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Muy Humanos Muy Divinos

Este documento habla sobre cómo encontrar la armonía entre nuestros deseos humanos y el amor divino. Explica que este es un proceso que toma tiempo, no algo repentino. Se debe ir descubriendo a Dios a través de la oración, la contemplación y el trabajo cotidiano. A medida que nos acercamos más a Dios, Él purifica nuestros deseos para que encuentren su lugar ordenado en nuestro corazón, no dominados por bienes pasajeros sino orientados a la fuente del bien.

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Muy Humanos Muy Divinos

Este documento habla sobre cómo encontrar la armonía entre nuestros deseos humanos y el amor divino. Explica que este es un proceso que toma tiempo, no algo repentino. Se debe ir descubriendo a Dios a través de la oración, la contemplación y el trabajo cotidiano. A medida que nos acercamos más a Dios, Él purifica nuestros deseos para que encuentren su lugar ordenado en nuestro corazón, no dominados por bienes pasajeros sino orientados a la fuente del bien.

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Muy humanos, muy divinos (I):


​Jesús, ¿qué debemos hacer?
En este primer artículo sobre las virtudes humanas
consideramos cómo todos nuestros deseos pueden encontrar su
armonía en Dios. Descubrirlo lleva su tiempo, pero es liberador.

09/03/2021

Puede parecer extraño que san Agustín, a lo largo de sus memorias, en un momento comience a
describir la influencia del «peso» en las cosas físicas que tiene a su alrededor. Con los
conocimientos propios del siglo IV, quien más tarde sería obispo de Hipona nota que existe algo
que hace que el fuego siempre se dirija hacia arriba, mientras que una piedra lo haga hacia abajo.
Después se fija en que el aceite siempre tiende a colocarse por encima del agua cuando son
mezclados o en que, de alguna manera, todo lo que está desordenado busca el orden y allí
descansa. San Agustín intuye que, en todos estos movimientos, a las cosas las guía su «peso». Y es
entonces cuando, con lenguaje poético, confiesa: «Mi peso es mi amor, él me lleva doquiera que
soy llevado»[1]. Se trata de una experiencia universal: aquello que deseamos, que buscamos, que
queremos, es lo que nos mueve. Buscamos siempre la satisfacción de un deseo que aspira a ser
duradero. Ese «peso» nos lleva a la felicidad, más o menos plena, así que no queremos dejarnos
engañar por un simple y fugaz pasarlo bien. ¿Cómo descubrir ese amor por el que san Agustín se
sentía llevado?

El proceso de toda historia

«¿Qué debo hacer para ir al cielo?», preguntó un joven a Jesús (cfr. Lc 18,18). Se trata de un pasaje
de la Escritura ante el cual guardamos un silencio expectante, porque plantea un interrogante que
nos involucra a todos. ¿Qué responderá aquel que es Dios y Hombre? Sin embargo, justo antes de
su intervención, el joven había empleado una frase en la que el Señor detecta algo extraño: se
dirige a Jesús llamándolo «maestro bueno». La respuesta nos puede parecer un poco tajante:
«Nadie es bueno sino uno solo: Dios» (Lc 18,19). El Señor había percibido, no sabemos cómo, que
ciertamente el joven buscaba algo más en su vida, pero que en realidad pensaba que eso se lo
daría un bien creado, algo que podía controlar, algo a lo que podía aferrarse aquí en la tierra. Por
eso, aunque en la siguiente pregunta Jesús se asegura de que el joven se esfuerza por cumplir la
ley de Dios, quiere ir más allá, quiere que el joven rompa definitivamente con la secreta
complacencia de este cumplimiento y con los ídolos de la prosperidad humana: «Aún te falta una
cosa: vende todo lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en los cielos. Luego, ven y
sígueme» (Lc 18,22). En esta escena observamos la llamada del Señor, después intuimos la batalla
interior del joven, hasta concluir con su triste retiro. Jesús tal vez había soñado con un gran
discípulo, pero el muchacho regresó a la comodidad de su casa, su riqueza y sus conocidos.

Aquella felicidad grande anhelada por el joven no está inmediatamente al alcance de nuestra
mano. No la podemos gestionar ni dominar. Solo la podemos recibir mediante el abandono en
Dios. Dice san Juan Pablo II que «si Dios es el Bien, ningún esfuerzo humano, ni siquiera la
observancia más rigurosa de los mandamientos, logra cumplir la Ley, es decir, reconocer al Señor
como Dios y tributarle la adoración que a él solo es debida. El cumplimiento puede lograrse solo
como un don de Dios»[2]. Por eso, quizá, sobre todo se requiere paciencia, saber esperar
activamente. El amor del cristiano no es un fogonazo momentáneo –aunque también pueda
existir–, sino una historia de amor, y todas las historias tienen su proceso. «La gracia,
normalmente, sigue sus horas, y no gusta de violencias»[3]. El joven tal vez busca la satisfacción
inmediata de su deseo, se impacienta, no se da cuenta de que el amor de Dios, como el grano
sembrado, necesita tiempo para crecer junto a Cristo. Sin embargo, vemos en el Evangelio cómo
Jesús preparaba a los suyos gradualmente, sin prisas, pero también sin pausas. Desde la cárcel, san
Juan Bautista, quizá algo impaciente, manda preguntar a Cristo por medio de sus discípulos:
«¿Eres tú el que va a venir, o esperamos a otro?» (Lc 7,20). A nosotros nos puede parecer, a veces,
que Jesús no tiene la suficiente prisa, y nos impacientamos por ser buenos de la noche a la
mañana.

Para formar un deseo firme

Sabemos que los discípulos –al igual que todos– necesitaban tiempo porque, como el joven rico,
primero debían purificar las vanas imaginaciones que se habían forjado: la tentación del éxito, del
prestigio, de la gloria humana, de la vida cómoda. Necesitaban comprender cosas importantes
como el empeño por «orar siempre y no desfallecer» (Lc 18,1) o por aprender a perdonar «setenta
veces siete» (Mt 18,22). Pero, una vez que el Señor vio que los apóstoles ya tenían una mínima
preparación, después de haber rezado toda la noche, les envió, uno por uno (cfr. Mt 10,1-5; Lc
6,12). Eso no significa que el camino formativo de los discípulos ya había acabado, ni mucho
menos. San Josemaría repetía muchas veces que la formación de un apóstol no termina nunca. Era
evidente que, en muchos, la llamada de Dios no había penetrado con profundidad: hubo quienes
perdieron el interés en su doctrina, «se echaron atrás y ya no andaban con él» (Jn 6,66), o quienes
abandonaron a Jesús incluso durante su prueba final. En definitiva, en unos y en otros, sus deseos
todavía no eran firmes, estables, disciplinados.

Poco a poco, con paciencia divina, Dios se acerca a nuestro corazón, nos llama y nos envía a
comunicar el Evangelio a todos los hombres y mujeres. Lo hace a través de los momentos de
meditación personal, de la adoración eucarística, de las oraciones vocales en las que tomamos las
palabras que nos propone la Iglesia y también por medio de la contemplación continua a lo largo
del día. Descubrimos la intimidad con él, saboreamos su amistad, su mirada, su firmeza, su
comprensión… Dios nos prepara también a través de las contradicciones, un proceso consciente y
nada automático con el que vamos poco a poco rompiendo nuestros ídolos, pequeños y grandes,
internos y externos, para hacer más espacio a Jesús en nuestra alma. Se acerca a nuestro corazón,
finalmente, a través del trabajo continuo que llena nuestro día: «Mi Padre no deja de trabajar, y yo
también trabajo» (Jn 5,17). El mismo que ha puesto el deseo del bien en nuestro corazón ­–el «peso»
que guiaba a san Agustín­­– será quien dará cumplimiento a ese anhelo.

La armonía de los bienes

A lo largo de nuestra vida, muchas veces nos equivocamos buscando bienes efímeros que no
llenan el corazón, bienes aparentes que no nos llevan a Dios, fuente de todo bien. Al recordar la
inquietud del joven rico sobre qué se debe hacer para alcanzar el cielo, san Juan Pablo II señala
que «solo Dios puede responder a la pregunta sobre el bien, porque él es el Bien. En efecto,
interrogarse sobre el bien significa, en último término, dirigirse a Dios, que es plenitud de la
bondad. Jesús muestra que la pregunta del joven es, en realidad, una pregunta religiosa y que la
bondad, que atrae y al mismo tiempo vincula al hombre, tiene su fuente en Dios, más aún, es Dios
mismo»[4].

Jesús, cuando no pocos le abandonaron, pregunta a los doce si también ellos se iban a ir. Pedro
responde: «Señor, ¿a quién iremos? (…). Tú eres el Santo de Dios» (Jn 6,68-69). En aquella llamada
de amor, ellos han descubierto el sentido último de su vida: el Reino de Dios, la vida eterna, el
cielo. Pedro ha descubierto lo que después diría santa Teresa de Ávila: «Solo Dios basta»[5]. Ha
encontrado el tesoro escondido. Es entonces cuando los demás deseos encuentran un lugar
armónico, medido, razonable, en su corazón; es entonces cuando los bienes a los que miran esos
deseos forman un conjunto ordenado. No tiene que huir de ellos, pero no lo dominan. Quien
encuentra a Dios por encima de los demás bienes se siente ágil, desprendido, liberado para llevar
la fuerza del Evangelio a todas las criaturas. Justamente, la posibilidad de no hacerlo «compone el
claroscuro de la libertad humana. El Señor nos invita, nos impulsa –¡porque nos ama
entrañablemente!– a escoger el bien»[6].

San Josemaría nos animaba a amar el mundo apasionadamente, pero no porque el mundo creado
sea un absoluto, sino porque es el primer don de Dios, la primera fuente de los deseos que surgen
en el corazón humano. Sin embargo, esos deseos piden ser ensanchados por el amor que nos lleva
a dar un sentido a todos nuestros quehaceres. Ese gran deseo divino da unidad a toda nuestra
existencia, no elimina los deseos humanos –de compañía, de futuro, de proyectos–, sino que los
purifica y los congrega en una llamada a la intimidad con Dios. San Agustín notaba que las
virtudes morales, al conducirnos a la felicidad, en realidad se identifican con el amor a Dios. Todos
nuestros esfuerzos por adquirir la facilidad y el gusto por hacer el bien son siempre esfuerzos por
amar. Por eso, el obispo de Hipona definía cada una de las virtudes en servicio de ese amor: la
templanza es el amor que se conserva incorruptible, la fortaleza es el amor que todo lo soporta, la
justicia es el amor que no se desvía o la prudencia es el amor que discierne como querer más[7].

***

Ese camino por encontrar la armonía de nuestros deseos se consolida a lo largo de la vida, pues se
trata siempre de una historia. Muchas veces tenemos demasiada prisa, tomamos decisiones
precipitadas, buscamos gratificaciones inmediatas… Pero esa no es una buena lógica para
emprender esta ruta. En inglés a veces se dice que alguien «cae en el amor», falls in love, como algo
que sucede de repente. Incluso aunque algunas veces ese fogonazo exista, no todo el camino será
así. Puede sorprender que María haya respondido tan rápidamente al ángel cuando le fue
anunciado que sería la madre del Mesías; como si hubiese descubierto de modo fulgurante y
repentino todo el amor divino. Pero, en realidad, Dios obraba en el alma de nuestra Madre desde
su concepción inmaculada y a largo de toda su vida que fue, desde el inicio, una historia de amor.

Paul O'Callaghan

[1] San Agustín, Confesiones, Libro 13, cap. 9.

[2] San Juan Pablo II, encíclica Veritatis Splendor, n. 11.

[3] San Josemaría, Surco, n. 668.

[4] San Juan Pablo II, encíclica Veritatis Splendor, n. 9.

[5] Santa Teresa de Jesús, fragmento de un autógrafo encontrado en su libro de oraciones.

[6] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 24.

[7] Cfr. San Agustín, De las costumbres de la Iglesia Católica y de los maniqueos, I, 15, 25.

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y-muy-divinos-virtudes-cristianas-1/ (25/08/2023)
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Muy humanos, muy divinos (II):


El camino lo llevamos dentro
Con la fuerza de la fe y la confianza de la esperanza, podemos
decirnos: aquí y ahora yo puedo ser luz de Dios, amor de Dios.

07/04/2021

Una constante búsqueda de Dios. Así fue la vida de san Agustín: una búsqueda apasionada, que no
siempre daba con los senderos que verdaderamente lo llevaban hacia él. En sus años de juventud
lo movía fuertemente su interés por las letras y la admiración que sus capacidades retóricas
suscitaban en los demás. Algunas veces sus impulsos más bien lo alejaban, e incluso abrazó modos
de pensar que se encontraban en las antípodas de la fe cristiana. Sin embargo, la búsqueda de la
verdad y la lectura de la Sagrada Escritura poco a poco lo acercaron al cristianismo. Tal vez
teniendo este proceso en mente, y conociendo a muchas personas sabias con quienes compartió
inquietudes pero que no llegaron a Cristo, san Agustín escribió que por más razonamientos
adecuados que se consiga alcanzar, «no todos encuentran el camino. Los sabios del mundo
comprenden que Dios es una cierta vida eterna, inmutable, pero lo ven de lejos (...). El Hijo de Dios
que es siempre la Verdad y la Vida en el Padre, al asumir al hombre, se hizo camino por nosotros,
que no teníamos por dónde ir a la verdad. Camina por el hombre y llegas a Dios»[1].

Llegamos a Dios a través de Cristo

Quizá no sea difícil intuir que es a Dios a quien buscamos, que es él quien nos espera al final del
viaje. Lo mismo sucede con el origen: identificamos en nuestro interior un impulso, y
sospechamos que viene de él. Sin embargo, puede ser más complicado experimentar que Dios
también es el camino: a Dios se llega a través de él. Y es precisamente para que podamos recorrer
ese camino por lo que envió al mundo a su propio Hijo; a él no solo podemos escucharlo, mirarlo o
tocarlo, sino incluso participar de su vida. Jesús «no se ha limitado a mostrarnos el camino para
encontrar a Dios, un camino que podríamos seguir por nuestra cuenta, obedeciendo sus palabras e
imitando su ejemplo. Cristo, más bien, para abrirnos la puerta de la liberación, se ha convertido él
mismo en el camino: “Yo soy el camino” (Jn 14,6)»[2].

Nos lo confirma la liturgia de la santa Misa cuando, al terminar la plegaria eucarística, el sacerdote
proclama, levantando el Pan y el Vino: «Por Cristo, con él y en él…». A Dios solo podemos llegar por
Cristo, con Cristo y en Cristo. Su persona es el camino por el que hemos de transitar, la verdad con
la que podemos llegar a la meta y la vida en la que podemos vivir la nuestra propia. Por eso, desde
aquella primera vez en el cenáculo, cada una de las celebraciones de la Eucaristía culmina en la
comunión con el cuerpo de Jesús: Dios se hace alimento para el camino; el camino que es él
mismo.

Emprender esta ruta hace posible la plenitud de la vida. «La fe nace del encuentro con el Dios vivo
que nos llama (…). Se presenta como luz en el sendero, que orienta nuestro camino en el
tiempo»[3]. San Josemaría paladeaba de manera especial la certeza de haber encontrado al mismo
Cristo de los evangelios: «Jesús es el camino. Él ha dejado sobre este mundo las huellas limpias de
sus pasos (…). ¡Cuánto me gusta recordarlo!: Jesucristo, el mismo que fue ayer para los apóstoles y
las gentes que le buscaban, vive hoy para nosotros»[4].

Tres haces de luz

De Juan Bautista nos dice el cuarto evangelio que «vino como testigo, para dar testimonio de la luz,
para que todos creyeran por medio de él. Él no era la luz, sino el testigo de la luz» (Jn 1,6-8). Esa luz
de la que Juan daba testimonio quiere manifestarse también en cada bautizado. En efecto, si
Cristo, como proclamamos en una de las versiones del credo, es «Luz de Luz», puede también
decirse que los cristianos que lo reciben y «creen en su nombre» (Jn 1,12) son al mismo tiempo luz
de esa Luz. Por eso, cuando pedimos a Dios luz para ver, estamos pidiendo a la vez ser nosotros
mismos, como el Bautista, testigos de la Luz en el mundo.

No nos basta con el fogonazo que nos permitió ponernos en marcha; tampoco es suficiente aquel
brillo que, proyectado al fondo de la vida, nos permite orientarnos. Necesitamos una luz que nos
acompañe desde dentro. Necesitamos una fuerza que avive la nuestra. Y ese es el papel que
ejercen en nuestra alma las virtudes teologales: la fe, la esperanza y la caridad, que son como tres
haces de luz, como los tres colores primarios de la vida de Dios en nosotros. Estas tres virtudes, en
efecto, «adaptan las facultades del hombre a la participación de la naturaleza divina»[5]; con ellas
«nuestro Señor nos hace suyos, nos endiosa»[6].

Fe, esperanza y caridad corresponden, en cierto sentido, a «las tres dimensiones del tiempo: la
obediencia de la fe acepta la Palabra que viene de la eternidad, y, promulgada en la historia, se
transforma en amor, en presente, y abre así la puerta de la esperanza»[7]. La fe nos precede: nos
dice de dónde venimos, pero también adónde vamos; no es solo memoria del pasado, sino también
luz que ilumina el futuro: nos abre a la esperanza, nos proyecta hacia la vida. Y, en el centro del
hilo tendido entre estos dos polos, se despliega la caridad, que se conjuga siempre en tiempo
presente. Con la fuerza de la fe y la confianza de la esperanza, podemos decirnos: aquí y ahora, en
esta persona, en esta situación, yo puedo ser, con todas mis limitaciones, luz de Dios, amor de Dios.

La novedad viene de vivir con él

«El mundo padece mucha necesidad, hijos míos –decía en una ocasión san Josemaría–, porque
millones y millones de almas no conocen a Dios, no han visto todavía la luz del Redentor. Cada uno
de vosotros debe ser –lo quiere el Señor– quasi lucerna lucens in caliginoso loco, como un farol
encendido en medio de las tinieblas»[8].
La luz que enciende este farol tiene dos fuentes. La primera nos pertenece por el simple hecho de
haber sido creados a imagen y semejanza de Dios. Esa fuente nunca nos abandona y se manifiesta
en nuestra capacidad para comprender lo verdadero, en nuestra inclinación a querer lo bueno e,
incluso más profundamente, en nuestra dignidad por haber salido de la mano de un creador
sumamente inteligente, amoroso, libre, y no de un ciego azar. A esta fuente de luz se añade el
torrente de nuestra «regeneración obrada en el Bautismo, que hace que todo cristiano tenga,
ontológicamente, una nueva vida que late en su interior»[9]. Este sacramento sana la herida del
pecado que heredamos de nuestros padres y nos hace más capaces de iluminar nuestro entorno.

Estas dos grandes fuentes –el ser creados a imagen de Dios y nuestro Bautismo– nos impulsan a
reflejar la luz de Dios. Cuando un maestro de la ley, escondiéndose de los demás, se acercó hasta
Jesús para preguntarle cómo vivir realmente cerca de Dios, le respondió: «El que obra según la
verdad viene a la luz» (Jn 3,21). También nuestras acciones, llevadas por la misericordia de Dios,
generan luz si nos dejamos impulsar por nuestra bondad y por su gracia, si nos despojamos de lo
que nos lleva a movernos, a veces, en una dirección contraria. Esa familiaridad con la luz de Dios,
esa facilidad para optar por sus bienes mayores antes que por otros aparentes, se transforma poco
a poco en una «connaturalidad entre el hombre y el verdadero bien. Tal connaturalidad se
fundamenta y se desarrolla en las actitudes virtuosas del hombre mismo: la prudencia y las otras
virtudes cardinales, y en primer lugar las virtudes teologales de la fe, la esperanza y la
caridad»[10].

La identificación con Jesucristo consiste en el desarrollo, por la gracia y por la acogida que le
damos en nuestra alma, de esa connaturalidad cada vez más grande con él, de modo que podamos
llegar a tener sus mismos sentimientos (cfr. Flp 2,5), sus mismas actitudes. Cuanto más se avanza
en la intimidad con Jesús, más nos damos cuenta de que buscar la santidad no consiste
principalmente en la lucha por alcanzar la altura de un determinado estándar moral, sino en un
camino confiado con Dios, por el que sentimos con él, sufrimos con él, vibramos con él. Qué bien lo
ilustraba san Josemaría: «En momentos de agotamiento, de hastío, acude confiadamente al Señor,
diciéndole, como aquel amigo nuestro: “Jesús: Tú verás lo que haces...: antes de comenzar la lucha,
ya estoy cansado”»[11]. En eso consiste la responsabilidad del cristiano: en responder con él.
«Jesús, aquí estoy. Contigo. Tú verás lo que haces…».

La vida cristiana, así comprendida, no consiste en asentir a un sistema de ideas, sino en confiar en
una persona: en Cristo. Así lo han vivido tantos hombres y mujeres a lo largo de la historia. Hoy no
poseemos ni otro mensaje ni otros medios. Como ellos, tenemos la tarea de iluminar el mundo
desde dentro, como gráficamente lo describían los escritos de los primeros siglos: «Los cristianos
son en el mundo lo que el alma es en el cuerpo (…). Tan importante es el puesto que Dios les ha
asignado, del que no les es lícito desertar»[12]. Ser alma del mundo: ese es nuestro camino, y el
camino lo tenemos dentro. Es Jesucristo, que nos quiere, como él, muy humanos y muy divinos.

Carlos Ayxelà
[1] San Agustín, Sermón 141, nn. 1;4.

[2] Congregación para la Doctrina de la Fe, carta Placuit Deo, n.11.

[3] Francisco, Lumen Fidei, n.4.

[4] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 127.

[5] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1812.

[6] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 98.

[7] J. Ratzinger, Communio. Un programa teológico y eclesial, Encuentro, Barcelona 2013, p. 303.

[8] San Josemaría, Apuntes de una reunión familiar, 2-VI-1974.

[9] Mons. Fernando Ocáriz, “La vocación al Opus Dei como vocación en la Iglesia”, en El Opus Dei
en la Iglesia, Rialp, Madrid, 2001, p. 173.

[10] San Juan Pablo II, encíclica Veritatis Splendor, n. 64.

[11] San Josemaría, Forja, 244.

[12] Carta a Diogneto, VI.

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y-muy-divinos-virtudes-cristianas-2/ (27/08/2023)
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Muy humanos, muy divinos (III):


Buscar los sentimientos de Cristo
En este tercer artículo nos adentramos en el corazón de las virtudes: qué
son, cómo orientan nuestra afectividad y por qué nos hacen más libres.

15/06/2021

Llevaban ya varias preguntas, lanzadas con la intención de hacer tropezar a Jesús en su


discurso. El Señor las iba respondiendo, una a una, sin impacientarse. Al final se abre paso un
escriba, sorprendido por todo lo que ha escuchado. Admirado por la enseñanza del Maestro,
plantea en público una duda que lo inquietaba desde hace tiempo: ¿Qué es lo más importante
en la vida? Él, que estaba acostumbrado a cumplir minuciosamente hasta las más pequeñas
prescripciones, a veces quedaba confundido: no conseguía saber qué era lo esencial entre todo
lo que hacía. De modo que se lanza con su pregunta: «¿Cuál es el primero de todos los
mandamientos?» (Mc 12,28). Jesús quiere desenredar el interior de este hombre, que busca
sinceramente ser feliz, y se sirve de unas palabras de la Escritura que tienen la fisonomía del
lenguaje de los enamorados: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y
con toda tu mente y con todas tus fuerzas» (Mc 12,30).

Jesús quiere hacernos entender que la vida de quienes creen en Dios «no puede reducirse a
una obediencia ansiosa y forzada, sino que debe tener como principio el amor»[1]. Querer con
corazón, mente, alma y fuerzas. Pero, ¿cómo conseguirlo? San Pablo señalaba el camino a los
filipenses: «Tened entre vosotros los mismos sentimientos que tuvo Cristo» (Flp 2,5); sentir y
reaccionar ante todo –personas, acontecimientos, situaciones– como Jesús. Desde los
sentimientos de Cristo se superan las divisiones interiores que ponen en jaque la estabilidad
del amor. Si, además de seguir los pasos y las palabras del Señor, buscamos sentir como él,
daremos con esa sencillez y felicidad que ansiaba el escriba.

La importancia del mundo interior

El Catecismo de la Iglesia nos dice que las pasiones, los sentimientos, «son componentes
naturales del psiquismo humano, constituyen el lugar de paso y aseguran el vínculo entre la
vida sensible y la vida del espíritu»[2]; están presentes en la vida de todos los hombres y, por
tanto, también lo estuvieron en la vida de Cristo. Sabemos, en efecto, que Jesús lloró ante la
tumba de su amigo Lázaro (cfr. Jn 11,35) o que reaccionó con firmeza ante los traficantes que
habían convertido el Templo de Jerusalén en un mercado (cfr. Jn 2,3-17). También lo vemos
llenarse de alegría al ver cómo los sencillos acogen el Evangelio (Mt 11,25).

Para comprender bien este ámbito de nuestra afectividad, primero tenemos que distinguir
entre nuestras acciones, por una parte, y nuestros sentimientos o pasiones, por otra; o, dicho de
otro modo, entre lo que hacemos y lo que nos pasa. Decimos que actuamos cuando
proyectamos y realizamos algo por propia iniciativa: por ejemplo, cuando decidimos ponernos
a estudiar o ir a visitar a un amigo enfermo. Otras veces, en cambio, nos podemos ver
sorprendidos por una reacción imprevista ante una situación: ira ante una palabra que
consideramos ofensiva, tristeza ante el fallecimiento inesperado de una persona querida, o
envidia ante algo valioso que quisiéramos tener. Estos fenómenos anímicos que se producen
sin que lo decidamos se llaman sentimientos o pasiones.

Precisamente porque los sentimientos no son elegidos por nosotros, no constituyen ni un


mérito ni un pecado. Esto no quiere decir, sin embargo, que sean siempre neutros, ya que
«reciben calificación moral en la medida en que dependen de la razón y de la voluntad»[3]; es
decir, en la medida en que se los busca activamente o se consiente en ellos, acogiéndolos. La
espontaneidad con que se dan en nosotros tampoco implica que carezcan de importancia para
la vida cristiana, porque de hecho sucede todo lo contrario: los sentimientos suponen un juicio
preliminar del evento ante el que surgen y sugieren una línea de conducta posterior. Y
podemos moldearlos paulatinamente para que se ajusten cada vez más a lo que de verdad
queremos.

Por ejemplo, ante un evento que se nos presenta como bueno, surge una pasión como la alegría
o el entusiasmo que, a su vez, sugiere acciones como aplaudir la situación o acercarse a una
persona. Por otro lado, ante un evento que se nos presenta como malo, surge una pasión como
la ira o la tristeza que, a su vez, sugieren acciones como el reproche o el distanciamiento.
Lógicamente, hay ocasiones en las que una situación no se deberá aplaudir, a pesar de que el
juicio preliminar de nuestros sentimientos sea positivo; o también habrá ocasiones en que
veamos una ofensa donde no la hay, y sería un error reaccionar con un comportamiento de
censura. Se puede decir, por eso, que cuando las pasiones entrañan un juicio verdadero son
una ayuda para la vida cristiana, porque posibilitan hacer el bien de modo espontáneo, y en
cambio cuando tienen como raíz un juicio falso, la obstaculizan.

Por supuesto, quien experimenta pasiones basadas sobre percepciones equivocadas de la


realidad puede, todavía, actuar bien, resistiendo con esfuerzo a ese sentimiento. Pero no se
puede ir toda la vida cuesta arriba, luchando continuamente contra los embates de las malas
pasiones, haciendo lo que no apetece hacer, o rechazando siempre aquello hacia lo que se
inclina la afectividad. Una lucha sostenida contra los propios sentimientos puede llevar
fácilmente al desánimo o al agotamiento. Si no se logra educar ese mundo interior, al final
resulta difícil discernir lo que es bueno de lo que es malo, porque se oscurece la mente y con
frecuencia se cederá fácilmente ante los sentimientos tal como vienen, sin sopesarlos.

La educación de la afectividad

«Educar es introducir en la vida, y la grandeza de la vida es iniciar procesos. ¡Enseñar a los


jóvenes a iniciar procesos y no a ocupar espacios!»[4]. Así respondía en una ocasión el Papa a
una profesora, en un encuentro con la comunidad educativa de un colegio. Esta
recomendación rige también para la formación de la afectividad, que no se propone
simplemente contener las malas pasiones o bloquear ciertos comportamientos, sino dar forma,
poco a poco, al mundo de los sentimientos, para que los movimientos que surgen
espontáneamente en nosotros nos ayuden a hacer el bien de modo rápido y natural. Educar los
sentimientos es iniciar un proceso que nos llevará a acoger mejor la gracia de Dios y, así, a
identificarnos con Jesús. La afectividad ordenada permite que nos guste hacer lo que es bueno;
permite que lo que nos da la gana hacer coincida, casi siempre, con lo que agrada a Dios.

Para educar los sentimientos es necesario comprenderlos, saber por qué surgen. Hemos sido
creados con una inclinación natural hacia lo que es bueno para nosotros: el instinto de
supervivencia, la tendencia sexual, el deseo de conocimiento, la necesidad de trabajar y de
tener amigos, la exigencia razonable de reconocimiento y respeto por parte de quienes nos
rodean, la búsqueda de sentido y de la trascendencia, etc. Todas esas inclinaciones naturales
son como una fuerza que sale de nosotros en búsqueda de lo que necesitamos. Cuando la
tendencia encuentra satisfacción, se produce una resonancia interior positiva, que es un
sentimiento: alegría, gratitud, serenidad… Pero cuando la tendencia se ve frustrada, surge un
sentimiento negativo: enfado, confusión, pesimismo…

Sin embargo, hay dos factores que deforman el mundo de los sentimientos y que obstaculizan
el funcionamiento armónico de nuestra alma. El primero es el desorden que el pecado ha
producido en el sistema de las tendencias: la gracia de la justificación en Cristo elimina la
culpa, pero no nos ha devuelto inmediatamente la integridad de los deseos: se trata de un
camino a realizar progresivamente. El segundo factor varía de unas personas a otras: en
función de la educación recibida, del ambiente social, y de los pecados personales, el
organismo de nuestras tendencias puede deformarse ulteriormente. Para corregir este
desorden y evitar que surjan sentimientos negativos, tendremos que descender hasta el estrato
más profundo de la personalidad y ordenarlo hacia el bien. Y esto se consigue mediante las
virtudes.

Qué son las virtudes

A principios del siglo XIV, Giotto llenó de frescos el interior de una capilla de Padua que es hoy
considerada una de las más importantes obras de arte del mundo. En los laterales, cada pintura
presenta una escena de la vida de Jesús y de María, desde la Anunciación hasta la Ascensión.
Todas convergen en la pared del fondo, que representa el fin de los tiempos: la escena del
Juicio Final, con los bienaventurados a la derecha de Cristo y los condenados a su izquierda.
Pero aún hay algo más: las paredes laterales, en la parte inferior, la zona más cercana al
espectador, recogen dos series de siete imágenes que no pertenecen propiamente a la historia
de la salvación: se trata de personificaciones de siete virtudes y siete vicios. En esta sucesión de
imágenes, que también se dirigen hacia uno y otro lado del Señor en majestad, el artista parece
haber querido representar la colaboración humana en esa historia divina: nuestra posibilidad
de facilitar o de dificultar la obra de la gracia.

En ese sentido, notaba una vez san Josemaría, hay muchas personas que «quizá no han tenido
ocasión de escuchar la palabra divina o que la han olvidado. Pero sus disposiciones son
humanamente sinceras, leales, compasivas, honradas. Y yo me atrevo a afirmar que quien
reúne esas condiciones está a punto de ser generoso con Dios, porque las virtudes humanas
componen el fundamento de las sobrenaturales»[5].

Pero, ¿qué son las virtudes? ¿Se las puede poseer, como tomamos algo con la mano, vestimos
un traje o calzamos unos zapatos? En cierto modo sí: la inteligencia y la voluntad, que son
nuestras facultades espirituales, y también los apetitos sensibles, tienen capacidad de poseer.
Aunque no se trata de objetos materiales, sí son cualidades que, cuando se estabilizan, se
llaman hábitos buenos o virtudes. Estas cualidades no son visibles como las formas y los
colores, pero fácilmente se advierte su presencia en una persona. Por ejemplo, un matemático
hace con facilidad operaciones y cálculos que no logra ni siquiera entender quien no ha
estudiado matemáticas. El matemático posee una ciencia, que es una virtud intelectual. La
persona templada, por poner otro ejemplo, come y bebe lo que es razonable sin gran esfuerzo
porque posee una virtud moral, que es la templanza. Quien no es dueño de ese hábito, solo con
dificultad y esfuerzo logrará limitarse a lo que es razonable; y, al contrario, quien tiene el vicio
que se opone a la templanza, la gula, fácilmente comerá más de lo debido.

Las virtudes morales tienen tres dimensiones fundamentales. La primera es de carácter


intelectual: como las virtudes tienen que regular una reacción, se presupone el conocimiento
de un estilo de vida, el de quien sigue a Cristo. La virtud de la pobreza, por ejemplo, presupone
el conocimiento del papel que los bienes económicos tienen en la vida de un cristiano. La
segunda dimensión de las virtudes es su naturaleza afectiva: se introducen en las tendencias
que se dirigen hacia cada bien concreto, modificándolas poco a poco y haciendo que su
movimiento espontáneo se conforme al estilo de vida cristiano. Esto se consigue mediante la
repetición de actos que sean a la vez libres, conformes a lo que es virtuoso, y realizados
precisamente porque son buenos. Actos que parecen buenos pero que se realizasen por temor,
conveniencia, o por otros motivos ajenos al bien, no lograrán hacer virtuosas las tendencias
humanas, porque no modelarán la afectividad. La tercera dimensión de las virtudes, en fin, es
que generan una predisposición para el bien: el virtuoso tiene especial facilidad y agudeza
para distinguir el bien del mal, incluso en situaciones complejas o imprevistas.

Las virtudes nos liberan

Al presentarse como el buen pastor, imagen que en sus oyentes evocaba la llegada del salvador
del pueblo, Jesús dice: «Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia» (Jn
10,10). Esa vida abundante y plena nos la da la gracia de Dios, apoyada en nuestros anhelos por
descubrir y tomar lo mejor de lo que nos rodea. Por eso, poseer estos hábitos nos hace más
libres; nos convierte poco a poco en personas más flexibles, que saben descubrir la manera de
hacer el bien en situaciones muy distintas. Las virtudes nos liberan porque nos permiten elegir
entre los distintos bienes que se nos presentan. Los vicios, en cambio, son rígidos, porque
generan automatismos, reacciones que son difíciles de abandonar.

La identificación con Cristo, hacia la que nos mueve el Espíritu Santo, pasa por adquirir y
consolidar las virtudes que Jesús enseñó: tanto las teologales como las morales. Nos hemos
detenido en las segundas, que reordenan el mundo interior de los sentimientos, tan
importantes para la vida cristiana. Sin embargo, el motor y la raíz de todas estas virtudes es la
caridad. Sin ella, todo el resto se vería como un peso que oprime la libertad. Cuando uno desea
vivir sinceramente para la gloria del Padre, como vivió Cristo, ese amor guía suavemente las
elecciones, de modo que sean cada vez más parecidas a las de Jesús. El mandamiento con el
que Jesús respondió al escriba –amar a Dios con todo el corazón y con todas las fuerzas– no
entiende de obediencias forzadas: necesita hijos que emprenden una tarea gustosa, porque
sienten como siente Jesús.
Ángel Rodríguez Luño

[1] Francisco, Ángelus, 25-X-2020.

[2] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1764.

[3] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1767.

[4] Francisco, Discurso, 6-IV-2019.

[5] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 74.

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humanos-muy-divinos-iii-buscar-los-sentimiento/ (26/08/2023)
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Muy humanos, muy divinos (IV): ​


Nosotros, el hábitat de las virtudes
Nuestro anhelo de ser mejores se alimenta del clima en el que
vivimos y, a la vez, fructifica en las relaciones con los demás.

01/07/2021

Dios no vive solo. Es una familia, una Trinidad de personas unidas por el amor; una fuente
inagotable de vida, un manantial que se entrega y se comunica sin cesar. Cada persona divina
vive libre y enteramente para las otras, mirando a las otras, en una gozosa dependencia.
Nuestro Dios, decía Benedicto XVI, es «un Ser-para (el Padre), un Ser-desde (el Hijo) y un Ser-con
(el Espíritu Santo)»[1]. Y esta misma lógica resplandece también en todo lo que ha salido de sus
manos. De manera muy especial, en el hombre. Sí: la vida trinitaria está grabada en lo
profundo de nuestro ser. Nuestra existencia solo es auténticamente humana, y auténticamente
divina, si se desarrolla según estas coordenadas trinitarias de comunión: desde Dios y desde los
demás; con Dios y con los demás; para Dios y para los demás.

El equilibrista

Todas las virtudes, hasta la más pequeña o insignificante, apuntan a un crecimiento en la


comunión con los demás. Es cierto que, en la medida en que nos proporcionan un cierto
dominio sobre aspectos particulares de nuestra persona, las virtudes (de virtus, fuerza) nos
empoderan. Entrelazadas entre sí, nos hacen ser más verdaderamente nosotros mismos. Sin
embargo, no persiguen una perfección individual, porque la felicidad nunca es un camino
aislado. Las virtudes nos hacen capaces «de expresar el amor: ese amor precisamente en el que
el hombre-persona se convierte en don y, mediante este don, realiza el sentido mismo de su
ser»[2]. Una auténtica virtud no se alcanza al margen o a pesar de los demás. La senda es, más
bien, la contraria: la del crecimiento en una libertad para los demás; una libertad que nos
permite comprometernos, entregarnos a quienes nos rodean. La virtud, a fin de cuentas,
consiste en poseerse para darse. Esa es la verdadera fuerza, el verdadero poder.

Podemos imaginar a un equilibrista que avanza sobre un cable en las alturas, ante la mirada
inquieta del público. Día tras día realiza el mismo recorrido, de un lado al otro del alambre. En
él se da una mezcla de osadía y de cautela: teme la caída, pero disfruta de la altura y del riesgo.
Busca superar sus límites, y su objetivo le exige un minucioso entrenamiento. Necesita una
habilidad que solo alcanzará si, superando el vértigo día tras día, repite el ejercicio sin
detenerse. De modo análogo, para ser personas virtuosas —ordenadas o agradecidas, por
ejemplo— necesitaremos vencer las resistencias, con tiempo y adiestramiento. ¿Cuál es nuestra
motivación para dejar las cosas en su sitio o para dar las gracias amablemente? Solo si sabemos
que al principio y al final del alambre nos espera alguien a quien amamos, personas que
necesitan esos regalos, merece la pena arriesgarse sobre el vacío. No queremos únicamente
alcanzar una armonía o una perfección individual. Todas las virtudes tienen como horizonte,
pues, la apertura a los demás; son personales y, al mismo tiempo, tienen una dimensión de
comunión, potencian los vínculos con los demás.

Ser-desde: el regalo de depender

Algunos libros de autoayuda ofrecen claves para vivir en paz con uno mismo, e identifican la
felicidad con una vida plena e independiente: como si depender de otros fuera frustrante, algo
así como una traba para el desarrollo personal. Pero si volvemos la mirada a la Trinidad,
entendemos que las cosas son de otra manera. En primer lugar, Dios Hijo procede del Padre y
recibe de él todo su ser. Esta filiación lleva a Jesús a hacer en todo, y con gozo, la voluntad del
Padre (cfr. Jn 4,34). De una manera análoga, como criaturas de Dios, y mucho más si hemos
recibido el Bautismo, que nos incorpora a la vida de Jesús, nuestra existencia tiene un carácter
filial. No nos damos a nosotros mismos la vida. Otras personas, que todavía no nos conocían,
nos han traído hasta aquí. Y de estas relaciones de filiación —hijos de Dios e hijos de nuestros
padres— surgen las demás relaciones humanas: porque somos hijos, somos hermanos y somos
familia.

De esta manera, en lo íntimo de la persona humana se descubre una dependencia radical.


Nuestra existencia se despliega desde Otro y desde otros. Esta realidad es especialmente visible
cuando consideramos el amor esponsal, que consiste en vivir totalmente unido a otra persona
y depender de tal modo del afecto mutuo que no se puede vivir sin ella. Necesitar a los demás
no estrangula, por tanto, la libertad; al contrario, hace más valiosa a la persona, la conduce
hacia una alegría más plena. Saber que he recibido amor y que puedo devolverlo llena la vida
de sentido.

Además, las virtudes solo pueden ser adquiridas, de hecho, en un ambiente relacional: su
hábitat es el «nosotros». Nuestras disposiciones interiores se educan en el contacto con los
demás. Es lo que hacen los padres cuando enseñan a sus hijos algunas maneras de
comportarse: «hijo, ¿no das las gracias?»; «hijo, deja las cosas en su sitio». Crecemos gracias a
los consejos que recibimos; gracias a conversaciones que iluminan la razón con principios
firmes. Principios que, llevados a la vida, van formando las virtudes y van facilitándonos
entender dónde está el bien, y cómo alcanzarlo.

En este proceso, el ejemplo de las personas que nos rodean es fuente también de enseñanza.
Un clima virtuoso en la familia o en el lugar del trabajo es un vivero de virtudes. Y también
sucede, lamentablemente, lo contrario: allá donde el clima es descuidado, resulta más difícil
crecer humanamente. Un hogar sobrio educa a los hijos en la templanza; una madre detallista
enseña a sus hijos el valor de lo pequeño. Lo mismo sucede entre amigos, entre compañeros de
trabajo y en cualquier comunidad humana. Forma parte de nuestra tarea evangelizadora crear
a nuestro alrededor un ambiente que ayude a descubrir y a crecer en este camino. Es lo que
hace la Iglesia al presentar como modelo la vida de los santos: ahí no tenemos la teoría, sino las
virtudes encarnadas en una persona; ahí vemos que es verdaderamente posible dejar entrar a
Dios y a los demás en nuestra vida.

Ser-con: la alegría de acompañar


El Espíritu Santo, que procede del Padre y del Hijo, es el amor compartido y enviado a los
hombres para ser-con nosotros[3]. Él es «el manantial inagotable de la vida de Dios en
nosotros»[4], de esa vida que solo puede desplegarse en forma de comunión interpersonal. Así
es: los hombres y mujeres no vivimos sin más, sino que con-vivimos; nuestra existencia es un
ser-con quienes nos rodean. Solo hay vida donde hay comunión. Los vínculos que creamos con
los demás son muchas veces la fuerza que permite nuestro propio crecimiento personal.

Aunque algunos modos de pensar y de vivir en nuestros días nos ofrezcan un modelo de
hombre independiente y, en cierto sentido, autosuficiente, la Palabra de Dios nos dice que no
somos náufragos que sobreviven en su aislamiento, sino personas necesitadas de los demás.
San Pablo recuerda a los de Corinto que todos son parte de una misma unidad: «Vosotros sois el
cuerpo de Cristo y cada uno individualmente un miembro de él» (1 Cor 12, 27). Estamos
implicados por fuertes hilos de gracia y de amor, incluso con quienes nos han precedido y con
quienes nos seguirán en el camino hacia Dios. Así lo expresa el Catecismo de la Iglesia: «El
menor de nuestros actos hecho con caridad repercute en beneficio de todos, en esta solidaridad
entre todos los hombres, vivos o muertos, que se funda en la comunión de los santos»[5].
Seremos mejores en la medida en que nos ayudamos entre todos, desde y con los demás.

No estamos solos en el camino por adquirir las virtudes. Como decía san Josemaría, «ninguno
es un verso suelto (…): de alguna manera, nos ayudamos o nos perjudicamos. Todos somos
eslabones de una misma cadena»[6]. Durante su infancia, muchos niños se divertían jugando a
construir castillos con los naipes: una carta se apoyaba en la que tenía más cerca y juntas se
sostenían. Encima, a su vez, se colocaban otras, que se mantenían en pie gracias a las de abajo;
y así, poco a poco, se edificaban unos castillos muy delicados que con cualquier movimiento en
falso se podían derrumbar. Análogamente, también nuestra vida es un tejido de relaciones y de
encuentros, un ser-con los demás: «Vuestra mutua flaqueza es también apoyo que nos sostiene
derechos (...): como mutuamente se sostienen, apoyándose, los naipes»[7].

Es fuente de alegría sentir la cercanía de personas que nos ofrecen su apoyo, y a las que
nosotros también sostenemos. Acompañar a los demás y ser acompañados por ellos es el sello
de una existencia verdaderamente cristiana. Pensemos en los discípulos de Emaús: si no se
hubieran encontrado con aquel caminante misterioso que les abrió los ojos, habrían seguido
encerrados en su desconcierto (cfr. Lc 24,13-17). Tener personas cerca sirve de acicate para
seguir adelante; ellos nos sabrán sostener o levantar. Cuando ayudamos a otros a alcanzar la
mejor versión de sí mismos, hacemos lo mismo que hizo Jesús con los dos discípulos que
abandonaban Jerusalén. Rodeados de personas que nos quieren y en las que confiamos, es más
fácil crecer.

Todas las virtudes tienen un carácter relacional, incluso las que parecen más individuales. La
fortaleza o la templanza, por ejemplo, también nos dirigen hacia los demás: nos permiten
compartir el bien que hemos descubierto. Las virtudes abren las puertas al encuentro generoso
y nos facilitan la donación. No existen personas virtuosas pero encerradas en sí mismas: eso
sería solo apariencia de virtud. En realidad, «no cabe virtud alguna que pueda facilitar el
egoísmo; cada una redunda necesariamente en bien de nuestra alma y de las almas de los que
nos rodean»[8].
Ser-para: el gozo de servir

El Padre es el origen de la vida trinitaria. Todo en él es donación al Hijo, plenitud que sale y
entrega gratuitamente todo lo que tiene, con delicadezas de madre (cfr. Mt 23,37; Sal 131,2).
Esta paternidad divina es la fuente de toda paternidad (Ef 3,15), un don que Dios nos confía a
cada uno, para que también seamos origen de vida en los demás. Todos estamos llamados a ser
padres o madres: un discípulo es hijo de su maestro, un amigo es padre e hijo de otro amigo,
etc. Todos somos hijos y, a la vez, nos convertimos en personas maduras en la medida que nos
preparamos para ser padres o madres, cada uno según su vocación personal.

Cada persona se encuentra verdaderamente a sí misma solo cuando consigue salir de su


encerramiento y darse a los otros. El Concilio Vaticano II afirma en muchas ocasiones, como
repitiendo un mensaje especialmente oportuno para nuestra época, que el hombre no puede
«encontrar su propia plenitud si no es a través de un don sincero de sí»[9]. Solo así somos
verdaderamente felices. Regalar la vida «a los demás es de tal eficacia, que Dios lo premia con
una humildad llena de alegría»[10]. Y la alegría de ser-para los demás se manifiesta en actos
concretos de entrega, de servicio, de comprensión. Tenemos multitud de oportunidades cada
jornada: cuando acudimos con rapidez a hacer un favor, cuando juzgamos con misericordia el
comportamiento de los demás, cuando somos personas con las que se puede contar siempre
para una necesidad… Así fue el estilo de vida de los primeros cristianos, tan sorprendente para
los paganos, que repetían: «Mirad cómo se aman, (…) mirad cómo están dispuestos a morir el
uno por el otro»[11].

María también se ocupa de los demás en un completo olvido de sí: sabe cuidar de Isabel en el
tramo final del embarazo, en Caná está pendiente del feliz desarrollo de la boda, en el Calvario
acompaña a su Hijo con enorme serenidad en medio del dolor… En ella «encontramos
seguridad y también fuerza para seguir llevando el consuelo de su Hijo a quienes lo
necesitan»[12]. Toda la gracia y la virtud de la madre de Cristo se vuelcan espontáneamente en
los demás porque, para quienes queremos seguir a Jesús, no hay bien que no se transforme en
bien de todos.

José Manuel Antuña

[1] Joseph Ratzinger, Fe, verdad y tolerancia, Sígueme, Madrid, 2005, p. 214.

[2] San Juan Pablo II, Audiencia, 16-I-1980.

[3] Cfr. Ricardo de San Víctor, De Trinitate, III, 2-4.

[4] Francisco, Audiencia general, 8-V-2013.

[5] Catecismo de la Iglesia católica, n. 953.


[6] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 76.

[7] San Josemaría, Camino, n. 462.

[8] Amigos de Dios, n. 76.

[9] Concilio Vaticano II, Gaudium et spes, n. 24.

[10] San Josemaría, Forja, n. 591.

[11] Tertuliano, Apologeticum, 39, 1-18.

[12] Mons. F. Ocáriz, Mensaje, 29-IV-2020.

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humanos-muy-divinos-iv-nosotros-el-habitat-de/ (26/08/2023)
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Muy humanos, muy divinos (V): Para poder ser amigos


Toda amistad genuina supone un esfuerzo tanto por entrar en la
vida de los demás como por dejar que tengan espacio en nosotros; en
este quinto artículo repasamos algunas virtudes que nos lo facilitan.

15/07/2021

Cuando una persona vive sus últimos momentos, cuando está a punto «de pasar de este mundo
al Padre» (Jn 13,1), tiende a pensar en lo esencial. Su interés se centra en resolver las cosas que
no querría dejar inacabadas: lograr dirigir unas frases de cariño a los suyos, hacer un rápido
balance de su vida, procurar reconciliarse con alguien… Así sucede también en la vida de Jesús.
El preámbulo de sus horas finales es una cena ritual con sus más cercanos. Los evangelios nos
permiten asomarnos a esos momentos a través de unas conmovedoras páginas de amistad, en
las que el Señor nos deja como herencia el testimonio de su amor. «En la intimidad del
Cenáculo, Jesús dice a los apóstoles: “A vosotros os he llamado amigos” (Jn 15,15). Y en ellos nos
lo ha dicho a todos. Dios nos quiere no solo como criaturas, sino como hijos a los que, en Cristo,
ofrece verdadera amistad»[1].

Un encuentro de intimidades

La amistad es una relación en dos direcciones, que crece a través del dar y del aceptar.
Jesucristo ofrece a sus amigos el don más grande que existe: «Yo rogaré al Padre y os dará otro
Paráclito» (Jn 14,16). Pero, a su manera, también pide reciprocidad; nos pide que aceptemos sus
regalos: «Permaneced en mi amor» (Jn 15,9). No existen amistades en las que solo una parte
esté involucrada. Toda amistad genuina supone un esfuerzo tanto por entrar en la vida de los
demás como por dejar que tengan espacio en nosotros.

Este movimiento de acercamiento mutuo no siempre es fácil; y menos aún si el ambiente


social, o nuestras propias inercias, nos llevan a contar poco con los demás, a bloquear nuestro
mundo interior frente a posibles intrusiones, o a mirar a los otros solo en cuanto nos pueden
ser útiles momentáneamente. Para posibilitar la amistad hemos de estar dispuestos a abrir las
puertas del corazón. Eso nos hace seguramente vulnerables, pero nos hace también más
humanos. ¿Quién no ha experimentado esos momentos de complicidad con otra persona,
cuando el encuentro de dos mundos interiores se hace evidente? Podríamos pensar que esas
situaciones, llenas de candor y de intensidad, son propias de la juventud. Sin embargo, quien
pierde el miedo a abrir su interioridad y a acoger a otros en su corazón es capaz de entablar
amistades profundas a cualquier edad: ya sea con sus padres, hermanos, hijos, esposo o esposa,
con quienes viven en su misma casa o con los colegas de trabajo.

Benevolencia y ternura
Desde muy antiguo se ha considerado que «la amistad es una virtud o, en todo caso, algo
acompañado de virtud. Además, es lo más necesario para la vida»[2]. Para que una amistad se
consolide y crezca es necesario que los amigos fomenten algunas disposiciones que favorecen
el intercambio de interioridades. La amistad, en efecto, está hecha de «búsqueda del bien del
otro, reciprocidad, intimidad, ternura, estabilidad, y una semejanza entre los amigos que se va
construyendo con la vida compartida»[3].

La búsqueda del bien del otro, también conocida como benevolencia, es quizá la principal de
estas disposiciones. Significa no tanto que me importe un bien concreto del otro –ni siquiera un
bien para el otro–, sino que me importa el otro: me interesa que sea feliz. La benevolencia
indica la autenticidad del afecto hacia nuestros amigos, que supone «reconocerlos y afirmarlos
tal como son, con sus problemas, sus defectos, su historia personal, su entorno y sus tiempos
para acercarse a Jesús. Por eso, para construir una verdadera amistad, es preciso que
desarrollemos la capacidad de mirar con afecto a las demás personas, hasta verlas con los ojos
de Cristo»[4].

Mejorar nuestra capacidad de abrirnos a los demás requiere también ganar en ternura.
Contrariamente a lo que a veces se piensa, la ternura «no es la virtud de los débiles, sino más
bien todo lo contrario: denota fortaleza de ánimo y capacidad de atención, de compasión, de
verdadera apertura al otro»[5]. La ternura es campo fértil, fruto del trabajo diario: en ella
puede crecer la complicidad, la confidencia. «Cada uno de vosotros tiene su corazón lleno de
ternura, como lo tengo yo»[6], decía san Josemaría. Esta ternura puede darse en personas
afectuosamente expresivas o en temperamentos más introvertidos, y sabe hacerse a uno y otro
modo de ser. En esos momentos íntimos de la Última Cena, precisamente, Jesús forcejea con
Pedro, que no se quiere dejar lavar los pies (cfr. Jn 13,6-11), pero también permite que Juan
recueste la cabeza en su pecho (cfr. Jn 13,23). La ternura del amigo entiende las necesidades del
otro, respeta su intimidad, su modo de ser; evita invadir y, en cambio, ofrece su presencia
silenciosa.

Continuidad y sintonía

Otro componente necesario de la amistad es la continuidad de la relación, porque dos


interioridades no se abren de modo repentino. Las cosas importantes necesitan tiempo para
arraigar y para crecer en el corazón humano. A veces parece que hemos encontrado un nuevo
mejor amigo, pero en realidad a esa relación aún le falta mucho por crecer. «Hace falta mucho
tiempo para hablar, estar juntos, conocerse… Ahí se forja la amistad. Solo en esa paciencia una
amistad puede ser real»[7].

Los amigos desean verse, estar juntos, poder compartir lo que es valioso para cada uno. A los
apóstoles les gustaba estar con Jesús, no solo porque lo consideraban el Mesías de Israel, sino
porque eran buenos amigos. No lo seguían solo por convicciones históricas o intelectuales, sino
porque Jesús se había vuelto parte de su vida: «Os volveré a ver y se os alegrará el corazón, y
nadie os quitará vuestra alegría» (Jn 16,22).

Los encuentros y la comunicación a lo largo del tiempo van robusteciendo la amistad hasta
hacerla sólida, incluso a prueba de distancia. Entonces se genera una sintonía especial entre los
amigos, porque cada uno comunica espontáneamente al otro los bienes que llenan su vida. Por
este camino se llega a valorar lo que la otra persona valora, a disfrutar con lo suyo; y también,
como es lógico, a entristecerse con aquello que le causa tristeza. El amigo atrae sinceramente al
otro amigo, no lo convence ni lo embauca disfrazando de amistad otros intereses.

Virtudes para la convivencia

Dice santo Tomás de Aquino que «entre las cosas del mundo ninguna hay que dignamente se
pueda preferir a la amistad, porque ella es la que junta a los virtuosos, y conserva y levanta la
virtud»[8]. El camino de la virtud es un aliado de las relaciones de amistad: quienes cultivan la
imagen de Dios en sus vidas se reconocen fácilmente entre sí, y tienden a compartir esa belleza
interior.

Ciertamente, hay algunas virtudes que son más aptas para preparar ese camino o para hacerlo
crecer: son las virtudes de la convivencia. El «ambiente de amistad, que cada uno está llamado
a llevar consigo, es fruto de la suma de muchos esfuerzos por hacer la vida agradable a los
demás. Ganar en afabilidad, alegría, paciencia, optimismo, delicadeza, y en todas las virtudes
que hacen amable la convivencia es importante para que las personas puedan sentirse
acogidas y ser felices: “Palabras dulces ganan muchos amigos, y el bien hablar multiplica las
cortesías” (Si 6,5). La lucha por mejorar el propio carácter es condición necesaria para que
surjan más fácilmente relaciones de amistad»[9].

No siempre es fácil distinguir qué aspectos de la propia personalidad deben ser modelados en
el ámbito de la amistad, o cuáles deben ser tolerados –incluso queridos– por el amigo. Tal vez
no sea necesario hacer demasiadas distinciones, sino procurar trabajar sobre uno mismo, que
es lo que tenemos a nuestro alcance: si soy tímido, trataré de ser más extrovertido; si tengo
reacciones fuertes, me empeñaré en suavizarlas; si tiendo a ser inexpresivo, procuraré
manifestar más lo que siento; etc. Lo que en todo caso no llevaría muy lejos sería quedarse en
una obstinada afirmación del propio yo. San Josemaría animaba a unos y otros a salir al paso
de esa trampa: «A veces pretendes justificarte, asegurando que eres distraído, despistado; o
que, por carácter, eres seco, reservón. Y añades que, por eso, ni siquiera conoces a fondo a las
personas con quienes convives. –Oye: ¿verdad que no te quedas tranquilo con esa excusa?»[10].

***

Toda amistad es un don que se recibe y, al aceptarse, se convierte en don para el otro. Es lo
propio del amor: solo puede darlo quien antes lo ha recibido. Incluso el amor que Jesucristo
ofrece a sus apóstoles está precedido por el que le ha sido entregado: «Como el Padre me amó,
así os he amado yo» (Jn 15,9). Por eso, además de crecer en todas las virtudes que nos ayudan a
abrirnos a los demás, lo más importante para ser verdaderos amigos es ahondar en ese amor
de Dios por nosotros. A medida que aumenta esa relación de intimidad, la capacidad de amar a
los demás se ensancha. «Amor a Dios y amor al prójimo son inseparables, son un único
mandamiento. Pero ambos viven del amor que viene de Dios, que nos ha amado primero (…).
El amor es “divino” porque proviene de Dios y a Dios nos une y, mediante este proceso
unificador, nos transforma en un Nosotros, que supera nuestras divisiones y nos convierte en
una sola cosa, hasta que al final Dios sea “todo para todos” (cfr. 1 Co 15,28)»[11].
Jorge Mario Jaramillo

[1] Mons. F. Ocáriz, Carta pastoral, 1-XI-2019, n. 2.

[2] Aristóteles, Ética a Nicómaco, 1155a.

[3] Francisco, Ex. Ap. Amoris laetitia, n. 123.

[4] Mons. F. Ocáriz, Carta pastoral, 1-XI-2019, n. 8.

[5] Francisco, Homilía, 19-III-2013.

[6] San Josemaría, Apuntes de una reunión familiar, 15-IX-1971. AGP, biblioteca, P01.

[7] Francisco, Entrevista, 13-IX-2015. Texto completo en el sitio web de la Agencia Informativa
Católica Argentina.

[8] Santo Tomás de Aquino, Del gobierno de los príncipes, I, X.

[9] Mons. F. Ocáriz, Carta pastoral, 1-XI-2019, n. 9.

[10] San Josemaría, Surco, n. 755.

[11] Benedicto XVI, Enc. Deus Caritas est, n. 18.

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humanos-muy-divinos-v-para-poder-ser-amigos/ (27/08/2023)
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Muy humanos, muy divinos (VI): Hasta ponerlo por obra


Pararse a pensar, escoger el camino, pasar a la acción. Tres
momentos esenciales que dan forma a la prudencia, la virtud
necesaria para hacer el bien en el único lugar real: aquí y ahora.

01/09/2021

En un óleo sobre tabla que se conserva en Berlín, Rembrandt retrató en 1627 a un anciano
sentado ante una mesa, en medio de la penumbra. En torno a él se amontonan monedas de oro
y títulos de propiedad. Entre los objetos figura también un reloj, premonición de que sus horas
están contadas. El anciano lleva unas lentes para suplir su poca visión, e ilumina la mesa y sus
posesiones con una vela, que cubre con su mano derecha: una luz incierta, como un hilo de
vida, que pronto se extinguirá.

Así se imaginaba este gran artista la parábola que Jesús contó en una ocasión ante una
muchedumbre de miles de personas: «Las tierras de cierto hombre rico dieron mucho fruto. Y
se puso a pensar para sus adentros: “¿Qué puedo hacer, ya que no tengo donde guardar mi
cosecha?”. Y se dijo: “Esto haré: voy a destruir mis graneros, y construiré otros mayores, y allí
guardaré todo mi trigo y mis bienes. Entonces diré a mi alma: ‘Alma, ya tienes muchos bienes
almacenados para muchos años. Descansa, come, bebe, pásalo bien’”. Pero Dios le dijo:
“Insensato, esta misma noche te van a reclamar el alma; lo que has preparado, ¿para quién
será?”. Así ocurre al que atesora para sí y no es rico ante Dios» (Lc 12,16-21).

Rembrandt, Public domain, via Wikimedia Commons

Dios mismo califica a este rico de «insensato» o imprudente. «El hombre que todos conocían
como inteligente y afortunado es un idiota a los ojos de Dios: “insensato”, le dice. Frente a lo
verdaderamente auténtico, aparece con todos sus cálculos extrañamente necio y corto de vista,
porque en esos cálculos se había olvidado de lo auténtico: que su alma deseaba algo más que
bienes y alegrías, y que algún día se iba a encontrar frente a Dios»[1]. Este hombre no se daba
cuenta de que el sentido de su vida se resumía en el amor a Dios y al prójimo. Por eso, cuando
tuvo la oportunidad de hacer algo por los demás, no logró pensar más allá de sí mismo. En el
fondo, ignoraba «cómo son y están verdaderamente las cosas»; no podía obrar bien, porque «el
bien es lo que está conforme a la realidad»[2]. Por eso es insensato. Por eso es imprudente.

Las falsas prudencias

La prudencia es la virtud que conecta nuestro obrar con la realidad: prudente es el hombre a
quien las cosas le parecen como realmente son. Desde la base de esta conexión con la realidad,
esta virtud lleva a elegir los medios adecuados para conseguir un fin bueno, y a ponerlos por
obra. Es decir, la prudencia no da por bueno cualquier fin. Por eso, decía san Josemaría,
«hemos de preguntarnos siempre: prudencia, ¿para qué?»[3]. Y respondemos: para amar a Dios
y a los demás. Como escribió san Agustín, «la prudencia es el amor que sabe discernir lo útil
para ir a Dios, de lo que puede alejar de él»[4].

La prudencia necesita estar acompañada de la fe y de la caridad para no degenerar en una de


sus caricaturas. Existen, en efecto, dos falsas prudencias. De una parte, está la simple
«prudencia de la carne» (Rm 8,6), la de quien pone su único punto de mira en los placeres y en
los bienes sensibles, y busca solo su disfrute y posesión, sin atender a otros fines más
importantes[5]. «La llama razón y la emplea únicamente para ser más bestia que todas las
bestias»[6], dice al respecto Mefistófeles, en una famosa obra de Goethe. De otra parte, tenemos
la «astucia»: la habilidad para dar con los medios que permiten obtener un fin perverso. Este
fin malo no ha de ser necesariamente uno sensible, como si el placer fuera algo malo en sí;
puede consistir, por ejemplo, en una búsqueda egoísta de la propia seguridad, sin tener en
cuenta las necesidades de los demás[7], como sucede en el caso del rico de nuestra parábola.

La verdadera prudencia, afirma el Catecismo de la Iglesia Católica, «dispone la razón práctica a


discernir en toda circunstancia nuestro verdadero bien y a elegir los medios rectos para
realizarlo»[8]. Ese verdadero bien no se limita al de la sensibilidad, sino que abarca a la
persona en su integridad; es el bien que surge de la verdad de las cosas mismas, y no solo de
mis deseos. Consiste en dar a cada uno lo suyo, en perseverar en el camino que nos hará más
felices –la santidad, el amor, la fidelidad– a pesar de las dificultades que encontremos; es el
gozo de los placeres sensibles en armonía con la verdad de nuestro ser.

Esta definición de la prudencia habla de un discernimiento y de una elección. Para lo primero


–«discernir el verdadero bien»– necesitamos afinar nuestra voluntad y nuestro corazón, de
manera que amen y deseen el bien verdadero. Esto se consigue con las demás virtudes,
especialmente con la justicia, pero también con la fortaleza y la templanza. Las virtudes
morales, en efecto, indican el bien a la prudencia: solo con ellas puede orientarse hacia los
fines buenos y «elegir los medios rectos» para realizarlos. Pero, al mismo tiempo, en la
definición de cualquier acto virtuoso entra la prudencia como medida, pues es ella la que
conecta la acción con la realidad y decide, aquí y ahora, el término medio, el más excelente,
entre dos extremos viciosos. Es decir, la prudencia es tanto un requisito para el crecimiento de
las demás virtudes morales, como un resultado de ellas. Es como un círculo virtuoso. Y por eso
es tan importante la educación y el ambiente en el que vivimos: allí aprendemos a amar y a
saborear el verdadero bien, no por medio de razonamientos, sino mediante la identificación
con quienes amamos.

Deliberación: pararse a pensar

Al estudiar detenidamente la prudencia, santo Tomás de Aquino distingue en ella tres actos:
deliberación, decisión e imperio. Los dos primeros se dan solamente en nuestra razón; el
tercero, en cambio, nos lleva a la acción[9]. Estos tres actos se pueden identificar claramente en
otro relato de Jesús: la parábola de las vírgenes necias y prudentes, en donde el Señor compara
el reino de los cielos con una parte de la celebración del matrimonio judío (cfr. Mt 25,1-13).

La ceremonia que aparece en la parábola consistía en conducir a la esposa, con ciertas


formalidades, hasta la casa del esposo. A última hora del día, normalmente al atardecer de un
miércoles, los invitados se entretenían en la casa de la mujer. El esposo llegaba un poco antes
de la medianoche, con sus amigos más cercanos, para encontrarse con la esposa. Iluminado por
las llamas de las candelas, era recibido por los invitados. Era costumbre que, también allí, diez
mujeres esperaran al esposo con lámparas sostenidas por bastones, en recuerdo de las
solemnidades públicas judías. Son las diez vírgenes de las que dice Jesús que «tomaron sus
lámparas» y «salieron a recibir al esposo». Toda la comitiva se tenía que trasladar entonces,
acompañada por la luz de estas lámparas, hasta la casa paterna del esposo, donde tendría lugar
el matrimonio.

Sin embargo, no todas ellas estaban igualmente preparadas para intervenir. En realidad,
«cinco de ellas eran necias y cinco prudentes. Las necias, al tomar sus lámparas, no llevaron
consigo aceite; las prudentes, en cambio, junto con las lámparas llevaron aceite en las alcuzas».
Estas últimas fueron previsoras: recordaron que en estos casos el esposo no llegaba hasta cerca
de medianoche; calcularon que sus lámparas no durarían tanto tiempo encendidas
(deliberación); optaron por llevar alcuzas con aceite de reserva, a pesar de la incomodidad que
suponía cargar con ellas (decisión); y finalmente así lo hicieron (imperio). En cambio, las
necias, aunque quizás oyeron cómo las prudentes comentaban el problema, e incluso las
vieron ir a por las alcuzas, no quisieron complicarse la vida; se dejaron llevar por la
precipitación y las prisas para llegar cuanto antes a la casa de la novia; se vieron atraídas por
los juegos y las risas, y no pensaron mucho más. Da la impresión de que las vírgenes necias de
la parábola fueron imprudentes quizá sobre todo por falta de deliberación, se dejaron llevar
por cierto atolondramiento.

Al final, ocurrió lo que era previsible: «Como tardaba en venir el esposo, les entró sueño a
todas y se durmieron. A medianoche se oyó una voz: «¡Ya está aquí el esposo! ¡Salid a su
encuentro!». Se levantan entonces las jóvenes y aderezan sus lámparas, pero las necias
descubren que las suyas se apagan por falta de aceite. Piden entonces a las prudentes que les
presten un poco, cosa que estas no hacen, precisamente porque son prudentes: «Mejor es que
vayáis a quienes lo venden y compréis, no sea que no alcance para vosotras y nosotras»,
responden. Pero mientras van a comprar, llega el esposo, toma a la esposa y se inicia la
procesión hacia su casa, acompañada finalmente solo por las cinco vírgenes prudentes, con sus
lámparas encendidas, y una multitud que canta y baila. Una vez llegados a la casa, la puerta se
cierra e inicia el banquete. Para cuando llegan las cinco vírgenes necias ya es tarde. Aunque
imploran diciendo «¡Señor, señor, ábrenos!», obtienen esta durísima respuesta: «En verdad os
digo que no os conozco».

Podemos preguntarnos: ¿por qué Jesús llama prudentes a unas y necias a otras? La parábola
permitiría responder atendiendo a las tres etapas de la acción prudente, pero resalta en ella de
manera especial la primera: la deliberación. Para actuar bien es preciso pararse a pensar en la
situación, con una escucha atenta y fiel al ser de las cosas; traer a la memoria casos similares,
para sacar experiencia; dejarse aconsejar por los demás –por los prudentes–, porque, como
también dice santo Tomás, «en las cosas que atañen a la prudencia nadie hay que se baste
siempre a sí mismo»[10]. Y, por último, es preciso estar atento a las circunstancias cambiantes,
que pueden aconsejar adaptar el plan y tomar una nueva decisión para conseguir el bien
pretendido. Se trata, en definitiva, de conocer la realidad, presupuesto indispensable para
realizar el bien. No basta la «buena intención» o la «buena voluntad»: se requiere andar en la
verdad, porque solo «la verdad os hará libres» (Jn 8,31).

San Josemaría animaba a estudiar detalladamente los asuntos antes de tomar una decisión,
escuchando a todas las partes implicadas y evitando la precipitación: «Lo urgente puede
esperar –decía– y lo muy urgente debe esperar»[11]. Hacía ver la necesidad de pedir consejo al
Espíritu Santo en la oración, porque «la verdadera prudencia es la que permanece atenta a las
insinuaciones de Dios»[12]. También sugería acudir a otras personas que nos pueden ayudar,
como un director espiritual o quienes comparten con nosotros la responsabilidad de una
decisión. En este proceso de deliberación, la humildad es fundamental para poder abrirnos a la
verdad, para acercarnos lo mejor posible a la realidad de las cosas.

Decisión: escoger el camino

Para ilustrar la decisión, segundo momento de la prudencia, es esclarecedor el relato de san


Marcos sobre las primeras horas de la mañana del domingo de Resurrección. María Magdalena
y las otras mujeres habían comprado aromas para embalsamar el cuerpo de Jesús y se habían
puesto en camino muy temprano, mientras se decían unas a otras: «¿Quién nos removerá la
piedra de la entrada del sepulcro?» (Mc 16,3). Aunque no han conseguido dar con una solución
para todos los problemas que enfrentarán, el amor a Jesús mueve a estas mujeres a tomar la
decisión correcta, prudente: se deciden a actuar con los datos que tienen. «Era una losa
enorme», comenta San Josemaría. «Así sucede de ordinario. Se ven enseguida las dificultades,
pero, si media el amor, no se repara en esos obstáculos: hay audacia, decisión, valentía: ¡lo que
hay que hacer, se hace! ¿Quién quitará aquella piedra? Ellas solas no podían; y, sin embargo,
siguen adelante, camino del sepulcro. Hijo mío, tú y yo, ¿cómo andamos de vacilaciones?
¿Tenemos esta decisión santa, o hemos de confesar que sentimos vergüenza al contemplar la
decisión, la intrepidez, la audacia de estas mujeres? Cuando llegaron al sepulcro, “vieron que la
piedra estaba apartada” (Mc 16, 4). Esto pasa siempre. Cuando nos decidimos a poner por obra
lo que hemos de hacer, las dificultades se superan fácilmente»[13].

La deliberación, aquel primer acto de la prudencia, no puede proseguir indefinidamente. En


algún momento tenemos que darla por terminada y decidir. Porque la indecisión es otra forma
de imprudencia, que hace estéril la deliberación previa: de nada sirve discernir cuál es la línea
de actuación más virtuosa, si luego no me decido por ella, ya sea porque no me apetece, porque
no me siento de humor, por el «qué dirán», por miedo a equivocarme o por cualquier otra
razón. De nada sirve saber qué es lo mejor, si no me decido a hacerlo. «¡Mañana!: alguna vez es
prudencia; muchas veces es el adverbio de los vencidos»[14], decía también san Josemaría. La
persona prudente no espera la certeza donde no la puede haber; más bien, «prefiere no acertar
veinte veces, antes que dejarse llevar de un cómodo abstencionismo»[15]. No decidir es muchas
veces una imprudencia, porque entonces otros, o simplemente el tiempo, decidirán por
nosotros, quizá con menos criterio para acertar. La persona prudente no pretende tener todo
absolutamente controlado: reconoce la propia limitación y confía en Dios, porque eso es lo más
real.

El ejemplo de Jesús es elocuente. En el evangelio se nos muestra como alguien que conoce la
realidad, su destino, su bien verdadero: espera prudentemente la llegada de su «hora». Por
ejemplo, en Caná dice a su madre: «todavía no ha llegado mi hora» (Jn 2,4). Después, en dos
ocasiones, san Juan nos cuenta cómo se abre paso entre la muchedumbre «porque no había
llegado su hora» (Jn 7,30; 8,20). En algún momento, incluso, vemos que no coinciden sus deseos
y sus sentimientos (cfr. Mt 26,39), pero a pesar de todo elige el bien. Aquel «¡Levantaos,
vamos!» (Mt 26,46), antes de su prendimiento en Getsemaní, es una elección prudente,
heroicamente prudente.

Imperio: pasar a la acción

Al final del Sermón de la Montaña, Jesús da algunas advertencias, entre las que se encuentra
esta imagen sobre la persona prudente: «Todo el que oye estas palabras mías y las pone en
práctica, es como un hombre prudente que edificó su casa sobre roca (…). En cambio, el que
oye estas palabras mías y no las pone en práctica es como un hombre necio que edificó su casa
sobre arena» (Mt 7,24-26). La distinción entre el prudente y el necio se encuentra aquí en la
puesta en práctica de lo aprendido. Porque no basta deliberar y decidir: es necesario pasar a la
acción. En esto consiste el tercer y último momento de la verdadera prudencia, el imperio o
ejecución, del que dice santo Tomás que es el más importante, porque de nada vale conocer el
camino si no se lo recorre[16]. Se puede ser imprudente no solo por precipitación o por
indecisión, sino también —es más frecuente de lo que parece— por detenerse ante los
obstáculos o por la negligencia al omitir lo que se debe hacer, muchas veces por algo tan
sencillo como el simple olvido.

«Pensar despacio y obrar pronto»: así aconsejaba una vez san Josemaría al beato Álvaro del
Portillo[17]. Con esta máxima quería, de una parte, prevenirle ante los errores a los que lleva la
precipitación, pero también advertirle de la imprudencia de dilatar sin necesidad la decisión y
su puesta en marcha. La audacia no es imprudencia. Más aún, si es verdadera audacia, es
verdadera prudencia. «Lo que hay que hacer, se hace... Sin vacilar... Sin miramientos... Sin
esto, ni Cisneros hubiera sido Cisneros; ni Teresa de Ahumada, Santa Teresa...; ni Iñigo de
Loyola, San Ignacio... ¡Dios y audacia!»[18].

Los retrasos innecesarios en la ejecución de lo decidido pueden, además, hacer daño a los
demás: particularmente si se tiene una tarea de formación o de gobierno, como los padres
respecto a los hijos, o los jefes respecto a los subordinados. Se requiere fortaleza para superar
los miedos, la tentación de hacer lo más cómodo o el apego excesivo a la propia imagen. Lo
refleja muy bien una carta en la que santa Catalina de Siena urgía al Papa Gregorio XI a atajar
los desmanes de algunos eclesiásticos: «Esta clase de indulgencia, que nace del amor propio y
del amor a los parientes, a los amigos y a la paz terrena, es, en realidad, la peor crueldad,
porque si una herida no se limpia con hierro candente y el bisturí del cirujano cuando es
necesario, se infectará y, al final, acarreará la muerte. Poner ungüentos puede ser agradable
para el enfermo, pero no mejorará con ellos»[19].

Naturalmente, la audacia de la verdadera prudencia no está reñida con la búsqueda del mejor
momento para la ejecución de lo que se ha decidido, teniendo siempre en cuenta la caridad, el
bien de las personas. A veces hay que saber esperar con paciencia. Otras veces no convendrá
esperar, porque las consecuencias de hacerlo serían peores, porque la oportunidad no volverá
a repetirse, o por otros motivos. La persona prudente es aquella que, aquí y ahora, «aprecia
con golpe seguro de vista si determinada acción concreta ha de ser el camino que realmente
conduzca a la obtención del fin propuesto»[20]. Pero, en todo caso, solo la ejecución de lo
decidido, tras prudente deliberación, realizará en nosotros aquel profundo deseo de Jesús (Mt
5,16): «Alumbre así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y
glorifiquen a vuestro Padre, que está en los cielos».

José Brage

[1] J. Ratzinger, Mirar a Cristo, Edicep, Valencia, 2005, pp. 20-22.

[2] J. Pieper, Las virtudes fundamentales, Rialp, Madrid, 1976, p. 16.

[3] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 85.

[4] San Agustín, De moribus Eccesiae, I, 15, 25.

[5] Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, II-II, q. 47, a. 13, res.

[6] J. W. Goethe, Fausto, Prólogo en el cielo.

[7] Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, II-II, q. 47, a. 8, ad. 3.

[8] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1806. Las cursivas son propias.

[9] Suma Teológica, II-II, q. 47, a. 8, res.

[10] J. Pieper, Las virtudes fundamentales, p. 49.

[11] J. Echevarría, Memoria del Beato Josemaría, Rialp, Madrid, 2000, p. 165.

[12] Amigos de Dios, n. 87.


[13] San Josemaría, Apuntes tomados durante una meditación, 29-III-1959.

[14] San Josemaría, Camino, n. 251.

[15] Amigos de Dios, n. 88.

[16] Cfr. Suma Teológica, II-II, q. 47, a. 8, res.

[17] Carta a Álvaro del Portillo, 28-II-1949, citada en Andrés Vázquez de Prada, El Fundador del
Opus Dei, tomo III, Rialp, Madrid, 2003, p. 153.

[18] Camino, n. 11.

[19] S. Undset, Santa Catalina de Siena, Encuentro, Madrid, 1999, p. 172.

[20] J. Pieper, Las virtudes fundamentales, p. 51.

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humanos-muy-divinos-vi-hasta-ponerlo-por-obra/ (26/08/2023)
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Muy humanos, muy divinos (VII):


Nuestro trabajo, levadura de Dios
En este séptimo artículo descubriremos algunas virtudes del trabajo
que se esconden en una imagen que usó Jesús: la de aquella mujer
que hace pan para muchas personas. El desafío es transformar
nuestras tareas diarias en amor para quienes nos rodean.

21/09/2021

El trabajo, con sus objetos y sus rutinas, era quizá la realidad que mejor conocían quienes
escuchaban a Jesús. Por eso en su predicación aparece con tanta frecuencia y desde tantos
ángulos diversos. Ahí está el sembrador que arroja la semilla en el campo, el negociante que
busca perlas finas, el pescador que lanza la red en el mar... Un día, para explicar algo tan
importante como el modo en que Dios obra en el mundo, Jesús se fija en una de las tareas más
ancestrales: la de elaborar el pan. «¿A qué compararé el reino de Dios? Es semejante al
fermento que una mujer toma y echa en tres medidas de harina hasta que fermenta toda» (Lc
13,20). Así se desarrolla el Reino de Dios en la historia: codo a codo con nosotros, al compás de
nuestro trabajo cotidiano, fermento que se inserta en el trabajo de Dios y que transforma el
mundo desde dentro. Como dirá Jesús en otra ocasión, «mi Padre no deja de trabajar, y yo
también trabajo» (Jn 5,17).

Con esta figura de la mujer que fermenta la harina, el Señor reviste de una dignidad inmensa
una tarea que, de tan normal, parecería casi fuera de sitio. Quienes escuchaban al Señor tal vez
imaginarían que, para describir algo tan trascendental como el desarrollo del Reino de Dios,
habría sido más adecuado pensar en el trabajo de un noble de la época, o en las tareas de
quienes se encargaban más directamente de las cosas religiosas. Pero el propio Jesús, siendo el
Hijo del Altísimo, había ejercido un trabajo manual, sencillo. De modo que, en lugar de
referirse a un puesto de influencia política, de eficacia económica, o de prestigio social, pensó
en la labor de esas personas discretas que se despiertan temprano, antes que los demás, para
que pueda llegar a tiempo ese pan de la primera comida, que usualmente dura apenas unas
horas en su mejor estado.

Tres medidas de harina

Al describir la escena de esta mujer que trabaja la masa, Jesús menciona un detalle muy
sugerente: la cantidad de harina. En el mundo judío de la época, tres «medidas» de harina
equivalían aproximadamente a veintidós litros de masa, con lo que se podía producir pan para
dar de comer a un centenar de personas. Tal cantidad de harina nos indica que la mujer no
está trabajando solo para su propia familia, por numerosa que sea. Su tarea parece dirigirse
más bien a una necesidad de la comunidad. No es difícil, pues, imaginarla en plena labor,
poniendo el corazón en quienes disfrutarían de todo ese pan. Porque así sucede en todo
trabajo: nuestra tarea nos pone en relación con los demás, nos ubica en algún lugar desde el
que contribuimos al bien de los otros. De hecho, «las alegrías más intensas de la vida brotan
cuando se puede provocar la felicidad de los demás, en un anticipo del cielo. Cabe recordar la
feliz escena del film “La fiesta de Babette”, donde la generosa cocinera recibe un abrazo
agradecido y un elogio: “¡Cómo deleitarás a los ángeles!”. Es dulce y reconfortante la alegría de
provocar deleite en los demás»[1].

Tanto pan, para tanta gente, supondría un tiempo y un esfuerzo considerables. Pero esta mujer
encara el reto y persevera en su labor «hasta que fermenta toda» la masa (Lc 13,20). Acabar la
tarea emprendida, y acabarla bien, requiere fortaleza, concentración, perseverancia,
puntualidad… Conseguir trabajar como esta mujer requiere sobreponerse a la pereza, que es
de ordinario «el primer frente en el que hay que luchar»[2]. En ese sentido, sabemos que san
Pablo no lo pensó dos veces a la hora de corregir la ociosidad que se había infiltrado entre los
primeros cristianos de Tesalónica. Algunos de ellos pensaban que la segunda venida del Señor
era inminente, y se decían que trabajar no tenía ya mucho sentido; vivían, pues, «sin hacer
nada, solo ocupados en curiosearlo todo». Sin embargo, Pablo les dice: «El que no quiera
trabajar, que no coma» (2 Ts 3,10-11).

El Padre nos ha hablado de las potencialidades que tiene el trabajo, también el que nos cuesta
un poco más, cuando encontramos en él un lugar de amor y de libertad: «Podemos cumplir con
alegría también los deberes que puedan resultar desagradables. Como nos dice san Josemaría,
“no es lícito pensar que sólo es posible hacer con alegría el trabajo que nos gusta”. Se puede
hacer con alegría ―y no de mala gana― lo que cuesta, lo que no gusta, si se hace por y con
amor y, por tanto, libremente»[3].Esto rige incluso para dificultades en torno a la propia
situación laboral, como pueden ser un momento de paro o de enfermedad, la pérdida de
energías con el paso de los años, tensiones o incertidumbres en el propio sector, etc. San
Josemaría, consciente de lo habituales que son ese tipo de situaciones en la vida, decía con
realismo que «la enfermedad y la vejez, cuando llegan, se transforman en labor profesional. Y
así no se interrumpe la búsqueda de la santidad, según el espíritu de la Obra, que se apoya,
como la puerta en el quicio, en el trabajo profesional»[4].

Cuando el amor está de por medio

Son muchas las razones que nos pueden llevar a perseverar en una tarea honesta: la
responsabilidad por sacar adelante a quienes dependen de nosotros, el deseo de servir a los
demás, la ilusión de crear algo nuevo, etc. Sin embargo, también las buenas intenciones
pueden adoptar progresivamente formas de amor propio, como el afán de reconocimiento, o
los deseos de lucirse y aparentar ante los demás. Otras veces nos puede asediar la tentación de
trabajar demasiado: un desvío sutil, que suele disfrazarse de virtud. El perfeccionismo y el
eficientismo –o workaholism– se encuentran en este género de desorden. Lo que en su origen
era un empeño por hacer las cosas bien, y de manera eficaz, puede derivar en lo que san
Josemaría llamaba «profesionalitis»[5]: una dedicación excesiva al trabajo, que quita casi todo
el tiempo a lo demás. «Vuestro trabajo —escribía en una ocasión— ha de ser responsable,
perfecto, en la medida en la que la tarea humana pueda ser perfecta: con amor de Dios, pero
teniendo en cuenta que lo mejor suele ser enemigo de lo bueno. Haced las cosas bien, sin
manías ni obsesiones, pero acabándolas, poniendo siempre la última piedra y cuidando los
detalles»[6].
El problema de la «profesionalitis» no estriba tanto en la manera en que se trabaja, como el
peso que se da al trabajo en el horizonte de la vida. Es muy bueno, también para la salud
mental y corporal, no perder de vista que el trabajo se ordena a una misión más grande, y que
solo esa misión da sentido a la existencia de un hijo o una hija de Dios. La prudencia nos
ayudará a integrar nuestro trabajo, aquí y ahora, dentro un horizonte que va mucho más allá
del mismo trabajo. Un horizonte que está hecho no de objetivos, ni de plazos, sino de personas:
empezando por Dios, que cuenta con esos momentos en que cuidamos especialmente nuestra
relación con él, y siguiendo —también está allí el Señor esperándonos— por quienes nos
rodean, que necesitan nuestro tiempo, nuestro afecto, nuestra atención.

La imagen de la mujer que amasa el pan nos pone ante los ojos la mejor razón para trabajar.
Ella transforma su trabajo en un don, en una bendición: además de pan, la mujer da amor,
porque cuando hacemos un regalo a alguien «lo primero que le damos es el amor con el que le
deseamos el bien»[7]. La mujer no se limita a dar al prójimo lo que le corresponde; porque,
cuando el amor está de por medio, es uno mismo el que se da. Por esto decía san Josemaría que
no podemos limitarnos «a hacer cosas, a construir objetos. El trabajo nace del amor, manifiesta
el amor y conduce al amor»[8]. Cuando alguien trabaja así por nosotros, nos conduce al amor,
porque nos hace entrar en la lógica del don: un amor engendra otro, como una sonrisa
engendra otra, transformando uno a uno los corazones. El amor de esta mujer, expresión del
amor de Dios, es la levadura viviente que transforma, como un don suyo, a los que reciben el
pan que ha trabajado con sus manos.

El mundo entero es altar para nosotros

La alusión a las tres medidas de harina tiene aún otro significado, que se entiende desde sus
precedentes bíblicos: se trata de la misma medida que ofrecen Abrahán y Sara para honrar a
los tres varones misteriosos que los visitan en Mambré (cfr. Gn 18,6), y también es la medida
que usa Gedeón para ofrecer un sacrificio que el Señor consume con el fuego de un ángel (cfr.
Ju 6,19-21). Tal vez para algún judío que escuchaba a Jesús, la sola mención de las medidas de
harina evocaría estas acciones sagradas (a pesar de que los sacrificios se solían hacer sin
levadura). Con esta alusión, el Señor parece querer recordarnos que el trabajo de esta mujer es
una ofrenda a Dios, como lo puede ser el nuestro cuando lo unimos a la santa Misa.
Convertimos así lo humano, nuestras horas de trabajo, en algo santo. Y entonces se realiza
aquello tan hermoso de que «el mundo entero (…) es altar para nosotros»[9].

San Josemaría nos animaba a hacer de la Eucaristía «el centro de la vida interior, de tal manera
que sepamos estar con Cristo, haciéndole compañía a lo largo de la jornada, bien unidos a su
sacrificio: todo nuestro trabajo tiene ese sentido. Y esto nos llevará durante el día a decir al
Señor que nos ofrecemos por Él, con Él y en Él a Dios Padre, uniéndonos a todas sus
intenciones, en nombre de todas las criaturas. Si vivimos así, todo nuestro día será una
Misa»[10].

***

La imagen de esta mujer con las manos en la harina se remontaba seguramente a la infancia
de Jesús. ¿Quién sabe? Quizá incluso se trataba de su madre, santa María, que tantas veces
preparó el pan. La imaginamos concentrada en su trabajo, poniendo de su parte lo necesario
para que el proceso natural de la levadura siguiera su curso. Como sucede en nuestro trabajo:
cuando lo hacemos cara a Dios, dejamos que él se sirva de nuestros esfuerzos para extender su
reino, con su levadura divina. Así se lo hizo ver a san Josemaría: «Contemplo ya, a lo largo de
los tiempos, hasta al último de mis hijos (…) actuar profesionalmente, con sabiduría de artista,
con felicidad de poeta, con seguridad de maestro y con un pudor más persuasivo que la
elocuencia, buscando —al buscar la perfección cristiana en su profesión y en su estado en el
mundo— el bien de toda la humanidad»[11].

Javier del Castillo

[1] Francisco, Ex. ap. Amoris Laetitia, n. 129.

[2] San Josemaría, Cartas 2, n. 10.

[3] Mons. F. Ocáriz, Carta pastoral, 9-I-2018, n. 6.

[4] San Josemaría, Apuntes de la predicación, citado en E. Burkhart, J. López, Vida cotidiana y
santidad en la enseñanza de San Josemaría, Rialp, Madrid 2013, vol. III, p. 165.

[5] Cfr. san Josemaría, Surco, n. 502

[6] San Josemaría, Cartas 36, n. 38; citado en E. Burkhart, J. López, Vida cotidiana y santidad en
la enseñanza de San Josemaría, vol. III, pp. 189-190.

[7] Santo Tomás de Aquino, Suma teológica, I, q. 38, a. 2, resp.

[8] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 48.

[9] San Josemaría, apuntes tomados de una meditación, 19-III-1968. Citado en J. Echevarría,
Vivir la Santa Misa, Rialp, Madrid 2010, p. 17.

[10] San Josemaría, apuntes de la predicación, 27-V-1962.

[11] San Josemaría, Cartas 3, n. 4.

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humanos-muy-divinos-vii-trabajo-levadura-dios/ (27/08/2023)
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Muy humanos, muy divinos (VIII):


La batalla de nuestra formación
En este octavo artículo nos detenemos en algunas actitudes y consejos que
nos disponen mejor para ser semilla fértil en nuestro lugar en el mundo.

23/10/2021

Aunque su momento de esplendor era ya por entonces cosa del pasado, Atenas seguía siendo
un referente cultural en tiempos de san Pablo. Nos dice san Lucas de sus habitantes, mentes
inquietas, que «no se dedicaban a otra cosa que a decir o escuchar algo nuevo» (Hch 17,21). De
ahí que resulte algo sorprendente su rechazo escéptico al anuncio de la única novedad que
merece tal nombre: la de la muerte y resurrección de Cristo, que nos salva del pecado (cfr. Hch
17,32). A san Pablo debió de marcarle profundamente este fracaso en el corazón mismo de la
cultura clásica. De hecho, lo llevó a reflexionar profundamente, bajo la guía del Espíritu Santo,
sobre el contenido de la novedad cristiana: ¿por qué los atenienses no habían sido interpelados
por lo que al apóstol de las gentes le había cambiado la vida?

Viejas novedades y novedad auténtica

En sus cartas a los cristianos de Corinto, a quienes se dirigió inmediatamente después de los
atenienses, se recoge el fruto de ese proceso de pensamiento. San Pablo presenta dos grandes
ejes para poder acoger su mensaje: por un lado está el misterio de la cruz de Cristo, difícil de
asimilar con la sola lógica humana (cfr. 1Co 1,20-25); por otro, están también sus implicaciones
concretas en la vida diaria: la cruz comporta un nuevo modo de estar en el mundo (cfr. 1Co 5,7-
8). Solo desde esta doble acogida de Jesús crucificado en nuestra existencia puede hablarse de
novedad en sentido propio. «Si alguno está en Cristo, es una nueva criatura: lo viejo pasó, ya ha
llegado lo nuevo» (2Co 5,17).

Con esta misma novedad entronca la luz que san Josemaría recibió el 2 de octubre de 1928: su
visión de los cristianos como «portadores de la única llama capaz de iluminar los caminos
terrenos de las almas, del único fulgor en el que nunca podrán darse oscuridades, penumbras
ni sombras»[1]. La auténtica novedad cristiana, nuestra vida en Jesús, le permitía darse cuenta
de que algunas de las llamadas novedades que agitaban entonces la vida de la sociedad y de la
Iglesia no eran en realidad más que «volterianismos de peluca empolvada o liberalismos
desacreditados del XIX»[2]. Siempre seguirán apareciendo y desapareciendo; siempre habrá, en
contraste con el mensaje cristiano, otras novedades que son solo un renacer de «los errores que
ha habido a lo largo de los siglos»[3], es decir, algo profundamente viejo.

Buena parte de nuestra misión de cristianos corrientes consiste en llevar la auténtica novedad
de Cristo a todos los ámbitos de nuestra vida, sin dejarnos seducir por lo que en el fondo no es
más que apariencia de nuevo. Para eso resulta imprescindible acogerla primero en nuestra
vida, dejarla crecer con paciencia y empeño, para que vaya dando forma a nuestra mentalidad
y a nuestras actitudes. Solo así contribuiremos a que «muchos no permanezcan en tinieblas,
sino que anden por senderos que llevan hasta la vida eterna»[4].

Lo más importante es el sembrador

Varias de las parábolas de Jesús sobre el Reino de Dios ponen de manifiesto que su presencia
entre nosotros es un don gratuito. Por ejemplo, en la parábola del sembrador (cfr. Mt 13,3), el
punto de partida es la intervención de alguien que siembra la semilla. Sin esa acción previa es
evidente que no puede haber fruto. Por eso ya aquí estamos ante lo más importante de la
narración; que el terreno sea bueno, regular o malo, también es importante, pero secundario.

La fe nos descubre que somos hijos de Dios: herederos del mundo (cfr. Sal 2,8), llamados a
colaborar con nuestro Padre para que la creación entera llegue a ser el regalo que él ha soñado
para nosotros (cfr. Rm 8,20-23). Animados por la misma fe que sostenía la misión de los
primeros cristianos, procuramos descubrir cómo todos los caminos de la tierra pueden llevar a
Dios. Estamos convencidos de que «el mundo no es malo, porque ha salido de las manos de
Dios, porque es criatura suya, porque Yahveh lo miró y vio que era bueno»[5].

Sabiéndonos hijos y herederos –en definitiva: apóstoles– nos convertimos nosotros mismos en
esa semilla lanzada a los cuatros vientos. Nos entusiasma, sobre todo, saber que Dios se
empeña en arrojar una y otra vez la simiente para enriquecer un mundo con profundos
anhelos de fructificar. Así «podemos comprender toda la maravilla de la llamada divina. La
mano de Cristo nos ha cogido de un trigal: el sembrador aprieta en su mano llagada el puñado
de trigo. La sangre de Cristo baña la simiente, la empapa. Luego, el Señor echa al aire ese trigo,
para que muriendo sea vida y, hundiéndose en la tierra, sea capaz de multiplicarse en espigas
de oro»[6].

Trabajar la tierra, mejorar la semilla

Sin embargo, no basta con lanzar la semilla: también es necesario que esta tenga la fuerza y la
inteligencia para echar raíces. Además, la tierra se puede abonar; podemos trabajarla y
disponerla de la mejor manera (cfr. Lc 13,6-9).

Si queremos que el fruto sea tan fecundo que, como dice Jesús, incluso los pájaros puedan
cobijarse en las ramas del árbol en el que se convertirá aquel primer gesto (cfr. Mt 13,31-32),
parte esencial de nuestro modo de colaborar será preparar, en la medida de nuestras
posibilidades, una buena semilla. Para eso necesitamos, en primer lugar, convencernos de que
la fe que queremos vivir y compartir no es algo irracional ni arbitrario, sino que tiene una
relación íntima con la verdad; necesitamos tener la experiencia vital de que la fe no es
simplemente «un sentimiento hermoso, que consuela y entusiasma, pero dependiendo de los
cambios en nuestro estado de ánimo o de la situación de los tiempos»[7]. El Papa Francisco nos
lo ha recordado: «El hombre tiene necesidad de conocimiento, tiene necesidad de verdad,
porque sin ella no puede subsistir, no va adelante. La fe, sin verdad, no salva, no da seguridad
a nuestros pasos»[8].
La sed de verdad nos permite acoger la fe en nuestra inteligencia, descubrir su carácter
razonable. Nuestra inteligencia se abre entonces a horizontes mucho más amplios; la realidad
se nos vuelve a la vez más comprensible y más profunda. Es lógico que sea así: si el cristiano
quiere ser sembrador de la novedad de Cristo, no puede renunciar a reflexionar sobre su fe, ni
a poner en relación con ella todos los ámbitos de su vida, incluido su trabajo profesional. Este
ejercicio de pensar las cosas a la luz de la fe, que no es simplemente acudir a unas respuestas
prefabricadas, se convertirá poco a poco en un auténtico hábito bueno, una virtud: quizá una
de las más importantes. Solo a la luz de esta inteligencia de la fe pueden llegar a percibirse los
«brillos divinos que reverberan en las realidades más vulgares»[9].

Para que esta apertura a la verdad haga lo más fecunda posible nuestra fe, es imprescindible la
humildad ante la realidad, la docilidad al Espíritu Santo, que nos habla a través de los sucesos
cotidianos y de las personas que nos rodean (cfr. Jn 14,26); en definitiva, a través de la historia.
Aunque tal vez pudiera parecer que en nuestro intento por llevar la luz de Cristo al mundo lo
más importante sería una actitud de seguridad y de potencia, en realidad la fuerza solo puede
venir de Dios. En este sentido, «la humildad es sumisión creativa a la fuerza de la verdad y del
amor. La humildad es rechazo de las apariencias y de la superficialidad; es la expresión de la
profundidad del espíritu humano; es condición de su grandeza»[10].

La «batalla» de san Josemaría

Se comprende así el empeño de san Josemaría para que desde el principio el Opus Dei ofreciera
una profunda formación filosófica y teológica, que incidiera a su vez en el ámbito profesional
de cada uno. En su búsqueda por encontrar la manera adecuada de hacer esto posible, hablaba
de una auténtica «batalla»[11]. Este lenguaje bélico subraya el carácter arduo de la empresa de
la propia formación y, por tanto, la necesidad de empeñarse en ella, siempre según las
circunstancias personales de cada uno. Santo Tomás de Aquino hablaba de la virtud de la
«estudiosidad», que implica «un particular empeño en la búsqueda del conocimiento de las
cosas»[12]; es decir, la actitud permanente de cultivar una sana curiosidad por conocer a fondo
nuestro mundo y vencer los obstáculos que nos impiden llevarlo a cabo. En todo caso, lo
importante será no perder de vista la grandeza del objetivo que nos sirve de impulso: hacer
propio el mensaje de Cristo para poder sembrarlo en la realidad que nos circunda.

El lenguaje bélico permite también considerar la importancia de la estrategia. ¿Cómo conseguir


un fin tan alto cuando nos falta el tiempo y la serenidad para afrontar con rigor las grandes
cuestiones? Para algunos la estrategia puede consistir en aprovechar bien los medios de
formación en los que ya participan, cultivando las disposiciones necesarias para sacarles más
partido. Para otros, pasará por aplicarse el consejo de la literatura clásica que utilizaba san
Josemaría: non multa sed multum[13] –no empeñarse en muchas cosas, sino mucho en una sola,
o unas pocas–, quizás haciéndose aconsejar un plan de lecturas adaptado y progresivo. Otros,
por su parte, sabrán aprovechar, con el orden imprescindible en cualquier actividad
intelectual, los incontables recursos que hoy ofrece internet. La imagen del guante que se
adapta a la mano, con la que el fundador del Opus Dei hablaba del plan de vida, sirve también
para ilusionarnos con nuestro propio plan de formación, para crecer en el conocimiento de
nuestra fe.
Dos consejos para adquirir una mirada amplia

Si la luz de la fe permite comprender el mundo en su sentido más profundo, el cristiano debe


saberse protagonista y nunca mero espectador de los grandes debates culturales e intelectuales
presentes en la sociedad. Como nada de lo humano le es ajeno, cultiva un carácter inquieto y
sanamente inconformista desde su juventud, sin miedo de «contribuir, con iniciativa y
espontaneidad, a mejorar el mundo y la cultura de nuestro tiempo, de modo que se abran a los
planes de Dios para la humanidad»[14].

Para la realización de esta tarea, san Josemaría nos dejó dos consejos. El primero se refiere a
tener una mirada amplia, que no se contenta con objetivos pequeños: «Para ti, que deseas
formarte una mentalidad católica, universal, transcribo algunas características: amplitud de
horizontes, y una profundización enérgica, en lo permanentemente vivo de la ortodoxia
católica; afán recto y sano –nunca frivolidad– de renovar las doctrinas típicas del pensamiento
tradicional, en la filosofía y en la interpretación de la historia...; una cuidadosa atención a las
orientaciones de la ciencia y del pensamiento contemporáneos; y una actitud positiva y abierta,
ante la transformación actual de las estructuras sociales y de las formas de vida»[15].

Se trata de un programa amplísimo en el que valdría la pena detenerse con calma. El «afán» de
comprender, que requiere lectura y estudio, nos hace sabernos insertos en una tradición que
nos precede y que nos permite ver más allá del presente: «somos como enanos a los hombros
de gigantes. Podemos ver más, y más lejos que ellos, no por alguna distinción física nuestra,
sino porque somos elevados por su gran altura»[16]. Con ese bagaje, podemos afrontar de modo
positivo los nuevos logros e interrogantes de nuestro tiempo, y aprendemos a discernir con
espíritu constructivo y con la ayuda de otros lo que puede considerarse verdadero progreso. De
este modo vamos forjando una visión personal y razonada de los grandes temas; vamos
cultivando una verdadera mentalidad universal, católica.

Ante este reto de abrir todo lo humano a los planes de Dios, Benedicto XVI ha otorgado mucha
importancia a las «minorías creativas»; son normalmente ellas «las que determinan el futuro».
Por eso, concretamente, «la Iglesia católica debe comprenderse como minoría creativa que
tiene una herencia de valores que no son algo del pasado, sino una realidad muy viva y actual.
La Iglesia debe actualizar, estar presente en el debate público, en nuestra lucha por un
auténtico concepto de libertad y de paz»[17].

Encontrar personas capaces de sintonizar con esta pasión por la formación y por el análisis
profundo de toda la realidad, y luego caminar junto a ellas para sacar juntos iniciativas de todo
tipo, es una de las experiencias más fecundas de la vocación de cristianos en medio del mundo.
La historia de los primeros fieles de la Obra es una confirmación muy cercana a nosotros de
esta fecundidad[18]. En esta tarea, cada uno debe situarse en el gran terreno de juego del
mundo, y encontrar, desde las circunstancias que definen su vida, su propio modo de
colaborar.

El segundo consejo de san Josemaría se refiere al uso del plural. La luz de la fe permite, en casi
todo, encontrar más de una solución, más de un camino. Actuaciones, modos de pensar y
soluciones diversas pueden ser legítimamente inspiradas por una misma fe y, por lo tanto,
deben ser respetadas[19]. Por ello, la fe nos lleva a cultivar nuestra capacidad de escucha, de
colaboración y de diálogo, con un sano afán de aprender y de enriquecernos con otros puntos
de vista.

***

La Sagrada Escritura nos dice que «María guardaba todas estas cosas ponderándolas en su
corazón» (Lc 2,19): todo lo que sucedía a su alrededor, y en especial aquello que tenía que ver
con su hijo, resonaba en su mundo interior. Considerar una y otra vez la belleza de nuestra fe y
la grandeza de nuestra misión encenderá también nuestro corazón en deseos de formarnos
cada vez mejor y de encontrar los modos concretos de lograrlo. También nos llevará a plantear
iniciativas, buscando la colaboración de otros que hagan presente la perenne novedad de
Cristo en los nuevos areópagos de la cultura. Y nos ayudará, si fuera necesario, a sacudirnos
cualquier asomo de «pesimismo estéril»[20], conscientes de aquello que decía con frecuencia
san Josemaría: «El mundo nos espera»[21].

[1] San Josemaría, Forja, n. 1.

[2] San Josemaría, Camino, n. 849.

[3] San Josemaría, El fin sobrenatural de la Iglesia, n. 2.

[4] Forja, n. 1

[5] San Josemaría, Conversaciones, n. 114

[6] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 3.

[7] Francisco, Enc. Lumen fidei, n. 24.

[8] Ibíd.

[9] Conversaciones, n. 119.

[10] San Juan Pablo II, Ángelus, 4-III-1979.

[11] Cfr. M. Montero, “La formación de las primeras mujeres del Opus Dei (1945-1950)”, Studia
et Documenta, vol. 14, 2020, p. 110.

[12] Santo Tomás de Aquino, Suma teológica, II-II, q. 166, a. 2 ad 3.

[13] Camino, n. 333.


[14] Mons. F. Ocáriz, Carta pastoral, 14-II-2017, n. 8.

[15] San Josemaría, Surco, n. 428.

[16] Bernardo de Chartres, citado por Juan de Salisbury, Metalogicon, compuesto en 1159.

[17] Benedicto XVI, Encuentro con periodistas, 26-IX-2009.

[18] Algunas referencias en J. L. González Gullón, DYA. La Academia y Residencia en la historia


del Opus Dei (1933-1939), Rialp, Madrid 2016; y en M. Montero, Historia de ediciones Rialp,
Rialp, Madrid 2020.

[19] Cfr. Conversaciones, n. 117.

[20] Cfr. Francisco, Ex. ap. Evangelii gaudium, nn. 84-86.

[21] Surco, n. 290.

Nicolás Álvarez de las Asturias

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humanos-muy-divinos-viii-la-batalla-de-nuestra-formacion/ (26/08/2023)
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Muy humanos, muy divinos


(IX): El don de mirar con Dios
Algunas virtudes que preparan para ser alma contemplativa en medio de lo ordinario.

29/11/2021

Observar con atención y amor la realidad: en esa descripción coinciden muchos pensadores,
científicos o artistas, que han cultivado el arte de la contemplación. Descubrir la riqueza de
verdad y de belleza que hay detrás de lo que existe, incluso donde no lo sospechábamos;
despojarnos de nuestras ansias de controlarlo todo para disfrutar de lo que tenemos entre
manos, especialmente de lo pequeño. ¿Por qué, si se trata simplemente de observar de una
determinada manera, a veces nos puede parecer tan complicado? Aprender a hacerlo nos
ilusiona de manera especial porque sabemos que, si todo lo creado merece la contemplación de
los hombres, mucho más lo merece su creador, en cuya infinita hermosura se reflejan todas las
maravillas conocidas.

Hemos sido creados por Dios para la contemplación; esta será perfecta en la vida futura,
cuando veamos al creador cara a cara y, en él, comprendamos con claridad y disfrutemos de
todas las cosas. Sin embargo, como recordaba san Josemaría, estamos llamados ya ahora, cada
instante, cada día, a «ver a Dios en todas las cosas de la tierra: en las personas, en los sucesos,
en lo que es grande y en lo que parece pequeño, en lo que nos agrada y en lo que se considera
doloroso»[1]. Queremos convertir todo en alabanza, agradecimiento, reparación y petición. No
miramos a Dios a pesar del ajetreo diario sino, precisamente, a través de él, usándolo como
trampolín para meternos en el cielo.

Entonces, surgirá en nosotros lo que santo Tomás de Aquino definía como una «simple
intuición de la verdad que procede del amor»[2]. Se trata de una manera de mirar la realidad
que no depende de la instrucción recibida ni de la ocupación: está al alcance de todos, en todo
momento, porque nace del amor recibido de Dios que empapa nuestra mirada. Todos los
santos, tan distintos entre sí, doctos y menos doctos, dedicados a tareas tan variadas, han visto
crecer en sus vidas esta cercanía con el creador. Por eso, quizá lo primero que debamos
recordar es lo que dice el Catecismo de la Iglesia: que la contemplación es un don[3]. No es algo
que podemos conseguir solo con el vigor de nuestra voluntad, a fuerza de planificaciones o
estrategias. A los regalos de Dios, ante todo, debemos abrirnos, disponernos para acogerlos, y
eso supone el cultivo de algunas virtudes que preparan el terreno.

Valentía para abrir la puerta

«Mira, estoy a la puerta y llamo –nos dice el Señor–, si alguno escucha mi voz y abre la puerta,
entraré en su casa y cenaré con él, y él conmigo» (Ap 3,20). En la capilla del Keble College de la
Universidad de Oxford, hay un cuadro titulado «La luz del mundo», que representa esta escena
del Apocalipsis. Jesús aparece vestido de rey, con un farol que trae luz a la casa, mientras llama
sutilmente a la puerta. En el suelo destacan las malas hierbas que han crecido porque la puerta
llevaba mucho tiempo cerrada.

El Señor, para regalarnos una vida contemplativa, nos pide que abramos la puerta de nuestro
corazón diariamente, como en aquella pintura de mediados del siglo XIX. La reacción de Adán
y Eva, nuestros primeros padres, después de la pérdida de su inocencia, fue precisamente la
contraria: esconderse y empeñarse en cerrar la puerta para evitar la mirada de Dios… Y todos
sus descendientes conservamos algo de esa tendencia. Se trata, quizá, de un infundado temor a
lo que pueda pedirnos, miedo a sentirnos dependientes, incertidumbre de perder el efímero
control sobre nuestras vidas. O quizá simplemente preferimos una cómoda inercia que nos
mantiene lejanos de lo espiritual, por el esfuerzo que supone disponerse a recibir ese don.

«Se repite, de alguna manera, la escena de Belén, cada día. Es posible que —no con la boca,
pero con los hechos— hayamos dicho: non est locus in diversorio, no hay posada para ti en mi
corazón. ¡Ay, Señor, perdóname!»[4]. Por encima de otros obstáculos, que a veces nos pueden
parecer más importantes de afrontar, como la escasez de tiempo, la sequedad, la dispersión o
la propia indignidad, esta extraña sospecha hacia Dios suele ser mala hierba que es preciso
quitar para abrir la puerta de nuestro corazón y, así, poder compartir la mirada con nuestro
creador.

Humildad y desprendimiento que nos hacen ligeros

«La oración contemplativa (…) no puede ser acogida más que en la humildad y en la
pobreza»[5]. Esto implica, en primer lugar, la difícil tarea de aceptar serenamente la verdad
sobre nosotros mismos y sobre los demás. No podemos disponernos a recibir el don de
observar las cosas como lo hace Dios si continuamente nos ponemos máscaras, si las
inventamos para los demás o si recubrimos la realidad con una fantasía nuestra, por más
buena que esta pueda parecer. El lenguaje de Jesús siempre es simple y profundo, mira las
cosas tal como son, siempre con misericordia, mientras nosotros muchas veces podemos ser
algo complicados, superficiales o juzgar con soberbia lo que nos rodea.

«Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber» (Jn 4,10), dice Jesús a la
samaritana. Y también, en otro momento, pregunta al apóstol Felipe: «Tanto tiempo llevo con
vosotros, ¿y aún no me conoces?” (Jn 14,9). La humildad nos lleva también a reconocer que
sabemos poco del Señor y de su manera de reinar en el mundo. «A la vuelta de cincuenta años
estoy como un niño que balbucea: estoy comenzando y recomenzando»[6], decía san Josemaría
en su oración, poco antes de marcharse al cielo. Al evitar nuestra tendencia a querer
dominarlo todo con la escasa luz de nuestro criterio, Dios podrá revelarnos lo que esconde a
sabios y entendidos (cfr. Mt 11,25).

Por otro lado, para ser contemplativos hemos de usar los bienes terrenos de tal modo que nos
ayuden a adherirnos a los eternos, y no lo contrario. Un corazón que no se apega a los bienes
materiales es hábil para los espirituales, es ligero para emprender el vuelo hacia Dios, cede
sitio a los dones de la gracia. Jesús, creador y Señor del mundo, vivió desprendido de todo en
una aldea sencilla. Pasó frío en invierno, calor en verano, dispuso de escasos bienes y los
cuidaba mucho. En fin, se trata de no poner en las cosas terrenas el anhelo que solo Dios
merece.

Sin embargo, si la pobreza facilita la contemplación, también sucede al revés ya que ambas se
retroalimentan. «Cuando contemplamos –explica el papa Francisco–, descubrimos en los
demás y en la naturaleza algo mucho más grande que su utilidad (…). Como muchos maestros
espirituales han enseñado, el cielo, la tierra, el mar, cada criatura posee esta capacidad icónica,
esta capacidad mística para llevarnos de vuelta al creador y a la comunión con la creación (…).
El que contempla de esta manera siente asombro no solo por lo que ve, sino también porque se
siente parte integral de esta belleza y se siente llamado a guardarla»[7]. Frente a la lógica del
aferrar todo para uno mismo, podemos cultivar el asombro y el cuidado: es la lógica de Dios,
que contempla amorosamente su creación.

Buscar esa bendita soledad para rezar

El fondo marino alberga muchas maravillas que no se ven desde la orilla: corales, plantas,
peces, todo de múltiples formas y colores; caracolas, perlas, incluso tesoros o piezas
arqueológicas de gran valor. Para acceder a todo eso, los buceadores incluyen en su equipo un
cinturón de planchas de plomo. Lejos de ser un estorbo, ese implemento les ofrece peso bajo el
agua para contrarrestar la tendencia del cuerpo a flotar y regresar hasta la superficie. De
manera análoga, todos necesitamos peso interior para bucear en el mar de la contemplación de
Dios, lejos de la superficie y de la distracción.

Para que el alma llegue a contemplar la naturaleza invisible de Dios, san Gregorio Magno
sostenía que el primer escalón es aprender a recogerse en sí misma[8]. Los evangelios nos
muestran a Jesús frecuentemente orando en lugares tranquilos y apartados. Si el Hijo de Dios
sentía esa necesidad de estar a solas con su Padre, cuánto más lo necesitaremos nosotros.
Tendremos que perder el miedo que quizá nos produce el silencio, buscaremos «esa bendita
soledad que tanta falta hace para tener en marcha la vida interior»[9].

En el siglo XVI, un matrimonio español pidió a san Pedro de Alcántara que les enseñara a
dialogar con Dios. Entre sus consejos, el místico castellano decía que «si el tiempo de la oración
es breve, se gasta todo en sosegar la imaginación y aquietar el corazón; y cuando ya está quieto,
se termina la oración justo cuando más falta hacía»[10]. Por eso, siempre es bueno acudir a
nuestras costumbres de piedad sin prisas, con tiempo suficiente, evitando llegar con «los
sentidos despiertos y el alma dormida»[11].

Una dieta para saborear lo ordinario

La tecnología nos ofrece un acceso rápido a infinidad de información y una veloz


comunicación. Sabemos bien que esta ventaja, cuando nos descuidamos, se convierte en una
mala compañera para nuestro diálogo con Dios. Si los sentidos se acostumbran solamente a
esas velocidades y estímulos, cuando otra tarea exige una actividad distinta de la mente es fácil
caer en la dispersión. Se buscan, entonces, refuerzos afectivos constantes para sentirse bien, al
margen de la sobriedad de lo ordinario, de la que se huye casi inconscientemente. Esta actitud
puede incluso afectar a los demás porque, como explica santa Faustina Kowalska, «las almas
menos recogidas (superficiales) quieren que las demás se les parezcan, ya que constituyen para
ellas un remordimiento continuo»[12].

Para disponernos mejor a la oración, puede ser útil una sana dieta digital, al igual que lo hacen
los deportistas que quieren recorren largas distancias: saber prescindir en algunos momentos
de la semana de los dispositivos electrónicos; aprender a contemplar serenamente la
naturaleza, un paisaje, una obra de arte; leer un buen libro o ver una buena película, sin
dejarse interrumpir por cualquier cosa... Todas estas son actividades que requieren cierto
esfuerzo de nuestras potencias. Pero, a cambio, ofrecen la recompensa de descubrir capas más
profundas de la realidad, ejercitan nuestra mirada para poder recibir, como don, cada vez con
más cercanía la de Dios.

En el camino, sin embargo, no debemos desalentarnos. Lo que más agrada a Dios de nuestros
ratos de oración es la buena voluntad de acompañarlo, nuestra simple presencia y compañía,
como la de un niño pequeño con sus padres. Alentados con esta actitud filial, podremos ser
valientes para superar la inquietud ante el aparente silencio y soledad de la oración. Ningún
recurso que empleemos al orar sustituye al impulso genuino de tratar a Dios de tú a tú, la
decisión libre y discreta de decirle un «te quiero» insustituible, que nadie más puede decir en
nuestro lugar.

[1] San Josemaría, Meditación, 25-XII-1973.

[2] Cfr. santo Tomás de Aquino, Suma de teología, II-II, c. 180, a. 3; a. 6.

[3] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2713.

[4] San Josemaría, cita en Salvador Bernal, Apuntes sobre la vida del Fundador del Opus Dei,
Rialp, Madrid 1980, p. 359.

[5] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2713.

[6] San Josemaría, cita en Salvador Bernal, p. 357.

[7] Francisco, Audiencia, 16-IX-2020.

[8] San Gregorio Magno, Homilías sobre Ezequiel, II,5,9.

[9] San Josemaría, Camino, n. 304.

[10] San Pedro de Alcántara, Tratado de la oración y la meditación, XII,6.

[11] San Josemaría, Camino, n. 368.


[12] Santa Faustina Kowalska, Diario, n. 147.

Pablo Edo

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humanos-muy-divinos-ix-mirar-con-Dios-virtudes/ (26/08/2023)
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Muy humanos, muy divinos (X): Te seguiré adonde vayas


La virtud de la fortaleza nos permite seguir a Jesús sin depender de
las condiciones cambiantes de nuestra vida y de nuestro entorno.

26/12/2021

Desde el umbral de la puerta, en la casa de Simón, Jesús acaba de curar a muchos enfermos,
además de expulsar a otros tantos demonios. Es hora de cruzar a la otra orilla del lago cuando
se acerca un escriba, deslumbrado quizá por todos esos prodigios, y le dice: «Maestro, te
seguiré adonde vayas» (Mt 8,19). ¿Qué intenciones se movían en el fondo del corazón de este
hombre? ¿Hasta qué punto se hacía cargo de lo que suponía seguir al Maestro? Solo sabemos lo
que respondió Jesús: «Las zorras tienen sus guaridas y los pájaros del cielo sus nidos, pero el
Hijo del Hombre no tiene dónde reclinar la cabeza» (Mt 8,20).

Aunque a primera vista estas puedan parecer unas palabras duras, como para desilusionar a
cualquiera, todo depende de lo que el escriba estuviera buscando en Cristo. Los apóstoles
seguramente escucharon respuestas similares y, más que una advertencia o un freno,
descubrieron en ellas una invitación. Así se comprende, por ejemplo, que Pedro, Juan y
Santiago dejaran «todas las cosas» cuando Jesús los llamó al acabar la jornada de trabajo (cfr.
Lc 5,11), o que Mateo hiciera lo mismo cuando el Señor lo fue a buscar mientras cobraba
impuestos (cfr. Lc 5,18). Los apóstoles perciben que, aunque no tener «dónde reclinar la
cabeza» puede suponer mucho sacrificio, cualquier cosa es poco al lado de una vida junto a
Jesús.

El Señor, pues, habla fuerte, porque no quiere que este hombre se engañe, pensando quizá que
abraza un proyecto de fantasía, en el que todo irá siempre viento en popa. Porque en el camino
junto a Jesús, muchas veces las dificultades –el cansancio, los defectos propios o ajenos, las
incomprensiones, los malentendidos– pesan más de lo que nos gustaría. Y es entonces cuando
la virtud de la fortaleza, elevada por la gracia divina, se revela decisiva: nos da las armas para
que nuestro deseo de seguir a Jesús «adonde vaya» sea más grande que cualquier obstáculo.

Una afectividad orientada siempre a Dios

«La felicidad del Cielo es para los que saben ser felices en la tierra»[1], solía repetir san
Josemaría. En nuestro día a día hay muchas cosas que nos dan alegría, pero también surgen
contrariedades que nos ponen a prueba. Es lógico, en ese sentido, que nuestra felicidad en la
tierra tenga mucho que ver con aprender a encajar esos momentos complicados, los días en los
que casi nada sale como lo habíamos planificado. La fortaleza tiene que ver con eso, porque
transforma los obstáculos en oportunidades para volver a orientar nuestros deseos más
profundos, una y otra vez, hacia la dirección correcta: hacia Dios. La fortaleza modela nuestra
afectividad para que se deje afectar más por Dios que por las circunstancias personales o
externas, que siempre pueden cambiar.
Hay cosas innecesarias para ser felices que a veces quizá se nos presentan como
imprescindibles. Esto puede suceder con ciertas comodidades que hoy son casi moneda común,
pero también con otras necesidades que nos podemos haber creado, casi sin darnos cuenta.
Aparte de tomar conciencia de esas dependencias, queremos ser lo suficientemente libres para
que las circunstancias externas no tomen las decisiones por nosotros: que un momento
incómodo no nos robe la sonrisa, que el cansancio no nos venza tan rápidamente, o que
seamos capaces de renunciar a un gusto personal en favor de otra persona. La fortaleza nos
hace menos dependientes de todo lo que no es el amor de Dios, de modo que estemos contentos
entre todo tipo de gente, en cualquier sitio, y dedicándonos a cualquier tarea.

Así, cuando las multitudes querían proclamarlo rey, entusiasmados con sus milagros, Jesús «no
se dejó engañar por el triunfalismo: era libre. Como en el desierto, cuando rechaza las
tentaciones de Satanás porque era libre, y su libertad era seguir la voluntad del Padre (…).
Pensemos hoy en nuestra libertad (…). ¿Soy libre? ¿O, por el contrario, soy esclavo de mis
pasiones, de mis ambiciones, de las riquezas, de la moda?»[2]. San Pablo nos transmite su
experiencia: «He aprendido a contentarme con lo que tengo: he aprendido a vivir en la pobreza,
he aprendido a vivir en la abundancia, estoy acostumbrado a todo en todo lugar, a la hartura y a
la escasez, a la riqueza y a la pobreza. Todo lo puedo en Aquel que me conforta» (Fil 4,11). Para él
nada es un obstáculo en su camino hacia lo que verdaderamente quiere: amar a Dios con todo
su corazón.

El bien mayor es en ocasiones el menos evidente

Basta una mirada realista al mundo para reconocer la necesidad de la fortaleza. Notamos que
las circunstancias, positivas o adversas, influyen en nosotros. Nos damos cuenta de la
necesidad de sobrellevar ciertos periodos difíciles sin abatirnos ni perder la serenidad.
Además, sabemos por experiencia propia que las cosas valiosas requieren esfuerzo y paciencia:
desde sacar adelante unos estudios o vencer un defecto del propio carácter, hasta cultivar
relaciones profundas con otras personas, o crecer en amistad con Dios. Sin embargo, a pesar de
que el sentido común nos muestra esto con claridad, no es infrecuente que en algún punto del
razonamiento se tuerza el camino, y que nos quedemos con una visión estrecha de la fortaleza:
como si fuera tan solo un fatigoso esfuerzo por ir a contrapelo.

Y no, la fortaleza no consiste en un gris ejercicio de la voluntad por superarse, por no quejarse,
por negarse o por resistir ante lo que no queremos o no entendemos. Verla de esta manera
acaba por agotar a cualquiera. Ser fuertes consiste, más bien, en robustecer nuestras
convicciones, en renovar siempre el amor que nos mueve, en hacer brillar con mayor fuerza
en nosotros los bienes más auténticos. Entonces elegiremos cada vez con más facilidad, incluso
con gusto, lo que verdaderamente queremos, esa «mejor parte» de la que habla Jesús (cfr. Lc
10,42).

Veámoslo con un ejemplo: quien carece de fortaleza quizá no sea capaz de evitar un
comentario brusco o de sonreír cuando se encuentra cansado. En ese tipo de situaciones, la
fatiga es el motivo que pesa más en sus reacciones o en sus decisiones, y le hace perder de vista
otros motivos por los que quizá valdría la pena esforzarse. En cambio, quien ha hecho crecer
en sí la fortaleza no solo puede sobreponerse al cansancio, sino que lo hace porque percibe el
bien que eso le reporta, tanto a él como a los demás, e incluso descubre ahí un camino para
amar a Dios. Solo de este modo, acciones como privarse de un pequeño gusto, levantarse a una
hora fija, evitar una queja o hacer un favor que espontáneamente no realizaríamos, se
transforman en un modo de educarnos en la percepción de un bien mayor pero quizá menos
evidente, al menos al principio.

Este proceso, del que podríamos ver solo el desafío que significa sobreponerse a uno mismo,
termina de hecho haciéndonos más libres, ya que nuestra alegría y nuestra paz dependerá más
de lo que verdaderamente queremos, y menos de pequeñas tiranías del momento, ya sean
externas o internas. En la lucha por ganar en fortaleza se trata precisamente de explorar esos
ángulos muertos que nos impiden ver algunos aspectos del bien, simplemente porque suponen
esfuerzo. Quien aprende a vivir con fortaleza podrá perseverar en el bien cuando las buenas
decisiones no sean las más atractivas. Ser fuerte es la actitud propia de quien percibe el valor
real de las cosas.

Moverse con soltura en la realidad

Cuando escuchamos a Jesús decir al escriba que «no tiene dónde reclinar la cabeza»,
podríamos pensar también que está queriendo ponerlo a prueba: «seguirme no es cosa fácil,
¿estás seguro que quieres hacerlo?». Sin embargo, encontramos otros pasajes del Evangelio en
los que el Señor se expresa de manera similar, y no lo hace a modo de advertencia, sino —lo
hemos visto con la llamada de varios de los apóstoles— de invitación: «Si alguno quiere venir
detrás de mí, que se niegue a sí mismo, que tome su cruz cada día, y que me siga» (Lc 9,23);
«Entrad por la puerta angosta, porque amplia es la puerta y ancho el camino que conduce a la
perdición» (Mt 7,13). En ningún caso se trata de llamadas a un sufrimiento sin sentido, sino al
desarrollo de una libertad grande: a hacer crecer en nosotros, poco a poco, una disposición del
corazón que sea capaz de amar hasta el extremo, como él mismo lo hizo.

«Lo que se necesita para conseguir la felicidad, no es una vida cómoda, sino un corazón
enamorado»[3].El camino del cristiano es exigente porque requiere un amor cada vez más
hondo; y, como dice aquella vieja canción, «corazón que no quiera sufrir dolores, pase la vida
entera libre de amores»[4]. La vida de Jesús nos muestra cómo debemos relacionarnos con la
adversidad o con el dolor. Su fortaleza no es la de quien construye muros a su alrededor, ni la
de quien se cubre con una armadura para evitar las heridas, o para que la realidad no le afecte.
A base de muros y de armaduras, en realidad, la resistencia no pasa a ser parte de nuestra
personalidad; estos recursos más bien impiden el contacto, la relación con la realidad. Su
rigidez imposibilita moverse con soltura.

La fortaleza de Jesús, en cambio, dialoga constantemente con lo que lo rodea. Jesús no acepta el
dolor solamente porque resulta arduo, o bien por demostrarse o por demostrarnos algo. En
realidad, simplemente lo asume cuando es necesario, sin permitir que lo desarme. Ve en las
dificultades un sentido que da motivos y profundidad a lo que está viviendo, en lugar de
volverlo todo absurdo. Y eso es amar al mundo apasionadamente en su sentido más pleno. Amar
al mundo significa tener la capacidad de poder relacionarse con él en toda su riqueza, también
con el valor oculto de lo imperfecto, en las situaciones de la vida, en nosotros mismos, en los
demás. Si buscamos la fortaleza de Cristo seremos personas más sensibles y profundas, más
metidas de lleno en la realidad, más capaces de encontrar a Dios en todo. Personas, en
definitiva, más contemplativas.

Paciencia para llegar hasta el fin

«Nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios», escribe san Pablo. «Más aún; nos gloriamos
hasta en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación engendra la paciencia; la paciencia, virtud
probada; la virtud probada, esperanza, y la esperanza no falla, porque el amor de Dios ha sido
derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado» (Rm 5,2-5). Cada
sacrificio libremente asumido, cada contradicción acogida sin rebeldía, cada vencimiento
hecho por amor, reafirma en nosotros la convicción de que nuestra felicidad está en Dios, más
que en cualquier otra realidad. La lucha cotidiana se convierte, entonces, en una conquista
progresiva del bien verdadero, que nos concede algo de la gloria futura a la que aspiramos: la
lucha se convierte en un camino de esperanza.

Buscar de manera habitual el bien auténtico y oculto en nuestras decisiones nos concede el
ánimo para no conformarnos con lo inmediato o con lo efímero. Y eso genera paciencia:
empezamos a esperar más y más en el amor que no falla, y que da sentido a nuestros
esfuerzos. Por eso, el fuerte no desespera, no pierde la serenidad ante un fracaso o cuando los
frutos del trabajo tardan en verse. La paciencia no es ni optimismo simplón ni resignación: es
la actitud del hombre libre, que ama no solo por temporadas, sino que lucha con los ojos
puestos siempre en el fin que le aguarda. La convicción profunda de no querer conformarse
con menos que con la felicidad del cielo puede sostener el necesario combate cotidiano que
permite seguir a Jesús «adonde quiera que vaya». Eso es la fortaleza. Un corazón fuerte, que no
pierde de vista el fin, puede «luchar, por Amor, hasta el último instante»[5].

[1] San Josemaría, Forja, n. 1005.

[2] Francisco, Homilía, 13-IV-2018.

[3] San Josemaría, Surco, n. 795.

[4] «A los árboles altos», canción tradicional.

[5] San Josemaría, «Tiempo de reparar», n. 4, en En diálogo con el Señor, edición histórico-
crítica.

Magdalena Oyarzún

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humanos-muy-divinos-x-te-seguire-adonde-vayas/ (27/08/2023)
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Muy humanos, muy divinos (XI):


Y entonces, el mundo te habla
La templanza en el deseo de conocer nos permite alcanzar el corazón
de la realidad, y ser almas contemplativas en medio del mundo.

30/01/2022

Existen diversas maneras de ver una misma cosa. Frente a un gran banquete, elaborado con todo
tipo de alimentos, colores, decoraciones y texturas, la mirada asombrada de un fotógrafo no tiene
nada que ver con la mirada ansiosa de un glotón. O, por pensar en situaciones más ordinarias,
nuestra mirada al revisar por encima los titulares de un periódico suele ser diferente de aquella
con la que contemplamos una puesta del sol. Las diferencias entre estas formas de mirar no se
deben solamente a las circunstancias del momento o a las cosas que están frente a nuestros ojos.
Lo que las distingue, en realidad, es algo más profundo, algo que tiene que ver con el modo en que
nos relacionamos con el mundo.

Toda la predicación de san Josemaría nos anima a ser «almas contemplativas, metidas en los
afanes de la tierra»[1]. Para eso es preciso aprender a mirar la realidad de una manera nueva: una
mirada que no perciba solo un aspecto –el fragmento útil– de lo que tenemos enfrente; una mirada
que no busque simplemente apropiarse y poseer lo mirado. La mirada contemplativa, en efecto,
no es egoísta ni posesiva: es transparente, serena, receptiva, generosa. Y para quien quiere vivir
con Dios, el aprendizaje en este modo de mirar no es optativo. Solo convirtiendo nuestra mirada
podremos descubrir el brillo divino en todo lo que nos rodea, y atisbaremos la verdad profunda de
las cosas y de los sucesos, «ya que en Dios vivimos, nos movemos y existimos» (Hch 17,28).

Resulta interesante que, al apuntar posibles temas para tratar en la formación de gente joven, el
fundador del Opus Dei escribiera: «Mortificación exterior –la vista principalmente–; mortificación
interior –en especial, la curiosidad»[2]. Estos dos aspectos, íntimamente conectados a la vida
contemplativa, son parte de la virtud de la templanza en lo que se refiere al deseo de conocer, que
es uno de los más fuertemente anclados en nuestra naturaleza. Aunque quizás en el lenguaje
común la palabra «templanza» traiga a nuestra mente la idea de límite, esa es una concepción
bastante incompleta. La palabra latina temperare, de donde viene el término que utilizamos,
quiere decir «mezclar las cosas en su dosis justa». Así, la persona templada en su deseo de conocer
es alguien que no se queda absorbido por lo inmediato, sino que consigue ir siempre más allá.
Desarrolla una actitud abierta, atenta y silenciosa, que le predispone para alcanzar el corazón de
las cosas. Entonces, el mundo le habla.

La mirada curiosa
Existe una manera de mirar que, sin ser moldeada todavía por la templanza, se comporta de
manera similar a la de una mariposa que salta de flor en flor. Es la actitud de quien se detiene en
algo el mínimo tiempo indispensable para saciar su curiosidad y recoger lo que le apetece. Esta
mirada no se propone empaparse de la realidad ni captarla en toda su profundidad, sino más bien
buscar el placer que proporciona la percepción sensible o un gusto fugaz causado por el consumo
de nueva información sobre el mundo. Es lo que san Juan denomina «concupiscencia de los ojos»
(1 Jn 2,16) y santo Tomás de Aquino, varios siglos después, llamará curiositas[3]. Para este último,
el polo opuesto de la curiositas sería la studiositas, que consiste en encontrar esa dosis justa –como
parte, precisamente, de la templanza– en nuestro anhelo por conocer. La studiositas no busca
simplemente establecer un límite, sino que se dirige a remover los obstáculos que nos impiden
conocer de manera profunda, y no escatima en el esfuerzo y cansancio que supone todo proceso
de aprendizaje.

Ceder ante la curiositas puede parecer una actitud sin mayor trascendencia, que incidiría solo en
la periferia de nuestra existencia. ¿Qué daño puede hacerme el simple hecho de ir por el mundo
con los ojos bien abiertos, exprimiendo todo lo que se me ofrece? Sin embargo, escuchemos estas
palabras de Jesús: «La lámpara del cuerpo es el ojo; así que, si tu ojo es bueno, todo tu cuerpo
estará lleno de luz» (Mt 6,22). Si el ojo ilumina todo el cuerpo, nuestra mirada repercute en nuestro
corazón. Sucede que la curiositas, casi sin que nos demos cuenta, va echando raíces cada vez más
profundas en nuestro ser. A veces percibimos fácilmente esta dispersión en el mundo de las redes
sociales o en internet: nos descubrimos deslizándonos de página en página, sin saber ni siquiera lo
que estamos buscando. Y detrás de esa mirada acostumbrada a divagar, quizá aparecerá una
inquietud errante del espíritu, que se manifiesta en torrentes de palabrería irreflexiva, en
atolondramiento o en desasosiego interior.

En este sentido, la mirada que va de flor en flor «puede ser el síntoma de un auténtico desarraigo;
puede significar que la persona ha perdido la capacidad de habitar en sí misma»[4]. Más o menos
conscientes de nuestro vacío interior, buscamos huir hacia afuera, hacia el mundo de la
distracción, y paradójicamente abandonamos el único lugar donde encontraremos a aquel que
puede saciar nuestra sed. San Agustín expresó así esta experiencia: «Y he aquí que tú estabas
dentro de mí y yo fuera, y por fuera te andaba buscando; y deforme como era, me lanzaba sobre
las bellezas de tus criaturas. Tú estabas conmigo, pero yo no estaba contigo. Me retenían alejado
de ti aquellas realidades que, si no estuviesen en ti, no serían»[5].

Todo esto explica por qué, para llegar con nuestra mirada al corazón de la realidad, es necesario
desarrollar, a la par que abrimos la puerta del propio mundo interior, un sereno proceso de
discernimiento: detenerse, pensar, no caer en la prisa. Por ejemplo, antes de pulsar play en
cualquier video o serie atractiva, es bueno pensar si verdaderamente eso es lo que queremos
hacer en ese momento. Quien sabe prescindir de lo que hace daño a su alma, o de lo que
simplemente le impide crecer, «se da cuenta de que el sacrificio es solo aparente: porque al vivir
así (...) se libra de muchas esclavitudes y logra, en lo íntimo de su corazón, saborear todo el amor
de Dios».[6]
«Distraerte. –¡Necesitas distraerte!... abriendo mucho tus ojos para que entren bien las imágenes
de las cosas», escribe san Josemaría, provocando al lector. Y rápidamente replica: «¡Ciérralos del
todo!: ten vida interior, y verás, con color y relieve insospechados, las maravillas de un mundo
mejor, de un mundo nuevo: y tratarás a Dios»[7]. Naturalmente, el fundador del Opus Dei no
pretende que no miremos ni nos empapemos de una realidad que él mismo nos indica como lugar
de encuentro con Dios. Más bien nos dice que esa mirada exterior en realidad está ligada a nuestro
mundo interior y, a la vez, contribuye a darle forma, para bien o para mal.

La mirada interesada

Una mirada que no está moldeada por la templanza puede también, inadvertidamente,
impregnarse de un interés egoísta, posesivo, parecido al de un animal que busca su presa.
«Recuerda que es cosa mala tener un ojo ávido» (Si 31,13), advierte la Sagrada Escritura. Al igual
que la mirada que divaga de flor en flor, esta mirada depredadora no suele manifestar un
fenómeno superficial: con frecuencia, revela una manera de relacionarse con el mundo que se
encuentra en lo profundo de la persona. Se trata de la actitud de quien ve todo a través del prisma
del propio interés y, en consecuencia, valora el mundo en relación al beneficio inmediato que le
reporta. Es como si el corazón se hubiera quedado fijo, observando todo desde un único ángulo;
como si todos los demás puntos de vista se hubieran vuelto opacos.

La destemplanza es destructora porque hace al hombre parcial e insensible para percibir


sosegadamente la realidad y las personas, con todos sus matices. Esto, a su vez, repercute en sus
decisiones, ya que no tener un auténtico conocimiento del entorno es un obstáculo para acertar. El
glotón, por ejemplo, se encuentra atrapado en la búsqueda de placeres del paladar; frente al
banquete es incapaz de percibir toda la creatividad y belleza que se le ofrece. Elegirá lo más
grande, o lo que proporciona experiencias más fuertes, pero no es capaz de disfrutar
verdaderamente con ello, ni de tener una conversación enriquecedora con los demás.

Esta mirada interesada influye también en las relaciones con los demás. Quien no ha conseguido
una mirada libre, tiende a ver a las personas desde el punto de vista del beneficio que le reportan,
del favor que les puede pedir. Su primera reacción no es mirar al otro a los ojos y preguntarse
cómo está, qué necesita, qué puede hacer por él; ni tampoco percibir la singularidad o el encanto
de su personalidad. Esta ceguera del espíritu, esta incapacidad para ver la huella divina en
quienes nos rodean, no proviene de una confusión causada por lo sensible, sino de una mirada
deformada, adormecida por la destemplanza. «Nuestros corazones pueden apegarse a tesoros
verdaderos o falsos, en los que pueden encontrar auténtico reposo o adormecerse, haciéndose
perezosos e insensibles», decía el Papa Francisco, en su mensaje para una Jornada Mundial de la
Juventud. «¡Cuánta energía hay en la capacidad de amar y ser amado! No permitan que este valor
tan precioso sea falseado, destruido o menoscabado. Esto sucede cuando nuestras relaciones están
marcadas por la instrumentalización del prójimo para los propios fines egoístas»[8].

Algunos frutos de la templanza


Quien adquiere una mirada templada ve el mundo con ojos nuevos, descubre maravillas
inesperadas. La moderación libera, purifica el corazón, facilita una relación serena con las
personas y con las cosas: hace crecer en nosotros una actitud de interés sincero, que no se deja
llevar por las apariencias, que no se apresura a hacer juicios superficiales. El primer efecto de la
templanza, pues, es la «tranquilidad de espíritu», que brota del orden en el interior del hombre[9].
La mirada desprendida y limpia se fija en los verdaderos tesoros, en los que puede encontrar
auténtico reposo. Un modo de crecer en esta sensibilidad es decidirse a mirar el mundo de la
mano de personas que perciben matices ricos y diversos en la realidad, como sucede a los artistas,
a los poetas. ¿Quién no recuerda alguna conversación con una persona que, con su opinión
reflexionada sobre una obra de arte, nos descubrió nuevas tonalidades del mundo?

Otro fruto de la templanza es la capacidad de concentrar fuerzas en los proyectos que nos hemos
trazado. No mirar innecesariamente el móvil o no perderse en internet durante el trabajo o el
estudio, pueden parecer cosas de poco valor, que no inciden en la trama de nuestra vida. Pero, en
realidad, este tipo de pequeñas renuncias pueden ser decisivas para centrarnos y realizar, con
todas las potencias, lo que queremos. Decir «no» a lo que dispersa la mente en mil cosas es, a la
vez, un «sí» a lo que importa de verdad. Este esfuerzo, además, desarrolla la interioridad y, con el
tiempo, contribuye a desenmascarar lo superficial como una pérdida de tiempo y de libertad. «La
vida recobra entonces los matices que la destemplanza difumina; se está en condiciones de
preocuparse de los demás, de compartir lo propio con todos, de dedicarse a tareas grandes»[10].

La mirada desprendida, serena y transparente, nos capacita más que ninguna otra cosa para
descubrir la verdadera belleza de todo lo que existe. Vivir la templanza es poder gozar más –no
menos–, tanto de las cosas espirituales como de las cosas sensibles. Una relación libre con el
mundo, libre de la búsqueda ansiosa de placer o de autoafirmación, nos lleva a percibir la verdad
de las cosas y de las personas; nos permite descubrir la belleza también en lo más delicado y
discreto. «Se ha dicho, no sin razón, que solo el que tiene un corazón limpio es capaz de reír de
verdad. No menos cierto es que solo percibe la belleza del mundo quien lo contempla con mirada
limpia»[11]. El hombre templado llega más hondo, hacia la verdad de las cosas: el mundo le habla
de Dios. Por eso quien se lance a esta aventura se reconocerá, con el tiempo, en aquella
exclamación de san Josemaría: «¡Dios mío!: encuentro gracia y belleza en todo lo que veo»[12].

[1] San Josemaría, Instrucción para la Obra de San Miguel, 8-XII-1941, n. 70.

[2] San Josemaría, Instrucción para la Obra de San Rafael, 9-I-1935, n. 135

[3] Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, II-II, q. 167 a.1 ad 2; a. 2 ad 1.

[4] Cfr. J. Pieper, Las virtudes fundamentales, Rialp, Madrid 2007, p. 291.
[5] San Agustín, Confesiones, X, 27, 38.

[6] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 84

[7] San Josemaría, Camino, n. 283

[8] Francisco, Mensaje, 31-I-2015.

[9] cfr. J. Pieper, Las virtudes fundamentales, p. 224, en alusión a santo Tomás.

[10] Amigos de Dios, n. 84

[11] J. Pieper, Las virtudes fundamentales, p. 249.

[12] San Josemaría, Forja, n. 415.

Maria Schoerghuber

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muy-divinos-xi-y-entonces-el-mundo-te-habla/ (26/08/2023)
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Muy humanos, muy divinos (XII):


Lo que verdaderamente cuenta
El desafío de ser pobre de espíritu viviendo en medio del mundo.

03/03/2022

La medianoche está al caer. Hace ya un par de horas que el ruido se ha trasladado de las calles
al interior de las casas. Ahora reina el silencio. Se escuchan los pasos lentos de una joven
nazarena, visiblemente encinta, que avanza tomando el brazo de su esposo. Ambos buscan casi
a tientas el establo que les han ofrecido para pasar la noche. Dios está por ver nacer a su Hijo
en la tierra. Él, que todo lo puede, ha decidido prepararle un sitio casi a la intemperie. «La
palabra divina se volvió incapaz de hablar (…). ¿Quién lo habría esperado? La Navidad es
celebrar a un Dios inédito, que cambia nuestra lógica y nuestras expectativas (…). La Navidad
de Jesús no ofrece el calor seguro de la chimenea, sino el escalofrío divino que sacude la
historia»[1].

Aunque con el paso del tiempo el recuerdo del portal de Belén haya quedado como el de un
lugar acogedor, también desde el punto de vista material, es probable que no fuera tan cálido
como nos lo imaginamos. ¿Qué pretendía Dios con esta elección suya que representamos de
año en año en nuestros hogares? Aquella noche, José y María compartieron el tesoro de la
pobreza. Los padres de Jesús fueron liberados de todo lo que podía eclipsar la verdadera
riqueza que estaban por recibir. Pudiendo elegir cualquier sitio, cualquier comodidad, el
Creador elige la privación de todo para mostrarnos qué es lo que verdaderamente cuenta.

El Reino es de los pobres

«Aseguramos todo, salvo el buen clima y el amor»: así rezaba un cartel a la entrada de una
empresa de seguros, en una ciudad en la que la meteorología cambia con mucha frecuencia. Si
no podemos decidir qué tiempo va a hacer, aún menos podemos garantizar el cariño de los
demás. No existe dinero suficiente en el mundo para obligar a alguien a amar con sinceridad.
He aquí, pues, una realidad que quizás pueda ponernos un poco nerviosos, porque no nos
proporciona la seguridad que experimentamos en otros ámbitos. Pero es necesario vivir con
ese «margen de error»: la preocupación por tener el control bloquea cualquier intento de amar
y de ser amados; imposibilita la felicidad, sencilla pero robusta, de quien entrega y recibe
gratuitamente. «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque suyo es el Reino de los Cielos»
(Mt 5,3): así inicia Jesús el Sermón de la montaña. El Maestro ofrece la felicidad, en la tierra y
en el cielo, a quienes ponen su seguridad y su riqueza en Dios.

La virtud de la pobreza —que no se identifica con la pobreza material, económica, que la


Iglesia nos anima a aliviar— forma parte de la templanza: es una disposición que modera, es
decir, que pone en su lugar exacto nuestra relación con los bienes que Dios ha creado. El pobre
de corazón posee y disfruta de las cosas sin ser poseído por ellas; evita poner su seguridad en la
acumulación de bienes; sabe detectar en sí mismo esa tendencia que tenemos a construir
nuestra vida, incluso de manera no tan consciente, como si la felicidad dependiera
fundamentalmente de lo que tenemos… Y eso, a pesar de aquella advertencia de Jesús: «¡Ay de
vosotros los ricos, porque ya habéis recibido vuestro consuelo!» (Lc 6,24).

Tras muchos años dedicados a escuchar a todo tipo de personas, san Josemaría comentaba:
«Cuando alguno centra su felicidad exclusivamente en las cosas de aquí abajo —he sido testigo
de verdaderas tragedias—, pervierte su uso razonable y destruye el orden sabiamente
dispuesto por el Creador. El corazón queda entonces triste e insatisfecho; se adentra por
caminos de un eterno descontento»[2]. La pobreza nos permite darnos cuenta de lo efímeras
que son muchas «seguridades» materiales, o de lo superficial de ciertos momentos de consuelo
que no tocan el fondo del alma. La pobreza de espíritu nos permite, en fin, disfrutar
verdaderamente de la realidad, porque nos conecta con lo sencillo, con las personas, con Dios:
con todo lo que quiere ser, sin más, contemplado, y que sacia de este modo nuestros deseos
más profundos.

«Pobre de espíritu, ¿no significa exactamente “hombre abierto a los demás”, es decir, a Dios y
al prójimo?», se preguntaba san Juan Pablo II, durante la visita que realizó en 1980 a una favela
de Río de Janeiro. «¿No es verdad que esta bienaventuranza de los “pobres de espíritu”
encierra al mismo tiempo una advertencia y una acusación? (…). “Ay de vosotros”: esa palabra
suena severa y amenazadoramente, sobre todo en boca de ese Cristo que acostumbraba a
hablar con bondad y mansedumbre»[3]. Es verdad, el pecado ha trastocado nuestro deseo de
posesión, de modo que fácilmente deformamos nuestra relación con los bienes creados. La
avidez por poseer quizás se ve intensificada por una cultura en la que el valor económico —
manifestado a su vez en estatus social o en imagen ante los demás— ha llegado a ser a veces la
fuente última de valor. Nuestra cultura tiende a hacernos pensar que la prosperidad y el
confort son la clave de la felicidad. Y, sin embargo, todos nos damos cuenta de que la verdadera
alegría de una persona se mide más bien por la profundidad y la autenticidad de sus relaciones
con los demás. Esa es la riqueza del pobre de corazón; a su lado, la soledad de quien vive
rodeado de lujo aparece muchas veces como una dramática pobreza.

Una armonía que cada uno debe encontrar

Año 1968. En el marco de una entrevista sobre el lugar de la mujer en la sociedad, la periodista
pregunta a san Josemaría por la virtud de la pobreza: quiere saber cómo vivirla y transmitirla
desde la vida del hogar. La respuesta parte de una premisa bien nítida: «Quien no ame y viva
la virtud de la pobreza no tiene el espíritu de Cristo. Y esto es válido para todos: tanto para el
anacoreta que se retira al desierto, como para el cristiano corriente que vive en medio de la
sociedad humana»[4]. Es decir, que personas externamente muy distintas, como una que se
retira al desierto y otra que trabaja en el ajetreo de la ciudad, pueden vivir la virtud de la
pobreza con un auténtico espíritu cristiano. Sin embargo, mientras que «desierto» parece decir
«pobreza» desde todos los ángulos, ¿cómo puede ser pobre alguien que vive en medio de los
bienes del mundo? ¿Qué modelo puede seguir?

San Josemaría se detiene a desarrollar la cuestión con detalle. En un primer momento,


identifica dos aspectos en nuestra relación con las cosas materiales: dos polos, aparentemente
contrarios, que es preciso conciliar. Por un lado, la necesidad de una «pobreza real, que se note
y se toque —hecha de cosas concretas—, que sea una profesión de fe en Dios, una
manifestación de que el corazón no se satisface con las cosas creadas, sino que aspira al
Creador». Por otro lado, la naturalidad con que un cristiano debe ser «uno más entre sus
hermanos los hombres, de cuya vida participa, con quienes se alegra, con los que colabora,
amando el mundo y todas las cosas buenas que hay en el mundo, utilizando todas las cosas
creadas para resolver los problemas de la vida»[5]. En estas palabras queda planteado el
desafío de la pobreza de espíritu en medio del mundo: estar despegado de las cosas y, al mismo
tiempo, amarlas como regalos de Dios para compartir entre los hombres. Pero la pregunta
sigue en pie: ¿cómo orientarnos en este empeño?

Si miramos la vida de Cristo como nos la muestran los evangelios, no vemos en él un abandono
absoluto de los bienes. Vemos más bien que, siendo de una posición modesta, ni rico ni pobre,
los utiliza de una manera equilibrada, virtuosa, perfecta. Jesús era conocido en el pueblo
porque se ganaba el sustento con la profesión que ejercía junto a su padre (cfr. Mt 13,55); tenía
una túnica buena (cfr. Jn 19,23); algunas reuniones sociales a las que acudía eran generosas,
hasta el punto de que, para acusarlo, lo calificaron de comedor y bebedor (cfr. Mt 11,19); e
invitó a varias personas de buena posición económica —Mateo, Zaqueo, José de Arimatea y
otros— a abrirse al Reino de Dios. Por otro lado, es clara también su predilección, tanto en su
actividad diaria como en su predicación, por quienes materialmente no tenían nada: pone a la
viuda pobre como ejemplo de relación con Dios, en comparación con los ricos (cfr. Lc 21,1-4);
cuenta cómo el pobre Lázaro llega al seno de Abraham, mientras que el rico que vivía a su lado
se queda fuera (Lc 16,19-23); dice claramente que «es más fácil a un camello pasar por el ojo de
una aguja, que a un rico entrar en el Reino de Dios» (Mt 19,24); aconseja a sus discípulos no
llevar a su misión nada que no sea imprescindible (cfr. Lc 10,4-11); y él mismo nace en una
gruta ajena, y será sepultado en un sepulcro ajeno. Jesús vive libre de ataduras materiales y, al
mismo tiempo, disfruta de los bienes creados. No es una cuestión de equilibrio —compromiso
inestable entre dos polos— sino de armonía: la belleza de la forma lograda. Y esta armonía la
encontramos en Jesucristo.

Pero no existen recetas universales: «Lograr la síntesis entre esos dos aspectos es —en buena
parte— cuestión personal, cuestión de vida interior, para juzgar en cada momento, para
encontrar en cada caso lo que Dios nos pide. No quiero, pues, dar reglas fijas»[6]. Existe, en
efecto, el peligro de uniformar, la posibilidad de dejarse llevar por la tentación de elaborar una
lista de estándares para, engañosamente, estar seguros de que vivimos una virtud. Sin
embargo, ese tipo de planteamientos olvida el papel indispensable de la prudencia, sin el que
las virtudes sencillamente no pueden existir. Por eso, no se trata de guiarse tanto por «reglas
teóricas» como por «esa voz interior, que nos advierte que se está infiltrando el egoísmo o la
comodidad indebida»[7]. Lo importante, señalaba en otro momento san Josemaría, «no se
concreta en la materialidad de poseer esto o de carecer de lo otro, sino en conducirse de
acuerdo a la verdad que nos enseña nuestra fe cristiana: que los bienes creados solo son eso,
medios»[8]. Por ejemplo, respecto de la elegancia en el vestir, aconsejaba algo que puede ser
aplicable a otros campos de la vida ordinaria: «Debes ir vestido de acuerdo con el tono de tu
condición, de tu ambiente, de tu familia, de tu trabajo... como tus compañeros, pero por
Dios»[9]. Finalmente, aportaba frecuentes sugerencias que cada uno podía aplicar a sus propias
circunstancias: no crearse necesidades, cuidar lo que se tiene, prescindir de algo durante una
temporada, dar lo mejor a los demás, aceptar con alegría las incomodidades, no quejarse si
falta algo… y tantas otras cosas pequeñas que cada uno puede descubrir en un camino de
oración.

Amor al mundo y solidaridad

San Josemaría experimentó la pobreza material en varios momentos de su vida[10]. Además,


procuró mantener ciertas costumbres personales para asegurar su espíritu de pobreza, aunque
no las consideraba aplicables a todos los fieles de la Obra. Por lo demás, era consciente de que
Dios lo llamaba a transmitir un espíritu de santidad en medio del mundo, no fuera de él. Por lo
que, aun cuando otras personas estuvieran llamadas a gestos radicales de abandono de lo
material como testimonio de la suprema riqueza de Dios, estaba convencido de que algo
específico de los cristianos corrientes sería convertirse en «testimonio explícito de amor al
mundo» y de «solidaridad con los hombres»[11].

En el verano de 1974 tuvo una reunión con varios matrimonios en Lima. Aquel encuentro era
una sorpresa, pues el fundador del Opus Dei había estado indispuesto los días anteriores.
«Padre, a mí me gusta que mi familia viva con cierto confort», empezó diciendo un asistente,
como preámbulo para preguntarle cómo vivir la pobreza en ese contexto. «Una cosa es que
vivas con cierto confort, y otra cosa es que hagas un alarde de lujo», respondió san Josemaría.
«La segunda parte no la vería bien; la primera, sí. ¡Más!, tienes el deber de procurar a los tuyos
ese cierto confort (…). Pórtate como un buen marido, como un buen padre, y sé generoso con tu
mujer y con tus hijos. Y después, no hagas alarde de lujo, fastídiate un poco y ayuda a los
demás»[12]. Aquí se delinea el que puede ser un itinerario de pobreza en medio del mundo,
amando los bienes que nos ha dado Dios: generosidad sin lujo, incomodarse personalmente
para ejercitarnos en esta virtud, ayudar a los que lo necesitan.

También en otra ocasión, san Josemaría ponía como ejemplo a una mujer que conocía, de
avanzada edad, que vivía la virtud de la pobreza en medio de una vida sin apuros económicos:
«Esta persona de la que os hablo ahora, residía en una casa de abolengo, pero no gastaba para
sí misma ni dos pesetas al día. En cambio, retribuía muy bien a su servicio, y el resto lo
destinaba a ayudar a los menesterosos, pasando ella misma privaciones de todo género. A esta
mujer no le faltaban muchos de esos bienes que tantos ambicionan, pero ella era
personalmente pobre, muy mortificada, desprendida por completo de todo»[13].

La virtud de la pobreza vivida en medio de las ciudades supone la preocupación efectiva por
quien pasa apuros económicos. «La oración a Dios y la solidaridad con los pobres y los que
sufren son inseparables», señala el Papa Francisco. «Para celebrar un culto que sea agradable
al Señor, es necesario reconocer que toda persona, incluso la más indigente y despreciada,
lleva impresa en sí la imagen de Dios (…). El encuentro con una persona en condición de
pobreza siempre nos provoca e interroga. ¿Cómo podemos ayudar a eliminar o al menos
aliviar su marginación y sufrimiento? ¿Cómo podemos ayudarla en su pobreza espiritual?»[14].
Estas preguntas interpelan de manera especial a los cristianos que quieren llevar a Cristo a los
ambientes profesionales, en donde tanto se puede hacer por ayudar a los demás. Por eso san
Josemaría insistía en que «tenemos la obligación de procurar que cada día haya en el mundo
menos pobres (…). La riqueza la da el trabajo, hijos míos, la especialización, la promoción
profesional, y la Obra está fundada en el trabajo»[15].

***

«Tened en muy poco lo que habéis dado, pues tanto habéis de recibir»[16], dice santa Teresa de
Jesús. La virtud de la pobreza nos permite ser felices en cualquier circunstancia; también
cuando nos falta lo necesario. Ser pobres de espíritu significa que no ponemos la confianza en
los bienes que podemos controlar, sino en Dios y, a través de él, en los demás. «Libres para
amar: este es el sentido de nuestro espíritu de pobreza, austeridad y desprendimiento»[17].
Entrar en ese espacio de libertad, en el que ya solo nos importa lo único necesario (cfr. Lc
10,42), lo que verdaderamente cuenta, es quedarse con la mejor parte, que no nos será quitada.

[1] Francisco, Audiencia, 19-XII-2018.

[2] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 118.

[3] San Juan Pablo II, Discurso, 2-VII-1980.

[4] San Josemaría, Conversaciones, n. 110.

[5] Ibíd.

[6] Conversaciones, n. 110.

[7] Ibíd., n. 111.

[8] Amigos de Dios, n. 118.

[9] Ibíd., n. 122.

[10] Como botón de muestra se pueden mencionar la quiebra del negocio de su padre cuando
era un adolescente, los durísimos años de la guerra civil española, y las penurias materiales
cuando llegó a Roma.

[11] Conversaciones, n. 110.

[12] San Josemaría, notas de una reunión familiar, 25-VII-1974.

[13] Amigos de Dios, n. 123.

[14] Francisco, Mensaje, 15-XI-2020.


[15] San Josemaría, notas de una reunión familiar, 24-IV-1967.

[16] Santa Teresa, Camino de perfección, 33, 2.

[17] Mons. F. Ocáriz, Carta pastoral, 14-II-2017, n. 8.

Andrés Cárdenas M.

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humanos-muy-divinos-xii-lo-que-verdaderamente-cuenta/ (28/08/2023)
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Muy humanos, muy divinos (XIII): Con todo el corazón


La virtud de la castidad tiene que ver con nuestra capacidad de percibir, aspirar y
gozar con lo que llena el corazón humano; nos permite descubrir a Dios en todo.

02/04/2022

«Bienaventurados los limpios de corazón, porque verán a Dios» (Mt 5,8). Ver a Dios: sin filtros, sin
prisas, sin límites… ¿Quién podría soñar con alcanzar algo así por sus propias fuerzas? Contemplar
en su fuente la belleza, la bondad, la grandeza que buscamos sin cesar por todas partes.
Contemplar, que no significa observar desde fuera, sino desde dentro, sabiéndonos inundados por
toda esa realidad llena de luz, por ese «Amor que sacia sin saciar»[1] nuestros deseos más
profundos: esos que en este mundo encuentran solo una respuesta muy parcial, aunque tantas
veces las criaturas nos parezcan ya todo lo bellas, buenas y grandiosas que se pueda imaginar.

Por supuesto, al hablar de pureza de corazón, el Señor no se refiere solamente a la castidad. Si


existiera una persona muy casta pero injusta, insincera, desleal, perezosa o egoísta, no diríamos
que su corazón es limpio. Cuando el rey David suplica «Oh Dios, crea en mí un corazón puro» (Sal
51[50],12), está pidiendo un corazón que reúna armónicamente todas las virtudes; un corazón que
vibre con lo valioso y no con lo insustancial, que sea capaz de jugarse la vida por algo más grande
que él, que no se deje dominar por cosas efímeras y superficiales. Al crecer en las distintas
virtudes, nuestra mirada —nuestros deseos, intereses, aspiraciones— se va aclarando y nos hace
capaces de percibir el auténtico valor de las cosas. Vamos aprendiendo a ver, a contemplar, a
disfrutar.

Perplejidades

Dios nos ha creado para esta contemplación, que recoge todas las aspiraciones del corazón. Es una
gracia que quiere darnos. Pero es una gracia por la que es necesario pelear. Necesitamos
conquistar nuestro corazón para que se haga capaz de recibir ese regalo, porque tenemos el riesgo
de dejarlo sin abrir, olvidado en un rincón. En palabras de san Josemaría, la castidad «es combate,
pero no renuncia; respondemos con una afirmación gozosa, con una entrega libre y alegre. Tu
comportamiento no ha de limitarse a esquivar la caída, la ocasión. No ha de reducirse de ninguna
manera a una negación fría y matemática. ¿Te has convencido de que la castidad es una virtud y de
que, como tal, debe crecer y perfeccionarse?»[2]. La castidad es una afirmación gozosa, y siempre
puede crecer. Son dos ideas quizá conocidas, pero no por eso suficientemente comprendidas, hasta
el punto de que pueden generar cierta perplejidad.

La idea de la castidad como afirmación contrasta con la de quien pone un excesivo énfasis en el no,
como si la virtud consistiera precisamente en no hacer, no pensar, no mirar, no querer. La castidad
es, en cambio, un sí al amor, porque es el amor lo que la hace necesaria y le confiere su sentido.
Naturalmente, se ha de decir no a ciertos actos o actitudes que le son contrarios y que toda persona
sensata percibe precisamente como negaciones del amor, de por sí siempre total, exclusivo y
definitivo. Pero, a pesar de requerir algunos no, la castidad es una realidad eminentemente
positiva.

Supongamos una persona con un buen conocimiento de la fe y de la vida cristiana, sinceramente


decidida a ponerla en práctica; una persona que quizá incluso ha transmitido a otros esta visión
positiva de la santa pureza, porque comprende estos razonamientos y los comparte. Es posible
que su experiencia práctica de esta virtud no responda a la idea de algo positivo que siempre
puede crecer: por un lado, porque no necesita ejercer la pureza constantemente; hay otros
intereses que normalmente están en primer plano y que relegan la castidad al cuarto o quinto
lugar de sus problemas, de modo que habitualmente la castidad no parece ser para él ni una
afirmación ni una negación. Por otro lado, porque cuando en algunos períodos tiene que luchar
más intensamente para vivirla, la siente precisamente como una negación, y no como una
afirmación.

A esto se añade otra fuente de perplejidad: puesto que es una virtud, la castidad está llamada a
«crecer y perfeccionarse»[3]. De nuevo, este buen cristiano podría decirse: normalmente consigo
evitar actos, pensamientos, miradas contrarias a la castidad, ¿no es de eso de lo que se trata?, ¿no
puedo decir que tengo la virtud?, ¿qué más debería hacer?, ¿en qué sentido debería crecer y
perfeccionarse en mí la castidad?

En realidad, en el origen de estas perplejidades se encuentra la idea, bastante extendida, pero muy
reductiva, de que la virtud es fundamentalmente un suplemento de fuerza en la voluntad que nos
hace capaces de respetar unas normas morales, incluso cuando éstas se oponen a nuestra
inclinació[Link] esta visión fuera correcta, la virtud consistiría en la capacidad de ignorar la
afectividad, de oponerse sistemáticamente a lo que sentimos siempre que lo requiera el respeto de
esas normas. Naturalmente, aquí hay una parte de verdad, porque en la formación de la virtud a
menudo es necesario actuar contra la inclinación afectiva. Sin embargo, es muy importante no
olvidar que no es este el objetivo; se trata solo de un paso que, si no va seguido de otros, formará
solamente la capacidad de reprimirse, de decir no. Quien piensa así en las virtudes, aunque pueda
decir que la castidad es una afirmación gozosa, en realidad no ha terminado de entenderlo, porque
no consigue ver lo que esto significa en la práctica.

Integración

La virtud, más que una capacidad de oponerse a la inclinación, es la formación de la inclinación


misma. La virtud consiste precisamente en gozar, en disfrutar del bien, porque ha crecido en
nosotros una connaturalidad afectiva, es decir, una especie de complicidad con el bien. Es
precisamente en ese sentido que llamamos templanza al orden en la tendencia natural al placer. Si
el placer fuese malo, ordenarlo significaría anularlo. Pero el placer es bueno, y nuestra naturaleza
tiende hacia él. Sin embargo, que sea bueno en principio no significa que lo sea en todos los casos:
el objeto de una tendencia puede no ser bueno para la persona en un caso concreto. Por eso nos
interesa ordenar nuestra inclinación al placer. Si lo conseguimos la habremos convertido en uno
de nuestros mejores aliados para hacer el bien; si no, será un gran enemigo que puede destruirnos,
análogamente a como el agua, que quita la sed, hidrata el cuerpo y hace crecer las plantas...
también puede ser tsunami, inundación, destrucción.
¿En qué consiste ordenar esa tendencia? Desde luego, no en hacer desaparecer la atracción del
placer, cosa por otra parte imposible. Tampoco en ignorarla, o en vivir como si no existiera; ni
siquiera en reprimirla. Ordenar la tendencia al placer significa integrarla en el bien de la
persona[4]: conferir unidad a nuestros deseos, de modo que sean progresivamente acordes con
nuestra identidad y la refuercen. Un corazón impuro es un corazón fragmentado, sin rumbo; un
corazón puro, en cambio, es un corazón unificado, con una dirección en la vida.

¿Cómo se puede llegar a realizar esto? Las tendencias humanas son modos de percibir el bien: cada
una de ellas nos presenta como conveniente lo que la satisface. Decimos que tenemos tendencia al
placer porque frente a algo que puede producirlo experimentamos atracción: aquello se presenta a
nuestros ojos como conveniente. Sin embargo, lo que es bueno para la tendencia puede no serlo
para la persona. Un pastel puede atraerme porque es agradable comerlo, pero tal vez no convenga
a mi salud (por ejemplo, porque soy diabético), a mi forma física (estoy tratando de adelgazar) o a
mi relación con los demás (pertenece a otra persona). Cada tendencia tiene su propio punto de
vista, valora la realidad desde su propia perspectiva y no puede hacerlo desde otra. La razón es la
única facultad que puede adoptar todos los puntos de vista e integrarlos[5], identificando el bien
de la persona y no solo el bien de una tendencia concreta o de un aspecto particular de la vida. La
razón escucha lo que cada tendencia tiene que decir, evalúa todas estas voces en conjunto, y juzga
si una acción es buena para la persona.

La razón no es fría: es apasionada, está condicionada por las tendencias o pasiones. Si una
tendencia habla mucho más fuerte que las otras, puede confundirla. De ahí la importancia de que
las tendencias estén bien formadas (bien templadas). Así, en vez de obstáculo, serán un apoyo para
el juicio de la razón. Por supuesto, esta integración en torno a la razón requiere que el sentido de
la tendencia sea comprendido y respetado, y que se actúe de modo que ese respeto cale en nuestra
afectividad. La gula, por ejemplo, revela que no se ha comprendido —al menos de modo práctico,
que influya en el comportamiento— el sentido de la necesidad de comer; es decir, no se ha
asimilado aún a fondo la manera en que el placer de comer contribuye al bien integral de la
persona. Algo similar puede decirse de la castidad, y de cualquier otra virtud.

Un mundo interior

Escuchemos el consejo de san Josemaría en un brevísimo punto de Camino: «¿Para qué has de
mirar, si “tu mundo” lo llevas dentro de ti?»[6]. Es cierto: si uno lleva un mundo dentro de sí —un
mundo hecho de cosas grandes, divinas y humanas—, la mirada, la acción, el pensamiento contra la
castidad pueden tener una cierta fuerza de atracción, pero serán mucho más fáciles de combatir,
porque serán percibidos como una amenaza a la armonía del propio mundo interior.

Podríamos incluso decir que la castidad se refiere a la sexualidad solo secundariamente.


Principalmente tiene que ver con la apertura de nuestro mundo interior —de nuestro corazón— a
las cosas grandes, con la capacidad de percibir, de aspirar y de gozar con lo que es capaz de llenar el
corazón humano. Por eso, decía también san Josemaría: «no me ha gustado nunca hablar de
impureza. Yo quiero considerar los frutos de la templanza. (...) Al vivir así —con sacrificio— [el
hombre] se libra de muchas esclavitudes y logra, en lo íntimo de su corazón, saborear todo el amor
de Dios (...); se está en condiciones de preocuparse de los demás, de compartir lo propio con todos, de
dedicarse a tareas grandes»[7].
La persona casta es capaz de conectar afectivamente y disfrutar con todo lo hermoso, lo noble, lo
genuinamente divertido. Su mirada no es posesiva, sino agradecida: deja ser al otro; no permite
que se empañe, que se despersonalice la relación que lo une con cada cosa y con cada persona.
Quien no es casto tiene una mirada baja; una mirada que no es capaz de recibir, sino solo de exigir
prestaciones. En realidad, no es capaz de gozar de las pequeñas cosas de la vida y de las relaciones
personales; no es capaz de estar verdaderamente con los demás. Las cosas delicadas que otros
aprecian a este le parecen insípidas; no le dicen nada, porque necesita emociones fuertes para
reaccionar y experimentar algo positivo y agradable.

Se entiende así que quien vive la castidad como afirmación gozosa no necesite por lo general de un
esfuerzo extraordinario de la voluntad para contener el impulso sexual desordenado: su mundo
interior, tejido de realidades valiosas y relaciones verdaderas, contrasta fuertemente con él y lo
rechaza. Y al vivir así, se siente grandiosamente libre, porque hace lo que le gusta. En cambio, el
lujurioso, el incontinente o incluso el meramente continente, si lograsen hacerlo, se sentirían
reprimidos: como si les faltase algo.

Para santo Tomás de Aquino el lujurioso, el incontinente, el continente y el casto son cuatro figuras
distintas[8]. El casto y el lujurioso poseen uno la virtud y el otro el vicio. El incontinente, sin llegar
a tener establecido el vicio, no vive rectamente. Y el continente, como indica el término, se
contiene: no peca contra la castidad, pero tampoco posee la virtud: ante una tentación se limita a
reprimir el impulso, sin llegar a gozar en el bien. Es el caso, por ejemplo, de quien no quiere mirar,
pero desearía que fuese inevitable ver. Simplemente salta obstáculos que desearía no tener que
saltar y, al hacerlo no se plantea formar su interioridad para configurarla con el bien. Esta
situación puede ser un paso adelante para quien viene de más lejos, pero esa persona todavía
habrá de recorrer un camino hasta formar la virtud. Quien no se aparta decididamente de la
frontera, aunque consiga no pecar, nunca pasará de ser continente, no llegará a gozar de la virtud y
a verla como una afirmación gozosa.

Verán a Dios en todo

«Bienaventurados los limpios de corazón, porque verán a Dios» (Mt 5,8). Quizá Jesús no quiere
decir que a los impuros de corazón se les prohibirá ver a Dios, sino más bien que no conseguirán
ver nada allí donde los de corazón limpio percibirán una belleza indescriptible, llena de matices,
que satisface todas las aspiraciones de su corazón. Esto es de hecho lo que sucede aquí abajo: los
virtuosos son capaces de encontrar a Dios en cada persona, en cada situación ordinaria de la vida,
mientras que los que no lo son, no sienten su presencia o la encuentran incómoda y desagradable,
limitadora de su libertad.

La virtud, así entendida, como creación de un mundo interior bello, de una connaturalidad afectiva
que nos hace gozar haciendo el bien, es una respuesta a las perplejidades mencionadas más arriba.
En efecto, si el esfuerzo por formar la santa pureza no pretende solo negarse a los actos
desordenados, sino también y sobre todo constituir un mundo interior lleno de realidades
valiosas, sobrenaturales y humanas, se comprende bien que esta virtud crezca y se forme no solo
cuando se ha de vencer una tentación, sino también cuando nuestra atención se dirige a todo lo
que hay de valioso y bello en la realidad, aunque de por sí no tenga nada que ver con la sexualidad.
La castidad no es solo una virtud para los momentos de combate: no es solo para las tentaciones,
sino que es una virtud de la atención, de aquello a lo que nuestro corazón atiende. También se
comprende así que esa delicadeza interior, esa apertura a la grandeza, no tiene límites y siempre
puede crecer.

Los medios son muchos

¿Cómo formar ese mundo interior? Desde luego, es necesario evitar lo que pueda perturbarlo,
procurando que la vista y la imaginación no se dispersen o se enturbien, poniendo ciertos frenos a
la curiosidad, y también evitando caer en el ocio, esa actitud pasiva de quien cede el dominio de sus
decisiones a los acontecimientos. Porque navegar sin objetivo, dejándose llevar por el viento que
sopla, es un modo muy fácil de perderse y terminar en un lugar al hubiéramos preferido no llegar.

También conviene crecer en fortaleza, porque sin ella es muy difícil mantener el rumbo en medio
de las olas: la constancia en las pequeñas mortificaciones en el trabajo, en la relación con los
demás, en los gustos, fortalece el corazón. Y la sinceridad: tener la sencillez de hablar de lo que nos
pasa por dentro es un modo muy eficaz de oxigenar nuestro corazón, y de impedir que se
intoxique con afectos que son demasiado pequeños para él.

Son también muy importantes otros medios que dirigen la mirada del alma hacia lo sobrenatural o
humanamente valioso: la devoción eucarística, el cariño a la Madre de Dios, la oración y el tono
habitual de relación personal con el Señor. Las amistades y todas las relaciones humanas nobles
cumplen también este papel: mientras que aislarse o encerrarse en uno mismo es fuente fácil de
infecciones, la dedicación sincera a los demás mantiene el corazón en buena salud.

Además, es muy conveniente formar intereses culturales de valor, especialmente la buena


literatura, el buen cine, la música, etc., que ayudan a desarrollar la sensibilidad estética y el sentido
de la belleza. Quien disfruta únicamente con películas, lecturas, planes o vídeos de alta intensidad,
quien se acostumbra a vivir solo de emociones banales, precisará de un esfuerzo notable para
controlarse cuando esas emociones entren en la esfera sexual. Y si lo consigue lo experimentará,
en el mejor de los casos, como represión, como negación. Es mucho más bonito, y más eficaz, crear
un clima interior limpio, luminoso, afirmativo. Nuestro corazón no ha sido hecho para menos:
disfrutar de la belleza de Dios ya en esta vida, y por toda la eternidad.

[1] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 208.

[2] Amigos de Dios, n. 182.

[3] Ibíd.

[4] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2337: «La castidad significa la integración lograda de la
sexualidad en la persona, y por ello en la unidad interior del hombre en su ser corporal y
espiritual».
[5] Cfr. Santo Tomás de Aquino, Suma de teología, I-II, q. 17, a. 1, ad 2.

[6] San Josemaría, Camino, n. 184.

[7] Amigos de Dios, n. 84

[8] Cfr. Suma de teología, II-II, qq. 151-156.

Julio Diéguez

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humanos-muy-divinos-xiii-con-todo-el-corazon/ (27/08/2023)
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Muy humanos, muy divinos (XIV):


Para dar luz, palabras verdaderas
Jesús y los primeros discípulos demostraron un gran amor a la verdad, con
la seguridad de quien transmite una noticia que llena la vida de alegría.

10/06/2022

«Ahí tenéis a un israelita de verdad, en quien no hay engaño» (Jn 1,47). El elogio que Jesús hizo de
Natanael podían también aplicárselo a él todos los que le escuchaban. El Maestro pronunciaba
solo palabras verdaderas, y vivía profundamente de acuerdo con ellas. En las palabras de Jesús se
manifiesta siempre el deseo ardiente de darnos lo mejor que tiene. Y ese amor hace que lo que
dice sea siempre transparente, orientado a entregarnos su verdad y su misericordia. Por eso,
entonces como ahora, su vida y su testimonio deslumbran, aunque a veces también asusten o
desestabilicen.

Sin miedo a la verdad

Un momento en el que se percibe claramente este talante del Maestro es el capítulo sexto de san
Juan. Poco después de haber dejado a la multitud sorprendida con la multiplicación de unos pocos
panes y peces, de los que todos comen hasta saciarse, lo vemos decidido a revelar una verdad
importante. Jesús sabe bien que a aquellos miles que lo han seguido hasta allí les va a costar
mucho comprenderla. Pero no se va a ahorrar ninguna palabra, ni aliviará el mensaje para
hacerlo más aceptable: «El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna» (Jn 6,54). Casi
todos se despiden de él, precisamente por lo desconcertante de sus palabras: «Crudo es este
lenguaje ¿quién puede aceptarlo?» (Jn 6,60).

Se podría decir, con lenguaje de red social, que en este momento su exceso de audacia le ha llevado
a perder más de cinco mil seguidores. Para el Maestro, sin embargo, este fracaso es solo efímero y
aparente: ni lo detiene ni lo condiciona… Tanto es así que, al descubrir el desánimo y el desengaño
en los rostros de los doce, les pregunta también: «Y vosotros… ¿también queréis iros?» (Jn 6,67).
Paradójicamente, para quedarse con nosotros, Jesús prefiere pagar el precio de la soledad: no está
dispuesto, por asegurar un éxito pasajero, a dejar de alimentarnos y amarnos con el pan
eucarístico a través de los siglos. Para Jesús, como para su Iglesia, la verdad es el amor por
nosotros. Sabe que es decisivo manifestarse de modo auténtico, para que «todos los hombres se
salven, es decir, que lleguen al conocimiento de la verdad» (1 Tim 2,4). Y la verdad muchas veces
duele. «La verdad no es en absoluto barata. Es exigente, y quema», decía una vez Joseph Ratzinger.
«El mensaje de Jesús también incluye el desafío que encontramos en esa pugna con sus
contemporáneos (…). Quien no quiera dejarse quemar, quien no esté dispuesto a ello, tampoco se
acercará a Él»[1].

Jesús dice lo que tiene que decir, como tiene que decirlo, cuando tiene que decirlo. Unos días antes
de ser condenado a muerte por aquellos mismos que le están escuchando en el Templo de
Jerusalén, después de haberlos acusado ante el pueblo como «guías ciegos, hipócritas, (…)
sepulcros blanqueados» (Mt 23,27), los increpa así, también públicamente: «¡Serpientes! ¡Raza de
víboras! ¿Cómo vais a escapar del castigo del infierno?» (Mt 23,33). Son palabras que nos pueden
impresionar. Jesús no habla tan duramente con quienes están en el error, o con los pecadores…
sino más bien con quienes, creyéndose justos, impiden que los demás se acerquen a Dios (Mt
23,13). Sabe perfectamente que sus palabras azuzan la antipatía de quienes ya piensan en darle
muerte. Pero eso no le importa. Ni siquiera le frena el temor de que sus discípulos se puedan
convertir en víctimas indirectas de su encendido discurso... Porque el amor a la verdad y a los
hombres está por encima de la vida terrena. San Josemaría sintetiza muy bien esta actitud de
Jesús: «no tengas miedo a la verdad, aunque la verdad te acarree la muerte»[2]. Con esas
palabras ásperas y crudas que dirige a los fariseos, Jesús está defendiendo del error y de la
mentira al pequeño rebaño que con el correr de los años —Él ya lo sabe— sufrirá también el
martirio por amor a Dios y por defender esa misma verdad. Porque la verdad es la primera y la
última palabra amorosa de los mártires cristianos.

Son muchos los pasajes de la vida del Señor en los que prevalece ese amor a la verdad. Como Él
mismo afirma en su juicio ante Pilatos, «Yo para esto he nacido y he venido al mundo, para dar
testimonio de la verdad» (cfr. Jn 18,37). Y también los cristianos hemos sido bautizados y
confirmados para ser testigos de aquel que es «el Camino, la Verdad y la Vida» (Jn 14,6), ante los
intentos de someter la realidad a cálculos, intereses o ideologías. Testigos: eso significa la palabra
mártir. Aunque Dios no llame a todos los cristianos a verter su sangre por la fe, sí espera que
estemos dispuestos a dejarnos la vida, gota a gota, por esa misma fe; a ser «mártires sin
espectáculo», como quien «gasta sus años trabajando sin otra mira que servir a la Iglesia y a las
almas, y envejece sonriendo, y pasa inadvertido...»[3]. Porque, a fin de cuentas, «la existencia
temporal —tanto de las personas como de la sociedad— sólo es importante precisamente como
etapa hacia la eternidad. Por eso la vida terrena es solo relativamente importante, y no es un bien
absoluto. Lo que importa absolutamente es que seas feliz, que te salves»[4].

No podemos dejar de hablar de lo que hemos visto

¡Qué bello reflejo de la actitud valiente de Jesucristo contemplamos en sus primeros discípulos!
Tras el fuego de Pentecostés, asombra escuchar la predicación de los apóstoles, que hablan ya sin
miedo. Así lo han aprendido del Maestro. En el libro de los Hechos de los Apóstoles, vemos a Pedro
y a Juan llevados presos ante el Sanedrín por exponer públicamente la verdad de la resurrección
de nuestro Señor, y para dar explicaciones sobre la curación de un hombre cojo. Tras una noche
en prisión, son sometidos a un interrogatorio, al que también asiste ese hombre sanado. Los
ancianos y escribas les preguntan: «¿Con qué poder, o con ayuda de quién hacéis esto vosotros?»
(Hch 4,7). La respuesta de Pedro es taxativa. Ya no queda ni medio asomo de la cobardía que le
llevó a mentir y a negar al Señor durante la oscura noche de la pasión: «Que os quede claro a todos
vosotros y a todo el pueblo de Israel: por el Nombre de Jesucristo el Nazareno, al que vosotros
crucificasteis, al que Dios despertó de entre los muertos, gracias a él se presenta sano este ante
vosotros» (Hch 4,10). La libertad con la que hablan Pedro y Juan los deja estupefactos. No saben
qué hacer, salvo ordenarles no volver a enseñar ni a hacer nada en el Nombre de Jesús. La
respuesta de Pedro y Juan pone en evidencia la arbitrariedad de lo que les están pidiendo: «Juzgad
si es justo delante de Dios obedeceros a vosotros más que a Dios; porque nosotros no podemos
dejar de hablar de lo que hemos visto y oído» (Hch 4,19-20).

Estos ejemplos de la vida de Jesús y de los primeros discípulos nos proporcionan la medida
adecuada de nuestro comportamiento a la hora de proclamar la verdad de Jesucristo. Una falsa
prudencia podría llevarnos a fabricar discursos complacientes, o a callar cuando debemos hablar.
Desde luego, evangelizar no significa entrar siempre al conflicto, pero tampoco puede consistir en
evitarlo permanentemente, haciendo compromisos con la verdad. En este sentido, escribía san
Josemaría: «¿Contemporizar? —Es palabra que solo se encuentra —¡hay que contemporizar!— en
el léxico de los que no tienen gana de lucha —comodones, cucos o cobardes—, porque de
antemano se saben vencidos»[5]. A la vez, sería también demasiado cómodo pensar que la fe se
puede transmitir sin plantearse la solidez de nuestro discurso, o sin atender a los problemas, los
anhelos y la sensibilidad de cada momento, de cada persona.

En todo caso, cuando un cristiano quiere vivir de acuerdo con su identidad, a veces tendrá que
sobreponerse al miedo al ridículo, al «qué dirán». Hoy quizá sea menos frecuente que los
discípulos de Jesús acaben entre los leones o en una celda, como sucedió a Pedro y Juan y a tantos
santos que nos han precedido en la custodia y testimonio de la fe. Puede suceder, sin embargo, que
nuestra imagen pública se resienta, o incluso que seamos perseguidos a causa de nuestra defensa
de la dignidad humana y de la libertad de las conciencias, que se encuentran en la base del
ejercicio de la fe, del respeto de la vida, y de tantas otras realidades irrenunciables.

La vida de los cristianos, escribe san Josemaría, no es «antinada»: es «afirmación, optimismo,


juventud, alegría y paz»[6]. Pero precisamente por eso debemos tener «la valentía de vivir pública
y constantemente conforme a nuestra santa fe»[7]: no podemos permitir que pierda fuerza en
nuestras vidas el amor a Dios y a la verdad, porque sin ese amor y esa verdad no tendríamos ya
nada que anunciar al mundo. Junto a eso, es importante buscar la manera de hacer el mayor bien
posible en cada situación, teniendo en cuenta que la transmisión de la verdad no depende solo de
que digamos las cosas, sino también de que quienes nos oyen entiendan. También Jesús a veces
optó por callarse (Cfr. Lc 4,28-30; Mt 26,63); y, si muchas veces hablaba sin rodeos, siempre
buscaba el modo de hacerse entender por unos y otros. En ese sentido, sucederá que a veces sea
contraproducente insistir en una idea, y convenga en cambio esperar a otra ocasión, o repensar
nuestras razones; y también, como parte de ese trabajo, tendremos que esforzarnos por
comprender las razones de los demás, que muchas veces nos podrán dar luces para entender
mejor nuestra fe y las carencias de nuestro discurso.
En su primera carta, la que podríamos llamar la primera encíclica de la historia, san Pedro
presenta en pocos trazos todo este programa apostólico: «Glorificad a Cristo en vuestros corazones,
siempre dispuestos a dar respuesta a todo el que os pida razón de vuestra esperanza; pero con
mansedumbre y respeto, y teniendo limpia la conciencia, para que quienes calumnian vuestra
buena conducta en Cristo, queden confundidos en aquello que os critican» (1 Pe 3,15-16).

En los areópagos de nuestro siglo

El desafío de evangelizar no solo exige valentía, sino también preparación intelectual y teológica
—la que cada uno pueda obtener—, don de lenguas y empatía con la cultura contemporánea, que
es la nuestra. Ver al propio san Pablo en Atenas puede ayudarnos a entender cómo manifestarnos
en los areópagos de nuestro siglo (cfr. Hch 17,16ss). Primero observamos a un Pablo que se
consumía en su interior al observar una ciudad entregada a la idolatría. Sin embargo, su ardor no
le lleva a hablar con amargura, o de malos modos[8]. Explora el terreno y escucha: primero a sus
hermanos judíos en la sinagoga y, después, en la calle, a los filósofos epicúreos y estoicos, con los
que entabla conversación y manifiesta sus ideas sobre Dios y sobre la vida. Además de contemplar
con interés la arquitectura de la ciudad, san Pablo demuestra un buen conocimiento de su
literatura; eso le permite adaptar su mensaje a aquel auditorio que ha mostrado curiosidad por sus
palabras. San Pablo conforma su predicación a este auditorio, de por sí difícil, pero ni degrada ni
atenúa el evangelio. El discurso que pronuncia en el Areópago permanece como un modelo, que
vale la pena releer de vez en cuando.

En un primer momento, san Pablo alaba la belleza de un altar construido al Dios desconocido, que
ha descubierto paseando por la ciudad. Esa referencia cultural lo acerca a sus interlocutores y le
permite hablar sobre ese Dios misterioso, al que él dice conocer. Con diversas referencias
literarias de los poetas griegos, san Pablo dirige empáticamente el discurso hacia la verdad que
quiere transmitir: que todos somos criaturas de ese Dios desconocido, porque él es el Creador y el
Señor de todas las cosas. Les explica además cómo ese Dios se ha hecho presente entre nosotros,
no a través de ídolos construidos por mano de hombre, sino encarnándose, y ofreciendo como
prueba de su divinidad su resurrección entre los muertos…

San Pablo consigue hacer brillar con todo su resplandor la autenticidad del kerygma, el corazón de
la fe, ante un pueblo culto y pagano. Es cierto que, como le sucedió al Señor en el discurso del Pan
de vida, la mayor parte del auditorio abandona educadamente: «Otra vez te escucharemos sobre
esto» (Hch 17,32).No todos los oídos están preparados para aceptar la palabra de Dios a la primera.
Pero algunos se quedan: el relato añade que ese día abrazaron la fe Dionisio el Areopagita, una
mujer llamada Dámaris y unos cuantos más. La valentía, la preparación intelectual y el don de
gentes de Pablo, como el de tantos cristianos, es madera que permite al Espíritu Santo encender el
fuego de Jesucristo en muchos corazones. Este pasaje de la vida de san Pablo, en fin, enseña mucho
sobre cómo proceder en una cultura que a veces ha perdido hasta el mismo lenguaje para
nombrar a Dios.

Todo para todos


Las palabras y la vida de un cristiano puedan resultar a veces escandalosas, no porque haga nada
malo, sino por contraste con lo que se considera como socialmente aceptable. Ciertamente, su
modo de vivir puede poner en evidencia, aun sin pretenderlo, la forma de vida de muchas
personas: en sus relaciones afectivas, en ciertos hábitos profesionales, en modos de divertirse.
Formas y hábitos que no solo reciben la aprobación del sentir común, sino que a veces se han
convertido en derechos exigibles jurídicamente.

En este contexto, es factible que una persona se pueda sentir juzgada y despreciada en su corazón
ante una afirmación como esta de san Pablo: «No os dejéis engañar: ni fornicarios, ni idólatras, ni
afeminados, ni sodomitas, ni ladrones, ni avaros, ni borrachos, ni insultadores, ni saqueadores
heredarán el reino de Dios» (1 Co 6,9). Estas palabras pudieron escandalizar a algunos de los
corintios que las recibieron, y seguramente siguen haciéndolo hoy. Los cristianos vivimos de
afirmación, y los modos de hablar pueden cambiar en función de los momentos o de los
interlocutores; pero no podemos hacer como aquellos maestros que dicen lo que cada uno querría
oír (2 Tm 4,4). Ya el profeta Isaías escribía «¡Ay de los que llaman bien al mal y mal al bien, que
tienen las tinieblas por luz y la luz por tinieblas, que tienen lo amargo por dulce y lo dulce por
amargo! (Is 5,20).

A la vez, nuestro testimonio de la verdad no se puede reducir a la denuncia del mal: el Evangelio
es ante todo anuncio del amor incondicional de Dios por cada uno. Las mismas palabras de san
Pablo no se limitan a una enunciación condenatoria de vicios y pecados; tras esas líneas fuertes,
añade: «Así erais algunos de vosotros: pero os lavasteis y fuisteis santificados y fuisteis justificados
gracias al nombre de Jesucristo y gracias al Espíritu de nuestro Dios» (1 Co 6,10-11).

Quizá hoy más que nunca percibimos cómo «la tarea evangelizadora se mueve entre los límites del
lenguaje y de las circunstancias. Procura siempre comunicar mejor la verdad del Evangelio en un
contexto determinado, sin renunciar a la verdad, al bien y a la luz que pueda aportar cuando la
perfección no es posible. Un corazón misionero sabe de esos límites y se hace “débil con los débiles
[…] todo para todos” (1 Co 9,22)»[9]. Quien vive de una profunda amistad con Dios y con los demás
puede dejarse conquistar por la verdad y manifestarla libremente y con cariño, acompañando a
los demás por un plano inclinado. Es verdad, «el santo, para la vida de tantos, es “incómodo”. Pero
eso no significa que haya de ser insoportable. —Su celo nunca debe ser amargo; su corrección
nunca debe ser hiriente; su ejemplo nunca debe ser una bofetada moral, arrogante, en la cara del
prójimo»[10].

Hoy como ayer, para acceder a la misericordia de Dios es necesario golpearse el pecho y
reconocerse pecador, cosa que requiere a veces un recorrido lento y paciente, primero en cada
uno de nosotros… Qué importante es que, a lo largo de la vida, todos podamos tener al lado amigos
que, a la vez que nos comprenden, nos iluminan con palabras verdaderas. Porque solo la verdad
nos hace libres; solo ella puede liberarnos el corazón (cf. Jn 8,32), solo con ella viene realmente la
alegría. Y eso es lo que significa evangelizar: «se trata siempre de hacer feliz, muy feliz, a la gente»,
porque «la Verdad es inseparable de la auténtica alegría»[11].
[1] J. Ratzinger, Dios y el mundo, Círculo de lectores, Barcelona 2011, 209-211.

[2] San Josemaría, Camino, n. 34.

[3] San Josemaría, Via Crucis, 7.4.

[4] San Josemaría, Cartas, VI.1973, n.12.

[5] Camino, n. 54.

[6] Forja, n. 103.

[7] San Josemaría, Surco, n. 46.

[8] Cfr. Camino, nn. 396 y 397.

[9] Francisco, Ex. Ap. Evangelii gaudium, n. 44.

[10] Forja, n. 578.

[11] Surco, n. 185.

Carlos Ayxelá y José María García

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muy-divinos-xiv-para-dar-luz-palabras-verdaderas/ (26/08/2023)
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Muy humanos, muy divinos (XV):


Sencillez, para ver claro el camino
Sabernos mirados por Dios y vivir en el presente: dos
actitudes para hacer que nuestra vida sea más sencilla.

24/12/2022

«¡Buscad lo suficiente, buscad lo que basta! Lo demás es agobio, no alivio; apesadumbra, no


levanta»[1]. Así es: la vida cristiana nos lleva a buscar la intimidad con Dios y a desprendernos de
lo que no nos lleva hacia Él. Se trata de un viaje interior en el que nos esforzamos a cada paso por
identificar y escoger «lo que basta», aquella sola cosa que no nos será quitada (cfr. Lc 10,42).

La experiencia nos muestra, sin embargo, que esa búsqueda puede ser compleja. Hay épocas en
que la vida se convierte en una especie de laberinto: momentos de confusión interior y de caos
exterior, jornadas en que tenemos la cabeza llena y el corazón vacío. Puede ocurrir también que,
por nuestra manera de ser o porque atravesamos periodos difíciles, tendamos a complicar las
cosas, analizando una y mil veces la realidad. En esos momentos, cualquier decisión nos puede
paralizar, y quizá no logramos sintonizar con la voluntad del Señor. Desearíamos entonces que la
vida fuese más simple y nuestros razonamientos más directos. Anhelamos poseer esa sencillez que
es capaz de iluminar la mente y de aligerar el alma.

¿Cómo discernir en cada ocasión la voluntad de Dios? ¿Cómo aceptar con serenidad los
acontecimientos de la vida ordinaria? ¿Cómo relacionarnos con quienes nos rodean sin juzgar o
retorcer sus intenciones? Conviene reflexionar en primer lugar sobre las raíces de nuestra
tendencia a la complicación. Desde ahí descubriremos dos disposiciones que nos pueden ayudar a
deshacer la madeja de nuestra alma: la humildad y el abandono.

El Creador de la vida y el “creador” del miedo

Todo artista deja una huella en sus obras. También Dios ha dejado en la creación uno de los rasgos
más profundos de su esencia: la unidad. Él es Unidad en la Trinidad. La armonía y la belleza del
paraíso muestran cómo en su creación no faltaba nada y no sobraba nada (cfr. Gn 2,1). El mundo y
el hombre habían surgido del Amor -porque sólo el Amor es capaz de crear- y el Amor los
mantenía unidos.

Sin embargo, frente al Dios de la afirmación, del sí, del «sea» (cfr. Gn 1,3), surge la voz del tentador.
Como el diablo no puede crear, se dedica en cierto modo a descrear, y sugestiona al hombre con
una lectura desfigurada de la realidad. Desde aquel primer episodio con Adán y Eva, el diablo
juega con nuestros miedos para que nos angustiemos con el futuro o para que imaginemos
intenciones rebuscadas en las palabras o en las acciones de los demás. Así, nos transforma poco a
poco en almas inseguras, calculadoras y preocupadas.

«¿De modo que os ha mandado Dios que no comáis de ningún árbol del jardín?», pregunta el
diablo (Gn 3,1). El enemigo se propone que fijemos la atención en el árbol prohibido y que dejemos
de apreciar el resto de dones de Dios: plantas, animales, otros seres humanos, una vida en estado
de gracia... Comenzamos entonces a ver el mundo con sospecha, con ojos complicados. Satanás nos
hace creer que nos falta algo, que Dios no es sincero, que nos esconde cosas. El Qohelet lo explica
así: «Mira lo único que he descubierto: Que Dios hizo al hombre sencillo pero ellos se buscan
infinitas complicaciones» (Qo 7,29).

Esa complicación prepara para el pecado. El hombre ya no dialoga ni pasea con Dios… y acaba por
esconderse de él (cfr. Gn 3,8), por miedo a ser visto desnudo, desarmado. Al diablo no le basta con
hacernos caer, sino que vuelve enseguida con otra sugestión, otra «no-creación», que nos aleja aún
más de Dios. Al perderse la confianza entre Creador y criatura, al querer escondernos de su
mirada, entran en el mundo el ansia y la fatiga (cfr. Gn 3,16-17). El hombre y la mujer viven
entonces con temor al futuro[2]; su corazón termina agotándose, y se convierte así en un terreno
fértil para la tristeza, esa gran aliada del enemigo.

La complicación que el pecado trae consigo nos ha hecho difícil percibir dónde está el bien y
tomar decisiones que nos conduzcan a Dios. El libro de los Proverbios lo dice sin rodeos: «el de
corazón retorcido no encontrará el bien» (Pr 17,20). Aun así, añoramos la armonía de nuestro
pasado junto a Dios, y es precisamente esa especie de recuerdo, esa nostalgia que quedó en el
alma, lo que nos sigue atrayendo hacia el Señor. La liturgia del Viernes Santo lo expresa así: «Dios
todopoderoso y eterno, [Tú] creaste a todos los hombres para que, deseándote siempre, te
busquen, y cuando te encuentren, descansen en ti»[3].

Humildad: sabernos mirados por Dios

Para vernos y para ver el mundo con ojos sencillos, es necesario en primer lugar encontrar
nuestro descanso en la mirada de Dios. Sabernos mirados por Él nos da mucha seguridad:
entendemos que Dios nos quiere en nuestra verdad y que todo lo demás tiene una importancia
muy relativa. Al margen de esa mirada, en cambio, sentimos la necesidad de proteger nuestra
fragilidad y nos encerramos en nosotros mismos, o quedamos paralizados por el miedo. Quien se
refugia en esa mirada de amor goza de la serenidad de los sencillos, porque no depende de
circunstancias que, a fin de cuentas, escapan a su control. «Somos de la verdad —dice san Juan— y
en su presencia tranquilizaremos nuestro corazón» (1 Jn 3,19).

Podemos pensar en Simón Pedro, que era un hombre bueno, pero con un corazón a veces
complicado. En su amor al Señor se mezclan la duda con la decisión, la obediencia con la rebeldía,
el coraje con el miedo... Su momento de confusión más grande se da en el patio de Anás, durante la
Pasión del Señor (cfr. Lc 22,65-72). Podemos imaginar cómo, mientras Jesús es interrogado, la
angustia del discípulo crece por momentos: quiere ser fiel, pero no comprende lo que está
ocurriendo; los hechos lo desbordan. Le gustaría regresar a esas caminatas con el Maestro por los
campos de Galilea, cuando su voz resonaba clara y los problemas se resolvían con un gesto o una
palabra del Señor. En aquellos días, era fácil creer en las promesas. El futuro era espléndido,
nítido.

Ahora el miedo se apodera de él. Pedro cede a la presión y niega conocer al Maestro. Cuenta el
evangelio que, poco después, sus miradas se cruzan: «El Señor se volvió y miró a Pedro. Y recordó
Pedro las palabras que el Señor le había dicho: “Antes que el gallo cante hoy, me negarás tres
veces”. Y salió afuera y lloró amargamente» (Lc 22,61-62). La mirada de Jesús desatasca la
confusión de Pedro. Al mirarle el Señor, Pedro logra verse a sí mismo en su verdad, con los ojos de
Dios. «Mírame —pedía el futuro Benedicto XVI en un Viernes santo— como lo hiciste con Pedro
después de la negación. Que tu mirada penetre en nuestras almas y nos indique el camino en
nuestra vida»[4].

Vernos como somos, ver claramente nuestra propia realidad, puede hacernos llorar amargamente,
como a Pedro. Pero es el único modo de tocar suelo firme y de abandonar el ansia que nos produce
pretender ser quienes no somos. Necesitamos mirarnos con los ojos de Dios y ser capaces de
decirnos: «Pues soy como soy, y aun así Dios me ha querido para algo».

San Josemaría resumía en dos palabras los muchos motivos que tiene un cristiano para hacer
oración: «conocerle y conocerte»[5]. En efecto, nuestros ratos de conversación con Dios son el
momento adecuado para obtener una serena visión de los problemas y de nosotros mismos, para
que el ovillo de nuestros pensamientos se pueda deshacer con la gracia de Dios. También nos
ayudarán las orientaciones que podamos recibir en la dirección espiritual o en los medios de
formación. Confiar en alguien que nos conoce puede servirnos para descomplicar la realidad y
para restar importancia a esa voz interior que se empeña en revolver nuestros pensamientos. De
hecho, san Josemaría señalaba que el objetivo de la formación cristiana que se ofrece en el
Opus Dei es la sencillez: «nuestra ascética tiene la sencillez del evangelio. La complicaríamos si
fuéramos complicados, si dejáramos el corazón oscuro»[6]. Por eso, a veces, un primer paso para
ganar en sencillez será simplemente acoger con buena disposición un consejo, sin retorcerlo, y ver
en la presencia de Dios cómo ponerlo en práctica.

Abandono: ahora es el tiempo del amor

La dificultad para abandonarse en Dios puede tener muchas causas: un cierto complejo de
inferioridad, una autoestima débil, la dificultad para convivir con los propios errores... Por otro
lado, el ritmo de trabajo actual tiende a complicar la vida y, en ocasiones, el carácter: al poder
hacer más cosas cada día, las decisiones que tenemos que tomar aumentan; las prioridades no
siempre se presentan con una claridad neta; la competitividad social nos pone presión e introduce
ambiciones que acaban pesando en el alma… Desearíamos vivir una vida sencilla, pero la realidad
es demasiado complicada para permitírnoslo.
Ante este panorama, san Josemaría nos invita a ocuparnos del presente, que es el kairós, el tiempo
oportuno de nuestra santidad. Al fin y al cabo, el ahora es el único tiempo en el que podemos
recibir la gracia de Dios: «Pórtate bien “ahora”, sin acordarte de “ayer”, que ya pasó, y sin
preocuparte de “mañana”, que no sabes si llegará para ti»[7]. En efecto, el pasado o el futuro
pueden acabar convirtiéndose en pesos que nos impiden discernir claramente la voluntad del
Señor. Él mismo nos dice: «no os preocupéis por el mañana, porque el mañana traerá su propia
preocupación. A cada día le basta su contrariedad» (Mt 6,33).

Concentrarnos en una tarea, sin detenernos excesivamente a valorar qué pensarán los demás o
qué efectos tendrá en nuestra vida, nos ayudará a enfocar la voluntad y a sacar mayor partido de
los propios talentos. Sin duda, es también necesario sopesar los acontecimientos vividos y
planificar el futuro, pero eso no debe impedir que, de la mano de Dios, nos concentremos en amar
aquí y ahora, porque el amor solo lo podemos dar y recibir en este instante.

Cuando se presenta por primera vez a los apóstoles con su cuerpo glorioso, el Señor resucitado
percibe su agitación: «¿Por qué os asustáis, y por qué admitís esos pensamientos en vuestros
corazones? Mirad mis manos y mis pies: soy yo mismo» (Lc 24,38). Los acontecimientos que sus
discípulos han vivido en los días pasados entran en colisión con lo que ven; el escándalo de la
Pasión pesa aún demasiado en sus corazones; si quien tienen delante es verdaderamente Jesús, de
repente el futuro se abre de par en par... Son tantas las emociones, que el Señor tiene que
devolverlos al presente con una amigable pregunta: «¿Tenéis aquí algo que comer?» (Lc 24,41).

Jesús vuelve sobre una escena tantas veces vivida, cuando se sentaban juntos a comer, y eso saca a
sus discípulos de la confusión. De igual modo, empeñarnos por servir a los demás en lo concreto y
por desarrollar con esmero y con amor las ocupaciones de la vida ordinaria, abandonando en Dios
aquellos problemas que escapan a nuestro control, será el modo más habitual de evitar
enredarnos en la confusión y de volvernos, cada vez más, «sencillos como palomas» (Mt 10,16).

Al leer los evangelios, podemos descubrirnos lejos de la fe de los sencillos: la fe del pueblo que, sin
mucho conocimiento de la Ley de Dios, aceptó de buen grado el mensaje de Jesús. Esa aceptación
sencilla de la Palabra del Señor puede contrastar con nuestra dificultad para confiar en Él. Quizá
la nuestra sea más bien la fe de los complicados.

Con todo, Dios no deja de invitarnos en cada instante a recuperar esa armonía perdida, esa
sencillez que es «como la sal de la perfección»[8]. Necesitamos ver con claridad el camino de vuelta
a casa, al paraíso. Por la vía de la sencillez, nos elevaremos por encima de los problemas con la
ligereza que da el amor: llevados por la gracia, lograremos contemplar la realidad con los ojos de
Dios.
[1] San Agustín, Sermón 85, 5.6.

[2] Cfr. Qo 6,12, Mt 6,25-34.

[3] Misal Romano, Viernes Santo, Oración universal.

[4] Card. Joseph Ratzinger, Via Crucis, 2005, 1ª estación.

[5] San Josemaría, Camino, n. 91.

[6] Cfr. Cuadernos 3, p. 149 (AGP, biblioteca, P07).

[7] Camino, n. 253.

[8] Camino, n. 305.

Juan Narbona

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ver-claro-el-camino/ (25/08/2023)
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Muy humanos, muy divinos (XVI):


La obediencia, apertura del corazón
Permanecer abiertos a la voz de Dios nos ensancha el corazón;
nos permite estar, como Jesús, en las cosas de nuestro Padre.

30/01/2023

María y José «iban todos los años a Jerusalén para la fiesta de la Pascua» (Lc 2,41). Todos los
varones del pueblo de Israel debían hacerlo. Como otras mujeres, María acompañaba a su esposo
en este viaje de oración y de recuerdo de los prodigios de Dios en favor de su pueblo. ¿Y Jesús? Es
posible que empezara a acompañar a sus padres desde muy pronto. En todo caso, sabemos que
viajó con ellos cuando tenía doce años. Y en esa ocasión sucedió algo insólito.

Sorpresa

En el trayecto hacia Jerusalén y durante la estancia en la Ciudad Santa todo transcurrió con
normalidad. También fue así durante la primera jornada del regreso; o eso les pareció a María y
José, hasta que se dieron cuenta de que el Niño no estaba en la comitiva. Tuvieron que desandar el
camino. Tampoco en Jerusalén consiguieron dar con Él. A medida que pasaba el tiempo, su
angustia crecía. San Josemaría se imagina a María y a José llorando por la preocupación y la
impotencia: ya no sabían qué hacer[1].

Al tercer día se dirigieron una vez más al Templo, probablemente para rezar y ver si podían
obtener algún indicio sobre el paradero de Jesús. Quizás alguien, respondiendo a sus pesquisas, les
indicó que con los doctores de la Ley había un niño que podía responder a su descripción.
Efectivamente, allí lo encontraron y se quedaron maravillados (Lc 2,48).

También quienes oían al Niño estaban asombrados (Lc 2,47), aunque el motivo de su sorpresa era
distinto del que provocó la admiración de María y José. Los doctores se asombraban de la
sabiduría y de las respuestas de Jesús. Para sus padres esto no era una novedad. Sí lo era, en
cambio, la actuación del Señor. De ahí que María pregunte por la razón de tan extraordinario
comportamiento: «Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Mira que tu padre y yo, angustiados, te
buscábamos» (Lc 2,48).
La respuesta del Señor no es menos sorprendente que su conducta. De hecho, ellos no
comprendieron lo que les dijo (cfr. Lc 2,50). Nos interesa profundizar en esa respuesta, porque
puede enseñarnos muchas cosas sobre las disposiciones de Jesús, a quien queremos imitar. No nos
basta una explicación que banalice el dramatismo del diálogo. Vamos a concentrar, pues, nuestra
atención en tres enseñanzas de este evento. Dos de ellas las descubriremos en la actitud del Señor;
la tercera, en la reacción de Santa María.

La voluntad del Padre

«¿No sabíais que es necesario que yo esté en las cosas de mi Padre?» (Lc 2,49). Desde luego que lo
sabían. Con su pregunta, Jesús lo da por supuesto. Simplemente quiere hacer notar la conexión
entre un comportamiento que les resultaba sorprendente y el principio que lo hace comprensible y
razonable.

Si la respuesta de Jesús dejó perplejos a María y a José, con más motivo la manera de actuar de un
cristiano podrá sorprender a veces a quien no ha descubierto aún el amor de Dios, y no aspira por
tanto a ser contemplativo, a cultivar un trato intenso y asiduo con Él. Mucho de lo que hace un
cristiano le resultará perfectamente razonable a una persona honrada, pero habrá detalles que le
parecerán incomprensibles, porque el fin último hacia el que se dirige y desde el que razona es
distinto del suyo.

El deseo de estar en las cosas de su Padre guía la vida de Jesucristo: «mi alimento es hacer la
voluntad del que me ha enviado» (Jn 4,34); «Padre mío, si es posible, aleja de mí este cáliz; pero que
no sea tal como yo quiero, sino como quieres Tú» (Mt 26,39)[2].Y guía su vida hasta el fin, hasta la
muerte, y «muerte de cruz» (Flp 2,8). Es precisamente ese amor a la voluntad del Padre lo que le da
un juicio certero sobre el valor de las realidades humanas: «mi juicio es justo, porque no busco mi
voluntad sino la voluntad del que me envió» (Jn 5,30).

Este criterio es clave para llevar una vida feliz. Dios es bueno, nos ama[3] y desea nuestra felicidad
aquí en la tierra, y para siempre en el cielo. Nadie como Él, ni siquiera nosotros mismos, sabe qué
contribuye a edificar esa felicidad, a crear en nosotros las condiciones que nos capacitan para
descubrir, apreciar y dejarnos conquistar por todo el bien —Dios mismo, el Espíritu Santo— que Él
infunde en nosotros.

Amar la voluntad de Dios no consiste en aceptar someterse a unas reglas en vista de un premio
que se nos concederá si superamos ciertas pruebas. Consiste más bien en confiar en el amor de
Dios y en edificar nuestra vida sobre esa confianza, porque sabemos que el Señor desea compartir
con nosotros su felicidad: «nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en
él. Dios es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él» (1 Jn 4,16).
En la escena que estamos considerando, Jesús nos recuerda que vale la pena buscar la voluntad de
Dios, también si para hacerlo fuese necesario sufrir, e incluso hacer sufrir. Ahora bien, a veces
puede resultarnos menos claro cómo realizar en la práctica el deseo de hacer lo que Dios quiere.
¿Cuál es la voluntad de Dios aquí y ahora? Si estamos ante la disyuntiva de robar o respetar la
propiedad ajena, o bien de decir la verdad o mentir para obtener una ventaja económica, la
respuesta es evidente. Pero hay muchas otras situaciones en las que es más difícil discernir,
porque varias de las opciones pueden ser buenas y dudamos de cuál es la preferible en ese caso
concreto: la aceptación de un empleo, una compra, un viaje, un plan de descanso, un cambio de
nuestro horario habitual, etc.

Podemos pensar en Jesús Niño planteándose qué debía hacer en esa ocasión: ¿me quedo en
Jerusalén para aprovechar esta oportunidad, aun cuando ya no tengo ocasión de avisar a mis
padres, o he de regresar con ellos y ahorrarles un disgusto? Al tomar su decisión, el Señor nos
enseña que en ese juicio nadie nos puede sustituir. Somos nosotros quienes tenemos que
enfrentarnos a la situación y decidir: la responsabilidad es toda nuestra.

Naturalmente, esto no supone negar el valor del consejo ajeno. Al contrario. Nadie nos puede
sustituir, pero nos pueden ayudar. Basta conocerse un poquito para advertir la propia
insuficiencia y el desorden que el pecado original genera en nuestros deseos, razonamientos y
comportamientos. Nos damos cuenta de que nuestros sentimientos —amores, miedos— pueden
restar objetividad a nuestro juicio, o de que nos pueden faltar datos que quizá solo tengamos si
consideramos la situación desde otros puntos de vista. De ahí la importancia de permanecer
abiertos a lo que otros ven. Esto, que es tan evidente, a veces es difícil de aceptar; especialmente si
el comportamiento sobre el que deliberamos nos atrae o nos cuesta mucho. Por eso resulta
esencial la constante disposición de tener en mucho los consejos que recibimos de las personas
que nos quieren y tienen la gracia de Dios para ayudarnos; necesitamos valorarlos como una
ayuda con la que el Señor cuenta para que sepamos discernir cuál es su voluntad.

«El consejo de otro cristiano (…) es una ayuda poderosa para reconocer lo que Dios nos pide en
una circunstancia determinada; pero el consejo no elimina la responsabilidad personal: somos
nosotros, cada uno, los que hemos de decidir al fin, y habremos de dar personalmente cuenta a
Dios de nuestras decisiones»[4]. Precisamente porque nos interesa hacer por encima de todo la
voluntad de Dios, necesitamos el consejo ajeno, que nos ayuda a descubrir nuestros «ángulos
ciegos» cuando, en lo grande y en lo pequeño, buscamos respuesta a la pregunta más importante
de la vida: Señor, ¿qué quieres de mí?

A veces también podremos recibir indicaciones de parte de quien tiene autoridad para darlas. En
esos casos, resulta iluminante la insistencia de san Josemaría en que la obediencia no debe ser
ciega, sino siempre inteligente[5]. Obedecer no significa acoger sin reflexión una decisión de otro.
La obediencia es inteligente también cuando nuestra razón juzga cuál es la mejor manera de
seguir la indicación recibida y hacerla propia. Incluso en los casos en que se nos escapan algunas
circunstancias, nuestra obediencia puede seguir siendo inteligente y no ciega.
Señor, ¿qué quieres de mí? Desde este punto de vista, se comprende la grandeza de esta virtud
cristiana. Quien obedece no se empequeñece; al contrario, se hace grande por su disposición a
hacer lo que Dios quiere, hasta el punto de que desea no engañarse en el momento de discernir
cómo ponerlo en práctica. Anhela asemejarse al modo filial en que Jesús desea llevar adelante los
planes misericordiosos de su Padre. Por esto, para obedecer hace falta tener un corazón grande,
un corazón de hijo; soñar con los sueños de Dios, aspirar a ser la persona feliz que Dios quiere que
seamos, desear aventurarnos en sus planes de salvación. La obediencia no es, pues, simple
sometimiento, sino apertura; no es renunciar a ver, sino ser capaz de hacerlo también con los ojos
de otros que nos quieren y que tienen la gracia de Dios para guiarnos. Es superar, con apertura de
mente y de alma, esa tendencia a considerarnos autosuficientes, que a veces nos impide ver las
cosas con perspectiva y realismo.

Erat subditus illis

Al final de este episodio, san Lucas resume en muy pocas palabras la larga serie de años que
transcurrieron entre este evento y el inicio de la vida pública de Jesús: «les estaba sujeto» (Lc 2,51).
Erat subditus illis: san Josemaría descubría en estas tres palabras una de las biografías breves de
Jesucristo que nos proporciona la Sagrada Escritura[6].

Y aquí se encuentra la segunda enseñanza que descubrimos en la actitud del Señor: aunque su
naturaleza divina le ofreciera motivos más que suficientes para pensar que no le hacía falta
dejarse guiar por sus padres, Jesús nos enseña que la autoridad humana —en la familia, en la
sociedad, en la Iglesia— se ha de respetar. La necesitamos precisamente porque nos ayuda a
descubrir lo que Dios quiere. Naturalmente, la autoridad humana no es infalible y por eso nadie es
capaz de transmitirnos, sin más, la voluntad de Dios. Pero tampoco nosotros mismos somos
infalibles: a veces podemos engañarnos. De ahí que sea razonable e incluso necesario fiarse de
quien tiene autoridad sobre nosotros, si lo que queremos realmente es hacer la voluntad de Dios.
Porque, aunque no pueda decirse que la indicación concreta que recibimos se identifique
necesariamente con lo que Dios quiere, estamos convencidos de que Dios sí quiere nuestra
disponibilidad a secundarla, por amor.

Se entiende así mejor por qué san Josemaría unía el aprecio a la obediencia con el amor a la
libertad: «Soy muy amigo de la libertad, y precisamente por eso quiero tanto esa virtud
cristiana»[7], la obediencia. Esta afirmación quizá sorprenda a quien se acerque por primera vez a
las enseñanzas de san Josemaría. Instintivamente, tendemos a pensar en la obediencia y la
libertad como dos enemigos que combaten por dirigir nuestras acciones: si la libertad se impone,
parece que la obediencia se anula; si la obediencia prevalece, parece que la libertad retrocede.
Esta es, sin embargo, una falacia. Amamos nuestra libertad y no queremos de ningún modo
renunciar a ella; deseamos ser plenamente dueños de nuestras acciones justamente para poder
hacer, porque nos da la gana, lo que entendemos que Dios quiere. Y es precisamente ahí, a la hora
de amar su voluntad, donde la obediencia encuentra su lugar y su razón de ser.

La auténtica obediencia cristiana es siempre obediencia a Dios, y la filiación divina es su soporte,


su razón de ser. Así se desprende de la afirmación de san Josemaría apenas citada, que continúa
así: «Debemos sentirnos hijos de Dios, y vivir con la ilusión de cumplir la voluntad de nuestro
Padre. Realizar las cosas según el querer de Dios, porque nos da la gana, que es la razón más
sobrenatural»[8]. Nos ilusiona estar en las cosas de nuestro Padre Dios porque nos da la gana. El
criterio de la autoridad humana nos ayuda a descubrir qué quiere Dios para nosotros, es decir,
qué significa aquí y ahora lo que profundamente queremos nosotros. E incluso si en alguna
ocasión no vemos clara la línea de acción propuesta, debemos confiar en el deseo de ayudarnos
que la anima, y seguimos siendo plenamente libres. Esa actitud abierta, esa disponibilidad que
echa sus raíces en nuestra libertad de hijos de Dios, refuerza la apertura de nuestra razón, la
capacidad valiosísima de dejarnos orientar, de mantenernos abiertos, de ver con los ojos de otros y
adoptar un punto de vista distinto del propio: una capacidad que nos interesa enormemente
formar.

La obediencia nos ayuda, pues, a realizar lo que profundamente queremos. Si, en cambio, seguir a
Jesucristo y estar en las cosas de su Padre —de nuestro Padre— no es nuestro deseo más hondo, el
que explica todos los demás, la obediencia pierde su sentido[9] y se ve como enemiga de la
libertad, como un obstáculo para hacer lo que queremos.

En la conversación corriente, se suele llamar obediencia al hecho de poner por obra las decisiones
u orientaciones de la autoridad. Pero a nosotros no nos interesa solo la obediencia como un acto
puntual, sino como una virtud, porque queremos parecernos a Jesucristo. No basta responder
afirmativamente a la pregunta «¿he hecho lo que se me había mandado o sugerido?» Uno podría
responder que sí y, sin embargo, no ser del todo obediente. Quien simplemente acoge una
indicación sin hacerla propia, sin libertad, obedece solo materialmente, pero esa no es la
obediencia de Jesucristo. Quien actúa así, quizá estará haciendo algo bueno, pero no se puede
conformar con eso, porque la meta es mucho más alta, y es de hecho irrenunciable: renunciar a
ella significaría renunciar a ser libre, con la libertad para la que Jesús nos ha liberado (cfr. Gal 5,1).

En el fondo, soy plenamente obediente cuando hago lo que se me pide porque lo quiero hacer. Y lo
quiero hacer porque estoy convencido de que Dios cuenta con mi docilidad. He llegado a esa
convicción porque tengo confianza en Él, que asiste con su gracia a quien me lo indica, y me fío
además de la prudencia y experiencia de esa persona. En estos casos veo a quien tiene autoridad
como alguien que me indica lo que vale la pena hacer, lo que Dios quiere. Soy libre no cuando
obedezco «si quiero», sino cuando obedezco «porque quiero».

La escucha de Santa María


Volvamos ahora a la sorprendente respuesta de Jesús a sus padres, aliviados tras esos días de
angustia, pero perplejos ante lo insólito de su comportamiento: «¿Por qué me buscabais? ¿No
sabíais que es necesario que yo esté en las cosas de mi Padre?» (Lc 2,49). El lector del Evangelio
puede imaginar fácilmente su propia reacción ante una respuesta así: ¿por qué te buscábamos?,
¿no teníamos que hacerlo?, ¿debíamos habernos quedado tan tranquilos, indiferentes a lo que te
sucediera?, ¿es esto lo que esperabas de nosotros? María reacciona con más calma.

Es normal que alguna vez no entendamos una indicación o un consejo. Fijémonos en otras
palabras de san Josemaría: «En muchas ocasiones, [el Señor] nos habla a través de otros hombres,
y puede ocurrir que la vista de los defectos de esas personas, o el pensamiento de si están bien
informados, de si han entendido todos los datos del problema, se nos presente como una
invitación a no obedecer». Al llegar aquí el lector quizá espera que se le advierta del peligro que
esos pensamientos representan. Sin embargo, san Josemaría continúa: «Todo esto puede tener una
significación divina, porque Dios no nos impone una obediencia ciega, sino una obediencia
inteligente»[10].

Una significación divina: a través de esas dudas, Dios nos dice que quiere que obedezcamos con
inteligencia, sin declinar nuestra responsabilidad. Conviene que manifestemos nuestro punto de
vista, nuestras convicciones, «pero seamos sinceros con nosotros mismos: examinemos, en cada
caso, si es el amor a la verdad lo que nos mueve, o el egoísmo y el apego al propio juicio»[11]. A
veces, en efecto, «puede suceder que se esté buscando un consejo que favorezca el propio egoísmo,
que acalle precisamente con su presunta autoridad el clamor de la propia alma; e incluso que se
vaya cambiando de consejero hasta encontrar el más benévolo»[12]. Si no hemos formado la
actitud habitual de que la verdad nos interese más que nuestro propio criterio —en definitiva, si
no somos obedientes—, será fácil que nos engañemos, ahora o en el futuro. La ira o el desconcierto
nos impedirán descubrir lo que el Señor quiere decirnos a través de lo que entonces nos resulta
incomprensible.

María tampoco entendió (Lc 2,50). Pero no se rebeló. Amaba la voluntad de Dios por encima de
todo y sabía bien que hay cosas que solo llegamos a comprender con el tiempo. «Su madre
guardaba todas estas cosas en su corazón» (Lc 2,51)[13]. La Virgen no vivía solo hacia fuera, sino
que consideraba una y otra vez los eventos de su vida para descubrir en ellos la acción de Dios.
María escuchaba, que es lo que significa a fin de cuentas ser obediente, ob-audiens: prestar
atención, permanecer a la escucha. El tiempo juega a favor de quien escucha, se fía y persevera
con calma en una oración serena: permaneciendo abierto a la voz de Dios, descubrirá, como Ella,
esa significación divina y terminará por agradecer incluso la oscuridad de aquellos momentos
difíciles.

María perseveró en su oración. Pasaron veinte años y su Niño le faltó de nuevo. De nuevo tres
días. De nuevo en Jerusalén. Pero entonces Ella ya sabía que no tenía que angustiarse buscándolo,
porque Él estaba en las cosas de su Padre. Y quizás agradeció al Señor aquellas palabras
desconcertantes de sus labios infantiles: ahora sostenían su esperanza en medio de un dolor que
de otro modo la hubiera aplastado.
A su intercesión confiamos que el Señor nos conceda un corazón grande, capaz de ordenar todo en
nuestra vida a la voluntad de Dios. Un corazón libre y abierto, que no se deje encerrar en su propia
visión estrecha. Un corazón capaz de descubrir la acción de Dios en nuestra vida, también a través
de instrumentos humanos, imperfectos. Un corazón capaz de escuchar y esperar, para descubrir
los frutos de su acción en nuestras almas.

[1] Cfr. San Josemaría, Santo Rosario, quinto misterio gozoso.

[2] Cfr. también, por ejemplo, Hb 10,5-7 y otros muchos pasajes.

[3] Cfr. por ejemplo Is 49,15: «¿Puede una madre olvidarse de su criatura? (…) Pues, aunque ella se
olvide, yo no te olvidaré».

[4] San Josemaría, Conversaciones, n. 93.

[5] Cfr. San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 17.

[6] Cfr. Ibidem.

[7] Ibidem.

[8] Ibidem.

[9] Quizá el único valor que conservaría sería el de facilitar la eficacia de una organización. Pero la
obediencia de Jesucristo no se reduce a eso.

[10] Es Cristo que pasa, n. 17.

[11] Ibidem, n. 17.

[12] Conversaciones, n. 93.

[13] Cfr. también Lc 2,19.

Julio Diéguez
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Muy humanos, muy divinos (XVII):


La delicada fuerza de la confianza
La confianza descubre las potencialidades que se esconden en el interior de cada
uno. Nos hace crecer de modo natural, armonioso. Nos hace capaces de más.

29/03/2023

Nadie es un verso suelto: «formamos todos parte de un mismo poema divino»[1]. Los relatos
individuales que tejen la historia de los hombres están entrelazados entre sí por relaciones de
filiación, de fraternidad, de amistad. Nuestro corazón da sus primeros latidos gracias a la vida de
otros, y será luego continuamente animado, consolado, fortalecido —también herido— por
quienes compartan con nosotros el camino de la vida. El hecho de que dependamos de ellos, y
ellos de nosotros, no es un efecto colateral del pecado original, al que deberíamos resignarnos,
sino algo constitutivo de nuestro ser a imagen de Dios.

Aunque nuestra vida en sociedad parece a veces una corriente frenética que tiende a volvernos
individualistas, sabemos que solo somos del todo nosotros mismos en la relación, en la
interdependencia: solo nos encontramos cuando estamos dispuestos a salir de nosotros mismos.
Quienes descubren a fondo esta realidad dejan de ver en sus propios límites obstáculos que les
impiden ser felices. Las relaciones se les revelan entonces como puentes que amplían su mundo[2].
Pero no todos hacen este descubrimiento, o no en la misma medida, y por eso en igualdad de
condiciones de posición social, de educación, de carácter, distintas personas pueden vivir de
modos radicalmente diversos, en función de la calidad de sus relaciones: algunos, perdidos en una
multitud solitaria; otros, siempre acompañados y siempre acompañantes.

Una mirada transformadora

Al final de su paso por la tierra, Jesús dice a sus apóstoles: «a vosotros os llamo amigos» (Jn 15,15).
Aquel que es perfecto Dios y perfecto Hombre, el modelo al que miramos para aprender a ser
hombres, recorre el camino de la vida de la mano de otros. Es algo que percibimos ya desde su
primer encuentro con los doce: Jesús entabla con cada uno de ellos una relación que avanza en un
crescendo de conocimiento, de amistad, de amor, hasta entregarles abierto de par en par su
corazón. El lector del Evangelio conoce las limitaciones, los defectos de los que luego serían
columnas de la Iglesia. ¿Acaso Él no los veía? Obviamente que sí, pero la palabra del Verbo es
creadora; su mirada de amor los potencia, porque es una mirada llena de confianza. Esos hombres
toscos se saben queridos, elegidos, y crecen más de lo que nadie se atrevería a esperar, porque
perciben la confianza del Señor en ellos. Así sucede también en nuestra vida, cuando nos damos
cuenta del amor que Dios nos tiene. Aunque a menudo hablamos de la importancia de creer en
Jesús, no debemos olvidar que lo que más nos transforma es que Él confía en nosotros. Sí, un signo
preciso de que nuestra fe va madurando es que nos apoyamos cada vez más en la confianza que
Dios tiene en nosotros.

Observemos al discípulo que se mantuvo fiel junto a Jesús al pie de la cruz. ¿Cuál es el secreto de
su fortaleza? Quizá precisamente el sobrenombre con el que se refiere a sí mismo: «el discípulo
amado». Juan descubre su identidad en el hecho de ser amado por Jesús: eso dilata sus fuerzas, su
corazón, y lo hace capaz de una fidelidad admirable. Su relato de la última cena refleja hasta qué
punto se había introducido, por la confianza, en el corazón de Jesús. Así es: la confianza nos
permite acceder a un conocimiento mucho más profundo del que es posible solo con la razón.

Al igual que se metió en la vida de los Apóstoles, sus amigos, Dios quiere meterse en la nuestra.
También nuestra relación de amistad con Él puede seguir entonces esa línea ascendente, de modo
que se dilate cada vez más nuestra capacidad de amar. Con un profundo respeto a nuestra
libertad, Jesús nos ofrece su amistad, en la que se manifiesta una confianza que nos descubre
quiénes somos para Él[3]. Para crecer y ejercitar con soltura nuestra libertad, necesitamos tener
cierta seguridad en nosotros mismos; una seguridad fundamentada, sobre todo, en saber que
alguien como Él (y ¿quién como Dios?) apuesta por nosotros… Una convicción así hace posible el
crecimiento, porque cuando algo bueno nos resulta costoso, cuando no nos vemos capaces de
superarnos, la confianza de Dios en nosotros fortalece la nuestra. La confianza sincera descubre
las potencialidades que se esconden en el interior de cada uno, sepultadas con frecuencia por una
baja autoestima o por el miedo al fracaso, e impulsa a desarrollarlas en servicio de los demás: nos
hace crecer de modo natural, armonioso; nos hace capaces de más.

Así es como Jesús quiere a los suyos: sabe a quiénes ha elegido, los conoce mejor que nadie —
mejor que ellos mismos— y apuesta por ellos. Sabe hasta dónde pueden llegar y, contando con el
tiempo y con su correspondencia, los va llevando poco a poco; no tiene prisa en formarlos, porque
sabe que este es un arte que requiere paciencia. Él es un buen maestro y sabe «perder» el tiempo
con ellos, como hacen los amigos. Se gana la confianza de los suyos con su cariño y facilita el
conocimiento mutuo con su disponibilidad paciente, con su comprensión. Este modo de querer,
tan divino y tan humano, forja una verdadera amistad entre el maestro y los discípulos, que los
compromete y saca de ellos lo mejor.

Dejando entrar a Dios hasta el fondo

Al Señor «le interesan tus alegrías, tus éxitos, tu amor, y también tus apuros, tu dolor, tus
fracasos»[4]. Por eso es necesario hablarle con confianza, abrirle de par en par el corazón,
compartir con Él todo lo nuestro. Cuando confiamos de verdad en alguien, nos quitamos las
caretas con las que otras veces nos protegemos: en ese momento nos parecen inútiles; sentimos
que podemos ser nosotros mismos sin temor. Esta confianza desvela la verdad de nuestro ser y nos
da una gran libertad interior. Sabiendo que no hay amistad más sincera que la suya, podemos
dejarle entrar hasta el fondo de la casa de nuestra alma. ¿Lo dejaremos acaso en la sala de estar,
donde acogemos a los invitados?
A medida que crece la amistad, lo natural será que queramos ir mostrándole cada rincón de
nuestra vida: el cuarto de trabajo, para que nos vea realizar nuestra labor escondida; el cuarto de
juegos, donde están las cosas que nos ilusionan, los sueños que nos mueven; también le
mostraremos el trastero, lleno de cosas, algunas más útiles que otras, y de los pedazos que se nos
han ido rompiendo por el camino. Si nos damos a conocer, si encendemos las luces… Él iluminará
los rincones que parecen oscuros y nos ayudará a ver esos espacios en los que hemos de poner
orden. Y lo hará con claridad, pero sobre todo infundiendo esperanza, pues la suya no es una
mirada que juzga, que intimida; es una mirada de amor que fortalece y eleva: es una mirada
creadora y redentora.

La confianza llama a la confianza

El amor humano, en sus mejores expresiones, nos habla del amor de Dios. Experimentar en una
amistad la fuerza impulsora de la confianza, descubrir que alguien cree en nosotros, es algo que
nos mueve a dar lo mejor de nosotros mismos: advertimos que así debe ser la mirada de Dios. Por
eso también nosotros hemos de procurar mirar a los demás como Jesús; aprender de Él a ser luz
para quienes nos rodean. A medida que experimentamos el valor transformador de la confianza
de Dios y de la confianza en Dios, vemos la necesidad de ofrecerla a los demás.

«Dios muchas veces se sirve de una amistad auténtica para llevar a cabo su obra salvadora»[5]. La
confianza que se tienen los buenos amigos es con frecuencia el medio que Dios nos ofrece para
hacernos ver aquello que quizá no nos atrevemos a afrontar solos. Si tenemos la suerte de contar
con amigos de verdad, personas que nos quieren bien, mejores, felices, y nos atrevemos a abrirles
esos espacios de intimidad, habremos experimentado muchas veces que nuestro mundo interior
se enriquece al compartirlo.

Cuando hay un clima de confianza, no hay miedo a que los demás vean nuestras debilidades y
luchas, ni a compartir proyectos y sueños. Sabemos que quien nos quiere nos ayudará
precisamente a superar nuestros límites y a evitar que se conviertan en barreras. En la dinámica
humana de dar y recibir, darnos implica compartir nuestra singularidad, mostrarnos con
autenticidad. Llegar a este punto nos da una libertad muy grande, pero requiere el esfuerzo por
salir de nosotros mismos: la disposición a exponernos, aun sabiendo que eso nos hace vulnerables.
La confianza llama a la confianza, y el riesgo de ser heridos no es comparable con la ganancia que
supone querer y dejarse querer.

Palabra que fortalece, que cura, que anima

La confianza es base para que cualquier relación funcione; para que las personas crezcan personal
y profesionalmente; para toda labor de formación. Por eso, cuando queremos ayudar a otras
personas, inmediatamente destacamos la importancia de la escucha, la comprensión o la
paciencia, etc., pero en realidad necesitamos mucho más: confiar en las personas nos lleva a
mirarlas con optimismo, a creer en ellas, a proyectar sus potencialidades, a tener esperanza en lo
que pueden llegar a ser, de modo que nos ilusionemos también con sus luchas.
«Siguiendo el ejemplo del Señor —escribe san Josemaría—, comprended a vuestros hermanos con
un corazón muy grande, que de nada se asuste, y queredlos de verdad. (...) Al ser muy humanos,
sabréis pasar por encima de pequeños defectos y ver siempre, con comprensión maternal, el lado
bueno de las cosas»[6].

Actuar así no implica alejarnos de la realidad, dejar de ver los límites o defectos de los demás. Si
los queremos bien los querremos mejores: conociéndolos y queriéndolos como son, desde la
amistad y fraternidad que nos une, podremos advertirles de los posibles peligros que se les
escapen, o podremos sugerirles algo que quizá no entienden a primera vista, y los acompañaremos
en el descubrimiento del bien que se esconde detrás de esa nueva perspectiva[7]. El cariño sincero
hacia el otro hace posible un clima de libertad, de confianza, que se manifiesta en la claridad con
que exponemos por qué vemos que le conviene esforzarse en un determinado punto de lucha, de
modo que se sienta acompañado por nosotros en el camino, y no empujado a actuar de manera
irracional. «La función del director espiritual es ayudar a que el alma quiera ―a que le dé la
gana― cumplir la voluntad de Dios»[8].

A veces puede sucedernos que, queriendo ayudar a alguien que parece no escuchar, nos dejamos
llevar por el prejuicio de que en realidad no quiere, no se deja. No podemos olvidar que somos
frágiles, y que el camino, además de aprendizajes, en ocasiones deja heridas que tardan en
cicatrizar. No pocas veces el dolor provocado por esos golpes lleva a construir barreras que aíslan,
que protegen del posible sufrimiento, pero que también hacen difícil recuperar la confianza
necesaria para seguir creciendo.

La palabra que fortalece, que cura, que anima, es la palabra más puramente humana. Solo si hay
confianza, cariño sincero, gratuito, conectaremos con el otro, y nuestra palabra participará, con la
gracia de Dios, de su poder creador: será entonces manifestación de su amor, y ayudará a
cicatrizar esas heridas. «Dios conoce a fondo a cada uno, también los tramos dolientes, y nos mira
a todos con ternura. Aprendamos del Señor a mirar así, a comprender a todos (…), a ponernos en
el lugar del otro»[9]. Hemos de ser pacientes e ir sembrando confianza con cariño, con detalles que
manifiestan nuestro interés sincero. Dios ha querido que necesitemos unos de otros, y actúa en la
historia humana a través de los hombres y de las mujeres, contando con cada uno para que nos
ayudemos mutuamente.

Quien tiene una responsabilidad sobre otros debe estar prevenido ante el riesgo de querer dar
siempre soluciones o respuestas. A veces, casi inconscientemente, podemos pensar que ayudamos
al otro cuando logramos que asuma nuestro modo personal de obtener los mejores resultados. Sin
embargo, la tarea de formación no consiste en conseguir que el otro camine como nosotros
queremos. Pretender que los demás se ajusten a ciertos moldes predeterminados no permite
abrirles horizontes; más bien los podría someter a la frustración de quien no logra cumplir con
ciertas expectativas.

En realidad, una buena formación es aquella que logra que cada uno sea, de la mano de Dios, el
auténtico protagonista de su vida. Quien desea colaborar en esa tarea, tiene el papel de
acompañar, de facilitar el conocimiento propio, haciendo buenas preguntas que ayuden a
reflexionar, dando más pistas que respuestas, aunque esto requiera más esfuerzo. Cuando es cada
uno quien descubre un horizonte y se pone una meta, el esfuerzo por alcanzarla es mucho más
eficaz, porque nace de un motor interior. Aun cuando requiera más tiempo lograr los «resultados»
que cabría esperar, el mismo esfuerzo irá configurando a la persona de un modo bueno, estable,
virtuoso. Haberlo experimentado tantas veces en carne propia nos llevará a dar siempre una gran
importancia a la iniciativa personal, y a estimular el protagonismo de cada uno.

La confianza surge allí donde se percibe el amor de Dios, que es paciente, no se irrita, no lleva
cuentas del mal, sino que todo lo excusa y todo lo cree (cfr. 1 Co 13,4-7). Quien ama así se convierte
en maestro, en referente firme, en fuerza delicada que lleva a los demás mucho más lejos de lo
que parecería posible. ¡Cuántas sorpresas nos llevamos cuando respetamos esa tierra sagrada que
son los demás! El Espíritu Santo puede entonces ayudarlos a dar la mejor versión de sí mismos. Si
tenemos esperanza en lo que pueden llegar a ser, si confiamos en la gracia y en todo lo bueno que
Dios pone en ellos, les daremos alas para volar.

[1] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 111.

[2] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1937.

[3] Cfr. Sal 8,5-7: «¿Qué es el hombre, para que de él te acuerdes, y el hijo de Adán, para que te
cuides de él? Lo has hecho poco menor que los ángeles, le has coronado de gloria y honor. Le das
el mando sobre las obras de tus manos».

[4] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 218.

[5] F. Ocáriz, Carta pastoral, 1-XI-2019, n. 5.

[6] San Josemaría, Carta 27, n. 35.

[7] F. Ocáriz, Carta pastoral, 16-II-2023, nn. 3-6.

[8] San Josemaría, Carta26, n. 38.

[9] F. Ocáriz, Carta pastoral, 16-II-2023, n. 15.

Carmen Córcoles
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Muy humanos, muy divinos (XVIII): Libertad


interior, o la alegría de ser quien eres
Encontrar su centro en el amor de Dios es todo lo que necesita nuestra libertad
para convertirnos en personas únicas, felices, que no se cambiarían por nadie.

04/05/2023

La fama de Jesús se extendía por Galilea. Era un maestro distinto a los demás: hablaba con
autoridad, y su palabra impresionaba… incluso a los demonios. Tras predicar en distintos lugares,
«fue a Nazaret, donde se había criado» (Lc 4,16). San Lucas coloca esta escena al inicio de la vida
pública. El relato tiene tal densidad que se puede ver como un «evangelio dentro del evangelio»:
en pocas líneas no solo se abre solemnemente la misión del Señor, sino que se sintetiza en cierto
modo su vida entera[1]. Jesús va a la sinagoga y se pone en pie para hacer la lectura. Le entregan el
rollo del profeta Isaías; «desenrollándolo, encontró el pasaje donde estaba escrito: “El Espíritu del
Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado a evangelizar a los pobres, a
proclamar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista; a poner en libertad a los oprimidos; a
proclamar el año de gracia del Señor”». Enrolla entonces de nuevo el texto, y se sienta. «Toda la
sinagoga tenía los ojos clavados en él. Y él comenzó a decirles: “Hoy se ha cumplido esta Escritura
que acabáis de oír”» (Lc 4,17-21). Jesús presenta en términos inequívocos su condición de Mesías, y
lo hace con un texto que pone en primer plano el don de la libertad. Eso es lo que él ha venido a
darnos; ha venido a liberarnos del cautiverio y la opresión del pecado.

La libertad: los primeros cristianos eran conscientes de que este don se encontraba en el centro de
su fe, y por eso san Pablo hará de él un tema constante de sus cartas. Jesús nos libera del peso del
pecado y de la muerte, del destino ciego que gravaba sobre las religiones paganas, de las pasiones
desordenadas y de todo lo que hace miserable la vida del ser humano sobre la tierra. Sin embargo,
la libertad no es solamente un don, sino al mismo tiempo una tarea. Como escribe el apóstol de las
gentes, «para la libertad nos ha liberado Cristo. Manteneos, pues, firmes, y no dejéis que vuelvan a
someteros a yugos de esclavitud» (Ga 5,1). Es preciso, pues, custodiar la libertad, vivir a la altura
de este regalo, y no abandonarse de nuevo a la facilidad de la esclavitud. Los primeros cristianos
tenían marcada a fuego esta convicción; pero ¿y nosotros? Muchos hemos sido bautizados cuando
éramos unos recién nacidos. ¿Qué pueden significar para nosotros las palabras de Isaías que citó
el Señor en Nazaret? ¿Y esa llamada a vivir en libertad, sin someternos, de la que habla san Pablo?

Si solo se tratara de poder elegir

Al hablar de libertad, a menudo pensamos en una simple condición, una cualidad de nuestras
acciones: actúo con libertad cuando puedo hacer lo que quiero, sin que nadie me obligue o me
coarte. Es la experiencia de libertad que tenemos cuando podemos elegir por nosotros mismos.
Ante una pregunta como, por ejemplo: «¿Comerá tarta de chocolate o fruta?», parece más libre
quien puede elegir cualquiera de los dos y elige lo que prefiere, por el motivo que considera más
oportuno. Una persona diabética, en cambio, se ve obligada a pedir fruta. En este sentido preciso,
es más libre quien puede elegir más: quien tiene más alternativas y menos elementos que la
determinen en una dirección. Por eso tener dinero da una gran sensación de libertad: se abren
muchas oportunidades que están vedadas a quien carece de él. También la ausencia de
compromisos da una gran sensación de libertad, pues aparentemente no hay nada que dicte o
restrinja las propias decisiones.

Desde luego, la ausencia de coerciones forma parte de la condición de libertad, pero no la agota.
De hecho, algunos de los modelos de libertad que recorren la historia han vivido entre rejas. El
ejemplo de Thomas More en la Torre de Londres es paradigmático. Desde el punto de vista de la
capacidad de elección, no era libre en absoluto; y sin embargo… Lo mismo vale para personajes
más recientes, o para los primeros mártires. Toda forma de persecución es un intento de acabar
con la libertad, pero no hay modo meramente externo de lograrlo. Por eso, dice Jesús: «No tengáis
miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma» (Mt 10,28). La libertad no es
simplemente una condición, sino la capacidad de decidir —o de tomar partido por un tipo de
conducta— en lo más íntimo de nuestro ser, más allá de lo que dicten las circunstancias en que nos
movemos.

Por otra parte, la libertad que experimentamos en nuestras elecciones puntuales suele tener un
alcance más bien reducido. Cuando pensamos en personas que han pasado a la historia por el
modo en que han vivido su libertad, no es eso lo que suele destacar. Podemos repasar
mentalmente el nombre de tres o cuatro personas —conocidas por todo el mundo o simplemente
cercanas a nosotros— que tengamos por modelos de libertad. ¿Qué destaca en su vida? ¿Qué las
convierte en modelos para nosotros? Seguramente no las admiramos porque hayan podido elegir
siempre qué comida preferían, o porque, para poder cambiar de pareja cuando se les antojara,
nunca se llegaran a casar. Se trata más bien de personas que se han liberado de todo lo que
pudiera atarles, para entregarse plenamente a algo (una causa valiosa) o a alguien; para dar la
vida entera. Y son ejemplos de libertad justamente porque llevan esa entrega hasta el final. Si
Thomas More hubiera jurado fidelidad a Enrique VIII contra su conciencia, aunque lo hubiera
hecho libremente, no habría pasado a la historia del mismo modo en que lo ha hecho. Si san Pablo,
en lugar de esforzarse por dar a conocer a Cristo hasta dar la vida por él, hubiera decidido dejar su
llamada y volver a establecerse como tejedor de tiendas, aunque lo hubiera hecho libremente, no
nos parecería un modelo de libertad. De ahí que, para entender a fondo la libertad, sea necesario
ir más allá de la simple capacidad de elegir.

Un tesoro por el que dar la vida

El Evangelio nos habla de una experiencia de libertad que consiste precisamente en renunciar a
toda posibilidad de elección: «El reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo: el
que lo encuentra, lo vuelve a esconder y, lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra el
campo. El reino de los cielos se parece también a un comerciante de perlas finas, que al encontrar
una de gran valor se va a vender todo lo que tiene y la compra» (Mt 13,44-46). Los personajes de
estas breves parábolas lo dejan todo por algo que lo merece. Renuncian a elegir, se comprometen
plenamente con algo, y no les parece que estén tirando su libertad, sino haciendo con ella lo mejor
que pueden hacer. En realidad, esta es la experiencia de cualquier enamorado. No le importa no
poder salir con otras personas: lo ha dado todo por aquella a la que ama; solo desea amarla y
enamorarla más cada día. Y no le parece que así esté tirando su libertad: al contrario, entiende que
no puede hacer nada mejor con su libertad que amar a esa persona, ese tesoro, esa perla
valiosísima.

Ya solo esta consideración permite darse cuenta de que la libertad de elección, aun siendo una
dimensión de la libertad, se ordena a otra más profunda: la que consiste en poder amar algo (o a
alguien). Esta otra dimensión se podría denominar libertad de adhesión. Es la libertad que
ponemos por obra al amar, y que permite comprender que «la libertad y la entrega no se
contradicen; se sostienen mutuamente»[2]. Al dar la vida entera, no se pierde libertad, sino que se
vive con mayor intensidad: «en la entrega voluntaria, en cada instante de esa dedicación, la
libertad renueva el amor, y renovarse es ser continuamente joven, generoso, capaz de grandes
ideales y de grandes sacrificios»[3]. Cuando, tras una jornada intensa, solo nos queda un rato libre
al final del día y, dándonos cuenta de que no hemos dedicado un tiempo todavía a la oración,
decidimos hacer eso en vez de descansar viendo las noticias, estamos empleando nuestra libertad
en un sentido que sostiene nuestra entrega; la clave que resuelve ese dilema sin plantearnos
conflictos está, de nuevo, en el amor. Asimismo, la madre de familia, al atender, por amor, a un
hijo enfermo que cambia sus planes, lo hace libérrimamente, y esa entrega le da una alegría que
no obtendría haciendo lo que le apetecía o le convenía más en ese momento.

Pero aún podemos dar un paso más. Cuando abrazamos algo (o a alguien) con nuestra vida entera,
ese amor nos va configurando, nos va haciendo ser cada vez más «nosotros mismos»: una persona
única, con nombre y apellidos. Por ejemplo, Teresa de Calcuta. Imaginemos por un momento que
le hubieran ofrecido un chalet para pasar apaciblemente sus últimos años de vida, y una ONG para
ocuparse de los pobres a los que ella atendía. ¿Qué habría respondido? La libertad con la que vivía
su vida no consistía en poder dejarlo todo e irse a descansar tranquilamente, sino precisamente en
abrazar un bien —a Cristo, presente en los más pobres— con su vida entera y en despojarse, a su
vez, de todo aquello que entorpeciera ese ideal.

En realidad, fácilmente podríamos encontrar ejemplos similares en la vida de otras muchas santas
y santos. Lo que les movía en todo caso era el deseo de ser fieles al Amor al que habían entregado
todo; responder a la llamada que los había enviado en medio del mundo, con una misión que iba
dando forma a su vida. Podemos recordar, por ejemplo, lo que nuestro Padre escribía en 1932:
«Dos caminos se presentan: que yo estudie, gane una cátedra y me haga sabio. Todo esto me
gustaría y lo veo factible. Segundo: que sacrifique mi ambición, y aun el noble deseo de saber,
conformándome con ser discreto, no ignorante. Mi camino es el segundo: Dios me quiere santo, y
me quiere para su Obra»[4]. Esto es lo que se puede denominar libertad interior: la fuente que
explica que mis acciones no responden ni al capricho de un momento, ni a mandatos externos, ni
siquiera al frío valor objetivo de las cosas, sino a ese tesoro escondido por el que lo he dado todo:
el Amor que ha venido a buscarme y me llama a seguirle. Desde esa llamada, mucho mejor que
desde una serie de obligaciones externas, se entienden las locuras de los santos.

Lógicamente, obrar con libertad interior no significa que no haya cosas que nos cuesten. En el
plano de nuestra vida ordinaria, el Padre ha recordado con frecuencia algo que san Josemaría
solía decir: «no es lícito pensar que solo es posible hacer con alegría el trabajo que nos gusta»[5].
Glosando esta frase, ha escrito: «Se puede hacer con alegría —y no de mala gana— lo que cuesta, lo
que no gusta, si se hace por y con amor y, por tanto, libremente»[6]. Se hace con plena libertad,
porque se comprende que responde al amor que llevamos en el corazón. En otras palabras, quizá
hoy no tengo muchas ganas, quizá no acabo de entender por qué tengo que hacer precisamente
esto… pero lo hago porque sé que forma parte del amor que he abrazado con mi vida, y en esa
misma medida soy capaz de amarlo. Cuando actúo de ese modo, no lo hago de manera automática
o simplemente porque «hay que hacerlo», sino «por y con amor», con voluntariedad actual. Con el
tiempo, lo que ahora hago a contrapelo, movido por el amor a quien he entregado mi vida,
adquirirá su sentido más hondo. «Percibir la propia vocación como un don de Dios —y no como un
simple entramado de obligaciones—, incluso cuando suframos, es también una manifestación de
libertad de espíritu»[7].

La libertad como respuesta

En su concepción de la libertad, una parte importante de la cultura actual no logra, tantas veces,
ver más allá de la capacidad de elegir en cada instante sin coerción ni determinación ninguna:
parece que, si eso se pone en cuestión, la libertad se esfuma. Sin embargo, es un hecho que escoger
una cosa significa muchas veces renunciar a otras; que querer no significa necesariamente poder,
y que lo que nos parece un proyecto firme puede naufragar fácilmente. La antropología cristiana
propone una relación mucho más armónica y serena con la libertad, desde el momento en que la
comprende como un don y una llamada. Hemos sido «llamados a la libertad» (Ga 5,13); y no a una
libertad amorfa o sin sentido, sino a «la gloriosa libertad de los hijos de Dios» (Rm 8,21). La verdad
de nuestra filiación divina es la que nos hace libres (cfr. Jn 8,31-32). Por eso, nuestra libertad no es
una actividad espontánea, que brota sin saber de dónde ni hacia dónde. Nuestra libertad es, en su
dimensión más honda, una respuesta al Amor que nos precede. De ahí que san Josemaría pudiera
describir la vida interior, en lo que tiene de lucha, como un obrar «porque nos da la gana (…)
corresponder a la gracia del Señor»[8]. Libremente abrazamos a quien «nos amó primero» (cfr. 1Jn
4,19), y procuramos, con todas nuestras fuerzas, corresponder a ese amor. Y esto, que puede
parecer algo abstracto, tiene en realidad algunas consecuencias muy concretas. Por ejemplo, ante
las distintas elecciones que realizamos cada día, podríamos preguntarnos: «esto voy a hacer, ¿a
dónde me lleva?, ¿está en la línea del amor de Dios, de mi condición de hijo?».

Por otra parte, cuando vivimos la libertad como respuesta descubrimos que no hay motor más
potente en nuestra vida que mantener viva la memoria del Amor que nos llama. También en el
plano humano es así: no hay fuerza mayor, para cualquier persona, que la conciencia de ser
amado. Como la enamorada que sabe que su amado cuenta con ella: «¡La voz de mi amado! Ya está
aquí, ya viene saltando por los montes, brincando por los cerros (...). Vedle. Está detrás de nuestra
tapia. Mira por las ventanas, atisba por las celosías. (...) ¡Levántate, ven, amada mía, hermosa mía,
vente! Que ya pasó el invierno, las lluvias ya cesaron, se fueron» (Ct 2,8-11). Quien se sabe amado
así por Dios, llamado a encender el mundo entero en su Amor, está dispuesto a lo que haga falta.
Todo le parece poco en comparación con lo que ha recibido; se dirá, como algo evidente: «¡Qué
poco es una vida para ofrecerla a Dios!»[9]. Darnos cuenta de que «Dios nos espera en cada
persona (cfr. Mt 25,40), y que quiere hacerse presente en sus vidas también a través de nosotros,
nos lleva a procurar dar a manos llenas lo que hemos recibido. Y en nuestras vidas, hijas e hijos
míos, hemos recibido y recibimos mucho amor. Darlo a Dios y a los demás es el acto más propio de
la libertad»[10].

No hay temor ni mandato externo que pueda mover un corazón como lo hace la fuerza de la
libertad que se identifica con su Amor, hasta los detalles más pequeños. San Pablo lo decía con la
convicción de quien lo ha vivido a fondo: «Ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni principados, ni
presente, ni futuro, ni potencias, ni altura, ni profundidad, ni ninguna otra criatura podrá
separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor» (Rm 8,38-39).
Lógicamente, para que el Amor de Dios tenga esa fuerza en nosotros, necesitamos cultivar una
profunda intimidad con él, en primer lugar en la oración. Ahí, contemplando al Señor aprendemos
el camino de la libertad, y ahí también abrimos nuestro corazón a la acción transformadora del
Espíritu Santo.

Que la verdadera libertad toma forma de respuesta, de un gran «sí», tiene que ver también con
parte de la herencia que, en lo humano, san Josemaría quiso dejar a sus hijos: el buen humor[11].
No se trata simplemente de un rasgo de personalidad, sino de una auténtica fortaleza —virtus— de
la libertad. Si la vida de los cristianos se fundamentara en una decisión ética, en la lucha por
realizar una idea, casi todos terminarían en alguna forma de cansancio, de desánimo o de
frustración. No todos, porque hay temperamentos más fuertes, que se sienten incluso estimulados
al verse obligados a nadar contracorriente, pero sí casi todos. Sin embargo, la situación es muy
distinta si la vida cristiana tiene su origen en el encuentro con una Persona que ha venido a
buscarnos[12]. Este origen es el mismo que nos sostiene mientras buscamos la meta con todas
nuestras fuerzas, por pocas que nos parezcan: «No es que ya lo haya conseguido o que ya sea
perfecto: yo lo persigo, a ver si lo alcanzo como yo he sido alcanzado por Cristo» (Flp 3,12). Es él
quien nos alcanzó, él quien se fijó en nosotros, él quien ha creído en nosotros. Por eso, si palpamos
nuestra pequeñez, nuestra miseria, el barro —humus— del que estamos hechos, nuestra respuesta
será tan humilde como llena de humor: responderemos desde una mirada que, «más allá del
simple carácter natural, permite ver el lado positivo ―y, si es el caso, divertido― de las cosas y de
las situaciones»[13]. Claro que somos de barro; si en algún momento hemos intentado levantar el
vuelo no es porque hayamos perdido eso de vista, sino porque hay Alguien que nos conoce mejor
que nosotros mismos y que nos invita a dar ese paso.

Es muy hermoso —y tiene su gracia— el diálogo que entabla con el Señor el profeta Jeremías (Jr
1,5-8). Pocos profetas sufrieron tanto como él por hacer presente la palabra de Dios en medio de su
pueblo. La iniciativa había sido de Dios: «Antes de formarte en el vientre, te elegí; antes de que
salieras del seno materno, te consagré: te constituí profeta de las naciones». Jeremías, por su parte,
no parece percibir más que su propia inadecuación: «Yo repuse: —¡Ay, Señor, Dios mío! Mira que
no sé hablar, que solo soy un niño». Pero Dios no se da por vencido: «No digas que eres un niño,
pues irás adonde yo te envíe y dirás lo que yo te ordene». ¿Cómo podrá ir adelante el profeta?,
¿cuál será su seguridad? ¿El mandato que ha recibido? Mucho más que eso: «—No les tengas
miedo, que yo estoy contigo para librarte». A veces, el peor enemigo de nuestra libertad somos
nosotros mismos, sobre todo cuando perdemos de vista el auténtico fundamento de nuestra
existencia.

A fin de cuentas, lo sorprendente no es que seamos débiles y caigamos, sino que, siéndolo, sigamos
levantándonos de nuevo; que siga habiendo lugar, en nuestro corazón, para soñar los sueños de
Dios. Él cuenta con nuestra libertad y con nuestro barro. Es cuestión de mirarle más a él, y menos
a nuestra incapacidad. La intimidad con Dios, la confianza en él: de ahí surgen la fuerza y la
levedad que hacen falta para vivir en medio del mundo como hijos de Dios. «Un escritor dijo que
los ángeles pueden volar porque no se toman demasiado en serio. Y nosotros quizá podríamos
volar un poco más, si no nos diéramos tanta importancia»[14].

[1] Cfr. J.M. Casciaro, «El Espíritu Santo en los evangelios sinópticos», en P. Rodríguez et al. (eds.),
El Espíritu Santo y la Iglesia, Eunsa, Pamplona 1999, 65.

[2] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 31.

[3] Ibídem.

[4] San Josemaría, Apuntes íntimos, n. 678, cit. en Camino, edición crítico-histórica.

[5] San Josemaría, Carta 13, n. 106.

[6] Mons. F. Ocáriz, Carta pastoral, 9-I-2018, n. 6.

[7] Mons. F. Ocáriz, Carta pastoral, 9-I-2018, n. 7.

[8] San Josemaría, Carta 2, n. 45.

[9] San Josemaría, Camino, n. 420.

[10] Mons. F. Ocáriz, Carta pastoral, 9-I-2018, n. 4.

[11] Cfr. San Josemaría, Carta 24, n. 22.


[12] Cfr. Benedicto XVI, Enc. Deus caritas est, n. 1.

[13] Mons. F. Ocáriz, Carta pastoral, 9-I-2018, n. 6.

[14] Benedicto XVI, Entrevista en Castelgandolfo, 5-VIII-2006.

Lucas Buch – Carlos Ayxelà

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muy-divinos-xviii-libertad-interior-alegria/ (26/08/2023)
[Link]

Muy humanos, muy divinos (XIX):


Para dar lo mejor de cada uno
Las virtudes dan brillo a nuestra personalidad y nos hacen flexibles
para descubrir el bien en las diversas situaciones cotidianas.

29/05/2023

Un poeta imaginaba cómo las aves de las zonas costeras, sostenidas por la brisa, vuelan ebrias por
el gozo de contemplar siempre la espuma del mar y la belleza del cielo. Si no tenemos la suerte de
vivir al borde del océano, tal vez podemos recordar la impresión que se apodera de nosotros cada
vez que volvemos de visita; no solo por la inmensidad del mar, por sus colores o por el ambiente
que genera, sino también por su sonido. De hecho, ya son infinidad las grabaciones del sonido del
mar que permiten, desde cualquier rincón del mundo, ganar un pequeño acceso a ese conjunto de
voces —del agua, de las rocas, de las aves, de la arena— tan tonificadoras para quien las escucha.
San Josemaría imaginaba las virtudes precisamente como cada uno de estos sonidos, tan distintos
en timbre e intensidad, pero que en conjunto forman la música marina: «Así como el clamor del
océano se compone del ruido de cada una de las olas, así la santidad de vuestro apostolado se
compone de las virtudes personales de cada uno de vosotros»[1].

Ser perfectos no es ser iguales

Escribe san Jerónimo que «Jesucristo no manda cosas imposibles, sino perfectas»[2]. Ante esto
podríamos objetar que justamente lo perfecto se nos aparece muchas veces como imposible.
¿Quién se atreve a decir sobre sí mismo que sus acciones son «perfectas»? Además, los testimonios
de los santos van precisamente en dirección contraria: ellos, conforme se acercan a la luz de Dios,
son cada vez más conscientes de sus imperfecciones. La perplejidad aumenta si caemos en la
cuenta de que el fragmento del Evangelio al que se refiere san Jerónimo es precisamente un
mandato de Jesús: «Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto» (Mt 5,48). ¿Qué
misterio esconden estas palabras?

Una primera aclaración necesaria tiene que ver quizá con nuestra comprensión de «perfecto»
como algo insuperable en su especie, algo que ya no puede mejorar más. Aplicada a la conducta de
una persona, una tal idea de «perfección» puede alejarla tanto de nuestra experiencia común que
incluso puede llegar a generarnos cierta repulsión. Sin embargo, el sentido más frecuente con el
que se utiliza esta palabra en la Biblia tiene que ver con algo completo, realizado, que da todo lo
que puede dar de sí. Se entiende así mejor que la invitación de Cristo a «ser perfectos» no es como
el colofón de una lista de criterios a cumplir en todos los ámbitos de la vida, sino la coronación de
un discurso en el que se habla de amar a todos, amigos y enemigos, como los ama Dios (cfr. Mt
5,43-48). «Ser santos no es hacer cada vez más cosas o cumplir ciertos estándares que nos hayamos
impuesto. El camino a la santidad, como nos explica san Pablo, consiste en corresponder a la
acción del Espíritu Santo, hasta que Cristo esté formado en nosotros (cfr. Ga 4,19)»[3].

En continuidad con este sentido de «perfección», el Catecismo de la Iglesia habla de las virtudes
humanas señalando en primer lugar cómo «permiten a la persona no solo realizar actos buenos,
sino dar lo mejor de sí misma»[4]. Así como, para generar el sonido del mar, se mezclan todas las
olas, siempre una distinta de la otra, en una vida santa suenan en armonía cada una de las
virtudes: juntas dan forma a la mejor versión de cada uno. Y como en el mundo no hay dos
personas iguales, tampoco hay dos maneras iguales de conjugar cada una de las virtudes. Para
hacernos santos, es decir, para llevarnos hacia él, Dios cuenta con cada una de nuestras
características, únicas, que él conoce mucho mejor que nosotros. Corresponde a cada uno
adentrarse en «el misterio del proyecto único e irrepetible que Dios tiene para cada uno y que se
realiza en medio de los más variados contextos y límites»[5]: hacer realidad, con la gracia de Dios y
con nuestra libertad, al hijo amado, a la hija amada con los que el Señor ha soñado desde la
eternidad. Por eso, desde muy pronto, decía san Josemaría a quienes se acercaban al Opus Dei:
«Habéis de ser tan varios, como variados son los santos del cielo, que cada uno tiene sus notas
personales especialísimas»[6].

La santidad es un traje a la medida

Las distintas virtudes no solo nos ayudan a optar por el bien en lugar del mal en una acción
concreta; eso es bastante, pero es todavía poco. En realidad, ese dominio sobre nosotros mismos
que constituyen las virtudes, la ordenación de nuestras fuerzas hacia el amor, nos impulsa a
escoger lo mejor por encima de lo mediocre. A veces, una comprensión reductiva de la virtud ha
hecho que la pensemos como un compromiso entre dos extremos negativos, como una mitad
geométrica entre dos polos que queremos evitar. Así, en lugar de mirar hacia la cima, nos
cuidamos más de no caer en el barranco de la derecha o de la izquierda. Y, sin embargo, Dios nos
ha dado a cada uno nuestra propia cima, que corresponde a nuestro propio paisaje geológico, en el
que emprendemos el camino; y en ese paisaje tenemos que descubrir tanto los distintos obstáculos
o peligros que nos acechan como los terrenos en los que nuestras pisadas se agarran mejor al
suelo.

Al comentar la ética aristotélica, santo Tomás señala que «lo medio para nosotros es lo que no
excede ni falta de la debida proporción para nosotros. Por eso, este medio no es el mismo para
todos»[7]. El santo dominico lo explica con la imagen del calzado, para el que cada persona tiene
que encontrar su propia talla; el filósofo griego, por su parte, se sirve de la imagen de la comida, en
el sentido de que no son sobrios de la misma manera un atleta y alguien que no realiza apenas
ejercicio físico. Al no existir una manera única de vivir las virtudes, no parece un buen camino
intentar escribir recetas universales para que alguien se torne en una persona ordenada, generosa
o humilde. Además, como también comprendió Aristóteles, uno no llega a ser virtuoso solo por
realizar externamente una serie de actos, sino por realizarlos con unas disposiciones interiores
específicas: «En primer lugar, si sabe lo que hace; luego, si las elige y las elige por ellas mismas; y,
en tercer lugar, si las hace con firmeza e inquebrantablemente»[8]. Por eso, si el ambiente
formativo no impulsa a que las personas comprendan el interés de adquirir tal o cual virtud, y la
escojan libremente movidos por el amor, los actos externos que supuestamente trabajan en esa
dirección corren el riesgo de estar obrando en vano.

Deslumbrada por el hecho de que, para hacernos santos, el Señor quiera contar con los rasgos
personales de cada uno, rezaba una mujer sencilla: «Haznos vivir nuestra vida, no como un juego
de ajedrez en el que todo se calcula, no como un partido en el que todo es difícil, no como un
teorema que nos rompe la cabeza, sino como una fiesta sin fin donde se renueva el encuentro
contigo, como un baile, como una danza entre los brazos de tu gracia»[9].

Músculos que se flexionan en cualquier dirección

Uno de los indicadores de una buena forma física es que los músculos tienen una gran elasticidad.
A base de ejercicios de estiramiento y de un buen cuidado de las articulaciones, el cuerpo puede
alcanzar posiciones incluso difíciles de imaginar. Mantener esta flexibilidad muscular ayuda a
evitar problemas causados por malas posturas continuadas y reduce la probabilidad de lesionarse.
Algo análogo sucede con las virtudes en la vida espiritual, y por eso san Josemaría solía decir que
«la santidad tiene la flexibilidad de los músculos sueltos»[10]. En ese sentido, explica, del mismo
modo que a veces el amor de Dios nos llevará a esforzarnos por hacer algo que nos cuesta, otras
veces nos llevará a optar por algo más cómodo y a agradecérselo.

No es casualidad que la palabra «virtud» provenga del latín virtus, que significa capacidad o
fuerza, precisamente como los músculos. Las virtudes, en la medida en que han pasado a formar
parte de nosotros, no solo nos permiten realizar los actos buenos con gusto y facilidad, sino que
nos hacen flexibles para adoptar la dirección que pueda requerir cada circunstancia. Es verdad
que las virtudes nos llevan a hacer las cosas de manera ordenada; pero, más profundamente, nos
llevan a ser nosotros mismos ordenados, aunque en alguna circunstancia pueda no parecerlo
externamente, o no sea oportuno concretarlo en una determinada manera.

Se cuenta que san Carlos Borromeo, siendo un joven obispo, tenía fama de ser una persona muy
austera, que comía y bebía solo pan y agua, en las cantidades indispensables; sin embargo, si eso
favorecía la relación con algunos, no tenía problema en tomar vino con la frecuencia que fuera
necesaria[11]. «Si los cristianos actuáramos de otro modo —apostillaba el fundador del Opus Dei­—,
correríamos el riesgo de volvernos tiesos, sin vida, como una muñeca de trapo»[12]. Precisamente
una de las cosas que más llama la atención de las muñecas de trapo es que no pueden dejar de
sonreír. A todos nos gusta estar rodeados de personas alegres, pero porque lo son libremente, en el
momento adecuado y con la medida adecuada, no porque han llegado a incorporar
mecánicamente un determinado comportamiento.

San Francisco de Sales, muy al principio de su correspondencia con la que un día sería santa Juana
de Chantal, la ponía en guardia contra la posible falta de libertad de hija de Dios hacia la que podía
deslizarse, incluso a través de sus anhelos de vida cristiana. «Un alma que se ha apegado al
ejercicio de la meditación, interrúmpela, y la verás salir con pena, ansiosa y asombrada. Un alma
que tiene verdadera libertad saldrá con rostro ecuánime y corazón bondadoso al importuno que la
ha molestado, porque todo es uno, o servir a Dios meditando, o servirle soportando al prójimo;
ambas cosas son voluntad de Dios, pero el soportar al prójimo es necesario en este momento»[13].

***

«¡Sed valientes!», animaba el Papa Francisco a un grupo de jóvenes polacos. «El mundo necesita
vuestra libertad de espíritu, vuestra mirada confiada en el futuro, vuestra sed de verdad, bondad y
belleza»[14]. La fuerza y la flexibilidad que nos ganan las virtudes son como el clamor del océano
que insiste en mostrarnos su novedad y su belleza; además, manifiestan al Espíritu Santo nuestra
docilidad para que Cristo se forme en nuestra alma de una manera única en la historia. No es
extraño que el Catecismo nos hable de las virtudes precisamente en el capítulo sobre «la vocación
del hombre»[15]: porque estamos llamados a vivir esa vida divina, estamos llamados a levantar la
mirada hacia el horizonte, como aquellas aves costeras, confiados en que Dios sostiene nuestra
lucha.

[1] San Josemaría, Camino, n. 960.

[2] San Jerónimo, citado en Catena Aurea, comentarios a Mt 5, 43-48.

[3] Mons. Fernando Ocáriz, Carta pastoral 28-X-2020, n. 6.

[4] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1803.

[5] Francisco, Gaudete et exsultate, n. 170.

[6] San Josemaría, Camino, n. 947.

[7] Santo Tomás de Aquino, Comentario a la Ética a Nicómaco, Libro II, lección VI.

[8] Aristóteles, Ética a Nicómaco, 1105a-1105b.

[9] Sierva de Dios Madeleine Delbrêl, “El baile de la obediencia”.

[10] San Josemaría, Forja, n. 156. Citado en mons. Fernando Ocáriz, Carta pastoral, 28-X-2020, n. 6.

[11] Cfr. carta de san Francisco de Sales a la baronesa de Chantal, 14-X-1604.

[12] Forja, n. 156.


[13] San Francisco de Sales, carta a la baronesa de Chantal, 14-X-1604.

[14] Francisco, Mensaje, 15-VIII-2018.

[15] Catecismo de la Iglesia Católica, Tercera parte, Primera sección.

Andrés Cárdenas Matute

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muy-divinos-xix-virtudes-dar-mejor-cada-uno/ (26/08/2023)
[Link]

El reino de Dios y su justicia: la justicia (II)


Las relaciones más importantes de nuestra vida definen los deberes más
importantes. La justicia nos dibuja una especie de mapa para no perderlos
de vista. Editorial de la serie sobre virtudes “Muy humanos, muy divinos”.

01/08/2023

La tarde avanza en la plaza del pueblo, y el amo de la viña encuentra aún a otros obreros sin
ocupación. «Nadie nos ha contratado», le responden. El amo los manda a trabajar a su viña,
aunque quede ya poco para que oscurezca (cfr. Mt 20,7). La convicción de que la justicia social
depende concretamente de sus propias decisiones lleva al propietario de la viña a contratar a
aquellos pobres hombres. Por culpa suya o no, habían perdido todo el día, y quizá carecerían hasta
de lo más indispensable para subsistir. Sobre todo, sufrirían por no sentirse útiles, lo cual supone
una angustia existencial profunda. El amo de la viña, pues, no se limita a darles dinero, sino que
les ayuda a dotar su vida de sentido. Jesús no propone una solución política, pero quiere subrayar
que el «hambre y sed de justicia» (Mt 5,6) debe llevarnos a buscar soluciones creativas para los
problemas sociales, y que nunca será una actitud cristiana centrarse exclusivamente en las
cuestiones personales.

Calor de la caridad, solidez de la justicia

La misma justicia que nos lleva a reconocer a los demás en sus diferencias y, por tanto, a respetar
todo lo que les pertenece (su vida, su buena fama, sus propiedades) requiere reflexionar sobre los
elementos mínimos que son necesarios para una vida humana digna, y actuar en consecuencia. Si
Dios nos regaló todos los bienes de la tierra para que los hombres y mujeres disfrutemos de la vida
en comunidad, no puede dejarnos indiferentes que, mientras algunos gozan de vidas holgadas,
otros se mueran de hambre o no puedan beneficiarse, por ejemplo, de una educación que les
abriría las puertas a nuevas posibilidades.

«El mundo existe para todos, porque todos los seres humanos nacemos en esta tierra con la misma
dignidad. (...) Por consiguiente, como comunidad estamos conminados a garantizar que cada
persona viva con dignidad y tenga oportunidades adecuadas a su desarrollo integral»[1]. Los
desafíos ecológicos, por ejemplo, no pueden abstraerse de una reflexión sobre la justicia. Más allá
de la legítima opinión que se tenga sobre los distintos problemas y sus posibles soluciones, un
cristiano siempre deberá sentirse responsable acerca del tipo de mundo que queremos dejar a las
próximas generaciones.

El calor de nuestra caridad y la solidez de nuestra justicia nos darán los criterios y la fuerza
necesaria para vivir de la mejor forma posible nuestras relaciones con los demás. Lógicamente, los
vínculos de la caridad condicionan nuestros deberes de justicia y estas dos virtudes determinan
muchas de las decisiones que tomamos cotidianamente: preocuparme por mi familia tiene
prioridad sobre otras posibles iniciativas sociales. El «orden de la caridad»[2] en el que insistía san
Josemaría es también un orden de la justicia: no sería justo en el trato con mi madre enferma si no
encontrara tiempo para visitarla por estar ocupado con proyectos solidarios muy valiosos, pero
que me impiden vivir mis deberes de hija o de hijo. Si la generosidad desmedida del propietario de
la viña, preocupado de que muchos gozaran de un trabajo digno, le llevara a poner en riesgo la
solvencia familiar, no sería del todo justo hacia los suyos.

Pero los vínculos de justicia también nos ayudan a afinar en la caridad. El amor hacia la propia
familia y conocidos podría ser a veces desordenado y llevarnos a refugiarnos en nuestra vida
privada, sin querer darnos cuenta de las necesidades de tantos hombres y mujeres a nuestro
alrededor; también podría llevarnos a buscar siempre la ventaja para los nuestros, incluso
dañando a terceros. Por eso nos hace bien observar la actitud del dueño de la viña: a pesar de que
tenía una situación cómoda y placentera, en la que gozaba probablemente de abundantes
riquezas, decide complicarse la vida; recorre varias veces las calles y ofrece a muchos obreros la
oportunidad de recibir dinero por su trabajo. Así es el hambre de justicia de quienes siguen a
Jesús, que los lleva a abandonar la propia comodidad.

Caridad y justicia, en fin, necesitan entrelazarse en una visión de la realidad regida por una
conciencia viva de todo lo que en nuestra persona y en nuestra vida es relación. «La justicia que
puede ser fundamento estable de la paz es la justicia de los hijos de Dios, la justicia vivificada por
la caridad que ve hermanos en los demás, hijos del mismo Padre celestial»[3]. Nuestra santidad
consiste, en buena medida, en descubrir que el otro forma parte de nuestra vida.

Relaciones y deberes

En la Escritura la palabra «justicia» tiene un significado mucho más rico que en su acepción
actual. «La justicia no es una abstracción ni una utopía. En la Biblia, es el cumplimiento honesto y
fiel de todo deber para con Dios, es hacer su voluntad»[4]. Cuando se afirma, por ejemplo, que san
José era justo, se nos quiere dar a entender que era santo, es decir, que en cada situación hacía lo
correcto. Una dimensión muy importante de todas las decisiones del santo Patriarca era la de
sopesar sus deberes hacia el Señor y hacia las demás personas, especialmente hacia María, para
ordenar las prioridades de su vida y de su corazón. La persona justa no es tanto quien se cree la
medida de todas las cosas como quien se deja medir y organiza su vida según sus relaciones con
los demás. «El justo vivirá de la fe» (Hb 10,38).

Al leer las obras de san Josemaría puede sorprendernos que, junto con pasajes en los que describe
el amor y la entrega como rasgos distintivos de la vida cristiana, en muchas otras ocasiones afirme
que la santidad consiste sencillamente en cumplir el deber de cada instante. «Nuestra vida —la de
los cristianos— ha de ser así de vulgar: procurar hacer bien, todos los días, las mismas cosas que
tenemos obligación de vivir; realizar en el mundo nuestra misión divina, cumpliendo el pequeño
deber de cada instante»[5]. Que el concepto de «deber» goce de una posición tan destacada en sus
escritos puede despertar cierto desconcierto en el lector o creyente contemporáneo. En efecto,
convertir el ideal cristiano en el cumplimiento puntilloso de un cúmulo de mandamientos no solo
es poco atractivo, sino que además puede terminar por causarnos agobio y tristeza. Si el
cristianismo es la religión del amor y, por lo tanto, de la libertad, ¿por qué el énfasis de san
Josemaría en una palabra aparentemente tan sobria y fría como «deber»? De hecho, a pesar de la
extrañeza que nos causa el modo de comportarse del dueño de la viña, lo que despierta nuestra
admiración hacia él es precisamente esa generosidad que va más allá de un simple sentido del
deber.

Sin embargo, no comprenderíamos la profundidad del pensamiento de san Josemaría si


creyéramos que su mensaje es tan solo un llamado frío y seco a cumplir los deberes de nuestra
vida ordinaria. No es el cumplimiento en sí lo que nos acerca a Dios, sino el amor que nos lleva a
realizar cada tarea de nuestro día con la mayor perfección posible. «La devoción sincera, el
verdadero amor a Dios, lleva al trabajo, al cumplimiento —aunque cueste— del deber de cada
día»[6]. Pero para que la caridad, que está llamada a ser el motor y el fin de todos nuestros actos,
no pierda la tensión necesaria hacia lo que es importante en cada momento, necesitamos de la
virtud de la justicia, que nos dibuja una especie de mapa con los hitos importantes para cada
jornada. Su definición parte de este principio: todo deber se fundamenta en una relación. Las
relaciones más importantes de nuestra vida definen los deberes más importantes.

El deber de cada instante

No pocos deberes de justicia son fruto y manifestación del amor, que demostramos viviéndolos
con delicadeza. Cuidar a los propios hijos y dedicarles tiempo es un deber de justicia, que surge
lógicamente del amor. Su cumplimiento muchas veces nos llenará de alegría, y ni siquiera
tendremos que proponérnoslo; pero a veces podrá sentirse como un deber más pesado, porque
colisiona con otras posibles actividades, o porque estamos especialmente cansados. Rendir en el
trabajo es también un deber, no solo hacia nuestro jefe, sino también hacia nuestra familia y hacia
la sociedad. Si recibimos un determinado sueldo por un tiempo y unos resultados determinados, es
una cuestión de justicia esforzarnos por conseguirlos. Y, en definitiva, un cristiano que intenta
transformar todos sus quehaceres en oración y en ocasión de amar a Dios y a los demás descubre
posibilidades de servir en todas las circunstancias de su trabajo.

Por otra parte, a veces podría parecer que exigir para sí el respeto de ciertos derechos podría
oponerse a la caridad. Sin embargo, san Josemaría siempre enseñó que una manifestación de la
mentalidad laical —es decir, del sentido de pertenencia al mundo— consiste en exigir, con caridad
y respeto, lo que nos corresponde. Luchar, por ejemplo, por un merecido aumento de sueldo o por
que se respete una palabra empeñada no significa no saber perdonar o no contentarse con lo que
se tiene, sino que consolida la práctica de la justicia en nuestro entorno y en la sociedad, en
beneficio de todos. «Si somos justos, nos atendremos a nuestros compromisos profesionales,
familiares, sociales..., sin aspavientos ni pregones, trabajando con empeño y ejercitando nuestros
derechos, que son también deberes»[7].
Las relaciones de justicia se transforman, pues, en un camino muy concreto para hacer en cada
instante lo correcto, es decir, lo justo. Preguntarnos cada día en la oración por nuestros deberes
nos ayuda a enfocar nuestro amor en los vínculos concretos que conforman nuestra vida. También
los obreros de la parábola, independientemente de la hora en la que fueron contratados y del
acuerdo que establecieron con el amo de la viña, se esforzaron por cumplir con su deber y por
obtener la recompensa prometida.

***

«A la caída de la tarde le dijo el amo de la viña a su administrador: “Llama a los obreros y dales el
jornal, empezando por los últimos hasta llegar a los primeros”» (Mt 20,8). Dios está empeñado en
que todos los hombres se salven, y desea también que todos gocemos de una vida terrena lo más
digna posible. Esto nos lleva a cuidar con especial esmero cada uno de nuestros deberes, para
hacer de este mundo un lugar más humano y más divino. A la vez, sabemos que la justicia plena
solo se conseguirá al final de los tiempos y que está en las manos de Dios. «Sólo Dios puede crear
justicia. Y la fe nos da esta certeza: Él lo hace»[8]. Sí, «los últimos serán primeros» (Mt 20,16).
Quienes se ocupan «del Reino de Dios y de su justicia» (Mt 6,33) pueden gozarse en la justicia de
Dios: «Por él perdí todas las cosas y las considero como basura con tal de ganar a Cristo y vivir en
él, no por mi justicia, la que procede de la Ley, sino por la que viene de la fe en Cristo, justicia que
procede de Dios por la fe» (Flp 3,8-9).

[1] Francisco, Fratelli tutti, n. 118.

[2] Cfr. San Josemaría, Cartas 4, n. 14; 6, n. 7.

[3] F. Ocáriz, «La herencia espiritual de Mons. Álvaro del Portillo», marzo 2014, [Link].

[4] Francisco, Discurso, 25-II-2023.

[5] San Josemaría, Forja, n. 616.

[6] Forja, n. 733.

[7] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 169.

[8] Benedicto XVI, Spe salvi, n. 44.

Gaspar Brahm
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y-su-justicia-muy-humanos-muy-divinos-xxi/ (06/09/2023)
[Link]

Es justo y necesario: la justicia (I)


La justicia empieza por nuestra relación con Dios, que encuentra
su enfoque exacto en una actitud clave: agradecimiento.
Editorial de la serie sobre virtudes “Muy humanos, muy divinos”.

28/06/2023

Jesús habla para todos. Los pescadores escuchan con gusto hablar de una red barredera (Mt 13,47-
52), los agricultores se entretienen discerniendo cuáles son los criterios para que una semilla dé un
fruto duradero (Mt 13,2-9) y cualquier ama de casa sintoniza con la historia de la mujer que pierde
una moneda en casa, porque conoce ese agobio (Lc 15,8-10). Con las imágenes más cotidianas,
Cristo sabe iluminar las verdades más trascendentes. Sin embargo, hay también parábolas que nos
pueden dejar perplejos; aunque están formuladas en un lenguaje sencillo, nos sitúan ante
paradojas que nos obligan a reflexionar. «Mis pensamientos no son vuestros pensamientos» (Is
55,8), parece querer decirnos a veces Jesús.

Quizás una de las historias del maestro que más perplejidad despierta es la del dueño de una
propiedad que sale temprano a contratar jornaleros para que trabajen en su viña (Mt 20,1-16). La
narración comienza como cabría esperar: el dueño acuerda con los obreros el salario para la
jornada, un denario, y los envía a trabajar. Al principio parece que estemos simplemente ante una
consideración sobre el aprovechamiento del tiempo y la rendición de frutos. Avanza la parábola,
sin embargo, y el propietario decide contratar a nuevos obreros en horarios más tardíos, por lo
que trabajarán una cantidad inferior de horas. A ellos, en lugar de asegurarles un salario
determinado, les promete que les pagará «lo que sea justo» (Mt 20,4).

«Lo que sea justo». Con esta expresión se generan necesariamente expectativas en los oyentes y en
los lectores. Uno supone que quienes empezaron a trabajar más tarde recibirán menos dinero que
quienes se esforzaron desde el amanecer. Por eso, cuando los de la última hora reciben la paga de
un denario, pensamos que los más madrugadores obtendrán una recompensa mayor por su
trabajo. Sin embargo, el propietario desconcierta a todos: en primer lugar, a los que trabajaron
pocas horas, porque reciben la misma paga que los demás obreros; pero también a los de la
primera hora, porque se esperarían un suplemento análogo sobre el sueldo acordado. Los más
sorprendidos, con todo, quizá somos nosotros mismos, ante una concepción tan poco convencional
de la justicia. «¿No puedo yo hacer con lo mío lo que quiero?», pregunta el amo de la viña (Mt
20,15). Quizás tampoco nosotros sepamos cómo interpretar estas palabras.

Es justo y necesario
A Jesús no le interesa ocuparse de cuestiones económicas o políticas: con esta parábola no
pretende, por ejemplo, discernir las características de un concepto tan complejo como el de sueldo
justo. El Señor quiere, ante todo, elevar nuestra mirada hacia la actitud misericordiosa de Dios,
que acoge a todos, aunque acudan o se encuentren con él a última hora, como el buen ladrón (cfr.
Lc 23,43). Sin embargo, junto a este sentido fundamental, la parábola del Maestro nos proporciona
un marco narrativo para hacernos reflexionar sobre los distintos ámbitos de la virtud de la justicia
en nuestra vida.

Si, como se afirma de modo clásico, la justicia consiste en dar a cada uno lo suyo, lo que le
corresponde, estamos ante una disposición interior que resalta nuestra dimensión relacional.
Conviene entonces preguntarse, en primer lugar, qué le debemos a Dios o cómo será una relación
justa con quien es la Fuente de todos los bienes, empezando por el de nuestra misma existencia.

La plegaria eucarística de la santa Misa nos proporciona un buen punto de partida. Así reza el
breve diálogo entre sacerdote y fieles con el que comienza siempre el prefacio: «—Demos gracias,
al Señor nuestro Dios. —Es justo y necesario»[1]. En un principio, la gratitud y la justicia parecen
contraponerse: un regalo se caracteriza precisamente por ser un don inmerecido. El
agradecimiento es el reconocimiento de que una persona ha ido más allá de lo estrictamente
debido. Sin embargo, ante Dios cambian radicalmente las coordenadas, porque él es el origen de
todo lo que somos y poseemos. Como dice san Pablo, «¿tienes algo que no hayas recibido?» (1 Co
4,7). Nuestra vida en cuanto tal es puro don inmerecido; de ahí que, respecto a Dios, el
agradecimiento sea un deber profundo. Nunca podremos devolverle lo que hace por nosotros, y no
hay en esto nada de injusto. Pero sí hay algo profundamente debido, profundamente justo:
agradecérselo todo.

Descubrir que nuestra relación con Dios está condicionada por su donación gratuita y tierna nos
lleva a disfrutar de la vida como sus hijos y nos libera de una concepción de la fe exageradamente
centrada en la letra de los mandamientos. En vez de agobiarnos ante lo que puede presentarse
como una lista infinita de propósitos o preceptos a través de los cuales, de algún modo, pagaríamos
el precio de nuestra redención, podemos visualizar nuestra correspondencia al amor de Dios como
una disposición a regalarle todos los instantes de nuestra vida, convencidos de que nunca
conseguiremos agradecerle suficientemente todo lo que nos da. Así, por ejemplo, la fidelidad a un
plan de vida espiritual puede percibirse, más que como un peso de conciencia ante unos
compromisos adquiridos, como la manifestación más directa de nuestra gratitud al amor que Dios
vuelca sobre cada uno. «Vosotros, si de veras os esforzáis en ser justos, consideraréis
frecuentemente vuestra dependencia de Dios —porque ¿qué cosa tienes tú que no hayas recibido?
—, para llenaros de agradecimiento y de deseos de corresponder a un Padre que nos ama hasta la
locura»[2].

Su justicia es más grande que la nuestra

Por otra parte, una actitud de profundo agradecimiento a Dios nos libera de un deseo excesivo de
juzgar su manera de actuar. A veces, ante acontecimientos personales o sociales, cuando nos
vemos enfrentados de pronto con una situación que no esperábamos, puede suceder que nos
hagamos preguntas de este estilo: «¿Cómo puede Dios permitir algo así?». Quizá creemos que otras
personas son más bendecidas que nosotros o que Dios parece no oír lo que le pedimos en nuestras
oraciones, y pensamos: «Qué injusto». Nos comportamos entonces como aquellos jornaleros que
trabajaron todo el día y que no encajaron la generosidad desmesurada del propietario hacia
quienes había contratado al caer la tarde. En vez de alegrarse porque esos obreros iban a tener
algo de dinero para comer, se entristecieron por la decepción de sus expectativas de recibir una
gracia mayor.

Por lo demás, no tiene sentido echar la culpa de los males al Señor. Muchos de ellos son resultado
de la libertad humana, de las acciones y omisiones propias y ajenas. Junto a eso, es necesario
convencernos en nuestra oración de que Dios es el Señor de nuestra vida y de la historia; también
de que, aunque en realidad no nos debe nada, puesto que él es Amor, siempre está buscando lo
mejor para cada uno, a veces transformando el mal en bien de modos sorprendentes. San Juan
Pablo II decía que «en un cierto modo la justicia es más grande que el hombre, más grande que las
dimensiones de su vida terrena, más grande que las posibilidades de establecer en esta vida
relaciones plenamente justas entre todos»[3].

La oración de quienes se saben hijos de Dios está marcada por la confianza en quien nos ama
infinitamente y siempre quiere lo mejor para nosotros. Así reza Jesús en el huerto de los olivos:
«que pase de mí este cáliz…, pero no se haga mi voluntad sino la tuya» (Lc 22,42). Ante las
situaciones que no acabamos de entender y que quizá nos causan sufrimiento, al tiempo que
tratamos de buscar soluciones, podemos decirle al Señor: «que se haga tu justicia y no la mía. Sé
que estoy en buenas manos y que al final todo será para bien».

La justicia es un deseo y un misterio. Un deseo profundamente enraizado en nosotros, pero


también un misterio que nos supera, en el sentido de que corresponde solo a Dios la última
palabra acerca de lo que es justo y de los modos concretos de restablecer la justicia. Por eso
tampoco sería una actitud cristiana desear el castigo de nuestros enemigos, como si nos
correspondiera a nosotros determinarlo, o referirse demasiado fácilmente a la justicia divina para
amonestar a las personas que actúan de forma inmoral o basan sus vidas en valores muy distintos
a los nuestros.

Sí, por supuesto que la fe en la justicia divina nos debería dar consuelo cuando sufrimos una
injusticia o cuando nos entristecemos por una evolución negativa del mundo. «Existe una justicia.
Existe la “revocación” del sufrimiento pasado, la reparación que restablece el derecho»[4]. Como el
propietario de la parábola, Dios cumple su promesa y recompensa a quien ha trabajado bien. Pero
la revelación que Dios ha hecho de sí mismo nos lleva a confiar, al mismo tiempo, en que su
misericordia le lleva a dar siempre nuevas oportunidades de conversión a quien hace el mal. «No
es una estricta justicia sin más, basada en cálculos teóricos, la que llevó al Hijo de Dios a pedir
perdón a su Padre en nuestro nombre, sino un amor gratuito, que solo tiene en cuenta lo que
puede hacer por los demás»[5]. De ahí que el dueño de la viña no se quede de brazos cruzados tras
contratar a los obreros madrugadores, sino que incluso en la hora undécima quiera dar trabajo a
quienes están a punto de perder una jornada completa. En definitiva, como escribe san Josemaría,
«Dios no se deja ganar en generosidad»[6].

Los demás son libres

Cuando se reflexiona sobre la justicia como virtud que debería modelar nuestras relaciones con
los demás, muchas veces se afirma que se trata tan solo de un requisito mínimo para la
convivencia: respetar al otro en su alteridad[7]. La justicia podría interpretarse entonces como una
actitud fría, que resalta más las diferencias entre las personas que lo que tienen en común.
Mientras la caridad busca la unidad, la justicia subrayaría la separación. Sin embargo, si
observamos con atención, la relación entre caridad y justicia es más sutil.

El hecho de que a cada uno se le otorgue lo que le corresponde, como exige la justicia, guarda una
relación intrínseca con la debida repartición de los bienes, con el cumplimiento de los contratos y
de la palabra, y con el respeto que debemos a cada persona. Podría decirse, pues, que la justicia
nos ayuda verdaderamente a llevar una vida social pacífica, con reglas del juego claras y sin
molestarnos los unos a los otros.

Basta esta consideración para darse cuenta de que no es poco y ni siquiera tan trivial reconocer la
alteridad de los demás y el derecho que tienen a ser como ellos quieren. Así nos lo hace considerar
san Josemaría: «Estamos obligados a defender la libertad personal de todos, sabiendo que
Jesucristo es el que nos ha adquirido esa libertad; si no actuamos así, ¿con qué derecho
reclamaremos la nuestra?»[8]. Precisamente esto es lo que reprocha el amo de la viña a los obreros
madrugadores, que se sienten estafados: «Amigo, no te hago ninguna injusticia; ¿acaso no
conviniste conmigo en un denario? Toma lo tuyo y vete; quiero dar a este último lo mismo que a ti.
¿No puedo yo hacer con lo mío lo que quiero? ¿O es que vas a ver con malos ojos que yo sea
bueno?» (Mt 20,13-15).

A veces podemos sentir la tentación de descalificar de antemano las opiniones de alguien que
tiene una forma distinta de comprender el mundo o se guía por otros valores. Acentuamos
entonces excesivamente la dimensión unitiva de la caridad, creyendo que cualquier diferencia
debería ser superada para dar cabida al verdadero amor, y confundimos la justicia con la mera
igualdad. Sin embargo, «la justicia es la primera vía de la caridad, (…) parte integrante de ese
amor»[9]. Esta virtud nos recuerda, en primer lugar, que todos tenemos derecho a ser como
queramos, a manifestar esa forma de ser hacia afuera y a gozar de nuestros propios bienes. Como
escribe el Papa Francisco, «ningún individuo o grupo humano se puede considerar omnipotente,
autorizado a pasar por encima de la dignidad y de los derechos de las otras personas singulares o
de sus agrupaciones sociales»[10].

San Josemaría hablaba con frecuencia del numerador diversísimo del que gozaban las personas
que le seguían: los distintos caracteres, las libres opiniones y opciones personales de cada una, de
cada uno, en materias políticas, culturales, científicas, artísticas, profesionales, etc. Lo distinguía
de un denominador común, muy pequeño en comparación, que eran las cuestiones fundamentales
de la fe y del carisma que compartían. Nos hace mucho bien valorar, respetar y amar las
diferencias legítimas con las personas que conviven con nosotros; «quien ama la libertad logra ver
lo que tiene de positivo y amable lo que otros piensan y hacen en esos amplios ámbitos»[11].

Pensar de otro modo supondría caer en la sutil tentación de querer ayudar a los demás desde
nuestros parámetros, sin discernir lo que en realidad necesitan y, sobre todo, lo que les debemos.
Sería injusto, por ejemplo, pagar a un dependiente un sueldo menor del que corresponde al
trabajo que ha realizado, simplemente porque se piensa que es mejor regalarle un premio que
compense la diferencia. En ese sentido, el dueño de la viña no peca contra la justicia al pagar lo
mismo a todos; quizás se puede pensar que tiene un criterio peculiar de la retribución, pero en
ningún momento falta a su palabra: los que acordaron un denario, recibieron exactamente lo
estipulado; y los demás recibieron lo que al amo le pareció justo. Así es Dios: justo cumplidor de
sus promesas, pero también Padre generoso, a quien «basta una sonrisa, una palabra, un gesto, un
poco de amor para derramar copiosamente su gracia sobre el alma del amigo»[12].

[1] Cfr. Misal Romano, Plegaria Eucarística.

[2] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 167.

[3] San Juan Pablo II, Audiencia, 8-XI-1978.

[4] Benedicto XVI, Spe Salvi, n. 43.

[5] F. Ocáriz, Carta pastoral, 16-II-2023, n. 8.

[6] San Josemaría, Forja, n. 623.

[7] Acerca de la alteridad como dimensión fundamental de la justicia cfr. J. Pieper, Las Virtudes
fundamentales, Rialp, Madrid 1990, pp. 100ss.

[8] Amigos de Dios, n. 171.

[9] Benedicto XVI, Caritas in veritate, n. 6.

[10] Francisco, Fratelli tutti, n. 171.

[11] F. Ocáriz, Carta pastoral, 9-I-2018, n. 13.

[12] San Josemaría, Via Crucis, 5ª estación.

Gaspar Brahm
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necesario-justicia-muy-humanos-muy-divinos-xx-parte-1/ (26/08/2023)

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