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Informe Sobre Las Encomiendas

La encomienda fue una institución colonial mediante la cual los españoles recibían grupos de indígenas para exigirles tributos a cambio de protección. Se originó en la Península Ibérica y luego se implementó en América como un sistema feudal de vasallaje indígena. La encomienda reguló la fuerza de trabajo y distribución de mano de obra en las colonias durante los primeros siglos.

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Informe Sobre Las Encomiendas

La encomienda fue una institución colonial mediante la cual los españoles recibían grupos de indígenas para exigirles tributos a cambio de protección. Se originó en la Península Ibérica y luego se implementó en América como un sistema feudal de vasallaje indígena. La encomienda reguló la fuerza de trabajo y distribución de mano de obra en las colonias durante los primeros siglos.

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Trabajo Colaborativo

Tema:
Informe sobre las Encomiendas

Materia:
Comunicación y Estudios Ecuatorianos

Integrantes:
- Ayala Paúl
- Barcos Clara
- Briones Sabrina
- Bonet Bruno
- Cristel Carvache
1. La encomienda como institución
La encomienda definida por los tratadistas como el “derecho concedido por merced real a los
beneméritos de Indias para recibir y cobrar para sí los tributos de los indios que se les
encomendasen por su vida y la de un heredero, con rango de cuidar de los indios en lo espiritual
y temporal y defender las provincias donde fueren encomendados”, jugó un destacado papel
en el proceso de colonización del Nuevo Mundo, constituyéndose en un medio de servidumbre
de sus primitivos pobladores. Ahí radica su importancia histórica.
La «encomienda» fue una institución socioeconómica mediante la cual un grupo de individuos
eran obligados a retribuir a otro en trabajo, especie o por otro medio, para disfrutar de un bien
o una prestación que hubiesen recibido. La institución de la clientela estaba establecida en la
Europa romana desde el bajo Imperio hasta principios de la Edad Moderna. Así, existía una
relación de dependencia por la que el más fuerte daba protección al más débil a cambio de
comprometerse a guardar fidelidad y entregarle determinados servicios.
La «encomienda» y la «mita» (en el caso del Perú) fueron dos sistemas de trabajo que los
españoles impusieron a los indios a su llegada a América, por el hecho de que los aborígenes
de los reinos americanos fueron considerados súbditos libres, y por tanto no podían convertirse
en esclavos, sino que debían ser asalariados.
“El estudio de la encomienda, como bien lo ha planteado Esteban Mira Caballos, ha oscilado
entre aquellos autores que consideran que la misma nació en las Antillas, como Silvio Zavala
y José María Ots Capdequí, y otros que consideran, como Ruggiero Romano, que esa
institución era netamente feudal”.
A partir de la bibliografía disponible es necesario indicar el origen de la encomienda; su
implantación en la América española, a partir de Santo Domingo, el posterior a los
repartimientos de indios; las características que tuvo en el gobierno de Nicolás de Ovando
(1502-1509), el significado y trascendencia que tuvo el Sermón de Adviento, pronunciado por
el fraile dominico fray Antonio Montesinos en contra de la explotación del indio y que ha sido
llamado “el primer clamor por la justicia en América” , y sus efectos inmediatos como fueron
las Leyes de Burgos.
2. Orígenes de las encomiendas
Cuando se hacía hincapié en las maniobras que se realizaron para el descubrimiento de las
tierras americanas, se ha señalado que casi todas ellas fueron llevadas a cabo con un criterio
individualista y privado. Se decía, además, que estas acciones las hacían, en búsqueda de un
ascenso social, aquellos que ocupaban los estratos sociales más bajos en la metrópoli. Pero
¿cómo lograba ese aventurero su posición anhelada? No debe olvidarse que al descubrirse un
territorio éste pasaba a formar parte del Estado que permitía tales acciones.
En este sentido, España era dueña de los territorios que sus navegantes y aventureros
descubrían con los cuales realizaba ciertos convenios llamados «capitulaciones». Estas
«capitulaciones» conferían al descubridor prerrogativas y, al mismo tiempo, le exigían ciertas
obligaciones. Esas prerrogativas del descubridor y colonizador tuvieron su expresión más
acabada en la «encomienda».
La utilización de esa institución para tales fines no fue el producto de las necesidades de la
época, sino que ya era una práctica que existía en la metrópoli. Originalmente no se le llamó
así, sino «repartimiento». Ots Capdequí, una de las autoridades en el estudio de este tema, dice
que lo que en América se conoció originariamente como repartimiento y luego como
encomienda, en la Península se inició con el nombre de «aprisio», que era “una autorización
que el monarca concedía a algunos de los nobles que le habían acompañado en las luchas
militares de la Reconquista para que, a su amparo, pudiera ocupar una extensión mayor o
menor de tierra”.
Esa institución nació pues como expresión del reconocimiento que el jefe militar de la
Península hacía a su colaborador. Era un donativo en tierra y “sólo cuando la ocupación se
producía y cuando la tierra se poblaba, se consolidaba la relación jurídica de dominio, de
señorío, con respecto a la tierra así ocupada”. Estas eran costumbres que habían echado raíces
en la Península, y que la propia Corona quería estructurar en los nuevos territorios con el fin
de realizar una política más unificada y a tono con sus experiencias previas.
Por otra parte, el repartimiento surgió con otra modalidad en la Península. Cuando los pequeños
propietarios no podían satisfacer sus necesidades, y el propio Estado español no encontraba
como solucionarles sus problemas, éstos buscaban “auxilio de algún señor poderoso por vía
de encomendación, que cuando se hizo colectivamente por todos los habitantes libres de un
lugar a un señor o a una familia de señores, dio origen a los territorios de benefactoría o
behetrías; y por último, grandes extensiones de tierras que se designaban con el nombre de
tierras realengas o de realengo, tierras que pertenecían al rey, pero el rey como un señor más,
no como jefe del Estado”.
Las encomiendas existían ya en España, y se caracterizaban, en la mayoría de los casos, por el
vasallaje a que era reducido el dueño del terreno. Existían ciertos prerrequisitos que un sistema
de encomiendas debía llenar, los cuales eran encauzados por la Corona, lo que determinaba en
última instancia su realización.
Obedeciendo a esas costumbres, con un marcado matiz feudal se pusieron en práctica
las encomiendas en América. Por medio de ellas la Corona encomendaba o cedía al colonizador
pueblos indígenas para que éste los administrara. Así, se despertó en la propia metrópoli el
deseo de venir a las nuevas tierras con el propósito de obtener riquezas de una manera fácil,
constituyéndose las encomiendas en la base económica fundamental de las nuevas
colonias. “La base económica más importante y general sobre la cual descansó toda la
naciente aristocracia de los nuevos territorios, desde sus rasgos más humildes a los más
elevados, fue la encomienda de indios.”
De esa forma se obtenían privilegios y riquezas que no se podían obtener en la metrópoli a
costa del trabajo. El Estado español garantizaba, de esa manera, el poblamiento y el desarrollo
de las nuevas tierras. La acción individual se veía premiada con la cesión de territorios donde
podrían obtenerse ciertos bienes y riquezas.
Lewis Hanke señala que “la corona española entregaba o encomendaba indios a los
españoles, que se convertían en encomenderos, y esta concesión daba a los españoles el
derecho de exigir trabajo o tributo de los indios. En compensación, los encomenderos estaban
obligados a proporcionar instrucción religiosa a sus indios y protegerlos. A medida que el
sistema se desarrolló, los encomenderos contrajeron también una obligación con el rey: la de
defender la tierra”.
Como puede notarse, el sistema de encomiendas poseía matices feudales en el que los
indígenas estaban sometidos a cierto vasallaje. Está clara la similitud que existía entre esta
institución y la implantada en la metrópoli.
3. Encomiendas y sistema económico colonial.
El sostén de la economía colonial fue el indígena americano, considerado legalmente súbdito
de la corona y, por tanto, hombre libre. La categoría de súbdito implicaba el pago de un tributo
o, en su defecto, un servicio personal a los representantes de la autoridad monárquica en
América. En los dos primeros siglos coloniales la encomienda reguló la fuerza de trabajo y la
distribución de la mano de obra.
“La encomienda era una vieja institución de carácter feudal, que establecía servidumbre a los
señores a cambio de protección para los siervos. Se estableció entregando una comunidad de
indios a un español (benemérito) a cambio de los servicios prestados por éste”. El historiador
Guillermo Céspedes del Castillo agrega que “el beneficiario (encomendero) cobra y disfruta
el tributo de sus indios, en dinero, en especie (alimentos, tejidos, etc.) o en trabajo
(construcción de casas, cultivo de tierras o cualquier otro servicio); a cambio de ello, debe
amparar y proteger a los indios encomendados e instruirles en la religión católica, por sí o
por medio de una persona seglar o eclesiástica (doctrinero) que él mantendrá”.
Por lo tanto, la encomienda no implicaba la propiedad sobre los nativos; era una concesión no
heredable. Al quedar vacante (sin poseedor) ésta volvía al monarca, quien podía retener a los
indígenas bajo administración real o entregarlos a otro encomendero.
Paralelamente a la encomienda funcionó el sistema del repartimiento forzado, que consistió en
el trabajo rotativo y obligatorio del indígena en proyectos de obras públicas o trabajos agrícolas
considerados vitales para el bienestar de la comunidad. Esta modalidad de trabajo se basaba en
reclutamientos laborales precolombinos, como fueron el «coatequitl» mexicano y la «mita»
peruana, que los españoles aplicaron con un sentido diferente al que tenía en las sociedades
nativas.
Las encomiendas paulatinamente fueron perdiendo su razón de ser, entre otros motivos, por la
caída de la población aborigen, la desaparición de conquistadores ávidos de recompensa, y la
paz que imperó en la mayoría de las provincias. En cambio, los repartimientos persistieron
hasta el fin del período colonial.
4. ¿Cuáles eran las características de una encomienda?
El tema de la encomienda es historiográficamente muy discutido, pues tiene distintas vertientes
y sus connotaciones históricas varían también según los territorios y las situaciones que se
fueron desarrollando a lo largo del tiempo. Al tema de la encomienda están unidos también
argumentos y aspectos entrelazados con los antiguos sistemas de vasallaje y servidumbre
vigentes en los grandes «imperios» precolombinos, como el de los Purépechas, Aztecas y
Mayas en Mesoamérica, y los del Incario en Sudamérica.
Estos sistemas preexistentes determinaron también y a veces subsistieron transformados en las
nuevas situaciones de dominio sociopolítico implantadas por el nuevo Imperio Español. Las
preguntas que saltan a la vista se hacen necesariamente con relación a terminología y contenido
muy variado según los lugares donde se implanta. Por citar algunos casos como los de las
«yanaconas», los «mitayos», el sistema de los «obrajes» y de otras formas de servicios y
servidumbres sociales ya existentes.
En este cuadro se implantan las encomiendas con sus diversos tipos, el papel de
los encomenderos y sus funciones sociales y económicas; y el de los encomendados como una
especie nueva con una inexacta analogía de los antiguos «siervos de la gleba» en la Europa
medieval y una medio camuflada servidumbre institucionalizada.
5. La encomienda en el Nuevo Mundo
La encomienda de indios procedía de una vieja institución medieval española implantada por
las órdenes militares en tiempos de la Reconquista. En América, esta institución debió
adaptarse a una situación muy diferente y planteó problemas y controversias que no tuvo antes
en la Península Ibérica. En el Nuevo Mundo ocupado a partir de las Antillas, el sistema y los
problemas surgen casi de inmediato bajo el descubridor Cristóbal Colón que, como su primer
gobernador en La Española, «repartió» indios entre los primeros descubridores-colonos
españoles, para que trabajaran en sus explotaciones agrícolas y mineras en condiciones duras
para aquellas poblaciones indígenas que física y socialmente estaban totalmente
desacostumbradas a tales trabajos.
Aquí comienza el tremendo problema de la mortandad crónica de estas poblaciones indígenas.
Bajo el posterior gobierno de Fray Nicolás de Ovando, se introdujo formalmente el
repartimiento (como trabajo forzoso, pero teóricamente asalariado). Los indios debían
cumplir “como personas libres, como lo son, y no como siervos”, rezaban las primeras
disposiciones cédulas reales a partir de Isabel la Católica. Pero el terco empeño de aquellos
primeros colonos en explotar al máximo aquellas nuevas «Indias» daban al traste con
frecuencia aquellas cédulas reales.
Por ello mismo ya bien temprano encontramos duras acusaciones contra los colonos y los
arrestos, y deportaciones a España contra Cristóbal Colón y sus inmediatos sucesores, con los
respectivos juicios de condena. Los primeros en denunciar y exigir freno a los abusos fueron
los misioneros franciscanos, y luego con mayor firmeza los dominicos, como el célebre sermón
del cuarto domingo de Adviento de 1511 de Fray Antonio de Montesinos. Las denuncias de
misioneros y alegatos de los humanistas sobre los abusos y excesos determinaron la
promulgación de las Leyes de Burgos (1512), con las que se buscaba que el encomendero
tuviera obligaciones de trato justo, retribución equitativa y que evangelizara a los
encomendados, bajo la supervisión de los oficiales reales. Esta relativa protección llegó tarde
para algunos grupos indígenas, que entre los malos tratos y las muchas epidemias acabaron casi
por extinguirse. Fue esta situación la que llevó a la Corona a adoptar, por razones morales,
jurídicas y políticas, la decisión de no otorgar más encomiendas en sus dominios indianos. Ya
desde aquel primer momento la encomienda y sistemas añejos como el de los «repartimientos»
encontraron una fuerte e inequívoca reacción de la conciencia cristiana, y no desde su aspecto
económico o social en el que juristas y teólogos no entraron entonces en ellos.
6. Itinerario de la institución: repartimiento y encomienda
Repartimiento y encomienda tienen su origen en una praxis existente en la Europa medieval.
En Castilla y Aragón durante la Edad Media, se trataba de territorios, inmuebles, rentas o
beneficios pertenecientes a una orden militar a cuyo frente se encontraba un caballero de hábito,
denominado comendador y nombrado por el maestre de alguna de las muchas órdenes de
caballería o religiosas que existieron desde principios de la Edad Media española.
Las guerras contra los moros por el territorio hispánico hicieron que estas órdenes se
constituyeran en verdaderas circunscripciones a mediano y largo plazo. Durante la etapa de
reconquista del territorio español, la encomienda tuvo un papel muy relevante pues muchos de
los guerreros cristianos precisaban de un sistema social de organización con el que gestionar y
repoblar los territorios que lograban tras sus victorias.
Su origen en el Nuevo Mundo se inicia con la conquista y la necesidad que los conquistadores
vieron de explotar aquellas tierras en sus fuentes de riquezas agrícolas y mineras. Ante la
necesidad de mano de obra para tal fin, los conquistadores-colonizadores – en número reducido
en sus comienzos - acudieron al trabajo de los indios porque ni el número de españoles ni las
nuevas condiciones permitían a estos un trabajo intenso y proporcionado a las necesidades, lo
que los llevó a forzar a los indígenas a un trabajo sin algún límite moral que lo delimitara.
Sin embargo, desde un inicio esto no entraba en la voluntad de los reyes españoles, pues
establecen en repetidas ocasiones que los indios sean libres y que trabajen libremente. Por otra
parte muchos de los indígenas de las Antillas que los conquistadores-colonos encuentran no
están habituados a este trabajo; supera sus fuerzas físicamente por lo que, diezmados por el
trabajo, el agotamiento y las enfermedades nuevas llegadas de Europa, perecen en gran número.
Ante el indio enflaquecido físicamente corre en los españoles una idea nefasta y peyorativa
sobre el «indio» considerado como naturalmente «holgazán», por lo que es necesario forzarlos
al trabajo (que es igual a someterlos a esclavitud) y más tarde surgirá en algunos la idea de su
sustitución con una mano de obra más eficiente, señalando a los negros africanos como tal
mano de obra; la trata de esclavos hará realidad esa idea.
Los «repartimientos» constituyeron una institución anterior a la «encomienda». Las
instrucciones reales dadas a Nicolás de Ovando incluyen ya directivas en tal sentido. Cuando
Colón llegó a La Española descubrió yacimientos auríferos. Para su extracción creó un
impuesto a la población nativa, según el cual todo indígena mayor de 14 años debía entregarle
cada tres meses un cascabel de Flandes lleno de oro; aquellos que no vivían cerca de las minas,
debían entregar una arroba de algodón.
Según la obra «Historia del Almirante», escrita por su hijo Fernando Colón, Cristóbal
Colón descubría y ocupaba siempre los territorios en nombre de los Reyes Católicos, pero con
la llegada del juez pesquisidor Francisco de Bobadilla, Colón fue arrestado por mandato de
éste. Bobadilla aprovechará las disputas de los colonos contra Colón y les ofrecerá indios en
encomienda y tierras a cambio de su apoyo contra el Almirante.
Francisco de Bobadilla se nombró gobernador y tomó posesión de la casa y propiedades de
Colón en Santo Domingo. Posteriormente Bobadilla fue relevado por Nicolás de Ovando.
Colón había establecido una ordenanza según la cual la mitad de todo el oro que obtuvieran los
nuevos colonos asentados en las tierras descubiertas debía entregarse a la Corona, aunque nadie
obedecía esa orden hasta que Ovando bajó la cantidad a una quinta parte.
En 1508 Nicolás de Ovando escribía a la Corona pidiendo instrucciones para que la conversión
al cristianismo de los indios se hiciera libremente, ya a que los indios en lugar de vivir de forma
dispersa y primitiva “se congregaran en pueblos, como están las personas que viven en
nuestros reinos”. Tal fue en parte el origen del sistema de las « reducciones» y que se
fomentaran los matrimonios interraciales, en vistas a una más pronta civilización y
cristianización.
Nace así también el sistema de los «repartimientos» que se institucionalizan por una Real
Provisión del 20 de diciembre de 1503. Sin embargo, a partir de 1505 Nicolás de Ovando, que
era encomendero mayor de la orden de Alcántara, dejó de repartir indios y comenzó a
encomendarlos. La encomienda regulaba, en teoría, las relaciones de reciprocidad entre el
encomendero y el encomendado, y por eso tomó carta de naturaleza en el Nuevo Mundo.
Para evitar recuperar los malos usos y los sistemas medievales abolidos en 1509, la Corona
decretó que la encomienda no podía considerarse a perpetuidad y que los indios sólo podían
ser encomendados por un periodo máximo de dos años. Los tributos indígenas en especie (que
podían ser metales o alimentos como el maíz, trigo, pescado o gallinas) eran recogidos por el
cacique de la comunidad indígena, quien era el encargado de llevarlo al encomendero. El
encomendero estaba en contacto con la encomienda, pero su lugar de residencia era la ciudad,
bastión neurálgico del sistema colonial español.
Por todo ello la encomienda fue una institución que permitió consolidar la dominación del
espacio que se conquistaba. Se encontró una manera de recompensar a aquellos españoles que
se habían distinguido por sus servicios y de asegurar el establecimiento de una población
española en las tierras recién descubiertas y conquistadas.
La encomienda también sirvió como centro de culturización y de evangelización obligatoria.
Los indígenas eran reagrupados por los encomenderos en pueblos llamados « Doctrinas»,
donde debían trabajar y recibir la enseñanza de la doctrina cristiana a cargo generalmente de
religiosos pertenecientes a las Órdenes regulares.
La encomienda de la colonización española de América y Filipinas fue establecida como un
derecho otorgado por el Rey (desde 1523) en favor de un súbdito español. El español titular
del derecho (encomendero) recibía la encomienda con el objeto de que este percibiese los
tributos que los indígenas debían pagar a la Corona (en trabajo o en especie y, posteriormente,
en dinero), en consideración a su calidad de súbditos de ésta.
A cambio, el encomendero debía cuidar del bienestar de los indígenas en lo espiritual y en lo
terrenal, asegurando su mantenimiento y su protección, así como su evangelización. Sin
embargo, se produjeron abusos por parte de los encomenderos, y el sistema derivó en muchas
ocasiones en formas de trabajo forzoso y no libre, al reemplazarse, en muchos casos, el pago
en especie del tributo por trabajo en favor del encomendero.
El reparto de las encomiendas no fue homogéneo entre todos los españoles. En 1514 más de la
mitad de los españoles no tenían ningún indio a su cargo mientras que el 11% de los que sí
tenían habían recibido el 44% de estos.
7. Objetivos teóricos y prácticos de los repartimientos y encomiendas
Para la continuidad del vínculo entre los encomendados y la comunidad, fueron cruciales los
caciques como intermediarios. Con la catástrofe demográfica del siglo XVI muchas tierras
quedaron vacantes, las cuales por lo general terminaron en manos de peninsulares por medio
de mercedes concedidas por los cabildos y gobernadores. Fue así como nacieron las «chacras
y estancias». Este proceso tuvo que ver con la necesidad de producir para los nuevos mercados.
En lo social, fue un medio para los conquistadores y sus descendientes criollos para tener una
vida señorial. La crisis demográfica más las intervenciones de la Corona para «modernizar» a
la sociedad colonial (como las Leyes Nuevas de 1542, que limitaron la sucesión a dos vidas, o
la instalación de los corregidores de indios), condujeron a la caída del régimen de encomiendas,
aunque no sin graves conflictos como en Perú con la gran rebelión de encomenderos de 1544
dentro del marco de la sangrienta guerra civil entre los conquistadores y su revuelta contra la
Corona.
Fueron famosas las discusiones en torno a la explotación de los originarios, destacándose
posturas como la del fray Bartolomé de Las Casas, quien argumentó que los indios, como
«súbditos y vasallos» de la Corona, no podían ser encomendados ni sometidos a esclavitud.
Eran además sujetos de derecho, y como tales debían recibir evangelización, la cual no podía
encomendarse, sino que era una obligación de la Monarquía y de la Iglesia Católica. La
«Recopilación de Leyes de Indias» de 1680 estableció la prohibición de la servidumbre
indiana, de la venta de nativos, reconociendo la necesidad de un buen trato para ellos y su status
como personas superiores a los esclavos. Además, prohibieron los repartos entre funcionarios
públicos y religiosos, y se especificó cómo debían hacerse los mismos con el objetivo central
de evangelizar. Un recorrido a lo largo de la geografía política de los dominios
Hispanoamericanos muestra tanto la tozudez interesada por los encomenderos por instaurar,
mantener y consolidar el sistema, como las críticas y las denuncias constantes ante la Corona
por tal estado de maltratos y servidumbre encubierta del mundo indígena.
En las Antillas, donde comenzaron los repartimientos y las encomiendas, se dio en forma de
repartimientos de indios para trabajos forzados en las explotaciones de oro y también para que
proporcionaran alimentos, e hicieran construcciones. Pronto fueron reemplazados por esclavos
africanos, más funcionales a esta economía debido a su fuerza física y resistencia a las
enfermedades. En Centroamérica vigió floreciente el sistema y se dieron diversas formas de
servidumbre como la del tributo en trabajo hasta el pago con granos de cacao.
En Nueva España la encomienda se inició como un mecanismo para organizar la mano de obra.
Coexistió con los pueblos de indios y las grandes haciendas y «ranchos», o lo que en otros
lugares más tarde como Argentina se llamarían «estancias». La importancia de la minería fue
grande para el desarrollo de las poblaciones y las unidades productivas, y la relación entre
minas, estancias y comercio era innegable. De hecho, el desarrollo de las haciendas agrícola-
ganaderas tuvo mucho que ver con los rendimientos de la producción minera y las demandas
de las poblaciones que se concentraron en torno a importantes explotaciones.
Dentro del inmenso Virreinato del Perú y en los más tardíos de Nueva Granada y de Río de la
Plata, fueron fundamentales los sistemas políticos locales, ya que los colonos se apoyaron en
los cacicazgos para poder acceder a la tributación. Las explotaciones económicas y el trabajo
variaron según la especialización de cada lugar. En Quito se destacaron dentro de los obrajes
textiles, hasta que se fue imponiendo la «mita» (servicios por períodos). En el Alto Perú, dicho
sistema de trabajo se consolidó en torno a la minería de la plata.
En Colombia, fueron funcionales en las minas de oro, y en ciertos puntos lo hicieron también
dentro de las haciendas que se originaron gracias a los repartimientos de indios y a las mercedes
de tierras. En Chile, la encomienda se distinguió por la residencia de los indios en las
«estancias» de los encomenderos (actividades agropecuarias y talleres) con la consiguiente
desintegración de la comunidad, que vivió mezclada con mestizos y gente de casta,
debilitándose los lazos de solidaridad comunal.
En Tucumán, se organizaron de distintas formas: traslados de personas o de pueblos enteros a
las estancias ganaderas, peonaje indiano en las chacras trigueras, conformación de
grandes encomiendas hereditarias, trabajos estacionales en las haciendas, etc. En Santiago del
Estero se impuso una encomienda mixta, donde coexistieron los servicios tradicionales con la
regulación de las prestaciones en trabajo por turnos, junto con la supervivencia de los pueblos
de indios y los servicios personales. Se destacaron en el hilado y el tejido, además de sus
actividades en las explotaciones agropecuarias (vaquerías, recolección de grana, construcción,
plantaciones de algodón, etc.).
En Córdoba, se tendió a reducir a los indios para conseguir tierras para los encomenderos, y la
especialización productiva se puede ver gracias al pago del salario a los peones indígenas en
algodón, herraduras, caballos, especies y ropa de Castilla, destacándose junto con los
encomendados (que no recibían salarios) en las grandes estancias ganaderas y en las chacras
cerealeras de la región. En Paraguay hubo casos de misiones jesuíticas donde
había encomiendas, donde coexistieron con la mita y los yanaconas, que fueron utilizados en
las plantaciones de yerba mate. Debido a las características de los nativos de la pampa
(cazadores recolectores), en el virreinato de Río de la Plata predominó un sistema disperso en
torno a las vaquerías sobre el vacuno cimarrón, mientras que las reducciones religiosas fueron
efímeras.
La encomienda propiamente dicha en su primera configuración jurídica-económica en la
mayoría de las regiones no vivió más que algunas décadas después de iniciada la conquista, y
en otros puntos duró más, aunque con mucho menos fuerza que en Perú y Nueva España, y se
fue transformando, convirtiéndose en nuevas formas de posesión en manos de colonos
peninsulares, y sobre todo a la nueva clase criolla pudiente. Lo indiscutible es la diferenciación
regional en función de los mercados y las actividades productivas en las distintas áreas del
espacio colonial.
En conclusión, puede en términos generales decirse que las actividades económicas realizadas
por los indios de encomienda variaron según las características de cada lugar:
Algunos historiadores juzgan que la creación de los repartimientos y encomiendas se
originaron en el caso hispano-americano al constatarse en un comienzo que no se daban las
condiciones para una convivencia de indios y españoles, posible, sí, en una sociedad de régimen
doméstico y patriarcal, pero no en otra situación “en la que las tendencias de la expansión
económica habían desencadenado un capitalismo brutal y rapaz y donde los europeos
procuraban arrancar de los territorios de Ultramar las mayores ganancias en el menor tiempo
posible” (Konetzke).
El caso del Brasil portugués tiene características similares en muchos puntos, pero
profundamente diferente debido a la existencia legal de la esclavitud africana con la que se
sostenían las «faziendas», sobre todo agrícolas.
El repartimiento era de hecho una especie de remuneración otorgada a los conquistadores. En
las primeras disposiciones reales se establecía que sólo se repartiesen entre colonos españoles
buenos y humanitarios. Fue un ilusionismo utópico. Los indios repartidos por motivos
culturales propios y por su misma composición física, ni se adaptaron ni resistieron a las duras
condiciones de trabajo, para ellos una total novedad psicológica y física, por lo que muy pronto
comenzó una sistemática flexión demográfica debido a los intentos de huida o dispersión, pero
sobre todo a las numerosas enfermedades contraídas que los diezmaron hasta una extinción
escandalosa, sobre todo en las Antillas.
La encomienda no repartía a los indios como fuerza de trabajo sino como tributarios del
encomendero, algo que repetía la antigua y tradicional praxis medieval de un «foedus» (pacto
de mutua fidelidad según el compromiso contraído entre ambas partes). En el caso americano
los compromisos eran, por una parte, del encomendero con los indios y con el rey, y por otra
de los indios encomendados con el encomendero y a través de éste con el rey, y el rey como
garantía de salvaguardia de dichos compromisos, en cuanto «señor» natural de las dos partes.
Por ello la encomienda fue en sus comienzos nervio vital de la colonización, pero que bien
pronto perdió su sentido original para degenerar en una cadena de abusos por parte de
muchos encomenderos, lo que hizo que el sistema fuese insostenible y que enseguida entrase
en crisis profunda. Ella fue combatida por juristas y misioneros por lo que la misma Corona
acoge las quejas y se verá obligada a modificarla primero, a suprimirla y al final a tolerarla con
cambios que no fueron capaces de una trasformación total del sistema de las encomiendas en
beneficio de los colonos asentados.
Los descubridores europeos de América pronto se transformaron en colonos con el firme
intento de labrarse una patria, una fortuna y un porvenir nuevo fabricado sobre la plena
posesión de tierras, minerales y todo tipo posible de explotación de las mismas. Por ello ocupan
todas las tierras a su alcance y se las dividen en encomiendas basadas en los títulos: o de
conquista, o de obtención titular de las mismas por parte de la Corona. A la hora de encontrar
una justificación ética a tal sistema, entre otros argumentos se basan en la falaz teoría de que
los indios eran incapaces de gobernarse, e incluso eran incapaces de la fe cristiana, al
considerarlos en la práctica pertenecientes a una raza inferior y salvaje.
Sus desmanes desde el primer momento sublevan la conciencia de misioneros y juristas
españoles, que son quiénes suscitan en la Corona española las disposiciones legales, entonces
inéditas, sobre los derechos fundamentales de las personas indígenas y sobre el de sus
poblaciones. En 1511, el dominico Antonio de Montesinos (1475-1540) es el primero en
denunciar la explotación a la que eran sometidos los indígenas de La Española. Revindica su
dignidad como hijos de Dios.
El sermón de Montesinos, que tuvo una gran repercusión en todas las Antillas, determinó la
vocación de Bartolomé de Las Casas. Estos dos, junto con otros misioneros dominicos,
franciscanos, luego agustinos, mercedarios y ya en la segunda mitad del siglo
XVI jesuitas como el Padre José de Acosta (1540-1600), destacaron en defender la libertad del
indio; entre los primeros franciscanos en México destaca sin duda alguna el franciscano Toribio
de Benavente (1482-1569). Tal fue el origen de las «Leyes de Burgos» y las «Leyes Nuevas».
A ellos hay que añadir un numero relevante de destacadas figuras de obispos como el
dominico Julián Garcés (1452-1541) de Tlaxcala, que con su acción suscitará la
primera Bula de condena de la esclavitud de los indígenas, la «Sublimis Deus»; el
franciscano Juan de Zumárraga; el de Michoacán Vasco de Quiroga; el
de Guatemala Marroquín; los dos primeros de Lima, Gerónimo de Loayza y Toribio de
Mogrovejo.
Al mismo tiempo nace en la Universidad de Salamanca aquella Escuela humanista, teológico
y jurídica, matriz del Derecho Internacional, capitaneada por Francisco de Vitoria. Aquella
doctrina será también impartida en otras Universidades como en la Complutense de Alcalá de
Henares, la de Valladolid, la de Santiago y en la portuguesa de Coímbra. Todos ellos con su
activa denuncia promovieron la creación de cédulas reales y el cuerpo de Leyes de Indias para
proteger a los indios americanos.
Es significativo en tal sentido la actuación del primer obispo de Michoacán, Don Vasco de
Quiroga, anteriormente Oidor de la segunda Audiencia de México. Los problemas en su caso
con los encomenderos surgieron por pretender éstos despojar a los indígenas de sus legítimas
tierras y su reducción a servidumbre. Ante las pretensiones de algunos encomenderos,
Don Vasco de Quiroga eleva su voz en defensa de los derechos de los más débiles ante los
tribunales de justicia y produciendo algunas de sus obras más significativas, como la
«Información en Derecho» y una notable correspondencia sobre estos asuntos con el Consejo
de Indias.
En tal sentido el apelativo de «Tata» (padre) que los indios le dieron es bien merecido y
reconocido hasta el día de hoy. La misma institución del cargo de « protector de los indios»
otorgado por los Reyes de España a muchos de los obispos, nace precisamente a consecuencia
de los desmanes y abusos cometidos en la conquista y colonización.
Pero no debe olvidarse del contexto de aquel entonces para poder evaluar en su debido alcance
estas intervenciones, sobre todo ante un ambiente intelectual bastante generalizado en la
Europa de la época en el campo de la filosofía, de la teología, del derecho, que acogía muchas
opiniones contrarias al reconocimiento de tales derechos y de la plena dignidad de las personas.
Ahí está el cruel ejemplo no sólo de la esclavitud de los indios, sino también la tenaz
persistencia plurisecular de la trata de esclavos africana. Por ello para no caer en fáciles
anacronismos historiográficos se deben tener en cuenta:
a) Los factores aludidos de una mentalidad generalizada en el mundo europeo de
entonces, a excepción de pocos humanistas cristianos del momento; tal mentalidad
hacía parte indiscutible del bagaje cultural de descubridores y conquistadores, por lo
que no dudan en su aplicación «sine glosa» al Nuevo Mundo. Hay que añadir otro
elemento importante: no todos los españoles se convertían en encomenderos a su
llegada al Nuevo Mundo. La mayor parte nunca lo serían.
Cuando se fundaban poblaciones se convertían en «vecinos» con sus « ayuntamientos»
y «cabildos» como en cualquier población castellana de entonces, dedicándose a los
varios menesteres de la vida. Todos estos grupos serán las bases del nacimiento del
futuro «criollado» americano y con el andar del tiempo de la formación de un
indiscutible mestizaje antropológico y cultural.

b) El hecho mismo de la situación antropológico-cultural en que se encontraban los


primeros aborígenes con los que los descubridores españoles se encuentran en
las Antillas.
c) También es innegable la situación en la que muchas poblaciones indígenas
americanas se encontraban en un régimen de sujeción y conquista por otros pueblos que
los sometían a esclavitud e incluso a medio exterminio (como en el caso de imperios
como el azteca con las «guerras floridas» para capturar víctimas también para sus
sacrificios humanos) o a una sujeción equivalente a una condición de esclavitud o de
servidumbre.
d) Los abusos provocaron tanto en los dominios españoles de América como en España,
la convocación de las llamadas «Juntas», tanto eclesiásticas, como civiles y mixtas, para
discutir y tratar los varios problemas que iban surgiendo en la medida que se extendía
la presencia española, las conquistas y el poblamiento, así como las relaciones con el
mundo nativo.
Muchas de estas Juntas son las inmediatas predecesoras de lo que luego en el campo
eclesiástico serán los sínodos y concilios hispanoamericanos, y en lo civil los cabildos
o sistema de gobierno preexistentes a la llegada de los españoles. En el campo civil se
recuerda la famosa «Controversia de Valladolid» que tuvo lugar en esa ciudad española
en 1550 y 1551, dentro de la llamada polémica de los naturales, y que enfrentó dos
formas antagónicas de concebir la conquista de América, interpretadas por la
historiografía de manera a veces equivoca y no totalmente correspondiente a su origen,
finalidad y desarrollo histórico, como la de los defensores y la de los enemigos de los
indios.
La primera opinión, representada por Bartolomé de las Casas, considerado hoy pionero
de la lucha por los derechos humanos; y la segunda, por Juan Ginés de Sepúlveda, que
defendía el derecho y la conveniencia del dominio de los españoles sobre los indígenas,
a quienes además concibe como inferiores (por la condición social antropológica en la
que se encontraban). No hubo una resolución final, aunque fue el inicio de un cambio
que se tradujo en el reconocimiento de los derechos para los indígenas por parte de la
Corona en sus Leyes.

8. Legislación contra los abusos


Los comportamientos abusivos y crueles fueron denunciados por muchos humanistas
españoles, tanto en América por muchos misioneros y obispos ya señalados; como en España.
De la Metrópoli podemos señalar las reflexiones de Fray Matías de Paz, o al jurista Juan López
de Palacio Rubios, quien aportó un punto de vista jurídico; y sobre todo la larga falange de
teólogos, filósofos y juristas de la Escuela de Salamanca, encabezados por el dominico
Fray Francisco de Vitoria.
Estas leyes buscaban garantizar que los indígenas fueran tratados de manera justa y
humanitaria, y prohibían el maltrato físico, la esclavitud y el abuso sexual. Además, se
establecieron normas sobre el trabajo y el salario de los indígenas, así como sobre su educación
y evangelización.
A lo largo del período colonial, se promulgaron otras leyes y regulaciones para intentar
controlar los abusos en las encomiendas, el rey Carlos I de España, buscaban limitar el poder
de los encomenderos y proteger los derechos de los indígenas. Estas leyes establecían que las
encomiendas no podían ser heredadas y que los indígenas debían recibir un salario justo por su
trabajo.
A pesar de estas medidas, los abusos en las encomiendas coloniales continuaron siendo un
problema persistente. Muchos encomenderos encontraron formas de eludir las regulaciones y
seguir explotando a los indígenas. Además, la implementación de las leyes y su cumplimiento
variaban en diferentes regiones y períodos de tiempo.
Es importante tener en cuenta que, si bien se promulgaron leyes y regulaciones para proteger a
los indígenas en las encomiendas coloniales, la realidad es que muchos de ellos sufrieron
condiciones de trabajo forzado, maltrato y explotación. La legislación intentó abordar estos
abusos, pero su efectividad fue limitada.
9. Las Leyes de Burgos
En 1512, las denuncias de Fray Antonio de Montesinos provocaron la inmediata promulgación
de las «Leyes de Burgos» ese mismo año, ampliadas un año después, donde se desarrolla y
define de manera explícita el sistema laboral en las encomiendas, con los siguientes derechos
y garantías de los indios, y las obligaciones de los encomenderos de trato justo: trabajo y
retribución equitativa y que evangelizara a los encomendados.
Sin embargo, a partir del proceso secularizador del imperio español, estas obligaciones fueron
omitidas, transformándose la encomienda en un sistema de trabajo forzado para los pueblos
indígenas originarios en favor de los encomenderos. El 9 de diciembre de 1518, esta ley se
enriquece estableciendo que solo podrán ser encomendados aquellos indios que no tengan
recursos suficientes para ganarse la vida, así como que en el momento en que fuesen capaces
de valerse por sí mismos, habrían de cesar en la encomienda. Las Leyes de Indias, entre otros
puntos, llegaban a obligar a enseñar a leer y escribir a los indios.
10. Las Leyes Nuevas
En 1527 se promulga una nueva ley que determina que la creación de cualquier nueva
encomienda habrá de contar necesariamente con la aprobación de religiosos, sobre quienes
recae la responsabilidad de juzgar si a un colectivo concreto de indios les podría ayudar a
desarrollarse una encomienda, o si resultaría contraproducente.
En 1542 Carlos I, tras 50 años de existencia de la encomienda, considera que los indios han
adquirido el suficiente desarrollo social como para que todos los indios deban ser considerados
súbditos de la Corona como el resto de los españoles. Por eso, se crean en 1542 las Leyes
Nuevas, donde queda consignado que:

- No se asignarán nuevas encomiendas, y las ya existentes habrán de morir


necesariamente con sus titulares.
- Quedan suprimidas aquellas encomiendas que obraban a favor de miembros del clero,
de funcionarios públicos, o de personas sin título de conquista.
- Se limita considerablemente el importe de los tributos que habían de satisfacer los
encomendados.
Referencias bibliográficas:
Cunill, C. (2012). Fray Bartolomé de las Casas y el oficio de defensor de indios en América y en la Corte

Española. Nuevo mundo-mundos nuevos. [Link]

ENCOMIENDA; Origen y características - Dicionário de História Cultural de la Iglesía en América

Latina. (s. f.).

[Link]

La encomienda. (s. f.). Memoria Chilena: Portal. [Link]

[Link]
Este trabajo fue realizado el lunes 16 de octubre, a las 21:33, con todos los integrantes presentes,

aportando y cumpliendo con su parte.

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