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1." edición: 2001
© Silver Kane
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ISBN: 84-406-0619-2
Imprime: BIGSA
Depósito legal: B. 26.175-2001
CAPITULO PRIMERO
Muchas veces Quantrell aún lo recordaba. Muchas veces se despertaba
de repente, con el cuerpo bañado en sudor, creyendo que delante de sus ojos
volvía a producirse aquella pesadilla.
Oía los golpes de la barra de hierro al caer una y otra vez. Oía los
chasguidos de los huesos. Le parecía ver de nuevo la sangre salpicar la
pared como si todo el mundo se hubiera convertido en una inmensa mancha
roja.
En esas ocasiones, lanzaba como un ronco gemido, antes de despertar. Y
ya no podía volver a dormirse en toda la noche, mientras recordaba todos
los detalles de aquel suceso ocurrido quince años antes.
Ahora le pasó lo mismo.
Lanzó un ronco gemido y se incorporó de pronto sobre la manta que le
servía para descansar en el suelo. Sus ojos alucinados miraron los restos de
la fogata, miraron los árboles junto a los que descansaba y se elevaron hacia
las frías y solemnes estrellas.
Todo estaba en calma.
La voz dijo tranquilamente a su izquierda:
—¿Qué te pasa, Johnny Quantrell? ¿Acaso has oído algo?
—No..., no ne oído nada.
—¿Pues qué tienes?
—Nada... Nada... Ha sido un mal sueño. Perdona.
Volvió a tenderse sobre la manta.
Pero, como le había ocurrido otras veces, no pudo volver a dormir. Otra
vez le parecía oír el golpeteo de la barra de hierro y captar el siniestro
chasquido de los huesos.
Otra vez le parecía oír aquellos alaridos de muerte...
***
Patton, el pistolero que le había acompañado durante toda la travesía,
murmuró:
—Ya hemos llegado, Johnny Quantrell. Aquí lo tienes. Esto es
Oklahoma City.
El joven, desde lo alto de su caballo, contempló las casas chatas de la
ciudad y la llanura que se extendía tras ella. Contempló la riqueza de
aquella zona que se estaba convirtiendo en una de las de mayor porvenir en
Estados Unidos.
Patton añadió:
—Nos conocimos por casualidad, pero te he estado observando durante
el viaje, muchacho. Tu eres un pistolero nato. Has nacido para empuñar el
revólver.
—¿En qué lo notas?
—No sé... cómo explicártelo. Esas cosas se mascan —dijo Patton—.
Mira, yo he vivido siempre al margen de la ley y conozco a los de mi
gremio. Tú eres un forajido. Cuando te conocí dando de beber a tu caballo
en aquel manantial e hice ruido a tu espalda, ya me di cuenta. Aquel modo
tan fulgurante de «sacar» no lo tiene cualquiera. Lo que pasa es que hablas
poco.
—Puede —dijo Quantrell con apenas un soplo de voz.
—¿A qué te dedicas?
—No sé... Hago cosas.
Patton lanzó una carcajada.
—Comprendo: vives de lo que sale. Muy bien, hombre, muy bien. No es
que me hayas dado muchas explicaciones, pero cuenta siempre con el viejo
granuja de Patton. Preparo un golpe en Silverton con ayuda 3e algunos
amigos. Si quieres trabajo, ya lo sabes: serás bien venido.
—Ya tengo ocupación en Oklahoma City —dijo pensativamente
Quantrell—. De todos modos, gracias por tu oferta.
—Piénsalo, muchacho. Silverton no está lejos y hay dinero largo a
ganar. Y no te hagas el puritano. No hay nombre que no necesite mascar un
puñado de dólares de vez en cuando.
los dos se despidieron con un gesto, alzando sus manos. Johnny
Quantrell permaneció quieto, mirando el caballo de Patton, hasta que éste
desapareció.
Entonces él avanzó también hacia Oklahoma City.
¿Por qué volvía aquella pesadilla como si la viviese otra vez? ¿Por qué
oía de nuevo el chasquido siniestro de los huesos?
Se echó un poco el sombrero para atrás.
Al diablo con aquellos pensamientos.
Mejor sería tener vacía la cabeza.
Lo que no sabía en aquel momento era que estaba muy a punto de que
sus deseos se cumplieran. No sabía que estaban a punto de vaciársela.
***
El hombre levantó un poco su rifle y pensó:
«Ahora...»
Johnny Quantrell estaba a la distancia ideal y el hombre que le apuntaba
disponía de un Winchester 73 de la clase extra, con el que resultaba muy
difícil fallar. De modo que no tenía más que apuntar atentamente y... ¡zas!
Fue a apretar el gatillo.
Y de pronto le pareció que estaba sufriendo una alucinación. Jamás, en
su intensa vida de asesino, le había ocurrido nada semejante. El tipo que
estaba en lo alto del caballo, y que en apariencia no le había visto, se volvió
de pronto.
Tenía un revólver en la derecha.
El del rifle barbotó:
—Maldito...
No tuvo tiempo para nada más. Su expresión de asombro se hizo más
intensa cuando sintió aquel choque en la frente. Y con esa expresión de
asombro atravesó las fronteras del Más Allá.
Johnny Quantrell no guardó el revólver.
Sus ojos de halcón buscaron por todas partes la presencia de nuevos
enemigos.
Pero no había nadie más al borde del camino. El silencio y la soledad
eran impresionantes. Guardó el revólver poco a poco.
Y acarició el pomo de metal que había en su silla, y que a veces brillaba
como un sol, haciendo que a Quantrell se le pudiera distinguir a gran
distancia.
Aquella esfera metálica, sin embargo, también funcionaba como un
espejo que captaba lo ocurrido en todas direcciones. Los movimientos que
ocurrían a derecha o a izquierda, incluso a gran distancia, se reflejaban allí.
Y Quantrell había adquirido el hábito de mirar atentamente aquella esfera,
aquel pomo de la silla, cuando viajaba solo.
Se acercó al muerto.
El tiro había sido magistral.
Parecía increíble que pudiera hacerse blanco a tanta distancia y con un
revólver.
Saltando del caballo a tierra, Johnny Quantrell examinó el cadáver. No
lo había visto nunca y tampoco llevaba nada de interés, excepto un fajo de
quinientos dolares nuevos. ¿El precio cobrado por matarle? Era muy
posible.
Quantrell guardó aquellos quinientos dólares.
No los consideraba suyos y, por tanto, no iba a gastarlos. Pero, al ser
completamente nuevos, podían constituir, en algún momento, una prueba de
gran interés.
Volvió a montar a caballo y se dirigió en línea recta a Oklahoma City.
Patton, caso de poder verlo, habría pensado que tuvo razón. Johnny
Quantrell era un pistolero nato. Podía hacer «carrera» si seguía la senda del
delito que estaban siguiendo tantos y tantos nombres en el Oeste.
Pero en este momento no era ésa su idea.
Al entrar en Oklahoma City se dirigió a la oficina del sheriff.
Este leía tranquilamente uno de los periódicos de la región cuando entró
el forastero. Quantrell depositó sencillamente sobre la mesa un papel
sellado.
El sheriff apartó el periódico. Lo miró distraídamente.
Luego, de pronto, clavó en Quantrell unos ojos donde se leía un frío
desdén.
—¿Ya está aquí, abogado de los infiernos? —barbotó—. ¿Ya ha venido
a defender a esos perros asesinos?
CAPITULO II
Quantrell estaba tendido en la cama, pero aún no se había desvestido.
Llevaba incluso puestas las botas. Únicamente había cerrado los ojos
porque quería descansar una hora de las fatigas del largo viaje.
Pero no podía.
Apenas cerraba los oíos, le parecía ver otra vez la barra de hierro
cayendo pesadamente. Y oía el chasquido de los huesos. Y aquellos
terribles gemidos de muerte.
Alguien entró en su habitación.
—Señor Quantrell...
Era el dueño del hotel.
Johnny Quantrell apenas abrió los ojos. La sensación de pesadilla había
llegado a hacerse angustiosa.
—Señor Quantrell —dijo el dueño del hotel—, quiero que sepa que
usted no es aquí un huésped bien venido. Toda la ciudad le odia. Si le he
reservado habitación ha sido sólo porque el juez me lo ha ordenado,
amenazando con cerrarme el establecimiento en caso contrario. Pero no me
gusta que esté usted aquí.
Johnny Quantrell se desperezó un momento.
—Habrá usted dado alojamiento a mucha gente —musitó—, y, desde
luego, a muchos abogados como yo.
—No me gusta la gente que cobra dinero por defender a unos sucios
asesinos.
—Nadie ha dicho todavía que lo sean —murmuró Quantrell—. Uno es
inocente hasta que se demuestre lo contrarío. Y, aunque lo fueran..., ¿qué
quieren hacer con ellos? ¿Lincharlos? ¿Entonces por qué no se ahorran los
gastos del juicio?
—Son cosas inevitables —dijo el dueño del establecimiento—. También
son inevitables los verdugos y la gente no les tiene simpatía. Pero usted es
peor que un verdugo, señor Quantrell, porque cobra dinero por ir en contra
de la justicia.
Hizo una pausa y añadió, como si se arrepintiera de haber sido
demasiado insultante:
—Pero yo no soy más que un hotelero... No soy quién para decir si la
gente me gusta o no. He venido a avisarle que tiene su baño preparado en la
habitación contigua. El barbero está avisado ya.
—Gracias.
Quantrell pasó a la habitación contigua.
Una bañera de bronce estaba ya preparada. Se introdujo en ella y
empezó a enjabonarse. Un instante después vino un tipo con una brocha y
una navaja. No cabía duda de que era un barbero profesional, pero hizo su
trabajo tan detestablemente como supo. Jamás a Quantrell le habían cortado
tanto.
Ya casi terminaba cuando entró también el sheriff.
Aquella habitación donde estaba la bañera parecía la sala de visitas del
hotel.
El sheriff gruñó:
—Me he cruzado con el chico de la sastrería. Le traen ropa nueva para
que parezca un señor, Quantrell. Para que parezca lo que no es.
Quantrell se puso en pie, saliendo de la bañera una vez le hubieron
arrojado encima un par de cubos de agua limpia. Empezó a secarse mientras
el sheriff catalogaba, con ojos de entendido, su potente musculatura.
—No parece usted un abogado —murmuró—. Parece más bien un
vaquero.
—Soy más vaquero que abogado —dijo Quantrell—. Me pagué los
estudios trabajando en un rancho. Oiga, sheriff...
-¿Qué?
—No se lo he dicho al entregarle mi credencial. Han tratado de matarme
al llegar a Oklahoma City.
—¿Un tipo con un Winchester?
—Sí. ¿Cómo lo sabe?
—Ya hemos descubierto el cadáver. Era de Burham, un pistolero a
sueldo. Supongo que alguien le pagó para que le liquidara a usted.
—¿Quién?
El de la placa se encogió de hombros.
—Cualquier persona honrada de la ciudad —dijo—. No le gusta usted a
nadie, Quantrell, aunque reconozco que la ley es la ley. Esos tipos ya
estarían muertos si no fuera porque el juez se ha empeñado en que no
podíamos dar aqui un espectáculo de salvajes.
Quantrell pasó a la habitación contigua, que era la suya, y empezó a
vestirse con las ropas confeccionadas que le habían traído. Le caían bien.
Hasta, al mirarse al espejo, parecía de verdad un caballero, aunque no lo
fuese.
El sheriff le apuntó con un dedo.
—Óigame bien, Quantrell —barbotó—: son cinco buitres, cinco hijos
de perra a los que tengo bien metidos entre rejas y a los que espero ver
pronto bien metidos en sus ataúdes. Persiguieron a una chica de quince años
y luego terminaron con ella. Hay pruebas. Le juro por mi padre que no
permitiré mandangas judiciales ni sobornos a los miembros del jurado. Sé
que los padres de un par de los acusados tienen mucho dinero, pero eso
servirá de poco ante la ley. ¿A usted quién le paga?
—Nadie.
—¿Cómo que nadie?
—Trabajo gratis, sheriff —dijo Quantrell pensativamente—. Es una
vieja deuda que tengo que pagar. V ahora ¿por qué no vamos a ver a esos
acusados? Tienen el derecho de que su abogado les asista, ¿no?
El sheriff hizo un gesto de desprecio.
—Tienen el derecho a decir su última voluntad —escupió—, pero
reconozco que para eso hay que seguir unos trámites legales. Hala,
vamos. Y desinféctese cuando salga.
Se dirigieron los dos a la cárcel del condado. Quantrell notó que iban
por calles secundarias, ya que sin duda el sheriff no quería ser visto con él.
De todos modos, cuando atravesaban la puerta principal, Quantrell fue
abucheado por un par de individuos que se encontraban cerca. Y un tercero
le amenazó:
—¡Tú irás con ellos a la horca, abogado! ¡Seis cadáveres bailando en las
cuerdas hacen más bonito que cinco!
Quantrell prefirió no oírlo.
Desde que emprendió el viaje supo que eso tenía que pasar. Y sus ojos
entrecerrados parecieron no mirar a ninguna parte hasta que entró en la sala
de visitas de la cárcel.
Esta era bastante amplia.
Había buenas rejas en ella, como en todas partes.
Un hombre con un rifle montaba guardia en la puerta.
Quantrell musitó:
—Tengo derecho a hablar con ellos en privado, sheriff.
—¿Conoce muy bien los derechos, eh? ¿Y conoce también el orden en
que pienso enviarlos a la horca?
—No puede hablar de horcas, sheriff, hasta que sean condenados. Eso
es faltar a la ley.
—Oiga una cosa, Quantrell, y apréndasela bien: Con criminales de esa
clase, no tengo ningún miramiento. Y ahora aguarde, haré que las fieras
pasen a la jaula.
Hizo una seña al guardián para que se retirase.
Y los acusados fueron pasando.
Quantrell los miró atentamente.
Conocía sus nombres sin haberlos visto jamás, sólo por las
descripciones que le habían hecho. Los cinco se pusieron alineados en la
pared. No conocían a Quantrell y no sabían si éste era su defensor o un
ayudante del fiscal. Por eso se mantenían en reserva.
Allí estaban, quietos, mirándole fijamente.
Brent.
Wallace.
Clinton.
Mae.
Mixton.
Todos entre veinte y veintidós años de edad. Todos bien vestidos. Y
hasta bien afeitados porque podían pagar al barbero de la cárcel.
Quantrell musitó:
—No pongáis esas caras. No soy un ayudante del fiscal, sino todo lo
contrario: soy vuestro defensor.
Las facciones de todos ellos cambiaron. Exhalaron un suspiro de alivio
que surgió de las cinco bocas a la vez. Y luego adoptaron una actitud de
confianza total, una actitud que era incluso algo socarrona.
—Bueno, menos mal... —dijo Brent—. Creíamos que no iba a llegar
nunca. ¿Cómo se llama?
—Johnny Quantrell.
—No es un abogado famoso, Quantrell —dijo Mae—. No le he oido
nombrar nunca, y nosotros tenemos derecho a lo mejor.
Clinton barbotó:
—Si es un aficionado, no lo queremos.
Quantrell dio unos pasos pensativamente por la habitación.
Evitaba mirarlos.
Al fin musitó:
—Tuvisteis lo mejor. Vuestros padres os habían enviado a Marcus
Sheridan, que es uno de los abogados criminalistas más famosos de los
Estados Unidos.
—¡Claro! ¡Ese sí que es un abogado! —dijo entusiasmado Brent—. ¿Y
por qué no vino? ¿Es que no le pagaron bastante? ¡Nuestros padres podían
cubrirle con oro!
—Marcus Sheridan vino —dijo Quantrell—. Se presentó en Oklahoma
City.
—¿Y cómo no se presentó a vernos...?
—Un hombre con un rifle, apostado a la entrada de la ciudad, lo liquidó
—dijo Quantrell—. Una buena bala que le penetro por la sien izquierda y le
salió por la derecha. Por eso Marcus Sheridan, lamentándolo mucho, no
pudo encargarse de vuestra defensa.
Los labios de Brent temblaron.
Fue él quien susurró:
—¿Y... y la cosa quedó así?
—Luego fue contratado Holbert —dijo Quantrell mientras seguía
paseando—. Le ofrecieron unos honorarios fantásticos. Y Holbert vino a
Oklahoma City. Ya veis que la cosa no quedó así.
Los cinco hombres habían palidecido.
Brent bisbiseó:
—No nos diga ahora que... que...
—A éste la bala le entró por otro sitio —prosiguió Quantrell
tranquilamente—. Le entró por la nuca. En vista de lo cual me designaron a
mí. ¿No os había dicho el sheriff que vuestros dos primeros abogados
habían muerto?
—No... no nos han dicho nada.
Quantrell se encogió de hombros.
—Supongo que ha querido haceros sufrir —dijo—. Bueno, eso no tiene
importancia. Todo el mundo quiere que muráis, y el sheriff también. El
sheriff el primero. Pero ahora estoy aquí y las cosas marcharán legalmente.
¿Ninguno de vosotros pregunta por qué he sido elegido yo precisamente?
Mae susurró:
—¿Por qué?
—Pues porque, más que un abogado, soy un pistolero. Y porque era el
único que podía esquivar la próxima bala enviada con un Winchester. —
Hizo una pequeña pausa y añadió—: Y ahora la primera pregunta: ¿sabéis
de qué se os acusa?
—Pues claro... —dijo Brent socarronamente—. Lo único que han hecho
hasta ahora ha sido leernos la acusación. Por lo visto, dimos muerte a una
muchacha de quince años.
—¿Y... es cierto?
Los ojos de Johnny Quantrell habían quedado como inmóviles en el
súbito silencio que se produjo. Ahora eran otra vez como los ojos de un
halcón. Escrutaron uno a uno aquellos cinco rostros ya algo pálidos por la
falta de sol de la cárcel, queriendo adivinar los pensamientos que había
detrás.
Pero no tuvo necesidad de adivinar nada.
Fue Mae el que se lo dijo con una risita burlona.
—Claro que es verdad, abogado. ¿O qué creía? Todo es verdad, pero,
naturalmente, no hemos sido tan idiotas como para reconocerlo.
Quantrell evitó mirarlos. Sus ojos de halcón fueron hacia la pared
desnuda. Y su rostro fue completamente inexpresivo al murmurar:
—¿Por qué la asesinasteis?
—Habría hablado. Algunos de nosotros somos bastante conocidos en
esta zona.
-Ah...
Brent musitó:
—¿Nos va a defender, abogado?
Hubo un tenso, un espeso silencio. Mientras paseaba de un lado a otro
de la estancia, con las manos a la espalda, Johnny Quantrell no contestó.
Los cinco le miraban ansiosos, expectantes.
Se les había formado un mismo nudo en la garganta.
Sabían demasiado bien que si Quantrell renunciaba a la defensa, ningún
abogado volvería a interceder por ellos, habiendo muerto los dos anteriores.
Y eso significaba que el sheriff podía tomar entonces una decisión: «Puesto
que nadie quiere defenderlos, que no haya juicio. ¡A lincharlos...!»
Las palabras de Quantrell iban a ser para ellos las palabras que están
entre la vida y la muerte.
Al fin él musitó:
—Sí. Os defenderé.
Hubo otra vez un suspiro unánime de alivio.
—Os defenderé aunque quizá traten de matarme otra vez —añadió—.
Lo que mucha gente de aquí quiere es que quedéis sin defensa.
—Y... y... —a Brent se le atragantaban las palabras—. ¿Y nos librará de
la horca?
—Sí. Prometo que sí.
La seguridad con que Quantrell hablaba les convenció a todos. No sólo
sabía por donde andaba, sino que había conseguido librarse de la muerte,
cosa que no hicieron los otros dos. En un tipo así se podía tener confianza.
—Ya iré hablando con vosotros uno por uno —dijo Quantrell
suavemente—. Ahora quiero hablar a solas con Brent. Que se quede.
Cuatro hombres salieron, y sólo uno de ellos quedó en la sala de visitas.
Era quizá el más joven, pero también el de mirada más metálica y dura. Iba
muy bien vestido. En sus dedos relucían anillos de oro que nadie le había
quitado aún.
Quantrell cerró un momento los ojos.
Otra vez parecía volver a él la pesadilla.
Pero intentó calmarse mientras musitaba:
—Tú eres la razón de que yo esté aquí, Brent. Tú eres el motivo de que
yo os vaya a defender a todos, arriesgando mi propia vida.
CAPITULO III
Brent pareció sorprendido, pero eso duró apenas un instante. Con voz
tranquila preguntó:
—¿Y por qué, picapleitos? ¿Qué tengo yo que ver con eso?
—Tengo una deuda con tu padre, el señor Brent.
—¿Una deuda?... ¿Dinero?
—No, no es dinero. Es una cosa moral. Viene de lejos... Es algo que
ocurrió hace quince años.
—¿Y quién se acuerda de las cosas que sucedieron hace quince años?
—Me acuerdo yo —dijo Quantrell—. Tu padre era uno de los hombres
mas influyentes de Kansas City. Ahora lo es de todo el Estado de Kansas.
Ha progresado mucho. Mi padre era uno de los muchos pistoleros que
trabajaban para él. Un pistolero honrado, si puede hablarse así. Cobraoa por
proteger sus manadas contra los cuatreros y contra los competidores del
señor Brent.
—Sí —dijo el joven con expresión despectiva—. Un matón a sueldo.
Mi padre tiene montañas de ellos. ¿Y qué?
—Nada en especial —dijo Quantrell, intentando no darse cuenta del
tono despectivo de aquellas palabras—, a no ser que para tu padre, el señor
Brent, todos esos matones a sueldo eran muy importantes porque entre
todos defendían su inmenso imperio. Mi padre era uno de los más
distinguidos y por eso lo apreciaba, aunque quizá lo que hizo por él lo
hubiera hecho también por otro.
—¿Qué hizo?
—Quizá no lo entiendas si no sabes que tu padre tenía entonces unos
competidores muy peligrosos, gente que era casi tan fuerte como él. Tener
en Kansas el monopolio de la venta de carne al ejército significaba ganar
millones, y los millones le gustan a todo el mundo. Cierta vez hubo un
ataque contra los rebaños del señor Brent, y mi padre mató a uno de los más
audaces pistoleros enemigos, que además era hermano del hombre que
había ordenado el ataque.
—Muy conmovedor —dijo el joven Brent—. ¿Y qué? —Lo demás fue
muy sencillo: días más tarde mi padre aparecía cosido a balazos en una
calle de la ciudad.
—Lógico, ¿no? Cobraba para eso.
S'uantrell también simuló no haber oído el tono despecti-e aquellas
palabras.
—El hombre que había ordenado aquel asesinato —continuó—, estaba
de todos modos tan indignado que no le bastó con la muerte de mi padre.
Entonces envió a Kansas City a tres de sus mejores pistoleros para hacer
otro trabajo especial.
—¿Qué trabajo?
—Tenían que matarme a mí, que entonces contaba once años. Con eso
no sólo quedaría completa la venganza, sino que se demostraría también
que tu padre no era tan poderoso como pretendía, puesto que no era capaz
ni de defender a las familias de sus hombres.
—La táctica es vieja como el mundo —dijo Brent—. Claro que sí...
Sembrando el terror de esa manera, los pistoleros de mi padre habrían
desertado, ¿no? Y él habría terminado quedando solo ante los revólveres ae
sus enemigos.
—Así es —dijo Quantrell—, aunque en este caso se le hizo saber al
señor Brent, por medio de un emisario confidencial, que las cosas quedarían
ahí. Se le ofreció una especie de tratado de paz en Kansas, repartiéndose los
ganaderos las zonas de influencia. En aquellas circunstancias, al señor Brent
le convenía aceptar. En caso contrario, si se oponía a que mi madre y yo
muriésemos, tendría declarada una guerra que podía terminar muy mal para
él.
Quantrell dejó de hablar para dar unos nuevos pasos por la estancia.
Los ojos del preso chispearon un momento.
—¿Y no aceptó? —dijo.
Quantrell produjo un crujido con sus nudillos.
—El trato era el siguiente: tu padre tenía que entregarnos a nosotros, a
mi madre y a mí, cuando aquellos tres asesinos llegaran. Era su prueba de
buena voluntad: entregarnos y lavarse las manos acerca de lo que sucediera.
Y así lo hizo. Nos llevó a un caserón donde tenía que ocurrir todo. A mí aún
me parece ver las lágrimas de mi madre mientras era conducida allí. Yo ya
tenía once años y era fuerte. Tuvieron que atarme las manos para que les
siguiese. Cuando aquellos tres asesinos se me heló la sangre en las venas,
sobre todo pensando en lo que iban a hacer con mi madre.
En los ojos de Brent brilló de nuevo una chispita de interés.
—¿Y... lo hicieron? —barbotó.
—No, no hicieron nada. Tu padre es, a su manera un gran tipo, Brent.
Había ido allí con uno de sus principales verdugos, el cual apareció en el
momento en que los tres asesinos iban a poner las manos sobre mi madre.
Los encañonó y los hizo poner de cara a la pared, con las manos apoyadas
en ella.
—Pero... pero eso era la guerra... —musitó Brent.
—Peor aún. El verdugo, que se llamaba Lucks, no había hecho más que
empezar, Con una barra de hierro rompió los pies de los tres hombres, y
éstos cayeron. Tú no puedes saber lo que es un hombre con los pies rotos.
Está completamente indefenso; es como una piltrafa que se arrastra por el
suelo y a la que resulta muy fácil aplastar. Lucks siguió golpeando. Les
rompió las rodillas, las caderas... Cuando llegó un poco más arriba, los tres
granujas ya estaban muertos. Mi madre se desmayó, y yo tuve que verlo
todo porque el señor Brent me dijo que así aprendería a ser un hombre. Pero
no he podido olvidarlo. Los golpes, los gemidos, el salpicar de la sangre...
A veces todo eso vuelve a mí como una pesadilla. Me despierto y tengo la
sensación de que lo estoy viendo otra vez... No, no he podido olvidarlo
nunca.
Dio otros pasos por la habitación, mientras el joven Brent guardaba
silencio. De repente la vista de Quantrell se había nublado. Con un soplo de
voz añadió:
—Por supuesto, eso fue la guerra, pero tu padre la ganó. A causa de ello
es ahora el hombre mas poderoso de Kansas, porque en el momento
decisivo no quiso conformarse con ser uno más. Me ayudó a pagarme los
estudios de abogado y cuidó de mi madre. Nunca faltó en casa el sueldo que
mi padre hubiera ganado. Cuando tuve el título en el bolsillo fui a ver al
señor Brent y le dije que estaba a su disposición puesto que se lo debía todo,
incluso la vida.
El joven tampoco contestó.
Pero su expresión era satisfecha, como si, a pesar de estar en la cárcel,
cada vez se sintiera más seguro de sí mismo.
—¿Y qué te dijo mi padre? —preguntó al cabo de unos instantes—.
¿Qué te pidió?
—De momento nada, aunque me dijo que tal vez un día me necesitaría,
y ahora, cuando ya llevo bastantes aflos de experiencia de abogado, ese día
ha llegado. Me pidió que defendiera a su hijo y a los hombres que estaban
siendo acusados con él. Sus palabras fueron estas: «Líbralos de la horca».
—Y tú estás dispuesto a cumplir la orden, ¿no?
—Para mí esa orden es sagrada. Os libraré de la horca. Reconozco que
tu padre confío en dos abogados antes de confiar en mí, pero no me siento
humillado por eso. Haré que no conozcáis al verdugo. Y ahora oye bien una
cosa, Brent: No quiero que confeséis nada ni habléis con nadie antes del
juicio. Dejadlo todo en mis manos. ¿De acuerdo?
—De acuerda Quantrell.
—Está bien. Entonces... Adiós.
Le dio la mano. El otro se la fue a estrechar, pero entonces cayó al suelo
un pedacito de seda con la cual jugueteaba. Se inclinó para recogerlo.
—¿Qué es eso? —musitó Quantrell.
—Nada de interés... Un pedacito del vestido de seda que llevaba
Rosanna antes de matarla...
Y se largó tan tranquilo por el pasillo que llevaba hacia las celdas.
CAPITULO IV
Quantrell salió a la calle.
Sus ojos estaban entrecerrados, y en ellos no había la menor expresión.
No la hubo tampoco cuando vio a aquellos dos hombres que le cortaban el
paso.
Eran jóvenes y fuertes. Tenían las manos descansando a la altura de las
caderas.
Los clasificó en seguida: pistoleros profesionales. Pero los pistoleros
profesionales no eran cosa suya.
Fuá a pasar.
Siguieron cortándole el paso.
Uno de ellos musitó:
—¿Señor Quantrell?...
Su voz era educada, suave.
También era algo burlona.
Quantrell musitó:
—Yo soy. ¿Qué pasa? ¿No se puede circular por la calle principal de
Oklahoma City?
—Usted no, señor Quantrell.
—No... ¿Por qué?
—No está bien visto en la ciudad.
—No creo que eso os importe demasiado a vovotros —dijo Quantrell
suavemente.
—¿Por qué?
—Porque también sois forasteros. Cualquier cosa que ocurra en
Oklahoma City no os afecta.
—¿En qué nota que somos forasteros... señor Quantrell?
—En que vuestras ropas están cubiertas del mismo polvo que cubría las
mías cuando llegué aquí. Ni siquiera os han dado tiempo para cambiaros.
Han debido contrataros a toda prisa para que me mataseis, ¿no es así?
Ninguno de los dos hombres contestó.
Pero, por la expresión de sus ojos, Quantrell comprendió que había dado
en la diana.
Uno de ellos rechinó los dientes al fin.
—El desafío es legal en Oklahoma City —dijo—, y nosotros le
desafiamos. ¿Qué pasa? ¿O quizá es un cobarde que no admite un duelo
cara a cara?
—Esto está ocurriendo delante de la cárcel del condado. Supongo que el
sheriff os ha dado permiso, ¿no?
—¿Y eso qué importa?
Quantrell dejó caer las manos a lo largo de su cuerpo con un gesto de
desesperanza.
—Mirad, muchachos, no tengo nada contra vosotros —dijo—. Ya sé
que soy mal visto en la ciudad, pero las leyes fijan unos trámites y esos
trámites hay que seguirlos. Dejadme en paz. Sois unos pistoleros a sueldo y
os han pagado para que me matéis. Pero creedme: no vale la pena arriesgar
el pellejo por tan poca cosa.
Los dos hombres se separaron un poco.
Estaban a ocho pasos, y a aquella distancia las balas de calibre pesado
casi partirían un cuerpo por la mitad. Casi no hacía falta apuntar: lo
esencial consistiría en ser rápido.
Quantrell tuvo la sensación de que ni siquiera habían oído sus últimas
palabras. Quizá habían cobrado anticipadamente y ahora tejían que cumplir.
Por eso el joven musitó:
—Os hago una oferta. Tengo quinientos machacantes que quité a un
hombre que también quería matarme. Os los repartís entre los dos sólo por
dejarme en paz.
Uno de los dos hombres masculló:
—¡Perro sarnoso!
Y el otro:
—¡Cobarde!
Quantrell adivinó que era este último el que iba a disparar. Era el que
parecía más nervioso, más ansioso, y el que tenía los dedos más cerca del
revólver.
Se contorsionó en una décima de segundo, mientras tiraba del Colt hacia
atrás. Sus ropas más elegantes estuvieron a punto de estorbarle, pero pudo
«sacar» a tiempo. Dos balas salieron al instante de su revólver, mientras
amartillaba con un movimiento centelleante.
Los dos hombres cayeron pesadamente.
Primero el de la- izquierda. Luego el de la derecha.
Ninguno de los dos había tenido tiempo de apretar el gatillo. Y ambos
llevaban dibujada en la frente la misma mancha roja.
Quantrell soltó el Cok.
Este cayó al interior de la funda como si supiera sólito el camino. Todos
los que estaban en la calle hicieron un movimiento instintivo de retroceso,
como si se encontraran ante algo que no podían creer.
En efecto, los dos disparos habían sido asombrosos.
Aún no podían creer que aquellos dos tipos —seleccionados entre lo
mejor de los asesinos de Oklanoma— pudieran estar muertos.
Quantrell bisbiseó:
—Para ellos ha sido una cuestión de orgullo. Lástima... Tenían que
haber aceptado los quinientos dolares. Quinientos pavos no se los ofrecen a
uno todos los días.
Y se largó hacia su hotel.
No sabía que sus problemas no habían terminado. No sabía que allí
también le aguardaba la muerte.
CAPITULO V
Entró en su habitación y volvió a cerrar la puerta. Se sentía
extrañamente cansado, como si viniera de muy lejos. Fue hacia el quinqué
que estaba en el centro de la mesa y se dispuso a encenderlo, puesto que ya
habían empezado a caer las sombras.
No se dio cuenta de que alguien había estado a un lado de la puerta,
aguardando.
No se dio cuenta de que al entrar lo había tapado con la hoja de madera.
Pero ahora aquel alguien estaba tras él. Llevaba en la derecha un largo
puñal.
Se acercó sigilosamente.
Sus movimientos eran como los de una pantera.
Alzó la mano y fue a dejar caer el cuchillo, con un movimiento
fulgurante, sobre la espalda de Quantrell.
Si éste se dio cuenta ahora de que algo sucedía a su espalda fue por el
levísimo reflejo que captó la pantalla del quinqué. De lo contrario la hoja de
acero se hubiese hundido hasta el fondo de su corazón sin remedio.
Pero, gracias a aquel reflejo, pudo volverse en la última fracción de
segundo. Sus movimientos, llenos de absoluta precisión, fueron
instantáneos.
Con la mano izquierda dio un golpe en el estómago a la persona que
estaba tras él.
Con la derecha, al mismo tiempo, cazó al vuelo la mano que ya bajaba
armada con el puñal. Se produjo un leve ras-
ñuño, pero aquella mano quedo detenida en el aire como si ubiera sido
enganchada por un cepo de acero. Aquella persona se encogió al recibir
el golpe en el estómago.
Lanzó un gemido.
Quantrell fue a golpear otra vez, pero se detuvo de pronto. Porque
acababa de darse cuenta de algo que no esperaba. Acababa de darse cuenta
de que su misterioso enemigo era una mujer.
El cuchillo cayó al suelo.
Pero ni uno ni otro se dieron cuenta.
Se miraban fijamente al fondo de los ojos, como alucinados, igual que si
no comprendieran aquella situación.
Fue Quantrell el primero en romper el silencio. Pero de sus labios no
escapó más que un hilo de voz:
—No puede ser... —musitó.
Estaba completamente petrificado por el asombro.
—No sabía que eras tú —susurró ella, haciendo un esfuerzo—. Sólo me
habían dicho que el abogado defensor de esos tres hijos de perra estaba en
esta habitación.
Quantrell fue al otro lado de la pieza.
De pronto parecía sentirse más cansado que nunca.
No se preocupó por el hecho de que la mujer pudiera recuperar el puñal
que estaba a sus pies. Se dejó caer en una de las sillas y musitó:
—¿También a ti te han pagado, Judith? ¿Tú también has cobrado para
eliminarme?
—No. Yo lo hacía por afición.
—Pues es una afición un tanto extraña, Judith... Matar a un hombre por
la espalda... En fin, tus razones tendrás.
—Claro que las tengo.
El dijo con voz ronca:
—Vete, Judith. Y olvídalo.
La mujer fue hacia la puerta. Puso la mano en el pomo y desde allí miró
a Quantrell.
—Has caído muy bajo —susurró—. Muy bajo...
Quantrell la miraba también. Pero sus ojos no parecían estar clavados en
la actualidad, en el presente, sino en el pasado que los había ligado a los
dos.
—¿Cuánto tiempo hacía que no nos veíamos, Judith? —musitó.
—Quizá diez años.
—Yo tenía entonces dieciséis o diecisiete... —dijo Quantrell—. Es
curioso. Tú eres un poco mayor que yo. ¿Cuántos tienes ahora?
¿Veintiocho?
-¿Y tú?
—Acabo de hacer veintisiete —susurró él—. Ya no soy un
crío, pero entonces lo era. Todo lo contrario que tú, que entonces ya eras
una mujer codiciada. Tiene gracia...
Se puso en pie. Había dicho: «Tiene gracia», pero su rostro no reflejaba
la menor satisfacción. Aunque no miraba el cuchillo caído en el suelo, no
olvidaba que estaba allí. Un clima de pesadilla le envolvía otra vez, puesto
que no podía creer en nada de lo que estaba sucediendo.
—Tiene gracia —repitió mientras daba unos pasos—. Me enamoré de ti
como un tonto. Quién había de decirme que...
—¿Quién había de decirte que yo intentaría matarte? ¿No es eso lo que
piensas, Quantrell?
—Sí. *,
—Diez, once años es mucho tiempo. Una vida entera cuando se tiene
nuestra edad.
Quantrell hundió tristemente la cabeza sobre el pecho.
—Lo curioso es que yo me declaré —dijo—, y tú, te reiste mucho. Es
una humillación que me ha costado olvidar, aunque comprendo que esas
cosas son inevitables en la vida de la gente. Te seguí recordando siempre
como la mujer más maravillosa que había conocido.
—Tu apenas me conocías, Quantrell.
—Me gustabas y los dos podíamos aspirar a casarnos. ¿Era eso poco?
¿Es que las otras personas empiezan con más?
Ella no contestó.
Hizo girar el pomo de la puerta, disponiéndose a salir de la habitación
cuanto antes.
Quantrell comprendió que aquella visión, que al fin y al cabo era dulce,
iba a borrarse. Se olvidó completamente del cuchillo. Su mano derecha se
tendió casi ansiosamente hacia la mujer.
—Por favor, Judith, no te vayas ahora. Necesito saber algo más de esto.
No puedes irte así.
—¿Saber más? —preguntó ella con desdén—. ¿Qué más? ¿No te basta
con saber que he intentado matarle?
—¿Pero por qué?
—Eso no te importa.
—Judith —dijo suavemente él—, comprendo que defender a esos
hombres no es popular. No le gusta a la gente, que quisiera verlos linchados.
Esa es la razón de que murieran los otros dos abogados y la razón de que
hayan tratado de matarme a mí desde que he puesto los pies en Oklahoma
City. Incluso habrá gente honrada que haya pagado a los asesinos, movida
por un deseo de venganza muy explicable. Lo que todos quieren aquí es ver
ahorcados a esos cinco hombres.
—¿Y crees que eso es injusto? —preguntó ella, escupiendo las palabras.
—Yo no creo nada —dijo desmayadamente Quantrell—. Nadie tiene
derecho a creer nada hasta que haya sido pronunciada la sentencia. Pero
pienso que por miserable que sea un hombre no se le puede entregar atado
de pies y manos al verdugo. Si alguna disculpa hay en él, si algo bueno
tiene en su favor, hay que darle una oportunidad para que lo diga.
—Está bien: que lo digan —susurró ella fríamente.
—Ya comprendo lo que piensas, Judith. Estás pensando lo mismo que la
gente de la ciudad: si ningún abogado más o menos experto está aquí vivo
para defender a los acusados, se les tendrá que nombrar un abogado de
Oklahoma City. ¿Y qué hará el abogado de Oklahoma City, hermana? No
puede oponerse al sentir de la ciudad, puesto que es aquí donde tiene su
clientela. Se limitará a ponerse de acuerdo con el fiscal y a enviar a esos
hombres al patíbulo. También podría ocurrir algo peor. También podría
ocurrir que la gente dijera: «Si ningún abogado quiere defenderlos, ¿a qué
esperamos?» Y los linchara.
Los labios de Judith se apretaron un momento.
Era una espléndida mujer.
Era mucho más bonita, mucho más tentadora que cuando Quantrell se le
declaró diez arios antes.
El joven hizo un gesto de impotencia.
—Pero no puedo creer que tú también seas así, Judith —musitó—. Si no
te han pagado, ¿por qué lo haces?
La mujer le miró fijamente, mientras apretaba los labios con más fuerza.
Por un instante pareció incluso como si fuera a prorrumpir en un sollozo,
como si fuera a romper a llorar.
Y al fin susurró, haciendo un terrible esfuerzo para que sus palabras
fuesen audibles:
—No lo imaginarás nunca, Johnny, pero yo soy la que tiene más
derecho a pedir la cabeza de esos buitres.
—¿Tú? ¿Por qué?
Ella barbotó, mientras su garganta se rompía en un patético gemido:
—Porque Rosanna... ¡era mi hija!
CAPITULO VI
Johnny Quantrell tuvo la sensación de que había recibido un latigazo en
plena cara. Sus ojos se nublaron. Sus manos, que estaban levemente alzadas
en el aire, cayeron sin fuerzas a ambos lados de su cuerpo.
No podía ni hablar. Tenía la sensación de que no podía ni pensar tan
siquiera.
Era como volver al mundo de las viejas pesadillas.
¡Al mundo de lo que no podía ser!
Judith tenía la mano cerrada sobre el pomo de la puerta. Lo apretaba con
tanta fuerza que sus nudillos se habían vuelto blancos.
Quantrell musitó:
—Lo que dices es absurdo, Judith... Te estás burlando de mí. Hay cosas
que no tienen sentido, y tú lo sabes.
—¿Por qué no me creesl —Rosanna, la muchacha ultrajada, tenía
quince arlos.
—Y yo veintiocho.
—Por eso... Por eso, Judith de los infiernos. ¿A qué edad la tuviste?
—A los trece. Fui una de las mujeres casadas más jóvenes de este país.
Bueno, mi caso no es tan especial... En los ranchos aislados muchas chicas
se casaban a los doce.
Johnny Quantrell estaba anonadado.
Sus ojos, habitualmente grises, se habían vuelto de un color
espantosamente turbio.
—Ya sé que muchas chicas se casaban a los doce —dijo con un hilo de
voz—. Pero tú... tú...
—Sí —musitó ella—, ya sé lo que estás pensando. Cuando nos
conocimos te dije que era soltera, cuando en realidad era una mujer casada
que ya tenía una ñifla. Eso es lo que te horroriza, ¿no?
El apretó los puños ansiosamente.
—¿Por qué lo hiciste, Judith? ¿Por qué no me dijiste la verdad? —
balbució.
—Estaba separada de mi marido.
—¿No habías tenido suerte con tu boda?
—No, no la tuve. Puede decirse que mis padres me vendieron al primer
hombre que pasó. Les parecía que una hija casada era una hija salvada. Y el
hombre que se me llevó parecía capaz de defenderme, eso sí. Pero no era
más que un asesino y un borracho. El salvajismo de su trato, las palizas que
me propinaba incluso estando encinta, son algo que no olvidaré jamas.
—¿Quién era?
—Pregunta mejor quién es. Vive todavía.
—Muy bien. ¿Quién es?
Ella dejó que en sus labios se dibujara un mohín imperceptible de
tristeza y de burla.
—¿Y eso qué importa, Johnny? ¿Qué importa ya? Estoy unida a él y eso
basta. Lo demás no tiene importancia ninguna.
—¿No puedo saber su nombre?
-No.
—¿Puedo saber al menos por qué me engañaste, Judith? ¿O también eso
está prohibido?
—No, no lo está. Pero no me vas a creer si te lo digo.
—Habla.
—No había estado enamorada nunca —musitó Judith—. Cuando tú
apareciste aún no sabía lo que era el amor.
Su mano derecha, más cerrada cada vez contra el pomo, estaba
enteramente blanca. Sus labios se plegaban en una mueca de sufrimiento, de
aprensión, de dolor inconfesado.
Hundió la cabeza al añadir:
—No, no sabía lo que era el amor, y tú lo significaste para mí todo.
¡Eras tan distinto de él! ¡Eras tan limpio de corazón v tenías tanta fe en la
vida a pesar de los sufrimientos por los que tuviste que pasar! Para mí fuiste
como una revelación, fuiste como la seguridad de que existía otro mundo
más hermoso. Y me enamoré de ti como una loca, Johnny. Como una niña.
Porque yo también era una niña a pesar de tener una hija que acurrucar
junto a mi pecho. Por un momento estuve a punto de decirte que sí y estuve
a punto también de confesarte toda la verdad. Estaba segura de que tú me
comprenderías y me propondrías huir bien lejos. Pero en el último minuto
no me atreví. Me pareció que no era honrado, puesto que yo era al fin y al
cabo una mujer casada.
Sus últimas palabras fueron apenas un murmullo. Cuando Judith dejó de
nablar un silencio espeso se abatió sobre los dos. Johnny Quantrell sentía
como si sus brazos fueran plomo, como si no pudiera moverlos. Sentía
también como si su cabeza estuviera espantosamente vacía.
Fue hacia la ventana y miró a la calle. Le pareció revivir aquel instante,
diez aflos atrás, cuando le pareció que Judith era la imagen misma de la
pureza. ¿Y por qué no había de serlo? ¿Porque un hombre que nunca la amo
la hubiera hecho suya?
Bisbiseó:
—Debiste decírmelo, Judith. No debiste fingir que me despreciabas. No
desbiste sufrir poniendo en tu cara aquella falsa máscara de burla. En
efecto, yo te habría propuesto irnos bien lejos y nuestra vida hubiese sido
muy distinta. Esto de hoy, esto de... de... Rosanna... no habría pasado
jamás.
Quantrell había sujetado las cortinas. No se dio cuenta de que las
arrancaba de un brusco tirón, tanta era su furia. Aquel silencio le ahogaba
como una soga.
—Judith, tienes que... —balbució.
Pero ella ya no estaba allí. Ella ya se había perdido, como una sombra
más, entre las espesas sombras.
CAPITULO VII
Johnny Quantrell parecía un fantasma cuando se dirigió por la mañana
al edificio donde había de celebrarse la primera sesión del juicio. Bastaba
verla para darse cuenta de que no había dormido en toda la noche.
Caminaba como un autómata, sin oír apenas los murmullos de la
muchedumbre que llenaba la sala.
Se oían algunos gritos en la calle.
La gente pedía la cabeza de los cinco acusados.
Estos habían sido trasladados durante la noche y en secreto a una celda
contigua a la sala del tribunal, ya que de lo contrario era muy posible que
hubieran sido linchados. El sheriff no podía garantizar la seguridad ni aun
empleando todos sus hombres.
Quantrell pasó a una pequeña sala contigua al lugar donde iba a
celebrarse el juicio. Allí estaban ya el fiscal, el juez y un secretario. Los
miembros del jurado se habían reunido en una habitación aparte, la misma
que iban a usar para sus deliberaciones, pues no podían tener ningún
contacto ni con el fiscal ni con el defensor.
El juez saludó fríamente a Quantrell.
—No ha actuado usted nunca en esta ciudad, y por lo tanto no conoce
mis costumbres —le dijo—. El fiscal sí que las conoce bien porque ha
tenido que trabajar muchas veces en esta misma sala. Oiga bien esto,
Quantrell: no toleraré el menor desorden. Y no intente decir al jurado que el
honor y la vida de una muchacha no vale la piel de cinco hombres, porque
le cortaré el discursito en seguida. Para mí el delito es el mismo si lo comete
un granula como si lo cometen cincuenta. Y si cincuenta tipos han de ir a la
horca, me parecerá de perlas. ¿Entendido?
Quantrell asintió con un leve gesto.
Se daba cuenta de que el juez estaba de parte de la acusación, y que
trataría de influir para que el jurado diese su veredicto de culpabilidad. Eso,
después de lo que sabía, le pareció muy lógico. Como le pareció muy lógico
también el que Judith hubiera tratado de matarle.
El juez le miraba fijamente.
—Parece que no está usted en muy buenas condiciones físicas,
Quantrell. Tiene bolsas bajo los ojos y yo diría que está muy cansado. ¿Qué
pasa? ¿No está en situación de comparecer ante la salal —Sí, juez. Podemos
empezar cuando usted quiera.
--Comprendo que el asunto que tiene entre manos es un feo asunto,
Quandrell. Alguien tiene que defender a esos hombres, aunque sea para
cumplir con los requisitos de la ley, pero es una papeleta muy desagradable.
La gente le insultará y hasta es muy posible que traten de lincharle.
—No me extraña en absoluto —dijo Quantrell, con los ojos perdidos,
sin mirar a ninguna parte.
—De todos modos —dijo el juez—, he dado órdenes muy severas al
sheriff para que defienda su seguridad a toda costa. Y si alguien se atreve a
insultarle a usted durante el juicio, será inmediatamente expulsado de la
sala. ¿Comprendido?
uantrell asintió con un leve movimiento de cabeza, o se atrevió a decirle
al juez que el sheriff velaría muy poco por su seguridad. Sin duda el sheriff
sabía que iban a matarle al entrar en la ciudad y no lo había impedido. Sin
duda el sheriff sabía que Judith quería liquidarlo en su propia habitación del
hotel y tampoco había movido un dedo por evitarlo. Lo que el sheriff quería
era que Johnny Quantrell y los cinco acusados reventaran de una vez. Pero
de nada servía decir eso.
El juez musitó:
—Vamos. La sala ya está llena y el público se impacienta. El juicio debe
empezar.
Todos pasaron a la sala, que era la de mayor capacidad de Oklahoma
City. El despliegue de fuerza por parte del sheriff era sensacional, pero aun
así resultaba difícil imponer orden. Los cinco acusados tenían que estar
protegidos por una especie de tabique de madera, ya que de otro modo la
gente los hubiera, apuñalado por detrás. Aunque todo el mundo era
cacheado al entrar, la gente «honrada» de Oklahoma
City resultaba experta en eso de esconder herramientas de las que sirven
para rebanarle el pescuezo a uno.
Los insultos al entrar Quantreil arreciaron. El fiscal fue aplaudido
frenéticamente. El juez tuvo que desgañifarse para tratar de imponer un
poco de orden.
Cuando lo consiguió, dejó que entraran los miembros del jurado.
Eran trece.
Trece hombres y mujeres escogidos entre lo más normal de Oklahoma
City. Por lo tanto, nombres y mujeres que se salían de sus casillas ante el
hecho de que una chica de quince arios pudiera ser asesinada por cinco
miserables. A Quantreil le bastó observar el asco con que miraban a los
acusados para darse cuenta de que el veredicto estaba ya hecho.
Apretó los labios, mientras hundía la cabeza con un gesto de
pesadumbre.
Tenía que luchar contra eso.
Tenía que garantizar un juicio legal, un juicio en el que se dijese la
verdad y que no consistiera sencillamente en cumplir un trámite para enviar
a cinco hombres al matadero.
Si la justicia existe, la justicia tenía que ser imparcial.
No podían encargar la soga antes de oír lo que tenían que decir los
acusados.
Quantreil pensó que éstos se encontrarían asustados, una vez rodeados
por aquella muchedumbre hostil. Pensó que pondrían cara de animales
llevados al degolladero. Pero se sorprendió al ver que parecían muy
tranquilos, e incluso el propio Brent, desde su puesto, le guiñó un ojo con
expresión picara.
Quantreil hubo de reconocer una cosa: que al menos sangre iría no les
faltaba a aquellos tipos.
Buscó con los ojos a Judith entre la gente que llenaba la sala; pero no la
encontró. Pensó que era mejor así, ya que de lo contrario el sufrimiento para
los dos habría llegado a resultar intolerable. Y entonces concentró su
atención en los miembros del jurado.
Nueve hombres y cuatro mujeres.
Ellos eran su «material de trabajo».
A ellos tendría que convencerles de que el delito de los acusados no
había sido tan horrible. Que estaban borrachos o drogados tal vez. Que se
asustaron tanto después de lo que habían hecho que por eso acabaron con
Rosanna. Que quiza ella les provoco, por increíble que pareciera. Todos
esos argumentos tendría que emplearlos tal vez para librar a aquellos
hombres de la horca. En realidad Quantrell no sabía aún lo que diría, porque
todo dependía de las verdades que fueran saliendo durante el juicio. El
trataría de ajustarse a una verdad que le resultaba aún completamente
desconocida.
Mirando a los miembros del jurado, se dio cuenta de que los nueve
hombres estaban tan rabiosos con los acusados que sólo les faltaba pedir
una plaza de verdugo para cargárselos. Las llamaradas de odio que lanzaban
sus ojos quemaban el aire.
Por ahí no había nada que hacer.
Pero un veredicto de pena de muerte tiene que ser logrado por
unanimidad, ya que de lo contrario no es válido. Por lo tanto quedaban las
cuatro mujeres, y Quantrell fijó su atención en ellas.
Las dos primeras miraban a los acusados con un odio más intenso aún
que el de los hombres. Una mujer, cuando odia, no tiene fronteras para su
sentimiento. Se dio cuenta de que aquellas dos hubieran enviado a los
acusados no a la horca, sino a la hoguera. La horca, con su muerte rápida,
les parecía poco.
Mal asunto, pues.
Sólo quedaban dos posibles votos dudosos.
Otra de las mujeres parecía aterrorizada por el drama que estaba
viviendo. Miraba al techo de la sala como preguntando al cielo si era
posible que hubiera desgracias así. Quantrell pensó que quizá a ella podría
influenciarla haciéndole comprender que llevar cinco hombres a la horca
era añadir tragedia sobre tragedia. A aquella mujer no le gustaba la sangre,
y poco trabajo tendría para hacerle comprender que era necesario evitar
nuevas muertes.
En cuanto a la última de las mujeres, se dio cuenta de que con ella tenía
la partida ganada. Contemplaba a los acusados casi con admiración por el
«trabajo» que habían hecho. Sin duda era una pájara que odiaba a Rosanna
y consideraba que ésta estaba bien muerta. Por lo tanto jamás pronunciaría
contra los cinco hombres un veredicto de culpabilidad.
Johnny Quantrell exhaló un leve suspiro.
Quizá el asunto no fuera tan difícil, después de todo.
No habría unanimidad en el jurado y por lo tanto los cinco acusados no
podrían ser condenados a muerte.
El juez, que era zorro viejo, se dio cuenta de aquello. Con voz ronca
preguntó a Quantrell:
—¿Ya ha terminado de examinar a su gusto a los miembros del jurado?
—Sí. Señoría.
—¿Y qué le parecen?
—Como todos —dijo suavemente Quandrell—. Todos los jurados del
Oeste se parecen unos a otros.
—¿Desea recusar a alguno de sus miembros?
—No. ¿Para qué? Supongo que los que ocuparían su lugar serían igual
que los anteriores.
—Entonces puede empezar el juicio. ¡Todo el mundo en pie!
La sala en bloque, incluso los acusados, se incorporaron. Entre un
silencio espectral, el juez pronunció las palabras que abrían la fase oral de
aquel proceso:
—El Estado de Oklahoma, representado por el fiscal, acusa a estos
cinco hombres aquí presentes, Brent, Clinton, Wa-llace, Mae y Mixton, de
asesinato. Tras realizarse las pruebas y oír las alegaciones de la acusación y
la defensa, el jurado emitirá un veredicto y este juez dictará sentencia.
Pueden sentarse. Los acusados que sigan en pie.
Los cinco hombres se mantuvieron rígidos. El juez les preguntó si se
consideraban culpables o inocentes.
Todos dijeron que inocentes.
Incluso hubo alguno que pronunció la palabra «inocente» con retintín,
usando cierto tono de burla.
Aquello fue lo que faltó para que las iras del público se desencadenaran.
Los gritos proferidos en la sala debieron oírse hasta en Nueva Orleans. El
juez pudo imponer silencio al fin, pero ante más de doscientas gargantas se
había acordado de las madres de los acusados.
Por fin el juez, después de desgañifarse y amenazar con expulsar a todo
el mundo, barbotó:
—Que el fiscal inicie su acusación. ¡Pronto! ¡Acabemos con esta
comedia de una vez, maldita sea!
—¡Eso! —gritó el verdugo, que también estaba entre el público—.
¡Acabemos de una vez!
Y mostró sobre su cabeza las cinco sogas que ya tenía compradas. La
gente prorrumpió en alaridos de entusiasmo, e incluso algunos miembros
del jurado aplaudieron. El fiscal gritó: «¡Eso! ¡Eso!». Poco faltó para que al
verdugo lo levantaran en hombros.
Esta vez fue casi imposible imponer calma. Los hombres del sheriff
tuvieron que disparar al aire. El techo de la sala quedó convertido en una
criba.
—Y ahora —barbotó el juez—, confiemos en que no llueva, porque de
lo contrario nos vamos a mojar todos. A ver, fiscal. Arree.
El fiscal arreó. ¡Y de qué manera! Leyó el acta de acusación sin omitir
detalle incluso acerca de las heridas que presentaba la pobre muchacha
ultrajada. Algunas de ellas eran tan repugnantes que otra vez los alaridos y
los gritos de «¡Muerte! ¡Muerte'» llenaron la sala.
El juez casi hundió su mesa a fuerza de atizarle martillazos.
Johnny Quantrell tenía la cabeza hundida sobre el pecho. No se atrevía a
mirar a ninguna parte.
Se estaba preguntando si era lógico que defendiera a aquellos cinco
hombres. Se estaba preguntando si no sería mejor dejar que los lincharan.
Pero hizo un gesto de decisión. No, eso no era humano. Tenía que
defenderlos legalmente. Todo hombre, por miserable que fuese, tenía
derecho a hablar antes de que lo pusieran en manos del verdugo. Para hacer
lo que aquella muchedumbre pedía, no eran necesarios ni él, ni el fiscal, ni
el juez, ni el jurado, ni nadie. Bastaba con entregar una víctima cada vez
que la muchedumbre la pidiese, sin razón o con ella.
Al fin, cuando el silencio se hubo restablecido en parte, Quantrell
murmuró, mirandp al juez:
—Todos estos gritos influyen en el ánimo del jurado, Señoría. Me temo
que el veredicto, en estas condiciones, no sea imparcial, y por lo tanto pido
un aplazamiento de la vista hasta que los ánimos se calmen.
El juez comprendió que al defensor no le faltaba la razón. Tal como
estaban las cosas, aquello terminaría mal. Pero se limitó a amenazar con la
suspensión de la vista si se oía un solo murmullo más en la sala, con lo cual
consiguió que al fin la gente se calmase.
Porque ninguna persona de las que estaban allí quería que la echasen a
la calle.
—Pueden empezar a pasar los testigos —dijo el juez, una vez el fiscal
hubo terminado de leer el acta de acusación—. ¿Cuáles son los propuestos
por la defensa?
—No tengo ninguno —hubo de reconocer Quantrell.
Hubo un sonoro abucheo y volvieron a oírse algunos gritos de: «Muer-
te, muer-te, muer-te», que parecía como si sonaran para animar a un corcel
de carrera.
—¿Y los del fiscal? —preguntó el juez, al restablecerse el silencio.
—Tengo dos —dijo el acusador—. Dos testigos que vieron a esos perros
rabiosos huir después de apuñalar a su víctima.
—Que comparezcan.
Comparecieron los dos testigos. Quantrell no los conocía y por lo tanto
no sabía si eran personas honradas o no. Tampoco supo si mentían. Pero sus
declaraciones produjeron una honda impresión en el jurado y en el público,
donde otra vez sonaron los siniestros gritos de: «Muer-te, muer-te, muer-
te».
El fiscal interrogó largamente a los dos testigos, dejando bien fijados
algunos de los detalles más repulsivos del crimen. Con eso el jurado se
impresionó aún más. Quantrell, por su parte, sólo hizo unas pocas preguntas
para saber si los testigos mentían o no. Pudo cazarles en algunas
contradicciones pequeñas, pero al final se quedó como al principio: no supo
si eran o no eran personas honradas. Si realmente habían visto lo que decían
o eran dos cerdos pagados por el fiscal.
Con todo esto, ya se llevaban casi dos horas de juicio. Al juez le pareció
normal que el fiscal y el defensor dispusieran de un poco de tiempo para
preparar sus discursos.
—Ahora ya han oído a los testigos y saben a qué atenerse —dijo—.
Puesto que el defensor, señor Quantrell, no ha presentado a nadie; me
parece que sería lógico darle una oportunidad por si tiene que buscar a
algún testigo, en cuyo caso será razonable dejarle tiempo hasta mañana. Por
otra parte, los discursos de la defensa y la acusación también exigen un
tiempo, a fin de ser preparados debidamente. En consecuencia, decido que
el juicio quede aplazado hasta mañana a la misma hora. ¡Despejen la sala!
Se oyeron murmullos de desaprobación, puesto que la gente hubiese
querido que la cosa terminara en seguida y con cinco condenas a muerte.
Pero las palabras del juez eran tan razonables que nadie se atrevió a
protestar en voz alta.
Los cinco acusados fueron sacados de la sala. Los gritos arreciaron. Lo
más pequeño que oyó fue que su madre había sido una zorra y su padre
leproso.
Cuando la sala estuvo vacía de acusados y de público, Quantrell se pasó
un pañuelo por la frente. Esta se le había cubierto de sudor frío. El fiscal se
acercó a él y le ofreció un cigarro.
—Mal asunto, ¿verdad, amigo?
—Fatal —reconoció Quantrell—. Gracias, no tengo ganas de fumar
ahora.
—No me hace ninguna gracia pedir cinco penas de muerte —murmuró
el fiscal mientras encendía un fósforo—, y le aseguro que si el delito no
fuera tan repugnante trataría de llegar a un acuerdo con usted para
ahorrarnos complicaciones y pedir los dos una pena de veinte años. Veinte
añitos en Leavenworth o en Yuma también son de alivio. Pero ya ha oido a
la gente: la gente quiere sangre, y creo que con toda la razón. Lo siento por
usted, Quantrell.
Johnny Quantrell sonrió suavemente.
—Está usted cumpliendo con su deber como yo trato de cumplir con el
mió —susurró—, pero ni usted ni yo vamos a decidir. Gracias por sus
palabras, Johnson.
Johnson, el fiscal, le dio una palmada en la espalda.
—¿Quiere que lo aloje en mi casa? Allí estará seguro. Tengo la
sensación de que otra vez van a intentar matarle, Quantrell.
—Gracias. De verdad le estoy muy reconocido, pero prefiero que la
gente no pueda pensar que nos hemos puesto de acuerdo en algo. Cuanto
menos nos vean juntos, será mejor para usted, fiscal. A mí la gente me tiene
por una especie de bicho.
—Lo siento, Quantrell. Sé lo desagradable que es su trabajo en un caso
como éste. Buena suerte.
Cuando Quantrell estuvo solo, salió por una puerta lateral y se dirigió a
su hotel. Como era posible que el juicio terminara ya al día siguiente, tenía
que preparar su discurso de defensa. Claro que, después de lo que había
dicho los testigos, ¿qué cuerno iba a decir él?
Eso si no le mataban antes.
Porque había descubierto en los ojos de muchos espectadores auténticas
miradas asesinas. Para mucha gente, el era tan culpable como los acusados
por el mero hecho de defenderlos. Nadie parecía comprender que no se
puede dar por anticipado la razón al verdugo.
Avanzó poco a poco por una de las calles que daban a la parte trasera
del hotel.
Y fue entonces cuando tuvo de nuevo aquella sensación de muerte. La
sensación de que todo había terminado para él.
Porque el frío cañón de un revólver se apoyó en su nuca.
CAPITULO VIII
La voz era tan helada como aquel tubo de metal por el que podía llegar
en cualquier momento la bala fatídica. Esa voz,.aesconocida pra Quantrell,
murmuró:
—Por aquí, palomo.
—¿Adonde queréis llevarme?
Quantrell se había dado cuenta de que eran dos. Había otro un poco más
atrás del tipo que le amenazaba.
—No hagas preguntas. Entra en casa y cuidado con las manitas.
Fue empujada una puerta.
Johnny se dio cuenta de que estaba en un saloon, en el que acababa de
entrar por la puerta posterior. Los batientes de la entrada principal estaban
cerrados. Dentro del local no había más que cinco hombres.
Alguien barbotó:
—¡Imbéciles! ¡Bajad ese revólver o de lo contrario os lo hago tragar en
seguida!
El arma que apuntaba a Quantrell dejó de encañonarle
instantáneamente. Los dos pistoleros que estaban tras él balbucieron:
—Perdón... Nosotros creíamos que...
El hombre que les había insultado avanzó hecho una furia. Tendría unos
cincuenta afios cumplidos, pero se mantenía fuerte como un toro. Golpeó
dos veces rabiosamente en la cara del hombre que había amenazado a
Quantrell.
Este cayó hacia atrás mientras escupía dos dientes. Sus labios se tifleron
de rojo.
El otro dijo:
—Pero...
Recibió un terrible puntapié en la entrepierna. Cayó de rodillas,
aullando de dolor. Mientras estaba en esa posición,
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recibió un salvaje golpe de espuela en la cara que le dejó marcada toda
la mejilla derecha.
Quantrell alzó una mano.
—No les pegue más, señor Brent. Supongo que ellos se han limitado a
cumplir con su obligación.
El millonario, el hombre cuyo hijo era uno de los principales acusados,
apretó los puños con rabia.
—¡Qué obligación ni qué niño muerto! ¡Yo les dije que te trajeran,
Johnny, pero sin tocarte un pelo! ¡Lo que pasa es que estos esbirros no
saben hacer nada si no es llevando el revólver en la mano. Por lo menos se
han creído que eras un enemigo. De verdad lo siento, muchacho. ¿Te has
ofendido?
—No, señor Brent, nada de eso. Además, desde que estoy aquí me han
pasado cosas mucho más senas que recibir la caricia de un revólver.
—¿Han tratado de matarte?
Quantrell se encogió de hombros.
—Hay cosas que no tienen importancia —dijo—. Son naturales en una
tierra como ésta.
—A partir de ahora nada tienes que temer muchacho. Estás bajo la
protección de mis pistoleros. He hecho cerrar este saloon, pagándole al
dueño todos los beneficios de una semana, para que tengamos un cuartel
general y un sitio donde vivir. No me fío de los hoteles, ¿sabes?
—Lo comprendo, señor Brent. Son peligrosos.
—He venido desde mis tierras para estar cerca de mi hijo. Sé que está
muy animado, ¿no es así, Johnny?
—Sí, señor Brent. Muy animado.
—Los dos confiamos en ti, muchacho.
—Yo se lo debo todo, señor Brent —dijo Johnny Quantrell suavemente
—. Le debo incluso la vida y la vida de mi madre. Por lo tanto haré todo lo
posible para que este condenado asunto termine bien.
El millonario anduvo unos pasos por el enorme saloon, dando puntapiés
a las mesas. Luego se volvió bruscamente hacia el joven.
—¿Qué impresión tienes, Johnny?
—Defenderé a esos hombres con toda mi alma, y le prometo que no irán
a la horca.
Los ojos de Brent se iluminaron.
—¿Seguro? ¿Sabes lo que dices?
—No irán a la horca, señor Brent.
—Pues toda la ciudad cree lo contrario.
—Para que los condenen a una pena de cárcel, basta con la mayoría del
jurado, según las leyes del Estado de Oklaho-ma. Pero para que los
condenen a la pena de muerte hace falta que la decisión sea unánime, y yo
estoy seguro de que al menos dos personas no votarán por la pena capital.
Deje en mis manos el conseguir eso, señor Brent. Es asunto mío.
—¿Entonces cuál crees que será el veredicto?
—Naturalmente no van a salir a la calle tan campantes —dijo Quantrell
—. Juraría que la pena será de reclusión perpetua. Tal vez menos.
Las palabras «reclusión perpetua» hubieran horrorizado a cualquier
padre, pero al multimillonario y todopoderoso Brent no le arrancaron más
que una sonrisa de satisfacción.
—Magnífico, muchacho magnífico... ¡Así me gusta oírte! Por mí que
los metan en la cércel, porque no estarán allí ni dos meses. Tengo hombres
suficientes para quemar el penal de Yuma si hace falta. Oye... —de pronto
le apuntó con el dedo—, me han dicho que es muy posible que el juicio
termine mañana mismo.
—Así es, señor Brent. Y eso es lo que me preocupa: un veredicto
demasiado rápido, con las pasiones desatadas y sin que el jurado haya
tenido tiempo de reflexionar.
—Hum... Hay que dar un poco de tiempo al tiempo. Hay que lograr que
la cosa se alargue.
—Déjelo de mi cuenta, señor Brent. Presentaré algún testigo, aunque
sólo sirva para prolongar el juicio y hacer que la gente vaya entrando en
razón. Tienen que comprender que de nada sirve verter sangre sobre la
sangre.
El millonario le miró fijamente.
—¿Tú qué opinas de esto, Johnny?
—Que debo estarle a usted enormemente agradecido, señor Brent, y que
por tanto me considero obligado a hacer que su hijo no vaya a la horca.
Las manos gordezuelas y cargadas de anillos le palmearon la espalda.
—Está bien, muchacho, está bien... ¡Eso me gusta! Quédate a vivir aquí
mientras preparas el discurso de defensa. He hecho cerrar el saloon, pero las
bailarinas se quedan. Puedes tener las chicas que te apetezcan. A veces unas
buenas piernas de mujer ayudan a pensar. ¿No es eso? ¿En? Je, je... ¿No es
eso?
Quantrell negó suavemente con la cabeza.
—No puedo, señor Brent. Viviré en mi hotel, porque si me refugio aquí
podrían pensar que tengo miedo. Y, por favor no arme jaleo. Lo que ahora
necesita esta ciudad es calma.
Le saludó con una inclinación de cabeza y se dirigió hacia la puerta,
saliendo seguidamente.
Mientras caminaba hacia el sitio en que estaban detenidos los acusados,
pensaba en la sorpresa que le había dado la presencia de Brent allí. No
esperaba que el millonario compareciese en Oklahoma City. Pero eso no
variaría su propósito, que era de defender a los cinco hombres hasta el
punto máximo que sus fuerzas permitiesen.
Lo que ahora necesitaba para seguir con la defensa era una cierta
tranquilidad moral.
Quería convencerse de que al menos los cinco hombres estaban
arrepentidos. Una persona arrepentida merece el perdón, o por lo menos
merece ser tratada con indulgencia. Quantrell sabía que se sentiría mucho
más fuerte ante las pruebas que se avecinaban si por lo menos los cinco
culpables lamentaban lo que habían hecho.
El guardián que estaba ante la puerta de la celda le cacheó hábilmente.
—Perdone, abogado —dijo—, pero es necesario que nadie pueda entrar
armas aquí. Esos hijos de perra lo intentarán todo para escapar. Entre.
Los acusados estaban en una celda, tras una segunda reja. Jugaban
tranquilamente a las cartas, y apenas dejaron la partida al ver allí a
Quantrell.
Quantrell susurró:
—Buenas tardes.
Cuatro de los acusados lanzaron una serie de gruñidos porque les habían
interrumpido la diversión. Brent fue el único que, al fin, dio un golpe al
mazo de cartas y estuvo a punto de volcar la mesa mientras gritaba:
—¿Pero es que no tenéis educación ni nada? ¿No habéis visto que está
aquí el señor abogado? ¡Hala! ¡Poneos en pie, bastardos!
A Quantrell le pareció que las palabras «señor abogado» contenían una
buena carga de burla, pero simuló ignorarlo. Poniendo las manos sobre
los barrotes, dijo firmemente:
—Muchachos, mañana puede que se decida vuestro destino. Ya habéis
visto que hoy las cosas han sido muy duras.
—Claro que sí, abogado. Pero ésa es cosa suya, no. A usted le pagan
para salvarnos.
—Nadie me paga ni admitiré dinero por esto —susurró Quantrell—, ya
que si os defiendo es por una simple cuestión moral. Por una deuda de
gratitud que tengo. Si pensara sólo en el dinero, puede que no me importase
vuestra culpabilidad, pero el dinero aquí no me importa. Eso quiere decir
que, para ayudaros, necesito estar convencido de que merecéis la ayuda.
El joven Brent le miró con los ojos entrecerrados.
—¿Y eso qué quiere decir, Johnny?
—Me ayudará mucho saber que estáis arrepentidos de lo que hicisteis.
Que no sois las fieras que la gente cree ver en vosotros.
Los cinco hombres le miraron perplejos.
Parecían no haberle entendido bien.
Uno de ellos, Mae, susurró:
—Bonito discurso. ¿Pero a qué cuerno viene...?
—Quiere decir que si volveríamos a hacer lo que hicimos, macho —
gruñó Wallace.
Brent lanzó una carcajada.
—¿Hacerlo otra vez? —susurró burlonamente—. ¡Pues claro! ¡Tú eres
idiota, Johnny! ¡No sabes lo estupenda que estaba aquella chica! ¡Y hay
otros miles tan estupendas como ella! ¿Qué es lo que piensas? ¿Que porque
nos pescaron una vez ya vamos a vivir siempre como si fuésemos unos
curas? En cuanto salgamos de aquí lo haremos otra vez. ¡Sin moverse de
Oklahoma. hay centenares de chicas sensacionales que están esperando que
les pongamos la mano encima! ¿Y a qué viene tanta comedia? ¡Vamos,
hombre, no seas ingenuo, que no has nacido ayer! ¡En el fondo les gusta!
Los dedos de Johnny Quantrell resbalaron poco a poco por los barrotes,
como si ya no tuvieran fuerza.
Notaba como una terrible arcada en el estómago.
Sentía ganas de vomitar.
Ahora fue Mixton el que farfulló:
—¡Tú sácanos libres, abogado! ¡Y de la próxima chica ya te enviaremos
los pedazos! ¡Quítate la timidez, hombre! ¡Tú también tienes derecho a
vivir...!
Las carcajadas hicieron temblar la celda. La náusea que sintió Johnny
Quantrell fue superior a sus fuerzas. Menos mal que en aquel momento el
guardián exterior abrió la puerta.
—¿Pero qué infiernos pasa, abogado? —masculló—. ¿A qué ha venido
aquí? ¿A contarles chistes?
—Nos ha contado uno muy bueno —dijo Brent—. ¡Muy bueno, macho!
¡De verdad! ¡Si quieres te lo repito...!
Quantrell apretó terriblemente los puños hasta que sus nudillos
blanquearon. Pero consiguió aguantarse.
—Ya había terminado, agente —dijo—. No sé de qu se ríen estos
hombres, pero es igual. Volveré a verlos mañana.
—Mañana les tomarán las medidas para el ataúd —dijo el guardián—.
Ya puede espabilarse, abogado. Me parece que el asunto lo tiene más
perdido que si defendiera a un ratón cuando ya está en las fauces de un gato.
¡Y vosotros ya podéis reír, ya! ¡A ver si con las carcajadas os estiréis y
necesitáis un ataúd más grande!
La risa de los cinco acusados cesó.
La mención de los ataúdes no les había hecho ninguna gracia.
Silenciosamente volvieron a recoger las cartas que estaban en el suelo.
Quantrell salió poco a poco.
Sabía que, en efecto, al día siguiente se decidía todo. Por muchas tretas
que inventase, era lo más probable que en seguida se dictara la sentencia.
Pero había algo que lo aplazaría. Iba a suceder una cosa que haría que el
juicio se prolongase.
Algo que él no podía imaginar aún. Ni estando borracho.
CAPITULO IX
Pensó que no estaría de más hacer una visita al presidente del jurado.
Teóricamente a los jurados no podía verlos nadie,^ incluso, en el caso de
cumplirse estrictamente la ley, hubiesen debido estar recluidos hasta el
momento de dictar sentencia. Pero en Oklahoma City las cosas no se hacían
tan a rajatabla porque allí se conocía todo el mundo.
Quantrell pensaba pedir al presidente del jurado que reflexionase bien
acerca de lo que iba a oír en el juicio. No se gana nada con un veredicto de
culpabilidad precipitado. Era necesario que cada uno meditase antes a solas
con su conciencia.
Johnny Quantrell nunca había hecho un esfuerzo tan grande para salvar
a un grupo de hombres.
Nunca había llegado tan lejos.
Hablar con el presidente del jurado era ilegal. E incluso eso estaba
dispuesto a hacer.
Había prometido a Brent que su hijo no iría a la horca y trataría de
cumplir su promesa.
En la Junta de Vecinos le informaron de dónde vivía el presidente del
jurado. Era un solterón que tenía su casa no lejos de allí. Quantrell atravesó
dos calles y se introdujo en el porche de la casa. Había allí una mecedora
que aun se movía rítmicamente, como si alguien acabara de abandonarla. La
sensación de soledad que se tenía en aquel lado de la ciudad era agobiante,
pero eso a Quantrell le importó bien poco.
Fue a llamar a la puerta.
Pero no tuvo necesidad de hacer sonar la campanilla. La puerta estaba
entornada, uantrell parpadeó, al fin se encogió de hombros.
Seguro que Evans, el presidente del jurado, acababa de abandonar el
porche, donde aún se movía la mecedora, y no había tenido tiempo ni de
cerrar la puerta. Golpeó con los nudillos en la hoja de madera, para hacer
notar su presencia, y entró.
En efecto, Evans estaba allí.
Muy tranquilo.
Sentado en una butaca.
Johnny Quantrell lo había tenido aquella mañana más de dos horas
delante de los ojos y por eso lo reconoció al momento. La expresión de odio
que la cara de aquel hombre tuvo durante la primera sesión del juicio, se
había esfumado por completo. La suya era ahora una expresión tranquila,
casi beatífica. La expresión de hombre que, por decirlo así, acaba de entrar
en el Paraíso.
Y quizá aquella sensación no fuera tan falsa como parecía a primera
vista.
Porque el hombre estaba muerto. Evans tenía una pequeña mancha roja
en el pecho, a la altura del corazón. Desde aquella mancha roja se
deslizaban por la camisa algunas go-titas de sangre.
Le habían, apuñalado certeramente.
Contra él sí que habían dictado una sentencia de muerte. Y alguien
acababa de cumplirla...
***
Johnny Quantrell quedó paralizado.
El asombro fue esta vez más fuerte que él. Los brazos cayeron sin
fuerza a lo largo del cuerpo. Su boca se entreabrió en una expresión de
estupor.
Los dos hombres que aparecieron ante él, surgiendo de entre las
sombras, también tenían sus bocas entreabiertas.
Pero era en una suave y burlona sonrisa.
Uno de ellos murmuró:
—¡Caray, abogado, qué susto nos ha dado! Por un momento hemos
pensado que este tipo, a pesar de ser un viejo solterón, tenía parientes y que
usted podía ser uno de ellos. Como ha entrado igual que si fuera de la casa...
Quantrell tragó saliva.
Mejor dicho, fue a hacerlo.
Ni eso pudo.
Conocía a aquellos dos tipos por haberlos visto en el sa-loon que hizo
cerrar Brent. Eran dos de sus hombres. Tenían ese aspecto entre satisfecho e
irónico de los que saben el terreno que pisan.
Quantrell apenas pudo susurrar:
—¿Por qué?...
—Caray, abogado, qué tontería...
El sintió que crujían los músculos de su garganta.
—¿Tonterías? —susurró.
—Eso tenía que habérselo aconsejado usted mismo al señor Brent. El
que no lo haya hecho indica que no debe ser tan buen abogado como la
gente dice. Se le ocurre a cualquiera.
—¿Qué es... lo que... lo que se le ocurre a cualquiera?
—Lo que ha decidido el señor Brent. Menos mal que él está en todo.
Matando al presidente del jurado se matan varios pájaros de un tiro. Dos
pájaros por lo menos.
—¿Dos... pájaros?
—Claro, abogado, claro... ¡Pero qué infantiles son ustedes a veces, los
picapleitos! En primer lugar, estando muerto el presidente del jurado, hay
que designar otro, lo que requiere tiempo. Así mañana ya no se termina el
juicio, que era lo ue mas preocupaba al señor Brent, y disponemos de más
ias para trazar planes.
—Muy bien... Eso en primer lugar. ¿Y en segundo lugar?
—¡Y dale! Eso ya no tendría ni que preguntarlo usted. Hay que ver la
poca experiencia que tiene. Si los del jurado saben que van a palmarla en
cuanto se pongan tontos, ¿cuál de ellos condenará a los acusados? ¿Eh,
amigo? Adivina, adivinanza. ¿Quién los condenará, macho?
Johnny Quantrell logró al fin tragar saliva.
Pero otra vez oyó el crujido de los músculos de su garganta, que de
repente parecían haberse convertido en cables de acero.
—¿El señor Brent os encargó que hicierais eso?
—Nada más marcharse usted. Hay que ver... Tenía que habérselo
aconsejado usted mismo.
Quantrell trató de que su voz fuera fría, cortante.
No supo si lo consiguió. En realidad le quemaba la boca de deseos de
lanzar un rugido.
—Vais a decirle una cosa al señor, Brent —musitó.
—¿Qué hemos de decirle? ¿Que le pide disculpas por no haber tenido
usted mismo esa idea?
—Decidle que me he comprometido a hacer lo posible para salvar a los
acusados, pero que no me he comprometido a nada más. Que le he jurado
que no irían a la horca, y eso es todo. No estoy obligado a ninguna otra
cosa.
Los dos hombres le miraban socarronamente.
Uno de ellos barbotó:
—Bueno, ¿y qué?
—Sólo esto: Decidle al señor Brent que si vuelve a tocar a otro de los
miembros del jurado lo mataré. Asi mismo: que lo mataré.
Los dos asesinos le miraron asombrados.
Aquel lunguaje les sonaba a música celestial. No sabían si lanzar una
carcajada o escupir a la cara de Quantrell. En todo caso, cualquier cosa
antes que tomar aquellas palabras en serio.
Uno de ellos barbotó:
—Para ser un picapleitos de las narices, quieres tener muchas agallas,
bastardo. Porque tú no eres más que eso: un bastardo. No sabes quién es el
señor Brent.
—Lo sé mejor que vosotros. Lo conozco desde que era un niño.
—Pues no lo demuestras. Y si se trata de amenazarle, antes tendrás que
demostrarnos de lo que eres capaz, pichón. El que insulta al señor Brent
tiene que afeitarnos antes a nosotros dos. Y eso no es fácil.
Quantrell se pasó suavemente una mano por la mandíbula.
Su expresión había cambiado.
Todo aquello era muy extraño, pero hasta hubiera podido jurarse que
había empezado a pasarlo en grande.
—Estoy pensando que quizá no haga falta que le deis ese recado —
musitó.
—¿Ah, no?
—Le enviaré el mensaje yo mismo.
—¿Y cómo se lo vas a enviar, pichón?
—De una manera muy sencilla.
—¿Cuál es esa manera tan sencilla? Hala, habla. Nos morimos de
curiosidad, chato.
Quantrell sonrió.
Era incomprensible aquella sonrisa en su rostro helado. Pero hubiera
podido jurarse que era una sonrisa siniestra.
—Le enviaré vuestros cadáveres —dijo—. Eso le convencerá de que no
hablo en plan de chacota.
Los dos granujas quedaron paralizados un momento.
Su primer impulso fue tomar en broma las palabras de Johnny
Quantrell, pero no había quien tomara en broma a un tío que sonreía de
aquel modo asesino.
Uno de los dos llevó la derecha al bolsillo donde guardaba el puñal.
Y barbotó:
—Más valdría que te buscaras un defensor, pedazo de bastardo. Porque
me da en las narices que te acaban de condenar a muerte.
Y se lanzó a fondo.
No hacía falta ninguna palabra más.
Su cuchillo hablaba por él.
En apariencia el golpe era fácil, puesto que tenía delante a un hombre
desarmado y que además no había hecho ningún gesto de defensa. Matar a
aquel picapleitos que sólo sabía decir sandeces ante un tribunal, sería tan
sencillo como matar a un niño.
Pero el asesino se encontró de pronto ante una especie de ciclón. En el
primer momento le pareció incluso que soñaba. Porque aquella especie de
bestia que de pronto surgió ante él nada tenía que ver con el hombre
tranquilo que había estado hablándole hasta unos segundos antes.
La mano que sostenía el puñal fue detenida por algo parecido a un cepo
de hierro. El hombre lanzó un gruñido. Y de pronto, antes de que el gruñido
saliera de la garganta, tuvo motivos para transformarse en un alarido
infrahumano.
Una rodilla se le acababa de clavar en la entrepierna.
Todo aquello que hacía que fuera un hombre y no una mujer, pareció
cambiar de sitio para irse a salir por las orejas.
Todo su cuerpo se arqueó.
Aquel rodillazo lo había empleado Quantrell en los más salvajes
ranchos de la frontera, en la época en que era capaz de frenar la embestida
de un toro y de cargarse una vaca a la espalda. En la época en que le
contrataban para proteger las manadas contra los embates de los cuatreros.
En la época en que no tenía tiempo para coger un libro de leyes porque
estaba siempre ocupado con los puños y el Colt.
No hacía demasiado de eso.
Los reflejos de Quantrell funcionaron tan perfectamente
como entonces. Su enemigo dio un brinco, salió despedido hacia atrás y
tuvo que soltar el cuchillo.
Quantrell parecía tener todos los movimientos ensayados y
sincronizados. Apenas había tomado el cuchillo en el aire cuando ya lo
lanzaba. Su enemigo chocó contra la pared.
Y quedó como clavado en ella.
Sus facciones reflejaron el más absoluto pasmo, el más absoluto horror.
Su propia arma, lanzada con mano maestra, le había atravesado el
corazón. Intentó desclavársela con un movimiento espasmódico.
Y de pronto sintió hasta los huesos el frío de la muerte. Apenas pudo
mover la cabeza.
Miró a su compañero con ojos desencajados.
—Robert... —barbotó—. Da...da... ¡dale!
Robert, que era el otro asesino, fue a moverse. Fue a salir de aquel
asombro que le paralizaba.
No le importaba ya hacer ruido. Se dispuso a sacar el Colt con un
movimiento fulgurante.
Pero Quantrell, a pesar de que no tenía armas, tenía recursos. Saltó
detrás de la butaca en que estaba el muerto, con un gesto de rapidez
alucinante.
Casi resultó imposible seguirle con los ojos.
Un movimiento impreso a la butaca hizo que el muerto saltara como si
aún tuviese fuerzas. Se precipitó materialmente encima del pistolero que iba
a sacar el Colt.
Este lanzó una especie de rugido. La mano que empuñaba el arma
quedó paralizada unas fracciones de segundo.
Fue suficiente para Quantrell.
El cuerpo del viejo Evans, el difunto presidente del jurado llevaba un
cuchillo en una funda, en la parte posterior del pantalón. Aquel cuchillo
saltó al aire con la velocidad de un chispazo.
El pistolero había alzado al fin el Colt, tras desprenderse del
escalofriante abrazo del muerto. Pero fue la última cosa que pudo hacer en
este mundo.
No consiguió ni apretar el gatillo.
De pronto le pareció que algo brillante venía hacia él.
De su garganta escapó un rugido cuando la hoja de acero se le hundió en
el corazón hasta las mismísimas cachas.
Sus ojos se desorbitaron.
Cayó pesadamente al suelo mientras soltaba el Colt.
Quantrell giró el cadáver con el pie, le despojó del cinto canana y se lo
puso él mismo tras comprobar la marca del revólver.
Sabía que ahora iba a necesitar las armas.
Sabía que la fiesta, una fiesta siniestra, acababa de empezar.
Miró a los dos pistoleros muertos y susurró mientras salía:
—Mal abogado habéis tenido vosotros, amigos... Tan inocentes como
erais, pobres, y os han condenado a muerte...
CAPITULO X
Por la mañana, la expectación era aún mayor que la del primer día. La
noticia de que el presidente del jurado estaba muerto había circulado por
Oklahoma City como el fuego por un reguero de pólvora. Y el hecho de que
dos pistoleros desconocidos hubieran aparecido apuñalados junto a él, no
hacía más que añadir enigmas y exclamaciones a los comentarios de la
gente.
Johnny Quantrell pensó que quizá se aplazaría el juicio.
Pero por la mañana, cuando se presentó en la sala, vio que iba a
celebrarse igualmente. Una verdadera muchedumbre se apiñaba ante las
puertas, tratando de entrar. Varias personas insultaron a Quantrell al verle, y
dos agentes del sheriff acudieron a protegerle en seguida.
Quantrell se encogió de hombros.
—No hace falta que me defiendan, amigos. Sé hacerlo solo.
—¿Por eso lleva revólver? —preguntó uno de los hombres del sheriff.
—Quizá.
—Ayer no lo llevaba.
—No, claro que no —se limitó a decir Quantrell.
—Lo sentimos, pero tendrá que dejarlo en la puerta como todo el
mundo. Antes de entrar en la sala encontrará a un hombre montando
guardia; déselo a él.
—De acuerdo —murmuró Quantrell.
Ya sabía que no le iban a permitir defender a nadie llevando un revolver.
De modo que pasó a la antesala que llevaba al despacho del juez, pensando
reunirse allí con éste y el fiscal antes de empezar la segunda sesión de la
vista. En efecto, vio a un guardián que había recogido las armas,
poniéndolas en una mesa que parecía el estante de una exposición.
Quantrell se desciñó el cinto canana y lo puso con los otros.
Apenas había terminado de hacerlo, cuando una mano apareció por su
espalda.
Aquella mano no hizo ningún gesto agresivo. No podía hacerlo allí,
estando a dos pasos un agente del sheriff. La mano se limitó a tocar el cinto
canana \ a palpar el revólver.
Johnny Quantrell se volvió un poco. -
Se encontró con los ojos helados, inhumanos, terriblemente inhumanos,
del viejo Brent, el hombre al cual se lo debía todo.
El viejo Brent musitó:
—Podías haber quitado las iniciales al menos.
Su voz cortaba como un cuchillo.
—¿Qué pasa? —musitó Quantrell.
—Hay cosas que resultan imperdonables en un hombre como tú, que
debería estar atento a los detalles. El cinto canana y el revólver aún llevan
las iniciales de Robert, el hombre a quien liquidaste. Le quitaste el arma
después de matarlo, ¿no? Y también mataste al otro. ¿Por qué...?
Su voz era glacial. Sus ojos, por el contrario, despedían una lenta
llamarada de odio.
—iPor qué? —insistió—. ¿Por qué?
—Pensaba enviarle los dos cadáveres como aviso, señor Brent —dijo
Quantrell con voz perfectamente tranquila—, pero no lo hice por respeto a
usted.
—No has contestado a mi pregunta. No me has dicho todavía la razón
de eso.
—Usted hizo matar al presidente del jurado.
Los dos hombres susurraban uno junto al otro, de manera que el agente
del sheriff no los oyese. Mientras tanto se desafiaban con los ojos.
—Claro que hice matar al presidente del jurado —bisbiseó Brent—.
Con eso mataba varios pájaros de un tiro.
—Sí... Eso de matar varios pájaros de un tiro ya me lo dijeron sus
hombres antes de palmarla.
Los dientes de Brent rechinaron.
Sus ojos eran como dos puntitos negros en una máscara de odio.
—Te he dicho que salvaras a mi hijo, Johnny... Salva a mi hijo o te
mataré.
—Y yo le prometí que no iría a la horca. Lo salvaré, pero con mis
métodos, señor Brent. No con los suyos.
Brent fue a decir algo grueso.
Quizá hubiese saltado incluso sobre el abogado.
Pero el hombre que estaba en la puerta dijo en aquel momento, sin darse
cuenta de la atmósfera de tensión:
—Señor Quantrell, el juez acaba de entrar. Debe usted pasar a la sala
inmediatamente porque va a reanudarse el juicio.
Quantrell miró a Brent.
—Lo siento —dijo—, no podemos seguir hablando. Le prometo que
seré leal porque le debo mucho, seflor Brent, pero déjeme actuar a mi
manera.
—De todos modos eres hombre muerto, cochino hijo de perra —dijo
Brent escupiendo las palabras una a una—. Debí dejar que aquellos
hombres hicieran con tu madre lo que querían hacer. Al fin y al cabo a ella
le hubiese gustado.
Las facciones de Quantrell se volvieron de un brusco color granate.
Estuvo a punto de saltar.
Pero el hombre de la puerta insistió:
—¡Abogado! ¡Despierte! ¡El juez le está llamando!
—Entre su lenguaje y el de su hijo, señor Brent —dijo Quantrell con
voz silbante—, hay muchas semejanzas. Los dos deben sentirse orgullosos
uno del otro. Y ahora dejemos esto pendiente. Al fin y al cabo tengo un
deber que cumplir.
Pasó a la sala.
Sus ojos de halcón se dieron cuenta en seguida de que en el jurado había
doce personas en lugar de trece. De todos modos daba la sensación de que
aquello no iba a constituir impedimento alguno, en contra de lo que él
esperaba.
Se sentó entre un abucheo del público. Él juez dio varios martillazos a la
mesa, que ya empezaba a crujir después de los «excesos» del día anterior.
Luego, Quantrell, cuando el silencio estuvo restablecido, murmuró:
—Señor juez, he tenido ocasión de enterarme de que el digno presidente
del jurado sufrió ayer un... ¡ejem!... un accidente.
Se oyeron entre el público gritos de «¡Asesinos! ¡Asesinos! ¡A la horca,
perros asesinos!» que el huez tuvo que acallar rápidamente.
Luego se volvió hacia Quantrell.
—Siga, defensor —invitó—. Usted estaba en el uso de la palabra. Siga,
siga.
—Pues bien, en estas condiciones, y faltando el presidente, creo que el
jurado no tiene existencia legal y que hay que elegir otro —continuó Johnny
Quantrell.
El juez alzó un poco las manos.
—Se equivoca, amigo. En todo caso seria una de mis facultades:
disolver el jurado y pedir la formación de otro. No niego que en algunos
otros Estados la desaparición de uno de los piembros signifique la
eliminación de los demás, pero en Oklahoma se admite indistintamente el
jurado de trece miembros, de once y de nueve. De modo que si algún
«amigo» de los acusados quiere hacer que otros miembros tengan
«accidentes», le advierto que tendrá trabajo. Porque, mientras queden nueve
miembros, el jurado será válido. Y también advierto a ese «amigo» que se
atenga a las consecuencia, porque puede que en lugar de cinco horcas
necesitemos seis.
Las palabras del juez, que eran una amenaza y al mismo tiempo ya
daban por descontada cuál iba a ser la sentencia, provocaron auténticos
alaridos de entusiasmo en el público. La gente empezó a vitorearle. Las
mujeres aplaudían frenéticamente. Alguien empezó a gritar de forma
estentórea: «¡Tío bueno! ¡Tío bueno! ¡Tío bueno!
Costó mucho trabajo imponer el orden.
Los acusados empezaban a estar aterrorizados esta vez.
El viejo Brent, que con sus guardaespaldas había ocupado un sitio
preferente entre el público, estaba lívido de odio al ver que su maniobra no
había hecho más que complicar las cosas.
De todos modos Quantrell cumplió con su deber.
Se dio cuenta de que el juez había cometido una pifia, de que había
dado un resbalón, y de que por allí podía hacerle daño. De modo que se
lanzó a fondo.
—Lo lamento, Señoría —dijo cuando se hubo restablecido el silencio
—, pero ha prejuzgado usted claramente, y delante de todo el mundo, cuál
va a ser el resultado de este juicio. Hay cinco acusados y ha hablado usted
de cinco horcas. La ley ordena de una manera tajante a los jurados y a
usted, pero muy especialmente a usted, una absoluta imparcialidad. Como
la imparcialidad no aparece por ningún sitio, me veo obligado a recusarle,
Señoría. No es usted digno de ocupar el lugar que ocupa. Pido que se
nombre otro juez para este proceso.
El juez palideció.
Las palabras de Quantrell habían sido totalmente inesperadas.
Y además eran insultantes.
Pero el juez era bastante inteligente para darse cuenta de que ahora el
que pisaba terreno resbaladizo era él. Sus palabras constaban ya en las actas
del proceso y no podía borrarlas. Y si le eliminaban del juicio, precisamente
por una idiotez de esa clase, su prestigio resultaría dañado de tal modo que
ya no podría hacer carrera nunca más. Y menos en política, que era el sueño
de toda su vida.
—Yo..., yo tengo ambiciones políticas —dijo torpemente, descubriendo
el fondo de sus pensamientos—. Quiero hacer una carrera y... y...
—Lo siento, Señoría —dijo Quantrell firmemente—, pero debió pensar
eso antes de pronunciar unas palabras que lo comprometen de tal manera.
La gente estaba petrificada.
Los acusados sonrieron.
Y también el viejo Brent, que estaba entre el público. Buen pájaro
estaba hecho aquel Johnny Quantrell. Buen zorro. Había puesto al juez en
un aprieto del que éste no iba a salir fácilmente.
El juez barbotó:
—Bueno..., yo espero que... En fin, creo que el defensor no insistirá en
su petición... Soy tan bueno como cualquier otro para dirigir este juicio. De
modo que si le parece bien continuaré en el mismo, pero prometo ser
imparcial de una forma absoluta.
Quantrell asintió, mientras sonreía por dentro.
Ya había ganado la batalla más importante.
Ahora el juez no sólo sería imparcial, sino que para disipar toda
sospecha., se inclinaría levemente del lado de los acusados. A poco bien
que rodaran las cosas, no se atrevería a pedir al jurado que dictase un
veredicto con penas de muerte.
—De acuerdo —dijo—. Esta defensa no presentará ninguna queja por
¡as anteriores palabras de Su Señoría, confiando en que, a partir de ahora,
sabrá ser absolutamente imparcial.
El juez le miró agradecido.
Quantrell dirigió sus ojos hacia Brent, entre el público. El viejo
millonario le sonrió y dibujó una «o» con sus dedos como diciendo:
«Okay».
El juez alzó un poco ambas manos.
—Ruego silencio —murmuró—. El jurado es ahora de doce miembros y
por lo tanto sobra uno. ¿Quién quiere el señor fiscal que sea eliminado?
El fiscal que no era tonto, señaló a la mujer que contemplaba con
admiración a los acusados, y que era la única que parecía dispuesta a votar
un veredicto de inocencia. También se había dado cuenta de qué clase de
pájara era aquélla.
—Pido que sea retirada la señorita Manson —dijo.
Quantrell se estremeció.
La tal señorita Manson era una de las bazas más fuertes que pensaba
jugar para evitar las penas de muerte.
El juez le miró.
—¿Qué dice la defensa?
—La defensa solicita que sea retirado el señor Ulmer —dijo el joven,
señalando a uno de los hombres que con más odio miraba a los acusados.
El juez propinó un martillazo a la mesa.
—Puesto que las partes no están de acuerdo —dijo—, debo decidir yo
mismo. En principio, y teniendo en cuenta que un jurado es siempre igual a
otro ante la ley, me inclino por una norma de cortesía que impide tener una
desatención con una señorita. En consecuencia, ordeno que se retire el señor
Ulmer.
uantrell sonrió de nuevo para sus adentros, o se había equivocado. Allí
tenía la primera prueba de que el juez, a partir de aquel momento, no iba a
ser imparcial, sino que en pequeños e importantes detalles se inclinaría de
su parte.
Ulmer salió del estrado de los acusados mientras amenazaba a éstos
gritando:
—¡Es igual! ¡No pongáis esa cara, hijos de perra! ¡Mis amigos os darán
igualmente vuestro merecido! ¡Miradlos, muchachos! ¡Esos locos aún creen
que no se les va a condenar a muerte!
Varios miembros del jurado también gritaron. A dos de ellos se les
entendió claramente.
—¡Tú tranquilo, Ulmer!
—¡No te preocupes! ¡Tendrás asiento de primera fila el
día de la ejecución! ¡Esos hijos de perra la palman como yo me llamo
Peter!
Quantrell se dio cuenta de que también aquellos dos tipos habían
hablado demasiado. Ahora tenía en sus manos otra magnífica oportunidad
que no debía despreciar.
—Señoría —murmuró—, los jurados Charlie Mons y Peter Calver han
proferido amenazas contra los acusados. Como la ley les exije
imparcialidad y ellos han demostrado no tenerla, pido que sean sustituidos.
El juez carraspeó.
Ya se sabía que los jurados no eran imparciales, qué cuerno. A veces, en
el Oeste, habían ido borrachos a los juicios y habían soltado cosas mucho
más gordas que aquélla. Pero estaba visto que el abogado Quantrell se
tomaba las cosas en serio y que con él no se podía jugar.
—Entonces —balbució—, ¿pide que el jurado quede reducido a nueve
miembros?
—Sí, Señoría.
—Y el fiscal, ¿qué dice el fiscal?
El acusador tronó:
—¡Yo digo que esto es un abuso! ¡Por todos los infiernos! ¡Estamos
hartos de ver juicios en que los del jurado se ciscan en las madres de los
acusados, y los acusados se hacen aguas menores en los padres del juez!
¡Estamos en Oklaho-ma City, no en Nueva York! ¡La semana pasada, sin ir
más lejos, tuvimos un juicio por asesinato en el que estaban borrachos hasta
los caballos de los que montaban la guardia! ¿A qué vienen tantas
mandangas del defensor ahora? ¡De aquí no se retira nadie! ¡Si otro de los
del jurado se va, me ensucio en la memoria de su tía!
Se oyeron nuevos gritos. El juez impuso calma a martillazo tendido.
Por fin aulló:
—¡Basta! ¡Basta o desalojo la sala, pandilla de cabritos! ¡A ver,
defensor! ¿A qué vienen tantas mandangas? Quiero decir, ¿a qué vienen
tantas protestas legales?
—Aquí se juega la vida de cinco hombres, Señoría —dijo firmemente
Quantrell—, y, por lo tanto, no puedo admitir ligerezas. Pido que los dos
hombres sean sustituidos a pesar de la oposición del fiscal.
El juez carraspeó. Y demostró entonces de nuevo que su imparcialidad
en aquel caso iba a ser muy difícil.
—Que se retiren —dijo—. Ahora el jurado queda reducido al mínimo,
es decir, a nueve miembros.
Los dos se retiraron. Pero la cosa no quedó así, porque la muchedumbre
que llenaba la sala prorrumpió en insultos y en gritos. Todo el mundo se
daba cuenta de lo mismo: la posibilidad de una condena a muerte se
esfumaba. Lo que antes hubiera hecho reír (es decir, la posibilidad de que
los acusados se libraran de la horca), empezaba a ser una realidad. Y con
eso muy pocos estaban conformes.
Varios espectadores trataron de llegar hasta los acusados.
Las amenazas arreciaban.
Los gritos se hacían intolerables.
Toda la sala era un clamor unánime:
—¡A lincharlos! ¡Queremos sus pieles! ¡Muer-te! ¡Muerte! ¡Muer-te!
Los hombres del sheriff hubieron de disparar al aire otra vez. Media
techumbre se derrumbó. Menos mal que no llovía.
El juez se dio cuenta de que así no lograría imponer el orden nunca.
—¡Basta! —gritó—. ¡El juicio se aplaza hasta mañana! ¡Se aplaza! ¡Se
aplaza! ¡V mañana no permitiré la entrada a nadie si no se me garantiza el
orden!
La muchedumbre fue empujada hasta el exterior. Las puertas se
cerraron. Tanto los acusados como el juez se secaron las gotas de sudor que
perlaban su frente.
El fiscal se volvió rabioso hacia Quantrell.
—¡Todo esto es culpa suya, defensor! ¡Está empleando tretas innobles
para alargar el juicio!
—No es una treta innoble garantizar la imparcialidad de un jurado —
murmuró Quantrell—. La exige la ley.
—¡Vayase al cuerno!
—No se ponga así, amigo.
—¡Basta! —bramó el juez—. ¡Todos fuera! ¡Ustedes dos también! ¡Y
no sigan hablando o los enchirono por menos de un clavo! ¡Habráse visto...!
Quantrell salió a la calle por la puerta posterior, como las otras veces.
Una mujer se acercó a él con expresión entusiasmada. Le estrechó la
mano calurosamente.
—¡Muy bien! ¡Muy bien! —dijo la miembro del jurado que él había
impedido que fuese retirada—. ¡Lo está usted naciendo muy bien, señor
Quantrell! ¡Le garantizo que esos hombres no serán condenados a muerte!
¡Pues no faltaría más! ¡Menudo «trabajo» le hicieron a aquella zorra!
Quantrell dijo maquinalmente:
—Gracias, señorita Manson. Confío en usted.
Y se alejó poco a poco.
Le pesaban los pies.
Pensaba que «aquella zorra», la hija de Judith, pudo haber sido también
su hija.
Nunca se había sentido tan desdichado.
Andaba como un viejo.
Llevaba un oscuro presagio de muerte clavado hasta lo más profundo
del alma.
CAPITULO XI
No había hecho más que entrar en el hotel cuando el viejo Brent salió a
su encuentro. El viejo Brent le tendió su mano gordezuela, cargada de
anillos por todas partes.
—Johnny —dijo.
—Hola, señor Brent.
—Perdona, muchacho. Antes no sabía lo que decía.
—Nadie le ha pedido cuentas, señor Brent.
El millonario le dio una suave palmada en la espalda.
—Je, je... Te tenía en un mal concepto, ¿sabes? ¡Qué burro que soy! En
cambio, tú eres el abogado más listo que he conocido. ¿Sabes qué pienso?
Que ahora el juez va a inclinarse un poco de nuestro lado.
—Lo está haciendo ya, señor Brent.
—Y los del jurado también. Por lo menos hay tres o cuatro que no ven
ya las cosas tan claras. Una condena a muerte, que antes parecía inevitable,
se va haciendo cada vez más difícil.
—En eso confío, señor Brent. Casi le aseguro que la condena a muerte
ya no se producirá.
—¡Pues entonces mi hijo y sus amigos están salvados! ¡Los sacare de
cualquier cárcel! ¡De Leavenworth, de Tulsa, de Yuma! ¡De donde sea!
Quantrell suspiró con cansancio.
—Le dije que no irían a la horca, señor Brent.
—Y yo no te creí, pero ahora me doy cuenta de que eres un gran
abogado. De todos modos habrá que asegurar eso. Habrá que asegurar la
maniobra.
—¿Qué quiere decir, señor Brent?
—Nada, nada... Oye muchacho... Debí decírtelo al principio, pero me he
distraído. Quizá necesites dinero.
—¿Dinero? ¿Por qué?
—¡Hombre! Tienes gastos... Molestias...
—Eso es igual —dijo Quantrell.
—¿Y trabajar? ¿Es que trabajas por amor al arte?
—En este caso, sí. Debo pagar una deuda de gratitud.
—Muchacho... Oye, muchacho... Mira. Tengo esto para ti.
Le puso un cheque en las manos. Quantrell lo miró. Era la suculenta
suma de diez mil dólares.
Lo devolvió con un gesto cargado de indiferencia.
—Gracias, seflor Brent —dijo—, pero no puedo aceptarlo.
—¿Por qué...?
—Ya le dije que se trataba de una deuda de gratitud.
Subió a su habitación. No quería seguir hablando. Abrió la puerta y
entró sin mirar.
De pronto parpadeó.
Aquellas fabulosas piernas...
No era que Judith las enseñase.
Judith estaba sentada como una señorita, pero bastaba ver un poco de
sus extremidades para saber que las tenía de primera calidad. Las piernas de
Judith siempre habían atraído las miradas de los hombres, y ahora pasó lo
mismo con la mirada de Johnny Quantrell, aunque éste estaba pensando en
otras cosas y además trató de que no se notara su admiración.
—Judith... —bisbiseó—. ¿Qué haces aquí?
—Te esperaba.
Quantrell cerró la puerta. Era como si el tiempo se hubiera detenido y
volviera otra vez a él. Como si los dos pudieran creer en la vida y en el
amor, como antes, sin estar separados por el olvido y por la tragedia.
—He venido a despedirme porque me marcho —dijo ella—. No puedo
seguir en la ciudad.
—¿Cuál es la razón de que no puedas...?
—Estoy... sufriendo mucho. Ya te habrás dado cuenta de que no asisto al
juicio.
-Sí.
—El sheriff me hubiera dado el mejor asiento, porque tengo derecho.
Pero no puedo, ¿sabes? Todo esto es terrible para mí.
—Lo comprendo,
—De todos modos me cuentan lo que sucede palabra por palabra. Es
como si estuviera allí. Y desde un punto de vista de abogado listo, estás
haciendo un gran trabajo, Johnny.
—Comprendo que... eso no es lo que tú deseabas.
Judith hundió la cabeza. De pronto Quantrell se dio cuenta de que ella
también parecía haber envejecido. De pronto comprendió que el tiempo, por
desgracia, nunca vuelve atrás.
¡Pero estaba tan dulce así! ¡Había en ella tantas cosas, tantos miles de
cosas que un nombre como Johnny podía captar!
—Ya no sé ni lo que deseo —musitó Judith entrelazando nerviosamente
sus dedos—. Te juro que no lo sé... Al principio las cosas estaban tan claras
para mí que me parecía imposible que pudieran cambiar: esos perros tenían
que morir. Incluso se hablaba de que ningún abogado se atrevería a
defenderlos. Pero llegaste tú y todo empezó a ser distinto. Ha muerto ya un
hombre, el pobre Evans, yjunto a él había dos desconocidos con un puñal en
el pecho. Esto se ha transformado en una pesadilla. No quiero ya más
sangre, Johnny. Y, como no puedo impedir que se derrame, al menos no la
veré. Por eso me voy de aquí.
El no contestó.
Sentía una bola en la garganta.
Sabía que el destino le había traído a Judith, pero que ya no volvería a
verla. No volverían a encontrarse nunca.
Nunca más.
—¿Cuándo... te marchas? —logró balbucir.
—Mañana.
—Puede que mañana sea la última sesión del juicio.
—Es igual... No quiero saber nada. No quiero alimentar más odios.
El hundió la cabeza.
—Comprendo que estoy haciendo ante ti... un papel muy triste, Judith.
—Tú defiendes a esos hombres con los recursos de la ley. Nadie puede
culparte.
—Gracias por comprenderlo, Judith.
—Espero... que no me odies —musitó ella.
—¿Por qué había de odiarte?
—Traté de matarte aquí mismo.
—Tú también defendiste tu caso con las armas que tenías en la mano,
Judith. No podías disponer de otras. No te reprocho por eso ni nadie podrá
hacerlo.
—Gracias...
El sentía unas angustiosas ganas de abrazarla, de decirle
que la quería aún. Sentía unos terribles deseos de decirle que entre ellos
dos el tiempo no había muerto. Pero se daba cuenta de que jamás habían
estado tan distantes, de que entre ambos se levantaban las invisibles
barreras de un marido vivo y una hija muerta.
Haciendo un esfuerzo, pudo susurrar:
—Gracias por haberte despedido de mí, Judith. Soy yo el que te debe
gratitud.
Ella sacó de su bolso una pequeña cartulina. La puso entre los dedos de
Johnny Quantrell.
—Toma.
—¿Qué es esto?
—Tú no conocías a Rosanna, ¿verdad?
—No. La verdad es que... que no la conocía.
—Mira.
Johnny Quantrell giró la cartulina. Era una fotografía muy clara. Aun
teniendo grandes limitaciones técnicas, la fotografía de la época había
llegado ya a notables perfecciones. Y ésta mostraba a una preciosa
muchachita muy parecida a Judith, una muchachita de espléndidas formas
que sonreía a la vida, que sonreía a los hombres..., sin imaginar aún que
cinco de estos habían de matarla.
Johnny sintió que aquel pedazo de cartón casi resbalaba de entre sus
dedos.
Lo único que pudo balbucir fue:
—Judith...
Había algo que le abrasaba la garganta.
—Pudo haber sido nuestra hija —murmuró suavemente la mujer—. Sí...
Pudo serlo.
Johnny Quantrell ni siquiera se dio cuenta.
La puerta se había cerrado junto a él.
Era como un sueño.
Era como si una aguja hubiera dejado en lo más hondo de su corazón
una punzada venenosa.
Gimió:
—¡Judith!
Pero ya era inútil.
La hermosa mujer no estaba allí. Lo único que quedaba entre los dos era
la foto, que pronto se haría amarillenta, de la muchachita muerta.
Quantrell no pudo más. Abrió rabiosamente la puerta mientras gritaba
hacia las escaleras:
-¡Judith!
Sólo el eco le respondió. El dueño del hotel, que estaba limpiando la
barandilla miró a Johnny como si estuviera loco.
—¿Le pasa algo, señor Quantrell?
—una mujer acaba de salir por aquí, ¿no?
—Sí, pero iba muy aprisa. ¿Es que se ha olvidado alguna cosa?
Quantrell se llevó la mano a la frente, con un gesto de infinito
cansancio.
—El que se ha olvidado alguna cosa soy yo... Supongo que en el notel
tendrán whisky.
—Y del mejor, señor Quantrell. El otro día un cliente arrojó una botella
contra la pared y la mancha no ha habido quien la quite todavía. Es puro
ácido sulfúrico.
—Pues tráigame una botella de esa clase. Y que todavía no esté
mamada por nadie.
—En seguida, señor Quantrell.
Y el dueño del hotel bajó las escaleras mientras murmuraba:
—Esto se pone bueno, qué caramba... Los juicios de verdad son esos en
que hasta el verdugo está borracho... Y este tipo va empieza a empinar el
codo... ¡Mañana va a ser la monda!
CAPITULO XII
Si Johnny Quantrell esperaba que el licor le sirviera para olvidar, se
llevo un buen chasco cuando se hubo bebido casi la botella entera. Lo único
que consiguió el wkisky fue dotarle de una lucidez todavía más furiosa. Se
daba cuenta del fracaso de su vida, se daba cuenta de que todo aquel asunto
de Oklahoma City era sucio hasta sus mismas entrañas.
Pero ya no podia evitarlo.
Estaba metido de lleno en él.
Bebió otro trago, haciendo un esfuerzo terrible para emborracharse, y lo
único que consiguió fue que le dominara la náusea que había estado
evitando hasta entonces. Cayó sobre una butaca, sintiendo terribles arcadas.
Era incapaz de beber una gota más.
Salió a la calle, dispuesto a perderse en la llanura y no ver a nadie. Se
dio cuenta entonces de que las sombras ya habían empezado a caer. La calle
estaba vacia, pero los locales públicos estaban llenos. Sin duda, la gente
comentaba en ellos las incidencias del juicio.
Quantrell tomó su caballo, porque al animal le hacía falta también un
buen trote, y se dirigió hacia la llanura. Galopó furiosamente, hasta que sus
nervios empezaron a calmarse. Entonces detuvo al animal y le palmeó
afectuosamente el cuello mientras los dos respiraban con fatiga.
Las sombras eran más espesas cada vez.
Pero aún así, Johnny distinguió los dos bultos que avanzaban por el
camino. Mejor dicho, los bultos eran tres. Porque se trataba de dos jinetes
con sus caballos y otro caballo que iba detrás, sin nadie que lo montase, y
del que tiraban con una cuerda.
Debían de ser viajeros.
Eso importaba poco a Quantrell.
De modo que dejó de mirarlos y de ocuparse de ellos, permitiendo que
el caballo, por su propio impulso, se dirigiera hacia un curso de agua para
saciar su sed. Pero para eso tuvo qué pasar tan cerca de los jinetes que aun
sin pretenderlo los vio a una docena de pasos. Y por fuerza hubo de
reconocerlos.
Los dos se llevaron las manos a los sombreros, en un saludo que tenía
bastante de irónico.
—Hola, Quantrell —dijo uno.
—Buenas noches —saludó el otro.
Quantrell los miró mejor.
Claro que no necesitaba fijarse demasiado en ellos.
Los había visto demasiadas veces.
Eran hombres de Brent; eran pistoleros a sueldo de los que habían
infectado la ciudad con la llegada del millonario.
Quantrell musitó:
—¿Qué hacéis aquí?
—Verás... Vamos hacia la ciudad.
—Oklahoma City es una ciudad abierta, ¿no?
—Pues nos dirigimos hacia ella.
—¿Y qué lleváis ahí?
Los dos pistoleros miraron hacia atrás.
Miraron el bulto que formaba aquel cuerpo humano doblado sobre la
silla del último caballo.
Uno de los gun-men gruñó:
—Se nos ha desmayado el tío. Lo llevamos a la ciudad para que lo vea
un médico.
—Supongamos que el médico soy yo —murmuró Quantrell.
Y saltó del caballo a tierra.
Uno de los pistoleros barbotó:
—No te metas en esto, abogaducho de las bellotas.
Pero ya no pudieron evitar que Quantrell viese lo que había que ver. El
joven palideció intensamente, tan intensamente que su cara se hizo incluso
más visible a la luz de la luna que empezaba a salir.
—Pero... —balbució.
—Ya te hemos dicho que no te metieras en esto, Quantrell.
—No es asunto tuyo.
—El jefe ordena y nosotros obedecemos. De manera que tú,
abogaducho, te callas.
—Lo único que hace el seflor Brent es ponerte las cosas fáciles. No
sabemos de qué te quejas.
Johnny Quantrell seguía estando terriblemente pálido.
No podía ni hablar.
Dejó caer sobre el costado del caballo la cabeza del muerto que llevaban
cruzado allí, y que antes, 61 había levantado para poder reconocerlo.
—Este es Fobby —musitó.
—Sí. ¿Y qué?
—Era un vaquero que vivía solo en las cercanías. Cuidaba de un grupo
de sementales de gran valor.
—Pues ya no tendrá que cuidarlos. Una preocupación menos.
Los dientes de Quantrell rechinaron un momento.
Susurró:
—También era un miembro del jurado. Eso es lo que cambia las cosas.
Uno de los pistoleros rió.
—De acuerdo... De acuerdo, muchacho, eso es lo bueno. Si no
recordamos mal, el seflor Brent te dijo algo así como que había que
asegurar la jugada. Pues bien, ya la ha asegurado. Ahora en el jurado sólo
quedan ocho buitres.
—Por lo menos sabéis restar —dijo Quantrell con una suavidad
siniestra.
—Habrá que nombrar un sustituto —añadió otro de los pistoleros—. El
seflor Brent se ha asesorado sobre esto. Y el sustituto que se nombre estará
hecho un flan. Del miedo que tandrá, la faena será para llevarle hasta su
asiento sin que se le caigan los pantalones. Los otros miembros no sólo van
a absolver al hijo del señor Brent, sino que lo van a nombrar ciudadano
benemérito de Oklahoma City.
Quantrell musitó:
—Con vosotros va a ocurrir algo parecido, muchachos.
-¿Sí?
—Os van a hacer un monumento.
—¡Hombre...!
—Un monumento en el cementerio de Oklahoma —añadió
tranquilamente Quantrell.
Los dos pistoleros se pusieron tensos.
Por descontado, sabían lo de la muerte de sus dos compañeros que
liquidaron a Evans. Sabían que Quantrell era un elemento peligroso. Por eso
mismo no habían dejado de vigilarle en ningún momento, dispuestos a no
darle ninguna oportunidad. Y él debía saberlo.
Debía notar que tenían las manos sobre las culatas.
Por eso mismo, les extrañaba su sangre fría.
Quantrell alzó un poco la mano derecha, demostrando que no tenía
ningún propósito de «sacar».
—¡Uf! ¡Qué mala cara ponéis, muchachos! —dijo—. Si es por el precio
del monumento, no os preocupéis. Pienso pagarlo yo.
Los dos granujas se dieron cuenta de que las cosas se habían puesto
senas. Inmediatamente «sacaron», pese a que Brent no les había dado
órdenes en ese sentido.
No se las había dado porque, sin duda, no pensaba que fueran a
encontrar a Johnny Quantrell.
Este se dejó caer al suelo.
Fue instantáneo.
Parecía tener calculados todos sus movimientos. En una décima de
segundo había aparecido entre las patas del caballo que transportaba al
muerto.
Y con el Colt en la mano.
Fue algo diabólico.
Su rapidez resultó prodigiosa.
Ninguno de los dos pistoleros llegó a creerlo.
Ni falta que les hacía.
Los sombreros salieron disparados de sus cabezas. Las dos balas,
siguiendo exactamente la misma trayectoria, les había atravesado de abajo
arriba las cabezas.
Cayeron con los brazos en cruz.
Ni siquiera habían podido disparar.
Íuantrell se acercó poco a poco y guardó el revólver, ornó los muertos,
los puso sobre los caballos y los ató sólidamente a las sillas. Luego los dejó
marchar.
Sin duda, Brent había ordenado a dos de sus pistoleros que mataran a
aquel miembro del jurado, por ser el más fácil de eliminar. Y les habría
ordenado también que lo dejaran hecho una piltrafa en el centro de la calle
principal de Oklahoma City para que la gente aprendiera.
Muy bien. El muerto llegaría a su destino.
Pero con dos guardias de corps, uno a cada lado. Y es que diñarla en
compañía ya no es tan triste. Ya lo dice el refrán: «Mal de muchos, consuelo
de todos.» Y en este caso aún era más sencillo: mal de tres, consuelo de
uno.
CAPITULO XIII
Brent estaba lleno de una fría cólera.
Una cólera que le llegaba hasta el fondo de los huesos.
El saloon que había alquilado, haciéndolo cerrar, tenía muchos
reservados. Estos reservados servían ahora como dormitorios, y Brent se
había asignado para su uso personal el mejor. También se habia asignado a
la mejor chica.
Ella estaba en el diván, ajustándose las medias, cuando Brent entró
cerrando furiosamente la puerta.
La chica hizo más tentadora, más sugerente su postura.
—Cariño —dijo—, parece que vienes muy nervioso.
-¡Cállate!
—¿No van bien los negocios quizá?
—¡Fuera de aquí, zorra!
—Hum... Canñito... Antes me tratabas con mucho mimo. ¿Qué te pasa
ahora?
Brent, ciego de ira, le dio un empujón y la envió contra la puerta. La
chica hizo un gesto de miedo. Fue a salir precipitadamente.
—¡No quiero verte más, maldita!
Cuando Brent estuvo solo, dio vuelta a la llave para asegurarse de que
nadie entraría. Pero no advirtió que ella había introducido una bolita de
papel en el encaje de la cerradura, de modo que el diente de esta no penetró.
La puerta, en realidad, quedó abierta.
La chica fue entonces hacia el fondo del pasillo.
Había hombres de Brent en todas partes.
Pero no allí.
Dio dos golpecitos suaves en la hoja de madera de otro reservado.
Luego la chica se retiró.
Brent estaba dando paseos por la habitación como una fiera enjaulada.
Su boca estaba crispada en una mueca de rabia.
Acababa de ver la llegada de los tres caballos.
Con tres muertos.
Acababa de ver al miembro del jurado convertido en un colador, pero
también los dos hombres que él envió para asesinarlo tenían una «corriente
de aire» entre la frente y la nuca. Y ya se sabe que los resfriados son muy
malos para la cabeza.
¡Fatales!
—¡Lo mataré! —barbotó, hablando en voz alta sin darse cuenta—. ¡Juro
que lo mataré!
—¿Se refiere a mí, señor Brent?
La voz, fría y metálica, había surgido de la puerta.
El millonario se volvió como un alucinado.
Le parecía increíble.
La primera sensación que tuvo fue la de que Johnny Quan-trell había
atravesado las paredes.
—No puede ser... —balbució—. Tengo centinelas en todas partes...
—A veces un cómplice puede más que cien centinelas, señor Brent. Ya
ve que no es tan difícil matarle.
Brent palideció.
De pronto aquella idea increíble y atroz penetró en su cabeza.
—Muchacho... —dijo—, tú no harás eso...
—Caso de querer matarle ya lo habría hecho, señor Brent. No perdería
tiempo en palabras.
—¿A... a qué has venido?
—Quiero nacerle una última advertencia.
—¿Qué advertencia?
—Cuando maté a sus dos primeros asesinos, les dije que le mataría a
usted si tocaba a otro miembro del jurado. Ellos no le dieron el recado
porque se «jubilaron» antes. Pero creí que usted lo entendería al ver los
fiambres, señor Brent. Creí que las cosas habían quedado claras entre
nosotros. Y, sin embargo, hace poco dio orden para que fuera asesinado otro
hombre.
El millonario alzó un poco las manos.
Aquella voz metálica y fría le obsesionaba.
—Muchacho, oye... Yo...
—Le repito que es mi última advertencia, señor Brent. Estoy llevando
mi gratitud hacia usted hasta extremos que no debí alcanzar nunca, pero ya
basta. Si defiendo a su hijo y a los compañeros de su hijo, será con armas
legales. Y si vuelve a tocar a un miembro del jurado, habrá aquí una
sentencia de muerte, pero esa sentencia de muerte sera contra usted, señor
Brent.
El millonario se reanimó un poco al ver que no iba a matarle, pero aun
así la gruesa papada le temblaba ostensiblemente.
—Muchacho... Sólo he tratado de ayudarte...
—No necesito esa clase de ayudas, señor Brent.
—Ahora los miembros del jurado estarán aterrorizados..., ¿no lo
comprendes? ¡Jamás se atreverán a pronunciar un veredicto de culpabilidad
en primer grado!
Quantrell hizo un gesto de hastío.
Miró a Brent como se mira a un cerdo bien cebado y cuya hora fatal se
aproxima.
—Se lo digo por última vez: no habrá más advertencias. He querido
entrar aquí para que se dé cuenta de que matarle no me va a ser difícil.
Ahora ya lo sabe, señor Brent: mi paciencia tiene un límite. Su vida
depende de que tenga la boca cerrada y las manitas quietas.
Repitió aquel gesto de hastío y salió.
Por un momento dio la espalda a Brent.
Este tenía un revólver en la funda sobaquera. Pero ni por un momento le
pasó por la mente la idea de disparar contra Quantrell.
Tenía demasiado miedo para eso.
Además, en su organización, los trabajos sucios los hacían los otros.
Durante casi dos largos minutos, estuvo temblando y sobreponiéndose a
su pánico. Al fin, se acercó a la ventana del reservado, la abrió y llamó con
voz estentórea:
—¡Buklam!
Buklam era uno de los jefes de su grupo de asesinos. Entró temblando
en el reservado, porque Te había bastado oír la voz de Brent para saber que
algo no marchaba como debiera.
—¿Qué..., qué pasa, jefe?
—Todos los hombres que vigilan el saloon no cobrarán este mes. Ya
puedes decírsele. Y tú r.o cobrarás en tres meses.
—Pe... pero, ¿porqué, señor Brent?
—Esto te lo explicaré más adelante, perro. Y ahora otra cosa. Quiero
que matéis inmediatamente a Miriam. Ha ayudado a un hombre a entrar
aquí.
—¿Miriam no es su amiguita?
—«Lo era.»
El otro se mordió el labio inferior.
—Lo siento, señor Brent... De veras que lo siento, pero, ¿quién iba a
imaginarlo? Hace unos minutos la he visto salir a toda prisa.
Los dientes de Brent rechinaron de rabia.
—Debí suponer que ese perro se habría ocupado de facilitarle la huida
—barbotó—. De todos modos es igual... Bus-cadla donde sea y matadla. No
admitiré fallos en esto. Pero vuestro trabajo no termina aquí. También tenéis
que matar a un hombre.
—¿Quién?
—El abogado Quantrell.
Buklam se estremeció.
—Señor Brent... El abogado Quantrell trabaja para usted —musitó.
—Nunca ha trabajado para mí. Lo que hacía era defender a mi hijo, pero
ésa es otra cuestión. Ya encontraré quien lo defienda mejor que él. Tal como
están las cosas, Quantrell se ha convertido en un elemento peligroso y debe
morir.
Buklam no lo discutió.
Sabía que las órdenes del jefe no se discutían; se ejecutaban
simplemente.
—Así lo haremos —prometió—. No escapará.
—Nada de encerronas ni de métodos estúpidos —barbotó el millonario
—. Ese tipo se huele las trampas. Quiero que lo desafíe cara a cara un
hombre de los que no fallan. Quiero que lo mate en el centro de la calle y
asunto concluido.
Los ojillos de Buklam brillaron.
—¿Puedo hacerlo yo mismo? —susurró—. Soy el pistolero más rápido
que usted tiene.
—No, tú no eres lo bastante rápido, aunque te lo parezca. Seguramente
vencerías a Quantrell, pero contigo él tendría aún alguna oportunidad, y no
quiero que tenga absolutamente ninguna. Tienes que contratar a un tirador
infalible, y has de hacerlo esta misma noche.
—En eso tenemos suerte —susurró Buklam.
—¿Por qué tenemos suerte?
—Dos gatillos de primerísima categoría acaban de llegar a Oklahoma
City. Hace poco los he visto. El uno es Percival y el otro es Nuggent.
—¡Infiernos! ¿Percival y Nuggent están aquí?
—Ya le he dicho que acabo de verlos.
—Contrata a Nuegent. Ese es de los que no fallan. Dile que le daré tres
mil dólares por matar a Johnny Quantrell.
—Yo lo haría por mil quinientos y...
—¡Cállate, perro...!
Buklam obedeció. Pudo darse cuenta de que Brent, con la cara roja y las
venas del cuello hinchadas, estaba al borde del paroxismo.
—De... de acuerdo —musitó—. Nuggent es de los que no fallan.
—Otra cosa. La muerte del abogado Quantrell provocará la suspensión
del juicio. Al mismo tiempo han de nombrar un sustituto para el jurado, de
modo que tendremos al menos veinticuatro horas de descanso. Pero no hay
que dejar tiempo para que la gente se rehaga, de modo que me interesa
nombrar otro abogado. Llama a Foster.
—Foster está en la ciudad de Lawton.
—Es igual. Lawton es frontera entre Texas y Oklahoma. Si le envías un
telegrama ahora mismo, se puede presentar aquí en veinticuatro horas y
hacerse cargo del asunto. Lo tendrá fácil.
—Sí, jefe.
Y Buklam salió a toda prisa. Brent suspiró satisfecho.
Las cosas se arreglarían al final. LO importante era que nadie le pasase
por encima, que nadie le dijera lo que tenía que hacer.
Bisbiseó, como si Quantrell pudiera oírle:
—Tendrás un desafío legal y un entierro legal Johnny... Todo tan legal
que dará asco. No quiero que desde el infierno me envíes ninguna carta de
queja...
CAPITULO XIV
Nuggent arrugó levisimamente la nariz mientras musitaba:
-¿Ese?
En su gesto hubo un imperceptible desprecio. Tipos como aquél los
había matado a patadas en todas las zonas del Oeste. Se acercó suavemente,
rozando con los dedos la culata.
Buklam, después de indicarle a quién tenía que matar, lo vio avanzar
felinamente.
Había una suavidad animal en los movimientos de Nuggent.
Todo en él daba la sensación de ser invencible. Todo él era como un
arco a punto de disparar.
Quantrell lo vio avanzar por el centro de la calle.
No sabía lo que aquel tipo quería de él.
No lo había visto nunca.
La ciudad empezaba a animarse en aquellas primeras horas de la
mañana, y todo estaba tranquilo. No había rumores más que en las
inmediaciones de la sala de justicia, donde la gente se apelotonaba ya para
entrar. Pero la sala de justicia estaba lejos.
El hombre se plantó enfrente de Quantrell.
A unos ocho pasos.
Quantrell pensó maquinalmente: «Buena distancia para disparar.
Demasiado buena...»
Pero ni por un momento se le ocurrió que aquel desconocido quisiera
desafiarle. Se detuvo mientras en sus labios flotaba una leve sonrisa.
El otro murmuró:
—¿No me conoces?
-No.
—Tú eres Johnny Quantrell, ¿verdad?
—Exacto. Yo soy Johnny Quantrell.
—Mi nombre es Nuggent.
—¿Y qué? —preguntó Johnny suavemente—. ¿Vas a pedirme fuego
para un cigarrillo? ¿O tal vez pretendes que te preste cinco dolares?
Al otro le hizo gracia la sangre fría del joven.
—Por lo visto no sabes ante quién estás —murmuró.
—Por tu facha adivino que eres un pistolero, aunque no nos hemos visto
nunca. ¿Que quieres? ¿Por qué te detienes a ocho pasos?
—Te buscaba, Quantrell.
—¿A mí?
—Hace poco, en Wichita, mataste a mi hermano, y esa factura hay que
saldarla.
—Nunca he matado a nadie en Wichita —musitó el abogado.
—Embustero hijo de perra...
—¿Qué te pasa, Nuggent? ¿Te han pagado para matarme? Y si es así,
¿para qué buscas una excusa? ¿Para que el desafío parezca legal?
—Este es un desafío legal. ¡Tú mataste a mi hermano en Wichita y vas a
pagarlo con tu sangre, cobarde...!
Quantrell apretó los labios.
—¡Un momento, Nuggent! Te aseguro que...
Pero no pudo decir más.
Si se entretenía, «perdería el tren».
Y en aquel tren iba, nada menos, que su propio pellejo.
Nuggent ya estaba «sacando», y su rapidez era vertiginosa. Llevaba de
ventaja esa décima de segundo fatal que separa la vida de la muerte.
Quantrell hubo de moverse como en sus viejos tiempos de la frontera, como
en los momentos en que se había jugado la vida a cara o cruz, dependiendo
todo de un parpadeo, de una flexión, del movimiento de un dedo.
Nuggent había disparado.
Dio la sensación de que él había sido el primero. Y a ocho pasos no se
falla. Pero nadie, excepto Quantrell, se dio cuenta de que apretó el gatillo
cuando ya tenía una bala en el codo.
Toda la parte derecha de su cuerpo sufrió una crispación mientras
apretaba el gatillo. La bala rascó el suelo, dibujando un alucinante zigzag.
En esas condiciones le alcanzó el segundo plomo de Quantrell.
Nuggent no había podido volver a disparar.
Y se contorsionó brutalmente, alzando los pies del suelo, cuando la
nueva bala le penetró en la frente. Soltó el Colt, lanzó un ronco gemido y se
estrelló contra un porche después de dar dos pasos hacia un lado, como si
estuviera borracho.
Quantrell ya no disparó más.
Sabía que no hacía falta.
Su enemigo tenía ya la cara empotrada en el polvo. Unos hilos dé sangre
llegaban hasta las maderas del porche. Un silencio espectral llenaba ahora la
calle.
Johnny Quantrell guardó el Colt.
No sabía ni siquiera cómo había podido ser el más rápido. Jamás en su
vida había pasado por un momento tan difícil.
Hundió la cabeza.
Por desgracia ya sabía de dónde venía aquello.
En el juicio contra los cinco violadores no se había dictado aún
sentencia, pero en el juicio contra él sí se había dictado. Y la sentencia era
de muerte.
En este momento, Johnny Quantrell no era más que un condenado.
El primer verdugo había fallado su trabajo, pero el segundo no lo
fallaría. En una ciudad como Oklahoma City sobraban profesionales para
liquidar a un hombre solitario.
Johnny cerró un momento los ojos, mientras una mueca de dolor
aparecía en sus labios.
Le dolía que aquello viniera precisamente de Brent. Le dolía tanto
como si hubiera venido de su propio padre.
CAPITULO XV
Brent volvía a pasear por la habitación como una fiera enjaulada. Con
las manos unidas a la espalda, solo le faltaba estrellarse contra las paredes.
Se había clavado las uflas en las palmas de las manos hasta hacerse sangre,
pero él no lo notaba.
Buklam estaba ante él.
En las manos del pistolero no había más que una cosa.
Una camisa manchada de sangre.
—Se la he quitado a Nuggent —balbució—, antes de que lo metieran en
el depósito del cementerio. Como ve, jefe, no hay más que un impacto en el
codo derecho. La otra bala se la clavó en la frente.
Brent dio un manotazo de rabia al aire mientras barbotaba:
—¡Imposible...!
—No tan imposible, jefe. Reflexione. Johnny Quantrell es hijo de un
pistolero, y esas cosas se heredan. En segundo lugar, ha trabajado en
ranchos muy peligrosos y ha conducido manadas. Usted lo sabe mejor que
yo.
—Sí, pero...
—Nos equivocamos, jefe. A ese tipo no se le puede matar cara a cara.
El que Buklam dijera «nos equivocamos» tranquilizó un poco a Brent.
En realidad la equivocación había sido sólo suya, pero no le gustaba que eso
se dijese. De modo que barboto:
—¿Qué hay del juicio?
—Se ha suspendido hasta mañana. Creo que van a nombrar un jurado
sustituto, pero nadie quiere serlo. La gente está asustada. La muerte de los
otros jurados ha hecho que un viento de terror corra por la ciudad.
Brent sonrió ásperamente.
—Lo cual demuestra que mi táctica no ha sido equivocada —dijo—.
Esas cosas se solucionan por el terror o no se solucionan.
—Naturalmente, señor Brent.
—¿Qué hay del abogado Foster?
—Le puse un telegrama y él contestó en seguida, diciendo que se ponía
en camino. Mañana estará aquí.
—Magnífico...
Buklam carraspeó.
—Pero hay una cosa, señor Brent. A usted no le sirven de nada dos
abogados. No olvidemos que Quantrell está vivo.
—No llegará vivo a mañana. Lo juro.
—¿Qué piensa hacer?
—Por supuesto, nada de matarlo cara a cara. Ha demostrado que es más
rápido de lo que yo pensaba.
—Entonces, ¿qué hará?
Brent retrucó con otra pregunta:
—¿Sigue aquí el pistolero Percival?
—Sí, claro que sí. Le he visto justamente cuando retiraban el cadáver de
Nuggent.* Y por la forma de mirarme me ha dado en la nariz que está
buscando trabajo.
—Que venga.
Unos minutos después, un hombre alto y fuerte, se presentaba en la
habitación reservada del saloon. Era todavía muy joven. No se le podían
atribuir más de treinta y cinco años, lo cual resultaba muy poco para la fama
que ya tenía. Porque Percival, desde los quince, había sido un pistolero
profesional en las ciudades más podridas del Oeste. Había matado a
docenas de hombres. Había demostrado que su gatillo era su ley, y que
contra esa ley no podía luchar nadie.
Miró a Brent.
Sus ojos eran helados.
Tanto que el propio Brent, que tanta experiencia tenía, se sintió
sobrecogido ante la luz viscosa de aquellos ojos asesinos.
—Creo que hice mala elección —musitó.
Percival sonrió de una forma lejana.
—¿Por qué, señor Brent? —preguntó.
—Debí haberte elegido a ti en lugar de Nuggent. Seguramente ahora no
tendría que preocuparme más por el asunto.
—Ni Nuggent tampoco —dijo sombríamente Percival—. Ni Nuggent
tampoco, señor Brent.
—¿Has visto su cadáver?
-Sí.
—¿Qué opinas?
—He visto algo más que el cadáver, señor Brent. He visto el desafío. Y
debo reconocer que ese tal Johnny Quantrell es muy bueno, aunque, tal vez,
Nuggent pecó por exceso de confianza.
Brent apretó los puños.
—A mí me gusta ir rápido a los negocios —dijo—. Cinco mil si lo
afeitas antes de la noche.
—Mi tarifa mínima son diez, señor Brent.
El millonario parpadeó.
—Resultas un pistolero caro...
—Pero seguro.
—No tendrás que matarlo tú solo. Lo de Nuggent nos debe servir de
lección. Le desafiarás cara a cara, pero los que harán el trabajo serán los
hombres apostados en sitios estratégicos. Tú sólo servirás de pantalla. No
tendrás más cometido que llamarle la atención.
—Pero seré el único que estará delante de su revólver, ¿no?
—Hombre, claro...
—Entonces mi tarifa siguen siendo diez, señor Brent... y anticipados.
El millonario comprendió que no valía la pena discutir. Extrajo de uno
de sus bolsillos un grueso fajo de billetes.
—Aquí tienes, Percival. Dies de los grandes.
—Todo correcto, señor Brent.
—¿Cuándo vas a hacer el trabajo?
—Eso dependerá un poco de Quantrell, pero por lo que sé de él, va a
ratos al saloon que está frente a la oficina del sheriff.
—Sí, creo que sí.
—Será un buen sitio para desafiarle. Coloque a sus hombres
estratégicamente y dígame dónde están para elegir yo los ángulos de tiro.
Por lo demás no se preocupe, antes de la medianoche será un trabajo hecho.
—De acuerdo, Percival. Ahora vete. No conviene que te vean por aquí.
El pistolero se aproximó a la puerta. La suavidad de sus gestos resultaba
aún más felina que la que había tenido Nuggent. Cuando su mano ya estaba
sobre el pomo, se volvió y dijo:
—Una cosa quisiera saber, señor Brent. Es por simple curiosidad, ya
que me gusta saber por qué razón trabajo.
—Habla.
—Ese tal Quantrell, ¿no defiende a su hijo y a otros cuatro amigos de
este?
—Sí. ¿Y qué?
—Se les acusa de violación, ¿no?
—Se les acusa, lo cual no quiere decir que sean culpables.
—Violación y asesinato, ¿no es así?
Brent apretó los puños.
—No me gusta hablar de eso, Percival. Te pago para que trabajes.
¡Largo de aquí!
—No me eche^ señor Brent, no me eche... —la sonrisa del pistolero era
glacial—. Al fin y al cabo, lo único que pretendo es hacer mi trabajo bien.
¿Cómo se llamaba la chica?
—Rosanna.
—Ah, bien... Creo que su madre está por aquí, ¿no? Se mueve por la
ciudad. Es una tal Judith.
—Creo que sí, pero no importa. En tu trabajo no va a intervenir para
nada esa mujer.
—Oh, por supuesto, señor Brent, por supuesto...
Percival hizo un gesto con dos dedos como el que arroja un naipe sobre
una mesa.
Y salió del reservado tan silenciosamente como había entrado unos
minutos antes.
CAPITULO XVI
No cabía duda de que era un zorro viejo.
No cabía duda de que era un felino dispuesto a clavar sus uñas allí
donde se lo ordenaran.
Había algo en él que hacía estremecer. ¿Era la suavidad de sus
movimientos? ¿Era la luz helada de sus ojos? ¿Era aquel modo suave, casi
imperceptible, de tocar su revólver?
Resultaba imposible saberlo, pero cualquiera podía darse cuenta de una
cosa: el que se enfrentara a aquel tipo, era hombre muerto.
No se parecía a Nuggent.
Era aún más felino, más suave, más peligroso.
Los cuatro hombres que habian sido apostados en los lugares
convenientes se dieron cuenta de eso cuando Percival entró de nuevo en el
saloon. Había algo en él que hacía estremecer. Todos pensaron lo mismo:
«He aquí un verdadero asesino. Quantrell es hombre muerto.»
Percival se situó ante la barra.
Estaba en un buen sitio para dominarlo todo.
Ahora sólo faltaba que llegase Johnny Quantrell.
Jamás los minutos se habían hecho tan tensos, tan inaguantables como
en aquella dramática espera. Jamás unos asesinos habían esperado con tanta
expectación la llegada del tipo que tenían que matar.
¿Habría olido Quantrell el peligro? ¿Dejaría de presentarse en el saloon
donde todo estaba preparado para que aquello se convirtiese en 'a antesala
de su tumba?
Todos exhalaron, al verle, un suave suspiro de alivio.
Por fin se había presentado.
Por fin Johnny Quantrell estaba allí, tan tranquilo, tan ignorante de que
acababa de pisar el umbral de su propia muerte.
Nunca había visto a Percival.
No tenía motivos para sospechar de él.
Percival, por otra parte, no hizo ningún gesto que llamara la atención.
No cometió el error de Nuggent. Simplemente bebió un sorbo de whisky
mientras miraba de soslayo a Quan-trell, al otro extremo de la barra.
Quantrell notó que entre aquel desconocido y él había un espacio vacío
demasiado grande.
Era extraño, pensó.
Pero ni por un momento llegó a imaginar que aquello fuese una trampa.
Pidió también un vaso de whisky, y cuando se lo servían notó de pronto que
unos ojos' de nielo estaban clavados en él.
Fue instantáneo. Fue como una descarga eléctrica que le avisara.
Aquel desconocido se había vuelto por completo hacia él. Movía la
derecha hacia el revólver.
Era uno de esos tipos que no gastan palabras.
Y Quantrell se dio cuenta de algo definitivo, de algo que ya era
irremediable para él. ¡Aquel hombre le había ganado las décimas de
segundo necesarias! ¡Al anticiparse en su gesto, iba a ser más rápido!
Quantrell se sintió perdido. Fue como un chispazo.
Pero sólo un chispazo separa la vida de la muerte. Entrecerró los ojos
porque supo que la bala le atravesaría la cabeza. Fue una reacción
instantánea. El revólver giró hacia él. Quantrell ya no podía evitar la
muerte. Su mano quedó trágicamente suspendida en el aire.
Y de repente... ¡aquel revólver siguió girando! ¡El punto de mira pasó
por delante suyo! ¡La bala aulló en dirección a la izquierda de Quantrell!
Uno de los cuatro pistoleros apostados se había incorporado ya.
Apuntaba sobre seguro.
Y de pronto sintió un choque brutal en la frente. Sólo pudo barbotar.
—¡Nooo...!
Había sentido en su cara el contacto caliente de su propia sangre.
Rompió la barandilla con el peso de su cuerpo, mientras sus otros tres
compañeros, asombrados, no acertaban a guarecerse.
Percival disparó de nuevo.
Era como una máquina implacable.
Una fría máquina de matar.
Otro de los pistoleros empuñaba un rifle. Lo soltó mientras aullaba al
sentir el contacto del plomo en el cuello.
Los otros dos dispararon rabiosamente. Pero ya no lo hicieron contra el
abogado Quantrell, sino contra Percival.
Este era su peor enemigo.
No comprendían su actitud, pero los mataría si no lo mataban antes.
Percival se estremeció.
Dos plomos le habían alcanzado casi a la vez. Pero él no se estuvo
quieto. Apretó el gatillo rabiosamente mientras se encogía junto a la barra.
Uno de los pistoleros apostados lanzó un terrible aullido mientras se
estrellaba contra la pared.
Quedó hecho un ovillo mientras se apretaba la espantosa herida en el
pecho.
El otro, aunque va cojeaba, trató de huir. Intentó saltar hacia la puerta
cuando Quantrell se movía.
Suantrell hizo fuego, o se anduvo con chiquitas. Le voló la cabeza a la
primera bala.
Todo había pasado en unos breves segundos.
En una serie de siniestros relampagueos de muerte.
Johnny Quantrell estaba atónito.
Por primera vez los acontecimientos habían sido más rápidos que él. Por
primera vez unos disparos le habían desbordado, dejándole sin saber qué
pensar.
Pero se daba cuenta de que le habían tendido una trampa mortífera y de
que aquel nombre le había salvado de ella. Aquel hombre mortalmente
herido que ahora estaba con la espalda apoyada en la barra, mirándole con
espantosa fijeza.
Se acercó a él.
Percival sonrió débilmente.
La palidez iba comiéndose su rostro, pero aun así su voz fue firme al
decir:
—Muchacho... Me llamo Percival. Tú no me conocías ni podías
sospechar de mí. Por eso... tenía que matarte.
Quantrell se mordió el labio inferior.
—Eso significa que soy un estorbo, ¿no?
—Un estorbo... que le interesa eliminar. Ya no se fía de ti. Por lo tanto...
intentará matarte de nuevo.
El joven hundió la cabeza. Todo aquello le dolía como un latigazo
propinado por su propio padre. Si a alguna persona estuvo agradecido en
esta vida, esa persona era Brent. Pero ahora veía cuáles eran las mezquinas
dimensiones morales de éste; ahora se daba cuenta de toda su maldad, de
toda su podredumbre.
Y eso era lo que le dolía como un latigazo.
—¿Por qué me has salvado? —musitó—. Seguro que has cobrado una
buena suma por matarme.
Percival sonrió tristemente. Hizo un esfuerzo para sacar un fajo de
billetes de uno de sus bolsillos.
—Toma. He cobrado esto. Es... es una buena suma, ¿no? Dásela a... a
Judith.
—¿A Judith? ¿Por qué?
—Creo que es lo último que... que puedo hacer por ella. Realmente
nunca... Nunca le he hecho ningún favor... Todo lo contrario...
Su mirada se nublaba rápidamente. Dejó caer el fajo de billetes al suelo.
Quantrell sintió un nudo en la garganta.
Apenas fue capaz de sostener a Percival mientras éste exhalaba su
último suspiro.
La angustia y una dulce emoción le ahogaban al mismo tiempo.
Porque se dio cuenta de algo que quizá nadie sabría.
El padre de Rosanna, la muchacha violada, el esposo de Judith, acababa
de morir.
CAPITULO XVII
Fue el juez el que se lo dijo a la mañana siguiente:
—Parece usted su propia sombra, Quantrell. Cualquiera diría que le
han chupado las fuerzas. ¿Le ocurre algo?
Quantrell, en efecto, parecía haber envejecido en pocas horas. Caminaba
pesadamente, como si le faltara todo el vigor. Se sentó ante la mesa del juez
y no contestó a aquella pregunta. ¿Qué le iba a decir?
El juez también parecía haber envejecido en pocas horas.
Estaba preocupado.
Con voz vacilante susurró:
—Quantrell, ¿va usted a pedir la absolución?
—Si me atreviera la pediría. Sin embargo, no podré hacerlo porque hay
unas pruebas en contra de los acusados —susurró Johnny.
El juez apretó los labios.
Hubo en sus ojos una expresión de terrible sufrimiento al musitar:
—Dios sabe lo que me duele decir esto, Quantrell, pero óigame bien:
Pida la absolución. Estamos dispuestos a dársela.
—¿Quéee...?
Johnny Quantrell creía haber oído mal. Todo aquello le parecía una
oroma. No era posible que a cinco hombres que, al fin y al cabo, eran
culpables, se les absolviese de aquella manera. El había querido librarles de
la pena de muerte, pero ponerlos en la calle le parecía también una
inmoralidad.
El juez bisbiseó:
—Pida la absolución, Quantrell, pero con una condición.
-¿Cuál?
—Que se marchen de la ciudad. Que no vuelvan a esta tierra. Si alguna
vez vuelven yo, a pesar de ser el juez, vulneraré la ley. Yo pagaré unos
asesinos para que los maten.
—¿A qué viene esta ternura, juez? ¿De repente es usted contrario a la
pena de muerte?
—Lo que pasa es mucho más sencillo: los jurados están aterrorizados.
No puede imaginarse lo que ha costado nombrar un sustituto.
—Lo entiendo —dijo suavemente Quantrell—. Lo que ha pasado no es
como para tranquilizar a la gente.
—Los jurados me han dicho que ellos no se atreven a condenar. No
quieren exponerse a una venganza sangrienta y no quieren morir. Es natural.
Son personas que tienen familia y que viven de su trabajo. La condición que
me han impuesto es ésta: absolverán a esos hombres y se olvidarán de lo
sucedido con tal de no verlos más. Bastará con que usted pida la absolución
para que se la den, Quantrell.
El joven estaba asombrado.
De ningún modo había esperado aquello.
Durante unos largos instantes no se atrevió a contestar.
Fue el juez el que murmuró:
—Este es el caso más espectacular de su carrera, Quantrell. Es un gran
triunfo que le convertirá en un hombre famoso.
—Si supiera lo que me importa convertirme en un hombre famoso o en
un hombre rico, se reiría, juez —dijo él lentamente—. Empecé este caso
porque tenía una deuda de gratitud que no puedo explicarle ahora. Pensé
que nada se arreglaría con enviar a cinco hombres a la horca, y me dije a mí
mismo que si iban a la cárcel para toda la vida ya era bastante. Pero no he
tenido ninguna ambición personal, juez. Eso puedo garantizárselo.
Se puso en pie.
Sus movimientos eran aplomados y poco ágiles. Daba nuevamente la
sensación de haber envejecido en pocas horas.
—¿Prometió usted algo al señor Brent? —susurró el juez.
—Sí. Que su hijo y los otros no irían a la horca. Pero no prometí nada
más. Absolutamente nada más.
—Honradamente, ¿qué piensa, Quantrell? ¿Piensa que esos cinco
hombres deben morir? Desde el primer momento yo he creído que sí. Pero
ahora que no estamos ante el jurado, ¿qué opina usted?
—Mí opinión me la hice desde el primer momento —susurró Quantrell
—, y desde el primer momento supe también lo que tenia que hacer. Pero no
puedo explicarle nada ahora, juez. Todo llegará a su debido tiempo.
Hizo un breve saludo y salió del despacho.
La sala estaba llena.
Los espectadores abarrotaban hasta los últimos rincones, en espera del
veredicto que habría de pronunciarse aquella misma mañana. Pero había
cierto desaliento en la gente; eso se notaba. Quien más quien menos sabía
ya que los del jurado estaban aterrorizados y que su terror influiría en el
veredicto.
Cuando los cinco hombres esposados entraron en la sala, sonaron otra
vez los gritos de «muerte, muerte», pero ya con menos convicción. Los
espectadores adivinaban que aquellos cinco monstruos se librarían de la
horca; casi teman la seguridad de ello.
El juez estaba muy pálido.
Con voz cansada, que nada tenía que ver con la energía de los días
anteriores, ordenó:
—Puede informar el fiscal.
El fiscal, que era un hombre sin miedos pronunció un brillante
parlamento acusando a los cinco prisioneros de ser peores que alimañas, de
ser más sanguinarios que cualquier hiena y más rastreros que cualquier
serpiente. Su monstruoso delito no podía quedar sin castigo, y por eso pidió
al jurado que pronunciara un veredicto de culpabilidad, lo que llevaba
aparejada la pena de muerte.
La gente aplaudió. La esperanza de que aquellos tipos acabaran
colgados renació en la multitud.
Pero el juez seguía tan desalentado como antes. Musitó:
—Que informe la defensa.
Quantrell fue parco en palabras. Se limitó a decir que los hechos no
habían sido probados y a pedir la absolución.
Sonaron gritos e insultos entre la multitud.
¿Pero qué decía aquel tipo? ¿Que los hechos no habían sido probados?
¿Estaba loco? ¡Sí los mismos acusados habían reconocido ostentosamente
su delito! ¡Si habían sido atrapados como quien dice «con las manos en la
masa»...!
El juez le escuchó sin ningún interés. Sabía ya lo que significaba todo
aquello. Luego dijo con voz ronca:
—Que el jurado se retire a deliberar.
El presidente se puso en pie.
Estaba mortalmente pálido.
Sus labios temblaban.
Dijo con un hilo de voz:
—No es necesario, Señoría.
—¿No es necesario? ¿Por qué?
—Los aquí reunidos hemos llegado ya a una conclusión, después de
haber oído los informes del fiscal y la defensa.
—¿Por lo tanto tienen un veredicto?
—Sí, Señoría.
—¿Están en situación de pronunciarlo?
—Sí, Señoría.
El juez susurró:
—Pónganse los acusados en pie.
Los cinco hombres lo hicieron. Estaban mortalmente pálidos. Les
temblaban las rodillas aunque querían disimularlo. Ahora se desvanecía
todo el cinismo de que habían hecho gala durante el juicio.
Estaban seguros de que un veredicto tan rápido sólo podía significar una
condena a muerte.
El juez se volvió hacia el presidente del jurado.
—Puede pronunciar el veredicto —indicó.
—Pues... —el presidente se humedeció los labios con la lengua—,
pues... nosotros entendemos que los acusados son... ¡inocentes! ¡Son
inocentes de los cargos que se les imputan y por lo tanto deben ser puestos
en libertad!
Sonaron gritos de rabia entre la muchedumbre que presenciaba el juicio.
Los insultos subieron de tono durante algunos minutos, hasta hacerse
ensordecedores. Los hombres del sheriff, para mantener el orden, tuvieron
que disparar otra vez al aire.
Por fin se restableció un poco la calma. El juez barbotó:
—Estos hombres deben ser expulsados de la ciudad. Por lo demás, son
libres. El juicio ha concluido.
Los cinco acusados se miraron unos a otros, atónitos y locos de alegría.
Todavía no podían creerlo. En el mejor de los casos ya se veían en una
celda de Yuma, donde se pudrían los hombres y de donde tendrían que
esperar una oportunidad para salir. Y de repente... ¡de repente estaban
libres! ¡casi no podían creerlo!
La sala tuvo que ser despejada a toda velocidad. Los miembros del
jurado desaparecieron avergonzados, dominando su miedo. Solo el juez, el
fiscal y el defensor quedaron en la sala.
Los acusados habían sido sacados por otra puerta.
El fiscal musitó:
—Ha sido un cochino trabajo, Quantrell.
Quantrell dijo solamente:
—Sí.
Salió con la cabeza baja. Los hombros le pesaban. Sus ojos estaban
nublados por una expresión que nadie hubiera podido comprender.
Vio, al salir a la calle, que la ciudad había quedado desierta.
Todo el mundo estaba en sus casas.
Nadie quería pisar aquella ciudad mientras aún la estuvieran pisando los
cinco asesinos.
Johnny Quantrell caminaba lentamente.
Casi arrastraba los pies.
Era cierto que parecía haber envejecido en unas pocas horas.
Pero aquella extraña luz seguía flotando en sus ojos. Aquella chispita
negra seguía flotando en el fondo de sus pupilas.
Y de pronto los vio.
Ocupaban la calle.
Los cinco.
Brent en el centro. Dos hombres a cada lado. Todos llevaban ya sus
cintos y sus Colt, puesto que eran personas libres.
Johnny Quantrell los miró.
Los miró quietamente mientras una sonrisa indescifrable flotaba en su
boca.
CAPITULO XVIII
Brent, en el centro, lanzó una carcajada.
Aquella carcajada resonó como un trueno en la calle solitaria, donde no
se oía ni el zumbido de una mosca.
—Hola, abogado —dijo Brent—. ¡Qué agradable encuentro!
Quantrell apenas despegó los labios. .
—Crei que os habíais ido de la ciudad —dijo—. Os han expulsado.
Brent volvió a reír.
—Tenemos tiempo, ¿no?
—¿Y para qué lo necesitáis?
—¡Qué cosas tiene, abogado! Nos metieron en la cárcel, ¿no? Nos han
fastidiado, ¿no? ¡Pues hay que recuperar los días perdidos! Queremos echar
un vistazo a las chicas de la ciudad. Hay algunas chicas estupendas, ¿no le
parece? ¡Y si uno se divierte un poco con ellas no pasa nada! Ya ve que la
cosa no es tan difícil...
La sonrisa en los labios de Quantrell se hizo más ancha.
Era una sonrisa muy extraña.
Podía ser la de un fabricante de ataúdes que contempla un trabajo bien
hecho.
—¿Sabéis, muchachos? —dijo—. Me alegro de que no os hayáis
largado aún.
—¿Por qué?
—Porgue así me evito el trabajo de buscaros.
Mae rió.
—Buscarnos... ¿para qué?
Clinton le dio un codazo.
—Hombre... ¡Qué pregunta! La cosa esté clara: para presentarnos la
factura.
—Eso es —dijo Quantrell suavemente—. Tú lo has adivinado,
muchacho: para presentaros la factura.
—Te pagaremos —dijo Brent—. Al fin y al cabo nos has sacado de una
buena. Mejor dicho: te pagará mi padre.
—No, tu padre no —corrigió Quantrell—: Vosotros.
La expresión de la cara de Quantrell no le gustaba a Brent. Este
murmuró:
—¿Qué te pasa, maldita sea? ¿En qué estás pensando ahora?
—En que os prometí que no iríais a la horca.
—Y no hemos ido. ¿Qué pasa?
—Estoy pensando también que no os prometí nada más.
La expresión de Quantrell seguía sin gustarle a Brent. Masculló:
—Entiéndete con mi padre. El te pagará. Y ahora... ¡déjanos pasar!
Estaban apenas a ocho pasos.
Fueron a avanzar.
El silencio, ahora, volvía a ser siniestro, agorero, impresionante.
Quantrell musitó:
—Quietos ahí, condenados.
Todos le miraron de soslayo.
Con las bocas entreabiertas.
Con los ojos levemente desencajados.
Brent masculló:
—¿Qué tratas de... de hacer?
—Sólo recordaros que ya he cumplido la promesa que hice a tu padre.
No tengo obligación de hacer nada más. Ahora vosotros sois cinéo nombres
libres... y yo soy también un hombre libre.
—Me gustaría saber qué tratas de decir con eso, Quantrell —murmuró
Brent.
Pero demasiado lo sabía.
Le bastaba con ver los ojos de Quantrell.
Y de pronto aulló:
—¡Muchachos! ¡El quiere ser el ejecutor! ¡Cuidado! ¡Ma-tadle como a
un perro!...
La situación había cambiado dramáticamente en sólo unos segundos.
Ahora Brent acababa de comprender la verdad. Tiró de la culata mientras
sus dientes rechinaban de rabia.
Sus amigos le imitaron.
Sacaron los Colt también.
Sus movimientos estuvieron llenos de precisión y de odio, pero en los
gestos de Johnny Quantrell había más precisión y más odio todavía. Se
movió como un diablo, como una serpiente. El Colt brotó en sus dedos
cuando los otros aún no se habían dado verdadera cuenta de lo que sucedía.
La primera bala fue para Brent.
Pero sólo le alcanzó en un brazo.
Quantrell no quería matarle, sino sólo inutilizarlo para el combate. Lo
demostró con aquel plomo que hizo girar sobre sí mismo al hijo del
millonario.
Quantrell no lo miró.
Porque quedaban otros cuatro enemigos.
¡Cuatro buitres ansiosos de matar! " El revólver de Quantrell dibujó en
abanico una fatídica línea de muerte. Mientras con la derecha disparaba,
con la izquierda amartillaba frenéticamente. Sus movimientos fueron
instantáneos, precisos, mortales. Los dos hombres del lado izquierdo
cayeron como muñecos.
Wallace se llevó las manos a la cara.
Una bala se la había destrozado por completo.
Mixton sintió en el cuello un chorro espeso y caliente.
El plomo le había abierto allí un boquete siniestro.
Mae, en el lado derecho, había conseguido disparar.
Lo hizo con demasiados nervios y la bala salió un poco alta, rozando la
cabeza de Quantrell.
Éste siguió con el movimiento de abanico.
Todo estaba sucediendo en cuestión de segundos.
Unos ojos humanos apenas hubieran podido seguir aquel movimiento
frenético.
Mae cayó pesadamente.
No tuvo tiempo de disparar más.
El plomo le había penetrado por entre las dos cejas, formando junto a
ellas como un tercer ojo de sangre.
Sólo quedaba Clinton.
Clinton barbotó:
—¡Nooooo!...
No era más que una rata cobarde.
Había soltado el Colt.
Estaba de rodillas en tierra, con los brazos abiertos.
—¡No puedes matarme! ¡Noooo! ¡Estoy desarmado! ¡No puedes
matarmeee!...
Quantrell le miró con una mueca de asco.
En este momento no tenía ni que pensar.
El era el ejecutor de la ley.
El era el verdugo.
Apuntó fríamente.
Hizo fuego.
La cabeza de Clinton pareció salir despedida hacia atrás al ser escindida
en dos por la bala.
A Johnny Quantrell aún le quedaba un plomo en la recámara.
Se acercó a Brent.
Sus pasos resonaban quedamente en el silencio terrible de la mañana.
Brent barbotó:
—No puedes hacerlo... Estoy herido... ¡No puedes hacerlo!
—Tú eres el único que quedará con vida —masculló Quantrell—. Debo
muchas cosas a tu padre y por lo tanto no te mataré. Levántate y saca a esa
carroña de aquí. Han sido expulsados de la ciudad y no pueden ni siquiera
ser enterrados en ella. Pero al menos han muerto como hombres libres, que
es lo máximo que merecían. ¡Ponte en movimiento, perro! ¡Sácalos! ¡Hala!
¡Fuera!
Escupió sobre la cara de Brent.
Este se secó el salivazo lentamente.
Sus ojos estaban cargados de odio.
Pero no se atrevió a moverse. No se atrevió ni a pestañear delante de
Johnny Quantrell.
Este volvió la espalda con desprecio.
Con el Colt en la funda, se alejó calle abajo. Brent de rodillas en el
suelo, alzó el revólver con la mano izquierda.
En sus ojos palpitaba la muerte.
Tañía a su enemigo de espaldas.
Sus dientes chirriaron.
¡Ahora o nunca!
Fue a apretar el gatillo.
El fogonazo le dejó ciego.
Una terrible quemadura le atravesó el cerebro de parte a parte.
Sus ojos se nublaron mientras la boca se le llenaba de sangre.
Apenas pudo balbucir:
—Nooooo...
Quantrell, que acababa de disparar desde la cintura, volviéndose con
rapidez vertiginosa, susurró:
—Mala suerte, Brent... Sólo me había vuelto para decirte que le dieras
recuerdos a tu padre.
Y siguió andando.
Sabía que el viejo Brent tenía la peor penitencia que pudo merecer.
Sabía gue el viejo Brent tendría la vida destrozada al recoger el cadáver de
su propio hijo.
Johnny Quantrell giró en la primera esquina.
Tenía que encontrar a una mujer.
Una viuda joven que en otro tiempo lo fue todo para él y que volvería a
serlo.
La vida siempre puede volver a empezar.
Menos para aquellos cinco hombres tendidos sobre el polvo amarillo de
la calle. Menos para aquellos cinco cuerpos de facciones crispadas que ya
merecían una sola palabra:
R.I.P.
FIN