ENFERMO IMAGINARIO Adaptación de La Obra
ENFERMO IMAGINARIO Adaptación de La Obra
ACTO PRIMERO
ESCENA PRIMERA
ARGAN y ANTONIA
(ARGAN, SOLO EN SU ALCOBA Y SENTADO A UNA MESA, AJUSTA LAS CUENTAS DEL BOTICARIO. CONVERSANDO
CONSIGO MISMO)
1. ARGAN. Tres y dos cinco, y cinco, diez... “ayuda estimulante, preparatoria y emoliente, para ablandar,
humedecer y refrescar las entrañas del señor…" Lo que más me agrada de Fleurant, mi boticario, es su cortesía
a la hora de cobrar: ¡Seis reales por una lavativa!... en ocasiones anteriores me las ha cobrado a cuatro,
pongamos dos reales... En el mismo día anochecido, “un jarabe hepático, soporífero y soñoliento, destinado a
dormir al señor, siete reales." De esta partida no me puedo quejar, porque, en efecto, dormí a pierna suelta...
"el día 25, una excelente pócima purgante" según receta del señor Purgón, destinada a expulsar y evacuar la
bilis del señor, dieciocho reales." ¡Ah, mi señor Fleurant, esto es ya una burla! Hay que tener consideración con
los enfermos que son los que aportan la paga, cargaremos tan sólo doce. ¡Abusando de este modo, no habrá
nadie que quiera estar enfermo!... Tres y dos cinco, y cinco, diez, y diez, veinte... Doscientos veintitrés reales.
Resulta, pues, que en el mes corriente he tomado nueve medicinas y doce lavativas; mientras que en el mes
anterior fueron doce medicinas y veinte ayudas. ¡Ahora me explico por qué no me encuentro este mes tan
bien como el pasado! Se lo diré a Purgón para que me regularice el tratamiento... ¡A ver, que se lleven todo
esto de aquí!... ¿No hay nadie?... ¡Por más que digo, siempre me han de dejar solo!... ¡No hay manera de
conseguir que estén en su puesto! (TOCA UNA CAMPANILLA) Ellos que no atienden, y esta campanilla que no
suena bastante... (VUELVE A TOCAR) ¡Nada! (TOCA) ¡Están sordos!... ¡Antonia! (TOCA) ¡Como si no llamara!...
¡Granujas! (TOCA DE NUEVO) (DEJA LA CAMPANILLA Y GRITA INVADIDO POR LA RABIA) ¡Pícaros de todos los
diablos! ¿Es posible que abandonen de este modo a un pobre enfermo? ¡Tilín, tilín, tilín!... ¡Nada más
lastimoso! ¡Tilín, tilín, tilín! ¡Dios mío, me dejan morir solo!
2. ANTONIA (ENTRANDO). ¡Ya va!
3. ARGAN ¡Ah, desconsiderada!
4. ANTONIA (FINGIENDO HABERSE DADO UN GOLPE EN LA FRENTE) ¡Malhaya la impaciencia!… De tal modo son
sus apuros, que a poco dejo los sesos en la puerta.
5. ARGAN (FURIOSO) ¡Traidora!
6. ANTONIA (SIN DEJAR DE QUEJARSE PARA INTERRUMPIRLE E IMPEDIR QUE GRITE). ¡Ay!
7. ARGAN. Hace…
8. ANTONIA. ¡Ay!
9. ARGAN. ¡Hace una hora…
10. ANTONIA. ¡Ay, ay!
11. ARGAN. …que me has abandonado!
12. ANTONIA. ¡Ay!
13. ARGAN. ¡Calla, granuja, y déjame que te reprenda! ¡Me has hecho desgañitarme, carroña!
14. ANTONIA. Y yo me he roto la cabeza; una cosa por la otra. Estamos en paz.
15. ARGAN. ¡Cómo, infame!
16. ANTONIA. Si continúa regañándome, lloro.
17. ARGAN. ¡Abandonarme así!
18. ANTONIA (INSISTIENDO EN SU PROPÓSITO DE NO DEJARLE HABLAR). ¡Ay, ay, ay!
ESCENA II
ARGAN, ANGÉLICA y ANTONIA
33. ARGAN. Angélica, llegas a tiempo. Quiero hablarte.
34. ANGÉLICA. Escucho.
35. ARGAN (CORRIENDO A SENTARSE AL BAÑO) Aguarda dame el bastón. Vuelvo al instante.
36. ANTONIA (RIÉNDOSE DE ÉL) ¡Corra, corra, señor! ¡Lo que nos da que hacer el señor Fleurant!
37. ANGÉLICA (MIRÁNDOLA LÁNGUIDAMENTE Y EN TONO CONFIDENCIAL). ¡Antonia!
38. ANTONIA. ¿Qué?
39. ANGÉLICA. ¡Antonia!
40. ANTONIA. ¿Qué hay con tanto Antonia?
41. ANGÉLICA. ¿No adivinas de lo que quiero hablarte?
42. ANTONIA. Me imagino que será de tu pretendiente; hace seis días que no hablas de otra cosa.
43. ANGÉLICA. Pues si lo sabes, ¿por qué no te apresuras a hablarme de él y me ahorras la vergüenza de ser yo
quien te saque la conversación?
44. ANTONIA. Si no me das tiempo.
45. ANGÉLICA. Es verdad. Te confieso que no me cansaría de hablar de él. Dime, ¿repruebas tú mi
enamoramiento?
46. ANTONIA. Yo tendría cuidado.
47. ANGÉLICA. ¿Hago mal abandonándome a tan deliciosas emociones?
48. ANTONIA. ¿Quién dice eso?
49. ANGÉLICA. ¿Tú crees que yo debiera mostrarme insensible a las ternuras de su pasión?
50. ANTONIA. De ningún modo.
51. ANGÉLICA. ¿Y no te parece a ti, como a mí, que es algo dispuesto por el destino la forma imprevista de
conocernos?
52. ANTONIA. Sí.
53. ANGÉLICA. Y el hecho de tomar mi defensa sin conocerme, ¿no es digno de un caballero?
54. ANTONIA. Sí.
55. ANGÉLICA. De un hombre generoso.
56. ANTONIA. Es cierto.
57. ANGÉLICA. ¿Y es o no un buen mozo?
58. ANTONIA. Sí que lo es.
59. ANGÉLICA. ¿Y puede oírse lenguaje más apasionado que el suyo?
60. ANTONIA. Es verdad.
61. ANGÉLICA. ¿Y hay algo más molesto que este encierro en que me tienen, privada de corresponder a los
impulsos de esta mutua pasión que el cielo nos inspira?
62. ANTONIA. Tienes razón.
63. ANGÉLICA. Pero ¿tú crees, Antonia, que me quiere tanto como dice?
64. ANTONIA. ¡Quién sabe! En cuestión de amores hay que andar siempre con cautela, porque el engaño semeja
mucho a la verdad. Yo he visto algunos farsantes que lo remedan de maravilla.
65. ANGÉLICA. ¿Qué estás diciendo, Antonia? Hablando como él habla, ¿sería posible que mintiera?
66. ANTONIA. De todos modos, pronto saldremos de dudas. En la carta de ayer dice que está decidido a pedir tu
mano, esa es la prueba más palpable de la veracidad de sus palabras.
67. ANGÉLICA. Si me ha engañado, no volveré a creer jamás en ningún hombre.
68. ANTONIA. Ya vuelve tu padre.
69. ARGAN. (REGRESA Y SENTÁNDOSE). Ahora, hija mía, te voy a dar una noticia que te tomará por sorpresa. Me
han pedido tu mano… ¿Qué es eso?... ¿Te ríes? Bien, no puede imaginarse mejor noticia para una joven...
¡Oh, naturaleza! Ya veo que no tengo para qué preguntarte si te quieres casar.
70. ANGÉLICA. Mi único deseo es obedecerte, padre mío.
71. ARGAN. Me complace esa sumisión. Hemos ultimado el asunto y ya estás comprometida.
72. ANGÉLICA. Acataré a ojos cerrados tu voluntad, padre mío.
73. ARGAN. Tu madrastra pretendía que tú y tu hermana menor Luisa entraran en un convento. Desde hace
tiempo ese era su propósito.
74. ANTONIA. (BAJO) ¡Su razón tiene la muy bribona!
75. ARGAN. (CONTINUANDO) Por lo cual se negaba a autorizar este matrimonio, pero he logrado convencerla y
así dar mi palabra.
76. ANGÉLICA. ¡Cuánto tengo que agradecer tu bondad, padre mío!
77. ANTONIA. Seguro, ésta es la acción más cuerda de su vida.
78. ARGAN. Aún no conozco a tu futuro, pero me afirman que quedaré satisfecho y tú también.
79. ANGÉLICA. Seguro, padre mío.
80. ARGAN. ¿Cómo? ¿Tú le has visto?
81. ANGÉLICA. Puesto que me has dado tu consentimiento, te abriré mi corazón. Hace seis días el azar nos puso
frente a frente y la petición que te han hecho es consecuencia de una inclinación mutua, experimentada
desde el primer instante.
82. ARGAN. No me habían dicho nada, pero me alegro, más vale que sea así. Según parece, se trata de un buen
mozo.
83. ANGÉLICA. Sí, padre mío.
84. ARGAN. De aspecto simpático.
85. ANGÉLICA. Ya lo creo.
86. ARGAN. Digno y juicioso.
122. ANTONIA. Su hija, que no quiere oír habla del señor Diafoirus, ni de su hijo, ni de ninguno de los Diafoirus
que andan por el mundo.
123. ARGAN. Pues yo sí. Además, es una boda con un gran partido. El señor Diafoirus no tiene más hijos ni
herederos que ese, y el señor Purgón, que es soltero, dispone en favor de ese matrimonio ocho mil duros de
renta.
124. ANTONIA. ¡La de gente que habrá matado para hacerse tan rico!
125. ARGAN. Ocho mil duros es una cantidad muy respetable y unida al caudal del señor Diafoirus...
126. ANTONIA. Sí, sí. Todo eso está muy bien, pero, yo insisto, búsquele otro marido. Su hija no nació para ser
la señora de Diafoirus.
127. ARGAN. ¡Pues yo quiero que lo sea!
128. ANTONIA. ¡Bah, no diga eso!
129. ARGAN. ¡Cómo que no lo diga!
130. ANTONIA. ¡No!
131. ARGAN. ¿Y por qué no lo he de decir?
132. ANTONIA. Porque pensarán que no sabe lo que dice.
133. ARGAN. ¡Que piensen lo que quieran, pero ella ha de cumplir la palabra que yo he dado!
134. ANTONIA. Estoy segura que no.
135. ARGAN. La obligaré.
136. ANTONIA. Será inútil.
137. ARGAN. ¡Pues se casará o la meteré en un convento!
138. ANTONIA. ¿Usted?
139. ARGAN. ¡Yo!
140. ANTONIA. ¡Bah!
141. ARGAN. ¿Qué es eso de “bah”?
142. ANTONIA. Que no la meterá en ningún convento.
143. ARGAN. ¿Que no la meteré en un convento?
144. ANTONIA. No.
145. ARGAN. ¡Esto sí que tiene gracia! De manera que, queriéndolo yo mismo, no meteré a mi hija en un
convento.
146. ANTONIA. Le digo que no.
147. ARGAN. ¿Quién me lo va a impedir?
148. ANTONIA. Usted mismo.
149. ARGAN. ¿Yo?
150. ANTONIA. Usted, que no puede tener tan mal corazón.
151. ARGAN. ¡Pues lo tendré!
152. ANTONIA. Le entrará la ternura paternal.
153. ARGAN. ¡Pues no me entrará!
154. ANTONIA. Un par de lagrimitas, le pondrá los brazos al cuello, y un "papaíto mío" dicho con ternura,
bastarán para desarmarlo.
155. ARGAN. Todo eso será inútil.
156. ANTONIA. ¿A que no?
157. ARGAN. Te repito que no desistiré por nada.
158. ANTONIA. ¡Pamplinas!
159. ARGAN. ¡No me digas pamplinas!
ESCENA III
BELISA, ANGÉLICA, ANTONIA y ARGAN
180. BELISA: ¿Qué es el ruido?
181. ARGAN. ¡Ay, esposa mía, acércate!
182. BELISA. ¿Qué tienes, pobrecito mío?
183. ARGAN. ¡Socórreme!
184. BELISA. ¿Qué es eso? ¿Qué es lo que te pasa, hijito mío?
185. ARGAN. ¡Chancha mía!
186. BELISA. Querido.
187. ARGAN. Me han enfurecido.
188. BELISA. ¿De veras, maridín mío? ¿Y cómo ha sido eso, tesoro?
189. ARGAN. ¡Antonia, que cada día es más insolente! Hace una hora que me lleva la contraria en todos mis
propósitos.
190. BELISA. Vamos, vamos, cálmate.
191. ARGAN. ¡Y ha tenido el descaro de decir que no estoy enfermo!
192. BELISA. ¡Qué impertinencia!
193. ARGAN. Esa pícara será la causa de mi muerte, amor mío.
194. BELISA. ¡Bah, bah!
195. ARGAN. ¡Por Su culpa tengo siempre el saco de la bilis rebosando!
196. BELISA. No te enfurezcas de ese modo.
197. ARGAN. Hace tiempo que te repito que la eches de esta casa.
198. BELISA. Por Dios, hijo mío, no hay sirviente que no tenga defectos, y muchas veces hay que soportarles lo
malo en gracia de lo bueno. Ésta es hábil, cuidadosa, diligente y, sobre todo, fiel. Ya sabes cuántas
precauciones hay que tomar antes de admitir gente nueva... ¡Antonia!
199. ANTONIA. Señora.
200. BELISA. ¿Por qué enojas a mi marido?
201. ANTONIA (CON ACENTO DULCE) ¿Yo, señora? No me explico lo que dice, porque no vive una más que
para dar gusto en todo al señor.
202. ARGAN. ¡La muy traidora!
203. ANTONIA. Me decía que quiere casar a su hija con el hijo del señor Diafoirus, y yo le contestaba que el
partido es excelente, pero que me parecía mejor que la metiera en un convento.
204. BELISA. No hay motivos para que te enfades por eso, me parece que tiene razón.
205. ARGAN. ¡No la creas, amor mío! ¡Es una malvada que acaba de decirme mil insolencias!
206. BELISA. Te creo, amigo mío... Vamos, siéntate. Escucha, Antonia: si vuelves a enojar a mi marido, te
marchas de esta casa... Tráeme un abrigo y las almohadas, que voy a acomodarle en su sillón... Toma; cúbrete
bien, hasta las orejas, que no hay nada que acatarre tanto como el aire en los oídos.
207. ARGAN. ¡Cuánto tengo que agradecerte, chancha mía, por los cuidados que tienes conmigo!
208. BELISA. (ACOMODÁNDOLE LAS ALMOHADAS) Levanta un poco, una a cada lado, otra en la espalda y otra
para que reclines la cabeza.
209. ANTONIA. (DÁNDOLE UN ALMOHADAZO EN LA CABEZA Y ESCAPANDO) Y ésta para resguardarlo del
sereno.
210. ARGAN. (LEVANTÁNDOSE IRACUNDO Y TIRÁNDOLE TODAS LAS ALMOHADAS A ANTONIA) ¡Quieres
asfixiarme, bribona!
211. BELISA. ¿Qué es eso? ¿Qué ocurre ahora?
212. ARGAN (MUY ABATIDO, DEJÁNDOSE CAER EN EL SILLÓN.) ¡Ay, ay!... ¡No puedo más!
213. BELISA. ¿Por qué te exaltas de ese modo? Seguramente no ha tenido intención de molestarte.
214. ARGAN. Tú no conoces, amor mío, las truhanerías de esa malvada… Ha logrado sacarme de quicio, y
tendré que tomar, por lo menos, ocho medicamentos y doce lavativas para reponerme.
215. BELISA. Vamos, vamos, chiquito; sosiégate un poco.
216. ARGAN. Tú eres mi único consuelo, vida mía.
217. BELISA. ¡Pobre hijito mío!
218. ARGAN. Para recompensar tanta amorosa solicitud, ya te he dicho, corazón mío, que deseo hacer
testamento.
219. BELISA. ¡Ay, querido mío, te ruego que no hablemos de eso! De tal modo me horroriza esa idea, que la
sola palabra testamento me hace estremecer de angustia.
220. ARGAN. Te dije que avisaras a tu notario.
221. BELISA. Vino conmigo y ahí aguarda.
222. ARGAN. Hazle entrar, amor mío.
223. BELISA. ¡Ay! Cuando se ama de verdad a un marido, no se puede pensar en estas cosas.
ESCENA IV
EL NOTARIO, BELISA y ARGAN
224. ARGAN. Adelante, señor Bonafé. Tome asiento, si le place... Informado por mi mujer de su honradez y de
su buena amistad, le encargué que le hablara de cierto testamento que quiero hacer.
225. BELISA. ¡Yo no soy capaz de hablar de eso!
226. EL NOTARIO. Su eminencia, la señora ya me ha puesto al corriente de sus intenciones y de los propósitos
que lo animan; pero, mi deber es advertirle que no puede dejarle nada en testamento.
227. ARGAN. ¿Y por qué?
228. EL NOTARIO. Señoría, porque la costumbre se opone. Si estuviéramos en un país de leyes escritas podría
hacerse, pero aquí, donde la costumbre se hace ley, es imposible; la disposición sería nula. Todos los bienes
que puedan tener un hombre y una mujer, unidos en legítimo matrimonio, se consideran como mutuas
dádivas hechas en vida; pero, en este caso, es condición precisa que no haya hijos de por medio, ya sean de
los cónyuges o de uno de ellos habido en matrimonio anterior.
229. ARGAN. ¡Pues es una costumbre de verdad molesta que un marido no pueda dejar nada a una esposa que
lo ama tiernamente y que se desvive en atenciones! Quisiera consultar a mi abogado para ver qué solución
me da.
230. EL NOTARIO. Su excelencia, ¡Déjese de abogados, que suelen ser gentes meticulosas y que consideran
como un crimen el testar contrariamente a lo instituido! Todo se les vuelve dificultades e ignoran los
recovecos de la conciencia. Hay otras personas a quienes consultar que son más acomodaticias, que tienen
expedientes para deslizarse bordeando la ley y dándole validez a lo que no se considera como lícito. Si no se
pudiera hacer esto, ¿dónde iríamos a parar? Es preciso dar facilidades; de otro modo no haríamos nada y
habría que dejar el oficio.
231. ARGAN. Mi mujer me había dicho, señor, que usted es hombre hábil. Dígame qué es lo que puedo hacer
para dejarle a ella mis bienes, saltando por encima de los derechos de mis hijos.
232. EL NOTARIO. Majestad, ¿Qué puede hacer?... Pues elegir, sigilosamente, entre los amigos de su esposa y
dejar a uno de ellos, cumpliendo con todos los requisitos legales, una parte de su fortuna. Este amigo, más
tarde, hará entrega del legado a la señora... Puede también, entregarle en vida cantidades en metálico o en
valores al portador.
233. BELISA. Dios mío, no te atormentes por esto. Si tú llegaras a faltarme, chancho mío, no podría seguir en el
mundo.
234. ARGAN. ¡Vida mía!
235. BELISA. Sí, querido, si tengo la desgracia de perderte...
236. ARGAN. ¡Querida esposa!
237. BELISA. La vida no tendrá ya para mí ningún interés.
238. ARGAN. ¡Amor mío!
239. BELISA. Seguiría tus pasos para hacerte ver toda mi ternura.
240. ARGAN. ¡Me partes el corazón, chancha mía! ... ¡Cálmate, te lo suplico!
241. EL NOTARIO. Sus lágrimas son extemporáneas; no hemos llegado aún a esos extremos.
242. ARGAN. Sí, notario, mi mayor pesadumbre será el no haber tenido un hijo tuyo. Mi médico me ofreció
que él me haría tener uno.
243. EL NOTARIO. Aún pudiera ocurrir…
244. ARGAN. Es preciso hacer ese testamento, amor mío, en la forma que nos ha indicado el señor, pero, por
precaución, quiero entregarte veinte mil francos en oro que tengo escondidos en mi alcoba, y dos letras
aceptadas.
245. BELISA. No, no; no tomaré nada... ¿Cuánto dices que tienes en la alcoba?
246. ARGAN. Veinte mil francos, amor mío.
247. BELISA. No hablemos de dinero, te lo ruego... Y ¿de cuánto son las letras?
248. ARGAN. Una de cuatro mil francos y otra de seis mil.
249. BELISA. Todos los bienes de este mundo no valen lo que tú.
250. EL NOTARIO. Benignísimo ¿Procedemos a redactar el testamento?
251. ARGAN. Sí, señor. Pero mejor será que nos vayamos a mi despacho. ¿Quieres ayudarme, amor mío?
252. BELISA. Vamos, chanchito mío.
ESCENA V
ANGÉLICA Y ANTONIA
253. ANTONIA. Están con un notario y los he oído hablar de testamento. Tu madrastra no pega ojo,
seguramente ha urdido alguna maquinación para apoderarse de su dinero.
254. ANGÉLICA. Que disponga de todos sus bienes como quiera, con tal que no disponga de mi corazón. Ya has
visto las violencias que le amenazan. No me abandones en este trance, por Dios te lo pido.
255. ANTONIA. ¿Abandonarte yo? Antes la muerte. Tu madrastra me ha honrado haciéndome su confidente;
pero yo no le tengo el menor apego. Trabajaré a favor tuyo, mi niña. Ocultando el interés que tengo por ti y
fingiendo ponerme de parte de tu padre y de tu madrastra.
256. ANGÉLICA. Procura que se cancele el matrimonio que han acordado.
257. ANTONIA. Así será. Hoy ya es tarde, pero desde mañana muy temprano pondré en marcha todo lo que
puedo y lo que sé para favorecerte, mi niña…
258. BELISA. ¡Antonia!
259. ANTONIA. Me llaman. Buenas noches, y confía en mí.
ACTO SEGUNDO
ESCENA PRIMERA ANTONIA, CREONTE Y ARGAN
260. ANTONIA. ¿Qué desea el señor?
261. CREONTE. Deseo…
262. ANTONIA. ¡Ah, es usted!... ¡Qué sorpresa! ¿Qué hace aquí?
263. CREONTE. He venido a hablar con Angélica y conocer su propósito sobre ese matrimonio fatal del que me
han advertido.
264. ANTONIA. Sí, pero es preciso idear una treta, porque ya sabe la estrecha vigilancia en que vive, sin que se
le permita salir, ni hablar con nadie. Sólo como un favor a una anciana tía se le concedió aquella vez ir al
teatro, donde se conocieron, y Dios nos libre de hablar de esa aventura.
265. CREONTE. Por eso mismo no vengo aquí como Creonte, sino como amigo del maestro de música de
Angélica, al que he podido convencer de que me ceda su puesto.
266. ANTONIA. Aquí llega el padre. Retírese a un lado, que voy a anunciarle la visita.
267. ARGAN. (CONSIGO MISMO, MUY PERPLEJO) El médico me ha ordenado que pasee todas las mañanas,
aquí mismo, en mi sala, de acá para allá, de allá para acá, pero se me olvidó preguntarle si los paseos deben
ser a lo largo o a lo ancho de la habitación.
268. ANTONIA. Señor... Ahí está...
269. ARGAN. ¡Habla bajo, piojosa! Me aturdes el cerebro, sin tener en cuenta que a los enfermos no se les
puede gritar.
270. ANTONIA. Quería advertirle de que...
271. ARGAN. ¡Que hables bajo, te digo!
272. ANTONIA. Señor... (GESTICULA COMO SI HABLARA.)
273. ARGAN. ¿Qué?
274. ANTONIA. Le decía... (HACE COMO SI HABLARA.)
275. ARGAN. Pero ¿qué es lo que dices?
276. ANTONIA. (ALTO) Digo que hay un hombre alto, profesor de música, que le va a enseñar a Angélica, que
quiere hablar con el señor.
277. ARGAN. Que pase.
278. ANTONIA. (HACE SEÑAS A CREONTE PARA QUE SE ACERQUE)
279. CREONTE. Señor...
280. ANTONIA. (CON ZUMBA) No hable tan alto que le retiemblan los sesos al señor.
281. CREONTE. Celebro verlo levantado y ver que está mejor.
282. ANTONIA (FINGIENDO INDIGNACIÓN) ¿Quién ha dicho que está mejor? No es cierto: el señor sigue mal.
283. CREONTE. He oído decir que el señor estaba más aliviado, y a juzgar por el semblante...
284. ANTONIA. ¿Qué quiere decir con eso del semblante? El señor tiene muy mala cara, y es una impertinencia
decir que está mejor. Nunca estuvo tan mal como ahora.
285. ARGAN. Tiene razón.
286. ANTONIA. Anda, duerme, come y bebe como todo el mundo; pero, a pesar de eso, está muy mal.
287. ARGAN. Es verdad.
288. CREONTE. Lo lamento, señor... Yo venía de parte del maestro de música de su hija, que ha tenido la
urgencia de marchar al campo por unos días, y, como tenemos una gran amistad, me ha rogado que continúe
las lecciones, pues, si se interrumpen, su hija pueda olvidar lo que ya ha aprendido.
289. ARGAN. Perfecto. Llama a Angélica.
290. ANTONIA. Será mejor que el señor vaya a buscarla a su alcoba.
ESCENA II
ARGAN, ANGÉLICA, CREONTE y ANTONIA
296. ARGAN. Ven acá, hija mía. Tu maestro de música ha tenido que ausentarse y envía a este amigo en su
lugar.
297. ANGÉLICA. ¡Cielos!
298. ARGAN. ¿Qué es eso? ¿De qué te sorprendes?
299. ANGÉLICA. Es que...
300. ARGAN. ¿Qué?
301. ANGÉLICA. Una extraña coincidencia.
302. ARGAN. ¿Cuál?
303. ANGÉLICA. Esta misma noche, he soñado que un hombre idéntico a este señor me libró de un peligro
mortal. Imaginen mi sorpresa al encontrar ahora, aquí, a este guapo, viril y varonil caballero con quien he
estado soñando toda la noche.
304. CREONTE. Feliz ocurrencia la de ocupar su pensamiento, ya en sueños, ya en vigilia, pero mi dicha sería
mayor si pudiera socorrerla en la realidad. No habría peligro al que no me arriesgara...
305. ANTONIA. (ENTRANDO Y CON ZUMBA). Señor, me vuelvo atrás de todo lo que le dije ayer y me pongo de
su parte. Ahí están el señor Diafoirus y su hijo, que vienen a saludar. ¡Vaya si va a tener un buen yerno! No
hay joven más lúcido ni más inteligente en el mundo. Ha dicho dos palabras y ya me ha hecho tilín. Angélica
va a quedar encantada.
306. ARGAN. (A CREONTE, QUE HACE INTENCIÓN DE SALIR) No se marche. Caso a mi hija, y he aquí que le
traen a su futuro esposo, al que aún no conoce.
307. CREONTE. Me honra señor, haciéndome testigo de esta escena.
308. ARGAN. Él es hijo de un médico afamado. Espero que dentro de cuatro días celebremos la boda.
309. CREONTE. Muy bien.
310. ARGAN. Avise a su amigo, el maestro de música, para que no falte a la ceremonia.
311. CREONTE. No faltará.
312. ARGAN. Y a usted también le ruego que asista.
313. CREONTE. Honradísimo.
314. ANTONIA. Preparados, que ya están aquí. (REDOBLANTE)
ESCENA II
ARGAN, ANGÉLICA, TOMÁS, DIAFOIRUS, CREONTE y ANTONIA
315. ARGAN (LLEVÁNDOSE LA MANO AL GORRO, PERO SIN QUITÁRSELO). Perdónenme, pero tengo prohibido
descubrirme. Ustedes que son del oficio conocerán las razones.
316. DIAFOIRUS. Nuestra presencia debe proporcionar alivio y no incomodidad al enfermo.
317. ARGAN. Acepto... (HABLAN LOS DOS A UN TIEMPO, INTERRUMPIÉNDOSE EL UNO AL OTRO A CADA
PALABRA, LO QUE OCASIONA UN VERDADERO GALIMATÍAS)
318. DIAFOIRUS. Venimos...
319. ARGAN. Con regocijo...
320. DIAFOIRUS. Mi hijo Tomás y yo...
321. ARGAN. Anuncio el honor que me hacen...
322. DIAFOIRUS. Con infinita alegría...
323. ARGAN. Hubiera deseado ser yo quien les visite...
324. DIAFOIRUS. Porque usted nos ha recibido...
325. ARGAN. Pero ya saben...
326. DIAFOIRUS. Y es un honor...
327. ARGAN. Lo que es un pobre enfermo...
328. DIAFOIRUS. Que acepte este matrimonio...
329. ARGAN. Confinado a su casa...
330. DIAFOIRUS. Sepa que en aquello que dependa de nuestro oficio...
331. ARGAN. Pero mi consentimiento...
332. DIAFOIRUS. Estaremos solícitos...
333. ARGAN. Está dispuesto en todo momento...
334. DIAFOIRUS. Para aportar todo lo necesario. (SE VUELVE A SU HIJO Y LE DICE) Avanza tú ahora, Tomás, y
presenta tus homenajes.
335. TOMÁS (ES UN GRANDÍSIMO NECIO, PATARROSO, QUE LO HACE TODO A DESTIEMPO.) ¿No es por el
padre por quien debo empezar?
336. DIAFOIRUS. Sí.
337. TOMÁS. Señor: Aquí llego a reverenciar a un segundo padre. Pero a un segundo padre al cual, me atrevo a
declarar, lo amo más que al primero. El primero me ha engendrado; pero usted me ha elegido. Posee usted
facultades espirituales superiores a las materiales, al haber aceptado esta futura unión, por la cual vengo
ahora a expresar mis más humildes y rendidos respetos.
338. ANTONIA. ¡Bendito sea el colegio de donde salen estos hombres!
339. TOMÁS. ¿He estado bien, padre?
340. DIAFOIRUS. ¡Optimo!
341. ARGAN (A ANGÉLICA) Vamos, saluda al señor.
342. TOMÁS (A DIAFOIRUS) ¿Debo besarle la mano?
343. DIAFOIRUS. Sí, Sí.
344. TOMÁS (A ANGÉLICA) Señora: Con justicia le ha concedido el cielo el título de madre, puesto que...
345. ARGAN. Esa no es mi mujer, es mi hija.
346. TOMÁS. Pues ¿dónde está su esposa?
347. ARGAN. Vendrá ahora.
348. TOMÁS (A DIAFOIRUS) ¿Aguardo a que venga?
349. DIAFOIRUS. Saluda a la hija.
350. TOMÁS. Señorita: Así como observan los naturalistas, que la flor llamada Helianthus annuus…
351. ANTONIA. (AL OÍDO DE ANGÉLICA) Girasoles…
352. TOMÁS. (PERDIDO EN SU PARLAMENTO) Helianthus annuus… sigue la ruta del astro del día, así mi
corazón desde ahora buscará siempre el fulgor de sus ojos adorables, que ahora son mi faro y mi destino...
Permítame, señorita, que deposite en el altar de sus encantos la ofrenda de este corazón, que no ambiciona
otra gloria que la de ser, mientras viva, su humilde, obediente, muy fiel servidor marido.
353. ANTONIA. (EN CHANZA) ¡Ya merece la pena quemarse las pestañas estudiando y poder decir luego cosas
tan lindas!
354. ARGAN. (A CREONTE) ¿Qué dice usted de esto?
355. CREONTE. Que estoy maravillado de oír al señor, y que, si es tan buen médico como orador, dará gusto
enfermar para ser asistido por él.
356. ANTONIA. Seguramente. Si sus curaciones son como sus discursos, será cosa de asombro.
357. ARGAN. Vaya, acérquenme mi silla y sentémonos todos. Tú aquí, hija mía. (A DIAFOIRUS) Lo felicito por
tener tal hijo; ya ve cómo todos le admiran.
358. DIAFOIRUS. Señor: No es porque sea mi hijo, pero tengo motivos sobrados para estar orgulloso. Él es un
joven sin mucha imaginación, pero es muy juicioso, cualidad indispensable para el ejercicio de nuestra
profesión. No ha sido muy listo, a los nueve años aún no conocía las letras, y sabe Dios cuánto costó enseñarle
a leer... ¡Bien me decía yo: “los árboles tardíos son los que dan mejores frutos”! Esta lentitud de comprensión,
esa escasez de imaginación y la carencia total de sabiduría, son síntomas de buen juicio en el porvenir. Al fin,
a fuerza de batir en el yunque, ¡insistir, insistir e insistir! ganó brillantemente su licenciatura y, puedo decir,
sin vanidad, que, en las controversias suscitadas en nuestro colegio, desde hace dos años, ninguno armó
tanto ruido como él. Es un discutidor formidable, siempre lleva el razonamiento hasta los límites más
recónditos de la lógica. Pero sobre todas sus cualidades la que más me agrada es que, guiándose de mi
ejemplo, él siempre practica la medicina a la manera de la escuela antigua.
359. TOMÁS. (SACANDO UN ENORME MAMOTRETO QUE OFRECE A ANGÉLICA.) He aquí la tesis sostenida por
mí, contra los partidarios de la circulación de la sangre. Con la venia de su padre, se la ofrezco como primicia
de mi ingenio.
360. ANGÉLICA. ¿Para qué quiero yo eso si no entiendo jota?
361. ANTONIA. Dámelo a mí, que recortaré las figuritas y las pondré en mi cuarto.
362. TOMÁS. Igualmente, con permiso de su padre, la invito a que asistamos uno de estos días a la autopsia de
una mujer. Es un espectáculo muy entretenido y en el que tengo que actuar.
363. ANTONIA. Debe ser divertidísimo. Hay quien lleva al teatro a su dama, pero invitarla a una autopsia es
mucho más galante.
364. DIAFOIRUS. Por lo demás, en lo que respecta a las cualidades que se requieren para el matrimonio y la
propagación de la especie, puedo asegurar que este espécimen posee las condiciones naturales, todas en
regla y en muy buena medida con lo referido a engendrar y procrear hijos fuertes.
365. ARGAN. Y, lo mejor, ¿será un reconocido médico?
366. DIAFOIRUS. Sí, siempre y cuando no tenga que atender a esos señorones que caen enfermos y quieren
decididamente que el médico los cure.
367. ANTONIA. ¡Vaya impertinencia pretender que los cure el médico! Los médicos no son para eso; los
médicos no tienen más misión que la de recetar y cobrar; el curarse o no, es cuenta del enfermo.
368. DIAFOIRUS. ¡Claro está! Uno no tiene más obligación que la de ofrecer la receta.
369. ARGAN (A CREONTE) Haga un poco de música para que los señores oigan a mi hija.
370. CREONTE. Aguardaba ese mandato, ya lo había pensado, para hacer más agradable esta reunión, cantar
algunos pasajes de una obra nueva, recientísima. (DANDO UNOS PAPELES A ANGÉLICA) Toma tu papel.
371. ANGÉLICA. ¿Yo?
372. CREONTE (BAJO, A ANGÉLICA) Se lo ruego, hágalo, yo explicare la escena que vamos a representar. Tengo
poca voz, pero la suficiente para que me escuchen y acompañarla sin desentonar.
373. ARGAN. ¿Son bonitos los versos?
374. CREONTE. Se trata de una improvisación hecha en prosa rimada a modo de verso libre, con objeto de que
los personajes expresen más espontáneamente su pasión.
375. ARGAN. Está bien, escuchemos.
376. CREONTE. He aquí el asunto. Un pastor que asiste a un espectáculo ve cómo un bárbaro insulta
brutalmente a una pastora, la defiende, castigando al grosero por su insolencia; (CACHETADA A TOMÁS)
después, descubre en la pastora los ojos más lindos que jamás se hayan visto, (SUSPIRO) vertiendo las
lágrimas más bellas del mundo. El pastor procura contenerlas, la pastora agradece su solicitud con tal encanto
que el pastor no se puede resistir, y un dardo inflamado de amor penetra en su corazón... El espectáculo es
demasiado breve y pronto tiene que separarse de ella... pero el amor que él ahora siente es como si hubiera
estado por años. Hace lo imposible por volver a verla; pero la vigilancia en que ella vive se lo impide. Se
resuelve a pedir su mano y obtiene de ella el consentimiento para hacerlo, a la par que le advierte de que su
estúpido padre ha concertado su matrimonio con otro, y que todo está ya dispuesto para la ceremonia. No
pudiendo soportar la idea de ver a la que ama en brazos de otro, inventa una treta para entrar en la casa de la
pastora y que ella misma le diga cuál es su destino, pero allí encuentra al indigno rival que el capricho de un
padre impone ante el amor; mira dolorosamente a la que ama, y por respeto a ella y a la presencia del padre,
guarda silencio, expresándose sólo con los ojos, hasta que, al fin, no pudiendo contener su pasión, habla así:
(CANTA)
377. ANGÉLICA
Ya me ves, Tirsis, triste y melancólica ante el matrimonio
Que tanto te acongoja. Abro al cielo los ojos, te miro,
Suspiro... ¿Qué más puedo decir?
378. ARGAN. ¡Santo cielo! ¿Quién podía sospechar tales habilidades en mi hija?
379. CREONTE
¡Oh, bella Filis!
¿Sería tan dichoso, Tirsis enamorado,
que hueco hubiera hallado en tu corazón?
380. ANGÉLICA
A este punto, defenderme no puedo, Tirsis, te idolatro.
381. CREONTE
¿he oído bien?
Repítelo y cesen ya mis dudas
382. ANGÉLICA.
Te adoro. Te adoro…
Tirsis, te adoro.
383. CREONTE
Soy dichoso
Mas, ¡oh, Filis!, este éxtasis, la idea de un rival
Viene a molestar.
384. ANGÉLICA
Más que a la muerte mi alma lo detesta y, lo mismo que a ti,
su presencia me atormenta.
385. CREONTE
Pero una promesa paternal te obliga.
386. ANGÉLICA
Antes morir que consentir, antes morir… (SE BESAN)
387. ARGAN. Y ¿qué dice a todo esto el padre?
388. CREONTE. Nada.
389. ARGAN. ¡Valiente majadero, soportar tanta impertinencia sin decir palabra!
390. CREONTE. ¡Ay, amor mío!
391. ARGAN. ¡Basta, basta ya!... ¡La tal comedia es escandalosa! Ese pastor Tirsis es un impertinente, y la
pastora Filis, que habla de ese modo delante de su padre, es una impúdica. A ver esos papeles... ¡Ya, ya!
¿Dónde está aquí la letra de lo que han cantado? Aquí no hay más que música.
392. CREONTE. Pero ¿no sabe, señor? Se ha inventado hace poco el medio de escribir letras con los mismos
signos de la música.
393. ARGAN. Está bien... se acabó. Hasta la vista. No nos hacía falta conocer una obra tan impertinente.
394. CREONTE. Creí que lo divertiría.
395. ARGAN. Las majaderías no divierten nunca... Aquí está ya mi esposa.
ESCENA III
BELISA, ARGAN, ANTONIA, ANGÉLICA, DIAFOIRUS y TOMÁS
396. ARGAN. Amor mío, te presento al hijo del señor Diafoirus.
397. TOMÁS. (COMIENZA UNA SALUTACIÓN QUE TRAÍA APRENDIDA; PERO SE LE VA LA MEMORIA Y SE
CORTA). Señora: Con justicia le han concedido los cielos el nombre que tan claramente luce en su rostro y
que...
398. BELISA. Encantada de conocerlo.
399. TOMÁS. Que tan claramente puede leerse en su rostro... puede leerse su rostro… la interrupción, señora,
me ha hecho perder el hilo.
400. DIAFOIRUS (A SU HIJO) Reserva el discurso para otra ocasión.
401. ARGAN. Hubiéramos deseado verte antes.
402. ANTONIA. ¡Lo que se ha perdido, señora!... ¡El segundo padre, y el discurso de los girasoles!...
403. ARGAN. Vamos, hija mía. Enlaza tu mano a la del señor y dale tu palabra de esposa.
432. ARGAN. Señores, no se marchen sin antes tomarme el pulso o mirar la palidez de mis ojos, pues todo esto
que pasa me alborota el hígado y expulsa toda la sal de mis entrañas, se me seca la garganta y hasta se me
quiebra el bazo…
451. BELISA. Chancho mío, vengo, antes de marcharme, a prevenirte una cosa. Ahora mismo, al pasar por
delante de su alcoba, he visto a Angélica con un hombre que ha huido al verme.
452. ARGAN. ¡Mi hija con un hombre!
453. BELISA. Sí, Luisa estaba con ellos y te lo podrá contar todo.
454. ARGAN. Amor mío, mándame a Luisa aquí ahora mismo… (BELISA SALE, ARGAN SE QUEDA TRATANDO DE
NO SUCUMBIR A UN ATAQUE RESPIRATORIO, AL INSTANTE APARECE LUISA)
455. LUISA. ¿Qué quieres, papá?
456. ARGAN. Ven acá. Acércate. Levanta los ojos y mírame a la cara. ¿A ver?
457. LUISA. ¿Qué, papá?
458. ARGAN. ¿No tienes nada que contarme?
459. LUISA. El cuento de la piel del burro que he aprendido hace poco.
460. ARGAN. No, es eso lo que quiero.
461. LUISA. ¿Qué es entonces?
462. ARGAN. De sobra sabes tú, granuja, a lo que me refiero.
463. LUISA. No sé.
464. ARGAN. ¿Es esta tu manera de obedecerme?
ACTO TERCERO
ESCENA PRIMERA ARGAN, BERALDO y ANTONIA
(ANTONIA BUSCA A ARGÁN, TRAE SU BASTÓN Y VIENE JUGANDO CON ÉL DE FORMA BURLONA. ENTRA
BERALDO)
516. BERALDO. ¡Hola! ¡Vaya, por Dios! ¡No apunta un alma en esta casa!
517. ANTONIA. ¡Sí se apunta y es la mía que se sacude con lo bien que cae su visita!
518. BERALDO. Me han traído los rumores de un proyecto extravagante que se le ha metido en la cabeza a mi
hermano.
519. ANTONIA. Pues, es cierto, señor Beraldo, es con su sobrina, quiere casar con un tal Tomás o enviarla al
convento, socórrala…
520. BERALDO. Haré cuanto pueda.
521. ANTONIA. Es preciso impedirlo. Yo había pensado que metiendo por medio otro médico que
desacreditara al señor Purgón adelantaríamos mucho; pero como no tenemos de quién echar mano, he
inventado una trama que yo misma voy a representar.
522. BERALDO. ¿Tú?
523. ANTONIA. Una farsa que acaso dé buen resultado. Usted trabaje por su parte y yo por la mía. Ya vuelvo.
(LE PASA CON FUERZA EL BASTÓN A ARGAN) Tome... Ya se le olvidaba que no puede andar sin el bastón.
(SALE)
524. ARGAN. Es verdad.
525. BERALDO. ¡Hola, hermano! ¿Cómo te va?
526. ARGAN. ¡Muy mal!
527. BERALDO. ¿Cómo es eso?
528. ARGAN. ¡Ni para hablar tengo fuerzas!
529. BERALDO. Venía a proponerte un gran partido para mi sobrina Angélica.
530. ARGAN. (EXALTADO Y LEVANTÁNDOSE DEL SILLÓN) ¡No me hables de esa bribona!... ¡Es una pícara,
impertinente y desvergonzada, a la que encerraré en un convento antes de cuarenta y ocho horas!
531. BERALDO. ¡Esto va bien! Veo que recuperas las fuerzas y que mi visita es más saludable que un
purgante... Es necesario que hablemos unos momentos mano a mano. ¿Cómo es que, teniendo una buena
fortuna y una sola hija, porque la otra es aún muy pequeña, quieres encerrarla en un convento?
532. ARGAN. Porque, siendo yo el cabeza de familia, puedo hacer con ella lo que me dé la gana.
533. BERALDO. Y ¿no obedecerá más bien a deseos de tu mujer? Claro está que ella lo hace con la mejor
intención y con el deseo de que sean dos excelentes religiosas.
534. ARGAN. ¡Ya apareció aquello! Ya salió a relucir esa pobre mujer, a la que se culpa de todo.
535. BERALDO. No es eso. No hablemos más de ella. Ella es una mujer llena de desinterés, que te ama a ti a tus
hijas tiernamente… volvamos a tratar lo de tu hija. ¿Cuál es tu intención al desear casarla con el hijo de un
médico?
536. ARGAN. Tener el yerno que necesito.
537. BERALDO. Por eso a ella no le conviene, sobre todo presentándosele un partido más ventajoso.
538. ARGAN. Para mí el más ventajoso es éste.
539. BERALDO. Pero el marido ¿es para ella o para ti?
540. ARGAN. Para los dos; quiero tener en la familia las personas que me son necesarias.
541. BERALDO. Según eso, si Luisa fuera mayor la casarías con un farmacéutico.
542. ARGAN. ¿Y por qué no?
543. BERALDO. Pero ¿es posible que quieras estar enfermo en contra de la opinión de todos y de tu misma
naturaleza?
544. ARGAN. ¿Qué me quieres decir con eso?
545. BERALDO. Quiero decirte que no conozco hombre más sano que tú. La prueba es que, a pesar de todo lo
te han hecho, no han conseguido quebrantar lo saludable de tu naturaleza ni has reventado con tanta
medicina.
546. ARGAN. ¡Gracias a ellas vivo, querido hermano! Y mil veces me ha repetido el señor Purgón que soy
hombre muerto con que deje de atenderme nada más de tres días. Seamos razonables, hermano mío... ¿Tú
no crees en la medicina?
547. BERALDO. Pues, cambiemos de conversación... Respecto a lo de tu hija, dale una oportunidad a su
pretendiente. Es la felicidad de ella, no la tuya….
548. (APARECE FLEURANT, ARMADO DE GRAN LAVATIVA. SE ACLARA LA VOZ PONIENDO EN PUÑO EN LA BOCA
Y LE ENSEÑA LA LAVATIVA A ARGAN)
549. ARGAN. (A BERALDO) Justo a tiempo. Con tu permiso.
550. BERALDO. ¡Cómo!... ¿Qué vas a hacer?
551. ARGAN. No es más que un ligero lavado intestinal. Cuestión de un instante.
552. BERALDO. ¡Vaya una broma! ¿Pero es que no puedes pasar un momento sin lavados y sin medicinas?
¡Deja eso para otra ocasión!
553. ARGAN. Hasta la noche o hasta mañana, señor Fleurant.
554. FLEURANT. (A BERALDO) ¿Quién es usted para oponerse a las prescripciones de la medicina e impedir que
el señor tome su ayuda? ¡Es un atrevimiento bastante necio!
555. BERALDO. ¡Ande, ande!... Ya se ve que no está acostumbrado a hablar con la gente mirándole a la cara.
556. FLEURANT. ¡Eso es burlarse de la medicina y hacerme a mí perder el tiempo! ahora mismo voy a notificar
al señor Purgon que se me ha impedido cumplir sus órdenes y ejecutar mis funciones. ¡Ya verás, ya verás!...
(SE MARCHA)
ESCENA II
ARGAN, BERALDO, PURGON y ANTONIA
560. PURGON. Me han dicho que hay aquí quien se burla de mis prescripciones y que se han dejado de tomar
los remedios que yo había ordenado.
561. ARGAN. Señor, es que...
562. PURGON. ¡Hay mayor atrevimiento y más extraña rebeldía que la del enfermo contra su médico!
563. ANTONIA. ¡Eso es espantoso!
564. PURGON. ¡Una ayuda que yo mismo me había tomado el trabajo de preparar!
565. ARGAN. ¡Yo no he sido!
566. PURGON. Formulada y manipulada con todas las reglas del arte.
567. ANTONIA. ¡Ha hecho muy mal!
568. PURGON. Y que debía producir un efecto maravilloso en el intestino.
569. ARGAN. Mi hermano...
570. PURGON. ¡Rechazada despreciativamente!
571. ARGAN. Ha sido él.
572. PURGON. ¡Un terrible atentado a la Medicina!
573. ARGAN. Es que...
574. PURGON. ¡Un crimen de lesa facultad para el que no hay castigo lo bastante fuerte!
575. ANTONIA. ¡Claro que sí!
576. PURGON. Desde ahora mismo quedan rotas nuestras relaciones.
577. ARGAN. ¡Si ha sido mi hermano!
578. PURGON. No quiero más trato con usted.
579. ANTONIA. Es lo mejor que puede hacer.
580. PURGON. ¡Despreciar mi lavativa! Y para que no quede lazo alguno entre nosotros, olvídese del
matrimonio proyectado entre su hija y mi sobrino.
581. ARGAN. Ha sido mi hermano el causante de todo.
582. PURGON. Lo abandono a su pobre constitución, a la intemperancia de sus entrañas, a la oxidación de su
sangre, a la acidez de su bilis y a sus hedores.
583. ANTONIA. Lo merece.
584. PURGON. ¡Antes de cuatro días, sin su tratamiento, habrá llegado a una situación incurable!
585. ARGAN. ¡Misericordia!
586. PURGON. ¡Caeréis en la bradipepsia.!
587. ARGAN. (Suplicante.) ¡Señor Purgón!
588. PURGON. De la bradipepsia, en la dispepsia.
589. ARGAN. ¡Señor Purgón!
590. PURGON. De la dispepsia, en la enteritis.
591. ARGAN. ¡Señor Purgón!
592. PURGON. De la enteritis, en la disentería.
628. ARGAN. Aguarda aquí para que veas cómo se te parece ese médico.
629. ANTONIA (SALIENDO) Es cierto, señor; lo he visto ahora.
630. ARGAN. Si no los veo juntos no lo creo.
631. BERALDO. Yo he leído casos sorprendentes sobre estas semejanzas
632. ARGAN. Juraría que es la misma persona.
633. ANTONIA, DE MÉDICO. Perdonadme, señor.
634. ARGAN. ¡Es admirable!
635. ANTONIA, DE MÉDICO. Veo que me observa muy atentamente, ¿Qué edad cree que tengo?
636. ARGAN. veintiséis o veintisiete años.
637. ANTONIA, DE MÉDICO. ¡Ja, ja, ja, ja, ja! Tengo noventa años.
638. ARGAN. ¿Noventa años?
639. ANTONIA, DE MÉDICO. Sí, señor. Los secretos de mi arte han conservado de este modo mi lozanía y mi
vigor.
640. ARGAN. ¡Por vida de!... ¡Vaya un jovencito de noventa años!
641. ANTONIA, DE MÉDICO. Soy médico ambulante, que va de pueblo en pueblo, empleando los grandes
secretos de la medicina, descubiertos por mí. Lo mismo curo un catarro que un chichón por haberse golpeado
por un tarro, lo mismo exorcizo un mal aire que la picadura de un bicho, o el mal de ojo o en las mañanas
cuando un pie amanece corto y el enfermo se pone cojo… Muéstreme la mano... (REVISANDO
ATENTAMENTE) Hum, hum… ¿Quién es vuestro médico?
642. ARGAN. El señor Purgon.
643. ANTONIA, DE MÉDICO. En mis anotaciones sobre las eminencias médicas no figura ese nombre. Según él,
¿qué enfermedad es la suya?
644. ARGAN. Él dice que es el hígado; pero otros afirman que el bazo.
645. ANTONIA, DE MÉDICO. Son unos ignorantes. Vuestro padecimiento está en el pulmón.
646. ARGAN. Justamente, el pulmón.
647. ANTONIA, DE MÉDICO. Sí. ¿Qué siente?
648. ARGAN. De cuando en cuando, dolor de cabeza.
649. ANTONIA, DE MÉDICO. Justamente, el pulmón.
650. ARGAN. Con frecuencia se me figura que tengo un velo ante los ojos.
651. ANTONIA, DE MÉDICO. El pulmón.
652. ARGAN. A veces noto un desfallecimiento de corazón.
653. ANTONIA, DE MÉDICO. El pulmón... ¿Come con apetito?
654. ARGAN. Sí, señor.
655. ANTONIA, DE MÉDICO. El pulmón. ¿Le agrada beber un poco de vino?
656. ARGAN. Sí, señor.
657. ANTONIA, DE MÉDICO. El pulmón. ¿Siente cierto sopor después de la comida y se duerme dulcemente?
658. ARGAN. Sí, señor.
659. ANTONIA, DE MÉDICO. ¿Qué demonios hace con ese brazo?
660. ARGAN. ¿Cuál? ¿Este?
661. ANTONIA, DE MÉDICO. Si yo estuviera en su pellejo, ahora mismo me haría cortar ese brazo.
662. ARGAN. ¿Por qué?
663. ANTONIA, DE MÉDICO. ¿No está viendo que se lleva todo el alimento y no deja que se nutra el otro?
664. ARGAN. Sí, pero este brazo me hace falta...
665. ANTONIA, DE MÉDICO. También si estuviera en vuestro caso me haría sacar el ojo derecho.
ESCENA III
ANTONIA, ARGAN, BERALDO y BELISA
676. ANTONIA. (EN OFF) ¡Vaya, vaya, que no estoy para bromas! (ENTRA)
677. ARGAN. ¿Qué era eso?
678. ANTONIA. Su médico, señor, que quería tomarme el pulso...
679. ARGAN. ¡Pero es posible, a los noventa años!
680. BERALDO. Y ahora, querido hermano, ¿quieres que hablemos de la colocación de tu hija?
681. ARGAN. No. Estoy decidido a meterla en un convento por haberse opuesto a mi voluntad. Veo claramente
que hay un amorío de por medio, y ella no lo sabe, pero he tenido conocimiento de cierta entrevista secreta...
682. BERALDO. ¿Y qué? ¿Qué importa que exista una inclinación si no ha de conducir a otro fin que al del
matrimonio?
683. ARGAN. He resuelto que sea religiosa.
684. BERALDO. ¿Deseas complacer a alguien?
685. ARGAN. Ya sé por dónde vas. Como le tienes antipatía, crees que es mi mujer, mi chanchita...
686. BERALDO. Sí, te confieso que es a tu mujer a quien aludo. Tan intolerable como tu terquedad en las
enfermedades es la fascinación que padeces por ella, hasta el extremo de no ver las trampas que te tiende.
687. ANTONIA. ¡No hable así de la señora! Es una mujer de la que nadie puede decir nada: franca, amante de
su esposo... (A BERALDO) ¿Quiere que lo convenza y lo haga ver ahora mismo cómo la señora quiere al señor?
(A ARGAN) ¿Quiere, señor, que lo desengañemos, dejándole con tres palmos de narices?
688. ARGAN. ¿Cómo?
689. ANTONIA. La señora volverá dentro de un instante, túmbese ahí, haciéndose el muerto, y verá su
desolación cuando yo le dé la noticia.
690. ARGAN. Muy bien pensado.
691. ANTONIA. (A BERALDO) Escóndase en ese rincón.
692. ARGAN. ¿Habrá algún peligro en hacerse el muerto?...
693. ANTONIA. Ninguno... Túmbese ahí. (BAJO) Ya verá cómo le vamos a dar en la cabeza a su hermano... ¡Ya
está aquí la señora! (LLORANDO). ¡Ay, Dios mío, ¡qué desgracia tan grande!
694. BELISA. ¿Qué es eso, Antonia?
695. ANTONIA. ¡Ay, señora!
696. BELISA. ¿Qué pasa?
ESCENA IV
ANGÉLICA, ARGAN, ANTONIA, BERALDO y CREONTE
714. ANTONIA (LLORANDO). ¡Dios mío, qué desgracia!... ¡Qué día más desdichado!
715. ANGÉLICA. ¿Qué tienes, Antonia? ¿Qué te pasa?
716. ANTONIA. ¡Tengo que darte una noticia muy amarga!
717. ANGÉLICA. ¿Qué?
718. ANTONIA. ¡Tu padre… ha muerto!
719. ANGÉLICA. ¡Muerto mi padre, Antonia!
720. ANTONIA. ¡Sí!... ¡Véalo, difuntito todo rígido y pálido!... Le dio un desvanecimiento, y ahora mismo acaba
de morir.
721. ANGÉLICA. ¡Qué terrible infortunio, Dios mío!... ¡Quién me iba a decir que iba a perder a mi padre, que
era lo único que me quedaba en el mundo... ¡Qué será ahora de mí, ni qué consuelo podré hallar para tan
gran pérdida!
752. BERALDO. Sí, allí tengo amigos que te aleccionan en cuatro palabras y te dan el diploma al instante.
753. ARGAN. ¿Qué hacer?
754. BERALDO. Anda a vestirte con más decencia, yo voy a avisarles.
755. ARGAN. Pues vamos. (SALE)
756. ANTONIA. ¿Qué es lo que pretende?
757. BERALDO. Que nos divirtamos un rato. Los comediantes han concertado una obra de teatro parodiando
las aventuras de un enfermo imaginario; propongo que nosotros hagamos también parte en la farsa y que mi
hermano represente el papel principal.
758. ANTONIA. No será demasiada burla.
759. BERALDO. Más que burlarnos, es ponernos a tonó con sus chifladuras, aparte de que esto quedará entre
nosotros. Vamos a prepararlo todo. (SALEN)
760. (APARECE ANGÉLICA SONRIENTE, CON EL VESTIDO REVOLCADO Y EL CABELLO DESPEINADO, REVISA CON
SIGILO QUE NO HAYA NADIE. LE HACE SEÑAS A CREONTE PARA QUE SALGA, ESTE APARECE, SONRIENTE, CON
LA CAMISA A MEDIO PONER, CAMINA EN PUNTAS DE PIES, SE DESPIDE DE SU AMADA LANZANDO BESOS CON
LAS MANOS Y SALE CON RAPIDEZ, CUAL GATO EN EL TEJADO. ANGÉLICA LO SIGUE CON SU MIRADA Y
SUSPIRA, SE DESPIDE UNA Y OTRA VEZ CON TEMBLOROSOS MOVIMIENTOS DE SU MANO Y PROFUNDOS
SUSPIROS. CUANDO YA CREONTE SE PIERDE EN EL HORIZONTE, ELLA ABANDONA LA ESCENA, OLIENDO SUS
MANOS Y DANDO SALTOS DE ALEGRÍA)
761. CREONTE. (REAPARECE CON LA MISMA RAPIDEZ CON QUE SALIÓ, MIRA AL PÚBLICO). ¡Yo, un médico!
¡Medico, yo! ¡Un médico imaginario, quizás! (SALE)
FIN