Hace algún tiempo, la prensa dio una noticia tremenda: en Barcelona, un
hombre en la flor de la edad se había casado por el interés con una
octogenaria. El interés, el pequeñito y aparentemente ridículo interés, era
el de quedarse, a la muerte de la anciana, con el pisito de renta antigua
que ésta ocupaba.
Tan triste y espeluznante boda de conveniencia dio a Azcona la idea de
escribir una novela en torno a la calamitosa situación en que se encuentran
en nuestro tiempo los hombres y las mujeres que no pueden casarse por
no encontrar un sitio en el cual hacer esas cosas que se hacen en el
matrimonio: engordar, sufrir por el precio de la pescadilla, tener nenes y
aburrirse horrores.
Está EL PISITO, «novela de Amor e Inquilinato», como la subtitula su autor,
entre el cuadro de costumbres y la tragedia —no por cómica menos
impresionante—, y en ella nos ofrece RAFAEL AZCONA nuevas y más
maduras muestras de su agudo espíritu de observación, incisivo sentido
crítico y afilado humor. El lector encontrará en este libro, número 36 de
nuestra Colección, el personalísimo estilo y peculiar manera de ver la vida
misma que antes exhibió su autor en su VIDA DEL REPELENTE NIÑO
VICENTE —ahora a punto de aparecer en su quinta edición—, y en LOS
MUERTOS NO SE TOCAN, NENE, uno de los éxitos más resonantes de
«El Club de la Sonrisa».
Rafael Azcona
El pisito
Una novela de amor e inquilinato
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Titivillus 08.03.16
Rafael Azcona, 1959
Editor digital: Titivillus
ePub base r1.2
¡Hogar, dulce hogar!
PRIMERA PARTE
I
La silenciosa y fétida atmósfera, remansada durante la noche en la oscuridad de la
habitación, fue alborotada de pronto por una serie de ruidos encadenados que, al
destrozar el silencio, provocaron también un oleaje, un flujo y reflujo de
dulzarrones hedores a anciana encerrada, a gato satisfecho de la vida y a
corrompidas hierbas medicinales.
El escándalo comenzó con el fragoroso gemir de un jergón oriniento, siguió
con un instantáneo y violento chapoteo y desembocó, provisionalmente, en el más
aterrador de los maullidos que hayan sonado en el mundo desde el Génesis; luego,
machacando una pausa casi nonata, una vocecita aguda se angustió:
—¡Jesús, María y José! ¿Otra vez, Teodoro?
Y, entre el rebullir de ropas y nuevos gemidos del jergón, se oyó el chasquido
de un interruptor: la débil claridad que esparció una antiquísima lámpara iluminó
el pavor de una vieja que, parapetada tras el embozo de su cama, asistía asustada
al terrible espectáculo ofrecido por un gato chorreante, recién salido del líquido
amarillento que llenaba una palangana situada a los pies del lecho. El gato, hecho
una ojiva en su furor, maullaba y bufaba frenético, amagando un sanguinario
ataque, sin separar sus turbios y siniestros ojos de la indefensa anciana. Ésta intentó
disculparse y farfulló:
—Teodoro, por Dios… Ha sido sin querer… Te… te lo juro… ¡No, Teodoro,
no!
Tuvo que guarecerse bajo las sábanas, convencida ya de que su vida estaba
en peligro: el gato, embrutecido por su sed de venganza, se había puesto a dar
fenomenales botes sobre el pavimento. Desde su refugio, la vieja se atrevió a
insistir:
—Ten calma, Teodoro, ¡por lo que más quieras! Ya te he dicho que no lo he
hecho a posta. Ha pasado lo que pasa siempre: he ido a levantarme, y como tú
estabas encima, al moverme te has caído en la palangana… Pero ha sido sin querer,
Teodoro; ¿cómo puedes pensar que yo me divierta así, si cada vez que nos pasa esto
tenemos un disgusto? ¿No lo comprendes, rey mío? ¿No te das cuenta de que tú
eres lo único que tengo en el mundo y que prefiero morirme a verte de esa manera?
Di, Teodoro, ¡di!
El terrible Teodoro, amansado al parecer por los quejumbrosos sonidos que
le llegaban a través de las sábanas, deshizo el arco que formaba su espinazo y
suavizó su fiero maullar, para, evidentemente fastidiado, observar los desperfectos
que el desagradable baño había ocasionado en su pelaje. Después de efectuar un
concienzudo examen, saltó sobre uno de los innumerables cojines que descansaban
sobre todos los muebles del cuarto, precisamente al que estaba encima del lavabo,
y allí se dedicó a restaurar el desastre. Desde las interioridades de la cama seguía
llegándole, monótona y plañidera, la vocecilla de la vieja
—… y todo porque tú no quieres dormir en tu camita. No es que te prohíba que
duermas en la mía, no; yo, encantada, Teodoro. Pero si durmieras en la tuya, el ama
no te molestaría cuando se levanta. ¿No lo comprendes? El ama tiene que madrugar
para darse el baño en la pierna y para ir a misa, y como tú eres un dormilón, pues
así pasa lo que pasa. ¿Verdad que lo comprendes, Teodoro, sol de la casa?
El silencio del gato, que continuaba ocupado en sus tareas de reparación, animó
a la anciana a salir de su escondite: asomó tímidamente su arrugada nariz y oteó
el horizonte, y la aparente calma del gato la decidió a proseguir hablando sin
esconderse:
—Bueno, ya se te ha pasado, ¿verdad? Así me gusta, Teodoro. Y para que veas
que te quiero y que no deseo molestarte más, desde mañana te despertaré antes de
levantarme, ¿eh? Así no te cogeré desprevenido y no te caerás al cocimiento. ¿Está
contento el gatito bueno?
Teodoro interrumpió su faena para mirar a su ama. Luego, quizá
despreciándola, se reintegró a sus lengüeteos, conformándose con emitir un par
de gruñidos de protesta. La anciana dió por terminado el incidente y, mientras
alargaba su mano hacia la dentadura postiza, que descansaba en la mesilla, pasó
de la actitud conciliatoria a la recriminación:
—Lo que no me explico es por qué te tienes que enfadar tanto, Teodoro. Si
te cayeras en una palangana llena de agua corriente y moliente lo entendería; yo
misma, aunque soy más limpia que nadie, me enfadaría mucho si alguien me sacara
del sueño de esa forma. Pero no te caes al agua, a un agua ni fu ni fa, Teodoro; te
caes al cocimiento que tanto bien le hace a la pierna del ama. Un cocimiento de
hojas de sen, tomillo, menta, adormideras, romero, malvavisco, orégano y
eucaliptus, que es mano de santo y que no te puede perjudicar, sino, al contrario,
beneficiar, y mucho. Si no fueras tan melindroso, tú mismo, sin que nadie te
empujara, te meterías en la palangana alegremente…
La suposición, o el tono en que había sido formulada, o ambas cosas a la vez,
sacaron de quicio nuevamente al tranquilizado o, por lo menos, resignado Teodoro:
cortó en seco sus lengüetazos, dió un bote increíble y cayó sobre la cama con las
uñas por delante, desgarrándose en un maullido más espeluznante que todos los que
había soltado hasta entonces. La provecta señora, sorprendida con los dientes en la
mano, casi no tuvo tiempo de introducirse de nuevo en su refugio y estuvo en un
tris —como luego explicaría ella a sus amigas, doña Candelas y doña Consolación
— que el gato la cegara. Afortunadamente pudo acurrucarse otra vez bajo la ropa y
sentir allí, sobre sus costillas, los saltos, los bufidos y las uñas del irascible animal.
Volvió el pánico a hacerle temer por su vida y gritó hasta desgañitarse:
—¡Socorro, don Rodolfo! ¡Auxilio! ¡Ay, Jesús, María y José, que Teodoro se
ha vuelto loco! ¡Ay, que me quiere cegar, Santa Lucía bendita! ¡Socorro,
socorro…!
Los desaforados chillidos, traspasando las sábanas, debieron irritar aún más
al enfurecido Teodoro, pues su rabia alcanzó caracteres tremendos: rasgaba el
edredón con las uñas y con los dientes, maullaba y bufaba como un condenado,
saltaba fuera de sí, en su excitación por no poder llegar hasta su presa.
Se oyó fuera una voz destemplada:
—Pero ¿es que no se va a poder dormir en esta casa? ¿Qué le pasa ahora a esa
vieja chocha?
Desde su escondite la anciana seguía clamando:
—¡Me quiere cegar! ¡Socorro, socorro, don Rodolfo! ¡A Teodoro le ha dado un
ataque y me quiere cegar! ¡Ay, Santa Lucía bendita, abogada de la vista, protégeme
y te ofreceré una vela!
Se abrió la puerta violentamente: un hombre achaparrado, medio calvo y
envuelto en un raído albornoz, había descargado sobre ella un brutal puntapié:
—¿Se va a callar ya, vieja imbécil? ¡Las cinco de la mañana no es hora de
armar…!
Se cortó al ver al gato, que seguía entregado a sus excesos. Al mismo tiempo,
la angustiada vocecita de la invisible señora le informó:
—¡Le ha dado un ataque, don Dimas! ¡Auxílieme, auxílieme!
Había llegado otro sujeto a la puerta, un hombre alto, cargado de espaldas, con
los revueltos pelos sobre la cara; ajustándose el pijama inquirió:
—Pero ¿qué pasa, Carbayo? ¿Está enferma?
—¡Qué va a estar enferma! Quite, déjeme; ahora va a saber ese bicho lo que
es bueno.
Y, cogiendo la silla que tenía más a mano, el del albornoz la elevó sobre su
cabeza para arrojarla después, con toda su alma, contra el enloquecido gato. Sin
embargo, la silla no dió en su objetivo: Teodoro la esquivó con un ágil salto de
costadillo y el pesado proyectil fué a estrellarse en el leve bulto que temblaba bajo
las sábanas.
—¡Piedad, Teodoro, piedad! —aulló la vieja, convencida de que el golpe que
acababa de recibir era producto de la furia del gato, cuando éste ya hacía rato
que había abandonado la cama para escapar al pasillo después de haber cruzado
como una centella entre las piernas de los dos hombres que bloqueaban la puerta,
a los cuales dejó ocupados en el lanzamiento de soeces palabrotas y tremendos
denuestos y tan asustados como a la lacerada anciana.
Cuando la pareja se recobró de su susto, el que había lanzado la silla entró en
la habitación, se acercó al lecho y, tirando de las ropas, gritó:
—¡Venga, salga de ahí, doña Martina! ¿No le da lacha estar desvelando a cada
dos por tres a unos hombres que tienen que madrugar para ganarse la vida?
La vieja, envuelta en toquillas, encajes y cintajos, seguía temblando,
acurrucada e incapaz de reaccionar.
—¡Me ha matado! ¡El cura, que venga el cura!
El que vestía el pijama se alarmó:
—A ver si es verdad que está grave; a lo mejor le ha fallado el corazón. A
estas edades…
El otro le interrumpió:
—Venga, Gómez, deje usted de desear ya que se muera; yo también tengo
ganas, pero no lo digo tantas veces, hombre… Hala, doña Martina, arriba, que no
ha pasado nada.
Estaba zarandeándola, intentando convencerla de que el gato había huido; pero
los efectos fueron contraproducentes:
—¡No, Teodoro, no! ¡Santa Lucía, no me desampares!
—¡Qué Santa Lucía ni qué Teodoro! ¡Soy yo, don Dimas!
Salió, por fin, la vieja de su cerval pánico. Abrió los ojos, todavía protegidos
por las manos, y vió a sus salvadores:
—Ay, don Dimas, ¡qué susto!… Ay, don Rodolfo, ¡qué susto!… En mi vida,
en mi vida he pasado un rato tan malo… Otras veces no se ha puesto así, ni mucho
menos. Pero hoy, hoy ha sido terrible…
De pronto advirtió que no estaba cubierta por las ropas de la cama y, a excitados
chillidos, exigió:
—¡Fuera, fuera de mi cuarto! ¡No miren, no miren, que estoy desnuda! ¡Salgan,
salgan! ¡Suelte usted las sábanas, don Dimas, o lo denuncio a la policía!
Don Dimas, perplejo, volvió la cabeza hacia el otro:
—Pero ¿está viendo usted? ¡Esta vieja chocha, saliendo ahora con el pudor!
Soltó las sábanas con un gesto de desdén. La anciana se cubrió con ellas e
insistió:
—¡Inmorales! ¡Aprovechar una ocasión así para, para, para… mejor es no
decirlo!
Don Dimas estaba ya en la puerta:
—Mire, doña Martina del demonio: como me despierte otra noche con una
juerga de éstas, va a saber usted lo que es canela. ¡Se lo advierto!
Y cerró, dando un portazo.
Doña Martina detuvo con un gesto al del pijama, que había iniciado la retirada,
y, después de meterse en la boca los dientes postizos, le dijo:
—¿Se ha dado cuenta, don Rodolfo? ¿Se ha dado cuenta? ¡Lo echo, lo echo de
mi casa! Pues ¡qué se ha creído el don Dimas! No, si la culpa la tiene una por dar
entrada en su casa a gentes de tan poco pelo. Con usted no va nada, don Rodolfo;
usted es una persona de bien y estoy encantada de tenerlo de huésped. Es él, él…
—Muchas gracias, doña Martina —musitó, en un bostezo, el llamado don
Rodolfo. Y se ofreció, sin demasiado entusiasmo—: ¿Quiere usted alguna cosa?
¿Le hago falta para algo?
—No, no. ¡Señor, señor! No sé lo que le habrá pasado a Teodoro; yo creo que
le han hecho daño los boquerones que cenó anoche. Si no es por Santa Lucía, don
Rodolfo, no lo cuento. Me quería cegar, don Rodolfo, de verdad. ¡Ay, Señor, qué
vida! Claro, como no tiene una a nadie que la defienda. Porque usted ya sabe lo
que ha sido mi existencia desde que murió mi pobre madre, que en gloria esté:
una mártir, don Rodolfo, una mártir. Y ya ve, una toma huéspedes para ayudarse
un poco… y aquí tiene usted el pago que le dan. Porque me ha insultado, usted
lo ha oído. Ya le digo que es con él, con él con quien no puedo; usted es otra
cosa, don Rodolfo. Pero ése, ése es un tiparraco, un ser insociable. Se lo digo en
confianza: para mí que es de la cáscara amarga. Y luego, ¡cómo me ha puesto la
casa de porquerías! ¿Usted cree que una persona como Dios manda se gana la vida
vendiendo esas suciedades? ¡Señor, señor, en qué día le abrí la puerta de mi casa!
Una mártir soy, don Rodolfo, una mártir. Ya ve, aquí, con la pierna, que cada día
la tengo peor y que no sé cómo me saldrá de este disgusto…
Don Rodolfo trataba de dominar sus bostezos, pero le era imposible. Y ella
seguía hablando y hablando, dándole aún más sueño. Deseaba irse a su cuarto, a
seguir durmiendo; pero no se atrevía a dejar a la vieja con la palabra en la boca; si
lo hacía, podía animarla a que le odiara como odiaba a Carbayo. Y eso no podía ser,
por lo menos hasta que Sáenz le dijera lo que había de cierto en aquello del piso.
—… pues como la pierna se me hinche va a conocerme ese don Dimas a quien
el diablo se lleve. Voy a ver si tomo el baño, don Rodolfo, que es lo único que
me alivia un poco. Un baño que preparo con un cocimiento que es mano de santo,
¿sabe? Si tiene usted algún dolor, dígamelo, y yo le daré el remedio. A usted lo
quiero, don Rodolfo; lo quiero como a un hijo. Porque usted es un caballero, y un
hombre comprensivo, educado y como se debe ser.
Don Rodolfo aprovechó la pausa que había hecho la infatigable anciana:
—Pues yo, doña Martina, si no quiere usted nada, me voy a acostar un poco.
Ya sabe que los sábados, como hacemos jornada inglesa, tengo que ir antes…
—Vaya, vaya, don Rodolfo, y que descanse. ¡Ay Jesús mío, qué cruz tan pesada
me has cargado! Adiós, don Rodolfo, adiós… A ver si está por ahí Teodoro, el
pobre; a ver… Bis, bis, bis, bis, rey de la casa…
Ya a solas, doña Martina no tuvo inconveniente en dejar la cama; realizando
un penoso esfuerzo, consiguió resbalar sobre el colchón hasta quedar con los pies
apoyados en la alfombra, y arremangándose el camisón, que sobresalía de sus
toquillas, dejó al descubierto sus piernas. Una de ellas, la izquierda, esquelética
y llena de cabrillas, quedó completamente al desnudo, quizá hasta provocativa; la
otra, la derecha, estaba empaquetada, envuelta en toallas.
Sin dejar de lamentarse y de llamar al gato, la anciana retiró los alfileres
imperdibles que sujetaban el paquete, y cuando la pierna quedó al aire, la introdujo
en la palangana; con una esponjita, empapándola y exprimiéndola, procedió a
ducharse la rodilla, y al mismo tiempo inició el rezo del rosario. Su voz,
acompañada por los rumores del líquido que caía en la palangana, se extendió por
la habitación:
—… Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros…
Rezaba haciendo escalas, subiendo y bajando de tono, murmurando un rato,
para luego llegar hasta el grito, unas veces de manera ininteligible y otras
vocalizando como si estuviera en un púlpito, pasando del bisbiseo a la más rotunda,
clara y terminante invocación:
—… al Padre, gloria al Hijo, gloria al…
A intervalos se interrumpía para llamar al gato, que seguía sin aparecer. Sus
llamadas estaban colmadas de requiebros, llenas de afirmaciones de buena
voluntad, rebosantes del deseo de hacer las paces:
—Teodoro, sol de la casa, rey mío… Si te han hecho daño los boquerones, lo
arreglaremos purgándote; pero no con aceite de ricino, que al gatito bueno no le
gusta… Ven, Teodoro, que tu amita está muy sola… Ven y mira cómo tiene la
pierna… Anda, ángel mío, no seas como don Dimas y no me des disgustos…
Al dar fin al rosario, doña Martina empapó las toallas en el líquido que quedaba
en la palangana, y cuidadosamente se fué envolviendo en ellas la pierna. Después
de sujetarlas con los alfileres, la anciana se introdujo en una interminable cantidad
de prendas, casi todas ellas de luto riguroso, y cuando estuvo vestida, recordó:
—¿Lo ves, Teodoro? Por tu culpa ha estado a punto de olvidárseme la vela que
le he prometido a Santa Lucía.
Abrió un armario ropero y paseó la mirada por los montones de velas de todos
los tamaños que el mueble guardaba. Su mano se acercó a una no demasiado larga,
pero se retiró con presteza para coger otra que medía cerca de un metro. Puso
sobre su verdiblanca cabeza una mantilla espesísima y, vaciando en el lavabo la
palangana, cargada con ella y con la vela, salió al pasillo, el cual surcaban en aquel
momento varias docenas de cucarachas. Doña Martina se indignó, como todas las
mañanas:
—¡Parece mentira la falta de decoro que hay en el mundo! ¿De qué le sirve
a una ser más limpia que la patena, si tiene unos vecinos que crían estos bichos
asquerosos? ¡Hala, hala, bajad a vuestra casa, malditas! Y tú, Teodoro —Teodoro
dormitaba sosegadamente en un rincón del vestíbulo—, ¿por qué no haces algo? No
te digo que te las comas, pero en lugar de dormir como un lirón podías asustarlas,
por lo menos…
Teodoro comenzó a gruñir, y la vieja recogió velas:
—Bueno, bueno; ya sé que tú tienes tus ínfulas, y no voy a ser yo quien te las
quite. Anda, anda a la camita, que yo vuelvo ahora mismito de la iglesia para darte
el desayuno.
Se enfrentó con las escaleras; le resultaba molestísimo bajarlas y subirlas, pues,
aparte de los achaques propios de su edad, tenía que vencer serias dificultades para
mover, para arrastrar el enorme paquete que envolvía su pierna. Mientras bajaba
arreció en sus insultos a la vecindad, al casero e incluso a los constructores del
edificio:
—… parece mentira, sabiendo que hay en el mundo ancianas que no se pueden
valer, hacer las casas así, llenas de facilidades para las cucarachas y de molestias
para los vecinos honrados. Cuando vea al casero me va a oír, vaya si me va a oír el
tío pejiguera ese, que permite no sólo que los vecinos sin conciencia me infecten mi
piso, sino que, además, deja la escalera a oscuras, con los escalones desportillados,
talmente como si quisiera que una se descalabrara…
Llegó a la calle cansada, pero emprendió con buen ánimo la marcha hacia la
iglesia: ir a misa, a aquella misa, la primera del día, era una de las cosas que más le
gustaba hacer a doña Martina. Porque, como les decía a sus amigas doña Candela
y doña Consolación, la primera misa del día era la que más mérito tenía oír: era la
que exigía más espíritu de sacrificio y la que denotaba más devoción.
Por las aceras, todavía en sombras, las toallas iban dejando un húmedo,
aromático y goteante rastro. Un perro, después de acercarse a husmearlo, lanzó un
aullido y salió de estampía.
II
A don Rodolfo, lo mismo que a don Dimas, le desaparecía el «don» apenas se
apartaba de doña Martina; la vieja, como todas las patronas del mundo, regalaba
generosamente algo que le costaba tan poco y que, además, le permitía, a la hora
de servir las comidas, mermar el peso de las albóndigas sin sentir remordimientos.
«Vaya una cosa por la otra», decía ella.
El hombre que se levantó a las ocho de la mañana era un Rodolfo a secas. Sucio,
desgarbado, con la boca llena de sabor a caries, los pies plagados de callos y
durezas, turbios los ojos, hundido el pecho por una alimentación deficiente
excesivamente prolongada. Sin abrocharse el pijama, al aire el tórax estrecho y
velludo, se encaminó hacia «el baño», que así había convenido doña Martina en
denominar al pequeño retrete provisto de lavabo y atiborrado de garrafas vacías,
botellas polvorientas y escobas desgastadas por el uso. Empujó la puerta, y ésta
tropezó con algún obstáculo.
—Perdón —gruñó.
La puerta se abrió y dejó ver en el interior a «don» Dimas, ahora en camiseta
y ocupado en fregotear en el lavabo una pierna ortopédica:
—¡Hola, Gómez! Termino ahora mismo; es que voy a ver si me quito hoy este
artículo. Es para un pobre chico que ha perdido un remo en el «Metro», ¿sabe? Y
me da la impresión de que le va a estar un poco larga; claro que el precio que les
voy a hacer yo no lo encuentran en ninguna parte. Pero yo tengo el compromiso
de ser generoso; el chico ya le digo que está, poco más o menos, en la miseria, y
la pierna se la van a regalar de caridad…
Rodolfo escuchaba bostezando, pero comentó:
—Menudo lince está usted hecho, Carbayo.
—¿Yo? Pues a buena parte va usted a parar; dinero me cuesta el negocio. De
verdad, Gómez: éste es un caso aparte… El chico se dedicaba a suicidarse, ¿sabe
usted?
—¿A suicidarse?
—Sí. Ya le digo que en estos casos hay que ponerse la mano en el pecho y
pensar que todos somos hermanos. Había descubierto un negocio fenómeno: cada
día esperaba en una estación distinta la llegada de un tren que coincidiera con la
máxima afluencia de viajeros… Cuando el tren entraba en el andén, el vivo del
chico se arrojaba a la vía por el extremo contrario. ¡Menuda picardía la del pájaro!
Así, el conductor tenía tiempo de frenar, el tren se detenía, el chico se salvaba y los
únicos que se llevaban unos coscorrones eran los que iban dentro de los coches.
Por el frenazo, ¿comprende? Inmediatamente la gente se arremolinaba, recogían
al carota del suicida, se enteraban de que estaba desesperado por no poder comer
y por no tener dinero para comprarle penicilina a su padre, y… lo que pasa: el
pueblo de Madrid tiene un corazón así de grande, y unos un duro, otros dos pesetas
y algunos, que de todo hay, diez céntimos, el chico podía ir sacando adelante a
su familia.
Rodolfo miró, espantado, la pierna ortopédica, abrillantadas sus cerúleas
calidades por el vigor de Carbayo:
—Y en una de ésas, ¡zas!
—Claro, lo que yo digo: que tampoco se puede abusar y que un día u otro el
conductor se duerme y se produce el fenómeno. Ahora, como el chico se ha hecho
famoso, bueno, usted ya me entiende lo que quiero decir, unas señoras le van a
regalar la pierna para el día que haga la primera comunión.
Salió del retrete con el aparato deslumbrante, y cuando Rodolfo entraba, lo
apoyó en el suelo, haciendo jugar sus metálicas y rechinantes coyunturas:
—¿A que hace buen efecto? —le preguntó—. Lo malo va a ser como le quede
demasiado larga. Claro que uno se las sabe todas, y echará mano del recurso que no
falla: «Señoras mías —les diré cuando el chico se quede desnivelado, si es que se
queda, que a mí me parece que sí se va a quedar—, señoras mías: el chico crecerá,
y el aparato, naranjas de la China». Y picarán, ¡vaya si picarán! Bueno, Gómez;
hasta luego.
—Adiós, Carbayo; que haya suerte.
Instalado sobre el inodoro, Rodolfo siguió pensando en aquel pobre muchacho.
Diez años atrás, el conocimiento del suceso hubiera indignado a Rodolfo, y acaso
hasta hubiera llegado a escribir una carta al ABC diciendo que no había derecho a
que sucedieran cosas así. Pero a los treinta y ocho años Rodolfo estaba cansado,
aburrido de indignarse; luchando con su estreñimiento crónico, no podía hacer otra
cosa que mover tristemente la cabeza, mientras sin proponérselo, de una manera
vaga, establecía un parangón entre aquel desgraciado chico y él mismo… La vida
era así y no tenía remedio: a unos les cortaba una pierna, y a otros, a él, las alas.
Rodolfo se entregaba muy seriamente a estas reflexiones, convencido de que
en ellas era de un realismo implacable. «Las alas», en su lenguaje, era todo lo que él
suponía había perdido a lo largo de su existencia, todo lo que se había ido dejando
entre las zarzas de su camino: capacidad de ilusión, ambiciones, voluntad… ¿O
era que nunca jamás había tenido aquellas cualidades? Sí; podía ser que intentara
engañarse, que tratara de justificarse así de su fracaso, de su poca fortuna, de su
triste dejarse llevar y traer por los demás. De cualquier manera, mejor era no
pensarlo, decidió, porque lo único que importaba, lo único que contaba, era que
allí estaba él, a las puertas de la cuarentena y sin haber vendido una escoba.
Se levantó, encogiéndose de hombros, resignado y apacible, quizá hasta con un
repunte de júbilo por haber conseguido una victoria sobre sus resecos intestinos, y
se lavó rápida y escasamente. Luego, hurgándose las orejas con la toalla, se dirigió
hacia la cocina en busca de su desayuno, aquella cosa oscura que doña Martina
llamaba café con leche.
La vieja le saludó alegre, seguramente sin acordarse ya de lo que había ocurrido
horas antes:
—¡Hala, hala, a desayunar y a correr por ahí! Ya tenemos encima a la
primavera, don Rodolfo, y ustedes, los jóvenes, tienen que aprovecharla… Ya que
una no puede, ¿verdad?
Rodolfo volvió a su cuarto, una habitacioncita diminuta, amueblado con una
cama de hierro, una mesa cojitranca, una silla y un armario de luna casi
transparente, ventilado por una ventana orientada al patio. Se vistió de prisa y
corriendo y bajó las escaleras de tres en tres; iba a llegar tarde; el imbécil de
Carbayo le había hecho perder el tiempo. Y en sábado precisamente, cuando más…
Se detuvo y se dió una palmada en la frente, ya en la calle: acababa de recordar
algo que con unas cosas y con otras había olvidado por completo. ¿Qué noticias
le llevaría Sáenz? ¿Sería que sí o sería que no? Como fuera que no, ya podía
prepararse a aguantar a Petrita.
Echó a andar de nuevo, remontando la calle de Fuencarral hacia la glorieta
de Bilbao. Menudo lío como Sáenz viniera con la embajada de que el abogado
aquel había dicho que estaban en un error; Petrita se pondría como un caballo.
Sopló, expresando rotunda y concisamente toda su preocupación: Petrita tenía unos
prontos terribles, y él los temía. No, no podía tener razón Sáenz; él era quien estaba
equivocado. ¿Por qué no iba a poder quedarse con el piso de doña Martina cuando
ella muriera? Llevaba viviendo allí como huésped fijo catorce años; algún derecho
habría conquistado en aquel tiempo. Lo que pasaba era que el mala sombra de
Sáenz disfrutaba fastidiando a los demás.
Un tranvía se acercaba a la estatua de Bravo Murillo, y Rodolfo se olvidó de
todo lo que no fuera alcanzarlo; si no lo tomaba, tendría que oír luego el rapapolvo
de don Manuel, que tampoco era ninguna tontería cuando le daba por armar la
bronca. Se lanzó a correr sin gracia, sujetándose los bolsillos con las manos, como
si pudiera escapársele algo precioso, y todo lo que llevaba encima eran veintisiete
pesetas y la documentación. Como otras veces, Rodolfo se dijo que era bien triste
temer la pérdida de tan poca cosa… Claro que, bien mirado, como era lo único
que tenía…
Alcanzó al tranvía y se acodó en una de las ventanillas de la plataforma, y
al mirar hacia fuera advirtió que doña Martina estaba en lo cierto: allí estaba ya
la primavera. Brillaba el sol en un cielo surcado por alguna nubecilla; corría una
brisa fina y fresca, y la ciudad, con todos los árboles moteados de verdes brotes,
parecía acabada de inventar. En las terrazas de los cafés de la glorieta de Bilbao, los
camareros, en mangas de camisa, colocaban las sillas y las mesas recién pintadas de
rojo y azul. Las mujeres, sin abrigo, iban presumiendo de carnes y de movimientos,
retando a los hombres como quien no quería la cosa, satisfechísimas de ser como
eran… «La primavera la sangre altera», se oyó, dentro del cráneo, Rodolfo. Y una
sonrisa amarga, pero sonrisa al fin y al cabo, le estiró suavemente los labios; doña
Martina tenía vida para otro año, por lo menos; los viejos mueren en el invierno,
quizá en el otoño, pero nunca en primavera. Así las cosas, resultaba que lo que
hubiera dicho el abogado no tenía tanta importancia; Petrita lo comprendería
también.
Volviendo a su habitual seriedad, Rodolfo suspiró aliviado.
***
En el reloj que colgaba sobre don Manuel, las agujas marchaban demasiado
lentas; el arponcillo horario estaba ya entre la U y la P de la palabra superfosfato,
que sustituía a los números; pero el minutero no llegaba nunca a la F. Iban a dar,
por tanto, las dos y media. Pero no daban.
Procurando no irritar a don Manuel —al que sacaban de quicio las miradas
que sobre su pelada cabeza enviaban los empleados—, Rodolfo seguía segundo a
segundo la marcha del publicitario reloj. Estaba impaciente, desazonado, porque
Sáenz, con su característica mala intención, se había limitado a decirle al llegar
a la oficina:
—Chico, dice que no hay nada que hacer, salvo que te atrevas a tomar una
decisión que tiene un carro de gracia…
Y se había echado a reír, sin querer aclararle el sentido de sus palabras.
—Luego, luego te la digo… ¡Menuda solución!
El minutero se acercaba a la F; faltaban un par de segundos para que Ochoa,
que era el único empleado que osaba levantarse de su mesa sin que don Manuel
así lo indicara, comenzase a cerrar sus librotes de contabilidad. Los dos segundos
transcurrieron y sonó la esperada campanada; la silla de Ochoa chirrió contra el
suelo, y don Manuel, aparentando la misma perplejidad de siempre, levantó la
mirada para fijarla, reprobadora, en el impenitente rebelde. Sin preocuparse del
jefe, ignorando su contenida cólera, Ochoa se despidió, muy fino:
—Hasta el lunes, si Dios quiere, señores.
Rodolfo, con sus compañeros, esperó nervioso. El bigote de don Manuel
temblaba, y sus dedos tamborileaban sobre la mesa; por fin, con voz desabrida,
graznó:
—Bueno, ¿qué esperan? Han dado las dos y media, ¿no se han enterado?
Y mientras sus asalariados se ponían en movimiento, el pobre hombre
empezaba a debatirse entre las garras de su habitual ataque de asma.
—Bueno, venga… Explícate, Sáenz —le apremió Rodolfo, mientras se
cambiaba de chaqueta.
Sáenz, bajito, muy perfilado y sacudido por un tic que le mantenía en eterno
baile la mejilla izquierda, le prometió:
—Ahora, ahora te lo explico en el bar…
—Pero ¿cómo en el bar? Venga: di lo que sea.
Pero Sáenz era implacable:
—No; tiene que ser en el bar, y después de que nos hayamos tomado una cañita:
es el precio de la consulta. Gómez.
—Está bien, pesado… Anda, vamos.
En el bar aún se entretuvo en molestar a Rodolfo con sus dilaciones:
—¡Menuda solución! De circo, chico… Cada vez que lo pienso me muero de
risa. Es que es para mondarse, hombre —y comenzó a reírse otra vez, como había
hecho al llegar a la oficina, desesperando al expectante Rodolfo.
—Te advierto que como sigas así me voy; tengo prisa…
El divertido Sáenz dejó de reír:
—Calma, calma el obrero; ahora mismo vas a enterarte.
Se limpió la barbilla con una servilleta de papel y encendió un «Bisonte»:
—Bueno, ahora vas a saberlo todo. Anoche no pude preguntárselo, porque el
abogado es un chico joven y con la carrera recién terminada, y te puedes figurar
cómo está el hombre: no desaprovecha una ocasión de irse de farra…
Rodolfo apretó los puños, deseando golpear con ellos la irritante y movediza
mejilla de aquel pelma:
—Pero ¿es que me vas a contar ahora la historia del abogado?
—Serenidad, Gómez, mucha serenidad, que ahora viene lo bueno. Pues bien:
esta mañana, para que veas si soy amigo tuyo, me he metido en la habitación del
tío. Imagínate: estaba con una resaca de miedo; pero a mí, eso, ¡plin! Yo tengo
con él mucha confianza. ¡No le he dejado duros ni nada cuando se le retrasaban
los giros de su casa!
—¡Y dale al árbol! —gruñó, mordiendo las palabras, Rodolfo—. Que tengo
prisa, hombre…
—Bueno; si empiezas a interrumpirme, no lo cuento. Bien; he entrado en su
habitación, que está al lado de la mía, y le he dicho: «Pepe, necesito que me
orientes. No, no te hagas el dormido, que es una cosa muy seria. Anda, espabílate».
Porque yo no quería correr el riesgo de que me dijera sí o no sin saber ni siquiera
lo que le había preguntado, ¿comprendes?
Rodolfo pensó en matar a aquel mentecato.
—Otra caña —pidió al del mostrador, impertérrito, el narrador—. Cuando lo
he tenido bien despierto, sentado en la cama y fumando un cigarro, le he expuesto
el caso: «Vamos a ver, Pepe: resulta que yo tengo un amigo que vive desde hace
catorce años de pensión en casa de una vieja. Según me ha dicho él, la vieja le ha
prometido que, cuando se muera, le dejará el piso, y así mi amigo se podrá casar
con una chica muy buena que es su novia desde hace una tira de años. Me lo explicó
el otro día, y yo, que ya sabes cómo soy, pensé que la vieja está equivocada. Porque
a mí me parece que el inquilino no puede ceder su piso a quien se le antoje, ¿no
es así, Pepe?».
—Y ¿qué te ha dicho él? —preguntó Rodolfo, mordiendo un palillo con rabia.
Sáenz se bebió la caña de cerveza y concluyó:
—Pues me ha dicho que soy yo el que llevaba la razón. El inquilino, según
la ley, que es la que manda, no es quién para dejarle el piso a nadie; muerto el
inquilino, queda nulo el contrato, y el arrendador puede alquilárselo a quien le dé
a él la gana. ¿Comprendido?
Rodolfo masculló, defraudado:
—¿Y para eso me has tenido aquí media hora?…
—¡Cuidado! Un momento, que falta lo mejor: la solución que le puedes dar al
asunto, si le echas valor a la vida… Pero ¡qué solución, madre de mi alma!
Rompió a reír otra vez, golpeándose los muslos con los puños, apoyándose en
la barra. Rodolfo pagó precipitadamente y le empujó hacia la calle:
—Bueno, venga esa solución de una vez, hombre. ¿No ves que para mí no es
cosa de risa?
Se calmó el regocijado y diminuto mensajero:
—Ahí va: si fueras hijo, hermano o marido de la vieja, al morirse ella el piso
era tuyo.
Al principio Rodolfo no entendió nada:
—¿Qué clase de solución es ésa, idiota?
Pero apenas había soltado el insulto, la luz se había hecho en su cerebro:
—¡Ah! O sea, que si yo…
El otro reía de nuevo, descubriendo nuevas fuentes de hilaridad en la reacción
de Rodolfo. Éste, después de amenazarle con el codo, comenzó a andar sin
despedirse, diciendo únicamente:
—Te podías haber metido la solución en un sitio que yo sé, besugo…
Sin dejar de reír, Sáenz le gritó:
—¡Anda, hombre! ¡Échale valor y vete al altar con el carcamal ese! ¡A lo mejor
haces negocio, que esas viejas suelen tener su calcetinito!
Rodolfo se detuvo en la parada del tranvía. Se sentía vacío, sin peso, como si le
hubieran quitado de encima su propio cuerpo; durante años y años Petrita y él no
habían hecho otra cosa que esperar a que doña Martina muriera. Las tardes pasadas
en los cafés, haciendo proyectos delante de una ensaimada; las sesiones de cine de
barrio, besándose en la oscuridad, a cada año transcurrido con menor frecuencia,
claro; las comidas de los sábados y los domingos en casa de los hermanos de Petrita,
pote gallego los sábados y paella los domingos…, todo se había sostenido sobre
la base de que la anciana se fuera al cementerio, dejándoles el piso libre. Y, de
repente, aquella base se evaporaba. ¿Qué iba a suceder ahora?
Pensó en Petrita. ¡Buena se iba a poner! Y con razón, desde luego, porque
ella tenía muchas más ganas de casarse que él. Al fin y al cabo, el hombre tiene
distinto problema, reflexionó Rodolfo. El hombre tiene que vivir de pensión, sí,
y comer albóndigas un día tras otro, y llevar siempre la bragueta a falta de un
botón, y verse obligado a darles un doblez a los calcetines para que el talón, zurcido
malamente, desaparezca dentro del zapato… Pero la mujer, Petrita concretamente,
era otra cosa. Vivía de prestado con su hermana, casada y con hijos, y cada día que
pasaba estaba más vieja, de peor humor, menos agradable. ¡Cuánto había cambiado
la pobre! Cuando la conoció —¡once años ya desde entonces!—, Petrita tenía
veintiséis, y era una mujer casi guapa, de firmes pechos y poderosa grupa, con
una cabeza limpia de canas y llena de ilusiones. Ahora tenía treinta y siete, y sus
rasgos se habían endurecido, su pecho era nada más que exuberante y las piernas
empezaban en media tonelada de caderas. «Los años y la máquina», pensó Rodolfo,
imaginándose a su novia inclinada sobre aquel aparato pintado de rojo con el cual,
y durante ocho horas diarias, se dedicaba a coger los puntos a las medias.
Y ahora tenía que ir a enfrentarse con ella, a comer el pote bajo la avalancha
de quejas y protestas que Petrita volcaría sobre su cabeza. No tenía ganas de ir,
no podía ir; prefería esperar a la noche; para entonces ya habría encontrado algún
argumento para aplacarla, para esperanzarla de nuevo. ¿Esperanzarla? ¿Para qué?
¿No obraría mal engañándola otra vez, y ésta deliberadamente? La vida era como
era, y no estaba en su mano reformarla: con su sueldo y las cuatro perras que Petrita
pudiera sacar de su máquina no podían ni soñar en alquilar un piso que no fuera
el de doña Martina, porque los pisos libres, o había que comprarlos, o se tomaban
pagando un traspaso, o era inútil pensar en ellos, porque rentaban de las tres mil
pesetas para arriba. Luego tampoco cabía la solución del realquiler; un hermano de
Petrita había muerto a navajazos por culpa del derecho a cocina, y ella no quería
ni oír hablar de aquella posibilidad.
Si él se hubiera atrevido…
Apenas lo pensó, Rodolfo se sintió despreciable. No, no podía dejarla ahora,
después de once años de relaciones. Era un cobarde, sí, lo reconocía; pero prefería
serlo a transformarse en un sinvergüenza. Además, ella era lo suficientemente hábil
como para impedirle hasta el intentarlo; Petrita sabía más que lo que le habían
enseñado, y le vería venir desde el mismo instante en que él, de haberse atrevido,
hubiera empezado a planear la ruptura.
El tranvía estaba detenido ante la parada, y el cobrador, tras de esperar un
segundo, cerró las portezuelas. Rodolfo tomó una decisión: no iría a comer el pote;
esperaría a la noche. Se volvió al bar y pidió una ficha. El número que había
marcado comunicaba.
—Un bocadillo de calamares y un tinto.
Comiéndolo, Rodolfo se dijo que era extraño lo que le ocurría: los disgustos no
le quitaban el apetito. Claro que ¿cómo no iba a tener hambre, con disgusto y todo,
si su desayuno había sido aquel aguachirle, aquella mezcla sin sustancia que nadie
acababa de saber con qué preparaba doña Martina? Cuando pagó la consumición
y tuvo entre las manos sus mermadas veintisiete pesetas, insultó mentalmente al
imbécil de Sáenz; además de haberle hecho polvo el día, le había obligado a
gastarse seis pesetas.
Volvió al teléfono y consiguió la comunicación:
—Oiga, por favor: ¿pueden ustedes avisar a Petrita, la del tercero? Sí; la que
coge los puntos en la cerería de al lado.
Terminó de tragar los restos del bocadillo y se bebió el vino:
—Petrita, soy yo, Rodolfo. No, no puedo ir; ha habido unas diferencias, y…, ya
sabes, como don Manuel tiene tanta confianza en mí, me ha cargado el mochuelo.
Sí; a la noche, a las siete y media. Luego, luego te contaré lo que me ha dicho
Sáenz. Adiós, adiós; tengo mucha prisa.
Y colgó, guillotinando la interrogación que había empezado a formular Petrita.
Salió a la calle y echó a andar sin rumbo.
***
Se despertó con los huesos doloridos cuando el sol estaba poniéndose.
Frotándose los ojos, recordó dónde estaba: en el Parque del Oeste. Levantándose,
paseó su mirada por el paisaje que le rodeaba; cerca, un niño comía tierra mientras
su niñera leía una novela. Más allá, dos guardas liaban sus cigarros, levantando la
cabeza a cada instante para mirar a una pareja de novios que, muy acaramelados,
iban y venían, como si esperaran a que anocheciera.
Rodolfo compadeció a los enamorados, sin saber por qué, y entonces recordó
lo que le esperaba: Petrita. Tenía que apresurarse; si llegaba tarde, sería peor. Se
sacudió del traje el polvo que había recogido durante su sueño y se dirigió hacia
Argüelles. Había hecho mal, rematadamente mal, aplazando el bochinche. Y la
culpa de todo la tenía doña Martina, aquella vieja chocha y medio loca, por haberles
sometido a aquella especie de concurso de cucaña en el cual les había tenido
trepando durante un siglo para que descubrieran ahora que el premio no existía.
Ahora se encontraban como al principio, peor que al principio, pues, aparte de que
ellos habían envejecido, el problema de encontrar un cuarto alcanzaba caracteres
espantosos. ¡Maldita vieja!
Rodolfo reflexionó: ¿qué culpa tenía doña Martina? Allí el único culpable era
él, por no tener agallas para nada. ¿Por qué salió de su pueblo, por qué? De no
haberse trasladado a Madrid, seguiría allí, vestido de pana, dedicado a «las serenas
tareas del campo» —como había dicho en alguna ocasión cínicamente—, casado
y metido en una casa más o menos incómoda, pero suya. Tendría hijos; su mujer,
una mujer sana, fuerte, ignorante y ordinaria, habría parido —así se decía en el
pueblo: parir— una docena de ellos, y algunos, ya crecidos, le ayudarían en su
trabajo. Él se habría hecho socio del «Casino Recreativo», y nadie le ganaría al
dominó. ¿Por qué había abandonado aquella vida? Una vida mucho más razonable
que la que llevaba en Madrid, aunque se viviera pendiente siempre de los caprichos
del cielo, deseando siempre que hiciera precisamente el tiempo contrario al que
estuviera obligado a soportar, y aun sintiéndose mucho más pequeño, mucho más
insignificante que una vaca.
Tomó el Metro en Argüelles, y cuando estuvo dentro de uno de los atestados
vagones, recordó la historia de aquel chico mutilado por un tren. ¿Les habría
colocado el aparato Carbayo? Seguro que sí, aunque el chisme obligara a ir al
muchacho a lo largo de los bordillos de las aceras para compensar la distinta
longitud de sus remos. Con la frente apoyada en el cristal de una ventanilla,
Rodolfo vió en la oscuridad del túnel la escena de aquella primera comunión…
El chico, dolorido y sudoroso, luchando con aquel trasto engorroso; sus padres,
si los tenía, llorando de alegría al ser testigos de la bondad de aquellas señoras;
las señoras, presumiendo de su caridad, dándose importancia ante el párroco. Y
Carbayo, el sinvergüenza de Carbayo, lejos, bebiéndose en una taberna los
beneficios obtenidos en la operación y censurando la última actuación del Madrid.
¡Qué vida! Sí; había hecho mal dejando su pueblo; allí no podían ocurrir tales
cosas, porque allí el mundo era más sencillo, menos complicado, tan puro como
el aire, como los montes lejanos, como el agua del riachuelo lleno de cangrejos
que pasaba junto a su casa. Caminaba ya Fuencarral abajo, hacia la cerería. Y no
había pensado ni una sola razón para aplacar a Petrita. «Bueno, que sea lo que Dios
quiera», se resignó, con esa manía que tiene la gente de achacarle a Dios todo lo
que se teme salga desastrosamente.
Llegó a la cerería. Al otro lado del escaparate Petrita cogía los puntos a sus
medias. Rodolfo la miró como si no la hubiese visto nunca, como si acabara de
descubrirla entre una multitud de desconocidos. Miró sus cabellos castaños,
recogidos en lo alto de la cabeza en un moño, su frente estrecha y contraída siempre
por el fruncido entrecejo, su nariz respingona y carnosa, sus labios plegados hacia
abajo, en un gesto áspero y antipático. Sintió de nuevo el deseo de aplazar la
entrevista, pero supo que ya no tenía escape. ¿Para qué huir, si huyendo no iba a
conseguir nada? Tamborileó en el cristal, y Petrita levantó la cabeza. La mujer no
llegó a sonreír, pero un brillo cordial en sus ojos habitualmente inexpresivos, unos
ojos que a Rodolfo le recordaban los de las ovejas, y que producían una agüilla
blanquecina que iba condensándose en los vértices de los párpados hasta formar
unas legañitas amarillentas. Rodolfo se sintió inundado de ternura. ¡Pobre Petrita,
pobres ojos de Petrita que se iban apagando allí, sobre la lucecita de la máquina
día tras día, año tras año! De buena gana hubiera entrado en la cerería para darle
un beso, para quitarle las legañitas que, seguramente, ya amarilleaban entre sus
pestañas. Pero no podía entrar: el cerero era un hombre muy atravesado que no les
permitía que hicieran de su establecimiento un escenario para su noviazgo.
Pasó a lo largo de la acera, llena a aquella hora de gentes que se apretujaban
huyendo de los automóviles, todos obsesionados con llegar a la Gran Vía. Bueno;
podía prepararse. Lo mejor sería aparentar tranquilidad, serenidad, hacer como que
la mala noticia no le preocupaba en lo más mínimo. Y hablar de que ya encontrarían
algo, afirmar que podían buscar con la esperanza de encontrar. Sí, era lo mejor, no
había duda. Así Petrita no podría subirse a la parra.
—¡Hola, Rodolfo!…
Rodolfo se volvió:
—¡Hola, Petrita!… Qué, ¿has trabajado mucho?
—¡Pchs! Lo normal. ¿Cómo no has venido?
—Ya te lo he explicado: unas diferencias… Ya sabes cómo es don Manuel…
—Y del lío del piso, ¿qué hay?
Rodolfo tragó saliva:
—Pues nada… Que resulta que estábamos equivocados. ¿Dónde vamos?
La voz de Petrita, seca siempre, se hizo dura y agria:
—¿Cómo que estábamos equivocados? ¿Y tus derechos?
—Mis derechos no existen. Al parecer, los inquilinos… —se interrumpió para
proponer—: Bueno, vamos al café, y allí te lo explico:
—¡Qué café, ni qué café! A ver, explícate, anda… ¿No llevas viviendo en la
casa miles de años? ¿Cómo no vas a tener ningún derecho? ¿No has estado
aguantando a la vieja esa?
—Sí, Petrita; pero eso dicen que no tiene nada que ver: muerto el perro, se
acabó la rabia. Me ha dicho Sáenz que ese abogado amigo suyo le ha leído la ley;
los pisos, el derecho a ocuparlos, quiere decir, sólo lo pueden heredar los parientes
próximos al inquilino: los padres, los hijos, los maridos, las mujeres… Bueno, no
te preocupes; al fin y al cabo, mejor es que nos hayamos desengañado que seguir
pensando en lo que no iba a poder ser, ¿no te parece? ¿Quieres que nos metamos
en el cine o prefieres ir al café? Podemos ir al Quevedo, porque no tengo mucho
dinero, ¿sabes? Como estamos a últimos de mes…
Petrita, que callaba, estalló de pronto:
—Pero ¿estás loco? ¿Cómo puedes hablar de ir al cine o al café? Entonces tú
te has quedado tan fresco, ¿no? Pues yo no tengo tu pachorra, hijo. Además, a ver,
explica, explica bien eso…
Rodolfo, buscando las palabras, trató de sosegarla:
—No te pongas así, Petrita. ¿No ves que no sirve darle vueltas al asunto? No
hay nada que hacer. Hay que reconocer, aunque nos duela, que hemos estado
haciendo el ridículo, y sin empeñarnos en darle vueltas al asunto, tratar de arreglar
la cosa como sea… Ya te he dicho que a mí hasta me alegra haber salido del error;
la culpa de todo la tiene la vieja, que…
Petrita se mordisqueaba los labios, arrancándose pellejitos. Otra vez se exaltó:
—¡No digas tonterías, Rodolfo! ¡Te consta que esto no hay quien lo arregle!
¡Ahí van a estar los pisos, esperando a que vayas tú a por ellos!
—Pero a mí me han dicho que por Peñagrande y por ahí…
—¡Ésos son para los guardias, idiota! ¡Arreglar! ¡No sé qué vas a arreglar tú!
Ahora, que yo ya sé lo que tengo que hacer… ¡Ya lo creo que lo sé! ¡Que no tiene
derechos, dice! ¡Como si una fuera tonta!
Y se calló, temblando de cólera. Rodolfo la miró sorprendido, y se detuvo:
—¿Por qué dices eso?
—Porque no me chupo el dedo, ¿sabes? Tú crees que una es una meningítica,
o algo parecido, y no es así. Además, aunque lo fuera, se te ve tanto el plumero,
que daría lo mismo. ¡Ya verás, ya verás si esto lo arreglo yo!
Durante un segundo una idea le cortó el resuello a Rodolfo. Entre la esperanza
y el miedo, con un hilo de voz, se atrevió a suponer:
—¿No querrás decir que…, bueno, que me quieres dejar?
Ella le lanzó una mirada llena de odio:
—¡Ya salió el peine! ¡Eso, eso es lo que tú estás buscando! ¡Dejarme! Después
que una…
Rodolfo comprendió que había metido la pata hasta el corvejón. Cogió del
brazo a Petrita, intentando imponerse:
—Petrita, no seas estúpida. Yo lo único que quiero es hacerte comprender que,
si nos ha fallado lo de doña Martina, tenemos que buscar por otro lado. Vamos,
entra…
La hizo pasar al café, lleno de señoras que cotilleaban a destajo, de caballeros
entregados a la distraída tarea de llenar de humo el local, de novios que trataban
de hacerse invisibles a los rincones.
—Aquí nos podemos sentar… ¿Nos permite, señora?
Quedaron frente a una vieja que ni siquiera se molestó en contestarle, fastidiada
porque se hubieran sentado a su mesa. Rodolfo pidió dos cafés y se volvió hacia
Petrita:
—Bueno; ahora podemos hablar tranquilos… —le quitó las legañitas con su
pañuelo—. A ver, dime: ¿qué es lo que vas a arreglar?
—No tengo que decir nada. Yo ya sé lo que tengo que hacer, y con eso basta.
—Pero, Petrita, no seas tozuda. ¿No nos interesa a los dos?
Ella siguió hosca, ceñuda:
—¡Cómo voy a fiarme de ti! ¡Me has estado engañando años y años, y ahora
pretendes que vuelva a picar como un barbo! ¡Sí, sí, estás aviado!
La anciana comenzó a alegrarse de que se hubieran sentado con ella, y aguzó
el oído. Rodolfo fué a hablar, pero esperó a que el camarero dejara los cafés en
la mesa:
—Bueno, Petrita; no empieces con tus jeroglíficos. Di lo que sea…
Ella salió de su contenida cólera:
—Sí, te lo voy a decir. No me creo nada de lo que me has dicho, ¿sabes? ¡Ni
siquiera sé si existe ese Sáenz que te has inventado! ¡Vaya un cuento cagado, hijo!
Ya me voy a enterar yo de lo que hay de verdad en eso. ¡Que no tienes derechos!
Entonces, después de vivir catorce años en una casa, uno es como Perico el de los
Palotes, ¿no?
Rodolfo puso el azúcar en los dos cafés:
—Así es, Petrita… ¿Qué quieres que le haga yo?
—Pero ¿por qué no te vas a poder quedar con el piso? ¿Qué más da que se sea
o no se sea pariente? ¡Pues no hay hijos, y padres, y madres, y maridos, y mujeres
que no llegan a vivir tanto tiempo como tú en un sitio!
Éste era uno de los tipos de razonamientos más abusivamente utilizados por
Petrita, y a Rodolfo le sacaban de quicio. Trató de hacerle comprender:
—Es la ley, Petrita; la ley… ¿No lo entiendes?
—¡Yo qué voy a entender una estupidez semejante! Yo, en cuanto llegue a
casa, llamo a don Servando, que mi cuñado tiene el número. Él me dirá lo que es
la ley. ¡Vaya si me lo dirá!
—¿Quién es don Servando?
—Un procurador que es del pueblo de mi cuñado y que fué el que tuvimos
cuando lo de mi hermano. No es un Sáenz como ése que dices que es amigo tuyo,
para que te enteres.
Rodolfo suspiró aliviado, creyendo que ya se había terminado la bronca:
—Bueno; me parece muy bien. Tú llamas a don Servando esta noche, y que él
te dé en la cara con la verdad. Pero ahora, ¿por qué vamos a estar así?
Petrita le fulminó con la mirada:
—¿Qué quieres, que me ponga a bailar de gusto? Pues, sí, para eso estoy yo. Lo
que pasa es que a ti te importa poco que haya o no piso; tú, siempre tan campante.
Pero una no es lo mismo, entérate; una no ha estado perdiendo el tipo contigo para
que ahora, de la noche a la mañana, se entere de que puede seguir perdiéndolo para
insecula seculorum…
La anciana estaba encantada de la vida, y ni siquiera trataba de disimular su
curiosidad; echada sobre la mesa y con la mano en la oreja, seguía la conversación
sin perder ni una palabra. Rodolfo se dio cuenta y trató de convencer a Petrita de
que no gritara:
—Bueno, ya lo sé… Pero nos están oyendo…
—¿Qué me importa que me oigan? Yo no tengo que avergonzarme de nada,
¿sabes? Yo lo único que tengo que decir es que estoy ya harta de esperar,
¿comprendes? Mi hermana se ha quedado embarazada otra vez y con lo que venga
ya son cuatro los que tendrá… A ver, a ver qué hago yo si don Servando dice que
tienes razón…
Rodolfo se torció en la silla, dándole la espalda a la curiosa anciana:
—Bueno; todo eso lo sé, Petrita… Mira: si don Servando te dice que no
podemos soñar con el piso de doña Martina, que es lo que te va a decir, pues nos
ponemos a buscar un piso, y ya está… Y si no lo encontramos y tú quieres que nos
casemos, pues, aunque nos fastidie, nos metemos de realquilados en alguna parte…
Petrita dejó el vaso del agua sobre la mesa, y lo hizo con tanta rabia, que el
vaso se rompió:
—¿Por qué me dices eso ahora, Rodolfo? Sabes que no quiero ni oír hablar de
realquileres, y tú, como si no, ¡hala!, a hurgarle a una en la herida, a que una tenga
que pensar en su hermano y recordar el desastre… En lugar de encontrarlo todo
tan liso y llano, ¿por qué no procuras ganar más dinero? —se exaltó, y la anciana
casi llegó a levantarse de su asiento—. Con dinero no hay problema. ¡Hasta el
color de la gorra del portero puedes escoger! Pero tú sigues ahí, con ese sueldo de
mierda, y ¡que ahí te las den todas! Otros se las apañan y sacan de donde no hay;
pero tú prefieres hablar de realquileres. ¡Como si a una no le hubieran matado a su
hermano por culpa de los malditos realquileres!
Siguió hablando y hablando, repasando la historia luctuosa, explicándose a sí
misma cómo todo había sido por una discusión entablada a cuenta del aceite que
faltaba en la botella de la mujer de su hermano, pintando con sombrías tintas la
pelea y los navajazos, casi sollozando al recordar las escenas vividas en el hospital
y en el entierro… Rodolfo se rindió y no intentó frenarla; sabía que cualquier cosa
que dijera la haría llorar, y no quería que llorase; aquella vieja que escuchaba le
estaba poniendo nervioso. Le hubiera gustado aplastarle la cabeza contra el mármol
de la mesa, sentarse encima. Pero se conformó con interponerse entre sus oídos y la
voz de Petrita, consiguiendo únicamente que la anciana variara a cada instante de
posición con el fin de no perderse la sabrosa conferencia que le estaban regalando.
Cuando, gracias a Dios, un señor llegó al café a recoger a la curiosa señora, ella
se defendió:
—No, Pepe, no… Déjame un poco, que esta noche estoy la mar de bien… —
le había oído Rodolfo decir sin rebozo, casi por encima de la voz incansable de
Petrita. Pero el señor se la había llevado. Ahora sí podía intentar cortar aquella
catarata de quejas, protestas y lamentaciones que seguía manando de la boca de
Petrita, aunque se irritara todavía más, aunque llorara… Por lo menos, ahora no
estaba la vieja.
—Por favor, Petrita… Todo eso lo sé, y si he dicho lo de coger una habitación
con derecho a cocina ha sido sólo para que vieras que yo me quiero casar, que
estoy deseando casarme contigo.
Petrita siguió:
—Pero, si quieres dejarme, ¿por qué no me lo dices cara a cara? Te falta valor,
claro… ¡Gana, gana dinero, y no tendremos problema! Pero es mejor seguir así, a
tu tran-trán, y a una, que la zurzan. Anda, dime que quieres dejarme; dímelo, si te
atreves… No; te faltan… No sé qué disparate iba a decir.
Rodolfo no pudo más, y casi gritó al decir:
—Pero ¿qué quieres que haga para convencerte de que estás equivocada?
¿Quieres que me case con ella?
Petrita le miró asombrada, como si hubiera visto en los ojos de Rodolfo el brillo
de la demencia:
—¿Qué dices, qué dices ahora? ¿Con quién, con quién te vas a casar?
—¡Con doña Martina! ¡Eso lo arreglaba todo! ¡Así sería su viudo cuando ella
muriera, y ya tenía el piso! ¡Di, di, Petrita, c…! ¿Quieres que me case con ella?
Petrita gimió:
—¡Ay madre, que sería capaz de hacer lo último por ponerme en ridículo!
¡Ahora me sale con esa monstruosidad! Nunca, nunca creí que fueras tan canalla…
¿Qué voy a esperar, pobre de mí, después de oír esto?
Rodolfo se dejó caer contra el respaldo de la silla. No le importaba ya nada.
Que gritara, que llorara o que se muriera, a él le daba igual. Él estaba vencido,
aburrido y harto de todo. ¿Por qué no se morían de una vez, él o ella, era lo mismo,
o los dos a la vez?
Miró a su alrededor y vio a las parejas de novios que cuchicheaban como si
fueran idiotas, y sintió el impulso de levantarse, de subirse a la mesa, y desde ella
gritarles a aquellos desgraciados:
—¡No, no sigáis! ¡Huid en distintas direcciones!
III
El domingo la paz fue firmada; Petrita ya había comprobado que su novio no la
engañaba, y arrepentida, vestida con sus trapitos de fiesta, pintados los labios y
resignada, estaba casi guapa. Habían ido juntos a misa —a pedirle a Dios que les
pusiera sobre la pista de un piso libre y barato—, y luego desayunaron café con
leche y porras.
—Lo malo es que a mí las porras me dan acidez. Y ¡mira que me gustan a
rabiar! —había dicho Petrita, encantadora en su vulgaridad. Y Rodolfo se había
enternecido ante la hiperclorhidria:
—Pues no tomes porras; que te traigan un suizo. Eso de la acidez es muy malo,
cariño; en cuanto se descuida uno, acaba en úlcera.
Y al decirlo le acariciaba las manos como en los mejores tiempos de su
noviazgo, mirándola a los ojos sin siquiera ver las ya incipientes legañitas,
totalmente reconciliado con su novia, con su propio sino.
Después de desayunar habían ido al retiro, al concierto de la Banda Municipal.
A los dos les entusiasmaba la música, sobre todo la de zarzuela, porque los dos
tenían el mismo fondo elemental, sencillo, inefable en su incomplejidad casi
animal; la música, sobre todo la de zarzuela, les derretía en el pecho una sensación
dulcísima y triste, angustiosa y emocionante.
—¡Ojalá toquen La revoltosa! —había deseado Petrita—. A mí eso de «¡Ay
Felipe de mi vida!» es que me vuelve loca. ¡Mira que es bonito!
Y se había apretado contra Rodolfo, haciéndole sentir en el brazo el calor de
uno de sus enormes senos.
La mañana fue hermosa.
Oyendo el concierto, y aunque no tocaron lo de «¡Ay Felipe de mi vida!»,
Rodolfo pensó que era demasiado duro al juzgar a la vida. Allí estaba, junto a su
novia, que era una mujer decente, trabajadora y atractiva, disfrutando de la música,
del perfume del parque, del hermoso monumento a don Alfonso XII… En su
retorno a la beatitud, daba por sentado que todo estaba allí para que él y Petrita
disfrutaran de ello, que el paisaje era como una cartulina postal coloreada por una
mano movida por el afán de hacerlos felices… Se sintió agradecido al Municipio,
que se había gastado el dinero organizando el espectáculo maravilloso; a los que
bogaban en el estanque, animando la enorme extensión de agua; a los guardas,
que cuidaban del orden y de que nadie estropeara nada; a los niños revoltosos y
alborotadores, y a las amas de cría, tan deslumbrantes con sus bonitos atavíos; al
director de la Banda, que allí estaba consciente de su responsabilidad, empeñado
en que sus profesores lo hicieran lo mejor posible…
—Y, además, que Dios aprieta, pero no ahoga —murmuró en alta voz, sin darse
cuenta.
—¿Qué dices?
—Nada, Petrita… Que tenemos que tener confianza; ya verás cómo esta tarde,
con el Ya en la mano, encontramos algo…
Porque habían tomado la determinación de dedicar la tarde a la búsqueda de un
lugar en el cual vivir como marido y mujer. Sabían que no podían soñar con un piso
como el de doña Martina. «Menudo pisito —se había lamentado, resignada, Petrita
—. Céntrico, recogidito y con una renta que daba risa: ochenta y tantas pesetas
mensuales». Ahora se conformaban con cualquiera, con uno que estuviera al
alcance de sus posibilidades, con uno que no rentara más de las seiscientas pesetas,
aunque estuviera situado en las primeras casas de Guadalajara.
La cifra la habían fijado después de discutir la conveniencia de que Petrita
dejara de trabajar.
—Pero, tonto, si para dos gatos que somos me va a sobrar tiempo… Por lo
menos, hasta que tengamos algún hijo seguiré con las medias.
Y Rodolfo había transigido, deslumbrado por aquel vocablo extraño y
agradable: hijo. Sí, sí los tendrían; debía de ser bueno sentirse padre, disfrutar de
aquella alegría a la que todos los hombres tenían derecho. Algunas veces Rodolfo
había pensado que quienes traían hijos a este mundo para que en él pasaran miserias
y calamidades eran unas bestias; pero ahora se daba cuenta de que estaba
equivocado. Los hijos, la familia, ayudaban a luchar; allí estaban sus compañeros
de trabajo casados, que sacaban el dinero de debajo de las piedras llevando
contabilidades, cobrando recibos de Compañías de seguros, vendiendo algunos,
como el ordenanza, la Goleada los domingos. Y luego estaban los puntos, y el
subsidio, y el título de familia numerosa… Claro que tendrían niños: la sociedad
se sentía inclinada a ayudar a los padres, mientras que mandaba a la porra a los
solteros.
Al llegar a tan animosa conclusión, Rodolfo había acariciado las mejillas de
Petrita, que atendía al concierto, y se la había imaginado grávida, fenomenalmente
embarazada, ofreciendo el mismo encantador aspecto que su hermana… Tuvo que
cortar el vuelo de su imaginación, porque la verdad era que Rosa, eternamente
gestante, no ofrecía precisamente un aspecto encantador: enorme, con las piernas
hinchadas y la piel terrosa, moviéndose pesada y torpe entre sus hijos… Claro que
Petrita era distinta. ¿Por qué iba a parecerse a Rosa en la preñez, si en nada se le
asemejaba?
***
Y a las dos y media salieron del Retiro, rumbo a la paella dominical. Al ver a
Rosa, aquella inmensa mole que servía malhumorada la comida, Rodolfo no tuvo
más remedio que recordar sus sueños, aquellos sueños que la música había acunado
en el parque. Trató de apartar la imaginación de ellos y bromeó con los chicos:
—¿Ya sabéis que os van a traer un hermanito de París?
Rosa comentó, brusca:
—¡Pues no falta nada todavía, hijo!… Estoy de siete meses.
Rodolfo miró tan descaradamente al inverosímil vientre de su futura cuñada,
que Paco, su marido, refunfuñó:
—Ahí la tienes, que parece que va a reventar de un momento a otro. Y luego,
después de tanto aparato, tiene unos críos escuchimizados que da asco verlos.
Rosa no se enfadó:
—Es verdad; el mismo médico, cuando le dije el otro día que me faltaban dos
meses y pico, me dijo: «¡Caray, señora! Pues yo creía que venía usted a tenerlo ya».
Rodolfo se ocupó de la paella, mucho más sabrosa que la que preparaba doña
Martina; pero Petrita le obligó a seguir en la conversación, pues acababa de poner
sobre el mantel su obsesión:
—¿Dónde me has dicho que están esas viviendas que viste el otro día, Paco?
—Por Vallecas, entrando…
Rosa, sacudiéndole una bofetada a uno de sus hijos, que comenzó a lloriquear,
informó:
—A mí me han dicho que hay unas por ahí que están muy bien: tres
habitaciones, ducha y cocina, y alrededor de los cuarenta duros al mes… Paquito,
te he dicho mil veces que no se meten los dedos en el plato.
—Sí; pero ésas habrá que pedirlas con recomendación del Papa, por lo menos
—dijo Petrita.
El impasible Paco, que comía despaciosamente, esgrimió un hueso:
—Pero es lo que yo digo: ¿por qué no emplean el adobe? Porque aquí lo grave
es que no hay ladrillo, y el que hay cuesta un riñón. Mira en los pueblos cómo no
tienen problema. ¿Que uno quiere hacerse una casa? Pues coge tierra, cuece unos
adobes y al avío. Pero aquí se empeñan en seguir con el ladrillo, y, claro…
Sobre el lloriqueo de los niños —los bofetones habían caído sobre todos ellos
—, Rosa amenazó:
—¡Que me dejaran a mí, y verías! Aquí lo que pasa es que hay muy poca
vergüenza: todo cristo quiere hacerse rico en un año, y para eso, hay que robar, y
de prisa. Así hacen lo que hacen: levantan una casa, le ponen un tiesto en el portal
y una bañera empotrada en cada piso, y, ¡hala!, a venderlos a millón.
La comida siguió sobre el mismo fondo de llanto de niños y críticas al problema
de la vivienda, y cuando Petrita y Rodolfo se comieron la naranja del postre, se
echaron a la calle.
—Te advierto que yo no me fío de los anuncios del Ya, Rodolfo. Son todos
de agencias, y las agencias son unos engañabobos. Debemos irnos derechos al
extrarradio, a Vallecas y por ahí. Y preguntamos a la gente, ¿no te parece?
—Pero es que con el Ya nos evitábamos los paseos…
—Déjate del Ya, que por el Ya empezó lo de mi hermano. Cogemos el «Metro»
y estamos allí en un momento.
Entraron en Vallecas desviándose de la carretera, atraída su atención por unos
tejados nuevos que se divisaban al fondo. Avanzaron hacia ellos y, entre la
carretera y la vía férrea, cruzaron a lo largo de unas chabolas. Rodolfo las señaló:
—Mira, Petrita: fíjate cómo tiene que vivir la gente…
Ella siguió adelante, comentando con dureza:
—Ésos son pobres de pedir limosna… Nosotros vamos a pagar, ¿no?
En los desmontes jugaban al futbol unos chicuelos desharrapados. El balón era
un revoltijo de trapos. Sentadas cara al sol, unas viejas cosían sacos. Más allá, en
una hondonada del terreno, se levantaba una casita de dos pisos, vieja y
destartalada. Sentado fuera, junto a un tendedero en el cual flameaban unas
sábanas, un hombre joven leía el Marca sentado en una silla de mimbre. El
muchacho estaba muy elegante, con un traje verde, una corbata de lazo roja y unos
zapatos de ante. De la casita salió una muchacha de su misma edad,
aproximadamente, vestida de fiesta, con el cabello chorreando brillantina, y
recogió las sábanas tendidas. El muchacho le dijo algo, y ella le hizo señas de
paciencia, mientras volvía a la casa cargada con la ropa seca.
Rodolfo se detuvo a mirar el cuadro, envidioso. Aquella pareja, acaso novios
o quizá ya casados, tenía suerte. La casita era vieja, sí, y estaba metida en un hoyo;
pero era una casa, un hogar. Con sus tejas rotas, con sus puertas y ventanas
desvencijadas, con sus muros descoloridos, con todo lo que, mirada de cerca, tenía
de ruinosa, constituía algo parecido a un paraíso.
—Si encontráramos una cosa así… —suspiró, cogiendo a Petrita del brazo.
Y, cuando iban a caminar de nuevo, Rodolfo descubrió algo que le erizó el
vello de los brazos: las paredes de la casita tenían una franja de humedad que subía
desde el suelo hasta más arriba del comienzo de las ventanas del primer piso…
La lluvia debía de formar una laguna en la hondonada, una laguna que entraba en
la casa anegando la planta baja. Se lo hizo notar a Petrita, pero ella pareció no
encontrar el hecho excesivamente desagradable:
—Bueno, ¿y qué? Se subirán al segundo piso. Además; ¿a nosotros qué nos
importa? Nosotros vamos a pagar seiscientas pesetas, ¿no?
Se alejaron cuando la muchacha del pelo aceitado salía de la casa y recogía
al hombre del lazo; una mujer de pelo blanco les despedía desde la puerta, desde
aquel cerco de humedad. Rodolfo retiró los ojos del cuadro, y pensó que aquella
gente no tenía pinta de pedir limosna, que acaso pagaran por aquella casa más de
seiscientas pesetas. Y la señora del pelo blanco debía padecer de reúma…
—Ahí están —dijo Petrita, señalando un bloque de casas que se extendía ante
ellos. Era un grupo de construcciones recién hechas, seguramente sin estrenar.
Rodolfo se animó y olvidó la casita de la hondonada; entornó los ojos y trató de
descubrir si las ventanas tenían visillos. No; parecía que no. Y los cristales, en
muchas de ellas, estaban cruzados por aspas de blanco de España.
Apresuraron el paso, cruzándose con gentes de distintas cataduras, unas de
aspecto miserable y vestidas correctamente las otras… Viejos que tomaban el sol;
matrimonios que paseaban arreando a su prole; chiquillos desgreñados y sucios,
novios que corrían hacia las «colas» de los cines.
El bloque quedó ante la pareja. Las paredes casi brillaban al sol, y los tejados,
limpios, tenían sus tejas rojas perfectamente alineadas.
—Parecen modestas, ¿verdad? Yo creo que aquí tiene que haber algo que nos
convenga, Rodolfo.
—¡Ojalá!… Mira: algunos pisos ya están alquilados —señaló él ventanas con
macetas.
Dieron la vuelta a la esquina, avanzando a lo largo de las fachadas principales,
y entonces descubrieron el rótulo terrible, el cartel yugulador de esperanzas:
VENTA POR PISOS
No dijeron nada; se limitaron a volverle las espaldas y caminaron sin ganas
durante unos pasos. Rodolfo, cuando consiguió sobreponerse a la desagradable
impresión, se esforzó en animar a Petrita:
—Bueno, no hay que ponerse a llorar… Al primer tapón, ya se sabe: zurrapa.
Mira: allí hay más…
Enderezaron su andar hacia otro grupo de casas, éstas de una sola planta,
agazapadas en un pliegue del terreno. Tenían peor aspecto que las que acababan de
ver; eran casi siniestras. A lo largo de ellas corría una descolorida y rudimentaria
cerca, y tras ellas había una estrecha franja de tierra, sobre la cual crecían, débiles,
algunos arbolillos. De una de las casas salió un viejo tocado con una visera, que
se sentó a la puerta. Rodolfo se dirigió hacia él; le hubiera gustado fumar, para
ofrecerle un cigarro:
—Buenas tardes, amigo.
—¡Hola!, buenas tardes… ¿Quién es? —preguntó el anciano, sin mirar.
Rodolfo se dió cuenta de que estaba ciego:
—Veníamos buscando piso… Qué, ¿no hay por aquí algo libre?
El viejo tosió, medio riéndose:
—Vienen muchos… Como moscas. Pero, no, señor; no hay nada. Ya estaban
ocupadas antes de terminarlas…
Intervino Petrita:
—Y ¿cuánto rentan?
—Pues, mire usted: si le he de decir la verdad, no lo sé. Eso, mi hijo. Es que
acertó una quiniela, ¿sabe usted?, y entonces encontró esto… Me parece que se
pagaban unas ocho mil pesetas de entrada, y luego, así como ochenta duros al
mes… Claro que dentro de cincuenta años, o algo así…, no sé si son cincuenta o
veinticinco, la verdad…, pues la casa es nuestra.
—Ya, ya. Bueno, muchas gracias.
—Vayan con Dios.
Volvieron a huir, nuevamente amargados. Más que el hecho de que estuvieran
ocupadas, les dolía pensar que, aun habiendo estado libres, hubieran sido para ellos
inalcanzables. Petrita preguntó, sin ninguna fe:
—¿A ti no te darían un anticipo en la oficina?
Movió la cabeza, negando, Rodolfo. ¡Adelantos!
—No, ni pensarlo. El día que Ochoa le pidió uno a don Manuel, menuda le
armó. Le dijo que se gastaba el dinero en vicios y que si no le daba grima
descubrirse así ante sus compañeros… ¡Figúrate, vicios, y Ochoa, como cada
quisque, no pasa nunca de las gambas a la plancha!
Desalentada, Petrita propuso:
—Vamos a Ventas… A ver si allí…
Rodolfo, casi hablando consigo mismo, reflexionó:
—También ha sido mala pata… Porque a mi padre le acaban de operar de
apendicitis y deben de estar entrampados hasta los ojos… Bueno; vamos a Ventas.
En Ventas descubrieron que unas casas eran para los empleados del Instituto
Nacional de Previsión; que otras se alquilaban, pero pagando los muebles que
tenían dentro, que costaban veinte mil pesetas; que las de más allá se vendían por
pisos, aunque, eso sí, dando muchas facilidades…
—¿Vamos a Carabanchel?
—Vamos; ya puestos…
En Carabanchel, ¡por fin!, encontraron unas casas que alquilaban sus cuartos
sin recurrir a torpes combinaciones, y eso que cuando prolongaran el Metro iban
a tener una boca en la misma puerta. Lo malo era que los alquileres oscilaban de
las dos mil a las tres mil pesetas.
Aunque estaban aspeados, volvieron a Madrid a pie, sin ánimos para intentar
la conquista del tranvía. Iban callados, distantes, sin deseos de consolarse siquiera,
tragándose aquella amarga verdad que ya no podían resistirse a digerir: nunca
podrían casarse. Su vida sería igual que la que habían llevado hasta entonces, igual
que la que se habían ido dejando sobre los divanes de los cafés, en las butacas de
los cines de barrio, alrededor de los potes gallegos de los sábados y de las paellas
de los domingos.
Rodolfo veía allá arriba, salpicando la sombría silueta de Madrid, luces,
muchas luces. Cada una iluminaba una habitación, una familia que ignoraba el
problema que acababa de vencerles a ellos. ¿Lo ignoraban? No; muchas de aquellas
gentes estarían realquiladas —y Rodolfo miró de soslayo a Petrita, temeroso— y
algunas, quizá, encontrarían un final parecido al del hermano de su novia. La miró
ahora directamente y sintió lástima de ella; se apenó por la mujer que caminaba
ausente, con los labios más plegados hacia abajo que nunca, ensombrecida la frente
por el fruncido entrecejo, caídos los pechos, aquellos pechos que ni alimentarían
hijos ni servirían para maldita la cosa y que se irían arrugando, sumiendo,
perdiéndose bajo las espaldas dobladas sobre la máquina de coger puntos. Le pasó
un brazo por los hombros, intentando defenderla y sin saber de qué, y le llegó a
la carne el sudor de su espalda. Rodolfo besó a Petrita en la sien, con la misma
intención que hubiera puesto besando a un perrillo recién nacido.
Petrita ni acusó el beso; sus pensamientos eran aún más tristes que los de
Rodolfo, porque en ella, además de amargura, había también angustia. Se quedaría
soltera y nunca viviría en una casa propia… Y había soñado a veces llegar a tener
criada. Se quedaría soltera y tendría que seguir viviendo con su hermana, mezclada
con sus hijos, que crecían y le hacían preguntas que la herían. Toda su vida había
sido una desgraciada, y seguiría siéndolo… ¡Con lo bien que hubieran podido vivir
los dos, Rodolfo y ella! Se conformaban con nada, y hasta eso se les negaba…
Entonces se dio cuenta de que Rodolfo la llevaba medio abrazada; levantó la cabeza
y trató de sonreírle. Él, después de vacilar, se detuvo y se abalanzó contra ella,
abrazándola con toda su alma. Luego la besó sin desearla, aunque casi le clavara
los dientes en los labios…
Y entonces, y «para fin de fiestas», como luego pensaría Rodolfo, alguien les
llamó la atención:
—¿No les da vergüenza? Pasa ahora una criatura, y ¿qué ejemplo le dan
ustedes?
Era un caballero muy bien vestido, con sombrero y bastón. Les miraba
acusador, implacable, y al verles las caras, agregó:
—¡Y a sus años! ¡Como si fueran un par de pimpollos! ¡No sé qué hace la
autoridad!
IV
Aquella noche Petrita no durmió.
Se acostó llorando, deshecha por la gresca que había tenido, con su hermana
más que con su cuñado. Éstos, cuando supieron que la excursión había resultado
infructuosa, pusieron mal gesto. Rosa, tan destempladamente como siempre,
opinó, sarcástica:
—Me parece a mí que ése tiene tantas ganas de casarse contigo como yo de
meterme a monja.
Y Petrita saltó, tuvo que saltar. En la cama se arrepentía de haber iniciado la
discusión; pero ¿no era eso lo que buscaba su hermana?
—Si os estorbo, no tenéis que andar con rodeos; me lo decís, y en paz.
—Y ¿adónde vas a ir? Lo que pasa es que tu Rodolfo es un sinvergüenza, y
nada más; si hubiera querido, hace ya años que tendríais piso. Porque a mí que no
me digan: un hombre que trabaja, si quiere, encuentra algo.
Y Petrita insistió:
—Te he dicho que no tienes que andarte por las ramas. ¿Quieres que me vaya?
Pues me iré. Además, yo ya comprendo que os hace falta la habitación y que son
muchos años de esperar. Pero no digas nada de Rodolfo, que él no tiene la culpa.
—Pero —metió baza Paco— lo que yo digo es una cosa: esa vieja os podía
ceder la habitación de Rodolfo, y así os apañabais por el momento…
—Paco, ni hablar de eso. Si me caso, quiero vivir en mi casa. Lo otro no lo
quiero ni por todo el oro del mundo. Además, si no hay nada que hablar: ya os he
dicho que me iré.
Surgió de nuevo la bestia que era su hermana:
—¿Adónde vas a ir, desgraciada; adónde? ¡Ay, si tuvieras dos dedos de frente!
Pero toda tu vida has sido un pedazo de carne con ojos. ¡Bien te está tomando el
pelo tu Rodolfo! ¡Once años de relaciones! A cualquiera que se le diga, se cae al
suelo de risa, y con razón, que parece mentira que no te hayas dado cuenta de lo
que es el pájaro ese. Él, mientras las cosas sigan así, tan contento en su machito:
pasa el rato, le das conversación, te mete mano y…
Petrita había roto a sollozar. Intervino Paco, que quería irse a la cama, y que,
sin buscarlo, hizo más viva la ira de su mujer:
—Bueno; tampoco hay que ponerse así. Al fin y al cabo, no estamos de pies
en la nieve. Podemos esperar…
Los gritos de Rosa despertaron a sus hijos:
—¡Y eres tú quien sale ahora con ésas! Entonces, ¿para qué hemos hablado?
¿Es que quieres que sigan tus chiquillos, y lo que venga, amontonados con esta
imbécil hasta que les salga la barba? ¡Tú, precisamente tú, eres quien debía decir
lo que estoy diciendo yo, porque ella, al fin y al cabo, es mi hermana! Pero tú eres
un calzonazos y me dejas la papeleta, y encima ahora vienes con paños calientes…
Pues bien: ¡se ha terminado! Así no podemos seguir, Petra; son años y años de
esperar a que la vieja se muera, y ahora salimos que de lo dicho no hay nada, y con
que no hay ni un agujero donde os podáis meter. Y estoy harta, ¿lo oyes? ¡Harta!
¡Como para que encima llores por el babieca ese, que parece que está alelado y que
vergüenza le debía dar! Si tuvieras dos dedos de dignidad, ¡ya le habrías obligado
a casarse hace años! Que ya habla la gente de vosotros, para que te enteres…
Petrita hipó, ofendida otra vez:
—¿Qué tiene que decir la gente de nosotros, ¿qué?
—¡Allá películas! Pero óyeme bien lo que te digo: a mí no me convence ese
tipo de que no puede encontrar algo. ¿Por qué no os casáis y vivís con la vieja,
como ha dicho éste, y luego, cuando se muera, ya veremos a ver si os echan?
—Sí —lloriqueó Petrita—. Y luego nos echan, y ¿qué hacemos? Por más
tiempo que llegáramos a vivir con ella, no serviría de nada… Hay que ser familia…
O qué, ¿quieres que se case Rodolfo con ella?
Rosa lanzó la andanada final:
—¡Que se case con mil pares de puñetas, con ella o contigo, o con su madre!
Pero ya lo sabes: tienes que hacer algo… No podemos seguir así otros once años,
esperando a que tu… pelagatos encuentre un piso a su gusto. Y hemos terminado.
La habían echado; eso era lo que había sucedido. No podía seguir allí después
de aquel escándalo, de aquellos insultos. Y ¿adónde iba? ¿A un hotel? Sí, sin
dinero. ¿A casa de una amiga —¿de cuál?—, a vivir allí casi de limosna? Y,
además, aunque encontrara un refugio, no adelantaba nada, porque, de todas
maneras, seguiría soltera. Y ya tenía treinta y siete años… Demasiados para
esperar, para seguir esperando, porque pronto empezaría a envejecer, y cuando
esto ocurriera, ¿qué haría Rodolfo?
Pensó en el realquiler: aunque le doliera, aunque le repugnara, aquélla era su
única salida. Su cuñado tenía razón: podían irse a vivir con la anciana… No, no;
ella sabía que no podía vivir en aquellas condiciones. Le constaba que no hubiera
hecho otra cosa que acordarse de su hermano, que a la menor discusión le hubiera
dado un ataque de nervios. No había solución: tenía que resignarse.
Lloró durante mucho tiempo, sin pensar, empapándole la camiseta a su sobrino
mayor, a aquel chico de nueve años que un día le había preguntado: «¿Cuándo te
vas a casar, tía, para dormir yo solo?». Lloró por toda su vida perdida, por toda la
que le quedaba que perder. Lloró como no había llorado nunca, hasta que sus ojos
quedaron secos, mezclando entre las lágrimas sonidos inarticulados, en los que iba
toda su pena, toda su amargura, toda su desesperanza…
Y, de improviso, al alba, aquella idea absurda zumbándole entre las sienes.
¿Por qué no? ¿Por qué se había irritado tanto cuando Rodolfo le había hablado de
aquella locura de casarse con la vieja? No, no; aquello era peor ¿Peor? Peor no
había nada. ¿Que la gente se reiría? Bueno. ¿Qué le iban a hacer? La vieja tenía
que morirse un día u otro; tenía ya cara de momia… Pero era disparatado, era de
locos… No; más propio de locos era seguir perdiendo el tiempo, confiando en…,
¿en qué, Señor, en qué? Y, desde luego, si Rodolfo se casaba con doña Martina, su
hermana no la echaría: aquella posible solución era la misma que le había permitido
vivir en la casa. Pero ¡era tan bajo, tan mezquino! Claro que el piso era una ganga;
aunque les doblaran la renta al morir la vieja, sería regalado…
Encendió la luz para pensar mejor; la oscuridad la trastornaba, la volvía loca.
Si Rodolfo se casaba con aquella señora, todo lo que ocurriría sería bien poco
importante: que ella, el día de su boda, se uniría a un viudo. Bueno, a algo que se
llamaría así, pero que de viudo no tendría nada. La gente comentaría, sí, y quién
sabe si hasta llegaría a tomarles el pelo, a zaherirles y a molestarles… Pero ¡si había
otro arreglo! Hijo, hijo adoptivo. ¿No se adoptaban los hijos? Claro que sí… A
millares; eso estaba a la orden del día. Sin embargo, Rodolfo tenía padres, estaban
en su pueblo. A lo mejor no podía ser… Bueno; quedaba el matrimonio. La gente
podía reírse lo que le diera la gana; ya se reirían ellos cuando la vieja muriera y se
quedaran con el piso. Pero ¿qué diría la anciana? No, no podía prestarse a aquel
bodorrio… Debían convencerla, sí; tenían que convencerla.
Se dio cuenta de que ya admitía la boda, aquella boda que dos horas antes
hubiera rechazado a dentelladas. Había estado obcecada, desde luego. Si la vieja
no se opusiera… Miró al reloj, deseando ya que fuera de día para lanzarse a buscar
a Rodolfo. Eran las seis; tenía que esperar. Apagó la luz y se abrazó a su sobrino,
sintiendo en la carne las huellas de sus lágrimas. Rodolfo…, ¿qué diría Rodolfo?
Bueno; él no contaba, porque sabía manejarlo… Se imaginó aquella boda, ya
medio dormida… Doña Martina, de blanco… Sonaban las campanas… La gente
les tiraba piedras…
***
Rodolfo salió de su casa sin saber lo que le esperaba. Cuando vió a Petrita, no
podía sospechar cuál era su embajada:
—¿Hola! ¿Adónde vas?
—A buscarte. Tenemos que hablar.
—Pero ¿qué pasa ahora?
—Mucho: me han echado de mi casa. No, no te extrañes. Es lógico; ten en
cuenta que están cansados de tenerme. Mientras se han hecho la ilusión de que nos
íbamos a quedar con el piso de tu patrona, no han dicho nada. Pero ahora, sabiendo
que eso no es posible, al menos sin sacrificarse un poco, y después de ver que no
se encuentra un piso ni para un remedio, me han planteado la cuestión. Y me han
echado.
Rodolfo se estrujó las manos, nervioso:
—Bueno; pero eso…
—¿Eso? Eso va a misa. Tú no conoces a mi hermana. Pero podemos arreglarlo:
he estado dándole vueltas a la cabeza toda la noche, y ¿sabes lo que he pensado?
—¿Qué, Petrita? —se interesó Rodolfo, inocente.
—He pensado que no debemos, que no podemos desaprovechar esa posibilidad
que hay de quedarnos con el piso de doña Martina.
Rodolfo ni la recordaba:
—¿Qué posibilidad?
—Rodolfo, o esa vieja te adopta, o te casas con ella…
—Pero ¿qué dices? ¿Te has vuelto loca?
—No, Rodolfo. Ni mucho menos. Nunca he estado más en mis cabales que
ahora.
Rodolfo empezó a sudar; había leído en los ojos de su novia la determinación,
y sabía que era difícil llevarle la contraria:
—Pero… yo…
—Yo creo que lo mejor es que te adopte, pero me parece que eso no puede ser…
—¿Adoptarme? Y mis padres, ¿qué? ¡Se mueren del disgusto si se me ocurre
proponerles semejante barbaridad!
Petrita, comprensiva, asintió con la cabeza:
—Eso es lo que digo yo; por eso es mejor que, se pueda o no se pueda, te cases.
Rodolfo, incapaz de entender el cambio que había dado su novia, no sabía cómo
defenderse:
—Pero… ¿no decías que…?
—Sí, hijo; pero estaba equivocada. Esta noche he visto claras las cosas. Y te
aseguro que esa solución no tiene nada de malo. Ahora he venido a anticiparte la
noticia; piénsalo bien, y verás cómo tengo razón; y a la noche, estás dispuesto a
proponérselo a la…, bueno, a la que puede ser tu esposa —bromeó Petrita.
—¡Ella no querrá! —gritó Rodolfo, feliz de haber encontrado un argumento
que no tenía vuelta de hoja—. ¿Cómo se va a prestar a eso? Tranquilízate, Petrita;
ya comprendo que estás desesperada, y es para estarlo, si tu hermana se ha puesto
así. Pero no te preocupes, que ya encontraremos…
Inflexible, Petrita insistió:
—No hay que encontrar nada; ya está encontrado, Rodolfo. Date cuenta de que
es una ganga. Total: ¿cuánto va a vivir doña Martina? No puede ser mucho. Y en
cuanto se muera, la vida es nuestra. ¿No comprendes que mucha gente daría dinero
por encontrar esta oportunidad?
Rodolfo intentó ponerse serio:
—Mira, Petrita: yo no estoy dispuesto a hacer el ridículo, ¿sabes? Ni por todo
el oro del mundo me casaría con ella… Así es que no pienses más en ello. Y se
me hace tarde; tengo que ir a la oficina.
Petrita comenzó a andar a su lado.
—Bueno; entonces va a resultar que mi hermana tiene razón, para que veas
lo que son las cosas —atacó por el flanco—. ¡Y yo que te defendí anoche como
una tonta!
Rodolfo se golpeó los puños:
—¿Qué te ha dicho tu hermana?
—La verdad, la verdad, sí… Que tú lo que no quieres, ni a tiros, es casarte.
Bien empleado me está, por tonta. Pásate la noche sin pegar un ojo para esto…
Con lo fácil que es arreglarlo todo, y ahora resulta que tú no quieres saber nada de
mí… Que no eres capaz del menor sacrificio… ¡Claro, naturalmente! ¿Cómo vas
a querer sacrificarte, si en el caso de que te sacrificaras saldrías perjudicado?
—Pero ¡qué sacrificio ni qué carajo, mujer! ¿No comprendes que eso no puede
ser? Además, ¿no te das cuenta de que doña Martina dirá que no?
Ella siguió, haciendo quejumbrosa su voz, sin darle descanso al irritado
Rodolfo:
—¿No dices que te quiere como a un hijo? ¿No se ha pasado la vida
prometiéndotelo? ¿No me has dicho que se llevó un disgusto al saber que estaba
equivocada? Pues, entonces, ¿por qué no va a querer? ¿A ella qué le cuesta, si los
gastos de la boda los pagas tú? Lo que pasa es que a ti se te hace muy cuesta arriba
verte en peligro de salir de tu egoísta soltería. ¡A cualquiera que se le diga! Si te
casas con ella, sólo vas a tener ventajas; porque lo más lógico es que no te cobre
la pensión, digo yo. Además, por muy en broma que sea la boda, será tu mujer,
y, aunque sólo sea por delicadeza, te dará mejor de comer… ¡Cuántos, cuántos
darían una mano por encontrarse en tu puesto! Y tú, muy digno, lo desprecias…
Bien empleado me está, por tonta…
Rodolfo se había detenido en la parada del tranvía, esperando que ante la gente
Petrita se callara, y suspirando por que el tranvía llegara y le salvara de aquella
situación estúpida:
—Bueno; a la noche hablaremos. Ahora vete a trabajar y deja de pensar
tonterías. Yo te aseguro que encontraremos algo y que…
—No jures, Rodolfo; no jures… ¿Para luego no cumplirlo, como estás
haciendo ahora?
Los que esperaban, miraron, divertidos, y Rodolfo enrojeció. ¡Siempre tenía
que darle los escándalos delante de la gente! La cogió del brazo, clavándole los
dedos en la carne:
—Bueno, se ha terminado, Petrita. Y no sigas gritando, por lo que más quieras.
A la noche hablaremos; ya verás cómo entonces no piensas igual.
Ella se soltó con un brusco golpe:
—No sé por qué te importa tanto que la gente se entere, con la cara dura que
tienes. Más te valdría pensar en mí y en lo que me haces. Al fin y al cabo, si te
casas con ella, la que hará el papel más hermoso seré yo. Imagínate: novia de un
hombre casado. Y, sin embargo, a mí me tiene sin cuidado, porque sé sacrificarme
para un día poder casarme contigo…
Un fontanero, con su caja al hombro, se volvió hacia los que esperaban, y
comentó, con el tono achulado de los madriles más bajos:
—¿No te digo lo que hay, negro?…
Rodolfo fue a hacer algo, no sabía qué; pero el tranvía, que se acercaba tocando
alegremente la campanilla, le hizo cambiar de opinión:
—Anda, vete… Y a la noche hablaremos.
Subió sin mirar atrás, y se quedó en el centro de la plataforma, huyendo de las
ventanillas, que podían prolongar la despedida. Antes que el tranvía arrancara, el
fontanero, que miraba hacia la calle, se volvió y le llamó:
—Oiga, maestro… Que ahí la dama le reclama…
Rodolfo se hizo el desentendido, y el otro le tocó en el hombro:
—Que es a usted, hombre… Que le digo que ahí la dama reclama su presencia.
Se asomó cuando el tranvía ya arrancaba:
—¿Qué quieres? —gritó por encima del fontanero.
—¡Que vengas en cuanto salgas! Y que no te dé tanto miedo; más me tiene
que dar a mí, ¡y ya me ves!…
El fontanero le miró, burlón:
—Pero ¿qué las da usted, macho?
Rodolfo siguió adelante con sus cuarenta céntimos en la mano; no quería
juicios de faltas.
V
Como a todas las ancianas españolas, a doña Martina sólo le preocupaban de verdad
dos cosas: los dolores de su pierna y la salvación de su alma. Todo lo demás,
incluido el gato, quedaba reducido a puras rutinas, a simples cuestiones mecánicas
que no podían llegar a apasionarla. Se enfadaba con sus huéspedes, sí, y tenía sus
diferencias con Teodoro, y recordaba, gimoteando, a su pobre hermana
desaparecida, y tildaba a la juventud de descocada, y se pasaba la vida hablando de
lo caro que estaba todo, y hacía otra porción de cosas parecidas sólo porque algo
tenía que hacer cuando no estaba ocupada en bañarse la pierna o en defender su
alma de las asechanzas del enemigo malo. Pero nunca ponía en tales menesteres
el corazón; nunca se comprometía en ellos como lo hacía a la hora de tratarse su
maltrecha pierna o su pusilánime espíritu.
Porque doña Martina llegaba a la contumacia en ambas tareas. Muchos médicos
y muchos confesores habían tratado de devolverla a la realidad, pero ni los
escépticos diagnósticos de aquéllos ni los prudentes consejos de éstos consiguieron
nunca nada. Y eso que un doctor, agotada ya su paciencia por la pesadez de la
vieja, había llamado a su consulta a sus propios hijos, todos jovencísimos, y sobre
las cabezas de los tiernos infantes había jurado a doña Martina que lo de la pierna
no tenía solución; de la misma manera, un anciano confesor, escandalizado por
las sartas de inverosímiles escrúpulos de conciencia de aquella feligresa que le
anegaba el confesonario de tonterías, se creyó en la obligación de advertirle
seriamente que era muy feo desconfiar con tal tozudez y saña de la infinita
misericordia de Dios.
—Como si una no supiera dónde le aprieta el zapato —se defendió, después de
recibir tan severos rapapolvos, ante sus amigas doña Candelas y doña Consolación.
Y había seguido explicando su teoría—: Cada uno tenemos nuestra alma en su
almario y nuestros dolores en nuestras piernas, y yo sé bien lo que hago. Lo que
pasa es que ahora hay mucho modernismo, amigas mías. Mucho modernismo.
Porque a mí que no me digan que es malo cuidar lo mismo del alma que del cuerpo.
Ya lo dice el refrán —volvió al revés la máxima—: «Más vale pecar por exceso
que no por defecto».
Y sus amigas doña Candelas y doña Consolación habían coincidido, muy
serias:
—Diga usted que sí, doña Martina; diga usted que sí.
Y allí estaban las tres, en su novena, aplicadas con todo entusiasmo y con
escaso fervor a cuidar de sus almas. Porque las tres, con su casi idéntica y absurda
manera de entender la piedad y la devoción, hacían del templo algo muy parecido
a una palestra sobre la cual competir en estupidez. Doña Martina, sentada en el
primero de los bancos, rezaba automáticamente, pensando en sus amigas,
intentando adivinar sus intenciones, censurándolas animosamente. ¿Por qué se
sentaban cuatro bancos más atrás siempre? Decían que porque les mareaba el olor
que despedían las toallas. Y doña Martina se acarició el paquete que envolvía su
pierna, cuyo pie descansaba dentro de la palangana; había tenido que decidirse
a llevarla, pues el sacristán le había dicho que no podía dejar en el suelo aquel
charquito que, día tras día, formaban las gotitas de cocimiento que caían de las
empapadas toallas. ¡Que les mareaba! ¡Sí, sí! ¡Menudo par de fariseas! Lo que
ocurría era que, colocándose tres o cuatro bancos más atrás, le sacaban ventaja
a la hora de tomar el agua bendita. (Doña Martina —y, al parecer, también sus
amigas— estaba convencida de que el agua bendita sólo era plenamente eficaz si
se tomaba directamente de la pila). Y ellas, aquel par de brujas, conseguían todos
los días llegar las primeras, meter las manos en la pila y luego darse el gustazo
de obligarla a tomar de sus secas manos las escurriduras, los desperdicios. Pues
aquella tarde las iba a fastidiar: se iba a levantar un minuto antes que terminara la
novena y las iba a dejar con dos palmos de narices. Se lo merecían, por pérfidas, que
eran un par de pérfidas, que más les valía preocuparse más de seguir la novena con
alma y vida, y no obstinarse en fastidiarla a ella. ¡Si se hubiera atrevido a desdeñar
sus manos cuando le ofrecían el agua bendita usada! Pero no podía hacerlo; ellas
se hubieran dado cuenta, y luego hubieran hablado pestes. No, no; lo que tenía que
hacer era adelantárseles, ganarles la partida recurriendo a las mismas tretas que
empleaban ellas.
Doña Martina volvió la cabeza con disimulo; allí estaban, como dos pájaros
de mal agüero, haciendo como que rezaban. A ella no la engañaban. ¡Ojalá don
Julio las hubiera conocido tan bien! Pero don Julio era un pedazo de pan, y no se
daba cuenta de las cosas, y así les daba la absolución. Tenía que apresurarse; su
pierna era una terrible desventaja, pues doña Candelas y doña Consolación, aunque
más ancianas, gozaban de unos remos casi perfectos. Lo primero era levantarse
sin que ellas se dieran cuenta; tenía que irse corriendo lentamente a lo largo del
banco, sin asustarlas. Lo intentó, y comprendió que, además de la desventaja que
suponía su pierna, había que contar con lo latosa que resultaba la palangana. No,
no podía disimular. Tenía que levantarse ágilmente, agarrar la palangana al vuelo
y salir disparada hacia la puerta.
Se levantó, recogiendo la vasija, en cuyo fondo había un par de dedos del
amarillento líquido. Apresuradamente se desplazó a lo largo del banco, procurando
no derramar el cocimiento, para que no se enfadara el sacristán. Llegó al pasillo. De
reojo, mientras se arrodillaba antes de empezar a correr, vió a sus enemigas; ellas la
miraban perplejas, sin salir de su asombro. Pero cuando doña Martina, ya erguida,
giraba sobre sus talones, doña Candelas y doña Consolación ya se precipitaban
hacia fuera. Tenía que correr, tenía que ganar tiempo, pues ellas, si las dejaba llegar
al pasillo, le ganarían la partida. Tenía que correr como no había corrido nunca en
su vida. (Correr, para doña Martina lo mismo que para sus amigas, era moverse
trabajosamente, efectuando penosos esfuerzos cada vez que tenían que levantar un
pie, y mucho más, cada vez que tenían que apoyarlo: sus huesos, resecos, no les
autorizaban a que abusaran de sus coyunturas).
Y corrió. Angustiada, asistiendo a la salida de las otras, comprobando que se
habían plantado en el pasillo antes que ella llegara a la altura del banco que
acababan de abandonar. A pesar de todo, tenía que seguir; ya que se había puesto
a ello, no cabían los abandonos. Pensó en arrojar la palangana, pero se arrepintió
de su pensamiento; no, no caería tan bajo nunca. Si ellas no tenían respeto a la
casa de Dios, allá cuidados; por su parte, nunca se atrevería a una cosa así. Y con
la palangana entre los brazos y el pecho, sintiendo en las narices los aromáticos
efluvios que ascendían del líquido, se esforzó en alcanzar velocidad.
Las otras avanzaban bamboleándose, exhalando quejidos. Doña Martina
estuvo a punto de compadecerlas, pero no lo hizo. Reprimió su conmiseración,
porque ellas no se la merecían. Sobre todo, doña Candelas, que, como siempre,
era la más ligera. Doña Consolación no le preocupaba mucho: sus bronquios la
mantenían bastante sujeta. Pero doña Candelas… Doña Candelas era una gacela.
¡Cómo corría, demonios; cómo corría! Dios la tenía que castigar, no había duda.
No podía permitir que llegara la primera siempre, de ninguna manera. Un día u
otro su salud se resentiría, y entonces… ¡Ah, entonces! Y los ojos le brillaron a
doña Martina, escondidos entre los arrugados párpados.
La anciana se animó: estaba rebasando a doña Consolación. Cruzó por su lado
sin mirarla, no queriendo ver la desesperación de la otra, atenta sólo a seguir
avanzando sobre la escurridiza doña Candelas. ¿Tampoco aquella tarde la iba a
alcanzar? Los fragorosos resoplidos y los gemidos desconsolados que a sus
espaldas lanzaba la vencida le dieron nuevos bríos. Tenía que llegar la primera,
tenía que llegar la primera. Ya no estaba en juego sólo la primacía en la toma del
agua bendita; ahora se dirimía también en la cuestión la honrilla de doña Martina.
Sentía en el pecho, debajo del corazón, un dolor agudo y penetrante, y pensó si
iría a caer tuberculosa. No; eran aprensiones suyas; se trataba de un dolorcillo sin
importancia. ¿Llegaría a darle un vahído? No; por Dios, que no le diera… Que le
diera después, en la cama; pero no cuando más necesitaba de todos sus sentidos.
Doña Candelas volvió la cabeza, seguramente para medir las distancias. Y,
de repente, ocurrió lo inesperado: o tropezó, o se puso nerviosa, o le fallaron sus
ágiles remos; pero el caso fué que, ante el pasmo de doña Martina, aquella gacela
invencible vaciló, trató de apoyarse en la columna de piedra que tenía al lado, y,
como si fuera un elefante herido en el corazón, se desplomó sobre el frío enlosado.
Doña Martina casi dio un grito de júbilo. Lo reprimió a tiempo,
afortunadamente, pues necesitaba de todas sus fuerzas para seguir adelante, y
jadeando, lenta pero segura, pesada pero inexorable, recorrió en un decir Jesús
la distancia que la separaba de la caída. Pasó por su lado como si no la viera,
ignorando el percance y los terribles esfuerzos que hacía para levantarse, amparada
en la semipenumbra del templo. Y, toda ella sedienta, ya empujada sólo por la
inercia, se deslizó hasta la concha que encerraba entre los primores del polvoriento
románico el deseado, el umbroso, el fresquísimo lago. Puso la palangana en el
suelo y, prácticamente zambulléndose, introdujo su diestra en el agua bendita. Se
sintió refrescada no sólo en la mano, sino en todo su ser, y cuando se santiguaba,
una deliciosa sensación le aflojó los agarrotados músculos.
Luego, sin necesidad de simularlo, demostró fehacientemente que el percance
de su amiga le preocupaba horrores: ágil y ligera, joven a sus casi ochenta años,
retrocedió hacia la caída anciana, llevando entre sus dedos la huella que en sus
yemas había dejado el bendecido líquido. Pero no se atrevió a ofrecérsela: desde el
suelo, gimiente y fuera de sí, doña Candelas repelía la ayuda que intentaba prestarle
doña Consolación… Como si fuera una niña enfurruñada, doña Candelas
propinaba a doña Consolación tiernos, débiles, inefables puntapiés.
***
—Ahí viene —dijo Petrita.
—Sí…
—Vamos; tienes que hablar tú.
Rodolfo tragó saliva. Luego se adelantó al encuentro de doña Martina:
—Buenas noches… Qué, ¿de su rosario?
Doña Martina, alegremente, correspondió al saludo:
—¡Hola, hijo; hola!… No; de la novena. ¡Ah!, ¿está ahí Petrita? ¿Qué tal, hija;
qué tal?
—Bien. Y usted, doña Martina…, ¿cómo se encuentra?
—Estupendamente, hija; estupendamente. Si le contara… Pero son cosas que
no se pueden decir. Qué, ¿de paseo?
Petrita tiró del faldón de la chaqueta a Rodolfo, pero éste lo único que osó decir
fué una tontería:
—Pues ya ve… Como hace tan buena noche…
—Doña Martina, tenemos que hablar con usted —se decidió Petrita, frenando
a la anciana, que ya se dirigía al portal.
—¿Qué ocurre? ¿Es sobre lo del piso? Ya me ha dicho Rodolfo, ya… Mire
usted qué disparate, Petrita…
—Sí; pero es que… Anda, díselo tú —exigió Petrita a Rodolfo. Y éste empezó
a tartamudear:
—Verá, doña Martina… Es que…, es que…
—Lo diré, que parece que te van a comer. Una cosa tan sencilla, señor, y la
importancia que le estás dando. Mire, doña Martina. Resulta que hay una
solución…
La vieja pareció alegrarse mucho:
—¿Una solución? Diga, Petrita; diga… Yo ya sabe que encantada de la vida…
Y Petrita, disparada, la informó puntualmente de todo. La anciana, cogida de
improviso y sin acabar de entender bien lo que le decía, miraba perpleja a Rodolfo
y a Petrita. Le estaban diciendo que se casara, que se casara con don Rodolfo.
Murmuró:
—Pero… eso es una locura a mis años… Además, yo nunca he notado que don
Rodolfo; bueno, usted ya me entiende… Nunca, nunca…
Petrita fue brutal:
—No; si no se trata de eso exactamente, doña Martina… Es un paripé que hay
que hacer. Y pronto, porque muy bien puede ocurrir, aunque Dios no lo quiera, que
le ocurra a usted una desgracia, y todo nuestro gozo en un pozo, como se dice…
Doña Martina empezó a comprender, a relacionar los razonamientos que había
empleado Petrita. Querían que se casara con él, pero de mentiras… Querían que
ella se uniera a un hombre así como así, como quien se bebía un vaso de agua…
Su reacción no se hizo esperar:
—Pero…, pero… ¿qué se ha creído usted, señorita? Yo…
Rodolfo le dijo, desesperado, a Petrita:
—¿Lo ves? ¿Lo ves? ¡Si no podía ser!
La anciana continuó:
—Usted no tiene vergüenza, señorita… Usted es una fresca…
Y Petrita, dando por sentado que la vieja había interpretado mal sus palabras,
recalcó:
—Que no, señora… Mire: usted se casa, pero como si estuviera soltera.
Rodolfo sigue siendo su huésped, y santas pascuas…
La aclaración irritó más a doña Martina:
—Pero ¿por quién me ha tomado usted? Yo soy una mujer decente, para que
lo sepa. ¿Cómo voy a hacer una cosa así, eh? Conteste.
—Bueno, señora; a ver si nos entendemos. ¿No dice usted que quiere tanto a
éste? ¿No estaba empeñada en dejarle el piso? ¿No…?
—Sí, señorita; sí. Pero no hasta ese punto, como si fuera una cualquiera. ¡Pues
estaría bueno! ¡Interrumpir una vida dedicada a la oración para prestarme a ese
nefando contubernio! ¡Vergüenza, vergüenza les debía dar! A usted, don Rodolfo,
sobre todo. ¡Con lo que yo le estimaba! ¡Otro que tal, igual que el don Dimas del
demonio!
Petrita quiso aplacarla:
—Pero, doña Martina, por favor… Usted me ha entendido mal… Yo le juro
que no le hubiera propuesto nada que no… —la cogió de la palangana para que no
escapara. Pero doña Martina le dio un chillido:
—¡No me toque, no me toque, desvergonzada! ¡Fuera, fuera! ¡Déjenme pasar!
***
Pero durante la noche doña Martina cambió de manera de pensar. Se había
puesto a bañarse la pierna, recordando todavía la bochornosa escena, y había
hablado de la cuestión con Teodoro. Recorriendo los distintos puntos del asunto,
los había sometido a cuidadoso análisis, enfocándolos desde otros puntos de vista.
Y la proposición había ido cambiando de aspecto. Porque, le decía doña Martina
a Teodoro, ¿acaso no sería una buena acción facilitarles el matrimonio a aquellos
muchachos? Claro que lo era: una estupenda acción. Petrita, la novia de don
Rodolfo, lo había dicho bien claro: «Si Rodolfo no llega a ser su viudo, nosotros
no podremos casarnos nunca, porque nunca tendremos un hogar». ¡Pobrecillos!
Se los imaginó buscando piso a lo largo de aquel domingo, sin encontrar nada,
desesperados, perdidos. Sí, sí; podía ser una excelente acción, que bien le vendría
tener en su cuenta a la hora de rendirlas al Todopoderoso. Además, ¿a ella qué le
costaba acceder? Hacía mucho tiempo ya que había dejado de pensar en tonterías,
pero recordaba lo que había llorado entre los treinta y los cuarenta años por no
encontrar a nadie dispuesto a hacer lo que ahora pretendía llevar a cabo don
Rodolfo. Y don Rodolfo no hubiera sido entonces un mal partido: con su empleo en
una oficina, porque era un empleado y no un pelafustán, y su presencia… Sí; don
Rodolfo era un guapo mozo y un caballero. Otra cosa hubiera sido de tratarse de
don Dimas, naturalmente. Y, aparte de esto, que no era lo que tenía más
importancia, estaba lo otro, lo que significaría en su haber un sacrificio así. Dios se
lo tendría en cuenta, no había duda. ¡Menuda rabia les iba a dar a doña Consolación
y a doña Candelas! Ellas podían ganarle muchas veces a correr, pero a buena…
¡Ya quisieran, ya! Y también había que pensar en que no le estorbaba un hombre;
al fin y al cabo, si se casaba con don Rodolfo, don Rodolfo sería su marido y
estaría obligado a velar por ella, a cuidarla, a ayudarle a sobrellevar sus últimos
sufrimientos. Porque ¿quién le garantizaba que no se iba a quedar nunca paralítica?
Nadie. Sí; podía quedar baldada de un paralís… Y si se casaba, don Rodolfo,
bueno, Rodolfo, tendría que llevarla de paseo en una silla de ruedas. Tenía que
pensarlo bien, desde luego; el asunto no era como para desdeñarlo, pues a la vista
estaba que sólo podía acarrearle ventajas.
Se acostó de buen humor, saboreando sus propios pensamientos. Y, ya en la
cama, sintiendo sobre sus piernas el leve y cálido peso de Teodoro, pasó de pensar
a imaginar, a soñar lo que podía ser su vida de casada… ¿Qué haría Rodolfo? ¿Le
entregaría su sueldo o preferiría seguir pagándole la pensión? No; esto no podía
ser. Tendría que entregarle el sueldo, y ella se lo administraría. Al fin y al cabo,
a su muerte, el dinero iba a volver a él o se iba a quedar empleado en muebles y
cosas así. Tendrían que despedir a don Dimas, claro; ya casada, con la ayuda del
sueldo de Rodolfo, ¿para qué iba a aguantar a aquel desagradable sujeto, que le
tenía la casa llena de porquerías? Los domingos saldrían juntos a dar un paseo…
¿O no? A lo mejor, Rodolfo quería salir con su novia… No, no saldría con ella;
Rodolfo era bueno y podía esperar a que ella se fuera al cielo para volver con
Petrita. Claro que sí; además, ni a él se le ocurriría dudar. ¿Cómo iba a dudar en una
cosa así? Evidentemente, aquel matrimonio no parecía ser una tontería, ni mucho
menos una locura. Seguro que la gente, que era tan mala, hablaría de ellos; pero
¿qué importaba la gente? Si ella se quedaba paralítica, ¿iba la gente a empujar su
silla? No, naturalmente que no…
Teodoro quería dormir y gruñía a intervalos, protestando de las palabras en
alta voz que se le escapaban a la anciana. Ella, sin advertirlo, seguía fabulando y
considerando, viéndose y corrigiéndose en el futuro, molestando al irascible gato,
y cuando en su soñar llegó a decir: «Y cuando te caigas a la palangana, Teodoro, ya
veremos si te atreves a ponerte como una fiera con Rodolfo», el animal enarcó el
lomo y le soltó uno de sus bufidos a la vieja. Ésta se disculpó: «Bueno, hombre…
No te pongas así; era una broma. Porque ni qué decir tiene que tú seguirás
durmiendo conmigo; el que me case no quiere decir que me vaya a convertir en
una pelandrusca acostándome con Rodolfo… ¿Cómo has podido pensar una cosa
así, Teodoro?»
Y apagó la luz, quedándose dormida dulcemente, acunada por sus sueños, que
continuaron durante toda la noche, proporcionándole múltiples motivos de júbilo
y de satisfacción.
VI
Carbayo estaba tratando de venderle un aparato a un sordo. El sordo, un tipo
achaparrado, con cara de zorro, desconfiaba con el aparato entre sus torpes dedos:
—Pero estos chismes a mí no me convencen. Gastan mucho en pilas… Un
paisano mío, porque soy de la parte de Toledo, ¿sabe usté?, se compró uno, y ya
lo tiene arrinconao…
Carbayo, paciente, utilizando la táctica que había inventado, comenzó a hablar
a una velocidad vertiginosa, en voz queda, machacando las palabras, haciendo de
su párrafo algo perfectamente ininteligible para un sordo e incluso para un lince:
—Bahbahbah… Esosonbobadasqueno tienenfundamento ¿comprende?
—¿Cómo dice? —inquirió el sordo, colocándose la mano en la oreja.
Carbayo siguió con su método; hizo, sin embargo, gestos fingiendo que estaba
gritando:
—Digoqueesosonbobadasyque elaparatoesunamaravilla…
Palitroquebusbusrrrepollo pluscuamperfecto… ¿Comprende?
—No sé lo que me pasa hoy —se lamentó el sordo, metiéndose en el oído uno
de sus meñiques—. Hábleme claro, hábleme claro…
Carbayo, impertérrito, continuó:
—Digoquefaramallapitorreo a lancalancalancalanca… ¿Eh?
Porqueelquenocorrevuelaycamarón queseduerseselollevalacorriente…
Ustedesunprimoquesevaallevar elchismecomoyomellamoDimas… ¿Eh?
Y palmoteó la espalda del sordo, que hacía gestos de perplejidad y que insistía
en hurgarse dentro de la oreja, muy dentro:
—Ya va usted a ver lo que es el aparato… —le prometió, ahora hablando con
claridad, pero siempre sin gritar, aunque su rostro reflejara unos terribles esfuerzos
para hacerse entender. Y, quitándole de las manos el objeto de la reunión, se lo
colocó debidamente. El sordo decía, mientras tanto:
—Oigo un murmullo, un murmullo; pero me quedo a dos velas…
—Ahora, ahora…
Carbayo conectó el aparato y, colocándose frente al micrófono, hablando con
una vocalización que se la hubieran envidiado todos los actores del mundo,
gritando como un energúmeno y consiguiendo que la expresión de su rostro
apareciera normalísima, se dirigió al cliente:
—¿A que ahora me oye usted bien?
Temió que fallara el truco, y abusó de sus facultades:
—Ob-serv-ve us-ted có-mo sin que yo gri-te en lo más mí-ni-mo us-ted me o-
ye con to-da cla-ri-dad…
El sordo puso unos ojos redondos de asombro:
—Oiga, pero si ahora le entiendo todo…
Muy serio, y siempre con su técnica, Carbayo afirmó:
—Es el a-pa-ra-to… A-le-mán… No le di-go a us-ted más… A-le-mán… Co-
sa fi-na… Por dos mil pesetas, pe-se-tas —recalcó, por si acaso— se lle-va us-ted
un oí-do nue-vo y per-fec-to.
El de la parte de Toledo parecía encantado:
—Hable, hable usted más, que me da mucho gusto oírle tan bien.
Carbayo se sentía ya cansado por los esfuerzos, pero tuvo que seguir:
—¿Lo ve? ¿Se da us-ted cuen-ta del ne-go-cio que pue-de ha-cer? Dos mil pe-
se-ti-llas, y a oír has-ta a las mos-cas… Un pre-cio de a-mi-go, cla-ro. Son unos
res-tos que me quedan de un con-tra-ban-do de Tán-ger…
—Ya, ya… Siga, siga usted, que me parece mentira… Esto tiene que ser cosa
del diablo… —dijo el sordo, encantado.
—No… La téc-ni-ca mo-der-na… La a-le-ma-na, ¿com-pren-de? Qué, se lo
que-da, ¿ver-dad?
Entonces se abrió la puerta del cuarto de Carbayo y entró Rodolfo:
—Oiga… Perdón; no sabía que estaba…
—¡Grite, grite todo lo que pueda! —le suplicó, con una mueca, el astuto
vendedor.
—¿Cómo? ¿A quién le tengo que gritar? Si es que yo venía a decirle que…
Bueno; le advierto que yo no tengo la culpa de nada, ¿sabe? Son ellas, ellas, que
me han mandado…
El de la parte de Toledo no dejó intervenir a Carbayo.
—Oiga, a este señor no le entiendo nada… Oigo un runrún, pero nada más…
Carbayo empezó a sudar; sin que el cliente le viera, le atizó a Rodolfo una coz
y le imploró:
—¡Váyase, por la gloria de su santa madre!
Y corrió a tranquilizar al sordo:
—Es-tá a-fó ni-co… De fu-mar… ¿Com-pren-de?… Al pa-re-cer, le van a te-
ner que o-pe-rar… Lue-go ten-drá que ha-blar por un tu-bo…
—¡Ah, ya, ya!… Pobre hombre; eso es peor que lo mío, ¿verdad usté?
Rodolfo no entendía nada, pues, aunque ya había relacionado los gritos que
daba Carbayo con la petición que al llegar le había hecho, no sabía, en definitiva,
cuál era la situación. Además, la embajada que llevaba le tenía totalmente
desquiciado. Insistió, gritando, a ver si acertaba:
—¡Tiene usted que venir! ¡Le quiere hablar doña Martina, pero yo le doy mi
palabra de honor de que no tengo nada que ver en el asunto! ¡Son ellas, ellas,
Carbayo!
El sordo orientó el micrófono hacia Rodolfo y miró interrogativamente a
Carbayo. Éste, haciendo de tripas corazón, intentó aún salvarse de la catástrofe:
—¿Le ha oí-do?
—Sí, sí… Pero mal; como la radio…
—Es que…, es que… —Carbayo buscaba una explicación desesperadamente.
Y la encontró—: Es que ha to-ma-do unas pas-ti-llas muy bue-nas… A-le-ma-nas
tam-bién, ¿sa-be? Co-mo el a-pa-ra-to, sí.
Y volviéndose hacia Rodolfo, empujándole hacia la puerta sin disimulo, lo
puso en el pasillo, a la vez que le decía:
—Pírese, Gómez; pírese, que es una venta segura…
Después de cerrar, se volvió al sordo, sonriendo:
—Lo he e-cha-do por si los con-ta-gios… Us-ted ya me en-tien-de, ¿eh?
El sordo le miraba desconfiado. Se había quitado el aparato y, con la cabeza
baja, gruñía:
—No sé, no sé… Yo, por si acaso, voy a consultar con mi mujer…
Carbayo se sintió mal y ni siquiera recordó que el asustadizo cliente ya no tenía
el aparato puesto:
—Yo que us-ted me lo lle-va-ba… A-sí le da-ba u-na a-le-gría a su se-ño-ra…
—Mire: ahora parece que le oigo mejor. Yo creo que tenía un tapón de
cerumen, o de algo de eso… Nosotros, los del campo, ya se sabe… Como andamos
siempre entre porquerías… Mire: he pensado que lo mejor será que esperemos un
poco… Hasta que cojamos la cosecha, ¿sabe?
Carbayo no intentó detenerlo: estaba vencido. Le dejó acercarse a la puerta,
abrirla y despedirse. Ni siquiera le acompañó a la puerta: tenía algo más importante
que hacer… Como si acabaran de ponerle un par de banderillas, entró en el
comedor de doña Martina, ocupado por ella, Rodolfo y otra mujer:
—¿Sabe usted lo que ha hecho, imbécil? ¡Quitarme quinientas pesetas! ¡De la
mano! ¡Del bolsillo!
Rodolfo se encogió:
—¿Yo?… Pero si yo sólo he ido a decirle que aquí, doña Martina, quería
verle…
Carbayo se exaltó todavía más:
—¡Ni doña Martina ni doña…! —soltó una palabrota soez—. ¡Está uno
ganándose la vida y tienen que venir a…! —soltó otra palabrota de mayor calibre
—. ¡Quinientas pesetas! ¡De la cartera me las ha sacado!
Doña Martina, impaciente, le cortó:
—Bueno, bueno… Vamos al asunto, que es lo que importa… Mire, don Dimas.
Resulta que, para hacerles un favor a don Rodolfo y a su prometida, que es esta
señorita, yo me voy a casar con él. Y, claro, usted comprenderá…
La andanada de barbaridades que iba a soltar Carbayo dejó paso a un balbuceo:
—¿Cómo? ¿Qué dice esta vieja loca?
—Le aseguro que yo no tengo… —intentó defenderse Rodolfo; pero Petrita
le gritó:
—¡Tú, a callar!
Carbayo encendió un cigarrillo, nervioso:
—Bueno; pero ¿me quieren ustedes explicar qué es lo que pasa?
—A eso iba, don Dimas. Y no le digo que no fume en el comedor porque ya,
para el tiempo que va a estar usted en la casa… Pero ya sabe que no me gusta:
luego huele todo a humo.
Carbayo dejó caer el pitillo:
—¿Cómo que para el tiempo que…?
—Sí, don Dimas. Se lo estoy explicando, pero usted empieza a fumar y a no
entender nada, y no me deja. Mire: estos jóvenes no tienen piso, como usted sabe.
Yo les iba a dejar éste, como usted sabe también; pero eso no puede ser sin que
aquí, don Rodolfo, sea pariente cercano mío. Por eso nos vamos a casar; usted ya
sabe lo buena que yo soy y lo que me gusta hacerles favores a los demás. Porque
una no es como otras…
—Un momento, un momento. Oiga Gómez: ¿eso que dice la vieja es verdad?
Rodolfo metió la cabeza entre los hombros, en un mudo y expresivo ademán
de resignación. Y doña Martina continuó:
—Así es que, como usted comprenderá, necesitamos su cuarto. Ahora o
después, usted tendría que irse. Y, claro, como vamos a pintar la casa y a arreglarla
un poco…
—¿Que me vaya? Pero ¿adónde?
—Pues a otro sitio, hijo. Yo lo siento mucho, porque ya sabe usted lo que
le aprecio… Pero ahora ya no necesito tener huéspedes… Con el sueldo de don
Rodolfo, bueno, de Rodolfo, nos podremos arreglar bien…
Petrita se estiró en la silla. ¿Había oído bien? Miró a Rodolfo, que también
acababa de salir de su actitud pasiva, y se dirigió a doña Martina:
—Oiga, eso que dice del sueldo…
—Claro, hija mía. Total, a don…, a Rodolfo le da igual; lo emplearemos en
la casa o lo meteremos en mi cartilla… Y como las dos cosas serán luego para
ustedes…
Saltó don Dimas:
—Bueno; a mí, sus problemas, si es que es cierto que van a cometer ese
disparate, me tienen sin cuidado. Pero yo no me voy a ir así como así…
—¿Por qué? A usted no le será difícil encontrar por ahí otra habitación…
—Pero ¿la clientela? Todo el mundo sabe que vivo aquí, y aquí vienen mis
clientes. Si me cambio, se despistarán… Además, que yo pago aquí cuatrocientas
pesetas, y me encuentro bien y no tengo ganas de ir a otro sitio más caro y peor…
—¿Lo oyen ustedes? ¿Lo oyen? —preguntó doña Martina, sarcástica, a Petrita
y a Rodolfo, que todavía no habían salido del asombro en que los había sumido
la disposición tomada por la anciana en lo relativo al sueldo—. No se quiere ir…
Cría cuervos, y te sacarán los ojos… Encima que una ha estado hecha una mártir
con él, ahora no se quiere ir… Pues se irá, ya lo sabe. ¿Verdad que se irá, Rodolfo?
Porque ahora ya tengo un hombre que me defienda, y no me van a avasallar como
lo han venido haciendo, don Dimas, sépalo usted.
Carbayo estaba fuera de sí; dando un puñetazo en la mesa, vociferó:
—Pero ¿es que se han vuelto todos locos? Y usted, Gómez, ¿cómo puede estar
ahí tan tranquilo? No; si ya me parecía a mí que usted era un bragazas. ¿No se da
cuenta de lo que van a hacer con usted? ¿No comprende que lo están liando?
Rodolfo calló, como de costumbre, y Petrita le hostigó:
—¡No te quedes mudo! ¡Contéstale a ese tío salvaje! ¡Ay, si yo fuera hombre!
Rodolfo se levantó e invitó a Carbayo:
—Vamos, vamos… Yo le explicaré lo que pasa… Es una cosa tremenda,
pero…
En la puerta se detuvo Carbayo:
—Ustedes hagan lo que quieran; pero que conste que yo no me voy hasta que
me dé a mí la gana, ¿comprendido?
—Vamos, vamos; yo le explicaré.
—¡Una boda! ¡Madre de Dios, qué cuadro! ¡Si todavía no acabo de creérmelo!
… —salió diciendo, empujado por Rodolfo.
Quedaron solas doña Martina y Petrita. Ésta, que seguía obsesionada con la
cuestión del sueldo, volvió a ella:
—Oiga, doña Martina… Digo que si usted se queda con el sueldo de Rodolfo,
el pobre no va a tener para…
—¡Ay, tonta! —se mostró maternal la vieja—. ¡Ganando van a salir! A él no
le faltará su duro en el bolsillo, y tendrá no eso, sino lo que necesite. Porque,
compréndalo usted, Petrita, parece así como feo que siendo mi marido, porque lo
va a ser sea como sea, yo esté cobrándole la pensión. Violento para mí y violento
para él. De la otra manera, en cambio, yo lo meto en mi cartillita, y luego… ¿para
quién va a ser la cartillita? Para ustedes… Y no crea que está vacía, que tengo mis
ahorritos, ¿sabe?
Petrita se resignó. Acaso hubiera protestado de no haber dicho doña Martina
lo de los ahorros. Pero la palabra la sugestionó y no tuvo que esforzarse nada para
encontrarlo todo normal:
—Sí; ahora ya me doy cuenta de que tiene usted razón…
—Claro, mujer. Yo estoy sola en el mundo, y ¿quién mejor que Rodolfo para
heredarme? El piso, la cartilla, los muebles, las ropas, que tengo muy buenas
sábanas y muy buenas mantelerías, ¿sabe? todo, todo para ustedes. Y Teodoro
también, naturalmente. Porque, eso sí, es lo único que les pido: el día que Dios
me llame, ustedes tienen que seguir cuidando a Teodoro. Es como una persona,
de verdad. Lo entiende todo, todo, todo… ¡Teodoro, Teodoro! ¿Dónde está el sol
de la casa? —le llamó.
—Descuide, descuide, doña Martina, que al gato no le faltará de nada.
—Gracias, hija; gracias… ¡Si viera usted la compañía que Teodoro me hace!
Ahora será distinto, claro, porque con Rodolfo ya en casa… Bueno, usted me
entiende…
De nuevo se alarmó Petrita: ¿qué quería decir la vieja chocha? ¿Acaso
pretendía casarse de verdad? No se atrevió a preguntarle directamente pero le dijo:
—Bueno; también ahora está Rodolfo aquí…
—Sí, sí… Pero es distinto. No crea usted que pretendo gollerías; soy una mujer
muy como Dios manda. Pero ya, siendo mi marido…, es otra cosa, ¿sabe?
Petrita asintió con la cabeza, sin saber exactamente qué era lo que doña Martina
quería decir; cambió de conversación, temerosa de enterarse:
—¿Y si no se va don Dimas?
—Se irá, mujer; se irá. Ya me encargaré yo de que se vaya. Es un tipo fácil de
manejar, aunque parezca lo contrario… Yo…
Volvía Rodolfo. Petrita le preguntó con la mirada.
—Ya se lo he explicado… Y se ha quedado convencido.
—Vaya, menos mal —suspiró doña Martina—. Bueno; tenemos que hablar de
la boda.
—¿De la boda? —preguntó Rodolfo, sentándose, como si no supiera a qué
boda se refería.
—Pues, claro, Rodolfo. No es que vayamos a casarnos en los Jerónimos pero
algo hay que decidir.
—Tiene razón, doña Martina —coincidió, muy seria. Petrita—. Hay que hablar
de las cosas; luego se echa el tiempo encima y…
—Pero ¿es que ya va a ser? —inquirió Rodolfo, con algo muy parecido al terror
empañándole la voz.
—Cuanto antes, mejor. ¿Para qué vamos a esperar? Puede suceder, Dios no
lo quiera, que doña Martina se ponga enferma o que le ocurra una desgracia, ¿no
es verdad?
Doña Martina asintió, adoptando un aire de víctima que daba lástima:
—Sí, hija, sí… Nunca se sabe lo que puede suceder. Yo creo que podíamos
hacerlo a finales de mayo. Ya hace buen tiempo y, no sé, hay más alegría, ¿verdad?
Rodolfo cerró los ojos, y mientras se preguntaba qué demonios pintaba en
aquella ocasión el buen tiempo y la alegría, pensó que Carbayo tenía razón, que
le habían liado del todo. «¡Pobre Gómez! —se había condolido su hasta entonces
compañero de hospedaje—. ¡Pobre Gómez, lo que van a hacer con usted!». Y ya
no se podía volver atrás: Petrita le hubiera arrojado a la cara un frasco de vitriolo.
Las oía hablar como si estuvieran muy lejos; estaban haciendo sus planes sin darse
cuenta de hasta qué punto resultaban monstruosas. Doña Martina decía:
—… pues, ya ve usted, me hubiera hecho ilusión casarme de blanco, aunque
ya comprendo que no es lógico. Pero, eso sí, el azahar lo llevaré, porque puedo
llevarlo mejor que muchas…
Y Petrita, por su parte, le seguía la corriente:
—… yo creo que a las nueve de la mañana es buena hora. Después es más
complicado… La gente, usted ya me entiende, la gente es una chismosa y…
Rodolfo sintió ganas de vomitar; una arcada le sacudía el estómago. La gente…
Se imaginó el cuadro otra vez más, pues desde el día anterior, desde que doña
Martina le había comunicado que estaba dispuesta a casarse, no hacía otra cosa.
A cada nueva visión el espectáculo era más insoportable; ahora ya llegaba a
imaginarse teniendo que decir en la iglesia: «Sí la quiero». Oyó a doña Martina
diciendo: «Sí lo quiero», y percibió hasta los chasquiditos que, al hablar, daban
sus dientes postizos. Debía fugarse: eso era lo que tenía que hacer. Fugarse al
extranjero…
—¿Qué te pasa, Rodolfo? ¿No me oyes?
—¿Qué…, qué quieres, Petrita?
—Te decía que si te parece bien lo del traje.
—¿Qué traje?
—¿Estás tonto? Tu traje… Digo que puedes hacerte uno para la boda; doña
Martina está empeñada en que sea así…
—Claro, hijo… Al fin y al cabo, le servirá también para la boda siguiente. ¡Ah!,
y usted, Petrita, tiene que ser la madrina…
—¿Yo? No sé; me da no sé qué…
—¿Por qué, tonta? Al fin y al cabo, nadie mejor que usted… Ahora, que tengo
una duda: a lo mejor, si es la madrina, luego no se puede casar con Rodolfo…
Como pasa en los bautizos, ya sabe.
—Entonces, mejor es que lo dejemos, ¿no le parece?
—Bueno, bueno… Pero me hubiera hecho ilusión. Porque yo, aunque no haya
que decirlo, la verdad es que para Rodolfo voy a ser una madre más que una
esposa…
Siguieron hablando y hablando, dándole vueltas a todos los detalles,
disponiéndolo todo con una escrupulosidad que a Rodolfo le daba asco. Y Petrita
todo lo encontraba normal; ni un solo momento manifestó advertir hasta qué punto
se había olvidado de la realidad, de aquella triste realidad que a él le torturaba sin
descanso. La rechifla iba a ser general; ya se lo había advertido Carbayo
brutalmente: «Si no le dan a usted una cencerrada, es que en este Madrid ya no
hay riñones, ni gracia, ni aquél».
—… sí, sí; que ya es tarde.
Se estaban despidiendo.
—Bueno; trátemelo usted bien, Petrita —bromeó doña Martina, con un buen
humor que a Rodolfo se le antojó macabro. Y Petrita, haciéndole el juego, le
prometió:
—Intacto volverá, señora; intacto…
Iban por el pasillo, cuando la vieja invitó:
—¿Quiere usted ver el piso otra vez?
—No, no… Ya lo he visto muy bien… Es una monada, doña Martina: una
monada. Hasta mañana, hasta mañana…
—Adiós, hijos; adiós… Adiós, Rodolfo…
—Hasta luego, doña Martina.
La puerta se cerró y la pareja comenzó a bajar las escaleras. Con mucho
desparpajo, Petrita confió a su novio:
—¿Sabes que es muy simpática? Ya he hablado con ella de lo del sueldo; mira,
chico: yo creo que dejándola con su manía, salimos ganando. Me ha dicho que
todo lo meterá en su cartilla y que no la tiene vacía. Y como luego va a ser para
nosotros…
Rodolfo no contestó. Ni a ella le hacía falta para seguir:
—Bueno, no te pongas así, que no es para tanto… Que tienes una cara de
funeral que mete miedo… Ya sé que no es como para ponerse a cantar; pero al que
algo quiere, algo le cuesta… Yo también hubiera preferido otra cosa; si te pudieras
casar in articulo mortis, sería lo ideal. Pero ¿y si se muere de repente?
—¡Ojalá! —graznó, lacónico, Rodolfo.
—No; ojalá, no. Por lo menos, hasta que estéis casados. No vengas ahora con
tonterías.
Siguieron caminando en silencio. Rodolfo envidiaba la suerte de las personas
que llenaban la templada noche de aquel abril recién estrenado. No tenían que
casarse con ancianas, ni tampoco estaban obligados a aguantar a una novia
demente. Huir, huir era lo que le hacía falta. Pero ¿cómo y adónde? ¿De qué iba a
vivir? Además, estaba la Policía: Petrita conseguiría que lo detuvieran, e incluso
que lo metieran en la cárcel… Tampoco estaría mal arrojarse al «Metro»…
—Bueno, hijo; ya hemos llegado. Supongo que, por lo menos, te despedirás.
—Sí, Petrita, sí… Hasta mañana…
—Anda, no seas tonto; ahora estás preocupado, pero ya verás cómo luego
descubres que no era para tanto. Lo que importa es que cuando se muera, que
se morirá, y bien pronto, nosotros podremos casarnos y vivir felices. ¿No te das
cuenta?
La miró a los ojos; ella le había hablado con voz dulce, cariñosa. Le quitó de
los párpados las dos legañitas de siempre. Y la besó en la mejilla:
—Adiós, Petrita; hasta mañana…
***
Cuando regresó a su casa, después de cuatro horas de pasear de un lado para
otro, buscando consuelo en la soledad y en la noche, le esperaba una sorpresa: sobre
la mesa de la cocina, junto a su cena, había una nota escrita en un papel. Decía:
«Rodolfo: No venga tan tarde. Me he acostado a las once y media, y
todavía no había usted llegado. La comida fría estropea el estómago. En la
cazuela azul tiene usted un poco de leche.
Martina».
VII
«Hijo: Hemos tenido tu carta, que nos ha hecho sufrir mucho y que
a tu madre le ha costado un disgusto. Ya vemos que ese Madrid te ha
desquiciado y que estas hecho un perdido y que ya has olvidado los buenos
ejemplos que nosotros te hemos dado. Rodolfo mira lo que vas a hacer que
eso es una locura y que dice tu madre que si lo haces ya no seras nuestro
hijo. No creo que te parezca bonito lo que vas a hacer con esa pobre señora
engañandola y casandote con ella que verguenza debia darte siendo como
eres un hombre honrado. Pero a lo mejor ya no lo eres y sigues sin bajarte
de tu burro y llevas a cabo esa locura. Dice tu madre que te diga que aqui la
Julia la del señor Manuel esta soltera y que tiene una casa hermosa con su
buen pajar su bodega y su alorin y ademas tres animales y buenas fanegas
de tierra y que si tu vienes ella se casaria contigo tan a gusto. Pues bien
de veces que le pregunta a tu madre por ti y dice que tu lo has entendido
yendote a la capital que todas las del pueblo te parecian poco para ti. Yo
hijo te lo digo y te aconsejo que lo pienses, pues la Julia es una mujer como
Dios manda, fuerte, trabajadora y mas limpia que nadie y no una vieja con
una pata en el camposanto y te darias con un canto en los dientes si la llegas
a ver ahora que esta bien gorda y bien guapa. Se ha puesto un diente de
oro y tiene su casa como los chorros de lo mismo y la pretende el Lucas el
sobrino de don Ildefonso pero ella no le hace caso porque dice que es un
vago y tiene mucha razon. Yo que tu me venia al pueblo que no lo debiste
de dejar nunca porque en las capitales todo es engaño y los hombres se
vuelven locos y nosotros lo que pensamos es que tu te vas a casar con esa
vieja porque te ha engatusado que sera una lagarta. Aqui dice tu madre que
todas las mujeres son honradas y que tienen lo que hay que tener y sobre
todo la Julia que ya te digo lo que tiene que ademas de la casa tiene buenas
fanegas de tierra que le dejo su tio El Jilguero y que es una mujer muy
apañada. Dice tu madre que te diga que la Julia sabe poner inyecciones
y que no es una bestia como las otras pues recibe el periodico y tiene ya
la radio que pide discos dedicados y buena envidia que se pasan los del
pueblo. Bueno hijo a ver lo que haces pero con nosotros no cuentes para ese
bodorrio. Yo sigo con la apendice que siempre me da guerra pero no quiero
operarme pues a mis años si no me muero de una cosa me morire de otra
y tu madre esta muy tiesa y muy buena que ella lava todo y que dicen las
otras mujeres que vaya correa que tiene. No te decimos mas y te repetimos
lo de la Julia que si quieres se casa contigo por la posta y nosotros nos
alegrariamos mucho pues ya te digo que es un buen partido y una mujer
de una vez. Que te cuides y que no hagas esa locura y que dice tu madre
que cuando vaya alguno del pueblo a Madrid te mandara de la matanza que
algo queda pero que picadillo ya no hay. Pero para la boda no cuentes con
nosotros que dice tu madre que no valemos para esas cosas y que otra cosa
seria si te casas con la Julia. Muchos besos de tu madre y mios, y recuerdos
de la Julia. — Tu padre».
Esta carta, sin acentos ni comas, llegó demasiado tarde; Si Rodolfo la hubiera
recibido en los primeros momentos de la situación que le plantearon su novia y su
patrona, Rodolfo quizá lo hubiera dejado todo para correr a su pueblo derramando
lágrimas de alegría. Pero la carta llegó cuando Rodolfo ya encontraba normal lo
que iba a hacer, y lo único que consiguieron las tiernas líneas fué hacerle pensar
que sus padres tenían muy buena voluntad, pero que no habían comprendido bien
la carta que les había escrito. Porque a Rodolfo ya le parecía natural, lógico y
sensato lo que iba a hacer. No sólo el aplomo de su novia y de su patrona habían
influido en su ánimo día tras día, sino que también personas ajenas al asunto se
habían manifestado de acuerdo en que aquella boda no era tan disparatada como a
primera vista podía juzgarse. Sáenz, su compañero de trabajo, aquel que tanto se
había reído al ofrecerle la solución, al saber que Rodolfo iba a utilizarla, volvió a
reírse, sí; pero pronto cortó sus risas para opinar con toda seriedad:
—Pues, mira, chico: yo creo que haces bien. Al fin y al cabo, mejor es eso
que quedarte toda la vida a la luna de Valencia. Si tuvieras dinero para pagar un
traspaso, no sería lo mismo; pero así, sin una peseta, lo que has encontrado es un
chollo…
En cuanto a la vecindad, su reacción fué casi unánime; al principio todos
bromeaban, llegando algunos a la burla; pero después, pensando en lo que había
de negocio en aquella boda, hasta llegaban a envidiar a Rodolfo. La portera, que
había sintetizado la opinión general, paró un día al novio:
—Ya me he enterado, don Rodolfo. Y le digo a usted que hace santamente.
Alguno se reirá, pero ahí se las den a usted todas cuando doña Martina, lo que
Dios no quiera, se vaya para el otro barrio. Además, que doña Martina tampoco
es un carcamal…
Incluso quien menos podía mostrarse dispuesto a aceptar la situación, Carbayo,
había llegado una noche a confesarle a Rodolfo:
—Gómez, he pensado mucho en eso. Y ¿sabe lo que le digo? Que hace usted
muy bien y que olé su salero. Porque usted no es tonto: usted se casa y se queda
con todo. Pero yo, ¿qué va a ser de mí? Si no me marcho ahora, me tendré que
marchar cuando muera la vieja; no, no diga nada. Yo soy una persona seria, y no
quiero molestar a nadie. Le digo a usted, en confianza, que no me voy mientras
dure la provecta. Ahora, que, eso sí, en cuanto la entregue, usted no se preocupe,
que yo me iré. No sé si decirle a usted una cosa, porque me perjudica… Pero, en
fin, usted es amigo mío. ¿Sabe lo que haría yo en su lugar, que ojalá estuviera en
él? Pues muy sencillo: me casaba y la mataba… A la vieja, sí. Pero dentro de la ley,
cuidado. Yo no quiero saber nada con el Código. Mire: yo, apenas casado, cogía a
la vieja y empezaba a meterla en juerga, a hacerla trasnochar, a emborracharla, a
no dejarla dormir, a darle unos tutes de miedo, a quitarle el resuello, vaya, pero con
elegancia. Dos meses duraba. Se lo digo yo… ¡Ay, si yo fuera usted! Para el verano
ya me había quedado con el piso, le ponía en el balcón un letrero: «Ortopedia
Carbayo»…, y ¡a hincharme de ganar dinero!
¿Cómo iba a surtir efecto aquella carta después de haber oído Rodolfo todas
estas cosas y muchas otras parecidas? No; tenía que caer en el vacío; tenía que
resbalar sobre la endurecida epidermis de aquel hijo que, al leerla, aunque se
enterneció y recordó a la Julia, sonrió con suficiencia, pensando en lo ignorantes
y poco agudos que eran sus padres. Un diente de oro, fanegas de tierra, radio,
periódico, bodega, alorín… ¡Bah! Él tenía su empleo, vivía en Madrid, un sitio
en el cual, con un poco de suerte, la vida era bastante agradable. Y él, aunque
hubiera tardado mucho en darse cuenta, tenía la suerte necesaria. Seguía siendo
bastante triste tener que casarse con doña Martina, desde luego; pero había que
pensar que apenas muriera la anciana todo se aclararía y él y Petrita empezarían a
vivir tranquilos y, quizá, hasta dichosos.
El mismo día que recibió la carta de sus padres, y con el estado de ánimo que
queda descrito, Rodolfo iba a comunicar a su jefe que se casaba y que deseaba
disfrutar del reglamentario permiso. La idea había sido de Petrita:
—¿Por qué no lo vas a coger? Aunque no te vayas de viaje de novios, no nos
vendrán mal unos días de vacaciones. Tú te tomas el permiso, yo no voy a la cerería
y nos aprovechamos. ¿No te parece?
Por la noche, cuando Petrita se lo dijo, a Rodolfo le había parecido muy bien.
Pero, ya en la oficina, bajo la mirada de su jefe, la cosa no se le antojaba tan
agradable. Tendría que explicarle a don Manuel la historia, y… Claro que podía
callársela. Pero sería peor: don Manuel había ido a la boda de Fernández, el
ordenanza, y también iría a la suya; si en la iglesia se encontraba con la sorpresa
de una novia ochentona, con lo recto que era, igual le armaba allí mismo un mitin.
Bueno; ¿por qué no iba a decírselo? Al fin y al cabo, don Manuel no iba a darle un
piso porque no se casara con doña Martina; recordó Rodolfo la observación que
un mes atrás había hecho Petrita, con mucho sentido común.
En el reloj del superfosfato iban a dar las siete. Rodolfo esperó con bastante
tranquilidad a que se oyera la silla de Ochoa. Se oyó, y don Manuel, con su asombro
de siempre, miró al causante del ruido. Rodolfo tragó saliva y comenzó a hacer
como que ordenaba sus papeles.
—Buenas tardes, señores —se despidió Ochoa.
Se oyó el movimiento de los demás, y don Manuel, ya en pleno ataque de asma,
se levantó de su silla, mirando a su alrededor enfadadísimo. Se dirigió a Rodolfo:
—¿Qué hace? ¡Váyase, váyase! ¿No ve que son las siete?
Rodolfo abandonó su silla y se acercó a la mesa del jefe:
—Don Manuel…
—¿Qué ocurre?
—Digo que… me voy a casar y…
—¿Cómo? ¿Que se va a casar?
—Sí… El lunes que viene… Y quería decírselo a usted para…, bueno, con el
fin de que disponga lo necesario para que…, para que yo tome el permiso…
Don Manuel se agitó más entre las garras del asma:
—Bien, bien… Veamos… Dice usted que el lunes próximo… Bueno; de
acuerdo. Le felicito, Gómez. ¿En qué iglesia?…
Rodolfo se restregó las manos:
—Bueno; verá usted. No es una boda normal, ¿sabe? Por esto no hemos hecho
invitaciones ni nada de eso…
Don Manuel le miró perplejo:
—¿Cómo, cómo dice?
—Es un poco complicado… Yo tengo novia formal hace mucho tiempo, y,
desgraciadamente…
Don Manuel se alarmó:
—¡Ah, un desliz!… ¡Un desliz! ¡Parece mentira, Gómez!
—No; no se trata de lo que usted supone. Lo que pasa es que como no
encontrábamos piso, pues la patrona de mi pensión, que es muy anciana…
Y Rodolfo relató a su jefe, puntualmente, todos los extremos del caso. El jefe
le escuchaba sorprendidísimo; el bigote le temblaba, movido por el asma. Había
cogido entre sus manos una regla de celuloide y la doblaba, nervioso, sin darse
cuenta de que la iba a partir de un momento a otro: la partió cuando Rodolfo dió
por terminada su información:
—… y por eso, pues, se lo advierto, por si usted cree conveniente no ir a la
boda.
La regla hizo ¡clac!, y don Manuel la arrojó al suelo, frenético:
—¡Váyase, váyase de aquí! ¡Monstruo! ¡Monstruo!
Rodolfo quiso defenderse, pero don Manuel no se lo permitió:
—¡Fuera! ¡Qué inmoralidad, qué desvergüenza! ¡Fuera, fuera!
Y Rodolfo se fue.
***
Al día siguiente, sin embargo, don Manuel llamó a Rodolfo:
—Gómez, ayer estuve francamente mal. No me di cuenta de lo que decía:
estaba obcecado. Comentando el hecho con mi señora, he comprendido después
que no tengo por qué reprocharle nada. La vida está muy dura, y hay que luchar
por ella. El problema de la vivienda es el problema de la vivienda; tiene usted
concedido el permiso, y yo iré a la ceremonia. Perdóneme, Gómez.
VIII
La pequeña comitiva partió del domicilio de la novia y del novio en un coche
alquilado al efecto, al cual fue necesario quitar los lacitos y las guirnaldas que la
Empresa le había colocado en el parabrisas, en las ventanillas, en las manivelas
de las puertas. Iban en el automóvil Rodolfo, vestido de azul marino y de estreno;
doña Martina, empaquetada en un traje negro, también nuevo, y llevando entre las
manos su ramo de azahar, al cual no había querido renunciar ni a la de tres; don
Dimas Carbayo, que al final había accedido a ser el padrino, y doña Consolación,
que haría de madrina.
Doña Martina estaba alegre y acaso un tanto emocionada. Al arrancar el coche
se había puesto a hablar, y ya no lo había dejado:
—¡Ay Señor, con lo que a mí me hubiera ilusionado esto hace cincuenta años!
Bueno; no crean que si no me casé fue por falta de novios. Así, así los tuve —
arracimó sus dedos expresivamente—. Pero estaba mi pobre hermana, que Dios
la tenga en su gloria, y, claro, ¿cómo iba a casarme y a dejarla sola? Pero ya ven
ustedes lo que son las cosas… ¡Quién me iba a decir a mí que a estas alturas…!
Y no con un viejecito lleno de toses y de flemas, no. Porque las cosas como son:
Rodolfo es un tipazo y un hombre cabal. ¿Verdad, doña Consolación? ¡Ah!, yo, de
no tratarse de don Rodolfo, ni hablar. Ya se me ha escapado otra vez; no consigo
acostumbrarme a quitarle, por lo menos, el don… Y ¿saben ustedes una cosa? A
él le pasa lo mismo. ¿Verdad, Rodolfo? Es natural; ya saben ustedes que no se
trata precisamente de unos niños sin sentido. Y, sin embargo, yo creo que tengo un
poco de ilusión. Esta mañana, mientras me vestía, el corazón se me ha alborotado.
Soy una tonta, ya lo sé; pero ¿qué le voy a hacer? Yo, de espíritu, siempre he sido
una chiquilla…
Rodolfo, hundido en el asiento, empezaba a sentirse desgraciado otra vez.
Porque todo su aplomo y todas las justificaciones que hasta entonces le habían
sostenido desaparecían ante la inminencia de la boda. ¡Qué papel! ¿Habría mucha
gente? Quizá no; eran las ocho de la mañana —había conseguido adelantar la
ceremonia una hora—, y todo el mundo estaría en la cama o trabajando, claro. Pero,
a pesar de todo, alguien estaría allí, esperando, aguardando su llegada para correrse
a su costa la gran juerga. ¿Gritarían «Vivan los novios»? Todo podía suceder; la
gente era mala, eso por descontado, y no se iba a perder una ocasión como aquélla.
Claro que sería poco rato. Miró a Carbayo, que iba sentado en un transportín;
recordaba lo que había dicho el que iba a ser su padrino: aquello de la cencerrada.
Rodolfo las había oído en su pueblo, cuando se casaban unos viudos, y sabía que
era algo sangriento, terrible, estremecedor. En su pueblo algunas habían durado
días y días; parecía como si los vecinos se relevaran en la tarea de agitar cencerros,
de golpear tambores, de sacudir chapas, de producir aquel estruendo horroroso.
Bueno; en Madrid no sería lo mismo, se esforzó en asegurarse a sí mismo, a la vez
que se aflojaba el cuello de la camisa…
El coche frenó ante la iglesia, y Rodolfo miró por la ventanilla; cuando aún no
había visto nada, un clamor enorme le hizo dar un bote en el asiento: ante el templo,
una muchedumbre les vitoreaba, agitando los pañuelos, dando saltos mortales.
Gimió:
—¿Lo ven, lo ven?
Sí; todos lo veían. Carbayo se pasó el pañuelo por la frente:
—Yo creo que…, a lo mejor, suspendiéndolo…, aplazándolo…
Doña Consolación censuraba:
—¡Qué poca delicadeza, Señor! Parece mentira que haya gentes así…
Todos volvieron la mirada hacia doña Martina, que, estirada en el asiento,
miraba hacia afuera:
—Bueno; con esto ya contábamos, ¿no? La gente es así de mal educada…
Paciencia.
Y se dispuso a bajar.
Rodolfo tuvo que admirar el temple de aquella señora, pero no por ello se sintió
consolado. Al descender, apremió:
—¡De prisa, de prisa!
Surcaron la multitud, que les apretaba el cerco, que les dirigía frases de ánimo,
de burla, de desprecio:
—¡Mírala, mírala! ¡Si es una abuela! ¡Viva la novia!
—¡Adelante, muchachos! ¡No tembléis!
—¡Ya verás a la noche, fantasma!
—¡Cuidado, señora, no se vaya usted a caer!
—Sí; ¡que a esas edades las caídas son muy malas!
—¡Fuera, fuera!
—Vas a por el dinerito de la vieja, ¿eh?
Y otras que no son del caso transcribir.
Afortunadamente, entraron en el templo cuando una mujer desgreñada y sucia
se esforzaba en llamar la atención de la muchedumbre hacia el azahar de doña
Martina. Allí, dentro, estaba Petrita, sofocadísima, medio escondida. Y junto a ella,
Sáenz, don Manuel, doña Candelas, la portera de la casa de doña Martina y dos o
tres vecinas dispuestas a no perderse el espectáculo.
Rodolfo se fue hacia su novia:
—¡La que has armado!
Ella no tuvo el valor de defenderse; se disculpó:
—Bueno, hombre… Eso se pasa en seguida…
Sáenz se acercó a la pareja y cogió del brazo a Rodolfo:
—Oye, yo creo que debíamos llamar a algún guardia.
—¿Guardias? —preguntó Rodolfo.
—Sí, hombre. Imagínate lo que va a ser eso a la salida, que ya se habrá parado
ahí hasta el último gato.
Petrita le rechazó:
—Deje, deje… No lo asuste. Y tú, Rodolfo, no le hagas caso; total, son diez
metros hasta el coche. Anda, Rodolfo, no te preocupes. Es cosa de un momento…
Rodolfo sudaba. Miró hacia el grupo formado alrededor de doña Martina: doña
Consolación y doña Candelas, las vecinas y la portera la escuchaban, dándole la
razón a coro:
—… No lo entiendo; ni que fuera un carcamal… Además, ¿es que no saben de
qué se trata? ¡Parece mentira! Cada día hay menos vergüenza y menos dignidad.
En mis tiempos no pasaban estas cosas…
Rodolfo sintió en el entrecejo la mirada de alguien: era don Manuel, que no
le quitaba ojo. Se acercó:
—Buenos días, don Manuel… Ya ve usted…
—Buenos días. Sí; un espectáculo deplorable… ¿Quiere presentarme a…, a…,
sí, por qué no, a la novia, quiero decir?
—Sí, don Manuel, sí… Doña Martina…, Martina… Oiga, por favor; es mi jefe,
don Manuel… Y aquí, doña…, bien, Martina Rupérez.
—Mucho gusto, señora. Una encomiable acción la suya, señora. Una
encomiable acción… Pero no se ha hecho la miel para la boca del asno; ya ve usted,
ya ve usted qué gente…
—Dígamelo usted a mí, caballero… De eso estábamos hablando: no hay
derecho, no hay derecho…
Se acercó el sacristán:
—Cuando ustedes quieran…
Se encaminaron al altar de San Antonio; era el que había escogido doña
Martina. Y comenzó la ceremonia.
Rodolfo, preocupado en seguir los rumores que le llegaban de atrás, no se
enteraba de nada. Oía pasos y más pasos, y voces sofocadas, y movimiento de
bancos, y sentía en la nuca las miradas de millones de personas. Debían de estar
entrando por docenas, amontonándose por todas partes, taponando la salida. ¡Qué
situación! Y ella, la doña Martina del demonio, tan seria, tan bien dispuesta a pasar
por todo con tal de que salieran de allí, si salían, convertidos en marido y mujer.
Rodolfo recordó las preocupaciones que en los últimos días les habían asaltado
tanto a Petrita como a él: la vieja, a cada paso, salía con un nuevo capricho que no
se podía transformar en nada bueno. Y menos mal que la habían disuadido de hacer
un viaje de luna de miel, porque estaba empeñada en ello. «No se trata de una luna
de miel precisamente —había dicho—, sino de un viaje, de unas vacacioncitas,
aprovechando la ocasión. Hasta ahora no he salido de casa, por miedo, claro.
Imagínense ustedes: le pasa a una algo por el camino, sola y sin arrimo de nadie…
Pero ahora es distinto: Rodolfo vendría conmigo». Habían logrado quitarle de la
cabeza la peregrina idea, pero había quedado flotando en el aire la incógnita.
¿Pretendería aquella señora ir de veraneo, o algo parecido, con él? Petrita estaba
muy segura de dominarla, pero Rodolfo no lo veía tan fácil. Claro que Petrita había
hecho bien disuadiéndolo de que aclararan, antes de nada, las intenciones de doña
Martina: «No; ahora hay que dejarla. Si empezamos a ponerle peros, igual dice que
no se casa. Luego, luego me las arreglaré yo con ella», había dicho Petrita. Pues
bien: ya se estaba celebrando la boda, y, sin embargo, Rodolfo seguía temiendo
que quien se arreglara con ellos fuera doña Martina. Aquella vieja era una plaga, y
cada vez estaba más convencido de que, interviniendo ella, nada saldría bien. No
se moriría nunca, amontonaría años y años sobre su pellejo, les sobreviviría. Y,
por si el panorama fuera poco esperanzador, allí, detrás, la multitud rugía. Rodolfo
se secó el sudor con el dorso de la manga disimuladamente. Pero doña Martina le
vió, y su cabeza se movió en un ademán de reprensión, a la vez que le indicaba
que se levantara.
Había llegado el momento terrible. Rodolfo pensó en decir «no» y echar a
correr. Pero ¿qué adelantaba? El mal rato ya lo estaba pasando, y lo pasaría aún
peor si no decía que sí. Se levantó y oyó el arrastrar de pies que se acercaban aún
más, los pies de gentes que no querían perderse aquel momento culminante…
Dijo «sí» y puso un anillo en un dedo de doña Martina, y repitió lo que tenía
que repetir e hizo lo que no tenía más remedio que hacer.
***
Terminada la ceremonia, vino algo peor.
Doña Consolación, doña Candelas, las vecinas, la portera, mujeres
desconocidas, se abalanzaron sobre doña Martina e hicieron fila para besarla. En
cuanto a Rodolfo, durante diez minutos no hizo otra cosa que estrechar manos,
recibir palmadas, decir gracias… Gracias a don Manuel, a Sáenz, a los otros
compañeros de la oficina, que ya estaban allí, rojos por el esfuerzo que estaban
haciendo para no estallar en carcajadas; gracias a Carbayo, que había salido de su
pasividad y se había puesto a hablar por los codos; gracias a toda aquella caterva
de miserables que se le aproximaban para disfrutar, para gozar de su amargura.
La salida se hizo muy difícil: la gente obstaculizaba las puertas. Pero detrás de
las puertas aún había algo peor todavía: la plebe, la gentuza… Gritando, cantando,
saltando, riendo, empujando…
—¡Vivan los novios!
—¡Vivan, vivan, vivan!
—¡Viva la novia!
—¡Viva!
—¡A la noche será lo bueno!
—¡Olé los tíos machos!
—¡Olé!
—¡Cuidado, joven, a ver si la rompe usted!
Rodolfo sufría, Rodolfo luchaba, Rodolfo quería morirse. Toda la ordinariez
estaba allí; toda la bazofia del mundo, entretenida en mancharlo con sus bromas
y con sus sañudos ataques.
Un fotógrafo dijo:
—¡Déjenme trabajar! ¡Fuera, fuera!
Y las gentes hicieron corro alrededor de los novios y de los padrinos. Rodolfo
se sintió desnudo, avergonzado. Quiso aprovechar aquel claro para llegar al coche,
pero unos brazos le sujetaron, implacables:
—¡Si es para recuerdo, hombre!
Buscó con la mirada a Petrita: Petrita había desaparecido. ¡Infame! Después
de haberle embarcado en aquello ahora escurría el bulto.
El fotógrafo disparó, por fin. Y la masa se arremolinó en torno a los recién
casados; las mujeres arrebataron a doña Martina el azahar.
Rodolfo buscaba el coche con la mirada por encima de las cabezas de la
multitud. De pronto se puso a su lado un tipo con una trompeta, un sujeto que se
ganaba la vida acudiendo a las bodas y amenazando con interpretar una pieza. Se
llevó el instrumento a la boca, sopló y el aire se llenó con los compases de La casita
de papel, que era lo que tocaba siempre. Y la gente, unánime, empezó a cantar:
Encima las montañas tengo un nido…
que nadie, emmm…, emm…, como él…
Allí podrás saber lo que es el cielo…
viviendo en mi casita de papel…
El coche arrancó, pero diez minutos después todavía resonaba en el cráneo de
Rodolfo aquel calderón interminable:
De papeeeeeeeeeeeeeeel…
La gente tenía razón: de papel.
SEGUNDA PARTE
I
Rodolfo paseaba por la calle de Arturo Soria. Llevaba entre las manos un envoltorio
que recordaba a los de las pastelerías, y procurando no aplastarlo, iba y venía desde
«El Cortijo» a «Samba», los dos cabarets que, medio escondidos entre las ya
amarillas hojas de los árboles, esperaban silenciosos la llegada de la noche. Un
vientecillo fresco alborotaba el canoso cabello de Rodolfo y, por oleadas, le llevaba
hasta los oídos la música de los discos que allí abajo, en «La Casuca», sonaban
sin descanso. Hasta sus toldos llegaban los chalecitos que salpicaban las tierras
de labor, y detrás, casi aplastándolos, comenzaban a elevarse los enormes bloques
industriales y residenciales que, como avanzadas de la ciudad, se adentraban en
aquel campo destinado a desaparecer. Al fondo, dorado por la luz del atardecer
otoñal, Madrid extendía su silueta interminable coronada por oscuras manchas de
humo.
¿Por dónde llegaría Petrita?
No lo sabía, y por eso paseaba vigilando la parada del autobús 9 y los
andurriales que tenía que atravesar si venía en el tranvía 40.
Se acababa el otoño, pero la tarde era suave y templada. ¿Qué harían cuando
empezara a llover, a hacer frío? Ya no podrían sentarse en aquellos merenderos
abiertos al aire libre, en los cuales podían reunirse sin temor a que nadie les fuera
a descubrir y a ponerlo en conocimiento de Martina. Bueno; ya encontrarían otra
solución. ¿Qué habían hecho el invierno anterior? Sí; verse en el cine Quevedo.
Volverían a hacerlo; lo importante era impedirle a la vieja que tuviera motivos para
amenazarles con pedir la anulación del matrimonio. «Yo, como el matrimonio está
sin consumar, y lo puedo demostrar aunque haya rufianes que piensen otra cosa,
pido la anulación y me quedo tan tranquila». Sonrió con tristeza Rodolfo al recordar
aquella frase de Martina, repetida tantísimas veces, siempre que se levantaba de
mal genio, siempre que se enteraba de que él y Petrita se habían visto en la calle,
siempre que necesitaba esgrimir un argumento para imponer su voluntad. Buena
la habían hecho con aquella boda…
Se detuvo, entornando los ojos y mirando hacia abajo: parecía Petrita. Sí, era
Petrita, que remontaba la pendiente escasamente cubierta por aquellos raquíticos
pinos. Rodolfo fue a su encuentro, en alto el paquete que dificultaba sus
movimientos, sorteando las ovejas que trataban de pacer en los hierbajos:
—¡Hola!…
Ella llegaba sudorosa, cansada:
—¡Maldito tranvía! Venía hasta los topes… Y, para colmo, un hombre se ha
debido de matar… Iba colgado, y en López de Hoyos se ha estampado contra un
poste… Vengo mala…
—¡Vaya por Dios! —comentó Rodolfo, fastidiado.
La música de «La Casuca» les llegó clara y potente:
«La Pinta… La Niña… Y la Santa María…».
Rodolfo, mientras Petrita sacudía sus zapatos para quitar de ellos las piedrecitas
que se habían colado dentro en su breve caminar por el campo, tuvo una idea: ¿por
qué no entraban en la cafetería aquella? Se podía bailar, y no era un sitio demasiado
caro, porque recordaba haber ido alguna vez a merendar allí, hacía muchos años,
desde luego. ¿Habrían subido mucho los precios? Bueno; un día era un día.
Además, si Martina no sospechaba en qué se había gastado el dinero, ni siquiera
le diría nada.
—Oye, Petrita…
Ella levantó la cabeza, apoyándose al mismo tiempo en él para calzarse. ¡Qué
vieja estaba, Señor! Tenía el pelo lleno de canas, y bajo los ojos, unas bolsas
violáceas. Y arrugas, demasiadas arrugas: en el rostro, en el cuello, incluso allí,
en el nacimiento del pecho, que Rodolfo podía ver al despegarse el escote de la
carne. Pobre Petrita…
—¿Quieres que merendemos ahí, en «La Casuca»?
Ella, ya erguida, le miró con un leve asomo de sorpresa:
—¿Por qué?
—¿Lo ves? Ni te acuerdas… Ayer fué mi cumpleaños.
Una oveja acercó su húmedo morro a las piernas de Rodolfo, y éste le sacudió
un puntapié.
—Cuarenta y tres, ¿verdad?
—Sí, Petrita. Cuarenta y tres.
Ella volvió a descalzarse; murmuró:
—No sé si decirte que muchas felicidades o si darte el pésame, Rodolfo.
Él trató de animarla:
—Bueno; tampoco es para ponerse así… Anda, vamos ahí dentro. Luego
refrescará y en el merendero no se podrá estar. Además, hay que celebrarlo.
La cogió del brazo y la obligó a andar. Ella preguntó:
—¿Qué traes? ¿Qué es eso?
—Un pedazo de tarta; ella la hizo ayer. Pude guardar esto para ti…
Petrita miró al envoltorio con desprecio:
—Me sentará mal, seguro.
—¡Bah!, no seas tonta. Está muy buena. Mira: es mejor que te la comas antes
de entrar; a lo mejor les parece mal que se lleven cosas de fuera…
Deshizo el paquete y puso en las manos de Petrita un gran triángulo de bizcocho
y mantequilla. Cuando se metió en la boca el primer pedazo, ella dijo:
—Se ha enamorado de ti, no hay más que verlo. Y eso es lo que nos ha amolado.
Se comió la tarta apresuradamente, pues ya llegaban a las puertas de la
cafetería. La música, ahora, se oía perfectamente. Una voz de mujer cantaba:
No olvidaré jamás
el beso aquel que te di…
Petrita ya había terminado de comer, y Rodolfo le dio su pañuelo para que se
limpiara. Entraron y dudaron antes de seguir avanzando: a la izquierda se oía jugar
a los bolos; a la derecha, bajo los árboles rumorosos y dorados, se extendían sillas
y mesas rodeando una pista desierta. Había poca gente: cuatro o cinco parejas de
gente jovencísima, todas muy amarteladas. Petrita comentó:
—Me parece que no vamos a hacer juego con ellos, Rodolfo…
Él se encogió de hombros y la llevó hasta una mesa arrinconada:
—Anda, siéntate aquí.
Una camarera les ofreció la carta. Rodolfo pidió sandwichs de jamón y cerveza
para los dos.
—Oye, Rodolfo: estuvimos aquí una vez, ¿verdad?
—Sí; con otros que no me acuerdo quiénes eran.
Petrita se entristeció:
—¡Cómo pasa el tiempo! Va a hacer seis años que…
—Sí; en mayo, Petrita. Yo te lo dije, pero tú no me hiciste caso. Y ahora…
—Y ¿qué íbamos a hacer, Rodolfo? Pero ¡cuándo se morirá, Dios mío! A ver
si este invierno…
Rodolfo movió la cabeza, desalentado:
—No, Petrita; no confíes. Lo mismo dijimos el año pasado, y el anterior, y el
otro… Y así hasta cinco.
Petrita tuvo que reconocer que era verdad:
—Sí… «Como un pajarito se va a quedar», decíamos cuando tuvo la bronquitis.
¡Como un pajarito! ¡Si es una tortuga, Virgen Santa! ¿Por qué no le dará una
congestión cerebral o algo así?
Rodolfo se alarmó:
—No, no; eso, no. Que igual se queda paralítica y me hace llevarla en la silla
de ruedas. ¡Qué perra ha cogido con eso, madre mía! Yo creo que hasta le gustaría
quedarse baldada para que tuviera que llevarla por ahí como si fuera un organillo…
La camarera dejó sobre la mesa el servicio. Petrita atacó con ganas su plato.
Habló con la boca llena:
—¿Te acuerdas? Antes tenía miedo de engordar… Pero ahora, como ya me da
igual… No se va a morir nunca. ¿Para qué me voy a sacrificar?
Comieron en silencio, escuchando los discos. Luego Rodolfo preguntó a
Petrita:
—¿Y tu hermana? ¿Ha vuelto a gruñir?
—No; ahora está tranquila. Lo malo empezará cuando avance su embarazo;
entonces es cuando no hay quien la aguante. Yo no sé cuándo va a dejar de tener
niños… ¡Nueve y lo que venga! En cambio, nosotros… Cuando ella se muera ya
no podré tener hijos, ya lo verás.
Dejó el tenedor en el plato. Su frente se había ensombrecido. Durante un rato
no dijo nada, mirando con ojos tristes hacia las dos parejas que bailaban en la
pista, arrancándose con los dientes los pellejitos que se le despegaban de los labios.
Cuando el disco terminó, confesó:
—Hicimos mal, Rodolfo. Tienes tú razón.
—Ahora te das cuenta, cuando ya no tiene remedio. Anda, anda, termina eso y
no pienses más. Al fin y al cabo, algún día se morirá. Más motivos tengo yo para
quejarme; mira en lo que he terminado: en una criada de servir. No hay manera de
resistirse, ¡maldita sea su estampa!, cuando empieza con que le duele la pierna y
con que yo, que soy tan bueno, tengo que hacer la colada si no quiero que pida la
anulación del matrimonio. Y como yo te tengo a ti más miedo que a ella, porque
ésa es la verdad, pues ahí me tienes, tendiendo sus bragas…
Petrita le cogió una mano, casi en un gesto de caricia, y le miró a los ojos,
compadeciéndolo, identificándose con él.
La música sonaba, dulce, sentimental, peligrosa. Rodolfo le quitó a Petrita las
legañitas y volvió a pensar en lo que había cambiado aquella mujer: todo lo que
antes era en ella dureza, afán de dominio, aplomo y seguridad en sí misma, ahora se
había transformado en una tristeza melancólica; Martina, con su tenaz y solapada
suavidad, la había vencido. A ella como a él… ¡Buen par de desgraciados estaban
hechos los dos! Porque él tampoco era manco; si Petrita había llegado a resignarse
porque aquella esperanza de llegar a ocupar el piso origen de sus malandanzas
seguía viva en su corazón, él estaba en el mismo caso, pero por distintos y más
vergonzosos motivos… ¿Para qué ocultarse que si lavaba la ropa, que si bañaba
la pierna de la vieja, que si la aguantaba manso y paciente era porque también
encontraba sus compensaciones? La vieja chocha debía de sentir por él algo
parecido a lo que sospechaba Petrita, y no sólo le había redimido de las albóndigas,
que ahora se habían quedado para Carbayo, sino que le hacía trajes, le compraba
camisas, le daba dinero para que lo gastara en la calle. «Un hombre debe salir de
su casa como un señor, como un caballero, y no le debe faltar nunca un duro en el
bolsillo». Así razonaba Martina, muy seria.
No quiso sentirse miserable una vez más, y espantó sus pensamientos:
—¿Quieres que echemos un baile? —preguntó a Petrita, que seguía mirándole.
Ya había anochecido; sobre la pista, mucho más animada, brillaban entre las
hojas de los árboles unas débiles bombillas.
—Igual se me ha olvidado ya… —temió, sarcástica, Petrita.
Se enlazaron en el borde de la alisada placa de cemento y comenzaron a bailar
sin ganas.
Los altavoces derramaban sobre la pista una melodía de ritmo muy lento, una
de esas músicas escritas para que todos aquellos que tienen entre las sienes aunque
sólo sea una pizca de ingenuidad sin estrenar, crean, mecidos por las falaces notas,
que el amor es una aventura maravillosa y eterna, y que no importa nada que no sea
sentir el acuciante e irrefrenable y delicioso anhelo de fundirse con determinada
persona de distinto sexo, de intercambiar con ella la temperatura, el aliento, la vida
misma; que todo lo que no sea amar son ganas de perder el tiempo, lo mismo si
se trata de hacerse perito agrónomo que de conseguir el título de farmacéutica;
exactamente igual, si se piensa en lo caro que está todo, que si se reflexiona un
poco sobre el egoísmo de las potencias extranjeras…
Las parejas que bailaban alrededor de Petrita y Rodolfo parecían tener todas
sus correspondientes porciones de ingenuidad fresca, virginal, y algunas debían
ser potentadas en tal elemento enloquecedor; pero Petrita y Rodolfo, en lo relativo
a ingenuidad, estaban en la mayor miseria.
Ella, Petrita, intuía de alguna manera todo esto, pues, mirando a los jóvenes
bailarines por encima del hombro de Rodolfo, envidiaba ferozmente a aquellas
muchachas de limpio cutis, de ojos brillantes y gráciles movimientos, capaces de
bailar sonriendo gloriosamente, con las caras apretadas contra las de sus parejas,
respirando anhelantes y dichosas. Al lado de aquellas criaturas se sentía mucho
más vieja, mucho más terminada, mucho más perdida irremediablemente en su
existencia oscura, agria, carente de ilusiones. Y al mismo tiempo, junto a la envidia
y a la amargura, había en su ánimo algo muy parecido a la compasión, porque
necesitaba creer que muchas de aquellas chicas correrían su misma o parecida
suerte… Comenzó a llorar, sin sollozos, por ella y por las otras, por todas las
mujeres que venían al mundo para irse amustiando sin remedio. Escondió la cabeza
en el hombro de Rodolfo, y él supuso que el gesto era un alarde de cariño. Él
también había mirado a aquellos casi adolescentes, bien vestidos, llenos de salud y
de vida, afortunados poseedores de unas muchachas acabadas de llegar al mundo.
Y había envidiado su suerte, comparando los talles, los cuerpos de sus enamoradas
con la masa de manteca que él llevaba entre los brazos; Petrita había perdido la
cintura hacía ya demasiado tiempo, y la grasa prolongaba sus senos por debajo
de los brazos hasta la espalda. Sí; tenía suerte aquel atajo de imbéciles, había
reconocido. Allí estaban, encantados de la vida y convencidos de que todo era
Jauja, bailando muy apretaditos, repartiendo besitos sobre los poros de las mejillas,
¡y qué mejillas!, de sus chicas. Y, además, seguro que tenían dinero. Dinero y…
Entonces advirtió que Petrita lloraba; ella había sollozado, incapaz de seguir
soltando sus lágrimas quedamente. La obligó a levantar la mirada:
—¿Qué te pasa?
—Nada, Rodolfo; nada.
—¿Quieres que nos vayamos?
—No, no…
Los sollozos la sacudieron, y Rodolfo la sacó de la pista:
—Anda, siéntate, que voy a pagar, y nos vamos.
Salieron a la carretera y se detuvieron apartados de la parada del tranvía.
Rodolfo masculló:
—Para un día que está uno un poco animado…
Ella, hipando, se defendió:
—Y ¿qué quieres que haga? Tengo que llorar. Y no ahora, sino a cada paso…
¡Si supieras lo que son mis noches!
Áspero, él convino:
—Sí, sí; ya lo sé… Me lo has dicho mil veces.
Petrita continuó:
—¿Cómo no voy a llorar? Tú no te das cuenta de…
Él se echó las manos a la cabeza:
—¿Que no me doy cuenta? Bueno; entonces, ¿yo qué soy? ¡Que no me doy
cuenta! ¿Tú crees que a mí me gusta vivir así escondiéndonos, soportando los
caprichos y las manías de ella?
El tranvía llegó. Subieron y ocuparon dos asientos libres en la fila de los
unipersonales, él detrás de ella. Cuando se pusieron en marcha, Rodolfo, irritado,
pensó que a veces se encontraba mejor en su casa que fuera de ella.
II
Al día siguiente, después de haber acompañado a su esposa en la misa dominical,
Rodolfo se había ido a casa a hacer la colada, mientras la anciana se había quedado
de cháchara un ratito con las nuevas amigas que, muertas doña Consolación y doña
Candelas, se había buscado para hablar de sus cosas.
Mientras Rodolfo lavaba, Carbayo reparaba un braguero:
—Hay que ver la fuerza que tienen las hernias… Mire usted, mire usted qué
destrozos. Y como lo vendí garantizado, pues ahora aquí está Dimas teniendo que
arreglarlo.
Carbayo ya se había habituado al espectáculo que ofrecía Rodolfo en su papel
de ama de casa, y ya ni siquiera se extrañaba de verlo frotando la ropa, tendiéndola,
barriendo o sacando la cera en el comedor.
—No le deseo a nadie una hernia —siguió—: es una cosa mala; yo, nada más
de pensarlo, me pongo malo. Además, que le dobla a uno. Ya ve usted, una cosita
que parece que no tiene importancia…
Rodolfo le oía sin prestarle atención, ocupadísimo en quitar de los puños de
sus camisas la suciedad; doña Martina no sólo había conseguido convencerlo de
que debía lavar él, sino que, después de terminada la faena, pasaba revista a las
prendas, y si alguna no estaba todo lo «esclarecida» —así decía ella— que debía
estar, le obligaba a lavarla de nuevo. Carbayo continuó con su monólogo:
—Y, ya que hablamos de hernias, ¿sabe usted lo que he puesto en la quiniela
de hoy? ¡Le he dado perdedor al Madrid, que es un equipo de herniados! Mucho
estadio, mucho superfenómeno y mucho cuento, y luego no saben buscar el gol.
¡Si usted hubiera visto el futbol de antes! Aquello era jugar: cada jugador se partía
el pecho por ganar, sin exigir dinero, sin darse importancia y sin preocuparse de
las lesiones. Ahora todo ha cambiado, Gómez. Y ¿sabe usted por qué? Porque no
hay afición.
El cuello de las camisas era lo más difícil de lavar; era inverosímil la capacidad
de penetración del sudor y de la grasa. Rodolfo frotaba y refrotaba, y nada. ¿Cómo
demonios se las arreglaría doña Martina, cuando lavaba, para dejarlos blancos? ¿O
le engañaba? Le hubiera gustado recordar cómo le entregaba las camisas.
—… un dos; al Atlético, un dos. Esos, esos vascos sí que saben lo que es el
futbol. Todos de Bilbao; ni uno de fuera. Y ahí los tiene usted, siempre arriba.
Y cuanto más difícil es el partido, más se crecen. ¡Maldito braguero! ¿Quién me
metería a mí a garantizarlo? Además, estoy haciendo una chapuza, y se va a notar
mucho el arreglo. ¿No tiene usted una lezna, Gómez?
Bueno; ya había salido la basura, menos mal. Ahora tenía que empezar con
la ropa de doña Martina. Que tampoco era menudo el lío; con aquello de que era
muy delicada, doña Martina se enfadaba horrores si observaba en ella el menor
desgarrón. Y, nada, que no había manera de convencer a la vieja de que llamara a
una asistenta: «No, hijo, no. Mejor es ahorrar. ¿No te das cuenta de que al final va
a ser todo para ti? Además, las asistentas roban todo lo que pueden; nos dejaban
desmantelado el piso en dos días».
—Gómez ¿qué le pasa?
—¿Eh?
—Que si tiene usted una lezna…
—No… Creo que no.
—Vaya, hombre…
Y entonces sucedió lo inesperado, lo que nadie podía suponer; llamaron
aporreando a la puerta:
—¡Don Rodolfo, don Rodolfo!…
—Voy, ya voy… ¿Quiere usted abrir, Carbayo? Tengo las manos mojadas…
—Sí; ya voy.
Abrió; un sujeto esperaba acompañado por la portera:
—¿No está don Rodolfo? ¡Ay don Dimas, qué desgracia!
—Pero…
—¿Qué pasa? —salió Rodolfo. El desconocido informó:
—Doña Martina Rupérez vive aquí, ¿no?
—Sí…
—¿El marido no está?
—Soy yo…
El desconocido manifestó cierta sorpresa:
—¿Usted? Bueno, bueno… Pues la tiene usted con una pierna rota… En la
Clínica de la Asunción… El fémur…
***
Apenas le enyesaron el miembro fracturado, que era precisamente el que
llevaba siempre envuelto en las toallas, la trasladaron a su domicilio. La
acompañaba Rodolfo, que no se había separado de su lado, y que tenía que hacer
auténticos esfuerzos para no lanzarse a gritar todo el júbilo que le colmaba el pecho.
Porque el médico le había dicho:
—Es grave; a su edad, estas fracturas tienen siempre un final funesto. Vaya
usted haciéndose a la idea, señor…
¿Que se fuera haciendo a la idea? ¡Ya estaba hecho! ¡Por fin, Señor! Y, por si
era poca esta alegría, la otra: ¡ya no tenía que preparar el cocimiento! ¡El yeso le
había redimido de la penosa servidumbre!
Como doña Martina, después de quedar depositada en su cama, siguió sumida
en aquella especie de desmayo del que todavía no se había recobrado, Rodolfo pudo
avisar personalmente a Petrita. Ésta emocionada, se empeñó en ir a la casa, a aquel
piso que, de repente y cuando menos lo esperaba, empezaba a querer ser suyo, «su
pisito». Encantado de la vida —aquel domingo todo le salía bien—, Rodolfo le
encargó que terminara de lavar la ropa.
Cuando la anciana volvió en sí, alrededor de su cama estaban Rodolfo, Carbayo
y Petrita. Carbayo decía en aquel momento:
—… yo espero que tengan ustedes un poco de consideración; voy a empezar
a buscar desde mañana mismo, pero ya saben que esto no es fácil.
Petrita, que fue la que advirtió los síntomas de vida que daba la vieja, le hizo
callar:
—¡Chist!…
Doña Martina gimió:
—¡Ay…, ay!… ¿Dónde estoy? ¿Qué me ha pasado?
—Soy yo, doña Martina… Soy yo, Martina… —se le acercó Rodolfo.
—Rodolfo, Rodolfo… ¿Qué me ha pasado?
—Nada, nada… Tranquilidad… Ha tenido usted un accidente.
—¿Accidente? ¿Yo?
Empezó a recordar. Los ojos, hundidos en las cuencas, se le asustaron:
—Sí… Sí… La bicicleta… La bicicleta… ¿Qué me ha pasado?
—Nada; no tiene importancia… Dos días en la cama, y ya está.
La vieja calló, concentrándose, intentando descubrir si tenía alguna lesión.
Metió las manos bajo la ropa y, tras unos tanteos, llegó a la escayola:
—¿Qué es esto? ¿Qué es esto?
—Es para que se cure antes… Usted, tranquila.
Se acercó Carbayo, casi solícito:
—¿Qué tal va eso, doña Martina? Nada; un susto y nada más que un susto,
¿verdad?
—¿Me…, me… he roto la pierna?
Rodolfo continuó, piadoso:
—Sí; pero sólo un poco. Ha dicho el medico que es cuestión de días. ¡Hala, a
tranquilizarse, a tranquilizarse! ¿Quiere algo?
La anciana le miró llena de terror:
—¡Mi…, mi pierna! ¡Me moriré!
Intervino Petrita:
—No hable usted de eso, señora. No tiene ninguna gravedad.
La vieja pareció reanimarse:
—¿Qué hace, qué hace aquí? ¡Sí, sí me voy a morir! Y usted, Rodolfo, ¡me la
mete en casa! ¡Ay, qué desgraciada soy! ¡Qué pensará la gente, Dios mío!
¡Salvajes! ¡No tengan tanta prisa, salvajes! ¡Un médico, que venga un médico!
¡Que venga don Alfredo!
Rodolfo retiró a Petrita de la cabecera:
—Pero no se ponga así, Martina… Ya le han escayolado, y no hay nada que
temer. Ahora bien: si quiere que venga don Alfredo, se le avisa a don Alfredo.
Petrita, ve a buscarle… Es en…
Y no pudo darle la dirección, aquella dirección a la que tantas veces en los
cinco años había llevado a doña Martina. Porque la anciana, excitadísima, chilló:
—No; ella, no… ¡Ella, no, que llamará al sepulturero! ¡Que se vaya de esta
casa, que se vaya!
Salieron los dos, Rodolfo y Petrita.
En la escalera, ésta se apresuró a decir, malhumorada:
—Me parece a mí que tiene cuerda para rato…
—Pues el médico no se ha andado por las ramas: ha dicho que es casi inevitable.
—Dios lo quiera, porque como siga viva y me dé otro día un desplante como
el de hace un momento, le rompo la cabeza. Di que una tiene su conciencia, que si
no, sin mirar que estaba moribunda, se acuerda de mí la tía cochina…
***
Don Alfredo reconoció a la accidentada escrupulosamente; por primera vez,
aquel santo varón, más paciente que Job, encontraba en doña Martina motivos
suficientes para examinarla.
Cuando terminó, ella le exigió:
—Dígame, dígame, doctor: ¿cómo estoy?
El médico, prudente, le mintió:
—No se preocupe; la fractura ha sido reducida, y por lo demás, no hay cuidado.
A descansar, a comer y a entretenerse con cualquier cosa, sin pensar en tonterías.
Luego, en el comedor, se había mostrado muy pesimista ante Rodolfo y
Carbayo:
—No me gusta, no me gusta… A los viejos no se les debía atropellar; ni con
bicicletas ni con otro ningún vehículo. Porque apenas hay fractura, están perdidos
la mayor parte de las veces. Y ésta es de fémur, lo cual complica la cosa; y, por
otra parte, doña Martina no tiene reservas. En cuanto la vean ustedes mal, llamen
al confesor.
Al marcharse el médico, Carbayo invitó a Rodolfo:
—Vamos a tomar una copa; tiene usted que celebrarlo, Gómez:
Pero ya sonaba la vocecita de la anciana:
—Rodolfo…, Rodolfo…, ¿qué hace?
—No puedo dejarla sola, Carbayo; es un caso de conciencia.
Y se dirigió al dormitorio:
—Ya voy, ya voy… Estaba despidiendo al médico… ¿Qué quiere?
—Teodoro, que venga Teodoro…
Rodolfo lo buscó por toda la casa y lo encontró tumbado en la carbonera. Pudo
cazarlo, y lo llevó a la habitación:
—Aquí está…
—Déme, déme… ¡Ay Teodoro, que la amita está muy mala!… Ya no te caerás
nunca al cocimiento, rey mío… Mire, Rodolfo: a pesar de todo, ahora estoy más
tranquila. Yo tengo mucha confianza en don Alfredo, ¿sabe?
—Pues, claro; naturalmente. Ya le he dicho yo que eso no es nada…
—Sí; pero usted no es de fiar, Rodolfo, y perdone que se lo diga. Porque cuando
yo me muera, ¿eh? No es que se lo reproche, porque comprendo todo. Pero a nadie
le gusta que le rodeen los buitres. Y su novia, esa descarada, tiene mirada de buitre,
se lo digo yo. Yo creo que esa mujer no le conviene, Rodolfo. Una mujer como es
debido no hubiera entrado nunca en esta casa… Aprovechándose de mi accidente,
además…
—Pero ¿por qué, Martina? Ella quería ayudarnos…
—No, Rodolfo, no, que yo conozco el percal. Usted es distinto…
Se sentía fatigada, pero siguió hablando:
—Usted es distinto que ella, y, además, usted es mi marido. Quiero decir que
no se vive con una persona cinco años sin que se la llegue a estimar, y usted me
aprecia a mí. No hay más que ver cómo se porta y cómo tiene la casa, que da gusto
verla, y todo para que yo no trabaje…
Rodolfo trató de aparentar algo semejante a la pudorosa modestia, pero la
verdad es que tenía ganas de echarse a reír: ahora salía aquella vieja chocha con
que él era una perla. ¡Como si todo aquello lo hubiera hecho a gusto!
—¿Sabe que me da mucho miedo pensar en la muerte? Sí; ahora que estábamos
tan bien, si me muriera, sería terrible. Ya me he encariñado con usted, y me gustaría
seguir años y años como hasta ahora… Bueno; aunque yo tuviera que quedarme
para siempre en una silla de ruedas. Se lo digo de verdad, Rodolfo; no crea que es
por halagarlo… Antes de casarnos no me hubiera importado nada morirme. Nada,
lo que se dice nada. Pero ahora que le tengo a usted…
Le costaba trabajo seguir hablando, y sintió ganas de dormir:
—Bueno… Voy a ver si descanso un rato… Yo estoy tranquila; confío en usted.
Usted es un hombre bueno y comprensivo, y velará por que no me ocurra nada,
¿verdad? Ya sabe: a don Dimas, cinco albóndigas; no se deje engañar si le pide
más, que le pedirá. Y mañana, que deje el lechero dos litros…
Rodolfo se levantó de la silla, haciendo ademán de irse, y la anciana le sujetó
de la mano:
—No, Rodolfo; no me deje sola… Quédese hasta que me duerma… Yo confío
en usted; usted es bueno… Si no fuera por ella…
Y Rodolfo se quedó, anclado por la mano en aquellos cuarenta kilos de huesos
y pellejos.
La anciana había cerrado los ojos, pero los abrió para rogar:
—Rodolfo…, quíteme la dentadura…
Venciendo su repugnancia, él le sacó los dientes de la boca y los puso sobre
la mesilla. ¿Hasta cuándo, hasta cuándo iba a durar su suplicio? Sentándose, miró
a la cara pálida y hundida de la que era su mujer… La vieja respiraba con mucha
dificultad, y el aire silbaba al salir de sus pulmones. Gemía roncamente a intervalos,
inmóvil, casi imperceptible bajo la ropa de la cama. Una mosca comenzó a
evolucionar sobre su frente, y Rodolfo la espantó. Y entonces, en aquel instante,
descubrió que compadecía con toda su alma a doña Martina. Sentía que se hubiera
roto la pierna, y sentía también que fuera a morirse. Arrepentido de sus
pensamientos inmediatos a la noticia, de los brutales comentarios que había hecho
junto con Petrita y Carbayo, de su inhumana alegría, Rodolfo quiso que saliera del
trance, que un milagro la salvara y no le hiciera a él responsable de su muerte. Y se
puso a rezar, a pedirle a Dios aquel milagro, si un milagro era necesario para que
la pobre mujer siguiera viviendo. Y, en su cordial afán de redimirse a sí mismo,
de borrar sus anteriores y malignos deseos, llegó a prometer que estaba dispuesto
a pasearla en aquella silla de ruedas que tantas veces había rodado por los labios
de doña Martina.
Que se muriera cuando la Providencia lo tuviera dispuesto, pero no porque él
lo ansiara.
III
Una mañana, apenas despertó, doña Martina llamó a Rodolfo con voz débil:
—Hijo…, hijo…, acércate…
Rodolfo le estaba ahuecando el colchón, y creyó que era una llamada más entre
las innumerables con que lo martirizaba la vieja:
—¿Qué quiere ahora? —preguntó, fastidiado.
—Hijo…, hijo…, avisa a don Julio; estoy muy mala… Me muero… Me
muero…
—No empiece usted con sus pamplinas. ¡Usted qué se va a morir!
—Que sí, Rodolfo; que sí… Avisa a don Julio —Rodolfo se dió cuenta de que
estaba tuteándole—, avisa a don Julio, que quiero confesar…
Se acercó a la cabecera de la cama, ya preocupado. La anciana, pálida,
demacrada, tenía las manos frías y los ojos apagados. Rodolfo se interesó:
—Pero ¿qué le pasa? ¿Se siente mal?
—Muy mal, hijo… Anda, trae a don Julio… Tengo muchas cosas que decirle…
He estado ciega, ciega… Pero, gracias a Dios, ahora me doy cuenta… Como Don
Quijote, hijo; como Don Quijote —tuvo el valor de bromear.
Y Rodolfo, convencido ya de que la cosa iba de veras, marchó por los
sacramentos. Doña Martina los recibió con una serenidad edificante, y apenas el
sacerdote abandonó la habitación, ella entró en coma.
Después de avisar a don Alfredo, Rodolfo se acercó a la cerería para
comunicarle la buena nueva a Petrita. Y la buena nueva transformó a la mujer:
saliendo de su pasividad, de su resignación, tocando ya con las manos «su pisito»,
Petrita resucitó y volvió a ser, instantáneamente, la misma de antaño.
Abandonó la máquina y las medias, y acompañó a Rodolfo cuando éste regresó
a su casa. Entró en ella como un vendaval, hablando de proyectos, de lo que iba
a hacer y de lo que iba a deshacer, y ante la exánime anciana, amenazándola con
el puño, masculló:
—¡Ya era hora, bruja; ya era hora!
—Petrita, no seas así, mujer —le reprendió Rodolfo, escandalizado por su
brutalidad. Y apareció aquel basilisco que durante años y años había tascado el
freno, y que ahora, despojado de él, estaba desbocado:
—¿Así? ¿Cómo quieres que sea, entonces? Claro; te parece una falta de
respeto. ¡Piensa, piensa a ver si ella nos ha tenido a nosotros algún respeto! Lo que
tiene que hacer es morirse cuanto antes, que aquí ya estorba. El piso es ya mío,
¡mío! Mucho me ha costado conseguirlo, ¡demasiado!, para que ahora me dé por
ponerme tierna.
Y a renglón seguido pasó al ataque:
—El Carbayo ése, ¿cuánto paga de pensión?
—Pues creo que son veintisiete pesetas.
—¿Veintisiete? ¡Claro; así se hace el remolón! Pues de la vieja se ha podido
reír, pero de mí no; si quiere seguir aquí, diez duros. Y si no, a la calle.
Rodolfo se espantó:
—¿Diez duros?
—¡Naturalmente! A ver, a ver cómo es su habitación…
Salió al pasillo y comenzó a abrir y a cerrar puertas, a investigar en los armarios,
a contar la ropa blanca, a repasar el estado de los colchones, a fisgonear entre los
trajes de doña Martina:
—Bueno; las mantelerías están bien, pero no es para tanto. Los colchones, en
cambio, habrá que tirarlos. ¡Madre, qué podre! ¡Pues no hay que cambiar cosas
aquí! Mira: todo esto está más pasado de moda que mi abuela. Hay que comprar
muebles, sobre todo sillas. Mira, mira cómo están, con el tapizado hecho una pena,
desvencijadas. Y de su ropa no voy a poder aprovechar nada: está toda apolillada.
Bueno; alguna faldita me sacaré; ya sabes que yo para coser me doy mucha maña.
¿Y los visillos? Ahí los tienes, todos cagados de moscas. ¿No le daba vergüenza
tener la casa así?
Hablaba como si la anciana ya hubiera muerto, y Rodolfo, entre asqueado y
temeroso, asistía mudo a aquella actividad trepidante de su novia. Sí, de su novia:
ahora había vuelto a serlo.
—¡Un dineral, un dineral nos va a costar adecentar esto! Parece mentira cómo
está la casa; un pisito tan mono y tenerlo así…
Rodolfo quiso frenarla:
—Bueno; pero ¿con qué dinero vamos a…?
Ella no le dejó terminar:
—¿Con qué dinero? Y la cartilla, ¿qué? Hay que buscarla inmediatamente. ¿Tú
no sabes dónde está?
—No, Petrita; no lo sé… Además, creo que ya tendremos tiempo de
encontrarla. Estando ella ahí, da no sé qué…
Petrita dejó de fisgar en un cajón que había abierto y miró a Rodolfo
cariñosamente, con un poco de pena:
—Eres tonto, Rodolfo. No hay que ponerse como te pones tú, ¡caray! Si se va a
morir de un momento a otro, ¿para qué andarnos con bobadas? ¿No te parece que ya
le hemos hecho bastante el rendibú? Además, tendremos que pagar la clínica, y el
practicante, y el médico, y el entierro, ¿no? ¿O quieres que lo paguemos de nuestro
bolsillo? Anda, anda, vamos a buscar la cartilla, que como no la encontremos, esa
tía me va a oír, por muy gordo que sea el soponcio ese que tiene. Porque a lo mejor
resulta que ha sido tan bruja como para habernos engañado también en eso. ¡Pues
no faltaba más! ¿Y dices que no busque la cartilla? Como no la encuentre, la va
a enterrar la caridad pública, fíjate lo que te digo. Bueno; no creo que haya sido
tan zorra como para eso… Nos hace falta mucho dinero, Rodolfo; mucho. Esto es
un desastre; pero con unos arreglitos nos puede quedar una casa preciosa. A ver,
vamos a ver la cocina despacio…
Entraron, y Petrita, en su precipitación, pisó una de las cucarachas que
negreaban sobre el blanquirrojo ajedrezado del suelo:
—¿Has visto qué tía cerda? Anda, anda; para que luego digas que no es
momento de buscar la cartilla… ¡Si tenemos que traer hasta la desinfección! Y
mira, mira qué platos, todos desportillados. Mira qué cazuelas, abolladas, sin
esmalte, sucias… ¿Y la cocina? ¿Te parece que hay derecho a tener una cocina así,
con la chapa rota y llena de orín?
—Es que como guisamos en el hornillo eléctrico… —trató de justificar a la
vieja y a él mismo, Rodolfo.
—¡Qué hornillo ni qué…! ¡Bueno; más vale que no lo diga! ¡Vamos a tener
que hacer hasta obra! ¡Fíjate, fíjate qué indecencia de retrete! Y hay que pintar;
eso, desde luego. Anda, sigue diciéndome que no está bien que me preocupe ahora
de la cartilla… La tengo que encontrar, ¡por éstas! —y se besó los índices, puestos
en cruz.
Rodolfo, aunque comprendía que Petrita tenía sus razones para actuar de
aquella manera, prefirió no asistir a la expoliación; dejó a la rapaz mujer
revolviendo en el aparador que ocupaba el comedor y se refugió en la habitación
de doña Martina. Se sentó en una butaquita situada junto a la cabecera de la cama
y metió la cabeza entre las manos. Sí; lo que hacía Petrita era lógico: llevaba
demasiado tiempo esperando aquel momento, para que ahora, llegado, se le pudiera
exigir serenidad. No se podía sentir impresionada por el estado de Martina, porque
estaba enloquecida por la impresión que la certeza de su pronta muerte le había
producido. Además, que Petrita tenía más ganas de casarse que él; al fin y al cabo,
ella no se había casado nunca.
Sonrió levemente al darse cuenta de que, involuntariamente, se había gastado a
sí mismo una broma. Sí; estaba a dos pasos de ser viudo. En su pueblo, de casarse
allí con Petrita, ahora sí que le hubieran dado una buena cencerrada. Casarse otra
vez… Le sonaba extraña la frase, como si no tuviera sentido…
Entró Petrita gritando:
—¡Rodolfo, no la encuentro! ¿Dónde la habrá metido esta vieja?
Se volvió hacia la anciana, y la apostrofó:
—¿Dónde, dónde la has metido, cochina?
La sujetó Rodolfo, temiendo que abofeteara a la insensible señora:
—Deja, deja. Ya la encontraremos, mujer…
—¿Tú crees? A ver si la indecente ésta nos ha dado el timo de la estampita…
¡La mato como haya hecho eso! ¡La mato!
—Que no, Petrita; que no. Yo la he visto ir al Banco. Ya aparecerá…
Llegó don Alfredo y examinó a su paciente:
—Lo que me temía. No hay nada que hacer… Volveré a la noche, pero será
lo mismo. Le voy a inyectar ahora…
Manipuló en su cartera, preparó una jeringuilla y le inyectó a doña Martina una
ampolla de aceite alcanforado.
—Pero ¿estará mucho tiempo así?
—No se sabe… Lo mismo puede estar diez minutos que diez días. En fin,
paciencia, señores… Es la vida.
Petrita pensó que aquel médico parecía tenerle rabia. ¿A santo de qué hablaba
de vida, si lo que tenía que hacer cuanto antes era certificar la muerte?
***
A las dos llegó Carbayo a comer. El hombre, sin saber lo que Petrita le tenía
preparado, la saludó muy gentil:
—¡Dichosos los ojos, Petrita!… Qué, ¿cómo está usted? Y la vieja, ¿se muere
o no se muere?
—Esta mañana ha confesado y comulgado… Ya está con el viático, Carbayo.
Un coma, ha dicho el médico —informó Rodolfo.
—¡Vaya, hombre; menos mal! ¿Cuándo comemos?
Petrita, que había entrado en la cocina a darle vuelta a las patatas, salió decidida
a plantearle la cuestión a Carbayo:
—Don Dimas, hemos pensado Rodolfo y yo que si usted quiere seguir, nosotros
no tenemos inconveniente…
Carbayo pareció alegrarse mucho:
—¡Caramba! ¡Vaya una alegría que me ha dado usted!… A mí me molesta
andar por ahí con las maletas, claro, y estaba yo preocupado con el problemita que
tenía planteado…
—Claro que —siguió Petrita, muy seria—, como usted comprenderá, por
veintisiete pesetas no…
Generoso, magnánimo, Carbayo le cortó:
—Nada, ni una palabra más. Yo soy un hambre, amiga mía, y sé que tiene usted
razón. Qué, ¿ponemos las treinta pesetillas, para no discutir?
Rodolfo cerró los ojos; ahora, ahora iba a saber Carbayo lo que era bueno:
—¿Treinta? No, don Dimas. Por treinta pesetas no se puede dar de comer a
nadie hoy día… Rodolfo y yo ya hemos pensado que tendría usted que pagar diez
duros…
—¿Diez…, diez duros? —se rascó la calva, perplejo, Carbayo—. Pero, pero
usted está loca. ¿Cómo voy a pagar diez duros, si no vendo un aparato desde
hace…? Además, ni tenemos baño, ni teléfono, ni ascensor…, ¡ni nada de nada!
Pero ¿en qué país vivimos, hombre?
Sin alterarse, Petrita le razonó.
—No, don Dimas; si nosotros no le exigimos que se quede. Cada uno se echa
sus cuentas y puede hacer lo que quiera. Pero comprenderá usted que la habitación
es hermosa y que podemos sacar por ella ese dinero, y más, si queremos. El sitio
es céntrico y está muy comunicado, don Dimas; eso tiene que reconocerlo…
Carbayo dudaba: no sabía si darle una patada a aquella entremetida o si golpear
a Rodolfo. En la duda, optó por exclamar, con todo el sentimiento de su alma:
—¿Y para eso se va a morir ella?
Luego miró a Rodolfo de arriba abajo, y le escupió:
—Eso no se hace con un amigo, hombre…
Y se encerró en su habitación.
Petrita, siempre serena, volvió a sus patatas fritas, y, sonriente, le dijo a
Rodolfo:
—¿Lo ves? Mira qué pronto lo he echado yo. ¡A mí me iba a venir haciéndose
el sueco! ¡Pues, sí!…
Comieron en la cocina, y Petrita puso a discusión el tema que la apasionaba:
—¿Tú crees que durará mucho? Si se muriera pronto, nos podíamos casar antes
de Navidad; pero si tarda, tendríamos que esperar a mediados de enero. ¿Tú qué
crees?
—No sé, Petrita. Ya has oído al médico.
—Mira: si se muere antes de fin de mes, nosotros nos podemos casar a primeros
de diciembre. Hay que ir pidiendo los papeles, ¿sabes? Entonces podíamos ir de
viaje de novios a tu pueblo y pasar con tus padres las Navidades. Nos saldría barato,
y, además, así los conocía. ¿Les vas a invitar a la boda? Claro que como no sabemos
si la vamos a celebrar…
Rodolfo levantó la cabeza del plato, sorprendidísimo.
—¿Cómo que no sabemos si nos vamos a casar?
—No, no digo eso. Digo celebrarla, dar una comida y baile, y todo eso… ¡Si
encontráramos la cartilla! De todas maneras, un traje oscuro tienes que hacerte. ¿Te
acuerdas? ¿Te acuerdas del traje azul marino que, según ella, te iba a servir para las
dos bodas? ¡Qué tía! ¡Para las dos bodas! ¡Ja, ja! —fingió, sarcástica, que se reía.
Rodolfo movió la cabeza, casi divertido… ¡El traje azul! ¿Dónde estaría el traje
azul, aquel traje que estuvo cuidando durante medio año, esperando poder volver
a utilizarlo cuando se casara con Petrita? Ella continuó:
—Yo, desde luego, me caso de blanco. Si encontramos la cartilla, podré llevar
una buena cola, y si no, ya me arreglaré yo con Purita, que me lo hará casi regalado.
Oye, ahora que me doy cuenta: ¿podrás sacar el dinero? A lo mejor te dicen que
hace falta el testamento y… ¿Habrá hecho testamento?
Rodolfo la tranquilizó:
—Yo creo que eso no importa: ella está sola, no tiene a nadie más que a mí. Si
la cartilla está por ahí, supongo que no habrá inconvenientes…
—Dios te oiga.
Cuando terminaron de comer, mientras Petrita fregaba los cacharros, Rodolfo,
que llevaba un buen rato rumiando aquello del traje blanco, se atrevió a decirle:
—Oye… Yo creo que no vale la pena que hagas el gasto para eso…
—¿Para qué?
—Para casarte de blanco. Total, a nosotros esas cosas ya no nos…
—¿Qué dices? ¿Con la ilusión que tengo y ahora quieres que me case como si
fuera a un recado? ¡Es lo único que me faltaba por oír! ¿Es que no me puedo casar
tan de blanco como la primera? ¡Di, di tú, que eres el que mejor lo sabe!
Rodolfo se batió en retirada:
—Bueno, mujer; no te pongas así… Yo lo he dicho únicamente porque…,
porque el dinero… —mintió.
Le parecía ridículo que ella, con su facha y con sus cuarenta años, se vistiera
de doncella virginal, como si fuera una ursulina acabadita de salir del colegio para
caer en brazos del príncipe que la iba a llevar al altar. ¡Menudo príncipe está él
hecho! Salió de la cocina, y ella le preguntó:
—¿Dónde vas?
—A ver cómo sigue…
—¡Déjala que se muera en paz!
Al entrar en la habitación que tanto deseaba Petrita que se convirtiera en
mortuoria, Rodolfo pisó a Teodoro, que dormitaba en el suelo. El gato, viejo y
gordo, sin las facultades de antaño, tuvo que limitarse a bufar. Su arrogancia había
desaparecido, y ya ni mayar podía. Ensañándose con él, Rodolfo le propinó un
puntapié y se acercó a la cama. Allí estaba doña Martina, cada vez más diminuta,
más consumida, pero siempre exhalando su hilito de vida, aquel hilito tan fino,
pero tan largo. Rodolfo le arregló el embozo y se sentó en la butaca. Extendió las
piernas, cruzo los brazos y cerró los ojos. Antes de quedarse dormido una idea
revoloteó por su somnoliento cerebro: había comido como un bárbaro, y Petrita
guisaba estupendamente.
IV
Las comidas preparadas por Petrita, la cercanía física de la mujer, la casi
convivencia que a lo largo de tres días les llevaba uniendo, despertaron en Rodolfo
una extraña inquietud. Aquella noche, cuando acababa de marcharse el practicante
que alimentaba a base de suero a doña Martina, la inquietud que se había adueñado
de Rodolfo se le cristalizó en un oscuro y fuerte deseo de abrazar a Petrita.
Como hacía muchísimo tiempo que no le ocurría nada parecido, Rodolfo estaba
perplejo. ¿A qué venía ahora aquella estupidez?, pensó, tratando de no mirar a su
casi esposa, pugnando por apartar los ojos de su cuerpo. Durante un ratito pudo
contenerse, desentenderse del deseo; pero, finalmente, se vió obligado a levantarse
y a acercarse a su novia.
—Pero ¿qué haces, tonto? —dijo ella, sin preguntar, mimosa, al obligarle él a
levantarse para abrazarla. Y al ver los ojos de Rodolfo, había comprendido,
jubilosa, lo que le ocurría.
—Petrita… —murmuró roncamente Rodolfo.
—Déjame; no seas así… Además, está ella ahí… —indicó con la barbilla a
doña Martina, tan quietecita en su cama. Rodolfo, sin mirar a la anciana, apretó
más su abrazo y le susurró al oído, besándola:
—Déjalo; no se entera…
Ella se dió cuenta de que quería besarla en la boca, y, ya metida en el juego,
hizo todo lo posible por esconderla, sin llegar a negársela.
—Petrita…, Petrita… —siguió murmurando él, siempre tratando de alcanzarle
los labios. A Petrita le sabían a gloria aquellas apremiantes llamadas, y no pudo
prolongar durante mucho tiempo sus coqueteos; en uno de ellos se dejó besar, y
besó ella a su vez. Se abrazaron aún más estrechamente, y estuvieron a punto de
perder el equilibrio.
—¡No, Rodolfo, no! ¡Eso, no, Rodolfo; ten paciencia! —gimió Petrita,
temiendo caer sobre el cuerpecillo de doña Martina. Y luchó por desasirse del
abrazo, por escapar de aquel cerco que le había puesto el ardoroso y desconocido
Rodolfo.
—Petrita…, Petrita…, Petrita… —continuaba él, entrelazando los arrullos con
besos en las mejillas, en la frente, en los ojos, en el cuello de la mujer. Y, cuando
su frenesí alcanzaba su punto más alto, Petrita, por encima de su hombro, vió fijos
en sus ojos los de la vieja. Gritó:
—¡Noooo!
Rodolfo se detuvo. Ella lloriqueaba, histérica, escondiendo la cabeza:
—¡Ha muerto, ha muerto!
Rodolfo la soltó y se volvió hacia la cama. Se le puso la carne de gallina: allí
estaba la anciana, con los ojos abiertos e inmóviles, acusándolos, quizá con la
visión del abrazo detrás de las pupilas ya ciegas. Rodolfo tragó saliva y se dispuso
a cerrar aquellos ojos que le daban escalofríos. Y cuando su mano iba a bajarle
los párpados, los ojos se movieron y los labios se entreabrieron en una mueca que
parecía una sonrisa:
—Martina…, Martina… Yo…
La vieja llegó a sonreír, y Rodolfo le gritó a Petrita, que seguía con su ataque
de histerismo:
—¡Calla, calla, por Dios! ¿No ves que está viva?
Ella calló instantáneamente, y se desgarró en un grito:
—¿Viva?
La moribunda —se estaba muriendo, no había más que verla, se dijo Rodolfo
— movió los labios. Él, inclinándose sobre ellos, se disculpó:
—Es que estábamos ahí, y…
Doña Martina sonrió de nuevo, y sus ojos aletearon débilmente, en un mudo y
expresivo gesto de comprensión y de perdón.
Petrita se había acercado lentamente a la cama, y por detrás de Rodolfo
observaba la escena. Le preguntó en voz baja:
—Oye… ¿Tú crees que nos habrá visto?
Él no le hizo caso. Se dirigió a la anciana, que seguía moviendo los labios:
—¿Quiere decirme algo? Hable; yo la escucho… ¿Qué quiere?
Tuvieron que esperar unos segundos antes que la voz se le oyera:
—No os preocupéis, hijos… No tiene importancia, y es…, y es justo… Yo ya
me voy… Agua…
Petrita salió disparada hacia la cocina y volvió con un vaso. Humedecieron los
exangües labios de la vieja, y ella siguió:
—Rodolfo…, Petrita… Perdonadme, hijos… Ya os dejo… Me muero, y no
me tengo miedo… He sido muy tonta y muy latosa… Mucho… Pero ahora os pido
perdón… Casaros… El piso es…, el piso es… vuestro… Agua…
Le acercaron nuevamente el vaso, y Rodolfo se creyó en la obligación de
discutir con ella:
—No diga eso. Ahora, a curarse y a vivir otros ochenta años…
Movió la cabeza, negando:
—No… Me voy… Pero me marcho contenta, hijos… Yo confío en… Dios…
y… en vuestras oraciones… Perdonadme, hijos… Os he hecho sufrir mucho…
Pero perdonadme… Agua…
Volvieron a humedecerle los labios:
—Todo…, todo para vosotros… El piso…, el ajuar… Todo…, to… Agua…
Teodoro… Dadme a Teodoro…
Mientras Rodolfo le acercaba el vaso, Petrita le echó mano al gato, que, como
siempre, dormitaba sobre la alfombra. Lo puso en la cama, junto al embozo, y el
animal lamió un momento la mano de doña Martina:
—Sí…, Teodoro… Me muero… La cartilla de ahorros…
Petrita, en el mismo momento, salió de su respetuosa actitud: ¡por fin! Aguzó
el oído.
—… la cartilla está en el… en el… Agua…
Petrita se puso nerviosa; a ver si ahora, con tanto pedir agua, se moría sin decir
lo que más importaba.
—Gracias, Rodolfo, hijo… ¡Qué bueno has… sido conmigo!… Perdóname…
Tuvo un momentáneo desvanecimiento, y Petrita lo llenó con su protesta:
—Ya verás cómo es capaz de morirse sin decirlo. ¡Qué manía! Anda, dale más
agua, a ver si vuelve.
Volvió:
—¡Ay Jesús!… Me muero a chorros… Pero tengo que decir algo… Que me
digan treinta misas, Rodolfo… Y el entierro, sencillo… Todo lo más, una corona
vuestra… Tuya, Rodolfo… Y un nicho en el camposanto… No me gusta la tierra…
No me gusta… Agua…
Petrita arrancó de la mano de Rodolfo el vaso y lo encajó entre las encías de la
agonizante. De buena gana le hubiera preguntado por la cartilla, pero no se atrevió.
A ver, a ver si lo decía sin obligarla.
—No tengo tiempo ya… No siento las piernas… Cuidad a Teodoro… Llevarlo
al cementerio… A lo mejor, quiere morirse allí… Prométemelo, Rodolfo;
prométemelo…
Rodolfo, muy serio, afirmó:
—Lo juro…
—Y si no quiere…, si no quiere morirse allí, cuidadlo… Es como una
persona…, ya lo sabes… Bueno… Ya he terminado…
—¡No, no! —casi gritó Petrita, convencida de que la vieja, que ya había cerrado
los ojos, iba a ponerse a morir tan tranquila. Y agregó, no tan alto:
—La cartilla, doña Martina… La cartilla de ahorros…
—¡Ah, sí!… Está ahí…, ahí…
—Sí, sí… Pero ¿dónde? —le apremió Petrita.
—A tu nombre y al mío…, ¿sabes, Rodolfo?
Rodolfo movió la cabeza, asintiendo.
—Ahí…, ahí… Detrás del cuadro…, del cuadro del Angelus…
Petrita hizo el ademán de dirigirse al cuadro indicado, pero pudo contenerse.
La espontánea atención de la vieja al hacer titular de su cartilla a Rodolfo puso en
su egoísmo un adarme de sentido de la medida. Se conformó con soltar un suspiro
de alivio, y musitó:
—¡Gracias a Dios!
Rodolfo ni siquiera se enteró; doña Martina le había cogido una de sus manos, y
seguía con los ojos fijos en él. Casi parecía un marido de verdad, angustiado por la
certeza de que iba a transformarse en un viudo inconsolable. Se atrevió a musitar:
—Animo… No lo tome así, que es peor…
Ella denegó débilmente, casi sin mover la cabecita huesuda, sin sangre:
—No… Ya, no… Rodol…
Durante un segundo pareció que no podría decir nada más: se había quedado
rígida, la boca abierta, los ojos desencajados. Pero cuando sus músculos se
aflojaron y cayó vencida su cabeza, con su último suspiro le salió en un borboteo,
un ruido sordo:
—¡Teodoro!
El gato dió un brinco de costado y maulló lastimero, quejumbroso, fantasmal.
Todo había acabado. Rodolfo cerró los ojos de la muerta y, casi
maquinalmente, se arrodilló. Y mientras él rezaba, Petrita, muy lentamente, se
acercó al cuadro y contempló durante unos segundos aquel cromo, en el cual un
labriego, dando paz a su azada, se quitaba respetuosamente la gorra. Petrita alargó
la mano, y antes de tocar el cuadro miró hacia atrás; luego lo separó de la pared
y, temblando, retiró de uno de sus ángulos un sobre de papel amarillo, muy
manoseado. Lo abrió, sintiendo el palpitar de su corazón, y sacó de él una cartilla
de ahorros. En la cubierta, un papel pegado sobre la cartulina oscura decía:
MARTINA RUPEREZ-RODOLFO GOMEZ
Abrió el pequeño y codiciado librito y pasó sus hojas apresuradamente,
resbalando la mirada sobre las cifras que se sucedían en la interminable cartilla:
700…, 2.025,57…, 2.501,13… 7.047,80…, 9.200,21…, 13.589,35…,
17.001,10…, 21.332,14…
Era la última cifra anotada, y Petrita la repitió mentalmente: «Veintiún mil
trescientas treinta y dos con catorce… Veintiún mil trescientas treinta y dos con
catorce… Veintiún mil trescientas treinta y dos con catorce…». ¡Más, mucho más
que todo lo que ella hubiera podido soñar! ¡Podía casarse de blanco y con una cola
de siete metros, y celebrar una comida seguida de baile, y salir en viaje de novios
hasta Palma de Mallorca!
Corrió, hacia Rodolfo, que seguía arrodillado:
—¡Rodolfo, Rodolfo, veintiún mil trescientas treinta y dos con catorce! ¡Mira,
mira!…
Le puso la cartilla, abierta por la página que contenía la maravillosa cifra,
delante de las narices, y repitió, canturreándola como si fuera un niño del Colegio
de San Ildefonso, aquella cantidad que acababa de volverla loca de alegría.
Rodolfo levantó la cabeza. Había en sus ojos la humedad de un par de lágrimas
solitarias. Miró la cartilla, y se levantó asombrado, perplejo:
—Pero…, pero…
Petrita daba vueltas a su alrededor, saltando, bailando, gritando alegremente,
olvidada de todo lo que no fuera su tesoro, que agitaba como si fuera una banderola:
—¡Viva doña Martina! —llegó a gritar, en su locura.
Y Rodolfo, sintiendo de repente una ternura infinita por aquella anciana que
lo había torturado durante cinco años largos, le acarició las frías manos, en cruz
sobre el pecho, y murmuró:
—¡Pobre mujer!
Y ni él mismo supo si lo decía por la que había sido su primera esposa o por
la que iba a ser la segunda.
V
Petrita fue inflexible:
—Mira, Rodolfo: en lo del funeral, y lo mismo en lo de las misas, estoy de
acuerdo contigo. Al fin y al cabo, pueden hacer algo por su alma. Pero en lo del
nicho, ¡vamos, hombre! ¿No ves que es una tontería? ¿Qué más le da ahora estar
en un sitio que en otro? Son ganas de tirar el dinero estúpidamente.
Rodolfo había querido defender el derecho de la muerta a ser enterrada a su
capricho:
—Pero, Petrita…, es un último deseo, y hay que cumplirlo…
Ella se había echado a reír:
—No seas primo; también es un último deseo lo del gato, eso de que lo lleves
al cementerio, y no creo que te vayas a presentar allí con el animalito.
—Ten en cuenta que se lo juré.
Ella, atenta sólo a defender el dinero, transigió:
—Bueno; allá tú. Pero del nicho, ¡ni hablar! ¡Menudo precio tienen! Cuando
lo de mi hermano nos lo dijeron, y por poco nos da un patatús. Además, que ya
está bien, Rodolfo. Le vamos a hacer su entierro, sencillo, como ella dijo; le vas a
poner una corona y va a tener su funeral y sus misas… ¿Qué más puede pedir?
Aún trató Rodolfo de convencerla:
—Pero ¿a ti qué más te da? No esperábamos tanto dinero, ¿no es así?
Y Petrita se había enfurecido:
—¡Ah! Entonces, cogemos y se lo metemos en la caja, ¿no? Pero ¿qué manía
te ha entrado con el nicho, Rodolfo? Mira: no me lo nombres más, o tenemos
un disgusto. Con lo que cuesta esa idiotez nos podemos comprar un dormitorio
de estilo colonial. A ver, contesta: ¿qué es más razonable, que nos compremos
nosotros el dormitorio, que lo vamos a disfrutar, o que la metamos a ella en tu
dichoso nicho, que ni siquiera se va a enterar de que está allí?
Todo se había hecho tal como dispuso ella, incluso lo relativo a la conducción
del cadáver:
—Mira: como yo voy a ir a la peluquería a la una y el entierro es a las tres,
pues lo mejor es que vayas tú solo. Yo, cuando termine, me iré al Comercial, y allí
te esperaré, ¿eh? Además, que no está bien que vaya yo al entierro, ¿no te parece?
La gente hablaría, compréndelo…
***
Cuando bajaron la caja, entre Rodolfo, Carbayo —que se había reconciliado
con la pareja—, Sáenz y el portero, en la calle lucía el sol. Un sol de invierno,
anémico y pajizo, pero que templaba la ciudad, empañándola con su tibio aliento.
La comitiva, escasísima, se puso en marcha. Delante, presidiendo, Rodolfo y
don Manuel, siempre tan cumplido con sus empleados. Detrás, Sáenz, Carbayo,
una amiga de la muerta y el portero. El coche salió a la calle de Fuencarral y la
remontó durante unos metros. En la glorieta de Bilbao se detuvo, y el duelo se
despidió; ante Rodolfo y don Manuel pasaron los circunstantes, que al estrecharles
las manos dijeron cada uno una cosa distinta, siendo originales gracias a la
inverosímil situación:
—Bueno; hasta mañana —dijo Sáenz.
—En fin, era lo que se esperaba. Pero uno lo ha sentido. Y me voy, que me
parece que voy a vender un braguero, ¿sabe? —dijo Carbayo.
—¡Pobre, pobre doña Martina! —dijo su amiga.
—Bueno; peor sería no verlo, don Rodolfo —dijo el portero.
Todos se alejaron, perdiéndose entre los curiosos que miraban el triste
momento. Don Manuel, ya a solas con Rodolfo, le tendió su mano, y se disculpó:
—Bien; usted me perdonará, Gómez. Pero la oficina espera…
Y se fue, dejando a Rodolfo definitiva y terriblemente solo, mirando aquellas
cintas de la corona, aquellas cintas que tanto trabajo le había costado llenar con
una dedicatoria. Decían:
«NO TE OLVIDAMOS»
Se acercó a Rodolfo el chófer del coche de la funeraria cuando la carroza
arrancó:
—Cuando usted quiera… ¿Es que… no viene nadie?
—No… Nadie.
Y Rodolfo se dirigió al coche. Pero cuando iba a subir en él pensó en Petrita:
¿estaría ya en el Comercial? Así podría acompañarle.
—Espere usted un segundo; salgo en seguida.
El chófer debió de sorprenderse más aún: nunca había trabajado en un entierro
tan raro.
Salió del café Rodolfo, tirando del brazo de Petrita, que estaba transformada
en una etíope con aquel cabello que le habían ensortijado en la peluquería con una
saña increíble. Ella todavía se resistía:
—Pero ¿no es mejor que te espere aquí y luego nos vamos a ver muebles?
—No, por favor, Petrita. Acompáñame… Me fastidia ir solo.
Montaron en el coche y retiraron la cesta que contenta a Teodoro.
—Te has empeñado y lo has traído, ¿verdad?
—¿Qué iba a hacer?
El coche descendió hacia la Castellana por Sagasta, y Petrita y Rodolfo
guardaron silencio. Por el espejo retrovisor, el conductor les miraba, dándole
vueltas a la cabeza, sin entender nada. ¿Qué clase de sepelio era aquél? Escuchó;
la mujer hablaba:
—¿Te gusta cómo me lo han dejado? Ya verás cómo me voy a arreglar de ahora
en adelante, Rodolfo. Una estaba aburrida y no se cuidaba nada; pero ahora ya es
distinto, ¿verdad?
Rodolfo no tenía ganas de hablar. Estaba inquieto, triste, amargado. Ella
comentó:
—Vamos, no seas tan aburrido, hombre. Eres más impresionable que nadie.
Ya no te tienes que preocupar: todo está arreglado.
El chófer pensó en lo que iba a decir su mujer cuando se lo contara, y por mirar
hacia el espejo estuvo a punto de cruzar la calle de Goya estando el disco rojo.
Cuando arrancaron, Petrita continuó:
—Vamos a ir a una casa de muebles que hay en la calle de San Bernardo… Se
anuncian mucho por radio, y, como deben de ser de fábrica, son más baratos. Oiga
—se dirigió al conductor, que se sobresaltó—: ¿nos podrá dejar en San Bernardo,
junto a Noviciado?
—Bueno…
Se acercaban a Manuel Becerra, y Petrita siguió:
—Cuando empiecen los toros tenemos que venir, ¿eh? Rodolfo, contéstame,
hombre, que parece que te has tragado un sable.
Rodolfo contestó con un lacónico «Sí» y volvió a su mutismo. No tenía ganas
de hablar, y se arrepentía de haberse hecho acompañar por ella. Se esforzaba en
animarse, en aconsejarse una despreocupación a la que no podía llegar. ¿Por qué?
¿Qué le importaba a él de doña Martina? ¿No les había dejado el piso, y, por si
esto fuera poco, también la cartilla? Eso era lo que esperaban. ¿A qué complicar
las cosas? Se daba cuenta de que no tenía ningún motivo para estar apenado, y,
sin embargo, lo estaba. A última hora había descubierto que aquella desgraciada
vieja le inspiraba cierto afecto, pero nada más. ¡Si por lo menos se callara Petrita!
Pero ella seguía, incansable, rebosando satisfacción, toquiteándose sus rizos tan
contenta, como si ya fuera a su boda y no al entierro de la anciana.
—… yo creo que lo mejor es poner el comedor en el dormitorio de ella, y
así, cuando se vaya Carbayo y nos pasemos nosotros a su habitación, en la tuya
podremos poner una salita de estar… Puede quedar muy mona con unas cretonas…
El coche se detuvo; ante el cementerio estaba detenida la carroza, y el chófer,
en la carretera, gritó:
—¡Menos mal, hombre! ¡Ya creía que me iba a tener que llevar a casa el
cadáver!
Atravesaron las puertas y siguieron a la carroza a lo largo del camino abierto
entre las tumbas. La enorme extensión de cruces, lápidas y cipreses pareció
impresionar a Petrita, que se calló por fin. Rodolfo se sentía mal; aquel paisaje
silencioso, blanco e interminable le revolvió el estómago. Cuando tuvieron que
apearse, al coger la cesta que encerraba a Teodoro, creyó que se iba a desmayar.
—Oye, Rodolfo… Yo te espero aquí, mejor, ¿eh? —le propuso Petrita,
indicándole a los hombres que habían cargado con el ataúd y se internaban en un
espacio de tierra pelada, sin piedras, sin lápidas, sin cipreses.
Rodolfo los siguió lentamente.
Mantuvo la cabeza hundida contra el pecho mientras los sepultureros metían
el féretro en la tumba, y aún la bajó más cuando oyó el caer de la tierra sobre
la madera. Tuvo que esperar mucho tiempo, casi una eternidad, antes que cesara
el ruido. Luego alguien se le acercó y le entregó un papel. Era uno de aquellos
hombres, y parecía esperar algo. Rodolfo supuso que debía darle una propina, y
le puso en la mano un duro.
Luego se volvió a mirar a Petrita: allí estaba, leyendo las lápidas con mucha
atención. Comprendió que, por lo menos en la cuestión del gato, ella tenía razón.
¿Qué demonios pintaba aquella cesta entre sus manos? La dejó en el suelo y corrió
hacia el camino:
—Vámonos, Petrita; vámonos…
—Pero ¿se ha quedado Teodoro ahí?
—Sí, sí… Déjalo…
Montaron en el coche, y el conductor recordó:
—A Noviciado, ¿no?
—Sí.
Rodolfo se inclinó hacia adelante, frotándose los ojos con los dedos. Bien; ya
había terminado todo. No existía ninguna razón para que siguiera amargado. Y
entonces se oyó un maullido siniestro: Teodoro había logrado salir de la cesta y
corría hacia el coche saltando pesadamente sobre las tumbas.
—¡De prisa, por favor! —le suplicó al chófer.
Y cuando el automóvil se puso en marcha, cuando fue pasando delante de las
cruces innumerables, Rodolfo, de pronto, supo de dónde le venía su melancólico
pesar, su implacable amargura. No, no era la impresión que le hubiera producido
la muerte de doña Martina, ni tampoco aquel entierro absurdo, disparatado,
demencial… Su estado de ánimo nada tenía que ver con aquello, porque aquello
no le importaba ya nada, y, sin embargo, seguía sufriendo. Era otra cosa mucho
más triste, más dura y más penosa. Era que no le hacía ninguna ilusión volverse a
casar; era que se precipitaba hacia aquella nueva boda sin remedio, sabiendo que
todo sería igual que en la primera. Todo, excepto la posibilidad de tener hijos.
¿Y acaso no estaba el cementerio lleno de ellos?
FIN
Madrid-Almuñécar, febrero-marzo 1957.
RAFAEL AZCONA FERNÁNDEZ (Logroño, 1926 – Madrid, 2008) fue un
guionista y escritor español. Es considerado por muchos el mejor guionista español
de la historia y es el guionista con mayor número de Premios y nominaciones al
Goya. Comenzó su trayectoria como novelista y desde 1951 colaboró con revistas
humorísticas como La codorniz. Gracias a la adaptación de la novela El pisito
en 1959, entró en el mundo del cine. Entre sus trabajos destacan los guiones de
Plácido (1961), El verdugo (1963), Un hombre llamado Flor de Otoño (1978),
La escopeta nacional (1978), La vaquilla (1985), El bosque animado (1987), ¡Ay,
Carmela! (1990), y La lengua de las mariposas (1999), entre otras.
Recibió numerosos premios, como la Medalla del Círculo de Escritores
Cinematográficos, el Premio Nacional de Cinematografía y la Medalla de Oro al
Mérito en las Bellas artes.