Caracterización El turbulento periodo político que comenzó con la abdicación de O’Higgins
de los periódicos
significó un despliegue nunca antes visto en la cantidad y frecuencia de los
periódicos. El autoritarismo del gobierno había dejado paso a una libertad
de prensa de facto que los chilenos nunca habían experimentado. Solo
marzo de 1823 registró seis publicaciones nuevas, además del“Mercurio de
Chile”, que cerraría pronto, y de la Gaceta ministerial, que pasó a llamarse
“Boletín de órdenes y decretos del gobierno” y ya no tuvo la impronta
política del periodo anterior. De acuerdo al historiador Gonzalo Piwonka,
en estos años se registran sobre cien publicaciones.
El origen de este entusiasmo editorial ya no estaba tanto en la
necesidad de ganar para la opinión pública la causa de una gran idea (la
independencia o la estabilidad del gobierno). Diferencias más o menos, ya
no existían redactores partidarios del rey de España. El río revuelto de la
política generaba publicaciones rápidas, de alcance limitado, que nacían y
morían con objetivos específicos: escarnecer una nueva ley, atacar a cierto
adversario, responder rápidamente a lo que se decía en otra publicación. La
política se imponía a lo político1.
Las imprentas llegarán a las provincias, y en Santiago, aunque la
vieja imprenta de Hovel se mantuvo activa hasta la década de 1850, habrá
nuevas máquinas para satisfacer la demanda de imprimir periódicos. Los
viejos manuscritos rápidamente eran historia antigua: la clase política
necesitaba llegar a más personas de las que se encontraba a la salida de la
misa y o en la tertulia2.
Sin embargo, la prensa todavía necesitará al Estado para sobrevivir.
El mecanismo que hizo posible todo esto fue una tradición, posteriormente
devenida en decreto, de que el gobierno tenía la obligación de suscribirse a
los periódicos, lo que garantizaba un “poder comprador” para los
políticos-periodistas que se embarcaban en el negocio editorial. En
noviembre de 1825, durante el breve paso de los federalistas por el poder,
se dictó un decreto supremo que obligó al Estado a suscribirse 200
ejemplares de todo cuanto se publicase. Esta costumbre venía de la época
de O’Higgins; el decreto simplemente ampliaba la cantidad de ejemplares.
Los primeros escándalos en la vertiente industrial de los periódicos
ocurrirán, justamente, por la discrecionalidad con que el gobernante de
turno dispondría la compra de suscripciones: para 1827, un nuevo decreto
había limitado los doscientos ejemplares solo a aquellos periódicos que el
gobierno calificara “dignos”.
Así, los periódicos añadirán a los temas políticos, uno nuevo: el de
su propia sobrevivencia a través del sistema de suscripciones3.
En este escenario, la otra prensa, aquella que había debutado con
“Mercurio de Chile”, también florecerá. Algunos de los
redactores-publicistas-periodistas-empresarios-políticos del periodo
llegarán a poseer dos versiones: serán los guerrilleros y operadores en
1
Buscar diferencia entre le politique y la politique.
2
PIWONKA, Gonzalo. Orígenes de la libertad de prensa en Chile: 1823 – 1830. Santiago, RIL: 2000. P. 37
3
Piwonka, Prensa periódica y libertad de imprenta.
ciertas publicaciones, y meses más tarde serán también educadores,
ensayistas e intelectuales en otras.
Si hay una “causa” que es común a la prensa del periodo, es la de la
“educación del pueblo”, tanto en el sentido político como en el económico,
científico y moral. Esta educación es, por supuesto, ineficiente para llegar a
las grandes masas, que son analfabetas, pero es importante para la propia
elite, que podrá sopesar en las páginas de diferentes publicaciones, la
validez o no de las ideas que vienen de Europa.
Los periódicos darán tribuna a episodios que se inscriben en
asuntos mayores: ellos reflejarán las tensiones de una sociedad que tiene
que reponerse de la catástrofe económica y social que significó la guerra de
la independencia y no sabe muy bien cómo hacerlo. Hasta se pregunta, un
tanto estupefacta, si tanto esfuerzo valió la pena4. El viejo modelo colonial
hasta entonces había contenido los conflictos entre las dos grandes zonas
productivas agrícolas: el centro (Santiago) y el sur (Concepción). El modelo
republicano prometía libertad e igualdad, pero no podía garantizar
fraternidad. Estaban los que querían un país centralizado, con un gobierno
fuerte, en que las decisiones del gobernante estuvieran por sobre la
Constitución –una versión republicana del pasado colonial--, y aquellos
partidarios de un país en que el poder estuviera diluido en sus variantes
regionales y entre los órganos del Estado, y que a la postre respondiera a
los intereses que se jugaron la vida en la revolución de la década pasada.
Estaban también quienes sostenían modelos republicanos liberales como la
mejor forma de gobierno, y quienes añoraban el viejo orden de las cosas.
Todas estas dicotomías, tras dos constituciones fallidas, se resolverán a las
patadas en 1830, con el triunfo del bando que quería centralismo y
gobierno fuerte5.
El periodismo será bullente, rápido, a veces rabioso; pero no se lo
debe confundir con el concepto moderno. La noticia no tiene centralidad en
este modelo. Ella es un asunto más bien eventual en los periódicos; una
especie de ornamento, una pátina de modernidad. Ellas serán extraidas de
cartas y conversaciones, y será todo: estos políticos que sacan periódicos
estarán mucho más preocupados de redactar ensayos que los eximan de
culpa o endosen responsabilidades políticas a los rivales. Las grandes
noticias, el fracaso de la primera expedición que intentó arrebatar Chiloé al
virrey del Perú en 1824, o los inútiles esfuerzos del gobierno por acabar con
la banda de los hermanos Pincheira –el último respiro del ejército del Rey,
reducido a poderosos cuatreros que a la par de violar, matar y cometer
abigeato, tenían una agenda política–, seguirán circulando por la vía oral e
informal más que en las publicaciones.
Ejemplo de un Polémicas de este tipo fundaban periódicos, pero pese a su importancia
“gacetero” con un
objetivo relativa, se inscribían dentro de un marco político mayor. Ramón Freire era
específico. un gobernante que encabezaba una dictadura militar que llenaba un vacío
de poder y en su origen virtualmente no contaba con oposición política: era
4
Buscar cita
5
Salazar
un regreso supuestamente provisorio del poder al ejército. Su gobierno
debía fundar las bases del orden nuevo, pero la constitución “moralista” de
Juan Egaña, aprobada en diciembre de 1823, que interpretaba al bando
conservador, resultó ser un dolor de cabeza para todos, incluido el propio
Freire, que la detestaba por impracticable. Los partidarios más decididos
de la compleja Constitución eran el propio Juan Egaña y su hijo Mariano,
por entonces ministro de Interior y Relaciones Exteriores. El asunto se
resolvió en julio de 1824, cuando una “asonada popular” –la toma de los
edificios públicos por parte del “populacho”–, resultó en que Freire
terminó gobernando mediante decretos.
Pero este acto político de “captura” del poder no fulminó a la prensa
adversaria: desde “La Abeja Chilena” (junio de 1825, apenas ocho números,
circulación eventual), Juan Egaña realizó una defensa cerrada de su obra, y
un ataque nada de encubierto contra la tendencia política que intentaba
ocupar el espacio: el federalismo impulsado por José Miguel Infante. Egaña
tuvo también otra pieza en el tablero del ajedrez político: su hijo Mariano,
que acababa de caer en desgracia y había sido enviado de embajador a
Inglaterra, lo que en la práctica significó el fin del sostén político de la
constitución de 1823. Una carta que el padre le escribe al hijo da cuenta de
sus intenciones con respecto a La Abeja Chilena:
Estoy de gacetero escribiendo un papel que titulo La Abeja Chilena. Lo
hice con dos objetos. El primero, hablar de los servicios de tu legación
(embajada), y así empecé porque temí que en el ministerio de Vicuña
quisieran deslucirte, o los demagogos emprendiesen a hablar contra ti. El
segundo fue contestar a Blanco6, como me encargas (…), y acreditar la
constitución (…)
Egaña padre es transparente en esta carta con respecto a por qué funda un
medio de comunicación; especificidades afuera, todos los
redactores-periodistas tienen también estas agendas privadas que intentan
conjugar en el espacio público del periódico impreso. Desde luego, esta es
la intención del puntapié inicial. En el caso de “La Abeja Chilena”, que dura
más de un número, los intereses de Egaña se moverán desde la salvaguarda
de los intereses de su hijo, a combatir a los partidarios de la causa federal y
a apuntalar lo que queda de su propia constitución, lo cual generará otra
polémica con el embajador de Estados Unidos, Samuel Larned, que a su vez
publicará un “periódico” de un solo número en defensa de su sistema de
gobierno.
“El Hambriento” y Pero Chapuis no estaba solo. Su “colchón” a la llegada a Chile fue el
Diego Portales
grupo conocido como “estanquero”, que era liderado por un hombre de
6
La embajada. “Vicuña” es Francisco Ramón Vicuña, quien lo sucedió en el cargo y era uno de los adalides,
junto con Infante, de la idea federal. Se refiere al periodista español José María Blanco “White”, basado en
Londres, que había criticado a su hijo Mariano en la revista trimestral Variedades o Mensajero de Londres, de
amplia difusión en Hispanoamérica. Ver DONOSO, Ricardo, Las ideas políticas en Chile. P. 90.
carácter decidido, humor corrosivo y gran ojo comercial: Diego Portales7.
El fundador del “orden portaliano” que durará casi cien años, para 1827
está dando sus primeros pasos en la política. No es un desconocido. El
gobierno de Freire había heredado una gran mochila financiera: una
gigantesca deuda contraída por O’Higgins con la city de Londres. Juan
Egaña, que para 1824 era el encargado de las finanzas públicas, diseñó un
esquema para pagarla: entregaría el estanco (monopolio) del tabaco a
particulares, quienes en la práctica serían quienes pagaran la deuda. Para
hacer el negocio atractivo, el Estado entregaría préstamos y dádivas
tributarias a los particulares. Portales y su socio José Manuel Cea fueron
los supuestamente afortunados depositarios del control del tabaco, para
entonces un bien de absoluta primera necesidad. Pero el estanco sería un
mal negocio para Portales: el contrabando y el cultivo ilegal harían
imposible que pagara siquiera la primera cuota del “empréstito inglés”, de
manera que el Estado retiró la concesión. Con Portales en la quiebra,
comenzó entonces un complejo proceso de tira y afloja político y económico
que podría explicar por qué Chapuis, casi sin cambiarse la ropa que traía en
el barco y sin tener nada que ver con Chile más que este lazo con Portales,
comenzó su campaña antigubernamental en “El Verdadero Liberal”. El
grupo económico se había transformado en un grupo político, los
“estanqueros”, que aborrecía al bando liberal que le había quitado el
monopolio, y a quienes tildaba de “pipiolos”: una manera despectiva de
llamarlos novatos, inexpertos o tontos.
Aparentemente, hacia finales de 1827, Portales y sus amigos –los
hermanos Manuel y Ramón Rengifo, José Manuel Gandarillas, Manuel de
Salas, Diego José Benavente– asumían que era mejor tener una voz
“propia”. Era un momento clave para su sobrevivencia económica, puesto
que estaban en pleno juicio contra el gobierno. Además, habría elecciones
de diputados en febrero de 1828, y había que influir. Así, fundaron el
periódico que, con una vida de apenas diez ejemplares, se transformaría en
el ícono de la prensa guerrillera cortoplacista y defensora de sus intereses:
“El Hambriento” (diez ediciones a partir de diciembre de 1827).
Es una lástima que buena parte del sentido de los textos del
“Hambriento” se haya perdido con el paso de los años. Desde su lema,
publicado debajo del título, “El Hambriento” daba cuenta del tono que
esperaba a los lectores. Se definía a sí mismo como un “papel público sin
periodo, sin literatura, impolítico, pero provechoso y chusco”. Y luego, en
latín, estipulaba que la necesidad tenía cara de hereje. En los textos
principales, el o los redactores daban vida a un narrador en primera
persona, un “hambriento” que aseguraba que escribía simplemente para
vender los ejemplares y tener recursos con los que alimentarse. Y aunque
pertenecían a un bando definido, los redactores no se limitaban a disparar
contra los enemigos:
7
SOTO ROA, Freddy. Diego Portales y la Educación. En Pensamiento Educativo, Vol 34, junio 2004, pp 28 .-
49.
No soy pelucón, ni pipiolo ni estanquero. Para lo primero soy pobre y sin
egoísmo, porque no tengo sobre qué recaiga, cualidades contrarias para
obtener ese alto rango. Para lo segundo, soy muy cobarde, carezco de
impavidez y de la instrucción necesaria para contarme en el número de
los directores de la patria, y para lo tercero, no soy caña de trigo ni
cebada para formar gavilla, y no me quiero nada con chalanes a quienes
todo el día les están diciendo la mala palabra, y no tienen disposición
para cubrir el honor de su madre8.
“El Hambriento”, además de cómico, era una especie de chicota que
Portales usaba para aleonar a su propio bando. El texto daba a entender
que si los estanqueros querían dejar de ser simples “chalanes”, esto es,
comerciantes de baja estofa, debían alinearse en una trinchera.
Los mecanismos retóricos del “Hambriento” fueron los ya
consabidos. Además de las piezas principales, que redactaba el supuesto
famélico, había letrillas, poesías, rimas, adivinanzas y cuentos. En esto, la
palabra impresa repetía simplemente los mecanismos de entretención oral
que se empleaban en las reuniones sociales del pueblo y la elite. Los
redactores del periódico recurrían con fruición a los sobrenombres para
referirse a la víctima de turno; sobrenombres que eran ampliamente
conocidos en la sociedad.
Buena parte del contenido de “El Hambriento” gira en torno a
defenderse de los ataques que recibía en otros medios. Encontraría la
horma de su zapato en “El Canalla” –creación de los liberales Muñoz
Bezanilla, el cura Fariña y el farmacéutico Francisco Fernández, entre
otros-, que apareció en enero de 1828 y tuvo apenas cuatro números, pero
aparentemente fue una reacción al éxito editorial que habían tenido los
estanqueros.
Resulta paradójico detenerse en periódicos que duraron tan poco
tiempo, pero es que todos son parecidos, y prestos a elegir, la pugna
“Hambriento-Canalla” es el ejemplo clásico de este tipo de prensa.
Vicuña Mackenna9 da cuenta del corrosivo nivel de ironía y mala
leche de “El Hambriento”, y adjudica a Diego Portales la directa escritura
de algunas piezas: las “adivinanzas”, en las que caracteriza al propio
presidente Pinto; las “noticias marítimas”, en las que hace figurar como
barcos a los pipiolos –las mercaderías que traen estos barcos son sus
defectos–; los “juegos de prendas” y “las amargas presentaciones judiciales
sustentadas por el escribano Perales”. La mala leche y la ironía se han
perdido en el tiempo: hoy resulta difícil identificar a los depositarios de las
burlas y entender los sarcasmos –que acaso incluyen alusiones sexuales–,
pero aun así es posible apreciar algo del ingenio panfletario de “El
Hambriento”.
JUEGO DE PRENDAS
8
El Hambriento. prospecto. 20 de diciembre de 1827. p. 1.
9
Vicuña Mackenna, Benjamín. Introducción a la historia de los diez años de la administración Montt. D. Diego
Portales (con más de 500 documentos inéditos). Valparaíso. Imprenta y librería de El Mercurio, de Santos
Tornero. 1862.
EN QUE SE APURA LA LETRA P.
Forman la rueda las personas siguientes – La Cucaracha, el Patrón, Don
Nefando, don Eleuterio, Garra-muño, el Tribuno, el Boticario, don
Negocio, don Alano, don Sapo y el Chambeco. Lleva el juego doña Felipa
la repostera, y a quien ella señale con el dedo, deberá contestar la
pregunta con un sustantivo o adjetivo que empiece con P.
DA. FELIPA. Ha llegado un barco cargado de…
BOT. Pingajos.
DA. FELIPA. Cargado de…
TRIB. Palanganas, pobladas, plebiscito (…)
DA. FELIPA. Cargado de…
GARR. Plomos. (…)
DA. FELIPA. Cargado de…
DON ELEU. Pantalla, poetastro, poesías, pareados endecasílabos de
catorce sílabas.
Casi todos los sobrenombres corresponden a políticos del bando pipiolo.
Hay algunos que luego serán pelucones, pero para la época de “El
Hambriento”, la alianza entre los estanqueros y los pelucones aún no se
fragua del todo. De acuerdo a unas anotaciones sobre las páginas de la
reedición de “El Hambriento” que se puede consultar en la versión que hay
en Google (Harvard College Collection), algunos de estos personajes serían
el redactor del gobiernista “La Clave” José Tomás Argomedo Gómez (Don
Nefando), el equipo entero de “El Canalla”: el poeta Manuel Magallanes
Otero (Eleuterio), Santiago Muñoz Bezanilla (Garra-muño), Martín Orjera
(el Tribuno) y Francisco Fernández (el Boticario, profesión que
efectivamente poseía), el canónigo o’higginista y por lo tanto anti-pipiolo
Casimiro Albano, que es jefe de la comisión permanente de inspección de
diarios (¿y tal vez por eso le apodan “don Sapo”?), y los liberales José
Ignacio Izquierdo (el Chambeco, o sea el tonto) y, aparentemente, Felipe
Santiago del Solar (doña Felipa la repostera).10 Nótese que el poeta
Magallanes-Eleuterio aporta al juego con “endecasílabos” de catorce
sílabas, en circunstancias que dichos versos tienen once. Cuando llega el
momento de asignar penitencias a quienes han fallado en mencionar
cargamentos que empiecen con P, el redactor aprieta el acelerador: por
ejemplo, el Boticario (Fernández), en castigo a haber dado una respuesta
que empieza con otra letra, tiene que ir a la “berlina”, lo que aparentemente
es un juego de palabras entre subirse a un carruaje, sentarse en una picota
y sufrir una penitencia. ¿La razón? El grupo se la canta:
…por aspirante, por calumniador, por metido a camisa de once varas, por
erudito a la violeta [ser un intelectual superficial], por político, por
folletista, por canonista, por jurisconsulto, por economista, por buen
mozo [¿una ironía?] y por camueso [ignorante].
Los apodos se repiten en varios textos de “El Hambriento”. Especial
animadversión hay contra Magallanes. Su sobrenombre “Eleuterio”
10
Los datos vienen de una búsqueda de las reseñas parlamentarias de la Biblioteca Nacional.
proviene de La comedia nueva, la obra española de Leandro Fernández de
Moratin11 en la que el personaje “Eleuterio”, novel dramaturgo, llega tarde
al estreno de su obra para descubrir que el público la aborrece.
SEGUNDO SONETO DEDICADO A D. ELEUTERIO
Un poeta refinado badulaque
(Esto se lo he de contar aunque se pique)
Consiguió por favor tras de un tabique,
(Quiera Dios que su cólera se aplaque)
Dejando la chaqueta, manta o fraque,
(Temo que algún versito me dedique)
Que militar lo hicieran de alfeñique.
(Ahora sí merezco que me atraque)
Salió en fin con espada o con estoque,
A campaña el cuitado zarambeque,
Creyendo iba a tomar polvoraduque;
Mas luego que de guerra se oyó el toque,
Se puso mi oficial como un tembleque,
Y echó a escapar volando más que un tiuque.
Magallanes Otero había estado afiliado al bando carrerista, y
participado –y librado con vida– en la desastrosa batalla de Rancagua, en
octubre de 1814. “El Hambriento” sencillamente se mofaba de algo
imposible: el heroísmo de Magallanes estaba probado. Pero al redactor de
este soneto poco le importaba.
Hay que decir que no hay unanimidad en la historiografía respecto
al equipo redactor de “El Hambriento”, y que nunca se ha establecido que
Portales participara directamente en la redacción. Silva Castro12 publica
sendas cartas en las que Benavente, Manuel de Salas y Gandarillas afirman
no tener participación. Los dos primeros sobre la base de la violencia que
exhibe el periódico, pero Gandarillas afirma: “Me lisonjea mucho el que se
me considere con capacidad para escribirlo, pero a fe de hombre honrado,
no puedo robar las glorias ajenas”.
José Joaquín Aparte de una breve reencarnación de la “Aurora de Chile” en 1827, a
Mora,
periodista-educa manos de Gandarillas, que fue el primer periódico en publicar editoriales,13
dor este tipo de publicaciones tendrá que esperar hasta 1828 para revivir. Lo
hará de la mano de un personaje clave para el periodo, y extranjero, como
Lozier: el español José Joaquín de Mora.
Este abogado gaditano –expulsado de España por liberal– había
llegado a Chile invitado por el gobierno del presidente Pinto. En Buenos
Aires, bajo los auspicios del presidente Rivadavia, había fundado el
periódico “Crónica”, pero a la caída de su benefactor se vino a Chile.
Fue un intelectual demandado y prolífico: finales de ese mismo año
había fundado el Liceo de Chile, redactado la Constitución liberal y
fundado el “Mercurio Chileno”, otro de los periódicos considerados
11
“Moratin vuestro retrato / hizo en La Comedia Nueva”. El Hambriento, no 55, 22 enero de 1828.
12
Silva Castro, op cit. P. 93.
13
Piwonka, p. 41
“científicos”. Aquí Mora dará cabida a extensos y sofisticados ensayos sobre
derecho constitucional, jurisprudencia, economía, literatura, derecho
público y libertad de expresión, entre otros14. Su socio, el también español
José Passamán, médico, publicará sobre higiene pública, mientras que el
italiano Carlo Bertero, también médico, aficionado a la botánica, dará a
conocer un catálogo de plantas chilenas, y el comerciante español Felipe
Castillo, aficionado a las observaciones meteorológicas, hará lo suyo.
El proyecto venía a llenar el vacío dejado por Camilo Henríquez,
que había muerto en 1825. La publicación de Mora se hacía eco de las
revistas inglesas y francesas de este tipo: “La imposibilidad de hacer
partícipes a todas las clases de los ciudadanos de los manantiales del saber
contenidos en las obras clásicas y voluminosas, ha sugerido en las naciones
cultas la idea de publicar en cortos periódicos las doctrinas más oportunas
a las exigencias del momento, y los adelantos que hace diariamente la
ilustración, vulgarizando por este medio cómodo y sencillo la obra
progresiva de la razón, que sin semejante auxilio sería el privilegio
exclusivo de un pequeño número de adeptos”, argumentaba Mora en el
prospecto del periódico15.
José Joaquín ¿Pensaba lo mismo en 1830? Al principio, la causa liberal, aunque
Mora, gacetero
derrotada en las armas, se dio maña para sobrevivir con periódicos. “El
Defensor de los Militares o Bien Llamados Constitucionales”, un periódico
de circulación diaria que alcanzó a tener 20 números a partir de julio de
1830 tuvo como misión, como bien lo señala el título, recuperar los
derechos –y los empleos16– de los militares que habían participado en la
guerra civil bajo las enseñas pipiolas17, y que ahora enfrentaban una
situación desmedrada. La publicación era llevada adelante por un grupo de
oficiales del bando perdedor: Pedro Godoy, Ventura Blanco Encalada,
Antonio Gundián, José Francisco Gana, Pedro Godoy y Pedro F. Lira, que
además tenían la colaboración decidida del liberal por excelencia: Mora.
“El Defensor…” comenzará publicando listas de militares muertos en los
combates recientes, o presos, y con moderación, pues el tribunal de
imprenta estaba lleno de enemigos; pero pronto la calma dio paso a la
guerrilla periodística, y es válido especular que aquí Mora dejó ver su
rostro menos intelectual, elevado, y se transformó en un gacetero tan eficaz
como sus enemigos.
En el número 3, bajo el título “Pensamientos sueltos”, despachaba
lo siguiente
El cardenal Richelieu fue un gran político y al mismo tiempo el hombre
más vengativo de su época. Muchos ministros sumamente ignorantes y
14
Barros Arana, historia general de Chile, parte 9, p. 227
15
16
Carlos Ossandón B. Modos de validación del texto periodístico de mediados del s. XIX en Chile. Fondecyt
1940171.
17
La guerra civil, en rigor, terminó con la firma del tratado de Cuz Cuz, en Coquimbo, que determinaba que no
iba a haber represalias contra los soldados y oficiales del bando perdedor. Portales, sin embargo, desconoció el
documento.
necios [alusión a Portales], no pudiendo imitar sus brillantes cualidades,
han sido perfecto modelo de sus crímenes”.
En el 13, bajo el título “Cuento”, decía
Un ministro de la antigüedad, muy leso y muy borrico, tenía un ministro
que lo llevaba por la brida…
La sangre alcanzó el río un poco en el número 12, cuando el Defensor dio a
conocer el “estado de la política” en una Turquía que, en realidad, era una
metáfora para decir “Chile”:
El estólido sultán [es decir, el presidente interino Ovalle] ha llenado las
oficinas de codiciosos y especuladores, los cuales han convertido el
gobierno en una especie de escritorio, almacén o pública subasta, donde
en nada se piensa sino en llenar la bolsa y aprovechar los pocos meses
que probablemente durará esta farsa18.
El artículo sobre esta supuesta Turquía continuaba, pero Portales
no quiso leer más: en agosto mandó a apresar, entre otros, a Muñoz
Bezanilla y al cura Fariña, que aunque deben haber aplaudido lo publicado
en “El Defensor…”, no tenían nada que ver. Fueron liberados, pero el
periódico enfrentó dos juicios de imprenta por el artículo y finalmente dejó
de publicar.
Los liberales volverían a la carga en diciembre de 1830, con una
versión de “El Defensor…” aumentada a diez. Se llamaba “El Trompeta”.
Aquí, Mora dará rienda suelta a su talento literario al servicio de la
descalificación del enemigo político. El periódico (14 números) publicará
una de las más ofensivas letrillas ever, esta vez contra el presidente José
Tomás Ovalle y su ministro Diego Portales.
El uno subió al poder,
Con la intriga y la maldad;
Y al otro sin saber cómo
Lo sentaron donde está.
El uno cubiletea,
Y el otro firma, y no más,
El uno se llama Diego
Y el otro José Tomás.
El uno sabe que en breve
Todo en humo parará;
El otro cree que en la silla
Tiene su inmortalidad.
El uno lucha y se afana;
El otro es hombre de paz;
El uno se llama Diego
Y el otro José Tomás.
El uno hace los pasteles
18
Barros Arana, op cit, buscar página.
Con su pimienta y su sal;
El otro, hasta en los rebuznos
Tiene cierta gravedad.
El uno es barbilampiño,
Pero el otro es Mustafá:
El uno se llama Diego,
Y el otro José Tomás.
El uno tiene en la bolsa
Reducido su caudal;
El otro tiene unas vacas
Y un grandísimo sandial…
El uno saldrá al galope,
Y el otro se quedará:
El uno se llama Diego,
Y el otro José Tomás.
El uno es sutil y flaco,
Que parece hilo de holán;
El otro con su barriga
Tiene algo de monacal.
El uno especula en grande;
El otro cobra en mensual:
El uno se llama Diego,
Y el otro José Tomás.
De uno y otro nos reiremos
Antes que llegue San Juan.
Uno y otro en aquel tiempo,
¡Sabe Dios dónde estarán!
Quitándonos el sombrero,
Gritaremos a la par:
¡Felices noches, don Diego!
¡Abur [adiós], don José Tomás!
Aunque “El Trompeta” siguió su marcha por algunos meses, en febrero de
1831 Portales mandó a apresar a Mora y sus compañeros. Al español lo
puso en un barco y lo envió a Lima. Esto, saltándose todo mecanismo
judicial, recursos de amparo y petición de la mujer: Mora, desde que
redactó la Constitución del 28, tenía la ciudadanía chilena, por lo tanto la
medida administrativa era desfachatadamente ilegal. Poco o nada le
importó a Portales.
Algunos han querido ver en la graciosa letrilla la causa inmediata de
la ira de Portales. La verdad es que las cuentas entre ambos venían de
antes: Portales había visto frustrado su proyecto de crear un colegio (entre
otras cosas, para eso había traído a Chapuis) porque el gobierno liberal
favorecía abiertamente el Liceo que fundó Mora. Pero ahora Portales
estaba en el poder y el Liceo, muerto.
La letrilla fue, en rigor, la gota que rebalsó el vaso. Después de esto,
por un tiempo, solo los viejos amigos redactores de Portales serían los
dueños del periodismo.