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Este documento presenta una biografía detallada del escritor mexicano Andrés Henestrosa. Describe su educación, obra literaria que incluye cuentos, ensayos y periodismo, cargos públicos, y reconocimientos. Resalta cómo su vida y obra representan la síntesis de las culturas indígena y española que conforman la identidad mexicana.
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Este documento presenta una biografía detallada del escritor mexicano Andrés Henestrosa. Describe su educación, obra literaria que incluye cuentos, ensayos y periodismo, cargos públicos, y reconocimientos. Resalta cómo su vida y obra representan la síntesis de las culturas indígena y española que conforman la identidad mexicana.
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1993
• •Andrés Henestrosa Morales
Poeta, narrador, ensayista, orador e historiador, servidor público, maestro, representante
popular y permanente hombre de acción. Sus comentaristas coinciden en que Los hom-
bres que dispensó la danza “recreó e inventó, en prosa llena de brío y eficacia narrativa,
cuentos y leyendas de su tierra zapoteca, tomados del acervo popular.”
Nació en Ixhuatán, Oaxaca, el 30 de noviembre de 1906. Hasta los quince años de
edad habló exclusivamente lengua indígena.
Henestrosa inició su educación bajo la concepción que a esta actividad le imprimió
la triunfante Revolución Mexicana, como medio igualitario de oportunidades para la su-
peración social e individual. Obtuvo de su paisano, el Maestro José Vasconcelos, entonces
Secretario de Educación Pública, una beca para estudiar en la Ciudad de México. Se formó
en la Escuela Normal de Maestros y en la Universidad Nacional, en la cual, al lado de los
jóvenes de su generación, luchó en 1929, por la autonomía universitaria.
En atención a sus logros y merecimientos académicos, obtuvo una beca de la Funda-
ción Guggenheim de Nueva York, lo que le permitió realizar, entre 1936 y 1938, un trabajo
pionero e inigualado sobre la fonetización del idioma zapoteco, a partir del cual preparó
el alfabeto y un breve diccionario zapoteca-castellano. Su contribución resultó útil para
avanzar en la enseñanza del español a las comunidades zapotecas de su tierra.
Su obra literaria comprende relatos, ensayos, antología y periodismo. En el primer gru-
po destacan, además de Los hombres que dispersó la danza, 1929; Retrato de mi madre,
1940; Los cuatro abuelos (carta a Griselda Álvarez), 1960; Sobre el mi (carta a Alejandro
Finisterre), 1963; Obra completa (opúsculos hasta 1972); Una confidencia a media voz
(carta a Estela Shapiro), 1973; De Ixhuatán, mi tierra, a Jerusalén, tierra del Señor, 1976; El
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Tomo II

remoto y cercano ayer (reunión de las cartas anteriores), 1979; El maíz, riqueza del pobre,
1981, y Carta a Cibeles, 1982.
Publicó los siguientes ensayos: Periodismo y periodistas de Hispanoamérica (En: Geor-
ge Weill, El diario. Vida y función de la prensa periódica), 1941; Los hispanismos en el idio-
ma zapoteco, 1964; Acerca del poeta y su mundo, 1965; Los caminos de Juárez, 1970; De
México y España, 1974; Espuma y flor de corridos mexicanos, 1977, y Don Emilio (biografía
de Emilio Lanzagorta Unamuno. En: Gran Enciclopedia Vasca. Bilbao), 1980.
En colaboración con Ermilo Abreu Gómez, Jesús Zavala y Clemente López Trujillo,
publicó, en 1964, la antología Cuatro siglos de literatura mexicana; prologó una veintena
de libros.
Fundador y director de numerosas publicaciones culturales. En 1964 se le dio el grado
de académico de número en la Academia Mexicana de la Lengua y, desde hace más de
cincuenta años, publicó artículos periodísticos en diarios y revistas de circulación nacional
e internacional. Una colección de sus artículos titulada Alacena de minucias, fue publica-
da en 1970. Asimismo, Divagario en 1989.
En el servicio público fungió como Jefe del Departamento de Literatura del Instituto
Nacional de Bellas Artes, de 1952 a 1958. Como representante popular, fue electo Diputa-
do Federal a las XLIV, XLVI y LIV Legislaturas del Congreso de la Unión, así como Senador
de la República a las Legislaturas LII y LIII.
Al analizar el trayecto histórico de la vida del Maestro Andrés Henestrosa, nos ha lla-
mado poderosamente la atención el mérito de haber alcanzado el grado de académico
en una lengua que aprendió a los quince años de edad. Es la síntesis y la prueba feha-
ciente de la fusión que hay en su persona de lo indígena y lo español, que hace posible
lo mexicano, donde cada raíz tiene su peso y su valor para que lo distinto, lo propio, un
nuevo pueblo, surja de esos antecedentes.
En el Quinto Centenario del Encuentro de las Culturas Mesoamericana y Europea, su
vida y su obra son ejemplo de síntesis de los valores culturales de México, cuya presencia
y fortaleza son sustento del nacionalismo que fortalece la permanencia del pueblo mexi-
cano en el concierto internacional.
México, la Patria, es una pluralidad de naciones. Acerca de ella, Andrés Henestrosa es-
cribió que “es la suma de sus provincias; las patrias chicas sumadas dan la grande: la tierra
de todos, la Patria.” Coleccionista de “paisajes, miradas, sonrisas”, la obra de Henestrosa es
“una tempestad de sol, de luz, de azul” venida de Oaxaca, de su Istmo de Tehuantepec, de
Ixhuatán.
La obra del galardonado confirma que “la Nación mexicana tiene una composición
pluricultural sustentada originalmente en sus pueblos indígenas.”
La vida y obra de Henestrosa nos une y nos identifica ante nuevas etapas del desa-
rrollo nacional.
“Los indios creen que los muertos no se van del todo si una gran culpa, si un gran
amor dejaron en la tierra. Y Arnulfo Morales, mi padre, habrá dejado aquí a seis hijos y a
una viuda. Y era posible que en las noches de luna volviera al rancho para verlos.” En Retra-
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Belisario Domínguez

to de mi madre, Henestrosa relató los primeros años de su vida hasta llegar a la decisión
de salir para la capital de México, a ganar su destino indígena e hispánico, doble lealtad
que profesa con orgullo. El testimonio de su vida fue, al mismo tiempo, el testimonio de
una época y de la síntesis de dos culturas cuyo encuentro fecundo lleva más de quinien-
tos años.
Miguel Ángel Asturias señaló que Henestrosa se anticipó en América Hispana a de-
cantar con instrumentos literarios las leyendas de nuestros indios, en la que fue su primera
obra, Los hombres que dispersó la danza.
También se ha dicho de él que es un “escritor de estilo sobrio e ideas preci-
sas, es un periodista de pluma ágil y certera.” En efecto, la obra literaria de Andrés He-
nestrosa se complementó con sus tareas de docencia y su cotidiano, fructífero, prolífico,
oficio periodístico, nunca detenido ni por el servicio público ni por la acción política, que
ha estado dedicado fundamentalmente a Oaxaca, entidad federativa en cuyas siete regio-
nes habitan dieciséis grupos étnicos que se distinguen entre sí por su lenguaje propio.
La memoria de Juárez, el indio zapoteca nacido en la sierra que ahora lleva su nombre,
también ha sido exaltada por Andrés Henestrosa, el indio zapoteca del Istmo de Tehuan-
tepec. Es así como el alma indígena zapoteca ha contribuido a definir y a describir el perfil
de una Nación, que reconoce la deuda de solidaridad que tiene con Oaxaca. Murió el 10
de enero de 2008.

DISCURSO DE LA C. SENADORA IDOLINA MOGUEL CONTRERAS


“No me llores, no; no me llores, no; no llores sobre mi tumba, no llores porque si lloras yo
peno; en cambio, si tú me cantas yo siempre vivo, yo nunca muero.” La Martiniana, Andrés
Henestrosa, 1957.
Con su venia, Señor Presidente del Senado; ciudadano Presidente Constitucional de
los Estados Unidos Mexicanos; ciudadano Presidente de la Honorable Suprema Corte de
Justicia de la Nación; ciudadano Presidente de la Cámara de Diputados; ciudadanos servi-
dores públicos de los tres niveles de Gobierno de la nación; señoras y señores:
El Senado de la República exalta este día la memoria de uno de sus miembros que en
momentos aciagos para el país enarboló, con dignidad suprema, los ideales democráticos
que nutren al México moderno.
Belisario Domínguez simboliza la lucha contra la dictadura, que no ha vuelto a vulne-
rar los valores esenciales conductores de nuestra convivencia.
Es, en palabras de Andrés Henestrosa, el mártir que reencuentra “el derecho escarne-
cido, para devolverle a la Patria el decoro ultrajado, (y) para restituir al hombre, el orgullo
de la condición.”
Quienes estamos aquí reunidos, compartiendo con nuestros compatriotas la respon-
sabilidad de que nunca más puedan repetirse actos como los que llevaron sacrificio al
Senador chiapaneco.

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Tomo II

Al efecto, la reforma del Estado y la modernización de la sociedad constituyen los


mejores baluarte, para asegurar una Nación más democrática y más justa para las genera-
ciones de los años por venir.
Es un futuro que se construye hoy, gracias a las aportaciones fecundadas de los mexi-
canos singulares que “con su ciencia y su virtud, sirven a la Patria y a la humanidad, en
grado eminente.”
Andrés Henestrosa “ha encaminado los caminos” del siglo, desde su natal Ixhuatán,
pueblo suriano, que lo envolvió en los colores de esa tierra prodigiosa, donde aprendió a
sentir y a pensar, y a expresarse en la extraña lengua huave y en la lengua zapoteca, dulce
y musical, síntesis del ritmo y la cadencia del istmo oaxaqueño, allí, aprendió a identificar-
se el amor maternal con el amor místico de la tierra. Ambos, le inspiran algunos de los más
bellos renglones de la lírica nacional.
Las calles terrosas de Ixhuatán, miraron pasar la infancia soñadora de Andrés, de la
mano materna de Martina Henestrosa, cuya ausencia-presencia lo acompañará siempre.
Allí germinó lírico. De allí, el tono menor de la poesía indígena, reiterada en los versos
que cantamos con nostalgia los oaxaqueños de hoy:
¡Niña, cuando yo muera no llores sobre mi tumba, cántame un lindo son, ¡Hay mamá!
¡Cántame la zandunga!
¡Cómo deviene el deseo de curar la tristeza con la tristeza!; ¡Cómo evoca a la madre
tierra con el recuerdo constante de Martina Man!
Y aquí está Martina Henestrosa, maestro, entre Alfa y Cibeles, familia entrañable. Nom-
bres clásicos. Nobles rostros istmeños. Como aquel que un día engalanó nuestros anti-
guos billetes de diez pesos.
Las mujeres del istmo, las que caminan en verso al decir del maestro, se retrasan en la
canción popular, género literario y musical que Henestrosa reivindica:
“Las canciones -dice- tienen perfume, calor, distancia. Las hay que huelen a rosa, a
mirto, a amaranto... unas parecen cercanas, y otras, lejanas, con un color de horizonte,
azules. Todas en un instante regresón, si es que alguna vez se fueron de nuestro pecho....”
Muchas canciones ha compuesto Don Andrés. Letra y música.
Hay una, distinta, cadenciosa y rítmica en donde se remueven las gotas de sangre
africana que el maestro dice tener:
“Cuando salí de mi tierra el cielo pintaba azul; las juchitecas lucían oro, coral bambú.
Y si alguien me preguntara las cosas que tienes tú, al punto les contestara oro, coral y
bambú, oro, coral y bambú.”
Por esas raíces muestra a las que permanece fiel; por esas síntesis de las culturas que
encontraron hace medio milenio y por su esmero cuidadoso en el uso de la lengua espa-
ñola, la Nación reconoce en Andrés Henestrosa, su aportación fundamental a la compren-
sión entre los hombres y el enriquecimiento de la cultura mexicana.
La obra literaria de Henestrosa reproduce magistralmente, la paradoja de alcanzar lo
universal a partir de vivencias cotidianas en el ámbito local.

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Belisario Domínguez

El realismo mágico de las culturas zapoteca y española, se plasmaron en los hombres


que dispersó la danza, obra de su madura juventud. Relatos que él contaba en la lengua
recién aprendida y que el Maestro Antonio Caso lo conminó a escribir.
En esos tiempos, a pocos años de haber abandonado el solar nativo, Andrés Henes-
trosa se encontró inmerso en la lucha pionera por la autonomía universitaria, más tarde
elevada al rango de garantía constitucional.
El intelecto, no cabe duda, tiene que ser libre para ponerse al servicio de la transfor-
mación de la sociedad.
La cercanía del Maestro de América, José Vasconcelos, cautivó el entusiasmo del jo-
ven oaxaqueño, que encontró y reforzó dentro de sí mismo la devoción por los clásicos, la
productividad para fundar bibliotecas y una clara vocación de educador.
En rigor, Henestrosa, “es un autodidacta... los verdaderos intelectuales, tienen que ser
autodidactas. Siempre que ganaba un peso -relata- compraba un libro y un pan.”
En cuanto a su vocación de educador, deseo recordar a Don Andrés Henestrosa como
el maestro de literatura que, en la Normal Superior, fortaleció en varias generaciones de
profesores el amor a México. Así, nos hizo desentrañar el germen de lo mexicano, más allá
del folklore, en los versos perfectos del más lúcido pensamiento de la América novahis-
pana.
Así descubrimos emocionados la gestación de una Patria, la nuestra, que como la dé-
cima musa vivía en un círculo de contradicciones: Se enclaustraba para lograr su libertad
y luchaba denodadamente por ser lo que era y que no la dejaban ser.
Domina en la obra de Henestrosa su producción periodística, fruto del oficio diaria-
mente reiterado de interpretar y describir. Hay sin embargo en ella, una búsqueda perma-
nente del alma nacional expresada en formas de belleza singular.
Andrés Henestrosa intuyó en el mester del periodismo el oficio democrático y de-
mocratizador por excelencia: Informar y formar a la sociedad: ¡Poderoso el hombre bien
formado! ¡Soberano el pueblo mejor informado!
Escritor acucioso en su periodismo artístico, crea cuadros de costumbres, efemérides,
ensayos de crítica política y científica, literaria y lingüística, recuerdos, fábulas y aún cró-
nica social, condensados en una prosa personal y tersa que le ha merecido un lugar en la
Academia Mexicana de la lengua.
Andrés Henestrosa, académico de una lengua que no es lengua materna. ¡Hazaña
singular!
Pero también -agregamos- su libertad de espíritu, la fidelidad a sus raíces y su ejemplo
de permanente actividad en la lucha por los derechos humanos, que todo ello es parte
de su legado personal.
La obra de Henestrosa es una contribución del nacionalismo mexicano. Nacionalismo
incluyente, constructivo, contrastante con los nacionalismos ultranza que hoy por hoy
ensombrecen nuestro mundo.
Pero Henestrosa es también combate y testimonio político al servicio de la Revolu-
ción Mexicana en la administración pública y en la representación popular.
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Tomo II

Hombre de acción vinculado e una ideología, a una concepción de la realidad mexi-


cana que se renueva para responder mejor a los retos del futuro.
En el umbral una nueva etapa de la historia de la Nación, la obra de Henestrosa nos
ratifica lo específico mexicano, desde donde habremos de asumir los retos de la apertura
y de la globalización que no podemos, ni debemos postergar.
De esta Asamblea, cuya pluralidad política -muy pronto fortalecida y renovada -es
signo inequívoco de la vigencia democrática de México, bajo el Gobierno del Presidente
Carlos Salinas, surge unánime el reconocimiento a la vida y a la obra del Maestro Andrés
Henestrosa, quien ha dicho: “(tengo) esa vaga certeza de que no he escrito en el viento,
ni he escrito en el agua, que alguna forma de mi huella y de mis pies, ha de quedar sobre
esta tierra de México....”
Debo recordar finalmente aquel poema prehispánico, a propósito de nosotros mis-
mos:
“Podrán cortar nuestros frutos, mutilar nuestras ramas, incendiar nuestro tronco, pero
nuestras raíces... permanecerán.”
Andrés Henestrosa pertenece a esa raíz. Muchas gracias.

DISCURSO DEL C. ANDRÉS HENESTROSA MORALES


C. Carlos Salinas de Gortari, Presidente de la República; C. Presidente de la Cámara de Se-
nadores; señores representantes de los poderes Legislativo y Judicial; señores Secretarios
de Estado; señoras y señores:
Nunca fue fácil ni venturosa nuestra historia. Difícil y desventurada ha sido. Decir que
está escrita con lágrimas y sangre no es un recurso retórico sino la expresión de una es-
cueta verdad. En vigilia hemos vivido, atentos a las asechanzas del exterior y del interior.
Nuestra historia se escribe todos los días: es un cotidiano plebiscito para renovar la deci-
sión de ser libres, independientes, soberanos: dueños de nuestro destino.
La historia de México, la que puede considerarse su historia moderna, se inicia con
una invasión, una conquista y una colonia, en la que tras de dolorosos conflictos queda
definida nuestra nacionalidad: no otro que el venturoso mestizaje de sangres, lengua,
espíritu. Un mestizaje en que prevalece lo indio, principalmente de sangre: lo dan los vien-
tres del Perú y de México, puesto que los conquistadores vinieron solteros.
Siempre, en todas las ocasiones, México supo enfrentar los peligros, sin medir el tama-
ño del sacrificio sino -como dijo Benito Juárez en horas aciagas-: “El patriotismo no debe
medir el tamaño de los sacrificios, sino afrontarlos con resignación.” La lección primera
nos la dio el joven Cuauhtemotzin, de quien venimos. Él fue quien nos enseñó que antes
morir libres, que vivir esclavos. Todo estaba en contra. Las profecías decían que llegada era
la hora de pasar de señores a vasallos; que el enemigo era invencible, que la lucha inútil, y
el joven hijo de Ahuízotl probó que mentían las profecías, y salió a su encuentro y mostró
que como todos los hombres, morían, que no eran los tales dioses como se proclamaba.
De las cenizas de Cuauhtemotzin vienen todos nuestros héroes, mártires, apóstoles, pró-
ceres. Cayó vencido; pero hay derrotas que son victorias: aquéllas que son en defensa de
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Belisario Domínguez

la libertad. Todo aquél que murió en su defensa es héroe. Día de gloria aquél en que un
hombre murió en defensa de la libertad, la justicia, la independencia.
Nuestra historia moderna, nuestra historia, en pluma de Ignacio Ramírez, se inicia con
la Independencia, con Hidalgo y los otros mártires de su causa. Pero otro, Carlos María
de Bustamante entre ellos, postula que sólo fue interrumpida su historia antigua. En el
Congreso de Chilpancingo; Morelos dijo que Anáhuac recuperaba su soberanía usurpada.
Nuestra historia es continuidad y hecho no interrumpido. Venimos de los tiempos más
remotos, de los abuelos indios: de los que primero vislumbraron esta Patria que es México.
La historia de México no ha sido fácil ni venturosa. Difícil y desventurada ha sido.
Hemos padecido agresiones, invasiones, intervenciones de muchos de los pueblos de la
Tierra. Y siempre cuando algunos retrocedían o aceptaban como irremediable el avance
de los poderosos, otro surge y toma como suya la defensa de la tierra, de su historia y de
sus tradiciones. Hidalgo nos enseñó que el poder de los reyes es demasiado débil cuando
gobierna contra la voluntad de los pueblos. Pueblo que quiere ser libre, lo será. Del cielo y
del suelo nació el hombre que defiende el decoro nacional. Los pueblos tienen en forja o
ya fraguado al hombre que cada ocasión necesita y reclama. Llama a la unidad nacional,
al frente único en defensa de la tierra. Y la historia nos enseña que siempre que estuvimos
unidos salimos triunfantes, alcanzamos la victoria que recompense las derrotas. En oca-
siones, cuando todo parecía perdido, un hombre queda de pie, la bandera en el puño y el
himno en los labios. Y mientras quede un soldado de pie, la Guerra no está perdida. Más
de una vez ha ocurrido convertir la derrota en triunfo y en dicha la desdicha.
Una algarada de barrio convirtió a Agustín de Iturbide en emperador de México. El
llamado consumador de la Independencia, la traicionaba. Como en ocasiones y en vista
de lo inesperado del acontecimiento, una gran parte de México no sabrá qué camino
tomar, en tanto que otros aceptaban como buena la situación cuando no se ocultaban
para calcular el paso que se debiera dar. Todo, una vez más, parecía perdido. Todo, otra
vez, irremediable. Pero también otra vez aparece el hombre que desafiando los mayores
peligros proclama la verdad, en su tamaño, sin calcular los riesgos que siempre corrió el
que la dijo y proclamó. El Diputado por Nuevo León, fray Servando Teresa de Mier, pide
la palabra y declara una farsa la coronación y el Te deum en que se consagraba a Iturbi-
de Emperador de México. Había sido nombrado miembro de la comisión que asistiera a
Catedral. Agradezco -dijo más o menos-, el honor que se me hace, porque supongo que
se me quiere honrar con ello, de nombrarme miembro de esta comisión. La declino, dijo,
porque a nosotros los clérigos nos está prohibido presenciar comedias. Y ese fue el primer
disparo contra el trono que se había levantado para que en él se encaramara Agustín de
Iturbide. Estos hombres de apariencia inofensiva que andan entre nosotros sin que se les
advierta, son capaces, llegada la hora, de estas tremendas verdades, de estas enormes
verdades. Fray Servando padeció cárcel, persecución. Pero la causa de la Independencia
volvió a su cauce. Pronto aquel trono levantado sobre barro se vino por tierra.
Sí. No ha sido fácil ni venturosa nuestra historia. Difícil y desventurada ha sido. Pero
siempre México afrontó todos los peligros; puso al servicio de la Patria su vida y su muerte.
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Tomo II

Un soldado tiene México en cada hijo. Y un héroe en cada soldado, agregó el humilde
Manuel Acuña.
En otras encrucijadas nos puso la historia. De algunas pareció que no saldríamos y sa-
limos: Guerras intestinas, guerras nacionales, guerra contra invasores, ésa ha sido nuestra
historia.
A las desventuras estamos hechos. Afrontarlas es nuestra grandeza. No rehuirlas nues-
tra gloria. Cada episodio parece el último. Pero ha sido sólo el anuncio de nuevas calami-
dades. Tras el triunfo de la República contra el Imperio, México pareció volver a su camino,
reanudar el hilo roto de su historia, pero no fue así, el enemigo no estaba vencido, sólo
había perdido un episodio de su guerra. Adviene una larga dictadura. El pueblo mexicano
vuelve a la lucha: a su sempiterna lucha en busca de la libertad y de la independencia. Es-
talla la Revolución de 1910, encabezada por Francisco I. Madero, un hombre desconocido
la víspera. Una reencarnación de los héroes, apóstoles y mártires mexicanos: mártir de la
democracia, se le llama. Los enemigos de adentro y los enemigos de afuera terminaron
con el régimen democrático de Francisco I. Madero. Otra vez parecía que nuestros males
no tenían remedio.
Cuando todo parece que se ha perdido; cuando parece que el hombre olvidó el or-
gullo y la voluntad de serlo; cuando todos callaron, el silencio suplantó a la palabra y la
mentira a la verdad; cuando pareció que todos rindieron la frente y doblegaron la cerviz;
cuando se creyó que toda lucha era inútil ante lo que se tuvo por invencible y por irreme-
diable; entonces aquel hombre que la tierra habría creado aparece y salva el honor de un
pueblo entero; habla por todos; acepta como suyo el sacrificio; pone en duda la supuesta
verdad de los pusilánimes, anuda el hilo de la historia allí donde fije interrumpida. Es cuan-
do Nación el héroe, el apóstol, el libertador, el mártir, el profeta. El poeta que con su canto
levanta murallas para defender a la Patria.
De esta estirpe era Belisario Domínguez. Era chiapaneco, de Comitán; descendiente
era de soldados que pusieron su espada en favor de la República. Era Médico de profesión,
graduado en la Sorbona de París; era de la buena raza de los que aman a la humanidad, de
los que toman por suyas las venturas y las desventuras de los hombres, en dondequiera
que hayan nacido, y cualquiera el siglo en que alentaron. Amaba las letras, y las ejercía.
Suya era la causa de México, no otra que la causa de la libertad, el progreso, el bienestar
de todos. Muy temprano escribió la primera verdad, y con decirla una vez, jamás dejó de
buscarla, y proclamarla cuando daba con ella. La verdad, siempre la verdad. Y aunque por
decirla vaya de por medio la vida, nunca traicionarla, como escribió un gran desdichado.
La verdad no murió porque se corte la lengua que la dijo. Vida y no muerte da la cicuta
cuando se apura por la verdad y por la Patria. Vida inmortal alcanzan en la historia quienes,
como el Senador Belisario Domínguez, la dijeron: se sirve a la Patria con el peligro y aun
con la seguridad de perder la existencia. Su acción final, la que determina su sacrificio, no
fue un hecho aislado, un paso desesperado, sino la culminación de una conducta ciuda-
dana, la cúspide y cenit de una vida entregada apasionada y fervorosamente a la defensa

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Belisario Domínguez

de la verdad, aunque por decirla se fuera quedando solo, fuera labrando su ataúd, cavan-
do su propia sepultura.
“Decid siempre la verdad y sostenedla con vuestra firmeza entera... Nada de anóni-
mos ni seudónimos”, escribió diez años antes de su muerte. ¿No está ya en esta sentencia
el temple y la vibración que se advierten en los dos discursos que lo inmortalizan? Dijo
la verdad sin veladuras. Con todas sus letras llamó a Victoriano Huerta asesino, traidor y
carnicero; perjuro, falaz y demente. Así de sencillo, sin aspavientos, sin alardes. Y se quedó
en espera, firme, seguro de que su sacrificio serviría a México. Si he de morir de cualquier
muerte, “yo prefiero morir asesinado por Huerta, porque creo que de esta manera contri-
buyo a restablecer las libertades de mi Patria.” Dijo su verdad y cayó muerto.
Señor Presidente: nuestros mártires, apóstoles, héroes en asamblea, usted por testigo,
renovemos hoy la promesa de luchar porque cada día México se acerque más a la Patria
de los que primero la concibieron: libre, independiente, soberana, justiciera, democrática,
una para todos.

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