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Palabras de Ecologia

Este documento contiene la carta de 1855 del jefe indio Seattle de la tribu Suwamish al presidente de EE.UU. Franklin Pierce. En la carta, el jefe Seattle expresa su profundo respeto y conexión espiritual con la tierra de sus antepasados, y advierte sobre las consecuencias de tratar la tierra y sus recursos como mercancías. Acepta a regañadientes la oferta de compra de las tierras con la condición de que los estadounidenses las traten sagradas y enseñen a sus hijos el valor de la t
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Palabras de Ecologia

Este documento contiene la carta de 1855 del jefe indio Seattle de la tribu Suwamish al presidente de EE.UU. Franklin Pierce. En la carta, el jefe Seattle expresa su profundo respeto y conexión espiritual con la tierra de sus antepasados, y advierte sobre las consecuencias de tratar la tierra y sus recursos como mercancías. Acepta a regañadientes la oferta de compra de las tierras con la condición de que los estadounidenses las traten sagradas y enseñen a sus hijos el valor de la t
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Las palabras del Jefe Indio Noah Sealth.

camiNOsolo septiembre 06, 2011

“Sólo cuando el último árbol esté


muerto, el último río envenenado, y el
último pez atrapado, te darás cuenta
que no puedes comer dinero.” –
Sabiduría indoamericana
El siguiente documento es uno de los más preciados por los ecologistas, se trata de
la carta que envió en 1855 el jefe indio Seattle de la tribu Suwamish al presidente
de los Estados Unidos Franklin Pierce en respuesta a la oferta de compra de las
tierras de los Suwamish en el noroeste de los Estados Unidos, lo que ahora es el
Estado de Washinton. Los indios americanos estaban muy unidos a su tierra no
conociendo la propiedad, es más consideraban la tierra dueña de los hombres. En
numerosos ámbitos ecologistas se le considera como "la declaración más hermosa
y profunda que jamás se haya hecho sobre el medio ambiente".

Así Termina la Vida y Comienza la supervivencia...

Carta del Jefe Indio Seattle

El Gran Jefe de Washington manda decir que desea comprar nuestras tierras. El
Gran Jefe también nos envía palabras de amistad y buena voluntad. Apreciamos
esta gentileza porque sabemos que poca falta le hace, en cambio, nuestra amistad.
Vamos a considerar su oferta, pues sabemos que, de no hacerlo, el hombre blanco
podrá venir con sus armas de fuego y tomarse nuestras tierras. El Gran Jefe de
Washington podrá confiar en lo que dice el Jefe Seattle con la misma certeza con
que nuestros hermanos blancos podrán confiar en la vuelta de las estaciones. Mis
palabras son inmutables como las estrellas.

¿Cómo podéis comprar o vender el cielo, el calor de la tierra? Esta idea nos parece
extraña. No somos dueños de la frescura del aire ni del centelleo del agua. ¿Cómo
podríais comprarlos a nosotros? Lo decimos oportunamente. Habéis de saber que
cada partícula de esta tierra es sagrada para mi pueblo. Cada hoja resplandeciente,
cada playa arenosa, cada neblina en el oscuro bosque, cada claro y cada insecto
con su zumbido son sagrados en la memoria y la experiencia de mi pueblo. La savia
que circula en los árboles porta las memorias del hombre de piel roja.

Los muertos del hombre blanco se olvidan de su tierra natal cuando se van a caminar
por entre las estrellas. Nuestros muertos jamás olvidan esta hermosa tierra porque
ella es la madre del hombre de piel roja. Somos parte de la tierra y ella es parte de
nosotros. Las fragantes flores son nuestras hermanas; el venado, el caballo, el
águila majestuosa son nuestros hermanos. Las praderas, el calor corporal del
"potrillo" y el hombre, todos pertenecen a la misma familia. "Por eso, cuando el Gran
Jefe de Washington manda decir que desea comprar nuestras tierras, es mucho lo
que pide. El Gran Jefe manda decir que nos reservará un lugar para que podamos
vivir cómodamente entre nosotros. El será nuestro padre y nosotros seremos sus
hijos. Por eso consideraremos su oferta de comprar nuestras tierras. Mas, ello no
será fácil porque estas tierras son sagradas para nosotros. El agua centelleante que
corre por los ríos y esteros no es meramente agua sino la sangre de nuestros
antepasados. Si os vendemos estas tierras, tendréis que recordar que ellas son
sagradas y deberéis enseñar a vuestros hijos que lo son y que cada reflejo fantasmal
en las aguas claras de los lagos habla de acontecimientos y recuerdos de la vida de
mi pueblo. El murmullo del agua es la voz del padre de mi padre.

Los ríos son nuestros hermanos, ellos calman nuestra sed. Los ríos llevan nuestras
canoas y alimentan a nuestros hijos. Si os vendemos nuestras tierras, deberéis
recordar y enseñar a vuestros hijos que los ríos son nuestros hermanos y hermanos
de vosotros; deberéis en adelante dar a los ríos el trato bondadoso que daréis a
cualquier hermano.

Sabemos que el hombre blanco no comprende nuestra manera de ser. Le da lo


mismo un pedazo de tierra que el otro porque él es un extraño que llega en la noche
a sacar de la tierra lo que necesita. La tierra no es su hermano sino su enemigo.
Cuando la ha conquistado la abandona y sigue su camino. Deja detrás de él las
sepulturas de sus padres sin que le importe. Despoja de la tierra a sus hijos sin que
le importe. Olvida la sepultura de su padre y los derechos de sus hijos. Trata a su
madre, la tierra, y a su hermano el cielo, como si fuesen cosas que se pueden
comprar, saquear y vender, como si fuesen corderos y cuentas de vidrio. Su
insaciable apetito devorará la tierra y dejará tras sí sólo un desierto.

No lo comprendo. Nuestra manera de ser es diferente a la vuestra. La vista de


vuestras ciudades hace doler los ojos al hombre de piel roja. Pero quizá sea así
porque el hombre de piel roja es un salvaje y no comprende las cosas. No hay ningún
lugar tranquilo en las ciudades del hombre blanco, ningún lugar donde pueda
escucharse el desplegarse de las hojas en primavera o el orzar de las alas de un
insecto. Pero quizá sea así porque soy un salvaje y no puedo comprender las cosas.
El ruido de la ciudad parece insultar los oídos. ¿Y qué clase de vida es cuando el
hombre no es capaz de escuchar el solitario grito de la garza o la discusión nocturna
de las ranas alrededor de la laguna? Soy un hombre de piel roja y no lo comprendo.
Los indios preferimos el suave sonido del viento que acaricia la cala del lago y el
olor del mismo viento purificado por la lluvia del mediodía o perfumado por la
fragancia de los pinos.

El aire es algo precioso para el hombre de piel roja porque todas las cosas
comparten el mismo aliento: el animal, el árbol y el hombre. El hombre blanco parece
no sentir el aire que respira. Al igual que un hombre muchos días agonizante, se ha
vuelto insensible al hedor. Mas, si os vendemos nuestras tierras, debéis recordar
que el aire es precioso para nosotros, que el aire comparte su espíritu con toda la
vida que sustenta. Y, si os vendemos nuestras tierras, debéis dejarlas aparte y
mantenerlas sagradas como un lugar al cual podrá llegar incluso el hombre blanco
a saborear el viento dulcificado por las flores de la pradera.

Consideraremos vuestra oferta de comprar nuestras tierras. Si decidimos aceptarla,


pondré una condición: que el hombre blanco deberá tratar a los animales de estas
tierras como hermanos. Soy un salvaje y no comprendo otro modo de conducta. He
visto miles de búfalos pudriéndose sobre las praderas, abandonados allí por el
hombre blanco que les disparó desde un tren en marcha. Soy un salvaje y no
comprendo como el humeante caballo de vapor puede ser más importante que el
búfalo al que sólo matamos para poder vivir. ¿Qué es el hombre sin los animales?
Si todos los animales hubiesen desaparecido, el hombre moriría de una gran
soledad de espíritu. Porque todo lo que ocurre a los animales pronto habrá de ocurrir
también al hombre. Todas las cosas están relacionadas ente sí.
Vosotros debéis enseñar a vuestros hijos que el suelo bajo sus pies es la ceniza de
sus abuelos. Para que respeten la tierra, debéis decir a vuestros hijos que la tierra
está plena de vida de nuestros antepasados. Debéis enseñar a vuestros hijos lo que
nosotros hemos enseñados a los nuestros: que la tierra es nuestra madre. Todo lo
que afecta a la tierra afecta a los hijos de la tierra. Cuando los hombres escupen el
suelo se escupen a sí mismos.

Esto lo sabemos: la tierra no pertenece al hombre, sino que el hombre pertenece a


la tierra. El hombre no ha tejido la red de la vida: es sólo una hebra de ella. Todo lo
que haga a la red se lo hará a sí mismo. Lo que ocurre a la tierra ocurrirá a los hijos
de la tierra. Lo sabemos. Todas las cosas están relacionadas como la sangre que
une a una familia.

Aún el hombre blanco, cuyo Dios se pasea con él y conversa con el -de amigo a
amigo no puede estar exento del destino común-. Quizá seamos hermanos, después
de todo. Lo veremos. Sabemos algo que el hombre blanco descubrirá algún día: que
nuestro Dios es su mismo Dios. Ahora pensáis quizá que sois dueño de nuestras
tierras; pero no podéis serlo. El es el Dios de la humanidad y Su compasión es igual
para el hombre blanco. Esta tierra es preciosa para El y el causarle daño significa
mostrar desprecio hacia su Creador. Los hombres blancos también pasarán, tal vez
antes que las demás tribus. Si contamináis vuestra cama, moriréis alguna noche
sofocados por vuestros propios desperdicios. Pero aún en vuestra hora final os
sentiréis iluminados por la idea de que Dios os trajo a estas tierras y os dio el dominio
sobre ellas y sobre el hombre de piel roja con algún propósito especial. Tal destino
es un misterio para nosotros porque no comprendemos lo que será cuando los
búfalos hayan sido exterminados, cuando los caballos salvajes hayan sido domados,
cuando los recónditos rincones de los bosques exhalen el olor a muchos hombres y
cuando la vista hacia las verdes colinas esté cerrada por un enjambre de alambres
parlantes. ¿Dónde está el espeso bosque? Desapareció. ¿Dónde está el águila?
Desapareció.

Así termina la vida y comienza la supervivencia....


Jefe Indio de los Dwamish.

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