El «Porsche 911-S» rugía materialmente y sus ruedas giraban a una
velocidad endiablada. Las esferas del salpicadero parecían alocadas y casi
todas las agujas entraban en zona roja. El velocímetro llegaba a los
trescientos kilómetros hora.
Jo Alan mantenía en el cambio de marchas la velocidad más larga. Aquel
automóvil no era un vulgar «Ford» o «Mercedes» en el que sólo había que
pisar el freno o el acelerador por ser el cambio de marchas automático.
Dentro de aquel bólido deportivo jugaba y mucho la destreza del piloto con
el cambio de marchas mientras el pie derecho hundía el pedal del gas.
Ralph Barby
Top secret
Bolsilibros - Servicio Secreto - 1210
ePub r1.0
Titivillus 04-12-2019
Título original: Top secret
Ralph Barby, 1973
Editor digital: Titivillus
ePub base r2.1
CAPÍTULO PRIMERO
El «Porsche 911-S» rugía materialmente y sus ruedas giraban a una
velocidad endiablada. Las esferas del salpicadero parecían alocadas y casi
todas las agujas entraban en zona roja. El velocímetro llegaba a los
trescientos kilómetros hora.
Jo Alan mantenía en el cambio de marchas la velocidad más larga. Aquel
automóvil no era un vulgar «Ford» o «Mercedes» en el que sólo había que
pisar el freno o el acelerador por ser el cambio de marchas automático.
Dentro de aquel bólido deportivo jugaba y mucho la destreza del piloto con
el cambio de marchas mientras el pie derecho hundía el pedal del gas.
Jo Alan vigilaba el asfalto que semejaba engullido por el motor del «Porche
911-S», pues a los lados apenas podía verse nada a causa de la velocidad a
que rodaba.
El casco le protegía la cabeza en su totalidad, con una mirilla transparente
para los ojos. El resto del cuerpo se hallaba ajustado por un traje de piel y
unos guantes para impedir que el sudor le hiciera cometer algún error por
deslizamiento.
Una de las curvas se le vino encima súbitamente y quitando el pie del
acelerador, hundió el freno. Los neumáticos chirriaron de forma
espeluznante y la pastilla quedó impresa en el suelo.
Jo Alan jugó peligrosamente con las marchas y la aguja bajó a los cien
kilómetros hora. El coche semejó ir a salir de costado fuera del asfalto, pero
el pie derecho del piloto se hundió de nuevo en el acelerador mientras subía
otra marcha. En medio de un ruido bronco, el «Porsche» saltó hacia delante.
Sólo un hombre con los reflejos que poseía Jo Alan podía salir indemne de
aquella situación. Cualquier otro habría tenido que ser sacado del interior
del coche, a no dudar destrozado, con alicates y cizallas de mano.
En las rectas había puesto el automóvil al tope. En algunas curvas, incluso
se había salido del asfalto, pero consiguió lo que quería, por lo menos así lo
creyó cuando la bandera ajedrezada cayó a su paso por la línea de meta.
Jo Alan disminuyó la velocidad. Dio otra vuelta al circuito y se dirigió a
boxes. Apenas había nadie en el autódromo, sólo los cuidadores, algunos
pilotos, fabricantes o representantes de escuderías y varios periodistas.
Jo Alan detuvo el coche. Abrió la portezuela y, como una exhalación, saltó
del vehículo exigiendo:
—¡Rápido, un extintor!
Le fue entregado un extintor de mano en el preciso momento en que el
automóvil se inflamaba, convirtiéndose en una gran llamarada.
Los que estaban en boxes saltaron asustados, con el pánico reflejado en sus
rostros, temiendo que el coche estallara quemándolos vivos a todos.
El arrojo y la temeridad de Jo Alan consiguió dominar la situación,
apagando el fuego en menos de cinco segundos. Vomitó el chorro de polvo
y gas extintor sobre todo el coche hasta tener la completa seguridad de que
ya nada volvería a pasar.
Varios reporteros le hicieron fotografías mientras se hallaba frente al auto
incendiado. Después, al coche nada parecía haberle pasado.
El juez de pista le preguntó:
—¿Qué ha ocurrido, Jo Alan?
—Perdía algo de carburante en estado gaseoso. Lo he notado por el control
del salpicadero, pues no podía verse. Corría peligro de inflamarse dentro del
coche, pero he querido llegar hasta el final.
Un periodista preguntó:
—Si sabía lo que estaba pasando, ¿por qué ha continuado?
—El peligro no estaba corriendo, si no en detenerse. A esa velocidad, la
gasolina gasificada que escapaba por algún manguito mal ajustado o con
fisuras, se la llevaba el fuerte viento, pero al pararme sabía que se
acumularía y debido al gran recalentamiento del motor se inflamaría de
inmediato, y así ha sido. —Miró al mecánico e indicó—: Tendrás que
ajustar todo el circuito de conducción de carburante, por poco llego asado.
—¿Cuándo le veremos corriendo en fórmula uno? Inquirió uno de los
periodistas.
—De momento me conformo con los prototipos deportivos —respondió Jo
Alan con el casco en la mano.
Se notaba en su rostro el sudor y el ligero cansancio. Era alto y delgado, de
ojos verde oscuro y cabello negro. Tenía una constante en su rostro: parecía
estar siempre sonriendo y ello le granjeaba muchas amistades femeninas, de
las cuales, tres o cuatro merodeaban por allí cerca, todavía fascinadas por su
valor ante el peligro.
—Por lo menos, usted se ha salvado, Jo Alan —dijo Sony, una esbelta, bella
y astuta periodista.
—¿Se refiere a que alguien sí ha tenido un tropiezo? Creí que corría sólo en
el autódromo.
—Y así ha sido, Jo Alan. Además, ha batido el récord del circuito, lástima
que los jueces internacionales no estaban aquí para homologarlo —dijo el
juez de pista.
—Bueno, si lo he batido hoy, otro día también podré hacerlo, ¿verdad, Bob?
El mecánico sonrió mientras dejaba el motor al descubierto para que se
enfriara cuanto antes y pudiera buscar la avería. El ayudante del mecánico
insufló aire a presión con una manguera para acelerar el enfriamiento.
La periodista dijo:
—Una familia entera, con tres hijos, ha aparecido muerta esta mañana en su
casa de las afueras de la ciudad.
—Vaya, ¿un crimen?
—Sí y al estilo de Manson —respondió Sony—. En los periódicos de esta
tarde saldrán los reportajes. Me temo que algunas de las fotografías tendrán
que censurarlas, me han dicho que son escalofriantes, casi repugnantes.
—Sí, esa clase de crímenes siempre son repugnantes. ¿Algo ritual?
—Eso parece.
—Supongo que estarán interrogando a todos los hippys del condado de Los
Angeles.
—Sí, eso deberá estar haciendo la policía estatal, claro que a los hippys se
les carga todo. Hace algún tiempo, unos alemanes, padre e hijo, hicieron
también un crimen ritual asesinando a madre e hija, es decir, a la esposa e
hija del padre y a la madre y hermana del hijo.
—Sí, algo sucio, ya oí hablar de ello.
—Y no eran hippys —recalcó Sony.
Jo Alan sonrió.
—¿Partidaria de los hippys?
—Sólo trato de ser justa y objetiva, por eso soy periodista.
—Eso está bien.
—¡Jo, Alan, Jo Alan!
—¿Qué ocurre? —respondió volviéndose hacia el vigilante del autódromo,
un hombre de color y de gran corpulencia.
—Le llaman al teléfono.
—Está bien, ahora voy.
—¿Alguna admiradora? —preguntó Sony, mordaz.
—No soy un cantante de moda; yo no tengo admiradoras sino amigas.
—¿Amigas simples o amigas íntimas? —insistió sin abandonar su picardía.
De pronto, levantó su cámara, provista de flash electrónico.
Jo Alan aguantó el relámpago artificial sin pestañear y luego, antes de
alejarse y sin esperar respuesta, preguntó:
—¿Es para el periódico o para su mesita de noche?
—¡Fanfarrón! —exclamó la joven.
Se volvió hacia el veloz «Porche 911-S» y le tomó otra fotografía, quizá por
hacer algo.
Jo Alan cogió el auricular del teléfono de la pequeña oficina y sentándose
ante la mesa, dijo:
—Aquí Jo Alan, ¿quién llama?
—Hace falta una niñera a las cuatro —respondió una voz grave y profunda
al otro lado del hilo.
—Correcto. ¿Dónde?
—Donde los ojos están abiertos cuando debieron estar cerrados.
—Entendido. ¿De qué se trata?
—El caso Landon, es de vital interés.
Jo Alan colgó y frunció el ceño.
Aquella llamada urgente y en clave, le preocupó, no porque posiblemente
tuviera que jugarse la vida, sino por los problemas que podían haber
surgido.
A través de los cristales vio a Sony y observó que guardaba algo
precipitadamente en su bolso. Pensó que le agradaría salir con ella, pero al
mirar su reloj de pulsera se percató de que no le quedaba mucho tiempo
para acudir a la cita.
Sony tenía una nariz ligeramente respingona y sus piernas, que podía ver
casi hasta las ingles, eran estéticamente perfectas.
El vestido combinado con mini-shorts, para ambientes deportivos, era
rabiosamente tentador y Sony no ignoraba qué elementos ponía en juego
para hacerse atractiva y hallar vulnerabilidad en los hombres, quizá por
instinto femenino, quizá por instinto profesional.
Jo Alan movió la cabeza, contrariado, y se dirigió al vestuario; la cita era lo
primero.
CAPÍTULO II
En jueves y a las cuatro de la tarde, no había prácticamente nadie en el
recinto zoológico del Griffith Park.
Jo Alan, con paso indiferente en apariencia, pero sin vacilaciones, se dirigió
al aviario y dentro de éste, cruzó una puerta, internándose en el aviario
nocturnal.
Aunque en el exterior luciera un brillante sol, allí dentro la luz y la
temperatura eran nocturnas. Grandes jaulas de cristal, con luces azuladas y
otras rojas y tenues, encerraban mochuelos, ratas, murciélagos y hasta
vampiros de la Pampa que estiraban sus grandes alas al tiempo que
mostraban sus agudos colmillos hematófagos. Sus ojillos se clavaron en Jo
Alan.
Al fondo del aviario nocturno había una sombra humana. Tenía un cigarrillo
encendido en la mano y su punta roja destacaba.
—¿Tiene gusanos? —le preguntó a guisa de saludo, aunque era una
contraseña. La luz era escasa y cualquier experto en mimética humana
podía pasar por quien no era en realidad.
—No, los gusanos los trae Snoopy —respondió el hombre del pitillo.
Aquel sujeto era de baja estatura comparado con Jo Alan.
Vestía un traje elegante y fresco y cubría su cabeza con un sombrero
verdoso que no destacaba en absoluto. Jo Alan le conocía bien, había tenido
varios contactos con él, pero nunca podía fiarse del todo.
—Lionel, ¿cuál es el problema?
—La familia Landon.
—¿Landon? —Jo Alan frunció el entrecejo, aunque el llamado Lionel no
pudo apreciarlo dada la escasez de luz para la buena visión del ojo humano
mientras uno de aquellos vampiros que se hallaban al otro lado del grueso
cristal les contemplaba con fijeza.
—¿No ha oído nada acerca de un asesinato ritual de un matrimonio y tres
hijos, hecho al estilo de Manson y sus acólitos?
—Me han hablado de la noticia, pero creo que es una investigación que
lleva a cabo la policía estatal.
—Y la seguirá llevando, oficialmente. Peter Landon, de origen judío, es un
ingeniero electrónico empleado en la Cooper Electronic Corporation, una
empresa no muy grande y que fabrica determinadas piezas para
computadoras y equipos especializados para emisoras de televisión.
—¿Cuál es el problema, Lionel, por qué quiere que meta yo la cabeza en
este asunto con apariencias de crimen, más o menos repugnante, pero
crimen, al fin y al cabo?
—La Cooper Electronic Corporation sólo es una tapadera.
—Eso ya empieza a decir algo, continúe.
El hombre del sombrero verde se llevó el cigarrillo a los labios; chupó con
fuerza y no habló hasta que hubo expulsado el humo por su nariz. Era como
si se hubiera tomado un tiempo para pensar. Era un individuo que hablaba
despacio, meditando cuanto decía.
—Determinados empleados de la Cooper Electronic Corporation llegan por
la mañana a sus puestos de trabajo y luego, una vez en el vestuario, pasan a
una habitación donde existe una escalera descendente que conduce a un
garaje subterráneo. Allí, suben al interior de un furgón sin más ventanillas
que las de la cabina y un chófer les saca de la pequeña fábrica material
eléctrico conduciéndoles a un centro de investigación federal de radiaciones
atómicas sobre la agricultura.
Jo Alan parpadeó. Miró al vampiro y éste seguía observándole con fijeza.
—¿Es importante ese centro de tratamiento atómico para la agricultura?
—Eso es otra tapadera.
—Todo está muy complicado, Lionel.
—Así es, por eso le han elegido a usted, Jo Alan.
—Bien, siga, parece que es interesante.
—En los subterráneos de esta planta de tratamiento atómico existe una
planta de computadoras muy especializadas. Mediante un sistema secreto
de comunicación que parte de Houston, recibe muchos datos que pasan por
Houston sin ser descifrados y como material desechable, aunque, en
realidad, es muy importante, yo diría que importantísimo y altamente
secreto.
—¿Y qué es lo que computan en los subterráneos de esa supuesta planta de
experimentación agrícola?
—Son los datos que reciben de los espías en órbita.
—Entiendo, los Agena.
—Sí. Antes, los primeros satélites espías, fotografiaban con distintos tipos
de película y había que esperar a recuperar el satélite para conocer los
resultados. En cambio, ahora es distinto. El propio satélite transforma la
información captada en señales codificadas, pero camufladas y
amalgamadas con otras para desorientar a otros posibles escuchas. Estas
señales se reciben en Houston, y allí, hombres del Gobierno clasifican las
más claras, que en el fondo no sirven para nada. El material que desechan,
sobrante en apariencia, pasa a unas determinadas líneas microfónicas que
son recibidas en la planta de investigación atómica para la agricultura y allí,
con las complejas computadoras, se clarifican, descifran, estudian, etcétera.
Pero, no creo que de este asunto nos interese hablar ahora.
—Entiendo, lo que importa es que Peter Landon trabajaba secretamente en
el desciframiento y computación de los datos enviados por nuestros satélites
de espionaje y control.
—Así es, Jo Alan. Ese hombre trabajaba allí dentro y ni su mujer ni sus
hijos lo sabían. Hasta cuando hablaban con él por teléfono llamando a la
Cooper Electronic, la línea pasaba directamente al subterráneo camuflado
bajo la planta de investigación.
—¿Su esposa jamás había ido a buscarle dentro de la empresa?
—No se puede pasar al interior de la Cooper Electronic sin un determinado
permiso. Hay doble barrera de acero y la segunda está electrificada. Los
vigilantes de la puerta son muy estrictos, aunque ni ellos mismos saben que
determinados científicos abandonan cada mañana la empresa en el furgón,
ya que dicho vehículo tiene paso franco. Después, regresan en él mientras
que los automóviles de los científicos quedan aparcados dentro de la
empresa, como si sus dueños permanecieran allí durante todo el horario
normal de trabajo.
—Una perfecta labor de defensa contra el espionaje de nuestro país.
—Sí, hay muchos agentes expertos que desearían descubrir dónde se
computan los datos que se recogen de los satélites espías de control que dan
vueltas y vueltas a la Tierra, determinando los puntos exactos donde hay
armamento bélico, puertos importantes, movimiento de mercancía o tropas,
etcétera. El satélite espía es el elemento más importante que se posee
actualmente, tanto de nuestro país como los del otro lado del Telón de
Acero y de Bambú para controlar y evitar un posible ataque sorpresa como
el que ocurrió en Pearl Harbor. Desde entonces, todo ha cambiado mucho.
—Sí, en especial la electrónica y la astronáutica.
—Así es. El asesinato de Peter Landon y toda su familia puede ser lo que
nosotros llamaríamos un simple crimen ritual llevado a cabo por unos
fanáticos, drogadictos, paranoicos o tipos ansiosos de llamar la atención
mundial aunque a ellos les cueste la cabeza, pero también es posible que en
el fondo existan otros motivos y se haya producido una fisura en nuestro
sistema de protección contra el espionaje enemigo hacia nuestras
computadoras más secretas. Landon era un hombre importante en el manejo
de las computadoras. Por sus manos, aunque muy pocos lo supieran,
pasaban datos de importancia capital. Sólo tengo que decirle que allá abajo
hay un teléfono con línea directa con el presidente.
—De modo que el contraespionaje debe comenzar a engranar.
—Si empleáramos los elementos de contraespionaje normales, hasta el
posible enemigo se daría cuenta. Lo mismo que nosotros tenemos
controlados y fichados a espías y contraespías suyos, ellos también los
tienen nuestros, por eso le hemos escogido a usted, Jo Alan, que actúa como
hombre «libero» empleando términos deportivos. No tiene ficha en parte
alguna y para el mundo sólo es un piloto de pruebas que cada vez que sube
a un bólido arriesga su vida, pero ello le permite viajar por todo el mundo y
alternar en los más diversos ambientes. Su labor como contraespía es
perfecta hasta el momento.
—Espero que siga diciendo lo mismo el día que me sepulten bajo seis pies
de tierra.
—Ya sabe que no tendrá más honores que los que le dispensen sus amigos
de las carreras o los muchachos de la Prensa.
—Sí, ya lo sé. Este trabajo de contraespionaje es difícil, pero divertido.
—Y muy arriesgado, claro que para un hombre como usted, que se mete en
uno de esos bólidos al máximo de su velocidad y cuando todavía nadie ha
probado si la pieza nueva que le han insertado irá bien o mal, el riesgo
carece de importancia.
—Es un trabajo apasionante. Creo que hay que tener un sexto sentido para
ser piloto de pruebas.
—Y si además se es contraespía, mucho más divertido. Reciba mi más
sincera admiración, Jo Alan, claro que quizá a lo máximo que llegue
cuando le entierren es a echar una flor sobre su tumba, posiblemente ni eso
si hay mucha gente.
—Se lo agradezco de antemano —replicó sarcástico—. Investigaré el caso
Landon sin interponerme con la policía estatal y averiguaré si la muerte de
Landon y su familia ha tenido algo que ver con su trabajo altamente secreto
o bien está totalmente al margen del mundo del espionaje.
—Suerte, Jo Alan. Los capitostes están ansiosos por saber algo.
—Una pregunta.
—¿Sí?
—¿Se ha averiguado si falta algo en ese centro secreto de computadoras?
—Por ahora no se ha notado a faltar nada, aunque se está realizando una
investigación minuciosa y profunda al respecto. Es una labor larga,
complicada y difícil. Pasó a la historia el tiempo en que el espía conseguía
un gran éxito fotografiando documentos. Ahora, las computadoras tienen
otro lenguaje más complicado: cintas perforadoras, cartuchos de cassette en
ondas especiales, cartuchos de videocassette que equivalen a gran cantidad
de mapas tomados por telecámara con distintos tipos de rayos, etcétera. Si
falta algo será difícil averiguarlo, incluso puede haberse sacado copia.
Mientras se trabaja investigando en el centro secreto de computadoras,
usted puede investigar directamente y averiguar lo que sea.
Jo Alan frunció los ojos y a través de la débil luz rojiza que iluminaba el
aviario nocturnal escrutó el rostro de su contacto con el departamento
federal de contraespionaje.
—¿Vía libre para todo? —preguntó.
—Sí, hay vía libre. Quizá no hayamos perdido nada, quizá sólo sea una
falsa alarma, pero a lo peor hemos perdido la seguridad de todo el mundo
occidental.
—Entendido.
Los dos hombres se estrecharon la mano. El vampiro más grande de la
jaula, un macho de considerables proporciones, abandonó la rama de la que
se hallaba colgado saltando contra el cristal. Aleteó rabiosamente como si
pretendiera lanzarse sobre los hombres sin poder conseguirlo, ya que el
grueso cristal tras el que lo habían encerrado se lo impedía.
CAPÍTULO III
Jo Alan se introdujo en el club nocturno Centauro.
Era un local de tercera lila, pero muy concurrido la mayoría de las noches.
El público acudía a él no para reunirse socialmente, sino para pasarlo
divertido con las picardías del show.
Con un cigarrillo entre los labios y las manos en los bolsillos, Jo Alan pasó
junto al mostrador. Varias manos le estiraron del brazo intencionadamente,
pero él ni siquiera reparó en aquellas féminas animadoras y algo más si el
cliente resultaba propicio.
Se introdujo por una puerta y un vigilante le cortó el paso.
—Lo siento, aquí sólo entran… Ah, es usted, Jo Alan. Mucho gusto en
volver a verle. He visto una fotografía suya en el periódico de la tarde
apagando las llamas de su bólido. Difícil profesión la suya.
—Sí, algo arriesgada.
—¡Jo Alan, hace tiempo que no te vemos por aquí! —exclamó una de las
sensuales bailarinas de strip-tease, estrechándose contra él voluptuosa.
—Hola, encanto. Cualquier día me dejo atrapar por ti.
—¿Cuándo será ese día?
—Por el momento sólo tienes como rival a mis bólidos deportivos.
—¡Tú y tus coches…!
La chica le besó apasionadamente; Jo Alan estaba ya acostumbrado a la
efusividad de Leila.
—¡Leila, Leila, a la pista! —gritó alguien desde lejos, mientras comenzaba
una musiquilla sensual.
—Querido, si me esperas, será tu gran día.
—Oh, sí, mi gran día —remedó con fingido entusiasmo. Ni siquiera había
cerrado los ojos ante el efusivo y casi devorador beso.
—Una chica de cuerpo perfecto —opinó el vigilante mientras ella se
alejaba.
—He de admitir que así es —aceptó volviendo a colocar el pitillo en su
boca.
—Le pedí que se casara conmigo.
—Mala cosa, no sería el único.
—Me conformaría.
Jo Alan miró con lástima a aquel hombre que suspiraba por una migajas de
amor.
—¿Está She-Mouse por ahí?
—Sí, en su camerino. Después de Leila, le toca salir a él.
—Bien. He recibido un telegrama de su mujer y se lo quiero entregar en
propia mano.
—¿Cómo? —inquirió estupefacto el vigilante.
Con las manos en los bolsillos, Jo Alan se alejó hacia el camerino de She-
Mouse sin responderle.
Golpeó ligeramente con los nudillos sobre la puerta y una voz muy fina,
rezumando miel, respondió:
—Adelante quien sea, She-Mouse a su disposición.
Abrió la puerta.
She-Mouse se hallaba sentado en el escabel frente al espejo, maquillándose.
Tenía el cabello entrecano, pero en aquel momento se estaba colocando una
peluca rubia con bucles. Llevaba los labios pintados y su rostro expresó
alegría al reconocer a su visitante.
—¡Jo Alan! —Se levantó—. ¿Tú por aquí? Ya te habías olvidado de She-
Mouse.
Ante el impulso de aquel hombre, a todas luces feminoide, Jo Alan puso su
gran mano por delante, frenándolo.
—Vamos, no seas empalagoso, no me gusta que me beses.
—Pero, ¿qué mal hay en que te bese como a un hermano? —preguntó She-
Mouse brillándole los ojos.
—Ninguno, sólo que no me gusta que me beses.
—Oh, qué triste, pero qué triste me dejas. Y yo que creía que tú eras mi más
caro amigo…
—Vamos, deja de hacer comedia, aquí no estás en la pista ante el público.
Con gesto ofendido y mirando hacia otro lado, She-Mouse preguntó:
—¿Qué es lo que quieres? Los hombres como tú siempre pedís algo, sois
muy interesados, pero que muy interesados.
Jo Alan sabía que, pese a su desviación sexual, She-Mouse era un buen
tipo, aunque metido hasta el cuello en el mundo del hampa.
—¿Qué sabes de los Landon?
—¿Landon? —Se giró con expresión perpleja y luego volvió su rostro hacia
el espejo para contemplarse mejor. En voz baja, mientras se acariciaba el
rostro, se lamentó—: Cada día peor… Me ha salido una arruguita nueva,
tendré que visitar a mi dermatólogo en cuanto me sea posible.
—La esposa de Landon era amiga mía.
—Me lo imagino, me lo imagino. —Movió la cabeza reprobador—. Los
hombres como tú sois perversos, destruís los matrimonios. Has nacido para
permanecer soltero y no atarte a ninguna mujer. —Se volvió hacia él y casi
con desafío preguntó—: ¿Y por qué tengo que decirte algo de los Landon?
Jo Alan sacó unos billetes del bolsillo que puso en forma de abanico; eran
cinco y de a veinte dólares cada uno.
—Creo que es motivo suficiente.
—Cien dólares, no está mal. Siempre ha sido generoso cuando haces
preguntas, Jo Alan. —Estiró su mano, cogiendo los billetes—. Sin embargo,
me gustaría más…
—Cierra el pico y dime lo que sepas de los Landon.
Se guardó el dinero por el interior de la camisa con un gesto femenino y
respondió:
—No sé nada, absolutamente nada y a mí, esos crímenes con tanta sangre
me repugnan.
—Oye, si no sabes nada, vas a devolverme los cien pavos.
—Aguarda, aguarda, no seas tan impaciente. Verás, este asunto es muy
desagradable, pero me gano los cien dólares diciéndote quién, en este caso,
puede tener las orejas más largas que yo.
—Veamos si es interesante. Yo pensaba que tú lo sabías todo.
—Desde que se metieron los hippys de por medio, no lo sé todo y hasta la
Piensa amarilla dice que este asunto es de hippys. Lo han hecho al estilo de
Manson y sus mancebas.
—Sí, eso parece, tiene todo el aspecto de un crimen ritual.
—Joyce sabe mejor que nadie lo que ocurre entre los desgreñados.
—¿Joyce?
—Es una mujer, se hace vieja ya. Si sabes manejarla y ser generoso con
ella, puede que te diga algo.
—Si es que lo sabe, ¿no?
—Eso es, claro que si ha intervenido algún melenudo, seguro que Joyce lo
sabe, pero ten cuidado con ella.
—¿Cuidado?
—Sí. —Bajó la voz—. Es una bruja.
—¿También es de esas histéricas?
—Ha participado como acólita en varias misas negras y en confianza te diré
que hace algún tiempo trabajaba en un night-club de Nueva York haciendo
strip-tease barato y está fichada por la policía de varios estados.
—¿Por qué cargos?
—Drogas, sospecha de proxenetismo, abuso de confianza, robo, etcétera,
etcétera. Si no crees en las brujas, por lo menos desconfía de ella en otros
aspectos, es el consejo de alguien que te estima, tu amigo She-Mouse que
soy yo.
—De acuerdo, She-Mouse. ¿Dónde puedo encontrar a esa temible Joyce?
—Joyce vive en un pequeño apartamento de…
CAPÍTULO IV
La buhardilla en que vivía Joyce se ubicaba en un edificio viejo de ocho
plantas, situado al norte de la ciudad, cerca de la carretera de San Francisco.
El ascensor sólo subía hasta el piso octavo. Después, unos peldaños que se
diferenciaban en cuanto a la calidad del resto de la escalera, subían hasta un
pequeño rellano en el que se abrían tres puertas. Una salía al tejado para
casos de reparación; la otra daba al cuarto de maquinaria del ascensor y la
tercera a la buhardilla que, en un día ya lejano, pudo ser trastero
comunitario de los vecinos o algo por el estilo.
El lugar era feo, algo sucio y escaso de luz, aunque podía leerse bien el
letrero que colgaba en la puerta y que resultaba bastante explícito:
«Si quieres entrar, mete un dólar de plata en la ranura que
hay en el lugar del timbre. Si no tienes un dólar, echa dos
monedas de a medio dólar y si estoy dentro, la puerta se
abrirá.
»Joyce».
Jo Alan sonrió. Aquel cartelito era bastante identificativo de la personalidad
de aquella mujer de la que hablara She-Mouse.
Hurgó en su bolsillo, sacó dos monedas de a medio dólar y las introdujo en
la ranura. Escuchó el ruido del dinero al caer en algún lugar metálico al otro
lado de la puerta.
Automáticamente, un resorte le franqueó la entrada. Sólo tuvo que empujar
y la puerta cedió. Después, un muelle neumático volvió a cerrarla.
La luz era escasa, tenue, pero Jo Alan vio la caja metálica adosada a la
puerta; allí recogería el dinero de sus visitantes aquella mujer.
La buhardilla consistía básicamente en una gran pieza, pero dos biombos
espectacularmente pintados con alegorías cabalísticas mordían un pedazo
de la misma formando un pequeño recibidor.
Jo Alan cruzó por entre los dos biombos. Las luces predominantes eran
verdes y rojas y en muchos lugares había oscuridad, ya que la potencia
lumínica era escasa.
Tras rebasar aquellos biombos se encontró con más biombos, de diferentes
formas, pero ninguno de ellos habría sido comprado por un anticuario del
siglo veinte, por supuesto.
—¿Es eso un laberinto? —inquirió en voz alta.
—Camine hasta el biombo de las calaveras con flores en la boca, detrás
estoy yo.
Tras la respuesta dada por una voz femenina, Jo Alan halló rápidamente el
biombo mencionado. Lo rodeó y descubrió a una mujer frente a un espejo.
Tenía una larga y espesa cabellera negra y de cintura hacia abajo vestía un
par de retales púrpura de un palmo y medio de largo como máximo,
uniéndose las piezas frontal y posterior con simples nudos a los lados.
Los sujetadores eran dos conglomerados de abejitas hechas de tela y
sostenidos en los hombros y espalda por delgadas cintas de nylon color
carne.
Artificialmente, aquella mujer mostraba unos labios muy rojos y su mirada
resultaba turbia. Era difícil, casi imposible, calcular su edad, pero rondaría
los cuarenta. En cuanto a esbeltez, podía estar orgullosa, pues sabía
conservarse bien.
—Hola, encanto. No te he visto nunca antes de ahora. No te habrás gastado
un dólar sólo para decirme que vendes aspiradoras o que haces seguros de
vida, ¿verdad? Oh, no, tú no tienes cara de eso.
—Por suerte —respondió Jo Alan.
Sacó un paquete de cigarrillos y lo tendió a la mujer. Ésta tomó el paquete y
extrajo un pitillo. Con un mechero que era la representación del perro de
Anubis, le prendió fuego. Tras expulsar la primera bocanada de humo,
entregó el cigarrillo al hombre sin devolverle el paquete de tabaco que tiró
encima de la larga mesa tocador en la que, además de cosméticos y fetiches
de los más diversos tipos, se hallaba un teléfono al que alguien se había
entretenido en pintarle florecillas amarillas sobre la ebonita negra.
Joyce se levantó y caminó ondulante como una pantera que desea ser
admirada.
Apartó uno de aquellos biombos, Jo Alan calculó que habría una veintena
de ellas en la extraña buhardilla decorada por una pseudobruja, y tras el
biombo apareció una cama circular de ocho pies de diámetro.
Estaba cubierta por una especie de sábana o colcha blanca que aparecía
ligeramente violeta debido a una luz especial que partía de una lámpara con
varios focos.
La tela tenía impresa, o quizá dibujada por un ignorado artista, una tela de
araña.
Joyce se sentó sobre la cama y gateó hasta colocarse en su centro. Jo Alan,
a un par de yardas de distancia, la observó a través del humo del cigarrillo
que estaba fumando.
La mujer, en el centro de aquella artificial tela de araña y en postura muy
provocativa, flexionó la cama con su mano.
—Ni muy dura ni muy blanda, como a mí me gusta —comentó.
—¿Y todo por un dólar de plata?
—No me subestimarás hasta tal punto, ¿verdad? —preguntó sonriendo
maliciosa.
—Sería estúpido de mi parte que lo hiciera. Sé quién eres, Joyce.
—Pues estás en ventaja, porque yo no sé quién eres tú.
—Me llamo Jo Alan.
—¿El piloto de carreras?
—Hay poca luz aquí, pero si leyeras algunas revistas me habrías
reconocido.
—Es cierto, he debido reconocerte. Eres muy atractivo, ¿cómo diría? Muy
masculino.
—Joyce, no he venido a mariposear entre las flores, aunque reconozco que
tienes un habitáculo muy particular.
—Algunos no lo olvidan jamás —advirtió con voz ronca, moviéndose ahora
lentamente como lo haría una bella serpiente.
Era una mujer extraña, de movimientos cambiantes, pero a Jo Alan no se le
escapaba que era altamente peligrosa. Su dentadura era blanca y sus
colmillos podían resultar muy afilados.
Era una predatora nata, posiblemente disfrutaría atrapando a sus víctimas y
luego las exprimía hasta dejarlas sin un solo dólar y acaso su sadismo
llegara a hundirlos moral y físicamente.
—Sé que te mueves y mucho entre los hippys.
—Sí, aquí lo mismo viene un melenudo que un gentleman de la High Life y
también hombres como tú, aunque he de reconocer que estos últimos
escasean y, ya ves, cuando la ocasión es especial, hasta me conformo con el
dólar de la puerta. A ti te ha tocado esa suerte, Jo Alan.
—Gracias, encanto, pero ya te he dicho que no he venido a libar flores.
—¿Eres tan gélido como aparentas o es que esta noche ya te has mirado en
los ojos de otra mujer?
—Joyce, háblame de los Landon.
—¿Landon?
La mirada femenina cambió rápidamente. Acusó sorpresa primero y luego
un vivo interés. El blanco de sus ojos resultaba también extrañamente
violeta bajo aquella luz. Jo Alan supuso que allí había un juego de rayos
ultravioleta para dorar la piel y otro de infrarrojos para proporcionar calor.
—Sí. —Chupó fuerte del cigarrillo y sin sacárselo de la boca, expulsó el
humo por las fosas nasales—. Estoy seguro de que tú puedes decirme algo.
—¿Yo? Tonterías. Hay una manía psicopática en la sociedad burguesa de
que todos los crímenes repugnantes los cometen los hippys.
—¿Tú te consideras hippy?
—Me considero ni más ni menos que Joyce, que no es poco, pero los hippys
son amigos míos y también algunos ejecutivos de la High Life. A los que no
soporto son a esos burguesillos que están hasta el cuello con letras de
electrodomésticos y casitas en las afueras con albercas que sólo sirven para
bañarse los pies.
—A mí me interesa encontrar a quien o a quienes se cargaron a la familia
Landon, e insisto en que tú puedes ayudarme, por eso estoy aquí y podría
ser generoso contigo si me informaras. Nadie tendría por qué saberlo.
—¿Generoso? Sólo por curiosidad, ¿hasta cuánto serías generoso?
Los ojos femeninos adquirieron un brillo muy especial. Jo Alan comprendió
que la codicia la estaba punzando por dentro.
—Podría llegar hasta los cinco mil dólares —dijo casi con indiferencia.
—¿Cinco mil? Es mucho dinero, pero también puede ser poco. —Saltó
súbitamente hacia delante para llegar al final del lecho circular. Quedó allí
arrodillada y puso sus brazos desnudos sobre el cuerpo del hombre—.
Seguro que hasta llegarías a los diez mil.
Jo Alan tenía los ojos de la mujer mucho más cerca, podía verse retratado
en ellos pero no se dejó encantar.
—Quizá, si todo llegara a resultar satisfactorio para mí.
—¿Y qué entiendes tú por satisfactorio, entregar el asesino a la policía?
—No, eso sería estúpido de mi parte. A mí me interesa otra cosa.
—¿El qué?
Jo Alan se encogió de hombros.
—¿Para qué decírtelo? Ya me has dicho que no sabes nada de los asesinos
de los Landon.
Hizo ademán de apartarse de ella para alejarse, pero Joyce lo agarró por la
nuca, casi le clavó las uñas entre el cabello. Jo Alan notó la tención de la
mujer que trataba de disimular su vivo interés sonriendo con picardía.
—Pudiera ser que yo llegara a averiguar lo que te interesa, ya te he dicho
que conozco a mucha gente. Sé de muchas chicas de la buena sociedad que
yo tengo en un álbum y acuden al teléfono cuando las llamo. Sí, sé muchas
cosas.
—¿Sucias?
—Interesantes es menos feo de decir.
—Correcto. Si sabes algo de lo que busco, me buscas tú a mí y me lo
cuentas.
Joyce hubo de saltar de la cama para retener a Jo Alan que ya se marchaba.
—No me has dicho dónde puedo encontrarte.
—Si eres tan lista y sabes tanto, me encontrarás.
—Tampoco me has dicho lo que realmente buscas y así es difícil ayudarte.
A estas horas hay mucha pero que mucha policía tras los asesinos de
Landon y hasta resulta peligroso meter las narices en un asunto como éste.
Se puede acabar en el banquillo de los acusados como cómplice y,
francamente, no me gustaría terminar mis días en la cárcel, claro que si
merece la pena, se puede correr un poco de riesgo.
—La esposa de Landon era amiga mía.
—Conque es eso, ¿eh? ¿Eres su amante?
—Yo no he dicho tanto, sólo que algo que ella tenía ha desaparecido y
quiero recuperarlo.
—¿Tan importante es que puedes pagar diez mil dólares?
—He ofrecido cinco mil. Sólo en caso muy satisfactorio podría ser
doblemente generoso.
—¿Y si lo que buscas lo tiene la policía?
—No, sé que no lo tiene, por eso no me buscan a mí también —dijo muy
despacio, remarcando las sílabas.
—¿Algo que te compromete?
—Tú me vas a comprometer si sigues preguntando. Ahora, lo siento, Joyce,
tengo que ir buscando otras fuentes de información.
Caminó con paso rápido hacia el largo tocador, pero ella le alcanzó allí,
reteniéndolo.
—No seas tan brusco, Jo Alan. Puedo ser tu amiga y ayudarte a recuperar lo
que deseas, pero tendrías que ser más explícito. ¿Qué buscas, una
fotografía, una carta, un documento?
Con su izquierda, el hombre rodeó el cuerpo femenino y la atrajo hacia sí.
La estrechó con fuerza y la besó en los labios con profundidad mientras su
diestra se hundió en su bolsillo y sacaba un micro aparato electrónico.
Levantó con sigilo el teléfono y debajo le colocó el ingenio que se adhirió
por llevar una pequeña pieza de potente magnetita. Cuando hubo terminado
la operación, concluyó también la caricia.
Joyce respiró hondo, agitando su opulento pecho.
—Estaba segura de que eras de los que saben besar y dominar.
—Bien, Joyce, ya te he hablado y quizá demasiado. Si averiguas algo antes
que otro, avísame, sólo tendrás que buscarme en el autódromo o por ahí. Tú
eres lista y gata de noche, no te costará localizarme.
CAPÍTULO V
Jo Alan abandonó la singular buhardilla, nido erótico en el que se refugiaba
aquella mujer llamada Joyce y a la que la sociedad debía de temer.
Descendió los ajados peldaños hasta el octavo piso y una vez allí, tomó el
ascensor para bajar a la planta, abandonando el edificio poco después.
Había dejado el automóvil aparcado no muy lejos de allí y en pocas
zancadas llegó hasta él. Penetró en el coche en medio de la oscuridad que
reinaba en la calle, pues ya era de madrugada.
Sin encender luz alguna, abrió la amplia guantera. Allí había un artilugio
electrónico conectado a la larga antena del coche deportivo.
Pulsó una tecla y se escucharon ruidos de fondo, nada inteligible.
Desconectó la tecla pulsada y estiró un magnetófono a cassette conectado al
ingenio electrónico. Hizo retroceder la cinta y puso el magnetófono en el
dispositivo reproductor, comenzando a escuchar.
Se oyeron ruidos, luego las voces de él mismo y de Joyce después del beso
y en la despedida. Nuevo ruido de pasos y, al fin, lo que estaba esperando.
Joyce marcó un número telefónico, el ruido era claro. La mujer estaba algo
nerviosa pero se aseguraba al marcar letras y guarismos. Después, se oyó
una voz de hombre, algo chillona, y música de guitarra como fondo:
—¿Quién es?
—Soy Joyce. Di a Pies Planos que se ponga.
—Un momento.
La cinta siguió girando; se escuchaba hasta la respiración de Joyce frente al
micro del teléfono.
—¿Joyce?
—Oye, Pies Planos, tengo que verte.
—Cuando quieras, Joyce, ya sabes que eres mi tipo —repuso el hombre al
otro lado del hilo.
—Es por el caso Landon y yo sé que tú estás metido hasta el cuello.
—Calla, baja la voz, es peligroso.
—Te espero en mi casa.
—No, esta noche no puede ser, hay mucha policía y a todos los tipos como
yo los acosan a preguntas. Mañana ve a la playa de Roca Grande y allí nos
veremos. Esta noche no pienso moverme de donde estoy.
—Correcto, hasta mañana, pero no faltes salvo que quieras que la policía
reciba una llamada anónima.
—Joyce, si haces tal cosa, te arrepentirás.
—No me interesa hacerlo, estúpido, hay mucho dinero a ganar.
—¿Dinero, cómo?
—Mañana lo sabrás —replicó Joyce, ahora segura de sí misma tras captar el
nerviosismo de aquel sujeto apodado Pies Planos.
En aquel instante, Jo Alan notó un ligero aliento en su nuca. Acababa de
comprender que no estaba solo en el automóvil.
Alzó ligeramente las pupilas para mirar por el retrovisor, pero la luz era tan
escasa que apenas descubrió el bulto de una cabeza.
Sin dudarlo y de forma que sorprendiera al intruso, disparó su puño derecho
hacia arriba y hacia atrás.
Se escuchó un chasquido seco y luego el ruido de un cuerpo desplomándose
sobre el lujoso tapizado del auto.
Encendió la luz interior y se levantó para mirar por encima de su asiento.
No pudo por menos que exclamar:
—¡Diablos, si es Sony!
La joven y rubia periodista estaba derrumbada e inconsciente. La tomó por
los brazos y la subió al asiento. Le tocó la cara y suspiró aliviado.
—Parece que no se la he roto, hubiera sido una pena.
La abofeteó ligeramente y la chica no despertó. Dándole la espalda, puso en
marcha el automóvil deportivo.
—La llevaré al cottage, a ver si allí se repone, pero, ¿cómo demonios se
habrá metido en mi coche? Dichosas mujeres…
El auto se alejó, roncando su motor de doce cilindros.
Casi una hora más tarde, Sony despertaba en un mullido sofá dentro del
pequeño y acogedor cottage, casi suspendido sobre un acantilado en el que
batían las olas oceánicas con un perpetuo rumor de fondo.
Tenía una escalera de hormigón, aprovechando las hendiduras del propio
acantilado, que conducía a una pequeña caleta, inaccesible para quien no
descendiera desde el propio cottage o viniera por mar.
Sony se incorporó en el sofá, doliéndose de las mandíbulas ostentosamente.
Escuchó el rumor de una voz, se volvió y vio abierta la puerta de una
habitación. Jo Alan estaba allí, sentado en la cama y hablando por teléfono.
—¡Ooooh! —se quejó.
Se puso en pie entre asustada y dolorida, mirando alrededor. La luz era
escasa e indirecta, todo era amable allí. Había varios trofeos ganados en el
automovilismo por Jo Alan y grandes fotografías suyas pegadas en las
paredes.
El piloto de carreras colgó el teléfono al descubrir a Sony en pie y salió de
la alcoba acercándose a ella. Con las manos en jarras y un aire entre jocoso
y preocupado, inquirió:
—¿Te encuentras bien?
—¡Oh, tú eres quien me ha dado el puñetazo, canalla!
Con gesto defensivo, Jo Alan alzó su antebrazo para detener el golpe y
Sony no le llegó a la cara. Su muñeca se estrelló contra la del hombre y
acusó de nuevo el dolor.
—Me temo que ésta no es tu noche, Sony.
—¡Bárbaro, vas a detrozarme!
—¿Yo? Si eres tú quien quería pegarme ahora.
—¿Y el puñetazo en la mandíbula?
El hombre estiró su mano hacia la cintura femenina. Sorprendiéndola, la
sujetó y pese a su pataleo, la besó en los labios.
La resistencia de Sony duró poco, muy poco; no tardó en participar
generosamente en la caricia.
—Bien, ya somos amigos, ¿no?
—Sigo pensando que eres un bárbaro —ronroneó ella, estrechada por los
fuertes brazos del hombre.
—¿Qué hacías en mi coche?
—Espiarte —continuó ronroneante, con los ojos entreabiertos, mientras
observaba el rostro varonil en el que destacaba el fuerte mentón, la
dentadura poderosa y los ojos verdes, profundos e impenetrables.
—No te muerdes la lengua.
—¿Para qué? Tú ya lo habrás supuesto.
—¿Por qué me espiabas?
—El caso Landon es muy interesante. En estos momentos, es la primera
noticia del país y hasta me atrevería a decir que del mundo. Los
secuestradores aéreos están un poco sobaditos ya y, ahora, la repetición de
un crimen a lo Manson es muy noticiable.
—¿Y qué sabes tú del caso Landon?
—Por ahora, que hay un enjambre de periodistas detrás de los G-men
tratando de que éstos digan algo que en la redacción de los periódicos
consideran interesante y justifique el sueldo de los maltratados reporteros.
—Y tú no sigues el mismo camino que los demás, claro.
—¿Para qué? Allí sería una más y tras de ti soy la única.
—Pero, ¿por qué tras de mí?
—Tú también te has metido en el caso Landon. No sé qué buscas ni qué
pretendes, pero te estás moviendo en ese caso. ¿Buscas a los asesinos?
—¿Te interesa saberlo?
Ella se desprendió de él con coquetería y se dejó caer en el sofá, dejando
bien visibles sus torneadas piernas de piel dorada por el sol.
—De momento, ya sería muy noticiable publicar que Jo Alan, el arriesgado
y temerario piloto de pruebas, el ganador de carreras automovilísticas, sigue
la pista de los asesinos de la familia Landon.
—Pero, ¿cómo diablos sabías que yo andaba metido en el caso Landon?
—Tengo un aparatito electrónico comprado en Hong-Kong, es un espía a
distancia y con él pude escuchar tu conversación telefónica en el
autódromo. Si consiguiera un buen reportaje sobre el caso Landon, se
podrían insertar un par o tres de fotografías en color y sería un auténtico
éxito.
—¿Crees que en tu periódico te darían hasta un extra?
—Posiblemente.
—¿Y si yo desmintiera…?
—Sería inútil, la policía se te echaría encima. A mí me interrogarían, yo
diría lo que sé y a ti te preguntarían por qué estás siguiendo este caso.
¿Sabrías qué responder?
—Vamos, Sony, ¿crees que vas a asustarme?
—No, pero vas a decirme lo que pretendes al meter las narices en el caso de
la familia Landon.
—¿Tratas de chantajearme? —preguntó con sorna.
—Eso estaría muy feo de mi parte, pero quiero saber, no puedo evitarlo, es
mi profesión.
—El periodismo es una profesión innata en las mujeres.
Se miraron desafiantes.
Jo Alan se acercó a la mesita de centro y tomó un cigarrillo del automatic-
box. Le prendió fuego y después habló:
—Quiero recuperar algo que me pertenece y si tú haces que se publique
algo sobre mí y la familia Landon, acabarás sintiendo remordimientos.
—¿Remordimientos? Un periodista jamás los siente si dice la verdad.
—¿Tampoco cuando destruye a alguien que no puede defenderse?
—¿Quieres decir que los Landon resultarían perjudicados?
—Puede que sí.
—Supongo que cuando tengas tu noche de bodas no irás preguntando:
«¿Por qué, por qué?».
—Hum… Por cierto, esto parece un nido de amor. Mi reputación…
—Tu reputación está intacta —hizo una pausa, añadiendo—: Por ahora.
Ella se puso en pie y caminó de un lado a otro del saloncito.
—¿Estuvo aquí la señora Landon en alguna ocasión? Responde.
—El fiscal del distrito me haría menos preguntas, encanto. Ahora, tengo
prisa, debo marcharme.
—¿A investigar lo que le has espiado con tu magnetófono a esa Joyce?
—Podría ser. ¿Te vienes conmigo?
—No me digas que ya sabes adónde tienes que ir.
—Naturalmente.
—Pero, la cita es en Roca Grande y mañana.
—En el magnetófono he grabado perfectamente el discar de Joyce en el
teléfono y por el ruido he deducido los números y letras. Ha sido un poco
laborioso, pero luego sólo he tenido que confirmar.
—¿Por eso hablabas ahora por teléfono?
—Sí.
—¿Con quién?
—¿Te vienes?
—Sí, cómo no. No pensarías que iba a pasar toda la noche en este cottage.
—Claro que no y menos después de la fama que tú crees que yo tengo con
las mujeres.
—¿Y no es cierta?
—¿Tú qué piensas?
—Me gustaría arañarte. Luego, te haría una foto y la publicaría en la
primera página de mi periódico. Sería un éxito rotundo.
—Seguramente. A las mujeres les gustan los hombres que han sido
arañados por otras mujeres. Posiblemente pensaran que los arañazos tienen
un motivo justificado y ahí radicaría su interés.
—¡Engreído!
—Afuera tengo el coche. De no desear que te recuperaras pronto del
puñetazo, no habría perdido tanto tiempo.
Con el mentón alto y gesto ofendido, Sony salió del cottage.
En el exterior, el aire estaba cargado de sabor a mar. Se escuchaba el rumor
de las olas, ahora más intenso, y el cottage tenía el aspecto del nido de una
gaviota, a juzgar por su emplazamiento.
Con el «Lancia-Fulvia» que Jo Alan solía utilizar en la ciudad, regresaron a
Los Angeles. Por el camino no intercambiaron una sola palabra.
Sony estaba tensa; se daba cuenta de que no era fácil sonsacar a Jo Alan.
Siempre terminaba respondiendo algo chusco o provocativo.
De pronto, ante ellos apareció el faro rojo de un semáforo. Jo Alan se
detuvo junto al bordillo de la acera y con gesto excitado, apremió:
—¡Corre, baja, es ahí, ahí!
Sorprendida y un tanto aturdida, Sony se apeó del auto en el instante en que
Jo Alan pisaba el acelerador.
Cruzó el paso en rojo, tras comprobar que no venía nadie más en dirección
contraria.
—¡Eh, canalla! —chilló la joven al verse burlada en medio de la calle
mientras el hombre se alejaba.
La fuerza del viento cerró la portezuela que la propia Sony no había tenido
tiempo de cerrar.
CAPÍTULO VI
Jo Alan se hallaba ante un local en el que habían rótulos en varios idiomas,
todos ellos hablando de la paz y de la libertad. El lugar era sucio y oscuro.
De vez en cuando, entraba o salía alguien con aspecto abúlico.
No era difícil deducir que aquellos seres carecían de trabajo y vivían como
mejor les venía en gana, pero el dinero no abundaba y eso se notaba en
todo. Paredes desconchadas, en la puerta faltaba un cristal y el otro estaba
rajado.
Había averiguado que el teléfono marcado por Joyce pertenecía a aquella
comuna de hippys o pseudohippys ubicada al sur del área urbana de Los
Angeles, una comuna en la que predominaban los individuos filipinos y
mexicanos. También había caucásicos, algunos orientales y algún que otro
negro.
Sabía que introducirse en aquella maloliente comuna con las ropas que
llevaba habría sido como si en un gallinero irrumpiera el lobo; todo se
alborotaría.
Se había adelantado a Joyce y debía seguir su plan antes de que aquella
extraña y turbia mujer le espantara la presa.
Vio salir a un tipo con una guitarra en bandolera y los hombros hundidos.
Sus manos profundizaban hasta lo más hondo de los bolsillos de sus
pantalones.
Jo Alan salió a su encuentro. Aquel sujeto trató de sortearlo, pero Jo Alan le
puso delante de los ojos un billete de diez dólares y aquel tipo sonrió bajo
su espeso bigote.
—¿Qué es lo que quiere, amigo? ¿Acaso es un vicioso de algo? Yo no
vendo drogas, pero ahí dentro quizá haya alguien que se las venda salvo que
sea de la «bofia».
—No soy policía, sólo quiero saber si ese antro tiene otra salida.
—¿Por qué?
—La hija de un amigo mío se ha metido ahí y, bueno, no hace falta explicar
más.
—Ah, es un detective particular que pretende salvar a la hija de un cliente.
¿Y cree que la va a salvar sacándola de ahí?
—Eso es cuenta mía —replicó Jo Alan que le había explicado el cuento
para no decir lo que realmente le interesaba.
—Está bien. —Tomó los diez dólares de un zarpazo y los metió en el
agujero de la guitarra tras inclinar ésta hacia delante—. Hay una salida en el
callejón de la derecha, junto a la puerta que dice «lápidas».
—¿Es la única salida?
—Aparte de esa que ve ahí delante, sí. ¿Satisfecho?
—Sí, es suficiente.
—Que tenga suerte, pero luego, al salvarla de ahí, no se la lleve a la cama
como victorioso salvador; sería demasiado sucio. —Y se alejó riendo.
Jo Alan se acercó a la puerta de la maloliente comuna. Se escuchaba el
rasgueo de una guitarra y unas voces que canturreaban casi somnolientas.
—¿Qué busca aquí? —le preguntó un sujeto de color, tan alto como él pero
con unas cuantas libras más de peso.
—No tengo ganas de estropearme la nariz metiéndola ahí. Dile a Pies
Planos que le espero aquí afuera.
—¿Pies Planos? Oiga, no sé de qué habla.
—Dígale que es un amigo suyo de la estación de policía. Si entro será peor
para él.
—Está bien, ya se lo digo —gruñó el hombre de color.
Apenas hubo desaparecido el miembro de aquella comuna, Jo Alan se alejó
de la entrada, internándose en el callejón.
Encontró el almacén de lápidas que tenía unas endebles puertas de madera.
Su propietario no debía de temer que le robasen la mercancía a juzgar por la
escasa protección que había puesto a su negocio.
Aguardó pegado a la entrada del almacén. La puerta que había junto a él era
muy angosta y oscura. Tenía deseos de fumarse un cigarrillo, mas no lo
hizo, aquél no era el momento apropiado.
No tardó en escuchar unos ligeros pasos. Al fin, la puerta se abrió y
apareció un individuo flaco que miró a un lado y a otro del callejón.
Jo Alan estiró su mano agarrándolo por el largo cabello y lo arrancó
materialmente de la puerta. Aquel sujeto chilló como un puerco, pero Jo
Alan no lo soltó.
—Tú eres Pies Planos, ¿verdad?
—¡Suélteme, hijo de perra! —chilló de nuevo.
—No hará falta que te haga caminar para saber si tienes los pies planos,
¿verdad?
El sujeto sacó una navaja. Accionó el resorte automático y una afilada hoja
quedó al descubierto.
Jo Alan estuvo a punto de encontrarse con el acero hurgando entre sus
costillas, pero golpeó con dureza la muñeca armada y la navaja saltó al
suelo.
—Estúpido, será mejor que te de un poco de calmante para que vayas
entrando en razón.
Tiró de nuevo de su cabello, se lo puso delante y le propinó un «uno-dos»
seguido al mentón en gancho corto. Pies Planos se tambaleó antes de
rebotar contra la puerta del almacén de lápidas que se abrió de par en par.
El sexto sentido de Jo Alan le advirtió inmediatamente de que la situación
se había puesto fea. No estaba solo. Tres melenudos de distintas razas le
salieron por la espalda. Al parecer, habían querido asegurarse de que su
compañero de comuna se alejaba bien por el callejón. Uno de aquellos tipos
era el negro con el que hablara con anterioridad.
—Conque pasándose de listo, ¿eh, amigo? —preguntó éste con sorna.
—¿Es de la «bofia»? —inquirió otro, más alto y delgado.
Estaba cercado en el almacén de lápidas. Pies Planos continuaba
inconsciente en el suelo sobre el polvo de mármol. Jo Alan pegaba duro,
Sony podía constatarlo personalmente.
La lucha iba a ser feroz y sorda. Jo Alan sabía que si aquellos tipos se salían
con la suya lo golpearían hasta dejarlo hecho un pingajo y luego lo dejarían
tirado en cualquier callejón lejos de allí por haber pretendido turbar la paz
de la comuna y atentar contra uno de sus miembros.
El negro fue el primero en atacar. Jo Alan le sacudió una patada que le
alcanzó en la rodilla y lo hizo trastabillar.
Al de la derecha, que se le abalanzó, lo volteó por encima de su cabeza,
lanzándolo contra el negro que terminó por derrumbarse.
Con tres zancadas hubiera podido saltar por encima de los caídos y burlar al
tercero para escapar, pero no había llegado hasta allí para huir. No, no era
aquél su plan.
El de la izquierda, un filipino bajo de estatura pero muy fornido, le atacó al
estilo oriental, sin emplear los puños.
Aquel tipo conocía bien las luchas del Este de Asia, posiblemente
aprendidas en la propia Los Angeles.
Esquivar y sortear al filipino le hizo perder unos segundos que resultaron
preciosos, porque los otros dos se repusieron y se encontró en inferioridad
numérica.
Tomó un pedazo de mármol y lo lanzó con fuerza contra el estómago del
negro que encajó el golpe inciinándose hacia delante. Un gancho largo que
le alcanzó en pleno rostro lo tumbó definitivamente.
Otro de los atacantes había tomado una lápida entre sus manos, dispuesto a
partirle el cráneo a Jo Alan, sorprendiéndole por la espalda, pero éste brincó
de costado y con el impulso y el peso de la lápida, su adversario se vino al
suelo.
Jo Alan le propinó una patada al mentón que lo cazó limpiamente y el tercer
hippy, al ver eliminados a sus compinches, optó por salir corriendo.
Antes de que aparecieran con más refuerzos, Jo Alan tomó el cuerpo de
Pies Planos que seguía inconsciente y se lo cargó sobre los hombros.
Salió de aquel almacén de lápidas de escaso o nulo valor artístico y se alejó
corriendo por el callejón.
Cuando llegó a su coche, vio salir a varios melenudos más. Pensó que
aquellos tipos estaban muy lejos de seguir los verdaderos principios de la
doctrina hippy y que tras el movimiento ocultaban su catadura moral, su
espíritu de vagos y maleantes.
Corrieron hacia él, pero Jo Alan consiguió poner el «Lancia-Fulvia» en
marcha y cuando ya se le echaban encima, arrancó deslumbrando a unos y
haciendo saltar a otros para evitar ser arrollados.
Junto a él yacía inconsciente su presa, que no tenía la menor duda sabía y
mucho acerca de lo ocurrido a la familia Landon, asesinada brutalmente en
una especie de crimen ritual.
CAPÍTULO VII
Cuando Pies Planos despertó, movió su cabeza dolorida y lo primero que
escuchó fue el rumor del mar que le era familiar.
El cielo estaba tachonado de estrellas y hacía un ligero frío que produjo un
estremecimiento en su ñaco y desnutrido cuerpo.
Se sentó en la gruesa arena y, al hacerlo, se percató de que no estaba solo.
Junto a él, sentado también, se hallaba Jo Alan fumando un cigarrillo,
pensativo y paciente.
Pies Planos recordó de inmediato lo sucedido en el callejón y quiso
incorporarse de un brinco para escapar, pero Jo Alan sólo tuvo que alargar
su mano y agarrándolo por los cabellos volvió a sentarlo de un fuerte tirón
que Pies Planos acusó con dolor.
—Bien, ya podemos hablar.
—¡Yo no tengo que hablar de nada, no sé quién es!
El melenudo se llevó un golpe en mitad de la boca que le reventó
ligeramente los labios, haciéndole notar el sabor de su propia sangre.
—Creo que te conviene hablar, a menos que quieras pasarlo mal y luego…
—¿Luego qué? —preguntó pasándose el dorso de la mano por la boca.
—Te entregaré a la policía.
—¿A la policía?
—Sí, yo sé que tú serías una perita en dulce en manos de la policía. Ya me
imagino los titulares de la Prensa de mañana: «Pies Planos detenido.
Melenudo que llevó a cabo el múltiple y repugnante asesinato de la familia
Landon».
—¡Yo no fui!
—¿Ah, no? Vamos, Pies Planos, ¿empiezo contigo? No tienes escapatoria,
claro que si hablas…
—¿Quién es usted?
—Si hubieras dejado a Joyce hablar por teléfono, te lo habría explicado.
—¿Joyce, ha sido esa maldita bruja?
—Ella me dijo que tú eras el asesino de la familia Landon.
—¡No!
Tuvo que agarrarlo para que no escapara de nuevo.
—Quieto, y no te pongas histérico como una chica, claro que si quieres que
te meta la cabeza dentro del agua para que te refresques.
Jo Alan lo sujetó por el chaleco de cuero que vestía y con la otra mano lo
cogió por los pantalones, alzándolo con gran facilidad. Se disponía a
echarlo de cabeza al agua, pero Pies Planos manoteó y suplicó:
—¡No, no, se lo diré!
Tras manejarlo como si se tratara de un muñeco, lo soltó.
El tipejo cayó de boca contra la arena y poco después, se volvió. El cielo
comenzaba a ser menos oscuro, llegaba la amanecida.
—¡Yo no sé nada, no me acuerdo de nada!
—¿Quieres decir que ibas drogado, acaso empezasteis una fiesta de
aquelarre para tratar de emular a Manson?
—Yo no sé nada. Todo fue horrible, horrible…
De pronto, sufrió un ataque nervioso, como de epilepsia. Sus nervios debían
estar destrozados por la anemia y las drogas, también había en él mucho de
histeria.
Aquel joven desquiciado era fácil presa para alguien con voluntad fuerte y
algo de magnetismo.
Observó que de su cuello colgaba una cuerda y de ella una pequeña bolsa
de piel que lo mismo podía contener fetiches, drogas, que algo importante.
Alargó la mano y le arrebató la bolsa de un fuerte tirón. Instintivamente,
Pies Planos quiso recuperar lo que era suyo, pero Jo Alan le hizo caer con
un golpe de su pie con el que perdió el equilibrio. Aquello demostraba que
su ataque pseudoepiléptico era más cuento que nada.
—Hum, veamos qué llevas ahí dentro.
—¡Es mío! —protestó.
Jo Alan abrió la bolsa y puso en su mano lo que había dentro de ella y que
resultaron ser pequeños pendientes, algunos de bisutería, otros de oro y
algunos con una perla.
—Vaya, pareces una urraca. ¿De dónde has sacado estos pendientes?
—¡Son míos!
—¿Recuerdos de noches de amor?
—¡No le importa!
—Es curioso, porque sólo tienes un pendiente de cada tipo, ninguno
aparejado. Extraña manía la tuya, Pies Planos.
—¡Déjeme!
—¿Que te deje, en manos de la policía, quieres decir?
—Pero, ¿usted quién es, por qué me acosa?
—Eso es cuenta mía, Pies Planos. Me gustaría saber cómo descubrió Joyce
que tú eres uno de los repugnantes asesinos de la familia Landon.
—Es una bruja, una zorra. Tiene pacto con Satanás…
—Yo no creo que tenga pacto con Satanás, simplemente que es más lista
que tú. Algún día le preguntaré cómo te descubrió.
—Yo no he admitido que tomé parte en la matanza.
—Vamos, Pies Planos, no empieces otra vez a ponerte histérico. Te doy
cinco segundos para que te expliques, luego será tarde. ¿O es que quieres
morir?
—Yo no sabía lo que hacía, estaba de «viaje», lo recuerdo vagamente. Creía
que era una pesadilla, pero al leer los periódicos, yo mismo me he asustado.
—Bueno, ya empiezas a hablar.
—¡Le juro que yo jamás habría hecho una cosa semejante!
—Muchos dicen eso, pero cuando toman drogas cometen barbaridades.
Jo Alan quedó un instante en silencio. Pensó que aquel sujeto era tan débil
física como mentalmente y que, apoyado por los nocivos alucinógenos,
cualquier desaprensivo con magnetismo podía hipnotizarle.
—Le juro que sentí náuseas en lo que yo creía una pesadilla. Aquel hombre,
aquella mujer, aquellas criaturas, todos torturados, asesinados… Había
sangre, mucha sangre, todo rojo, y los cuchillos se clavaban una y otra vez
mientras alguien cantaba.
—¿Qué cantaba?
—Matad, matad, matad y purificad… No me acuerdo de más.
—Vamos, escupe de una vez. ¿Quién es el jefe?
—Earthman.
—¿Earthman, estás seguro?
—Sí, tiene que ser él, lo recuerdo en la pesadilla. Era él quien cantaba.
—¿Y quién es Earthman?
—Si lo denuncio a la policía, me matará, sé que me matará.
—Tú no lo has denunciado a la policía, sólo estás hablando conmigo y
Joyce sabe que a mí no me interesa que la policía se inmiscuya en mis
asuntos.
—¿Qué es lo que busca?
—Eso se lo diré a Earthman y no a una marioneta como tú, andando.
—Está bien, está bien. Earthman vive en una pequeña y solitaria isla a unas
veinte millas al sur del área urbana.
—Supongo que habrá algún modo de ir a esa isla.
—Sí, sí lo hay.
—Pues vayamos ahora mismo.
—Está bien, pero a Earthman no le gustan los intrusos. Aunque parece
pacífico, a veces resulta muy violento.
—Después de lo que le sucedió a la familia Landon, me lo creo.
Pies Planos, con su caminar ligeramente cómico y dominado por la fuerte
personalidad de Jo Alan, se dejó llevar hasta el «Lancia-Fulvia».
Amaneciendo ya, rodaron hacia la carretera de la frontera.
Pies Planos permaneció en silencio. El propio Jo Alan creía que no tenía
muchas preguntas que hacerle. Pies Planos sólo había sido una marioneta en
la massacre.
—Por aquel camino de la derecha —señaló el hippy.
Jo Alan se salió de la carretera, introduciéndose por un camino abrupto y
descendente. Detuvo el coche entre un grupo de rocas, quedando bastante
oculto.
—Allí está la isla —indicó Pies Planos.
—Una isla pequeña y sin vegetación.
—Earthman es un tipo muy especial. Estuvo en Nepal y el Tíbet mucho
tiempo.
—Ya, uno de esos falsos santones. Andando.
—En aquella caseta encontraremos la lancha.
Pies Planos halló la llave en un resquicio que había entre la viga del dintel y
el tejado de fibrocemento. Introdujo la llave en la cerradura y franqueó la
puerta.
Allí había algunas cajas, bidones y una lancha neumática con motor fuera
borda.
—Ayúdame a llevarla hasta el agua.
Entre los dos llevaron la lancha neumática hasta el mar. Era ya de día,
aunque sólo se escuchaba el rumor del oleaje y algunos coches que pasaban
raudos por la carretera a su espalda.
El motor de la lancha roncó estentóreo y con los dos a bordo, navegó en
dirección a la pequeña y en apariencia solitaria isla.
—A Earthman no le va a gustar que le haya traído —se lamentó Pies Planos
como niño que espera una reprimenda.
—Sólo quiero hacer un trato con él —dijo Jo Alan cuando sentía deseos de
golpear al tipo que había dirigido aquella salvajada contra la familia Landon
utilizando a tipejos como Pies Planos que se ensuciaban las manos de
sangre por él.
Cuando se hallaban a mitad del recorrido, escucharon la detonación de un
rifle. Pies Planos palideció primero y chilló después:
—¡Earthman, Earthman, no dispares, soy yo, Pies Planos!
Se había puesto en pie y manoteaba.
Jo Alan comprendió que se hallaba en dificultades. El bote neumático había
sido perforado limpiamente.
La bala había penetrado por un costado del bote y salido por debajo, lo que
hizo que perdiera aire con suma rapidez, produciendo el ruido clásico del
reventón.
Al perder aire la lancha, Pies Planos perdió el equilibrio y cayó al agua
espectacularmente, salpicando al propio Jo Alan.
De nuevo tronó el rifle y el piloto de pruebas pudo ver cómo el desgraciado
Pies Planos recibía un impacto en mitad de la cara. El rifle debía de ser un
«Magnum» a juzgar por el destrozo causado.
No deseando que una tercera bala le tocara a él, se lanzó al mar
sumergiéndose rápidamente. Mientras descendía hacia las profundidades,
notó que una bala le pasaba cerca. No muy lejos se hundía la lancha
perforada.
Cuando llegó al fondo, se quitó los zapatos y nadó hacia un grupo rocoso.
Tuvo que salir a buscar oxígeno para sus pulmones cuando éstos semejaban
ir a estallarle.
Al asomarse a flor de agua, descubrió una lancha de madera también con
motor que se dirigía hacia la playa.
En ella iban tres melenudos con túnicas y ostentosos collares, pero entre los
tres destacaba uno al que sólo se le veían ojos y nariz en el rostro. Su
cabello era negro, muy abundante, lo mismo en la cabeza que en la barba y
el bigote.
Aquel tipo, cuya raza era difícil de definir, pues posiblemente era el
resultado de varios cruces, portaba el rifle asesino en la mano y escrutaba
con ansiedad alrededor, buscando a quien consideraba su presa.
Jo Alan se sumergió antes de que lo descubrieran de nuevo y nadó hacia las
rocas, esperando que por el camino no le saliera ningún tiburón.
CAPÍTULO VIII
Se sentía cansado por la movida noche y madrugada que había pasado. No
obstante, se ajustó el casco y se introdujo en el «Porsche 911-S» al tiempo
que decía a su mecánico:
—Espero que todo esté bien ahora.
El motor del automóvil roncó con fuerza y las ruedas empezaron a girar. Jo
Alan se introdujo en pista y comenzó a devorar el asfalto.
Sabía que debía llevar a cabo su misión de contraespionaje pero sin que
nadie advirtiera en él más que a un piloto de pruebas.
Por otra parte, la investigación acerca del brutal asesinato de la familia
Landon era llevado a cabo por la policía y no por el departamento federal
de contraespionaje. Su misión era sólo descubrir si el crimen tenía algo que
ver con la labor secreta que realizaba el ingeniero Landon.
Probó en unas cuantas vueltas. Lo hizo sin ganas y regresó a boxes. Su
mecánico le preguntó con inquietud:
—¿No funciona correctamente?
Jo Alan le dio una palmada en el hombro.
—Sí, ya no tiene fugas, lo has hecho muy bien, Bob, pero es que no he
dormido bien esta noche, debí tener una mala cena. Para poner este
monstruo mecánico a tope hay que tener los reflejos muy despiertos y yo no
los tengo esta mañana.
Al decir esto, vio a Joyce no muy lejos, sonriéndole.
Joyce llamaba la atención. Su cabellera negra y suelta tenía un gran
atractivo y hacía olvidar la madurez del rostro, pero había algo más y era el
vestido sin mangas, con tirantes y ultra mini-shorts que en total parecía un
traje de baño de los años cincuenta. Por si faltara poco, era de un amarillo
rabioso, casi fosforescente.
Muchas de las miradas de la gente que había en el autódromo se clavaron
en la mujer y en su piel, artificialmente dorada en su fantástica buhardilla.
Jo Alan se quitó el casco y anduvo hacia ella. Joyce le sonreía, acomodada
en uno de los asientos. Bob, el mecánico, se percató de la dirección que
tomaba Jo Alan y comentó por lo bajo:
—Una mala cena, sí, sí… Ya me gustaría a mí haber tenido ese dolor de
tripas entre las manos.
—Buenos días, sir Lancelot del caballo de las cuatro ruedas.
Se sentó al lado de la provocativa y turbia mujer que ahora ocultaba su
mirada tras unas oscuras y grandes gafas de sol.
—Si me has buscado, es que algo tienes que decirme.
—Me has puesto las cosas difíciles, Jo Alan.
—¿Yo?
—Sí, tenía que entrevistarme con Pies Planos pero ya no ha podido ser.
—¿Pies Planos, de quién hablas?
—No te hagas el listo conmigo, no sé cómo lo averiguaste pero te me
adelantaste y por eso han eliminado a Pies Planos.
—Sí quieres saber algo de mí, dime cómo supiste que Pies Planos tenía que
ver con el asesinato de los Landon.
—Por el periódico.
—No me digas que lo publicaron —preguntó el hombre con sorna.
—Pies Planos tenía un vicio singular y que yo conocía.
—¿No será el de coleccionar pendientes?
—Eres muy listo, Jo Alan, deberé tener mucho cuidado contigo.
—De modo que la Prensa publicó que a la señora Landon le faltaba un
pendiente y tú supiste que había sido Pies Planos.
—Correcto. Serías buen policía y la pesadilla del hampa si te pusieras a las
órdenes del comisionado.
—No me interesa la policía. Tengo mi propia vida y me agrada ser libre.
—¿Montado en ese bólido?
—Quizá.
—Ahora, dime cómo has averiguado tú lo de Pies Planos.
A Jo Alan no le interesaba decir la verdad, por ello sacó la bolsita de cuero
que contenía los pendientes y se la tendió a Joyce.
—¡Demonios, si son los pendientes!
—Así es, los pendientes de Pies Planos. No se han hundido en el océano
con su cadáver.
—Toma. —Joyce le devolvió la bolsita como si estuviera repleta de
gérmenes leprosos—. Si te caza la policía con esos pendientes encima, estás
listo. Uno de ellos será de la señora Landon y podrían acusarte de asesinato.
—¿Te ha dicho Earthman que vinieras a verme? —le preguntó a boca de
jarro.
—¿Cómo lo has adivinado?
—Sólo Earthman, sus dos compinches y yo, sabemos que Píes Planos ha
muerto.
—Pues sí, me ha dicho que viniera a verte. He estado hablando con él.
Cuando la propia voz de Pies Planos me confirmó que estaba metido en el
ajo, empecé a indagar y no tardé en recordar que Pies Planos era un borrego
de Earthman, este último es quien le proporcionaba la droga.
—¿Y te has ido a ver a Earthman?
—Sí.
—¿Cómo has dado con él? Había abandonado su isla.
—No olvides que estoy muy metida entre esos melenudos. Algunas chicas,
cuando se mueren de hambre o tienen problemas, acuden a Joyce y Joyce,
con una llamadita telefónica, les da un trabajito y salen del…
—Entiendo —dijo Jo Alan a aquella mujer que lo mismo se explotaba a sí
misma que a las demás mujeres con su labor de proxenetismo.
—Earthman creía que tú también habías muerto.
—Pues ya ves que no.
—Le he hablado de ti y de tu generosidad.
—¿Y qué te ha contestado él?
—Que no te enojes por lo ocurrido frente a la isla, te había tomado por un
polizonte.
Jo Alan sonrió.
—O sea, tengo que olvidar que ha querido cazarme como a un pato y que se
ha cargado a Pies Pianos frente a mis narices.
—Supongo que a ti debe de seguir interesándote lo que Earthman sacó de la
casa de los Landon, ¿verdad?
Jo Alan comprendió que Joyce quería jugar con él. Trataba de chantajearle
con cautela, ya que ella misma ignoraba qué era lo que tanto le interesaba
recuperar.
Sólo sabía que el piloto de pruebas estaba dispuesto a pagar diez mil dólares
por salirse con la suya. Era un juego de astuto a astuto, en el que vencería el
que cogiera en falta a su contrario.
—Sí, sigue interesándome, pero dudo que lo tenga Earthman.
—Si fuiste con Pies Planos hacia la isla con la lancha, es que sí creías que
lo tenía.
—La verdad, ese tipo es bastante peligroso. A lo peor doy otro paso en
falso y esta vez no falla al dispararme.
—¿Le tienes miedo?
—No es que le tenga miedo, pero me molestaría que alguien pusiera unas
cuantas onzas de plomo entre mis omoplatos.
—Earthman no te disparará, sólo te confundió. Todavía podéis hacer
negocio.
—¿Y tú qué papel tomas en este juego?
—El de intermediaria.
—A veces, los intermediarios salen mal parados.
—Y en la mayoría de los casos, son los que más ganan.
—Si te refieres al mundo alimentario, seguro que aciertas.
—Bien, ¿estás dispuesto a hacer trato con Earthman?
—Sí, pero si no tiene lo que busco, no hay trato.
—Si no sabe lo que buscas, mal puede dártelo. Earthman se llevó muchas
cosas de la casa de los Landon.
—Es posible que una de esas cosas fuera lo que yo busco.
—Será difícil averiguarlo si no dices lo que es, ¿no crees?
—Si me muestra todo lo que se llevó de la casa de los Landon, yo diré si
está o no.
—¿Temes un chantaje?
—Encanto, ¿podría ignorarlo tratando con vosotros?
Joyce sonrió con sarcasmo.
—Está bien, se lo diré a Earthman.
—¿Dónde está él ahora?
—No pensarás que voy a decírtelo, ¿verdad? Earthman sabe protegerse muy
bien, tanto que ni yo misma sé dónde encontrarlo en este momento. Se ha
puesto un poco furioso al darse cuenta de que Pies Planos había hablado y
que tanto tú como yo sabemos que él es el hombre al que busca, toda la
policía de la nación. Si se enterara de esto algún confidente de la policía, se
organizaría de inmediato la caza de Earthman y sus compinches, mientras
que ahora la policía anda desconcertada, dando palos a ciegas.
—¿En tu bolso tienes bolígrafo y papel?
—Sí, como no.
—Pues toma nota del teléfono que voy a darte.
Joyce apuntó el número que le proporcionó Jo Alan sobre una cajetilla, de
tabaco. Luego, levantó la cara y a través de las oscuras gafas, le miró.
—¿Es tu teléfono? —preguntó.
—Sí. Cuando Earthman quiera verme, que me llame y concretaremos una
cita, pero que en esa cita lleve lo que a mí me interesa. Si recupero lo que
busco, tendrá los diez mil dólares, ¿entendido?
—Muy bien, me pondré en comunicación con Earthman.
La mujer se adelantó en su asiento. Cogió a Jo Alan por la nuca e
inclinándole la cabeza, lo besó espectacularmente. Ambos fueron objeto de
las miradas de la gente que había en el autódromo, que no era mucha por
ser solo día de pruebas técnicas que nada tenían que ver con próximas
carreras.
Unos ojos cargados de ira los vigilaron con más atención mientras unos
dientes rechinaban y los labios se apretaban con fuerza, no muy lejos de
donde se hallaban.
CAPÍTULO IX
Al llegar al parking del autódromo en busca de su «Lancia-Fulvia», se
encontró con que ya estaba ocupado.
—Hola, Sony, volvemos a vernos —saludó irónico.
—Sí, ya ves, no es tan fácil echarme de un coche.
—Eres persistente.
—Como buena periodista. Mi maestro me advirtió: «Cuando la noticia es
buena, hay que seguirla adonde sea y corriendo los riesgos que haga falta».
Desde el interior, Sony abrió la portezuela del hombre y éste se sentó ante el
volante.
—¿Y es un riesgo seguirme?
—Naturalmente, todavía me duele la mandíbula, pudiste partírmela —se
lamentó acariciándosela con gesto significativo.
—Tu maestro tenía alma de perro de presa. ¿Cómo entras en mi coche con
tanta facilidad?
—Tengo una pequeña ganzúa. Una vez hice una larga entrevista a una
pandilla de jóvenes ladrones de coches.
—¿Y te enseñaron el oficio?
—Bueno, no es tan difícil.
—Si sigues por ese camino, acabarás entre rejas.
—Un periodista ha de correr todos los riesgos necesarios y debe de acosar a
tipos aunque éstos le repugnen siempre que sean noticia.
Jo Alan puso la llave en el contacto y el motor roncó con fuerza. Avanzó
despacio, como una gran y poderosa fiera dispuesta a saltar sobre su presa.
—¿Y yo soy el tipo que te repugna?
—Esa Joyce no está nada mal, ¿eh?
—¿Has vuelto a espiarme?
—El alma de un periodista es como la de un espía.
—Sí, sólo que lo que averigua no se lo cuenta a una persona, sino a todo el
mundo.
—Para eso me pagan —repuso irónica—. ¿Adónde vamos ahora?
—Tú, no lo sé, yo voy a mi cottage, tengo ganas de descansar.
—¿Ha sido Joyce la culpable de la mala noche?
—¿Te interesa mucho saberlo o es para tus ávidos lectores?
Ella le vigiló de reojo; se había colocado ya en el centro de la autopista que
había de conducirles a las afueras de la población.
—Os he hecho una fotografía mientras os besabais apasionadamente.
¿Crees que será interesante para mi periódico?
—Eso, pregúntalo en tu redacción.
—¿No te importa salir en la Prensa de esa forma?
—Dicen que para ser famoso deben hablar de uno, no importa que sea bien
o mal.
—No sé si eres un cínico o un escéptico.
—Piensa lo que quieras.
Jo Alan pisó el acelerador a fondo y comenzó a rebasar a otros automóviles
gracias a la gran potencia del «Lancia-Fulvia» y a su evidente pericia en el
manejo del mismo.
Se había producido una tensión entre ellos y no hablaron más durante el
trayecto.
A Jo Alan le fastidiaba la insistencia periodística de la joven, pero le atraía
como mujer. Era arriesgada y tenaz, eso estaba quedando bien patente, pero
en cuanto a su belleza física, no cabía discusión alguna; quizá ni ella misma
se había dado cuenta de lo hermosa que era.
Llegaron al solitario cottage suspendido sobre los acantilados contra los
cuales batían las olas.
Dejó el coche frente a la entrada y se dirigió hacia la puerta con la llave en
la mano, sin preocuparse de lo que quisiera hacer Sony.
Ésta dudó unos momentos, pero también terminó por salir del coche dando
un portazo. Caminó un tanto molesta hacia la pequeña y acogedora casita,
penetrando en ella.
—¿Cierras la puerta? —preguntó Jo Alan dirigiéndose al pequeño bar y
preparando dos whiskys con hielo.
Sony miró la puerta con recelo y después se decidió a cerrarla.
—No me has agradecido todavía el que no haya publicado nada sobre ti y el
caso Landon.
—¿Ah, tengo que agradecértelo?
—Si lo hubiera publicado, yo me habría llevado la palma del notición y tú
estarías ahora acosado a preguntas por la policía.
—Posiblemente. Los periodistas tenéis la habilidad de meter en líos a quien
no os ha hecho nada malo.
Sony deseó responder pero se contuvo, quizá pensando que Jo Alan podría
tomarlo en otro sentido respecto a lo que ella sentía por los encuentros del
piloto de pruebas con Joyce.
—Que yo sepa, no te he metido en ningún lío.
—Pero estás rabiando por meterme en uno y gordo. Si no has entregado el
material que has recogido es porque consideras que aún resulta pobre y que
muchos lo calificarían de rumor sin fundamento porque, como es lógico, yo
desmentiría todo lo que tú dijeras.
—Lo imagino, pero a mí no puedes engañarme.
Sony tomó el vaso de whisky en su mano y quedó muy cerca del hombre
tras dejar caer su bolso en la mesita de centro, frente al sofá.
—¿Es que ya sabes más?
—Sé que buscas algo importante y que ese Earthman es el hombre más
importante en el asunto. Con lo que he oído, podría echarte a toda la policía
encima.
Jo Alan se apartó de ella. Fue hasta el bolso femenino y lo abrió resuelto.
—Eh, ¿qué haces?
Antes de que pudiera evitarlo, Jo Alan tomó un pequeño aparato electrónico
«made in Hong-Kong». Sin darle tiempo a Sony, lo estrelló contra la pared,
aplastándolo.
—¿Qué has hecho? ¡Me costó quinientos dólares!
—Si es por eso, no te preocupes, yo te daré el dinero, pero ya estoy harto de
que me escuches a distancia con ése espía electrónico. ¿Sabes que podría
llevarte a pleito por eso?
—¡Hazlo si te atreves! —replicó desafiante mientras sus ojos llameaban de
rabia.
—Eres soberbia, vanidosa, intratable —comenzó a decirle mientras
caminaba amenazador hacia ella.
Sony retrocedió siempre en actitud retadora, no quería demostrar flaqueza y
así lo hizo hasta que se encontró empujando una puerta con su espalda.
—¡Eh! —exclamó al comprobar que ella misma, sin darse cuenta y al
caminar de espaldas, se introducía en el dormitorio donde aparecía la cama,
ocupándolo en gran parte, ya que la estancia no era muy amplia.
El piloto de pruebas estiró su mano agarrándola por la cintura y
estrechándola contra sí. Pese a que Sony rehuyó sus labios, consiguió
atraparlos y besarlos largamente, con profundidad.
—¡Canalla! —acusó sin fuerzas, jadeante y falta de respiración, sin que Jo
Alan la soltara.
—Si es lo que estabas deseando.
—¡Cínico, debería arañarte la cara!
Sony se movió cuanto pudo, pero le resultó imposible levantar las manos.
—¡Suéltame los brazos!
—Eres como una linda paloma cazada por un halcón.
—Asesino, ¿qué tenías que ver tú con la señora Landon? ¿Es que le hacías
el amor como a Joyce?
—Aun estando en dificultades, sigues haciendo preguntas como un
comisario. Estoy seguro de que si no hubieras temido que la policía
terminara averiguando que utilizabas el espía electrónico para fisgar en las
vidas ajenas, lo que te hubiera costado un disgusto, ya les habrías contado
toda la conversación que has oído entre Joyce y yo.
—Podía haber hecho una llamada anónima por teléfono. Ahora ya sé que el
asesino es ese Earthman.
—Sí, pero posiblemente no hay pruebas para arrestarlo y, por otra parte,
tienes metido demasiado hondo el gusanillo de la profesión y rabias por ser
la primera en dar la noticia. Toda una exclusiva para ti sólita. La valiente y
arriesgada periodista que siguiendo la pista del famoso Jo Alan, el
temerario piloto de pruebas, consiguió descubrir al asesino Earthman, lo
fotografió en exclusiva y luego llamó a la policía para que lo detuvieran.
Todo un éxito que daría la vuelta al mundo. Después, los mejores periódicos
del país te reclamarían pagándote el mejor precio por tus servicios.
—¿Y qué, no es lícito desear todo eso?
—Sí, pero nunca a costa de los demás, encanto.
—¿Los demás? —Se rió en la cara de Jo Alan—. No me digas que la
indefensa paloma que estrujas entre tus brazos podría dañar al halcón.
—Se puede hacer daño de muchas maneras. Con unas palabras, una mirada
o unas uñas como las tuyas. Ahora, francamente, no me gustaría ir por ahí
con la cara arañada.
—¿Temes que esa escandalosa y provocativa Joyce se molestara pensando
que no había sido ella quien te arañó?
—Lo que ocurre es que estás celosa.
—¿Celosa yo? Eso es un insulto que ni tú mismo te crees.
Súbitamente, Jo Alan la empujó hacia la cama, haciéndola caer sobre ella.
—¿Qué haces?
—Tienes una oportunidad de defenderte. Ya lo has dicho tú antes: soy un
halcón asesino y tú eres la paloma. Hoy no tenía los mejores reflejos para
batir récords en el circuito, pero sí estoy a punto para la caza de la altiva
paloma.
—¡No, no te acerques!
Jo Alan se acercó. Sony quiso escapar por el lado opuesto del lecho, pero él
lo rodeó y la atrapó. Sony gritó y pataleó. Jo Alan la estrechó y no cejó
hasta hallar sus labios. Comenzó a besarlos mientras la resistencia femenina
disminuía.
CAPÍTULO X
El furgón se hallaba estacionado junto a la carretera de Tijuana, sin salir del
área urbana de Los Angeles, cerca de una cabina de teléfonos.
El vehículo estaba oxidado en muchas de sus partes y su matrícula era vieja;
resultaba fácil adivinar que lo habían sacado de un cementerio de coches y
no de un almacén de compra-venta de vehículos usados.
Dentro del furgón hacía calor, pero un ventilador conectado a la batería
hacía circular el aire de forma suficiente para poderlo soportar.
Joyce acababa de entrar en el furgón, casi un camión por sus dimensiones,
aunque era muy posible que no consiguiera arrastrar más allá de las dos
toneladas de peso.
La mujer observaba al hombre sentado en una vieja poltrona recogida en
quién sabe qué basurero, pero que allí dentro cumplía la misión de brindar
comodidad al extraño Earthman.
Earthman tenía los cabellos muy abundantes y negros. Su barba y la larga
melena se unían, dejando solo visibles los ojos de trazos orientales y una
nariz tan aguileña que semejaba judía, pero su mandíbula era sajona y su
estatura también.
Aquel pseudohippy, Hombre de la Tierra como se hacía llamar, tenía en su
sangre la mezcla de varias razas, de varios continentes, y era muy posible
que ni él mismo supiera dónde había nacido.
Cuando sonreía, mostraba ligeramente sus colmillos y para andar por la
vida, no se podía dejar que lo hubieran dejado sin ellos y además, afilados.
Earthman tenía algo de fiera y un magnetismo de hechicero oriental. Se
preocupaba muy poco de su vestimenta y de su aseo, pero llamaba la
atención de quienes le rodeaban. Se hacía obedecer, evidentemente era un
líder nato y ello resultaba muy peligroso debido a lo retorcido de su mente.
—¿Y bien? —preguntó—. ¿Qué te ha dicho tu amigo, el piloto de coches?
—No parecía muy dispuesto a pagar —casi gruñó Joyce.
—¿No decías que iba a pagar diez mil dólares?
—Eh, recuerda que serán mitad para ti y mitad para mí, yo también estoy
arriesgando mucho en esto y me parece imbécil de mi parte. Si te detienen a
ti, pueden llegar a acusarme de cómplice tuya.
Earthman se rió de Joyce y los dos hombres que se hallaban en el furgón,
con indumentarias tan heterogéneas como sucias y chillonas, también
rieron.
—La policía nunca me pondrá las manos encima, sé hacer las cosas y
espero que tú también o te costará caro, Joyce. A mí no me aturdes con tu
belleza, eres una vieja estúpida que pretende pasar por joven.
Los ojos de Joyce llamearon de odio pero pronto se contuvo; la intensidad
de la mirada de Earthman le dio miedo. Aquella mirada era mucho más
poderosa que la suya y el asesinato de la familia Landon lo avalaba como
un peligroso criminal.
—Sólo quiero mi parte, cinco mil dólares no son de despreciar.
—Si por tu causa doy un tropiezo, te acordarás, Joyce. Ya sabes lo que le ha
pasado a Pies Planos por hablar demasiado.
—Ese tipo no quiere nada con la policía, le teme tanto como nosotros.
—¿Cómo lo sabes?
—Con lo que sabe, ya podría haber desplegado a toda la fuerza policial del
estado y no lo ha hecho. El solo quiere recuperar lo que al parecer perdió en
la casa de los Landon.
—¿Y qué es lo que perdió? Dilo de una vez.
Nerviosa bajo la intensa mirada de aquellos tres hombres, pese a que jamás
se había sentido mal bajo los ojos escrutantes y sucios de quienes la habían
acosado, Joyce comenzó a pensar que por sólo cinco mil dólares corría
demasiado peligro.
Uno de aquellos sujetos, el más alto, se levantó y caminó hacia la puerta
posterior, abriéndola ligeramente para mirar a lo lejos mientras les daba la
espalda.
—No Sé lo que busca, él no ha querido decirlo. Recela de nosotros.
—Si no sabemos lo que busca, mal podremos dárselo.
—Ha de ser algo muy importante cuando está dispuesto a pagar diez mil
dólares por ello.
—Sí, eso es cierto y una cantidad así nunca es despreciable. ¿Sabes una
cosa, Joyce? Tengo deseos de comprar una montaña —dijo extasiándose en
sus propios pensamientos.
—¿Y para qué quieres una montaña? —preguntó la mujer, perpleja.
—En lo alto construiré mi propio monasterio y vendrá la gente más
importante de la Unión. ¿Qué digo? De todo el mundo vendrán a
consultarme y me darán oro, tanto oro que forraré las paredes con él. Los
impresionaré a todos, sí, a todos. Sabrán cuál es el poder de Earthman.
Tendré en mis manos tantos secretos que muchos temblarán sólo al pensar
que podré revelarlos. Todas esas estúpidas, las mujeres de la gente
importante, se arrodillarán a mis pies. Me darán lo que les pida porque son
unas histéricas, las humillaré, las…
—¡Cállate, estás loco!
Con los ojos llameantes, Earthman brincó de la poltrona y extendió su
mano, que resultó larga y huesuda, agarró a Joyce por la garganta,
ciñéndosela.
—¡Ag, que me ahogas…!
Earthman sonrió, mostrando sus afilados dientes entre tanto vello facial que
le daba un aspecto satánico.
—Podría matarte si quisiera, sólo tendría que seguir apretando…
El pecho opulento y poco oculto de la mujer se agitó en busca de aire. Sus
manos se agarraron a la huesuda de Earthman, mas no consiguió zafarse de
la presa que había hecho en su cuello.
—Por favor… —suplicó.
—Bien, bien, te estás poniendo roja. Si continuara apretando, te pondrías
azul y reventarías, nadie te ayudaría. Sólo tendría que arrojarte por un
acantilado o mis muchachos te sepultarían en cualquier terreno al margen
de la carretera y habrías desaparecido para siempre. Pero no, no voy a
matarte, me hace falta dinero para comprar mi montaña desde la que
contemplar el mar, sobre la que poder edificar mi templo, el templo de
Earthman. Levantaría una torre y, encima de ella, en un triclinio de mármol,
me tendería y contemplaría las estrellas. Necesito dinero pero, además, tú
podrías servirme como sacerdotisa de mi templo. Tienes carácter, eres
medio bruja y no eres de las que tiemblan cuando le aplastan la cara a
alguien. Dime, ¿querrás ser mi sacerdotisa?
Apenas sin respiración, Joyce movió la cabeza afirmativamente. Tenía
miedo, mucho miedo.
El hombre la soltó y ella recuperó aire con fuerza.
Earthman, extasiado, siguió hablando:
—Tú eres muy lista y podrás traerme doncellas si te las pido. Tendremos un
almacén de drogas para nuestras ceremonias y la policía no las descubrirá.
Sacaremos sus secretos a los que vengan al templo, los convertiremos en
peleles, pero al mismo tiempo se sentirán satisfechos y adorarán el nombre
de Earthman.
—¡Earthman, ya viene el coche!
Aquel hombre, cruce de razas y quizá de maldades y locuras, semejó
despertar de sus sueños de grandeza y sadismo. Desvió sus ojos hacia la
puerta y ordenó:
—Vamos, Joyce, métete en ese baúl.
—¿Yo? ¿Por qué?
—El tipo que viene a visitarme no quiere intrusos. Si averigua que tú sabes
lo de la familia Landon, puedes darte por muerta.
—¿Quién es, por qué he de temerle?
—Es un alto ejecutivo de la Mafia, querida sacerdotisa. Este asunto lo estoy
tratando para ellos y ya sabes que si te ponen en la lista negra, por muchas
millas que corras, por muchas fronteras que atravieses, no vas a escapar,
mejor es que vayas encargando tu lápida. Además, yo no quiero líos, de
modo que escóndete y si tan sólo se te oye respirar, date por muerta, porque
sin abrir la tapa, te acribillarían a balazos.
—¡Earthman, están aquí ya! —apremió uno de sus acólitos.
Al abrirse el baúl, Joyce vio algunas latas, mendrugos de pan, vasos sucios,
pero se introdujo en él. El propio Earthman lo cerró, sumergiéndola en la
oscuridad, y ordenó a uno de sus secuaces:
—Siéntate encima.
Joyce tenía miedo. Había hablado con Earthman en otras ocasiones, pero no
como ahora. El no era un asesino vulgar, sino un psicópata o un extraño ser
que había pactado con Satán. Se recordó a sí misma en las misas negras;
había tomado parte en ellas como burla y juego, pero Earthman era distinto.
Del lujoso automóvil que se detuvo cerca de ellos, descendieron tres
hombres y un cuarto quedó al volante, vigilando desde lejos.
Al llegar al furgón, las portezuelas posteriores de éste se abrieron. Uno de
los tres recién llegados se quedó ahora, fumando un cigarrillo y vigilando y
los otros dos penetraron en el furgón.
De los dos sujetos que se encararon con Earthman, el uno abultaba doble
que el otro, pero el pequeño y ligeramente obeso, de escaso cabello, parecía
el jefe.
Su boca era grande como la de un pez, con la comisura izquierda torcida
espectacularmente hacia abajo en una mal disimulada cicatriz.
—Bien venido, Benini.
—Me llamo Beny, pero es mejor que no pronuncies mi nombre, Earthman.
Aquel sujeto pequeño, de escasos pero abrillantados cabellos, se impuso a
Earthman. Éste sabía que Benini no era él solo, sino que era el representante
del Sindicato del Crimen.
—Sí, claro, yo sé callarme cuando hace falta. ¿Has venido a pagar mis
servicios?
—¿Pagar tus servicios? —Soltó una corta carcajada preñada de sarcasmo.
—Os he hecho el trabajo que me pedisteis. Toda la policía busca a los
asesinos de la familia Landon y nadie piensa en la Maña, sino en tipos
como yo, en tipos como Manson.
—Sí, debo admitir que hicisteis un trabajo brutal. Tu sadismo quedaría
colmado con tanta salvajada, con tanto derramamiento de sangre. Eres un
tipo sin tripas pero, además, estúpido.
El insulto sentó muy mal a Earthman, cuyas pupilas brillaron de forma muy
especial, pero no asustó lo más mínimo a Benini, que no había llegado a ser
un alto jefe del Sindicato del Crimen por producir pastelillos precisamente.
—¿Es que no estáis contentos? —barbotó—. Me pedisteis un trabajo y lo
hice. Utilicé a mi gente, tal como querías fue un crimen ritual, salvaje,
satánico, en el que nadie piensa que sólo se deseaba la muerte del ingeniero
Landon.
—¿Sabes lo que te entregó cuando le amenazaste con asesinar a sus tres
hijos?
—¿Qué?
—¡Sam!
El tipo corpulento, que peinaba su cabello con el techo del furgón, hundió la
mano en el bolsillo de su chaqueta y sacó un carrete de videotape que
entregó a su jefe, al que servía como un guardaespaldas.
—Ése es el carrete que me pedisteis —dijo Earthman reconociéndolo—. Lo
tenía escondido y me lo entregó por miedo a que asesinara a sus tres hijos,
pero no le sirvió de nada, pues fueron degollados los tres en su presencia
mientras yo cantaba y cantaba.
—Sí, fue muy espectacular, pero te entregó una cinta con mapas
meteorológicos que no sirven para nada. —Y arrojó el carrete al suelo.
De pronto, se escuchó un ruido. Joyce se había movido dentro del baúl y
había hecho chocar las latas. Benini miró hacia el tipo sentado sobre el arca
y éste sonrió mientras cruzaba las piernas, disimulando.
—¡Yo os traje lo que me pedisteis! —chilló Earthman temiendo que volara
el dinero que le habían prometido por su múltiple crimen.
—¡No te pedimos este carrete, sino otro! ¿Lo entiendes? ¡Otro!
—¿Y cómo podía saberlo yo?
—Ése es tu problema, porque te quedan setenta y dos horas de tiempo para
traernos el verdadero.
—¿Cómo y dónde voy a encontrarlo?
—Tú sabrás. Tú estuviste en la casa de los Landon, tú asesinaste, tú le
cerraste la boca para que no volvieran a hablar jamás. Si en setenta y dos
horas no has traído el carrete de videotape que queremos, una llamada
anónima comunicará a la policía que el asesino de la familia Landon no es
otro que un falso santón hippy apodado Earthman. No te van a dejar ni
cobrar aliento antes de cazarte como a una fiera dañina. Ah, y será inútil
que les vayas con el cuento de que te lo encargamos nosotros, no iban a
creerte. —Le golpeó el pecho con la punta de sus dedos para agregar con
aire de superioridad—: No se te ocurra dirigirte hacia la frontera de México,
hay hombres del Sindicato trabajando en ella y al otro lado. Puede ser un
camarero, el empleado de una gasolinera, un policía incluso… Si cualquiera
de ellos te ve a menos de cincuenta millas de la frontera y mucho más si la
has conseguido cruzar, despídete de este perro mundo. Ya lo sabes, setenta
y dos horas —recalcó volviendo a golpearle. Después, le dio la espalda sin
esperar respuesta—. Vamos, Sam.
El hombre corpulento siguió a su jefe y ambos abandonaron el furgón que
se había convertido en el habitat de Earthman.
Cuando Benini se hubo alejado, Earthman observó con rabia el carrete de
videotape en el que había una franja roja en la que podía leerse: «top
secret».
Joyce lo había escuchado todo desde el interior del baúl y al comprender
que el peligro se había alejado, golpeó las paredes de su encierro para que la
dejaran salir.
—Levántate —ordenó Earthman a su secuaz.
No tardó en aparecer la mujer, congestionada por falta de aire.
—¿No salen las cosas bien, Earthman?
—Ese hijo de perra de Landon, pese a ver que sus hijos eran degollados, me
entregó un carrete falso y esos del Sindicato me han dado un ultimátum.
—Te sale el tiro por la culata —se burló Joyce, ansiosa de venganza.
—Estúpida, si no te callas… —Se contuvo y cuando parecía que iba a
golpearla con su puño, la mano se abrió y acarició el negro cabello de la
mujer.
—¿Qué estás pensando, Earthman? ¡Escúpelo ya!
—Tu amigo el piloto de pruebas busca algo, quiere dar diez mil dólares por
algo y ese algo puede ser lo mismo que yo busco, lo mismo que me exigen
a mí.
—Sí él lo busca es que no lo tiene.
—Pero nos puede dar una pista que nos sirva a nosotros para encontrarlo.
—Ese tipo no es de los que hablan.
—Hablará, te digo que hablará. El Sindicato me da cincuenta de los grandes
por este trabajo y si los pierdo, con ellos pierdo la vida, de modo que tu
amiguito hablará, y para ello le tenderemos una trampa.
—¿Cómo?
—Aguarda y te lo contaré. —Se rió ligeramente, saboreando un triunfo de
antemano.
CAPÍTULO XI
Las olas les empujaban por la espalda haciéndoles avanzar con rapidez.
Ambos bracearon con fuerza en dirección a la pequeña caleta recubierta de
dorada y gruesa arena.
Jo Alan había advertido a Sony que se situara bien centrada, de lo contrario
las olas la empujarían contra las rocas de los acantilados que con sus cantos
hirientes la arañarían cuando menos, ya que en día de marejadilla llegarían
a matarla.
Jo Alan se daba cuenta de que con el poder de sus brazos ganaría la carrera
con facilidad, por ello disminuyó el ritmo y dejó que la joven llegara la
primera a la arena mientras reía jadeante y sacudía su rubio cabello hacia la
espalda.
Jo Alan llegó justo un par de segundos tras ella y al salir del agua la
contempló una vez más, bañada por la luz del sol.
Su piel estaba tostada lo justo, sin exagerar. El bikini que vestía se lo había
hecho con un juego de foulards del propio Jo Alan, ya que ella no tenía traje
de baño en el cottage del piloto de carreras.
—Sony, eres muy hermosa. ¿No te lo he dicho antes?
—Quieto, quieto —pidió echándose ligeramente hacia atrás mientras reía
—. Creí que eras más frío.
—Será que he encontrado la fuente de calor que necesitaba.
—Embustero. Tú eres de los que no se detienen en una sola flor.
—Si quieres, lo probamos.
La sujetó por la cintura y la estrechó besándola en los labios ahora salobres.
Ambos juguetearon en la húmeda caricia, ya que los dos chorreaban de
agua marina, agua vital.
—Tengo que marcharme, van a despedirme de mi trabajo.
—¿Te importaría?
—Sí, es mi trabajo, y aparte de no presentarme cuando es debido en el
periódico, no voy a llevar un miserable reportaje que calme a la fiera del
jefe de redacción.
—Si quieres, voy a hablar con tu jefe.
—Oh, no, se pondría más furioso aún. Ya me pidió una vez que me casara
con él.
—¿Y continúa con esa esperanza?
—Le dije que no, pero es terco y si te viera y le dijeras…
—Entiendo. Mientras quieras seguir con tu puesto en el periódico es mejor
que tu jefe no me vea.
—Eso es.
—Vamos, arriba. Te llevaré a la ciudad si es que eres capaz de prepararme
unos buenos huevos fritos con bacon al whisky.
—¿Quieres probar si sirvo como cocinera?
—¿Y por qué no? Siempre he soñado con una mujer que además de una
excelente compañía nocturna me prepare el desayuno con lo que más me
guste y calentito, aderezado con su mejor sonrisa.
—Spanishman, más que spanishman —se rió mientras echaba a correr
hacia la escalera de hormigón que ascendía tortuosamente hacia el cottage
que semejaba un nido de gaviota en el acantilado.
Jo Alan subió tras ella, observándola con placer. Sony tenía algo especial,
casi mítico, subiendo por el escarpado acantilado mientras su dorada
cabellera caía mojada. Parecía una sirena escapada del océano,
transformada su cola mediante hechizo en dos gráciles y atractivas piernas.
Su risa hallaba ecos entre los más recónditos agujeros donde polluelos de
gaviotas piaban esperando la comida marina que habrían de proporcionarles
sus respectivas madres que volaban por encima del acantilado y de cuando
en cuando descendían en picado hacia las aguas, hundiendo sus garras en
ellas, hurgando bajo la superficie y clavándolas en las carnes del pez que un
ojo humano, en medio del oleaje, jamás descubriría.
La escalerita terminaba en la terraza suspendida en el aire por obra y gracia
de la técnica.
Cruzó la terraza y por la puerta de la misma pasó al saloncito cuando unos
brazos poderosos la cogieron por el brazo dándole un fuerte tirón.
Después, otra mano le tapó la boca mientras aparecía un cuchillo que se
apoyó en su garganta amenazadoramente.
Cuando Jo Alan entró tras ella, se vio frente a Earthman, al que ya conocía
por haberlo visto sobre la embarcación, cerca de la isla solitaria desde la
cual asesinara a Pies Planos.
Earthman le encañonaba con una pistola y mostraba sus colmillos al sonreír.
—Hola, Jo Alan. Si no quieres morir tú y que mi amigo degüelle a tu sirena,
lo cual sería una lástima porque a la vista está, que es bella, obedece.
Jo Alan, molesto por aquella desagradable sorpresa, miró a Sony. Ella
estaba asustada y el cuchillo hería ligeramente su piel.
Había un tercer tipo armado al otro lado del saloncito y sentada en una
butaca se hallaba la perversa Joyce, mirándole en el fondo satisfecha al ver
que podía sufrir ante el posible daño que hicieran a Sony, mucho más joven
que ella.
Sentía celos y deseos de venganza. Le hubiera gustado que aquel hombre la
admirara a ella y no a la periodista. Joyce le había dado una oportunidad en
su buhardilla y el hombre la había rechazado; eso hería su orgullo de mujer.
—De acuerdo, tú ganas, Earthman, pero lo único que yo quiero es hacer un
trato. ¿No te lo ha dicho Joyce?
—Sí, ya se lo he dicho, pero Earthman quiere hacer las cosas a su manera
—observó Joyce.
Sentada en la butaca, mostraba sensualmente sus piernas a los ojos
masculinos, como si quisiera eclipsar la figura de la joven y culta Sony.
—Siéntate en aquella silla y modosito —ordenó Earthman.
Encañonado por la pistola y ante la dificultad en que se hallaba la
muchacha, pues sólo un movimiento del secuaz de Earthman bastaría para
degollarla, optó por obedecer.
Ya sentado en la silla, se le acercó Godfrey, uno de los acólitos de Earthman
y le puso las manos a la espalda, atándoselas a la silla.
—Parece que tomas muchas precauciones, Earthman —observó Jo Alan.
—Sé lo que me hago. —Miró al tipo que sujetaba a Sony y le dijo—:
Puedes soltarle la boca, pero no quites el cuchillo de su bonito cuello. Si se
pone histérica, ya sabes cómo callarla.
—Será mejor que se duerma para que no se entere de nada —observó
Joyce.
Jo Alan movió la cabeza.
—No es necesario que hablemos de algo importante. Ella no sabe de qué va
nada.
—Mejor, con eso acabas de salvarle la vida, aunque Joyce tiene razón. Si
duerme, menos peligro correrá.
Joyce abrió su bolso y sacó una cajita negra de plástico. De su interior
extrajo una jeringuilla reforzada con acero inoxidable. Le puso una aguja y
aspiró hacia el interior de la jeringuilla el contenido de una ampolleta que
rompió allí mismo.
Sony temió a la inyección y se agitó queriendo impedirla, pero la sujetaron
dolorosamente y sus fuerzas distaban de igualar las del hombre que la
aprisionaba.
Joyce se acercó sonriente y sin ningún miramiento le hundió en la nalga la
aguja hipodérmica. Sony se movió pero no pudo evitar que el contenido de
la ampolleta pasara al interior de su cuerpo.
—¡Canallas, canallas!
Joyce arrancó la aguja del cuerpo que envidió y apartándose un par de
pasos, contempló a Sony.
La muchacha comenzó a ver turbio y sus párpados se hicieron pesados,
enormemente pesados. Sus piernas se doblaron insuficientes para soportar
su peso y se ladearon lánguidas.
—Ponía en el sofá y estate cerca de ella. Si nuestro amigo Jo Alan no sabe
lo que le conviene, dejaremos a su amiguita con su hermosa cabeza
separada del tronco.
Dormida por la droga, Sony quedó tendida en el sofá y junto a ella se
acomodó el tipo de la navaja que mantenía cerca de la garganta femenina.
—Espero que la droga no sea demasiado fuerte —gruñó amenazadoramente
Jo Alan que no había podido impedir la inyección.
—¿Temes por la vida de tu hembra? —preguntó Joyce acercándosele y
hundiendo sus dedos entre los cabellos masculinos—. No es la única en el
mundo.
—Si para mí la única hembra del mundo fueras tú, te aseguro que la
humanidad no se reproduciría.
Furiosa por aquellas palabras, Joyce le castigó con una sonora bofetada que
el hombre no pudo detener por hallarse con las manos atadas a la espalda.
—Godfrey, pon cómodo a nuestro amigo para que luego pueda charlar con
sensatez —ordenó Earthman.
Godfrey, que mascaba un chicle, sacó del bolsillo una pequeña bolsita con
arena que encerró en su mano diestra, reforzando su puño que estrelló
contra el rostro del maniatado Jo Alan.
Éste replicó con un puntapié que alcanzó a Godfrey en el bajo vientre,
lanzándolo al suelo agitándose de dolor y lanzando pequeños aullidos.
—Si vuelves a hacer eso, le corto el cuello a la chica.
La navaja arañó ligeramente la garganta de Sony, dormida a causa del
narcótico inyectado por la maligna Joyce.
Con la boca ligeramente sangrante, Jo Alan masculló:
—Creo que no es necesario que me destroce la cara para hablar.
Godfrey se había incorporado, ya amortiguada la intensidad del dolor.
Apretó su puño con rabia, dispuesto a machacar el rostro de Jo Alan.
Éste vio los ojos de aquel asesino cargados de odio, de deseos de venganza,
pero Earthman le contuvo con una orden.
—¡Tengo que machacarlo! —barbotó.
—Después, si hace falta, te desquitarás.
—Está bien, pero no quiero perderme ese gusto.
—¿Qué te parece, Jo Alan, suelto a mi mastín para que te convierta la cara
en pulpa sanguinolenta? —Earthman se rió en la cara del piloto de pruebas,
consciente de que dominaba la situación y de que todo funcionaba según
sus planes—. Por cierto, hemos tenido el gusto de registrar un poco este
nido de amor y no hemos encontrado los diez mil dólares que has
prometido.
—No tengo aquí el dinero y no os lo voy a dar estúpidamente.
—Diez mil dólares no es una cantidad excesiva —gruñó Earthman situado
frente a Jo Alan, pero a prudente distancia para no tener que encajar una
patada como su secuaz—. Tengo lo que buscas.
—¿Ah, sí? —Jo Alan le miró al fondo de los ojos, interrogante—. Me
gustaría verlo.
CAPÍTULO XII
—¿Cuándo pagarás?
—Cuando lo tenga en mis manos.
—Pues vas a tener que pagar ahora mismo —advirtió Joyce moviéndose de
un lado a otro felinamente.
—Joyce dice la verdad —corroboró Earthman.
—Tengo que comprobarlo, no voy a permitir que nadie juegue conmigo.
Del interior de su túnica, Earthman sacó un carrete de videotape que puso
frente a los ojos de Jo Alan.
—Aquí está tu secreto, amigo Jo Alan y, francamente, me gustaría saber lo
que hay dentro.
Había que ser muy sagaz para captar la perplejidad y la sorpresa de Jo Alan,
pues éste trató de disimularla. Aquello no lo esperaba. Su propio ardid
estaba funcionando y le sorprendía a él mismo, ya que sólo había dicho que
quería recuperar algo para llegar hasta el o los asesinos de la familia
Landon y de esta manera averiguar si eran simples criminales o tenía que
meterse de lleno en el caso el departamento de contraespionaje.
Pero allí, delante de sus ojos, había un carrete de videotape y en él, una
pequeña banda roja advertía: «TOP SECRET».
—¿Cómo lo encontraste?
—Calma, amigo, calma, quien hace las preguntas soy yo —advirtió
Earthman jugueteando con el carrete en su mano—. He de decir con
sinceridad que he tratado de averiguar lo que hay dentro de esta cinta, pero
en la pantalla de un magnetoscopio sólo salían cifras y cifras en clave que
no he conseguido descifrar. Estuve a punto de patearlo, pero apareció Joyce
y me dijo que alguien iba a pagar diez mil dólares por algo muy interesante
que deseaba recuperar.
—Y ése soy yo, claro.
—Sí, pero quiero saber lo que significa —advirtió Earthman.
—Ni yo mismo lo sé —respondió Jo Alan.
—Eso es fácil de decir, pero difícil de probar. Por algo querrías recuperar
este carrete, ¿no?
—Sí.
—¿Por qué?
—Me pagan un bonito dinero. Yo viajo mucho con mis coches, por todo el
mundo, y tenían que entregarme este carrete.
—No me digas que eres un espía.
—Sólo un enlace.
—¿Para quién?
—Lo ignoro. Yo sólo recibo, llevo y entrego, no pregunto nombres. Cobro y
me callo, ésa es mi misión.
—No vas a engañarme con eso. ¿Qué nación te paga por espiar a su favor?
¿Rusia, China, quién? —preguntó, poniéndose de costado junto a Jo Alan
para no recibir una patada y tirándole de los cabellos con fuerza hacia atrás,
para causarle intenso dolor.
—No lo sé y no me importa, a mí sólo me interesa el dinero.
—¿Cuánto ibas a cobrar?
—No creo que importe eso ahora.
—¡Sí importa, sí importa!
—Yo sólo lo hago por dinero, tengo muchos gastos con mis coches —
masculló Jo Alan tratando de aparecer ante los ojos de Earthman como un
traidor a su patria. Aquello no era cierto, pero sería difícil que lo averiguase
aquel sucio y melenudo sujeto ansioso de grandezas.
—De ésa ya hablaremos más despacio. Ahora, dime quién era tu socio, es
decir, el que te entregaba esto. ¿Landon o su esposa?
—¿Qué importa eso ahora?
—Sí importa, te has quedado sin enlace, los dos han muerto y yo también
quiero ganar dinero. Habrá que buscar a quien siga ordeñando la vaca.
—Era la señora Landon.
—De modo que era ella… Pues a mí, el carrete me lo entregó Landon.
—¿El?
—Sí, para que no degollase a sus hijos, pero no le sirvió de nada. La fiesta
siguió cuando yo tuve el carrete en la mano. Después de todo, tenían que
morir.
—De modo que la fiesta fue un pretexto para ocultar los verdaderos
motivos que os llevaron a la casa de los Landon.
—La fiesta era asesinarlos a los cinco, pero yo sabía que podía darme algo
importante. Por unos momentos, temí que el negocio se me escapara de las
manos.
—¿Por qué?
—Pues, Landon podía haberse negado a darme el carrete que ahora tengo
en mi poder. Hubiera sido difícil comenzar a buscar por la casa para
encontrar lo que alguien escondió y que era importante.
—Es cierto —admitió Jo Alan siguiendo el juego.
—¿Ella te entregaba el carrete en propia mano?
—La entrega tenía que hacerse así, pero ésta era la primera que se realizaba.
—¿Y quién te indicó que debías de recoger el carrete de manos de la señora
Landon?
—Una voz por teléfono. Nunca he visto al tipo que me llama, tiene un
ligero acento extranjero, pero no sabría decir de qué país.
—Y la señora Landon, ¿dónde podía guardar el carrete en su casa?
—No lo sé. La cinta debía de entregársela su propio marido para no llamar
la atención. Ella tenía que guardarla y hacer la entrega cuándo y cómo se le
indicara —explicó Jo Alan, inventando sobre la marcha para que Earthman
no se percatara de que lo ignoraba todo referente al carrete de videotape.
Astutamente, Earthman prosiguió:
—Entonces, he de suponer que quien lo escondía en la casa era la propia
señora Landon.
—Es posible.
Joyce miró interrogante a Earthman; éste sonrió satisfecho en parte.
—Es interesante, muy interesante. Tú, Joyce, que eres mujer y
forzosamente has de pensar como tal, ¿dónde esconderías un carrete como
éste?
—No sé. Si era ama de casa y tenía niños, la cocina debía de estar muy
frecuentada por ella.
—¿Qué te parece, Jo Alan, podía haber estado escondido este carrete en la
cocina?
El piloto de pruebas frunció ligeramente el ceño; su perspicacia le advertía
que Earthman trataba de sonsacarle, no eran necesarias tantas preguntas
teniendo ya el carrete en la mano.
—Yo opino que, en el jardín, un ama de casa puede enterrar muchas cosas.
—No es mala idea la de nuestro amigo el arriesgado piloto de carreras.
—Sí, pero la señora Landon no querría que ningún vecino o persona extraña
pudiera verla y jamás saldría al jardín con el carrete para ocultarlo y luego
tener que desenterrarlo de nuevo para el día de la entrega.
Earthman torció el gesto. Luego, recuperado, forzó la sonrisa.
—Eso también es cierto.
—Nadie mejor que una mujer limpia conoce a fondo todos los recovecos de
su hogar.
—La casa parecía bastante arreglada y no había ninguna sirvienta.
—Podría haber ido a ayudarla una asistenta a horas —advirtió Joyce.
—En ese caso, no escondería nada importante donde pudiera hallarlo la
mujer de la limpieza cuando fuera a su casa.
—Entonces, la cocina queda descartada a menos que tenga algún
compartimiento secreto.
—Una cocina moderna no suele tener compartimientos secretos y menos
del tamaño suficiente como para esconder un carrete de videotape. Yo
hubiera buscado en el dormitorio —indicó Jo Alan.
—Bien, todo eso ya importa muy poco ahora —gruñó Earthman—. La cinta
ya está en mis manos.
—¿Y quién os dijo que los Landon tendrían este carrete?
—La Mafia —contestó instintivamente Joyce. La mirada fulminante que le
dirigió Earthman la hizo palidecer y tartamudear ligeramente—. Es un
decir…
—A mí me ofrecían cinco mil dólares por este carrete —mintió Earthman,
pues el juego era de astuto a astuto.
—Yo sigo con mi oferta de diez mil dólares. Me quedará poco para ganar,
pero lo que más me interesa es que quien me paga siga confiando en mí.
—A juzgar por lo de «TOP SECRET» y las claves que lleva, esto debe de ser
muy importante, por eso te pondrás en comunicación con el hombre que te
paga y le pedirás cien mil dólares si quiere obtenerlo.
—¿Cien mil dólares? Si no sé cómo avisarle, él siempre me llama a mí.
—Busca la forma de ponerte en contracto con él.
—Será imposible.
—En ese caso, perderás el carrete. Te llamaré esta noche a este teléfono y te
diré dónde debes acudir con el dinero para comprarlo.
—Podríamos llegar ahora a un arreglo. Puedo ir al Banco a buscar diez mil
dólares y te pago.
—No, amigo. Tengo olfato para saber lo que puede valer mucho dinero e
intuyo que este carrete de videotape es muy valioso, no sé para quién, pero
lo es y quiero cobrar bastante dinero. —Se volvió hacia el hippy que
vigilaba a Sony, que seguía quieta en el sofá bajo los efectos del narcótico
—. Cárgala y llévala afuera.
—Entendido —aceptó el secuaz tirando del brazo inerte de Sony y
cargándosela sobre los hombros como si se tratara de una gacela atrapada,
sin preocuparse siquiera de cubrirla con nada, pues la joven sólo vestía el
improvisado bikini confeccionado con los foulards de Jo Alan, unidos a
base de nudos.
—No es preciso que os la llevéis a ella —objetó Jo Alan.
Earthman sonrió astutamente.
—Si no estás aquí cuando llame por teléfono para recibir el recado que voy
a darte para canjear el carrete por los cien mil dólares, piensa en ella. Será
una pena que tanta hermosura sea rociada con gasolina, y Joyce, sí, la
propia Joyce, le prenderá fuego con un simple fósforo. Cuando encuentren
su cadáver, nadie va a reconocerla, será hasta divertido verla retorcerse en
medio del fuego —explicó con sádico deleite.
—No es necesario que la asesinéis, ella no sabe nada de todo este asunto.
—Sí, ya sé que sólo es una periodista. Hemos registrado su bolso mientras
os bañabais, pero tú serás el culpable de su muerte si no obedeces órdenes,
claro que si todo sale bien, tendrás el carrete y a la chica viva. Ella te lo va a
agradecer en sobremanera.
—Supongo que él ya tendrá experiencia de la forma en que ella se muestra
agradecida —silabeó Joyce destilando celos.
—Adiós, Jo Alan, volveremos a vemos.
Jo Alan les vio alejarse hacia la puerta y gritó:
—¡Por lo menos, desatadme!
—Hazlo tú mismo, tienes tiempo para hacerlo —replicó Earthman cerrando
la puerta tras él.
CAPÍTULO XIII
No resultó tarea demasiado difícil para Jo Alan desprenderse de las
ligaduras que le sujetaban a la silla. Se hizo unas rozaduras que escocían,
pero en las que apenas se fijó.
Se vistió rápidamente y, sin peinarse, buscó entre los libros de la estantería
uno que estaba hueco interiormente. De él sacó una pistola «Kruger» del
calibre veintidós y con veinte balas en la petaca.
Sólo un arma como aquélla podía proporcionarle tal cantidad de disparos,
especialmente gracias a su escaso calibre. En otras ocasiones había utilizado
pistolas de grueso calibre, pero en aquélla prefería el veintidós por si podía
cazar vivo a aquel repugnante tipo y al mismo tiempo tendría más
posibilidades para luchar contra ellos cuando les hiciera frente, aunque para
ello debía de tomar todas las precauciones, pues Sony corría grave peligro.
Aquellos tipos eran asesinos no sólo sin escrúpulos, sino altamente sádicos.
Se enfrentó con el teléfono, pero pensó que podían haberlo trucado para
escuchar sus llamadas y así saber lo que iba a hacer. Abandonó el cottage
sin llamar.
El «Lancia-Fulvia» estaba allí, aguardándole. En la tierra había marcas muy
claras de un vehículo semipesado.
«Deben de utilizar un furgón grande y no nuevo, porque con sus
indumentarias llamarían la atención», pensó Jo Alan.
No perdió más tiempo observando las huellas del vehículo que utilizaba
Earthman. Subió al «Lancia» y arrancó, alejándose de allí hacia la carretera
principal.
Penetró en la autopista que le condujo al área urbana de Los Angeles y
frenó junto a una cabina telefónica tras asegurarse de que no era seguido
por ningún automóvil.
Saltó del «Lancia» para introducirse en la cabina. Había dejado las llaves
puestas en el contacto y discó aprisa el número que sólo guardaba en su
memoria.
—¿Diga?
—Hace falta una niñera de inmediato, urge vender stock —dijo rápido Jo
Alan.
La voz conocida al otro lado del hilo, respondió:
—De acuerdo. Ahora mismo en el lugar donde nunca duermen.
—Correcto —aceptó Jo Alan, observando que dos teenagers se habían
encaprichado de su automóvil.
Colgó el auricular y saltó al exterior de la cabina cuando los ladrones se
habían introducido ya en su coche y ponían el motor en marcha.
En tres zancadas se plató junto a la portezuela, que abrió justo cuando iban
a poner el seguro desde el interior, pero al tirar él de la puerta no
consiguieron colocarlo.
Hubo un ligero forcejeo mientras uno de los ladrones apremiaba al otro para
que arrancara.
De un violento tirón, Jo Alan abrió la portezuela y agarrando por los
cabellos al ladrón, le sacó fuera del coche violentamente mientras éste
chillaba de dolor.
Su compinche, al ver la difícil situación, abandonó el vehículo por la otra
portezuela echando a correr entre medio de los coches, que estuvieron a
punto de atropellarle.
—¡Sólo me faltabais vosotros, carne de presidio!
Le propinó una bofetada de revés que le lanzó hacia la cabina. Cuando el
joven ladrón se recuperó, echó a correr y Jo Alan no hizo nada por
detenerle.
Molesto, se introdujo en su «Lancia», poniéndolo en marcha.
Arribó al aviario nocturno del Griffith Park antes que su enlace Lionel, del
contraespionaje norteamericano.
La luz era tenue, rojiza, y a Jo Alan le pareció que aquel vampiro de la
Pampa argentina que colgaba cabeza abajo y extendía sus alas casi
desperezándose, le había reconocido de la vez anterior, pues volvió a fijarse
en su persona.
A Jo Alan no le simpatizaba aquel bicho, que en su lugar de origen se
alimentaba del ganado cayendo sobre él durante el sueño. Con suma
cautela, abría sus venas para hacer brotar la sangre al tiempo que vertía
sobre la incisión una sustancia segregada que impedía que la sangre se
coagulara.
De esta forma, se alimentaba chupando la sangre de la res o de un hombre
si conseguía herirle en el tobillo sin que lo advirtiera mientras dormía. Al
amanecer, el animal atacado había muerto en la mayoría de las ocasiones,
no por la cantidad de sangre succionada, sino porque no había podido
coagular la herida abierta y se había desangrado lentamente por ella.
Escuchó unos pasos suaves y rápidos y apartó la mirada del vampiro que se
hallaba al otro lado del grueso cristal.
El pequeño y anodino Lionel se acercaba, tocado con su habitual sombrero
verde oscuro.
Se detuvo frente a él tratando de escrutar su rostro en medio de aquella luz
rojiza y escasa en la que los vampiros y búhos semejaban encontrarse a sus
anchas, pero donde el ser humano no podía ver con claridad.
No cruzaron contraseñas; Jo Alan fue al grano.
—El caso se ha complicado. Earthman es el asesino de la familia Landon.
Utilizó a varios borregos suyos, hipnotizando a unos, drogando a otros y
ordenando simplemente a los restantes.
—¿Cuántos fueron?
—Concretamente no lo sé. Uno de ellos ha desapareado con un balazo, en
las aguas del océano, le apodaban Pies Planos.
—¿Le ha liquidado usted?
—No, fueron ellos mismos al darse cuenta de que había hablado demasiado
conmigo.
—Siga.
—Earthman es un sádico y un tipo codicioso. Al parecer, hubo un motivo
para el asesinato de la familia Landon.
—¿Asunto espionaje?
—Eso no está claro. Tenía que amenazar a los Landon para que éstos les
dieran un carrete de videotape en el que una cinta roja advierte: «TOP
SECRET», y cuando Landon se lo entregó, creyendo que todo habría
terminado, les asesinaron a los cinco.
—Vaya, ¿un carrete de videotape que pone «TOP SECRET»?
—Sí, eso es, me lo han mostrado.
—¿Y para qué lo querría ese Earthman? ¿Trabaja para alguna potencia
extranjera?
—No, creo que el encargo ha surgido de la Maña.
—¿La Mafia relacionada con asuntos de espionaje?
—Yo diría que ha intuido algo importante y ha trabajado a distancia, sin
querer ensuciarse las manos directamente. Quizá no pretenda un éxito de
cara a los mafiosos en general ni nada que trascienda a la Prensa, pero si
consiguieran algo importante, muy importante, podrían chantajear al
Gobierno.
—El intento de chantaje siempre es posible, lo que no es seguro es que
fueran obedecidos.
—Sí, esa parte está por ver, pero de momento lo cierto es que hay un tipo
llamado Earthman, un tipo a lo Manson y que además de sádico y codicioso
parece un demente. Tiene el carrete y pide cien mil dólares por él.
—¿Pretende jugar con dos barajas?
—Quizá la Mafia le ofrezca menos.
—Jo Alan, le conozco, usted ya tiene su propia opinión, ¿no es cierto?
—Bueno, intuyo algo.
—Dígalo, porque por la prisa y a juzgar por su cara ensangrentada, está en
aprietos.
—Me han dado hasta esta noche de plazo para reunir los cien mil y,
además… —Hizo una pausa.
—¿Además, qué?
—Se han llevado a una amiga mía, es periodista.
—¿Le han amenazado con ella?
—Sí, y sabiendo lo que hicieron con la familia Landon, es para temer que si
no voy con mucho gusto cumplirán sus amenazas de quemarla viva.
—Un asunto muy desagradable. Tendrá los cien mil para recuperar ese
carrete.
—¿Puede ser realmente valioso?
—Sí, ahora ya sabemos lo que utilizó Landon sin que nadie lo advirtiera.
—¿Y qué es?
—No estábamos seguros, pero ahora ya hay un carrete de videotape de por
medio y con lo que se ha averiguado en la estación subterránea secreta de
control, sabemos que Landon estuvo consultando a la computadora general.
El carrete no son ni siquiera datos obtenidos por el satélite espía, sino
resultados ofrecidos por la computadora trabajando con datos almacenados.
—¿Y qué datos puede haber ofrecido la computadora?
—Ignoramos lo que Landon preguntó realmente al cerebro electrónico, pero
sí sabemos que la computadora es muy eficaz y barajando datos altamente
secretos puede dar resultados espeluznantes, resultados que pueden valer
millones de dólares o costar millones de vidas humanas.
—Entiendo. Recuperaré el carrete, pero también me importa mucho salvar a
la chica periodista.
—Muévase con cuidado, Jo Alan. Si alguien le descubre ya no podrá servir
más en el contraespionaje. Es fundamental recuperar ese carrete y me
inclino a creer en su hipótesis de que es la Mafia quien lo desea, porque si
fuera una potencia extranjera, Earthman estaría rodeado de espías tratando
de llevarse el peligrosísimo carrete.
—Es que tengo otra opinión, Lionel.
—¿Cuál?
—Ya se la diré cuando esté seguro de ello.
—Vamos, Jo Alan, no juguemos a las adivinanzas. Este asunto se ha vuelto
más peligroso de lo que parecía en un principio. Un carrete de videotape
elaborado con la computadora del centro secreto subterráneo en el que
trabajaba el ingeniero Landon, es más peligroso que todos los documentos
que poseen nuestras embajadas juntas en toda la Tierra. Los hombres de la
KGB se sentirían muy felices sólo con la remota posibilidad de obtener esa
cinta que el estúpido de Landon robó a la computadora.
—Me encargaré de que ese Earthman no se salga con la suya. Sólo quería
contar con los cien mil dólares y ayuda si en un momento dado la pido.
—Cuente con el dinero, pero respecto a la ayuda, tenga cuidado. Si le
descubre la policía mezclado en un feo asunto, nadie va a reconocerle. El
departamento de contraespionaje jamás revela el nombre de sus miembros
ni aun a la propia policía norteamericana, sea del estado que fuera.
—No lo olvidaré.
—Suerte —deseó Lionel, estrechándole la mano.
Los dos hombres se separaron mientras el vampiro seguía observándoles
atentamente en medio de aquella luz oscura rojiza que simulaba la noche.
CAPÍTULO XIV
El viejo furgón que habían tomado como habitat, Earthman y sus secuaces,
se hallaba estacionado a poca distancia de la casa de los Landon, situada en
una zona jardín e independiente de los demás edificios.
Desde el furgón podían ver al policía que montaba guardia en el jardín de la
casa Landon. Parecía aburrido y daba paseos cortos sin pisar en ningún
momento aquel verde césped que el ingeniero Landon jamás volvería a
cuidar.
—¿Crees que habrá algún otro dentro de la casa? —inquirió Joyce.
—Éste es un buen punto de vigilancia, la noche nos está cayendo encima y
no tardaremos en saberlo —gruñó Earthman tratando de controlar su
impaciencia para no cometer ningún error que pudiera costarle caro.
Regresar al lugar del crimen siempre era muy peligroso.
Sony abrió los ojos y les miró. Se hallaba tendida en un rincón del furgón,
atada de pies y manos y amordazada para que no pudiera gritar
inopinadamente.
—Earthman, la rubia ha despertado —comunicó Godfrey.
Todos la miraron y Sony sintió miedo. Allí no estaba Jo Alan para ayudarla
si aquellos canallas atentaban contra su integridad física.
—¿Qué haremos con ella? —preguntó Joyce sin dejar de observarla,
envidiando su juventud y también aquella belleza que a ella se le iba
marchitando.
—Por el momento, conservarla viva, puede sernos útil.
—¿Y después?
—Cuando ese Jo Alan haya pagado, nos desharemos de ella.
—Yo me encargaré de la rubia —dijo Godfrey—. Es una pena romper la
muñeca antes de jugar con ella, es muy bonita.
Godfrey acercó su manazas algo torpes y sucias a Sony. Ésta se movió,
tratando de escapar, pero nada podía hacer, ya que no había lugar por donde
escabullirse.
—¡Déjala ahora! —masculló Earthman.
—¿Por qué? —preguntó Joyce—. Que juegue un poco, ella no va a gritar,
tiene la boca tapada.
Sony destiló súplica en sus ojos; aquel tipo repugnante y malcarado estaba
muy cerca de ella.
—¡No me pongas nervioso ahora, Godfrey, déjala! —repitió Earthman, no
por salvar a la chica, sino para tranquilizarse a sí mismo. La situación era
peligrosa y lo sería más cuando entraran en acción.
La noche les envolvió con rapidez y se encendieron las luces de las escasas
farolas que había en la calle. Desde, donde estaban podían ver las viviendas
que se iluminaban, indicando que en sus interiores había alguien.
—¿Lo veis? No hay nadie dentro de la casa de Landon, no se ve ninguna
luz —observó Earthman satisfecho.
—¿Crees que merece la pena arriesgarse? —preguntó Joyce.
—Eso sería tanto como aceptar que la muerte de la familia Landon fue
inútil —gruñó Earthman—. Yo quería ganar el dinero que me prometieron y
todavía no he cobrado. Debo de encontrar ese maldito carrete que Landon
escondió en alguna parte.
—La señora Landon —corrigió la propia Joyce.
—Eso es, la señora Landon. Vosotros dos, Godfrey y Jovan, ya podéis
acercaron a la casa, pero con cautela, sin ruidos. Quiero un buen trabajo.
¿Comprendido?
Sus dos secuaces asintieron con la cabeza.
Poco después, Sony les vio abandonar el furgón sigilosamente.
Jovan, con las manos hundidas en los bolsillos y un cigarrillo apagado entre
los labios, comenzó a caminar cansinamente por la acera. Su compañero
Godfrey se había filtrado por entre los setos de los jardines llevando un bat
de reglamento en la mano como si se dispusiera a jugar a béisbol.
Al llegar frente a la casa de los Landon, Jovan se detuvo. Se quitó el
cigarrillo de la boca, lo miró y luego observó de reojo al policía que le
estaba vigilando. Se volvió hacia él pidiendo:
—Eh, oiga, ¿puede darme fuego?
—¡Lárguese! —replicó el policía, expeditivo.
—Vamos, polizonte, ¿es que no va a darme fuego? Yo también pago mis
impuestos y si un policía no me hace ni este pequeño favor, voy a pasearme
un día entero por delante de la casa del gobernador con una pancarta de
protesta.
El agente, un veterano del Cuerpo, torció el gesto, pero hundiendo la diestra
en su bolsillo, sacó un encendedor al tiempo que caminaba hacia Jovan
preguntándole:
—¿Acaso ha bebido demasiado?
—¿Bebido yo? Estoy más sobrio que usted cuando hizo su juramento.
Se encendió la pequeña llama en el mechero y Jovan inclinó la cabeza para
prender fuego a su pitillo cuando por detrás del policía asomó Godfrey con
el duro y manejable bat alzado.
Se escuchó un golpe seco y el policía, alcanzado en la nuca, cayó sobre
Jovan. Éste le agarró entre sus brazos unos instantes.
—Vamos, amordázalo.
—No hace falta, Godfrey, le has partido la cabeza.
—Maldita sea, sí que los ponen blandos. No quería matarle.
Escondieron el cuerpo del agente bajo unos arbustos del propio jardín de los
Landon. Después, Godfrey sacó una pequeña linterna e hizo señales que
fueron captadas desde el furgón.
—Todo ha ido bien —dijo Earthman al divisar las señales luminosas.
—¿Qué hago, dejamos a ésta sola?
—No, Joyce, tú te quedas aquí con ella, esperando.
—Bien —aceptó la mujer mientras Earthman abandonaba el vehículo para
dirigirse hacia la casa.
Joyce, a solas con Sony, se acercó a ésta, totalmente a su merced, puesto
que se hallaba tendida en el piso del furgón, atada y amordazada.
—Eres muy hermosa y posiblemente hasta sabihonda, pero no te saldrás
con la tuya de llevarte a un tipo como Jo Alan —silabeó—. Es verdad que
no será para mí, pero tampoco para ti.
Los celos que le mordían las entrañas le hicieron pegarle patadas a Sony,
que las encajó con dolor, pero en silencio, ya que su boca estaba tapada.
Earthman se introdujo rápidamente en la casa de los Landon, aquella casa
que ya conocía bien por haber estado en ella. Sus secuaces habían reventado
la puerta para pasar al interior.
—Tú registra por la cocina y tú por el saloncito —indicó—. Yo lo haré por
el dormitorio matrimonial.
Los tres hombres se separaron y provistos de sus respectivas linternas,
comenzaron a registrar la casa en profundidad, cortando tapizados,
levantando planchas de madera, abriendo cajones y rasgando colchones.
Earthman, a cada cosa que rompía sin hallar lo que buscaba, soltaba una
imprecación malhumorado.
—Tiene que estar —repetía—, tiene que estar.
El hallazgo del carrete de videotape en el que destacara la franja roja con
las letras de «TOP SECRET» era vital para sus planes. Pensaba obtener dinero
por los dos carretes, si es que conseguía el verdadero.
Mientras, en la calle y cerca del furgón, ocurría algo con lo que Earthman ni
sus secuaces habían contado, algo que les iba a sorprender totalmente.
CAPÍTULO XV
Frente a la casa de los Landon se alzaba una suave colina, y en ella se
ubicaban varias calles y casitas con jardín, semejantes a la de los Landon.
Jo Alan se había instalado en un plano más alto para observar a distancia y
medio oculto por unos setos, estiró la antena de su telecomunicador a pilas.
—L L L, ¿me escucha?
—Sí, J J J, cambio —respondió la voz del jefe de contraespionaje.
—¿Ha pasado el recado tal como le he pedido?
—Sí, he hecho una llamada anónima avisando a los capitostes de la Maña
de que Earthman está a punto de vender el carrete a un mejor postor. Espero
que le pasen pronto el chivatazo al mañoso encargado del asunto Landon.
—Eso espero yo también. Estoy vigilando la casa, volveré a llamar para que
siga adelante el plan, ahora, cambio y corto.
Jo Alan escondió la antena telescópica del telecomunicador y descendió por
entre los jardines como un ladrón furtivo para llegar a la calle donde se
ubicaba la casa de los Landon y en la que estaba aparcado el furgón de
Earthman algo más lejos.
Se acercó al vehículo con sigilo para no ser descubierto. En su mano
portaba una bolsa de deporte de la que no se separaba.
Asió la manecilla de las portezuelas posteriores del furgón deseando que no
estuvieran cerradas, y así sucedió. Jo Alan había supuesto que aquél era el
furgón de Earthman, pero al verles salir de él, desde su puesto de
observación, sus sospechas quedaron confirmadas.
La portezuela cedió, y de un salto pasó al interior del mismo, cerrando tras
de sí.
Había muy poca luz allí dentro, pero identificó de inmediato a Joyce. Ésta
quedó sorprendida, preguntando:
—Eh, ¿quién es?
—Soy Jo Alan.
Joyce se asustó y quiso escapar, pero el hombre la empujó haciéndola caer
sobre el baúl.
—Hay muy poca luz aquí dentro, pero creo que podremos hacer el trato lo
mismo.
—¿Qué trato? —preguntó Joyce, desconcertada y deseando tener una
pistola en la mano.
—Tu amigo Earthman me ha pedido cien mil dólares por el carrete.
—Eso es.
—Mejor será que enciendas una luz, aunque sea pequeña.
Joyce se levantó. Tanteó en la ventanilla que daba a la cabina del furgón y
se encendió una débil bombilla.
—Si la ve Earthman se va a molestar —advirtió.
Jo Alan descubrió a Sony tendida en el suelo. Estaba llena de rojeces,
además de atada y amordazada. La joven le suplicaba con la mirada, ya que
no podía hacer otra cosa.
—El carrete sigue interesándome y aquí traigo el dinero.
—No me digas…
—Sí te digo, y también traigo esto.
Del interior de la bolsa extrajo un carrete de videotape con una franja roja
que ponía «TOP SECRET».
—¿Qué significa esto?
—He estado en la casa de los Landon con anterioridad. Comprendí que
Earthman trataba de sonsacarme y me he adelantado arriesgándome.
—¿Y ahora sí lo tienes? —preguntó Joyce, desconcertada.
—Quiero el otro también, por eso te vas a llevar la mitad del dinero adentro
de la casa donde está Earthman y le explicas el asunto. Volverás a salir con
el otro carrete, tú sola, y lo echarás delante de la papelera que hay frente a
la casa. Allí lo recogeré yo.
—¿Y la otra parte del dinero?
—Se quedará aquí en el furgón. Tendréis que confiar en mí, porque ahora
soy yo quien manda. El imbécil de Earthman está perdiendo el tiempo
dentro de la casa. —Sacó una bolsa más pequeña del interior de la grande y
mostró el dinero a Joyce. Le entregó la bolsa grande añadiendo—: Te llevas
cincuenta mil, que no está nada mal, arriesgo ya demasiado. ¿Correcto?
—Está bien, tú ganas, pero sería mejor esperar a Earthman.
—Ni lo sueñes. No voy a dejar que me cerquéis estúpidamente.
—De acuerdo, se lo diré, veremos qué le parece. —Miró a Sony y preguntó
mordaz—: Has venido a salvar a tu muñeca rubia, ¿verdad, sir Lancelot?
—¡Lárgate! —le ordenó Jo Alan empujándola hacia la puerta.
Joyce se alejó hacia la casa y Jo Alan se apresuró a liberar a Sony de sus
ligaduras y mordaza.
—Vamos, hay que marchar aprisa, antes de que sea tarde.
—Me encuentro mal…
—¿Qué te han hecho?
—Esa perversa mujer me ha pegado.
—Maldita hija de perra… Vamos.
La ayudó a levantarse y ambos salieron del furgón, internándose entre los
setos de los jardines.
—Desde aquí podremos contemplar la fiesta.
—No entiendo nada, nada. ¿Son ellos los asesinos de la familia Landon?
—Sí, y son más peligrosos de lo que pueda parecer.
Por la calle apareció un coche oscuro, circulando lentamente.
—Ésos deben de ser —gruñó Jo Alan.
—¿Quiénes?
—Los de la Maña que acuden a ajustar cuentas.
El automóvil rebasó el furgón y pasó por delante de la casa de Landon. Se
detuvo algo distante y allí quedó estacionado, sin llamar la atención.
Jo Alan sacó de su bolsillo el teletransmisor y estiró su antena.
Aquí J J J, llamando a L L L. ¿Me escucha? Cambio.
Aguardaron unos instantes. Sony no comprendía nada, su mente estaba
confusa.
—Aquí L L L, escucho. ¿Todo bien? Cambio.
—Dé la alerta general, creo que los de la Mafia han llegado. Cambio.
—Entendido. Póngase a cubierto, habrá fuegos de artificio. Cambio y corto.
Vieron las luces de las linternas a través de las ventanas de la casa Landon.
Al fin, se abrió la puerta y salió Joyce con algo en la mano.
Se acercó a la papelera, y allí, tal como se le había ordenado, dejó caer el
carrete. De inmediato, se vio sorprendida por dos hombres que habían
saltado del coche recién llegado. Luego, aparecieron dos más, Sam y
Benini, y los cinco se internaron en la casa.
Se escucharon varias detonaciones en el momento justo en que cercando la
casa y por todas direcciones, aparecían coches policiales. Sus sirenas no
ululaban, pero a la orden del oficial que mandaba la operación, se
encendieron súbitamente unos focos, iluminando la casa por los cuatro
costados, mientras su voz imperativa advertía y ordenaba:
—¡Atención, atención, están rodeados, salgan con las manos en alto!
Por las ventanas comenzaron a vomitar furioso plomo al comprender que
habían caído en una trampa.
—¡Fuego! —ordenó el oficial de policía.
El fragor del tiroteo aterrorizó a todo el barrio. Las balas silbaban en todas
direcciones mientras unas bombas de gas lacrimógeno penetraban con
explosiones sordas a través de las ventanas.
Mas el tiroteo no cesaba, los proyectiles iban de un lado a otro. Focos de la
policía estallaron hechos pedazos y también más de un agente cayó
alcanzado por las balas.
Mas, en el interior de la casa se fue haciendo el silencio. De pronto, se abrió
la puerta y Joyce escapó corriendo con las manos en alto y gritando:
—¡No disparen, no disparen!
Desde la puerta le dispararon por la espalda mientras Benini, el último de
los allí escondidos, era abatido por una ráfaga de metralleta.
EPÍLOGO
Sony tecleaba en su máquina portátil en la terraza del cottage de Jo Alan
suspendido sobre el acantilado e iba leyendo en voz alta lo que escribía.
«Fueron recogidos ocho cadáveres de la casa de los
Landon, la mansión maldita, como podríamos llamarla. El
agente del contraespionaje, Jo Alan, había preparado una
trampa mortal para todos aquellos indeseables que
pretendían extorsionar al Gobierno mediante la amenaza de
vender al extranjero un carrete de videotape en el que
debían hallarse los mapas con los puntos clave de toda la
defensa norteamericana, confeccionados por la
computadora secreta con los datos recibidos del satélite
espía que no sólo vigilaba tras el Telón de Acero y el de
Bambú, si no el propio territorio de los Estados Unidos. El
ingeniero Landon, presionado bajo la amenaza de matar a
sus tres hijos, lo entregó sin poder evitar el asesinato de
toda su familia, incluido él mismo. Los criminales no
supieron aprovecharse del carrete de videotape con “TOP
SECRET”, pues al hallarse los resultados en clave, lo
tomaron por unos simples mapas meteorológicos. El carrete
fue hallado en la casa de Landon por la policía local y
recuperado por el FBI al conocer su existencia. Tanto el
descubrimiento de los asesinos de la familia Landon como
el atajar el riesgo de un peligrosísimo espionaje llevado a
cabo por delincuentes comunes y con el único objeto de
extorsionar al Gobierno mediante amenazas, fue realizado
por Jo Alan, al que todo el mundo conoce como pilo…».
Jo Alan se levantó de la hamaca en la que estaba tomando el sol. Observó la
hoja escrita y dijo a Sony:
—Hubiera sido un buen reportaje para ti, pero lo siento. No soy yo quien te
niega la gloria, sino el departamento de contraespionaje.
Ante los ojos de Sony, encendió el mechero y con él quemó la hoja escrita
que, una vez envuelta en llamas, arrojó sobre el acantilado. El fuego se
alejó volando hacia el océano.
Sony se levantó. Se habían curado ya sus cardenales, aunque se notaban
algunas marcas. Vestía un bikini color salmón y su cuerpo resultaba bello y
atrayente, dorado por el sol.
Se abrazó al hombre y buscó sus labios mientras susurraba:
—Al diablo la gloria del notición si te he cazado a ti, amor.
Y sus labios se encontraron bajo el fuerte sol de California.
FIN
Rafael Barberán Domínguez (Barcelona, 1939), más conocido por el
pseudónimo de Ralph Barby es un escritor español de novelas populares,
también conocidas como bolsilibros o «libros de a duro» en referencia a su
bajo precio.
Estrechamente vinculado a la Editorial Bruguera, Rafael Barberán forma
parte de los escritores de la Literatura popular española, junto con otros
autores como Corín Tellado, Marcial Lafuente Estefanía, Frank Caudet o
Silver Kane.
Bajo el pseudónimo de Ralph Barby estaba también su esposa, Àngels
Gimeno, con la que compartía la tarea de escribir.
La lista total de los libros publicados por Barby cuenta con más de un millar
de títulos y más de quince millones de ejemplares vendidos solo en español,
a los que habría que sumar otros tres millones en portugués.
Empezó publicando novelas bélicas y del oeste en las colecciones de las
editoriales Ferma y Toray, aunque su éxito llegó poco después con las
novelas de ciencia ficción y horror que publicó en las colecciones de la
editorial Bruguera, con la que firmó un contrato de exclusividad que duró
más de dos décadas.
Con el cierre de Bruguera, a mediados de los años ochenta, Rafael Barberán
y su mujer crearon su propia editorial, Ediciones Olimpic. Con ella
publicaron numerosas novelas del oeste y de terror.
Una de sus novelas del oeste, Cinco mil dólares de recompensa, fue llevada
al cine en 1974 por el director mexicano Arturo Ripstein.
Personajes estereotipados y relaciones tópicas son las características
principales de sus historias, narradas casi siempre con gran desenfado, muy
típico de la época en la que fueron escritas.