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Horizontes Lejanos - Yvonne Whittal

El documento presenta el inicio de una novela romántica. Introduce a las protagonistas Kerry y Josie, quienes asisten a una boda. Josie busca entrevistar al famoso escritor Maxwell Harper, quien es tío de la novia. Kerry duda que Josie logre la entrevista, pues Harper es muy reservado sobre su vida privada.

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Horizontes Lejanos - Yvonne Whittal

El documento presenta el inicio de una novela romántica. Introduce a las protagonistas Kerry y Josie, quienes asisten a una boda. Josie busca entrevistar al famoso escritor Maxwell Harper, quien es tío de la novia. Kerry duda que Josie logre la entrevista, pues Harper es muy reservado sobre su vida privada.

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HORIZONTES LEJANOS

Yvonne Whittal

HORIZONTES LEJANOS (1993)


HARMEX BIANCA 46-3 17-11-93
ORIGINAL: FAR HORIZONS © 1992
EN HARLEQUÍN: MÁS ALLÁ DEL HORIZONTE
JULIA 1994

ARGUMENTO: ¡El escritor Maxwell Harper era muy buen partido! Rico, de éxito, muy
atractivo y sin compromiso; un hombre de quien cualquier mujer se enamoraría. Kerry era
muy consciente de su encanto, pero estaba decidida a resistírsele. No le interesaba vivir una
aventura con alguien que había expresado con claridad que no tenía intenciones de sentar
cabeza. Lo único que ella esperaba era mantener una relación de negocios con Max, pero
¿acaso él tenía otros planes?
HORIZONTES LEJANOS (MÁS ALLÁ DEL HORIZONTE) YVONNE WHITTAL

Capítulo 1
KERRY Nelson se sentía irritable y maldijo en voz baja mientras conducía por la autopista
M1 hacia el elegante suburbio de Houghton en Johannesburgo.
Como fotógrafa independiente, llevaba a cabo muchas tareas, variadas e interesantes, pero
esa tarde de sábado en particular, habría preferido permanecer en su casa, leyendo un buen
libro, en lugar de verse obligada a soportar el calor que prevalecía en África del Sur, en esa
época del año.
Bajó el cristal de su confiable y vieja vagoneta Peugeot para refrescarse un poco, sin
embargo, el aire veraniego estaba demasiado caliente, de manera que sólo le agitaba el espeso
cabello rubio, y no disminuía su incomodidad. Kerry esbozó una mueca al sentirse sudorosa
bajo el vestido azul.
Tomó la desviación a Houghton y sin emoción alguna, decidió que ese clima resultaba ideal
para la boda al aire libre que había organizado la Señora Stafford. Los casamientos no eran el
fuerte de Kerry. "Existen muchos fotógrafos que se especializan en ese campo", fue su
respuesta cuando la rica viuda del industrial William Stafford se comunicó con ella, una semana
antes, para contratarla; no obstante kathleen Stafford fue muy persuasiva:
—Mi hija es inflexible —anunció e igualó el tono de su voz a la expresión de súplica de sus
ojos color gris—. Mary-Joe insiste en que sea usted, Señorita Nelson, y nadie más.
Kerry al fin cedió a su petición, pero ahora que estacionaba su vagoneta azul en una de las
arboladas calles de Houghton, comenzaba a dudar sobre su decisión.
—Empezaba a creer que nunca llegarías —comentó su amiga Josie Bauer en tono mordaz, en
el momento en que Kerry sacaba de la parte posterior de la vagoneta, la bolsa que contenía sus
cámaras fotográficas.
La fotógrafa se apartó el cabello del rostro y miró su reloj de pulsera.
—Llegué diez minutos antes —protestó, luego rió divertida y cerró la puerta de la vagoneta.
Pero su sonrisa se desvaneció cuando se volvió y miró a su amiga periodista.
Josie llevaba su pelirroja caballera cortada y peinada de tal manera que favorecía sus
atractivas facciones, pero bajo los brillantes rayos del sol su rostro revelaba una palidez extraña;
sonreía con inseguridad y sus ojos verde esmeralda estaban demasiado brillosos.
Kerry conocía a Josie Bauer desde hacía muchos años, y podía adivinar que su amiga se
encontraba bajo una tremenda tensión nerviosa.
Kathleen Stafford le había proporcionado a Kerry una lista de los invitados a la boda y la
joven la recorrió mentalmente mientras miraba con detenimiento los ojos febriles de Josie, pero
no logró descubrir los motivos de su evidente nerviosismo.
— ¿Por qué estás tan inquieta, Josie? —preguntó con curiosidad. Tomó la bolsa que contenía
las cámaras fotográficas y se colocó la correa al hombro—. Sin duda ya has perdido la cuenta

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de la cantidad de bodas de la alta sociedad a las que has asistido, entonces ¿qué tiene ésta de
especial?
La sonrisa insegura de Josie se acentuó a medida que avanzaban hacia las rejas de hierro
forjado que estaban abiertas de par en par con el objeto de dar la bienvenida a los invitados.
—Lo que tiene de especial es que Maxwell Harper va a asistir a esta boda, y tengo la
esperanza de poder convencerlo de que me permita hacerle una entrevista.
— ¿Maxwell Harper? —repitió Kerry en voz baja. Reconoció su nombre, pero no pudo
ubicarlo mentalmente.
—No finjas que jamás has oído hablar de él —agitó las manos con vehemencia—, porque sé
que tienes toda una colección de sus libros.
Kerry se detuvo de manera repentina, y al mirar a su amiga, la confusión que había en sus
ojos había sido reemplazada por la incredulidad.
— ¿Te refieres a M. J. Harper, el famoso escritor que narra sus viajes a diferentes países, y
que además es productor de las transmisiones televisivas de sus expediciones?
— ¡Sí, sí, sí! —exclamó Josie asintiendo con entusiasmo.
A Kerry le tomó un momento recobrarse de la sorpresa para continuar la caminata por el
largo sendero privado.
Maxwell Jonathan Harper era un escritor, dedicado a narrar sus viajes; a quien Kerry
admiraba desde hacía mucho tiempo debido a su estilo para describir paisajes, tan inteligente y
ameno. Kerry quedó encantada después de leer su primer libro, y así comenzó su creciente
colección que ahora era una de sus posesiones más preciadas.
— ¿Por qué estás tan segura de que asistirá a la boda? —inquirió Kerry. El intenso sol le
provocaba picazón en el rostro y en los brazos a medida que se aproximaban a la magnífica
mansión de dos niveles.
—Maxwell Harper es hermano de la Señora Stafford. Y puesto que William Stafford ya no
vive, es natural pensar que Mary-Joe le haya pedido a su famoso tío que sea él quien la entregue
en el altar.
Kerry necesitó un par de minutos para asimilar la información, después se volvió hacia su
amiga con gesto irónico.
—Sé que eres muy dedicada cuando se trata de estudiar a un sujeto; antes de llevar a cabo
una entrevista, por lo cual debo suponer que ya sabes si Maxwell Harper aceptó la petición de
su sobrina, ¿no?
—Por supuesto que aceptó —respondió Josie con cierta expresión de desafío en sus ojos
verdes. Entonces Kerry se convenció de que su amiga la había utilizado.
— ¡Así que por eso insististe tanto para que te consiguiera el permiso de la Señora Stafford
de escribir un artículo sobre la boda de su hija! ¡Querías asegurarte de tener un pretexto para
entrevistar a Maxwell Harper!
—Naturalmente.

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Kerry hizo una pausa ante la escalera de mármol que conducía a la imponente entrada de la
mansión, y no pudo disimular su disgusto cuando miró a Josie con los párpados entornados.
— ¿Por qué no me comentaste eso antes?
— ¿Me habrías ayudado a conseguir este trabajo si te lo hubiera confesado?—le preguntó
Josie sin el más leve remordimiento.
—Por supuesto que no.
— ¿Necesito explicarte algo más? —inquirió Josie con una sonrisa arrogante.
Kerry movió la cabeza de un lado a otro con resignación, pues comprendió que no tenía caso
molestarse con Josie. Su amiga era una buena reportera, y tenía fama de conseguir lo que sus
colegas no lograban, sin embargo en esta ocasión Kerry estaba convencida de que Josie quería
obtener lo imposible.
—Si fuera tú, Josie, no me haría muchas ilusiones con respecto a convencer a Maxwell
Harper de que acepte que le hagas una entrevista —le advirtió Kerry mientras subían por la
escalera—. Sé que algunos de nuestros periodistas más famosos lo han seguido de un sitio a
otro alrededor del mundo y que jamás le concedió una entrevista a ninguno de ellos.
—Lo sé —suspiró Josie—, pero lo tengo que intentar. ¿Te imaginas cómo progresaría mi
carrera si él aceptara hablar conmigo?
Kerry sabía lo que esa entrevista significaría para la carrera de Josie, y deseaba de todo
corazón que el entusiasmo y la decisión de su amiga se vieran recompensados, sin embargo,
Maxwell Harper cuidaba su vida privada con gran celo.
Kerry tocó el timbre, y segundos después una sirvienta uniformada abrió la pesada puerta de
roble. La fotógrafa explicó el motivo de su presencia, antes de que las hicieran pasar al fresco
interior, y se contagió del nerviosismo de Josie cuando avanzaron por el vestíbulo con suelo de
mosaico y estatuas de mármol. Después, ascendieron por la escalera circular, cuyas paredes
estaban adornadas con paisajes y retratos al óleo de la familia.
En una habitación amplia y bien ventilada, la novia estaba de pie ante un espejo de cuerpo
entero; otra sirvienta le cerraba los diminutos botones de la espalda del exquisito vestido
nupcial que en opinión de Kerry, debía costar una fortuna. La tela de satín adornada con cuentas
se ceñía al cuerpo de la chica; lo que hacía destacar los hombros bronceados, los exuberantes
senos y la estrecha cintura.
Mary-Joe Stafford se dio la media vuelta para saludarlas, en cuanto el último botón fue
colocado en su ojal. Era una chica atractiva, de cabello oscuro y de aproximadamente veinte
años de edad. La joven sonrió de forma grata, cuando Kerry y Josie se presentaron.
—Es muy agradable que sean tan puntuales —señalo Mary-Joe con una sonrisa maliciosa—.
A mi madre le dará mucho gusto eso, ya que está convencida de que cuando concluya este día
ella habrá encanecido prematuramente debido a todos los contratiempos que ha tenido que
enfrentar desde esta mañana.

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Todas rieron al compartir esa broma y la tensión que reinaba en la habitación disminuyó un
poco, lo cual ayudó para que las manos de Kerry dejaran de temblar y tuvieran la estabilidad
necesaria para tomar las fotografías.
Mary-Joe Stafford era una persona con quien se trabajaba sin dificultad, ya que tenía un
rostro fotogénico, pero sobre todo por su carácter tranquilo y adaptable que la hacía una chica
encantadora. Kerry comprendía que no muchas novias habrían tolerado la molesta presencia de
una fotógrafa y una reportera en su habitación, mientras se preparaba para el día más importante
de su vida, sin embargo Mary Joe parecía tranquila y segura de sí misma, incluso proyectaba
una alegría radiante, y sólo por un instante, Kerry envidió su felicidad.
El séquito de Mary-Joe lo formaban tres damas, cuyos entallados vestidos de satín iban de un
tono de rosa profundo a un tono de rosa pálido. Las tres chicas irrumpieron en la habitación
cuando el velo le estaba siendo colocado a Mary-Joe, y con su llegada inundaron el lugar de
entusiasmo.
Kerry, de hecho empezó a disfrutar su trabajo al tomar una serie de fotografías a Mary-Joe y
a sus damas, y sólo hasta pasado un largo rato se preguntó si Josie estaría disfrutando la
entrevista a la novia o si se encontraría muy ansiosa por comenzar la caza para abordar a
Maxwell Harper.
Los invitados habían empezado a llegar; se percataron de ello al escuchar el ruido de los
automóviles que avanzaban por el sendero privado de la mansión. Kerry estaba a punto de
terminar el rollo de película de su cámara, cuando Kathleen Stafford entró en la habitación.
Llevaba puesto un vestido de encaje, de un tono verde pálido que acentuaba su sorprendente
figura juvenil; saludo a Kerry y a Josie con una cálida sonrisa y una graciosa inclinación de la
cabeza, antes de volverse hacia Mary-Joe.
—Espero que ya estés lista —comentó y sus manos temblaron un poco, lo cual indicaba que
no estaba tan tranquila como aparentaba—. E1 Señor Abbot acaba de llegar y todos los
invitados han tomado asiento.
Kerry le hizo una seña a Josie, y las dos salieron de la habitación, en silencio.
—Adelántate —sugirió Kerry cuando llegaron al vestíbulo.
Josie no puso objeción y su ansia por irse provocó que Kerry sonriera, luego se dirigió a un
rincón oscuro del enorme vestíbulo, se sentó en un taburete y se concentró en cambiar las
películas, así como las lentes de las cámaras. Iba a ponerse de pie, con una Nikon colgada al
cuello, cuando escuchó que se abría una puerta en el nivel superior de la casa. De pronto las
mujeres comenzaron a murmurar entusiasmadas.
Kerry sonrió para sí mientras ajustaba la correa de su otra cámara para que reposara con más
comodidad sobre su hombro, cuando de súbito se abrió la puerta del vestíbulo para dar paso a
un hombre de traje oscuro. Kerry no lo habría mirado dos veces de no ser porque él se detuvo y
la observó con fijeza.

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Lo contempló con atención y se percató de sus anchos hombros y sus caderas estrechas. Al
fijar la vista en sus facciones, de inmediato lo reconoció y el corazón le dio un vuelco.
¡Era Maxwell Harper! Kerry reconocería ese atractivo rostro, bronceado y severo, en
cualquier parte. Su fotografía aparecía en la contraportada de uno de sus libros más antiguos, y
ella se había dedicado a estudiar las facciones con tanta frecuencia que creía conocer de
memoria cada detalle del anguloso rostro; la nariz aguileña, la mandíbula cuadrada y con
carácter... Sin embargo, la imagen sin vida difería muchísimo del hombre que ahora veía en
carne y hueso.
Maxwell Harper tenía alrededor de treinta y nueve años y tenía canas en las sienes, por lo que
Kerry recordó que se encontraba frente a un hombre cuyo rostro se había endurecido al ser
testigo de muchas escenas sangrientas y de la destrucción en varias partes del mundo. Ahora,
ella comprendía que el horror, la inutilidad y la degradación de los conflictos lo habían herido,
dejando en él una huella permanente.
El impacto de su presencia la afectó de una forma inquietante, pues el aire de virilidad que lo
rodeaba poseía una calidad majestuosa que la impulsaba hacia él de manera mental e incluso
física. Kerry trató de ignorar ese hecho, sin embargo algo se despertó en su interior y por
primera vez en su vida el cuerpo de la chica respondió de un modo que la hizo sonrojarse.
Maxwell la miraba sin perder detalle; pero no fue sino hasta que su boca cincelada a la
perfección dibujó una especie de sonrisa, que Kerry se percató de que él la había estado
observando con tanto detenimiento como ella a él.
Kerry se avergonzó de su propia respuesta y casi gritó de alivio cuando Kathleen Stafford
comenzó a descender por la escalera, delante de la novia y sus damas.
Maxwell Harper le dio la espalda a Kerry para mirar a su propia hermana quien bajaba por
los últimos escalones de la escalera, y la fotógrafa aprovechó la oportunidad para salir de la casa
caminando con aparente calma, aunque en realidad habría querido correr. El encuentro en el
vestíbulo no duró más que unos cuantos segundos, pero ese tiempo fue suficiente para que
Kerry se diera cuenta de que Maxwell Harper era un hombre con quien jamás desearía
enredarse.
Los doscientos invitados estaban sentados bajo la lona en una sección sombreada del jardín,
donde se celebraría la ceremonia. El pulso de Kerry todavía estaba acelerado cuando bordeó esa
área para colocarse en una posición estratégica desde donde podría tomar fotografías de la
novia.
¿En dónde estaba Josie? Kerry recorrió con la mirada la ola de rostros, pero abandonó su
búsqueda unos segundos después cuando una agitación de entusiasmo entre los invitados la hizo
darse cuenta de que Kathleen Stafford tomaba asiento.
Hubo algunas murmuraciones de expectación y en ese momento apareció Mary-Joe bajo el
arco de rosas rojas.

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El Reverendo Abbot se puso en su sitio y les pidió a los presentes que se pusieran de pie.
Mary-Joe, acompañada por sus damas, caminó con lentitud por el pasillo al compás de la Novia
de Marzo. Kerry tenía su cámara fotográfica lista, sin embargo, las manos comenzaron a
temblarle cuando encontró la imponente imagen de Maxwell a través de la lente.
"Enfoca a la novia, Kerry", se ordenó. "Enfócala y concéntrate en ella".
Mary-Joe resplandecía de felicidad, a medida que se aproximaban al apuesto joven con quien
estaba a punto de contraer matrimonio. Kerry logró tranquilizarse gracias a su profesionalismo,
pero después no se explicaría cómo pudo llevar a cabo su trabajo ante la inquietante presencia
de Maxwell Harper.
Kerry estaba de pie, bajo la sombra de un viejo árbol de jacaranda, cerca de la enorme tienda
de lona.
Hacía ya un rato que la recepción había iniciado y los joviales y bulliciosos invitados estaban
sentados a las mesas, exquisitamente decoradas para la ocasión mientras les servían sus bebidas.
Los camareros no dejaban de circular ofreciendo champaña y alguien colocó amablemente una
copa en la mano de Kerry. A pesar de que la fotógrafa no lo apetecía, bebió de manera distraída
contemplando a los invitados.
¿En dónde estaba Josie? Kerry controló su agitación con dificultad, pues ya era hora de
partir, pero no deseaba hacerlo sin antes hablar con su amiga.
— ¿Señorita Nelson? —la chica giró sobre sus talones, y fue tal su impresión que casi
derramó el contenido de su copa sobre el vestido. Maxwell Harper estaba de pie a unos pasos de
ella. Se sorprendió tanto que no pudo responder por lo que él la miró con curiosidad.
—Sí es usted la Señorita Kerry Nelson, ¿no? —inquirió y se aproximó más a ella.
—Así es —respondió Kerry, temblorosa y se esforzó por recuperar la compostura.
— ¿Me permite presentarme? Soy...
—Ya sé —lo interrumpió. Su tensión nerviosa era tal que su voz sonó chillona—. Usted es
Maxwell Jonathan Harper, escribe acerca de sus viajes y además es corresponsal de un
periódico extranjero.
Maxwell levantó las cejas sorprendido y la miró con atención.
—Es evidente que está muy bien informada —comentó.
De cerca, su masculinidad era mucho más poderosa y algo se encendió en el interior de Kerry
quien tuvo que reprimir el impulso de salir huyendo.
—En la contraportada de uno de sus libros aparece un retrato de usted con una breve
biografía —explicó Kerry.
Los ojos de Maxwell eran de color castaño con vetas doradas alrededor de las pupilas, y las
pequeñas arrugas que los rodeaban se pronunciaban más cuando sonreía.
— ¿Leyó usted todo el libro? —Preguntó él en tono burlón—, ¿o perdió el interés después de
leer las primeras páginas?

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—Leí todo el libro —respondió, pero no aclaró que también tenía y había leído los ocho
libros escritos por él.
Maxwell tenía una pequeña cicatriz bajo el ojo izquierdo y otra del lado derecho de su
potente mandíbula, lo cual acentuaba el encanto de su atractivo rostro y dificultaba que Kerry
mantuviera una aparente serenidad, cuando su corazón latía acelerado como si se tratara de un
ave atrapada en una jaula.
—Permítame ahora ser yo quien la haga sorprenderse —comentó con voz profunda y bien
modulada—. Usted es Kerry Ann Nelson; trabajó como fotógrafa para una revista de modas
antes de trabajar de forma independiente, y debo confesar que me han impresionado mucho sus
fotografías de los últimos dos años.
Kerry se preguntó si su expresión revelaría lo sorprendida que estaba, porque era
comprensible que ella supiera algunas cosas sobre él, ya que después de todo Maxwell Harper
era un famoso escritor; sin embargo ¿cómo sabía Maxwell esos datos sobre ella?
Por suerte el sentido del humor de Kerry llegó a su rescate. Sonrió con ironía y, con ello, sus
músculos faciales se relajaron.
—Parece que usted también está muy bien informado.
—Hace dos años asistí a su primera exhibición fotográfica y en el catálogo apareció un
retrato de usted con una breve biografía— empleó casi las mismas palabras que ella, de manera
que si no fuera porque aún estaba muy tensa habría estallado de risa—. Desde entonces, he
tenido muchos deseos de conocerla —añadió—, pero nuestros caminos nunca se cruzaron el
tiempo suficiente como para que yo pudiera arreglar un encuentro.
— ¿Por qué querría conocerme? —inquirió Kerry y de inmediato se puso en guardia.
—Es muy sencillo —respondió sonriente como si hubiera percibido la desconfianza de
Kerry—. La calidad de su trabajo me agrada y deseo contratar sus servicios como fotógrafa.
Lo primero que pensó la chica fue en rechazarlo, pues no concebía la idea de trabajar cerca
de ese hombre, así que negó con la cabeza.
—No creo que pudiera...
—Primero escúcheme, por favor —Maxwell se aproximó más a ella y sus movimientos
reflejaron preocupación. Kerry era una chica muy alta y rara vez se veía obligada a alzar la
cabeza para mirar al rostro de alguien, sin embargo en esta ocasión sí tuvo que hacerlo para
mirarlo a los ojos—. Estoy escribiendo un libro sobre Namibia, pero me falta reunir muchos
datos, de manera que dentro de poco volveré a partir hacia Windhoek. En menos de un mes
habré completado mi investigación, y me gustaría que usted me acompañara en este viaje para
que tome las fotografías necesarias.
Kerry intentó ganar tiempo mientras buscaba el modo de escapar de ese problema.
— ¿Qué sucedió con la persona que se encargaba de tomar las fotografías para sus libros,
antes? —inquirió.

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— ¿Dennis Cawley? —Maxwell Harper apretó los labios con expresión de ironía—. Su
esposa tuvo su primer nene y él ha tenido que reducir sus viajes.
Al leer en su atractivo rostro que a él no le atraía la idea del matrimonio y la familia, Kerry
experimentó una punzada de decepción porque eso significaba que era igual al padre de ella,
quien le había dado la espalda al amor y al compromiso para poder ejercer su profesión, siendo
ésta una razón más por cual, la chica no deseaba relacionarse con un hombre como Maxwell
Harper. Reflexionaba en que él le acarrearía problemas y en que ella ya había sufrido y vivido
muchas decepciones en el pasado, mientras contemplaba a la pareja de recién casados que
circulaba entre los invitados.
— ¿Quiere pensar en la posibilidad de hacer este trabajo? —insistió.
—Señor Harper, me honra que me lo pida, pero me temo que no puedo —respondió con
frialdad, colocó la copa de champaña sobre la bandeja de un camarero que pasaba cerca en ese
momento, y caminó hacia la silla del jardín en la que había dejado su bolsa con las cámaras
fotográficas. Necesitaba poner distancia entre ella y Maxwell Harper para pensar, sin embargo
él la siguió con una persistencia irritante.
—Quisiera que me explicara por qué no puede —expresó, por lo que resultó evidente que no
estaba acostumbrado a que le respondieran en forma negativa.
—Tengo compromisos de trabajo para hasta dentro de dos meses.
—Le pagaré el doble de lo que gana en un mes.
Kerry giró sobre sus talones para mirarlo y sus ojos azules echaban chispas.
—El dinero jamás ha sido un factor decisivo para mí —replicó.
—Mi editor hará un contrato en el que se especifique que se le otorgará un porcentaje de las
regalías —se miraron con fijeza—. Lo único que le pido es que piense en la posibilidad de
cancelar sus otros compromisos para que pueda acompañarme en este viaje.
—Lo siento, pero no puedo.
— ¿Por qué no puede? — ¿a qué se debía que insistiera tanto, si en Johannesburgo había
muchos fotógrafos con habilidades impresionantes? ¿Por qué tenía que ser ella?
—Yo no trabajo de esa manera —señaló con voz aguda debido a la tensión nerviosa—.
Cuando acepto un trabajo me comprometo a llevarlo a cabo, y no acostumbro romperlo.
— ¡Ay, vamos! —Exclamó en tono de burla—. Le he ofrecido la oportunidad de su vida y la
rechaza por escrúpulos tontos.
— ¡Es posible, pero esa es mi decisión!
Ambos guardaron silencio por la ira, siendo Kerry quien desvió la mirada para evitar la
interrogante e inquietante mirada de Maxwell Harper. Es ese momento apareció Josie quien
miraba hacia todos lados como si buscara a alguien y Kerry consideró que esa era la perfecta
oportunidad para escapar. Tomó su bolsa, acomodó la correa de la misma a su hombro, pero
cuando se volvió se encontró con que él la observaba inquisitivo.

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Kerry imaginaba lo que sin duda pensaba sobre ella, es decir, que carecía de ambición, y
también que debía estar un poco demente para despreciar una oportunidad que requería tanta
audacia; y además, tan lucrativa. No obstante, en esos momentos, Kerry estaba demasiado
ansiosa por huir de él como para que le importara la forma en que interpretaría su rechazo.
—Me va a tener que disculpar —se volvió con intención de irse.
—Un momento —sujetó el antebrazo de la chica y sus fuertes dedos se hundieron en la suave
piel con firmeza, lo que provocó que ella tuviera la sensación de que acababa de recibir una
descarga eléctrica que le recorría cada una de sus terminaciones nerviosas, no obstante, con la
misma rapidez la soltó, y sacó una tarjeta del bolsillo de su inmaculado traje—. Llámeme
cuando cambie de opinión —le recomendó.
¡Maxwell no había dicho "si cambia de opinión", sino "cuando cambie de opinión"! Tal
arrogancia impidió que Kerry hablara, mientras que él giraba sobre sus talones y regresaba a la
fiesta. La fotógrafa miró la tarjeta con deseos de romperla, pero en lugar de ello, la colocó en la
bolsa de las cámaras y se reunió con Josie.
—Te vi que charlabas con Maxwell Harper, pero se fue antes de que yo pudiera acercarme
para que me lo presentaras —expresó Josie mirando a su amiga con mucha curiosidad—.
¿Puedo albergar la esperanza de que me hayas recomendado con él?
Kerry descargó su tensión nerviosa con una reacción de ira poco común en ella:
—Hace muchísimo tiempo convenimos que no nos entrometeríamos en la carrera profesional
de la otra.
Josie se mostró sorprendida, a pesar de ello, sonrió y colocó su brazo alrededor del de su
amiga.
—Haces bien en ponerme en mi lugar —comentó—. Te acompaño a tu coche y en el camino
satisfaces mi curiosidad contándome lo que tú y Maxwell Harper discutían con vehemencia.
El nerviosismo de Kerry comenzó a ceder a medida que avanzaban por un corto sendero
hacia las rejas de hierro forjado, y era consciente de que Josie aguardaba con una paciencia rara
a que le contara lo sucedido entre ella y el hombre cuyo trabajo había admirado desde hacía
tanto tiempo, sin embargo, no dijo nada sino hasta haber dejado la bolsa de las cámaras en la
parte posterior de su vagoneta.
—Maxwell Harper me pidió que pensara en la posibilidad de acompañarlo en un viaje a
Namibia para que me encargue de las fotografías de su nuevo libro —explicó, y se preguntó a
qué se debía que su voz sonara como un susurro.
Josie inhaló profundo, erizada de curiosidad cuando Kerry subió a la vagoneta y metió la
llave en el encendido.
— ¿Y lo harás? —Preguntó con impaciencia, y apoyó las manos sobre la puerta de la
vagoneta—. ¡Por Dios Santo, no me dejes en suspenso! ¿Aceptaste el trabajo?
—Lo rechacé.

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Josie soltó la puerta y durante unos segundos permaneció con la boca abierta antes de
recuperar el control.
— ¿Estás loca o qué te sucede? —inquirió en un chillido agudo.
—Tal vez —respondió Kerry de manera sucinta, bajó el cristal y después cerró la puerta de
golpe.
¿Loca? ¿Absurda? ¿Ilógica? No podía decidir cuál adjetivo la describía mejor, pues su
capacidad para razonar no estaba en su mejor momento, aunque había una cosa de la que estaba
segura: se metería en un gran problema si aceptaba el trabajo que le había ofrecido Maxwell
Harper.
Puso la vagoneta en marcha y el ruido del motor dio la impresión de haberle devuelto la vida
a Josie.
— ¿Puedo pasar a tu casa a tomar un café y charlar? —preguntó, por lo que Kerry sonrió y
con ello relajó su rostro en tensión.
—Considérate invitada —respondió.

Capítulo 2
LA cabaña con dos habitaciones en la zona residencial de Bryanston se encontraba muy
deteriorada, cuando Kerry la vio por primera vez hacía cinco años. Sin embargo, hubo algo en
ella que le resultó atractivo y por eso la compró con el dinero que heredó de su madre, al
cumplir los veintiún años de edad.
El techo necesitó reparaciones costosas, la tubería tuvo que cambiarse y la instalación
eléctrica su substituyó en su totalidad, por lo que la herencia de Kerry se agotó, y las cerraduras
nuevas de las puertas mermaron los ahorros, al grado que la fotógrafa tuvo que posponer
cualquier otro proyecto referente al mejoramiento de la cabaña.
Le tomó cuatro años y cada centavo disponible para terminar las renovaciones, que
incluyeron tapices en colores pastel para crear una sensación de espacio donde no lo había. Fue
una inversión de tiempo, dinero y energía, pero no se arrepentía, pues ahora ese era su hogar, su
lugar de trabajo, y le encantaba.
El chillido penetrante de la tetera eléctrica la despertó de su ensoñación. Esa tarde, Kerry se
dio una ducha y se puso una bata de algodón, después de regresar de la residencia Stafford. Su
cabello aún estaba recogido en un moño cuando se levantó de su cómodo sillón para correr
descalza a la pequeña cocina.
Apagó la tetera y durante un momento miró por la ventana los rayos de sol que bañaban los
techos de las casas. Esperaba a Josie, quien pasaría a tomar una taza de café antes de ir a su
casa, pero empezaba a hacerse tarde por lo que empezó a preguntarse...
En ese instante se escuchó el timbre de la puerta, lo que interrumpió sus preocupados
pensamientos, y al ir a abrir la puerta aún estaba tensa como consecuencia de ellos. "¡No temas,

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pues nada más es Josie!", se reprendió con el objeto de controlar su pulso acelerado, y miró por
el ojo de la puerta para confirmar que se trataba de su amiga.
— ¡Me muero por una taza de café! —Exclamó Josie al entrar en el pequeño corredor—.
¿Llegué demasiado tarde?
—Llegas justo a tiempo —Kerry cerró la puerta con llave antes de hacer pasar a su amiga en
la pequeña cocina.
Josie colocó la correa de su bolsa sobre el respaldo de una silla y se sentó con fatiga, mientras
Kerry servía café instantáneo en las dos tazas.
—Estoy exhausta —comentó Josie cuando al fin estuvieron sentadas frente a frente a la
pequeña mesa circular—. Debí irme a casa, pero pensé que te interesaría saber que logré hablar
un momento con Maxwell Harper.
— ¿Tuviste suerte? —inquirió Kerry con aparente naturalidad, aunque la verdad era que sí
tenía curiosidad.
—Ay, es un hombre cortés y encantador, sin embargo es hueso duro de roer cuando se trata
de que acepte que se le haga una entrevista —Josie le dio un sorbo a su café y miró con fijeza el
mantel—. Maxwell Harper puede creer que no va a volver a verme, pero yo estoy decidida a
intentarlo otra vez.
— ¿Te parece inteligente acosarlo?
—Tal vez no sea inteligente —rió Josie, y dejó de contemplar el mantel para dirigirle la
mirada a su amiga—, sin embargo sería una tonta si no corriera el riesgo.
—Supongo que sabes lo que haces —expresó Kerry con calma, porque comprendió que no
era su asunto y que por lo tanto no tenía derecho a intervenir.
—Obtuve cierta información que te puede interesar —señaló Josie para romper el silencio
que reinó entre ellas—. Antes de que la novia partiera a su viaje de luna de miel estuve a solas
con ella y, debido a su entusiasmo, cometió una indiscreción sobre su tío... Maxwell Harper
aceptó apoyarla el día de su boda, pero con la condición que tú tomaras las fotografías. Eso me
sugiere que quería conocerte. ¿Qué opinas?
El estómago de Kerry se contrajo con una extraña tensión, pues era evidente que Maxwell
Harper no se detenía ante nada con tal de salirse con la suya.
—No me parece bien que le haya puesto condiciones a su sobrina —respondió.
—Pero sí logró conocerte —insistió Josie, se inclinó contra el respaldo de la silla y miró a
Kerry de manera inquisitiva—. Nada más por curiosidad, ¿puede saberse a qué se debe que no
hayas aceptado el trabajo que te ofreció?
Kerry se puso de pie y encendió la luz de la cocina.
—No me llama la atención la idea de viajar alrededor de Namibia durante un mes —mintió y
cuando volvió a sentarse evitó ver a los ojos a Josie.
— ¿Qué sucedió de pronto con tu espíritu aventurero, Kerry? ¿Esperas que crea que ya lo
perdiste?

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—Tengo compromisos, aquí, en Johannesburgo.


— ¡Ay, no me vengas con esa excusa tan inverosímil! —Replicó con un dejo de ironía en la
voz—. Sé muy bien que en muchas ocasiones has cancelado o pospuesto tus compromisos para
andar en la selva de un lado para otro con tu cámara.
Kerry no podía negar que era cierto, como tampoco que había buscado la oportunidad para
explorar Namibia. ¡Si la oferta de trabajo la hubiera hecho cualquier otra persona no habría
duda en aceptar la oportunidad, pero provino de...!
—Se debe a Maxwell Harper, ¿no es cierto, Kerry? —inquirió Josie, pero su tono era más
una afirmación, que una pregunta por lo que, perpleja levantó la vista y se encontró con la
mirada inquisitiva de Josie—. ¡Cielos, así que es cierto! —Exclamó, se enderezó de inmediato y
la miro fijamente a los ojos—. ¡Sospecho que hubo algo en ese hombre fornido y sensual que te
impresionó y por eso estás asustada!
— ¡Qué ridiculez! —protestó Kerry casi con temor y se puso de pie.
—Pero es cierto, ¿no?
Kerry colocó su taza vacía en el fregadero y permaneció dándole la espalda a Josie, al tiempo
que luchaba contra la oleada de calor que abrasó sus mejillas. Sabía que era inútil mentir,
además detestaba haberlo, y sobre todo, comprendió que Josie ya había deducido demasiado.
—Está bien —confesó, dejando escapar un trémulo suspiro y se volvió para enfrentar a su
amiga—. Hay algo en ese hombre que me atrae y admito que me inspira el suficiente miedo
como para no querer averiguar más. ¿Satisfecha?
—Kerry, ya no eres una niña, y no puedes pasarte la vida huyendo de cada hombre que te
atrae nada más porque te fue mal en una relación seria que tuviste.
Una expresión de disgusto cubrió el rostro de Kerry al evocar a Peter Forrester.
—Lo único que hago es actuar con precaución —se encogió de hombros.
—Una cosa es ser precavida y otra evitar a los hombres —la contradijo Josie.
—Yo no los evito.
— ¿No? —la retó burlona—. ¿Cuándo fue la última vez que tuviste una cita?
—Yo… bueno... Yo...
—No te acuerdas, ¿verdad? —concluyó su amiga de inmediato en tono triunfal.
—Está bien. No recuerdo —aceptó—, pero lo que sucede es que no quiero que me lastimen
otra vez.
— ¿Acaso no nos sucede a todos? —concluyó Josie y se puso de pie.
—Gracias por recordarme que no soy única —respondió Kerry con frialdad, sin embargo
recordó que a Josie ya también le había tocado una buena ración de sufrimiento.
—A veces eres intolerable —expresó Josie e hizo una mueca, al tiempo que tomaba su bolsa
y colocaba la correa sobre su hombro—. También eres la mejor amiga que he tenido y quiero
que lo sigas siendo —añadió.

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—Yo también —Kerry sonrió, con lo que se relajó su expresión, tomó del brazo a su amiga y
la acompañó a la puerta.
Las dos discutían con poca frecuencia y cuando lo hacían no permanecían enfadadas mucho
tiempo, puesto que se conocían bien y su amistad era de tantos años que les era imposible no
hacer concesiones en cuanto a sus diferencias.
La partida de Josie dejó inquieta a Kerry. La chica comió y lavó los trastos, pero su amiga le
había abierto una vieja herida que le impedía olvidar el desagradable incidente de su pasado.
En aquel entonces tenía veintiún años de edad y la revista de modas para la que trabajaba
había ofrecido a la modelo triunfadora un viaje gratis a Europa. La agencia de viajes que
contrataron para este propósito envió a un representante de una de sus muchas sucursales en la
ciudad para que se encargara de los arreglos y así fue como Kerry conoció a Peter Forrester, el
encantador Adonis de cabello dorado por quien todas las chicas enloquecían.
Sus salidas empezaron con una invitación a comer y en cuestión de semanas la relación
evolucionó a tal grado que, de hecho, Kerry creyó que Peter le pediría su mano.
Ella estaba tan enamorada que ignoró las evidentes señales de que algo andaba mal en su
relación por ejemplo, las noches en que Peter canceló sus citas para ir a cenar y los muchos
fines de semana que no pudo pasar con ella porque tenía que salir en viaje de negocios.
Esto se prolongó durante meses hasta una mañana fatídica en la que Kerry tuvo que trabajar
cerca de la oficina de Peter. Él ya le había advertido que evitara visitarlo en la agencia porque a
sus jefes no les agradaba que el personal recibiera familiares o amigos en horas de trabajo, sin
embargo, esa mañana en particular, Kerry ignoró sus deseos, pues hacía cuatro días que no
sabía nada de él.
Lo primero que la impresionó fue enterarse de que Peter era el encargado de la agencia y no
un empleado más como él le había hecho creer, sin embargo, ya que era confiada e ingenua,
pasó por alto esa mentira. Más lo que averiguó después, la obligó a enfrentar la horrible
realidad.
Sobre un escritorio, y colocado de manera que hacía imposible que Kerry no la mirara, se
encontraba una fotografía de los hijos y la esposa de Peter.
Él intentó zafarse del problema con fanfarronerías, pero al fin Kerry reconoció que era un
canalla.
Kerry no volvió a verlo, sin embargo le llevó meses recuperarse de esa experiencia y
comprender que estuvo a punto de perder el respeto de sí misma.
Un año después, accidentalmente se enteró de que a Peter lo habían transferido a Cape Town
y que su esposa había tenido otro hijo. "¡Y eso que según él se iba a divorciar!", pensó Kerry
con sarcasmo, después de lo cual su recuperación se aceleró, pero jamás pudo volver a confiar
en los hombres por completo.
Y ahora aparecía Maxwell Harper. ¡No! ¡No quería pensar en él!

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SE refugió en el cuarto oscuro y revisaba unas fotografías que había colgado a secar esa
tarde, cuando comprendió que no tenía caso tratar de ocultar la verdad.
El hecho de que hubiera visto la fotografía de Maxwell Harper en la contraportada de uno de
sus libros no la había preparado para la impresión de conocerlo en persona, y mucho menos,
para la reacción física que le provocó con su presencia.
Kerry se apoyó contra el aparador y cerró los ojos un momento. La intensidad de sus propios
sentimientos la asustaba.
No era tan ingenua como para creer que podía pasar cuatro semanas, sola con un hombre
como Maxwell Harper sin que sucediera algo entre ellos. La atracción era tan fuerte que no
podía ignorarla. Y su magnetismo demasiado poderoso como para resistirlo. Además la
inexperiencia de la chica estaría en su contra y la convertiría en una conquista fácil.
¿Una conquista fácil? A Kerry le impresionaron sus propios pensamientos. ¿Eso iba a ser? La
respuesta a esa pregunta fortaleció su decisión de no aceptar el trabajo, pues ella creía que su
armadura era impenetrable, pero Maxwell Harper le había demostrado que estaba en un error.
Kerry no durmió muy bien esa noche y llovió tanto el domingo por la mañana que tuvo que
cancelar un viaje que tenía planeado hacer al campo y pasó el día en casa, sin embargo pudo
relajarse y cada vez que escuchaba el timbre del teléfono temía que pudiera tratarse de Maxwell
Harper.
Vaya ridiculez, ¿por qué habría de llamar? Ella le había dado su respuesta de forma
terminante, y por lo tanto, debía saber que nada la haría cambiar de parecer. Era una fotógrafa
independiente y nadie podía obligarla a aceptar un trabajo que no quería hacer. Ni siquiera
Maxwell Harper.
Kerry entró en la cocina para preparar una taza de café, pero no podía escapar de los
pensamientos que la acosaban.
¡Maldición! ¿Por qué no podía sacarse a Maxwell Harper de la cabeza?
La carga de trabajo que Kerry tuvo al día siguiente no le permitió pensar en nada más, y
estaba demasiado cansada para que le importara la inquietud que sufrió el fin de semana,
cuando salió de su cuarto oscuro poco después de las cuatro de la tarde.
Se dirigió a la cocina y encendió la tetera. Lo único que deseaba en esos momentos era
descansar los pies; de manera que unos minutos después estaba sentada, con toda comodidad y
con las piernas dobladas, sobre su sillón favorito, saboreando su café y escuchando los mensajes
grabados en la contestadora automática.
La primera llamada era de un viejo conocido de la universidad para invitarla a una cena en la
que se reuniría toda su generación, mientras que la segunda llamada tenía tono de emergencia y
era de parte de Calvin MacCullum, coeditor de la revista de modas en la que Kerry había
trabajado antes:
— Querida, un idiota nos ha colocado en una situación desastrosa —anunció con marcado
acento escocés debido a la furia—. Necesitamos con desesperación un fotógrafo de modas,

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mañana temprano en el Centro Carlton. No abandonaré mi oficina hasta haber recibido noticias
tuyas, y le pido a Dios que nos puedas ayudar.
Kerry sonreía mientras oía el final del mensaje de Calvin, pero su gesto se desvaneció al
escuchar el tercer mensaje:
—Hola, Kerry... habla Josie. ¡Tengo cita para comer con Harper Maxwell y casi no puedo
creer en mi buena suerte! Después te llamo para contarte todo.
La inquietud de Kerry aumentó y casi llegó a convertirse en miedo porque le resultaba muy
extraño que Maxwell Harper hubiera cedido, después de años de negarse estoicamente a que se
publicara cualquier aspecto privado de su vida.
Las palmas de las manos de Kerry estaban húmedas por la tensión nerviosa. ¿Tenía motivos
para que le inquietara la reunión de Josie con Maxwell Harper? ¿Acaso estaba subestimando los
poderes de persuasión de su amiga?
Desechó sus pensamientos con rapidez e intentó concentrarse en los demás mensajes
grabados en la contestadora. De pronto, un segundo mensaje de su amiga volvió a inquietarla.
—Kerry, habla Josie otra vez. Te tengo que ver en la tarde, porque es urgente. Llego a tu casa
a las siete. ¡Adiós!
Kerry se movió sin darse cuenta. Colocó los pies sobre la alfombra, y para cuando el mensaje
de su amiga llegaba a su fin, ya estaba sentada en la orilla del sillón. Josie subrayaba la urgencia
de que se vieran esa misma tarde, pero Kerry detectó otra emoción. ¿Ansiedad? ¿Tensión
nerviosa? No estaba segura, pero empezaba a tener la negra sospecha que le afectaba de manera
personal.
"¡Basta! ¡Estás neurótica!", se reprendió, dejó su taza y se puso de pie. Tenía cosas más
importantes para ocuparse, que imaginar problemas. Limpió sus manos sudorosas contra su
pantalón de color de rosa y caminó al corredor.
Revisó su agenda que estaba sobre la mesa del teléfono y se dio cuenta de que podía
posponer los compromisos que tenía con el objeto de hacer el trabajo urgente de Calvin
MacCullum a quien llamó para conocer los detalles del mismo.
Antes de desplazarse a la cocina atendió los otros mensajes que tenía en la contestadora. Casi
siempre disfrutaba cocinar, pero esa tarde en particular estaba demasiado nerviosa para
molestarse, así que preparó una ensalada sencilla y metió los restos de un estofado en el homo.
Luego se dio una ducha y se cambió de ropa. El vestido blanco de algodón que tenía un
cinturón con adornos florales en azul y verde había sido diseñado para uso informal, sin
embargo en la figura alta y delgada de Kerry lucía adecuado incluso para asistir a una fiesta. La
curva suave de las caderas, hacía que la falda que le llegaba hasta los tobillos, cayera con
elegancia sobre las largas y torneadas piernas; mientras que el corpiño tenía un corte que
favorecía los senos pequeños y firmes.
Cepilló su cabello hasta que brilló y se puso un poco de maquillaje antes de ponerse unas
sandalias blancas sin tacón. Sonriente abandonó su habitación y se sentó a comer en la cocina.

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No tenía idea de lo que le depararía esa tarde, sin embargo no estaba dispuesta a permitir que la
incertidumbre la deprimiera.
Era un pensamiento valeroso, pero pronto se esfumó.
Kerry miró las noticias de las seis de la tarde en su televisión portátil al tiempo que comía, y
la dejó encendida para que le sirviera de distracción mientras lavaba los trastos y limpiaba la
cocina. Ya había contado con más de dos horas para tranquilizar sus temores infundados, pero
su calma se desvaneció cuando llegó Josie, poco después de las siete de la noche.
Su amiga llevaba un broche con una tarjeta de identificación sobre el amplio cuello de su
blusa de seda café, lo cual significaba que acababa de salir de su oficina. Su rostro se veía
cenizo, parecía como si llevara un peso demasiado grande para su estructura menuda y
femenina.
—Te ves exhausta —comentó Kerry y la condujo a la sala donde había bajado la intensidad
de las luces para crear una atmósfera más tranquila.
—Me vendría bien una copa —balbuceó Josie, se dejó caer sobre un sofá y extendió las
piernas—. ¿Tienes el brandy que quedó de la fiesta de Navidad?
—Creo haber visto la botella en alguna parte —Kerry sentía mucha curiosidad, sin embargo
se contuvo de interrogar a Josie y se acercó al aparador de roble antiguo que heredara de su
madre. Se arrodilló y miró en su interior—. Sí, aquí está —sacó la botella de brandy casi
olvidada.
—Te agradecería que me prepararas un brandy con hielo y muy poca agua —expresó Josie.
Kerry arqueó las cejas por la sorpresa, pues le extrañó tal petición de su amiga quien lo más
fuerte que consumía era vino, pero el rostro demacrado de Josie acabó de convencerla de que
sus preguntas podían esperar.
Entró en la cocina para preparar la bebida y permitió que se desbocara su mente, llegando a la
conclusión que Maxwell Harper tenía algo que ver con el estado anímico de Josie. Estaba tan
segura de ello como que el sol saldría a la mañana siguiente.
La mano le temblaba cuando le entregó la bebida a Josie, después se sentó sobre el brazo del
sofá y la observó darle un gran sorbo a su brandy. Josie se estremeció e hizo un gesto de
desagrado, pero tomó un segundo sorbo. Luego, apoyó la espalda contra el respaldo del sillón e
hizo un gesto de enfado.
— ¿Qué sucede, Josie? —preguntó Kerry con cierto nerviosismo.
—Tengo un problema.
—Ya me di cuenta de eso —comenzaba a perderle la paciencia—, así que ¿por qué no me
cuentas de qué se trata?
—Ese es parte del problema —suspiró, y los cubos de hielo tintinearon contra el vaso—. No
sé cómo decírtelo.
—Hazlo sin reflexionar, como acostumbras, Josie.
Ésta apuró su bebida, pero ya no se estremeció.

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—Maxwell Harper ha hecho averiguaciones sobre nuestras vidas, y cree que puede
aprovechar nuestra amistad para obtener lo que quiere; me aclaró que me concederá la
entrevista si yo logro convencerte de que aceptes el trabajo que te ofreció.
Kerry comprendió al fin y se puso de pie de un salto, pues el resentimiento se apoderó de
ella.
— ¡Eso no es justo! —Gritó, y comenzó a caminar de un lado a otro con verdadera furia—.
¡Maldición, es injusto!
—Dudo que a Maxwell Harper le interese mucho si su método de persuasión es justo o no,
porque lo que quiere es que tú hagas el trabajo y está decidido a lograr su propósito —Josie
miró el vaso vacío, frunció las cejas, y se puso de pie—. Si no te importa, me voy a servir otro
trago.
¿Cómo se atrevía Maxwell Harper? Kerry dejó de caminar de un lado a otro, se detuvo y
colocó los puños cerrados a los lados de su cuerpo, a medida que a su cólera se sumaba tal
sensación de desesperanza y pánico que no se percató de que Josie desaparecía para regresar
minutos después con otro vaso de brandy.
La chica saboreó la bebida, sacudió los pies para quitarse los zapatos y se dejó caer sobre el
sofá. Tomaba otro substancial sorbo cuando levantó la vista, y por primera vez en esa noche se
encontró con la mirada fija en Kerry.
—Le aseguré que no podía hacerlo, Kerry —expresó para responder a la pregunta que había
en los ojos de su amiga—. Le expliqué que si me concedía la entrevista tenía que ser por mis
propios méritos, de lo contrario que no me la diera.
— ¿Cómo reaccionó?
—Comentó algo así como que el mérito y la buena suerte van de la mano y que suponía que
yo era lo suficientemente inteligente como para haber comprendido eso desde hace mucho
tiempo —Josie hizo un movimiento brusco con la mano, y casi derramó el brandy sobre su
falda beige—. Por supuesto, sé muy bien que se refería a que no llegaré lejos en mi profesión
sólo por mis méritos, si no aprovecho las oportunidades que se me presentan —le dio otro sorbo
a su bebida y sus ojos echaban chispas de rabia—. ¡Vamos a mandarlo al infierno, Kerry!
En ese momento Kerry no habría deseado otra cosa, sin embargo las facciones severas de
Maxwell Harper, con las cicatrices de conflicto y sufrimiento se materializaron en su mente y la
conmovieron.
—Creo que ya ha estado en el infierno —murmuró con suavidad y sin querer delató sus
pensamientos.
— ¿Cómo? —Josie pestañeó como si se le dificultara enfocar la mirada—. ¿Cómo?
—Nada —evadió la pregunta y reprimió el deseo de estallar en una risa histérica—. Hice una
observación tonta.

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La aceptación silenciosa de Josie la hizo comprender algo sobre lo cual no había reparado por
estar tan preocupada. Su amiga no estaba acostumbrada al alcohol, lo que se agravaba porque
no había comido nada desde el mediodía.
— ¿Qué vamos a hacer con respecto a Maxwell Harper? —Josie arrastró la voz y con mano
temblorosa levantó su copa para llevársela a los labios. Kerry se sintió culpable por permitir que
su amiga cayera en tal estado.
—Si bebes más brandy no estarás en condiciones de conducir a tu casa —le advirtió, y se
sentó en el brazo del sillón.
—No importa —respondió con una risa extraña, después empezó a deslizarse de lado sobre
los cojines—, de cualquier manera creo que me voy a desmayar en tu sofá.
— ¡Claro que no! —Exclamó Kerry, y apenas si tuvo tiempo de sujetar el vaso de su amiga
para evitar que el líquido cayera sobre el mueble—. Vas a acompañarme a la cocina —la tomó
de la mano y tiró de ella para que la chica se pusiera de pie—. Lo que necesitas en lugar del
brandy es beber un café cargado y comer algo. Si no estás sobria para poder conducir a tu casa
puedes quedarte a dormir en el sofá, pero estaría loca si permitiera que te desmayaras antes de
tener la oportunidad de hablar.
— ¿De qué quieres que hablemos? —Inquirió sólo por discutir, sin embargo permitió que
Kerry la condujera por el pequeño corredor hasta la cocina—. ¡Maxwell Harper se puede ir al
infierno; para lo que me importa! ¡No quiero hacerle esa apestosa entrevista!
— ¡Por supuesto que quieres! —La contradijo Kerry, quien retiró una silla para sentar a
Josie—. ¡Yo sé cómo deseas hacer esa entrevista, tú lo sabes, y también Maxwell Harper! Nos
tiene en sus manos, Josie, y en estos momentos creo que debe estar regocijándose del apuro en
el que estamos.
—Se quiere aprovechar de la amistad que nos une para conseguir su propósito.
—Exacto —su rostro expresaba amargura, mientras derramaba el brandy en el fregadero y
encendía la tetera eléctrica—. Tengo la clara impresión de que nos está poniendo a prueba, y
eso es de lo que tú y yo vamos a hablar. Ahora sugiero que guardes silencio y no pronuncies
otra palabra sino hasta que comas algo.
En esos momentos Josie se mostraba muy dispuesta a que su amiga tomara el control de la
situación. Kerry la obligó a beber dos tazas de café negro muy cargados, mientras calentaba lo
que quedaba del estofado y preparaba más ensalada. El hecho de ocuparse en algo disminuyó un
poco la tensión y la cólera que experimentaba, aunque al final tendría que enfrentarse a la
realidad.
—No tengo apetito —se lamentó Josie, sin embargo media hora después casi limpió el plato
en el que Kerry le sirvió la cena. Con esfuerzo bebía su tercera taza de café cuando su mirada se
encontró con la de su amiga—. Si no me hubieras detenido me habría embriagado, y eso habría
sido una tontería.

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—Es probable que mañana despiertes con una jaqueca que demostrará, sin lugar a dudas, lo
tonto que hubiera sido.
—Muchas gracias por ese pensamiento tan reconfortante —sonrió, pero casi dibujó una
mueca, y cuando ésta se desvaneció su rostro mostraba una expresión sombría. Reinó un
silencio breve e incómodo—. No quiero que aceptes un trabajo que no deseas hacer, Kerry.
—Y yo no quiero que pierdas esta oportunidad de entrevistar a Maxwell Harper —replicó
Kerry con calma, pero con cierta ansiedad.
—Nuestra amistad es tan fuerte como para poder superar la decepción —le aseguró Josie.
— ¿Sí? —Preguntó Kerry sin poder evitarlo y cruzó los brazos sobre su pecho, luego se
inclinó hacia su amiga frente a la mesa—. ¿Existe alguna amistad tan fuerte que sea capaz de
resistir una decepción como esta?
—La nuestra —insistió, y la miró sin titubear por encima de su taza de café.
Kerry habría querido, con toda el alma, dejar las cosas así, pero su conciencia no se lo
permitió.
—Eso piensas ahora, Josie —declaró, a pesar de que le daba terror imaginar a dónde la
conduciría su insistencia—. ¿Cómo te sentirás si en el futuro algún colega tuyo lograra la
primera entrevista con Maxwell Harper? ¿Cómo te sentirás al saber que, de no ser por mí, el
honor habría sido tuyo?
Josie miró con expresión pensativa por encima del hombro de Kerry, y después dejó la taza
sobre la mesa con tal brusquedad que casi derramó el café sobre el mantel.
—Creo que necesito otra copa —señaló malhumorada.
— ¡De ninguna manera! —Kerry le sujeto una muñeca antes de que pudiera hacer a un lado
su silla para ponerse de pie—. Siempre hemos sido sinceras una con la otra, Josie, y por eso
nuestra amistad ha sobrevivido todos estos años. Por favor... por el bien de las dos... sé sincera
conmigo.
— ¿La verdad?
Kerry asintió, y el silencio cargado de tensión se prolongó por lo que semejó una eternidad,
antes de que Josie levantara la vista con desesperación.
—Creo que te odiaría si alguien más lograra ese honor —respondió con la sinceridad que su
amiga le exigía.
—Gracias, Josie —Kerry suspiró, le soltó la muñeca y se apoyó contra el respaldo de la silla.
Josie la miró con incredulidad, mientras se sobaba, pues Kerry le había encajado las uñas
lastimándola.
— ¿Eres capaz de darme las gracias después de lo que acabo de confesarte?
—Yo habría contestado lo mismo si estuviera en tu lugar —expresó—. Creo que ese es el
verdadero significado de la amistad.
Josie se sonrojó y con ello reflejó su profundo alivio y su entusiasmo creciente, pero de
inmediato palideció detestándose a sí misma.

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— ¡Ay, Dios no! —se cubrió con las manos unos momentos e intentó recuperar la
compostura. Sus mejillas aún se veían cenizas cuando miró a Kerry—. ¡Vas a aceptar el trabajo
para que yo pueda conseguir mi maldita entrevista!
—Tú harías lo mismo por mí —subrayó.
— ¡Lo dudo! —la contradijo tajante, y apretó su encantadora boca para reflejar que se
despreciaba a sí misma—. Mi tendencia egoísta es lo que me hizo venir a tu casa esta noche.
¡No debí cambiar mi decisión... pero claro, tenía que hacerte partícipe porque, creo que
inconscientemente quería que me ayudaras, y eso es lo que más detesto de mí misma en estos
momentos!
Kerry desechó su ansiedad para concentrarse en Josie.
—No te odies por reaccionar como cualquier ser humano, Josie. Todos tenemos nuestras
metas y resulta que en estos momentos, yo estoy entre tú y tu meta. No importa si tu deseo de
querer que yo cambiara de opinión fue inconsciente o premeditado, pero no te debes sentir mal
por ello.
—No merezco tener una amiga como tú, Kerry —los ojos de Josie se humedecieron y con
rapidez se puso de pie—. Más vale que me vaya, porque tengo ganas de gritar, y creo que ya
tuviste bastantes dramas para una noche.
Kerry estaba de pie en el corredor apenas iluminado de la entrada, mientras tamborileaba la
pequeña tarjeta que tenía en la mano. Miraba con fijeza el reloj digital colocado a un lado del
teléfono, eran las diez con quince minutos. ¿Sería demasiado tarde para llamar por teléfono?
¡Pues si así era... qué pena!
Tomó la bocina y marcó los números impresos en la tarjeta.
—Maxwell Harper —se escuchó aquella voz que ya era conocida para ella.
—Kerry Nelson —informó ella con la misma brusquedad.
—Es un placer inesperado.
Kerry habría querido gritarle que era un mentiroso, que él esperaba su llamada, porque sabía
que ella no tendría otra alternativa.
—Tenemos que hablar —respondió Kerry con fría hostilidad—. ¿Cuándo nos podemos ver?
—Mañana. ¿En mi casa o en la suya?
—Ni en la suya, ni en la mía —expresó con el mismo tono gélido, a pesar de que su interior
había reaccionado con un calor traicionero ante la sensualidad que detectó en la voz de
Maxwell—. Hay una cafetería en el Centro Carlton que se llama Rico. ¿Sabe en dónde está?
—Daré con ella.
—Nos vemos a las doce y media.
—Allí estaré —respondió él.
Kerry dejó la bocina en su lugar. ¡Ya estaba hecho! No sólo estaba cerca del peligro, sino que
lo tenía en las manos, y después de mañana ya nada sería igual.

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Capítulo 3
KERRY corrió para alcanzar el ascensor del Centro Carlton y presionó el botón para detener
las puertas antes de que se cerraran. Los rostros de los ocupantes expresaron su disgusto por
verse obligados a acomodar a otro pasajero en el ascensor que ya de por sí iba a su máxima
capacidad, pero Kerry ignoró el hecho y se acurrucó en la esquina más cercana, entre el panel
de control y una señora obesa.
El aparato empezó su suave y ligero descenso, y la sensación de vacío que Kerry
experimentaba en el estómago se deslizó hacia su boca, lo que la hizo tragar de forma
convulsiva.
La noche de insomnio la había dejado muy nerviosa, por lo que le sorprendía haber superado
la sesión fotográfica de esa mañana con todas sus frustrantes interrupciones. Sus nervios
estaban a punto de estallar, pues tenía quince minutos de retraso para su cita con Maxwell
Harper.
Doce niveles abajo y con vértigo, Kerry salió del ascensor y caminó hacia la cafetería Rico.
El corazón le latía de incomodidad contra las costillas, porque consideraba que el llegar
quince minutos tarde a la cita la colocaría en una situación de desventaja, y eso no era lo que
había pensado cuando imaginó cómo sería su encuentro con Maxwell Harper. No era un hombre
de trato fácil, por lo que ella necesitaba todas las ventajas que pudiera tener. "Es una pena no
haberlo logrado respecto a la puntualidad, pero no tiene caso permitir que esto me inquiete",
reflexionó Kerry al entrar en la atestada cafetería.
Maxwell Harper estaba sentado junto a una de las paredes en la cual había una ilustración de
un torero y un toro. Kerry lo localizo de inmediato, con su atuendo informal que consistía en
una chaqueta azul de tela ligera y una camisa blanca con cuello desabotonado, sin embargo, aún
poseía aquel peligroso atractivo que detectó la primera vez que se encontraron.
Ella permaneció bajo control, sin embargo, no pudo evitar un inquietante aleteo en el
estómago cuando avanzó hacia la mesa y Maxwell levantó la vista hacia ella.
Él se puso de pie y sus ojos oscuros se encontraron con los de Kerry, un instante antes de que
trazara un ardiente camino sobre su cuerpo. El pulso de la fotógrafa se aceleró en respuesta a su
caricia visual, y de pronto fue muy consciente de que la noche de insomnio y la mañana
frustrante de trabajo no le permitían estar en mejor forma.
Se recordó que no le había pedido a Maxwell que se reunieran allí con el objeto de
impresionarlo con su apariencia, sin embargo habría preferido que los pantalones blancos y la
blusa a rayas no se hubieran arrugado.
—Esperó que me disculpe por haberlo hecho esperar tanto tiempo, señor Harper —su voz
sonó fría y chillona por el esfuerzo de controlar el temblor.
— ¿De manera que no fue intencional? —el brillo burlón que apareció en sus ojos no escapó
de Kerry mientras tomaba asiento frente a la pequeña mesa, y su primera reacción fue de ira,

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pero su naturaleza bondadosa la hizo reconocer que tal vez le había dado motivos para imaginar
que su tardanza era premeditada.
—No puede evitar llegar tarde —explicó y él la observó con extraño detenimiento unos
instantes antes de levantar las manos para llamar a una camarera.
— ¿Gusta comer algo para acompañar su café? —preguntó Maxwell una vez que la camarera
llegó.
—Sólo café, gracias —respondió y movió la cabeza de un lado al otro.
Maxwell pidió dos tazas de café. Espero que la camarera se retirara y fijó la vista en los ojos
de Kerry.
—Vamos a dejar la agudeza a un lado y explíqueme el motivo por el que me pidió que nos
reuniéramos hoy aquí.
—Estoy de acuerdo —respondió Kerry pero le desagradó que Maxwell Harper tomara el
control de la situación, que ella deseaba tener.
— ¿Debo suponer que ya está enterada de lo que hablé con la señorita Bauer? —inquirió él
para conducir la conversación y contempló el cabello de Kerry, quien lo llevaba recogido con
una pañoleta blanca.
—Sí —respondió y al ver que Maxwell fruncía el entrecejo se preguntó si se habría
despeinado, pero resistió la tentación de verificar—. Sé que hizo un trato con Josie... Si ella
podía convencerme para que tomara las fotografías de su libro sobre Namibia, usted le
concedería una entrevista, y con toda franqueza, señor Harper, me parece que su método de
persuasión es despreciable.
—Yo pienso que más bien fue astuto.
La respuesta serena y un tanto burlona la enfadó y decepcionó. ¿Acaso Maxwell no
experimentaba ni el más mínimo remordimiento?
—El chantaje emocional no es astucia sino algo asqueroso —replicó con gélida censura—.
¿Suele caer tan bajo con tal de conseguir lo que se propone?
—Nada más cuando es indispensable, además su amiga me ha estado fastidiando porque
quiere que le conceda una entrevista y yo necesito de la experiencia de usted como fotógrafa,
así que hicimos un trato.
De pronto sonrió y la ira de Kerry desapareció, pues un calor que le derretía los huesos
recorrió su cuerpo. Intentó desviar la mirada, pero no pudo. La sonrisa de Maxwell desvanecía
la dureza de sus facciones y profundizaba las arrugas que tenía a los lados de los ojos. ¿Tenía
que ser tan apuesto?
La camarera se acercó con el café y de inmediato se retiró, sin embargo esa pausa le
proporcionó a Kerry la muy necesaria oportunidad para recuperar el control. Vertió leche y le
puso un poco de azúcar a su café, mientras que él lo tomó negro y sin endulzar. ¿Sería un hábito
que se vio obligado a adquirir durante sus años como corresponsal?

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Kerry se advirtió con enfado que tenía que dejar de observar y preguntarse cualquier cosa
relacionada con él. Si quería ayudar a Josie y a sí misma, más le valía no perder la cordura.
— ¿Qué le hizo pensar que Josie podía hacerme cambiar de opinión? —preguntó sólo para
satisfacer su curiosidad.
—Sé que su amistad se remonta a la época en que estudiaban en el mismo colegio —la
expresión de sorpresa de Kerry provocó que en los ojos de Maxwell apareciera un brillo
sarcástico—. Tengo fama de ser muy hábil para averiguar cierta información —añadió.
—Eso es evidente —murmuró y se recobró un poco de la impresión—, pero eso no responde
a mi pregunta.
—Sé cómo piensan los periodistas y por desgracia la insistencia de proteger mi vida privada
me ha convertido en blanco principal de quienes buscan el reconocimiento para sí mismos. A
mí me parece una ridiculez, sin embargo, el hecho de entrevistarme se ha convertido en un reto
entre los periodistas, y su amiga no valdría nada como profesionista si lo hubiera ignorado —
estaba inclinado hacia Kerry y observaba sus reacciones con fijeza, que ella sospechó que
quería derribar sus barreras de protección—. ¿Acaso, puede privarla de esta oportunidad, y a
pesar de ello continuar su amistad?
Tocó un punto sensible que afectó los nervios de Kerry, ya de por sí tensos.
—Tenía la esperanza de poder razonar con usted, para que considerara la posibilidad de
concederle la entrevista a Josie si yo le recomendaba un magnífico fotógrafo quien…
— ¡Olvídelo! —Exclamó con voz profunda y brusca, destruyendo la esperanza de la chica—.
¡Usted será la fotógrafa o no hay trato!
— ¡No está siendo justo! —protestó, sin embargo, con ello no altero la inflexibilidad de
Maxwell que se reflejaba en la posición de la mandíbula.
—Si yo puedo aceptar que se invada mi muy preciada intimidad, no veo porqué para usted es
tan difícil cancelar o posponer sus otros compromisos y darle prioridad al trabajo que yo le
ofrezco.
Ella guardó silencio porque había cierta legitimidad en lo que Maxwell acababa de expresar y
no lo podía contradecir, pero eso no aliviaba la sensación de impotencia. Se sentía como una
mosca atrapada en una telaraña.
Era consciente de la gente que la rodeaba. Alcanzaba a escuchar fragmentos de
conversaciones y algunas risas controladas. Todo parecía normal y tranquilo en contraste con el
torbellino que experimentaba en su interior.
"Existía una tensión hostil entre Maxwell Harper y ella, así como una innegable atracción
física que amenazaba robarle su capacidad para pensar con coherencia, en especial al percibir la
mirada de él sobre ella.
Maxwell hizo a un lado su taza vacía, y Kerry contempló durante un instante la mano morena
y fuerte que descansaba sobre la mesa. Tenía dedos largos que remataban en uñas cuadradas las
cuales mantenía limpias y cortas. Kerry recordó cómo esos dedos sujetaron su brazo con

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firmeza, pues el contacto la electrificó, y casi la lastimó, aunque no dudaba que también podía
tocar con suavidad. ¿Qué se sentiría que esos dedos exploraran su cuerpo y la acariciaran?
Kerry recobró la compostura de inmediato, pero no sin que el íntimo rumbo que tomaron sus
pensamientos la avergonzara y se sonrojó. Jamás le había sucedido algo así y anheló que las
tenues luces de la cafetería pudieran disimular su turbación.
— ¿Acepta el trabajo o no?
Kerry levantó la cabeza con brusquedad, y su mirada avergonzada se encontró con la de él.
La tenía acorralada en una esquina, sin embargo, aún buscaba con desesperación una forma de
escapar.
— ¿Le tengo que dar una respuesta ahora mismo?
—El lunes de la semana próxima hay un vuelo hacia Namibia, y quiero salir en él.
Sus párpados entornados, daban la impresión de una mezcla de aburrimiento e indolencia,
pero a pesar de ello Kerry no se dejó engañar. Los ojos oscuros todavía se mostraban alertas, y
Maxwell se percató del temblor de los dedos de Kerry al tomar la taza. Sabía que el siguiente
movimiento le correspondía a ella y no le molestaba aguardar.
Kerry estaba a punto de sufrir una ataque de histeria, sin embargo logró controlarse, y
comprendió que estaba atrapada, no tenía caso negarlo.
—No tengo alternativa —replicó con la mirada fija en el mantel—. Aceptaré el trabajo, pero
con la garantía de que usted cumplirá su parte del trato con relación a Josie Bauer.
—Míreme, Kerry —ella lo obedeció de inmediato debido a que le sorprendió que empleara
su nombre y no tanto con su tono severo—. Le doy mi palabra de que cumpliré y le concederé
la entrevista a Josie Bauer antes de partir hacia Namibia.
Ella estudió los ojos oscuros, pero en ellos no vio nada que contradijera lo que Maxwell
acababa de asegurar. Su destino estaba sellado, y ella tendría que resignarse a lo inevitable.
—Trato hecho, señor Harper —expresó después de un rato—, pero creo que tengo derecho a
saber el motivo por el que se negó a que otro fotógrafo trabajara con usted.
En las severas facciones del hombre apareció una extraña expresión. Y el silencio que
reinaba entre ellos ya casi era intolerable cuando él se inclinó hacia adelante para mirar el
interior de la taza de Kerry.
— ¿Terminó su café?
Todavía quedaba una poca de la aromática bebida en la taza, sin embargo Kerry temió que si
la bebía en esos momentos se ahogaría.
—Sí, ya terminé. ¿Por qué lo pregunta?
—Venga conmigo —ordenó y se puso de pie.
Kerry esperó mientras él pagaba la cuenta y al acompañarlo hacia el exterior; daba la
impresión de estar tranquila, pero por dentro los nervios la devoraban. ¿A dónde la quería llevar
y por qué?

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La fotógrafa se hacía mil preguntas, pero éstas murieron en sus labios, pues él la sujetó de un
brazo y la hizo abandonar el edificio a un paso tan veloz que en ocasiones, se vio obligada a
correr.
— ¿A dónde vamos? —preguntó sin aliento y por curiosidad, muy consciente de que los
delgados y fuertes dedos le quemaban la piel, al llegar al estacionamiento.
—Usted quería saber el motivo por el que no acepté que nadie más trabajara conmigo, de
manera que le mostraré algo que me parece que va a responder a su pregunta —la soltó y
transfirió el inquietante calor de los dedos a su espalda, a la altura de la cintura para conducirla
a un Mercedes gris plata.
—Tengo que estar de regreso a las dos de la tarde para una sesión fotográfica —aclaró ella,
tratando de combatir el pánico.
Maxwell levantó la mano izquierda y el sol brilló por un instante sobre el reloj de oro que
llevaba en la bronceada muñeca.
—Yo tengo que regresar mucho antes —le informó a Kerry.
El Mercedes era espacioso y cómodo pero a la chica le faltó el aire para respirar con
normalidad en cuanto Maxwell se sentó a su lado y cerró la puerta.
A medida que se alejaban del Centro Carlton, Kerry se apoyó contra el respaldo; trataba de
hacer un esfuerzo consciente por relajarse, sin embargo no podía ignorar el aura de
masculinidad que emanaba del silencioso hombre que estaba a su lado, ni su propia respuesta
física.
Intentó concentrar su atención en la ruta que tomaban, pero al no lograrlo, se dedicó a
estudiar con discreción a Maxwell Harper.
Maxwell se había quitado la chaqueta, y su camisa blanca de mangas cortas se ceñía en
exceso a sus hombros anchos y a sus bíceps musculosos, sus vigorosos brazos estaban cubiertos
de vello oscuro, y las manos con dedos largos y esbeltos sujetaban el volante con seguridad y
facilidad. Seguro y fácil. Esas manos sin duda tomaban el control de una mujer, de la misma
forma, hasta dejarla sin deseos de resistirse.
Kerry se sintió sofocada, sin embargo, no podía cambiar el rumbo de sus pensamientos.
¿Habría una mujer especial en la vida de Maxwell Harper? ¿Existiría una mujer aguardando por
él para darle la bienvenida después de sus numerosos y prolongados viajes alrededor del
mundo?
"No es de tu incumbencia", se reprendió y con dificultad apartó la vista de los largos y
musculosos muslos ceñidos por los pantalones de color gris.
Kerry miró por la ventana y estuvo confundida unos momentos hasta que reconoció algunas
señas familiares. Estaban cerca del parque Ellis, y se dirigían al centro de la ciudad. ¿A dónde la
llevaba y qué le quería mostrar?
Unos minutos más tarde, Maxwell Harper estacionaban el automóvil en la entrada de un
edificio construido con ladrillos amarillos. Era un conjunto habitacional de costosos

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apartamentos. Kerry se volvió hacia Maxwell en espera de una explicación, sin embargo, él
tomó su chaqueta de la parte posterior del coche y bajó del auto sin pronunciar palabra.
A ella no le quedó más remedio que seguirlo, temblorosa. Llegaron al edificio para después
avanzar hacia los ascensores. La mente de Kerry era un torbellino cuando se abrieron las
puertas de uno de los ascensores. Al experimentar un estremecimiento por las sospechas que
empezaban a formarse en su mente, se percató de que ascendían al nivel veintidós del edificio.
El silencio se prolongó y provocó tensión entre ellos, por lo que a Kerry le pareció una
eternidad el tiempo en que la jaula de acero trazó su movimiento ascendente hasta detenerse.
Las puertas se abrieron, y la fotógrafa casi dio un salto al sentir que Maxwell Harper le tocaba
su brazo para conducirla al vestíbulo.
Apenas si se percató de que había tres apartamentos en ese nivel, en cambio fue muy
consciente de la mano que le sujetaba el brazo para dirigirla a la puerta que estaba frente al
ascensor. Su acelerado corazón no le permitía respirar bien, sin embargo, ya no podía sofocar la
necesidad de conocer la respuesta a la pregunta que estaba en la profundidad de su mente.
— ¿Me ha traído para que conozca a alguien, o vive usted en este edificio? —inquirió sin
atreverse a mirarlo por miedo a que se diera cuenta de su aprensión.
—Cuando estoy en Johannesburgo, vivo aquí.
El pánico paralizó cualquier reacción que hubiera podido tener. Maxwell abrió la puerta y le
dio un empujón para que quedara abierta de par en par.
—Después de usted —anunció con un dejo burlón.
Kerry vaciló, pero su titubeo apenas duró una fracción de segundo; entró en el apartamento.
Estaba decidida a que Maxwell no se percatara de que la había desconcertado, aunque se
estremeció de manera visible cuando escuchó el suave ruido de la puerta al cerrarse a su
espalda.
Si hubiera esperado encontrar un toque femenino en el elegante apartamento de Maxwell
Harper se habría decepcionado, porque él había elegido cuero y madera para amueblar la
espaciosa sala, donde los colores iban del canela, al crema pálido. Era una habitación muy
masculina, pero a Kerry le agradó, y estaba segura de que allí podría relajarse, de no ser por la
inquietante presencia del anfitrión.
Después, ella no pudo recordar si fue por accidente o de modo premeditado que se encontró
de pie junto a una vitrina oriental sobre la cual se encontraba la ampliación de una fotografía en
blanco y negro. Kerry pasó la vista sin detenerse, pero de pronto regresó a la foto y contuvo la
respiración al reconocerla como propia. Era una de las muchas fotografías que por primera vez
había exhibido, hacía dos años, y aún recordaba con absoluta claridad lo difícil que le resultó
deshacerse de ella.
— ¡Entonces fue usted! —Dirigió su incrédula exclamación a Maxwell, mirando con fijeza la
fotografía, con una mezcla de sorpresa y placer—. ¡Usted la compró!

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En la fotografía aparecía un anciano sentado en la banca de un parque, con una mano venosa
apoyada en su bastón. El viejo observaba a un grupo de niños que jugaban. La mirada parecía
pensativa y casi triste en aquel rostro arrugado, pero el hombre sonreía como si recordara su
infancia y eso lo divirtiera.
Kerry conocía la escena muy bien pues había vivido con ella desde la memorable tarde en
que tomó la foto y en cada una de las etapas de revelado. Estudió la fotografía muchas veces
mientras le perteneció, que cada detalle y cada emoción que le despertó permanecerían con ella
para siempre.
—Detecté un tono de acusación en su voz —señaló Maxwell Harper quien estaba de pie
detrás de ella, por lo que Kerry pudo disfrutar del aroma de su masculina agua de colonia—.
¿Le desagrada la idea de que haya sido yo quien adquirió la fotografía?
—No fue mi intención que mi voz sonara como una acusación —expresó sin poder apartar la
vista del arrugado rostro del anciano en la pared—. Ninguna de las fotografías que exhibí
estaban en venta y además esta era una de mis favoritas.
—Eso imaginé a juzgar por el precio que pagué.
El tono divertido en su voz no escapó a la atención de Kerry quien se sonrojó con
culpabilidad y vergüenza al evocar la reacción frenética que tuvo dos años antes cuando el
dueño de la galería se aproximó para anunciarle que había una persona interesada en comprar la
fotografía.
—El precio era excesivo para evitar que la compraran —explicó al recuperar la compostura.
—Eso provocó que me empeñara más en comprarla, pero valió lo que pagué por ella.
Kerry se volvió y levantó la cabeza para mirarlo con cierta sorpresa. Maxwell no estaba
bromeando, estaba serio, y hubo algo en la manera que la miró, que la impulso a preguntar:
— ¿Es esto lo que quería mostrarme?
—Sí —sus miradas permanecieron entrelazadas e hizo un ademán dirigido a la fotografía—.
¿Acaso esto no explica el motivo por el cual no deseaba que ningún otro fotógrafo trabajara
conmigo, sino sólo usted?
—Eso depende de lo que busca—. Respondió con cautela; no quería comprometerse sino
hasta comprender su forma de razonar.
—En el trabajo de un fotógrafo buscó benevolencia, comprensión, sobre todo sensibilidad —
de nuevo señaló la fotografía que estaba en la pared—. Esta habla por sí sola.
Kerry se quedó pasmada con el cumplido, y también un poco intrigada, debido a que
Maxwell Harper no prestaba atención al aspecto técnico de su trabajo, sino que la veía desde un
punto de vista humano, además había mostrado sentimientos que ella no suponía que tuviera.
—Ningún fotógrafo puede garantizar que todos sus trabajos tengan esas características —
aclaró Kerry, con inquietante conciencia de que estaba a unos cuantos centímetros de distancia
de ese cuerpo esbelto y musculoso.

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—No lo discuto —aseguró—, porque lograr esas cualidades no sólo depende del sujeto y las
circunstancias, sino también de cuánto de sí mismo se está dispuesto a volcar en la obra; lo que
naturalmente varía de acuerdo con el estado de ánimo y el temperamento. Sin embargo, lo que
más me interesa es la sensibilidad, y eso es algo que encontré en cada una de sus fotografías.
"Es demasiado astuto para mi gusto", reflexionó Kerry. Maxwell le dio la explicación que
ella le pidió, recurrió a todo para darle la solidez que requería, la endulzó con cumplidos y
empleó una lógica que la chica no pudo ignorar. La naturaleza de sus libros necesitaba de
fotografías que fueran mucho más allá de las que suelen encontrarse en las cajas de chocolates,
y Kerry sería una tonta para no reconocer que ella podría proporcionarle lo que quería.
—Supongo que lo debo tomar como un cumplido —comentó con leve cinismo.
— ¡No! —exclamó él, y en un instante otra vez estuvo detrás de ella; la tomó de los hombros
y la obligó a volverse—. Lo que le comenté es la verdad; como yo la veo. He vivido
experiencias duras y difíciles durante demasiados años como para recurrir a la falsedad de la
adulación.
Kerry observó los rasgos recios e inflexibles, y se dio cuenta de su error. Los hechos se
basaban en la verdad, y ese hombre no daba menos de lo que recibía. Sospechaba que Maxwell
no solamente trabajaba bajo esta regla, sino que vivía de ese modo y ella lo había ofendido sin
proponérselo al elegir mal sus palabras.
—Creo que es hora de irnos —expresó Kerry para romper el incómodo silencio—. Usted me
aseguró que me llevaría de regreso al Centro Carlton antes de las dos de la tarde, y ya casi debe
ser esa hora.
Él la soltó de inmediato y le permitió respirar con normalidad otra vez, mientras miraba su
reloj.
—Contamos con veinte minutos, de manera que estará allá con tiempo de sobra.
El trayecto de regreso al Centro Carlton, lo hicieron en silencio, pero en esta ocasión Kerry
era menos consciente del hombre sentado a su lado y en cambio estaba más preocupada con su
futuro inmediato. Por el bien de Josie había aceptado el trabajo, mas tenía la sospecha de que lo
lamentaría toda la vida.
Ya en el Centro Carlton, Kerry bajaba del Mercedes cuando Maxwell le anunció:
—Me pondré en contacto con usted luego de que haya hecho todos los arreglos necesarios
para el viaje.
Kerry asintió sin pronunciar palabra, y mientras se alejaba rezó con la esperanza de que no se
le notara el nerviosismo.
Kerry se arriesgó al pesado tráfico de la ciudad, el sábado por la mañana, para hacer unas
compras de último momento y pasó el resto del fin de semana tratando de escoger nada más los
artículos de vestir indispensables.

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—Limítate a una sola maleta —le había advertido Maxwell Harper por teléfono—. Recuerda
que casi todo el terreno es de terracería y que el calor puede ser insoportable, así que sugiero
que para este viaje elijas prendas prácticas, en lugar de ropa de última moda.
Kerry estaba acostumbrada a viajar con poco equipaje, de manera que el hecho de preparar su
maleta no tenía por qué ser un problema para ella. Sin embargo ahora sí lo era.
El domingo en la noche cuando Josie llegó de forma inesperada a su casa, con comida china
y una botella de vino blanco, Kerry estaba muy nerviosa.
—Espero que tengas apetito —comentó Josie, al pasar apresurada al interior de la casa, y
Kerry recordó que no había comido nada desde el desayuno.
—Me muero de hambre —confesó e hizo una mueca.
— ¡Ay, qué bueno! —Exclamó su amiga y miró los pantalones y la blusa muy bien doblados
que Kerry tenía sobre su brazo—. Sugiero que termines de hacer tu equipaje mientras yo llevó
esto a la cocina y abro la botella de vino.
El humor de Kerry ya estaba mejor cuando regresó a su habitación a terminar de guardar las
últimas prendas. Le alegraba que Josie estuviera allí, pues habían hablado por teléfono un poco;
pero no se habían visto desde hacía casi una semana, cuando Josie se encontraba en estado de
pánico.
Unos minutos después, Josie entró en el dormitorio de su amiga, y miró con incredulidad la
maleta mediana que estaba abierta, sobre la cama
— ¿Esto es todo lo que te vas a llevar?
—Menos mal que no soy exigente en el vestir —expresó Kerry e hizo una mueca al cerrar la
maleta—. Llevo dos vestidos, de una tela que no se arruga; apropiados para noche, pero todo lo
demás es informal y de "lavar y secar".
—Siempre he admirado tu capacidad para sobrevivir con lo indispensable —hubo un dejo de
envidia en la voz de Josie—. ¿Estás lista para cenar?
—Sí, gracias.
Tenían mucho de qué hablar, sin embargo con estoicismo evitaron el tema de la partida de
Kerry hasta mucho después, cuando con sus copas de vino pasaron a la sala. Josie se sentó en
una silla y cruzó las piernas. Kerry se puso cómoda en el sofá.
— ¿A qué hora sale tu vuelo?
—Al cuarto para las siete de la mañana.
— ¿Necesitas que te lleve al aeropuerto?
—Me iré en un coche de alquiler —Kerry desvió la mirada de la lente de su cámara que
estaba limpiando y se percató del gesto de desagrado de Josie—. Ya todo está arreglado —
añadió, y sonrió para tranquilizarla—. El coche de alquiler llegará por mí a buena hora.
—Desearía poder hacer algo por ti; me siento muy culpable y yo...
—No te sientas así, sabes que siempre quise tener la oportunidad de ir en expedición de
trabajo a Namibia, y ahora la tengo —la interrumpió con afecto, pero con firmeza.

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—Sé que deseabas esta oportunidad, sin embargo, nunca te propusiste tener a Maxwell
Harper como compañero de viaje.
—Sobreviviré —encogió sus estrechos hombros—. Mejor hablemos de ti. ¿Tu entrevista con
Maxwell Harper fue lo que esperabas?
—Sí y no, porque es muy evasivo con respecto a su vida privada, de manera que todavía no
sé mucho sobre el hombre, pero me dio suficiente material para armar un artículo interesante —
Josie le dio un sorbo a su vino y le sonrió a Kerry—. No me quejo.
—No deja de ser un logro.
—Ay, estoy de acuerdo —la sonrisa de Josie se desvaneció y adoptó una expresión
pensativa—. De hecho, es un hombre muy agradable, Kerry, es sencillo mantener una
conversación con él y es muy directo.
Kerry consideró que era mejor no responder nada a ese comentario, pero la agitación que
sintió la hizo aplicar un vigor innecesario en la limpieza de las lentes de las cámaras. Mientras
Josie continuaba con sus molestas observaciones:
—Ambos tienen intereses en común, que no pude evitar pensar en que formarían una pareja
ideal. ¿No crees que podrían...?
— ¡No, no lo creo! —exclamó para interrumpirla de tajo, dejó las lentes y las cámaras sobre
su regazo y tomó su copa para tomar un sorbo tranquilizador—. Estoy contenta de seguir como
estoy hasta encontrar al hombre adecuado, y no me conformaré con nada menos que un
compromiso para toda la vida.
— ¿Cómo sabes que Maxwell Harper no es el hombre adecuado? Tiene treinta y ocho años
de edad, es soltero y...
—Y lo más probable es que siga soltero el resto de su vida —la interrumpió.
— ¿Qué te hace pensar eso? —Josie se mostraba perpleja.
—Algo que comentó en la boda de su sobrina.
Eso no era del todo cierto, sin embargo en esos momentos Kerry no tenía deseos de entrar en
más explicaciones.
—Podrías estar equivocada, ¿sabes? —insistió Josie, pero Kerry negó con la cabeza con
obstinación.
—No lo creo, porque está dedicado a su trabajo y nada más.
—Siempre has sido tan racional y lógica en tu forma de abordar todo en la vida, que me
resulta extraño verte tan apasionada con respecto a algo que es una mera suposición.
—No soy racional ni lógica, cuando se trata de Maxwell Harper —confesó Kerry.
—Si tienes que luchar contra la atracción, obligándote a pensar lo peor de él, entonces de
verdad te debe haber inquietado.
Josie poseía la habilidad de llegar a la raíz de las cosas, y fue evidente que Kerry se quedó
consternada.

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—No sé porque he permitido que me afecte de esta manera, Josie, Dios es testigo de que he
tratado de ser racional con respecto a todo esto —sentía la necesidad de explicar su extraña
conducta—, He estado tratando de convencerme de que mi admiración por su trabajo es lo que
me provocó que me comportara casi como una adolescente la primera vez que lo vi, pero esa
explicación no es aplaudible. Lo que sentía esa primera vez no fue el sentimiento de una
admiradora, y lo que he sentido desde entonces, nada tiene que ver con la adoración a un héroe.
—Me parece que ese hombre tan sensual ha logrado hacerte ver que eres una mujer normal,
con necesidades físicas. Ahora, si fuera tú... —Josie adoptó una postura seductora y pestañeó—
... viviría la experiencia y la disfrutaría mientras durara.
Kerry estalló de risa, sin embargo, terminó suspirando.
—No ando en busca de una aventura, Josie. Esta sólo es una relación profesional.
—He notado que no niegas la atracción que sientes por el hombre.
—No, no lo voy a negar, pero tampoco quiero enamorarme de alguien que tomará todo lo que
pueda de una relación sin dar nada a cambio.
— ¿Te da miedo llegar a amarlo?
—Tengo pesadillas al respecto —admitió Kerry.
— ¡Dios, me podría dar de patadas por ser una tonta, ciega y ególatra! —Josie se puso de pie
muy molesta e inquirió con ansiedad—: ¿Cómo vas a manejar esa atracción cuando estés sola
con él en la selva?
—Muy mal, y eso es lo que de verdad me asusta —la expresión de Kerry era grave, después
sonrió con nerviosismo—. Por otra parte, no dejaré de tomar en cuenta que tal vez he hecho una
tormenta en un vaso de agua.
Josie la miró con fijeza unos segundos antes de dejarse caer sobre la silla.
—Creo que yo tendré pesadillas hasta que regreses sana y salva.

Capítulo 4
EL paisaje que se observaba allá en la lejanía, en constante cambio, muy abajo del Boeing de
alas plateadas, no logró cautivar la atención de Kerry; como tampoco disfrutó del alimento que
les sirvieran las azafatas. Estaba atrapada entre el cuerpo imponente de Maxwell Harper a su
derecha y la ventanilla a su izquierda, a través de la cual los rayos del sol matutino caían sobre
el respaldo del asiento que estaba frente a Kerry.
Desde el momento en que abordaron el avión en el aeropuerto de Jan Smuts y Maxwell
Harper la hizo tomar asiento junto a la ventanilla, tuvo la sensación de estar atrapada, y de eso
hacía menos de una hora. El agradable aroma de su masculina loción provocaba los sentidos de
Kerry y avivaba su deseo latente de escapar, sin embargo el esbelto cuerpo del hombre
semejaba una barrera sólida, con lo que evitaba que ella cambiara de parecer y que en el último
minuto tratara de huir. Kerry abrochó el cinturón de seguridad, y permaneció sentada, rígida y
en silencio durante la primera mitad de su viaje a Windhoek. Intentó mirar al exterior a través

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de la ventanilla, así como leer, pero no pudo concentrarse en nada excepto en el fornido muslo
enfundado en mezclilla que estaba tan cerca de ella y en el reflejo electrizante de sus nervios
cada vez que el brazo musculoso rozaba contra ella.
—Apenas si probó su desayuno —comentó Maxwell Harper cuando la azafata retiró las
bandejas.
—No tenía mucho apetito —mintió Kerry, al tiempo que doblaba la mesa y se sacudía una
migaja imaginaria de sus pantalones color beige, para después tomar la revista colocada en el
compartimento del asiento frente a ella.
— ¿Gusta otra taza de café? —insistió, y se inclinó hacia ella. Kerry se tensó al percibir el
calor del hombro de Maxwell, presionado contra el de ella.
—No gracias, señor Harper.
—Max —la corrigió con suavidad—. Mis amigos me llaman Max.
Kerry tensó los dedos en la revista que tenía sobre su pantalón. Jamás se le había dificultado
hablarle de tú a la gente, pero con ese hombre tenía la impresión de que ese trato sugería una
intimidad que ella no deseaba.
—Usted contrató mis servicios como fotógrafa, y eso me coloca en la categoría de empleada,
no de amiga —respondió con frialdad y cambió de página con el objeto de aprovechar el
movimiento para alejarse un poco del inquietante hombro.
—Incluso mis enemigos me llaman "Max".
— ¿Enemigos? Su primera reacción fue reír, no obstante, comprendió que era probable que
tuviera enemigos, si tomaba en cuenta que llevaba años como corresponsal de política.
Kerry no logró imaginar cómo habría sido la vida de Maxwell en el pasado, y por primera
vez observó sus severos rasgos en busca de la verdad.
— ¿Tiene enemigos? —preguntó con curiosidad y sin vergüenza.
—Unos cuantos —sonrió.
"Tiene una agradable sonrisa", reflexionó Kerry. Cuando Maxwell sonreía de esa forma le
provocaba un extraño calor interior, el cual derretía la actitud reservada a la que ella se había
estado aferrando con desesperación. ¿No existía ningún peligro real en el hecho de que le
hablara por su nombre, o sí?
Kerry desvió la mirada con rapidez hacia las páginas de la revista que sujetaba con fuerza,
pero su mirada no estaba enfocada en las palabras impresas.
—Si tus amigos y tus adversarios te llaman Max, entonces creo que tendré que hacer lo
mismo.
— ¡Dilo otra vez! —le ordenó.
— ¿Cómo?
—Mi nombre —repitió, y observó su gesto desconcertada—. Pronuncia mi nombre otra vez.
—Max —lo complació, a pesar de que estaba pasmada con su petición.

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— ¡Haces que suene como música! —suspiró con exageración teatral. Un humor irónico
sustituyó la expresión de perplejidad en los ojos de Kerry, pues él emuló un desmayo y se
hundió de nuevo en su asiento.
— ¿Siempre te afecta de este modo el volar? —inquirió Kerry secamente, sin embargo sus
labios temblaron por el esfuerzo que hizo para no reír.
—Nada más cuando estoy sentado junto a una mujer hermosa —respondió. Levantó la
cabeza para verla y durante unos segundos miró con atención los labios trémulos, para después
descender al escote de su blusa de seda color lila que no podía disimular la suave curva de los
senos.
—Esta es una conversación tonta —expresó decidida a controlar su pulso acelerado.
—Tienes razón, esta es una conversación tonta, pero eso no cambia el hecho de que eres una
mujer hermosa.
Kerry empezaba a sentirse extraña e incómoda bajo su mirada de aprobación.
— ¿Por qué no lees una revista, o... o algo? —murmuró.
—Me disculpo si te he avergonzado, pero ahora estás más relajada que hace quince minutos
—se inclinó hacia ella otra vez, su hombro la rozó e inclinó la cabeza para observarla de
cerca—. ¿No es cierto, Kerry?
—Sí, estoy muy relajada —admitió, después de hacer una pausa para reflexionar en su
afirmación y sorprenderse de que era cierto.
— ¿Por qué estabas tan tensa?
—Por varias razones.
— ¿Tales cómo?
La sinceridad natural de Kerry no le permitió mentirle, pero con mucho cuidado eligió uno de
los motivos de menos importancia de su lista de aflicciones:
—No te he perdonado por chantajearme para obligarme a aceptar este trabajo.
—En ese caso, estamos empatados, porque yo no te he perdonado por forzarme a darle una
entrevista a tu amiga.
— ¡Eso no es cierto! ¡Nunca te obligué a nada! —protestó con vehemencia, y lo miró con
indignación y cólera.
—Si hubieras aceptado el trabajo desde un principio no me habría visto obligado a recurrir a
medidas tan drásticas.
Kerry debió darse por vencida, sin embargo estaba lejos de considerarlo.
—En casi todas las cosas debe de haber un equilibrio sano, de manera que imagino que a una
pérdida debe seguirle una ganancia, o viceversa.
—Esa es una filosofía interesante, así que vamos a analizarla en lo que se refiere a ti —
respondió con una mueca un poco burlona, y Kerry tuvo la triste sospecha de que en cuanto
empezara a enumerar todos los beneficios que ella obtendría, él iba a ganar esa discusión—.
Ganas en el aspecto económico, por tus servicios fotográficos en esta expedición a Namibia con

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todos los gastos pagados; y con el tiempo, tu trabajo será exhibido. ¿Qué has perdido para qué
se dé ese equilibrio sano que mencionaste?
—Todavía no estoy segura —expresó de forma evasiva, desvió la mirada y se preguntó cómo
respondería a esa pregunta después de pasar cada día de las próximas tres semanas con él.
—Sugiero que ambos nos perdonemos y hagamos una tregua —comentó y con ello
interrumpió los pensamientos de Kerry que le provocaron miedo. Entonces colocó su enorme
mano frente a ella—. ¿Una tregua?
—Sí —aceptó, luego de una vacilación momentánea y le estrechó la mano. Le agradó el calor
y la aspereza de su palma al rozarse contra la de ella.
—Ya me había percatado de que tienes unas manos lindas —señaló; con la mano izquierda
sujetó la muñeca de Kerry y con la derecha la hizo extender los dedos—. Son pequeñas, pero
parecen fuertes y hábiles.
—Te agradeceré que me devuelvas mi mano —la voz de la chica sonaba muy tranquila, pero
la aceleración nerviosa de su pulso la traicionó.
—En un momento —trazó una línea, con la punta de su largo dedo, sobre la pequeña cicatriz
blanca que Kerry tenía en la palma. La tocó con suavidad, y una placentera sensación provocó
en la chica un temblor interior—. ¿Cómo te hiciste esto?
—Me desgarré la mano con el alambre de púas de una barda —susurró con la respiración
entrecortada, mientras observaba, con hipnótica fascinación, el dedo que trazaba una y otra vez
aquella antigua cicatriz, casi olvidada. Era como una caricia lenta, premeditada, más de pronto,
cada uno de sus nervios estaba centrado en esa parte de su cuerpo.
¿Era él consciente de sus actos y del efecto arrollador que ejercía sobre sus emociones?
— ¿Qué demonios hacías sobre una barda con alambres de púas? —preguntó con
brusquedad, y frunció las cejas.
—Un toro enfurecido estaba a corta distancia de mí, y yo estaba demasiado lejos de la salida
para poder escapar —tiró de la mano que él le sujetaba—. ¿Me puedes soltar la mano?
Maxwell la obedeció, y ella comenzó a respirar con normalidad.
— ¿Qué edad tenías cuando te sucedió eso?
—Tenía catorce años —respondió y evocó la experiencia que alguna vez le provocó miedo,
entonces una sonrisa irónica asomó a sus labios—. Soy aventurera por naturaleza, pero a esa
edad también era imprudente.
— ¿No todos lo somos un poco, a esa edad? —Sonrió y se suavizó la línea obstinada de su
labio superior, sin embargo eso le dio un toque inquietante de sensualidad a la curva de su labio
inferior—. Cuéntame cómo y cuándo empezó tu interés en la fotografía.
Con rapidez Kerry bajó la mirada de su sensual boca hacia el pecho; pero se encontró
mirando con fijeza los vellos rizados sobre su piel bronceada bajo el cuello abierto de su
camisa. ¿Qué se sentiría acariciarlo y percibir el calor de su cuerpo? "¡Basta, Kerry!”. ¡No te
hagas esto! ¡Te hizo una pregunta y espera tu respuesta! ¡Concéntrate en eso!", se ordenó.

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La fotógrafa se reclinó contra el respaldo de su asiento y miró al cielo a través de la


ventanilla, mientras se obligaba a relajarse y recordar el pasado.
—Cuando cumplí diez años, mi madre me compró una cámara fotográfica, como regalo de
cumpleaños —sus rígidas facciones se suavizaron en una sonrisa al evocar la ocasión—. Era
una de esas cámaras que enfocan de forma automática, con "flash" integrado. Al principio
tomaba fotografías de cualquier cosa y de todo lo que veía, pero con el tiempo me volví más
selectiva con respecto a mis objetos de interés. A los trece años gané un concurso de fotografía
y el premió fue una Nikon, treinta y cinco milímetros, con lente de un solo reflejo que me
introdujo a toda una nueva dimensión de la fotografía —hizo una pausa para reflexionar y
añadió—: Creo que ese fue el momento en que tuve la certeza de que quería que la fotografía
fuera mi profesión.
—Tu madre debe estar muy orgullosa de ti y de lo que has logrado.
Kerry miró fijo a Max, pero se volvió de inmediato porque sintió que las lágrimas estaban a
punto de brotar. Era una tontería, pero después de tantos años, aún le dolía.
—Mi madre murió cuando yo estudiaba mi primer año en la universidad —explicó con voz
quebrada por tratar de controlar sus emociones—. Recibí mi herencia hasta que cumplí la
mayoría de edad y las mensualidades que recibía apenas si me alcanzaban para pagar mis
estudios, de manera que tuve que completar mis ingresos trabajando en mi tiempo libre.
— ¿No te podía ayudar tu padre?
Kerry de inmediato levantó una barrera, pues ese tema le provocaba un gran dolor.
—Cuando yo tenía cinco años mi padre nos dejó, y mamá jamás se volvió a casar.
— ¿Nunca supiste de él con el transcurso del tiempo?
—Supe que se fue a Australia, y hace cinco años lo pude localizar con la ayuda de un amigo,
pero la información que obtuve me desalentó a ponerme en contacto con él —ausente acarició
la revista—. Es el director general de su propia compañía constructora, y supongo que debe ser
muy rico para vivir en una de las áreas más exclusivas de Sydney. Además, se volvió a casar,
tiene dos hijos adolescentes, de manera que la aparición de la hija de su matrimonio anterior
nada más le complicaría la vida.
— ¿Eso fue lo que expresó tu padre o sólo es tu interpretación de los hechos?
—Si mi fuente de información está en lo correcto, y no tengo razón para dudar, entonces, casi
he repetido las palabras expresadas por mi padre —respondió y sonrió para ocultar su dolor.
—Lo lamento.
—También señaló que ya que hacía tantos años que no nos veíamos, nos sentiríamos como
un par de extraños, sin nada en común excepto que llevó su apellido por un matrimonio que
prefería olvidar.
Había sido la curiosidad y una vaga sensación de añoranza lo que había instigado a Kerry a
buscar a su padre, tres años después de la muerte de su madre. En su casa no existían fotografías
de él, por lo que el recuerdo de su padre estaba reducido a una figura borrosa sin sustancia.

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—Nunca tuve la intención de interferir en su vida o pedirle que me dejara formar parte de
ella —añadió Kerry.
Tampoco era asunto de Maxwell Harper lo que la había motivado a buscar a su padre hacía
cinco años, pero por alguna extraña razón, Kerry no podía impedir que las palabras fluyeran de
sus labios.
—La única esperanza que tenía, era lograr un breve encuentro, hablar con él, y satisfacer el
deseo loco de saber cómo es, sin embargo creo que esperé demasiado.
"¿Qué te sucede, Kerry?", se preguntó. "¡Le acabas de hablar a este hombre de algo que ni
siquiera le has mencionado a Josie, y ella es tu mejor amiga!"
— ¿Tu madre te contó el motivo por el cual se fue tu padre?— inquirió Max.
—Mi madre me comentó que por desgracia había incompatibilidad de caracteres entre ellos,
pero no quise ahondar más porque era evidente que aún le dolía mucho hablar de eso —sin
querer, Kerry hizo un ademán para indicar que daba por terminado ese tema de conversación—.
¿Cómo demonios pasamos de hablar de mi interés en la fotografía a mi padre fugitivo?
—Por lo general, una cosa lleva a la otra —explicó Max, miró sus ojos atormentados y luego
sonrió con tal ternura que Kerry olvidó su ira y experimentó el deseo de llorar.
La azafata eligió ese momento para pasar cerca de ellos con un carrito, lo que le sirvió de
distracción a la chica y recuperó el control.
Kerry aguardó hasta que la azafata se alejó un poco para mirar otra vez el recio perfil del
hombre. En muy poco tiempo le había dicho más sobre sí misma de lo que le había revelado a
otros en toda su vida. ¿Por qué? ¿Qué había en él que la impulsó a abrirse y a hablar? ¿Y ella
qué sabía realmente sobre él?
— ¿Tus padres aún viven, Max?
—No —respondió y apretó los labios.
— ¿He tocado un punto sensible —insistió Kerry—, o me sujetas a una exhibición de tu
reticencia a hablar de ti mismo?
Él la miró con expresión de advertencia para que lo dejara en paz, y Kerry de manera
misteriosa, supo lo que había provocado esa reacción.
—Yo no investigo la vida personal de los demás en nombre de Josie. Si bien nos apoyamos
una en la otra, como amigas, jamás nos ayudamos en el aspecto profesional —aseguró Kerry
con tranquilidad y él levantó una ceja con expresión de sorpresa.
— ¿Cómo pudiste saber lo que estaba pensando?
—Las ondas de tus pensamientos llegaron con tanta fuerza y claridad a mí que no podía
pasarlas desapercibidas —bromeó Kerry.
—Te debo una disculpa.
—No —negó con la cabeza—. Tu reacción fue comprensible.
—Tal vez podríamos empezar ésta conversación de nuevo —sugirió, y poco después
sonreía—. Me preguntaste si mis padres aún vivían.

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—Y tú contestaste que no —le recordó Kerry, cuando él se quedó muy pensativo—. No


tienes que hablar de eso si no quieres.
—No es un tema que toque con frecuencia, sin embargo no hay nada oscuro o tortuoso —la
miró un instante y después desvió la vista a otra parte—. Mi padre murió en un accidente de
helicóptero, cuando mi hermana y yo éramos muy pequeños, y mi madre murió por causas
naturales hace unos años.
Kerry sabía que eso no era todo, pues percibió una fuerte emoción mientras él hablaba de sus
padres, por lo que insistió:
— ¿Qué hacía tu padre en un helicóptero?
—Había ido a trabajar —Max se volvió y la miró, pero su expresión encubría sus
sentimientos por completo, lo que indicaba que aún había ciertas cosas que él consideraba
demasiado personales para divulgar—. Mi padre era corresponsal político.
Kerry apenas si pudo controlar la expresión de su rostro y se estremeció.
— ¿Cómo reaccionó tu madre cuando se enteró de que seguirías los mismos pasos que tu
padre? ¿No se opuso?
—Me trató de convencer de que desistiera, advirtiéndome que era un trabajo solitario y
peligroso; pero en realidad nada podía hacer para detenerme —hizo una mueca—. Mi madre
siempre supo que yo había heredado la pasión por la aventura y los lugares lejanos que tenía mi
padre, y también que jamás llenaría esa necesidad si no trataba de satisfacerla.
—Pero no la has satisfecho por completo, ¿o sí?
—Eres muy astuta —sonrió con sensualidad—. No, no he satisfecho esa necesidad por
completo, y dudo lograrlo.
Se escuchó la voz del piloto, a través del sistema de intercomunicación del Boeing,
anunciando que comenzarían a descender sobre Windhoek. Kerry se preguntó si habría algo
simbólico en esa afirmación.
¿Empezaba su propio descenso precario hacia algo, todavía desconocido; algo que bien
podría cambiar el curso de su vida?

WINDHOEK era una ciudad rodeada de campo árido y protegida por los montes Auas y Eros
de los excesivos vientos secos, pero aun así, en su primer día en Namibia, a Kerry le resultaba
muy incómodo el aire caliente y seco. Estaba de pie, junto a la ventana de la habitación del
hotel, mientras el sol se ocultaba con lentitud sobre esa histórica ciudad.
El aeropuerto Windhoek estaba situado en Ondekaremba, a cuarenta kilómetros de la capital,
y ellos habían aterrizado con puntualidad, esa mañana, al veinte para las nueve.
Maxwell Harper contrató un coche de alquiler para que los llevara del aeropuerto al hotel.
Después de instalarse permitió que Kerry pasara el día como quisiera, mientras él recogía el
Range Rover, que había rentado y compró los víveres necesarios para el viaje. También se

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reuniría con algunos oficiales del gobierno para obtener los permisos necesarios antes de partir
a la mañana siguiente.
—Si tienes tiempo, tal vez te interese estudiar esto —expresó, y le dio un papel doblado a la
mitad, antes de abandonar el hotel—. Es un mapa de Namibia, y vas a notar que señalé la ruta
que vamos a seguir.
Kerry no objetó el contar con todo el día para explorar la ciudad con toda libertad. Fue a ver
los escaparates de las tiendas. El resto de la mañana anduvo de excursión y después de la
comida, caminó por la calle Kaiser para captar con su cámara el fascinante contraste de la
arquitectura. Había edificios que databan de la primera década del siglo veinte, con sus techos
de dos aguas y sus ventanas de gablete, al lado de los cuales habían levantado altos edificios
modernos. Era una agradable mezcla de antiguo y moderno, y Kerry consideró que habían
logrado conectar las décadas con toda dignidad.
Las sombras se alargaron al anochecer, Kerry suspiró de manera involuntaria y se alejó de la
ventana. Cenaría con Max a las ocho en el restaurante del hotel, y al ver su reloj se percató de
que sólo contaba con unos cuantos minutos para arreglarse el cabello.
Sus sandalias de tacón alto, color plata no hicieron ruido cuando la chica atravesó con rapidez
la habitación, para tomar asiento frente al tocador. Encendió la pequeña luz de neón para
iluminar el espejo, y después de revisar su maquillaje, empezó a cepillarse el cabello con vigor;
iba a recogerlo con una pañoleta, pero cambió de parecer y mejor lo dejó suelto para variar.
Se paró frente al espejo y mientras alisaba los pliegues de su vestido de seda azul se preguntó
si el cuello en v no estaría demasiado escotado, pues se alcanzaba a ver un poco del
abultamiento que formaba los senos. Empezaba a sentirse nerviosa y entusiasmada, y era inútil
negar que se debía a Maxwell Harper. Intentó convencerse de que aquello era ridículo, pues
Max era casi un desconocido, y sin embargo no podía contener el mariposeo en el estómago al
pensar que pronto estaría con él otra vez.
Max llamó a la puerta y ella se sobresaltó, tomó su pequeño bolso de noche y apresurada se
dirigió a la puerta. Al abrir la puerta y mirar las atractivas facciones del rostro recién rasurado
de Maxwell, su corazón se aceleró. Llevaba el cabello cepillado hacia atrás. El ligero traje
beige, así como la camisa abierta al cuello acentuaban su cuerpo musculoso y bronceado.
Kerry recordó la primera vez que lo vio, al experimentar la misma sensualidad mientras los
dos se observaban. La mirada calculadora de Max despertó la misma reacción femenina que la
avergonzaba. La piel le hormigueaba como si él la hubiera tocado con las manos y el ansia que
sentía en la parte inferior del cuerpo le provocaba una extraña sensación que la hacía anhelar
algo que ni siquiera se atrevía a analizar.
— ¿Nos vamos? —preguntó Max, hizo un ademán para indicarle que saliera y se hizo a un
lado.
Kerry asintió, sin confiar en su voz sino hasta haber logrado recuperar el control de sus
emociones, y rezó en silencio para que sus piernas temblorosas no fueran a traicionarla. Salió al

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corredor y se volvió para cerrar la puerta. La sonrisa sensual y un tanto irónica, no le pasó
desapercibida a Kerry, por lo que sospechó que Max era muy consciente del efecto que ejercía
sobre ella y que lo estaba disfrutando. ¡Maldito!
El restaurante estaba lleno, pero fue evidente que el capitán de camareros los esperaba;
porque cuando llegaron, los condujo a un reservado donde ya se enfriaba una botella de costoso
vino. El hombre encendió una vela que estaba en el centro de la mesa y, antes de retirarse, hizo
una seña para que el camarero los atendiera. Ordenaron, después de mirar la minuta unos
minutos, y enseguida otro camarero les sirvió el vino.
Después de tomar unos cuantos sorbos de la bebida, Kerry se empezó a relajar. Max tenía una
conversación tan interesante que la siguiente hora y media transcurrió con increíble rapidez.
— ¿Recordaste traer una buena loción para protegerte del sol? —Bebían el café y la llama de
la vela le añadió una misteriosa luz a los ojos de Maxwell, cuando éste se inclinó sobre la mesa
para acariciar la mejilla de Kerry con un dedo—. En este país el sol del desierto puede dañar un
rostro joven y bello —añadió.
La caricia la inquietó mucho, sin embargo se recuperó con rapidez. Si Max la conociera
mejor, sabría que era innecesario advertirle sobre los peligros de la vida al aire libre, pero Kerry
dejó las cosas así y desvió la conversación:
—Me gustaría que me dieras una idea de lo que esperas de mí en este viaje —el dejo de
sensualidad que percibió en los ojos de Max provocó que se sonrojara, y añadió de inmediato—
: Me refiero al aspecto fotográfico.
—Tienes absoluta libertad a ese respecto, de manera que fotografía cualquier cosa interesante
que te llame la atención, nada más numera y anota la localidad para que tenga un orden lógico
—la observaba mientras hablaba—. Si conoces mi trabajo, debes tener una idea de lo que
necesito.
Kerry no respondió, pues estaba muy familiarizada con su trabajo, sin embargo no sabía si
debía confesarlo o no.
—Me comentaste que leíste uno de mis libros —insistió Max con un brillo burlón en los
ojos—. ¿De verdad leíste el libro, o nada más lo dijiste porque pensaste que era lo que se
esperaba de ti?
Kerry ya no tenía alternativa, pues no podía permanecer callada y permitir que él creyera que
se había visto obligada a mentir por educación.
—He leído todos tus libros —aceptó.
— ¿Todos?
—Josie me dio tu primer libro como regalo de cumpleaños, y yo compré los otros —casi
sonrió al ver la expresión de sorpresa de Max—. He leído todos tus libros, y de hecho, algunos
varias veces.
— ¿Disfrutas leer las narraciones sobre viajes? —preguntó en tono de burla.

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—Tus libros no sólo son narraciones sobre viajes —protestó con vehemencia—; cuando
escribes sobre un país, proporcionas al lector un panorama muy claro de la atmósfera política
existente. También familiarizas a los lectores con la nación y sus costumbres, y lo haces de tal
manera que uno podría asegurar que ya ha estado allí.
"¡Has hablado demasiado!", se reprendió. "Por Dios Santo, Kerry ¿tenías que hacer tan
evidente que estás loca por sus libros?"
En los ojos de Maxwell había una expresión indescifrable.
—No esperaba una respuesta que me halagara tanto —comentó él—, pero creo que eres
sincera y te lo agradezco.
De pronto reinó una extraña tensión entre ellos, y Kerry no comprendía el motivo. Estudió
sus reacias facciones con la esperanza de encontrar la respuesta allí, pero su expresión no
revelaba nada.
— ¿A qué hora quieres partir, en la mañana? —preguntó.
—Quiero que nos vayamos inmediatamente después del desayuno, y éste se sirve a las siete
de la mañana, así que sugiero que nos acostemos temprano.
Se puso de pie mientras hablaba, con lo que la obligó a hacer lo mismo. Existía una tensión
en la garganta de Kerry cuando abandonaron el restaurante en silencio y tomaron el ascensor.
¿Qué sucedía? ¿Qué había hecho?
Después de las diez treinta de la noche, Kerry se metió en la cama y apagó la luz, sin embargo
permaneció despierta durante mucho rato, pues trataba de encontrar una explicación para el
repentino cambio de humor de Maxwell Harper. ¿Se debió a algo que ella comentó? Quizá
exageró el dramatismo cuando halagó su trabajo, pero esa no era razón suficiente para que él
adoptara esa actitud distante y fría. Suspiró profundo y se volvió sobre un costado para
contemplar la noche a través de la ventana. Comenzaba a sospechar que Maxwell era un
hombre complicado, difícil de comprender, y en eso pensaba cuando se quedó dormida.

Capítulo 5
EL Range Rover color marfil estaba equipado con todo lo que se pudiera necesitar en esas
noches que tendrían que prescindir de los lujos de un hotel y levantar su propio campamento en
el desierto de Namibia.
Kerry comprendía el motivo por el cual Max la había limitado a una maleta y su equipo de
fotografía, pues en la parte posterior del Range Rover no había lugar para mucho equipaje.
Además no se podía quejar, pues el mismo Max se sujetó a lo mismo. Su equipo consistía en un
portafolio, una pequeña máquina de escribir, y una valija no mayor que la de ella.
Kerry siempre se preguntó si Max escribiría sus libros en taquigrafía, pero debió suponer que
había dominado al arte de la mecanografía después de todos esos años como corresponsal. La
chica extendió las piernas para colocarlas en una posición más cómoda, y miró de soslayo al
silencioso hombre que iba al volante. La fotógrafa había elegido llevar pantalones otra vez, sin

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embargo comenzó a lamentar la decisión al comprender que Max estaba cómodo con su
camiseta blanca, sus pantalones cortos color caqui y sus zapatos de lona color de café. Tenía
pantorrillas fuertes, muslos musculosos, y contra la bronceada piel se apreciaba la sombra de
sus vellos oscuros. Kerry fijó la mirada durante un momento, sobre el fuerte muslo más cercano
a ella, sin embargo ese deseo imperioso de tocarlo la hizo desviar la vista con rapidez para
concentrar la atención en la carretera.
Por la mañana, Max parecía estar de mejor ánimo.
—Me detendré donde quieras tomar fotografías —le aseguró antes de partir del hotel—, y no
me importa que tan frecuente sea esto, o cuánto te tardes.
Kerry estudió el mapa que Max le dio, y la ruta en zigzag que él trazó le dio una buena idea
de las áreas de Namibia que visitarían en las próximas tres semanas. De no ser por unas cuantas
desviaciones, ese primer día viajarían al sur. Después de salir de Windhoek se dirigieron a las
faldas de Khomas Hochland, que como Max explicó, era uno de los principales elementos
fisiográficos de las tierras montañosas de Damaraland.
—Esa formación que ves allá consiste de cuarcitas y esquistos —declaró cuando tuvo que
volver a detenerse para que Kerry tomara unas fotografías—. Forma una meseta con
disecciones que se eleva a una altura de casi dos mil metros, y es de estas montañas donde fluye
el río Kuiseb, hacia el desierto de Namib.
No transcurrió mucho tiempo antes de que el sendero de grava llegara a esa elevada altura
que provocaba vértigo, y a medida que avanzaban el paisaje cada vez más escarpado empezó a
fascinar a Kerry. En medio del ardiente calor de mediodía llegaron a los sombreados bancos del
seco río Tsondab, y para entonces, Kerry estaba convencida de que se sofocaría si no se quitaba
los pantalones y se ponía algo más fresco.
Max bajó del Range Rover y entrelazó los dedos en la nuca al tiempo que se desperezaba
para dar alivio a la tensión de su cuerpo. Al hacerlo, se levantó la camiseta, dejando al desnudo
una parte de la piel bronceada de la espalda, y cuando dobló las piernas, Kerry dirigió la
atención a su masculino, firme y redondeado trasero que se advertía bajo los estrechos
pantalones cortos. La fotógrafa se preguntó si estaría bronceado de todo el cuerpo o si su piel
estaría pálida en la parte que quedaba protegida del sol por sus calzoncillos.
Abrió la puerta con brusquedad y descendió al suelo de grava cocido por el sol, ese
movimiento violento era una proporción del esfuerzo mental que hacía para controlar sus
pensamientos disparatados.
—Tengo que cambiarme de ropa para ponerme algo más fresco —anunció cuando Max abrió
la parte posterior del Range Rover para sacar una lona.
—Me preguntaba cuánto tiempo tolerarías esos pantalones —rió entre dientes, mientras
extendía la lona en el suelo, bajo un árbol de acacia.

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—En la mañana pensé que en el hotel no sería bien visto que entrara en el restaurante con
pantalones cortos, y partimos después del desayuno con tanta prisa que no tuve tiempo para
mudarme de ropa —explicó y tiró de su maleta.
Sacó un par de pantalones cortos de un azul varios tonos más oscuros que la blusa de algodón
que se le pegaba por la humedad a la espalda. Se tendría que cambiar en el Range Rover ya que
la vegetación era demasiado escasa como para cubrirla lo suficiente, pero la manera más rápida
y cómoda de hacerlo sería allí mismo, donde se encontraba parada.
Sin pensar, las manos siguieron el curso de sus pensamientos, sin embargo se quedó helada
cuando sus dedos tocaron el botón de metal de la pretina.
"¿Qué demonios estaba haciendo?", se preguntó. Con nerviosismo levantó la vista y casi
sufrió espasmos al ver a Max de pie, a unos cuantos metros de distancia, con los brazos en jarra,
contemplándola con mucho interés.
— ¿Necesitas ayuda? —inquirió y sus ojos expresaban un reto que ella no podía ignorar, a
menos que quisiera verse más boba de lo que ya se sentía.
Kerry se lamentó para sus adentros, y se reprochó por ser tan tonta, porque ahora ya no tenía
alternativa y tenía que hacer lo que había comenzado sin proponérselo.
"He participado en muchas excursiones en las que no contaba el privilegio de poder estar a
solas, y en esas ocasiones me he adaptado a las condiciones, de manera que ahora lo puedo
hacer también", reflexionó.
—Yo puedo sola, si no tienes inconveniente de mirar hacia otro lado —expresó con frialdad
y Max levantó una ceja, con expresión de burla.
— ¿Esperas que crea que nunca antes te has quitado la ropa frente a un hombre?
—Lo he hecho —confesó—, pero no con un hombre parado frente a mí observándome como
tú, y a plena luz del día — ¡deduce lo que se te antoje, Maxwell Harper!
—Parece que prefieres la oscuridad, sin embargo es poco lo que una mujer le puede ocultar a
un hombre bajo esa circunstancia —continuó en tono sarcástico, y le dio la espalda—. La ropa
no oculta el hecho de que tienes una figura hermosa, y desde que te vi en la casa de mi hermana
estoy convencido de que tienes un cuerpo encantador, el cual debe ser tan agradable a la vista
como al tacto.
Si ese era un intento por hacerla enfadar lo había logrado de forma admirable. En cuanto le
dio la espalda, Kerry abrió con dificultad el botón y bajó la cremallera, pero sentía sus piernas
tan inestables que cuando se quitó los pantalones estuvo en peligro de perder el equilibrio.
— ¿Te he pasmado con mis revelaciones? —preguntó Maxwell entre risas, ya que ella
permanecía callada.
El corazón de Kerry latía con fuerza, mientras tomaba los pantalones cortos y se los ponía.
— ¿Podríamos cambiar de tema? —inquirió.
— ¿Por qué? —rió de modo sensual—. ¿No te gusta la idea de que he tratado de imaginarte
sin ropa?

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—No, no me gusta.
— ¿No has imaginado tú lo mismo con respecto a mí?
— ¡No! —mintió.
—Mentirosa —la acusó y miró sobre su hombro, por lo que ella se sonrojó hasta la raíz de
los cabellos— ¿Me puedo volver ya?
—Sí, ya puedes —cerró la maleta y la colocó dentro del Range Rover.
Estaba de espaldas a Max, sin embargo percibió que él se aproximaba a ella y de pronto su
corazón latió con fuerza.
—Mmm... Qué piernas tan lindas —comentó Max cuando ella terminó de acomodar la
maleta, y Kerry se detestó al percibir que otra vez se sonrojaba.
— ¿Esa es nuestra comida? —preguntó la chica con la esperanza de desviar la atención y
señaló dos recipientes de plástico que él llevaba en las manos.
—Sabes que sí —colocó un recipiente sobre el otro para con la mano libre sujetar la barbilla
de Kerry y obligarla a mirarlo—. Para ser una mujer de veintiséis años, Kerry Ann Nelson,
todavía te sonrojas con mucha facilidad, y eso me intriga. Quiero saber más sobre ti... mucho,
mucho más... y sospecho que lo habré logrado cuando haya terminado este viaje.
La connotación implícita en sus palabras era íntima, lo que la hizo enfadar. Luego él la soltó
y sonrió para calmarla.
—Vamos a comer —sugirió, le entregó uno de los recipientes, y se sentó sobre la lona
colocada bajo el árbol.
Kerry dejó escapar el aire de sus pulmones con lentitud, sin darse cuenta de que casi no había
respirado en un buen rato. Logró aparentar tranquilidad cuando se dejó caer, como él, sobre la
lona; pero las piernas aún le temblaban y se sentó con torpeza. No había pensado en comida en
toda la mañana, y cuando abrió el recipiente que hacía equilibrio sobre sus muslos, no podía
asegurar con sinceridad que tuviera apetito.
En el hotel les habían preparado para llevar una comida ligera que consistía en sabrosas
porciones de pollo, pan fresco, ensalada y zumo de frutas. Era evidente que la habían preparado
y acomodado en el recipiente con tal cuidado que Kerry se sintió obligada a tratar de comer
aunque fuera un poco.
—No me di cuenta del apetito que tenía sino hasta que empecé a comer —señaló Max,
rompiendo el prolongado silencio.
Kerry levantó la vista, lo vio mordisquear una porción de pollo con sus blanquísimos dientes,
y cuando bajó la mirada hacia el recipiente que estaba sobre ella no pudo disimular la sorpresa y
estalló de risa.
—Yo tampoco —confesó, y miró lo poco que quedaba de la comida a la que creyó que no le
podría hacer justicia.
—Tienes una risa agradable, Kerry. Creo que deberías tratar de relajarte y reír más a menudo,
en lugar de tomar todo tan a pecho.

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Kerry prefirió no comentar nada al respecto; cómo podía explicarle que le era imposible
relajarse en su presencia, debido a que cada nervio y fibra de su cuerpo respondían de manera
constante, involuntaria y avergonzante ante su masculinidad.
"No, jamás se lo puedo confesar", reflexionó.
Kerry entrecerró los párpados contra el ardiente fulgor blanco del sol al mirar con fijeza el
fondo del río seco, y se preguntó si la tierra había conocido alguna vez el lujo de un torrente de
agua.
— ¿Llueve en esta parte del país? —preguntó.
—En ocasiones llueve muy fuerte —dirigió la mirada hacia el fondo del río y más allá—. El
césped, en esta área, se muere cuando el suelo se seca, pero sus semillas permanecen en estado
latente hasta la siguiente lluvia. Las plantas pequeñas almacenan la humedad en sus tallos u
hojas, y las más grandes, así como los árboles, envían sus raíces abajo hasta quince metros para
tomar agua del subsuelo, aun en época de sequía.
Kerry tomó su cámara e hizo una corta caminata por los bancos del río. Antes de dejar ese
lugar en particular tenía que capturar en película la cruda realidad del sol implacable golpeando
la sedienta tierra.
Max tomó una ruta en la que tenían que pasar por unas dunas espectaculares del desierto
Namib. Era de tarde y estaban setenta y dos kilómetros al suroeste de Maltahöhe, cuando él
volvió a detenerse frente a un castillo ubicado en la colina desde la cual se veía el árido paisaje
que lo rodeaba.
—Este es Schloss Duwisib —anunció y bajó del Range Rover.
Kerry miró arriba, hacia el castillo, y su mirada fue de la torre central y las torrecillas de las
esquinas, a las troneras construidas en las imponentes paredes de piedra. La estructura tenía una
apariencia sólida y firme, por lo que Kerry se preguntó cuánto tiempo llevaría en pie como una
fortaleza en contra de los recios elementos de la naturaleza.
—El castillo Duwisib fue construido en 1908 —Max respondió a la pregunta no formulada
de Kerry—. Su primer dueño fue el barón Hans Heinrich von Wolf, y me han dicho que el costo
de construcción fue de alrededor de veinticinco mil libras. Lo amuebló con extravagancia y lo
habitó durante cinco años, con su esposa que era estadounidense, antes de regresar a Alemania,
donde se reintegró al ejército, pero murió en acción un año después en Flandes.
— ¡Qué triste! —Murmuró y preparó su Leica para tomar algunas fotografías antes de que
faltara luz—. ¿El castillo aún es propiedad privada?
—Pertenece a una compañía que ha adaptado los terrenos para instalar una muy exitosa
estación Karakul de cría de borregos, y que se ha tomado muchas molestias para mantener el
castillo y lo que está contenido en él; en su estado original —Max esperó con una admirable
paciencia a que Kerry tomara las fotografías desde distintos ángulos—. ¿Quieres que visitemos
el interior antes de que cierren las puertas? —inquirió.
—Me gustaría mucho.

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—En ese caso, ven, pero date prisa —le ordenó, la tomó de la mano y tiró de ella para correr
hacia la hilera de árboles que estaban a la entrada.
Tras las paredes de piedra del castillo había una frescura agradable, pero las chimeneas, en
casi todas las habitaciones, sugerían que el invierno sin duda era muy frío.
Las veintidós habitaciones dispuestas en forma de U contenían una colección única de
mobiliario y retratos estupendos, así como una interesante serie de armas pertenecientes a los
siglos diecisiete y dieciocho. El castillo merecía ser visitado con calma.
A Kerry le habría gustado quedarse más tiempo, pero el guardia de la puerta había estado
detrás de ellos jugueteando impaciente con las llaves hasta que al fin abandonaron el castillo y
tomaron camino hacia Maltahöhe.
La calidad de la posada en la que se alojaron esa noche no era del nivel del hotel en
Windhoek, sin embargo Kerry no tenía motivo de queja, pues su habitación estaba limpia y la
cama era muy cómoda. Además contaba con un cuarto de baño para ella sola en el que se podría
dar un baño de tina.
Cenaron en el comedor a satisfacción y ahora saboreaban un aromático café negro.
Su mirada se encontró con la de Max quien estaba sentado frente a ella a la mesa, y se
percató de que la observaba con una expresión extraña, lo que la inquietó un poco.
— ¿Por qué me estás mirando así?
—Acabo de pensar en algo que no se me había ocurrido —desvió la vista a la blanca piel de
sus hombros desnudos bajo el vestido negro de seda con tirantes muy finos, después, volvió a
verla a los ojos y sonrió—. Eres una mujer atractiva e inteligente, Kerry, y estoy seguro de que
no soy el primero en notar esas cualidades, pero por mi obstinación egoísta te convencí de que
aceptaras venir a hacer este trabajo y no se me ocurrió preguntarte si afectaba a alguien al
traerte conmigo durante tres semanas.
Por alguna extraña razón, esta reflexión le resultó conmovedora a Kerry, pero también se dio
cuenta de que era un intento calculado para averiguar si tenía novio en Johannesburgo, por lo
que sonrió.
—Has afectado a algunos de mis clientes, pero a nadie más en particular —le aseguró con
tranquilidad.
Una expresión de incredulidad apareció por unos segundos en el rostro de Max.
—Por lo menos debe haber un hombre en tu vida que signifique más para ti que todos los
demás, ¿no?
Kerry no desvió la cándida mirada de los ojos de Max y negó con la cabeza.
—Tengo varios conocidos y disfruto su compañía en el aspecto profesional, pero no hay
nadie especial en mi vida.
— ¿Por elección o por casualidad? —preguntó, y entornó los párpados.

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—Por un poco de las dos —declaró con ironía—. Tengo una vida plena y activa, pero a los
veintiséis años estoy demasiado apegada a mis hábitos como para entregarme de lleno a una
relación, sin detenerme a reflexionar primero en todos los aspectos de tal acción.
—Debió haber alguien especial antes —aseguró y la observó con insistencia.
— ¿Por qué lo piensas?
—Porque no siempre tuviste veintiséis años —hizo una mueca burlona—, ni estuviste tan
apegada a tus hábitos como para no entregarte de lleno a la relación con un hombre, por lo que
deduzco que alguna vez hubo alguien. ¿Tengo razón?
Kerry desvió la vista y por un momento enfocó la atención en un grupo de turistas que
cenaban ahí.
—Sí tienes razón —respondió después de mucho rato—. Hubo un hombre en mi vida, y
durante un tiempo fue una relación seria.
— ¿Qué sucedió?
Al encontrarse con los ojos de Max, Kerry sonrió con un cinismo poco usual en ella.
—Olvidó comentarme que era casado y que tenía tres hijos.
— ¡Qué desagradable!
—Si fue muy desagradable, y pasará mucho tiempo antes de que me permita tener una
relación seria —aseguró Kerry.
—Cuando hablas de una relación seria, imagino que te refieres a que debe incluir la
posibilidad del matrimonio.
—Aún no he llegado a esa etapa de desesperación, pero sí me gustaría contraer matrimonio
algún día —respondió con cautela.
— ¿A ti no?
—No —replicó con énfasis y sin vacilar—. Siempre he disfrutado de mi vida de nómada. Me
satisface tanto en el aspecto personal como en el profesional, y además hace mucho tiempo que
comprendí que mi profesión no va bien con una esposa y una familia. Existen muy pocas
mujeres que podrían estar contentas de que su marido pasara de seis a nueve meses de cada año
lejos del hogar, y si tuviéramos hijos no me gustaría pensar que los privo de una vida hogareña
estable.
Esa era la claridad que Kerry había buscado. Eso era lo que expresaba la mirada de Max
cuando le contó sobre su amigo fotógrafo quien tuvo que reducir sus actividades de trabajo
desde que su esposa tuvo a su primer hijo. Ella comprendía su razonamiento, quizá mejor que
nadie; sabía lo que era crecer sin un padre en el hogar, y Max también. Entonces, ¿a qué se
debía que le doliera tanto?
— ¿Nunca te sientes solo? —preguntó, a lo que él sonrió con ironía.
—La soledad es un estado de ánimo que se da cuando estás inactivo.
—Max, podrías estar muy activo en una habitación llena de amigos y conocidos, y a pesar de
eso sentirte solo.

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La ironía se profundizó en la sonrisa de Max.


—Creo que eso es muy poco probable —hizo un ademán.
Esa noche, cuando se retiraron a sus habitaciones, por alguna extraña razón Kerry estaba
inquieta, de manera que permaneció despierta durante mucho rato sobre su cama. Pensaba en
Max, en la conversación que sostuvieron y en que él podía ser brutalmente sincero con respecto
a lo que quería. Era diferente de cualquier otro hombre que ella había conocido y también
inalcanzable.
— ¡Eres una tonta! —Murmuró con ira en medio de la oscuridad—. Primero te relaciones
con un hombre casado, y ahora estás sintiendo atracción por un hombre que no contempla el
matrimonio en su vida. ¡Tengo la impresión que cuando se trata de hombres, sin duda sabes
elegir los que están más allá de tu alcance!
Después de esas reflexiones, Kerry no pudo conciliar el sueño y pasó una noche inquieta
dando vueltas de un lado a otro sobre el lecho.
Kerry comprendió que nada más existía un medio para poder sobrevivir las siguientes
semanas. Tenía que mantener una actitud profesional y centrar sus pensamientos sólo en el
trabajo, sin embargo no era sencillo teniendo a Maxwell siempre tan cerca para impedir su
concentración.
El escritor participaba mucho en lo que ella hacía, y con frecuencia le indicaba escenas que a
ella podrían resultarle interesantes. Le relataba muchos hechos históricos sobre los lugares que
visitaban, o le contaba anécdotas interesantes y divertidas, sin embargo por algún motivo, las
conversaciones siempre acababan en el terreno personal.
Pasaron tres días completos en Lüderitz, una ciudad de encanto melancólico, localizada en
una bahía al sur de la costa de Namibia. Las flotas pesqueras y las fábricas de enlatado se
habían reducido a unas cuantas, sin embargo la ciudad costera aún era el centro de la floreciente
industria de la langosta, y Kerry dedicó varias horas interesantes en el puerto tomando
fotografías de los pescadores.
Había mucho que ver y fotografiar en Lüderitz, y Max tenía un itinerario muy riguroso, lo
que les dejaba poco tiempo para relajarse.
Hasta el último día tuvieron tiempo para conducir a Kolmanskop, el fascinante pueblo
fantasma de donde se extrajeron los primeros diamantes.
Estacionaron el Range Rover para explorar el área a pie, y Max agitó el brazo con un
movimiento envolvente.
—Nadie ha vivido aquí desde 1956.
Eso resultaba obvio para Kerry; pues a través, de los años, los antiguos edificios abandonados
habían sido destruidos por la arena y los vientos del desierto hasta convertirse en parte de las
dunas en constante cambio.
El silbido de la brisa cortante les lastimaba los oídos lo que le añadía más misterio a la
experiencia a medida que avanzaban entre las ruinas de los otrora espléndidos edificios, e

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inspeccionaban los escombros dispersos de la maquinaria oxidada que había quedado semi
enterrada bajo la arena. Era una tristeza, pero más lo era pensar que esas semanas compartidas
con Max también estaban destinadas a yacer olvidadas bajo las arenas del tiempo.
—Estás temblando —Max colocó el brazo sobre los hombros de Kerry, la atrajo hacia su
costado, y el olor a sol en su cuerpo se mezclaba de manera agradable con el aroma de madera
de su colonia—. Este lugar tiene una atmósfera especial que con frecuencia afecta a la gente de
esa forma.
—Estoy bien —respondió Kerry, mientras deseaba que la soltara, pues el cuerpo musculoso
provocaba que sus nervios enviaran señales de peligro.
—Eres una criatura muy sensible, Kerry —le levantó la barbilla con la otra mano, de manera
que la chica se vio obligada a mirar su rostro—. ¿Estás segura de que estás bien?
—Sí, estoy segura.
Había algo más aparte de preocupación en la expresión de Max, y durante un momento
impresionante ella tuvo la certeza que la iba a besar, sin embargo la soltó. ¿Se lo había
imaginado?
Kerry no deseaba ahondar en ese asunto, y le dio gusto estar demasiado ocupada con su
trabajo como para pensar en nada más.
Esa noche, después de la cena, se fue a la cama y en vano aguardó a escuchar el conocido
sonido de la máquina de escribir de Maxwell. El silencio de la habitación contigua la inquietó
un poco, por lo que tenía dificultad para conciliar el sueño. Una hora después estaba a punto de
caer dormida cuando escuchó el ruido de un cristal que se rompía.
El sonido surgió en la habitación de Max y Kerry saltó fuera del lecho con la horrorosa visión
mental de él, tendido en el suelo, inconsciente y tal vez, desangrándose, moribundo. Se puso su
bata de algodón y corrió a la puerta para llamar con fuerza. Aún ataba el cinturón de la bata
cuando la puerta se abrió con brusquedad.
—Escuché el ruido de un cristal que se rompía. ¿Qué sucedió? ¿Estás herido? —hizo una
pregunta tras otra con ansiedad, mirándolo de igual manera.
—Tiré el vaso que estaba en la mesa de noche, en la oscuridad... y no, no estoy herido.
El alivio dio paso al ridículo, pues Kerry estaba de pie en el corredor del hotel, mirando con
fijeza a Max, con unos ojos que todavía estaban pesados por el sueño. Podía imaginar su propio
aspecto con la descolorida bata de algodón, descalza y con los cabellos desordenados, sin
embargo se olvidó de sí misma al darse cuenta de que Max llevaba puestos unos pantaloncillos
negros y nada más. El cuerpo bronceado y de músculos firmes sugería que se ejercitaba con
regularidad en un gimnasio, pero no tenía el aspecto corpulento de un levantador de pesas. Los
vellos oscuros y rizados de su pecho descendían en forma de V a través de su estómago plano, y
la chica siguió su trayectoria con la mirada hasta donde desaparecían bajo la pretina de resorte
de sus pantaloncillos.

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—Lo siento —murmuró e inhaló con fuerza—. Escuché el ruido del cristal que se rompía y
temí que te hubieras hecho daño. Fui una tonta.
Kerry comenzaba a retroceder cuando él la sujetó por la muñeca, la metió en su habitación y
cerró la puerta. La tomó entre sus brazos y la besó de tal forma que Kerry se preguntó si el
mundo acababa de salirse de su eje.
Sucedió demasiado rápido para que pudiera evitarlo o para que frenara sus ardientes
sensaciones. Kerry correspondió a sus besos con una pasión que no podía controlar, y cuando al
fin Max la soltó dio unos pasos atrás para apoyarse contra la pared hasta que cediera la extraña
sensación de flaqueza en sus piernas.
Las palmas de las manos le temblaban después del contacto con el pecho desnudo y
musculoso de Max, y el intoxicante sabor de su boca aún persistía en su lengua. Levantó la
cabeza para mirarlo con expresión confundida.
— ¿Por qué hiciste eso? —preguntó con voz ronca.
Maxwell sonrió con ironía, y la miró con pasión.
— ¿No fue eso a lo que realmente viniste?
Kerry palideció de manera ostensible; una bofetada no la habría hecho recuperar la cordura
con más eficacia.
—Me decepcionas, Max —expresó con los labios tensos—. Jamás imaginé que fueras la
clase de hombre que no sabe identificar la auténtica preocupación cuando la tiene enfrente.
Max no la detuvo y ella salió apresurada para regresar a su habitación. Sin embargo, a Kerry
no le pasó desapercibida su mueca burlona. La chica hablaba en serio, cuando expresó que
estaba decepcionada de él; pero ahora que estaba sola, empezó a cavilar al respecto.
Max se había comportado de una forma extraña. Era demasiado astuto y despierto para que
alguien pudiera engañarlo después de tantos años de entrenamiento para reconocer la verdad.
En este caso su actitud había sido deliberada, y Kerry deseaba entender la razón.

Capítulo 6
MAX detuvo el Range Rover a un lado del sendero de grava, con un movimiento repentino
que provocó que se levantara mucho polvo, pero no apagó la marcha.
Esa mañana abandonaron Lüderitz, después del desayuno, y viajaron por casi cuatro horas en
medio de un silencio tenso apenas interrumpido por las periódicas peticiones de Kerry para que
se detuvieran con el fin de tomar algunas fotografías.
Esta vez Max no se detuvo porque ella se lo pidiera. Kerry lo miró con curiosidad y un
pequeño nervio brincaba en su poderosa mandíbula. Max miraba al frente con las manos
colocadas sobre el volante, y ella adivinaba que algo lo inquietaba.
Kerry aguardó, sin saber qué esperar, y transcurrieron unos segundos enervantes antes de que
él volviera la cabeza para mirarla con fijeza.

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—Acerca de anoche, Kerry —observó su cabello recogido en un moño durante un


momento—. Mi comportamiento contigo fue imperdonable y te debo una disculpa.
Lo último que ella esperaba era que le pidiera una disculpa.
—Creo que estabas cansado y no de muy buen humor, así que... —hizo un ademán para
indicar que el incidente no tenía importancia y sonrió—... acepto tu disculpa;
Una expresión indescifrable cruzó el rostro de Maxwell. Él se volvió sobre su asiento para
quedar de frente a la chica.
—Nunca había conocido a una mujer que aceptara una disculpa sin exigir una explicación.
Eres una rareza, Kerry —le acarició la mejilla con los dedos—. Eres una rareza hermosa,
inteligente y sensible.
Puso el Range Rover en marcha, y con ello le ahorró a Kerry el esfuerzo de expresar una
frase poco sincera en respuesta al cumplido.
Ella se sentía incómoda y avergonzada, porque tendría que admitir que sí sentía curiosidad
por saber qué había motivado las acciones y los razonamientos de Max la noche anterior. ¿Lo
sabría él? "¿Me estará poniendo a prueba?", se preguntó a medida que avanzaba por las dunas.
Kerry se obligó a dejar de pensar en él; Max estaba provocándole demasiada curiosidad, y si
no era más precavida en el futuro, podía verse justamente en la situación que deseaba evitar.
Avanzaban hacia el sur, en ruta al Cañón Fish River, y pasaron por varias granjas de cría de
borregos. Maxwell le comentó los detalles intrincados de la floreciente industria de las pieles.
—Namibia exporta cerca de tres y medio millones de pieles al año —concluyó.
"Pobres borregos", pensó Kerry y se estremeció.
Esa tarde llegaron a la reservación del Cañón Fish River. El famoso centro turístico de
manantiales de agua tibia Ai-Ais estaba cerrado durante el verano debido al intenso calor y a la
amenaza de inundaciones repentinas, sin embargo Max había conseguido un permiso que los
autorizaba a acampar en la cordillera del cañón.
Kerry estaba impaciente por captar la belleza de ese lugar con su cámara, cuando Max
estacionó el Range Rover en un punto que consideró adecuado para levantar el campamento.
—Si quieres echar un vistazo, adelante; mientras tanto, yo armo las tiendas —comentó una
vez que descargaron el equipo de campamento.
—Te ayudo a armar las tiendas antes de irme —se ofreció Kerry.
Max la observó con expresión de duda y un dejo de burla en la mirada.
— ¿Tienes idea de cómo se arma una tienda de campaña?
—Haz la prueba —lo retó y se limpió el sudor de las palmas contra 5r4los pantalones cortos.
Media hora más tarde los dos sudaban copiosamente bajo el ardiente sol, pero las dos tiendas
quedaron armadas y aseguradas al suelo. Debían inclinarse para entrar en ellas, pero su interior
era tan amplio que se podía acomodar adentro el colchón inflable, dejándoles espacio para
desplazarse de un lado a otro.

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—Si fueras una niña guía te daría una insignia, pero bajo estas circunstancias tendré que
premiarte así —antes de que Kerry pudiera detenerlo, él la ciñó de la cintura, le levantó la
barbilla y la besó con suavidad—. Eres muy capaz.
— ¿En qué? ¿En armar tiendas de campaña o en besar? —apenas pronunció esas palabras, se
sonrojó hasta la raíz de los cabellos. ¿Cómo se le ocurría preguntar una cosa así? El beso y el
sudor del poderoso cuerpo masculino en contacto con el de ella la inquietaron, sin embargo ese
no era pretexto para su comportamiento. Su pregunta era una provocación, y el brillo
demoníaco en los ojos de Max le indicó que él no le permitiría que se saliera con la suya.
—Creo que puedo atestiguar por las dos cosas —expresó, la ciñó con más fuerza y le acarició
la sensible piel de la nuca—, pero tengo que volver a besarte para saber en cuál eres mejor.
Una mezcla de miedo y excitación mantuvo a Kerry cautiva. Pudo retorcerse para librarse de
Max, pero al golpearlo en el pecho con las manos, no logró nada y quedó paralizada por sus
propias emociones.
—Lo siento Max, pero no estaba...
El tardío intento por explicarse y protestar fue interrumpido por la sensual boca de Maxwell
sobre sus labios. Primero Kerry se mantuvo rígida, luchando contra la necesidad natural de
responder, pero su resistencia se vino abajo de manera peligrosa cuando Max la obligó a separar
los labios empleando su lengua hábilmente.
Kerry perdía con rapidez el control. Max invadía la dulce y húmeda calidez de su boca, y la
intimidad con que la besaba la empezaba a intoxicar. La chica quien impulsada por una
necesidad que nunca había sentido, se apoyó contra él y entrelazó los dedos detrás de sus
oscuros cabellos.
Max deslizó las manos contra su espalda hasta sujetar firmemente el trasero, y alentado por la
respuesta de Kerry, la ciñó más a la curva de su excitado cuerpo, hasta que las caderas y los
muslos de la mujer se amoldaron a la perfección con los suyos.
El latido de sus corazones establecía un ritmo salvaje que dejó a Kerry temblando y al borde
del abismo, cuando Max al fin apartó la boca para buscar el pulso desbocado en la base del
cuello.
Kerry percibía el calor del sol sobre sus párpados cerrados, sin embargo, la sensación no se
comparaba con el ardiente placer provocado por el contacto de Max; al deslizar las manos por
debajo de la blusa para acariciar los senos y los pezones endurecidos a través del sostén.
Kerry se tensó contra él, estupefacta ante la intimidad de sus caricias y preocupada por la
intensidad con que respondía a ellas. "Esto no puede continuar", pensó mientras Max trazaba
una ruta erótica por su espalda para despertarle las sensaciones más impresionantes que había
experimentado. Permitía que la condujera a profundidades que no deseaba; a algo contra lo cual
no tenía la capacidad de lidiar. No obstante, la boca de Max, una vez más estaba sobre sus
labios y le exigía una respuesta que ella no podía reprimir.

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—No puedo decidir en qué eres mejor —anunció Max con voz sensual, cuando al fin apartó
los labios de ella—. Eres muy útil cuando se trata de armar tiendas de campaña, pero sospecho
que un hombre estaría más inclinado a querer volverse adicto a tus besos.
Kerry no escuchaba lo que él le decía en su esfuerzo por emerger del pozo de emociones al
que la había llevado. Pero mientras lo hacía, se percataba de que el corazón de Max latía
acelerado e incontrolable contra las palmas de sus manos, al igual que el de ella. Max se volvió
a inclinar para reclamar sus labios, sin embargo Kerry tuvo el suficiente tiempo para recuperar
el control de sí misma, y al pensar con sensatez logró apartarlo un poco para evadir su boca.
—Me parece que estamos perdiendo el control de la situación —expresó con una tranquilidad
asombrosa, pero no tan firme como hubiera querido.
—Es posible que tengas razón —acordó y la soltó, pero había un brillo sarcástico en su
mirada. Transcurrieron unos segundos vergonzosos para ella, antes de que él señalara hacia su
derecha—. Si caminas más allá de la cruz de carcaj tendrás una vista espléndida del cañón, pero
no te acerques mucho a la orilla, porque el terreno es traicionero en algunas partes.
Kerry tenía una horrible sensación de debilidad en las piernas y su corazón aún latía con
incómoda violencia, cuando se volvió sin pronunciar palabra y fue a tomar su equipo
fotográfico.
Estaba furiosa consigo misma al evocar la tranquilidad con que se colocó en peligrosa
situación. Reflexionó que si así era como iba a lidiar contra la atracción que sentía hacia él,
entonces sentía pena por sí misma.
La cruz de carcaj estaba a cierta distancia del campamento, y una vez que Kerry llegó ahí
olvidó todo, pues estaba absorta con la magnífica belleza natural que estaba a sus pies.
Eligió un punto desde el cual tomar las fotografías y permaneció allí el resto de la tarde,
sentada bajo una sombrilla y con las cámaras listas para accionarse. Estaba fascinada con la
perspectiva del cañón en constante cambio con la variación en la intensidad de la luz.
Detestaba tener que regresar al campamento después de lo sucedido entre Max y ella, pero
pasaban de las siete de la tarde y no quería que él tuviera que ir a buscarla. Con un suspiro
reunió su equipo. El sol todavía estaba en el horizonte oeste como una esfera de fuego rojo,
cuando Kerry cerró su sombrilla y caminó hacia el campamento.
Max estaba sentado frente a la pequeña mesa abatible, debajo del toldo de lona, a la entrada
de su tienda de campaña, y tecleaba en su máquina de escribir portátil en el momento en que
Kerry se aproximó al campamento. Al escuchar los pasos de la chica sobre el suelo de grava, él
interrumpió su tarea de inmediato y levantó la vista.
—Por favor continúa mientras aún hay luz —indicó Kerry a manera de defensa, pues la
expresión de disgusto de Max, la hizo sospechar que no le había agradado que interrumpiera sus
pensamientos—. Voy a ver si puedo preparar algo de comer.

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Una extraña expresión cubrió el recio rostro de Max quien aún la miraba con fijeza y Kerry
sospechó que no había escuchado una sola de sus palabras; él inclinó la cabeza un momento y
luego continuó trabajando.
Kerry guardó el equipo fotográfico en su tienda de campaña y se lavó la cara y las manos en
una palangana antes de empezar a preparar la comida, mientras en el fondo se escuchaba el
ruido entrecortado de la máquina de escribir y el silbido de la estufa de gas. A medida que
trabajaba no podía dejar de mirar en dirección a Max. Si al menos pudiera fingir que nada fuera
de lo normal había sucedido entre ellos y que todo seguía igual que antes... pero eso era
imposible.
Kerry se reprendió por querer fingir. Tenía que enfrentar la verdad. Contempló a Max un
instante y de inmediato desvió la vista. Se había encendido una pasión entre ellos que no
podrían pasar por alto. Además tampoco podían ignorar el hecho de que ella había respondido a
sus besos con tal intensidad que se encogía de vergüenza cada vez que evocaba esos momentos.
No había forma en que ella pudiera borrar el recuerdo de lo ocurrido entre los dos, sin
embargo haría todo lo que pudiera para evitar que se repitiera.
Kerry untaba mantequilla en unos bollos, cuando Max guardó su máquina de escribir y
acercó la mesa abatible hacia la chica. Encendió la lámpara de gas y colocó la mesa, sin
pronunciar palabra. Pero Kerry percibía las vibraciones emocionales que existían entre ellos y
eso la intimidaba.
—Huele muy bien —comentó él cuando se sentaron a cenar, y levantó las cejas con
expresión de sorpresa al probar el primer bocado—. Y también sabe sabroso. ¿Qué es?
—No es nada complicado. Abrí unas latas para preparar estofado, pero si quieres la receta,
tendrás que leer las etiquetas.
Max levantó la vista y sonrió al detectar un toque de buen humor en los ojos de Kerry.
—Eres una mujer extraordinaria, Kerry Nelson, y me preguntó qué otras sorpresas me
tendrás reservadas para antes de que termine este viaje.
El buen humor desapareció súbitamente de los ojos de la chica.
—Estoy acostumbrada a la vida al aire libre, y no intento sorprenderte o impresionarte en
absoluto.
— ¿Acaso di la impresión de pensar eso de ti?
—No, no lo hiciste —sonrió con tensión—. Nada más quería asegurarme de que no hubiera
algún mal entendido al respecto.
—Comprendo —respondió con brusquedad, pero después mostró sus blanquísimos dientes al
esbozar una sonrisa que la derritió—. Estás tomando todo con demasiada seriedad, Kerry. Trata
de divertirte y relájate.
¿Relajarme? Kerry quiso reír. ¿Cómo podía relajarse cuando no podía olvidar cada detalle
vergonzoso de lo sucedido entre ellos? ¿Y cómo podía tranquilizarse cuando una parte de ella
comenzaba a desear que esa experiencia se repitiera?

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Terminaron de cenar con una taza de café, y después Max la ayudó con los trastos. Ella los
lavo y él los secó, y cuando todo estuvo en orden, Max se sentó otra vez a un lado de la lámpara
de gas para leer las páginas que escribió antes.
Era demasiado temprano para ir a dormir, así que Kerry dejó a Max con su trabajo y fue a
caminar. Había luna y la chica regresó al sitio en el que había estado casi toda la tarde.
La vista del cañón a la luz de la luna, era espectacular. Kerry suspiró profundo y se sentó en
una roca plana. Daba la impresión de que nada se movía mientras la fotógrafa miraba a través
del cañón. El silencio penetraba sus sentidos, y en las profundidades del cañón las sombras
espectrales parecían hablar antiguos eónes.
No supo cuánto tiempo permaneció sentada en fascinación hipnótica. De pronto escuchó un
ruido de pisadas sobre la grava, lo que la trajo de regreso al presente. La chica miró por encima
de su hombro con nerviosismo para ver a Max que se aproximaba a ella.
—Se ve hermoso a la luz de la luna, ¿no te parece? —preguntó él, y se sentó en la roca,
detrás de Kerry con las piernas separadas, de modo que ella quedó entre sus muslos, y muy
inquieta; pero Max no la tocó.
—Hermoso —comentó la chica de manera distraída y se obligó a permanecer sentada, a
pesar del inquietante calor corporal de Max que percibía contra su espalda.
—Los bosquimanes creen que el cañón fue alguna vez la guarida del monstruo Kouteign
Koorou y que fue la ira de esta serpiente del pasado distante, lo que produjo las ondulaciones
profundas en el cañón.
El cálido aliento de Max abanicaba el cabello de la nuca de Kerry y la aterciopelada
sensualidad de su voz le provocaba pequeños temblores de placer indeseable por todo el cuerpo.
—El monstruo trataba de escapar con desesperación de sus cazadores —explicó Max—, y a
medida que se internaba en el desierto dejaba profundas huellas en la tierra.
—Me sorprende mucho el hecho de que los nativos de África casi siempre encuentran una
explicación mítica a los fenómenos geográficos —Kerry miró el cielo estrellado, y sonrió al
evocar algunas experiencias personales relacionadas con lo que comentó—. La tribu Kore-Kore
de Zimbabwe tiene la creencia de que las estrellas son antorchas que sujetan los espíritus
buenos.
—Zimbabwe es un país fascinante. ¿Has estado allá?
—Estuve poco tiempo —el silencio se prolongó entre ellos y Kerry evocó la vehemencia con
que respondió a los besos de Max, por lo que al percibir que él se movía a sus espaldas, no pudo
evitar dar un salto y ponerse de pie—. Se hace tarde, así que regresaré al campamento.
—Puedes huir de mí, Kerry, pero no puedes escapar de ti misma —expresó como si le
hubiera leído el pensamiento—. Lo que sucedió esta tarde fue algo que los dos deseábamos —
añadió, y se levantó—, y no podemos garantizar que nos las arreglaremos para que no vuelva a
ocurrir.
—Yo no... Yo no quiero que... que vuelva a suceder.

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— ¿No?
"¡No, no quiero!", deseó poder gritarle pero el corazón le latía con tal fuerza que casi lo sentía
en la garganta, lo cual le impedía hablar. De cualquier modo, la realidad era que de pronto
experimentó el ferviente anhelo de perderse en los brazos de Max y en sus besos.
Maxwell levantó la mano y le acarició un mechón que había escapado del moño, pero Kerry
experimentó miedo ante la fuerza de su deseo de estar cerca de él, así que se retiró.
—Kerry...
— ¡No me toques! —exclamó y esquivó las manos que trataban de sujetarla, sin percatarse
de que el suelo a sus pies empezaba a resentirse.
Kerry se aterró cuando se tambaleó a la orilla del cañón, sin embargo no tuvo tiempo de
gritar pues Max tiró de ella y la chica fue a dar contra el sólido pecho masculino con tal fuerza
que casi perdió el aliento. Kerry temblaba fuera de control, y el alivio le debilitó las piernas.
— ¡Por amos de Dios, Kerry! —Exclamó contra su cabello—. ¡Casi te matas!
—Lo siento, fue... fue una estupidez de mi parte —murmuró temblorosa y se libró de las
manos de Max. Antes de que él pudiera pronunciar una palabra más, la chica giró sobre sus
talones y corrió hacia el campamento.
Se aseó y se cambió de ropa en la oscuridad, y ya se metía en su saco de dormir cuando
escuchó que Max regresaba al campamento. La impresión de lo sucedido comenzaba a afectarle
y le provocaba tales temblores que la chica tuvo que apretar la mandíbula para evitar que sus
dientes castañetearan cuando Max levantó el ala de la tienda y le iluminó el rostro con la
linterna.
Kerry se sentó de golpe y recogió los pliegues del saco de dormir contra su cuerpo, mientras
parpadeaba contra la luz de la linterna.
— ¿Quién es? —preguntó, como si lo ignorara.
— ¡Sabes muy bien que soy yo, Kerry! —respondió Max en tono sensual.
— ¿Qué... qué quieres?
El haz de luz se dirigió hacia otra parte y el corazón de Kerry latió violentamente cuando él
entró en la tienda y se arrodilló a un lado del colchón. Hasta entonces Kerry vio el vaso con
líquido ambarino que llevaba en la mano.
— ¡Bebe esto! —le ordenó, colocó la linterna a un lado, y le acercó el vaso. Por el olor,
Kerry de inmediato identificó el contenido del mismo.
—Yo no bebo brandy —expresó.
— ¡Más vale que lo bebas, Kerry o te prometo que te obligaré a hacerlo!
Ella no dudó de su amenaza; percibía la agresividad que emanaba de Max, sin embargo, la
mano le temblaba tanto que él tuvo que sujetarle el vaso para evitar que se derramara el brandy.
Después de que el primer sorbo llegó a su estómago Kerry tosió, pero él la obligaba a que lo
bebiera todo y la chica sintió náuseas.

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—Ya es suficiente, Max. Por favor..., ya no más —suplicó, y se estremeció ostensiblemente


ante el sólo aroma del brandy.
— ¿Cómo te sientes ahora?
—Mucho mejor, gracias —el calor que le cubrió el estómago empezaba a extenderse por sus
venas, con lo que el temblor provocado por la impresión comenzó a ceder, no obstante, Max no
dejaba de observarla con expresión de duda—. Estoy muy bien —añadió Kerry deseando que se
fuera antes de que ella volviera a experimentar el anhelo irracional que la colocaría en otra
situación bochornosa—. De verdad estoy bien.
La mirada de Max empezaba a inquietarla cuando de pronto él la tomó de la nuca y atrajo su
rostro al de él.
—Eres una influencia inquietante en mi vida —anunció Maxwell con furia—. Anoche estaba
pensando en ti cuando por accidente, tiré el vaso de la mesa de noche, pero lo último que
esperaba era que el objeto de mis pensamientos llamara a mi puerta. Yo comprendí que estabas
allí porque temiste que me hubiera hecho daño, sin embargo, en ese momento, fue un tormento
verte en ese estado de femineidad descuidada.
—Lo siento, Max, yo...
—Anoche te deseaba.
— ¡No digas eso! —exclamó sin aliento.
— ¡Es la verdad! Cada vez te deseo más y más, pero no puedo ignorar el hecho de que yo te
obligué aceptar este trabajo. He hecho hasta lo imposible por controlar mis sentimientos porque
imaginé lo que pensarías, no obstante, anoche no estaba consiguiéndolo y eso me hizo enfadar.
—De manera que buscaste una excusa para tocarme.
—Eso es lo que más lamento —la acercó más a sí, y ella desorbitó los ojos al percibir el
cálido aliento sobre la boca. Max la soltó e hizo una mueca de desagrado, luego se enderezó
haciendo equilibrio sobre los talones—. ¿A qué le temes, Kerry? —inquirió con tranquilidad.
Kerry no podía evadir la verdad.
—Hace mucho tiempo que admiro tu trabajo, Max, y ahora también te respeto como persona
—extendió las manos con las palmas hacia arriba en un gesto de súplica—. Sé que no puedo
huir de lo que ha sucedido entre nosotros esta tarde, pero alcanzo a comprender con qué
facilidad una situación de juego puede convertirse en algo que soy incapaz de controlar, y yo...
yo no quiero que se estropee nuestra actual relación.
—Algo se encendió entre nosotros cuando nos vimos por primera vez —comentó Maxwell—
y no vayas a negarlo.
—Lo percibí y justamente por eso estaba reticente a aceptar este trabajo. Temía no poder
luchar contra mis sentimientos —confesó y Max comprendió su explicación; sin embargo, aún
la miraba con severidad por lo que ella estuvo a punto de perder el valor—. No deseo tener una
aventura contigo, Max —añadió con clama—, porque en el futuro no me satisfaría.
— ¿Tiene que haber un futuro? —Maxwell se frotó la mandíbula

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—Sí. Si voy arriesgar mis sentimientos en la relación con un hombre, por lo menos debo
detener cierto indicio de que conducirá a algo permanente.
Durante un silencio que prosiguió, Kerry esbozó una sonrisa melancólica. Ya no había
engaño; no podía haber malos entendidos o recriminaciones ahora que ambos conocían el
terreno que pisaban.
—Aprecio tu sinceridad, Kerry, y respetaré tus deseos —respondió él, después de mucho rato
y sin el tono molesto que empleó antes—. Creo que sabes tan bien como yo, que jamás podría
darte lo que esperas de una relación. Yo necesito mi libertad, así que... por el bien de ambos...
me parece que deberíamos esforzarnos en respetar las reglas de una relación profesional.
Después de que él se fue, Kerry permaneció despierta durante mucho tiempo, sin embargo, el
imponente silencio... y el brandy... actuaron como un somnífero. Durmió, pero sus sueños
estaban plagados de monstruos violentos, abismos insalvables, y Max aparecía en todos ellos,
ofreciéndole la seguridad de su fuerza. Pero cuando despertó, a la mañana siguiente, sabía que
la verdadera pesadilla la había vivido en la última parte de su sueño.
Max no estaría siempre a su lado para rescatarla, pues cuando terminara ese viaje él saldría
de su vida, y esto era algo que debía recordar.

Capítulo 7
EL calor de la tarde era opresivo y Kerry estaba sentada bajo un frondoso árbol de acacia,
tratando de refrescarse con un abanico de yute. Max se había quitado la camiseta mientras
cambiaba la banda del ventilador del Range Rover. La chica fijó la vista en los músculos en
movimiento de la espalda de Max y en sus poderosos brazos, sin embargo su mente
reflexionaba acerca de lo vivido durante las dos semanas desde que partieron del Cañón Fish
River.
Les tomó diez días y dos mil agotadores kilómetros de viaje, con algunas escalas, llegar a
Tsumeb, al norte. Después de dos días de comodidades en un hotel local, viajaron al oeste, a
través del Parque Nacional Etosha, hacia el antiguo fuerte alemán cerca de Sesfonstein, en la
estepa Kaoko.
Ahora de nuevo se dirigían al sur, de regreso a Windhoek, y pronto... se estarían despidiendo
de ese maravilloso país para volver a Johannesburgo.
Kerry entornó los párpados contra el resplandor del sol, y suspiró con pesar al mirar las
praderas de Damaraland. Calor, polvo y espléndidos paisajes eran los adjetivos adecuados para
describir a Namibia. También era un país de grandes extensiones, místicos atardeceres y puestas
de sol espectaculares.
Pero eso no era todo; Namibia era un país lleno de sorpresas y en más de una ocasión Kerry
se sintió como niña en una tienda de juguetes, yendo de un descubrimiento a otro.
Se trataba de una experiencia, de la cual no habría querido perderse.

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Kerry sonrió y se concentró de nuevo en Max quien continuaba trabajando en el Range


Rover, entonces sus pensamientos tomaron otro rumbo.
Así como el país se había ido descubriendo ante ella, del mismo modo lo hizo la naturaleza
del hombre a quien primero conoció a través de su trabajo. Max era inteligente, culto y a veces
de una sinceridad hiriente, sin embargo, tenía un don de gentes que le ganaban su confianza y
respeto. Era de naturaleza compasiva y considerada, pero siempre mostraba su personalidad
cálida y generosa.
Kerry miró con fijeza las estrechas caderas bajo los pantalones cortos color caqui y se
permitió observar las poderosas piernas.
También era un hombre muy sensual.
"¡Basta Kerry!", se reprendió" y se abanicó con frenesí. Aunque la oleada de calor que la
invadía nada tenía que ver con el clima. "¡De un tiempo a esta parte sólo tienes una cosa en
mente, y más vale que te controles!".
Max bajó la cubierta del Ranger Rover con tal fuerza que Kerry se puso de pie de un salto.
—Creo que podemos olvidarnos de pasar la noche en Windhoek —anunció con las cejas
fruncidas. Se limpió las manos y miró su reloj—. El próximo pueblo es Usakos, pero está
alrededor de doscientos kilómetros de distancia y con esas carreteras, dudo que lleguemos allí
antes de las ocho de la noche.
Kerry se percató de que su oportunidad de darse un baño y relajarse se esfumaba, por lo que
hizo un gesto de desagrado. Si su cabello lucía tan seco como se sentía, entonces su apariencia
general debía ser patética. Sin embargo le servía de consuelo el hecho de que Max tampoco
estaba muy bien: tenía el cabello pegado a la frente, y la camiseta que se había puesto tenía
polvo y mugre.
— ¿Vamos a Usakos? —preguntó Max.
Kerry miró el sendero de grava que daba la impresión de llegar hasta la eternidad e hizo un
ademán de impotencia y cansancio.
—A menos que queramos pasar otra noche en las tiendas de campaña no creo que haya otra
opción —encogió los hombros.
—Tienes razón, porque después de dormir tres noches en el colchón inflable estoy más que
listo para algo más cómodo —abrió la puerta de pasajeros del Ranger Rover y le indicó a Kerry
que subiera—. Ya hemos perdido mucho tiempo.
Max calculó con gran exactitud, pues llegaron a Usakos a las ocho y media de la noche, y
ambos estaban cansados, con mucho apetito y anhelando un baño.
Kerry aguardó en el Range Rover mientras Max entraba en el hotel para registrarse. Cuando
regreso, unos minutos después el semblante de Max tenía un aspecto fatigado que le indicó a la
chica que algo andaba mal.
— ¿Hay algún problema? —inquirió una vez que él subió al Range Rover.
—Tendremos que compartir una habitación.

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Kerry miró con fijeza su severo perfil y pasó saliva para evitar estallar en risa histérica.
—No puedes hablar en serio.
— ¿Tengo la impresión de estar bromeando? —se volvió hacia ella muy molesto—. El hotel
está lleno, es muy tarde y necesitamos un baño y una cama donde dormir, con desesperación —
sus miradas se entrelazaron—. ¿Tienes alguna objeción seria para no compartir la habitación
conmigo?
Kerry pensó en varias, pero su estómago vacío y su cuerpo cansado y adolorido la
previnieron en contra de ventilarlas en voz alta.
—Bajo estas circunstancias, creo que no puedo darme el lujo de poner objeciones —suspiró.
Trató de razonar que debían existir cosas mucho peores en el mundo que el compartir la
habitación con Max durante una noche, sin embargo, no se le ocurrió nada.
Mientras Max estacionaba el Range Rover, Kerry permaneció en el vestíbulo del hotel, con
su equipaje para esa noche. Estaba nerviosa, y el hecho de percibir que el joven de la recepción
la miraba con gran curiosidad no le ayudaba en absoluto. ¿Sabría que no estaba casada con
Max?
El joven intentó charlar con ella, pero Kerry se mantuvo fría y distante, y de hecho sintió
alivio al ver a Max aparecer en el vestíbulo.
— ¿Cenaran en el restaurante, señor, o desea que les tome la orden ahora y les envíe la cena a
la habitación? —le preguntó el joven a Max.
Kerry experimentó agotamiento sólo de pensar en vestirse y arreglarse para bajar a cenar al
restaurante. Max sin duda sintió lo mismo.
—Ordenaremos ahora —respondió sin vacilar y después la miró—. ¿Qué quieres cenar?
—Un filete con guarnición y una jarra grande de café —respondió.
—Que sean dos filetes —ordenó Max. Después un hombre uniformado los condujo a su
habitación.
Kerry no sabía si era cansancio o nerviosismo lo que provocaba que las piernas le temblaran.
Si estaba agotada, pero también estaba muy nerviosa, y no tenía caso negarlo cuando el
empleado abrió la puerta de la habitación y metió las maletas.
Lo primero que Kerry notó fue la cama king size y mientras Max le daba la propina al
camarero, ella experimentó frío y calor en una rápida sucesión. Sin embargo de alguna manera
logró cruzar la habitación, y estaba de pie frente a la ventana cuando escuchó que el empleado
salía y cerraba la puerta.
Percibía la mirada de Max sobre su espalda, pero aguardó hasta estar segura de haber
recuperado el control antes de volverse y enfrentarlo.
— ¿El empleado de la recepción sabe que no esta... que no estamos...?
—Tu reputación está intacta —la interrumpió Max con tal brusquedad que la hizo
estremecerse—. Quedamos registrados como el señor y la señora Harper. ¿Satisfecha?
—Gracias —se sonrojó—. Has de pensar que me comporto como una tonta.

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El rostro de Max se relajó un poco, pero no lo suficiente para evitar la tirantez que había
alrededor de su boca.
—Está situación me desagrada tanto como a ti, Kerry, y no creo que sea necesario que
explique la razón.
La expresión de sus ojos provocó que el pulso de Kerry se acelerara y ella se sonrojara aún
más, pero en ese instante él entró apresurado en el cuarto de baño.
Escuchó que Max abría los grifos de la bañera, y adoptó una expresión pensativa mientras
colocaba su maleta sobre la cama y sacaba lo que necesitaría esa noche. Estaba de acuerdo con
Max en el sentido de que las explicaciones eran innecesarias. Las emociones que hervían apenas
bajo la superficie de su relación profesional requerían un poco de aliento para desatar un
infierno de deseo y si ella se dejaba llevar por el pánico sería imposible lidiar con esa incómoda
situación.
Max se aproximó a ella sin que la chica lo escuchara, y le tocó un brazo para llamar la
atención con lo que Kerry dio un salto. "¡Y eso que acabo de decidir que no me permitiría sentir
pánico!", pensó con cinismo, mientras Max le hacía una seña para que entrara en el cuarto de
baño.
—Tu primero —expresó él y Kerry negó con la cabeza.
—Prefiero que tú uses el baño primero —explicó, al tiempo que luchaba por controlar el
ritmo acelerado de su corazón—. Necesito lavarme el cabello, y sé que estaré horas allí adentro.
—Como gustes —accedió brevemente, sacó algunas prendas de vestir de su maleta y regresó
al cuarto de baño. Entonces, Kerry empezó a relajarse.
Necesitaba estar a solas un rato para adaptarse a la situación y por primera vez recorrió la
habitación con la mirada, pero su garganta se apretó y el corazón le comenzó a latir con
violencia ante la fuerza de esos deseos prohibidos que cada vez le resultaba más difícil
mantener bajo control. ¿Cómo iba a pasar las prolongadas horas de la noche en esa enorme
cama sin... tocar a Max o anhelar sus caricias?
Existía un cierto elemento de miedo ligado a ese pensamiento provocativo, sin embargo, su
cuerpo no tenía conciencia, y mientras permanecía de pie y miraba la habitación, la chica
empezó a experimentar un cálido deseo en su interior.
Aspiró profundo para tratar de recuperar la calma; tenía que permanecer fiel a su decisión. En
unos cuantos días concluiría esa bochornosa experiencia; Max iría camino a Australia, y la vida
de Kerry volvería a la cómoda rutina del pasado.
La chica suspendió la respiración y la dejó escapar con lentitud, cuando Max salió del cuarto
de baño con la ropa que se había quitado en las manos.
Llevaba puestos unos pantalones cortos negros y una camiseta azul clara de manga corta, sin
abotonar al frente. Su mandíbula cuadrada y con carácter estaba rasurada, y su cabello oscuro
estaba húmedo y desordenado sobre la frente amplia. "También huele muy bien", pensó Kerry

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mientras avanzaba hacia el cuarto de baño y sus sentidos se alteraron como respuesta al
conocido aroma de la crema para rasurar de Max, y su colonia.
Antes de sumergirse en el agua de la bañera. Kerry se lavó el cabello y lo envolvió en una
toalla. El cansancio y la tensión abandonaron sus músculos, pero su mente regresó a sus
conflictivos pensamientos.
Esperaba que su vida regresara a lo que fue, antes de ese viaje, pero ahora dudaba que fuera
posible. ¿Le sería tan sencillo adaptarse a la cómoda rutina que había dejado atrás, con el objeto
de llevar a cabo este trabajo?
La incertidumbre se posesionó de ella. ¿Por qué?
Trató de considerar la situación de una manera racional y tranquila mientras yacía en la
bañera, pero por alguna razón y sin importar cómo lo viera, adivinaba un futuro vacío y
desolado sin la presencia de Max.
Kerry tomó la barra de jabón con un movimiento brusco.
¿Por qué se deprimía al pensar que jamás volvería a ver a Max? Ella no lo amaba. "No lo
puedo amar", se reprendió furiosa y se convenció de que lo que sentía era sólo atracción física;
lo que Josie llamaría "una deliciosa oleada de lujuria". ¡Eso era todo... lujuria! ¡Y debía estar
avergonzada por eso!
Sin embargo, Kerry no estaba avergonzada. Desear a Max y desear estar con él se habían
convertido en sinónimos.
No podía estar enamorada de él, ¿o sí? Una vocecita en el fondo de su mente empezó a
acosarla con preguntas que le hicieron estremecerse. ¿Por qué el cielo se nublaba cada vez que
él no la saludaba en las mañanas con una sonrisa? ¿A qué se debía que a ella le encantara
escuchar su voz grave y aterciopelada? ¿Por qué la cautivaban tanto cada uno de sus gestos de
generosidad y compasión hacia otros y hacia ella misma?
Kerry se lamentó, y sumergió más su cuerpo enjabonado en el agua hasta que le llegó a la
barbilla. Le gustaba el hombre; le agradaba todo con respecto a Max, pero no podía estar
enamorada de él. ¡Ni siquiera se atrevía a pensar que lo amaba! No había futuro para ella y
haría bien en recordarlo.
Desechó sus pensamientos a la fuerza y salió de la bañera. Estaba cansada y tenía hambre, y
por alguna misteriosa razón estaba permitiendo que su mente exagerara toda la situación.
Cuando Kerry salió del cuarto de baño, Max estaba sentado en una de las sillas de respaldo
alto con las piernas extendidas. Durante un momento él la recorrió con la mirada, de una
manera casi impersonal, desde la cabeza que aún estaba envuelta en la toalla, hasta los pies
desnudos sobre la alfombra.
— ¿Tienes apetito? —preguntó, y señaló la bandeja que estaba en la mesa.
— ¡Estoy muerta de hambre! —exclamó, metió la ropa sucia en su maleta y se reunió con él
a la mesa.

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El filete estaba suave y suculento y la ensalada muy fresca. Las patatas habían sido freídas
justo el tiempo necesario para que el exterior estuviera crujiente y el interior suave. Así que
Kerry comió con gran apetito.
La chica se estremeció con la brisa fresca que de manera repentina entró en la habitación, y
todavía reflexionaba sobre qué hacer, cuando Max se puso de pie y cerró la ventana.
—Usakos está cerca del desierto de Namibia y aproximadamente a ciento cincuenta
kilómetros al oeste del mar —comentó y volvió a tomar asiento—. Es por eso que durante el día
las temperaturas son muy elevadas y en cambio las noches se enfrían por las brisas frías que
soplan tierra adentro.
Eso explicaba el repentino descenso de la temperatura; sin embargo, la mente de Kerry estaba
ocupada con algo mucho más importante.
— ¿Cuánto tiempo estaremos en Windhoek antes de volar de regreso a Johannesburgo?
—Casi tres días —la observó con detenimiento, y se llevó a la boca el último bocado de su
plato—. ¿Tienes muchos deseos de regresar?
—Sí...
—No pareces muy convencida.
Kerry se detuvo al considerar su comentario mientras colocaba su plato vacío sobre la
bandeja.
—Me siento como dividida —confesó y sirvió el café—; tengo muchos deseos de regresar a
casa, pero también lamentó dejar Namibia.
—Esta belleza áspera lo puede seducir a uno —señaló Max.
—Es como un narcótico —añadió Kerry, le entregó una taza con café, y con la suya en la
mano se apoyó contra el respaldo de la silla—. He visto mucho durante estas semanas y no
obstante quisiera ver todavía más.
—Yo siento lo mismo.
—Me da mucho gusto que lo comentes —sonrió la chica—, porque comenzaba a creer que
estaba loca.
—Tal vez los dos estamos enloqueciendo un poco —la miró con fijeza a los ojos.
—Quizá tienes razón.
El corazón de Kerry comenzó a latir acelerado, como un ave atrapada en una jaula, pues la
mirada de Max la mantenía cautiva. ¿Por qué tenía la extraña sensación de que en realidad
estaban hablando de sus sentimientos y no del hecho de tener que dejar Namibia?
"¡No seas tonta!", se reprendió tajante al comprender que otra vez se dejaba arrastrar por su
imaginación, lo cual no la conduciría a nada bueno.
Apuró su café y se puso de pie para empezar a secarse el cabello con la toalla.
— ¿Qué lado de la cama prefieres, Kerry?
Lo inesperado de la pregunta hizo que los nervios de la chica saltaran y Kerry empleó la
toalla como escudo para ocultar su vergüenza.

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—Prefiero el lado izquierdo —respondió en tono vivaz.


—Buena elección.
Kerry percibió el buen humor en la voz de Max. De pronto él la tomó de los hombros y la
empujó. Las corvas de la chica chocaron contra la orilla de la cama lo que la hizo sentarse de
golpe.
—Creo que estás disfrutando mi incomodidad —lo acusó tajante cuando él se arrodilló a su
lado sobre el lecho. Luego Max tomó la toalla y empezó a secarle el cabello.
—Es tan raro encontrar a una mujer de tu edad que todavía se sonroje, que por eso no puedo
vencer la tentación de provocarte —de pronto dejó de secarle el cabello y el calor que emanaba
de su cuerpo despertó sensaciones inquietantes cuando le tomó la barbilla y la hizo volver el
rostro para que lo mirara—. ¿Ves? —anunció triunfal—. ¡Te estás sonrojando!
Kerry se detestó por no ser más mundana para poder evitar ese rubor provocado por la
vergüenza.
—Esta es una situación muy incómoda, Max —se defendió con voz trémula.
—Aparenta que soy tu hermano.
Kerry deseó reír, pues la forma en que sus sentidos respondían al limpio aroma masculino
nada tenía que ver con lo que siente una hermana.
—No soy muy hábil para fingir —confesó.
—Yo tampoco —con la mirada recorrió los contornos del rostro de Kerry y con el pulgar le
acarició la parte inferior de la mandíbula. Ella sintió que el aire se le atoraba en la garganta
cuando Max fijó la vista sobre su boca suave y carnosa.
—Yo no me propuse esto, Kerry.
—Lo sé —el ambiente se tornó muy tenso, y ella imprimió un tono ligero y juguetón al
preguntarle—: ¿Me vas a secar el cabello o no?
Max la soltó y su risa contagiosa de inmediato disminuyó la tensión.
—Arrodíllate frente a mí —sugirió Max y se colocó en el centro de la enorme cama—. Así
será más fácil secarte el cabello.
Kerry obedeció, colocó las rodillas entre las de él, y apoyó las manos sobre sus muslos como
si fuera lo más natural del mundo. Entonces él comenzó a frotarle el cabello con la toalla, de
forma vigorosa.
—Creo que con esto es suficiente —anunció unos minutos después y sus miradas se
entrelazaron cuando se deshizo de la toalla. Kerry pasó saliva con nerviosismo pues él comenzó
a alisarle el cabello con los dedos.
El silencio que reinó entre ellos se percibió tenso nuevamente y cargado de emociones
reprimidas. En los ojos oscuros y ardientes de Max había una interrogante, mientras con los
dedos trazaba un sedero febril por el cuello de Kerry, y los sentimientos contenidos de la chica
escaparon de su dominio, a pesar de todos sus intentos por lograr lo contrario.

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Su mente le advirtió que debía frenar esa situación no obstante su pulso acelerado le indico
que ya era demasiado tarde. Lo deseaba; lo deseaba con desesperación, anhelaba sus caricias, y
no tenía objeto negarse aquello a sí misma, cuando lo que expresaban sus ojos sin duda
respondían a la pregunta que él le formulaba.
—Te deseo, Kerry —expresó con voz sensual—. Quiero abrazarte, y acariciar...
— ¡No... digas eso! —exclamó en débil protesta.
—Es la verdad.
Esa era la clave para que Kerry se apartara, para que pusiera una distancia segura entre ella y
Max, pero en lugar de eso la chica permaneció donde estaba, hipnotizada con sus palabras y con
su propia respuesta física.
Max inclinó la cabeza hasta que Kerry percibió que sus cálidos alientos se mezclaban, y
durante un instante recuperó la cordura.
—Por favor, Max, tenemos... tenemos que ser sensatos.
—Lo sé, pero ¿cómo puedo serlo si sé que tú me deseas tanto como yo a ti? —le tomó el
rostro entre las manos y logró que su boca se rindiera al besarla con suavidad, como una pluma,
de manera que ella le encajó las uñas en los muslos y se acercó más a él; ansiosa. Sin embargo,
Max apartó la cabeza—. Sí me deseas, ¿verdad, Kerry?
—Sí. Sí, tú... tú sabes que sí, pero... —guardó silencio cuando Maxwell le tomó los senos con
las manos antes de abrir el cinturón de la bata de algodón y deslizaría por sus hombros.
—Pero ¿qué? —preguntó en voz baja y acercó la boca a los labios ansiosos y trémulos.
"¡Aún estás a tiempo de salvarte!”, le gritaba su conciencia. “¡Di algo... rápido! ¡Antes de
que sea demasiado tarde!".
— ¿Se te ha olvidado que establecimos la regla de limitamos a una relación profesional? —
preguntó Kerry.
—Las reglas se hicieron para ser rotas si todas las partes afectadas están de acuerdo —
respondió y levantó los estrechos tirantes de encaje, del delgado camisón, para trazar con la
boca una sensual exploración.
Kerry tembló bajo las expertas manos de Max y estremecimientos de placer recorrieron sus
nervios cuando el camisón se deslizó por su cuerpo. Kerry quedó desnuda de la cintura para
arriba, entonces el volvió a tomar los senos abultados con las manos y un trémulo suspiro
escapó de la mujer cuando comenzó a rozarle los pezones endurecidos, con los pulgares.
—Ay, Max, me... me recuerdas al hombre de negocios que me comentó que el secreto del
éxito está en que jamás se debe aceptar un acuerdo si no se tiene una puerta de escape en... en
caso de emergencia —expresó con voz grave.
—Yo pensaría que esta es una emergencia, ¿tú no, Kerry?
"¡Sin duda!", pensó Kerry con desesperación. Max inclinó la cabeza sobre su seno izquierdo
para acariciarlo con la lengua y aumentar así el deseo de la mujer. "¡Ay, Josie, me preguntó qué
pensarías si me vieras ahora y supieras lo que pienso y siento!", reflexionó.

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—Creo que todas las partes están de acuerdo con que usemos... la puerta de emergencia, y...
—la voz de Kerry se desvaneció y se convirtió en un gemido de éxtasis absoluto cuando Max
chupó el pezón endurecido y lo succionó con suavidad.
— ¿Y qué? —inquirió Max y se concentró en el otro pezón que ya estaba abultado por el
deseo.
—Espero que no lamentemos esto —deslizó los dedos por los cabellos de Max para retenerlo
en el momento en que se apartaba de ella—. ¡Ay, Max, no te detengas!
—No es esa mi intención, mi hermosa Kerry, pero primero vamos a deshacemos de nuestra
ropa.
La levantó de tal manera que el camisón y la bata se deslizaron al suelo, dejándola desnuda
excepto por sus minúsculas pantaletas de encaje. La soltó un instante para quitarse la camisa y
los pantaloncillos. Después la oprimió contra sí con anticipación. El calor del excitado cuerpo
de Max la encendió, y el deseo abrasador de su beso la hizo experimentar la misma pasión.
Él la tendió sobre el lecho y la aspereza de los vellos de su pecho contra los pezones la
excitaron, así que lo tomó de la cabeza para invitarlo a que reanudara la íntima invasión de su
boca.
Max la incitó con maestría, de manera que cuando deslizó las pantaletas por los muslos de
Kerry, ella ya no tenía la menor duda. Kerry era una masa trémula de sensaciones excitantes,
porque cada nervio y cada fibra de su ardiente cuerpo había despertado al contacto de Max, y
apenas era consciente de que respiraba cuando Max empezó a acariciar con provocación la parte
interior de sus muslos.
— ¡Tócame! ¡Por favor, tócame, Max! —suplicó en voz baja y luego inició con las manos
una ansiosa exploración del musculoso cuerpo.
Al escuchar su suave ruego, Max colocó los labios sobre su boca. Con besos disipó cualquier
pensamiento coherente en Kerry y sofocó el suave lamento de placer cuando sus dedos al fin
exploraron el centro de su femineidad. La acarició con suavidad y de manera rítmica, con lo que
apiló una sensación tras otra hasta que a ella nada le importó, excepto el deseo casi frenético de
dar alivio a esa necesidad exquisita y dolorosa.
Kerry estaba más allá del punto en el que podía dudar de la sensatez de sus propias acciones.
Arqueaba las caderas hacia Max, realizaba movimientos espasmódicos y daba pequeños
empujones sin poder controlarse, a medida que la excitación ascendía a un nivel casi
intolerable. Quería estar más cerca de él, deseaba ser suya con un ansia hasta entonces
desconocida para ella. El instinto, más que el conocimiento guió su mano, cuando llegó a la
etapa en que creyó que ya no podría tolerar esa deliciosa tortura.
Su contacto provocó que Max gimiera de placer y casi con urgencia salvaje separó los muslos
de Kerry con las rodillas para poseerla con una embestida firme y fuerte.
Kerry aspiró profundo pero en ese momento de deseo pasional el incidente pasó
desapercibido para Max, después, una sensación de alivio la invadió.

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¡Max no sabía! ¡No sospechaba! ¡Ella no se lo confesaría!


"Esto es tan placentero...", pensaba Kerry. Pertenecía a Max, debían estar juntos; sin
embargo, en ese momento la realidad se escabulló y con ello un tremendo miedo se apoderó de
ella al darse cuenta de que Max la abrazaba sin moverse o hablar. ¿Se habría equivocado? ¿Max
sí se había dado cuenta?
— ¡Por favor, Max! ¡Por favor! —le rogó con las mejillas enrojecidas y con expresión
atormentada—. ¡Hazme el amor! ¡Por favor, no te detengas!
— ¡Oh, Dios! —Exclamó y sus ojos se nublaron de deseo cuando ella lo rodeó con las
piernas—. ¡Ahora no podría detenerme aunque quisiera!
Max la condujo a nuevas alturas de placer, hasta que aquella tensión exquisita y doliente
estalló en su interior y recorrió su cuerpo con una satisfacción que era tan intensa en sí misma
que sus ojos se humedecieron por las lágrimas.
Max se tendió sobre ella y su desahogo palpitante llegó a los pocos segundos que el de Kerry.
Ella lo sujetó con piernas y brazos hasta que la agitada respiración de ambos cedió y disminuyó
el ritmo de los latidos de su corazón.
Si al menos pudiera estrecharlo así para siempre. ¡Si al menos...!
La realidad semejaba una mano de hielo que comprimía su corazón provocándole dolor. No
podía retener a Max. No existían cadenas por medio de las cuales pudiera atarlo a ella, y
tampoco deseaba eso. Su madre recomendó alguna vez que si amaba a alguien lo dejara libre.
¿Amar? La palabra la tomó por sorpresa. Ese era el peor momento para descubrir que sus
sentimientos eran así de profundos, y se le cerró la garganta al evitar que brotaran lágrimas.
Cuando Max se retiró de ella Kerry no trató de retenerlo.
Max se sentó en la orilla de la cama, de espaldas a Kerry con los codos sobre las rodillas y la
cabeza entre las manos. Ella se sentó con cautela y tomó la sábana para cubrir su cuerpo
desnudo. Hacía un momento habían compartido una cercanía tan íntima que la chica deseó
extender la mano y tocarlo, pero sintió miedo.
¿Qué pensaba Max? ¿Habría ella hecho algo incorrecto?
— ¿Max? —Pronunció su nombre con voz ronca y se aclaró la garganta—. ¿Qué sucede?
Él dejó caer las manos entre las rodillas, pero su mirada continuaba fija sobre la alfombra.
—Estuvimos de acuerdo con que nos deseábamos los dos, ¿verdad?
—Sí, por supuesto —suspendió la respiración.
—Entonces, ¿por qué me siento como un sinvergüenza? —Al fin se volvió hacia Kerry y la
miró con fijeza—. ¡Explícamelo! —insistió, y se alisó los cabellos desordenados—. ¿Por qué
tengo la sensación de que he tomado algo que no me pertenecía?
"¡Mantén la calma!", se ordenó a sí misma.
—Tomaste lo que yo quise darte, y a cambio me has dado un recuerdo que atesoraré por el
resto de mi vida —respondió en voz baja.
— ¿Se supone que con eso debo sentirme mejor? —inquirió en tono áspero.

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—Deberías —comentó, y con el pulso acelerado por el nerviosismo se inclinó para recoger
su camisón del suelo, sin embargo él alejó la prenda para que no la alcanzara.
—No la vas a necesitar —señaló tajante, se metió de nuevo en el lecho y la atrajo hacia sí
tomándola entre sus brazos—. ¡Antes de que termine la noche, volveré a hacerte el amor y no
me sentiré culpable!
Kerry no pudo pronunciar palabra alguna pues Max se posesionó de su boca, y su cuerpo ya
empezaba a responder a las mágicas caricias de sus manos.
Ella no tenía de qué arrepentirse.

Capítulo 8
KERRY estaba de pie con los ojos cerrados, bajo el chorro de agua de la ducha. Era irónico
que tres semanas antes hubiera deseado regresar a Windhoek, y ahora que estaba ahí, deseara
vivir ese tiempo otra vez.
Casi toda la noche permaneció despierta, escuchando la profunda respiración de Max,
saboreando su proximidad como si se tratara de una piedra preciosa. A la cruda luz del día,
ambos evitaron mirarse a los ojos, y en el trayecto de Usakos a Windhoek hablaron sólo lo
indispensable. Aparentaban haber olvidado lo sucedido entre ellos, sin embargo, Kerry sabía
que eso ocupaba la mente de Max tanto como la de ella.
Después de comer, la chica había subido a su habitación. Estaba exhausta y durmió varias
horas mientras Max se encargaba de regresar el Range Rover a la compañía arrendadora.
Ahora casi todos sus pensamientos comenzaban con: "¿Qué tal si...?". ¿Qué tal si lograba
persuadir a Max que la llevara con él en sus expediciones? ¿Qué sucedería si le propusiera
mantener una relación de trabajo íntima, pero sin ataduras?
Kerry consideró que no era una buena idea. Pensaba con el corazón, no con la cabeza, y al
hacerlo perdía su sentido de dirección. Si bien la noche anterior se había pasado de la raya, eso
no significaba que de allí en adelante tuviera que hacer de lado todo en lo que creía.
Se quitó la gorra de baño y se secaba con la toalla cuando se percató de que había un hombre
de pie frente a la puerta del cuarto de baño. Su respiración se interrumpió por el terror, pues
durante un instante no se dio cuenta de que era Max, sin embargo, el reconocerlo no evitó
sonrojarse de vergüenza.
— ¿Cómo entraste? —preguntó en voz baja, sujetó la toalla alrededor de su cuerpo y se
apoyó contra la puerta de la ducha.
—La puerta de tu habitación no estaba cerrada con llave, y como no respondiste cuando
llamé... —dejó la frase sin terminar y agitó una de sus manos fuertes y bronceadas de modo
elocuente.
— ¿Qué quieres? —inquirió Kerry, al tiempo que reflexionaba que era una tontería sentir
vergüenza de estar desnuda ante él, después de la intimidad que habían compartido la noche
anterior.

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—Encontré esto en el Range Rover —le mostró un pequeño frasco de champú.


—Debió salirse de mi bolso —respondió, y su pulso se aceleró.
Max la recorrió con la mirada y en sus ojos apareció un destello de deseo, por lo que ella de
inmediato experimentó una sensación de calor y cosquilleo, como si de hecho la hubiera
acariciado.
"No me hagas esto, Max", pensó. "No hagas que te desee, porque está vez quizá no estaría
dispuesta a dejarte ir".
El ambiente estaba tenso y cargado. ¿Acaso los pensamientos de él eran similares a los de
ella?
Max arrojó el frasco de champú sobre una silla, y le bastó un paso para llegar hasta Kerry. La
sujetó contra sí, colocó las manos contra su espalda y con ello provocó que la piel de la chica
ardiera. La voz de protesta de la mujer quedó sofocada bajo los labios que la besaron con
frenesí.
Kerry estaba a punto de alcanzar ese estado emocional en el que nada le importaba excepto la
necesidad imperiosa de dar alivio al insaciable deseo que ardía en su interior. Sentía que estaba
a punto de llegar a él, cuando Max abandonó su boca para buscar el pequeño hueco sensible
detrás de su oreja.
—Siempre hueles tan bien —murmuró con sensualidad—. Eso es algo que siempre recordaré
de ti.
—Parece como si te estuvieras despidiendo —logró expresar—. ¿Te estás despidiendo?
—Temo que sí —respondió y la soltó dejándola trémula y con frío.
— ¿Cuánto tiempo necesitas para despedirte? —intentó borrar con una risa la temida
implicación que había en sus palabras.
Max no respondió, sino que la miró durante un largo rato con expresión insondable. Ella
comenzaba a sentirse incómoda y extraña cuando él tomó la bata de algodón que estaba sobre la
silla.
—Gracias —murmuró mientras cerraba el cinturón de la bata con dedos inseguros.
—Ha habido un cambio de planes —le informó Max.
Kerry se volvió y lo miró con una expresión que no podía ocultar el terror que
experimentaba.
— ¿A qué te refieres?
—Recibí un mensaje de mi contacto en Australia. Me informó que ha logrado reunir al
equipo de fotógrafos. Están listos para empezar a filmar el documental pasado mañana.
Kerry palideció. Sabía que ese momento tenía que llegar, y estaba preparada para ello, pero...
¿tan pronto?
— ¿Te refieres a que te tienes que ir de inmediato? —preguntó y contuvo la respiración.
—Sí.
—Es muy repentino, ¿no?

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—Así es, pero logré reservar el único lugar disponible en el vuelo de esta noche que sale de
Johannesburgo, y salgo hacia Perth en la mañana —apretó los labios—. No hay razón para que
cambies tus planes de viaje, pero si quieres apresurar tu partida, el empleado de la recepción
hará los arreglos necesarios.
Kerry empezaba a sentir una sensación de claustrofobia en el reducido espacio del cuarto de
baño, por lo que se dirigió a la habitación. Max la siguió a medida que ella caminaba descalza
sobre la alfombra para detenerse frente a la ventana.
— ¿Cuánto tiempo vas a permanecer en Australia? —preguntó mirando al exterior.
—Seis meses... tal vez más. No estoy seguro.
De pronto, la boca de Kerry estuvo tan seca como el desierto de Namib. ¡Tonta! ¡Boba! Seis
meses; un año, una eternidad. ¿Qué importaba cuánto tiempo estaría fuera? Habían pasado
juntos tres semanas y habían compartido una breve noche de intimidad. Ella sabía desde un
principio que Max no tenía nada más que ofrecerle, de manera que si ahora sufría, no podía
culpar a nadie como no fuera a sí misma.
Se humedeció los labios con la punta de la lengua y pasó saliva de manera convulsiva. Su
rostro, sin embargo, estaba en control cuando ella se volvió hacia Max.
— ¿A qué hora sale tu vuelo?
—A las ocho y media de la noche —sacó la mano del bolsillo de su pantalón para mirar su
reloj.
"¡Llévame contigo Max!", le rogó en silencio.
Él desvió la mirada, como si la hubiera escuchado, y Kerry sintió el aguijón del rechazo,
aunque la súplica sólo la formuló en su mente.
—Todavía tengo que empacar unas cosas, pero te veré antes de partir —señaló con frialdad y
se fue.
Kerry aspiró profundo y se dejó caer sobre el taburete, frente al tocador. Ansiaba pasar unos
días en Windhoek con Max, antes de que cada uno tomara su camino, sin embargo; de pronto
todo se aceleró hacia el temido momento de la separación.
Trató de razonar que quizás así era mejor, pues las despedidas prolongadas resultaban muy
dolorosas, pero... ¿por qué tenía que ser tan pronto?
Recogió su cabello en un moño elegante, y se puso el mismo vestido azul que había usado la
primera noche que pasaron a Windhoek, hacía tres semanas. Un poco de rubor ocultó su
palidez, sin embargo no podía disimular la expresión atormentada de sus ojos que cambiaron de
un tono azul claro a un violeta profundo.
— ¡Ay, Max! ¡Max! —Susurró sin darse cuenta—. ¡Si al menos me quisieras un poco! Si me
amaras habríamos llegado a un acuerdo.
Tomó su reloj y lo colocó en la delgada muñeca. Faltaban quince minutos para las siete, y
Max tendría que irse al aeropuerto muy pronto. Se puso de pie y se miró al espejo. Parecía
tranquila y serena, aunque en realidad se sentía atontada. Todos los sentimientos estaban allí,

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contenidos en su interior, pero por nada permitiría que Max se diera cuenta de lo tonta que
había sido.
A pesar de que él le dijo que la vería antes de partir, Kerry se sobresaltó al escuchar que
llamaban a su puerta.
"¡Ha llegado la hora!", pensó.
Abrió la puerta y se miraron en silencio durante unos segundos que parecieron eternos.
Después Kerry se hizo a un lado para que él entrara. Ella se percató de que llevaba puesto su
traje color beige y una camisa azul, pero lo que capturó su atención fue el pequeño nervio que
palpitaba cerca de su boca. "¿Qué significaba?", se preguntó Kerry, y cerró la puerta.
—Te ves encantadora, Kerry —expresó en un tono extraño; que la miraba de arriba abajo con
indolencia engañosa—. Me habría gustado que cenáramos juntos esta noche.
Ella sentía tal opresión en el pecho que se le dificultaba respirar, y si no hacía algo rápido, se
iba a humillar al estallar en llanto.
— ¿A dónde quieres que envíe las fotografías y las diapositivas? —preguntó con actitud
profesional.
—Te agradecería que las llevaras a casa de mi hermana, en Houghton —respondió Max y
corrió la cortina para mirar a la calle—. Kathleen las conservará en buen estado hasta que yo
regrese. ¿Puedes hacerlo?
—Sí, claro —la garganta le dolía por las lágrimas que no se atrevía a derramar, y daba la
impresión de que los lentos latidos de su corazón llenaban la habitación, mientras luchaba por
recuperar el control de sus cuerdas vocales—. Me alegra que hayas podido compartir una poca
de tu vida profesional conmigo, ahora voy a apreciar más tus libros.
Max se apartó de la ventana con un movimiento brusco que expresaba ira y ella casi se
acobardó con la intensidad con que la miró.
— ¿Hay algo de lo que te arrepientas, Kerry?
Ella sabía que no se refería al aspecto profesional de su relación y comenzó a sentir ese calor
odioso en las mejilla, sin embargo no desvió la mirada.
—No. No hay nada.
Quedó sujeta a una observación prolongada y fría, y otra vez se percató del nervio que se
movía a un lado de su boca.
Max daba la impresión de estar atrapado en medio de una crisis emocional. ¿Acaso se debía a
que no le agradaba la idea de tener que dejarla? ¿Cambiaría de opinión y la llevaría con él?
"¡No seas ridícula!", se amonestó en silencio.
—También para mí ha sido un privilegio conocerte, y trabajar contigo, Kerry.
— ¡Si no tenemos cuidado con esto, se va a convertir en una sociedad de admiración mutua!
—intentó darle una cariz de broma al comentario de Max, pero no pudo sonreír, pues los labios
empezaron a temblarle.
—Quisiera que tuviéramos tiempo, pero me tengo que ir —expresó Max con calma.

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—Lo sé —Kerry pasó saliva. Deseaba tocarlo; sentir sus brazos una vez más antes de que él
se apartara de ella, pero eso sólo haría más difícil la agonía.
Max extendió la mano para acariciarle el rostro, pero se detuvo y dejó caer la mano.
—Adiós, Kerry.
Ella se estremeció. "¡Max, no te despidas como si jamás volviéramos a vernos!", deseó
suplicar, pero nunca pronunció las palabras; éstas se quedaron atoradas en su corazón, cuando él
le dio la espalda y partió. La mirada de Kerry quedó nublada por las lágrimas.
Era domingo y Kerry reflexionaba: "¡Mañana empieza la semana, y será un nuevo principio
para mí!"
A través de la ventana de la cocina se veía el ocaso. El sol coloreaba el cielo de un tono
rosado pálido, sin embargo Kerry optó por darle la espalda para no mirar, porque la vista le
recordaba todas aquellas vistas espectaculares que había presenciado al lado de Max, aún no
podía evocar aquello sin sentir deseos de llorar.
Había llegado a Johannesburgo el mismo día que Max salía hacia Australia, y durante cinco
días no había visto a nadie con excepción de Calvin MacCullum quien le ofreció un trabajo que
ella rechazó.
Durante tres días, Kerry no logró hacer nada constructivo, pues su estado de ánimo fluctuaba
entre los momentos de lástima por sí misma que la hacían llorar, y ataques de rabia impotente
en los que se preguntaba porque le había sucedido eso a ella.
Ahora comprendía que si deseaba recuperar la estabilidad emocional tendría que trabajar,
mantenerse ocupada, muy ocupada, y con el tiempo tal vez podría empezar a olvidar que le
había dado su amor a quien no lo deseaba.
Estaba en esas meditaciones cuando sonó el timbre de la puerta y ella se asustó. Sólo Calvin
MacCullum sabía que había regresado, pero él jamás la visitaba en plan social. El timbre sonó
con urgencia una segunda vez.
Abrió la puerta y Josie entró en la casa, enfurecida y echando chispas por los ojos.
— ¿Por qué me tuve que enterar a través de terceros que estabas de regreso en
Johannesburgo? —preguntó tajante—. ¿Por qué no me llamaste?
—He estado ocupada —"Ocupada en gemir, llorar y revolearme en mi pena", reflexionó en
un intento por burlarse de su patético comportamiento.
— ¿Demasiado ocupada como para llamar a una vieja amiga? —inquirió Josie de inmediato.
—Acabo de preparar café —comentó a manera de disculpa—. ¿Te gustaría acompañarme
con una taza?
—Me encantaría una taza de tu café —cedió un poco y sonrió.
Kerry se dirigió a la cocina, encendió la luz y cerró la cortina para eliminar el resplandor
rosado del cielo. Las puestas de sol siempre la hacían pensar en Max, pero no quería pensar en
él en ese momento.

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— ¿Y bien? —preguntó Josie en espera de una explicación, una vez que se sentaron a la
mesa de la cocina, cada una con su taza de aromático café.
—Y bien, ¿qué? —repitió Kerry de manera evasiva y se aferró a su dolor.
—Quiero que me cuentes sobre tu viaje —señaló con impaciencia.
—Namibia es un país fascinante.
Con una mezcla de fastidio y curiosidad, Josie se inclinó hacia adelante y apoyó los codos
sobre la mesa.
— ¿Eso es todo lo que me vas a comentar?
—Te mostraré las fotografías cuando estén listas.
— ¡Gracias! —Exclamó con desaliento, pero Kerry guardó silencio—. ¡Vamos, yo soy tu
amiga! ¿No lo recuerdas? —Expresó en voz baja al percibir que algo andaba mal—. Yo soy en
quien siempre has confiado, ¿por qué no lo puedes hacer ahora?
—No es que no confíe en ti, Josie, pero... —Kerry miró su taza, la luz se reflejaba en el café
y el rostro de Max se materializó sobre el líquido. Cerró los ojos y se tocó los párpados con los
dedos para eliminar la imagen, sin embargo él continuaba grabado en su mente—. Esto es algo
que me duele mucho —expresó con voz quebrada—. Me duele tanto que casi no puedo hablar.
Josie guardó silencio un largo rato antes de preguntar:
— ¿Se justifica el hecho de que me haya estado mordisqueando las uñas en tu ausencia?
—Hice algo muy tonto —confesó Kerry en medio de un suspiro de agotamiento—. Me
enamoré de Maxwell Harper.
— ¡Ay, Dios! —Josie dejó la taza sobre su plato, con brusquedad—. ¿Él sabe lo que sientes?
—Yo no se lo confesé, si a eso te refieres, pero no es tonto, de manera que temo que se dio
cuenta.
— ¿No crees que exista la posibilidad de que él sienta lo mismo que tú?
—No —Kerry rió por primera vez en muchos días, sin embargo su risa estaba llena de
amargura y dolor—. Sabes tan bien como yo que cuando un hombre siente atracción física por
una mujer, eso no significa que la ame.
Josie desvió la mirada como si no tolerara percibir el dolor que había en los ojos de Kerry.
— ¿Volverás a verlo?
—Lo dudo —respondió y se mordisqueó un labio con fuerza—. Hace una semana que Max
está en Australia, y permanecerá allá durante seis meses o más.
— ¿Y qué te detiene para reunirte con él? —preguntó su amiga.
—Yo no iría a menos que él me invitara, pero no lo hizo, así que no tiene objeto insistir en
una relación entre nosotros.
— ¿Te quedarás con los brazos cruzados permitiendo así que ese hombre se te escape, Kerry?
—inquirió Josie con incredulidad.
—No tengo alternativa —miró su taza de café, con desolación—. El matrimonio no va con él.
—Yo pensaría que tu profesión de fotógrafa iría muy bien con la suya.

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Kerry sonrió con desgano.


—Yo también lo creí, pero no lo discutimos puesto que él no correspondió a mis
sentimientos.
—Si existiera la más mínima posibilidad de que te quiere, él podría cambiar de opinión,
¿sabes? —insistió Josie, pero Kerry negó con la cabeza.
—No quiero obligarlo a hacer algo que no desea, Josie. Si Max cambiara de opinión, tendría
que ser su decisión, no la mía.
Kerry le dio un sorbo a su café y admitió que se sentía mejor después de haberle confiado
todo a su amiga. Pero no, eso no era cierto. No le comentó todo, pues jamás podría contarle la
forma total y apasionada con que se entregó a Max aquella noche en Usakos. "¡Ay, Max!
¿Permaneces despierto en las noches deseándome tanto como yo a ti, o ya me olvidaste?", se
preguntó.
Sus ojos se anegaron de lágrimas y Kerry pestañeó para ocultarlas, pero en lugar de ello,
comenzaron a correr por sus mejillas. Furiosa, las enjugó con el dorso de la mano y se controló;
pero al levantar la vista, se dio cuenta de que Josie la observaba con tristeza.
—Lo lamento, Kerry. Todo esto es mi culpa.
—No, no es tu culpa —la contradijo y logró contenerse para no llorar más—. Yo me enredé
en esa situación, consciente de lo que hacía. Sabía que esto podía suceder y cuando ocurrió, no
hice nada para impedirlo.
—Esto no es sólo un enamoramiento, de verdad amas a Maxwell Harper —expresó Josie,
quien ahora se daba cuenta de la gravedad del asunto—. De hecho, lo amas lo suficiente para
dejarlo partir sin levantar un dedo para detenerlo.
Después de que Josie se fue, Kerry aún reflexionaba en lo que le comentó su amiga, y eso le
hizo recordar algo que pensó durante aquella noche en Usakos. Cuando niña, su madre le dijo
algo que entonces para Kerry no tuvo significado alguno, pero ahora comprendía.
"Si amas a alguien, déjalo en libertad. Si regresa, es tuyo; si no, jamás lo fue".
Deseaba y rezaba para que Max regresara a su vida, pero si no lo hacía, significaría que no
estaba destinado a ser.
Kerry estacionó su vagoneta Peugeot en el camino, curveado de la mansión de la familia
Stafford en Houghton, y revisó la apariencia de su rostro con rapidez, en el espejo retrovisor.
Bajó del vehículo y caminó hacia la imponente entrada.
Llevaba puesto más maquillaje del usual para su encuentro con Kathleen Stafford, pero aun
así no logró disimular las ojeras que ya eran permanentes.
Hacía unos cuantos días que ella y Josie habían comido juntas en la ciudad y su amiga la
reprendió por trabajar demasiado y dormir poco. Kerry no lo negó.
Durante los últimos dos meses el trabajo había sido su única salvación. No era una cura, sin
embargo ayudaba, y añadir seis u ocho horas a sus días normales de trabajo era preferible que
permanecer tendida y sufriendo insomnio en las noches.

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Una sonrisa irónica y cínica se dibujó en los labios carnosos de Kerry al subir por la escalera
de mármol y tocar el timbre. Si bien las prolongadas horas de trabajo resultaban agotadoras,
merecían la pena en el aspecto económico.
Una mujer uniformada la hizo pasar y la condujo a través de una de las varias puertas que
había en el vestíbulo.
—La Señora Stafford la espera en la biblioteca, madame.
Kathleen Stafford se levantó cuando Kerry apareció.
—Me alegra mucho que seas puntual —hizo un ademán hacia la bandeja que estaba sobre
una mesa baja, cerca de la silla que acababa de desocupar—. El té está recién preparado y listo
para servirse.
La cálida y comprensiva sonrisa de la señora la hizo recordar a Max, provocándole un gran
dolor.
—Max me pidió que le dejara este paquete, Señora Stafford.
—Ah, sí, las fotografías. Me encantaría verlas, pero Max subrayó que no las tocara sino hasta
que él las hubiera visto, y sólo Dios sabe cuándo será eso —Kathleen guardó el paquete en uno
de los cajones del enorme escritorio de caoba—. Espero que Max no te haya sujetado
demasiado a una pesada vida al aire libre mientras estuvieron en Namibia.
—Me encanta la vida al aire libre —confesó Kerry, y su rostro se nubló de tristeza al evocar
aquellas noches bajo el cielo estrellado de Namibia, en compañía de Max.
—En ese caso, tú y Max son iguales —sonrió Kathleen y caminó hacia ella—. Debieron
trabajar muy bien juntos.
—Así fue.
—Por favor, toma asiento —señaló una silla. También ella se sentó y sirvió el té—. ¿Con
leche y azúcar, Kerry?
Se dirigía a la fotógrafa por su nombre con una naturalidad que resultaba impresionante y a la
vez agradable.
—Con leche, pero sin azúcar, gracias.
—Espero que no te moleste el comentario, pero me parece que has perdido peso desde la
última vez que te vi —le entregó la taza de té y al mismo tiempo la observó con preocupación—
¿Has estado enferma?
—He estado muy ocupada —hizo un ademán para indicar que no debía inquietarse.
—Paso la mayor parte de mi tiempo libre en esta habitación —comentó Kathleen para
cambiar de tema, al ver que Kerry desviaba la mirada con nerviosismo—. Me gusta leer, y este
es un lugar muy cómodo, porque durante el invierno siempre está tibio y acogedor, y en el
verano está fresco y ventilado.
Kerry vio algo en los ojos de Kathleen que la hizo sospechar que estaba muy sola.
— ¿Vive sola, Señora Stafford?

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—Por favor, llámame Kathleen —le suplicó—. Sí, y admito que es una casa demasiado
grande para una sola persona, pero no tengo el valor para venderla. Y... —una mirada
melancólica asomó a sus ojos—, existen tantos recuerdos en esta vieja casa que me resultaría
muy doloroso dejarla.
— ¿No ha invitado a su hija y a su yerno para que vivan aquí?
—Lo consideré, sin embargo sé lo que es estar joven y recién casada. Quieres tener tu casa en
la cual construir tus propios recuerdos.
—Supongo que tiene razón —concedió Kerry con tristeza, producto del conocimiento que
eso era algo que ella jamás tendría.
Kathleen Stafford era una mujer con quien se podía charlar con facilidad. Después de un rato,
Kerry se percató de la fotografía de Max, colocada sobre una mesa, en medio de dos ventanas.
Era mucho más joven entonces, menos fornido y sus atractivas facciones aún no estaban
alteradas por la dureza de la vida en el frente político.
—Esa fotografía de Max se la tomaron poco antes de que se fuera a Inglaterra, y creo que
tenía veintitrés años —explicó Kathleen después de seguir la dirección de la mirada de Kerry—.
Era un joven vital y muy apasionado. Me parece que creía que podía cambiar al mundo con sus
observaciones periodísticas, pero conoció el fracaso y aún hoy lleva las cicatrices.
Kerry absorbió la información como una esponja sedienta, mientras miraba los ojos oscuros
de Max, y se le formó un nudo en el pecho.
—Comprendo el motivo por el cual Max estima tu trabajo, Kerry —Kathleen continuó la
conversación, y no dio la impresión de notar la incomodidad de Kerry—. Todas las fotografías
que tomaste de la boda de Mary-Joe son tan hermosas que se les está dificultando mucho
decidir cuáles quieren amplificar.
Kerry se obligó a apartar la mirada de la fotografía de Max y a recuperar el control de sus
emociones, sin embargo, su boca estaba seca por la añoranza.
— ¿Ha tenido noticias de Max? —no pudo evitar preguntar.
—He recibido tres llamadas telefónicas desde Australia, durante los dos meses que ha estado
allá y eso no es usual en Max; sin embargo la última vez que habló me aclaró que no tendría
noticias suyas durante algún tiempo porque estaba por irse a una parte del país donde no hay
teléfonos —Kathleen sonrió, y señaló la bandeja de té—. ¿Quieres que ordene otra jarra de té
recién preparado? —Para mí no, muchas gracias —se puso de pie de inmediato—. No era mi
intención quedarme tanto tiempo y ya tengo que irme.
Kathleen asintió y también se levantó para acompañarla a la puerta.
—Me alegra haber tenido esta oportunidad para conocerte, Kerry. He disfrutado tu compañía
y espero verte pronto.
"No pronto", pensó Kerry a medida que avanzaba en su vagoneta sobre el sendero privado.
Kathleen Stafford le agradaba, pero al estar con ella se le dificultaba no pensar en Max, y no lo
podía recordar sin la sensación de que se desgarraba su interior por el dolor y la añoranza.

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Capítulo 9
— ¡CUATRO meses! —Exclamó Kerry con un chillido de desaliento—. ¡Cualquiera
pensaría que después de cuatro meses tendría el sentido común de mandar al diablo a Maxwell
Harper!
Josie vio con rapidez y vergüenza a quienes las rodeaban en el restaurante, antes de mirar a
Kerry con expresión de censura.
—Estás gritando, Kerry, y la gente nos mira —murmuró.
— ¡No me interesa que la gente nos mire! —exclamó con furia. Dejó el cuchillo y el tenedor
sobre el plato y con los dedos se oprimió las sienes que le pulsaban—. ¡Creo que me estoy
volviendo loca! —gimió.
—Has trabajado demasiado —replicó Josie en tono de reproche— Lo que necesitas es tomar
unas largas y agradables vacaciones.
—Me tengo que mantener ocupada —protestó Kerry—. Sé que enloqueceré si paso un día
sentada sin nada que hacer.
—Pero te vas a matar si no te frenas un poco —le advirtió su amiga con preocupación, y
después la miró con expresión inquisitiva—. Has frecuentado mucho a Kathleen Stafford. ¿Te
ha dado noticias de Maxwell?
—Casi nunca lo menciona, y yo no le quiero preguntar.
— ¿Tienes miedo de que se dé cuenta de lo que sientes por su hermano?
—No quiero hablar de eso —replicó con tensión.
Josie guardó silencio antes de llamar a la camarera para que retirara los platos.
—Te tengo una noticia que quizá sirva para que dejes de pensar un poco en Max —anunció
cuando bebía el café.
— ¿Qué noticia? —preguntó Kerry con fatiga.
—Tu padre está aquí, en Johannesburgo.
— ¿Mi padre? —Repitió, sin poder creer lo que acababa de anunciarle Josie—. ¿Que mi
padre está en Johannesburgo?
—Llegó esta mañana y quiere verte, pero no está seguro de si tú quieres verlo, después de
que fue tan poco noble como para darte en la nariz con la puerta hace cinco años —miró a
Kerry con curiosidad—. ¿Sabes a qué se refiere?
—Sí —respondió Kerry, apretó la boca y sus ojos se nublaron con dolor y decepción—. Me
puse en contacto con él a través de una agencia, hace cinco años, pero él no quiso saber nada de
mí.
—Nunca me contaste que habías tratado de ponerte en contacto con él —parecía acabada por
la falta de confianza de su amiga.
Kerry bajó la vista con culpabilidad. ¿Por qué le contó a Maxwell cosas que ni siquiera había
compartido con su mejor amiga?

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—En esa época me resultaba demasiado doloroso hablar de ello y después ya no me pareció
importante mencionarlo —explicó Kerry en un intento por suavizar la situación. De pronto la
asaltó una duda—. ¿A qué se debe que mi padre se haya puesto en contacto contigo, Josie?
¿Cómo supo que éramos amigas?
—Alguien... no quiso explicar quién... le dio mi nombre y le sugirió que me utilizara como
intermediaria.
Kerry decidió que nada más podía haber sido alguien de la agencia. Su padre debió recordar
el nombre de la misma y ellos debieron darle distintos nombres de personas relacionadas con
Kerry.
— ¿Lo vas a ver? —preguntó Josie.
—No sé, Josie. Realmente no sé.
"¿Por qué lo tendría que ver?", se preguntó Kerry. Su padre no quiso verla hacía cinco años,
así que ¿por qué tenía que aceptar encontrarse con él, ahora? Si el hecho de reunirse con ella
implicaba desenterrar recuerdos sobre su primer matrimonio, demasiado dolorosos para él, ¿por
qué estaba dispuesto a hacerlo ahora?
—Está hospedado en el Sandton Sun —informó Josie como si no tuviera importancia y bebió
su café—. Si decides verlo, estará en el salón Cavana a las siete de la tarde; llevará puesto un
clavel rojo.
¡Un clavel rojo!, Kerry sonrió con amargura de sólo pensar que su propio padre tenía que
ponerse un clavel rojo para que ella pudiera reconocerlo. ¡Era hilarante y muy triste!
—A mi madre le encantaban los claveles rojos —señaló con angustia y un poco pálida—. Me
pregunto si mi padre aún lo recuerda.
— ¿Por qué no te reúnes con él y se lo preguntas?
—Tal vez lo haga —respondió en tono ligero.

EL resto de la tarde, Kerry estuvo en lucha consigo misma, pues no podía decidir lo que
debía hacer. Sin embargo, la curiosidad pesó más y a las siete en punto entraba en el salón
Cavana del hotel Sandton Sun.
Recorrió el lugar y a sus ocupantes con la vista, hasta que su mirada se detuvo en un hombre
que se encontraba sentado en un rincón. Él la miraba con fijeza y el corazón de Kerry dio un
salto de nerviosismo.
Era su padre, pero también era un extraño. ¿Cómo debía comportarse con él? ¿Cómo habría
querido su madre que se comportara?
Kerry enderezó los hombros y se dirigió a él.
—Usted trae un clavel rojo de manera que debe ser Edward Nelson.
El hombre no respondió de inmediato, de manera que Kerry dudó un instante.
—Usted es Edward Nelson, ¿no?

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—Sí, y discúlpame —se puso de pie con torpeza y sus miradas se entrelazaron, luego se
sujetó al respaldo de una silla como si necesitara apoyo—. Si mi mirada ha sido inoportuna es
porque el parecido con tu madre es impresionante.
Era un poco más alto que Kerry, grueso, pero más bien musculoso. Su cabello debió ser
castaño claro alguna vez, sin embargo, ahora estaba totalmente cano.
Edward Nelson dio la impresión de recuperar el control y le hizo una seña a Kerry para que
tomara asiento, de manera que quedaron de frente y ambos se estudiaron. Las facciones de su
padre le indicaron que debió ser muy bien parecido cuando joven.
—Mi madre murió hace ocho años —anunció casi como una acusación, y los ojos del
hombre brillaron.
—Lo sé —respondió con tal calma que Kerry deseó sujetar las solapas de su costosa
chaqueta y sacudirlo hasta que experimentara parte del dolor que ella vivió tras la muerte de su
madre.
— ¿Quién te lo informó? —inquirió con severidad.
—Permíteme que te ordene algo de beber y después podemos charlar —llamó a la camarera,
haciendo de lado la pregunta de su hija—. ¿Qué gustas beber?
Kerry no quería beber nada, deseaba hablar y acabar con eso de una vez por todas.
—Un jerez semi seco, gracias.
Ninguno de los dos habló mientras aguardaban por sus bebidas. Cuando la camarera regresó
a su mesa, la tensión entre ellos se podía cortar con cuchillo, por lo que bebieron de sus copas
para reanimarse.
Fue Edward Nelson quien rompió el prolongado silencio.
—Fue muy innoble de mi parte rechazarte hace cinco años, cuando trataste de ponerte en
contacto conmigo, y te pido que me disculpes por eso.
— ¿Qué te hizo cambiar de parecer?
—La conciencia no me ha dejado tranquilo desde hace mucho tiempo, pero lo decisivo fue
mi encuentro con un joven llamado Maxwell Harper.
— ¡Max! —el nombre explotó en sus labios. Kerry palideció y las manos comenzaron a
temblarle tanto que tuvo que dejar la copa sobre la mesa antes de derramar sobre su vestido el
líquido ambarino—. ¿Viste a Max?
—Entró como un torbellino en mi oficina hace tres semanas, me expresó la clase de alimaña
que considera que soy y me refrescó la conciencia al comentarme cómo te lastimé por negarme
a reconocer tu existencia —sonrió con ironía mientras miraba su copa con whisky—. Me
sacudió, pero debo admitir que me gustó su estilo.
— ¿Max hizo eso? —preguntó aturdida. ¿Qué lo había impulsado a confrontar a su padre?
Le sorprendía que Max recordara lo que ella le contó y le impresionaba todavía más que se
hubiera tomado tantas molestias para lograr algo que ella ya había dado por imposible hacía
mucho tiempo.

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—Me alegra saber que tienes un amigo como Maxwell Harper quien realmente te aprecia,
Kerry.
Ella podría corregir esa afirmación, sin embargo decidió pasarla por alto, y en lugar de ello
tomó su copa para beber el jerez.
— ¿Por qué me rechazaste hace cinco años?
—Primero por la impresión que me llevé y después por miedo.
— ¿Miedo? —repitió sorprendida, y su padre la miró esbozando una mueca.
—Temí que al verte después de tantos años removería recuerdos dolorosos.
— ¿Dolorosos? —repitió otra vez, pasmada—. ¿El recuerdo de tu matrimonio con mi madre
te resulta doloroso?
—Sí, así es —le sostuvo la mirada un instante, y de nuevo cambió el tema de conversación—
¿Ya cenaste, Kerry?
—No —contestó.
—Yo tampoco —se puso de pie y extendió la mano hacia su hija—. ¿Gustas cenar conmigo?
—Me agradaría, gracias —se sorprendió a sí misma al aceptar, se puso de pie y colocó la
mano en la de su padre para que la escoltara a uno de los restaurantes del hotel.
Kerry estudió la minuta y optó por una pequeña porción de pescado y ensalada. Su padre
ordenó el filete, especialidad de la casa.
Edward Nelson mantuvo el hilo de la conversación durante la cena, le preguntó a Kerry sobre
su profesión y tocó otros temas ligeros. Daba la impresión de que no estaba dispuesto a hablar
de nada serio hasta que hubieran terminado de comer, por lo que Kerry tuvo que aceptar una
derrota temporal.
Cuando al fin bebían el café, reinó un silencio tenso. Entonces Kerry decidió formular la
pregunta que la había atormentado por casi una eternidad.
— ¿Por qué nos abandonaste?
Su padre levantó la vista de su café y frunció el entrecejo.
— ¿Eso fue lo que te dijo tu madre?
—Ella nunca tocaba el tema a menos que yo le preguntara, y lo único que me comentó fue
que te habías ido y que residías en Australia.
—Yo no las abandoné, Kerry —movió la cabeza y se corrigió—: Bueno, en cierto sentido sí
lo hice, pero tuve mis motivos.
—Quisiera saber qué fue lo que sucedió —dejó la taza y lo miró con atención.
—La compañía para la que yo trabajaba entonces, me ofreció un contrato por cinco años en
Australia. Era la oportunidad de mi vida y no podía rechazarla. Podía llevarme a mi familia...
era parte del trato, pero a tu madre acababan de ofrecerle una sociedad en el bufete de abogados
en el que trabajaba y consideró que irse en esos momentos afectaría su carrera profesional.
—Así que te fuiste sin nosotras —concluyó Kerry.

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—Sí, me fui sin ti y sin tu madre —confirmó con amargura—. Después de un mes le escribí y
le supliqué que se reuniera conmigo, sin embargo, ella se negó. Volví a escribirle, y le comenté
que si me amaba se reuniría conmigo, pero ella respondió que si yo la amara jamás me habría
ido. Hubo necedad por parte de los dos y durante ese primer año que estuve en Australia nos
dijimos tantas cosas hirientes a través de las cartas que, al final, acordamos que necesitábamos
los cinco años de separación para entonces decidir si merecía la pena salvar nuestro matrimonio.
— ¿Quién decidió terminarlo?
—Yo —confesó, y el gesto de desagrado se enfatizó alrededor de su boca—. Tu madre había
aceptado que yo regresara, si quería, al concluir el trabajo en Australia y que intentaríamos
arreglar las cosas, sin embargo cinco años es mucho tiempo, y yo estaba tan desilusionado y
amargado que me pareció que ya no había nada que arreglar. Se me presentó la oportunidad de
empezar mi propio negocio, y para ese entonces también había conocido a la mujer con quien
sigo casado, de manera que decidí cortar todo vínculo y le escribí a tu madre para pedirle el
divorcio.
—Y muy pronto te olvidaste también de mí —añadió Kerry con desconsuelo.
—No, yo nunca me olvidé de ti —aclaró con tristeza—. Tu madre ganó tu custodia, y ya que
no me habías visto en tantos años, consideramos que te haría daño que de manera periódica te
enviaran a vivir con el padre a quien realmente jamás conociste.
—Comprendo —expresó Kerry con dolor.
—Marge, mi esposa, es una buena mujer —continuó él—. Me ha dado dos hijos
encantadores, y me ha hecho muy feliz, pero nunca ha podido llenar el vacío que tu madre dejó
en mi vida.
¿Vacío? ¿Su madre había dejado un vacío en su vida? ¿De qué hablaba?
—Eso me hizo considerar que era mejor que no nos viéramos —explicó—. Temía lastimar a
Marge. Verás, Kerry, durante todos estos años ella ha sabido que realmente nunca dejé de amar
a tu madre.
—Tu esposa debe amarte mucho —señaló la chica con deseos de llorar.
—No la merezco —movió los hombros como si de pronto su chaqueta le apretara.
—Creo que mi madre tampoco te dejó de amar en realidad —expresó.
—Debes de estar equivocada, Kerry —la contradijo de inmediato.
—No lo creo —abrió su bolso y sacó un pendiente de oro en forma de corazón que provocó
que su padre palideciera. Al reverso del corazón estaba grabado: "Jan, te amo, Ed", y la fecha
que correspondía a dos años del nacimiento de Kerry—. Mamá siempre lo traía puesto —
expresó con voz trémula y le entregó el pendiente a su padre—. Jamás iba a ningún lado sin él,
y lo tenía apretado en la mano cuando murió. ¿Tú piensas que le habría dado tal importancia si
no te hubiera amado?
—Pero ¿por qué? —Preguntó su padre, con verdadero dolor en la mirada al leer la
inscripción del pendiente—. ¿Por qué me hizo creer que ya no me amaba?

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—No sé —Kerry volvió a recordar las palabras de su madre: "Si amas a alguien déjalo ir".
¿Era posible que su madre hubiera dejado libre a su marido con la esperanza de que regresara a
ella? — Tal vez tenía miedo de confesarte lo que sentía por ti puesto que creía que ya no la
amabas. Quizá tenía la esperanza de que, a pesar de todo, algún día regresarías para darle una
segunda oportunidad a su matrimonio.
—Era la manera en que razonaba Janette, supongo.
— ¿Te gustaría conservar el pendiente?
Su padre negó con la cabeza y le regresó la joya.
—Guardala tú, Kerry, como un recordatorio de que no debes permitir jamás que el orgullo
obstinado se interponga entre tú y la persona a la que amas.
Era un buen consejo, pero ¿qué podía hacer cuando la persona a la que amaba no le
correspondería nunca?
A pesar de todo Kerry y su padre tuvieron tanto de que conversar que esa noche la chica llegó
ya muy tarde a su casa. Tenía tanto en que pensar que no podía dormir, y permaneció tendida en
su lecho despierta casi toda la noche, sin embargo, al día siguiente estuvo en el aeropuerto para
despedir a su padre como se lo prometió.
—Gracias por haber venido —Edward Nelson le sonrió a su hija y la tomó de las manos—.
Supongo que la próxima vez que nos veamos estarás casada con el tipo que irrumpió en mi
oficina en Sydney y me leyó mis derechos.
—Me temo que tienes la impresión equivocada —se tensó—. Max y yo no estamos... no
somos...
—Si me vas asegurar que no estás enamorada de él, entonces te has olvidado de que vi la
expresión de tu rostro anoche, cuando mencioné su nombre.
—No soy correspondida —ocultó su dolor con una sonrisa forzada—. Max no me ama.
— ¿No? —Edward Nelson se mostró sorprendido, pero el anuncio de la salida de su vuelo
interrumpió la conversación y abrazó a su hija de una manera rápida e inesperada, a lo que ella
respondió con una misteriosa sensación de pertenencia—. Cuídate, nena.
¡Nena! Aquella palabra despertó un recuerdo que había estado sepultado muy profundo en su
mente. Su padre la llamaba "nena"; nunca Kerry. "¡Sujétate, nena, porque papá te va a llevar de
caballito a tu cama!"
En esos momentos, Kerry lo recordó con absoluta claridad, y las lágrimas le nublaron los
ojos mientras su padre se alejaba. Edward se volvió una vez y la despidió con un ademán. Ella
agitó la mano también, y un momento después, él se había ido.
Kerry permaneció en el interior del aeropuerto hasta que el avión de su padre despegó. Se
mantuvo como una estatua, evitando llorar y deseando que el pasado pudiera volver atrás.
— Eso es típico de él —afirmó Kathleen entre risas cuando la chica le contó que Max se
había puesto en contacto con el padre de Kerry en Australia—. Mi hermano siempre ha tenido
un exagerado sentido de la justicia.

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Un sentido de la justicia. Sí, eso había sido todo. Un conmovedor sentido de justicia.
Kerry vestía pantalón de mezclilla y botas. Estiró las piernas y las cruzó a la altura de los
tobillos. Bebió su té y por tercera vez en esa tarde de domingo se obligó a desviar la vista de la
fotografía que estaba sobre la mesa entre las ventanas, para tratar de concentrar su atención en
lo que Kathleen le decía.
—Max fue muy noble de tomarse tantas molestias para ayudarme —comentó Kerry tratando
de ocultar sus sentimientos.
—Esta mañana recibí una llamada telefónica de Australia de parte de un conocido de Max —
en la voz de Kathleen había algo que la inquietó a Kerry. ¿Qué sucedía? ¿Se lo imaginaba o
había ocurrido?
— ¿Cómo está Max? —preguntó con naturalidad fingida.
—Está internado en un hospital.
Kerry sintió como si unos dedos de hielo le oprimieran el corazón, y su mente saltó de una
aterradora posibilidad a otra. Recogió las piernas y se enderezó. Palideció de forma visible y las
manos le temblaron.
— ¿Qué sucedió? —Inquirió con brusquedad—. ¿Qué ocurre?
—Hace dos días un caballo lo tiró de la silla y se rompió la clavícula.
Kerry experimentó alivio de inmediato, por lo que relajó el cuerpo. Durante las semanas que
prosiguieron a la visita de su padre intentó aceptar su destino. Sabía que jamás podría tener a
Max, pero eso no evitaba que pensara en él, ni aligeraba la añoranza que le oprimía el pecho
durante las largas y oscuras noches.
¿Terminaría algún día? Levantó la vista y con horror se percató de que Kathleen había estado
observándola con gesto inquisitivo por encima de su taza de té.
— ¿Estás enamorada de mi hermano, Kerry? —preguntó Kathleen y la chica se tensó—. ¿Lo
estás? —insistió.
— ¡No! ¡Por supuesto que no! ¡Sólo pensarlo es una ridiculez!
—Yo no creo que sea tan ridículo —señaló con voz baja y se inclinó para dejar su taza sobre
la bandeja—. Creo que estás enamorada de Max. Es más, estoy segura.
Kerry negó con la cabeza con brusquedad.
—No sé de donde sacaste esa idea tan loca, pero estás equivocada, y...
—Si no estás enamorada de él —la interrumpió la señora Stafford con firmeza—, entonces
explícame ¿a qué se debe que no puedas apartar la vista de esa fotografía cada vez que vienes?
Y también, ¿por qué te pusiste pálida cuando mencioné que está en el hospital?
Kerry intentó hablar, sin embargo las palabras se le atoraron en la garganta, entonces optó
por ponerse de pie y se paró junto a una de las ventanas. El hermoso jardín de Kathleen había
cambiado con las estaciones; de la brillantez del verano, a los ricos colores dorados del otoño, y
a la desnudez verde pardusca del invierno.

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Habían transcurrido más de cuatro meses desde la última vez que había visto a Max. No
podía olvidarlo, pero también era cierto que ya comenzaba a tener dificultad para identificar sus
sentimientos.
— ¿He sido tan obvia? —se sorprendió preguntando.
—Al principio no, querida —le aseguró Kathleen—. Debo confesar que desde un principio
sospeché, pero hasta ahora estoy segura.
—Por favor... No se lo vayas a comentar a Max, porque no quiero que se entere.
Kathleen la observó pensativa durante lo que pareció una eternidad.
—Si eso es lo que quieres, te doy mi palabra de que por mí no se va a enterar —le aseguró
con tono severo.
—De hecho ya no sé lo que siento —confesó y volvió a sentarse con pesadez—. Ya hace
mucho tiempo y últimamente tengo tanta rabia que me empiezo a preguntar si lo que estoy
expresando no es sólo un anhelo infantil de tener lo imposible.
—No puedo hablar por Max ya que no ha confiado en mí —expresó Kathleen mientras servía
más té—. Sé que siempre le ha parecido injusto contraer matrimonio y esperar que su esposa se
adapte a su vida, pero de cierta forma, creo que sí le importas, si no ¿por qué otra razón me
habría pedido que me mantuviera en contacto contigo? —Dejó la jarra sobre la bandeja y se
cubrió la boca con una mano—. ¡Ay, no debí comentar eso!
Kerry sujetó los brazos de madera de su silla para tratar de contener la explosión de ira.
— ¿Max te pidió que me vigilaras y que después te reportaras con él? ¿Esa es la única razón
por la que has fomentado nuestra amistad?
— ¡Ay, no! ¡No! ¡No es así, en absoluto! —Exclamó con ansiedad—. Si no disfrutara tu
compañía me habría mantenido en contacto de muchas otras maneras, sin necesidad de vernos o
de invitarte a mi casa. En lo que respecta a vigilarte y reportarme con Max... bueno, eso... ¡eso
es espantoso!
—Pero has hablado de mí cuando se comunica contigo.
—Me pregunta si te he visto o si he hablado contigo, y yo le comento que vienes a tomar el té
o que nos hemos reunido en la ciudad para comer. Eso es todo lo que me ha preguntado, y lo
que yo le he contado —la mano de Kathleen temblaba un poco cuando le entregó su taza de
té—. Max ha conocido a muchas mujeres, Kerry, pero nunca ha tratado de mantenerse en
contacto con ninguna de ellas, y es por eso que estoy segura de que le importas.
—No me hagas alimentar esperanzas otra vez, Kathleen, porque lo único que realmente le
importa a Max es su libertad, y no lo debo olvidar.
Las sombras de la tarde se extendían sobre el césped, y una brisa fría provocó que Kerry se
estremeciera cuando abandonó la casa y avanzó hacia donde estaba estacionada su vagoneta.
—No permitas que tus sentimientos hacia mi voluntarioso hermano afecte nuestra amistad —
le pidió Kathleen cuando Kerry abrió la puerta de la vagoneta. Después, de manera inesperada
se inclinó y besó la fría mejilla de la chica—. Aunque no lo creas he llegado a tenerte afecto,

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Kerry, y quisiera que hubiera alguna forma de hacerle ver a mi hermano que tú serías la esposa
perfecta.
Era una cruda y fría noche de sábado, hacia finales de julio. Kerry secó su cuerpo después de
darse una ducha, y se puso su largo camisón de invierno. Había terminado todos sus trabajos, y
empezaba a pensar con seriedad en la posibilidad de seguir el consejo de Josie. Necesitaba unas
vacaciones en algún lugar cálido y tranquilo, donde pudiera desenredar el lío en que se había
convertido su vida.
Agotada se metió en la cama y se deslizó bajo las mantas, con un suspiro. Estaba cansada de
tratar de lograr el olvido a través de las extenuantes horas de trabajo, y de llevar una vida sin
propósito en mente.
Para eso, bien podía estar muerta.
El estridente timbre del teléfono interrumpió sus pensamientos y se sentó de golpe para mirar
la hora en el reloj que estaba sobre la mesa de noche. ¡Once y cuarto! ¡Nadie llamaba jamás a
esa hora de la noche!
El corazón le latía acelerado y el timbre persistente del teléfono le alteró los nervios. Saltó
fuera del lecho y descalza salió de su habitación.
—Habla Kerry Nelson —contestó, y se preguntó si su voz sonaría tan circunspecta como se
encontraba.
—Hola, Kerry.
¡Esa voz! Se le doblaron las rodillas, y se deslizó contra la fría pared hasta quedar en cuclillas
sobre la alfombra.

Capítulo 10
— HOLA, ¿Kerry? ¡Maldición! ¡Todos los teléfonos están en las mismas! —La voz de Max
reflejaba frustración y furia—. ¿Me escuchas, Kerry? ¿Hola? ¿Estás allí?
Kerry escuchaba todo a la distancia, mientras luchaba por salir de esa manta oscura que
amenazaba con envolverla.
—Aquí estoy, Max.
— ¿Cómo? ¡No te escucho!
—Que aquí estoy —logró repetir en voz más alta.
— ¡Gracias a Dios! —exclamó—. Después de tres intentos fallidos por comunicarme
contigo, empezaba a creer que tenía el número equivocado.
— ¿De dónde me estás llamando? —preguntó Kerry, y se llevó la mano al pecho.
—Mi avión llegó hace alrededor de quince minutos, y todavía estoy en el aeropuerto Jan
Smuts.
—No pensé que regresarías tan pronto. Me comentaste que...
—Tengo que verte esta noche, Kerry —la interrumpió—. Tengo algo muy importante que
hablar contigo.

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¿Otro trabajo? ¡Qué gran cosa! Kerry deseó llorar, pero de la rabia que se empezaba a
agolpar en su interior y que provocó que se estremeciera.
— ¡Si piensas ofrecerme otro trabajo, la respuesta es "no", y en cuanto a verte a esta hora de
la noche, la respuesta también es "no"!
Dejó la bocina en su lugar con brusquedad y un sollozo seco y asfixiante la sobrecogió.
Después inclinó la cabeza para apoyarla sobre las rodillas.
Permaneció sentada así durante varios segundos, con las piernas recogidas y meciéndose.
Luego se arrodilló y alcanzó el cable del teléfono, bajo la mesa, para desconectarlo. Justo en ese
momento el timbre volvió a sonar, pero Kerry tiró del cable y entonces reinó el silencio.
Temblaba de pies a cabeza cuando regresó a su lecho y levantó las mantas para cubrirse hasta
la barbilla, sin embargo no podía dejar de estremecerse.
¿Cómo se atrevía? ¿Cómo se atrevía Max a apartarse de su vida y creer que podía regresar
con toda calma, cinco meses después? ¡No! ¡No permitiría que él le hiciera eso! ¡No iba a
tolerar que el tormento iniciara otra vez!
Kerry no podía dormir. De alguna manera sabía que la noche no terminaría con esa llamada
telefónica de Max. Era consciente de ello y eso la aterrorizaba.
Permaneció rígida bajo las mantas, con el oído aguzado por si escuchaba algún ruido adentro
o alrededor de la casa, y la tensión que experimentaba escaló de una forma alarmante unos
minutos antes de la medianoche cuando escuchó que un coche se detenía frente a su casa.
El motor del automóvil siguió en marcha. Después escuchó que se abría una puerta del
mismo, se cerraba de golpe y luego el automóvil partía.
¿Eran las conocidas pisadas de Max sobre el suelo del patio pavimentado o eran los latidos de
su propio corazón lo que tamborileaba contra sus oídos?
La losa suelta del alto escalón crujió con su usual advertencia y Kerry se encogió con
ansiedad bajo las mantas. Con las manos oprimió sus orejas con fuerza. Sonó el timbre de la
puerta, y aunque era un ruido apagado logró que Kerry saltara como si hubiera recibido una
descarga eléctrica.
El timbre sonó una y otra vez, y Kerry se encogía más bajo las mantas. Después de un par de
minutos, comenzaron a escucharse unos golpes contra la puerta, tan fuertes que sin duda
despertarían a los vecinos.
"¿Dios, qué se supone que debo hacer?", pensó con desesperación.
"Nunca permitas que el orgullo obstinado se interponga entre tú y el hombre al que amas".
Eso fue lo que le recomendó su padre sin embargo esto nada tenía que ver con el orgullo. ¡Esto
era un acto de supervivencia!
"¡Cobarde!", le gritaba una vocecita, mientras los golpes contra la puerta continuaban a
intervalos regulares. ¿Cobarde?
Kerry hizo a un lado las mantas, encendió la luz de la lámpara de noche, se sentó en la cama
y calzó unas suaves pantuflas.

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—Yo no soy una cobarde —murmuró con furia y subió la cremallera de su bata.
Los golpes contra la puerta cesaron en cuanto Kerry encendió la luz del corredor. Ahora,
Kerry estaba enfadada y esa era la única emoción que le servía de arma contra el miedo. La
cólera era lo único que podía suprimir de manera eficaz sus sentimientos prohibidos.
— ¿Quién es? —preguntó con brusquedad.
— ¡Maldita sea, sabes muy bien quién es! —exclamó con furia controlada la conocida voz
masculina—. ¡Soy Max, abre la puerta!
— ¡Vete! —Gritó Kerry con un chillido—. ¡Te dije que no quería verte!
—Si no abres esta puerta, Kerry —le advirtió—, provocaré una conmoción lo
suficientemente fuerte para que la escuche todo el vecindario.
Kerry se dio cuenta, por su tono de voz, de que no era una amenaza en vano, y colocó su
frente febril contra la fresca puerta de madera. Temblaba, pero no era por el frío, y las palmas
de sus manos estaban pegajosas al ponerlas contra la puerta como un gesto inconsciente de
defensa.
— ¡Kerry, después no vayas a negar que te lo advertí!
Kerry escuchó las pisadas que avanzaban hacia el patio. ¿Qué pretendía hacer? ¿Tirar la
puerta de una patada?
— ¡Está bien! ¡Espera! ¡Voy a abrir la puerta! —gritó, y con torpeza por el nerviosismo quitó
el seguro de la cerradura.
Apenas lo hizo, cuando él abrió la puerta de golpe. Max, con maleta en mano, entró en el
corredor. Llevaba puesto un abrigo grueso color gris con el cuello levantado, y con una furiosa
mirada recorrió a Kerry de pies a cabeza...
Kerry experimentó escalofríos, y dio un paso atrás para apoyarse contra la pared, mientras se
deleitaba con las facciones severas y atractivas que la habían atormentado día y noche durante
tantos meses. Su cuerpo enviaba señales... señales de una necesidad reprimida por mucho
tiempo, y de pronto sintió miedo de permanecer con la mirada fija sobre el hombre frente a ella.
— ¡Cierra la puerta! —le ordenó con mal modo, pues temblaba por el aire frío de la noche—.
Estás dejando que entre el frío.
Max dejó la maleta sobre la alfombra antes de cerrar, y los nervios de Kerry estallaron al
escuchar que ponía el seguro en la puerta.
—Me cortaste la comunicación —la acusó en tono sombrío.
—Bueno, ¿qué esperabas que hiciera si de pronto me llamas a esa hora? —respondió—. Y si
lo que necesitas es un fotógrafo, más te vale buscarlo en otra parte, porque yo no estoy
disponible.
—Yo no mencioné que necesitara uno.
—Lo diste a entender.
—No, no lo hice —la corrigió burlón—. Tú lo supusiste.

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— ¡Está bien, lo supuse! —Su corazón palpitaba con fuerza contra la fría pared a su
espalda—. ¿Por qué otra razón me ibas a llamar?
—Hablaremos de eso después —se quitó el abrigo y lo colocó sobre la maleta. La chaqueta
de ante café y los pantalones de pana le quedaban a la perfección, pero daba la impresión de
haber perdido peso—. Nada más déjame verte, Kerry.
El cabello de la chica estaba desordenado en una cascada plateada sobre los hombros, y de
pronto se sintió incómoda en su escasa ropa; sin embargo, Max estaba más interesado en sus
ojeras y la tensión poco común en su rostro.
Desvió la mirada a los dos montículos que sobresalían contra la delgada tela de su bata, y ella
sintió desolación al percibir que los senos se le inflamaban bajo su mirada. Sus pezones se
endurecieron con el deseo de ser tocados por Max una vez más. Los recuerdos invadieron su
mente, desencadenando una sensación de calor que hizo espirales hasta llegar a sus ingles, y
suspendió la respiración cuando Max miró más abajo.
Una sensación de debilidad se posesionó de sus piernas. Si no hacía algo rápido iba a hacer el
ridículo.
— ¡Ahora que ya me has visto, sugiero que expliques lo que me tienes que decir, y después te
vayas! —exclamó con una voz fría y controlada.
Max vaciló como si le hubiera dado una bofetada, antes de que en sus ojos apareciera una
expresión inquisitiva.
— ¿Estás enfadada?
— ¡Por supuesto que lo estoy!
— ¿Por qué?
La pregunta confundió a Kerry, porque para responder tendría que desnudar su alma y eso era
lo último que quería hacer en ese momento.
Alzó los hombros al darse por vencida. La cólera empezó a ceder con lentitud, y con ello
quedó vulnerable.
—Ya es muy tarde, Max, y estoy cansada, de manera que no prolonguemos esto más de lo
indispensable.
— ¿Me prepararías una taza de café?
Estaba a punto de negarse, pero la compasión por él la hizo guardar silencio, al mismo
tiempo que su mente registraba cosas que antes había ignorado.
Max tenía los ojos hundidos, y tenía muy pronunciadas las hendiduras de la nariz a las
esquinas de la boca. Parecía exhausto, como si no hubiera comido, ni dormido durante días, y
de pronto Kerry se avergonzó de haber pretendido negarle una taza de café.
—Pasa a la cocina —lo convidó y avanzó hacia ella.
—No me he dado una ducha, ni me he mudado de ropa desde hace dos días y me empiezo a
sentir incómodo después del largo vuelo —comentó él, cuando Kerry encendió la luz de la
cocina—. ¿Crees que me podría dar una ducha y mudarme de ropa mientras preparas el café?

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¡Vaya descaro! Tenía un apartamento fabuloso en la ciudad, y en lugar de ir allá, invadía su


humilde casa en medio de la noche, pedía un café y poder usar su cuarto de baño. ¡Eso era
demasiado, demasiado!
—Siéntete como en tu casa —respondió en tono sarcástico, desconectó la tetera eléctrica y la
llenó de agua—. El cuarto de baño está después de mi habitación. Es la puerta a tu izquierda en
el corredor; encontrarás toallas limpias en la repisa del baño.
Max tomó la maleta y después se escuchó el ruido de sus pasos, lentos y pesados, por el
corredor. Después, se oyó el ruido de agua corriente sobre el siseo de la tetera eléctrica, y Kerry
retardó la preparación del café hasta mucho después, cuando reconoció el conocido gorgoreo
del desagüe de la bañera.
Eran las doce y treinta. ¡Dios Santo, estaba tan cansada, y sin embargo se sentía tan... tan
viva!
"¡Basta, Kerry!", se censuró. "Él está aquí por motivos que nada tienen que ver con que tú te
sientas viva otra vez, o deseada, o amada. No te hagas ilusiones, hija mía, porque Maxwell
Harper no tiene la menor intención de invitarte para que formes parte permanente de su
ajetreada vida".
Kerry preparó el café y aguardó. Reinó el silencio. Sintió curiosidad, así que salió de la
cocina y caminó en silencio a su habitación.
— ¿Max? —le llamó en voz baja, pero al no recibir respuesta, entró.
El hombre estaba tendido, sobre su espalda, en la cama doble y llevaba puestos unos
pantalones de mezclilla limpios, un suéter gris, y estaba descalzo. Tenía los ojos cerrados, y la
sombra de sus largas pestañas oscuras enfatizaba sus ojeras. Al ver que su respiración era lenta
y profunda, Kerry se percató de que estaba dormido.
¡Qué descaro!, volvió a pensar, con ganas de reír, pero en lugar de eso, la garganta se le cerró
y los ojos se le llenaron de lágrimas.
— ¡Ay, Max! —susurró su nombre con voz trémula, lo cubrió con las mantas y apagó la luz
de la lámpara de noche.
Tomó unas mantas y un cobertor de la repisa del corredor, y se hizo una cama en el sofá de la
sala, pero permaneció despierta durante mucho tiempo, escuchando los sonidos familiares del
interior y los alrededores de la casa. Se sentía tan bien de saber que Max estaba bajo el mismo
techo que ella, que por primera vez en meses estaba en paz, aunque pareciera extraño.
"No te hagas ilusiones, Kerry", se reclamó a sí misma. "Esto es nada más por una noche,
porque mañana otra vez se habrá ido, y estarás igual que ayer".
Era un pensamiento inquietante, de manera que lo hizo a un lado. Bastaba con saber que Max
estaba en la misma casa que ella, aunque sólo fuera por una noche, y con eso en mente, se
quedó dormida.
Despertó a las seis de la mañana del domingo. Todavía estaba oscuro afuera.
¡Max! ¡Max estaba dormido en su cama!

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Se levantó con rapidez, dobló las mantas, las guardó en su lugar y se fue a la cocina.
Encendió la luz y miró las dos tazas de café intactas sobre la mesa.
Cuando Kerry entró en su habitación, Max aún estaba dormido y el corazón se le contrajo de
dolor al verlo. Estaba casi en la misma posición que la noche anterior, y Kerry pasó por encima
de la maleta abierta que estaba en el suelo, para tomar su viejo mono azul marino y sus zapatos
de lona del aparador.
Se lavó y se mudó de ropa en el cuarto de baño; y cuando regresó a la cocina para preparar el
desayuno, Max empezaba a moverse.
A las siete y media de la mañana, Kerry desvió la mirada de la estufa para ver a Max que en
ese momento entraba descalzo en la cocina. Todavía llevaba puestos los pantalones vaqueros y
el suéter gris con los que durmió; el cabello desordenado le caía sobre la frente amplia e hizo
una mueca de inocencia fingida al tomar asiento a la mesa que ella ya tenía lista.
—Me temo que me adueñé de tu cama anoche —señaló a modo de disculpa.
—Me di cuenta —respondió con sequedad. Él la seguía con la mirada cuando volvió a
encender la tetera.
—Me sentí tan cansado después de la ducha y de mudarme de ropa, que pensé acostarme un
par de minutos, pero debí dormirme de inmediato. Lo siento.
— ¿Café? —preguntó e ignoró su petición de disculpa.
—Gracias.
Preparó una taza de café negro y la colocó sobre la mesa frente a Max. Sus miradas se
entrelazaron unos segundos antes de que ella la desviara, sin embargo, los nervios de Kerry de
inmediato respondieron al ardor que percibió en los de él.
"¡No permitas que te haga esto!", se advirtió a sí misma al volverse hacia la estufa. "¡No
dejes que te conmueva, para después dejarte otra vez!".
—Huele bien —comentó Max, pasado un prolongado e incómodo silencio—. ¿Qué es?
—Una tortilla de huevo con queso —colocó un plato con tostadas sobre la mesa, y servía las
porciones de tortilla en dos platos cuando se dio cuenta que Max se inclinaba sobre un hombro.
En ese instante, todo lo demás perdió importancia para ella—. ¿Todavía te molesta mucho tu
hombro?
—Cicatrizó bien, pero durante la noche tiende a entiesarse —cuando Kerry se sentó a la
mesa, Max tenía un gesto de diversión—. ¿No te comentó Kathleen?
—Sí —respondió, y adoptó una máscara de buena educación y rigidez al acercarse las
tostadas y la mantequilla—. ¿Sabe Kathleen que ya regresaste?
—No, no sabe.
Eso le resultó extraño a Kerry, pues se había mantenido en contacto con su hermana durante
esos meses, manteniéndola al tanto de sus movimientos. ¿Por qué no le había informado la
fecha en que iba a regresar?
Las interrogantes eran muchas para lidiar con ellas.

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— ¿Qué era tan importante, anoche, que consideraste que no podías esperar hasta esta
mañana?
—Creo que debemos desayunar primero y después hablaremos —mordisqueó una porción de
su tostada.
—Si intentas tenderme una trampa para que acepte otro trabajo, más vale que lo olvides,
porque yo...
—Ahora que lo mencionas, sí tengo otro trabajo para ti.
Kerry se enfureció por la tranquilidad con que él lo aceptó.
—La respuesta es "no", Max, y esta vez, no hay forma de que me chantajees.
—Esto está delicioso —señaló sin alterarse por la respuesta de Kerry.
— ¡Creo que eres uno de los hombres más exasperantes que he conocido en toda mi vida!
—Y yo te veo hermosa cuando te enfadas. Sin duda te hace más deseable —desvió la vista de
sus ojos, al agitado movimiento ascendente y descendente de sus senos, y sonrió con
sensualidad, por lo que los pezones de Kerry se endurecieron en respuesta.
— ¡Maldito seas, Max! —Explotó con furia, y colocó los puños cerrados a los lados de su
plato, mientras echaba chispas por los ojos—. ¡Maldito seas por volver a mi vida como un
huracán, cuando empezaba a regresar a la normalidad!
— ¿Existe la normalidad? —Preguntó, con gesto de desagrado y amargura—. Dios sabe que
una vez existió en mi vida, pero ya no la puedo encontrar.
¿A qué se refería? ¿Cómo debía interpretar esa afirmación? La ira de Kerry disminuyó un
poco, al tiempo que su mente aturdida trataba de comprender algo que permanecía fuera de su
alcance.
—Creo que mejor acabamos de desayunar —tomó el cuchillo y el tenedor con manos
trémulas—. Tiendo a confundir las cosas cuando tengo el estómago vacío.
El rostro de Max se relajó un poco.
—Tal vez debería aprovechar esa confusión para convencerte.
— ¡Ni se te ocurra! —le advirtió, echando chispas por los ojos, de manera que él dejó el
tenedor y el cuchillo y levantó las manos con gesto defensivo.
—Relájate, Kerry —sonrió—. Nada más se me ocurrió.
Terminaron de desayunar en silencio, sin embargo Kerry era consciente de las miradas
meditabundas que Max le dirigía. Esto la ponía muy nerviosa e inquieta.
—Mi padre me hizo una corta visita hace un mes —comentó, pues fue lo primero que se le
ocurrió.
—Me da gusto.
—Me explicó que gracias a ti había recuperado el sentido común.
—Me di cuenta de que te lastimó mucho su rechazo, y él no necesitaba más que un leve
empujón para que tomara la dirección adecuada —encogió los hombros.

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—Gracias, Max. No sé si algún día podrás comprender cuánto aprecio lo que hiciste por mí
—lo miró a los ojos. ¿En qué pensaba? ¿Qué había tras esos ojos penetrantes y en qué forma le
afectaría a ella? La tensión comenzaba a ser intolerable.
— ¿Por qué me estás mirando así?
—Tengo un trabajo para ti, Kerry.
—Ya te expliqué que no estoy interesada —tensó el cuerpo.
—Es un trabajo permanente.
—Me niego a aceptar ese trabajo, sea permanente o no, incluso si...
—Quiero que te cases conmigo.
—... es el último trabajo que se me ofrece... —lo miró con fijeza, y después desorbitó los ojos
al comprender lo que él le acababa de proponer con tanta tranquilidad. Quedó estupefacta e
incrédula, de manera que era una ventaja que estuviera sentada, pues tuvo la sensación de que la
cocina empezaba a girar a su alrededor—. ¿Qué dijiste?
—Cásate conmigo, Kerry.
Algo tenía que andar muy mal. No podía ser Maxwell Harper el que había hablado, más bien
su propia mente le estaba haciendo una jugarreta.
— ¿Tú estás loco o soy yo?
—Prefiero estar loco contigo que continuar volviéndome loco sin ti —respondió Max, y ella
movió la cabeza de un lado a otro con incredulidad.
—No... No puedo creer esto.
— ¡Créelo! —Se inclinó sobre la mesa y le tomó las manos—. ¿Recuerdas que una vez me
preguntaste si algunas veces me sentía solo?
—Me acuerdo muy bien —retiró las manos de los dedos cálidos e inquietantes, y se puso de
pie para mirar a través de la ventana, aunque en realidad la imagen que había en su mente era la
del rostro de Max con expresión de burla, aquella noche en el restaurante del hotel Maltahöhe—
Aseguraste que la soledad es un estado de ánimo que tiende a conducir a la inactividad.
—Estaba equivocado, Kerry —se puso de pie, y ella se volvió al ver que se aproximaba—.
He trabajado como burro estos meses y rara vez estuve solo; pero me sentía solo y me di cuenta
de que se debía a que no estabas conmigo para compartirlo todo.
—No... me hagas... esto, Max —el corazón de Kerry reconocía la verdad en los ojos y las
palabras de Max, y su cuerpo empezaba a responder a ello, sin embargo su mente cautelosa
permanecía escéptica—. Esperas que te crea, aunque durante estos cinco meses ni una sola vez
trataste de comunicarte conmigo.
—No me quise comunicar porque estaba empeñado en que tenía que olvidarte; pero por
alguna razón misteriosa le pedí a mi hermana que se mantuviera en contacto contigo —sus ojos
parecían de fuego, al recorrer el cuerpo de Kerry tocando nervios ocultos, antes de volver con
mirada hambrienta a su rostro—. Voy a ser sincero contigo, Kerry. Ha habido muchas mujeres
en mi vida, pero mi interés siempre terminó mucho antes de que nos separáramos, sin embargo

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contigo ha sido diferente. No te quería dejar en Windhoek, y a pesar de que lo intenté, no te


pude olvidar. Estabas conmigo a dónde iba, y en todo lo que hacía. Incluso aparecías en mis
sueños, hasta creí que iba a enloquecer por pensar en ti... por desearte.
La atmósfera en la pequeña cocina de Kerry estaba cargada de emoción. Max trató de tocar a
la chica, pero ella se retiró hacia la alacena.
— ¡No me toques! —le advirtió con voz estrangulada.
Él colocó las manos contra la alacena para atraparla entre sus brazos, y a pesar de que no la
tocó, cada nervio del cuerpo de Kerry se estremeció en respuesta a su proximidad.
—Anoche me bastó estar bajo el mismo techo que tú y aspirar tu aroma, pero esta mañana
tengo una necesidad desesperada de abrazarte, y sentir el suave calor de tu piel bajo mis manos
—el tono aterciopelado en su voz era muy seductor, al grado que asaltaba sus sentidos y
nublaba su mente—. Te quiero acariciar y besar. Quiero sentir tus estremecimientos cuando me
tienda a tu lado, y después vaciarme en ti.
— ¡No! —gritó Kerry, para rechazar la intimidad que él sugería, sin embargo su cuerpo ya la
había traicionado, pues anhelaba lo que él le proponía. Su cuerpo ardió y palpitó con un deseo
tan intenso que ella colocó los puños cerrados contra sus lados para tratar de controlarse.
—No estoy ciego, querida mía —le murmuró con fresco aliento contra la febril frente de
Kerry—. Tus labios pueden pronunciar que "no", pero tu cuerpo ha estado diciendo "sí" desde
que entré en la cocina esta mañana. Admítelo, mi amor.
¿Querida mía? ¿Mi amor? Pronunció esas palabras con tal ternura que la resistencia de Kerry
se derrumbó. Lo amaba... ya no tenía la menor duda de eso, y lo deseaba. Y por lo pronto, con
eso bastaba.
—Estás equivocado —lo contradijo en un susurro—. Mi cuerpo ha dicho "sí" desde anoche.
Max inhaló profundo, en sus ojos se vio reflejado un intenso deseo. Un instante después, ella
estaba entre sus brazos, y sus bocas se buscaban con la misma ansiedad. Kerry movió las
caderas en forma involuntaria contra el cuerpo excitado de Max para expresar la magnitud de su
deseo, y él gimió con la urgencia del suyo propio, al levantarla entre los brazos para conducirla
a la habitación.
Se desvistieron con rapidez entre besos febriles, lanzando su ropa al suelo en su anhelo
desesperado por sentir piel contra piel, y cuando se tendieron sobre la cama, sus cuerpos se
unieron con una celeridad que los largos meses de separación había llevado a un grado
explosivo.
Su alivio se dio demasiado rápido para satisfacer el ansia que llevaban dentro, por lo que se
hicieron el amor otra vez, pero esta vez con lentitud, saboreando cada caricia como si fuera la
última.
Max hizo todo lo prometido, y más. Le besó todo el cuerpo hasta que no quedó un sólo
centímetro sin explorar. Con los dientes mordisqueó su piel ardiente y presta a responder; y así
aumentó su excitación para después besarla de forma muy íntima.

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El jadeo de sorpresa de Kerry terminó en un gemido estrangulado a medida que las


sensaciones más exquisitas la recorrieron como en cascada, pero sin que sintiera vergüenza. Era
Max. Era el hombre al que amaba con cada parte de su ser, y lo que él le hacía le parecía tan
correcto que nada la haría pensar lo contrario.
— ¡Max! —gritó su nombre, mientras respiraba de manera superficial y errática, y se
aferraba con las manos a sus fornidos hombros cuando sintió que su deseo por él iba más allá de
su control—. ¡Ay, Max, por favor! ¡Tómame ahora!
—Todavía no, querida mía —murmuró con sensualidad, se colocó sobre ella y se posesionó
de su boca, aumentando su excitación al introducir la lengua en la húmeda cavidad.
Kerry se contorsionó debajo de él, pues su deseo llegaba a un nivel casi intolerable.
— ¡Maldición, Max! —Jadeó en cuanto él se apartó un poco—. ¡No me atormentes!
Max sonrió, y sus ojos oscuros estaban nublados por el deseo. La poseyó con una lentitud que
en sí misma era un tormento.
—Te amo, Kerry —le aseguró de manera convincente.
La alegría y el deseo formaban una extraña combinación, pero sus mejillas encendidas
estaban húmedas por las lágrimas cuando el cuerpo de Max que la embestía, los condujo a
ambos a un clímax devastador.
Una vez que su respiración agitada comenzó a ceder, Max levantó la cabeza para mirarla.
—Has estado llorando —observó preocupado, y le limpió con sus besos las lágrimas que aún
tenía en las pestañas.
—Jamás creí poder ser tan feliz —confesó.
—Yo tampoco —suspiró Max y cubrió sus cuerpos húmedos con las mantas.
Kerry era feliz al estar tendida entre sus brazos y al disfrutar el calor de su cuerpo contra el
de ella, pero tenía que formular las preguntas que no la dejaban en paz. Se retiró de Max, se
sentó con la espalda apoyada contra la almohada y con las mantas hasta la barbilla.
— ¿Terminaste el programa de televisión que filmaste en Australia?
—No —frunció las cejas como si le molestara la sensación de que sus brazos estaban
vacíos—. Cinco meses en Australia sin ti fue lo más que pude tolerar.
—De manera que tendrás que regresar.
—El trabajo puede esperar —la miró y ella vio la pregunta que estaba en su mente antes de
que la formulara—. ¿Te quieres casar conmigo, Kerry?
Quería responder que sí, sin embargo había algo que tenía que saber antes.
—Te amo, Max. ¡No, espera! —Exclamó al ver que él la iba a tomar entre sus brazos—. Te
amo lo suficiente como para no querer atarte a algo que no deseas.
— ¿Sugieres que vivamos juntos sin casarnos?
—No, por supuesto que no, pero... —pasó saliva ante la restricción dolorosa que
experimentaba—. Una vez me comentaste que el matrimonio no combinaba bien con tu
profesión.

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Él la miró con expresión atormentada, tomó su mano, la acercó a su boca y acarició con la
lengua la cicatriz que tenía en la palma.
—En aquel entonces no sabía lo vacía que podía ser la vida sin ti, y he contado con cinco
meses para darme cuenta de que no hay problema insalvable cuando se ama tanto como yo a ti.
Además... —de pronto sonrió, y en sus ojos apareció un brillo endemoniado—... casarme
contigo significa que jamás tendré que contratar a otro fotógrafo en mi vida.
— ¿Y qué tal si tenemos hijos? —Preguntó, ignorando su comentario—. No sé tú, Max, pero
yo sé que con el tiempo querré tener hijos, y tú me aseguraste que no te gustaba la idea de no
estar presente cuando tus hijos te necesitaran.
—Existen las nanas y los tutores, además imagínate cuán educativo sería para nuestros niños
viajar por todo el mundo con nosotros.
Su sonrisa era contagiosa y ella esbozó una mueca.
—Tengo la impresión de que ya pensaste en todo.
—He tenido mucho tiempo para pensar —respondió, se enderezó sobre un codo, y metió la
mano bajo las mantas para acariciarle un muslo y el estómago plano. Después tomó un seno—.
Tu recuerdo era un consuelo para mí, pero tenerte en carne y hueso es un millón de veces mejor.
—Ay, Max —suspiró, y en sus ojos se reflejaba su amor, mientras acariciaba el cabello que
encanecía en sus sienes—. Te extrañé mucho.
Max cerró los dedos alrededor del seno.
—Todavía estoy esperando la respuesta a mi proposición.
—Estos meses pasados han sido el infierno sin ti, Max. No he estado viva, sino que sólo he
existido, y no hay nada que desee más que contraer matrimonio contigo y pasar el resto de mi
vida a tu lado —confesó y le encantó la sensación del dedo pulgar contra su pezón
endurecido—. Creo que desde que te conocí supe que me llegaría a sentir de esta forma con
respecto a ti, y me dio miedo pensar que mi existencia dependiera de otra persona.
De pronto se retiró, y con cierta arrogancia se tendió contra las almohadas con las manos
entrelazadas en la nuca.
—Tengo un trabajo para ti, Kerry Ann Nelson.
— ¿No me digas, Maxwell Jonathan Harper?
—Estoy pensando en pasar tres semanas en Islas Mauricios antes de regresar a Australia —
arqueó las cejas con expresión de burla—. ¿Te gustaría acompañarme y convertir el viaje en
nuestra luna de miel?
— ¡Nada más intenta detenerme! —exclamó Kerry con ojos risueños y se acercó a él. Max la
tomó entre los brazos, la colocó sobre su cuerpo de manera que las piernas de Kerry quedaron
entre las de él y la excitación de Max; contra la parte de su cuerpo que también comenzaba a
arder.
Kerry acercó los labios a su boca, los separó y sus lenguas iniciaron un juego erótico que
agudizó sus sentidos una vez más al deseo de sus cuerpos.

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Max gimió desde lo más profundo de su ser cuando ella movió las caderas contra él, y deslizó
las manos bajo las mantas para detenerla.
—Lo que me estás haciendo es celestial, Kerry —murmuró con sensualidad contra su boca—
Más vale que te cases conmigo en cuanto se pueda.
Un pensamiento cruzó por la mente de la chica. El matrimonio era el compromiso más
importante del mundo, y no lo podía adquirir con una mentira en su conciencia.
—Hay algo que tengo que confesarte, Max —levantó la cabeza, pero una ridícula vergüenza
se apoderó de ella de manera que no lo pudo mirar a los ojos—. Esa noche en Usakos...
Nunca... nunca había tenido relaciones sexuales con un hombre, antes.
—De manera que no lo imaginé.
— ¡No te enfades, Max... por favor! —Lo miró con ansiedad—. Te amaba y te deseaba. Nada
más me importaba.
Con dedos gentiles le apartó un mechón dorado de su rostro.
—Mi dulce y queridísima, Kerry —murmuró con una sonrisa tan tierna que la conmovió—.
Te adoro, y me alegra haber sido el primero.

LAS palmeras en la playa de Mauricios se erguían grabadas en una silueta árida contra el
color flameante de la puesta de sol, y Kerry suspiró ante tal belleza, apoyada contra el pecho de
su esposo, en el círculo que comprendía los fornidos brazos.
Su luna de miel casi terminaba, sin embargo habían pasado tres semanas idílicas en las Islas
Mauricios.
Kerry levantó la cabeza para mirar el rostro de Max. Sus ojos estaban fijos en el horizonte
como si no pudiera esperar para ver qué había más allá, pero a ella no le inquietaba su mirada,
porque sabía que él se la llevaría, pues se pertenecían; juntos, y había serenidad y alegría en ese
compromiso.

* * *

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