Meditaciones sobre la Trinidad en la Fe
Meditaciones sobre la Trinidad en la Fe
Tarea no fácil, si consideramos -por una parte- la variedad de aspectos que este objetivo supone
y -por otra- la brevedad de esta sencilla obra.
De ahí que lo que el lector encontrará en este librito sean tan sólo pistas para continuar
fraguando en su propia oración “adorante” esa síntesis que -en última instancia- es siempre don
del Espíritu ofrecido por el Padre en la vida pascual del Hijo.
1. Vivir en la Trinidad
Durante siglos el misterio de la Trinidad quedó como “exiliado” de la vida de los creyentes. La
misma reflexión teológica la relegó al tratado De Deo Trino [=Sobre Dios Trino] y así el Dios
cristiano dejó de serlo verdaderamente: se transformó en un difuso Dios Uno con bastantes
similitudes al del neoplatonismo o al del posterior deísmo moderno, en el cual la imagen del
Padre quedaba caricaturizada en la de un anciano de figura hierática; la del Hijo
sobredimensionada respecto a las otras personas, reducida a lo humano o por el contrario
desencarnada (piénsese en algunas devociones distorsionadas al Corazón de Jesús); y la del
Espíritu Santo se convertía en la del “Dios desconocido”, sólo vinculado a la misión del Hijo.
Este exilio de la Trinidad se debió en gran parte al talante teológico de occidente, que a partir de
san Agustín -vía Filioque y luego incluso santo Tomás- se tendió a acentuar la unidad de Dios
sin una suficiente consideración de la trinidad de personas. En todo caso, este tratamiento
quedaba como opacado por sutiles disquisiciones metafísicas (por ejemplo, las de Duns Scoto)
entretejidas en torno a los clásicos conceptos de esencia y persona, relaciones y procesiones,
apropiaciones y misiones.
Este fue un camino diferente al del oriente cristiano (especialmente a partir de los padres
capadocios, Juan Damasceno, etc.), en donde la consideración “económica” [=de la historia
salvífica] prevaleció por encima de la “teológica” [=especulación creyente específica sobre el
misterio de Dios en sí], y donde la consideración de la trinidad relativa de personas se antepuso
a la de su unidad absoluta.
1
Religioso-sacerdote (1994) en el Instituto de los Sacerdotes del Sagrado Corazón de Jesús de Betharram. Doctor en
Teología, por la Pontificia Universidad Católica Argentina, Facultad de Teología (1998): Hacia una más plena
inculturación de la vida religiosa betharramita en América Latina.
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Fue un camino diferente también al de la mística, que en personas como Gregorio Niceno, Jan
Ruysbroeck, Catalina de Siena, Teresa de Ávila, Juan de la Cruz, Juliana de Norwich, Isabel de
la Trinidad, Carlos de Foucauld y Adrienne von Spyer -entre otros tantos- no dejó de percibir -
en la línea del más puro pensamiento patrístico- la imagen viva de la Trinidad en la existencia
creyente, induciendo a transitar nuevos senderos teológicos.
En el siglo XX -en el marco de la profunda renovación por la que atravesó la teología, y que
tuvo un momento de convergencia cumbre en el Concilio Vaticano II- la Trinidad -la gran
“exiliada”- fue “repatriada”. A esta “repatriación” contribuyeron -indudablemente- K.Barth (en
el ámbito protestante) y K. Rahner y H. U. von Balthasar (en el ámbito católico).
De ahí que hoy podamos pensar no sólo en la Trinidad, sino pensarnos a nosotros mismos
viviendo en ella y desde ella; con la conciencia de que el Dios cristiano es Trinidad y familia de
personas en la que la historia de los hombres y del mundo es incluida por participación. En esa
Trinidad “somos, nos movemos y existimos”, ya que libremente Dios ha tenido a bien
autocomunicarse: la creación -y particularmente el hombre- es fruto de ese designio de amor; en
él se autocomprende y llega a plenitud.
De ahí que nuestra vida en Cristo -por su índole pascual- esté signada por la presencia del
Espíritu que en el Hijo nos santifica (= don personalizado que recibimos del Padre en el Hijo) y
simultáneamente nos permite glorificar al Padre (=don en el Hijo de nosotros mismos que
ofrendamos al Padre), particularmente en la liturgia de la Iglesia-Esposa (cf. Constitución sobre
la “Sagrada Liturgia”, 7). Aquél que en Cristo y por su Espíritu se nos dona paternalmente está
llamado a recibir simultáneamente nuestra filial entrega en ese mismo Amor. En la medida en
que vamos interiorizando los “sentimientos de Cristo” (Fp 2,5) por obra del Espíritu vamos
experimentando cada vez con mayor profundidad -en la oscuridad de la fe o en la luminosidad
de la visión- el gozo de sentirnos hijos en el Hijo, de tal modo que nuestra relación con Dios
está signada por la inconfundible e inefable cercanía de un Abbá de entrañas compasivas que,
dándonos a su Hijo por amor, nos convirtió en templos vivos para gloria suya y felicidad
nuestra.
De este modo, nuestro “ser en Dios” está llamado a impregnarse de un pleno abandono en
Aquél que es Padre “rico en misericordia”, en Aquél que se hizo hombre y es revelador de esa
misericordia, y por Aquél que vivifica y consuma en el creyente una vida en el Amor.
2. Vivir en Jesucristo
Un día, después de un cierto derrotero por su ministerio público, Jesús preguntó a sus
discípulos: “¿Quién dicen ustedes que soy yo?” (Mt 16,16). Esta pregunta sobre Jesús es la que
la Iglesia ha querido responderse inspirada por el Espíritu Santo y apoyándose en lo que el
mismo Señor había dicho de sí a través de palabras y gestos intrínsecamente ligados
(Constitución sobre la “Divina revelación”, 2).
Pregunta que partiendo de lo humano reflejado por el nazareno termina encontrándose con su
misterio divino resplandeciente sobre todo en su condición de resucitado; respuesta que siendo
clara afirmación de fe en el Hijo de Dios, no podrá desestimar ningún aspecto de lo humano
plenamente presente y asumido en el Hijo del hombre, y particularmente patente en el
dramatismo de su cruz. Pregunta y respuesta cuyo alcance la Iglesia fue comprendiendo de a
poco a lo largo del tiempo -incluso a través de concilios entre los cuales sobresalen los
ecuménicos de Nicea (325) y Calcedonia (451)-, confrontando su propia experiencia de vida y
fe postpascual con la historia concreta de Jesús.
El Santo de Dios, el Ungido, el Mesías Rey y Señor es el que no obstante su condición divina (=
abiertamente reconocida por el Padre como “filiación” en su bautismo [Mt 3,17] y
transfiguración [Mt 17,5]) vive como cualquiera de nosotros en todo menos en el pecado; nos da
a conocer con su predicación (= enseñanzas y parábolas) y gestos salvíficos (=especialmente
curaciones y exorcismos) el amor de Dios; y, -desde ese estado de kenosis como Salvador
absoluto (K. Rahner)-, nos convierte en nuevas criaturas (Ga 6,15) de una nueva creación (cf.
Ap 21,1).
Ese Jesús que un día en la sinagoga de Nazaret había leído el profeta Isaías (“El Espíritu del
Señor está sobre mí... Me envió a evangelizar a los pobres, a liberar a los cautivos..., a anunciar
un año de gracia del Señor” [Lc 4,16 ss.]) y había dicho “hoy se ha cumplido esta Escritura que
acaban de oír” (v.21), era consciente de que con él irrumpía el profeta escatológico (=
definitivo), y que todo su ministerio constituía un progresivo y definitivo adentramiento de Dios
en la historia humana: “Hoy les ha nacido el Salvador” (Lc 2,11); “hoy ha llegado la salvación a
esta casa” (Lc 19,9); “hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lc 23,43). “Hoy” que la Iglesia
continúa celebrando litúrgicamente en cada Eucaristía y buscando actualizar y actuar en su vida
cotidiana.
Frente a esta presencia nueva e inédita del “Dios con nosotros” hay que adoptar una postura
clara, generosa y vigilante: permaneciendo con las lámparas encendidas (Mt 25,1 ss.),
manteniéndose atentos cuando no se sabe el día ni la hora de su regreso (Mt 24,45 ss.),
cultivando la viña con la que él se identifica (Mt 20,1 ss.), haciendo producir los propios
talentos con audacia (Mt 25,14 ss.) y practicando el amor hacia los más pequeños (Mt 25,31 ss.).
Así la pregunta por la identidad de Jesucristo es simultáneamente la pregunta por el hombre: en
el “hoy” de la salvación, “Cristo revela el hombre al hombre” (GS 22), uniéndose y haciendo
camino misteriosamente con cada representante del género humano, con cada pueblo y cultura.
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Esta revelación coincide con la capacidad que el hombre sumergido en Cristo descubre de estar
llamado a vivir en ese mismo amor con que Cristo es amado por el Padre y que prolonga y
concreta -“hasta el extremo” (Jn 13,1)- en cada uno de nosotros en orden a una más plena
dignificación del hombre. Amor que vivió incluso “sin brillo” en el anonimato de Nazaret junto
a los suyos (cf. Lc 2,51-52), y que “hoy” aguarda recibir en los pobres -con los cuales se
identifica (cf. Mt 25,31 ss.), a los cuales sirvió preferencialmente durante su ministerio público
(cf. Mt 11,4 ss.) y en los que “hoy” oculta su gloria (cf. Mt 25,40).
Hasta su definitiva manifestación al final de los tiempos, Jesucristo camina con los hombres de
toda raza, lengua y nación, a veces explícitamente reconocido y testificado (cf. Lc 24,34), otras
implícitamente presente en sus vidas (cf. Lc 24,32), y otras casi absolutamente proscripto en sus
estructuras y juicios de pecado e injusticia (cf. Jn 9,41).
La misión de la Iglesia es la de promover el encuentro de cada hombre con él para que tenga
familiaridad con el misterio de la Redención (cf. Redentor de los hombres 10), como lo hizo la
madre de Jesús al visitar a Isabel (cf. Lc 1,39 ss.) o al pedirle a los sirvientes de las bodas de
Caná que hagan lo que él les diga (Jn 2,5).
En este encuentro con él para caminar desde él (Comenzando el nuevo milenio III) (= desde una
configuración propia de discípulo), hacia los hombres y mujeres de nuestro “hoy”, está la vida
verdadera. En dejarnos enseñar por este Maestro, servir por este Señor (cf. Jn 13,13) y apacentar
por este Pastor (cf. Jn 10,14), se va anticipando el Reino, cuya causa y advenimiento fue el
motivo último de la actividad pastoral de Jesús, y cuya consumación coincidirá con la plena
manifestación de los hijos de Dios.
Este reino ya se hace anticipadamente presente en nuestro mundo porque él es su alfa y omega,
su principio y fin (cf. Ap 1,8. 17). Y porque él vive -como primogénito de la creación y Cabeza
del cuerpo (Col 1,10.18)- intercediendo en favor de los hombres como Sumo Sacerdote de la
nueva y definitiva alianza (cf. Teología Hebreos); para que después de peregrinar construyendo
la historia, la humanidad purificada y transfigurada pueda entrar -por Cristo y en su Espíritu- en
el descanso de Dios que él tiene preparado para aquellos que lo aman en su Hijo amado.
3. Vivir en el Espíritu
Pero este reconocimiento dogmático poco a poco fue quedando teológica (e incluso
existencialmente) olvidado en occidente: en todo caso, la vida en el Espíritu quedó relegada a la
liturgia de los monasterios, o a su tratamiento específico en algún manual de gracia o libro de
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espiritualidad. Habría que esperar hasta el siglo XX para que la renovación trinitaria motivara
un nuevo descubrimiento del “Dios desconocido”.
Cuando miramos los evangelios observamos -especialmente en Lucas- que la vida de Jesús
estaba animada constantemente por el Espíritu: éste lo gesta en las entrañas de una virgen (cf.
1,35), lo da a conocer a Isabel y a Simeón (1,41; 2,26), lo conduce al desierto (4,1), lo
acompaña en su misión (4,14) e impregna la totalidad de su misma persona: “El Espíritu del
Señor está sobre mí” (4,18). El mismo Jesús comunicará este Espíritu a sus discípulos (cf. Jn
20,21-22) que lo recibirán en Pentecostés (cf. Hch 2,4) y animará su misión en la Iglesia
primitiva (cf. Hch 4,8. 31; 5,32; 6,5; 7,55; 8,15. 17. 19; 9,31; 10,44; 13,2, etc.).
Por eso hay que dejarlo vivir en nosotros (cf. Ga 5,18. 25), para que nos haga “existir” en el
Hijo que mora en el seno del Padre (cf. Jn 1,18. 38; 15,10). También en nuestras relaciones
interpersonales (cf. Jn 17,23), para que éstas vayan madurando ya desde ahora en la intimidad
de Dios, a manera de preludio o incoación escatológica, con los frutos del Espíritu que revelan
su presencia: “amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, modestia y dominio
de sí” (cf. Ga 5,23).
Mirando lo dicho, vemos que la acción del Paráclito dice mucho de futuro y de promesa ya
anticipados en nuestra historia presente (acción prevalentemente descendente).
Simultáneamente (y junto a esto), habla de diálogo y comunión -intra y extra eclesial- (acción
prevalentemente ascendente), ya que el Espíritu es el actor último de la recapitulación de todas
las cosas querida por Dios en Jesucristo, y estas actitudes pastorales tienden de suyo a ese fin
último.
4. Vivir la Iglesia
“El amor y la vida del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo
son el don absolutamente gratuito que se ofrece
a cuantos han nacido del agua y del Espíritu (cf. Jn 3,5)” (CL 8).
En este mismo lenguaje puede advertirse también el cuño litúrgico-espiritual de los conceptos,
los cuales casi por sí mismos sugieren una espiritualidad eclesial donde la misma referencia,
procedencia y orientación trinitaria remite a una comunión en la diversidad de vocaciones,
carismas y ministerios.
Vivir la Iglesia es vivir sobre todo la comunión de todos los hombres en el misterio de Dios
Uni-Trino. Cultivar relaciones fraternas a imagen de las relaciones intratrinitarias, apropiándose
del don ajeno y entregando el propio, participando así las procesiones de generación y
espiración activas y pasivas que la tradición eclesial reconoce en Dios. Es lograr sentir tan en
uno a cada hermano o hermana -peregrino o ya en la patria- como el Padre lo está en el Hijo o el
Hijo en el Padre, o estos en el Espíritu o el Espíritu en ellos (de acuerdo a las nociones clásicas
de perijoresis, circummicessio y circummisessio). Esto fundamenta no sólo la comunión ad
intra, sino también la solidaridad y el servicio ad extra, que manifiestan el alcance absoluto de
las misiones del Hijo y del Espíritu “hasta los confines de la tierra” (cf. Mt 28,19), y tiende a
generar estructuras de convivencia humanas análogas a las trinitarias que Dios participa.
Tanto la comunión como el servicio surgen de reconocerse (hijo/a de Dios) en el otro/a -y juntos
partícipes de un mismo camino hacia la plenitud de Dios-; de modo análogo a como el Padre se
reconoce en el Hijo -que es su imagen y sabiduría- y permanecen unidos en el mismo Espíritu
que de ellos procede.
Desde este marco general, vivir la espiritualidad eclesial significa ser fiel a lo propio (=
identidad) descubierto en lo diferente: al igual que las identidades (= propiedades) de las
personas de la Trinidad surgen de las relaciones (podría permitirme llamarlas de “encuentro”
más que de “oposición”), también las vocaciones eclesiales descubren su perfil propio en el
encuentro, diálogo y comunión con las otras. No se comprende, por ejemplo, el ministerio
sacerdotal sin referencia a la vida laical, ni ésta se realiza plenamente sin aquella. Tampoco se
entiende la vida consagrada sin referencia a las vocaciones seculares, ni éstas acaban de percibir
su horizonte escatológico sin aquellas.
5. Vivir la Eucaristía
1. Sacrificio
El antiguo pueblo de Dios realizaba sacrificios de diferentes tipos -de modo semejante a otros
pueblos. Sacrificios de expiación por los pecados, de propiciación para que la oración llegue a
Dios, y de comunión para renovar o ratificar la alianza. En el ciclo anual resaltaba el “chivo
expiatorio” en la fiesta de la expiación, y los sacrificios carneros y toros en la de la purificación
del Templo. Pero sobre todo el del Cordero pascual, que normalmente era comprado en el
Templo y se consumía en familia. Su sangre se derramaba porque en ella estaba la vida y la vida
era de Dios.
Jesús se convierte en el nuevo Cordero “que quita el pecado del mundo” (Jn 1,29). Se hace
memorial de una nueva Pascua: ya no vinculada a la liberación de Egipto y al ingreso en la
tierra prometida, sino a la remisión del pecado y a una vida nueva en Cristo -la de los hijos de
Dios.
La epístola a los Hebreos dice: «Sacrificios y holocaustos por el pecado no quisiste, pero me
formaste un cuerpo. Por eso dije: “Aquí estoy”» (Hb 10,9). Jesús reemplaza todos los anteriores
sacrificios de la antigua alianza -ineficaces y tan solo prefiguradores del nuevo culto-, y se
convierte en víctima de propiciación. En él somos justificados -y así es víctima de expiación- y
por él entramos a un santuario no construido por manos humanas sino por Dios -y es,
simultáneamente, víctima de comunión.
2. Memorial
En la última cena Jesús dirá: “Hagan esto en memoria (conmemoración) mía” (Lc 22,19). Hacer
memoria de Jesús será recordar y reproducir -siempre y de un modo existencial- su palabra y su
vida. La eucaristía será actualización del misterio de Jesucristo en la vida de la comunidad y en
la vida de cada miembro celebrante de la misma. No se hace verdadera memoria si no se
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3. Presencia
La imagen véterotestamentaria de la presencia de Yahveh en medio del pueblo era la del arca de
la Alianza. En ella se contenían los signos de su acción salvífica a favor de Israel: el maná con
el cual lo había alimentado en su peregrinación por el desierto, la vara florecida de Aarón -
síntesis de los prodigios que acompañaron esa peregrinación-, y las tablas de la Ley, labradas
por el dedo de Dios en el Sinaí. A esta presencia fundamental se habían unido las presencias
complementarias de Yahveh en la nube y el fuego: la primera para proteger a Israel del sol en el
día, y el segundo para iluminar su caminar durante la noche -de modo que esa presencia era
permanente: de día y de noche.
Cuando Jesús dice: “Esto es mi cuerpo”, está expresando presencia. El “cuerpo” manifiesta la
“carne” asumida por la Palabra al hacerse hombre. Expresa su visibilidad, su cercanía, su
compromiso irrevocable en favor de todos nosotros: “Se entrega por ustedes”. El “cuerpo”
revela al sumo sacerdote, Templo y víctima de la nueva alianza.
La Eucaristía como presencia real y substancial de Dios en el cuerpo de Cristo -cuerpo y sangre,
alma y divinidad del Hijo de Dios- expresa acercamiento y comunicación, habla de
preocupación y solidaridad por el hombre. En ella, se revela el amor de Dios “hasta el fin” (cf.
Jn 13,1 ss.).
No obstante, en la Eucaristía Dios parece también -y sobre todo- silenciarse y ocultarse más que
manifestarse. Por eso cantamos “que la fe preste a los ojos la visión con qué mirar” (cf. Tantum
ergo). El cuerpo puede ser controlado y manipulado: al ser la concreción de nuestro espacio
humano histórico y situado es también nuestro límite. Pero Dios no puede ser controlado y
manipulado en su “cuerpo”: Él es siempre más: venció las ataduras de la muerte que le
infligieron en el “cuerpo” y manifestó su presencia gloriosa y trascendente; la del Señor “en
quien somos, nos movemos y existimos”, uno de la Trinidad.
4. Banquete
La antigua pascua se celebraba con una comida: pan ácimo con hierbas, que acompañaban el
cordero pascual y el vino, en señal de comunión. También las antiguas religiones celebraban
banquetes sagrados: comer es entrar en comunión con la naturaleza (se ingieren frutos, animales
y productos de ella), con la comunidad (no se come ni solo ni con los enemigos), con la
divinidad (a quien simbólicamente se hace partícipe reservándole ciertos alimentos
(especialmente la sangre derramada y la carne consumida en holocausto por el fuego).
Lo que Jesús quiere alimentar en nosotros cada vez que nos hace partícipes de ese “signo” -el
banquete eucarístico- es nuestra vida agraciada y agradecida -en gratuidad y gratitud- de hijos
de Dios; nuestra existencia teologal y fraterna como familia; nuestra conciencia y vida como
“cuerpo”: “Ustedes son el cuerpo de Cristo”, 1 Co 12,27. En fin, nuestro amor y nuestra alegría.
El banquete en la Biblia es una realidad escatológica, por hacer referencia a los bienes
definitivos del Reino. En efecto, Jesús lo compara muchas veces con una mesa de manjares a la
que todos los hombres son invitados -los de la primera hora y los de después. La Eucaristía es
anticipo sacramental de ese banquete servido por él y en él por el Padre y en el Espíritu para
todos los pueblos de la tierra. Así, la noción de banquete nos invita a trabajar para que no haya
más pobres Lázaros excluidos de la mesa del rico, y la fiesta del Reino pueda ser plena ya -al
menos en cierto modo- desde ahora.
6. Vivir la reconciliación
A veces podemos tener la impresión de que la “confesión” se convierte en una rutina que se
hace -o no se hace- más o menos por inercia o costumbre, pero sin mayor significación en la
propia vida ni transformación de las propias actitudes.
Esta impresión puede responder a diferentes factores: un clima cultural que no favorece la
conciencia de pecado y por tanto propicia una cierta acedia espiritual; una celebración
“mecánica” del sacramento sin una verdadera preparación previa; y sobre todo, la
desvinculación de este sacramento del conjunto de la vida cristiana.
Pablo insiste: “En nombre de Cristo les suplicamos: ¡reconcíliense con Dios” (2 Co 5,20). La
reconciliación -contexto en que encuentra su verdadera y máxima significación el sacramento en
cuestión- es ante todo un don de Dios, vinculado al misterio de misericordia revelado y actuado
por el Hijo de Dios, icono del Padre rico en misericordia. Misericordia que es simultáneamente
unción del Espíritu que sana las heridas provocadas por el pecado, y expresada -según la
patrística- en la imagen del aceite utilizado por el buen samaritano con el hombre que yacía al
borde del camino.
La confesión del propio pecado que se abre a esa posibilidad de misericordia -ya que reconoce
su más radical fragilidad y limitación creatural- posibilita la actualización del misterio de la
redención en el creyente individual: mediante este “segundo salvavidas”, en Cristo y por el
Espíritu, Dios renueva la gracia bautismal, y revivifica el potencial santificador que
irrevocablemente tenía el “carácter indeleble” de aquella primera “iluminación” o “baño
bautismal”.
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Tal vez una revisión en profundidad de nuestras actitudes, y sobre todo de nuestros criterios
valorativos decisivos (= introspección del corazón) pueda contribuir a una lectura más
existencial de “gracia” y “pecado”, donde el reconocimiento del segundo se vea inspirado por la
confianza que suscita la primera, y esto, en el dinamismo de un crecimiento hacia la plena
estatura de los hijos/as de Dios.
Puede que estas consideraciones contribuyan a generar una resonancia más existencial al
momento de confesar nuestros pecados en la presencia del ministro ordenado, lo cual no
excluye -sino que debería suscitar- la petición de perdón a quien(es) más directamente pudieron
verse afectado(s) por la propia contribución al misterio de iniquidad.
7. Vivir en la esperanza
Hoy son muchas las causas e indicadores de desánimo y desesperanza que marcan la vida de los
hombres, especialmente si nos atenemos a la situación socio-económica e histórico-cultural por
la que atraviesa nuestro país. Recesión y desempleo, corrupción e impunidad, ajustes e
inseguridad bancaria, crisis de los modelos político y económico, cambio de imaginario socio-
cultural, falta de credibilidad y representatividad en la clase dirigente, escepticismo de cara al
futuro.
Si miramos bien, nuestra experiencia como argentinos no es tan diferente de la de Israel durante
el destierro. Y sin embargo, el gran profeta del final de este período termina siendo el segundo
Isaías, que anuncia “algo nuevo”, y lo hace con optimismo y entusiasmo (cf. Is 40,1 ss.). Estas
palabras que invitan a “preparar el camino del Señor” las asumirá Juan Bautista para disponer a
sus discípulos a la venida de Jesús.
La esperanza cristiana tiene como punto de apoyo absoluto la promesa del Señor: “Yo estoy con
ustedes hasta el fin del mundo” (Mt 28,20). Vinculada a esta presencia está la promesa de Aquél
que es “el mismo ayer, hoy y para siempre” (Hb 13,8): “Vengo pronto” (Ap 22,20). La
esperanza del creyente está anclada en esta expectativa que él procura mantener en actitud
vigilante, incluso “contra toda esperanza” (Rm 4,18), en un compromiso con las realidades
cotidianas en el cual su empeño no se identifica con ambiciones meramente históricas, y donde -
a su vez- el horizonte último de su peregrinación no desestima (ni olvida, sino que por el
contrario procura concretar) su servicio a los hombres “concretos, históricos y reales” (Redentor
del hombre, 13).
La esperanza cristiana posibilita que tanto el creyente individual como la misma Iglesia en su
conjunto camine “entre las persecuciones del mundo y los consuelos de Dios, anunciando la
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cruz y la muerte del Señor, hasta que El venga (cf. 1 Co 11,26)” (Constitución sobre la Iglesia,
8), con paso firme y fortaleza de ánimo, sin deprimirse por la oscuridad con que generalmente
maduran las semillas del Reino, ni ilusionarse con aparentes plenitudes momentáneas. La
esperanza del hombre y mujer de fe (y de la Iglesia) respeta el realismo dialéctico de la historia,
en la cual Dios “ya” se revela y entrega, pero “todavía no” de un modo acabado y completo. A
su vez, acepta la perfectibilidad de todo lo humano, llamado a una continua y progresiva
autotrascendencia teocéntrica, tanto en sus dimensiones individuales y personales, como
sociales y estructurales; tanto las que hacen a las realidades seculares de este mundo, como las
específicamente eclesiales.
Ésta es la esperanza que debemos mantener hoy sin claudicar ni bajar los brazos; la única que
puede alumbrar sentido en medio de tanto desconcierto, desaliento, sinsentido y frustración.
Ésta es la esperanza que revela la “Buena Nueva”. Pienso que el motor último de esta actitud
existencial abierta a “lo posible inédito” es la oración: sólo quien hace experiencia de este
específico modo humano-espiritual de religación personal (eclesial y universal) con el destino
trascendente que la “creación nueva” tiene en Dios es capaz de esperar. Porque la oración
supone una actitud humilde y amante, adorante y paciente para poder escuchar lo que en medio
de la ráfaga del mundo parece inaudible: la vida de la Trinidad en el corazón de los hombres (y
su historia) como Palabra y Amor absolutos.
• ¿Cuáles son las situaciones que generalmente más me desaniman y por qué?
• ¿En qué sentido la fe me permite anclar de un modo más sereno mi vida en Dios?
• ¿Oro con confianza y sin desfallecer?
8. Vivir en el amor
No sé si hay una palabra más usada y tergiversada, pronunciada y devaluada que la palabra
amor. Ya los antiguos filósofos tuvieron que reconocer matices y posibilidades muy diferentes
en torno a los vocablos eros (=amor de concupiscencia), filao (= amor de amistad), stergo (=
amor familiar) y ágape (= amor oblativo).
Frente a las actuales manifestaciones de “amor evanescente”, fugaz como flor de un día tanto en
sus propósitos como en sus reales compromisos, el creyente descubre en Cristo la revelación del
más pleno y posible amor: el de un Dios que en su Logos se hizo carne (cf. Jn 1,14), “probado
en todo igual que nosotros, excepto en el pecado” (Hb 4,15), que nos participa en el Espíritu el
amor que recibe del Padre para que amemos como Él: “Si guardan mis mandamientos,
permanecerán en mi amor, como yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco
en su amor. Les he dicho esto, para que mi gozo esté en ustedes, y su gozo sea perfecto. Este es
mi mandamiento: que se amen los unos a los otros como yo los he amado” (Jn 15,10-12).
Este amor es consumado “hasta el extremo” (Jn 13,1 ss.) con el servicio más decisivo y posible
de imaginar que es el de su propia pascua. Jesucristo crucificado es la máxima entrega de Dios
al hombre, pero simultáneamente del hombre a Dios; como así también la revelación acabada de
la autodonación del Hijo al Padre. Resucitado, es la máxima respuesta de Dios al hombre, del
Padre al Hijo y a los hombres; que a su vez posibilita mediante el Espíritu una inclusión del
universo y del hombre en la vida de Dios-Amor: de ahí que “quien no ama no ha conocido a
Dios, porque Dios es Amor” (1 Jn 4,8).
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Ese corazón de Dios tiene un rostro muy preciso: el de Jesús. Así, el corazón de Jesús se
convierte en expresión central y condensada de la humanidad amante de Cristo, hipostasiada en
la segunda persona de la Trinidad, centro óntico-existencial de un nuevo modo de subsistencia
en Dios. Cuando este nuevo modo de subsistencia (y existencia) en Dios se hace explícito a la
psicología creyente, se comprende que todo lo del Padre sea nuestro (cf. Lc 15,31) y que el gozo
pueda ser perfecto (cf. Jn 15,12).
Desde el corazón pascual de Cristo, el hombre y la mujer son nuevas criaturas, y ya no son
ellos, sino Cristo en ellos (cf. Ga 2,20). De este modo, Cristo ama en aquel (= aquella) cuya
vida se ha unido y transfigurado en la suya, y ese acto de amor se inscribe en aquel más eterno y
definitivo con que el Hijo es amado por el Padre y Éste ama al Hijo en un mismo Espíritu (cf. Jn
14,12 ss.).
2
Entusiasmo: del griego en-Theos-estin, que significa ‘estar en Dios’.