CAPÍTULO I
LA VIDA DE SANSÓN
En el linde de la región montañosa que dominaba las
llanuras filisteas, estaba la pequeña ciudad de Sora. Allí
moraba la familia de Manoa, de la tribu de Dan, una de las
pocas casas que, en medio de la deslealtad, habían
permanecido fieles a Dios. Es aquí, en esta región; donde
comienza la historia de nuestro líder.1
Instrucciones del Ángel
A la mujer estéril de Manoa se le apareció "el
ángel del Señor" y le comunicó que tendría un hijo, por
medio del cual Dios comenzaría a libertar a Israel. En
vista de esto, el ángel le dio instrucciones especiales con
respecto a sus propios hábitos y al trato que debía dar a
su hijo: "Ahora, pues, mira que ahora no bebas vino, ni
sidra, ni comas cosa inmunda". (Véase Jueces 13-16.). Y
la misma prohibición debía imponerse desde un principio al
niño, al que, además, no se le había de cortar el pelo;
1
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Elena White, Patriarcas y Profetas (Mountain View,
California: Pacific Press Publishing Association, 1955), 603.
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pues debía ser consagrado a Dios como nazareo desde su
nacimiento.1
La mujer buscó a su marido, y después de
describirle el ángel, le repitió su mensaje. Entonces,
temiendo que pudieran equivocarse en la obra importante que
se les encomendaba, el marido oró así: "Ah, Señor mío, yo
te ruego que aquel varón de Dios que enviaste, torne ahora
a venir a nosotros, y nos enseñe lo que hayamos de hacer
con el niño que ha de nacer". Cuando el ángel volvió a
aparecerles, la pregunta ansiosa de Manoa fue: "¿Qué orden
se tendrá con el niño, y qué ha de hacer?". Por lo que las
instrucciones anteriores le fueron repetidas.2
Su niñez y juventud
La promesa que Dios hizo a Manoa se cumplió a su
debido tiempo con el nacimiento de un hijo, que fue llamado
Sansón. A medida que el niño crecía, se hacía evidente que
poseía extraordinaria fuerza física. Sin embargo, como
bien lo sabían Sansón y sus padres, esta fuerza no dependía
de sus firmes músculos,
sino de su condición de nazareo, simbolizada por su
pelo largo.3
1
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Ibíd.
2
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Ibíd., 603-604.
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Como la ciudad de Sora estaba cerca de la región de
los filisteos, Sansón trabó amistades entre ellos. Así se
crearon en su juventud intimidades cuya influencia
entenebreció toda su vida. Una joven que vivía en la
ciudad filistea de Timnah conquistó los afectos de Sansón,
y él decidió hacerla su esposa. La única contestación que
dio a sus padres temerosos de Dios, que trataban de
disuadirle de su propósito, fue: "Esta agradó a mis ojos".
Los padres cedieron por fin a sus deseos, y la boda se
efectuó.1
Un líder en decadencia
La esposa, para obtener cuya mano Sansón; había
transgredido el mandamiento de Dios, traicionó a su marido
antes de que hubiese terminado el banquete de bodas.
Indignado por la perfidia de ella, Sansón la abandonó
momentáneamente, y regresó solo a su casa de Sora. Cuándo,
después de aplacársele el enojo, volvió por su novia, la
halló casada con otro. La venganza que él se tomó al
devastar todos los campos y viñedos de los filisteos, los
indujo a asesinaría, a pesar de que las amenazas de ellos
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Ibíd., 606.
1
Ibíd.
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le habían hecho cometer el engaño que dio principio a la
dificultad.1
Ahora airado por el bárbaro asesinato de su esposa,
atacó a los filisteos "e hiriólos… con gran mortandad". Y
entonces, deseando encontrar un refugio seguro contra sus
enemigos, se retiró a "la cueva de la peña de Etam", en la
tribu de Judá.2 Después de haber sido amarrados por los
filisteos, hizo pedazos las cuerdas fuertes y nuevas como
si hubieran sido lino quemado en el fuego. Luego, asiendo
la primera arma que halló a mano y que, si bien era tan
sólo una quijada de asno, resultó más eficaz que una espada
o una lanza, hirió a los filisteos hasta que huyeron
aterrorizados, dejando mil muertos en el campo.3
Otro paso en falso
Después de su victoria, hicieron los israelitas
juez a Sansón, y gobernó a Israel durante veinte años.
Pero un mal paso prepara el camino para otro. Sansón había
violado el mandamiento de Dios tomando esposa de entre los
filisteos, y otra vez se aventuró a relacionarse con los
que ahora eran sus enemigos mortales, para satisfacer una
1
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Ibíd., 607.
2
Ibíd.
3
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Ibíd., 608.
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pasión ilícita. Confiando en su gran fuerza, que tanto
terror infundía a los filisteos, fue osadamente a Gaza para
visitar a una ramera de aquel lugar.1
Los habitantes de la ciudad supieron que estaba
allí y desearon vengarse. Su, enemigo se había encerrado
dentro de las murallas de la más fortificada de todas sus
ciudades; estaban seguros de su presa, y sólo esperaban el
amanecer para completar su triunfo. A la media noche
Sansón despertó. La voz acusadora de la conciencia le
llenaba de remordimiento, mientras recordaba que había
quebrantado su voto de nazareo.2
Pero no obstante su pecado, la misericordia de Dios
no le había abandonado. Su fuerza prodigiosa le sirvió una
vez más para libertarse. Yendo a la puerta de la ciudad,
la arrancó de su sitio y se la llevó con sus postes y su
cerrojo a la cumbre de una colina en el camino a Hebrón.3
Y otro…
Después de estos acontecimientos continuó buscando placeres
sensuales que le atraían hacía la ruina.
1
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Ibíd., 608-609.
2
Ibíd.
3
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Ibíd.
7
Esta vez; su nombre era Dalila, quién después de descubrir
el secreto de su fuerza, revelada por el mismo sansón a al
persistencia de una mujer, que resultó el fin de su
tragedia, cuando después de cortarle sus trenzas “le
prendieron, y habiéndole sacado los ojos, lo llevaron a
Gaza”. Allí quedó atado con cadenas y grillos en la cárcel
y condenado a trabajos forzados.1
Un arrepentimiento entre cadenas
En el sufrimiento y la humillación, mientras era
juguete de los filisteos, Sansón aprendió más que nunca
antes acerca de sus debilidades; y sus aflicciones le
llevaron al arrepentimiento. A medida que el pelo crecía,
le volvía gradualmente su fuerza; pero sus enemigos,
considerándole como un prisionero encadenado e impotente,
no sentían aprensión alguna.2
Una misión lograda con la muerte
Los filisteos atribuían su victoria a sus dioses; y
regocijándose, desafiaban al Dios de Israel. Se decidió
hacer una fiesta en honor de Dagón el dios pez, "protector
del mar". De todos los pueblos y campos de la llanura
filistea, se congregaron la gente y sus señores.
1
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Ibíd., 610.
2
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Ibíd., 611.
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Muchedumbres de adoradores llenaban el gran templo y las
galerías alrededor del techo. Era una ocasión de
festividad y regocijo. Resaltó la pompa de los
sacrificios, seguidos de música y banqueteo. Entonces,
como trofeo culminante del poder de Dagón, se hizo traer al
Sansón. Grandes gritos de regocijo saludaron su aparición.
El pueblo y los príncipes se burlaron de su condición
miserable y adoraron al dios que había vencido "al
destruidor de nuestra tierra".1
El ídolo y sus adoradores, los sacerdotes y los
campesinos, los guerreros y los nobles, quedaron sepultados
juntos debajo de las ruinas del templo de Dagón. Y entre
ellos estaba el cuerpo gigantesco de aquel a quien Dios
había escogido para que libertase a su pueblo. Llegaron a
la tierra de Israel las nuevas del terrible derrumbamiento,
y los parientes de Sansón bajaron de las colinas, y sin
oposición rescataron el cuerpo del héroe caído. "Y
lleváronle, y le sepultaron entre Sora y Esthaol, en el
sepulcro de su padre Manoa".2
La promesa de Dios de que por medio de Sansón
comenzaría "a salvar a Israel de manos de los Filisteos" se
cumplió; pero ¡cuán sombría y terrible es la historia de
1
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Ibíd., 611-612.
2
Ibíd., 612.
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esa vida que habría podido alabar a Dios y dar gloria a la
nación! Si Sansón hubiera sido fiel a su vocación divina,
se le habría honrado y ensalzado, y el propósito de Dios se
habría cumplido. Pero él cedió a la tentación y no fue
fiel a su cometido, y su misión se cumplió en la derrota,
la servidumbre y la muerte.1
1
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Ibíd.
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