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River Plate

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UNA GRANADA PARA RIVER PLATE El Polaco aparece mostrando su chapluma, como le dice carifiosamente a su cuchilla. Esta rodeado de cinco barristas que lo siguen como alumnos. Sin aviso previo, el Polaco deja a todos boquiabiertos con su buen mane- jo de navaja: en un minuto destornilla los cuatro pernos que sujetan el tablero donde va la luz de lectura y la salida de aire correspondiente a los asientos 31 y 32. Ante ja mirada desconcertada (y cobarde, segtin él) de quie- nes por primera vez viajamos con la barra, el Polaco desmonta el armazon del techo hasta dejar todo a la vis- ta. Todo, en este caso, se refiere a un conjunto de cables internos que comtinmente permanecen escondidos a los pasajeros. Ocultos y relegados, como muchos barristas dicen sentirse frente a la sociedad. —Antes de esconderla hay que envolverla en algo... Necesitamos un gorro —dice el Polaco, y uno de sus se- cuaces le quita la gorra a un barrista primerizo. ~—Aqui hay que ayudar, compadre —es la frase que refriegan en la cara de un muchacho que, timidamente, ve cémo su prenda azul se pierde entre tantas manos veinteafieras. El Polaco envuelve cuidadosamente la granada en el sombrerito que luce una «U». Si, una granada. Un explosivo de combate. Aca adentro llevamos una bom- ba en miniatura. Se trata de una municién real que, giin se comenta dentro del autobiis, alguien se la robé a los milicos mientras hacia el servicio militar. —Estas son stiper faciles de lanzar. Hay que apre- tar este gancho, sacarle el seguro con los dientes y lan- 119 JUAN PABLO MENESES zarla —agrega tranquilamente uno de los barristas ex- pertos, mientras el miedo paraliza a aquellos hinchas que dejaron en Santiago a sus padres, a sus novias, a los amigos del barrio, a los hermanos menores, a la foto del equipo colgada en la pared, al banderin del Ultimo campeonato clavado en la puerta, y a la coleccién de entradas a los partidos en el cajén del velador. Todo en casa, en un hogar cada vez mas lejano. Todo para salir por primera vez fuera del pais con la hinchada de los amores. Todo por el equipo. El Polaco amarra el gorro-explosivo dentro de los cables, lo oculta con la destreza de un aventajado car- terista y vuelve a atornillar el tablero. No quedan ras- tros de que sobre la luz de los asientos 31 y 32 va una bomba. —Ni cagando nos cachan en la aduana —dice, guar- dando la chapluma en un bolsillo oculto. Pero la tranquilidad no tiene ganas de regresar a este vehiculo de la empresa Chilebus, que ahora avan- za repleto de hinchas de futbol. Cuando todos pensa- mos que lo peor ha pasado, salta una pregunta que vuel- ve a congelar a los novatos: —2Quién de ustedes la va a lanzar? La consulta, que es adrenalina pura lanzada a la cara, la suelta uno de los jefes de quienes vamos aqui arriba. Cada bus tiene sus encargados que nos dicen qué hacer y luego informan de todo a la ciipula de la barra. Y sigue; —Ahora vamos a ver quién es el mds guapo, quién es valiente de verdad, vamos a ver quién tiene los hue- vos para entrar la granada al estadio y lanzarla. gO aca- so en la barra hay puras mamas? Por suerte, la decision de quién arrojara el explosi- vo militar queda inconclusa. Al primer llamado no hay voluntarios. Por ahora, la orden consiste en celebrar que la artilleria liviana ha quedado bien guardada. Al grupo llega una botella de pisco que anda girando de mano en 120 EQUIPAJE DE MANO mano, y de atrds le sigue una caja de vino tinto y unas piteaditas de marihuana. En cosa de minutos todo ha vuelto a la normalidad. El autobus que nos lleva a Bue- nos Aires retoma su funcién de transporte de barristas: se entonan los gritos contra las gallinas de River Plate, las bromas por el tipo que no quiere pasar la caja de vino o por el que se pega el porro a los dedos. Casi todos terminamos gritando los canticos de apoyo al equipo, El San Martin es uno de los jefes del bus: tose raspado, usa lentes oscuros, camina chocando hombros, tiene marcas en las manos y demasiadas joyas para las circunstan- cias. El, con un tono paternal, aunque de padre golpea- dor, nos aclara que vamos a la guerra. —Y si es necesario morir en Argentina por el equi- po, no queda otra. Ningtin huevén puede arrugar. Tene- mos que estar muy unidos, Alguien va hasta la parte delantera del bus y con el permiso del chofer pone una cinta de Rage Again The Machine, la banda estadounidense que por un momen- to se toma el poder dentro del Chilebus. Un barrista con la foto del Che estampada en la camiseta, comienza a mover la cabeza al ritmo del baterista yanqui. Por las ventanas del bus corre la periferia de Santiago, las can- chas de tierra, los nifios en las esquinas y los perros va- gabundos aplastados por el sol. Adentro, la mtisica ace- lera y retumba y acompania cuando las botellas pasan, una tras otra, como si aca adentro el vino y el pisco tam- bién se multiplicaran en esta ultima cena. Vamos de via- je, vamos a ver un partido de futbol, vamos rumbo a Buenos Aires con una granada a pocos centimetros de la cabeza. El tema del explosivo es como todo trauma: a ratos se olvida, pero siempre vuelve a aparecer. JG, el foto- grafo que viene conmigo, me mira con ojos igualmente inyectados y me susurra: —Si se enteran que andamos haciendo un reporta- je nos matan. 121 JUAN PABLO MENESES Nuestro bus es el ntimero tres, de los once que esta majfiana salieron desde la sede de la Corporacién de Fiitbol de la Universidad de Chile, como se llama ofi- cialmente la «U»: No somos el vehiculo de los peces gordos, de los cabecillas de la hinchada, pero tampoco estamos al final de la caravana, donde viajan los mas inexpertos, los con menos historial. Vamos a la capital argentina para alentar al equipo en su partido por las semifinales de la Copa Libertadores de América. Vamos a ganarle a las gallinas de River Plate, y en su estadio. -—jVamos a morir! —grita alguien que luego lanza un escupitajo al suelo del autobiis. Viajamos con Los de Abajo, la hinchada mas brava del pais. En el partido de ida, jugado en Santiago de Chile, un pequeno y sobredimensionado incidente entre unos pocos hinchas de River Plate y la policia local encendié la mecha, La prensa deportiva ha inflado el altercado hasta convertirlo en un escdndalo gigantesco, chauvi- nista, y digno de que intervengan ambas cancillerias. Por lo mismo es que todos los periddicos chilenos nos anuncian que en Buenos Aires, si o si, nos espera un infierno. Dentro del bus vamos 38 hombres, dos mujeres y dos lapices: el de JG y el mio, Por un momento temo que aquel detalle nos deje en evidencia, Nos salva la pre- mura de escribir las papeletas de aduana, y el asunto se pasa por alto, —Para salir del pais tienen que llenar estas papele- tas de la aduana —habia dicho el auxiliar del autobts, a quien todos los pasajeros hemos comenzado a llamar el Tio. Media hora antes de llegar a Los Libertadores, el 122 EQUIPAJE DE MANO principal paso fronterizo terrestre hacia Argentina, el Tio repartié las fichas de inmigracién. Llenar las cuarenta papeletas, entre bromas y consultas repetidas hasta el hartazgo y con apenas dos ldpices, terminan por descontrolar al Tio. Se ve molesto, aburrido, y aunque su corbata y su gorra de la empresa Chilebus lo disfra- zan de gentil auxiliar de viaje, sus modales bruscos, su mala cara y su disposicion de perro son las sefiales fisi- cas de una crisis interna: parece que por primera vez piensa seriamente en la idea de renunciar al trabajo de toda su vida. Apenas llevamos tres horas de un viaje que, por lo menos, durard sesenta. El tramite en el lado chileno es rapido. Un par de turistas que viajan en automovil se toman fotografias con los hinchas de camisetas azules. El chequeo de los once buses dura poco mas de una hora y no esta libre de problemas. Sélo de nuestro bus hay tres personas que no pueden seguir la travesia: uno por tener su documento de identidad vencido, otro por an- dar sin ninguna identificacién y el San Martin, nuestro lider, por tener lo que todos llaman papeles sucios, y que en resumidas cuentas quiere decir problemas judi- ciales pendientes y orden de arraigo. Cruzamos el ttinel que separa ambos paises. Justo cuando por la ventana pasa un cartel que dice «Bien- venido a Argentina», uno tiene la extrafia sensacion de estar en un viaje cuya idea de regreso es demasiado fragil. —wNos fuimos —me dice JG, en voz baja, y antes de terminar la frase nos llega a las manos un cigarro de hierba que dura hasta que terminamos el cruce. En el lado argentino la cosa cambia de inmediato. El trato infernal con que majaderamente nos habia ame- nazado la prensa deportiva, se empieza a vivir de ma- nera real. —Los policias de alla son malos de verdad, se vana dar cuenta. Alla la dictadura mato a 30 mil argentinos, 123 JUAN PABLO MENESES muchisimos mds que Pinochet —me habia advertido un amigo antes del viaje. El tramite en la aduana trasandina ya dura cinco horas. Por lo general, en un viaje de itinerario, el che- queo rara vez supera los 30 minutos. Comienzan a co- rrer versiones, Alguien dice que los perros anti-narcéti- cos han detectado un cargamento de marihuana. Lejos de aquellos rumores, sdlo pienso en la granada de mi bus (que si vi y casi toqué) y que, afortunadamente, ya ha pasado la revisién, Eso me alivia, El Polaco no nos defraud6 con su maniobra, por eso todos le palmoteamos el hombro mientras se pasea risuefio pidiendo que le regalen un cigarrillo, La orden de los gendarmes argentinos es que no se mueve ningtin bus de la caravana hasta que no ha- yan revisado a todos los vehiculos. En un momento de la detencion aduanera, un grupo de barristas entona la cancion nacional de Chile. En los mastiles del galpén y por las ventanillas de las oficinas sdlo se ven banderas argentinas o afiches de Menem con banda presiden- cial. Acabamos de terminar la primera estrofa, cantada a todo pulmén como protesta al trato de los policias cuando, desde una oficina blindada, aparece un gen- darme de bigote a lo Videla. Lleva una metralleta bajo el brazo. —jAqui nadie grita, carajo! —grita. Empieza a oscurecer y algunos transetintes mendo- cinos nos saludan gentilmente levantando el dedo me- dio, o llevandose las manos a la entrepierna, o pasdndo- se el dedo indice por el cuello. Hay que estar preparado para aguantar un viaje donde todo lo que nos rodea es violento. Para algunos, el rechazo general que nos reci- be en cada parada es una experiencia nueva. Para otros, 124 EQUIPAJE DE MANO ja mayoria, es la rutina que los sigue desde nifios y la que mejor los orienta, Durante la detencion en las afueras de Mendoza, el nuevo lider de nuestro bus pasa la gorra para «hacer unas monedas», como dice amablemente, aunque no cabe duda que no es un pedido, sino una orden. El resto de los pasajeros estamos casi obligados a vaciar los bol- sillos en la alcancia de género. Con el monto recauda- do, los cabecillas del vehiculo desaparecen. Regresan 40 minutos mas tarde con un cargamento de cajas de vino y cervezas para la ruta, Pasada la medianoche y con mas de 14 horas de viaje, la caravana retoma la ruta a Buenos Aires. Un grupo de patrullas policiales, con sirenas encen- didas y gendarmes con medio cuerpo saliendo por la ventana, nos acompaifia hasta el limite territorial de la ciudad. Adentro hay brindis, gritos, musica y humo. Afuera, solo malas caras y rifles apuntando hacia nues- tras cabezas. La noche trae la calma. Dentro del autobts, rebautizado por el grupo como Ja casa, se olvida el frio con chaquetas de jean, vino mendocino en caja, cerve- zas, marihuana, chocolates y cigarrillos. Por el televisor del Chilebus pasan Jévenes pistoleros 1 y 2, y las protes- tas contra la calidad de las peliculas elegidas s6lo se aca- llan cuando aparecen las escenas de peleas a cuchillo. Algunos, los de los asientos mas cercanos al chofer, ya estan durmiendo. Otros han decidido ponerse los audifonos de su walkman y apoyar la cabeza en la ven- tana y mirar las lineas blancas de la carretera, pensando en lo que nos espera o en lo que hemos vivido hasta el momento, 0 en la repetida agresividad policial, o en que todos nos ven como un peligro ptiblico, o en la mitsica que ahora retumba en los oidos, o en las estrellas gigan- tes que cuelgan del cielo pampino, o en el gorro de lana azul regalo de la novia, 0 en lo mucho que abriga la camiseta del equipo debajo de la chaqueta. 125 JUAN PABLO MENESES El Tio se aparece en los tiltimos asientos de nuestra casa con una almohada bajo el brazo, algodones en los oidos y una cara de cansancio que facilmente, podria pasar las semifinales de un campeonato sudamericano de caras cansadas. De pronto, como si se tratase de un pasadizo secreto, el Tio abre una cajuela invisible al lado del bafio y se mete adentro, doblado como un feto, listo para dormirse. Apenas habla y se le nota molesto. Nadie sabe si esta ofuscado porque el de ahora no es su tipico viaje de itine- rario a Buenos Aires 0, porque todo el afio, da lo mismo si es invierno o verano, su lugar para dormir siempre es aquella estrecha y metalica caja fiinebre que lo mata en vida. —Mi hermano esta en Buenos Aires. Hace anos que el culiao vive alla —dice el Polaco, en una pequefia ter- tulia que se ha formado junto al bao. Y agrega—. El culiao es ladr6n internacional, cachai. Le va grosso. Y aparece otro que suelta: —Puta la hued, yo tengo una tia en Buenos Aires y no traje la direccion, Creo que trabaja en la casa de unos millonarios —y se empina la botella de vino en caja. —Majfiana tenemos que ganar, culiaos —cambia de tema Jorge, un empleado de imprenta que ha pedido permiso laboral por dos dias—. Primera vez que tene- mos la final tan cerca. Y aparecen los primeros pronésticos. —Vamos a ganar dos a cero. Un gol de Marcelito Salas y otro del Huevo Valencia —dice el Citroneta, un estudiante de biologia de la Universidad de Valparaiso que, de tan inocente, esta acd arriba jugando al chico malo. Jorge, el de la imprenta, tiene mas de 30 afios, igual que el amigo que lo acompafia. Y dice: —Qué increible, ahora podemos llegar a la final de la Libertadores, pero me acuerdo de los anos malos dela «U». Cuando uno iba al estadio sabiendo que iba- 126 EQUIPAJE DE MANO mos a perder. Chuchatumadre, fueron afios de anos. Cuando bajamos a segunda divisién siempre se hacian viajes asi. Pero no iba tanto huevonaje. Eso nunca lo van a vivir. Ahora es facil para ustedes, porque el equi- po gana. El vehiculo se bambolea suavemente de un lado a otro, pero con el vino y la marihuana todo parece mo- verse mucho mas. El Tio se asoma de su cajuela y grita que lo dejen dormir, pero alguien le lanza un palmetazo en la cabeza sin que él descubra al autor. Somos Los de Abajo. A las seis de la mafiana amanece. El sol crece al final de la Ilanura tan lento como se mueve una pupila en sobredosis. La mayoria decide contemplar el paisaje en silencio. Los vidrios estan empafiados y hay que usar el brazo como limpiaparabrisas. Recién ahi, detrds de esas gotas que bajan por el cristal tiritando asustadas, aparece el famoso plano infinito de la pampa argentina. Alguien enciende el primer pito del dia, aunque esta vez la hierba acompana tranquilamente, sin estriden- cia, como un punteo de guitarra actstica. Despertamos camino a Buenos Aires. Por peticién general —«necesitamos mear y lavar- nos la cara, tio»—, paramos en una estacién de servicios Repsol YPF en plena carretera. El minimarket se ve so- brepasado por los hinchas. JG, el fotégrafo que durante el viaje ha disparado la maquina jugando a que es un estudiante que saca fotos para él, me hace una sefia para que mire. Y ahi se ven, como una horda, casi todos me- tiendo mercancia dentro de sus chaquetas. La parada sirve para ir al bafio y mojarse la cabeza, pero, funda- mentalmente, su objetivo ha sido saquear el almacén argentino. 127 JUAN PABLO MENESES Cuando volvemos a acelerar, El Tio y el chofer se van diciendo en voz alta, entre ellos, que por estas cosas es que sienten vergiienza de ser chilenos. Cuando deja- mos el lugar se ve por la ventana del autobus a la ven- dedora con las manos en la cabeza, hablando por teléfo- no con alguien que debe ser policia y golpeando con su punio fragil el mes6n recién violado. Otra vez en la carretera, el Citroneta, universitario de pelo largo y anteojos a lo John Lennon, muestra su mercancia. Con la alegria de sentir que ahora si sera aceptado por el grupo duro de la casa, ofrece parte de su botin. —jAlguien quiere vinito? —y abre la caja de tinto que acaba de sacar de un escondite de su chaqueta. Otro de atras luce lo suyo: una ginebra, un atado de lapice- ros— «para que nunca mas falten estas huevds» —y un perfume para su novia—, «con esto se la meto dos me- ses seguidos sin que me haga dramas» —dice feliz. El Citroneta se queda mudo, boquiabierto, derro- tado y ajeno, Alguien destapa una botella de whisky, mientras otro abre su caja de habanos y ofrece a los mas amigos. —Viste que Argentina estd stiper barato —comenta el Polaco, y le da una pitada a su puro hasta quedar con el pecho hinchado. El resto lo acompafiamos con una carcajada que sabe a escocés. La siguiente parada es en Lujan, a 66 kilometros de Capital Federal. Ya son las once de la mafiana del dia del partido, aunque la hora parece tan irrelevante como la formacién con que el equipo saldra a la cancha. Nueva- mente nos rodea un cordon policial. Un sargento, como broma, apunta su revélver hacia el grupo donde estoy parado y hace el ademan de lanzar un tiro y se rie cuando todos nos tiramos al suelo. Aparece una pelota de futbol y un gordo del bus siete describe, como un relator radial con lengua traposa, el gol que esta noche haré Marcelo Salas y que nos llevara a la final de la Libertadores. 128 EQUIPAJE DE MANO. —jArriba del bus, huevones, que nos vamos! —grita el Polaco, parado en la puerta del vehiculo y luciendo todo orgulloso los anteojos de sol que también robo del minimarket. —Te quebrai con esas cagadas falsificadas, culiao —le dice Jorge, el empleado de la imprenta. —Estdi loco. Son Bollé originales. Aca dice clarito Bollé, o sino, ni cagando me las robo —contesta el Pola- co, y se los quita para que lean la marca. Los relojes de Buenos Aires marcan las tres de la tarde. La columna de buses con banderas azules y chi- lenas entra a la ciudad. En pocas horas seré el partido y los insultos nacionalistas van y vienen entre Los de Abajo y los peatones bonaerenses. Al cruzar la avenida General Paz, la Policia Gene- ral Argentina nos detiene. Una completa brigada anti- motines nos espera con tanta complicidad como un de- tector de metales. Por la ventana se ven dos tanquetas azules, un microbts blindado y tres patrulleros; todos con las sirenas encendidas. Un equipo de televisién con la insignia de la P.F.A. y bototos militares toma image- nes de cada uno de los coches, paseando las c4maras y las gorras por fuera de nuestras ventanas. La ceremonia dura mas de una hora y, como la orden es mantener to- dos los vidrios cerrados, dentro de los buses el calor, la falta de aire y los restos de todos los restos nos asfixia. Mientras esperamos la orden para seguir, el Polaco amaga un par de veces con abrir una ventana trasera y disparar una botella vacia de cerveza ala camara. —Asi es como provocan, ahuevonado. No hay que pescar —dice el Citroneta, quien, como muchos, se ha quitado la camiseta para secarse el sudor. El Tio, sentado en la cabina junto al chofer y de 129 JUAN PABLO MENESES impecable corbata, mueve la cabeza de un lado a otro, maldiciendo el dia en que su jefe le ordené viajar con Los de Abajo a Buenos Aires. Y peor atin, maldiciendo toda su vida. Maldiciendo su trabajo y su futuro. La orden de partir da inicio a un extrano city-tour por Buenos Aires. Nuestros guias son carros anti-motines con doble blindaje. Muchos de los barristas por primera vez salen de Chile y con sus caras pegadas a los vidrios apro- vechan de conocer la ciudad donde han nacido las mas legendarias y violentas barras bravas del continente, ins- piradas, como tantas cosas argentinas, en los ingleses. Re- corremos la capital de un pais donde al afio mueren 9,5 hinchas por violencia en el ftitbol. Un-pais donde la mayo- ria de los lideres de las barras bravas dependen directa- mente de politicos de peso que los utilizan en marchas, en golpizas, pegando lienzos y alentando al equipo los do- mingos en la cancha. Pero la ciudad més importante de este lado del mundo, con esa simpatica pretensién euro- pea de sus habitantes, sélo la podemos ver desde arriba del Chilebus: por mandato superior, no podemos bajarnos. Seguin ordenan desde el bus dos, donde va toda la directiva de Los de Abajo, la inica parada permitida sera en el barrio de La Boca. La idea es juntarse con la gente de La 12, la barra brava de Boca Juniors, quienes nos van a «prestar ropa», vale decir, nos ayudaran a pelear contra sus eternos rivales de River Plate. Nos bajamos de los buses en el puerto, La comuni- cacion oficial dice que nos juntaremos media hora mas tarde, en el mismo lugar. Pero en la caminata masiva por la calle Caminito, con banderas azules y gritos de la «U», algunos miembros de la barra rayan las clasicas paredes coloridas con grafica de Los de Abajo. Ahi co- mienzan los lfos, los miembros de La 12 que deambulan. por La Boca se sienten agredidos, se organizan rapido y las supuestas barras hermanas con un enemigo en co- mun se trenzan en una gresca que termina con heridos, robos de camisetas, asaltos, banderas rajadas y deteni- 130 EQUIPAJE DE MANO. dos. Varios han perdido sus billeteras y a un tipo del bus cinco le han quitado la camisa, el reloj, los cigarros y su propia cuchilla. La policia acttia como juez de boxeo, aunque sélo sujeta a los hinchas chilenos. —Los de Boca no tienen amigos —comenta entre dientes, el sargento que lleva esposado a uno del bus cuatro. Se arma un pequeno alboroto en La Boca, con mu- jeres gordas y viejas pidiendo carcel a los chilenos y ni- fos pobres vestidos con camisetas de Maradona escu- piendo insultos. —jEl bus es nuestra familia! —nos grita el lider, pa- rado al lado del chofer, cuando otra vez estamos todos arriba—. Miren como quedamos peleando con diez hi- jos de puta de Boca. Esta noche vamos a tener al frente a 70.000 gallinas de River. No se separen. jE] bus es la familia! Jorge, el empleado de la imprenta que habia apro- vechado la detencién para comprar souvenirs para sus colegas de trabajo, regresa al autobus con la cabeza rota y la cara ensangrentada. Le han dado una paliza por an- dar lejos del grupo, esta tirado en su butaca y maldice la hora en que pidié permiso en la oficina. El Polaco le ofre- ce su camiseta para que se limpie la sangre y Jorge se la pone como turbante. Por la cara de muchos de los pasaje- ros, la amenaza del infierno en Buenos Aires ya se ha concretado. Y aqui vamos otra vez, los once buses. Deja- mos atrés La Boca y enfilamos al estadio, con un tipo con la cabeza rota y ensangrentada, otros asaltados o corta- dos con cuchillas, un par detenidos —que luego serén liberados— y la policia rodedndonos como los moscardo- nes ala mierda. Aqui vamos otra vez ala cancha, y no me olvido que en el bus Ilevamos una granada de mano, 131 JUAN PABLO MENESES La Ultima detencion antes de irnos a la cancha es en la avenida Figueroa Alcorta, frente a Aeroparque. La caravana se estaciona a un lado de la pista y algunos barristas se lanzan sobre el pasto para descansar, otros se revisan las heridas, fuman la Ultima marihuana o se empinan lo que queda de cerveza. Walter, el jefe supre- mo de la barra, el capo de la hinchada, la abeja reina, se muestra por primera vez en publico. En apariencia, Walter es el mas formal de toda la delegacién. Mas que jefe de una barra brava, parece un empleado del mes de McDonald's, 0 un profesor stiper- buena-onda de un instituto de computaci6n, o un guita- rrista de parroquia de barrio. Esta bien peinado, la ca- misa dentro del pantalén y unas zapatillas tan blancas que de seguro nunca han pateado una pelota de futbol. Posiblemente, Walter nunca sono ser jugador de ftitbol: da la idea que su felicidad habria sido ser dirigente del club, presidente o tesorero, quién sabe, lo tinico concre- to es que termin6 siendo el lider de los barristas mas bravos. Sélo como cabecilla de los hinchas pudo llegar a reunirse con los directivos del club y acercarse, de cier- ta manera, a sus anhelos. Walter se pasea por entre la muchachada pidiendo calma, diciendo que las entradas estan por llegar, reco- mendando tener cuidado y estar mas atentos a las pro- vocaciones. —La idea es que un dirigente del club, que hace tres horas salié de Santiago en avién, venga hasta aca con las entradas —dice él. En promedio, los que estamos en el viaje hemos pagado unos 70 délares por persona: incluye pasaje y entrada al partido. —Pero eso lo pagan los nuevos nomads —me dice el Polaco, y agrega que él viaja gratis porque pasé los ta- rros de la colecta durante dos meses en los partidos ju- gados en Santiago. Los dirigentes de la barra tampoco pagan, y los 132 EQUIPAJE DE MANO miembros de menor jerarquia pagan la mitad 0 lo que puedan. Por Figueroa Alcorta pasan los primeros autos con banderas de River Plate. Van al estadio y nos lanzan insultos y tocan la bocinas y nos gritan chilenos muertos de hambre, pero ya no estan las ganas de responder los ataques. El imprentero, con la camiseta del Polaco en su cabeza, le relata su mala experiencia a un grupo del bus seis. Uno de la maquina ocho muestra los tajos de cuchi- lla que se gané en el antebrazo derecho, Un pesimista asustado comenta en voz alta que una horda de 70.000 gallinas se nos va a venir encima, y al comentario lo si- gue un interminable silencio. JG ha guardado la maqui- na de fotos y se tiende en el suelo a vivir sin mds registro que su miedo este momento histérico. Walter, el gran jefe, desaparece por la avenida arri- ba de un taxi y regresa a la media hora con el alto de pases, Parece feliz por haber estado reunido con los di- rigentes del club en el hotel cinco estrellas donde se hospedan y, a la vez, se le nota un poco triste de tener que regresar a su rebano de hinchas despeinados. Reparte las entradas una a una, pidiendo calma y tranquilizando a la barra. El Pelluco, el Krammer, el Taitor, el Jnonny y el Mono, otros histéricos dentro de la hinchada, lo acompafian en la reparticién. Llega la hora de imos al estadio. Los focos del Monumental de River, perfectamente encendidos, nos gufan como a las miles de polillas que revolotean alrededor. En pocos minutos estaremos ah{ adentro, esperando que la «U» por fin lle- gue a su primera final de Copa Libertadores de Améri- ca, dispuestos a entregar la vida si es necesario con la gran ilusién de poder ganar por una puta vez un partido tan importante a los argentinos. A medida que la caravana de buses se acerca al Monumental, por las ventanas va creciendo la marea de hinchas de River. Cada metro que avanzamos la mu- chedumbre exterior crece y crece, y el recorrido se tor- na lento, como una babosa cuesta arriba. El Tio decide 133 JUAN PABLO MENESES apagar las luces interiores del bus. Desde afuera los gritos antichilenos se escuchan fuerte, muy fuerte. Nos movemos cada vez mas despacio, surcando el mar de camisetas con la raya roja. Zigzagueando entre hinchas argentinos que comienzan a mover los buses tratando de voltearlos, Porque afuera ya son miles, y nuestro li- der grita que cierren las cortinas y que hay que meter- se debajo de los asientos y las ventanas de la casa esta- lan, una tras otra, y algunas piedras ya estan adentro y rebotan en el pasillo y estamos esparcidos en el sue- Jo, con los vidrios rotos cerca de la cara y los gritos de las gallinas se escuchan como el cercano rugido de un leon frente a su presa. Y el Polaco respira hondo y toma aire y abre una ventana y grita jargentinos conchasde- sumadre! y lanza dos botellas de cerveza de litro hacia fuera, Y vuelve jargentinos culiaos!, y dispara dos bo- tellas mas. Una piedra le estalla cerca de la cara, pero alcanza a agacharse, Los insultos se escuchan cerca, tan cerca como las espuelas de esos caballos de la poli- cia que, finalmente, nos escoltan hasta la cancha, Quedan pocos minutos para el partido. El estadio esta repleto y los gendarmes nos tienen retenidos en las escalerillas que dan a las tribunas Cen- tenario y Belgrano del Monumental de River. Debemos esperar una orden superior que tarda, pero finalmente llega. Entonces los policias nos empujan con golpes de palos para que entremos al estadio. Y aparecemos en la mitad de la graderia, somos un punto insignificante ante Jos 70.000 hinchas que no nos dan mayor importancia. La policia sigue acarredndonos a golpes, mientras es- pontaneamente Los de Abajo empiezan a gritar, a todo pulmén, con la rabia adentro, jargentinos, maricones, les quitaron Las Malvinas por huevones! Cuando la «U» sale a la cancha los 11 jugadores co- rren hacia donde nosotros y levantan las manos. Respon- demos el gesto con gritos que, paraddjicamente, son to- dos similares a los de la hinchada riverplatense. En el pasto 134 EQUIPAJE DE MANO ya estan los 22 jugadores, 22 futbolistas sudamericanos con sueldos millonarios, casi todos salidos de los mismos barrios pobres de los barristas. Lo del partido es un vacio gigantesco. La mayoria de los 70.000 espectadores mira el encuentro sin mover- se de los asientos y, por momentos, uno tiene la idea de poder escuchar cémo los jugadores se insultan dentro de la cancha. —jEstos huevones no gritan nada! —comenta el Citroneta, descolocado, engafado. Como si todos los afios que estuvo escuchando la furia de las barras bra- vas de aca hubiera sido uno mas de los famosos chamullos argentinos. Pero hemos venido a pelear con gritos y los cabeci- llas de Los de Abajo no se amilanan y piden, con ganas, vamos, gritemos, dejemos callado al estadio. Un Monu- mental de River que sigue el partido enmudecido, sin darnos un segundo de importancia y que, eso es lo peor de todo, sdlo sacan el habla cuando el partido finaliza con el triunfo de ellos Perdemos por un gol a cero. Un penal brutal contra Valencia, que no se cobra, y un gol vergonzosamente farreado por Silvani, un delantero argentino que juega para la «U», nos dejan fuera de la Copa Libertadores, se llevan la ilusi6n y nos ponen a ver cémo el inmenso mar de hinchas argentinos vuelve a celebrar otro triunfo so- bre un equipo chileno, Apenas termina el partido se anuncia por los par- lantes que la gente debe quedarse en sus asientos por- que primero saldra la hinchada visitante. No pasan cua- tro minutos, ni siquiera cuatro minutos para tragar la derrota, cuando un comando de policias sin provocacién alguna comienza a barrernos a golpes de bast6n. Es una lluvia de palos que no se detiene ante nada ni nadie. Aparecen policias de civil y algunos de pelo largo, de la inteligencia policial argentina, que patean en el suelo a algunos heridos. Los fierros van y vienen. Cuando te dan 135 JUAN PABLO MENESES un palo en el codo él brazo se te paraliza, pero no tienes tiempo de acariciarlo porque debes seguir arrancando, Si te caes, tratas de que no te pisen la cara y puedes ver, como veo, que se llevan a un policia algo inconsciente. jTiren la granada!, escucho que grita alguien. Bajo las graderfas, en la zona de los baiios, la paliza es brutal. Pero si lanzan la granada, nos matardn vivos cuando nos metan a la carcel de Buenos Aires. Tengo miedo. Esta- mos metidos en un caos de palos y gritos y empujones y garabatos y alaridos y tironeos y patadas por la espalda y ladridos de perros y rugidos de hinchas de River des- de el otro lado de la reja y cascos y se entiende poco y mejor agachar la cabeza y empujar hacia arriba, hacia donde sea, hasta que todo se acabe rapido, que todo termine de una vez. La calma llega cuando los gendarmes argentinos se dan cuenta que de llegan las cdmaras de televisién. Re- sultado final: cuatro hinchas con la cabeza cortada, uno con el ojo partido, un policia con la nariz trizada y dos detenidos que son liberados cuando se enfrian los ani- mos. Como siempre, un fuerte contingente de policias nos saca de Buenos Aires. El tropel cruza la pampa de no- che; esta vez todos los autobuses llevan las ventanas rotas, El frio pampino, inhumano sin vidrios, al menos se lleva el olor a encierro y, en cierta forma, es mas lle- vadero que la violencia. De vuelta al paso fronterizo Los Libertadores, el cielo de la cordillera de los Andes se ha escondido detras de una espesa nube negra. Los gendarmes de la policia ar- gentina ni siquiera suben a pedirnos los papeles y nos expulsan rapido de su pais. Al cruzar el tunel interna- cional estallan los aplausos. El Tio toca la bocina. Esta- 136 EQUIPAJE DE MANO mos en Chile. El personal de inmigraciones nos saluda como a héroes y nos levantan el pulgar. Dos policias chilenos nos agitan las manos desde su patrulla. Todo el pais sabe de la brutal golpiza en el estadio y ahora re- gresamos victoriosos. Sin importar la derrota, somos ga- nadores, Tres canales de television, varias radios yun fuerte aplauso por parte del personal de la Aduana le- vantan la autoestima de Los de Abajo. Somos la gran noticia del dia. —Oigan, cabros..., me puedo tomar una foto con ustedes? —nos pide El Tio, que ha reclamado durante todo el viaje y ahora, sorpresivamente, nos habla gentilmente con una cémara fotogrdfica en la mano Después, cuando ya ha sacado la foto, dice que este ha sido un viaje memorable, La mayoria se rie, pensando que exagera. Nadie sospecha, ni de cerca, que en pocos meses mas al jefe maximo de la barra, Walter, se le detec- tard una grave enfermedad a causa de los golpes que re- cibio en la cabeza. Ni mucho menos, que morird pocos afios mas tarde. Tampoco se piensa que sera el Krammer quien asumiré el control de la barra y que al poco tiempo ya tendra al grupo dividido y se le acusara de aprove- charse econédmicamente de Los de Abajo y se le arrestara por pegarle a la duefa de un almacén en una golpiza televisada por las camaras de seguridad y que después, otra vez, serd detenido por desfigurarle el rostro a un com- panero de hinchada hasta que, finalmente, sera esposa- do y encarcelado por liderar una banda de asaltantes en un barrio periférico de Santiago. Nadie sospecha que lue- go de este viaje a Buenos Aires, el equipo de Universidad de Chile nunca volverd a pasar de la primera ronda en una Copa Libertadores. Ni que este sera recordado como el viaje mas memorable de la hinchada. Arriba del bus el futuro no existe. Sdlo importa el ahora. Por eso las risas al escuchar que el Tio vuelve a repetir: —Ha sido un viaje histérico, chiquillos. 137 JUAN PABLO MENESES Aunque suenan ridiculas, las palabras sacan aplau- sos. En realidad, en todo Chile nos aplauden, Y como nunca, todos los que vamos arriba del bus nos sentimos orgullosos, felices, valientes, héroes. Al bajarnos del Chilebus, ya en Santiago, el Polaco por primera vez se ve triste y nos pide numeros de telé- fono a todos y dice que nos volvamos a ver al dia si- guiente y le pide a JG que le saque una foto, como si hubiera sabido de siempre que andébamos haciendo un reportaje con ellos, de ellos. Y el bus parte, y todos nos abrazamos por la hazafia y porque ya se ha acabado. Cuando no queda nadie arriba de «la casa», el chofer acelera aliviado y se va respirando la tranquilidad de volver a viajar sin los hinchas. De seguro no sospecha, ni 61 ni el Tio, que dentro de su bus llevan una granada que ninguno de los barristas quiso lanzar en el estadio de River Plate. Un explosivo militar que puede explotar en cualquier momento. 138 LAS PIERNAS DE KENIA Al final de esta historia alguien muere. Es una muerte inesperada. Pero eso sucede al final de esta historia, porque ahora estoy arriba de un Boeing de South African Airways sobrevolando Nairobi. La pista se ve cerca, ridiculamente delgada y gris en medio de un mar de tierra tan seca como una cucharada de are- na. Arriba del avion va John Hesler, un keniano blan- co que casi vomit6 cuando el piloto de la nave giré alrededor del Kilimanjaro para que pudiéramos foto- grafiar el monte mas famoso del este de Africa. Hesler subié al avién en Johannesburgo, adonde habia ido a cerrar un gran negocio de importacién de televisores. Estudio en Europa, reparte su vida entre Londres y Nairobi, y piensa que la mejor empresa de su vida se- tia la representacion de maratonistas de Kenia. —Es un gran negocio llevarlos a los circuitos inter- nacionales. Pero hay demasiadas compafifas europeas en el tema y estos atletas no son disciplinados —dice John Hesler, quien por ahora prefiere seguir negocian- do televisores. Basta aterrizar en el aeropuerto Jomo Kenyatta de Nairobi, la capital de Kenia, para comprobar que Africa sigue siendo un misterio para los occidentales. Por mi camino se cruzan musulmanes de manos ta- tuadas y sonrisa cubierta, indios de turbante almido- nado y maletin, una reina kikuyu con el rostro deco- rado por quemaduras, ademas de varios turistas blancos, la mayoria portando un sombrero de safari. Los safaris, palabra que en lengua swahili significa 139 JUAN PABLO MENESES «viaje», nacieron hace un siglo y medio como peligro- sas jornadas de caceria de multimillonarios y miem- bros de la realeza europea. Hoy los safaris se han trans- formado en hordas de aventureros extranjeros —en su mayoria europeos, norteamericanos y japoneses— que han cambiado escopetas por camaras digitales y cintas de video y, de paso, han convertido al turismo en una de las contadas empresas florecientes en este lado del planeta. Con utilidades de miles de millones de délares administrados, en su mayoria, por empre- sas europeas. Se podria decir que en Africa los cuatro puntos car- dinales del mapa social son el hambre, la pobreza, el sida y el analfabetismo. Que en muchas esquinas hay nifios aspirando bolsas de pegamento, y que se te acer- can a pedir dinero. Que muchas de las kenianas que visten ropas europeas y estan en los bares de extranje- ros son prostitutas. Que la dominacién inglesa duré hasta 1963 y fue brutal, y que incluso los escritores que se vinieron en esos afos a instalar a Kenia —con Emest Hemingway a la cabeza— vivieron atendidos por una corte de africanos. Que el pais ha sido arrasa- da por plagas terribles de fiebre amarilla y malaria, que el terrorismo musulman ha explotado varias veces en forma de camiones bombas, con cientos de muertos civiles y la consecuencia de un bajon turistico, Sin em- bargo, el motivo de esta historia es otro. He viajado a Nairobi para hablar de éxitos y vic- torias. De triunfos. Estoy aqui para entender y ver co- rrer a los atletas de Kenia, esos hombres y mujeres flacos como palos, sencillos y modestos, que ganan las mas largas carreras del planeta. Africanos exitosos por quienes los grandes clubes deportivos del primer mun- do, principalmente europeos, llevan varios aos de ca- ceria, 140 EQUIPAJE DE MANO Son las siete de la mafiana y sobre la berma de la carretera Moi, una de las mas importantes de esta ciu- dad de tres millones de habitantes, miles de kenianos trotan hacia sus trabajos o escuelas. Los automovilistas, en cambio, son de todo el mundo: hombres con turban- te, negros de anteojos dorados, blancos en lujosos 4x4, No por nada la capital de Kenia es la ciudad mas pode- rosa del este africano: aca estén instaladas las oficinas centrales para Africa de todas las multinacionales, las universidades mas prestigiosas de la regién y los orga- nismos internacionales de ayuda contra el hambre con- tinental. Pero al lado del asfalto, por esa ancha vereda de tierra al borde del camino, los ciudadanos comunes y corrientes se transportan en dos pies, trotando alegre- mente Un keniano promedio corre entre cuatro y seis kil6- metros diarios, y por la orilla de la carretera Moi trota gente de todas las edades. Hombres solos y en equipo. Ninos con sus cuadernos y ancianos sin pelo. Grupos de amigos y familias completas. Muchos acompafian las zancadas cantando, como si realmente fueran felices, como si correr todos los dias a las siete de la mafiana para ir al trabajo fuera una bendicién mas que una tor- tura. —Asi se vive aca y asf se van formando los atletas ~—dice Karl Vain, mientras me lleva por la carretera en su jeep. Tiene barba, calva, ojos claros, dos hijos, esposa flaca, coleccién de artesania africana y un empleo en el gigantesco edificio de Habitat, la oficina mundial de las Naciones Unidas para la vivienda. En un pais donde las industrias mas importantes son el turismo, las flores y el café, los corredores de Kenia se han convertido en su exportacién mas prestigiosa. Karl Vain me suelta estadisticas. Las pasadas siete maratones 144 JUAN PABLO MENESES de Boston, cuatro de las tiltimas cinco de Nueva York, ademas de las de Rotterdam y Roma fueron ganadas por kenianos. A eso hay que sumar cinco récords mundiales en junior y tres en mujeres, todos en competencias de fondo. Sin olvidar la supremacia absoluta en el cross country, ni la sorprendente trayectoria de Wilson Kipketer. Kipketer es un simbolo de la nueva Kenia. No apa- rece en ningun billete ni tiene monumentos como el pre- sidente Daniel Arap Moi, ni como el précer Jomo Kenyatta, pero todos hablan de él. Para algunos se trata simplemente de un bastardo. Otros, en cambio, ven en él un buen ejemplo de progreso. Por eso Karl se entu- siasma tanto en contar su historia, Y aunque vamos en la carretera Moi arriba de un jeep de la ONU, camino al estadio para las practicas matutinas, por un minuto su relato se apodera de la conversacién y uno se lo imagina todo claramente: Por la mafana Wilson Kipketer sale de su departa- mento lujoso en un buen barrio de Copenhague, Dina- marca. Hace frio, por eso el atleta lleva abrigo largo y se apura en subirse al automévil deportivo y calefac- cionado. Va de la mano de su novia europea, y antes de los entrenamientos pasa por la Universidad de Di- namarca, donde esta matriculado en ingenieria eléc- trica. Su representante lo llama al celular para decirle que le acaba de cerrar tres carreras para el proximo mes. Kipketer, quien ahora gana medallas de oro para Dinamarca, cuelga el teléfono movil y sube el volumen de la radio, Le gusta la musica electronica y su auto de motor automatico lo hace sentir en el paraiso. Pese a sus largas horas de entrenamiento, las piernas que lo han hecho millonario siguen flacas. Flacas como esco- petas. Flacas como un keniano. 142 EQUIPAJE DE MANO. Las oxidadas rejas del Nyayo Stadium estan a me- dio abrir. No hay guardias de seguridad ni cémaras de control, ni nada que impida que uno entre sin preguntar ni decir nada. El estadio, donde entrenan varios de los mejores corredores jévenes, podria ser el campo depor- tivo de un equipo de ftitbol de mediania de la tabla en la primera division sudamericana: con la diferencia de que aqui, el pasto de la cancha est seco como una toalla amarilla y casi toda la actividad se concentra fuera del rectangulo, en la pista atlética de rekortan. Su capaci- dad debe ser para unas veinte mil personas y en uno de los codos hay un marcador manual. Las graderias estan vacias y los ntimeros del tablero en el suelo. Al centro del estadio, un grupo de atletas dobla sus piernas como si fueran de goma. Otros, en la pista, giran en tandas de media hora. Estoy en el corazon del atletismo competiti- vo de Kenia. Aqui también estan las oficinas de la Federaci6n Nacional de Atletismo, organismo fundado en 1964, un ano después de la independencia, pero atin es muy tem- prano para que empiecen a trabajar. Philip Mosima, quien entrena hoy, es el dueno del récord mundial juve- nil de los cinco mil metros, que gano en Roma. Tiene unos 20 anos, acaba de dejar el ejército y trae sus gasta- das zapatillas con clavos en una bolsa de nailon que parece ser su equipaje de mano, Es bajo y flaco. Su cuer- po no da cuenta de un atleta de nivel mundial, de un fondista que espera firmar luego por algtin club atlético de Inglaterra, Alemania o Dinamarca, Mosima tiene las piernas tan delgadas como sus dedos, Mientras habla rara vez levanta la vista. Parece timido, aunque su cara se transforma y se le dibuja una larga sonrisa cuando le pregunto por cuales son sus sue- fos de atleta. —Tengo ganas de salir de aca y correr en Europa. Me gustaria estar en todos los Grand Prix —dice, sen- 143 JUAN PABLO MENESES tado sobre el pasto muerto mientras se amarra las za- patillas. — Quieres ser como Kipketer? Al escuchar la palabra Kipketer automaticamente los ojos le brillan. Una luz que se desvanece pronto, por- que una reciente lesién en su rodilla derecha espanté automaticamente a los representantes europeos en bus- ca de promesas. Si, me gustaria seguir sus pasos —responde, mien- tras estira sus piernas. — Pero él dejé de ser keniano? —Nunca dejara de serlo, pero solo que ahora corre por otro pais y ha asegurado su futuro econémico para siempre. Eso es importante en este pais. —zY qué te falta para seguir sus pasos? —Tengo que mejorar, y asi volver a mi nivel de marcas. Es la tinica manera de salir. Afuera estan las mejores competencias, con los mejores premios. Antes de ponerse a correr enrolla la bolsa de plasti- co, su maletin de trabajo, y se la mete al bolsillo. Alguna vez Mosima tuvo la idea de ser artesano, pero por mu- cho que le guste trabajar la madera y tallar figuras de animales, desde antes de los diez afos que le vienen diciendo que tiene condiciones para correr y desde en- tonces no ha parado de trotar. Como si esa idea fija de salir, de dejar todo, se pudiera conseguir mas facil arran- cando directamente con los pies varios kilometros dia- rios. Otro de los que esta manana practica en el Nyayo Stadium es John Kosgei, que es otra historia. Viste un buzo azul, una cadena de oro en el cuello y una picadu- ra enorme en su pomulo derecho. Especialista en tres mil metros y sin récord mundial por ahora, se conforma con salir lo justo del pais, sin estar mucho tiempo lejos de su barrio de Nairobi, ese donde es el chico mas po- pular y tiene novia, y todos lo quieren porque esto de ser atleta en Africa es, tanto o mas, que ser futbolista en 144 EQUIPAJE DE MANO Sudamérica. Por eso John quiere competir afuera y vol- ver rapido a casa, a la de sus padres, donde tiene una coleccién de sombreros que ha ido comprando en las competencias internacionales. —No me gusta estar fuera de mi pais mucho tiem- po. Sime gustan las competencias, los campeonatos, pero no quiero hacer mi vida afuera como imaginan otros —dice, tranquilamente, y agrega que suefia con tener una carrera deportiva como la de su idolo Kipchoge Keino: el keniano que mas medallas olimpicas gané para el pais y quien, a diferencia de Kipketer, prefirié que- darse en Kenia con una vida sencilla. Venderse al extranjero y triunfar por un escudo europeo 0 quedarse en su pais con una vida repleta de carencias econdémicas y satisfacciones intimas. Esas son, al parecer, las tinicas alternativas que les esperan a es- tos corredores de Kenia. Esa, también, es la gran duda que tiene Edwin. Edwin es un joven sin pergaminos, pero Ileno de ganas, que atin no logra decidirse entre la fuga al éxito o la dura pelea en casa. Es de estatura mediana y llama la atencién que siempre tiene los brazos doblados, como si fuera trotando toda la vida, como si la unica razon de ser de sus extremidades fuera la de equilibrarlo mien- tras corre. — Como te ves en unos afios? —le pregunto cuan- do hablamos de las carreras deportivas de sus compa- heros. —No lo sé. Por ahora sélo quiero mejorar mis mar- cas. Eso es lo que mas me preocupa. Le hablo de una carrera internacional y de contra- tos millonarios, como suefian muchos, y me devuelve una sonrisa de duda, incémoda, y después levanta sus hombros huesudos. Como si le costara mas que al resto decidirse entre seguir los pasos de Kipketer o Kipchoge. No esta seguro de lo que quiere, aunque en el atletismo los plazos son cortos y sabe que en poco tiempo debera 145 JUAN PABLO MENESES tomar uno de los dos caminos. Asi pasa con todos. Hasta para los que no corremos. Las practicas de atletismo no son un gran espec- taculo de entretencién. Se reducen a contemplar gente que gira y gira sobre la pista, mirando cada tanto el cronémetro, bregando por descender sus marcas. Si la vida no es otra cosa que una lucha contra el tiempo, los atletas deben ser los hombres y mujeres que mejor han encarnado esa maxima. Sin importar la soledad, el sa- crificio y el desénimo, aqui estén batallando contra ellos mismos, contra aquel dia en que corrieron usando me- nos minutos que ahora. Y corren como avestruces, sin mucha movilidad, como si sus piernas fueran palos de criquet con articulaciones de fierro. Ni pensar en el rit- mo de los futbolistas negros de Brasil ni en la movili- dad solida de los basquetbolistas de la NBA, ni en las piernas hinchadas de musculos de los velocistas jamaiquinos. Las de los kenianos son zancadas con me- nos gracia, ataxicas, monocordes y regulares. Con la singular hermosura de su trote, los atletas de Kenia no se detienen, siguen, sin parar, sudando como si fueran esclavos pero felices, porque en sus condicio- nes naturales pueden sacar ventaja mundial. — En qué piensas cuando tienes que correr cinco mil metros? —le pregunté a Mosima, el de piernas fla- cas que le gusta tallar en madera, el que suena con ser Kipketer, antes de que se fuera a la pista a correr en circulos. Su respuesta fue breve y casi filos6fica: —En el tiempo. Me siento en las graderias de este inesperado labo- ratorio a verlos correr en tandas redondas. A mi lado esta Karl Vain, el aleman que trabaja para la ONU y que me acompano hasta aqui. Es el tinica rubio de todo el estadio y mientras me habla, algunos atletas de la pista lo miran de reojo. Como si pensaran que Karl, en vez de trabajar por la vivienda mundial en su oficina de Habitat, 146 EQUIPAJE DE MANO fuera aquel representante que los va a colocar en algu- na universidad europea con hambre de medallas. Afue- ra del Nyayo Stadium, un grupo de nifos con hambre de comida pide monedas. Kenia es un pais de tribus que siguen luchando por Ja conquista de territorios y rebafios. Los més conocidos en Occidente son los masai, pero la totalidad de los atle- tas kenianos pertenece a la comunidad de los nandi. A fines del siglo diecinueve, esta tribu lleg6é a ser la mas poderosa del pais, y es la misma a Ja que pertenece Da- niel Arap Moi, el presidente de la nacién por quinto pe- riodo consecutivo. —Los nandi son un pueblo de pastores que se ubica en la zona del Rift Valley. Viven en los cerros. Por lo menos, corren media maraton al dia —dice Peter Njenga, periodista deportivo de Nairobi—. La falta de oxigeno, por la altura, les ha llevado a tener pulmones mas gran- des y eso ayuda mucho en la resistencia fisica. Njenga tiene un bigote delgado, cabello corto, cor- bata de colores pastel, traje oscuro y treintaitantos afos, Es un experto en el tema de los atletas y cronista estrella del National Newspaper, el diario de mayor circulacién en Kenia y uno de los mas influyentes en todo Africa. Sus oficinas estan en el centro de Nairobi y, como en cualquier edificio del pais, las fotos del presidente Da- niel Arap Moi estan en cada pared. Es la ley, la que se debe respetar en los hoteles, discotecas, restaurantes y cualquier lugar publico. Peter Njenga me cuenta que en las ultimas olim- piadas los kenianos siguieron las carreras por television. a las cuatro de la manana. Parece insdlito: un pais muy pobre desvelado toda la noche para ver un maraton. Cuando los atletas volvieron a Nairobi, una turba lego hasta el aeropuerto a recibir a sus héroes. No hay du- 147 JUAN PABLO MENESES das, el ejercicio popular de los nativos es correr, no im- porta si es en una pista atlética 0 a campo traviesa. Pero a pesar de toda la popularidad, en Kenia no hay mercadeo para esta practica. No se venden camise- tas de los maratonistas, no hay zapatillas autografiadas ni empresas que paguen para que su marca aparezca en la panza de los fondistas. Y sin embargo, contrarian- do las leyes del deporte de mercado, pese a la virgini- dad del merchandising, los corredores siguen triunfan- do en todo el mundo. Venciendo con nada. —La tinica explotacién econémica es a ellos —dice Njenga, y no se equivoca. En una carrera de segundo orden a nivel mundial, como el maratén brasilefio de San Silvestre, se les llega a pagar diez mil délares sdlo por participar. —E]l problema es que se les sobreexplota y se que- man muy temprano. Sus carreras duran tres 0 cuatro afios —dice Njenga. A los atletas de élite que se quedan en el pafs el gobierno de Moi les ha dado trabajo en el Ejército. Las tres cuartas partes de los deportistas destacados son mi- litares, lo que les permite dedicarse casi exclusivamen- te a correr, recibir un sueldo y ordenar sus horarios. Todo este ambiente de verdaderos aficionados, casi amateur, anti-profesional, hace que la mayoria de los atletas no puedan sobrevivir fuera de Kenia. Los expertos interna- cionales suelen acusar a los atletas kenianos de tener una fe ciega en sus condiciones naturales y de no preo- cuparse por el largo plazo de sus carreras como depor- tistas. Ni de su porvenir econémico. Mosima, el corredor que alguna vez quiso ser ar- tesano, esta seguro de que él si triunfaria en el extran- jero, Para eso esta trabajando, en espera de recuperar- se de su lesion. Ni siquiera sale con amigos y por ahora prefiere no tener novia. Edwin, en cambio, el de los brazos que siempre estan doblados, tiene un futuro mds incierto. Ni sus grandes condiciones naturales le han 148 EQUIPAJE DE MANO. facilitado resolver su gran dilema: competir ferozmen- te en el extranjero o seguir con las incertidumbres en Nairobi. Anoche tuve un suefio insélito. Estaba trotando por Ja calle Biashara, en el centro de Nairobi, junto a cinco kenianos: una mujer que parecia prostituta y levaba tacos altos, un nifio desnutrido, un anciano de sombrero inglés y manos de esclavo, y dos atletas de Kenia con camisetas de clubes europeos. Corriamos tranquilamente y la calle estaba repleta de animales: jirafas, elefantes, leones y rinocerontes, todos sentados, como conversan- do entre sf, Corriamos rapido, y yo era el tinico que me cansaba. Trataba de seguirlos, de hablarles, pero sélo la prostituta mostraba algo de interés en mi. Los seguia con una grabadora en la mano y cuando les hacia pre- guntas y les acercaba el grabador me sentia el tipo mas idiota del mundo. Al rato ellos empezaban a alejarse, pero sin apurar el tranco. Entonces yo hacia un triple esfuerzo por alcanzarlos, pero se me iban, cada vez mas, hasta que terminé por caerme, Ahi me quedaba, con la cara en el suelo, cuando se detenia frente a mi una ca- mioneta de las Naciones Unidas. Por la ventana de la 4x4 diplomatica se asomaba un gringo, con sombrero de safari y protector solar en la nariz, que se ofrecia para Nevarme. Justo en ese momento desperté. Desperté en mi cama del Inter-Continental de Nairobi, unas horas antes de una recepcion de la Emba- jada de Chile. Y ahora estoy en la recepcién, rodeado de altos ejecutivos europeos, embajadores y consules de medio mundo y personalidades de la politica local. Con- verso un rato con Michel Bosshard, el suizo director ge- rente de Nestlé para Kenia. Hace unos afios que se vino con su familia a Nairobi. Lo primero que me habla es de los safaris, pero mientras lo escucho pienso en la rela- 149 JUAN PABLO MENESES cién de los representantes internacionales con los atle- tas kenianos y de que eso casi nadie lo conversa. —Ti ves a un buen animal e inmediatamente lle- gan veinte jeeps. El dinero prostituy6 el negocio. Un dia estaébamos mirando un leén gigantesco y en eso llegé un minibtis con japoneses. Todos iban con guantes blan- cos y la cara tapada con pafiuelos para evitar el polvo de la tierra, asi de maniaticos son los japoneses. Tenian ca- maras de video de tltima generacién y le pedian al guia que se acercara mas. Como las propinas pueden llegar a ser muy buenas, el guia accedié, asi que finalmente terminaron espantando al leon. En toda recepcién de embajadores uno nunca esta convencido de quién es el tipo de enfrente, Hay dema- siadas sonrisas, indiscriminada cortesia. He caido en un circulo cerrado donde se habla de atletas. Y aqui me quedo, escuchando una charla que parece que fuera de caballos, Un tal Chris, que se dice general manager de una firma Ilamada Colsult, tiene todos los tics de ser un buscador de atletas exportables. Debe ser porque habla de ellos como Hesler, el empresario que conoci llegando al pais, me hablo de televisores: —Los corredores de aca se estan adaptando mara- villosamente a Europa —dice él—. La clave es levarlos en grupo, por nada del mundo solos. Y hay que inscri- birlos en los campeonatos de primavera y verano, por- que rinden mejor en estadios al aire libre que indoor. Aqui adentro, el techo es alto y de él cuelgan unas grandes lamparas que nos alumbran a todos. En la ca- lle, al aire libre, la noche de Nairobi esta fresca y segtin algunos, muy peligrosa Hoy el National Newspaper publica cuatro paginas, a todo color, con cuerpos mutilados. La noticia del dia es una batalla entre tribus rivales, en un barrio de la peri- 150 EQUIPAJE DE MANO feria de Nairobi. El enfrentamiento termin6 con 25 muer- tos a piedrazos y palos. Nada nuevo, parece decirme el taxista, levantando los hombros. La noche anterior, en uno de los bares del centro de la capital, entre gringos de organismos internacionales y kenianas de cartera roja y zapatos de charol, me enteré de que esa tarde tam- bién habia muerto uno de los corredores que conoci en. el Nyayo Stadium. Me lo dijo una espafiola que conoce bien a Karl Vain, el alemdn que me llev6 a los entrena- mientos. —Nadie sabe quién es. Murio atropellado por un jeep, camino a su casa —fue la frase casi anecdotica. Edwin era un atleta sin pergaminos y no sabfa si salir de Kenia 0 quedarse aca. Vivia con los brazos do- blados, como si siempre hubiera estado en carrera con- tra el tiempo. Todo le pas6 tan rapido, que ni siquiera alcanzé a decidir su futuro. Usando el frio punto de vista de los negociadores de atletas, la muerte de este corre- dor indeciso y sin titulos se trataria de una pérdida in- trascendente. Acabo de tomar un taxi y al rato, mirando por la ventana, he perdido la cuenta de los adolescentes que van trotando a sus casas. Por la memoria de Edwin, atro- pellado por un jeep, creo que celebraré cada vez que un atleta de Kenia gane una prueba internacional. Da lo mismo que sea un «bastardo» que corre por un club ita- liano, francés, danés 0 keniano; 0 un «héroe» que sigue defendiendo los colores de su pais, apostando por una vida sencilla. Sélo importa que sea uno de estos nairobianos que ahora dan pasos de zancudo por el lado de mi ventana, la mayoria de ellos cantando, como si realmente fueran felices. 151

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