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Giddens

Este documento presenta una introducción a la globalización. En primer lugar, explica que a pesar de que los temores sobre el fin del mundo son comunes a través de la historia, la época actual se distingue por ser una era de transición global impulsada por la ciencia, la tecnología y el pensamiento racional. Aunque se esperaba que esto llevara a un mundo más estable, en realidad ha creado nuevos riesgos e incertidumbres a nivel planetario como el cambio climático. La globalización está transformando profundamente los modos

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Giddens

Este documento presenta una introducción a la globalización. En primer lugar, explica que a pesar de que los temores sobre el fin del mundo son comunes a través de la historia, la época actual se distingue por ser una era de transición global impulsada por la ciencia, la tecnología y el pensamiento racional. Aunque se esperaba que esto llevara a un mundo más estable, en realidad ha creado nuevos riesgos e incertidumbres a nivel planetario como el cambio climático. La globalización está transformando profundamente los modos

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INTRODUCCIÓN

“ El mundo tiene prisa, y se acerca a su fin ”; lo dijo un arzobispo llamado Wulfstan


en un sermón pronunciado en York en el año 1014. Es fácil imaginar los mismos
presagios expresados hoy. ¿Son las esperanzas e inquietudes de un periodo simplemente
copias de épocas anteriores? ¿Tiene realmente el mundo en el que vivimos, a punto de
acabar el siglo xx, alguna diferencia con el de tiempos anteriores?
Sí. Hay buenas y objetivas razones para pensar que vivimos un periodo crucial de
transición histórica. Además, los cambios que nos afectan no se reducen a una zona
concreta del globo, sino que se extienden prácticamente a todas partes.
Nuestra época surgió bajo el impacto de la ciencia, la tecnología y el pensamiento
racional; sus orígenes están en la Europa de los siglos XVII y XVII. La cultura
industrial occidental fue forjada por la Ilustración --- por los libros de pensadores que
luchaban contra la influencia de la religión y el dogma, que querían reemplazar por un
enfoque más razonado de la vida práctica.
Los filósofos ilustrados trabajaban con una máxima simple pero aparentemente muy
poderosa. Cuanto más capaces seamos de comprender racionalmente el mundo y a
nosotros mismos, mejor podremos manejar la historia para nuestros propósitos.
Debemos librarnos de los hábitos y prejuicios del pasado para controlar el futuro.
Karl Marx, cuyas ideas deben mucho al pensamiento de la ilustración, expresó el
concepto con mucha sencillez. Hemos de entender la historia, explicaba, para poder
hacer historia. Marx y el marxismo, guiados por este principio, tuvieron un enorme
influjo en el siglo XX.
Según este pensamiento, con el desarrollo ulterior de la ciencia y la tecnología el
mundo llegaría más estable y ordenado. Incluso muchos pensadores contrarios a Marx
aceptaban la idea. El novelista George Orwell, por ejemplo, anticipó una sociedad con
demasiada estabilidad y predictibilidad --- en la cual todos nos convertiríamos en
pequeñas piezas de una enorme máquina social y económica --- Al igual que otros
muchos pensadores sociales, como el famoso sociólogo alemán Max Weber.
El mundo en el que nos encontramos hoy, sin embargo, no se parece mucho al que
pronosticaron. Tampoco lo sentimos de la misma manera. En lugar de estar cada vez
más bajo nuestro control, parece fuera de él --- un mundo desbocado ---. Es más algunas
de las tendencias que se suponía harían la vida más segura y predecible para nosotros,
incluido el progreso de la ciencia y la tecnología, tienen a menudo el efecto contrario.
Por ejemplo, el cambio climático global y sus riesgos inherentes resultan probablemente
de nuestra intervención sobre el medio ambiente. No son fenómenos naturales. Ciencia
y tecnología están inevitablemente implicadas en nuestros intentos por contrarrestar
tales riesgos, pero han contribuido también, y en primer lugar, a crearlos.
Nos enfrentamos a situaciones de riesgo que nadie en la historia ha tenido que
afrontar--- el calentamiento global sólo es una de ellas---. Muchos de los riesgos e
incertidumbres nuevos nos afectan independientemente de donde vivamos y de lo
privilegiados o marginados que seamos. Están ligados a la globalización, ese paquete de
cambios que constituye el objeto de este libro. También la ciencia y la tecnología se han
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globalizado. Se ha calculado que son más los científicos que trabajan hoy en el mundo
que los que han intervenido en la historia de la ciencia anteriormente. La globalización
tiene, sin embargo, diversas dimensiones. Introduce otras formas de riesgo e
incertidumbre, especialmente las relativas a la economía electrónica globalizada --- ella
misma una novedad reciente ---. Como en el caso de la ciencia, aquí el riesgo tiene
doble filo. Está estrechamente ligado a la innovación. No debe ser siempre minimizado;
la adopción activa de riesgos económicos y empresariales es la fuerza motriz de la
economía globalizada.
Qué es la globalización, y si es nueva en algún sentido, son focos de un debate
intenso. Abordo este debate en el capítulo 1, ya que gran parte del resto depende de ello.
Los hechos, no obstante, son, en realidad, bastante claros. La globalización está
reestructurando nuestros modos de vivir, y de forma muy profunda. Está dirigida por
Occidente, lleva la fuerte impronta del poder político y económico estadounidense y es
altamente desigual en sus consecuencias. Pero la globalización no es sólo el dominio de
Occidente sobre el resto; afecta a Estados Unidos igual que a otros países.
La globalización influye en la vida diaria tanto como los acontecimientos que se
suceden a escala mundial. Por eso este libro incluye una extensa reflexión sobre la
sexualidad, el matrimonio y la familia. En muchas zonas del mundo las mujeres están
reclamando una autonomía mayor que la que han gozado hasta ahora y están entrando
en el mercado laboral masivamente. Estos aspectos de la globalización son al menos tan
importantes como los que se producen en el mercado global.
Contribuyen a las presiones y tensones que están afectando a los modos tradicionales de
vida en la mayoría de las regiones mundiales. La familia tradicional está amenazada,
está cambiando, y lo hará mucho más. Otras tradiciones, como las vinculadas a la
religión, también experimentan grandes transformaciones. El fundamentalismo nace en
un mundo de tradiciones en derrumbe.
El campo de batalla del siglo XXI enfrentará al fundamentalismo con la tolerancia
cosmopolita. En un mundo globalizado, donde se transmiten rutinariamente información
e imágenes a lo largo del planeta, todos estamos en contacto regular con otros que
piensan diferente y viven de forma distinta que nosotros. Los cosmopolitas aceptan y
abrazan esta complejidad cultural. Los fundamentalistas la encuentran perturbadora y
peligrosa. Y ya sea en los ámbitos de la religión, la identidad étnica o el nacionalismo,
se refugian en una tradición renovada y purificada---y, con bastante frecuencia, en la
violencia.
Podemos confiar legítimamente en que triunfe una actitud cosmopolita. La
tolerancia de la diversidad cultural y la democracia están estrechamente ligadas, y la
democracia se está extendiendo por el mundo. La globalización está detrás de la
expansión de la democracia. Al mismo tiempo, paradójicamente, expone los límites de
las estructuras democráticas habituales, es decir, de las estructuras de la democracia
parlamentaria.
Tenemos que seguir democratizando las instituciones existentes y hacerlo de forma
que respondan a las demandas de la era global. Nunca seremos capaces de ser los amos
de nuestra historia, pero podemos y debemos encontrar maneras de controlar las riendas
de nuestro mundo desbocado.
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I.
GLOBALIZACIÓN

Una amiga mía estudia la vida rural de África central.


Hace unos años hizo su primera visita a una zona remota dónde iba a efectuar su trabajo
de campo. El día que llegó la invitaron a una casa local para pasar la velada. Esperaba
averiguar algo sobre los entretenimientos tradicionales de esta comunidad aislada. En
vez de ello, se encontró con un pase de Instinto básico en vídeo. La película, en aquel
momento, no había ni llegado a los cines de Londres.
Anécdotas cómo ésta revelan algo sobre nuestro mundo. Y no son triviales. No es
solo cuestión de que la gente añada parafernalia moderna ---vídeos, aparatos de
televisión, ordenadores personales, etc.--- a sus vidas. Vivimos en un mundo de
transformaciones que afectan casi a cualquier aspecto de lo que hacemos. Para bien o
para mal nos vemos propulsados a un orden global que nadie comprende del todo, pero
que hace que todos sintamos sus efectos.
Puede que globalización no sea una palabra particularmente atractiva o elegante.
Pero absolutamente nadie que quiera entender nuestras perspectivas en este fin de siglo
puede ignorarla. Viajo mucho para hablar en el extranjero. No hay un solo país en el
que la globalización no esté siendo exhaustivamente discutida. En Francia la palabra es
mondialisation. En España y América Latina, globalización. Los alemanes dicen
Globalisierung.
La difusión global del término testimonia las mismas tendencias a la que se refiere.
Todo gurú de los negocios habla de ello. Ningún discurso político está completo sin una
referencia a él. A finales de los años ochenta, sin embargo, la palabra apenas se
utilizaba, ni en la literatura académica ni en el lenguaje cotidiano. Ha pasado de ningún
lugar a estar casi en todas partes.
Dada su repentina popularidad, no debería sorprendernos que el significado del
concepto no esté siempre claro o que se haya desencadenado una reacción intelectual
contra él. La globalización tiene algo que ver con la tesis de que todos vivimos ahora en
un mismo mundo---pero ¿de qué forma exactamente? ¿Es la idea realmente válida ?--
Diferentes pensadores han adoptado posturas completamente opuestas sobre la
globalización en los debates surgidos en los últimos años. Algunos se resisten a ella en
bloque. Los llamo los escépticos.
Según los escépticos, toda la palabrería sobre la globalización se queda en eso, en
mera palabrería. Sean cuales sean sus beneficios, sus desafíos y tormentos, la economía
globalizada no es especialmente diferente de la que existía en periodos anteriores. El
mundo funciona de forma bastante parecida a como lo ha hecho durante muchos años.
La mayoría de los países, afirman los escépticos, ganan sólo una pequeña parte de su
renta con el comercio exterior. Además, buena parte del intercambio económico se da
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entre regiones, en lugar de ser verdaderamente mundial. Los países de la Unión


Europea, por ejemplo, comercian principalmente entre ellos. Lo mismo se puede decir
de los otros grandes bloques comerciales, como la costa pacífica de Asia o
Norteamérica.
Otros toman una postura muy diferente. Los denominaré radicales. Los radicales
afirman que no sólo la globalización es muy real, sino que sus consecuencias pueden
verse en todas partes. El mercado global, dicen, está mucho más desarrollado incluso
que en los años sesenta y setenta, y es ajeno a las fronteras nacionales. Los Estados han
perdido gran parte de la soberanía que tuvieron, y los políticos mucha de su capacidad
para influir en los acontecimientos. No es sorprendente que nadie respete ya a los líderes
políticos, o que nadie tenga mucho interés en lo que tienen que decir. La era del Estado-
nación ha terminado. Los Estados, como dice el escritor financiero japonés Kenichi
Ohmae, se han convertido en meras “ficciones”. Autores como Ohmae ven las
dificultades económicas de la crisis asiática de 1998 como ejemplo de la realidad de la
globalización, aunque vista desde su lado destructivo.
Los escépticos tienden a situarse en la izquierda política, especialmente en la vieja
izquierda. Pues si todo esto es, esencialmente, un mito, los gobiernos pueden controlar
todavía la vida económica y el Estado del bienestar permanecer intacto. La idea de
globalización, según los escépticos, es una ideología propagada por librecambistas que
quieren desmantelar los sistemas de bienestar y recortar los gastos estatales. Lo ocurrido
es, como mucho, una vuelta a lo que el mundo era hace un siglo. A finales del siglo XIX
había ya una economía mundial abierta, con un gran volumen de comercio, incluido el
tráfico de capitales.
Y bien, ¿quién tiene razón en este debate? Creo que los radicales. El nivel de
comercio mundial es hoy mucho mayor de lo que ha sido jamás y abarca un espectro
mucho más amplio de bienes y servicios. Pero la mayor diferencia está en el nivel de
flujos financieros y de capitales. Ajustada como está al dinero electrónico---dinero que
existe sólo como dígitos en ordenadores---, la economía mundial de hoy no tiene
paralelo en épocas anteriores.
En la nueva economía electrónica global gestores de fondos, bancos, empresas, al
igual que millones de inversores individuales, pueden transferir cantidades enormes de
capital de un lado del mundo a otro con el botón de un ratón. Al hacerlo pueden
desestabilizar lo que podían parecer economías sólidas y a prueba de bomba, como
sucedió en Asia.
El volumen de transacciones económicas mundiales se mide normalmente en dólares
estadounidenses. Para la mayoría de la gente un millón de dólares es mucho dinero.
Medido como fajo de billetes de cien dólares, abultaría 50 centímetros. Cien millones de
dólares llegarían más alto que la catedral de San Pablo de Londres. Mil millones de
dólares medirían casi 200 kilómetros, 20 veces más que el monte Everest. Sin
embargo, se maneja mucho más de mil millones de dólares cada día en los mercados
mundiales de capitales. Significa un aumento masivo desde solo finales de los años
ochenta, por no referirnos a un pasado más lejano. El valor del dinero que podamos
tener en nuestros bolsillos o nuestras cuentas bancarias cambia por momentos según las
fluctuaciones de estos mercados.
Por tanto, no vacilaría en decir que la globalización, tal como la experimentamos, es
en muchos aspectos no sólo nueva, sino revolucionaria. Pero no creo que ni los
escépticos ni los radicales hayan comprendido adecuadamente qué es o cuáles son sus
implicaciones para nosotros. Ambos grupos consideran el fenómeno casi
exclusivamente en términos económicos. Es un error. La globalización es política,
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tecnológica y cultural, además de económica. Se ha visto influida, sobre todo, por


cambios en los sistemas de comunicación, que datan únicamente de finales de los años
sesenta.
A mediados del siglo XIX un retratista de Massachussets, Samuel Morse,
transmitió
el primer mensaje--- “¿ qué ha fraguado Dios? ”--- por telégrafo eléctrico. Al hacerlo
inició una nueva fase en la historia del mundo. Nunca antes se había enviado un
mensaje sin que alguien fuera a algún sitio a llevarlo. Y, con todo, la llegada de las
comunicaciones por satélite, marca una ruptura igual de dramática con el pasado. Hasta
1969 no se lanzó el primer satélite comercial. Hoy hay más de doscientos satélites
parecidos sobrevolando la Tierra y cada uno porta una inmensa cantidad de información.
Por primera vez en la historia es posible la comunicación instantánea de una esquina del
mundo a otra. Otros tipos de comunicación electrónica, cada vez más incorporadas a la
transmisión por satélite, también se han acelerado en los últimos años. Hasta finales de
los años cincuenta no existían cables específicamente transatlánticos o transpacíficos.
Los primeros contenían menos de cien canales de voz. Los actuales recogen más de un
millón.
El 1 de febrero de 1999, unos ciento cincuenta años después de que Morse inventara
su sistema de puntos y rayas, su código desapareció finalmente de la escena mundial.
Dejó de utilizarse como medio de comunicación marítima. En su lugar ha aparecido un
sistema que utiliza tecnología satélite, mediante el que cualquier barco en apuros puede
ser localizado inmediatamente. La mayoría de los países se prepararon para la transición
con tiempo. Los franceses, por ejemplo, abandonaron el código Morse en sus aguas
territoriales en 1997; se dieron de baja con un adorno galo: “A todos. Éste es nuestro
último grito antes del silencio eterno”.
La comunicación electrónica instantánea no es sólo una forma de transmitir noticias
o información más rápidamente. Su existencia altera la textura misma de nuestras vidas,
seamos ricos o pobres. Algo ha cambiado en la esencia de nuestra experiencia cotidiana
cuando puede sernos más conocida la imagen de Nelson Mandela que la cara de nuestro
vecino de enfrente.
Nelson Mandela es una celebridad mundial, y la celebridad en sí misma es, en gran
medida, producto de nuevas tecnologías de la comunicación. El alcance de las
tecnologías mediáticas crece con cada ola de innovación. Le costó cuarenta años a la
radio conseguir una audiencia de 50 millones en estados unidos. La misma cantidad de
gente utilizaba ordenadores personales sólo quince años después de que apareciera el
ordenador personal. Hicieron falta sólo cuatro años, desde que se hizo accesible, para
que 50 millones de estadounidenses usaran Internet con regularidad.
Es un error pensar que la globalización sólo concierne a los grandes sistemas, como
el orden financiero mundial. La globalización no tiene que ver sólo con lo que hay “ahí
fuera”, remoto y alejado del individuo. Es también un fenómeno de “aquí dentro”, que
influye en los aspectos íntimos y personales de nuestras vidas. El debate sobre valores
familiares que se desarrolla en muchos países puede parecer muy apartado de las
influencias globalizadoras. No lo está. Los sistemas familiares tradicionales están
transformándose, o en tensión, en muchas zonas del mundo, sobre todo al exigir las
mujeres una mayor igualdad. Nunca ha habido una sociedad, al menos entre las
registradas en la historia, en la cual las mujeres hayan sido siquiera aproximadamente
iguales a los hombres. Ésta es una revolución verdaderamente global en la vida diaria,
cuyas consecuencias se están sintiendo en todo el mundo, en ámbitos que van desde el
trabajo a la política.
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La globalización es, pues, una serie completa de procesos, y no uno sólo. Operan,
además, de manera contradictoria o antitética. La mayoría de la gente cree que la
globalización simplemente “traspasa” poder o influencia de las comunidades locales y
países a la arena mundial. Y ésta es, desde luego, una de sus consecuencias. Las
naciones pierden algo del poder económico que llegaron a tener. Pero también tiene el
efecto contrario. La globalización no sólo presiona hacia arriba, sino también hacia
abajo, creando nuevas presiones para la autonomía local. El sociólogo norteamericano
Daniel Bell lo describe muy bien cuando dice que la nación se hace no sólo demasiado
pequeña para solucionar los grandes problemas, sino también demasiado grande para
arreglar los pequeños.
La globalización es la razón del resurgimiento de identidades culturales locales en
diferentes partes del mundo. Si uno se pregunta, por ejemplo, por qué los escoceses
quieren más autonomía en el Reino Unido, o por qué hay un fuerte movimiento
separatista en Québec, la respuesta no se va a encontrar sólo en su historia cultural. Los
nacionalismos locales brotan como respuesta a tendencias globalizadoras, a medida que
el peso de los Estados-nación más antiguos disminuye.
La globalización también presiona lateralmente. Crea nuevas zonas económicas y
culturales dentro y a través de países. Ejemplos son Hong Kong, el norte de Italia y
Silicon Valley, en California. O la región de Barcelona. El área que rodea Barcelona en
el norte de España se adentra en Francia. Cataluña, donde está Barcelona, está
sólidamente integrada en la Unión Europea. Es parte de España, pero también mira
hacia fuera.
Estos cambios se ven impulsados por una serie de factores, algunos estructurales,
otros más específicos e históricos. Los flujos económicos están, ciertamente, entre las
fuerzas motrices---especialmente el sistema financiero mundial---. No son, sin embargo,
fuerzas de la naturaleza. Han sido modeladas por la tecnología y la difusión cultural, así
como por las decisiones de los gobiernos de liberalizar y desregular sus economías
nacionales.
El colapso del comunismo soviético ha consolidado esta evolución, pues ningún
grupo significativo de países queda ya fuera. No fue un colapso casual. La globalización
explica por qué y cómo encontró su fin el comunismo soviético. La antigua Unión
Soviética y los países de Europa del Este eran comparables a Occidente en cuanto a
niveles de crecimiento hasta, más o menos, comienzos de los años setenta. Después de
ese momento se quedaron atrás rápidamente. El comunismo soviético, con su énfasis en
la empresa estatal y la industria pesada, no podía competir en la economía electrónica
mundial. El control ideológico y cultural en el que se basaba la autoridad política
comunista no podía sobrevivir en una era de medios de comunicación globales. Los
regímenes soviético y de Europa del Este eran incapaces de evitar la recepción de
emisiones de radio y televisión occidentales. La televisión jugó un papel directo en las
revoluciones de 1989, que se han llamado, con razón, las primeras “revoluciones
televisivas”. Las protestas callejeras que tenían lugar en un país eran observadas por
audiencias televisivas de otros, y mucho público se lanzaba entonces a las calles.
La globalización, por supuesto, no está evolucionando equitativamente, y de
ninguna manera es totalmente benigna en sus consecuencias. Muchas personas que
viven fuera de Europa y Norteamérica la consideran, y les desagrada, una
occidentalización--- o incluso americanización, ya que Estados Unidos es ahora la única
superpotencia, con una posición económica, cultural y militar dominante en el orden
mundial---. Muchas de las expresiones culturales más visibles de la globalización son
estadounidenses: Coca-Cola, McDonald’s, la CNN.
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La mayoría de las empresas multinacionales gigantes están también instaladas en


EEUU. Y las que no, vienen de los países ricos, no de las zonas más pobres del mundo.
Una visión pesimista de la globalización la tendría mayormente por un asunto del norte
industrial en el que las sociedades en desarrollo del sur tienen poco o ningún peso. La
vería destrozando culturas locales, ampliando las desigualdades mundiales y
empeorando la suerte de los marginados. La globalización, razonan algunos, crea un
mundo de ganadores y perdedores, unos pocos en el camino rápido hacia la prosperidad,
la mayoría condenada a una vida de miseria y desesperación.
En efecto, las estadísticas son angustiosas. La porción de renta global de la quinta
parte más pobre de la población mundial se ha reducido del 2,3 por 100 al 1,4 por 100
entre 1989 y 1998. La proporción que se lleva la quinta parte más rica, en cambio, ha
aumentado. En el África subsahariana 20 países tienen menor renta per cápita en
términos reales que a finales de los años setenta. En muchos países poco desarrollados
las normas de seguridad y medio ambiente son escasas o prácticamente inexistentes.
Algunas empresas transnacionales venden mercancías que son restringidas o prohibidas
en los países industriales---medicinas de poca calidad, pesticidas destructivos o
cigarrillos con un alto contenido en nicotina y alquitrán---. En lugar de una aldea global,
alguien podría decir, esto parece más el saqueo global.
Junto al riesgo ecológico, con el que está relacionado, la creciente desigualdad es el
mayor problema que afronta la sociedad mundial. No valdrá, sin embargo, culpar
simplemente a los ricos. Es fundamental para mi razonamiento el hecho de que la
globalización hoy es sólo en parte occidentalización. Por supuesto que las naciones
occidentales, y en general los países industriales, tienen todavía mucha mayor influencia
sobre los negocios mundiales que los Estados más pobres. Pero la globalización se está
descentrando cada vez más ---no se encuentra bajo el control de un grupo de naciones, y
menos aún de las grandes empresas---. Sus efectos se sienten en los países occidentales
tanto como en el resto.
Esto es cierto del sistema financiero mundial y de los cambios que afectan a la
naturaleza misma del poder. Lo que podría llamarse colonización inversa es cada vez
más común y significa que países no occidentales influyen en pautas de Occidente. Los
ejemplos abundan: la latinización de Los Ángeles, la emergencia de un sector
globalmente orientado de alta tecnología en India o la venta de programas de televisión
brasileños a Portugal.
¿Es la globalización una fuerza que promueve el bien común? La pregunta no puede
contestarse de manera simple, dada la complejidad del fenómeno. La gente que lo
pregunta, y que culpa a la globalización de agravar las desigualdades mundiales, suele
tener en mente la globalización económica y, dentro de ella, el libre comercio. Bíen, es
seguramente obvio que el libre comercio no es una ganancia absoluta. Especialmente en
lo que concierne a los países menos desarrollados. Abrir un país, o regiones dentro de él,
al libre comercio puede minar una economía local de subsistencia. Un área que se hace
dependiente de unos pocos productos vendidos en mercados mundiales es muy
vulnerable a las alteraciones de los precios y al cambio tecnológico.
El comercio necesita siempre un marco de instituciones, al igual que otras formas de
desarrollo económico. Los mercados no pueden ser creados con medios puramente
económicos, y el grado en que una economía cualquiera debiera ser expuesta al mercado
mundial debe depender de un conjunto de criterios. Oponerse, sin embargo, a la
globalización económica y optar por el proteccionismo económico sería una táctica
igualmente errónea para naciones ricas y pobres. El proteccionismo puede ser una
estrategia necesaria en algunos momentos y países. En mi opinión, por ejemplo,
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Malaisia hizo bien en introducir controles en 1998 para contener el chorro de capitales
que salía del país. Pero formas más continuadas de proteccionismo no ayudarán al
desarrollo de los países pobres, y entre los ricos conduciría a bloques comerciales
enfrentados.
Los debates sobre la globalización que mencioné al comienzo se han concentrado
principalmente en sus implicaciones para el Estado-nación. ¿Son los
Estados-nación, y por ende los líderes políticos nacionales, todavía poderosos o son
cada vez más irrelevantes para las fuerzas que modelan el mundo? Los Estados-nación
son, desde luego, aún poderosos, y los líderes políticos tienen un gran papel que jugar
en el mundo. Pero al mismo tiempo el Estado-nación se está transformando ante
nuestros ojos. La política económica nacional no puede ser eficaz como antes. Más
importante es que las naciones han de repensar sus identidades ahora que las formas
más antiguas de geopolítica se vuelven obsoletas. Aunque éste es un punto conflictivo,
yo diría que tras el fin de la guerra fría muchas naciones no tienen enemigos. ¿Quiénes
son los enemigos de Gran Bretaña, Francia o Brasil? La guerra en Kosovo no enfrentó
a una nación con otra. Fue un conflicto entre un nacionalismo territorial anticuado y un
intervensionismo nuevo, movido por razones éticas.
Las naciones afrontan hoy riesgos y peligros en lugar de enemigos, un cambio
enorme en su propia naturaleza. Sólo de la nación se pueden hacer estos comentarios.
Dondequiera que miremos vemos instituciones que parecen iguales que siempre desde
fuera, y llevan los mismos nombres, pero que por dentro son bastante diferentes.
Seguimos hablando de la nación, la familia, el trabajo, la tradición, la naturaleza, como
si todos fueran iguales que en el pasado. No lo son. La concha exterior permanece, pero
por dentro han cambiado ---y esto está ocurriendo no sólo en Estados Unidos, Gran
Bretaña o Francia, sino prácticamente en todas partes---. Son lo que llamo instituciones
concha. Son instituciones que se han vuelto inadecuadas para las tareas que están
llamadas a cumplir.
A medida que los cambios que he descrito en este capítulo toman cuerpo, crean algo
que no ha existido antes: una sociedad cosmopolita mundial. Somos la primera
generación que vive, en esta sociedad, cuyos contornos sólo podemos ahora adivinar.
Está trastornando nuestros modos de vida, independientemente de dónde nos
encontremos. No es ---al menos por el momento--- un orden mundial dirigido por una
manera anárquica, casual, estimulado por una mezcla de influencias.
No está asentada ni asegurada, sino llena de inquietudes, además de marcada por
divisiones profundas. Muchos de nosotros nos sentimos atenazados por fuerzas sobre las
que no tenemos poder alguno. ¿Podemos volver a imponer nuestra voluntad sobre ellas?
Creo que sí. La impotencia que experimentemos no es señal de deficiencias de nuestras
instituciones. Necesitamos reconstruir las que tenemos o crear otras nuevas. Pues la
globalización hoy no es accesoria en nuestras vidas. Es un giro en las propias
circunstancias de nuestra vida. Es la manera en que vivimos ahora.
9

II
RIESGO

Julio de 1998 fue posiblemente el mes más caluroso de la historia, y puede que 1998,
en conjunto, haya sido también el año más caluroso. Las olas de calor causaron estragos
en muchas zonas del hemisferio norte. En Eilat (Israel), por ejemplo, la temperatura
subió hasta casi 46 grados centígrados, mientras que el consumo de agua en el país
aumentó un 40 por 100. Texas, en Estados Unidos, sufrió temperaturas cercanas.
Durante los primeros ocho meses del año cada mes rebasaba el récord de ese mes. Poco
tiempo después, sin embargo, en algunas de las áreas afectadas por las olas de calor
cayó nieve en lugares que nunca la habían visto antes.
¿Son cambios de temperatura cómo éstos el resultado de la interferencia humana en
el clima mundial? No podemos estar seguros, pero tenemos que admitir la posibilidad
de que puedan serlo, al igual que el mayor número de huracanes, tifones, y tormentas
que se ha registrado en años recientes. Como consecuencia del desarrollo industrial
mundial, puede que hayamos alterado el clima mundial y dañado, además, una parte
mucho mayor de nuestro hábitat natural. No sabemos qué cambios futuros acaecerán ni
los peligros de sus secuelas.
Podemos entender algo de estas cuestiones diciendo que están todas vinculadas al
riesgo. Espero persuadirlos de que esta idea, aparentemente sencilla, descubre algunas
de las características básicas del mundo en el que vivimos hoy.
A primera vista, puede parecer que el concepto de riesgo no tiene relevancia
específica en nuestra época, comparada con períodos anteriores. Después de todo, ¿ no
ha tenido la gente que afrontar siempre una serie razonable de riesgos? Para la mayoría,
la vida en la Edad Media europea era desagradable, tosca y corta, igual que para muchas
personas en las zonas más pobres del mundo de hoy en día.
Pero aquí nos encontramos con algo realmente interesante. Salvo en algunos
contextos marginales, el concepto de riesgo no existía en la Edad Media. Tampoco, al
menos que yo sepa, existía en las demás culturas tradicionales. La idea de riesgo parece
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haber tomado cuerpo en los siglos XVI y XVII, y fue acuñada por primera vez por
exploradores occidentales cuando realizaban sus viajes por el mundo. La palabra riesgo
parece haber llegado al inglés a través del español o del portugués, donde se usaba para
referirse a navegar en aguas desconocidas. En otras palabras, originalmente estaba
orientada al espacio. Más tarde se trasladó al tiempo, utilizado como en la banca y la
inversión, para indicar el cálculo de las consecuencias probables de las decisiones
inversoras para prestamistas y prestatarios. Llegó posteriormente a referirse a una
amplia gama de diferentes situaciones de incertidumbre. Debo destacar que la noción de
riesgo es inseparable de las ideas de probabilidad e incertidumbre. No puede decirse que
una persona corre un riesgo cuando un resultado es seguro al 100 por 100.
Hay un viejo chiste que explica esto claramente. Un hombre salta desde la azotea de
un rascacielos de cien pisos. Al pasar por cada ventana, mientras baja, la gente que hay
dentro le oye decir: “Por ahora va bien, por ahora va bien, por ahora va bien...”.
Actúa como si estuviera haciendo una estimulación de riesgo, pero el resultado, en
verdad, está determinado. Las culturas tradicionales no tenían un concepto del riesgo
porque no lo necesitaban. Riesgo no es igual a amenaza o peligro. El riesgo se refiere a
peligros que se analizan activamente en relación a posibilidades futuras. Sólo alcanza un
uso extendido en una sociedad orientada hacia el futuro---que ve el futuro precisamente
como un territorio a conquistar o colonizar---. La idea de riesgo supone una sociedad
que trata activamente de romper con su pasado---la característica fundamental, en
efecto, de la civilización industrial moderna.
Todas las culturas anteriores, incluidas las grandes civilizaciones antiguas del
mundo, como Roma o la China tradicional, han vivido principalmente en el pasado. Han
utilizado las ideas de destino, suerte o voluntad de los dioses donde ahora tendemos a
colocar el riesgo. En las culturas tradicionales, si alguien tiene un accidente o, por el
contrario, prospera, bueno, son cosas que pasan, o es lo que los dioses y espíritus
querían. Algunas culturas han negado de plano la posibilidad de sucesos fortuitos. Los
azandes, una tribu africana, creen que cuando una desgracia cae sobre alguien es cosa de
brujería. Si un individuo se pone enfermo, por ejemplo, es porque un enemigo ha estado
haciendo magia negra.
Tales actitudes, por supuesto, no desaparecen completamente con la modernización.
Las ideas mágicas y los conceptos de destino y cosmología todavía tienen adeptos. Pero
con frecuencia siguen siendo supersticiones, en las que la gente sólo cree a medias y
practica de manera un poco avergonzada. Las utilizan para respaldar decisiones de
naturaleza más deductiva. Los jugadores, incluidos los de la bolsa, tienen sobre todo
rituales que reducen psicológicamente las incertidumbres a las que tienen que hacer
frente. Lo mismo puede decirse de los muchos riesgos que no podemos evitar correr, ya
que estar vivo es, por definición, un asunto arriesgado. De ninguna manera sorprende
que la gente todavía consulte astrólogos, especialmente en momentos cruciales de su
vida.
La aceptación del riesgo, con todo, es también condición de excitación y aventura ---
pensemos en el placer que mucha gente extrae de los riesgos del juego, de conducir
deprisa, de los devaneos sexuales o de las piruetas de una montaña rusa en un parque de
atracciones---. Además, una aceptación positiva del riesgo es la fuente misma de la
energía que crea riqueza en una economía moderna.
Los dos aspectos del riesgo---su lado negativo y el positivo---aparecen en los
primeros días de la sociedad industrial moderna. El riesgo es la dinámica movilizadora
de una sociedad volcada en el cambio que quiere determinar su propio futuro en lugar
de dejarlo a la religión, la tradición o los caprichos de la naturaleza. El capitalismo
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moderno difiere de todas las formas anteriores de sistema económico por sus actitudes
hacia el futuro. Los tipos anteriores de actividad de mercado eran irregulares o parciales.
Los negocios de mercaderes y comerciantes, por ejemplo, nunca habían hecho mucha
mella en la estructura básica de las civilizaciones tradicionales; todas permanecieron
fundamentalmente agrícolas y rurales.
El capitalismo moderno se planta en el futuro al calcular el beneficio y la pérdida, y,
por lo tanto, el riesgo, como un proceso continuo. Esto no pudo hacerse hasta la
invención de la contabilidad, con el libro de doble entrada, en el siglo XV en Europa,
que hizo posible analizar con precisión las posibilidades de invertir dinero para ganar
más dinero. Muchos riesgos, por supuesto, como los concernientes a la salud, los
queremos reducir tanto como podamos. Por ello, desde sus orígenes, la idea de riesgo va
acompañada del surgimiento del seguro. No debemos considerar sólo aquí el seguro
privado o mercantil. El Estado del bienestar, cuyo desarrollo puede rastrearse hasta las
leyes isabelinas de pobres en Inglaterra, es esencialmente un sistema de gestión del
riesgo. Está diseñado para proteger contra peligros que antes eran considerados
disposiciones de los dioses: enfermedad, incapacidad, pérdida del empleo y vejez. El
seguro es la línea de base con la que la gente está dispuesta a asumir riesgos. Es el
fundamento de la seguridad allí donde el destino ha sido suplantado por un compromiso
activo con el futuro. Al igual que la idea de riesgo, las formas modernas de seguro
empezaron con el tráfico marítimo. Los primeros seguros marítimos se suscribieron en
el siglo XVI. Una empresa londinense aseguró por primera vez un riesgo de ultramar en
1782.
Lloyd’s, en Londres, asumió poco después una posición líder en la industria
aseguradora emergente, lugar que ha mantenido durante dos siglos.
El seguro sólo es concebible donde creemos en un futuro diseñado por los hombres.
Es uno de los medios para ejecutar ese proyecto: proporciona seguridad, pero en
realidad es parasitario del riesgo y de las actitudes de la gente hacia él. Aquellos que
ofrecen seguros, ya sea en forma privada o sistemas estatales de bienestar, están
simplemente, redistribuyendo riesgos. Si alguien suscribe un seguro de incendios para el
caso de que su casa se queme, el riesgo no desaparece. El dueño traspasa el riesgo al
asegurador a cambio de un pago. El intercambio y transferencia de riesgos no es un
rasgo accidental en una economía capitalista. El capitalismo es impensable e inviable
sin ellos.
Por estas razones, la idea de riesgo siempre ha estado relacionada con la
modernidad; pero quiero defender que en el período actual este concepto asume una
nueva y peculiar importancia. Se suponía que el riesgo era una forma de regular el
futuro, de normalizarlo y traerlo bajo nuestro dominio. Las cosas no han resultado así.
Nuestros mismos intentos por controlar el futuro tienden a volver hacia nosotros,
forzándonos a buscar formas diferentes de ligarlo a la incertidumbre.
La mejor manera de explicar lo que está pasando es hacer una distinción entre dos
tipos de riesgo. A uno lo llamaré riesgo externo. El riesgo externo es el riesgo que se
experimenta como viniendo del exterior, de las sujeciones de la tradición o de la
naturaleza. Quiero distinguir éste del riesgo manufacturado, con lo que aludo al riesgo
creado por el impacto mismo de nuestro conocimiento creciente sobre el mundo. El
riesgo manufacturado se refiere a situaciones que tenemos muy poca experiencia
histórica en afrontar. La mayoría de los riesgos medioambientales, como los vinculados
al calentamiento global, entran en ésta categoría. Están directamente influidos por la
globalización galopante que abordé en el capítulo I.
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La mejor manera en la que puedo clarificar la distinción entre ambas clases de


riesgo es la siguiente: puede decirse que en toda cultura tradicional, y en la sociedad
industrial hasta el umbral del día de hoy, los seres humanos estaban preocupados por los
riesgos que venían de la naturaleza externa---malas cosechas, inundaciones, plagas o
hambrunas---. En un momento dado, sin embargo---y muy recientemente en términos
históricos---, empezamos a preocuparnos menos sobre lo que hemos hecho a la
naturaleza. Esto marca la transición del predominio del riesgo externo al del riesgo
manufacturado.
¿Quiénes somos aquí los nosotros que nos preocupamos? Bien, pienso ahora en
todos nosotros, independientemente de que estemos en zonas más ricas o más pobres del
mundo. Al mismo tiempo, es obvio que hay una división que, de manera general, separa
a las regiones prósperas del resto. Todavía existen muchos más riesgos tradicionales del
tipo mencionado ---como el riesgo de una hambruna cuando la cosecha es mala--- en los
países pobres que se solapan con los riesgos nuevos. Nuestra sociedad vive tras el
fin de la naturaleza. El fin de la naturaleza no significa, obviamente, que el mundo físico
o los procesos físicos dejen de existir. Se refiere al hecho de que hay pocos aspectos del
ambiente material que nos rodea que no se hayan visto influidos de algún modo por la
intervención humana. Muchas cosas que eran naturales ya no lo son completamente,
aunque no podemos estar siempre seguros de dónde acaba lo uno y empieza lo otro. En
1998 hubo grandes inundaciones, en China; mucha gente perdió la vida. El
desbordamiento de los grandes ríos ha sido parte recurrente de la historia china. ¿Eran
estas inundaciones, en particular, más de lo mismo o estaban influidas por el cambio
climático mundial? Nadie lo sabe, pero hay algunos rasgos inusuales de las
inundaciones que sugieren que sus causas no fueron completamente naturales.
El riesgo manufacturado no concierne sólo a la naturaleza---o a la que solía ser la
naturaleza---. Penetra también en otras áreas de la vida. Tomemos, por ejemplo, el
matrimonio y la familia, que experimentan ahora cambios profundos en los países
industriales---y hasta cierto punto en todo el mundo---. Hace dos o tres generaciones,
cuando la gente se casaba sabia lo que estaba haciendo. El matrimonio, ampliamente
fijado por tradición y costumbre, estaba vinculado a un estado de la naturaleza---como
lo sigue estando, por supuesto, en muchos países---. Sin embargo, allí donde las
maneras tradicionales de hacer las cosas se disuelven, cuando la gente se casa o forma
relaciones hay un sentido importante en el que no saben lo que están haciendo, porque
las instituciones del matrimonio y la familia han cambiado muchísimo. Aquí los
individuos están tomando un impulso fresco, como pioneros. En tales situaciones es
inevitable, lo sepan o no, que empiecen a pensar cada vez mas en términos de riesgo.
Tienen que afrontar futuros personales mucho más abiertos que antes, con todas las
oportunidades y los peligros que esto conlleva.
Al expandirse el riesgo manufacturado, Este adquiere una nueva inseguridad. El
surgimiento de la idea de riesgo, como indique anteriormente, estuvo estrechamente
ligado a la posibilidad de cálculo. La mayoría de las formas de seguro se basan
directamente en esta conexión. Por ejemplo, cada vez que alguien se mete en un coche,
uno puede medir la probabilidad de que esa persona se vea envuelta en un accidente.
Esta es una predicción actuarial---hay una larga serie temporal por detrás---. Las
situaciones de riesgo manufacturado no son así. No sabemos, sencillamente, cual es el
nivel de riesgo, y en muchos casos no sabremos hasta que sea demasiado tarde.
No hace mucho (1996) fue el décimo aniversario del accidente en la estación nuclear
de Chernóbil, en Ucrania. Nadie sabe cuales serán sus consecuencias duraderas. Puede
que haya, o no, un desastre reservado para la salud en un futuro cercano. Exactamente lo
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mismo sucede con el episodio del BSE* en el Reino Unido---el brote del llamado mal
de las vacas locas---en cuanto a sus implicaciones para los humanos. Por ahora, no
podemos estar seguros de que en algún momento no vaya a caer enferma mucha mas
gente que hasta el presente.
O considérese donde estamos en relación con el cambio climático mundial. La
mayoría de los científicos instruidos en la materia creen que el calentamiento global esta
ocurriendo y que deberían tomarse medidas contra el. Pero solo a mediados de los años
setenta la opinión científica ortodoxa era que el mundo estaba en una fase de
enfriamiento global. ____
* En castellano, EEB ( encefalopatía espongiforme bovina ); hemos mantenido las siglas inglesas debido a su difusión generalizada
( N. del T )

Una evidencia muy similar a la que se desplegó para sostener la hipótesis del
enfriamiento mundial se presenta ahora para reforzar la del calentamiento global--- olas
de calor, rachas de frío, tipos raros de clima---. ¿Esta ocurriendo el calentamiento global
y tiene orígenes humanos? Probablemente, pero no estaremos ni podemos estar
completamente seguros hasta que sea demasiado tarde. En estas circunstancias hay un
nuevo ambiente moral en la política, marcado por una tira y afloja entre las acusaciones
de alarmismo, por un lado, y de encubrimiento, por otro. Si alguien--- un miembro del
gobierno, un científico experto o un investigador--- se toma un determinado riesgo en
serio, debe proclamarlo. Debe ser ampliamente difundido porque hay que convencer a la
gente de que el riesgo es real---hay que montar un escándalo---. Pero si en verdad se
crea un escándalo y el riesgo resulta ser mínimo, los implicados serán acusados de
alarmismo. Supongamos, no obstante, que las autoridades deciden inicialmente que el
riesgo no es muy grande, como hizo el gobierno británico en el caso de la carne de vaca
contaminada.
En éste ejemplo el gobierno dijo antes de nada: tenemos el respaldo de científicos;
no existe un riesgo significativo, y quien lo desee puede seguir comiendo vacuno sin
preocupación alguna. En tales situaciones, si los acontecimientos suceden de otra
manera (como de hecho ocurrió), las autoridades serán acusadas de encubrirlos y lo
fueron. Las cosas son aún más complejas de lo que sugiere estos ejemplos.
Paradójicamente, el alarmismo puede ser necesario para reducir los riesgos que
afrontamos--- pero si tiene éxito, parece solo eso, alarmismo---. El caso del sida es un
ejemplo. Gobiernos y expertos hicieron una gran representación pública de los riesgos
asociados al sexo no seguro para conseguir que la gente cambiase sus comportamientos
sexuales. En parte como consecuencia, en los países desarrollados, el sida no se
extendió tanto como se había predicho en un principio. Entonces la respuesta fue: ¿por
qué asustabais axial a todo el mundo? Pero como sabemos de su propagación
continuada en el mundo, hicieron---y hacen---muy bien en actuar así.
Éste tipo de paradoja se vuelve rutina en la sociedad contemporánea, pero no hay
manera fácil de resolverlo. Pues, como mencione antes, en la mayoría de situaciones de
riesgo manufacturado incluso la propia existencia de los riesgos es una cuestión a
debatir. No podemos saber de antemano cuando estamos realmente alarmados y cuando
no.
Nuestra relación con la ciencia y la tecnología es hoy diferente de la que era habitual
en tiempos anteriores. En la sociedad occidental, durante dos siglos, la ciencia funcionó
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como una especie de tradición. Se suponía que el conocimiento científico superaría la


tradición pero, en realidad, acabó convirtiéndose él mismo en otra. Era algo que la
mayoría de la gente respetaba, pero que era externo a sus actividades. La gente lega
asumía opiniones de los expertos. .

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