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Meditaciones sobre la Trinidad en la Fe

Este documento presenta tres meditaciones teológicas sobre vivir en la Trinidad, vivir en Jesucristo y vivir en el Espíritu Santo. Explica cómo la Trinidad fue relegada históricamente pero fue repatriada en el siglo XX. Vivir en la Trinidad significa que Dios es familia y nuestra vida está en Dios. Vivir en Jesucristo implica comprender su naturaleza divina y humana y cómo nos convierte en nuevas criaturas. Vivir en el Espíritu Santo es recibir el don de Dios que nos

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Meditaciones sobre la Trinidad en la Fe

Este documento presenta tres meditaciones teológicas sobre vivir en la Trinidad, vivir en Jesucristo y vivir en el Espíritu Santo. Explica cómo la Trinidad fue relegada históricamente pero fue repatriada en el siglo XX. Vivir en la Trinidad significa que Dios es familia y nuestra vida está en Dios. Vivir en Jesucristo implica comprender su naturaleza divina y humana y cómo nos convierte en nuevas criaturas. Vivir en el Espíritu Santo es recibir el don de Dios que nos

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GERARDO DANIEL RAMOS, SCJ1

Meditaciones teológicas desde el seno de la Trinidad

El propósito de estas “meditaciones teológicas” es contribuir a una síntesis más existencial de la


fe cristiana desde su misterio último y recapitulador -la Trinidad-, en la línea de “una teología
vivida”, de modo que el dato revelado tal como es presentado en la Sagrada Escritura y la
Tradición de la Iglesia se amalgame -en la vida diaria del creyente- con su propia experiencia
espiritual.

Tarea no fácil, si consideramos -por una parte- la variedad de aspectos que este objetivo supone
y -por otra- la brevedad de esta sencilla obra.

De ahí que lo que el lector encontrará en este librito sean tan sólo pistas para continuar
fraguando en su propia oración “adorante” esa síntesis que -en última instancia- es siempre don
del Espíritu ofrecido por el Padre en la vida pascual del Hijo.

Para facilitar este trabajo de “introspección reflexivo-contemplativa” añado algunas preguntas al


final de cada meditación.

1. Vivir en la Trinidad

“La gracia del Señor Jesucristo,


el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo
estén con todos ustedes” (2 Co 13,13).

Durante siglos el misterio de la Trinidad quedó como “exiliado” de la vida de los creyentes. La
misma reflexión teológica la relegó al tratado De Deo Trino [=Sobre Dios Trino] y así el Dios
cristiano dejó de serlo verdaderamente: se transformó en un difuso Dios Uno con bastantes
similitudes al del neoplatonismo o al del posterior deísmo moderno, en el cual la imagen del
Padre quedaba caricaturizada en la de un anciano de figura hierática; la del Hijo
sobredimensionada respecto a las otras personas, reducida a lo humano o por el contrario
desencarnada (piénsese en algunas devociones distorsionadas al Corazón de Jesús); y la del
Espíritu Santo se convertía en la del “Dios desconocido”, sólo vinculado a la misión del Hijo.

Este exilio de la Trinidad se debió en gran parte al talante teológico de occidente, que a partir de
san Agustín -vía Filioque y luego incluso santo Tomás- se tendió a acentuar la unidad de Dios
sin una suficiente consideración de la trinidad de personas. En todo caso, este tratamiento
quedaba como opacado por sutiles disquisiciones metafísicas (por ejemplo, las de Duns Scoto)
entretejidas en torno a los clásicos conceptos de esencia y persona, relaciones y procesiones,
apropiaciones y misiones.

Este fue un camino diferente al del oriente cristiano (especialmente a partir de los padres
capadocios, Juan Damasceno, etc.), en donde la consideración “económica” [=de la historia
salvífica] prevaleció por encima de la “teológica” [=especulación creyente específica sobre el
misterio de Dios en sí], y donde la consideración de la trinidad relativa de personas se antepuso
a la de su unidad absoluta.

1
Religioso-sacerdote (1994) en el Instituto de los Sacerdotes del Sagrado Corazón de Jesús de Betharram. Doctor en
Teología, por la Pontificia Universidad Católica Argentina, Facultad de Teología (1998): Hacia una más plena
inculturación de la vida religiosa betharramita en América Latina.
2

Fue un camino diferente también al de la mística, que en personas como Gregorio Niceno, Jan
Ruysbroeck, Catalina de Siena, Teresa de Ávila, Juan de la Cruz, Juliana de Norwich, Isabel de
la Trinidad, Carlos de Foucauld y Adrienne von Spyer -entre otros tantos- no dejó de percibir -
en la línea del más puro pensamiento patrístico- la imagen viva de la Trinidad en la existencia
creyente, induciendo a transitar nuevos senderos teológicos.

En el siglo XX -en el marco de la profunda renovación por la que atravesó la teología, y que
tuvo un momento de convergencia cumbre en el Concilio Vaticano II- la Trinidad -la gran
“exiliada”- fue “repatriada”. A esta “repatriación” contribuyeron -indudablemente- K.Barth (en
el ámbito protestante) y K. Rahner y H. U. von Balthasar (en el ámbito católico).

De ahí que hoy podamos pensar no sólo en la Trinidad, sino pensarnos a nosotros mismos
viviendo en ella y desde ella; con la conciencia de que el Dios cristiano es Trinidad y familia de
personas en la que la historia de los hombres y del mundo es incluida por participación. En esa
Trinidad “somos, nos movemos y existimos”, ya que libremente Dios ha tenido a bien
autocomunicarse: la creación -y particularmente el hombre- es fruto de ese designio de amor; en
él se autocomprende y llega a plenitud.

Esta autocomunicación (de gracia en la presente condición de la historia y de gloria en la futura)


llegó a plenitud en Cristo por su encarnación orientada hacia la Pascua. Ésta última
(radicalización de la primera) nos permite adentrarnos en la profundidad del misterio de Dios: el
Hijo que libremente se entrega al Padre en la cruz (de modo análogo a como lo hace al entrar en
el mundo [cf. Hb 10,7]), y el Padre que a su vez lo resucita (reconociéndolo como otrora en el
Bautismo [cf. Mc 1,11] y la Transfiguración [cf. Mc 9,7]), revelan en su mutua donación
(histórica-metahistórica) la eterna generación del Logos (=la Palabra) por parte del Dios sin
origen (el Padre); como así también la espiración del Espíritu (=Don-Amor del Padre y del
Hijo) que en la Pascua es participado a los hombres y constituye (y consuma) la Iglesia.

De ahí que nuestra vida en Cristo -por su índole pascual- esté signada por la presencia del
Espíritu que en el Hijo nos santifica (= don personalizado que recibimos del Padre en el Hijo) y
simultáneamente nos permite glorificar al Padre (=don en el Hijo de nosotros mismos que
ofrendamos al Padre), particularmente en la liturgia de la Iglesia-Esposa (cf. Constitución sobre
la “Sagrada Liturgia”, 7). Aquél que en Cristo y por su Espíritu se nos dona paternalmente está
llamado a recibir simultáneamente nuestra filial entrega en ese mismo Amor. En la medida en
que vamos interiorizando los “sentimientos de Cristo” (Fp 2,5) por obra del Espíritu vamos
experimentando cada vez con mayor profundidad -en la oscuridad de la fe o en la luminosidad
de la visión- el gozo de sentirnos hijos en el Hijo, de tal modo que nuestra relación con Dios
está signada por la inconfundible e inefable cercanía de un Abbá de entrañas compasivas que,
dándonos a su Hijo por amor, nos convirtió en templos vivos para gloria suya y felicidad
nuestra.

De este modo, nuestro “ser en Dios” está llamado a impregnarse de un pleno abandono en
Aquél que es Padre “rico en misericordia”, en Aquél que se hizo hombre y es revelador de esa
misericordia, y por Aquél que vivifica y consuma en el creyente una vida en el Amor.

Para meditar y orar:

• ¿Qué imágenes de Dios acompañan mi relación con Él en la oración?


• ¿Cómo podría “apropiarlas” -siendo comunes al único Dios- a cada una de las personas
divinas?
• ¿Qué repercusión existencial tiene esto para mi vida creyente?
3

2. Vivir en Jesucristo

“Señor, ¿a quién iremos?


Tú tienes palabras de vida eterna” (Jn 6,68).

Un día, después de un cierto derrotero por su ministerio público, Jesús preguntó a sus
discípulos: “¿Quién dicen ustedes que soy yo?” (Mt 16,16). Esta pregunta sobre Jesús es la que
la Iglesia ha querido responderse inspirada por el Espíritu Santo y apoyándose en lo que el
mismo Señor había dicho de sí a través de palabras y gestos intrínsecamente ligados
(Constitución sobre la “Divina revelación”, 2).

Pregunta que partiendo de lo humano reflejado por el nazareno termina encontrándose con su
misterio divino resplandeciente sobre todo en su condición de resucitado; respuesta que siendo
clara afirmación de fe en el Hijo de Dios, no podrá desestimar ningún aspecto de lo humano
plenamente presente y asumido en el Hijo del hombre, y particularmente patente en el
dramatismo de su cruz. Pregunta y respuesta cuyo alcance la Iglesia fue comprendiendo de a
poco a lo largo del tiempo -incluso a través de concilios entre los cuales sobresalen los
ecuménicos de Nicea (325) y Calcedonia (451)-, confrontando su propia experiencia de vida y
fe postpascual con la historia concreta de Jesús.

Así fue descubriendo y creyendo, proclamando y testimoniando, que el Hijo de Dios


consustancial al Padre según la divinidad es simultáneamente y en una misma persona -una de
la Trinidad, junto al Padre y al Espíritu Santo- consustancial al hombre según su naturaleza
humana; que aquél que es Luz de Luz y Dios de Dios desde antes de todos los siglos (cf. Credo
niceno-constantinopolitano) es también el que asume radicalmente el camino del hombre desde
su entrada en el mundo (por su encarnación y nacimiento) y el que permanece en actitud de
humilde y misericordioso anonadamiento hasta la muerte y muerte en cruz.

El Santo de Dios, el Ungido, el Mesías Rey y Señor es el que no obstante su condición divina (=
abiertamente reconocida por el Padre como “filiación” en su bautismo [Mt 3,17] y
transfiguración [Mt 17,5]) vive como cualquiera de nosotros en todo menos en el pecado; nos da
a conocer con su predicación (= enseñanzas y parábolas) y gestos salvíficos (=especialmente
curaciones y exorcismos) el amor de Dios; y, -desde ese estado de kenosis como Salvador
absoluto (K. Rahner)-, nos convierte en nuevas criaturas (Ga 6,15) de una nueva creación (cf.
Ap 21,1).

Ese Jesús que un día en la sinagoga de Nazaret había leído el profeta Isaías (“El Espíritu del
Señor está sobre mí... Me envió a evangelizar a los pobres, a liberar a los cautivos..., a anunciar
un año de gracia del Señor” [Lc 4,16 ss.]) y había dicho “hoy se ha cumplido esta Escritura que
acaban de oír” (v.21), era consciente de que con él irrumpía el profeta escatológico (=
definitivo), y que todo su ministerio constituía un progresivo y definitivo adentramiento de Dios
en la historia humana: “Hoy les ha nacido el Salvador” (Lc 2,11); “hoy ha llegado la salvación a
esta casa” (Lc 19,9); “hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lc 23,43). “Hoy” que la Iglesia
continúa celebrando litúrgicamente en cada Eucaristía y buscando actualizar y actuar en su vida
cotidiana.

Frente a esta presencia nueva e inédita del “Dios con nosotros” hay que adoptar una postura
clara, generosa y vigilante: permaneciendo con las lámparas encendidas (Mt 25,1 ss.),
manteniéndose atentos cuando no se sabe el día ni la hora de su regreso (Mt 24,45 ss.),
cultivando la viña con la que él se identifica (Mt 20,1 ss.), haciendo producir los propios
talentos con audacia (Mt 25,14 ss.) y practicando el amor hacia los más pequeños (Mt 25,31 ss.).
Así la pregunta por la identidad de Jesucristo es simultáneamente la pregunta por el hombre: en
el “hoy” de la salvación, “Cristo revela el hombre al hombre” (GS 22), uniéndose y haciendo
camino misteriosamente con cada representante del género humano, con cada pueblo y cultura.
4

Esta revelación coincide con la capacidad que el hombre sumergido en Cristo descubre de estar
llamado a vivir en ese mismo amor con que Cristo es amado por el Padre y que prolonga y
concreta -“hasta el extremo” (Jn 13,1)- en cada uno de nosotros en orden a una más plena
dignificación del hombre. Amor que vivió incluso “sin brillo” en el anonimato de Nazaret junto
a los suyos (cf. Lc 2,51-52), y que “hoy” aguarda recibir en los pobres -con los cuales se
identifica (cf. Mt 25,31 ss.), a los cuales sirvió preferencialmente durante su ministerio público
(cf. Mt 11,4 ss.) y en los que “hoy” oculta su gloria (cf. Mt 25,40).

Hasta su definitiva manifestación al final de los tiempos, Jesucristo camina con los hombres de
toda raza, lengua y nación, a veces explícitamente reconocido y testificado (cf. Lc 24,34), otras
implícitamente presente en sus vidas (cf. Lc 24,32), y otras casi absolutamente proscripto en sus
estructuras y juicios de pecado e injusticia (cf. Jn 9,41).

La misión de la Iglesia es la de promover el encuentro de cada hombre con él para que tenga
familiaridad con el misterio de la Redención (cf. Redentor de los hombres 10), como lo hizo la
madre de Jesús al visitar a Isabel (cf. Lc 1,39 ss.) o al pedirle a los sirvientes de las bodas de
Caná que hagan lo que él les diga (Jn 2,5).

En este encuentro con él para caminar desde él (Comenzando el nuevo milenio III) (= desde una
configuración propia de discípulo), hacia los hombres y mujeres de nuestro “hoy”, está la vida
verdadera. En dejarnos enseñar por este Maestro, servir por este Señor (cf. Jn 13,13) y apacentar
por este Pastor (cf. Jn 10,14), se va anticipando el Reino, cuya causa y advenimiento fue el
motivo último de la actividad pastoral de Jesús, y cuya consumación coincidirá con la plena
manifestación de los hijos de Dios.

Este reino ya se hace anticipadamente presente en nuestro mundo porque él es su alfa y omega,
su principio y fin (cf. Ap 1,8. 17). Y porque él vive -como primogénito de la creación y Cabeza
del cuerpo (Col 1,10.18)- intercediendo en favor de los hombres como Sumo Sacerdote de la
nueva y definitiva alianza (cf. Teología Hebreos); para que después de peregrinar construyendo
la historia, la humanidad purificada y transfigurada pueda entrar -por Cristo y en su Espíritu- en
el descanso de Dios que él tiene preparado para aquellos que lo aman en su Hijo amado.

Para meditar y orar:

• ¿Quién es Jesucristo en mi vida?


• ¿Qué significa me significa hoy ser su discípulo y seguirlo?
• ¿Cómo lo descubro presente en la historia de los hombres y mujeres de hoy?

3. Vivir en el Espíritu

“Como el Padre me envió, también yo los envío (...).


Reciban el Espíritu Santo” (Jn 20,21-22).

La Iglesia tardó un poco en captar la identidad de la tercer persona de la Trinidad. En


Constantinopla I (381) definió este tercer modo de subsistencia de Dios como la del “Señor y
vivificador”, y afirmó explícitamente su consustancialidad con el Padre y el Hijo. Así quedaba
superada una larga tradición previa -ante-nicena- de subordinacionismos en la que la misma
divinidad del Espíritu podía quedar negada (pneumatómacos), y también la otra no menos
peligrosa que confundía su identidad con la de las otras personas de la Trinidad (modalismo y
monarquianismo).

Pero este reconocimiento dogmático poco a poco fue quedando teológica (e incluso
existencialmente) olvidado en occidente: en todo caso, la vida en el Espíritu quedó relegada a la
liturgia de los monasterios, o a su tratamiento específico en algún manual de gracia o libro de
5

espiritualidad. Habría que esperar hasta el siglo XX para que la renovación trinitaria motivara
un nuevo descubrimiento del “Dios desconocido”.

Cuando miramos los evangelios observamos -especialmente en Lucas- que la vida de Jesús
estaba animada constantemente por el Espíritu: éste lo gesta en las entrañas de una virgen (cf.
1,35), lo da a conocer a Isabel y a Simeón (1,41; 2,26), lo conduce al desierto (4,1), lo
acompaña en su misión (4,14) e impregna la totalidad de su misma persona: “El Espíritu del
Señor está sobre mí” (4,18). El mismo Jesús comunicará este Espíritu a sus discípulos (cf. Jn
20,21-22) que lo recibirán en Pentecostés (cf. Hch 2,4) y animará su misión en la Iglesia
primitiva (cf. Hch 4,8. 31; 5,32; 6,5; 7,55; 8,15. 17. 19; 9,31; 10,44; 13,2, etc.).

La patrística oriental desplegó ampliamente el discurso penumatológico y captó rápidamente su


alcance en relación a la vida de los creyentes (cabe destacar, a respecto, los escritos de los
padres capadocios, sobre todo los de Gregorio Nacianceno y Gregorio Niceno). El Espíritu
Santo es el que hace de las personas templos de Dios -como lo recordará en nuestro tiempo, y en
relación al discurso trinitario, I. Congar-, y el que diviniza al hombre creado a imagen de Dios.
Los místicos experimentaron y dijeron cosas análogas, y expresaron con una rica variedad de
imágenes la acción del Espíritu en el alma del creyente (“dulce huésped del alma”, “cauterio
suave”). Hoy la renovación carismática ha popularizado -con sus logros y limitaciones- esta
experiencia de Dios antes reservada para “fieles selectos” -preferentemente consagrados- que
lograban trascender el camino de la mera y árida ascesis.

¿Qué hace el Espíritu en nosotros? Actualiza el don (= autocomunicación) de Dios en nuestra


vida creyente: por Él, Dios mismo (gracia increada) se nos comunica en la persona de
Jesucristo, haciéndonos vivir la vida de Dios. En este sentido, el Espíritu nos diviniza, y hace
que todo lo suyo (que es lo de Dios subsistente también en el Padre y el Hijo) sea nuestro. De un
modo particular, nos participa su amor para que amemos con el mismo Corazón de Jesús “a
Dios en los hombres y a los hombres en Dios”. Al santificarnos, el Espíritu actualiza nuestra
imagen filial y fraterna, haciéndonos templos vivos de Dios para alabanza suya. Nos hace
comprender las palabras y gestos de Jesús -que son los que hacen presente el Reino-,
recordándonoslos existencialmente (cf. Jn 14,26) en nuestro “hoy” salvífico (cf. Lc 4,21),
haciéndonos sabios con esa sabiduría revelada por el Padre a los pequeños e ingenuos (cf. Mt
11,25; Jn 16,15), y conduciéndonos por el camino de Dios (=camino teologal en fe, esperanza y
caridad) hacia la verdad plena que está en Dios (cf. Jn 14,6. 17. 20).

Por eso hay que dejarlo vivir en nosotros (cf. Ga 5,18. 25), para que nos haga “existir” en el
Hijo que mora en el seno del Padre (cf. Jn 1,18. 38; 15,10). También en nuestras relaciones
interpersonales (cf. Jn 17,23), para que éstas vayan madurando ya desde ahora en la intimidad
de Dios, a manera de preludio o incoación escatológica, con los frutos del Espíritu que revelan
su presencia: “amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, modestia y dominio
de sí” (cf. Ga 5,23).

Mirando lo dicho, vemos que la acción del Paráclito dice mucho de futuro y de promesa ya
anticipados en nuestra historia presente (acción prevalentemente descendente).
Simultáneamente (y junto a esto), habla de diálogo y comunión -intra y extra eclesial- (acción
prevalentemente ascendente), ya que el Espíritu es el actor último de la recapitulación de todas
las cosas querida por Dios en Jesucristo, y estas actitudes pastorales tienden de suyo a ese fin
último.

Para meditar y orar:

• ¿Cuál es mi experiencia del Espíritu Santo?


• ¿Estoy convencido de que todo verdadero discernimiento debe inspirarse en Él?
• ¿Lo invoco con confianza en mi oración personal y litúrgica?
6

4. Vivir la Iglesia

“El amor y la vida del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo
son el don absolutamente gratuito que se ofrece
a cuantos han nacido del agua y del Espíritu (cf. Jn 3,5)” (CL 8).

El desarrollo de la eclesiología es relativamente reciente. No obstante, los aspectos


fundamentales de la vivencia eclesial han sido considerados desde antiguo. Los Padres vieron a
la Iglesia como Pueblo de Dios, Cuerpo de Cristo y Templo del Espíritu. Subrayando sus rasgos
de Virgen y Madre, profundizaron otras imágenes bíblicas como la de Esposa del Cordero y
Nueva Jerusalén (aspectos escatológicos). Por último, la compararon con una “construcción”, un
“redil” o un “campo de labranza” (cf. Constitución conciliar “Sobre la Iglesia”, 6).

En este mismo lenguaje puede advertirse también el cuño litúrgico-espiritual de los conceptos,
los cuales casi por sí mismos sugieren una espiritualidad eclesial donde la misma referencia,
procedencia y orientación trinitaria remite a una comunión en la diversidad de vocaciones,
carismas y ministerios.

Vivir la Iglesia es vivir sobre todo la comunión de todos los hombres en el misterio de Dios
Uni-Trino. Cultivar relaciones fraternas a imagen de las relaciones intratrinitarias, apropiándose
del don ajeno y entregando el propio, participando así las procesiones de generación y
espiración activas y pasivas que la tradición eclesial reconoce en Dios. Es lograr sentir tan en
uno a cada hermano o hermana -peregrino o ya en la patria- como el Padre lo está en el Hijo o el
Hijo en el Padre, o estos en el Espíritu o el Espíritu en ellos (de acuerdo a las nociones clásicas
de perijoresis, circummicessio y circummisessio). Esto fundamenta no sólo la comunión ad
intra, sino también la solidaridad y el servicio ad extra, que manifiestan el alcance absoluto de
las misiones del Hijo y del Espíritu “hasta los confines de la tierra” (cf. Mt 28,19), y tiende a
generar estructuras de convivencia humanas análogas a las trinitarias que Dios participa.

Tanto la comunión como el servicio surgen de reconocerse (hijo/a de Dios) en el otro/a -y juntos
partícipes de un mismo camino hacia la plenitud de Dios-; de modo análogo a como el Padre se
reconoce en el Hijo -que es su imagen y sabiduría- y permanecen unidos en el mismo Espíritu
que de ellos procede.

Desde este marco general, vivir la espiritualidad eclesial significa ser fiel a lo propio (=
identidad) descubierto en lo diferente: al igual que las identidades (= propiedades) de las
personas de la Trinidad surgen de las relaciones (podría permitirme llamarlas de “encuentro”
más que de “oposición”), también las vocaciones eclesiales descubren su perfil propio en el
encuentro, diálogo y comunión con las otras. No se comprende, por ejemplo, el ministerio
sacerdotal sin referencia a la vida laical, ni ésta se realiza plenamente sin aquella. Tampoco se
entiende la vida consagrada sin referencia a las vocaciones seculares, ni éstas acaban de percibir
su horizonte escatológico sin aquellas.

Tampoco -podría continuar- se comprende en el seno de la Iglesia el hombre sin la mujer, ni


ésta sin aquél, por más que los “machismos” y “feminismos” a veces arrecien en nuestros
ambientes. De un modo diferente pero constante, en cualquier vocación el hombre se reconoce
como tal al “espejarse” en la mujer y ésta cuando lo hace en aquél, generando esta experiencia
siempre alguna forma de fecundidad que trasciende a uno/a y otro/a: en el caso del matrimonio,
los hijos; y en el del celibato / virginidad, una más profunda vida en el Espíritu para la Iglesia.

Para meditar y orar:

• ¿Cuál es mi experiencia de Dios en la Iglesia?


• ¿Cómo me relaciono con las otras vocaciones eclesiales a partir de la mía?
7

• ¿Cómo me vinculo a los hombres y mujeres concretos de la Iglesia?

5. Vivir la Eucaristía

“Cada vez que coman este pan y beban de este cáliz,


anuncian la muerte del Señor, hasta que venga” (1 Co 11,26)

La Eucaristía es celebración del memorial de Jesucristo, muerto y resucitado, ofrecido como


Cordero de la nueva alianza en alimento para su pueblo -la Iglesia-; prefiguración de los bienes
definitivos. Así, en la celebración eucarística se entrelazan el sacrificio, la presencia y el
banquete. Es -por último- origen y plenitud de la liturgia, que a su vez es fuente y culmen de la
vida cristiana. Por eso, la Eucaristía es plenitud de la vida profética del pueblo de Dios, y
fundamento de comunión y servicio entre los hermanos y para el mundo.

1. Sacrificio

El antiguo pueblo de Dios realizaba sacrificios de diferentes tipos -de modo semejante a otros
pueblos. Sacrificios de expiación por los pecados, de propiciación para que la oración llegue a
Dios, y de comunión para renovar o ratificar la alianza. En el ciclo anual resaltaba el “chivo
expiatorio” en la fiesta de la expiación, y los sacrificios carneros y toros en la de la purificación
del Templo. Pero sobre todo el del Cordero pascual, que normalmente era comprado en el
Templo y se consumía en familia. Su sangre se derramaba porque en ella estaba la vida y la vida
era de Dios.

Jesús se convierte en el nuevo Cordero “que quita el pecado del mundo” (Jn 1,29). Se hace
memorial de una nueva Pascua: ya no vinculada a la liberación de Egipto y al ingreso en la
tierra prometida, sino a la remisión del pecado y a una vida nueva en Cristo -la de los hijos de
Dios.

La epístola a los Hebreos dice: «Sacrificios y holocaustos por el pecado no quisiste, pero me
formaste un cuerpo. Por eso dije: “Aquí estoy”» (Hb 10,9). Jesús reemplaza todos los anteriores
sacrificios de la antigua alianza -ineficaces y tan solo prefiguradores del nuevo culto-, y se
convierte en víctima de propiciación. En él somos justificados -y así es víctima de expiación- y
por él entramos a un santuario no construido por manos humanas sino por Dios -y es,
simultáneamente, víctima de comunión.

2. Memorial

Los sacrificios véterotestamentarios estaban vinculados a la celebración de un memorial. El


memorial se fundaba en el recuerdo de los eventos salvíficos. Partían de la lectura de los libros
de la Ley que rememoraban lo que Yahveh había hecho por su pueblo y apuntaban a que éste,
“acordándose” (= zjr) de esos prodigios, renovara su compromiso de fidelidad.

Encontramos un modelo típico de memorial en Ex 24,1-11, donde la renovación de la alianza


queda expresada en la sangre derramada sobre el altar y las piedras conmemorativas de las doce
tribus. A su vez, esta renovación es precedida por una larga “purificación de la memoria” (cf.
textos paralelos en Dt).

En la última cena Jesús dirá: “Hagan esto en memoria (conmemoración) mía” (Lc 22,19). Hacer
memoria de Jesús será recordar y reproducir -siempre y de un modo existencial- su palabra y su
vida. La eucaristía será actualización del misterio de Jesucristo en la vida de la comunidad y en
la vida de cada miembro celebrante de la misma. No se hace verdadera memoria si no se
8

renueva en nosotros la Pascua de Jesús: su muerte y resurrección como pedagogía de la entrega


y el servicio gozoso a los demás.

3. Presencia

La imagen véterotestamentaria de la presencia de Yahveh en medio del pueblo era la del arca de
la Alianza. En ella se contenían los signos de su acción salvífica a favor de Israel: el maná con
el cual lo había alimentado en su peregrinación por el desierto, la vara florecida de Aarón -
síntesis de los prodigios que acompañaron esa peregrinación-, y las tablas de la Ley, labradas
por el dedo de Dios en el Sinaí. A esta presencia fundamental se habían unido las presencias
complementarias de Yahveh en la nube y el fuego: la primera para proteger a Israel del sol en el
día, y el segundo para iluminar su caminar durante la noche -de modo que esa presencia era
permanente: de día y de noche.

Estos modos de presencia se condensarán posteriormente -con el asentamiento en Palestina y el


relativo esplendor en tiempos de David y Salomón- en el Templo de Jerusalén. Sobre éste
descenderá la “gloria de Yahveh”, albergará el arca de la alianza en el “santo de los santos”, y
será también iluminado -como en el desierto el arca- para la fiesta de su dedicación. Cuando el
Templo sea destruido, la presencia de Yahveh pasará a identificarse con la lectura de la Ley en
el culto sinagogal.

Cuando Jesús dice: “Esto es mi cuerpo”, está expresando presencia. El “cuerpo” manifiesta la
“carne” asumida por la Palabra al hacerse hombre. Expresa su visibilidad, su cercanía, su
compromiso irrevocable en favor de todos nosotros: “Se entrega por ustedes”. El “cuerpo”
revela al sumo sacerdote, Templo y víctima de la nueva alianza.
La Eucaristía como presencia real y substancial de Dios en el cuerpo de Cristo -cuerpo y sangre,
alma y divinidad del Hijo de Dios- expresa acercamiento y comunicación, habla de
preocupación y solidaridad por el hombre. En ella, se revela el amor de Dios “hasta el fin” (cf.
Jn 13,1 ss.).

No obstante, en la Eucaristía Dios parece también -y sobre todo- silenciarse y ocultarse más que
manifestarse. Por eso cantamos “que la fe preste a los ojos la visión con qué mirar” (cf. Tantum
ergo). El cuerpo puede ser controlado y manipulado: al ser la concreción de nuestro espacio
humano histórico y situado es también nuestro límite. Pero Dios no puede ser controlado y
manipulado en su “cuerpo”: Él es siempre más: venció las ataduras de la muerte que le
infligieron en el “cuerpo” y manifestó su presencia gloriosa y trascendente; la del Señor “en
quien somos, nos movemos y existimos”, uno de la Trinidad.

4. Banquete

La antigua pascua se celebraba con una comida: pan ácimo con hierbas, que acompañaban el
cordero pascual y el vino, en señal de comunión. También las antiguas religiones celebraban
banquetes sagrados: comer es entrar en comunión con la naturaleza (se ingieren frutos, animales
y productos de ella), con la comunidad (no se come ni solo ni con los enemigos), con la
divinidad (a quien simbólicamente se hace partícipe reservándole ciertos alimentos
(especialmente la sangre derramada y la carne consumida en holocausto por el fuego).

Los evangelios sinópticos vinculan la institución de la eucaristía a la celebración de la pascua,


en el clima de una cena. Los primeros cristianos llamaban a la eucaristía “fracción del pan”, y
seguían celebrándola en el contexto de una cena. Jn 6 nos refiere el discurso del pan de vida -
que incluye la multiplicación de los panes y tiene resonancias eucarísticas- en el contexto de una
comida: “Yo soy el pan de vida”, “mi carne es verdadera comida” (cf. 6,35. 55-56).
9

Lo que Jesús quiere alimentar en nosotros cada vez que nos hace partícipes de ese “signo” -el
banquete eucarístico- es nuestra vida agraciada y agradecida -en gratuidad y gratitud- de hijos
de Dios; nuestra existencia teologal y fraterna como familia; nuestra conciencia y vida como
“cuerpo”: “Ustedes son el cuerpo de Cristo”, 1 Co 12,27. En fin, nuestro amor y nuestra alegría.

El banquete en la Biblia es una realidad escatológica, por hacer referencia a los bienes
definitivos del Reino. En efecto, Jesús lo compara muchas veces con una mesa de manjares a la
que todos los hombres son invitados -los de la primera hora y los de después. La Eucaristía es
anticipo sacramental de ese banquete servido por él y en él por el Padre y en el Espíritu para
todos los pueblos de la tierra. Así, la noción de banquete nos invita a trabajar para que no haya
más pobres Lázaros excluidos de la mesa del rico, y la fiesta del Reino pueda ser plena ya -al
menos en cierto modo- desde ahora.

Para meditar y orar:

• ¿Cómo vivo la eucaristía?


• ¿Cómo resuena la celebración de la misma en mi vida diaria?
• ¿Cómo se ve transformada mi existencia por la celebración?

6. Vivir la reconciliación

“En Cristo estaba Dios reconciliando al mundo consigo” (2 Co 5,19).

A veces podemos tener la impresión de que la “confesión” se convierte en una rutina que se
hace -o no se hace- más o menos por inercia o costumbre, pero sin mayor significación en la
propia vida ni transformación de las propias actitudes.

Esta impresión puede responder a diferentes factores: un clima cultural que no favorece la
conciencia de pecado y por tanto propicia una cierta acedia espiritual; una celebración
“mecánica” del sacramento sin una verdadera preparación previa; y sobre todo, la
desvinculación de este sacramento del conjunto de la vida cristiana.

Pablo insiste: “En nombre de Cristo les suplicamos: ¡reconcíliense con Dios” (2 Co 5,20). La
reconciliación -contexto en que encuentra su verdadera y máxima significación el sacramento en
cuestión- es ante todo un don de Dios, vinculado al misterio de misericordia revelado y actuado
por el Hijo de Dios, icono del Padre rico en misericordia. Misericordia que es simultáneamente
unción del Espíritu que sana las heridas provocadas por el pecado, y expresada -según la
patrística- en la imagen del aceite utilizado por el buen samaritano con el hombre que yacía al
borde del camino.

Celebrar el sacramento de la reconciliación es abrirse a la gracia sanante, o más explícitamente,


a esa autocomunicación de Dios que restaura el corazón herido por la transgresión y la ofensa, y
que rehabilita al hijo/a de Dios para vivir como tal con el vestido nuevo de la santidad, el anillo
de la dignidad, y las sandalias de la libertad (cf. Lc 15,22) correspondientes (de congruo) a
quien gratuitamente recibe el abrazo paterno.

La confesión del propio pecado que se abre a esa posibilidad de misericordia -ya que reconoce
su más radical fragilidad y limitación creatural- posibilita la actualización del misterio de la
redención en el creyente individual: mediante este “segundo salvavidas”, en Cristo y por el
Espíritu, Dios renueva la gracia bautismal, y revivifica el potencial santificador que
irrevocablemente tenía el “carácter indeleble” de aquella primera “iluminación” o “baño
bautismal”.
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A su vez, la reconciliación tiene consecuencias sociales: “Así como por la desobediencia de un


hombre todos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno todos serán
constituidos justos” (Rm 5,19). De modo contrario a como el pecado incide misteriosamente
provocando un retroceso en la consumación del Reino (= misterio de iniquidad), la misericordia
de Dios (= misterio de piedad) la anticipa. Si el pecado genera división, enfrentamiento y
violencia en la familia humana, la reconciliación la une, hermana y pacifica.

Tal vez una revisión en profundidad de nuestras actitudes, y sobre todo de nuestros criterios
valorativos decisivos (= introspección del corazón) pueda contribuir a una lectura más
existencial de “gracia” y “pecado”, donde el reconocimiento del segundo se vea inspirado por la
confianza que suscita la primera, y esto, en el dinamismo de un crecimiento hacia la plena
estatura de los hijos/as de Dios.

Puede que estas consideraciones contribuyan a generar una resonancia más existencial al
momento de confesar nuestros pecados en la presencia del ministro ordenado, lo cual no
excluye -sino que debería suscitar- la petición de perdón a quien(es) más directamente pudieron
verse afectado(s) por la propia contribución al misterio de iniquidad.

Para meditar y orar:

• ¿Me confieso seguido?


• ¿Hago una buena revisión de vida cuando lo hago?
• ¿Cuál es hoy mi experiencia de la misericordia de Dios?

7. Vivir en la esperanza

“Un solo Cuerpo y un solo Espíritu,


como una es la esperanza a la que han sido llamados” (Ef 4,4).

Hoy son muchas las causas e indicadores de desánimo y desesperanza que marcan la vida de los
hombres, especialmente si nos atenemos a la situación socio-económica e histórico-cultural por
la que atraviesa nuestro país. Recesión y desempleo, corrupción e impunidad, ajustes e
inseguridad bancaria, crisis de los modelos político y económico, cambio de imaginario socio-
cultural, falta de credibilidad y representatividad en la clase dirigente, escepticismo de cara al
futuro.

Si miramos bien, nuestra experiencia como argentinos no es tan diferente de la de Israel durante
el destierro. Y sin embargo, el gran profeta del final de este período termina siendo el segundo
Isaías, que anuncia “algo nuevo”, y lo hace con optimismo y entusiasmo (cf. Is 40,1 ss.). Estas
palabras que invitan a “preparar el camino del Señor” las asumirá Juan Bautista para disponer a
sus discípulos a la venida de Jesús.

La esperanza cristiana tiene como punto de apoyo absoluto la promesa del Señor: “Yo estoy con
ustedes hasta el fin del mundo” (Mt 28,20). Vinculada a esta presencia está la promesa de Aquél
que es “el mismo ayer, hoy y para siempre” (Hb 13,8): “Vengo pronto” (Ap 22,20). La
esperanza del creyente está anclada en esta expectativa que él procura mantener en actitud
vigilante, incluso “contra toda esperanza” (Rm 4,18), en un compromiso con las realidades
cotidianas en el cual su empeño no se identifica con ambiciones meramente históricas, y donde -
a su vez- el horizonte último de su peregrinación no desestima (ni olvida, sino que por el
contrario procura concretar) su servicio a los hombres “concretos, históricos y reales” (Redentor
del hombre, 13).

La esperanza cristiana posibilita que tanto el creyente individual como la misma Iglesia en su
conjunto camine “entre las persecuciones del mundo y los consuelos de Dios, anunciando la
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cruz y la muerte del Señor, hasta que El venga (cf. 1 Co 11,26)” (Constitución sobre la Iglesia,
8), con paso firme y fortaleza de ánimo, sin deprimirse por la oscuridad con que generalmente
maduran las semillas del Reino, ni ilusionarse con aparentes plenitudes momentáneas. La
esperanza del hombre y mujer de fe (y de la Iglesia) respeta el realismo dialéctico de la historia,
en la cual Dios “ya” se revela y entrega, pero “todavía no” de un modo acabado y completo. A
su vez, acepta la perfectibilidad de todo lo humano, llamado a una continua y progresiva
autotrascendencia teocéntrica, tanto en sus dimensiones individuales y personales, como
sociales y estructurales; tanto las que hacen a las realidades seculares de este mundo, como las
específicamente eclesiales.

Ésta es la esperanza que debemos mantener hoy sin claudicar ni bajar los brazos; la única que
puede alumbrar sentido en medio de tanto desconcierto, desaliento, sinsentido y frustración.
Ésta es la esperanza que revela la “Buena Nueva”. Pienso que el motor último de esta actitud
existencial abierta a “lo posible inédito” es la oración: sólo quien hace experiencia de este
específico modo humano-espiritual de religación personal (eclesial y universal) con el destino
trascendente que la “creación nueva” tiene en Dios es capaz de esperar. Porque la oración
supone una actitud humilde y amante, adorante y paciente para poder escuchar lo que en medio
de la ráfaga del mundo parece inaudible: la vida de la Trinidad en el corazón de los hombres (y
su historia) como Palabra y Amor absolutos.

Para meditar y orar:

• ¿Cuáles son las situaciones que generalmente más me desaniman y por qué?
• ¿En qué sentido la fe me permite anclar de un modo más sereno mi vida en Dios?
• ¿Oro con confianza y sin desfallecer?

8. Vivir en el amor

“El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones


por el Espíritu Santo que nos ha sido dado” (Rm 5,5).

No sé si hay una palabra más usada y tergiversada, pronunciada y devaluada que la palabra
amor. Ya los antiguos filósofos tuvieron que reconocer matices y posibilidades muy diferentes
en torno a los vocablos eros (=amor de concupiscencia), filao (= amor de amistad), stergo (=
amor familiar) y ágape (= amor oblativo).

Frente a las actuales manifestaciones de “amor evanescente”, fugaz como flor de un día tanto en
sus propósitos como en sus reales compromisos, el creyente descubre en Cristo la revelación del
más pleno y posible amor: el de un Dios que en su Logos se hizo carne (cf. Jn 1,14), “probado
en todo igual que nosotros, excepto en el pecado” (Hb 4,15), que nos participa en el Espíritu el
amor que recibe del Padre para que amemos como Él: “Si guardan mis mandamientos,
permanecerán en mi amor, como yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco
en su amor. Les he dicho esto, para que mi gozo esté en ustedes, y su gozo sea perfecto. Este es
mi mandamiento: que se amen los unos a los otros como yo los he amado” (Jn 15,10-12).

Este amor es consumado “hasta el extremo” (Jn 13,1 ss.) con el servicio más decisivo y posible
de imaginar que es el de su propia pascua. Jesucristo crucificado es la máxima entrega de Dios
al hombre, pero simultáneamente del hombre a Dios; como así también la revelación acabada de
la autodonación del Hijo al Padre. Resucitado, es la máxima respuesta de Dios al hombre, del
Padre al Hijo y a los hombres; que a su vez posibilita mediante el Espíritu una inclusión del
universo y del hombre en la vida de Dios-Amor: de ahí que “quien no ama no ha conocido a
Dios, porque Dios es Amor” (1 Jn 4,8).
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Así, por su corazón abierto (= muerte) y su aparición gloriosa (= resurrección), el amor


redimensiona los estrechos horizontes de este mundo y en particular los del hombre y los
pueblos. Gracias al misterio pascual, cada representante del género humano es capax Dei
(=capaz de Dios), y su destino eterno queda escondido con Cristo en Dios (cf. Col 3,3).
Creyendo en el amor ya tiene vida eterna (cf. Jn 3,36; 5,24; 6,47), y participa de un nuevo modo
de vinculación con la realidad y los/as hermanos/as: un simbólico-sacramental, desde el corazón
de Dios (porque el corazón en-amorado “ve [con entusiasmo]2 a Dios en todas las cosas”).

Ese corazón de Dios tiene un rostro muy preciso: el de Jesús. Así, el corazón de Jesús se
convierte en expresión central y condensada de la humanidad amante de Cristo, hipostasiada en
la segunda persona de la Trinidad, centro óntico-existencial de un nuevo modo de subsistencia
en Dios. Cuando este nuevo modo de subsistencia (y existencia) en Dios se hace explícito a la
psicología creyente, se comprende que todo lo del Padre sea nuestro (cf. Lc 15,31) y que el gozo
pueda ser perfecto (cf. Jn 15,12).

Desde el corazón pascual de Cristo, el hombre y la mujer son nuevas criaturas, y ya no son
ellos, sino Cristo en ellos (cf. Ga 2,20). De este modo, Cristo ama en aquel (= aquella) cuya
vida se ha unido y transfigurado en la suya, y ese acto de amor se inscribe en aquel más eterno y
definitivo con que el Hijo es amado por el Padre y Éste ama al Hijo en un mismo Espíritu (cf. Jn
14,12 ss.).

En este corazón alcanza plenitud la Iglesia-Esposa -particularmente en la figura de María


(Constitución sobre la “Iglesia”, 65), Nueva Eva unida al Nuevo Adán, imagen de la Mujer-
Nueva Jerusalén desposada con el Cordero (Ap 19,7)-; en él todos los hombres de todas las
razas y lenguas son convocados para el banquete del Reino y para el cántico nuevo de la
alabanza escatológica (cf. Ap 7,9 ss.; 15,1 ss.). Así, en el amor de este corazón se condensa,
asume y recapitula todo lo que de noble y bueno el género humano fue viviendo y haciendo en
su quehacer histórico-cultural: en él da también a luz la creación entera que sufría dolores de
parto hasta la plena manifestación de los hijos de Dios (cf. Rm 8,22).

Para meditar y orar:

• ¿Qué evolución he notado en mi capacidad de amar? ¿Es hoy lo suficientemente


incluyente para todo el que me necesita?
• ¿Estoy convencido que el verdadero amor es un don en el corazón del creyente que hay
que pedir con insistencia y secundar con generosidad?
• La imagen del corazón de Jesús, ¿me ayuda a unificar existencialmente una vida en el
amor?

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Entusiasmo: del griego en-Theos-estin, que significa ‘estar en Dios’.

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