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Althusser Louis - Materialismo Del Encuentro

Este documento trata sobre la "lluvia" de átomos que caen en paralelo en el vacío según la teoría de Epicuro, y que da lugar a un "materialismo del encuentro". Este materialismo ha sido reprimido por la tradición filosófica. El autor argumenta que antes del mundo no había sentido, causa o razón, sino solo átomos cayendo. El "clinamen", o desviación aleatoria de los átomos, podría dar lugar a encuentros que crearan consistencia y el mundo. Así, la razón surgiría después del azar del

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Althusser Louis - Materialismo Del Encuentro

Este documento trata sobre la "lluvia" de átomos que caen en paralelo en el vacío según la teoría de Epicuro, y que da lugar a un "materialismo del encuentro". Este materialismo ha sido reprimido por la tradición filosófica. El autor argumenta que antes del mundo no había sentido, causa o razón, sino solo átomos cayendo. El "clinamen", o desviación aleatoria de los átomos, podría dar lugar a encuentros que crearan consistencia y el mundo. Así, la razón surgiría después del azar del

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32 Louis AÍt(msser

La c o r r ie n t e s u b t e r r á n e a d e l
MATERIALISMO DEL ENCUENTRO
cario en su tendencia) de la lluvia, la desviación, el encuentro y la
toma de consistencia^. Desarrollaré todos estos conceptos. Para sim­
plificar las cosas, digamos de momento: un materialismo del encuen­
tro, así pues de lo aleatorio y de la contingencia, que se opone como
un pensamiento muy diferente a los distintos materialismos que sue­
len enumerarse, incluso al materialismo comúnmente asociado a
Marx, Engels y Lenin que, como todo materialismo de la tradición
racionalista, es un materialismo de la necesidad y la teleología, es
decir, una forma transformada y encubierta de idealismo.
Llueve.
Que este materialismo del encuentro haya sido reprimido por la
Que este libro sea pues, para empezar, un libro sobre la simple
tradición filosófica no significa que haya sido ignorado por ella: era
lluvia.
demasiado peligroso. Por eso fue muy pronto interpretado, reprimi­
Malebranche1 se preguntaba «por qué llueve sobre el mar, los
do y desviado hacia un idealismo de la libertad. Si los átomos de
grandes caminos y las dunas», ya que esta agua del cielo que en otros
Epicuro, que caen en una lluvia paralela en el vacío, se encuentran, es
sitios riega cultivos (lo cual está muy bien) no añade nada al agua del
para dar a conocer, en la desviación que produce el clinamen, la exis­
mar o se pierde en las rutas y en las playas.
tencia de la libertad humana en el mundo mismo de la necesidad.
No se tratará de este tipo de lluvia, providencial o contra-provi­
Evidentemente, basta con producir este contrasentido interesado
dencial.
para poner fin a cualquier otra interpretación de esta tradición repri­
Este libro trata muy al contrario de otra lluvia, de un tema pro­
mida a la que llamo el materialismo del encuentro. A partir de este
fundo que corre a través de toda la historia de la filosofía y que ha
contrasentido, las interpretaciones idealistas se apoderan de esta tra­
sido combatido y reprimido tan pronto como ha sido enunciado: la
dición que incluye ya no sólo el clinamen, sino a todo Lucrecio, a
«lluvia» (Lucrecio) de átomos de Epicuro que caen en paralelo en el
Maquiavelo, a Spinoza y a Hobbes, al Rousseau del segundo Discurso,
vacío, la «lluvia» del paralelismo de los atributos infinitos en
a Marx y a Heidegger mismo, en la medida en que haya rozado el
Spinoza, y de otros muchos más: Maquiavelo, Hobbes, Rousseau,
tema. Y con estas interpretaciones triunfa cierta concepción de la
Marx, Heidegger incluso, y Derrida.
filosofía y de la historia de la filosofía que se puede, con Heidegger,
Éste es el primer punto que, descubriendo de entrada mi tesis
calificar de occidental, ya que domina desde los griegos nuestro des­
principal, querría poner de manifiesto: la existencia de una tradición
tino, y de logocéntrica, ya que identifica la filosofía con una función
materialista casi completamente desconocida en la historia de la filosofía:
el «materialismo» (es imprescindible alguna expresión para demar-
1 Traducimos «prendre» por «tomar consistencia» (y, por lo tanto, «prise» por
«toma de consistencia»). La idea que subyace es la de elementos que, al «encontrar­
1 Entretiens sur la métaphysique, IX, parágrafo 12. se», «se toman», «prenden», «se enganchan» y, con ello, dan lugar a algún tipo de
consistencia física que antes no existía. En los lugares en los que no se utiliza como
término técnico o en los que esta traducción generaría problemas de comprensión
del texto, lo traducimos simplemente por «tomar». [Nota de traducción]
31
La corriente subterránea... 33 34 Louis Altítusser

del logos encargada de pensar la anterioridad del sentido sobre toda do pues la tesis de que la Desviación era originaria y no derivada? Hace
realidad. falta ir más lejos. Para que la desviación dé lugar a un encuentro del
La tarea que quería proponerme es librar de su represión a este que nazca un mundo, hace falta que dure, que no sea un «encuentro
materialismo del encuentro, descubrir si es posible qué implica para breve» sino un encuentro duradero que devenga así la base de toda
la filosofía y para el materialismo, reconocer sus efectos escondidos realidad, de toda necesidad, de todo sentido y de toda razón. Pero el
ahí donde actúan sordamente. encuentro también puede no durar y, así, no constituir un mundo. Es
Podemos partir de una comparación que sorprenderá: la de más, vemos que el encuentro no crea nada de la realidad del mundo
Epicuro y Heidegger. (que no es más que átomos aglomerados), sino que confiere a los áto­
Epicuro nos explica que, antes de la formación del mundo, infini­ mos mismos la realidad que poseen. Sin la desviación y el encuentro los
dad de átomos caían en paralelo en el vacío. No paraban de caer. Lo átomos no serían más que elementos abstractos, sin consistencia ni
que implica que antes del mundo no había nada, y al mismo tiempo existencia. Hasta el punto de que se puede sostener que la existencia
que todos los elementos del mundo existían por toda la eternidad misma de los átomos no les viene más que de la desviación y el encuentro
antes de que hubiese ningún mundo. Lo que implica también que antes del cual no tenían más que una existencia ilusoria.
antes de la formación del mundo no existía ningún Sentido, ni Causa, Podemos decir todo esto de otra forma. Puede decirse que el
ni Fin, ni Razón ni sinrazón. La no-anterioridad del Sentido es una mundo es el hecho consumado en el cual, una vez consumado el hecho,
tesis fundamental de Epicuro con la que se opone tanto a Platón se instaura el reino de la Razón, del Sentido, de la Necesidad y del
como a Aristóteles. Sobreviene el clinamen. Dejo a los especialistas la Fin. Pero la propia consumación del hecho no es más que puro efecto de
cuestión de saber quién introdujo el concepto, que se encuentra en la contingencia, ya que depende del encuentro aleatorio de los áto­
Lucrecio pero que está ausente en los fragmentos de Epicuro. El mos debido a la desviación del clinamen. Antes de la consumación del
hecho de que se haya «introducido» permite pensar que el concepto, hecho, antes del mundo, no hay más que la no-consumación del hecho,
en tanto que era necesario para la reflexión, era indispensable en la el no-mundo que no es más que la existencia irreal de los átomos.
«lógica» de las tesis de Epicuro. El clinamen es una desviación infini­ ¿En qué se convierte en estas circunstancias la filosofía? Ya no es
tesimal, «lo más pequeña posible», que tiene lugar «no se sabe dónde el enunciado de la Razón y del Origen de las cosas, sino teoría de su
ni cuándo ni cómo», y que hace que un átomo «se desvíe» de su caída contingencia y reconocimiento del hecho, del hecho de la contingen­
en picado en el vacío y, rompiendo de manera casi nula el paralelis­ cia, del hecho de la sumisión de la necesidad a la contingencia y del
mo en un punto, provoque un encuentro con el átomo que está al lado hecho de las formas que «da forma» a los efectos del encuentro. La
y de encuentro en encuentro una carambola y el nacimiento de un filosofía no hace más que levantar acta: ha habido encuentro y «toma
mundo, es decir, del agregado de átomos que provocan en cadena la de consistencia» al haber prendido unos elementos con otros (como
primera desviación y el primer encuentro. podría decirse que el agua «toma consistencia» al congelarse). Toda
Que el origen de todo mundo, y con ello de toda realidad y todo cuestión del Origen queda rechazada, así como todas las grandes
sentido, sea debido a una desviación, que la Desviación y no la Razón cuestiones de la filosofía: «¿Por qué hay algo en vez de nada? ¿Cuál
o la Causa sea el origen del mundo, da una idea del atrevimiento de es el origen del mundo? ¿Cuál es la razón de ser del mundo? ¿Qué
la tesis de Epicuro. ¿Quién, en la historia de la filosofía, ha retoma­ lugar ocupa el hombre en los fines del mundo?, etc.» Repito la pre­
La corriente subterránea... 35 36 Louis Altfausser

gunta que formulaba antes: ¿Qué filosofía, en la historia, ha tenido de todo materialismo, y que es imprescindible alguna expresión
el atrevimiento de retomar las tesis de Epicuro? para designar de qué se trata.
He mencionado a Heidegger. Precisamente encontramos en él, Maquiavelo será nuestro segundo testigo en la historia de esta tra­
que evidentemente no es ni epicúreo ni atomista, un movimiento de dición subterránea del materialismo del encuentro. Su proyecto es
pensamiento análogo. Es sabido que él rechaza toda cuestión sobre el conocido: pensar, en las imposibles condiciones de la Italia del S.
Origen, toda cuestión sobre la Causa y el Fin del mundo. Pero ade­ XVI, las condiciones para la constitución de un Estado nacional ita­
más hay en él toda una serie de desarrollos en torno a la expresión «es liano. Todas las circunstancias son favorables para imitar a Francia o
gibt», «hay», «es dado así», que retoman la inspiración de Epicuro. a España, pero sin conexión entre ellas: un pueblo dividido pero entu­
«Hay el mundo, la materia, los hombres»... Una filosofía del «es gibt», siasta, la fragmentación de Italia en pequeños estados caducos y con­
del «es dado así» le ajusta las cuentas a todas las cuestiones clásicas denados por la historia, la revuelta generalizada pero desordenada de
acerca del Origen, etc. Y «abre» un claro que restaura una especie todo un mundo contra la ocupación y el pillaje extranjeros y una
de contingencia trascendental del mundo, al que somos «arroja­ aspiración popular profunda y latente a la unidad, de la cual dan
dos», y del sentido del mundo, que nos remite a la apertura del Ser, muestra todas las grandes obras de la época, incluida la de Dante, que
a la pulsión original del Ser, a su «envío» más allá del cual no hay no comprendía nada al respecto, pero que esperaba la llegada de «el
nada que buscar. Así, el mundo es para nosotros un «don», un gran Lebrel»!. En resumen, un país atomizado, en el cual cada
«hecho de hecho» que no hemos elegido, y que se «abre» delante átomo se precipita en caída libre sin encontrarse con el de al lado.
de nosotros en la facticidad de su contingencia, más allá incluso de Es preciso crear las condiciones de una desviación, y por ende de un
esta facticidad en esto que no es solamente un levantar acta, sino encuentro, para que la unidad italiana «tome consistencia». ¿Cómo
un «ser-en-el-mundo» que ordena todo Sentido posible. «El Da- hacerlo? Maquiavelo no cree que ninguno de los Estados existen­
sein es el guardián del ser». Todo está contenido en el «da». ¿Qué tes, especialmente los Estados de la Iglesia, los peores de todos,
queda para la filosofía? Una vez más, pero en el modo trascenden­ pueda asumir el papel de la unificación. En E l príncipe los enume­
tal, levantar acta del «es gibt» y de sus requisitos, o de sus efectos en ra todos, pero es para recusarlos en tanto piezas decadentes del
su infranqueable «estar dado». modo de producción precedente, feudal. También son recusadas
¿Es todo esto todavía materialismo? La cuestión no tiene las repúblicas, que son la coartada de este modo de producción y
mucho sentido en Heidegger, que se coloca deliberadamente fuera permanecen prisioneras en él. Y plantea el problema con todo su
de las grandes divisiones y denominaciones de la filosofía occi­ rigor y en toda su crudeza.
dental. Pero entonces las tesis de Epicuro ¿son todavía materialis­ Una vez recusados todos los Estados y sus príncipes, esto es, todos
tas? Sí, puede ser, sin duda, pero a condición de term inar con esa los lugares y los hombres, llega, ayudado por el ejemplo de César
concepción del materialismo que hace de él, en el marco de cues­ Borgia, a la idea de que la unidad se realizará si se encuentra un hom-
tiones y conceptos comunes, la réplica al idealismo. Si vamos a
seguir hablando de materialismo del encuentro, es por comodi­
! Referencia a Enrique VII de Luxemburgo (1275-1313), emperador germánico
dad: es necesario tener en cuenta que Heidegger queda incluido y de 1308 a 1313, de quien Dante esperaba la unidad italiana y su restauración moral
que este materialismo del encuentro escapa a los criterios clásicos y política (Dante, Divina comedia,. Infierno 1 ,101-102).
L a coniente subterránea... 37 Louis AÍt^usser
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bre sin nombre, que tenga suficiente suerte y virtud para instalarse leyes constantes. Debe ganárselos saliendo a su encuentro, pero
en algún lugar, en un rincón de Italia sin nombre, y que, a partir de ese sabiendo guardar la distancia. Esta doble manera de proceder da
punto atomístico, aglutine poco a poco a los italianos en torno suyo lugar a la teoría de la seducción y a la teoría del temor, así como a la
en el gran proyecto de un Estado nacional. Es un razonamiento com­ teoría de la falsa apariencia. Pasaré por alto el rechazo de la demago­
pletamente aleatorio, que deja políticamente en blanco el nombre del gia del amor, el temor como algo preferible al amor y los métodos
Unificador, así como el nombre de la región a partir de la cual se lle­ violentos destinados a inspirar el temor para ir directamente a la teo­
vará a cabo esta federación. Los dados han sido así lanzados sobre el ría de la falsa apariencia.
tablero de juego, que está él mismo vacío (pero repleto de hombres ¿El Príncipe debe ser bueno o malo? Debe aprender a ser malo,
de valía). pero en cualquier circunstancia debe saber parecer bueno, poseer las
Para que este encuentro entre un hombre y una región «tome con­ virtudes morales que pondrán al pueblo de su parte, incluso si le
sistencia» es preciso que tenga lugar. Políticamente consciente de la valen el odio de los poderosos, a quienes desprecia, puesto que no
impotencia de los Estados y de los príncipes existentes, Maquiavelo puede esperar otra cosa de ellos. Conocemos la teoría de Maquiavelo:
guarda silencio acerca de ese príncipe y ese lugar. No nos equivo­ que el Príncipe sea «como el centauro de los antiguos, hombre y ani­
quemos. Ese silencio es una condición política del encuentro. mal». Pero no se ha insistido lo suficiente en que, según él, el animal
Maquiavelo tan sólo desea que el encuentro tenga lugar en esa Italia se desdobla, se hace a la vez león y zorro, y, en definitiva, es el zorro
atomizada, y está manifiestamente obsesionado por ese César que, quien gobierna todo. Pues es el zorro quien le impondrá ya sea pare­
salido de la nada, hizo de la Romaña un Reino y, una vez tomada cer malo, ya sea parecer bueno, en resumen, fabricarse una imagen
Florencia, habría unificado todo el Norte, si no hubiese enfermado popular (ideológica) de sí mismo, que responda a sus intereses y a los
en el momento decisivo en los pantanos de Rávena, cuando se diri­ intereses de los «pequeños» o no. De suerte que el Príncipe está
gía hacia Roma para destituir a Julio II. Un hombre de nada, salido de gobernado en su interior por las variaciones de este otro encuentro
nada, y que parte de un lugar inasignable, he aquí las condiciones de la aleatorio, el del zorro por un lado, y el del león y el hombre por otro.
regeneración según Maquiavelo. Este encuentro puede no tener lugar, pero también puede tener lugar.
Pero para que este encuentro tenga lugar, hace falta otro encuen­ También él debe ser duradero para que la figura del Príncipe «tome
tro: el de la fortuna y la «virtù» en el Príncipe. Al encontrarse con la consistencia» en el pueblo, donde que «tome consistencia» quiere
fortuna, es preciso que el Príncipe tenga la «virtù» de tratarla como a decir que tome forma, que se haga temer institucionalmente como
una mujer, de acogerla para seducirla o violentarla, en resumen, de bueno y finalmente, si es posible, lo sea, pero bajo la condición abso­
utilizarla con miras a la realización de su destino. Es a este respecto luta de no olvidar jamás cómo ser malo si es preciso.
que debemos a Maquiavelo toda una teoría filosófica del encuentro Se dirá que ahí sólo se trata de filosofía política, sin ver que hay al
entre la fortuna y la «virtù». El encuentro puede tener lugar o no. mismo tiempo una filosofía en juego. Una filosofía singular que es
Puede fracasar. El encuentro puede ser breve o duradero: a él le es un «materialismo del encuentro» pensado a través de la política y que,
necesario un encuentro que dure. Por ello el Príncipe debe aprender como tal, no supone nada preestablecido. Es en el vacío político
a gobernar su fortuna gobernando a los hombres. Debe estructurar donde el encuentro debe realizarse, y donde la unidad nacional debe
su Estado formando en él a los hombres y, sobre todo, dotándolo de «tomar consistencia». Pero este vacío político es en primer lugar un vacío
La corriente subterránea... 39 Louis AÍtftusser
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filosófico. No encontramos en él ninguna Causa que preceda a sus filosofía del vacío: no solamente la filosofía que dice que el vacío pre­
efectos, ningún Principio de moral o de teología (como sí se encuen­ existe a los átomos que caen en él, sino también una filosofía que hace
tra en toda la tradición política aristotélica: los buenos y los malos el vacío filosófico para darse la existencia: una filosofía que en lugar de
regímenes, la decadencia de los buenos en los malos), no se razona en partir de los famosos «problemas filosóficos» («¿por qué hay algo en
la Necesidad del hecho consumado, sino en la contingencia del vez de nada?») comienza por evacuar todo problema filosófico, esto es, por
hecho por consumar. Como en el mundo epicúreo, todos los ele­ renunciar a darse un «objeto», cualquiera que sea («la filosofía no
mentos están ahí y más allá, no hay sino la lluvia (ver supra: la situa­ tiene objeto»), para partir sólo de nada (fien), y de esa variación infi­
ción italiana), pero dichos elementos no existen, son meramente abs­ nitesimal y aleatoria de la nada que es la desviación de la caída. ¿Es
tractos, mientras que la unidad de un mundo no los haya reunido en posible una crítica más radical de cualquier filosofía en su pretensión
el Encuentro que dará lugar a su existencia. de decir la verdad sobre las cosas? ¿Es posible una forma más sor­
Se habrá notado que en esta filosofía reina la alternativa: el prendente de decir que el «objeto» por excelencia de la filosofía es la
encuentro puede no tener lugar, al igual que puede tener lugar. Nada nada (le néant), la nada (le ríen), o el vacío? En el S. XVII ya se vio a
decide, ningún principio de decisión decide por adelantado en esta Pascal darle vueltas a esta idea, e introducir el vacío como objeto filo­
alternativa, que es del orden del juego de dados. «Nunca un lanza­ sófico. Pero lo hizo en el marco deplorable de una apologética. A ese
miento de dados abolirá el azar». ¡En efecto! Nunca un encuentro lle­ respecto será preciso todavía esperar hasta Heidegger, después de la
vado a cabo y que no sea breve sino duradero podrá garantizar que falsa palabra de un Hegel («el trabajo de lo negativo») o de un Stirner
mañana aún durará, en vez de deshacerse. Igual que habría podido («no he puesto mi causa en nada»), para devolver al vacío todo su alcan­
no tener lugar, puede no seguir teniendo lugar: «la fortuna pasa y ce filosófico decisivo. Pero todo esto ya se encuentra en Epicuro y
varía», testifica Borgia, a quien todo le sale bien hasta que llegan los Maquiavelo (que hizo el vacío filosófico de todos los conceptos filo­
famosos días de las fiebres. En otros términos, nada puede jamás sóficos de Platón y Aristóteles para pensar la posibilidad de hacer de
garantizar que la realidad del hecho consumado sea la garantía de su eter­ Italia un Estado nacional). Podemos apreciar ahí el impacto de la
nidad: todo lo contrario, ningún hecho consumado, incluso electoral filosofía: reaccionaria o revolucionaria, bajo apariencias a menudo
—y todo aquello que haya en él de necesidad y de razón no es más desconcertantes, que es preciso descifrar con paciencia y cuidado.
que encuentro provisional, pues todo encuentro es provisional inclu­ Al leer así a Maquiavelo (esto no son más que breves notas que
so si dura— implica en absoluto la eternidad de las «leyes» de nin­ habría que desarrollar y que pienso desarrollar algún día), ¿quién ha
gún mundo ni de ningún Estado. La historia no es más que la revo­ podido entonces creer que no se trataba, bajo la apariencia de políti­
cación permanente del hecho consumado por parte de otro hecho ca, de un auténtico pensamiento filosófico? ¿Quién ha podido creer
indescifrable a consumar, sin que se sepa, ni de antemano ni nunca, que la fascinación ejercida por Maquiavelo era exclusivamente polí­
dónde ni cómo se producirá el acontecimiento de su revocación. tica —y por añadidura centrada en el absurdo problema de saber si
Simplemente llegará un día en el que los juegos estén por redistri­ era monárquico o republicano (todo lo mejor de la filosofía de la
buirse, y los dados estén de nuevo por ser lanzados sobre el tablero Ilustración ha caído en esta tontería)— mientras que sus resonancias
vacío. filosóficas han estado, sin que ellos lo supieran, entre las más pro­
Se habrá así notado que esta filosofía es en todo y por todo una fundas que nos han llegado de este doloroso pasado? Me gustaría des­
L a corriente subterránea... 41 42 Louis Althusser

plazar el problema, y así no sólo recusar la alternativa nada y que, de existir así en el absoluto, sin ninguna relación, no es él
monárquico/republicano, que no tiene ningún sentido, sino también mismo nada. Decir «comienzo por Dios», o por el Todo, o por la subs­
recusar la tesis comúnmente aceptada que considera a Maquiavelo tancia única, y dejar entender «no comienzo por nada» es en el fondo
fundador de una mera ciencia política. Me gustaría sugerir que lo mismo: ¿qué diferencia hay entre el Todo y nada puesto que nada
Maquiavelo no debe tanto a la política como a su «materialismo del existe fuera del Todo...? De hecho, ¿qué puede decirse de Dios? Es
encuentro» lo esencial de su influencia sobre los hombres que se des­ aquí donde comienza lo extraño.
preocupan por completo, con razón, de la política —nadie está obliga­ Dios no es más que naturaleza, lo que no quiere decir nada más que:
do a «hacer política»—, y que se han equivocado parcialmente respec­ Dios no es más que naturaleza. Epicuro también partía de la naturale­
to a él, buscando en vano, como todavía lo hará un Croce, de dónde za como aquello fuera de lo cual no existe nada. ¿Qué es entonces este
podría venir esta fascinación por siempre incomprensible. Dios spinozista? Una substancia absoluta, única e infinita, dotada de
Esta fascinación fue comprendida por un hombre menos de cien un número infinito de atributos infinitos. Evidentemente, esto es
años después de la muerte de Maquiavelo. Su nombre era Spinoza. una forma de decir que cualquier cosa que pudiese existir no existe
Encontramos en el Tratado político el elogio explícito de Maquiavelo, jamás si no es en Dios, ya sea esa «cualquier cosa» conocida o desco­
en un tratado que, una vez más, parece no ocuparse más que de polí­ nocida. Pues nosotros sólo conocemos dos atributos, la extensión y
tica, cuando en realidad se ocupa también de filosofía. Pero para el pensamiento, y además, no conocemos todas las potencias del
entender esta filosofía es preciso remontarnos más aún, al ser la cuerpo, al igual que del pensamiento no conocemos la potencia
estrategia filosófica de Spinoza radical y de una extrema compleji­ impensada del deseo. Los otros atributos, infinitos en número e infi­
dad. Spinoza combate en un mundo lleno, acechada cada una de sus nitos ellos mismos, están ahí para cubrir todo lo posible y lo imposi­
palabras por adversarios que ocupan, o creen ocupar, todo el terreno, ble. Que sean infinitos en número, y que nos sean desconocidos, deja
por lo que necesita desarrollar una problemática desconcertante: la puerta bien abierta a su existencia y a sus figuras aleatorias. Que
desde arriba, para poder dominar todas las consecuencias. sean paralelos, que todo sea efecto del paralelismo, hace pensar en la
Sostendré la tesis de que el objeto de la filosofía es para Spinoza el lluvia epicúrea. Los atributos caen en el espacio vacío de su determi­
vacío. Tesis paradójica, si se tiene en cuenta la masa de conceptos que nación como gotas de lluvia que no se pueden encontrar más que en
son «trabajados» en la Etica. Sin embargo, basta notar cómo comienza. este paralelismo excepcional, este paralelismo sin encuentro, sin unión
El confiesa en una carta: «Unos comienzan por el mundo, otros por el (del alma y el cuerpo) que es el hombre, en este paralelismo asigna­
alma humana, yo comienzo por Dios». Los otros: son, por un lado, los ble pero minúsculo del pensamiento y el cuerpo, que todavía no es
escolásticos que comienzan por el mundo, y a partir del mundo más que paralelismo, puesto que en él, como en todas las cosas, «el
creado se remontan a Dios; por otro, Descartes, que comienza por orden y la conexión de las cosas es el mismo que el orden y la cone­
el sujeto pensante y por el cogito y se remonta también al dubito y a xión de las ideas». Un paralelismo sin encuentro, en suma, pero que es
Dios. Todos pasan por Dios. Spinoza se ahorra todos esos rodeos y ya en sí mismo encuentro debido a la estructura misma de la relación
deliberadamente se instala en Dios. De ahí puede decirse que él sitia entre los diferentes elementos de cada atributo.
de entrada la plaza fuerte común, última garantía y postrer recurso de Es preciso ver los efectos filosóficos de esta estrategia y de este
todos sus adversarios, al comenzar por ese más allá del cual no hay paralelismo para poder evaluarlos. Que Dios no sea nada más que
La corriente subterránea... 43 44 Louis AÍt^usser

naturaleza, y que esta naturaleza sea la suma infinita de un número Nada de moral ni, sobre todo, de religión, o mejor, una teoría de la
infinito de atributos paralelos, hace que no solamente no quede nada moral y de la religión que, mucho antes de Nietzsche, las destruye
por decir de Dios, sino que no quede nada por decir del gran proble­ hasta sus fundamentos imaginarios de «inversión» — «la fábrica al
ma que ha invadido toda la filosofía occidental desde Aristóteles y revés» (cf. el apéndice al Libro I de la Ética)', nada de finalidad (ni
sobre todo después de Descartes: el problema del conocimiento, y de su psicológica ni histórica): en definitiva, queda el vacío que es la propia
doble correlato, el sujeto que conoce y el objeto conocido. Estas gran­ filosofía. Y como este resultado es un resultado, sólo se llega a él tras
des causas, que tanto dan que hablar, se reducen a nada: «homo cogi- un gigantesco trabajo sobre los conceptos, que es el realizado en la
tat», «el hombre piensa», es así, es la constatación de una facticidad, Ética, trabajo «crítico» diríamos generalmente, trabajo de «decons­
la del «es así», la de un «es gibt» que ya anuncia a Heidegger y recuer­ trucción» diría Derrida después de Heidegger, pues aquello que es
da la facticidad de la caída de los átomos en Epicuro. El pensamien­ destruido es al mismo tiempo reconstruido, pero sobre otras bases, y
to no es más que la serie de los modos del atributo pensamiento, y según un plan muy diferente, de lo cual es testigo esta inagotable teo­
remite, no a un Sujeto, sino, según un buen paralelismo, a la serie de ría de la historia, etc., pero en sus funciones efectivas, políticas.
los modos del atributo extensión. Extraña teoría que se suele presentar como una teoría del conoci­
También es interesante la forma en la cual el pensamiento se miento (el primero de los tres géneros), cuando la imaginación no es en
constituye en el hombre. Es relevante que comience a pensar por ningún respecto, en nada, una facultad, sino, en el fondo, solamente el
ideas confusas y de oídas hasta que estos elementos acaban por mundo mismo en tanto que «dado». Por medio de este deslizamiento,
«tomar» forma para pensar por «nociones comunes» (del prim er al Spinoza no sólo escapa a toda teoría del conocimiento, sino que tam­
segundo género, y después al tercero: por esencias singulares), bién abre la vía al reconocimiento del «mundo» como ese más allá del
puesto que el hombre podría quedarse en el conocimiento de cual no hay nada, ni siquiera una teoría de la naturaleza; al recono­
oídas, y la «toma de consistencia» entre los pensamientos del pri­ cimiento del mundo como totalidad única no totalizada, sino vivida en
mer género y los del segundo no se llevaría a cabo. Esta es la suer­ su dispersión, y vivida como lo «dado» en lo que somos «arrojados» y
te de la mayoría de los pueblos que permanecen en el prim er géne­ a partir de lo cual nos forjamos todas nuestras ilusiones («fabricae»).
ro y en lo imaginario, es decir, en la ilusión de pensar, aunque no En el fondo, la teoría del primer género como «mundo» responde de
piensen. Esto es así. Se puede permanecer en el prim er género, o lejos pero muy exactamente a la tesis de Dios como «naturaleza»: la
no. No hay, como en Descartes, una necesidad inmanente que naturaleza no es más que el mundo pensado según las nociones
haga pasar del pensamiento confuso al pensamiento claro y dis­ comunes, pero dado antes que ellas como ese «más acá» del cual no
tinto, no hay cogito, no hay el momento necesario de la reflexión hay nada. Es en el imaginario del mundo y de sus mitos necesarios
que asegure esa transición. Puede tener lugar, o no. Y la experien­ donde se inserta la política de Spinoza, que coincide con Maquiavelo
cia muestra que por regla general no tiene lugar, salvo en la excep­ en lo más profundo de sus conclusiones y en la exclusión de todos los
ción de una filosofía consciente de no ser nada. presupuestos de la filosofía tradicional, siendo la autonomía de lo
Una vez reducidos a nada tanto Dios como la teoría del conoci­ político sólo la forma tomada por la exclusión de toda finalidad, de
miento, que están destinados a poner en su sitio los «valores» supre­ toda religión y de toda trascendencia. Pero la teoría del imaginario
mos respecto de los cuales se mide todo, ¿qué queda para la filosofía? como mundo permite a Spinoza pensar esta «esencia singular» del
La corriente subterránea... 45 46 Louis AÍtbusser

tercer género que es por excelencia la historia de un individuo o de y la amenaza de muerte que pesa, siempre a cada instante, sobre todo
un pueblo, como Moisés o el pueblo judío. Que sea necesaria signifi­ hombre por el simple hecho de vivir en sociedad. Ya sé que Hobbes
ca solamente que se ha consumado, pero todo en ella podría bascular tiene en la cabeza algo completamente distinto a, como se ha creído,
según el encuentro o no-encuentro de Moisés y Dios o el encuentro la competencia, la simple competencia económica. Piensa por el con­
de la inteligencia o de la no-inteligencia de los profetas. La prueba: trario en las grandes sediciones de las que fue testigo (no se es impu­
¡era preciso explicarles el sentido de lo que relataban acerca de sus nemente contemporáneo de Cromwell y de la ejecución de Carlos I)
conversaciones con Dios! Es esta situación límite, de la nada misma, y donde vio que el equilibrio del pequeño miedo de las llaves se con­
la situación de Daniel [...]: por más que se le explicase todo, él no vertía en el gran miedo de las revueltas populares y los asesinatos
comprendía nada. Prueba por la nada de la nada misma, como situa­ políticos. Es de esto de lo que habla en particular y sin equívoco
ción límite. cuando invoca esos tiempos desgraciados en los que una parte de la
Hobbes, este «diablo», este «demonio», nos servirá a su manera de sociedad pudo masacrar a otra para tomar el poder.
transición entre Spinoza y Rousseau. La cronología en este asunto Como buen teórico del derecho natural, nuestro Hobbes no se
importa poco, ya que estos pensamientos se desarrollaron cada uno queda evidentemente en estas apariencias, incluso atroces. Quiere
por su lado, a pesar de la correspondencia intermediaria de un ver claro en los efectos remontándose a las causas y para ello nos ofre­
Mersenne, y de lo que se trata ante todo es de hacer sentir las reso­ ce a su vez una teoría del estado de Naturaleza. Para descomponerlo
nancias de una tradición enterrada y retomada. en sus elementos es necesario llegar hasta esos «átomos de sociedad»
Toda la sociedad, según Hobbes, descansa sobre el temor, y la que son los individuos, dotados de conatus, es decir, del poder y de la
prueba empírica es que usted tiene ¿laves. ¿Para qué? Para cerrar su voluntad de «perseverar en su ser», y es necesario también hacer el
casa y protegerla contra la agresión de no sabe quién: puede ser su vacío delante de ellos para despejar el espacio de su libertad.
vecino o su mejor amigo, transformado por su ausencia, la oportuni­ Individuos atomizados, el vacío como condición de su movimiento,
dad y el deseo de enriquecerse, en «lobo para el hombre». De esta todo esto nos recuerda a algo ¿verdad?. Hobbes sostiene en efecto
simple observación, que tiene el valor de nuestros mejores análisis de que la libertad, que hace a todo individuo y a su fuerza de ser, con­
esencia, Hobbes saca toda una filosofía: a saber, que reina entre los siste en el «vacío de obstáculo», en la «ausencia de obstáculo»1 delan­
hombres una «guerra de todos contra todos», una «carrera sin fin» en te de su fuerza conquistadora. Este individuo no se entrega a la gue­
la que cada cual quiere ganar pero casi todos pierden, si se tiene en rra de todos contra todos más que por la voluntad de librarse de cual­
cuenta la posición de los competidores (de ahí las «pasiones» sobre quier obstáculo que le impida seguir adelante (uno piensa en la caída
las que escribió un tratado, como solía hacerse en la época para libre y en paralelo de los átomos) y sería en el fondo afortunado si no
esconder en él la política) que van delante, detrás o empatados en la encontrase a nadie en un mundo que estaría entonces vacío. La des­
carrera; de ahí el estado de guerra generalizado: no que ésta estalle, gracia es que este mundo está lleno, lleno de hombres que persiguen el
aquí, entre Estados (como sostendrá consecuentemente Rousseau), mismo objetivo, que se enfrentan, así, para dejar sitio libre a su pro-
sino como se habla de «mal tiempo que amenaza» (puede llover en
cualquier momento del día o de la noche sin previo aviso), en resu­
men, como una amenaza permanente sobre su persona y sus bienes,
1 E l Leviatán, capítulo XIV
La corriente subterránea... 47 48 Louis Althusser

pió conatus, y no encuentran otro medio para realizar su fin que «dar versivo (sus conclusiones eran buenas pero pensaba mal, sus razones
muerte» a quien entorpece su camino. De ahí el papel esencial de la eran falsas, dirá Descartes), de este teórico fuera de lo común, al que
muerte en este pensamiento de la vida infinita, el papel no de la muer­ nadie comprendió pero que dio miedo a todos. Él pensaba (este pri­
te accidental sino de la muerte necesaria dada y recibida de la mano vilegio del pensamiento de burlarse del qué dirán, del mundo, de los
del hombre, el papel del asesinato económico y político, lo único cotilleos, de su reputación misma, de razonar en la soledad absoluta
capaz de sostener esta sociedad de estado de guerra en un equilibrio o su ilusión), y poco importaban las acusaciones compartidas con
inestable pero necesario. Sin embargo, estos hombres atroces son Spinoza de ser un enviado del Infierno o del Diablo entre los hom­
también hombres, piensan, es decir, calculan, sopesan las ventajas bres, etc. Hobbes pensaba que toda guerra es preventiva, que cada
respectivas a quedarse en el estado de guerra o, por el contrario, a uno, contra un Otro cualquiera, no tiene más remedio que «tomar la
entrar en un Estado de contrato, pero que descansa sobre el funda­ delantera». Hobbes pensaba (¡qué atrevimiento a este respecto!) que
mento inalienable de toda sociedad humana: el miedo o el terror. Así todo poder es absoluto, que ser absoluto es la esencia del poder y que
razonan y concluyen que es ventajoso convenir entre ellos un singu­ todo lo que se salga por poco que sea de esta regla, ya sea por la dere­
lar pacto desequilibrado por el cual se comprometen entre sí (como cha o por la izquierda, debe ser combatido con el máximo rigor. Y no
individuos atomísticos) a no oponer resistencia al poder omnipo­ pensaba todo esto para hacer apología de lo que llamaríamos en nues­
tente de aquél en el que van a delegar unilateralmente y sin ninguna tros días (con una palabra que enturbia toda diferencia y, por lo
contrapartida todos sus derechos (sus derechos naturales): el Leviatán tanto, todo sentido y todo pensamiento) «totalitarismo» o «estatis­
(ya sea un individuo en la monarquía absoluta, o la asamblea omni­ mo»: ¡Pensaba todo esto al servicio de la libre competencia econó­
potente del pueblo o de sus representantes). Se comprometen a esto mica, del libre desarrollo del comercio y de la cultura de los pueblos!
y se comprometen entre ellos a respetar esta delegación de poder sin pues, al mirarlo de cerca, se descubre que su famoso Estado totalita­
traicionarla jamás, para no caer bajo la sanción terrorífica del rio es ya comparable al Estado de Marx que debe extinguirse. Toda
Leviathan que, fijémonos bien, no está a su vez vinculado por nin­ guerra y, así pues, todo terror son preventivos. Bastaba en efecto con
gún contrato al pueblo, pero lo mantiene en su unidad por el ejerci­ que estuviese ahí este Estado terrible para ser como absorbido por su
cio de su omnipotencia consentida unánimemente, por el temor o el propia existencia hasta no tener necesidad de existir. Se hablaba
terror que él hace reinar en las fronteras de las leyes, y por el sentido entonces del miedo al policía, de «mostrar la fuerza para no tener que
que él posee (¡milagroso!) de su «deber» de mantener a un pueblo así servirse de ella» (Lyautey); se habla ahora de no mostrar la fuerza
sumido en su sumisión, para evitarle los horrores, infinitamente más (atómica) para no tener que servirse de ella. Es decir que la fuerza es
terribles que su temor, del estado de guerra. Un Príncipe al que nada un mito y que actúa como tal sobre la imaginación de los hombres y
vincula a su pueblo más que el deber de protegerle del estado de gue­ de los pueblos, preventivamente, fuera de toda razón de utilizarla. Sé
rra, un pueblo al que nada vincula a su Príncipe más que la promesa que estoy prolongando aquí un pensamiento que no fue jamás tan
(cumplida o, si no, ¡cuidado!) de obedecerle en todo, incluso en mate­ lejos, pero sigo estando en su lógica y doy cuenta de las paradojas de
ria de conformidad ideológica (Hobbes es el primero en pensar, si es que una Lógica que sigue siendo la suya. En cualquier caso, está muy
fuera posible, la dominación ideológica y sus efectos). He aquí en lo claro que Hobbes no era ese monstruo que nos han dicho y que su
que consiste toda la originalidad y el horror de este pensador sub­ única ambición era favorecer lo más posible las condiciones de via­
L a comente subterránea... 49 Louis Altítusser
50

bilidad y desarrollo de un mundo que era el que era, el suyo, el del piensa el estado de «pura naturaleza», y al pensarlo, lo piensa como un
Renacimiento, que se abría al prodigioso descubrimiento de otro estado sin ninguna relación social, ni positiva ni negativa. Y nos da
mundo, el Nuevo. Sin duda, la «toma de consistencia» de los indivi­ su visión en la imagen fantástica del bosque primitivo, que hace pen­
duos atomizados no era de la misma esencia y vigor que en Epicuro sar en otro Rousseau, el «aduanero»1, en el que vagan individuos ais­
y Maquiavelo, y Hobbes, para nuestra desgracia, él que vivió tanta lados, sin relaciones entre ellos, individuos sin encuentro. Ciertamente
historia, no era historiador (éstas son vocaciones que no se ordenan), un hombre y una mujer pueden encontrarse, «palparse», incluso apa­
pero, a su manera, llegó al mismo resultado que sus maestros en la rearse, pero eso no es más que un breve encuentro sin identidad ni
tradición materialista del encuentro: a la constitución aleatoria de un reconocimiento: nada más conocerse (e incluso eso no es necesario:
mundo, y si este pensador ha jugado un papel importante en y la cuestión de los hijos ni se plantea, como si el mundo humano,
Rousseau (hablaré de esto algún día), e incluso en Marx, ha sido gra­ antes del Emilio, les ignorase o pudiera pasarse sin ellos — no hay
cias a haber retomado esta tradición secreta, incluso si él (y esto no hijo y por tanto tampoco hay padre ni madre, ni familia en resumi­
es imposible) no tenía conciencia de ello. Después de todo, sabemos das cuentas) ya se separan, y cada uno sigue su camino en el infinito
que la conciencia en estos asuntos no es más que la mosca de la dili­ vacío del bosque. Si se encuentran dos hombres, la mayoría de las
gencia1, que lo esencial es que los caballos tiren del tren del mundo veces no hacen más que cruzarse a mayor o menor distancia sin darse
a galope tendido en los llanos o con gran lentitud en las subidas. cuenta, y el encuentro ni siquiera tiene lugar. El bosque es el equiva­
El Rousseau del segundo Discurso y del Discurso sobre el origen de las lente del vacío epicúreo en el cual cae la lluvia paralela de los átomos:
lenguas retoma el materialismo del encuentro, a pesar de que en tales es un vacío pseudo-browniano en el cual los individuos se cruzan, es
obras no haya ninguna referencia a Epicuro ni a Maquiavelo. decir, no se encuentran sino en breves coyunturas que no perduran.
No se ha insistido lo suficiente en que el segundo Discurso comien­ Rousseau ha querido con esto plantear a un precio muy alto (la
za por una descripción del estado de naturaleza que se distingue radi­ ausencia de hijos) una «nada» de sociedad anterior a toda sociedad y
calmente de las demás descripciones de su especie en que se divide condición de posibilidad de toda sociedad, la nada de sociedad que
en dos: un «estado de pura naturaleza», que es el Origen radical de constituye la esencia de toda sociedad posible. Que la nada de socie­
todo, y el «estado de naturaleza» que resulta de las modificaciones dad sea la esencia de toda sociedad es una tesis atrevida, cuya radica-
impresas sobre el estado puro. En todos los ejemplos del estado de lidad ha escapado no solamente a los contemporáneos de Rousseau,
naturaleza que nos ofrecen los autores del Derecho natural se obser­ sino también a un gran número de sus comentadores posteriores.
va en efecto que este estado de naturaleza es un estado de sociedad, ¿Qué es lo que hace falta para que haya efectivamente una socie­
ya sea de guerra de todos contra todos, ya sea de paz. Como les repro­ dad? Hace falta que el estado de encuentro sea impuesto a los hombres,
cha Rousseau, han proyectado, y de qué manera, el estado de socie­ que el infinito del bosque, como condición de posibilidad del no-
dad sobre el estado de pura naturaleza. Rousseau es el único que encuentro, se reduzca a finitud, por causas exteriores, que catástrofes
naturales lo dividan en espacios reducidos, por ejemplo en islas, en
1 Referencia a la fábula de La Fontaine «La diligencia y la mosca» (Libro VII, 9) en
la que una mosca, no haciendo más que molestar a los caballos, el cochero y los via­
jeros, se atribuye a sí misma el mérito de una subida costosa y difícil. 1 Henri Rousseau (1844-1910), pintor francés.
L a corriente subterránea... 52 Louis AÍtfausser
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las que los hombres se vean forzados al encuentro, y forzados a un que se plantea desde el estado de pura naturaleza, no actúa en él, no
encuentro que perdure: forzados por una fuerza más potente que tiene en él existencia ni efectos, no es más que espera del futuro que
ellos. Dejo de lado la ingeniosidad de estas catástrofes naturales, que le espera. Al igual que la sociedad y la historia en la que ésta se cons­
afectan a la superficie de la tierra, y de las cuales la más simple es la tituye se hacen a espaldas del hombre, sin su concurso consciente y
ligerísima, infinitesimal inclinación del ecuador sobre la elíptica, activo, de igual modo perfectibilidad y piedad no son más que la
accidente sin causa comparable al clinamen, para centrarme en sus anticipación nula de este futuro, en el que el hombre no es para nada.
efectos. Una vez forzados al encuentro y a las asociaciones de hecho Si bien se ha reflexionado sobre la genealogía de los conceptos de
duraderas, los hombres ven desarrollarse entre ellos relaciones forza­ Rousseau (Goldschmidt, cuyo libro es definitivo), no se ha reflexio­
das, que son relaciones de sociedad, rudimentarias al principio, des­ nado lo suficiente sobre los efectos de todo este dispositivo, que se
pués más complejas debido a los efectos producidos por estos cierra en el segundo Discurso con la teoría del contrato ilegítimo, con­
encuentros sobre su naturaleza de hombres. trato de fuerza, establecido con la obediencia de los débiles por la
Interviene toda una larga y lenta dialéctica donde, a fuerza de acu­ arrogancia de los fuertes, que son también los más «astutos», y da su
mulación temporal, los contactos forzados producen el lenguaje, las verdadero sentido al Contrato social, que no se establece ni subsiste
pasiones y el comercio amoroso o la lucha entre los hombres: en el más que acechado por el abismo (la expresión es del propio Rousseau
límite, el estado de guerra. La sociedad ha nacido, el estado de natu­ en las Confesiones) de la re-caída en el estado de naturaleza, organis­
raleza ha nacido, la guerra también, y con ellos se desarrolla un pro­ mo perseguido por la muerte interior que debe conjurar, en suma,
ceso de acumulación y de cambio que literalmente crea la naturaleza encuentro que ha tomado forma y ha devenido necesario, pero en el
humana socializada. Se notará que este encuentro podría no durar en marco de lo aleatorio del no-encuentro y de sus formas, en las que el
absoluto si la constancia de las imposiciones exteriores no lo mantu­ contrato puede recaer a cada instante. Si esta observación, que habría
viera en un estado constante frente a los intentos de dispersión, no le que desarrollar, no es falsa, resolvería la aporía clásica que opone
impusiera literalmente su ley de reagrupación sin preguntar su opi­ interminablemente el Contrato al segundo Discurso, dificultad acadé­
nión a los hombres, cuya sociedad nace en cierto sentido a sus espal­ mica que no tiene equivalente en la historia de la cultura occidental,
das, y cuya historia nace como la constitución dorsal e inconsciente de no ser por la ridicula cuestión de saber si Maquiavelo era monár­
de esta sociedad. quico o republicano... Esta observación aclararía también del mismo
Sin duda el hombre en el estado de pura naturaleza, si bien tiene modo el estatuto de los textos en los que Rousseau se aventura a
un cuerpo y, por así decirlo, no tiene alma, lleva en sí una capacidad hacer leyes para diversos pueblos (el corso, el polaco, etc.), retoman­
trascendente a todo aquello que él es y que le va a ocurrir, la perfecti­ do con toda su fuerza el concepto que domina en Maquiavelo (aun­
bilidad, que es como la abstracción y la condición de posibilidad tras­ que él nunca pronuncie la palabra, pero esto poco importa, puesto
cendental de toda anticipación de todo desarrollo, y lleva en sí ade­ que la cosa está ahí), el concepto de coyuntura-, para dar leyes a los
más una facultad que quizá sea más importante, la piedad, como hombres es preciso tener muy en cuenta la manera en que las condi­
facultad negativa de no sufrir el sufrimiento de sus semejantes, socie­ ciones se presentan, el «hay» esto y no aquello, así como alegórica­
dad por falta, así pues, en hueco, sociedad negativa en hueco en el mente el clima y tantas otras condiciones (Montesquieu), tener en
hombre aislado, ávido del Otro en su soledad misma. Pero todo eso, cuenta las condiciones y su historia, es decir, su «haber devenido», en
L a coniente subterránea... 53 54 Louis Altfausser

resumen, encuentros que habrían podido no tener lugar (cf. el esta­ ban en los conceptos de encuentro y de coyuntura cómo pensar no
do de naturaleza: «ese estado que bien habría podido no darse solamente la realidad de la historia, sino ante todo la realidad de la
nunca»), pero que han tenido lugar, trasformando lo «dado» del pro­ política, no solamente la esencia de la realidad sino ante todo la esen­
blema y su estado. ¿Acaso esto no significa pensar no solamente la cia de la práctica, y el vínculo entre estas dos realidades en el momen­
contingencia de la necesidad, sino también la necesidad de la con­ to de su encuentro: en la lucha, digo bien la lucha, en el límite la gue­
tingencia que está en su raíz? Entonces el contrato social ya no apa­ rra (Hobbes, Rousseau), en la lucha por el reconocimiento (Hegel),
rece como una utopía, sino como la ley interior de toda sociedad, ya pero también y bastante antes que él en esa lucha de todos contra
sea en su forma legítima o ilegítima, convirtiéndose el verdadero todos que es la competencia o, cuando toma esta forma, en la lucha
problema en: ¿cómo puede ser que nunca se corrija una forma ilegítima (la de clases (y su «contradicción»). ¿Es preciso recordar aquí por qué y
actual) para convertirla en forma legítima? Esta última, en el límite, no para quién habla Spinoza cuando invoca a Maquiavelo? El no quie­
existe, pero es preciso plantearla para poder pensar las formas concre­ re más que pensar su pensamiento, y como es un pensamiento de la
tas existentes, esas «esencias singulares» spinozistas, ya sean los indi­ práctica, pensar la práctica a través de un pensamiento.
viduos, las coyunturas, los Estados reales o sus pueblos, que es pre­ Todas estas observaciones históricas no son más que preliminares
ciso plantear como condición trascendental de toda condición, es a aquello que me gustaría tratar de hacer entender sobre Marx. Sin
decir, de toda historia. Lo más profundo de Rousseau es sin duda des­ embargo, no son casuales, atestiguan que de Epicuro a Marx siempre
cubierto y recubierto ahí, en esta visión de toda teoría posible de la ha subsistido, aunque encubierto (por su descubrimiento mismo,
historia, que piensa la contingencia de la necesidad como efecto de por su olvido, y sobre todo por las denegaciones y las represiones,
la necesidad de la contingencia, pareja de conceptos desconcertante, cuando no había una simple condena a muerte), el «descubrimiento»
pero que sin duda es preciso tener en cuenta, que ya aflora en de una tradición profunda que buscaba su base materialista en una
Montesquieu y abiertamente planteada en Rousseau, como una filosofía del encuentro (y, así pues, más o menos atomista, ya que el
intuición del siglo XVIII que refuta por adelantado todas las teleolo­ átomo es la figura más simple de la individualidad en su «caída») des­
gías de la historia que le tentaban y a las que abrió las puertas de par pués de haber rechazado radicalmente toda filosofía de la esencia
en par bajo el impulso irresistible de la Revolución francesa. Para (Ousia, Essentia, Wesen), de la Razón (Logos, Ratio, Vemunft), y, por
decirlo en términos polémicos, cuando se plantea la cuestión del <<fin tanto, del Origen y del Fin —dado que el Origen no es más que la
de la historia», vemos alinearse en un mismo campo a Epicuro, anticipación del Fin en la Razón u orden primordial, es decir, del
Spinoza, Montesquieu y Rousseau, sobre la base, explícita o implíci­ Orden, ya sea racional, moral, religioso o estético—, en provecho de
ta, de un mismo materialismo del encuentro o, en sentido fuerte, de una filosofía que, al negar el Todo y todo Orden, niega el Todo y el
un pensamiento de la coyuntura. Evidentemente también Marx, pero orden en provecho de la dispersión («diseminación» diría con su len­
forzado a pensar en un horizonte desgarrado entre lo aleatorio del guaje Derrida) y del desorden. Decir que en el comienzo era la nada, o
Encuentro y la necesidad de la Revolución. el desorden, es instalarse más acá de todo ensamblaje y de toda orde­
¿Podríamos arriesgarnos a hacer una última observación? nación, renunciar a pensar el origen como Razón o Fin para pensar­
Tendería a señalar que quizá no sea por casualidad que esta singular lo como nada. A la vieja pregunta: «¿Cuál es el origen del mundo?»
pareja de conceptos haya interesado ante todo a hombres que busca­ esta filosofía materialista responde: «¿La nada (néant)?» - «nada»
La corriente subterránea... 55 56 Louis Althusser

(ríen) — «yo comienzo por nada» — «no hay comienzo porque nunca la tesis de la primacía de la positividad sobre la negatividad
ha existido nada antes que cualquier cosa»; luego «no hay comienzo (Deleuze), en la tesis de la primacía de la desviación sobre la rectitud
obligado de la filosofía» — «la filosofía no comienza por un comien­ del trayecto recto (cuyo Origen es desviación y no razón), en la tesis
zo que sea su origen», al contrario, «toma el tren en marcha» y, a de la primacía del desorden sobre el orden (pensemos en la teoría del
pulso, «sube al tren» que por toda la eternidad fluye, como el agua de «ruido»), en la tesis de la primacía de la «diseminación» sobre la posi­
Heráclito, delante de ella. Así pues, no hay fin ni del mundo, ni de la ción del sentido en todo significante (Derrida), y en el brotar del
historia, ni de la filosofía, ni de la moral, ni del arte ni de la política. orden en el seno mismo del desorden que produce un mundo.
Estos temas —temas que, de Nietzsche a Deleuze y Derrida, el empi­ Diremos que el materialismo del encuentro se basa también por
rismo inglés (Deleuze) o Heidegger (Derrida mediante), se nos han completo en la negación del Fin, de toda teleología, ya sea racional,
vuelto familiares y fecundos para toda comprensión no sólo de la mundana, moral, política o estética. Diremos por último que el mate­
filosofía, sino de todos sus pretendidos «objetos» (ya sea la ciencia, la rialismo del encuentro no es el de un sujeto (ya fuese Dios o el pro­
cultura, el arte, la literatura o cualquier otra expresión de la existen­ letariado), sino el de un proceso sin sujeto pero que impone a los
cia)— son esenciales para este materialismo del encuentro, tan dis­ sujetos (individuos u otros) a los que domina el orden de su desarro­
frazados como lo fueron bajo las especies de otros conceptos. llo sin fin asignable.
Podemos hoy traducirlos a un lenguaje más claro. Si quisiéramos ceñirnos más estrechamente a estas tesis, tendría­
Diremos que el materialismo del encuentro no se dice materialis­ mos que producir un cierto número de conceptos que, naturalmen­
mo más que provisionalmente 1, para llamar la atención sobre su opo­ te, serían conceptos sin objeto, al ser los conceptos de nada, y la filoso­
sición radical a todo idealismo de la conciencia, de la razón, sea cual fía, al no tener objeto, transformaría esta nada en ser o en seres, de tal
sea su empleo. Diremos a continuación que el materialismo del modo que, por medio de dicha transformación, la filosofía llevaría a
encuentro se basa en cierta interpretación de una única proposición: esta nada a ser desconocida y reconocida en ellos (que es por lo que
hay («es gibt», Heidegger) y sus desarrollos o implicaciones, a saber: dicha nada fue, en última instancia, desconocida y presentida). Para
«hay» = «no hay nada»; «hay» = «siempre-ya ha habido nada», es decir, representarlos en la forma más primitiva, la más simple y la más pura
«algo», el «siempre-ya», del que he hecho hasta ahora un uso abun­ que han tomado en la historia de la filosofía nos referiríamos a
dante en mis ensayos, pero en el que no siempre se ha reparado, es la Demócrito y, sobre todo, a Epicuro, haciendo notar de paso que no
raíz (Greifen: tomar o coger en alemán; Begriff: toma o concepto) de es por casualidad que su obra fuese pasto de las llamas, que estos
esta anterioridad de toda cosa sobre ella misma, luego sobre todo ori­ incendiarios de toda tradición filosófica pagasen por sus pecados en
gen. Diremos entonces que el materialismo del encuentro se basa en1 la hoguera — el fuego que vemos encenderse en lo más alto de las
copas de los grandes árboles, por ser grandes (Lucrecio) o en lo más
alto de las filosofías (las grandes). Y tendríamos bajo su figura (que
1 Y es por esto por lo que, con razón, Dominique Lecourt se permite (en una debe renovarse a cada etapa de la historia de la filosofía) las formas
obra notable y, naturalmente, desconocida para la comunidad universitaria, que no primitivas siguientes.
es la primera vez que desprecia algo tan pronto como se siente «tocada») hablar de «Die Welt ist alies, ivas der Fall ist» (Wittgenstein): el mundo es todo
«sobrematerialismo» a propósito de Marx (cf. L'Ordre et les Jeux, Paris, Grasset,
1981, última parte)
lo que «cae», todo lo que «acaece», «todo aquello de lo que es el caso»
L a corriente subterránea... 57 Louis AÍtbusser
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— por caso entendemos casus: circunstancia y casualidad a la vez, lo nace un mundo (u otro: de ahí la pluralidad de mundos posibles, y
que ocurre en el modo de lo imprevisible y, sin embargo, del ser. la posibilidad de hacer arraigar este concepto de posibilidad en el
Por tanto, tan lejos como podamos remontarnos: «hay» = «siem­ concepto de desorden original). De ahí la forma de orden y la forma de
pre ha habido», «siempre-ya-ha-sido», de tal forma que el «ya» es seres cuyo nacimiento es provocado por esta carambola, determina­
esencial para remarcar esta antecedencia de la circunstancia, del Fall das como lo están por la estructura del encuentro; de ahí, una vez efec­
sobre todas sus formas, es decir, sobre todas las formas de seres. Es el tuado el encuentro (pero no antes), la primacía de la estructura sobre
«es gibt» de Heidegger, la «acción de dar las cartas» (más bien que lo sus elementos; de ahí, finalmente, aquello que es necesario llamar la
dado, según el aspecto activo-pasivo que se quiera expresar) primiti­ afinidad y completud de los elementos en juego en el encuentro, su
va, siempre anterior a su presencia. En otros términos, es la primacía «capacidad para engancharse», para que este encuentro «tome con­
de la ausencia sobre la presencia (Derrida), no en tanto ausencia ele­ sistencia», es decir, «tome forma», dé por fin nacimiento a Formas nue­
vada a las alturas, sino en tanto horizonte que retrocede intermina­ vas — como el agua «toma consistencia» al congelarse, o la leche
blemente delante del caminante que, al buscar su camino en una lla­ «toma consistencia» cuando cuaja o la mayonesa cuando liga. De ahí
nura, no encuentra nunca más que otra llanura ante él (tan diferente la primacía de «nada» sobre toda «forma», y del materialismo aleatorio
del caminante cartesiano al que le basta caminar recto en un bosque sobre todo formalismo. Con otras palabras, cualquier cosa no puede
para salir de él, ya que el mundo está hecho, alternativamente, de producir cualquier cosa, sino que hay elementos condenados a su
bosques intactos y de espacios roturados en campos abiertos: sin encuentro y, por su afinidad, a «tomar consistencia» al prenderse
«Holzwege»). unos a otros — es por esto por lo que en Demócrito y quizá incluso
En este «mundo» sin ser y sin historia (como el bosque de en Epicuro se dice, o se dirá, que los átomos «tienen enganches», es
Rousseau), ¿qué ocurre? Pues algo ocurre-, «algo», activo/pasivo decir, que son susceptibles de engancharse unos tras otros de siem­
impersonal. Encuentros. Ocurre lo que ocurre en la lluvia universal de pre, por siempre, para siempre.
Epicuro, anterior tanto a todo mundo, a todo ser y a toda razón, Una vez así «tomados», o «enganchados», los átomos entran en el
como a toda causa, ocurre que «eso se encuentra ahí» o, como diría reino del Ser que ellos inauguran: constituyen seres asignables, dis­
Heidegger, que «eso es arrojado» en un «envío» primordial. Poco tintos, localizables, dotados de tal o cual propiedad (según el lugar y
importa que esto se deba al milagro del clinamen, basta con saber que el tiempo); en resumen, se perfila en ellos una estructura del Ser o
se produce «no se sabe dónde, no se sabe cuándo» y que es «la des­ del mundo que asigna a cada uno de sus elementos lugar, sentido y
viación más pequeña posible»; es decir, la nada asignable a toda des­ papel; mejor dicho, que fija los elementos como «elementos de...»
viación. El texto de Lucrecio es suficientemente claro para señalar (los átomos como elementos de los cuerpos, de los seres, del mundo),
aquello que nada en el mundo puede señalar y que es, sin embargo, el ori­ de modo que los átomos, lejos de ser el origen del mundo, no son más
gen de todo mundo. En la «nada» de la desviación tiene lugar el que la recaída secundaria de su asignación y advenimiento. Y para
encuentro entre un átomo y otro, y este acontecimiento deviene hablar así del mundo y de los átomos, es necesario que el mundo y
advenimiento bajo la condición del paralelismo de los átomos, pues es los átomos ya sean. Esto hace para siempre segundo el discurso sobre
este paralelismo el que, una única vez violado, provoca la gigantesca el mundo, y segunda (no primera, como pretendía Aristóteles) la filo­
carambola y el enganche de un número infinito de átomos de donde sofía del Ser — y hace para siempre inteligible como imposible (y
L a corriente subterránea... 59 60 Louis AÍtftusser

por ello explicable; cf. el apéndice del Libro I de la Ética, que reto­ haya tenido lugar, pero su posible nada ilumina el sentido de su ser
ma casi palabra por palabra la crítica de toda religión en Epicuro aleatorio. Y todo encuentro es aleatorio en sus efectos, dado que nada
y Lucrecio) todo discurso de filosofía primera, aunque sea materia­ en los elementos del encuentro perfila, antes de este encuentro
lista (lo que explica que Epicuro, que lo sabía, no se adhiriese al mismo, los contornos y las determinaciones del ser que saldrá de él.
materialismo «mecanicista» de Demócrito, ese materialismo que Julio II no sabía que alimentaba en su seno romañesco a su enemigo
no es sino un resurgimiento, en el seno de una filosofía posible del mortal y tampoco sabía que éste iba a rozar la muerte y a encontrar­
encuentro, del idealismo dominante del Orden como inmanente al se fuera de la historia en el momento decisivo de la Fortuna, para ir
Desorden). a morir en una sombría España, en una fortaleza desconocida1. Esto
Establecidos estos principios, el resto, si se me permite la expre­ significa que ninguna determinación del ser resultado de la «toma de
sión, cae por su propio peso. consistencia» del encuentro estaba perfilada, ni siquiera esbozada,
1. — Para que un ser sea (un cuerpo, un animal, un hombre, un en el ser de los elementos que concurren en el encuentro, sino que,
Estado o un Príncipe) es necesario que un encuentro haya tenido por el contrario, toda determinación de estos elementos no es asig­
lugar (pretérito perfecto de subjuntivo). Por limitarnos sólo a nable más que en la mirada atrás del resultado sobre su devenir, en su
Maquiavelo, que un encuentro haya tenido lugar entre aquellas cosas recurrencia. Si es necesario, pues, decir que no hay ningún resultado
que pueden resultar afines, tales como tal individuo y tal coyuntura sin su devenir (Hegel), es necesario también afirmar que nada ha
o Fortuna — la coyuntura que es ella misma yunción, con-junción, devenido más que determinado por el resultado de este devenir: esta
encuentro cuajado (incluso si es inestable) que ya ha tenido lugar, recurrencia misma (Canguilhem). Es decir, que en lugar de pensar la
que remite por su cuenta al infinito de sus causas antecedentes exac­ contingencia como modalidad o excepción de la necesidad, hay que
tamente igual que remite, por otra parte, al infinito de la sucesión de pensar la necesidad como devenir-necesario del encuentro de con­
causas antecedentes su resultado, que es tal individuo definido tingentes. Así es como vemos no sólo el mundo de la vida (los biólo­
(Borgia, por ejemplo). gos se han dado cuenta de esto recientemente, ellos que hubieran
2. — No hay encuentro más que entre series de seres resultantes de debido conocer a Darwin2), sino también el mundo de la historia
varias series de causas B al menos dos, pero este dos prolifera en cuajarse en ciertos momentos felices en la toma de consistencia de
seguida por efecto del paralelismo o del contagio ambiente (como elementos que conjuntan un encuentro susceptible de perfilar tal
decía Bretón, con una profunda sentencia: «los elefantes son conta­ figura: tal especie, tal individuo, tal pueblo. Así es como hay hom­
giosos»!). Pensamos aquí también en Cournot, ese gran desconocido. bres y «vidas» aleatorias, sometidos al accidente de la muerte dada o
3. — Cada encuentro es aleatorio; no sólo en sus orígenes (nada recibida, y sus «obras», y las grandes figuras del mundo a las cuales
garantiza jamás un encuentro), sino también en sus efectos. Dicho de
otro modo, todo encuentro habría podido no tener lugar, aunque
1 Fortaleza de Viana (Navarra).

^ Cf. el hermoso coloquio sobre Darwin, recientemente organizado con gran éxito
! Cf. Feuerbach citando a Plinio el Viejo: «los elefantes no tienen religión». [La en Chantilly por Dominique Lecourt y Yvette Conry [De Darwin au darwinisme.
esencia del cristianismo. Introducción. Primera parte: La esencia del hombre en general] Science et idéologie. Edición a cargo de Yvette Conry, Vrin, Paris 1983 (Nota del editor
{Nota de los Traductores) francés)].
La corriente subterránea... 61 62 Louis Altbusser

el «juego de dados» original de lo aleatorio ha dado su forma, las «regular» (en el sentido en que ello se dice de un jugador honesto:
grandes figuras en las cuales el mundo de la historia ha «tomado pues este mundo juega con nosotros todo lo que quiere), está
forma» (la Antigüedad, la Edad Media, el Renacimiento, la sometido a reglas y obedece a leyes. De ahí la enorme tentación,
Aufklärung, etc.)- Está muy claro que aquél al que se le ocurriera con­ incluso para quien nos concediese las premisas de este materialis­
siderar estas figuras, individuos, coyunturas o Estados del mundo ya mo del encuentro, de refugiarse, una vez que el encuentro ha
sea como el resultado necesario de premisas dadas, ya sea como la «tomado consistencia», en el examen de las leyes resultantes de
anticipación provisional de un Fin, se equivocaría, puesto que des­ esta toma de formas, en el fondo, en la repetición indefinida de
cuidaría el hecho (este «Faktum») de que estos resultados provisio­ estas formas. Pues es también un hecho, un «Faktum», que hay
nales lo son doblemente, no sólo en tanto que van a ser superados, orden en este mundo y que el conocimiento de este mundo pasa
sino también en tanto que habrían podido no advenir jamás, o no por el conocimiento de sus «leyes» (Newton) y de las condiciones
habrían advenido más que como el efecto de un «breve encuentro», de posibilidad, no de la existencia de estas leyes, sino solamente de
si no hubieran surgido en el marco feliz de una buena Fortuna que su conocimiento: ciertamente es una forma de posponer a las
diera su «oportunidad» de «duración» a los elementos cuya conjun­ calendas griegas la vieja cuestión del origen del mundo (que es
ción debe presidir esta forma. Por ahí vemos que no estamos, no vivi­ como procede Kant), pero para mejor ocultar el origen de este
mos en la Nada, sino que, aunque no hay Sentido de la historia (un segundo encuentro que hace posible el conocimiento del primer
Fin que la trascienda de sus orígenes a su término), puede haber sen­ encuentro en este mundo (el encuentro entre los conceptos y las
tido en la historia, ya que este sentido nace de un encuentro efectivo cosas).
y efectivamente feliz, o catastrófico, que es también un sentido. Pues bien, nos guardaremos de esta tentación sosteniendo una
De ahí se siguen consecuencias de gran importancia sobre el sen­ tesis cara a Rousseau, quien decía que el contrato reposa sobre un
tido de la palabra «ley». Se concederá que no hay en absoluto ningu­ «abismo», afirmando así que la necesidad de las leyes resultantes
na ley que presida el encuentro de la «toma de consistencia», pero de la «toma de consistencia» provocada por el encuentro está,
una vez que el encuentro ha «tomado consistencia», es decir, una vez hasta en su mayor estabilidad, amenazada por una inestabilidad
constituida la figura estable del mundo, del único que existe (pues el radical; una tesis que explica esto que tanto nos cuesta compren­
advenimiento de un mundo dado excluye evidentemente todos los der, puesto que atenta contra nuestro sentido de las «convenien­
otros posibles), tenemos que vérnoslas con un mundo estable en el cias», esto es, que las leyes puedan cambiar — no que puedan ser
cual la sucesión de los acontecimientos obedece, a su vez, a «leyes». válidas durante un tiempo y no para la eternidad (en su crítica de
Poco importa entonces que el mundo, el nuestro —no conocemos la economía política clásica Marx fue justo hasta ahí, como com­
ningún otro: de entre la infinidad de atributos posible tan sólo prendió perfectamente su «crítico ruso» 6 a cada época histórica sus
conocemos el entendimiento y el espacio {«Faktum») hubiera podi­ leyes, pero no más allá, como veremos a continuación), sino que pue­
do decir Spinoza— haya nacido del encuentro de los átomos que dan cambiar a cada instante, revelando el fondo aleatorio sobre el1
caen en la lluvia epicúrea del vacío, o del «big bang» del que
hablan los astrónomos; es un hecho que tenemos que vérnoslas
con este mundo y no con otro, es un hecho que este mundo es 1 Cf. Epílogo a la segunda edición alemana de E l Capital.
La corriente subterránea... 63 64 Louis A hausser

que se sostienen, sin ninguna razón, es decir, sin fin inteligible. Ahí Para dar una idea de la corriente subterránea del materialismo del
está la sorpresa (no hay toma de consistencia más que bajo la sorpresa), lo encuentro, tan importante en Marx, y de su represión bajo la forma
que tanto asombro causa al espíritu ante los grandes desencadena­ de un materialismo de la esencia (filosófica), es preciso hablar del
mientos, dislocaciones y suspensiones de la historia, ya sea de los modo de producción. Nadie negará la importancia de este concepto
individuos (ejemplo: la locura), ya sea del mundo, cuando los dados que no sólo sirve para pensar toda «formación social», sino también
son lanzados de repente sobre la mesa, o las cartas redistribuidas sin para peñodizar la historia, esto es, para fundar una teoría de la histo­
previo aviso, los «elementos» desencadenados en la locura que los ria1.
deja libres para nuevas «tomas de consistencia» sorprendentes De hecho, encontramos en Marx dos concepciones del modo de
(Nietzsche, Artaud). Nadie pondrá dificultades para reconocer ahí producción que no tienen nada que ver la una con la otra.
uno de los rasgos fundamentales de la historia de los individuos o del La primera se remonta a La situación de la clase obrera de Engels,
mundo, de la revelación que convierte a un individuo desconocido que es su verdadero iniciador: volvemos a encontrarla en el célebre
en un artista o un loco, o las dos cosas a la vez, como cuando apare­ capítulo sobre la acumulación primitiva, la jornada de trabajo, etc, y
cen simultáneamente Hölderlin, Goethe y Hegel, cuando estalla y en diversas ocasiones puntuales sobre las que volveré. También
triunfa la Revolución francesa hasta el desfile de Napoleón, el «espí­ podemos encontrarla en la teoría del modo de producción asiático.
ritu del mundo» bajo las ventanas de Hegel en Jena, cuando la La segunda se encuentra en los grandes pasajes de E l Capital sobre la
Comuna brota de la traición, cuando explota 1917 en Rusia y, con esencia del capitalismo, así como del modo de producción feudal y
más razón, la «Revolución cultural» en la que verdaderamente casi del modo de producción socialista, sobre la revolución y, de forma
todos los «elementos» fueron liberados en espacios gigantescos, pero más general, en la «teoría» de la transición o forma de paso de un
en la que el encuentro duradero nunca se produjo — como durante modo de producción a otro. Todo lo que se ha podido escribir en
aquel 13 de mayo1 en el que los obreros y estudiantes, que hubieran estos últimos veinte años sobre la «transición» del capitalismo al
debido juntarse (¡qué resultado habría tenido lugar!), se cruzaron en comunismo va más allá de lo comprensible y enumerable.
dos largos cortejos paralelos sin juntarse, evitando a toda costa juntar­ En innumerables pasajes, y no precisamente por azar, Marx nos
se, conjuntarse, unirse en una unidad que indudablemente nunca ha explica que el modo de producción capitalista ha nacido d e l«encuen­
tenido precedente (la lluvia en sus efectos evitados)?- tro» entre el «hombre de los escudos» y el proletario desprovisto de
todo excepto de su fuerza de trabajo. «Sucede» que este encuentro ha
tenido lugar, y ha «tomado consistencia», lo que quiere decir que no
se ha deshecho inmediatamente después de hacerse, sino que ha per­
durado y se ha convertido en un hecho consumado, el hecho consu­
mado de este encuentro, provocando relaciones estables y una nece­
1 Referencia a la mayor de las manifestaciones que se produjeran en París en mayo
sidad cuyo estudio proporciona «leyes», evidentemente tendenciales:
de 1968.2

2 A partir de aquí, Althusser reproduce casi literalmente un texto inédito anterior 1 Cf. Lire Le Capital, I [traducción al español: Para Leer E l Capital. Siglo XXI,
titulado «Sur le mode de production». 1969 (N. de T.j]
L a corriente subterránea... 65 Louis AÍt^msser
66

las leyes del desarrollo del modo de producción capitalista (ley del ción financiera (la del «hombre de los escudos»), la acumulación de
valor, ley del intercambio, ley de las crisis cíclicas, ley de la crisis y la los medios técnicos de producción (herramientas, máquinas, expe­
descomposición del modo de producción capitalista, ley del paso — riencia de los obreros en la producción), la acumulación de la mate­
transición— al modo de producción socialista bajo las leyes de la ria de la producción (la naturaleza) y la acumulación de los produc­
lucha de clases, etc.). Lo que importa en esta concepción no es tanto tores (los proletarios desprovistos de todo medio de producción).
el derivar de las leyes, digamos, de una esencia, sino el carácter alea­ Estos elementos no existen en la historia para que exista un modo de
torio de la «toma de consistencia» de este encuentro que da lugar al hecho producción, sino que existen en ella en estado «flotante» antes de su
consumado, del cual pueden enunciarse leyes. «acumulación» y «combinación», siendo cada uno de ellos el pro­
Puede decirse esto de otra forma: el todo que resulta de la «toma ducto de su propia historia, pero no siendo ninguno el producto
de consistencia» del «encuentro» no es anterior a la «toma de con­ teleológico ni de los otros ni de su historia. Cuando Marx y Engels
sistencia» de los elementos, sino posterior, de modo que hubiera dicen que el proletariado es «el producto de la gran industria», dicen
podido no «tomar consistencia» y, con más razón, «el encuentro una gran tontería, situándose en la lógica del hecho consumado de la
hubiera podido no tener lugar». Todo esto se dice, si bien con reproducción en escala ampliada del proletariado, y no en la lógica alea­
medias palabras, en la fórmula de Marx, cuando nos habla tan fre­ toria del «encuentro» que produce (y no reproduce) el proletariado
cuentemente del «encuentro» (das Vorgefundene) entre el hombre (como uno de los elementos que constituyen el modo de producción)
de los escudos y la fuerza de trabajo desnuda. Podríamos incluso ir a partir de esta masa de hombres desprovistos y desnudos. Al hacer­
más lejos y suponer que el encuentro ha tenido lugar en la historia en lo, pasaron de la primera concepción del modo de producción, his-
numerosas ocasiones antes de su «toma de consistencia» occidental, pero tórico-aleatoria, a una segunda concepción, esencialista y filosófica.
debido a la falta de un elemento, o de la disposición de los ele­ Me repito, pero es necesario: lo destacable en esta primera con­
mentos, no «tomó consistencia». Son testigos esos Estados italia­ cepción, aparte de la teoría explícita del encuentro, es la idea de que
nos de los siglos X III y XIV en el valle del Po, donde hubo hom ­ todo modo de producción está constituido por elementos independien­
bre de los escudos, tecnología y energía (las máquinas movidas por tes los unos de los otros, siendo cada uno el resultado de una historia
la fuerza hidráulica del río) y mano de obra (los artesanos en paro) propia, sin que exista ninguna relación orgánica y teleológica entre
y donde, sin embargo, el fenómeno no «tomó consistencia». estas diversas historias. Esta concepción culmina en la teoría de la
Faltaba sin duda (quizá, esto es una hipótesis) aquello que acumulación primitiva, de la que Marx, inspirándose en Engels, ha
Maquiavelo buscaba desesperadamente bajo la forma de llamada a extraído un magnífico capítulo en El Capital, su verdadero núcleo.
un Estado nacional, es decir, un mercado interior capaz de absorber Vemos en él producirse un fenómeno histórico cuyo resultado cono­
la producción posible. cemos, la expropiación de los medios de producción de toda la pobla­
Por poco que se reflexione sobre los requisitos de esta concepción, ción rural en Gran Bretaña, pero cuyas causas no tienen relación con
resulta claro que establece una relación muy particular entre la el resultado y sus efectos. ¿Era para procurarse grandes fincas de
estructura y los elementos que se supone que debe unir. Porque ¿qué caza? ¿O campos interminables para la cría de ovejas? No sabemos
es un modo de producción? Con Marx hemos dicho: una «combina­ exactamente (quizá lo sepan las ovejas) cuál es la razón que prevale­
ción» particular entre elementos. Estos elementos son la acumula­ ció en este proceso de expropiación violenta, ni, sobre todo, en su
La corriente subterránea... 67 Louis A[tousser
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violencia; y, por otra parte, poco importa: el hecho es que este pro­ «toma de consistencia» para ya no pensar más que en el hecho consuma­
ceso tuvo lugar y desembocó en un resultado que inmediatamente fue do de la «toma de consistencia» y, así, en su predestinación. En esta hipó­
desviado de su presunto fin posible por los «hombres de los escudos» tesis ningún elemento tiene ya historia independiente, sino una his­
en busca de mano de obra miserable. Esta desviación es la prueba de la toria que tiene un fin, el de adaptarse a otras historias, la historia que
no-teleología del proceso y de la inscripción de su resultado en un pro­ forma un todo que reproduce sin cesar sus propios elementos (propios
ceso que lo ha hecho posible y que le era completamente extraño. de su engranaje). Así, Marx y Engels pensarán el proletariado como
Además, nos equivocaríamos si creyéramos que este proceso de «producto de la gran industria», «producto de la explotación capita­
encuentro aleatorio se limita al siglo XIV en Inglaterra. Ha prose­ lista», «producto del capitalismo», confundiendo la producción de prole­
guido siempre y prosigue todavía en nuestros días, no sólo en los países tariado con su reproducción capitalista en escala ampliada, como si el
del tercer mundo, que son a este respecto el ejemplo más patente, modo de producción capitalista hubiera preexistido a uno de sus ele­
sino también en nuestros países, con la expropiación de los produc­ mentos esenciales, la mano de obra expropiada1. Aquí las historias
tores agrícolas y su transformación en Obreros Especializados (cf. propias ya no flotan en la historia, como los átomos en el vacío, aprove­
Sandouville12:bretones en las máquinas), como un proceso constan­ chando un «encuentro» que podría no tener lugar. Todo está consu­
te que inscribe lo aleatorio tanto en el núcleo de la supervivencia y el mado de antemano, la estructura precede a sus elementos y los reproduce
fortalecimiento del «modo de producción» capitalista, como, por para reproducir la estructura. Lo que vale para la acumulación primiti­
otro lado, en el núcleo del supuesto «modo de producción» socialis­ va vale también para el hombre de los escudos. ¿De dónde viene este
ta mismo^. Y ahí, incesantemente, vemos a los investigadores mar- hombre de los escudos en Marx? No se sabe exactamente: ¿Del capi­
xistas retomar el fantasma de Marx, y pensar la reproducción del pro­ talismo comercial?^ [...] (misteriosa expresión que ha dado lugar a
letariado creyendo pensar su producción, pensar el hecho consuma­ muchos contrasentidos sobre el «modo de producción mercantil»),
do pensando pensar en su devenir-consumado. ¿de la usura?^ ¿de la acumulación primitiva?*1 ¿del pillaje en las colo­
De hecho, hay en Marx base para caer en este error, cuando éste se nias? Poco importa en realidad para nosotros, pero es de una impor­
deja llevar por la otra concepción del modo de producción capitalis­ tancia singular en Marx — lo esencial es el resultado: que el hombre de
ta: una concepción totalitaria, teleológica y filosófica. los escudos existe. Marx abandona esta tesis en favor de la tesis de una
En este caso, nos las seguimos viendo con todos los elementos de
los que ya se ha tratado, pero ahora éstos son pensados y dispuestos
como si estuvieran por toda la eternidad destinados a entrar en com­ 1 Sobre este punto, el Cathéchisme communiste de Engels [«Dossiers partisans», pre­
binación, a concordar entre sí y a producirse recíprocamente como sentación de Robert Paris, Maspero, Paris, 1965 (Nota del editorfrancés)] no deja lugar
a dudas: el proletariado es el producto de la «revolución industrial».
sus propios fines y/o complementos. En esta hipótesis, Marx deja
deliberadamente de lado el carácter aleatorio del «encuentro» y de su ^ Cf. K. Marx, E l Capital, Libro III, capítulo XX. Consideraciones históricas sobre el
capital comercial.

1 Referencia a las fábricas Renault de Sandouville. 1 Cf. K. Marx, E l Capital, Libro III, capítulo XXXVI. Condiciones precapitalistas.

2 Ver la muy notable obra de Charles Bettelheim: Les Luttes de classes en U RSS. 1 Cf. K. Marx, E l Capital, Libro I, capítulo XXIV. La llamada acumulación ori­
Vol. IV ginaria.
La corriente subterránea... 69 Louis AÍtlyusser
70

mítica «descomposición» del modo de producción feudal y del nacimiento de za ser revoluciones capitalistas 1pero no lo son, o salir de ciertos pro­
la burguesía en el núcleo de esta descomposición, lo que introduce nuevos blemas que son misterios: ¿en qué consiste esta clase extraña que es
enigmas. ¿Qué demuestra que el modo de producción feudal se debi­ la burguesía, capitalista por su porvenir, pero formada mucho antes
lite y se descomponga para desaparecer? —fue necesario esperar del capitalismo en el feudalismo?
hasta 1850-1870 en Francia para que el capitalismo se instaurase—. Del mismo modo que no hay en Marx una teoría satisfactoria del
Y sobre todo, dado que ella sería el producto de esto, ¿qué demues­ supuesto modo de producción mercantil, ni con mayor motivo una
tra que la burguesía no sería una clase del modo de producción feudal que teoría satisfactoria del capitalismo comercial (y financiero), no hay en
sella el fortalecimiento y no la decadencia de éste? Estos enigmas de El Marx una teoría satisfactoria de la burguesía, salvo evidentemente para
Capital se concentran ambos en un mismo objeto: el capitalismo quitarse de encima las dificultades, un uso sobreabundante del adje­
financiero y el capitalismo comercial por un lado, y la naturaleza de tivo «burgués», como si un adjetivo pudiera hacer las veces de con­
la clase burguesa, que sería el soporte y la beneficiaría de éstos, por cepto de lo negativo puro. Y no es por casualidad que la teoría de la
otro. burguesía como forma de descomposición antagonista del modo de
Si como definición del capital nos contentamos sencillamente con producción feudal sea coherente con la concepción del modo de pro­
hablar, como hace Marx, de acumulación de dinero que produce un ducción de inspiración filosófica. La burguesía, en efecto, no es más
excedente, un beneficio en dinero (D = D+Á D), entonces se puede que el elemento predestinado a unir todos los otros elementos del modo
hablar de capitalismo financiero y comercial. Pero éstos son capita­ de producción, que realizará con ellos otra combinación, la del
lismos sin capitalistas, capitalismos sin explotación de mano de obra, modo de producción capitalista. Esta es la dimensión del todo y de
capitalismos donde el intercambio toma más o menos la forma de un la teleología, que asigna a cada elemento su papel y su sitio en el
descuento que no obedece a la ley del valor sino a prácticas de pilla­ todo, y los reproduce en su existencia y en su papel.
je directo o indirecto. Y ahí encontramos, sin posibilidad de eludir­ Estamos en las antípodas de la concepción del «encuentro entre la
la, la gran cuestión de la burguesía. burguesía» (elemento tan «flotante» como los otros) y otros elemen­
La solución de Marx es simple y desarma a cualquiera. La bur­ tos flotantes para constituir un modo de producción original: el
guesía es producida, como clase antagonista, por la descomposición capitalismo. No hay entonces encuentro, pues la unidad precede a
de la clase dominante feudal. Volvemos a encontrar aquí el esquema los elementos, pues no hay ese vacío necesario para todo encuentro ale­
de la producción dialéctica, el contrario que produce su contrario. atorio. Cuando se trata todavía de pensar el hecho a consumar, Marx
Volvemos a encontrar también la tesis dialéctica de la negación, este se coloca deliberadamente en el hecho consumado y nos invita a
contrario que debe sustituir naturalmente, por una necesidad con­ seguirle por las leyes de su necesidad.
ceptual, a su contrario y devenir dominante. ¿Qué ocurre si no fue Nosotros habíamos definido, siguiendo a Marx, un modo de
así? ¿Qué ocurre si la burguesía, lejos de ser el producto contrario del producción como una doble combinación (Balibar), la de los
feudalismo, era la culminación y como el apogeo, la forma más alta medios de producción y la de las relaciones de producción (¿?). Si
y, por así decirlo, el perfeccionamiento de éste? Esto permitiría salir
de muchos problemas que conducen a callejones sin salida, como * Al ser claramente insatisfactorio el montaje realizado aquí por Althusser, el edi­
esas revoluciones burguesas, como la francesa, que deberían por fuer­ tor francés ha decidido restablecer en este punto la redacción original del texto titu­
lado «Sur le mode de production».
L a corriente subterránea... 71

queremos ir más lejos en este análisis debemos distinguir en él los


elementos «fuerzas productivas, medios de producción, poseedo­
res de los medios de producción, productores con o sin medios,
naturaleza, hombres, etc.». Aquello que constituye, entonces, al
modo de producción es una combinación que somete las fuerzas
productivas (los medios de producción, los productores) a la domi­
nación de una totalidad, en la que son los propietarios de los
medios de producción quienes son dominantes. Esta combinación
es de esencia, está fijada de una vez por todas, corresponde a un
centro de referencias; sin duda puede deshacerse, pero en su reti­
rada conserva siempre la misma estructura. Un modo de produc­
ción es una combinación porque es una estructura que impone su
unidad a una serie de elementos. Lo que importa en el modo de
producción, más que tal o cual hecho, es el modo de dominación de
la estructura sobre sus elementos. Así, en el modo de producción
feudal, es la estructura de dependencia la que impone su sentido a los
elementos: la posesión, por parte del señor, de la hacienda (inclui­
dos los siervos que trabajan en ella) y de los instrumentos colecti­
vos (el molino, la granja, etc.), el papel subordinado del dinero,
hasta el momento en que las relaciones monetarias se impongan a
todos. Así, en el modo de producción capitalista, la estructura de
explotación se impondrá a todos sus elementos, la subordinación
de los medios de producción y de las fuerzas productivas al proce­
so de explotación, la explotación de los trabajadores despojados de
medios de producción, el monopolio de los medios de producción
en las manos de la clase capitalista, etc.

[Fuente : «Le courant souterrain du matérialisme de la rencontre»


(1982), en Louis Althusser, Ecrits philosophiques et politiques, textos reu­
nidos y presentados por François Matheron, tomo I, Stock/IMEC,
Paris, 1994, pp. 539-579. Traducción: Luis Alegre Zahonero y
Guadalupe González Diéguez]

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