Importancia y Clasificación del Gasto Público
Importancia y Clasificación del Gasto Público
- Son gastos públicos las erogaciones dinerarias que realiza el Estado, en virtud
de ley, para cumplir con la satisfacción de las necesidades públicas.
El Estado se moviliza para atender las necesidades de la población por medio de los servicios públicos; pero
también puede satisfacerlas utilizando los efectos que “en sí mismos” los gastos públicos provocan en la
economía nacional, atento a su importancia cuantitativa y cualitativa ([Link]., un incremento considerable en la
cuantía del gasto público puede obrar como reactivador de una economía en recesión, con prescindencia del
destino del gasto).
Sin embargo, y cualquiera que sea la forma de satisfacción utilizada, el concepto está siempre ligado al de
necesidad pública, que juega el papel de presupuesto de legitimidad del gasto público, puesto que es
indispensable su preexistencia para que éste se materialice justificadamente.
Valoraciones previas:
la selección de las necesidades de la colectividad que se consideran públicas, aspecto variable y
ligado a la concepción sobre el papel del Estado;
la comparación entre la intensidad y urgencia de tales necesidades, y la posibilidad material de
satisfacerlas.
Anteriormente se discutía si la ciencia de las finanzas debía ocuparse de la teoría del gasto público. El debate
ha perdido vigencia, dado que se acepta que gastos y recursos no son sino distintos aspectos del mismo
problema y se condicionan recíprocamente. Ello es así porque los recursos deben obtenerse en proporción a
lo que se debe gastar, y los gastos sólo se entenderán razonables si se efectúan en consideración a los
recursos posibles.
Los gastos públicos son la indicación más segura de la actividad que despliega cada pueblo. Como dice Oría,
el hecho de que ciertos gastos se destinen a determinados fines antes que a otros, pone de manifiesto no
sólo el estado social de un país, sino también sus tendencias. Las finanzas no pueden considerar el
fenómeno de los ingresos al margen del de los gastos. En esta temática, Ingrosso advierte que excluir el
gasto público de los estudios financieros significa prescindir de campos de indagación tan relevantes como el
antecedente y resultado de la actividad financiera. Del antecedente, porque aun siendo el gasto público el
momento final de la actividad financiera, él se concreta y cuantifica ante la exigencia que debe analizarse y
satisfacerse; del resultado, porque es con el buen empleo del gasto público que se pueden alcanzar los
objetivos hacia los cuales se dirige la actividad estatal. Por consiguiente, el gasto público no es un simple
dato de hecho a partir de cuyo conocimiento comienza la actividad financiera, sino uno de sus momentos
determinantes.
La denominación gastos públicos es genérica y comprende dos grandes clases de gastos, netamente
diferenciables:
a) Las erogaciones públicas que engloban todas aquellas derivadas de la deuda y de los servicios
públicos.
b) Las inversiones patrimoniales que aglutinan los gastos relacionados con la adquisición de bienes de
uso o producción y con las obras y servicios públicos.
El agrupamiento en una sola institución denominada “gastos públicos” se adecúa a la empleada por los arts.
75, inc. 8o, y 99, inc. 10, de la Const. nacional, a la ley de administración financiera 24.156, y sus
modificatorias, y a la mayoría de la literatura financiera que generalmente emplea los vocablos “erogaciones
públicas” y “gastos públicos” de manera indistinta. También nosotros los consideraremos sinónimos.
Particular trascendencia debe asignarse a la evaluación de la ejecución del presupuesto en la finalidad
"Servicios Sociales", ya que comprende a funciones tales como:
Aquí la tarea de evaluación comprende dos aspectos a ser tenidos en cuenta; por una parte, los programas
que atienden la prestación de servicios que pueden considerarse de carácter general para satisfacer
demandas normales de la comunidad y, por otra, los llamados programas focalizados destinados a resolver
necesidades específicas de sectores sociales carenciados.
EVOLUCIÓN DEL CONCEPTO. - El gasto público no sólo debe ser estudiado como causa de los ingresos
requeridos para satisfacer las necesidades públicas. La evolución del concepto demuestra que éste, por sí
solo y con prescindencia de la financiación de servicios públicos, significa un importante factor de
redistribución del ingreso y del patrimonio nacional, de estabilización económica, de incremento de la renta
nacional y que su influencia es decisiva sobre aspectos tan esenciales como la plena ocupación, el consumo,
el ahorro y la inversión.
Este desarrollo del concepto viene ligado a la visión sobre la misión del Estado.
a) Clásicos: el Estado es un mero consumidor de bienes, los gastos públicos constituyen la absorción de
una parte de esos bienes que están a disposición del país. Es cierto que ello es indispensable porque
el Estado tiene importantes cometidos a cumplir (ejército, policía, justicia), lo que no implica que
económicamente sea un factor de empobrecimiento de la comunidad, la cual se ve privada de parte
de sus riquezas, que caen a un “abismo sin fondo” del cual no retornan.
b) Modernas: el Estado no es un consumidor sino un redistribuidor de riqueza. Ellas no desaparecen en
un abismo, sino que son devueltas al circuito económico. Es decir, el conjunto de sumas repartidas a
los particulares mediante el gasto público es equivalente al conjunto que le fue recabado mediante
el recurso público. El Estado actúa de esta manera como un filtro, aspirando las rentas de la
comunidad y expandiendo luego, también sobre ella, la riqueza obtenida.
CARACTERÍSTICAS ESENCIALES. - Distinguimos las siguientes características esenciales del gasto público,
tomando como base la definición dada al inicio de este capítulo.
a) Erogaciones dinerarias. Ello porque el gasto público consiste en el empleo de bienes valuables
pecuniariamente, que en la época actual de economía monetaria se identifican con el dinero.
b) Efectuadas por el Estado. Tomamos el término en sentido amplio, como lo hemos definido al
identificar al sujeto de la actividad financiera y, por tanto, comprendemos todas las sumas que por
cualquier concepto salen del tesoro público. Puede tratarse de gastos para la Administración pública
propiamente dicha, o para entidades descentralizadas estatales; siempre que tales erogaciones, en
una u otra forma, recarguen las finanzas del Estado y deban ser solventadas mediante la recurrencia
a sus ingresos.
c) En virtud de ley. En los Estados de derecho rige el principio de legalidad en cuanto al gasto, es decir,
no hay gasto público legítimo sin ley que lo autorice. Sobre este principio indagaremos más
adelante.
d) Para cumplir sus fines de satisfacer las necesidades públicas. Idealmente, la erogación estatal debe
ser congruente con los fines de interés público asignados al Estado (la satisfacción de necesidades
públicas), pero cabe preguntarse qué sucede con los fondos que egresan de la tesorería estatal pero
que no apuntan a esos fines.
En la realidad, podría ocurrir que parte de los gastos no respondan a la satisfacción de necesidades públicas.
Sin embargo, no dejan de ser gastos públicos si son realizados por el Estado con los caudales públicos, sin
perjuicio de la responsabilidad legal del funcionario que los ordene. Pero no cabe duda que se tratará de
gastos públicos ilegítimos. Por eso, la necesidad pública es el presupuesto de legitimidad del gasto público,
pero no su presupuesto existencial.
REPARTO. - Consideraremos el reparto del gasto con relación al lugar y al tiempo, prescindiendo de otras
formas mencionadas por la doctrina (reparto entre las diversas clases sociales y reparto del gasto entre los
diversos poderes públicos).
proporcionalmente al importe comparativo de los ingresos que el Estado obtiene en cada región o
provincia en particular. Se dice que es injusto que el Estado obtenga los ingresos de un lugar y que
luego los gaste en otro.
utilidad máxima, sin considerar el origen de los recursos: Se argumenta que la reunión de varias
regiones territoriales en un solo Estado implica una renuncia a la consecución del máximo bienestar
regional, en cuanto éste no sea compatible con la exigencia del fin más elevado, que es el máximo
bienestar general. Es decir, refiriéndolo al Estado como un todo sin consideración de regiones.
Parece imposible lograr un reparto de los gastos públicos de tal forma que cada región o provincia obtenga
un servicio estatal exactamente equivalente, en cuanto a su gasto, a los ingresos obtenidos en esa región o
provincia. Se producirían consecuencias absurdas, además de la dudosa mejora general que ello reportaría.
Pero, por otro lado, es necesario reconocer que un Estado que piense obtener con el gasto el máximo de
utilidad para la comunidad, debe practicar un adecuado sistema de compensaciones para evitar perjudicar a
determinadas regiones en beneficio de otras. Debe, indudablemente, tender a un desarrollo equilibrado de
todas las regiones que integran el país. Conseguir ese objetivo será el reparto ideal que podrá efectuarse con
relación a cada lugar en particular.
b) con relación al tiempo. Cuando son gastos públicos muy cuantiosos, por ejemplo, aquellos destinados a
obras públicas de gran entidad, es justificado distribuir el gasto en diversos ejercicios financieros, ya que ese
costo no podría ser afrontado en uno sólo, y tanto más si se tiene en cuenta que las obras mismas no
podrían ser finalizadas en el breve tiempo que supone el ejercicio presupuestario. Se recurre entonces al
empréstito para financiar las obras.
El hecho de diferir el gasto en el tiempo presenta ciertas ventajas, entre las cuales se indica la de permitir la
ejecución de grandes trabajos públicos con la reducción del empleo del ahorro nacional.
Por eso se piensa que el reparto del gasto en un período más o menos largo puede reducir los perjuicios a
los ciudadanos y asegurar la debida satisfacción para el mayor número de ellos. Tampoco debe olvidarse que
si los beneficios del gasto son a largo plazo, estará justificado su financiamiento con empréstitos, en forma
tal que las generaciones futuras también contribuyan en alguna medida a solventarlo. Claro está que ello no
debe llevar a incrementar la deuda pública en una forma tan desmesurada que su pago se haga imposible o
excesivamente gravoso tanto para las generaciones presentes como para las venideras.
Interés general. atienden la prestación de servicios que pueden considerarse de carácter general para
satisfacer demandas normales de la comunidad, su incidencia en el bienestar de la comunidad y al total de
insumos reales y financieros que a ello se aplican, tiene fundamental importancia la claridad de las
orientaciones y prioridades establecidas en la política presupuestaria previa, así como en el desarrollo
complementario de las políticas sectoriales y programas.
Análisis costo beneficio. Para efectuar este cotejo, si se trata de bienes y servicios divisibles, podrá,
venciendo muchas dificultades; aplicarse el análisis costo-beneficio, pero si se trata de servicios indivisibles,
no será posible el cotejo en términos de valores o precios y si sólo en términos de preferencia y postergación
(orden de prioridad).
La actividad financiera, buscando satisfacer ciertas necesidades públicas no sólo logra producir utilidades y
sacrificios en función de los fines que persigue y de los que desatiende, sino que crea utilidades no
compensadas o sacrificios no indemnizados en las economías individuales. Precisamente, la circunstancia
que dichas externalidades (efectos secundarios que causa la actividad económica) no son objeto de
transacciones de mercado, impide valorarlas sobre la base de los precios, tanto para calcular los beneficios
como para los costos. Pero la presencia, en un determinado bien servicio público, de economías externas o
la ausencia de deseconomías externas, especialmente en el cotejo con otros bienes o servicios públicos,
puede pesar en la decisión de preferencia y postergación.
El costo-beneficio y las generaciones futuras: Otro problema que se vincula con el cotejo de utilidades y
sacrificios como base de las decisiones de la actividad financiera, es el grado de relevancia de la tutela de las
generaciones futuras por parte del Estado contra los intereses de la generación presente o viceversa.
LÍMITES DEL GASTO PÚBLICO. - Ninguna nación puede disfrutar de más de lo que produce, lo cual nos lleva
al problema de los límites. Parece imposible establecer límites a priori a los gastos públicos, ya sea en su
conjunto o individualmente considerados. Eso se debe a que, según la realidad demuestra, no se trata de un
problema que pueda ser resuelto mediante análisis económicos, porque en definitiva estamos ante una
cuestión de naturaleza política.
Los autores modernos sostienen que los gastos públicos pueden llegar hasta aquel límite en que la
ventaja social que brindan se compense con los inconvenientes de las amputaciones hechas al
ingreso de los particulares. Así, se ha elaborado el concepto de la utilidad social máxima en el que el
Estado deberá ampliar sus gastos hasta el nivel en que la ventaja social de un aumento de dichas
erogaciones se vea compensada por el inconveniente social de un aumento correspondiente de las
exacciones públicas.
El precepto es fácil pero el cumplimiento dificultoso. El gobierno debe decidir qué resulta más
necesario: si la construcción de un nuevo palacio gubernamental o el aumento de sueldo a los
docentes, o si, por el contrario, es preferible dejar mayor dinero a disposición de los contribuyentes.
Por supuesto, la formulación de presupuestos razonables es una buena ayuda en este proceso de
equilibrio.
Autores como Gangemi piensan que, de ordinario, los entes públicos no pueden superar un cierto
límite en la expansión del gasto, límite que se impone para no agravar la presión tributaria y no crear
inflación, siendo necesario equilibrar actividad económica y actividad financiera.
Por su parte, Duverger sostiene que al hablar de límites suelen confundirse gastos con cargas
públicas, lo cual es un error, ya que el individuo paga las imposiciones, pero recibe
contraprestaciones por medio de los servicios que le presta el Estado. Afirma este autor que ciertos
gastos deben restringirse, enumerando entre ellos a los de mera administración, los improductivos
de transferencia y las sustituciones onerosas del Estado con respecto a aquellas actividades que
resultan menos gravosas en manos de particulares.
Sin embargo, las opiniones señaladas expresan meros ideales teóricos. Más allá de los postulados que los
expertos puedan efectuar, es poco lo que puede decirse acerca de la capacidad de los gobiernos para cobrar
impuestos y efectuar gastos. Todo ello es materia opinable que depende de las circunstancias de tiempo y
lugar.
Sin duda, será imprescindible conocer el destino y la oportunidad en que se gastan los ingresos públicos.
Gran parte de las conclusiones sobre los límites de los gobiernos para gastar parten de cuánto es lo que una
nación puede permitirse soportar en concepto de deuda externa.
Económicos: es simplemente, el empleo de riquezas, sin importar su fuente y su destino. A través del gasto
público el Estado vuelca en la sociedad sumas de dinero en pago de los distintos servicios que ésta demanda.
Jurídico: en el Estado actual, la realización de los gastos públicos requiere el dictado de normas legales
previas que: autoricen; asignen competencia para realizarlos; y controlen. El elemento jurídico viene a
defender a los habitantes de una nación contra las arbitrariedades posibles. En nuestro país, la C.N. exige la
aprobación de un presupuesto de gastos. Se presenta así el presupuesto con una doble característica: es la
principal o única regulación jurídica del gasto público; y es una ley positiva que señala las preferencias
periódicas de los gobernantes y que encierra un plan de gobierno.
En todos los países del mundo, los gastos del Estado tienden a incrementarse. En períodos cortos se puede
observar estabilizaciones o descensos; pero, considerándolos en períodos largos, la curva parece siempre
ascendente. A grandes rasgos, el crecimiento de los gastos se desarrolló en ritmo lento hasta 1914 y se
aceleró a partir de tal fecha.
Prescindimos de la clasificación efectuada por Griziotti, para quien, entre los motivos que causaron el
aumento de los gastos públicos, se debían distinguir:
causas aparentes ([Link]., variación del signo monetario y evolución de las reglas presupuestarias);
causas relativas ([Link]., anexiones territoriales o aumentos de población, de producción o de renta
nacional);
causas reales ([Link]., gastos militares o burocráticos).
Si la causa es aparente, equivale a decir que es ficticia y, en consecuencia, deja de ser una auténtica causa.
Algo similar ocurre con las causas relativas, que se hallan compensadas en sí mismas, puesto que los
aumentos de los gastos ocurren paralelamente al crecimiento de los recursos.
Causas aparentes
La comparación de los gastos públicos de un determinado país a través del tiempo exige que los valores a
comparar sean homogéneos. No lo son, cuando hubiera variado el criterio de contabilización de los gastos
en diferentes períodos. Por ejemplo, si el Presupuesto de un período NO incluye, entre los gastos, los déficit
de empresas estatales y el de otro período SI los computa, lo mismo sí en un período se incluyen los
resultados netos de las empresas estatales considerando dicho resultado como gasto, si es negativo y como
recurso si es positivo, mientras que en otro período se Incluyen todos los gastos de las empresas entre los
gastos estatales y todos los ingresos entre los recursos, es evidente la posibilidad que se observe un
crecimiento de los gastos públicos, el que será sólo aparente.
Es también causa del aparente aumento de los gastos públicos el envilecimiento del dinero, tanto de oro
como de papel. Se han señalado corno causas de esta desvalorización del oro el descubrimiento de nuevas
minas y el adelanto técnico en la extracción del metal. El efecto de este fenómeno es el aparente aumento
de los gastos públicos con referencia al oro.
La causa más importante del aumento aparente de los gastos públicos es, sin duda alguna, la desvalorización
de la moneda de papel en régimen de curso forzoso. Como los gastos públicos representan --en gran medida
adquisiciones de bienes y servicios en el mercado, la desvalorización del dinero implica el aumento de los
gastos públicos en su valor nominal, pero no necesariamente en su valor con moneda constante.
Causas relativas.
El aumento relativo de los gastos públicos se debe sustancialmente a las siguientes causas: aumento del
territorio del país; aumento de la población; aumento de la Renta nacional; aumento de las tareas y
funciones asumidas por el Estado; armamentismo y preparación para la guerra.
1. Aumento del territorio. Puede tratarse de una ampliación política del territorio del Estado como
consecuencia de una guerra victoriosa o de la incorporación de nuevas tierras de alguna región hasta
entonces no explotada, aunque ya perteneciente políticamente al Estado, como ocurrió, en la
Argentina con la conquista del desierto, o en los Estados Unidos con el ensanchamiento de las
fronteras. Cualquiera fuera la causa de la expansión territorial del Estado, ella trae consigo el
aumento de los gastos públicos por la necesidad de proveer a la organización política y
administrativa de las nuevas regiones y atender a los servicios públicos (defensa, seguridad, salud,
Instrucción) como así también efectuar inversiones básicas para el desarrollo de aquéllas.
3. Aumento de producción. Esta es también nombrada, por las razones de las preferencias, en donde
el crecimiento de la población genera mayores demandas, tanto en cantidad como en calidad de los
servicios que el estado presta. El acrecentamiento considerable de costos de los bienes y servicios
incide notablemente en los presupuestos públicos, aparte de que el progreso técnico determina
gastos antes desconocidos. Por el lado de la oferta, que es conocida como razones tecnológicas,
donde se plantea que el crecimiento del gasto público es dado por el retraso de las tecnologías de
producción de los bienes y servicios prestados por el estado.
El estado produce con costos unitarios crecientes, y el privado lo hace con costos unitarios
decrecientes, sostenido esto por la facilidad con que pueden acceder a los avances tecnológicos los
privados, además de los precios de los insumos a los que accede el sector estatal que generalmente
es mayor.
4. Aumento de la Renta nacional. El crecimiento de la renta nacional permite al Estado satisfacer, más
intensivamente, las necesidades públicas ya asumidas o asumir otras nuevas que antes quedaban
postergadas por el nivel de renta anterior.
Aquí es bueno el analizar que si bien el estado a aumentado los gastos por varias de las razones antes
expuestas, debemos saber si en término de ratios han aumentado por cantidad de personas o territorios, u
otros indicadores razonables de valorar. Dentro de esta categoría se menciona el aumento de la población,
de la producción o de la renta nacional, como también los casos especiales de extensión de las fronteras de
una nación por anexión de territorio.
Las causas relativas, que se hallan compensadas en sí mismas puesto que los aumentos de los gastos ocurren
paralelamente al crecimiento de los recursos.
Lo que realmente interesa, entonces, es examinar las auténticas causas (las reales) por las cuales los Estados
en general han seguido la tendencia señalada.
1. Gastos militares. Una de las principales causas del aumento referido ha sido la guerra en general y,
especialmente, las dos guerras mundiales. Lo que a los países intervinientes les costó la Segunda Guerra
Mundial fue unas diez veces más de lo que costó la anterior conflagración, cuyos gastos habían superado
a todo lo anterior. Los gastos bélicos no cesaron al finalizar la contienda armada, pues exigieron una
segunda etapa de servicios y concesiones a los veteranos. Las guerras habitúan a los contribuyentes a
pagar impuestos elevados, y es raro que los presupuestos posteriores a ellas vuelvan a los niveles
antiguos.
Incluso sin que sea necesario hablar de las guerras, es notorio que el equipamiento racional de las fuerzas
armadas modernas debería exigir sumas que se incrementen por las tensiones internacionales, los
conflictos regionales y los nuevos armamentos, cada vez más sofisticados.
2. Prosperidad del sistema económico. A medida que el sistema económico va adquiriendo mayores niveles
de producción, sus recursos se encauzan menos a las industrias primarias (extractivas) y secundarias
(fabricación y comercio), y más a los servicios. En los primeros estratos de la evolución económica de la
sociedad, el esfuerzo y el gasto mayor está motivado por la alimentación; a medida que se va
progresando, este egreso va adquiriendo una importancia cada vez menor. Quedan más ingresos libres y
se adquiere mayor capacidad económica, que es inmediatamente captada por nuevos o más elevados
impuestos. Los ingresos superiores permiten mayores gastos porque la propia sociedad requiere de
enseñanza, protección de los débiles, construcción de carreteras, garantía de salubridad y otras
erogaciones que aumentan vigorosamente a medida que avanza la prosperidad.
3. Urbanización. El aumento de la población es también una causa del incremento del gasto. Es un hecho
conocido que ciertas funciones ciudadanas, como el aprovisionamiento de aguas y desagües cloacales, la
protección policíaca y la organización de las ciudades por sus municipios, se ajustan a la regla de
aumentar los gastos, y por más que se haga economía en otros órdenes, el resultado es siempre una
elevación de éstos.
4. Desarrollo de la democracia. Ciertos autores piensan que el desarrollo de la democracia y el sentimiento
democrático llegan a impactar en forma sustancial en el aumento de los gastos públicos.
Esta forma de gobierno tiende a la liberalidad en los gastos porque a veces no se puede prescindir de la
presión de grupos o sectores con influencia política que satisfacen sus intereses particulares a costa del
presupuesto del Estado, ni de gobernantes que realizan obras pensando sólo en los votos.
5. Ayuda a zonas subdesarrolladas. En los últimos tiempos ha surgido, en el mundo occidental, la necesidad
de combatir la miseria en el propio país ayudando a sus regiones más atrasadas. Incluso, y por razones
éticas, se piensa que también hay que auxiliar a terceros países que demanden asistencia.
6. Burocracia. Por último, debe mencionarse otra índole de causas, como el crecimiento desmesurado de la
burocracia administrativa.
Se hace necesario diferenciar entre lo que constituye la imprescindible dotación de funcionarios estatales
y lo que se conoce con el nombre de burocracia. El Estado debe contar con un cuerpo de funcionarios
responsables y conscientes de su función que son indispensables para mantener un buen nivel en la
prestación de los servicios estatales. Estos funcionarios deben gozar de un estatus económico y social
adecuado. Nada tienen que ver con la burocracia, que es uno de los peores males del Estado moderno.
La burocracia no es la simple suma de funcionarios y empleados, sino un algo intangible, pero
omnipresente, que actúa por medio de una maraña de regulaciones y procedimientos superabundantes,
y cuya única justificación es incrementar el número de empleados estatales. Este mal ahoga el cuerpo
social y es un importante factor de crecimiento perjudicial del gasto público, por lo cual debe intentarse
revertir la tendencia a su aumento.
CLASIFICACIÓN DE LOS GASTOS. - Son múltiples los criterios de clasificación en esta materia. Así, se los
divide en:
gastos en especie y en moneda, según el instrumento de pago con que han sido efectuados;
en internos o externos, conforme el lugar en que se han efectuado, ya sea dentro o fuera del
país.
gastos personales, que son los que se pagan en concepto de sueldos y remuneraciones del
personal, y reales, cuando se emplean para la adquisición de bienes.
Gastos ordinarios, cuando atienden al normal desenvolvimiento del país, y extraordinarios, con
los que se deben afrontar situaciones imprevistas.
CRITERIO JURÍDICO-ADMINISTRATIVO. Desde este punto de vista, las legislaciones son proclives a realizar
distinciones entre los gastos públicos. Veamos las principales.
2) POR FINALIDADES Y FUNCIONES. Junto con la clasificación jurisdiccional, los gastos pueden ser
distribuidos según la necesidad a cuya satisfacción tienden o al fin del Estado que pretenden cubrir
([Link]., gastos de justicia, de enseñanza, de defensa nacional, de salubridad, de seguridad interior). La
distribución jurisdiccional o institucional revela en cierto modo el destino de los gastos, porque la
competencia de los departamentos del Estado resulta de las finalidades y funciones que deben cumplir.
Esta clasificación funcional de los gastos públicos ha sido aceptada en los presupuestos modernos por
permitir identificar con mayor claridad la orientación seguida por el Estado y el tipo de necesidades que
prefiere atender prioritariamente.
Administración gubernamental
Servicios de defensa y seguridad
Servicio sociales
Servicios económicos
Deuda pública
Criterio permanencia: son gastos fijos los repetidos de un ejercicio a otro con un monto
prácticamente invariable; son gastos variables los que sufren alteraciones notorias en su monto o
tienen carácter extraordinario, apareciendo en unos ejercicios y faltando en otros.
CRITERIO ECONÓMICO. La doctrina financiera del liberalismo clásico distinguió entre gastos públicos
ordinarios y extraordinarios. Tal clasificación tenía como propósito principal establecer una correlación
con la análoga clasificación de los recursos en ordinarios y extraordinarios.
Los gastos ordinarios eran los corrientes y habituales y su misión era atender el normal
desenvolvimiento del país y asegurar los derechos individuales de sus habitantes. De allí que los
fondos tuviesen como destino las funciones públicas (legislación, justicia, defensa externa, orden
interno) y algunos servicios públicos esenciales que se consideraban imprescindibles para la
existencia del propio Estado. Estos gastos no podían suspenderse y debían repetirse todos los
años. De tal inevitabilidad y periodicidad, los autores clásicos extraían la conclusión de que
debían ser financiados con recursos ordinarios, principalmente los tributarios.
Los gastos públicos extraordinarios surgían ante situaciones imprevistas y excepcionales (guerras,
plagas, calamidades, epidemias masivas o catástrofes naturales). Su excepcionalidad tornaba
imposible la previsión: de ahí que para financiar estas erogaciones no hubiese más remedio que
recurrir al crédito público y a gravámenes de emergencia. Un requisito básico de esta distinción
era la exigencia de que los empréstitos sólo se utilizaran para cubrir situaciones de emergencia y
nunca para solventar gastos corrientes.
Gastos ordinarios son las erogaciones habituales o normales de la Administración, es decir, las reiteradas
en el curso de los ejercicios financieros de la hacienda. Así, por ejemplo, los destinados a sueldos,
adquisición de efectos, conservación de inmuebles, servicios de la deuda pública consolidada, intereses y
gastos de la deuda del tesoro, jubilaciones, retiros y pensiones a cargo del Estado, entre otros.
Gastos públicos extraordinarios, por su parte, son las erogaciones destinadas a satisfacer necesidades
imprevistas, excepcionales, eventuales o contingentes, no repetidas con regularidad en los distintos
ejercicios de la hacienda. Por citar, los atinentes a obras públicas, adquisición de inmuebles y otros bienes
de uso, aportes de capital a empresas del Estado, aportes a planes de fomento económico y otros
destinos a surgir según contingencias imposibles de establecer anticipadamente.
Lo anterior quiere decir que la vieja clasificación en cuestión ha retomado vigencia cuando es adoptada
normativamente y se otorga validez a principios atinentes a una administración ordenada.
Los gastos de inversión son todas aquellas erogaciones del Estado que significan un incremento directo
del patrimonio público. Pueden consistir en pagos por la adquisición de bienes de producción ([Link].,
maquinarias, equipos), por inversiones en obras públicas infraestructurales (presas hidroeléctricas,
viaductos, carreteras, puentes) o por inversiones destinadas a industrias clave (siderurgia, petroquímica,
fabricación de equipo pesado), ya sean éstas de explotación pública o privada; en este último caso, la
inversión se hace en forma de préstamo o aporte de capital.
Según se observa, mientras los gastos de funcionamiento retribuyen bienes de consumo o prestaciones
de servicios, los de inversión retribuyen bienes de capital y, por consiguiente, contribuyen a aumentar el
capital del sector público de la economía. Aquí el parecido con los gastos extraordinarios desaparece, ya
que las erogaciones de inversión no pueden ser consideradas excepcionales o anormales.
3) GASTOS DE SERVICIO Y GASTOS DE TRANSFERENCIA. Otra clasificación los divide con un criterio
económico, en gastos de servicio (o con contrapartida) y gastos de transferencia (o sin contrapartida).
En el primer caso, se cambia el dinero del gasto por un servicio prestado o una cosa comprada ([Link].,
gastos en remuneración del personal estatal, o en pago a los proveedores), mientras que en el segundo
supuesto no hay contravalor alguno y el propósito de la erogación es exclusivamente promocional o
redistributivo ([Link]., subsidios a empresas privadas deficitarias cuya producción es esencial; subvenciones
a entidades de bien público; auxilios regionales por calamidades públicas; asistencia médica gratuita,
pensiones por accidentes de trabajo, enfermedad, vejez y muerte).
EFECTOS DE LOS GASTOS PÚBLICOS: debe considerarse lo importante que resulta el volumen de los
gastos con relación al producto bruto interno. El gasto público suele exceder largamente el 30% del PBI.
Cualquier modificación en su cuantía tiene un inevitable conflicto económico. También la tiene cualquier
modificación de los diversos elementos que integran el gasto.
Las consecuencias del recurso no siempre se advierten en forma rápida, debido especialmente al proceso
de repercusión de los impuestos y a su influencia no tan inmediata sobre el mecanismo de los precios. En
cambio, la incidencia del gasto público se percibe velozmente, lo cual permite, a veces, medir su
verdadero alcance.
Los efectos de los gastos públicos no se limitan al impulso momentáneo que puede percibirse en la
economía, ya sea en forma de una disminución de la desocupación o de un incremento de la actividad
industrial. Los efectos económicos dependen en gran medida de la naturaleza de los gastos que se
realizan o se aumentan.
Para poder efectuar una correcta y adecuada elección de gastos públicos con efectos que sean tan
previsibles como beneficiosos, se hace necesario tener en cuenta los siguientes factores:
a. La estructura económica, es decir, si se trata de una economía desarrollada o en vías de
desarrollo.
b. Su estado o coyuntura, o sea, un estado de recesión o un estado de expansión.
c. Los medios o recursos con los cuales se habrán de financiar tales gastos públicos.
Sólo teniendo presente estos factores se sabrá cuáles son las políticas de gastos adecuadas para producir los
efectos deseados en la economía.
INTERVENCIONISMO ESTATAL. Sabido es que los postulados liberales clásicos quedaron debilitados por las
guerras, las crisis cíclicas y la desocupación. Se requirió entonces una mayor actuación del ente público para
apuntalar la economía nacional y obrar como factor de equilibrio. Se pasó de la neutralidad estatal al
intervencionismo del Estado moderno.
Estas ideas intervencionistas hicieron irrupción en el mundo occidental a partir de la Segunda Guerra
Mundial, y la actuación estatal se extendió cada vez más, cuantitativa y cualitativamente.
Durante unos cuarenta años, prácticamente todos los gobiernos compartieron una ideología más o menos
similar, inspirada en una misma teoría -el keynesianismo-, que pretendió justificar de manera científica las
intervenciones del Estado como garantía de empleo y crecimiento.
El ideal común era atractivo porque intentaba armonizar la prosperidad económica y la justicia social, y los
medios para lograrlo eran la centralización estatal, con el acaparamiento de las más diversas actividades, la
fiscalidad progresiva y la redistribución social.
Sin embargo y después de ciertos períodos de bonanza volvieron a acentuarse las crisis, el subdesarrollo y -
principalmente- la inflación. Pero el principal fracaso fue constatar que el proceso de redistribución, sin la
creación previa de una economía sólida se constituía en factor de retroceso, y que cada vez había menos
riqueza para distribuir. De allí la decadencia y quiebra del Estado providencia.
Los fracasos del intervencionismo llevaron a reparar que, en la realidad, algunos de los postulados clásicos
no podían ser dejados de lado sin sufrir graves consecuencias. Se llegó a la convicción de que no eran
desacertadas sus prevenciones contra los presupuestos desequilibrados, el déficit en la balanza de pagos, el
financiamiento de gastos de funcionamiento con recursos espurios (emisión monetaria sin respaldo, deuda
interna y externa sin posibilidades de amortización). Por el contrario, se valoró la tesis de recurrir a
empréstitos sólo para situaciones de emergencia o para capitalizar al país, produciendo aquellos bienes que
los individuos no podían realizar por sí solos; entre otras tantas máximas que retomaron vigencia.
Pero también cundió el convencimiento de que era imposible regresar a la total pasividad del Estado en la
economía y a la idea de que todos los problemas los solucionaba el mercado.