0% encontró este documento útil (1 voto)
428 vistas49 páginas

Cucho

Cargado por

sandra
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (1 voto)
428 vistas49 páginas

Cucho

Cargado por

sandra
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF o lee en línea desde Scribd
Guehay den Antonio se istalaron en la calle y empezaon a past la gra 10 énfo! La gente se paraba no slo para air la music, sino pata edmiar don Antonio. Y es que, entre el ulrme de fantasia el turbane lana {ele habla puesto Cucho, estaba graciosisimo, OSE LUIS OLAIZOLA, premio E! Barco de Vapor 1982. macié en San Sebas- én en 1927 Liceciado en Derecho, cult la Heratua y of cine Ha abt. io valiosas galarcnes ears. Ene ela of Panes 1983 De este aut, Eciones SM. a publicago «Bibiana y su mundo» en fa co- loci Barco oe Vapor y Senén> en la colccén Gran Angular. A partir de 9 afios José Luis Olaizola Cucho PREMIO ELBARCODEVAPOR 863 Bao QY2e bron a4 a won a Cucho | | Premio El Barco de Vapor 1982 José Luis Olaizola Premio Planeta 1983 | fS BIBLIOTECA a e ediciones FM itires9 movnesis Primera edicion: mayo 1983 ‘Segunda edt: Febrero 1984 Tercera edicion: septiembre 1984 Guar edicign: octubre 1984. inte edicin: noviembre 1984 ta ecion: noviembre 1986 Tlustraciones y cubierta: Antonio Tello © Joué Lois Oainota Saris, 1983, Eiciones SM Joaquin Turina, 39 -28044 Madrid Distbuidor exclusivo: CESMA, S.A. “Aguacate, 25 28044 Madrid Isp: 84348-11693 Depdsito legal: M-1761-1989 Fotocomposicion: Secomp Imps Ga Epa [Printed i Spain [mprenta SM "Joaquin Turina, 39 28044 Madrid ‘No esd permitida la reproduccion total o areal de este bee, fi su tetamieato informatico, ni ta transmision de ninguna forma o por cuslqsier medio, yo sca electronica, mecsnico, por ‘ouacopia, por repsiru U ores tetodos, sn el permiso previo ¥ por err de lo tlre el copyright A mi hija Rocio Cocso matuouer vivia en un piso Atico de la calle de la Luna, en Madrid, con su abuela. Iba a la escuela como los demas chicos. No sabia por qué no tenia padres, pero como otros chicos no sabian Por qué no tenian abuela, estaban igual. Su abuela se ganaba la vida trabajando de asistenta, pero cuando cumplié los se- senta afios tuvo tan mala suerte que se rompié una pierna. Aunque se la arregla- ron, ya no pudo salir a la calle porque su casa era muy vieja, sin ascensor. Y como se qued6 un poco coja, no podia subir las escaleras de los cuatro pisos que tenia el edificio. —Té no te preocupes le dijo la abue- la—. Yo sé coser y me puedo ganar la vida arreglando ropa. Aunque la casa de Cucho estaba junto ala Gran Via, que era la calle mas impor- tante de la ciudad, la ocupaba gente muy humilde. A pesar de todo, procuraban ayudar a la abuela, mandandole ropa para 7 coser, pero le podian pagar muy poco dinero. ‘Ademés, la verdad era que la abuela cosia regular, y como, encima, tenia muy mala vista, sdlo podia hacer arreglos de poca importancia. El caso es que empeza- ron a pasar hambre, Cucho menos, porque en la escuela, durante el recreo, se comia los bocadillos que dejaban a medias sus compafeeros. Los habia que no los querian ni probar y se los daban enteros. Casi les hacia un favor porque asi no tenian que tirarlos a escondidas. En tal caso se los levaba a la abuela, pero la mujer tenia otro problema: como le faltaban los die1 tes, le costaba mucho morder el pan y s6lo se podia comer lo de dentro. Entonces Cucho se puso exigente y solo admitia bocadillos rellenos de cosas blandas como, por ejemplo, queso, mantequilla con mer- melada, membrillo y, sobre todo, los de tortilla francesa. Por tanto, la abuela cada dia comia mejor, pero cosia peor porque veia muy mal. Un dia se equivocd, y en un traje de caballero que le dieron para arreglar, a la chaqueta le puso, en lugar de las mangas, las perneras del pantalén. Cuando la ve- cina se vino a quejar, la abuela se dis- culpé: 8 —Ya me extrafiaba a mi que su marido tuviera los brazos tan largos... Por es0, aunque los vecinos quisieran ayudarla, resultaba dificil: veia tan mal que nunca sabian como iba a quedar lo que le dieran para coser. La mujer suspi- raba: —iAy! Si yo tuviera unas gafas... Cucho —que tenia diez afios, pero pare- cia mayor— se fue a una tienda a ver cuanto valian unas gafas. El dependiente Je pregunté: —2Para quién son? —Para mi abuela. —éPara qué las quiere? —Para coser. —cCuantos atios tiene? Esto nolo sabia Cucho y por eso contest6: —Pues como una abuela, pero de las mas viejas. El dependiente le entendié y le contesté: —Calcula que unas siete mil pesetas. El chico se qued6 asombrado porque no sabia de nadie que tuviera tanto dinero junto. Volvié a su casa y le dijo a la abuela: —Oye, abuela, mejor sera que dejes de coser. No trae cuenta comprar unas gafas. La mujer suspird. —Y si no coso, équé voy a hacer todo el dia en casa? Cucho no sabia cémo solucionar un problema tan complicado. En cambio, lo de la comida cada dia resultaba ms facil, porque muchos chicos y chicas de la escuela procuraban traer el bocadillo de tamafio doble para repartirlo con él. Es mas, procuraban lucirse, porque si Cucho no aceptaba su bocadillo se sen- tian de menos. —Mira, Cucho —e decfa algin chico—, te lo he traido de jamén, équé te parece? —Lo siento, pero el jamén es muy duro y mi abuela no lo puede tomar. —iPero si es de jamén de York...) —se disculpaba el chico. —iAh, bueno, entonces si! —admitia Cucho—. Pero no lo traigas con tanto pan, sobre todo si tiene corteza. Por eso, algunos se lo traian con pan de molde, como el de los emparedados. A LA ESCUELA iban juntos chicos y chi- cas. Una de éstas, que se llamaba Celia, era la hija del duefto de la pasteleria de la esquina, en la que ademas de pasteles 10 habia toda clase de dulces. Todos los chi- cos procuraban ser amigos suyos porque, ademas de ser guapisima, siempre llevaba los bolsillos Henos de caramelos. Por eso era bastante presumida, pero a pesar de todo le pregunté a Cucho: —iLe gustan los pasteles a tu abuela? Cucho se qued6 pensativo y condescen- dio: —Bueno, pero solamente si son de cre- ma. Un dia, don Anselmo, el director de la escuela, se dio cuenta del tréfico de boca- dillos entre la clase y Cucho, y se enfad6 muchisimo. Don Anselmo era bizco, leva- ba gafas, barbas, y tenia que estar casi siempre enfadado para que los chicos no le tomaran el pelo. Es decir, los nuevos se asustaban nada més conocerle, pero Iue- go, segin le trataban, se les pasaba el susto porque a lo mas que legaba era a gitar. En cambio, la sefiorita Adelaida, que era una de las maestras, hablaba siempre muy suavecito, dandoles muchos consejos de toda especie, pesadisimos, aburridisimos. Y si los alumnos no le hacian caso, con la misma suavidad llama- ba a los padres del desobediente, que se la cargaba. Don Anselmo se enfad6 muchisimo con ll lo del tréfico de bocadillos, emparedados y pasteles, porque se pens6 que Cucho se los quitaba a los chicos para venderlos. Por eso le llamé a su despacho y le pregunté: —zPara qué les quitas el bocadillo a los otros chicos? Quiza pens6 que se los quitaba porque Cucho era de los mas fuertes de la clase y, aunque sélo tenia diez afios, estaba mas alto que muchos nifios de once y hasta doce aiios. —No se los quito, me los dan —le explicé el nifio. —Y por qué te los dan?— insistié el director sin perder su enfado receloso. —Para que comamos mi abuela y yo. Es que mi abuela ya no puede trabajar. Se ha roto una pierna. —Vaya, hombre... —empez6 a balbucear compungido don Anselmo. Balbuceé compungido porque se dio cuenta de que el chico levaba los zapatos. muy rotos y la ropa también se la notaba muy vieja. Le Ilam6é mucho la atencién gue los botones de la camisa, en lugar de ir cosidos en su sitio, estuvieran muy de lado, de modo que al abrochérselos en los ojales le quedaba la camisa como estrujada. —2Y por qué llevas los botones en un sitio tan raro? 12 | | Hs que me los cose mi abuela. Pero como no tiene gafas y ve muy mal, cada vez quedan en un sitio diferente. —Vaya por Dios —se condolié don An- selmo. Luego, se puso muy reflexivo, ab un cajén de la mesa de su despacho y sacé unas gafas de aire antiguo, con uno de los cristales rajado, y se lo estuvo pensando un rato. Por fin se las dio a Cucho. —Estas son unas gafas viejas que yo uso para leer, pero que no las empleo casi nunca, [gual a tu abuela le sirven. Cuan- tos afios tiene? Bra la misma pregunta que no supo responder al dependiente de la tienda de Optica. Y, como seguia ignorando la edad de su abuela, le respondié poco mas o menos lo mismo que al otro: —Es una abuela de las viejas. Quiz4 sea mayor que usted. Don Anselmo se enfad6: —iSeguro que es mayor que yo! y Malena estaban admi- rados de que una chica tan elegante des- pachase en un puesto de chucherias. El «angosta» le decia a Cucho: —so es que est enamorada de ti, La tienes en el bote. Al chico no le gustaban nada esas bro- mas. Malena se daba cuenta y le defendia: —iDéjale en paz! Son buenos amigos y nada mas. Ademds, la chica le ayuda en sus estudios. Mis felices no podian ser todos. Hasta la abuela, que, con ayuda de un bast6n, lograba, aunque muy despacio, subir y bajar las escaleras. Asi podia hacer la compra, porque ya era muy corriente que fuesen a comer el «Langosta» y su novia, que no eran ningunos gorrones, ya que 69 todos los dias que iban llevaban el aperiti- vo o el postre, y algunas veces ponian la comida completa. Pero una tarde, justo la del 21 de mar- zo, primer dia de primavera, aparecié Ro- mén, el zapatero, con los ojos llorosos, como de haber bebido, y les dijo: —HI tio Ambrosio se ha muerto. Cucho se quedé desconcertado porque habia sucedido lo contrario de lo que le habia dicho el anciano. Este le habia ad- vertido que para la primavera se curaria, y resultaba que se habia muerto. Lo tinico que se le ocurrié decir fue: —2¥ qué hacemos con su dinero? Lo dijo porque, durante el mes en que habia estado el anciano en el hospital, el chico habia apartado la mitad de las ga- nancias, y las guardaba en un sitio que slo conocian su abuela y él. Y eran, ya, nueve mil pesetas. Malena le dijo a Cucho, por lo bajo, que era muy feo hablar del dinero de un recién difunto, Luego, se dirigis a Roman, el zapatero: —Lo siento mucho, sefior Romén. Sabe- mos que era usted su mejor amigo y habra sentido mucho su muerte, Nosotros tam- bién lo sentimos. Cucho se quedé muy admirado de que 70 Malena sintiese la muerte del tio Ambro- sio, al que apenas conocia. El tampoco sentia nada especial porque no se hacia una idea muy clara de lo sucedido. Sabia que la gente se moria, pero en el caso del tio Ambrosio, al que recordaba envuelto siempre en sus mantas, a modo de tienda de campana, nunca tuvo la impresion de que estuviera muy vivo, por lo que se gaa que su muerte habria sido muy facil. El zapatero dio las gracias por las pala- bras de condolencia de Malena y todos se quedaron callados. Fue el «Langosta» el que rompi6 el silencio: —Pero el chico tiene raz6n. ¢Qué hace con su dinero? ‘Al enano le entré una risa un poco tonta y comenté: —De poco le va a servir al tio Ambrosio, ahora, su dinero. Malena le replicé muy digna: —Podemos encargar un funeral por su alma. El sefior Roman volvié a ponerse serio, y dijo que le parecia muy bien. Malena se ocupé de todo, y a los dos dias celebraron un funeral en la Parroquia, al que s6lo asistieron el «Langosta>, su novia, el zapatero, Cucho y un sefior que Iuego se enteraron que era sobrino del difunto. El sacerdote que ofici era muy viejo, y se veia que conocia bastante bien al tio Ambrosio, porque en la homilfa dijo de él cosas que eran verdad. Por ejemplo, que habia hecho felices a muchos nitios vendiéndoles las chucherias muy baratas. Fso era cierto, y a Cucho le entraron remordimientos de conciencia porque él, Jo primero que habia hecho al ocuparse del negocio, habja sido subir todos los precios. ‘A la salida de la iglesia fue cuando el zapatero les present6 al sobrino del difunto. —O sea, que —les explicd el zapatero, hipando, no por la pena sino por la mala costumbre de beber vino a deshoras— este sefior, que se llama Jerénimo, es su here- dero y con él podéis hablar del dinero. Jeronimo era un hombre como de trein- ta afios, mal afeitado y con una gabardina muy vieja. Del dinero hablaron poco, porque al «Langosta» le parecié muy bien encontrar- se a un heredero, y sin més comentarios se fueron a la calle de la Luna y le entregaron las nueve mil pesetas. Fl

También podría gustarte