Giddens
Giddens
INTRODUCCIÓN
globalizado. Se ha calculado que son más los científicos que trabajan hoy en el mundo
que los que han intervenido en la historia de la ciencia anteriormente. La globalización
tiene, sin embargo, diversas dimensiones. Introduce otras formas de riesgo e
incertidumbre, especialmente las relativas a la economía electrónica globalizada --- ella
misma una novedad reciente ---. Como en el caso de la ciencia, aquí el riesgo tiene
doble filo. Está estrechamente ligado a la innovación. No debe ser siempre minimizado;
la adopción activa de riesgos económicos y empresariales es la fuerza motriz de la
economía globalizada.
Qué es la globalización, y si es nueva en algún sentido, son focos de un debate
intenso. Abordo este debate en el capítulo 1, ya que gran parte del resto depende de ello.
Los hechos, no obstante, son, en realidad, bastante claros. La globalización está
reestructurando nuestros modos de vivir, y de forma muy profunda. Está dirigida por
Occidente, lleva la fuerte impronta del poder político y económico estadounidense y es
altamente desigual en sus consecuencias. Pero la globalización no es sólo el dominio de
Occidente sobre el resto; afecta a Estados Unidos igual que a otros países.
La globalización influye en la vida diaria tanto como los acontecimientos que se
suceden a escala mundial. Por eso este libro incluye una extensa reflexión sobre la
sexualidad, el matrimonio y la familia. En muchas zonas del mundo las mujeres están
reclamando una autonomía mayor que la que han gozado hasta ahora y están entrando
en el mercado laboral masivamente. Estos aspectos de la globalización son al menos tan
importantes como los que se producen en el mercado global.
Contribuyen a las presiones y tensones que están afectando a los modos tradicionales de
vida en la mayoría de las regiones mundiales. La familia tradicional está amenazada,
está cambiando, y lo hará mucho más. Otras tradiciones, como las vinculadas a la
religión, también experimentan grandes transformaciones. El fundamentalismo nace en
un mundo de tradiciones en derrumbe.
El campo de batalla del siglo XXI enfrentará al fundamentalismo con la tolerancia
cosmopolita. En un mundo globalizado, donde se transmiten rutinariamente información
e imágenes a lo largo del planeta, todos estamos en contacto regular con otros que
piensan diferente y viven de forma distinta que nosotros. Los cosmopolitas aceptan y
abrazan esta complejidad cultural. Los fundamentalistas la encuentran perturbadora y
peligrosa. Y ya sea en los ámbitos de la religión, la identidad étnica o el nacionalismo,
se refugian en una tradición renovada y purificada---y, con bastante frecuencia, en la
violencia.
Podemos confiar legítimamente en que triunfe una actitud cosmopolita. La
tolerancia de la diversidad cultural y la democracia están estrechamente ligadas, y la
democracia se está extendiendo por el mundo. La globalización está detrás de la
expansión de la democracia. Al mismo tiempo, paradójicamente, expone los límites de
las estructuras democráticas habituales, es decir, de las estructuras de la democracia
parlamentaria.
Tenemos que seguir democratizando las instituciones existentes y hacerlo de forma
que respondan a las demandas de la era global. Nunca seremos capaces de ser los amos
de nuestra historia, pero podemos y debemos encontrar maneras de controlar las riendas
de nuestro mundo desbocado.
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I.
GLOBALIZACIÓN
La globalización es, pues, una serie completa de procesos, y no uno sólo. Operan,
además, de manera contradictoria o antitética. La mayoría de la gente cree que la
globalización simplemente “traspasa” poder o influencia de las comunidades locales y
países a la arena mundial. Y ésta es, desde luego, una de sus consecuencias. Las
naciones pierden algo del poder económico que llegaron a tener. Pero también tiene el
efecto contrario. La globalización no sólo presiona hacia arriba, sino también hacia
abajo, creando nuevas presiones para la autonomía local. El sociólogo norteamericano
Daniel Bell lo describe muy bien cuando dice que la nación se hace no sólo demasiado
pequeña para solucionar los grandes problemas, sino también demasiado grande para
arreglar los pequeños.
La globalización es la razón del resurgimiento de identidades culturales locales en
diferentes partes del mundo. Si uno se pregunta, por ejemplo, por qué los escoceses
quieren más autonomía en el Reino Unido, o por qué hay un fuerte movimiento
separatista en Québec, la respuesta no se va a encontrar sólo en su historia cultural. Los
nacionalismos locales brotan como respuesta a tendencias globalizadoras, a medida que
el peso de los Estados-nación más antiguos disminuye.
La globalización también presiona lateralmente. Crea nuevas zonas económicas y
culturales dentro y a través de países. Ejemplos son Hong Kong, el norte de Italia y
Silicon Valley, en California. O la región de Barcelona. El área que rodea Barcelona en
el norte de España se adentra en Francia. Cataluña, donde está Barcelona, está
sólidamente integrada en la Unión Europea. Es parte de España, pero también mira
hacia fuera.
Estos cambios se ven impulsados por una serie de factores, algunos estructurales,
otros más específicos e históricos. Los flujos económicos están, ciertamente, entre las
fuerzas motrices---especialmente el sistema financiero mundial---. No son, sin embargo,
fuerzas de la naturaleza. Han sido modeladas por la tecnología y la difusión cultural, así
como por las decisiones de los gobiernos de liberalizar y desregular sus economías
nacionales.
El colapso del comunismo soviético ha consolidado esta evolución, pues ningún
grupo significativo de países queda ya fuera. No fue un colapso casual. La globalización
explica por qué y cómo encontró su fin el comunismo soviético. La antigua Unión
Soviética y los países de Europa del Este eran comparables a Occidente en cuanto a
niveles de crecimiento hasta, más o menos, comienzos de los años setenta. Después de
ese momento se quedaron atrás rápidamente. El comunismo soviético, con su énfasis en
la empresa estatal y la industria pesada, no podía competir en la economía electrónica
mundial. El control ideológico y cultural en el que se basaba la autoridad política
comunista no podía sobrevivir en una era de medios de comunicación globales. Los
regímenes soviético y de Europa del Este eran incapaces de evitar la recepción de
emisiones de radio y televisión occidentales. La televisión jugó un papel directo en las
revoluciones de 1989, que se han llamado, con razón, las primeras “revoluciones
televisivas”. Las protestas callejeras que tenían lugar en un país eran observadas por
audiencias televisivas de otros, y mucho público se lanzaba entonces a las calles.
La globalización, por supuesto, no está evolucionando equitativamente, y de
ninguna manera es totalmente benigna en sus consecuencias. Muchas personas que
viven fuera de Europa y Norteamérica la consideran, y les desagrada, una
occidentalización--- o incluso americanización, ya que Estados Unidos es ahora la única
superpotencia, con una posición económica, cultural y militar dominante en el orden
mundial---. Muchas de las expresiones culturales más visibles de la globalización son
estadounidenses: Coca-Cola, McDonald’s, la CNN.
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Malaisia hizo bien en introducir controles en 1998 para contener el chorro de capitales
que salía del país. Pero formas más continuadas de proteccionismo no ayudarán al
desarrollo de los países pobres, y entre los ricos conduciría a bloques comerciales
enfrentados.
Los debates sobre la globalización que mencioné al comienzo se han concentrado
principalmente en sus implicaciones para el Estado-nación. ¿Son los
Estados-nación, y por ende los líderes políticos nacionales, todavía poderosos o son
cada vez más irrelevantes para las fuerzas que modelan el mundo? Los Estados-nación
son, desde luego, aún poderosos, y los líderes políticos tienen un gran papel que jugar
en el mundo. Pero al mismo tiempo el Estado-nación se está transformando ante
nuestros ojos. La política económica nacional no puede ser eficaz como antes. Más
importante es que las naciones han de repensar sus identidades ahora que las formas
más antiguas de geopolítica se vuelven obsoletas. Aunque éste es un punto conflictivo,
yo diría que tras el fin de la guerra fría muchas naciones no tienen enemigos. ¿Quiénes
son los enemigos de Gran Bretaña, Francia o Brasil? La guerra en Kosovo no enfrentó
a una nación con otra. Fue un conflicto entre un nacionalismo territorial anticuado y un
intervensionismo nuevo, movido por razones éticas.
Las naciones afrontan hoy riesgos y peligros en lugar de enemigos, un cambio
enorme en su propia naturaleza. Sólo de la nación se pueden hacer estos comentarios.
Dondequiera que miremos vemos instituciones que parecen iguales que siempre desde
fuera, y llevan los mismos nombres, pero que por dentro son bastante diferentes.
Seguimos hablando de la nación, la familia, el trabajo, la tradición, la naturaleza, como
si todos fueran iguales que en el pasado. No lo son. La concha exterior permanece, pero
por dentro han cambiado ---y esto está ocurriendo no sólo en Estados Unidos, Gran
Bretaña o Francia, sino prácticamente en todas partes---. Son lo que llamo instituciones
concha. Son instituciones que se han vuelto inadecuadas para las tareas que están
llamadas a cumplir.
A medida que los cambios que he descrito en este capítulo toman cuerpo, crean algo
que no ha existido antes: una sociedad cosmopolita mundial. Somos la primera
generación que vive, en esta sociedad, cuyos contornos sólo podemos ahora adivinar.
Está trastornando nuestros modos de vida, independientemente de dónde nos
encontremos. No es ---al menos por el momento--- un orden mundial dirigido por una
manera anárquica, casual, estimulado por una mezcla de influencias.
No está asentada ni asegurada, sino llena de inquietudes, además de marcada por
divisiones profundas. Muchos de nosotros nos sentimos atenazados por fuerzas sobre las
que no tenemos poder alguno. ¿Podemos volver a imponer nuestra voluntad sobre ellas?
Creo que sí. La impotencia que experimentemos no es señal de deficiencias de nuestras
instituciones. Necesitamos reconstruir las que tenemos o crear otras nuevas. Pues la
globalización hoy no es accesoria en nuestras vidas. Es un giro en las propias
circunstancias de nuestra vida. Es la manera en que vivimos ahora.
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II
RIESGO
Julio de 1998 fue posiblemente el mes más caluroso de la historia, y puede que 1998,
en conjunto, haya sido también el año más caluroso. Las olas de calor causaron estragos
en muchas zonas del hemisferio norte. En Eilat (Israel), por ejemplo, la temperatura
subió hasta casi 46 grados centígrados, mientras que el consumo de agua en el país
aumentó un 40 por 100. Texas, en Estados Unidos, sufrió temperaturas cercanas.
Durante los primeros ocho meses del año cada mes rebasaba el récord de ese mes. Poco
tiempo después, sin embargo, en algunas de las áreas afectadas por las olas de calor
cayó nieve en lugares que nunca la habían visto antes.
¿Son cambios de temperatura cómo éstos el resultado de la interferencia humana en
el clima mundial? No podemos estar seguros, pero tenemos que admitir la posibilidad
de que puedan serlo, al igual que el mayor número de huracanes, tifones, y tormentas
que se ha registrado en años recientes. Como consecuencia del desarrollo industrial
mundial, puede que hayamos alterado el clima mundial y dañado, además, una parte
mucho mayor de nuestro hábitat natural. No sabemos qué cambios futuros acaecerán ni
los peligros de sus secuelas.
Podemos entender algo de estas cuestiones diciendo que están todas vinculadas al
riesgo. Espero persuadirlos de que esta idea, aparentemente sencilla, descubre algunas
de las características básicas del mundo en el que vivimos hoy.
A primera vista, puede parecer que el concepto de riesgo no tiene relevancia
específica en nuestra época, comparada con períodos anteriores. Después de todo, ¿ no
ha tenido la gente que afrontar siempre una serie razonable de riesgos? Para la mayoría,
la vida en la Edad Media europea era desagradable, tosca y corta, igual que para muchas
personas en las zonas más pobres del mundo de hoy en día.
Pero aquí nos encontramos con algo realmente interesante. Salvo en algunos
contextos marginales, el concepto de riesgo no existía en la Edad Media. Tampoco, al
menos que yo sepa, existía en las demás culturas tradicionales. La idea de riesgo parece
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haber tomado cuerpo en los siglos XVI y XVII, y fue acuñada por primera vez por
exploradores occidentales cuando realizaban sus viajes por el mundo. La palabra riesgo
parece haber llegado al inglés a través del español o del portugués, donde se usaba para
referirse a navegar en aguas desconocidas. En otras palabras, originalmente estaba
orientada al espacio. Más tarde se trasladó al tiempo, utilizado como en la banca y la
inversión, para indicar el cálculo de las consecuencias probables de las decisiones
inversoras para prestamistas y prestatarios. Llegó posteriormente a referirse a una
amplia gama de diferentes situaciones de incertidumbre. Debo destacar que la noción de
riesgo es inseparable de las ideas de probabilidad e incertidumbre. No puede decirse que
una persona corre un riesgo cuando un resultado es seguro al 100 por 100.
Hay un viejo chiste que explica esto claramente. Un hombre salta desde la azotea de
un rascacielos de cien pisos. Al pasar por cada ventana, mientras baja, la gente que hay
dentro le oye decir: “Por ahora va bien, por ahora va bien, por ahora va bien...”.
Actúa como si estuviera haciendo una estimulación de riesgo, pero el resultado, en
verdad, está determinado. Las culturas tradicionales no tenían un concepto del riesgo
porque no lo necesitaban. Riesgo no es igual a amenaza o peligro. El riesgo se refiere a
peligros que se analizan activamente en relación a posibilidades futuras. Sólo alcanza un
uso extendido en una sociedad orientada hacia el futuro---que ve el futuro precisamente
como un territorio a conquistar o colonizar---. La idea de riesgo supone una sociedad
que trata activamente de romper con su pasado---la característica fundamental, en
efecto, de la civilización industrial moderna.
Todas las culturas anteriores, incluidas las grandes civilizaciones antiguas del
mundo, como Roma o la China tradicional, han vivido principalmente en el pasado. Han
utilizado las ideas de destino, suerte o voluntad de los dioses donde ahora tendemos a
colocar el riesgo. En las culturas tradicionales, si alguien tiene un accidente o, por el
contrario, prospera, bueno, son cosas que pasan, o es lo que los dioses y espíritus
querían. Algunas culturas han negado de plano la posibilidad de sucesos fortuitos. Los
azandes, una tribu africana, creen que cuando una desgracia cae sobre alguien es cosa de
brujería. Si un individuo se pone enfermo, por ejemplo, es porque un enemigo ha estado
haciendo magia negra.
Tales actitudes, por supuesto, no desaparecen completamente con la modernización.
Las ideas mágicas y los conceptos de destino y cosmología todavía tienen adeptos. Pero
con frecuencia siguen siendo supersticiones, en las que la gente sólo cree a medias y
practica de manera un poco avergonzada. Las utilizan para respaldar decisiones de
naturaleza más deductiva. Los jugadores, incluidos los de la bolsa, tienen sobre todo
rituales que reducen psicológicamente las incertidumbres a las que tienen que hacer
frente. Lo mismo puede decirse de los muchos riesgos que no podemos evitar correr, ya
que estar vivo es, por definición, un asunto arriesgado. De ninguna manera sorprende
que la gente todavía consulte astrólogos, especialmente en momentos cruciales de su
vida.
La aceptación del riesgo, con todo, es también condición de excitación y aventura ---
pensemos en el placer que mucha gente extrae de los riesgos del juego, de conducir
deprisa, de los devaneos sexuales o de las piruetas de una montaña rusa en un parque de
atracciones---. Además, una aceptación positiva del riesgo es la fuente misma de la
energía que crea riqueza en una economía moderna.
Los dos aspectos del riesgo---su lado negativo y el positivo---aparecen en los
primeros días de la sociedad industrial moderna. El riesgo es la dinámica movilizadora
de una sociedad volcada en el cambio que quiere determinar su propio futuro en lugar
de dejarlo a la religión, la tradición o los caprichos de la naturaleza. El capitalismo
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moderno difiere de todas las formas anteriores de sistema económico por sus actitudes
hacia el futuro. Los tipos anteriores de actividad de mercado eran irregulares o parciales.
Los negocios de mercaderes y comerciantes, por ejemplo, nunca habían hecho mucha
mella en la estructura básica de las civilizaciones tradicionales; todas permanecieron
fundamentalmente agrícolas y rurales.
El capitalismo moderno se planta en el futuro al calcular el beneficio y la pérdida, y,
por lo tanto, el riesgo, como un proceso continuo. Esto no pudo hacerse hasta la
invención de la contabilidad, con el libro de doble entrada, en el siglo XV en Europa,
que hizo posible analizar con precisión las posibilidades de invertir dinero para ganar
más dinero. Muchos riesgos, por supuesto, como los concernientes a la salud, los
queremos reducir tanto como podamos. Por ello, desde sus orígenes, la idea de riesgo va
acompañada del surgimiento del seguro. No debemos considerar sólo aquí el seguro
privado o mercantil. El Estado del bienestar, cuyo desarrollo puede rastrearse hasta las
leyes isabelinas de pobres en Inglaterra, es esencialmente un sistema de gestión del
riesgo. Está diseñado para proteger contra peligros que antes eran considerados
disposiciones de los dioses: enfermedad, incapacidad, pérdida del empleo y vejez. El
seguro es la línea de base con la que la gente está dispuesta a asumir riesgos. Es el
fundamento de la seguridad allí donde el destino ha sido suplantado por un compromiso
activo con el futuro. Al igual que la idea de riesgo, las formas modernas de seguro
empezaron con el tráfico marítimo. Los primeros seguros marítimos se suscribieron en
el siglo XVI. Una empresa londinense aseguró por primera vez un riesgo de ultramar en
1782.
Lloyd’s, en Londres, asumió poco después una posición líder en la industria
aseguradora emergente, lugar que ha mantenido durante dos siglos.
El seguro sólo es concebible donde creemos en un futuro diseñado por los hombres.
Es uno de los medios para ejecutar ese proyecto: proporciona seguridad, pero en
realidad es parasitario del riesgo y de las actitudes de la gente hacia él. Aquellos que
ofrecen seguros, ya sea en forma privada o sistemas estatales de bienestar, están
simplemente, redistribuyendo riesgos. Si alguien suscribe un seguro de incendios para el
caso de que su casa se queme, el riesgo no desaparece. El dueño traspasa el riesgo al
asegurador a cambio de un pago. El intercambio y transferencia de riesgos no es un
rasgo accidental en una economía capitalista. El capitalismo es impensable e inviable
sin ellos.
Por estas razones, la idea de riesgo siempre ha estado relacionada con la
modernidad; pero quiero defender que en el período actual este concepto asume una
nueva y peculiar importancia. Se suponía que el riesgo era una forma de regular el
futuro, de normalizarlo y traerlo bajo nuestro dominio. Las cosas no han resultado así.
Nuestros mismos intentos por controlar el futuro tienden a volver hacia nosotros,
forzándonos a buscar formas diferentes de ligarlo a la incertidumbre.
La mejor manera de explicar lo que está pasando es hacer una distinción entre dos
tipos de riesgo. A uno lo llamaré riesgo externo. El riesgo externo es el riesgo que se
experimenta como viniendo del exterior, de las sujeciones de la tradición o de la
naturaleza. Quiero distinguir éste del riesgo manufacturado, con lo que aludo al riesgo
creado por el impacto mismo de nuestro conocimiento creciente sobre el mundo. El
riesgo manufacturado se refiere a situaciones que tenemos muy poca experiencia
histórica en afrontar. La mayoría de los riesgos medioambientales, como los vinculados
al calentamiento global, entran en ésta categoría. Están directamente influidos por la
globalización galopante que abordé en el capítulo I.
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mismo sucede con el episodio del BSE* en el Reino Unido---el brote del llamado mal
de las vacas locas---en cuanto a sus implicaciones para los humanos. Por ahora, no
podemos estar seguros de que en algún momento no vaya a caer enferma mucha mas
gente que hasta el presente.
O considérese donde estamos en relación con el cambio climático mundial. La
mayoría de los científicos instruidos en la materia creen que el calentamiento global esta
ocurriendo y que deberían tomarse medidas contra el. Pero solo a mediados de los años
setenta la opinión científica ortodoxa era que el mundo estaba en una fase de
enfriamiento global. ____
* En castellano, EEB ( encefalopatía espongiforme bovina ); hemos mantenido las siglas inglesas debido a su difusión generalizada
( N. del T )
Una evidencia muy similar a la que se desplegó para sostener la hipótesis del
enfriamiento mundial se presenta ahora para reforzar la del calentamiento global--- olas
de calor, rachas de frío, tipos raros de clima---. ¿Esta ocurriendo el calentamiento global
y tiene orígenes humanos? Probablemente, pero no estaremos ni podemos estar
completamente seguros hasta que sea demasiado tarde. En estas circunstancias hay un
nuevo ambiente moral en la política, marcado por una tira y afloja entre las acusaciones
de alarmismo, por un lado, y de encubrimiento, por otro. Si alguien--- un miembro del
gobierno, un científico experto o un investigador--- se toma un determinado riesgo en
serio, debe proclamarlo. Debe ser ampliamente difundido porque hay que convencer a la
gente de que el riesgo es real---hay que montar un escándalo---. Pero si en verdad se
crea un escándalo y el riesgo resulta ser mínimo, los implicados serán acusados de
alarmismo. Supongamos, no obstante, que las autoridades deciden inicialmente que el
riesgo no es muy grande, como hizo el gobierno británico en el caso de la carne de vaca
contaminada.
En éste ejemplo el gobierno dijo antes de nada: tenemos el respaldo de científicos;
no existe un riesgo significativo, y quien lo desee puede seguir comiendo vacuno sin
preocupación alguna. En tales situaciones, si los acontecimientos suceden de otra
manera (como de hecho ocurrió), las autoridades serán acusadas de encubrirlos y lo
fueron. Las cosas son aún más complejas de lo que sugiere estos ejemplos.
Paradójicamente, el alarmismo puede ser necesario para reducir los riesgos que
afrontamos--- pero si tiene éxito, parece solo eso, alarmismo---. El caso del sida es un
ejemplo. Gobiernos y expertos hicieron una gran representación pública de los riesgos
asociados al sexo no seguro para conseguir que la gente cambiase sus comportamientos
sexuales. En parte como consecuencia, en los países desarrollados, el sida no se
extendió tanto como se había predicho en un principio. Entonces la respuesta fue: ¿por
qué asustabais axial a todo el mundo? Pero como sabemos de su propagación
continuada en el mundo, hicieron---y hacen---muy bien en actuar así.
Éste tipo de paradoja se vuelve rutina en la sociedad contemporánea, pero no hay
manera fácil de resolverlo. Pues, como mencione antes, en la mayoría de situaciones de
riesgo manufacturado incluso la propia existencia de los riesgos es una cuestión a
debatir. No podemos saber de antemano cuando estamos realmente alarmados y cuando
no.
Nuestra relación con la ciencia y la tecnología es hoy diferente de la que era habitual
en tiempos anteriores. En la sociedad occidental, durante dos siglos, la ciencia funcionó
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