a Corte de Constitucionalidad ha sentado doctrina legal para fijar el punto de partida o de inicio del
término de prescripción (el “diez a quo prescripcional”) para el reclamo y exigibilidad de obligaciones
laborales de tracto sucesivo y cumplimiento periódico que se originan en el desarrollo de los contratos
de trabajo, tales como cálculo y pago de salarios ordinarios y extraordinarios, bonificaciones,
aguinaldos, vacaciones y otras prestaciones de pago o goce periódico. En efecto, en tres fallos
contestes a partir de la sentencia de fecha 23 de octubre de 2008 (Exp. No. 2150-2008), la Corte
sentó que esos derechos que provienen directamente del Código de Trabajo, de sus reglamentos o de
las demás leyes de Trabajo y Previsión Social, prescriben en el término de dos que debe computarse a
partir de cuándo se ha extinguido el contrato de trabajo y no a partir del acaecimiento del hecho u
omisión respectivos como está dispuesto en la ley, para lo cual el tribunal consideró que en la actual
práctica laboral resulta sumamente difícil que un trabajador interrumpa el plazo prescriptorio en virtud
de un beneficio no sufragado oportunamente, por temor a presuntas represalias del empleador que tal
vez puedan poner en riesgo el vínculo laboral.
Esta doctrina legal no puede ser calificada más qu.e como producto de un activismo judicial y
arbitrario llevado a cabo por nuestro máximo Tribunal Constitucional en exceso de su función y
facultades, en clara contravención de la ley y que constituye un atentado en contra de la razón de ser
y efectiva aplicación de la prescripción extintiva en el Derecho del Trabajo, que es un institución
jurídica universal que descansa en principios de orden público, que tiene como fundamento la
seguridad jurídica para dar firmeza, estabilidad y certeza en los contratos y relaciones jurídicas. Para
apuntalar y justificar su criterio ideológico, el tribunal abruma e impresiona con la cita e invocación de
gran cantidad de doctrina científica extranjera de su predilección, pero la cual ha sido descartada o no
está refrendada ni recogida por la legislación o la jurisprudencia del país de donde proviene. Y en el
caso de que la legislación de alguno de esos países acepte que efectivamente la finalización del
contrato sea el “diez a quo prescripcional”, el legislador lo reguló de manera razonable, limitada y
atemperada a efectos de que no resulte destrozada la necesidad jurídica y social de la prescripción y
de no causar los estragos jurídicos derivados de una tesis legal como la sentada por nuestra Corte en
un proteccionismo excesivo, radical e irreflexivo.
En su fallo y a manera introductoria, como para justificar el exceso que más adelante comete, la Corte
Innecesariamente entró a mencionar y considerar que “Existe una importante corriente doctrinaria que
se pronuncia por la imprescriptibilidad de los créditos laborales, fundándose en el principio de
irrenunciabilidad de los derechos de los trabajadores y en el carácter de orden público atribuido a las
disposiciones laborales. Pero en general, la doctrina y las legislaciones admiten la aplicación de la
prescripción extintiva en el Derecho del Trabajo, como un mal necesario, como una concesión que la
justicia social debe hacer a la seguridad jurídica.” Tal consideración ni siquiera venía al caso, pues ese
es un criterio largamente superado en la universalidad de las legislaciones y jurisprudencias laborales
que reconocen y reclaman la necesidad de este instituto que responde a un interés superior colectivo,
y de esa misma manera lo hace y lo dice nuestra propia Corte que reconoce la validez constitucional
de la prescripción laboral, a pesar que la vuelve inútil o hasta inexistente. A estas alturas resulta
inconducente hacer citas para poner en tela de duda la prescripción en materia laboral.
La Corte busca apoyo doctrinario en lo expresado por el juslaboralista uruguayo, Américo Plá
Rodríguez: “Dada la difícil armonización de estos institutos con los principios del derecho del trabajo,
tanto la prescripción como la caducidad deben ser interpretadas con criterio restrictivo: admitirse lo
menos posible y estrictamente dentro de los límites indispensables”. Pero no nos refleja la realidad
legal de la República Oriental del Uruguay, país de tan insigne tratadista y que sigue y se enorgullece
de su legado, cuya Ley que determina los plazos de prescripción de los créditos o prestaciones
laborales originados en la relación de trabajo, dispone claramente que estos prescriben en cinco años
contados desde la fecha en que pudieron ser exigibles, sin perjuicio que es la acción para reclamarlos
la que prescribe en un año a partir del día siguiente a aquél en que haya cesado la relación laboral en
que se fundan. O sea que la acción para reclamar los derechos no prescritos por el transcurso de los
cinco años, es la que prescribe en un año contado a partir de la finalización del contrato. Un año para
reclamar después de terminado el contrato, pero no más allá de cinco años. La orientación doctrinaria
que influyó al legislador uruguayo en el sentido de ubicar la terminación del contrato como el inicio del
plazo de prescripción de un año para la acción de reclamo de los derechos no prescritos por el
transcurso de los cinco años, no lo hizo incurrir en el craso e injustificable error de dejar abiertos sin
límite de tiempo todos los créditos y derechos nacidos durante toda la relación laboral.
Pero la doctrina legal sentada por nuestra Corte sí hace nugatoria la institución de la prescripción
laboral, dejándonos prácticamente sin ella, infiriendo una profunda y abierta herida a la seguridad y
estabilidad jurídica en las relaciones laborales, dejando a las empresas y demás empleadores
completamente expuestos a reclamos o conflictos por todo el tiempo que han durado y tienen
existencia los contratos y relaciones de trabajo, sin límites ni consideraciones de tiempo y que según
los índices de vida física y laboral de las personas pueden remontarse hasta más de cuarenta años.
Esta doctrina hace incurrir al Estado en la omisión de su deber de garantizar la seguridad a las
personas que le impone la Constitución. Provoca total falta de certeza y estabilidad para las empresas
que a partir de la doctrina legal no sabrán nunca cuál es su verdadera situación patrimonial y
financiera, pues en cualquier momento les pueden surgir demandas por pagos de horas extras u otras
prestaciones de tiempos muy remotos y siempre se podrá entrar a revisar y litigar controversias de
índole laboral de décadas atrás. Hasta antes de la doctrina de la Corte, los empleadores confiaban en
el tenor expreso de la ley y tenían la seguridad que les brindaba la prescripción extintiva de derechos
laborales provenientes de la ley y que tuvieren más de dos años de causados. Pero ahora todo les
cambió y han perdido aquella estabilidad que les otorgaba el transcurso del tiempo que
periódicamente realizaba depuración y limpieza de posibles causas de conflicto. Ahora hay y habrá que
enfrentar pleitos laborales correspondientes a tiempos muy lejanos y para los que no existe memoria,
no digamos pruebas, libros, registros y documentos que los empleadores ya no tenían obligación de
conservar.
Para comprender y dimensionar la gravedad de esta lesión que la Corte ha inferido a la seguridad
jurídica y al orden y la paz sociales, hay que estar conscientes que no fue provocada por la emisión de
una nueva ley -la cual obviamente no tendría efectos retroactivos-, sino que fue causado simple y
sencillamente mediante un criterio judicial interpretativo y distorsionador de una ley vigente y que lo
ha estado durante más de sesenta años. Entonces, ante la agresión de la Corte no tenemos siquiera la
defensa constitucional de la irretroactividad de la ley. Así, empleadores actuales y futuros del país
están sujetos y expuestos hasta a la ruina económica por inconformidades, controversias y reclamos
de toda una vida laboral, que en la mayoría de los casos prosperarán por la única razón de que no
funciona la prescripción.
Ubicar el punto de partida de la prescripción en obligaciones de tracto sucesivo o de cumplimiento
periódico en materia laboral, fue desde siempre el centro de un enconado debate jurídico de
orientaciones doctrinales enfrentadas entre tomar la fecha de surgimiento y exigibilidad del derecho o
la fecha de terminación del contrato. Pero la selección del criterio doctrinario utilizado para la fijar el
“diez a quo” de la prescripción extintiva laboral, es una decisión que correspondía y corresponde al
legislador y no a los jueces, salvo que aquél no hubiese expresado cuando se inicia la prescripción o
haya sido vago o impreciso al respecto. En el caso guatemalteco esa decisión la tomó el legislador y
éste sí optó de manera clara, expresa e indubitable por el criterio de que el inicio de la prescripción es
a partir del momento en que el derecho respectivo es omitido o incumplido, o sea a partir de que ya
está devengado y es exigible. A pesar de ello y sin que le correspondiera la decisión legislativa,
nuestra Corte optó por un criterio interpretativo no sólo innecesario y fuera de lugar, procediendo a
resolver que el término prescriptorio debe girar en torno a su cómputo a partir de los dos años de
extinguido el vínculo o relación laboral.
Dentro de las consideraciones utilizadas por la Corte para fundar su criterio, dice: “La figura de la
prescripción en nuestro ordenamiento jurídico laboral debería contener mayores y específicas
precisiones, porque los artículos del Código de Trabajo y de otras leyes que contemplan el instituto
generan confusiones e interpretaciones diversas, susceptibles de acarrear perjuicios irreversibles a las
partes de un contrato de trabajo, en general, y a los trabajadores, en particular. En tal sentido, siendo
el contrato de trabajo de naturaleza especial, por sus características de tracto sucesivo que genera
obligaciones y derechos para ambas partes de cumplimiento periódico y futuro, se justifica la
necesidad de computar el plazo de prescripción desde que se produce la extinción del vínculo
contractual para la exigibilidad de ciertos créditos laborales, por ejemplo, el pago de las horas
extraordinarias o la posibilidad de gozar de las vacaciones anuales.” Semejante afirmación no es
válida y es contraria a lo que se desprende de nuestro ordenamiento legal laboral, pues en éste no
existen imprecisiones que puedan generar confusiones o interpretaciones diversas. Todo lo contrario,
nuestro Código de Trabajo y demás leyes que regulan la materia, son precisas, inequívocas y
coincidentes en el asunto sin dejar lugar a duda alguna ni contienen ambigüedades o contradicciones
al respecto. Veamos: El artículo 264 del Código de Trabajo reza: “Salvo disposición en contrario, todos
los derechos que provengan directamente de este Código, de sus reglamentos o de las demás leyes de
Trabajo y Previsión Social, prescriben en el término de dos años. Este plazo corre desde el
acaecimiento del hecho u omisión respectivos.” La Ley de Salarios de la Administración Pública en el
artículo 27 dispone: “Prescriben en dos años, que se contarán a partir del en que debió hacerse
efectivo el pago, las acciones de cobro de honorarios, sueldos o salarios, dietas y cualquier otra
retribución por servicios personales prestados al Estado y sus instituciones.” Y el Código Civil prescribe
lo mismo en el artículo 1514: “Prescriben en dos años: 1º.- Los honorarios, sueldos, salarios, jornales
y otras retribuciones por prestación de cualquier servicio;…y 4º.- Las pensiones, rentas, alquileres y
cualesquiera otras prestaciones periódicas no cobradas a su vencimiento, ya se haga el cobro en
virtud de acción real o de acción personal.” Nuestras normas legales son claras y expresas al señalar
que la prescripción corre desde el día en que el acreedor puede exigir el pago, por lo que no existe
necesidad ni justificación para hacer uso de funciones judiciales de interpretación de la ley ni de
integrar el derecho ante lagunas legislativas.
La Corte también consideró: “La práctica y el ejercicio del derecho laboral refleja que durante la
relación de trabajo, el empleado se muestra renuente a incoar acción administrativa o judicial alguna
contra su empleador para evitar la posibilidad de presuntas represalias de éste. Ello motiva la
formulación de criterios interpretativos, incluso reformas a la legislación, para que el trabajador, al
finalizar su vínculo laboral, se encuentre en la posibilidad jurídica de exigir judicialmente sus derechos
inherentes al contrato de trabajo, porque es en ese momento, en el que el dependiente tiene
verdaderamente la posibilidad de accionar contra su ex empleador.” “Por lo tanto, modificar el
momento desde el cual se computa la prescripción, resulta beneficiosa para el derecho de los
trabajadores de hacer valer aquellas obligaciones impagas durante la relación de trabajo.” Con esta
consideración la propia Corte reconoce el abuso, la impertinencia y lo impropio de su proceder, pues
llama a la modificación y reforma legislativas que sólo le corresponden al Congreso de la República, a
pesar de lo cual ella se encargó de las mismas en sus fallos que basa en sus particulares
predilecciones de opiniones de autores doctrinarios.
Visitemos la legislación y jurisprudencia de otros países, algunos de donde proceden autores
doctrinarios a los que recurre la Corte:
En la República Argentina, según la Ley de Contrato de Trabajo, prescriben en dos años las acciones
relativas a créditos provenientes de las relaciones individuales de trabajo, y en general, de los
originados en convenios colectivos de trabajo, laudos con eficacia de convenios colectivos y de las
disposiciones legales y reglamentarias de Derecho de Trabajo. La ley no estableció específicamente el
inicio del cómputo de los dos años, pero ante esa laguna, la jurisprudencia sentada por la Corte
Suprema de Justicia de la Nación y por la Cámara Nacional de Apelaciones de Trabajo, determinó que
ese plazo se computa a partir de que surge y es exigible el crédito laboral, para lo cual los tribunales
aplican supletoriamente la norma del Código Civil que así lo establece. Sin embargo, la propia Ley de
Contrato de Trabajo, sí dispone en forma propia y específica que si hay un pago insuficiente o menor
al que corresponde, sólo se toma como pago a cuenta, y el trabajador tiene inmediatamente expedita
la vía para reclamar la diferencia o lo pagado de menos, siempre que lo haga dentro del término de la
prescripción. A continuación otros extractos de la línea jurisprudencial argentina totalmente contrarios
a la tesis de nuestra Corte:
“La causa fuente de una obligación de tracto sucesivo no puede valorarse con prescindencia del
momento a partir del cual se produce la exigibilidad de la prestación correspondiente a cada período
mensual. Por ello corresponde ubicar el punto de partida de la prescripción referida a las diferencias
salariales que pudieron haberse originado en cada período, en el momento en el que resulta exigible
el crédito reclamado que es aquél en el cual el derecho respectivo puede hacerse valer, porque los
créditos reclamados se vinculan a diferencias retributivas que se generan a partir de una prestación
laboral periódica. En este tipo de obligaciones, la acción por cada período comienza a prescribir desde
su respectiva exigibilidad, con independencia de los demás períodos y de la fecha inicial de la
secuencia.”
“Para la fijación del punto de partida de las obligaciones de tracto sucesivo como las diferencias
salariales, la causa fuente de una obligación de tracto sucesivo no puede valorarse con prescindencia
del momento a partir del cual se produce la exigibilidad de la prestación correspondiente a cada
periodo mensual. Por ello, corresponde ubicar el punto de partida de la prescripción de la acción,
referida a las diferencias que pudieron haberse originado, en el momento en el que resulta exigible
cada uno de los créditos reclamados, que es aquél en el cual le derecho respectivo puede hacerse
valer.”
En España, el Código Civil establecía que prescribían en tres años los sueldos, salarios, jornales u
otras retribuciones por la prestación de cualquier servicio personal y que la prescripción corría desde
que cesó el servicio. Y la Ley sobre el Contrato de Trabajo reprodujo parcialmente lo mandado por
aquél, disponiendo que las acciones derivadas del contrato de trabajo que no tuvieran señalado plazo
especial, prescribían a los tres años de su terminación. Posteriormente la ley modificó radicalmente el
sistema acercándose a la legislación de los demás países que señalan para la iniciación de la
prescripción el instante en que se hizo exigible la obligación. Así, en 1944, la nueva Ley sobre el
Contrato de Trabajo dispuso claramente que: “Si la acción se ejercita para el percibo de salarios o
diferencias de los mismos o para el cobro de horas extraordinarias, el plazo de tres años se
computará, si el contrato subsistiera, desde el día en que reciba el obrero su jornal, sin protesta ni
reclamación alguna.” Según el tratadista español Eugenio Pérez Botija, tal precepto de la ley fue
nuevo en España y procedía de una de las orientaciones doctrinales señaladas por la jurisprudencia,
fluctuante unas veces entre tomar como punto de partida la fecha de terminación del contrato y
partidaria, en otras ocasiones, de tomar como punto la fecha de devengo. El legislador español se
inclinó por la segunda solución y así se mantiene a la fecha.
De lo que nos dice el ilustre autor Mario De la Cueva, en México, la Ley Federal del Trabajo tenía
laguna, pues disponía que las acciones que nazcan de la Ley o del contrato, individual o colectivo,
prescribían en 1 año, pero sin establecer el inicio del plazo. En cambio, el Código Civil mexicano (con
influencia del español), establecía que la prescripción de los sueldos, salarios, jornales y otras
retribuciones por la prestación de cualquier servicio prescribían en 3 años que corren desde el día que
cesó el servicio. Ante esa laguna se justificaba la interpretación e integración judicial, por lo que
basándose en la norma civil la Suprema Corte de Justicia resolvió que la prescripción corría a partir
que dejaron de prestarse los servicios. Esta doctrina fue ratificada por la Sala de Trabajo aplicando la
legislación civil como supletoria, indicando que la Ley Federal de Trabajo era vaga e imprecisa y no
expresaba cuando iniciaba la prescripción. Posteriormente y en un histórico fallo que data desde 1936
(conocido como “La Tomasa” o “La Godínez” por haber sido dictado en juicio promovido por Tomasa
Godínez y Agraviados), la Sala de Trabajo de la Corte rectificó el criterio y resolvió que la prescripción
laboral se iniciaba desde el momento que se hacen exigibles las respectivas obligaciones. A partir de
este fallo se mantuvo la doctrina judicial y quedó agotado el tema, pues la misma legislación
española, a cuya tradición se refería la solución opuesta, también modificó su criterio. Pero en todo
caso, la alternativa desde hace mucho tiempo ya no está ni quedó sujeta al criterio judicial, pues la
Ley Federal de Trabajo estableció en forma definitiva y tajante que la prescripción de las acciones de
trabajo es de un año partir del día siguiente a la fecha en que la obligación sea exigible.
En Colombia, tanto el Código Sustantivo como el Código Procesal disponen que las acciones para
reclamar los derechos provenientes de la relación laboral prescriben en tres años a partir de que el
derecho es exigible.
En Chile, el Código del Trabajo dispone que la prescripción es de dos años a partir de que el derecho
es exigible. Y cuando termina la relación, seis meses para reclamar los que estuvieren pendientes y no
hubieren prescrito. O sea muy parecida a la solución uruguaya.
En otro esfuerzo para justificar tan desafortunado fallo, la Corte también recurrió a la figura de la
Dispensa de la Prescripción al considerar que: “… aunado al carácter protector del derecho laboral y
que la influencia reverencial constituye una realidad, como lo prueba el hecho de que normalmente el
trabajador se inhibe de demandar a su empleador mientras subsiste el vínculo contractual, tal como
contempla la doctrina argentina al denominarla Dispensa de la Prescripción y por ende imposible de
ser computada durante la relación o vínculo laboral; las acciones interpuestas en las condiciones
referidas -demandas con posterioridad a la extinción del contrato de trabajo-, se efectúan en un
ámbito de mayor libertad para el trabajador. Además, para completar este concepto, se cita el punto
de vista del juslaboralista peruano, Fernando Elías Mantero, quien manifiesta que "resulta conveniente
determinar que el cómputo de la prescripción comience a calcularse desde la fecha de terminación de
la relación laboral, oportunidad en que deja de existir cualquier elemento que recorte la voluntad de
reclamar del trabajador".
La Dispensa de la Prescripción contemplada por la legislación civil argentina no puede utilizarse para
fijar y aplicar de modo general el inicio del término de la prescripción como lo hizo la Corte, y sobre
todo, que lo fue asumiendo que normalmente el trabajador se inhibe de demandar a su empleador
mientras subsiste el vínculo contractual. Todo lo contrario, esa Dispensa del Código Civil argentino con
posibilidad de aplicación supletoria en el ámbito laboral, es una dispensa específica y casuística
realmente extraordinaria que podría llegar a otorgarse en casos concretos para una prescripción que
ya se inició, que está corriendo o que puede ya estar consumada, cuando durante el plazo de
prescripción en que debía reclamarse el derecho operó sobre el acreedor una causa de fuerza mayor o
caso fortuito que le impidió obrar y reclamar. Pero no se refiere ni sirve para que se pueda fijar o
variar a uno diferente el punto de partida del inicio del plazo de la prescripción para casos generales
como lo sentó la doctrina legal de nuestra Corte invocando esa figura. Los principales rasgos y
alcances de cómo la entiende y aplica la línea jurisprudencial laboral argentina, puede verse
fácilmente de sus extractos siguientes:
“La posibilidad de perder el empleo en caso de realizar un reclamo durante la vigencia del vínculo
laboral, no puede encuadrarse en la situación prevista en el art. 3980 del C. Civil. Se ha interpretado
que la mencionada norma remite a una compleja variedad de supuestos que en definitiva podrían
relacionarse con la idea de caso fortuito o fuerza mayor, dado que para que se configure la excepción
prevista debería verificarse la existencia de dificultades o imposibilidades de hecho que impidan el
ejercicio de la acción; que dicho impedimento persista al tiempo de producirse el vencimiento del
plazo prescriptivo y que, desaparecido el obstáculo, se haga valer el derecho en el plazo de tres
meses”.
“El argumento del accionante no puede considerarse como un hecho impeditivo de fuerza mayor en
los términos de la norma en análisis pues la posibilidad de perder el empleo está ínsita en todo
contrato de trabajo en virtud del sistema de estabilidad relativa que rige en nuestra materia”.
“El temor o miedo de poner en peligro la fuente de trabajo o perder el empleo, no pueden ser
válidamente encuadradas en el supuesto de excepción que el art. 3980 del Código civil prevé para
dispensar el cómputo del plazo prescriptivo.”
“El instituto de la dispensa de la prescripción cumplida, por reglar situaciones de carácter excepcional,
es de interpretación restrictiva y la facultad conferida a los jueces (art. 3980 CC) debe ser ejercida
con la máxima prudencia, debiendo ponderarse las “dificultades o imposibilidades de hecho”, con
relación a la persona misma del demandante.”
“El art. 3980 CC configura un supuesto de dispensa del cómputo de la prescripción, mediante el que
se autoriza al juez de la causa a tener por no operada la misma cuando el vencimiento del plazo
acaece mientras subsiste el impedimento. Asimismo no puede soslayarse que se ha interpretado que
la mencionada norma legal remite a una compleja variedad de supuestos que en definitiva podrían
relacionarse con la idea del caso fortuito o la fuerza mayor, dado que para que se configure la
excepción prevista debería verificarse la existencia de dificultades o imposibilidades de hecho que
impidan el ejercicio de la acción; que dicho impedimento persista al tiempo de producirse el
vencimiento del plazo prescriptivo y que, desaparecido el obstáculo, se haga valer el derecho en el
plazo de tres meses.”
“Debe tenerse presente que la imposibilidad de obrar que justifica la dispensa de la prescripción debe
subsistir al tiempo de operarse la prescripción; que no se cancela el plazo durante el cual corrió; debe
ser solicitada por el acreedor y que éste cuenta con un plazo adicional de tres meses para demandar
(art. 3980 CC). Por lo tanto, corresponde confirmar la dispensa de prescripción, la que fue fundada en
impedimentos derivados de que, en la época de la exigibilidad de los créditos anteriores en más de
dos años a la presentación de la demanda, el actor se encontraba embarcado e imposibilitado, por
ello, de verificar el valor del rendimiento de dos mareas respecto de las cuales se admitió la
pretensión de reliquidación.”
“El art. 3980 CC limita la dispensa de la prescripción a dos situaciones extremas: la primera cuando
existieren dificultades o imposibilidad de hecho para ejercer una acción, la que debe tener el carácter
de objetivo y general y, la segunda, que el acreedor hubiera sido objeto de maniobras dolosas por el
deudor, circunstancia esta, que no se invocó en la causa. Por lo tanto, la circunstancia de que la
actora, al momento de la extinción de la relación laboral habida con la demandada continuara
trabajando para otras empresas del mismo grupo económico, no era causal o impedimento para
iniciar el reclamo respectivo.”
Por todo lo anterior, concluyo recordando que la finalidad protectora del Derecho de Trabajo se logra a
través del efectivo y oportuno respeto, cumplimiento, ejercicio y satisfacción de los derechos que
concede al trabajador y no mediante la tolerancia y prolongación de su omisión e incumplimiento a
través del diferimiento y perpetuación de situaciones dudosas, controvertidas, conflictivas o litigiosas.
Las normas laborales están creadas y establecidas para que los contratos y relaciones de trabajo vivan
a derecho. La doctrina legal sentada por la Corte viola y desnaturaliza nuestro ordenamiento legal, con
graves daños a la seguridad jurídica, al aparato productivo empresarial y demás empleadores públicos
o privados del país, así como a la sociedad en general que incluye a la clase trabajadora, pues
constituye menosprecio, desestimulo, amenaza y hasta destrucción de las fuentes creadoras de
trabajo y riqueza para la sociedad. Es necesario e impostergable que nuestro alto Tribunal
Constitucional revisite su criterio separándose de la jurisprudencia sentada.