio
Rommel—. Tan grande como la vida misma, en la carretera de El M’dou
hacia Matmata. Pero no era Rommel, por desgracia.
Aquella noche llega un mensaje del cuartel general en el que se nos
ordena evacuar la zona. Tinker y Popski han informado sobre actividad
enemiga de alta intensidad. Debemos desplazamos al norte para reconocer
la carretera Gabès-Kebile. Es el sector clave de la región entera, la ruta por
la que cualquier movimiento de flanqueo del VIII Ejército tendrá que
avanzar si pretende llegar a la costa por detrás de la línea Mareth. Lo último
que nos deja Sadler antes de partir es un mensaje recibido esta misma
mañana por el grupo de David Stirling desde el cuartel del VIII Ejército en
Trípoli: «El OKH [alto mando alemán] envía a Rommel los siguientes
refuerzos desde Europa: la 10.a División Panzer, la 334.a División de
Infantería, la División Panzer Hermann Goering, el Regimiento Barehntin,
el Regimiento de Paracaidistas Koch Storm, el 501.° Regimiento Panzer
más la División Superaga italiana y la División Menteuffel, que ya están en
la zona. Total: 14 divisiones. 100.000 hombres, 76.000 de ellos alemanes».
—Maldición —dice Holden al oírlo—. Ya estábamos teniendo
demasiada suerte.
34

La suerte se nos agota del todo dos días más tarde. Un mensaje del cuartel
general nos informa de que el campamento base que Tinker y Popski
levantaron en una colina llamada Qaret Ali ha resultado gravemente dañado
tras un ataque de cazas de la Luftwaffe. Todos los vehículos han sido
destruidos. Tinker y Popski han desaparecido.
El informe sobre esta calamidad nos lo trae una tercera patrulla, la S2
del teniente Henry, que, recién llegada desde Hon, ha tropezado con los
restos del campamento mientras exploraba el sector situado al oeste de las
colinas de Matmata. Otras dos patrullas, las de Lazarus y Spicer, están de
camino desde Hon para reconocer otros cuadrantes situados al norte del
Paso de Wilder. Llegarán a la región en cuestión de días, o incluso horas.
Nuestras órdenes cambian de nuevo: volvemos a tareas de
reconocimiento topográfico. Se nos envía al norte, al mismo sector —el
Paso de Tebaga y la carretera Gabès-Kebile— cuyo reconocimiento se les
había asignado a Tinker y Popski. Bajo ninguna circunstancia debemos
acercarnos al campamento de Tinker ni tratar de recoger a sus hombres o a
los de Popski. El área estará saturada de patrullas del Eje, tanto aéreas como
terrestres. El cuartel general teme que Tinker y Popski hayan caído. Las
demás patrullas deben dirigirse a su sector y terminar el trabajo que habían
empezado.
Organizo una reunión y reviso el mapa con los hombres por centésima
vez.
—¿Os habéis fijado —comenta Collier con sarcasmo— en cómo ha
cambiado el tono de los mensajes del cuartel general?
Tiene razón. Se han acabado los «procedan con cautela» o
«condúzcanse con prudencia», reemplazados ahora por «es imperativo
encontrar una ruta» y «el informe deberá enviarse antes de veinticuatro
horas».
Tinker y Popski están solos.
Nosotros también.
Despliego los mapas sobre el capó del jeep. Unos cincuenta kilómetros
al norte, la llanura, que discurre de norte a sur en nuestra posición actual, se
prolonga hacia el este aproximándose a la costa. En su flanco izquierdo se
encuentran las alturas del Jebel Melab y en el derecho las del Jebel Tebaga.
En el centro, el Paso de Tebaga.
Ése es el que nos interesa.
El Paso de Tebaga penetra hasta el mar por detrás de la línea Mareth.
—Sumando nuestra patrulla y las de Henry, Lazarus y Spicer —digo—
tenemos unos veinte vehículos reconociendo el mismo sector. El VIII
Ejército sólo necesita que una de ellas tenga éxito e informe de ello a
Monty.
No necesito añadir que todos los demás son prescindibles.
Mi idea es descender de inmediato a la llanura. Pero la primera vez que
sondeamos los accesos, la gélida mañana del 29 de enero, encontramos
huellas recientes de patrullas alemanas por todas partes.
Nos vemos obligados a retroceder al interior de las colinas, la región
más infernal que he conocido hasta la fecha, un mar de cerros de arena
gruesa como terrones de azúcar, cada una de los cuales no supera la
longitud de dos camiones. En esta zona se atascan hasta los jeeps. Nos
pasamos todo el día usando las planchas de arena y apenas llegamos a
avanzar tres kilómetros. Cerca del anochecer, tras encontrar una vereda más
o menos practicable, celebramos una rápida reunión y decidimos
arriesgarnos en la oscuridad. Los camiones descienden a una zona de
colinas arenosas que los hombres considerarían infernales si no viniéramos
de un lugar peor. El problema ahora son unos densos matorrales que se
meten debajo de la carrocería y se van acumulando alrededor de los ejes
hasta que tenemos que parar para limpiarlos, cada cien metros más o
menos. Yo marcho por delante en el jeep, con Punch y el cañón Breda.
Pasada la una de la mañana encontramos un camino que parece descender a
la llanura. No hay tiempo que perder: bajamos con las luces apagadas,
confiando en llegar antes del amanecer al Paso de Tebaga; ya habrá tiempo
de descansar allí.
El cojinete de la cabeza de la biela del camión de la radio se rompe. Al
parar para reemplazarlo nos encontramos con que el único de repuesto que
teníamos ha desaparecido. No nos queda más alternativa que, tal como lo
expresa Punch, «remolcar a esa zorra». Así estamos hasta las cuatro,
helados y hambrientos. De repente, el camión se para del todo. Nos
encontramos en el interior de una hondonada de erosión excavada en la
pared de un wadi. Me temo que si paramos para echar una cabezadita no
podremos seguir. Así que decidimos hacer de la necesidad virtud: llamamos
al lugar «base de retaguardia» y dejamos allí el camión averiado, con tres
granaderos y el cañón Breda. Yo sigo adelante con el jeep y los otros dos
camiones, uno mandado por Collier y el otro por Punch.
Recibimos el alba camuflados en el margen de una torrentera seca,
vigilando un camino que desciende serpenteando en dirección a la llanura.
Jenkins prepara una pequeña fogata en una lata de petróleo, pero espera
para encenderla a que lo permita el despuntar del día. De repente, nos llega
el sonido de una ametralladora procedente de la llanura. Lo oímos, metálico
y distante, y vemos una brillante ráfaga de trazadoras que se aleja
describiendo un arco por delante del cielo aún en penumbra.
Collier, Punch y yo nos acercamos a pie hasta el borde de una cresta
desde la que se domina la llanura.
Otra ráfaga. Más trazadoras.
—Ráfagas de trazadoras —dice Collier. Se refiere a cuando la dotación
de una ametralladora dispara al aire para señalar su posición con las
trazadoras.
—Alguien necesita ayuda —dice Punch—. Pero ¿quién? ¿Nosotros o
ellos?
Collier señala hacia el norte. Un kilómetro y medio hacia el interior de
la llanura alcanzamos a divisar dos moles macizas sobre el camino de
Gabès. Enfoco con los prismáticos. Una de las formas borrosas se
transforma en un semioruga del Afrika
Korps, que, según todos los indicios, se ha salido del camino en la
oscuridad. Un coche blindado de ocho ruedas lo protege.
Hay media docena de soldados sentados en cuclillas alrededor de un
hornillo de petróleo. En un costado del ocho ruedas han tendido una lona a
modo de improvisada tienda de campaña. En la torreta del vehículo se ve
una cruz negra del Eje, acompañada por el número 288.
Decidimos esperar a que el enemigo salga. Y, en efecto, en cuestión de
unos diez minutos oímos el sonido de un motor procedente del norte.
Aparece una ambulancia y un segundo coche blindado. Éste es de cuatro
ruedas. Los vehículos se detienen junto al semioruga averiado. Dos
soldados y un oficial desmontan y corren hacia él. Bajo la lona del ocho
ruedas, los alemanes ayudan a levantarse a dos soldados. No los había visto
hasta ahora. Son jóvenes y parecen conmocionados. Sus camaradas los
ayudan a entrar en el vehículo médico. Entretanto, dos nativos de aspecto
andrajoso han bajado del segundo coche blindado; vemos que llaman a los
alemanes y señalan las colinas, más o menos en dirección a nosotros. El
oficial del primer coche blindado se acerca desde la ambulancia. Es alto y
delgado, casi tan joven como los dos soldados heridos, y lleva unas gafas
sin montura sobre un rostro sobrio, casi erudito. Sobre el bolsillo izquierdo
de su guerrera cuelga la Cruz de Hierro, una condecoración al valor
alemana.
Vigilamos, olvidadas la fatiga y el hambre, mientras suben a los dos
soldados a la parte trasera de la ambulancia, que a continuación se aleja en
dirección norte, hacia Gabés y el Paso de Tebaga. En ese momento, desde la
misma dirección, llega atronador un tercer vehículo, un camión pesado de
reparaciones. El segundo coche blindado se queda con el primero. El
camión de reparaciones aparca junto a ellos y comienza a remolcar al
semioruga fuera de la cuneta. Los nativos continúan parloteando. El oficial
de la Cruz de Hierro los escucha pacientemente. Al cabo de varios minutos,
mete la mano en el bolsillo de su pantalón, saca varios objetos y se los
entrega a los dos bereberes. Sean lo que sean, dejan a los nativos
extasiados. En menos de veinte segundos desaparecen en dirección a las
colinas. El camión saca al semioruga de la cuneta. Los oficiales conversan
durante unos instantes. Acto seguido, el camión parte en dirección al norte,
remolcando al semioruga. Los dos coches blindados arrancan; parece que se
disponen a continuar su patrulla. Un par de minutos más tarde han
desaparecido al sur, detrás de una serie de dunas en forma de media luna
que hay al pie de las colinas. Inmediatamente después, nuestro jeep y
nuestros dos camiones están en la llanura, siguiendo al camión de
reparaciones.
—¿Cuáles son las órdenes? —exclama Punch por encima del viento.
Señalo hacia el norte.
—Seguirlos.
35

Hay decisiones que sabes equivocadas desde el mismo momento de


tomarlas.
Marchamos a buena velocidad durante ocho kilómetros por la carretera
de dos carriles que la ambulancia y el camión de reparaciones han tomado
antes que nosotros. La idea es ésta: si nos mantenemos lo bastante cerca de
los dos vehículos, pero sin que lleguen a vernos, los aviones de
reconocimiento enemigos pensarán que formamos parte del mismo convoy.
Con un poco de suerte, esto nos permitirá alcanzar el Paso de Tebaga sin
levantar sospechas.
Y, en efecto, unos diez kilómetros después, un par de Fieseler Storch
nos sobrevuelan sin reaccionar en modo alguno a nuestra presencia.
El plan parece estar funcionando.
Consulto sin demasiado éxito los horribles mapas franceses. La
estribación septentrional de las colinas de Matmata, el Jebel Melab, se
adentra en la llanura un kilómetro y medio por delante de nosotros, a la
derecha. Sus desnudas cuestas de roca se ven con toda claridad. Más allá de
la ladera se encuentra el premio que hemos venido a buscar: el bulevar de
cinco millas de anchura que se conoce como Paso de Tebaga.
Pero justo cuando la carretera empieza a torcer hacia el este, regresan
los aviones de reconocimiento. El Storch es un avión lento y ligero que
normalmente va desarmado. Dos de ellos nos sobrevuelan a tan baja altura
que podemos ver el dibujo de las ruedas de aterrizaje y las gafas de sol de
los pilotos. Yo voy en el jeep, con Holden. Punch y Collier nos siguen a
poca distancia. De repente, Collier se coloca a nuestra altura y señala hacia
atrás.
Al mirar en aquella dirección veo dos columnas de polvo, a un par de
kilómetros de nosotros, distancia que se reduce por momentos.
—¡Los coches blindados! —grita Collier.
¿Nos han visto? ¿Será una mera coincidencia?
Me vuelvo hacia adelante. A la derecha, justo delante de nosotros, se
levantan las primeras estribaciones del Jebel Melab. A la izquierda, a ocho
kilómetros, asciende el Jebel Tebaga. Entre ambos discurre el Paso de
Tebaga. En el centro del paso veo más polvo —tres, cuatro remolinos
giratorios—, a tres kilómetros de distancia y acercándose a gran velocidad.
Uno de ellos escupe una bocanada de humo blanco. Dos segundos después,
una columna de roca y tierra se levanta violentamente treinta metros por
detrás de nosotros.
Otro disparo: un obús estalla a la misma distancia, pero esta vez por
delante.
Señalo las colinas de la derecha. Collier y Punch no necesitan más
indicaciones. Los camiones y el jeep abandonan la carretera y vuelan hacia
allí.
Estamos en problemas. Son colinas peladas; no hay cobertura. Los
Storch comienzan a virar justo delante de nosotros. No tardará en haber
bombarderos y cazas sobre nosotros. Holden pisa a fondo. El jeep asciende
velozmente por una cuesta que parece hecha de mármol acanalado cubierto
por cinco centímetros de gravilla. Collier viene a nuestra derecha. Por
detrás oigo a Punch, que acaba de disparar una ráfaga contra uno de los
Storch.
En mi cabeza sólo hay sitio para la misión. Al menos uno de nosotros
tiene que escapar y llegar al camión de la radio.
A nuestro favor: los Chevrolet y el jeep son más rápidos y más ágiles
que los coches blindados que nos siguen. Tenemos gasolina para varios
cientos de kilómetros, mientras que ellos sólo cuentan con lo que lleven en
el depósito. En nuestra contra juega su armamento. En un enfrentamiento
directo no tendríamos la menor posibilidad. Los aviones son harina de otro
costal. Los Storch van desarmados, pero podrían permanecer sobre nosotros
todo el día. Una vez que aparezcan los Messerschmitt y los Macchi,
nuestros minutos estarán contados. Pero el mayor de los peligros son estos
valles inexplorados. Las colinas son un laberinto de callejones sin salida y
vías muertas. Los mapas son inútiles. Cada giro podría ser el último.
Huimos a toda velocidad por las colinas. Más abajo, los coches
blindados nos persiguen con los motores al máximo. La vereda por la que
avanzamos está delimitada por estacas y alambradas. Hay carteles con
calaveras que advierten: VORSICHT! MINEN (¡Atención! Minas).
Pasamos como un rayo por delante de un campamento alemán:
zapadores que están tendiendo un campo de minas. Los soldados nos toman
por camaradas suyos. Nos saludan con el brazo. Al ver que uno de los
Storch aparece en nuestra cola y Punch abre fuego con la Vickers, los
alemanes, creyendo que se trata de unas maniobras, nos vitorean.
Los aviones se alejan. Es nuestra oportunidad. Indico a Collier y a
Punch que pisen a fondo. Durante diez minutos marchamos a toda
velocidad por un sinuoso laberinto de caminos de cabras y veredas de
pastores. La irregularidad del terreno obra en nuestro favor. Cada cruce
hace preguntarse a nuestros perseguidores qué camino habremos tomado.
Pasamos por los restos de dos buenas carreteras, demolidas ambas por los
zapadores alemanes; hay campos de minas a derecha e izquierda. La
entrada a cada valle exhibe un cartel de advertencia: HALT! VERMINTES
GELÁNDE (¡Alto! Área minada).
El enemigo ha dinamitado todos los puentecillos y los muros de
contención. Las carreteras han sido socavadas desde abajo o voladas desde
arriba. En las confluencias de los valles, los alemanes han dinamitado
laderas enteras para dificultar más aún el avance. Rodeamos los obstáculos
de todos modos. Al llegar a una cresta, paro y me vuelvo para mirar por los
prismáticos. Los coches blindados se han detenido más abajo. Al cuatro
ruedas le sale una columna de humo de debajo del chasis. ¿Una cabeza de
biela o un cojinete reventado, quizá? Veo a un oficial —mayor, con bigote
oscuro— que insta al otro a continuar. El joven teniente de la Cruz de
Hierro.
Ahí viene, detrás de nosotros.
Los Storch han desaparecido, reemplazados por un par de ME-110. Los
cazas pasan aullando sobre nosotros. No nos han visto. Punch les lanza un
chorro de invectivas variadas mientras los aviones se pierden de vista detrás
de una cresta. Los Messerschmitt, comprendemos, son demasiado rápidos
para ser eficaces como aviones de reconocimiento. Tras cada pasada tardan
más de un minuto en dar la vuelta. Para entonces ya estamos muy lejos.
Corremos. Por primera vez me atrevo a pensar que tal vez tengamos una
oportunidad. Si seguimos dispersos y utilizamos las sombras y los pliegues
del terreno para ocultarnos, quizá consigamos volvernos invisibles.
Avanzamos por un amplio valle jalonado a ambos lados por cuencas
tributarias. Constantemente tenemos que detenernos para no perdernos de
vista. La caja de cambios de Collier está empezando a fallar. El embrague
de Punch echa tanto humo que es como si estuviera ardiendo. Pero las
paradas nos ayudan. Inmóviles y dispersos somos más difíciles de localizar
desde el aire. Podemos oír a los Messerschmitt, que están buscando en otro
valle. Nos han perdido.
¿Dónde está el coche blindado? En un momento dado me asomo sobre
una cresta y disfruto de una panorámica clara del Paso de Tebaga. Sería
perfecto para Monty y el VIII Ejército. Podría atravesarlo una división
blindada entera en una columna de cien vehículos de anchura. Si logramos
llegar al camión de la radio, nuestro mensaje podría salvar centenares, si no
miles, de vidas.
Pero entonces un valle sin salida nos roba todos los minutos que hemos
ganado No nos queda otra alternativa que volver atrás. ¿Podremos
conseguirlo? Por un instante me permito el lujo de creer que sí. Pero al salir
de la boca del valle, una ráfaga de fuego de ametralladora del 7,92 estalla
sobre un afloramiento de arenisca situado cincuenta metros por delante de
nosotros. Holden frena en seco y mete marcha atrás. Los camiones de
Collier y de Punch se lanzan hacia las rocas en busca de cobertura.
Trescientos metros por debajo aparece el coche blindado de ocho ruedas. Se
detiene. Su cañón gira. Dispara.
Un proyectil de 75 milímetros se hunde en la pared de piedra caliza de
tres metros y medio tras la que se ha refugiado el camión de Punch. Todas
nuestras armas han abierto fuego. Los impactos de las balas y las trazadoras
iluminan la superficie de la torreta del coche enemigo. Pero está cerrado a
cal y canto. Su cañón vuelve a disparar. Otra cuesta de caliza se convierte
en polvo.
No podemos quedarnos aquí. El coche blindado sólo tiene que acercarse
para acabar con nosotros. Pero si huimos valle arriba, las ametralladoras nos
harán papilla a campo abierto. Sólo nos queda una opción, y lo sabemos.
Aceleramos. Bajo el fuego, trescientos metros son una eternidad. Pero
nos cubrimos mutuamente con el polvo que levantamos, mientras que los
artilleros enemigos tienen que localizarnos a través de las angostas troneras
de sus torretas. Nuestros vehículos llegan a la altura del ocho ruedas y
pasan a su lado como una exhalación.
Tomamos una nueva vereda de ascenso y decidimos jugárnosla por ella.
Los alemanes dan la vuelta y nos siguen. El camino de tierra corona la
ladera. Punch ya está arriba. Collier lo sigue a toda velocidad. Holden
conduce el jeep tras ellos. El coche blindado se lanza en pos de nuestra
columna como un monstruoso lagarto metálico. Avanza en diagonal para
tratar de cortarnos el paso.
Una mina antitanque Teller es del tamaño de la guía telefónica de
Londres. Su carcasa de acero está llena hasta los topes de explosivo de alta
potencia. La detonación de una Teller (o mina-T, como también se la
conoce) es capaz de volcar un Sherman o partir en dos un Crusader.
Nuestro jeep ha ascendido apenas treinta metros por la cuesta cuando la
rueda delantera del coche blindado pisa una de estas minas. La onda
expansiva me lanza sobre la montura de la Browning desde mi asiento. A
Holden lo saca con tal violencia del suyo que está a punto de perder la bota
derecha por la fricción contra el suelo. Sin embargo, no sé cómo, consigue
aguantar. El jeep avanza unos metros sobre dos ruedas y luego vuelve a caer
con estruendo sobre la tierra, en sentido contrario al de su avance, y se cala.
En los pocos segundos que tardamos en reponernos, la columna de
humo levantada por la explosión ha ascendido unos metros en el aire y está
empezando a propagarse hacia los lados. Una llovizna de grava engulle el
jeep. Colina arriba, un Punch loco de júbilo toca repetidamente el claxon.
Grainger y Jenkins señalan entusiasmados la cuesta, por debajo de nosotros.
El coche blindado yace allí volcado, con las ruedas, que han quedado
hacia arriba aún girando. La mina ha abierto la parte inferior del chasis
como si fuera una lata de alubias. La parte inferior está en llamas. Veo un
hombre que sale tambaleándose de su interior. Entonces se produce una
segunda detonación, más corta y seca que la primera. Es una mina-S
alemana, lo que los americanos llaman una «Betty saltarina». Cuando
explota una mina-S, un pequeño contenedor de acero con trescientos
sesenta rodamientos a bolas en su interior se eleva hasta alcanzar
aproximadamente un metro de altura y entonces revienta. Las minas-S se
utilizan como minas antipersonal de apoyo y se colocaron alrededor de las
minas antitanque, más grandes.
Algún miembro de la dotación del coche blindado que había
sobrevivido a la explosión inicial la habrá pisado o se habrá desplomado
sobre ella. Ésa es la segunda explosión.
Holden vuelve a arrancar el jeep. Oigo que los motores de los camiones
de Punch y de Collier aceleran.
—¡Vamos! —grito. Volamos valle arriba
Cuando un temor extremado desaparece de manera brusca e inesperada,
la liberación es tan violenta que puede dejarte sin conocimiento. Lo único
que puedo pensar en ese momento es que quiero muertos a esos alemanes.
A nuestra espalda se producen nuevas explosiones: las municiones del
coche blindado. No miro atrás. Dicen que trae mala suerte. Si miro atrás las
explosiones podrían parar. Y no quiero que paren. Quiero que sigan. Quiero
que el condenado coche siga explotando hasta que quede reducido a una
masa de fragmentos del tamaño de un penique.
Nuestros tres vehículos huyen a toda velocidad por el valle, doblando
los angostos recodos del camino. De pronto se termina la vereda. Otro
callejón sin salida. Frenamos en medio de una polvareda; todos los ojos
buscan una ruta de ascenso que nos permita escapar de allí.
Nada.
Todos a una prorrumpimos en maldiciones.
—¡Atrás! —grito. Pero primero ordeno a los hombres que limpien y
revisen las armas y vuelvan a cargarlas. Pueden haber llegado más
vehículos enemigos en los últimos minutos.
—Pase lo que pase, no vaciléis. Atacad con todo y no paréis. Tenemos
que ganar la llanura sea como sea.
Los camiones y el jeep coronan en segunda un collado que se abre a una
cuesta de bajada. Doscientos metros más abajo vemos la carcasa humeante
del coche blindado. No hay más vehículos a la vista. Ordeno con un ademán
que sigamos adelante. Emprendemos el descenso. Holden lo encabeza con
el jeep. Yo me sujeto lo mejor que puedo en el asiento del copiloto, con un
pie encajado entre las palancas de la tracción integral y el otro en una
esquina del salpicadero. Estoy asomado sobre el parabrisas, buscando
refuerzos enemigos, cuando una figura solitaria sale tambaleándose a la
carretera que tenemos delante.
El joven teniente de la Cruz de Hierro.
Agarro la empuñadura de la Browning. Me dispongo a apretar el gatillo
cuando el oficial agita ambos brazos como si quisiera decir «¡alto, por
favor!». Un impulso me impide disparar. Mis ojos vuelan de un lado a otro
de la carretera en busca de posibles emboscadas. El oficial ha perdido el
brazo por encima del codo. Con la otra mano aprieta algo —una camisa o
una gorra— contra el muñón. Avanza saltando sobre una de sus piernas. La
otra, desnuda por debajo de una pernera chamuscada, está tan negra como
un madero en la chimenea. A un lado del camino están los tres hombres de
su dotación, vivos, pero horriblemente quemados y desfigurados.
Me oigo a mi mismo dar la voz de alto.
Holden me mira como si hubiera perdido la cabeza.
—¡Para, maldita sea!
Pisa el freno. Detrás del jeep, el camión de Collier derrapa con un
chirrido de los neumáticos. El oficial alemán se nos acerca tambaleándose
sobre su pierna sana.
—¡Ayude a mis hombres, se lo suplico! —exclama en un correctísimo
inglés.
El jeep para. Sigo detrás de la Browning. No tengo que mirar para saber
que Collier y Punch están apuntando al enemigo con la Vickers y Ja
segunda Browning. Miro fijamente a los hombres del suelo. Todos tienen
quemaduras espantosas. Uno de ellos ha perdido la camisa y su torso parece
una pieza de carne asada. A otro le cuelga al costado el brazo derecho,
inerte y retorcido en una posición antinatural. El costado izquierdo del
tercero sangra abundantemente.
No sé muy bien cómo, me veo de repente en el suelo. Antes de darme
cuenta de lo que estoy haciendo, he cogido al oficial por debajo del hombro
para ayudarlo a mantenerse en pie. Pido el botiquín. Mi plan original es
dejárselo para que pueda atender a los heridos y seguir mi camino. Pero
cuando Grainger me trae el maletín blanco con la cruz roja, tan
patéticamente insuficiente, me invade una vergüenza como nunca he
conocido.
El joven oficial al que ayudo a mantenerse en pie ha pedido la
capacidad de hablar. Está en shock y lo sabe. Simplemente lucha por
permanecer consciente para poder ayudar a sus hombres.
—¿Enfermería de campaña? —le grito directamente al oído.
—Colina abajo.
Apenas puedo oírlo. Se le han roto las gafas. Tiene fragmentos de cristal
clavados en la carne de las mejillas y la frente. Uno de los ojos suelta un
reguero de sangre. Levanta los brazos al mismo tiempo, tratando de señalar
la planicie.
Para entonces, Collier y Jenkins también han desmontado. Los cañones
de sus armas apuntan ahora al suelo. Ambos se disponen a acercarse a los
soldados mutilados, pero entonces se detienen.
—Chap, si llevamos a estos pobres bastardos a…
—Lo sé.
Collier quiere decir que nos cogerán prisioneros. La misión fracasará.
—Llevaos el jeep —le digo—. Yo llevaré a los heridos en mi vehículo.
Volved al camión de la radio.
Antes que nada, debemos cumplir la misión. El cuartel general debe
saber lo que hemos averiguado sobre el Paso de Tebaga y la disposición del
enemigo. No debemos permitir que nada ponga eso en peligro.
Pero cuando ambos se arrodillan junto a los alemanes heridos se hace
evidente que éstos no están en condiciones de seguir sin ayuda. Holden baja
del jeep y se acerca. Collier ocupa su lugar. Pone un pie dentro del coche y
una mano en el volante. Jenkins y Grainger se inclinan para ayudar al
herido que parece en peor estado de los tres, el de la hemorragia en el
costado.
—Joder —dice Collier. Y también se baja.
36

La enfermería de campaña del Afrika Korps es como las nuestras: dos


tiendas con la entrada abierta, con paneles blancos y cruces rojas en el
techo; mesas y sillas en la parte delantera, resguardadas bajo unas lonas. A
un lado: el camión del oficial médico, un Opel en lugar de un Bedford, con
las puertas traseras abiertas y dos camillas en vertical a cada lado. Cuando
nuestro jeep y nuestros camiones llegan hasta allí, las ametralladoras
alemanas que nos han estado apuntando desde el mismo momento en que
cruzamos las posiciones de avanzada de la unidad —una compañía de
zapadores que está demoliendo la carretera— hace ya rato que apuntan al
suelo.
Una docena de hombres con gorras de tela y pantalones caqui rodean
nuestros vehículos; se apresuran a traer camillas.
—¡Dejen espacio a los heridos! —grita un enfermero en alemán. Con la
ayuda de varios camaradas, atiende a sus compatriotas en el mismo camión
en que han llegado, el de Collier, para no causarles más daño con un
traslado innecesario. Me ofrezco a colaborar, pero los médicos me piden
que les deje encargarse a ellos. Collier y Punch también se apartan. Los
camilleros llegan a la carrera. Con exquisita delicadeza, los médicos se
ocupan de sus compatriotas quemados y mutilados. Una ambulancia llega a
toda velocidad desde otra parte del campamento. Veo que se aproximan
varios camiones.
Mis intenciones al comienzo de esta aventura era parar al ver la primera
posición alemana a la que llegáramos. Desde allí enviaríamos una señal de
socorro y luego dejaríamos a los heridos y huiríamos. Pero cuando hemos
llegado a la posición, los pobres desgraciados sufrían de tal manera y
necesitaban atención médica con tanta urgencia que no he podido hacer otra
cosa que sacar un pañuelo blanco y continuar hacia la enfermería de
campaña.
Ni por un solo momento hemos tenido la sensación de que nos fueran a
capturar. Los primeros enemigos que se nos han acercado se han
transformado al instante en una escolta que nos ha abierto paso hasta llegar
al campamento. Ahora, parados en el centro de la enfermería de campaña,
nos mantenemos inmóviles mientras a los heridos y quemados, incluido el
teniente de la Cruz de Hierro, les inyectan morfina y los preparan para
trasladarlos a las tiendas.
Punch y Collier aún están de pie junto a sus ametralladoras. Medio
centenar de soldados enemigos nos rodean. A cada momento que pasa
llegan más. Nadie habla. Nadie se nos acerca. El sentimiento en ambos
bandos es de intenso azoramiento. Las armas que llevamos en las manos
nos avergüenzan. Nadie pregunta por qué un grupo de enemigos les ha
traído a sus camaradas heridos. Nadie pregunta nada. Tengo la sensación de
que debería hablar, romper el silencio con algún gesto o alguna palabra.
Pero soy incapaz de hacer nada. Finalmente aparece un coronel, a pie,
acompañado por un capitán y un sargento. No llevan armas. No reconozco
las insignias de sus uniformes: casi seguro que son zapadores, como la
mayoría de soldados de esta posición.
El coronel da instrucciones a los hombres que nos rodean. Habla tan de
prisa que soy incapaz de seguirlas. La orden parece ser tenernos
controlados, pero no arrestarnos ni desarmarnos. Su mirada se posa sobre
mí.
—Deutches sprecheni (¿Habla alemán?).
—Ein wening (Un poco) —respondo.
Me doy cuenta de que se siente tan incómodo como yo.
Me pregunta mi nombre y lo que ha ocurrido. No me interroga sobre
nuestra misión. Esto resulta muy significativo, porque es lo que estipula la
Convención de Ginebra. Le relato brevemente la persecución y el choque
del coche enemigo con la mina Teller. Esto provoca una honda impresión en
la audiencia. «¿Me he vuelto loco por traer a estos hombres aquí? —pienso
—. ¿Me someterá mi propio ejército a un consejo de guerra?». El tránsito
desde las colinas nos ha llevado casi una hora; uno de los soldados ha
muerto y un segundo parece agonizante. Cuando pienso lo que mi decisión
le ha costado a la misión y lo que podría costarles a mis propios hombres no
tengo más remedio que preguntarme si ha merecido la pena.
Están preparando al último de los alemanes heridos para subirlo a una
camilla en la parte trasera del camión de Collier. Los médicos la colocan
paralelamente al cuerpo tendido del muchacho y luego lo hacen rodar con
suavidad para poder deslizaría por debajo. La masa de carne destrozada que
antes era su pie derecho está ahora envuelta en una bola de gasa, algodón y
esparadrapo.
En ese momento se aproxima un coche blindado. A nuestro alrededor se
han concentrado centenares de hombres del Afrika Korps. Sus botas y sus
guerreras son como las nuestras, y muchos de ellos llevan las mismas gafas
y los mismos pañuelos alrededor del cuello para protegerse del polvo y la
arena. Muy pocos están armados. Son zapadores y peones.
El coche blindado trae las dos escotillas abiertas y tanto el piloto como
el comandante están en sus respectivas posiciones, en lo alto. Se detiene.
Detrás de él frena un coche del cuartel general, sin puertas. El coronel que
hablaba conmigo se vuelve y saluda. Como un solo hombre, todos los
soldados se ponen firmes.
Nadie baja del coche blindado. Del coche del cuartel general desmonta
primero un teniente con un gabán polvoriento, seguido por un robusto
oficial de unos cincuenta años. Le devuelve el saludo al coronel y se
aproxima. Luce una insignia de general en el hombro. Lleva un pañuelo a
cuadros sobre una Cruz de Caballero, y una gorra del Afrika Korps con un
par de gafas por encima. Lleva la garganta vendada, algo muy frecuente en
este teatro de operaciones y que suele indicar llagas del desierto o alguna
dolencia.
37

Es Rommel. Se nos acerca con tanta naturalidad, con tan poca ceremonia,
que lo mismo podría ser un tío, o un profesor al que admiras y te conoce
bien. Lo saludo. Collier y los demás hacen lo mismo. Aparentemente, el
teniente es su ayudante de campo. El tercer oficial que está saliendo en ese
momento del vehículo del cuartel general debe de ser el intérprete.
Rommel se dirige a mí como Herr Leutnant y se presenta a sí mismo
como si fuera un oficial más en un puesto más. Todo ha ocurrido tan de
prisa que no he tenido tiempo ni de sentirme amilanado. Me identifico. El
ayudante de campo de Rommel indica que todo el personal presente —tanto
los hombres del Afrika Korps como nosotros mismos— puede descansar.
Durante unos largos instantes, el ayudante habla en privado con su
comandante. Apenas alcanzo a oír sus palabras, pero lo poco que capto me
permite deducir que le están explicando las circunstancias que han llevado a
esos británicos y sus vehículos a encontrarse bajo custodia alemana.
El mariscal de campo absorbe toda esta información en silencio.
Mientras lo hace, estudia a mis hombres, a nuestros vehículos y a mí. El
ayudante de campo termina su exposición. Rommel se encamina al camión
de Collier pasando a mi lado. Su actitud indica que desea que lo acompañe.
Lo hago.
Llegamos hasta el camión.
—¿Tracción a las cuatro ruedas o sólo delantera? —pregunta en un
inglés de marcado acento pero perfectamente inteligible.
—Delantera, señor.
—¿De veras? —Lo confirma de un vistazo al eje delantero—. ¿Gasolina
o diésel?
—Gasolina, señor.
Estudia la brújula solar. Me pregunta si es la versión Bagnold. Se lo
confirmo. La mirada del general se desplaza a la bomba de desagüe y el
manguito que la alimenta desde el radiador.
—Condensador —digo.
Asiente. Se sitúa en la parte trasera del camión, desde donde examina
las ametralladoras, las planchas de arena, los amortiguadores de repuesto y,
bajo las lonas, nuestra reserva de latas de combustible alemanas.
—¿Deutches oder amerikanischer?
Durante los últimos meses, el VIII Ejército ha empezado a recibir la
copia estadounidense del excelente bidón de gasolina alemán. Nosotros
seguimos prefiriendo las originales.
—Deutches, Herr General.
Rommel sonríe.
—La boca es mejor.
Nuestro captor completa la inspección del Chevrolet de tres toneladas.
Collier, Punch y los demás han formado en línea, disciplinadamente aunque
en posición de descanso. Rommel se detiene frente a ellos, pero se dirige a
mí en alemán.
—Pertenecen ustedes al Long Range Desert Group. Están reconociendo
el flanco izquierdo de mi posición, ¿verdad?
Contesto también en alemán.
—No puedo responder a eso, señor.
Rommel no sonríe. Pero una expresión formada por una parte de
satisfacción y dos partes de aprobación suaviza sus, por lo demás, severas
facciones. Da un paso atrás y entonces se dirige en inglés a mis hombres y a
mí.
—Nunca olvidaré lo que han hecho por mis hombres.
La voz le falla un momento por la emoción. Hace una breve pausa.
Entonces, con una orden tajante, el Zorro del Desierto pide combustible y
agua. Los hombres del Afrika Korps responden al punto y cargan de latas
alemanas mi jeep y los camiones de Collier y de Punch.
Me estrecha la mano, y luego hace lo propio con todos los hombres de
la T3.
—Les daré una hora de ventaja —me dice en inglés—. Después de eso,
comprenderán que tendré que lanzar a mis sabuesos tras su rastro.
Ignoro por completo lo que exige el protocolo en una situación así.
¿Saludar? ¿Dar las gracias? Lo que estoy pensando es: «Sal de aquí antes de
que se les ocurra cambiar de idea». Me dispongo a darle las gracias cuando
siento que Punch, detrás de mí, endereza la espalda y carraspea.
—Con todo el respeto, señor —le dice a Rommel—, pero una hora no
es justo.
Nuestro benefactor se da la vuelta.
Lanzo una mirada glacial a Punch: ¡Cierra el pico!
Punch me ignora. Se dirige al general alemán.
—En una hora estaremos de nuevo donde empezamos. A estas alturas
sus hombres ya estarán por toda la zona, donde antes no había nadie. —Se
yergue un poco más y mira al mariscal de campo a los ojos—. No
tendríamos por qué haber ayudado a sus chicos, señor. Podríamos haberlos
acribillado sin más y nos habrían dado una medalla.
El intérprete de Rommel traduce sus palabras. Escucho para asegurarme
de que lo hace debidamente. Collier y yo sólo queremos que se nos trague
la tierra, convencidos de que en cualquier momento caerá sobre nuestras
cabezas la respuesta a la presunción de Punch.
Rommel nos observa durante unos instantes.
—Hasta que anochezca, entonces. ¿Le parece justo?
—Totalmente, señor —responde Punch.
Hablo antes de que a alguien más se le ocurra alguna otra idea brillante.
—Es muy generoso, señor. —Saludo. Rommel me devuelve el saludo y
se vuelve sobre sus talones. Tengo un momento para mirar a Punch a los
ojos y lanzarle una mirada homicida. Luego subimos a los camiones y
salimos de allí como alma que lleva el diablo.
38

Dicté mi informe de operaciones el 6 de febrero desde el hospital francés


de Tébessa, Argelia, donde la disentería, no la ictericia ni la neumonía,
había logrado finalmente postrarme en cama. En noviembre, la operación
Antorcha, el desembarco anglonorteamericano en Casablanca, había
sumado a la campaña noventa mil hombres y 450 tanques más, contingente
que en la fecha de la huida de la T3 había llegado hasta las montañas de la
dorsal occidental de Túnez.
Los yanquis ocuparon la ciudad de Tébessa, una importante y
encantadora plaza colonial, de la que serían expulsados al poco tiempo por
Rommel, cuando volvió a atacar con su acostumbrada audacia. La
acometida alemana los obligó a replegarse al otro lado del paso de
Kasserine y evacuar Túnez casi por completo. Para entonces (febrero de
1943), el resto de la T3 habíamos volado al cuartel general del VIII Ejército
en Medenine, y desde allí, individualmente y en diferentes tipos de
transporte, habíamos viajado hasta El Cairo. Para nosotros se había acabado
la guerra del desierto.
El acto de caballerosidad que nos liberó de los alemanes no carecía de
consecuencias potenciales para Rommel. Al dejarnos ir, el mariscal de
campo estaba posibilitando que enviáramos nuestro informe sobre la
topografía del Paso de Tebaga y la disposición de sus fuerzas en él. Al final,
un fallo de la radio nos impidió hacerlo…, pero Rommel no podía saberlo
cuando nos liberó. Además, sacrificó la posibilidad de interrogar a unos
prisioneros de guerra que podían poseer información vital.
¿Por qué lo hizo? Siendo el hombre que era, creo que no tuvo otra
alternativa. Su enemigo había tenido un acto de misericordia con unos
hombres que servían bajo su mando. Los imperativos de su sentido del
honor le habrían impedido hacer otra cosa que devolver el favor. No creo
que llegara siquiera a considerar la posibilidad de proceder de otro modo.
Ni que lo hiciera ninguno de los soldados que estaban allí. Estoy
convencido de que, de haber estado en la piel de Rommel, todos ellos
habrían actuado igual.
Nuestra huida no tuvo nada de emocionante. Volvimos con el camión de
la radio, que en el ínterin había resultado averiada en una incursión de
bereberes. Conscientes de que si regresábamos a las líneas británicas, en
dirección sur, el enemigo podría seguirnos, decidimos poner rumbo al oeste.
Tras cuatro días de constantes fallos mecánicos y ataques de nativos
armados logramos al fin llegar a la orilla occidental del Chott Djerid, el
gran lago salado del sur de Túnez. Por una vez la suerte estuvo de nuestro
lado. Un día después llegamos al puesto francés de Tozeur, desde donde
pudimos continuar hacia Gagsa, Feriana y, finalmente, al hospital de
Tébessa.
En Tozeur nos enteramos de que Tinker y Popski seguían vivos. Habían
estado en aquella misma ciudad un día antes, con todos sus hombres, así
como un contingente del SAS y de hombres de la Francia libre que se
habían unido a ellos después de que la aviación alemana arrasara su
campamento. Habían escapado del desastre por pura casualidad: en el
momento del ataque estaban fuera, en una misión de reconocimiento. Su
grupo, formado por treinta hombres, había escapado, lo mismo que
nosotros, por el Chott. Después de una penosa experiencia a pie y en varios
jeeps sobrecargados, finalmente lograron llegar hasta nuestras propias
líneas.
Los datos topográficos obtenidos por nuestra patrulla sólo tuvieron
valor corroborativo. Tinker y Popski habían reconocido el Paso de Tebaga
antes que nosotros, así como, en el lapso de varios días, las patrullas de
Lazarus, Spicer, Bruce y Henry. En Tozeur, Tinker había radiado su
mensaje al alto mando de Oriente Medio. De hecho, tomó un avión hasta el
cuartel general de Monty y allí completó en persona la información de sus
descubrimientos.
El descubrimiento del Paso de Wilder, junto con el reconocimiento por
parte de Tinker y Popski del Paso de Tebaga, resultó decisivo para la
derrota del Afrika Korps y la rendición de las fuerzas del Eje en el norte de
África. Cuando, entre el 12 y el 19 de marzo de 1943, la 2.a División
Neozelandesa logró flanquearla línea Mareth por su extremo occidental, era
el propio Tinker, junto con dos de sus suboficiales de la T2, quien lideraba
la formación y sus unidades de apoyo.
En cuanto a Rommel, en febrero todavía no había dicho, en modo
alguno, su última palabra. El día 14, la operación Viento Primaveral logró
desbaratar las posiciones defensivas estadounidenses en Sidi Bou Said. Un
día después, el Afrika Korps tomó Gafsa, el pueblo en el que nuestra
patrulla había estado descansando apenas unos días atrás, y prolongó su
avance en dirección norte hasta llegar a Kasserine. Allí, el 20 de febrero, los
Panzer de Rommel cayeron de nuevo sobre los inexpertos americanos y,
además de capturar más de cuatro mil hombres, infligieron una derrota
humillante a las fuerzas aliadas.
Sin embargo, hacia el 9 de marzo, al Zorro del Desierto se le había
agotado la suerte. Acosado por la ictericia, por los ataques de Monty en
Medenine y con la línea Mareth casi rebasada, partió de manera voluntaria
para Europa, acompañado únicamente por sus ayudantes de campo. Su
sustituto en Túnez, el general Hans-Jürgen von Arnim, luchó aún durante
un mes y medio antes de capitular en la ciudad de Túnez el 7 de mayo. El
despacho del general Alexander al primer ministro Winston Churchill, reza
así: «Señor, es mi deber informarle de que la campaña tunecina ha
terminado. La resistencia enemiga ha cesado por completo. Somos dueños
de las costas norteafricanas».
Fue el fin de los ejércitos del Eje en África y el triunfo por el que
Montgomery y el VIII Ejército tanto habían luchado.
Yo volví a El Cairo en un barco hospital. Cuando Rose vino a verme al
Hospital General Escocés, traía en sus brazos a nuestra hijita pequeña,
llamada Alexandra en honor a la ciudad en la que había sido concebida.
Tanto Collier como Punch sobrevivieron a la guerra, aunque no volví a
ver a ninguno de los dos hasta una reunión celebrada en Wellington, Nueva
Zelanda, en marzo de 1963. Punch murió de un ataque al corazón el día de
Año Nuevo de 1971, en su casa de Puhoi, al norte de Auckland. Durante el
período descrito en estas páginas, perdí a cuatro hombres: el soldado L. Z.
Midge, el cabo R. A. Hornsby, el soldado L. R. Standage y el soldado J. M.
Miller. Aún hoy sigo viendo sus caras. Collier y Punch recibieron la
Medalla Militar. Grainger, Oliphant y Miller recibieron menciones a título
póstumo. Marks sobrevivió a las heridas recibidas en el wadi. Murió en
1986 en Durban, Sudáfrica.
Nick Wilder (DSO, Orden de Servicios Distinguidos) y Ron Tinker
(OBE, Orden del Imperio Británico; MC, Maestro de Ceremonias; MM,
Medalla Militar) volvieron a Nueva Zelanda como héroes. He citado sus
nombres en más cenas de las que puedo recordar. Ambos murieron hace
tiempo. Wilder en su rancho de ovejas de seiscientas cincuenta hectáreas,
cerca de Waipukurau, el 27 de junio de 1970, a la edad de cincuenta y seis
años; Tinker en Christchurch, el 16 de febrero de 1982, a los sesenta y
ocho. Ambos se retiraron con el rango de teniente coronel.
Jake Eaonsmith (DSO, MC) continuó dirigiendo el LRDG y fue
ascendido a teniente coronel cuando el grupo, después de un proceso de
reconfiguración, fue enviado a los Balcanes y las islas del Egeo para
colaborar con los partisanos. Un francotirador lo mató en Leros el 16 de
noviembre de 1943.
El mayor (y más adelante teniente coronel) Vladimir Popski (DSO, MC)
escribió la pintoresca y entretenidísima obra El ejército privado de Popski,
que se publicó con enorme éxito en 1950. Murió un año después de un
tumor cerebral. Tenía cincuenta y cuatro años.
El mayor del SAS (y más adelante teniente coronel) Blair Paddy Mayne
(DSO de tres barras, Légion d’Honneur, Croix de Guerre) murió en un
accidente de coche el 13 de diciembre de 1955, cerca de su casa de
Newtonwards, Irlanda del Norte. Era el oficial británico más condecorado
de la segunda guerra mundial, así como uno de los pilares fundadores del
Special Air Service y una leyenda viva.
La muerte le llegó al Zorro del Desierto revestida de amarga ironía y,
según muchos, de honorabilidad, una honorabilidad aún mayor a la que se
había hecho acreedor por sus proezas como soldado y oficial. Acusado por
los sicarios de Hitler de complicidad en el intento de asesinato contra la
vida del Führer en julio de 1944, se le dio a elegir entre suicidarse —con
una cápsula de cianuro proporcionada por sus acusadores— o someter a la
nación al drama de un juicio frente a una corte nazi. Rommel era
perfectamente consciente de que sus acusadores nunca permitirían que
sobreviviera hasta el momento del juicio. Escogió el veneno. Lo enterraron
con todos los honores en Herrlingen, el 18 de octubre de 1944.
Yo me encontraba hospitalizado en Cerdeña cuando oí la noticia por la
BBC. La muerte se atribuía falsamente a las heridas sufridas durante un
ataque aéreo estadounidense. Yo me creí esa mentira. Hasta la publicación
de la obra de Desmond Young, Rommel, el Zorro del Desierto, en 1950, no
salió la verdad a la luz.
Matar a Rommel fue algo que nosotros, sus enemigos, nunca
conseguimos. Tuvieron que ser Hitler y sus más viles compatriotas los que
finalmente pararan el corazón del mayor de sus generales. Quienes
luchamos contra él llegamos a respetarlo, tal vez tan profundamente como
los propios hombres a quienes dirigió siempre con tanta brillantez y sirvió
con fidelidad hasta su último aliento.
La novela de Stein fue publicada por Gattis & Thurlow en 1947. Fue el
comienzo de mi carrera como editor. El Times la describió como
«deslumbrante» e «intrépida», y publicó una foto de Stein con su uniforme
de la RHA que Rose había tomado a la entrada de la biblioteca Bodleian. Se
hizo una película basada en el libro, con Jack Hawkins y un jovencísimo
Laurence Harvey. Hasta surgió una especie de culto a Stein en Greenwich
Village, Nueva York, en la época de los beatniks.
En cuanto a mi carrera militar, aún continuó once meses después de la
rendición alemana en el norte de Africa. Tomé parte en las invasiones
aliadas de Sicilia e Italia. Una costilla fracturada, no en una acción de
combate sino en un accidente de tráfico durante un permiso, me sacó
finalmente del frente y me colocó en un puesto de oficina para el que
sospecho que estaba más capacitado por mis condiciones naturales.
Rose y yo seguimos juntos y continúo tan profundamente enamorado de
ella como cuando era un joven universitario, en 1939. A Alexandra se le
han unido Jessica, Thomas y Patrick y (hasta el momento) un total de seis
nietos.
En cuanto al sueño de mi madre, no he dejado nunca de tenerlo. Si la
imaginería, tal como sugería Stein, tenía que ver con el deseo de
reconciliarse con la muerte, supongo que aún no lo he conseguido.
Por último he de hablar de los soldados italianos que matamos aquella
noche en Benina. A lo largo de los siglos, incontables guerreros y
pensadores mucho más sabios que yo han reflexionado sobre la moralidad
de la guerra y el derecho a quitar la vida humana. Yo sólo puedo hablar por
mí mismo. Ningún credo marcial, por muy elevado y noble que pueda
parecer, logrará convencerme nunca de que aquellos hombres eran mis
«enemigos», a pesar de que sé que lo eran y estar convencido de que de
haber tenido la ocasión habrían hecho con mis camaradas y conmigo lo
mismo que nosotros hicimos con ellos. Eso no cambia nada. Les quitamos
la vida. Por culpa de una violencia voluntariamente desencadenada por mí,
nuestras armas se los arrebataron a sus esposas, sus hijos, sus padres y sus
madres; a su país y a ellos mismos. Ni un río de lágrimas podría alterar este
hecho. He vivido con él hasta el último de los días, hasta la última de las
horas transcurridas desde entonces. Como otros tantos de mi generación, no
fui a la guerra con la gravedad y la sobriedad que, según Lao Tsé, deberían
adornar a un hombre en este trance de su existencia. Pero al volver de ella sí
que las llevaba conmigo.
EPÍLOGO
Las memorias de Chap concluyen con esa frase. Lo que, de manera muy
característica en él, omitió mencionar fue la DSO que se le otorgó por la
operación descrita en estas páginas. También recibiría la Cruz Militar en
la ciudad italiana de Montecasino, en mayo de 1944; estos honores se
unieron a las menciones recibidas durante la campaña de Gazala, lo que,
en conjunto, le hizo merecedor de la siguiente línea en su esquela,
aparecida en The Times y The Guardian, el 27 de diciembre de 2004:

Chapman, Mayor R. L., DSO, MC, m.i.d.

Dudo mucho de que Chap hubiera elegido este resumen para sintetizar
su vida, pero también estoy seguro de que su espíritu, al verlo desde el
cielo, se habría sentido satisfecho con este «sobre el autor» (como él lo
habría llamado).
Su funeral se celebró, como ya he dicho, en la capilla del Magdalen
College de Oxford. La capilla se alza a la derecha del primer cuadrángulo.
Aquella mañana, el espacio estaba tan lleno que algunos de los asistentes
al sepelio se vieron obligados a ocupar el claustro contiguo.
Era un día seco y soplaba una brisa fría y penetrante. Por entonces
Rose tenía dificultades para andar; su hijo Patrick y uno de sus nietos
tuvieron que ayudarla para llegar a su asiento. Cuando terminó el servicio,
alguien trajo una silla de ruedas desde la que Rose saludó a los invitados
durante la recepción posterior, celebrada en un pub llamado Head of the
River. Yo había volado solo desde California, puesto que mi esposa había
tenido que quedarse en casa por culpa de una emergencia familiar. Pasé
gran parte de la velada sintiéndome un poco apartado, como un mero
observador.
Los invitados parecían en su mayor parte familiares, amigos y colegas
del mundo editorial; en otras palabras, la gente que había conocido a Chap
después de la guerra. Varios caballeros de avanzada edad se acercaron a
Rose. ¿Era alguno de ellos un viejo soldado? Las hijas de Chap y Rose,
Alexandra y Jessica, saludaban a los invitados y se los presentaban a sus
hermanos, quienes a continuación los acompañaban hasta la silla de Rose.
Estoy seguro de que estaba agotada, pero aguantó como un soldado. Su
satisfacción y su gratitud ante las palabras de condolencia eran palpables.
En un momento determinado, Alexandra me presentó a un viejo
caballero llamado Guy Bourghart, quien, a pesar de faltarle el brazo
derecho, aún poseía una fuerza extraordinaria cuando estrechaba la mano
con el izquierdo.
—Es el hombre que publicó el primer libro de papá.
Bourghart me explicó que Chap y él habían servido en el norte de
África por las mismas fechas.
—Chap me vendió el manuscrito en una estación de traslado de
cadáveres de Sfax, Túnez, mientras esperábamos a que partiera el barco
hospital que iba a llevamos a El Cairo. Los enfermos y los heridos estaban
amontonados sobre las literas, al aire libre, en medio del peor vendaval que
pueda usted imaginar. Lo único que podíamos hacer era desangramos y
compartir nuestras penas.
El primer libro. Se refería al de Stein.
—Chap llevaba el manuscrito encima. Increíble. Como es natural, no
pude leerlo en aquel momento. Bastante tenía con poder respirar. Pero
pensé: o este joven oficial está chiflado o pelea por sus escritores como un
jabato.
Unos minutos después conocí a la viuda del joven teniente de la Cruz de
Hierro al que Chap había salvado la vida en el Paso de Tebaga. Según me
contó la mujer, Chap lo había localizado en Frankfurt a comienzos de los
cincuenta; según parece, en aquella época había organizaciones que
ofrecían este tipo de servicios. Las dos parejas entablaron amistad y
empezaron a visitarse todos los veranos.
—Ahora Rose y yo —dijo la señora— compartiremos un vínculo más.
También estaba Jock, el querido amigo y cuñado de Chap. Había sido
el encargado de leer el panegírico. Me quedé con una copia, de la que he
extraído el siguiente fragmento:

Como muchos de vosotros sabéis, Chap publicaba no sólo jóvenes


escritores ingleses, sino también autores extranjeros. Libros traducidos.
Esto no es frecuente. Chap no era un hombre religioso. Hasta el día de hoy,
jamás lo había visto en una iglesia. Su religión era la literatura. Creía en la
palabra escrita, en la comunicación entre las almas del escritor y el lector
que se produce en el silencio que separa las tapas de un libro.
Chap veneraba la novela. Para él, la ficción no era sólo un medio de
evasión y entretenimiento (cosas por las que sentía un enorme respeto), sino
un campo de acción que hacía posible que la experiencia individual de un
hombre se hiciera accesible a otros con una fuerza e inmediatez de las que
carece cualquier otro medio. Él consideraba la novela como un elemento de
universalidad, un espacio en el que seres humanos diferentes, utilizando la
imaginación para adentrarse en las experiencias y la conciencia de otros,
podían descubrir elementos comunes más allá de las divisiones de la tribu,
la raza, la nación e incluso el tiempo.
Universalidad. Empatia. Éstas eran las cualidades que Chap idolatraba.
Éstos eran sus dioses. Y, si se me permite, las virtudes que encarnaba en
mayor medida y con mayor pureza que ninguna otra persona que jamás
haya Conocido.
Ahora quisiera contaros una última anécdota, una anécdota sobre mi
hermana Rose y el hombre al que ha adorado durante toda su vida. Muchos
de vosotros ya sabréis que, durante nuestra época universitaria, Chap y yo
tuvimos una pelea en High Street, justo a la vuelta de la esquina, cuando lo
sorprendí con mi hermana en unas circunstancias que hoy en día se
considerarían de una inocencia risible pero que en aquellos tiempos
resultaban escandalosas hasta lo extravagante. Cogí a mi hermana del brazo
y le ordené que viniera conmigo, a lo que ella replico: «¡Vete a la mierda,
Jock!». Entonces se záfó de mi brazo y se acercó a él. Aún puedo verlo ahí,
cogiendo a mi hermana por la cintura y mirándome fijamente a los ojos.
«Tu hermana está conmigo, Jock —me dijo—. Eso es todo».
Y así ha sido durante más de sesenta años. Y así será, estoy convencido,
para siempre.

La recepción estaba terminando. Me acerqué al bar. Estaba mirando a


mi alrededor con la esperanza de localizar algún emblema militar, un
alfiler identificativo o quizá una insignia que indicara la presencia de
algún antiguo camarada, cuando me fijé en la miniatura de un camión —
una de esas de Matchbox—, sobre una mesa de madera pulida, frente a un
caballero de unos ochenta años. Me acerqué a él y le pregunté qué clase de
camión era.
—Un Chevrolet de tres toneladas, del 42 —dijo el caballero mientras
me lo acercaba para que pudiera verlo. Al instante reconocí el caballo de
carga del Long Range Desert Group. El diseño del camión era impecable
hasta el último de sus detalles, incluida la presencia de la brújula solar y
las planchas de arena: sin techo, sin puerta y sin parabrisas. Me presenté.
—¿Me permite que le pregunte su nombre, señor?
—Collier —respondió.
—¿El sargento Collier?
Se había hecho de noche. Una brisa helada soplaba desde el río.
Collier y yo salimos a la terraza para charlar con más tranquilidad. Yo
estaba emocionado. Le hablé del manuscrito de Chap (aún fresco en mi
cabeza después de las tres veces que lo había leído a lo largo de los últimos
días) y de lo profundamente que creía haber llegado a conocer los sucesos,
los lugares y los personajes, incluido él mismo, que se describían en él.
—Tengo una copia a máquina en mi habitación; ¿quiere que le haga
otra?
—No necesito leer nada —respondió el neozelandés—. Estuve allí.
Era un hombre alto, de melena blanca y abundante. Aunque la edad le
había pasado su inevitable factura, se notaba con sólo verle las manos que
aún conservaba una fuerza considerable. Se comportaba como un
ganadero, que es lo que era. Su pipa era una del tipo Sherlock Holmes,
como en el manuscrito de Chap.
Estaba visitando a su hija en la Columbia Británica cuando su esposa
lo telefoneó para darle la noticia de la muerte de Chap. Los kiwis que
habían servido en el LRDG eran héroes nacionales; cualquier noticia
relacionada con ellos o con cualquier persona asociada con sus hazañas
suscitaba automáticamente la atención de la prensa neozelandesa, sobre
todo en los últimos años, a medida que los veteranos supervivientes iban
desapareciendo. Al instante, Collier había sacado un billete en un vuelo de
Vancouver a Heathrow. Había llegado el día antes y se marchaba al
siguiente. Le pregunté si había hablado con Rose.
Tiene gente más importante con la que hablar.
Estar en presencia de Collier me provocaba un extraño alborozo, como
si me hubiera encontrado de bruces con mi personaje preferido de una
película o un libro… cosa que, en cierto modo, es exactamente lo que había
sucedido. Creo que él se dio cuenta y eso empezó a incomodarlo. Esperaba
que se relajara un poco después de un par de pintas de cerveza, pero el
viejo soldado se disponía a marcharse. Le pregunté si iba a volver a su
hotel. El grupo estaba empezando a organizarse para regresar al hotelito
en el que se alojaba la familia, donde habían reservado un salón para una
pequeña reunión posterior al sepelio.
—Es suficiente con haber estado aquí.
Decidí que no podía permitir que se marchara tan pronto.
—Disculpe que le pregunte esto, señor Collier, pero ¿cómo puede viajar
desde tan lejos, a tal coste —saltaba a la vista que no era un hombre rico—
y no…?
—Sólo he venido a despedirme de un camarada.
Me miró a los ojos. Por lo que a él se refería, eso lo decía todo.
Pero yo no estaba dispuesto a dejar las cosas así.
—Collier —le dije—, me voy a tomar la libertad de tutearte porque, te
guste o no, tengo la sensación de que ya te conozco.
Le hablé de la renuencia inicial de Chap a mostrarme el manuscrito y
su resistencia, aún mayor, a verlo publicado. Le conté que, a causa de la
corta duración de su estancia en el LRDG y a la condición temporal de su
traslado, consideraba que nunca había sido un auténtico miembro de la
unidad.
—Y, lo que es más relevante —continué—, Chap estaba convencido de
que algunas de las… decisiones que tomó o dejó de tomar… le costaron la
vida a varios buenos hombres. Esto lo atormentaba. Por eso…
—¡Y una mierda! —Por primera vez sus ojos cobraron vida y su voz
resonó con auténtica emoción—. Jesús, de no haber sido por el señor
Chapman nos habrían liquidado… no una, sino una docena de veces. Sé
que nunca se sintió como un miembro de la unidad porque sólo estuvo con
nosotros durante una misión, pero lo mismo le pasó a muchos otros, y ellos
no vacilaron en agarrar la gloria con las dos manos. ¿Quién se la ganó
más que el señor Chapman? Solo era un muchacho, pero era tan duro como
el más curtido veterano del desierto que yo haya conocido. Y, una cosa
más…
Se irguió en toda su estatura.
—El coche de los boches que pisó la mina Teller. —Me miró a los ojos
—. ¿Escribió sobre eso?
—¿En la línea Mareth, te refieres? ¿Cuando volvisteis y os
encontrasteis a los alemanes medio quemados y heridos?
Detrás de nosotros se abrió la puerta del salón trasero del pub. Patrick,
el hijo de Chap, asomó la cabeza y nos dijo que los coches nos esperaban
para ir al hotel a tomar un brandy. Le di las gracias y le dije que
estaríamos con él en seguida. Cerró la puerta. El ruido del pub remitió al
instante. Le pregunté a Collier si quería volver a entrar.
Estaba contemplando el río helado.
—Teníamos una vieja Vickers del 303 en la parte trasera del camión.
Con asas para las dos manos y disparadores en los pulgares. —Sus manos
reprodujeron la postura y me miró de soslayo para ver si lo entendía. Podía
imaginármelo allí de pie, sobre la parte trasera del camión, con el vehículo
blindado alemán volcado y los soldados enemigos, espantosamente heridos
pero aún dueños de sus armas, bajo el cañón de la ametralladora.
—Me faltó esto —dijo— para hacer volar por los aires a esos
bastardos. Le juro que quería hacerlo. Todos queríamos.
Le pregunté lo que había dicho Chap. ¿Les dio específicamente la orden
de no disparar?
—El señor Chapman no dijo nada. No le hizo falta. Todos sabíamos qué
clase de hombre era. Sabíamos que ayudaría a los boches. Y él sabía que lo
respaldaríamos.
Sonaron unos cláxones procedentes de la calle. Patrick volvió y dio
unos golpes en la puerta. Le dije que ya íbamos y luego me volví hacia
Collier.
—No pasa un solo día —prosiguió— en que no le dé las gracias por
eso.
Finalmente lo convencí de que viniera a la reunión familiar. El
momento más gratificante de la velada fue cuando lo vi hablando en
privado con Rose. Después, lo llevé de regreso a su hotel No quería una
copia del manuscrito de Chap; incluso rehusó que se la enviara por correo
a Nueva Zelanda. No pude convencerlo ni de que echara un vistazo a los
pasajes donde se hablaba de él en términos de alabanza. Junto a la entrada
del hotel en el que se alojaba —un modesto establecimiento que su nieta le
había reservado por internet—, bajo el frío de la noche, el viejo soldado
parecía cansado y frágil, pero aún un guerrero. Le tendí la mano. Le dije
que era un honor para mí haberlo conocido.
Me la estrechó.
—Buena suerte, camarada.
Al día siguiente, Rose y la familia volvieron a Londres. Yo me quedé
toda la mañana en Oxford. Desayuné solo en el hotel y luego bajé hasta
Blackwell’s para preguntar si tenía la novela de Stein. Nunca la había visto.
Y la tenían, en efecto, una sola copia, en una sección llamada Autores
Universitarios. Era una tercera edición, con la cubierta original. La
compré. En las solapas interiores había una foto de Stein. Era un sujeto
bien parecido, moreno y de mirada intensa, con el mismo bigote al estilo de
Ronald Colman que, al parecer, llevaban todos los jóvenes en aquella
época. Compré el libro para dejarlo como recuerdo al pie de la lápida de
Chap.
Cuando volví a salir a la calle acababa de terminar una clase en una de
las facultades. Los estudiantes corrían hacia las bicicletas aparcadas a un
lado del edificio. Los observé mientras guardaban sus cuadernos y libros en
las cestas de las bicicletas, delante del manillar. Supongo que las bicicletas
inglesas no tienen caballetes, o puede que apoyarlas en la pared sea el
estilo de Oxford. Sea como fuere, la turba recogió sus vehículos y, un
instante después, sus chaquetas negras se alejaban como una veloz
bandada de cuervos.
Habían rodeado con una malla metálica el césped que cubría la tumba
de Chap para protegerlo de los animales hasta que la hierba hubiera tenido
tiempo de arraigar. La base de la lápida estaba cubierta de coronas,
amontonadas en una colorida pirámide entre velas y collares de cuentas,
conchas, lazos y notas manuscritas. Sobre la propia lápida había insignias
y condecoraciones militares, alineadas como una unidad dispuesta para la
inspección;
reconocí una DSO, varias Medallas Militares y una Cruz de Hierro
alemana. Exploré el lugar en busca del sitio idóneo para el libro de Stein.
Entre las flores, alguien había dejado un sombrero totalmente nuevo, con
un clavel blanco en la cinta. Me pareció el lugar más apropiado. Estaba
dejando allí la novela cuando reparé en un destello metálico y brillante.
Sobre la plataforma que sustentaba la lápida descansaba un minúsculo
camión de juguete con pintura de camuflaje: un Chevrolet de tres
toneladas, del 42. Lo cogí y lo sostuve un momento bajo la luz invernal. Se
veía la brújula solar y el condensador del radiador, la Browning y la
Vickers K. Tres soldados con uniformes del desierto lo conducían: el
conductor, el artillero y —de pie, con los prismáticos pegados a los ojos—
el jefe de la patrulla.
AGRADECIMIENTOS

Querría dar las gracias a Jack Valenti y a Rick Butler, de la Long Range
Desert Group Preservation Society; en Nueva Zelanda, al historiador del
LRDG Brendan O’Carrol por su sensatez y ayuda, así como al reverendo
Werner Wilder y a su familia por su amabilidad y por la ayuda que me han
prestado para la investigación en la que se basa este libro; a los escritores
sudafricanos Jonathan Pittaway y Craig Fourie; a Peter Sanders y Paul
Lincoln, de la Desert Raiders Association, en Inglaterra; al artillero e
historiador militar John A. T. Tiley, del 263.° Regimiento de la RA; y a
Andrew Scott, del First Royal Tank Regiment. También quiero expresar mi
gratitud hacia mis editores en Estados Unidos, Charlie Conrad y Bill
Thomas, así como a Simon Taylor, de Transworld, Londres; a Wilfred y
Gisela Erckhardt por su ayuda en las traducciones del alemán al inglés; y
especialmente a mi querido amigo John Milnes, de la BBC, cuyas
contribuciones, en términos literarios y editoriales, han excedido
sobradamente lo exigido por el deber. ¡Gracias a todos, camaradas!
STEVEN PRESSFIELD (Puerto de España, Trinidad, 1943). Nació en
Puerto de España, Trinidad en 1943, en la base militar de la Marina
Norteamericana en que estaba destinado su padre. Se graduó en 1965 en la
universidad de Duke y un año después se unió al Cuerpo de Marines. Una
vez de vuelta a la vida civil, realizó diversos trabajos desde profesor de
escuela a conductor de tráilers o temporero de recogida de fruta. Narró las
peripecias que tuvo que realizar para triunfar como escritor, incluyendo la
temporada que vivó en el maletero de su coche, en su libro The War of Art.
Su primer libro La leyenda de Bagger Vance se publicó en 1995 y fue
transformado en película por el director Robert Redford. También ha
realizado guiones para más de 30 películas de Hollywood.
Marcado por su etapa como Marine, se ha especializado en la novela
histórica de corte militar definiéndose por dos rasgos; primero por reflejar
en primera persona la parte oscura de la guerra: la sangre, la deshonra y el
miedo. Los personajes son humanos sangran, mueren, lloran, se deprimen,
caen en las drogas y el alcohol para superar el pánico. En segundo lugar por
dar gran importancia a la estrategia militar, formación, equipamiento y
demás detalles que hacen caer la victoria de un bando u otro.
Su segunda novela, Puertas de Fuego sobre los espartanos en la batalla de
las Termópilas, se enseña en las academias militares de la Marina, los
Marines y de la Infantería americanos.

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