Warikasaya
Warikasaya
Cuidado de edición:
La Biblioteca Stronguista “Iván Aguilar Murguía”
2
ÍNDICE
3
El tigre y las cachinas (Carlos Vargas Guevara) 119
El chancho colorado (Inés Gonzáles) 123
Chayñita de acero (René “Ciruja” Villegas) 125
La mañana en que me convertí en Tigre (Ricardo Bajo H.) 129
34 de abril o la noche del siglo (Oswaldo Calatayud Criales) 133
El tigre de Achumani en el sueño (Víctor Montoya) 139
El hincha (Javier Badani Ruíz) 141
No había sido choli (Liliana Carrillo V.) 143
La marca del cóndor (Pamela Tamayo) 145
El otro tigre (Dira Cajías) 150
Los Tigres (Marcelo Villena Alvarado) 151
Luis “Cachín” Antezana (Contratapa)
4
PRÓLOGO A LA TERCERA EDICIÓN
En los ciento trece años del Club The Strongest se han materializado
significativas publicaciones que han remarcado su trayectoria institucional,
como los primeros estatutos de los años veinte del siglo pasado hasta, casi
una centuria después, la labor generacional que la memoria del club nos ha
encomendado como Biblioteca Stronguista. Esto sin olvidar que sus galeras
han encumbrado en el tiempo a autores como Felipe Murguía, Francisco
Villarejos, Víctor Zalles, Freddy Oporto Lens, Iván Aguilar, Raúl Calderón
o Ricardo Bajo, y más recientemente a entusiastas investigadores como
Marcelo Ramos, Ariel Sanjinéz, Katherine Gallardo o Jorge Luis Molina.
En todo este trayecto literario e historiográfico del The Strongest, el
libro de cuentos Warikasaya ha marcado sin duda un punto de inflexión.
Con su hechura, sus ideólogos Ricardo Bajo y René “Ciruja” Villegas (más
las inolvidables ilustraciones de Aldo Mercado), han iniciado una fecunda
zaga de literatura futbolera. Ya en su primera edición por el centenario del
Club, en abril de 2008, el Warikasaya juntaba en un solo libro a autores
de renombre (varios ganadores de premios nacionales de novela y cuento
y hasta un expresidente de Bolivia) y a escritores de a pie que hilaban sus
historias desde la perspectiva de las tribunas, en ángulo a la cancha y más
allá, en dirección a la sagrada historia del club.
Los mil ejemplares de esa primera edición son hoy míticos, lo mismo
que su tapa original y el listado de 31 autores que se encargaron de transitar
la fina frontera que divide la realidad de la ficción, en algún caso haciendo
de la prosa futbolera un verdadero poema lleno de metáforas y recursos
literarios que, a la manera de una finta o una gran tapada, permiten también
disfrutar este deporte que amamos, el fútbol. Este recordado gol stronguista
en el campo literario no parece tener antecedentes y constituye, sin duda,
un nuevo motivo de orgullo para los stronguistas, siempre a la vanguardia
en el deporte como en la cultura general.
Particularmente para la naciente Biblioteca Stronguista, aquel libro
nos inspiró a completar con el tiempo una trilogía de literatura futbolera
(libros Kalatacaya y Hurra Hurra), después de reeditar el año 2012 el
Warikasaya con tres textos inéditos y una nueva tapa. Desde entonces
hemos publicado una decena de libros, aunque sin duda el Warikasaya es el
alma mater de todos ellos, pues encierra una metodología -por así decirlo-
5
que harto hemos puesto en práctica: dejar que los propios hinchas narren
sus vivencias y que aquellos tribuneros consuetudinarios testimonien su
pasión, transcribiendo o traduciendo aquella historia que los jugadores
escriben en la cancha, años tras año, desde nuestra fundación en 1908.
Todo esto siempre contrastado (o complementado, como se lo vea) por los
historiadores, escritores y periodistas que desde su oficio han terminado de
enhebrar la legendaria historia del Club The Strongest.
Por todo esto, a más de una década de su publicación, esta tercera
edición digital del “Warikasaya - Cuentos Stronguistas” es una suerte de
homenaje a ese gran libro, y un acto de reciprocidad con todos aquellos
que lo han leído, agotando sus dos ediciones anteriores. Liberar la edición,
junto a un par de textos más y una nueva tapa, es asimismo un acto de justicia
con una escritura que debe seguir circulando entre los stronguistas de todo
el mundo, de cualquier edad y en cualquier tiempo. Por tal posibilidad,
agradecemos a Ricardo Bajo y René Villegas, el “Gaucho”, quienes han
dado su consentimiento, así como a todos sus autoras y autores, sin olvidar
a la editorial que primero apostó por este proyecto, Gente Común, en
persona de Marcel Ramírez y Ariel Mustafá.
Seguro habrá quienes, en su momento, se animarán a publicar una
cuarta edición (nuevamente física) de este libro fundamental en el estante
de los seguidores del gualdinegro. Entre tanto, como directores de la
hoy Biblioteca Stronguista “Iván Aguilar Murguía”, nos complace dejar
que este libro eche a andar por sí solo, en completa madurez y seguros de
que cualquiera de sus historias tocarán en lo más profundo el alma o los
intestinos de esta gran hinchada, en vísperas de una nueva celebración del
Día del Hincha Stronguista.
La Paz, Bolivia, 27 de septiembre de 2021.
Oswaldo Calatayud Criales & Pamela Tamayo
6
PRÓLOGO A LA SEGUNDA EDICIÓN
Warikasaya, una “pasión” más para ser más stronguista
Cuando uno tiene este libro en las manos significa que está un poco
más allá del alambrado en la pasión por el club de nuestros amores.
Significa que ha buscado como nosotros todas las formas posibles de
demostrar la razón de una vida identificada con los colores amarillo y
negro.
Si tuviste la oportunidad de leer la primera edición, es un hecho que
te has alegrado, has llorado y has festejado con el libro como si estuvieras
en el mismísimo Hernando Siles. Es así como nosotros también hemos
atravesado muchos escollos extra futbolísticos para poder llevar esta
prueba material del orgullo atigrado a la vida real.
El ser después de cuatro años el único libro de literatura de fútbol
en el país y el único libro de literatura futbolera dedicado a un club
en particular es una vez más como dice un “trapo” de la curva Sur ese
pequeño pero gran lema de estar primeros en todo, años luz de los del
frente, un equipo hecho como este libro a puro huevo y corazón; jamás
seremos una empresa porque vivimos y respiramos gracias a nuestro
sentimiento atigrado.
Esta perla de la literatura es un rugido de tigre en la historia de la
literatura mundial (humildad aparte), pero así también es un claro reflejo
de la “enfermedad” que aqueja a todos quienes participaron del mismo
y a quienes lo están degustando entre manos, inclusive para quienes
aprovecharon de él (nos ahorramos sus nombres pues el mayor desprecio
es no hacer aprecio).
Este libro (en su segunda versión, corregida y aumentada) es para
nosotros una loca forma de dar razón a nuestra pasión (sabemos que
muchos podrán discutir esto, pero es así). En realidad es como la prueba
material del raciocinio sentimental del hincha gualdinegro. Es además,
para nosotros gestores de esta suerte de tesis futbolera, el orgullo de
decir que fue el único regalo material que recibió nuestro club en sus
100 años, año más que difícil para todos; pero a la vez con este producto,
la confirmación de que este equipo hecho a lo largo de la historia por
luchadores depende pura y exclusivamente de cada uno de sus hinchas
7
y de lo que ellos consiguen para hacerlo cada vez más grande, y por su
puesto cada día, cada hora y cada segundo hacerlo “el más fuerte”.
En las páginas que a continuación siguen desde el prólogo de la
primera edición en adelante, van a corroborar que la literatura de fútbol
no solo es un conjunto de relatos de partidos o aventuras dentro el campo
de juego, sino la confirmación una vez más que el principal actor es el
hincha, tú, yo, nosotros, todos. Como se preguntaba un viejo tanguero,
¿que sería del fútbol sin hinchas? Acá en este universo ficcional de letras
aurinegras, podrán encontrar ese explicación que la ciencia se niega a
dar, esa justificación inequívoca del sentimiento que brota del aliento
y sudor de aquel anónimo parado en la tribuna que jamás en su vida le
pudo dar la mano a su ídolo de niñez, mucho menos al que hoy defiende la
gualdinegra, pero aun así lo sigue a todas partes.
Un homenaje humilde a cada uno de todos los jugadores que vistieron
la camiseta (incluyendo los malos futbolistas); a cada uno de los dirigentes
(incluyendo también a los malos, el 80%); a todos los cuerpos técnicos;
a todos aquellos que llevaron con sacrificio y pelea los colores del club
en la Guerra del Chaco y le dieron nombre a la Cañada Strongest; a todo
esos ángeles que “ficharon pa ́ Cristo” y se fueron desde Viloco; a todos
aquellos dirigentes de otros clubes, liga y F.B.F. que no saben cómo
jodernos; pero en particular para todos aquellos hinchas anónimos que
llevan nuestro colores tatuados en el corazón, con tinta oro y negro en lo
más profundo de su alma.
Este libro es una “razón” y especialmente una “pasión” más para ser
más stronguista, si cabe. Orgullo del pueblo.
Julio de 2012.
René Villegas y Ricardo Bajo Herrera
8
PRÓLOGO A LA PRIMERA EDICIÓN
30 rayas más al Tigre
9
“El Gaucho” se encargó de la tarea humanitaria. Queríamos darle un
carácter social al libro y conseguimos el apoyo de Seguros Vitalicia (los
lectores van a perdonar la publicidad en un libro, pero no había otra), que
desde el principio se sumó al proyecto y colaboró para donar una platita a la
sala oncológica del Hospital del Níño. Gracias a los auspiciadores por regalar
sonrisas, balones, poleras de The Strongest, libros de cuentos aurinegros y...
plata para que los niños del Oncológico tengan mejores condiciones.
A medida que el libro avanzaba en su propósito solidario, llegaban los
cuentos. Primero, los relatos de los hinchas (gracias Osvaldo, hermano del
“Kala”, presidente de la gloriosa 34); luego de las “estrellas”: tres Premios
Nacionales de Novela y tres del Franz Tamayo (el considerado premio
nacional de cuento). Gracias a Ramón, Gonzalo, Juan Claudio, Mabel, Willy
y Oscar por eso. Y gracias a “Cachín”, Premio Nacional de Ciencias Sociales
y Humanas, por el texto de la contratapa. Es un verdadero lujo contar con
“Cachín” Antezana, el intelectual más futbolero de Bolivia.
Otras voces conocidas se fueron sumando como la del “Papirri”
(imperdible y buenísimo su relato Bloqueo); la de Pedro Susz (entrañable con
su Choclo con queso); la de Homero Carvalho (el beniano más stronguista
del planeta), la de Alfonso Gumucio que escribió a cuatro manos con el ex
presidente Carlos Mesa uno de los más bellos cuentos Descenso; la del nieto
del “Chupa”, Alan Castro (con una narración conmovedora sobre su abuelo).
Gonzalo Lema nos cedió un capítulo de su novela Si te encuentras a Mari
Jo, que recuerda uno de esos partidos inolvidables (contra Wilster) de los
años setenta con aquel Strongest con “oficio”, el de míticos hombres como
“Luchito” Galarza, Iriondo, Bastida, Pariente, “el Tano” Fontana, Liendo,
“Gitano” Farías, Angulo, “el Negro” Peña, Messa, Lattini.
¿Y las chicas? Si algo que me da bronca es escuchar: el fútbol es cosa
de hombres. Una vez lo dijo en tele Pastén y me emputé. Lo mencionó
para criticar una mala tarde de una árbitra asistente. Y si algo me da alegría
es ver chicas en las canchas de fútbol. Así que para que no nos acusaran de
machistas y misóginos (rechazamos esas lacras con furia) me puse a la tarea
(ardua) de buscar chicas, escritoras, futboleras y atigradas. Casi nada. ¡Y
las encontramos! Primero cayó en el baile aurinegro Mabel Vargas (premio
Tamayo de cuento en 2007) con Mermelada y fútbol, que te pone la piel
de punta y los ojos llorosos con un relato en memoria y honor de los caídos
stronguistas en el accidente aéreo de Viloco del 26 de septiembre de 1969.
Los hinchas aurinegros jamás olvidaremos la cesión gratuita de dos jugadores
10
de Boca Juniors (Luis Fernando, “El Zorro”, Bastida y Víctor Hugo Romero,
“Romerito”) tras la tragedia. Por eso el Tigre y Boca son un solo corazón,
como reza uno de los “trapos” de la curva sur.
Luego fueron llegando los cuentos de Erika Bruzonic (dedicado a uno de
esos hinchas que se alegra y se emborracha tras cada triunfo del Strongest),
Francis Schwitzgebel-Torres, que mandó su texto desde Inglaterra, Mariana
Ruíz que se inspiró desde la Llajta e Inés Gonzáles y Liliana Carrillo, del grupo
literario Tragaluz. Desde el extranjero surgieron cuentos como el de Víctor
Montoya y el del cruceño Miguel Lundin Peredo (desde Suecia, el cuento más
“loco” de esta antología) y el de Carlos Vargas Guevara (desde México).
Así se armo una antología diversa de textos: cuentos, crónicas,
testimonios, ensayos (imperdible el de mi cuate Christian Vera, porque
rezuma pasión en cada línea) y hasta un poema, el de Rodny Montoya, joven y
talentoso vate de El Alto, miembro del extinto grupo literario Los Nadies. Su
poema al “Chupa” simplemente es bello.
Imperdibles son los relatos: Camba stronguista de Juan Claudio Lechín
(la historia escrita en primera persona del “camba de oro” de la calle Beni,
un potrero de Santa Cruz); Choclo con queso (un testimonio nostálgico de
Pedro Susz); La esposa del jugador (un relato autobiográfico de Homero
Carvalho, el escritor beniano que se enamoró de La Paz y del Tigre); Bloqueo
de Manuel Monrroy, un texto cargado de humor “a lo Papirri”; Vidas no
paralelas, una enciclopedia futbolera y filial de Walter I. Vargas; El hincha,
un retrato conmovedor del periodista Javier Badani, De equipo no se cambia
de mi colega Franchesco Díaz Mariscal, que rinde homenaje a sus cábalas
stronguistas y especialmente a su abuelo, la persona que le transmitió la
pasión aurinegra, ingrediente principal y esencial que recorre de una y otra
manera esta antología.
Cuando ya teníamos todos los cuentos o casi todos, se celebraba la Feria
del Libro de La Paz, allá por agosto de 2008. Iba con los textos debajo del
brazo y me encuentro con Marcel Ramírez de la editorial Gente Común. Nada
más comentarle el proyecto se sumó con entusiasmo: “Soy de Wilstermann
pero en La Paz hincho por el Tigre, le metemos”. Luego, a regañadientes,
incorporamos a la otra cabeza pensante de Gente Común, Ariel Mustaffá,
a pesar de su militancia bolivarista. Desde ese momento quedó desafiado a
sacar un libro de cuentos sobre Bolívar, los de enfrente, para ni tan siquiera
tener que pronunciar el nombre de nuestro archihistorico rival. No creo
que lo hagan mejor: nacimos primero. Y también somos los primeros en
11
hacer un libro de cuentos dedicado al club de nuestros amores. Por cierto,
el único escritor invitado declaradamente bolivarista es Paul Tellería con un
cuento sobre el “ying yang de la paceñidad”, la rivalidad eterna entre Bolivar
y Strongest, los dos equipos más grandes de La Paz y ¿de Bolivia? La verdad
es que ni uno ni otro existirían sin su “enemigo”. No hay cosa más linda que
vivir en una ciudad con dos equipos luchando por el amor de sus gentes. Pasa
en Santa Cruz, en Cochabamba, en Buenos Aires, en Lima, en Madrid, en
Sevilla, en Milan, en Turín, en Manchester y en la última ciudad donde se
celebra un clásico o “derby”, como dicen los ingleses.
Cuando ya teníamos la editorial (gracias Ariel y Marcel), nos pusimos a
pensar en la parte gráfica. Al tiro surgió el nombre de Aldo Mercado. Su libro
de diseño sobre los cien años de The Strongest (En amarillo y negro) tiene una
calidad pocas veces apreciada en Bolivia y en Sudamérica. Parte de ese libro
ilustra esta antología de cuentos futboleros, siempre en amarillo y negro. Su
entusiasmo atigrado y su profesionalismo como artista provocaron que Aldo
se involucrara más todavía y colaborara en la parte gráfica de Warikasaya… y su
espectacular tapa. Gracias Aldo, por la onda y el trabajo militante y voluntario,
como el de todos y todas.
Con los relatos, la editorial conseguida y el diseño encargado, pedimos
una reunión con el viceministro de Desarrollo de Culturas, Pablo Groux, un
stronguista de corazón. “Pablito” se puso a nuestras órdenes y se encargó de
la presentación del libro.
Y por supuesto, “last but not least”, gracias de corazón a todos los
miembros de la barra, la gloriosa Ultra Sur 34 que es la primera, que además
de alentar incansablemente al equipo, edita un libro de cuentos, de literatura
futbolera, género casi inédito en Bolivia. Es la primera vez en la historia de
la literatura boliviana que se publica un libro de este género tan en boga
en países como Argentina o España. Pero es la primera vez en Sudamérica
(creemos) que se unen literatura y un club específico de fútbol. Y también es
la primera vez (van a perdonar tanta soberbia) que un libro nace en la curva
de una cancha, donde la pasión tiene una cita cada domingo. Allí, donde en
las malas siempre estamos y donde sabemos que las buenas siempre llegarán.
Y ya saben, si no les gusta un cuento, pasen de página que el siguiente va a
estar bueno. Palabra de Tigre.
La Paz, Septiembre de 2008.
Ricardo Bajo Herreras
12
A Don Raúl “Chupa” Riveros.
13
14
EL TIGRE VIRTUAL
Ramón Rocha Monroy
A Ramón Ernesto
15
tiempos acompañados de comentarios sobre el último gol de Ronaldinho, el
puño de Dios de Maradona, el premio de la FIFA a Kaká o las precisiones de
Beckham.
Moncho era imparable con la pelota y festejaba con carcajadas los caños y
sombreritos que burlaban la corpulencia del Gordo, que acababa sin resuello
mientras Moncho le decía chacra, chambón, maula y otros epítetos familiares.
Ahora que estaba solo frente al monitor de la computadora, el Gordo
recordó otras imágenes de Moncho que se le habían quedado grabadas en la
memoria cuando lo sorprendió haciendo fintas frente al espejo. Recordaba
muy bien que, luego de observarlo, se paró y le dijo:
—A mí me puedes hacer caños y sombreritos, pero capaz que haya un
jugador que pueda controlar todas tus movidas.
Moncho lo miró con suficiencia; según él, nadie en el mundo podría
quitarle una pelota.
—Hay uno que no te dejaría pasar una sola —insistió el Gordo—. ¿Sabes
quién? Tu imagen en el espejo.
El Gordo volvió a la compu, pero siguió viendo los movimientos del
muchacho ensayando inútilmente uno y otro amague frente al espejo, pero
no conseguía engañar a su propia imagen que adivinaba sus movimientos y los
bloqueaba sin esfuerzo.
Esa imagen volvió a la cabeza del Gordo hasta convertirse en una obsesión.
Entonces comenzó a buscar partidos de fútbol y a seleccionar las destrezas de
los mejores jugadores. Allí estaba Ronaldinho burlando a cuatro zagueros y
hundiendo la pelota en las redes con su infaltable sonrisa; allí aparecían Pelé y
Maradona, Cafú, Zidane, Platini e incluso Di Stefano en sus mejores años. El
Gordo estudiaba las mejores jugadas, las sincronizaba, eliminaba los errores
y lo convertía todo en fórmulas virtuales. El trabajo le tomó varios días en los
cuales fumó una montaña de puchos y bebió litros y litros de café, a puerta
cerrada, oculto a las visitas de sus clientes, incluyendo las de Moncho, que
curiosamente se perdió por aquellos días.
Cuando creyó terminado el trabajo, él mismo tocó la puerta del
departamento de Moncho, habló con la mamá del muchacho, dejó el encargo
urgente de que lo buscara y esperó con impaciencia. Cuando el muchacho
subió a verlo, se sentó a la compu y le mostró, de inmediato, el trabajo que
16
había hecho. Moncho se maravilló al ver a ese jugador virtual que había tomado
su apariencia y era perfecto, indetenible, brillante en la ejecución impecable
de sus disparos que siempre se convertían en goles. Jugó con esa criatura
día y noche, porque el Gordo se perdió en una francachela que acabaría por
arrojarlo al hospital, con las úlceras reventadas como claveles, y acabó por
dominar los movimientos del campeón.
Días después, pidió una plaza en el club local, se sometió a una prueba y los
dirigentes lo matricularon de inmediato, frotándose las manos porque habían
encontrado un arma letal y secreta que mostrarían al público ese domingo,
frente al equipo favorito, sabiendo que estaban a punto de irse al descenso.
Aquel domingo, las tribunas estaban poco menos que desiertas porque la
hinchada ya no tenía fe en el equipo local y temía el descenso. El campeón había
llegado con su propia barra que atronaba en la curva sur. Todo indicaba que
el campeón iba a ganar y que el equipo local se despeñaría irremisiblemente
hacia las divisiones inferiores. Los altavoces anunciaron a Moncho, un jugador
desconocido, una incógnita para todos, incluido para el técnico del campeón,
que lo miró con desdeñosa curiosidad.
Comenzó el partido, llegaron las primeras escaramuzas, pero cuando
Moncho tomó el balón, ya no lo soltó más; ni siquiera combinaba con sus
compañeros porque temía que erraran los pases; confiaba en sí mismo a tal
punto que no soltaba el balón hasta que lo estrellaba en las redes. Para sorpresa
del público, el equipo local ganó por 5 a 0 y el Moncho fue sacado en hombros.
Luego se enteraría de que el Gordo había seguido el partido en el televisor
del hospital y que por poco le revientan nuevamente las úlceras por los gritos
desaforados que dio festejando cada gol de su joven amigo.
El equipo técnico decidió vigilar la nutrición y las horas libres del
muchacho, y destacó médicos, dietistas, kinesiólogos y estrategas para
cuidarlo y vigilarlo. De ese modo, el equipo local fue ascendiendo en la tabla
usando la misma receta: colocar a Moncho en la línea de ataque, cederle el
balón y esperar el gol seguro. Los zagueros rivales solían recurrir al foul, pero
Moncho saltaba como tigre, hurtaba el cuerpo como un pez y se colaba al arco
metiendo goles y goles.
Los técnicos del campeón estaban consternados, pues lo que no llegaba
siquiera a una vaga amenaza se convirtió en el riesgo inminente de perder el
campeonato. Celebraron reuniones, analizaron los partidos, detuvieron cada
jugada de Moncho para explicarse el grado de perfección de esos movimientos.
17
Se acercaba la final del campeonato y les urgía controlar a Moncho. ¿Cómo
podían hacerlo? Con un buen zaguero que lo neutralizara. Pero, ¿dónde
encontrarlo? Analizaron la lista de jugadores propios y no encontraron uno
que pudiera neutralizar a Moncho. El director técnico repetía que Moncho era
un jugador perfecto, que sus jugadas tenían la perfección de, la perfección de,
la perfección de una computadora. De allí salió la idea de buscar un hacker y
plantearle el problema.
Hechas las consultas, no había persona más indicada que el Gordo. Lo
conocían muy bien en el medio: prácticamente no salía de su encierro, donde
vivía ingresando a archivos encriptados bajando y modificando programas y
copiándolos en discos que iban a parar al mercado pirata. Un hincha del equipo
local consiguió la dirección del Gordo y el cuerpo técnico fue a entrevistarlo
para plantearle el problema.
El Gordo no podía creer lo que le pedían. Había vuelto al estudio de
las jugadas de Moncho en los últimos partidos tan sólo para reconocer los
movimientos maestros que él había programado. ¿Y ahora le pedían un
antídoto para su propio veneno? Le ofrecieron una fortuna, sin saber que al
Gordo lo que menos le importaba era el dinero. Estaba a la vista que vivía como
Diógenes, en un desorden inconfesable, siempre a bordo de la computadora,
que era el único lujo de la cueva oscura que habitaba. Pero el Gordo aceptó
el desafío por otro motivo. De pronto se acordó de la imagen de Moncho en
el espejo: si lograba programar un zaguero que fuera la imagen de Moncho
allende el espejo, el zaguero podría neutralizar sus movimientos.
Este trabajo no fue tan fatigoso como el original: le bastó invertir sus
fórmulas cotejando uno y otro jugador para eliminar errores y listo, el trabajo
estaba terminado.
Ese domingo se jugaba un partido decisivo entre el campeón y el equipo
local. Éste necesitaba ganar para clasificar a un partido extra en cancha neutral,
en tanto que al campeón le bastaba un empate para retener el campeonato en
sus manos. Cuando salió a la cancha el equipo local, una multitud saludó a
Moncho con una gran aclamación. El campeón anunció la alineación de su
equipo y nadie prestó atención al nombre de un jugador desconocido que
jugaría en la línea de zagueros. Se inició el partido con la táctica consabida
de cederle el balón a Moncho para que éste hiciera los goles, pero entonces
se le enfrentó el zaguero desconocido y lo bloqueó de tal manera que, para
estupor del público, lo anuló por completo. La novedad era tan alarmante,
18
tan inesperada, que público y jugadores se concentraron en las jugadas del
zaguero y los errores de Moncho. Así el partido iba a concluir sin goles cuando
un balón venturoso ingresó al arco del campeón y el partido terminó 1 a 0,
con un gol que, como es de suponer, no lo metió Moncho. El equipo local
había ganado el derecho de jugar la final en un partido extra. Buen motivo de
festejo, pero el director técnico y los jugadores se retiraron muy preocupados
por el rendimiento de Moncho. ¿Qué había pasado? ¿No que era un jugador
perfecto?
Alguien se frotaba las manos de gusto: era el Gordo, que había visto el
partido festejando con una sonrisa enigmática los movimientos precisos del
zaguero que acababa de crear para que anulara las jugadas perfectas de su
amigo Moncho.
El partido final sería en una semana. Moncho se perdió prácticamente
los siete días, concentrado en una villa olímpica donde se consagraba a sus
entrenamientos. La noche de vísperas, le permitieron retornar a su casa para
acompañar a su madre. El Gordo tenía un problema de conciencia: sería
todo lo pirata que uno quisiera, pero tenía su lado ético, insobornable, su
honestidad de artista. En ambos casos, había creado jugadores perfectos,
de modo que nadie podía acusarle de engaño. Pero ¿cómo perjudicar de esa
manera a su amigo Moncho?
Moncho ingresó a la habitación del Gordo en silencio; se le aproximó por
la espalda y le dio un abrazo. Se lo notaba ansioso y uno diría que abatido,
como si de antemano hubiera perdido el campeonato. Dijo unos cuantos
monosílabos y se fue.
Aquella noche, el Gordo se amaneció frente a la computadora. Más tarde
recordaría que leyó con creciente interés las palabras de un profesor argentino
que asistía a un seminario lacaniano. Alguien le reprochaba el aislamiento de
los lacanianos que acostumbran discutir a puerta cerrada los aspectos más
oscuros de la obra de Lacan y le preguntaba para qué podía servirle Lacan al
ciudadano común. El profesor opinaba que había por lo menos un aspecto en
la obra de Lacan que era útil para cualquiera. Él había dedicado 30 años de su
vida a estudiar este aspecto y se ofrecía a explicarlo:
—Freud quiere hallar una explicación racional para todo. Si eres estreñido,
no has superado el complejo de Edipo; si eres pródigo, tienes envidia del
pene de tu padre. En cambio Lacan admite que, digamos, el uno por ciento
de nuestras acciones no tienen explicación racional alguna, porque uno las
19
comete por boludo. La teoría lacaniana de la boludez, que yo le llamo. Las
palabras del argentino lo desvelaron hasta el amanecer.
En la final, los equipos ingresaron a la cancha. La multitud recibió con
frialdad a Moncho; en cambio, estalló en una aclamación ensordecedora
cuando apareció el zaguero misterioso. Moncho se persignó haciendo unos
pases sobre el cintillo de Capitán que le había concedido el cuerpo técnico, y
comenzó el partido.
De inicio, Moncho tomó el balón y avanzó hasta el arco rival hasta toparse
con el zaguero misterioso, que le quitó limpiamente el balón y lo sacó al lateral.
Intentó una y otra vez meter gol y no pudo porque el zaguero se le anticipó. Así
el primer tiempo concluyó con un 0 a 0.
Al parecer, todo estaba perdido. Bastaría un gol del equipo rival para ganar
el campeonato; en cambio, Moncho había sido anulado y no había tiempo para
pensar en una táctica alterna. Con ese ánimo volvió Moncho al campo de juego,
se reinició el partido y otra vez nada: el zaguero era un muro de concreto, de
acero indestructible. No era que Moncho no jugara bien: era admirable su
dominio del balón, pero el zaguero acababa siempre por quitárselo.
De pronto, Moncho quiso hacer un sombrero e inexplicablemente
cometió un error: esta vez no hizo una jugada perfecta. Para su sorpresa, el
zaguero dejó escapar el balón y Moncho pudo anotar cómodamente su primer
gol. Volvió a la carga con sus jugadas más estudiadas, pero el zaguero había
recobrado el control del partido. En eso Moncho debió darse cuenta del
enigma, porque de pronto se obligó a cometer errores. Así comprendió que
el zaguero rival era tan perfecto que la única arma para rebasarlo era cometer
errores.
Moncho metió cinco goles; el público lo aclamó como campeón; en su
calidad de capitán, recibió el trofeo y la medalla de oro.
En las tribunas, el Gordo se frotaba las manos y hacía coro a la barra local,
que cantaba “La mar estaba serena”, con una consigna incomprensible:
— ¡Lacan estaba en lo cierto! ¡Lacan tenía la razón!
La noche de vísperas, cuando se amaneció buscando una solución al
problema de Moncho, había comprendido que la única manera de burlar al
zaguero era admitir la boludez en la programación perfecta de su pupilo.
20
CAMBA STRONGUISTA
Juan Claudio Lechín
21
chilena, todos goles de lujo que hacían vibrar el acento argentino de los
locutores de radio que habían aprendido a hacer radio en Salta y Jujuy.
Con frenesí comentaban la genialidad del “camba de oro” que
era yo, mi viveza, mi desparpajo juvenil frente a la seriedad de los
profesionales. Y en la calle Beni al lado del mercado todos los pelaos
del barrio escucharían la radio con emoción y Pitito que siempre me
ninguneó y Florencio que me matoneaba porque su papá era barrientista
serían expulsados del grupo porque, como a Jesús, habían maltratado a
la promesa del pueblo que era yo, a la estrella gambetera del barrio que
era yo, la fe del mercado central que no era otro que yo.
Y como venganza obligaban a Pitito y a Florencio a lamer el polvo
del ladrillo de las aceras y ellos juraban conseguir una foto mía con el
prefecto del departamento y ponerla como estampita en un altar de sus
casas. Y Purita Melgar con sus piernitas de palillo pero ojos iluminados
de curucusí y Trini Pinto que dice mi nombre en tono de taquirari por
fin querrán huir conmigo al monte.
Ese año ganábamos el campeonato gracias al “camba de oro” y en
el suramericano de fútbol campeonábamos haciendo arrodillar a los
uruguayos, a los gauchos y a los negros y el público me levantaría en
hombros y me pediría autógrafos y vendrían de todo lado a pedirme que
juegue con sus equipos. Pero solamente aceptaría en un equipo que
jugara contra Yashin, el gran arquero, el famoso la araña rusa, y al pobre
yo le perforaría el arco como coladera y hasta le partiría el travesaño de
un chute, como hizo el peruano Lolo Fernández, y Yashin correría a
abrazarme y me diría en rusesco: “¡Oí cambita stronguista sos el más
grande de todos los tiempos!”, y Eusebio quedaría opa de tanto gol mío
y Beckenbauer y el Tanque Seller, mandarían cartas llenas de halagos y
yo, mandaparte y lleno de pretensión, les diría que en mi barrio había
montones y hasta mejores, y se correría la noticia y se vendrían los
entrenadores gringos, gauchos y negros como petos refresqueros a
buscar a los pelaos de la calle Beni.
Al día siguiente, 25 de septiembre, era mi cumpleaños y el mejor
regalo de mi vida fue ser de la plantilla del más grande equipo del mundo,
del Strongest. Temprano me fui al entrenamiento con todos mis amigos
menos Pitito y Florencio el barrientista. Eustaquio Ortuño, el director
técnico, me recibió y todo el equipo se acercó a saludarme no como una
22
mascota sino como un crack. Yo miraba a mis ídolos con admiración.
Juan Iriondo fue el primero en pasarme la pelota que disparé contra el
arco de Cáceres haciéndole un gol que él mismo festejó. Los argentinos
Porta y Marchetti hacían abdominales y comentaron:
—El pibe se las trae.
Torrico, Vargas y Tapia jugaban cabecitas. Franco, Díaz y Arrigó
pateaban y cabeceaban corners. Durán y Flores se acercaron al trote
con el masajista Aguilar:
—El cambita está un poco flaco, dijo Aguilar.
—Parece que no come suficiente majadito, bromeó Durán.
—Pero patea como mula, aseguró Flores.
Desde la verja mis amigos me hacían señas y Trini y Purita me
lanzaron besos volados cuando empezó a chilchear. Luego llovió a
cántaros. Buscamos refugio y apretados debajo de un totaí todos me
hicieron bromas y elogios. De pronto me sentí en otro barrio como el
que tenía en la Beni, que estaba en otra hermandad, en la del Strongest.
Media hora más tarde escampó y yo estaba emocionado a no más dar.
Salí debajo del árbol y corrí por la cancha mojada a buscar la primera
pelota que se me cruzó. No escuché los gritos y las advertencias. Mi
entusiasmo me ensordecía. Pateé la pelota pero mi pierna se quedó
clavada en el piso y mis huesos sonaron al quebrarse. La bola dio unos
pocos tumbos. Nada más. El cuero de las pelotas de entonces no era
impermeable, absorbía el agua y se ponía pesadas y duras. Caí al piso
y no grité para no parecer maricón. En el hospital me enyesaron y me
prohibieron jugar en tres meses. Ahí lloré frente al médico y a mi madre.
Enmuletado fui al día siguiente al aeropuerto, un 26 de septiembre de
1966. Todos me consolaron y me dijeron que cuando me restableciera
me uniría al equipo:
—En un solo entrenamiento has demostrado que el equipo te
necesita, me dijo Ortuño al despedirme con un abrazo.
Esa noche me enteré por radio del accidente aéreo del Strongest,
me enteré que mi equipo aurinegro se había posado para siempre en las
eternas nieves de Viloco. Allí están todos mis maestros y allí se quedó
sembrado mi sueño de golear a Yashin y de hacerme adorar por Eusebio,
23
Beckenbauer y Uwe Seller. Allí, en ese Olimpo, están ellos cuidando el
fútbol de altura y miran con paciencia la vida desordenada en que nos
metemos los hombres por las ambiciones y el poder. Cuando viajo a La
Paz, que cada vez es más poco, los veo jugar sobre las montañas con
delicadeza y potencia. Siguen siendo futbolistas asombrosos.
El tiempo cambia todo. Me casé con una cochabambina buena
y trabajadora que se acambó rápido. Obviamente, mis hijos son
blooministas, de Destroyers y de Oriente y ahora, con este lío racial
que no había antes, odian a los collas y, claro, al Strongest. Y los collas
nos odian a nosotros los cambas aunque seamos del Strongest. Es que
los políticos nos meten rencor para beneficiarse y nosotros, cojudazos,
caemos en sus trampas. Muchas noches me encierro a llorar en soledad
porque ya no tengo con quien compartir los amores de la cancha y mis
memorias. Y ya está pasando de moda la época donde todos éramos de
un solo país, teníamos un solo corazón, una sola bandera tricolor y casi
todos éramos del mejor equipo del mundo. Sólo los más joichis eran del
Bolívar.
24
RADIOGRAFÍA DE UN GOL*
Gonzalo Lema
“¡Crisóstomo, que pasen los muertos, carajo!”
Gritó Pirulo Pérez, orinando de cuclillas mientras simulaba
amarrarse los botines.
Un cielo de papel picado y pequeñas pero múltiples explosiones
cubría el estadio Félix Carriles. La gente brincaba abarrotada por miles
en las dos únicas tribunas, agitaba banderitas, chillaba.
Pirulo orinaba limpio en medio de veinte mil espectadores. Algo
había ordenado al Granuja que, sin embargo, quedó enredado en la selva
de cohetes y hurras bulliciosos de las barras y de las bandas de música.
Los jugadores corrían y se detenían, saltaban, simulaban cabecear
pelotas invisibles, hablaban para la prensa completamente fatigados y
de reojo observaban las tribunas repletas. Era el calentamiento en la
cancha.
Granuja estiraba los músculos de las corvas y de la espalda, retorcía
su cintura en giros de derecha e izquierda. Observó orinar a Pirulo Pérez
sin pensar demasiado en ello. Más al fondo, vestido íntegramente de
negro, el Turco Issa trabajaba silencioso ubicando algodones blancos
en una línea recta del penal a su arco.
El Nene Vargas le habló al muchacho: “Si es posible que la toques en
vez de rechazar, mejor. Así controlamos el partido”.
“¡Con fuerza, carajo!”
Gritó algún otro.
Piloto Cabrera llamó con la mano al negro Mandinga Joanna hacia el
círculo central y comenzó a aplaudir mirando a todos sus compañeros,
dando ánimos para jugar a toda máquina.
El pitido inicial fue saludado con una gran ola de satisfacción por
parte del público. La pelota corrió un medio metro hacia delante y luego
retrocedió cincuenta y seis hasta el Turco. El Granuja Martínez la vio
pasar por el suelo y se hizo el quite (pensó, fugazmente, en su madre).
25
El delantero centro atigrado también pasó por su lado, sin mirarlo.
El Turco hizo correr el balón por sobre el césped, lo tomó entre
las manos ante la embestida de Farías, volvió a ubicarlo en el césped
cuando éste se detuvo antes de ingresar en el área y con el pie derecho
la envió hacia el Zancudo Busset, marcador izquierdo. Zancudo Busset
al Roto Gangas, el mediocampista. Con toque corto y sin peligro, el
balón llegó al Nene Vargas que inmediatamente brincó hacia la derecha
en un amague muy suyo, luego retomó el camino y cruzó media cancha
dejando el balón, a domicilio, entre los botines del Mandinga Joanna.
Angulo, el 6 de los “tigres”, cayó como una tromba encima el negro.
La tribuna rugió como un trueno.
Piloto Cabrera corrió al lugar del hecho y reclamó con fuerza:
“¡Amarilla! ¡Amarilla!”El árbitro se hizo campo en el gentío con
ambas manos:
“¡Juega rojo!”
Ordenó, nada más.
“Patea tú, Granuja. Mandala hasta el avión”.
Dispuso Pirulo Pérez.
El muchacho acomodó el balón en el césped, lo sintió liviano. Unas
gotas de transpiración, gruesas y saladas, se le metieron por la boca.
Corrió y pateó largo. El balón se elevó cuatro, cinco metros por encima
de las cabezas y llegó a la punta derecha del área. El negro Iriondo de
The Strongest saltó por encima de todo el mundo y la echó fuera de la
cancha con la cabeza.
El público silbó.
Franco corrió a efectuar el saque de banda, muy cerca del banderín
del corner, y el público de preferencia lo animó con sus gritos.
El balón fue rechazado por Argañaraz, metiendo el pie entre varios
jugadores. El rechazo fue a parar a media cancha de los rojos, y la recibió
Pirulo Pérez, el último hombre.
Eran los primeros minutos de un partido muy tenso.
26
Granuja corrió hacia una pelota impulsada por un compañero,
perseguido por Bastida. Pirulo se mostró atrás, para el desahogue, y el
muchacho movió el cuerpo para el pase. Bastida corrió a la anticipación,
comiendo la carnada, pero sólo la pierna del defensor fue hacia allí,
porque luego giró el cuerpo y salió limpio por el otro costado.
El público regaló una ovación de gala a la maniobra.
“¡Bello, hermano! ¡Muy bien!”
Felicitó el Nene Vargas, y trasladó el balón hacia cancha enemiga.
(“¡Estoy bien, estoy contento!”)
El Roto Gangas se escondió detrás del árbitro, la pelota amarrada a
su pie izquierdo. Mientras el público festejaba su humor, Fontana, un
medio hecho de fierro y aserrín, se tiró en carretilla y volteó al jugador
y al árbitro con la maniobra…El Roto Gangas se levantó rápido pese a
todo y salió bastante victorioso de la falta.
El público ovacionó la jugada, pero luego comenzó la silbatina.
El árbitro (instrumento de campo) se incorporó y se lanzó a la
carrera detrás de la jugada: “Ley de la ventaja”, chillaba.
El balón fue de Chiwa Daza al Roto Gangas y luego al Mandinga
Joanna.
Angulo le cayó encima.
Piloto Cabrera corrió al árbitro:
“¡Amarilla, amarilla!”¿Qué esperamos?¿Que lo rompa en dos,
carajo?
Junto con el bullicio de locos, unas naranjas cayeron sobre el
gramado.
Los jugadores hablaban a gritos.
“¡6! ¡La próxima directo a las duchas!”
Dijo el árbitro y mostró la amarilla. Luego sorprendió a todos:
“¡Para usted también, so cojudo!”
Y mostró el mismo cartón al Piloto: “¡Chitón, no quiero escucharlo
hablar, camba y mierda!”
27
El público arreció con la silbatina. Algunos jóvenes atrevidos
empezaron a trepar la malla olímpica de popular, a sacudirla. Los perros
de la policía también ladraban.
Sin que nadie reparara, un fino velo de lluvia caía sin mojar sobre el
estadio.
“Quedate con el 9. Que patee el Roto, Granuja”.
Ordenó Pirulo Pérez.
Fontana rechazó el balón con un espléndido golpe de cabeza, la
recibió Taritolay y se la dio a Angulo.
Mandinga Joanna se tiró fuerte contra su tobillo.
Nuevamente chilló la gente.
Angulo cayó y comenzó a chillar de dolor. Los auxiliares tigres se
entraron a la cancha sin autorización de nadie: “¡Carajo, qué foul más
bruto!” El público arrojaba naranjas y latas de cerveza sobre Angulo.
Algunas voces se oían:
“¡Fuera todos los extras! ¡Fuera!”
Ordenó el árbitro a los asistentes. Con el índice sobre la cabeza les
mostró el camino.
“¡Vente con el 9! ¡Tomemos marca! ¡Cada uno con uno!”
Ordenó el Pirulo.
El 9 avanzó hacia el arco de los rojos. Era inmenso, de espaldas
anchas, bañadas por una melena color oro. Pisó al Granuja y no le pidió
disculpas. El muchacho reaccionó con un puntillazo bajo.
El gigante se derrumbó fingiendo ser de arena y sorprendió a todos.
El linesman alzó el banderín y el árbitro corrió hacia él para informe.
Piloto cabrera llegó jadeando a su lado.
Bastida se puso de pie con gran esfuerzo. Tenía media espalda más
que Granuja, y como veinte kilos de sobra.
“¡Hijo de puta! ¡Ahora se me inflama el tendón y no juego dos
meses!”
28
“¡Salte a descansar!”
Recomendó irónico Pirulo Pérez, desde el fondo.
El árbitro llegó a ellos corriendo, con el Piloto a su espalda.
“Los amonesto verbalmente ¡La próxima se van, cabrones!”
Bastida miraba a los rivales con muchísimo odio. Tenía los ojos muy
verdes, delgados y chicos, como el perfil de un cuchillo pequeño para
cortar la fruta.
“Ninguno de los dos es un angelito. Son un par de hijos de puta que
no me van a dejar trabajar en paz. ¡Tengo ganas de expulsarlos!”
“¡Este cabrón me cagó el tendón! ¿Chió, que hice chió?”
“¿estabas cantando arrorró mi wawa, pelotudo? ¡Juegue!”
La silbatina arreciaba debido al tiempo perdido.
La pelota fue corta hacia Revollo que esquivó al Nene Vargas con
juego de cintura. La hinchada de los tigres no paraba de golpear un par
de bombos y platillos en la tribuna de preferencia. Pariente la pidió,
ya cerca del área, pero se adelantó Zancudo Busset estirando la pierna
izquierda y entregando, rápido, el balón al Nene.
La defensa salió corriendo buscando media cancha.
Bastida buscó la banda.
“¡Está a tu izquierda, haciéndose al pendejo!”
Orientó el Pirulo al Granuja.
La garúa casi invisible se detuvo en los altos cielos. La pelota
viajó unos segundos vía aérea y Bastida buscó pararla con el pecho,
empujando un tanto, con su espalda, a su marca pegajosa.
Ambos se codearon, pero fue el Nene el que se benefició con la
jugada.
Piloto dio la vuelta y arqueó el cuerpo para cederla al Chiwa Daza,
en la izquierda. Un atigrado se la creyó y arrojó para tapar el balón.
El Piloto continuó su carrera, buscó al Mandinga Joanna a gritos, lo
vio llegar de un costado, hacia su encuentro, se la aflojó y la volvió
a recibir tan redonda como la había mandado, pasó la media luna y
29
Fontana le salió al encuentro, pero el Piloto estaba imparable y se
hizo el hueco.
El público se puso de pie.
El guardameta tigre se sorprendió de verse cara a cara con el
enemigo y quedó atornillado bajo el travesaño.
Piloto (típico en él) ladeó el cuerpo, mostró la cara interna del botín
para cachetarla contra el primer palo, el arquero se arrojó desesperado
a taparla, comprendiendo, inmediatamente, que se estaba tragando un
amague.
Piloto ingresó al pórtico con balón dominado.
La tribuna estalló como una bomba.
“¡Goooooooooooooooooooooooollllll!”
30
FOREVER FRIENDS
Willy Camacho S.
31
equivalente a tres fardos de cerveza en el cintillo o, mejor dicho, en su
bordado: un barroco diseño multicolor en el que sobresalía un tigre en
postura de ataque, acompañado por el Illimani y el nombre del equipo
resaltado con hilo de oro y relievado con lentejuelas; como para gritar a
todos: “Yo soy el capitán... ¡y de los Tigres, carajo!”.
El equipo rival no era presa fácil. Lo conformaban jóvenes, hijos de
comerciantes, universitarios algunos, bien alimentados, con el porte
atlético andino. Habían llegado a esa instancia sin perder ningún punto.
Sí, definitivamente, los muchachos del Forever Friends eran los favoritos
para hacerse con la copa. Eso no importaba, Lucio estaba seguro de
ganar. Pero claro, su seguridad sólo tenía como base el inmenso deseo y
la esperanza de llegar a ser el número uno, de triunfar aunque fuese por
unas horas. Treinta años de obedecer órdenes, de tragar “mierdas”, de
aceptar “carajos”, de llorar “hijodeputas”, de prácticamente besar los
pies al arquitecto de turno, le hacían desear imperiosamente ganar ese
partido.
El árbitro sopló el silbato chino para indicar que el partido
comenzaba. Monótono. Aburrido. Qué más se podía esperar de una liga
barrial. Claro que los que estaban en la cancha no pensaban igual y menos
cuando los muchachos del Forever Friends anotaron un gol. Festejaron
ruidosamente la conquista, realizando una coreografía afeminada que,
seguramente, habían ensayado durante la semana, mientras sus parciales
exteriorizaban su alegría y apoyo encendiendo unos cuantos petardos de
tres tiros —esos que generalmente sólo sueltan dos—, agitando banderas
celestes y destapando las primeras botellas de cerveza.
Lucio insultó a su arquero, a sus defensas, a sus atacantes y, aunque
con menor intensidad, incluso elevó su protesta a esferas divinas,
murmurando con la vista clavada en el cielo: “Qué pasa pues, Dios, ya
no jodas”. El partido continuó, sin mayores emociones, hasta que, en
el minuto veintidós de la segunda parte, Martín Poma —el fiel ayudante
del maestro Lucio, el mejor atacante del capitán Chambi— anotó el
empate. Lucio se arrojó a sus brazos, apretándolo hasta dejarlo sin aire,
mientras le salpicaba de saliva el rostro, gritándole al oído: “¡Bien, carajo,
bieeeen. Te has ganado una caja, pendejo!”. Y en el minuto ochenta y
cinco, la gloria: penal a favor de los Tigres del Ande. Sin dar oportunidad
a discusión alguna, el capitán corrió pesadamente desde el centro del
campo, gritando entre jadeos: “¡Yo pateo, yo pateo!”.
32
Alzó el balón con ambas manos, lo aprisionó como si alguien se lo fuera
a quitar. “Ahora sí. Quisiera que me vea el patrón. ‘Inútil de mierda’, sabe
decirme. Cuál inútil, carajo, yo hago sus casas. Yo voy a ganar la copa”,
pensaba, mientras acomodaba el esférico sobre el punto blanco que la cal
hacía resaltar en esa planicie polvorienta. “Diosito, dirigí mi pie. Si meto,
voy a bailar con traje de lujo este año, te prometo”. Se fijó en el arquero
de los celestes, un casi niño de dieciocho años. “A este chango lo voy a
fusilar”, se dijo, a tiempo de esbozar una sonrisa burlona. Retrocedió unos
quince metros para tomar el impulso que consideraba necesario. Miró el
balón, miró al portero, besó su cintillo y corrió con todas las fuerzas que
le permitían sus piernas escuálidas, cansadas de soportar ochenta y tres
quilos todos los días. “Conque inútil, conque cholo cojudo, conque hijo
de puta. Q’ara de mierda”, pensaba, impulsando su enérgica carrera con
el rencor acumulado durante tres décadas de humillaciones cotidianas. Y
fue tanto el impulso, que llegó cansado, dando un mediocre puntapié al
balón, que llegó sin potencia, rodando suave, a las manos del guardameta.
Nadie le reprochó nada.
Al minuto, gol del Forever Friends. Dos a uno: festejo celeste.
A Lucio no lo consolaba ni la cerveza que tenía en la mano. No hablaba
con nadie, sólo tomaba. En realidad, pocos jugadores de su equipo tenían
ánimos para hablar, la mayoría de ellos tomaban en silencio o, más bien,
callados, pues silencio no había, ya que los del Forever Friends y sus
seguidores contaminaban acústicamente el ambiente, exteriorizando su
euforia a gritos y, de tanto en tanto, con canturreos ñoños como “Un,
dos, tres, somos campeones otra vez...” o, peor aún, “Celeste, si quieres
celeste que te cueste...”.
Con el transcurrir del tiempo y de las cervezas, los labios comenzaron
a aflojarse. “Bien burro eres, Lucio, cómo has de fallar tan de cerca. Yo
hubiera chuteado”, le espetó alguien a quemarropa. Lucio se hundió
más en la depresión, pero casi de inmediato, tomó el vaso con firmeza,
lo bebió de un solo trago y se paró. Todos pensaron que iba a propinarle
una golpiza al insolente, pues en su rostro había una expresión de ira
contenida, denotada, sobre todo, por las venas dilatadas que se ramificaban
en su frente; sin embargo, pasó de largo. Se acercó al lugar donde los
muchachos campeones festejaban y rugió: “Changos de mierda, fuera de
aquí. A festejar a otro lado, pendejos”. Un silencio sepulcral siguió a las
palabras de Lucio; luego, carcajadas y burlas, originadas por el certero
33
balonazo que uno de los Forever hizo impactar contra la nariz del maestro
capitán. La trifulca se armó: puñetes, patadas, mordiscos, rasguños,
botellazos, sangre, dientes...
Los albañiles son rudos, no hay nada que hacer; arrollaron a los
Forever Friends en pocos minutos. “Hemos ganado, carajo, hemos
ganado”, gritaba Lucio, golpeándose el pecho en medio de un ataque de
euforia testosterónica, a todas luces contagioso, pues el resto de los Tigres
del Ande emulaban el proceder de su capitán. Recién entonces empezaron
a tomar bulliciosamente. Ya no hablaban del partido, sino de la pelea:
“Yo le he bajado la jeta al arquero”, “Yo le he pateado las bolas al que ha
metido el gol”, “Dos botellazos he dado a no sé quién”, y así, cada uno
contaba su pequeña hazaña, magnificando su participación en los hechos,
reclamando su porción de gloria. “Hemos ganado, en algo por lo menos”,
pensaba Lucio con orgullo supremo, acariciando los relieves de su cintillo
aurinegro. De trofeo, les quedaba el balón que, luego de golpear al
capitán, quedó botando cerca del tumulto y, tras la huida de su propietario,
abandonado en el campo de batalla. “Esta es nuestra copa”, decía Lucio,
riéndose a carcajadas, mientras levantaba la pelota del Forever Friends.
Poco a poco, los Tigres del Ande se fueron retirando del lugar. El
último en irse fue Lucio. Con el maletín en una mano y el balón-trofeo
en la otra, caminó unas cuantas cuadras, completamente extraviado en
sus pensamientos: “A ver, que me diga ‘inútil’ de nuevo, a ver. Que me
diga ‘indio de mierda’, a ver. Le voy a pegar, sin dientes le voy a dejar al
arquitecto. Si será arquitecto, tamaño burro. Yo trabajo, él gana. Él se
equivoca, yo cago. Pero que no me joda, ¡yo soy tigre, carajo!”. Caminaba
por la acera, que de todos modos le resultaba estrecha, pues se esforzaba
por mantenerse en medio de ella, como equilibrista de circo.
“Celeste, yo me limpio el culo con celeste...”, cantaba Lucio,
balbuceando la parodia, mientras se acomodaba bajo el pequeño toldo
de lata de una tienda, suficiente protección —según su razonamiento
alcohólico— contra el frío andino. Lentamente, fue disminuyendo el
volumen del canturreo —que alternaba con imprecaciones contra “el
arquitecto”, el Forever, el Bolívar o macanas similares— hasta quedar
profundamente dormido, aunque, eso sí, aferrado a su “trofeo”.
Soñó muchas cosas. Se vio en el partido, fallando el penal. Se vio en
la construcción, agachando la cabeza mientras el arquitecto le mentaba a
34
la madre y a la raza. Se vio en su casita, comiendo con sus cuatro hijos. Se
vio en el Siles, gritando un gol del Tigre. Se vio en su cama, amansando a
su mujer. Sintió alegría, sintió placer, sintió rabia, sintió hambre, sintió
pena, sintió dolor, sintió dolor, sintió dolor... Abrió los ojos y alcanzó a
ver la mano que retiraba el puñal de su estomago. Cayó de bruces contra
el cemento helado. Su sangre brotaba a borbotones, formando un charco
rojo alrededor de su cuerpo. Agonizante, sólo tuvo fuerzas para mover
los ojos y buscar con la mirada su “trofeo”. Lo divisó, metros más arriba,
siendo arrastrado por los suaves toques que un par de pies le propinaban.
Levantó la vista tanto como pudo y llegó a distinguir la delgada figura
del agresor, principalmente su espalda, cubierta por una vistosa polera
celeste que llevaba estampado el número doce y “Forever Friends”.
35
36
MERMELADA Y GOL
Mabel Vargas Mendoza
Esa tarde dije buenos días a todos los que estaban reunidos a tomar el té.
Pocos notaron mi demora y los más sonrieron como si nada hubiera pasado.
Me senté junto a papá quien se apresuró a darme un pedazo de pan con esa
mermelada de frutilla cuyo sabor jamás olvidaré. Nunca, porque a pesar de
ser la mermelada más exquisita, más ultrarequetedeliciosa del mundo, tiene
un sabor a nublado, a gris, a cama fría, a marraqueta, a silencio, a duelo, a
muerte. Desde ese día empecé a odiar-temer. Desde ese día esa rara mezcla de
sensaciones se pegó a mi cuerpo con más claridad.
Serían como las cuatro, o las dos, quizás, más o menos. La verdad es que
no importa tanto este dato como lo que sucedió después. Calientita con un
abriguito azul con cuello negro y canesú, veía por la ventana el pequeño jardín
que teníamos en la casa. Mi mirada no podría llegar más allá, salvo por el ruido
de motores de un avión carnicero que pasaba todos los días repitiendo su
repertorio. Ensimismada como estaba, agarrando mis rodillas entre mis manos
y mi cuello, escuché decir en la radio: ¡Extra, extra, extra!
Todos gritaron ¡silencio!, como si el silencio se gritara. Una voz dijo
con angustia: “el avión que traía a los jugadores se ha estrellado”. Así como
si nada, el comunicado se perdió en el vacío de la transmisión. No sé cuántos
minutos pasaron. No sé qué minuto se perdió. Ninguno de nosotros pudo
reaccionar: mi padre que estaba pintando un retrato y mi madre que le daba las
combinaciones de color; mi abuelo que medio se alegraba y medio se apenaba
y mi abuela que le daba pellizcones en sus nalgas; mi hermana, con sus grandes
trenzas de soga, jugando a ser la madrina de la gorda y yo metida bajo la mesa,
llorando de terror.
Viloco es un cementerio anónimo; por eso lo odié y lo temí durante
décadas de vida. Desde esa tarde, la naturaleza, mi naturaleza, se me hizo
extraña y empecé a rechazar los días nublados, todos los panes con mermelada
de frutilla. Desde esa tarde tenía a mi equipo campeón con uno de los Iriondo
a la cabeza; un equipo muerto que hizo renacer en mi corazón a un Galarza, a
un Angulo, a un Zorro Bastida, a un Martínez, a un Castillo y tantos otros que
me pusieron en el stadium.
Desde hoy, también una lejana tarde nublada, puedo decir que, aunque la
mermelada ya no es dulce, no hay nada, nada, nada, mejor que un gol. Un gol
del Tigre Campeón.
37
EL DIOS TIGRE
Oscar Díaz Arnau
A Raúl “Chupa” Rivero, emblema de todos,
pero especialmente de Roberta,
y de Pachi, claro.
38
EL PIERROT
Erika Bruzonic
Dicen que se fue
Dicen que está acá
Dicen que se ha muerto
Dicen que volverá
Jaime Roos (Aquello)
Miguel Monzón, alias “el Pierrot”, abrió los ojos con una idea de
incredulidad dentro de su cabeza que, entre paréntesis, se le estaba
partiendo en cien millones de pedacitos, cada uno dueño de un dolor
autónomo, soberano, torturante: seguía vivo.
Sacó la lengua, pasándola por los labios resecos, partidos y casi
sangrantes. Le dolieron. Su nariz registró el olor acre del alcohol
regurgitado y, bruscamente, cerró la boca; hedía a diablos. Sobre sus
dientes, la lengua le avisó de una corteza áspera y agria que los cubría;
sintió sus encías forradas de una capa pastosa y le costó tragar la saliva
amarga acumulada a los costados —un tanto biliosa— que se le atascó a
media garganta, provocándole un acceso de tos con mucha flema y vómito
de alcohol rancio.
No se convencía de estar con vida. Se había encerrado a beber en
serio durante cuarenta y ocho horas —noche, día, noche, día— ¿qué día?
¿qué hora? Pasó una mano por sus ojos y comenzó a respirar por la boca,
tapándose la nariz con la otra mano. Olía a borracho muerto. Imposible
mover la cabeza, ni pensar en pararse para mear. ¿Se haría pis en la cama?
Pis, pis, pis. Algo había hecho con su propia orina —pero, ¿qué? Quería
acordarse y no podía. ¡Ah, el Clásico! ¿Se habría meado en el dividí del
Clásico? ¡Mierda, no! Era original; caro además. Trató de incorporarse
en la cama y dos flechas de dolor ciego le traspasaron las sienes, los globos
oculares, y se insertaron hasta en su carnet de identidad. Un manotazo al
vacío para erradicar el dolor le llevó a comprobar que su aparato de dividís
estaba acostado con él, en lugar de estar encima del televisor frente a él.
¿Qué carajo hacía la máquina a su lado? Ya se estaría acordando; en la
ducha o en los ensayos del día siguiente, o mientras se estuviese cogiendo
a alguna de las mujeres de nombres y teléfonos prolijamente anotados en
su libretita azul, bien oculta bajo los cedés de Zitarrosa y de Jaime Roos.
39
Roos. ¿Dónde está la Gran Muñeca, que no trilla el bulevar…?, pero
ahorita no tenía ganas de muñecas, grandes o trilladas; tenía que acordarse
dónde había meado por última vez antes de botarse boca abajo en su cama,
abrazado al plateado reproductor de compactos, para dormirse babeando
sobre la almohada, roncando uniformemente.
¡Ja! Le iba a costar. ¡Huevo! Se pararía a pesar del dolor infame y la
acidez desgarrante e iría al baño —en privado siempre pensaba en el baño
como “el water”— a deshacerse de todo el alcohol alojado en su vejiga,
para que se volviera sólo orina de color amarillo intenso como la cerveza, e
igual de espumosa, dentro del inodoro. ¿Y después? Ya se le ocurriría pero
—primero lo primero. Asentando los pies en el piso con suma suavidad,
para que no le repercutiera el movimiento en su aturdida cabeza, caminó
hacia el baño —water— agarrando la pared. Pisó las baldosas heladas y
un “ay, mierda” le salió entre dientes, como una súplica. Se acordó de
otro baño: alfombrado, oloroso a rico; pero supo que ahí no iría a parar el
chorro. ¿Dónde? ¿Dónde? ¿Dónde, anoche? Daba igual: no se acordaba
de nada.
No solamente su cabeza se le estaba deshaciendo por dentro. En
ese instante sentía, desde el cuello hasta las rodillas, un dolor vago e
irreconocible que lo distraía del menester urgente que era mear.
Una vez sacudida la última gota del extremo de su encogido pene — ¡puta
que chiquito se volvía con el frío!— continuó parado delante del inodoro,
bostezando. Le costó evacuar como de costumbre, así que Miguel se agarró
con toda la mano derecha, hurgando su miembro hasta calentarlo un poco,
únicamente queriendo aliviar sus riñones. Después se olió la mano: no olía
a coño, lo que quería decir que no se había acostado con una mujer. Sin
embargo, sabía instintivamente que algo tenía que ver su momentáneamente
fláccido miembro en el cuento que su memoria le negaba.
El dolor agudo que no reconocía se le trasladó a la mano y la miró. Se
fijó en el último nudillo, el del meñique: tenía un color negro aborgoñado.
“Típico” pensó, “me he sacado la mierda”, y trató de convencerse a modo
de consuelo, de que todos los dolores de la resaca eran hasta saludables;
daban fe de que, al menos, había bebido. A los cuarenta y seis, las sacadas
de mierda dolían muchísimo más que a los veinticinco, eso seguro.
Llegó hasta la mesita del teléfono — ¡puta que era sesentero, tenía
“mesita de teléfono”!— y apretó el botón de la máquina de mensajes.
40
Cuatro llamadas, casi todas cobrándole: “Ya pues, hermano, hace dos
meses que estoy esperando que me devuelvas mi plata…”; una de Milenka.
Milenka, Milenka… Halló el coraje para acercarse a su mueble de cedés;
manoteó debajo de los de Alfredo Zitarrosa y halló su índice personal de
un harén forjado a punta de años de repetir a cada una de las mujeres que
estaban inscritas entre las dos tapas azules, que era ella la que él amaba.
“Siete cero cinco, celular”; dijo para sus adentros. Miguel no tenía
por qué memorizar ningún número de teléfono. Allí estaban anotados,
de línea fija y celulares, sólo números porque no era tan hijo de puta
como para poner calificaciones a cada una de las hembras con las que se
acostaba de la a hasta la zeta. Así que llamaba Milenka. Bueno, tendría
que esperar a que a él se le pasara la bruta resaca — ¿cuál resaca?— ch’aki,
en buen paceño, qué era eso de “resaca”. Además, la tal Milenka era
miraflorina y tenía nombre de peluquera. ¿Por qué carajo le daría su
número de teléfono? El era de Sopocachi; no, no, no —no contiene, cero
al cociente. Esas cosas no cambian en cuarenta y cinco años ni en cien—.
No la llamaría ni hoy, ni mañana, ni pasado.
Eructando bilis se fue hacia la cocina. Abrió el refrigerador, hallando
nada comestible y nada de beber. Se fijó en el basurero y vio seis botellas
vacías hasta el culo: dos de vodka y cuatro de whisky. Una ligera patada
al artefacto indicó que también había latas alojadas en el fondo; ¿de qué?
Miguel no tenía idea. Red Bull no sería. Ojeó los mesones y vio cuatro
vasos sucios, ninguno con manchas de lápiz labial; o sea, había sido farra
de hombres. ¡Ah, sí! Era por el triunfo del Tigre, aunque ese dividí del
Clásico era un cruce nomás: partido memorable, sí, pero del siglo XX. No
importaba, para Miguel Monzón, ser hincha de The Strongest era como
creer en Dios; podía mirar y remirar partidos antiguos y farrearse igualito
que si fueran “de adeveras”.
Regresó a la sala-comedor para hacer un recuento de los daños; siempre
había alguno: quemada de tapiz por cigarrillo, mancha de vino tinto en la
alfombra, un día hace muchos años, blanca; arañazo en el parquet, vasos
rotos. Esta vez no encontró más que el cenicero lleno de colillas y restos
de lo que él daba en llamar “manzanilla” cuando en realidad era, ni más ni
menos, marihuana. Hasta ese día no entendía ni iba a entender la causa de
la paranoia que le obligaba a disfrazar uno de sus hábitos más arraigados
con el nombre de una planta de flores blancas, buena nada más que para
desinflamar la congestión de la sinusitis, ¡qué huevada!
41
Otra vez en la cocina, revisó el horno. Dentro reposaba una olla verde
envuelta en un repasador anudado en la parte superior. La mujer que iba
a diario a cocinar su almuerzo le había dejado algo para ese domingo.
Procurando no agacharse sacó la olla, desató el repasador y quitó la tapa:
lentejas con arroz. Miguel se pasó la mano por la cara de arriba a abajo; se
le estaba revolviendo el estómago. ¿Lentejas después de una borrachera
de dos días? Ni que fuera cojudo.
Me voy, me voy, me vivo yendo; esta noche me hizo vista el tiempo,
en las copas me dieron changüí… El cedé de Roos era demasiado para
su dolorida cabeza; no lo apagó sin embargo. Dejó el sonido muy bajo
y sudando un poco frío, tiritando también, se acercó al teléfono y marcó
el número de la pizzería más cercana. Mientras esperaba la llegada de su
pedido, trató de recordar —una vez más— qué era lo que había hecho la
noche anterior, de la previa a esa no se acordaba ni quería. Su maltrecho
cerebro le avisaba que sería para su bien que recordara sus palabras, el
lugar donde había estado además de su casa, si había o no cantado; en fin.
El sonido del timbre le hizo cerrar los ojos con fuerza. Otro dolor más
intenso le atenazó el ojo izquierdo. Se llevó la mano a la cara y el tacto le
avisó de un bulto entre la ceja y la mejilla. ¿Se habría caído de ojo?
Abrió la puerta muy lentamente porque un mareo, aunque ligero, le
estaba atacando hasta hacerle temblar las rodillas. El repartidor lo miró y
sonrió, lo reconocía.
— ¡Hola, Pierrot! saludó como si fueran amigos de a diario. El
repartidor había visto al Pierrot en persona una única vez, en un concierto
en el Municipal, por el aniversario de La Paz. No fallaba: cada 16 de
julio el Pierrot daba uno o dos recitales en el teatro y cantaba su clásico
repertorio de homenaje a la ciudad y, en cada concierto, preguntaba
“¿cuántos de ustedes son del Tigre?”.
Así que aquí vivía. ¡Pobre! Parecía que un tren le hubiera pasado
por encima. Hasta sus característicos rizos, tan apretados que daban la
impresión de ser de peluquería, aparecían deslucidos como un casco sin
brillo, y comenzaban a grisar en las sienes y en la frente.
— ¿Me das tu autógrafo, Pierrot? Aquí, sobre la tapa de la caja.
Con destreza, el repartidor arrancó la tapa de la caja de pizza y le
entregó un bolígrafo azul masticado en un extremo. Miguel garabateó su
42
firma, haciéndola muy grande, para que no se perdiera entre el logo verde
y el teléfono de la pizzería. Intentó sonreír, pero el costado derecho de su
boca le dolió como un arañazo. Con cuidado se llevó la punta de la lengua
a la comisura del labio y comprobó que estaba partida; en un segundo le
iría a sangrar. Ese lado de la boca se sentía hinchado también. ¡Puta que
el trago hinchaba todo! Así fuera a mear cada cinco minutos, igual retenía
un montón de líquido, ¡más huevada!
Sentado sobre su cama, comenzó a engullir la pizza con chorizo,
jamón, locoto y cebolla, de dos en dos pedazos, regándola con tres latas
de cerveza Paceña bien fría; el hielo le aclararía las ideas. Agarró el control
remoto y encendió el televisor. ¿En qué cama estaría antes de regresar a
seguir la farra en su casa? Así fue como se acordó de una cosa: las sábanas
eran azules. ¿Quién tenía sábanas azules en su cama? Si en ocasiones
no podía acordarse de su número de carnet, ¿cómo podría acordarse de
cosas después de beber botella tras botella de alcohol, matizándolas con
porros, uno cada quince minutos? Ni Mandrake, decidió. Hmmm… azul.
Se han ido, soplando candilejas, esta noche no tengo ni quejas, sin
embargo el que llora soy yo… No daba más. El locoto le provocaba goteo
nasal y le aguaba los ojos, pero era una maravilla para recuperar la lucidez.
Tiró a un lado la caja de pizza vacía y limpió con el codo y la manga del
pijama los aros de cerveza que habían dejado las latas sobre su mesa de
noche. Gateando dentro del edredón de color mostaza que cubría su
cama, se hundió bien adentro del colchón, jalando las almohadas hasta
su hueco oscuro, para dormir una siesta verraca que, tal vez, le aclarase la
figura de la farra.
Soñó mucho con la vecina, esa mujer enhiesta de espaldas y dura de
mollera con la que intentaba sostener una envejecida amistad romántica,
defraudándola y defraudándose en el camino de más o menos once años
que habían trajinado —nunca juntos del todo— casi siempre a putazos y
tropezones. No terminaba de confiar en ella. Había en sus ojos grises una
pequeña luz casi maldita que lo desasosegaba.
Se sintió bastante más viejo al despertarse de la siesta —fue
completamente vano tratar de acordarse de la dueña de las sábanas
azules o del pis… Ah, no. No, no, no. Tendría que largar el alcohol en
algún punto: ya estaba imaginando cosas del pasado como si le hubiesen
sucedido en los confines de su borrachera. Mirando en la tele el partido
43
Tigre-Wilsterman —ojalá saliera campeón el Tigre, su Tigre, vamos
todavía— recordó su viaje a Santiago de Chile: allí había inventado un
trago barato, propio para comunistas que todavía los había, aunque lejos
de Providencia: el Pisté. Pis – té, pisco con té, que ni es lo mismo ni es
igual que el singani con té o “té con té” de La Paz. Miguel pensó en la
cantidad de Pistés que se había tomado en la casa de Alejandro Stuart,
viejo gay, fotógrafo mimado de los comunistas. Creyó reconocer el origen
de su desasosiego por el asunto del “pis”, y se rió bajito. Tenía que largar
el trago.
Sí, era mejor la “manzanilla”. Al menos le permitía acordarse del
todo, de cualquier cosa que hubiese hecho —como tomar té con la vecina,
con quesos y pan de centeno con algo untable mezcla de caviar, hierbas,
colas de cebolla y crema agria. Comer eso no le había gustado nunca, le
aceleraba el vómito cuando bebía; ah, pero cuando estaba en la casa de
ella, comía lo que fuera. En el fondo tenía miedo de que esa mirada sin
errancias se le clavara en la cara, preguntándole sin preguntar, cómo es
que era tan, tan, huevonazo.
Sin acabar de saber del todo por qué, continuó acordándose de una
de las secretarias top de la Moneda: Ximena Osés, cincuentona con la
que no había querido acostarse sólo porque era cinco años mayor que él.
Recordó como de pasada que tampoco ella tenía sábanas azules; era más,
él no conocía más que las sábanas de su cuarto de invitados: blancas. Había
pasado solamente un par de días allí; a él le gustaba la noche de Santiago
y “la Ximena” se acostaba muy temprano porque, como secretaria de
Michelle Bachelet, trabajaba desde el alba. Para el Pierrot, decir “buenas
noches” a las diez significaba privarse de la posibilidad de respirar la
oscuridad y, quién sabe, atravesar esas pocas horas conociendo a alguna
mujer —por favor, no cincuentona— que mereciera el homenaje de una de
sus composiciones musicales, algo así como Te conocí bailando morenada.
Oigan al payaso que canta; cuántas penas en su garganta, en su mejilla
un lagrimón brilla; le ha tocado pasarse la vida a solas con su corazón…
¡Este Roos! Cantando desde el estéreo como si conociera al Pierrot —
pero de toda la vida. Y malditas las famosas sábanas azules, que le estaban
persiguiendo en su resaca como nunca lo había perseguido mujer alguna.
¡Mierda! De alguien debían ser… azules, azules… y una voz como de
raspador de zanahorias decía que QuéLimpio cobra, como empresa de
limpieza doméstica, el doble por trabajar en domingo.
44
¿Y si ahora encendía el dividí y miraba una película? Eso le ayudaría
a olvidarse de todo lo que le estaba molestando hasta hacerle sentir
punzadas como de aguja fina debajo de la ceja derecha.
Ya que estaba acordándose de Santiago, quiso darle su poco de
memoria a las noches de música y farra, una tras otra, pero —muy
especialmente— la noche en casa de Eduardo Peralta, chileno bienamado
de la gente y excelente anfitrión. Allí había conocido a una cantante con
la autoestima de un jugador de Racing Club y el potencial artístico de
una Shakira: Ximena Herrera. Hmmm, las sábanas de la casa de Peralta
no eran azules. No, tampoco la vaina iba por ahí. Sólo se acordaba de
haber cantado al tope de sus pulmones una canción por demás trillada
y típica de karaoke, y de haberle rogado a la tal Ximena que durmiera
con él en la misma cama “como hermanitos nomás”, porque temía que
el anfitrión quisiera consumar sus artes amatorias con él porque era el
invitado de honor.
¡Puta madre! Ya había comido bien, y bebido suficiente alcohol
como para nivelar su temblor, pero el dolor de cuerpo no se le iba. Es
más, estaba triplicando su intensidad. Era como…
Como un mazazo. Por doble partida. Su memoria, como un mazazo
grande y abrupto se le estrelló en cada onza de su cerebro, pesándole
como una vaca en brazos: las sábanas de la vecina eran azules. Por otro
lado, sus ojos, que recorrían su reflejo parado frente al espejo de cuerpo
entero del dormitorio, le avisaban de otro mazazo más literal: el que le
había dejado el ojo izquierdo de un verdoso crudo, como inacabado de
golpear y varios cardenales en los brazos y piernas —más que verdes,
violáceos—. Sacándose el pijama, vio que el hombro derecho acusaba un
golpe más fuerte que el resto, estaba negro. Cerró el ojo amoratado y,
sin siquiera un asomo de advertencia, se vio en su memoria inmediata
con una claridad que no hubiese querido: Ahí estaba él, agarrando su
pene con la mano derecha, bailoteando alrededor de esa cama de sábanas
azules deshecha, meándole a su contorno como delineando el territorio
que esa mujer tan pendeja le negaba desde hacía once años. Lo marcaba
como hacen los perros, orinando y gritando como un desquiciado.
“Me cago en tus comunicaciones; me cago en tus argentinos”, le decía
mientras derramaba en torno a esa cama que él creía demasiado nueva,
un reguero de orines de un amarillo puro que refulgía a la luz de una
lámpara de pie.
45
Oigan al payaso que canta, cuántas penas en su garganta; junto
a su copa de licor, solo; esta noche no luce su ropa, sin embargo le
llaman Pierrot… Asustado, Miguel Monzón se tocó los riñones y lanzó
un quejido ahogado: en su humanidad que paulatinamente iniciaba
la desalcoholización, sintió una vez más el puño furioso de la vecina,
descargándose con fuerza. El peso de toda la artillería de esa mujer se
acomodaba con precisión quirúrgica, en sus zonas más vulnerables; en los
riñones, los muslos, los hombros, el plexo solar y la cara. ¡La cara! Ahora
tenía el ojo izquierdo casi cerrado, el labio superior descosido en la parte
derecha y, cruzándole la frente, tres largas uñas le habían cavado un surco
sangrante de sien a sien.
Encogido, se acostó a gemir sus hematomas en voz alta y a dormir
con el recuerdo del puño diestro de la pendeja golpeándole, sus nudillos
encajándose uno a uno y estrellándose en su cuerpo hasta hacerle caer al
suelo y rodar fuera del dormitorio hacia el pasillo, la puerta de calle, el
ascensor y la salida; lejos de su cama, de su casa y de sus días.
Me llevo, como un capricho burdo, la esperanza escondida en el
zurdo, que el diablo se apiade de mí…
46
EL OJO DE DIOS, EL ROSTRO DEL TIGRE
Francis Schwitzgebel Torres
47
La habitación se llenó de silencio. Salté de la incómoda silla donde
pasaba mis noches acompañando a María esperando lo peor. La hallé
despierta y quieta, como si con sus últimas fuerzas habría logrado exorcizar
los demonios trémulos de Parkinson. Sus ojos brillaban con una terrible
lucidez o insana locura. La llamé por su nombre, le ofrecí agua, llamar a
la enfermera, bajarle el cielo, llamar la marea, partir la tierra, todo lo que
se me ocurrió que pudiera desear una mujer al filo de la vida. Me sonrió y
señaló que me acercara. Lo hice. Me pidió que me acercara más. Lo hice.
No fue suficiente. Con garra férrea, poseída de una fuerza que venía más del
otro lado que de este, me agarró del pelo. Sometí mi instinto de retirarme
y aguardé, ratón bajo una temible zarpa felina. Ella puso sus labios resecos
contra mi oído.
“Gottes Auge, das Gesicht des Tigers!”
El ojo de Dios, el rostro del Tigre. La frase estaba totalmente fuera de
lugar. Y aunque habló más con aliento que con voz, pude distinguir muy
bien que lo dijo, enunciando con tanta resolución que parecióme que
escuchaba a la misma mujer que se burlaba constantemente de mí, cuando
llegué a su puerta, hace casi media década, aferrada a mi título universitario
cual fuera un escudo, y a mis esperanzas de descubrir, en mi juventud, las
respuestas que me habían impulsado a estudiar arqueología andina.
Quedé así, inmóvil, incluso mucho después de que me di cuenta de que
había dejado de respirar. Apenas si me moví incluso cuando entró Viktoria
y destejió mi pelo de entre los dedos rígidos de María. Mi rostro se hallaba
húmedo todavía. Nos abrazamos, Viktoria y yo, por la pérdida de nuestra
amiga.
No asistí a su funeral ni a su entierro; tenía poca afinidad con los
cadáveres. María había vuelto a donde pertenecía, a esas planicies
inescrutables que recién ahora, yo sabía, leía como las cartas de un
amante que prometió volver. Salí a buscarla, pero sólo me topé con la
peor de las plagas: legiones de turistas ávidos por sacarse una foto al
lado de la gringa loca que estudiaba las líneas de Nazca. Nada les dije de
su muerte. Simplemente les di, aparentando la cortesía más genuina
posible, direcciones increíblemente convolutas, hablando rápidamente y
escudándome en mi exagerado y falso acento extranjero —un cruce entre
Marlene Dietrich y un científico ruso con más de un tornillo suelto— para
asegurarme que las indicaciones se hicieran todavía más equívocas. Cada
48
vez que me preguntaban algo, les sonreía estúpidamente y asentía como
ganso. Ellos me devolvían la sonrisa, confundidos, presintiendo que
cualquier aclaración mía simplemente terminaría por aturdirlos aún más.
Retorné a la casa de María, riéndome silenciosamente, sabiendo que ella
me hubiera reprendido con severidad. Sin embargo, el brillo de sus ojos
delataría que la idea de rechonchos turistas norteamericanos perdidos en
el desierto peruano, armados con cámaras y parasoles para protegerse del
inclemente sol altiplánico, buscando a una arqueóloga muerta y enterrada
días antes, le parecía perversamente delicioso.
Durante unas semanas, nada hice por entender sus últimas palabras,
al menos no conscientemente. La morfina la tuvo balbuceando por días,
y poco de lo que decía desde entonces tenía sentido alguno: retazos de
diálogos con su madre desaparecida, versos de canciones de cuna en aymara
y coloridas profanidades que mandarían al marinero más tozudo corriendo a
pedir asilo a la iglesia más cercana. Viktoria, quien la conoció muchos años
antes que yo, me dijo que en una ocasión la había sorprendido recitando
un poema de Blake, en su inglés puntuado por las asperezas del alemán.
Todos los desvaríos de una anciana moribunda más que comprensibles,
son bienvenidos: nos hacen creer que se hallan en estado de gracia, que se
hallan lejos de las mareas del dolor. Es su lucidez lo que tememos, no sólo
por la consciencia de su propio sufrimiento, sino porque creemos que la
cercanía de la muerte les permite ver —o peor, decir— cosas que preferimos
desconocer.
Diría, si me lo preguntaran, que la coincidencia hizo que hallara las
fotografías de las líneas. Lo diría con voz firme y resoluta, sin manos
temblorosas y mirando directamente a los ojos de cualquier inquisidor,
tal como lo hace toda persona que ha refinado la mentira a filo de navaja,
a través de práctica constante y recitada frente al espejo, a solas, hasta
llegar a creerse cada palabra, hasta reaccionar con enfado controlable y
razonado cuando surgiera la mínima duda de su integridad. Es fundamental
reaccionar controladamente, y, además, evitar toda divagación, cuando
se es cuestionado: ayuda a continuar argumentando hasta despejar toda
incertidumbre a satisfacción.
Además, era cierto. Había hallado las fotografías satelitales de María por
coincidencia. Buscaba unos libros que le presté antes de que la internáramos
por última vez en el hospital. Uno de ellos era El Libro de Obras Divinas, de
Hildegarda de Bingen, una mística del siglo XII, que resulta sorprendente
49
por la forma en que la autora fusiona reflexiones sobre arte, ciencia y
religión, a través de un lenguaje simbólico con elementos extraídos de
diez visiones. Hildegarda mantenía correspondencia con las principales
autoridades de su día, desde el Papa, arzobispos y reyes, hasta personas
laicas, siendo respetada por sus escritos que, decía ella, provenían de una
fuente divina. En la actualidad se cree que ella sufría de potentes migrañas
y que éstas eran la verdadera fuente de sus visiones. De todas maneras, sus
textos ofrecen una perspectiva profunda acerca del imaginario existente
en torno del cuerpo y el mundo en la Edad Media y era uno de los libros
favoritos de María y mío. A veces solíamos hablar durante horas acerca de
algunos pasajes, especialmente los referidos a la creación del mundo, que
ella describía como un círculo cuya parte superior estaba hecho de fuego
luminoso y la parte inferior de fuego negro; cuatro cabezas de animales se
hallaban en las cuatro esquinas de este aro hecho de fuegos. Uno de ellos
era un tigre, de cuya boca emanaba una niebla que se transformaba en una
infinita serie de animales lunares, uno engendrando al otro con nada más
que aliento, uno conteniendo y liberando a otro. El carácter de nuestras
conversaciones nada tenía que ver con fervor religioso, en absoluto. María
y yo teníamos poca paciencia para cualquier devaneo pseudocientífico y así
debía ser, especialmente cuando nuestras investigaciones generalmente
atraían a personas más interesadas en saber si nosotras habíamos visto
alguna vez a los extraterrestres que utilizaban las planicies como campos
de aterrizaje. Durante mis primeros días con María, solía reírme de esas
preguntas, pero el tiempo me enseñó a ignorarlas cortésmente y cambiar
de tema lo más pronto posible. Tratar de responderlas durante una
conferencia o mesa redonda simplemente otorgaba a estos charlatanes el
viso de respetabilidad que tanto necesitaban para vender sus teorías de
ciencia ficción de cuarta categoría.
Recuerdo que una vez, al abrir mi correo electrónico, una amiga me
había mandado una carta cadena detestable (¿existen, acaso, de otro tipo?)
que leía “La Foto Increíble: Cada 3.000 Años”. La presentación mostraba
una formación celeste conocida como la Nebulosa de la Hélice y mi amiga
afirmaba que con simplemente ver la foto uno podía pedir un deseo que se
cumpliría, simplemente con reenviarla a siete personas. Mi amiga, que hasta
ahora yo suponía era una persona crítica y racional, había titulado la foto
“El Ojo de Dios”. Personalmente, me parecía otra parte de la anatomía, y
muy específica de la mujer. Mostré la carta a María y ella estaba de acuerdo.
Decidí reenviar la presentación a mi amiga, junto con mi deseo: “Que nadie
50
que ignore la diferencia entre ojo y vagina tenga la dicha de gozar de ninguno
de los dos”. Además, le agregué un post data: “La nebulosa es visible todos
los días. No cada 3.000 años”. Nunca más recibí otro correo suyo.
No hallé correspondencia alguna entre las últimas palabras de María y
el mencionado correo electrónico. Había demasiado tiempo entre ambos
hechos como para que se pudiera argumentar alguna simultaneidad
significativa, un preconocimiento terrible de lo que ocurriría en el
momento en que yo abriera el sobre manila y ordenase su contenido
fatalmente, siguiendo una suerte de armonía preestablecida oculta que algo
había despertado en mí: la muerte de María, quizá, o el rugir de los vientos
de Nazca que había llegado a un crescendo ensordecedor en estas últimas
semanas, un rugido que parecía venía más del mar que del cielo. Ahí estaban
todas las figuras que conocía de memoria: el colibrí, el mono, la araña y los
hombres. Pero había otros más, que no eran de Nazca. Algunos los había
visto en ilustraciones en mis libros de texto universitarios. Otros me eran
totalmente desconocidos.
Coloqué cada foto primorosamente en el suelo, sin intención de
establecer orden alguno. Ahí estaban todos: desde los enigmáticos gigantes
de Atacama, Cerne Abbas y Wilmington, hasta los caballos blancos de
Cherhill, Westbury, Uffington y Killburn; también estaban las líneas de
Sajama, y Jumana, líneas rectas que cruzaban la tierra cual estelas de miles
de agujas, alineaciones y patrones que no tenían sentido por sí mismas.
Arreglé las fotografías alrededor mío, como pétalos arcanos de un enorme
loto de brasas blancas y llamas negras. Y yo, centrada en la corola, podía
verlo todo a la vez. Temerosa, opté por conjurar el azar y desordenar más
aún la disposición de las imágenes, pero mis esfuerzos tenían el efecto
contrario. Mientras más barajaba, más se evidenciaban que formaban
secuencias dentro de una urdimbre mayor en la cual los geoglifos tan sólo
eran un elemento más, que resonaba con las formaciones telúricas naturales
visibles desde el cielo, el cauce de los ríos, las grietas de las cañadas.
Entendí mi lucidez como una maldición —cada configuración me parecía un
nudo, cada línea una hebra vital buscando a las otras, amarrándose en una
sola constelación— un rostro bestial, viviente, que no me atreví a nombrar,
pues me devolvía la mirada: demasiado pavorosa para la visión de una sola
persona. El cuadro total me reveló que mi azar, el azar de todos, no era
más que una construcción erigida para refugiarnos de una realidad mayor,
amenazante, una circunstancia acechándonos constantemente como si
51
fuéramos gacelas en la mira de ojos que brillaban en la oscuridad con fuegos
gemelos de cruel ámbar y cálida miel.
La razón no alcanza para entender siquiera un solo amanecer o el
capricho de una nube, mucho menos el sentido del mundo. Para eso tenemos
el instinto, que aflora en esos instantes en que necesitamos quietud en el
torbellino, brotando de ese lugar sin hueso en el mismo centro donde nace
aire y sangre, para reemplazar el entendimiento con temblor, la percepción
con presciencia, surgiendo para proteger el alma. Y así, me di a la fuga.
No sé cuánto tiempo busqué refugio en el desierto. Lo conocía bien,
lo suficiente como para saber qué plantas me podrían sostener y el silencio
me era más que bienvenido, era una venda fresca para las heridas frescas
de mis ojos. Pero en las noches se llenaba de voces. La epifanía, presentía,
aguardaba a cada paso y el silencio y la soledad de la tierra más remota
podrían detonarla en cualquier instante, rebasando todos los cauces de lo
que me quedaba de sanidad. Cada gota de sangre que brotaba diamantada
de mis manos resecas dibujando un hilo vívido de escarlata pulsaba con
promesa, instigando la revelación. Cada espiral dibujada por la brisa sobre
la tierra se enroscaba, una serpiente-Nirvana que se erguiría, hipnótica, con
espléndidas fauces doradas manando negro veneno de olvido. Por ello, opté
por refugiarme en otro desierto, menos familiar para mí, luego de tantos
años en las altiplanicies: la ciudad.
Era ruido y caos lo que necesitaba para reestablecer la incoherencia
cotidiana tan vital para la mantener el juicio. La anonimidad urbana me
dio sosiego, al menos al principio. Empero, saber que el motivo de mi
fuga se hallaba próximo me llenaba de ansiedad. Crucé la frontera al país
más cercano, en barco, esperando que la náusea que inevitablemente me
provocaba el viajar sobre agua anulara el sentido de vértigo del germen de la
visión expandida. El ritmo y enunciación del idioma, los tumultos y gentíos
coloridos me hicieron sentir más extranjera que nunca. La tarea más burda
—pedir un café, comprar cigarros— se volvió en un acto de sobrevivencia
extrema, aquí ya no había campo para lo inefable.
Descarté de inmediato todo residuo de mi vida pasada; de ahora en
adelante, mi vida, decidí, se limitaría a la superficie de los sentidos, a la
piel viva del aquí y ahora. Encontré trabajo en un café concurrido, hice
amigos que nunca me conocieron, hallé amantes que jamás me tocaron. El
neón y el tráfico de La Paz me arrullaba por las noches y el despertador me
52
quebrantaba el sueño vacío cada mañana: durante años, una vida de excesos
y abstinencias incongruentes.
Ocurrió en el día perfecto. Alguien, tal vez una de mis compañeras de
trabajo, tal vez nadie, en realidad, había dejado un boleto inocuo en mi. Era
una entrada para un partido que se habría de jugar en un par de horas más.
Una celebración o algo parecido, conmemorando el centenario de alguno
de los equipos locales. Nada más lejos de mi vida previa que un inofensivo
partido de fútbol, pensé, y guardé el papel en el bolsillo, dispuesta a
dejárselo al cocinero, que sabía lo disfrutaría más que yo. Había tomado el
día libre. Lo dejé a un muy agradecido ayudante de cocina.
Al menos eso pensé haber hecho.
Salí del café, por la puerta delantera. Caminé, sin rumbo. A pesar de
todos mis devaneos, finalmente llegué a donde tenía que llegar. Todavía
tenía el boleto en mano. Lo entregué en la puerta. Ingresé a la arena.
Caminé por pasillos oscuros, catacumbas cargados con el aliento
retenido de multitudes, el silencio más sacro para el más profano de los
juegos.
El capullo presiente el momento cuando se habrá de partir, cuando es
demasiado tarde. Toda resistencia, sin embargo, es inútil. La savia termina
por hinchar los pétalos durmientes hasta que la flor se hace inevitable.
Salí a la curva más lejana de la arena. Un asiento me esperaba. Ocupé mi
lugar sin observar a mi alrededor. Todos me esperaban, hacía tiempo. De
la negación absoluta del misterio, mi alma no pudo sino tocar el extremo
opuesto. Y ahora, libre de esta jaula de carne, acogí la visión en mi seno.
La tierra explotó en una ola de negro y dorado, un tejido infinito sin otro
fin más que sí mismo. Vi un mundo de tigres —no, en realidad, vi un mundo,
un tigre, un solo rugido hecho del viento de mil pulmones— un rugido que
el cielo supo responder, un ser de exquisito instinto. La bestia que me
acechaba, me di cuenta, no era otra que la que llevaba dentro. El éxtasis
no conoce de tiempos, ni diferencia lo insano de lo místico; los absolutos
son potencias. Aquí me hallaba en el centro del mundo y por encima de él,
bailando entre las hebras del cosmos, tejiendo el final y el principio de mi
peregrinaje. Todas las maravillas nacieron del mismo espíritu, comprendí,
mientras me elevaba por encima de mi efímera jaula de carne, no en
veneración piadosa de los cielos, sino para su envidia.
53
54
TIGRE PARA EL TANGO
Alan Castro
A la memoria de mi abuelo
55
un tema interminable y estamos condenados al fracaso si pensamos llegar a
una conclusión satisfactoria.
— ¡Sí! –respondí, animado–. Es infinito. Por eso hablaremos nomás. ¿O
quieres romper la sagrada regla del devenir?
—No me saltes con sermones, ¿ya? Uno se cansa. Eso es todo.
— ¿Cómo va a ser todo, si ni siquiera hemos empezado la conversación?
Es flojera nomás. Yo diría que estás cansado de escapar del tema, y buscas
solucionarlo tachándolo de inútil e irresoluble. De otra manera no estarías
aquí, sentado con nosotros, sabiendo bien a lo que hemos venido. Así que
te vamos a ayudar a sacudirte la fiaca, pero no trates de contagiarla al resto,
porque nos vas a asustar.
—Es que hay algo, más allá del tema tratado, que me preocupa. Ha
cobrado tanta importancia... Me siento a veces avergonzado por tratarlo
más de lo que tratamos la pobreza del país o la tristeza del mundo. Sin
embargo me concierne de manera particular, y mi alegría estaría en riesgo
si me dejo vencer por penas mayores.
—Buen punto –sonrió el Perro Soler–, porque la alegría radiante del
Tigre para el tango es el rasgo definitivo para consagrar la verosimilitud de
sus expresiones. No quiero idealizarlo, pero su buen humor es notable.
—La disposición es el humor que falta para animar la charla.
Un bigotudo con corbata gato, camisa blanca y peinado lamido trajo dos
cervezas.
—La disposición de las botellas –bromeó el mozo, poniéndolas sobre
la mesa –. Luego se fue haciendo un gesto con su dedo índice, sin dejar
de mirarnos, y agitándolo como diciendo: “sé de lo que están hablando,
muchachones”.
— ¿Comenzamos por el humor, entonces? –dijo el Perro Soler,
aquietando las risas y atrayendo la atención–. El humor es un líquido. Nos
lo acaba de recordar el amigo que puso estas botellas sobre la mesa. Y no
estoy hablando de alcoholes, sino de química biológica en general.
—Claro. Con eso de que se asientan los humores cuando tus pies se
hinchan... retención de líquido... –acoté.
—Sí. No hay que dejar asentarlo. –Empezó a llenar los vasos–. El humor
necesita movimiento, al igual que la danza, para ser buen humor.
56
—Es decir que debería ser buen nadador el buen bailarín. Como eso de
nado sincronizado –empezó a entusiasmarse el Pancho.
—Tan bueno que su cuerpo ya sea como una partícula más del fluido.
—Yo sé que cruzaba el estrecho de Tiquina cuando le daba la gana. Pero
el lago... ¿acaso no es más bien estancado? No va a ningún lado, está ahí
nomás. El nadador sería más bien una mínima gota de esa masa acuosa, que
entra y sale cuando le da la gana porque no se siente un habitante del lago,
sino un pasajero consuetudinario –opiné.
El Perro se quedó pensativo. Pancho sorbió su cerveza y palpó sus
bolsillos nerviosamente.
— ¿Tendré cigarros? –murmuró.
—Me hiciste preguntar algo –dijo de pronto el Perro Soler–. ¿Es posible
bañarse dos veces en el mismo lago? Porque si el lago permanece y el
hombre es pasajero, no será que el lago se pregunta: ¿Es posible bañar dos
veces al mismo hombre?
—El Lago no se pregunta cosas –saltó de pronto, saliendo de su
mutismo, el Tito Santiago–. Responde nomás.
— ¿Y qué responde a esto? –sonreí.
—Que no se va a quedar callado –sonrió–. Pero hablando en serio,
aclaremos la pregunta.
—A ver... ¿En que se diferencia el líquido del fluido?
—El líquido es estado líquido, el fluido es verbo en pretérito perfecto,
un tiempo indicativo del presente. Pero el Lago ya ha respondido que no se
pregunta cosas. Es decir que un buen nadador, si ha cruzado como se debe
el estrecho de Tiquina, y se ha confundido con el lago mismo, como decía el
Perro, solamente sabe responder.
—Entonces sí, es nadador. Ninguno se anima a preguntarle nada
porque parece que estuviera respondiendo a nuestra pregunta todo el día, y
quedaríamos como unos tontonazos si le exigimos explicaciones o verdades
–inferí.
—Muy bien. Es nadador. ¿Y ahora? Estas filosofeadas me caen pesadas.
No quiero menospreciar ningún vericueto de este camino, pero a modo de
participar en él propongo que hablemos de su ropero –se acaloró el Pancho,
esgrimiendo un cigarro recién encendido que le otorgaba no sé qué confianza.
57
— ¿Cómo así te acordaste de su ropero mientras hablábamos del Lago
y la natación?
—Porque su ropero se llama Arca de Noé. El diluvio, el agua, etc. Así se
llama su armario. Y, como es normal, sólo sus familiares más cercanos le
han echado un vistazo.
— ¿Cómo sabes que se llama Arca de Noé?
—Porque tengo un texto sobre el tema, escrito por su nieto. Es
una especie de apología a su abuelo para no sé qué homenaje público.
Supuestamente tenía que ser publicado en una revista o un libro de memorias
del club deportivo al que pertenece. Es un miembro destacado de tal club.
Ganó algunas medallas en natación y ciclismo, pero no lo respetaban tanto
por eso, sino porque gritaba a todo pulmón. En serio... Aunque les parezca
raro. Es reconocido por su grito. Incluso había gente que iba a su casa sólo
para pedirle que lo haga.
—Un vozarrón inolvidable –dijo el Tito.
—No es que quiera eliminar mi facultad para asombrarme –dijo el Perro
Soler–, pero todos conocemos eso. Sabemos que era un hincha de largo
aliento. Admito que es inusual el reconocimiento público de un hombre por
su grito. Todavía no se me ocurre ningún ejemplo en la Historia Universal
con tal característica. Pero esa cualidad tenía un fundamento más íntimo
que, tal vez, encontremos en su ropero.
— ¿Ése es el texto? –le pregunté al Pancho, extendiendo mi mano para
tomarlo–. Lo voy a leer.
Si hay algo que me fascinó de mi abuelo fue su manera de guardar las
cosas. Siempre que tenía en sus manos algún objeto que le atraía se lo
llevaba a su cuarto y lo metía en su ropero. Y ése ropero tenía un nombre:
el Arca de Noé. Cuando yo era niño el contenido de ese ropero adquiría
dimensiones fabulosas. Era un mundo oculto, habitado por las imágenes
que almacenaba mi abuelo, y que en mi imaginación adquirían una vida con
la que podía tejer innumerables historias. Recuerdo alguna vez haber visto
dentro de este ropero algún objeto mío, que había dejado por descuido en
algún lugar de la casa. Era un juguete, un jeep negro de 20 centímetros, con
franjas doradas. Lo quise sacar, pero por un motivo que no recuerdo, lo dejé
ahí. Esa misma noche mi abuelo supo que alguien había estado hurgando
sus cosas, y se hizo al resentido conmigo. Cada cosa tenía su lugar, y adentro
reinaba un orden que mi abuelo conocía al pelo.
58
Su criterio de selección me pareció arbitrario. No entendía qué cosas
entraban en su ropero y qué cosas no. Encontrabas una servilleta de papel,
peluches, cajas de fósforos, tajadores raros, puntabolas, pelotas, fotos,
cordones, herramientas, periódicos, artefactos electrónicos, ropa nueva,
envases de todo tamaño, incluso una radio sin estrenar. La mayoría de los
objetos eran amarillo y negro, los colores de su club; sin embargo intuí
un lazo menos obvio en esa antología de cachivaches. Hace unos años me
di cuenta que todos eran recuerdos, y no tuve otra salida que ponerme
melancólico.
Tengo la certeza de que los pequeños gestos de un ser humano dan
la clave para acceder a su personalidad. Mi abuelo tenía una memoria
privilegiada. Toda su vida está resumida allí, en las cosas que, convertidas
en sentimientos, guardaba con un cariño inmenso. Así lo recuerdo yo.
Pero siempre sentí la urgencia de relacionar mi percepción con su faceta
más compartida con las multitudes, la del famoso grito; porque siempre
he creído que ningún gesto está separado de otro, y que todo obedece a
una motivación fundamental. Mi abuelo defendía todos sus recuerdos para
seguir con la construcción de su vida. Y luego salía a gritar por los colores de
su Club. Desde hace tiempo que mi abuelo, transformado en sentimiento,
habita otra Arca de Noé, más amplio. Y ahora, como sola voz haciendo su
camino entre el bullicio, hace retumbar los oídos para que el eco nos pinte
las cosas guardadas en la oscuridad de nuestro propio ropero.
—Las apologías suelen ser melosas, y esta no es la excepción –dijo el
Perro, sumamente serio–. Su cursilería se hace más evidente en el último
párrafo, pero curiosamente es el que más claramente señala lo que estamos
buscando: Las cosas convertidas en sentimientos y el vozarrón uniendo el
secreto orden de los cachivaches del ropero.
— ¿Pero qué tiene que ver con ser un Tigre para el tango? –pregunté,
con miedo de que la conversación se disperse demasiado.
—Permíteme, por favor... –dijo el Perro, mirando al Pancho, que se
preparaba para tomar la palabra–. La visión pública se ilumina con la visión
íntima, con la visita a su armario. La oración “mi abuelo defendía todos sus
recuerdos para seguir con la construcción de su vida”, aunque de corte
romanticón, nos da la pauta para comprender lo poco que sigue, y nos
señala no sólo la transmisión infinita (micro y macro, del cachivache a las
multitudes) de un sentimiento, sino, según intuyo, la necesidad innegable
de esta conversación.
59
— ¿Cómo es eso último? –me puse preguntón.
—No te apresures –me sugirió el Pancho, repentinamente reflejado en mí.
—A ver... ¿Qué son los recuerdos? –se preguntó a sí mismo el Perro
Soler, para que todos lo escuchemos–. Son sentimientos, según la apología
leída; pero además son cosas, cachivaches guardados en el ropero por
razones, a simple vista, incomprensibles. Ese jeep mencionado, más allá de
que sea dorado y negro, los colores de su club (vestidos casi exclusivamente
los días del grito), era un juguete olvidado en la casa por el nieto, tirado
por ahí seguramente. El nieto lo olvidó, se aburrió seguramente de jugar
con él; y el abuelo reconoció ese gesto, ese aburrimiento con posterior fuga
(seguramente porque sintió lo mismo alguna vez) y se lo guardó no sólo
para no olvidarlo, sino para incorporarlo y quererlo junto a otros gestos
guardados en la tal Arca de Noé. La radio nueva y la ropa nueva, sin estrenar,
no pueden ser otra cosa que regalos jamás usados; pero los tenía ahí, como
materia concreta de un sentimiento obsequiado por quién sabe quién.
—Y eso del Arca de Noé, del mito bíblico... –comenzó a cranear el Tito
Santiago–. Es como si guardara los sentimientos para que se reproduzcan,
para evitar su muerte a la hora del embotamiento total. ¡Para que no se
hundan en el Lago!
—Claro. Los tesoros que ilusos extranjeros buscan en el fondo del Lago
están en el ropero del Tigre para el tango –se me dio por bromear–. Lo malo
es que sólo encuentran el negro y nunca El Dorado.
Las risas, aunque tímidas, se dejaron escuchar.
— ¿Ves? Igual se acabó uniendo el ropero, la natación y el Lago. Mi
intervención no fue tan al pedo –observó el Pancho, apagando su cigarro en
el cenicero, y simulando una mirada de suficiencia comiquísima.
— ¿El buen nadador es, entonces, su ropero? –nos sorprendió el mozo
con sus bigotes, que había estado parado detrás de nosotros y traía dos
cervezas más.
—Ese grado de abstracción ya está medio chistosito, pero diría que
todos los sentimientos guardados en el Arca de Noé son como las partículas
del nadador: tensan y mueven juntos el cuerpo total de quien sabe cruzar
el estrecho de Tiquina –dijo el Perro Soler, mientras el mozo acomodaba
las cervezas cuidadosamente en la mesa, sin dejar de mirarlo y sin que se le
mueva un pelo de su bigote.
60
—Entonces es como un gran baile ahí adentro –dijo el mozo, y comenzó
a agitarse estrepitosamente, moviendo sus manos como un gitano
implorando algo al cielo y levantando los pies como un ruso poco entrenado
en la danza de los cosacos. No pudimos contener ni la risa ni el aplauso.
— ¿Por qué no hizo eso desde un comienzo? –le pregunté, entre farfullas
heredadas de la risa, y con la intuición de que algo había quedado resuelto.
—El camino hay que recorrerlo, mi hermano –me dijo el Pancho, sin
dejar de mirar al mozo, que ya se retiraba dando pasos hacia atrás, sin dejar
de mirarnos ni de hacer monerías al son de las palmadas en su charola.
— ¡Un Pingüino para la Tarantela! ¿no? –exclamó el Tito Santiago,
sabiendo bien que su afirmación no despertaría opositores.
—Bueno. Creo que la sospechosa cabalidad del tango ha sido resuelta
–se puso serio el Perro–. Ahora queda lo del tigre. No crean que no he
escuchado que le ha dicho pingüino al mozo, un animal dado a una danza
innombrable, pero con un parentesco encomiable con la tarantela.
—Entonces, ¿por qué se resolvió el tango y no el tigre? –preguntamos al
unísono el Pancho y yo.
—Porque el tango no importa. Lo que bailaba el mozo no era tarantela,
pero nadie se atrevió a negarlo, porque nuestro limitado idioma no puede
nombrar las danzas de todos los seres del mundo. Todos los que vieron
bailar tango al Tigre para el tango concuerdan que si bien eso no era tango,
irremediablemente era tango.
—De acuerdo. Pero el Pingüino era pingüino por su camisita y su
trajecito. Por tanto, podemos inferir que el Tigre es tigre por estar vestido
de amarillo y negro, con lo que el tigre también quedaría resuelto –me
animé a polemizar.
—Sí hermano –continúo el Perro Soler–. Pero el tigre y el pingüino
son animales diferentes. En cambio la tarantela y el tango, aunque nos dan
alguna pauta, son esencialmente lo mismo, y no tienen la misma fuerza
transmisora que los animales detrás de su coreografía. Además que el Tigre
para el tango, que yo sepa, bailaba con la ropa que le daba la gana, y usaba el
amarillo y negro casi exclusivamente para gritar.
Me quedé mudo, pensando que esta conversación no terminaría jamás.
—Muy bien –interceptó el Tito–; pero esa pequeña pauta que nos da la danza,
cualquiera de las dos, es porque importa nomás, y me ofende que las menosprecies.
61
—Sí, tal vez decir que “no importa” fue una torpeza mía; pero la parentela
de la tarantela (anoten la rima) y el tango ayuda a iluminar al Tigre, y no
viceversa. Eso quise decir. Y disculpá, Tito, si te he ofendido.
—El mozo parecía bailar tarantela –opiné– porque golpeaba su charola
como una pandereta y daba patadas breves al aire. Sin el sonido de los azotes
a la charola su danza hubiera sido un espectáculo que sólo hubiera desatado
risas, pero no aplausos.
— ¡Exacto! –se paró de su asiento el Perro, con una mirada que me hizo
recuerdo a las exageraciones enajenadas de algunos actores de teatro–.
¡Ahí está! Los golpes a su bandeja nos contagiaron el impulso de aplaudir,
porque nosotros no tenemos charolas, ¿se dan cuenta? El pingüino nos
contagió un sonido, un ritmo para poner nombre a su baile, y nosotros
aplaudimos; es decir: nos conmovimos, nos movimos con él, alrededor
suyo. Por un momento el pingüino nos unió a todos, nos contagió no sé qué
espíritu festivo, lúdico, y despertó el mismo baile en cada uno. Y lo mismo
sucede con el Tigre para el tango, aunque aquí no importa el aplauso, sino
el grito.
— ¿Acaso gritaba mientras bailaba tango? –se puso cargoso el Pancho.
—Por eso decía que el tango no es lo principal. El carácter del tango está
en la seducción, y con eso tiene que ver la certidumbre del Tigre para el
tango. El mozo, por ejemplo, nos sedujo con su charola. El Tigre seduce con
su grito, porque ese rugido sale de él con la certidumbre de ser secundado,
de ser repetido innumerables veces, en otras voces, en todas las voces. Al
recolectar chucherías en su ropero está guardando los deseos y las ansias
dionisíacas de un montón de gente. Además se alimenta de esos murmullos
para construir su vida, como dijo su nieto, para el continuo empuje de su
grito. El grito congrega a todas las vocecillas guardadas en el ropero. Los
colores de su club son el amarillo y el negro, su evento favorito el fútbol.
Primero contagia a los jugadores, en la boca del túnel, antes de entrar a la
cancha, para que bailen al mismo ritmo. Lo que hacía era contagiar un deseo
que los unía a todos, que los hacía Equipo más allá de los gustos de cada
uno, o de que uno sea un Pájaro, el otro un Chancho, el otro un Zorro, un
Mono, un Sapo, un Chocolatín, lo que se te ocurra. El famoso grito era el
silencioso orden del Arca de Noé.
—Nunca había pensado en la importancia de los apodos en el fútbol...
–susurré.
62
—Luego se va a la barra y pega el mismo grito, respondido por miles de
entusiastas seguidores del Club. Él era todos ellos, todos nosotros cuando
lo miramos bailar: un amigo. Por eso nunca podíamos negar que era un
Tigre para el tango, porque incluso el referente de esas palabras (tango y
tigre) había desaparecido y se abría el compartimiento de un sentimiento
innombrable, pero despierto en todos nosotros.
— ¿Y por qué el Tigre dijo también que es un Cholo para el Amor? –
preguntó inopinadamente el Pancho, sacando un cigarro, de lo más fresco.
El Perro Soler se sentó. Todos en la mesa tomamos nuestros vasos,
sorbimos un trago y nos miramos. Intuí, por no sé que complicidad brillando
en lo negro de nuestros ojos, que nuestra amistad ya era inquebrantable.
63
64
LA ESPOSA DEL JUGADOR
Homero Carvalho Oliva
65
Velasco, al lado habían disqueras que todo el día tocaban canciones de
Leo Dan. Luego nos fuimos a la punta del cerro y terminamos viviendo
en un conventillo, en el barrio de Miraflores, en la avenida Saavedra, más
allá del Estado Mayor, donde estaba destinado el marido de mi madre.
Me crié en el patio, junto a los hijos de los vecinos y, un buen día, llegó
una pareja de jóvenes inquilinos, ambos hablaban diferente, como si
estuvieran cantando, pronto nos enteramos que eran del Chaco. Él venía
a jugar fútbol y ella era su esposa. Estaban recién casados. La recuerdo
linda, recuerdo que sonreía hasta con los ojos achinados y que gustaba
de acariciarme la cabeza, recuerdo imágenes pero no a ella. Quizá sea
así como quiero recordarla. (Leo Dan cantaba La conocí un domingo).
Un domingo, la muchacha, de cuyo nombre tampoco puedo
acordarme y quisiera hacerlo para agradecerle por el mundo que puso ante
mí. Se acercó a mi madre y le pidió permiso para llevarme al “stadium”
a ver jugar a su esposo. Mi progenitora accedió gustosa y luego de
recomendarle mil veces que no me vaya a descuidar y de abrigarme hasta
el jopo me dejó ir. En el estadio, que luego supe se llamaba Hernando
Siles, la muchacha me obsequió helados de canela, sándwiches de chola,
algodones azucarados, manzanas acarameladas, chicles, tantas cosas que
esa primera vez no supe del partido y del equipo del marido. Llegué con
dolor de estómago y la muchacha prometió que la próxima vez no me
daría tanto dulce. Fueron muchas veces. No sé si fue a la segunda o a la
tercera vez que me llevó al estadio que supe el nombre del equipo de mi
hada madrina dominguera, pero cuando me enteré no lo olvidé jamás.
Como era tartamudo me costó pronunciar la palabreja, pero la paciencia
de mi benefactora y mi deseo de agradarla hicieron el milagro y empecé a
vivar al Strongest, al Tigre, al equipo aurinegro, al equipo del pueblo, al
equipo de la gente. (Bandas de música interpretando himnos nacionales
y boleros de caballería).
En esos años el mundo era muy joven y el estadio de Miraflores era
para mí la imagen misma del paraíso. Así me lo imaginaba yo, con mucha
gente feliz, en jolgorio permanente, con muchos dulces y sodas y con
grandes jugadores a quienes imitar en el patio del conventillo. No sé
cuando fue que la muchacha desapareció de mi vida, pero yo me quedé de
stronguista y no lo digo por alabarme. Y aunque no soy fanático siempre
que puedo veo algún partido del Tigre en la televisión aunque ya no sepa
quién es el capitán. No importa, soy stronguista y qué.
66
En La Paz estudie en el colegio Don Bosco. En mi curso había tres
equipos de fútbol, el primero era la selección, los mejores del curso;
en el segundo estaban los que les ponían empeño y en el tercer equipo
estábamos los que teníamos que jugar para que no nos aplacen, yo era
el capitán porque era el peor de todos. Resulta que tuve poliomielitis de
niño y tengo una pierna defectuosa, soy “patichi”, así que nunca pude
jugar un buen partido. Pero eso nunca me impidió jugar, a la mala,
un partido en la calle defendiendo los colores aurinegros frente a los
bolivaristas. ¡Los porrazos que me habré dado en nombre del Strongest!
(Los años inolvidables del rock, Pink Floyd, Deep Purple, la canción
Chico puntual)
Durante los años setenta nos fuimos, con mi familia, a vivir a San
Pedro, a la calle Almirante Grau, allá hice amistad con una tropa de
tipos sensacionales, fanáticos del fútbol y buena gente. Pitín Gómez,
Pachuli Valda, Guido Criales y Nawa Delgado. El papá de Pachuli, era
el célebre Freddy Valda, uno de los mejores entrenadores de fútbol —
sino el mejor de los nacionales— que ha tenido la selección de Bolivia.
Don Freddy también dirigió al Tigre y con mis nuevos amigos volví al
estadio Hernando Siles a ver jugar al Strongest y a comer sándwiches
de chola y a probar mis primeras cervezas. Pasaron los años, mis amigos
de San Pedro y yo pasamos el medio siglo de vida, yo vivo en Santa Cruz
y ellos en La Paz, nos juntamos a la muerte de un obispo, pero siempre
que lo hacemos recordamos que alguna vez fuimos jugadores de fútbol
en el garaje de la casa de Pitín y en las canchita del Méndez Arcos que
era un internado para niños huérfanos y en la Juvenca donde recibí una
goleadora memorable. A estas alturas ya no importa quien tuvo la culpa
de la derrota, importan los goles y la risa viene amable con los recuerdos.
Sin embargo, sigo preguntándome ¿qué habrá sido de la esposa del
jugador?
67
68
CHOCLO CON QUESO
Pedro Susz K.
69
(en aquella época el reglamento autorizaba cinco cambios, creo), la
profanación resultaba castigada con el desconsuelo?
Después, desde el lugar de siempre, grité vueltas olímpicas, gocé
como enano cuando “los del frente” –“Papirri” dixit- se fueron a la B,
y me tragué desazones chicas, medianas y grandes. En todos estos años
certifiqué mi pertenencia luciendo gorros, viseras, almohadones, cintas,
chalinas, cinturones, insignias, muñequeras, pitos, trompetas, banderitas,
de papel y las modernizadas; pero nunca más me puse la camiseta. Por si
las moscas.
70
VIDAS NO PARALELAS
Walter [Link]
71
¿Pero cómo saber qué serían finalmente ellos, cuál era su virtud
técnica y de inspiración? Las dudas, las indecisiones la mortificaban
seriamente, porque de ello dependía la felicidad de dos artistas. Así que,
un tiempo después de que empezaran a caminar, desplegó ante los ojos
interrogantes de los niños un guitarrín, lápices, un ábaco y alguna otra
chuchería. Y ante su pasmo, por toda reacción se disputaron el violín de
juguete con los pies y el ganador finalmente le dio un puntapié imperfecto
que dio con él bajo la cama. Laura no estaba dispuesta a entretenerse
con símbolos y en cambio se dedicó a reprender duramente esta falta
de respeto por la música que habían demostrado los niños. Habría sido
tomar demasiado en serio los manotazos de dos “animalitos” que recién
empezaban a ser moldeados.
Pero para su preocupación, empezaron a confirmar su inclinación.
Aparte de a los dibujos animados, sus retoños quedaban invariablemente
paralizados en cuanto el televisor les mostraba alguna escena futbolera.
Fue en ese momento que Laura entrevió como una epifanía del infierno
la certidumbre de lo que había engendrado: dos futbolistas sudorosos
correteando siempre y eternamente tras una pelota. Y revivió además
con gran pesar a Palacios y los tres años que habían convivido, siempre
preocupado por el juego de camisetas y los resultados del campeonato de
Sopocachi.
Para ella no había gloria posible fuera de la del arte. La idea de la fama y
la popularidad deportiva le eran ajenas. No era que los futbolistas ganaban
más que los virtuosos del violín. La diferencia era que los futbolistas
ganaban. En su juventud, averiada por el desamor y la falta de éxito, Laura
no había pensado en ese detalle, pero ahora que había madurado empezó
lentamente a resignarse. Volvió también a pensar en Palacios, que no
había dejado de visitar a sus hijos durante diez años de manera regular y
siempre responsablemente, dejando cantidades de dinero variables pero
siempre útiles: “para los chicos”, decía escueta y muy pudorosamente,
como si éstos lo miraran en esa su escenificación repetida de la dificultad
de construir una familia. Y un día agregó algo más: “Para los chicos....y
para vos”, mirándola como las primeras veces que empezaban a seducirse,
a sabiendas de que finalmente se entregarían mutuamente.
Como Palacios era entusiasta, tenía esa facultad de transmitir
optimismo, y pronto ambos supieron pensar al unísono acerca del destino
de grandes futbolistas de sus dos hijos. Finalmente Laura supo manejar
72
mejor las cosas que la primera vez y antes de reconciliarse puso como
condición de su nuevo enamoramiento la formalización de la relación.
Porque ellos, los chicos, hacían abrigar objetivamente esa previsión.
No faltaron nunca a las selecciones de sus cursos y en la secundaria sólo
la menor presencia física los mantenía en el banco mientras estuvieron en
los dos cursos inferiores. Ya en las puertas de ser bachilleres, dominaron
de lejos esa selección que en el intercolegial salió campeona casi invicto
(había perdido un partido la semana en que uno de los mellizos estuvo
ausente por enfermedad). No había duda: se trataba de dos talentos
envidiables. Los dos jugaban igual, pegados a la línea. La magia del
“Chichi” Romero para llevarla con la cara exterior del zapato izquierdo y
la agilidad para levantar el centro al lado de la línea de un Silvio Rojas. Los
dos eran titulares clavados, el uno de once y el otro de cuatro. Un tándem
inapreciable, un alimón con el cuero, un concierto a cuatro pies. Qué más
se podía decir de ese par de talentos.
— Son la alegría del fútbol- le decían como fórmula los amigos,
mientras Héctor estaba al borde de la cancha. Escondía con seguridad
su satisfacción, porque cada jugada de los chicos le confirmaba que no
necesitaría gestionar su porvenir futbolístico como otros padres. Debía
más bien preocuparse de asegurar que las ganancias no les fueran
arrebatadas en ese mundo a veces despiadado y siempre fugaz del fútbol.
Si hacía bien las cosas, no habría problema. Así que pidió a un abogado
asegurar la propiedad del pase de los dos muchachos. Esto fue cuando un
dirigente del Tigre, sí, el viejo y querido Tigre (Palacios, casi huelga decir
a estas alturas, era Tigre), un dirigente atigrado encargado de recoger
chicos para las inferiores le propuso incorporarlos a la segunda.
Ese año anduvieron como el equipo: bien. Y al siguiente se repitió la
copa nacional. Ellos ya habían alternado en la primera y habían pasado
a ser titulares. Pero entonces se presentó un problema: el fútbol vivía
una revolución. Se había pasado bruscamente de la era del wing a la
del carrilero... No es necesario insistir en que las urgencias del mundo
moderno habían arribado a las playas del rey de los deportes, obligando a
los técnicos a prescindir de lo que, con ánimo nostálgico, todavía llamaban
wing izquierdo. Ahora bastaba con que el cuatro subiera, y el famoso once
de mejores tiempos había sido transformado en uno más de la masa de
volantes del fútbol amarrete de hoy.
73
Ante el aprieto, para el primer partido de la copa Libertadores, en Río,
de visitantes, Gabriel quedó de titular y Carlos en el banco:
—Los vamos a alternar-, les dijo Rodríguez, un técnico que estaba
acostumbrado a comunicar las malas nuevas de la suplencia a cientos de
jugadores. Nunca se sabrá qué le hizo elegir ese día, y quizá hablar de
elección sea impropio, pues se puede decir sin temor a duda que eran
intercambiables. Tanto por la naturaleza como por la formación posterior,
Juan Carlos podía haber jugado ese partido. Visto desde el punto de
vista del técnico, se lo puede justificar porque, después de todo, para el
adiestrador la razón de su trabajo es la funcionalidad de los jugadores,
no su individualidad. Algo del amigo y padre que es todo técnico para los
jugadores jóvenes le hizo agregar:
— En La Paz juegan los dos-
Esa tarde carioca fue inolvidable. Gabriel Palacios se metió en el
corazón nacional de golpe y para siempre con un golazo de superdotado
y otra multitud de servicios. Los brasileños no podían creer que no fuera
negro. Cierto que no se había podido ganar, pero el empate los ayudaba
a esperar a Flamengo en La Paz con tranquilidad. Y en La Paz jugaron los
dos.
Lo que entonces ocurrió no es más que uno más de los anticlímax a los
que nos tiene acostumbrado el fútbol nacional. Nadie atribuyó la derrota
a Juan Carlos sino a la disposición táctica, demasiado entregada a resolver
rápidamente el partido y dejando desacompasado el retorno cuando el
arquero brasileño lanzaba pelotazos rápidos al medio campo para los
contraataques cariocas que finalmente liquidaron el partido con sonoro
y rotundo dos a cero. Algunos analistas tradicionales se quejaron de no
haber puesto un verdadero hombre de marca a la izquierda. En general los
mellizos salieron bien parados de la debacle que les costó la eliminación.
Pero los brasileños no habían olvidado la tarde deslumbrante del
boliviano Palacios en el Maracaná, y pronto dos emisarios del Botafogo
estaban en La Paz para charlar con los padres. A préstamo por el siguiente
año con opción de compra, como solían ser los contratos con jóvenes de
futuro en aquel tiempo. El único problema es que el chico Palacios (poco
a poco dejaba de ser el mellizo Palacios) ya estaba en los planes de la
selección.
74
—Tengo este otro- quiso decir Héctor Palacios, mostrando las fotos
del otro mellizo, pero una franca y bien blanqueada sonrisa brasileña lo
disuadió de terminar su oferta. En el mundo del fútbol las oportunidades
eran así de azarosas, y por parecidos que fueran, el Botafogo quería a
Gabriel. Ya vendría el tiempo de Juan Carlos.
Para no desperdiciar su talento y hasta que Gabriel se fuera a su nuevo
equipo en la siguiente temporada, la prensa y el padre sugirieron que Juan
Carlos volanteara más cerca al círculo central, y durante unos partidos
hicieron eso. Pero Durán, el hombre que había sido reemplazado,
marcaba más, se quedaba prudentemente cuando debía, esto es, “no
tenía tanta vocación ofensiva”, así que finalmente, durante el resto del
campeonato nacional, Juan Carlos se quedó en el banco. Paciencia no le
faltaba, porque sus padres se encargaron de ayudarlo psicológicamente.
Pero él se ayudaba además charlando con los demás suplentes (la amistad
la hace la circunstancia y la suya era la del banquillo, desde donde veían el
fútbol de distinto modo, las piernas más grandes de los compañeros y la
posibilidad siempre acariciada de entrar por cualquier motivo, hasta el de
una lesión, cuyo deseo inconfesado no se expresaba ni a solas).
Quien es suplente puede animarse a tomar unos tragos incluso antes
del partido, porque tiene la tranquilidad de que sólo la mala suerte lo
pondrá en evidencia si debe reemplazar. Gracias al alcohol, Juan Carlos
había adquirido una extraña y dulce sensación: la de mirarse en su
hermano, era como uno de esos sueños donde uno se ve al frente de un río
que no se puede cruzar. Se mezclaba de manera consustancial con el amor
que se profesaban mutuamente y que casi los volvía uno. Pero ahora no se
iban juntos, tanto porque Gabriel se iba más temprano (siempre con ese
“hay que entrenar” que tanto molestaba a Juan Carlos, como si el fútbol
fuera lo más importante, o más bien como si ser el protagonista central
fuera lo decisivo, cuando se lo vivía mejor discutiéndolo en la mesa).
Y si estaban cerca uno del otro, era lo mismo. Y esto ocurría con
frecuencia, porque Gabriel lo atraía hacia sí y siempre le guardaba una
silla. Se daba cuenta, (no explícitamente, aunque se hablaban, y mucho,
sobre todo delante de la gente) que algo se había roto entre ellos: la
confianza que antes era avalada por un amor casi indistinguible. Habían
empezado a ser diferentes. Y si a los diez años se habían negado a usar
las mismas ropas, ahora las ropas distintas eran las del éxito y el fracaso,
patentizadas en las distintas camisetas, la una de titular y la otra de
75
suplente. Lo que no sabía bien era que su hermano también vivía al verlo
un regusto que era bueno visitar, como se hace a un barrio pobre donde
se ha vivido alguna vez.
A fin de año se concretó el préstamo al Botafogo de Río de Janeiro.
Pero al contrario de lo que se esperaba, esto no significó la titularidad
para Juan Carlos. Cuando se es joven es más fácil disimular las cervezas
que se han tomado en el cabaret. Juan Carlos corría igual. Pero no se daba
cuenta que en el segundo tiempo se quedaba. Cuando estaban ganando,
y afortunadamente al equipo le iba bien, esto no era mucho problema
y era visible, pero si había que remontar un marcador en el interior, no
era precisamente el motor para descargar pelotas en el área rival, y así
se fueron demasiados puntos como para pelear el título. Campanucci,
el nuevo técnico argentino que había sustituido al uruguayo, no vaciló
en cambiarlo en el segundo tiempo. El también argentino Bevilacqua,
sustraído de emergencia gracias a la solidaridad institucional de Altos
Hornos Zapla de Jujuy, se las arreglaba mejor con su mayor estatura
para alternar los desbordes con algunas diagonales que llegado el
momento significaron victorias decisivas. Alguna vez que la titularidad
por lesión coincidió con una noche tranquila de abstinencia, Juan Carlos
desplegaba la antigua elegancia. “Se parece a su hermano” decían los
que los conocían. Los más jóvenes pensaban que era el mayor, porque
demostraba un endurecimiento del rostro.
Pero jugar ligeramente borracho era un verdadero peligro. Y el
resultado, lesionado y expulsado, lo demostró. Nada más comenzado
el segundo tiempo con Wilstermann, Juan Carlos no llegó a una pelota
dividida, aunque él pensó que la ganaba fácil, y en cambio su cacho
derecho hincó sus toperoles en el muslo de un cochala que quedó
tendido, retorciéndose de dolor. Nadie entre los 500 espectadores tuvo
duda de la roja, pero por si alguien la hubiera tenido por un segundo, Juan
Carlos se encargó de disiparla levantándose y pisando al rival en el cuello.
Cuando empezó a retirarse prudentemente, recibió en la espalda un
planchazo que lo mandó por la pista atlética donde se quedó dormido un
rato, para no ver la tarjeta. Entre brumas tuvo la ensoñación desagradable
de que la tarjeta roja que agitaba el referí lo expulsaba de algo más amplio
o trascendente que el partido que jugaban, mientras los dos equipos se
agarraban a puntazos por toda la cancha.
76
Años después se dijo que si lo de Gabriel hubiera ocurrido en los
noventa habría terminado en Europa, en el Real Madrid o en Italia, así era
de primer nivel internacional su juego de fuerza y velocidad. Pero después
de nueve años en Brasil, con 33 años en la espalda, volvió como la mayor
gloria viviente del fútbol nacional. Ugarte había alcanzado a militar en San
Lorenzo, Romero en Ferrocarril Oeste. Era realmente poco alentador
que los verdaderamente grandes de nuestro fútbol hubieran alcanzado tan
pobres cotas (todavía no había llegado el tiempo de los Peña y los Platini
Sánchez). Así que lo de Palacios fue como una redención. Haber pasado a
Botafogo ya había sido una hazaña, pero jugar las últimas tres temporadas
en el Corinthians, eran palabras mayores.
Esos primeros años de ex jugador la prensa se hizo eco de los sueños
de grandeza de Gabriel. Palacios quería ser técnico, Palacios era mimado
por los partidos políticos para hacerles ganar la alcaldía paceña, Palacios
aparecía en la televisión invitado a dirigir concursos para ganar una
lavadora. Finalmente no fue alcalde, apenas concejal, pero en cualquier
caso, sabía que se sentiría titular. Y el día en que fue a tomar juramento,
se dio tiempo para ir a visitar a su hermano, en Achocalla. El Centro de
Rehabilitación REMONTAR apenas tenía una vivienda mal construida en
un inmenso terreno donado por un ex alcohólico famoso. Pero en cambio
había adaptado ese terreno para una cancha donde pudo distinguir
rápidamente a su hermano, batallando como siempre por la pelota.
—”Finalmente es titular”, no pudo evitar pensar Gabriel, y prefirió
alejarse para no interrumpir el juego. Con los años había adquirido
la suficiente sabiduría como para no quedar atolondrado ni protestar
íntimamente contra la vida. “Después de todo, sólo Dios sabe cuál de los
dos era el que más y mejor pateaba en la panza de mamá “, terminó de
reflexionar a tiempo de subir a su auto.
77
78
DESCENSO
Alfonso Gumucio Dagrón y Carlos D. Mesa Gisbert
79
pasar anatomía descriptiva con el Ciego Mejía o histología con Ferdín
Humboldt Barrero había que tener una mezcla de suerte y estoicismo.
Suerte para no hacerse notar mucho, y estoicismo para reprimir la rabia
que con frecuencia hacía pasar por la mente la palabra asesinato. No
todos los catedráticos eran tan temidos; el Huracán Ramírez era incluso
divertido, con esa manera coqueta de pararse con la mano en la cadera,
como en un desfile de modas.
Al entrar al avión buscó su asiento, por suerte lejos de los
compañeros de equipo. El Mudo no estaba de pulgas para hablar con
ellos del partido o escuchar el corrido de las culpas que unos se echaban
a otros por la espalda. Como en estos casos, en La Paz la adivinada
soledad del aeropuerto lo mortificaba, sólo la familia para consolarlos.
Miró de nuevo el número de su asiento: 12A. Junto a él iba sentado un
hombre vestido de gris claro, blanco y corpulento. Lo midió con la vista
cuando éste se levantó para dejarlo ocupar su asiento junto a la ventana.
La verdad es que la embriología era tan interesante como la
hembrología. Aprenderse de memoria el mapa completo del cuerpo
humano en los cuatro tomos del Testut o los tres del Rouviere era una
condena que pocos resistían, mientras que examinar embriones aguados
lo hacía sentir a uno descubriendo algo nuevo, aunque no fuera cierto. La
histología también era interesante, pero no con ese nazi de bata blanca
disfrazado de profesor universitario. Joaquín miró su reloj y ya que tenía
el brazo levantado aprovechó para secar el sudor de su frente. Caminaba
rápido, mirando a los lados como si existiera el milagro de que pasara un
colectivo, un auto cualquiera para hacerle dedo. Pero no había nada. No
había nadie en las calles a esa hora gris, a no ser por los albañiles que a
patita iban en busca de su jornal, para asegurar un día más la marraqueta, el
plátano, la papaya Salvietti y la ilusión de haber vencido al hambre.
La azafata hizo la demostración del cinturón de seguridad y de la
máscara de oxígeno junto a la fila 12 donde estaba el Mudo, quien no
dejó de apreciar las líneas del esbelto cuerpo. Se dio cuenta de que
su compañero de asiento lo miraba con una sonrisa sardónica, que el
Mudo leyó como de complicidad: “Buenas piernas, ¿no?” – susurró a
su vecino para que la azafata no lo escuchara, pero ella ya había volcado
su rostro con una sonrisa de mona lisa, indefinible. El hombre de gris le
extendió una manota que parecía de arquero: “Mucho gusto”, le dijo en
un castellano que traía ecos del norte.
80
Joaquín miró de reojo la rústica puerta de madera de la casa de los
Zamora, indicación de que ya estaba cerca de la subida del deshecho.
Como eran las 5:30 estaba en buen tiempo, la media hora restante
era para la empinada cuesta, hasta llegar al Estado Mayor del Ejército.
Desde los pisos altos del nuevo edificio de la Facultad de Medicina
a veces veía los ejercicios de los reclutas en los patios del cuartel,
pero estos meses pasaba más tiempo en el semisótano del anfiteatro,
haciendo preparaciones de músculos, nervios, vasos y tendones. La
muerte estaba instalada en el anfiteatro. El silencio se rompía solamente
cuando afuera, por la avenida Saavedra, pasaban vehículos. Adentro, el
silencio de los cuerpos no reclamados, tiesos sobre las camillas, algunos
cubiertos por una sábana, otros expuestos: Marilyn y el Viejo.
El Mudo le extendió la mano sin mucha gana de iniciar un diálogo,
pero el hombre de gris quería sin duda ponerle puntos suspensivos al
comentario sobre las piernas de la azafata: “Soy el Padre O’Connor,
canadiense, director del Colegio St. Andrews de La Paz”. El Mudo
tardó dos segundos en responder, mientras pensaba que no había razón
para que a un cura no le gustaran las piernas bonitas, es más, muchos
curas vivían descaradamente con sus amas de llaves, pero claro, este era
canadiense, quién sabe: “Hola padre, yo soy Juvenal Torres, jugador
del Strongest; los amigos me dicen el Mudo. Ya ve, para qué quiere uno
enemigos”.
Marilyn era joven y rellenita, el bisturí entraba fácil porque casi no
tenía grasa. Las preparaciones se hacían sin mayor dificultad. En cambio
el Viejo era duro como un hueso, tenía por lo menos tres centímetros de
grasa debajo de la piel, a pesar de haber muerto flaco como un fakir. Uno
se acostumbraba al penetrante olor a formol del anfiteatro y a caminar
entre los cuerpos inanimados que servían a los estudiantes para hacer
sus prácticas. Joaquín se topó con un grupo uniformado en la entrada al
desecho. “No hay paso”, le dijo un sargento. “Tenemos órdenes de no
dejar pasar a nadie hacia el Estado Mayor”.
El Mudo se recostó contra la ventana mientras los motores del
DC6-B del Lloyd Aéreo Boliviano rugían en la cabecera de la pista de El
Trompillo. Miró las hélices girar hasta desaparecer, como si fueran puro
viento. Estiró las piernas, que esta vez no le habían servido de mucho.
Su mejor patada del partido no fue contra la pelota sino contra la canilla
de Dedé, ese brasileño endiablado que hizo un gol en el partido. No
81
lo hizo adrede pero dejó al equipo contrario disminuido. Y aún así, el
Strongest perdió. Uno puede asimilar bien las derrotas cuando en un
campeonato quedan todavía por delante varias ocasiones, pero no como
ahora, al final de la cuerda con la que estaban a punto de ahorcarse.
Pero era sólo un amistoso, pensó. Cuentos, era un amistoso como podía
haber sido un partido puntuable, jugando así, daba lo mismo.
Las explicaciones no parecían ablandar al Sargento, pero ante la
inminente posibilidad de que Joaquín se pusiera a llorar de nervios,
llamó al subteniente que comandaba la tropa. Joaquín rogó sin hacer
teatro, ni siquiera se preocupó de preguntar por qué no había paso
hacia Miraflores, simplemente trató de describir lo mejor posible
la inflexibilidad dictatorial de Ferdín Humboldt y eso ablandó al
subteniente, quizás encontró en su propia experiencia una chocolateada
en manos del Capitán Arce Gómez, conocido por su maldades: “Bueno,
pase, pero le aviso que arriba no hay un alma viviente”.
El avión se elevó como si se fuera a desarmar en el intento, todo
crujía como si los tornillos del fuselaje se estuvieran aflojando. Una
cabellera de aire caliente parecía aferrarse a las alas. Al ir ganando altura
la estructura metálica parecía ajustarse al viento y dejarse llevar entre las
nubes. El Padre O’Connor miraba por la ventana sobre el hombro del
Mudo y como vio que no dormía le hizo la única pregunta que no debía
hacer en ese momento: “¿Perdieron?”
Evitó como pudo las curvas y cortó camino por los senderos
empinados del desecho, hasta llegar arriba. De la puerta de una
pequeña tienda abierta sobre la calle le llegaron los compases de una
banda militar. Se detuvo unos minutos para retomar aliento mientras
la voz del locutor leía el bando castrense. El General Alfredo Ovando,
Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas, había dado un golpe
contra Siles Salinas, aprovechando que el presidente se hallaba en Santa
Cruz. La proclama sorprendió a Joaquín pues hablaba del “mandato
revolucionario de las Fuerzas Armadas” y, aún más sorprendente,
citaba entre los hombres del nuevo gobierno militar a Marcelo Quiroga
Santa Cruz, José Ortiz Mercado, Mariano Baptista Gumucio, José Luis
Roca, Edgar Camacho…. ¿Qué carajos está pasando?, pensó Joaquín.
Claro padre, perdimos en regla. ¿No lo ve al Eustaquio aquí atrás,
aplastado en su asiento? ¿No nos ve a todos callados como si llegáramos
82
de un entierro? Miró al técnico con los ojos cerrados, dormía o se hacía
el dormido. ¿Quién quería hablar en esas circunstancias?, nadie y
menos quien había sido un emblema del equipo como arquero, si hasta
había llegado a vestir la casaca nacional. Giró la cabeza y el panorama no
cambiaba, hasta la cara de Marchetti, tan parecida a la de Boris Karloff,
el Frankenstein que tanto le impresionaba en las películas de terror,
tenía un toque de desamparo que lo conmovió.
El interminable muro de adobe del Estado Mayor no dejaba escapar
ni siquiera el silencio. No había un alma en la calle, tenía razón el
subteniente, y las rejas de metal de la facultad estaban cerradas. La calva
lisa de Ferdín no brillaba por ninguna parte. Se aproximó a las ventanas
del anfiteatro, para sentir el doble silencio. Imaginó adentro a Marilyn
y al Viejo, riéndose de él, pendejo: era el único que había llegado,
puntualmente. Las campanas de la iglesia de la Concepción marcaban la
hora en punto cuando decidió emprender el regreso, pero entonces vio
a Lima salir apresuradamente detrás de un tanque artillado, estacionado
en la puerta grande del Estado Mayor.
“Mejor me hubiera ido el año pasado…” El Mudo habla sin mirar a su
vecino de asiento, como si lo hiciera consigo mismo. “Me ofrecieron jugar
en Libertad en Paraguay, buen pase, como para ahorrar un poco, pero al
final no me animé. Aquí me respetan, bueno, me respetaban. Pero el equipo
ya no es el mismo, estamos tan mal. No sé si sabe, padre, pero me parece
ayer cuando Bonano, buenazo el argentino, un poco gordito pero una fiera
en el área, la clavó en Quito; jugamos contra el Deportivo Quito y ni que
hablar, con ese gol les ganamos. Usted no sabe lo que fue, estábamos locos.
En el vestuario hasta cantamos el Himno Nacional. La Libertadores de
América era un sueño y allí ganamos de visitantes. El título local lo ganamos
al hilo dos años seguidos, el 63 y el 64, y luego nos hicimos dueños de la
Simón Bolívar. Y así, a la Libertadores, con el primer triunfo boliviano
como visitantes en ese campeonato”. En ese minuto, mientras
hablaba, recordó el partido increíble contra Boca. ¡Nada menos que
Boca!, el de Roma, Marzolini, Rattín y Silvera que se perdió por un pelo,
pero con el Estadio Siles lleno,…”y ahora esta mierda”, dijo en voz alta,
“perdón padre, pero es que estamos bien fregados”.
Lima era un amigo de la infancia, bueno, no hay que exagerar: de esos
que con el tiempo se vuelven peligrosos y es mejor mantener a buena
83
distancia. Nunca se le conoció ni estudios ni oficio, pero en los últimos
años, cada vez que había una asonada golpista, aparecía enfundado en
una casaca militar que le quedaba demasiado grande, probablemente
canjeada por una botella de singani a algún suboficial. A veces, además
de la casaca verde olivo, Lima aparecía con un arma que en sus manos
se veía como un objeto extraño pues apenas podía sostenerla. Lima no
era militar, de hecho lo habían rechazado del premilitar por tener pies
planos, pero tenía vocación golpista, era como si hubiera nacido de una
chola maltratada en un cuartel. Cargaba tantos resentimientos contra
todos, que era difícil predecir con quien y contra quien iba a emerger
la siguiente vez.
“Esta camiseta está pegada a mi piel”. El Mudo lo decía con dolor
más que con orgullo, mientras le mostraba al Padre O’Connor el pecho
que él asumía como obvio que reflejaba el espíritu atigrado, las barras
verticales gualdinegras. “Estas barras negras son como mi prisión,
padre” se dio unos golpecitos sobre el corazón. “Le juro que cuando
me la saco para dormir me quedan marcadas las barras. Ya no sé si yo le
debo todo al Strongest o si el Tigre me debe alguito a mi”.
Lima vio a Joaquín y cruzó la avenida hacia la facultad para darle
alcance. “Ahora sí carajo, ya van a ver quien manda”, le espetó a manera
de saludo, como si Joaquín tuviese algo que ver con todo esto, y como si
Lima fuese el gestor del golpe. “Al conejo de castilla lo tenemos jodido
en Santa Cruz, no se la soñaba”, se refería a Luis Adolfo Siles Salinas,
Presidente hasta esa madrugada, derrocado ahora sin pena ni gloria.
“No va a poder regresar a La Paz, te lo digo yo, hermanito”.
El Mudo se puso de rodillas sobre el asiento para mirar hacia atrás,
donde estaba la mayoría del equipo. Los que vio dormían, a veces
apoyados entre sí: Marchetti, Porta, Cáceres, Durán, Arrigó, Díaz,
Flores, Tapia, Torrico… Franco iba adelante, como buen delantero,
solitario como cuando avanzaba hacia el arco y metía goles. El técnico
Eustaquio Ortuño roncaba, o disimulaba el ronquido, tres filas más
atrás. Entre jugadores, técnico, dirigentes y suplentes, el Tigre llenaba
un tercio de los asientos. “Ya ve padre, a nadie le importa, todos
duermen como wawas y no se dan cuenta de que nos estamos yendo
al tacho, ya hemos agotado las siete vidas del gato, y ni por tigres que
seamos, nos van a dar otra vida”.
84
No había que darle cuerda a Lima, porque la tenía de sobra como
esos muñequitos de lata que tocan tambor cuando se le da vueltas a
la manivela que tienen en la espalda. Tamborilero de golpistas, Lima
solamente existía en momentos como este y luego desaparecía por
completo hasta el siguiente golpe. “Pero no sé hermano, no sé… Estos
milicos no me escuchan. Les he dicho que hay que impedir que Siles
Salinas regrese a La Paz hasta que tengamos todo bajo control, pero no
me escuchan. Son cuadrados, no entienden de política. El único que
escucha es el Lucho, ese tiene los huevos bien puestos. Ni siquiera le
consulta a Ovando.”
“Primer tiempo: teníamos el dominio de la bola a pesar de que no
estaban ni el Chino Ramírez ni el Perro Vargas, ¿Los dejó el avión o
se durmieron? ¡qué jeta! La cosa iba bien, pero estos cambas han
aprendido… ni qué hacerle, me tink’a que en pocos años van a ser
rivales jodidos… perdón padre, usted sabe, futbolistas somos pues.
Pero también nosotros… Díaz y Porta fueron perdiendo la marca, estaba
clarito, se venía el gol de los crucos. Marchetti estaba perdido en el
manejo de la zaga, quería salir jugando de atrás como si fuera Perfumo...
y Franco, desconocido, esperaba y esperaba en el área, ni un centro y
él ni se movía a buscar la bola. Avanzó Dedé y Tapia se quedó tieso,
parecía otro, ¿acaso no había sido el mejor back del Always? Llegó el
centro y Dedé solito, ni que… la metió nomás, gol y hasta luego. Pero,
sabe Padre, hay pues mañas, pasa el delantero y le mentas la madre, para
ablandarlo. La consigna del Ortuño era, zancadilla, aquí, zancadilla allá.
A ese negro habilidoso ni agua, nos dijo, no pasa, la pelota puede ser
pero él no pasa, pero ni modo, a pesar de todo, pasó. La otra es jalar la
camiseta, con disimulo, sin que te vea el arbitro, corres lado a lado y lo
frenas agarrando fuerte pero sin rasgar. Adelante es un lío, esperas un
corner y te están empujando, puro manoseo en el área, y las palabrotas…
para que le cuento, de última le tiras un pollo en la cara, pero bien
preparado, desde dentro de la garganta para que sea espeso. Así no más
es. Como en política, pura maña, pura gambeta, pura mamada, padre”.
El cura lo miró con curiosidad sin decir palabra, se veía que el gringo no
entendía de fútbol y tampoco de la política criolla.
“Lucho” no era otro que Arce Gómez, Joaquín se acordaba bien de
este capitán que se divertía golpeando a los premilitares en la cantina del
Colegio Militar. A él le había tocado alguna vez el tratamiento. Entraba
85
Arce Gómez a la cantina y todos se cuadraban; entonces se acercaba al
más asustado y sin mediar palabra le metía un puñetazo en el estómago:
“¿Le duele?” Era una pregunta sin respuesta correcta, porque si uno
respondía inmutable “¡No duele mi capitán!” el segundo golpe no se
hacía esperar: “Bueno, para que no diga que yo golpeo como señorita”.
Y si uno tenía la peregrina idea de decir: “¡Duele mi Capitán!”, igual se
venía otro fuerte golpe: “Para que aprenda a soportar el dolor, recluta”.
Lima hablaba de ese “Lucho” con admiración. “Lucho y yo ya nos
estamos ocupando de Siles para que no vuelva”, dijo Lima. “Vamos a
empezar con una página en blanco, yo me encargo.” Miró una vez más
hacia la puerta del Estado Mayor: “Te espero en las noticias de la noche.
Andate por la sombrita y no se te ocurra viajar hoy”, dejó planear con
una sonrisa pícara, y con esas palabras dio media vuelta y se fue hacia
arriba por la Saavedra en dirección al Parque Triangular.
“Cuando sonó el pitazo al final del primer tiempo parecíamos
boxeadores buscando la esquina hasta el próximo round. Al entrar a los
camerinos Marchetti le dio un lapo a Porta. No era necesario, peor se
puso el ambiente.” El Mudo meneó la cabeza para imitar a Porta: “Si es
un amistoso hermano”, decía el jugador. “¿Qué amistoso ni amistoso,
carajo; huevos en amistosos y huevos en el campeonato” retrucaba
Marchetti. “Somos el Tigre, no cualquier equipito de barrio, mierda”,
había gritado alguien desde la ducha. “Y es cierto, padre, algo se había
quebrado en ese equipo que tenía toda la historia que se podía pedir
para recordar lo que estaba en juego. ¿Cómo salir de este bache?”
Joaquín emprendió el camino de regreso a Obrajes con una idea loca
dando vueltas dentro de su cabeza como un taparanku, esa mariposa
nocturna, grande y negra que algunos dicen que es de mal agüero.
Trataba de leer detrás de las palabras de Lima un mensaje, pero no era
claro. ¿Qué tramaba Arce Gómez, con Lima si acaso, para impedir el
regreso del presidente depuesto? ¿O Lima estaba fabulando, como solía
hacer, esta vez usando el nombre del asistente de órdenes de Ovando?
¿Y su despedida: “Andá por la sombrita y no se te ocurra viajar”?
El Mudo se volvió hacia su vecino de asiento y lo encontró dormido,
pero siguió hablando, necesitaba hacerlo. “Al salir a la cancha para el
segundo tiempo se me acercó Eustaquio para decirme que tenía todas
sus esperanzas puestas en mí… como si yo fuera San Martín de Porres” y
pudiera barrer con mi escobita al equipo contrario. Debió decirle eso al
86
Iriondo, al fin de cuentas es negrito de los Yungas pues. Lo raro era que
todos teníamos una sensación de que ese partido era muy importante.
Amistoso, es un amistoso…pero jugamos amargos y desesperados como
si fuese el del descenso, el que nos acechaba al volver a La Paz.”
No era fácil comunicarse con Santa Cruz, los circuitos estaban
saturados. Joaquín pensó que quizás era parte de la estrategia de los
golpistas. Al final, cerca del medio día, logró hacer entrar la llamada y
pidió la habitación del Mudo, su primo futbolista. Atropelladamente
le habló del encuentro con Lima en la mañana, y le dijo que Siles, que
Arce Gómez, que el avión, que el peligro… pero por una parte mezclaba
tontamente todo con la calva de Ferdín y Marilyn en el anfiteatro, y por
otra el Mudo no lo escuchaba porque quería contarte por qué perdieron.
Al final el Mudo colgó: “Joaquín, hermanito, ya me cuentas en La Paz
esta noche, no tengo tiempo, me están esperando para llevarnos al
Trompillo”, y lo dejó con la última palabra en la boca, bien adentro,
atravesada en la garganta.
Un sacudón despertó al Mudo. Se había quedado adormecido contra
la ventana. Se le heló todo. Veía tartamudear las hélices de uno de los
motores. Miró hacia atrás, parecía que nadie se hubiera percatado.
Volvió la vista a la ventana y constató que uno de los dos motores de
la izquierda se había parado completamente y que el otro, a su vez,
empezaba a tartamudear. La voz angustiada de Joaquín volvió a resonar
en su memoria. Atropelladamente le había dicho que había peligro,
que no debía viajar, y algo de unos tipos de Santa Cruz ligados a Arce
Gómez que no entendió. De pronto le pareció que los picos de montaña
se acercaban demasiado, pero no atinó a pensar en otra cosa que en
el descenso que le esperaba al equipo. Y el pitazo final. Ya no habría
descuentos.
87
CÉSPEDES
Mariana Ruiz Romero
88
CUANDO THOR ODIABA LOS GOLES DE
THE STRONGEST
Miguel Lundin Peredo
89
ciudad, de acuerdo a los sitios donde aparecieron los cadáveres. El mapa
crecía gracias a la información de una radio que interceptaba los mensajes
encriptados de la policía local. Con el miedo aumentaba el hambre y
mientras Palomino comía uno de las decenas de sándwiches de pollo que
había congelado y escuchaba a Carlos Valverde en la tele; recordó sus
tiempos de jugador del Strongest, cuando, inspirado en los futbolistas
brasileros, se había creado un nombre artístico: todos lo conocían como
Chichani y apodos, más o menos creativos, llevaban sus compañeros.
Entonces lo vio claro, el único que conocía su verdadera identidad, la suya
y la de sus finados compañeros, era un jugador sueco que había insistido
por meses y sin suerte por entrar a The Strongest. Ese Erik Lingonfalk, o
Thor como se decía, no los quería.
Fumó un poco del peyote que le vendía un indio apache radicado
en La Paz y, más tranquilo por haber resuelto el enigma, echó una larga
siesta. Cuando despertó vio a Erik muerto en el suelo sosteniendo en la
mano la fotografía de Vivian Colombo sonriendo al lado de Maradona en
un juego de Photoshop que Palomino había realizado. El asesino había
caído en su trampa: la foto tenía una toxina tropical que producía un paro
cardiaco mortal al entrar en contacto con la piel.
Cuando llegó la policía para recoger el cadáver del serial killer, una
multitud de fans del Tigre aclamaba ya a Palomino en las puertas de su
casa. Siguieron días de gloria con la popularidad de actor de Hollywood
y hasta un avión esgrimió durante dos días una pancarta que decía “ We
love you, Palomino”.
Fumando mientras miraba el noticiero, Palomino pensó que era un
héroe y consideró que no sería mala idea dedicarse a ser un vigilante e
eliminar criminales con delitos de asesinato serial en sus hombros. Un
nuevo mundo de oportunidades se había abierto generosamente para un
ex futbolista que se volvió reportero. Tras dar una larga bocanada y aún
mareado por ese humo extraño, Palomino se acostó al lado de Vivian y se
soñó jugando en la final de el Mundial USA 94.
90
AL CHUPA RIVEROS
Rodny Montoya
El grito inevitable,
alabanza de piedra al sol,
era palabra desbocada
eternidad tallada en la piel
y un eco de montaña y gloria
que habitaba la ciudad.
Pero como en todo,
el silencio se hizo noche
sobre la espalda
(Comunión de huesos y tierra)
y el grito se posó
a la sombra de su historia
repitiéndose a sí mismo:
Warikasaya K´alatakaya
Warikasaya K´alatakaya.
Y ahora el grito
es ese temblor de brizna
antes de la batalla.
91
EL DESPERTAR
Germán Araúz Crespo
Sus ojos deslumbrados buscaron el fondo del paisaje. Allí las dunas
de arena se difuminaban en el horizonte donde emergía un cielo azul, sin
una sola nube. Parpadeó varias veces. Recordó que la noche anterior, su
mirada seguía la ondulante danza de las llamas en la hoguera que había
encendido en un claro del monte para alejar la curiosidad de los animales
que divagan entre la vegetación, y arrullado por el canto de grillos y
aves nocturnas se fue hundiendo en el sueño. Giró la cabeza, primero
a la derecha, luego, a la izquierda, finalmente se incorporó para girar el
cuerpo. El paisaje no cambió un ápice. El asombro precedió al terror. Se
sintió perdido, desorientado. Como patada de bolivarista.
92
EL ORO DE LOS TIGRES
Christian Vera
Y el oro del principio.
Oh ponientes, oh tigres, oh fulgores
Del mito y de la épica,
Oh un oro más precioso (…)
Jorge Luis Borges (El Oro de los Tigres)
93
Uno aprende a ser Tigre en el misterio que se refugia detrás de cada
uno de nuestros goles. En la Euforia fraterna compartida. En el cariño que
cada quien le distribuye al The Strongest, al más fuerte. En la autoestima
visceral que nos nace después de haber caído y tropezado. Sí, porque
el The Strongest no instaura una historia que hegemonice la gloria, es
también y, ante todo, una sinuosa historia compuesta por historias de
derrotas, de triunfos que siempre ceden al matiz, al pero.
El hincha del Tigre tiene un destino demasiado empinado. Tal cual
Sísifo carga el peso de la camiseta, en ella inscribe las marcas de su pasión,
su fascinación, su im/paciencia, su fidelidad, su furia, su inocencia, su
intolerancia, su autoritarismo, su absolutismo, entre otras marcas que lo
distinguen a leguas como Atigrado. Y cada domingo desde muy temprano
prepara su espalda para afrontar la cuesta, para afrontar las magulladuras
del peso de cargar las durezas de la Euforia Stronguista. Ya en cancha
Sísifo-Tigre se asoma a la cima de la cumbre. En ella, libre del peso, se
entrega a la tensa levedad del juego, y en esta corta instancia o disfruta
su llegada con un triunfo o sufre los avatares de la derrota; sin embargo,
sea cual fuere el resultado todo concluye cuando inevitablemente Sísifo
-Tigre, terminado ya el partido o la gesta, se avienta desde la cima, se
arroja a la trampa de su agonía. Todo para recomenzar la faena, el próximo
domingo. Ser Tigre es una forma extrema de aprender a sudar caudales
tal cual como se suda en la cancha bajo el mando de la pesada e histórica
polera aurinegra.
Los Tigres somos un laberinto inacabable de historias, épicas,
ficciones, debacles, resurrecciones, calvarios y lágrimas. Nuestra gloria
se construye sobre el escombro de cada derrota. Personajes de toda laya
conforman esta nuestra familia que sabe mucho de sudor y goles, de las
glorias del cielo y del calor devastador del infierno. Por eso somos amarillo
y negro. Vivimos del contraste, y en el contraste. En un solo toque somos
oro, carbón y fuerza, los tres lados de la inexplicable moneda atigrada.
Los 100 años no es una suma caprichosa del tiempo, por el contrario
es un ámbito donde confluye una multiplicidad de líneas, de referentes,
de emociones, de detalles, de datos, de anécdotas, de revanchas, de
misterios y de derrotas. No es fácil abrir la memoria atigrada sin caer en el
vacío que ofrece la melancolía, sin desvanecerse en el júbilo que despierta
esta sensación de llevar en la sangre los huracanados vientos andinos del
aurinegro.
94
Son 100 intensivos años de enseñanza permanente al corazón
aurinegro que se alimenta diariamente en la locura asfixiante de una
pasión indescriptible, estoica, que rueda sobre el impredecible destino
esférico de un balón. No es fácil ser stronguista sin palpar la sal de la
lágrima. Es que ser Tigre es encarar al mundo bajo una identidad móvil
y en permanente construcción. Una identidad compuesta por diversas
piezas dispersas en una centuria que se cohesionan en el amarillo y
negro, en la sempiterna médula del GRAN Chupa Riveros. Se trata de una
identidad intercalada entre la fuerza, la frontalidad, la batalla y la mixtura
de versiones heroicas y antiheroicas que sólo ofrece el coraje de un Tigre
Derribador. Un Tigre que se alimenta del cerco que impone su memoria
pero que, al mismo tiempo, lo transgrede y lo resignifica.
Cumplimos 100 años de compromiso incondicional con esta euforia y
festejamos al Oro de los Tigres. A José López Villamil, que fundó no sólo
un club de fútbol, sino una máquina lúdica para abordar la inmensidad del
mundo. A los primeros hinchas, una turba híbrida de doctorcitos, mineros
e indígenas que iracundos golpeaban piedras para dar fuerza al equipo. A
la Chainita, ave que ofrendó sus colores a la trascendencia gualdinegra.
A la Vicuña, que en su aventura le enseñó a correr al Tigre. A los héroes
del Chaco que eligieron bautizar al fortín como Cañada Strongest con
el fin de armar un cerco al absurdo de la guerra. Al infinito duelo por
las insustituibles ausencias atigradas desaparecidas en el desastre de
Viloco. Festejamos al Oro de los Tigres. A la fidelidad y sabiduría de
Lucho Galarza, a la fiereza impagable del Tano Fontana, al dulce juego
del GRAN Chocolatín Castillo, al arácnido fútbol de Sergio Oscar Luna,
a la fortaleza inquebrantable de Luis Héctor Cristaldo, a la displicencia
añorada de Sandro Coelho, a la fuerza de Titán de Óscar Sánchez. El Oro
de los Tigres, también, para aquellos que por caprichos del tiempo no vi:
el Zorro Bastida, Jorge Latini, Max Ramírez, Osvaldo Potente, Eduardo
Ángulo. Pero, El Oro de los Tigres, sobre todo, en estos 100 años de
euforia es para todos los hinchas del ayer y de hoy, que alimentan día a
día, hora a hora, segundo a segundo esto que hace una centuria nos habita
como una estela inagotable pintada de amarillo y negro.
95
96
DE EQUIPO NO SE CAMBIA
Franchesco Díaz Mariscal
A mi abuelo, Mario Mariscal Paredes.
97
—Es el Strongest –respondió su abuelo, encendiendo uno de sus
sempiternos cigarrillos Derby con los caballitos corriendo en la cajetilla
blanca y naranja.
— ¿El qué? –volvió a preguntar.
Su abuelo sonrió y se sentó a su lado. “El Strongest”, repitió, y
comenzó a explicarle sobre fútbol, los partidos clásicos y todo lo que
implicaban, además de enseñarle la pronunciación correcta del nombre
del club: “Di estronguest”. Quedó fascinado.
Esa tarde, cuando su abuelo iba para la pequeña empresa familiar de
limpieza de ropa que tenían, se fue con él. Entró raudo a la sucursal donde
todos lo conocían de memoria y empezó a hurgar en la pila de periódicos
que había en un rincón. La encargada sonrío y le preguntó qué buscaba.
“Fotos del Strongest”, replicó sin levantar la cabeza, mientras apartaba
a un costado unas páginas donde había grandes fotos de dos jugadores
haciendo malabarismos con el balón. “¿Eres del Tigre?”, volvió a
preguntar ella. “¡Sí!”, contestó enfático mirándola. “Yo también”,
comentó ella sonriéndole. Él volvió a lo suyo, logrando reunir unas doce
fotos de distintos jugadores del plantel y dos, en blanco y negro, del
equipo entero.
Sus tíos entraban en la adolescencia: 17 años el mayor, 15 el siguiente,
13 el benjamín. Uno de sus entretenimientos era el juego de fútbol con
equipos confeccionados en tapacoronas de gaseosas. Él les mostró las
fotos de The Strongest y les pidió que le ayudaran a hacer su propio
equipo; incluso se había conseguido un montón de “tapitas” —como las
llamaban en casa— de la amable señora de la tienda, en la casa contigua,
quien prometió guardarle más de ahí en adelante.
Fueron días ajetreados: tijeras en mano (detestaba la que le daban,
pequeña y forrada con un plástico amarillo que simulaba la silueta de un
monito, y levantaba siempre la más grande, la que veía usar a su abuela
para coser), cortando las fotos y los fondos, agregando los números y
nombres, pegando todo —y pegándose los dedos íntegros, también— con
“carpicola”, un pegamento blanco que le encantaba después irse sacando
de las manos.
El hermano de su abuela, que vivía en Cochabamba y era un ex jugador
de fútbol profesional, llegó por esos días de visita. La casualidad hizo
98
que ese domingo volviera a jugarse un clásico, esta vez en el estadio de
Tembladerani, propiedad del Bolívar. El tío, que tenía un carnet que le
permitía el ingreso a cualquier estadio del país, le ofreció llevarlo. Fue el
principio del verdadero amor. Al llegar, le impresionó la cantidad de gente
aglomerada, pugnando por ingresar. Y los vendedores de recuerdos.
El tío le compró una gorra con los colores de The Strongest, que decía
“Tigre Campeón”.
Una vez adentro y cuando los jugadores saltaban a la cancha, empezó
a reconocerlos uno a uno, ayudado también por el tío que tenía un
receptor portátil de radio en la mano. Aunque era un partido entre rivales
tradicionales, le gustó que estuvieran sentados casi lado a lado los de uno
y otro plantel, sin peleas ni hechos violentos.
En un par de semanas tuvo a su equipo listo. Un arquero, confeccionado
con dos tapacoronas pegadas entre sí con clefa y con la parte inferior de
la tapa trasera abierta como una patita que servía para que el portero se
parase y contuviera los remates de los jugadores rivales, ayudado además
por el corcho y la moneda de 25 centavos de Peso boliviano que tenía
debajo de los papeles con su imagen, número (un uno rojo que cortó
de un calendario de escritorio) y nombre: “Luis Galarza”. No encontró
por ningún lado la fotografía del segundo arquero o suplente, pero no
importaba; éste no se lesionaba como los de verdad y él se encargaría de
que no fuera expulsado en ningún juego.
Y también hizo las imágenes de dieciséis jugadores, que logró reunir
a duras penas consiguiendo incluso fotos botadas en la calle. Sus tíos le
sugerían que pusiera la foto de algún jugador en blanco y negro, con la
camiseta “coloreada” con marcadores, pero él quería todas las fotos en
color y se empeñó por conseguirlas. Entre los jugadores, para los que
había elegido las tapacoronas más redonditas, figuraban Luis Iriondo,
Juan Peña, Eduardo Angulo, Jorge Lattini, Ovidio Messa, Luis Bastida
y W. Cañellas.
El primer partido que jugó, contra su tío menor, fue The Strongest -
Always Ready. Él hubiera querido un clásico, pero era imposible: nadie
en la casa tenía ese equipo, pues los tíos eran todos stronguistas y habían
preferido hacerse plantillas de Oriente Petrolero, Blooming, Guabirá,
Wilstermann, Independiente Unificada, Stormers, Municipal y Always
antes que de los odiados rivales. ¿El resultado? Un empate a dos goles,
99
más por la benevolencia del tío que por méritos propios, había que
reconocerlo. Pero ya el amor por el juego estaba instalado.
Un par de años más tarde emigró a Potosí, donde vivía en casa de
unos primos. Ellos no conocían el fútbol con tapitas. Apenas pudo,
consiguió fotos y los envició en la práctica. Una frazada, debidamente
marcada como cancha de fútbol, dos arcos —podían ser improvisados,
como cuando se jugaba con pelotas de trapo o de plástico en la calle— en
los respectivos extremos estrechos, una canica pequeña de vidrio y ya:
se desencadenaban verdaderas batallas de once luchadores contra otros
once, movidos cada plantel por un estratega que trataba siempre de ser
el vencedor. Un cuadrangular jugado en La Paz en que intervinieron el
Atlético de Madrid de Cano — ¿qué hacía en esta parte del globo? En esas
épocas no se hablaba de la famosa “altura” y los clubes emprendían giras
intercontinentales— y el Talleres de Córdoba de Guibaudo —quien años
más tarde sería portero del Blooming de Santa Cruz campeón nacional—
les ayudó para que sus partidos fueran “internacionales”.
De regreso en La Paz, recomenzó el cariño con el club. Cada vez que
se podía iba con alguno de sus tíos a los partidos del “Tigre”, y cuando
no podía estar en persona en el estadio ó se jugaba en el interior, seguía
la transmisión por radio. Incluso una noche, cuando tenía como nueve
años y estaba solo en casa, escuchando que las graderías miraflorinas
estaban abarrotadas y que había la posibilidad de una transmisión
televisiva en directo para el país, excepto La Paz por ser la sede del
juego, se unió a las exhortaciones de los relatores, don Grover y don
Remberto Echavarría, pidiendo en un rezo inocente pero vehemente
que la señal llegase también a los televisores paceños. Cuando comenzó
el partido, con un estadio absolutamente lleno y miles de personas fuera
según comentaban los hermanos potosinos por radio, él ya desesperaba:
sus ruegos no eran atendidos por el Señor. Lanzaba una pelota de goma
contra la pared y se lanzaba, emulando a Luis Galarza, encima de la
cama, convertido en el guardameta de un pórtico imaginario que estaba
a los pies del catre. De pronto, de reojo, advirtió que la señal del 7
(aún no habían proliferado las estaciones teledifusoras en Bolivia: en la
sede de gobierno estaban el canal estatal, más conocido por su número
identificatorio, y el universitario, pionero en la transmisión a colores)
mostraba el campo que tan bien conocía y la disputa del balón en el
sector central, cerca del círculo. Dejó su propio juego, se acomodó
100
encima de la cama mirando a la pantalla de 14 pulgadas e íntimamente
agradeció a la divinidad.
La adolescencia llegó asimismo con asistencias esporádicas, quizás
porque las prioridades eran otras. Pero en todo momento trataba de
estar al tanto de lo que ocurría con el Tigre: cambios en las planillas
de jugadores, resultados de los juegos y renovaciones de los equipos
construidos en tapacoronas, consiguiendo las fotografías actuales.
Cuando estaba en la prepromoción, uno de sus amigos de Tupiza, donde
viajaba cada fin de año a pasar las vacaciones, se presentó en La Paz para
asistir al primer clásico por la Copa Libertadores, el torneo más antiguo
entre clubes de distintos países en Sudamérica. El amigo era hincha del
rival, pero eso no importaba. Vieron el juego desde el sector de la Recta
General, acompañados por el papá de su amigo, con quien éste había
hecho el periplo. Al concluir la primera etapa el resultado estaba igualado,
y al acabar el juego concluyo así, aunque un desatino del lungo arquero
stronguista, Víctor Aragón, casi ocasiona que terminasen ganando los
celestes. Su amigo le molestó durante todo el retorno hasta el hostal
donde se alojaban, pero no importaba porque habría una revancha en la
que él confiaba sus esperanzas y, además, había acabado sin apertura del
tanteador.
El paso por la universidad terminó confirmando la ausencia en la
grada, aunque trataba de ir a los clásicos —hasta que un amigo suyo
misteriosamente falleció luego de asistir a uno, en que los “cholis”
habían ganado— y a los pocos partidos internacionales que el club
disputó mientras duró su formación profesional, que le llevó por nuevos
y diferentes rumbos.
Cuando el equipo celebraba sus 90 años empezó a ejercer la práctica
periodística. El salario le permitió comprarse su primera camiseta
original, conmemorativa además del nonagenario. Un año antes había
adquirido un par de gorras: una del poderoso y otra del rival, para su padre
que fallecería antes de concluir esa gestión producto del cáncer, pero al
menos sirvió para alegrarle los últimos días. La adquisición de la polera y
la economía autogestionaria le ayudaron, poco a poco, a retomar el hábito
de asistir a los partidos, bien acompañado de amigos de la universidad o
de su hermano, casi 14 años menor que él. Por la misma época termino de
afianzar el hábito: sentarse siempre en la Bandeja Alta de la Curva Sur, sin
importar las condiciones climáticas, casi detrás del pórtico de ese lugar.
101
Incluso la única vez que adquirió un abono para las Eliminatorias —en las
previas al Mundial Corea Japón 2002— privilegió el mismo sitial.
Desde esa altura tenía una perspectiva particular del campo de juego,
que le permitía visualizar todo de un solo golpe de vista, incluidas las
casamatas de los reemplazos, donde siempre sucedían cosas simpáticas
para el recuerdo: gritos de los adiestradores, las calistenias colectivas
cuando mandaban a calentar a toda la banca —por lo usual alrededor de
los 35 minutos de juego—, el trabajo de los colegas denominados “Puesto
dos” detrás de las casamatas y por medio de intercomunicadores que les
permitían salir al éter durante las transmisiones radiales, etc. No existió
un análisis previo pormenorizado de dónde sentarse: las circunstancias
hicieron que ese lugar fuera integrado a los rituales típicos de cada
jornada en el estadio.
A la que lleva en la parte izquierda del pecho la leyenda “90 años”,
fabricada por una empresa argentina multinacional, siguieron con los
años otras camisetas, siempre originales, compradas por lo usual al inicio
de la temporada para identificarse más con los jugadores que saltaban
a defender los colores amados en la grama. Durante varios años una
empresa nacional tuvo la preferencia en la selección de los dirigentes de
turno al momento de dirimir quiénes vestirían al primer plantel —como
dicen los periodistas— y, por consiguiente, era sencillo acercarse a una de
sus tiendas y adquirir la prenda, alguna vez doble y hasta triple porque se
animaba a comprarles la réplica a su hermano y a uno de los primos.
“¿Ya te estás disfrazando?”, preguntaba con alegre sorna el abuelo
cuando le veía realizar sus rituales previos a cada partido: elección de cada
prenda —polera manga corta si se trataba de un juego diurno; manga larga
e incluso de cuello de tortuga si era por la noche (además de la bufanda
con los colores amados, que se compraba en la puerta del estadio);
calcetines con el escudo de The Strongest dibujado en el borde superior;
unos pantalones negros (jeans, de corderoy o de buzo deportivo, según
el clima y la disposición anímica, o la trascendencia del rival, para ser
más justos); calzoncillos con el color de la casaca del oponente (siempre
celestes para un clásico, aunque no fuese a ir al estadio porque los
locales de recaudación eran los de la orilla opuesta); la polera del equipo
correspondiente a esa gestión, alguna chamarra si el caso ameritaba y la
infaltable gorra aurinegra, que también renovaba cada cierto tiempo—.
102
Las cábalas no quedaban ahí. También incluían un buen duchazo, una
comida rica en carbohidratos (fideos, casi siempre solicitaba comer fideos
en día de partido) y, ya en el estadio, una tradicional “patita” –fritura
rebosada de estos miembros del cerdo–, sobretodo si el equipo demoraba
en abrir el tanteador ó estaba perdiendo. Se volvieron una especie de
mantra silencioso y estomacal. Incluso, en juegos internacionales, prefería
consumir el popular relleno antes de que se iniciase el partido, como una
señal de buen augurio similar, en cierto modo, a la persignación que
muchos jugadores hacen al momento de ingresar al terreno de brega. Más
de una vez se puso histérico en los entretiempos porque las vendedoras
de la fritura no aparecían por ningún lado o, lo que era todavía peor,
habían agotado sus provisiones con la gran asistencia de espectadores.
En momentos como esos, tal vez inconscientemente, volvía a acordarse
del ruego inocente a la divinidad en su niñez pero, como diría Benedetti,
la otitis suprema parecía haberse hecho crónica con los años.
En el periódico donde comenzó a fungir como redactor, el
desaparecido matutino (vespertino en sus inicios) Última Hora, habían
como en todas partes del país hinchas de su equipo y del rival; en cierto
modo, como recoge cualquier reseña del fútbol boliviano, la población
podía dividirse entre los simpatizantes –declarados y disimulados– de la
aurinegra o la celeste. Estos últimos solían molestarle cuando le veían
sentado en su cubículo con todo el “disfraz”, contando los minutos para
largarse al templo miraflorino; las pullas se incrementaban, por supuesto,
cuando la campaña del equipo no era de las mejores —algo bastante
recurrente, pues el último título obtenido, incluso acoplado a uno de los
cánticos de la barra, era de 1993.
En una de esas discusiones con los simpatizantes del rival –tan
eufóricos y fanáticos como él al defender a su divisa– acuñó la inmortal
frase: “De equipo no se cambia”, réplica a las insistencias para que se
pasara a la vereda opuesta o cambiase de plantel. Y fundamentaba: “Se
cambia de pareja, de religión, de auto, de casa, de estilo en la vestimenta,
de hábitos alimenticios si quieres… pero de equipo jamás. Uno nace
Tigre y muere Tigre”. Tamaña respuesta solía, casi siempre, dejar
callado al más pintiparado de los insidiosos. Y no era sólo una frase para
salir del paso, sino un sentimiento que, al racionalizarlo, se dio cuenta
estaba en lo más íntimo de sus entrañas y de las de todos sus familiares
stronguistas.
103
Había muchos, como sus tíos, que por no vivir en La Paz o por los
pésimos juegos —no sólo del equipo amado, sino en general de la
denominada división profesional del fútbol local— ya no iban al estadio
y ni siquiera escuchaban los partidos por radio. Si acaso, con suerte,
se anoticiaban del resultado en los resúmenes de televisión u oteando
un periódico. Los primos no terminaban de empaparse del amor
futbolero o estaban asimismo fuera de la hoyada y trataban de subsanar
las inasistencias en épocas de vacaciones, cuando la familia trataba de
juntarse, pero eran pocos los juegos que alcanzaban a ver. Su hermano sí,
había heredado casi las mismas manías: ropa específica y otras conjeturas
para el buen desempeño del equipo. Incluso le reclamaba cuando por
alguna circunstancia, como el frío que le arredraba entrar a la ducha para
luego estar más de dos horas a la intemperie en la fría gradería o el apuro
por comer lo que sea en la calle, rompía sus propias cábalas poniendo en
potencial riesgo el resultado del juego.
Los dirigentes optaron por emular lo que se hace fuera del país e
introdujeron la venta de abonos para toda la temporada, que él compraba
casi con veneración apenas ponían a la venta. Un año de esos, como su
economía era de subsistencia por la cesantía, aprovechó los contactos
y se registró —por primera y única vez hasta ahora— como periodista
acreditado para los partidos en La Paz. Una vez estuvo en la cancha (en un
juego de Copa Libertadores en que aprovechó para pedirle una foto a uno
de sus ídolos foráneos, que llegó con el equipo rival a llevarse un empate
en la cada vez menos mítica altura paceña, algo que le dolió en el alma
durante mucho tiempo pues sintió que había sido k’encha para el triunfo
atigrado) y casi siempre optaba por irse al palco de prensa ó a la tribuna de
Preferencia, aunque esta última le resulta incómoda porque los asientos
son más bajos que en su amada Curva Sur, Bandeja Alta.
En el último tiempo la dirigencia, comandada por un abogado cristiano
que de fútbol sabe tanto como de física cuántica o mantenimiento de
motores de submarinos, se esforzaba por sumar traspiés uno seguido
de otro. La estulticia con que actúan le ha vuelto a alejar de la cancha.
Incluso, aunque es el año en que el poderoso celebra su primer siglo de
vida —algo que él particularmente festejó con una bebediza inolvidable—,
como señales de protesta no compró el abono para la gestión, es un
declarado Némesis de los figurones que están ahí sólo para salir en las
fotos del Centenario (como una clara movida para reinsertarse luego en
104
la vida política del país, de la que provienen y a la que tornarán usando al
club como un mero trampolín) e incluso ha creado un par de grupos en
contra de sus desatinos e improvisaciones en una red social de la Internet.
Pero más allá de esas meras circunstancias coyunturales y momentáneas,
que a él y a miles de hinchas del glorioso The Strongest le significan
molestias y secreciones hepáticas, cada día está más convencido de su
afirmación cuando le sugieren que deje al club de sus amores, sobre todo
los mal llamados hinchas que creen todo en la vida deben ser puros éxitos
y buenos ratos. Pueden pasar malos momentos, temporadas de resultados
negativos e incluso, como ocurriera tres años antes de su nacimiento, que
todo el plantel desaparezca en un accidente fatal, pero sabe que él será
leal hasta su muerte. El jueves 9 de abril de 2003, al día siguiente de que
el club cumpliera 95 años, con algunos vapores alcohólicos que le dieron
el empujón final para decidirse a hacerlo, optó por reafirmar gráficamente
su postulado. Fue a las oficinas de identificación y renovó su cédula de
identidad haciéndose tomar la fotografía con la polera de The Strongest.
Y es que, definitivamente, de equipo no se cambia.
105
106
BLOQUEO
Manuel Monroy Chazarreta
107
— Ya pues, dejame pasar–, dice el chofer.
— Nada carajo, bloqueo es.
— ¿Pero porqué?
— Qué te importa, media vuelta. Viva Bolivia, día del mar…
Se arremolinan varios originarios con palos y hondas. Faltan las flechas
y una de cowboys estaría viendo. Audazmente me bajo, imploro:
— Hermanos, estamos con ustedes, sólo que debemos llegar a Oruro,
tierra de amor. Tengo que actuar esta noche, además embarazada hay.
Entonces viene el “más más” hecho al rosco y empieza a increparme en
aymara, le contesto en japonés.
— Baca yaro, watashi wa manuero monroy des, Bolivia cara quimashta–,
le digo samuraimente.
— Yaaa, la burla testas haciendo, ni aymara sabes.
— Sé: ¡K´alatakaya Warikasaaaya!
Vuelve la ráfaga en aymara y sólo entiendo “q’ara de mierda”.
— Ah, ¿yo q’ara? Vos t’ara serás–, respondo.
Entonces uno saca su honda, empieza a dar vueltas y vueltas. “Y ahora
¿ken podrá defenderme?”, pienso. La honda revolea, el ñato pierde el
control, empieza a elevarse. Todos vemos admirados como el men se va
volando, insultando. Se va, se va, se va la vida, canta la radio… Desaparece
entre las nubes.
— Este cojoro –, dice el “más más” y alza un clavo con su palo.
— Ya retrocedé, sino a tu goma me la voy a darrrr.
Entonces la que empieza a dar a luz es la embarazada.
— ¡Ay ay, se va a salir!-, grita. Entre todos la cargamos a la casita de
adobe del “más más”. Trotamos con la doña que tiene la cabeza de la wawita
afuera. La wawita grita:
— ¡Viva el Tigre!
Entramos a la casa. —Varoncito es–, indica una señora de pollera que
me pone mixtura, flores. Suena una banda; sale la cerveza; el de San José
ilumina con cuetillos; matan una llama.
Desde entonces radico en Alto Chualuma bajo; soy el Corregidor. Han
pasado aaaños de esa vez… Hoy día vamos a bloquear porque no tengo
camisetas para mi equipo y este domingo jugamos.
108
MARÍA
Luis Serrano
María sabe que está sola y que puede escuchar su CD de sayas sin
temor. Acomoda los audífonos en sus orejas y presiona la tecla que hace
girar el disco. Entonces comienza el viaje a su lejana La Paz.
Le gusta estar dentro de esa inmensa vasija, en un lugar que le es
muy familiar: algo así como un mirador natural en la zona de Achumani.
Disfruta de pararse de frente al lugar más distante y lanzar su vista por el
cielo y preguntarse siempre, sin encontrar respuesta: ¿Qué hará que justo
encima del altiplano sea de un celeste tan aguado y cuánto más arriba mire
se vuelva más azul y por qué será que las nubes vuelan a otros cielos en
invierno? Ya está palpando la cáscara porosa de la mandarina, la está
abriendo y está separando sus hojas, su jugo dulce le hace desear una más
y esto se vuelve a repetir hasta que ha juntado unas seis cáscaras y muchas
pepas. Después vuelve a entregar sus ojos a la urbe y ve como hay casas
que han crecido en lugares casi verticales, igual que la paja brava, unas
cuantas han surgido en los pocos terrenos planos y la mayoría se ha hecho
un lugar en las pendientes de la ciudad.
Mira sobre sus hombros y a cada lado tiene cerros próximos. Cómo
tendrán la piel, se dice, que están llenos de arrugas. A los pies de uno
de ellos hay un estadio de fútbol, que es de su club, el The Strongest.
Ahora ya sabe que eso significa “el más fuerte”. Apenas sí puede ver a
los jugadores, más chiquitos que las patas de las hormigas. Pero ¿dónde
estará la pelota? no la logra divisar. “Negra, zamba...” canta, “...si el
Strongest ha ganado, ay viditay, es porque sabe jugar”. Qué lindo es ir
al fútbol, recuerda, y se le hace agua la boca del olor que desprenden los
sartenes llenos de chorizos friéndose en aceite.
Cerca de ella están esas casas bonitas de Achumani, con techos de teja
y paredes que lucen radiantes colores. “Y pensar que yo trabajaba allí,
la señora era buena nomás, pero pagaba poco” reflexiona. Las sayas, en
tanto, siguen haciendo bailar su espíritu.
Alguien le palmea el hombro y la saca de su sueño paceño para
regresarla a su american dream. Es la gringa de todos los días.
— Mería, Mería ¿are you working Mería?
109
110
LA REVANCHA
Paul Tellería
Alejandra no sabe como pasó todo tan rápido, sólo se acuerda que se
quedó inmóvil mirando al tipo de polera que cinco minutos antes estaba
amarrado y ahora le despierta deseo. Gritó mucho, trató de defenderse
pero ellos no la dejaron inventar alguna historia convincente. El ruido
seco calló los gritos de gol en sus bocas.
Pablo nació en Miraflores, en mitad de la dictadura, un domingo de
clásico en 1980. El mismo día su viejo, con el pretexto de que lo había
agarrado el toque de queda, se encerró a beber en la casa de un amigo.
En el momento que Pablo llegaba al mundo, su madre maldecía
al padre por no estar presente y él defendía encarnizadamente y con
contundencia la supremacía celeste frente al Tigre. Afirmaba con certeza
que su hijo sería profesional, académico e hincha del Bolívar.
Una semana, en mitad del clásico de revancha, nacía Beto, hijo de
padre ex futbolista de Strongest. El día que la madre pujaba para que Beto
viera la luz, su padre gritaba “¡foul carajo!” y secaba con bronca el trago
que tenía en su sobaquera. El padre prometió ese día que su hijo sería
macho y stronguista como él.
Tarde de clásico, un domingo veinte años después, Beto tiene en la
mano izquierda dos entradas para la curva, mira su polera celeste y una
vez más le da bronca sentirse traicionado. Su memoria, en uno de esos
caprichosos giros, lo lleva a ese domingo de sol en el patio trasero de la
vieja casa de Miraflores y recuerda la traición de Pablo.
Como cada fin de semana, Beto, después de almorzar donde sus
abuelos, buscaba a Pablo en la casa vecina para jugar con la pelota a los
penales en el jardín.
Beto sentía que eran uña y mugre, amigos desde los cuatro años,
sangre futbolera, misma pasta ganadora. Futuras estrellas del club Bolívar
entrenando para ser grandes futbolistas. Esa tarde Pablo fue al arco y a
Beto le tocó patear el primer tiro. Pablo agarró la pelota en seco, la tiró al
piso y con la seriedad que da la madurez de los diez años le dijo:
111
— Ya no quiero jugar a que entrenamos; quiero jugar a ganar, no seré
más bolivarista, he decidido voy a ser del Strongest como mi tío que juega
de defensa en el Tigre. Él es buen tipo, no me pega como mi viejo. No
me gusta el celeste, los bolivaristas son borrachos y no quiero entrenar
contigo, seré del Tigre y punto.
Beto se quedó secó. Ese día se le partió mitad del sueño, fue el primer
abandono en serio de su vida. Se quedó solo en el patio, mirando la pelota
en el piso y sus lágrimas llenas de bronca cayendo por su polera celeste.
Pablo estaba orgulloso, por primera vez en su vida había dicho lo que
quería hacer.
Beto se le lanzó encima y entre puñetazos le gritó — ¡Maricón,
traicionero, eso no se hace, era un pacto de amigos! – Pablo había
traicionado el pacto de los seis años, el sueño de que juntos, al terminar el
colegio, se irían a probar suerte a Tembladerani para ser parte del equipo.
Desde esa vez, luego de la pelea, dejaron de hablarse.
Beto, líder de la barra del Bolivar, por primera vez en su vida se
quedaba en la puerta del estadio. Se sentía nuevamente traicionado, solo
y sin saber por que recordando al amigo que de niño le enseñó a patear la
pelota. —La elección de equipo es igual de seria que casarse, se repetía.
Nunca entenderé a esa gente que anda cambiando así nomás por así
de equipo. La persona que de chango incumple sus promesas no tiene
palabra y de viejo no será nadie-, decía.
Pablo con los años, pesé a la amenaza, había sido fiel a su elección:
era stronguista en cuerpo y alma. Esa decisión de los diez años definió su
filosofía de vida: “uno tiene derecho a elegir lo que quiere ser y cuando
lo quiere ser”. —La elección de equipo es como la religión algo individual
que se debe hacer con conciencia no por simple herencia familiar-
decía. Cada vez que algún amigo o familiar lo molestaba por su época de
bolivarista respondía: — Nací sin color, me volví celeste por imposición
de mis padres. Siempre me gustó el amarillo y negro. Qué cuernos, uno
puede cambiar y corregir los errores de la vida-.
Por primera vez en su vida esa tarde de clásico, Pablo había decidido
no ir al estadio, tenía ganas de hacer algo diferente. Las entradas se habían
agotado día antes y habían anunciado que el partido sería transmitido por
la tele. Pablo pensó que era buena idea ver el fútbol en casa de su chica
y darle la noticia de que había conseguido trabajo como nuevo asesor
112
legal del Club Strongest, por fin realizaría el sueño de su vida, juntar su
profesión con el Club que hace 20 años era su pasión. —Cuando ella se
entere, seguro que se animará a ser mi chica en serio, ya son tres meses
que salimos. Yo sé que sí no me aceptó antes fue por que no tenía nada
que ofrecerle, ahora será diferente-.
Pablo creía firmemente que en el amor hay que ser como en el fútbol:
— No hay que entrar con gol en contra, directo. Hay que madrugar al
principio y de ahí a defender a muerte la decisión, el compromiso. Un
hombre tiene dos camisetas: en el pecho la de su club de fútbol y debajo,
en la piel, la mujer que elige como compañera de por vida-, afirmaba
convencido en que tanto en el fútbol como en amores, las elecciones son
voluntarias y para siempre.
A Pablo, le gustaba dar sorpresas, agarrar en curva a la gente en el
momento menos pensado. Esta vez, a diferencia de otras, la sorpresa tenía
que ser perfecta, por primera vez había renunciado a un clásico por esto y
por nada sería él el sorprendido.
Pablo planeó todo con anticipación, ni bien recibió el sueldo compró
el anillo y le dijo a su chica que le llegaría un paquete muy importante de
su familia de Cochabamba. Por seguridad, su barrio últimamente estaba
lleno de ladrones, había dado la dirección de la casa de ella para la entrega,
la cual sería el domingo por la tarde. Se deleitaba al imaginar la escena:
él sacando el anillo de compromiso justo el rato del pitazo final, ella
sonrojándose de emoción y aceptando ser su mujer en un día de triunfo
con el Strongest Campeón.
— ¿Cómo que dices que no puedes venir? si ya habíamos quedado,
tengo las entradas pues, puta siempre me haces lo mismo y ahora ¿no voy
a ir al clásico solo? Beto sentía que estaba atrapado. Una vez más, la mujer
dueña de “sus pelotas” lo había dejado en off side, justo cuando había
quedado en decirle que quería vivir con ella. Las decisiones importantes
hay que gritarlas después del gol en mitad de la barra, con la euforia de los
cuates de la curva.
— El Gordo Muñoz le pidió matrimonio en el entretiempo a su mujer
y están felices 20 años, casados con la bendición de la barra brava. Hasta
veloceleste le pusieron a la mina ese día. Esta sonsa no entiende, como
si nada me deja plantado, sabiendo lo que para mí significa un clásico en
nuestra vida-.
113
Así era, cada vez que Beto sentía que iba a meter un gol, que iba a anotar
tres puntos más en la tabla de la vida o lo fauleaban o le sacaban la roja.
Alejandra llegó de Santa Cruz a estudiar a La Paz y hace dos años sale
con Beto aunque cada vez se le hace más difícil ocultar el romance que
mantiene con un stronguista. Ella no puede imaginarse vivir en función al
fútbol el resto de su vida; además los gritos en la barra no le dan de comer.
Se cansó de que todo gire en torno a la pelota. —Ese cojudo es capaz de
faltar a nuestra boda, si ese día hay clásico-, decía. No esperará sentada
toda la vida. Si Beto sigue sonseando, se irá con el atigrado.
— No insistas Beto, me estoy cansando de hacer lo que te da la gana
¡Odio el fútbol! Nunca me gustó tu equipo, ni tú saltando en la barra.
Te acompañaba al fútbol porque sólo después de un partido, ya sea por
bronca o alegría, funcionabas-. Beto escucha pasmado, con una sensación
de tripas aplastadas, como si lo amarrarán a un arco y tuviera que recibir
hasta la muerte pelotazos en la cara. — Es que así no funciona; crees que la
vida es una pelota y que hay que patearla como sonso y nada más. Andate
sólo y no jodas- Dijo Ale y tiró el teléfono.
Esa tarde de clásico Carlos necesitaba plata, le debía 700 lucas al
“Piñas” conocido “pusher” paceño —Chango te he dicho, ¿pa que has
aceptado comprarle al debe?, le dijo su amigo. No perdona, viejo. Si no le
pagas en dos días te va a limpiar-. Había que actuar, no quedaba otra y no
tenía un peso. Carlos sólo necesitaba conseguir algo y venderlo ese día.
Era fácil — Queste ¿acaso es tan difícil?, entro a una casa sin gente, seguro
que encuentro una hoy cerca del estadio. Me saco lo que pueda y al tiro lo
vendo, además soy Cochala, iré con mi polera de Wilsterman y me traerá
suerte- dijo.
Alejandra dormita en su cuarto, mira la foto de su familia, recuerda a
su abuela en Montero invitándole un chive frío para el calor. Se acuerda
de sus caminatas por el río con el milico que murió en una pelea entre
barras y que le había ofrecido sacarla de pobre y llevarla a la ciudad. —
Hecho al estrella el opa, “dijque satinador” se hizo el capo y los de la barra
de Blooming le metieron bien adentro el cuchillo. Todo por defender al
pelao del calvas-.
Alejandra llora y suda. Hace tiempo que en La Paz no sentía calor. —Si
tuviera terraza, si el fútbol no hubiera jodido mi vida, seguiría en Santa
Cruz-pensó.
114
Carlos se acerca a la casa en silencio, sus piernas le tiemblan, sus
manos sudan. Ve la ventana, tira una piedra, no hay nadie, no hay perro,
salta el jardín y da la vuelta el patio. — Estas casas antiguas son frías pero
ricas; aunque quisiera estar con la Nancy en Tiquipaya, fumando alguito y
luego tomando agua de su ombligo- dice. Ve a una mujer por la ventana,
espalda canela, tiene un lunar que parece frutilla en el riñón izquierdo y
short rojo —A la mierda hasta con premio por ahí salgo-, piensa. Entra a
la casa mira la tele calcula 500 pesos por ella. En un ataque de confianza
prende el televisor y va a la cocina a buscar algo de tomar.
Pablo está feliz con la sorpresa planeada, llega a la casa y encuentra
la puerta abierta y entra. Carlos escucha pasos en la sala, se asusta y se
esconde. Alejandra despierta, se sorprende. No sabe qué hacer: si salir
o hacerse la dormida, hoy no quiere ver a nadie, tiene una rabia de esas
que matan.
Beto tiene bronca, le jode este su defecto de guardarse las cosas, de vivir
acumulando lo que le molesta y sacarlo de golpe, en el peor lugar en el peor
momento. Llega a la casa dispuesto a resolver el asunto. Encuentra la puerta
abierta, entra sin avisar. —Es hora de mostrarle que tengo bolas- piensa.
En cuestión de cinco minutos se encuentran en la sala: Carlos, adicto y
mal ladrón tratando de esconderse en la cocina; Ale adormilada en shorts
y con saudades cruceñas; Pablo de amarillo y negro, con ramo de flores
y anillo en el bolsillo; Beto con polera celeste, gorrita de arlequín oculta
miradas de bronca y también con un anillo en el bolsillo. Los ojos de los
cuatro se abrieron alertas y empezaron a recibir miradas como pelotazos.
El silencio duró poco y fue roto por Alejandra. — ¡Qué hacen aquí en mi
casa ustedes dos! ¿Y tú, de rojo, quién eres?
Beto y Pablo pusieron la misma cara de la última vez que se vieron
y empezaron a hablar, mientras Carlos se quedó congelado sin decir ni
hacer nada.
— ¡¿Cojudo qué haces aquí?! Esta es la casa de mi chica- gritó Pablo.
— ¿La Ale, tu chica? No puedo creer. Años después y vuelves a querer
joder mi vida justo hoy día.
— La Ale es mi pareja hace dos años, huevón. Salí de aquí antes que te
parta a palos. Sigues jugando bajo, qué se podía esperar de alguien como
tú, sin palabra.
115
Alejandra reacciona de golpe, no puede creer lo que pasa. No sabe qué
decir, cómo zafar de este encuentro, de la posición de pelota que en cinco
minutos le toca jugar en este clásico con un ladrón de público. El plan de
desmarcarse le salió mal y ahora tiene a los dos en su casa gritando. Carlos
necesita fumar algo —Mucha dosis, yo sólo quiero la tele- piensa, mira a
Alejandra quieta sin hacer nada y a ellos insultándose.
La tele empieza a transmitir el clásico. El partido empieza, Beto y Pablo
se enfrentan, doble marcación hombre a hombre, patada en la canilla y
codazo en la nariz. Carlos trata de apagar la tele en mitad de la pelea y de
golpe académico y atigrado, se abalanzan sobre él. Ni el Toro Sandy o el
traumatólogo Martínez hubieran reducido de esa forma a un rival. Carlos
con canilla “lijada” acaba amarrado y dentro el cuarto de Alejandra.
Alejandra mira en una mezcla de placer, bronca y risa. Trata de hablar
de decir algo, de llorar mostrar que la escena la tiene destrozada pero, por
una vez, contradictoriamente, prefiere ser pelota y ver como bolivarista
y stronguista se disputan su cuerpo. Ellos nuevamente se miran, puede
más la bronca de la traición que los años sin hablarse. Con extraña
coordinación, celeste y atigrado agarran a Alejandra, le gritan todo lo que
se grita en estas situaciones a una mujer y de un puntazo la encierran en
su cuarto.
Beto y Pablo. Bolivar y Strongest, otra vez a solas, como hace 20 años,
a punto de cobrarse nuevas faltas, nuevas revanchas. En el momento
exacto que están a punto de resolver a golpes la situación, los detiene algo
más importante — ¡Goooooooooool, del Stronguest!, grita la voz de un
conocido relator de fútbol en la tele. En ese momento algo pasa, la traición
de Alejandra, los odios de la infancia reavivados, quedan en un segundo
plano y cobra absoluto control de sus vidas el hincha. — ¡Es el mejor clásico
en años! grita el narrador. — Mierda que golazo ¿has visto?- dice Pablo. Las
diferencias de faldas se quedan congeladas mientras dura el partido.
Bolivar empata a los 15 minutos. —Esta mujer nunca va a saber de
fútbol, viejo. Así es hermano- No hay contrapunto, tensión de afectos.
No existe mejor romance, mejor catarsis de broncas que un clásico. Lo
dicen las miradas, el silencio que se produce en la casa durante el partido
mientras se espera la resolución.
Las broncas van cayendo y poco a poco van mostrando la cara de
verdad, la del hincha, la que recuerda la pasión. Los amigos renacen en la
116
traición compartida y cuestionada por la euforia futbolera. Se miran, cada
uno saca de su bolsillo un anillo — ¡Yaaaaa! eran para la Ale- gritan. —Los
cambiaremos por chela para el próximo clásico- repiten entre risas.
Hace calor. —Rara vez en Miraflores es así- dice la Ale. Congelada por
dentro, con el pecho hecho hielo de rabia, mira la puerta del cuarto. Junto
con los gritos de ambos hinchas en la sala va creciendo el color rojo en
sus ojos, aquel teñido por la polera del tipo tirado en la alfombra, el de las
venas inyectadas en la piel y decide actuar.
El partido está empatado 1 a 1. — Y pensar que nos perderíamos
este clásico- repiten ambos antes de caer en el debate filosófico sobre
la complementariedad, la reciprocidad andina y el fútbol. Celeste y
gualdinegro, gritan y afirman, congelados en un instante futbolero: — El
ying yang de la paceñidad es el clásico-.
El de polera roja, también futbolero yace en el piso, ella decide tener
un encuentro. La mano canela levanta su polera roja. El cuerpo de Carlos
despierta como en Tiquipaya al sentir la piel de Alejandra en su piel.
Ella ha decidido dejar de ser pelota y esta vez ser arco. La mano canela
sostiene a Carlos, que ahora es delantero quebrando la defensa del vientre
de Alejandra.
El grito de gol muere en el gemido seco de Carlos. Alejandra deja su
cuerpo de polera roja y recuerda la frase que le dijo el milico de Oriente:
— Esto te va a servir si te falto alguna vez-. Camina al ropero, saca el regalo
del milico.
Carlos no entiende, mira su cuerpo amarrado y flácido. Alejandra
busca la copia de la llave y camina hacia la sala. El ruido seco, repetido
cuatro veces, se confunde con los petardos del festejo en el estadio. Beto y
Pablo quedan con el rostro desinflado. El partido termina 2 a 2, los anillos
ruedan por el piso. Celeste y atigrado se abrazan, se protegen con esa
intimidad infantil y caen. Alejandra apaga la tele, un esperma de Wilster
mete un golazo a uno de sus óvulos.
— El fútbol nunca más joderá mi vida- repite y bota la pistola aún
humeante al suelo.
117
118
EL TIGRE Y LAS CACHINAS
Carlos Vargas Guevara
119
me resistía a comer yuca, prefería mi paraíso donde coleccionaba mi
escarchado aliento y trozos de casiterita tomados del tren.
Eran tiempos cuando todavía las entradas del carnaval las encabezaban
tropas de Pepinos vistiendo trajes brillantes y a colores tipo arlequín y
máscaras de tela, causándonos chichones con las reglas que blandían y
empapando a los espectadores a globazos de agua, para luego adornarlos
con serpentinas, mixtura, talco o harina.
No conocíamos la televisión. Ningún niño se sentía hijo de la
televisión y no los bautizaban como a personajes de telenovela ni eran
mercado jugoso para industriales de la moda. No los sentaban solos frente
a la pantalla mientras los padres se iban a trabajar. Estaba lejos de crear
sus adictos de 24 horas; no plantaba antenas como fierro viejo en techos y
azoteas, igual que ocurriera después con las varillas de construcción, que,
en distintas ciudades, al sobresalir de los techos y las columnas, parecen
la imagen fantasmal del crecimiento en suspenso.
Muchos padres atribuían los defectos o enfermedades de sus hijos a la
corta edad de éstos, pero creían que con el tiempo se corregirían: Todavía
sonsito es, pues; ya aprenderá a caminar bien, che. No imaginaban siquiera
que si el changuito caía continuamente era porque tropezaba por sus pies
torcidos, o que si tenía todo el tiempo la nariz llena de mocos verdes era
por alguna infección de las vías respiratorias y de ninguna manera porque
no aprendiera a usar el pañuelo. Toma, qhoñasuru, y el manazo se hacía
sentir en sus nucas. Por si las moscas, escondían en el hueco de alguna
pared de sus casas un bello wayruro rojinegro como talismán envuelto en
algodones.
Todos corríamos a la iglesia para recoger queso amarillo en lata, una
bolsa de leche y otra de harina, productos del canje por estaño y que una vez
cada dos meses nos enviaban los gringos a cambio de minerales en convoyes
diarios que se perdían por las ferrovías hacia el océano. Sólo algunos
alcanzábamos. A mí me importaba el queso. Le llamaban la alianza para el
progreso y pedían que estuviéramos agradecidos al presidente más buenito
de los Estados Unidos. ¿A ése? No lo puedo creer. Sí, pues. Pero ése urdió
la farsa del hombre en la luna, ordenó tirar bala en Vietnam y apuntar con
misiles a Cuba. Y lo del Che, hermanito, que no se te olvide pues.
Esos años pusieron comisarías en varias calles de todos los barrios,
donde se solicitaba permiso a los carabineros para las reuniones y los
120
cultos. Se veía más soldados trotando por las calles o en traje de campaña.
Asustaban a la gente: que los rojos comían niños en picante. Que los
rojos querían romperle el culo a la patria. ¡Pobres rojos!, los ponían
como camote o los desaparecían. La gente poco a poco temía saludarse;
los periódicos hablaban de juegos y accidentes de tránsito; ya lo harían
después sobre una banda de barbudos en la selva. Después de las siete
de la noche, nadie debía circular por las calles, si lo pillaban a uno iba
derechito a la cana. Sólo algunos, felina y valientemente, se deslizaban
entre las sombras. Si queríamos viajar, la policía debía extendernos
un salvoconducto -averiguación previa de motivos del viaje y datos de
aquéllos a quienes visitaríamos. Los niños requeríamos autorización de la
Dirección del Menor. Para ir a las minas era mucho más severo el control,
me revisaban hasta los cuadernos.
Creo que fueron los Jairas con su quenista suizo y Alfredo Domínguez,
el Fantasma de la Guitarra, quienes abrieron un boquete a la puerta
hermética de los escenarios cultos y por ahí se metieron los hacedores
del folklore urbano, pero no la música de los pueblos aymara, quechua,
guaraní, guarayo, chiriguano y otros. Se iniciaron los festivales nacionales
de la canción folklórica universitaria. En Radio Altiplano, Coco Manto
satirizaba la política; las radioemisoras mineras desempeñaban una
función organizativa. El viento se detuvo. Jorge Calvimontes denunciaría
con un poema en el paraninfo universitario de Oruro cómo acribillaron
los socavones y escurrió jugo de rosas regadas con copajira.
Yo no sabía de fútbol, pero durante la temporada cuando vi esos colores
y la insignia de aquellos futboleros, en la peña y galería Naira de La Paz,
Benjo Cruz entonaba cantos valerosos, diferentes músicos contaban los
problemas que sufrían sus provincias; Nilo Soruco y Los Montoneros de
Méndez hacían lo mismo en Tarija. Empezó a verse con mayor frecuencia
el poncho en los círculos de jóvenes de clase media y pequeñoburgueses.
No asistían al carnaval de Oruro muchas familias católicas de mi barrio.
La misma mañana que en tremenda bulla mis hermanos madrugaran
para irse a jugar vestidos de verde y con banderines en las manos, me
enteré que a media cuadra de mi nariz el Chancho Pacheco, marido de
la Asunta, dirigía el equipo que había fundado hacía años en el barrio. Él
elegía a los jugadores, facilitaba la pelota de cuero, reparaba la cámara
de aire cuando era preciso, los entrenaba, se ponía pantalones cortos
y pintaba los banderines verdes con la T de Torino en letras blancas. A
121
las pocas horas, jugando en la calle con cachinas al ch’utti y al billar, el
Conejo Ayala, boca llena de zanahorias, me propuso darme un recorte de
revista a cambio de que le devolviera las cachinas que le gané. Era la foto
de unos jóvenes con poleras a rayas negras y amarillas y, en el pecho, la
cabeza de un tigre.
Como hasta entonces en el zoológico sólo había visto cóndores a punto
del suicidio, zorros y pumas deprimidos, gatos monteses, quirquinchos
en los arenales, ovejas, guanacos y vicuñas en la pampa o por los cerros,
burros que llegaban a la ciudad con carga de papas, parigüanas por el
lago, gansos, gallinas y patos en los gallineros, perros en las casas y calles,
pero nunca un animal como aquél pintado en las poleras, claro, acepté.
En el afán de convencerme me había dicho: Éste es el mejor equipo de
fútbol de todo al país, ya le ganó al San José, al Blooming y al Bolívar;
me mostró dos calles hacia la pampa, donde las paredes de varias casas
gritaban en amarillo y negro la consigna tradicional de este equipo
atigrado: Waricasaya K´alacataya. Pero no me hacía entender por qué los
de mi calle jugaban en el Torino y eran hinchada del Bolívar. En ella, del
Strongest, el único hincha era yo desde ese día y, por lo pronto, sólo por
el tigre que llevaban en el pecho.
Años después viajábamos con mi hermana de Oruro a La Paz,
debidamente autorizados por las direcciones de control político y del
menor, y, al mostrarle aquel recorte, me contó que justamente durante su
retorno después de jugar en el oriente, cuando otra vez los tanques habían
tomado las calles, el avión en que viajaba ese atigrado equipo de fútbol
tuvo fallas mecánicas y ninguno de ellos quedó vivo. Me quedé sin poder
articular palabra, como si fuera el fin de mi mundo y fijé mi vista por la
ventana de la flota hacia los remolinos de viento que diario bailan girando
interminables en las afueras de Oruro.
122
EL CHANCHO COLORADO
Inés Gonzáles Salas
123
Quién sabe porque razón, se pintaba la cara con pintura colorada
para celebrar las victorias atigradas. Cualquier cosa celeste la usaba como
pañuelo y se esmeraba en exprimir bien los mocos para ensuciarla lo más
posible. Insultaba y escupía a cualquiera que llevara algo color cielo y,
por el contrario, lo embargaba la emoción si alguien llevaba algo negro
y amarillo.
Llevaba prendidos a su chompa -cada vez más vieja- llaveritos,
medallitas, aromatizadores de auto, banderitas, sombreritos, manillas,
lanas, retacitos de tela, ¬todo negro y amarillo. Se agazapaba contra las
paredes y de pronto saltaba sobre algún distraído con un rugido y un
tigrecillo de peluche en la mano. Enseguida se echaba a reír y se alejaba
murmurando cosas cada vez más incomprensibles.
Fue un día de julio. Alguien le dijo que el Tigre había perdido, que
descendió de categoría y con carcajadas ininterrumpidas comentó que
ese equipillo no valía la pena, que nunca más jugaría en el Siles. Eso no era
posible, The Strongest era el primer equipo en ganar un campeonato de
fútbol organizado en el país, el primer equipo en ganar el título de la Liga
Profesional de Fútbol Boliviano, el primer campeón invicto de la historia
del fútbol boliviano, el primer múltiple campeón del Fútbol Boliviano,
el único campeón del fútbol boliviano con valla invicta, el único equipo
de fútbol boliviano que se ganó el apodo de Derribador de campeones,
porque en determinada época era rival invencible como local y finalmente,
era el único equipo de La Paz que no descendió “jamás” a la segunda
categoría. Caminó todo el día buscando en todos los basureros, algún
periódico que le desmienta o le confirme la noticia. La pena lo llevó bajo
el puente de la autopista, allí se quedó por horas, llorando y limpiando sus
lágrimas y sus mocos con un trapo celeste.
Cuando encontraron su cuerpo, el frío había sellado su sonrisa y
sus brazos pegados a su pecho abrazando un suplemento deportivo con
una gran foto en la que apenas se alcanzaba a ver los rostros de Galarza
e Iriondo y el titular: “Tigre campeón. The Strongest se lleva el primer
título de la liga del fútbol profesional boliviano”.
124
CHAYÑITA DE ACERO
René “Ciruja” Villegas
125
siempre que veía una chayñita el hacia goles en los partidos, porque mi papá
jugó en el Tigre un tiempo y aunque no llegó a jugar en el primer equipo,
tuvo grandes oportunidades de entrar a primera; desde que, de chiquito, un
dirigente del Tigre le dijo que si algún día iba La Paz lo buscara y que él le
ayudaría a jugar en el equipo y le conseguiría trabajo -porque esos tiempos
los futbolistas también tenían que trabajar, no era tan fácil como ahora-. Mi
viejo no esperó mucho y cuando cumplió los dieciséis años, sin pensarlo
dos veces, le dijo a mi abuela:
- Mamita querida, yo sé que puedo jugar en el Tigre, es mi sueño y estoy
dispuesto a dejarlo todo para irme.
- Llocalla de mierda; puedes irte de aquí pero te vas a olvidar de mí para
siempre- le contestó su madre.
Fue una despedida muy dura para mi papá, pero al fin él decidió seguir
su camino y se fue nomás a La Paz. Siempre recuerda que cuando llegó,
lo primero que vio saliendo de la cumbre eran chayñitas, volando sobre el
camino, como si éstas fueran a marcar su vida y al final hasta la mía. Pudo,
después de varias dificultades, encontrarse con este señor que era dirigente
del Tigre; él lo alojó y rápidamente le consiguió trabajo en una empresa
minera que tenía oficinas en el centro de la ciudad.
Ser un futbolista en esa época era difícil y la presión hizo que mi padre
dejara el fútbol, él se encariño tanto con el Tigre que no quiso jugar en
otro equipo. Ya estaba casado con mi mamá cuando recibió la oferta de ir a
trabajar a la mina, y de esa forma llegamos hasta allí.
Él siempre me decía que el Strongest se identificaba más con la chayñita
que con el tigre, porque la chayñita era un pajarito típico de La Paz y que en
los primeros años de la historia del equipo se había ganado el reconociendo
de todos los hinchas que hasta una canción le habían hecho, pero mas que
todo porque, como cuentan los abuelitos en La Paz, el fútbol del Tigre se
identificaba con el vuelo de este pajarito que nacido con los colores del
Strongest.
Aquel día, con mi mamá al lado, era mágico ver esos pajaritos tan cerca a
la mina. Todo se detuvo y me quedé peculiarmente detenido en una de esas
chaynitas que estaba posada en un árbol; todo alrededor parecía volverse en
blanco y negro, sólo resaltaban sus colores. Cuando abrió sus alas se notó
mucho más el amarillo que normalmente sólo resalta en su pecho porque
126
todo lo demás es negro. Sus ojos parecían querer decirme algo, mezcla de
ira y tristeza. Yo no entendía pero momentos después sabría la razón de su
pena.
Cuando me di cuenta que mi mamá me estaba hablando, tuve que
pedirle que me repita lo que estaba diciendo, ya que no le había entendido.
- Es raro ver estas chayñitas por aquí -me dijo-. Ahorita, los stronguistas
de la mina estarían felices si pudieran verlas, pero a la hora que van a salir,
difícil que sigan aquí.
En ese momento lo único que se me pasó por la cabeza fue tratar de
cazar una para regalársela a mi papá, pero el intento fue vano ya que salieron
todas volando elegantemente, si así juega el equipo con razón es tan difícil
ganarle.
Seguimos nuestro camino a casa que, extrañamente, cada vez se volvía
mas pesado. Sentía mi corazón latir más fuerte y casi me faltaba el aire, sólo
veía la mirada de tristeza de aquella chayñita; era como no hubiese querido
estar en otro lugar. Entonces entendí porque soy stronguista de corazón.
Como la chaynita, cada vez que estoy en la curva, sé que es ese mi lugar y
ello me lleva a cantar y gritar más porque el Tigre es más que un equipo de
fútbol.
Es fácil darse cuenta de porque los niños de hoy son stronguistas,
y muchos de ellos sin siquiera saber la mitad de la historia que nos ha
marcado. Es que el hincha del Tigre, el que simplemente sigue al equipo,
no lo hace por buscar algún elemento material o circunstancial sino por un
compromiso de pasión, y me puedes decir que digo lo que dicen todos, lo
mismo de siempre, pero en el Tigre cosas como las que cuento llegan a ser
similares al enamoramiento. Le entregas tu vida al equipo, tan sólo por la
alegría de ser parte de un compromiso que se identifica contigo. Son los
colores, la pasión, y hasta los hechos que nos han marcado en la historia o
que nosotros hemos marcado en la historia.
Continué caminando con mamá sin poder olvidarme de la mirada
de esa chayñita, cuando de un momento a otro se escuchó un ruido que
nos aturdió. De golpe todo parecía un infierno, fueron unos cuantos
segundos pero parecían una eternidad. Puedo asegurarte, hermano,
que sentimos como se movió la tierra y con ella mi corazón ante el ruido
estremecedor que provocaba el vuelo demasiado bajo de un avión que
127
parecía una chayñita inmensa, que había dejado su vuelo ágil en busca
del suelo.
Estaba tan asustado en mi casa que lo único que se me vino a la cabeza
fue esconderme en mi cama. A los minutos se escucharon gritos confusos,
apenas distinguí a alguien decir: “Ha caído en la cancha”. El miedo que
hacia presa de mí me entrego al sueño.
Al día siguiente me desperté cuando escuche hablar a mis padres
acongojados:
- Todo el Tigre estaba en el avión, yo los he ido a ayudar.
- No te creo ¿los jugadores?
- Yo tampoco lo podía creer. Todo el equipo estaba en el avión, en La
Paz ya se están movilizando.
En ese momento me puse a llorar como si alguna vez hubiera visto jugar
al Tigre. Era tanto el dolor de mi papá, tan felices las historias que él contaba
y tanta la alegría con las que recordaba, que no podía decir nada, sólo lloraba.
Mi papá me abrazó y juntos compartimos un dolor muy intenso.
- No llores, papito, ya va pasar. En La Paz lo van arreglar-, trataba de
consolarme mi papá.
Yo sentía en el fondo que todo lo sucedido el día anterior era una señal:
la Chayñita de la mirada triste intentó decirme lo que iba pasar. Esa imagen
del avión volando bajo que por una fracción de segundo pude apreciar,
nunca se va borrar de mi mente, fue una gran chayñita que cayó bruscamente
del cielo, olvidándose de su vuelo ágil.
Muchas cosas se dijeron después: desde que fue un atentado del
gobierno hasta que fue un simple accidente. El país ya hablaba según lo que
decían los mayores de la “tragedia de Viloco”. Para mí ese 30 de septiembre
fue el día en que realmente me volví hincha del Tigre, fue el día en que jure
estar siempre al lado, el día que aprendí a gritar los goles con el corazón. Ese
día fue mi pacto con el equipo, de nunca más estar lejos de él.
Por eso te digo, hermano, no me preguntes por qué voy a la curva a
gritar como loco. Es simple: porque la vida me hizo Tigre, pero más que
ello, me enseñó a cantar como una chayñita para demostrar que mi vida esta
unida al equipo por el amarillo y el negro.
128
DE CÓMO UNA MAÑANA
ME CONVERTÍ EN TIGRE
Ricardo Bajo H.
Dice mi cuate y colega Franchesco Díaz Mariscal que uno nace y muere
Tigre. No todos pueden decir lo mismo: yo me hice stronguista, así como
no nací boliviano, sino me hice boliviano que tiene más mérito, como decía
el gran Lucho Espinal, pues uno elige la patria donde vivir y donde luchar.
Mi viaje al stronguismo fue la segunda conversión “religiosa” de mi vida. La
primera me llevó de mi educación católica (once años en un colegio de curas,
los Menesianos en mi Bilbao natal) hacia un ateismo militante. La segunda
fue más grata, si cabe. Me hice stronguista, para creer en el papá Tigre. En
teología, la conversión es un impulso espiritual y un estado dinámico de
enamoramiento. Por eso hablo de mi conversión al stronguismo porque lo
que todo hincha aurinegro siente es amor. Así, mi metamorfosis a Tigre, al
revés de la de Gregorio Samsa a monstruoso insecto, fue extremadamente
placentera.
Hace unos meses llegó un periodista vasco (un “llajtamasi” guipuzcoano)
y me dijo tras asistir a un clásico: “lo que más me ha sorprendido son las
banderas (“trapos”) que cuelga la barra del Tigre en la curva sur, todas
hablan de amor, corazón, pasión... en Europa todo eso suena y parece muy
cursi”. Me quedé pensando. Los más rudos entre los rudos, la gloriosa
Ultra Sur 34, tiene, como todos los hinchas, una doble personalidad. Por
un lado somos los más fieros, los peor hablados, los más temidos pero por
otro lado no existe nadie más amoroso, más tierno, más pasional, más fiel,
más enamoradizo que en un stronguista entregado con el corazón, siempre
hasta las últimas consecuencias, cueste lo que cueste. Tenemos corazón de
micrero: cada pasajera con camisola del Tigre es nuestro nuevo amor.
Y se nota en las trapos (“Mi vida para amarte, mi corazón para alentarte”,
“Loco por vos”, “Si no lo sientes, no lo entiendes”, “No me arrepiento de
este amor”...) Y en los cánticos, por supuesto: “Eres mi pasión, eres mi vida
entera, lo que yo más quiero...”, “no puedo parar esta loca pasión, Tigre
yo te llevo en mi corazón...”, “te sigo a todas partes donde vas, cada vez te
quiero más...”, “muchas veces lloré por vos, yo al Strongest lo quiero lo
llevo dentro del corazón”.
129
Más tarde me enteré, leyendo y leyendo sobre mi nueva “religión”,
que el sentimiento, el amor y el corazón venían de lejos pues ya en los
años treinta del siglo pasado Froilán Pinilla y el gran Adrián Patiño habían
compuesto (letra y música) dos temas míticos: el himno oficial (¿para
cuando su resurrección?) y la eterna La chayñita donde se puede cantar:
“Gualdinegro, gualdinegro de gran corazón”, “Es el sol su corazón...el
himno del Strongest es un beso de amor”.
Sólo con todas esas toneladas de cariño se pueden cumplir con los
sacramentos del Tigre, uno de los cuales indica que por muy dura que
sea la caída o la derrota (desde Viloco hasta el último partido perdido), es
obligación ética del stronguista, levantarse con orgullo y seguir la lucha o
como dicen en mi patria natal: “lepoan hartu ta segi aurrera”.
Pero la instantánea conversión al stronguismo fue menos romántica.
Llegué a La Paz un mayo de 1997. No recuerdo cual fue el primer partido
que fui a ver (tendré que mirar el “fixture” de ese año) pero nada más vi los
colores de los dos equipos de la ciudad no tuve la más mínima duda. Uno
era azul cielo, luego me enteré que se decían celestes. Y el otro, amarillo y
negro. Entonces me acordé de un equipo de fútbol querido y de un profesor
de la universidad. El equipo se llamaba y se llama Barakaldo (actualmente
en la Segunda B, grupo vasco), es aurinegro y le tengo un cariño especial
pues uno de mis mejores amigos (Josebita Aldama) es fanático del equipo
de esa localidad industrial cercana a Bilbao. Y luego recordé a mi profesor
de semiología y su pasión por el amarillo y negro, los dos colores que
más contrasten hacen juntos entre toda la gama cromática. La conversión
definitiva se produjo viendo jugar al equipo: pura garra y
sentimiento. La identidad stronguista me cautivó: extracto popular,
cañada Strongest, resurrección tras Viloco, orgullo, victorias épicas como
en la era del “Derribador”, el bicampeonato del 2003... No jugábamos
bien casi nunca pero los huevos nunca faltaban, o casi nunca. Me fui dando
cuenta que ganábamos pocas veces pero cuando lo hacíamos, festejábamos
como “nadies”, como nunca, como siempre. Su lema: “Warikasaya
K´alatakaya”, el único en una lengua propia (aymara) de todos los clubes
de Bolivia e incluso de toda Sudámerica.
Y su rica historia: nacimos primero, conquistamos el primer título de la
Asociación Paceña de Fútbol de 1914, el primer campeonato profesional
de 1977... Me costó seis años saborear las mieles de una gran victoria. Era
130
2003 y dimos la vuelta dos veces, bicampeones, en un año para el recuerdo,
para bien y para mal. Ese año, a finales, me hice boliviano (oficialmente me
dieron la doble nacionalidad). Fue también el año de Febrero y Octubre
Negro, con muchos (demasiados) compatriotas entregando su vida por la
patria, otra vez, por todos nosotros. Pero también fue el año del “Negro”
Clausen, del gran Lucho Cristaldo, de Sandro Coelho, de Alex da Rosa, del
“Chavo” Villalba, de Limberg Méndez, del chango Melgar (¿se acuerdan?),
del “Chaqueño” Ronald Gutiérrez bailando en la curva, de Morejón
subiendo la banda, del “Cucharón” Olivares, de Rubén Darío Gigena, el
poeta del gol, un nueve a la antigua, del arquero, el “Loco” Soria pateando
penales decisivos... y de una dirigencia que no hacía huevadas comandada
por Sergio Asbún. Y por supuesto del “Chupita” Riveros, convertido,
como todos, en el hincha más feliz del mundo.
Fuimos dos veces al Prado e inundamos la fuente de la plaza de la
Estudiante de jolgorio aurinegro. Todo el mundo se conocía, todo el
mundo cantaba, especialmente esos cánticos legendarios como “Negra,
zamba”, cuando todavía no copiábamos tanto a los argentinos. Abrazos
y lágrimas entre desconocidos íntimos, como una familia, como lo que
somos. Entonces me pasó una de las cosas más lindas: un padre con su hijo
se me acercó, ataviados de arriba a abajo de oro y negro y me dijo: “hemos
llorado leyendo tu nota en el periódico sobre la conquista del título”.
Van a perdonar pero me emocioné tanto que un nudo en la garganta me
impedía tragar saliva y dar las gracias. Cuando a veces veo a este hincha en
la preferencia me acuerdo que siempre demoramos demasiado en festejar,
pero cuando lo hacemos pasan cosas mágicas. Sé que todos los hinchas
tienen una de estas historias bellas en su disco duro, la mía es ésta y siempre
me pone los pelos de punta, me estremece, me acongoja, me llena de
felicidad. Van a perdonar pero el Tigre es así, estúpidamente tierno, cursi,
lleno de un amor incomprensible y salvador.
131
132
34 DE ABRIL O LA NOCHE DEL SIGLO
(Ternito negro me he de comprar, corbata amarilla…)
Oswaldo Calatayud Criales
A Emilio Calatayud Aguilar, quillacolleño y stronguista.
Ceba es el elemento base con que cargan las armas de bajo calibre; la
entraña es el lugar más vulnerable por donde una persona puede fallecer;
las camisas de fuerza son sólo de dos medidas y un color; los chalecos
antibalas no cubren la yugular ni la tráquea; cañones Schneider de 7,5 cm
fueron sustraídos en la Guerra del Chaco; The Strongest es más que el
nombre de un club de fútbol.
Agrandados, fatos y difusos, se iban retirando por entre las escamadas
vías de la oscura empinada, como escondiendo en sus silencios el ágape y
la penumbra de ese vago artilugio. Sin un síntoma de victoria y la inutilidad
única de ese cuerpo ensordecido por la noche de miércoles, por la agitada
vida de las discos, de los pools y esa música indeleble que imposta el
silencio de diez a tres. El cuerpo, aparentemente sin identidad y con una
camisa de fuerza que era su propia piel, prorrumpía como una imagen
diátona cuyo desvelo era atajado por la figura de tan insondable cadáver,
presa de un pelotón de fusilamiento o de una bala perdida, sin asomar
más que el desnudo torso veinteañero y el jean oscuro que palidecía más
su muerte.
Restaba quizás decir que habíamos perdido los últimos tres partidos
y el desasosiego corrompía nuestros ánimos, haciendo de tripas corazón,
gritando el gol sin querer gritar y en esa racha negativa que no dejaba de
perseguirnos a traición y sin jamás enseñarnos la cara para asestarle el
golpe de gracia. Y no por eso íbamos a rajar, pues la derrota era lo de
menos al izar la bandera del orgullo o esa rabieta escondida tras el muladar
de cánticos de donde se desprendía cosas como el “gualdinegro es una
enfermedad…, en la violencia siempre pongo huevos…, te sigo de la cuna
hasta el cajón…” y estribillos así que el ventrículo izquierdo solía expulsar
por la garganta directo a la cancha, al oído de los jugadores buscando -si
acaso había- el imán escondido del pundonor.
Ese miércoles había amanecido sin desliz; las calles agarraban de
133
nuevo ese ruidito a camorra y los pasos se instalaban otra vez sobre las
mismas veredas, acaso extraviados por la hora, distrayendo la vista entre
dos o más colores y esperando desde el mediodía el puntapié inicial de esa
“serenata” como alguien había calificado el match nocturno, ya sin nada
por jugar salvo esa acérrima rivalidad perimetral al gramado verde. El
ritual, de todos modos, se mantenía incalculable: cargar los trapos, sonar
el bombo y los platillos, corear a nadie y hacer plantón en este inmenso
hemisferio ultra sur que retomaba ese aspecto de luto y brío, dejando
atrás los pasillos lúgubres sin sentido y ese aire de tensión que a veces
acompasa los peldaños más próximos al vendaval verde de pasiones. Había
fútbol, sí, pero la barra entonaba su propio duelo y ya nada importaba -ni
la alineación, ni el juez-, sino esa arritmia intraducible que apelaba a la
envidia rival y a las miles de miradas que asomaban tras el grito de guerra
que nos sabía al último suspiro del Número 1, como solían llamarle.
La justa dio inicio a y treinta y cinco, pero la reyerta salvaje de
cantatas se oía escribir para este cuento ya años atrás y horas antes del
afán futbolero, como no queriendo dejar hablar a otras historias o tener
otros narradores más que a los propios gritos emanados de los barras y sus
fantasmas, ante el fárrago de estornudos de la hinchada rival que -siendo
mayor en número- dejaba inhóspita su tribuna y una que otra bandeja sin
nombre. Cuarenta y cinco – quince - noventa era la medida breve de la
pasión, descontando el agregado que es donde nos hicieron el segundo
y definitivo, sin que ello signifique un echarnos atrás y dejar de alentar,
ensimismados en la propia música y a expensas del acabose y el pitido
final que no fueron titular el día siguiente.
Había llovido minutos después, siendo la noche negra y las gotas
ínfimas el escaparate de nuestra esperanza, muy tarde por cierto, con el
score encima, el regocijo enemigo y las primeras planas ya estipuladas,
sin espacio para el júbilo verdadero y la enlucida cita final: “vamos a ver,
vamos a ver, cómo se escapan otra vez...”
No había llegado siquiera al umbral la media noche y ya una muerte
se había estampado en el asfalto de la cañada, lejos del archipiélago
miraflorino y sin ningún embate de por medio, salvo la fría encrucijada
que la propia calle y sus paralelas habían fabricado para mala suerte de
la víctima. Lo último había sido unos amagues en la frontera que dibuja
Benett y unas cuantas correteadas sobre Las Velas que precisamente era
territorio enemigo: uno que otro revuelo por la Camacho y adyacentes
134
fruto del arrebato nuestro o del aire agrandado que sólo el exitismo
exacerba en aquéllos. Nuestra pasión era un efecto colateral a la derrota,
un enclave impostergable que animaba nuestra cepa y encumbraba
nuestras garras; violenta o no, esa pasión se aferraba a las calles cuya
implosión era ni más ni menos que la curva sur, polo opuesto de la amarga
victoria... Muerto al fin, desparramado en medio de los fósiles de la noche
y celado por la música tropical de los shows, no se sabía a qué hinchada
pertenecía la víctima, pues le habían despojado de toda armadura –quizás
por un ritual ausente– y no quedaba más que su perfil de muerto con la
boleta de preferencia en el bolsillo, una “t S” tarjada en el cuello, y un
derroche de energías último que lo había llevado en fúnebre duelo con su
propio cuerpo a tirarse en el cruce Otero de la Vega, sin otro cortejo que
el anonimato y el vacío de la serpenteante vía.
El caso no había revestido mayor opinión, salvo en algunos diarios
que encuadraban a un costado del certero penal un epígrafe infundado,
jugándose todos a la victoria rival sin imponer siquiera un ribete apócrifo
que devengue lo sucedido rato después de la justa. El cadáver, que había
sido recogido ajeno a cualquier detalle que zanje el thriller hasta aquí
compuesto, fue llevado a la morgue y de ahí desapareció sin que los pocos
familiares dieran luces sobre su identidad ni sobre la fanaticada que había
prescrito su nombre, dicen que por temor a represalias de los barra bravas
o al conjuro de la mala fe. Por este motivo la historia dejó de provocar y
más de uno ya habrá olvidado los pormenores de esa encrucijada y con
ella al enigma de tan confabulado hecho que dejó en ciernes cualquier
venganza. Podría deducirse, así por así, que no había sido un crimen
premeditado, que el cuerpo semidesnudo no era razón suficiente para
creer que vestía de camiseta, que el ticket encontrado no aseguraba
que quienes lo asesinaron eran hinchas rivales y mucho menos que las
disputas se hubiesen iniciado en el Siles, porque da la casualidad que la
Cañada Strongest era el punto de la ciudad donde se suscitaban atracos a
esas horas de la noche y que tampoco era raro ver cuerpos despertando su
muerte temprano en las aceras de la disimulada arteria, sin una pista que
melle sus vía crucis.
Como también suele ocurrir, nadie vio nada: tenderas, carceleros
y patinadoras apenas habían confiado el cuerpo a la policía y uno que
otro transeúnte se había alejado de la escena sin poder distinguir entre
las sombras a los sospechosos que se calculaban siete, por lanzar algún
135
número. Nadie cubrió la noticia pues los reporteros se habían descansado
con el dos cero y los forenses apenas citaban en sus informes el pormenor
de esas letras calcadas en la piel difunta sin otra anomalía que el cero
dos de la vaga alcoholemia. Recién al tercer día el cuerpo resucitó en los
diarios, aunque éstos le atribuían una suerte de simulacro a tan fugaz
incidente, pues no tenían los datos suficientes para completar sus notas y,
lo que es peor, se afanaban sobremanera en insinuar la no identidad de la
víctima, exacerbando los ánimos de ases y bandos por saber si uno de los
suyos había sido dado de baja.
Los días pasaron lanzando más sombras sobre el asunto y un sinfín
de hipótesis que poco a poco iban convirtiendo el hecho en una intriga
novelesca cuyos infundados capítulos solían saciar el morbo de algunos
lectores ante la decapitada memoria del resto. Lo último que se había
dicho –de fuente en parte confiable– era que el susodicho respondía al
nombre de Bernardino o Bernardo, eso hasta que días después, en un afán
demagógico, ambas instituciones –eternas rivales– habían convocado
a una misa de ocho días atribuyéndose el duelo (y en consecuencia
incriminando al rival), hecho que no dejó de llamar la atención, siendo
que la única forma posible de descubrir el enclave de esa identidad era
escribiendo hipótesis pertinentes, conjeturas que –dejando de lado
la verdad– estableciesen un contacto mínimo con la realidad que nos
aquejaba esa noche de miércoles y las semanas siguientes cuando el club
soñaba con un título postrero al treinta y cuatro.
Posiblemente la muerte no representaba nada en nuestra genealogía, y
el hecho carecía de fundamentos como para imponernos el luto y empuñar
la vendetta a ultranza, salvo que por los escalofríos y el escrúpulo noté,
una vez más y por cierta infamia del destino, un concierto de códigos que
infundía aquel crimen, ya sin interés en lo forense –tal vez en lo penal–,
aunque célebre en el pasionero encanto de la otrora infeliz derrota de
miércoles por la noche. La cosa –si merece contarse en breves palabras
y como si se tratase de una encomiable alucinación– iba más o menos así:
La noche anterior al clásico había pasado bordeando la empinada
calle casi sin saber del doble pronóstico de la derrota y la muerte, pues
había extremado recursos en cruzar la peligrosa brecha consumida por
la oscuridad y unos extraños chirridos que nacían de los zaguanes, con
la música de martes extraviada en una que otra fonda y el pifiado vicio
de las mujeres retomando las esquinas en diezmado taconeo, como las
136
rabonas en Campo Vía y el envés del calor escondido en los agujeros y el
bolsillo del pulóver. Algunos rufianes con la mirada de reojo empalmando
la media curva eran el único vestigio humano, atroz sin embargo para el
considerable retraso que llevaba mi vuelta al Salón Museo de Achumani
donde solía laburar de amanecida cuidando la eterna historia como
quien cuida los tres palos. El vacío y la oscuridad hacían que el escuálido
recorrido de tres a cuatro cuadras se extendiese al infinito sin dejar ver la
Plaza de San Pedro más que una encajonada donde finalmente amanecía
el boreal empicado de cuerpos muertos y balaceras. Lo más duro fue,
quizás, que el espectro –que a esas alturas uno siente ser– había de abrirse
paso a machetazos a través de caserones y kilómetros de denso follaje,
con las tropas agotadas tras varios días de reyertas, muchas de ellas con
los rostros desfigurados por los implacables espinos de la hondonada y la
estopa del ejército guaraní.
El contraataque en la rambla norte debía cerrar de una vez el cerco
a las tropas enemigas que se retiraban desordenadamente a lo largo de
la Cañada, a pesar de las bajas y de la cantidad de hombres que debieron
apostar por una victoria pila, truncada –en todo caso– por el espíritu del
segundo cuerpo del ejército nacional. El ángulo del sol era apenas un
intermedio entre el refugio de la enramada y la humedad funesta de la
maraña, con el verde agolpado en los ojos y los gritos a la vanguardia de
un tal teniente Bullaín, sí, alguien que se hacía llamar J.B. Bullaín quien,
cuando el momento llegó, hizo que resonara en medio del macizo un eterno
Warikasaya K’alatakaya para animar a sus tropas. El grito bullanguero,
que había llevado a la victoria en tantas batallas deportivas, era ahora un
grito de guerra reservado a los oídos valerosos de quienes defendieron el
recio territorio, sembrando el pánico en la última línea de defensa de la
vital picada y entonando tras la ofensiva un cántico derribador que decía
Marcha adelante siempre arrogante, luchador sin par…
La victoria, sin embargo, como toda cruel incursión, debía a sus
ofrendas los más altos nombres, entre ellos el propio Bullaín y cuantos
murieron bañados en sangre oro y negro sobre la explanada asfáltica de la
arteria paceña. Sin otra reacción que empuñar la muerte sobre sí mismo
y anudando al caer la tumbada perspectiva de la casona número 1934
que fijaba el lecho final y la orilla de semejante ensueño, según dictaba la
reconstrucción de los hechos algunas semanas después.
Finalmente mi veredicto fue tornándose difuso e inverosímil a
137
consecuencia de los reparos que el juez impelía a mis declaraciones y las
realidades que parecían todavía abatir a algunos conocidos de la víctima,
quienes no cesaban en decantar los designios este hecho. Escribirlo a
medida que se iba escapando de mis manos –y de la de todos–, fue como
purgar una espera de meses que se sucederían una y otra vez con sendas
derrotas y empates a última hora, además de los hechos en aparente mora
que parecían avanzar hacia atrás, como si Viloco y lo del Chaco fuesen
eventos todavía por venir, pues al reiniciarse el campeonato –como otrora
en el Hipódromo Nacional de la avenida Saavedra– vencimos tres a dos
presagiando la irrecusable ficción... pero esa historia es otra y la fundación
del club ya se había tornado en un ciclo volcado contra nosotros mismos,
los fanáticos y acérrimos hinchas de El Derribador.
138
EL TIGRE DE ACHUMANI EN EL SUEÑO
Víctor Montoya
139
140
EL HINCHA
Javier Badani Ruíz
A Ernesto, un hincha que está en el cielo
141
miles de miradas siguen acompasados el vaivén de la pelota. De izquierda
a derecha, de arriba a abajo.
“Es una Penalty con una circunferencia de 70 centímetros y 800
gramos de peso. Lo que hubiera hecho el ´Tanque´ Díaz con esa pelada
entre sus pies”.
Demetrio se acomoda en la gradería y con las nalgas abre espacio
entre sus vecinos para su hijo. Luego se une a la masa: grita, aplaude,
canta. Ahora se desgañita, insulta, se toma el rostro y se aprieta el pecho.
“Estos pata dura, carajo”.
El tiempo se acaba, resta un minuto para el pitido final. Demetrio se
come las uñas. Daniel se distrae con las peripecias de un sandwichero que
intenta mantener el equilibrio de su bandeja en medio de la multitud.
Un remate atigrado rompe el letargo.
El estadio enmudece.
El balón rebota en las piernas del defensa académico.
La gente se levanta de sus asientos.
El arquero queda descolocado y el esférico...
La curva Sur tiembla. La afición enloquece. Strongest 1 Bolívar 0.
Daniel se asusta, busca a su padre. El niño está en medio de una selva
de piernas ajenas y saltarinas que se adueñan de su horizonte.
Los 53 años de Demetrio se lucen unos pasos más allá. Se funden
enloquecidos en un abrazo con un desconocido que no sobrepasa los 20.
“¡Goool!, ¡goool!; gol, gol, gol”, grita.
De pronto se derrumba. Como un ancla en la mar, su cuerpo es
engullido en segundos por un estadio hambriento.
Demetrio ha desaparecido y nadie más que Jr es testigo del extraño
fenómeno.
142
NO HABÍA SIDO CHOLI
Liliana Carrillo V.
143
- ¡Ay esta chica, no hagas renegar a tu papá!-, casi le imploraron las
doñas abriendo como platos los ojos, que apenas veían.
- Puta que eres cojuda-, gritó con sorna su hermano, dos años mayor
que ella, campeón de bicicros, estudiante de Economía y vicepresidente
de la Barra Celeste.
Cuando su madre la vio empezó a llorar: - Todo hubiese esperado de
vos, pero nunca que seas traidora.
Fue nada comparado con la mirada furibunda que le echó su padre.
En sus años mozos, había jugado en la Segunda del Bolivar hasta que una
lesión arruinó su carrera de líbero y lo obligó a convertirse en economista
y después en ministro de finanzas. Era diestro con los números pero nunca
había dejado la pasión del fútbol y menos su amor celeste; por eso, a sus
hijos desde que nacieron los vistió de color cielo y los llenó de uniformes,
recuerdos y cuanta baratija encontrara de su equipo. A su primogénito
lo convirtió sin problema pero a ella, nunca; cosa que no le importaba
demasiado porque, finalmente, “las mujeres están negadas para las cosas
de hombres”.
- ¿Cebra?... Estarás loca-, amenazó el padre mientras dejaba caer el
cigarrillo que se apagó ante la visión oro y negra.
- Ahí está. Yo no había sido choli-, respondió serena y salió orgullosa,
con polera atigrada y corazón de Tigre. Había marcado su primer gol.
144
LA MARCA DEL CÓNDOR
Pamela Tamayo
Parajes que engendran quimeras
causas heroicas, vidas consumadas
(Poema a Viloco de Teo)
145
Al ver esto ordené al grupo volver a casa, se hacía tarde, pero no nos
dejaría La Cancha abandonar su espacio sin advertir cómo sobre uno de
esos cerros las enormes sombras se tornaban en figuras que poco a poco
iban cobrando el tamaño y la forma de un mortal, con ropas de colores
parecidos al oro y al negro de interior mina. Era imposible no notarlo, pues
sus siluetas dibujaban una textura que los mostraba inconmensurables,
además de fuertes por la estoica postura de sus brazos, “más fuertes
incluso que entre todos los hombres y hasta por sobre los animales”,
pensé en silencio.
Recordé a su vez las palabras de la abuela, esta vez en voz alta: “bajando
del nevado, con ropas de sol y sombra”. Entonces pregunté al grupo sin
apenas dirigirles la mirada:
- ¿Serán estos los hombres?, ¿Serán los gigantes que podrán derrotar
al supay?
Temimos por un momento de la noche, pues sabíamos que apenas
caía su largo velo, entonces el diablo se agitaba entre el oscuro paisaje.
Sus miradas de pronto se concentraron en mí, el mayor del grupo, y todas
me insinuaban interceder entre él y los hombres fuertes.
Con cierto miedo que deseaba esconder y sólo disimulaba vagamente
tras mi orgullo, di encuentro a esos gigantes para hablarles sin saber qué:
- ...
- Tú niño, dinos ¿dónde estamos? –se adelantó uno, con voz parca.
-Viloco -dije entre dientes.
- ¿Qué? No te escucho...
- ...Viloco –grité, después de una extraña duda.
- ¿Cómo llegamos a la ciudad que está a las faldas del nevado más alto
–preguntó otro.
A punto de responder, mantuve el silencio, pues razoné que si ellos
eran los que la abuela de la abuela decía que eran a lo mejor podrían
realizar la hazaña que contaba la historia...
- Yo no sé señor -dije esquivándole los ojos-. Nunca he ido a la ciudad,
mi papá sabe, siempre viaja, pero ahurita está en la mina y no se sabe
cuándo va a llegar.
146
Observó al resto, sin encontrar respuesta. Volvió a los suyos y
comenzaron a hablar con voces de trueno, discutiendo al parecer sobre
qué harían ahora que no tenían rumbo. Me llené nuevamente valor y
favorecido por un viento que se arrimaba, asumí con voz gruesa:
- Pero sé de alguien que los puede ayudar.
Todos callaron, el viento sopló frío, el sol se congeló en el cielo, nada
parecía avanzar. El trueno de una voz rompió el silencio.
- Entonces enséñanos a ese que nos puede ayudar –dijo uno de ellos.
Con las wawas de cortejo, ya sin dudas ni miedo, caminamos
apresurados hasta la mina del supay.
- Aquí es -les dije-. Aquí está el que puede ayudarles.
No era más que una bocamina hasta que se asomó un viejo encorvado,
con las manos arrugadas como chuño y la cara colorada. Saludó a los
gigantes y les preguntó la razón de su insospechado arribo.
- Dicen que usted conoce el camino que va a la ciudad de La Paz –dijo uno.
- Conozco muchos caminos y sus tajos. No hay rumbo que desconozca
ni por mar ni por tierra ni por aire- replicó con voz oscura.
- Queremos retomar rumbo- dijo el que parecía comandar aquella
escuadra.
- Si en verdad anhelan tanto su regreso deberán realizar un prodigio
para mí. Díganme, de entre las cosas que los hombres saben hacer sobre
la tierra ¿cuál es la que ustedes saben hacer mejor?
- Sabemos jugar al gol- dijo un tercero animoso, sin ahondar en
detalles.
- Muy bien -contestó el supay- entonces juguemos. Si ustedes me
derrotan les enseñaré el camino que lleva a su ciudad; no obstante, si
pierden se quedarán en estas montañas eternamente y nadie los recordará
-sentenció.
No hizo falta aceptar, y ya los once que estaban al frente se pusieron
en guardia esperando a sus contrincantes. Tras una cortina de humo el
supay también dispuso a once hombres, tan o más grandes que los de las
montañas, aunque se mostraban más ágiles que fuertes.
147
La luz que proyectaba el supay condujo a ambos bandos al claroscuro
de La Cancha donde por primera vez habíamos visto a los gigantes que
llevaban ropas de sol y sombra. Un haz de luna dio la señal y comenzó el
duelo.
Los supay, avivados por su agilidad, pateaban el balón con gran
maestría y desde un principio parecían estar más cerca que los más fuertes
de anotar el primer punto que nalmente llegó. Los más fuertes no bajaron
la cabeza y seguros de hacer un punto a su favor siguieron jugando, pero
entonces vino el segundo gol de los diablos.
Cada que los jugadores de la montaña corrían un fuerte ventarrón
sacudía la poca vegetación que allí se levantaba. Sus pisadas hacían al
suelo temblar, las piedras se reventaban bajo sus pies y hasta las vicuñas
que pastaban por allí gritaban por el alboroto del partido. Era como si la
noche cobrara vida y se agitara en sus costados.
Como el supay se dio cuenta de la fuerza y coraje de estos jugadores
dio orden a los diablos de no tener compasión y concibió por sus medios
jugadas violentas y tramposas, dejando a sus contrincantes heridos y
maltrechos.
Los jugadores más fuertes reclamaron al Supay, pero este se mostró
inalterable en sus intenciones:
- Si quieren volver a dnde pertenecen deben jugar con mis reglas o
permanecerán aquí por siempre –dijo a través de una sonrisa malévola.
Ante tal amenaza y viendo que no tenían más opción los más fuertes
siguieron jugando. Por un momento la desesperanza hizo presa de ellos
y de nosotros mismos que contemplábamos la titánica escena, salvo uno
de los jugadores que intrépido entre las demás sombras logró encajar la
pelota en el arco improvisado con promontorios de piedras. Así el primer
embate de 45 terminó, siendo la medialuna el relojero en aquella oscura
noche. Empero, como el diablo sabía más por viejo que por diablo, decidió
no dejar que los jugadores descansaran, así que con el chasquido de sus
huesudos dedos hizo girar el suelo de modo que los del oeste fueron este
y viceversa y pactó el inicio del segundo embate.
Los más fuertes se miraron entre sí y sin siquiera poder dar un respiro
tuvieron que continuar jugando para evitar que los supay anotasen, pero
fue inútil y una vez encajaron un gol. El tres a uno parecía lapidario,
148
considerando cuánto les había costado anotar su única diana. Sólo un
portento podría acontecer y aconteció: La sombra de un cóndor cruzó La
Cancha como un rayo y, confundido con las sombras de los gigantes, los
convirtió en unos animales que nunca habíamos visto por aquí, cobrando
nuevas fuerzas. Quise ver al magnífico señor de las aves, pero al alzar la
mirada un haz del sol cegó mis ojos. Vi entonces que los grandes hombres
parecían dar zarpazos más que patadas a la pelota y sus gritos eran
como un rugido del viento en agosto, que es cuando más fuerte sopla,
levantando chispas de fuego que alimentan los enormes incendios en los
pastos secos.
Así llegó el segundo gol.
El tercero vino también, rompiendo el aire casi desde la mitad de la
cancha, haciendo silbar el viento, como queriendo partir el mundo en dos.
El cuarto parecía estar cantado desde antes, pues los ágiles
contrincantes se quedaron estupefactos por la fuerza de los gigantes que
ni siquiera no le dio oportunidad al supay de obrar algún artilugio.
Y el quinto coronó el partido ya con la luna encima.
Tembló la tierra y el cielo se encendió en llamas. El Supay estaba
furioso por la derrota y una densa columna de humo se abalanzó sobre su
gura, escuchándose apenas su oxidada voz:
- Desde la cumbre han de lanzarse al vacío en picada y cuando sus
brazos se llenen de plumas alzarán vuelo en dirección al Illimani, cruzando
encontrarán su destino.
Un enorme hueco como un cráter se abrió en la tierra, a los pies de la
columna de humo y desapareció.
No hacía falta celebrarlo: Tal cual les indicó el supay, los más fuertes
dejaron precipitar sus gigantes sombras en picada desde el cerro, pero
nunca sus cuerpos tocaron fondo, pues en el lugar donde se supone
debían desplomarse por el impacto contra las rocas, vieron levantarse
en vuelo las sombras de una nube de cóndores color ceniza rumbo al
horizonte cautivo del Illimani.
La señal del kuntur se vio así re ejada en las montañas sobre las que
proyectaban sus marcas de sol y de sombra.
* Cuento para niñas, niños y amantes stronguistas.
149
EL OTRO TIGRE
Dora Cajías
150
LOS TIGRES
Marcelo Villena Alvarado
Hay goles en la vida, anulados... Yo no sé!
(Samuel Orellana)
Por luminoso toque estremecido,
Rugiendo de mil goles la avalancha,
avanza el Tigre en medio de la cancha
del Tano al noryungueño empedernido.
151
es más popularmente conocido como “El Tigre”. Por su casaca o cial que
alterna franjas verticales al modo de la Juve turinesa, por supuesto, la de
Gramsci, la de Togliatti –pero no negras y blancas sino negras y amarillas:
como un innecesario regalo de sol donde también se vislumbra porte
xeneize que hermana al Tigre y al Club Atlético Boca Juniors. De ahí que, en
proximidades del estadio olímpico de La Paz, “stronguista” sea también el
nombre de la mariquita que sobre fondo amarillo lleva tres puntos negros en
cada élitro y uno en medio del coselete.
Que la inminencia de otro centenario (el de la publicación de Leyes de
la versi cación castellana, 1912) sea entonces la ocasión para recordar que
Jaimes Freyre, además de a cionado a las kenningar, fue también helenista
y apasionado hincha atigrado. No otra la verdad que revelan esos sus otros
versos dedicados a la “Venus errante”; Venus Urania y Venus Pandemos,
mediterránea y de aurora boreal; gualdinegra, en suma, negra y güera, negra
y tunante, como lo habrá leído el buen entendedor:
...
Tocó su nave en las riberas de nieve y bruma;
sintió su beso entre los labios la Venus blonda,
y contemplaron la bronceada faz del marino,
garzas pupilas soñadoras
152
No he verificado el hecho, pero se dice que “Canada Strongest” debe su
nombre a los jugadores aurinegros que ahí combatieron. Obviamente, real
o míticamente, la tradicional “garra del Tigre” estaría ahí no solamente
simbolizada sino, sobre todo, integrada en la memoria colectiva de todos
aquellos que viven por acá y que, claro, no olvidan al fútbol como parte de
su manera de entender el mundo —imagino que, no muy lejos de la batalla,
una banda militar, dirigida por Adrián Patiño, estaría tocando Chayñita
(1930), el himno que precisamente Patiño compuso para su equipo y que
seguro no dejó de interpretar mientras servía en el Chaco. Durante sus cien
años, The Strongest ha escrito muchas páginas como ésas, parte, reitero,
de las realidades y ficciones con las que se construye eso que llamamos
cultura o sociedad. No es arbitrario que, en su Centenario y por medio de
esta compilación de cuentos y relatos, otras páginas —ésas que escribe la
literatura— acompañen a las otras que el club ha escrito
a lo largo de su historia.
Luis H. Antezana J.
153