Cuentos de Hadas y Crecimiento Infantil
Cuentos de Hadas y Crecimiento Infantil
La comprensión del sentido de la vida, significa haber alcanzado la madurez psicológica. Este logro
es el resultado final de un largo desarrollo.
Nuestros sentimientos positivos nos dan fuerzas para desarrollar nuestra racionalidad; sólo la
esperanza puede sostenernos en las adversidades con las que nos encontramos.
No hay nada más importante que el impacto que causan los padres y aquellos que están al
cuidado del niño; el segundo lugar en importancia lo ocupa nuestra herencia cultural si se
transmite al niño de manera correcta. Cuando los niños son pequeños la literatura es la que mejor
aporta esta información.
Para que una historia mantenga de verdad la atención del niño, ha de divertirle y excitar su
curiosidad. Pero, para enriquecer su vida, ha de estimular su imaginación, ayudarle a desarrollar su
intelecto y a clarificar sus emociones; ha de estar de acuerdo con sus ansiedades y aspiraciones;
hacerle reconocer plenamente sus dificultades, al mismo tiempo que le sugieresoluciones a los
problemas que le inquietan.
No hay nada que enriquezca y satisfaga tanto, al niño y al adulto, como los cuentos populares de
hadas.
Para poder dominar los problemas psicológicos de crecimiento – superar las frustraciones
narcisistas, los conflictos edípicos, obtener un sentimiento de identidad y de autovaloración, y un
sentido de obligación moral-, el niño necesita comprender lo que está ocurriendo en su yo
consciente y enfrentarse con lo que sucede en su inconsciente. La forma y estructura de los
cuentos de hadas sugieren al niño imágenes que le servirán para estructurar sus propios ensueños
y canalizar mejor su vida.
Freud afirmó que el hombre sólo logra extraer sentido a su existencia luchando valientemente
contra lo que parecen abrumadoras fuerzas superiores.
Este es precisamente el mensaje que los cuentos de hadas transmiten a los niños, de diversas
maneras: que la lucha contra las serias dificultades de la vida es inevitable, pero si uno no huye,
sino que se enfrenta a las privaciones inesperadas e injustas, llega a dominar todos los obstáculos
alzándose, al fin victorioso.
Por ejemplo, muchas historias de hadas empiezan con la muerte de la madre o del padre; en estos
cuentos, la muerte del progenitor créalos más angustiosos problemas, tal como ocurre en la vida
real.
Los cuentos de hadas suelen plantear, de modo breve y conciso, un problema existencial. Esto
permite al niño atacar los problemas en su forma esencial. El cuento de hadas simplifica cualquier
situación.
El mal está omnipresente, al igual que la bondad. Esta dualidad plantea un problema moral y exige
una dura batalla para lograr resolverlo.
Por otra parte, el malo no carece de atractivos – simbolizado por el enorme o gigante dragón, o
por la malvada reina de “Blancanieves” y, a menudo, ostenta temporalmente el poder. En la
mayoría de los cuentos, el usurpador consigue, durante algún tiempo, arrebatar el puesto que,
legítimamente, corresponde al héroe. Tanto en los cuentos de hadas como en la vida real, el
castigo, o el temor al castigo, sólo evita el crimen de modo relativo. La convicción de que el crimen
no resuelve nada es una persuasión mucho más efectiva, y por esta razón, en los cuentos de hadas
el malo siempre pierde. El héroe es mucho más atractivo para el niño, que se identifica con {el en
todas sus batallas. Debido a esta identificación, el niño imagina que sufre, junto al héroe,
triunfando con él. El niño realiza tales identificaciones por sí solo, y las luchas internas y externas
del héroe imprimen en él la huella de la moralidad.
Los personajes de los cuentos de hadas no son ambivalentes, no son buenos y malos al mismo
tiempo, como son todos en realidad.
Una persona es buena o mala, es hermosa o es fea. Al presentar al niño caracteres totalmente
opuestos, se le ayuda a comprender más fácilmente la diferencia entre ambos.
En este momento el niño tiene ya una base que le permite comprender que existen grandes
diferencias entre la gente, y que, por este mismo motivo, está obligado a elegir qué tipo de
persona quiere ser.
Las elecciones de un niño se basan más en quien provoca sus simpatías. Cuanto más simple y
honrado es un personaje, más fácil le resulta al niño identificarse con él y rechazar al malo. El niño
se identifica con el héroe porque la condición de héroe le atrae profunda y positivamente.
Los cuentos amorales no presentan yuxtaposición de personas buenas y malas. Estos cuentos o
personajes tipo, como “El gato con botas”, que hace posible el éxito del héroe mediante
ingeniosas artimañas, forman el carácter, no al provocar una elección entre el bien y el mal, sino al
estimular en el niño la confianza de que incluso el más humilde puede triunfar en la vida.
Los cuentos de hadas se toman muy en serio angustias existenciales y hacen hincapié en ellas
directamente: la necesidad de ser amado y el temor a que se crea que uno es despreciable; el
amor a la vida y el miedo a la muerte. Además, dichas historias ofrecen soluciones que están al
alcance del nivel de comprensión del niño.
Los cuentos de hadas nos dicen, que si uno ha encontrado ya el verdadero amor adulto, no tiene
necesidad de buscar la vida eterna. Un ejemplo: “Y vivieron, durante largo tiempo, felices y
contentos”.
Estas historias le aseguran que, formando una verdadera relación interpersonal, uno puede
escapar a la angustia de separación, está orientado de cara al futuro y ayuda al niño renunciar a
sus deseos infantiles de dependencia y a alcanzar una existencia independiente más satisfactoria.
Es importante, proporcionar al niño actual imágenes de héroes que deben surgir al mundo real por
sí mismos y que, encuentren en el mundo un lugar seguro, siguiendo su camino con una profunda
confianza interior.
El destino de éstos héroes convence al niño de que, puede encontrarse perdido y abandonado en
el mundo, pero, su vida irá siendo guiada paso a paso y recibirá ayuda en el momento oportuno.
El cuento de hadas: un arte único
Al mismo tiempo que divierte al niño, el cuento de hadas le ayuda a comprenderse y alienta el
desarrollo de su personalidad, brindan contribuciones psicológicas positivas al crecimiento interno
del niño.
El cuento es en sí una obra de arte, totalmente comprensible para el niño, el significado de este
tipo de cuentos será distinto para cada persona, e incluso para la misma persona en diferentes
momentos de su vida.
La mayor parte de los cuentos se crearon en un período en que la religión constituía la parte
fundamental de la vida. Los cuentos de “Las mil y una noches” están llenos de referencias a la
religión islámica.
Algunas de las historias de los hermanos Grimm contienen o empiezan con alusiones religiosas. “El
hombre viejo vuelto a la juventud” empieza diciendo: “hace mucho tiempo, cuando Dios andaba
todavía por la Tierra, él y San Pedro se detuvieron una noche en casa de un herrero…”. En otra
historia, “El pobre y el rico”, Dios, está cansado de tanto caminar.
El que un cuento sea más importante que otro para un niño determinado y a una edad
determinada, depende de su estadio de desarrollo psicológico y de los problemas en aquel
momento.
Por ejemplo, al tratar de “Hansel y Gretel”, el empeño del niño por seguir junto a sus padres,
aunque haya llegado la hora de lanzarse al mundo por sí solo. Este cuento tiene mucho que
ofrecer al niño pequeño que está a punto de dar sus primeros pasos por el mundo. Da forma a sus
angustias y le inspira seguridad frente a estos temores.
El tema central de “Blancanieves” es el de una niña pequeña que, todavía en la pubertad, supera,
en todos los aspectos, a su perversa madrastra. El significado para una niña de 5 años, estaba muy
lejos de los problemas de la pubertad. Su madre era tan fría y distante que la niña se sentía
perdida. El cuento le aseguró que no tenía por qué desesperarse: Blancanieves, traicionada por su
madrastra, fue rescatada por personas del sexo masculino; primero los enanitos y más tarde, el
príncipe. Esta niña tampoco se desesperó por el abandono de su madre, sino que confiaba en que
algún hombre la salvaría. Segura del camino que Blancanieves le mostraba, se volcó hacia su
padre, el cual respondió favorablemente; el final feliz del cuento hizo posible que esta niña
encontrara una solución satisfactoria a la situación que estaba viviendo.
Del mismo modo que ignoramos a qué edad un determinado cuento será importante para un
determinado niño, tampoco podemos saber cuál de los cuentos debemos contar, en qué
momento, ni por qué. Tan sólo el niño puede revelárnoslo a través de la fuerza del sentimiento
con que reacciona a lo que un cuento evoca en su consciente e inconsciente. Uno de los padres
empezará por contar o leer a su hijo un cuento que haya sido significativo para él en su infancia. Si
el niño no se aficiona a esta historia, quiere decir que sus temas no han logrado provocar una
respuesta significativa en aquel momento de su vida. Es mejor contarle otra historia la noche
siguiente. Pronto nos daremos cuenta de que un determinado cuento se ha hecho importante por
su inmediata respuesta a él, o porque el niño pide que se lo cuenten una y otra vez. Finalmente,
llegará el momento en que el niño ya habrá obtenido todo lo posible de su historia preferida. En
este caso, el niño puede perder temporalmente el interés por dicha historia.
Incluso si uno de los padres adivina por qué su hijo se siente emocionalmente implicado en un
determinado cuento, es mejor que lo guarde para sí. Las experiencias y reacciones más
importantes de un niño pequeño son generalmente inconscientes, y así deberán permanecer
hasta que éste alcance una edad más madura y una mayor comprensión. Es tan importante para el
bienestar del niño sentir que sus padres comparten sus emociones, disfrutando con el mismo
cuento, como la sensación que tiene de que sus padres ignoran sus pensamientos internos hasta
el momento en que el niño decide revelarlos. Si los padres dan muestras de conocerlos ya, el niño
evita hacer a sus padres el regalo más valioso, evita compartir con ellos lo que hasta entonces fue
algo secreto y privado para él.
Si explicamos a un niño por qué un cuento de hadas puede llegar a ser tan fascinante para él,
destruimos, el encanto de la historia.
La pérdida de encanto lleva también consigo la pérdida del potencial que la historia posee para
ayudar al niño a luchar por sí solo y a dominar el problema que ha hecho que la historia fuera
significativa para él. Las interpretaciones de los adultos, por muy correctas que sean, privan al niño
de la oportunidad de sentir que él, sin ayuda alguna, se ha enfrentado satisfactoriamente a una
difícil situación.
Dickens comprendió que las imágenes de los cuentos de hadas ayudan a los niños en su tarea más
difícil, importante y satisfactoria: lograr una conciencia más madura para apaciguar las caóticas
pulsiones de su inconsciente.
Críticos literarios manifestaron que los cuentos de hadas son “exploraciones espirituales” y, por lo
tanto, “lo más parecido a la vida real, puesto que revelan “la vida humana, vista, sentida o
vislumbrada desde el interior”.
Los cuentos de hadas llevan al niño a descubrir su identidad y vocación, sugiriéndole, también, qué
experiencias necesita para desarrollar su carácter. Estas historias insinúan que existe una vida
buena y gratificadora al alcance de cada uno, a pesar de las adversidades; pero sólo si uno no se
aparta de las peligrosas luchas, sin las cuales no se consigue nunca la verdadera identidad.
Actualmente la mayoría de los niños se tropiezan con los cuentos de hadas sólo en versiones
insulsamente embellecidas y simplificadas, que atenúan su sentido y les quitan cualquier
significado profundo.
Esta literatura tradicional alimentaba la imaginación del niño y estimulaba su fantasía. Eran un
importante factor de socialización, ya que respondían a las preguntas del niño.
Los mitos y las leyendas religiosas íntimamente relacionadas, ofrecían un material con el que los
niños podían formar sus conceptos sobre el origen y la finalidad del mundo, y sobre los ideales
sociales que imitaba para formarse a sí mismo. Se trataba de la imagen del invencible héroe
Aquiles y del astuto Ulises, de Hércules, cuya historia muestra que el limpiar un asqueroso establo
no está por debajo de la dignidad del hombre.
Los mitos y los cuentos de hadas alcanzan su forma definitiva en el momento en que ponen por
escrito y dejan de estar sujetos a continuos cambios.
Los mitos y los cuentos de hadas tienen muchas cosas en común. Pero en los mitos el héroe se
presenta al oyente como una figura que éste debería emular en su propia vida.
El mito lleva consigo una fuerza espiritual; y lo divino está presente y se experimenta en forma de
héroes sobrehumanos que realizan constantes demandas a los simples mortales. Los mortales, por
más que nos esforcemos en ser como estos héroes, permaneceremos siempre inferiores a ellos.
Mircea Eliade describe estas historias como «modelos de comportamiento humano que, por este
mismo hecho, dan sentido y validez a la vida». Haciendo paralelismos antropológicos, éste y otros
autores afirman que los mitos y los cuentos de hadas derivaron de, o dan expresión simbólica a,
ritos de iniciación u otros ritos de pasaje, tales como la muerte metafórica de un yo, viejo e
inadecuado, para renacer en un plano superior de existencia.
Otros investigadores, con una orientación profundamente psicológica, hacen hincapié en las
semejanzas entre los fantásticos sucesos de los mitos y cuentos de hadas y aquéllos de los sueños
y fantasías de los adultos. Evidentemente, existen grandes diferencias entre los cuentos de hadas
y los sueños. los sueños son el resultado de pulsiones internas que no han encontrado alivio, de
problemas que acosan a una persona, y para los que ni ésta ni los sueños hallan solución alguna. El
cuento de hadas hace exactamente lo contrario: proyecta el alivio de todas las pulsiones y ofrece
no sólo modos de solucionarlas, sino que promete, además, que se encontrará una solución feliz.
Nosotros no podemos controlar lo que ocurre en nuestros sueños. Aunque nuestra censura
interna seleccione lo que podemos soñar, dicho control se da a un nivel inconsciente. Por otra
parte, el cuento de hadas es el resultado del contenido común consciente e inconsciente una vez
modificado por la mente consciente, no de una persona en particular, sino por el consenso de
muchas, en cuanto a lo que, según ellas, son problemas humanos universales y a lo que aceptan
como soluciones deseables.
Su atractivo se dirige a nuestra mente consciente e inconsciente a la vez, a sus tres aspectos —
ello, yo y superyó— y también a nuestra necesidad de ideales del yo. Esto hace que el cuento sea
muy efectivo, puesto que, en su contenido, toman cuerpo de forma simbólica los fenómenos
psicológicos internos.
Entre los mitos y los cuentos de hadas no existen sólo semejanzas esenciales, sino que hay
también diferencias inherentes. Dicho de manera más simple, el sentimiento principal que nos
comunica un mito es: esto es absolutamente único; no podría haberle ocurrido a ninguna otra
persona ni de ningún otro modo; tales eventos son grandiosos, inspiran temor y no podrían
haberle sucedido a ningún vulgar mortal como tú o yo. Por el contrario, aunque las cosas que
ocurren en los cuentos de hadas sean a menudo improbables e insólitas, se presentan siempre
como normales, como algo que podría sucederte a ti, a mí o al vecino de enfrente, cuando va de
paseo por el bosque. Incluso los encuentros más extraordinarios se narran de modo casual y
cotidiano.
Otra diferencia más importante todavía entre estos dos tipos de historias es el final, que en los
mitos suele ser trágico, mientras que en los cuentos de hadas siempre es feliz. El mito es
pesimista, mientras que el cuento de hadas es optimista a pesar de lo terriblemente graves que
pueden ser algunos de los sucesos de la historia.
Los mitos implican demandas del super yo en conflicto con la acción motivada por el ello, y con
los deseos autoprotectores del yo. Por más que lo intentemos, nunca podremos vivir totalmente
conformes a lo que el super yo, en los mitos representados por dioses, parece exigirnos. Cuanto
más intentemos complacerlo, tanto más implacables serán sus demandas. El pesimismo de los
mitos está magníficamente ejemplificado en este paradigmático mito del psicoanálisis, la tragedia
de Edipo.
Un niño no sólo sueña con desposar al progenitor del sexo opuesto, sino que además hace girar
sus fantasías en torno a ello. El mito de Edipo nos muestra lo que ocurre si este sueño se convierte
en realidad sin que el niño pueda evitar sus ávidas fantasías de casarse, en un futuro, con su
progenitor. A esta edad, desde los cuatro años hasta la pubertad, lo que más necesita el niño es
que se le proporcionen imágenes simbólicas que le aseguren la existencia de una solución
satisfactoria a sus problemas edípicos, aunque le resulte difícil creerlo, si se va saliendo poco a
poco de ellos.
El cuento de hadas ofrece al niño materiales de fantasía que, de forma simbólica, le indican cuál es
la batalla que debe librar para alcanzar la autorrealización, garantizándole un final feliz.
Los cuentos de hadas proyectan una existencia feliz pero vulgar como resultado de las pruebas y
tribulaciones que comporta el proceso normal de crecimiento.
Por muy insólitos que sean los sucesos que el héroe del cuento experimenta, no le convertirán en
ningún ser sobrenatural, como ocurre con el héroe mítico. Esta condición humana real indica al
niño que, sea cual fuere el contenido de la historia, no se trata más que de elaboraciones
fantásticas, exageraciones de sus esperanzas y de sus temores, y de las tareas con las que tiene
que enfrentarse.
El cuento de hadas deja bien sentado que habla de todo el mundo, de gente como nosotros. Se
hace referencia a los protagonistas del cuento, denominándolos «una chica», o, por ejemplo, «el
hermano más pequeño». Si se cita algún nombre, no se trata de nombres propios, sino de
nombres generales o descriptivos. Esto se subraya todavía más por el hecho de que en las historias
de hadas ningún otro personaje tiene nombre; los padres de los protagonistas del cuento
permanecen anónimos. Hadas y brujas, gigantes y madrinas carecen igualmente de nombre,
facilitando así las proyecciones e identificaciones.
Los mitos son útiles para formar no la personalidad total, sino sólo el super-yo. El niño sabe que
no puede vivir con la misma virtud que el héroe ni realizar sus mismas hazañas; todo lo que puede
hacer es emular al héroe en menor grado; de este modo, el niño no se siente derrotado por la
discrepancia entre su ideal y su propia insignificancia.
Los mitos proyectan una personalidad ideal que actúa de acuerdo con las demandas del super-yo,
mientras que los cuentos de hadas representan una integración del yo que permite una
satisfacción adecuada de los deseos del ello. Esta diferencia explica el contraste entre el
pesimismo característico de los mitos y el optimismo esencial de los cuentos de hadas.
Tanto los mitos como los cuentos de hadas responden a las eternas preguntas: ¿Cómo es el
mundo en realidad? ¿Cómo tengo que vivir mi vida en él? ¿Cómo puedo ser realmente yo? Las
respuestas que dan los mitos son concretas, mientras que las de los cuentos de hadas son meras
indicaciones; sus mensajes pueden contener soluciones, pero éstas nunca son explícitas. Los
cuentos dejan que el niño imagine cómo puede aplicar a sí mismo lo que la historia le revela sobre
la vida y la naturaleza humana.
Para la mente animista del niño, una piedra está viva porque puede moverse, como ocurre
cuando baja rodando por una colina. Para el niño no hay ninguna división clara que separe los
objetos de las cosas vivas; y cualquier cosa que tenga vida la tiene igual que nosotros. El niño está
centrado en sí mismo y espera que los animales le hablen de las cosas que son realmente
importantes para él, como sucede en los cuentos de hadas y como él mismo hace con los animales
de verdad o de juguete.
Cuando los niños buscan soluciones a las preguntas fundamentales —«¿Quién soy yo? ¿Cómo
debo tratar los problemas de la vida? ¿En qué debo convertirme?»—, lo hacen a partir de su
pensamiento animista. Al ignorar el niño en qué consiste su existencia, la primera cuestión que
surge es «¿quién soy yo?». Tan pronto como el niño empieza a deambular y explorar, comienza
también a plantearse el problema de su identidad. Cuando examina su propia imagen reflejada en
el espejo, se pregunta si lo que está viendo es realmente él, o si se trata de otro niño exactamente
igual que él, situado detrás del espejo. No se preocupa por si existe o no justicia para cada
individuo, lo único que le inquieta es saber si él será tratado con justicia. Se pregunta quién o qué
le lleva hacia la adversidad, y qué es lo que puede evitar que esto suceda. Los cuentos de hadas
proporcionan respuestas a todas estas cuestiones urgentes, y el niño es consciente de ellas sólo a
medida que avanza la historia.
Desde el punto de vista adulto, y en términos de la ciencia moderna, las respuestas que ofrecen
los cuentos de hadas están más cerca de lo fantástico que de lo real. Sin embargo, las
explicaciones realistas son, a menudo, incomprensibles para los niños, ya que éstos carecen del
pensamiento abstracto necesario para captar su sentido. Los adultos están convencidos de que, al
dar respuestas científicamente correctas, clarifican las cosas para el niño. Sin embargo, ocurre lo
contrario: explicaciones semejantes confunden al pequeño, le hacen sentirse abrumado e
intelectualmente derrotado. Un niño sólo puede obtener seguridad si tiene la convicción de que
comprende ahora lo que antes le contrariaba; pero nunca a partir de hechos que le supongan
nuevas incertidumbres.
Por ello, es importante recordar que tan sólo resultan convincentes los razonamientos que son
inteligibles en términos del conocimiento y preocupaciones emocionales del niño. el niño tiene
necesidad de creer que este mundo está firmemente sujeto en su sitio. Por esta razón, encuentra
una explicación mucho más satisfactoria en un mito que cuenta que la tierra está sostenida por
una tortuga, o que un gigante la aguanta.
Si un niño acepta como verdadero lo que sus padres le cuentan, estos niños repiten
automáticamente, como un loro, explicaciones que, de acuerdo con su propia experiencia del
mundo, no son más que mentiras que han de creer como si fueran ciertas porque lo ha dicho un
adulto. Como consecuencia, los niños desconfían de su propia experiencia y, por lo tanto, de sí
mismos y de lo que su mente les sugiere.
Al intentar que un niño acepte explicaciones científicamente correctas, los padres desestiman,
demasiado a menudo, los descubrimientos científicos acerca de cómo funciona la mente del niño.
Las investigaciones sobre los procesos mentales infantiles, especialmente las de Piaget,
demuestran de modo harto convincente que el niño pequeño no es capaz de comprender los dos
conceptos abstractos de permanencia de cantidad, y de reversibilidad. Hasta que no llegue a
comprender estos procesos abstractos, el niño podrá experimentar el mundo sólo de modo
subjetivo. En su más temprana edad, hasta los ocho o diez años, el niño sólo puede desarrollar
conceptos sumamente personalizados sobre lo que experimenta.
Naturalmente, el niño cree que existe algo parecido a los padres, que cuidan de él y le
proporcionan todo lo necesario, aunque mucho más poderoso, inteligente y digno de confianza,
un ángel de la guarda, que hace esto mismo en el mundo. Así pues, el niño experimenta el mundo
a semejanza de sus padres y de lo que ocurre en el seno de su familia.
En realidad, la noción de un cielo-madre protector puede coartar a la mente si uno se aferra a ella
durante mucho tiempo. Ni las proyecciones infantiles ni la dependencia en las imágenes
protectoras —tales como el ángel de la guarda que vela por nosotros cuando estamos dormidos o
durante la ausencia de nuestra madre— ofrecen una verdadera seguridad; pero, visto que uno
mismo no puede proporcionarse una seguridad completa, es preferible utilizar las imágenes y
proyecciones que carecer de seguridad. Si se experimenta durante un período suficientemente
largo, esta seguridad (en parte, imaginada) permite al niño desarrollar un sentimiento de
confianza en la vida, necesario para poder confiar en sí mismo; dicho sentimiento es básico para
que aprenda a resolver sus problemas vitales a través de una creciente capacidad racional.
Traducido a términos de conducta humana, cuanto más segura se siente una persona en el
mundo, tanto menos necesitará apoyarse en proyecciones infantiles y más podrá buscar
explicaciones racionales. En cambio, cuanto más inseguro se siente uno de sí mismo y de su lugar
en el mundo inmediato, tanto más se retrae, a causa del temor, o se dirige hacia el exterior para
conquistar el espacio.
Por estas mismas razones, el niño, mientras no esté seguro de si su entorno humano lo protegerá,
necesita creer que existen fuerzas superiores que velan por él, como el ángel de la guarda, y que,
además, el mundo y su propio lugar en él son de vital importancia.
Los niños, al no tener las presiones del ello bajo el control consciente, necesitan historias que les
permitan, como mínimo, satisfacer estas tendencias perversas en su fantasía, e imaginar modelos
específicos para sublimarlas. Explícita e implícitamente, la Biblia nos habla de las exigencias de
Dios para con los hombres. Aun cuando se nos diga que causa mayor regocijo la conversión de un
pecador que la virtud de un hombre que nunca erró, el mensaje es que debemos llevar una vida
recta, sin tomar cruel venganza en aquellos a quienes odiamos.
Los cuentos de hadas, como las historias bíblicas y los mitos, componen la literatura que ha
educado a todo el mundo, tanto niños como adultos, durante casi toda la existencia humana.
LA IMPORTANCIA DE LA EXTERNALIZACIÓN
El Niño normal empieza a fantasear con algún segmento de la realidad, observando más o menos
correctamente, que puede evocar en él necesidades o ansiedades tan fuertes hasta el punto de
verse arrastrado por ellas.
Los cuentos de hadas, siguiendo el mismo proceso que la mente infantil, ayudan al niño porque le
muestran la comprensión que puede surgir y, de hecho, surge, de toda esta fantasía. Estas
historias, al igual que la imaginación del Nilo, empiezan normalmente de una manera realista (una
madre que envía a su hija a visitar a la abuela («Caperucita Roja»); los problemas de una pareja
para dar de comer a sus hijos («Hansel y Gretel»). Es decir, el relato comienza con una situación
real y, de alguna manera, problemática.
Un niño, enfrentado a los problemas y hechos sorprendentes de cada día, es estimulado por su
educación a entender el cómo y por qué y a buscar salidas validas a estas situaciones. No
obstante, puesto que su racionalidad tiene todavía poco control sobre su inconsciente, la
imaginación del niño lo domina bajo la presión de sus emociones y conflictos no resueltos. Cuando
surge su capacidad de razonamiento, se ve pronto invadida por ansiedades, esperanzas, temores,
deseos, amor y odio, que se entrometen en todo lo que el niño empieza a pensar.
El cuento de hadas, aunque pueda chocar con el estado psicológico de la mente infantil — con
sentimientos de rechazo cuando se enfrenta a las hermanastras de Cenicienta, por ejemplo— no
contradice nunca su realidad física. Es decir, un niño nunca tiene que sentarse entre cenizas, como
Cenicienta, ni es abandonado deliberadamente en un frondoso bosque, como Hansel y Gretel,
porque una realidad física similar sería demasiado terrorífica para el niño y «perturbaría la
comodidad del hogar», mientras que el hecho de dar este bienestar es, precisamente, uno de los
objetivos de los cuentos.
El cuento nos transmite la idea, desde su principio y, a través del desarrollo de su argumento,
hasta el final, de que lo que se nos dice no son hechos tangibles ni lugares y personas reales. En
cuanto al niño, los acontecimientos de la realidad llegan a ser importantes a través del significado
simbólico que él les atribuye o que encuentra en ellos.
«Érase una vez», «en un lejano país», «hace más de mil años», «cuando los animales hablaban»,
«érase una vez un viejo castillo en medio de un enorme y frondoso bosque», estos principios
sugieren que lo que sigue no pertenece al aquí y al ahora que conocemos. Simboliza el abandono
del mundo concreto de la realidad cotidiana.
Muy pronto acontecen hechos que muestran que la lógica y las razones normales se detienen, al
igual que sucede con nuestros procesos inconscientes, allí donde se dan los acontecimientos más
remotos, singulares y alarmantes. El contenido del inconsciente es, a la vez, algo oculto pero
familiar, algo oscuro pero atractivo, que origina la angustia más intensa, así como la esperanza
más desorbitada. No está limitado por un tiempo o un espacio específicos; ni siquiera por una
secuencia lógica de hechos, como lo definiría nuestra racionalidad.
El cuento abarca al pequeño en un viaje hacia un mundo maravilloso, para después, al final,
devolverlo a la realidad de la manera más reconfortarle.
De la misma manera que nos despertamos de nuestros sueños más dispuestos a emprender las
tareas de la realidad, el cuento termina también cuando el héroe vuelve, o es devuelto, al mundo
real, más preparado para enfrentarse con la vida. Las recientes investigaciones sobre los sueños
han demostrado que una persona a la que no se le permite soñar, aunque pueda dormir, acaba
por no poder manejar la realidad. los niños se sienten todavía mucho peor cuando se les priva de
lo que estos relatos pueden ofrecerles porque les ayudan a expresar, a través de la fantasía, sus
pulsiones inconscientes.
El niño, mucho más inseguro que el adulto, exige la certeza de que el hecho de necesitar la
fantasía y de no poder dejar de sentir ese deseo no es una deficiencia. Cuando un padre cuenta
historias a su hijo, le está demostrando que considera que sus experiencias internas, expresadas
en los cuentos, son algo que vale la pena, algo legítimo y de alguna manera incluso real.
Chesterton dice que los cuentos son «cosas completamente razonables, habla de ellos como
experiencias, como reflejos de la experiencia interna, no de la realidad; y es así como el niño los
entiende.
A partir de los 5 años aprox. (la edad en que los cuentos adquieren su pleno sentido), ningún niño
normal cree que estas historias sean reales. Una chiquilla disfruta imaginando que es una princesa
que vive en un castillo y elabora fantasías de que lo es, pero cuando su madre la llama para ir a
comer, sabe que no es una princesa.
Es muy probable que el niño se sienta confundido, en cuanto a lo que es real y a lo que no, frente
a los relatos que están más cerca de la realidad, porque empiezan en la sala de estar o en el patio
de una casa en lugar de la cabaña de un pobre leñador en un gran bosque; y cuyos personajes son
mucho más parecidos a los padres del niño que a unos leñadores muertos de hambre, a reyes o a
reinas. Estas historias fracasan en su intento de adecuarse a la realidad interna del niño y, por muy
fieles que sean a la realidad externa, aumentan la separación entre ambos tipos de experiencia en
el niño. Se produce una discontinuidad entre generaciones, tan dolorosa para los padres como
para el hijo.
Si a un niño no se le cuentan más que historias fieles a la realidad (lo que significa que son falsas
para una parte importante de su mundo interno), puede llegar a la conclusión de que sus padres
no aceptan gran parte de esta realidad interna. Entonces, el niño se aleja de su propia vida interna
y se siente vacío. Como consecuencia, es posible que más tarde, cuando sea un adolescente y no
sufra el influjo emocional de sus padres, odie el mundo racional y escape hacia un mundo
totalmente fantástico, como si quisiera recuperar lo perdido en la infancia. Entonces, la vida no es
ni un placer ni un extraño privilegio. Dada una separación semejante, sea lo que sea lo que ocurra
en la realidad, no conseguirá ofrecer una satisfacción apropiada a las necesidades inconscientes. El
resultado es que la persona tiene siempre la sensación de que la vida es incompleta.
Un niño será capaz de enfrentarse a la vida de manera adecuada a su edad, siempre que no esté
dominado por los procesos mentales internos y que se ocupen de él en todos los aspectos. En una
situación así, podrá solucionar cualquier problema que surja.
El niño todavía no es capaz de ordenar y dar un sentido a sus procesos internos por sí solo. Los
cuentos de hadas ofrecen personajes con los que externalizar lo que ocurre en la mente infantil,
de una manera que el niño, además, puede controlar. Los cuentos muestran al niño cómo puede
expresar sus deseos destructivos a través de un personaje, obtener la satisfacción deseada a
través de un segundo, identificarse con un tercero, tener una relación ideal con un cuarto, y así
sucesivamente, acomodándose a lo que exijan las necesidades del momento.
El niño podrá empezar a ordenar sus tendencias contradictorias cuando todos sus pensamientos
llenos de deseos se expresen a través de un hada buena; sus impulsos destructivos a través de una
bruja malvada. Cuando este proceso comience, el niño irá superando cada vez más el caos
incontrolable en que antes se encontraba sumergido.
TRANSFORMACIONES
La infancia es la época en que se aprende a cubrir el inmenso vacío entre experiencias internas y
el mundo real. Un adulto que no haya alcanzado una integración satisfactoria de los dos mundos
de realidad e imaginación se alejará de estas historias (ósea de los cuentos). Para el niño, y para el
adulto que, como Sócrates, sabe que hay un niño en la parte más inteligente de nuestra persona,
los cuentos revelan verdades acerca de la humanidad y de uno mismo.
En la «Caperucita Roja», la bondadosa abuela sufre una repentina sustitución a manos del lobo
feroz que amenaza con destruir a la niña. Para el niño, la abuela ya no es la misma persona que era
un momento antes; se ha convertido en un ogro. Incapaz de ver una congruencia entre las
diferentes manifestaciones, el niño experimenta, realmente, a la abuela como dos entidades
separadas: la que lo quiere y la que lo amenaza. Es, en realidad, la abuela y el lobo. En cualquier
caso, el cuento mismo le dice que el lobo es sólo una manifestación pasajera; la abuela regresará
victoriosa.
Esta disociación de una persona en dos, para conservar una imagen positiva de ella, es una
solución que muchos niños aplican a una relación demasiado difícil de manejar o comprender.
Un día, estando en un supermercado, la madre de esta niña se enfadó de pronto con ella, que se
sintió completamente destruida por el hecho de que su madre pudiera actuar de aquel modo. De
regreso a casa, su madre seguía regañándola y diciéndole que no era buena. La niña llegó a la
convicción de que aquella persona tan mala sólo tenía la apariencia de su madre y que, aunque
pretendiese serlo, en realidad no era más que un Marciano malo, un impostor que se había
llevado a su madre y había tomado su aspecto. (leer del texto la historia para entender mejor)
Durante el período en que la seguridad de la niña había exigido que su madre fuese siempre
buena, que nunca se enfadara ni la rechazara, la chica manejó la realidad de manera que le
proporcionara lo que ella necesitaba. Desde el momento en que su propia integración se hizo más
firme, la niña pudo deshacerse de la fantasía del Marciano, que le había garantizado una
seguridad, y rehízo la doble imagen de la madre en una sola, al comprobar la realidad de su
fantasía.
Los cuentos, que contienen hadas buenas que se aparecen y ayudan al niño a encontrar la
felicidad a pesar de este «impostor» o «madrastra», evitan que el niño sea destruido por dicho
«impostor». Los cuentos de hadas indican que, escondida en algún lugar, el hada madrina vigila el
destino del niño, lista para usar sus poderes cuando se la necesite.
Las transformaciones
A menudo es un solo progenitor el que no es auténtico, lo cual va paralelo a una situación que se
da frecuentemente en los cuentos, donde uno de los padres es el verdadero y el otro no.
Estas fantasías son muy útiles porque permiten al niño sentirse realmente molesto ante el
impostor Marciano o ante el «falso progenitor», sin albergar sentimiento alguno de culpabilidad.
Tales fantasías suelen aparecer cuando los sentimientos de culpabilidad forman ya parte del
conjunto de la personalidad del niño, y cuando el estar molesto con uno de los padres o, aún peor,
el despreciarlo, le provocaría unos remordimientos insoportables.
No sólo constituye un medio para preservar una madre interna totalmente buena, cuando la
madre real no lo es, sino que también permite la cólera ante la «madrastra perversa», sin poner
en peligro la bondad de la madre verdadera, a la que el niño ve como una persona diferente. Tiene
que manejar los sentimientos contradictorios que, en otras circunstancias, le obsesionarían al nivel
en que empieza a ser incapaz de integrar emociones opuestas. También evita los sentimientos de
culpabilidad ante los pensamientos y deseos que el niño tiene frente a ella.
Cuando el niño siente la necesidad emocional de hacer esto, no sólo disocia a uno de los padres en
dos figuras, sino que también se disocia él mismo en dos personas que, él quiere creerlo así, no
tienen nada que ver una con otra. He conocido niños que durante el día conseguían no hacerse
pipí encima, pero que mojaban la cama por la noche y, al despertarse, se apartaban con aprensión
hacia un lado y decían con convicción «alguien ha mojado mi cama».
El insistir para que el niño reconozca que fue él el que mojó la cama es intentar imponer
demasiado pronto el concepto de integridad de la personalidad humana, y esta insistencia puede
contribuir a retrasar su desarrollo. El niño externaliza y proyecta en «alguien» todas las cosas
malas que le asustan demasiado para reconocer que son parte de sí mismo.
Mientras que el cuento nos avisa, de un modo realista, de que el ser dominado por la cólera o por
la impaciencia nos producirá problemas, nos asegura también que las consecuencias son sólo
temporales, y que la buena voluntad o las buenas acciones pueden reparar todo el daño de los
malos deseos.
En conjunto, estos cuentos avisan al niño de las posibles consecuencias desagradables de los
deseos impulsivos y, al mismo tiempo, le aseguran que tales deseos tienen resultados poco
importantes, particularmente si es sincero en esos deseos y se esfuerza por reparar las malas
consecuencias.
Es como si el cuento, aun admitiendo que encolerizarse es algo muy humano, esperara que sólo
los adultos tuvieran suficiente autocontrol para no dejarse vencer, puesto que sus deseos
coléricos y extraños se convierten en realidad; pero los cuentos acentúan las maravillosas
consecuencias que tienen para un niño los deseos o pensamientos positivos. La desesperación no
induce al protagonista infantil del cuento a tener deseos vengativos.
Algunos cuentos de hadas relatan cómo el hecho de encontrar un objeto mágico cambia la vida del
héroe; con su ayuda, el tonto se convierte en el más listo de los hermanos que él hubiera querido
ser anteriormente. El niño que se siente a sí mismo condenado a ser un patito feo no tiene que
desesperar, acabará por ser un hermoso cisne. Un niño pequeño puede hacer poco por sí solo, y
esto es algo decepcionante, hasta el punto de que puede ceder a la desesperación. El cuento de
hadas lo evita concediendo la dignidad más extraordinaria al hecho más insignificante.
Con ello, el cuento anima al niño a que confíe en que sus pequeñas hazañas reales son
verdaderamente importantes, aunque en aquel momento le cueste creerlo.
El niño comprende, intuitivamente que, aunque estas historias sean irreales, no son falsas; que
aunque lo que estos relatos nos dicen no ocurra en realidad, tiene que pasar como experiencia
interna y desarrollo personal; que los cuentos describen de una forma imaginaria y simbólica los
pasos esenciales en la evolución hacia una existencia independiente. Las historias comienzan, en el
momento de desarrollo en que se encuentra el niño, poniendo énfasis en el proceso en sí.
La historia implica que no es el padre el que no permite que el niño disponga por completo de la
madre, sino un dragón malvado; y, en realidad, lo que el niño tiene en mente es matar al dragón.
Además, el relato hace verosímil el sentimiento del muchacho de que la chica más adorable está
cautiva por la acción de un personaje cruel, lo que da a entender que no es la madre la que el niño
quiere para él, sino una muchacha maravillosa a la que todavía no ha visto pero a la que, sin duda,
encontrará algún día.
Un muchacho no puede ni quiere pensar en lo que implica, en realidad, ser un marido y un padre.
Por ejemplo, esto significaría que debe abandonar a la madre gran parte del día para acudir a su
trabajo, mientras que la fantasía edípica es una situación en la que el chico y la madre no se
separan ni un instante.
Como en la mayoría de los cuentos de hadas, el ideal del niño es que él y su princesa (la madre)
puedan satisfacer todas sus necesidades y vivir dedicados para siempre el uno al otro.
Lo que bloquea su existencia edípica feliz con el padre es una mujer vieja y malintencionada (es
decir, la madre). Una niña desea verse como una muchacha joven y hermosa —una especie de
princesa— que está cautiva por la acción de un personaje femenino egoísta y malvado y que, por
ello, no es accesible al amante masculino.
El chico que pasa por el período edípico y que se siente amenazado por su padre porque desea
sustituirlo en la atención de la madre, asigna al padre el papel del monstruo amenazador.
El muchacho puede llegar a pensar que la fuerza bruta es el único obstáculo que se levanta entre
la muchacha (la madre) y el héroe preferido por ella. Por otro lado, en los cuentos que ayudan a la
chica que pasa por el período edípico a comprender sus sentimientos y a encontrar una
satisfacción sustitutiva, son los celos desmesurados de la madrastra o de la hechicera lo que
impide que el amante encuentre a su princesa.
Mientras que el chico del período edípico no quiere que ningún niño interfiera en su relación con
la madre, la chica desea darle a su padre el regalo amoroso de ser la madre de sus hijos. Este
deseo de dar un hijo al padre no significa mantener relaciones sexuales con él, puesto que la niña,
al igual que el niño, no piensa en términos tan concretos.
En la vida normal de la familia, el padre está muy a menudo fuera de casa, mientras que la madre,
después de dar a luz y de criar a su hijo, sigue teniendo a su cargo los cuidados que éste necesita.
Como consecuencia, es lógico que un chico imagine que el padre no es lo más importante de su
vida.
Un niño no sufre una gran decepción cuando su padre se interpone en su camino o le atormenta
con determinadas exigencias por el hecho de que este padre, por tradición, nunca le ha hecho
demasiado caso. Por este motivo, cuando el padre bloquea los deseos del chico en el período
edípico, éste no lo ve como un personaje malvado ni como una figura disociada en dos, una buena
y una mala, cosa que ocurre muy a menudo con la madre. Por el contrario, el chico proyecta sus
frustraciones y ansiedades en un gigante, un monstruo o un dragón. En la fantasía edípica de una
chica, la madre se disocia en dos figuras: la madre preedípica, buena y maravillosa, y la madrastra
edípica, cruel y malvada.
Gracias a los cuentos de hadas, tanto los niños como las niñas que se encuentran en el período
edípico pueden conseguir lo mejor de dos mundos distintos: por una parte, disfrutan plenamente
de las satisfacciones edípicas en sus fantasías y, por otra, mantienen buenas relaciones con ambos
progenitores en la realidad.
El cuento de hadas tiene, además, otras características que pueden ayudar al niño a resolver los
conflictos edípicos. Las madres pueden participar encantadas en la fantasía del hijo como
vencedor del dragón y poseedor de la bella princesa. De la misma manera, una madre puede
estimular las fantasías de su hija en cuanto al príncipe azul que irá a buscarla, ayudándola así a
creer en un final feliz a pesar de la desilusión actual. La hija se da cuenta de que la madre, no sólo
aprueba sus deseos ocultos, sino que además espera que se cumplan. A través de los cuentos de
hadas, el progenitor puede realizar, al lado de su hijo, todo tipo de viajes fantásticos, mientras
sigue siendo capaz de cumplir con sus tareas paternas en la realidad.
Las historias que tratan del conflicto edípico forman parte de un tipo extendido de cuentos de
hadas que proyectan los intereses del niño más allá del universo inmediato de la familia. Para dar
los primeros pasos hacia la conversión en un individuo maduro, el niño debe empezar a dirigir su
mirada hacia un mundo más amplio. Si el niño no recibe el apoyo de sus padres en esta
investigación real o imaginaria del mundo externo, corre el riesgo de ver empobrecido el
desarrollo de su personalidad.
También se advierte al niño sobre los obstáculos con los que puede encontrarse y, al mismo
tiempo, evitar, prometiéndole siempre un final feliz.
En el preciso momento en que el mundo exterior comienza a tentar al niño para que abandone el
círculo limitado de la familia, las decepciones que sufre en el período edípico le inducen a
separarse de sus padres, quienes habían sido su única fuente de subsistencia física y psicológica.
Al ir aumentando la capacidad del niño para enfrentarse a los distintos problemas que se le
presentan, es lógico que se relacione cada vez más con las otras personas y con los aspectos más
generales del mundo que lo rodea.
Gracias a estas nuevas experiencias con el mundo externo el niño se da cuenta de las
«limitaciones» de sus progenitores.
Se diría que la capacidad de adornar el presente con fantasías es lo que permite alcanzar el resto
de objetivos, porque, con ello, se pueden soportar las frustraciones experimentadas en la realidad.
Sólo una fantasía exagerada acerca de éxitos futuros podrá equilibrar la balanza, de manera que el
niño pueda seguir viviendo y esforzándose.
Ningún cuento de hadas puede hacerlo todo en este sentido por un niño; como nos recordó la
niña autista, primero es básico que nuestros padres nos transmitan la esperanza que tienen en
nosotros. Luego, sobre esta base sólida y real —la manera positiva en que nuestros padres ven
nuestro futuro— podremos construir castillos en el aire, medio conscientes de que no son más
que eso, pero obteniendo una gran tranquilidad por su inexistencia.
Al sentirse dominado por los adultos y desposeído de los privilegios del bebé, al que no se exigía
nada y cuyos deseos eran cumplidos totalmente por los padres, el niño experimenta una enorme
sensación de descontento que le lleva, inevitablemente, a desear poseer un reino de su propiedad.
El único objetivo del que gobierna este reino es ser el que impone las leyes y no el que las cumple.
El haber llegado a rey o reina al final del cuento simboliza un estado de independencia verdadera,
en el que el héroe se siente tan seguro, satisfecho y feliz como el niño en su mayor estado de
dependencia, cuando se le cuidaba verdaderamente en el reino de su cuna.
En los cuentos de hadas, a diferencia de los mitos, no se vence a otras personas, sino a uno mismo
y a la maldad (que es, principalmente, la del propio héroe, proyectada en su antagonista). En
cuanto a las leyes de estos reyes y reinas, lo único que sabemos es que gobernaron con sabiduría y
orden y fueron muy felices. En esto, precisamente, debería consistir la madurez: en saber
gobernarnos a nosotros mismos con sabiduría y, en consecuencia, en alcanzar la máxima felicidad.
La manera en que un niño imagine concretamente este «reino» depende de la edad y del estadio
de desarrollo en que se encuentre, pero, de todos modos, nunca se lo tomará al pie de la letra.
Para un niño muy pequeño significará, simplemente, que nadie le va a dar órdenes y que sus
deseos se verán realizados. Para un muchacho de más edad incluirá también la obligación de
dictar leyes, es decir, de vivir y actuar con sabiduría. No obstante, a cualquier edad, el niño
interpreta el hecho de convertirse en rey o reina como la llegada a la edad adulta y madura.
El mayor enigma que se le presenta a un niño es descifrar en qué consiste el sexo, que constituye
el secreto que quiere descubrir. Puesto que la resolución del enigma de la Esfinge permitió que
Edipo accediera al trono de aquel reino al casarse con su madre, se puede aventurar la hipótesis
de que este enigma tiene algo que ver con el conocimiento de tipo sexual, por lo menos a nivel
inconsciente.
Edipo se casa con una mujer que resulta ser su madre, por lo que es mucho mayor que él. En
cambio, el héroe del cuento, tanto si es masculino como femenino, se casa con una pareja de su
misma edad. Es decir, que cualquiera que haya sido la relación edípica que este héroe haya
mantenido con un progenitor, ha sido capaz después de transferirla a una pareja no edípica y
mucho más adecuada.
El hijo, incluso en este caso, tiene que ganárselo, encontrando, por ejemplo, a la mujer más
atractiva, como ocurre en «Las tres plumas». En este relato queda claro que el hecho de obtener
el reino es equivalente a la conquista de la madurez moral y sexual¸ en el momento en que el hijo
ha llegado a la edad apropiada, a la plena madurez, el padre quiere que haga valer sus méritos
también desde el punto de vista sexual; de hecho, sólo acepta a su hijo como su sucesor después
de esta última demostración.
El hecho de obtener el reino mediante la unión, por amor y matrimonio, con la pareja más
apropiada y deseable, simboliza la solución perfecta de las dificultades de tipo edípico, así como la
verdadera independencia y la integración completa de la personalidad.
También estas historias ofrecen al niño la seguridad de que va a resolver los problemas
importantes que se le presenten en su vida «real», y es así como los adultos definen este tipo de
dificultades.
El cuento de hadas usa símbolos universales que le permiten escoger, seleccionar, rechazar e
interpretarlo de manera congruente con su estadio de desarrollo intelectual y psicológico.
Cualquiera que sea este estadio de desarrollo, el cuento indica cómo puede superarse y qué
problemas se encontrarán en el estadio siguiente del progreso hacia la integración madura.
El cuento de hadas ofrece al niño la certidumbre de que algún día llegará a conquistar un reino.
Esto reaviva una esperanza que, sin esta fantasía, se extinguiría al contacto con la cruda realidad. Y
puesto que asegura que el reino será suyo.
El cuento de hadas enriquece la fantasía del niño de modo incomparable. Los niños disfrutan con
este tipo de historias, pero no obtienen de ellas más que un placer momentáneo. No consiguen
seguridad ni consuelo alguno respecto a sus problemas más acuciantes; sólo huyen de ellos
durante algunos instantes.
Se podría objetar que los deseos de venganza son inmorales y que el niño no debería sentirlos,
pero hemos de recordar, entonces, que la idea de que no se deben experimentar ciertas fantasías
no contribuye a que no se tengan, sino que las relega simplemente al inconsciente, con lo que los
estragos que se originan en la vida mental son mucho más graves. Así, el cuento de hadas permite
que el niño obtenga lo mejor de dos mundos distintos: puede tener y disfrutar de las fantasías de
venganza frente al padrastro o madrastra del cuento, sin sentir culpa ni miedo algunos respecto al
progenitor real.
El pequeño disfruta con este relato porque está conforme a lo que le gustaría creer; pero las
consecuencias son que acaba por desconfiar del padre, del que todavía depende, y sufre una gran
decepción porque, contrariamente a lo que la historia le hace creer, los padres siguen siendo
superiores durante algún tiempo.
El padre de muchos cuentos menosprecia a uno de sus hijos —a menudo llamado bobo— que, a
medida que avanza la historia, acaba por demostrar que su progenitor estaba equivocado. En este
sentido se puede asegurar una vez más que el cuento es verdadero desde el punto de vista
psicológico. Casi todos los niños están convencidos de que sus padres saben más que ellos de
todas las cosas, con una excepción: no los valoran lo suficiente. Estimular esta creencia es algo
muy beneficioso porque sugiere que el niño debe mejorar sus capacidades.
El cuento de hadas expresa el problema de la rivalidad entre generaciones, del deseo del niño de
superar a sus padres, cuando éstos creen que ha llegado el momento oportuno y mandan a su hijo
(o hijos) al mundo para que demuestre así sus capacidades y su valor para ocupar el lugar del
progenitor, para sustituirlo.
Y, realmente, sólo una hazaña extraordinaria puede proporcionar al niño la sensación de que
supera a su progenitor; creer en ello sin esta prueba sería una megalomanía sin contenido alguno.