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¡Cuidémonos!
4

Créditos

Traducción

Mona

Corrección

Karikai

Diseño

Bruja_Luna_
5

Índice
Importante _____________________ 3 Diecisiete _____________________ 142
Créditos ________________________ 4 Dieciocho_____________________ 159
Sinopsis ________________________ 8 Diecinueve____________________ 161
Uno ___________________________ 9 Veinte _______________________ 165
Dos __________________________ 19 Veintiuno _____________________ 173
Tres __________________________ 26 Veintidós _____________________ 183
Cuatro ________________________ 39 Veintitrés _____________________ 191
Cinco _________________________ 50 Veinticuatro __________________ 199
Seis __________________________ 52 Veinticinco ___________________ 204
Siete _________________________ 59 Veintiséis _____________________ 216
Ocho _________________________ 66 Veintisiete ____________________ 226
Nueve ________________________ 74 Veintiocho ____________________ 239
Diez __________________________ 83 Veintinueve ___________________ 246
Once _________________________ 93 Treinta _______________________ 252
Doce _________________________ 98 Treinta y uno __________________ 258
Trece ________________________ 103 Treinta y dos __________________ 264
Catorce ______________________ 108 Nota de las Autoras, ____________ 273
Quince _______________________ 118 Mate of a Royal ________________ 274
Dieciséis _____________________ 129 Acerca de las Autoras ___________ 276
Para las chicas que se enamoran de los villanos...
6
Sus corazones sólo son negros hasta que
Se los arrancas.
Este es el segundo libro de un dueto y debe ser leído después del primer libro:
7
FATE OF A ROYAL.

Este libro aborda temas más oscuros que pueden considerarse desencadenantes
para algunos lectores. Por favor, ten en cuenta tus propias sensibilidades mientras
te sumerges en la historia...

¡Gira la página y disfruta del emocionante viaje!


8

Sinopsis
El Rey de las Tinieblas ha muerto.
Es hora de que surja uno nuevo...

London Crow no es quien yo pensaba que era.


Ella es peor.

Mi odio por ella no tiene límites.


Mi necesidad de ella no tiene fin.

Pero es mi incapacidad para tenerla lo que podría acabar con todos nosotros,
ya que el destino se niega a ser ignorado.

Ahora, una oscuridad recorre las calles de Rathe, amenazando con destruir el
Reino que conocemos y amamos, y todo es por ella.

La compañera que no puedo tener.


El vínculo que no puedo dejar ir.

Sólo hay una forma de restaurar el equilibrio, y empieza y termina con ella.

¿Cuál es el problema? Rompí a la chica en mil pequeños pedazos sin pensarlo


dos veces. Ganarse su perdón no será fácil, pero está bien.

Si ella no lo da libremente, yo lo tomaré.


Un error a la vez.
9

Uno

London

B
en se agacha y yo corro a toda velocidad, saltando sobre su espalda como
he hecho cientos de veces antes. Le rodeo el cuello con los brazos y los
suyos me rodean por detrás de las rodillas. Sonrío y lo abrazo con más
fuerza, luchando contra las lágrimas que amenazan con escaparse. Lo último que
quiero después de un día como el que hemos tenido es que me vea llorar. Otra vez.
El hecho es que... nuestros mundos están cambiando. No, eso no es correcto.
Nuestros mundos han cambiado, y no hay manera de evitar lo que sucederá a
continuación.
Voy a perder a mi mejor amigo.
Tengo que perder a mi mejor amigo; sólo que él aún no lo sabe. Es lo mejor
para él. Soy un desastre que sólo va a empeorar, por lo que parece, y él ya ha sufrido
bastante por mi culpa.
Quiero decir, mierda, estaba...
—Lon, para.
Sus suaves palabras me llenan de calidez. Como si las sílabas envolvieran mi
corazón y me recordaran por qué está en casa.
Ben siempre ha sido bueno leyéndome, a veces demasiado bueno.
Aprieto la sien contra su cabeza, miro hacia la noche oscura y un escalofrío me
recorre. Apoyando la cabeza en su cuello, cierro los ojos, luchando contra la humedad
que amenaza con acumularse en ellos.
—Te quiero, lo sabes —susurro—. Te quiero y estoy muy orgullosa de ti.
—Fue sólo un gol en un partido que no significaba nada. —Se ríe entre dientes,
pero es más que eso y él lo sabe.
Ha superado y conseguido muchas cosas, y aún le queda toda una vida de
felicidad por delante. Dios sabe que si alguien se lo merece, es él.
Llegamos a la puerta y me baja, girando para estrecharme entre sus brazos.
10
—Todo va a salir bien, London, te lo prometo.
Es imposible que cumpla su promesa, pero no se lo digo. No digo nada, solo
asiento contra su pecho.
—¿Mañana a las nueve? —pregunta.
Asiento, mirándolo a los ojos color avellana.
—Mañana a las nueve.
—Lon. —Ben me lanza una mirada de advertencia y me cuesta poner los ojos
en blanco cuando lo último que siento ahora mismo es querer ser juguetona.
Los últimos días han pesado mucho en mi mente, y odio lo que está por venir.
—Estoy bien.
Lentamente, presiona sus labios contra mi frente y me empuja a través de la
puerta.
Mi tío Marcus me recibe en la entrada, con una amplia sonrisa hasta que me ve
la cara y sus brazos se abren al instante. No lo dudo, me arrojo en ellos y lloro.
—Vamos, cuervito. No puede ser tan malo —me tranquiliza, como ha hecho
toda mi vida.
—Voy a arruinarle la vida.
Mi tío se ríe y se echa hacia atrás, enganchándome la barbilla entre los dedos.
—Cariño, no, no lo harás. Eres la luz de la vida del chico. Eres todo lo que tiene
ahora.
—Lo sé, y por eso, se va a quedar aquí e irá a una universidad junior. Es mucho
mejor que eso.
—Está haciendo lo que se siente bien. —Mi tío sonríe suavemente—. No quiere
dejarte, especialmente ahora que su abuela Betsy se ha ido.
—¡Esto es un maldito viaje completo! Un equipo universitario... un equipo
universitario al que ni siquiera se presentó, del que ni siquiera había oído hablar, ¡y
lo quieren! —Recalco—. Tío Marcus, creo que no lo entiendes. Me dijo que los plazos
de admisión y aceptación se cerraron hace meses. ¿Ya está matriculado en la
universidad JC y resulta que ahora le hacen esta oferta? Esto es enorme. Es... cómo el
destino o lo que sea.
Algo se refleja en la mirada de mi tío, pero desaparece antes de que pueda
decidir qué es.
—No estoy seguro de eso —dice, casi con cautela—. Creo que deberías
animarlo a quedarse aquí.
—¡Tío! —Suelto un chasquido, con la cabeza echada hacia atrás.
11
—No para siempre, pero tal vez JC durante un año y luego puede aplicar en
otro lugar. En algún lugar ... no tan lejos.
Sacudo la cabeza antes de que termine.
—De ninguna manera, esto es épico para él.
—Lo es, pero...
—Sin peros. —Doy un pisotón como una mocosa—. ¡Haz que se vaya!
Mi tío levanta una ceja y yo siento que el ceño se me frunce antes de darme
cuenta.
—Yo soy diferente —argumento sobre lo que sé que está pensando—. Soy
pésima en la escuela y apenas aprobé. Sinceramente, ni siquiera sé cómo lo hice,
pero ¿Ben? Se dejó la piel. Se le puede convencer, lo sé.
—Ni siquiera querías ir a la gira escolar a la que te invitaron, y eso era
básicamente tu pase libre para irte de fiesta a una universidad durante un fin de
semana, así que ¿cómo demonios voy a convencer a Ben de que se mude a horas de
casa cuando de lo único que hablan es de permanecer juntos?
Mis cejas se fruncen ante sus palabras, y me mira divertido.
—Espera... —Inclino la cabeza—. ¿Daragan State es la misma escuela que me
envió esa invitación para el crucero del campus de los mayores?
—Sabes qué, creo que estoy confundido —dice, volviéndose hacia el
mostrador para recoger su teléfono—. Olvídate de mí, no estoy en el estado de ánimo
para hablar, ¿eh?
Entonces empieza a hablar de hacer pedidos nocturnos a DoorDash, así que
asiento y vuelvo a mi habitación. El tío Marcus tiene la costumbre de hacer eso. Es
casi como si confundiera las líneas temporales.
La pequeña papelera que hay bajo mi escritorio y que nunca se usa, porque
nunca hago los deberes, me mira fijamente. Los mismos dos papeles de hace unos
meses siguen en el fondo, el sobre que esconde la misma invitación de la que habla
mi tío.
Rebuscando entre los envoltorios de caramelos, lo saco y tiro el trasero al suelo
para leerlo, algo que no hice cuando me lo entregaron por primera vez.
El tío Marcus tiene la mala costumbre de amontonar el correo en la encimera
de la cocina, así que lo había encontrado por casualidad una semana mientras
limpiábamos. Desdoblo el grueso papel bordado.
—Querida London V. Crow —me burlo, poniendo los ojos en blanco—. No sé
de dónde han sacado la V. No me extraña que dejara de leer antes de empezar. —
Saco un caramelo del bolsillo, le arranco la parte de arriba, me lo meto en la boca y
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empiezo de nuevo.
—Estimada London V. Crow, en nombre del Departamento de Admisiones de
Daragan, nos gustaría invitarla formalmente a asistir al Crucero Anual de Mayores de
la Universidad Estatal de Daragan como futura becaria visitante. Si le gusta lo que
encuentre durante su estancia aquí, considere esta su carta de aceptación. En
Daragan, nos enorgullecemos de la excelencia académica y... Bueno, ahí tienes,
carajo —me separo de las palabras impresas, mirando el papel—. Razón número dos
por la que no leí esta cosa.
¿Excelencia académica? Por favor. Tal vez esto iba dirigido a una persona
llamada London V. Crow. Ni siquiera tengo segundo nombre. No es que importe. Me
pasé de la fecha de respuesta y estoy muy lejos de la excelencia académica.
Pero el tío Marcus tenía razón, aunque tengo la sensación de que lo señaló por
accidente. Esta es la misma escuela que quiere a Ben.
¿Qué posibilidades hay...

Me arden los ojos y pestañeo, sintiendo por primera vez el flujo constante de
lágrimas calientes que ruedan por mis mejillas.
En cuanto abro los párpados, ya no estoy en mi antigua habitación de mi ciudad
natal. El recuerdo se desvanece en la oscuridad y me quedo solo bajo la luz cegadora
de mi nuevo infierno: una celda mágica en el centro de Rathe. Mi verdadera ciudad
natal.
El reino en el que nací.
Soy un maldita superdotada. No una humana como he vivido los últimos once
años creyendo.
Es un pensamiento tan debilitante como liberador.
Por fin entiendo por qué la luna me llama y por qué todo es mejor bajo el manto
de la medianoche. Ahora sé por qué me despertaba cada noche a la misma hora,
esperando algo que nunca llegaba. Sé por qué nunca pude encontrar paz ni consuelo
en el mundo humano por mucho que lo buscara.
Porque no era mi mundo y nunca pertenecí a él en primer lugar.
La única vez que no me sentí como una chica en la piel de otra persona fue
13
cuando estaba con...
Mis dedos se crispan. Miro mis manos, la urna de cristal de un suave verde
turbio, como el color del mármol de ojo de gato, no tan distinto de los ojos de mi mejor
amigo. Tenían el tono avellana más bonito cuando sonreía. No es que la persona que
lo eligió lo supiera.
El cuerpo de Ben se convirtió en cenizas no treinta minutos después de
enfriarse.
—Los dragones no desaprovecharon la oportunidad de servir a un miembro de
la realeza —me recuerda el tono despiadado y los ojos vacíos de Knight. Aprieto con
fuerza todo lo que queda del chico que nunca me defraudó.
El entumecimiento va y viene, y ahora mismo... no está por ninguna parte.
Lo siento todo, y es demasiado, carajo.
Ben se ha ido, asesinado delante de mí... por mi compañero; con sangre fría y
vengativa.
Me viene a la mente la mirada de sus ojos color avellana y me recorre un
escalofrío. Fue la impotencia y el miedo lo que se lo tragó entero. Lo que me hace
querer golpearme la cabeza contra el duro suelo hasta que todo se vuelve negro es
que Ben no solo temía por sí mismo en ese momento, sino también por mí.
Sabía que estaba a punto de morir, sintió el agudo pinchazo de la hoja contra
su garganta, y en ese instante en que sus ojos se encontraron con los míos, su horror
cambió. Sabía que no podía salvarse y le preocupaba lo que me pasaría a mí en los
momentos siguientes. No tiene ni idea de que yo fui la razón por la que su vida estaba
a punto de acabar ni de que el hombre que se la estaba quitando era para quien yo
había nacido, literalmente.
Mierda. Aprieto los ojos cerrados, la presión detrás de ellos como el peso de
mil puños.
Ben...
—Veo que recibiste mi regalo.
El hielo me recorre las venas y me congela los músculos.
Me acerco arrastrando los pies y tiro de todas las malditas fuerzas que me
quedan para intentar no parecer ni la mitad de destrozado de lo que me siento, pero
lo único que consigo es levantar los ojos.
Sé a quién pertenece la voz, pero mirar a los vacíos ojos azules del maldito rey
Arturo Deveraux es algo para lo que nunca estaré preparada. Es aterrador. Todo su
ser grita poder. Tanto que me recorre la piel como cientos de picaduras de abeja a la
vez. Me tenso aún más cuando atraviesa los barrotes mágicos y brillantes que me
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mantienen encerrada en esta celda, como si fueran producto de mi imaginación; las
quemaduras que me cubren la piel por intentar arrojarme a través de ellos
demuestran lo contrario.
Si mi carne todavía es capaz de tales rasgos humanos, entonces estoy cien por
ciento segura de que la sangre se ha drenado de mi cara.
—¿Has venido a matarme? —pregunto dócilmente. Puedo oír la anticipación
voluntaria en mi tono, aunque no reconozca la voz rasposa con la que lo digo.
Inclina la cabeza, observándome atentamente, leyéndome como sólo un Rey
Oscuro con dones mentales puede hacerlo.
—Si te quisiera muerta, ¿crees que te habrías despertado?
—Si te pareces en algo a tu hijo, entonces sí. Lo creo. Es más... dramático. Está
claro que te gusta montar un espectáculo.
—Mmm —tararea el Rey, con sus ojos fijos en los míos—. Sí, se parece a su
madre en eso. Todos lo hacen, de hecho.
Su mirada penetrante es demasiado, así que dejo caer la mía hacia la urna una
vez más.
—¿Era tu amante antes de Knight? —Se pregunta el rey Arturo.
No contesto. No me importa lo que piensen y hablar de Ben no deshará lo que
se ha hecho. Solo dolerá más, pero el dolor ya es tan jodidamente paralizante que
apenas puedo soportarlo.
Con ese pensamiento miro a los ojos del Rey y le recuerdo:
—Yo asesiné a tu hija. Tu única hija. Te la quité. Arruiné tu reputación Real al
aparearme con tu hijo. Si tengo la oportunidad, lo arruinaré a él también. Quiero
arruinarlo. Quiero destrozarlo de adentro hacia afuera y ver como su corazón deja de
latir. Lo odio.
Mátame. Acaba conmigo.
Cómeme entera por lo que a mí respecta...
Espero, dando la bienvenida a la muerte, rezando a las profundidades del puto
infierno, de donde probablemente surgió esta familia, pero el Rey de la Magia Oscura
no se mueve.
Su expresión no cambia. Ni ira ni rabia, ni siquiera impaciencia, aparecen en
su rostro cuando saca las manos de los bolsillos del traje. Tira de los muslos, se dobla
de rodillas hasta quedar a la altura de mis ojos.
En lugar de comentar sobre lo que he hablado, dice:
—Si quieres sobrevivir a esto, olvida en quién te has convertido y recuerda
15
quién eras, Pequeña Crow. Si no... morirás.
Con eso, el Rey de la maldita oscuridad se levanta, pero antes de alejarse,
susurra:
—El don de los dioses oscuros no pasará a cualquiera, aunque tú tienes la llave
en tus manos. Recuérdalo, Pequeña Crow, y cuando unos ojos esmeralda caigan
sobre ti, date un festín hasta que sientas su alma.
Observo al hombre hasta que desaparece por completo, y a cada momento que
pasa, mi mente se acelera, las palabras del Rey sonando en bucle en mi cabeza
durante lo que parecen horas.
Si quieres sobrevivir a esto, olvida en quién te has convertido y recuerda quién
eras.
El acertijo de boca del Rey puede significar una de dos cosas, pero no tengo ni
idea de cuál es la respuesta correcta, si es que es alguna. Los Deveraux son
manipuladores y astutos, y ninguna palabra de cualquiera de sus bocas significará
nada.
El Rey dijo que recibí su regalo. Sólo puede significar una cosa.
La urna de Ben.
Hizo que me enviaran el cadáver de mi mejor amigo, puesto en la cama junto a
mi cabeza, así que cuando me desperté en esta maldita prisión fue lo primero que vi.
Un recordatorio, seguro.
De lo que pueden hacer: cualquier cosa que deseen sus negros corazones.
La furia hierve en lo más profundo de mi ser y me sumerjo de cabeza en ella,
suplicando a la furiosa oscuridad que se lleve el resto, pero está demasiado fresca. El
corte es demasiado profundo.
Mi cuerpo empieza a temblar, convulsionándose donde estoy sentada, con las
piernas cruzadas sobre el pequeño colchón. Y entonces algo dentro de mí se rompe.
Es como si mis costillas se hubieran roto bajo mi piel, y grito.
Mis entrañas se enfurecen, mis brazos salen disparados, las manos se abren, y
entonces una sensación de fatalidad cae sobre mí.
Mis ojos se abren de golpe, justo a tiempo para ver cómo la urna se estrella
contra el suelo con un crujido ensordecedor.
—¡No! —grito y la electricidad chisporrotea de un dedo a otro; mi don lucha
por liberarse de esta prisión, pero la maldición de la habitación es demasiado fuerte.
Mi cabeza se echa hacia atrás hasta que miro fijamente el techo blanco y un grito sale
de lo más profundo de mi pecho, retumbando en el pequeño espacio mientras una
corriente más fuerte recorre mi cuerpo un instante después. Pero no es mi don. Es la
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exigencia de esta prisión de que no intente usarlo, y no está hecho.
El veneno se filtra por todos los rincones como una niebla espesa hasta
engullirme por completo, pero no se detiene en robarme la vista y el oído. Me raspa
la piel como las escamas de una serpiente, se desliza y rodea cada uno de mis
miembros, gira a mi alrededor como un vórtice momificado, me roba el aire.
Lucho por respirar y jadeo, antes de oír débilmente el leve indicio de una voz.
Cierro los ojos y me concentro, abriéndolos lentamente una vez más.
La habitación está limpia de humo, mi cuerpo está libre de cualquier dolor ... y
Sinner Deveraux está de pie a sólo un metro de distancia, la cabeza ladeada mientras
mira a través de los rayos láser de color rojo enjaulándome.
—Pensé que cuidarías mejor de la persona más importante de tu vida. —Frunce
el ceño, mirando a la izquierda.
Tardo un momento en darme cuenta, en percibir el tono burlón de su voz, y mi
atención se desvía hacia un lado.
Se me para el corazón al verlo. Literalmente deja de latir y me agarro el pecho,
desesperada por arrancarme mi propio corazón sólo para que deje de sentir.
La urna yace en docenas de pedazos a mis pies, lo que queda del cuerpo de
Ben esparcido por todas partes como un montón de tierra esperando a ser barrida.
Como basura. Como nada.
—¡Dios mío! —Caigo de rodillas, acercándome. Mis manos tiemblan mientras
rozan el suelo intentando salvar las cenizas. Los fragmentos de cristal me cortan las
manos y creo que estoy llorando. La sangre me resbala por las palmas y los dedos,
espesando la ceniza hasta convertirla en grumos y vuelvo a caer de trasero.
—¡Mierda! —Mi cara cae en mis manos, uno de los pequeños fragmentos
cortando contra mi mejilla, la sangre manchando la humedad de mi piel.
¡Soy un maldita idiota!
Lo siento mucho, Ben. Lo siento mucho, carajo.
Mi cuerpo se estremece, mis oídos pitan muy fuerte, como un maldito grito con
eco que se repite. Tardo un momento en oír la risa.
Levanto la vista, y esta vez la sonrisa de Sinner es más profunda que las fosas
del infierno. La diferencia entre él y Knight, aunque indetectable para los demás, es
flagrante a mis ojos. Pero no puedo fingir que ver la cara de Knight devolviéndome la
mirada no es fácil. Quiero vomitar. Gritar.
Quiero morirme, mierda. Siento que las entrañas de lo que queda de mí se
marchitan como flores obstinadas que no quieren seguir vivas.
—No puedes dejarme entrar en tu cabeza tan fácilmente. —Mira la pantalla de
17
su teléfono—. ¿Ves lo que pasa cuando lo haces?
Una ilusión.
No hubo dolor ni veneno. Jodió con mi cabeza, y yo lo permití, y este es el
resultado. El Rey probablemente ni siquiera estuvo aquí.
La sangre rueda por mi codo y salpica mis muslos.
—Vete a la mierda. —No siento el lejano latido de dolor donde los fragmentos
de la urna me habían cortado. El dolor de eso es simplista frente a la angustia de
perder a Ben.
—Estuviste a punto de hacerlo, ¿verdad? —Sus ojos azules se levantan,
brillando como la sombra de un maldito psicópata—. Si no fuera por tu compañero.
Aprieto los dientes hasta que el dolor físico se hace notar.
—Vete. A la. Mierda.
Se le escapa una risita oscura y se queda mirando durante un largo momento.
—Acabo de asomarme a tu mente, Pequeña L, y... —chasquea los dedos—,
ábrete sésamo. ¿Estás segura de que eres uno de los nuestros? ¿Quizá un superdotado
defectuoso, el destino intentando disculparse por dejar vivir al engendro del infame
Degollador? Porque debo decir, hija de Acheros Lacroix, que fue tan fácil como
manipular a un humano. —Ante el silencio, continúa—. Sé que has estado fuera mucho
tiempo, Villaina, pero...
—No me llames así.
Sus ojos se entrecierran y da un paso adelante, con su cuerpo medio
atravesando la barrera roja y medio fuera.
—Pero tú eres Villaina Lacroix. No se puede negar ese hecho.
—No niego nada, pero Villaina murió hace mucho tiempo. —Le sostengo la
mirada a pesar de la mierda que me pasa por la cabeza. Como un choque masivo en
la autopista, es un jodido caos—. Pregúntale a tu madre.
El rostro de Sinner se queda en blanco y sé que he tocado un nervio.
—Ten cuidado, princesa de hielo, y prepárate. Acabas de entrar por las puertas
del puto infierno. —Sinner me clava una mirada burlona y su significado no puede ser
malinterpretado, no es que las palabras fueran necesarias—. Espera a ver lo que hay
dentro.
Sinner se aleja, con la ira desprendiéndose de él en oleadas, y yo me hundo
aún más en el suelo.
Puede que haya estado fuera mucho tiempo, pero hasta yo sé que lo que pasará
18
después no será nada bueno. Aun así, no puedo preocuparme por el mañana, porque
tengo que centrarme en el único pensamiento que me mantiene unida esta noche.
Estos secretos derramados y las consecuencias de guardarlos han sido una
absoluta mierda para mí, sí, pero tampoco es un picnic para los Oscuros Reales de
Rathe.
Es una pequeña victoria, si es que puede llamarse así, pero es todo lo que
tengo.
Así que lo tomaré, lo mantendré cerca y esperaré que mañana encuentre otra
razón para vivir... o la forma más rápida de morir.
Lo que ocurra primero.
19

Dos

Knight

E
l odio corre por tu sangre más caliente que cualquier otra emoción. Era
inevitable que, en lo que a ella y a mí se refería, nunca sería fácil. Nada
de lo que estaba destinado para mí era fácil. Tuve que arrancarla de su
hogar y exprimirle la vida. Hacerla rogar. Arrastrarse. Anhelarme. Ella no era
diferente, así que no sé por qué me sorprende que sea quien es.
—¿Vas a terminar eso, o qué? —me pregunta Silver desde enfrente, con las
piernas abiertas y el vaso medio vacío de cualquier veneno que esté bebiendo esta
noche.
Lo necesitaba. Más que nunca.
Me llevo el borde de la copa a los labios y dejo que el líquido me queme la
garganta. Era ella. Toda la maldita vida fue ella. Debería estar enfadado. Mierda,
estoy furioso... pero cuanto más tiempo pasa, más se convierte el dolor sordo en una
bola de fuego, y el dolor que siento en el pecho no tiene nada que ver con la traición
de descubrir que mató a mi trilliza. Nada. Es el que no esté aquí, conmigo, en mi
regazo y en mi polla.
¿Qué clase de estupidez es esa?
—¡Knight! —Silver golpea mi pie con el suyo, justo cuando me bebo el resto de
mi bebida.
El polvo oscuro cubre la mesa que hay entre nosotros, y cada vez que la luz
estroboscópica parpadea en el fondo, choca con las pequeñas partículas brillantes
del polvo Fae. Cuanto más oscuro es el polvo, más fuerte es la magia, y esta mierda
es negra como el carbón.
Siseo a mi mejor amigo, enseñando los dientes.
—¿Qué?
—Maldita sea... —Se echa hacia atrás en su silla y veo cómo se mueve por
encima de su hombro y agarra por la cintura a una de las camareras dragona, tirando
de ella hacia su regazo. Cuando le quita el largo cabello azul del hombro, sus ojos se
20
convierten en rendijas y se posan en mí. Silver sonríe mientras le susurra al oído y
ella se marcha a toda prisa, recogiendo unos cuantos vasos vacíos de camino a la
barra.
No es de extrañar que The Dungeon esté mucho mejor acondicionado después
de la explosión. El carmesí arde contra las grietas del pavimento de piedra, que fluye
desde la cascada de lava que rueda por la pared de detrás del bar.
Apoyo la cabeza contra el cabecero, desesperado por encontrar una salida.
Cualquier cosa que me haga olvidar las últimas veinticuatro horas.
El techo no tiene ninguna cubierta, lo que ofrece una visión directa de la oscura
noche en lo alto. Los planetas se iluminan contra el fondo de color ónix. Me pregunto
cuánto tengo que gritar para que uno de los dioses baje y me joda.
—Ni se te ocurra, Legend. —Puedo sentir las ideas de mi hermano desde aquí.
Quiere que me meta hasta las bolas en una distracción y que renuncie al vínculo que
tengo con London.
—Entonces, ¿te parece bien que sea tu compañera? ¿Alguien que asesinó a
nuestra hermana?
Aprieto tanto los dientes que juraría que los oigo crujir.
—No sabes de qué demonios estás hablando. —Me inclino hacia delante,
recojo el billete de oro enrollado y me lo meto por una fosa nasal, resoplando la línea
perfecta de polvo de Fae de las Sombras. Me golpea de golpe y mi cabeza se sumerge
en un charco de colores. Colores que ni siquiera están en la paleta. Vibrantes
púrpuras rodean el cuerpo de Legend mientras se inclina hacia una joven metamorfa
que hace un momento bailaba en la lava. Veo cómo juega entre sus gordas tetas,
chupando su pezón perforado y pasando la lengua alrededor del pequeño capullo
hinchado.
No quería salir esta noche, pero tanto Silver como Legend sabían que lo
necesitaba. Una distracción. Pero no del tipo que Legend cree que necesito.
—No quiero hablar de ella —digo, colocando la hierba pixie que estaba
enrollada detrás de mi oreja—. Y no necesito una distracción así. —Enciendo el
extremo y le doy una calada, dejando que el humo se asiente en mi garganta en ondas
de lavanda y menta, antes de exhalar.
Mis ojos se disparan hacia la jaula que flota en el cielo sobre The Dungeon,
concentrándome en los gritos y vítores. Por otro lado... eso es algo que puedo
entender.
Me levanto de la silla y empujo a la chica que bailaba a mi lado. Cae al suelo,
pero se levanta rápidamente y se quita el carbón de los pantalones.
Legend mira entre ella y yo, riendo entre dientes a través de una nube de
21
humo.
—¿Has cambiado de opinión? ¿Quieres meter tus dedos en algún coño nuevo?
Lo ignoro y me imagino abandonando la superficie plana y flotando. Antes de
que pueda entender lo que dicen, mis pies se despegan del suelo y mi cuerpo se
eleva más y más hasta que paso por el anillo de Júpiter y abro la puerta de la jaula.
—¡Vaya, vaya! ¿Qué tenemos aquí, damas y caballeros? —anuncia el árbitro, y
yo paso por alto su figura descamisada para mirar hacia las sillas que llenan el coliseo.
Los pilares de hormigón se alinean en el exterior del octógono, con sillas de banco
que conducen hacia arriba, más hacia el cielo. Desde abajo, en The Dungeon, no
parecía gran cosa, si es que parecía algo.
El árbitro me rodea lentamente, pasándose los labios pintados de rojo por la
mejilla, con los ojos brillantes. Campesino. Sin duda emocionado de que alguien
como yo haya entrado en la Cámara de Sangre.
—Digamos es de la realeza. —El público ruge tan alto que casi podría
desgarrarme si la sangre que me corre por los oídos no fuera tan ensordecedora. Se
quita el micrófono de la boca y ladea la cabeza cuando se acerca a mí—. Milord, usted
y yo sabemos que no puedo meterlo aquí. Mataría a cualquiera y a todos, y por mucho
que a todos nos guste el derramamiento de sangre... —baja la voz mientras se inclina
hacia mi oído—, no es bueno para mis bolsillos, ¿entiendes?
Le arrebato el micrófono, me lo llevo a la boca y miro hacia las brillantes luces
que nos iluminan. Manchas de sangre viejas y nuevas salpican la zona, y el aire huele
a sudor y saliva.
—Un millón de billetes de oro al primero que consiga noquearme durante un
segundo.
Silencio. Malditos grillos. Y luego una estampida.
El árbitro me arrebata el micrófono y se ríe nerviosamente.
—Para que lo sepan, todos aceptan de buen agrado que su vida está en juego
por participar en esta debacle.
Me agarro la camisa por el cuello y me la quito de un tirón, tirándola al suelo y
abriendo los brazos mientras me trueno el cuello.
Volviéndome hacia la entrada, sigo la fila que lleva hasta las sillas del estadio.
Un hombre tras otro, desesperados por conseguir dinero. Hambrientos por
conseguirlo. No puedo culparlos. La mayoría de ellos tienen familia, y si me importara
una mierda, fingiría ser noqueado por cada uno de los que lo necesitan, pero no soy
un maldito Argent, y necesito más la pelea.
La sangre.
La carnicería y la distracción.
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Cuando un vínculo arde tanto como el que comparto con London, se necesitan
cantidades iguales de caos para apagar esa mierda.
Antes de que pueda girarme para enfrentarme a mi primer oponente, un puño
conecta con mi mejilla. ¡Crack! Ni siquiera me inmuto. Ni un puto cabello se me levanta
de la cabeza cuando me giro lentamente para mirar a quienquiera que haya sido el
autor del primer golpe. Un ordinario de mí misma estatura se muerde el labio inferior
y levanta la mano como si le doliera.
Lo hizo.
—¿En serio? —exclamo, antes de acercarme y darle un golpecito en la frente—
. ¡Para! —grito en cuanto su cuerpo cae al suelo. Miro fijamente a todas las personas
que están en la fila, esperando su oportunidad de llenar sus vacíos bolsillos con un
millón de dólares—. Esto no es para débiles. Me defenderé, lo necesito. Nada de
ordinarios. —Veo cómo la fila se adelgaza hasta que sólo queda la mitad. Tal vez doce,
o veinte. Me da igual.
El siguiente que se acerca me dedica una sonrisa ladina, con la punta de sus
colmillos brillando a la luz de la luna.
—Vaya mierda. Estoy aquí para pasar un buen rato, ¡tú no mucho, Knight!
No lo reconozco. No sé quién es ninguno de estos cabrones, pero seguro que
ellos me conocen. Asumo mi próxima pelea. Hombros más grandes, sangre seca
incrustada a lo largo de sus labios. Vampiro. Seguro. Y un desastre, ya que ni siquiera
puede limpiarse la comida de anoche de la boca.
Se materializa frente a mí a la velocidad de la luz, pero antes de que pueda
encajar el golpe, mi mano está en su garganta invisible y, lentamente, el resto de su
cuerpo vuelve a la superficie. Me mira atónito y enarco una ceja.
—Buen intento. Más o menos. —Levantándolo del suelo, lanzo su cuerpo hacia
la multitud y me ahogo de risa—. De acuerdo, se está poniendo más interesante. Pero
no lo suficiente.
En combos, las manos vuelan hacia mi cara y mi pecho. Puñetazo tras puñetazo
mientras entra el siguiente. Ni siquiera lo he visto. Los golpes se sienten bien, pero
no lo suficiente. Quiero sentir el dolor gotear de las heridas desnudas aunque sólo
sea para hacer que lo que demonios sea que esté pasando dentro de mí se sienta
minúsculo.
La risa me abandona con cada golpe mientras los recibo. Una y otra vez, pasa
de mi cara a mi pecho y a mi estómago. Con un golpe de revés con una mano, golpeo
al metamorfo hacia un lado, y vuela por los aires, por encima de las sillas que alinean
el coliseo y hacia cualquier abismo que se encuentre en el sistema solar de Rathe.
Me paso la punta del pulgar por el labio y me encojo de hombros.
23
—Ni siquiera ha salido a la superficie. —Miro a la fila de gente que queda. Los
que siguen de pie—. Todos a la vez. —Les hago un gesto para que se acerquen, justo
cuando oigo a Legend cacarear detrás de mí.
Se precipitan hacia delante con un rugido de energía. Más. Necesito más dolor.
Como si el solo pensamiento conjurara de algún modo la sensación, un agudo
pinchazo me clava la espina dorsal, como el corte de una cuchilla fresca que se desliza
más allá de la carne y golpea el hueso.
Me tenso un momento, frunzo las cejas mientras la vista se me nubla y el calor
me estalla en el pecho. Parpadeo, y los superdotados que vienen hacia mí vuelven a
la vista una fracción de segundo antes de que sus golpes conecten. Abro los brazos
para recibir lo que me ofrecen.
Un fuerte sonido penetrante recorre el aire y todo el mundo se detiene en mitad
de la pelea. Siento que el tiempo se ralentiza dentro de mi cabeza. Casi resuena en el
espacio. Como un recordatorio del dolor o la advertencia de que se acerca. El sonido
sobrepasa el latido de mi propia sangre, que corre a borbotones por mi cuerpo, y se
me eriza el vello de la nuca cuando me doy cuenta de lo que es.
Esta alarma ha sonado tres veces. La primera fue para declarar quién había
ganado la guerra: mi padre. La segunda vez para anunciar el nacimiento del primer
heredero de la Corona Oscura, el nacimiento de Creed, ¿y la tercera? Cuando murió
mi hermana.
Esto no es bueno.
Unas manos me agarran el brazo y me alejo de ellas, sin darme cuenta de que
es Legend. No quiero que nadie me toque, mierda. La sola idea de que alguien se
acerque demasiado a mí, aunque solo sea para respirar, me eriza la piel.
Ella me hizo esto.
—¡Knight! —Creed da un chasquido, y todo se vuelve claro.
Mi respiración se ralentiza, al encontrar los ojos desorbitados de mi hermano.
Sus manos se acercan a mi mejilla.
—Tenemos que irnos. Esto podría significar cualquier cosa.
—Lo sé. —Parpadeo más allá de mi rabia por un segundo, antes de que Creed
se meta la mano en el bolsillo y miro alrededor del espacio para ver a todos los demás
haciendo exactamente lo mismo—. ¿Qué pasa?
Legend me clava el teléfono en el pecho y parpadeo ante la alarma que suena
de fondo. Esto realmente no es bueno.
—¿Estás jodiendo...?
—¡Mira! —Legend empuja su teléfono más hacia mi pecho y veo cómo todos a
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mi alrededor desaparecen lentamente. No sé si están fuera de mi vista o es mi propia
mente la que los expulsa.
Le arranco el teléfono de las manos y empiezo a leer las palabras de la pantalla.
Las leo una y otra vez hasta que empiezan a confundirse. Un eco hueco empieza a
rugir en mi pecho.
—Imposible... —susurro, toda la rabia que sentía hace unos momentos
desapareció. Puf. Evaporada—. No puede ser... —Vuelvo a leer las palabras, la
alarma me araña ahora hasta el último nervio.
A continuación leo el mensaje privado que resuena en el hilo de nuestro grupo.

MADRE: Nos vemos en la Cámara.

LE METO EL teléfono de Legend en el pecho, inhalo profundamente y recito la


vieja lengua hasta que unas enredaderas negras empiezan a crecer desde el suelo
hasta redondearse en un óvalo perfecto. El interior se vuelve de un profundo negro
obsidiana y se extiende como un virus hasta llenar el espacio. Empujo a Legend a
través de él y cierro rápidamente el portal de la Cámara.
El silencio es ensordecedor, y cuanto más pasa el tiempo, más crece mi
agitación. Abro otro portal, de los sencillos, muy distinto del portal real, y lo atravieso
cuando veo el cuartel general.
El trono aparece a la vista en primer lugar y todo a su alrededor deja de existir.
El lugar de reunión donde siempre hemos celebrado el Encuentro de los Stygians,
ahora es un espacio demasiado grande. Los techos demasiado altos, la sala
demasiado amplia. Huelo el giro del metal fundido en cuanto mis pies tocan el suelo.
Me invade una oleada de ira abrasadora. Muevo la cabeza hacia un lado y el
fuerte chasquido de su cuello rompe el silencio. Acelero y, cuanto más me acerco,
más percibo la realidad de lo que tengo delante, el sabor de la sangre deslizándose
por mi garganta como si le perteneciera. Todos los demás detalles se desvanecen en
la nada mientras me agacho y paso el dedo por el charco rojo y pegajoso que tengo
a los pies.
Recuerdo la primera vez que me fijé de verdad en los ojos de mi padre. Era
joven. Lo suficientemente joven como para apenas darme cuenta de que son de un
retorcido tono azul. Del tipo que parecen cielos encantados o aguas malditas. Azules,
25
blancos, cobalto con un toque de plata. Eran del color de todo, y a la vez de nada.
O solían serlo. Hasta ahora. Me miran con un vacío que sólo la muerte puede
tocar. Desoladas y pálidas, habían visto tres mil putos años, ¿todo para qué? Para que
se los llevara un pedazo de mierda que nunca llegaría a ser tan importante como él.
Realeza.
Rey.
Padre.
Vuelvo a ponerme de pie y me acerco al lugar donde antes tenía la cabeza
unida al cuello. Cortada por completo y ahora a sus pies, estudio la daga que
sobresale donde debería estar su cabeza. La empuñadura simplista y con trozos de
plata fundida. Alargo la mano hacia delante, agarro el hierro moldeado y arranco a la
fuerza la hoja de la carne de mi padre, observando cómo la sangre se derrama por
donde se coaguló alrededor de la afilada punta. Me la meto en el cinturón y doy un
paso atrás, con la ira recorriéndome la columna vertebral como una descarga de
electricidad desesperada por liberar toda la rabia que he intentado contener.
No puedo parpadear más allá de lo que tengo delante.
La superficie del trono de tungsteno capta la luz de la luna a través de las
cristaleras del suelo al techo del fondo. Esta sala ha sido un espacio de santuario en
el pasado. Donde Padre anunciaba guerras, nacimientos, amenazas, cualquier otra
maldita cosa que necesitara audiencia, con el resto de los Stygians viéndolo en sus
televisores en casa. Bailes de masas, bodas, todo sucedía aquí. En esta sala. Donde el
trono nunca se fue. Ahora los dos altos bordes puntiagudos que llegan hasta el techo
no muestran nada más que asesinato. Engaño. Alguien asesinó al Rey de la Oscuridad
y ahora... ahora todos vamos a la guerra.
26

Tres

London

T
engo la mejilla fría contra el suelo de mármol de mi celda, las palmas de
las manos apoyadas en él mientras miro con ojos borrosos y llenos de
lágrimas el desastre que tengo delante.
Si me saliera del tiempo del mundo humano, diría que llevo varios días mirando
estas malditas paredes, pero sólo me ha hecho falta uno para recordar este lugar. De
hecho, puede que incluso fuera esta misma celda, la idea de alguien de divertirse un
poco más, estoy segura.
La última vez que estuve aquí me empujaron ante cientos de personas y me
juzgaron por los crímenes de mi padre.
Tenía cinco años.
La Reina, la pesadilla de la madre de mi compañero, estuvo a mi lado aquel día,
abogó por mí de un modo que entonces no entendía y, para ser sincera, sigo sin
entender.
Mi padre asesinó a los Dotados a sangre fría. Gente de Argent. Gente de
Stygian. Gente de la Corte Real y muchos más. Él no tenía un tipo.
Mataba a quien le apetecía cuando le apetecía.
Es una leyenda de la peor clase.
En cualquier caso, una reina misericordiosa y blanda reconocería que una niña
es una niña y que lo que había hecho su padre de cuatrocientos cincuenta y cinco
años, que hasta el día de su ejecución parecía un mafioso ruso en la flor de la vida, no
tenía nada que ver con su pequeña hija.
Pero la reina Cosima no es una reina misericordiosa y blanda. Ella es todo lo
contrario.
Entonces, ¿por qué habló en mi nombre ese día? ¿Sabía que Knight y yo éramos
amigos? ¿Fue porque su hija era mi mejor amiga?
Pienso en mi padre.
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Mafioso ruso.
Si mi garganta no estuviera seca por la falta de líquidos y mi mente no se
sintiera como en una zona en obras de la ciudad, me reiría de eso. Apuesto a que se
clavaría una daga en el corazón si oyera semejante expresión, sin dones. No recuerdo
mucho de mi padre, pero nunca pude olvidar su odio por los humanos. Bueno, ahora
que me acuerdo de mi vida antes de ser London.
Por desgracia, tengo que agradecérselo a mi compañero asesino.
Te odio, Knight Deveraux.
Juro que una vocecita en el fondo de mi mente me susurra:
—Yo también te odio.
Cierro los ojos un momento y los vuelvo a abrir.
Llevo aquí tumbada quién sabe cuánto tiempo y las lágrimas no paran. Se
encharcan debajo de mí, el sabor salado se filtra por la comisura de mis labios y sus
bordes agrietados, pero no siento el escozor. Igual que no siento los fragmentos de
cristal que se me clavan en la piel por varios intentos fallidos de recoger las cenizas
de Ben en un montón, pero lo único que conseguí fue ensuciarlo todo aún más. No
ayuda que estén a centímetros de mi cara, así que con cada respiración temblorosa
que doy, desaparecen un poco más.
Hay un vacío en el centro de mi pecho, un maldito pozo de oscuridad del que
no puedo escapar, y desearía que me tragara entera de una vez. Que acabe conmigo.
También desearía poder decir que todo es por Ben, porque en mi mente lo es, pero
no soy sólo una chica humana que sólo tiene un corazón y una cabeza con los que
lidiar.
No, soy un superdotada. Cargada con algo más profundo que sólo tiene sentido
para otros como yo. Una parte de mí pertenece literalmente a otra persona, igual que
esa otra persona me pertenece a mí. Encontrar a esa persona y no tenerla... tenerla y
luego perderla, es la peor clase de tortura.
Para los sin dones, los corazones rotos pueden repararse, pero ¿un alma
literalmente desgarrada? No tanto. Lo odio.
Odio lo mucho que me duele todo mi ser por él.
Es repugnante.
La mirada llena de miedo de Ben aparece en mi cabeza, y grito, sacudiéndome
un momento después cuando las cenizas vuelan alrededor por la ráfaga de mis gritos.
—¡Mierda! —Me limpio los mocos, me pongo de rodillas y paso las manos por
el suelo, sólo las cenizas se pegan en puntos aleatorios de mis lágrimas y más.
—¡Maldita sea! —Me entra el pánico. Si supiera usar mi magia, esto no sería un
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problema. Podría conjurar algo o lanzar un hechizo o ¡quién sabe! Tal vez mi poder
fuera el arte de la limpieza, y podría salvar todo lo que me queda de Ben.
Pero no puedo hacerlo, y desconozco el alcance, o la falta de él, de mi magia
porque los Deveraux me la arrebataron. Tal vez debería estar agradecida de no haber
sido asesinada como Temperance, de que alguien, en algún lugar, se atreviera a
traicionarlos para salvarme, pero no lo estoy.
Ojalá me hubieran matado entonces. Ojalá hubiera muerto aquel día hace once
años. Si lo hubiera hecho, Ben aún estaría aquí.
Nunca me habría conocido, así que nunca habría muerto por mi culpa.
Lloro más fuerte, gruñendo a nada y a todo, y vuelvo a caer al suelo. Ruedo
sobre mi espalda, las lágrimas caen sobre mis oídos y mi cabello mientras empiezo a
temblar.
Es mi culpa. Todo es culpa mía.
La templanza ha muerto.
Ben está muerto.
Mi tío probablemente esté muerto.
Mi compañero y yo desearíamos estar muertos.
—Carajo. —Todo mi ser tiembla y no puedo soportarlo.
Extiendo la mano, tanteando el desorden hasta encontrar un trozo de cristal lo
bastante grande, y entonces cierro el puño en torno a él, apretando hasta que su hoja
se entierra en mis palmas.
No queda nada para mí en este mundo ni en el humano, y aunque lo hubiera,
no lo querría.
Así que, con una pesada sensación de entumecimiento, levanto la afilada
esquirla y la arrastro desde mi muñeca izquierda hasta el pliegue del codo. Rodando
sobre mí misma, cierro el puño sobre las cenizas de Ben, observando cómo mi sangre
se mezcla con ellas, creando un montón de papilla que no se puede salvar.
No quiero que se salve.
Quiero morir aquí, a su lado.
No quiero sentir el pozo vacío que Knight nunca llenará.
No quiero respirar el aire viciado en comparación con cuando él está cerca,
sólo que no lo quiero cerca.
—¡Lo odio! ¡Odio a todo el mundo! —Lloro.
Separo los labios y grito hasta que no puedo más, entierro la cara entre las
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manos y luego las golpeo contra el suelo una y otra vez hasta que la sangre no solo
sale de las heridas que he creado, sino de las nuevas que me he ganado. Tengo los
nudillos deformados, los huesos agrietados, el cuerpo demasiado pesado para
sostenerme mientras me desplomo hacia atrás, golpeándome la cabeza con el borde
del catre al caer, pero me da igual, carajo.
Estoy.
Jodidamente.
Terminando.
El agotamiento cae sobre mí como una manta cálida y pesada, y por un
momento me pregunto si ya es hora. El ambiente de calma se siente como un golpe
de heroína, y me estremezco cuando el hielo rueda por mis venas como la mismísima
muerte dándome la bienvenida a casa.
Por favor, que sea la hora...
—¿Cómo va mi pequeña alborotadora...? —creo oír a través del zumbido del
ruido blanco que me golpea la nuca—. ¡¿Qué demonios?!
Abro los ojos justo cuando alguien cae a mi lado. Su rostro está borroso al
principio, pero luego unos ojos azules como los de un bebé se clavan en los míos. Son
salvajes, cansados... y algo más que no puedo nombrar.
—¿Legend?
—Sí, nena, espera.
—No. —Me alejo, pero el movimiento se interrumpe, sacudiendo la cabeza—.
¿Qué haces aquí? Déjame en paz.
—Eso no va a pasar. —Me pasa los brazos por debajo del cuerpo,
levantándome sin esfuerzo, y me deja en el catre ensangrentado mientras me echa un
vistazo—. ¿Qué demonios es eso?
—Lo que tu hermano dejó de mi mejor amigo —le digo, buscando una reacción
a través de los pesados párpados. No reacciona o estoy demasiado concentrada para
captarlo. Probablemente sea lo primero.
—Necesito llevarte a un sanador.
—No quiero que me cure. —Intento zafarme de sus manos, mirando los anchos
cortes de mis brazos, la sangre aun rodando por mi piel en cálidas ondas. Levanto los
ojos hacia los suyos con obstinación—. Quiero morir.
—Sí, bueno, no eres humana, ¿recuerdas? —Se levanta la camisa por encima
de la cabeza, presionándola suavemente contra mis mejillas—. Va a hacer falta más
que eso. Todo lo que estás haciendo es dejarte débil para que otro termine el trabajo
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o algo peor.
Sus palabras golpean con fuerza y empiezo a llorar de nuevo, de repente la
versión más débil de mí misma.
—¡Entonces hazlo! Envía a tu madre. Apuesto a que se excitaría, perra
retorcida.
—Por el amor de Dios. —Me agarra entre sus fuertes brazos y me acuna contra
su pecho.
—No voy a ninguna parte contigo.
Me ignora y, al girarse, mi cabeza rueda hacia un lado. A través de una visión
turbia, contemplo el suelo manchado de sangre con oscuros grumos de ceniza
revuelta y todos los cristales rotos sobre el mármol. Las salpicaduras de sangre pintan
las paredes como sacadas de una película de terror y la oscuridad pesa sobre mi
pecho.
—Déjame aquí, Legend.
—Cierra la puta boca, London —me suelta, abrazándome más fuerte.
—Te odio a ti y a tu familia —le digo, pero el calor de su cuerpo me atrae más,
así que muevo la camisa que cuelga de su hombro, apretando mi mejilla contra su piel
desnuda.
—Eso es, nena —susurra, con sus labios recorriendo mi frente
ensangrentada—. Ahora, salgamos de aquí, ¿eh?
Se oyen gritos y chillidos y luego... oscuridad.
Una sonrisa curva mis labios porque por fin.
Por fin... la Parca ha venido por mí.
Estoy lista para que me lleve a casa.
Yo gano.

Me despierto con un latido tan fuerte que juraría que alguien me está asestando
un golpe tras otro mientras hablamos. Y deben de llevar nudillos de metal, porque
duele cómo la mierda. Me zumban los oídos y las extremidades me arden como una
llama que se enrosca alrededor de lo que queda de ellas.

—Te va a matar, hombre —dice alguien.


Hay una burla y luego.
—Sólo sigue con eso. Yo me ocuparé de mi hermano.
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Qué... mi cuerpo se estremece.
—Se está despertando.
El fuego se hace más fuerte y grito, arqueando la espalda. Abro los ojos y salgo
disparada hacia arriba, pero mis hombros son empujados hacia la superficie plana en
el mismo instante. Mi cabeza gira hacia la izquierda y veo a Silver, con los ojos blancos
como un fantasma y los dedos cubiertos de sangre. Miro hacia abajo y veo cómo los
presiona contra mi piel.
Tiro de mis fuerzas, desgarrándome por un momento, y entonces el rostro de
Legend está sobre mí.
—London, si no sientas tu jodido...
Le doy un cabezazo con un gruñido. La cabeza me estalla de dolor mientras me
cae más sangre por la cara, pero sonrío maníacamente cuando el dolor toca por fin el
vacío de mi pecho. La sangre mana de su nariz, gotea sobre mi cara y mi pecho y él
me devuelve el gruñido, golpeándome.
El pánico se apodera de mí y mi cuerpo empieza a temblar como si me
hubieran disparado con un taser de dos puntas con toda su maldita fuerza.
Legend abre mucho los ojos.
—¿Viste eso? —Silver sisea.
—¡¿Le estás haciendo daño?! —grita.
—Bueno... sí, hombre. La lastima antes de curar.
Curar.
La plata me está curando.
—No. —Tiro de mi brazo, pero en cuanto se mueve, es como si llamas lamieran
mi carne, y un grito vuelve a burbujear dentro de mí. Me meten algo en la boca, así
que lo muerdo con todas mis fuerzas, y mi lengua recibe al instante un golpe de
romero y gasolina. Es una mezcla tóxica que hace bailar mis papilas gustativas. Abro
los ojos.
Es Legend.
Una sonrisa se dibuja en sus labios, pero las arrugas en el borde de sus ojos
delatan su preocupación. Preocupación por mí.
—Muérdemelo si es necesario, lo que sea para que te calles.
Hundo más los dientes en la carne de su puño y gruñe, con un gemido
mezclado.
Si estuviera pensando en este momento, pondría los ojos en blanco, pero no
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puedo ver más allá del dolor... y como que le gusta.
—Ya casi está —susurra Silver.
Me obligo a mirar y veo cómo hace girar los dedos y las muñecas hacia un lado
y luego hacia otro, girando y girando, los dedos tocando como si pulsaran las teclas
de un piano. Poco a poco, los profundos cortes que ha vuelto a abrir empiezan a
cerrarse hasta que lo único que queda son las manchas del desastre que hice. Sus ojos
se abren para encontrarse con los míos un instante, y entonces un grito desgarrador
se abre paso hasta mi garganta cuando me rompe todos los huesos de las manos a la
vez, reajustándolos en el siguiente.
El dolor desaparece en cuanto los últimos pedazos de mí vuelven a conectarse
y mis músculos se desploman de cansancio.
Lentamente, Legend me quita el puño de la boca y lo acerca al suyo, su lengua
recorre su carne hasta que la sangre desaparece. Me mira con el ceño fruncido.
—Debería azotarte el maldito trasero.
—Que te jodan, no pedí que me curaran. —Separo mis manos de las de Silver
cuando estira la suya, probablemente para inspeccionar su trabajo.
—Knight me asesinaría si te dejara morir. —Silver me fulmina con la mirada.
—Pequeña perra asustadi...
—No empieces problemas conmigo, nena. Vas a necesitarme un día y...
—Estás delirando, carajo. —Cierro los ojos.
—Tu cuerpo necesita recargarse.
—Recargarme —me burlo—. No soy una maldita batería.
Suena el teléfono de alguien, y entonces Legend dice:
—Mierda, tenemos que irnos. Ahora mismo.
—Me quedaré con ella un poco más y luego me la llevaré. —Silver se acerca a
mi barbilla, suspirando cuando me alejo—. No debería entrar en un portal todavía.
—Ella no va a volver. —Legend se abalanza hacia delante, levantándome en
sus brazos una vez más.
—Legend, no puedes...
—Sí, puedo —interrumpe Silver, agarrándome más fuerte.
Un momento después, los colores del ópalo me ciegan, los ojos se me cierran
y mi cara se hunde en su pecho.
Una oleada de náuseas se abate sobre mí, mi cuerpo se arremolina como si me
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bajara de una atracción de mierda en la vieja feria del condado.
—¡¿Estás loco?! —Silver sisea.
—Sí. Lo estoy.
—¡Ella no puede estar aquí, Legend!
Mi cuerpo se sacude cuando abro los ojos y me doy cuenta de que ya hemos
atravesado el portal y estamos al otro lado.
Paredes carmesí con torbellinos de destellos negros bordean el pasillo,
gigantescos candelabros dorados flotan junto a ellas y parpadean entre el fuego y la
luz a cada paso que da Legend, sólo visible el primer metro y medio por delante cada
vez.
El techo no es un techo, sino una puerta al olvido. Ninguna estrella brilla en lo
alto, ninguna galaxia está al alcance, sólo el aire de la oscuridad.
—¿Dónde estamos? —Me pregunto.
Es tranquilo. Demasiado. No hay guardias a la vista, ni un solo sirviente o
miembro del personal cruzando los pasillos a nuestro paso.
Una sensación de náuseas me revuelve el estómago y el pulso se me acelera
por momentos.
Con cada paso que se da, sólo empeora...

Knight
Como antes, hay un golpe en mi pecho. Justo en el puto centro. La presión me
oprime la caja torácica, pero es diferente a la sensación que tuve al final de la pelea.
Es más fuerte.
Más a fondo.
Y me está dando un maldito tirón. Tengo que mirar hacia abajo para
asegurarme de que la carne no se me está arrancando de los putos huesos. Se me
hace un nudo en la garganta y levanto la cabeza del montón de información que hay
en la mesa circular.
Creed me mira y Sinner me fulmina con la mirada desde detrás de la pantalla
de su portátil.
—¿Qué pasa? —Creed se sienta en su silla con cautela.
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Miro hacia el sofá, vacío, los archivos que Legend estaba revisando
abandonados allí.
Me pongo en pie.
—¿Dónde está Legend?
Mis hermanos se balancean y se ponen de pie tan rápido como yo.
—Ni siquiera lo oí marcharse. —Sinner gira para mirarme—. Knight... no.
Me lo trago. Mierda.
No se trata de eso, ¿verdad?
Sentí una mierda y luego supe que mi padre fue asesinado. Desmembrado.
No mi hermano también. Por nuestro padre, buscaríamos por todo el maldito
mundo a su asesino.
¿Por nuestro hermano?
Lo quemaremos todo hasta los putos cimientos.
Pero esto... mi pulso late más fuerte hasta que me pitan los oídos.
Mis pies se mueven sin permiso, mis hermanos pisándome los talones. Justo
antes de que pueda abrir de golpe las puertas que dan al vestíbulo, una ráfaga de
viento viene del otro lado, reventando las puertas, haciéndolas sonar sobre sus
goznes.
Se me hiela la sangre y luego me hierve, el espectáculo me enloquece y me
apacigua al mismo tiempo, mierda.
London.
Cubierta de sangre y mugre y apretada contra el pecho de mi hermano.
Aferrándose a él.
Tocándolo.
Los celos me queman hasta lo más profundo de los huesos y cierro las manos
en puños. Quiero quitarla de sus brazos y tomarla entre los míos, pero me fuerzo a
alejar esa mierda, drenándome de la debilidad que ella desangra en mí solo por estar
cerca. Existiendo.
A la mierda con esto.
Que se joda.
—Knight —dice Creed.
—Déjalo —responde Sinner.
Legend simplemente sigue avanzando, con la barbilla alta. Silver se mantiene
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al margen. Como debería.
La rabia hierve bajo mi piel y me sacudo en el mismo momento en que él lo
hace.
A velocidad de vértigo, la hace girar hasta que su espalda choca contra la
pared, girando de nuevo a tiempo para atrapar mi puño en su mandíbula.
—¡¿Qué demonios?! —Me enfurezco, golpeándolo esta vez con la izquierda,
negándome a mirar a la chica que cayó como un maldito saco contra el suelo—. Tienes
bolas, hermano.
No dice nada, recibe mi tercer golpe antes de contraatacar.
Me da un empujón en el pecho y tropiezo un solo paso, dando un bandazo hacia
delante y tirándolo al suelo. Lanza un portal y me empuja a través de él, y entonces
nos estampamos contra la pared del otro extremo de la habitación. Me pone la mano
en el cuello, pero le golpeo la cabeza, reabriendo una herida que ya tenía, y le doy
un latigazo que lo tira al suelo antes de pisotearle la garganta.
—Basta —espeta Creed—. Saca a la perra y volvamos al trabajo.
En mi periferia, Silver avanza, y mi cabeza serpentea, mirando fijamente cómo
se deja caer junto a London con movimientos lentos y cautelosos.
Es entonces cuando por fin la miro de verdad.
Tiene el cabello enmarañado de sangre y lo que parece suciedad. La sangre
de sus brazos empapa la ropa que lleva y su piel está pálida. Tiene moretones en la
cara y en los brazos y, antes de darme cuenta, estoy de pie junto a ella.
Apoya las palmas de las manos en el suelo, apenas abre los ojos y mueve la
cabeza de un lado a otro.
Silver alarga la mano para tocarla, y ella levanta un brazo, pero entonces sus
ojos se levantan, chocando con los míos.
Jadea y separa los labios.
Algo me aplasta la palma de la mano y, cuando una mano se posa en mi hombro,
miro para encontrar a Sinner. Tiene los ojos blancos, inclina la barbilla y me rodea la
muñeca con los dedos.
Miro hacia abajo y encuentro la muñeca de Silver, la que iba hacia ella en mi
agarre, los huesos rotos, la mano doblada en la dirección equivocada. La suelto,
alejándome un paso, y luego otro.
—Explícate —consigo decir a la fuerza.
—Intentó suicidarse —revela Legend.
El dolor me desgarra, mi pecho se hunde mientras un gruñido lucha por salir
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de mi garganta. Mi Ethos se agita, suplicando ser libre, pero atrapado bajo la verdad
sobre mí y la chica que tengo ante mí.
Quiere ir a ella. Quiere que ella lo llame y lo libere.
A la mierda.
Ella no merece su lealtad. Ella está tratando de dejarnos.
Al diablo con todo esto.
—Silver la curó —termina Legend.
Los ojos de London están muertos cuando miran los míos. No hay rastro del
fuego ni del descaro que ansío. Que necesito, carajo. Ni rastro de nada.
Está vacía, una bolsa hueca de huesos quebradizos.
Una pequeña muñeca rota.
Como se merece ser.
El ácido recubre mis entrañas, pero agradezco el escozor.
Dejaré que me coma entero, si con ello me quita el apetito por la única cosa
que mi cuerpo jura que quiero pero que me niego a tener.
Me agacho, trabando mis miembros cuando se atreven a temblar de rabia, se
atreven a alcanzarla. Para arreglar lo que está roto.
Pierdo la batalla, y mis dedos patinan a lo largo de su sien, tirando de su cabello
desde donde se pega a la sangre a lo largo de su cabeza y cepillándolo hacia atrás.
Sus ojos se cierran, probablemente por accidente, y la visión me provoca algo.
Así que fuerzo la punta de mis garras y dejo que rocen su piel.
Aparecen tres pequeñas gotas de sangre y espero que haga una mueca de
dolor. Que grite y llore de dolor, pero no lo hace.
No hace nada.
La fulmino con la mirada y me pongo en pie lentamente.
—Si este es tu grito para llamar la atención, has desperdiciado sangre
perfectamente buena, pequeña muñeca. —Miro a Legend y luego a Silver—. Deberías
haberla dejado morir.
Y luego me alejo, pero no antes de oír su voz.
Invade mi mente y, sin que nadie pueda verlo, cierro los ojos para escuchar.
—Te lo dije —ronca.
Mi mejor amigo suelta una carcajada y yo quiero arrancarle la lengua.
Quiero ahogarle la vida. Cómo se atreve a hablarle como si fueran amigos,
37
pero no reaccionar conmigo. Tiene que estar ardiendo por dentro, como yo.
Despertar con sudores fríos.
Buscando en los rincones oscuros de sus pesadillas.
O tal vez no.
Quizá sea cosa mía.
El destino pone a prueba mi fuerza.
Se llevaron a nuestro Rey. A nuestro padre.
Tal vez se la lleven después.
Se me doblan las rodillas al pensarlo y me agarro a la mesa antes de caer al
suelo como una perra.
La odio.
Odio lo que me ha hecho.
Odio lo que la verdad nos ha hecho.
Gruñendo, atravieso las puertas y espero a que pasen mis hermanos. En cuanto
lo hacen, ataco a Legend.
—¿En qué demonios estabas pensando? —Pum, lanzando un hechizo de
barrera para que no pueda escuchar como la serpiente que es. Doy un paso hacia
Legend—. ¡¿La has traído aquí?! Esto es un puto santuario para Royals. El lugar donde
ni siquiera se permite la entrada a los de más confianza, ¿y tú dejas entrar a una perra
que asesinó a uno de los nuestros? ¿Quién puede decir que no es responsable de la
muerte de papá también?
Legend levanta una ceja.
—Es difícil matar a un rey cuando ni siquiera sabes usar tus poderes.
—Tal vez lo hace, ¿cómo lo sabes? —Lo empujo, pero no se mueve, y entonces
estamos pecho con pecho—. ¿Crees que la conoces mejor que yo, hermanito? —La
ira irradia por cada uno de mis poros, y no puedo detenerla.
Legend sonríe y yo me estiro hacia delante, dispuesto a arrancarle el maldito
corazón. Me está provocando y lo está disfrutando.
Sinner y Creed intervienen, apartándome y Legend se ríe, dejándose caer en
el sofá del que se escabulló, hojeando su mitad de los archivos de papá como si no
acabara de hacer esto diez veces más difícil.
Me suelto de un tirón, me quito a mis hermanos de encima y miro al más joven.
—Se estaba dando una paliza. Se cortó los brazos desde la muñeca hasta el
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codo, golpeándose la cabeza y los puños contra el mármol hasta que los huesos se
rompieron tanto que Silver no estaba seguro de poder recuperarlos sin un sanador
de nivel superior. No ha comido ni bebido nada en cuatro días, y quiere morir.
Mis entrañas se enroscan, se retuercen, y juro que el monstruo que llevo dentro
hunde sus garras en mi maldita carne desde dentro.
Los ojos de Legend se dirigen a los míos con complicidad.
—Acabamos de perder a nuestro Rey, a nuestro maldito padre, Knight. No
podemos perderla a ella también.
—Ella no es nadie.
Asiente ligeramente mientras se acomoda en el sofá.
—Puede ser. Pero la bestia que tiembla en tu pecho no está de acuerdo. Se
queda hasta que él exija lo contrario.
Balanceándome, golpeo la maldita pared una y otra vez hasta que es un montón
de escombros a mis pies y mis hermanos no dicen ni una puta palabra, porque por
mucho que todos lo odiemos, tiene sentido.
No se trata de ella. Se trata de mí.
Puede que no la quiera cerca, pero hay una parte de mí, una parte que no
puedo controlar, que sí la quiere, y lo último que necesita la gente de Rathe es un
Royal desquiciado pisándole los talones a una muerta.
Mi madre surcará los cielos esta noche para hacer el anuncio para el que no
estoy preparado.
Dar el primer paso hacia lo que viene después.
No lo quiero, pero no importa.
El Rey de las Tinieblas ha muerto...
Es hora de uno nuevo.
39

Cuatro

London

L
entamente, abro los ojos y esta vez no estoy tumbada en el mismo suelo
de mármol ensangrentado, sino metida en una cama acolchada y envuelta
en seda.
Me llevo las manos a los ojos y me los froto con fuerza antes de mirar alrededor
de la habitación.
Es gigante y oscura, con jodidas mascaras doradas por todas partes, pero no
me importa lo suficiente como para mirar más de cerca. Es todo lo mismo al final del
día. De la realeza, derroche de dinero sin sentido.
Estos hijos de puta no durarían ni un día en el mundo humano sin la maldita
cuchara mágica de oro que les han repartido. No tienen ni idea de cómo luchar o
sobrevivir por sí mismos.
Así que los obligan a ir a la Universidad de Rathe durante unos años después
de graduarse en su versión de instituto aquí en Rathe, y una mierda. No les enseña
nada.
Bueno, al menos no a los Stygians. A los Argents tal vez, ¿pero los de la Magia
Oscura?
Todo lo que hace es alimentar su perversidad. Encuentran humanos con los que
quieren jugar y juegan, carajo. Juegan hasta que se aburren, y luego pasan al
siguiente.
Pensé que era sólo un juguete, y maldita sea si no lo fui en algún momento, pero
ahora aquí estoy. Tumbada en una cama de maldita seda con sangre seca por todas
partes y la misma ropa de hace cuatro días.
Levanto los brazos de debajo de las mantas e inspecciono los daños, pero no
encuentro más que finas líneas donde estaban los cortes. El odio y la vergüenza me
invaden y aparto la mirada.
Nunca he sido suicida, y tal vez no lo sea ahora. Quizá pensé en que soy un
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jodido ser inmortal y supe que sólo me dolería durante un tiempo, pero que al final
estaría bien.
Puede que no. No puedo asegurarlo.
Me levanto y balanceo los pies por encima del borde, esperando a que el dolor
se apodere de mí y me derribe, pero no llega. Estoy completamente curada y es una
puta mierda, porque el único dolor que me queda es de tipo mental. Del tipo que
esconde sus cicatrices en lo más profundo de tu mente, donde nadie más puede
verlas.
Al pensarlo, mis entrañas parecen arrugarse, haciéndome estremecer.
Bieeeen, por lo que sigue siendo física, pero a la que, voy a tener que
acostumbrarme, porque me niego a permitir que la única persona que puede detener
esa parte particular del dolor lo haga. No es que lo haría.
Preferiría morir, estoy segura.
Quiero decir, no es mala idea...
No. Sólo me matará a mí primero y no quiero que llegue a vivir esa fantasía
suya. No se merece tener todo lo que quiere, así que si alguien tiene que matar, soy
yo.
Me levanto lentamente y me dirijo a la ventana, pero al correr las cortinas
negras, aparece una densa capa de humo gris que se arremolina y chisporrotea con
furia, y doy un salto hacia atrás.
—¿Qué demonios? —Pero mientras sigue chispeando, algo dentro de mí se
tranquiliza, una falsa sensación de seguridad se instala en mí. Aun así, me adelanto
de nuevo, y esta vez, deslizo la ventana para abrirla.
Al principio, el humo me sofoca. Me envuelve, me rodea, me oprime los
pulmones hasta que no queda nada en ellos. Nada más que el sabroso sabor de... lo
que demonios sea esto.
Pero luego se apacigua, apretándose contra mi piel como la más suave de las
almohadas. Mis ojos se cierran por sí solos y mis palmas se abren, el humo se aferra
a mis manos como si quisiera sujetarlas y, por un momento, mis labios se mueven para
sonreír.
Por fin, algo suave. Algo... amoroso.
Mis ojos se abren de golpe ante tan ingenuo pensamiento y cierro la ventana
de golpe, alejándome de ella tropezando.
El humo se enfurece y golpea el cristal con tanta fuerza que espero que se
rompa. Corro hacia delante, cierro las cortinas de un tirón y, al cabo de un momento,
el sonido cesa, pero no miro si se ha ido. Está claro que no debo ver lo que hay más
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allá de estas paredes. A decir verdad, probablemente no sean más que los anillos del
maldito Saturno.
Me doy la vuelta, miro la habitación inmaculada, me acerco a la cómoda dorada
y lo tiro todo de un manotazo. El cristal cae al suelo, y esta vez sí sonrío, y luego me
dirijo a la chimenea del rincón. Recojo las piedras de su interior y las arrastro por las
paredes, arañando y rascando cada centímetro que puedo alcanzar.
Doy un golpe con el trasero a las mesillas de noche y arranco los cajones de
sus soportes, desparramando su contenido por toda la habitación. Después destrozo
las sábanas, abro las almohadas y desparramo las plumas rojas que contienen por
toda la habitación.
Me levanto de un salto y corro hacia la chimenea, buscando un botón de
encendido o una caja de cerillas para quemar este maldito lugar hasta los cimientos,
pero no hay nada.
—Porque los hijos de puta mágicos no necesitan esas cosas para avivar las
llamas. —Gruño, tirándome del cabello mientras corro hacia la puerta del baño.
Es de cristal, así que le doy patadas con la planta del pie descalzo una y otra
vez hasta que se resquebraja, y entonces lo atravieso con el hombro, pisoteando el
cristal, dispuesta a destruir todo lo que haya a la vista. Lo primero que veo cuando
entro en el gigantesco espacio hecho de puro cristal es la cantina de la esquina.
Es el sueño húmedo de un adicto. Botella tras botella, quién demonios sabe de
qué, porque todo está en decantadores de cristal, pero a quién demonios le importa.
Debe ser algo bueno si está aquí.
Me dirijo hacia ella, quito las tapas y las tiro detrás de mí.
Bebo un trago de la primera botella, sacudiendo la cabeza mientras se
consume, y luego bebo de la segunda. La tercera, la cuarta, y así sucesivamente. Me
paso el dorso de la mano por la boca y sujeto una botella con la otra para tirar el resto
al suelo. No todas se rompen, pero todas se derraman, el líquido rueda sobre los
dedos de mis pies y más allá.
Luego paso a la fuente de cristal rojo.
Los pequeños recipientes de polvo están llenos hasta los topes de lo que sólo
puedo suponer que es polvo de Fae. Algunos son rosas, otros azules, otros rosas y
azules, pero me quedo con el último. El que no sé si es como los demás. Es rojo,
brillante, y algo me dice que es el más fuerte.
Me lo llevo a la nariz y se me ponen los ojos en blanco al percibir su delicioso
aroma, como azafrán bañado en azúcar. Vierto un poco entre el pulgar y el índice y lo
lamo de un tirón.
Mi cuerpo se balancea al instante, respiro hondo y exhalo mientras mis
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músculos se relajan. Mientras mis entrañas se hacen papilla y se agitan de excitación.
El vacío absoluto es un maldito regalo, ahora más que nunca.
Enciendo la ducha, me desprendo la ropa de la piel una a una y bebo otro largo
trago de la botella. Me balanceo un poco, una pequeña sonrisa entumecida se dibuja
en mis labios, pero cuando me doy la vuelta, veo mi reflejo en el espejo del suelo al
techo y todo en mí se congela.
—Santa mierda —respiro, acercándome al mostrador.
Me tiemblan los dedos al llevármelos a las mejillas, huecas como si les faltara
la vida, las ojeras negras como si realmente estuviera tan muerta como me siento. La
sangre de mis brazos no parecía tan grave cuando los miré por primera vez, pero en
este espejo lo veo todo. Están apelmazados, cubiertos, al igual que mis piernas.
Aún tengo un corte en la frente, donde no dejé que Silver terminara de
curarme. La sangre se pega en mechones de mi cabello. Está enmarañado y oscuro
y... no es sólo mi sangre.
Es ceniza y cristal y sí, un poco de sangre de Legend también.
Giro la cabeza y veo los pequeños fragmentos brillando justo delante de la
línea del cabello. En lugar de buscar unas pinzas para arrancarlos, presiono con las
manos sobre los puntos, frotando y clavándolos aún más. Froto hasta que se incrustan
bajo la piel.
La sangre fresca se filtra en gotitas diminutas, demasiado pequeñas para caer
pero no demasiado pequeñas para verlas. Es entonces cuando mis ojos se dirigen
hacia abajo, a la mancha de mi cuello.
Marcas de dientes, profundas y orgullosas en la piel.
Mis dedos rozan la mancha y un cosquilleo me recorre el brazo, me recorre el
cuerpo hasta que todos los nervios de mi interior se encienden. Mis ojos se posan en
mis muslos y los separo, observando también la marca. Brilla y parece vibrar bajo mi
piel, o tal vez sea mi pecho.
¿Estoy gruñendo?
Me agarro la garganta, sintiendo las vibraciones allí y ocultando la marca.
Me tiembla la palma de la mano y cierro los ojos mientras un escalofrío me
recorre la espalda, pero en cuanto lo hago, lo veo.
Oscuro y mortal. Fuerte. Lo consume todo y altera la vida. Seguridad.
—No. —Sacudo la cabeza, forzando la apertura de los párpados—. Mierda, no.
Lo vi en el pasillo. Llevaba la camisa arrugada y desabrochada, como si se
hubiera pasado la noche follando con alguna zorra sin sentido y no se hubiera
molestado en cambiarse. También tenía los ojos ennegrecidos, probablemente por
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la falta de sueño y algunos favores de fiesta reales y mágicos. Y de nuevo... un maratón
de sexo.
Siento una presión en el pecho al pensarlo, pero me muerdo la mejilla para
bloquearla. Miro fijamente su marca en mi piel. Su sello.
La reivindicación de su compañera antes de su rechazo.
—Jódete, Knight Deveraux —digo—. Te arrancaré de mi piel yo misma.
Con ese pensamiento, recojo la botella en una mano y un sacacorchos de vino
en la otra.

Knight
Madre se prepara para dirigirse a las masas, el cielo se ilumina mientras ella
aparece en él como una gigantesca proyección en directo para su protección.
Su anuncio está siendo difundido por todo el reino; una baliza de emergencia
ha florecido por los cielos alertando a todos de que algo estaba por llegar. La baliza
no se ha utilizado en siglos, así que no hay duda de que nuestro pueblo espera con
gran expectación lo que la Reina Oscura tiene que decir. Seguro que es lo último que
esperaban oír esta noche.
Probablemente piensan que están aquí por los continuos ataques a las
propiedades reales. El último ha matado a cuatro Fae que ni siquiera debían estar en
el trabajo ese día, pero fueron llamados en el último minuto.
Mis hermanos y yo nos sentamos juntos alrededor de la mesa, mirando a través
de un monitor espejado que Creed ha creado. Flota entre nosotros, con los bordes de
un azul intenso que cambiará a rojo cuando ella abra la boca para hablar.
Nuestra gente no podría estar más equivocada en cuanto a por qué se les ha
llamado esta noche, y Madre no pierde el tiempo. Como siempre, clava el cuchillo sin
vacilar.
—El Rey ha muerto. —Habla con la fuerza de una Reina, manteniendo la
compostura por su pueblo.
Nos quedamos mirando en silencio y la tensión me recorre la columna
vertebral, sabiendo que todos los hogares, capas y fortalezas de estas tierras están
igual de silenciosos en este momento, sus palabras sin duda enviando una onda
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expansiva a través de la comunidad de superdotados.
—En nombre de los demonios que custodian estos muros, te prometo que esta
persona será encontrada y su ejecución será pública para que todos la disfrutemos.
—Madre hace una pausa como si hubiera una multitud abajo, y ella pudiera oír sus
vítores.
Sinner se burla a mi lado, sirviéndonos a cada uno otra ronda de whisky.
—Le encanta este juego, ¿verdad?
Asiento distraídamente, observando las oscuras calles de Rathe, esperando
que aparezca el responsable de la muerte de nuestro padre.
—No olvidemos que nuestra pérdida es también nuestra ganancia. —La mano
de mi madre se levanta, extendida hacia la galaxia y siento cómo se me frunce el
ceño.
Extendiendo la mano, Creed aparta las pantallas y vemos cómo se convierten
en nada más que humo que se desvanece sobre nosotros.
—¿Qué crees que dirá? —Se pregunta Sin.
—¿Qué otra cosa puede decir sino la verdad en este momento? —Creed mira
a la nada, jodidamente consciente de que esa es la opción menos probable.
—Planea matarla, ¿verdad? —Legend se cruza de brazos.
Se me aprieta el corazón, pero me estiro más allá, forzando la sensación a
desaparecer.
—Estoy bastante seguro de que la Pequeña Degolladora ya debería estar
muerta, teniendo en cuenta cómo actuó cuando Creed la descubrió delante de todos
—bromea Sinner con enfado—. Alguien fue descuidado cuando debería haberle
cortado la puta cabeza como si...
—No —gruño antes de querer hacerlo, con las fosas nasales encendidas
mientras intento controlarme.
Me aprieto los ojos con las palmas de las manos y gruño.
No quiero ser el maldito Rey, y te aseguro que no quiero a un cualquiera a mi
lado.
¿Cuál es el problema? No se trata de una elección.
Es el camino.
Es lo que es y eso no se puede cambiar. Y con nuestro padre muerto, el poco
tiempo que habría tenido para aceptar todo esto ya no existe.
Soy el próximo Rey de las Tinieblas y en Rathe, un Rey no puede gobernar sin
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su Reina.
Como si esa palabra por sí sola la conjurara, el andrajoso vínculo que nos une
tira de ella.
Sé que en cuanto está cerca, el estúpido vínculo con el que me han maldecido
se agita con la vida, obligándome a apretar el puño que continuamente me fuerzan a
mantener, pero llevo días haciéndolo, más tiempo si cuentas todas las veces que luché
contra ella antes de saber la verdad.
Me está debilitando. Mi don es incapaz de recargarse por completo porque
está en un estado de uso constante. Mi piel se eriza y mis entrañas arden,
suplicándome que vaya hacia ella, que la toque, la abrace y me la folle, pero que se
joda y que se joda este vínculo que cree que tiene el control. No lo tiene.
Nunca lo tendrá.
No puede ser.
Obligo a mis ojos a concentrarse en el frente, ignoro la sensación que me cala
los huesos para ir hacia ella y hago como si no me diera cuenta de las miradas
inquisitivas de mis hermanos.
Me muerdo la lengua, el sabor a canela de mi sangre me llena la boca y dejo
que se filtre por las comisuras de los labios.
Al instante, en el mismo instante en que toca el aire, la cabeza de London se
inclina hacia aquí. Siento su mirada como el roce de la lengua de un dragón. El ardor,
los cortes afilados que parecen arrastrarse por mi piel.
Mis miembros tiemblan de necesidad, demasiadas para nombrarlas, y como
siempre que se trata de la maravilla de cabello blanco, pierdo la puta batalla.
Levanto la mirada. Sus ojos de cristal se clavan en los míos y el pulso se me
acelera en el pecho.
Mía. Cada centímetro. Cada maldita parte.
¡No! ¡Carajo!
Me tiembla la mandíbula mientras miro fijamente a la perra que me robó el
futuro. A mi hermana. Mi puta cordura.
Pagarás por todo ello, Pequeña London.
Una mueca se dibuja en sus labios, su cabeza se ladea como la mocosa que es,
y quiero arrancarle los labios de su rostro impecable. Joderla un poco. La sangre de
la que está cubierta no oculta su belleza. De hecho, todo lo contrario.
Es entonces cuando veo lo que antes no veía, lo que la rabia bloqueaba.
London entra a trompicones en la habitación donde estamos sentados mis
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hermanos y yo, los cuatro mirándola fijamente... por completo.
Jodidamente.
Desnuda.
Entonces se detiene, levanta la pierna y la extiende hasta quedar abierta ante
nosotros, con el pie apoyado en el borde del sofá.
Se me hace agua la boca y me retumba el pecho al ver su coño desnudo. Su
mano se desliza a lo largo de su muslo y yo sigo el rastro de sus diminutos dedos hasta
el vértice de su muslo. Hacia mi marca.
Una chispa se enciende bajo mi piel y mi polla se endurece, mi lengua recorre
mi labio inferior mientras la veo acariciar el lugar, y juro por el maldito infierno, que
siento su tacto dentro de mí.
Bajo mi carne y mis huesos, acaricia al monstruo con cada roce de sus dedos.
Su mano se desliza más arriba, deslizándose entre sus piernas.
Suena un gemido grave, pero no es mío. Viene de mi lado, atravesando la
lujuria.
Todos a la vez, nos movemos. Me retuerzo y mis hermanos saltan de sus sillas,
poniendo rápidamente distancia entre nosotros antes de que les arranque los ojos de
la cabeza.
No pueden mirarla. Ver su coño que me pertenece.
Gruño en su dirección y giro la cabeza para buscar el origen del problema.
—London —retumbo, con la barbilla inclinada hacia el pecho.
Las puertas detrás de ella se abren de golpe y Silver entra corriendo.
—Ella es... —Se detiene al ver su trasero desnudo—. Oh mierda.
—Sí, demasiado tarde —ríe Sin mientras Legend grita—: ¡Silver, corre!
Los ojos llenos de pánico de Silver vuelan hacia los míos, y cautelosamente da
un lento paso atrás.
—Knight...
Mi labio se curva y siento que mi don sube a la superficie. Antes de darme
cuenta, me muevo a la velocidad de la luz, con su garganta atrapada en mi mano y el
cuerpo levantado en el aire.
Aprieto, aplastando su tráquea, mis labios se separan con un gruñido.
—Yo…
Una risita ronca y ebria me hace parpadear y, lentamente, miro por encima del
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hombro.
Ahora está sentada en el sofá, con las piernas estiradas a los lados, el coño
abierto y húmedo.
—Mierda —suelta Creed desde algún lugar, y cuando están todos delante de
mí, libero a Silver, a quien ahora sólo tengo medio agarrado.
—¿Qué pasa, mi Lord? —Se pasa los dedos por los labios del coño—. Tú no me
quieres. Yo no te quiero... así que ¿por qué no puedo tenerlos? Sólo tengo tres
agujeros, pero apuesto a que podemos ser creativos para el cuarto. Especialmente
con la... imaginación de Sinner.
Me lanzo hacia ella, pero su mano se dirige rápidamente a mi marca en su
cuello y me quedo quieto, con las sensaciones de antes inundándome.
Deseo. Necesidad.
Mierda, puedo sentir mi polla envuelta en su calor. Es como si estuviera dentro
de ella aquí y ahora.
Se ríe de nuevo.
—Sí, es un truco desagradable que aprendí por error.
—Te mataré —fuerzo entre dientes apretados, con el deseo inundando cada
una de mis malditas venas, los ojos clavados en la forma rítmica en que frota mi marca
sobre su piel satinada.
Mi marca.
La mía.
¡Mierda!
Bebe más whisky, diez veces más potente que el que está acostumbrada a
beber.
—Apuesto a que esta es tu favorita...
Sus dedos, cubiertos de su excitación, rastrean mi mordisco en su muslo y algo
golpea mi pecho.
—Sí, lo es, ¿verdad? —Mira hacia abajo—. Un mordisco perfecto. Marca
perfecta.
De repente, agarra algo de detrás de ella, un fuerte grito desgarra su piel al
clavárselo en el centro del lugar que le reclamé primero.
Caigo de rodillas, los demás gritan de asombro a mi alrededor.
—¿Qué demonios? —Sinner se sacude hacia adelante.
London aprieta los dientes y grita mientras saca el sacacorchos, clavándolo una
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y otra vez en la carne.
—¡Deténgala! —Creed grita, pero Legend ya está allí, alcanzándola.
Antes de que sepa lo que estoy haciendo, está volteado sobre mi espalda y
tirado en el suelo.
Dando vueltas, con los ojos desorbitados y la cordura perdida, lanzo la mano
para matarla, aquí y ahora, pero London levanta la cabeza y estira la mano.
Mi cuerpo salta por los aires, con las piernas y los brazos estirados mientras
vuelo hacia atrás hasta que mi cabeza y mi espalda chocan contra la pared del lado
opuesto de la habitación. No menos de quince jodidos metros.
—Mierda —vocifera Creed, avanzando hacia ella, pero ella se pone en pie de
un salto, con la cabeza echada hacia atrás como si estuviera jodidamente poseída, y
mierda, puede que lo esté. Sus huesos crujen bajo su carne mientras grita al aire.
—¡Carajo! —Legend rueda hasta ponerse de pie.
Las ventanas vibran, los cristales tiemblan y caen al suelo, y cuando Creed toca
su piel desnuda, su cabeza gira hacia él.
Le hace rechinar los dientes, con los ojos completamente negros.
Es suficiente para hacer que Creed se detenga, y ella se ríe. Es oscura, con
ecos de muerte y destrucción. Se ríe maníacamente antes de recoger el maldito
sacacorchos y clavárselo en el cuello.
Me tambaleo de dolor, la ira carcome mis sentidos.
Se agita entonces, saltando y atacando a Creed.
Él se agacha, esquivando su golpe con la botella de cristal, pero cuando vuelve
a levantarse, ella consigue golpearlo en la cabeza.
La sangre le brota de las orejas y ella se ríe de nuevo, volviéndose hacia Sinner.
Los ojos de Sinner se vuelven blancos en un instante, sus labios se mueven
mientras lanza una ilusión, pero sonríe, viendo de alguna manera a través de ella. Se
lanza desde el borde en el que él la dejó, riéndose mientras cae hacia la lava hirviente
que hay debajo. Cuando llega a la superficie, fija sus ojos en los de él y lo arrastra con
ella, ahogándolo en su propio engaño. Poco a poco, la ilusión se desvanece.
—Sácala —Silver entra en pánico—. Ella es... esto es...
Me pongo en pie de un salto, me acerco a ella por detrás y le cojo la cabeza
con las manos. Me gruñe y me araña los ojos hasta que me entra sangre en la vista.
—Knight —incita Legend con un grito.
Mis entrañas se enfurecen contra mí, pero miro a mis hermanos, la conmoción
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y la preocupación en sus rostros.
Me vuelvo contra mi propia alma una vez más.
Le parto el puto cuello y cae al suelo desplomada.
Muere por tercera vez.
Mierda.
50

Cinco

Knight

E
l alcohol no había tocado los bordes de mi estrés, ni tampoco el polvo de
Fae, pero me quedé sentado. Sin nada más que lo que sabía que estaba
ocurriendo. Las luces parpadeaban con la profunda base de alguna
jodida canción mortal mientras me llevaba lentamente la botella de líquido azul a la
boca, dejando que el ardor de la potencia me quemara los labios antes de tragar.
Siseo a través del rastro de fuego que deja a su paso, hasta que finalmente se instala
en mis entrañas.
—Sabes que esa mierda podría matarte, Knight.
—No a mí —gruño, manteniendo los ojos fijos en el techo. Ganchos
atornillados, donde la cuerda se conecta y cuelga hacia abajo para los bailarines.
La Maga debe de haberse deslizado hasta mi cabina, la maldita cabina más
oscura del club, porque su voz suena más cerca. Parpadeando a través de la bruma,
es obvio lo retrasado que está mi proceso mental.
Pero no me importa.
Necesito respuestas y sé que no voy a obtener ninguna esta noche, así que esta
noche, beberé. Por él.
Por ella. Y por lo mucho que la odio.
Jesús. Estoy jodido.
—Ya, ya, mi Lord... —baja la voz y por fin desvío mi atención del techo y la
dirijo directamente a ella. Zhara es el tipo de maga que te hace preguntarte lo bien
que se sentiría alrededor de tu polla. No tuve que preguntármelo mucho, ya que la
tumbé boca arriba más veces de las que pude contar.
¿Personalmente? Más o menos.
Agita su larga melena negra por encima del hombro, los brillantes mechones
golpean la luz estroboscópica cada vez que parpadea.
—¿Ya saben algo de la muerte del rey? —Su cabeza se inclina hacia un lado y
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veo cómo sus dedos empiezan a golpear la mesa. Está inquieta.
«Lo que quieras decir, escúpelo.
Hace una pausa. Luego se acerca y me quita la botella de alcohol, llevándosela
a los labios color burdeos para darle un largo trago.
—No tengo nada que decir. —Se pasa el pulgar por la base del labio—. Por
ahora.
—Pero —chasqueo, obligándome a abrir la boca cuando me devuelve la
botella para que beba otro trago.
—Pero. Siento algo.
Mis ojos se desvían por encima de su hombro hacia la puerta principal, que se
abre ligeramente y por la que entra una pequeña figura encapuchada que se dirige
al otro extremo del bar. La chica saca un taburete y se desliza sobre él. Me pregunto
si se quitará la capucha.
—¿Knight?
—¿Qué? —Vuelvo la Maga—. Escúpelo. No estoy de humor para acertijos.
Se desliza más cerca de mí y yo me inclino hacia atrás, necesitando distancia.
«Si estás aquí por mi polla, Zhara, entonces te sugiero que te vayas a otra parte
porque todo lo que te daré esta noche es un deseo de muerte.
Se ríe y echa la cabeza hacia atrás antes de volver a posarse en mí. Esta noche
no puedo con sus artimañas de mierda, así que me vuelvo hacia la joven para ver si
se ha quitado ya la capucha, pero el asiento en el que estaba está vacío.
Trago el resto de mi bebida y salgo de la cabina, necesitando distancia entre
mí y esta jodida realidad. Primero el Rey, luego la pelea con London. La maldita perra
testaruda. Cada vez que se enfada, lo único que imagino es mi mano alrededor de su
garganta y mi polla en su boca. En ese orden.
—¡Espera! —La mano de la Maga me detiene mientras me aprieta el brazo—.
Knight...
La miro por última vez y veo cómo el color de sus ojos se convierte en un blanco
opaco.
—Hay... fuego. Y nieve. Frío... mucho frío... pero... ¿tanto calor?
Obligo a mi brazo a soltarse de su agarre.
—Una vez más has demostrado que lo que sale de tus labios vale una mierda.
52

Seis

London

E
l Rey ha muerto. El Rey ha muerto y nadie me lo dijo. Tuve que
averiguarlo escuchando a los guardias y a su jefe mientras cambiaban a
algunos de sitio en el último momento. Debe haber cientos de ellos
marchando arriba y abajo por estos pasillos, sus pasos silenciosos, ninguna prueba
de su presencia fuera de la vista de ellos.
No sé por qué me escuece saber que los chicos no me lo dijeron, pero ¿por qué
iban a hacerlo? No soy uno de ellos... no es que quiera serlo.
Pero Knight debe estar...
No.
Aprieto los dientes. Que se joda Knight.
El Rey probablemente se lo merecía, pero incluso una chica criada en el
exterior puede comprender la gravedad de un acto así. No estoy segura de lo que
hace un lugar como este cuando algo de este calibre los golpea, pero sé que no puede
ser bueno.
Suspirando, mantengo los pies en movimiento cuando lo único que quiero es
tirarme al suelo y quedarme allí sentada para siempre.
Los guardias encargados de acompañarme por un montón de pasillos vacíos se
detienen y el muro de piedra que tenemos delante desaparece, materializándose una
puerta en su lugar.
Los cuatro hombres, vestidos de negro y con una especie de pasamontañas que
les cubre la cara y sólo les deja visibles los ojos, se enderezan y sus cuerpos,
completamente sincronizados, se vuelven antinaturalmente rígidos al apartarse. Con
la espalda pegada a la pared, miran hacia delante, lo ven todo pero no miran nada.
Era lo que mi cerebro entrenado por humanos llamaría mañana cuando me
desperté con los gritos de los hermanos Deveraux fuera de la habitación en la que me
encerraron, algo a lo que parecen ser jodidamente aficionados por alguna razón.
Tuve tiempo de ponerme los vaqueros y la sudadera que encontré en la
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cómoda, de ir al baño y de cepillarme el cabello enmarañado antes de que la puerta
girara sobre sus goznes y dejara ver a Creed al otro lado. Me fulminó con la mirada,
sin decir palabra, mientras se acercaba a mí, pero capté los pasos cautelosos que
intentaba no dar al acercarse. No me di cuenta, pero por dentro sentí una pizca de
satisfacción que se desvaneció rápidamente.
Vino hacia mí, escupió unas palabras que no pude entender y entonces
estábamos aquí. O yo estaba aquí, en el maldito edificio del Ministerio.
Sólo que esta vez, no me metieron en una jaula como a una mala dotada.
No tengo ni idea de lo que hay al otro lado de esta puerta, pero mientras las
palmas de mis manos empiezan a sudar y mi pulso comienza a subir, tengo una
pequeña idea.
—Si esperas que alguien te abra la puerta, te sugiero que lo pienses mejor,
ordinaria.
Ordinaria, correcto. Ya no soy, la chica sin dones. Soy casi peor.
Un pez de fondo en un mar de tiburones.
Ordinaria porque no han visto ninguna prueba de poder significativo y no
tienen ningún linaje al que vincularme. Al fin y al cabo, sólo soy una chica perdida
que encontró el camino a casa.
Supe en cuanto el, Elder, un concejal que se presentó como Odin, líder de los
Monstruos, se dirigió a mí como, London, cuando desperté en aquella celda el primer
día, que la Familia Real no soltaba prenda. Tengo la ligera sospecha de por qué, pero
sinceramente... Qué demonios sé yo.
Claramente, no lo suficiente.
Miro a la mujer que está a mi lado. Parece de mi edad, pero debe tener cuatro
veces más si, habla en nombre del monstruo de Rathe, como dijo al presentarse. Sea
lo que sea lo que eso signifique.
Mide más de un metro ochenta, treinta centímetros más que yo, tiene los ojos
de un rojo intenso y el cabello a juego. Es largo y liso, al igual que su cuello. Su
mandíbula es un poco afilada y si estuviera en el mundo humano, la gente vería uñas
largas, pero las puntas afiladas que salen de sus dedos no son uñas. Son garras.
Y están pintados de rosa.
No tengo ni idea de qué clase de monstruo es mirándola, pero la forma en que
no deja de mirarme al cuello me da una pequeña idea.
—Sabes, no pareces una Victoria. —Pellizco mis labios a un lado, mi mirada
patinando a lo largo de ella—. Más bien... una perra.
La mujer avanza de un tirón, pero en cuanto se mueve, también lo hacen los
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guardias.
La cara de la mujer se queda en blanco y mira hacia delante, así que pongo los
ojos en blanco y sujeto la manilla. Se me eriza la piel al instante.
—¡Mierda! —grito, mirándome la palma de la mano y la piel carbonizada que
cuelga de ella. Miro la quemadura y nueve letras me devuelven la mirada.
Rechazada.
Mi cabeza se dirige hacia ella, justo a tiempo para captar su sonrisa, que no es
que intente ocultar.
¿Rechazada?
El corazón me late en el pecho.
Victoria se acerca a mí y coloca su cara a escasos centímetros de la mía. Me
mira fijamente a los ojos mientras se pasa la lengua por los labios inferiores.
—Me equivoqué. Esperemos que haya por ahí un sanador lo bastante valiente
como para tocarte o esto te va a escocer un buen rato.
¿Suficientemente valiente?
No tengo tiempo de pensar en eso, porque un segundo después Victoria me
tiene con la cara entre las palmas de las manos y sus ojos rojos empiezan a
arremolinarse en plata.
—Voy a quitarte las ataduras mágicas y vas a comportarte como una buena
superdotada. No hablarás. No correrás. Y lo más importante, si intentas usar magia,
te freirás por dentro y por fuera.
Se me frunce el ceño y me entran ganas de reírme, pero entonces parpadea,
con una sonrisa orgullosa en los labios, y me doy cuenta de que habla en serio.
Espera que la escuche. La curiosidad se apodera de mi mente, así que decido
darle lo que quiere, asintiendo como una buena superdotada.
Sus manos se ciernen sobre mis muñecas y las luces rojas en forma de láser
que las rodean, creando lo que parece un bucle infinito, se vuelven azules. Del azul
se pasa al negro, y entonces todo lo que queda de ellas es una nube de humo que se
desvanece.
Me froto la muñeca izquierda, siseando por las quemaduras que me han dejado
las ataduras, pero no es nada comparado con el dolor que siento en la palma de la
mano.
Finalmente, empuja la puerta para abrirla, pero lo único que veo al otro lado es
oscuridad.
Dando un largo suspiro, doy un paso adelante, pero entonces algo me golpea
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en el pecho.
Golpea, se agita y se arremolina, y lo sé.
Mi compañero está al otro lado de esa puerta... y está enojado.
Bien. Ya somos dos.

Knight

Una vez más, sé al segundo que está cerca, pero esta vez no es el vínculo lo que
hace que todo mi ser hormiguee. Es el olor de su sangre.
Mi cabeza gira en su dirección en el mismo momento en que la suya lo hace en
la mía; es como un acto reflejo que no podemos controlar.
Su columna se pone rígida y sus manos se cruzan detrás de su cuerpo.
Al instante, mis ojos recorren cada centímetro de ella, buscando la grieta en su
piel que envía su aroma directamente a mis pulmones y hasta mi maldita polla, pero
no la encuentro, la sudadera y los vaqueros ocultan casi cada centímetro de su
diminuta figura.
Sólo tarda una fracción de segundo en darse cuenta de que no soy el único aquí
afuera y, lentamente, mira hacia delante.
Sus ojos se abren de par en par al mirar a la gente de abajo y da un pequeño
paso atrás. En cuanto mueve el pie, Victoria, una de las mascotas del Ministerio, la
empuja hacia delante. Hago todo lo posible por mantener los pies en su sitio.
Los músculos de mis piernas se tensan y tiran, pero me estiro a pesar del dolor,
negando la parte de mí que está decidida a llegar hasta ella, y me centro en mi madre.
Levita sobre el borde del balcón sin bordes que da al puente que separa
nuestro reino; su vestido rojo ondea con el viento de medianoche haciéndola parecer
una auténtica pesadilla.
Su último mensaje fue grave y está aquí con aspecto de viuda malvada, pero no
es nada diferente de lo habitual, aparte de la furia en sus ojos.
Los Elders desaconsejaron nuestro cónclave de esta noche; dijeron que era
peligroso teniendo en cuenta que el asesino de mi padre seguía caminando por
nuestras calles, y que eso era sólo una prueba más de que el Ministerio nos hace
débiles.
Olvida por un momento que es nuestro padre.
Nuestro Rey fue asesinado. El Rey.
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El hombre nacido con el único propósito de su papel y su deber. Que pasó toda
una vida sirviendo y hablando por los nuestros. Por los Stygians y los malditos
Argents, si venían pidiendo un poco de ayuda pintando de negro una materia gris.
Es entonces cuando nuestra gente, los verdaderos y dignos superdotados, se
reúnen más.
Estamos enojados, hambrientos de venganza. De respuestas, pero es más que
eso.
Es cuestión de destino.
El destino es de lo que estamos hechos. Destino de un Royal, ¿o era Destino de
un Faux?
El Ministerio dijo que la gente no saldría esta noche y nosotros tampoco
deberíamos.
Sonrío para mis adentros.
Demuestra lo mucho que saben.
El pasillo está repleto, tanto Argents como Stygians de pie hombro con hombro
hasta donde alcanza la vista mientras esperan lo que saben que vendrá a
continuación, mientras una vez más son golpeados por algo que no podrían haber
visto venir.
Imagino que cada vez que se recurre a los Argents, es con miedo e
incertidumbre como viajan hasta aquí, siendo la misma forma en que se enteraron de
la muerte de su propia Familia Real hace siglos, seguida de la conmoción que supuso
la formación de un Ministerio en su lugar, y la negativa de nuestro padre a renunciar
a su título.
¿Y por qué demonios iba a hacerlo?
Era el maldito Rey de las Tinieblas, y con razón.
Nunca nos doblegaremos ante el llamado Ministerio. No lo hicimos entonces y
seguro que no lo haremos ahora.
—Tras la muerte de un rey, el decreto real establece que el trono oscuro pasará
al hijo primogénito... —gira la cabeza y mira a la izquierda de la multitud—. Sin
embargo, también establece que un rey otorgará su corona al primero de sangre real
que desbloquee su Ethos mediante una pareja. Mi pueblo, el rey Arturo estaba
preparado para hacer precisamente esto antes de que un traidor acabara con su vida.
Los susurros tardan unos instantes en empezar, cada vez más fuertes, pero se
acallan cuando ella vuelve a abrir la boca.
Levantando la barbilla y extendiendo las manos, Madre continúa.
—Estoy hoy ante ustedes para anunciarles que hay un nuevo Rey de las
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Tinieblas en el horizonte.
Nuestro pueblo está pendiente de cada uno de sus movimientos. De cada
aliento suyo, así que cuando se gira, mira por encima del hombro y sus ojos se
encuentran con los míos, siguen.... pero, desde su ángulo, no pueden ver en cuál de
sus Lords se posa la mirada de su Reina.
Así que esperan embelesados a que aparezca una alfombra roja.
La espesa y brillante melena del monstruo que hoy se ha despellejado la
espalda por este honor no es más larga que la longitud de mi palo de hockey, pero
cuando mi zapato toca la piel, crece y se eleva en el aire a cada paso que doy, creando
escaleras invisibles. Se elevan cada vez más en el aire de la noche, hasta que me sitúo
por encima de mi madre. Hasta que estoy por encima de todo.
Aprieto los dientes hasta que se produce un crujido profundo.
Nunca en mi vida había oído un silencio tan verdadero, y una fracción de
segundo después nunca había presenciado semejantes rugidos.
El pueblo se regocija, su amor por mi padre instantáneo y sin falta se vuelca en
su hijo elegido. Porque a sus ojos... el destino nunca se equivoca. Para ellos, este
momento significa que fui escrito en las estrellas y bendecido por la sangre de
nuestros antepasados hace vidas.
Pero ellos no saben lo que yo sé.
Que mi compañera, mi vínculo... es una mierda.
Hay dos cosas que casi todos los Stygians tienen en común.
Aman a los suyos más que a nadie.
Y odian al Degollador más que a nadie.
Esa es sólo una de las muchas razones por las que mi compañera no puede
serlo.
Mamá se levanta, no se queda a mi lado mientras la multitud la mira.
Lentamente, gira la cabeza hacia mí y sus ojos se cruzan con los míos. Inclina la
barbilla y espera.
Mis ojos se mueven detrás de mí y se clavan en los de London, que se echa lo
más atrás que puede en el balcón para intentar ocultarse.
Sus rasgos están marcados por la tensión; demasiadas emociones para
contarlas cruzan su rostro mientras su mirada se fija en la mía. Se lleva las manos a los
costados y frunzo las cejas al verla.
Mis labios se curvan, mi cabeza da vueltas, pero despejo el aire de mis
pulmones, borrando el olor de ella.
Ni siquiera tengo que mirar a mi hermano, se mueve solo.
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Sinner corre hacia ella, la agarra por la sudadera y la arroja al vacío. Antes de
que se dé cuenta, cae en caída libre a una distancia de veinte metros.
La multitud jadea, probablemente los Argents, esos débiles hijos de puta, y su
grito atraviesa el aire mientras ella sigue cayendo hacia su muerte, el sonido tirando
de cada nervio de mi cuerpo.
Mi madre se ríe a mi lado y, justo antes de que London caiga al suelo, su cuerpo
se detiene bruscamente.
Miro por encima de mi hombro y veo que Legend tiene los ojos cerrados y
mueve la boca mientras manipula el aire para salvar a la traicionera superdotada.
Sabía que sería el elegido. Le gusta actuar como si no fuera tan calculador como
Creed, pero lo es. Usará esto en su beneficio, estoy seguro.
—Basta de juegos, hijo —advierte mi madre en voz baja.
Levantando la barbilla, voy al grano de esta reunión.
—El destino me está poniendo a prueba —les digo—. Y no fallaré. Mi Reina
debe ser digna de su corona, y esa chica que tienen ante ustedes, débil y flotando
sobre ustedes sin la menor idea de cómo escapar del simple hechizo que la retiene
allí, no lo es.
Los ojos de London encuentran los míos y los miro directamente.
—Rechazo tu vínculo, London Crow. Que ardas como tus ancestros.
Cada palabra es como veneno rodando por mi lengua. Mi garganta amenaza
con cerrarse, mi corazón martillea desbocado en mi pecho, amenazando con
desgarrar la carne y arrojarse a sus pies, aunque solo fuera para que ella lo recogiera
y lo acariciara con su suave tacto.
La multitud empieza a cuchichear, y esos cuchicheos se vuelven eléctricos a
medida que madres e hijas y más personas empiezan a atar cabos.
—Desde aquí, en este mismo instante —retumba la voz de Madre mientras se
eleva, pero aún más bajo que yo, y la multitud se calma una vez más—. Sus hijas
mayores de edad deben presentarse en Ward Wing. Al amanecer, serán examinadas
allí, y las cinco mejores puntuaciones serán trasladadas inmediatamente al Ala de
Guardia de la finca.
Así de fácil, su esperanza se dispara más que nunca, mierda.
Mi madre sonríe ampliamente, su voz retumba.
—La próxima Reina de Rathe está entre ustedes. Que comience la evolución del
Rey.
59

Siete

Knight

N
uestra madre abre un portal y nos mira a los cuatro expectante.
Creed se acerca, Legend justo detrás de él, y sus ojos se
entrecierran cuando ni Sinner ni yo nos movemos.
—Knight... —advierte, jodidamente consciente de que eso no
cambiará nada.
Legend se vuelve hacia mí, con las cejas fruncidas por la ira.
—Acabas de rechazar tu vínculo delante de todos los civiles de la magia.
Sinner camina a mi lado.
—Dijiste que lo tenías controlado. —Creed sacude la cabeza, su cara vacía de
cualquier emoción, pero sus pensamientos son jodidamente fuertes. Está casi tan
enojado como Madre—. Vete.
Sin se burla a mi lado y miro al lado de mamá, con la intención de captar la
mirada de mi padre... pero no está. Lo vería y lo aprobaría.
Porque el hombre sabía qué demonios pasaba igual que los cuatro saben que
no puedo alejarme después de lo que la perra se atrevió a hacer. No puedo y no
quiero.
Creed frunce el ceño, luego encierra a nuestra madre al otro lado del portal,
mis tres hermanos de pie junto a mí. Siempre lo harán.
La multitud permanece y el Ministerio se adelanta para clausurar el cónclave,
informando a todos de lo que hemos sabido esta mañana: las clases en Rathe U se
suspenden temporalmente hasta que se complete el cortejo.
Me muevo a la derecha, siguiendo a los guardias mientras retroceden hacia el
extremo más alejado del edificio del Ministerio. El primero se adelanta y la barrera
cae al instante, la puerta se materializa en una fracción de segundo.
El cambia formas se abre paso y los hombres se apartan al unísono. Tres a la
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izquierda y tres a la derecha, se colocan hombro con hombro con los brazos a los
lados, creando un camino para Sin y para mí.
Entramos.
La metamorfa gira para mirar al futuro Rey, tal como había previsto, una sonrisa
se dibuja en sus labios.
Mis manos salen disparadas y agarro a la pobre excusa de dragón por el cuello.
Los ojos de Victoria se convierten en llamas y su piel se calienta bajo mi
contacto. Detrás de nosotros se oyen gritos y exigencias, y entonces la barrera se
cierra, dejando afuera a todo el Ministerio.
Ataco a la maldita bestia, mis garras brotan de las yemas de mis dedos, directas
a su piel hasta que su tráquea está en mis garras.
Suena un gruñido profundo en su interior, y el fuego estalla de sus fosas nasales
en gruesas salpicaduras.
El pecho de Sin golpea mi espalda en un instante y puedo sentir cómo aumenta
su ansiedad, pero no empujo hacia él, respondiendo sin palabras.
Mi mano empieza a temblar, mi agarre se afloja y entonces el fuego se detiene.
La palma de la mano de Victoria rodea la mía y en sus ojos brilla el triunfo.
Tengo la cara carbonizada, la piel derretida y colgando en gruesos trozos.
Apenas puedo ver más allá del desastre que me ha hecho. Casi no me quedan labios,
así que qué jodido espectáculo debo ser cuando mi vínculo, la parte de mí que he
enojado, se da cuenta de lo que estamos haciendo aquí, y mis colmillos se liberan en
un lento y decidido descenso. Desgarran lo que queda de mi cara y dejan un rastro
de sangre fresca en mi cuello.
Lo veo en sus ojos, en el momento en que se da cuenta de que es una dragón
muerta.
—¿Y se supone que eres la líder de un equipo de monstruos? —Mis garras
siguen clavadas en su cuello. Las clavo un poco más mientras giro mi cara de derecha
a izquierda, sin apartar mi mirada de la suya—. ¿Así es como quedó su mano después
de tu pequeña travesura? —Más profundo—. ¿Su carne caía a tus pies como la mía?
Victoria gimotea de asombro.
—Pero ella es una rechazada. Ella...
—Pertenece a tu futuro Rey —gruñe Sinner.
Sus cejas se fruncen.
—Pero...
Introduzco las garras hasta el fondo y la abro en canal como una maldita sandía
61
madura. Victoria convulsiona, así que le parto la columna y su cuerpo cae al suelo.
Me limpio la mano en la camisa, paso por encima de ella y continúo por el
pasillo.
—Pero nada, carajo.

London
Siento cómo la energía se arremolina bajo mi cuerpo y me pongo lentamente
de pie, apartándome el cabello de la cara. Observo a la gente que me rodea.
Así que... Mucha. Personas.
Las muecas, las sonrisas de suficiencia, el desdén. Odio este lugar. ¿Qué
acababa de pasar? No quería ser la pareja de Knight, pero ¿qué significaba que
acabara de renunciar públicamente a nuestro apareamiento? Aún puedo sentirlo
dentro de mí, así que sé que no es tan sencillo.
Perdida en mis pensamientos, no me doy cuenta de lo pequeño que se ha hecho
el espacio que me rodea.
Doy un paso atrás, intentando poner distancia entre la multitud de
superdotados y yo, cuando choco con alguien detrás de mí.
—Oh, mira quién es. ¿Carne fresca? —murmura alguien.
Otro se ríe.
—Apenas fresca. Juguemos un poco con ella. Abrámosla y veamos si tiene
corazón.
Vuelvo a sobresaltarme, pero el espacio se estrecha.
De repente, una mano rodea mi palma derecha y me veo arrastrada por el mar
de gente. Ni siquiera sé quién es, y no me importa. Todo lo que sé es que necesito
salir de aquí y quienquiera que sea esta persona, me está ayudando a hacerlo.
Los cuerpos rozan el mío cuanto más rápido avanzamos, y entonces nos
metemos por un pequeño callejón. La figura encapuchada me empuja contra una
pared de ladrillo antes de quitarse la prenda de la cabeza y apoyarla en el cuello.
Kaia me mira fijamente con unos ojos marrones muy abiertos, de esos que
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parecen cortezas de árbol. Lo cual es apropiado, teniendo en cuenta que es una pixie
de tierra y la famosa traficante de ganja.
—Tenemos que sacarte de aquí, London. Querrán tu sangre si descubren de
quién es la sangre que corre por tus venas y sin la protección del Real, me temo que
serás carne cocida.
Jadeo.
—Sabes...
Kaia se encoge de hombros.
Trago saliva, sin saber qué hacer.
¿Pero qué demonios puedo hacer?
Suelto un profundo suspiro. Tiene razón. Por mucho que odie la situación en la
que me encuentro.
—Sólo necesito volver a la Tierra.
Sacude la cabeza.
—¡No puede ser! No puedes. No podría permitírtelo, al menos no ahora. Ahora
mismo, necesito llevarte a un lugar seguro en Rathe.
—¿Tienes algún sitio en mente? —Cruzo los brazos delante de mí, esperando
su respuesta. No veo a Kaia desde la primera vez que la conocí, pero enseguida supe
que era de las buenas. O quizá soy una ilusa y está tan loca como los demás.
Antes de que pueda expresar mi preocupación, acorta la distancia que nos
separa y apoya sus manos sobre las mías.
—No lo soy. Quiero decir, soy uno de ellos, pero no así.
—¿Cómo? —Estoy demasiado perdida buscando respuestas sobre por qué
querría ignorar una posible pelea con la Familia Real cuando bajo la mirada hacia mi
mano y veo que está curada—. Quiero decir, ¿cómo no tienes miedo de ir contra ellos?
—No se trata de miedo. —Se echa la sudadera por la cabeza y me pasa la mano
por el cuerpo. La electricidad me recorre la piel cuando miro hacia abajo y me doy
cuenta de que me ha cambiado el resto de la ropa.
—Esta es tu estilo, supongo.
Me fijo en los shorts de cuero ajustados, las mallas de rejilla, las Jordan blancas
y negras y la camiseta de tirantes.
—No está mal, Pixie.
—Ven. Tenemos que irnos ya. —Rodea un portal frente a nosotras. Los colores
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opacos se agitan como un tornado de colores y ambas lo atravesamos. No me doy
cuenta de que lo hago sin dudar si confío en ella o no hasta que es demasiado tarde.
El portal se cierra tras nosotras y al instante me veo inmersa en el mundo de
una hada pixie. La tierra que hay bajo mis pies cruje, pero cuando miro más de cerca,
me doy cuenta de que hay pequeños destellos de purpurina esparcidos por ella. El
olor... Dios, el olor. Como a hierba recién cortada tras una lluvia ligera de agua de
rosas. Los árboles brotan del suelo, alcanzando el cielo nocturno, e inclino la cabeza
hacia atrás para ver mejor las ramas. Suaves lilas, tonos de naranja quemado y rosa
ruborizado.
—Perdón por el desorden. Mi tía no está y no puedo perder energía limpiando.
Me quedo con la boca ligeramente abierta mientras intento retener mis
palabras. No debería sorprenderme tanto. Kaia es una duendecilla de tierra. No sólo
son excéntricas, sino que rezuman confianza. No se les puede decir otra cosa que lo
que les dice su intuición. Esto no es diferente.
—¿Vives en el bosque? —pregunto, dando la vuelta al espacio. Veo una cocina
de madera oculta tras una hilera de arbustos, antes de que otros elementos del salón
empiecen a hacerse evidentes. Una gran pantalla flota en el aire, dirigida hacia un
sofá rosa en forma de L.
—No. —Se desabrocha la capa y la arroja sobre una mesa de oro rosa—. El
bosque vive conmigo. —Ni siquiera a simple vista puedo ver dónde acaba el bosque.
Se deja caer en el sofá y me sostiene la mirada—. Hay paredes... —casi pone los ojos
en blanco—. No soy un completo anima... —se detiene, aparentemente pensando en
sus siguientes palabras—. Bueno...
Me ahogo en una carcajada y me dirijo con cuidado hacia el otro lado del sofá.
Hay una mesita de café entre nosotros con una pila de Louis Faeton y Saint Lycan
apilados unos sobre otros. Casi me río de los nombres, preguntándome si el mundo
humano sabe que algunas cosas son robadas en secreto de este reino o al revés.
—No tienes que preocuparte. —Se pasa los dedos por el cabello para
amontonarlo todo en lo alto de la cabeza—. Te juro que tengo intenciones puras.
Cuando no contesto, me estudia detenidamente.
—¿Sabes leer las intenciones de la gente?
No hace mucho, habría dicho que sí. Que soy fantástica leyendo a la gente. Que
mi intuición siempre era correcta, ¿pero ahora?
Sacudo la cabeza, sintiéndome estúpida. Odio esto. No me siento bien cuando
estoy expuesta y vulnerable. La única persona ante la que podía derrumbarme
libremente ya no está. Tienes que tener cuidado delante de quién te derrumbas,
porque la mayoría de la gente te roba cosas que te pertenecen sin intención de
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devolvértelas.
Trago más allá del nuevo nudo que se me ha formado en la garganta.
—No. Supongo que no.
Los ojos de Kaia se mueven por toda mi cara y juro que está decidiendo qué
decirme a continuación. Se ha arriesgado a meterse en problemas por ayudarme. Sé
que al menos le debo algo de confianza.
—Lo siento —añado, con los hombros caídos por la derrota—. Me cuesta
confiar en alguien de este mundo.
Se inclina hacia delante y desliza el tablero de la mesita, dejando al descubierto
un cajón oculto. Empieza a mover las cosas antes de sacar un porro largo enrollado,
supongo, y una bolsita transparente de purpurina morada.
Asiente.
—Era de esperar con tu historia.
Enciende el extremo y yo me hundo más en el sofá, permitiéndome un segundo
para bajar la guardia. Ahora mismo no tengo más opciones. Ni siquiera sé cómo
conjurar mi propio portal para salir de aquí, y por mucho que sepa que Kaia quiere
ayudar, supongo que hay una razón por la que no abrió un portal directo a la Tierra.
Ni siquiera estoy segura de tener algo a lo que volver allí.
No puedo enfrentarme a lo que creía que era mi hogar sin el chico que hizo que
lo sintiera así.
—Hablando de eso. —Me da el porr ardiendo y miro entre ella y la ganja.
La última vez que hice esto fue con la Maga, y no puedo decir que lo odiara. De
hecho, mi vida no podría empeorar en este momento. Así que lo tomo y me lo llevo a
la boca. Inhalo y dejo que el dulce humo se asiente en el fondo de mi garganta antes
de exhalar lentamente por la nariz y la boca. Tardo unos segundos en sentir los efectos
y, a medida que pasan, mis músculos se relajan aún más hasta que mis ojos se
debilitan y mi mente se siente lúcida.
—¿Por qué no estás enfadada conmigo por lo de mi padre? ¿Y cómo sabes de
él cuando, por lo que sé, nadie más lo sabe?
Se queda mirando a lo lejos. Probablemente no me responderá. Yo no me
contestaría.
—Tengo mis maneras y mis razones. —Busca su teléfono en el bolsillo—.
Razones que estoy segura compartiré algún día.
Apoyo la cabeza en el respaldo del sofá mientras me llevo el porro a los labios,
inhalo, antes de que mis labios formen una O y empujo los anillos de humo hacia el
cielo. Kaia puede decir todo lo que quiera, pero si esto es una casa de verdad, ¿por
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qué no hay techos? ¿Y si llueve?
Mierda. ¿Llueve aquí? ¿Ha llovido aquí?
Pienso en cuando era joven, pero mi mente no puede concentrarse en nada
durante más de cinco segundos.
Mierda, estoy colocada.
—Mierda... —Se ríe entre dientes, sacándome de mi estupor—. Bueno, puede
que te haya rechazado como compañera, pero acaba de asesinar a la metamorfa
dragón que te quemó.
Trago saliva con brusquedad y odio sentirla como papel de lija. Estoy harta de
sentir odio y resentimiento; por mi cabeza pasan imágenes de Ben cayendo,
hundiéndose, muriendo... No, mierda, no.
—Probablemente porque desearía haberlo hecho antes. —No quería decirlo
en voz alta, y en parte me alegro de que fuera apenas un susurro, así que puede que
ella no lo captara. O si lo hizo, no dijo nada.
—Bueno... las cosas serán diferentes ahora, en adelante, ya que han anunciado
un cortejo para su polla real.
Me atraganto con el humo en la boca, mis pulmones arden cuando mi tos se
vuelve incontrolable.
—Es increíble. —Pasan unos segundos y las dos perdemos el control. Una
carcajada profunda brota de mí y me siento bien. Aunque sólo sea por un segundo.
Sentir cualquier cosa menos tristeza y resentimiento.
66

Ocho

Knight

C
uando era niño, mi madre rediseñó toda mi habitación sin decírmelo.
No fue para tanto. Un simple chasquido de dedos y todo volvía a la
normalidad, pero recuerdo que me enojaba. No podía distinguirme de
Sin si no se nos veían las marcas, así que le hacía gracia pensar que yo tenía la menor
idea de lo que querría en una remodelación. No estaba enfadado por el diseño; era
el hecho de que lo hiciera para molestar. Para controlar.
Como ahora.
—Un paso adelante, por favor. —Su larga uña en forma de ataúd del color de la
ceniza golpea el trono de mármol negro en el que está sentada.
Si nuestro padre estuviera vivo, no estaría aquí para esto. Pones a un puñado
de hembras sedientas y a mi madre jugando su carta de control y no lo encontrarías
cerca.
Si él estuviera aquí esto no estaría pasando.
¿Quién se atrevería a matar a nuestro Rey, y nada menos que en el trono en el
que se sentaba?
Legend me da una patada en el pie y me giro para mirarlo. Conmigo a la
derecha de mi madre, Legend a mi lado, Creed a su lado y Sinner al final, debería
haber estado preparado para la mierda de listillo que está a punto de salir volando
de la boca de mi hermano pequeño.
—Quinientas almas que te las follas a todas en la primera semana.
Le doy un respingo, abriendo bien las piernas y pasándome un dedo por el
labio superior. Pareja o no, tengo una obligación que cumplir, una que nunca quise,
pero soy el hijo de Arturo Deveraux. El primer Lord en encontrar a su pareja, así que
por mucho que London me esté matando, literalmente estoy seguro, no importa.
Es simplemente una parte de mi camino hacia mi legado.
¿Es natural rechazar el alma que fue creada para poseer la tuya? No. ¿Común?
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Mierda, no. De hecho, es uno de los peores movimientos que nuestra especie puede
hacer.
No es tan fácil como rechazarla. Ojalá lo fuera, porque eso haría mucho más
fácil lo que viene después. No es que lo necesite fácil. No lo necesito.
Puedo con todo lo que me echen y lo haré con una maldita sonrisa, con la
sangre de cualquiera que se interponga en mi camino pintada con orgullo en mi puta
piel.
Aun así, estoy seguro de que pienso plantarme ante la Llama Rugiente de Rathe,
donde los guardias de las guerras pasadas iniciaron sus viajes hacia la victoria, para
cantar a los monstruos de la noche que vivieron antes que nosotros y esperar que una
de estas chicas pueda ocupar el lugar de London en el tiempo. En el trono, en mi
cabeza y en mi polla.
La tercera parte parece ser una pequeña posibilidad cuando la primera elegida
sigue las instrucciones de su Reina y se adentra en la caja de cristal que tiene ante sí.
La entrada se cierra tras ella, encerrándola dentro, y con un rápido movimiento de la
mano de mí madre, la caja cúbica se desliza lentamente por el largo pasillo que
conduce hacia mí.
El pasillo está completamente negro, al igual que la habitación que ocupamos.
Sólo hay dos fuentes de luz en el espacio. Una procedente de la reliquia roja a mis
pies, que no da a los elegidos más que la silueta de su posible futuro compañero
forzoso. La segunda proviene del propio cubo.
Todos los bordes están iluminados, con un resplandor dorado que cae en
cascada sobre la chica. Es alta y está inmóvil como una estatua, con su larga melena
pelirroja suelta sobre la espalda en grandes ondas. Lleva alfileres dorados sobre las
orejas y todo el cuello está cubierto por un collar de la misma tonalidad, con el
extremo enroscado y puntiagudo contra el pecho.
—Esta es Ophira Octave. —Madre gira el dedo y el cubo empieza a girar,
ofreciéndonos una vista de la chica desde todos los ángulos.
—¿Vampiro? —Supongo.
—Sirena.
Nuestras sillas están a un metro y medio del suelo, y el cubo sigue hacia delante
hasta que está a medio metro del primer escalón. La pelirroja se abre la bata dorada
por la raja y deja al descubierto unas piernas largas y delgadas mientras se arrodilla
ante mí. Su cabello de seda cae con gracia sobre sus hombros y se queda allí, con la
cabeza inclinada ante nosotros.
Levanto la cabeza, intento conectar con la suya, y frunzo el ceño cuando no
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consigo nada.
—El cubo bloquea toda la magia que entra o sale. —Miro a Creed, que sonríe
en su asiento.
—Ojos —exige mamá.
La cabeza de Ophira se levanta, sus labios se curvan en una sonrisa recatada
mientras su mirada dorada encuentra la mía.
—Mi Lord. —Su voz está cargada de lujuria.
El collar de oro que rodea su cuello comienza a girar, desapareciendo por
completo hasta que el objeto vuelve a llamar mi atención, esta vez enrollado
alrededor de su brazo, hasta que la cabeza de una serpiente sisea sobre sus nudillos.
Mis labios se curvan hacia un lado y, por el rabillo del ojo, noto que Legend se
inclina hacia mí.
—¿Tu amiga?
—Algo así. —Se resiste a sonreír—. Quizás tenga la oportunidad de contarte
más en otra ocasión.
Con la atención puesta en la serpiente, me paso el dedo por el labio inferior.
—Quizás lo hagas.
Ophira asiente una vez, poniéndose en pie, y entonces la luz a su alrededor se
desvanece hasta que no es más que una sombra.
El cubo se eleva en el aire, se desplaza hacia el extremo izquierdo de la sala y,
a continuación, se llama a la segunda.
Esta vez, el cristal brilla de un rojo intenso, no muy distinto del color que hay
bajo mis pies. Es oscuro e intimidante y no puedo evitar inclinarme hacia delante.
La chica que está dentro es igual que la primera, con el cabello oscuro tan liso
como puede ser. Le cubre los hombros como una cortina de seda y le llega casi hasta
la cintura. No lleva joyas en la piel, pero las marcas de los dientes decoran sus
muñecas como los brazaletes más codiciados.
—Ahí está tu vampiresa. —Sinner estira las piernas, sentándose en su asiento.
Ella es mi nada.
El pensamiento se abre paso en mi mente antes de que pueda detenerlo y
aprieto los dientes hasta que el calor no es más que el de la mecha de una vela. El
ácido se abre paso por mi garganta, obligándome a tragarme cualquier tipo de
respuesta que pudiera haber tenido, y entonces la vampiresa, que debe serlo porque
nuestra madre no corrigió la afirmación de Sin, está ante mí.
Su vestido es corto, ceñido y negro. Negro transparente.
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Unas cruces de brillantes cubren sus pezones bajo la tela transparente y una
fina tira de brillantes se extiende entre sus piernas, su forma de mostrarme que tiene
el coño bien depilado.
Cuando se arrodilla pierna por pierna, cada centímetro de ella queda a la vista,
y mientras mis hermanos se ajustan los vaqueros, yo tengo que esforzarme para no
fruncir el ceño.
—Evangaline Valur —empieza mi madre, con la cabeza de la chica aún
inclinada—. Su Ethos ha sido desbloqueado. Su compañero fue asesinado hace dos
años.
Me siento hacia delante ante eso.
Su compañero fue asesinado.
Perdió a su compañero y aquí está. Bueno, arrodillada.
—Ella sería mi primera opción, una buena manera de evitar tener que ejecutar
a tu propia esposa en caso de que su destino aparezca en el camino.
—No tendrás elección, madre.
—Ojos —habla como si yo no lo hubiera hecho.
La morena levanta su mirada hacia la mía. Son de un marrón básico, pero en
ellos brilla una sed definida... y no es por mi sangre.
—Es un honor arrodillarme ante usted, mi Rey. —El tono de Evangaline es
atrevido.
—Futuro Rey. Mi padre sigue siendo tu Rey.
—Perdóneme, mi Lord. ¿Me permites arrodillarme ante ti en un lugar más
privado para compensarte?
La luz de su cubo se apaga antes de que pueda levantarse y se deja llevar hasta
que su cubo queda a unos metros del de Ophira.
—Pero pensé que te gustaba esa, madre. —Sinner pone el cebo pero no pica.
—Número tres. —El tercer cubo se llama.
La luz brilla en un azul suave, y la chica a la que ilumina es alta y larguirucha.
En lugar de su mejor vestido, lleva un vaporoso vestido amarillo que le llega a los
pies. Sus pies descalzos están tan pintados de rosa como su cabello corto.
El cubo gira mientras mi madre dice:
—Willow Falour. Fae.
—¿De qué tipo?
—Pasa algún tiempo con ella y lo verás. —Mi madre ladea la cabeza, su desdén
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por el aspecto de la chica claro como el puto día.
La vergüenza tiñe la piel clara de Willow y baja los ojos antes de que se lo
ordenen, desesperada por acabar con esto, estoy seguro.
Levanta la vista cuando se lo ordenan, y un brillo de purpurina se revela en sus
ojos verdes.
Mi mirada se estrecha un poco y empieza a asustarse, pero me llevo un dedo a
los labios. Me acerco para que ella pueda ver el mismo brillo en los míos.
Parece que ambos necesitábamos un poco de polvo Fae para pasar el día de
hoy.
—Mi Lord —susurra.
Mi madre se burla del tono nervioso de la chica y, con un gesto de la mano, la
despide.
—A continuación tenemos a alguien que te conoce bien.
Este cubo se mueve más rápido que los demás, la luz que hay en su interior es
blanca y plana, y en su interior se encuentra nada menos que Alexandra Kova. Su
cabello rubio es tan perfecto como siempre, su sonrisa tan segura como siempre.
Me he follado a la chica suficientes veces como para saber lo que piensa: será
la nueva Reina de la Magia Oscura. No hay duda en su mente.
—Pero ella es Ordinaria —suelta Creed—. ¿Una Ordinaria como Reina?
Madre ni siquiera la trae al frente, sino que la envía a la izquierda con las
demás.
—Las evaluaciones fueron justas, y de alguna manera esa Ordinaria obtuvo el
puntaje más alto.
Mi cabeza chasquea en su dirección.
—¿En serio?
—Mmm —musita mamá—. Sí, ella...
—Marcó segundo.
La voz intrusa atrae toda nuestra atención hacia el pasillo. La chica final está allí
de pie, pero Odin, el hombre que se sienta en el consejo en representación de los
Monstruos susurra para sí y la chica desaparece.
—¿Dudas de mí? —Nuestra madre se levanta de su trono, la energía oscura se
filtra por su piel.
—No dudo. Los resultados mostraron a la joven Kova como primera cabeza de
serie, sin embargo...
—Odin —advierte nuestra madre, y observo a la mujer con atención.
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—Por mucho que desee controlar todo... —interrumpe audazmente el
Monstruo, continuando, y todo el ser de mi madre empieza a temblar—. Algunas
reglas no pueden romperse. Las de la corte son una de ellas, pero usted lo sabe, reina
Cosima, así que estoy seguro de que sólo fue un... pequeño descuido por su parte,
¿verdad?
—No...
—Revela a la quinta, Monstruo. —Se me eriza la piel—. No tengo todo el día.
Los ojos del hombre se dirigen a los míos, un hombre al que mi padre conocía
bien, y tras una larga y firme mirada, asiente lentamente.
Agacha la cabeza, cerrando los ojos, pero no aparece ningún cubo de cristal.
En su lugar, un portal comienza a tomar forma ante mí, los colores
arremolinados iluminan la habitación por completo. Se abre y una risa ronca y rítmica
llena el aire.
Mis entrañas se aprietan, mi pulso se acelera, todo para llegar a un punto
muerto.
Me pongo de pie en cuestión de segundos cuando un cabello escarchado me
quema las retinas, unas manos suaves se curvan sobre el respaldo de un sofá, unas
malditas medias de rejilla envuelven sus curvas. A la velocidad de la luz, doy un tirón
hacia delante, agarro el cabello blanco por las raíces y lo arrastro a través de la
abertura.
Alguien grita, pero el portal se cierra antes de que pueda averiguar quién ha
sido, y entonces London yace a mis pies.
Sus ojos se abren de par en par, brillantes y embriagados. Finalmente, sus ojos
de cristal se posan en los míos y me duelen los malditos dedos por aliviarla... pero
cuando cinco segundos después se levanta de un salto con la mirada dura, quiero
retorcerle el maldito cuello.
—¡¿Quién demonios era ese, y dónde demonios estabas?! —exijo.
—¡¿Perdona?! —grita—. ¡Que te jodan! ¿Quién te crees que eres?
—Cuida tu lengua.
—¡Cuidado con la tuya, cobarde! ¡Asesino! Yo….
Su boca se cierra, los labios desaparecen, y el miedo nubla instantáneamente
sus ojos. Miro a mi madre, cuyos ojos se han vuelto completamente blancos.
—Basta —digo.
La cabeza de mi madre se vuelve hacia mí, su mirada aparece lentamente a
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medida que el color vuelve a su mirada. Entonces mira hacia delante y, finalmente,
los labios de London se liberan.
Tardo un momento, pero recuerdo por qué estamos aquí... y que estaba
esperando a la quinta y última elegida que estaría en la corte para la Evolución de un
Rey.
—No. —Miro al Monstruo—. Mierda, no.
No puedo vivir en el mismo lugar que ella.
No puedo verla todos los putos días.
Tampoco puedo pasar un maldito día entero sin verla...
¡Mierda!
Odin da un paso adelante.
—Rechazada o no, la predestinada ocupa el primer lugar en el cortejo. Así ha
sido desde el principio de los tiempos. El destino lo exige.
—Espera... —London sacude la cabeza, girando para mirar los cubos de la
esquina, las chicas colgadas y expuestas, como juguetes en una tienda.
Esencialmente, eso es lo que representan. Al menos en este momento.
—¡Espera! —grita esta vez—. ¿Tengo que estar en el cortejo? ¡¿El cortejo que
sólo tiene lugar porque no nos queremos como compañeros?!
Mi pecho se arquea y tengo que golpearlo con el puño para enderezarlo.
Sus palabras no deberían doler, mierda, pero siento como si la daga de mi
costado se clavara y retorciera bajo mis costillas, y es una mierda.
No la quiero.
La rechacé.
No al revés.
—Knight.
Miro a Creed, que me sostiene la mirada, hablando sin palabras.
Esto no tiene solución.
Mostrando los colmillos, miro a London.
—Bien. Pero debes saber ahora... que esta no es tu oportunidad para volver,
traidora.
En lugar de hundirse en sí misma, London se levanta.
—Oh, no se preocupen, mis Lords, nunca dejaré que olviden lo que les hice,
igual que yo nunca olvidaré lo que me hicieron a mí.
—Haré que te arrepientas de haber puesto los ojos en mí.
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—Oh, bebé... —arrulla, sus ojos se oscurecen—. Ya lo has hecho.
Perra.
74

Nueve

London

L
e devuelvo la mirada a Kaia mientras le cuento lo que acaba de pasar.
—¿Has oído lo que acabo de decir? —Como no me contesta,
chasqueo los dedos delante de su cara en un intento de sacarla de lo que
demonios sea que esté pasando dentro de esa cabecita tan linda.
—Lo siento... —suelta una nube de humo antes de apagar el porro y rodear la
encimera de la cocina para reunirse conmigo. Me lleva las manos a los brazos—. No
puedo ayudarte con esto, Lon.
Suspiro, negando con la cabeza. No era eso lo que le estaba preguntando,
aunque me encanta que fuera lo primero en lo que pensara nada más contarle que me
habían arrojado en el castillo de los cadáveres con su real follador y sus cuatro
pequeñas putas. De acuerdo. Puede que no sea una observación justa, en realidad,
no. Que se joda él y que se jodan ellas.
—No iba a pedirte que me ayudaras. —Deslizo el pequeño tronco hecho de un
gran tronco de árbol, me bajo y miro cómo hace clic el reloj que cuelga de la pared
del salón—. Tengo dos horas para recoger mis cosas y estar allí, Kaia. No es que tenga
nada que empaquetar, mierda, porque Knight nunca me permitió volver por mis
cosas.
—Si me ofreciera a llevarte a recoger tus cosas, ¿irías? —me pregunta con
complicidad, usando la lógica para intentar borrar una cosa mala de mi mente.
La respuesta es no, no lo haría. No podría enfrentarme a mi dormitorio después
de lo que presencié allí. Por lo que sé, ha sido vaciado, todas mis pertenencias tiradas
como la alfombra empapada en la sangre de mi mejor amigo.
¿Cómo voy a dormir en el mismo sitio que Knight sabiendo de lo que es capaz?
Vuelvo a mirar a Kaia.
—Necesito que hagas una cosa por mí.
—¿Qué es? —me pregunta, y en cuestión de horas siento que puedo confiar en
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ella más que en la mayoría de la gente que conozco desde hace años. Aparte del
hecho de que ha demostrado su valía, mi espíritu, sea lo que sea esa maldita cosa que
vive dentro de mí, se siente en paz siempre que ella está cerca.
No puedo negarlo.
Me inclino hacia delante, giro la cabeza hacia la ventana de cristal detrás de
ella y observo cómo el cielo rosa suave empieza a arder en un amarillo mostaza.
—Espera, ¿por qué está haciendo eso el cielo?
—¿Hmmm? —Se gira en su silla para seguir mi línea de visión—. Oh, bueno,
cuando hay una Evolución forzada del Rey debido a que un miembro de la Realeza, o
futuro Lord Oscuro, ha rechazado a su pareja, se desequilibra la magia hasta que el
cortejo ha terminado y la nueva Reina es coronada.
Parpadeo, deseando que continúe, ya que lo ha dicho tan a la ligera como si
fuera la lista de la compra.
—Lo siento, continuaré. —Veo cómo se levanta de su sitio y se acerca a una
gran estantería. Una que no reconocí ninguna de las otras veces que he estado aquí.
¿Cómo no la vi? Ni siquiera es una estantería. La pared que divide la cocina de la sala
de estar está dividida por una pared llena de libros. Ninguno que reconociera, hasta
que un lomo rosa y azul brillante aparece a la vista. Boys of Brayshaw High. Casi me
atraganto con la bebida. Estaba obsesionada con ese libro. ¿Qué demonios hace eso
aquí? Mis ojos encuentran el otro libro a su lado. The Silver Swan. Debería preguntarle
a Kaia por qué tiene The Elite Kings en su estantería, o qué clase de mierda
desordenada le gusta leer, porque necesito recomendaciones, pero me apetece
preguntarle por qué ha puesto los dos tan cerca. Yo leería los dos. Tener a esas
autoras en el mismo vecindario, no sólo en las estanterías, es suficiente para
asustarme y volver a la Tierra.
—Como iba diciendo —se salta los dos libros. Gracias a Dios. Y se detiene en
uno viejo con piel de cuero—. El equilibrio de la magia se ha tambaleado, así que las
cosas van a empezar a cambiar por aquí. Nos afecta a todos, London. De muchas
maneras. —Finalmente se vuelve hacia mí, sosteniendo el libro abierto y colocándolo
sobre la mesa frente a mí—. Pero como sólo tengo dos horas, voy a intentar hacerlo
rápido.
«Los Stygians son oscuros, eso ya lo sabes, pero lo que no sabes es que durante
el Yemon, el desequilibrio del vínculo de la realeza, las cosas empiezan a
descontrolarse. Se trazan líneas. Empezamos a exponer nuestro yo sombrío. No
puedes confiar en nadie, ni siquiera en mí. Aumentan los crímenes y asesinatos, la
alimentación ilegal e incluso el incesto. En cuanto Yemon termine, todo el mundo
volverá a la normalidad, pero hasta entonces, London, me temo que corres aún más
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peligro.
No consigo entenderlo, y creo que es sobre todo porque no veo posible que
esta gente sea peor de lo que es ahora mismo.
—¿Cómo es eso?
Me mira a los ojos y es la primera vez que siento que el miedo se desliza por
mi garganta mientras trago saliva.
—Porque estás justo en el corazón del mismo lugar que quiere matarte.
—Mierda. —Me reclino en la silla, pero como eso no me da ninguna posibilidad
de relajarme, me pongo en pie de un salto y empiezo a pasearme por el espacio de
la cocina. La suciedad, que más bien parece arena cinética, se derrite entre las grietas
de los dedos de mis pies, y cada vez que cierro los ojos para pensar en un nuevo plan,
éste es erradicado en pedacitos diminutos y cagado por una puta bestia de metro
noventa que actualmente alberga todo mi maldito corazón.
Lo odio.
—Bien, entonces todos se volverán locos hasta que Knight encuentre a su Reina.
—Odio que eso se sintiera como ácido subiendo por mi garganta—. ¿Qué más?
—Bueno. —Kaia hojea el libro y yo pierdo la concentración una vez más cuando
el tono naranja ardiente del cielo se vuelve más oscuro. No del todo rojo, pero ya no
naranja.
—Mierda. —Kaia aprieta los ojos y una gota de sudor se desliza por un lado de
su sien. Sus labios se forman en una O y expulsa lentamente una respiración
pausada—. Bien, como iba diciendo, todo el mundo empieza a exponer su yo en la
sombra. Es decir, las partes que ocultan al mundo, a propósito o por negación. No
somos buenas personas, London. Todos somos animales, esencialmente, seres
místicos que viven según un único código. Un código que nos permite coexistir unos
con otros, y ese código no existe durante Yemon.
—¿Qué código es ese?
El suelo vibra bajo mis pies y los pájaros vuelan desde los árboles que nos
rodean. El cielo se tiñe de un rojo asesino y la voz de Kaia suena suave.
—Que no somos enemigos.
—Kaia... —Advierto, dando un paso atrás lentamente.
—No te haré daño, London. —Kaia avanza rápidamente, desapareciendo por
una puerta que conduce a su habitación. La sigo, desesperada por saber qué más
puede darme, pero comprendiendo la urgencia.
Está enterrada en su armario, la ropa sale volando de la envoltura de cristal. No
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hay ni una sola pared en esta casa que no sea de cristal, excepto esa estantería, que
probablemente haya desaparecido ya.
Un grueso parche de algodón blanco se extiende sobre una sección más
pequeña de la habitación, con pequeñas hojas a modo de almohadas. Un gran árbol
crece directamente desde el centro de la habitación, saliendo disparado del techo y
extendiéndose hacia el cielo, y detrás hay un estanque en miniatura, con agua del
mismo color que los portales. Un color de espejo vidrioso, que me pica tocar con los
dedos. Parece como si fuera seda al tacto. Quiero tocarlo.
Me meten algo en el pecho y vuelvo a mirar a mi amiga el hada de la tierra.
—No lo toques. —Se escabulle detrás de mí y me giro lentamente para
mirarla—. Como iba diciendo, no tienes que tenerme miedo. No te haré daño. A mi
yo sombra no le interesa hacerte daño, pero hay mucha gente aquí que sí lo hace
simplemente porque su Rey te consideró indigna. Si descubren quién fue tu padre,
será aún peor, así que tienes que llegar a esa ridícula fortaleza tan rápido como
podamos. Hay un escudo de protección alrededor del Estado Real, y la Fortaleza
Faelífica se encuentra en el borde más alejado de él, así que Yemon nunca interfiere
en los cortejos mientras están ocurriendo. Todo allí debe permanecer igual. Es la
forma que tiene la naturaleza de recordarnos por qué es importante tener un Rey y
una Reina al frente. —Está abriendo y cerrando cajones cuando, juro, la oigo
murmurar—: Mientras nadie se entrometa.
—¿Me contarás el secreto de tu sombra?
Se burla, finalmente cerrando la cremallera de los últimos artículos en la
pequeña bolsa de lona que estoy sosteniendo.
—No. Bueno... —se aleja un poco—. Quizá algún día. Pero me odiarás.
—Lo dudo. —Quiero poner los ojos en blanco, pero no lo hago—. ¿Pero por
qué no me siento rara?
Sus ojos se convierten en rendijas.
—No lo sé. Buena pregunta. Pregúntale a otro porque tienes que irte.
—¿Estoy entrando a un portal? —pregunto, preparándome internamente para
el torbellino de viaje.
—Sólo un miembro de la realeza puede entrar en los terrenos de la realeza. —
Abre mucho la boca y mueve las cejas. Se lleva los dedos a la boca y silba con fuerza.
Oigo el ruido del viento a lo lejos, así que automáticamente miro hacia arriba, con una
mueca de dolor cuando el cielo rojo me quema las retinas. Justo cuando estoy a punto
de rendirme, una figura oscura se desliza por el aire. Dos alas que se extienden tanto
que no veo los extremos, y un gran cuello unido a un cuerpo.
Trago saliva bruscamente, ignorando cómo se me seca la boca al ver un...
78
—¿Dragón?
Me hace un gesto con las cejas.
—Sí. Pero no puedes quedártelo.
Tropiezo ligeramente con el suelo cuando un fuerte golpe casi rompe el cristal
al aterrizar.
—¿Es tuyo?
—Bueno... es una larga historia. —Kaia toma mi mano con la suya y me arrastra
a través de la casa, hasta que estamos en la entrada principal de una puerta
transparente. Agita la mano delante de sí y se abre de par en par, dejando al
descubierto las profundas escamas sombreadas de trébol de un puto dragón de
verdad.
Uno grande. No uno pequeño.
—Supongo que puedes contármelo junto con tu historia de sombras.
Alargo la mano para tocar sus ásperas escamas, pero lo pienso mejor cuando
sus grandes ojos rojos me encuentran. Mierda, esta cosa da miedo, y sé que los hay
más grandes que este, normalmente también en otro tono de negro.
Ni siquiera llego a preguntarle quién es esa persona que está detrás de todo
cuando me echa a su espalda, donde un arnés de silla de montar rodea su gran cuerpo
y sus escamas se clavan en mi piel.
Kaia se tapa la boca con las manos y me grita.
—¡Sujétate! Vuela rápido.
—¿Qué? —le grito, mientras el viento me revuelve la cara con mis largos
cabellos. Kaia ni siquiera contesta cuando el dragón se levanta del suelo con un
despegue agresivo y yo contengo la respiración al ver la casa del bosque que hay
debajo de mí. Me agarro al arnés y me asomo por la borda, con una sonrisa en la boca
que me parte la cara. Vaya. La casa de Kaia es más grande de lo que pensaba. Puedo
ver el contorno casi invisible de su casa, pero nada en su interior. Por lo tanto,
podemos ver desde dentro hacia afuera, pero no desde afuera hacia dentro.
Una maravilla.
Las alas del dragón golpean el aire con rapidez mientras su hocico avanza, tan
rápido que casi resbalo y me agarro con más fuerza a las correas de cuero. Juro que
lo oigo resoplar debajo de mí mientras sigue deslizándonos hacia delante. ¿Este
dragón acaba de mirarme de reojo en plan dragón?
Las nubes negras se separan de nosotros a medida que ganamos velocidad, y
asusta lo diferente que es Yemon del aspecto que suele tener Rathe. Todos los
planetas se alinean en el cielo, sólo que esta vez no parecen telones de fondo pastel
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de tus sueños favoritos, parecen diferentes. Más furiosos. Más oscuros. Perversos.
Mi sonrisa decae ligeramente al ver que todo esto es en parte culpa mía. Esta
tierra, su mundo en el que todos viven y aman, está así porque Knight y yo no pudimos
apartar nuestras diferencias y... ¡No! ¿Qué demonios ha sido eso?
Razonable. Mi yo sombra es obviamente jodidamente razonable.
Paso la mano por la piel del dragón.
—Llévanos más rápido, por favor.
Suelta un gemido bajo antes de lanzarse hacia delante.
Me deslizo fuera de su espalda y sujeto mí maleta de su lado, observándolo
cuidadosamente. Es una sensación extraña, no tener miedo de algo que,
históricamente hablando, debería temer. Los dragones son temperamentales,
impulsivos e impredecibles. No les importa a quién quemen, van a abrir la boca de
todos modos.
Como esa perra de Victoria.
¿De verdad Knight la mató porque me quemó?
Dudoso.
—Gracias por traerme —susurro, sin poder evitar el hecho de que quiero
tocarlo aún más. Sentirlo bajo mi palma aunque solo sea para comprobar lo caliente
que puede ser su fuego.
¡Maldito Yemon!
—Oh bien, estás aquí.
Su voz no es lo que me sorprendió. Esperaba que fuera él quien viniera a
saludarme.
Legend está de pie en el patio de mármol, con los pies cruzados por los tobillos
mientras se apoya en uno de los muchos pilares de la parte delantera de su casa.
Casa. Pfft. No se puede llamar casa a esta monstruosidad. Es más bien un infierno
grande y engañoso.
Legend está sin camiseta, con los vaqueros colgando y el pecho reluciente de
sudor. Despide al dragón con un gesto de los ojos y yo me aferro a mi bolsa cuando
por fin se levanta del suelo con un batir de alas y vuelve a ser una sombra en el cielo.
En cuanto se va, vuelvo a centrar mi atención en Legend.
—No puedo decir que sea agradable verte, Leg. No estoy del todo feliz de estar
aquí.
—Hmmm... —Da sus pasos de dos en dos mientras se encuentra conmigo, y
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cuanto más se acerca más quiero retractarme de lo que he decidido hacer. No es que
haya decidido hacerlo, exactamente, ya que es una maldita orden estar aquí. Llévame
de vuelta a la Tierra y a todas sus pequeñas fiestas mundanas—. Sabes, mataste a mi
hermana, y tu padre sembró el asesinato en Rathe durante años, pero claro, ¡chica! —
Apoya sus brazos alrededor de mis hombros, acercándome—. Sigue enfadada
conmigo.
Ante su admisión, me retraigo un poco con culpa. Tiene razón. Odio que la
tenga, pero la tiene. Si alguien tiene derecho a estar enfadado, es él. Pero no Knight
porque es un bastardo asesino.
—¿Acaso quiero saber lo que está pasando ahí dentro ahora mismo?
—Bueno... —Legend se ríe mientras subimos las escaleras y lleva la mano a la
pequeña cara del pomo de la puerta. No es hasta que la miro fijamente durante unos
segundos que me fijo en los cuernos tallados en el metal—. Eso depende, nuestra
pequeña London.
Nuestra. Genial.
Porque ser uno de los suyos no es suficientemente malo.
La puerta se abre y hace un gesto con el brazo.
—¿Estás lista para empezar de inmediato?
Sigo su línea de visión y casi quiero dar un paso atrás. Huir. Quizá volver a
subirme a ese dragón y dejar que me lleve en volandas a cualquier sitio menos aquí,
mierda. No sé qué esperaba con la puerta abriéndose, pero no era lo que estoy
mirando. Tal vez un vestíbulo. Una zona donde empiezan las escaleras y se esconde
el salón.
No. Eso es demasiado.... humano para este tipo.
Un salón de baile se extiende por el espacio, y la gente está vestida con sus
mejores trajes y vestidos. Suena música de fondo y, en la parte delantera de la sala,
hay un gran escenario sobre el que se asienta una corona. Negra y forrada de plumas
oscuras, de sus radios parpadean llamas de fuego que arden con un vaivén relajado.
Se me calienta la piel al verlo, y es casi como si pudiera sentir el calor del fuego
desde aquí. La gente lo ignora, camina alrededor y charla en pequeños grupos.
¿Cómo es que nadie le presta atención?
Es magnífica, susurrándome al oído, las palabras demasiado bajas y rápidas
para captarlas, tal vez incluso habladas en la lengua nativa que he olvidado hace
tiempo.
Me está llamando y...
Un carraspeo me hace parpadear y los susurros desaparecen. Miro a mi
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alrededor y me doy cuenta de que nadie me ha visto todavía.
—¿Qué demonios? —Me giro hacia Legend—. ¡¿Fui la única persona que no
recibió el memo de que estábamos jugando a la Familia Addams?! —siseo—. Ni
siquiera tengo ropa para... —señalo la zona—. ¡Esto!
—¿Para qué? —pregunta, y sus labios rozan mi nuca.
Me estremezco, mis ojos se cierran brevemente.
—¡Para esto!
—Abre los ojos y dime lo que ves....
Me molesta que sea Legend, pero abro los ojos de todos modos y se me hiela
la sangre, la habitación gira sobre su eje hasta quedar colgando boca abajo.
El suelo, que antes estaba pintado con dibujos blancos sobre madera brillante,
ahora está cubierto de rojo. Las paredes son negras, pero los bordes de la parte
superior gotean algún tipo de líquido entintado. Knight tiene a una chica pelirroja
agarrada de la mano, sus uñas se hunden en su cuello mientras sus labios se fijan en
su hombro. El cuerpo desnudo de ella se aprieta contra la forma parcialmente
desnuda de él, y siento que el vómito me sube por la garganta.
Su otra mano toca su pezón y lo pellizca con fuerza antes de obligarla a mirar
hacia él y tomar su boca. La sujeta por el cuello y la golpea contra una de las mesas
rectangulares con tanta fuerza que salpica la comida que hay sobre ella. La gente a su
alrededor está practicando algún tipo de sexo, y la niebla que flota alrededor de sus
pies huele a muerte.
Aunque lo odio, no puedo evitar mirar. Quiero morir. Siento como si un cuchillo
me cortara una y otra vez hasta que no soy más que heridas desnudas y carne cruda.
Knight le abre tanto las piernas que puedo ver su coño desde aquí. Abierto y
lloroso, goteando semen. Antes de que pueda parpadear, se arrodilla frente a ella y
la cubre con la boca. Está claro que su lengua la está penetrando con fuerza, pues su
mandíbula se sacude con cada caricia.
Su espalda se arquea y sus manos vuelan hacia sus costados, desesperadas por
agarrarse a cualquier cosa que pueda ayudarla. Cuando su acelerada respiración se
ralentiza tras el orgasmo, se queda sin fuerzas y, cuando Knight saca la cara de entre
sus piernas, la sangre cubre su piel y la punta del cuello del útero cuelga de entre sus
colmillos. La mordió y lo arrancó de su cuerpo.
Un grito sale de mi garganta mientras tropiezo hacia atrás, pero ese grito se
funde con la risa, y cuando intento girarme y correr, me encuentro con un muro de
ladrillos y sin Legend.
Las lágrimas manchan mis mejillas, y me importa una mierda si parezco una
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loca: ¡esa mierda está jodida!
La música clásica empieza a sonar de nuevo y mi respiración jadeante se nivela
a medida que la iluminación ambiental cambia de ese color oscuro y mohoso a un
tono más claro. Uno que me recordaba a la escena original del salón de baile.
Suenan más risas detrás de mí y entonces Sinner rodea mi cuerpo, con una
sonrisa satisfecha en los labios.
La habitación vuelve a girar, ahora en posición vertical y completamente...
normal. Bueno, la versión con dones.
Aprieto los dientes, molesta porque este maldito idiota me volvió a engañar.
Antes de girarme, me seco cuidadosamente los ojos para que nadie se entere, pero
cuando muevo el brazo, lo que llevo puesto me llama la atención. Unos tirantes negros
me cruzan el torso y apenas me cubren los pezones, dejando a la vista un amplio
escote y una vista lateral de mis tetas mientras la parte inferior del vestido se
convierte en una cascada de encaje gótico. Hay una raja lateral que me llega hasta la
cadera, dejando al descubierto mi falta de ropa interior, y toco las puntas de mi largo
cabello blanco para sentir cómo se alisa en un elegante alaciado.
Te odio, Legend, pero también te doy las gracias. Pervertido.
Lentamente, me giro, enderezando los hombros y apartando todo lo que acaba
de ocurrir hace unos momentos.
Es la hora del espectáculo, y si alguien va a morir en esta película, es Knight. Y
quizás sus aspirantes a perras.
83

Diez

Knight

S
e me eriza el vello de la nuca Y sé que por fin ha llegado. No es que
estuviera esperando. Aprieto el puño alrededor del vaso.
Aún no puedo creer que después de renunciar públicamente a
London, me vea obligado a jugar a este juego. Encontrar a una Reina entre las cuatro
elegidas iba a ser una pesadilla y no de las divertidas, pero ¿decidirse por una Reina
entre ellas cuando la que fue creada para serlo está al alcance de la mano? ¿Tan
jodidamente cerca que puedo oler literalmente el enloquecedor aroma de su carne?
Sacudo la cabeza.
¿Está sudando?
¿Luce ardiente?
Al instante, miro hacia la esquina izquierda del salón de baile, donde el hada
del fuego se balancea en el aire y cada movimiento de sus piernas aviva la llama que
enmarca la corona. Debería decirle a London que se acerque para que pueda sentir
la energía que confiere a los elegidos.
¿Qué demonios?
Mis cejas chocan en el centro y bajo lo que queda de mi bebida, mirando
fijamente el fondo del vaso vacío y deseando tener el poder de chasquear los dedos
y encontrarlo lleno una vez más.
Podría chasquear los dedos, y el personal llegaría y haría exactamente lo
mismo tan rápido como parpadeo, pero qué regalo sería poder hacerlo yo solo.
—¿Otro, mi Lord? —Ophira, la sirena pelirroja, ronca, con sus largas uñas
acariciando la serpiente dorada enroscada en su garganta.
—¿Así es como duerme? —pregunto, notando cómo el cuerpo parece tan duro
como el oro auténtico.
Sus labios se curvan hacia un lado, el borde de sus ojos brilla en rojo.
—Ella nunca duerme, mi Lord. Si lo hiciera... muchos hombres perecerían. —
84
Una oscura sonrisa se dibuja en su rostro—. La mayoría serían muertes innecesarias.
Mis ojos se deslizan hacia la izquierda, fijándose en el cabello blanco más puro
que he visto nunca, y no puedo apartar la mirada mientras London sube los escalones
hacia el bar.
Su vestido se abre, dejando al descubierto su piel desnuda hasta la cadera.
Está enseñando a los demás lo que es mío y debería matarla por ello.
Se queda inmóvil, gira la cabeza y nuestros ojos se cruzan. Traga saliva y yo
bajo la mirada cuando sus ojos se posan en mis manos.
Cubierto de sangre seca y grandes fragmentos de cristales rotos apretados
entre mis puños.
Se me forma un pequeño dolor en el pecho, pero desaparece antes de que
pueda averiguar de dónde demonios viene o por qué está ahí.
—¿Quizás pueda pedir compartir aposentos con la joven rechazada? Podría
librarte de tu problema en el lapso de una luna...
Antes de darme cuenta, me abalanzo sobre el cuello de la pelirroja, con las
garras desenvainadas y hambriento de sentir la carne rota.
El profundo gemido de Silver me llena los oídos y, cuando parpadeo, es su olor
el que golpea mis fosas nasales, su cuerpo envuelto alrededor del mío en un fuerte
abrazo, la cara de Creed sobre su hombro derecho, la de Sin sobre el izquierdo.
Al unísono, me empujan hacia delante, haciéndome retroceder hasta que
desaparecemos por completo de la habitación. Las manos de Silver me tocan los
hombros y tardo un segundo en darme cuenta de que está tirando de mí para alejarse.
Mis ojos se posan en los enormes agujeros de su pecho y miro mis manos, en
las que no se ven las afiladas armas que llevan dentro.
La piel de Silver empieza a brillar, las heridas se sellan mientras se cura por
dentro. Cuando vuelve a abrir los ojos, me señala con el dedo antes de atravesar el
portal abierto y cerrarlo tras de sí.
Me quedo con mis hermanos en una habitación de la mansión real. Me pongo
de pie, chasqueo los dedos y creo un portal, pero estoy tan alterado que no puedo
ver con claridad. No sé a qué mierda están jugando, pero no estoy aquí para eso.
Creed cierra el portal con una mano despreocupada.
—Relájate —exige—. Ahora.
—Jodete.
Legend se une a nosotros, apareciendo detrás de mí.
—No será él quien esté jodido si no puedes controlarte.
85
—¡No soy yo! —grito, y mis hermanos se detienen, los tres acercándose el uno
al otro, con la confusión apuntando hacia mí—. No soy yo.
—Knight...
—¡No me está jodiendo, Creed! —grito, aumentando la rabia—. ¿Crees que
actuaría como un puto animal enloquecido durante el apareamiento de medianoche
por ella? ¿Una traidora? ¿Una chica débil que ama a los humanos como si valieran más
que la sangre de sus venas? ¡¿Una maldita superdotada que ni siquiera sabe abrir una
maldita puerta sin agarrar el pomo?! —Me vuelvo a tirar contra los cojines—. A la
mierda con eso y a la mierda ella. La odio, carajo.
Mientras lo digo, un dolor agudo me atraviesa el esternón como si el hada de
la tierra de la fiesta de esta noche extendiera sus enredaderas espinosas
directamente hacia él.
Creed me fulmina con la mirada, negando con la cabeza, mientras Sin se limita
a mirar, probablemente preguntándose si debería torturarla un poco más para
hacerme sentir mejor, pero es mi hermano pequeño quien se dobla por las rodillas,
poniendo su cara a la altura de la mía.
—Te equivocas —dice con naturalidad—. Eres tú y lo sabes. Es una parte más
profunda de ti. La jodida parte más verdadera. La parte que sabe lo que realmente
eres y lo que quiere y lo que quiere es la chica que le pertenece. No se puede negar.
London te pertenece. Literalmente. Puedes odiarlo y puedes odiar a la chica, pero
hasta que rompas el vínculo por completo, esos son los hechos. Mentirte a ti mismo
sólo te volverá loco. Confía en mí.
Gruño, enfadado porque no puedo hablar, mierda. No puedo reconocerlo. Lo
hice. Por una jodida fracción de segundo, me dejé llevar. Quise y cedí, y ella era la
perfección en mis palmas.
Y entonces supe la verdad.
London Crow, no, Villaina Lacroix, no está destinada a ser la Reina de Rathe.
No, ella es la prueba para su futuro Rey. Para mí.
El destino me dio a la hija del Degollador para probar mi valía. Para poner a
prueba no sólo al monstruo que hay bajo mi piel, sino al hombre que la lleva; y no voy
a fracasar, carajo, cediendo a la debilidad que se ha colado bajo mis huesos por culpa
de ella. No te equivoques. Eso es exactamente lo que ella es.
Una debilidad.
Una plaga, destinada a destruir todo lo que toca.
Lentamente, me pongo en pie y mi hermano se levanta conmigo.
La respuesta es fácil.
86
Sólo tengo que destruirla primero.
Y lo haré.

London

Las camareras llevan pasties plateados sobre los pezones y una tira de
purpurina translúcida cubre sus rajas, el resto del cuerpo completamente desnudo.
El maquillaje de purpurina se extiende con elegancia por encima y por debajo de los
ojos; algunos llegan hasta el nacimiento del cabello en espirales gruesos, otros se
curvan hacia los huesos afilados de las mejillas.
Las puntas de sus orejas son sutiles y de apariencia suave, clips plateados
recorren muchos de sus lóbulos, aunque no todos. Como si fuera una elección. Es
bueno saber que algunas personas en este mundo todavía tienen algo de eso.
—A lo mejor soy la única que no —murmuro.
—¿No tienes qué? —me susurra al oído una voz satinada.
Se me cierran los ojos y se me pone la piel de gallina.
—Yo... —Mi cabeza cae hacia un lado.
—¿Tú no qué?
—Mm —gimo levemente, mis párpados se agitan—. No tengo elección.
—¿Y qué harías si lo hicieras? —Una lengua caliente recorre la piel expuesta
de mi hombro—. Dime, dulce niña.
Aprieto los muslos con el primer golpe de calor y me hundo los dientes en el
labio inferior con el segundo. Se oye un estruendo y luego un grito ahogado, y
parpadeo con los ojos nublados.
Me doy la vuelta, encontrándome cara a cara con un caos de ojos salvajes y
colmillos, pero no es la visión de la superdotada que podría acabar siendo la puta de
Knight, que por cierto es claramente una vampiresa, lo que me roba el aliento de los
pulmones.
Es el puro y crepitante espejismo entre nosotros. Es claro, como el cristal, pero
no.
Mis ojos se entrecierran ligeramente, los suyos se abren de par en par.
Alargo la mano para tocarlo, mis dedos se deslizan con facilidad, y en el
87
momento en que mi piel lo encuentra, mi cuerpo se ilumina. Un millón de mariposas
estallan en mi pecho y la tensión de mis hombros desaparece.
El sentimiento y lo que sea esto que hay entre nosotros se desvanece cuando
las manos rodean la cabeza de la chica, una apoyada en su barbilla, la otra en su
frente.
Los ojos azules se clavan en los míos y, sin romper el contacto, rompe el cuello
de la vampiresa, dejando que su cuerpo caiga con un duro golpe a sus pies.
Creed.
Pasa por encima de ella y ahora se cierne sobre mí. El hermano que me odió
desde el principio me estudia durante un largo rato, y me sobresalto cuando una
vibración me recorre la sien.
Está intentando meterse en mi cabeza, y si la ira que aumenta con cada segundo
que pasa me dice algo, es que no puede.
Con eso, va a alejarse, pero justo antes de pasar se acerca a mi oído, habla en
un siseo furioso:
—Está al borde de volverse salvaje. La sangre de tu labio es una maldita gota,
y aun así, no pudo resistirse. —Se inclina más hacia mí, susurrando—: Imagina lo que
pasaría si oliera un poco más.
Doy vueltas y veo cómo cruza la habitación con el mismo aire de confianza que
su hermano. Sus palabras suenan en bucle en mi cabeza durante lo que parecen
horas. No pasa mucho tiempo hasta que su padre también se cuela dentro.
Si quieres sobrevivir a esto, olvida en quién te has convertido y recuerda quién
eras.
Nunca llegaré a preguntarle qué quiso decir con eso, pero como casi me
derramo ante el hechicero y sanguinario, si el hermano que menos esperaba que me
sirviera de algo estaba intentando decirme lo que creo que estaba intentando
decirme, la vampiresa que actualmente lucha por la marca de mi compañero, no
tengo elección. No estoy siendo una perra quejumbrosa. Es un hecho.
Soy una pieza importante en el tablero de un juego que no quiero jugar, una
prisionera de la Corte Real.
Mi atención se desvía hacia la izquierda de la sala, donde Knight y Sinner ríen
con un grupo de chicas, y el hielo llena mis venas, picándome la piel como una
congelación.
La sensación es tan intensa que bajo los ojos y frunzo el ceño ante la brillante
ola de tonos azules que sale de debajo de mi piel.
Rápidamente me echo los brazos a la espalda, mi mirada vuela alrededor
88
mientras respiro hondo.
Bueno, eso es... nuevo.
London.
Jadeo, mis músculos se bloquean cuando una voz en voz baja entra en mi mente.
Permanezco en silencio y, justo cuando me he convencido de que lo había imaginado,
el intruso vuelve.
London, si puedes oírme, debes escuchar. Debes huir. Aprende y vete.
Mis nervios se disparan, mis manos vuelan hacia mi cabeza y la sujetan
mientras doy vueltas, mirando de derecha a izquierda. De izquierda a derecha.
—¿Quién... quién es...?
Cuando veo que la gente me mira, cierro la boca, obligándome a calmarme.
No puedo enloquecer. Aquí no.
Nunca.
No tengo ninguna razón para escuchar una voz dentro de mi cabeza,
especialmente cuando es probable que sea Sinner haciendo de las suyas, si no otro
hermano Deveraux, pero si es uno de ellos, su plan de asustarme va a salir mal con la
elección de palabras.
Aprende y vete. Eso es lo que dijo.
Y tiene toda la razón.
Eso es lo que necesito.
No esconderme y acobardarme, no ahogarme en el dolor por todo lo que he
perdido o simplemente intentar sobrevivir. Necesito aprender a hacerlo.
No soy una sin dones. Tengo dones... Sólo que no estoy muy segura de cuáles
son, pero eso aún no importa. Necesito aprender lo básico, todas las cosas que el
resto de la gente de mi edad aprendió hace una década. Las cosas que estaba
aprendiendo antes de cometer un error y matar a Temperance, ser arrancada de mi
hogar y arrojada a uno nuevo. Si hubiera aprendido más rápido entonces, tal vez ella
aún estaría viva.
Me invade la tristeza, pero la alejo. No puedo volver atrás, pero puedo
aprovechar el tiempo que me obligan a estar aquí.
Así, sin más, me decido.
Voy a aprender y luego voy a sorprender a los Deveraux.
Una risa falsa me quema los oídos mientras estrecho la mirada hacia la maldita
89
vampiresa que ya no está temporalmente muerta en el suelo, sino que ha vuelto al
lado de Knight con el resto de sus putas.
Alex jodida Kova es una de ellas.
La última vez que la vi estaba desnuda encima de mi mejor amigo,
consumiendo su energía para alimentar la suya. Estas personas, creen que pueden
hacer lo que quieran. Toman cuando quieren. Tocan cuando quieren.
Matan cuando quieren...
La rabia arde en lo más profundo de mi pecho y doy la bienvenida al dolor.
—A la mierda. Mejor así.
Con la cabeza alta y el rostro tan inexpresivo como siempre, me dirijo hacia
ellos, recordándome una y otra vez que el miedo es un rasgo humano y que, al fin y
al cabo... yo no soy humana.
Irónicamente, es un pensamiento aterrador, pero también fortalecedor porque
no soy una maldita humana.
Soy más.
Así de fácil, la tensión se desprende de mis hombros en ondas ingrávidas.
Mis labios se levantan por un lado y ya no me importa un carajo si este ridículo
vestido se mantiene en su sitio o si mi coño está a la vista de todos. Nunca he sido
pudorosa y estoy segura de que no empezaré a serlo en un lugar que ve el sexo como
un saludo casual.
Knight me percibe tras el primer paso que doy, y sí, quizá intenté alcanzar el
vínculo que yace deshilachado entre nosotros, pero finge que no lo hace hasta que ya
no puede ignorarme.
Hasta que yo sea lo único en lo que pueda concentrarse, y su cabeza se vea
obligada a mirar hacia aquí.
Sus ojos se entrecierran, pero recuerda que le importa una mierda y vuelve a
la indiferencia con la misma rapidez.
Agarro una copa de cristal llena de purpurina y le devuelvo el extraño líquido
sin importarme lo que sea. Me acerco al grupo y, con una velocidad que no sabía que
tenía, arranco el fondo de la copa, me la corto en la palma de la mano y se la clavo en
el cuello a la perra de Alex, mientras le paso la sangre por la mejilla para que mi olor
se mezcle con el suyo.
La sangre brota salvajemente y yo retrocedo, riéndome mientras los ojos de la
zorra vampiresa se enmarcan en profundas venas rojas, sus colmillos descienden y
se hunden en la carne de Alex. La gente grita, se lanzan hechizos, pero es demasiado
90
tarde y todo el mundo lo sabe: la vampiresa está perdida por la sed de sangre.
La perra debe ser sacrificada.
Knight es el que da un paso hacia delante, su mano entera desaparece en el
pecho de la morena, saliendo con su corazón negro en la mano después de
arrancárselo del cuerpo.
Por segunda vez esta noche, la vampiresa cae al suelo y esta vez no se
levantará.
La gente se mueve, pero no les presto atención.
Mis ojos están pegados a los de mi compañero, clavados en el maldito shock
que cubre su cara.
A Ben le encantaría ver esto.
Me duele el corazón de pensarlo, pero mantengo mi sonrisa firme, porque si
yo no puedo tener a mi mejor amigo, él no puede tener su reino. Se lo quitaré si es
necesario.
Como si me leyera la mente, la mandíbula de Knight tintinea con furia, así que
ladeo la cabeza con una sonrisa pasando la lengua por la palma de la mano para
limpiar el corte.
—Una menos... faltan tres.
Con eso, giro sobre mis talones y me dirijo a la pista de baile.
Si el entumecimiento va a volver, mejor dejar que mis músculos ardan un poco.
Ni siquiera me he dado la vuelta del todo, con la sonrisa de satisfacción aún en
la boca, cuando una mano se acerca a mi nuca, paralizándome. Mis rodillas se vuelven
gelatinosas cuando me aprieta con fuerza, obligándome a echar la cabeza hacia atrás
para intentar detenerlo.
Los labios se acercan a la concha de mi oreja.
—Los celos no te sientan bien, pequeña London...
Hago fuerza para zafarme de su agarre, pero no alucino. Sé que si no quisiera
soltarme, no habría sido capaz de apartarme de su abrazo.
Me giro y lo miro despacio, entrelazando mis dedos con los suyos
ensangrentados. Me los llevo a los labios y le chupo su dedo índice mientras lo miro
con las pestañas abiertas.
—Puede que no —bromeo, pasándome el pulgar por la comisura de los labios
mientras bajo su mano—. Pero la sangre sí.
Antes de que pueda hacer otra locura, como matarme por fin esta vez, me abro
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paso bailando entre el mar de gente y le arrebato a un camarero una copa de
espumoso Faepagne azul. Cierro los ojos, dejo que mis caderas se balanceen al ritmo
de la música y me llevo la copa a los labios. Las burbujas se evaporan sobre mi
lengua, dejando las notas embriagadoras de la plata tras el potente alcohol. La
canción cambia a una melodía más suave, pero no me detengo. Siento cómo las garras
del caos se abren paso lentamente por la superficie de mi piel y, en cualquier
momento, podrían romperse.
—Sabía que podías bailar... —La mano de Legend viene a la mía mientras me
fuerza contra su pecho, ambas manos encontrando la posición de inicio del vals. La
copa se me resbala de la mano pero no cae al suelo, Legend se encarga de ello con
un simple gesto de su frente perfectamente formada.
—¿Cómo eres tan bonito? —pregunto, dando un paso atrás y siguiendo sus
pasos. Las luces se atenúan aún más, justo cuando me sumerge hacia atrás. El techo
se mueve como una vía láctea, con gruesas nubes protegiendo un ardiente amanecer.
Todo el salón apesta a magia, pero no hace falta olerla para verla a tu alrededor.
Me levanta suavemente y me pone la mano en la espalda.
Le tiembla la comisura del labio.
—¿No te has enterado? Soy el favorito del Diablo.
Lo ignoro, no quiero entablar una conversación trivial. Sus ojos se entrecierran
y se posan en mi boca.
—¿A cuántas elegidas más vamos a tener que llamar? ¿Vas a matarlas a todas?
Necesito saberlo para hacer la compra con antelación.
Se me cierra la boca y aprieto los dientes. Odio haberme dejado llevar por lo
que pensaban que iba a hacer y por lo que él quería que hiciera. No importa lo bien
que me sintiera.
—¿Hmmm? —Legend se agacha para mirarme a los ojos—. Acabar con las
chicas de una en una no es sorprendente. ¿No creías que teníamos refuerzos? —
Legend se endereza, mirando por encima de mi hombro durante un breve segundo—
. Honestamente, este no es el primer Yemon y casi todas las veces, la gente tiene
ochenta y seis años.
—No me gusta cuando hablas con la razón, Legend. Di otra cosa.
Me sonríe y acerca su boca a mi mejilla. Está tan cerca que puedo sentir su
potente colonia quemándome los vellos de la nariz.
—Cuando termines de jugar con lo inútil, ven a buscar mi polla para foll...
Me quedo sin aire cuando la canción cambia a, Skin de Rhianna y una mano me
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aprieta la parte superior del brazo, obligándome a girar para chocar con un pecho.
Uno más grande. Uno que reconozco y, ahora mismo, desprecio.
—Si crees que te comparto, te equivocas.
No me molesto en ocultar la risita amarga que brota de mi pecho.
—No soy tuya para compartir.
Su agarre alrededor de mi cintura se intensifica, y juro que oigo crujir mis
costillas.
—¿Quieres intentarlo otra vez? —Su tono apenas supera un susurro.
—No. No lo haré. Porque no soy tuya para compartir. Me quitaste ese derecho
cuando mataste a mi mejor amigo y admitiste abiertamente que no era tuya.
—Sigues siendo mía, London, y aparte de que tengo que encontrar una Reina...
—deja de bailar y siento el agudo pinchazo de su colmillo en mi hombro—. Sigues
siendo mi compañera.
Esta vez mis dedos suben hasta su nuca y lo obligan a ponerse a mi altura. Su
cabello me roza la punta de la nariz y tengo que contener la respiración unos
segundos para recomponerme. A diferencia de Legend, la colonia de Knight no es
demasiado fuerte. Es un susurro de amenazas mezclado con rosa, laúd y ceniza de
montaña.
—Puede que seas mi compañero, pero yo nunca seré tuya. —Me alejo de él,
harta de lo que fue esta mierda de noche. ¿Qué te parece? La primera noche de este
Yemon y ya he matado a alguien y casi me follo al hermano de mi compañero.
Ojalá no fuera un casi, así al menos podría sentirme mejor por el hecho de que
esta noche, estoy segura, Knight se llevará a otra persona a su cama.
93

Once

Knight

M
i rodilla no deja de sacudirse. El caos fue lo primero que recuerdo
haber sentido de pequeño. Mi madre lo utilizaba para apaciguar mi
necesidad de muerte.
—Tienes que relajarte. —Legend me patea el pie con el suyo, pero lo ignoro.
Mantengo la mirada fija en la pared del lado opuesto de la habitación. Las
sombras rebotan contra las lámparas de araña que cuelgan de lo alto y, de vez en
cuando, me descubro contando hasta diez para calmar esa picazón de locura que
quiere arrancarme de las yemas de los dedos, igual que cuando era niño.
Entonces, mi madre me dejaba tirado en medio del campo y dejaba que lo
estropeara todo a mi paso. Era un mecanismo de supervivencia. Uno que no había
practicado en algún tiempo, de ahí el daño de London.
—No sabes qué demonios necesito. —Me llevo el vaso a los labios y me limpio
los restos de polvo Fae que me rodean las fosas nasales.
—En realidad, tengo una idea —bromea, y no tengo que seguir su línea de
visión para saber exactamente a quién está mirando. Mueve su pálido cabello blanco
por encima del hombro y, enfado aparte, siento que la polla se me endurece en los
pantalones al verla.
Mierda.
Dejo que mi copa se apoye en la almohada de mis labios. No puedo evitar
preguntarme si quienquiera que fuera el que mató al Rey es lo bastante osado como
para asistir a este baile esta noche. Había que tener un par de bolas gordas para
asesinarlo, así que supongo que sí. Como la mierda que sí, se pasearían por un puto
salón de baile tan tranquilos sólo para ver cómo reaccionamos. Odio que ellos nos
vean pero nosotros a ellos no.
El fuego me toca el pecho, y mis ojos vuelan hacia la mano de London, donde
otro chico toca la suya en el momento exacto. Ella agita las pestañas hacia él desde
abajo, dejando el fantasma de una sonrisa coqueta decorada sobre su boca. Maldita
94
perra descarada.
Legend se inclina hacia mí.
—¿Vas a manejar eso?
Sé lo que está preguntando, si voy a causar una escena. Y lo haría. Pero tal y
como está London últimamente, todos sabemos que no tendría ningún problema en
devolverme tanto como le doy. No quiero drama. No después de una muerte.
Me levanto de la silla, me bebo el resto de la bebida y la dejo sobre la bandeja
que flota a un lado de mi trono. Dando los pasos de dos en dos, la gente se separa
como el jodido Mar Rojo mientras acorto la distancia entre nosotros. Cuanto más me
acerco, más hierve esa misma ira.
Alargo la mano hacia su brazo y la atraigo hacia mí. El tipo con el que está
hablando retrocede un poco. Sus ojos se clavan en los míos y muestro los dientes,
observando cómo su rostro palidece ligeramente. Me pregunto si alguien tan osado
para matar al Rey sería el mismo que tocaría a la compañera de un Lord.
—¡Atrás! —La mano de London está en mi pecho, obligándome a alejarme.
Es bonito que piense que puede, así que mis ojos se mueven entre su mano y
su cara, sin hacer nada por ocultar mi sonrisa.
Enrollo mi mano alrededor de su frágil muñeca, mi sonrisa desaparece cuando
vuelvo a atraerla contra mi pecho y empiezo a acompañarla al otro lado de la
habitación.
—No me gusta mucho esta distancia entre nosotros, compañera —muerdo el
lóbulo de su oreja—. El único momento en el que debería haber aire entre nosotros
es cuando estoy succionando el último aliento del tuyo.
Veo las puertas doradas gemelas a lo lejos, y por mucho que London pueda
luchar, y lo hace, contra mí, sabe que no es rival. Es como una cría de rata luchando
por su vida mientras la cuelgo de la cola por encima de una guarida de pitones.
En cuanto abro las puertas de una patada, la empujo hacia delante hasta que
tropieza, y ella frena su caída con las manos, poniéndose de pie.
—Déjame ser claro, amiga. —La palabra no había salido de mi boca cuando un
puño vuela hacia mi cara. Ni siquiera me molesto en apartarlo, recibo el golpe de
frente y le sonrío cuando grita, apretándose los nudillos con la palma de la mano.
—¡Te odio!
—¡Igualmente! —Mi mano encuentra su garganta y la arrojo por la habitación
hasta que se estrella contra una pared forrada de libros. Caen al suelo, pero no me
importa, porque esta perra me ha puesto a prueba y lo que me quedaba lo quemó en
95
cuanto me molestó.
Le aprieto las mejillas con tanta fuerza que sus labios hacen un puchero.
—No toques a otro hombre cerca de mí, London. ¿Quieres ver lo que pasa si lo
haces? ¿O te basta con esta advertencia? —Esa misma rabia arde silenciosamente en
la parte de atrás de mis oídos—. ¡Contéstame!
—Jodete.
La comisura de mi boca se curva hacia arriba y me inclino hacia delante, tan
cerca que nuestros labios se tocan.
—Con mucho gusto.
Su mandíbula se tensa y trata de apartarse justo cuando caigo sobre su cuello.
Siento mi corazón rebotar contra mi pecho como una maldita stripper en un poste.
Odio esto. Lo que me hace. Quiero llevármelo todo, pero en lugar de eso, siempre
me encuentro aquí. Inhalándola como una droga, como si me perteneciera. Porque
me pertenece. Y si no fuera así, mataría a todos los traficantes de la calle y la
encerraría en mi sótano sólo para reclamarla como mía.
—London —susurro contra el pliegue de su cuello—. Fóllame como si pelearas
conmigo.
Exhala con calma, pero noto cómo los pequeños bultos se elevan sobre su
carne, activando los míos.
—Te odio —susurra en voz tan baja que casi se me escapa.
—Ya lo hemos hablado, pero... —Como no se vuelve hacia mí, le aprieto la
barbilla y fuerzo sus labios hacia los míos—. Sigo siendo sólo tuyo para que me odies.
Al principio se resiste. Se niega a abrir sus suaves labios hasta que mi lengua
penetra en ellos. Su calor me cubre desde la cabeza hasta los pies y la agarro por la
espalda para que quede pegada a mí. Su pequeño cuerpo tiembla debajo de mí
cuando su peso cae, pero la agarro, la levanto y fuerzo sus piernas alrededor de mi
cintura.
Profundizo el beso y le chupo el labio inferior mientras ella se mete entre
nosotros, me desabrocha el cinturón y me baja los vaqueros por encima de la polla.
Dada la sencillez de su vestido, solo tengo que rozarle los muslos con las manos para
levantárselo hasta que la seda cae por su cuerpo como la leche a la miel.
Se detiene un segundo, pero es demasiado tarde, porque su otra mano rodea
mi polla y yo he deslizado su vestido a un lado, metiendo el dedo entre su pliegue y
dando vueltas con fuerza, atrapando de nuevo su boca para distraerme con sus besos
de muerte.
Su mano me toca la nuca mientras apunto mi polla contra su entrada. Escalofríos
96
recorren mi espina dorsal cuando siento su calor acariciando la punta de mi polla.
Con una mano en su garganta, gimo y la fuerzo a entrar.
—Mierda —jadeo, rechinando los dientes mientras avanzo lentamente más y
más dentro de ella.
Retrocedo y avanzo, presa del trance de su cuerpo contra el mío. Sus labios
sobre los míos. Su lengua contra la mía.
Mía, mía, mía.
Con la otra mano, le bajo a la fuerza el vestido por encima del pezón hinchado
y se lo aprieto entre los dedos con tanta fuerza que ella sisea mordiéndome el labio
inferior.
Sonrío contra sus labios esponjosos, acelero el ritmo y me meto con fuerza
dentro de ella.
—Knight, mierda... —Intenta arrastrarse hacia delante, pero siento cómo se me
tensan las bolas cuando sus paredes se aprietan a mi alrededor como un puto tornillo
de banco.
Su espalda se golpea contra la estantería mientras su clítoris se frota contra mi
pelvis. Mi polla golpea el borde de su cuello uterino con cada bombeo, y sus piernas
se tensan alrededor de mi cintura mientras su respiración se vuelve más
desesperada. Atrapo cada gemido con un movimiento de la lengua y mis colmillos se
alargan cuanto más cerca estoy de explotar.
Su cuerpo se tensa y siento el momento exacto en que se libera a mi alrededor.
Su cuerpo se sacude violentamente mientras el semen brota sobre mi polla y baja por
mis bolas. Aprieto con más fuerza alrededor de su garganta hasta que siento que su
esófago se resquebraja en la palma de mi mano.
—Mierda, London... —Gimo, tan cerca que puedo sentir el calor a punto de
estallar fuera de mí. Sé que va a ser violento y duro. Llevo demasiado tiempo
deseando esto, que me folle con odio y con moretones por todo el cuerpo.
Siento el frío metal contra mi nuca y casi quiero poner los ojos en blanco.
—¿Crees que eso me va a impedir correrme? —Insto, desafiándola con una
mirada fija.
No responde, pero siento el tajo de la hoja abrirme la piel detrás del cuello. La
adrenalina corre por mis venas y mi agarre de su garganta se intensifica aún más. El
pánico relampaguea en sus ojos durante un segundo, mientras reduzco la velocidad
de mis embestidas.
—Tendrás que hacerlo mejor, nena. —Llevo la mano a mi nuca para quitarle la
cuchilla y acercársela a la boca. La meto dentro, observando cómo el líquido rojo cae
sobre el perfil de sus labios perfectos antes de dejarla caer al suelo mientras la saco,
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solo para obligarla a dar la vuelta y empujarla contra una de las estanterías.
Enrollo su larga melena alrededor de mi muñeca, le tiro de la cabeza hacia
atrás y le doy una palmada en el trasero con la otra, ladeando la cabeza para
contemplar la escena.
—Sabes que me gusta cuando peleas.
Vuelvo a penetrarla con tanta fuerza que su espalda se arquea y el grito que
sale de su boca dejará historias en estas paredes.
La bombeo con fuerza. Fuerte. Y rápido. A pesar de que me la jugó usando la
misma maldita hoja que mató al Rey.
—¡Knight! —grita, pero no me detengo.
—¿Qué? —Me río entre dientes—. ¿Quieres que pare?
—Si...
La follo con fuerza, con mis bolas golpeando su coño empapado a cada
embestida. Su coño llora de placer, dejando gotas de lágrimas que resbalan sobre
mis bolas mientras pequeñas convulsiones la abandonan. Su cuerpo es el juguete que
nunca supe que quería, y ahora que lo tengo, voy a desmontarlo y estudiarlo desde
dentro. A ver qué es lo que la mueve.
—Sabes que eres mía, London, dilo. —Como no contesta e intenta resistirse a
los gemidos que salen de su boca, le doy un tirón aún más fuerte del cabello, tanto
que estoy seguro de haber arrancado algunos de sus folículos—. ¡Dilo!
—¡Egh! Nunca... —Saco mi polla de dentro de ella y veo cómo mi esperma
caliente sale disparado por todo su trasero y su vestido. Retrocedo, apartándome
mientras ella tropieza dócilmente en el suelo.
Me mira desde su posición, con el cabello anudado y el maquillaje
emborronado.
—Te odio.
—Puede ser. Pero tu coño no.
Me doy la vuelta para marcharme, incapaz de entender por qué demonios
acabo de hacer eso. Una mezcla de fastidio e incredulidad me inunda, y sé lo que
tengo que hacer. Lo hago. Porque, por mucho que intente luchar contra ello, sé que
London es un verdadero lastre. Acaba de intentar matarme a mitad del sexo.
La perra está loca. Si no puedo ganarme su perdón, se lo quitaré sin que se
entere.
98

Doce

London

V
uelvo la mirada hacia la gran puerta que redondea los bordes en un
arco, antes de volver a la gruesa moqueta. El blanco es casi una bofetada
a todo lo que no soy. Sólo su pureza ya me insulta.
Llevo la mano al pomo de cristal. Obsidiana. Giro el pomo, lo empujo hacia
delante y me quedo boquiabierta ante lo que se extiende frente a mí. Paredes
inmaculadas y destellos de purpurina contra la gran lámpara de araña que cuelga en
el centro de la habitación. Arde, mierda. Todo arde. El olor a caramelo encendido se
filtra en el aire en suaves ondas y me quito lentamente de los tacones de aguja,
inclinándome para recogerlos antes de dar otro paso.
Más vale que esta mierda sea una ilusión. Y mierda. ¿Hay algún sitio donde
pueda limpiarme el semen del trasero como una puta barata a la que acaban de follar
para pedir perdón? Puedo manejar a Knight. Knight para mí es como montar en bici...
si la bici fuera el camino del infierno. ¿Va a pensar que intenté matarlo?
Probablemente. ¿Intenté matarlo? Probablemente.
Paso por el umbral.
—Mierda.
—¡Oh! ¡Estás aquí! —Una mujer sale corriendo de una de las puertas del fondo
de la sala, cargada con una cesta. Es más alta, más delgada y lleva el cabello rubio
cortado a la altura del cuello.
Coloca la cesta encima de la cama y la manta se mueve como una ola fluida.
—Soy Angela, tu doncella.
—¿Y ahora qué? —Levanto una ceja, sin saber qué pensar. Un dormitorio
blanco, de estética limpia, con las únicas ráfagas de color procedentes de las flores
femeninas plantadas en las esquinas y paredes de la habitación, ¿y ahora una
doncella? Legend tiene que sacar mí trasero de aquí y deshacerse de esta ilusión.
Sinner seguro que no lo hará.
Dejo caer los talones junto a la cama y apoyo la mano en uno de los pilares
99
dorados. Le doy una pequeña sacudida para probar. Tal como pensaba. Oro puro.
—Maldito imbécil.
Entorna los labios bajo los dientes, pero se entretiene con la cesta, colocando
las lociones sobre la cama. Brillo de unicornio, exfoliante de hadas, aceite corporal
de cáñamo. Nunca necesitaré nada.
—Estoy en el dormitorio, al otro lado de esa puerta. —Me mira por encima del
hombro y yo sigo su mirada. Hay una pared detrás de mi cama, pero al otro lado hay
una puerta mucho más pequeña que la de aquí. El techo es alto, y sigo el rastro de
lirios blancos que crecen como enredaderas a través de los pilares que recubren el
techo. Definitivamente, esta habitación es para castigarme.
Corro al otro lado del espacio, donde hay visillos. Al forzarlos, mi corazón se
desinfla al contemplar una pared en blanco. No hay patio. No hay ventana. Sólo una
pared al otro lado de las cortinas. Sin duda, esto es deliberado.
—¿Está todo bien, señorita?
—¿Importaría si no lo estuviera? —La miro por encima del hombro y el hada
esboza una pequeña sonrisa, porque las dos sabemos la respuesta, así que ¿para qué
decirla en voz alta?
—Si duermes, duerme cuando la purpurina brille con un azul de medianoche.
Cuando veas coral es lo que llamarías mañana y lavanda el resto del tiempo. Esta es
la única forma en que podrás seguir el tiempo humano aquí.
Nuestras miradas se cruzan y la mía se estrecha. Entonces, ¿le contaron la
misma historia de la niña superdotada perdida que al Ministerio?
—¿Sabe todo el mundo que me críe en el mundo humano?
—Odiabas la habitación incluso antes de entrar, pero sigue igual a cada
momento que pasa —dice la mujer—. Los superdotados criados en Rathe están
demasiado mimados para eso.
Se me escapa una pequeña carcajada y juraría que la mujer gira para ocultar
su sonrisa.
—Hay un guardarropa completo en el armario y el programa de eventos se
mostrará por sí mismo si te paras frente a sus puertas. Lo siguiente es desayunar en
los Jardines de los Gnomos. Tu cara a cara con Lord Deveraux será tu última tarea
antes de que todo vuelva a empezar.
—¿Cara a cara? —Se me revuelve el estómago y, cuando aprieto la palma
contra ella, me encuentro con un suave satén. Al mirar hacia abajo, descubro que ya
no llevo el sexy vestido con el que me vistió Legend, sino una pijama blanca, holgada,
que cubre cada centímetro de mi piel, desde el cuello hasta los tobillos.
Suspiro y echo la cabeza hacia atrás cerrando los ojos, pero cuando los abro,
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jadeo.
El techo se ha desplazado, los cielos se muestran por encima, pero no es eso lo
que tiene mis labios entreabiertos.
Es él.
El dragón amigo de Kaia se cierne sobre mí con sus gigantescas alas
batiéndose para mantenerlo firme, enviando una ráfaga de viento sobre mi cara y
llevándome el cabello a los ojos. Intento recoger los mechones sueltos detrás de la
oreja para poder volver a mirar a la magnífica bestia... pero ya no está, y en su lugar
hay un vórtice de malditas nubes blancas.
—Se dan cuenta de que están organizando un cortejo para el futuro Rey de la
Magia Oscura, ¿verdad? ¿Un Stygian, no un Argent?
—Por supuesto, mi lady. —Tira de las sábanas hacia abajo y pasa la mano por
delante de la mesilla de noche. De repente, sale vapor de la pequeña taza de té. Su
mirada se cruza con la mía por encima del hombro y esboza una sonrisa vacilante—.
Sin embargo, las habitaciones están hechizadas por la sangre. Tu sangre. Lo que ves
es lo que el Ministerio ha considerado que eres.
—Eso no tiene sentido.
—No obtenemos respuestas de cosas como el sentido común. Es una práctica
humana. Esto —señala alrededor de la sala—, es el resultado de tu humanidad. Te
consume.
Los humanos tienen mejores cualidades que la mayoría de los que he conocido
en Rathe hasta ahora, pero no le digo eso a esta mujer que probablemente nunca ha
salido de estas tierras. Me atengo a los hechos.
—No soy Argent. Soy de sangre Stygian. Quiero decir mierda, mi p… —me
interrumpí—. Quiero decir, si se supone que soy la futura pareja del Rey, tengo que
ser bastante oscura, ¿verdad? Como... unos pasos por debajo de El Degollador,
oscuro... —Lo lanzo, probando a ver si sabe más de lo que ha dicho.
—No hables de él en estas paredes —sisea en un susurro, acercándose
rápidamente a mí mientras mira alrededor de la habitación. Sus ojos brillan con un
verde intenso mientras sostienen los míos, y cuando habla, lo hace en silencio—. La
Fortaleza Faelífica es un lugar de seguridad y santuario para todos los tipos.
—Eso he oído.
—¿Oíste por qué se creó?
La tensión se apodera de mí y, aunque creo que puedo hacer conjeturas, quiero
oírlas de boca de la doncella. Niego con la cabeza.
—Para los que se cree que fueron cazados por ya sabes quién y las familias que
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quedaron atrás después del hecho.
Se refiere a los superdotados que mi padre salvó tras asesinar a algunos
miembros de su familia.
La doncella, mi doncella, prosigue.
—Seguimos protegiendo a los civiles de la magia hasta el día de hoy, de ahí
que el cortejo se celebre aquí. Yemon no puede traspasar estos muros; se
construyeron con los huesos de la primera Hada que caminó por estas tierras. Aquí,
estás a salvo de lo que hay más allá de estos muros.
Pero no de lo que hay dentro de ellos...
No lo dice, pero la forma en que inclina la barbilla lo dice todo.
Me sobresalto cuando la mujer me agarra las manos, pero hay una suavidad en
ella que me hace permitir que su palma se encuentre con la mía.
Murmura tan bajo que casi se me escapa, y cuando levanta las cejas, pronuncio
las palabras con ella al unísono.
—Usar la lengua no es la forma más sencilla cuando la mayoría puede
simplemente pensar o chasquear lo que desea y hacerlo realidad, pero es la forma
más rápida de aprender y requiere poca energía. —Me suelta y retrocede, frunciendo
el ceño ante mi pecho—. No es lo que esperaba. —Sus ojos encuentran los míos—.
Hasta la próxima, mi lady.
La mujer hace una reverencia y todo su ser se encoge hasta quedar a la altura
de mi rótula. Desaparece por la pequeña puerta de la esquina y no me doy cuenta de
lo que ha pasado hasta que voy a ponerme las manos en las caderas.
Atrás ha quedado la pijama de satén blanco que probablemente poseen todas
las madres suburbanas del mundo humano, y en su lugar... hay una descolorida
camiseta de hockey del estado de Daragan.
Se me escapa un sollozo ahogado y caigo de rodillas donde estoy, apretando
la camiseta con los puños. Las lágrimas caen de mis ojos, y no me molesto en intentar
luchar contra ellas.
Me dejo caer de espaldas sobre la fea alfombra y cierro los ojos, agarrando el
viejo algodón y deseando que fuera la mano de mi mejor amigo, no su vieja camiseta
de prácticas que probablemente ni siquiera sea real.
Mientras la miro fijamente un poco más, algo en mi pecho se agita, una niebla
se apodera de mi vista y la energía me recorre los dedos.
Mi vista se aclara y, de repente, no llevo la vieja camiseta de Ben, sino una
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camiseta grande, pero no de Daragan State. Es la de Rathe U y, mientras miro por
encima del hombro, veo impreso en la espalda el apellido Deveraux.
Esta es la camiseta de Knight.
La culpa como nunca antes cae sobre mí, pesándome hasta que no puedo
respirar. Hasta que estoy segura de que me asfixio con ella.
¿Por qué mi subconsciente siempre se consume pensando en él? Me arranco la
camiseta, pero no me atrevo a tirarla, así que la meto debajo de la almohada y me
pongo la bata de satén que mi doncella puso a los pies de la cama.
Me lo follé. Dejé que me tocara con las mismas manos que asesinaron a la
persona más importante de mi vida. Soy una maldita desgracia. Un completo enredo.
O un desastre en realidad.
Y me estoy rompiendo.
—Te echo de menos, Ben.
Así que...
Jodete.
Mucho.
103

Trece

Knight

S
u corazón dejó de latir. La maté con mis manos, y renació como estaba
previsto.
Como mía.
Su piel es de un impecable tono pálido, sus mejillas de un rosa
natural. Su cabello níveo, algo más blanco, como congelado por las profundidades
del invierno, brilla bajo el polvo de la nebulosa, tentándome a sujetarlo con el puño.
Para envolverla con fuerza y levantarla donde yace. Arrastrarme sobre ella, separar
sus labios carnosos y esponjosos y deslizar mi polla entre ellos.
Podría.
La había arruinado.
Una maldita traidora en la Corte Real, eso es lo que pensé que era, pero me
equivoqué.
Tan jodidamente mal.
Esta chica guarda una parte de mí en lo más profundo de su ser. Si supiera
dónde la esconde, podría abrirla y recuperarla, pero no soy tonto. Sé que esto no
funciona así como sé lo que pasará después.
Ya está ocurriendo. Lo siento, en el centro de mi pecho, donde dicen que se
crea el vínculo. Ya no es un dolor hueco que busca algo que no puede encontrar. La
ha encontrado.
La quiere.
La quiero.
Aprieto los dientes, negando los pensamientos que no puedo controlar.
El corazón hueco que se mostró en el momento en que ella estuvo a su alcance
allá en la Tierra, está lleno ahora, pero hay un agujero que no debería existir. Se filtra
como alquitrán negro, quemando su camino a través de mis venas con cada estrella
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moribunda por encima.
Ella también debe sentirlo.
La tensión de su don, las cadenas que lo rodean, el castigo del destino por
negar el don que me dio, aunque ella ni siquiera sabe cómo se siente su don.
Pero ganaré la guerra contra mi mente, aunque las razones sean ahora
diferentes de las que eran hace una hora.
Renunciaré a la pequeña muñeca, de cuya perfección me burlo.
No puedo retenerte, pequeña London.
Mis dedos se crispan para tocar lo que es mío en cuanto lo pienso, así que
invoco los vientos de arriba, deslizándolos por su mejilla.
Sus labios se curvan en sueños y tengo que apartar la mirada.
Hace sólo unas horas, la tenía envuelta alrededor de mi polla. Ahora, se siente
diferente. Como un adiós.
Me acerco el borde de la botella a la boca, incapaz de apartar los ojos de su
piel de seda. Su pierna está apoyada fuera de las sábanas, en la línea directa de la
pesada luz de la luna que se abre paso a través del cristal estrellado de arriba. Esto
no es lo que quería, pero sé que estoy acorralado y no tengo elección.
Dejo la botella de whisky vacía sobre la mesa y me pongo de pie. Aún puedo
olerla a mi alrededor, su hedor se aferra a mí como si le perteneciera. Porque es así.
Todo en London me pertenece, incluso su ira y su rabia. Envolvería esa mierda en mis
brazos y dejaría que implosionara contra mi tacto. Carajo, pero la odio.
Pero odio aún más que no la odie en absoluto.
Siseo, aprieto los dientes y acorto la distancia que nos separa hasta que su cama
me golpea las espinillas. Me inclino hacia delante, le aparto el cabello rubio de la
mejilla y me pongo rígido cuando se pone boca arriba, su bata de seda se abre y deja
al descubierto su carne impecable. Dos pezones perfectamente rosados me miran, su
vientre tonificado se tensa cuando abre las piernas.
—Mierda... —gruño, pasando ligeramente la punta del dedo por el interior de
su muslo expuesto. No es calor lo que recorre todo mi cuerpo con el simple contacto,
es hielo.
Como la escarcha que salpica mi sangre. La necesito. Pero no puedo tenerla.
No la merezco, y ella no me quiere.
Nunca me querrá.
—¿Tienes por costumbre observarme mientras duermo? —susurra
somnolienta, pero su cuerpo no se mueve.
—A veces. Otras veces me corro en tu boca y ni siquiera lo sabes.
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No hace ningún comentario inteligente, sólo mira fijamente, una tristeza que no
puedo soportar en sus ojos.
—¿Knight?
Me tumbo en el borde de la cama y me esfuerzo por volver a concentrarme en
la bañera solitaria que hay en medio de la habitación. Empiezo a imaginarme a
London desnuda en la bañera y todas las formas en que podría follármela dentro y
alrededor de ella.
Me aclaro la garganta.
—No quiero odiarte, pero te odio. —Sus palabras me devuelven al presente.
London es una mujer dura y no se ablanda ante nadie. Me encantaba eso de ella.
Tomaba lo que le daba la puta gana y le importaba un carajo lo que le pareciera a
cualquiera. Diría que es narcisista si no tuviera tantos rasgos admirables que se
oponen a ese término.
Debe rodar hacia un lado porque la cama se mueve debajo de mí.
—Voy a odiarte para siempre, Knight. Me conozco. —Su voz ahogada por el
sueño.
Tengo que luchar conmigo mismo para no mirarla y ver si realmente está
despierta. Lo sé, pero saber y escuchar las palabras que salen de sus labios es
jodidamente diferente.
—Nunca voy a perdonarte y voy a hacerte la vida imposible. —La última
palabra es un fantasma de sílabas en su boca, y cuando me giro para mirarla por fin,
me sorprende ver sus ojos débiles en los míos—. Así que, por ahora, ¿puedes
acostarte conmigo?
Es como un puñetazo en las entrañas, sólo que el puño sujeta el C4 y explota
dentro de mí.
Me quito los zapatos y me deslizo bajo las sábanas, conteniendo la respiración
cuando ella se acerca a mí. Su energía es suave cuando baja la cabeza sobre mi pecho,
y por fin suelto el aliento que estaba conteniendo. El primero en semanas.
London y yo hemos sido muchas cosas, pero amables el uno con el otro no es
una de ellas. Cierro los ojos con fuerza mientras me vienen a la cabeza las imágenes
de antes. La verdad recorre mi mente como un recordatorio de lo jodidamente
estúpido que he sido. Qué ciego. Engañado.
Levanta la pierna sobre la mía y yo separo ligeramente las mías para darle más
acceso. Se hace el silencio entre nosotros, con su corazón latiendo contra mi caja
torácica. Me giro ligeramente, justo cuando ella curva la cabeza para mirarme. Atrapo
sus labios con los míos. El fuego estalla en lo más profundo de mi pecho y mi mano
encuentra su cabello, apretándolo contra su cuero cabelludo. Gime suavemente y la
106
levanto con cuidado. Se sienta a horcajadas sobre mi cintura sin romper el beso, su
lengua se introduce en mi boca y acaricia la mía. Subo las manos por sus muslos,
moviendo su bata de seda hasta posarla en su trasero.
Atrapando su labio con mis dientes, se mueve hacia delante y su mano se
interpone entre nosotros. Me mete la mano en el pantalón, saca mi polla y la dirige
lentamente hacia su entrada. Gimo un poco cuando baja su pequeño cuerpo sobre mi
polla, y sus paredes resbaladizas aprietan mi grosor. Subo por su larga y esbelta
espalda, la atraigo hacia mí y la rodeo con ambos brazos, profundizando el beso. Me
susurra gemidos en los labios, y son del tipo que quiero tatuarme. Nuestros cuerpos
chocan entre una capa de sudor mientras aprieto su trasero con fuerza y mi
respiración se acelera.
Apoyando su frente en la mía, sus labios se ciernen ligeramente.
—Knight, yo...
—Cállate. —Mi mano se acerca a su nuca y la obligo a bajar para que se
encuentre con la mía—. No lo hagas.
Su boca se aparta de la mía y se posa en un lado de mi cuello. Siento un fuerte
pinchazo en la piel cuando sus dientes me atraviesan la garganta y me aprieta contra
la cama. Gruño suavemente en señal de protesta hasta que los valles de sus enormes
tetas me llegan a la cara. Me inclino y me meto una en la boca, pasando el pequeño
capullo por la lengua hasta que tengo que luchar contra el impulso de no morderla.
Sus caderas aceleran el ritmo mientras se frota sobre mí, haciendo círculos con su
coño contra mi polla palpitante. Se me tensan las bolas y se me encogen los dedos de
los pies al sentir que empiezo a perder lentamente el control. La electricidad me
muerde toda la piel y vuelvo a empujarla hacia abajo hasta que sus gordas tetas se
aprietan contra mi pecho y su boca vuelve a estar sobre la mía. Su lengua se mueve
con la mía lentamente, provocando a su cuerpo hasta que vuelve a acelerarse y su
boca sigue la señal. Cierro los ojos de golpe y mi demonio aflora a la superficie con
la temperatura de su cuerpo tan cerca del mío.
Compañera.
Mía.
Nuestra.
Su húmedo coño se aprieta a mi alrededor y la restricción que estaba
conteniendo aplasta mis vías respiratorias. Su cuerpo se sacude contra el mío
mientras mi polla se llena de esperma caliente. La golpeo aún más contra mí y suelta
un grito gutural. Me trago su dolor y le masajeo la nuca mientras ella baja el ritmo. Se
desploma sobre mi pecho, con su pequeño corazón aleteando contra el mío mientras
yo miro al techo.
Bosteza y apoya la mejilla en mi pecho. Espero a que su respiración se
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estabilice para darle un suave beso en la cabeza y susurrarle:
—Dormi nunc, donec suus super.
108

Catorce

London

D
aragan no es pequeño, pero tampoco grande. De algún modo, se
encuentra justo en el centro. El pueblo es tranquilo, pero moderno,
sobre todo con todos los edificios que siempre parecen estar renovando
a lo largo de las carreteras. Joey's sobresale al final de la calle. Es un edificio grande
que dobla la esquina, justo en un semáforo muy concurrido. Las calles están muy
concurridas esta mañana y el aire es un poco más frío de lo habitual.
Me subo la cremallera de la chaqueta y sigo a Justice cuando entra en la
cafetería. El calor me invade en cuanto se abre la puerta. Maldita sea. Aquí siempre
hace calor. El local siempre está lleno y los cocineros siempre están ocupados. Me
atrevería a decir que Joey's está en el corazón de Daragan.
Justice nos guía hasta nuestro lugar habitual y yo me deslizo hasta una cabina,
sentándome cómodamente en el borde del asiento de cuero rojo, quitándome el
abrigo.
—Entonces, ¿qué piensas?
Desabrocho el bolsillo y saco el teléfono y el ChapStick.
—¿Hmmm?
—Ni siquiera estabas escuchando, ¿verdad? —se enfurruña, con el labio
inferior caído.
A las chicas les encanta ese labio inferior. Yo no chupo nada a no ser que mida
más de metro ochenta y tenga una bandera roja sobre su cabeza.
Sin embargo, no estaba escuchando.
—No...
Pone los ojos en blanco.
—Preguntaba si ustedes tienen planes para este fin de semana.
Me encanta que diga ustedes ya es consciente de que Ben y yo somos un dúo
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con el que no se juega. Letty viene a veces, pero en su mayor parte, ella es la
inteligente. Baja la cabeza y hace su trabajo. Donde Ben va, yo voy, y donde yo voy,
mejor que él venga también. Llámalo codependencia... porque lo es.
—¿Por qué? —pregunto, recogiendo el menú y hojeándolo, aunque ya sé lo
que voy a pedir.
—Hay una fiesta...
—Jus, no te ofendas, pero después de la última fiesta a la que me llevaste, no
sé si me apetece. —Aplasté los recuerdos de la enorme fiesta a la que Justice nos
arrastró a todos hace un mes. Intenté culpar a sus amigos de la escuela, ya que no va
a la misma universidad que nosotros, pero no pude. Sinceramente, Justice es
problemático, y si lo juntas con Ben es una catástrofe.
—Aw, ¡vamos! Si ese trío hubiera ocurrido, habría sido divertido. Al menos
para ti, ya que sé que Ben no balancea su gran polla de esta manera.
—Justice... —chasqueó, sacudiendo la cabeza justo cuando un camarero se
acerca a nuestra mesa con su pequeño iPad—. No puedo llevarte a ningún sitio. —
Estoy a punto de gritar lo que quiero cuando siento una ola de calor que me azota la
cara. Como si me besara un horno, juro que siento el calor penetrar en mi piel mucho
más cerca de lo que nunca lo había sentido.
De fondo, oigo el timbre de la puerta mientras se amontonan pasos pesados,
pero me acomodo el largo cabello platino detrás de la oreja y le enseño una sonrisa
al camarero.
—¿Me traes la hamburguesa con queso, por favor?
—Chica... —Justice me arrebata el menú—. Siempre ordenas eso.
El camarero se marcha justo cuando Justice suspira pasándose las manos por
el cabello.
—Mira, es…estoy organizando la fiesta. Pero uno, no puedes decírselo a mis
madres, y dos, en serio, no puedes decírselo a mis madres.
Dejo de beber agua.
—Tienes muchos problemas.
—Sólo dime que estarás allí.
—¡Bien! —Le abro los ojos, sonriendo—. Allí estaré. —Un movimiento me llama
la atención desde detrás de él y miro para ver de qué se trata.
Se me cae el estómago a los pies cuando me encuentro con esos afilados ojos
azules en los que he estado pensando. Está con un grupo de chicos. Sea lo que sea lo
que Justice está parloteando ahora se convierte en ruido blanco porque, mierda.
¿Por qué demonios sigo viéndolo ahora en todas partes? Hoy está diferente. Su
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cabello parece más desaliñado, pero de alguna manera sólo lo hace más sexy. Áspero
en los bordes. Como una hoja dentada que uno usaría como arma. Miro a los chicos
con los que está y me ruborizo al darme cuenta de lo atractivos que son. Mierda. ¿Pero
qué demonios...? Todos tienen el cabello más oscuro excepto uno, y probablemente
me atrevería a decir que todos podrían ser hermanos.
Ese, sin embargo. Apuesto a que usa su polla como un arma, sirviendo un paseo
crudo y áspero. Mi tipo favorito.
Se mete rápidamente el labio inferior en la boca antes de que su lengua se
deslice por la base y yo espero más con avidez.
—¡Bien! —Justice golpea mi pierna con la suya antes de moverse por encima
de su hombro para ver lo que estoy mirando—. Oh Dios, Lon. Mira, te follaré, ¿de
acuerdo? Puedes dejar de estar tan desesperada. Qué asco —bromea, sacudiendo
los dedos hacia mí.
—Eres un idiota. —Sacudo la cabeza mientras el camarero deja nuestros platos
en la mesa. Son cualquier cosa menos asquerosos. Está claro que Jus ya tiene las gafas
de cerveza puestas—. Entonces, esta fiesta... —Intento distraerlo—. ¿Esperas mucha
gente? ¿Y cómo pretendes salirte con la tuya? Literalmente toda tu calle es amiga de
tus madres.
—Lo sé. —Termina de echar ketchup en su plato antes de pasármelo—. Por eso
no lo haremos en mi casa. Lo haremos en otro sitio.
Conozco a Justice desde hace más o menos un año, pero en realidad no salimos
juntos hasta que empecé a trabajar en la tienda de sus madres; mis breves visitas aquí
el año pasado estaban totalmente dedicadas a pasar tiempo con Ben. Jus no es tan
amigo nuestro, pero estoy segura al cien por ciento de que es porque no va a nuestra
universidad. La suya está al otro lado del puente y en la otra punta de la ciudad. La
razón por la que se niega a ir a la nuestra es simple. Es una escuela inferior. Aunque...
yo tampoco he visto mucho de esta escuela, pero no llevo mucho tiempo aquí, así que
no me sorprende.
—¿Dónde?
Se encoge de hombros ante mi pregunta.
—En casa de un amigo. —Su teléfono empieza a sonar en su bolsillo, y mete la
mano dentro, su cara palidece—. Tengo que responder. ¿Me das un segundo?
Veo cómo se levanta de su asiento y se dirige al otro extremo de la cafetería.
Me da la espalda, así que no puedo entender lo que dice, lo cual me molesta. Necesito
distraerme. Cualquier cosa que me impida mirar a los chicos de enfrente.
Salgo de la cabina y me dirijo al baño. Es imposible que mis ojos no se desvíen.
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Es como si mi cuerpo se negara a escuchar mi orden de ignorar a los chicos ardientes
y quisiera-no-necesitara hacer lo contrario. Juro que mis músculos se tensan como si
los estuviera forzando a moverse, sólo para evitar que mi cuello gire y mis pies me
lleven en su dirección.
Literalmente aluciné tanto con esa Molly que me imaginé a uno de ellos
mirándome mientras le chupaban la polla, que seguro que es divina, en una maldita
casa flotante.
Mis hormonas necesitan calmarse de una puta vez.
El pequeño pasillo que conduce al aseo de damas está vacío cuando llego a él,
la iluminación demasiado tenue para un restaurante en mi opinión. Estoy a punto de
empujar la puerta para entrar cuando un brazo me agarra, me da la vuelta y me fuerza
contra la pared.
—¡Qué demonios! —Intento apartar la mano de un manotazo, pero una palma
me aprieta con fuerza la boca para callarme y me quedo mirando fijamente a un par
de ojos azules furiosos. La intensidad de los mismos se asemeja más a un color
turquesa que a otra cosa, como el tono de las olas arremolinadas en la costa de una
isla tropical, oscuros y claros al mismo tiempo. Y ahora mismo, son un maldito tsunami
furioso y yo soy la tierra que anhela destruir.
Inclina la cabeza hacia un lado, su mano se desliza hacia abajo lo suficiente para
liberar mis labios. Este tipo me está molestando. ¿Me está acosando?
—¿Cómo te llamas?
Vuelvo a apartarlo de mí, ignorando cómo mi corazón se agita en mi pecho en
cuanto mis dedos rozan la piel desnuda de sus brazos.
—¿Así le preguntas el nombre a todas las chicas?
Mis palabras son fuertes, pero por dentro, estoy enloqueciendo.
Siempre me he preguntado si me habría cruzado con otro Dotado durante todo
mi tiempo aquí en el mundo humano, pero nunca podría asegurarlo. Pero este tipo,
estos tipos...
No son humanos, lo sé.
Está en la forma en que la energía chispea de su piel contra la mía. No es
abrumadora, casi como si se contuviera, pero está ahí, como el fuego al primer golpe
de una cerilla.
Alejo el pánico y me concentro en mi rabia por haber jugado conmigo como si
fuera un juguete.
La comisura de su boca se curva ligeramente hacia arriba, como si mi rabia le
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divirtiera.
—Normalmente, no. Responde a la pregunta.
—Preferiría no hacerlo.
Vuelve a llevarme la mano a la base de la garganta y me apoya suavemente
contra la pared una vez más. Creo sentir un ligero temblor en su tacto, pero su tono
me hace cuestionar mis sentidos porque es tranquilo y controlado.
—Qué raro que no te hicieras la dura con la lengua en la garganta.
—Que te jodan. —Voy a alejarme de él, pero me bloquea el paso.
Lo miro por encima del hombro, lo cual es difícil de hacer porque mide
literalmente unos treinta centímetros más que yo, y se cierne sobre mi pequeño
cuerpo como una bestia sobre su próxima comida. Dos de ellos tienen el cabello
oscuro y la piel antinaturalmente pálida, como él, y uno tiene el tono de plata más
extraño que he visto nunca. Casi parecen antinaturales. Su energía es ilegible.
Mis ojos se fijan por un momento en el que está a su izquierda, de aspecto
melancólico. Cuando se acerca, sus ojos azul oscuro se entrecierran acusadores y una
expresión de frustración dibuja sus rasgos con fuerza cuanto más se fija en los míos.
Cuando su labio se tuerce cruelmente, cedo y vuelvo a centrar mi atención en el tipo
que tengo delante.
—¿Qué pasa? —Levanto una ceja—. ¿Quieren regodearse? ¿Quizás
restregarme que yo, la mujer, era la desesperada? Estaba borracha, y si quieren ser
realistas, el beso fue puramente una pieza de juego que necesitaba para quitarme a
alguien de encima.
—Sí, porque eso era... —responde con indiferencia—. ¿Cómo te llamas?
Se me escapa una risa burlona, pero cuando su mirada se agudiza, me aclaro
la garganta y, esta vez, cuando intento pasar a su lado con el hombro, me deja.
Un poco más nerviosa de lo que me gustaría admitir, recojo mi teléfono y mi
cartera y salgo por la puerta principal para esperar a Justice. Que se jodan esos tipos.
No importa lo buenos que estén...
No importa lo calientes que sean.
Las puertas vuelven a abrirse y me pongo más erguida, esperando verlos salir,
pero Justice se está pasando la mano por el cabello, las líneas de las arrugas entre sus
ojos profundas.
—Tengo que volver al trabajo. Si quieres, te acompaño al campus.
—Puedo caminar, Jus. ¿Va todo bien?
Se queda en su teléfono, las líneas de preocupación cada vez más profundas.
—La verdad es que no. —Se lo mete en el bolsillo y su actitud cambia.
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Acercándome, presiona sus labios contra mi frente—. Te llamaré, ¿de acuerdo?
—¡Claro! —Observo cómo camina en dirección contraria, cruzando la carretera
y mirando por encima del hombro cada dos segundos.
Como si alguien le persiguiera.
O acosándolo...
Hambrienta, ya que no pudimos comer después de todo, arrastro mi trasero
malhumorado de vuelta al campus.
Cuando llego a casa, cierro la puerta de una patada, me desabrocho la
chaqueta y la tiro sobre la mesita del salón cuando cae un sobre pequeño. Nuestra
habitación es una de las más pequeñas que se ofrecen aquí en el campus, pero era la
única disponible en los dormitorios mixtos. No íbamos a quejarnos. No había forma
de que Ben y yo volviéramos a estar separados, aunque sólo fuera por unos cientos
de metros más o menos. Somos todo lo que el otro tiene.
Me agacho, recojo el sobre, lo tiro sobre la mesa y me quito los zapatos. Me
dejo caer en el sofá y apoyo la cabeza en el borde cuando el teléfono empieza a sonar
en mi bolsillo. Lo recojo y veo el nombre de Ben en la pantalla y la primera selfie que
nos hicimos. Su lengua perforada está afuera, sus hoyuelos se hunden a cada lado de
sus mejillas y sus ojos castaños brillan con picardía.
—¿Sí?
—¿Te habló Justice de su fiesta?
—Lo hizo. —Me levanto y me dirijo a mi dormitorio para recoger todo lo
necesario para darme una ducha. Hace tiempo que el cansancio ha envenenado mis
músculos y, a cada segundo que pasa, siento que me desvanezco. Maldita sea—.
¿Vamos a ir?
—Definitivamente. —Eso es código para decir que ha encontrado a alguien con
quien salir mientras está allí.
—Mmmm. ¿Y cómo se llama? —pregunto, recogiendo mis cosas y saliendo por
la puerta hacia las duchas. Podríamos haber vivido fuera del campus, pero ninguno
de los dos nos lo podíamos permitir, y por eso nos decidimos por una residencia de
dos dormitorios. Es un buen hogar.
—Ahhh, tendrás que esperar hasta el fin de semana porque ella viene con
nosotros.
Dejo mis cosas en la encimera y me quito la ropa.
—Bien. ¿Terminaste? Necesito ducharme.
—¡No! ¿Qué quieres para cenar? Por eso llamé. Es mi turno de cocinar, pero no
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podré hacer una mierda.
—Cualquier cosa. No tengo tanta hambre esta noche. Más bien estoy cansado.
—¿Ah, sí? —pregunta, y sé que no voy a librarme de él a corto plazo, así que
cambio de oreja y me dirijo a las duchas.
—No es gran cosa... es sólo que... —¿Se lo digo? ¿A mi mejor amigo que puede
leerme como el maldito alfabeto? Va a ver mis mentiras por toda mi cara cuando
indague, así que quizá pueda darle una treta por ahora. No creo que esté preparada
para admitir que cierto alguien ocupa todo mi maldito tiempo—. Nada. Tengo la regla,
así que estoy muy sensible.
—¡Oh! —Me lo quita de encima—. ¿Necesitas tampones o algo?
—Ben...
—¿Tal vez un helado?
Mi Ben, siempre tratando de cuidar de mí.
Mi sonrisa se suaviza.
—Bien, ahora te dejo.
—Ya sé, vodka con hielo... —le cuelgo, riéndome entre dientes mientras tiro el
teléfono a la encimera con la ropa. Me doy prisa en ducharme, fregando en la mitad
de tiempo antes de salir y ponerme las zapatillas de ducha. Cuando vuelvo a casa,
miro Instagram y la historia de Ben. Es una puta. Cada semana se fija en una chica
diferente, pero ¿alguna vez habla de ellas conmigo? No. Entonces, ¿quién es esta y
qué la hace diferente? Tal vez finalmente siente cabeza. Dios sólo puede esperar.
Cierro la puerta de una patada, meto todas mis cosas en la habitación y me
pongo una de las camisetas de Ben que he reclamado oficialmente como mía y que
me llega por encima de las rodillas, y unos calcetines de punto. Ben no volverá hasta
dentro de una hora, así que recojo la portátil y abro mi tarea.
La escuela apesta. Estoy aquí porque estoy haciendo lo que cualquier otra
persona hace a mi edad, pero hay un dolor persistente que sigue latiendo
profundamente en mis entrañas cada vez que pienso en el futuro. Nunca puedo verlo.
Lo he intentado, pero todo lo que veo es nada.
Cierro la portátil con un golpe seco y suspiro, echándome de nuevo sobre la
cama. Giro la cabeza, miro hacia la puerta y, antes de que pueda disuadirme, me
pongo de pie de un salto y salgo corriendo hacia la cocina.
Me muerdo el labio mientras miro el sobre.
El tío Marcus no está aquí para convencerme de que no lo abra esta vez y ya
hace un año que no aparece uno. Siempre me pregunté si sería como otros
superdotados y conseguiría mí, invitación, para asistir a Rathe U, la escuela para
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superdotados aquí en Daragan. La escuela a la que va Justice, y si tuviera que adivinar,
esos tipos de la cafetería de esta mañana. No es que pudiera aceptarlo si lo hubiera
hecho, y si lo hubiera hecho... No me enteré.
Por lo que yo sabía, que yo viviera en este pueblo era un secreto, igual que se
supone que lo es mi existencia. Mi tío hizo todo lo posible para que me quedara en
casa, pero supo que era una batalla perdida en el momento en que Ben decidió ir a la
escuela aquí. Es casi como si fuera... el destino. Mi mejor amigo y la única persona sin
la que no puedo vivir eligiendo la única escuela que me acercaría a mi pasado. Al yo
que se suponía que era en lugar del que finjo ser.
Una chica humana básica sin idea de la magia que camina por estos mundos,
pero sí sé de la oscuridad que se esconde ahí afuera.
Vive dentro de mí, fluye por la propia sangre que llena mis venas.
Abro la maldita carta.
Mis ojos escudriñan el encabezado y, mirándome fijamente con tinta grande y
en negrita, la letra R salta del papel, iluminándose, formando una sombra que se
retuerce a su alrededor.
Las letras R A T H E se forman lentamente hasta que el nombre del reino en el
que nací me mira fijamente.
Rathe. Mi casa.
Me invade una pizca de pena por la vida que perdí, pero la alejo y leo lo que
tienen que decir.
—Querida, London Crow,
«El Rey ha muerto.
«Oh mierda... —Me quiebro, preguntándome si eso debería entristecerme o
no, pero no lo hace. Continúo—. Y un nuevo Rey está en el horizonte. Con la luz del
día, deseamos que te unas a nosotros aquí en la Fortaleza Faelífica de Rathe, donde
se está llevando a cabo un cortejo por su mano. Tu futuro Rey busca a su Reina, así
que acepta esta invitación y únete a nosotros. Acepta esta oferta y vuelve a casa de
una vez por todas.
Aprieto los labios y se me escapa una carcajada.
Sonrío, sacudo la cabeza y miro la página como si le hubieran salido cuernos.
Podría.
—Volver a casa —musito—. ¿Están locos de remate?
He oído todas las historias.
¿Mi padre? Era un maldito asesino de corazón frío; estoy hablando de alguien
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cien veces peor de los hombres que atormentan las pesadillas de los humanos. Mi
padre era uno literal.
No es broma, está en el maldito Libro de las Pesadillas. Me masacrarían en
cuanto me vieran si supieran de quién soy hija bastarda. Es la razón por la que mi tío
me escondió todos estos años.
Claramente, no lo suficientemente bien.
Aunque probablemente sea culpa mía. Soy yo quien insiste en aprender magia
aunque no sepa usarla. Es sólo lo básico que ya me enseñaron en la escuela primaria
antes de que tuviéramos que huir: levitación, protección mental y persuasión... más o
menos unas cuantas que aprendí por el camino. Estoy segura de que los superdotados
tienen una forma de rastrear el poder que se encuentra fuera de Rathe.
Probablemente los guíe hasta mí, aunque nunca llegué a aprovechar el poder
principal que me transmitió la sangre de mis padres.
Pero la carta va dirigida a London, así que tal vez no sepan quién soy, ¿sólo que
soy como ellos?
Aun así... ¿yo? ¿La Reina de las Tinieblas?
—Sí, claro que sí. —Alargo la mano por el mostrador, apoyándome en él
mientras muerdo una manzana con una sonrisa, mirando fijamente el pedazo de papel
que tengo debajo—. ¿De verdad esperan que yo, qué? Diga Acepto esta oferta y
simplemente...
Mi voz se corta cuando una nube oscura aparece ante mí.
Me sobresalto, la manzana cae al suelo y aparece un maldito vórtice giratorio,
rosas, azules y morados que dan vueltas y vueltas hasta que aparece un portal. Hacía
tanto tiempo que no veía uno que casi había olvidado su aspecto. ¿Pero éste? Es
diferente. Estalla y se resquebraja, y todo el miedo, las advertencias que mi tío me
inculcó durante años sobre la importancia de evitar a toda costa todo lo mágico
burbujean al servicio.
—¡Mierda! —grito, cerrando los ojos de golpe. Mis manos suben para cubrirlos
y sacudo la cabeza. Quizá desaparezca.
Pasan unos instantes, una puerta se cierra de golpe y me sobresalto, azotando
la cabeza hacia un lado.
Por una puerta diminuta que nunca antes había visto aparece una mujer
menuda, cuya longitud aumenta a medida que se acerca.
Sonríe y luego frunce el ceño.
—¿Buenos días, mi lady? ¿Todo bien?
Miro a mi alrededor y me entra el pánico. Ya no estoy en mi dormitorio de
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Daragan.
Estoy en una cama, arropada bajo mantas de seda en una habitación de
paredes negras brillantes con la maldita galaxia girando sobre mí.
¿Realmente esperan que yo, qué? Diga Acepto esta oferta...
Me tapo los ojos con las manos y me tiro de espaldas en la cama, maldiciendo
lo idiota que soy.
¡Maldita magia!
118

Quince

London

L
a mujer me mira extrañada, pero luego cambia de mirada y recorre el
espacio como si lo viera por primera vez.
—Huh —bromea y vuelve hacia mí mientras una sonrisa brillante se
dibuja en sus labios—. Bueno, eso se resolvió muy rápido, ¿no? Bienvenida al lado
oscuro, mi lady. Lord Deveraux se alegrará cuando se entere de esto.
Cautelosamente, me arrastro desde las sábanas más suaves que jamás he
sentido y me pongo de pie, tambaleándome un poco al hacerlo, el efecto del portal
claramente todavía me hace inestable. Confundida como la mierda, más aún por el
hecho de que esta mujer actúa como si me conociera, voy con cuidado.
—Ajá. —Tomo nota de lo que debe ser la puerta de salida, teniendo en cuenta
que por la que ella entró es tan diminuta que me quedaría atorada por los hombros si
intentara siquiera trepar por ella—. ¿Y qué crees que es exactamente... lo que
complacerá a Lord Devereaux?
El nombre se me hace raro en la lengua, y un extraño calor florece detrás de
mis costillas. Conozco el apellido de la Familia Real desde que tengo uso de razón,
pero no he pensado en ellos desde, bueno, desde siempre.
En lugar de responder, la mujer suelta una risita para sí misma, sacudiendo la
cabeza como si lo que le he preguntado tuviera gracia, y mierda, quizá la tenga. Las
mujeres de por aquí probablemente sepan a qué huele la orina de Lord Deveraux,
seguro que están así de obsesionadas.
—Muy bien, mi lady. —Comienza, lanzando las puertas del armario abiertas y
revelando un número masivo de vestidos y opciones de ropa en el otro lado—. El
desayuno en los Jardines de los Gnomos no requiere vestimenta formal, pero tenga
en cuenta que su cara a cara con Lord Deveraux seguirá más tarde en el día y no habrá
tiempo para un cambio de vestuario, y viendo que no sabrá cómo usar su magia, es
posible que desee considerar eso al elegir una opción para el día.
Bien, creen que me han echado a los lobos los últimos once años. Y
119
técnicamente, lo he estado... pero también soy una chica, y la mejor parte literal de
ser superdotada cuando tengo que ocultarlo, han sido las ventajas que vienen con la
magia. Una de las primeras cosas que aprendí fue a ser Cenicienta. Desde entonces
soy mi propia hada madrina.
Pero tal vez debería ocultar ese pequeño hecho, ya que técnicamente no se te
permite practicar magia si no has aprobado las enseñanzas de magia defensiva que
se imparten en primer curso, según mi tío al menos. Recuerdo vagamente haber
estado en la escuela aquí, pero no recuerdo todas las reglas y tonterías que las
acompañaban.
—Venga, le prepararé el baño. —Gira, su corte pixie corto y entrecortado se
agita mientras lo hace.
Sin saber por qué, la sigo, esperando no estar caminando hacia mi propia
ejecución.
Entramos en el gran cuarto de baño abierto y se me cae la boca al verlo todo
tan lujoso.
Es de mármol negro y cristales, y sólo puede describirse como el sueño
húmedo de una mujer.
Cuando me asomo a la bañera, ya está llena y frunzo el ceño ante la enorme
bañera que parece un spa. Seguro que no es agua usada, ¿verdad? Los restos de
quienquiera que se haya alojado en esta habitación antes que yo.
Pero entonces la mujer pone las manos encima y, en un instante, sale vapor, las
burbujas se esponjan y el suave aroma de la lavanda llena mi nariz.
—Ya está. —Sonríe y se vuelve hacia mí—. Así es como te gusta.
Entonces caigo en la cuenta y una sonrisa se dibuja en mis labios.
En el momento en que lo hace, la mujer parece sobresaltada. Da un paso atrás,
pero se detiene cuando casi grito:
—¡Eres Fae!
Frunce el ceño al instante y abre la boca como si fuera a decir algo, pero un
golpe seco hace que cierre los labios.
—Sí, mi lady. Soy, Angela —dice, asintiendo—. Báñese. Abriré la puerta. Debe
estar lista antes de que se despejen las nubes del cielo.
Sale corriendo de la habitación y la persigo con la mirada.
¿Después de qué?
Miro hacia arriba y, efectivamente, un cielo púrpura amoratado se cierne sobre
mí, las nubes se alejan lentamente del centro, así que hago lo único que se me ocurre,
mientras me pregunto si estoy a punto de despertarme de un sueño loco, sabiendo
120
que no es así. Estoy en Rathe.
Me meto en la maldita bañera.

DESAYUNO EN LOS JARDINES DE LOS GNOMOS.


La doncella de mi habitación, Angela, había dicho eso, así que no estoy segura
de lo que esperaba, pero esto es ... no lo era. Qué, no lo sé, porque es literalmente
exactamente eso.
Un desayuno.
Con gnomos.
En un jardín.
Un jardín con tallos que brotan y flores que florecen, con pequeñas nubes de
lluvia que se ciernen sobre diminutas manchas de tierra, y muros florales que matan
y crean nuevas Flores de la Mañana de colores como una tira de luces LED puesta en
modo fundido.
Y de nuevo... ¡malditos gnomos de verdad!
Son más altos de lo que habría imaginado, la mayoría me llegan a la altura de
las caderas, y tienen el mismo ceño fruncido. Llevan las manos enguantadas mientras
transportan bandejas de lo que supongo que es comida a la larga mesa en forma de
C que se curva en el borde de una gigantesca pared de marfil.
Si tuviera que adivinar, diría que este desayuno va a ser tipo bufé, lo que me
parece raro teniendo en cuenta que estoy noventa y nueve por ciento segura de que
este es el cortejo del que hablaba la carta.
Quiero decir, ¿qué otra cosa podría ser? No fui transportada aquí al azar.
O lo estaba, pero nadie vino a la habitación en la que me desperté para darme
un desglose de lo que me esperaba aquí. No me dieron reglas sobre cómo actuar o
cómo dirigirme al futuro Rey y a su familia.
¿Se supone que debo inclinarme? ¿Una pequeña reverencia, tal vez?
Resoplo al pensarlo.
No, eso tiene que ser demasiado humano para esta gente.
Mierda, por lo que sé se supone que debo ofrecerle mi cuello para que le
hinque el diente como regalo, como una versión retorcida de la Bella Durmiente.
Mirando a mi alrededor, una pequeña sonrisa se dibuja en mis labios. Los
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gnomos podrían hacer el papel de los Siete Enanos. Espera, no, ese no es el cuento
de hadas. Es con ese pensamiento que suena un fuerte estruendo. Es nítido, tan agudo
como un trueno perfectamente sincronizado como para recordarme que este no es un
lugar de cuentos de hadas. Es el lugar de nacimiento del Rey Oscuro. Rathe, quiero
decir. No... ¿cómo lo llamaba la carta?
Fortaleza Faelífica.
OMG, dah, ¡esa mujer era Fae!
El estruendoso sonido retumba una vez más y justo al otro lado de los jardines,
donde los arbustos de color verde fluorescente se acurrucan entre gruesos tocones
de setas color malvavisco, aparece un portal.
De repente, el corazón me late con fuerza en el pecho. Se me humedecen los
dedos en torno a la copa de mierda brillante que un gnomo me puso en la mano nada
más entrar: es burbujeante, pero no es ningún champán que haya probado, y las he
probado todas.
Miro fijamente al centro del portal, esperando a que la Familia Real,
suponiendo que sea eso, lo atraviese y, justo cuando aparece una sábana de negrura
más allá de los anillos de ópalo, una voz sarcástica suena a mi lado.
—Pasé demasiado tiempo preguntándome por qué, en nombre de Merlín, te
querría aquí, y al final no se me ocurrió nada.
Así de fácil, la perra tiene toda mi atención.
Giro sobre mis botas, o las que saqué del armario de todos modos, y encaro a
la chica a mi lado.
—Tú debes ser Regina George.
La chica echa la cabeza hacia atrás y me mira como si me hubiera crecido otra.
Los pobres superdotados nunca conocerán la grandeza de Mean Girls.
—Claro, haz como si no supieras cómo me llamo o qué aspecto tengo desnuda
y encima de tu mejor amigo. —Sus ojos brillan con algo que sólo puedo adivinar como
orgullo—. O debería decir viejo mejor amigo, ya sabes, ya que no es más que polvo.
Chasqueo los labios a un lado, asintiendo a la chica porque uno... de qué está
hablando, y dos... ¿de qué demonios está hablando? El quién es obvio, siendo que sólo
tengo un mejor amigo pero...
—Entonces, ¿te acostaste con Ben? —pregunto, mirándola de arriba a abajo.
Podría ser. Estamos en Daragan State y ella podría ser una estudiante de Rathe U.
Nos cruzamos todo el tiempo... no es que los humanos tengan idea de que son
algo más que un grupo de niños ricos en una universidad privada.
—Sí —escupe, cada vez más enfadada.
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—Bieeeen, ¿supongo que no llamó después de su... mmm, polvo? —Una
pequeña risa me deja, y me encojo de hombros. Jugada típica del playboy, Ben—.
Quieres que me disculpe por él o algo así porque puedo, pero no va a conseguir que
vuelva a tu cama.
Sus ojos se entrecierran aún más y su mano sale disparada para agarrarme,
pero antes de que pueda, otra más grande se cierra alrededor de su muñeca. Levanta
la mirada y suelta un grito de niña que hace que el dueño de la mano se ría cerca de
mi oído.
Es un sonido sexy, giro la cabeza justo cuando se pone a mi lado.
—Suéltame —exige.
—Yo también me alegro de verte, Alex. —Lentamente, la suelta, levantando
una ceja expectante.
—Ugh. —Pone los ojos en blanco—. ¿Por qué estoy perdiendo el tiempo aquí?
—No lo sé, ¿por qué lo haces? —Esta vez soy yo quien ladea la cabeza.
—Perra —sisea, empujándome, y tanto yo como el tipo a mi lado nos reímos.
Echando hacia atrás uno de los mechones sueltos que me había dejado en la
coleta alta, sonrío al rubio.
Es alto, pero todos lo son si se comparan conmigo y mi metro cincuenta.
—Gracias, seguro que me iba a derretir o algo.
Vuelve a reírse y se pone de frente a mí. Me muerdo el interior de la mejilla.
—Más bien chuparte el alma. —Asiente, sonriendo cuando mis ojos se abren
de par en par—. Es un banco de energía.
Banco de energía, he leído sobre ellos. Se alimentan de la energía de otros
para aumentar sus poderes porque no tienen suficiente fuerza por sí mismos.
—Claro, sí. —Asiento, llevándome la bebida a los labios y acabándome el
líquido.
El mismo gnomo aparece en cuanto me lo quito de los labios, frunce el ceño y
me pone otro vaso lleno en la mano.
—Gracias —y se va.
Otra risa sexy.
Vuelvo a mirar al chico, sus ojos verdes brillan contra su piel clara y aunque su
cabello claro está peinado un poco demasiado perfecto a un lado, sus ojos están
enmarcados con pestañas gruesas y oscuras.
—Soy London.
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Le tiendo la mano y él sonríe, levanta la suya despacio y la toma. Por un
momento me pregunto si los apretones de manos son otra característica humana que
no se usa en este mundo. Pero entonces la sujeta con la suya, solo que en lugar de
apretar la mía con la palma, rodea la mía con sus largos dedos.
—Soy Zeke —comparte, levantando lentamente mi mano hacia sus labios.
Me resisto a sonreír, esperando a ver cómo se sienten sus gruesos labios sobre
mi piel, pero antes de que puedan tocarme, algo presiona mi espalda y me sobresalto.
Zeke me suelta en un instante, sus manos salen para atraparme cuando estoy a
punto de caer sobre él, pero no lo hago. Dos brazos me rodean la cintura y me tiran
hacia atrás con tanta fuerza que se me sale el aire de los pulmones. Jadeo.
En el mismo segundo, dos hombres de espaldas anchas y fuertes aparecen
frente a mí, con el cabello tan negro como sus trajes mientras miran fijamente a mi
nuevo amigo Zeke.
—Él sólo me estaba rescatando de Barbie Perra. No hay necesidad de lo que
sea... esto.
Una de las manos que tengo en la cintura sube y me rodea la boca, y entonces
unos labios cálidos se pegan a mi oreja.
—Cierra la maldita boca, pequeña London.
Se me endereza la columna vertebral, la voz me sacude algo en los huesos,
pero puede que solo sea porque no he tenido que decirle mi nombre a quienquiera
que sea, ya lo sabe. Bueno, mi nombre falso técnicamente, así que no es una gran
preocupación.
¿Verdad?
—Sí, ya la has oído. —Zeke se asoma por el espacio entre sus hombros, y la
pareja se mueve al unísono—. Simplemente la estaba ayudando... Knight.
Se me escapa una pequeña carcajada y la mano que me tapa la boca me aprieta
con más fuerza.
—Cuidado, chica problema —susurra—. ¿De verdad quieres que le arranque
el corazón a otro tan pronto? ¿Y al hijo de la directora?
Frunzo el ceño y me pongo rígida cuando la persona se ríe.
—En realidad, probablemente le encantaría una excusa para hacer
precisamente eso.
Quién es él y quién demonios es... bueno, él.
No lo sé, pero ya está bien de que me manoseen como a una muñeca.
Subo las manos, deslizándolas a lo largo de los músculos que hay bajo el traje
124
que me rodea, y qué casualidad, el hombre se ablanda un poco. Lo suficiente como
para que pueda subirlas hasta encontrar la piel de sus muñecas.
Hundo mis uñas en ellas, cavando hasta que se rompen.
Me sisea al oído, apartándome, y yo me río, dando vueltas.
En el momento en que nuestras miradas se cruzan, suelto un grito ahogado.
—¡Tú! —Lo empujo con fuerza en el pecho. No se mueve ni un centímetro.
En lugar de eso, da un paso adelante, haciéndome retroceder un paso, pero
me estampo contra una pared.
Tacha eso. Dos paredes.
—Yo. —Sonríe, levanta el brazo y lame las marcas de sangre. No sé por qué,
pero mis ojos siguen la acción y vuelven a posarse en los suyos cuando vuelve a
meterse la lengua en la boca.
—¿Qué demonios haces aquí? —Lo fulmino con la mirada—. ¿Has seguido...?
Corto mis palabras, el pavor recorriendo mi espina dorsal en cosquillas
calientes.
Oh, mierda, ¿son ellos los que se dieron cuenta de que yo era una chica
superdotada haciéndose pasar por una sin dones?
¿Sintieron mi poder o algo y aparecieron en esa cafetería específicamente para
buscarme?
¿Son como la versión superdotada de los cazarrecompensas?
Una mano me agarra del hombro y me doy la vuelta, encontrándome cara a
cara con otro par de ojos azules, estos pertenecientes al silencioso enfadado de ayer.
—¿Qué...? —Empiezo, pero mi pregunta muere en mi garganta cuando miro a
la persona a su izquierda.
Me quedo con la boca abierta al ver al imbécil inconcebiblemente atractivo
que sonríe a su lado. Es la versión idéntica del que ayer me inmovilizó contra la
pared... sólo que hay una clara distinción entre los dos. Aunque no sepa cuál es.
—Tú... hijo de puta.
—Exacto. —Se ríe sombríamente, pasándose la lengua por los dientes—. Pero
puede que no quieras que ella oiga eso.
—¡Te besé!
Sus ojos se entrecierran ligeramente y mira al que está a su lado, que no ha
dejado de mirarme fijamente, con la mirada endureciéndose por momentos.
—¡Te besé y ustedes intentaron hacerme creer que había besado al otro!
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—...mierda —murmura, seguro que sin querer. Da medio paso adelante, sus
ojos vuelan entre los míos—. ¿London?
El gran susurrador juguetón que me rodeaba con los brazos por detrás viene a
colocarse a su lado.
Los tres estúpidos y guapísimos hombres me miran fijamente. Las sonrisas, el
enfado, el fastidio e incluso las burlas hace tiempo que desaparecieron. Son pizarras
en blanco, vacías de cualquier indicio que pudiera haberme dado una pista de lo que
podrían estar pensando.
El ruido de cristales rompiéndose y los fuertes gritos de una mujer rompen
nuestra bola de silencio, y todos nos giramos.
Alex, como la llamaba Zeke, se ríe maníacamente mientras mira a una chica de
aspecto sombrío con el cabello rosa suave enroscado en un ovillo a sus pies, de cuyas
orejas mana sangre.
Salto hacia delante, sin saber qué hacer, pero harta ya de esta perra. Antes de
que pueda acercarme, me tiran hacia atrás, y esta vez, cuando intento soltarme, no
puedo. Sujetada contra mi voluntad como un maldito maleficio encerrado alrededor
de mi cuerpo. Mis pies fuertemente arraigados en su lugar.
El pánico se apodera de mí y me acelera el pulso. Una mujer de cabello largo
y oscuro con una corona gigante y reluciente aparece por la esquina, con unas
ataduras blancas y lechosas que le brotan de las palmas de las manos, se retuercen y
envuelven a Alex.
Los ojos de Alex se llenan de lágrimas, pero no se resiste.
Sonreiría si pudiera mover los labios.
Se lo merece.
Espero a la Reina, ¡porque mierda, es la maldita Reina! Para que le lea la
cartilla.
—Ya, ya, Srta. Kova. —Su voz es sedosa y oscura—. No empieces la diversión y
los juegos sin que tu futuro Rey esté aquí para verlo. Ya sabes cuánto le gustan.
En mi cabeza, me he quedado oficialmente con la boca abierta porque, ¿qué
demonios?
¿Qué es esta mierda?
¿En qué diablos he metido mi tonto trasero al reírme de las palabras, acepto,
como la tonta que claramente soy?
Quiero decir que estoy a favor de la oscuridad y el abatimiento, pero puedo
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decir sin haber hablado una sola palabra a la chica que actualmente se desangra en
el césped brillante debajo de ella que ella no hizo nada para merecerlo.
¿Así es como actúan las mujeres en Rathe?
Me entra ansiedad, pero cuando muevo los ojos, lo único que puedo mover
gracias al hombre que me rodea, me tranquilizo un poco.
Todas las mujeres llevan los vestidos más ostentosos. Algunos ajustados y
elegantes, otros escotados pero largos. Llevan el cabello recogido en grandes rizos,
la cara suave y los labios rojos. Llevan tacones con brillos y purpurina que hacen que
sus piernas parezcan increíblemente largas, sobre todo comparadas con las mías.
Está claro que todas quieren el puesto por el que hemos venido a luchar.
Parecen princesas, y yo me choco los cinco mentalmente por haber elegido lo
contrario de lo que creía que querría un rey.
Un grueso delineador negro recorta las curvas de mis ojos, combinado con una
sombra oscura y unos labios que lucen carnosos. Llevo el cabello recogido en una
coleta alta y lisa que me baja por la columna vertebral, dejando solo los dos gruesos
mechones que enmarcan mi rostro.
Mis pechos están sujetos por un corsé de cuero; pero no al estilo dominatrix,
sino algo sutil, no quiero ser tu bonito trofeo. Apretado alrededor de mi estómago, y
unos centímetros por encima de mi ombligo. Los pantalones de cuero a juego me
llegan justo por debajo del anillo del vientre y me aprietan hasta el tobillo. Las botas
negras rodean el tobillo y no añaden nada a mi estatura.
Un movimiento a la izquierda capta mi atención, y miro fijamente, con la tensión
arremolinándose de repente en mi vientre cuando la pared de marfil se separa, ¡y
mierda!
Es él, el chico de la cafetería y el gemelo a mi espalda. El que he estado
pensando todo el tiempo que besé. Al que vi haciéndose chupar la polla fuera de
aquella fiesta de superdotados que no creían que yo pudiera ver.
Mi corazón se estremece en mi pecho, latiendo violentamente y exigiendo que
vaya hacia él. Que lo toque.
Mío.
¿Qué demonios?
Lleva un traje, hecho a medida a la perfección y su cabello oscuro está
desordenado, pero ese tipo de desorden en el que parece perfecto. Delicioso. Del
tipo que puedes imaginarte mirando cuando su cara está enterrada entre tus piernas.
Lástima que sea un maldito idiota, pero ¿por qué verlo hoy es tan diferente de
127
lo que era hace veinticuatro horas? Entonces había algo, una atracción
chisporroteante, pero esto... no es lo mismo.
Me duelen literalmente los pulmones, como si estuvieran desesperados por
llenarse de su olor. No tiene sentido y no me gusta. Mis ojos captan la marca del
mordisco a un lado de su cuello, y por un momento juro que siento el sabor familiar
del plasma derramarse por mi garganta.
¿Por qué está aquí?
¿Por qué están aquí?
Necesito que este brunch acabe para que se vayan y pueda seguir con... lo que
demonios se supone que tengo que hacer aquí. No estoy segura de lo que es, pero
¿mi meta personal?
Evitar al futuro Rey, sea quien sea, como a la peste y asegurarme de que odia
lo que ve cuando yo no puedo.
Como si leyera mis pensamientos, y para mi horror, la Reina loca de Rathe se
gira, tendiéndole la mano.
—Ah, hijo, has llegado.
Cada centímetro de mí se enfría. Hijo.
¡¿Hijo?!
—¿Dónde están tus hermanos? —le pregunta, y apenas la oigo por encima del
crepitar de mis oídos.
Cuando los hombres a mi espalda dicen:
—Aquí, madre. —Se oye tan alto como en una discoteca de música electrónica.
Hijos.
Son los hijos de la Reina.
El tipo que me miraba desde el otro lado del estadio después del partido de
hockey, al que vi con una chica arrodillada ante él, el que me acorraló ayer en aquella
cafetería...
Es el futuro Rey.
En el momento en que lo pienso, su mirada turquesa se eleva y se cruza con la
mía por primera vez en el día, y no se parece en nada al de antes. Es... más.
Un torbellino de emociones gana velocidad en mis entrañas, como si me las
estuviera forzando físicamente con su propia mente.
Los siento.
Lo siento a él.
128
Como una tormenta bajo mi piel.
Como una plaga invencible.
Como una maldita pesadilla andante con ojos azules y la alma muerta.
Tenía que saber que yo iba a recibir esa carta. Por eso estuvo ayer en la
cafetería. Normalmente me diría a mí misma que estoy siendo paranoica, pero no esta
vez. Me acorraló y ahora estoy aquí, a cinco metros del futuro rey de Rathe como
concursante en una especie de competencia por un puesto a su lado. Es un completo
desconocido para mí y, sin embargo, se espera que luche por él.
Para obedecerlo.
Probablemente incluso para complacerlo, porque es imposible que un tipo
como él no quiera probar a su futura Reina antes de darle la corona. Me estremezco.
Si cree que voy a luchar por algo, o por alguien, que no quiero, le espera otra cosa.
Y no quiero esto.
La buena noticia es que no soy la única chica aquí, así que no debería ser muy
difícil evitar su atención. Después de todo, apuesto a que todas las chicas
superdotadas darían lo que fuera por ser la elegida al final. Así que sí, no debería ser
muy difícil pasar desapercibida.
Como si pudiera leer mis pensamientos, como si supiera exactamente lo que
estoy pensando... La mirada de lord Deveraux se estrecha, aún congelada en la mía y,
al mirar a un lado, me doy cuenta de que no sólo tengo la atención del futuro rey.
También tengo la de sus hermanos.
129

Dieciséis

Knight

—E
xplícate. Ahora. —Creed no pierde el tiempo y lanza un
hechizo de barrera que nos encierra a mis hermanos y a mí al
borde del jardín.
—Ten cuidado, hermano —le advierto. Me han puesto a prueba demasiadas
veces en cuarenta y ocho horas. Estoy casi agotado.
—Jódete —gime—. ¿Qué has hecho, Knight? Era indescifrable. —Sus ojos se
abren de par en par y sacude la cabeza, pero no dice nada.
—Hizo lo que ellos hicieron. —Legend me mira, sin necesidad de que Creed le
explique lo que vio cuando miró en su cabeza esta vez, porque él mismo tuvo la
oportunidad de mirarla a los ojos—. Robó una parte de ella por su propia razón
egoísta…
—No la robé...
—Sí. Lo hiciste, carajo. Tomaste de ella lo que nuestros padres tomaron de ella,
o quien demonios dejó a esa chica viva y la arrojó al mundo humano como si no fuera
nada. No lo es.
—Asesinó a nuestra maldita hermana. —Sinner habla con los dientes
apretados, acercándose a Legend—. ¡Nuestra maldita trilliza! ¡Sangre Deveraux! ¡Tu
puta sangre!
—En realidad —me meto las manos en los bolsillos y me acerco al borde del
acantilado donde termina el jardín. El océano se estrella contra las rocas afiladas—.
No lo hizo.
—¿De qué demonios estás hablando? —Creed se acerca a mí y lo miro de reojo
al sentir el calor de su cuerpo.
Creed. El hermano exaltado que actúa por impulso, bueno, normalmente no,
pero lo hizo con ella. Ahora lo único que quiero es aplastarle la maldita cabeza y
estamparla contra una pared que tenga pintada la maldita inocencia de London. Me
giro para mirarlos a todos, rebotando entre Creed y Legend. Legend, porque sé que
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en el fondo pensaba que algo no iba bien con London. Quería gustarle, y lo odiaba.
Debería haber visto eso como mi primera señal.
—Has perdido la maldita trama de tu apareamiento, hermano... —Creed gruñe,
enseñando los dientes—. ¿Por qué deberíamos salvarla? Ella. Asesinó. A.
Temperance.
Una parte de mí quiere seguir presionándolo sólo para ver cuánto puedo
sacarle. Es divertido lo mucho que lo estresa. Creed tiene un botón estampado con el
nombre de London encima, y probablemente me proponga darle la vuelta de vez en
cuando, cuando me apetezca.
—Knight, tiene razón. Estás siendo un imbécil. —Es Sinner esta vez, y lleva su
mano a mi brazo. No me muevo, mirando fijamente la conexión—. ¡Necesito empujar
tu estúpido trasero por este acantilado para que despiertes de una puta vez! ¡Mató a
nuestra maldita hermana! Tenemos que castigarla para siempre. A la mierda tu
vínculo de apareamiento.
—¿Cuánto le quitaste? —Legend exige.
La ira me lame la columna vertebral, haciéndome hervir la sangre, y me froto
el labio inferior con el dedo.
—¿Por qué te importa, hermanito?
Creed interfiere, con los ojos entrecerrados.
—Vete a la mierda.
Me quedo en Legend.
—¿Te preocupa que mi chica se haya olvidado de ti? —Me acerco un poco más,
apretando mi hombro—. ¿Qué no recuerde tus labios sobre los suyos? ¿Tus manos en
su carne bajo el vestido?
—Debería darte un puñetazo en la maldita cara —gruñe, encontrándose con mi
avance—. Sigue jugando a estos juegos y las cosas sólo irán a peor. Sigue jodiendo
con tu chica y la próxima vez que intente suicidarse se asegurará de encontrar a
alguien que la ayude a hacerlo para que no haya ninguna posibilidad de salvarla.
Ambos sabemos lo fácil que sería, teniendo en cuenta que se interpone en el camino
de otra perra y la corona que persiguen.
—¡Déjala morir! —grita Sinner, lanza una mano y, de repente, la burbuja en la
que estamos se vuelve de un gris vaporoso. El humo demoníaco ha venido a
protegernos de miradas indiscretas—. Ella no merece nuestra lealtad.
—¡Hombre, jódete! —Legend ladra—. ¡Sólo estás enojado porque te gusta, y
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odias a todo el mundo, y ahora sólo eres un chico al que besó en una fiesta pensando
que eras tu puto gemelo!
Sinner gruñe, lanzándose hacia delante, pero Creed lo agarra por el cuello
antes de que pueda romper el de nuestro hermano pequeño.
—Basta —sisea—. No aquí y no por ella. —dice ella con más desdén del que
hubiera creído posible—. No vale la pena, y pronto saldrá con el resto de la basura.
Sinner se desprende del agarre de Creed mirándome, y entonces lo veo. En
los ojos de mi gemelo hay un atisbo de incertidumbre.
Sus emociones siempre me han dado latigazos.
Todo esto me está dando un puto latigazo.
—Esa chica es la legítima Reina de Rathe. —Legend frunce el ceño—. No
puedes arrojarla a los Monstruos por lo que hizo cuando era niña. Puede que no la
quieras, puede que no pueda ser Reina, ¡pero tienes que protegerla!
—¡¿Qué crees que estoy haciendo, eh?! —Finalmente me quiebro—. Nos
equivocamos.
Mi pecho se agita, un profundo dolor que comienza en el centro de mis costillas,
y me aprieto contra él, a punto de caer de rodillas. Todo lo que ella es, es una maldita
debilidad.
Había cedido por ella. La dejé entrar como nunca había hecho con nadie, como
juré que nunca haría. Me costó un duro minuto, pero finalmente, estaba listo. Listo
para ser su compañero, para reclamarla como mía, y llevar su marca con orgullo.
Indefinidamente.
Estaba en la neblina de la mañana, mi mente, aun poniéndose al día con las
decisiones que mi subconsciente tomó, así que cuando sus secretos llegaron para que
todos los escucháramos, volví a lo único que sabía.
La familia por encima de todo.
Sangre por sangre.
Dejé que la ira me consumiera e hice lo que un Deveraux se cría para hacer.
Tomé. Tomé sin pensar y sin arrepentirme. Tomé sin tener maldito cuidado.
Metí la pata hasta el fondo, fui directo a la venganza como un jodido niño, en
vez de exigir respuestas como un hombre.
Mis hermanos me observan atentamente, pero es Sin quien da un paso
adelante, la tensión marcando su tono, porque es un hijo de puta perspicaz.
Especialmente cuando se trata de mí.
—¿Hermano? —Sus cejas se fruncen—. ¿Qué sabes que nosotros no sepamos?
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Miro a Creed, que asiente, y cuando intenta husmear en mi mente, se la abro.
Su rostro decae al instante y su mano se aferra al hombro de Sinner.
Los ojos de Sin se vuelven blancos, y entonces la escena se desarrolla para que
él y Legend la vean, tal y como Creed la está viendo en mi mente, la ilusión de Sin no
deja escapar ningún detalle.
Doy un respingo cuando la hoja se hunde en mi carne y tropiezo ligeramente.
London me chupa la boca con la daga aún en el cuello, cuando todo se vuelve negro.
La oscuridad se arremolina en el espacio, las paredes se agrietan como las raíces
del árbol milenario y el suelo tiembla bajo nuestros pies.
Las lágrimas nadan en los ojos de mi esposa mientras se arroja al suelo junto a
nuestra pequeña.
—¿Qué demonios ha pasado aquí? —Miro a mi alrededor, una vida de muerte y
guerra me permite alejarme de la emoción de lo que tengo delante.
El cuerpo de ocho años de Temperance frío a mis pies.
—Dijiste que estaba mejorando.
La brillante mirada de mi Reina se clava en la mía.
—¿Eso es todo lo que tienes que decir ahora?
—¿Me has mentido?
Sus ojos se vuelven blancos y se gira hacia la princesa de Rathe, sin vida en el
suelo. Se aparta el cabello oscuro de la cara y se levanta.
—Nadie puede saber lo que ha pasado hoy aquí —exige Cosima, encerrando su
tristeza.
Entrecierro los ojos, esperando oír qué plan podría tener.
La oigo antes de verla, su suave vocecita resuena en los pasillos vacíos de la
mansión real.
—London’s bridge is falling down, falling down...
Presa del pánico, extiendo la mano para cerrar la puerta antes de que se acerque
demasiado, pero la puerta se queda a medio camino y vuelve a abrirse lentamente.
Miro a mi mujer, entrecerrando los ojos, pero antes de que pueda preguntarle
qué demonios está haciendo, Villaina entra por la puerta, con el cabello blanco
revoloteando tras ella.
—Tempy, estoy aquí... —sus pies se detienen y un grito desgarrador llena el aire.
—Mierda. —Me lanzo hacia delante, arrodillándome y atrayéndola hacia mi
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pecho para ocultar la vista—. No deberías estar aquí abajo, Villaina.
Solloza, su cuerpo empieza a temblar sin control y un escalofrío le cubre la piel.
Se echa hacia atrás y sus grandes ojos azules como el hielo se clavan en los míos.
—¿Qué le pasó a Temperance, Rey Arturo?
Abro la boca, pero antes de que se me escape una sola palabra, Cosima está allí.
Acaricia la cabeza de Villaina y levanta la vista, haciendo que las lágrimas se
derramen por sus pálidas mejillas.
La Reina sonríe a la niña, le pone la palma de la mano en la nuca... y luego la
rompe.
Su cuerpo cae sin vida en mis brazos y miro a mi mujer.
Levanta la barbilla. Sus ojos se clavan en los míos.
—Acaba con ella.
—Cosima —espeto, tumbando el cuerpo sin vida de Villaina y poniéndome de
pie.
—Alguien debe caer por esto. —Levanta un hombro—. Su padre era un monstruo.
Tiene sentido, Arturo. Acaba. Con. Ella.
—Tú no haces las reglas aquí, mi Reina. ¡Yo soy el maldito Rey, y esa chica está
escrita en nuestro futuro más que ninguna otra antes que ella!
—Sea como fuere —arremete, los hechos no son algo que le guste—. Si la gente
se entera de la verdad sobre lo que ha pasado hoy aquí, el Ministerio lo utilizará contra
nosotros. Contra nuestros hijos. Llevan años buscando una forma de derrocarnos. Esto
podría ayudarlos.
—Los mataré a todos ahora, hoy, y no se atreverán a hacerlo.
—No. Eso traerá la guerra.
—Una guerra que ganaré —le recuerdo, aunque se equivoque.
El Consejo nunca podría enfurecerse contra nosotros. Tenemos a nuestro lado mil
veces más superdotados de los que podrían desear.
—La niña ya yace a tus pies —intenta razonar Cosima—. No respira. No sentirá...
nada. Piensa en tus hijos y haz lo que debas, porque si no... les diré a todos que ella es
la culpable de la caída de nuestra amada princesa. Ella morirá de cualquier manera.
Con eso, mi mujer baja al suelo junto a nuestra hija.
Podría anular muy fácilmente a mi querida esposa, pero eso no hará nada para
que deje de difundir las mentiras sobre la niña que tengo a mis pies. Podría acabar con
ella sin dolor, evitarle la muerte que el Ministerio le exigirá.
Pero ¿y el futuro de Rathe?
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Sin pensarlo dos veces, tomo a Villaina Lacroix en mis brazos y salgo de la
habitación.
Mi esposa dijo que hiciera lo que debía. Que pensara en mis hijos.
Eso es exactamente lo que voy a hacer.
Sinner cierra los ojos y tarda un momento en volver a abrirlos. Cuando lo hace,
vuelven a ser azules, solo que esta vez con grietas en forma de telaraña sobre sus ojos
durante una fracción de segundo. Porque Legend tenía razón.
Sinner odia a todo el mundo y no confía en nadie, pero ¿London? A él le gustaba
aunque no quisiera y a ella también. Ella de alguna manera entendió que hay una
máscara que él debe usar y aceptó la que él eligió. Ella lo aceptó, aunque no quisiera.
Al destino no le importan una mierda tus sentimientos. Pone a la gente en tu vida por
razones que simplemente no puedes ver ahora mismo.
—Mierda.
Legend se pasa las manos por el cabello, caminando tanto como le permite el
reducido espacio. Se detiene frente a mí, con los brazos colgando a los lados. Abre la
boca para hablar, pero no le sale nada y mira hacia otro lado.
—¿Cuánto? —pregunta finalmente Sin—. ¿Cuánto has borrado?
—¿Recuerdas la carta que encontramos en su habitación la noche que todo se
fue a la mierda, la que le advertía de Rathe? —Le pregunto—. La recibió el día que la
acorralamos en la cafetería cuando había salido con Justice. Nunca la leyó, así que
jugué con sus recuerdos y la llevé a ese día. Le di a conocer sus dones e hice parecer
que la carta era la invitación. Estuvo durmiendo todo el tiempo, con los recuerdos
reproduciéndose en su cabeza como si fueran reales. El momento en que abrió los
ojos esta mañana es el momento en que cree que la trajeron aquí. —La presión me
oprime el pecho, pero la ignoro—. Todo lo que pasó después de aquel día en el
restaurante desapareció.
—Entonces, ¿el vínculo de apareamiento? —La mandíbula de Sin hace un tic—
. ¿Ben?
No digo nada. No hace falta.
Saben de qué día hablo. Fue casi nuestro comienzo. Antes de que la tocara.
Antes de que supiera que era mía... aunque no quisiera serlo. Fue antes de todo.
—Suelta la barrera —dice Sin.
Creed niega con la cabeza, pero Sinner no va a permitir que cualquier
pensamiento o excusa que tenga lo disuada.
—Suelta la puta barrera, Creed. —Sinner se alisa la chaqueta, cuadrando los
135
hombros y la mandíbula, esperando que Creed haga exactamente lo que le ha
pedido.
Lo hace. En primer lugar, la niebla que nos rodea se despeja, y en el momento
en que la barrera cae, Sinner se adelanta, con Legend justo detrás de él.
La expresión de Creed es más ilegible que la de los demás, probablemente su
mente da vueltas mientras decide qué hacer con esa información y cómo va a
tomársela. Me mira fijamente un momento, antes de girarse lentamente, así que yo
hago lo mismo, siguiendo su línea de visión.
Como era de esperar, nuestros hermanos ya están en camino hacia ella.
Está de pie, cruzando los jardines, ante una gigantesca cascada de chocolate
hecha de adoquines. A su lado, los jóvenes gnomos que encontraron el camino hacia
ella.
Se ríen y empujan postre tras postre hacia ella, y London sonríe mientras toma
un pequeño bocado de cada uno, con la palma de la mano desbordada hasta el punto
de que tiene que sujetarla contra su cuerpo para intentar que no se le caigan.
La más pequeña de todas, vestida con un florido vestido rosa y largas trenzas
amarillas, se desliza entre sus piernas, dando vueltas y vueltas mientras se agarra a
otra.
—Perciben su poder —dice, y yo asiento sin apartar la mirada. Incapaz de
hacerlo. Dejando a un lado la historia y la mierda, no se puede negar que London
sería una jodida reina fenomenal.
Los jóvenes de aquí tienen un don. Pueden captar lo que hay en el interior,
aunque el suyo esté temporalmente dormido.
London se ríe entonces, y el sonido me vibra en el pecho, obligándome a
apretar los dientes hasta que siento que uno se rompe. Se curará, pero desearía que
no fuera así. Merezco romperme, aunque solo sea físicamente, por lo que le he hecho,
por lo que seguiré haciéndole.
Sin y Legend la alcanzan, agolpándose por detrás. Los jóvenes gnomos se
dispersan justo cuando mis hermanos reclaman el espacio al lado de London.
La enjaulan, su cabeza va de un lado a otro, pero ninguno habla. Se quedan de
pie, mirándola, y lentamente, la comisura de su boca se levanta.
Sus labios se entreabren y no sé lo que dice, pero tanto Sin como Legend
asienten bruscamente.
—¿Qué has visto? —pregunto finalmente, manteniendo los ojos fijos en la chica
que no tiene ni puta idea de quién soy para ella—. Cuando miraste en su cabeza, ¿qué
viste?
Creed guarda silencio unos instantes más, y es casi demasiado, carajo, pero
136
entonces su mano me aprieta el hombro.
—Caos —dice con frialdad—. Puro. Maldito. Caos.
Mierda.

London
De repente, los adorables y poco convencionales gnomos se dividen y las
golosinas que no han podido pasar caen a la hierba, para desaparecer en cuanto lo
hacen. La preocupación se agolpa en mi vientre mientras los veo correr a toda
velocidad hacia los rosales en ciernes. No aminoran la marcha; los atraviesan poco a
poco, con sus cuerpos cada vez más borrosos, como si las flores no fueran más que
un portal por el que saltar.
Mierda, tal vez lo sean.
No tengo que preguntarme por mucho tiempo qué los asustó, ya que una gran
sombra aparece en el suelo delante de mí un parpadeo después.
Sé quién es sin mirar. O me hago una idea y creo que son dos de los cuatro.
Cuando inclino la cabeza por encima del hombro, los veo. Vienen a ponerse a mi lado,
así que doy medio paso atrás para poder mirarlos a los dos.
Ninguno de los dos dice una palabra, los dos se quedan tiesos y simplemente
me miran.
Nunca he tenido la atención de la realeza, y nunca en mi vida pensé que tendría
a la Realeza y a Rathe tan cerca, así que a pesar de mi habitual confianza, una pequeña
bola de ansiedad se forma detrás de mis costillas.
Hago lo único que se me ocurre y, torpemente, levanto las manos mientras saco
la barriga, como si quisiera llamar su atención sobre la enorme pila de bocadillos que
sostengo allí, y levanto la mano derecha, dando un mordisco al que tengo más cerca
de los labios.
—¿Quieren un poco? —ofrezco.
Ambos se quedan inmóviles un momento, y es el gemelo el que se agacha y
muerde el borde de una manzana bañada en caramelo, con un poco de mierda
brillante espolvoreada por encima. También resulta ser una de las golosinas que tiene
137
en la mano pegada a mi cuerpo, así que, al más puro estilo playboy, como supongo
que sería un joven Lord, sus ojos turquesa se posan en los míos justo cuando están a
la altura de mi pecho.
Las afiladas puntas de sus dientes apenas se ven, pero están ahí, y me hace
preguntarme si es un vampiro. Nunca he visto uno en la vida real, que yo sepa, y
siempre me he preguntado:
—¿Los vampiros mueren al sol?
Frunce las cejas y se levanta lentamente, lamiéndose el polvo rosa de la
comisura de los labios, justo cuando su hermano empieza a reír.
Es una risa agradable. Profunda y un poco traviesa, y cuando lo miro a los ojos,
decido que así es él. Apostaría a que es el más joven, aunque todos están cerca en
edad, pero éste tiene un toque de... no exactamente suavidad, pero algo que los otros
no tienen. Un sentido de la moralidad tal vez, aunque sólo sea un poco.
—Soy Legend —dice, casi como si su nombre le entristeciera de algún modo—
. No, los vampiros no mueren en la luz.
—Pueden —ofrece el otro.
Cuando lo miro, descubro que ya me está mirando.
—Entonces, ¿lo hacen o.... no lo hacen?
—No lo hacen caminando bajo el sol. Lo hacen si te enojan lo suficiente... o si
les entra sed de sangre y tienen que arrancarse el corazón en la pista de baile tras
una chica...
Se precipita, pero Legend lo empuja lo bastante fuerte como para hacerlo
tropezar.
Cuando se endereza, se le dibuja una sonrisa de oreja a oreja, y lo sé.
Tenía mucha razón.
Grandes playboys.
Quizá no me aburra tanto aquí después de todo...
—Nena —advierte Legend, como se presentó, mientras se desliza detrás de
mí—. No lo mires así. Sólo lo animarás.
—Quizá quiera animarlo.
—Claro, adelante. —Se ríe entre dientes—. Si quieres ver cómo mueren los
monstruos.
Mis músculos se agarrotan y los dos hermanos se ríen, poniéndose delante de
mí.
—Todo está bien, Pequeña L, anímame. —El gemelo sonríe, pasándose la
138
lengua por el labio inferior, pero es más juguetón que otra cosa—. Puede que muera,
pero sólo durante unos minutos, así que... merece la pena.
Hay una sensación extraña entre nosotros, como una telaraña tejida, de esas
que encontrarías en la parte de atrás de un menú en una cafetería durante Halloween.
En la que tienes que tomar un bolígrafo y probar todos los caminos hasta descubrir el
correcto. El que lleva a otro lado. Su lado.
—Soy Sinner.
Asiento, mirándolo con su traje completamente negro.
—Adecuado.
Entonces se nos une el tercer hermano, el de los ojos enfadados de ayer, que
parecía dispuesto a arrancarme la cabeza, pero ahora no lo parece. Está... angustiado.
Por alguna extraña razón, mis dedos se crispan, levantándose y totalmente
preparados para apartar las líneas que recorren sus sienes, pero vuelvo a apartar a
esa perra a mi lado antes de que me la corten.
¡No puedes ir tocando a un maldito Lord, London!
—Creed —dice. Ni un hola, ni un me llamo, ni siquiera un soy, como empezó
Sinner, y empiezo a ponerme nerviosa, así que hago como si fuera un examen
sorpresa.
—Meh. Acierto o fallo mío, pero me gusta más Sublime.
Creed parpadea, molesto, pero de nuevo... hay algo que se oculta tras su
expresión, algo que no estoy seguro de que quiera que yo vea, y sin embargo puedo.
—Mi hermano no es de los que escuchan lo que el mundo humano llama
música. —Su voz me envuelve como la seda, me envuelve en una bola de placer
mientras me besa la piel. Y lo hace. Hasta los dedos de los pies.
Lentamente, el cuarto hermano, posiblemente el último, se nos acerca.
Al instante, mi mirada se pega a su rostro, pero la suya rebota en su familia, y
veo cómo se estira su garganta al tragar saliva justo antes de que por fin dirija su
atención hacia mí.
El pulso me salta en el pecho. Literalmente. Me golpea tan fuerte contra las
costillas que tengo que dar un paso para no caerme hacia delante.
Esos ojos azules suyos se oscurecen cuando sostienen los míos, aunque sólo
sea un matiz.
—Prefiere escuchar los sonidos que hacen las mujeres cuando gritan por él.
Me mira fijamente, como si esperara que yo... no sé qué, la verdad, pero lo que
139
consigue es reírse, y para asegurarme de que no digo algo que me lleve a la hoguera
o lo que demonios haga la Realeza hoy en día, me meto un mini cupcake en la boca.
Me doy cuenta del error en cuanto lo cometo, ya que todos sus ojos se posan
en mis labios.
Levanto la mano, me tapo rápidamente la boca y mastico más rápido.
—Me llamo Knight —dice, sus palabras son lentas y casi... cuidadosas—. Yo…
—Eres el futuro Rey de Rathe.
Frunce el ceño al instante, pero asiente con la cabeza.
—Tú eres la razón por la que me vi obligada a venir aquí.
—¿Obligada? —Levanta una ceja oscura—. Estoy bastante seguro de que fue
una invitación.
—Cierto. La formalidad de la ilusión del consentimiento.
Los labios de Sinner se curvan en el tipo de sonrisa que alguien te dedica
cuando compartes un secreto con esa persona, pero frunzo el ceño y vuelvo la vista
hacia... Knight.
—Si crees que te quiero aquí, te equivocas. —El rostro de Knight se endurece.
—Bueno, ya somos dos. En fin... Te daría mi nombre, a pesar de que ayer me
lo pediste tan dulcemente, pero voy a arriesgarme y decir que ya lo sabes.
El falso con el que me críe, espero...
Como si supiera que quiero confirmación, probablemente asumiendo que es
alguna razón digna de broma que una verdadera cazadora de coronas querría, como
saber que el futuro Rey sabía de mí existencia, y no porque mi identidad sea un jodido
secreto, lo dice.
—Tu nombre es London Crow.
La tensión que recorre mi cuerpo se alivia un poco e inclino la cabeza, sin
confirmar ni negar.
—¿Cómo supiste que era superdotada?
Entrecierra los ojos y veo cómo sus hermanos le dirigen miradas.
—Somos la Familia Real. Lo sabemos todo —dice con frialdad.
Dejo libre mi sonrisa, porque acaba de llamarme London. Una risita ronca sale
de mi garganta y mis ojos se fijan en cómo la gruesa vena de su cuello palpita con más
fuerza.
Me meto otra golosina en la boca y retrocedo unos pasos, con la mirada clavada
140
en la suya.
—Eso ya lo veremos, ¿no?
Giro sobre mis botas y me dirijo a la larga mesa. Aparece un gnomo macho,
me toma de la mano y me arrastra a su alrededor, soltándome cuando llegamos al
asiento que aparentemente estaba reservado para mí. Huele a hierba recién cortada
y a pan caliente. La mesa está forrada de amapolas, lirios y bandejas de alimentos de
colores que me hacen agua la boca. La pared detrás de nosotros es completamente
de cristal, con vistas a lo que sea que haya aparecido, y justo delante de nosotros hay
un interminable prado de coloridos macizos de flores, floreciendo ante nuestros ojos.
Los Deveraux no tardan en sentarse a la mesa y, mientras espero a que me
rellenen por segunda vez el vaso de lo que el gnomo llamaba Faepagne, levanto la
vista.
Mis labios se separan con un grito ahogado.
Los Lords de Rathe están a sólo cinco metros de distancia, los cuatro pares de
ojos azules fijos en mí.
Lo extraño es que, aunque sus rostros no delatan nada, conozco la verdad que
se esconde tras sus expresiones enmascaradas, y cada uno cuenta una historia
diferente.
Confusión.
Incertidumbre.
Esperanza.
Y la más extraña aún... el arrepentimiento.
Para qué y por qué, no lo sé.
¿Y honestamente?
No me importa una mierda.
No puedo ser Reina de un reino en el que mi padre causó estragos. Un reino
del que no sé prácticamente nada, y como si esas dos razones no fueran suficientes...
no quiero serlo.
Quiero irme a casa, comer comida para llevar de mierda y pasarme los
próximos tres años de mi vida odiando cada minuto de la universidad pero viviendo
cada día alojada con mi mejor amigo, Ben.
Mientras miro alrededor de la mesa a las otras chicas guapísimas, incluso a esa
perra de Alex, pienso que no será muy difícil. Imagino que la mayoría de ellas
matarían por sentarse en el trono, posiblemente incluso literalmente. Debería ser fácil
pasar a un segundo plano, sobre todo si la pelirroja del final quiere aquello para lo
141
que la han llamado. Parece una jodida diosa, y quién sabe, quizá lo sea.
¿Existen aquí?
No lo sé, pero de cualquier manera, apuesto a que es mega poderosa y eso es
exactamente lo que la corona requiere. Dinero, poder y belleza.
Sólo tengo uno de esos, así que, de nuevo, no debería ser difícil marcar la más
bajo en la lista de creadora de futuros bebés reales.
Pero entonces miro hacia delante, cruzando involuntariamente los ojos con el
futuro Rey y de repente... no estoy tan segura.
142

Diecisiete

Knight

H
ay una chica nueva.
Por supuesto, hay una maldita chica nueva. Si London, cuando
aún tenía todos sus recuerdos, pensó que se deshacía de una de las
mujeres que potencialmente podrían ser mías, se equivocaba.
La idea de sus celos, de que sea posesiva con un hombre al que odia hace que
mi polla se retuerza en el estúpido traje que estoy deseando quitarme.
Me gustaría quitarle esa ropa de cuero.
Tomaría mis garras y las extendería ante ella para que viera cómo su longitud
se convierte en afiladas puntas capaces de atravesarla sin esfuerzo. Las arrastraría
por la parte delantera de aquel endiablado corsé negro, deleitándome con la visión
de cómo se abriría y sus tetas rebotarían libres, pero no me detendría ahí. Seguiría
bajando, sobre su montículo y más abajo hasta que pudiera empujar hacia arriba,
justo en su apretado coño y está apretado. Es tan jodidamente apretado.
—Hermano.
Mis ojos se deslizan hacia la izquierda y Sin levanta una ceja oscura, fijando su
mirada en mi erección bajo los pantalones. Me llevo la copa a los labios, me la bebo
y vuelvo a mirar hacia delante.
La risita de Sinner es baja, pero se la traga cuando Madre cruza la cabeza por
encima del hombro con una mirada fulminante.
—Como iba diciendo —habla Madre lentamente, volviéndose hacia la imagen
flotante que lanzó ante nosotros—. Se llama Ivana. Es una metamorfa. La más joven de
su familia e hija de uno de los nuestros.
Miro fijamente la cara en la pantalla.
Es atractiva. La chica exacta que habría buscado para una noche de diversión
cruda.
Tiene el cabello largo y negro. Su piel es ligeramente más oscura, pero son sus
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ojos los que me hacen inclinarme en mi asiento. Tiene el iris gris como el carbón y los
labios pintados de mi rojo sangre favorito.
Intento imaginarme mi polla entre ellos, imaginarme su cabello enredado en
mi puño, pero justo cuando lo consigo, el cabello se vuelve blanco, los ojos se
escarchan y maldigo para mis adentros.
—Entonces, ¿es nacida en Stygian? —Creed confirma—. ¿Familiarizada con los
caminos de la magia oscura?
Madre sonríe orgullosa, levantando la barbilla. Sus ojos brillan por un momento
y asiente.
—Conoce, defiende y tiene el mayor poder entre sus compañeros de Rathe U.
—Parece que estás eligiendo favoritas, madre. —Legend frunce el ceño.
—Lo hago. —Ladea ligeramente la barbilla, saca las uñas negras y la imagen
desaparece. Sus ojos se entrecierran y sé lo que viene—. ¿Qué ha pasado hoy en los
jardines?
—Aproveché la magia real para manipular la mente de London.
—Bien. Esa pequeña perra se estaba descontrolando.
Mantengo la sangre fría y asiento lentamente.
—Sí, lo hacía. Ya no debería ser un problema.
—¿Quieres decir que no tenemos que preocuparnos de que intente matar a
todo el mundo a cada paso y se convierta en la hija que todos esperaban que fuera al
ser el engendro de El Degollador? —Una extraña expresión cruza el rostro de mi
madre, una en la que nunca me había fijado pero que no puedo leer.
O quizá no he prestado suficiente atención...
—Exacto. —Estoy de acuerdo.
—Ya no recuerda que es la compañera de Knight —ofrece Sinner lo que yo no
me atrevo a decir.
Madre me mira, con la máscara en su sitio, y entonces sus hombros caen un
poco.
—Hijo... —susurra, acercándose y poniendo su mano sobre la mía—. Debe
haber sido una tarea difícil. —Sus ojos brillan ligeramente—. Pero demuestra la fuerza
que tienes. Estás destinado a ser el Rey de Rathe, hijo mío, y qué Rey serás. —Sube la
palma de su mano y la posa en mi mejilla.
No digo nada, pero muevo la barbilla en señal de reconocimiento, y una suave
sonrisa curva sus labios.
Desaparece en el momento en que se abre de golpe la puerta de enfrente y
144
entran Silver y su padre, el guardia número uno y amigo íntimo de mi padre.
Ambos hacen una pausa, inclinando la cabeza y esperando a que se les dirija
la palabra.
—Habla —exige mi madre.
Vicente la mira y luego a los cuatro.
—Hay una pista sobre el asesino del rey Arturo. Debemos ir ahora si queremos
capturar al cambia formas antes de que huya.
Los cuatro salimos volando de nuestras sillas, pero Madre extiende la mano
para bloquearnos.
—No enviaré a mis hijos al peligro.
—Psshhh... —murmuro en voz baja. ¿Desde cuándo?
—Por favor, madre. —Sinner pone los ojos en blanco, dando un paso más allá
de ella y lo seguimos.
Vicente levanta un portal y retrocede, mis hermanos ya suben por él, pero yo
miro a Madre.
Se lleva una mano al pecho.
—Cuídate, hijo. Moveré el cara a cara para otro momento.
La miro fijamente a los ojos y, cuando sus labios se curvan un poco, asiento.
—Sí, madre.
Paso a través, Vicente a mi espalda.
No sé hacia dónde nos dirigimos, no sé quién demonios es este cambia formas,
pero no importa.
Para que Vicente nos guíe hasta aquí tiene que saber algo, y si hay algo que se
nos da bien a mis hermanos y a mí es conseguir lo que queremos de una persona.
Aunque tengamos que arrancárselo gota a gota.
Me viene a la memoria la noche en que mordí el muslo de London con la fuerza
suficiente para extraerle sangre, y eso hace que la mía bombee con más fuerza por
mis venas.
Sí, menos mal que se cancelaron las sesiones individuales o podría haber
hecho algo realmente estúpido... como inclinarla sobre la mesa y follármela hasta que
sangrara.
Suspirando, me pongo al frente del grupo y abro de golpe la puerta de madera
rota que hay al final del pasillo.
Unos ojos anchos y amarillos se encuentran con los míos al otro lado, y entonces
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el cabrón hace algo que yo esperaba que hiciera.
Corre.
Los cuatro nos reímos mientras me quito la chaqueta y la tiro a un lado.
—Preparado o no, hijo de puta... —y entonces, de golpe, nos separamos en
todas direcciones. Salgo corriendo a toda prisa, todo a mi alrededor se vuelve negro
excepto la sombra palpitante de una forma humana que parpadea en rojo. Acelero el
paso, me abro los botones de la camisa y mis manos aparecen por un segundo. La
piel gris y lisa, las uñas afiladas y negras. Siento el hambre de la muerte correr por
mis venas cuanto más rápido bombeo mis piernas. Necesito sentirlo. Sentir su sangre
bañándome de la misma forma que estoy seguro, que la de mi padre lo bañó a él.
Mi maldad no sólo planea sobre la superficie, sino que asoma su fea cabeza a
plena vista y cuando se me afilan los dientes, sé que estoy en forma.
La figura roja se acerca más y más, y en cuanto choca contra mi pecho, mi
maldad desaparece y mis manos de forma humana rodean su cuello y la visión
nocturna desaparece.
Sus ojos amarillos me miran con pánico, sus labios fruncidos por el miedo.
—¡No sé lo que has oído! —Inclinando la cabeza, le aparto el largo cabello de
la oreja y lo muerdo.
—Un maldito zorro...
—Imagínate... —Sin lo agarra por la oreja y lo lanza contra la pared detrás de
nosotros. La gente camina arriba y abajo por el callejón, pero ninguno se fija en
nosotros. Corriendo con aire de protección, no iba a pasar rápido.
Me quito su sangre de la boca.
—Levántate.
El zorro se tambalea sobre dos patas, apretando las manos contra la pared de
ladrillo. Aprieta los ojos cerrados cuanto más me acerco, hasta que mis botas tocan
sus pies.
—Voy a matarte, pero antes, enséñame lo que quiero ver.... —Saco una sola
uña, se la clavo en la sien y los ojos se me ponen en blanco.
La habitación está en penumbra, llena de humo oscuro y cada vez que intento
limpiarme los ojos, se llena más el espacio. Sea quien sea a quien protegen, es fuerte,
porque este zorro no bastaría para bloquearme. Los pasos resuenan y sigo el golpeteo
de los pies. Es inútil que yo esté aquí ya que su mente está custodiada por alguien aún
más poderoso que un Real. Estoy a punto de retirar los dedos cuando un murmullo capta
mi atención. Intento seguir las palabras, los tonos suaves. Paso tras paso, sus voces se
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hacen más claras hasta que un fuerte grito desgarrador irrumpe en mis oídos.
Me retiro, mirando con desprecio al zorro.
Me dedica una sonrisa socarrona antes de llevarse la mano a la garganta y
rebanarse la piel con el extremo afilado de la uña. La sangre brota de la incisión y cae
al suelo.
—¡Mierda! —Me tambaleo hacia atrás.
—¿Qué has visto? —pregunta Vicente, escudriñando mis ojos. La
desesperación que todos tenemos, por encontrar al asesino, no puede dañar el
proceso. Puedo ver desde aquí lo ferozmente que desea encontrar a la persona o
personas, al igual que yo.
—Absolutamente nada.

London
No estoy segura de qué demonios se traen entre manos esos hermanos, sobre
todo Knight, si es que puedo llamarlo así en mi cabeza, pero sé que no puede ser nada
bueno. Por lo que he podido ver, la mayor parte de su atención se ha centrado en mí
durante todo el almuerzo. A juzgar por las expresiones extrañas y francamente
asesinas que me han dirigido mientras esperábamos a que el hombre del momento,
o, ya sabes, del siglo, lo que sea, volviera y nos honrara una vez más con su presencia
para la mierda de cara a cara a la que, al parecer, estamos obligados a asistir.
Caminamos literalmente por los jardines sin rumbo, como ganado a la espera
de ser sacrificado.
Dios mío, ¿y si eso ocurre?
¿Y si nos matan una a una hasta que sólo quede una chica en pie?
No, esto no puede funcionar así... ¿verdad?
Me vuelvo hacia la chica de cabello rosa que lleva toda la tarde siguiendo los
pasos de Alex, probablemente tramando su venganza por lo que sea que le haya
hecho antes.
—Entonces, ¿nos matan si no estamos a la altura de las expectativas de Lord
Deveraux?
Los ojos verdes de la chica se clavan en los míos y la he tomado tan
desprevenida que se echa a reír.
Una pequeña sonrisa se dibuja en mi cara.
147
—Qué, lo digo en serio. ¿Cómo funciona esto exactamente?
La chica se tranquiliza, se lame los labios y me mira con los ojos entrecerrados.
Después de un momento, inclina la cabeza.
—No querrás arrancarme la cabeza y dársela de comer a los dragones,
¿verdad?
—¡¿Dragones?! —Mis ojos se desorbitan—. ¿Qué demonios?
Su boca tira hacia un lado.
—Eres como... rara.
Levanto un hombro, miro a un lado y ¡qué casualidad, aparece otro vaso de
Faepagne!
—Gracias, Frankie. —Sonrío al gnomo de aspecto enfadado, pero se limita a
gruñir y se marcha.
—¿Se llama Frankie?
—Probablemente no, pero como lo único que hizo fue gruñir cuando le
pregunté cuál era su nombre, le dije entonces que lo llamaría Frankie. Creo que en
secreto le gusta.
—¿Qué te hace decir eso?
—Sigue volviendo. —Sonrío—. Entonces... ¿nos matarán una a una como una
especie de sacrificio vudú de mierda, o qué?
Parpadea y niega con la cabeza.
—Yo... no. No, no nos matarán. Discúlpame. —Se aleja corriendo como si la
hubiera asustado, pero da igual.
Doy vueltas y me detengo cuando se acerca nada menos que Zeke.
—Hola de nuevo.
Me sonríe.
—Hola de nuevo.
Abro la boca para hablar cuando una voz retumba en los jardines.
—Los cara a cara de hoy han sido cancelados. Vuelvan a sus habitaciones. Se
les espera para cenar y bailar cuando el anillo de Saturno brille más.
Miro a Zeke y enarco una ceja.
—Entonces.
—Entonces. —Levanta un porro entre nosotros y yo sonrío.
—Ve delante...
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Se ríe a carcajadas, me toma de la mano con la suya y se mete el porro entre
los labios con la otra. Ni siquiera me molesto en detenerlo para ver adónde vamos.
Todo es demasiado raro. El cortejo es lo menos raro que me ha pasado hoy.
—¡Aquí! —Zeke se arrodilla frente a mí, señalando sus hombros—. ¡Salta sobre
ellos! —Engancho las piernas a su alrededor, grito cuando me mete las espinillas en
los brazos para estabilizarme. Una vez encima, se ríe—. Cierra los ojos y cuenta hasta
diez.
—¿Qué? —Mi mano encuentra su cabello para sujetarlo mejor.
—¡Vamos! Conozco un lugar, pero necesito que cierres los ojos.
Hay muchas cosas que he cuestionado a lo largo de los años. Muchas. Incluso
entendiendo nuestro mundo, e intentando ocultarlo, esas cosas ni siquiera han
arañado la superficie de las últimas veinticuatro horas.
¿Qué podría ser peor?
Cierro los ojos.
El viento me azota el cuello mientras una descarga de adrenalina me asfixia.
Intento tragar más allá de la excitación, pero ya es hora de abrir los ojos y cuando lo
hago...
—¡Dios mío!
Se ríe entre dientes, se sumerge en el agua y veo cómo el oro líquido se traga
mis piernas de rodillas para abajo. Caigo de espaldas, con los brazos extendidos
mientras el líquido me envuelve los brazos como un cálido abrazo y se calman todas
las emociones que había estado sintiendo momentos atrás.
Respiro, mientras lo que sea en lo que estoy flotando soporta mi peso.
—Esto es tan encantador.
—¿Verdad? —Zeke está a mi lado. Me acerca el extremo del porro a los labios
y lo tomo, inhalando el sabor dulce de algo que no sabe exactamente a hierba.
Cuando aparta la mano de mí, casi temo el ataque de asfixia que estoy a punto de
sufrir, pero en lugar de eso, unas suaves nubes de humo abandonan mis labios y los
efectos se apoderan de mí. Siento que mis músculos se relajan por completo y me
pongo de pie.
Zeke ya está recibiendo otro golpe cuando descubro la zona que nos rodea.
Árboles morados fluyen sobre la pequeña zona de baño en la que estamos, con
gordos arbustos del verde más brillante esparcidos a nuestro alrededor. Al girarme
por encima del hombro, espero ver más vegetación, pero en su lugar está el vacío
del sistema solar. Los colores malva y coral suave muestran nuestro sistema solar y se
encuentran con la piscina de borde infinito. Saturno se cierne tranquilamente detrás
149
de nosotros como telón de fondo perfecto.
—Vaya. —Me muerdo la lengua, con las mejillas enrojecidas—. Es tan hermoso
aquí.
—¿Cierto?
Sonrío a nada y a todo, completamente feliz.
—Entonces, ¿por qué estás aquí? ¿También te corteja el futuro Rey?
La risita áspera de Zeke me llena los oídos y cierro los ojos, siguiendo las
pequeñas motas de luz que bailan tras ellos.
—Siento decepcionarte, pero no. Siempre hay una docena de extras aquí para
el cortejo, machos y hembras. Somos una especie de testigos, suplentes que bailan
con las chicas en el baile para mantenerlas ocupadas cuando el Lord está ocupado.
—¿Así que, básicamente, sacaste el palo corto y tuviste que venir?
—Con las clases en Rathe U canceladas hasta que esto termine, no tenía nada
mejor que hacer de todos modos. Además, puedo pasar el rato contigo —bromea,
acercándose a mi lado, justo cuando suena una alarma lejana.
—Mierda. —Se le cae la cara. Me agarra de la mano, tirando de mí fuera del
oro solvente que se siente como la seda.
—¿Qué pasa?
Tira con tanta fuerza que es probable que su mano le deje un moratón, pero es
el pánico en sus ojos lo que me hace tropezar tras él, dejando que tire de mí en lugar
de arrancarme.
—Yemon.
¿Yemon?
Mis cejas se fruncen, pero me mantengo a su ritmo mientras nos dirigimos a un
gigantesco muro a nuestras espaldas. El tejido de hiedra se trenza a lo largo de su
enorme longitud en interminables columnas paralelas, con espinas que crecen de la
nada y se agrandan a cada paso que damos en su dirección.
—Tenemos que volver al interior de las murallas. Saben que hemos
desaparecido, y la única razón por la que habrían buscado es si hay...
Un fuerte chirrido nos congela a los dos. Zeke se da la vuelta.
—Peligro —termina de decir, pero apenas lo oigo.
Ese grito. No era de los que había oído nunca. Era agudo; el sonido raspaba mi
piel como si me tocara físicamente, y era estridente. Un grito que esperarías escuchar
de un guerrero corriendo hacia una batalla perdida. Un grito de muerte inminente
150
pero que se corta abruptamente.
Giro para mirar en la misma dirección que Zeke, justo cuando una cabeza rueda
por la hierba como un maldito balón de baloncesto, deteniéndose cerca de nuestros
pies.
Tengo arcadas y me tambaleo ligeramente hacia delante.
—¡Deja de moverte! —Zeke insta en voz baja, y al instante mis músculos se
bloquean.
Justo en ese momento, observo una figura ensombrecida que se cierne sobre
el estanque dorado. Tardo unos segundos en darme cuenta de que es un cuerpo el
que cuelga de sus garras. Al que le falta la cabeza.
Entrecierro los ojos para ver mejor, pero entonces el viento se arremolina y mi
cabello mojado me azota como un látigo, azotándome la cara hasta que siento un hilillo
de calor que me recorre la piel.
—¿Qué es eso?
—Es una bestia sombra. —Habla en voz baja—. No tienen ojos, así que no
puede vernos físicamente, pero puede sentirnos y nuestros movimientos.
—¿Ella?
—Las bestias de las sombras son... cómo explicarlo. ¿La madre naturaleza?
Vigilan y protegen las barreras de nuestro mundo.
—Entonces, ¿por qué tenemos miedo de algo que se supone que nos protege?
—¿Quizás el cuerpo en su mano es el de un traidor?
—Estamos en una encrucijada. No tenemos Rey. Nuestro futuro Rey ha
rechazado a su pareja. —Zeke me lanza una rápida mirada—. Lo siento. —Vuelve a
mirar hacia delante, sin ver el ceño fruncido que cruza mi expresión—. Te explicaré
más sobre Yemon más tarde, pero no te muevas.
Con el brazo aun parcialmente levantado en el aire y el cabello en la mano,
dirijo la mirada hacia delante, justo cuando la bestia sombría se encuentra con la línea
de hierba.
Mi sangre bombea con más fuerza en mis venas y mis pies se crispan para
correr, para huir, carajo, pero ¿a dónde demonios iría? No a través de la pared asesina
literal detrás de nosotros.
—¿Portal? —susurro.
—No se puede abrir un portal dentro o fuera de la Fortaleza Faelific. Está
protegida. Sólo la sangre real puede pasar por ahí.
Mierda.
¿Dónde hay un Deveraux cuando lo necesitas?
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El pensamiento hace que algo golpee contra mis costillas, una extraña niebla
de... no sé qué se arremolina en mi mente.
La bestia sombra se mueve lentamente como un globo en el cielo, su
movimiento a merced del viento, y mientras que antes azotaba y enfurecía, ahora se
ha apagado a una suave brisa, nuestra quietud jugando trucos en los sentidos de la
bestia.
Sin embargo, a medida que se acerca, por fin puedo echarle un vistazo.
Es alta; no menos de tres metros. Aunque en esencia está formada por una
especie de niebla negra y espesa, hay características que la definen. La niebla
enmarca lo que sería un rostro, cubriéndole la cabeza como una capucha, con la
intención de proteger su identidad. Cae como una gran capa, o quizá su intención sea
parecer un vestido, cuya longitud se balancea tras su forma.
Es majestuosa, y cuando la espesa figura nublada de negro levanta los brazos,
algo extraño parpadea en mi pecho. Doy un paso adelante antes de saber lo que estoy
haciendo, suaves susurros llenan mis oídos, pero no puedo oírlos, así que doy otro.
—¡London! —Zeke sisea—. ¡Alto!
Mis pies me llevan hacia delante, hasta que empiezo a trotar ligeramente.
Necesito llegar a ella.
Pero entonces suenan pasos detrás de mí, y un agujero se abre en la cara de la
bestia, el grito ensordecedor que se le escapa retumba como una maldita granada en
mis tímpanos.
Me duele la sien, me tapo los oídos con las manos y me doblo por las rodillas,
gritando de dolor. Un movimiento capta mi atención y levanto la cabeza.
Mis ojos se abren de par en par presa del pánico cuando lo que parece sangre
blanca sale de donde deberían estar los ojos. El cuerpo es arrojado a mis pies.
Abro la boca para volver a gritar, pero me corto cuando Zeke me agarra del
codo.
—¡Vamos!
Me pongo en pie a trompicones y cruzamos corriendo el patio. Zeke es
empujado hacia atrás y mi hombro se sale de su sitio por la fuerza con la que no tiene
tiempo de soltarme.
Un fuerte grito de dolor se me escapa mientras me pongo de pie. Me doy la
vuelta y la mujer, si es que se la puede llamar así, le agarra la pierna y luego la cabeza,
antes de empezar a tirar.
Apretando los dientes, me giro frenéticamente, buscando una forma de
152
salvarlo con el brazo colgando muerto a mi lado.
Los ojos de Zeke se vuelven blancos y, a continuación, las raíces surgen del
suelo y envuelven la forma de la bestia, mientras la parte inferior de la gran figura
pasa de ser una espesa y aparentemente sólida nube negra a una fina capa de niebla
gris.
Zeke empieza a caer al suelo, pero esta vez la criatura chilla más fuerte y vuelve
a atraparlo. Ella lo levanta en el aire, golpeándolo contra la dura tierra, pero él saca
una mano, los ojos todavía blancos y luego la hierba se convierte en un lecho de agua.
Se sumerge por completo y la bestia se agita, metiendo la mano dentro, pero
sin nada. Cuando ella vuelve a gritar, el agua se aparta en una rápida ola y los ojos de
él se abren de par en par. Levanta los brazos, pero ella le rompe la muñeca antes de
que pueda hacer nada, y su aullido resuena a nuestro alrededor.
Ella se agarra a su cuello, gruesas bandas de humo tejiéndose a su alrededor.
Sus ojos aterrorizados encuentran los míos y doy un respingo.
Corre, intenta decir pero su boca no se mueve.
Ella aprieta, al igual que las ramas alrededor de su cuerpo, justo cuando el
crujido de sus huesos abrasa mi mente.
—¡No! ¡Para! —grito, lanzándome más cerca.
La sangre resbala por los oídos y la boca de Zeke mientras intenta sacudir la
cabeza, pero yo sigo avanzando.
La bestia me grita, su brazo libre sale disparado mientras el mío se levanta en
lo que seguramente será un intento inútil de protegerme, pero entonces un fuerte zap
me detiene. Abro los ojos y la encuentro chillando, con la boca abierta mientras un
alarido ininterrumpido llena el aire.
Me miro la palma de la mano. Qué...
Se lanza hacia mí; Zeke sigue aplastado entre sus brazos y mi mano, que
funciona, sale disparada una vez más.
Miro fijamente, sorprendida cuando un largo hilo de luz parpadeante brota de
la punta de mis dedos. Es de un color azul gélido y echa chispas cuando choca con las
gruesas bandas de humo que rodean a Zeke. Las ataduras lo sueltan al instante y cae
desplomado al suelo.
Algo dentro de mí se agita y mi pecho se inclina. Mis ojos parpadean y se agitan
debido a la oscuridad que cubre mi vista. Parpadeo y la niebla se disipa.
Me abalanzo sobre Zeke, pero ella viene por mí a toda velocidad.
Ya está. Estamos a punto de morir.
Me dejo caer sobre él, cubriendo su cuerpo con el mío y espero a que llegue
153
la muerte. Podría ser paciente para la muerte, pero sus gritos son cada vez más
fuertes. Abro los ojos.
Una clara escarcha parpadea a nuestro alrededor, encerrándonos en un
pequeño iglú.
—Un escudo —tose, sujetándose el estómago. Lo miro; sus ojos se abren de par
en par—. London, tus ojos...
—¿Eh? —jadeo, sacudiendo la cabeza. Me estremezco cuando la bestia golpea
el... ¿escudo? —. Vamos. —Lo agarro con la mano buena y tiro de él.
Grita de dolor.
—No puedo. Todo está roto. No puedo moverme, mierda.
—¡¿Quieres morir, carajo?!
—Aliméntame.
Mi cabeza se echa hacia atrás.
—¡¿Qué?!
—Sólo córtate la mano. Necesito la energía. Soy un Mago, puedo extraerla de
la tierra. Puedo arreglar lo suficiente para llevarnos a través de la puerta a un sanador
más legítimo.
Cuando me quedo mirándolo fijamente, sacude la cabeza con dolor.
—Es alimentarme o joderme, London. Es la única forma de fortalecer mi poder
ahora mismo.
Asiento y abro la palma de la mano. Antes de que pueda encontrar algo con lo
que cortarla, una raíz brota del suelo y cae inerte en mi mano. Por alguna razón, sé
qué hacer y cierro la palma en torno a ella mientras se libera.
Cuando abro la palma, me gotea sangre de la mano. Se la llevo a los labios,
pasa la lengua por el corte y sus ojos se vuelven blancos.
Gruñe, con los dientes apretados y brillando enrojecidos mientras suenan
pequeños chasquidos y crujidos.
El escudo que nos rodea se resquebraja y nos sobresaltamos.
—¿Lista? —resopla.
Asiento y nos ponemos en pie de un salto. El escudo se mueve con nosotros
mientras corremos hacia el gigantesco muro de espinas furiosas.
—¡Mierda! —grita, con la cabeza azotándole de un lado a otro, pero yo sigo
adelante.
—¡London, espera!
154
El escudo chisporrotea furiosamente al chocar con el muro protector, pero me
acerco de todos modos.
—¡Tenemos que intentarlo de otra manera! —grita.
—¡Espera! —Le grito y se queda paralizado—. Es...
—Una apertura —murmura incrédulo, mirándome con curiosidad.
El hielo absorbe las lianas, muriendo y rompiéndose en pequeños copos de
nieve que se derriten antes de tocar el suelo, y luego el muro de piedra hace lo
mismo.
Empujamos a través de la segunda que se abre lo suficiente, cayendo a la
hierba.
Cuando volvemos la vista al muro, ya está sellado, la bestia se ha quedado
llorando al otro lado.
Caigo de espaldas, Zeke a mi lado, y miramos hacia el cielo oscuro. Al cabo de
un momento, giro la cabeza y nos miramos al mismo tiempo. Nuestra piel herida y
ensangrentada, empapada por el estanque dorado.
La risa brota de mi pecho y los dos estallamos en carcajadas, rodando sobre
nuestros costados mientras se apodera de nosotros.
Un gruñido amenazador retumba detrás de nosotros y me quedo paralizada,
preocupada por haber dejado entrar a la bestia, pero cuando levanto la cabeza por
encima del hombro, el aire se agarrota en mis pulmones por una razón muy distinta.
Knight Deveraux, el futuro maldito Rey, está de pie detrás de nosotros, sin
camisa, ensangrentado y completamente enfurecido.
Mierda.
Me pongo en pie de un salto, justo cuando me alcanza.
—Fue idea mía —me apresuro a decir.
La mano de Knight sale disparada y me rodea el cuello. Me golpea contra la
pared y grito cuando el hombro se me vuelve a colocar en su sitio por el impacto.
—Bueno, esta posición es familiar, ¿no? —Escupo, recordando cómo me agarró
en la cafetería.
Su cuerpo tiembla mientras me mira.
—¿Por qué estás...?
Se corta en seco, sus fosas nasales se agitan, pero entonces mi muñeca está en
la suya libre. Se queda mirando el pequeño corte, pero luego se lo lleva a la nariz,
inhala y, aunque sus ojos se cierran durante una fracción de segundo, se abren al
155
instante.
Sus pupilas se dilatan, la rabia se arremolina en su interior mientras su pecho
empieza a retumbar. Es como si un animal enjaulado viviera en su interior, suplicando
ser liberado para poder comerme viva.
Me encojo al oírlo, y lo odio, pero es más profundo que mi voluntad. Algo
dentro de mí se somete a él en ese momento, un extraño Rey del futuro, todo poderoso
e idiota, estoy segura.
—Cuélguenlo —retumba Knight, con los ojos clavados en mí.
—Mierda —se atraganta Zeke, y cuando miro por encima del hombro de
Knight, descubro que sus hermanos se han unido a nosotros, todos también sin
camiseta y cubiertos de una sangre que no debe ser suya.
No estoy segura de quién lo hace, pero Zeke es levantado en el aire, con las
piernas y los brazos extendidos como si estuviera siendo crucificado.
—¡Sus huesos están rotos! Le va a doler...
—¡Cierra la maldita boca! —Knight me grita en la cara, su saliva me salpica la
piel y me agarra el cuello con más fuerza.
La ira inunda mis venas y lucho contra él.
Sus ojos parpadean de asombro mientras retrocede un poco y me quita la mano
del cuello. Me dejo caer con un fuerte golpe.
Toso y me froto la garganta. Cuando levanto la cabeza para mirarlo, veo que
me mira con los ojos entrecerrados, con un atisbo de asombro en la expresión, pero
un instante después desaparece y vuelve la rabia. Se acerca de nuevo, apretando su
pecho contra el mío, obligándome a inclinar la cabeza hacia atrás para mantener mis
ojos fijos en los suyos a pesar de que es un maldito gigante comparado conmigo.
Con su cuerpo tan cerca del mío, mi mente me juega malas pasadas y me
susurra que sí, que lo mantenga ahí. Que aquí es donde lo quiero, aquí contra mí.
Es tan fuerte que la furia empieza a extinguirse por sí sola y es sustituida por
una fuerte necesidad, que no sólo late en mis venas, sino también entre mis piernas.
Mi mirada se posa en las manchas de su pecho y siento el repentino impulso de
lamerlo hasta dejarlo limpio.
Su risita cómplice me saca de mis casillas.
—¿Le diste lo que me pertenece?
Uh...
—¿Qué?
Aprieta los dientes y levanta la palma de mi mano entre los dos.
156
Espera.
—¿Mi sangre? —pregunto, confundida.
Abre la boca para ladrarme, pero Creed le pone una mano en el hombro y, al
cabo de un momento, Knight retrocede.
Creed se mete en mi espacio.
—Lo que quiere decir es que estás en este cortejo. Por eso, cada parte de ti le
pertenece. —Creed intenta explicarse, pero no es una línea verdadera. Puedo sentir
su mentira.
Huele agrio en el aire que nos rodea.
—Pero él iba a mo...
—London —me interrumpe Zeke, y nos miramos el uno al otro.
Eso sólo enoja más a Knight.
De las yemas de sus dedos descienden unas malditas garras gigantes, y me
pongo rígida, mirando con los ojos muy abiertos cómo se acerca a Zeke y lo corta de
la muñeca a la axila en ambos brazos antes de que pueda siquiera parpadear.
Jadeo y me lanzo hacia delante, pero Sinner choca su pecho con el mío y me
fulmina con la mirada.
—Pequeña muñeca mala. No te muevas.
—¿Qué demonios están haciendo? —grito, miro a mi alrededor y me doy
cuenta de que otros han salido del edificio para ver qué pasa.
—Cuida tu maldita boca —sisea Sinner en voz baja, llamando mis ojos de nuevo
a los suyos—. No cuestiones a tu futuro Rey. ¿Lo entiendes? —Su amenaza es
amenazadora.
Mordiéndome la lengua, me obligo a asentir con la cabeza cuando en realidad
lo único que quiero es darle una maldita patada en las bolas, pero aún no sé cómo
funcionan las cosas aquí y no quiero morir hoy por culpa de mi gran boca, ¡sobre todo
cuando acabo de luchar contra una bestia hecha de maldita niebla!
Jesús, carajo, ¿cómo es esta mi vida ahora? Necesito encontrar una manera de
llamar a Ben...
—¿Qué le hará?
Sinner sacude la cabeza, su nudillo se acerca para recorrer mi mejilla.
—No, Pequeña L…. no es lo que hará. Es lo que tú hiciste. —Sinner se mueve
tan rápido que no puedo seguirle la pista, y entonces sus brazos me rodean por detrás
y me mueven para ponerme de pie ante Zeke.
Knight se gira, mirándome a los ojos mientras desliza su garra desde el muslo
157
de Zeke hasta el tobillo, rajando los pantalones y la carne, y luego hace lo mismo con
el otro.
Jadeo y miro atónita cómo la sangre brota de todas sus extremidades.
Knight se acerca a mí lentamente, sus ojos salvajes y duros y los clava en mí.
Es extraño lo jodidamente aterrador y vengativo que parece en este momento,
y sin embargo su tacto cuando me agarra los dedos y los acerca a sus labios es tan
condenadamente suave que mi cuerpo se derrite en el abrazo de su hermano.
Me mira la palma de la mano, la que no está cortada, y luego vuelve a mirarme
a mí.
—Le diste tu sangre, así que drenaré cada gramo de su cuerpo para que
ninguna parte de ti viva dentro de él, y luego romperé cada hueso de su cuerpo que
aún esté intacto. No permitiré que se cure hasta que haya pasado la noche colgado en
el aire para que todos lo vean como advertencia de lo que pasa cuando alguien jode
con lo que es mío.
Se aprieta más contra mí, ignorando por completo los brazos de su hermano
que me rodean, y entonces enseña los dientes y yo observo, paralizada, cómo sus
caninos descienden hasta convertirse en afilados colmillos.
Jadeo, pero los dedos de mis pies se enroscan en mis zapatos.
Y entonces, tan rápido que no lo veo venir, hunde sus dientes en mi palma,
mordiendo tan fuerte que siento la vibración de mi hueso al encontrarse con sus
dientes.
Grito de dolor, pero él gruñe profundamente a mi alrededor, sus ojos se
vuelven blancos mientras chupa de mi carne abierta. Me suelta igual de rápido,
lamiéndome la piel mientras su boca gotea mi sangre.
—Llévala a su habitación y enciérrala allí.
—¿Qué...?
En el segundo siguiente me arrojan por encima del hombro de Legend,
pataleando y gritando, pero es en vano. Lo que parecen segundos más tarde, soy
arrojado a través de la puerta de mi habitación, mi trasero golpea el suelo con un
fuerte golpe.
Legend me mira con decepción.
—Podrías haber muerto.
—Sí, bueno, no lo hice —respondo.
Se burla, sacude la cabeza y cuando habla es en advertencia:
—Ten cuidado, London... o lo harás. —Da un portazo.
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Me vuelvo a tumbar en la alfombra y miro a la galaxia.
—¡A la mierda mi vida!
159

Dieciocho

Knight

¿P
or qué demonios la mordí anoche?
Mi cuerpo acababa de asentarse un poco, la desesperación
por probar su sabor se había disipado por la muerte anterior del
maldito corredor, pero entonces lo olí en ella. Lo olí en ella.
Me he vuelto loco.
¿Y ahora?
Ahora su sangre me recorre una vez más, y me arden todas las malditas
terminaciones nerviosas.
No tengo ni idea de lo que está diciendo esta chica, Ophira, pero si la serpiente
dorada que lleva al cuello sigue siseándome, me la voy a comer para almorzar. Sólo
puedo pensar en London.
La saboreo cada vez que muevo la lengua, la huelo cada vez que respiro.
Este cortejo es una mierda. No tengo ni idea de a quién voy a elegir, pero para
alegría de mi madre, probablemente sea a la chica nueva.
Es Stygian, vino de uno de los nuestros. Es la más limpia.
Definitivamente no va a ser esta chica. No hay manera de que esta serpiente
duerma cerca de mi polla por la noche, así que con ese pensamiento me levanto de
la mesa.
Sus ojos dorados se posan en los míos y frunce ligeramente el ceño. Tarda un
segundo en darse cuenta de lo que se avecina y sus ojos empiezan a girar.
—No serás la Reina de...
No consigo pronunciar la última palabra antes de que la serpiente se libere de
su garganta e inhale lo que parece su primera respiración completa, y cuando habla,
su tono es como un susurro exótico que me electriza.
—Mi Lord, ven a mí.
Me doy la vuelta en cuanto pronuncia las palabras, doy un paso hacia ella y se
160
pone de pie, pero es cuando sus palmas tocan mi pecho cuando mi vínculo de
apareamiento se dispara, pataleando y arañándome las entrañas con venganza.
Me retraigo y, cuando abre la boca para volver a hablar, saco una mano, se la
engancho en la garganta y le rompo la tráquea.
—Casi funciona, sirena. —Mi mano libre se eleva y agarra a la serpiente en el
aire mientras se abalanza sobre mí. Le parto el cuello en dos.
Las lágrimas llenan los ojos de Ophira mientras la tiro al suelo y la alejo de mí.
—¿Knight? —Madre se acerca.
—Intentó usar su canto de sirena contra mí.
—Qué chica tan estúpida y hermosa —murmura mi madre, apartando el
cabello de Ophira de su frente—. Despídela, hijo mío.
Me encuentro con los ojos de Ophira, diciendo lo que ella trató de impedir.
—Eres indigna de la corona y liberada de Rathe. —Al instante de pronunciar
las palabras, una nube se abre sobre nosotros, lloviendo sobre ella hasta que se la
traga el suelo.
Suspirando, me siento.
Mamá sonríe mientras me palmea el pecho, gira y se dirige a la puerta.
—¡Siguiente!
Aquí vamos otra vez.
161

Diecinueve

Knight

E
sta vez es diferente. Con la rabia aun ardiendo contra mi vínculo de
apareamiento, estoy aún más desesperado por acabar con esta mierda.
Encontrar una reina. Una que no sea lo suficientemente inteligente como
para creer que la amo, pero lo suficientemente ilusa como para pensar que puede ser
reina. Miro a la gente sentada alrededor de la mesa. Ahora conmigo a la cabeza. Aún
no sé cómo me siento por haber sido empujado a un puesto que estaba muy seguro,
que sería para Creed, pero cuanto más tiempo estoy sentado en el trono, más siento
que los fantasmas de mis ancestros exigen que esté allí.
—Knight. ¿Has elegido tus tres primeras? —pregunta Odin, con el rostro
cuidadosamente enmascarado. Representa a los Monstruos y suele ser el más callado
durante una reunión. El que permanece en segundo plano y observa. Nunca da
demasiado, y siempre mantiene las distancias. Creo que por eso mi padre era al que
menos lo odiaba de todos los consejeros, tal vez incluso le caía bien, aunque sólo
fuera un poco.
—No. —Golpeo con el dedo mi vaso de licor vacía—. Las odio a todas. —Muevo
el dedo hacia arriba y mi vaso vacío se rellena lentamente con más líquido ámbar.
—Bueno. —Legend se ríe, y si no estuviera tan jodidamente lejos, lo ahogaría—
. No todas...
Aprieto los dientes, ignorando todas las miradas interrogantes. Cuando ya no
puedo ignorar más, dejo de concentrarme en el suelo bajo nosotros. Está
completamente despejado, con nubes gordas e hinchadas que pasan por debajo de
nuestros pies. Desde la distancia, se ve la ciudad de Stygian, el castillo, las
catacumbas y el alto arco del puente que nos separa. Hago una pausa cuando el
recinto ferial aparece a la vista. Luces de color caoba intenso, rojo sangre y azul
cerceta parpadean desde abajo, mientras gira el círculo de la rueda de la fortuna. La
gente de abajo no tiene ni puta idea de lo que pasa aquí arriba, en esta pequeña
habitación flotante de secretos.
—Bueno, necesitamos un nuevo Rey si queremos que se mantenga el equilibrio
162
entre todos nosotros. Cuanto más tiempo pase, mayor será el riesgo de que los civiles
de la magia decidan que les gustaría sobrepasar los límites. Y no empecemos con las
malditas Bestias de las Sombras.
—No traspasarán ningún límite —susurro desde detrás de mi vaso, quitándome
los botones superiores de la camisa—. Porque si lo hacen, los mataré. —Y lo haría. A
todos.
—Como mataste al hombre que fuiste y...
—¿Torturé? —Levanto una ceja a Magdalena—. Puedes decir la palabra que
sepas, no te hace menos... Argent.
Sus ojos se entrecierran y sé que está pensando en cómo encontró a su hijo
colgado en los jardines hace dos noches: muerto temporalmente y nada más que un
saco de huesos rotos.
—No deberías interrogar a nadie sobre la muerte del Rey sin la presencia de
todo el Ministerio —se atreve a decir—. Tu padre...
—Mi padre está muerto, y por si no se han dado cuenta, no haré las cosas a su
manera. ¿Entendido? —Miro a través de la sala, encontrándome con la mirada de cada
miembro del Ministerio que representa a una facción diferente de Superdotados—.
No confío en ninguno de ustedes. Probablemente nunca lo haré. Si recibo un aviso de
mi gente que pueda acercar a mi familia a la persona que mató a nuestro padre,
nuestro Rey, mis hermanos y yo haremos lo que creamos conveniente, y no hay nada
que nadie en esta sala pueda hacer para cambiar eso.
—Ha habido algunos susurros. Sobre la rechazada.
Mi mirada se clava en Agro, el hombre que representa a los Fae, y la vena de
mi cuello se estira mientras contengo la rabia que me produce su elección de
palabras.
Se hace el silencio, y las nubes a nuestros pies se oscurecen, con suaves
sonidos de truenos. Ha comenzado.
No debería culparlo por ello. La rechacé, la eché a los lobos, literalmente, con
la ayuda de Sinner aquel día en la terraza. Así que, sí, es una rechazada. Obligada a
vivir una vida de soledad y vergüenza, pero eso no me hace querer arrancarle la
cabeza y dar de comer sus sesos a su familia como postre por haberla mencionado.
De hecho, estoy abierto a mantenerla encerrada en su propia pequeña habitación de
mi castillo mientras vivo este reinado. Podría ser mi mascota. Follármela cuando lo
necesite, y luego usar a mi falsa Reina como espectáculo para el pueblo.
—¿Qué pasa con ella? —Las palabras me salen despacio, pero consigo
mantener mi expresión habitual de no me jodas, para no levantar sospechas.
No tienen ni idea de que he aceptado al desastre de mi pareja, que la quiero,
163
aunque no pueda quedármela. Que soy yo el que tiene las entrañas cada vez más
oscuras, no ella.
—Su origen. Está en entredicho. El Ministerio ha decidido investigar...
—No. —La palabra es cortante y venenosa y cuando me inclino hacia delante
en mi silla, mis hermanos hacen lo mismo.
No nos invitaron a esta, reunión obligatoria, que convocaron tras enterarse de
la excursión que hicimos al linde del bosque de los Caminantes Nocturnos, pero nadie
en esta sala se atrevió a cuestionarlo cuando nos deslizamos cuatro fuertes.
—¿No? —El hombre inclina la cabeza—. Lord Deveraux, no le estamos
pidiendo permiso. Le estamos diciendo que hay una causa de preocupación, y no es
una que pueda ser ignorada. El Rey, su padre, fue asesinado. Ella es una forastera,
criada en el mundo sin dones y hace unos días, según hizo creer a todo el mundo,
ingenuo ante el poder que puede o no procesar, pero todos hemos visto la prueba de
esa mentira, recurrió a sus dones cuando rompió las reglas del cortejo y salió de los
muros de la Fortaleza Faelífica. Sólo por eso, debería ser rechazada y obligada a
marcharse, pero como no conocemos el alcance de su poder ni la línea de sangre de
la que procede, es más seguro para todos que se quede aquí. Yemon sería el fin de la
chica tras su rechazo público. Necesitamos saber por qué el destino te daría a esta
chica. La respuesta está en la sangre que corre por sus venas.
—El destino me está poniendo a prueba. Eso es —me fuerzo a decir entre
dientes apretados—. La chica no vale nada. Es una Ordinaria. Una maldita
preocupación y sólo está aquí porque ustedes me la impusieron después de que la
despidiera. —Miro a Magdalena y luego al resto—. ¿Quieres investigar a alguien?
Empieza con la gente de esta habitación.
La sorpresa se dibuja en los rostros del Ministerio y la ira se va apoderando
poco a poco de ellos.
Pero vamos, ¿qué tan sorprendidos pueden estar? No he sido más que
problemas para ellos desde el principio. Saben que nunca creí en sus métodos. Me
defendí en todo momento.
¿Sinceramente? Probablemente soy el último Deveraux que esperaban que
ascendiera a Rey. Bueno, tal vez el último antes de Sinner, pero aun así. Querían a
Creed o a Legend, no al hermano granuja.
—¡No puedes estar hablando en serio! —grita Agro.
—Hablo jodidamente en serio. —Giro la cabeza—. Como dije, no confío en
ninguno de ustedes, y si descubro que alguno o todos ustedes conspiraron para matar
a nuestro Rey, cumpliré la promesa de nuestra Reina al pueblo. Mataré a la persona o
personas responsables de la manera más pública y dolorosa posible. No tomaré
prisioneros. Me bañaré en la sangre del desgraciado, así que si alguno de ustedes
164
fue... acaben con ustedes mismos ahora, porque cuando los atrapemos...
La risa maliciosa de Sin susurra por la habitación y nos ponemos de pie. No
usamos la maldita puerta.
Montamos nuestro portal justo aquí, encima de su codiciada mesa redonda y
nos subimos encima de ella.
Nos largamos de aquí.
165

Veinte

London

H
uele como la chica de cabello rosa y, por alguna razón, me produce un
molesto cosquilleo en la espalda. Va acompañada de una insana
necesidad interna de limpiar su piel de ella. Con mi lengua, un glorioso
lametón cada vez.
Mierda, tengo que controlarme.
No, maldita sea, dah, huele como ella porque tuvieron su cara a cara antes que
mí. De hecho, todos la tuvieron. Me gustaría bromear sobre dejar lo mejor para el
final, pero por la expresión de Knight mientras agarra su vaso con tanta fuerza que
sus nudillos cicatrizados se vuelven blancos, supongo que no es el caso.
Parece literalmente adolorido por estar aquí.
—¿Realmente no tienes control sobre nada de esto?
Mi pregunta debe tomarlo desprevenido, porque me mira con el ceño fruncido.
Me encojo de hombros.
—Quiero decir, está claro que no quieres estar aquí, y tú ya has dicho que no
me quieres aquí, así que... ¿realmente no tienes control?
Me mira durante un largo instante y, por un segundo fugaz, creo percibir un
atisbo de suavidad, pero cuando parpadea desaparece.
—No. —Se lleva el vaso a los labios, se lo termina y recoge la botella por
tercera vez desde que se sentó... hace cinco minutos—. Hay muchas cosas que puedo
dictar, y muchas que cambiaré cuando sea Rey, pero esta no es una de ellas. Esto está
escrito en las cenizas de nuestros antepasados. No se puede cambiar la Evolución de
un Rey.
—La habitación de al lado. Era la de la pelirroja —me entretengo.
Los ojos de Knight se entrecierran sobre mí, pero no me acobardo y miro hacia
otro lado.
Se ha ido y, por los chismes de esta mañana en la sala de desayunos, sólo se
166
iría si la mataran o la despidieran, y las chicas juraron que no la habían asesinado. Era
un poco raro que todas me miraran como si fuera yo quien lo hubiera hecho, pero lo
único que podía hacer era reírme de sus miradas acusadoras.
¿Por qué demonios iba a matar a alguna de estas chicas? Son la única
oportunidad que tengo de ser libre. Tiene que elegir una y cuanto antes mejor. Tengo
clases en la universidad que tomar y un mejor amigo con el cuál enloquecer.
—Sí —dice finalmente Knight—. Se ha ido. —Me observa atentamente, como si
buscara algo que no puede ver.
Así que se deshizo de ella.
—Desde hace quince minutos, también lo hizo la Fae —ofrece, esos ojos
penetrantes y nadando con más de lo que me atrevo a nombrar.
No sé de qué chica está hablando. No tengo ni idea de quién es qué por aquí,
pero no me importa lo suficiente como para preguntarle qué dos chicas quedan en
este momento porque ahora estoy aún más confundida.
Estaba muy enojado conmigo la otra noche, y aun así sigo aquí. ¿Qué podría
haber hecho que fuera peor que escabullirse de esta fortaleza con otro tipo cuando
se supone que estás luchando por la mano del Rey, por no hablar de la corona? No se
le ocurre mucho a mi cerebro. Concedido que no significa mucho siendo este el
mayor tiempo que he pasado cerca de los Dotados en más de una década.
—Entonces, ¿por qué sigo aquí? Si puedes decidir cuando estás seguro de
alguien, ¿por qué no enviarme a casa?
—Estás en casa, London —dice engañosa pero tranquilamente. Hay un destello
de fuego en sus ojos.
Sacudo la cabeza pero no digo nada y eso no le gusta.
—Vamos. —Se levanta tan rápido que me sobresalto.
Cuando me tiende la mano, vacilo, pero entonces esos profundos ojos azules
se posan en los míos. Miran más profundamente, buscando los secretos de mi alma, y
aunque quiero marchitarme, no puedo. Algo dentro de mí se agita, un repentino
estallido en mi vientre, y aprieto el estómago para ocultarlo.
Su mirada baja y me doy cuenta de que he despegado los labios. Sus ojos se
clavan en los míos e inclina ligeramente la barbilla.
No tengo intención de moverme, pero mi cuerpo tiene otros planes. Mi palma
encuentra el camino hacia la suya.
Una descarga eléctrica me recorre el brazo cuando nuestra piel entra en
167
contacto y jadeo cuando me levanta de la silla con tanta fuerza que mi pecho choca
contra el suyo.
Es tan jodidamente alto, mucho, que mis rodillas empiezan a temblar. Su brazo
libre me rodea, acercándome, y sus dedos encuentran la parte inferior de mi barbilla.
Me levanta, obligándome a mantenerle la mirada.
—Cierra los ojos, bebé —susurra.
Bebé.
Mis ojos se cierran y justo cuando lo hacen un destello de piel pálida y músculos
asalta mi mente.
Dientes y una aguda sensación de placer infundida por el dolor.
Manos ásperas y palabras airadas.
Movimiento lento y susurros tiernos...
—Bebé... —susurra.
Vuelvo a abrir los ojos y el corazón me late con fuerza en el pecho. Mientras lo
miro fijamente, la confusión crea pánico en mi mente, pero mis pensamientos mueren
en mis labios cuando miro a mi alrededor.
—Santa mierda...
Una cascada de color obsidiana fluye desde lo alto de un acantilado repleto de
flores de color rosa brillante y verde lima que se retuercen hasta alcanzar la cima. Los
árboles se extienden con gruesas garras, ofreciendo una muestra de la magia que se
oculta tras la barrera. Sea lo que sea este lugar, es hermoso, aunque no puro. ¿Un
lugar de su imaginación, tal vez?
Mis pies se detienen y, justo cuando lo hacen, los brazos de Knight me rodean
por detrás. Me abraza contra sí y dejo de respirar.
El futuro rey de Rathe me sostiene como si fuera una flor que teme romper. Su
tacto es suave y delicado y casi... vacilante. Como si no estuviera seguro de si debería
hacerlo.
Como si no estuviera seguro de querer hacerlo.
¿Tal vez sea así? Tiene que probar la sensación de tener a su Reina entre sus
brazos y ver si puede soportar su tacto.
Debería eructar o hacer algo asqueroso, intentar apagarlo en la medida de lo
posible, pero mi cuerpo no parece captar el sentido de supervivencia de mi mente
porque con la siguiente respiración, vuelvo a inclinarme hacia él.
Al mismo tiempo, los dos soltamos un suspiro largo y lento, como si lo
168
hubiéramos estado conteniendo.
Me invade una calma que nunca había sentido, pero al mismo tiempo algo me
golpea desde dentro. Llama a una puerta que no puedo ver, y busco
desesperadamente el picaporte para poder abrir la puerta y descubrir lo que hay al
otro lado.
No sé cuánto tiempo estuvimos allí, ni cuándo cerré los ojos, pero su susurro
hizo que los abriera de golpe.
—No puedo tenerte.
La humedad me nubla la vista, pero trago saliva.
—Lo sé. —Y lo hago.
Sé más de lo que él cree. Sea cual sea la razón por la que estoy aquí, sé que
incluso si hubiera una pizca de él que me quisiera, yo siendo yo y lo que eso significa
es algo que nunca podría suceder.
¿Sabe quién soy? ¿Quién era mi padre? ¿Es por eso por lo que dijo eso?
Me da la vuelta y me agarra por los brazos mientras su frente se llena de ira.
—Lord Deveraux... —Me detengo un momento.
Frunce el labio y me aparta de un empujón.
Aparece un portal y entonces caigo....
Grito, la cabeza me da vueltas con cien colores diferentes que no están en la
paleta antes de volver a mi habitación. Bueno, mi habitación provisional.
Al instante, me invade una extraña sensación de pérdida. Alargo la mano para
agarrarme a la pared mientras respiro hondo. Cuando la ansiedad me revuelve el
estómago como un ácido, corro al baño.
No sé por qué, pero las lágrimas caen por mis mejillas y me las arranco con
rabia.
¿Por qué demonios tengo que llorar?
—¡Contrólate, London!
Abro la ducha y vuelvo a la habitación para tomar una pijama, pero me detengo
por completo cuando veo a Knight de pie en el centro de mi habitación, con el pecho
agitado.
El miedo me recorre la espina dorsal, pero le sigue algo más. Algo que no
quiero admitir.
—No puedo tenerte —repite enfadado, pero con cada palabra, profundas
arrugas enmarcan sus facciones—. No te quiero.
Asiento, con los ojos atrapados en los suyos mientras se acerca hasta quedar
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justo delante de mí.
—Te odio, carajo —gruñe.
Se me forma un dolor agudo detrás de las costillas, pero al mirarlo, se
desvanece.
Se desvanece porque... está mintiendo.
Puedo verlo, oler el hedor agrio que dejan sus palabras, pero aunque no
pudiera, lo sabría. Puedo sentirlo claramente. No sé cómo, pero puedo, y apostaría
mi vida en ello.
Knight Deveraux no me odia.
No te odia porque no te conoce...
—Sí, bebé. Lo hago. —Sus palabras destilan tormento y se acerca—. Más de lo
que te imaginas.
Mis cejas chocan.
—¿Cómo...?
Mis palabras se cortan con el mordisco agudo de su beso.
Jadeo, pero lo único que consigo es darle la oportunidad que tanto ansía. Su
lengua se zambulle en mi boca, buscando, luchando, y gruñe, acercándome más.
—Devuélveme el beso —exige.
Quiero hacerlo, pero no debería.
—Devuélveme el beso... —Esta vez es una súplica desesperada, una más fuerte
que mi voluntad.
Le devuelvo el beso.
Y oh, jodida mierda.
Me palpitan las entrañas, todo mi cuerpo cobra vida al juntar mi lengua con la
suya, nuestros labios se mueven como si nos conociéramos de toda la maldita vida.
Como si estuviéramos hechos para esto, el uno para el otro.
Es un pensamiento estúpido y aleccionador y me alejo.
Me tapo la boca con la mano y él gruñe, merodeando hacia delante y borrando
todo el espacio que pongo entre nosotros hasta que mi espalda está contra la pared.
—La jodí. Quiero volver atrás —gruñe enfadado—. Aceptaré tu ira antes que
esta puta mentira.
—No lo entiendo.
Knight aprieta los dientes, se aparta mientras sus dedos se hunden en su
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cabello y tira de él. Cuando por fin me devuelve la mirada, hay un infierno furioso.
—Me vas a odiar, carajo. Más ahora que antes, pero no estoy seguro de que me
importe.
Su boca vuelve a chocar contra la mía y me resisto, pero entonces él se agacha,
me agarra de los muslos y mis piernas se envuelven en ellos como si fueran suyos.
—No puedes ser mi maldita reina, London —gruñe contra mis labios.
—No quiero serlo.
Eso lo enoja y me arranca de la pared, sólo para volver a golpearme contra
ella.
Sus manos se sumergen bajo el pequeño vestido que llevo hoy y no duda. Sus
dedos se hunden en mi interior, mi gemido es fuerte y necesitado, y todo su cuerpo
se estremece al oírlo.
—Te he echado de menos, carajo —me murmura en el cuello, y lo dejo que
diga sus locuras porque la sensación de sus dedos dentro de mi coño es demasiado
para que me importe que me esté imaginando como otra persona.
Me masturba sin descanso, apretando su polla contra mi muslo, y mi cabeza se
inclina hacia atrás.
—Mierda —suelto, tirándolo del cabello mientras sus labios vuelven a los míos.
—Puede que tenga que quedarme contigo también.
Demasiado.
¿Demasiado?
Sus palabras son como un maldito baño de hielo, y mis músculos se congelan.
Literalmente.
Knight retrocede bruscamente y yo caigo al suelo mientras él se mira los dedos
como si le hubiera quemado.
Vuelvo a mirar mi piel, observando el nuevo tinte azul.
Se vuelve hacia sus dedos, mi excitación recubierta a través de ellos... tan dura
como el hielo.
Me bajo el vestido, dando pasos hacia atrás, pero él sigue acercándose.
El pánico se desata y alzo las manos para alejarlo. Sale volando y su espalda se
estrella contra la pared de enfrente.
Me quedo con la boca abierta y me tiemblan las rodillas.
—¡Oh, mierda! Estoy... mi Lord, yo... ¡por favor no me mates! —Finalmente
171
suplico—. Por favor, yo...
—Tus ojos —dice en voz baja, poniéndose de pie—. Son negros.
Trago saliva, parpadeo y lucho contra el impulso de correr hacia un espejo y
comprobarlo por mí misma.
—Lo vi antes, en el santuario. —Sus palabras se me escapan—. Pero ahí están.
Sus palabras, no están enfadadas, están... asombradas.
Me tenso a medida que se acerca, pero no me atrevo a moverme, por si uso
accidentalmente algún otro tipo de magia contra una maldita regla.
Se acerca y yo permanezco inmóvil mientras sus ojos buscan nueve. Me quedo
mirando, paralizada, mientras su don sale a la superficie, sus ojos brillan en un blanco
sólido, como todos los demás superdotados que he visto hasta ahora.
Pero dijo que los míos son negros, y Zeke también mencionó algo.
Knight asiente.
—Zeke los vio. El Ministerio también los vio, en sus recuerdos.
Los orbes blancos de Knight siguen arremolinándose y el calor estalla en mi
pecho.
La energía pulsa a través de mí y un bajo estruendo tiembla desde alguna parte
más profunda de él.
—Knight. —No quiero usar su nombre.
—Ella es... —Me mira fijamente a los ojos como si no me estuviera viendo.
Como si estuviera viendo a alguien o algo más—. Ella es jodidamente perfecta.
Un instante después, su rostro se transforma. La ira y la frustración estallan y se
aleja de mí. Su labio se curva y enseña los dientes.
—Mantente jodidamente alejada de todo el mundo, ¿me entiendes?
Especialmente de mi familia, y si te vuelvo a ver cerca de Zeke, te estrangularé hasta
dejarte sin vida una y otra vez, y sólo cuando seas un montón de maldita carne sin
valor en el suelo suplicando que se acabe, te mataré.
Con esa imagen grabada a fuego en mi mente, se marcha, y nada en mi vida ha
sido tan claro como el pensamiento que asalta mi mente un instante después.
Tengo que salir de aquí.
Tengo que largarme de aquí y ahora.
El pensamiento no debe traer tristeza. Esto es lo que quiero.
Irme. Para volver a casa.
Entonces, ¿por qué demonios siento que se me rompe el corazón y no por
172
primera vez?

Knight
Funcionó. Mi aceptación la noche que robé su memoria de mí y nuestro vínculo,
de la forma en que maté a Ben a sangre fría.
Su Ethos se ha liberado y es jodidamente magnífica. Fuerte y oscura, cada día
más inquieta.
¡Mierda! Tengo que sacarla de aquí antes de que mate a todo el que se
interponga en su camino.
A mí.
Mi vínculo.
Mi maldito monstruo que llora por ella detrás de la jaula que he encerrado a su
alrededor. No es que pudiera liberarlo si quisiera. Tiene que aceptarme como suyo
para que eso ocurra, y he borrado la única maldita posibilidad de eso. Me robé a mi
propia maldita pareja.
No puedo quedármela, mierda. La matarán si descubren quién es, me recuerdo.
O lo intentarán y ella acabará haciendo lo que todos temían: los destrozará a
todos cabeza por cabeza, como hizo su padre.
O los mataré a todos por intentar tocar lo que es mío y llevaré a mi pueblo a la
guerra antes incluso de que me pongan la corona en la cabeza.
La necesito lejos de aquí. Podría hacerlo con una sola frase como hice con la
chica serpiente, pero las palabras no se forman. Es por eso por lo que no he elegido
una maldita Reina.
No puedo renunciar a ella. Todavía no.
Quizá nunca...
173

Veintiuno

London

H
ay un cambio en el aire. Uno malo.
Esta noche, la cena se sirve en el mismo salón desde que llegué,
pero esta vez, no sólo está vacía toda la mesa de los concejales, sino
también la de la Familia Real. O casi.
La Reina Cosima está aquí.
Se sienta sola en la silla central; la silla que Knight ha ocupado todos los días
menos hoy.
No es el hecho de que sea la única que está aquí lo que me tiene en vilo, sino la
forma en que me mira fijamente.
Cada pocos momentos, tengo una sensación de punzada en la mente, como si
intentara derribar una barrera, una que no tenía ni idea de que había levantado, pero
empiezo a pensar que quizá no tenga que hacerlo.
Los hechizos defensivos que todos los Dotados deben aprender y que ayudan
a mantener alejados a los demás para evitar la persuasión son sencillos, pero creo
que Zeke tenía razón en su suposición. Creo que tengo un escudo de algún tipo,
porque no hay manera de que el poco de magia que he llegado a aprender pueda
mantener la fuerza de una Reina fuera de mi cabeza.
¿Qué es aún más extraño?
No es la única que mira.
Todas las chicas comparten susurros mientras me miran, y las manos de los
camareros tiemblan cada vez que aparecen a mi lado para llenarme el vaso o
ponerme la comida delante.
Saltan cuando les doy las gracias y cuando desaparecen en el aire, el olor a
sidra podrida llena el ambiente, el miedo.
Me temen.
Pero ¿por qué?
174
¿Porque salvé mi trasero y el de Zeke la otra noche? Apenas hice una maldita
cosa, y estas personas son cambia formas, Fae y mierda así. ¿Qué tan temible puedo
parecer?
Espera. Ha dicho que la Fae ya no está aquí, y entonces me doy cuenta de que
la chica de cabello rosa ya no está.
Me inclino, arriesgándome y susurrando a la chica de cabello negro.
—¿Dónde están los Lords?
Sus espeluznantes ojos grises se dirigen hacia mí, entrecerrándose. Me mira
fijamente un momento y luego desvía la atención hacia la izquierda antes de volver a
mirar.
—Estaban aquí cuando entré. Recibieron una llamada y los cuatro salieron
corriendo.
—Lo sabrías si alguna vez fueras puntual. —Mi atención pasa de la chica
morena a Alex.
En cuanto mis ojos se cruzan con los suyos, se acobarda, levanta los hombros y
vuelve a mirar bruscamente hacia delante.
Le hago un gesto, aunque no me mira, y vuelvo a comer. Justo cuando hundo
los dientes en una fresa recién cortada, la voz de la chica morena llega a mis oídos.
—Saben quién eres. —Sus palabras son como el susurro de un viento y mi
cabeza gira en su dirección.
Frunzo el ceño cuando la veo con un bocado en la boca, con la atención puesta
en la mesa vacía que tiene delante.
Qué demonios...
—Deja de mirarme —dice entonces, y mi cabeza da un latigazo hacia delante.
La Reina entrecierra los ojos y yo dejo caer rápidamente los míos sobre mi
plato.
Los labios de la chica se entreabren ligeramente, y es su voz lo que oigo, pero
parece que nadie más se da cuenta. Me obligo a dar otro mordisco, esperando más.
—Te estoy transportando mí voz, tonta —me reprende. En mi periferia, la veo
mirar en dirección contraria a la mía—. Tus ojos. Se vuelven negros cuando aflora tu
don. —Eso he oído—. La única persona en nuestra historia a la que le ha pasado eso
son los reyes y reinas caídos de nuestro pasado... y El Degollador.
Una nube de truenos chispea sobre nosotras no un instante después de que el
175
nombre salga de sus labios y recuerdo lo que dijo la doncella: su nombre no se usa
aquí.
La silla de la Reina roza el suelo y mis ojos se abren paso hacia ella.
—No eres reina, así que eso significa que eres una perra muerta andante. —La
chica de cabello oscuro sonríe para sí misma, sentándose de nuevo en su asiento.
La Reina apoya las palmas de las manos en la mesa, pero no se levanta.
Al instante, mis piernas empiezan a temblar.
No pueden saberlo.
¡¿Los ojos de mi padre se volvieron jodidamente negros?! ¡Genial! ¡Demasiado
para mezclarse!
Doy un respingo cuando las puertas del fondo del pasillo se abren de golpe y
entra el Ministerio, con varios guardias a sus espaldas y los pasamontañas bajados
para ocultar su identidad.
Es la primera vez que los veo aquí, en la fortaleza, y por la forma en que se me
erizan los vellos y me duelen los dedos, sé que es por mi culpa.
¿Saben realmente lo de mi padre, o la perra de ojos grises sólo intenta
asustarme?
Mierda, ¿y si Knight les contó lo que le hice? No puedes usar magia contra el
Rey legítimo, contra cualquiera de la Familia Real, y no pagar por ello con tu vida.
Mi pánico se calma un poco cuando el Ministerio no empieza a gritar y a exigir
mi cabeza, sino que se acercan a tomar asiento a la izquierda de la sala. Hablan entre
ellos mientras les sirven la comida, pero entonces los enmascarados llaman mi
atención.
Caminan en fila india, marchando en silencio a través del largo tramo del
comedor, pero cada metro y medio, un guardia al frente da un paso lateral y luego
mira hacia la sala mientras los demás siguen pasando.
Se colocan a metro y medio de distancia en todo el perímetro.
Mi pánico ha vuelto con toda su fuerza porque, aunque no me haya criado aquí,
los sin dones hacen algunas jodidas novatadas con las que me he topado en la
universidad. Reconozco un juego del gato y el ratón cuando lo veo. Si la chica es
honesta, yo soy el maldito ratón en esta trampa.
Todavía no han llegado a este lado de la habitación, así que me levanto en
silencio, excusándome para ir al baño, pero en el momento en que mis pies tocan el
suelo para dar el primer paso, el silencio empieza a caer sobre el espacio.
Doy un segundo paso, y luego otro, y luego...
—¡Está huyendo!
176
—¡Atrápenla!
—¡Detente, hija del Degollador!
¡Oh, mierda!
—¡Ella mató al Rey!
Oh. Mierda.
Salgo corriendo, con los pies bombeando a toda velocidad, y me doy las
gracias en silencio por haber elegido sandalias hoy. Salgo corriendo por la puerta,
concentrándome un momento en el pestillo, con la esperanza de poder averiguar de
algún modo cómo cerrarlo, pero en lugar de girar el cerrojo, toda la maldita cosa
explota como una bomba. Las llamas y el humo se extienden hasta ocultar toda la
pared.
Los dotados gritan, pero sigo corriendo.
¿Creen que maté al Rey? ¡¿Al Rey?!
¡¿Qué carajo?!
Suena un fuerte zap y entonces el dolor me recorre la columna vertebral.
—¡Ah! —grito, con la espalda arqueada mientras el calor que me recorre me
dice que estoy sangrando, pero sigo corriendo, atajo alrededor de la gigantesca
fuente plateada y me dirijo de nuevo a los jardines.
Al doblar la esquina, un muro de fuego se alza ante mí y me sobresalto.
—¡Detente, traidora!
Mi cabeza salta por encima del hombro y veo a varios superdotados no muy
lejos.
Mi piel se calienta por el lametón de las llamas y enrosco la cara.
—De acuerdo, don, seas lo que seas. Será mejor que vengas de nuevo.
Salto hacia delante.
Se oyen gritos y chillidos, y uno de ellos es el mío cuando corro hacia el
infierno, con los ojos cerrados y preparada para el dolor, pero cuando la piel no se
me derrite, abro los ojos y veo que me cubre una capa de hielo.
Lo reservo, escapando del fuego y cuando miro hacia atrás, las llamas se
evaporan en la nada.
Un hombre con largos cabellos dorados y una larga capa azul levanta las manos
hacia el cielo y un rayo cae sobre él.
Sigo corriendo, el muro a sólo cuatro metros por delante.
Vamos, vamos, repito una y otra vez.
177
Y entonces mi cuerpo se tambalea hacia delante, mi cara golpea contra el suelo
de cemento con un fuerte crujido.
Gimo y me apoyo en las palmas de las manos, con la sangre manándome de
algún lugar de la cara.
—Mierda —gruño, intentando ponerme de pie, pero mis pies no se mueven.
Jadeando, miro hacia atrás.
Anillos rojos brillan alrededor de mis tobillos, apretándose hasta que grito al
aire. Esta vez, siento el olor de la carne quemada.
Miro para encontrar a todo el Ministerio, a los elegidos y a los demás que están
aquí para presenciar el cortejo llenando el patio.
—No puedes morir aquí. —Me susurro a mí misma, pero cuando las palabras
me abandonan, siento las palabras que he pronunciado. Las siento en algún lugar
profundo de mí, como si se las hubiera dicho a otra persona y esa persona estuviera
escuchando.
De repente, gruesas bandas de humo negro rompen los muros de la fortaleza
y se extienden sobre el grupo.
—¡Es magia Real!
—¡Humo demoníaco!
—¡Silencio! —La Reina está entre nosotros—. ¡Viene a protegerla de ese
monstruo!
¡Mierda! Estoy muerta.
Ya está.
El humo vivo y demente vuela hacia mí, sumergiéndome y contengo la
respiración, apretando los ojos cerrados. Espero a que me sobresalte, a que me
estrangule y dé vida a mi peor pesadilla. Las lágrimas brotan de mis ojos mientras me
despido en silencio de Ben, deseando no haber estado lejos de él tanto tiempo antes
de mis últimos momentos.
Knight...
Se me cierra la garganta cuando su nombre susurra en mi mente y no sé por
qué. Apenas lo conozco y, de todos modos, nunca iba a ser mío.
Cuando la primera lágrima resbala por mi mejilla, es limpiada con un tacto
suave y satinado. Lentamente, abro los ojos y ese humo espeso y oscuro que decían
que venía a proteger a su Reina me roza la piel como la mano de un amante. Es ligero
y tierno y, mientras gira alrededor de mis pies, las bandas rojas ardientes
chisporrotean antes de convertirse en cenizas. La magia real, como la llamaban, me
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envuelve en una almohada de oscuridad. Una nube gigante y protectora.
Me transportan al cielo y el humo se disipa justo cuando llegamos al borde de
la pared, mostrando mi rostro a los superdotados.
Jadean, gritan y chillan, cada uno retrocediendo. Alguien levanta una barrera
entre ellos y yo mientras gritan palabras en nuestra lengua de origen, pero no sé lo
que dicen. No estoy segura de lo que ven al mirarme, pero el horror en sus rostros no
pasa desapercibido.
Me imagino que es un espectáculo.
Ninguna parte de mí se siente como yo.
Me siento... más fuerte. Más grande.
Me siento jodidamente liberada.
Como la yo que se suponía debía ser.
Como la que el destino quiso que fuera.
—Ha.... ascendido —dice alguien.
El humo me lleva más alto, por encima de todos ellos.
Por encima de la fortaleza hasta que estoy de pie sobre una almohada de
negrura, las estrellas al alcance de la mano.
La Reina sale de detrás de la barrera, su ser rebosa rabia, pero entonces sus
ojos se abren de par en par... justo cuando mi cuerpo se pone patas arriba.
Mi trasero aterriza sobre algo duro, y un pequeño grito me abandona al darme
cuenta de que estoy sentada en una silla de cuero... ¡sobre el lomo de un maldito
dragón!
Me echo hacia atrás, pero él gira la cabeza y entrecierra los ojos verdes.
Resopla, me sobresalto y juro que él, tiene que ser un él, ¿no? pone los ojos en blanco.
Como un piloto que evita las turbulencias, el dragón desciende unos tres
metros, por lo que durante unos instantes caigo en caída libre, antes de aterrizar de
nuevo sobre la silla.
—¡Bien! —Le grito al dragón mocoso y agarro las correas. Las envuelvo
alrededor de mis puños, aferrándome por mi maldita vida. Apenas las tengo, él
apunta su nariz y se eleva.
No sé a dónde voy ni si algún lugar es seguro para mí en este momento. Lo
único que sé es que no siento miedo, de que las venas negras me recorran los brazos
y de que voy montado en un maldito dragón.
179

Knight
Mis botas crujen sobre los escombros sueltos mientras el aire apenas empieza
a disipar la oscuridad que queda de London y el caos con el que se defendió. Aprieto
los dientes, ignorando el parloteo a mis espaldas procedente de Silver y Creed.
—¿Dónde demonios se ha metido?
Creed detiene su susurro a Silver, como si no pudiera oírlos a los dos de todos
modos. Sigo sintiéndola como si estuviera delante de mí. Parpadeo y olvido la
alucinación del humo que delinea su cuerpo cuando la mano de Creed me toca el
hombro.
—La noticia sobre quién, es, se está extendiendo rápidamente, Knight.
Tenemos que ir y averiguar cómo vamos a manejar esto.
—¿Lo sabías? —pregunto las palabras que he querido decir desde que
descubrí quién era. Un secreto con el que habría muerto si hubiera tenido que
ocultárselo a todo el mundo.
—¿Qué? —Creed suelta un chasquido y Silver se queda completamente en
silencio—. No. Sospeché que algo andaba mal con ella desde el principio, pero no
esto.
Me giro hacia él, ignorando el olor a azufre y ceniza de montaña del dragón
metamorfo que la salvó y se la llevó.
—¿Lo has hecho? —pregunta con las dos cejas levantadas. Cuando no contesto,
se ríe, sacudiendo la cabeza y relajando los hombros—. Claro que sí.
—Vámonos. —Empujo a través de ambos, flexionando los dedos en la palma
de mi mano cuando mis uñas se hunden en mi carne. Puedo sentir la rabia que se ha
cocinado a fuego lento en lo más profundo de mí salir lentamente a la superficie a
medida que me acerco al castillo. Subo corriendo los escalones, abro la puerta de
golpe e ignoro a los dos guardias que están en el vestíbulo, dirigiéndome
directamente a la sala de estar de la parte trasera de la casa, que da al acantilado que
conduce al sistema solar. Este era mi lugar favorito para jugar cuando era niño.
Ahora... ahora todo lo que siento es rabia y fastidio.
Mi madre se levanta disparada del alto trono inclinado en el centro de la
180
habitación y frente a la chimenea encendida.
—¡Knight! ¿Qué...?
—-No hables, carajo. —Mi tono apenas supera un susurro mientras rodeo la
pequeña mesa del bar y agarro lo primero que veo. La sala se queda en silencio.
Todos los miembros del Ministerio me miran con una mezcla de expresiones. Sobre
todo ira y confusión, pero uno.
Uno. Ese único. Odin se echa hacia atrás, con un vaso de whisky colgando entre
los dedos mientras se apoya en la pared de la zona más oscura de la habitación, con
los ojos fijos en mí como esperando. ¿Esperando a que grite? ¿Gritar? ¿Qué monte en
cólera porque esas malditas cosas acaban de ahuyentar a mi compañera?
No. Esa mirada no es eso.
Hago girar el líquido en mi vaso, justo cuando Silver y Creed se reúnen
finalmente con nosotros en la sala, todos los ojos puestos en mí. Observo cómo un
pequeño tornado de agua da vueltas en mi vaso mientras lucho contra los vívidos
flashbacks de los recuerdos que le arrebaté a mi padre en el momento en que London
me cortó con el mismo cuchillo que se utilizó para matarlo, desatando una magia que
no sabía que existía. No confíes en nadie.
Mi padre era el Lord Oscuro. Gobernante de Rathe, un lugar mucho peor que
el infierno. ¿Cómo? Bueno, porque existe. Mi padre fue un gobernante brutal, pero
eso es lo que lo hizo un gran Rey. Sin embargo, había una cosa que siempre puso
primero, y era su legado.
Mis ojos se posan en mi madre, que está sentada nerviosamente en su trono,
con el dedo golpeando el arco donde descansa su brazo.
Doy otro sorbo a mi bebida, antes de volver a dejarla lentamente sobre la
encimera.
—No respondo ante ninguno de ustedes.
—Ah, encontrarás que tú…
Un gruñido procedente de lo más profundo de las jaulas donde mantengo
oculto a mi monstruo vibra por toda la habitación, haciendo vibrar los retratos
colgados en la pared.
—Yo. No. Les. Respondo. A. Ustedes.
Storm se levanta, enderezando su camisa blanca.
—Lo siento, Knight. Puedes advertirnos todo lo que quieras, pero desde hace
más tiempo que tú, este Ministerio existe para que podamos mantener el equilibrio...
—Antes de que pueda parpadear, mis pies vuelan por la habitación y mis dientes
están en su garganta. Siento el latido de su corazón contra mis dientes afilados
181
mientras los hundo aún más en su yugular. Se me van los ojos a la nuca cuando noto
que su corazón se desacelera. Tum. Tum. Golpe seco. Hasta que entonces nada.
Un Elder menos, faltan tres.
Denme una puta razón...
Echo la cabeza hacia atrás, con los dientes aún apretados alrededor de las
venas de su cuello, mientras alejo su cuerpo de un empujón. Cae a los pies de la Reina
y me lamo los restos de los labios, limpiándome la boca con el dorso de la mano
mientras espero su reacción. Se oyen jadeos en la sala, pero mi madre permanece
imperturbable. Se limita a apartar ligeramente el cuerpo de un puntapié antes de
doblar la pierna sobre la otra y volver a enderezarse la falda.
La energía vibra desde la esquina de la habitación donde está el hombre que
siempre está en silencio. Observo. Es casi como si me llegaran ondas sonoras
procedentes de él y, por un momento, permanezco completamente inmóvil.
Silencioso.
El calor nos une a ambos como una enredadera invisible de veneno que se
retuerce, se anuda y se encuentra en el centro. Doy un paso alrededor del cuerpo,
acortando la distancia. Sosteniendo la mirada de Odin, mis dedos envuelven la botella
de whisky que tiene en las manos. Un gesto. Un acuerdo silencioso de que este
hombre siempre ha estado de mi lado. No lo conocía de nada y no le había dirigido
la palabra, pero lo sabía. En el fondo sabía que fuera quien fuera, estaba de mi parte.
Asiente en silencio, sus dedos sueltan la botella y yo me la llevo a la boca,
dando un gran trago, porque ella estaba perdida. Desapareció.
La apoyo en el suelo y miro a toda la habitación.
—Mi compañera se ha ido, y este Ministerio se ha acabado. —Un par de
personas se remueven en su sitio, y sé que una vez que abandone la sala, tendrán
palabras que decir, pero no tendrán la oportunidad de hacerlo—. Me importa una
mierda si estás de acuerdo o no. Si luchas contra mí, te mataré a ti y a cada una de las
personas que amas.
Alguien se aclara la garganta y mi cabeza se gira hacia él, las venas alrededor
de mis ojos como telarañas mientras intento dominar la rabia salvaje que amenaza
con apoderarse de mí.
—Hijo. —Mi madre ni siquiera termina las siguientes palabras cuando Sin se
pone delante de mí, enseñando los dientes.
—Alguien tiene algún problema con lo que dice mi hermano.... —Sinner gira la
cabeza por encima del hombro, y veo el hoyuelo de su mejilla hundirse cuando me
sonríe levemente antes de volver a los extraños de nuestra casa—. Entonces habla
182
ahora o masacraré para siempre tu paz. —Silencio.
Mantengo la mirada fija en mi madre, con la mandíbula desencajada. Estudia a
mis hermanos antes de volver a mí. Observo cómo se hunde lentamente en su silla,
extendiendo la mano como si quisiera que me diera prisa, pero ya he dicho lo que
quería y, ahora mismo, esta mierda no es lo que me importa.
Ahora mismo... Necesito encontrar a London. Justo después de encontrar a la
pequeña coño que filtró quién era.
183

Veintidós

London

E
xtiendo la mano hacia las nubes, riendo a carcajadas cuando el vaho de
residuos de lluvia humedece mi palma. El cielo está más oscuro esta
noche por culpa de Yemon, rojo carmesí pintado agresivamente a través
del cielo.
Inhalo profundamente, cierro los ojos y aprieto el arnés de cuero. A pesar de
lo que acaba de ocurrir, siento que me relajo. Mis músculos liberan toda la ansiedad
y el miedo. Cuando vuelvo a abrirlos, las alas del dragón golpean el aire mientras nos
impulsa hacia delante. Alargo la mano y rozo las duras escamas de su largo cuello.
—Me salvaste. —Sigue haciéndonos avanzar y yo me inclino, con el cansancio
calándome hasta los huesos—. Voy a adormir.
Resopla, y si no lo supiera... diría que está de acuerdo. Con su ancho cuerpo
ofreciéndome un espacio seguro para arrastrarme hacia delante, apoyo la cabeza
contra él y cierro los ojos.
—Sólo un segundo.
—¡Dios mío! —Empujo a Ben juguetonamente mientras caigo de espaldas sobre
el colchón, con el cabello alborotado alrededor de la cara. Era la noche de mi
decimosexto cumpleaños y, por supuesto, Ben estaba siendo Ben y no quería que me
fuera a explorar el malvado mundo de las fiestas del instituto. Creo que por eso le caía
tan bien a mi tío. Porque en el fondo, aunque Ben distaba mucho de ser un nerd, tenía
un gusto particular, y ese gusto siempre se lo tragaba muy rápido cada vez que yo
aparecía en escena. Solía sentirme mal por las chicas con las que salía y se acostaba.
Todas sabían que yo era su prioridad, pero a medida que pasaban los años, me sentía
agradecida de poder ser esa persona para él, o lo más probable es que hubiera
tropezado y caído en el territorio de Nick Cannon con sus cien hijos.
—¿Qué? Estaba buena, ¿verdad? —Se deja caer en la silla de mi ordenador,
apoyando el pie en el lateral de mi cama. Giro ligeramente la cabeza, acercando mis
ojos a los suyos.
—Sí, era muy hermosa, pero, Ben, ¡era una abusadora en la secundaria! —
184
Ensancho los ojos hacia él, instando a sus recuerdos a trasladarse al lóbulo frontal de su
cerebro.
Chasquea los dedos y se inclina hacia delante hasta acercar su cara a la mía.
—¡Claro! El equipo de natación, cuando empujó a esa chica dos segundos antes
de empezar, todo porque había oído que era una amenaza.
—Eso entre otras cosas.
—¿Como la vez que te salvé de sus travesuras en la biblioteca con el yogurt? —
Levanta una ceja perfecta y me pierdo en él por un segundo. La única persona, aparte
de mi tío, con la que me he sentido realmente conectada y cómoda. Ojalá hiciera amigos
tanto como los amigos querían hacerme a mí, pero la verdad es que no me interesaba.
Él me dio todo lo que necesitaría en un amigo y algo más.
—No lo mencioné a propósito.... —Oculto la risita tras mi mueca.
Se estira hacia delante, enroscando mi cabello alrededor de su dedo.
—¿Cuándo vas a conseguirlo, Lonnie? —Se inclina hacia delante y me besa
suavemente en la frente—. Siempre te salvaré.
La cama se estremece bajo mis pies y gimo mientras me limpio las babas de la
boca y me quito el sueño de los ojos. Casi me deslizo de lado cuando recuerdo que
estoy montada en un puto dragón de verdad.
¡Un dragón!
Empujando ligeramente hacia arriba, echo un vistazo por la borda y veo el
contorno de una isla. Ahora mismo no puedo distinguir mucho, pero los bordes
escarpados del acantilado y las nubes de arena que se ciernen sobre él me hacen
meter la cara en el cuello de la camiseta para filtrar las partículas. El dragón que tengo
debajo se inclina hacia delante para caer ligeramente en picada hacia lo que parece
ser una isla, y cuanto más nos acercamos, más me doy cuenta de lo que podría ser
este lugar. He leído el Libro de las Pesadillas más veces de las que puedo contar
tratando de encontrar una forma de sentirme conectada al mundo en el que no crecí,
y estoy bastante segura de que esta es la isla de la que habla.
Las puntas de las montañas se hacen más grandes cuanto más nos acercamos,
los edificios de hormigón y las chozas desgastadas cuelgan de los árboles. El dragón
gira bruscamente a la derecha antes de descender. El viento me azota en la frente
antes de que aterrice en el suelo con un fuerte golpe.
Balanceo las piernas y mis pies golpean el polvo. Detrás de nosotros, el
acantilado cae en un lecho de niebla, y cuando asomo la cabeza alrededor de su
cuerpo gigante, veo la entrada de una cueva. Es saltar desde el borde o caminar por
la oscuridad. Mierda, creo que es el lugar sobre el que he leído.
Recorro con la mano el largo costado del dragón, chocando con las montañas
185
de escamas, y llego a su cara, tocándole un lado de la barbilla. Se deja abrazar por
mí y cierra ligeramente los ojos mientras resopla.
—Gracias.
Su cabeza se inclina ligeramente, antes de hacer un gesto hacia la entrada de
la cueva. Miro entre él y el oscuro agujero.
—¿De verdad?
Un sonido grave vibra desde su vientre mientras sus pies repiquetean. Sí.
Mierda. ¿De verdad voy a confiar en este dragón? Pero incluso cuando la
pregunta entra en mi mente, no pasa mucho tiempo antes de que exista, porque sí. Sí,
voy a confiar en él.

Knight
Había dos cosas de las que estaba absolutamente seguro en cuanto conocí a
London Crow. Una, que estaba jodidamente loca, y dos... Quería hacerle daño para
poder lamer mejor sus heridas y dejar el residuo de mi veneno en su sangre. Quería
que me deseara. Que me necesitara. Al más puro estilo London Crow, luchó contra el
vínculo de apareamiento en cada maldita oportunidad que tuvo. Era salvaje e
indomable. Eso era lo que más admiraba de ella. Imagínate. Por supuesto, el destino
pondría a alguien como ella como mi compañera, porque si no, me aburriría.
Sabían lo que necesitaba.
No me hicieron pruebas.
Me bendijeron con una hermosa maldición que es London Maldita Crow.
Me acerco a Alex e inclino la cabeza para estudiarla. Sabía que fue ella. No
había nadie tan estúpido como para hacerlo. Había dejado que sus celos le nublaran
el juicio, firmando su maldita sentencia de muerte.
Nos perdió a todos en cuanto llegó London. Nuestro tiempo y energía ya no
estaban libres para follarnos a la Ordinaria real hambrienta de pollas.
—¡Knight, por favor, creía que habías renunciado al vínculo! —Tira de las
ataduras de sus muñecas. Siento que Legend se acerca por detrás.
—Todo el mundo fuera.
186
Legend hace una pausa. Giro ligeramente la cabeza por encima del hombro.
—Ahora.
Espero hasta que oigo cerrarse la puerta y se hace el silencio a nuestro
alrededor. Me desabrocho la camisa y me dirijo a la cómoda que hay en un rincón de
la habitación.
—¿Sabes de quién es esta habitación, Alex?
El hecho de haber metido la polla en ese lodazal me pica en la nuca. Un picor
que sólo una cuchilla de quince centímetros puede rascar. Cuando no contesta,
enarco las cejas.
—¿Hmmm? No te calles ahora.... —La silla a la que está atada raspa el suelo y
me vuelvo hacia ella, quitándome la camisa—. Los dos sabemos lo ruidosa que sueles
ser....
Sus ojos recorren mi pecho, bajan hasta mis abdominales y descienden. Casi
me dan ganas de arrancarle los malditos ojos y dárselos de comer.
—P…pensé que te gustaría que hiciera eso, Mi Lord...
Suelto una risita, y los latidos de mi corazón se ralentizan cuanto más pasa el
tiempo. Incluso sin London cerca, sigo sintiendo su presencia, como si manchara las
paredes de cada habitación en la que entra.
—No soy tu Lord...
Recorto la distancia que nos separa hasta que mi bota se encuentra con su pie
descalzo. Tira de las ataduras de su muñeca, lo bastante fuerte como para que la
mordedura del perro infernal caiga al suelo en forma de gotas de lava.
—Por favor... por favor no me mates.
—Es tu culpa que ahora la estén cazando.
—Bu... —antes de que las palabras puedan salir de su boca pecaminosa, meto
la mano en su pecho hasta sentir el latido de su corazón golpeando contra mi palma.
Tum. Tum. Jadea, su boca se abre en una O perfecta mientras la sangre se escurre
lentamente de su rostro. Adquiere un espantoso tono blanco antes de que el carmesí
salga lentamente de entre sus labios, se deslice por su barbilla y caiga sobre mi bota.
—La quieren muerta. Por tu culpa. —Aprieto un poco, lo suficiente para sentir
cómo el pesado órgano se atasca entre mis dedos. El blanco de sus ojos estalla en
rojo, antes de que saque mi mano, sosteniendo el simbolismo moribundo por amor.
Su cuerpo cae hacia atrás y me quedo mirando el oscuro agujero que ha
quedado en su pecho, donde antes estaba su corazón. Lo arrojo sobre su regazo y
oigo la puerta cerrarse a mi espalda mientras me froto la nariz con la mano
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ensangrentada y retrocedo sin dejar de mirar su cadáver marchito.
—De acuerdo, sabía que eso iba a pasar. ¿Por qué demonios te han dejado aquí
solo? —Silver me da una palmada en el hombro, pero no hace nada. Nada para calmar
la rabia que siento que me desangra a medida que pasan los segundos.
—Tengo que encontrarla. —Me giro hacia la puerta, recojo mi camisa y me la
echo al hombro justo cuando Sinner entra.
Me sostiene la mirada.
—¿Qué pasa?
Incluso antes de que pueda registrar realmente lo que siento, lo tomo.
Al abrir las puertas con sólo un pensamiento, una repentina agudeza me
apuñala el pecho y mis cejas se entrechocan mientras ensancho los pies en un intento
de mantener el equilibrio, pero aun así mi cuerpo se balancea. Mis músculos no se
congelan ni se contraen; se desgarran, uno a uno, mierda.
Mis hermanos se giran al oír la puerta.
Se me contrae la cara, me tiemblan los labios de un dolor que nunca había
sentido. Un dolor tan jodidamente agudo que mis ojos se dirigen a mi pecho para ver
qué demonios lo ha atravesado, pero la única sangre en mi piel es la que derramé
hace unos momentos.
—Qué demonios. —Sinner se lanza por mí, y en un segundo he cruzado el largo
pasillo, cayendo al suelo al cederme las piernas.
Mis rodillas crujen contra el suelo de mármol y cada parte de mí se desmorona
de adentro hacía afuera.
El dolor es agudo y jodidamente punzante, como si alguien hubiera tomado las
escamas de una serpiente de plata y las hubiera molido, inyectándolas directamente
en mis venas de sangre negra.
—Hermano, háblanos. —Los ojos de Legend rastrean mi cuerpo embadurnado
de sangre, su atención se desvía por encima de mi hombro para contemplar la
masacre que he dejado tras de mí.
Gruño, con los dientes apretados y los colmillos liberándose mientras mis
garras hacen lo mismo, pero en el momento en que están en pleno descenso, se
retraen.
Jadeo, dejándome caer contra el pecho de mi hermano.
—Creo... mierda. Creo que me estoy muriendo, carajo.
Sin y Legend miran de mí a Creed, esperando que nuestro hermano mayor
tenga las malditas respuestas.
Cuando los ojos de Sin, se entrecierran, inclino la cabeza para mirar a Creed.
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Su brazo se desplaza para acunarme en él y que pueda verme mejor.
Me presiona el pecho, justo sobre el corazón.
—Knight...
Como si saliera de mi maldito cuerpo, la cabeza se me echa hacia atrás
mientras los ojos se me ponen en blanco. Un grito animal sale de mi pecho con
violencia. Mis miembros empiezan a temblar cuando me tumban contra el frío
mármol. Clavo las uñas en el suelo, golpeándome la cabeza contra él hasta que oigo
cómo se parte por el impacto y un líquido caliente se derrama por mi cráneo.
Jadeo, intentando asimilar lo que me está ocurriendo. Siento como si me
hubieran clavado un puñal en la piel y me hubieran desgarrado el pecho.
Y luego... nada.
Una abrumadora sensación de entumecimiento se apodera de mí, mi cuerpo se
queda inmóvil, mis ojos se abren de par en par y juro por Dios que mi corazón deja
de latir. La sangre deja de fluir.
Dotados o no, la sangre que corre por nuestras venas es vital, fuente de nuestro
poder. Nuestros corazones, aunque negros como una noche de invierno, son lo que
nos mantiene vivos y en movimiento, lo que nos mantiene cuerdos y evita que nos
volvamos salvajes. El lugar donde nacen nuestros vínculos antes de que nuestras
almas se den un festín con ellos.
Es lo que nos une a nuestra pareja.
La electricidad me recorre la espina dorsal y me enderezo de golpe, con un
pánico que nunca había sentido recorriéndome la piel. Perdido como nunca lo he
estado. Excepto que sabemos que eso no es cierto. Conozco la pérdida. Eché a la perra
por la puerta y la he cerrado con llave.
—No. —Me pongo en pie de un salto, golpeándome el pecho con el puño. La
furia burbujeante que no se va se intensifica mientras camino en jodidos círculos.
—No, no, no... —Cierro los ojos, buscando en las profundidades de mi puta
alma. Estirando mi magia más allá de la razón.
Bebé, no...
Me arrastro las manos por el cabello, tirando, rasgando y dando vueltas. Mis
ojos vidriosos se encuentran con los de mi hermano.
—Creed.
Su rostro decae, los ojos caen a sus pies.
—Creed, no. Tiene que ser otra cosa. —grito, pero sé que mis palabras son
189
inútiles.
Porque lo sé.
Lo sé porque esa parte de ella, el lazo que me unía a mi compañera, de mi
maldita chica a mí, está roto. Cortado desde la base.
El vínculo contra el que luché, la calma que ansiaba, el maldito hogar que creó
dentro de mí, el propósito que me dio sin ni siquiera saberlo... todo se ha ido.
—No puedo sentirla, carajo.
—¿Qué quieres decir? —Legend empuja hacia adelante—. ¡Qué quieres decir,
Knight!
Sinner se acerca, los hombros tensos, expresión tensa como él trabaja su
camino en mi mente.
—Se ha... ido.
Se ha ido.
El vínculo ha desaparecido.
Mi alma está desgarrada.
Mi corazón vacío.
Mi madre aparece por la esquina y se asusta al verme en el suelo.
Pero entonces ocurre algo extraño. Se congela, me mira de pies a cabeza, su
expresión se suaviza cuando llega a la conclusión por sí misma.
—Así que, finalmente está muerta.
No es una pregunta. Es un hecho constatado, que me sacude los huesos y me
deja impotente. Literalmente.
No siento que me recorra ninguna energía. Ninguna chispa o ser bajo mi piel.
London. Mi hermosa y oscura pequeña muñeca... está muerta.
Y todo es mi maldita culpa.
Apenas me asalta el pensamiento cuando suena una explosión.
Al final del pasillo se declara un incendio y las puertas vuelan en cientos de
pequeños fragmentos.
Mis hermanos se ponen en pie de un salto, el poder les brota de las yemas de
los dedos y entonces la habitación que hay detrás de mí es arrasada por un maldito
tsunami.
El agua se arremolina hacia aquí, el fuego crece y se agita desde el otro lado,
y entonces el cielo se abre.
Truenos y relámpagos llueven sobre nosotros, golpeando mi piel y
190
sacudiéndome.
No siento nada de eso.
Mis hermanos gritan.
Nuestra madre grita.
Cierro los ojos, suplicando al maldito monstruo que me creó que me tome en
sus brazos y me mantenga allí hasta que no sea más que ceniza a sus pies.
191

Veintitrés

London

E
n cuanto atravieso el túnel, oigo las pesadas alas del dragón que me salvó
batir contra el viento mientras me deja en lo desconocido. No tiene
sentido, pero una sensación de pérdida me envuelve al saber que ya no
está aquí. Levanto la barbilla con obstinación y dejo que la oscuridad de la cueva me
engulla por completo.
A cada paso que doy, me invade una nueva sensación. Extraños sonidos
resuenan en las húmedas paredes de piedra.
Se oyen chasquidos agudos, luego gritos ásperos, gritos de auxilio que hielan
la sangre y después un silencio total. Extrañamente, el silencio cae como un peso,
arrastrando mis hombros hasta que cada paso es una dura lucha. Siento los pies como
un saco de piedras mientras los fuerzo hacia delante, adentrándome más en la
oscuridad sin señales de que vaya a llegar la luz. Y entonces los sonidos comienzan
de nuevo, sólo que esta vez están más cerca.
El profundo gruñido vibra en mi mente, rebotando de derecha a izquierda, de
izquierda a derecha, y entonces un agudo pinchazo me recorre la columna vertebral.
La espalda se me arquea, la palma de la mano vuela y me aprieta el pecho mientras
el corazón me late diez veces más rápido que antes. Si no estuviera muerta,
técnicamente hablando, juraría que estoy sufriendo un infarto. El dolor es así de real,
así de espantoso. Entonces, una vez más, silencio.
Temerosa de lo que pueda venir a continuación, dudo en moverme, pero los
espíritus que habitan esta cueva no son muy partidarios de ellos.
El viento sopla detrás de mí y o doy un paso o me caigo de cara, así que muevo
los malditos pies, forzándolos uno delante del otro, y de nuevo, todo empeora.
Los gritos ahogados y las palabras susurradas ya no son sonidos lejanos.
Son faros que resuenan a mi alrededor y me engullen mientras la realidad se
derrumba a mi alrededor.
Las imágenes resplandecen en las paredes mientras todo mi cuerpo se
192
estremece. Las asimilo como si viera un carrusel de imágenes Polaroid pasar por un
proyector.
Yo en el partido de hockey de Ben... mirando a Knight y a sus hermanos al otro
lado del estadio.
Yo besando a Sinner pensando que era Knight en una fiesta.
Yo sentada en el regazo de Legend mientras Sinner finge ser Knight, su lengua
follando la mía.
Yo de espaldas, Knight desnudo y revoloteando sobre mí.
Yo corriendo, Knight alcanzándome y despertando en Rathe.
Luchando contra él.
Odiándolo.
Un lazo que late en mi pecho.
Necesitándolo.
Deseándolo.
El toque posesivo de Knight, sus tiernas palabras susurradas.
La aguda mirada de la Reina y la dura verdad revelada.
El odio y el asco de Knight.
Mi escape.
Mi dormitorio.
Ben... ensangrentado y sin aliento, sin vida a los pies del hombre que el destino
dice que es mío.
Caigo de rodillas y siento la sequedad de la garganta como si tragase papel de
lija. El sabor ácido del vómito se desliza por mi garganta mientras el ácido sale de mi
estómago y se derrama sobre el suelo húmedo.
Me derrumbo, el dolor y la pena amenazan con tragarme entera cuando todo
vuelve a la vez.
La aceptación de Knight se convirtió en venganza.
Yo rota en una celda en la que me metió mi supuesta gente.
La visita del Rey.
El santuario.
Las manos suaves y los susurros entrecortados de Knight. Su amor accidental e
inconfundible y su aceptación total y absoluta.
Su reivindicación.
193
Su dejarme ir...
Gimo en la oscuridad, las imágenes se cortan con una última imagen a través
de las paredes, sólo que ésta no es de mis propios recuerdos, sino de los suyos.
Es Knight de rodillas, solo en su habitación, deseando ser mío.
Lanzo más vómito hacia el suelo.
El odio y la confusión crearon un cóctel tóxico que me tiene deseando poder
dar marcha atrás y tirarme por el precipicio en el que me dejaron caer y que me
condujo a este momento, pero los espíritus no lo permiten. He entrado en su cueva y
quieren que salga.
Una vez más, avanzo, cayendo varias veces mientras mis rodillas y mi pulso
crujen y se raspan contra el duro suelo. La piel de mis rodillas se abre, pero no me
importa. Necesito salir.
Justo cuando estoy segura de que el dolor es demasiado, de que no puedo
soportarlo y de que él solo me matará por donde me arrastro, aparece una luz al
fondo, la figura de una mujer que ensombrece el frente.
—¡Tenemos una chica nueva! —grita, con voz ronca y gruesa.
Mi cuerpo se desploma y mis músculos ceden cuando ella se adentra en la
cueva. Me agarra por los brazos y me saca de las profundidades de lo que quiera que
sea esta cueva infernal.
La chica está de pie sobre mí, con la cabeza inclinada hacia un lado y el sol que
no he visto en días brillando tras ella.
—Bienvenida a la Isla del Exilio.
Tenía razón.
Esta es la Isla del Exilio, donde son arrojados los superdotados no deseados ni
bienvenidos.
Pero no debería saberlo.
No era un recuerdo real, yo leyendo ese libro.
Era uno falso que me dio Knight cuando me robó la verdad.
Quiero enfadarme, pero escarbo en lo más profundo, buscando esa rabia,
rogándole que se acumule, pero no la encuentro, y eso me da ganas de vomitar de
nuevo.
A quién le importa si lo hizo para robar mi dolor y arreglar lo que rompió.
Está mal. Mató a mi mejor amigo porque pensó que yo maté a su hermana.
Debería odiarlo, pero no sé cómo.
194
Ya no.
No después de todo.
Y por eso... me odio.
Espera.
¡Espera!
¡¿Pensando que había matado a su hermana?!
Cierro los ojos, buscando de nuevo el recuerdo. Un recuerdo que una vez más
no es mío.
Es suyo y está más claro que el agua.
Yo no maté a Temperance Deveraux... ¿quién demonios lo hizo?

Mi mente es un maldito caos, un millón de pensamientos que no puedo


descifrar me invaden a la vez, hasta el punto de que me siento mareada. La vista se
me nubla, pero parpadeo, intentando concentrarme en el calor del sol que me da en
la espalda. Lo admito, lo he echado de menos mientras estaba en Rathe. Crecer en el
mundo humano puede parecer una pesadilla para la mayoría de los superdotados,
pero había muchas cosas que puedo apreciar ahora que mi mente vuelve a ser mía.
Como el sol y el océano. Miro hacia el borde de la isla, los afilados acantilados
rocosos que parecen no llevar a nada más que a las nubes. Mis sentidos arden, cien
veces más de lo que estaban. Oigo el estruendo de las olas. Huelo la sal en el aire.
La isla del Exilio no está en Rathe.
Está oculta en la Tierra.
Intento concentrarme en el hecho de que vuelvo a pisar terreno conocido,
buscando una sensación de paz, pero no la hay. Ahora más que nunca siento que no
pertenezco al lugar, pero cuando miro a la preciosa chica que me guía por el camino
de piedra negra, en mi pecho se forma un pequeño dolor por ella.
Porque en realidad, ella también debe sentirlo. Todos aquí deben sentirlo, y
me imagino que ese es el objetivo, forzarlos a salir de sus casas y entrar en un mundo
al que ni siquiera pertenecen.
Es un castigo más cruel que la muerte.
La muchacha se ajusta la daga en la cadera y se echa el largo y ondulado
195
cabello negro por encima del hombro mientras mira hacia el cielo. Sigo su línea de
visión, mis ojos se abren de par en par cuando no uno, sino tres dragones salen
disparados de detrás del acantilado, con las alas pegadas a los costados mientras
corren hacia el cielo y el sonido de sus cuerpos se dispara por encima de sus cabezas.
Tan rápido como aparecen, desaparecen, dejando una estela de humo a su paso.
—Mierda.
La chica se ríe.
—Sí. Son más competitivos que los licántropos —dice, mirando hacia delante,
y la observo mejor.
Lleva unas botas de cuero marrón oscuro sin tacón que le llegan justo por
encima de la rodilla. Lleva unos pantalones que parecen leggins, pero de un material
que no reconozco, y una camiseta de tirantes negra metida por dentro. Lleva una
especie de funda sobre los hombros. Es del mismo color que sus botas, las gruesas
bandas se curvan alrededor de sus hombros y se juntan en su columna vertebral,
donde las correas se unen. Se apoya en la espalda, rodeando las costillas y las pinzas
como un mono sin solapas. Lleva una daga en las fundas de derecha e izquierda y un
cinturón con funda que le rodea la cintura, con dos pequeñas bolsas a cada lado, pero
no sabría decir qué contienen. Incluso lleva un pequeño tocado, de nuevo, a juego
con el equipo y las botas, que le cruza la frente, con las correas ocultas bajo su espesa
cabellera negra.
Lleva una pequeña joya en el centro y, cuando me mira por encima del hombro,
veo otras iguales clavadas en la piel de las sienes. Sus ojos son tan oscuros como su
cabello y sus labios de un intenso color malva. Parece una princesa guerrera recién
salida de un mítico campo de batalla.
Sonríe y me doy cuenta de que llevo cinco minutos mirándola.
—Lo siento.
—No lo sientas —dice en ese tono ronco suyo, su mirada recorriéndome—. Tú
tampoco estás tan mal, pequeña.
Sí, claro. Ella debe medir un metro setenta y cinco. Tal vez más alta.
Mierda, probablemente le parezco una débil excusa de mujer.
Mido metro y medio, tengo los ojos hinchados y rojos por las lágrimas y
probablemente tengo vómito seco en las rodillas. Me rodeo la cintura con los brazos
para intentar mitigar el dolor.
Pequeña L.
Pequeña London.
Pequeña muñeca.
196
Me estremezco cuando las voces de los chicos Deveraux me asaltan de golpe,
sacudiéndome la extraña vibración que palpita en lo más profundo de mi mente.
Por suerte, la chica empieza a hablar, así que hago un esfuerzo extra para
centrarme en ella.
—Así que, como he dicho, esta es la Isla del Exilio. Teniendo en cuenta la forma
en que miraste a los dragones, voy a suponer que no estás completamente
familiarizada, así que déjame explicártelo como si fueras una novata. Este lugar es
para los no deseados, indómitos e incontrolables. La mayoría de la gente asume que
se trata de echar a la calle a los malos por hacer cosas malas, pero eso no es
exactamente cierto. Casi el cien por ciento de los Dotados aquí son Stygians. Hicieron
cosas malas, pero malas según los términos del Ministerio. Algunos están aquí por tan
poco como negarse a ir a Rathe a la universidad, otros mataron a sangre fría según los
que los sentenciaron.
—Entonces, ¿nadie es realmente tan amenazador? —pregunto, esperando la
respuesta correcta.
—Oh, no. —Se ríe—. Todos son amenazantes en este punto y, chica, no me
malinterpretes. Sólo estaba empezando. Tenemos asesinos, cambiaformas salvajes y
auténticos psicópatas. Tenemos gente que perdió la fe en la Corona Oscura, otros que
odian al Ministerio y los que se rebelan contra todo. Los que no eran tan peligrosos
cuando llegaron, ahora lo son, porque este lugar existe para volverte loco.
Se detiene y el camino de piedra negra termina a medio centímetro de sus
botas. Abre la bolsa que lleva a la izquierda y saca un puñado de polvo negro
brillante. Lo sopla en línea recta ante ella.
El sendero rocoso que conduce a la línea de árboles, a varios kilómetros de
distancia, comienza a desdibujarse hasta que un agujero negro se abre en su centro,
revelando la verdad: el sendero distante es una ilusión destinada a bloquear lo que
hay al otro lado.
La chica me devuelve la mirada.
—Si los Sin dones se toparan con la isla, este pequeño truco los mantendría
caminando en su sitio durante kilómetros y kilómetros. —Sonríe, extendiendo una
mano como si estuviera orgullosa—. Después de ti.
—¿Ha ocurrido alguna vez? —Le pregunto.
Asiente.
—Un par de veces. Los vampiros los dejaron secos a los pocos minutos de
aterrizar. —Se encoge de hombros—. La ilusión es el resultado de la última, y oye,
ese helicóptero en el que volaron nos dio una mierda con la que nunca pensamos que
197
nos encontraríamos. En fin. Pasa.
Respiro hondo y atravieso la abertura, con los ojos abiertos de par en par al
contemplar el lugar. Los edificios de hormigón y las viejas cabañas están construidos
en las profundidades de los árboles que observé cuando el dragón nos acercó
volando, y por primera vez veo a más superdotados. Unos cuantos cuelgan de las
ramas de los árboles por las piernas, mientras otros luchan y pelean en un gigantesco
lecho de barro.
Hay gritos desde la izquierda y gruñidos profundos desde la derecha y mis pies
se ralentizan.
—Esta es una tarde tranquila. —Se da cuenta de mi vacilación y se gira para
mirarme de frente por primera vez—. Supongo que debería decírtelo ahora, si no era
obvio ya. Vas a odiar estar aquí. No es una pregunta, es un hecho. Estás oficialmente
sola en lo que respecta a tu vida pasada, y nunca mejorará. El dolor nunca se calmará.
Esta no es una de esas situaciones en las que todo se cura con el tiempo. En la Isla del
Exilio es todo lo contrario. —Mira detrás de ella y de nuevo hacia mí.
—Estás completamente bloqueada para todos fuera de este lugar. Para ellos,
ya no existes, salvo en sus recuerdos, pero ellos no están bloqueados de ti.
—¿Qué significa?
—Significa que si estás conectada a alguien, o corres en manada o algo que te
vincule a los demás, los sentirás cada día, siempre, pero ellos no lo sabrán. No
sentirán nada de ti, así que con el tiempo... se curarán y te olvidarán, pero a ti nunca
te ofrecerán el mismo indulto. Es un juego retorcido que al Ministerio le gusta jugar
con nosotros. Tortura sin contacto, nos gusta llamarlo. A juzgar por la forma en que
saliste de la cueva, te reveló algo jodido. Y basándome en mi experiencia, diría que
tienes un compañero. Lo siento, pero lo sentirás por el resto de tu vida y
desafortunadamente, no hay forma de que lo tomes a él aquí. Es literalmente la única
magia que está bloqueada aquí. La muerte temporal es una herramienta común que
todos usamos, pero ¿permanente? —Ella sacude la cabeza, su largo cabello oscuro
cayendo sobre sus hombros en ondas masivas—. El Ministerio nunca nos permitiría
tal lujo.
Miro alrededor de la isla.
Parece algo sacado de ese programa que Ben solía ver, Naked and Afraid. Todo
es improvisado, pero con toques añadidos de magia. Y partes de helicóptero.
Los árboles son altos, tapan la mayor parte del sol y el agua permanece quieta
a lo largo de la orilla. Para los superdotados, la oscuridad y la energía que
proporciona la galaxia no son sólo una preferencia, sino una necesidad. Es una fuente
de energía para su poder, una de las razones por las que los de Rathe deben
alimentarse tanto de los demás para mantener sus cuerpos llenos de combustible, lo
198
que significa que la gente de aquí se alimenta de los demás para seguir adelante.
Mientras lo pienso, hago una pausa y me rodeo con los brazos mientras la
presión cae sobre mi pecho.
Eso no lo sé yo. Eso salió directamente de la mente y la memoria de Knight.
Ahora está literalmente entretejido dentro de mí.
Es tan relajante como repugnante.
—¿Así que el Ministerio dirige este lugar? —me oigo preguntar, intentando
concentrarme en otra cosa que no sea el incesante tira y afloja de mi interior.
—Nosotros lo dirigimos, pero ellos lo crearon. Es una prisión interminable. El
infierno eterno y no el divertido. —Se da la vuelta, caminando hacia atrás con una
sonrisa de satisfacción—. Probablemente no sea el discurso de bienvenida que
esperabas, pero alégrate de que hoy sea yo quien vigile la cueva y no Frenchie. Es
un idiota. —Saca la mano, con las uñas pintadas de negro brillante—. Soy Haide.
Dudo, preguntándome si debería soltar toda mi mierda ya que mentir me jodió
y me trajo aquí.
Knight me jodió y me trajo aquí...
Literalmente.
Trago saliva.
—Me criaron como London, pero mi nombre de nacimiento con dones es
Villaina... Lacroix.
Sus cejas saltan.
—Bueno... algunos de ellos definitivamente te matarán, pero de nuevo...
realmente no puedes morir aquí, así que. —Se encoge de hombros, lanzando su brazo
sobre mí—. Vamos a reunirnos con los otros, pequeña Degolladora, pero tal vez
quieras aferrarte a esto.
Haide me pasa un pequeño cuchillo que no la vi sacar y mira hacia delante.
—¡Sangre nueva!
Mierda.
199

Veinticuatro

Knight

A
mi alrededor suenan sonidos apagados, pero mis ojos no se abren.
La oscuridad, un tipo nuevo y más pesado de lo que estoy
acostumbrado, se filtra en mis venas, agobiándome hasta que no soy
más que un vacío negro. Hueco y hambriento de algo que ya no existe.
Me estoy muriendo. O una parte de mí lo está, y está robando mi fuerza un
recuerdo a la vez. Esto no se parece a nada de lo que he investigado sobre cuando un
vínculo se rompe o es rechazado. Cuando eso sucede, el rechazado se vuelve loco,
perdido por la sed de sangre o completamente salvaje. Como London estaba en
camino de convertirse antes de que me borrara de su mente.
Nunca se ha demostrado, pero los rumores susurrados en Rathe dicen que así
es como nació El Degollador: un hombre desechado por la mujer que le dio el destino.
Tiene sentido cuando se piensa en ello. A medida que pasan los días tras la ruptura
de un vínculo, el odio hacia uno mismo se convierte en algo más, los rechazados
empiezan a desear la sangre de los vinculados. Se dan un festín con las almas atadas.
¿Pero esto? Intento tragar saliva. Esta impotencia vacía y depravada que araña
mis órganos no es un vínculo que se rompe.
Es el resultado de la muerte del guardián de tu alma, la extracción final de un
vínculo.
Mi compañera está muerta
Mi London... murió.
Mi cuerpo tiembla, y vagamente percibo que es por el contacto de otra, pero
caigo más profundamente en mi mente, buscando la suya. Busco en las profundidades
de mi don, pero todo lo que encuentro es un puto agujero vacío donde ella solía estar.
Un corazón sin latido. Un cielo sin estrellas.
Un rey sin su maldita reina.
Bebé, lo siento mucho.
—¡Knight!
200
Me sobresalto, abro los ojos y veo una versión borrosa y ensangrentada de mi
hermano mayor.
—¿Creed? —digo, balanceándome.
¿Qué demonios...?
Mis muñecas están atadas con fuego, mientras inclino la cabeza hacia arriba
para ver a qué estoy atado, sólo para encontrar una cuerda que brilla con un rojo
brillante conectándome al techo.
—Mierda. ¿Dónde estamos?
Creed cuelga a mi lado, despertando a Legend a patadas mientras me giro para
encontrar a Sinner al otro lado, tratando de zafarse de la cuerda.
—No puedo. Mierda. Nos tienen con una correa de perros del infierno. —La
misma mierda que mi padre usaba para mantener a sus perros del infierno seguros
hasta que los necesitáramos—. ¿Quién hizo esto?
Creed finalmente patea a Legend lo suficientemente fuerte como para que se
despierte.
—No lo sé. Lo último que recuerdo es haberme dormido.
Repaso mis recuerdos, intentando pensar en lo último que recuerdo.
—Maté a Alex, luego mi cuerpo, sintió que el vínculo me abandonaba y yo....
—Aprieto los ojos y los cierro—. Mierda. Después, no lo sé. No recuerdo nada
después de eso.
—Sé quién fue... —Sinner gruñe, finalmente cayendo derrotado—. El maldito
Ministerio. Sólo ellos tenían acceso a los Perros del Infierno de papá, y sólo para ellos
somos una maldita amenaza.
—Me importa una mierda. Están muertos. —Miro alrededor del espacio para
tratar de encontrar nuestras opciones, pero el dolor sordo en mi pecho se niega a
liberarme. Como un maldito latido constante de culpa, las marcas de garras que
London dejó en mi corazón no tienen ninguna posibilidad de irse. No estoy seguro de
querer que se vayan. Si el dolor de perderla es lo único que me queda, lo sentiré el
resto de mi vida.
—No hay salida. Si estoy adivinando bien y es el Ministerio, entonces estamos
encerrados en la bóveda debajo de la sala de reuniones, ya que es el único lugar
donde nadie puede entrar a menos que seas un miembro del Ministerio.
—Así que, en otras palabras... —Legend ríe maníacamente—. Estamos
jodidamente atrapados aquí hasta que ya no nos necesiten.
—O nos maten... —digo apretando los dientes.
—¿Por qué demonios nos matarían? —pregunta Sinner desde un lado, y tengo
201
que luchar contra todo lo que hay dentro de mí para no decirles lo que he estado
pensando todo el tiempo. O quizá ya lo saben. No. No lo saben.
—¿Alguno de ustedes se ha dado cuenta de lo tranquila que está madre desde
que asesinaron a papá? —Mantengo los ojos fijos en la única puerta de la habitación.
Esperando a que se abra, a que entre uno de los miembros del Ministerio y nos diga
por fin qué demonios ha estado pasando.
¿Habían querido esto todo el tiempo, matarnos, sólo esperando que el Rey
muriera? Posiblemente. Lo más probable.
—Amplía eso. —Creed intenta girarse hacia mí—. ¿Estás diciendo que ella nos
puso aquí?
—No, estoy diciendo que no está para nada disgustada por el hecho de que su
compañero esté muerto.
—¿Dónde diablos está mamá? Estaba con nosotros, en el pasillo. —Legend
frunce el ceño entre nosotros—. ¿Crees que la mataron como probablemente hicieron
con papá?
—No —escupe Sinner—. Nos harían mirar si lo hicieran. Es probable que esté
encerrada en algún sitio con garras en las sienes para que puedan robarle hasta la
última información para usar mierda contra nosotros.
Vuelvo a tirar de la cuerda, aunque el fuego me quema la piel. La forma en que
sigo curándome es una débil distracción de la confusión que gira en mi interior.
Pienso en la gente del Ministerio.
Maté a Storm, líder de los Ordinarios, así que sólo quedan otras tres opciones.
Magdalena, líder de los Magos y gobernante de Rathe U. Naw. Demasiado
débil. Su necesidad de atención supera su deseo de caos y destrucción, y tiene un
hijo en quien pensar. No es que su existencia pese más que su posición.
Odin, líder de los Monstruos. Silencioso. El líder silencioso en el rincón que
observa a los demás tomar decisiones mientras obviamente compila su propia
opinión internamente. Nunca me había fijado mucho en él hasta la muerte del Rey.
Sospechoso.
Agro habla en nombre de los Fae. No me gusta ni él ni su complejo de dios.
Definitivamente él, pero no podía hacer esto solo.
Y los Reales Monarcas de todas las Criaturas Oscuras que gobiernan todas las
pesadillas que te contaban de niño.
Quién. Carajo. De estas personas haría eso. Sólo dos. Agro y Odin.
Alguien me da una patada en la pierna y alzo la vista para ver a Sinner
202
mirándome.
—Sal de tu puta cabeza.
—Ya no puedo sentirla. —Dejo que las palabras caigan de mis labios, aunque
quiero masticarlas y escupirlas. La habitación se queda en silencio.
—¿Estás seguro, Knight... —Legend rompe primero—. ¿Estás seguro de que no
acabas... de conseguir por fin romper el vínculo como querías?
Yo no quería eso. O sí, pero eso fue antes, eso fue al maldito inicio. Incluso
cuando la odiaba, cuando la tomé y la encerré, cuando pensé que me había quitado
a alguien a quien quería, y cuando quiso dejarme para irse con Ben, seguía
queriéndola, sólo que no sabía que era yo. Pensé que era el vínculo que me obligaba
a sentir lo que era.
Estaba jodidamente equivocado.
Fui yo.
La quería.
La amo.
—No rompió el vínculo. —Creed capta entonces la atención de todos, pero sus
ojos no se apartan de la puerta—. Lo completó. —Finalmente sus ojos se mueven hacia
los míos—. Lo vi en su cabeza el día que me dejó entrar para compartir la verdad
sobre la muerte de Temperance con todos nosotros.
—¿Knight? —El tono de Sinner está más cargado de frustración que nunca, así
que lo miro. Me mira fijamente, con el ceño fruncido.
No se lo dije a mi gemelo y se lo cuento todo. Está dolido y quiere saber por
qué. Se lo merece. Todos mis hermanos lo merecen.
—Sabía que si la gente descubría quién era, se habría acabado para ella. Nunca
la aceptarían como su Reina. Sólo había una cosa que podía darle en esta vida, así que
se la di.
—Su Ethos —respira Legend.
Asiento y vuelvo a mirar hacia la puerta.
—¿La has visto? —Se pregunta Sinner.
Mi labio se tuerce a pesar de todo.
—Habría sido feroz si hubiera tenido media oportunidad de averiguar qué vivía
bajo su piel.
Un dolor agudo me punza las costillas e inhalo profundamente, dando la
bienvenida al dolor.
Madre nunca mostró un signo de dolor, tampoco se le pusieron las venas negras.
203
La cabeza de Creed chasquea en mi dirección.
—Vamos a salir de esta, y cuando lo hagamos, encontraremos a quien te robó,
hermano. No se saldrán con la suya. En cuanto salgamos de esta, se acabó. —Legend
hace un gesto hacia el techo. Justo cuando estoy a punto de abrir la boca para
responder, unos pasos resuenan en las paredes. Unas botas golpean los charcos de
agua, y luego se oye el sonido de unos tacones sobre el cemento.
—Dos de ellos. Una mujer. ¿Magdalena? —Sinner susurra alrededor del sonido
metálico de la cuerda golpeando el techo.
—No. No puede ser. Es una perra vengativa, pero tiene mucho que perder.
—Cierto —responde Creed, justo cuando la manilla de la puerta tiembla y todo
lo demás a mi alrededor se desvanece, porque quienquiera que atraviese esta puerta
acaba de firmar su sentencia de muerte.
—Hola... hermanos.
204

Veinticinco

London

L
levo no sé cuánto tiempo acostada en una hamaca que Haide colgó para
mí en lo más recóndito del bosque, intentando dar sentido a algunas de
las cosas que pasan por mi cabeza, y por doloroso y confuso que sea...
creo que he descubierto algo.
La noche que Knight entró en aquella habitación del santuario, no sólo borró el
dolor y mi conocimiento del vínculo que nos unía, sino que lo aceptó.
Mi enfadado y roto compañero me aceptó. Se unió a mí.
Mi lazo está vivo, su reclamo completo.
Las venas negras a lo largo de mi cuerpo y la propia sangre que me recorre
están impregnadas de la suya.
Mi Ethos se despierta.
Es una parte de sí mismo que no tenía que darme, pero que me dio, aunque no
pudiera desbloquear el suyo.
Me dio todo de él, y luego me dejó ir lo mejor que pudo, sabiendo que eso
significaba que nunca ascendería a su yo superior. Nunca se convertiría en el Rey que
estaba destinado a ser. Lo hizo por mí, la chica que juró odiar. Eso no fue lo
suficientemente bueno o lo suficientemente fuerte.
La chica que dijo que no quería.
Mintió. A mí y a sí mismo.
Knight me liberó de la prisión en la que acusé al destino de encerrarme,
cerrándose a un lado de los barrotes de los que me liberó.
Puedo verlo en mi cabeza, oírlo en mis pensamientos ahora que la barrera se
ha roto en mi mente, pero no entiendo el vacío adormecimiento que siento de él ahora
mismo. ¿Por qué sufre? ¿Por qué llora mi pérdida?
Eligió dejarme ir.
De eso se trataba el cortejo. No podía tomarme como su Reina, y lo sabía, así
205
que estaba preparado para tomar a otra.
Probablemente lo hizo en cuanto dejé de estar delante de él, recordándole lo
que quería y no podía tener.
Los pensamientos mezclados con el dolor en carne viva, que no es mío, son
demasiado, así que uso mi nuevo escudo para bloquearlo, pero en el momento en que
desaparece de mi conciencia, el dolor se intensifica. Es tan fuerte que ruedo y caigo
al suelo con un fuerte golpe.
Jadeo, clavo las manos en la tierra mientras la sensación punzante me atraviesa
y echo la cabeza hacia atrás con un grito.
Un grito que se interrumpe cuando los arbustos detrás de mí crujen en señal
de advertencia. Giro y me quedo inmóvil.
Seis superdotados se acercan a mí, con los dientes afilados y los ojos
desorbitados. Parecerían humanos, si no fuera por los rasgos monstruosos de sus
rostros.
Son vampiros.
La sangre de mis venas corre más deprisa, palpita con más fuerza en mi
garganta y juro que es como si mi don se burlara de ellos. Desafiándolos a que se
acerquen, pero esa perra tiene que calmarse.
No puedo con seis vampiros a la vez.
¡Ni siquiera estoy seguro de poder con uno!
Todos me rodean en plena forma. Mi conexión con la mente de Knight me dice
que no son simples vampiros, sino del tipo que nace de los demonios, curados con el
tiempo para convertirse exactamente en eso: el mal. No hay redención en sus ojos,
sólo tormento. Codicia. Malicia.
—Vaya, vaya... —gruñe uno de ellos, y se inclina lentamente, estirando la mano
para tocarme con su uña larga e incolora—. ¿Qué arrastró el dragón...
Le quito la mano de un manotazo y miro a la fea criatura.
—Algo que no es para ti.
Se ríe entre dientes, echándose hacia atrás y sujetándose el vientre. El resto de
su pequeño clan lo sigue con sus risas de hiena. Los árboles se doblan con el viento,
mientras el cielo gris me mira desde arriba. Desolador. Sin color y tóxico. Esta isla es
una fotografía atrapada en sepia, ciega a simple vista.
Antes de que pueda responder, algo afilado se hunde en mi cuello y me
paralizo, con los músculos paralizados. Levanto lentamente la mano, que se acerca a
una mata de cabello negro, grueso y sin lavar. La grasa resbala por mis dedos
mientras aprieto lentamente un montón de ella en mi mano y tiro hacia atrás con un
206
fuerte grito, sus dientes aún conectados a mi vena.
—¡Hija de puta! —grito con los dientes apretados, empujando a la chica. Ya
está. Así es como muero, porque no hay forma de que pueda luchar contra ellos. La
sangre brota de la herida de mi cuello, y si eso no me mata, lo harán estos animales
sedientos de sangre.
—Oh, no... —gime la vampiresa en el suelo, visiblemente aterrorizada,
mientras se lleva lentamente las manos temblorosas a los labios. Sus ojos se abren de
par en par, con un pavor glacial tan claro como el día, mientras me mira y su cuerpo
retrocede lentamente cada segundo que pasa.
El miedo eriza las hojas que se arremolinan alrededor de mis pies y, por alguna
razón que desconozco, no corro. Me mira y la piel de sus ojos se suaviza mientras se
pone lentamente de rodillas.
—Perdónanos, Reina. Pero no lo sabíamos.
—¿Qué? —suelto, el mundo se inclina hacia un lado hasta que pierdo el
equilibrio. El suelo cada vez más cerca de mí es lo último que recuerdo antes de que
todo se vuelva negro.
El sudor me resbala por la cara y los latidos de mi corazón se ralentizan. Respiro
hondo e intento abrir los ojos, pero se niegan a abrirse. Mierda. Qué demonios está
pasando ahora.
Las manos se cierran alrededor de mis tobillos, sacudiéndome.
—Despierta, London. Despierta. —Lo intento de nuevo, pero nada funciona. La
voz me resulta familiar, pero no lo suficiente como para tocar los costados de mi cerebro.
—¡London! —Un fuerte chillido me taladra los oídos y salgo volando de donde
estoy acostada, con los ojos muy abiertos.
Con el corazón tartamudeando y la piel empapada de sudor, observo lo que me
rodea. Delante de mí hay un largo pasillo oscuro, con la nada a ambos lados. En el otro
extremo hay un pequeño punto rojo y me pongo de pie lentamente, con cuidado de no
caerme. Es como el interior de un sueño, que no es del todo una pesadilla, pero tampoco
es precisamente agradable.
—London... sigue mi voz, bebé...
—¿Knight? —susurro, con los cabellos de la nuca erizados. Esto podría ser un
truco. Esos estúpidos vampiros de mierda y los juegos a los que juegan, por no hablar
de Haide.
—No lo es, bebé. Sigue mi voz...
—No te creo... —Respondo a través de un suave susurro, incapaz de luchar contra
207
la atracción magnética que me dirige hacia abajo. Por mucho que quiera luchar contra
ella, el punto rojo se expande cuanto más camino, y sé que me estoy acercando a
quienquiera que sea.
—La última vez que te follé, me llevé tus recuerdos.
Es él.
Jadeo, con la molestia ahogando el ruido.
—Te odio —susurro, sin saber si es verdad.
—Lo sé, cariño. Pero camina hacia mí.
Dejo que mis pies me lleven hasta el final, cada minuto que pasa mi cuerpo se
relaja más. Es Knight. Sé que lo es. Por fin, el punto rojo es ya grande, al otro lado hay
una sola puerta. Alargo la mano y aprieto el tirador para abrirla, pero no se mueve. Lo
intento de nuevo, esta vez con más fuerza e invocando la ayuda de mi Ethos. Al ceder
inesperadamente, tropiezo con ella y caigo al suelo. Filtradas de un rojo brillante, las
lágrimas me punzan los costados de los ojos al ver la carnicería que me rodea. La sangre
y la masa encefálica salpican las paredes, mientras cuento los cadáveres del suelo.
Uno.
Dos.
Tres.
—¡Knight! —grito tan fuerte que me arde la garganta...
Vuelo desde el suelo, el polvo me rodea la cara como un tornado y las piedras
me muerden las palmas de las manos. El calor me invade en oleadas mientras observo
a los vampiros que me rodean. Esta vez hay más. Unos veinte, todos reunidos a mi
alrededor. Me doy la vuelta para separarme, pero me detengo cuando las llamas
calientes lamen el aire oscuro. Unas brasas ardientes atraviesan la noche y me vuelvo
hacia los monstruos que tengo delante. No estoy del todo segura de sí son todos
vampiros, pero todos son algo.
Puedo... sentirlos.
—Villaina... —Su voz llega desde detrás de mí y me muevo ligeramente,
haciendo crujir la grava bajo mis botas. Haide sale de detrás de las llamas y se hace
visible. Lleva el cabello oscuro perfectamente peinado, pero con unas ondas
elegantes que se extienden por su esbelta espalda. El carbón negro mancha el borde
de sus ojos y su maquillaje, tan pulido, es sin duda mágico. No hay duda de lo hermosa
que es Haide, aunque no sé si la palabra correcta es hermosa, ya que es ligeramente
aterradora. Sus pómulos son tan afilados como la espada que lleva atada a la cadera,
y sus labios permanecen teñidos de su característico tono malva.
Se aclara la garganta, justo cuando se sienta en una silla hecha con un tocón de
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árbol y le hace un gesto al que está a su lado.
—Si no te conociera, pensaría que me estás mirando. —Me sostiene la mirada.
Cuando empieza a sonar música de fondo y todos los monstruos se dedican a lo que
sea que estén haciendo, acepto lentamente su oferta.
—Tal vez no sabes mejor.
Me tiende un vaso lleno de una sustancia blanca y espesa, y lo tomo.
—Bueno, si vas a envenenarme, creo que ya no puedo luchar más.
Suspira, cruzando la pierna sobre la otra hasta que la raja que se detiene en sus
caderas por sus ajustados pantalones de cuero cae ligeramente abierta.
—No voy a envenenarte, Villaina.
Me muerdo la lengua, queriendo corregirla con London, sólo que casi me
pierdo en el porqué. ¿Por qué me molesta que me llame Villaina? Lo preferí a London
durante tanto tiempo... hasta que oí cómo sonaba al salir de la lengua de Knight. Dejo
que el silencio se interponga entre nosotras, mientras suena alguna canción de Lana
Del Ray. El fuego crepita junto a Haide y me pierdo en las brasas, el color de su
interior me recuerda la pesadilla de hace unos instantes. ¿Se lo cuento? No me fío de
ella, pero tampoco me fío de mí.
Me llevo el vaso a la boca y dejo que el líquido opalescente se asiente en mis
labios durante un momento, antes de tragar. Hago una mueca de dolor. No sé qué
esperaba, pero no era eso.
—En el mundo humano, esto se llamaría tequila. Sin la textura...
Se ríe y apoya la mano en el sillón mientras un par de mujeres desnudas
empiezan a bailar alrededor del fuego. Sus cabellos carmesí ondean al viento
mientras se mueven al ritmo de la música. Por un segundo, soy dolorosamente
consciente de lo que me rodea. Los dos hombres corpulentos que protegen a Haide
y la fiesta que se está celebrando delante de nosotras.
—¿Estos edificios? —Señalo los rascacielos abandonados que se alinean a
ambos lados de la calle polvorienta. Parece Nueva York diez años después de un
apocalipsis—. ¿Se aloja gente en ellos?
Haide se encoge de hombros y gira su silla para mirarme mejor.
—Algunos sí. Otros no. Como yo... —inclina la cabeza—. ¿Cuándo me lo vas a
preguntar?
—¿Preguntarte qué? —Hay tres cosas que quiero preguntarle, así que voy a
necesitar que sea más específica.
—¿Si voy a ayudarte a salvarlos?
Palidezco, bajando mi bebida lentamente a mi regazo.
209
—De las tres cosas que quería preguntarte, esa no era una de ellas.
Sonríe, y la forma en que se curva sobre sus dientes perfectamente rectos es
criminal. Deberían saltar las alarmas, pero también hay algo cálido en su aura. Me
recuerda a un cristal de Turmalina Negra. Oscura, misteriosa, sexy, con los pies en la
tierra y dura hasta la mierda.
—¿Y bien?
Me giro hacia las masas y veo que todos se han dividido en grupos o están
bailando frente al fuego, escuchando música y bebiendo. No esperaba algo tan...
humano.
—No sé si puedo confiar en ti lo suficiente como para preguntarte. —Debería
preguntarle cómo lo sabe, pero he renunciado a hacer esa misma pregunta. Sólo
obtengo la misma respuesta.
—Pruébame.
Hago un gesto hacia la fiesta.
—¿Por qué no me mataron?
—Porque albergas oscuridad en tu interior ante la que nos inclinamos. Lo
percibí en cuanto llegaste. Siguiente pregunta.
Me doy la vuelta para mirarla.
—¿Por qué me ayudarías?
Se acerca, la punta de su nariz casi roza la mía mientras mira entre mi boca y
mis ojos.
—Porque me aburro.
Mis ojos se entrecierran.
—No es suficiente.
—Porque puedo —responde con sinceridad, abriendo ligeramente los ojos.
Levanta la mano y chasquea los dedos, mientras un humo oscuro estalla a nuestro
alrededor con una explosión. Una lluvia de purpurina y vapor negro cae del cielo y
me tapo la boca con la mano, conteniendo la tos. El aire vuelve a diluirse, pero esta
vez todos los que estaban aquí han desaparecido, incluidos los dos guardias que
estaban detrás de ella.
—¿Cómo lo has hecho? —pregunto, escéptica pero intrigada. No sé cómo
interpretarla. No se parece en nada a lo que he visto antes.
—Magia. La única que puedo hacer.
Busco sus ojos oscuros, convencido de que tiene que ser una sirena.
—¿Cómo?
210
Estudia mi cara con atención. Pasan los segundos, hasta que pienso que no va
a contestar.
—Nací aquí, Villaina.
Me reclino en la silla. Una vez más, me han quitado las palabras de la boca.
—¿De verdad? ¿Qué significa eso?
—Significa que no existo. —Parpadea ligeramente por encima de mi hombro,
antes de volver hacia mí, arrastrando los pies aún más hacia delante, su voz no es más
que un susurro—. Significa que puedo sacar a la gente...
Hago una pausa, mi pulso martillea.
—Estás mintiendo.
—No lo hago. —Hace un gesto de dolor. El ceño triste que esperaba ver no se
frunce. La chica está fría como una piedra—. Ojalá lo fuera.
—¿Y por qué sigues aquí si puedes sacar a la gente? —Siseo con dureza,
temiendo que la gente pueda oírla y ponerla en peligro, lo cual no tiene sentido ya
que no debería importarme una mierda. Acabo de conocerla y, técnicamente, me dio
por muerta.
Sacude la cabeza, la trenza a un lado de la cabeza se mueve sobre su hombro.
—No quiero irme. Este es mi hogar, es todo lo que he conocido. —Vuelve a
sonreír—. ¿Pero tú? A ti puedo ayudarte.
—No sé si puedes. Mis pesadillas no son precisamente fiables. —Pongo los ojos
en blanco, molesta conmigo misma y con cuántas he tenido desde que conocí a
Knight.
—En eso te equivocas, Villaina... —Se ríe, poniéndose de pie—. Todos son un
mensaje. Sólo tienes que averiguar de quién es el mensaje. —Me sujeta la mano con
la suya y me tomo un momento para mirarla. Su muñeca está decorada con brazaletes
de cuero y dijes. Ella es una contradicción a toda la fealdad que la mente de Knight
tiene sobre este infierno de isla.
De pie, a mi altura, que no es mucha al lado de ella, me muerdo el labio.
—Vi rojo. Sangre. Muerte. Creo... —La miro a los ojos—. Creo que están
heridos, pero no muertos.
Sus cejas saltan.
—¿Ellos?
Se me erizan los vellos, la oscuridad se arremolina en el borde de mi visión, la
repentina necesidad de defenderlos y protegerlos me quema por dentro.
Haide levanta una ceja y me mira divertida. Miro hacia abajo y las encuentro
211
cerradas en un puño, y casi me avergüenzo. Es algo tan inútil.
—Así que están apareados. —Sonríe, su atención cae en mi cuello—. No estaba
segura de si ese mordisco era una razón para que se me rompiera el corazón o sólo
era una muestra de tu perversión.
Resoplo una carcajada, la tensión trenzada en mis huesos se calma un poco, y
tengo la sensación de que era su intención cuando sus ojos se derriten con una
suavidad inesperada.
Pero entonces sus palabras se deslizan un poco más profundo, y de repente ya
no estoy en una isla para exiliados, y los ojos a través de los que estoy viendo no son
los míos.
Frunzo el ceño mientras el recuerdo me araña el corazón.
Se me eriza la piel y me arden las entrañas, suplicándome que vaya hacia ella,
que la toque, la abrace y me la folle, pero que se joda y que se joda este vínculo que
cree tener el control. No lo tiene.
Nunca lo será.
No puede ser.
Obligo a mis ojos a concentrarse en el frente, ignoro la sensación que me cala los
huesos para ir hacia ella y hago como si no me diera cuenta de las miradas inquisitivas
de mis hermanos.
Me muerdo la lengua, el sabor a canela de mi sangre me llena la boca y dejo que
se filtre por las comisuras de los labios.
Al instante, en el mismo instante en que toca el aire, la cabeza de London se inclina
hacia aquí. Siento su mirada como el roce de la lengua de un dragón. El ardor, los cortes
afilados que parecen arrastrarse por mi piel.
Mis miembros tiemblan de necesidad, demasiadas emociones para nombrarlas,
y pierdo la maldita batalla.
Levanto los ojos. Sus ojos vidriosos se clavan en los míos y el pulso me retumba
en el pecho.
Mía. Cada centímetro. Cada maldita parte.
No tengo palabras para la pesadez que la imagen y las palabras beligerantes
dejan tras de sí mientras se desvanecen en el fondo de mi mente.
Viéndome a mí misma a través de Knight, parecía un maldito psicópata, un
jodido desastre sangrante allí desnudo delante de todos, destrozando la marca que
me había dejado en la piel, clavándome el sacacorchos doble en la carne una y otra
vez. Pero eso no es lo que me mata. Es la batalla interna dentro de la mente de Knight
212
esa noche lo que hace que se me cierre la garganta.
Creía que me odiaba por lo que era o quizá por lo que no era, pero incluso
cuando pensaba que había matado a su hermana, no podía dejarme marchar, por
mucho que lo intentara.
Luchaba contra nosotros, fingiendo que nuestro vínculo no era exactamente lo
que él quería. Que yo no era exactamente lo que él quería, cuando la verdad es que...
lo era.
Oh Knight.
El dolor que siente ahora es diferente al que sintió esa noche.
—Puedo sentirlo —digo en voz baja—. Algo va mal.
Exhala un largo suspiro, sus hombros se relajan.
—Confía en mí.
—No, yo...
Me lleva la mano a la mejilla y mis ojos se cierran al sentir la conexión. El calor
irradia a través de mí.
—Vamos a salvarlo.
—Ellos.
Sus labios se crispan.
—Él, ellos, quien demonios sean. Me da igual. Los salvaremos. Mata a quien te
hizo daño, y luego volveré a casa.
—Haces que parezca tan sencillo. —Miro a mi alrededor—. La gente de aquí se
volverá contra ti si me llevas y los dejas atrás.
—La gente de aquí luchará a tu lado si se lo pides. —Sus palabras son fuertes y
claras. Debe ver la incredulidad en mi mirada, así que levanta la mano, me coloca el
cabello detrás de la oreja y me mantiene quieta—. Por tus venas corre oscuridad y no
la que corre por las suyas. No estoy vinculada a Rathe como ellos, pero he crecido
rodeada de nacidos en Stygian. Todos en esta isla provienen de la sangre de almas
oscuras, yo incluida. Por alguna razón, esas almas te reconocen como más, así que
por lo tanto, lo eres.
—¿Por qué no me preguntas por qué?
—Porque por tu mirada, Villaina Lacroix, tú misma no estás muy segura de cuál
es la respuesta. —Me mira un momento antes de continuar—. No necesito saber qué
hiciste para que te dejaran caer aquí y no me importa tu vida en Rathe o de donde
vengas. Nada de eso me importa. Nada de eso es asunto mío ya que no soy nada más
213
allá de esta isla.
La observo atentamente.
—¿Pero?
Asiente.
—Pero desde el minuto en que desembarcaste en esta isla, mi sangre ha
corrido más caliente que nunca. Mi magia late bajo mi piel. ¿Sabes lo que eso me
dice?
—Que soy tóxica.
Haide se ríe a carcajadas, sacudiendo la cabeza mientras se levanta.
—Sí, chica. Jodidamente toxica, pero estoy de acuerdo. —Me tiende la mano,
le doy la mía y dejo que me levante—. Llevo diecisiete largos años sentada en esta
isla esperando a que se revele mi propósito, preguntándome por qué el destino
bendeciría a los condenados con una hija que estaría condenada igual.
—¿Y ahora crees que yo soy la razón?
Se encoge de hombros, sonriendo mientras da un paso atrás.
—Probablemente no, pero no probarlo sería una mierda, ¿no?
Las dos compartimos una pequeña carcajada, y veo cómo saca una de las dagas
de la funda que lleva a su lado. Me la lanza y yo la atrapo por el mango, observando
mi reflejo en la afilada hoja.
Mi cabello blanco brilla más que nunca y, cuando me miro a los ojos, una
sombra se muestra. Se acerca a la superficie y me mira fijamente. No tiene forma que
yo pueda ver, pero es fuerte, oscura y está hambrienta.
Por venganza.
Por él.
Una sonrisa curva mis labios y juro que ella me devuelve la sonrisa.
Miro a Haide.
—¿Lista?
—Lista.
Se mete el pulgar y el índice entre los labios y silba.
Miro fijamente, girándome cuando el suelo retumba y tiembla bajo mis pies. El
viento silba, truena y ruge, y entonces los veo.
Cuatro, cinco... seis dragones se curvan sobre el borde del acantilado, sus
214
gigantescas garras se clavan en la tierra y aterrizan con un estruendo que me hace
tambalearme.
Y entonces se une un séptimo, pero no cae en la estrecha línea que los otros
han creado, sino que se eleva por encima de mí, bajando lentamente hasta que su
enorme cuerpo está ante mí.
Inclina la cabeza hacia el suelo y esos ojos verdes siguen sobre mi cabeza.
—Hola de nuevo, amigo —susurro, una extraña sensación de tristeza se
apodera de mí, pero en el momento en que mi palma presiona sus gruesas y afiladas
escamas, se desvanece. Mi ceño se frunce y juro que el dragón se transforma al
tocarme. Las lágrimas se me acumulan en los ojos, pero no sé por qué.
—De acuerdo, chica nueva. —Haide llama y miro para encontrarla ya subiendo
a la espalda de un dragón gigante y rojo—. ¿A dónde?
Me muevo, subo al lomo de mi dragón y sujeto las riendas con las manos
mientras la miro. Cierro los ojos e intento algo que no he hecho antes. Algo que no
estoy segura de que funcione.
Me dejo desvanecer en el fondo, permitiendo que mi vínculo flote hacia delante
y tome el control.
Y entonces los veo.
Sinner, Creed y Legend están colgados, con el pecho y la cara manchados de
sangre, pequeños cortes y heridas abiertas en la piel. Jadeo.
Están en problemas. Fueron capturados.
Los ojos a través de los que veo deben de ser los de Knight, porque es el único
que falta. Intento algo, miro hacia abajo y un gemido se abre paso por mi garganta.
El dragón, mi dragón, lloriquea debajo de mí, y mis temblorosas palmas se
aplastan instintivamente contra él.
El mango de una daga sobresale de las entrañas de Knight, la hoja enterrada
profundamente en su carne. La sangre se acumula a sus pies en un charco gigante, y
la rabia bañada de miedo me lame la piel.
¿Dónde estás, bebé?
Algo se agita en mi mente, luchando contra mi intrusión, y de repente Knight
se agita. Los chicos miran hacia mí, frunciendo el ceño. Mueven los labios, pero no
oigo nada. Sólo tengo vista.
Miro a mi alrededor, observando las paredes salpicadas de sangre, todas de
color blanco, pero son las largas cuerdas rojas hechas de magia las que hacen que mi
ira se encienda.
Conozco esas cuerdas, son las que me enjaularon no hace mucho.
215
Parpadeo, mirando a Haide.
—Esto no te va a gustar.
Los dragones se elevan al unísono, con remolinos rosas y azules, y Haide
levanta la barbilla, cuadrando los hombros. Su decisión ya está tomada.
—¿A dónde, Villaina?
—La sala de reuniones del Ministerio.
En el momento en que la última palabra sale de mis labios, somos tragados por
un vórtice, con el gruñido de un dragón resonando en mis oídos.
Ya voy, Knight.
Ya voy y acabaré con todos.
216

Veintiséis

Knight

E
stoy delirando. La pérdida de sangre es demasiada para mí ya
debilitado estado.
Nos están drenando nuestra energía, y con ella, nuestros dones.
No pueden quitárnoslo todo, la sangre de nuestras venas no es el único
lugar donde vive la magia Real, pero ellos lo saben, igual que saben que nunca
podrían derrotarnos con toda nuestra fuerza. Ni siquiera podrían derrotarnos en
nuestro punto más débil, pero para eso están las cadenas de los Perros del infierno
de mi padre.
Si hubiera sabido que esta gente las usaría contra sus herederos, les habría
arrancado los miembros uno a uno, y sólo cuando sus familias yacieran muertas a sus
pies, sus seres nada más que una cabeza sobre un torso con un corazón que latía
lentamente habría acabado con ellos.
Si hubiera vivido lo suficiente para presenciar la traición de su propia
heredera, también la mataría.
Voy a matarla.
¿Cómo demonios está viva?
London fue enviada lejos, se fue, alejada de mí y de su hogar, y luego
asesinada... todo por su culpa. Mi propia maldita sangre. Mi trilliza.
Morirá lentamente. Dolorosa y públicamente.
Mi mente vuelve a dolerme y aprieto la mandíbula, mirando a mis hermanos.
Están en el mismo estado que yo: cuchillos enterrados en la carne, sangre derramada
a sus pies.
El consejo nos quiere muertos. Desaparecidos.
Quieren a Rathe para los suyos, y mientras miro a mis hermanos, sabiendo que
mi hermana está ayudando al enemigo, que ella también lo es, temo que eso sea
exactamente lo que consigan.
217

El fuego arde a mi alrededor, engullendo las calles y encerrándome en una bola


de humo negro. Al principio, me pregunto si serán nuestros vigilantes, si el humo es el
de nuestros antepasados que han venido a protegernos, pero cuando la espesa nube se
acerca sigilosamente, robándome los sentidos, sé que me equivoco.

Pero soy un superdotado, un miembro de la realeza. La sangre Deveraux corre


por mis venas.
El fuego no puede matarme y el humo no puede atraparme, así que avanzo entre
las llamas. El poder se agita en mi pecho, dando vueltas y gruñendo, pero cuando llega
a la superficie, es arrastrado por su cadena.
Una cadena que no se puede cortar.
Una cerradura que no se puede romper.
Sólo una persona tiene la llave para liberarme, y yo la llevé a la muerte.
Yo la maté.
—Lo intentaste.
Mis músculos se congelan, las llamas a mi alrededor rugen y enfurecen, pero el
humo se ha elevado más en el aire, permitiéndome ver a través de los lametones de rojo
y azul.
Blanco es lo que encuentro.
Una hoja.
Larga, lisa y soplando y entonces unos ojos negros se encuentran con los míos.
Mi corazón salta a la vida como si lo hubiera alcanzado un rayo.
Intento correr hacia ella, pero eso sólo la aleja más.
Como hice yo.
Lo único que hice fue hacerla retroceder, así que me detengo donde estoy para
ver qué hace cuando se le dé la opción. ¿Correrá y nunca mirará atrás?
London sonríe, las llamas parpadean en su rostro, las venas de su cuello palpitan
cuando aparece la negrura, que se desliza por sus miembros como hilo retorcido y
telarañas rotas.
Es magnífica... y se dirige hacia mí.
Se acerca y las llamas se inclinan ante ella, suavizándose hasta convertirse en
nada más que un leve parpadeo que besa sus pies.
El lazo tira desde las sombras de mi alma, literalmente muriendo de necesidad
218
por ella, y mi pie avanza antes de darme cuenta de que me estoy moviendo.
El fuego sisea, buscando retribución por mi acción y derrite la carne alrededor
de mis nudillos hasta dejarlos en los huesos. Se arremolina en torno a ella, la protege y
hace ondear su cabello, envolviéndolo a lo largo de sus labios.
Sonríe a su alrededor y es como una espada en la columna vertebral.
Altera el alma.
—¿Bebé?
Jadeo y giro la cabeza de derecha a izquierda mientras agudizo la vista.
Las puertas se han abierto de par en par y se puede sentir la energía
parpadeando en el aire.
Están montando un espectáculo, es probable que lo difundan entre la población
de Rathe para advertirnos o que nos lancen mentiras para destruir nuestro nombre.
—Vienen por nosotros. —La voz de Creed es hueca pero fuerte—. Si tienes una
oportunidad, tómala. Pase lo que pase.
No importa si es Temperance, dice sin llegar a decirlo.
—¿Y si no hay oportunidad? —Si lo han pensado bien estamos jodidos. El fin de
una era. La muerte a nuestra línea.
La caída de la Corona Oscura.
Creed asiente, mirándonos a cada uno, sus ojos se posan en mí.
—Entonces nos veremos en la próxima vida.
Nos volvemos unos a otros, palabras que no necesitamos pronunciar en voz alta
nos atraviesan.
Al menos moriremos juntos.
Esperamos.
Primero entra una cabeza y, a continuación, el suave golpe de unas botas
recorre el pasillo.
El corazón me da un maldito vuelco cuando London se pasea, con una daga
ensangrentada colgando de una mano y arrastrando un cadáver con la otra.
Suelta la pierna del guardia y éste la patea al instante.
Sus ojos se vuelven blancos y abro la boca para advertirle, pero antes de que
el color llegue a sus pupilas, una daga vuela por el aire desde el fondo del oscuro
pasillo y se clava en su garganta.
—Gracias —llama por encima del hombro y una voz femenina responde—:
219
¡¿Están ahí?!
Legend da un tirón de sus cadenas, un profundo estruendo se agita en su pecho.
Creed y Sinner se ponen en alerta máxima.
Pero sólo puedo mirar a la chica que tengo delante. Sus ojos se posan en los
míos y, al igual que en mi pesadilla, es exactamente como la vi.
Cabello escarchado y grandes ojos negros, venas enhebradas a lo largo de ella
como tatuajes cenicientos en la piel.
Es jodidamente hermosa, pero no es una belleza.
Mi chica, mi compañera... es la peor de todas.
—Mi pequeña demonio.
Sus ojos se encienden ante mis palabras roncas y el vínculo chispea en mi
pecho.
—Debería acabar contigo yo misma. —Se acerca sigilosamente, y no se
detiene hasta que está justo delante de mí.
Mis ojos recorren cada centímetro de su cara y mi piel fría se calienta.
—Pero...
—Pero una Reina nunca podría matar a su Rey. —Su tono es suave pero fuerte.
Tiro de las cadenas, necesito rodearla con mis brazos, pero lo único que
consigo es una descarga eléctrica.
Los miembros de London tiemblan de rabia al oírlo, y sus ojos vuelan hacia las
poderosas ataduras.
Ella las toma, pero yo tiro hacia atrás.
—¡No! —Frunzo el ceño, demasiado débil para moverme cuando ella
simplemente avanza de nuevo—. Están malditas.
London sonríe, sujetando la cuerda de los perros del infierno en sus puños.
—Yo también.
Echa la cabeza hacia atrás, abre la boca y mis hermanos y yo nos quedamos
boquiabiertos mientras de su boca sale una niebla espesa y gris.
—Humo demoníaco —respira Creed, asombrado—. Vive dentro de ella.
—¿Cómo?
Sacude la cabeza y nos quedamos mirando a la jodidamente magnífica
criaturita que tenemos delante. Mi criatura.
Mi maldito futuro.
220
Las venas de sus antebrazos laten contra su piel, las largas cicatrices de donde
se abrió en canal brillan.
La niebla se extiende a lo largo de la habitación, tomándonos a mis hermanos
y a mí en sus brazos. Las cuerdas rojas se vuelven azules, luego negras y se convierten
en cenizas cuando nos bajan al suelo. Demasiado débiles para mantenernos de pie,
nos desplomamos allí, estirando los miembros y escuchando la guerra fuera de estas
paredes.
London no vino sola.
Se deja caer a mis pies, tomando mi cara entre sus palmas.
—Ya vienen. Sólo tenemos unos minutos. —Asiente y luego baja mi cabeza
hacia su cuello.
No lo dudo. Hundo mis colmillos en su cuello y la bebo, su sangre enciende mis
entrañas como nunca antes. Jadea, pero me aprieta más y me susurra:
—Sinner necesita energía —me dice.
No me lo está pidiendo exactamente, pero se está asegurando de que no voy a
pelearme con ella por esto. Si lo hiciera, podría matarme, porque esta maldita mujer
perfecta no vino aquí sólo por mí. Vino por todos nosotros.
Vino por su familia.
Aparto mis dientes de ella, levantando los labios lo justo para liberar las
palabras.
—Dale de comer.
Mi boca vuelve a caer sobre su piel y ella se mueve al instante, susurrando su
nombre.
Siento el momento en que sus dientes perforan su piel, pero mi vínculo no
quiere asesinarlo, sino que se queda tranquilo... casi agradecido por la devoción de
nuestra compañera.
—Haide, por favor —le suplica London a alguien, luchando contra el placer que
este momento no debería producirle, pero que le produce—. Están demasiado lejos.
No pueden esperar. No hay tiempo.
Hay una maldición baja detrás de mí, y luego pasos.
—Bebe —dice la chica con descaro.
—Aléjate de mí —gruñe Legend.
—Oh, mierda. —Oigo el tintineo del cuero y el inconfundible sonido de un
221
arma desenfundada, y entonces un nuevo olor llena el aire. Se ha cortado, y su doble
aullido me dice que mis dos hermanos se han enganchado.
Tan rápido como se quejan, gruñen y me dejo caer de trasero, respirando
hondo y saboreando el reinicio de energía.
—¿Qué demonios? —grazna la chica.
Miro a la chica morena, que se mira la muñeca con los ojos muy abiertos, y
luego miro a Legend. Sus dientes descienden, garras que cortan el mármol a sus pies.
La sangre gotea en gruesas líneas por su barbilla y un profundo estruendo vibra hacia
la chica mientras Creed sigue chupando de su bronceada piel, con los ojos clavados
en su rostro todo el tiempo.
Ella mira a Legend y los ojos de él se vuelven blancos. La chica se agita,
intentando liberarse, pero él la retiene.
—Villaina —bordea expectante la chica.
London pasa la mano por el cabello de Sinner, que se alimenta desde donde
mordió la tela de su muslo. Sus ojos se cruzan con los míos y con esa mirada pasan
muchas cosas entre nosotros. Demasiado, carajo.
Abre la boca para hablar, pero un trueno retumba en el aire y sus ojos se abren
de par en par.
Todos nos levantamos de un salto, con los cuerpos aún heridos, pero llenos de
energía. La energía me inunda y miro hacia abajo para ver que unos pantalones
tácticos negros y una camiseta manga larga negra cubren ahora mi piel, y que mis
hermanos llevan ropa a juego.
London sonríe, orgullosa de su trabajo, y la agarro por el cuello, tirando de ella
hacia mí.
Jadea, sus ojos oscuros brillan con mi propio reflejo. Los míos se iluminan y sus
labios se curvan aún más. Me abalanzo sobre ella, dispuesto a atacar sus malditos
labios, a sentirlos por fin en los míos de nuevo, pero justo cuando los aprieto contra
su piel, no me encuentro con el maldito terciopelo esponjoso. Entrecierro los ojos y
busco un pasamontañas que cubre mi cara y la de mi hermano.
Vamos vestidos como los guardias, y la fulmino con la mirada cuando me doy
cuenta de que ella no lleva uno. Ella y la chica coinciden en la ropa, pero ambas dejan
la cara al descubierto.
—No necesito esconderme. —London se pasa el cabello por encima del
hombro, girando hacia el pasillo oscuro—. Quiero que me vean venir, carajo.
Y entonces sale corriendo y que me jodan.... nosotros la seguimos.
—¡London! —grito hacia ella cuando se apresura a atravesar el largo pasillo.
222
Las masas de gente de abajo son ruidosas, y sé que en cuanto salgamos de esta zona,
los ojos van a estar puestos en nosotros.
—No hay tiempo para hablar, Knight... —La tomo del brazo y tiro de ella hacia
atrás, deteniendo su paso.
—Ese es el consejo. —Busco sus ojos.
—¿Y? —pregunta, ensanchando los suyos como preguntando ¿es eso?
Aprieto los dientes. Quiero advertirle sobre Temperance. No tengo ni idea de
lo que nos vamos a encontrar cuando salgamos de aquí, y no quiero que la atrape por
sorpresa, pero al mirarla, sé que no necesita ninguna advertencia. Está lista para
destrozar a todos los que se atrevan a tocar a su compañero. A mí.
Mierda, volvió por mí cuando no me lo merecía.
Erguido, juro merecerla para siempre desde este momento.
Si mi hermana se interpone en su camino, lo despejaré, pintando el sendero
con la sangre de los nuestros. Sacudo la cabeza.
—No importa. Continúa.
Sigue caminando junto a la chica a la que llamó Haide, y yo me alejo un poco
para tener a mis hermanos al alcance del oído.
—¿Quién es esa chica? —pregunta Legend, con los ojos fijos en ella—. ¿Y por
qué demonios es como si London y ella se conocieran desde hace tiempo?
—Tal vez lo hayan hecho... —Añade Sinner, mientras pasamos por habitaciones
vacías y nos acercamos a las escaleras que nos llevan a la sala principal—. Hay mucho
que le han quitado. Dejen que tenga una maldita amiga.
—¿De verdad queremos dejar que la pequeña psicópata se haga amiga de una
más grande? —vuelve a quejarse.
Sin mira hacia él.
—¿Cómo sabes que está loca?
Legend se burla como si fuera una pregunta estúpida y Sinner sonríe.
Pongo los ojos en blanco cuando empiezan a discutir sobre tonterías y avanzo
de dos en dos hasta que llegamos a la sala de reuniones. La sensación es la misma,
solo que la silla donde solía sentarse mi padre está vacía.
La ira me invade de nuevo y tengo que luchar con todo lo que llevo dentro para
no perder el control. Para no volver a perder el control.
—¿Es seguro hablar aquí? —pregunta Haide, mirando alrededor de la
habitación. La mesa rectangular ocupa la mayor parte del espacio, con la araña
dorada colgando delicadamente encima. Las paredes son de cristal, lo que ofrece una
223
vista directa de Rathe desde abajo, mientras giramos en órbita, siempre atentos a lo
que ocurre abajo.
—Sí. Es la única zona de Rathe que está aislada de todo el mundo. Es donde
celebramos nuestras reuniones con el Ministerio.
—Ahhh... —Haide chasquea la lengua por encima de la boca y se sienta en la
silla dorada de la cabecera de la mesa. Sus ojos rebotan sobre cada uno de nosotros,
dejando fuera a London—. Este glorioso Ministerio.
—London. —Consigue toda nuestra atención con eso, pero mantiene su mirada
fija en la mía. La chica es descarada, lo reconozco, al encontrarse tan abiertamente
con los ojos del futuro Rey. Y entonces la mocosa ladea la cabeza, ofreciendo el
ángulo perfecto a su afilada mandíbula. Se parece a Tomb Raider, por su piel
bronceada, sus rasgos afilados y sus brillantes ojos verdes. Pero hay algo más. Es una
rebelde hasta la médula. ¿Dónde demonios encontró London a esta chica?
—Para ser justa. —London se ríe, sus dedos bailan sobre la pared mientras se
dirige a la ventana. Mira por encima del hombro y sonríe a Haide—. Dijiste que él no
quería saberlo y a los otro dos no les importaría.
Haide entrecierra los ojos y se me revuelven las entrañas, con ganas de saltar
y arrancárselos de las órbitas, pero la risa de London y la siguiente sonrisa de Haide
hacen que mis músculos se relajen. No es una amenaza, me recuerdo.
Si lo fuera, London la habría matado en cuanto ya no necesitara su ayuda.
—Así que... mi gente tenía razón. —Se cruza de brazos—. Tú eres su Reina.
—¿Tu gente? —Legend la fulmina con la mirada.
Lentamente, la chica arrastra su mirada hacia Legend, y es como si toda la
habitación se quedara en silencio. No muestra ninguna emoción ni responde a su
pregunta.
Sinner sonríe de uno a otro y Creed suspira, sacudiendo la cabeza.
—Allá vamos.
—Necesitamos un plan. —Legend pivota, apoyándose en la ventana,
observando cómo la habitación sigue flotando directamente sobre el coliseo—. Todo
el mundo está ahí abajo, como si estuvieran esperando algo.
—¡Oh, lo hacen! —London sigue a Legend—. Su muerte. Sin duda, el consejo
iba a montar un espectáculo y querían que todo Rathe fuera testigo de los malos que
son. —Me pican los dedos por estar cerca de ella y cada vez que pone distancia entre
nosotros sólo me dan ganas de destrozarla sólo para poder tener siempre una parte
de ella conmigo.
Una sonrisa de satisfacción se dibuja en mi boca mientras mis ojos se oscurecen
224
al mirarla. Me mira, y si pudiera estirar la mano y tocar la tensión que hay entre
nosotros, dejaría quemaduras que desafiarían incluso al fuego del infierno.
—Bueno, ya que creen que todos siguen encerrados y desangrándose abajo,
¿por qué no bajamos y los matamos primero? —Haide se encoge de hombros,
comprobando sus largas uñas negras—. Siempre he querido pelar las muchas capas
que Magdalena ha sugerido que tenía a lo largo de los años. Ya sabes... mierda y
espectáculo.
Entrecierro los ojos ante la nueva amiguita psicópata de London, pero antes de
que pueda decir algo, Legend debe darle una patada por debajo de la mesa cuando
se deja caer en la silla, porque su cuerpo se sacude hacia delante y sus ojos musgosos
se vuelven agudos hacia él. No me cabe duda de que Lege puede arreglárselas solo,
pero ella hace que me cuestione incluso a mí mismo.
—¿De qué psiquiátrico te sacó nuestra pequeña London? —La mira fijamente.
Haide desafía su mirada, mientras la comisura de sus labios se curva hacia
arriba en una sonrisa siniestra.
—Te encantaría saberlo.
—¿Conocen ese remix que hicieron Machine Gun Kelly y Travis Barker... cómo
se llamaba? —London finge pensar para sí misma, mirando al techo. Me alejo de la
pared contra la que estoy apoyado, perdiendo la lucha de estar separado de ella tanto
tiempo. Cuanto más se acerca, más me late el corazón en el pecho y lo único que
quiero es agarrarla por el cabello y arrastrarla fuera de aquí. Antes de que pueda
detenerme, le pongo la mano en el cuello y la empujo contra el cristal, con los dientes
afilados en las puntas al sentir su pulso retumbar contra la palma de mi mano. Me mira
con las pestañas en alto—. A Girl Like You.
—Pueden follar todo lo que quieran después. Por ahora, tenemos que
encargarnos de esto. —La voz de Creed se disipa en el aire como lo hace el hielo
contra la humedad—. ¡Knight!
London me muestra una amplia sonrisa, que deja ver sus blancos dientes.
—Hasta más tarde, amante...
—Habrá Argents dispuestos a luchar por el consejo —dice lo que
probablemente todos hemos llegado a comprender.
No hay forma de que el consejo pueda salirse con la suya sin algún tipo de
ejército a su disposición. Los juegos mentales del zorro y el grito que oímos con su
obvia implicación en el asesinato del Rey son prueba suficiente de ello. La pregunta
es... ¿qué mujer fue lo suficientemente valiente para matar a nuestro Rey?
Tengo la maldita sensación de que sé exactamente quién fue.
La ira me desgarra y un gruñido sale de mi boca mientras libero a London de
225
mí agarre, volviéndome hacia Creed.
—Los mataremos a todos.
Creed asiente con la cabeza y agita la mano para abrir un portal. Del suelo
crecen enredaderas, rosas y espinas que envuelven el antiguo armazón.
—Quítense las máscaras. No podemos escondernos de nuestra gente. Los
Stygians necesitan saber que vivimos y nos alzamos contra esto. —Creed pasa
primero, mientras Haide se gira sobre su hombro, guiñando un ojo a Legend, que
sigue mirándola de espaldas.
—Qué pasa, hermano... —Le doy un codazo en el hombro antes de recoger la
mano de London con la mía. Que me parta un rayo si vuelvo a perderla de vista—. ¿No
te gusta la chica nueva?
Se burla, siguiéndonos.
—¿La viste acariciar el cabello de la cabeza cortada de ese guardia con una
sonrisa? —Sacude la cabeza—. Está jodidamente loca.
Creo que lo que quiere decir es que ella está más loca que él, nuestro lógico,
pero feroz cuando se le pide, hermano pequeño.
226

Veintisiete

Knight

E
l portal se cierra tras nosotros y nos materializamos en el centro del
estadio. El polvo se levanta a nuestro alrededor mientras la multitud de
las gradas se calla por completo. Encuentro al instante a Magdalena, que
hace una pausa en lo que está diciendo y se vuelve para mirarnos a todos. Se queda
boquiabierta cuando Agro se acerca a ella.
Sus ojos se abren de par en par y entonces sus manos se levantan.
Los truenos estallan en lo alto, las nubes se materializan en un suspiro y
bloquean la visión de la arena circular. Aquí es donde la gente lucha durante las
pruebas de clasificación en Rathe U. Aquí es donde se toma la decisión final: ¿eres
Argent de corazón o el órgano que late en tu pecho sangra negro como nosotros, los
verdaderos Stygians?
—Estoy harta de esos truenos, hijo de puta —gruñe London, bajando los brazos,
lanzando chispas a la tierra y elevándolas luego hacia los cielos. Los relámpagos
chisporrotean por todo el lugar, crepitando y retumbando en todas las superficies y
luego se juntan, para formar un rayo gigante. Golpea la cubierta con un fuerte
estruendo, la madera y los asientos en los que se sientan los miembros del consejo se
convierten en hielo.
London sonríe y ladea la cabeza.
—¿Haide?
—Me muero por jugar. —La maldita princesa guerrera de cabello oscuro da un
paso adelante.
Los ojos de Magdalena se entrecierran en la chica y Haide se ríe, agitando los
dedos hacia ella, y luego, más rápido de lo que incluso mis ojos podían procesar, saca
una daga de su costado, y la lanza.
Silba por el aire a una velocidad vertiginosa, clavándose directamente en el
centro de la cubierta.
Sonríe, se echa hacia atrás y le da la mano a London sin mirar.
227
Sus labios forman una pequeña O, mientras suelta un rápido suspiro, como si
fuera a apagar una simple vela. El hielo se resquebraja, los ojos del Ministerio se
abren de par en par, y entonces se rompe, haciendo que todos los que están sobre él
caigan en una avalancha de hielo.
Magdalena interrumpe su caída convirtiendo el hielo en una ola de agua,
surfeando por su superficie.
Odin salta hacia delante, con los ojos muy abiertos mientras mira de nosotros
al Ministerio.
—¿Qué demonios es esto? —grita.
Sus siguientes palabras se interrumpen cuando la Maga levanta una barrera,
tirándole hacia atrás, y entonces comienzan los gritos de guerra.
Yemon sigue vigente y los cielos empiezan a sangrar, distorsionando nuestra
visión justo cuando se produce una pausa en las nubes de tormenta.
—¡Knight! —Me doy la vuelta y siento un gran alivio al ver a Silver, Vicente y
otros guardias reales atravesando la niebla y saltando los muros del estadio.
Se acercan corriendo, preparados, haciendo reverencias y llevándose los
puños al pecho.
Los Argents se enfurecen, lanzando débiles hechizos contra el escudo que
London mantiene firme, pero ella no deja que golpeen su capa de hielo impenetrable.
Los rechaza con un movimiento de muñeca y una sonrisa, devolviéndolos a la persona
que nos los envió.
—Podría ser su yo sombra... —Silver menciona, mirando a su padre que me
mira.
—Los mataremos a todos. —El comandante de nuestro ejército dice las únicas
palabras que valen la pena, las que ya sabe que vinimos aquí dispuestos a vivir—.
¿Dónde está la Reina?
—¡Estoy aquí!
Todos nos sacudimos al oír eso, viendo cómo Madre se escabulle de un portal,
con su larga melena negra ondeando al viento, el vestido desgarrado y cubierto de
mugre.
Entrecierro los ojos, pero cuando suena un gruñido grave, miro a mi
compañera.
La negrura de sus venas chisporrotea contra su piel y sus labios se curvan.
—Hoy luchamos juntos. —Madre la fulmina con la mirada—. Por nuestro
pueblo. Por... tu reino.
El cuerpo de London empieza a temblar, pero antes de que alguien pueda decir
228
una palabra, Vicente se desliza hacia él.
Bloquea a mi madre de la vista de London, y el comandante desnuda su cuello
a London.
—Ella es nuestra Reina... hoy, mi Lady. Mañana, daremos la bienvenida a una
nueva. —Le sostiene la mirada.
Lentamente, los labios de London se curvan y hace un sutil gesto con la cabeza.
—Acabemos con esto. —Madre se limita a levantar la barbilla, y luego las
manos y sus ojos brillan blancos como lazos de azul y blanco susurran en el aire—.
Suelta el escudo.
—Mire, señora, ella no responde a... —Las palabras de Haide se cortan, la mano
de Legend le tapa la boca.
—Tranquila, chica nueva —le advierte y Haide hunde sus uñas profundamente
en su piel.
—Perra. —La lanza.
London me mira en busca de aprobación, y asiento.
El escudo cae, y Madre envía su poder a los Argents con toda su fuerza.
Pero London lanza su mano derecha hacia arriba, convirtiéndola en lluvia, y
luego levanta la izquierda.
No sé qué demonios hace, pero uno a uno, los pechos de los Argents se abren
desde el cuello hasta el ombligo, sus corazones caen al suelo a sus pies antes de que
sus cuerpos se den cuenta de lo que ha pasado.
Haide ríe, hace girar los dedos y la purpurina se arremolina, cayendo
lentamente sobre todos ellos, brillando contra el carmesí.
—Qué bonito —suspira.
—Está jodidamente demente, lo juro —murmura Legend.
Agro grita enfadado, y entonces se abren todas las puertas, los Argents nos
flanquean desde todas las direcciones. Cientos de ellos se apresuran a entrar.
—Debe encantarte ver morir a tu gente, Fae.
Corro hacia delante, agarro a uno por el cuello y le arranco la cabeza,
arrojándola a sus pies mientras me agacho y le arranco las piernas a otro. Cae al suelo
y Creed le aprieta la espalda con los pies, arrancándole los brazos de las
articulaciones antes de que su puño penetre en la espalda y le arranque la columna
vertebral.
Magdalena aúlla de rabia, y entonces estoy de pie al borde de un acantilado,
229
alquitrán negro con miles de metros por debajo.
La risita de Sinner suena y luego desaparece, y cuando lo miro, sus ojos blancos
brillan mientras la mira con una sonrisa.
Tiembla, se acobarda, y no tengo ni idea de lo que le está mostrando, pero no
me importa.
Sigo avanzando hacia Agro, comprobando cómo se encuentra mi compañera
después de cada par de Argents que acabo por el camino.
Ella y Haide se ríen, jugando con los Argent traidores como un juego humano
en el que nos obligaban a participar en Rathe U. Quemados. London lanza una y Haide
salta seis metros en el aire para esquivarla. Haide lanza otro y London finge ser una
bailarina, girando y levantando las manos, creando un círculo lo bastante grande
como para que el cuerpo se cuele por él.
—¡Yo gano! —grita Haide triunfante, girando y clavando una daga en el cuello
de una chica que se ha acercado sigilosamente por detrás.
—¡¿Qué?! —London suelta un chasquido, se deja caer sobre su estómago para
evitar una bola de fuego y devuelve una maldita roca gigante hecha de hielo sólido.
Mira por encima del hombro a su nueva amiga—. ¡No me tocó!
—Una gota de su sangre cayó en tu frente. ¡Cuenta!
London murmura algo que no puedo oír y sigue moviéndose.
Sonrío, mirando al frente y cuando lo hago, mis cejas se juntan.
—¡Están huyendo!
—Ve —grita mamá—. Puedo manejar estas... cosas.
Dudo, al igual que mis hermanos, esta es nuestra Reina. Nuestra madre.
Vicente comprende, inclinando la cabeza.
—Protegeré a la Reina. Te encontraremos.
Despegamos, viendo como su portal empieza a cerrarse, pero London abre la
boca, y el humo demoníaco sale disparado como un maldito cañón, directo a la
pequeña abertura y alguien grita, fuerte y bramando.
—Te sorprendí —murmura London para sí misma.
Llegamos al portal y Silver cierra los ojos. Lentamente, el portal se abre, lo
suficiente para que podamos atravesarlo. Salimos al puente de Rathe, justo cuando las
llamas lo envuelven de parte a parte.
Haide sopla y se dispersa, pero en cuanto se detiene, vuelve.
A través de las llamas, veo a Agro tirando de Odin, Magdalena justo delante de
230
ellos.
—¡Luchen con nosotros, cobardes!
El olor a carne quemada nos rodea, pero London se deja caer, apretando la
mano contra el adoquín. Poco a poco, las llamas se convierten en carámbanos y,
cuando se inclina hacia delante y desliza la lengua por uno de ellos, se derrite como
la lava.
—Te joderé. —Asiente Haide, con la cabeza girada hacia delante—. Se están
escapando.
Se va y, con una risita burlona, Legend la sigue, el resto de nosotros justo
detrás.
Sinner levanta un muro frente a ellos y Magdalena lo convierte en ceniza.
Nos envía fuerzas de poder, pero las bloqueamos y se las devolvemos.
Agro llama al trueno y London convierte las densas nubes en nubes de lluvia,
y grita a los cielos.
Giran, despegan, Odin tropieza al lado de Agro, pero justo cuando llegan a las
puertas del edificio del Ministerio, aparecen Vicente, sus hombres y nuestra madre.
Dan un paso adelante.
Los miembros del Ministerio se paralizan, dando vueltas.
Avanzamos, y entonces las nubes se despejan, el rojo de los cielos se apaga
hasta convertirse en un escaso rosa. Las puertas se abren y se cierran, las pisadas
golpean el pavimento y los susurros y gritos de los habitantes de Rathe llegan hasta
nosotros.
—¡Nuestros Lords!
—¡Son los Lords!
—¡El futuro Rey vive!
—¡Nuestra Reina ha resucitado!
—¡Lucharemos con usted, mi Lord!
El orgullo y el calor estallan en mi maldito pecho y miramos a nuestro alrededor
mientras los Stygians, como nuestra maldita gente enfurecida, corren directos hacia
el portal aún abierto por el que cargan los furiosos Argents.
La magia de la Luz y la de la Oscuridad chocan en medio de fuertes estampidos
y crujidos.
Una pequeña mano se desliza entre las mías y miro a London, el negro de sus
231
ojos se ha aclarado, el azul hielo rebosa de lágrimas mientras mira lo que hay detrás
de nosotros.
—Esa es nuestra gente.
Mi corazón salta en mi maldito pecho y me mira, una suavidad que he anhelado,
que necesito, en su mirada.
—Esa es nuestra gente, mi Rey. Mi compañero —susurra para que solo yo la
oiga.
—Bebé...
—Ahora no.
No es una negativa. Es una promesa.
Miro hacia delante y me coloco a medio metro de los demás, con mi Reina a mi
lado y sus ojos negros una vez más.

London
OH, mierda, es demasiado bueno, la forma en que los miembros del Ministerio
me miran, con los ojos muy abiertos.
Sí. Igual que tu Rey muerto.
Me tenso ligeramente cuando uno de ellos da un tirón hacia delante y se
arrodilla.
—Esto no te saca de nada, Odin. Eres un traidor igual que ellos —arremete
Knight.
Odin, ese es su nombre, lo había olvidado.
Sus ojos se levantan y cuando lo hacen, son brillantes.
—No soy un traidor. —Se apresura a ponerse de pie, acercándose—. No sé
qué...
Su mano se acerca a mi brazo y Knight me aparta de él, enseñando los dientes.
—Tócala otra vez, Monstruo, y me tomaré mi maldito tiempo para matarte.
Las cejas de Odin se fruncen.
—¿Qué...?
—¿Qué...? —Magdalena se aclara la garganta, esbozando una amplia sonrisa—
232
. Knight, piensa en esto, podemos empezar de nuevo y...
La mano de Knight está en su garganta y la levanta del suelo antes de que pueda
decir otra palabra.
—¡Escuchen! —Su tono es enérgico—. Como he dicho antes, el Ministerio ha
terminado. Si alguien pretende desafiar esto, asegúrese de que está tomando la
decisión correcta. —Los dedos de Knight se hunden en la carne alrededor de su
garganta mientras la sangre gotea sobre sus manos—. Porque será la última que
tomes. —Le retira la mano y su cuerpo cae al suelo. Aprieta lo que queda de su
garganta en la palma de su mano mientras los residuos y la sangre se amoldan
alrededor de sus dedos. La tira encima de su cuerpo mientras una risita surge detrás
de mí.
Haide aplaude emocionada, con los ojos brillantes como una mañana de
Navidad.
—¡Me toca a mí!
Legend la agarra por detrás de la garganta para detenerla, sólo que ella gira
en su agarre, agarrándolo por la suya, y lo estrella contra el suelo. Tose una
salpicadura de sangre, sujetándose el estómago.
Se ríe y se inclina hasta que su nariz toca la de ella.
—¿Esto es todo lo que tienes, bebé? Eso apenas fueron los preliminares...
—¡Haide! —Suelto un chasquido, mirando entre los dos nuevos enemigos. Por
Dios, carajo. Lo que no necesitamos es tener una grieta evidente en nuestro aparente,
lado fuerte.
—No sé qué está pasando, Knight, pero sea lo que sea lo que hicieron, yo no
formé parte de.... —Odin levanta las manos y se acerca a mí—. Pregúntale a Vicente,
si no confías en mí.
Knight levanta la cabeza y mira al hombre de cabello plateado que está de pie
junto a Cosima, con la mirada perdida en el cadáver de Magdalena y de vuelta a
Knight.
—¿Qué ha pasado? —pregunta Vicente mientras se escabulle entre Odin y
Agro, acercándose a Knight y a mí—. Tengo que oírlo directamente de tu boca —le
dice a Knight.
—Exactamente lo que estoy seguro, que sospechabas. Nos atraparon, nos
ataron e intentaron matarnos. —Knight ofrece—. También intentaron encerrar a
London, pero ella escapó antes de que pudieran hacerlo.
Vicente da otro paso con cuidado.
—¿Quiénes son ellos?
233
Agro finalmente empuja hacia delante, con la cara enrojecida. Sus orejas
crecen hasta curvarse alrededor de su cabeza.
—¡Lo hicimos! Mocosos, no saben lo que es dirigir un reino.
—¿Mataste al Rey? —pregunto sin entender, con las pestañas abiertas sobre
mis mejillas.
—Lo supimos cuando su madre los dio a luz a todos, todos sabíamos lo que
eran... —añade Agro, ignorando mi pregunta.
Una vez que tengamos el esclarecimiento de su participación en la muerte del
Rey, sé que eso sellará su destino, y el de cualquiera que los haya ayudado. También
significa la caída de un sistema que había ayudado a las ruedas de Rathe a girar sin
bajas. La mierda está a punto de cambiar en el futuro.
—¡Mátenlo, mátenlo! ¡Larga vida al Rey Oscuro! —La multitud corea. Knight se
acerca un paso más a Agro mientras los cánticos crecen y se convierten en rugidos y
gritos.
—¡Déjame terminar! —le espetó Agro a Knight, enderezando su traje—.
Después de que su madre los dio a luz, sabíamos que serían como su padre.
Nunca había pensado mucho en lo que eran los Lords. Creo que la mayoría de
nosotros asumió que eran Monstruos. Del tipo que sólo puede nacer de la sangre real.
Agro endereza los hombros, justo cuando Vicente se interpone entre Odin y
yo.
—Belial, Judas, Cain, Nero... —mira entre Knight y sus hermanos mientras mi
mente piensa en todos los recuerdos que he tenido de Knight en los últimos meses
que he estado con él, y lo que es más importante, apareada a él—. ¿Significan algo
para ti?
—Los seis demonios de Lucifer... —sale de mi boca en un susurro, más para mí
que para nadie. El poder surge a través de mí.
—Sé lo que somos, Agro.
—Oh, lo sé... —su tono capta mi atención y llevo mis ojos hacia él—. Pero ella
no lo hace.
—¡Espera! ¿Seis? —Los detengo a todos—. Son cuatro, tu hermana y... ¿Y quién
es el sexto?
Knight se gira ligeramente sobre su hombro. Los músculos a ambos lados de
su mandíbula rebotan. Ya sabes quién demonios es el sexto, bebé. Deja de hacerte la
tonta y no te hagas la sorprendida.
Le devuelvo la mirada a Agro.
—¿Y? —¿Qué carajo? ¿Cómo es que soy la sexta? ¿Por qué soy la sexta?
234
—Y están todos condenados... —responde, con los ojos muy abiertos—. Pero
yo no maté al Rey.
—¿Fue... ella? —Creed pregunta.
¿Ella? ¿Quién es ella?
Knight me lanza una rápida mirada pero no me dice nada, y mi mente empieza
a acelerarse.
Se me escapa algo.
—Oh, no. —Se ríe—. Pero fue bastante útil cuando...
Knight se lanza hacia delante y un fuerte crujido atraviesa el aire cuando su
puño conecta con la cara de Agro.
Me giro para mirar a Vicente, dejando a Knight que luche sucio.
—No lo entiendo. ¿Qué tiene que ver que yo sea un demonio con todo esto y
que el Rey esté muerto? Si me dices que soy su hermana, te comeré.
A Vicente se le marcan las arrugas alrededor de los ojos mientras contiene una
sonrisa.
—No lo eres. No te preocupes. Y por favor...
—London. Necesito hablar contigo.
Los ojos de Vicente se dirigen al hombre que tengo detrás y me llevo la mano
al pecho para detenerlo.
—Para. Puedo manejar esto yo misma.
Una salpicadura de sangre me roza el labio mientras me giro para mirar a Odin.
Me paso la lengua por encima antes de girarme para ver lo que ha hecho Knight.
Músculos y carne de un rojo brillante me miran fijamente, justo cuando Knight le
arranca la última carne de la cara a Agro.
Me vuelvo hacia Odin sin inmutarme.
—No confío en ti ni en una palabra de lo que dices. Fuiste parte del Ministerio,
el mismo que intentó matar a gente que significa mucho para mí.
—No lo hice. —Sacude la cabeza, pero antes de que pueda decir algo más,
Creed abre un portal tras él y lo arroja de una patada, cerrándolo rápidamente.
Miro fijamente a Creed.
—No había terminado.
—Puedes hablar con él más tarde. Ahora mismo, tenemos que controlar este
espectáculo de mierda, y mira a tu compañero... —Me vuelvo hacia Knight, para verlo
mirando a la gente de Rathe vitoreando. Los rugidos son tan fuertes que me sangran
235
los oídos. Debería haber sabido de antemano hasta qué punto el pueblo de Rathe
adora ya a los Lords. El Ministerio lleva siglos arruinando todo, desesperados por ser
tan importantes como la realeza.
Son la razón por la que Haide ha vivido toda su vida en una pequeña isla aislada
con un grupo de superdotados salvajes.
—Está dando a la gente lo que quiere.
Creed se ríe.
—Tú y yo sabemos cómo es Knight con el derramamiento de sangre. Tenemos
que hablar con la gente antes de que se nos vaya de las manos.
Doy un paso atrás y sonrío a Creed. Espero a que me dé la espalda para inhalar
toda la magia que se agita en mi interior, cierro los ojos e imagino un portal que se
abre ante mí. Abro los ojos y jadeo. El hielo crece alrededor de un arco,
resquebrajándose al superponerse a rosas y espinas de color rojo sangre. El interior
se arremolina con colores blanco pálido y negro, y vuelvo a mirar detrás de mí antes
de atravesarlo.
No sabía mucho del Ministerio ni de la gente que lo formaba. No fue hasta que
me convertí en quien era para Knight que empecé a fijarme. Sin embargo, Odin era
diferente, y no puedo explicarlo de otra forma que no sea que simplemente lo sé.
Permanece quieto, sentado en la misma silla en la que siempre se sentaba
durante las reuniones que celebraban en esta sala. El portazo al cerrarse me hace
girarme, cuando mis ojos chocan con Haide.
Levanto las cejas mirándola.
—¿Ahora me sigues?
Se encoge de hombros, mostrándome una amplia sonrisa.
—Qué puedo decir. Soy leal.
Me quito el abrigo y lo dejo caer en el respaldo de una silla antes de colocarme
justo enfrente de Odin. Me sigue de cerca. Pasan segundos entre nosotros, y no es
hasta que Haide ocupa la silla a mi lado, con una botella de alcohol y tres vasos en la
mano, cuando por fin se habla.
—No soy enemigo tuyo, ni de los Lords, London. —Intenta sonreír, pero todo
sale forzado—. De hecho, puedo demostrarte que no soy una amenaza.
Mi mirada se posa en su mano extendida, antes de volver a su rostro. Me inclino
sobre la mesa y alargo la mano para tocar la suya cuando Haide me interrumpe.
—¡Alto! —grita desde el extremo de la mesa.
—¿Qué? —pregunto, esperando a que me dé una razón.
Enrolla los labios en la boca, nerviosa.
236
—Es sólo que él es el Ministerio y le estás dando rienda suelta dentro de tu
cabeza. Podría hacer cualquier cosa.
Vuelvo a mirar a Odin.
—Tiene razón.
Odin baja la mano y golpea la mesa con el dedo.
—Lo sé. Pero no voy a hacerlo. No tengo nada que ocultar y lo único por lo que
he vivido ha sido... —hace una pausa, ladeando la cabeza—. Tú. —Exhala un suspiro—
. Mira, me van a matar de todos modos. Tu poder es mucho más fuerte que el mío.
Podrías expulsarme si fuera una verdadera amenaza.
—Tiene razón. —Me encojo de hombros y le sujeto la mano. En cuanto nos
tocamos, se me van los ojos a la nuca y se cae la habitación...

Dejo caer la bolsa sobre la mesa con un ruido sordo. Un trueno retumba detrás
de las ventanas de cristal que van del suelo al techo. Adecuado. Estaba segura al cien
por ciento de que, pasara lo que pasara esta noche, iba a ser algo para recordar.
—¿Lo has traído? —pregunta, quitándose el abrigo largo y colgándolo en la
percha que hay cerca de la entrada. Mantengo los ojos fijos en las brillantes luces de
abajo, observando cómo Ordinarios, Magos y algún que otro Hombre Lobo se mezclan
entre sí, desperdigados por las ajetreadas calles de Rathe. Sin saber lo que se avecinaba.
Por desgracia para mí, no estaba dotado de la clase de ignorancia que tienen los simples
súbditos. No sé si eso es bueno o malo.
—Sobre la mesa. —Me llevo el vaso a la boca, inhalando el potente olor a whisky
añejo de barril. De los buenos. En todo caso, los humanos sabían cómo preparar su licor.
Incluso sin magia.
El susurro de la vieja bolsa de lona me distrae mientras bebo lo que me queda y
me giro para mirar por fin a mi mejor amigo. Alguien con quien siempre he contado,
incluso cuando no podía contar conmigo mismo.
—¿Hay alguna razón por la que necesites eso?
—Hay un significado para todo. Pero cuando me vaya, necesito que me prometas
algo, Odin. Y tiene que ir sobre nuestra amistad. —Hago una pausa mientras baja la
bolsa de nuevo a la mesa, sosteniendo mi mirada. Con los años, la edad no fue amable
con él. Cuanta más inocencia se llevaba, más intentaban las hadas habilitar un equilibrio.
Se desquitaron con él.
—¿Qué pasa?
—Villaina, ella es... importante.
Odin se ríe entre dientes, mirando hacia la puerta tras la que duerme mi niña.
237
—Soy muy consciente de que la niña es importante.
No lo entiende.
Sacudo la cabeza.
—No, ella es importante para Rathe. Los destinos, están alterados.
El martilleo constante de mis sienes se duplica y mis ojos empiezan a ponerse en
blanco, pero los cierro con fuerza. Aprieto los nudillos y utilizo la humedad de mi piel
para formar hielo, quemando mi propia carne hasta congelarla para alejar la sombra
que amenaza con apoderarse de mí unos instantes más.
—Está destinada a restablecer el equilibrio.
Odin me mira y se adelanta lentamente en su asiento.
—Acheros... ¿qué estás diciendo? —susurra, como si las palabras por sí solas
pudieran golpearnos donde estamos.
—Sabes exactamente lo que estoy diciendo.
Guarda silencio un largo momento antes de pasarse las manos por la cara.
—¿Estás seguro?
—Tan seguro como estoy de que vienen por mí. Me estoy debilitando. Mi yo
sombra casi ha tomado el control. No pasará mucho tiempo hasta que lo haga
definitivamente y no podré estar con ella cuando eso ocurra. Me matarán y se la llevarán,
Odin.
La tristeza llena los ojos de mi viejo amigo y asiente.
—El consejo ya ha empezado a murmurar sobre ello. Te buscan ahora. Si
descubrieran que estoy aquí y no te atrapara yo mismo, me matarían por traición.
Silencio.
—Por eso no puedes volver, solo prométeme que Villaina no correrá la misma
suerte que yo. Ella merece vivir, Odin. Ella debe vivir. El futuro de Rathe depende de
ella.
Odin se levanta y me ofrece la mano, ambos sabemos que es la última vez que nos
veremos. Deslizo mi puño en el suyo y él baja la barbilla.
—Tienes mi palabra.
Le arrebato la mano, haciendo una mueca de dolor.
Miro fijamente al hombre que tengo delante, un aliado sin reconocimiento, el
tipo más digno de confianza que existe.
—Tú eres el que intentó alejarme. La voz en mi cabeza ese día, la advertencia
238
en la carta.
Asiente con la cabeza.
—Tanto el Rey como yo, sí.
Se me hace un nudo en la garganta.
—El Rey ayudó a salvarme. ¿Por qué?
Me mira con complicidad y yo asiento.
Por su hijo.
Él lo sabía. Sabía que estaba destinada a convertirme en Reina de Rathe, que
era la pareja de Knight.
Odin sacude la cabeza.
—No, Villaina —dice suavemente—. No se trataba sólo de que Knight
desbloqueara su Ethos. Se trataba de ti, la chica que le dieron, y se trataba del Reino.
Verás, el rey Arturo no tuvo más remedio que permitir que se formara el Ministerio
tras la muerte del monarca real Argente. Sus hijos aún no habían nacido, así que tenía
que proteger el trono, salvarlo y asegurarlo para la siguiente generación de Stygians
y esa era la única manera. Durante muchos siglos, fue el único Deveraux vivo, y su
novia....
Mis cejas se levantan. Por supuesto.
Por supuesto.
—Cosima no era su compañera. Por eso no ascendió.
Asiente con la cabeza.
—Ella nunca iba a poder recibir el don de la oscuridad. Los fuegos del infierno
nunca arderían en su nombre. Estaba desequilibrada, rechazó a su pareja por el
puesto en la corona.
Un escalofrío me recorre y, de algún modo, sé la respuesta a la pregunta antes
de formularla.
—¿Quién era su pareja?
Se queda callado un momento antes de decir:
—Tu padre.
Santa. Jodida. Mierda.
239

Veintiocho

London

M
i papá.
Mi papá estaba predestinado a Cosima, y ella lo rechazó. Ella
es la razón por la que se volvió salvaje y sediento de sangre. Se
volvió contra su gente porque su compañera se volvió contra él por
un título que no le pertenecía.
Las palabras del Rey vuelven a mí y cierro los ojos.
El don de los dioses oscuros no pasará a cualquiera, pero tú tienes la llave en tus
manos. Recuérdalo, Pequeña Crow, y cuando unos ojos esmeralda caigan sobre ti,
deléitate hasta sentir su alma.
Parpadeo. Todavía no he visto los ojos esmeralda, pero el don.
Me pasaron el don.
Miro hacia abajo, y las largas cicatrices de mis brazos me devuelven el brillo,
la oscuridad debajo parpadeando como si respondiera.
El Rey me salvó la vida.
Espera. ¿Pequeña Crow?
Levanto la cabeza y se me saltan las lágrimas.
—Mi tío...
Odin esboza una suave sonrisa.
—Es el hermano bastardo del rey Arturo. Fue desterrado de estas tierras hace
muchas lunas. Cuando el Rey me pidió ayuda, fui a buscarlo a la Isla del Exilio.
Miro a Haide, pero está ocupada husmeando por la habitación.
—Quiero verlo.
Odin asiente.
—Estoy seguro de que una vez coronada, podrás traerlo a casa sin problemas.
Está vivo. Mi tío, o bueno, el hombre que conozco y amo como mi tío está vivo.
240
Creí que Knight también lo había matado...
Corto mi pensamiento cuando una pequeña grieta se forma en mi pecho, y la
alejo. Pronto me ocuparé de mi angustia, pero hoy no es el día.
—¿Tienes alguna pregunta? —pregunta Odin, metiendo la mano en el bolsillo
y sacando un largo puro. ¿Tengo alguna? ¿No he querido siempre esto? Tener la
oportunidad de preguntar por mi papá y por mis dos padres, sin hacer saltar las
alarmas de guerra por la mera mención de El Degollador.
Sacudo la cabeza.
—No necesito saber nada más de lo que me acabas de mostrar, Odin.
—Tu padre no era un hombre malvado por elección. Es sólo en lo que algunos
se convierten cuando su pareja niega su destino. —Lo sé, Iba por ese camino—. Creo
que le afectó tanto porque su pareja no era sólo una chica de la calle a la que nunca
tuvo que ver, sino la Reina a la que tuvo que ver formar una familia con otro tan
públicamente. Cuando conoció a tu madre, pensé que podría estar bien, hizo todo lo
posible por quererla, pero ella no tenía amor para dar a nadie, y fue alimentó de los
dragones después de que nacieras.
Espero a que la tristeza por la verdad de la muerte de mi madre me golpee,
pero nunca llega. No la conocí, así que la única pena que se cuela en mis huesos es
por mi padre. Claro que al final era un maníaco retorcido y asesino, pero podría haber
sido diferente para él, y no es que fuera humano y tomara la decisión de matar. Era
más profundo que eso y estaba fuera de su control.
—London, deberías saber...
Un portal se cierra con un chasquido y me levanto de la silla de un salto, mis
ojos vuelan directamente hacia Knight. La sangre mancha su cara y su cabello, sus
ojos negros dilatados se dirigen directamente a Odin.
Me interpongo rápidamente entre él y Odin, mi mano se acerca al pecho de
Knight. Respiro al sentir la ira en su pulso. Cuando mantiene la mirada fija en Odin,
subo la mano hasta su barbilla, obligándolo a bajar la cara hacia la mía.
—Mírame.
No se mueve. La sangre es el maldito bocadillo favorito de Knight, y acaba de
comer hasta hartarse.
—Knight.
Aprieta la mandíbula varias veces, antes de arrastrar finalmente sus ojos hacia
los míos. ¿Ira, dolor, arrepentimiento? Notable. Las comisuras se suavizan un poco, lo
suficiente para que me rodee la espalda y me acerque.
Apoya su frente en la mía y cierra los ojos brevemente.
241
—Lo siento, bebé.
—Te estás divirtiendo mucho ahí fuera, ¿eh? —me burlo, con una ceja
levantada.
Se ríe, se inclina y acerca sus labios a los míos. El metal líquido roza la punta
de mi lengua y siento que el fuego bajo mi piel se enciende ligeramente.
La apago con un movimiento de cabeza, dando un paso atrás.
—Él me ha estado protegiendo todo el tiempo.
La comisura de los labios de Knight se levanta ligeramente.
—¿Sí? —Su mano se desliza hacia abajo para tocarme el trasero—. Entonces
tengo que decir... que ha hecho un trabajo terrible. —Me mira por encima del hombro
y me gira para que quede frente a Odin y él a mi espalda.
—Odin era el mejor amigo de mi padre.
La mano de Knight se mueve sobre mi bajo vientre, y yo coloco la mía sobre la
suya de forma protectora.
—¿Eso es cierto?
—Knight...
—Las amistades del pasado no te permitirán mantener la cabeza.
Odin se echa hacia atrás en su silla, mirando entre los dos.
—Son muy lindos juntos, pero tengo que preguntarles. —Se levanta de la silla.
No necesito ver al resto de los Lords detrás de nosotros para saber que están ahí—.
¿Se lo van a decir?
Las palabras de Odin se pierden cuando el sonido crepitante de la electricidad
rompiendo el aire se quiebra y me giro para ver otro portal abriéndose, esta vez
Legend empujando a través de él, sus ojos desorbitados.
—¿Qué demonios hace todavía vivo?
—No es una amenaza —respondo, manteniendo la mirada en Odin—. Lo he
visto. Era amigo de tu padre.
—¿Y qué demonios? —Sinner fuerza los dientes apretados, ladeando la cabeza
mientras rodea la mesa, listo para saltar.
Vicente entra entonces en la habitación, interponiéndose entre Sinner y Odin.
Levanta la barbilla.
—Fue el Rey Arturo quien confió en Odin para llevar a nuestra futura Reina sana
y salva a la Tierra. Él es la única razón por la que salió viva de Rathe.
Separo los labios y Knight me sujeta con más fuerza cuando mis ojos se cruzan
242
con los de Odin. No me lo enseñó.
Su mirada se suaviza cuando me mira fijamente, ofreciéndome una pequeña
sonrisa, pero su rostro se queda en blanco cuando vuelve a mirar a los hermanos.
—Sigo pensando que deberíamos matarlo. —Sinner se encoge de hombros—.
Barrido limpio de todos los miembros del consejo y todo eso.
—Sin... —Una carcajada brota de mí inesperadamente. Alargo la mano hacia
él, pero antes de que pueda, la habitación que me rodea se convierte en polvo y estoy
flotando en lo alto, perdida en el denso cielo de remolinos oscuros y estrellas
brillantes—. Santa Mierda.
La mano de Knight llega a la parte delantera de mi garganta, volviéndome hacia
él. Mis labios casi chocan contra los suyos por la proximidad cuando alzo la mano para
sostenerme por su nuca. Las venas se hinchan en la superficie de su piel mientras
arrastro el dedo por los músculos de sus brazos.
—Lo despellejaste vivo...
—Lo hice. —Sus manos bajan desde la parte baja de mi espalda hasta mi
trasero. Me empuja hacia arriba y trato de no mirar hacia abajo.
—¿Estamos flotando?
—Estamos... —Me entierra la cara en el pliegue del cuello, provocando suaves
gemidos que recorren mi cuerpo. Debe captarlos porque un gruñido vibra en mi
garganta. No era suave ni delicado. Era animal y enérgico. Era el sonido de un lobo
hambriento que se muere de hambre y por fin prueba por primera vez la sangre. Era
Knight Deveraux... por fin me tenía entre sus brazos sin intención de dejarme marchar
jamás.
—¿Por qué? —pregunto, con los ojos en blanco. Ni siquiera puedo luchar contra
la forma en que mi cuerpo responde a él si quisiera. Todo está en llamas y no existe
nada más que nosotros. Él, yo y este momento.
—Porque ya he terminado con esa mierda por esta noche. —Me da pequeños
besos en el cuello, me sujeta el lóbulo de la oreja entre los dientes y tira suavemente
de él—. Y quiero follarme a mi pareja en algún sitio donde ningún hijo de puta nos
interrumpa.
Subo por su largo cuerpo, le rodeo la cintura con las piernas y masajeo su
cabello con los dedos. Tirando de él hacia atrás, lo obligo a mirarme a los ojos, mis
labios a un fantasma de distancia de los suyos.
—Pues fóllame.
Su boca choca con la mía y mi lengua se desliza entre sus labios. Lame fuego
contra los míos mientras profundiza, haciéndome retroceder hasta que mi espalda
choca contra algo duro. Ni siquiera me molesto en girarme para ver qué es, porque
243
no me importa. Lo único que me importa es que Knight me folle tan fuerte que lo sienta
dentro de mí durante años. No quiero dejar de sentirlo dentro de mí. Mi ropa se
evapora en el aire y su mano se acerca a mi pecho, su pulgar se desliza sobre mi
pezón hinchado.
Siseo, rechinando contra él en busca de una liberación. Cualquier tipo de
liberación en este momento.
—¿Por qué estoy desnuda y tú no?
Se ríe dentro de mi boca y, mierda, si no quiero sentir eso entre las piernas...
Antes de que pueda terminar mi pensamiento, me levanta del trasero y engancho las
piernas sobre sus hombros, esos mismos dedos que están enterrados en su cabello y
que ahora utiliza como arnés de control. O intento controlarlo. El calor cubre mi coño
y los tonos rosa y azul pastel se difuminan mientras mis ojos lloran. Se me encogen los
dedos de los pies cuando su lengua me presiona el clítoris, frotándolo en círculos
resbaladizos y calientes como si lo hubiera diseñado él mismo.
Mis caderas se inclinan hacia delante mientras persigo más mientras su boca
se mueve sobre mí en perfectos estremecimientos de presión.
—Te necesito, Knight...
Sus dedos se clavan en mi espalda y me arqueo hacia delante para estar más
cerca de él. ¿Pueden los demonios respirar por otros sitios que no sean la boca? Eso
espero. Porque estoy a punto de asfixiarlo.
Nos hace retroceder antes de dejarme caer lentamente hasta que estoy
tumbada contra una mesa. Inclinándose sobre mi cuerpo, se cierne sobre mi cara
antes de que su mano me sujete por la barbilla, apretándome con fuerza.
—Te amo, carajo.
Hago una pausa, pero mis piernas rodean su cintura, atrayéndolo hacia mí.
Vuelve a apretar, bajando hasta quedar justo encima de mí.
—Esa palabra significa una mierda para nosotros, pero si alguna vez hubiera
una palabra para describir lo que siento por ti, London, serían esas dos malditas y
cursis palabras de ahí, pero no solo te amo. —Dejo de respirar, mi ritmo cardíaco se
tambalea hasta un nivel peligroso. Me presiona con la lengua en la base de la
garganta y me lame lentamente hasta la barbilla, antes de volver a cernirse sobre mi
boca—. Quiero arruinarte, carajo.
Me aprieta las mejillas hasta que se me separan los labios y me escupe en la
boca justo cuando siento que su polla me penetra con tanta fuerza que estoy segura
de que se me ha roto el cuello del útero. El grito que me arranca deja marcas de
garras y mi espalda se arquea sobre la mesa. Intento alcanzarlo de nuevo, pero su
mano ya está detrás de mi cuello, obligándome a sentarme mientras sigue
244
penetrándome con embestidas perfectamente acompasadas. Me pasa el otro brazo
por detrás de la espalda, pegándome lo más posible a él. Cabalgo sobre él lo mejor
que puedo, igualando su flujo mientras su grosor sigue estirándome cada vez más
hasta que me siento tan llena de él que podría explotar.
—Mío.
Lo beso con fuerza, hundiendo los dientes en su labio inferior hasta que la
sangre me resbala por la garganta. Sonriendo, ruedo sobre él mientras acelera el
ritmo y lo único que mata el silencio son nuestros cuerpos resbaladizos golpeándose,
hambrientos y desesperados el uno por el otro. Después de haberme privado de él,
quiero destrozarlo. Follármelo tan duro y tan largo que su polla nunca reconocerá otro
coño. Olvidará que alguna vez ha estado dentro de otro... No sigas por ese camino. Un
gruñido sale de mi boca mientras aprieto con más fuerza contra él. Un cosquilleo
caliente me recorre desde el centro hasta los dedos de los pies cuando me encuentro
más cerca.
—Voy a empezar la siguiente línea real...
Sus susurros se pierden entre mis gemidos mientras mi orgasmo me arrebata
por dentro y deja cicatrices a su paso. Antes de que pueda recuperar el aliento, me
empuja aún más sobre él y grito de dolor cuando el esperma caliente me llena por
dentro. Su respiración se suaviza sobre mi pecho antes de que finalmente me ponga
en pie y nuestros cuerpos se separen.
Me muestra una rara sonrisa, una que muestra todos sus dientes. Maldita sea.
Debería sonreír así más a menudo.
—Bueno, carajo. Si eso no te da pequeños bebés demonio, no sé qué lo hará.
Lo fulmino con la mirada, niego con la cabeza, pero me pongo de puntillas para
besarlo suavemente en los labios.
—Si me dejas embarazada, Knight —le digo dulcemente con las pestañas—, te
joderé.
Suelta una carcajada ante mi respuesta, por lo demás humana, y extiende la
mano perezosamente. La pesadez de la ropa sobre mi piel me molesta más de lo que
hubiera esperado, pero me encanta que no se haya quitado de encima.
—Mierda, esto es un desastre... —susurro, mirando a Rathe mientras orbitamos
desde arriba.
—Todo va a salir bien. Al pueblo nunca le ha gustado el Ministerio,
simplemente hice algo que todos querían que ocurriera desde hace demasiado
tiempo.
Me abraza por detrás y me besa en la cabeza justo cuando su teléfono empieza
245
a sonar en el bolsillo.
—Bueno mierda. La sincronización de mi hermano es cada vez peor.
Responde, dándole al altavoz. No sé por qué me reconforta. Quizá porque
demuestra que ya no me oculta más secretos, o quizá todo esté en mi cabeza.
—Oye, tenemos un problema... —La voz de Legend llega a través del teléfono
y los cabellos de mi nuca se erizan—. Ve a los terrenos. Ahora mismo.
El viento nos envuelve y, antes de que parpadee, nuestros pies golpean el
asfalto.
Knight se pone rígido contra mí y lo miro, con las cejas fruncidas.
—Knight, ¿qué pasa...?
—Hola ... amiga.
Siento punzadas de hielo en la piel y respiro agitadamente. Lentamente, giro la
cabeza por encima del hombro y mis ojos azules se cruzan con un par que me resulta
muy familiar.
—¿Temperance?
246

Veintinueve

Knight

L
a tensión envuelve mis músculos y mis ojos se clavan en los de Sin.
Esta es nuestra trilliza, la sangre con la que compartimos una
conexión sin igual... érase una vez. Sin embargo, ella estaba allí junto al
consejo y clavó la daga en nuestras entrañas con una sonrisa.
La misma sonrisa que luce ahora, de pie en el corazón de Rathe, con la barbilla
alta... nuestro pueblo arrodillado ante ella con estrellas en los ojos. Para ellos, su
princesa perdida vive. Ella regresa a ellos.
Pero ellos no saben que nos traicionó, y nosotros no sabemos por qué lo hizo
ni dónde ha estado. Vi la visión en los recuerdos de mi padre. Ella yacía muerta en el
suelo.
Recuerdo un momento, mis cejas se tensan.
No, yacía inconsciente. No se veía sangre ni heridas, sólo los cimientos
sacudidos de las paredes milenarias y la destrucción total de la habitación.
Mamá había dicho que nadie podía saberlo, pero ¿qué significaba eso
exactamente?
—Oh Dios mío... —London susurra, liberándose de mi agarre—. ¡Temperance!
Se lanza hacia delante, con los brazos extendidos, y el horror se apodera de mí
cuando me doy cuenta de lo que está haciendo.
Ella no lo sabe porque aún no se lo he dicho.
Está corriendo, apresurándose a abrazar a la chica que una vez fue su mejor
amiga. La chica que creyó haber matado por un tiempo cuando sus recuerdos
manipulados cambiaron.
Es rápida, y yo estaba en mi cabeza y ya casi la ha alcanzado.
Me sacudo al mismo tiempo que mis hermanos, pero es demasiado tarde,
London se ha echado en manos del enemigo.
Antes de que podamos recuperarla, Temperance chasquea los dedos, sonríe
247
por encima del hombro y desaparecen a través de un portal.
—¡No! ¡Carajo! —rujo, azotando a su alrededor.
La gente jadea, susurrando, sin tener ni idea de lo que está pasando.
—Su princesa es una traidora a la corona. ¡Ayudó al consejo a capturar a sus
Lords! —Vicente grita.
—¡No! —Madre grita, pero Sinner envuelve su boca con la palma de la mano
tirando de ella hacia atrás.
Las calles se llenan de gritos y chillidos, pero me quedo con los de una persona.
—¡Allí! ¡En la terraza! —grita alguien.
Me doy la vuelta y veo a London y a ella al borde del edificio del Ministerio, el
mismo edificio desde el que la arrojé. La rabia me golpea con fuerza en el pecho.
—Mi lord, ¿esa es su compañera? —grita otro.
—¡Esa es la rechazada!
—¡No! —estallo y, al instante, se hace el silencio. Mi pulso late desbocado, con
rabia, miedo y orgullo, mientras miro fijamente a mi belleza de cabello blanco—. Ella
no es una rechazada. Ella es el futuro. Ella es Villaina Lacroix, salvada y protegida por
su Rey caído. Me salvó a mí y a mis hermanos de la traición del consejo. Ella es mi
compañera. La llamamos London... pero tú la llamarás Reina. Ella es más merecedora
del título que cualquiera antes que ella.
Mis ojos se deslizan hasta los de mi madre, y la mirada que me dirige no tiene
comparación.
Más tarde, madre.
—¡Nuestro Rey ha elegido a su Reina! —ruge un hombre—. ¡Alabado sea
Satanás!
Rugidos y aullidos llenan el aire.
—¿Por qué seguimos aquí abajo? —Legend gruñe.
—Temperance no puede ser más fuerte que London. —Creed las observa
atentamente—. Pero por sus venas corre sangre real.
Bebé... ¿puedes oírme?
El vínculo late fuerte en mi pecho, su aceptación sentida y comprendida aunque
aún no se haya materializado.
—Sí. —Su susurro rueda por mi mente.
Escúchame... fue ella. Ella ayudó al consejo.
El silencio gana el espacio que une mis pensamientos a los suyos, y luego la
248
oscuridad.
El cielo se revuelve, chisporrotea y retumba y el anillo alrededor de Saturno se
oscurece.
En mi periferia, capto las cabezas de mis hermanos acercándose a mí.
—Ah, mierda —murmura Creed.
Madre se revuelve en los brazos de Sinner.
—¡Vicente! Quédate con ella, ¡vuelve a la finca real!
Madre protesta, pero desaparece en una fracción de segundo, Sinner
retrocede a través del portal abierto y encierra a Madre y al comandante al otro lado.
Mis ojos están fijos en el cabello blanco que sopla desde lo alto.
Bebé…
—Silencio, amante. Las chicas están hablando.
Sus palabras son burlonas, pero la forma en que salen de ella son cualquier
cosa menos eso.
Son oscuros susurros de un demonio.
Observo cómo sonríe alegremente a la chica que solía conocer, y sé el
momento en que sus ojos se vuelven negros.
Mi hermana retrocede un paso, y luego otro, y entonces London se ríe, un
sonido maníaco que se eleva en el aire, sacudiendo los cimientos sobre los que
estamos. Tropezamos, mirando.
A continuación, London levanta la palma de la mano y se la pone sobre los ojos.
—¿Qué está haciendo? —Legend se preocupa.
—Ser una jodida patea traseros. —Haide da un paso adelante, bostezando
como si estuviera aburrida.
—Knight... —Creed bordea, listo para saltar y proteger a nuestra Reina.
London levanta la barbilla, girando. Le da la espalda a Temperance.
No, ofrece su espalda a Temperance, dándole la oportunidad de deslizar un
cuchillo en ella.
Un gruñido me desgarra la garganta, y mis hermanos y yo corremos como uno
solo, saltando, pero antes de que podamos llegar a la terraza, antes de que el cuchillo
que Temperance revela abandone la punta de sus dedos, aparece él.
Sus alas desplegadas, su nariz apuntando hacia ellos.
Me detengo en seco porque sé que él la protegerá, aunque ya no estoy tan
249
seguro de que lo necesite.
¿Esto? Esto es un espectáculo y todo el mundo en Rathe está mirando.
Se abalanza, atrapa a nuestra hermana entre los dientes y la lanza por los aires
justo cuando aparecen varios dragones más.
Mis cejas dan un respingo y Haide aplaude.
London sonríe y lanza su mano para congelar a Temperance en el aire, y los
dragones la rodean.
Mi Reina me mira, esperando.
Miro a mis hermanos, que asienten bruscamente.
Es toda tuya, bebé.
London mira hacia delante, ladea la cabeza y sonríe.
Al mismo tiempo, brota fuego de las bocas de cada dragón.
Los gritos de una integrante de la realeza indigna resuenan en el aire mientras
llueven cenizas desde lo alto.
Levanto la mano, observo cómo cae, desapareciendo en la nada cuanto más se
acerca al suelo, las cenizas de sus huesos alimento indigno de la superficie de nuestro
reino.
Espera.
Miro a mis hermanos y es como si se hubieran dado cuenta al mismo tiempo.
—Las cenizas.
Creed asiente, una pequeña sonrisa se dibuja en sus labios.
—Las malditas cenizas.

London
Los dragones bajan, sus garras golpean el suelo con un ruido sordo, pero no el
mío. El mío es elegante cuando vuelve hacia mí, el espacio en el cielo donde estaba
suspendida Temperance, nada más que una nube gris de humo que desaparece por
segundos.
No puedo creer que estuviera viva.
No puedo creer que se haya ido.
Es una situación extraña, sobre todo porque quería arrancarle la cabeza del
250
cuerpo cuando Knight me contó lo que había hecho.
¿Cómo podría?
¿Por qué lo hizo?
¿Dónde ha estado?
Obviamente, las llamas de un dragón no pueden matar a un miembro de la
realeza, pero yo no intentaba matarla. Quería torturarla un poco antes de que los
chicos se apoderaran de ella. Dondequiera que se transportara, no fue antes de que
sus ropas se convirtieran en cenizas y la carne se derritiera de sus huesos, y no es
como si pudiera curarse a sí misma. No puede ir demasiado lejos.
El dragón viene hacia mí, dejándose caer suavemente ante mí.
Baja la mandíbula hasta el suelo de la superficie, su cabeza sigue siendo mucho
más alta que todo mi cuerpo.
Una pequeña sonrisa cubre mis labios mientras me acerco, y no sé por qué
pero la tristeza me invade a cada paso que doy.
Coloco la mano sobre las afiladas escamas, rozando suavemente con las puntas
de los dedos su hermosa forma.
—Me has salvado otra vez, ¿eh, pequeño dragón?
El dragón resopla y yo me río ligeramente.
—Sí, sí, sólo estaba bromeando. —Me inclino cerca, susurrando—. Tú eres la
verdadera bestia, ¿no?
El dragón parpadea, sus gigantescos ojos brillan y giran de un profundo color
esmeralda.
La nostalgia se apodera de mí y, en el fondo de mi mente, vuelven a surgir las
palabras del Rey.
Cuando unos ojos esmeralda caigan sobre ti, deléitate hasta sentir su alma...
Miro fijamente al dragón, con los ojos entrecerrados y los dedos crispados. El
verde estalla más brillante, girando, y caigo en su trance. Doy vueltas y vueltas hasta
que tengo diez años, columpiándome en el viejo parque que hay junto a mi casa, con
unas manos no mucho más grandes que las mías empujándome la espalda.
Me río, salto y de repente estoy rompiendo la superficie del agua, girando y
salpicando a la persona que me empuja. Me sumerjo y de repente estoy en mi cama,
sepultada por las mantas mientras un peso cae encima de mí riendo, haciéndome
cosquillas y me rindo. Me quito las mantas de la cara y sonrío a un par de perfectos
ojos color avellana.
Hazel ahora oculta bajo una esmeralda encantada.
251
Salgo de mi asombro y por mis mejillas corren vetas cálidas de lágrimas que ni
siquiera he sentido caer. Me acerco a la brillante bestia y aprieto las palmas de las
manos contra su cara.
Se vuelve hacia mí y emite un suspiro de satisfacción justo cuando el calor de
Knight fluye a través del vínculo de mi pecho. Y lo sé.
Sé lo que debería haber sabido desde el principio.
Este dragón no es sólo un dragón.
Es mi maldito mejor amigo.
252

Treinta

Knight

N
o sé cómo acercarme a ella. ¿Volverá a enloquecer o se alegrará de
tener a su mejor amigo, aunque sea en forma de dragón?
—Los dragones tiene mucho juego, cariño. Será feliz.
Pruebo las palabras mientras el suelo cruje bajo mi bota ensangrentada.
No se gira, sus brazos vuelan alrededor de su cuello aunque sólo alcancen una
fracción de él.
Los dejo por un momento, respetando el hecho de que ella y él compartieron
toda una vida juntos antes de que yo llegara. Eso, y que ella es mía infinitamente, así
que aprenderé a compartir su tiempo. Aprenderé lo que ella quiera a estas alturas.
London retrocede y se vuelve hacia mí mientras se limpia las lágrimas de los
ojos.
—¿Puede transformarse? ¿Volver a ser humano? ¿Qué significa esto?
—Ya no es humano, bebé... así que no. —Les ofrezco una pequeña sonrisa a los
dos—. Ahora es uno de nosotros, sólo que diferente.
—Pero puede cambiar, ¿verdad?
Mierda. No estoy seguro de que eso esté en las cartas para él.
—Si es algo que quieres, seguro que podemos averiguarlo. —Cuando el
dragón pisa fuerte y echa humo por la nariz, le dirijo una rápida mirada antes de
volver a London—. Algo me dice que es feliz donde está. Allí mismo. Para protegerte
por siempre.
London se vuelve hacia el dragón y le deja pequeños besos en la mejilla, y yo
espero que el dolor o la rabia de la acción me golpeen, pero nunca llegan.
Mi vínculo retumba con fuerza en mi pecho, mi cuello debidamente reclamado
con una marca de mordisco más profunda de lo que habría creído capaz a mi pequeña
compañera, mi Ethos liberado e inigualable.
Soy un maldito Rey y ella es mi Reina y nadie podría interponerse entre eso.
253
Es su familia, lo que significa que ahora es parte de la mía.
Se ha ganado mi confianza y encontraré la forma de ganarme la suya igual. Para
ella.
—Vete —murmura—. Hablaremos pronto.
El dragón asiente, batiendo las alas con fuerza hasta que su gran cuerpo se
levanta del suelo. Cuando él y sus amigos se marchan por fin, se vuelve para mirarme
una vez más.
—Vivirá con nosotros.
Asiento.
—Para siempre.
Vuelvo a asentir.
—Y le encontraremos una novia dragón ardiente.
Me río y le paso el brazo por el cuello para acercarla.
Se libera de mi agarre y me mira con dulzura.
—Oh y, ¿amante?
—¿Hmmm? —Le devuelvo la sonrisa. Debería haber sabido lo que pensaba,
pero cuanto más la tengo en la cabeza, más bajo la guardia.
Su pie llega a mi pecho con un fuerte golpe y salgo despedido hacia atrás,
cayendo por el acantilado del que una vez yo la arrojé.
Se me escapa una carcajada mientras mis pies golpean el suelo con un
estruendo.
—¡Yo también te amo! —grito, sacudiendo la cabeza y girándome para mirar
entre mis hermanos.
Me miran con una sonrisa orgullosa.
—Mierda, eso fue satisfactorio —Ledge es el primero en decir.
Le doy la espalda.
—Que te jodan. Ahora, ¿dónde demonios está nuestra madre?
Los Stygian callan mientras me vuelvo hacia todos ellos.
—Durante mucho tiempo, este coliseo significó muchas cosas, como estoy
seguro de que todos saben. —Siento a mis hermanos a mi espalda, London se acerca
lentamente un poco por detrás—. Los quiero a todos de vuelta cuando el reloj dé las
doce. —Cuando el silencio se alarga, la comisura de mi boca se levanta en una
sonrisa—. Tenemos que hacer una maldita coronación... —Rugidos y cánticos llenan
el aire, y me giro para mirar a London, tirando de ella bajo mi brazo y besando la
254
parte superior de su cabeza—. Vas a pagar por eso más tarde.
—¿Sí? —Desafía, besando mi mano que está sobre su hombro—. Podemos
jugar a eso si quieres.
Me río mientras Creed abre un portal.
—Oh, yo quiero.
London sigue riendo cuando nuestros pies tocan el suelo al otro lado, sólo que
esta vez estamos en la Fortaleza Faelífica. Mi sonrisa decae cuando veo a mi madre
de pie en el lado opuesto, como esperando. Probablemente lo estaba, pero sé que
Creed no dejaría su trasero aquí y le permitiría tener sus poderes. Puede que sea de
la realeza, pero, de hecho, no es más fuerte que London. London no sólo va a ser la
nueva Reina, sino que está apareada con un miembro de la realeza, lo que la hace
infinitamente más fuerte que Madre.
—Entonces, supongo que quieres que te lo explique. —Finge limpiarse debajo
de las uñas, bajando lentamente sobre una gran roca que hay justo delante de la
cascada.
—En realidad no tienes que hacerlo —le digo, sosteniéndole la mirada—. La
respuesta ha estado ahí todo el tiempo, pero por desgracia para nosotros, tardó un
poco en llegar.
La mano de London se acerca a la mía, deteniéndome, y los ojos de mi madre
destellan hacia la conexión. La agitación marca su piel, y es la primera vez que me
doy cuenta de lo mucho que ha envejecido. Como si el destino hubiera empezado a
drenar todo lo que tiene desde el momento en que London ascendió.
—Ella puede hacer lo peor...
—Ya lo ha hecho. —Inclino la cabeza y todos a mi alrededor se callan—. ¿Se lo
vas a decir tú o se lo digo yo?
Legend es el primero en desplazarse, moviéndose ligeramente delante de mí.
No me pierdo la pequeña sombra que también está a su lado. Parece que la amiguita
de London también se queda por el drama, no sólo por la sangre.
—¿De qué está hablando? —le pregunta su hijo menor.
Nuestra madre endereza los hombros y levanta una ceja perfectamente
depilada. La energía que la rodea cambia en ese momento y, de repente, los colores
de la fortaleza caen a tonos anémicos de sepia.
—Lo odiaba —dice simplemente.
Un gruñido crece en mi pecho, la ira me agarra por el cuello.
Y continúa:
—Y merecía morir.
255
Sinner se mueve tan rápido que no lo veo cuando su mano rodea su garganta y
levanta su frágil cuerpo del suelo.
—Ella no estaba apareada con el Rey, estaba apareada con el padre de London,
el Degollador. Su necesidad de reinar y ser reina era mayor que su necesidad de
estar con su pareja. —Me tumbo en una de las rocas, subo a London a mi regazo y le
rodeo la cintura con el brazo. Si digo algo equivocado, o demonios, si Madre dice
algo equivocado, no confío en que mi chica no la mate antes de que consigamos lo
que queremos de ella.
Que es justicia. Venganza. Respuestas.
Sinner tira su cuerpo al suelo, escupiéndole en la cara.
—¡Nos lo quitaste todo!
—¡Oh, por favor! —Se limpia la saliva de la mejilla, mirándonos a todos—. ¡Yo
les entregué el maldito reino!
Legend muerde para no estallar, y todos lo estamos esperando. Legend puede
ser suave con London, pero es letal cuando se le presiona. Cómo es con ella es una
rareza que ninguno de nosotros había visto antes.
—No nos gusta que nos den cosas que con gusto podríamos tomar.
La ira de Legend se desprende de él en oleadas, y lentamente despego a
London de mi regazo, sabiendo que está a punto de saltar. Se lanza hacia delante,
pero esta vez lo sujeto por la muñeca.
—Déjala —le gruño al oído—. Guárdalo para la coronación.
El rostro de mi madre cambia y se transforma en una expresión de pánico y
ojos desorbitados. Su cabello, que ahora es un nido sobre su cabeza, cae alrededor
de sus hombros mientras se levanta lentamente. Retrocede y coloca el tronco en el
que estaba sentada entre los dos.
—¡No! Mátenme ahora.
—Oh, qué pasa, Madre... —Sinner comienza a rodearla, hambriento de su
dolor—. ¿No quieres una ejecución pública? —Si había algo que ella amaba más que
su lugar junto al Rey, era su orgullo.
Ahora íbamos a tomar eso también.
256
Esta vez es diferente. La iluminación que hay sobre el coliseo es tenue, con el
foco principal en el escenario en el que estamos. London está a mi lado, con su mano
entre las mías, Legend y Creed están al otro lado de Sinner. Cinco pesados tronos se
alinean horizontalmente a lo largo de la plataforma, y cada uno de nosotros se sitúa
frente a uno de ellos. El mío y el de mis hermanos están bañados en satén negro, cada
uno con dibujos diferentes grabados en el hierro, pero es el de London el que se lleva
la palma. Con el mismo negro pulido que el mío y el de mis hermanos, los pies del
suyo se astillan con hielo. Frías púas azules de hielo trepan por su trono en
enredaderas retorcidas, abrazando los bordes.

Levanto la mano y la multitud se calla. Tomando la mano de London con la mía,


miro hacia las gradas, hacia nuestro pueblo.
—Hoy están todos aquí para presenciar la coronación de sus futuros Rey y
Reina, pero antes, mi regalo para todos ustedes...
Hago un gesto hacia delante y otro foco de luz apunta a mi madre. Tiene la piel
sucia, el cabello pegado a la cara y los cortes de las muñecas sangrando. Observo
cómo cada gota cae al suelo polvoriento, deseando poder dar algo más para que le
duela.
La gente jadea de asombro, antes de que mi boca se abra.
—La Reina Cosima tiene algo que anunciar al pueblo de Rathe.
El silencio se interpone entre nosotros. Los segundos se convierten en minutos,
hasta que empiezo a pensar que no va a decir ni una palabra. Finalmente, levanta la
cabeza, tira de las cadenas de sus muñecas y me mira fijamente.
Sonrío.
—Ahí está. —Empezaba a decepcionarme su falta de lucha. Incluso a las
puertas de la muerte, ella me desafía.
—Yo maté al Rey.
Otro grito ahogado de miles de personas, y sin duda de todos los que están en
casa, viéndolo en sus proyectores. Cuadra los hombros y levanta una ceja.
—El Rey era débil...
Lanza una simple mirada a London, antes de volver a nosotros.
—Pero no importa lo que yo sintiera por el Rey, sé que mis hijos liderarán con
más fuerza. —Sus siguientes palabras son para nosotros y sólo para nosotros, ya que
baja el tono—. Crees que porque tienes el trono, has ganado. —Se detiene un
momento en cada uno de nosotros, antes de volver a posarse en London—. Pero te
equivocas. Mátame como quieras. La muerte será indolora, y me aseguraré de volver
257
en la próxima vida para castigarlos a todos una y otra vez hasta que cada uno de
ustedes esté maldito. Sólo recuerda.... No estuve sola en todo esto. Pero creo que ya
lo sabes, ¿no? Al menos uno de mis engendros fue leal.
Cierra la boca y echa la cabeza hacia atrás, con los ojos en blanco. Comienza a
susurrar en un idioma extranjero que ninguno de nosotros reconoce mientras gira
lentamente su cuerpo en círculos. Las llamas que cubren la base del coliseo estallan
en el cielo y las personas que están sentadas más cerca se agachan para protegerse
del fuego.
—Knight... —Legend advierte desde nuestro lado—. ¿Qué demonios está
haciendo?
London curva sus manos una sobre otra antes de forzar una bola de hielo
alrededor del cuerpo de Madre. Las llamas disminuyen y, con un destello de luz
brillante, lo que London acaba de crear explota. El polvo se asienta a nuestro
alrededor y Madre desaparece.
—¿La mataste? —le pregunto a London.
—Ella deseará ser...
La gente ruge con fuerza, aplaudiendo y silbando. Los fuertes cánticos de la
reina London, que ella reine, empiezan a sacudir el suelo con tanta fuerza que el polvo
se levanta alrededor de nuestros pies.
Odin sube las escaleras que nos conducen a nosotros, una capa oscura cubre
su cabeza mientras cinco almohadas negras flotan a su alrededor, sosteniendo las
coronas. Por sí solas, cada una de ellas flota frente a nosotros y siento la oleada de
magia vibrar a través de la línea Real.
Odin se inclina a sus pies delante de London y de mí.
—¡El Rey y la Reina de Rathe!
Todos tomamos las coronas en las manos y nos las llevamos lentamente a la
cabeza. El oro y el negro se enroscan alrededor de la mía y dejo caer los brazos a un
lado una vez asegurada. Todos se inclinan y yo sujeto la mano de London con la mía,
me la llevo a los labios y le beso la parte superior. Me mira a través de sus oscuras
pestañas, con una sonrisa en los labios y una corona del mismo estilo que su trono.
Rathe nunca ha estado mejor.
258

Treinta y uno

London

H
abía pasado toda mi vida sin pertenecer. Sintiéndome una especie de
paria entre los míos. Poco sabía yo, yo era sólo eso. Rodeada del tipo
equivocado.
Mirando hacia el pueblo de Rathe, una sonrisa me toca la boca y un sentimiento
de orgullo me silba en la sangre. Por fin me siento en casa. Un sentimiento de
pertenencia, con mi familia.
Ben está incluido en eso, como siempre ha estado y siempre estuvo destinado
a estar.
Todo lo que ha sucedido en mi vida, sucedió por una razón, y fue lo mismo para
Ben. No tuvo a nadie en la vida, salvo a una mujer maravillosa que le enseñó a ser un
buen hombre, y cuando ella abandonó la Tierra en la que había nacido, lo único que
quedó en su mundo fui yo. Nunca le importó enamorarse y ahora sé por qué. Porque
él tampoco estaba hecho para la Tierra.
Se suponía que Rathe siempre sería su hogar. Aunque acabáramos en Rathe
antes de que el Rey hubiera querido que volviéramos a casa, mi protector y yo,
aunque Temperance jugara sus juegos intentando traernos aquí en su línea temporal,
no importó. Siempre estuvimos destinados a terminar aquí, ahora.
Mis ojos captan a alguien sentado frente a la multitud, y jadeo.
—¡Kaia!
La amplia sonrisa de Kaia me devuelve el saludo. Se lleva dos dedos a los labios
y los besa, soplando directamente hacia mí antes de unirse a los aplausos.

Knight toma mi mano con la suya, mirando hacia abajo, hacia mí y sus
hermanos, los otros Reyes de Rathe, porque eso es lo que son. Por derecho.
Son los herederos del reino y su lealtad mutua no conoce límites. Reinarán
juntos, y Rathe será más fuerte gracias a ello.
Puedo ser Reina, y seré una Reina jodidamente fantástica, pero somos un Reino
259
de Reyes.
Hasta que encuentren a sus parejas.
—Nos vamos —dice mi compañero.
Legend asiente con la cabeza y yo sonrío.
—Permíteme.
Hago el mismo movimiento que hice con Cosima, sólo que esta vez el globo se
forma alrededor de cada uno de nosotros. En un abrir y cerrar de ojos, estamos en la
sala donde celebramos las reuniones, mirando al estadio.
Me vuelvo hacia mi Rey con una sonrisa, porque ahora el gato está medio fuera
de la bolsa.
—Espera, ¿eso es lo que hiciste? —dice riendo—. Entonces, ¿a dónde la
enviaste?
Creed va directo al larguero de la esquina y Sinner lo sigue de cerca.
—Trae a mi chica... —London se ríe, encontrando automáticamente la silla al
final de la mesa—. Y te contaré todo lo que te has perdido.
Knight saca su teléfono del bolsillo, envía un mensaje a Silver y no un minuto
después, está entrando en la habitación, Haide está justo detrás de él.
Bien. Todos están aquí. Todos van a querer escuchar esto.

Knight
Haide y Silver entran en la sala, cada uno ataviado con su propia versión del
equipo de combate, pero mientras Silver cambió el suyo por un par limpio tras el
baño de sangre de hoy, Haide optó por dejar la sangre de sus víctimas donde cayó.
—Esa chica es una pequeña sádica escurridiza —dice, desabrochando el arnés
de su pecho y cintura.
—Casi tan escurridiza como tú —se queja Silver.
—Aww, vamos, bebé... —Ella sonríe, y la cabeza de Legend se mueve sobre su
hombro, los ojos entrecerrados en la chica nueva—. ¿Pensé que a todos los hombres
les gustaba un poco resbaladizo?
London se ríe a carcajadas, levantando la mano para chocar los cinco mientras
Haide pasa de largo, dirigiéndose directamente a la barra.
Arroja sus armas al suelo una vez que consigue desabrochar la última correa y
260
salta justo encima. Ladea la cabeza, mirando a Legend con expresión aburrida, y
luego le roba rápidamente la bebida de las manos y se la lleva a los labios.
—¿Supongo que no has encontraron a la traidora? —Sus palabras son lentas, y
noto cómo aprieta con más fuerza la botella de licor.
Mi mirada se dirige a la de London en el momento en que la suya se cruza con
la mía y levanta una ceja.
—Nop. —Saca la P—. Como dije, es escurridiza. Cada vez que seguimos el
rastro de tu querida hermana, lo cubría con salvia o azafrán o algún otro tipo de hierba
que puedas encontrar en la naturaleza, así que no hay razón para pensar que tuvo
ayuda de alguien. No olí a nadie, ni siquiera a un curandero. —Nos mira a los cinco,
hablando con seguridad—. Está sola.
Como supuse que sería. Ya no puedo fingir que la conozco, pero al menos es
lo bastante lista como para no permitir que alguien más débil que ella la acompañe y
se deje atrapar.
Legend no está satisfecho con la respuesta de la chica nueva.
—¿Qué te hace pensar que confiaríamos en tu palabra? —Le quita el vaso vacío,
se lo vuelve a llenar y bebe un pequeño sorbo—. ¿Tienes siquiera habilidades de
rastreo?
Haide curva sus dedos sobre el borde de la barra, inclinándose hacia delante
hasta que está en su cara.
—Puede que no sea una gran malvada como tú, Rey Legend, pero no soy nada...
si no una cazadora.
Legend se calla un momento.
—¿Te crees más depredadora que yo, loca?
Haide le sostiene la mirada sin pestañear y, antes de que se dé cuenta, le
devuelve la bebida. Ella baja de un salto, recogiendo también la botella, y se mueve
para unirse a London en su silla en lugar de sentarse en una libre.
—Además —le pasa la botella a London y se aplauden mutuamente, —la Reina
confía en mí... así que, que se jodan los Reyes....
Se interrumpe cuando Legend gruñe, y cuando las chicas se miran, ambas se
echan a reír.
Y que me jodan si no eché de menos el sonido de la risa de mi chica. No estaba
dirigida a mí tanto como me gustaría poder afirmar que era, el comienzo de nuestra
historia una para el Libro de las Pesadillas de la próxima generación. La mayoría de
las veces era cuando estaba con Sin o Lege... o Ben. Casi nunca conmigo, pero esa
261
mierda ya se acabó.
Me ganaré todas sus sonrisas y risas, incluso las que dará cuando doble su
trasero sobre mi rodilla. Puedo verlo ahora, su larga melena blanca atada a mi
muñeca, el cuello estirado al máximo mientras me mira a hurtadillas lo poco que le
permito. Sus labios se curvarán en un desafío, y la risa que soltará cuando pierda el
control será la de una carcajada embriagadora, apuntando directamente a mi polla.
También puedo ver los momentos justo después de que termine de tomarla como
quiero. La suave curva de sus labios y esos ojos grandes y helados mirándome
fijamente con más amor del que merezco, pero que aceptaré con avidez. Y la chica
me ama, aunque no haya dicho las palabras. No lo necesita.
Mira lo que mi bebé hizo por mí. Eso lo dice todo.
Ella salvó Rathe tal y como lo conocemos.
London me mira con complicidad, así que cuando siento su don rozando el mío,
dejo caer la barrera y la dejo entrar, conscientes los dos de que no necesita usar su
don para entrar, sólo tiene que tirar del vínculo que late con vida entre nosotros, y se
dará la jodida vuelta por ella. Pero ella no quiere eso.
Quiere que le permita echar un vistazo.
Quiere que baje la guardia.
Y mientras sus ojos se empañan desde su lugar al otro lado de la habitación, los
demás completamente ajenos a nosotros, ve la verdad en mis recuerdos.
Bajé la guardia en cuanto nos conocimos y, por mucho que lo intenté, no pude
volver a subirla. Una mirada a sus ojos y estaba jodidamente acabado.
Su sonrisa cae sobre su regazo y mis labios se curvan ligeramente.
¿Qué pasa, bebé, no te gusta cuando soy dulce? ¿Prefieres que te diga que voy a
castigar tu coño por ponerte en todo el peligro que te has puesto?
Sus ojos aparecen y responde en mi mente. Dah.
Se me escapa una risa inesperada, ganándome miradas del resto de la sala.
—London, ¿vas a seguir imaginando todas las formas en que te vas a follar a los
Reyes de Rathe o vas a decirnos dónde está la Madre Querida?
—¿Reyes? —Haide mira a London interrogante—. Entonces, ¿es una situación
de ellos?
—No. No lo es. —Miro fijamente al idiota de mi gemelo.
—Pequeña H —Sinner me ignora—. ¿Te ha contado London la vez que la senté
en el regazo de Legend y le enterré los dedos hasta el fondo?
Un gruñido sale de mi garganta, uno que nunca había oído y que no estaba
262
seguro de haber emitido hasta que mis hermanos saltan de sus asientos, con los ojos
muy abiertos y fijos en mí.
Miro hacia donde se sienta London y, lentamente, se levanta.
Viene hacia mí, cada paso más lento que el anterior, y luego está aquí,
mirándome con asombro.
Su cálida palma me presiona la camisa donde late mi corazón y, al instante, mi
pecho empieza a retumbar, la vibración resuena en cada uno de mis huesos y sus ojos
helados se encienden.
—Ahí está —respira, con una amplia sonrisa en la boca. London parpadea y,
cuando vuelve a abrir los ojos, los tiene completamente negros—. Hemos estado
esperando para conocerte, nuestra bestia, y ahí estás, listo para jugar. Mi rey
demonio.
Demonio.
Miro más de cerca en el pozo de oscuridad que han formado sus ojos, viendo
los míos por un instante.
Unos orbes negros y brillantes me miran fijamente, y yo miro a mis hermanos,
asombrado e imaginando el día en que sean libres como yo lo soy.
Me vuelvo hacia London.
—¿Cómo?
Se ríe, un sonido oscuro y nervioso.
—Soy la Reina de Rathe, mi Rey. Tu Reina. ¿Qué mensaje más claro necesita el
destino?
Mi Reina. Mi compañera.
Mi maldito Ethos.
Desbloqueado.
Hurgo en la mente de London, devorando cada parte de mí que ha mantenido
cerrada, emborrachándome con las imágenes que recorren sus pensamientos,
almacenando cada sucio detalle, prometiéndole en silencio cumplir todas sus
fantasías, empezando por la de nosotros en mi trono.
Entonces descubro lo que me faltaba: todo lo que pasó desde el día en que
volví a la Fortaleza Faelífica y descubrí que se había ido.
Su odio hacia mí era tan fuerte, pero bajo él, su amor por mí se sostenía con
más fuerza. No podía dejarme ir más que yo a ella.
Ella me eligió hace mucho tiempo.
Hay tanto que escudriñar, y quiero empezar desde el primer momento
263
dolorosamente aplastante, cuando ella entró en aquella cueva y recuperó sus
recuerdos, reviviendo lo que yo le había hecho de nuevo, pero London me empuja
contra su cabeza, mostrándome en qué quiere que me centre en este instante.
Lo veo, claro como el puto día.
Una sonora carcajada me abandona y sacudo la cabeza, mirando a mis
hermanos.
—Nuestra Reina le hizo a Madre algo peor que la muerte.
Haide se levanta de un salto, una sonrisa se dibuja en su rostro.
—No...
—Oh, sí. —London sonríe.
—¿Qué nos estamos perdiendo? —Legend nos fulmina con la mirada.
—Madre no está sentada en algún lugar esperando su ejecución. Ha sido
desterrada. —Miro a Haide, las piezas del rompecabezas de quién es y de dónde
viene se juntan—. Está en la Isla del Exilio... con un grupo de Stygians furiosos.
—Oh. Mierda.
264

Treinta y dos

Knight

H
ago girar en mi mano la daga que mató a nuestro padre y salgo al
vestíbulo, admirando el trabajo realizado en estas paredes.
Después de la coronación, después de Yemon, nuestro pueblo
necesitaba un propósito más profundo que el que ya servía, así que cuando un grupo
de nuestros mejores artesanos vino a nosotros con una idea, fuimos todo oídos.
Pidieron permiso para tener el honor de construir la nueva y mejorada mansión
real, una que representaría no a un rey y su reina, sino a cada rey y su futura reina
cuando llegue.
Con Vicente y Odin supervisando y aprobando, eso es exactamente lo que
hicieron.
Ahora, elevado en lo alto de los cielos de Rathe, al borde de la finca real, se
encuentra nuestro nuevo hogar.
Cada pared del ala norte, la mía y la de London, cuenta una historia diferente
si te detienes a observarla. Nuestra historia y los caminos que nos llevaron a las
coronas que se asientan sobre nuestras cabezas. Es un recordatorio de que luchamos
por cada momento.
Nunca dejaré de luchar por ella, por nosotros, por nuestros hermanos y nuestro
pueblo.
Sólo han pasado dos semanas desde que nos dieron nuestros papeles y Rathe
nunca ha sido más fuerte, nuestro pueblo nunca ha estado más unido. Incluso los
Argents.
Necesitaban orientación y no habían experimentado ni una pizca de ella desde
la muerte de sus líderes y la formación del Ministerio. Ahora ven por qué nuestro
padre se mantuvo fuerte y luchó contra ellos en todo momento.
Sólo aquellos que comprenden el peso de una corona pueden llevar el peso de
su pueblo.
Los mantendremos tan fuertes como a los Stygians, como civiles de magia
265
iguales, mientras su lealtad siga siendo nuestra. Por ahora, lo es. En el momento en
que eso cambie, y algún día lo hará, serán tratados con rapidez y sin piedad.
—Huelo a caramelo recién batido y el dulce chasquido de la pimienta fresca.
Miro hacia el pasillo y veo a Haide doblando la esquina y enarcando una ceja
oscura.
—Planeando una masacre muy pronto, ¿verdad? —Le brillan los ojos—. ¿Quién
muere primero?
Se me escapa una risita, sacudo la cabeza y salgo a la plataforma levitatoria.
Haide aparece a mi lado, ocultando algo a sus espaldas.
—Hoy no ha habido masacres ni muertes. Lo siento, pequeña psicópata.
—Sé lo que olí. Estabas pensando en matar a alguien.
Miro hacia el vestíbulo, con los miembros del personal real corriendo de una
dirección a otra, todos ultimando sus tareas para la noche.
—Eres buena, lo reconozco, pero era más un pensamiento metafórico que un
plan real.
Se encoge de hombros, una expresión de suficiencia se apodera de su rostro.
—Lo sabía.
La plataforma alcanza el reluciente suelo negro y nos bajamos, observando
cómo desaparece en el aire.
—¿Por qué llevas tu ropa? —pregunto, mirando el mismo traje que llevaba el
día que nos conocimos.
—No quiero dejar ninguna de mis cosas. —Tiro de mis cejas, pero antes de que
pueda preguntar, sus manos se acercan revelando lo que guardaba a sus espaldas—
. Toma, hice esto para ti.
Mi atención se centra en el objeto que sostiene.
—¿Me hiciste algo?
—¿Vas a tomarlo o vas a quedarte mirándolo? —me suelta.
Luchando contra una sonrisa de satisfacción, acepto el cuero negro doblado,
mis ojos se elevan a los suyos cuando me doy cuenta de lo que es.
—¿Lo hiciste para mí?
—Lo hice.
—¿Con las manos?
Me mira raro, pero es porque no lo entiende. Los superdotados usan sus dones
266
para el trabajo manual. Ella no hizo eso con esto. Esto está hecho a mano, cada
intrincado diseño, cada puntada.
—Como ya establecimos, sí, lo hice. Lo hice para ti. No puedo aguantar ni un
segundo más sabiendo lo poco preparado que estás por tener una daga clavada
dentro de los pantalones. Un movimiento en falso, y podrías cortar la mercancía. A mi
amiga no le gustaría eso. De ahí la vaina.
No me molesto en señalar el hecho de que somos superdotados y que mi mejor
amigo es sanadora porque no se trata de eso. Lo supe todo sobre la nueva amiga de
mi chica cuando estuve jugando en su cabeza hace una semana, mi nuevo pasatiempo
favorito. La chica nació en la Isla del Exilio, cazar y luchar es todo lo que sabe, y a los
ojos de una cazadora, un guerrea como ella, enfundas tus malditas dagas.
—Tiene un punto por el que puedes pasar el cinturón y, si no eres de los que
llevan cinturón, también tiene una pequeña solapa para que puedas engancharlo
directamente a la trabilla. Debería tener el tamaño exacto que necesitas para sujetar
a ese bebé. Puedes esconderlo bajo la camisa para que no te sorprenda o llevarlo con
orgullo para que todos lo vean. Tú eliges.
Haide saluda juguetonamente, se da la vuelta y se aleja por el pasillo.
—¡Haide! —grito, y ella mira por encima de su hombro con una ceja
levantada—. Gracias.
Por la vaina y por todo lo que hiciste para ayudarnos a llegar hasta aquí, liberando
a London y luchando a su lado. Por ser buena con ella, una extraña en su mundo, cuando
ni siquiera yo podía lograrlo.
No le digo nada de esto, pero no tengo que hacerlo.
Ella lo sabe. La chica guiña un ojo y se aleja.
Aseguro la daga en su sitio, sonrío un poco y me dirijo al pabellón, un
gigantesco espacio a nivel del sótano con paredes laterales que se abren a la galaxia
y permiten sentarse en las nubes a lo largo del borde exterior de la sala.
Mierda, me he perdido una buena fiesta.
Hacía siglos que no organizábamos una, pero con la mudanza al nuevo piso, es
la jodida ocasión perfecta.
Esta noche abrimos por primera vez las puertas de nuestra casa a los habitantes
de Rathe.
267
London
Estoy borracha y es jodidamente glorioso.
Los últimos meses han sido los más difíciles de mi vida y, por un momento, no
estuve segura de poder simplemente... ser.
Sin embargo, aquí estoy, en el borde de la habitación, los dedos de mis tacones
literalmente alineados contra el punto del sótano donde deberían estar las paredes
de la esquina, pero la magia es jodidamente increíble, así que no hay ninguna. No
hay nada más que nubes interminables y cielos oscuros ante mí.
Justo fuera del espacio, las carreras están en pleno apogeo, y veo cómo Ben,
que ahora es un dragón jodidamente enorme, se acerca a la línea de salida, con una
hembra más pequeña a su derecha. Sus escamas brillan de un púrpura intenso y sus
ojos combinan a la perfección.
La pareja resopla y retumba, agachando el cuello y encaramándose para
prepararse.
Una estrella estalla sobre ellos y estallan, desapareciendo por los cielos, sin
dejar más que una estela de humo a su paso.
Se me escapa una pequeña carcajada y bebo lo que queda del líquido negro y
brillante que Creed me ha servido.
Es como una inyección directa a la vena, mis ojos parpadean y los músculos se
vuelven flácidos en un instante. Mierda, necesitaba esto.
Mi cuerpo es ligero y libre, lo cual es muy extraño cuando el mayor regalo de
este reino existe bajo mi piel, está incrustado en las profundas hendiduras de mis
antebrazos: las cenizas de los huesos de los antepasados reales, mi regalo del Rey
caído.
Un demonio Deveraux.
Mi demonio.
El poder que me atormenta bajo la piel no se parece a nada que haya sentido
antes, es incomprensible. Es una sensación absolutamente incomparable, pero de
algún modo... nada puede compararse al calor de las manos de mi compañero cuando
se desliza por detrás de mí, enroscando su gigantesco cuerpo sobre el mío. Me
entierra la cabeza en el cuello y me pasa la lengua caliente por la nueva mordedura,
más grande, más profunda y en el lado opuesto a la original.
Qué puedo decir, es salvaje en su reivindicación y me encanta, carajo.
Lo amo.
Mis ojos se cierran y sonrío en la oscuridad del espacio, la fiesta ruidosa y
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atronadora detrás de mí.
—Ben ha vuelto a ganar.
—Bien —murmura Knight, su palma se desliza por mi costado hasta que su
mano patina alrededor de mi muslo y desaparece en la raja de mi vestidito negro.
Gime cuando encuentra mi regalo para él—. ¿Sin bragas, nena?
—Hm —tarareo alegremente, levantando la mano para deslizarla por su
cabello, empujando su cara hacia mi cuello—. Pensé que podría sentarme en tu
regazo en tu trono esta noche, follarte despacio mientras todos miran, sin tener ni idea
de lo que están viendo en realidad.
—Eso está pasando, carajo. —Gruñe, sus garras se clavan en la carne de mis
caderas y me aprieta más contra él—. Pero primero, tengo mi propia sorpresa.
—¿Debería estar aterrorizada o feliz por eso?
La risita oscura de Knight cae sobre mí, pero no es su voz la que dice:
—Esperaba que fueras feliz, reina Deveraux.
Mi cuerpo se pone rígido en el cálido abrazo de Knight y, lentamente, me
libero, girándome con la misma cautela.
Suelto un fuerte suspiro cuando mis ojos se cruzan con los suaves y curtidos
ojos que tengo enfrente.
—Hola, Pequeño Cuervo.
—Tío Marcus. —Trago saliva y se me llenan los ojos de lágrimas. Sólo tardo un
momento en arrojarme a sus brazos, llorando en su pecho—. Estás aquí.
Estás realmente vivo.
—Oye —susurra suavemente, alisándome el cabello de la cabeza como
siempre hacía cuando yo era niña—. No querrás que tu gente me mate por hacer llorar
a su Reina, ¿verdad?
Me burlo y me aparto para mirarlo, pero cuando las manos de Knight se
deslizan alrededor de mi cintura y vuelve a abrazarme, lo hago de buena gana y
sonrío a mi tío... y un segundo después lo fulmino con la mirada.
—Sabías que no era normal y no me lo dijiste.
—No se me permitía decírtelo, cariño —dice suavemente—. Tenía órdenes de
nuestro Rey de protegerte de este lugar. —Mira a su alrededor, un profundo
sentimiento de nostalgia se dibuja en sus rasgos. Echa de menos su hogar—. Por lo
que me han dicho, no eras tú la que necesitaba protección.
Me encojo de hombros, sin saber qué decir.
—Te quedarás, ¿verdad?
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Algo cruza sus facciones, pena, arrepentimiento y algunas emociones más que
no puedo nombrar, y señala con una sonrisa triste hacia las nubes.
—Tengo algo que hacer, y puede que lleve tiempo.
Quiero discutir, decirle que no, que tiene que quedarse, pero mi tío, o el tío
real de Knight y el hombre que me crió, tuvo una vida antes de que lo, honraran, con
la tarea de cuidar a la futura Reina de Rathe. Así que, aunque me cuesta mucho
esfuerzo, asiento.
—Ven a verme cuando vuelvas.
—Sé exactamente dónde encontrarte cuando lo haga. —Su sonrisa es tierna.
Alargo la mano y se la aprieto.
—Te amo, Pequeño Cuervo, tanto como cualquier padre ama a su hija.
Se me humedecen los ojos y vuelvo a asentir.
Estoy a punto de llorar cuando por fin se pierde de vista, pero antes de que
pueda, Sinner, Creed y Legend se deslizan hacia arriba, con las extremidades sueltas,
las sonrisas amplias y los ojos bajos.
—Hola, nueva hermanita —murmura Sin.
—La Reina demonio de Rathe. —Legend tropieza al intentar inclinarse.
—El mayor grano en el trasero de mi maldita vida —añade Creed, chocando
con sus hermanos.
Sin más, mi humor vuelve a cambiar y sonrío de nuevo. Todos mis chicos están
completamente jodidos y disfrutando cada segundo. Sí, incluso Creed.
Es muy bueno verlo después de la racha de mierda que hemos tenido.
—Esta noche me voy a follar a esa cambiaformas sexy de tu cortejo. —Sinner
sonríe perversamente, el licor derramándose por el borde de su vaso—. ¿La Stygian
que vino después de que la Pequeña L matara a la vampireza? —gime como si se lo
estuviera imaginando—. Voy a jalar ese cabello largo tan jodidamente fuerte.
Knight se ríe, recoge dos de los vasos de chupito de la brillante mezcla morada
de la larga bandeja flotante que seguía a Legend y me pasa uno.
—Dime si grita mi nombre en vez del tuyo —bromea, agachándose cuando le
envío un fragmento de hielo a la cabeza.
Legend sonríe, pero cuando mira más allá de mí y de nuevo al último chupito
de la bandeja flotante, frunce el ceño.
—¿Dónde está la loca? Dile que venga por su bebida antes de que me la beba
yo.
Miro fijamente el recordatorio de la ausencia de Haide, lo tomo y lo devuelvo
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de un golpe una fracción de segundo después de terminar el mío, volviendo a bajarlo
de golpe.
Knight se ríe ligeramente, y Legend mira de mí a él.
—¿Qué? —pregunta.
Knight me rodea con los brazos, me estrecha y se inclina para besarme la
cabeza.
—Perdió a su amiguita y está enojada por ello.
La mano de Legend se congela en sus labios y, lentamente, baja el vaso.
—Explícate —escupe.
Mis ojos se entrecierran, pero los suyos apuntan a su hermano.
—La chica se largó —le dice encogiéndose de hombros.
—¿Se fue... a dónde? —El tono de Legend es bajo y letal.
Un estruendo monstruoso.
Interesante...
—A casa, supongo... —Knight se interrumpe cuando Legend se sobresalta.
—Hermano, ¿qué demonios? —Sinner chasquea.
Todos giramos, corriendo hacia el borde del edificio... del que Legend acaba
de tirarse. Pasan dos segundos enteros, y entonces mi par de alas favoritas aletean
desde abajo, Ben se acerca por entre las nubes... Legend sentado encaramado a su
espalda.
—¡Eh! —grito—. ¡Ese es mi mejor amigo!
Mi protesta cae en saco roto, el dúo ya se ha ido antes de que las últimas
palabras salgan de mis labios.
—Hombre, es jodidamente rápido —refunfuña Creed, girando cuando lo
llaman por su nombre y arrastrando a Sinner con él.
Knight me hace girar y me acerca. Se sumerge y yo salto, envolviéndolo con
las piernas y sonriendo cuando se acerca al borde del edificio, cayendo hacia atrás
en caída libre sobre una gran nube y elevándonos hacia el cielo, con sus ojos azules
oscureciéndose por momentos. Su demonio quiere salir a jugar y, por suerte para él,
el mío también.
Su áspera palma presiona mi mejilla, deslizándose por mi piel hasta clavarse
profundamente en mi cabello.
—Moriría mil veces por ti, mi Reina.
—Bien —susurro apretando mis labios contra los suyos—. Porque tengo la
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sensación de que voy a matarte muy a menudo.
Se ríe entre dientes y me castiga por mis palabras con un fuerte tirón de
cabello.
Lanzo un grito ahogado y toma mi boca con la suya, mordiéndome el labio
inferior.
—Necesito que hagas dos cosas por mí, bebé. Acepta estas dos cosas y nunca
te pediré más.
—Cualquier cosa.
—Nunca dejes de luchar contra mí.
—Sabes que no lo haré.
El azul de sus ojos se arremolina en el borde de sus ojos, aguantando, luchando
unos instantes más antes de que nuestros demonios exijan llevar la iniciativa como
han venido a hacer cuando estamos piel con piel.
—¿Qué es lo segundo? —pregunto en voz baja, teniendo una idea de lo que
está a punto de decir.
Knight desliza sus labios por los míos, cerrando los ojos mientras sus afiladas
garras me muerden el trasero.
—Ya lo sabes —me advierte—. Dilo, London. Dilo ahora.
Se me aprietan las entrañas, se me revuelve el estómago y subo las manos por
su pecho hasta rodearle el cuello. No sé por qué me he aferrado a las palabras cuando
él no lo ha hecho.
Las siento, y él sabe que lo hago, mis acciones las dicen por sí mismas, mi
mente se las susurra cuando juega dentro de ella, pero él se merece esto. Mierda, me
merezco esto.
Aprieto mi frente contra la suya, esperando a que abra los ojos.
—Lucharé contigo por toda la eternidad... y te amaré infinitamente. Por todos
mis días y más allá de ellos. Cuando no sea más que los huesos de una vieja urna o las
sombras que protegen estas tierras, te seguiré amando, mi Rey. Por siempre.
Los ojos de Knight pasan de azules a negros en un instante y la risa que me
desgarra es de emoción.
Nos entierra bajo la protección del humo demoníaco y las nubes negras... y no
salimos a tomar aire durante horas. Tal vez días, no puedo estar segura, y no me
importa una mierda.
Porque este es nuestro momento.
Nuestro reino.
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Nuestra elección.
En Rathe sangramos.
Knight y yo, sangraremos juntos.
Hasta el maldito fin de los tiempos.
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Nota de las Autoras,


Muchas gracias por leer la conclusión de la historia de Knight y London.
Esperamos que les haya gustado tanto como a nosotras contarla. La próxima entrega
de la serie es Legend y Haide.
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Mate of a Royal

Legend

M
e siente antes de verme, su espalda se pone rígida y sus pequeñas y
ásperas manos se congelan a lo largo de la hoja que está afilando.
Lentamente, gira la cabeza y sus ojos se clavan en los míos a quince
metros de distancia.
Sus cejas se fruncen de confusión, pero mi nombre sale de sus labios como una
pequeña plegaria malvada que me araña las entrañas.
—Legend —murmura, girando a cámara lenta hasta que su cuerpo queda frente
al mío—. ¿Cómo has llegado hasta aquí?
No digo nada, acercándome sigilosamente a la chica que pensaba que podía
huir de esto. De mí.
Cuando no contesto a su ridícula pregunta hace dice otra tontería.
—¿Por qué estás aquí?
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—¿Así es cómo quieres jugar a esto?
Haide mira, cruzando los brazos sobre el pecho.
—No sé de qué estás hablando.
Se me escapa una risita oscura, y ladeo la cabeza hacia un lado, sintiendo ese
pesado y constante maldito estruendo que ahora late bajo mi pecho.
—Eso es una mentira si alguna vez he oído una.
—Vete a la mierda.
—¿Esa es la forma de hablar con tu Rey?
—Lo siento, por favor, Rey Deveraux, si fuera tan amable... váyase a la mierda.
Una fracción de segundo después de que la última palabra salga de su boca,
gira sobre sus talones y corre, carajo.
—Perra.
Salgo tras ella, y tengo que admitir que es rápida. Más rápida que cualquier
otra chica que haya visto, así que pongo algo de esfuerzo en mis zancadas.
Lo siento, nena, pero nadie es más rápido que yo. Te atraparé.
Y cuando lo hago...

Mate of a Royal la historia de Legend y Haide llegará en


el 2024.
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Acerca de las Autoras

Amo Jones es una autora superventas del USA Today y el Wall Street Journal
cuyos libros han sido traducidos a varios países.
Reside en el trópico australiano con su familia, aunque es una neozelandesa de
nacimiento echa de menos Nueva Zelanda la mayoría de las veces.
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Meagan Brandy, autora superventas del USA Today y del Wall Street
Journal, escribe libros románticos para adultos con un toque especial. Es una adicta a
las gramolas, loca por los caramelos, que tiende a hablar con letras de canciones.
Nacida y criada en California, está casada y es madre de tres niños locos que la
mantienen saltando de un campo deportivo a otro, dependiendo de la temporada, y
no lo haría de otra manera. Starbucks es su mejor amigo y las palabras su cordura.
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