2023-04-27
Deber de ECA
Joaquín Moreno 10mo “A”
Donatello:
(Donato di Betto Bardi; Florencia, 1386 - id., 1466) Escultor italiano. Junto con los arquitectos Leon
Battista Alberti y Filippo Brunelleschi y el pintor Masaccio, Donatello fue uno de los creadores del
estilo renacentista y uno de los artistas más grandes del Renacimiento. Su formación junto
a Lorenzo Ghiberti le dejó un importante legado técnico pero casi ningún vestigio estilístico, ya
que desde sus comienzos desarrolló un estilo propio basado en la fuerza emocional, y en un
singular sentido del movimiento.
Su revolucionaria concepción de la escultura resulta evidente ya
en las grandes estatuas para nichos destinadas a Orsanmichele y la catedral de Florencia. La
gravedad y el realismo de estas monumentales figuras de mármol contrastan vivamente con la
gracia y el decorativismo del gótico internacional, el estilo vigente en Europa hasta entonces.
Donatello comenzó esta serie en 1411 con el San Marcos y la concluyó en 1436 con el
llamado Zuccone. A esta serie pertenece también el San Jorge, su primera obra famosa, de la
que Giorgio Vasari afirmó: «Posee el maravilloso don de moverse dentro de la piedra». Tras
asociarse con su aprendiz Michelozzo, Donatello emprendió a partir de 1427 la realización en Pisa
de la tumba del cardenal Brancacci, en la que esculpió en relieve el tema de la Asunción de la
Virgen. Poco después, la tumba de Baldasare Coscia para el baptisterio de Florencia permitió al
artista dar sus primeros pasos en el difícil arte de la fundición en bronce. El viaje a Roma que
realizó el escultor hacia 1430-1432 condicionó de manera decisiva toda su producción posterior,
ya que le brindó la oportunidad de conocer en directo el arte de la Antigüedad. A su regreso a
Florencia comenzó la famosa Cantoría para la catedral, en la que recreó libremente algunos de los
motivos clásicos admirados en Roma. Poco posterior es su escultura exenta más famosa,
el David en bronce, comparable en ciertos aspectos al San Jorge de su etapa anterior.
Detalle de David (bronce, c. 1440)
y María Magdalena (madera policromada, c. 1455)
En 1443, el artista se estableció en Padua, seguramente después de haber recibido el encargo de
esculpir la estatua ecuestre del Gattamelata, la primera de tamaño natural desde la Antigüedad.
Realizada al estilo del Marco Aurelio romano, posee la fuerza expresiva característica de sus
estatuas anteriores, una fuerza que se transmite también al caballo, representado con brío y
vitalidad. En la misma ciudad obró el retablo mayor del santuario de San Antonio, en el cual
combinó siete estatuas y cuatro relieves, en una disposición que fue modificada en el siglo XVI.
En estos relieves, que representan los milagros de San Antonio, son por igual magistrales el
sentido dramático y la organización del espacio. Donatello volvió en 1454 a Florencia, donde
esculpió sus obras de mayor fuerza emocional, en las que trabajó las posibilidades expresivas de
la deformación. A este período corresponden Judit y Holofernes y la sublime María Magdalena,
en madera. Aunque no tuvo un heredero directo, Donatello influyó de forma decisiva en la
escultura florentina hasta comienzos del siglo XVI.
Miguel Ángel:
(Miguel Ángel Buonarroti, en italiano Michelangelo; Caprese, actual Italia, 1475 - Roma, 1564)
Escultor, pintor y arquitecto italiano. Habitualmente se reconoce a Miguel Ángel como la gran
figura del Renacimiento italiano, un hombre cuya excepcional personalidad artística dominó el
panorama creativo del siglo XVI y cuya figura está en la base de la concepción del artista como un
ser excepcional, que rebasa ampliamente las convenciones ordinarias.
Durante los cerca de setenta años que duró su carrera, Miguel
Ángel cultivó por igual la pintura, la escultura y la arquitectura, con resultados extraordinarios en
cada una de estas facetas artísticas; en este sentido superó a los otros dos grandes maestros del
Cinquecento: Rafael Sanzio, centrado casi exclusivamente en la pintura, y Leonardo da Vinci, tan
polifacético y excelso como él pero parco en realizaciones efectivas. Sus coetáneos vieron en las
creaciones de Miguel Ángel una cualidad, denominada terribilità, a la que puede atribuirse la
grandeza de su genio; dicho término se refiere a aspectos como el vigor físico, la intensidad
emocional y el entusiasmo creativo, verdaderas constantes en las obras de este artista que les
confieren su grandeza y su personalidad inimitables. La vida de Miguel Ángel transcurrió entre
Florencia y Roma, ciudades en las que dejó sus obras maestras. Aprendió pintura en el taller
de Domenico Ghirlandaio y escultura en el jardín de los Médici, que habían reunido una
excepcional colección de estatuas antiguas. Dio sus primeros pasos haciendo copias de frescos
de Giotto o de Masaccio que le sirvieron para definir su estilo.
La Piedad (c. 1499) de Miguel Ángel
En 1496 se trasladó a Roma, donde realizó dos esculturas que lo proyectaron a la fama: el Baco y
la Piedad de San Pedro. Esta última, su obra maestra de los años de juventud, es una escultura de
gran belleza y de un acabado impecable que refleja su maestría técnica. Al cabo de cinco años
regresó a Florencia, donde recibió diversos encargos, entre ellos el David, el joven desnudo de
cuatro metros de altura que representa la belleza perfecta y sintetiza los valores del humanismo
renacentista. En 1505, cuando trabajaba en el cartón preparatorio de la Batalla de Cascina
(inconclusa) para el Palazzo Vecchio, el papa Julio II lo llamó a Roma para que esculpiera su tumba;
Miguel Ángel trabajó en esta obra hasta 1545 y sólo terminó tres estatuas, el Moisés y
dos Esclavos; dejó a medias varias estatuas de esclavos que se cuentan en la actualidad entre sus
realizaciones más admiradas, ya que permiten apreciar cómo extraía literalmente de los bloques
de mármol unas figuras que parecían estar ya contenidas en ellos.
La creación de Adán (Capilla Sixtina, 1508-1512)
Julio II le pidió también que decorase el techo de la Capilla Sixtina, encargo que Miguel Ángel se
resistió a aceptar, puesto que se consideraba ante todo un escultor, pero que se convirtió
finalmente en su creación más sublime. Alrededor de las escenas centrales, que representan
episodios del Génesis, se despliega un conjunto de profetas, sibilas y jóvenes desnudos, en un
todo unitario dominado por dos cualidades esenciales: belleza física y energía dinámica.
En 1516 regresó a Florencia para ocuparse de la fachada de San Lorenzo, obra que le dio muchos
quebraderos de cabeza y que por último no se realizó; pero el artista proyectó para San Lorenzo
dos obras magistrales: la Biblioteca Laurenciana y la capilla Medicea o Sacristía Nueva. Ambas
realizaciones son en el aspecto arquitectónico herederas de la obra de Brunelleschi, aunque la
singular escalera de acceso a la biblioteca, capaz de crear un particular efecto de monumentalidad
en el escaso espacio existente, sólo puede ser obra del genio de Miguel Ángel. La capilla Medicea
alberga dos sepulturas que incluyen la estatua del difunto y las figuras magistrales del Día, la
Noche, la Aurora y el Crepúsculo. En 1534, Miguel Ángel se estableció definitivamente en Roma,
donde realizó el fresco del Juicio Final en la capilla Sixtina y supervisó las obras de la basílica de
San Pedro, en la que modificó sustancialmente los planos y diseñó la cúpula, que es obra suya. Su
otra gran realización arquitectónica fue la finalización del Palacio Farnesio, comenzado
por Antonio da Sangallo el Joven.
Rafael:
(Raffaello Santi, también llamado Rafael Sanzio o Rafael de Urbino; Urbino, actual Italia, 1483 -
Roma, 1520) Pintor y arquitecto italiano. Por su clasicismo equilibrado y sereno basado en la
perfección de la luz, la armonía en la composición y el dominio de la perspectiva, la obra de Rafael
Sanzio constituye, junto con la de Leonardo da Vinci y Miguel Ángel Buonarrotti, una de las más
excelsas realizaciones de los ideales estéticos del Renacimiento.
Su padre, que fue el pintor y humanista Giovanni Santi, lo introdujo
pronto en las ideas filosóficas de la época y en el arte de la pintura, pero falleció cuando Rafael
contaba once años; para ganarse la vida, a los diecisiete años trabajaba ya como artista
independiente. No se conoce con exactitud qué tipo de relación mantuvo Rafael con Perugino, del
que unos lo consideran discípulo y otros socio o colaborador. Sea como fuere, lo cierto es que
superó rápidamente a Perugino, como se desprende de la comparación de sus Desposorios de la
Virgen con los de este último. Desde 1504 hasta 1508 trabajó fundamentalmente en Florencia, en
donde recibió la influencia del arte de Leonardo da Vinci y Miguel Ángel. De entre sus obras de
este período (El sueño del caballero, Las tres Gracias), las más celebradas son sus variaciones
sobre el tema de la Virgen María y la Sagrada Familia. Los personajes sagrados, dotados de
cautivadores toques de gracia, nobleza y ternura, están situados en un marco de paisajes sencillos
y tranquilos, intemporales. En estas telas, Rafael da muestras de su inigualable talento para
traducir a un lenguaje sencillo y asequible los temas religiosos. Su maestría en la composición y la
expresión y la característica serenidad de su arte se despliegan ya en plenitud en la Madona del
gran duque, La bella jardinera o La Madona del jilguero, entre otras obras.
La bella jardinera (1507), de Rafael
En 1508, el papa Julio II lo llamó a Roma para que decorara sus aposentos en el Vaticano. Aunque
contaba sólo veinticinco años, era ya un pintor de enorme reputación. En las habitaciones de Julio
II, conocidas en la actualidad como Estancias del Vaticano, Rafael pintó uno de los ciclos de frescos
más famosos de la historia de la pintura. Entre 1509 y 1511 decoró la Estancia de la Signatura,
donde pintó las figuras de la Teología, la Filosofía, la Poesía y la Justicia en los cuatro medallones
de la bóveda, para desarrollar de forma alegórica estos mismos temas en cinco grandes
composiciones sobre las paredes: El triunfo de la Eucaristía, La escuela de Atenas, El
Parnaso, Gregorio IX promulgando las Decretales y Triboniano remitiendo las pandectas a
Justiniano, estas dos últimas alusivas a la justicia. En un espacio de gran amplitud, organizado con
un perfecto sentido de la perspectiva, Rafael dispone una serie de grupos y figuras, con un
absoluto equilibrio de fuerzas y una sublime elegancia de líneas. No se puede pedir mayor rigor
compositivo ni un uso más magistral de la perspectiva lineal.
La escuela de Atenas (1511), de Rafael
En la Estancia de Heliodoro, decorada de 1511 a 1514, Rafael desarrolló cuatro temas históricos,
acentuando en cada uno de ellos un rasgo plástico determinado: el claroscuro en La liberación de
San Pedro, la riqueza del colorido en la Misa de Bolsena, etc. En la estancia del Incendio del Borgo
(1514-1517) predomina ya la aportación de los discípulos sobre la del maestro, lo mismo que en
la Estancia de Constantino, donde sólo la concepción del conjunto corresponde a Rafael. El pintor
simultaneó la decoración de las Estancias del Vaticano con la realización de otras obras, como los
frescos de El triunfo de Galatea para la Villa Farnesina. A este período corresponden también
numerosos cuadros de la Virgen con el Niño, algo más solemnes y menos cautivadores que los de
la etapa florentina. Los retratos romanos, en cambio, superan en veracidad y penetración
psicológica a los florentinos. En ambos casos, el dibujo es de una calidad inigualable y el colorido,
discreto, servidor de la forma. A partir de 1518, Rafael se ocupó de la decoración de las Logias del
Vaticano con pequeñas escenas del Antiguo Testamento envueltas en paneles de grutescos. La
Transfiguración, última obra del artista, es considerada por algunos el compendio perfecto de su
arte. Sus trabajos arquitectónicos, de menor importancia que los pictóricos, incluyeron la
dirección de las obras de San Pedro del Vaticano.
Leonardo da Vinci:
Considerado el paradigma del homo universalis, del sabio renacentista versado en todos los
ámbitos del conocimiento humano, Leonardo da Vinci (1452-1519) incursionó en campos tan
variados como la aerodinámica, la hidráulica, la anatomía, la botánica, la pintura, la escultura y la
arquitectura, entre otros. Sus investigaciones científicas fueron, en gran medida, olvidadas y
minusvaloradas por sus contemporáneos; su producción pictórica, en cambio, fue de inmediato
reconocida como la de un maestro capaz de materializar el ideal de belleza en obras de turbadora
sugestión y delicada poesía.
En el plano artístico, Leonardo conforma, junto con Miguel Ángel y Rafael, la
tríada de los grandes maestros del Cinquecento, y, pese a la parquedad de su obra, la historia de
la pintura lo cuenta entre sus mayores genios. Por los demás, es posible que de la poderosa
fascinación que suscitan sus obras maestras (con La Gioconda a la cabeza) proceda aquella otra
fascinación en torno a su figura que no ha cesado de crecer con los siglos, alimentada por los
múltiples enigmas que envuelven su biografía, algunos de ellos triviales, como la escritura de
derecha a izquierda, y otros ciertamente inquietantes, como aquellas visionarias invenciones
cinco siglos adelantados a su tiempo. Juventud y descubrimientos técnicos: Leonardo nació en
1452 en la villa toscana de Vinci, hijo natural de una campesina, Caterina (que se casó poco
después con un artesano de la región), y de Ser Piero, un rico notario florentino. Italia era entonces
un mosaico de ciudades-estado como Florencia, pequeñas repúblicas como Venecia y feudos bajo
el poder de los príncipes o el papa. El Imperio romano de Oriente cayó en 1453 ante los turcos y
apenas sobrevivía aún, muy reducido, el Sacro Imperio Romano Germánico; era una época
violenta en la que, sin embargo, el esplendor de las cortes no tenía límites. A pesar de que su
padre se casaría cuatro veces, sólo tuvo hijos (once en total, con los que Leonardo entablaría
pleitos por la herencia paterna) en sus dos últimos matrimonios, por lo que el pequeño Leonardo
se crió como hijo único. Su enorme curiosidad se manifestó tempranamente: ya en la infancia
dibujaba animales mitológicos de su propia invención, inspirados en una profunda observación
del entorno natural en el que creció. Giorgio Vasari, su primer biógrafo, relata cómo el genio de
Leonardo, siendo aún un niño, creó un escudo de Medusa con dragones que aterrorizó a su padre
cuando se topó con él por sorpresa. Consciente del talento de su hijo, su padre le permitió ingresar
como aprendiz en el taller de Andrea del Verrocchio. A lo largo de los seis años que el gremio de
pintores prescribía como instrucción antes de ser reconocido como artista libre, Leonardo
aprendió pintura, escultura y técnicas y mecánicas de la creación artística. El primer trabajo suyo
del que se tiene certera noticia fue la construcción de la esfera de cobre proyectada
por Brunelleschi para coronar la iglesia de Santa Maria dei Fiori. Junto al taller de Verrocchio,
además, se encontraba el de Antonio Pollaiuolo, en donde Leonardo hizo sus primeros estudios
de anatomía y, quizá, se inició también en el conocimiento del latín y el griego. Joven agraciado y
vigoroso, Leonardo había heredado la fuerza física de la estirpe de su padre; es muy probable que
fuera el modelo para la cabeza de San Miguel en el cuadro de Verrocchio Tobías y el ángel, de
finos y bellos rasgos. Por lo demás, su gran imaginación creativa y la temprana pericia de su pincel
no tardaron en superar a las de su maestro. En el Bautismo de Cristo, por ejemplo, los inspirados
ángeles pintados por Leonardo contrastan con la brusquedad del Bautista hecho por Verrocchio.
Ángeles atribuidos a Leonardo en el Bautismo de Cristo (c. 1475),
de Andrea del Verrocchio
El joven discípulo utilizaba allí por vez primera una novedosa técnica recién llegada de los Países
Bajos: la pintura al óleo, que permitía una mayor blandura en el trazo y una más profunda
penetración en la tela. Además de los extraordinarios dibujos y de la participación virtuosa en
otros cuadros de su maestro, sus grandes obras de este período son un San Jerónimo y el gran
panel La adoración de los Magos (ambos inconclusos), notables por el innovador dinamismo
otorgado por la destreza en los contrastes de rasgos, en la composición geométrica de la escena
y en el extraordinario manejo de la técnica del claroscuro. Florencia era entonces una de las
ciudades más ricas de Europa; las numerosas tejedurías y los talleres de manufacturas de sedas y
brocados de oriente y de lanas de occidente la convertían en el gran centro comercial de la
península itálica; allí los Medici habían establecido una corte cuyo esplendor debía no poco a los
artistas con que contaba. Pero cuando el joven Leonardo comprobó que no conseguía de Lorenzo
el Magnífico más que alabanzas a sus virtudes de buen cortesano, a sus treinta años decidió
buscar un horizonte más próspero.
Primer período milanés (1482-1499): En 1482 se presentó ante el poderoso Ludovico Sforza, el
hombre fuerte de Milán, en cuya corte se quedaría diecisiete años como «pictor et ingenierius
ducalis». Aunque su ocupación principal era la de ingeniero militar, sus proyectos (casi todos
irrealizados) abarcaron la hidráulica, la mecánica (con innovadores sistemas de palancas para
multiplicar la fuerza humana) y la arquitectura, además de la pintura y la escultura. Fue su período
de pleno desarrollo; siguiendo las bases matemáticas fijadas por Leon Battista Alberti y Piero
della Francesca, Leonardo comenzó sus apuntes para la formulación de una ciencia de la pintura,
al tiempo que se ejercitaba en la ejecución y fabricación de laúdes. Estimulado por la dramática
peste que asoló Milán y cuya causa veía Leonardo en el hacinamiento y suciedad de la ciudad,
proyectó espaciosas villas, hizo planos para canalizaciones de ríos e ingeniosos sistemas de
defensa ante la artillería enemiga. Habiendo recibido de Ludovico el encargo de crear una
monumental estatua ecuestre en honor de Francesco, el fundador de la dinastía Sforza, Leonardo
trabajó durante dieciséis años en el proyecto del «gran caballo», que no se concretaría más que
en un modelo en barro, destruido poco después durante una batalla.
Resultó sobre todo fecunda su amistad con el matemático Luca Pacioli, fraile franciscano que
hacia 1496 concluyó su tratado De la divina proporción, ilustrado por Leonardo. Ponderando la
vista como el instrumento de conocimiento más certero con que cuenta el ser humano, Leonardo
sostuvo que a través de una atenta observación debían reconocerse los objetos en su forma y
estructura para describirlos en la pintura de la manera más exacta. De este modo el dibujo se
convertía en el instrumento fundamental de su método didáctico, al punto que podía decirse que
en sus apuntes el texto estaba para explicar el dibujo, y no al revés, razón por la que Leonardo da
Vinci ha sido reconocido como el creador de la moderna ilustración científica. El ideal del saper
vedere guió todos sus estudios, que en la década de 1490 comenzaron a perfilarse como una serie
de tratados inconclusos que serían luego recopilados en el Codex Atlanticus, así llamado por su
gran tamaño. Incluye trabajos sobre pintura, arquitectura, mecánica, anatomía, geografía,
botánica, hidráulica y aerodinámica, fundiendo arte y ciencia en una cosmología individual que
da, además, una vía de salida para un debate estético que se encontraba anclado en un más bien
estéril neoplatonismo. Aunque no parece que Leonardo se preocupara demasiado por formar su
propia escuela, en su taller milanés se creó poco a poco un grupo de fieles aprendices y alumnos:
Giovanni Boltraffio, Ambrogio de Predis, Andrea Solari y su inseparable Salai, entre otros; los
estudiosos no se han puesto de acuerdo aún acerca de la exacta atribución de algunas obras de
este período, tales como la Madona Litta o el retrato de Lucrezia Crivelli.
Detalle de La Virgen de las Rocas (segunda versión, c. 1507)
Contratado en 1483 por la hermandad de la Inmaculada Concepción para realizar una pintura para
la iglesia de San Francisco, Leonardo emprendió la realización de lo que sería la celebérrima Virgen
de las Rocas, cuyo resultado final, en dos versiones, no estaría listo a los ocho meses que marcaba
el contrato, sino veinte años más tarde. En ambas versiones la estructura triangular de la
composición, la gracia de las figuras y el brillante uso del famoso sfumato para realzar el sentido
visionario de la escena supusieron una revolución estética para sus contemporáneos. A este
mismo período pertenecen el retrato de Ginevra de Benci (1475-1478), con su innovadora relación
de proximidad y distancia, y la belleza expresiva de La belle Ferronnière. Pero hacia 1498
Leonardo finalizaba una pintura mural, en principio un encargo modesto para el refectorio del
convento dominico de Santa Maria dalle Grazie, que se convertiría en su definitiva consagración
pictórica: La Última Cena. Necesitamos hoy un esfuerzo para comprender su esplendor original,
ya que se deterioró rápidamente y fue mal restaurada muchas veces. La genial captación plástica
del dramático momento en que Jesucristo dice a los apóstoles «uno de vosotros me traicionará»
otorga a la escena una unidad psicológica y una dinámica aprehensión del momento fugaz de
sorpresa de los comensales (del que sólo Judas queda excluido). El mural se convirtió no sólo en
un celebrado icono cristiano, sino también en un objeto de peregrinación para artistas de todo el
continente.
El regreso a Florencia: A finales de 1499 los franceses entraron en Milán; Ludovico el Moro perdió
el poder. Leonardo abandonó la ciudad, acompañado de Pacioli y, tras una breve estancia en
Mantua, en casa de su admiradora la marquesa Isabel de Este, llegó a Venecia. Acosada por los
turcos, que ya dominaban la costa dálmata y amenazaban con tomar el Friuli, la Signoria de
Venecia contrató a Leonardo como ingeniero militar. En pocas semanas proyectó una cantidad de
artefactos cuya realización concreta no se haría sino, en muchos casos, hasta los siglos XIX o XX:
desde una suerte de submarino individual, con un tubo de cuero para tomar aire destinado a unos
soldados que, armados con taladro, atacarían a las embarcaciones por debajo, hasta grandes
piezas de artillería con proyectiles de acción retardada y barcos con doble pared para resistir las
embestidas. Los costes desorbitados, la falta de tiempo y, quizá, las pretensiones de Leonardo en
el reparto del botín, excesivas para los venecianos, hicieron que las geniales ideas no pasaran de
bocetos. En abril de 1500, tras casi veinte años de ausencia, Leonardo da Vinci regresó a Florencia.
Dominaba entonces la ciudad César Borgia, hijo del papa Alejandro VI. Descrito por el
propio Maquiavelo como «modelo insuperable» de intrigador político y déspota, este hombre
ambicioso y temido se estaba preparando para lanzarse a la conquista de nuevos territorios.
Leonardo, nuevamente como ingeniero militar, recorrió los territorios del norte, trazando mapas,
calculando distancias precisas y proyectando puentes y nuevas armas de artillería. Pero poco
después el condottiero cayó en desgracia: sus capitanes se sublevaron, su padre fue envenenado
y él mismo cayó gravemente enfermo. En 1503 Leonardo volvió a Florencia, que por entonces se
encontraba en guerra con Pisa, y concibió allí su genial proyecto de desviar el río Arno por detrás
de la ciudad enemiga para cercarla, contemplando además la construcción de un canal como vía
navegable que comunicase Florencia con el mar. El proyecto sólo se concretó en los
extraordinarios mapas de su autor.
Santa Ana, la Virgen y el Niño (c. 1510)
Pero Leonardo ya era reconocido como uno de los mayores maestros de Italia. En 1501 había
trazado un boceto de su Santa Ana, la Virgen y el Niño, que trasladaría al lienzo a finales de la
década. En 1503 recibió el encargo de pintar un gran mural (el doble del tamaño de La Última
Cena) en el palacio Viejo: la nobleza florentina quería inmortalizar algunas escenas históricas de
su gloria. Leonardo trabajó tres años en La batalla de Anghiari, que quedaría inconclusa y sería
luego desprendida por su deterioro. Pese a la pérdida, circularon bocetos y copias que admirarían
a Rafael e inspirarían, un siglo más tarde, una célebre reproducción de Peter Paul Rubens.
También sólo en copias sobrevivió otra gran obra de este periodo: Leda y el cisne. Sin embargo,
la cumbre de esta etapa florentina (y una de las pocas obras acabadas por Leonardo) fue el retrato
de Mona (abreviatura de Madonna) Lisa Gherardini, esposa de Francesco del Giocondo, razón por
la que el cuadro es conocido como La Mona Lisa o La Gioconda. Obra famosa desde el momento
de su creación, se convirtió en modelo de retrato y casi nadie escaparía a su influjo en el mundo
de la pintura. Como cuadro y como personaje, la mítica Gioconda ha inspirado infinidad de libros
y leyendas, y hasta una ópera; pero es poco lo que se conoce a ciencia cierta. Ni siquiera se sabe
quién encargó el cuadro, que Leonardo llevaría consigo en su continua peregrinación vital hasta
sus últimos años en Francia, donde lo vendió al rey Francisco I por cuatro mil piezas de oro.
Detalle de La Gioconda (c. 1503-1507)
Perfeccionando su propio hallazgo del sfumato, llevándolo a una concreción casi milagrosa,
Leonardo logró plasmar un gesto entre lo fugaz y lo perenne: la «enigmática sonrisa» de la
Gioconda es uno de los capítulos más admirados, comentados e imitados de la historia del arte, y
su misterio sigue aún hoy fascinando. Existe la leyenda de que Leonardo promovía ese gesto en
su modelo haciendo sonar laúdes mientras ella posaba; el cuadro, que ha atravesado no pocas
vicisitudes, ha sido considerado como cumbre y resumen del talento y de la «ciencia pictórica» de
su autor. De nuevo en Milán (1506-1513). El interés de Leonardo por los estudios científicos era
cada vez más intenso. Asistía a disecciones de cadáveres, sobre los que confeccionaba dibujos
para describir la estructura y funcionamiento del cuerpo humano; al mismo tiempo hacía
sistemáticas observaciones del vuelo de los pájaros (sobre los que planeaba escribir un tratado),
con la convicción de que también el hombre podría volar si llegaba a conocer las leyes de la
resistencia del aire (algunos apuntes de este período se han visto como claros precursores del
moderno helicóptero). Absorto por estas cavilaciones e inquietudes, Leonardo no dudó en
abandonar Florencia cuando en 1506 Charles d'Amboise, gobernador francés de Milán, le ofreció
el cargo de arquitecto y pintor de la corte; honrado y admirado por su nuevo patrón, Leonardo da
Vinci proyectó para él un castillo y ejecutó bocetos para el oratorio de Santa Maria dalla Fontana,
fundado por el mecenas. Su estadía milanesa sólo se interrumpió en el invierno de 1507, cuando
colaboró en Florencia con el escultor Giovanni Francesco Rustici en la ejecución de los bronces del
baptisterio de la ciudad. Quizás excesivamente avejentado para los cincuenta años que contaba
entonces, su rostro fue tomado por Rafael como modelo del sublime Platón para su obra La
escuela de Atenas. Leonardo, en cambio, pintaba poco, dedicándose a recopilar sus escritos y a
profundizar en sus estudios: con la idea de tener finalizado para 1510 su tratado de anatomía,
trabajaba junto a Marcantonio della Torre, el más célebre anatomista de su tiempo, en la
descripción de órganos y el estudio de la fisiología humana.
Leonardo como Platón en La escuela de Atenas (1511), de Rafael
El ideal leonardesco de la «percepción cosmológica» se manifestaba en múltiples ramas: escribía
sobre matemáticas, óptica, mecánica, geología, botánica; su búsqueda tendía hacia el encuentro
de leyes, funciones y armonías compatibles para todas estas disciplinas, para la naturaleza como
unidad. Paralelamente, a sus antiguos discípulos se sumaron algunos nuevos, entre ellos el joven
noble Francesco Melzi, fiel amigo del maestro hasta su muerte. Junto a Ambrogio de Predis,
Leonardo culminó hacia 1507 la segunda versión de La Virgen de las Rocas; poco antes, había
dejado sin cumplir un encargo del rey de Francia para pintar dos madonnas. El nuevo hombre
fuerte de Milán era entonces Gian Giacomo Trivulzio, quien pretendía retomar para sí el
monumental proyecto del «gran caballo», convirtiéndolo en una estatua funeraria para su propia
tumba en la capilla de San Nazaro Magiore; pero tampoco esta vez el monumento ecuestre pasó
de los bocetos, lo que supuso para Leonardo su segunda frustración como escultor. En 1513 una
nueva situación de inestabilidad política lo empujó a abandonar Milán; junto a Melzi y Salai
marchó a Roma, donde se albergó en el belvedere de Giuliano de Médicis, hermano del nuevo
papa León X.
Últimos años: Roma y Francia. - En el Vaticano vivió una etapa de tranquilidad, con un sueldo
digno y sin grandes obligaciones: dibujó mapas, estudió antiguos monumentos romanos, proyectó
una gran residencia para los Médicis en Florencia y, además, reanudó su estrecha amistad con el
gran arquitecto Donato Bramante, hasta el fallecimiento de éste en 1514. Pero en 1516, muerto
su protector Giuliano de Médicis, Leonardo dejó Italia definitivamente para pasar los tres últimos
años de su vida en el palacio de Cloux como «primer pintor, arquitecto y mecánico del rey». El
gran respeto que le dispensó Francisco I de Francia hizo que Leonardo pasase esta última etapa
de su vida más bien como un miembro de la nobleza que como un empleado de la casa real.
Fatigado y concentrado en la redacción de sus últimas páginas para el nunca concluido Tratado de
la pintura, cultivó más la teoría que la práctica, aunque todavía ejecutó extraordinarios dibujos
sobre temas bíblicos y apocalípticos. Alcanzó a completar el ambiguo San Juan Bautista, un
andrógino duende que desborda gracia, sensualidad y misterio; de hecho, sus discípulos lo
imitarían poco después convirtiéndolo en un pagano Baco, que hoy puede verse en el Louvre de
París.
Detalle de San Juan Bautista (c. 1516)
A partir de 1517 su salud, hasta entonces inquebrantable, comenzó a desmejorar. Su brazo
derecho quedó paralizado; pero, con su incansable mano izquierda, Leonardo aún hizo bocetos
de proyectos urbanísticos, de drenajes de ríos y hasta decorados para las fiestas palaciegas.
Convertida en una especie de museo, su casa de Amboise estaba repleta de los papeles y apuntes
que contenían las ideas de este hombre excepcional, muchas de las cuales deberían esperar siglos
para demostrar su factibilidad y aun su necesidad; llegó incluso, en esta época, a concebir la idea
de hacer casas prefabricadas. Sólo por las tres telas que eligió para que lo acompañasen en su
última etapa (San Juan Bautista, La Gioconda y Santa Ana, la Virgen y el Niño) puede decirse que
Leonardo poseía entonces uno de los grandes tesoros de su tiempo.
El 2 de mayo de 1519 murió en Cloux; su testamento legaba a Melzi todos sus libros, manuscritos
y dibujos, que el discípulo se encargó de retornar a Italia. Como suele suceder con los grandes
genios, se han tejido en torno a su muerte algunas leyendas; una de ellas, inspirada por Vasari,
pretende que Leonardo, arrepentido de no haber llevado una existencia regida por las leyes de la
Iglesia, se confesó largamente y, con sus últimas fuerzas, se incorporó del lecho mortuorio para
recibir, antes de expirar, los sacramentos.