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El Solista - Jack Higgins

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El solista es un personaje complejo, mezcla de artista —es un pianista de

fama mundial—, de asesino y de don Juan. El origen de sus tendencias


homicidas hay que buscarlo en un ciego afán de venganza al enterarse, por
una carta anónima, de que su abuelo, el viejo Mikali, no murió por accidente,
como parecía, sino asesinado por ciertas autoridades griegas, temerosas de
que denunciase a las Naciones Unidas las atrocidades cometidas con los
presos políticos. El solista mata a los asesinos en un golpe de audacia
formidable. Un famoso criminalista de París lo descubre, tiene pruebas, y las
emplea como chantaje para obligarle a cometer otros crímenes en interés de
aquél, cuyas actividades de abogado no son más que una pantalla de otras
mucho más oscuras y de alcance internacional…

Página 2
Jack Higgins

El solista
ePub r1.0
Titivillus 15-04-2021

Página 3
Título original: Solo
Jack Higgins, 1980
Traducción: J. Ferrer Aleu

Editor digital: Titivillus


ePub base r2.1

Página 4
A mi hija Ruth Patterson, que piensa que ya era hora.

Página 5
La venganza es una especie de justicia salvaje.

Francis Bacon

Página 6
EL SOLISTA
Jack Higgins

Página 7
PRÓLOGO

El Cretense cruzó la puerta del alto muro de ladrillo que rodeaba la casa
emplazada cerca de Regent’s Park y se sumergió entre los arbustos,
confundiéndose con la oscuridad. Miró la esfera luminosa de su reloj. Las
siete menos diez, lo cual significaba que disponía del tiempo justo.
Llevaba un anorak oscuro, de uno de cuyos bolsillos sacó una pistola
«Mauser» con un abultado silenciador en la punta del cañón. Comprobó su
funcionamiento y volvió a introducirla en el bolsillo.
La casa tenía un aspecto imponente, lo cual no era de extrañar, pues
pertenecía a Maxwell Jacob Cohén, Max Cohén para los amigos. Entre otras
cosas, era presidente de la empresa de confecciones más importante del
mundo, y uno de los judíos más influyentes de la sociedad británica. Un
hombre querido y respetado por todos los que le conocían.
Por desgracia, era también ardiente sionista, y esto constituía un grave
defecto a los ojos de ciertas personas. Aunque esto importaba poco a el
Cretense. La política era una tontería; un juego de niños. Él no indagaba
nunca sobre su presa; sólo le interesaban los detalles, y, en este caso, los había
comprobado minuciosamente. En la casa estaban Cohén, su esposa y una
doncella; nadie más. El resto de la servidumbre dormía fuera de ella.
Sacó del bolsillo una máscara negra e introdujo en ella la cabeza, dejando
sólo los ojos, la nariz y la boca al descubierto, y después, se levantó el
capuchón del anorak, salió de entre los arbustos y se dirigió a la casa.

María, la doncella española de Cohén, se hallaba en el cuarto de estar


cuando sonó el timbre de la puerta. Al abrir ésta, recibió el susto más grande
de su vida Ante ella se erguía un fantasma que sostenía una pistola en su
mano derecha. Los labios se movieron en la espantosa abertura de la máscara,
murmurando unas palabras en un inglés bastante tosco y con fuerte acento
extranjero.

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—Llévame donde está Mr. Cohén. —María abrió la boca para protestar,
pero el Cretense levantó amenazadoramente la pistola, entró y cerró la puerta
—. Date prisa, si quieres seguir viviendo.
La muchacha se volvió y empezó a subir la escalera, seguida por el
Cretense. Al llegar al descansillo, se abrió la puerta del dormitorio y apareció
Mrs. Cohén. Hacía ya algunos años que temía que ocurriese algo como esto;
vio a María, al encapuchado y la pistola, y, en un movimiento reflejo, saltó
hacia atrás, metiéndose de nuevo en la habitación, cerró la puerta, y corrió el
cerrojo y llamó por teléfono al nueve-nueve-nueve.
El Cretense empujó a María. La doncella tropezó, se le cayó un zapato y
se detuvo ante la puerta del despacho de su amo. Vaciló y llamó.
Max Cohén respondió un tanto sorprendido, pues era norma estricta de la
casa que no le molestasen en su despacho antes de las ocho de la tarde. Vio a
María plantada en el umbral, sin un zapato y con el terror pintado en su
semblante, y, entonces, alguien la empujó a un lado y apareció el Cretense,
empuñando su pistola provista de silenciador. Ésta escupió sólo una vez.
Max Cohén había sido boxeador en su juventud, y, por un momento, fue
como si volviese a hallarse en el ring. Un buen golpe en la cara que lo levantó
del suelo, y, después, cayó de espaldas en su despacho.
Sus labios trataron de formar las palabras de la oración hebrea más
común, recitada tres o cuatro veces al día por todos los judíos ortodoxos y
murmurada por ellos en el momento de morir: Escucha, ¡oh, Israel! El Señor
nuestro Dios es sólo uno. Pero las palabras no llegaron a brotar, y la luz se
extinguió de prisa y no hubo más que oscuridad.

Al salir corriendo el Cretense por la puerta principal, el primer coche de


Policía que respondió a la llamada penetró en el extremo de la calle, y el
hombre oyó que otros se acercaban a gran velocidad. Cruzó el jardín a toda
prisa, envuelto en la oscuridad, escaló el muro y se dejó caer en un jardín
contiguo. Momentos después, abrió una puerta y salió a un estrecho callejón.
Se bajó el capuchón, se quitó la careta y se alejó apresuradamente.
La radio transmitía ya su descripción, ofrecida por la doncella a los
policías del primer coche que había llegado al lugar del suceso. Pero no
importaba. Doscientos metros más, y se habría sumido en la oscuridad de
Regent’s Park. Después, se dirigiría a la estación del Metro que estaba al otro
lado y cambiaría de tren en Oxford Circus.
Iba a cruzar la calle cuando oyó un chirrido de frenos. Una voz gritó:
—¡Eh, usted!

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Una rápida mirada le hizo comprender que era un coche de la Policía; se
metió en una calle lateral y echó a correr. Como siempre, le favoreció la
suerte, pues, mientras corría junto a la hilera de coches aparcados.
Vio que un hombre subía a uno de ellos. La portezuela se cerró de golpe y
el motor se puso en marcha.
El Cretense abrió la portezuela, tiró del conductor, arrojándolo de cabeza
sobre la acera, y saltó detrás del volante. Apretó el acelerador, torció el
volante y, rascando el guardabarros del coche aparcado delante de él, se alejó
a toda velocidad, mientras el coche de la Policía se lanzaba en su persecución.

Cruzó Vale Road y se adentró en Paddington. Sabía que tenía que darse
prisa si quería deshacerse de ellos, pues en pocos segundos todos los coches
de Policía de aquel sector de Londres acudirían a la zona y le cerrarían la
retirada.
Había una señal de obras, una flecha que apuntaba a la derecha e impedía
toda alternativa. Era una calle de dirección única, flanqueada por almacenes,
estrecha y oscura, que descendía hasta la Paddington Goods Station.
El coche de la Policía se hallaba ahora muy cerca, demasiado cerca. El
hombre aumentó la velocidad y entró en un largo y estrecho túnel debajo de la
línea del ferrocarril; entonces, los faros del coche iluminaron una figura
delante de él.
Era una muchacha en bicicleta. Una niña envuelta en un abrigo castaño y
con una bufanda arrollada al cuello. Él advirtió su cara pálida de miedo, al
volver la chica la cabeza. La bicicleta se tambaleó.
El hombre hizo girar el volante, y el costado del coche rozó la pared del
túnel, lanzando chispas. Pero no sirvió de nada. No había espacio suficiente.
Se oyó un golpe sordo, sólo eso, y la niña rebotó contra un lado del capó del
automóvil.
El coche de la Policía frenó en seco. El Cretense siguió su marcha hasta el
final del túnel y salió a Boshops Bridge Road.
Cinco minutos más tarde abandonó el coche en un callejón de Bayswater,
cruzó Bayswater Road y anduvo a paso vivo a través de Kensington Gardens,
hasta salir a Queens Gate.
Había mucha gente ante el «Albert Hall», y una larga cola en la escalera
que conducía a la taquilla, pues aquella noche se celebraba un concierto
importante. Sir John Babirolli y la Filarmónica de Viena interpretaban la
Coral de San Antonio, de Brahms, y John Mikali tocaba el Concierto número
2 en do menor, de Rachmaninov.

Página 10
Era el 21 de julio de 1972. El Cretense encendió un cigarrillo y contempló
el retrato de Mikali en el cartel, el hombre famoso de cabellos negros y
rizados, de rostro pálido y de ojos como cuentas de azabache.
Anduvo hasta la parte de atrás del edificio. Encima de una de las puertas
había un rótulo iluminado que decía: Artistas. Entró. El portero, en su
quiosco, levantó la mirada del periódico deportivo que estaba leyendo, y
sonrió.
—Buenas noches, señor. Aunque son frías.
—Las he conocido peores —repuso el Cretense.
Bajó al pasillo que conducía hasta detrás del escenario. Había allí una
puerta con un rótulo: Cuarto Verde. La abrió y encendió la luz. Como
camerino, era curiosamente espacioso y estaba bien amueblado. Lo único que
sin duda había visto tiempos mejores era el piano de ejercicio colocado junto
a una pared, un viejo «Chappell» vertical, que parecía en inminente peligro de
derrumbamiento.
Sacó la «Mauser» del bolsillo, abrió un cajón del mostrador, levantó el
doble fondo del mismo e introdujo la pistola en él. Después se quitó el
anorak, lo arrojó a un rincón y se sentó delante del espejo.
Llamaron a la puerta y entró el director de escena.
—Faltan cuarenta y cinco minutos, Mr. Mikali. ¿Quiere que le traigan un
poco de café?
—No, gracias —denegó John Mikali—. El café y yo no nos llevamos
bien. Es un producto químico, dice mi médico. Pero si pudiese usted hacer
que me trajesen una taza de té, se lo agradecería muchísimo.
—Desde luego, señor. —El director de escena iba a salir, pero se detuvo
—. A propósito, por si le interesa, acaban de dar una noticia por la radio.
Alguien ha matado de un tiro a Maxwell Cohén, en su casa próxima a
Regent’s Park. Un encapuchado. Y no ha sido detenido.
—¡Santo Dios! —exclamó Mikali.
—La Policía cree que se trata de un crimen político, ya que Mr. Cohén era
un conocido sionista. El año pasado se libró milagrosamente de la muerte,
cuando alguien le envió una carta que era una bomba. —Meneó la cabeza—.
Vivimos en un mundo muy extraño, Mr. Mikali. ¿Quién puede ser capaz de
hacer una cosa así?
Salió, y Mikali se volvió y se miró al espejo. Sonrió ligeramente y su
imagen le devolvió la sonrisa.
—¿Quién? —repitió.

Página 11
1

A unas cuarenta millas al sur de Atenas y a menos de cinco de la costa del


Peloponeso se encuentra la isla de Hydra, antaño una de las más formidables
potencias marítimas del Mediterráneo.
Desde mediados del siglo XVIII, muchos capitanes de barco amasaron
grandes fortunas comerciando con América y trajeron arquitectos venecianos,
los cuales construyeron grandes mansiones que todavía pueden verse en el
más bello de todos los puertos.
Más tarde, sometida Grecia al duro régimen del Imperio otomano y
convertida la isla en refugio de evadidos del continente, fueron los marineros
de Hydra quienes desafiaron el poderío de la Armada turca en la guerra de la
Independencia, que trajo, al fin, la libertad nacional.
Para los griegos, los nombres de los grandes capitanes hydriotas, como
Votzis, Tombazis y Bourdouris, son tan legendarios como el de John Paul
Jones para los norteamericanos, o los de Raleigh y Drake para los ingleses.
Entre aquellos nombres, ninguno más distinguido que el de Mikali. La
familia había prosperado burlando el bloqueo cuando Nelson dominaba el
Mediterráneo oriental, y había proporcionado cuatro barcos a la flota aliada
que había aplastado el poderío del Imperio turco, de una vez para siempre, en
la batalla de Navarino, en 1827.
La fortuna resultante de los actos de piratería y de la burla del bloqueo
durante las guerras turcas, hábilmente invertida en varias líneas marítimas de
reciente creación, significó que, a finales del siglo XIX, los Mikali eran una de
las familias más ricas de Grecia.
Y todos sus varones eran marinos por naturaleza, a excepción de Dimitri,
nacido en 1892, que mostró un interés enfermizo por los libros, estudió en
Oxford y en la Sorbona y volvió a su país para ocupar un cargo de profesor de
Filosofía Moral en la Universidad de Atenas.
Pero su hijo, George, restableció muy pronto el honor de la familia,
optando por ingresar en la Escuela de Marina Mercante de Hydra, que era la
más antigua de Grecia entre las de su clase. Inteligente y hábil marino, asumió

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su primer mando a la edad de veintidós años. En 1938, buscando nuevos
horizontes, se trasladó a California para tomar el mando de un nuevo buque
de pasajeros de la línea «Pacific Star», que hacía el trayecto de San Francisco
a Tokio.
El dinero no significaba nada para él. Su padre había depositado cien mil
dólares en su cuenta de un Banco de San Francisco, cantidad muy respetable
en aquellos tiempos. George hacía lo que hacía porque le gustaba. Tenía su
barco, y el mar. Sólo una cosa le faltaba, y la encontró en Mary Fuller, hija de
una profesora de música viuda, llamada Agnes Fuller, y a la que conoció en
un baile en Oakland, en julio de 1939.
El padre de él asistió a la boda, regaló a la joven pareja una casa a la orilla
del mar, en Pescadero, y regresó a Europa, donde los cañones empezaban ya a
tronar en el horizonte.
George Mikali estaba a mitad de camino del Japón cuando los italianos
invadieron Grecia. Cuando su barco terminó su viaje de ida y vuelta y atracó
de nuevo en San Francisco, el Ejército alemán intervino en aquella campaña.
El 1.º de mayo de 1941, Hitler, que había intervenido para salvar el prestigio
de Mussolini, había invadido Yugoslavia y Grecia y expulsado de allí al
Ejército británico, todo ello en veinticinco días y sufriendo menos de cinco
mil bajas.
George Mikali no podía volver a casa, y el silencio de su padre era total.
Permaneció en su sitio, y su solicitud de ingreso como reservista en la Marina
fue rechazada. Hasta aquel domingo de diciembre en que las fuerzas de
Naguno convirtieron Pearl Harbor en un montón de humeantes ruinas.
En febrero, Mikali estaba en San Diego como teniente de Marina, y
asumió el mando de un barco de transporte y suministros, no muy diferente
del suyo propio. Dos semanas más tarde, su esposa, después de tres años de
delicada salud, en la que tuvo varios abortos, dio a luz un hijo varón.
La Marina sólo pudo prescindir tres días de Mikali. En este breve período,
él convenció a su suegra, ahora directora de instituto, de que se trasladase a su
casa de modo permanente, y buscó a la viuda de un marinero que había
trabajado a sus órdenes y había perdido la vida en el curso de un tifón frente a
la costa japonesa.
Era una mujer de cuarenta años, sólida y robusta, llamada Katina Pavlo,
cretense de nacimiento y que estaba trabajando como doncella en un hotel
próximo al mar.
La llevó a casa y la presentó a su esposa y a su suegra. La baja y gruesa
mujer, de aspecto campesino, con su vestido y su pañuelo negros, les pareció

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un personaje raro; sin embargo, Agnes Fuller se había sentido extrañamente
atraída por ella.
En cuanto a Katina Pavlo, estéril a lo largo de sus dieciocho años de
matrimonio, en los que de nada le sirvieron sus desesperadas súplicas y varios
millares de velas encendidas a la Virgen, le pareció que aquello era un
milagro, al observar la litera colocada al lado de la cama y ver al niño que
dormía. Tocó suavemente la manita con un dedo, y el niño cerró el puño y
asió aquél como si nunca fuese a soltarlo.
Ella tuvo la impresión de que una piedra se disolvía en su interior, y
Agnes Fuller leyó este sentimiento en la cara morena de la mujer, y estuvo
muy contenta. Katina volvió al hotel a recoger sus pocas pertenencias, y
aquella misma noche se trasladó a la casa.
George Mikali fue a la guerra, navegando una y otra vez hacia las islas, en
continuas singladuras, hasta que, el 3 de junio de 1945, en ruta hacia
Okinawa, su barco fue atacado y hundido con toda su tripulación por el
submarino japonés «I-367», mandado por el teniente Taketomo.
Siempre de delicada salud, su esposa no pudo resistir el golpe y murió dos
meses más tarde.

Katina Pavlo y la abuela del chico criaron a éste entre las dos. Ambas
mujeres tenían una extraordinaria comprensión instintiva que las unía en todo
lo concerniente al niño, pues no podía dudarse de que las dos le amaban
profundamente.
Aunque los deberes de Agnes Fuller como directora de la Escuela
Superior de Howell Street le dejaban poco tiempo para la enseñanza, seguía
siendo una pianista de alta categoría. Por consiguiente, supo apreciar el hecho
de que su nieto tenía un oído magnífico a la edad de tres años.
Ella misma empezó a darle lecciones de piano cuando el niño tenía cuatro
años, y pronto se puso de manifiesto que su alumno tenía unas dotes
extraordinarias.
En 1948, Dimitri Mikali, que había enviudado, pudo viajar de nuevo a
América, y se quedó pasmado ante lo que encontró allí: un nieto americano de
seis años, que hablaba el griego con fluidez, aunque con acento cretense, y
que tocaba el piano como un ángel.
Sentó cariñosamente al niño sobre sus rodillas y dijo a Agnes Fuller:
—Los viejos capitanes de barco deben de estar revolviéndose en sus
tumbas del cementerio de Hydra, primero, yo, un filósofo. Y ahora, un
pianista. Un pianista con acento cretense. Este talento es un verdadero don de

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Dios. Hay que cultivarlo. Yo perdí muchísimo en la guerra, pero soy todavía
lo bastante rico para que no le falte nada. De momento se quedará con usted.
Después, cuando sea un poco mayor, ya veremos lo que hacemos.
A partir de entonces, el niño tuvo los mejores profesores de música.
Cuando cumplió los catorce años, Agnes Fuller vendió la casa y se trasladó
con Katina a Nueva York, para que el chico pudiese recibir el grado de
enseñanza que necesitaba.
Justamente cuando él iba a cumplir diecisiete años, la abuela sufrió un
repentino ataque al corazón una tarde de domingo, antes de la cena. Murió
antes de que la ambulancia llegase al hospital.
Dimitri Mikali era ahora profesor de Filosofía Moral de la Universidad de
Atenas. Durante los pasados años, su nieto le había visitado muchas veces, en
período de vacaciones, y habían intimado mucho. El abuelo voló a Nueva
York en cuanto recibió la noticia, y lo que encontró allí le causó una gran
impresión.
Katina le abrió la puerta y se llevó un dedo a los labios en señal de
silencio.
—La enterraron esta mañana —dijo—. No nos permitieron esperar más.
—¿Dónde está él? —preguntó el profesor.
—¿No lo oye?
El piano sonaba débilmente a través de las puertas cerrada del salón.
—¿Cómo está?
—Como petrificado —respondió ella—. Como si la vida hubiese huido de
él. La quería —añadió sencillamente.
Cuando el profesor abrió la puerta, encontró a su nieto sentado al piano,
vestido de oscuro y tocando una pieza extraña, obsesiva, como de hojas
arrastradas por el viento en un bosque y por la noche. Por alguna razón,
produjo en Dimitri Mikali una fuerte inquietud.
—¿Qué estás tocando, John? —preguntó en griego, apoyando una mano
en el hombro del muchacho.
—Le Pastour, de Gabriel Grovlez. Era su pieza predilecta.
El chico se volvió a mirarle, y sus ojos eran como negros agujeros en su
pálido rostro.
—¿Queréis venir a Atenas conmigo? —preguntó el profesor—. Podríais
pasar una temporada en mi casa. Hasta que se mitigara el dolor.
—Sí —aceptó John Mikali—. Creo que me gustaría.

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Así fue, durante un tiempo. Podía disfrutar de Atenas, la más ruidosa y
alegre de las ciudades, que parecía vivir de día y de noche sin parar. En el
grande apartamento de la distinguida zona próxima al Palacio Real, su abuelo
recibía a sus amigos casi todas las noches. Allí acudían escritores, artistas,
músicos y, sobre todo, políticos, pues el profesor estaba estrechamente
vinculado al partido del Frente Democrático, siendo quien más contribuía a la
financiación de su periódico.
Además, estaba Hydra, donde tenían dos casas: una en una estrecha calle
próxima al pequeño puerto, y otra en una península apartada, más allá de
Molos. El muchacho pasó allí largas temporadas, al cuidado de Katina, y su
abuelo le envió un gran piano de concierto «Bluthner», a costa de un fuerte
gasto. Según le dijo Katina por teléfono, el joven no lo tocaba nunca.
Por fin, John volvió a Atenas y asistió de nuevo a las reuniones, de pie
junto a la pared, siempre vigilante, siempre enormemente atractivo con sus
cabellos negros y rizados, su pálido semblante, sus ojos como abalorios
negros, totalmente desprovistos de expresión. Y nunca se le veía sonreír,
hecho que las damas encontraron muy intrigante.
Una noche, para sorpresa de su abuelo, cuando una de ellas pidió que
tocase algo, el chico accedió sin vacilar, se sentó y tocó el Preludio y Fuga en
mi bemol, de Bach, una pieza brillante y cristalina, que hizo que todos los
presentes enmudecieran de asombro.
Más tarde, después de los aplausos y de que los invitados se hubiesen
marchado, el profesor se acercó a su nieto, que estaba de pie en el balcón,
escuchando el interminable rugido del tráfico de primeras horas de la mañana.
—Ya veo que has resuelto volver a la vida. Y ahora, ¿qué?
—París, supongo —dijo John Mikali—. El Conservatorio.
—Comprendo. ¿Cómo plataforma para los conciertos? ¿Es ésta tu
intención?
—Si tú lo apruebas…
Dimitri Mikali le abrazó cariñosamente.
—Tienes que saber que tú lo eres todo para mí. Lo que tú quieres, yo lo
quiero. Diré a Katina que haga los bártulos.

Encontró un apartamento cerca de la Sorbona, en una calle estrecha no


lejos del río; uno de esos barrios pueblerinos tan corrientes en la capital
francesa, con sus tiendas, bares y cafés, donde todo el mundo se conoce.
Mikali asistía al Conservatorio, practicaba entre ocho y diez horas todos
los días y se dedicaba solamente al piano, con exclusión de todo lo demás,

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comprendidas las chicas. Katina, como siempre, cocinaba, cuidaba de la casa
y se afanaba por complacerle.
El 22 de febrero de 1960, dos días antes de cumplir los dieciocho años, el
joven tenía un examen importante en el Conservatorio, con la oportunidad de
ganar una medalla de oro. Había practicado casi toda la noche, y, a las seis de
la mañana, Katina salió a comprar leche y panecillos tiernos.
Acababa él de tomar una ducha y se estaba ciñendo el albornoz, cuando
oyó un chirrido de frenos en la calle, seguido de un golpe sordo. Mikali corrió
a la ventana y miró hacia abajo. Katina yacía con los brazos abiertos sobre el
arroyo, y los panecillos rodaban por el suelo. El camión «Citroën» que la
había atropellado cambió rápidamente el sentido de la marcha. Mikali pudo
divisar la cara del conductor antes de que el vehículo doblase la esquina y se
perdiese de vista.
Katina tardó varias horas en morir, y él permaneció sentado junto a su
cama de hospital, asiéndole la mano, sin soltarla, incluso después de adquirir
los dedos la rigidez de la muerte. Los policías se mostraron compungidos.
Desgraciadamente, no había testigos y esto dificultaba el asunto; pero
seguirían investigando, no faltaría más.
Aunque no era necesario, pues Mikali conocía al conductor del camión
«Citroën»: Claud Galley, un bruto que tenía un pequeño taller de automóviles
cerca del río, y en el que trabajaban dos mecánicos con él.
Habría podido dar la información a la Policía. Pero no lo hizo. Era una
cuestión personal; algo que tenía que resolver él mismo. Sus antepasados lo
habrían comprendido perfectamente, pues, durante siglos, el código de la
vendetta había regido plenamente en Hydra. El hombre que no vengaba el mal
causado a los suyos, era un ser execrable.
Pero había algo más. Mientras esperaba oculto en la sombra, delante del
taller, a las seis de aquella tarde, sintió todo su ser invadido por una extraña y
fría excitación.
A las seis y media salieron los dos mecánicos. Esperó cinco minutos más
y cruzó la calle. La puerta de doble hoja estaba abierta; el «Citroën» estaba
aparcado detrás de ella, mirando a la calle, y detrás de él se iniciaba una
rampa de hormigón que conducía al sótano.
Galley estaba trabajando en un banco junto a la pared. Mikali introdujo la
mano derecha en el bolsillo de su impermeable y agarró el mango del cuchillo
de cocina que llevaba en él. Entonces vio que había una manera más sencilla.
Un procedimiento que contenía una buena dosis de justicia poética.

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Se asomó a la cabina del «Citroën», puso el cambio de marchas en punto
muerto, con la diestra enguantada, y soltó el freno de mano. El vehículo se
puso en movimiento y adquirió velocidad. Galley, medio borracho como de
costumbre, no advirtió el movimiento hasta el último instante, y se volvió,
chillando, y el camión, de tres toneladas, lo aplastó contra la pared.
Pero Mikali no encontró satisfacción en ello, porque Katina se había ido
para siempre, como se había ido el padre al que no había conocido, la madre
de la que sólo guardaba un vago recuerdo, y la abuela.
Caminó durante horas bajo la lluvia, como pasmado, hasta que, cerca de la
medianoche, le abordó una prostituta en el muelle.
Ésta tenía cuarenta años y parecía más vieja, motivo por el cual encendió
pocas luces al llegar a su apartamento. Aunque esto importaba poco en aquel
momento particular, pues John Mikali apenas si distinguía lo que era real de
lo que no lo era. En todo caso, no había estado nunca con una mujer.
Su inexperiencia se puso muy pronto de manifiesto, y la mujer, con la
divertida ternura que suelen mostrar las de su clase en tales circunstancias, le
inició rápidamente en los misterios del amor.
Él aprendió de prisa, repitiendo el acto con controlada furia y haciendo
que aquella mujer sintiese lo que no había sentido en muchos años y gimiese
y pidiese más. Después, cuando ella se hubo dormido, él yació despierto en la
oscuridad, maravillándose de su poder, que había hecho que una mujer como
aquélla se comportase de semejante manera. Era extraño, porque, después de
haber pensado siempre que era muy importante, descubría ahora que la cosa
significaba poco para él.
Eran las seis de la mañana cuando regresó a su apartamento. Le pareció
gris y vacío, muerto. La tapa del piano estaba abierta, y la partitura seguía en
el sitio donde la había dejado. Había perdido el examen, pero esto no
importaba ya. Se sentó y empezó a tocar despacio, y con mucho sentimiento,
la inquietante pieza de Le Pastour, de Grovlez; la misma que había estado
tocando el día del entierro de su abuela en Nueva York, cuando había llegado
Dimitri Mikali.
Por fin, se extinguieron las notas, cerró el piano, se levantó, se dirigió a
una mesa-escritorio y cogió sus pasaportes, el griego y el norteamericano,
porque tenía doble nacionalidad. Miró su apartamento por última vez, y salió
a la calle.
A las siete estaba en el Metro para ir a Vincennes. Una vez allí, cruzó
rápidamente las calles hasta el Fuerte Viejo, centro de reclutamiento de la
Legión Extranjera.

Página 18
Al mediodía había entregado sus pasaportes, como prueba de su identidad
y de su edad; después, fue sometido a un riguroso reconocimiento médico y
firmó un contrato por el que se obligaba a servir, durante un período de cinco
años, en el regimiento más famoso de todos los Ejércitos del mundo.
A las tres del día siguiente, en compañía de tres españoles, un belga y
ocho alemanes, tomó el tren con destino a Marsella, para ir al Fuerte de San
Nicolás.
Diez días más tarde, salió de Marsella con rumbo a Orán, en un buque de
transporte de tropas, junto con otros ciento cincuenta reclutas y varios
soldados franceses que servían en Argelia y en Marruecos.
Y el 20 de marzo llegó a su destino definitivo, Sidi-bel-Abbés, que,
después de casi un siglo, seguía siendo centro de todas las actividades de la
Legión.
La disciplina era severísima; el adiestramiento, brutal y encaminado a un
solo fin: producir los mejores combatientes del mundo. Mikali emprendió su
nuevo oficio con tan furiosa energía, que llamó la atención de sus superiores
desde el primer momento.
Después de permanecer unas semanas en Sidi-bel-Abbés, fue llevado un
día al Deuxiéme Bureau. En presencia del capitán, le entregaron una carta de
su abuelo el cual se había enterado de su paradero y le pedía que
reconsiderase la decisión que había tomado.
Mikali aseguró al capitán que se sentía feliz donde estaba, por lo cual le
pidieron que escribiese a su abuelo en este sentido, cosa que hizo en presencia
del capitán.
Durante los seis meses que siguieron, saltó veinticuatro veces en
paracaídas, se adiestró en el empleo de toda clase de armas modernas y
alcanzó un grado de aptitud física como nunca había podido soñar. Demostró
ser notable tirador, tanto con rifle como con pistola, y su clasificación en
combate sin armas fue la más alta de su grupo, lo cual le valió ser tratado con
mucho respeto por sus camaradas.
Bebía poco y sólo visitaba ocasionalmente el burdel de la población; sin
embargo, las mujeres que allá había se disputaban su atención, circunstancia
que hacía tiempo que había dejado de intrigarle y le era completamente
indiferente.
Recién ascendido a cabo, intervino por primera vez en una acción en
octubre de 1960, cuando el regimiento se dirigió a los montes Raki para
atacar a una importante fuerza de fellagha que dominaba la zona desde hacía
varios meses.

Página 19
Había unos ochenta rebeldes en la cima de un monte prácticamente
inexpugnable. El regimiento efectuó un ataque frontal, acción aparentemente
suicida, pero que no era tal, ya que, en el momento crucial de la batalla, la 3.ª
Compañía, de la que formaba parte Mikali, fue lanzada sobre la misma cima
desde unos helicópteros.
Siguió una lucha encarnizada, cuerpo a cuerpo, y Mikali se distinguió al
destruir un puesto de ametralladora que había causado más de dos docenas de
bajas entre los legionarios y que, durante un tiempo, pareció que podía hacer
fracasar la operación.
Después estaba sentado sobre una roca, vendando una herida de su brazo
derecho, cuando un español Pasó tambaleándose cerca de él, riendo
enloquecido y sosteniendo en una mano dos cabezas agarradas por los pelos.
Sonó un disparo y el español cayó de bruces, lanzando su último grito.
Mikali se volvió y, con una mano, disparó su fusil ametrallador contra dos
fellagha que se habían levantado entre un montón de cadáveres y los derribó a
los dos.
Permaneció un rato en la falda del monte, esperando, pero nadie más se
movió. Después se sentó, se apretó el vendaje del brazo con los dientes y
encendió un cigarrillo.

En los doce meses que siguieron, luchó en los callejones de la propia


ciudad de Argel, fue lanzado tres veces en paracaídas, de noche y en terreno
montañoso, para atacar por sorpresa a las fuerzas rebeldes, y sobrevivió a
numerosas emboscadas.
Recibió un galón por su herida y la Médaille Militaire, y, en marzo de
1962, ascendió a cabo primero. Era un anden, es decir, la clase de legionario
capaz de aguantar un mes durmiendo cuatro horas por la noche y marchando
cincuenta kilómetros durante el día, con todo el equipo, si era necesario.
Había matado hombres, mujeres e incluso niños; por consiguiente, la muerte
no significaba nada para él.
Después de recibir su condecoración, fue relevado del servicio activo por
una temporada y enviado a una escuela de guerrilleros en Kefi, donde
aprendió todo lo referente a los explosivos —dinamita, TNT, plásticos— y a
las diferentes maneras de colocarlos con eficacia.
El día 1.º de julio regresaba al regimiento, después de terminar el curso,
haciéndose llevar por un camión de Intendencia. Al cruzar el pueblo de Kasfa,
una carga de cien libras de dinamita, hecha explotar por control remoto, partió
el camión por la mitad. Mikali se encontró en el centro de la plaza, a cuatro

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patas y milagrosamente vivo. Trató de levantarse, pero tronó una metralleta y
recibió dos balazos en el pecho.
Mientras yacía en el suelo, pudo ver que el conductor del camión se
retorcía débilmente al otro lado del destrozado vehículo. Cuatro hombres
avanzaron, llevaban diversas armas. Se inclinaron, riendo, sobre el conductor.
Mikali no podía ver lo que hacían, pero el conductor empezó a chillar. Al
cabo de un rato, sonó un tiro.
Entonces, los hombres se volvieron hacia Mikali, que se había arrastrado
hasta quedar sentado junto al pozo de la plaza, con la mano introducida
debajo de la guerrera de campaña empapada de sangre.
—No cosa buena, ¿eh? —dijo, en francés, el que parecía jefe del grupito.
Mikali vio que el cuchillo que llevaba en la mano izquierda estaba rojo de
sangre. Y sonrió, por primera vez, desde la muerte de Katina.
—¡Oh, podría ser peor! —repuso.
La mano que salió de debajo de la guerrera empuñaba una
«Smith & Wesson» de gran calibre, un arma que había comprado hacía unos
meses en el mercado negro de Argel. Su primer disparo fracturó la parte
superior del cráneo del hombre; el segundo alcanzó entre los ojos al tipo
situado detrás de aquél. El tercer hombre trataba de levantar su rifle cuando
Mikali le disparó dos veces en el vientre. El cuarto tiró el arma, horrorizado, y
echó a correr. Los dos últimos disparos de Mikali le rompieron la espina
dorsal, haciéndole caer de bruces sobre los ardientes restos del camión.
Más allá, aparecieron entre el humo unos cuantos lugareños que salían
temerosos de sus casas. Mikali vació la «Smith & Wesson», sacó
dificultosamente más municiones del bolsillo y volvió a cargar su arma. El
hombre que había sido herido en el vientre gimió y trató de levantarse. Mikali
le disparó un tiro en la cabeza.
Se quitó la boina, apretándola contra sus heridas para atajar la hemorragia,
y permaneció sentado de espaldas al pozo, con la pistola a punto, desafiando a
los lugareños a acercarse.
Todavía estaba allí, consciente y sin más compañía que los muertos,
cuando fue encontrado, una hora más tarde, por una patrulla de la Legión.

Todo esto fue una curiosa ironía, pues el día siguiente, 2 de julio, fue el
Día de la Independencia y terminaron siete años de lucha. Mikali fue
transportado en avión a Francia, al Hospital Militar de París, sección de
cirugía torácica. El 27 de julio, le fue concedida la Croix de la Valeur
Militaire. El día siguiente, llegó su abuelo.

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Éste tenía ahora setenta años, pero parecía encontrarse en buena forma. Se
sentó junto a la cama, miró durante un rato la medalla y, después, dijo
afectuosamente:
—He hablado con el Cuartel General de la Legión. Como aún no tienes
veintiún años, parece que, con un poco de influencia, podría conseguir que te
licenciasen.
—Sí, lo sé.
Y su abuelo, repitiendo una frase que había empleado aquella noche de
verano, en Atenas, hacía casi tres años, dijo:
—Has resuelto volver a la vida, ¿no es cierto?
—¿Por qué no? —respondió John Mikali—. Siempre es mejor que morir,
lo sé muy bien.

Le dieron un certificado imponente de buena conducta, en el cual se


declaraba que el cabo primero John Mikali había servido dos años con
honneur et fidélité y era licenciado antes de tiempo por razones de salud.
Había en esto buena parte de verdad. Las dos balas recibidas en el pecho
habían lesionado gravemente el pulmón izquierdo, y Mikali ingresó en la
clínica de cirugía torácica de Londres. Después, regresó a Grecia; no a
Atenas, sino a Hydra. A la villa situada más allá de Molos, en el promontorio
sobre el mar, con sólo las montañas y los bosques de pinos detrás de ella. Un
jugar agreste y salvaje, sólo accesible a pie o a caballo por la parte de tierra.
Tomó a su servicio una vieja pareja campesina que vivía en una casita
junto al malecón de la bahía. El viejo Constantino manejaba el bote, trayendo
suministros de la población de Hydra siempre que era necesario, y cuidaba de
la conservación de la finca, del abastecimiento de agua y del generador. Su
esposa hacía de ama de llaves y de cocinera.
Casi siempre estaba solo, salvo cuando venía su abuelo a pasar una
temporada. Entonces se sentaban frente a los leños que ardían en el hogar y
pasaban la velada hablando de todo. De arte, de literatura, de música e incluso
de política, a pesar de que esta última materia no importaba en absoluto a
Mikali.
En cambio, nunca discutían sobre Argelia. El viejo no preguntaba, y
Mikali nunca hablaba de ello. Era como si nunca hubiese ocurrido. John no
había tocado el piano una sola vez durante aquellos dos años; pero ahora
empezó a tocar de nuevo y siguió haciéndolo, con creciente dedicación,
durante los nueve meses que tardó en recobrar la salud.

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Una tranquila tarde de verano, en julio de 1963, durante una de las visitas
de su abuelo, tocó, después de la cena, el Preludio y fuga en mi bemol de
Bach, que había tocado en Atenas la noche en que resolvió ir a París.
La calma era absoluta. A través de las ventanas abiertas que daban a la
terraza, veíase el cielo anaranjado y llameante, al ponerse el sol detrás de la
isla de Dokos, a una milla mar adentro.
El abuelo suspiró.
—¿Debo entender, pues, que vuelves a estar dispuesto?
—Sí —contestó John Mikali, doblando los dedos—. Ya es hora de hacer
el intento definitivo.

Escogió Londres y la Escuela Real de Música. Alquiló un piso en Upper


Grosvenor Street, junto a Park Lañe, pues estaba cerca de Hyde Park, donde
corría siete millas todas las mañanas, con buen o mal tiempo, llevando
siempre su esfuerzo al máximo. Era difícil olvidar los viejos hábitos. Tres
veces a la semana se ejercitaba en un conocido gimnasio de la ciudad.
La Legión le había marcado en lo más hondo; nunca podría desprenderse
totalmente de ella. Lo comprobó una noche lluviosa, poco antes de las doce,
al ser atacado por dos jóvenes cuando salía de Grosvenor Square y entraba en
un callejón.
Uno de ellos le agarró desde atrás, pasándole un brazo por el cuello, y el
otro salió de detrás de la entrada enrejada del sótano de una casa.
Mikali dio una experta patada a la ingle de su atacante, propinándole un
golpe en la cara con la rodilla al gritar el joven y torcerse hacia delante. El
otro agresor se sintió tan impresionado, que aflojó su presa. Mikali se
desprendió y echó el codo derecho atrás, describiendo un breve arco. Se oyó
el claro chasquido de la mandíbula al romperse. El muchacho aulló y cayó de
rodillas; Mikali saltó sobre su amigo y se alejó rápidamente bajo la espesa
lluvia.
En la escuela, su fama fue en aumento durante tres años de duro esfuerzo.
Era bueno; más que bueno. Ellos lo sabían, y él también. No contrajo
amistades íntimas. Y no era que se hiciese antipático. Por el contrario, la
gente lo consideraba sumamente atractivo; pero había en él algo que le
aislaba, una barrera que nadie parecía capaz de atravesar.
Abundaban las mujeres a su alrededor, pero ninguna de ellas parecía
capaz de despertar el menor interés personal en él. Habría sido absurdo pensar
en una homosexualidad latente, pero sus relaciones con las mujeres eran
objeto, para él, de una total indiferencia. En cambio, producían un efecto

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extraordinario en ellas, y, al terminar el primer curso y ganar la medalla de
oro Raildon, su fama como amante había adquirido proporciones casi
legendarias.
Aquella medalla no fue bastante para él, para el hombre nuevo en que se
había convertido. Por consiguiente, fue a Viena para estudiar un año con
Hoffman. Era el toque final. Después, en el verano de 1967, sintió que estaba
preparado.

Hay un viejo dicho entre los músicos profesionales, según el cual es más
difícil acceder a una tribuna de conciertos que triunfar cuando se ha subido a
ella.
Hasta cierto punto, Mikali hubiese podido comprar su debut. Pagar a un
agente para que alquilase un salón en Londres o en París y prepararse un
recital; pero su orgullo no lo habría tolerado. Tenía que agarrar al mundo por
el cuello. Obligarlo a escucharle. Y sólo había una manera de lograrlo.
Después de unas cortas vacaciones en Grecia, volvió a Inglaterra, a
Yorkshire, como participante en el Festival de Música de Leeds, uno de los
concursos de piano más importantes del mundo. Ganarlo era conseguir una
fama instantánea, garantía de una gira de conciertos.
Se clasificó tercero y recibió inmediatamente ofertas de tres agencias
importantes. Las rechazó; practicó catorce horas diarias durante un mes, en su
piso de Londres, y, en el mes de enero siguiente, se dirigió a Salzburgo. En el
concurso celebrado allí obtuvo el primer premio, venciendo a cuarenta y ocho
concursantes de todo el mundo, con el Cuarto Concierto para piano, de
Rachmaninov, obra que habría de ser su preferida en los años venideros.
Su abuelo estuvo allí durante los siete días del festival, y después, cuando
todo el mundo se hubo marchado, cogió dos copas de champaña y las llevó al
balcón, donde se hallaba Mikali contemplando la ciudad.
—El mundo es tuyo —le dijo—. Ahora se te disputarán. ¿Qué sientes?
—Nada —contestó John Mikali. Sorbió un poco de champaña helado y,
de pronto, inexplicablemente, vio a los cuatro fellagha que salían de detrás
del camión en llamas y se acercaban riendo—. No siento nada.

En los dos años que siguieron, sus ojos negros y su pálido y bello rostro
aparecieron en carteles en Londres, París, Roma y Nueva York, y su fama fue
en aumento. Los diarios y las revistas sacaron partido de sus dos años en la
Legión y de las condecoraciones logradas por su valor. En Grecia se convirtió

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en una especie de héroe popular y, por eso, sus conciertos en Atenas eran
siempre acontecimientos importantes.
Las cosas habían cambiado en Grecia desde que los coroneles ocuparon el
poder, gracias al golpe militar de abril de 1967 y al exilio del rey Constantino
en Roma.
Dimitri Mikali tenía setenta y seis años, y no los disimulaba. Aunque aún
mantenía abierta su casa por las noches, pocas personas la frecuentaban. Sus
actividades en favor del partido del Frente Democrático habían aumentado su
impopularidad ante el Gobierno, y su periódico había sido suspendido en
varias ocasiones.
—La política —le dijo Mikali en una de sus visitas— es una tontería. Un
juego de niños. ¿Por qué crearte preocupaciones?
—¡Oh! En realidad lo paso muy bien. —Su abuelo sonrió—. Tengo lo que
podríamos llamar una situación privilegiada, gracias a que mi nieto es una
celebridad internacional.
—Está bien —dijo Mikali—. Tenéis una Junta Militar en el poder, a la
que disgustan las minifaldas. ¿Y qué? Puedo asegurarte que he estado en
lugares mucho peores que en la Grecia actual.
—Los presos políticos se cuentan por millares; el sistema docente se
emplea para influir en los niños; la izquierda ha sido poco menos que
aniquilada. ¿Puede llamarse democracia a esto?
Nada de ello causó el menor efecto en Mikali. Al día siguiente voló a
París, y por la noche dio un recital de música de Chopin, en un acto benéfico
internacional en pro de la lucha contra el cáncer.
Le esperaba una carta de su agente de Londres, Bruno Fischer, sobre el
itinerario de una gira por Inglaterra, Gales y Escocia, en otoño. Estaba
estudiándola en su camerino, después del recital, cuando el conserje llamó a
la puerta.
—Un caballero desea verle, Mr. Mikali.
Un individuo alto y corpulento, de incipiente calvicie y tupido bigote
negro, apartó a un lado al conserje y se plantó en la puerta. Llevaba un
mugriento impermeable sobre un arrugado traje de tweed.
—Hola, Johny. Me alegro de verte. Sargento Claude Jarrot, de la
3.ª Compañía, Segundo REP. Saltamos juntos una noche sobre El Kebir.
—Lo recuerdo —dijo Mikali—. Te rompiste un tobillo.
—Y tú te quedaste conmigo cuando los fellagha rompieron la línea del
frente. —Jarrot le tendió la mano—. He sabido de ti por los periódicos y,
cuando vi que dabas este concierto esta noche, resolví venir. No por la

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música, pues ésta me importa un bledo. —Hizo un guiño—. Pero no podía
desdeñar la oportunidad de saludar a un viejo camarada de Sidi-bel-Abbés.
Podía tratarse de un sablazo, pues el hombre parecía bastante andrajoso;
pero su presencia le hizo evocar los viejos tiempos. Por alguna razón, lo
recibió con agrado.
—Celebro que hayas venido. Estaba a punto de marcharme. ¿Qué te
parecería si tomásemos un trago? Debe de haber algún bar cerca de aquí.
—En realidad, tengo un taller mecánico a una manzana de aquí —explicó
Jarrot—. Y un apartamento encima de él. Y buen licor, en este preciso
instante «Napoleón» auténtico.
—Tú conduces —dijo Mikali—. Vayamos allá.

Las paredes del cuarto de estar estaban colmadas de fotos que registraban
la carrera de Jarrot en la Legión, y había otros recuerdos por todas partes,
incluido su quepis blanco y sus charreteras de gala en el aparador.
El coñac «Napoleón» era bastante auténtico, y el hombre se emborrachó
con mucha rapidez.
—Pensaba que te habían dado la patada cuando el putsch —dijo Mikali—.
¿No estabas metido hasta el cuello en la OAS?
—¡Claro que lo estaba! —admitió Jarrot, en tono agresivo—. Todos
aquellos años en Indochina… Estuve en Dien Bien Fu, ¿sabes? Aquellos
pequeños bastardos amarillos me tuvieron seis meses en un campo de
prisioneros. Nos trataban como a cerdos. Y después, el fiasco de Argelia,
cuando el viejo se cagó en todos nosotros. Todo francés que se respete, y no
sólo los imbéciles como yo, debería estar en la OAS.
—Creo que hoy no tiene un porvenir muy bueno, ¿eh? —dijo Mikali—.
El viejo demostró que no se andaba con chiquitas cuando hizo matar a Bastien
Thiry. ¿Cuántas tentativas se hicieron para liquidarle, sin que ni una sola de
ellas diese resultado?
—Tienes razón —admitió Jarrot, echando otro trago—. ¡Oh! Yo
representé mi papel. Ven y echa un vistazo.
Quitó un tapete de encima de un arca colocada en un rincón, sacó una
llave del bolsillo y abrió aquélla con dificultad. En su interior había un buen
surtido de armas: varias metralletas, una serie de pistolas y granadas.
—Tengo todo esto guardado aquí desde hace cuatro años —dijo—. Cuatro
años; pero se rompió la red. Y se acabó. Hoy en día hay que ganarse la vida
de otras maneras.
—¿El taller?

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Jarrot se llevó un dedo a la nariz.
—Ven, te lo mostraré. De todos modos, esta maldita botella está vacía.
Abrió una puerta del fondo del taller y entraron en una habitación llena de
las más variadas cajas de cartón y de embalaje. Abrió una de ellas y sacó otra
botella de coñac «Napoleón».
—Ya te dije que había más. —Agitó un brazo—. Aquí hay de todo. Los
licores que prefieras. Cigarrillos, conservas. Y lo habré despachado todo a
final de mes.
—¿De dónde lo sacas? —preguntó Mikali.
—Digamos que de la trasera de un camión que pasa —explicó Jarrot, con
una risotada de borracho—. La discreción ante todo, como solíamos decir en
la Legión. Pero recuerda esto, mon ami. Si alguna vez necesitas algo, lo que
sea, pídeselo al viejo Claude. Tengo buenas relaciones. Puedo conseguirte lo
que quieras, ¡palabra! Y no sólo porque eres un viejo camarada de Bel-Abbés.
De no haber sido por ti, los fellagha me habrían castrado aquella vez, entre
otras cosas.
Ahora estaba muy borracho, y Mikali le siguió la corriente, dándole unas
palmadas en la espalda.
—Lo tendré en cuenta.
Jarrot arrancó el tapón con los dientes.
—Por la Legión —dijo—. El club más distinguido del mundo.
Bebió y pasó la botella a Mikali.

Estaba haciendo una gira por el Japón cuando recibió la noticia de la


muerte de su abuelo. El viejo, cada vez más delicado con el paso de los años,
hacía algún tiempo que necesitaba apoyarse en dos bastones para andar,
debido al artritismo que padecía en una cadera. Había perdido el equilibrio en
el balcón embaldosado de su apartamento y caído a la calle.
Mikali canceló los conciertos que pudo y voló a su país, pero tardó una
semana en llegar a Atenas. En su ausencia, la autoridad judicial había
ordenado la cremación del cadáver, de acuerdo con las instrucciones dejadas
por Dimitri Mikali en una carta dirigida a su abogado.
Mikali se trasladó a Hydra, como había hecho la otra vez, y a la villa de la
península más allá de Molos. Fue desde Atenas al puerto de Hydra en el
hidroala y encontró a Constantino que le estaba esperando en la lancha.
Cuando subió a ésta, el hombre le tendió un sobre sin decir palabra, puso el
motor en marcha y sacó la embarcación del puerto.

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Mikali reconoció inmediatamente la escritura de su abuelo. Sus dedos
temblaron ligeramente al abrir el sobre. El contenido era breve.

Si lees esto querrá decir que he muerto. Más pronto o más tarde, todos
hemos de hacerlo. Por consiguiente, nada de lamentaciones. Tampoco pienses
más en mi estúpida política, pues, en definitiva, el fin es quizá siempre el
mismo. Sólo sé una cosa con absoluta certeza. Tú iluminaste los últimos años
de mi vida, llenándolos de orgullo y de alegría, pero, sobre todo, cariño. Yo te
dejo el mío y, con él, mis bendiciones.

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2

A Mikali le escocían los ojos, y le costaba respirar. Cuando llegaron a la villa


se calzó unas botas con clavos, se puso ropa ordinaria y se lanzó a la montaña,
caminando durante horas hasta sentirse completamente agotado.
Pasó la noche en una casa de campo abandonada y no pudo dormir. Al día
siguiente, continuó su ascensión, y pasó otra noche como la primera.
Al tercer día volvió tambaleándose a la villa, donde Constantino y su
esposa le metieron en la cama. La vieja le dio una infusión de hierbas.
Durmió veinte horas seguidas y se despertó tranquilo y de nuevo dueño de sí
mismo. Ya era bastante. Telefoneó a Fischer, a Londres, y le dijo que quería
volver al trabajo.

En el piso de Upper Grosvenor Street le esperaba una montaña de


correspondencia. Miró rápidamente los sobres y se detuvo en uno de ellos.
Llevaba un sello de Grecia y la indicación de «personal». La carta había sido
enviada a su agente y reexpedida. Dejó las otras a un lado y la abrió. El
mensaje había sido escrito a máquina, en una hoja de papel corriente. No
había dirección. Ni firma. Decía así:

La muerte de Dimitri Mikali no fue un accidente: fue un asesinato. He


aquí las circunstancias. Desde hacía algún tiempo estaba bajo vigilancia de
ciertos servicios del Gobierno debido a sus actividades en favor del Frente
Democrático. Varios griegos amantes de la libertad habían compilado un
legajo para presentarlo a las Naciones Unidas, en el que figuraban detalles
sobre presos políticos encarcelados sin juicio previo, sobre atrocidades de
todas clases y sobre torturas y asesinatos. Se creía que Dimitri Mikali sabía
dónde estaba este legajo. La noche del 16 de junio fue visitado en su
apartamento por el coronel George Vassilikos, que dirige las actividades de la
rama política del Servicio de Información Militar, y que iba acompañado de
sus guardaespaldas, el sargento Andreas Aleko y el sargento Nikos Petrakis.

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Para obligar a Mikali a revelar el paradero del legajo, le golpearon
brutalmente y le quemaron la cara y las partes con encendedores. Cuando al
fin murió, a causa de estas torturas, Vassilikos ordenó que su cuerpo fuese
arrojado por el balcón, para que la muerte pareciese accidental. El forense
recibió la orden de redactar su informe en el sentido en que lo hizo, sin haber
visto siquiera el cadáver, y éste fue incinerado para borrar toda señal de malos
tratos y torturas. Los sargentos Aleko y Petrakis se jactaron de esta acción
hallándose borrachos, y fueron oídos por varias personas adictas a nuestra
causa.

La ira de Mikali no conoció límites. El dolor físico que atenazó su cuerpo


no podía compararse con nada de lo que había sentido con anterioridad. Se
dobló espasmódicamente, cayó de rodillas y se encogió en la posición fetal.
Nunca supo cuánto tiempo había estado así; pero al anochecer se encontró
vagando por las calles, envuelto en la creciente oscuridad, sin tener idea de
dónde se encontraba. Por último, entró en un pequeño y modesto café, pidió
una taza del negro brebaje y se sentó a una de las sucias mesas.
Alguien había dejado allí un ejemplar del Times de Londres. Lo cogió y
resiguió maquinalmente los artículos, sin captar realmente su sentido, hasta
que se irguió de pronto al ver un pequeño titular en mitad de la segunda
página:

Una delegación del Ejército griego visita París para celebrar


consultas con la OTAN.

Instintivamente supo el nombre que encontraría allí, antes de leer el texto


del artículo.

Después de esto, sonó el teléfono en su apartamento y todo pareció


encajar perfectamente, como si fuese una señal del mismo Dios. Llamaba
Bruno Fischer.
—¿John? Me alegro de que hayas llegado. Si te interesa, puedo ofrecerte
dos conciertos inmediatos, el miércoles y el viernes. Hoffer tenía que tocar el
Concierto en do menor de Schuman con la Sinfónica de Londres y sir Eugene
Goosens. Pero se ha roto la muñeca.
—¿El miércoles? —inquirió automáticamente Mikakali—. Sólo faltan tres
días.

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—Vamos, has grabado dos veces esa maldita pieza.
—Un ensayo será suficiente. Tú y Goosens, juntos, podéis causar
sensación.
—¿Dónde? —preguntó Mikali—. ¿En el «Festival Hall»?
—¡Oh, no! En París, Johnny. Sé que esto significa volver a tomar un
avión, pero ¿te importa?
—No —respondió Mikali, con voz pausada—. Me parece muy bien.

El golpe militar que había conquistado el poder en Grecia, en la


madrugada del 27 de abril de 1967, había sido hábilmente proyectado por sólo
un puñado de coroneles con absoluto secreto, lo que, en parte, explicaba su
triunfo. Los periódicos habían comentado extensamente el hecho en los días
sucesivos. Antes de emprender su vuelo nocturno a París, Mikali se pasó la
tarde en el British Museum repasando los periódicos y revistas publicados
inmediatamente después del golpe.
Su tarea no era tan difícil como podría parecer a primera vista, dado que
lo único que buscaba eran fotografías. Encontró dos. Una de ellas figuraba en
la revista Time y mostraba al coronel George Vassilikos, hombre alto y
gallardo, de unos cuarenta y cinco años, de bigote negro y espeso, al lado del
coronel Panadopoulos, dictador de Grecia en todos los sentidos.
La segunda foto estaba en un periódico publicado por los exiliados
griegos en Londres. En ella aparecía Vassilikos, acompañado de sus dos
sargentos. El pie de la fotografía decía así: El carnicero y sus esbirros. Mikali
arrancó disimuladamente la página y se marchó.

A la mañana siguiente de su llegada a París se dirigió a la Embajada de


Grecia, donde fue recibido con entusiasmo por el agregado cultural, doctor
Melos.
—Me alegro de verle, mi querido Mikali. No sabía que estuviese en París.
Mikali le explicó las circunstancias.
—Naturalmente, la Prensa de París publicará unos cuantos anuncios
urgentes, para que los aficionados sepan que yo estaré al piano, en vez de
Hoffer; pero pensé que debía asegurarme de que lo supiesen en la Embajada.
—Se lo agradezco muchísimo. El embajador se habría puesto furioso si no
se hubiese enterado. Permita que le ofrezca algo de beber.
—Me encantará proporcionarles localidades —le dijo Mikali—. Para el
embajador y aquellos a quienes éste quiera invitar. Creo haber leído algo

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sobre la llegada de algunos jefazos de Atenas, ¿no?
Melos hizo una mueca mientras le ofrecía una copa de jerez.
—No es que sean precisamente muy amantes de la cultura. El coronel
Vassilikos es del Servicio de Información, lo cual es un cortés eufemismo
de…
—Me lo imagino —cortó Mikali.
Melos consultó su reloj.
—Voy a mostrárselo.
Se acercó a la ventana. Había un «Mercedes» negro en el patio, y un
chófer plantado a su lado. Al cabo de un momento, el coronel Vassilikos bajó
los peldaños de la entrada principal, flanqueado por los sargentos Aleko y
Petrakis. Aleko se sentó delante, con el chófer, y Petrakis y el coronel lo
hicieron detrás. Al arrancar el «Mercedes», Mikali grabó en su memoria el
número de la matrícula, aunque el coche se distinguía fácilmente por la
banderola griega fijada sobre el guardabarro delantero.
—Las diez en punto —dijo Melos—. Exactamente igual que cuando
estuvo aquí hace unos meses. Si sus intestinos funcionan con la misma
regularidad, debe de tener una salud magnífica. Ahora irá a la Academia
Militar de St. Cyr a trabajar, y pasará por el Bois de Meudon y por Versalles.
Le gusta este recorrido, según me ha dicho su chófer.
—¿Y no se divierte nunca? —dijo Mikali—. Parece un tipo adusto.
—Hay quien dice que le gustan los muchachos, pero quizá no sea más que
un chisme. Lo que puedo asegurarle es que la música no figura entre sus
aficiones.
Mikali sonrió.
—Bueno, nosotros no podemos gustar a todos. Pero quizás usted y el
embajador…
Melos le acompañó hasta la entrada principal.
—Sentí mucho la desgraciada muerte de su abuelo. Debió de ser un golpe
terrible para usted. Y volver a los conciertos después de tan poco tiempo…
Sólo puedo decirle que su valor me llena de admiración.
—Es muy sencillo —explicó Mikali—. Era el hombre más grande que
conocí en mi vida…
—Y estaba muy orgulloso de usted, ¿no?
—En efecto. Por eso, si no continuase ahora, en honor de él, sería la
mayor traición imaginable. Podríamos decir que esta actuación en París es
una vela que enciendo en su memoria.
Dio media vuelta, bajó la escalinata y se dirigió a su coche alquilado.

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Por la tarde tuvo un ensayo con la Sinfónica de Londres y con Goosens.
El gran director estaba en plena forma, y Mikali y él se entendieron
inmediatamente. Sin embargo, Goosens propuso otro ensayo la tarde
siguiente, entre las dos y las cuatro, ya que el concierto empezaba a las siete y
media. Mikali se mostró de acuerdo.

A las cinco y media de aquella tarde esperaba en un viejo «Citroën»


detenido en un arcén de la carretera de Versalles, no lejos del Palacio. Jarrot
estaba al volante.
—Si al menos me dijeses lo que te propones… —gruñó.
—Más tarde. —Mikali le ofreció un cigarrillo—. Me dijiste que acudiese
a ti si necesitaba algo, ¿no?
—Sí, pero…
En aquel momento pasó el «Mercedes» negro con la banderola griega, y
Mikali dijo, en tono apremiante:
—Sigue a ese coche. No tienes que correr. No va a más de cuarenta.
—Esto no tiene sentido —dijo Jarrot, arrancando—. Con un cacharro
como ése…
—Es muy sencillo —dijo Mikali—. Al coronel le gusta el paisaje.
—¿El coronel?
—Cállate y conduce.
El «Mercedes» tomó la carretera que cruza el Bois de Meudon y que, a
aquella hora de la tarde, estaba tranquila y desierta. Empezó a alejarse. En
aquel instante, un motorista pasó junto a ellos a gran velocidad y con el faro
encendido; era una figura siniestra, con casco y gafas y chaqueta negra con
capucha, y un fusil ametrallador cruzado sobre su espalda.
Adelantó al «Mercedes» y desapareció carretera adelante.
—¡Bastardo! —Jarrot escupió por la ventanilla—. Desde hace un tiempo,
muchos de esos cerdos CRS andan por ahí con esas veloces motos. Yo
pensaba que no eran más que unos policías antidisturbios.
Mikali sonrió suavemente y encendió otro cigarrillo.
—Puedes reducir la marcha. Ahora ya sé cómo tengo que hacerlo.
—¡Por el amor de Dios! ¿Hacer qué?
Mikali se lo dijo. El «Citroën» se desvió violentamente al apretar Jarrot el
freno y detener el coche en la orilla de la carretera.
—Estás loco. Tienes que estarlo. Nunca podrás hacer una cosa así.

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—¡Oh, sí! Lo haré, con tu ayuda. Tú puedes proporcionarme todo lo que
necesito.
—¡Qué me zurzan, si lo hago! Escucha, loco del diablo, una voz por
teléfono es cuanto necesitaría la Sûreté.
—Eres un gordo estúpido —dijo tranquilamente Mikali—. Yo soy John
Mikali. Toco el piano en Roma, en Londres, en París, en Nueva York. ¿Quién
podría sospechar que acariciase una idea tan loca? ¿Por qué tendría que hacer
una cosa semejante? Mi abuelo murió al caer por accidente del balcón. El
tribunal lo declaró.
—¡No! —exclamó furiosamente Jarrot.
—En cambio tú, viejo patán, no eres solamente un fullero de baja estofa,
como vi claramente aquella noche, cuando me mostraste el botín que guardas
en tu taller, sino que estás también metido hasta el cuello en la OAS.
—Nadie puede demostrarlo —chilló Jarrot.
—Ya lo creo que pueden. Bastaría con tu nombre y una ligera insinuación
de una conexión con la OAS y su Servicio Cinco…, ¿no es así como llaman a
su rama fuerte, a los barbouzes? La mayoría de ellos son viejos camaradas
tuyos de Argel; por tanto, sabes lo que te esperaría. Te tumbarían sobre una
mesa, atarían unos alambres a tus testículos y apretarían el interruptor. Al
cabo de media hora, les habrías contado todos los detalles, y aún no te
creerían. Seguirían apretándote, hasta sacártelo todo. Y morirías, o quedarías
idiota para siempre.
—¡Ya está bien! —gimió Jarrot—. No sigas. Lo haré.
—Naturalmente. Ya ves, Claude, que lo único que tienes que hacer es
vivir honradamente. Y ahora, vayámonos de aquí.
Bajó el cristal de la ventanilla y dejó que el aire de la tarde refrescase su
cara. No se había sentido tan animado desde hacía años, y todos sus nervios
estaban perfectamente templados. Era como el último momento entre
bastidores, antes de dirigirse al piano y recibir los aplausos atronadores, en
grandes oleadas…
Acababan de dar las seis de la tarde siguiente, cuando Paros, el chófer de
la Embajada que conducía el «Mercedes», dejó Versalles a su izquierda y se
introdujo en el Bois de Meudon. El sargento Aleko iba sentado a su lado.
Petrakis ocupaba una banqueta de atrás, delante del coronel Vassilikos, que
estaba estudiando un legajo. El cristal intermedio estaba corrido.
Había llovido mucho durante la tarde, y el parque estaba desierto. Paros
rodaba despacio, como de costumbre, y, a la menguante luz del crepúsculo,
advirtió el resplandor de un faro detrás de su coche. Un hombre de la CRS,

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con impermeable negro y casco de motorista, se puso a su altura y le hizo
seña de que se detuviese. Como llevaba el cuello del impermeable levantado y
caladas las gafas, Paros no podía ver su cara en absoluto.
—CRS —indicó Aleko.
El coronel Vassilikos descorrió el cristal interior y dijo:
—Pregúntenle qué quiere.
Al detenerse el «Mercedes», el hombre de la CRS se detuvo a su vez
delante del coche, saltó de su pesada «BMW» y colocó ésta sobre su soporte.
Se acercó a los del automóvil. Cruzado sobre la pechera del mojado
impermeable, llevaba un fusil ametrallador «MAT 39».
Aleko abrió la portezuela y se apeó.
—¿Qué pasa? —preguntó en un francés infame.
El hombre de la CRS sacó del bolsillo un revólver «Colt» del 45, del tipo
empleado por el Ejército norteamericano durante la Segunda Guerra Mundial.
Pegó dos tiros a Aleko en el corazón, y el sargento cayó sobre el
«Mercedes», rebotó y quedó tendido de bruces en la cuneta.
Petrakis, sentado en la banqueta, de espaldas al cristal interior, recibió la
tercera bala en la base del cráneo. Cayó hacia delante, muerto en el acto, y se
dobló como si rezase sobre el asiento, al lado del coronel, el cual se echó
atrás, horrorizado, con su uniforme salpicado de sangre.
Paros se agarró con fuerza al volante, temblando de los pies a la cabeza,
mientras el cañón de la pistola giraba en su dirección.
—No… ¡No, por favor!
Con los años, Mikali había aprendido a hablar un griego que respondía a
las más severas exigencias de la sociedad ateniense, pero ahora adoptó el
acento de campesino cretense que le había enseñado Katina mucho tiempo
atrás.
Arrancó a Paros del volante.
—¿Quién eres? —le preguntó, sin perder de vista a Vassilikos.
—Dimitri Paros. No soy más que un chófer de la Embajada. Tengo mujer
e hijos.
—Deberías elegir un empleo mejor que trabajar para unos cerdos fascistas
como ésos —dijo Mikali—. Ahora, ¡lárgate con mil diablos por el parque!
Paros se alejó, tambaleándose, y Vassilikos graznó:
—¡Por el amor de Dios!
—¿Qué tiene Dios que ver con esto? —inquirió Mikali, abandonando su
acento cretense.

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Se bajó las gafas. Una expresión de asombro infinito se pintó en el
semblante del coronel.
—¿Usted? ¡No es posible!
—¡Por mi abuelo! —exclamó Mikali—. Quisiera hacerlo más despacio,
pero no tengo tiempo. Al menos, irá usted al infierno sabiendo quién le envía
allí.
Al abrir Vassilikos la boca para añadir algo, Mikali se inclinó hacia
delante y le pegó un tiro entre los ojos. A tan poca distancia, la pesada bala le
fracturó el cráneo, matándole al instante.
Un segundo más tarde, el motorista saltó sobre la «BMW» y se alejó de
allí. Un coche que rodaba en dirección a Versalles se cruzó con él. Por el
espejo retrovisor vio que aminoraba la marcha y se detenía junto al
«Mercedes». Pero esto ya no importaba. Salió de la carretera por uno de los
caminos laterales y se perdió entre los árboles.
En un arcén solitario del otro lado del parque, desierto a aquella hora de la
tarde, Jarrot esperaba, temeroso, junto a la vieja camioneta «Citroën». La
puerta de atrás estaba bajada formando una rampa, y el hombre fingía arreglar
una de las ruedas traseras.
Se oyó el ruido de la «BMW», que se acercaba entre los árboles. Mikali
apareció y, sin detenerse, subió la rampa con la moto y se introdujo en la parte
de atrás de la camioneta. Jarrot levantó rápidamente la puerta trasera, corrió a
la cabina y se puso al volante. Mientras arrancaba, pudo oír las sirenas de los
coches de la Policía a su izquierda, muy lejos.

Mikali se plantó delante de la puerta abierta del horno del taller y arrojó,
una a una, las prendas del uniforme de CRS e incluso el casco de plástico. La
«BMW» estaba en un rincón, junto al camión «Citroën», despojada de los
distintivos de la Policía y de la placa de matrícula falsa, que, por ser casi todo
de plástico, ardió también perfectamente.
Cuando subió al piso, se encontró a Jarrot sentado a la mesa, con una
botella de «Napoleón» y un vaso delante de él.
—Los tres —dijo—. ¡Dios mío! ¿Qué clase de hombre eres?
Mikali sacó un sobre y lo dejó sobre la mesa.
—Quince mil francos, según lo convenido. —Sacó el «Colt» del bolsillo
—. Me lo llevaré. Prefiero desprenderme yo mismo de él.
Se dirigió a la puerta. Jarrot dijo:
—¿A dónde vas?

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—Tengo un concierto —le respondió Mikali—. ¿Lo habías olvidado? —
Consultó su reloj—. Exactamente, dentro de treinta minutos; por
consiguiente, tengo que darme prisa.
—¡Jesús! —exclamó Jarrot, y añadió, con vehemencia—: ¿Y si algo sale
mal? ¿Y si te descubren?
—Confía en que no lo hagan. Por tu propio bien y por el mío. Volveré
después del concierto. Digamos a las once. ¿De acuerdo?
—Claro —dijo cansadamente Jarrot—. No tengo adónde ir.
Mikali subió a su coche alquilado y se alejó de allí. Se sentía tranquilo y
relajado, sin el menor temor, aunque parecía evidente que Claude Jarrot había
perdido sus antiguas facultades. Además, su actitud dejaba mucho que desear.
Ciertamente, no era el hombre que había sido en Argelia. Era una lástima,
pero sin duda tendría que hacer algo acerca de Jarrot. Pero, de momento, tenía
que pensar en el concierto.
Llegó a la Ópera sólo quince minutos antes de la hora; apenas el tiempo
necesario para cambiarse. Pero se cambió, y estaba ya entre bastidores al salir
Goosens al escenario.
Le siguió, entre una salva de aplausos. El lleno era total, y advirtió que
Melos y el embajador de Grecia y la esposa de éste estaban en la tercera fila,
ocupando Melos el asiento junto al pasillo.
El Concerto en la menor fue en principio escrito por Schumann como una
fantasía de un movimiento para piano y orquesta, dedicado a su esposa Clara,
que era pianista de concierto. Más tarde, la convirtió en un concerto de tres
movimientos que el crítico musical del Times de Londres calificó de trabajo
laborioso y ambicioso, encomiando los intentos de Frau Schumann de
convertir en música la rapsodia de su marido.
Aquella noche, las manos de Mikali la hicieron resplandecer y cobrar
vida, electrizando literalmente al público. Por esto fue grande la sorpresa, por
emplear un término suave, cuando, mediado el intermezzo, y respondiendo a
un mensaje traído por un ordenanza, el embajador de Grecia, su esposa y el
agregado cultural, se levantaron y se fueron.
Jarrot escuchó las noticias en la televisión. Según el comentarista, se
trataba evidentemente de un crimen político, ya que el asesino había dejado
huir al chófer y había calificado de fascistas a las víctimas. Probablemente era
miembro de uno de los grupos de griegos disidentes que vivían exiliados en
París. Si era así, la Policía tenía una pista magnífica. El hombre al que
buscaban era cretense, un campesino cretense. El chófer estaba seguro de ello.
Había reconocido el acento.

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Las fotos de los cadáveres, particularmente los de la parte de atrás del
«Mercedes», no podían ser más elocuentes, e hicieron que Jarrot recordase
algunas hazañas de Mikali en los viejos tiempos. Y éste le había dicho que
volvería después del concierto. ¿Por qué? Sólo podía haber una razón.
Tenía que largarse mientras estuviese aún a tiempo, pero ¿a quién acudir?
Desde luego, no a la Policía, ni a ninguno de sus socios delincuentes. De
pronto, a pesar de su media borrachera, dio con la respuesta evidente. Sólo
había una persona. Deville, su abogado. El mejor criminalista en su ramo,
según decían todos. Le había salvado dos veces de la cárcel. Deville sabría lo
que había que hacer.
Naturalmente, ahora no estaría en su oficina, pero sí en el apartamento
donde vivía solo desde que su esposa había muerto de cáncer tres años antes.
Rué de Nanterre, junto a la Avenue Víctor Hugo. Jarrot buscó el número del
teléfono y lo marcó sin perder instante.
Tardaron un poco en responder.
—Aquí, Deville —dijo una voz.
—Abogado, soy yo, Jarrot. Tengo que verle.
—¿Te has metido en otro lío, Claude? —preguntó Deville, con una risa
bonachona—. Te recibiré en mi despacho antes que a nadie. Digamos, a las
nueve.
—No puedo esperar, señor.
—Pues tendrás que hacerlo, amigo mío. Ahora voy a salir para cenar.
—Señor, ¿ha oído las noticias de esta noche? Lo ocurrido en el Bois de
Meudon.
—¿Los asesinatos? —La voz de Deville había cambiado—. Sí.
—Por eso tengo que verle.
—¿Estás en el taller?
—Sí.
—Entonces, te espero dentro de quince minutos.

Jean Paul Deville tenía cincuenta y cinco años, y era uno de los
criminalistas más famosos de la curia de París. A pesar de esto, sus relaciones
con la Policía eran excelentes. Aunque empleaba todos los trucos del oficio en
favor de sus clientes, era recto, justo y absolutamente correcto en sus tratos.
Caballero, en el viejo sentido de la palabra, había colaborado en beneficio de
la Sûreté en más de una ocasión, cosa que le había convertido en una figura
popular en el sector.

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Toda su familia había muerto en los bombardeos de Calais por los
«Stukas», en 1940. El propio Deville no había servido en el Ejército, por ser
corto de vista. Trabajaba de escribiente en un despacho de abogado, y había
sido enviado a la Alemania Oriental y a Polonia, con miles de paisanos suyos,
para realizar trabajos forzados.
Como otros muchos franceses, pillados detrás del «telón de acero» al
terminar la guerra, no había vuelto a Francia hasta 1947. Como toda su
familia de Calais había muerto, resolvió empezar una vida nueva en París.
Ingresó en la Sorbona, gracias a una beca especial del Gobierno para los que
se hallaban en su situación, y se licenció en Derecho.
Con los años adquirió una buena reputación. Se casó con su secretaria en
1955, pero no tuvieron hijos. Ella había estado siempre delicada de salud, y
contrajo un cáncer de estómago, del que murió después de dos años de
padecimientos.
Todo esto le había granjeado la simpatía general, no sólo de la Policía y
de sus compañeros de profesión, sino también de la hermandad de los
delincuentes.
Lo cual era, sin duda, bastante irónico, si se tenía en cuenta que este
bonachón y apuesto francés era en realidad el coronel Nikolai Ashimov, un
ucraniano que no había visto su país desde hacía quizá veinticinco años.
Probablemente, el más importante agente secreto ruso en la Europa
Occidental. Agente no de la KGB, sino de su más encarnizada rival, la
sección de información del Ejército Rojo, más conocida por la sigla GRU.
Los rusos, incluso antes de terminar la guerra, tenían escuelas de espías en
diversos lugares de la Unión Soviética, cada una de ellas con un matiz
nacional característico, como Glacyna, donde se adiestraba a los agentes para
trabajar en los países de habla inglesa, y que era una copia de una población
británica, donde vivían exactamente como lo harían en Occidente.
Ashimov pasó dos largos años preparándose de manera parecida en
Grosnia, donde se copiaba escrupulosamente todo lo francés: el ambiente, la
cultura, la cocina y la indumentaria.
Desde el primer momento tuvo una clara ventaja sobre los demás, porque
su madre era francesa. Progresó rápidamente y, en definitiva, fue incorporado
a un grupo de trabajadores franceses en Polonia, en 1946, donde soportó las
penalidades de su existencia y asumió el papel de Jean Paul Deville, que
había muerto de pulmonía en una mina de carbón siberiana, en 1945. Hasta
que, en 1947, había sido enviado a casa…, a Francia.

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Deville sirvió otro coñac a Jarrot.
—Vamos, bebe; veo que lo necesitas. Es una historia asombrosa.
—Puedo fiarme de usted, ¿verdad, señor? —preguntó Jarrot, aturullado—.
Quiero decir, que si los polis se oliesen algo de esto…
—Pero, querido amigo —respondió Deville, tranquilizándole—, ¿no te lo
he dicho otras veces? La relación entre el abogado y su cliente es igual que la
que existe entre el confesor y el penitente. Piensa que si hubiese revelado a la
SDECE lo que sé acerca de tus relaciones con la OAS…
—Pero ¿qué puedo hacer? —preguntó Jarrot—. Si vio usted el noticiario
de la Televisión, ya sabe de lo que es capaz.
—¡Es fantástico! —exclamó Deville—. Desde luego, le he oído tocar el
piano muchas veces. Algo magnífico. Recuerdo vagamente haber leído en
alguna parte que sirvió en la Legión un par de años, cuando era un muchacho.
—Ése no fue nunca un muchacho —replicó Jarrot—. Si le contase
algunas de las cosas que hizo en Argel en los viejos tiempos… Mire, en Kasfa
recibió dos balazos en el pulmón y aún consiguió matar a cuatro fellagha con
una pistola. Con una pistola, ¿se imagina?
Deville le sirvió otro coñac.
—Cuéntame más cosas de él.
Jarrot lo hizo y, cuando hubo terminado, estaba borracho como una cuba.
—Y ahora, ¿qué hago?
—Creo que él dijo que volvería a las once. —Deville miró su reloj—.
Ahora son las diez. Voy a ponerme el abrigo y nos iremos al taller. Será mejor
que conduzca yo. Ni siquiera estás en condiciones de cruzar la calle a pie.
—¿Al taller? —repitió Jarrot, con voz pastosa y lenta—. ¿Por qué al
taller?
—Porque quiero conocerle. Charlar con él en beneficio tuyo. —Dio una
palmada en el hombro de Jarrot—. Confía en mí.
Entró en su dormitorio, se puso un abrigo oscuro y el sombrero negro de
ala rígida que usaba siempre. Abrió el cajón de la mesita de noche y sacó de
él una Pistola. A fin de cuentas, iba a enfrentarse con un hombre que, si era
verdad todo lo que le habían contado esta noche, era un psicópata homicida
de primera clase.
Sopesó la pistola en su mano y, entonces, corriendo instintivamente el
mayor riesgo de su vida, volvió a dejarla en el cajón. Volvió a la otra
habitación, donde encontró a Jarrot tomándose otra copa de coñac.
—Bueno, Claude —dijo, alegremente—. Vamos allá.

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El concierto fue un éxito total. Mikali fue obligado a saludar repetidas
veces, mientras muchos sectores del público le pedían otra pieza. Al fin,
accedió. Hubo un murmullo excitado y, después, un silencio absoluto, al
sentarse él delante del piano. Tras una breve pausa, empezó a tocar Le
Pastour, de Gabriel Grovlez.

Aparcó el coche alquilado a cierta distancia del taller, siguió a pie, bajo la
espesa lluvia, y se introdujo en el taller por la puerta pequeña de la entrada
principal. Todavía llevaba el «Colt» en el bolsillo derecho del impermeable.
Palpó la culata en la oscuridad, mientras escuchaba una música débil
procedente del apartamento de arriba.
Subió sin hacer ruido y abrió la puerta. El cuarto de estar aparecía
envuelto en una media oscuridad, ya que sólo estaba encendida la lámpara de
encima de la mesa, sobre la cual roncaba suavemente Jarrot, en un sueño de
borracho.
A su lado había una botella de «Napoleón» vacía y otra de la que había
bebido ya un cuarto. Una radio portátil emitía música en tono bajo, hasta que
ésta fue interrumpida por la voz del locutor, que daba más detalles sobre las
intensas pesquisas de la Policía para encontrar al asesino de Vassilikos y sus
hombres.
Mikali alargó una mano, cerró la radio y sacó el «Colt» de su bolsillo.
Una voz suave dijo, en correcto inglés con ligero acento francés:
—Si es éste el revólver que me imagino, sería un tremendo error matarle
con él.
Deville salió de la sombra del fondo de la estancia.
No se había quitado el abrigo oscuro y llevaba un bastón de paseo en una
mano y su sombrero en la otra.
—Extraerían la bala del cadáver y averiguarían que había sido disparada
con el mismo revólver empleado contra Vassilikos y sus hombres. Estoy en lo
cierto, ¿no? ¿Es el mismo revólver? —Se encogió de hombros—. Lo cual no
quiere decir que tuviesen muchas probabilidades de descubrirle; pero el
menor riesgo de estropear una operación tan brillante sería una estupidez.
Mikali esperaba, con el «Colt» apoyado en su cadera.
—¿Quién es usted? —preguntó.
—Jean Paul Deville. De profesión, abogado criminalista. Esa pobre
criatura es cliente mío. Me visitó esta noche, en estado de gran agitación, y
me lo contó todo. Como puede ver, existe una relación especial entre él y yo.

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Podríamos decir que soy su confesor. Hace un año o dos, hizo alguna
trapacería con la OAS, y yo le saqué del apuro.
Metió una mano en el bolsillo, y el «Colt» se levantó al instante.
—Sólo quiero un cigarrillo, se lo aseguro. —Deville sacó una pitillera de
plata—. Hace muchos años que no he disparado un arma. Ni usado
instrumentos contundentes. No llevo nada en la manga. El asunto nos
incumbe solamente a usted y a mí, y a ese pobre borracho de la mesa. No lo
ha contado a nadie más.
—¿Y usted le cree?
—¿A quién podía acudir? Como un conejo asustado, corrió a la única
madriguera que conocía.
—¿Para contárselo todo?
—Tenía miedo de que usted le matase. Verdadero pánico. Me lo contó
todo acerca de usted. Argelia, la Legión. Lo de Kafsa, por ejemplo. Aquel
pequeño asunto le causó una profunda impresión. Y también me explicó la
razón de su última hazaña: que Vassalikos había torturado y asesinado a su
abuelo.
—¿Y bien? —dijo Mikali, esperando pacientemente.
—Podía haber escrito una carta con los detalles de todas estas acciones
antes de salir esta noche de mi apartamento. Y enviarla a mi secretaria con
una nota pidiéndole que la entregara a la persona adecuada del SDECE.
—Pero no lo hizo.
—No.
—¿Por qué?
Deville se acercó a la ventana y la abrió. Seguía lloviendo a cántaros. Se
oía el ruido del tráfico nocturno.
—Dígame una cosa. ¿Suele usted hablar el griego con acento cretense
como hizo esta tarde en el parque?
—No.
—Me lo imaginaba. Un buen truco, completado con su referencia a
Vassilikos y sus hombres como fascistas, al hablar con el chófer. Desde
luego, esto significa que esta noche, en toda Grecia, habrá redadas de
comunistas, agitadores y miembros del Frente Democrático.
—Mala suerte para ellos —dijo Mikali—. La política me aburre; por
consiguiente, tenga la bondad de ir al grano.
—En realidad, es muy sencillo, Monsieur Mikali. Caos…, el caos es mi
objetivo. Me interesa, igual que a mis superiores, crear el mayor caos posible
en el mundo occidental. Caos y desorden y miedo e incertidumbre, como los

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que ha creado usted, porque lo que ocurre esta noche en Atenas ocurre
también en París. Por la mañana no habrá un solo agitador izquierdista que no
esté escondido o en manos de la Policía. No sólo comunistas, sino también
socialistas. Esto no va a gustar al Partido Socialista, y tampoco a los obreros,
con lo que las cosas se pondrán bastante difíciles para el Gobierno, con vistas
a las próximas elecciones.
Mikali dijo, a media voz:
—¿Quién es usted?
—Como usted, no soy lo que parezco.
—¿Ha venido del Este? ¿Quizá de Moscú?
—¿Importa esto?
—Como le he dicho, me aburre la política.
Una base excelente para la relación que pretendo.
—Entonces, ¿qué quiere?
—Que repita usted su hazaña del Bois de Meudon cuando yo se lo pida,
amigo mío. Sólo será en ocasiones muy especiales. Y, desde luego, el asunto
quedará absolutamente entre nosotros dos.
—Un chantaje, ¿no? —dijo, suavemente, Mikali.
—No sea estúpido. Podría matarme ahora mismo, y también a Jarrot. Y
largarse de aquí con todas las probabilidades de no ser nunca descubierto.
¿Quién diablos iba a sospechar de usted? Si incluso ha tocado para la reina de
Inglaterra en una recepción especial del año pasado en Buckingham Palace,
¿no es cierto? Y, cuando pasa por Heathrow, en Londres, ¿qué sucede?
—Que me llevan al salón de los grandes personajes.
—Exacto. ¿Recuerda una sola vez, en cualquier lugar del mundo, que los
de Aduanas hayan registrado su equipaje?
Era verdad. Mikali dejó el «Colt» sobre el antepecho de la ventana y sacó
un cigarrillo. Deville le ofreció lumbre.
—Deje que ponga una cosa en claro. Como a usted, la política no me
importa en absoluto.
—Entonces, ¿por qué hace lo que hace?
Deville se encogió de hombros.
—Es mi única diversión. Y me considero afortunado. La mayoría de la
gente no tiene diversión alguna.
—Pero yo sí —dijo Mikali.
Deville se volvió. Ahora se había establecido una extraña e inquietante
intimidad entre los dos, plantados detrás de la ventana, con olor a lluvia en el
aire nocturno.

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—¿Su música? No lo creo. Muchas veces he compadecido a los artistas
creadores. Músicos, pintores, escritores. Todo termina demasiado aprisa,
particularmente en las artes de interpretación; el punto culminante es
brevísimo. Después, empieza el descenso. Como en el sexo. Ovidio lo
expresó muy bien, hace más de dos mil años, y nada ha cambiado desde
entonces. Después del coito, todo el mundo se siente deprimido.
Su voz era suave y sumamente razonable. De tono paciente, civilizado.
Por un momento, Mikali tuvo la impresión de estar en la villa de Hydra,
sentado delante de la chimenea, escuchando a su abuelo.
—Pero esta tarde… ha sido diferente. Ha disfrutado usted cada momento
de peligro. Voy a hacerle una profecía. Mañana, los críticos musicales dirán
que esta noche ha realizado una de sus más grandes interpretaciones.
—Sí —dijo sencillamente Mikali—. Ha sido buena. El administrador de
la empresa ha dicho que el viernes no habrá una sola butaca vacía.
—En Argelia mató a cuantos se le pusieron por delante, ¿no? Pueblos
enteros…, mujeres y niños…, la guerra era así. Esta tarde, ha matado a unos
cerdos.
Mikali contempló la noche desde la ventana y creyó ver a los fellagha
saliendo de detrás del camión en llamas, en Kafsa, avanzando en su dirección
con movimiento retardado, mientras él esperaba, negándose tercamente a
morir, comprimiendo sus heridas con la boina roja.
Entonces había vencido cuatro veces a la muerte con sus propias armas.
Ahora volvía a sentir la misma excitación. Comprendía que la hazaña del Bois
de Meudon había sido repetición de aquélla. Había vengado a su abuelo, sí;
pero después…
Levantó las manos.
—Deme una partitura de piano, el concierto que prefiera, y, con éstas,
puedo darle algo perfecto.
—Y más —añadió suavemente Deville—. Mucho más. Creo que usted lo
sabe, amigo.
Mikali exhaló un largo suspiro.
—¿En quién pensará usted exactamente en el futuro?
—¿Importa esto?
Mikali esbozó una débil sonrisa.
—Realmente, no.
Bien. Pero, para empezar, le daré lo que mis amigos judíos llamarían un
mitzvah. Una buena acción, por la que no espero nada a cambio. Algo que le

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interesa a usted. ¿Es posible que sus compromisos musicales le lleven a
Berlín la primera semana de noviembre?
En Berlín, puedo fijar las fechas que quiera. Siempre estoy invitado allí.
—Bien. El general Stephanakis llegará a la ciudad el primero de
noviembre, para una visita de tres días. Si quiere saberlo, era el superior
inmediato de Vassilikos. Pensé que sentiría usted por él algo más que un
interés pasajero. Pero, de momento, creo que deberíamos ocuparnos de
nuestro amigo Jarrot.
—¿Qué sugiere?
—Para empezar, un poco más de «Napoleón» en el gaznate. Es una
lástima desperdiciar un coñac tan bueno, pero no hay más remedio. —Obligó
al inconsciente Jarrot a echar la cabeza atrás, agarrándole de los cabellos, e
introdujo el gollete de la botella entre sus dientes. Miró por encima del
hombro—. Espero que me conseguirá una entrada para el concierto del
viernes. No quisiera perdérmelo.

A las cinco y media de la mañana siguiente seguía lloviendo


intensamente, cuando el guardia nocturno de la zona se detuvo en lo alto de la
rampa que descendía hasta el Sena, frente a la Rué de Gagny.
Tenía la capa empapada y se sentía terriblemente incómodo al detenerse al
pie de un castaño para encender un cigarrillo. Al levantarse un poco la niebla
del no, vio algo en el agua, al final de la rampa.
Al acercarse, observó que era la parte de atrás de un camión «Citroën»,
cuya cabina estaba sumergida. Se introdujo en el agua helada, respiró
profundamente, se sumergió y abrió la portezuela. Emergió con Claude Jarrot
en brazos.
En la investigación realizada una semana más tarde, el dictamen médico
reveló que el grado de alcohol en la sangre era tres veces superior al
permitido a los conductores de vehículos. El veredicto del instructor fue
sencillo: muerte por accidente.

El concierto del viernes fue todo lo que cabía esperar, y el ministro del
Interior en persona asistió a la recepción, y también estuvo presente el
embajador de Grecia, que se apartó a hablar con él en un rincón. Cuando
empezaron a dispersarse los que rodeaban a Mikali para felicitarle, se acercó
Deville.
—Celebro que haya venido —dijo Mikali, estrechándole la mano.

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—Mi querido amigo, no me lo habría perdido por nada del mundo. Ha
estado brillante, brillantísimo.
Mikali dirigió una mirada circular al atestado salón, donde se hallaban
algunas de las personas más importantes y distinguidas de París.
—Es extraño lo ajeno que me siento de pronto a todo esto.
—¿Solo entre la multitud?
—Supongo que sí.
—Yo siento lo mismo desde hace unos veinticinco años. El gran juego.
Pasear sobre el filo de la navaja del peligro. Sin saber nunca de cierto cuánto
durará la cosa. Esperando el último día, la llamada a la puerta. —Deville
sonrió—. También esto tiene su emoción.
—¿Cómo estar constantemente en lo alto de un precipicio? —dijo Mikali
—. ¿Cree usted que llegará su último día?
—Probablemente, cuando menos lo espere y por el motivo más estúpido y
trivial.
Mikali dijo:
—No se vaya. Tengo que decirle unas palabras al ministro del Interior. Le
veré más tarde.
—De acuerdo.
El ministro le estaba diciendo al embajador de Grecia:
—Naturalmente, estamos haciendo todo lo posible por borrar esta…, esta
mancha del honor francés; pero, si he de serle franco, señor embajador, ese
cretense parece haberse desvanecido de la faz de la Tierra. Aunque sólo de
momento. Le cogeremos, más pronto o más tarde; se lo prometo.
Mikali oyó todo esto al acercarse. Sonrió.
—Excelencias, ha sido un gran honor para mí que hayan venido los dos
esta noche.
—Un privilegio para nosotros, Monsieur Mikali. —El ministro chascó los
dedos, e inmediatamente acudió un camarero con copas de champaña en una
bandeja. Cada uno de ellos tomó una—. Una interpretación extraordinaria.
El embajador de Grecia levantó su copa.
—Por usted, mi querido Mikali, y por su genio. Grecia se siente orgullosa
de usted.
Mikali levantó también su copa, correspondiendo al brindis, y Jean Paul
Deville brindó por él en el espejo.

El general George Stephanakis llegó al «Hotel Hilton», del Berlín


occidental, el 2 de noviembre por la tarde. La gerencia le ofreció una suite del

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cuarto piso, con habitaciones contiguas para sus ayudantes. También
cuidaron, por cortesía, de que el criado y la doncella al servicio de aquellas
habitaciones fuesen griegos.
Ella se llamaba Zia Boudakis, tenía diecinueve años y era bajita, de
cabellos negros y piel aceitunada. Dentro de pocos años tendría problemas
con su peso; pero aún no los tenía, y aquella noche, al entrar en la suite con su
llave maestra, estaba indudablemente atractiva, con sus medias negras y el
corto uniforme también negro.
Le habían dicho que el general regresaría a las ocho, por lo que se
apresuró a preparar las camas y arreglar la suite. Dobló las colchas y se
dispuso a dejarlas en el guardarropa, abriendo para ello la puerta corredera.
El hombre que estaba dentro vestía pantalón y suéter negros, y llevaba la
cabeza cubierta con una máscara que sólo dejaba ver sus ojos, su nariz y sus
labios. La chica advirtió que llevaba una cuerda enrollada a la cintura y que la
mano con que atenazó su cuello, para que no gritase, estaba enguantada. Y se
sintió arrastrada al oscuro interior del armario, cuya puerta cerró él, dejando
sólo una rendija a través de la cual podía verse la habitación.
Él aflojó la presa, y ella, aterrorizada, habló instintivamente en griego:
—¡No me mate!
—Vaya, una chica griega —dijo él, en el mismo idioma, para total
asombro de la joven, que reconoció inmediatamente el acento.
—¡Dios mío! Usted es el Cretense.
—Exacto, amor mío. —Le hizo dar media vuelta, con la mano ciñendo
ahora ligeramente su cuello—. No te haré daño, si eres buena chica. Pero, si
no lo eres, si tratas de ponerle sobre aviso, te mataré.
—Sí —gimió ella.
—Bien. ¿A qué hora llegará?
—A las ocho.
Él miró su reloj de pulsera.
—Tendremos que esperar veinte minutos. Será mejor que los
aprovechemos, ¿no crees?
Se apoyó en la pared y atrajo a la chica hacia sí. Ella ya no tenía miedo; al
menos, no tanto como al principio, y sentía una extraña excitación, al
estrecharla él con fuerza y rodearle la cintura con un brazo. Empezó a ceder a
su atracción, sólo un poco al principio y más francamente después, y él se
echó a reír y la besó en el cuello.
Ella estaba más excitada de lo que había estado nunca en su vida, en
aquella oscuridad, vuelta de cara a él, que la empujaba contra la pared y le

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arremangaba el vestido negro.
Después, él le ató suavemente las muñecas a la espalda y le murmuró al
oído:
Ahora que has tenido lo que querías, sé buena chica y no hagas ruido.
La amordazó con un pañuelo, también con sorprendente delicadeza, y
esperó. Se oyó el ruido de una llave en la cerradura, se abrió la puerta y entró
el general Stephanakis, seguido de dos ayudantes.
Todos vestían de uniforme. El general se volvió y dijo:
—Voy a tomar una ducha y a cambiarme de ropa. Vuelvan dentro de
cuarenta y cinco minutos. Comeremos aquí.
Los otros dos saludaron y salieron, y él cerró la puerta. Después, tiró la
gorra sobre la cama y empezó a desabrocharse la guerrera. Detrás de él se
descorrió la puerta del guardarropa y apareció Mikali. Llevaba una pistola con
silenciador en la mano derecha. Stephanakis le miró, estupefacto, y Mikali se
levantó la máscara.
—¡Dios mío! —exclamó el general—. Usted…, usted es el Cretense.
—Bien venido a Berlín —dijo Mikali, y le pegó dos tiros en el corazón.

Apagó todas las luces, volvió a cubrirse la cara con la máscara y, después,
abrió la ventana y desenrolló la cuerda que llevaba en la cintura. Pocos
momentos más tarde, se deslizaba en la oscuridad hasta el terrado plano del
garaje, cuatro pisos más abajo. No era nada extraordinario. En los ejercicios
de los viejos tiempos en Kafsa, en la costa de Marruecos, se daba por
descontado que cualquier legionario de la fuerza paracaidista era capaz de
deslizarse por un acantilado de trescientos pies, si no quería que le
suspendiesen.
Ya a salvo en el terrado, recogió la cuerda, la enrolló rápidamente a su
cintura y, después, saltó a la calle desde el borde del terrado.
Se detuvo junto a unos cubos de basura que había en el callejón, se quitó
la máscara, la dobló cuidadosamente y se la metió en un bolsillo. Después,
sacó de detrás de los cubos una bolsa de papel corriente, extrajo de ella un
impermeable oscuro barato y se lo puso Pocos momentos más tarde se alejaba
andando a paso vivo por las calles, llenas de gente a aquella hora de la tarde,
en dirección a su hotel. A las nueve y treinta minutos se hallaba ya en la
Universidad de Berlín, dando un recital de obras de Bach y de Beethoven, en
un salón atestado de público.

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A la mañana siguiente, Jean Paul Deville recibió un telegrama de Berlín.
Decía simplemente: Agradezco mucho su mitzvah. Quizá pueda
corresponderle algún día. No había firma.

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3

El Servicio Secreto Británico de Información, conocido más correctamente


por DI5, no existe oficialmente; ni siquiera está establecido por la ley, aunque
en realidad ocupa un gran edificio blanco y rojo en el West End de Londres,
no lejos del «Hilton Hotel».
Sus empleados son hombres sin rostro, anónimos, que pasan su tiempo en
una incesante batalla de ingenio, con el fin de controlar las actividades de los
agentes de potencias extranjeras en Gran Bretaña y de resolver un problema
aún más grave: el creado por las fuerzas del terrorismo europeo.
Pero el DI5 sólo puede investigar. No tiene facultad de practicar
detenciones. Su eficacia depende, en último término, de la colaboración de la
Rama Especial de la Policía Metropolitana en Scotland Yard. Son ellos
quienes practican las detenciones, por lo que los hombres anónimos del DI5
no tienen nunca que aparecer ante los tribunales.

Esto explica que, la noche del asesinato de Maxwell Cohén, fuese el


superintendente jefe Harry Baker quién se apeó del «Jaguar» de la Policía
delante del depósito de cadáveres de Cromwell Road, exactamente a las
nueve dadas, y subió apresuradamente la escalera.
Baker era oriundo de Yorkshire, nacido en Halifax, del Condado de West
Riding. Hacía veinticinco años que era policía. Tiempo suficiente para
granjearse la antipatía del público en general y para tener que trabajar en un
sistema de tres turnos que sólo le daba un fin de semana de cada siete para
poder pasarlo en casa con su familia. Circunstancia que su esposa no
comentaba ya, por la sencilla razón de que había hecho los bártulos y se había
largado cinco años atrás.
Baker tenía los cabellos grises y la nariz aplastada, recuerdo de sus días de
jugador de rugby, que le daba el aspecto de un afable campeón de boxeo. Lo
cual era engañoso, pues disimulaba una de las mentes más astutas de la Rama
Especial.

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Su ayudante, el inspector detective George Stewart, esperaba en el
vestíbulo, fumando un cigarrillo. Tiró éste al suelo, lo pisó y dio un paso al
frente.
—Bueno, cuénteme —le pidió Baker.
—Una muchacha de catorce años, Megan Helen Morgan. —Había abierto
su libreta de notas—. Su madre es Mrs. Helen Wood. Esposa del reverendo
Francis Wood, rector de Steeple Durham, en Essex. Hablé por teléfono con él
hace una hora. Ahora estarán en camino.
—Espere un momento —dijo Baker—. Estoy empezando a hacerme un
lío.
—La patrona de la chica está aquí, señor. Una tal Mrs. Cárter.
Abrió la puerta marcada con el rótulo de Sala de Espera, y Baker entró.
La mujer sentada junto a la ventana era robusta, de edad madura, y llevaba un
impermeable color castaño. Tenía la cara enrojecida e hinchada de llorar.
—Le presento al superintendente jefe Baker, Mrs. Cárter —dijo Stewart
—. Está encargado del caso. ¿Quiere repetirle lo que me ha contado a mí?
—Megan se alojaba en mi casa —explicó, en voz baja, la mujer—. Su
madre vive en Essex, ¿sabe?
—Sí, lo sabemos.
—Ella estudiaba en la escuela «Italia Conté». Ya sabe. Canto, baile,
declamación, cosas así. Quería ser actriz. Por esto vivía aquí, y se alojaba en
mi casa —repitió, pacientemente.
—¿Y esta noche?
—Estuvieron ensayando toda la tarde una comedia musical. Y le dije que
tuviese cuidado. —Se volvió a mirar vagamente a través de la ventana—.
Nunca me gustó que fuese en bicicleta después del anochecer.
Calló. Baker apoyó una mano en su hombro y, después, hizo una seña con
la cabeza a Stewart, y salieron ambos.
—¿Ha llegado ya el doctor Evans?
—Está en camino, señor. ¿Quiere ver el cadáver?
—No; dejaré para más tarde este mal trago. Recuerde que yo tengo dos
hijas. En todo caso, Evans no podrá empezar la autopsia hasta que la madre la
haya identificado formalmente.
—¿Alguna noticia de Mr. Cohén, señor?
—Lo único que puedo decirle es que aún vive, con una bala en el cerebro.
Lo están operando ahora.
—¿Esperará usted aquí a Mrs. Wood?

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—Sí, creo que sí. En la oficina saben dónde estoy. Vea si puede encontrar
un poco de té.
Stewart salió y Baker encendió un cigarrillo, se volvió y miró a través de
la puerta de cristal. Hacía años que no se sentía tan inquieto. Entre otras
tareas, la Rama Especial tenía siempre que actuar de guardaespaldas de los
jefes de Estado y de los grandes personajes que visitaban el país. El
Departamento se enorgullecía de no haber fracasado nunca en esta labor
particular.
Pero el caso de Max Cohén de esta noche…, era algo singular. Terrorismo
internacional de la peor especie, y aquí, en Londres.
Stewart volvió con dos vasos de cartón llenos de té.
—Anímese, señor. Pillaremos a ese bastardo.
—No, si es quien yo me imagino —repuso Harry Baker.

En aquel momento, John Mikali volvía a salir al escenario para recibir


otra estruendosa ovación. Después, bajó por el pasillo llamado Bullrun por los
artistas. El director de escena le esperaba allí y le ofreció una toalla. Mikali se
enjugó el sudor de la cara.
—Se acabó —dijo—. Si quieren más, tendrán que comprar entradas para
el martes.
Su voz era simpática, llena de carácter; la voz que algunos dirían típica de
un buen norteamericano de Boston, y que contrastaba con el tono de perezoso
encanto que podía darle en un instante, si lo creía necesario.
—La mayoría de ellos lo han hecho ya, Mr. Mikali. —El director de
escena sonrió—. Le han preparado champaña en su camerino. ¿Recibirá
visitas?
—De nadie que tenga menos de veintiún años, George —respondió
Mikali, sonriendo—. Ha sido una semana muy joven para mí.
En el «Cuarto Verde» se despojó del frac y de la camisa y se puso un
albornoz. Después, conectó la radio portátil de encima del tocador y cogió la
botella de champaña: «Krug», reserva. Echó un poco de hielo triturado en la
copa y llenó ésta.
Mientras saboreaba el primer sorbo, delicioso y frío, la radio interrumpió
la música para dar una noticia. Mr. Maxwell Cohén, víctima de un criminal
desconocido aquella misma tarde, había sido operado con éxito. Ahora estaba
en la unidad de cuidados intensivos, bajo severa custodia de la Policía. Había
grandes probabilidades de recuperación total.

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Noticias del extranjero informaban de que la responsabilidad de la
agresión había sido reivindicada por Setiembre Negro, el reivindicativo grupo
de Al Fatah, fundado en 1971, para la eliminación de todos los enemigos de la
revolución palestina. Daban, como móvil, el gran apoyo prestado al sionismo
por Maxwell Cohén.
Mikali cerró un momento los ojos y volvió a ver el camión en llamas, los
cuatro fellagha deslizándose hacia él, la sonrisa del jefe, el que llevaba un
cuchillo en la mano. Y entonces cambió la imagen y apareció la oscuridad de
un túnel, y la cara blanca y aterrorizada de una niña, fugazmente percibida.
Abrió los ojos, apagó la radio y levantó la copa.
«No ha sido perfecto, amigo. No ha sido perfecto, y esto no me gusta».
Llamaron a la puerta. La abrió, y el pasillo apareció lleno de jovencitas,
en su mayoría estudiantes, a juzgar por sus chalinas universitarias.
—¿Podemos pasar, Mr. Mikali?
—¿Por qué no? —John Mikali sonrió, con su insolente encanto pintado de
nuevo en su semblante—. Aquí todo es vida, con el gran Mikali. Entrad, pero
tened cuidado.

Baker estaba en el vestíbulo del depósito de cadáveres, con Francis Wood.


No había nada clerical en el aspecto de éste. Baker calculó que tendría unos
sesenta años, y era un hombre alto y cortés, de barba gris que necesitaba un
arreglo con urgencia. Llevaba un abrigo oscuro de automovilista y un suéter
de cuello alto.
—¿Su esposa, señor? —preguntó Baker, señalando con la cabeza a Helen
Wood, que estaba hablando con Mrs. Cárter junto a la puerta—. Aguanta muy
bien el golpe.
—Es una mujer de mucho carácter, superintendente. Es pintora, ¿sabe?
Sobre todo, acuarelas. Fue bastante famosa, con su apellido anterior.
—Morgan, ¿verdad? Sí; esto me había llamado la atención. Supongo que
Mrs. Wood sería viuda.
—No, superintendente. Divorciada. —Francis Wood sonrió débilmente—.
Esto quizá le sorprenda, dado el Punto de vista de la Iglesia anglicana. Pero la
explicación es bastante sencilla. Para emplear un término anticuado, yo poseo
medios propios. Puedo apañarme solo. Cuando nos casamos, me quedé sin
empleo durante un par de años, y entonces mi obispo actual me escribió,
habiéndome de Steeple Durham. No es la capital del Universo, pero la gente
de allí estaba sin párroco desde hacía seis años y me aceptó de buen grado.
Debo añadir que mi obispo es conocido por sus ideas liberales.

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—¿Y el padre de la niña? ¿Cómo podemos ponernos al habla con él? Hay
que comunicárselo.
Antes de que Wood pudiese responder, Mrs. Cárter se marchó y la esposa
de aquél se acercó a los dos hombres. Tenía treinta y siete años, según sabía
Baker por la información facilitada por Stewart, pero parecía diez años más
joven. Tenía los cabellos de un rubio ceniciento, recogidos sobre la nuca, y
una cara de belleza extraordinaria, y los ojos más serenos que hubiese visto él
en su vida. Llevaba una vieja trinchera militar, que había sido antaño usada
por un capitán, según demostraban tres agujeritos en cada hombrera, que no
podían pasar inadvertidos a sus ojos de policía.
—Lamento tener que pedirle esto, Mrs. Wood, pero debemos proceder a
la identificación.
—Tenga la bondad de enseñarme el camino, superintendente —dijo ella,
en voz baja y suave.

El doctor Evans, patólogo, esperaba en la sala de autopsias, acompañado


de dos practicantes, todos con bata blanca y botas y guantes largos de goma y
de color verde pálido.
La habitación estaba iluminada por unas lámparas fluorescentes tan
brillantes que dañaban la vista, y había allí media docena de mesas de
operaciones de acero inmaculado.
La niña yacía boca arriba en la más próxima a la puerta, cubierta con una
sábana blanca y con la cabeza apoyada en un madero. Helen Wood y su
marido se acercaron, seguidos de Baker y Stewart.
—Sé que no será agradable, Mrs. Wood —dijo Baker—. Pero hay que
hacerlo.
—Por favor —dijo ella.
Evans levantó la sábana, descubriendo solamente la cabeza de la víctima.
La niña tenía los ojos cerrados e indemne la cara; pero el resto de la cabeza
estaba envuelto en una caperuza de goma blanca.
—Sí —murmuró Helen Wood—. Es Megan.
Evans cubrió de nuevo la cara, y Baker dijo:
—Bueno, podemos salir.
—¿Qué van a hacer ahora… con ella? —preguntó la mujer.
Francis Wood le respondió:
—Tienen que hacerle la autopsia, querida. Es la ley. Para establecer la
causa de la muerte a efectos del sumario.
—Quiero quedarme —dijo ella.

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Baker supo, por instinto, lo que tenía que hacer.
—Quédese si quiere, pero dentro de cinco minutos pensará que está en
una carnicería. No creo que le guste recordar este espectáculo.
Fue una actitud brutal, directa, pero que dio resultado, pues la mujer cedió
enseguida, apoyándose en Wood, medio desmayada, mientras Stewart se
apresuraba a ayudarle. Juntos la sacaron de la habitación.
Baker se volvió hacia Evans y sólo vio conmiseración en su semblante.
—Lo sé, doctor. Es un trabajo muy duro.
Salió. Evans se volvió e hizo una seña con la cabeza. Uno de los
practicantes puso en funcionamiento el magnetófono, mientras el otro quitaba
la sábana de encima de la niña muerta.
Evan empezó a dictar, con voz inexpresiva:
—Once y quince de la noche del 21 de junio de 1972. Patólogo
encargado, Marvyn Evans, profesor de Patología Forense de la Escuela de
Medicina de la Universidad de Londres. Sujeto: Megan Helen Morgan,
hembra, de catorce años y un mes. Fallecida aproximadamente a las siete y
quince del día de hoy, como resultado de atropello de automóvil, cuyo
conductor se dio a la fuga.
Asintió con la cabeza y uno de los practicantes retiró la caperuza de goma,
quedando de manifiesto una tremenda fractura de cráneo.
Evans continuó su relación, describiendo con todo detalle cada una de sus
acciones mientras tomaba un bisturí y hendía la piel alrededor del cráneo.

Francis Wood entró por la puerta giratoria y encontró a Baker y a Stewart,


que le esperaban en el vestíbulo.
—Se pondrá bien. Está en el coche.
—¿Qué van a hacer ustedes, señor? ¿Ir a un hotel?
—No; ella quiere volver a casa.
—Un poco peligroso, conducir a estas horas de la noche por las carreteras
de Essex.
—Yo estuve como capellán con la Artillería Real, en Corea, en el invierno
del cincuenta, cuando un millón de chinos salieron de Manchuria y nos
empujaron de nuevo hacia el Sur. Yo conduje un camión «Bedford» durante
cuatrocientas millas, bajo una fuerte nevada, y con los perseguidores
pisándonos los talones. Faltaban conductores, ¿sabe?
—Un duro aprendizaje de conductor —comentó Baker.
—Un aspecto interesante de la vida es que algunas experiencias son tan
terribles, superintendente, que todo lo que ocurre después parece una

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bendición.
Hablaban por hablar, y ambos lo sabían. Entonces, Baker dijo:
—Sólo una cosa más, señor. Mis superiores me han telefoneado. Parece
que, por razones de seguridad, no se publicará la relación existente entre la
muerte de su hija y el caso Cohén. Confío en que usted y su esposa estarán de
acuerdo.
—Francamente, superintendente, creo que mi esposa preferiría que este
asunto se lleve con la mayor discreción posible.
Se volvió hacia la puerta, pero se detuvo.
—Olvidábamos algo. Me preguntó usted por el padre de Megan.
—Así es, señor. ¿Dónde podríamos ponernos en contacto con él?
Baker hizo una seña a Stewart y éste sacó su libreta.
—Creo que será un poco difícil. Está fuera del país.
—¿En el extranjero?
—Según cómo se mire. En este momento se encuentra en Belfast,
superintendente. Es el coronel Asa Morgan, del Regimiento de Paracaidistas.
Supongo que el Departamento correspondiente del Ministerio de Defensa
podrá ayudarle a ponerse en contacto con él. Pero sin duda sabe usted de esto
más que yo.
—Sí, señor; déjelo en nuestras manos.
Empujó la puerta y salió. Stewart dijo:
—Coronel Asa Morgan, del Regimiento de Paracaidistas. Me imagino
cómo se pondrá cuando se entere de esto. Un hombre así…
—Un típico producto de nuestra Era sangrienta —dijo furiosamente
Baker.
—¿Le conoce usted, señor?
—Sí, inspector. Le conozco.
Baker se dirigió a la conserjería, telefoneó a Scotland Yard y pidió que le
pusieran en comunicación con el comisario Joe Harvey, jefe de la Rama
Especial, el cual, según sabía, se habría instalado en su despacho para pasar la
noche en una litera de campaña.
—Soy Harry Baker, señor —dijo, cuando Harvey se puso al aparato—.
Estoy en el depósito de cadáveres. La niña atropellada en el túnel de
Paddington por nuestro amigo, al escapar, ha sido identificada por su madre.
Una tal Mrs. Helen Wood.
—Pensaba que el apellido de la joven era Morgan.
—Su madre se divorció, señor, y se casó con un pastor un poco raro. —
Baker vaciló—. Escuche, señor voy a decirle algo que no le gustará en

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absoluto. El padre de la chica…
Vaciló de nuevo, Harvey dijo:
—¡Escúpalo ya, Harry, por el amor de Dios!
—Es Asa Morgan.
Hubo un momento de silencio, y Harvey exclamó:
—¡Santo Dios! ¡Lo que nos faltaba!

—Lo último que supe de él fue que estaba en Trucial Omancan el Servicio
Especial del Aire. ¿Sabe lo que es éste?
Baker estaba en pie junto a la ventana de su despacho. Era un poco más de
medianoche y la lluvia repicaba en los cristales. Stewart le dio una taza de té.
—No lo sé, señor.
—Es lo que los militares llaman una unidad de elite. El Ejército prefiere
guardar sobre ella la mayor reserva posible. Cualquier soldado en activo
puede ofrecerse como voluntario. Creo que lo normal es un periodo de tres
años.
—¿Y qué hacen exactamente?
—Todo lo que es demasiado duro para los demás. Es lo que tenemos más
parecido a la SS en el Ejército británico. En este momento se hallan en Omán,
contratados por el sultán, atizándoles de lo lindo a los rebeldes marxistas de
las montañas. También sirvieron en Malaya durante la crisis. Fue allí donde
me tropecé con ellos.
—No sabía que hubiese estado allí, señor.
—Fue accidentalmente. El movimiento subterráneo comunista chino les
causaba muchos quebraderos de cabeza, y por esto decidieron pedir ayuda a
algunos policías de verdad. Allí conocí a Morgan.
—¿Y cómo es él, señor? —preguntó Stewart—. ¿Qué hay de especial en
él?
—Ciertamente, ha elegido usted la palabra adecuada. —Baker llenó
lentamente su pipa—. Asa debe tener ahora casi cincuenta años. Hijo de un
minero galés de Rhondda. No sé lo que hizo al principio de la guerra, pero sí
que fue uno de aquellos pobres tipejos a los que lanzaron sobre Arnhem.
Entonces era sargento. Después le nombraron suboficial en campaña.
—¿Y después?
—Palestina. Su primera experiencia en guerrilla urbana, solía decir. A
continuación fue destinado a los fusileros del Ulster cuando éstos fueron a
Corea. Capturado por los chinos los muy bastardos lo retuvieron un año.
Conozco algunas personas que pensaron que el lavado de cerebro que

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aquéllos solían hacer a nuestros muchachos produjo verdadero efecto en su
manera de pensar.
—¿Qué quiere usted decir, señor?
—Cuando regresó, escribió un tratado sobre el que llamaba nuevo
concepto de la guerra revolucionaria. Citaba continuamente a Mao Tsétung
como si fuese la Biblia. Supongo que el Estado Mayor Central pensó que, o se
había vuelto comunista, o conocía muy bien el paño; por consiguiente, le
enviaron a Malaya, que es donde le conocí. Trabajamos juntos bastante
tiempo.
—¿Con provecho?
—Ganamos, ¿no? La única insurrección comunista que fue aplastada con
éxito, después de la Segunda Guerra Mundial, fue la de Malaya.
—¿Y Morgan?
—Volví a verle en Nicosia, cuando lo de Chipre. Le habían enviado allí
para la misma clase de trabajo. A propósito, ahora recuerdo que acababa de
casarse cuando salió del Reino Unido; por consiguiente, la edad de la niña
concuerda. También recuerdo que oí decir que estuvo en Aden en el sesenta y
siete, y que le dieron la medalla de Servicios Distinguidos por salvar el
pellejo a un puñado de Highlanders de Argyle y Shuterland, al que habían
tendido una emboscada en el distrito de Cráter.
—Parece un hombre de armas tomar.
—¡Oh, sí! Bien puede usted decirlo. El típico guerrero. El Ejército lo es
todo para él. Familia y hogar, en una pieza. No me sorprende que su esposa le
dejase.
—Me pregunto lo que hará, señor, cuando se entere de lo de su hija.
—Dios lo sabe, George; pero yo puedo imaginármelo.
El viento sacudió la ventana, y, fuera, la lluvia procedente del Támesis
azotó los tejados.

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Pero aquel día habían ocurrido también cosas extraordinarias en Belfast. Un


día que pasaría a la historia de la guerra en el Ulster como Viernes
Sangriento.
La primera bomba explotó a las dos y media de la tarde en la estación de
autobuses de Smithfield, y la última, a las tres y cuarto, en los grandes
almacenes de Cavehill Road.
Veintidós bombas en total, repartidas en toda la ciudad y, sobre todo, en
lugares donde se presumía que habría mucha gente. Protestantes o católicos,
poco importaba. Al terminar la jornada, se contaron nueve muertos y ciento
treinta heridos.

A medianoche, numerosas fuerzas del Ejército seguían patrullando por las


calles. No menos de doce bombas habían explotado en el sector de New
Lodge Road, encomendado al 40 Comando de los Marines Reales.
En una calle lateral sembrada de cristales y cascotes, contigua a la propia
New Lodge Road, una docena de marines se agazaparon junto a la pared de
enfrente del que había sido «Cohan’s Select Bar» y que ahora ardía por sus
cuatro costados. Dos oficiales estaban tranquilamente en medio de la calle,
observando el espectáculo. Uno de ellos era un teniente de marines. El otro
llevaba la boina roja de los paracaidistas y guerrera de campaña, con el cuello
desabrochado y sin distintivos que revelasen su graduación.
Tenía la cara sombría y estragada del hombre que ha tenido ocasión de
conocer demasiado bien el mundo en que le ha tocado vivir y que ahora sólo
siente desprecio por él. Un hombre bajo y moreno, de anchos hombros, lleno
de inquieta vitalidad, acentuada ahora por los golpecitos que se daba en la
rodilla derecha con un bastoncito de bambú.
—¿Quién es el paracaidista? —preguntó en voz baja un marine a otro.
—Jefe de la Sección Especial del Estado Mayor. Coronel Morgan. Un
verdadero bastardo, según he oído decir —respondió el interpelado.

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En el terrado plano de un bloque de pisos, a unos setenta y cinco metros
de allí, había dos hombres agazapados detrás de la baranda. Uno de ellos era
Liam O’Hagan, por aquel entonces jefe de información del IRA Provisional
en el Ulster. Con ayuda de unos gemelos de noche «Zeiss», examinaba la
escena que se desarrollaba delante del «Cohan’s Bar».
El joven que estaba a su lado llevaba un rifle convencional «Lee Enfield,
303», arma muy apreciada, tanto por el Ejército británico como por los
francotiradores del IRA. Había adaptado a ella un intensificador de imagen
infrarrojo, que le permitía ver su blanco en la oscuridad.
Miró por él y apoyó el cañón en la baranda.
—Le daré primero al maldito paracaidista.
—No lo harás —dijo en voz baja O’Hagan.
—¿Por qué?
—Porque yo lo digo.
Un «Land Rover» dobló la esquina de la calle, seguido de cerca por otro.
Los vehículos habían sido despojados de todo lo que no era esencial, de modo
que el conductor y los tres soldados agachados en la parte de atrás de cada
automóvil estaban completamente a la vista. Eran paracaidistas, jóvenes
eficaces y de aspecto curtido, con boina roja y chaqueta de campaña, y con
fusiles ametralladores «Sterling» preparados para la acción.
—¿Te gusta más eso? Esos torpes bastardos están pidiendo que los
cacemos. No me dirás que no puedo largarle una píldora a uno de ellos.
—Sería la última —le dijo O’Hagan—. Saben perfectamente lo que
hacen. Perfeccionaron esta técnica exhibicionista en Aden. Los pasajeros de
un vehículo cubren a los del otro. Sin ningún estorbo que se lo impida,
pueden responder inmediatamente al fuego.
—Maldita SS —masculló el muchacho.
—No deberías decir esto a quien un día fue comisionado por el rey —dijo
O’Hagan, riendo entre dientes.
En la calle, Asa Morgan subió al primer «Land Rover», sentándose al lado
del conductor, y ambos vehículos se alejaron.
El teniente de marines dio una orden, y los del pelotón se levantaron y
echaron a andar. La calle estaba ahora silenciosa, sin más ruido que el de las
furiosas llamas del «Cohan’s Bar» y la explosión ocasional de una botella en
su interior al calentarse.
—Dios mío, ¡y qué manera de echar a perder el buen whisky! —exclamó
Liam O’Hagan—. Bueno, ya llegará el día, al menos así lo dicen mis

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camaradas social demócratas, en que Irlanda no sólo será libre y volverá a
estar unida, sino que el whisky correrá como el agua en las casas de todos los
hombres decentes.
Hizo un guiño y dio una palmada en el hombro del muchacho.
—Y ahora, Seumas, hijo mío, creo que debemos poner pies en polvorosa.

Morgan estaba de pie junto a la mesa de su despacho en el «Grand Central


Hotel» de la Royal Avenue, base del regimiento encargado del centro de la
ciudad y lugar de alojamiento de quinientos soldados.
Miró fijamente, con rostro inexpresivo, la nota que tenía en la mano, y el
joven oficial que la había traído del Cuartel General rebulló incómodo sobre
sus pies.
—El general me ha encargado que le transmitiese su sentido pésame. Una
desgracia terrible. Le autoriza para trasladarse a Londres en el primer avión
disponible.
Morgan frunció el ceño.
—Muy amable de su parte. Pero ¿y la «Operación Motorman»?
—Su misión será confiada a otra persona, coronel. Orden del ministro de
Defensa.
—Entonces, empezaré a hacer mis maletas.
En algún lugar lejano sonó el sordo estampido de una explosión y un
tableteo de ametralladoras. El joven oficial se estremeció, alarmado.
—No tiene importancia —le dijo Asa Morgan—. Ruidos nocturnos de
Belfast; eso es todo.
Y salió.

Steeple Durham estaba en Essex, no lejos del río Blackwater. Tierra


pantanosa; riachuelos; altas hierbas que, al moverse, cambiaban
continuamente de color, como agitadas por una presencia invisible; gorgoteo
de agua en todas partes. Un mundo extraño, habitado principalmente por aves.
Chorlitos, chochas y patos salvajes, que venían al Sur desde Siberia, para
invernar en los llanos.
El pueblo era una comunidad pequeña y dispersa, sajona por su origen, y
la cripta de la iglesia era al menos del tiempo de los sajones, aunque el resto
de ella era normando.
Francis Wood estaba trabajando en el cementerio, cortando la hierba de
los márgenes con una segadora manual, cuando el plateado coche deportivo

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se detuvo ante la verja y Asa Morgan se apeó de él. Llevaba pantalón corto,
suéter azul oscuro de cuello alto y chaqueta de cuero castaño.
—Hola, Francis —saludó.
Francis Wood contempló el «Carrera Targa».
—Veo que todavía sigues con el «Porsche».
—Es lo único que tengo para gastarme el dinero. Conservo el piso de
Gresham Palace. Hay garaje en el sótano. Es muy conveniente.
Unas cornejas se levantaron de las ramas de los árboles, sobre sus
cabezas, chillando furiosamente. Wood dijo:
—Lo siento, Asa. Más de lo que puedo expresarte.
—¿Cuándo es el entierro?
—Mañana por la tarde. A las dos y media.
—¿Oficiarás tú la ceremonia?
—A menos que tú te opongas.
—No seas estúpido, Francis. ¿Cómo lo ha tomado Helen?
—Por ahora no se ha derrumbado, si es que te refieres a esto. Si quieres
verla, la encontrarás pintando en el dique. Si yo estuviese en tu lugar, miraría
dónde pongo los pies.
—¿Por qué?
—Supongo que te habrán explicado las peculiares circunstancias de la
muerte de Megan.
—La mató un conductor que se dio a la fuga.
—Hubo algo más, Asa.
Morgan le dirigió una mirada inexpresiva.
—Entonces, será mejor que me lo cuentes, ¿no?

Morgan echó a andar por el sendero, cruzó la puerta del cementerio, dio
un rodeo a la rectoría de piedra gris y onduladas tejas, y siguió el camino del
dique en dirección al estuario. Pudo verla desde muy lejos, sentada ante el
caballete y envuelta en la vieja trinchera militar que él le había regalado el
año en que se habían casado.
Ella miró por encima del hombro al oír sus pisadas, y siguió pintado. Él
permaneció un rato en pie detrás de ella, sin decir nada. Naturalmente, era una
acuarela; su género predilecto. Una vista de la marisma y del mar, y un cielo
gris de lluvia al fondo; algo, sin duda, muy lindo.
—Has progresado.
—Hola, Asa.

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Él se sentó en un margen herboso al lado de ella, fumando, y ella siguió
pintando, sin mirarle una sola vez.
—¿Qué tal está Belfast?
—No demasiado bien.
—Me alegro —dijo ella—. Sois tal para cual.
Él respondió, tranquilamente:
—Siempre había pensado que esta frase podía aplicarse especialmente a
nosotros dos.
—No, Asa; pude merecer muchas cosas en mi vida, pero no a ti.
—Nunca pretendí ser lo que no era.
—La noche de nuestra boda nos acostamos juntos, pero, al despertarme la
mañana siguiente, me encontré con un desconocido. Cada vez que se les
ocurrió armar una pequeña guerra, tú fuiste el primero en ofrecerte como
voluntario. Chipre, Borneo, Aden, Omán y, ahora, esa carnicería al otro lado
del mar de Irlanda.
—Para eso me pagan. Sabías lo que te esperaba.
—¡Qué iba yo a saber! Desde luego, no lo de Chipre, ni todo lo que
hiciste allí por Ferguson.
—Combatir a las guerrillas urbanas es otra clase de servicio militar —dijo
él—. Las normas son diferentes.
—¿Qué normas? ¿La tortura? ¿El lavado de cerebro? ¿Tener a un hombre
contra una pared, apoyado en las Duntas de los dedos y con un cubo de agua
sobre la cabeza, durante veinticuatro horas? ¿No es esto lo que dijeron los
periódicos que habías hecho en Nicosia?
¿Sigues empleando este procedimiento en Belfast, o has descubierto otro
más refinado?
Él se levantó, con semblante helado.
—Esto no nos lleva a ninguna parte.
—¿Sabes por qué me marché? —prosiguió ella—. ¿Sabes qué fue lo que
me decidió al fin? Cuando estuviste en Aden. Cuando leí en los periódicos
que, al caer tu patrulla en una emboscada, te dirigiste al Cráter a pie, sin más
arma que ese maldito bastón, y caminaste delante del vehículo blindado para
dirigir el fuego, desafiando a los rebeldes a asomarse a la ventana y pegarte
un tiro. Cuando leí aquello y vi la foto en primera página de todos los
periódicos, hice mis bártulos y me marché, porque comprendí que llevaba
diez años casada con un muerto ambulante.
—Pero yo no maté a Megan, Helen —dijo Morgan.
—No; pero lo hizo alguien que se te parece mucho.

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Era quizá la cosa más cruel que podía decirle. Él palideció intensamente.
Por un instante, ella sintió el deseo de abrirle los brazos y estrecharle una vez
más. Ligarlo a ella como si pudiese absorber la increíble vitalidad de aquel
hombre, el núcleo elemental de su ser que siempre se le había escapado. Pero
esto era una estupidez de primer orden, condenada al fracaso, como en todas
las veces anteriores.
Ahogó toda la piedad que era capaz de sentir y prosiguió fríamente:
—¿Te ha contado Francis todo lo referente al entierro?
—Sí.
—Deseamos que todo transcurra sin ruido. Por razones de seguridad, no
se publicará la relación de esto con el asunto Cohén. Si quieres verla, está en
una empresa de pompas fúnebres en Grantham. «Pool & Son», George Street.
Y ahora, quisiera que te marchases, Asa.
Él permaneció plantado un largo instante, mirándola. Después, dio media
vuelta y se alejó.
Mr. Henry Pool abrió una puerta interior y le condujo a una capilla.
Reinaba allí una atmósfera pesada, debido al olor de las flores, y una suave
música de fondo contribuía al aspecto devoto del lugar. Había media docena
de compartimientos a cada lado, y Mr. Pool guió a Morgan hasta uno de ellos.
Había flores por todas partes, y, sobre una camilla con ruedas cubiertas
con un tapiz, veíase el ataúd de roble, con la tapa parcialmente apartada a un
lado.
El ayudante que había recibido a Morgan en la tienda al llegar éste, un
joven alto y delgado, de traje oscuro y corbata negra, se había colocado al
otro lado del ataúd.
La niña tenía los ojos cerrados y los labios ligeramente entreabiertos, con
unos toques de color, y la cara completamente maquillada.
—Es todo lo que he podido hacer, Mr. Pool —dijo Garvey, y, volviéndose
a Morgan—: El cráneo estaba destrozado, señor. Ha sido muy difícil.
Pero Morgan no le pudo oír, porque, al mirar la cara de su hija por última
vez, un chorro de bilis subió a su boca, amenazando con ahogarle. Se volvió y
salió precipitadamente.

Cuando fue introducido por Stewart en el despacho de Harry Baker,


aquella misma tarde, a hora más avanzada, Baker estaba junto a la ventana,
mirando hacia fuera. Se volvió.
—Hola, Asa. ¡Cuánto tiempo sin verte!
—Hola, Harry.

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—El buen pastor habrá hablado contigo, ¿no?
—En efecto.
Morgan se sentó, y Baker dijo:
—Éste es George Stewart, mi inspector.
Se sentó detrás de la mesa, y Morgan dijo:
—Bueno, Harry, ¿qué puedes decirme?
—Nada —respondió Baker—. Secreto absoluto. La Rama Especial sólo
proporciona los brazos. El DI5 se encarga de todo. El Grupo Cuatro, que ha
recibido nuevos poderes del propio Primer Ministro, para coordinar todos los
casos de terrorismo, subversión, etcétera.
—¿Quién lleva el mando?
—Ferguson.
—Tenía que ser él. ¡Dios mío! Es como cerrar un círculo, ¿no? ¿Cuándo
puedo verle?
Baker miró su reloj.
—Dentro de unos treinta y cinco minutos, en su piso de Cavendish
Square. Prefiere que os veáis allí. —Se levantó—. Vamos, te acompañaré.
Morgan se puso en pie.
—No hace falta.
—Órdenes, hijo mío. —Baker sonrió—. Y ya sabes cómo se pone
Ferguson cuando no se cumplen.

El general de brigada Charles Ferguson era un hombre grueso y de amable


aspecto, cuyo arrugado traje parecía estarle un poco grande. Su único detalle
militar era la corbata de la Guardia. Los revueltos cabellos grises, el doble
mentón, las gafas en media luna con que leía el Financial Times delante de la
chimenea cuando entraron Morgan y Baker, todo ello contribuía a darle el aire
de un profesor de segunda categoría.
—Asa, mi querido muchacho, ¡cuánto me alegro de verte!
Su tono era ligeramente afectado y un poco fuerte, como el de un viejo
actor de una compañía ambulante, que quiere asegurarse de que le oirán desde
la última fila del teatro.
Movió la cabeza en dirección al criado, un exgurkha naik, que esperaba
paciente junto a la puerta.
—Bueno, Kim. Té para tres.
El gurkha se retiró y Morgan miró a su alrededor. La chimenea era de
verdad, lo mismo que el fuego que ardía en ella. Lo demás era también de
estilo georgiano.

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Y todo se acoplaba perfectamente; incluso las pesadas cortinas.
—No está mal, ¿verdad? —dijo Ferguson—. Es obra de mi hija segunda.
Ahora se dedica a la decoración de interiores.
Morgan se acercó a la ventana y miró la plaza.
—Siempre te cuidaste bien.
—¡Oh! ¿Quieres mostrarte enfadoso, Asa? Es una lástima. Bueno,
vayamos al grano. ¿Querías verme?
Morgan miró a Baker, que se había sentado en un sillón de cuero, al otro
lado de la estancia, y estaba llenando su pipa.
—Según Harry, era al revés.
—¿Ah, sí? —inquirió alegremente Ferguson.
El gurkha entró con una bandeja, la dejó junto a la chimenea y se retiró.
Ferguson cogió la tetera.
—¡Por el amor de Dios…! —estalló Morgan.
—Está bien, Asa. Ahora ya sabes que el hombre que mató a Maxwell
Cohén es el mismo que atropelló a tu hija en el túnel de Paddington, ¿verdad?
—Sí.
—Y, naturalmente, quisieras echarle la zarpa. Lo mismo queremos
nosotros. Y lo mismo quieren los servicios secretos de la mayoría de las
grandes naciones. Pero lo único que sabemos con certeza del caballero en
cuestión es que viene realizando esta clase de ejercicio en todo el mundo, con
éxito bastante espectacular, desde hace unos tres años.
—¿Y qué estáis haciendo al respecto?
—Déjalo en nuestras manos. He estado en contacto con el Ministerio de
Defensa. Y me han dicho que, dadas las circunstancias, se te concederá un
mes de permiso. —Ferguson se había puesto serio—. Si yo estuviese en tu
lugar, enterraría a la muerta y me alejaría lo más posible durante una
temporada, Asa.
—¿De veras? —El acento galés era ahora mucho más perceptible, como
siempre que Morgan se hallaba en un estado de tensión. Se volvió hacia
Baker—. ¿Y tú, Baker? ¿Lo harías también?
Baker pareció turbado. Ferguson dijo:
—Están pensando en ascenderte en otoño. ¿No te ha llegado ningún
rumor acerca de esto? Y si a tu edad te ascienden a general de brigada, esto
significará que te retirarás con el grado de comandante general. Podrás
sentirte orgulloso.
—¿De qué?
—No lo eches a perder, Asa. Has progresado mucho.

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—Por ser un patán galés que entró en la oficina de reclutamiento
enseñando el culo porque llevaba los pantalones rotos. Es esto lo que quieres
decir, ¿eh?
Morgan salió, cerrando la puerta de golpe. Baker dijo:
—Ha estado un poco duro con él, señor.
—Es lo que pretendí, superintendente jefe. Cuando llegue al punto de
ebullición, volverá. —Ferguson cogió de nuevo la tetera—. Bueno, ¿cómo lo
quiere?

El interior de la iglesia de St. Martin, en Steeple Durham, era severo y


hermoso en su sencillez. Columnas normandas se alzaban hasta un techo
ricamente esculpido con figuras humanas y de animales. Quizá debido a que,
al ser construida, se había empleado como lugar de refugio, no había ventanas
al nivel del suelo. La única iluminación procedía de unos tragaluces redondos
en el techo, lo cual hacía que las sombras imperasen en la iglesia.
Harry Baker y Stewart llegaron poco después de las dos y encontraron a
Francis Wood, revestido de sus ornamentos sacerdotales, esperando en el
atrio.
—Superintendente jefe… Inspector… Han sido muy amables al venir.
—Lamento no poder darle noticias, señor.
—¿Quiere decir que no se ha practicado ninguna detención? —Wood
sonrió amablemente—. ¿Qué puede importar eso ahora?
—Ayer vi al coronel Morgan. Sus sentimientos eran muy distintos.
—Conociendo a Asa, puedo imaginarlo.
Empezaba a llegar gente, la mayoría a pie, sin duda habitantes del pueblo.
Wood les saludó, y entonces se abrió la puerta del otro lado del cementerio,
que comunicaba con el jardín de la casa rectoral, y apareció la esposa del
pastor.
No vestía de luto, sino que llevaba un sencillo traje gris, con falda de
pliegues, y zapatos y medias de color canela. Sus cabellos estaban recogidos
sobre la nuca y sujetos con una cinta de terciopelo, como la primera vez que
Baker la había visto. Tenía un aspecto extrañamente tranquilo, dadas las
circunstancias.
Saludó a Baker:
—Superintendente…
Por una vez, Baker no supo qué decir. Francis Wood besó ligeramente a
su esposa en la mejilla, y ella penetró en la iglesia. El coche fúnebre se detuvo
en el portal cubierto y, momentos después, el ataúd entró en la capilla a

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hombros de Pool, su hijo y cuatro ayudantes, todos ellos debidamente
ataviados con abrigos negros.
Wood se adelantó a recibirles. Baker dijo a Stewart:
—¿Sabe lo que me fastidia de eso, George? Que probablemente lo han
hecho otras dos veces en el día de hoy. El mismo coche fúnebre, los mismos
abrigos negros, las mismas expresiones apropiadas. Significa algo, pero no sé
exactamente qué.
—Morgan brilla por su ausencia, señor.
—Ya me he dado cuenta —admitió Baker, y añadió, al acercarse el
cortejo—: Entremos, ya que estamos aquí.
Se sentaron en un banco de los de en medio, y el cortejo pasó por su lado,
mientras Francis Wood recitaba la plegaria de difuntos:
—Yo soy la resurrección y la vida, dijo el Señor. Quien crea en Mí,
aunque haya muerto, vivirá; y quien viva y crea en Mí, no morirá
eternamente.
El ataúd fue colocado delante de la barandilla del altar, y sus portadores se
retiraron. Hubo una pausa, y Wood prosiguió:
—Señor, Tú has sido nuestro refugio de generación en generación.
La puerta se abrió y volvió a cerrarse con tanto ruido, que el pastor se
interrumpió y levantó la mirada de su libro de oraciones. Muchas cabezas se
volvieron. Asa Morgan estaba allí, en uniforme de gala, bien afeitado,
resplandeciente el cinturón «Sam Browne», con una hilera de medallas
pulcramente prendidas debajo de las alas SAS bordadas sobre el bolsillo de la
guerrera. Se quitó la boina roja y se sentó en el último banco.
La única persona que no se había vuelto era Helen Wood. Estaba sentada
sola en el primer banco, erguidos los hombros, mirando al frente. Hubo una
brevísima pausa, y su marido siguió la lectura, con voz fuerte y clara.

Cuando salieron al cementerio, un trueno retumbó a lo lejos, y los


primeros goterones de lluvia salpicaron las losas del sendero.
—Una de las grandes coincidencias de la vida —observó Baker—. Ocho
veces de cada diez, llueve en los entierros. Por eso he traído esto.
Abrió el paraguas, y él y Stewart echaron a andar detrás de los lugareños,
entre las lápidas y en dirección a la tumba recién abierta.
La mayoría de ellos se quedaron a respetuosa distancia, mientras Helen
Wood avanzaba hasta el borde de la tumba y se detenía delante de su esposo.
Asa Morgan se colocó detrás del pastor, con su boina roja inclinada hacia
delante, en el ángulo preciso de ordenanza.

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Francis Wood siguió desempeñando su función, levantando un poco la
voz al arreciar la lluvia. Su esposa, en el momento adecuado, hincó una
rodilla para recoger un puñado de tierra y arrojarlo en la tumba abierta.
Permaneció un momento así y, al levantar la cabeza, vio que Morgan se había
adelantado y estaba al lado del pastor.
Francis Wood prosiguió, sin vacilar:
—La tierra a la tierra, la ceniza a la ceniza, el polvo al polvo, con la
esperanza cierta en la Resurrección.
Morgan se quitó la boina roja y la dejó caer en la tumba abierta, sobre el
ataúd. Su exmujer se levantó despacio, sin apartar la mirada de la cara de él.
Morgan dio media vuelta, se alejó entre las lápidas y entró en la iglesia.
—Algo que dará que hablar al pueblo durante un tiempo —observó
Baker.

Cuando, al cabo de unos minutos, entró en la iglesia Francis Wood


encontró a Morgan sentado en el primer banco, con los brazos cruzados y
mirando fijamente al altar.
—Bueno, Asa —dijo Wood—, ¿qué quieres exactamente, ya que no has
venido a rezar?
—No, si ese tostón que nos has largado ahí fuera es lo mejor que puedes
hacer —dijo Morgan—. «Dios, en su gran misericordia, se ha dignado llamar
a Su lado a nuestra hermana difunta». ¿Qué diablos significa eso. Francis?
—Mira, Asa: para mí, es una cuestión de fe. De fe en los designios de
Dios para todos nosotros.
—Realmente, muy consolador.
Asa se levantó y subió la escalera del púlpito.
—Está bien, Asa; di lo que tengas que decir.
En el fondo de la iglesia, Baker y Stewart escuchaban en la sombra, junto
a la puerta.
Morgan dijo:
—Estoy tratando de conciliar la misericordia de Dios con el atropello de
una niña en bicicleta por un fanático que huía después de intentar un
asesinato. A propósito, te interesará saber que un grupo terrorista árabe,
denominado Setiembre Negro, ha reivindicado la acción. Una expresión muy
bonita, debes reconocerlo. Sea todo por la terminología.
Ahora mostraba una calma extraña, y agarraba el borde del púlpito con tal
fuerza, que sus nudillos se pusieron blancos.

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—Asa —dijo Wood—, Dios castiga; los hombres sólo se vengan. Creo
saber el rumbo que piensas tomar, y quiero avisarte. No encontrarás nada al
final del camino; ni respuesta, ni satisfacción, ni nada.
Morgan miró a su alrededor.
—No me había dado cuenta de la buena vista que se disfruta desde aquí.
Bajó la escalera, se alejó por el pasillo y salió.
Baker y Stewart le siguieron. Llovía con más fuerza que antes, y los dos
hombres le vieron alejarse, descubierto, cruzar el portal y dirigirse al
«Porsche». Baker dijo a Stewart:
—Tome el coche y sígale. Yo volveré a Londres en tren. Péguese a él
como una lapa. Quiero saber adónde va y lo que hace. Si lo pierde, me las
pagará.

Stewart tuvo pocas dificultades en no perder de vista al «Porsche»


plateado, pues, incluso después de dar un rodeo a Londres e introducirse en la
autopista MI, en dirección norte, Morgan superó raras veces las setenta millas
por hora, y sólo pasó al carril rápido cuando tuvo que adelantar a un camión
pesado o a algún vehículo que rodaba despacio.
En las afueras de Doncaster se detuvo en una estación de servicio. Stewart
hizo lo propio, manteniéndose alejado. El «Porsche» pasó a la zona de
aparcamiento, y Morgan se apeó, sacó una trinchera militar del interior del
coche y se la puso sobre el uniforme. Después se dirigió al café.
Stewart aparcó a cierta distancia y, después, fue al lavabo. Al salir, vio
que el «Porsche» seguía en su sitio; se acercó al café y miró a su interior. No
había señales de Morgan.
Se volvió rápidamente; no se había equivocado. El «Porsche» seguía allí,
pero el coronel estaba agachado delante del coche de Stewart.
Al acercarse éste precipitadamente, Morgan se irguió, y Stewart vio que
un neumático delantero estaba deshinchado.
—¡Eh! ¿Qué diablos está haciendo? —preguntó, furioso.
Morgan dio una patada a la rueda.
—Parece que ha tenido usted un tropiezo, inspector. Si yo estuviese en su
lugar, llamaría a un policía.
Se dirigió al «Porsche», subió y se alejó velozmente.

Mikali se levantó tarde aquella mañana, y eran ya las once cuando inició
su acostumbrada carrera en Hyde Park, a pesar de la copiosa lluvia. Pero ésta

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no le importaba. Al contrario, le gustaba la lluvia. Le daba una impresión de
seguridad y de aislamiento, como si estuviese en un pequeño mundo
exclusivo de él.
Después, volvió al piso de Upper Grosvenor Street, abrió la puerta y
percibió el aroma de café recién molido. De momento, presumió que la chica
de la noche anterior no se había ido a casa, pero entonces apareció Jean Paul
Deville en la puerta de la cocina.
—¡Oh! Ya ha llegado. Me permití entrar con mi llave de emergencia.
Confío en no haberle molestado.
Mikali cogió una toalla en el cuarto de baño y se enjugó la cara.
—¿Cuándo llegó?
—En el avión de la mañana. Pensé que debíamos charlar un poco.
Volvió a su tarea de preparar café. Mikali dijo:
—La cosa no resultó tan bien como esperábamos.
—Le pegó un tiro en la cabeza a quemarropa. ¿Qué más podía pedirse? Y
conseguimos lo que pretendíamos. Un intento de asesinato en el corazón de
Londres. Grandes titulares en todos los periódicos del mundo y una gran
publicidad maravillosa para la causa palestina. Los de Setiembre Negro están
entusiasmados. Su representante en París me visitó la noche pasada. Creo que,
esta vez, la cosa se le puso a usted un poco fea. ¿Tuvo miedo?
—Cuando estaba en Argel, los árabes tenían un dicho. Todo pasa como
Dios quiere. Por mucho cuidado que se ponga en los preparativos, puede
aparecer una persona en el lugar menos pensado. O encasquillarse una pistola
que no ha fallado nunca. Esto será lo que nos matará al fin, a usted y a mí,
cuando menos lo esperemos.
—Posiblemente —admitió Deville—. ¿Como a la niña de la bicicleta del
túnel?
—Fue una desgracia. Traté de evitarla, pero no había nada que hacer. Los
dos periódicos de la noche de Londres dieron la noticia en términos muy
escuetos. Lo que no comprendo es cómo no lo han relacionado con el caso de
Cohén.
—Sí; también a mí me extrañó. Hice que mi gente de Londres investigase
un poco. Parece que los padres de la niña se divorciaron hace algún tiempo.
El padre es un coronel de paracaidistas llamado Morgan, Asa Morgan.
Actualmente presta servicio en Irlanda. La KGB de nuestra Embajada en
Londres tuvo la bondad de hacer funcionar el ordenador en mi interés, y
resulta que el historial del hombre es muy notable. Experto en subversión, en
técnicas de guerrilla urbana y en métodos perfeccionados de interrogatorio.

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Incluso estuvo prisionero de los chinos en Corea. Parece lógico que el
Ejército prefiera no sacar a relucir a un hombre de esta clase, lo cual
explicaría la actitud oficial sobre el asunto.
—Tampoco parecen hablar mucho de el Cretense— dijo Mikali, echando
unas cucharadas de té en la marmita.
—¿Qué quiere decir con eso? ¿Que teme que alguien le arrebate el
mérito?
Mikali soltó una carcajada.
—¡Váyase al diablo!
—Pronto me iré, amigo. —Deville tomó su taza de café y se sentó junto a
la ventana—. Para los revolucionarios de todo el mundo, desde las Brigadas
Rojas hasta el IRA, el Cretense es una leyenda viva. Pero no se engañe. Los
archivos de todos los servicios secretos occidentales registran todas sus
operaciones hasta sus ínfimos detalles. Revelando lo menos posible al
público, esperan aumentar sus probabilidades de pillarle. Además, todo el
mundo admira a los vencedores. Incluso podría hacerse usted popular, y eso
no les conviene.
—Es una idea.
Deville sacó un papel doblado del bolsillo y lo empujó sobre la mesa.
—He cambiado de nuevo el número de su apartado de Correos, no sólo en
Londres, sino también en Manchester y en Edimburgo. Apréndaselos de
memoria y quémelos.
—Está bien.
Mikali se sirvió una taza de té.
—¿Quedó satisfecho… de su interpretación de la otra noche?
—Hasta cierto punto. Nunca me ha gustado la acústica del «Albert Hall»,
pero el ambiente es magnífico.
—Y ahora, unas vacaciones. ¿Adónde piensa ir? ¿Tal vez a Hydra?
—Primero, unos días en Cambridge.
—¿Con la doctora Katherine Riley? —inquirió Deville—. Esto se está
convirtiendo en una costumbre. ¿Va usted en serio?
—Ella es para mí una compañía —dijo Mikali—. Nada más que eso. Pero
una buena compañía es difícil de encontrar en este maldito mundo, ¿no cree?
Descorrió la cremallera del bolsillo derecho de su traje deportivo y sacó
una pistola pequeña y bastante fea, de unos quince centímetros de longitud y
con un cañón bastante raro, la cual dejó sobre la mesa.
Deville la cogió.
—¿Qué es?

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—Una «Ceska» checa. Este modelo especial fue fabricado por los
alemanes cuando se apoderaron de la fábrica durante la guerra. Tiene un
silenciador muy eficaz.
—¿Son buenas?
—Las utilizó la SS.
Deville volvió a dejarla, cuidadosamente, sobre la mesa.
—¿Va usted armado, incluso cuando corre por el parque?
—Mi querido Deville, cuando salgo al escenario del «Albert Hall» para
dar un concierto, llevo este cacharrito en el bolsillo. París, Berlín…, todo es lo
mismo.
—Pero ¿por qué?
Mikali se sirvió una taza de té y añadió azúcar y leche, al estilo inglés.
—Dígame. ¿No lleva usted siempre una cápsula de cianuro? —preguntó.
—Desde luego.
—Según el reglamento del GRU, ¿no es cierto?
—Sí.
—¿Por qué no me ha ofrecido nunca una?
Deville se encogió de hombros.
—Porque no creo que se produzca una situación en que deba usarla.
—Exacto. —Mikali sonrió y cogió la «Ceska»—. Cuando llegue el
momento totalmente inesperado en que vayan a pillarme, la tendré a mano.
Incluso en el «Cuarto Verde» del «Albert Hall».
—Comprendo —dijo Deville—. Morirá matando. El fin del soldado,
dando la cara al enemigo. —Suspiró, y su voz tuvo ahora un acento
sinceramente afectuoso—. Mi querido John, en el fondo es usted el más
romántico de los locos. ¿No se considera así? ¡El último samurái!
Mikali abrió el balcón y salió. El sol brillaba sobre el parque. Sería un día
caluroso.
Se volvió y dijo:
—Oscar Wilde dijo una vez que la vida es un mal cuarto de hora hecho de
momentos exquisitos.
—Lo cual nos vuelve a Cambridge y a la doctora Riley —dijo Deville.
Mikali sonrió.
—Exacto. Definitivamente, uno de los momentos más exquisitos a los que
él se refería.

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5

Por la tarde, Morgan había llegado a Leeds. Salió de la ciudad por la


carretera A65 y se dirigió a los Yorkshire Dales, pasando por Otley Ilkley y
Skipton, ascendiendo por un oscuro paisaje de páramos desolados, salpicados
de alguna colina ocasional.
El pueblo de Malham está emplazado en medio del más áspero escenario
de piedra caliza de Yorkshire. Llegó a él al anochecer, rodó otra milla y, por
fin, cruzó una verja y llegó a una casita de campo de piedras grises,
flanqueada de árboles en el centro de un acre de jardín.
Propiamente hablando, esta casita pertenecía a Helen, en virtud del
acuerdo de su separación; pero al agacharse él a comprobarlo, encontró la
llave debajo de la piedra donde la guardaban siempre. Abrió la puerta y sacó
sus cosas del coche.
Un débil olor a humedad faltaba en el ambiente, por haber estado cerrada
la casa; pero había leños preparados en la chimenea. Encendió el fuego y
subió al piso, donde había dos dormitorios y un cuarto de baño.
Encontró lo que buscaba en uno de los armarios: su antiguo equipo de
montañero. Botas, pantalones de Pana y gruesos suéteres de lana. Los bajó,
junto con el saco de dormir, y los extendió delante de la lumbre. Después sacó
una botella de whisky de una bolsa, se introdujo en el saco de dormir y se
tumbó delante de la chimenea.
Revolvió los leños y bebió whisky —mucho whisky—, porque no quería
pensar en ella. No ahora. Esto vendría más tarde. Al cabo de un rato se quedó
dormido.

A un par de millas más allá de Malham, un sendero conduce a los riscos


de Gordale Scar. Asa Morgan había visitado el lugar con su hija, al cumplir
ésta los doce años. Al caminar esta mañana sobre el fangoso suelo, bajo la
fuerte lluvia, le parecía oír de nuevo sus excitados gritos al doblar la esquina

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rocosa y aparecer Gordale Scar, con la cascada saltando en el centro, más
copiosa que de costumbre a causa de la lluvia.
El camino más corto había sido el de la escarpada pared de la izquierda, y
él había empujado a su hija, manteniéndose detrás de ella, por si acaso.
Después habían tenido que esforzarse para remontar el talud de más allá de la
cascada y seguir el sendero que flanqueaba el torrente.
Ahora avanzaba entre la lluvia y la espesa niebla, milla tras milla,
completamente atrapado en el pasado. Era como si ella estuviese todavía aquí,
alejándose corriendo entre la niebla, para volver a aparecer de pronto y
contarle algún descubrimiento.

Y, durante un rato, volvió a ser el chico de catorce años, en aquella


primera semana después de abandonar el colegio. Levantándose a las cinco y
subiendo montaña arriba, con un paquete de bocadillos de queso preparados
por mamá y un frasco de té frío. Seis millas de dura caminata todas las
mañanas, para llegar al pozo que había matado a su padre.
Nunca olvidó el primer día. El mareante traqueteo de la jaula al descender
a dos mil pies de profundidad, a un mundo de pesadilla, de oscuridad, de
desesperación y de trabajo agotador.
Las seis millas del camino de regreso al terminar su primera jornada, tan
cansado que había pensado que no llegaría nunca. Más tarde, sentado en la
vieja bañera de cinc, delante del fuego, y mientras se frotaba el cuerpo para
eliminar la capa de polvo que lo cubría, había estado seguro de una cosa: tenía
que haber algo mejor para él, pues sentía algo en su interior que pugnaba por
liberarse.
Lo había, pues, así como algunos nacían para actores, para grandes
cirujanos o para músicos, Asa Morgan era soldado por naturaleza. Un caudillo
nato. Para él, la vida militar era una vocación, como lo era el sacerdocio para
otros. Y lo irónico del caso fue que la guerra lo salvó; lo arrancó de la
Rhondda, para su bien, y lo metió en el Ejército.

El camino daba un rodeo para volver a Malham, y fue en esta segunda


parte de su excursión, mientras descendía al que llamaban Dry Valley, cuando
ocurrió. Llegó a una cornisa, junto a un peñasco saliente bajo el que se habían
refugiado antaño, para resguardarse de la lluvia y comer sus bocadillos.
La angustia reprimida estalló dentro de él.

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—¡No! —gritó—. ¡No! se volvió y corrió, como huyendo del mismísimo
diablo, resbalando y deslizándose sobre la traidora superficie, valle abajo.
De pronto se encontró en el suelo de piedra caliza que sabía que llevaba al
borde del abismo de doscientos cuarenta pies de Malham Cove. El viento
levantó la niebla, y todo el Dale se desplegó a sus pies.
Una rabia feroz, como nunca la había experimentado, surgió dentro de él
como un río de lava ardiente.
—¡Allá voy, bastardo! —gritó—. ¡Allá voy!
Corrió sobre las lajas de piedra caliza y empezó a bajar por el sendero lo
más de prisa que pudo.
Al mediodía del día siguiente, llamó a la puerta del piso de Cavendish
Square. Le abrió el gurkha Kim, con su inmaculada chaqueta blanca de
relucientes botones de metal. Morgan entró sin decirle nada y se dirigió al
cuarto de estar, donde encontró a Ferguson sentado detrás de su escritorio,
con las gafas reposando en la punta de la nariz, y revisando un montón de
papeles.
Ferguson levantó la cabeza y se quitó las gafas.
—Eres un niño malo. El pobre Stewart no fue recibido con los brazos
abiertos cuando regresó. Probablemente has retrasado dos años el ascenso del
pobre diablo.
—Quiero a ese hombre, Charles —dijo Morgan—. Haré cuánto tú digas.
Lleva el asunto como quieras, pero dame una oportunidad.
Ferguson se levantó y se acercó a la ventana.
—La venganza, dijo Bacon, es una especie de justicia salvaje, y esto no
conviene. En absoluto. Demasiado emocional. Forzosamente tiene que
perturbar el buen juicio. Y tú ya no tienes veinticinco años, ¿eh? —Sacudió
enérgicamente la cabeza—. No. Terminarás tu permiso y volverás a Belfast.
—Entonces, renunciaré a mi cargo.
—No puedes hacerlo. Cuestión de seguridad nacional, Asa. Tú eres un
caso especial. Seguirás con nosotros hasta el final. Como en los viejos
tiempos de la guerra.
—Está bien. —Morgan levantó las manos, en ademán defensivo—.
Dijiste que tenía un mes, y tengo un mes.
Dio media vuelta y salió, antes de que Ferguson pudiese responderle.

Ahora estaba más tranquilo, había recobrado completamente su dominio.


Aquel estallido primordial en Malham y la loca carrera hacia el Sur habían

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agotado su exceso de emoción. Volvía a ser un profesional, frío, calculador y
capaz de una objetividad total.
Pero ¿dónde empezar? Ése era el problema. Estaba sentado en el cuarto de
estar de su piso de Gresham Place, poco después de las cuatro, hojeando
diferentes periódicos que relataban la agresión, cuando sonó el timbre de la
puerta. Fue a abrir, y allí estaba Harry Baker, con una cartera de cuero en la
mano.
Baker entró, sin esperar a que el otro le invitase.
—Fuiste un poco duro con el joven Stewart, ¿no? Bueno, el chico tiene
mucho que aprender.
Morgan le siguió al cuarto de estar y esperó, con las manos en los
bolsillos.
—Está bien, Harry, ¿qué quieres?
—Ferguson me ha telefoneado. Me ha dicho que has vuelto a incordiarle.
—¿Te ha dicho también que me despidió a cajas destempladas?
—Sí.
—¿Y bien?
Baker sacó su pipa y empezó a llenarla.
—Tú me salvaste la vida en Nicosia, Asa. Si no hubiese sido por ti, aquel
pistolero de la EOKA me habría metido una bala en la cabeza. Tú me
empujaste y recibiste el tiro en la espalda.
—Todos nos equivocamos alguna vez.
—Si Ferguson se entera de lo que voy a hacer, soy hombre acabado. Pero
¡al diablo con ello! —Baker abrió la cartera, sacó de ella una carpeta de papel
de Manila y la arrojó sobre la mesa—. Ahí tienes, Asa. Todo lo que se sabe, y
no es mucho, sobre el hombre que disparó contra Maxwell Cohén y que mató
a Megan. El hombre a quien llamamos el Cretense.

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6

Baker se plantó delante del fuego para calentarse, mientras Morgan empezaba
a examinar el legajo.
—Como puedes ver, la primera vez que apareció en escena fue en el año
sesenta y nueve. El asesinato de Vassilikos. Ya entonces empezaron los
periódicos a llamarle el Cretense.
—¿Porque el chófer dijo estar seguro de que hablaba con acento cretense?
—Según los archivos, esto fue confirmado por la doncella del «Hilton»,
en Berlín occidental, un mes más tarde, cuando fue liquidado el general
Stephanakis.
Morgan siguió leyendo.
—Esta escena con la muchacha en el guardarropa, mientras esperaban la
llegada de Stephanakis, ¿es auténtica?
—¡Oh, sí!
—Esto explica su fama de don Juan, ¿no?
—Esto y un caso parecido que encontrarás más adelante. La joven
Boudakis no fue violada. Un psiquiatra la reconoció y sacó la impresión de
que ella se había enamorado del hombre.
—Por los detalles que veo aquí, yo diría que muchos griegos deben
aclamarle —dijo Morgan—. Parece que Vassilikos y el general Stephanakis
eran un par de carniceros.
—Muy bien —dijo Baker—. Así, nuestro amigo no es más que un
campesino cretense, un héroe de la Resistencia a quien disgusta el régimen
actual de Grecia, al que considera fascista. Y por esto resuelve actuar por su
cuenta. Esto estaría muy bien, salvo por un punto importante. Después de
aquello, ha cometido numerosos asesinatos en todo el mundo. ¡Oh! Casi
siempre, la organización terrorista más adecuada reivindica la acción; pero
nosotros, lo mismo que la mayoría de los principales servicios secretos del
mundo, sabemos cuándo ha sido el Cretense el responsable. Su marca es clara
e inconfundible. Sigue leyendo y verás lo que quiero decir.

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Se sentó delante de la lumbre y volvió a encender su pipa, y Morgan
continuó su lectura.
En junio de 1970, el Cretense había matado, en una habitación de un
hotel, al coronel Rafael Gallegos, jefe de Policía del País Vasco, región
pirenaica española, limítrofe con Francia. El asesinato fue copia exacta del
general Stephanakis en Berlín occidental. La responsabilidad había sido
reivindicada por la ETA, movimiento nacionalista vasco que llevaba años
luchando por la separación de España.
En setiembre del mismo año, el general Severo Falçao, jefe de la Policía
secreta brasileña, había sido asesinado en Río de Janeiro por un policía de
tráfico que había detenido su coche en una carretera solitaria que conducía de
la ciudad a la mansión del general. Como en el caso Vassilikos, sólo murieron
el general y sus guardaespaldas. El asesino permitió la huida del chófer.
En noviembre de 1970, había matado a George Henry Daly, ejecutivo de
una compañía de seguros de Boston. Pero los periódicos no habían dicho que
Daly era en realidad el comandante Sergei Kulakov, que se había pasado a los
americanos hacía cinco años, después de pertenecer al servicio secreto del
Ejército Rojo en Berlín. La CIA le había extraído todo lo que sabía y,
después, le había dado lo que pensaba confiadamente que era una nueva y
flamante identidad. Su esposa había descrito perfectamente a el Cretense.
Éste había podido matarla, pero no lo hizo.
En 1971 se había producido el asesinato en Toronto de Henry Jackson,
economista y también agente secreto ruso, que había desertado y adoptado un
nombre supuesto.
El mismo año, más tarde, había caído el cónsul general de Israel en
Estambul. El Ejército de Liberación del Pueblo Turco se había atribuido la
responsabilidad del hecho.
Después se produjo el caso más espectacular de todos: el asesinato del
director de cine italiano Mario Forlani, en el Festival de Cannes. La Brigada
Negra de Roma, respuesta fascista a las Brigadas Rojas, había reivindicado el
hecho. Antes había amenazado a Forlani en reiteradas ocasiones, porque
había hecho una película en la que se ridiculizaba a Mussolini.
—Entonces, no es un fanático marxista —comentó Morgan.
—¿Te refieres al asunto de Cannes? Fue un caso endiablado. Los
franceses tenían el hotel donde se hospedaba Forlani más vigilado de lo que
está Fort Knox. La Garde Mobile estaba en todas partes. Y había mucha
Policía secreta en el interior. Se alojaba allí la flor y nata. La mitad de los
reyes destronados de Europa y la mayoría de los hoy considerados grandes

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astros de Hollywood. El pianista John Mikali, Sofía Loren, David Miven,
Paul Newman y sabe Dios quién más.
—¿Y él se salió con la suya, en medio de tanta gente?
—Fue muy sencillo. Forlani salió de sus habitaciones en el piso quince,
acompañado de tres amiguitas, para bajar a comer. Había dos policías junto a
la puerta, y otro en el ascensor.
—¿Y bien?
—El Cretense se materializó simplemente en el extremo del pasillo y le
pegó dos tiros en el corazón con una pistola; a tal distancia, imagínate. Huyó
por la puerta de incendios con la rapidez del rayo.
—¿Sin dejar huellas?
—Como si se hubiese desvanecido de la faz de la Tierra. La Policía
francesa revolvió todo el lugar, sin el menor resultado. La mayoría de las
celebridades se marcharon aquella misma noche. Les faltó tiempo para
hacerlo. El escándalo fue tremendo.
—¿Y después?
—Está en el legajo. En noviembre último mató a Helmut Klein, ministro
de Hacienda del Este, en ocasión de su visita a la Universidad de Francfort.
Se habían tomado grandes medidas de seguridad en el campus. Compareció
con una muchacha llamada Lieselott Hoffmann, que, según se supo más tarde,
era simpatizante de la banda Baader-Meinhoff. Ella llevó un rifle, por orden
de la Facción del Ejército Rojo. Le dijeron que lo guardase para ser recogido.
—¿Y apareció el Cretense?
—De noche y con la cara cubierta, como siempre.
Morgan volvió a examinar el expediente.
—Según eso, Klein salió de una recepción en la casa del rector, poco
después de las diez. El Cretense le mató desde una distancia de trescientos
metros, empleando un amplificador de imagen. Formidable puntería.
—Después, huyó. La muchacha fue sorprendida cuando trataba de
esconder el arma. La mayor parte de los detalles se pusieron de manifiesto
durante su interrogatorio. Al parecer, él le había dado el mismo trato que a la
doncella del «Hilton» de Berlín, y tampoco parecía importarle mucho. Un
pelotón de la Facción del Ejército Rojo la llevó de la prisión provisional a la
cárcel.
—Y desapareció completamente, ¿no?
—Hasta que fue detenida en Londres, en febrero de este año, trabajando
en una boutique. Dijo que se había casado con un caballero llamado Harry
Fowler.

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Camarero de «Camden Town»; pero éste no ha sido encontrado.
Naturalmente, si aquello fuese verdad, ella seria ciudadana británica. Los
alemanes la reclaman; tanto los orientales como los occidentales. Y, como es
de suponer, los grupos en pro de las libertades civiles quieren que se quede.
Está en un centro especial preventivo en Tangmere, cerca de Cambridge. Una
importante fuente de preocupaciones para el Gobierno.
—Me lo imagino. —Morgan leyó un momento en silencio—. Este
informe de un psicólogo sobre la muchacha es excelente. ¿Quién lo hizo?
—Una mujer llamada Riley. Doctora Katherine Riley. Norteamericana.
Trabaja en uno de los colegios de Cambridge. Le permiten visitar
regularmente a la joven Hoffmann.
—¿Por qué?
—Porque el terrorismo es su especialidad. Se ha entrevistado con casi
todos los terroristas europeos encarcelados, cuando éstos se lo han permitido.
Escribió un libro, hace dieciocho meses, titulado El fenómeno terrorista.
—Ahora lo recuerdo —dijo Morgan—. Lo he leído. —Sacó un cigarrillo
—. Según mis cálculos, nuestro amigo ha liquidado a una docena de personas
muy importantes en poco menos de tres años. Es todo un récord.
—Y no toma partido —puntualizó Baker—. El campesino cretense que
parecía tan antifascista al principio acaba matando a un ministro de la
Alemania del Este y a un director de cine comunista.
—Pero también encuentra tiempo para despachar a algún que otro
fascista.
—Y a dos importantes desertores rusos a quienes los servicios secretos
norteamericano y canadiense pensaban sacar un buen provecho.
—¿Cuál es el último frente terrorista internacional? —preguntó Morgan
—. Estoy un poco en las nubes, desde que me destinaron al Ulster.
—Existen lazos bien determinados entre diversos grupos de todo el
mundo —dijo Baker—. Por ejemplo, los japoneses responsables de la
matanza en el aeropuerto de Tel-Aviv se adiestraron en un campo de
entrenamiento libanés. Sus armas, principalmente granadas de mano y
«Kalashnikovs», fueron proporcionadas por la banda Baader-Meinhoff. El
Frente de Liberación de Palestina tuvo también que ver en el asunto.
—Toda una combinación.
—Según nuestras informaciones, se ha celebrado a principios de este año,
en Dublín, una conferencia secreta de organizaciones guerrilleras, a la que
asistieron representantes maoístas y anarquistas de todo el mundo.
—¿Con el Ira como anfitrión?

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—Eso depende de la rama del IRA a que te refieras.
—Maoístas, anarquistas, ¡al diablo con ellos! Quien me interesa es el
Cretense. —Morgan cogió un lápiz y un bloc—. ¿Qué sabemos realmente de
él?
—De baja estatura —indicó Baker.
—Pero sumamente vigoroso.
—Muy inteligente, y astuto. Por lo visto, capaz de desplazarse sin
dificultad por todo el mundo.
—Un soldado.
—¿Qué te hace pensar esto?
—Su manera de actuar, su precisión, su organización. Cuando tiene una
presa a la vista, va a por ella. No hay nada indiscriminado en él. En varias
ocasiones ha perdonado la vida a algunas personas. Por ejemplo, a los
chóferes de París y de Río.
—Pero no a Megan.
—No. —Morgan asintió con la cabeza, serenamente—. La atropelló como
a un perro. Su única equivocación.
Estudió las notas que había tomado en el bloc, y Baker le dijo:
—No olvides el detalle más importante. Es cretense.
—¿Quién habla alemán, francés, español e inglés? ¿Un soldado veterano?
¿Un hombre que viaja por todo el mundo? —Morgan meneó la cabeza—. Si
estuviese en tu lugar, corregiría este dato. Perseguimos a un hombre que, por
alguna razón, puede hacerse pasar por cretense.
—¿Y dónde empezarías a buscar a un hombre así?
Morgan encogió los hombros.
—No lo sé…, de momento. La joven Hoffmann. Podría ser interesante.
Quizá no ha dicho todo lo que sabe. Y tal vez valdría la pena visitar a esa
doctora Riley. ¿La conoces por casualidad?
—Tuve ese placer. No le gustan los policías. La clase de chica a quien el
senador McCarthy habría hecho comparecer ante un comité del Congreso
antes de que ella supiese de dónde venían los tiros. Una cosa que, por cierto,
no está en ese legajo. La bala que extrajeron del cerebro de Cohén es de un
«Mauser», pero de un tipo muy especial: 7,63, modelo de 1932, y,
concretamente éste, provisto de silenciador. Fueron usados por ciertas
unidades alemanas de seguridad durante la guerra.
—Sí, conozco el revólver a que te refieres —repuso Morgan—. Sólo
fabricaron unos pocos.

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—Cierto. Y virtualmente imposibles de obtener en nuestros días. El
ordenador indica que sólo uno de ellos ha sido empleado en el Reino Unido
para matar. Fue el año pasado, en Londonderry, y la víctima fue un sargento
del Servicio de Información del Ejército.
—¿El Cretense en el Ulster? —preguntó, pasmado, Morgan.
—No. Un provisional mató al llamado Terence Murphy. Y fue muerto por
una patrulla cuando huía junto con un hombre llamado Pat Phelan. Por cierto,
éste llevaba también un revólver de la misma clase. Tratamos de averiguar la
identidad del proveedor de esas armas, pero sin resultado.
—Una posibilidad interesante —dijo suavemente Morgan—. El arma
empleada para disparar contra Cohén podría tener el mismo origen.
—Algunos de mis hombres trabajan ahora en esto —dijo Baker—. Pero,
francamente, no llegamos muy lejos la última vez, y por esto… —Recogió el
legajo y volvió a meterlo en su cartera—. Ahora sabes tanto como yo acerca
de el Cretense. ¿Qué piensas hacer?
—Ya se me ocurrirá algo.
—Apuesto a que sí —dijo ásperamente Baker, y abrió la puerta—. Ahora
estamos en paz, Asa; no lo olvides.
Morgan esperó sólo unos momentos; después, agarró su abrigo y salió
detrás de Baker. Desde la entrada, vio que éste caminaba hacia el final de la
calle y se detenía en la esquina, buscando un taxi. Morgan retrocedió, bajó
corriendo al garaje, subió al «Porsche» y puso el motor en marcha.

Esperaba a la sombra de un árbol, delante de la casa de Ferguson en


Cavendish Square, cuando se detuvo un taxi y Baker se apeó de él. Pagó al
conductor y entró en la casa. Morgan esperó unos minutos y le siguió.
Cuando Kim abrió la puerta, entró sin preámbulos y se dirigió al cuarto de
estar. Ferguson estaba sentado detrás de su escritorio, con el legajo encima de
la mesa. Baker permanecía de pie, a su lado.
—¡Santo Dios! —exclamó amargamente Baker.
Ferguson suspiró.
—¡Vaya! Te estás poniendo un poco pesado, Asa.
—Bueno —dijo Morgan—, acabemos con este juego de imbéciles
bastardos. Vosotros queréis a ese cretense, y yo, también. Entonces, ¿por qué
no lo decís oficialmente y acabamos de una vez?
—Ésa es precisamente la cuestión, querido amigo. Nada oficial. Esto es
todo.

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—¡Oh! Ya veo. —Morgan miró a Baker—. Esperabais que agradeciese el
favor recibido de mi viejo camarada aquí presente y que saliese disparado
como un loco, a ver lo que podía averiguar. Y, si algo salía mal, yo cargaba
con la culpa, ¿eh?
Ferguson se retrepó en su sillón.
—¿Podrías hacerlo. Asa? Quiero decir, salir disparado y descubrir algo.
Algo de valor.
—El «Mauser» —dijo Morgan—. Si pudiese descubrir al traficante que lo
suministró, sería un buen comienzo.
—¿Y dónde diablos podrías encontrar esta información? —preguntó
Baker.
—En Belfast.
—¡En Belfast! —exclamó Baker, con asombro—. Estás loco.
—Digamos que sí. Allí hay gente en el bando enemigo que quizá querría
ayudarme, por amor de los viejos tiempos.
—¿Cómo Liam O’Hagan? ¿Porque servísteis juntos hace tiempo? Lo
único que conseguirías sería una bala en la cabeza.
—¿Y qué más. Asa? —terció Ferguson—. ¿Qué más podrías necesitar?
—Me gustaría entrevistarme con Lieselott Hoffmann antes de salir para
Belfast. Mañana por la mañana, a ser posible.
Ferguson dijo:
—Arregle esto con la doctora Riley, superintendente.
—También quisiera una lista de todos los datos importantes que se
mencionan en ese legajo. Fechas, lugares, manera de actuar.
Morgan se dirigió a la puerta, Ferguson dijo:
—Asa, por lo que a mí concierne, estás con permiso durante un mes.
—Desde luego.
—Por otra parte, si podemos hacer algo…
—Lo sé —dijo Morgan—. No vaciles en llamar.

En 1947, cuando se escucharon los primeros truenos de la guerra fría en el


horizonte, J. Parnell Thomas y su Comité del Senado sobre actividades
antinorteamericanas resolvieron investigar la industria cinematográfica de
Hollywood, en busca de señales de subversión comunista.
Diecinueve escritores, productores y directores, formaron un grupo de
resistencia, declarando que el Comité no tenía por qué meterse en sus
opiniones políticas. Once de ellos fueron llamados a Washington para
justificarse. Uno, Bertold Brecht, partió apresuradamente hacia Alemania del

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Este. Los otros diez se negaron a contestar, amparándose en la libertad de
palabra garantizada por la primera enmienda de la Constitución
norteamericana.
El asunto tuvo repercusiones en toda la industria, afectando a muchas
personas, aparte los famosos diez. En el período que siguió, muchos actores,
escritores y directores vieron tan perjudicada su reputación por la
investigación del Senado que no pudieron volver a trabajar.
Sean Riley, escritor norteamericano de origen irlandés, famoso por no
tener pelos en la lengua, fue una de las víctimas. A pesar de los dos Oscars
ganados con sus guiones, se encontró de pronto en la imposibilidad de
conseguir trabajo. Su esposa, que sufría del corazón desde hacía años, no
pudo soportar la tensión y los disgustos de aquel terrible período. Murió en
1950, el mismo año en que su marido se negó a comparecer ante el Subcomité
del Senado presidido por Joseph McCarthy.
Riley no se rindió. Se retiró simplemente al campo, a una vieja masía
hispanoamericana del valle de San Fernando, llevando con él a su hija de
ocho años.
Durante mucho tiempo se ganó la vida como «negro». Es decir,
escribiendo guiones para otros, mediante el pago de una cantidad.
Naturalmente, su nombre no aparecía nunca en los carteles.
En definitiva, no vivía mal. Escribió dos o tres novelas, plantó una viña y
crió a su hija con amor, gracia y comprensión. Le enseñó a respetar la tierra y
lo que tenían de bueno las personas, y a no asustarse de nada.
Cuando ella ingresó en UCLA era una chica extraña, angulosa y de piel
olivácea, de ojos verde-grises y cabellos negros heredados de su madre, judía
polaca de Varsovia. Se graduó en Psicología en 1962, trabajó en Psiquiatría
experimental en la «Clínica Tavistock», de Londres, y se doctoró en la
Universidad de Cambridge en 1965.
Después fue a Viena, al «Instituto Holzer», dementes criminales, a
estudiar lo que más le interesaba: la psicopatología de la violencia. Fue allí
donde tuvo su primer contacto con ese terrible fenómeno de nuestra época
que es la guerrilla urbana. El terrorista surgido de un hogar de la clase media.
Durante los años que siguieron continuó este estudio, interrogando a sus
sujetos en casi todas las ciudades importantes de Europa, trabajando, si era
necesario, para las autoridades oficiales, aunque esto siempre le disgustaba.
Mantuvo estrecho contacto con su padre, volviendo al hogar al menos dos
veces al año. Él la visitó en Europa, sobre todo cuando el desarrollo del cine
italiano le ofreció nuevas oportunidades en Roma. Ganó premios como

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guionista en Berlín, París y Londres. Y entonces, en 1970, sufrió un grave
ataque cardíaco en su casa de campo del valle de San Fernando.
Ella estaba entonces en París, en la Sorbona, y volvió a su país en el
primer avión. Él aguantó, esperándola, de modo que cuando ella entró en su
habitación del «Cedars of Libanon Hospital», sus ojos azules se abrieron
instantáneamente en aquella cara curtida que ahora parecía haber envejecido
de pronto. Ella le asió la mano. Él sonrió una vez y murió.
Directores, actores, productores y grandes ejecutivos, que no le habían
hablado durante los años malos y se habían apartado al verle venir, acudieron
al entierro. Ahora que estaba muerto, se dijo incluso que la Academia pensaba
otorgarle un premio a título póstumo.
Como católico a la antigua usanza, ella hizo que fuese enterrado, en vez
de incinerado, y, en el cementerio, estrechó la mano de los que desfilaban,
odiando a todos los cobardes y los hipócritas presentes.
Después, volvió apresuradamente a la casa de campo del valle, pero no le
sirvió de consuelo, pues en todas partes encontraba recuerdos de su padre.
No tenía nadie a quien volverse, pues, si en algo había fallado su padre,
había sido en orientar su relación con el sexo contrario. Los tratos de ella con
los hombres habían sido siempre breves y poco satisfactorios emocionalmente
y, por ende, también físicamente. La verdad lisa y llana era que no había
encontrado ningún hombre que pudiese compararse con su padre.
Cuando su situación parecía hacerse más acuciante, llegó la salvación en
forma de una carta franqueada en Inglaterra y con matasellos de Cambridge,
que encontró en su buzón una mañana. En ella le ofrecían una plaza docente
en su antiguo colegio de New Hall, y besó aquella carta y voló al otro único
refugio que había conocido en su vida.

Después, todo había marchado viento en popa. Era como volver a su


hogar. Era su trabajo, y su libro, y Cambridge en toda su gloria, sobre todo
aquella hermosa tarde de abril de 1972 en que conoció a John Mikali.

Trabajó toda la noche corrigiendo las pruebas de la quinta edición de su


libro, pues los editores querían que las devolviese el viernes. Después, en vez
de acostarse, siguió la rutina cotidiana. Se puso su ropa deportiva, sacó la
bicicleta y rodó hasta el centro de la ciudad, tranquila, limpia y hermosa a la
luz de la mañana.

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Quince minutos más tarde corría a pie por los Backs, prados que
descienden en suave pendiente hasta el río Cam. Se sentía llena de gozo,
complacida del trabajo de la noche y respirando el fino y oloroso aire
mañanero, cuando oyó que alguien la alcanzaba y Mikali apareció a su lado.
Éste llevaba un sencillo traje azul marino y zapatos de corredor, y una
toalla blanca enrollada al cuello.
—Hermosa mañana —dijo.
Ella le reconoció enseguida, lo cual no era de extrañar, pues hacía quince
días que todas las paredes de Cambridge estaban llenas de carteles con su
fotografía acostumbrada.
—Sí, como casi siempre.
Él sonrió inmediatamente.
—¡Eh! Una paisana norteamericana. Debe de ser mi día de suerte. ¿Está
estudiando aquí temporalmente?
La sangre irlandesa de la joven se manifestó enseguida. Lanzó una
carcajada.
—Esos días quedaron muy atrás. Soy lo que aquí llaman un don. Enseño
en la Universidad. Me llamo Katherine Riley. Soy de California.
—¡Caramba! También yo soy de allí. Me llamo Mikali, John Mikali.
Ella le dio la mano con ligera renuencia, sintiendo un ligero cosquilleo de
excitación completamente nuevo.
—Sí, lo sé. Esta noche toca usted el Cuarto de Rachmaninov con la
Sinfónica de Londres.
—Confío en que asistirá.
—¿Bromea usted? Hubo estudiantes que hicieron cola toda la noche para
adquirir localidades el primer día que abrieron la taquilla. Las entradas se
agotaron rápidamente.
—Tonterías —repuso él—. ¿Dónde vive?
—En New Hall.
—Este mediodía recibirá allí una localidad. —Sonrió con increíble
encanto y abrió los brazos—. Para el gran Mikali no hay nada imposible.
Ella no supo, ni quiso, rehusar.
—Sería maravilloso.
—Después celebrarán una recepción en mi honor en el Trinity College.
¿Puedo enviarle también una invitación? Tal vez será una lata, pero no si
acude usted. —Antes de que ella pudiese responder, miró su reloj—. No
pensaba que fuese tan tarde. Tengo un ensayo de cuatro horas esta mañana, y
Previn es muy exigente. Hasta la noche.

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Se volvió y se alejó corriendo por los Backs, a gran velocidad. Ella se
quedó plantada, viéndole alejarse, consciente de la energía que brotaba de él y
más excitada de lo que nunca se había sentido en su vida.

En la recepción, ella le observaba desde el otro lado del salón, tomando


nota de su traje de terciopelo negro, de la abierta camisa de seda negra, del
crucifijo de oro que pendía de su cuello, todo lo cual se había convertido en
su marca de fábrica. Él parecía inquieto entre la multitud que le rodeaba,
registrando constantemente el salón con la mirada. Cuando la descubrió,
sonrió inmediatamente, tomó dos copas de champaña de la bandeja de un
camarero que pasaba y fue directamente a su encuentro.
—Telefoneé a su colegio —dijo—. ¿Por qué no me lo había dicho? ¡La
doctora Riley! Profesora de New Hall, y todo lo demás.
—No me pareció importante.
—¿He estado bien esta noche?
—Ya sabe usted que sí —respondió sencillamente ella, cogiendo la copa
de champaña.
La expresión de los ojos de Mikali cambió súbitamente. Como si, de
alguna manera, acabase de hacer un descubrimiento inesperado.
Sonrió y levantó su copa.
—Por Katherine Riley, simpática joven católica, dotada de gran
inteligencia, percepción y exquisito gusto musical, que va a sacarme de aquí
antes de tres minutos para mostrarme Cambridge.
—Judía —rectificó ella—. Mi madre lo era, ¿sabe?, y eso es lo que
cuenta.
—Entonces, rectifico. Katherine Riley, simpática joven judía. ¿Significa
eso que también sabe cocinar?
—¡Oh, sí!
—Magnífico. Ahora, marchémonos de aquí. Puede llevarme en batea a la
luz de la luna y mostrarme la poesía de todos esos brillantes campanarios.
Después de la primera media hora empezó a llover copiosamente, hasta el
punto de que ambos estaban calados hasta los huesos cuando pudieron dejar
la batea en la orilla del río.
Más tarde, cuando el taxi les dejó en New Hall, llovía aún con más fuerza,
y llegaron a la puerta de las habitaciones de ella como dos peces recién
sacados del agua.
Al abrir ella la puerta e invitarle a entrar, él le asió suavemente un brazo.

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—No —repuso—. La primera vez, tengo que llevarte en brazos al cruzar
el umbral. Es una antigua costumbre griega. Nosotros somos muy
tradicionales, ¿sabes?
Después, siendo casi las tres de la mañana, ella se volvió en la cama,
mientras él alargaba un brazo para coger un cigarrillo.
—Me ha gustado —comentó—. Nunca había pensado que pudiese ser así.
—Duerme —dijo cariñosamente él, rodeándola con un brazo.
Ahora había dejado de llover y la luz de la luna penetraba en la
habitación. Él se quedó tumbado un largo rato, fumando y mirando al techo,
grave el semblante. Cuando ella gimió en sueños, apretó su abrazo
instintivamente.

—¿Te das cuenta de que debemos este árbol a Milton? —preguntó ella.
Estaban sentados al pie de la morera, en el jardín de profesores del
Christ’s College, árbol que, según la tradición, había sido plantado
personalmente por el gran poeta.
—Me tiene absolutamente sin cuidado —dijo Mikali, besándola en el
cuello—. Nada importa en un día como éste. Es primavera en Cambridge, y tú
tienes que trabajar.
—Lo que queda de semana. Después tendré unas vacaciones.
—No lo entiendo, Katherine. Ese trabajo tuyo… Violencia, muertes,
terrorismo. Una materia endiablada para una mujer. No…, rectifico: una
materia endiablada para cualquiera.
—¡Oh, vamos! —exclamó ella—. ¿Y qué me dices de tu época de
legionario en Argelia? Lo he leído en las revistas. Quiero decir, ¿qué papel
representabas entonces?
Él se encogió de hombros.
—Entonces era un chiquillo. Me alisté cediendo a un impulso. Fue una
cosa emocional. Pero tú…, tú buscas deliberadamente a esos tipos. Alguien
me dijo la noche pasada que estás estudiando a esa chica alemana, la que
dicen que está relacionada con la banda Baader-Meinhoff. No sabía que
estuviese aquí.
—Sí, está en Tangmere. Es una institución especial, no lejos de aquí.
Patrocinada por el Gobierno.
—Comprendo. ¿Llevas oficialmente el caso?
Ella vaciló.
—Sí, era la única manera de que pudiese verla; pero espero haberme
ganado también sin confianza.

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—¿No escondió en su apartamento de Francfort a ese individuo al que los
periódicos llaman el Cretense, la noche del asesinato de un ministro de
Alemania del Este?
—Exacto.
—Yo estaba allí —dijo él—. Dando un concierto en la Universidad. —Se
levantaron y echaron a andar—. No lo comprendo. Sin duda la Policía obtuvo
de ella una descripción del hombre. Lo suficiente para seguirle la pista. Tengo
entendido que los policías alemanes saben bastante de esto.
—Él llevaba cubierta la cabeza. Ya sabes, una máscara con agujeros para
los ojos, la nariz y la boca. No habría podido describirlo, aunque hubiese
querido.
—¿Qué quieres decir?
Katherine Riley sonrió.
—Por lo visto, aprovechó el tiempo haciéndole el amor.
—¿Con la cara cubierta? ¿No te parece un poco fuerte?
—No lo sé. Nunca lo he probado.

Más tarde, mientras daban un paseo en batea por el río, él dijo:


—Katherine, tengo una villa en Hydra. ¿Sabes dónde está eso?
—Sí.
—La casa está junto a la costa. Sólo se puede llegar a ella en barca, o
cruzando las montañas a pie o a caballo. Pero tendieron una línea telefónica
en los montes. Por eso, si te pierdes, busca los postes del teléfono y síguelos.
—¿Si me pierdo?
—Dijiste que tendrías vacaciones después de esta semana. Se me ocurrió
pensar que tal vez te gustaría venir a Hydra. Yo tengo tres semanas libres,
antes de ir a Viena. ¿Lo pensarás?
—Ya lo he pensado.

Más tarde, Mikali telefoneó a Deville y le dijo:


—He establecido el contacto que usted sugirió y puedo asegurarle que no
hay problema en lo concerniente al paquetito alemán. Ninguno en absoluto.
—Bueno, una cosa resuelta. ¿Qué va a hacer ahora?
—El sábado saldré para Hydra, donde estaré tres semanas. Llevaré
conmigo a la doctora Riley.
Deville, por una vez, se quedó pasmado.
—Pero ¿por qué, John?

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—Porque quiero —le respondió Mikali, y colgó el aparato.

Página 91
7

Katherine Riley estaba sentada a la mesa de su estudio, junto a la ventana,


almorzando bocadillos de ensalada, leche fría y leyendo la elaborada tesis de
uno de sus alumnos más flojos.
Llamaron a la puerta y entró Morgan. Llevaba un polo oscuro y una
chaqueta gris de tweed de Donegal. Su única prenda militar era la trinchera
echada sobre los hombros.
—¿Sí? —dijo ella, aunque ya sabía quién debía ser.
—Morgan —dijo él—. Asa Morgan. Creo que el superintendente jefe
Baker, de la Rama Especial, le ha hablado ya de mí.
Ella siguió sentada, mirándole, con un bocadillo en una mano y una pluma
en la otra.
—El coronel Morgan, ¿eh? Asa Morgan. ¿Del regimiento de
paracaidistas?
—Lo dice usted como si tuviera alguna importancia.
—Leí el folleto que escribió usted para el Ministerio de Defensa después
de lo de Corea. Da la casualidad de que tiene que ver con el campo de mis
estudios.
—Luego tenemos algo en común.
—¡Oh, no! —repuso ella—. No por lo que a mí atañe. Aquel pequeño y
desagradable suceso en que se vio usted envuelto durante la lucha con la
EOKA. Me fijé en usted, coronel. En aquella época, los periódicos dijeron
que habría estado usted muy bien en la SS.
—El propósito del terrorismo es sembrar el terror —le dijo Morgan—.
Eso lo dijo Lenin. En 1921, Michael Collins se atuvo a esta creencia. Dijo que
era la única manera en que un pequeño país podía vencer a una nación. La
guerrilla urbana es su especialidad, doctora; por consiguiente, sabe usted tan
bien como yo su manera de actuar. Campañas de bombardeo indiscriminado;
terror inmotivado; matanza deliberada de inocentes. Mujeres, niños. En
Chipre recibí la consigna de acabar con esto, y lo hice.

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—Mediante el empleo de métodos de interrogatorios propios de la
Gestapo.
—No —negó él—. Se equivoca. Si algo valioso tuve que ofrecer, se debió
a los chinos. Ellos me adiestraron en un campamento llamado Tipai, en
Manchuria.
Ella permaneció sentada, mirándole, consciente de que debía estar
indignada, pero no lo estaba; cosa incomprensible, ya que aquel hombre
representaba lo que ella más despreciaba: la autoridad uniformada, la máquina
militar que, una vez más, absorbía la juventud de su país y la escupía sobre
Vietnam.
—Harry Baker me dijo que odiaba usted a los policías —dijo él—. Pero
estaba equivocado. Salta a la vista que lo que odia son los uniformes.
—Tal vez.
Él encendió un cigarrillo.
—Así está mejor. Estuvo usted a punto de sonreír, y las comisuras de sus
labios se torcieron hacia arriba, en vez de hacerlo hacia abajo.
—¡Váyase al diablo! —exclamó ella.
Él se sentó sobre el borde de la mesa.
—¿Voy a ver a la joven Hoffmann?
—Por lo que me ha dicho Baker, esto tiene que ver con el atentado contra
Maxwell Cohén. La Rama Especial se imagina que fue obra de el Cretense.
—Así es.
—¿Y piensa usted que Liselott podrá darle una pista? —Meneó la cabeza
—. No le diría nada, aunque pudiese.
—¿Porque él le hizo el amor?
Ella sacudió la cabeza.
—Creo que no lo comprende. Para una persona como ella, él es casi un
dios. Un símbolo de aquello en lo que creen.
—No me lo diga. Deje que lo adivine. ¿La violencia en estado puro?
Ella abrió un cajón y sacó un folleto amarillo.
—El otro día, alguien me envió esto desde la Sorbona. Fue impreso por
una de las asociaciones estudiantiles. Se presume que han ido a la
Universidad para educarse, y para educarse bien. —Abrió el folleto—.
Escuche sus advertencias a los manifestantes: «Cuando peguéis a un policía,
llevad guantes de cuero. Envolveos el cuerpo con periódicos para mitigar los
efectos de los culatazos. Una píldora antigripal tomada media hora antes de
empezar la algarada, y otra cuando empiezan a estallar las granadas, impiden
el mareo que se presume que producirá la inhalación de los gases».

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—Es la primera vez que veo una cosa así —comentó Morgan—. Lo
recordaré. ¿Cuándo podré ver a la chica?
—Está bien. Si quiere perder el tiempo, allá usted. ¿Tiene coche?
—Sí.
—Me han dado hora para las tres. Tardaremos veinte minutos en llegar
allí. Puede recogerme a las dos y media. Y ahora, si no le importa…
Él cogió su cartera y su impermeable.
—¿Lleva siempre el cabello recogido así, sobre la nuca?
—¿Qué diablos le importa eso?
—Si yo estuviese en su lugar, lo llevaría suelto —dijo él—. De esta
manera, y con la ayuda de Dios, quizá podría parecer una mujer de verdad.
Salió, cerrando suavemente la puerta. Y ella se quedó sentada, con la boca
abierta, a causa del asombro.

El locutorio del Centro Preventivo Especial de Tangmere era


sorprendentemente agradable. Paredes empapeladas, suelo alfombrado, una
mesa, sillas modernas. Las rejas de las ventanas parecían casi incongruentes.
—Realmente, un lugar bastante simpático —observó Morgan, con cierta
ironía, mirando al jardín.
—No es una prisión corriente, como muchos suponen —le dijo Katherine
—. Es una institución psiquiátrica …
—Para la rehabilitación, la recuperación y el regocijo de los pacientes.
Antes de que ella pudiese replicar, se abrió la puerta y entró Lieselott
Hoffmann. La celadora que la acompañaba se retiró y cerró la puerta.
Lieselott era una muchacha bajita, de rostro vulgar y cabellos rubios
cortados cortos, y vestía jeans y camisa de algodón. Volviendo la espalda a
Morgan, preguntó:
—¿Quién es su amigo?
—El coronel Morgan. Quisiera hacerte unas cuantas preguntas.
Katherine Riley sacó un paquete de cigarrillos, le dio uno y se lo
encendió.
—Sobre el Cretense —puntualizó Morgan.
La muchacha se volvió vivamente, con semblante hermético, y se dirigió
de nuevo hacia Katherine Riley.
—¿Qué ha pasado?
—En Londres han disparado contra un eminente sionista. Setiembre
Negro reivindica la acción, pero la Policía cree que ha sido el Cretense.
Lieselott Hoffmann se volvió hacia Morgan y levantó un puño cerrado.

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—El poder para el pueblo.
—¿Para qué pueblo, pequeña imbécil?
Ella bajó la memo, y una extraña incertidumbre se pintó en su semblante;
él abrió su cartera y sacó un puñado de fotografías.
—Pensé que, para cambiar, quizá te interesaría tocar de pies en el suelo.
Mira lo que ha hecho tu Cretense en estos años.
Ella se acercó a la mesa, y Katherine Riley la siguió.
—Éste es un tal coronel Vassilikos en la trasera de su coche, en París.
Como puedes ver, tiene destrozado el cráneo. El hombre arrodillado a su lado
es su guardaespaldas. Eso que se ve ahí es el cerebro.
La expresión de la cara de la chica no se alteró lo más mínimo mientras
miraba, una a una, las fotos de las víctimas de el Cretense. La última era de
Megan, tomada en el túnel de Paddington, yaciendo en la orilla, tal como la
habían encontrado.
—¿Quién es?
—Mi hija —dijo Morgan—. Tenía catorce años. Él la atropelló con un
coche que había robado para escapar, después de atentar contra Cohén.
Ella dejó la foto y se volvió hacia Katherine Riley, con una expresión de
indiferencia total.
—¿Puedo marcharme ya?
Y Katherine Riley, en una reacción completamente ajena a su carácter, le
dio una bofetada, impulsada por el horror de su actitud.
Morgan se interpuso entre las dos y, sujetando los brazos de Katherine,
dijo con suavidad, pero enérgicamente:
—Calma, jovencita. Déjelo correr.
Detrás de ellos, Lieselott Hoffmann se acercó a la puerta y pulsó el
timbre. Al abrirse aquélla al cabo de un momento, salió sin decir palabra.
Por encima del hombro de Morgan, Katherine Riley pudo ver claramente
la fotografía de Megan, la máscara sangrienta de su cara, y se sintió
físicamente enferma.
—Lo siento —murmuró—. Lo siento mucho.
—Vamos, Kate —dijo él—. Regla número uno: nunca te disculpes, nunca
des explicaciones. Y ahora, salgamos de aquí y vayamos a beber algo.

—¿Asa? —inquirió ella—. Es un nombre extraño.


—Tomado de la Biblia —explicó él, y, por un momento, pareció muy
galés—. Mi madre era muy religiosa. Cuando yo era chico, iba dos veces a la
iglesia cada domingo.

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—¿Dónde era eso?
—En un pueblo del valle de Rhondda, en el País de Gales. Minas de
carbón, montones de escoria. Un lugar como para salir corriendo. Mi padre
murió al hundirse un techo, cuando yo tenía ocho años. La compañía otorgó a
mi madre una pensión de diez chelines semanales. También yo bajé al pozo a
los catorce años, y salí de él por última vez cuatro años más tarde, para
ingresar en el Ejército.
—¿Y no se arrepintió?
—Me gustaba —dijo él—. Me refiero a la vida militar. Nunca me sentí
mejor. Y el Ejército se portaba bien conmigo. Estuve como sargento en
Arnhem y, después, me hicieron subteniente en campaña. Al terminar la
guerra se quedaron conmigo. Me enviaron a Sandhurst.
—¿Y su historial? ¿No le causó ningún problema en un lugar como aquél?
—¡Oh! Cualquier estúpido puede aprender a manejar un tenedor y un
cuchillo, y, mire usted, por ser galés, siempre me creí mejor que cualquier
inglés, aunque éste hubiese estado en Eton. —Sonrió, irónicamente—.
Nosotros somos muy intelectuales. Les di una sorpresa. No sólo leía a
Clausewitz sobre la guerra, sino que conocí a Wu Ch’i. Todo muy enjundioso.
—Apuesto a que era usted un bastardo de primera.
—Tenía que serlo, muchacha. Tenía que ser mejor que los otros,
¿comprende? Por ejemplo, en idiomas. Aunque éstos no eran ningún
problema para mí. Aprenda a hablar galés con fluidez, y todo lo demás le será
fácil.
Estaban sentados a una mesita, delante de un pub a la orilla del río Cam.
Se estaba bien allí, bajo el templado sol de la tarde.
—¿Y su esposa? ¿Cómo tomó todo eso?
—Con su firmeza habitual, por lo que pude juzgar. —Se encogió de
hombros—. Terminamos hace bastante tiempo. Ella nunca había apreciado la
vida militar, o, al menos, mi versión de ésta. Ella es pintora, y muy buena, por
cierto. Nos conocimos en la «National Gallery», un domingo por la mañana.
Fue uno de esos errores monumentales que se cometen con mucha frecuencia
en la vida. Creo que se debió al uniforme… y a la boina roja.
—¿Le gustó eso?
—No por mucho tiempo.
—¿Qué fue mal?
—Ella me visitó en Chipre, durante la campaña de la EOKA. Un día
cruzábamos Nicosia, en un coche conducido por un médico militar de
Caballería que había aprovechado un tiempo libre para prestar asistencia

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médica a los campesinos de las aldeas de los montes Troodos. Se detuvo ante
un semáforo, y dos terroristas de la EOKA se abalanzaron sobre el coche y le
saltaron al médico la tapa de los sesos a través de la ventanilla.
—Y usted respondió a la agresión, ¿no?
—Por algo iba armado.
—¿Y los mató a los dos?
—Sí. Desgraciadamente, uno de los terroristas no tenía más de quince
años.
—Y ella no pudo aceptarlo.
—Todos los occidentales son iguales. Se imaginan que uno debe disparar
a un brazo o a un hombro, o algo así; pero, en la realidad, sólo puede hacerse
una cosa: tirar a matar. Y disparar dos veces, para estar seguro, pues, en otro
caso, el enemigo puede pegarte un tiro mientras cae.
—¿Cambió ella desde entonces?
—Pero no por lo del chico. Creo que fue más bien porque vio cómo lo
hacía yo. Me dijo que nunca podría olvidar la expresión de mi cara. En
realidad, estaba embarazada; pero no volvió a dormir conmigo desde
entonces.
—Lo siento.
—¿Por qué? Ella cree en la vida, ¿sabe? Me vio cómo una especie de
verdugo. Ahora está casada con un pastor protestante rural. Uno de esos
hombres que creen en nada y en todo; por esto se llevan bastante bien.
Ella dijo:
—Lamento lo de su hija.
—Habría tenido que suponerlo —dijo él—. Fue una idea estúpida pensar
que podría sacarle algo a esa muchacha.
—Para los de su clase, es como una religión —explicó ella—. Creen todo
lo que no puede ofrecer la gente como Sartre. La visión mística de la
violencia, como ennoblecedora. Los terroristas aprecian el punto de vista
romántico. Se dicen héroes de la revolución, pero desprecian las reglas de la
guerra. Dicen que hablan por el pueblo y, generalmente, sólo hablan de ellos
mismos.
—¿Y el Cretense? —inquirió él—. ¿Cómo es?
—¿A usted qué le parece?
Él le refirió la conversación que había tenido con Baker sobre el tema y la
conclusión que habían sacado.
Ella asintió con la cabeza.

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—Sí, puedo aceptar esto. El único punto en que no estoy de acuerdo es el
de que tenga antecedentes militares.
—¿Por qué?
—Los cubanos han ofrecido una instrucción excelente a terroristas de
todo el mundo desde hace muchos años, y además, hay que contar con los
rusos. Actualmente aceptan estudiantes de casi todos los países extranjeros en
la Universidad «Patricio Lumumba», de Moscú. La KGB está siempre al
acecho de material prometedor.
—Lo sé —admitió él—, pero creo que en el Cretense hay más que eso.
Quizá no es más que un instinto de soldado por otro soldado, si quiere
llamarlo así. Pero lo que yo quisiera saber es lo que mueve a actuar a un
hombre como él. No lo hace por ideología, pues no hay nada en sus asesinatos
que lo indique.
—¿Quiere usted saber la opinión de un psicólogo?
—Desde luego.
—Bueno, ahí va. Hace algún tiempo realicé un estudio sobre los
corredores del «Grand Prix». Saqué la conclusión de que, cuanto más fuerte
es la tensión, mejor funcionan. La mayoría de ellos sólo viven realmente, sólo
dan todo su rendimiento, en condiciones de máximo peligro. El triunfador del
«Grand Prix» debe estar dispuesto a empujar fuera de la pista a cualquier
coche que se ponga en su camino. Su imagen es de masculinidad extrema,
pero ama los motores, los coches y la maquinaria de su oficio, más de lo que
puede amar a cualquier mujer. La carrera es el desafío perfecto, con la muerte
como única alternativa. Es un juego siempre excitante y que nunca deja de
satisfacer.
—El desafío constante. Un hombre contra… —Morgan frunció el ceño—.
¿Contra qué?
—Quizá contra sí mismo. Una personalidad psicopática, sin duda alguna,
pues, en otro caso, no podría librarse del sentimiento de culpa por sus
crímenes.
—Y que busca la muerte, quiere usted decir. ¿Un deseo de la muerte?
—No creo que eso le preocupe en absoluto. Tenemos grabaciones de
pilotos de pruebas, a punto de morir al estrellarse su avión, que, en vez de
gritar de miedo, tratan todavía de explicar lo que ha ido mal. Él es un hombre
así. —Vaciló—. Un hombre, diría yo, muy parecido a usted.
—Bien —dijo Morgan—. Así me será más fácil descubrirlo. —Miró su
reloj—. Ahora he de marcharme. Tengo una cita en Londres esta noche.
Mientras se dirigían al «Porsche», ella inquirió:

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—¿Qué va usted a hacer ahora? ¿No ha ido ya todo lo lejos que podía ir?
—No —dijo él—. El arma empleada para disparar contra Cohén. Si
pudiese averiguar su procedencia…
—¿Cree que podrá?
—Conozco a un hombre en Belfast que quizá pueda ayudarme. Ya
veremos. —Ella subió al «Porsche». Él cerró la portezuela, subió por el otro
lado y se puso al volante—. ¿Podré volver a verla cuando regrese?
Para su propia sorpresa, ella respondió sin la menor vacilación.
—Si lo desea…
—¿Se lo habría preguntado, si no lo desease?

«Security Factors Ltd.» estaba en un callejón sin salida junto a Great


Portland Street. Eran poco más de las siete cuando Morgan subió la escalera y
empujó la puerta con el rótulo «Despacho». Estaba cerrada, pero había luz en
el interior. Tocó el timbre y esperó. Apareció una sombra detrás del cristal, y
la puerta se abrió.
Jock Kelso tenía cincuenta y cinco años, pero parecía tener cuarenta, a
pesar de sus cortos cabellos grises. Medía más de un metro ochenta y ofrecía
un aspecto curtido y vigoroso; un hombre para ser evitado en ciertas
ocasiones o para buscar su apoyo en otras. Había servido en la Guardia
Escocesa y, después, en el Regimiento de Paracaidistas durante veinticinco
años, cinco de ellos como sargento mayor.
—Hola, Jock —saludó Morgan, entrando en el despacho—. ¿Cómo va el
negocio de la seguridad?
Kelso le condujo a otro despacho, pequeño, pero sin estorbos: sólo una
mesa limpia, unos archivadores verdes y las paredes tapizadas. Era allí donde
se realizaban los verdaderos negocios de la empresa. Desde allí habían salido
mercenarios a luchar en el Congo, en Sudán, en Omán y en otra docena de
pequeñas y sucias guerras, pues Jock Kelso estaba en el despacho de la
muerte. Y Morgan lo sabía.
Kelso vertió whisky en dos vasos de papel y dijo:
—Me enteré de lo de Megan. Lo siento.
—Quiero pillar al responsable, a ese Cretense del que tanto se habla —
dijo Morgan.
—Si puedo hacer algo, coronel, ya lo sabe…
—Gracias, Jock. Tengo una pista. Puede significar algo o nada, pero tengo
que ir a Belfast para averiguarlo.
Kelso se puso serio.

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—¿Sin uniforme? Le echarán la zarpa, coronel; le sacarán los ojos.
—Avisa a O’Hagan —dijo Morgan—. Dile que estaré en el «Europa», de
Belfast, a partir de mañana por la tarde, y que tengo que verle. ¿Puedes
hacerlo?
—Sí —afirmó Kelso—, si usted lo quiere.
—Lo quiero, Jock, lo quiero. ¿Cómo te has arreglado desde que murió tu
esposa?
—Bien. Mi hija, Amy, continúa en casa. Me cuida muy bien.
—Debe de tener unos veinte años, ¿no? ¿Piensa casarse?
—¡Qué va! —Kelso se echó a reír—. Ésa tiene bien sentada la cabeza.
Trabaja por su cuenta, como florista. Y gana bastante, sobre todo con las
entregas a domicilio. Es sorprendente lo de prisa que crecen. Son unos
chiquillos y de pronto…
Se interrumpió, torpemente. Morgan vació su vaso de papel y se
estremeció.
—Hace frío esta noche. Debo de hacerme viejo.
—No hace frío como en Corea, mi coronel.
—No —admitió Morgan, a media voz—. No hay nada comparable con
aquello. Cuando regrese, te lo haré saber.
Kelso se quedó escuchando, mientras Morgan bajaba la escalera; después,
cogió el teléfono y pidió un taxi.
Éste le dejó, diez minutos más tarde, en la «Harp of Erin», un pub de
Portobello Road que, como indicaba su nombre, era frecuentado sobre todo
por irlandeses residentes en Londres.
El bar estaba atestado. Un viejo, sentado en un rincón, tocaba una
concertina y cantaba la famosa balada popular irlandesa Bold Robert Emmet.
Al entrar Kelso, todos los presentes entonaron el estribillo: … juzgado como
traidor, como rebelde, como espía; pero nadie me llamará esclavo o cobarde;
viví como un héroe, y como un héroe moriré.
Más de uno le miró aviesamente al abrirse él paso hasta la puerta de
cristal mate del reservado. Entró y vio a tres hombres sentados a una mesa,
jugando al whist.
El hombretón que estaba frente a él se llamaba Patrick Murphy y era el
organizador, en el norte de Londres, del Sinn Fein, rama política del IRA
Provisional.
—¿Jock? —dijo.
—Es importante —le explicó Kelso.
Murphy hizo una seña a los otros dos, que se levantaron y salieron.

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—Tú dirás.
—Tengo un mensaje para O’Hagan.
—¿Para qué O’Hagan?
—No juegues conmigo, Patsy; estuvimos demasiado tiempo juntos en la
mili. Dile a O’Hagan que Asa Morgan estará en el «Europa» a partir de
mañana, y que quiere verle lo antes posible, para un asunto personal.
—¿Qué clase de asunto personal?
—Esto sólo les incumbe a ellos.
Kelso abrió la puerta, pasó de nuevo entre la multitud y volvió al taxi, que
le estaba esperando. Al alejarse, sudaba ligeramente.
Murphy permaneció un rato en el reservado, pensando; después, se dirigió
al mostrador y llamó a la patrona. Le dio dos billetes de una libra.
—Cámbiame esto por peniques, querida Norah. Quiero telefonear a
Belfast.
—Desde luego, y puedes usar mi teléfono.
—No esta vez. Nunca se sabe quién puede estar escuchando.
Ella se encogió de hombros y le dio las monedas sueltas, y él salió por la
puerta lateral y echó a andar calle abajo, hasta la cabina telefónica de la
esquina.

A la mañana siguiente, poco después de las nueve, llamaron a la puerta


del estudio de Katherine Riley. Al levantar ésta la cabeza, vio aparecer a
Mikali.
—¿Cuándo has regresado?
—Esta mañana, en mi nuevo avión «Cessna» de segunda mano. Tengo un
par de días libres, antes de ir a dar conciertos en París, Berlín y Roma.
Después, pensé que podríamos pasar una temporada en Hydra. ¿Dispondrás
de tiempo?
—No lo sé. —Ahora estaba en sus brazos y sentía aquella excitación
física que él le producía siempre—. Este curso tengo una cantidad enorme de
trabajo.
—Entonces, no perdamos tiempo. Si eres buena chica, te dejaré pilotar el
«Cessna».
—Lo hago mejor que tú, John Mikali, y tú lo sabes —dijo ella, pues volar
era una pasión para los dos—. Dame sólo diez minutos para cambiarme.
—Cinco —replicó él, sentándose sobre la mesa y encendiendo un
cigarrillo, mientras ella entraba en su dormitorio—. Conque has tenido mucho
trabajo esta semana, ¿eh? ¿Qué has hecho?

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—Lo de siempre —gritó ella—. Salvo por lo de la joven Hoffmann. La vi
ayer, en circunstancias bastante extrañas.
—¿Ah, sí? —se interesó él, acercándose a la puerta—. Cuéntamelo.
Más tarde, cuando se dirigían al coche, él se excusó, volvió a entrar en el
colegio, se detuvo en el primer teléfono público y llamó a París.
Al contestarle Deville, dijo rápidamente:
—Quiero los datos completos de ese Morgan. Todo lo que se sepa de él.
Su historial, incluida su foto. ¿Puede proporcionármelo su gente de Londres?
—Desde luego. Podrá recogerlo en el apartado de Correos de Londres, a
partir de las siete de esta tarde. ¿Debo entender que presiente dificultades?
—Él ha ido a ver al paquete alemán, aunque nada ha conseguido. Según
mis informes, ha ido ahora al Ulster, buscando una pista que le conduzca al
instrumento empleado.
Deville rió entre dientes.
—Ha equivocado la dirección. Se meterá en un callejón sin salida.
—Claro —dijo Mikali—. Pero conviene estar preparado. Mantendré el
contacto con usted.
Colgó y se dirigió al coche.
—Y ahora —dijo a Katherine Riley, al empuñar el volante—, veremos si
recuerdas algo de lo que te enseñó el gran Mikali.

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El «Hotel Europa», de Belfast, está en Great Victoria Street, y es un edificio


de doce pisos, próximo a la estación del ferrocarril. Desde que se inauguró, en
1971, ha sufrido veinticinco ataques con bombas por parte del IRA.
Morgan recordó este interesante dato, mientras contemplaba, desde la
ventana de su habitación del cuarto piso, la estación de autobuses y la
fortaleza protestante de Sandy Row.
Un frío viento del Este soplaba desde Belfast Lough, derramando lluvia
sobre la calle principal de la devastada ciudad. Morgan se sentía inquieto y
fracasado. Hacía dos días que estaba aquí, y nada había ocurrido.
Había permanecido en el hotel, saliendo sólo de su habitación para ir al
comedor o al bar, y se había pasado la mayor parte de la noche anterior
sentado a oscuras junto a la ventana, mientras sonaban en la noche
explosiones de bombas o estampidos ocasionales de pequeñas armas de
fuego.
Estaba preocupado porque era viernes y, antes de tres días, a las cuatro de
la mañana del lunes, 31 de julio, se pondría en marcha «Motorman», la más
grande operación montada por el Ejército británico después de Suez. Una
invasión bien estudiada de las llamadas zonas prohibidas, dominadas por el
IRA, en Belfast y Londonderry. En cuanto se iniciase la operación, era seguro
que O’Hagan se ocultaría por una temporada, si no pasaba o le pasaban a la
República vecina.
Al fin, no pudo esperar más. Se puso la chaqueta y tomó el ascensor hasta
el vestíbulo. Dijo al conserje que estaría en el bar, se sentó en un alto taburete
y pidió whisky irlandés: «Bushmills».
Quizás había confiado demasiado en O’Hagan. Tal vez la brecha era
ahora demasiado ancha.
Estaba sorbiendo su whisky cuando un portero uniformado le tocó el
hombro.
—¿Coronel Morgan? Su taxi ha llegado, señor.

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El chófer era un viejo que necesitaba urgentemente un afeitado. Sentado
en la parte de atrás, Morgan advirtió que no dejaba de observarle por el espejo
retrovisor. No cambiaron una palabra mientras rodaban en la creciente
oscuridad y bajo la lluvia. En la mayor parte de las esquinas de las calles
principales había soldados de diferentes clases; pero el tráfico era intenso y
había un número sorprendente de personas en la calle.
Estaban en alguna parte de Falls Road, con la zona de la Catholic Turf
Lodge a la izquierda. Morgan se dio cuenta de esto, y entonces el viejo metió
el taxi por una estrecha calle lateral.
Al final de ésta había un almacén de un constructor. Al acercarse ellos se
abrió el alto portal. Entraron, y la puerta se cerró detrás de ellos.
Sobre otra puerta había una lámpara que iluminaba el almacén. Un viejo
«Ford» aparcado junto a aquélla llevaba pintado un rótulo que decía: Kilroy’s
Bakery.
Todo estaba en silencio; sólo se oía el rumor de la lluvia. Entonces habló
el viejo por primera vez:
—Será mejor que se apee, señor.
Morgan sabía que éste era el momento más peligroso. El momento que le
diría si el riesgo en que incurría deliberadamente valdría o no la pena.
Encendió tranquilamente un cigarrillo, abrió la portezuela y se apeó.
Un hombre corpulento, con anorak oscuro y capucha echada sobre la cara,
salió de detrás de la camioneta, empuñando un «Kalashnikov». Morgan
esperó. Se oyeron pasos, y una segunda figura salió de la oscuridad. Un
hombre alto, envuelto en un impermeable con cinturón y cubierto con una
gorra de tweed. Era muy joven, casi un niño. Al acercarse, Morgan vio la cara
debajo de la gorra, unos ojos negros y atormentados, como de alma
condenada a los infiernos.
—Tenga la bondad de colocarse bien, coronel.
Por su acento, era de Belfast, y conocía su trabajo, pues cacheó
hábilmente a Morgan, mientras éste permanecía apoyado en la camioneta, con
los brazos cruzados.
Cuando quedó satisfecho de su examen, el joven abrió la puerta de atrás
del vehículo.
—Está bien, coronel. Suba.
Y subió detrás de Morgan, y el otro le entregó su arma y cerró las puertas.
Morgan oyó que daba la vuelta y subía a la cabina. Un momento después, el
vehículo arrancó.

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El viaje no duró más de diez minutos. La camioneta se detuvo, y el
conductor bajó y abrió las puertas. El chico se apeó de un salto y Morgan le
siguió. La calle era un escenario desolado, sembrado de cristales rotos. La
mayor parte de los faroles estaban hechos añicos, y un almacén del otro lado
había quedado reducido a un montón de escombros.
Las pequeñas casas con balcones daban pocas señales de vida, salvo
cuando se filtraba un poco de luz por la rendija de una cortina mal corrida. El
muchacho encendió un cigarrillo y tiró la cerilla.
—Un sitio magnífico para educar a sus chiquillos, ¿verdad, coronel? —
inquirió, sin mirar a Morgan, y empezó a cruzar la calle, con las manos
hundidas en los bolsillos de su viejo impermeable.
Morgan le siguió. Había un pequeño café en la esquina. El chico empujó
la puerta y entró. No era un lugar muy distinguido. Había una hilera de
compartimientos, toscamente pintados, en uno de los lados, y, en el otro, un
mostrador cubierto de mármol, con una grande y anticuada tetera que
funcionaba con un hornillo de gas.
No parecía haber allí ningún parroquiano. El único ser viviente parecía ser
una vieja de cabellos grises y sucio delantal, que estaba sentada junto a la
tetera, leyendo un periódico. Echó un vistazo a Morgan e hizo una señal con
la cabeza al muchacho.
Una voz apagada sonó en el último compartimiento:
—Seumas, trae al coronel.

Liam O’Hagan estaba comiendo huevos con patatas fritas y tenía una taza
de té junto a su codo. De poco más de cuarenta años, tenía negros y crespos
los cabellos, y la cara de un boxeador extravagante. Llevaba camisa de
algodón de cuello abierto y chaqueta de trabajo, y tenía el aspecto de un
obrero del muelle que hubiese entrado a tomar un bocado antes de volver a
casa.
—Hola, Asa —saludó—. Te encuentro muy bien.
El muchacho se dirigió al mostrador y pidió dos tés. Morgan se sentó.
—Un poco joven para esto, ¿no crees?
—¿Quién? ¿Seumas? —O’Hagan se echó a reír—. No lo creen así en
Falls Road; en agosto del sesenta y nueve, cuando las turbas de Orange
entraron para arrasar el lugar y echar a todas las familias católicas que vivían
allí, un puñado de hombres del IRA se lanzó a la calle para impedírselo, y
Seumas era uno de ellos.
—No debía de tener más de dieciséis años.

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—Dieciocho, Asa —rectificó O’Hagan—. Compareció con un «Webley»
del 45 que su abuelo había traído de la Primera Guerra Mundial. Luchó a mi
lado durante toda la noche. A partir de entonces, él cuida de mis intereses.
—¿Cuida él de ti?
—Es el mejor tirador de pistola que he visto en mi vida.
Seumas volvió con una taza de té, que dejó junto a Morgan. Después,
regresó al mostrador y se sentó en un taburete, en el otro extremo, observando
la puerta mientras bebía su té.
—Estoy impresionado.
—¿Qué quieres. Asa? —preguntó O’Hagan.
—¿Recuerdas el invierno del cincuenta, Liam, en Corea, donde eras el
peor subteniente de los Fusileros del Ulster?
—¡Vaya unos tiempos! —exclamó O’Hagan—. Pero nos impresionamos
cuando llegó un hombre importante como tú. Un verdadero soldado, con
medallas y todo lo demás.
—Cuando los chinos nos cercaron en el Imjin y el regimiento tuvo que
romper el cerco, a ti te hirieron en un pie, volví a buscarte, Liam. Y te saqué
de allí. Estás en deuda conmigo.
O’Hagan se enjugó los labios, sacó media botella de whisky del bolsillo y
echó un poco en su té y en el de Morgan.
—Ya te la pagué —replicó—. El Viernes Sangriento, estabas en Lewis
Street a medianoche, delante del «Cohan’s Bar», que ardía a más y mejor. Ese
chico y yo estábamos en el tejado de enfrente. Él quería volarte la cabeza,
pero no se lo permití. Por consiguiente. Asa, si has venido a pedirme algún
favor especial, quizás has perdido el tiempo.
—Aquél fue un buen día para vosotros —observó amargamente Morgan
—. Unos ciento cincuenta muertos y heridos.
—Estás fuera de órbita. Los bombardeos de Hamburgo por la RAF, en
julio del cuarenta y tres, mataron en tres días más personas que la bomba
atómica de Hiroshima. La única diferencia entre la bomba lanzada desde
veinte mil pies de altura y la que se coloca en un paquete debajo de la mesa de
un café es que el aviador no puede ver lo que está haciendo.
—¿Y adónde conduce todo esto, Liam; tanta violencia y tantas muertes?
—A una Irlanda unida.
—Y después, ¿qué? ¿Qué haréis cuando todo haya terminado?
O’Hagan frunció el ceño.
—¿Adónde diablos quieres ir a parar?

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—Vais a ganar, ¿no? Debéis de creerlo, o vuestra lucha no tendría objeto,
o es que queréis que no se acabe nunca. Que continúe eternamente, como los
seriales de la tele. ¡Viva la República! Pistolas «Thompson» y trincheras. ¡Mi
vida por Irlanda!
—Vete al infierno, Asa —espetó O’Hagan—. ¿Qué es lo que quieres?
—¿Te acuerdas de mi hija Megan?
O’Hagan asintió con la cabeza.
—¿Qué edad tiene ahora? Catorce o quince años, ¿no?
—¿Leíste el atentado contra Maxwell Cohén, la semana pasada?
—Fue Setiembre Negro, no nosotros.
—El hombre responsable tuvo que robar un coche para huir de la Policía
que le estaba persiguiendo. Megan volvía a casa en bicicleta por el túnel de
Paddington. Él la atropello. Y la dejó a continuación tirada en la calzada,
como si se tratara de un perro.
—¡Madre de Dios! —exclamó O’Hagan.
—No te aflijas. Ocurrió el Viernes Sangriento. ¿Qué importa un muerto
más o menos?
La cara de O’Hagan se ensombreció.
—Está bien, Asa. ¿Qué quieres?
—No se han dado detalles a la Prensa, por motivos de seguridad; pero
parece que el responsable es el hombre a quien llaman el Cretense.
—¿El Cretense? He oído hablar de él. Una especie de pistolero
internacional que ha matado gente de ambos bandos.
El mismo. Disparó contra Cohén empleando un revólver muy extraño. Un
«Mauser» con silenciador, correspondiente a una partida fabricada para los
hombres de la SS durante la guerra. Ahora no se ven a menudo.
—Comprendo —dijo O’Hagan—. Si pudieses descubrir al traficante que
lo suministró…
—Exacto. Según la Rama Especial, el único homicidio registrado en el
Reino Unido con un arma de esta clase fue el de un sargento del Servicio de
Información del Ejército, en Londonderry, por un provisional llamado
Terence Murphy. Éste fue muerto por un comando, mientras huía con otro
individuo llamado Pat Phelan, y que también tenía un revólver parecido.
—Y tú quieres saber de dónde los sacaron. —O’Hagan encogió los
hombros—. Sólo hay un problema.
—¿Cuál es?
—Terry Murphy y Phelan no eran Provos. Lo habían sido, pero, en
setiembre pasado, ingresaron en un grupo disidente, llamado Hijos de Erín y

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dirigido por Brendan Tully.
—He oído hablar de él —dijo Morgan—. Otro partidario de la violencia
pura, ¿no?
—Así es. Loco como una cabra. Enciende una vela a la Virgen todas las
noches, pero sería capaz de matar al Papa si pensara que con ello podía
favorecer a la causa.
—¿Te dirá dónde consiguieron ellos esos «Mauser»?
—Quizá.
—Necesito saberlo, Liam. Es la única pista que tengo.
O’Hagan asintió despacio con la cabeza.
—Estás ansioso de echarle la zarpa. ¿Para qué? ¿Para que se haga
justicia?
—¡Al diablo con la justicia! ¡Quiero verlo muerto!
—Al menos, eres sincero. Veré lo que puedo hacer. Vuelve al «Europa» y
espera.
—¿Cuánto tiempo?
—Un par de días. Quizá tres.
—Demasiado.
—¿Por qué?
Morgan se había comprometido ya demasiado para echarse atrás.
—El lunes por la noche van a pasar el rastrillo por Belfast, de manera que
no podrá escapar ni una rata.
—Muy interesante —dijo O’Hagan, en el momento en que se abría la
puerta de golpe.
Seumas se había puesto en pie y O’Hagan sacó rápidamente una
«Browning Hi Power» del bolsillo y se la puso en la falda, debajo de la mesa.
Un hombrón con aspecto de bruto se tambaleó borracho en el umbral.
Llevaba un sucio chaquetón y pantalones de algodón, y tenía los ojos
inyectados en sangre. No pareció advertir la presencia de O’Hagan y Morgan,
y, haciendo caso omiso de Seumas, se acercó al mostrador y se agarró a él con
ambas manos para mantenerse en pie.
—Estoy recaudando fondos para la Organización —dijo a la vieja—. Diez
libras, señora, y estaremos en paz. Si no, le cerraremos la barraca.
Ella no se asustó en absoluto. Vertió té en una taza, echó azúcar y la
empujó sobre el mostrador.
—Tómate eso, muchacho, y cuando te hayas serenado, vuelve a casa. Te
has equivocado de tienda.
Él tiró la taza de un manotazo.

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—Diez libras, vieja, o te destrozo el local.
Seumas tenía una «Luger» en la mano y apoyó el cañón debajo de la
barbilla del hombre. No dijo nada. Fue O’Hagan quien habló.
—Del IRA, ¿eh? ¿De qué brigada? —El hombrón le miró estúpidamente,
y O’Hagan ordenó—: Échale a la calle, Seumas.
El muchacho hizo dar media vuelta al hombre y le empujó a través de la
puerta. O’Hagan se puso en pie y les siguió, y Morgan salió detrás de ellos.
El hombrón se apoyaba en una de las farolas que todavía funcionaban; la
lluvia empapaba su cabeza, y Seumas le cubría con la «Luger» desde un lado.
O’Hagan avanzó, se detuvo y le lanzó una tremenda patada a la ingle. El
hombre lanzó un grito y cayó de rodillas.
—Bueno —dijo O’Hagan—, ya sabes lo que tienes que hacer.
Seumas se acercó más, apoyó el cañón de la «Luger» detrás de la rótula de
la rodilla derecha del hombre y la destrozó de un solo tiro.
El hombre chilló angustiado y rodó por el suelo. O’Hagan le miró.
—Muchos hombres buenos murieron luchando contra el maldito Ejército
inglés, y bastardos como tú escupen sobre sus tumbas.
En el mismo momento, dos «Land-Rover» descubiertos doblaron la
esquina del final de la calle y se detuvieron en seco. Morgan observó los
uniformes y vio que se encendía un faro.
—No se muevan de donde están —gritó alguien a través de un altavoz, en
un inglés tajante de escuela pública.
Pero O’Hagan y Seumas se habían metido ya en el callejón de un lado del
café, y Morgan les siguió, corriendo como una liebre.

Había una pared de ladrillos de seis pies de altura al final de la calle, y la


saltaron cuando los primeros soldados entraban en el callejón. Se hallaron en
el patio de una empresa de construcciones y corrieron en la oscuridad hasta
una puerta de doble hoja. Seumas forzó la portezuela que había en ella, y los
tres salieron a la calle en el momento en que el primer soldado llegaba al otro
lado del muro.
El muchacho y O’Hagan parecían saber exactamente adónde iban.
Morgan les siguió, pisándoles los talones, por un laberinto de sucios
callejones, y el ruido de la persecución se fue debilitando más y más. Por
último, llegaron a la orilla de un pequeño canal, y Seumas se detuvo al lado
de unos arbustos. Sacó una pequeña linterna eléctrica del bolsillo y, en el
momento en que la encendió, se oyó una tremenda explosión en la dirección
del centro de la ciudad, seguida de otras tres, en rápida sucesión.

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O’Hagan miró su reloj.
—Por una vez han sido puntuales. —Hizo un guiño a Morgan—. ¡Y
pensar que podía haberte matado uno de los tuyos! Irónica situación la tuya.
—Y ahora, ¿qué? —preguntó Morgan.
—Tenemos que salir pitando de aquí. Abre eso, Seumas.
A la luz de la linterna, Morgan vio que el muchacho había apartado los
arbustos y puesto al descubierto una tapa de alcantarilla, la cual levantó.
Después empezó a bajar por una escalera de hierro; Morgan vaciló un
momento, pero bajó detrás de él, seguido de O’Hagan, que volvió a cerrar la
tapa.
Morgan se encontró en un túnel tan bajo, que tuvo que agacharse. El
muchacho agarró una lámpara grande de una repisa y la encendió. Echó a
andar y Morgan le siguió. Se oía rumor de agua a lo lejos.
Llegaron a la margen de cemento de un túnel más grande, y, a la luz de la
lámpara, Morgan vio el agua parda y espumosa que corría por el centro. Su
olor era muy desagradable.
—La cloaca principal —explicó Seumas—. Toda la mierda de los
protestantes del Shankhill. Pero no se preocupe, coronel. Pasaremos por
debajo y saldremos al «Ardoyne», donde estaremos entre amigos.
—Y después, ¿qué? —preguntó Morgan.
—Creo que, dadas las circunstancias, lo mejor que podemos hacer es
largarnos esta noche de la ciudad —dijo O’Hara—. Y tú también, Asa.
—No lo conseguiréis —le dijo Morgan—. Imposible, después de esas
bombas. Cerrarán todas las salidas de la ciudad.
—¡Oh, hay maneras! —repuso O’Hagan—. Te sorprenderás. Y ahora, ¡en
marcha!

Unos veinte minutos más tarde, emergieron en lo que parecía ser el patio
de una fábrica, detrás de un alto muro de ladrillos. Cuando el muchacho se
dirigió al edificio propiamente dicho, Morgan pudo ver, a la luz de la
lámpara, que las bombas habían causado allí daños considerables y que todas
las ventanas habían sido cerradas con planchas de hierro onduladas.
Se detuvieron ante una puerta grande de doble hoja, cerrada con una
cadena y un candado. O’Hagan sacó una llave.
—Esto era un almacén de licores al por mayor, propiedad de una empresa
londinense. Después de la tercera bomba, pensaron que ya tenían bastante.
Abrió la puerta, y Morgan y Seumas penetraron en el interior. O’Hagan
cerró de nuevo y el muchacho buscó en la oscuridad. Se oyó el chasquido de

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un interruptor y se encendió una única bombilla.
—Fueron muy amables al no cortar la electricidad —comentó O’Hagan.
Morgan vio que estaban en un garaje. En el centro, había una especie de
vehículo, cubierto con un paño para resguardarlo del polvo. O’Hagan se
dirigió a él, apartó la tela y puso al descubierto un «Land-Rover» militar. Un
rótulo montado en la parte delantera decía: Urgencia-Remoción de Bombas.
—Bonito, ¿eh? —dijo O’Hagan—. Todavía no nos han detenido una sola
vez. Y ahora que lo pienso, Asa, debes sentirte aquí como en tu casa. —Pasó
a la parte de atrás del «Land-Rover», abrió y sacó una guerrera de campaña
—. Aquí tenemos todo lo que necesitamos. Aunque tendrás que descender un
par de grados. Lo más que puedo ofrecerte son las insignias de capitán. Yo
seré sargento, y Seumas, nuestro chófer.
—¿Para qué? —preguntó Morgan—. ¿Adónde vamos?
—Tú quieres saber de dónde vinieron aquellos «Mauser». Muy bien;
iremos a preguntárselo a Brendan Tully.

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Todo se desarrolló como por encanto al salir ellos de la ciudad por la carretera
de Antrim. La Policía Militar les saludó y les hizo pasar sin vacilación por
tres puestos de control, y, en un cuarto puesto, donde había una cola de
vehículos para ser inspeccionados, Seumas se limitó a tocar el claxon y
adelantarlos por el carril en dirección contraria.
En las afueras de Ballymena, O’Hagan ordenó al muchacho que se
detuviese delante de una cabina telefónica pública. No estuvo en ella más de
tres minutos. Cuando volvió, sonreía.
—Nos está esperando. Carretera de Glenarrif, en los montes de Antrim.
—¿Qué le dirás de mí? —preguntó Morgan.
O’Hagan le hizo un guiño.
—Todavía hablas galés, ¿verdad? A Brendan le gusta practicar su
irlandés. Lo aprendió cuando estuvo con McStiophan en la cárcel. Galeses e
irlandeses…, deben tener algo en común, diría yo.

Después de rodar veinte millas a través de los montes, llegaron a una


señal que indicaba Coley a la izquierda. Seumas hizo girar el vehículo y se
adentró en una estrecha y serpenteante carretera entre paredes de piedra y que
subía más y más entre los montes.
A la primera luz grisácea de la aurora, llegaron a una pequeña meseta en
cuyo fondo crecían unas hayas. Había allí un henil, con las puertas abiertas, y
un viejo jeep. Dos hombres estaban junto a éste. Ambos vestían como
labradores; uno de ellos, chaqueta de pana y gorra de tela, y el más joven,
mono de algodón y botas «Wellington».
—El de la gorra es Tim Pat Keogh, brazo derecho de Tully —dijo
O’Hagan—. El otro es Jackie Rafferty. Éste está un poco chiflado.
Generalmente, hace todo lo que le dice Tully, y le gusta.
Seumas detuvo el vehículo, y los dos hombres se acercaron.

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—Buenos días tenga usted, Mr. O’Hagan —saludó Tim Keogh—. Si deja
el «Land-Rover» en el henil, les llevaremos a la granja en el jeep.
O’Hagan asintió con la cabeza, y Seumas puso el vehículo a cubierto. Se
apearon los tres y, cuando hubieron salido, Keogh y Rafferty cerraron la
puerta del henil. O’Hagan se había colgado de un hombro una metralleta
«Sterling», y Morgan llevaba un «Smith & Wesson» del 38 en su funda de
reglamento.
Keogh dijo:
—Una visita amistosa, ¿verdad, Mr. O’Hagan?
O’Hagan le respondió:
—No sea estúpido, Tim Pat. Y ahora, vayamos a la granja. No me vendrá
mal desayunar un poco. Ha sido una noche muy pesada.

La granja era bastante mísera, situada en una pequeña hondonada y


adosada a la falda del monte para protegerse del viento. Los edificios
exteriores necesitaban urgentemente una reparación, y el patio estaba lleno de
barro.
Brendan Tully era un hombre alto y guapo, de rostro enjuto y con un lado
de la boca torcido en una ligera y perpetua sonrisa, como si siempre le
divirtiesen el mundo y sus habitantes. Les recibió en la puerta. Sin duda,
acababa de levantarse de la cama, pues llevaba una vieja bata sobre el pijama.
—¡Liam! —exclamó—. Dichosos los ojos que te ven, aunque sea en ese
maldito uniforme. ¡Adelante!
Le siguieron hasta la cocina, donde ardía un fuego de leña en un hogar
abierto. Una vieja, con un pañuelo negro sobre los hombros para resguardarse
del frío de la mañana, estaba junto al fogón preparando el desayuno.
—No os inquietéis por ella; está sorda como una tapia. Seumas, muchacho
—dijo, dándole una palmada en el hombro—, todavía tengo un puesto para ti,
si te interesa una acción de verdad.
—Estoy contento donde estoy, Mr. Tully.
Tully se volvió y miró con curiosidad a Morgan.
—¿Quién es ése?
—Un viejo amigo. Dai Lewis, del Ejército de Gales Libre. Nos ayudaron
con sus fusiles en el otoño del sesenta y nueve, ¿recuerdas?, cuando las cosas
se pintaban mal.
—Entonces, ¿habla galés?
—¡Menudo galés sería, si no supiese hablarlo! —respondió Morgan, en su
lengua natal.

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Tully se entusiasmó.
—¡Magnífico! —exclamó—. Lástima que no he entendido una sola
palabra. Y ahora, empecemos bien el día, mientras la vieja prepara la comida.
Sacó una botella de whisky y unos vasos.
—Un poco temprano, incluso para ti —observó O’Hagan.
—La vida es corta y hay que aprovecharla. —Tully estaba visiblemente
de buen humor—. A propósito, ¿qué os trae por aquí?
—¡Oh! Las cosas se pusieron un poco difíciles la noche pasada, y,
además, Dai vino de Cardiff para verme. Pero será mejor que te lo explique él
mismo.
Tomó el vaso que Tully le ofrecía, y Morgan dijo, con un acento muy
galés:
—Hemos resuelto pasar a la acción, Mr. Tully. Hablar con los malditos
ingleses sobre la independencia de Gales es perder el tiempo.
—Nosotros estuvimos setecientos años hablando con esos tipos, y, ¿qué
hemos conseguido? —preguntó Tully.
O’Hagan dijo:
—Dai y los suyos están buscando algunas pistolas con silenciador. Pensó
que yo podría ayudarle, y entonces me acordé de aquellos dos muchachos
tuyos que murieron el año pasado. Terry Murphy y el joven Phelan. ¿No
llevaban precisamente unos «Mauser» con silenciador?
—Cierto —admitió Tully—. Y nos costó poco encontrarlos.
—¿Podemos preguntar dónde los consiguieron?
—Los hermanos Jago, dos de los más grandes bellacos de Londres. —Se
volvió hacia Morgan—. No sé si todavía tienen lo que anda usted buscando;
pero tenga cuidado con ellos. Por dinero serían capaces de desenterrar a su
abuela y vender el cadáver.
De pronto, mostró una extraña inquietud nerviosa y le brillaron los ojos.
Bebió un trago de whisky y dijo a O’Hagan:
—Me alegro de que hayas venido. Tenemos que hablar. Sobre algo de
mucha importancia para el movimiento.
—¿De veras? —preguntó O’Hagan, interesado y receloso al mismo
tiempo.
—Pasemos al cuarto de estar y te lo explicaré. Tendremos tiempo, antes
del desayuno. —Ahora estaba muy nervioso—. Sólo es cuestión de unos
pocos minutos. Ellos pueden esperar.
Se volvió y se dirigió al cuarto de estar. O’Hagan miró a Morgan y a
Seumas, y le siguió de mala gana.

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—Cierra la puerta, hombre —le dijo Tully, con impaciencia.
Abrió el cajón de la vieja mesa de caoba, sacó un mapa y lo desplegó.
O’Hagan se acercó a él y vio que el mapa correspondía a la costa
occidental de Escocia e incluía las islas Hébridas Exteriores.
—¿Qué es eso?
—Esta isla de aquí es Skerryvore. —Tully señaló un punto del mapa—.
Es una base de prueba de misiles. Uno de mis muchachos, Michael Bell,
estuvo allí como cabo técnico. Conoce el lugar como la palma de la mano.
—¿Y bien?
—Parece que cada quince días, precisamente el jueves, un oficial y nueve
soldados van por carretera desde el aeropuerto de Glasgow hasta Mallaig.
Después, van por mar a Skerryvore. Supongamos que un jueves su camión es
detenido en el camino de Mallaig, y que yo estoy allí con nueve hombres para
ocupar su puesto; incluido Michael Bell, naturalmente.
—Pero ¿por qué? —preguntó O’Hagan—. ¿Cuál es tu juego?
—Lo que están probando en aquella isla es un misil de mediano alcance
llamado «Hunter». No lleva carga atómica, pero sí un explosivo capaz de
producir enormes daños. Bien dirigido, podría volar una milla cuadrada de
Londres.
—¡Estás loco! —exclamó O’Hagan, con irritación—. ¿Cohetes sobre
Londres? ¿Qué pretendes con ello? ¿Perder todo aquello por lo que
luchamos?
—Es la única manera, ¿no lo entiendes? Llevar la lucha a la misma puerta
del enemigo.
—Y matar a miles de personas de un solo golpe, poniendo a toda la
opinión mundial contra nosotros. —O’Hagan meneó la cabeza—. Ahora,
Brendan, a los ojos de muchos extranjeros, somos un puñado de hombres
valientes que luchan contra un Ejército. Por eso venceremos en definitiva. No
porque derrotemos al Ejército británico, sino porque las cosas se les pondrán
tan difíciles que acabarán retirándose por propia decisión, como hicieron en
Aden y en Chipre y en otros lugares. Pero eso… —Volvió a menear la cabeza
—. Eso es una locura. El Consejo Militar no aprobaría nunca este plan. Sería
como matar a la reina… Contraproducente.
—¿Quieres decir que hablarás de esto al Consejo Militar?
—Claro que se lo diré. ¿Qué quieres que haga? Soy jefe de información
en el Ulster, ¿no?
—Está bien —dijo Tully, poniéndose a la defensiva—. Por lo visto, me
equivoqué. Es evidente que si el Consejo no me respalda, no podemos

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hacerlo. Veré si está preparado el desayuno.
Entró en la cocina, donde hallábanse sentados Morgan, Seumas y Keogh.
De allí pasó a la puerta principal, salió y se acercó a Rafferty, que estaba
dentro del jeep, engrasando el pedal del freno. Rafferty se irguió y se volvió a
él.
El semblante de Tully estaba contraído de furor.
—Liquídalos, Jacky. A los tres. Y no falles, ¿comprendido?
—Sí, Mr. Tully —dijo Rafferty, sin dar la menor muestra de emoción—.
Con uno de esos lápices rusos y un poco de plástico será bastante.
—Entonces, manos a la obra.
Tully volvió a la cocina en el momento en que O’Hagan salía del cuarto
de estar. Llevaba el mapa debajo de un brazo y la metralleta «Sterling»
preparada en la mano derecha.
—De pronto se me ha quitado el apetito —dijo, y, al oír el ruido del jeep
que arrancaba y se alejaba, añadió—: ¿Adónde diablos va ése?
—A buscar leche —explicó Tully—. Aquí no tenemos vacas. Sé
razonable, Liam.
—Pero no te acerques. —O’Hagan hizo una seña con la cabeza a Morgan
y al chico—. Salid los dos. Y tú, Seumas, vigila mi espalda.
Salieron al patio. Cuando llegaron a la verja, Tully gritó:
—¡Liam, escúchame!
Pero O’Hagan se limitó a apretar el paso. Morgan le preguntó:
—¿Qué demonios significa todo esto?
—Nada que te interese —dijo O’Hagan—. Un asunto de la competencia
del Consejo Militar. —Sacudió la cabeza—. ¡Ese lunático! ¿Cómo pudo
imaginar que aceptaría su plan?
Cruzaron el montículo y descendieron al henil. Las puertas seguían
cerradas y no había señales del jeep.
O’Hagan dijo a Morgan y a Seumas:
—Cubrirme, mientras saco el «Land-Rover» de ahí. Sólo por si quisieran
gastarnos una broma —añadió, arrojando la «Sterling» a Morgan.
Abrió la puerta del henil, y Morgan se apartó y le vio moverse en el
interior de aquél. O’Hagan subió al «Land-Rover» y cerró la portezuela. Hubo
una explosión colosal, salió una ráfaga de aire muy caliente y Morgan cayó de
bruces en el suelo.
Se incorporó sobre las rodillas, se volvió y vio que Seumas trataba de
levantarse, sujetándose un brazo, en el que un trozo de metal se había
incrustado como un casco de metralla.

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El henil era un infierno, donde ardían furiosamente los restos del «Land-
Rover».
Morgan oyó el ruido de un motor, ayudó a Seumas a ponerse en pie y lo
empujó hacia los árboles, y ambos se agacharon. Llegó el jeep, se detuvo y
Rafferty se apeó de él.
Avanzó, resguardándose la cara del calor con una mano, y se acercó al
henil lo más que pudo. Morgan se levantó y salió de la espesura.
—¡Rafferty!
Al volverse Rafferty, Morgan vació la «Sterling» en tres ráfagas,
haciéndole caer en el horno del henil. Después, arrojó la «Sterling», agarró a
Seumas y lo hizo subir al jeep.
Mientras se ponía al volante, preguntó:
—¿Sabes dónde podemos encontrar un médico? Un médico que sea de
confianza.
—En el Asilo de Ancianos Hibernina. Está a dos millas antes de llegar a
Ballymena —respondió Seumas, y se desmayó.

Morgan se quitó el uniforme de campaña en el lavabo y lo metió en un


cubo de ropa sucia. Debajo de aquél había conservado su ropa ordinaria.
Comprobó que llevaba la cartera, se lavó la cara y las manos y volvió al
pequeño quirófano.
El viejo doctor Kelly, que parecía dirigir la institución, y una monja muy
joven, estaban inclinados sobre Seumas, que tenía ahora el brazo y el hombro
vendados, y cerrados los ojos.
El doctor Kelly se volvió hacia Morgan.
—Ahora dormirá. Le he puesto una inyección. Dentro de una semana,
estará como nuevo.
Seumas abrió los ojos.
—¿Se marcha usted, coronel?
—Vuelvo a Londres. Tengo cosas que hacer allí. A propósito, no me has
dicho tu apellido.
El muchacho sonrió débilmente.
—Keegan.
Morgan anotó su número de teléfono en Londres en el bloc de recetas del
médico y arrancó la hoja.
—Si crees que puedo ayudarte en algún momento, llámame a este
número.
Se dirigió a la puerta.

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—Dígame, coronel, ¿por qué lo hicieron?
—Por lo que pude colegir, Tully tenía algún plan que no fue aprobado por
Liam. Éste iba a informar al Consejo Militar. Supongo que Tully quiso
impedírselo.
—Arderá en el infierno por eso —dijo Seumas, y cerró los ojos.

Desde la primera cabina telefónica pública que encontró, Morgan llamó a


la jefatura del Servicio de Información del Ejército, en Lisburn, y, en el mejor
acento del Ulster que pudo dar a su voz, indicó el lugar donde podían
encontrar a Brendan Tully y a los Hijos de Erin, aunque temía que se
hubiesen marchado ya.
Después, tomó un tren en Ballymena con destino a Belfast y se dirigió
inmediatamente al «Europa». Pagó la cuenta y, a las tres, se hallaba en el
aeropuerto de Aldergrove para tomar el avión de Londres.

John Mikali, volando a veinticinco mil pies sobre Suecia, con rumbo a
Helsinki, repasaba el historial de Asa Morgan. El hombre del GRU en la
Embajada rusa en Londres había dado unos informes muy completos. No sólo
figuraban en ellos, detalladamente, todos los aspectos de la carrera de
Morgan, sino también pormenores de sus asociados conocidos, con
fotografías de los mismos. Entre ellos destacaban Ferguson, jefe del
antiterrorista Grupo Cuatro, y Baker, aunque Mikali conocía ya al hombre de
Yorkshire. Deville tenía un legajo sobre el personal de la Rama Especial, y
Mikali había pasado muchas horas estudiando sus caras. Y lo propio había
hecho con los que ejercían funciones parecidas en París, Berlín y la mayor
parte de las otras ciudades importantes que solía visitar.
Estudió de nuevo, durante un buen rato, la fotografía de Asa Morgan, y
después se retrepó en su asiento, reflexionando. No era que estuviese
preocupado. Morgan no tenía manera de llegar hasta él. Ninguna pista, ni el
más leve indicio. Las huellas habían sido borradas perfectamente.
Una azafata rubia, atractiva muchacha de excelente figura realzada por el
uniforme azul marino de la «British Airway», se inclinó junto a él.
—¿Va usted a dar un concierto en Helsinki, Mr. Mikali?
—Sí. El Concerto de Brahms, con la Orquesta Nacional, mañana por la
noche.
—Me encantaría asistir, si pudiese encontrar una localidad —dijo ella—.
Estaremos dos días allí.

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Realmente, era muy bonita. Mikali sonrió perezosamente.
—Dígame dónde se aloja, y haré que le envíen una. Y después habrá una
fiesta, si no tiene algo mejor que hacer.
Ahora tenía ella el rostro arrebolado, y suspiró profundamente bajo la fina
blusa blanca de nilón.
—Sería maravilloso. ¿Desea que le sirva algo?
—Media botella de champaña, por favor.
Permaneció sentado, mirando por la ventanilla. Se sentía bastante
cansado, pero lo cierto era que no estaba de humor para aquel concierto.
Necesitaba unas vacaciones. No era preciso volver a Londres. Volaría a
Atenas desde Helsinki, después del concierto. Aunque no hubiese un vuelo
directo y tuviesen que hacer escala en París o en Munich, podría estar en
Atenas por la tarde. Después, iría a Hydra.
Era una idea muy satisfactoria, y volvía a sentirse animado cuando la
azafata le trajo el champaña. Lo sorbió despacio, paladeando su frío saber, y
volvió a abrir el legajo de Morgan para repasarlo una vez más.

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10

Harvey Jago se contempló minuciosamente en el espejo del cuarto de baño.


Con su chaqueta de terciopelo rojo y su pañuelo blanco anudado al cuello,
perfectamente peinados los rubios cabellos, tenía un aspecto imponente.
Todavía parecía un boxeador del peso medio, capaz de aguantar quince
asaltos cualquier día de la semana; en realidad, lo había sido en años
pretéritos, según atestiguaban su rota nariz y varias cicatrices alrededor de los
ojos. Podía haber hecho reparar aquélla, pero a las mujeres les gustaba así. Le
daba un aire de tosca afabilidad, aunque eran los ojos quienes revelaban su
personalidad real. Unos ojos duros, fríos e implacables.
Esta mañana estaba muy lejos de sentirse contento, pues la noche anterior
uno de sus muchos locales de negocio, una casa de Belgravia donde damitas
que tenía a sueldo satisfacían los antojos de clientes del mayor prestigio,
había sido registrada por la Policía.
Y no eran las molestias causadas a dos pares del reino y a tres miembros
del Parlamento, que se habían encontrado temporalmente en manos de la
Policía, lo que preocupaba a Jago, pues esto era cuenta de ellos. Ni siquiera le
inquietaban las multas que habría que pagar por cuenta de las chicas, ni la
pérdida de la recaudación nocturna.
Él no podía verse personalmente comprometido. El local estaba a nombre
de otra persona. Por esto tenía hombres de paja. No; lo que le enfurecía era
que no le hubiesen avisado aquellos agentes de Policía que recibían generosos
estipendios semanales para cuidar de que los establecimientos de Jago
estuviesen a salvo. Alguien tendría que pagar por ello.
Se dirigió al cuarto de estar y se acercó a la ventana de su apartamento en
el ático de la casa. Siempre le satisfacía contemplar el Green Park y
Buckinham Palace, y por eso había comprado esta vivienda, tan alejada del
callejón de Stepney, donde se había criado.
María, la doncellita filipina, le trajo café en una bandeja. Él esperó a que
llenase la taza y se la ofreciese.
—Gracias, querida.

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Al salir ella, pulida y pizpireta en su vestido negro y sus medias del
mismo color, entró Arnold, el hermano de Harvey. Tenía diez años menos que
éste, cabellos ralos y mejillas hundidas, y parecía desnutrido y voraz al mismo
tiempo. Pero debajo de su aspecto superficial tenía un cerebro que funcionaba
como un ordenador en cuestiones financieras.
—No está mal esa chiquilla —observó Jago—. De buena gana le daría un
repaso, si no hubiese sostenido siempre que no hay que enredarse con el
personal.
Arnold, que ya se había entendido con María y tenía un pánico terrible de
que su hermano se enterase, convino:
—Tienes razón, Harvey.
—¿Qué me va a costar lo de la noche pasada?
—Entre trece y quince de los grandes. No puedo ser más exacto, debido al
aspecto legal del asunto. Algunas de las chicas son reincidentes, Harvey.
Podría significar la cárcel para ellas. Necesitarán un buen abogado, y ésos
cuestan caros.
—Pagaremos lo que sea, Arnold. Otra cosa. La brigada contra el vicio.
Quiero saber quién nos dejó en la estacada, y quiero saberlo hoy mismo.
—Ya lo estamos averiguando —repuso Arnold—. Hay un tipo que quiere
verte. Se llama Morgan.
—¿Qué desea?
—No quiso decírmelo, pero me dijo que te entregase esto. —Arnold le dio
un fajo de billetes de veinte libras, sujeto todavía con una cinta del «Midland
Bank»—. Quinientas.
Jago acercó el fajo a la nariz.
—¡Caray, y qué bien huelen! Hazle pasar, Arnold. Veremos qué trae entre
manos.

Morgan llevaba un suéter de cuello alto y no se había tomado el trabajo de


desabrocharse su trinchera militar. Jago se sirvió un whisky, y le miró de
arriba abajo.
—Mr. Morgan —anunció Arnold, y se quedó junto a la puerta.
—En realidad, coronel Morgan —rectificó éste.
Jago hizo una mueca.
—¿Quiere que le haga una reverencia? —Mostró las quinientas libras—.
Estoy muy ocupado, y con esto sólo paga una conversación limitada. Suelte
su disco, o lárguese.

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—Es muy sencillo —dijo Morgan—. Se trata del atentado de la semana
pasada contra Cohén. El arma empleada fue un revólver «Mauser» del 7,36,
serie de 1932, con silenciador SS; un arma bastante rara en nuestros días. Su
organización facilitó dos de ellas al IRA el año pasado.
—¿Quién lo dice? —terció Arnold.
Morgan no apartó la mirada de Jago.
—Un hombre llamado Brendan Tully. Ayer estuve con él.
—Escuche… —empezó a decir Arnold, pero su hermano le atajó con un
ademán.
—Usted no es la ley. ¿Cuál es su juego?
—El hombre que disparó contra Cohén atropelló a mi hija al escapar. La
mató. Tengo que encontrarle.
—Ahora lo comprendo —dijo Jago—. ¿Cree que el «Mauser» que empleó
podría venir del mismo sitio que los otros?
—Parece lógico. —Morgan sacó otro fajo de billetes del bolsillo y lo
arrojó sobre la mesa—. Ahí van otras quinientas. Como verá, Mr. Jago, estoy
dispuesto a pagar la información.
—Le costará bastante —dijo Jago.
—¿Cuánto?
—Otro de los grandes.
—De acuerdo. ¿Cuándo?
—Yo no llevo personalmente estos asuntos. Tengo que hablar con el tipo
que cuida de ellos. Sabré algo esta noche, si es que hay algo que saber. Tengo
un club en Chelsea, el «Flamingo», en Cheyne Walk. Nos veremos allí, a eso
de las nueve.
—De acuerdo.
Morgan se volvió hacia la puerta, y Jago dijo:
—Y, coronel Morgan, no olvide las otras mil.
—Claro que no, Mr. Jago. Soy hombre de palabra.
—Celebro saberlo.
—Procure serlo usted también.
—¿Es una amenaza, coronel? —inquirió Jago, sin levantar la voz.
—Pensándolo bien, creo que sí —respondió Morgan, y salió.
Hubo un silencio. Después, Jago dijo:
—¿Sabes una cosa, Arnold? Es la primera vez que alguien me amenaza en
muchos años, y no podemos tolerarlo, ¿verdad? Sería perjudicial para el
negocio. Me tomaré un interés personal en el coronel Morgan. Muy personal.
Busca un par de buenos chicos para esta noche. De los de pelo en pecho.

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—Sí, Harvey.
Al volverse Arnold para salir, Jago añadió:
—Otra cosa. De ahora en adelante, no venderemos más quincalla a esos
Micks. No son de fiar; ya te lo había dicho. En el futuro, nos limitaremos a los
árabes.

De nuevo en su piso, Morgan enchufó la cafetera y telefoneó a «Security


Factors Limited». Jack Kelso pareció aliviado al oír su voz.
—Veo que ha vuelto. Gracias a Dios. ¿Vio a O’Hagan?
—Por poco tiempo —dijo Morgan—. Siento decirte que ha muerto, Jock.
Una bomba en el coche. Tuve suerte de no saltar por los aires con él.
Hubo una lúgubre pausa. Después, Kelso dijo:
—¿Encontró lo que buscaba?
—¡Oh, sí! Por eso te he llamado. ¿Qué puedes decirme de los hermanos
Jago?
—Probablemente, los gánsteres más importantes de Londres —dijo Kelso
—. Incluso la Mafia se anda con cuidado con ese par. Arnold, el flaco, es el
cerebro. Pero su hermano mayor, Harvey, tampoco es tonto. Fue un buen
boxeador.
—Difícil de pelar, ¿eh? Le he conocido.
—Más que eso. El año pasado, un jugador italiano, llamado Pacelli, trató
de emplear unos dados cargados en una de las casas de juego de Jago. ¿Sabe
lo que hizo éste? Le cortó la punta de todos los dedos de la mano derecha con
unas tijeras de jardinero. ¿Va a decirme que los «Mauser» procedían de él?
—Así parece. Tengo que verle esta noche. En un bar llamado
«Flamingo», en Cheyne Walk. ¿Es un sitio respetable?
—Sólo para gente de alta categoría.
—Lo cual quiere decir que se portará bien. Dime, Jack, ¿cómo gana su
dinero?
—Casas de juego, protección, prostíbulos de lujo.
—¿Y nada más?
—Tiene otro negocio provechoso, en el que participó un socio mío. No
está lejos de Cheyne Walk, y sí próximo a Chelsea Creek. Una fábrica de
pinturas denominada «Wetherby e Hijos».
—¿Y bien?
—Es lo que los del oficio llaman una destilería. Lo que suelen hacer es
robar un camión de whisky o de algo parecido en la carretera. Después, le
echan una buena cantidad de agua. Tienen su propia instalación de

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embotellado y marbetes de las mejores marcas. Abastecen a clubs de todo el
país.
—Y la Policía…, ¿no sabe nada de esto?
—Les cuesta mucho descubrirlo, y, cuando lo hacen, siempre hay un
hombre de paja que paga el pato. Si yo estuviese en tu lugar, me mantendría
alejado, salvo que estés dispuesto a llegar hasta el fin.
—¡Oh! Lo estoy, Jack, lo estoy.

Morgan estaba sentado a su mesa-escritorio, limpiando una


«Smith & Wesson Magnum», cuando sonó el teléfono. Era Kate Riley.
—Veo que has vuelto —dijo.
—Sí; la noche pasada.
—¿Conseguiste algo?
—Lo sabré con certeza esta noche. ¿Desde dónde llamas? ¿Desde
Cambridge?
—No; estoy en la ciudad por unos días, trabajando en la clínica
«Tavistock». Un colega que está pasando un mes en Nueva York me ha
prestado su apartamento. Está en Kensington. Douro Place.
—Te diré lo que vamos a hacer —dijo Morgan—. Esta noche tengo una
cita con el peor villano de Londres en el «Flamingo», en Cheyne Walk.
—¡Es uno de los clubs nocturnos más distinguidos de la ciudad!
—Ya lo sé. Busca un lindo vestido de noche, péinate bien, y quizá me
decida a llevarte.
—Dalo por hecho —dijo ella.
El lugar era todo lo que cabía esperar. Iluminación discreta, música suave,
camareros corteses, el no va más del lujo. Por lo visto, Morgan y Kate eran
esperados, pues les condujeron a una mesa de un rincón, sin duda una de las
mejores de la casa.
El jefe de los camareros chascó dos dedos, y apareció uno con un cubo
con hielo y una botella de champaña.
—Con los saludos de Mr. Jago, señor. Esta noche son ustedes sus
invitados.
Desde su oficina, emplazada sobre el restaurante principal, Harvey Jago,
resplandeciente en su smoking de terciopelo negro, les observaba a través de
una reja de adorno.
—Me gusta esa pájara, Arnold. Tiene verdadera clase. Eso se ve a simple
vista.
—¿Y él, Harvey? ¿Es realmente coronel?

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—Tonterías —dijo Jago—. No conozco su historia, pero es un hombre
como tú y como yo.
—¿Le hago subir?
—Todavía no. Dejemos que disfruten de su cena. Quiero decir que lo que
cuenta es el postre, ¿verdad, Arnold?

—¿Y de hombres? —preguntó Morgan.


—Eso no es de tu incumbencia —replicó ella.
—Pero ¿qué haces cuando necesitas un poco de acción y de pasión?
—Volar —respondió ella—. Ahora tengo un permiso que dura doce años.
En realidad, lo hago bastante bien.
El jefe de los camareros se acercó y murmuró algo al oído de Morgan.
Éste dejó que Kate terminara el champán y siguió al hombre a través de una
puerta con el rótulo de «Reservado». Arnold esperaba en lo alto de un tramo
de escalera alfombrado.
—Por aquí, coronel.
Morgan subió la escalera y entró en el despacho, motivo de orgullo y
regocijo para Jago, ya que había sido diseñado por uno de los mejores
decoradores de interiores de Londres. Todo era chino, y algunos objetos de
arte le habían costado muchísimo dinero.
Jago estaba sentado detrás de la mesa, fumando un cigarro.
—Sea bien venido. ¿Le han tratado bien ahí abajo?
—Muy bien —respondió Morgan—. Pero mi tiempo es tan limitado como
el suyo, Mr. Jago. ¿Qué hay de la información que me prometió?
—¿No hablamos también de otro de los grandes, Arnold? —dijo Harvey a
su hermano.
Morgan sacó un sobre del bolsillo interior.
—Oigamos primero lo que tiene que decirme. Después, esto será suyo.
Jago suspiró.
—Bueno, va a ser un poco difícil. Lamento tener que decirle que no
hemos podido conseguir la información que le interesa.
—¿No han podido, o no han querido? —preguntó Morgan.
—Puede distraerse, en las veladas de invierno, tratando de averiguarlo.
—¿Y las mil libras que le he pagado esta mañana?
—Mi tiempo, amigo mío, es muy valioso. —Jago miró su reloj—. Arnold,
acompaña al coronel. Tengo cosas que hacer.
Morgan se dirigió a la puerta, se detuvo y levantó un jarrón chino que
estaba sobre una mesa de laca.

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—Principios del siglo diecinueve —dijo—. No muy raro, pero bonito.
Lo dejó caer al suelo, donde se hizo mil pedazos.
—Y esto, amigo mío, es sólo el principio —dijo, y salió del despacho.
Jago se levantó de su mesa a toda velocidad. Se quedó mirando los
fragmentos del jarrón, contraído el semblante, y se volvió a su hermano.
—Ya sabes lo que hay que hacer, y diles que lo hagan bien. Si ése llega a
salir del hospital, que sea con muletas.

Morgan había aparcado el «Porsche» a cierta distancia. Kate Riley le asió


del brazo mientras andaban.
—¿No ha querido abrir el pico?
—Así parece.
—¿Y qué vas a hacer ahora?
—Persuadirle de que lo piense mejor.
Entraron en la calle lateral donde él había dejado el «Porsche».

Arnold Jago se detuvo en la esquina con dos hombres. Uno de ellos era
bajito y necesitaba un afeitado. El otro tenía al menos seis pies de estatura,
cara tosca y huesuda y grandes manazas.
—Bueno, Jacko —dijo Arnold—. Haced un buen trabajo.
—Déjelo en nuestras manos, Mr. Jago.
Los dos hombres echaron a andar por la calzada, junto a los coches
aparcados, y Jacko se detuvo, obligando a hacer lo mismo a su compañerito.
Morgan y Kate parecían haberse evaporado.
Jacko, inquieto, avanzó un paso. Morgan salió de la escalera del sótano de
una de las casas victorianas, agarró al hombre bajito, le hizo dar la vuelta y le
propinó un rodillazo en el bajo vientre.
El hombre se derrumbó, lanzando un gemido, y Jacko se volvió y vio a
Morgan al otro lado del cuerpo que se retorcía en el suelo. La luz de un farol
le iluminaba la cara, mientras Kate Riley salía a su vez por la escalera del
sótano.
—Me buscabas, ¿no? —dijo Morgan.
Jacko se abalanzó sobre él. Después, no supo nunca de cierto lo que le
había pasado. Le hicieron la zancadilla desde atrás y cayó de bruces sobre el
mojado pavimentó. Al levantarse, Morgan le agarró la muñeca derecha y la
torció hacia arriba, en una llave cruel. Jacko lanzó un grito de angustia, al

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sentir que empezaba a desgarrarse el músculo de su hombro. Sin soltar su
terrible presa, Morgan le lanzó de cabeza contra la barandilla de la escalera.
Después, tomó a Kate del brazo y la condujo hasta el «Porsche». Mientras
él la ayudaba a subir, ella le dijo:
—Piensas ir realmente hasta el final, ¿verdad?
—Es interesante —dijo él, sentándose a su lado— que no te rasgues las
vestiduras por mis brutales procedimientos fascistas, siendo, como eres, una
hermosa y virginal intelectual de ideas liberales.
—Esos dos se lo buscaron —dijo ella—. Supongo que Mr. Jago va a
sentirse muy contrariado.
—Puedes estar segura —admitió él, y arrancó.

Se detuvo delante de la puerta de Douro Place y la acompañó hasta la


puerta.
—¿No quieres entrar? —preguntó ella.
—Tengo algo que hacer.
—¿Y es?
—Enseñarle buenos modales a Harvey Jago.
—¿Puedo ayudarte?
—Creo que no. Lo que pretendo hacer es, en todos los aspectos, un acto
criminal. Preferiría que, si algo sale mal, no te vieses envuelta en él. Te
llamaré.
Bajó la escalera y subió al «Porsche» antes de que ella pudiese replicar.
Kate abrió la puerta y entró en la casa. Arnold Jago se apeó de su coche, el
cual había aparcado calle abajo. Miró el número de la casa, volvió a su coche
y se alejó.

Ferguson estaba trabajando solo en su piso de Cavendish Square, sin más


ruido que el de la orquesta de Glenn Miller que tocaba suavemente en el
tocadiscos de encima de la mesa que tenía al lado.
Era su vicio secreto: escuchar las interpretaciones de las grandes orquestas
de su juventud. No sólo la de Miller, sino también las grandes orquestas
inglesas, como la de Lew Stone o la de Jor Loss, con el cantor Al Bowlly.
Hacían que Ferguson evocase, con cálida nostalgia, los días de la guerra.
1940, cuando las cosas se habían puesto realmente mal. Pero, entonces, uno
sabía al menos dónde estaba, sabía hasta dónde podía llegar. Mientras que

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ahora… El verdadero enemigo podía estar sentado en un escaño del
Parlamento. Probablemente lo estaba.
El teléfono rojo colocado a su izquierda zumbó suavemente. Ferguson
miró su reloj. Eran casi las diez. Cogió el aparato.
—¿Quién es?
—Baker, señor.
—Trabaja hasta muy tarde, superintendente.
—Labor de oficina…, ya sabe usted. Pero pensé que le gustaría saber que
Asa Morgan volvió de Belfast sin novedad. El servicio de seguridad registró
su paso por Heathrow la noche última.
—¿Se sabe lo que hizo mientras estuvo allí?
—No, señor.
—¿Han comprobado algo sobre O’Hagan con el Servicio de Información
de Lisburn?
—Sí, pero éste ha desaparecido del mapa. Lo cual no es de extrañar con la
«Operación Motorman» en pleno desarrollo.
—¿Y qué hace Morgan esta noche?
—Parece que tiene algo que ver con la doctora Riley, psicóloga de
Cambridge. Ésta se aloja en un piso de Douro Street. Morgan fue a buscarla a
las ocho y media. Ambos iban vestidos como para una fiesta de gala.
—¿Adónde fueron?
—No lo sé, señor. Mi hombre los perdió.
—¡Qué extraordinario! —exclamó Ferguson—. ¿Acaso le pagamos para
hacer el idiota?
—Mire usted, señor, ésta es precisamente la especialidad de Morgan.
Fruto de una experiencia de años.
Malaya, Chipre, Aden, y, ahora, el Ulster. Puede oler que le siguen, con
sólo asomarse a la puerta. Tiene un instinto especial. Gracias a esto sigue vivo
después de tantos años.
—Está bien, superintendente, basta de elogios. Lo que realmente quiere
decir es que no hay manera de seguirle si él no quiere.
—No, a menos que pongamos seis coches sobre su pista, con control de
radio desde la Central.
—No —dijo Ferguson—. No lo haga. Mejor dicho, no haga nada. Retire a
su hombre. Dejemos que Asa haga lo que quiera durante un par de días.
Después, ya veremos.
Colgó el aparato y, en el otro extremo de la línea, Harry Baker llamó por
teléfono interior al sargento de servicio en el antedespacho.

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—George, puede sacar a Mackenzie de Gresham Place.
—Muy bien, señor. ¿Alguna otra orden?
—En todo caso, ya se lo diré.
Baker colgó el teléfono, suspiró profundamente y empezó a trabajar con el
montón de papeles acumulados sobre su escritorio.

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En realidad, esto importaba ya poco, pues, en el mismo momento en que


Mackenzie recibía por radio el recado de que podía marcharse a casa, Morgan
tomaba un taxi en la esquina de Pont Street, después de abandonar el piso
saltando el muro del patio de atrás.
Aquella tarde, más temprano, había reconocido cuidadosamente el lugar a
la luz del día, y sabía exactamente lo que hacía. Dijo al conductor que le
llevase al St. Mark’s College, en Kings Road. Desde allí, Chelsea Creek se
hallaba a sólo cinco minutos, andando a paso vivo.

La fábrica de pinturas de «Wetherby e Hijos» se alzaba sobre un malecón


que se adentraba en el Creek, al otro lado de la central eléctrica. Morgan se
detuvo en la sombra, se abrochó los guantes de fino cuero negro que llevaba,
sacó una careta del bolsillo del chaquetón e introdujo la cabeza en ella.
El portal de la entrada estaba atrancado y fuertemente iluminado con luces
de seguridad. Había también un rótulo de «Cuidado con los perros», pero esto
podía significar algo o nada.
Había elegido ya el camino durante su visita de la tarde. Había una
esclusa de cemento, por la que fluía agua y que se extendía hasta el laberinto
metálico que sostenía la plataforma sobre la que se alzaba la fábrica.
Bajó de la orilla y empezó a cruzar la corriente, al principio con lentitud,
para comprobar la fuerza del agua. No había allí nada insuperable, pues el
agua le llegaba a las pantorrillas y el batiente de la esclusa era bastante ancho,
aunque estaba verde de limo y era muy resbaladizo.
No tardó más de dos minutos en llegar al otro extremo. Se detuvo un
momento, y después subió por la escalerilla de servicio y se encontró en el
patio de atrás de la fábrica.
Había una salida de incendios en el primer piso. La puerta de arriba estaba
cerrada con una barra de hierro y un candado.

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Morgan sacó una palanqueta de acero del interior de su bota izquierda, la
insertó en el cierre del candado y la hizo girar con fuerza. El candado saltó
inmediatamente, y Morgan penetró en el interior.
A partir de aquí, desconocía el terreno. Ni siquiera sabía lo que iba a
hacer, pues ignoraba lo que encontraría.
Manejó con cuidado su linterna y advirtió que se hallaba en la sección de
embotellado. Se respiraba un fuerte olor a licores. Destapó un barrilito, de los
varios que había en el fondo del local, y lo olió. Alcohol industrial. Por lo
visto, Jago añadía algo más que agua al buen whisky escocés. Un veneno del
que se decía que podía producir ceguera en los consumidores.
Mirando hacia abajo desde una ventana, podía ver el patio principal.
Había una caseta junto a la puerta y, en ella, un guardián uniformado que leía
sentado en un sillón y con los pies apoyados encima de una mesa. Un gran
perro alsaciano dormía en el suelo, al lado del guarda.
Morgan bajó sin ruido por una escalera de madera y se encontró en un
espacioso garaje. Había allí dos camionetas y un camión de tres toneladas,
que contenían docenas de cajas de una prestigiosa marca de whisky
escocés…, o de algo parecido.
La puerta del garaje era grande y de doble hoja, sujeta por una barra de
hierro. Morgan atisbó por una ventana situada al lado de la puerta y vio que
una pequeña rampa conducía al patio inferior. Desde allí no podía ver al
guardián, pero sí la ventana iluminada de la caseta.
Después de pensar un rato, volvió a subir a la planta de embotellado,
destapó uno de los barrilitos de alcohol industrial y lo volcó de lado, de
manera que su contenido se esparciese por el suelo.
Bajó de nuevo, se introdujo en la cabina del camión, puso el cambio de
marchas en punto muerto y soltó el freno de mano. Después, quitó la barra de
la puerta y abrió ésta con muchísimo cuidado.
En la caseta, todo siguió en silencio. Morgan se colocó detrás del camión,
apoyó la espalda en él y empujó. El vehículo rodó despacio, hasta que las
ruedas delanteras llegaron a la rampa. Entonces adquirió velocidad con tanta
rapidez, que Morgan perdió el equilibrio y cayó al suelo.
Mientras se ponía en pie y subía corriendo la escalera, el camión cruzó el
patio, se estrelló contra la puerta de la entrada, arrancándola de sus goznes, y
fue a detenerse en medio de la calle.
Entretanto, Morgan estaba ya en el local de embotellado. Se detuvo para
encender una cerilla y arrojó ésta sobre el charco de alcohol industrial, el cual

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se inflamó inmediatamente, como una explosión de gas, empujándole hacia la
puerta de la salida de incendios.
Morgan se paró en mitad del batiente de la esclusa, miró hacia atrás y vio
el resplandor de las llamas en las ventanas del primer piso. Después siguió
vadeando la corriente, subió a la orilla y se alejó rápidamente por el laberinto
de callejas que conducían a Kings Road.
Jago estaba todavía en el club cuando le dieron la desagradable noticia.
—¿Qué diablos pasa? —preguntó—. ¿Es que alguien trata de meterse en
mis negocios?
—No lo sé, Harvey —contestó Arnold.
—El whisky del camión que encontraron en la calle, ¿de dónde procedía?
—Material de exportación con destino a Harwick Docks. Los muchachos
lo sustrajeron la otra noche en Croydon, delante de un café de camioneros.
—¡Jesús! —exclamó Harvey—. ¡Lo que me faltaba! Ahora los polis
meterán las narices en todas partes, y quizás algún imbécil dejó sus huellas
dactilares donde no debía.
—Pero no podrán llegar hasta ti, Harvey —le aseguró firmemente Arnold
—. El alquiler de la fábrica figura a nombre de un irlandés llamado Murphy.
—Entonces envíalo a la República en el primer avión, y aún puede ser
tarde.
—No te preocupes, Harvey, pues el hombre se encuentra ya allí. Es un
borracho de Dublín que no ha venido aquí desde hace años. Por eso le elegí.
Sonó el teléfono. Jago lo agarró y dijo:
—Sí, ¿qué pasa?
—¿Está ya dispuesto a hablar, Mr. Jago, o necesita otra demostración? —
preguntó Morgan.
—¡Bastardo!
—Eso ya lo sé, pero vayamos al asunto. La procedencia de los «Mauser».
Deme la información y le dejaré en paz.
Arnold escuchaba en el teléfono de encima de la mesa. Abrió la boca,
pero Jago le impuso silencio con un ademán.
—Está bien, amigo, usted gana. El tipo que cuida de esta rama de mis
negocios se llama Goldman. Hymie Goldman. Hablaré con él y le llamaré.
—¿Es una promesa?
Había cierta ironía en la voz de Morgan. Jago consultó su reloj.
—No más tarde de la una.
Colgó el aparato y se sirvió un whisky. Bebió despacio, reflexionando, sin
decir palabra, y Arnold gimió para sus adentros, porque no era la primera vez

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que veía esa expresión en el rostro de su hermano. Sabía lo que significaba.
—Bueno, Arnold, te diré lo que vas a hacer. Busca a Andy, Andy Ford.
Después, id los dos a Douro Street y secuestrad a esa pájara de Morgan. Nos
reuniremos en Wapping. —Miró su reloj—. Te doy una hora.
—Harvey, esto puede ser muy peligroso. ¿Por qué no le dices lo que
quiere saber? Así nos lo quitaríamos de encima.
—Porque puedo decir que he hablado con Hymie Goldman y que éste no
sabe nada.
—¡Oh, Dios mío! —exclamó Arnold.
—Pero esto no es todo. Quiero decir que lo que ha hecho en la fábrica de
licores ha estado muy mal, pero hay algo peor, Arnold. Me ha amenazado. ¡A
mí! Y esto no podemos soportarlo, ¿verdad? —Dio una palmada cariñosa en
la mejilla de su hermano—. Muévete, querido. El tiempo apremia.

Habían pasado unos cuarenta minutos cuando sonó el teléfono de Morgan.


—Bien, coronel, usted gana. Muelle de Farmer’s, Wapping. Verá un
almacén en el muelle con el rótulo de «Century Export Company». Estaré allí
dentro de media hora, con el tipo que hizo la transacción que le interesa.
—Muy amable —dijo Morgan—. ¿Cuánto me costará?
—Las otras mil que habíamos convenido. No tengo Por qué renunciar a
ellas —dijo Jago, fingiendo indignación—. Después, limítese a dejarme en
paz. No quiero líos con la Policía. Ésta cuesta tiempo y dinero, y yo soy, ante
todo, un capitalista.
Morgan colgó el teléfono, abrió el cajón derecho de su mesa y sacó de él
una «Walther PPK» y después un silenciador «Carswell», el cual ajustó al
cañón de la pistola, mientras silbaba entre dientes. Por último, sacó el
cargador de la culata, lo vació y lo llenó de nuevo cuidadosamente, sin darse
prisa.

El almacén era viejo, de gruesas paredes de piedra, y databa de los


gloriosos tiempos Victorianos en que la Marina mercante británica era dueña
del mundo.
El local estaba lleno de cajas de embalaje, y Jago estaba sentado en el
fondo de su «Rolls-Royce Silver Shadow», al lado de Kate Riley, bebiendo
coñac de su bar portátil.
—¿Seguro que no quieres un poco, cariño?
—¡Váyase al diablo! —exclamó ella.

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—No eres muy amable.
Arnold estaba junto a la puerta, y Ford, un escocés bajito, moderno y de
aspecto amenazador, con una chaqueta verde como las usadas por las fuerzas
norteamericanas en invierno, esperaba sentado sobre una caja, acariciando
una escopeta de cañones recortados.
—Oculta ese maldito trasto —le ordenó Harvey, arrojándole una esterilla
del coche y mirando su reloj—. No puede tardar en llegar.
Arriba, desde la pasarela de la salida de incendios, Morgan observaba la
escena, tomando nota de todos los detalles: Ford y la escopeta de cañones
recortados; Arnold, junto a la puerta; Jago, en el asiento de atrás del coche,
con Kate.
Sin hacer ruido, retrocedió, bajó por la escalera de escape exterior y corrió
hacia el final de la calle, donde había dejado el «Porsche». Desde luego,
habría jaleo. Pero estaba preparado. Sin embargo, lo que más le enfurecía
ahora era lo de Kate. Al empuñar el volante, le temblaron ligeramente las
manos.
Arnold dijo:
—Ahí viene; le oigo.
En efecto, se oyó el zumbido del motor del «Porsche» en el exterior,
seguido de un silencio al cerrarse el contacto. Se abrió la portezuela del
almacén y Morgan entró. Llevaba desabrochada su trinchera militar y metidas
las manos en los bolsillos.
Kate agarró el tirador de la portezuela del coche, abrió ésta, se apeó y
avanzó hacia Morgan tambaleándose.
—¡Es una trampa, Asa! —gritó—. Te estaban esperando.
Morgan le rodeó la cintura con un brazo. Harvey Jago se echó a reír y se
apeó del «Rolls», llevando el frasco de coñac en una mano y una copita de
plata en la otra.
—¡Qué exageración! —exclamó, alegremente—. Aquí todos somos
amigos, ¿no es cierto, coronel?
Morgan sonrió a Kate; la sonrisa más helada que ésta había visto en su
vida. Y Kate advirtió también, por primera vez, que él tenía también unas
motitas doradas en las pupilas.
—¿Te han hecho daño?
—No.
—Entonces, todo va bien.
La empujó, haciendo que se colocase detrás de él, y se dirigió a Jago.

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—Creo que su amigo olvidó amartillar la escopeta cuando la cubrió con la
esterilla.
—¡Andy! —gritó Jago.
Ford tiró la estera a un lado y buscó el percutor con el pulgar. Pero
Morgan había sacado ya la mano que empuñaba la «Walther». Ésta escupió
dos veces, y dos balas atravesaron el corazón de Ford, matándole
instantáneamente. La escopeta voló por el aire y el pequeño escocés cayó de
espaldas sobre la caja.
Kate lanzó un gemido y Morgan sintió que sus dedos se hincaban en su
hombro.
—Sal de aquí, muchacha —le dijo—. Espérame en el coche.
—Esto es demasiado, Asa…
—¡Vete al coche!
Kate salió, y la puerta se cerró sin ruido detrás de ella. Jago y su hermano
esperaban, junto al «Rolls».
—Díselo, Harvey. ¡Por el amor de Dios, dile la verdad!
—Está bien —dijo Jago—. He cometido un error. Pero no se puede culpar
a un hombre por probar. Quiero decir, que usted y yo somos lobos de la
misma carnada.
—Exacto.
Morgan apuntó con cuidado, disparó y arrancó parte de la oreja izquierda
de Jago.
Éste chilló, chocó de espaldas con el «Rolls», se llevó una mano al lado
de la cabeza que empezó a manar sangre entre sus dedos.
Arnold corrió hacia él y le agarró de las solapas.
—Díselo, Harvey, por lo que más quieras. Está loco. Nos liquidará a
todos.
—¡Está bien, está bien! —aceptó Jago, y su voz seguía siendo bronca, a
pesar del dolor—. Está bien, bastardo; se lo contaré. Himye Goldman
suministró aquellos dos «Mauser», entre otras cosas, a los Micks del UIster.
Después, hace un par de semana, estaba sentado aquí, comprobando algunas
mercancías. Lo que llamamos existencias especiales. Siempre lo hace los
miércoles por la noche. Lo único que sabe es que apareció de pronto un tipo
enmascarado, surgiendo de la sombra, el cual le dio un sobre con mil libras en
billetes usados y le pidió un arma corta con silenciador. Dijo que un amigo le
había recomendado.
—¿Y bien?

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—A Hymie, le quedaba uno de aquellos «Mauser» con silenciador. Se lo
dio, junto con un paquete de municiones, y el enmascarado se largó.
—Comprendo. —Morgan levantó la «Walther»—. Creo que ahora me
cargaré la oreja derecha.
—He dicho la verdad, ¡lo juro! —gritó Jago, y, por primera vez, había
verdadero pánico en su voz.
Morgan bajó la «Walther».
—Sí, por su tono creo que es verdad. —Miró a Ford, que yacía de
espaldas, con la boca abierta y una pierna encogida sobre la caja—. No sé lo
que harán con él, pero supongo que tienen sus medios.
Se dirigió a la puerta, y se disponía a salir cuando Jago le gritó:
—Me las pagará, Morgan. Me lo cargaré por esto.
Morgan se volvió.
—No —dijo, suavemente—. No creo que lo haga. Creo que, si lo piensa
con calma, Mr. Jago, descubrirá que lo mejor que puede hacer es considerarlo
una experiencia y olvidarlo.
La puerta se cerró a su espalda. Los otros oyeron que el motor se ponía en
marcha y el «Porsche» se alejaba.
Jago tenía un lado de la cabeza, la mano y el hombro, llenos de sangre;
pero conservaba el dominio de sí mismo.
—¡Harvey! —exclamó Arnold, temblando de espanto.
—No pasa nada. Llama por teléfono al doctor Jordán. Dile que he sufrido
un accidente. Nos reuniremos con él en la clínica particular de Bailey Street.
Arnold miró a Andy Ford.
—¿Y ése?
—Un pequeño escocés borracho que habrá desaparecido. Llama a Sam al
club. Dile que venga aquí enseguida con el equipo de rescate. Quiero que esto
esté limpio por la mañana. Pueden arrojarlo en la nueva obra de Hendon.
Cada noche se echan quinientas toneladas de hormigón en sus cimientos.
Ventajas del progreso. Ahora, ayúdame a subir al coche. Tú conducirás.
Arnold hizo lo que decía su hermano.
—Lo siento, Harvey —dijo, a punto de llorar.
—No te preocupes, Arnold. Ese bastardo tenía razón. Considerémoslo una
experiencia y olvidémoslo.
Dio una palmada en la mejilla de su hermano y se desmayó.

Cuando llegaron a Douro Street, Morgan paró el motor y se volvió hacia


Kate.

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—Siento lo ocurrido.
—No, no lo sientes —dijo ella—. Actúas por un impulso irresistible, Asa;
ahora lo comprendo. Harías cualquier cosa por alcanzar tu mítico objetivo.
Caiga quien caiga, como yo estuve hoy a punto de caer. ¿Y para qué? ¿Has
avanzado algo?
—No.
—Ya tengo bastante. Eres demasiado para mí. Voy a hacer mis bártulos y
volveré a Cambridge…, esta misma noche.
—Si te inquieta lo que ha pasado allí, no te preocupes. Lo último que
quiere Jago es que la Policía meta las narices en sus asuntos.
—¿Quieres decir que no tendrá dificultades en desprenderse del cadáver?
Por el amor de Dios, Asa, ¿es que con esto queda todo arreglado?
Se apeó del coche y cerró de golpe la portezuela. Él se quedó detrás del
volante y apretó el botón que bajaba automáticamente y sin ruido el cristal de
la ventanilla.
—Lo siento, chica —dijo—. No tengo alternativa.
Puso el motor en marcha y arrancó. Ella permaneció un rato inmóvil,
escuchando cómo se extinguía el zumbido del «Porsche», y después, poco a
poco, fatigosamente, subió la escalera, sacó la llave y abrió la puerta.

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12

Llovía copiosamente, bajo las primeras y grises luces de la aurora, cuando


Seumas Keegan subió por el sendero que conducía a la puerta de atrás de la
casita de campo situada a dos millas de Ballymena, en la carretera de Antrim.
Estaba terriblemente cansado y el brazo derecho le dolía horrores, a pesar del
cabestrillo que le había colocado el médico.
Tim Pat Keogh le había visto acercarse, desde detrás de la cortina de la
cocina. Tully estaba sentado a la mesa, junto al hogar, comiendo huevos con
tocino.
Tim Pat empuñaba una metralleta «Sterling».
—Es Keegan —indicó—, y su aspecto no me gusta nada. ¿Acabo con él?
—Todavía no —dijo Tully—. Sepamos lo que quiere.
Tim Pat abrió la puerta. Seumas Keegan apareció ante él, pálido y
macilento el rostro bajo la gorra de tweed, con su trinchera empapada por la
lluvia.
—¡Jesús! Pareces un cadáver ambulante —dijo Tim Pat.
—¿Puedo ver a Mr. Tully? —preguntó Seumas.
Tim Pat le hizo entrar en la cocina y le cacheó con mano experta.
Encontró un «Colt» en el bolsillo izquierdo de la trinchera y lo dejó sobre la
mesa.
Tully siguió comiendo, mirando al muchacho al mismo tiempo.
—¿Qué quieres?
—Usted dijo que siempre tenía un sitio para un hombre de verdad, Mr.
Tully.
Tully se sirvió otra taza de té.
—¿Qué le pasa a tu brazo?
Seumas miró el cabestrillo.
—Me lo rompí, Mr. Tully.
—Aquí está el detalle —dijo Tully—. O’Hagan juraba que, con una
pistola en la diestra, eras el mejor tirador del mundo. Pero que, con la
izquierda, no le darías a un burro a tres pasos.

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—Si me da usted una oportunidad, Mr. Tully, dentro de uno o dos meses
estaré como nuevo.
Ahora había desesperación en el rostro macilento del chico. Tully se
hurgó los dientes con una cerilla.
—No lo creo, Seumas. Si he de serte sincero, creo que necesitas un largo
descanso. ¿No piensas lo mismo, Tim Pat?
—Ciertamente, Mr. Tully.
Tim Pat sonrió y amartilló la «Sterling».
Seumas tenía los hombros encorvados y agachó un momento la cabeza;
pero cuando la levantó estaba sonriendo.
—En realidad, esperaba que dijese eso, Mr. Tully.
Disparó dos veces la «Luger» que tenía oculta en el cabestrillo, dándole a
Tim Pat en el corazón y matándolo en el acto.
Mientras el cuerpo del hombrón se estrellaba contra el aparador y la
vajilla se hacía añicos, Tully abrió frenéticamente el cajón de la mesa,
buscando la pistola que estaba dentro de él. El tercer disparo de Keegan le
alcanzó en el hombro izquierdo y le hizo dar media vuelta y caer de la silla.
Quedó un momento agazapado, chillando de dolor, y trató de levantarse.
Keegan volvió a disparar, y la bala se estrelló en la base del cráneo de Tully,
lanzándole sobre los leños ardientes del hogar.
Surgió una súbita llamarada, al inflamarse la chaqueta del hombre.
Seumas se quedó un momento mirándole y, después, dio media vuelta y salió.

Morgan se había acostado, pero no había podido dormir tranquilo. Poco


después de las seis, se levantó y entró en la cocina. Estaba haciendo café
cuando sonó el teléfono. Por el tono comprendió que le llamaban desde una
cabina pública. Oyó el chasquido de las monedas y el acento inconfundible
del Ulster.
—¿Es usted, coronel? Soy Keegan, Seumas Keegan.
—¿Dónde estás?
—No lejos de Ballymena. Pensé que le gustaría saber que acabo de
librarme de Tully y de Tim Pat Keogh.
—¿Para siempre?
—Como si hubiesen cerrado ya la tapa de su ataúd.
Hubo una pausa. Morgan dijo:
—Y ahora, ¿qué?
—Iré al Sur, a descansar.
—¿Y después?

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—¿Qué piensa usted, coronel? Se entra una vez, y ya no se sale. Así lo
decimos en el IRA. Usted es un buen hombre, pero se equivocó de bando.
—Procuraré recordarlo la próxima vez que nos veamos.
—Espero, por el bien de los dos, que esto no ocurra nunca.
El teléfono enmudeció. Morgan permaneció un momento inmóvil y,
después, colgó el aparato.
—Todo por la República, Seumas Keegan —murmuró, y volvió a la
cocina.

Se sentó junto a la ventana, bebiendo su café, fatigado y deprimido, pero


no por haber matado a un hombre. Su experiencia de muchos años le había
curtido demasiado. Y no sentía el menor remordimiento. A fin de cuentas,
Ford era un asesino profesional.
—Y también lo eres tú, hijo mío —se dijo Morgan, en voz baja y en galés
—. O, por lo menos, esto es lo que dirían muchos.
Entonces pensó en Kate Riley y en lo que le había dicho. Tenía razón. No
había avanzado un paso. Sólo había tenido dos pistas posibles: Lieselott
Hoffmann y los «Mauser». Y ambas le habían llevado a callejones sin salida.
Después de esto, ¿qué le quedaba? Los periódicos, las revistas que tenía
sobre la mesa, con sendos relatos diferentes sobre el atentado contra Cohén.
¿Cuántas veces los había repasado? Cogió el Telegraph y, una vez más,
releyó el artículo que le interesaba.
Cuando hubo terminado, se sirvió otro café y se retrepó en su sillón.
Desde luego, lo único que faltaba era la muerte de Megan en el túnel, porque
no se había permitido a la Prensa relacionar ambos sucesos.
Aquella muerte se mencionaba en lugar completamente separado, como
un vulgar accidente de circulación en el que el conductor de un coche robado
había atropellado a una colegiala, dándose a la fuga y abandonando después el
vehículo en Craven Hill Gardens, Bayswater.
Sin sentir ninguna emoción particular, advirtió que, por alguna razón, no
había visitado el lugar donde el Cretense había abandonado el coche. Y es
que nada podía haber allí digno de verse. Sin embargo, ¿qué perdería con
hacerlo hoy, a las seis de una húmeda y gris mañana londinense, cuando
parecía que todo absolutamente había terminado para él?

Aparcó el «Porsche» en Craven Hill Gardens y permaneció sentado en su


interior, con la guía de Londres sobre las rodillas, abierta en la página que le

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interesaba, resiguiendo el trayecto que debió de recorrer el Cretense aquella
noche e imaginando su pánico cuando las cosas empezaron a tomar un mal
cariz. ¿Y qué habría hecho después de abandonar el automóvil?
Morgan se apeó y echó a andar por la calzada, siguiendo la dirección que
le pareció más natural. Torció por Leinster Terrace y vio que, sólo a pocos
metros, estaba la activa carretera de Bayswate, con los Kensington Gardens al
otro lado.
—Allí es donde yo habría ido si hubiese estado en tu lugar, muchacho —
dijo Morgan, en voz alta—. Habría cruzado la carretera, me habría sumergido
en la oscuridad del parque y habría corrido como un diablo hasta salir por el
otro lado.
Cuando hubo cruzado la carretera, se dirigió automáticamente a la entrada
más próxima y siguió por el paseo, dejando Round Pond a su derecha. A
pesar de lo temprano de la hora, había alguien por allí: algún corredor
profesional, en traje deportivo, o algún madrugador que ejercitaba a su perro.
Salió por Queens Gate, frente al «Albert Hall». A partir de allí, todo era
posible. El Metro parecía el refugio más lógico. Una vez tomado un tren, las
posibilidades eran infinitas.
Cruzó Kensington Gardens en sentido contrario, hasta el punto en que
Leinster Terrace confluía con Bayswater Road, y se detuvo, irritado y
desolado, pero incapaz de renunciar a su empeño.
—Tuviste que ir a alguna parte, bastardo —dijo, en voz baja—. Pero
¿adónde?
Cruzó la carretera y echó a andar en dirección a Queensway. Era inútil,
pensó, deteniéndose fatigosamente ante el restaurante italiano de la esquina y
encendiendo un cigarrillo.
Había varios carteles fijados en la pared, junto a la ventana mayor del
restaurante. Y lo que primero atrajo su atención fue una cara hermosa y
pálida, de ojos negros, y el nombre de Mikali en grandes caracteres negros.
Se disponía a seguir su camino, cuando una coincidencia le hizo volver
atrás para leer el cartel, recordando que, según los papeles que le había
mostrado Baker, Mikali era una de las celebridades presentes en el hotel de
Cannes durante el Festival de Cine, cuando el Cretense había matado al
director italiano por cuenta de la Brigada Negra.
Entonces vio la fecha y la hora en el cartel. Viernes, 21 de julio de 1972, a
las ocho de la tarde.

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No era posible; era completamente absurdo. Y, sin embargo, dio media
vuelta y volvió a toda prisa a Leinster Terrace. Permaneció un momento
inmóvil, imaginándose a el Cretense cuando abandonó el coche y llegó hasta
aquí.
A lo lejos podía ver la cúpula del «Albert Hall» por encima de los árboles.
Cruzó rápidamente la carretera y se introdujo en el parque.

Bajó los peldaños del Albert Memorial, cruzó Kensington Dore,


esquivando el tráfico mañanero, y se detuvo ante la entrada principal del
«Albert Hall». Había varios carteles en los tableros de anuncios,
correspondientes a varios conciertos y sus programas. Daniel Barenboim,
Previn, Moura Lympany y John Mikali. La Filarmónica de Viena y John
Mikali habían tocado el Segundo Concierto para Piano de Rachmaninov, el
viernes, 21 de julio de 1972, a las ocho de la tarde.
Se volvió y se alejó rápidamente.

Era una tontería, y, sin embargo, cuando volvió a su piso, empezó a


repasar de nuevo todos aquellos papeles. El atentado contra Cohén y la
muerte de Megan se relataban en páginas diferentes del Daily Telegraph del
sábado, 22.
Buscó la página musical. Allí había un largo artículo del crítico del
periódico sobre el concierto de la víspera y, a su lado, una fotografía del
pianista.
Morgan estudió ésta durante un largo rato. El rostro grave y bello, los
cabellos negros, y los ojos. Desde luego, era una estupidez, pero sacó el
Who’s Who de su biblioteca y buscó el nombre de Mikali. Y entonces, un par
de frases parecieron destacarse de las demás. Se referían al servicio prestado
por Mikali en la Legión Extranjera francesa, como paracaidista en Argel, y, a
partir de aquel momento, la cosa no le pareció tan estúpida.

Acababan de dar las nueve cuando Betty Midler, secretaria de Bruno


Fischer, abrió la puerta de su oficina en Golden Square y entró. Apenas había
tenido tiempo de quitarse el abrigo cuando sonó el teléfono.
—Buenos días —saludó—. Aquí, la agencia «Fischer».
—¿Está Mr. Fischer? —dijo una voz de hombre, con marcado acento
galés.
Ella se sentó en el borde de la mesa.

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—Mr. Fischer no suele llegar antes de las once.
—Tengo entendido que representa a John Mikali, ¿no?
—Sí.
—Me llamo Lewis —dijo Asa Morgan—. Soy posgraduado de la Escuela
Real de Música y estoy haciendo una tesis sobre los pianistas
contemporáneos. Pensé que quizá Mr. Mikali podría concederme una
entrevista.
—Temo que no —dijo ella—. Acaba de dar un concierto en Helsinki y se
ha ido de vacaciones a Grecia. Tiene una villa en Hydra.
—¿Y cuándo cree usted que volverá?
—Tiene un concierto en Viena dentro de diez días, pero probablemente
irá directamente desde Atenas. En realidad, no puedo decir cuándo estará de
regreso en Londres, ni garantizarle que pueda verle entonces.
—Lo siento —dijo Morgan—. Confiaba en poder preguntarle sobre las
ciudades donde prefiere tocar. Las que más le gustan, y por qué.
—París —respondió ella—. Yo diría que toca en París y en Londres más
que en cualquier otra ciudad.
—¿Y Francfort? —preguntó Morgan—. ¿Ha tocado alguna vez allí?
—Sí, lo recuerdo muy bien.
—¿Por qué dice eso?
—Porque dio un concierto en la Universidad de Francfort el año pasado,
cuando fue asesinado aquel ministro de Alemania del Este.
—Gracias —dijo Morgan—. Su información me ha sido muy útil.

Se quedó sentado junto al teléfono, reflexionando. Tenía que haber algún


error. Era demasiado sencillo. Y entonces sonó el teléfono.
Kate Riley dijo:
—Perdóname, Asa. Estaba tan trastornada por lo ocurrido…
—¿Dónde estás?
—En New Hall. He vuelto a Cambridge.
—Esta mañana me ha ocurrido algo muy extraño —dijo él—. Fui a la
calle donde el Cretense abandonó el automóvil aquella noche, y seguí a pie
desde allí, como debió de hacerlo él.
—Una mera suposición, desde luego.
—Pero que me llevó a través de Kensington Gardens hasta el «Albert
Hall». Allí vi un cartel. Uno entre muchos, pero más interesante que los
demás. Correspondía a un concierto celebrado a las ocho de la tarde, en que
murió Megan.

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—¿Un concierto? —inquirió ella, sintiendo un súbito escalofrío y que se
aceleraba su respiración.
—John Mikali tocaba el Segundo concierto para piano de Rachmaninov,
y su nombre me hizo recordar algo. Un director de cine italiano fue asesinado
durante el Festival de Cannes de 1971 en su hotel por el Cretense, y éste se
desvaneció como por ensalmo, a pesar de los guardias de seguridad franceses.
En aquel momento, Mikali era una de las celebridades que se alojaban en el
hotel.
—¿Y bien?
—El año pasado, cuando aquel ministro de Alemania del Este fue muerto
en Francfort, ¿sabes quién daba un concierto en la Universidad?
Ella respiró profundamente.
—Eso es una tontería, Asa. John Mikali es uno de los más grandes
pianistas del mundo. Una celebridad mundial.
—Que, siendo muchacho, sirvió dos años en la Legión Extranjera —dijo
Morgan—. Estoy de acuerdo en que no parece muy probable, pero vale la
pena seguir el hilo.
—¿Has comunicado tus sospechas al superintendente jefe Baker?
—¡Ni por asomo! Eso es cosa mía, y de nadie más. Voy a hacer algunas
comprobaciones. Te tendré al corriente.
Cuando él hubo colgado el teléfono, Kate cogió su libreta de direcciones y
encontró rápidamente el número de Bruno Fischer.
Éste le contestó con una voz que parecía indicar que aún estaba en la
cama.
—Bruno, soy Katherine Riley.
—¿Y qué se te ofrece a una hora tan temprana?
—¿Cuándo vuelve John de Helsinki?
—De momento, no vuelve. Decidió que necesitaba un descanso. Voló
directamente a Atenas y siguió hasta Hydra. Le encontrarás allí, si quieres
hablar con él. Tienes su número, ¿no? Lo único bueno de aquel bárbaro lugar
es que tiene teléfono.
Ella colgó y buscó en otra página. Hydra tenía otra ventaja: se podía
establecer comunicación telefónica automáticamente. Kate marcó la larga
serie de números. Tuvo que hacer tres intentos para lograr la comunicación.
—¿Eres tú, John?
—¡Katherine! ¿Dónde estás?
Parecía complacido.

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—En Cambridge. Creo que podré ausentarme de aquí por unos días.
¿Puedo ir ahí?
—¡Claro que puedes! ¿Cuándo llegarás?
Ella miró su reloj.
—Todavía tengo que arreglar algunas cosas, pero podría tomar el avión
por la tarde. Y si no, el de la noche. Esto quiere decir que no podré llegar a la
isla antes de mañana por la mañana.
—Haré que Constantino te espere en el muelle.
Después de colgar el aparato, siguió sentada un largo rato, sin moverse.
¡Absurdo! Era completamente absurdo, y, en aquel momento, sintió que
odiaba a Asa Morgan de todo corazón.

Morgan esperó junto al mostrador del departamento de información del


Telegraph, en Fleet Street. La simpática señorita a quien había hecho su
petición cinco minutos antes volvió con un voluminoso legajo.
—Mikali, John —dijo—. No falta material sobre él.
Era verdad. Morgan llevó el legajo a una de las mesas y empezó a
hojearlo. Desde luego, había lagunas. Los recortes eran principalmente de
periódicos ingleses y norteamericanos, pero había también algunos franceses.
La crítica de un concierto coincidía con la fecha del asesinato de Vassilikos;
otra, con la del ruso en Toronto.
Por último, había un artículo de Paris Match que Morgan leyó despacio.
Su francés no era más que regular, pero consiguió captar lo sustancial. Era un
relato de los tiempos de Mikali en la Legión, y contenía una descripción muy
gráfica del incidente de Kasfa.
Entonces volvió la página y vio las fotos. Una de ellas era de Mikali con
boina de paracaidista y guerrera de campaña, sosteniendo un fusil
ametrallador con negligente naturalidad. La otra, un primer plano en el que
aparecía con el quepis blanco de reglamento del legionario cabal.
Morgan observó la dureza de aquel rostro joven, los cabellos cortos, los
ojos negros, la boca. Cerró el legajo. Era suficiente. Había descubierto a el
Cretense.

Acababa de dar la una cuando Baker llamó a la puerta de Ferguson y Kim


le hizo pasar. El brigadier estaba despachando un almuerzo de bocadillos
delante del fuego. Al mismo tiempo, leía The Times.
—¡Parece usted agitado, superintendente!

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—Asa ha salido para Atenas en el avión de las once. La Rama Especial no
tenía autoridad para detenerle en Heathrow, pero la noticia llegó hasta
nosotros.
—Y, naturalmente, cuando llegó, él se había marchado ya. Supongo que
sería un avión de la «British Airways», ¿no?
—De «Olympic».
—Muy poco patriótico por su parte.
—Hemos preguntado a esa compañía. Parece que encargó el pasaje por
teléfono y que llegó casi con el tiempo justo para recoger su billete. Sólo
llevaba equipaje de mano.
—Grecia —dijo Ferguson— y el Cretense. Realmente, parece una
coincidencia, ¿verdad? No me gusta.
—¿Quiere usted que avise a la Rama Especial griega en Atenas, para que
le detengan?
—De ninguna manera.
—Muy bien, señor, ¿tenemos algún hombre de DI5 en nuestra Embajada
allí?
—Así es. Un tal capitán Rourke, ayudante de la oficina de agregados
militares.
—Tal vez podría seguir a Morgan cuando éste llegase allí.
—No es mala idea, superintendente; pero se da la desgraciada
circunstancia de que, según observó usted mismo, nadie puede seguir a Asa
Morgan sin que éste se dé cuenta. De todos modos, si quiere llamar a Rourke,
puede hacerlo. El teléfono rojo suele ser el más rápido y eficaz.
Volvió a The Times. Baker se acercó a la mesa, descolgó el teléfono rojo y
pidió comunicación urgente con la Embajada británica en Atenas.

El capitán Charles Rourke estaba apoyado en una columna, leyendo un


periódico, cuando Morgan salió del puesto de Inmigración y Aduana. El
capitán llevaba un arrugado traje blanco, como los que suelen usar muchos
griegos en los calurosos meses del verano, y con el que pensaba que podría
pasar inadvertido entre la multitud.
Generalmente, los soldados vestidos de paisano se reconocen los unos a
los otros. Pero en esta ocasión la tarea de Morgan se vio facilitada por el
hecho de que tenía una memoria enciclopédica para las caras, y recordó la de
Rourke como perteneciente a un joven de la primera fila de un grupo de
estudiantes de métodos y tecnología de la guerra urbana de guerrillas a los
que había dado varias conferencias en Sandhurst, en 1969.

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«Ferguson se muestra precavido», pensó. Pero ¿qué importaba esto? Se
dirigió al mostrador de cambio de moneda, entregó doscientas libras
esterlinas, recibió la cantidad equivalente de dracmas, salió al exterior y tomó
un taxi.
Hacía pocos años que había visitado Atenas, en ocasión de una
conferencia de la OTAN. Recordó el hotel en que se había alojado aquella
vez. Por lo que recordaba, era sumamente adecuado para su propósito.
—¿Conoce el «Green Park Hotel», de la calle Kristou? —preguntó al
chófer.
—Desde luego —asintió éste, y arrancó.
Detrás de ellos, Charley Rourke subió a un «Mercedes» negro y dio una
palmada en el hombro del conductor.
—Ese taxi de ahí delante. El «Peugeot» verde. Sígale.
Ahora recordaba a Morgan y aquel cursillo en la Academia. Era bastante
gracioso que se hubiesen invertido los papeles. Se retrepó en su asiento,
sonriendo, y encendió un cigarrillo.

Morgan comprobó su reloj. Había tenido que adelantarlo dos horas, lo


cual quería decir que eran las cinco menos cuarto, hora de Atenas.
—¿Tendría tiempo de tomar el hidroala de Hydra esta tarde?
—Desde luego —dijo el conductor—. Con el horario de verano, salen más
tarde. El último con dirección a Hydra sale del Pireo a las seis y media.
—¿Cuánto dura la travesía?
—Llega allí a las ocho. Una bonita excursión. Hay muchas cosas que ver.
Y, en esta época del año, no se hace de noche hasta las nueve y media. —
Miró por encima del hombro—. ¿Quiere que le lleve al Pireo?
Morgan, sabedor de que el «Mercedes» le seguía, meneó la cabeza.
—No; lo haré mañana. Lléveme al hotel.
—Oiga, para ser inglés, habla usted muy bien el griego.
No le pareció correcto mencionar que lo había aprendido durante tres
duros años de lucha contra los terroristas de la EOKA en Chipre.
—Trabajé unos cuantos años en Nicosia —explicó—, para una Compañía
inglesa de vinos.
El chófer asintió concienzudamente con la cabeza.
—Ahora, las cosas están mejor que entonces. Creo que Makarios sabe lo
que se hace.
—Esperemos que sea así.

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No podía perder tiempo. Así lo comprendió mientras pagaba al chófer
delante del «Green Park Hotel» y veía que el «Mercedes» negro pasaba junto
al taxi y se detenía a pocos metros de distancia, arrimándose al bordillo. Al
subir Morgan la escalinata y entrar en el hotel por la puerta giratoria, Rourke
se apeó del coche y le siguió.
Una vez en el interior, Morgan no se dirigió al mostrador de recepción,
sino que subió al entresuelo. Rourke se detuvo un momento, fingiendo
examinar los cambios de divisas en un cartel que había en el vestíbulo, y sólo
siguió a Morgan cuando éste hubo doblado la esquina del primer rellano.
Ya en el entresuelo, Morgan, que sabía perfectamente adónde iba, pasó
rápidamente ante la tienda de souvenirs y bajó por la estrecha escalera de
atrás que conducía al restaurante permanente de la planta baja. Pasó entre las
mesas y salió por la puerta lateral del hotel, mientras Rourke, todavía en el
entresuelo, vacilaba sobre la dirección que había de tomar.
Se acercó a la joven dependienta de la tienda de souvenirs.
—Un amigo mío acaba de subir aquí. Lleva impermeable y una bolsa de
mano de cuero castaño. Creo que le he perdido.
—¡Oh! Sí, señor. Ha ido al restaurante por aquella escalera.
Rourke, presa de un súbito mal presentimiento, bajó los peldaños de dos
en dos. Pero Asa Morgan había salido ya y estaba cruzando el parque del otro
lado de la plaza.
Salió de él, según esperaba, junto a una parada de taxis, y subió al primero
de la fila.
—Al Pireo —indicó al conductor—. Tengo que tomar el Delfín Volador
de las seis y media para Hydra.
—Ha calculado demasiado justo, señor —dijo el taxista—. No creo que
lleguemos a tiempo.
—Con quinientas dracmas —replicó Morgan—, me parece que podrá
conseguirlo.
Y se arrellanó en su asiento, mientras el chófer sonreía, ponía el motor en
marcha y salía disparado entre el intenso tráfico.

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13

En Heathrow, el reloj marcaba exactamente las tres y media cuando Katherine


Riley llegó corriendo a la oficina de «British Airways», seguida de un mozo
con su equipaje.
El joven empleado examinó su billete.
—Lo siento, señora, pero ya están subiendo a bordo. Demasiado tarde
para que pueda hacerla pasar. ¿Quiere que vea si puedo colocarla en el avión
de las siete?
—Sí —dijo ella—. Se lo suplico. He de estar en Atenas esta noche.
El hombre hizo la comprobación.
—Sí, podemos complacerla. Aunque temo que llegará bastante tarde. A
las doce y media, según la hora de Grecia.
—No importa —dijo ella—. Voy a ir a las islas. Esto quiere decir que
mañana tendré que levantarme temprano.
—Muy bien, señora. Y ahora, si quiere entregarme su equipaje, lo
facturaré.

Esta vez fue Ferguson quien telefoneó a Baker para darle la mala noticia
de lo ocurrido en Atenas.
—Acaba de llamarme Rourke. Asa le dio esquinazo y, según parece, con
bastante facilidad.
—¡Jesús! —exclamó Baker, incapaz por una vez de contenerse—. ¿De
dónde diablos sacan a esos idiotas?
—Nos los envía el Todopoderoso, superintendente. ¿Quiénes somos
nosotros, pobres mortales, para criticar sus designios?
—Bueno, ¿qué hacemos ahora, señor?
—Como Mr. Micawber, quedarnos sentados y a ver lo que pasa —dijo
Ferguson, y colgó el teléfono.

Página 149
Morgan llegó al muelle del hidroala, en el Pireo, con diez minutos de
sobra. No había mucha gente; pagó su billete a bordo y encontró un asiento
junto a una ventanilla.
El mar estaba en calma aquella tarde, y el Delfín Volador podía navegar a
toda velocidad, deslizándose a buena altura sobre sus patas, que parecían
zancos. Y el panorama era bastante espectacular. Salamina, en las aguas
azules del golfo Sarónico; la gran mole de la isla de Egina, y Poros,
resplandeciendo con brillantes colores a la luz de la tarde.
Nada de esto significaba gran cosa para Morgan, ni siquiera cuando salió
a cubierta y se apoyó en la barandilla mirando al espacio y pensando
solamente en una cosa: John Mikali. ¿Qué haría cuando se encontrasen? No
iba armado. No podía exponerse a que el servicio de seguridad de los
aeropuertos descubriese un arma en su poder. Naturalmente, podría emplear
las manos. No sería la primera vez. Las contempló y vio que temblaban
ligeramente.
Por fin, allí estaba Hydra, yerma y austera a la luz del crepúsculo, como
un gran basilisco de piedra, curiosamente inquietante hasta que el Delfín
Volador entró en el puerto y se reveló todo el encanto del pueblo de Hydra.
Las casas se levantaban en hileras en un fondo de colinas, y se llegaba a
ellas por una red de serpenteantes callejones empedrados. Empezaba la
agitación nocturna, y alegres grupos entraban en las tabernas.
Morgan se sentó a una mesa al aire libre, cerca del monasterio de la
Dormición, en el barrio marítimo. El camarero hablaba inglés, por lo que
Morgan se reservó su griego y pidió una cerveza.
—¿Es usted norteamericano? —le preguntó el camarero.
—No; soy galés.
—Nunca he estado en Gales. En Londres, sí. Trabajé un año en un
restaurante de King’s Road, en Chelsea.
—Y ya tuvo bastante, ¿no?
—Demasiado frío —dijo, sonriendo, el camarero—. Aquí se está muy
bien. Es bonito y templado. —Se besó las puntas de los dedos—. Muchas
chicas. Muchísimos turistas. Viene a pasar unas vacaciones, ¿eh?
—No —respondió Morgan—. Soy periodista. Deseo celebrar una
entrevista con John Mikali, el pianista. Tengo entendido que posee una villa
aquí.
—Sí; en la costa, más allá de Molos.
—¿Cómo se va allí? —preguntó Morgan—. ¿Hay algún autobús?
El camarero sonrió.

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—No hay coches ni camiones en Hydra. Está prohibido por la ley. Sólo se
puede ir allá en mulo o a pie. Un mulo es lo mejor. El interior de la isla es
agreste, montañoso, y sus habitantes viven aún como en los viejos tiempos.
—¿Y Mikali?
—Su villa está, a unos siete kilómetros de aquí, sobre un promontorio
donde abundan los pinos, frente a Dokos. Un lugar muy hermoso. Él emplea
una canoa a motor para transportar sus comestibles y todo lo demás.
—¿Puedo alquilar una barca para ir allí?
El camarero meneó la cabeza.
—No, si él no le ha invitado.
Morgan adoptó una expresión desolada.
—Entonces, ¿qué puedo hacer? Sería terrible haber hecho un viaje tan
largo para nada. —Sacó un billete de cien dracmas del bolsillo y lo dejó
cuidadosamente sobre la mesa—. Si usted pudiese ayudarme de algún modo,
se lo agradecería mucho.
El camarero cogió tranquilamente el billete y lo metió en el bolsillo de
arriba de su chaqueta.
—Mire, haré algo por usted. Le llamaré por teléfono. Si quiere o no quiere
verle, dependerá de él. ¿De acuerdo?
—Muy bien.
—¿Cómo se llama usted?
—Lewis.
—Bien. Espere aquí. Volveré dentro de dos minutos.
El camarero entró en la taberna, buscó en una pequeña guía telefónica,
descolgó el teléfono de pared y marcó un número. Mikali en persona le
respondió.
—Hola, Mr. Mikali. Soy Andrés, el camarero de «Niko’s» —dijo, en
griego.
—¿Qué deseas?
—Un hombre que acaba de llegar de Atenas me ha preguntado cómo
puede ir a su casa de usted. Es periodista. Dice que desea hacerle una
entrevista.
—¿Es norteamericano?
—No, me ha dicho que es galés. Se llama Lewis.
—¿Galés? —Mikali dio a su voz un tono ligeramente divertido—. Desde
luego, eso cambia la cuestión. Estoy de buen humor y le recibiré, Andrew;
pero sólo le concedo una hora, ni un minuto más. Enviaré a Constantino a
buscarle. Muéstrale la canoa cuando llegue.

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—Está bien, señor Mikali.
El camarero volvió junto a Morgan.
—Ha tenido usted suerte. Dice que le recibirá, pero sólo por una hora. Su
barquero, el viejo Constantino, vendrá a buscarle. Cuando llegue, le avisaré.
—Eso es fantástico —dijo Morgan—. ¿Cuánto va a tardar?
—Lo suficiente para que pueda usted comer algo. —El camarero le hizo
un guiño—. Le recomiendo el pescado. Acabado de pescar.

Morgan comió bien, principalmente para pasar el rato, aunque no tardó en


descubrir que disfrutaba con aquella comida. Precisamente cuando hubo
terminado, el camarero le tocó en un hombro y le señaló una canoa blanca, a
motor, que doblaba la punta del puerto.
—Venga conmigo —dijo el camarero—. Le acompañaré hasta abajo y le
presentaré.
La canoa chocó de lado contra la pared del muelle, y un chiquillo de once
años saltó a tierra, con una cuerda. Llevaba jeans y un jersey remendado. El
camarero le revolvió los cabellos y el chico sonrió, satisfecho.
—Éste es Nicky, el nieto de Constantino, y ése es el propio Constantino.
Constantino Melos era un hombre bajo y vigoroso, y su cara tostada tenía
el color de la caoba, fruto de toda una vida pasada en el mar. Llevaba gorro de
marinero, camisa a cuadros, pantalones remendados y botas de marinero.
—No se deje engañar por las apariencias —murmuró el camarero al oído
de Morgan—. El viejo bastardo tiene dos buenas casas en el pueblo. —
Levantó la voz—. Éste es Mr. Lewis.
Constantino no sonrió siquiera. Dijo, en defectuoso inglés:
—Nos vamos, señor.
Dio media vuelta y se dirigió al timón.
—Probablemente piensa que le pillará el diablo si tiene que navegar de
noche —dijo el camarero—. Todos esos viejos son iguales. La mitad de las
mujeres se imaginan que son brujas. Hasta la vista, Mr. Lewis.
Morgan subió a bordo; el chico saltó detrás de él, recogió la cuerda, y la
canoa salió del puerto, dejando atrás él un día poderoso fuerte, con sus
cañones venecianos apuntando al mar como si todavía esperasen la llegada de
los turcos.

Era un hermoso atardecer, aunque la costa del Peloponeso, a unas cuatro


millas de distancia, empezaba ya a desvanecerse en un crepúsculo purpúreo,

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mientras en Hydra brillaban ya las luces en las ventanas. La lancha cobró
nuevo impulso al acelerar Constantino el motor, y Morgan se dirigió a la
caseta del timón y ofreció un cigarrillo al viejo.
—¿Cuánto se tarda?
—Quince o veinte minutos.
Morgan contempló el mar, negro como la tinta al hundirse el sol detrás de
la mole de Dokos, en el lejano horizonte.
—Es hermoso —comentó.
El viejo no se molestó en responder, y, al cabo de un rato, Morgan volvió
a la cabina, donde encontró al chico sentado a la mesa, leyendo un periódico
deportivo. Morgan miró por encima del hombro del muchacho. En primera
página había una fotografía del famoso equipo de fútbol de Liverpool.
—¿Te gusta el fútbol? —le preguntó Morgan.
El chico sonrió contento y señaló la foto.
—Liverpool…, ¿gustar a usted?
Su inglés era, por lo visto, muy limitado.
—Bueno, yo prefiero pasar la tarde en el Arms Park de Cardiff; pero, sí,
tengo que confesar que Liverpool tiene cosas buenas.
El chico sonrió de nuevo. Después se dirigió a un armario, lo abrió y sacó
una cámara «Polaroid» muy cara. Enfocó a Morgan, brilló una luz y, a los
pocos momentos, salió el negativo por la cara anterior de la máquina.
Morgan dijo:
—Es un juguete muy caro. ¿Quién te lo dio?
—Mr. Mikali —dijo Nicky—. Ser muy bueno.
Morgan cogió el negativo y lo observó mientras se revelaba
automáticamente y aparecía su cara, acentuándose los colores.
—Sí —admitió lentamente—. Supongo que debe de serlo.
La foto estaba lista. Nicky se la quitó de las manos y la levantó.
—¿Buena?
—Sí —dijo Morgan, dándole unas palmadas en la cabeza—. Muy buena.

Sonó el teléfono y Mikali se puso al aparato. Era Katherine Riley, otra


vez.
—Todavía estoy en la sala de espera internacional de Heathrow —dijo—.
Ha habido una demora.
—¡Pobrecita mía!
—Una expresión bastante rara, viniendo de ti.
—Es que hoy me siento raro.

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—De todos modos, llegaré en el primer hidroala de la mañana.
—Constantino irá a esperarte. No hables con ningún desconocido.
Colgó y oyó el ruido del motor de la canoa. Cogió unos gemelos, abrió los
balcones y salió a la amplia terraza. Había aún luz suficiente para que pudiese
ver entrar la lancha en la bahía y acercarse al pequeño embarcadero, donde
esperaba Anna, la vieja esposa de Constantino.
Había una luz en la punta del embarcadero. Al arrojar el chico la cuerda a
su abuela, Morgan saltó la barandilla detrás de él, y Mikali le observó un
momento con sus gemelos. Con esto tuvo bastante.
Volvió al salón, donde unas ramas de pino ardían alegremente en el hogar.
Se sirvió una buena copa de «Courvoisier» con hielo y, después, abrió un
cajón de la mesa escritorio, sacó de él una «Walther» y ajustó rápidamente un
silenciador a su cañón.
Se metió el arma debajo del cinturón y dio una vuelta a la estancia, con la
copa en la mano, abriendo todos los balcones y apartando y sujetando las
persianas, de modo que el aire de la noche llenase la casa con el perfume de
las flores del jardín.
Después apagó todas las luces, salvo una lámpara para leer, colocada
encima de una mesita junto al piano, y, sentándose ante el «Bluthner»,
empezó a tocar.

Después de ascender unos veinte metros por el empinado sendero,


llegaron a una casita de campo bastante primitiva. Un perro empezó a ladrar a
Morgan desde el porche. La vieja le hizo callar y entró con el chico en la casa.
Constantino siguió subiendo por el sendero, sin decir palabra, y Morgan le
siguió.
Advirtió que el jardín había sido terraplenado, estaba rodeado de olivos y
lleno de macetas con camelias, gardenias e hibiscos, y que el aire de la noche
estaba perfumado de aroma de jazmín.
Ahora oyó el piano; una pieza extraña, inquietante. Morgan se detuvo en
seco. Constantino se paró también, se volvió a medias, sin mostrar emoción
alguna en su semblante, y reanudó la marcha. Morgan le siguió.
Subieron la escalinata de la villa. Era un edificio grande y ancho, de un
solo piso, construido con piedra del país, de persianas pintadas de verde y
cubierto de tejas.
La puerta de doble hoja era de roble con marcos de hierro. Constantino la
abrió sin ceremonia y entró el primero. El vestíbulo parecía enlazar dos partes
de la casa y estaba a oscuras. Una luz débil salía de una puerta abierta en el

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fondo del zaguán y a través de la cual sonaba ahora más claramente la música.
Constantino se dirigió a ella, hizo ademán a Morgan para que entrase, dejó la
bolsa de viaje de éste en el suelo y se marchó sin decir palabra, cerrando la
puerta detrás de él.
—Pase, Mr. Lewis —invitó Mikali.
Morgan entró en el salón. Éste era muy largo, sencillamente amueblado,
de paredes blancas y suelo de ladrillos barnizados. El fuego ardía alegremente
en el hogar, y el concierto de Mikali en el «Bluthner» era magnífico.
—Quítese el abrigo, por favor.
Morgan arrojó la trinchera sobre la silla más próxima y avanzó despacio,
como en sueños, seca la garganta y conteniendo la respiración. La música
parecía afectarle en lo más profundo de su ser.
—¿Conoce esta pieza, Mr. Lewis?
—Sí —dijo Morgan, con voz ronca—. Se llama Le Pastour y es de
Gabriel Grovlez.
Mikali fingió sorpresa.
—Es usted un hombre de gusto y competente.
—En realidad no lo soy —explicó Morgan—. Pero da la casualidad de
que es una de las piezas que mi hija tuvo que aprender para obtener su
diploma de piano en la Escuela Real de Música.
—Sí; lamenté aquel suceso —repuso Mikali—. Yo traté de esquivarla,
coronel.
Morgan era ya incapaz de sorprenderse de nada.
—Sí —dijo—, me lo imagino. Cuando mató a Stephanakis en París,
respetó la vida del chófer, y también la de la doncella del «Hilton», en Berlín,
y la del chófer, cuando mató al general Falçao en Río. ¿Quién se figura que
es? ¿Acaso Dios?
—Son reglas del juego. Ellos no eran mi objetivo.
—¿Su objetivo? —repitió Morgan—. ¿Y qué objetivo es el suyo?
—Usted debería saberlo, pues jugó al mismo juego durante mucho
tiempo. El juego más excitante del mundo, con la propia vida como apuesta
definitiva. ¿Puede decirme honradamente algo que le haya ofrecido tanta
emoción?
—Está usted loco —dijo Morgan.
Mikali pareció ligeramente sorprendido.
—¿Por qué? Cuando vestía uniforme, solía hacer las mismas cosas y me
daban medallas por ello. Exactamente lo mismo que usted. Cuando se mira al
espejo, ¿no me ve a mí?

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La música cambió; ahora era algún concerto, lleno de vida y de fuerza.
—Lo interesante —dijo Mikali— es que haya venido usted por su propia
cuenta. ¿Qué ha sido de la DI5 y de la Rama Especial?
—¡Le quería sólo para mí, bastardo!
La música fue in crescendo, mientras Morgan avanzaba, cerrando los
puños. Mikali dijo:
—¿Le gusta esto? Es el Cuarto concierto para piano, de Prokofiev, en si
bemol mayor…, para la mano izquierda.
Su mano derecha asomó por encima del piano, empuñando la «Walther»,
y Morgan se echó a un lado al escupir el arma su primera bala, que rozó la
parte superior de su hombro izquierdo.
Morgan arrancó entonces el cable de la lámpara de la mesita, sumiendo en
sombras la habitación. La «Walther» disparó otras dos veces, pero Morgan
había salido ya por el balcón más próximo. Cruzó corriendo la terraza y dio
un salto de tres metros hasta el jardín, aterrizando pesadamente en él.
El perro empezó a ladrar de nuevo en la casita de la entrada, mientras él
corría en zigzag hacia el borde del risco, entre los olivos. Mikali, que había
salido detrás de él a la terraza, sin vacilar emprendió su persecución.
Era casi noche cerrada, con sólo unas rayas anaranjadas brillando en el
horizonte, cuando Morgan llegó al borde del acantilado y vaciló, dándose
cuenta de que ya no podía correr en ninguna dirección.
Por un instante, ofreció una silueta perfecta sobre el cielo oro y naranja
del anochecer, y Mikali disparó de nuevo, sin dejar por ello de correr. Morgan
lanzó un grito al empujarle la bala hacia atrás, en el vacío, y desapareció.
Mikali miró hacia abajo, atisbando en las sombras. Sonaron unas pisadas
detrás de él y apareció Constantino, con una escopeta en la mano y una
linterna en la otra.
Mikali cogió la linterna y dirigió el rayo de luz a las turbulentas aguas,
entre las rocas.
—¿Está el chico en la cama? —preguntó.
—Sí —respondió el viejo, moviendo la cabeza.
—Bien. La doctora Riley llegará de Atenas en el primer hidroala de la
mañana. Irás a esperarla.
Mikali volvió a la terraza. El viejo miró las negras aguas, se santiguó, dio
media vuelta y volvió a su casita.

Aproximadamente una hora más tarde, Jean Paul Deville llegó a su


apartamento de París. Había estado en una cena, una reunión anual a la que

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asistían muchos de sus colegas criminalistas, la mayoría de los cuales habían
resuelto continuar la velada en un establecimiento de Montmartre muy
frecuentado por caballeros maduros en busca de diversión.
Mientras se quitaba el abrigo, sonó el teléfono. Era Mikali.
—Lo estoy llamando desde hace una hora —dijo.
—He cenado fuera de casa. ¿Algún problema?
—Nuestro amigo galés se presentó aquí. Lo sabía todo acerca de mí.
—¡Dios mío! ¿Cómo?
—No tengo la menor idea. Pero sé que no lo dijo a nadie. Quería resolver
personalmente la cuestión.
—¿Ha dado buena cuenta de él?
—Definitivamente.
Deville frunció el ceño, pensativo, y tomó su decisión.
—Creo que, dadas las circunstancias, deberíamos vernos. Si puedo tomar
el primer avión hacia Atenas, podría estar en Hydra a la una, según el horario
de ustedes. ¿Le parece bien?
—Muy bien —aceptó Mikali—. Katherine Riley llegará por la mañana,
pero no debe preocuparse por eso.
—Desde luego —dijo Deville—. Haga que todo parezca lo más normal
posible. Hasta pronto.
Mikali se sirvió otro coñac, se acercó a la mesa-escritorio y sacó el legajo
de Morgan. Encontró la foto y se quedó un buen rato mirando aquel rostro
moreno y curtido. Después, la arrojó al fuego con todos los papeles.
Se sentó al piano, dobló repetidamente los dedos y empezó a tocar Le
Pastour con grandes sentimiento y delicadeza.

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George Ghika, de setenta y dos años, había sido pescador durante toda su vida
y vivía en la misma casita de campo donde había nacido, entre los pinares de
más arriba de la mansión de Mikali.
Sus cuatro hijos habían emigrado sucesivamente a América, en el curso de
los años, y sólo su esposa, María, había quedado para ayudarle en el manejo
de la barca. Pero esto era suficiente. Dijese él lo que dijera, María era tan
resistente como él en cualquier momento dado y podía manejar la barca con
igual habilidad.
Dos veces por semana, por diversión y para ganar algún dinero extra,
salían por la noche a tender las redes como de costumbre y, después,
apagaban las luces y cruzaban las cuatro millas del estrecho hasta una taberna
de la costa del Peloponeso, donde cargaban una partida de cigarrillos que no
habían pagado impuestos y que constituían un artículo muy solicitado en
Hydra.
Al regresar a sus redes, seguían pescando. Y todo había marchado
perfectamente hasta aquella noche en que, al encender María las dobles
lámparas de sodio de la proa de la barca, para atraer a los peces, vio en vez de
éstos una mano que se agitaba en su dirección y, después, una cara
ensangrentada.
—¡Virgen santa! ¡Un diablo marino! —gritó el viejo George, levantando
un remo para golpear al aparecido.
Ella le empujó.
—¡Atrás, viejo estúpido! ¿No sabes distinguir un hombre a simple vista?
Ayúdame a subirlo a la barca.

La mujer examinó a Morgan, tendido en el fondo de la barca.


—Le han disparado —dijo su marido.
—¿Crees que no lo veo? Dos tiros. La carne está desgarrada en el hombro,
y tiene una herida con entrada y salida en la parte alta del brazo izquierdo.

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—¿Qué hemos de hacer? ¿Llevarlo a Hydra para que lo vea el médico?
—¿Para qué? —inquirió ella, desdeñosamente, pues, como la mayoría de
las viejas campesinas hydriotas, creía en las virtudes de los ungüentos y
pociones a base de hierbas—. ¿Qué puede hacer él que no podamos hacer
mejor nosotros? Además, intervendría la Policía. Tendríamos que explicar
nuestros movimientos y saldría a relucir la cuestión de los cigarrillos. —Su
rostro correoso se frunció en una sonrisa—. Y tú, querido George, eres
demasiado viejo para ir a la cárcel.
Morgan abrió los ojos y dijo, en griego:
—Nada de Policía, por lo que más quieran.
Ella se volvió y dio un golpe a su marido en el hombro.
—¿Lo ves? Tu diablo marino habla. Llevémosle a la playa antes de que se
nos muera aquí.

Advirtió que estaban en una pequeña ensenada en forma de herradura, con


una estrecha playa de arena y un espeso pinar que descendía del monte.
Había un espigón construido con grandes bloques de piedra y que se
estiraba hasta aguas profundas. Algo muy raro, en un lugar tan desierto. Él no
podía saber que tenía una antigüedad de más de ciento cincuenta años, ya que
databa de la guerra de la independencia griega, cuando esta bahía había
servido de refugio a no menos de veinte goletas hydriotas, preparadas para
lanzarse contra cualquier barco de la flota turca que fuese lo bastante
imprudente como para acercarse a la costa.
Había cesado de llover, y Morgan pudo ver, a la luz de la luna, varios
edificios en ruinas, mientras el viejo le ayudaba a desembarcar.
Se tambaleaba un poco y sentía un curioso vacío en su cabeza.
María le rodeó con un brazo, sosteniéndole con fuerza sorprendente.
—Ahora no es momento de tumbarse, hijo. Tienes que hacer un esfuerzo.
Alguien rió, y Morgan se dio cuenta, con sorpresa, de que había sido él
mismo.
—¿Ha dicho hijo, madre? —murmuró—. Tengo casi cincuenta años,
cincuenta largos y turbulentos años.
—Entonces, la vida no debe de tener sorpresas para ti.
Algo se movió en la sombra, y el viejo George salió de uno de los
edificios, llevando a una mula del ronzal. Ésta no llevaba estribos; sólo una
manta y una típica silla de acarreo hecha de madera y cuero.
—¿Para qué quiero yo eso? —preguntó Morgan.

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—Para montar, hijo mío. —La mujer señaló hacia arriba, entre los pinos
—. Para subir al monte. Allí estarás seguro y tendrás una cama caliente. —Le
golpeó la mejilla con el dorso de la mano—. Lo harás por mí, ¿verdad?
¿Harás acopio de fuerzas para poder llegar a casa?
Por alguna razón, él sintió ganas de llorar por primera vez en muchos
años.
—Sí, madre —respondió en galés—. Llévame a casa.
El shock producido por una herida de arma de fuego es tal que embota el
sistema nervioso de la mayoría de la gente. Sólo más tarde viene el dolor,
como le vino a Morgan cuando, sujetándole con fuerza a la silla de la mula,
empezó ésta a subir el rocoso sendero entre los pinos, conducida por el viejo
George, mientras María caminaba en el lado izquierdo, agarrando con una
mano el cinturón de Morgan.
—¿Estás bien? —preguntó ella, en griego.
—Sí —respondió él, sintiendo ahora ligera su cabeza—. Soy
indestructible. Tengo que reservarme para ese bastardo de Mikali.
El dolor era agudo y cruel, como producido por un hierro al rojo. Corea,
Aden, Chipre: viejas heridas que se abrían de pronto, de modo que todo su
cuerpo se estremeció angustiado y sus manos se agarraron al pomo de la silla
como si en ello le fuera la vida.
Y la vieja lo sabía, y su mano apretó más el cinturón y su voz sonó más
grave e insistente que todas las que había oído en su vida, abriéndose paso a
través del dolor.
—Aguantarás —le dijo—. No te soltarás hasta que yo te lo diga.
Fue lo último que oyó. Cuando, media hora más tarde, llegaron a la casita
de campo, en lo alto del monte, y George ató la mula y se volvió para
ayudarle a bajar, estaba inconsciente sobre la silla, asido al pomo con tal
fuerza, que tuvieron que abrir sus dedos uno a uno.

Katherine Riley estaba completamente agotada después del vuelo


nocturno y de pasar cuatro horas en un hotel de Atenas, donde estuvo dando
vueltas en la cama sin poder conciliar el sueño, hasta que se levantó temprano
para tomar el taxi que había de llevarla al Pireo.
Ni siquiera el viaje a Hydra, por la mañana temprano, y la belleza del
espectáculo, consiguieron animarla en modo alguno. Estaba asustada. Lo que
Morgan le había dicho era una estupidez, una calumnia. Sencillamente, era
imposible. Ella había entregado su cuerpo a Mikali, y éste le había dado algo

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que no había tenido en su vida desde la muerte de su padre: confianza,
comprensión.
Palabras, sólo palabras. No hallaba solaz en ellas, como comprendió muy
bien al desembarcar del Delfín Volador en Hydra y acercarse Constantino
para cargar con su maleta.
Nunca se había sentido cómoda con él; siempre se había imaginado que él
censuraba su conducta. Raras veces hablaba, escudándose en que su inglés era
peor de lo que era en realidad, como hizo ahora, cuando salieron del puerto y
entró ella en la caseta del timón.
—¿Y Nicky? —preguntó—. ¿No ha venido con usted?
Él no respondió, limitándose a acelerar la marcha.
—¿Está en Atenas con su madre?
La lancha dobló la punta del puerto y adquirió velocidad. Kate no insistió,
sino que fue a sentarse en la popa, volviéndose de cara al sol de la mañana y
cerrando los irritados ojos.

Cuando llegaron al embarcadero, Mikali estaba esperando junto a la vieja


Anna y el chico. Él llevaba gafas de sol oscuras, camisa blanca y jeans
descoloridos, y agitó la mano con entusiasmo, sonriendo y mostrando los
blancos dientes.
Ella se sintió más asustada que nunca, sin saber lo que iba a decir, cuando
él alargó una mano para ayudarla a saltar a tierra. La sonrisa de Mikali se
trocó en una expresión preocupada.
—¡Katherine! ¿Qué te pasa?
Ella se esforzó en contener las lágrimas.
—Estoy terriblemente cansada. Tantas horas de espera en Heathrow y,
después, el vuelo y el horrible hotelito de Atenas.
Él le ciñó el talle con un brazo y sonrió de nuevo.
—¿Recuerdas lo que dijo Scott Fitzgerald? Un baño caliente, y puedo
aguantar horas. Eso es lo que necesitas.
Cogió la maleta de Kate y habló a Constantino en griego. Al empezar a
subir el sendero de la villa, ella le preguntó:
—¿Qué le has dicho?
—Que tiene que volver a Hydra al mediodía. Espero a alguien de París.
Mi abogado francés, Jean Paul Deville. Creo que ya te he hablado de él.
—¿Se quedará?
—Probablemente, sólo esta noche. Negocios, esto es todo. Unos
documentos importantes que tengo que firmar. —La ciñó con más fuerza con

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el brazo y la besó en la mejilla—. Pero eso no debe preocuparte. Vamos a
preparar tu baño.

En cierto modo, el baño dio resultado. El agua caliente mitigó todos los
dolores, y él le trajo champaña frío y coñac en una copa de cristal.
—¡Qué copa tan hermosa! —admiró ella—. No la había visto hasta ahora.
—Veneciana. Del siglo diecisiete. Uno de mis remotos, remotísimos
antepasados, almirante de la flota hydriota, la tomó de un barco turco en la
batalla de Navarino. —Sonrió—. Descansa y bebe, mientras yo preparo el
almuerzo.
—¿Tú? —inquirió ella.
Él se volvió en la puerta y sonrió de nuevo, abriendo los brazos en un
ademán inimitable.
—¿Y por qué no? Nada hay imposible para el gran Mikali.
El coñac y el champaña se le subieron a la cabeza; sin embargo, le
produjeron un efecto en cierto modo nuevo para ella. En vez de confusión o
embotamiento, sintió que se aguzaban sus sentidos. Y vio claramente que la
situación actual no podía continuar. Había que poner las cartas boca arriba y
acabar con aquello que la roía por dentro.
Salió de la bañera, se puso un albornoz, entró en el dormitorio, se sentó
ante el tocador y empezó a peinarse rápidamente. Entonces oyó unos pasos
casi imperceptibles y Mikali apareció en el espejo, plantado en el umbral,
anónimo con sus gafas oscuras.
—Bueno, ángel mío, ¿qué es ello?
—¿Recuerdas a Morgan, el coronel galés que quiso ver a Lieselott
Hoffmann?
—Claro que sí. Es el hombre cuya hija fue atropellada por el Cretense
después del atentado contra Cohén.
—¿Cómo sabes eso?
—Tú me lo dijiste.
Entonces, ella lo recordó y asintió con la cabeza.
—Sí, y no hubiese debido hacerlo. Me lo dijo confidencialmente.
Él encendió un cigarrillo y se acercó a la ventana más próxima a ella.
—¿Puede haber secretos entre nosotros?
—Él cree que tú eres el Cretense —dijo ella.
Mikali la miró, pasmado.
—¿Qué?

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—Dice que tú dabas un concierto en el «Albert Hall» la noche en que el
Cretense atentó contra Cohén. El «Hall» está al otro lado de Kensington
Gardens, en relación al lugar donde él abandonó el automóvil.
—Eso es una locura.
—Y dice que estabas en el Festival de Cine de Cannes cuando Forlani fue
asesinado.
—También estaba medio Hollywood.
—Y en la Universidad de Francfort cuando fue asesinado Heine, el
ministro de Alemania Oriental.
Él apoyó las manos en sus hombros y la hizo volverse en su sillón.
—Yo mismo te lo dije, ¿no te acuerdas? El día que nos conocimos,
cuando di aquel concierto en Cambridge. Comentamos el caso de la joven
Hoffmann y las circunstancias del crimen, y yo te dije que estaba en Francfort
aquellos días.
Sí, ahora lo iba recordando todo, y lanzó un suspiro de alivio.
—¡Dios mío, es verdad! Lo recuerdo perfectamente.
Él la rodeó con sus brazos.
—Ese hombre debe de haberse vuelto loco. ¿Y anda diciendo esas cosas a
todo el mundo?
—No —respondió ella—. Le pregunté si había hablado de esto con Baker,
de la Rama Especial, y me dijo que no. Dijo que el asunto le incumbía a él…
y a nadie más.
—¿Cuándo te dijo esto?
—Ayer por la mañana, temprano. Me llamó por teléfono.
—¿Y no le has visto después?
—No. Me dijo que tenía que hacer algunas comprobaciones más y que me
tendría al corriente. —Las lágrimas acudieron a sus ojos—. ¡Dios mío, John!
Está obsesionado, ¿no lo ves? Tengo mucho miedo.
—No debes tenerlo, ángel mío. No hay motivo.
La condujo a la cama y retiró la colcha.
—Lo que necesitas es dormir.
Ella le obedeció como una niña y yació en el lecho, con los ojos cerrados,
temblando. Al cabo de un rato, él levantó la sábana y se deslizó a su lado.
Ella volvió la cabeza y la apoyó en su hombro, mientras él la rodeaba con
un brazo. Después se besaron los dos y ella le abrazó con una pasión más
intensa que nunca.

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Deville estaba apoyado en la baranda de la terraza, contemplando por
encima del mar la vaga silueta de Dokos envuelta en la calina de la tarde.
Mikali salió a la terraza por uno de los balcones, llevando una copa en
cada mano.
—Supongo que todavía prefiere estropear el buen «Napoleón» con unos
cubitos de hielo, ¿no?
—Desde luego. —Deville tomó la copa y señaló hacia el mar—.
Realmente, es muy hermoso. Lo echará usted en falta.
Mikali dejó su copa sobre la balaustrada y encendió un cigarrillo.
—¿Qué quiere decir con esto?
—Es muy sencillo. Está en apuros. Lo estamos los dos. Si Morgan
consiguió descubrir su identidad, alguien más acabará por hacerlo también.
¡Oh! No quiero decir que sea el mes próximo, o quizá ni siquiera el año
próximo. Pero sí el otro. —Sonrió y se encogió de hombros—. O quizás el
próximo miércoles.
—Y si alguien me pillara, fuese quien fuese —dijo Mikali—, ¿piensa que
hablaría, que le vendería a usted?
—Las porras de caucho se acabaron con la Gestapo —observó Deville—.
Ahora le clavarían una aguja hipodérmica en un brazo y le inyectarían
succinilcolina, una droga bastante desagradable, que hace que uno se sienta en
las puertas de la muerte. La experiencia es tan horrible, que casi nadie podría
soportar la idea de una segunda dosis. —Sonrió amablemente—. Yo cantaría
como un pájaro, y lo mismo haría el Cretense.
A una milla mar adentro pasó el hidroala rumbo a Spetse. Mikali dijo:
—¿Qué sugiere?
—¡Que es hora de volver a casa, amigo mío!
—¿A la vieja madre Rusia? —Mikali soltó una carcajada—. Puede que
sea su casa para usted, pero a mí me importa un bledo. Y, pensándolo bien,
¿qué sería de usted? Ha estado ausente demasiado tiempo. Le darían una
tarjeta de personaje distinguido que le autorizaría a comprar en la sección
especial de GUM, pero esto no puede compararse con Gucci. Y, cuando
hiciese cola en la Plaza Roja para echarle un vistazo a Lenin en su mausoleo,
estaría pensando en París y en los Campos Elíseos, y en el olor de los
castaños de los bulevares después de un chaparrón.
—Muy poético; pero esto no altera los hechos. Mi abuela padecía
reumatismo y podía predecir la lluvia con veinticuatro horas de antelación.
Yo puedo oler el peligro con igual facilidad. Créame, es hora de largarnos.
—Para usted, tal vez —dijo tercamente Mikali—. Pero no para mí.

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—Entonces, ¿qué va a hacer? —Deville estaba realmente asombrado—.
No lo comprendo.
—Vivir al día.
—¿Y cuando llegue el día especial, el día en que vengan a por usted?
Mikali llevaba un holgado suéter de cachemir que ocultaba unos tirantes
con una pistolera, sujetos a la parte de atrás del cinturón. Metió la mano
derecha debajo del suéter y sacó una «Walther».
—¿Recuerda mi «Ceska»? Era el arma que usaba en Londres. Ésta es la
variedad hydriota. Como le tengo dicho, siempre estoy apercibido.
En aquel momento empezó a sonar el teléfono. Mikali se disculpó y entró
en la casa. Deville se sentó en la balaustrada, mirando hacia Dokos y
saboreando su coñac. Desde luego, Mikali tenía razón. París era una ciudad
única, salvo Londres, cuando hacía buen tiempo. Ahora, Moscú no
significaba nada para él. Pensó en el invierno moscovita y se estremeció
voluntariamente. Y no tenía a nadie allí…, en realidad. Un primo o dos.
Ningún otro pariente próximo. Pero ¿tenía en realidad alternativa?
Mikali salió por uno de los balcones, riendo con la copa en una mano y la
botella de «Napoleón» en la otra.
—La vida es formidable —dijo, resplandeciente el semblante de
excitación—. Era Bruno, Bruno Fischer, mi agente. Acaba de llamarle André
Previn. El próximo sábado es la última noche de los Proms. Mary Schroder
tenía que tocar el Concierto para piano de John Ireland. Pero, la muy
estúpida, se rompió una muñeca jugando al tenis.
—¿Y quieren que usted la sustituya?
—Previn ha ofrecido cambiar el programa. Dejarme tocar el Cuarto de
Rachmaninov. Otras veces lo hemos interpretado ambos y no tendríamos que
ensayar mucho. Veamos. Hoy es jueves. Si tomo el avión de esta noche,
mañana estaré en Londres. Tendré dos días para ensayar.
Deville no le había visto nunca tan animado.
—No, John —dijo—. Ir ahora a Londres sería lo peor que podría hacer.
Lo siento en mis huesos.
—Los Promenade de Concerts, Jean Paul —explicó Mikali—. La más
importante serie de conciertos de la escena musical europea. De todo el
mundo, ¡qué caray! ¿Sabe cómo es la última noche?
—No, nunca he asistido.
—Entonces se ha perdido una de las más grandes experiencias de la vida.
Atestado hasta no caber un alfiler, con todos los asientos ocupados y con todo
el campo libre delante de la plataforma llena de muchachos apretujados y de

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pie, después de haberse pasado tres días haciendo cola. ¿Se imagina lo que
significa tocar en una noche así?
—Sí —admitió Deville, asintiendo lentamente con la cabeza—. Sí, me lo
imagino.
—¡Oh, no, mi viejo amigo! —exclamó Mikali—. ¡No puede imaginarlo!
Vació de un trago la copa de coñac y la arrojó al espacio. La copa brilló
como una llama bajo la luz del sol y se hizo añicos en las rocas del fondo.

Katherine Riley se despertó y permaneció un momento echada, tratando


de recordar dónde se hallaba. Estaba sola. Cuando miró su reloj, vio que eran
las dos y media de la tarde. Se levantó y vistió rápidamente, poniéndose unos
jeans y una sencilla blusa, y un par de sandalias, y salió en busca de Mikali.
No estaba en el salón, pero un ruido de voces la atrajo a la terraza, donde
le encontró en compañía de Deville.
Él fue a su encuentro, la enlazó por la cintura y la besó en la mejilla.
—¿Te sientes mejor?
—Creo que sí.
—Jean Paul, ésta es la luz de mi vida, la doctora Katherine Riley. Pero
tenga cuidado con lo que dice, se lo advierto. Es capaz de psicoanalizarle y
sacarle todos sus secretos.
—Es un placer, doctora —dijo Deville, besándole la mano con galantería.
Mikali, incapaz de contenerse, asió las dos manos de Kate.
—Acabo de hablar con Bruno por teléfono. Previn quiere que sustituya a
Mary Schroeder. Con Rachmaninov.
—¿Cuándo? —preguntó ella.
—El sábado; la última noche de los Proms.
—¡Es maravilloso! —exclamó ella, echándole los brazos al cuello en un
ademán de espontáneo entusiasmo—. Pero el sábado… Es pasado mañana.
—Lo sé. Quiere decir que tendré que tomar el avión esta noche en Atenas
para poder ensayar un poco. ¿Te importa? Ya sé que acabas de apearte del
avión.
—En absoluto. —Miró al francés—. ¿Y usted, Monsieur Deville?
¿Vendrá también?
Mikali dijo:
—No, Jean Paul tiene que volver a París. Sólo ha venido para que le
firmase unos documentos. Es el asesor jurídico de una fundación de hombres
de negocios de París y de Londres para ayudar a músicos jóvenes de talento

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excepcional. Han comprado una casa de campo cerca de París. Cuando esté
lista pensamos dar allí cursos superiores.
—¿Pensamos? —inquirió ella.
—Les he ofrecido mis servicios gratuitamente. Espero que otros músicos
notables harán lo mismo.
Todos sus anteriores temores parecían ahora un sueño estúpido a
Katherine. Pasó un brazo por la cintura de él.
—Creo que es una idea maravillosa.
—Muy bien. ¿Quieres comer algo?
Ella meneó la cabeza.
—En realidad, me conviene más respirar un poco de aire libre. Creo que
daré un paseo, si no te importa.
—Lo que tú quieras. —La besó de nuevo—. Hasta luego.

Él se plantó en la pequeña galería del último balcón, observando cómo


ascendía ella por el jardín.
—Brillante —dijo Deville—. Una magnífica representación. Casi estuve a
punto de creerle. ¿Cómo lo hace?
—¡Bah! Es algo que se aprende con los años, ¿no cree? —explicó Mikali
—. A mentir, a engañar. Práctica, mucha práctica: éste es el secreto. —Sonrió
—. Y ahora, ¿qué tal un trago?

La casa de campo de George y María Ghika estaba en una ligera


depresión rodeada de pinos de la cima del monte. A uno de los lados, una
salvaje y hermosa barranca descendía abruptamente. Todavía conservaba
terraplenes de los viejos tiempos y olivos en todas partes.
La casa era un edificio de un solo piso, cubierto de tejas rojas y con las
paredes encaladas. Tenía cocina y cuarto de estar, además de dos dormitorios.
El suelo estaba embaldosado y las paredes, toscamente enyesadas; pero el
interior era fresco y umbrío, como debía ser, a pesar del calor del verano.
Cuando Morgan salió, encontró a la vieja pareja sentada en un banco,
tomando el sol. María estaba limpiando pescado, mientras George
contemplaba el paisaje, fumando su pipa.
—No tenía que haberse levantado —dijo la mujer, en tono de suave
reproche.
Morgan iba desnudo de cintura para arriba. Su hombro derecho y su brazo
izquierdo habían sido hábilmente vendados con tiras de lienzo limpias. Se

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sentía viejo…, cansado y agotado, como no se había sentido en muchos años.
—Siéntese aquí —indicó George, dando unas palmadas en el banco, a su
lado—. ¿Cómo se encuentra?
—El mes próximo cumpliré cincuenta años —respondió Morgan—, y, por
primera vez, me doy cuenta de ello.
María soltó una carcajada.
—Ese viejo le lleva veinticinco años, y todavía trata de acostarse conmigo
los sábados.
George ofreció a Morgan un cigarrillo griego y se lo encendió.
—La noche pasada dijo usted algo interesante. Mencionó a Mikali. ¿Fue
él quien le hizo eso?
—¿Es amigo suyo? —preguntó Morgan.
El viejo escupió en el suelo y se levantó.
—Espere un momento —dijo.
Se metió en la casa y volvió a salir con unos gemelos «Zeiss».
—¿De dónde diablos ha sacado eso? —le preguntó Morgan.
—De un soldado de asalto nazi, en Creta, durante la guerra, cuando yo
estaba en la EOK. Venga; le mostraré algo.
Echó a andar entre los pinos y Morgan le siguió. El viejo se detuvo y
señaló con el dedo.
—¡Mire!
La barranca descendía entre los pinares hasta la bahía sobre la cual se
levantaba la villa de Mikali. George enfocó los gemelos y los pasó a Morgan.
—Mire hacia allá abajo. Los terraplenes. Cada piedra fue acarreada a
lomos de mulas. Cada bancal fue construido con el sudor de nuestros
antepasados. Todo fue robado por Mikali.
Las líneas de los antiguos terraplenes cobraron vida al examinarlos
Morgan. A pesar de los olivos, la tierra aparecía descuidada y sin labrar. Miró
a George.
—¿Por John Mikali?
—Por su bisabuelo. Pero ¿qué importa esto? Un Mikali es un Mikali.
Antaño, los del clan Ghika éramos personas importantes. Nos respetaban. En
cambio, ahora…
Morgan volvió a llevarse los gemelos a los ojos y vio el jardín de la villa y
a Kate Riley que descendía por el sendero que llevaba al espigón, donde el
pequeño Nicky estaba pescando con caña.
—¡Dios mío! —exclamó Morgan.
El viejo le quitó los gemelos de las manos y miró a su vez.

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—¡Oh, sí! La he visto otras veces. La dama norteamericana.
—¿Otras veces? —preguntó Morgan.
—Sí. ¿La conoce usted?
—Pensé que la conocía —respondió Morgan, con voz ronca—. Pero
ahora ya no estoy seguro.
Y, antes de que George pudiese impedírselo, dio media vuelta y empezó a
bajar, tambaleándose, entre los pinos.

Hacía mucho calor cuando Kate cruzó los terraplenes del jardín. El perrito
negro le ladró al pasar ella ante la casita de Constantino. La vieja Anna la
saludó con la mano desde la cocina y, al llegar a los anchos peldaños de
cemento, se encontró con Nicky, que estaba pescando.
El agua estaba clara y cristalina, y la canoa de motor se reflejaba
perfectamente en ella. Nicky se volvió, sonriendo, y ella le acarició los
cabellos.
—Yassou! —le saludó, empleando una de las pocas palabras griegas que
conocía.
Él recogió el sedal, sonriendo ansiosamente. Tenía ya doce años, edad
más que suficiente para haber salido de la escuela primaria. Su madre, viuda,
trabajaba en un hotel de Atenas, y él vivía de momento con Constantino y su
esposa, ayudando en el cuidado de la barca y aprendiendo a pescar. Sentía por
Kate una simpatía especial. Adondequiera que ella fuese, la seguía como un
perrito.
El chico sacó un sucio paquete del bolsillo y ofreció a Kate un trozo de
caramelo turco de los que hacía su abuela. Era tan dulce que le producía una
ligera náusea, pero rehusarlo habría sido un insulto. Cogió el pedazo más
pequeño, se lo metió en la boca y lo trago lo más de prisa que pudo.
Después, se sentó en uno de los peldaños de cemento. El chico se
acurrucó al lado de ella y sacó del bolsillo de la camisa varias fotos
«Polaroid».
—¡Oh! Ya veo que sigues haciendo fotografías, ¿eh? —inquirió ella.
Él se las mostró una a una. Había una del viejo Constantino, otra de su
abuela y otra de Mikali en la terraza. Y otra de él mismo, sentado en la popa
de la canoa.
—¿Bueno? —dijo.
—Muy bueno —respondió ella.
Y entonces, él le pasó la foto de Asa Morgan que había tomado en la
cabina la noche anterior.

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Ella se quedó mirando la fotografía y tardó un buen rato en captar su
significado.
—¿Dónde la tomaste? —murmuró, y se volvió y agarró al chico de un
brazo—. ¿Dónde? —preguntó—. ¿Cuándo estuvo él aquí?
El niño la miraba sin comprender, y ella señaló la canoa y después la foto.
—¿Cuándo?
Ahora, él comprendió.
—La noche pasada. De Hydra. —Se volvió y señaló la villa—. A la casa.
—Pero eso no es posible. No es posible. —Sus dedos apretaron el brazo
del muchacho—. ¿Dónde está? —preguntó, agitando la fotografía—. ¿Dónde
está?
—Marchado —dijo el chico—. Marchado.
Ahora estaba un poco asustado; se apartó y recogió sus fotos. Pero cuando
trató de coger la que ella tenía en la mano, Kate reaccionó iracunda y le
empujó violentamente.
Después se volvió, bajó precipitadamente los peldaños, sin soltar la foto, y
corrió por la estrecha franja de la playa. Al otro lado de la caleta, un
empinado sendero subía entre los pinos. Echó a andar por él, sin tener la
menor idea de adónde iba. Sólo se daba cuenta de una cosa: Mikali le había
mentido.

El camino era abrupto y rocoso, difícil para quien llevase unas sandalias
como las de ella, solamente apto para las mulas. Pero ella siguió subiendo
ciegamente, sin saber adónde iba. Por fin, llegó a lo alto y se encontró en una
pequeña meseta.
Se dejó caer sobre un tronco derribado, momentáneamente exhausta.
Todavía llevaba en la mano la foto de Morgan. La miró, con semblante
inexpresivo, y hundió la cara entre sus manos.
Algo se movió cerca de ella. Levantó la cabeza, y Morgan salió de entre
los árboles.
De momento, ella pensó que se había vuelto loca.
—¿Asa? —llamó—. ¿Eres tú?
Él se precipitó sobre ella y la hizo caer de espaldas sobre el tronco,
atenazándole el cuello con una mano.
—¡Perra! —le espetó—. ¡Maldita y embustera zorra!

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Ella sintió que se ahogaba, incapaz de resistir su fuerza, y entonces vio
que George Ghika se erguía sobre ellos. George agarró a Morgan de los pelos
y tiró de su cabeza con tanta fuerza, que Morgan lanzó un grito de dolor, soltó
su presa y cayó hacia atrás.
La sangre empezó a manchar su vendaje del brazo. Y él quedó tumbado
en el suelo, mirándola. Después, dijo:
—Tú lo sabías desde el primer momento. Le avisaste, ¿verdad? Por eso
me estaba esperando la noche pasada.
—¿Qué pasó? —preguntó torpemente ella.
—¡Oh! Me disparó y caí al mar desde el acantilado. De no haber sido por
ese viejo y su esposa, ahora sería pasto de los peces.
—Así, él es el Cretense. Tenías razón.
—¿Vas a decirme que no lo sabías?
Ella volvió a sentarse en el tronco caído, cogió del suelo la arrugada foto
«Polaroid» y se la dio.
—Echa una mirada a esto y deja que te explique lo de John Mikali y yo.

Cuando ella empezó a hablar, el viejo George hizo mutis por el foro,
dando media vuelta y alejándose. Cuando hubo terminado, Morgan siguió
sentado en silencio durante un rato, y ella vio gotas de sudor en su frente.
—¿Me crees?
Él se levantó, se sentó junto a ella y echó un brazo sobre sus hombros.
—Somos un par de estúpidos, diría yo.
Apoyó la cabeza sobre el hombro de él, y Asa la estrechó con su brazo
sano.
—Bueno, ya veo que te impresionó mi buena planta galesa; pero llegué
veinte años tarde. Por consiguiente, dejémonos de tonterías y vayamos al
grano. ¿Has dicho Deville? ¿Jean Paul Deville?
—Sí.
—Apuesto a que en ese tipo hay gato encerrado.
Ahora temblaba un poco, enardecidos los ojos, mojada la cara de sudor.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó ella.
—No estoy seguro. En otras circunstancias, bajaría allí y le ajustaría las
cuentas; pero en el estado en que me encuentro ahora, creo que me caería al
suelo con sólo respirar demasiado hondo. Pero al menos sé dónde estará ese
bastardo el sábado por la noche. En el escenario del «Albert Hall».
Sus dolores arreciaban, y ella lo vio claramente.
—Deberías estar en la cama. Asa.

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—¿Dijiste que él parte esta noche para Atenas, para tomar el avión
nocturno de Londres?
—Así es.
—Y tú irás con él, naturalmente.
Ella permaneció sentada, mirándole inexpresiva, con las manos cruzadas
sobre la falda.
—¿Para seguir compartiendo su lecho, Asa, como si nada hubiese
ocurrido? ¿Para entretenerle mientras llegas tú? —Se puso en pie,
conservando su calma extraordinaria—. Supongo que debería compadecerte,
pero no es así. Estás tan obsesionado como él. Sois tal para cual.
Se alejó. Cuando él trató de levantarse, descubrió que las piernas no le
sostenían y la llamó, con voz ronca:
—¡Kate, por el amor de Dios!
—¿Crees que Dios puede tener algo que ver con esto, Asa? —dijo ella, sin
volverse, y desapareció entre los pinos.

Oyó un repique de herraduras detrás de él, y apareció George con la mula,


seguida de María. La vieja estaba muy enfadada. Tocó la frente de Morgan
con una mano.
—Tienes fiebre, estúpido. ¿Quieres morir?
Pero él no pudo responderle nada; era como si estuviese debajo del agua y
todo se desarrollase con movimiento retardado. Entre María y George le
subieron a la silla y emprendieron el camino del pinar.
Cuando le metieron en la cama estaba temblando fuertemente. George le
echó varias mantas encima y María fue a la cocina y volvió con una taza.
—Bebe, hijo —ordenó.
Aquello sabía horriblemente, y Morgan sintió asco, pero se lo tragó,
pensando en Katherine Riley.
—Es una lástima, mamá —dijo en galés—. Una buena chica. Pero ya sabe
usted lo que pasa.
Se sumió en la oscuridad.

Cuando ella llegó, Mikali y Deville estaban hablando en el extremo de la


galería de atrás. Ella les observó un rato desde detrás de uno de los balcones
del salón y, después, se dirigió al aparador y se sirvió una buena ración de
ginebra con agua tónica. Advirtió un ligero movimiento, y Mikali la abrazó
por la cintura.

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—Un poco temprano para ti, ¿no es cierto?
—Estoy cansada —explicó ella—. Eso es todo.
Él la besó en el cuello, hizo que se volviese y una expresión preocupada
se pintó en su semblante.
—Siento decirlo, ángel mío, pero tienes un aspecto horrible.
—Lo sé —admitió ella—. Pero estuve trabajando como una burra en
Londres, y después, el viaje en avión y esa última noche en Atenas. —Hizo
una pausa, y después dijo algo impremeditadamente, pero de lo que no podía
volverse atrás—. Estaba pensando una cosa. ¿Te importaría mucho que me
quedase aquí un par de días?
De momento, él vaciló, pero enseguida sonrió.
—¿Por qué había de importarme? Un descanso te sentará bien. Pero
quiero que estés en Londres el sábado, sin falta. Tendrás un asiento reservado
en un palco, lo más cerca que sea posible de mí. Te necesito allí, ángel mío.
Para compartir el éxito contigo. Para recordarlo siempre.
La abrazó con más fuerza y la besó. Era sorprendente lo fácil que
resultaba todo para ella; y, sin embargo, era a fin de cuentas el mismo
hombre, el hombre al que se había entregado tantas veces. El mismo Cretense
de siempre. La única diferencia era que, ahora, ella lo sabía.
—Si no te importa, creo que iré a acostarme un rato. Tengo una jaqueca
horrible.
—Claro que no me importa.
Salió, y Deville entró desde la galería.
—Creo que debería matarla.
—¿Por qué? —inquirió Mikali, tranquilamente—. Ella no sabe nada.
—¿La ama?
—No sé lo que significa esa palabra. Ella me gusta… sí. Su presencia, su
compañía. En esto, me gusta más que cualquiera de las mujeres a quienes he
conocido.
—Alguien sembró en ella la semilla de la duda. ¿Quién sabe cuándo
puede germinar?
—Una frase brillante, y más viniendo de usted.
Se sentó al piano y sus dedos empezaron a tocar le Pastour, sin que él
mismo se lo propusiera.

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Morgan subía la cuesta en dirección a casa, corriendo a trechos para


adelantarse a la tormenta con que amenazaban las negras nubes en forma de
yunque que llenaban el horizonte.
Y, en efecto, la lluvia descargó con tanta fuerza, que en un momento le
dejó calado hasta los huesos. Y el frío pareció meterse en su cerebro, de modo
que empezó a gritar, angustiado, mientras bajaba la cuesta.
Cuando él llegó, tambaleándose, por el sendero, ella había abierto la
puerta de la casita de campo y llevaba un pañuelo negro envolviéndole la
cabeza de tal manera que no pudo verle la cara.
Le rodeó con sus brazos y le condujo al cálido interior de la casa.
—Madre —dijo él—, tengo frío. ¡Oh, qué frío!
Yació boca arriba, apoyada la cabeza en la almohada, y sólo cuando ella
se inclinó sobre él y el pañuelo resbaló hacia atrás, vio que era Katherine
Riley quien le estaba mirando.
—Bueno, Asa. Estoy aquí. Ahora, duerme.
—Sí, madre —repuso él, y cerró los ojos y se quedó dormido.
Morgan despertó de un sueño sin sueños y se quedó mirando el techo de
zarzo y de yeso. Se había recobrado; su piel estaba fresca, y solamente el
dolor sordo del brazo y del hombro le recordaba las peripecias pasadas. Era
de día, y el sol entraba a raudales por la ventana.
Oyó cantar a alguien, muy cerca, y el rítmico martilleo de un hacha
partiendo leña; apartó las mantas y se puso en pie. Ya no sentía aquel vacío en
la cabeza. Ahora sólo sentía el dolor de las heridas, y eso era buena cosa. Le
mantendría despierto.
George estaba cortando leña para el fuego y María estaba sentada en el
banco, tomando el sol y cosiendo un desgarrón de la chaqueta de Morgan, en
la que aún se veían manchas de sal. Su cartera estaba sobre el banco, al lado
de la mujer, secándose al sol, junto con su pasaporte y una hilera de billetes
de Banco en dracmas.
Ella alargó una mano y le tocó la frente.

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—Bueno, la fiebre se ha ido, ¿eh? —Llamó a George—. Y ahora, viejo
estúpido, ¿dirás que no sé más que los médicos?
George se apoyó en el hacha.
—Es una hechicera —explicó—, como lo fueron antes que ella todas las
mujeres de su clan. No hay que darle más vueltas.
—Bueno, ¿te sientes mejor? —preguntó ella.
—Mucho mejor.
—Bien. Has dormido muchas horas. Así debía ser, después del brebaje
que te di.
Él miró su «Rolex» y vio que eran las ocho. Se sentía curiosamente
animado, y echó a andar entre los pinos hacia la loma. Hizo pantalla con la
mano y contempló la villa de Mikali sobre la bahía. El viejo George se plantó
a su lado.
—¿Se han ido?
—¡Todos!
—¿Y la mujer?
El viejo señaló con un dedo.
—Ahora viene por allí.
Ella salió de entre los árboles a un claro situado a unos setenta metros
debajo de ellos y siguió el sendero que discurría en zigzag entre los viejos
terraplenes invadidos por la vegetación. Llevaba gafas de sol, camisa
deportiva y una vieja falda de algodón, y una bolsa colgada del hombro.
—Creo que ella se preocupa mucho por ti —dijo el viejo, en griego—. Ha
pasado muchas horas junto a tu cama.
Morgan se sentó con cuidado sobre un tocón, sin perder de vista a
Katherine, y el viejo dejó un paquete de cigarrillos griegos y algunas cerillas a
su lado.
—Voy a decirle a María que haga más café —comentó, y se alejó.

Diez minutos más tarde, ella salió del pinar y le encontró sentado sobre el
tocón, fumando. Se detuvo un momento a mirarle, extrañamente anónima con
sus gafas oscuras.
—Conque has vuelto al mundo de los vivos, ¿eh?
—Así me lo han dicho.
Ella se sentó en la hierba, delante de él, apoyó la espalda en el tronco de
un árbol y dejó su bolsa en el suelo.
—¿Qué traes ahí? —preguntó Morgan.

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—Bocadillos y una botella de vino. Constantino cree que cada mañana
voy de excursión a la montaña.
—¿Y la vieja y el chico?
—¡Oh! Están en Hydra, en la casa que tiene Mikali en la población. En
esta época del año, hay días en que permiten visitarla a los turistas. Es una
especie de museo. Lleno de reliquias de las guerras turcas y cosas Por el
estilo.
Había entre ellos un raro distanciamiento, imposible de salvar con una
conversación de esta clase. Por fin, él preguntó:
—¿Por qué te quedaste?
—Fue algo superior a mí —respondió ella, quitándose las gafas de sol. Su
cara estaba muy pálida, y había inquietud en sus ojos—. Le dije que estaba
cansada. Le pregunté si le importaba que me quedase un par de días.
—¿Y accedió?
—A condición de que llegase a tiempo para el concierto en el «Albert
Hall».
—Comprendo. Él tomó el avión de la noche pasada, ¿eh? Y Deville se fue
con él.
—¿La noche pasada? —repitió ella, moviendo lentamente la cabeza—.
Has pasado un día por alto, Asa. Hoy es sábado, la mañana del sábado. Se
marcharon anteayer por la noche.
Él la miró fijamente, aturdido, incapaz de comprender.
—¿Quieres decir que he estado treinta horas sin conocimiento?
—Algo así. Bueno, te moviste mucho; pero María sabía ciertamente lo
que hacía. Estas hierbas suyas son realmente maravillosas.
—Pero eso significa que el concierto es esta noche. —Se puso en pie de
un salto y cerró los puños—. ¿No lo oyes? El muy bastardo podría volver
mañana a las andadas.
—Me telefoneó anoche —dijo ella—. Me dijo que había estado con
Previn en el «Albert Hall» y que estaría allí durante casi todo el día de hoy,
ensayando el concierto de esta noche. En realidad, la cosa es muy sencilla.
Todo lo que tienes que hacer es telefonear a Baker a Scotland Yard.
Hubo un largo silencio.
—Sí, podría hacerlo —admitió Morgan.
—Pero no lo harás, ¿verdad?
Él volvió a sentarse en el tocón y encendió un cigarrillo.
—Mira, deja que te explique. Hay una sección de DI5 llamada Grupo
Cuatro, con poderes directos del Primer Ministro para coordinar la lucha

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contra el terrorismo, la subversión, etcétera. Lo dirige un hombre llamado
Ferguson. Baker trabaja para él. Ferguson y yo nos conocemos de antiguo. Es
todo un carácter. ¿Te sorprendería si te dijese que me alentó en este asunto
desde el principio? Me empleó como instrumento. Confiaba en que yo podría
triunfar donde ellos habían fracasado, porque tenía algo a mi favor: ¡el odio!
—En esto no andaba equivocado.
—Sólo que, ahora que lo he encontrado, quiero a Mikali para mí.
—Ojo por ojo. ¿No es así como lo ves? ¡Sangre por sangre!
—¿Y por qué no? Si lo denuncio en Grecia, se reirán de mí. Es un héroe
nacional. Si hago que le detengan en Inglaterra, le condenarán a quince años
de prisión por disparar contra Cohén, si es que pueden probarlo. Todos los
otros crímenes los cometió en otros países, recuérdalo. Los alemanes y los
franceses tendrán que esperar a que les llegue el turno.
—¿Y bien?
—Al cabo de un tiempo, Setiembre Negro o las Brigadas Rojas u otra
organización cualquiera secuestrarán un avión de la «British Airways» el día
menos pensado. El precio de la liberación de los rehenes será la puesta en
libertad de Mikali y su envío a Libia o a Cuba o a algún lugar parecido.
—Y tú quieres verle muerto, ¿eh?
—Cuando me plazca.
—Podría hablar yo misma con Baker.
Él meneó la cabeza.
—Pero no lo harás.
—¿Por qué?
—Porque estás en deuda conmigo, jovencita. —Se tocó el brazo y el
hombro, e hizo una mueca—. A estas horas, tendría que estar muerto. Si no lo
estoy, no es gracias a ti. Y 110 me hables de Jago. Aquello fue diferente, y tú
lo sabes.
Ella se levantó rápidamente.
—Muy bien. Asa. Puedes irte al infierno como mejor te parezca.
—¿Y tú?
—Hoy volveré a Londres. Desde allí, seguiré hasta Cambridge. Estoy
harta de esto. De ti y de John Mikali. Sois tal para cual.
—¿Y no telefonearás a Baker?
—No —respondió ella—. Pero si habéis de seguir con vuestro violento y
sanguinario juego, procurad hacerlo lo más lejos posible de mí.
Dio media vuelta y se alejó rápidamente. Morgan se levantó y la siguió
con la mirada; después se volvió y regresó a la casa de campo. El viejo

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George, que seguía partiendo leña, interrumpió su labor.
—¿Se ha ido?
—Sí. ¿A qué hora sale el próximo hidroala para el Pireo?
—A las diez y media. No podemos alcanzarlo en mi barca.
—¿Y el siguiente?
—A la una de la tarde.
—¿Me llevará?
—Si tú lo quieres…
Morgan se acercó a la casa, donde María seguía cosiendo su chaqueta.
—¿Y mi camisa?
—Secándose al sol. Te la he lavado. —Al mirarle, sus ojos bizquearon en
el viejo y curtido rostro—. Pero esto, ni siquiera mi magia puede arreglarlo.
Le dio el pasaporte. Empapado por su inmersión en el mar, se había
doblado y retorció bajo el calor del sol. Cuando él trató de abrirlo, se partió en
sus manos.
—¡Jesús! —exclamó en galés—. ¡Lo que me faltaba!
—¿Es muy malo esto, hijo? —preguntó ella.
—Podría serlo, madre. Podría cambiarlo todo. Ya veremos.
En la villa, Katherine Riley acababa de hacer su equipaje cuando sonó el
teléfono. Levantó el auricular y oyó la voz de Mikali.
—¡Cómo! ¿Todavía estás ahí? Tendrías que estar ya en Londres.
—No te preocupes —respondió ella—. Salgo ahora mismo con
Constantino. Emplearemos la lancha rápida. Esto quiere decir que podré
tomar el hidroala de las diez y media hacia el Pireo. Con un poco de suerte,
llegaré a tiempo de tomar el avión de la una y media. —Su tranquilidad era
asombrosa—. ¿Cómo van las cosas por ahí?
—Estupendamente —respondió él, rebosante de entusiasmo—. Previn es
un genio, el mejor director de orquesta con quien he trabajado; pero
necesitaremos casi todo el día para ponerlo todo a punto, ángel mío. Por
consiguiente, si no estoy en casa cuando tú llegues, no te preocupes. Tienes la
llave. Asegúrate solamente de estar en el palco esta noche.
El teléfono enmudeció. Ella se quedó un momento inmóvil, sosteniendo el
auricular, y después colgó. Cuando se volvió, vio que Constantino estaba en
la puerta, observándola. Había algo en su cara, en sus ojos negros, que Kate
hubiera dicho que podía leer en su interior. Lo sabía todo. Pero esto eran
tonterías.
Señaló las dos maletas y cogió su impermeable.
—Muy bien —dijo—, estoy lista.

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Y salió delante de él.

Deville, resguardándose de la lluvia debajo de un árbol, en el borde de


Hyde Park lindante con Park Lane, observaba a Mikali, que venía corriendo
muy de prisa de la dirección de la Serpentine. Llevaba ropa de carreras negra,
con una raya escarlata en cada pernera del Pantalón. Se detuvo a pocos metros
de Deville, con los brazos en jarras.
—No se rinde nunca, ¿eh? —dijo Deville.
—Ya sabe lo que dicen —replicó Mikali—, sobre los viejos hábitos y
demás monsergas. —Se colocó a su lado, y los dos echaron a andar en
dirección a la calle—. Ya veo que, a fin de cuentas, no pudo mantenerse
apartado. Menos mal que reservé otro asiento en el palco de Katherine.
—¿Está ella aquí? —preguntó Deville.
—En camino. Hablé con ella por teléfono esta mañana. Estaba a punto de
partir de Hydra.
—¿Ah, sí? —Deville asintió con la cabeza y prosiguió tranquilamente—:
Entonces, será mejor que dejemos las cosas claras. No he venido para asistir a
su concierto, John. He venido por usted.
Mikali se detuvo, se volvió de cara a él y su mano se deslizó hasta la
culata de la «Ceska» que llevaba en la pistolera «Burns & Martin», debajo del
chándal.
Deville levantó una mano, en ademán defensivo.
—No, mi querido amigo; no me interprete mal. —Sacó un sobre del
bolsillo—. Pasajes para los dos. En el avión de París que sale a las once y
quince de Heathrow. Tiempo de sobra para su actuación en el «Albert Hall».
Tengo entendido que la última noche de los Proms, el concierto de piano se
interpreta en la primera parte de la función.
—¿Y después?
—Llegaremos a París con tiempo suficiente para enlazar con el vuelo de
«Aeroflot» con destino a Moscú. Todo está preparado. Hoy apareció en Paris
Soir una noticia anunciando que se dispone usted a dar un curso superior en el
Conservatorio de Moscú.
Mikali se detuvo y miró en la dirección a Park Lañe; después, se volvió y
miró hacia la Serpentine. Respiró profundamente y levantó la cara para recibir
la lluvia.
—Londres, a primera hora de la mañana, es maravilloso —dijo—. No hay
nada que se le pueda comparar. Salvo que prefiera usted el olor de los

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castaños mojados de París. —Apoyó una mano en el hombro de Deville—.
Lo siento, viejo amigo, pero no hay nada que hacer.
Deville se encogió de hombros.
—Tiene todo el día para cambiar de opinión.
—Todo un día de ensayo —repuso Mikali—. Tengo que darme prisa. Si
Previn llega antes que yo, se empegará en hacer el té. Siempre quiere hacerlo,
y le sale fatal.
—¿No le importa que utilice el apartamento?
—Claro que no. Aunque dudo de que tenga tiempo de volver allí antes del
concierto. Si se decide a asistir, encontrará su localidad en la taquilla.
Ahora estaba en la acera, esperando a que cambiase la luz del semáforo.
Mikali dio una palmada en el hombro de Deville.
—Una gran noche, Jean Paul. Creo que la más grande de mi vida.

Al iniciar el «Trident» su descenso sobre Heathrow, bajo el sol declinante


de la tarde, Katherine Riley obedeció la orden de ceñirse el cinturón y se
retrepó en su asiento.
Estaba cansada, más cansada de lo que había estado nunca en su vida.
Cansada, irritada y frustrada. Como buena psicóloga, conocía perfectamente
el síndrome. Era como hallarse en un bosque oscuro, en un sueño infantil, sin
saber el camino que había de seguir y acosada por un mal desconocido que se
le echaba rápidamente encima.
Cerró los ojos y no vio a John Mikali, sino la cara morena y macilenta de
Asa Morgan, con el dolor pintándose en su mirada, y de pronto comprendió,
con absoluta claridad, que se había equivocado.
Morgan le había dicho que estaba en deuda con él. Si esto era verdad,
tenía que preocuparse honradamente por él, y esto sólo podía expresarlo de
una manera.
Fue como si le hubiesen puesto una inyección en el brazo, que la hubiese
llenado de energía. Se apeó del avión a toda prisa, fue una de las primeras en
presentar su pasaporte en Inmigración, y pidió que la pusieran con el primer
agente de la Rama Especial que pudiesen encontrar.

Eran las dos y media cuando el capitán Charles Rourke volvió a su oficina
de la Embajada británica, en la calle de Plutarchu, 1, de Atenas. Su teléfono
sonó casi inmediatamente. Descolgó el auricular y oyó la voz de Benson, uno
de los subsecretarios con responsabilidades consulares.

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—Hola, Charles. Dije a los de la puerta que me avisaran en cuanto
volvieses. Tengo aquí a un hombre muy impaciente, desde hace casi una hora.
Quiere un pasaporte temporal para volver a casa. Su pasaporte oficial está
hecho trizas.
—Eso no corresponde a mi departamento, chico.
—En realidad, Charles, esto no me gusta nada. Cuando entró parecía un
vagabundo, pero al examinar los restos de su pasaporte, he visto que se trata
de un oficial en activo y nada menos que coronel. Se llama Morgan.
Pero Rourke había colgado ya el teléfono y salía corriendo de su oficina.

Morgan tenía un aspecto horrible, con sus cabellos negros con hebras de
plata revueltos como los de un gitano y con su cara sin afeitar. El traje blanco,
manchado de sal, se había encogido y le tiraba en los hombros, y las costuras
empezaban a ceder.
—¡Ah! Es usted —dijo, cuando Rourke entró en la sala de espera—. ¿No
me dio bastante trabajo el otro día en el aeropuerto?
Rourke se espantó al verle.
—¡Dios mío! ¿Está usted bien, señor?
—¡Claro que no! —exclamó Morgan—. Me sostengo en pie por puro
milagro, pero eso no importa ahora. Lo único que quiero es un pasaporte
temporal y un pasaje en el primer avión de esta tarde con destino a Londres.
—En realidad, no sé si podré complacerle, señor. Tendré que preguntar
primero. Recibí órdenes estrictas con respecto a usted.
—¿Del brigadier Ferguson?
—Sí, señor.
—Entonces, ¿pertenece usted a DI5? Me alegro. Quizá las lecciones que
le di en la Academia, en el sesenta y nueve, sirvieron a fin de cuentas para
algo.
—¿Me recordó usted, señor?
—Naturalmente. Nunca olvido una cara. Y ahora, basta de charla y haga
su llamada telefónica.
—Un momento, señor. —Rourke se acercó, con una expresión
preocupada en el semblante—. ¿No es sangre lo que veo en su manga?
—Supongo que sí, dado que cierto caballero trató de matarme con una
«Walthe PPK». Y, ya que hablamos de esto, quizá no me vendría mal que me
viese un médico. Pero que sea alguien que sepa mantener cerrado el pico. No
quisiera perder ese avión por nada del mundo.

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16

Eran casi las seis cuando Kim fue a abrir la puerta del piso de Cavendish
Square y se encontró con Baker y Morgan plantados en el rellano.
Ferguson estaba en el comedor, comiendo solo en el extremo de la
elegante mesa Regencia, con una servilleta prendida en el cuello de la camisa.
—Eso huele bien —observó Morgan—. ¿Qué es?
—Ternera «Wellington». A pesar de ser gurkha, Kim tiene un notable
talento para la cocina tradicional inglesa. Pero, mi querido amigo, tienes un
aspecto espantoso.
—No soy tan joven como era; eso es todo.
Se acercó al aparador y se sirvió un coñac. Ferguson dijo a Baker:
—¿Ningún problema, superintendente?
—Por poco no puede aterrizar, señor. La niebla se hizo muy espesa
mientras yo esperaba. Creo que tendrán que cerrar Heathrow antes de dos
horas.
Ferguson sorbió su vaso de clarete y se echó atrás en su silla.
—¿Y bien, Asa?
—Y bien, ¿qué?
—Vamos, hombre. Es evidente que marchaste a Grecia en busca de el
Cretense. Diste esquinazo a mi hombre y, al cabo de cuatro días, apareces con
un par de heridas de bala en el cuerpo y un pasaporte destrozado, y buscas
desesperadamente la manera de volver a Inglaterra cuanto antes.
—Demasiados turistas, allá abajo —explicó Morgan—. No podía
soportarlo. —Vació su copa—. Y ahora ¿puedo irme ya? Una noche de sueño
tranquilo me sentará muy bien.
Ferguson hizo una seña a Baker, y éste abrió la puerta del salón. Katherine
Riley entró en el comedor.
—¡Dios todopoderoso! —exclamó Morgan con gran amargura.
—No seas estúpido, Asa. La doctora Riley ha actuado por tu bien y en
circunstancias muy difíciles. Me lo ha contado todo.

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Katherine Riley permaneció inmóvil, muy pálida, esperando, Morgan hizo
caso omiso de ella.
—¿Dónde está él?
—¿Mikali? Ensayando en el «Albert Hall» con André Previn, y con lo
minucioso que es éste, creo que seguirán allí hasta la hora del concierto.
—Extraña actitud la tuya.
—¿Por qué? —Ferguson se sirvió otro vaso de clarete—. Podríamos
detenerle ahora mismo en el escenario, pero ¿qué ganaríamos con ello?
Pregunta al superintendente.
Morgan se volvió hacia Baker, y éste asintió con la cabeza.
—El cerco es total; todas las salidas están vigiladas. Tengo cincuenta
hombres allá abajo, además del personal normal uniformado de
mantenimiento del orden. Casi todos aquéllos visten de paisano, y todos van
armados. Incluso tengo varios melenudos de la Ghost Squad haciendo cola
con los melómanos.
Sonó el teléfono en el recibidor, y Baker salió. Ferguson dijo:
—Como puedes ver, no tiene escapatoria. Dejémosle dar su concierto.
Que siga la función. En todo caso, mi querido Asa, el Cuarto de
Rachmaninov no se oye todos los días. Y su interpretación por John Mikali, la
última noche de los Proms, es un acontecimiento musical de primera
magnitud. Yo no me lo perdería por nada del mundo.
Katherine Riley giró sobre sus talones, se dirigió al salón y cerró la puerta
de golpe.
—Realmente, las mujeres son unas criaturas muy perversas. ¿Por qué las
atraerá tanto Mikali?
Baker volvió con una nota.
—Por lo visto, ese francés, Deville, que visitó a Mikali en Hydra, está
ahora en el piso de éste. Cuando hablé de él al Servicio de Información
francés, me preguntaron si me había vuelto loco. Es uno de los más célebres
abogados criminalistas de París. Sin embargo, interrogaron al ordenador
acerca de él.
Ferguson preguntó:
—¿Y qué resultó?
—Un punto interesante, señor. Hizo trabajos forzados para los nazis
durante la guerra. Uno de los muchos miles que fueron transportados a la
Europa del Este para trabajar en las minas de carbón y otros lugares
parecidos. Los que sobrevivieron fueron devueltos por los rusos el año
cuarenta y siete.

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Ferguson sonrió débilmente y se volvió hacia Morgan.
—¿Qué te sugiere eso. Asa?
—¿La KGB?
—Quizá; pero su principal empeño fue infiltrarse en el propio Servicio
Secreto francés en los años que siguieron a la guerra. Yo pensaría más bien en
el Servicio Soviético de Información militar. Según parece, Deville, tiene
estilo, cosa que siempre he encontrado a faltar en la KGB.
—¿Incluso en la antigua variedad estoniana?
—Apúntate un tanto. —Ferguson se enjugó el mentón con la servilleta—.
Pero un hombre como Mikali… ¿Por qué. Asa? ¿Cuál puede ser su
motivación?
—No tengo la menor idea. Lo único que puedo decirte es de dónde
procede su experiencia. Ingresó en la Legión cuando tenía dieciocho años.
Sirvió dos años en Argelia como paracaidista.
—Muy romántico.
—Discúlpeme, señor —interrumpió Baker—. ¿Puedo preguntarle qué
hacemos con Deville? ¿Quiere que le detengamos ahora?
—Un momento, superintendente. —Ferguson se volvió a Morgan—.
Creo, Asa, que lo mejor sería que pasaras a la habitación contigua e hicieses
las paces con la doctora Riley.
—Lo cual quiere decir que no quieres que intervenga en esta discusión.
—Exacto.
Baker abrió la puerta del salón. Morgan vaciló un momento, pero salió, y
el superintendente volvió a cerrar la puerta.

Katherine Riley estaba junto a la chimenea, con las manos apoyadas en la


repisa y contemplando las llamas. Levantó la cabeza y le miró en el adornado
espejo de bronce dorado.
—Estuviste en un terrible aprieto, Asa. No podía dejarte en la estacada.
—¡Oh! Sabes manejar muy bien las palabras —replicó él—. Lo
reconozco. Es el fruto de una cara educación.
—Asa…, por favor —dijo ella, con voz auténticamente dolorida.
—Ya sé —repuso roncamente él—. La pasión te tenía agarrada por el
cuello y no quería soltarte. Pero ¿por quién? ¿Por mi o por él?
—María y yo te lavamos la otra noche. ¿Cuántas veces te han herido?
¿Cinco? ¿Seis? Y eso, sólo contando las cicatrices que se ven. Lo siento por
ti.

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Pasó por delante de él y abrió la puerta que daba a la otra habitación.
Ferguson levantó la cabeza y Baker se volvió a mirar a Katherine.
—¿Puedo irme ya? —preguntó ésta.
Ferguson miró a Morgan, que estaba plantado en el umbral. Ella se inclinó
hacia delante, apoyando las manos en la mesa.
—¡Por favor! —rogó, en tono apremiante—. Estoy harta de todo esto.
—¿Y adónde irá usted, doctora Riley? —preguntó Ferguson.
—Al piso de una amiga, en Douro Place. Tengo mi coche allí. Quiero
volver a Cambridge lo antes posible.
El rostro de Ferguson estaba muy tranquilo, y el tono de su voz fue
sorprendentemente amable cuando dijo:
—¿Es esto lo que quiere? ¿Está segura?
—Sí —afirmó tercamente ella.
—Muy bien. —Hizo una seña a Baker—. Meta a la doctora Riley en un
coche, superintendente, y que la lleven a esa dirección de Douro Place. Si la
necesitamos, siempre podremos localizarla en Cambridge.
Ella se dirigió a la puerta y Baker la siguió. Al abrirse aquélla, dijo
Ferguson:
—Sólo una cosa, doctora. Por favor, no trate de salir del país antes de
recibir autorización expresa para hacerlo. Sería muy desagradable tener que
detenerla.

Kim entró con una fuente cubierta.


—¡Ah! —exclamó Ferguson—. Pudding. Empezaba a pensar que se había
olvidado. —Se sentó, volvió a sujetarse el pañuelo en el cuello de la camisa, y
el gurkha le sirvió—. Un pastel de queso bastante especial, rociado con
«Grand Marnier». Prueba un poco, Asa.
—No, gracias —dijo Morgan—. Pero tomaré otro coñac, si no te importa.
—Como gustes. ¿Te duele mucho el brazo?
—De un modo infernal —respondió Morgan.
Y era verdad, aunque deliberadamente exageró la expresión de dolor de su
semblante, mientras vertía una generosa ración de «Courvoisier» en una copa.
Mientras bebía, Baker regresó. Ferguson le preguntó:
—¿Sin problemas?
—Ninguno, señor.
—Bien. ¿Ha hecho Mikali algún intento para salude allí?
—No, señor. Acabo de hablar por teléfono con nuestro puesto de mando
móvil en el aparcamiento de coches. La última información es que han

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terminado ahora mismo de ensayar.
Ferguson miró su reloj.
—Las seis y quince. Veamos. El concierto empieza con L’aprés-midi d’un
faune, de Debussy, seguido de la Sinfonía del reloj, de Haynd. Esto significa
que Mikali empezará alrededor de las ocho cuarenta y cinco, con el intervalo
a las nueve treinta.
—¿Le detendremos entonces, señor?
—Será mejor después de la recepción del intermedio. Recuerde que él es
el invitado de honor. Sería bastante extraño que no estuviese allí. Mientras
podamos, hagamos que las cosas parezcan lo más normales que sea posible.
Morgan se acarició el brazo, con expresión de verdadero dolor en el
semblante. Sin embargo, su voz era casi suplicante cuando dijo a Ferguson:
—Desde que nos conocemos, nunca te he pedido nada, Charles; pero
ahora sí que voy a pedirte una cosa. Déjame ir contigo.
—Lo siento, Asa. Comprendo lo que sientes, pero ya has hecho tu trabajo.
Tu labor termina aquí. De ahora en adelante, el asunto concierne a la Policía.
—Está bien. —Morgan levantó una mano—. Cuando pierdo, sé
reconocerlo. Y ahora, supongo que puedo marcharme.
Se volvió hacia la puerta, y Baker dijo:
—Espérame, Asa. Te llevaré a casa.
Morgan salió y Ferguson dijo:
—Sabe reconocer cuando ha perdido, cierto. Pero cuando hace
observaciones como ésta es cuando realmente me preocupa. Llévale a casa.
Pero quiero que su apartamento esté constantemente vigilado hasta que haya
terminado todo esto.
—Yo no me preocuparía, señor. En el estado en que se encuentra, me
sorprende que haya podido llegar andando hasta la puerta.
—Si cree usted eso de Asa Morgan, superintendente —dijo Ferguson—,
es usted el hombre más crédulo del mundo.

Cuando Mikali entró en el Cuarto Verde, detrás del escenario del «Albert
Hall», su camisa estaba empapada de sudor y él temblaba de excitación.
Había estado muy bien, y lo sabía. Los dos días de ensayo más duros que
había aguantado en su vida, y la perspectiva del propio concierto, eran para
aturdir a cualquiera.
Se abrió la puerta y entró el director de escena, con una tetera, leche y
azúcar, en una bandeja.

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—¿Ha podido hablar con Heathrow? —preguntó Mikali, mientras se
enjugaba con una toalla.
—Sí, señor. Los dos vuelos de Atenas han llegado; el último,
precisamente antes de caer la niebla.
—Magnífico —repuso Mikali—. Asegúrese de que las localidades de la
doctora Riley y del abogado Deville están reservadas en taquilla.
Cuando el hombre abrió la puerta, entró Previn.
—¿Va todo bien?
—Aquí, sí —respondió Mikali—. ¿Estuve bien ahí fuera?
—No ha estado mal. —Previn sonrió—. En ciertos fragmentos.
—¿En ciertos fragmentos? —Mikali lanzó una carcajada—. Maestro, esta
noche voy a darle la actuación que ha estado esperando durante toda su vida.
—Le dio una palmada en un hombro—. Y ahora, para variar, tome una taza
de té decente.
Cuando llegaron a Gresham Place, Baker dijo al chófer que esperase, y
acompañó a Morgan hasta la entrada. Éste le preguntó:
—¿Te apetece echar un trago?
—No tengo tiempo.
Dio un cigarrillo a Morgan, encendió otro, y los dos se quedaron fumando
en el portal y contemplando la fuerte lluvia.
—¿Te has preguntado alguna vez a qué viene todo esto, Harry?
—Demasiado tarde para lucubraciones, Asa. Veinticinco años demasiado
tarde, en tu caso.
—Bueno, ¿qué debo hacer?
—Acostarte, antes de que te caigas.
Otro coche de la Policía se detuvo en el otro lado de la calle, y el inspector
detective Stewart se apeó de él, seguido de dos guardias uniformados. Se
detuvieron al pie de los peldaños de la entrada.
—El coronel Morgan —dijo Baker— va a retirarse a descansar. Pero, si
cambiara de planes, si pretendiese salir por cualquier motivo, deben detenerle
en el acto. Uno de ustedes puede vigilar la entrada desde el coche; el otro
montará la guardia en el patio de atrás.
—Serán relevados dentro de cuatro horas —les informó Stewart, y los dos
hombres se alejaron. Stewart se volvió hacia Baker.
—¿Algo más, señor?
—No. Vaya al coche, George; partiremos inmediatamente.
Morgan inquirió:
—¿Crees que esto es legal, Harry?

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—Si Ferguson hubiese querido, habría podido hacerte detener hasta que
todo hubiese terminado.
—¿Bajo qué acusación?
—De momento, como sospechoso, por sufrir heridas de arma de fuego y
no dar una explicación adecuada. —Arrojó su cigarrillo al arroyo—. Sé
sensato, Asa. Vete a la cama.
Bajó los peldaños, subió a la parte de atrás del coche de la Policía, al lado
de Stewart, y el automóvil arrancó. Morgan miró al otro coche, aparcado
enfrente, se despidió con la mano del policía sentado detrás del volante, y
entró en la casa.

Jock Kelso estaba viendo un partido de rugby en la televisión cuando


empezó a sonar el teléfono. Su hija Amy, linda jovencita de negros cabellos,
salió de la cocina, secándose las manos con el delantal, y respondió a la
llamada.
—Es el coronel Morgan, papá.
Kelso apagó la televisión y cogió el auricular.
—¿Coronel?
—Tengo un pequeño problema, Jock. Un coche de la Policía aparcado
delante de la entrada de mi casa, y un guardia en el patio de atrás, para
asegurarse de que no saldré. El brigadier Ferguson no quiere que me meta en
líos. Me preguntaba si tú podrías hacer algo a este respecto.
Kelso se echó a reír.
—¡Dios mío, coronel! Parece que volvemos a los viejos tiempos.

Morgan colgó el teléfono, abrió el cajón de la mesa escritorio y sacó la


«Walther PPK». Comprobó cuidadosamente el cargador y ajustó el
silenciador «Carswell» al cañón.
Empezaba a sentirse cansado, y esto no le convenía en absoluto. Entró en
el cuarto de baño, abrió el pequeño armario de encima del lavabo y sacó un
frasquito de cápsulas rojas. En el Ejército, las llamaba balas de Belfast,
porque su objeto era mantenerle a uno en forma en los momentos difíciles,
cuando el descanso era imposible. Dos cápsulas cada cuatro horas, y se
podían pasar veinticuatro sin dormir. Lo único malo era que, después, uno se
quedaba como muerto durante una semana.
Se tragó dos, con ayuda de un vaso de agua, volvió al cuarto de estar, se
sentó detrás de la ventana y esperó.

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Eran las siete y cuarto, y Deville estaba haciendo café en la cocina del
piso de Upper Grosvenor Street, cuando llamaron a la puerta. Él se detuvo,
instantáneamente alerta, y se dirigió hacia la puerta de la cocina, todavía con
la lata de café en una mano y una cuchara en la otra.
El timbre volvió a sonar. Desde luego, no podía ser Mikali. Éste tendría su
llave, a menos que se la hubiese dejado olvidada; además, no era probable que
se presentase ahora, faltando tan poco rato para el concierto. Podía ser
Katherine Riley, pero Deville pensó que ésta debía tener también una llave.
Resolvió hacer oídos sordos, pero, en el mismo momento, una llave
rechinó en la cerradura, se abrió la puerta y entró Ferguson. Deville advirtió
que Baker estaba a su lado, con una ganzúa en la mano.
Ferguson dijo:
—Gracias, superintendente. Puede usted esperar abajo. No tardaremos.
Llevaba un capote de los que suelen usar los oficiales de la Household
Brigade y un paraguas mojado por la lluvia. Dejó éste apoyado en una silla.
—Un tiempo infernal, para esta época del año —dijo, sonriendo
débilmente—. Supongo que sabe quién soy.
Deville, que siempre había conocido las caras de todos los jefes
importantes de los servicios de información de Europa Occidental, asintió
gravemente con la cabeza. «Después de veinticinco años —pensó—, ha
llegado el momento. El momento que siempre ha sido posible. El momento en
el que vienen por uno cuando menos lo piensa».
Un dije de oro representando un león pendiente de la cadena de reloj entre
dos bolsillos de su chaleco. Lo tocó disimuladamente, buscando el cierre.
—¿Es ahí dónde guarda la cápsula de cianuro? —preguntó Ferguson—.
¡Qué anticuado! A nosotros solían dárnoslas durante la guerra. Pero yo las tiré
siempre. Dicen que actúan rápidamente, pero yo vi una vez a un general de la
SS que había tomado una y que no paró de chillar en veinte minutos. Una
manera muy estúpida de largarse al otro mundo.
Se acercó al aparador, destapó la botella de whisky y olió el licor. Asintió,
en señal de aprobación, y se sirvió una copa.
Deville dijo:
—¿Sugiere usted algo?
Ferguson se dirigió a la ventana y contempló la calle mojada por la lluvia.
—Bueno, podría usted tomar una decisión heroica, como poner pies en
polvorosa. Pero, suponiendo que consiguiese llegar a la Embajada soviética y
que le enviasen a casa, no creo que fuese allí muy bien recibido. Ha fracasado

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en el último momento, y, según tengo entendido, eso no les gusta mucho.
Desde luego, sostienen una opinión muy civilizada sobre la pena capital. No
ahorcan a la gente. En vez de esto, la envían al Gulag, que, si hemos de creer
a Soljenitsin, no es un lugar muy agradable. Aunque Moscú ha asegurado
siempre que eso no es más que falsa propaganda occidental.
—¿Y la alternativa? —preguntó Deville.
—Los franceses…, porque usted es ciudadano francés, ¿no es verdad,
abogado Deville…?, los franceses tendrían derecho a pedir su extradición, y
sus Servicios Secretos sienten una antipatía especial contra los agentes rusos,
desde el caso Safiro en el sesenta y ocho, sobre todo habida cuenta de las
infiltraciones de la KGB. Sin duda le entregarían al Servicio Cinco, que
emplea unos métodos muy anticuados cuando quiere obtener información de
alguien. Todavía creen en el poder de la electricidad, especialmente, según
tengo entendido, cuando la conectan a diversas partes de la anatomía de algún
infeliz.
—¿Y usted? —preguntó Deville—. ¿Qué puede usted ofrecerme?
—¡Oh! La muerte, desde luego —respondió alegremente Ferguson—. Ya
pensaríamos algo. Los accidentes de automóvil son muy útiles, sobre todo
cuando van seguidos de incendio. Hacen que la identificación se reduzca a lo
que se encuentra en los bolsillos.
—¿Y después?
—Paz, anónimo, y una vida tranquila. La cirugía plástica hace maravillas.
—¿A cambio de la información que les interesa?
Ferguson cogió la botella y se sirvió otro whisky; después, se volvió,
sentado en el borde de la mesa.
—En el año cuarenta y tres, cuando estaba en el SOE, trabajando con la
Resistencia francesa, me encontré, gracias a un soplón, en manos de la
Gestapo en París, en su viejo Cuartel General de la Rué de Saussais, detrás
del Ministerio del Interior. Entonces creían aún en las porras de caucho. Muy
desagradables, por cierto.
—¿Y escapó?
—De un tren con destino al campo de concentración de Sachsenhausen.
Pero eso es agua pasada. —Se dirigió a la ventana y volvió a mirar a la calle
—. Entonces era más sencillo. Sabíamos el terreno que pisábamos. Y aquello
por lo que luchábamos. En cambio, ahora…
Hizo una larga pausa antes de añadir, sin volverse:
—Desde luego, siempre queda la cápsula de cianuro.
—¿Me da usted a elegir?

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—Fair play inglés, amigo mío. Yo fui prefecto en Winchester, ¿sabe?
Se volvió y vio que Deville tenía extendida la mano derecha con la
pequeña cápsula negra en el centro de la palma.
—Creo que esto no me interesa, gracias.
—Excelente. —Ferguson cogió cuidadosamente la cápsula—. Son mala
cosa.
La dejó caer sobre el suelo entarimado y la aplastó con el tacón.
—¿Qué hacemos ahora? —preguntó Deville.
—¡Oh! Creo que un poco de buena música nos vendrá bien —contestó
Ferguson—. Tengo entendido que John Mikali toca el Cuarto de
Rachmaninov esta noche en el «Albert Hall». Todo un acontecimiento.
—Sin duda lo será.
Deville se puso su abrigo oscuro, tomó su sombrero de fieltro negro de la
percha junto a la puerta y cogió su bastón de puño de plata.
—Dígame una cosa —inquirió Ferguson—. Sólo por satisfacer mi
curiosidad. ¿KGB o GRU?
—GRU —respondió Deville—. Coronel Nikolai Ashimov.
El nombre sonó extraño en su boca. Ferguson sonrió.
—Me lo había imaginado. Le dije a Morgan que tenía usted demasiado
estilo para ser de la KGB. ¿Nos vamos?
Abrió la puerta y se apartó ceremoniosamente a un lado para dejar pasar a
Deville.

En aquel mismo momento, Katherine Riley, rodando bajo la lluvia en el


intenso tráfico de la North Circular Road, hizo girar el volante de su «MGB»
deportivo, se metió en una calle lateral y detuvo el coche.
Paró el motor y permaneció un momento inmóvil, sintiendo los latidos de
su corazón y agarrando con fuerza el volante. Por último, soltó su respiración
en un largo suspiro. Sólo había un lugar en el mundo al que quería ir ahora, y
no era precisamente Cambridge.
Puso el motor en marcha, rodó hasta el final de la calle y dio media vuelta,
en dirección al centro de Londres.

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En el Cuarto Verde, detrás del escenario del «Albert Hall», Mikali estaba
delante del espejo, ajustándose la corbata blanca. Después abrió su neceser y
levantó el doble fondo, poniendo al descubierto la pistolera
«Burns & Martin», donde estaba su «Ceska». Abrochó el tirante de la
pistolera en la parte de atrás de su cinturón y, después, se puso el elegante frac
con una rosa escarlata en el ojal.
En el escenario, la orquesta atacaba la última parte de la Sinfonía en re
mayor n.º 101, de Haydn, más conocida por los aficionados a los conciertos
de todo el mundo como El reloj.
Abrió la puerta y salió al pasillo. El director de escena estaba al pie de la
pasarela por la que salían los artistas al escenario. Avanzó unos pasos por ella,
hasta que pudo ver a Previn en la tarima del director y, detrás de él, a la
izquierda, el palco del extremo de la curva, que había reservado para
Katherine Riley. Ésta brillaba Por su ausencia, lo mismo que Deville.
Su contrariedad fue enorme, y volvió al Cuarto Verde, sacó una moneda
del bolsillo y telefoneó al apartamento, empleando el aparato de pago de la
pared.
Esperó más de un minuto, colgó y volvió a probar, también inútilmente.
—Vamos, Katherine —dijo en voz baja—. ¿Dónde diablos te has metido?
Se abrió la puerta y entró el director de escena.
—Diez minutos, Mr. Mikali. Hoy está ahí la flor y nata, se lo aseguro.
Mikali sonrió, con entusiasmo.
—Quisiera estar ya allí.
—¿Una taza de té, señor?
—Ya sabe usted, Brian, que es mi debilidad.
El hombre salió y Mikali encendió un cigarrillo y fumó furiosamente,
paseando arriba y abajo. Después se detuvo en seco, aplastó el cigarrillo y se
sentó al piano «Chappel» vertical, junto a la pared, cerró y abrió los dedos
varias veces, y empezó a tocar una serie de escalas.

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Lo único que llamó la atención del conductor del coche de la Policía
aparcado delante de la residencia de Morgan fue el color de la pequeña
furgoneta que se detuvo ante la casa. Un amarillo chillón. La Cesta de Flores
—Interflora— Servicio de entrega permanente.
El chófer llevaba una gorra de paño y un grueso impermeable del mismo
color de la furgoneta, con el cuello levantado para protegerse de la lluvia.
Sacó un ramo grande, envuelto como para un regalo, subió la escalera y entró
en la casa.

Lo primero que vio Morgan al abrir la puerta fue el ramo de flores, y


después, la figura envuelta en el impermeable amarillo se metió en el piso.
Él cerró la puerta y, al volverse y quitarse ella la gorra, vio que en realidad
era una joven muy atractiva.
—Bueno, ¿quién diablos eres? —preguntó, mientras ella se desabrochaba
el impermeable.
—Amy Kelso, coronel. He crecido un poco desde que le vio usted por
última vez, pero no tenemos tiempo para conversar. Por favor, póngase el
impermeable y la gorra. Encontrará una furgoneta amarilla en la entrada. Suba
a ella y diríjase a Park Stret. Mi padre le está esperando allí en un «Ford
Cortina» blanco.
—Pero ¿qué vas a hacer tú? —preguntó él, poniéndose el impermeable.
—Deje la furgoneta en Park Street. Yo la recogeré dentro de cinco
minutos. Dese prisa, coronel, ¡por favor!
Morgan vaciló; después se caló la gorra, cogió la bandeja de las flores y se
dirigió a la puerta.
—¡Y levántese el cuello del impermeable!
La puerta se cerró detrás de él. Ella se había puesto, debajo del
impermeable, un chubasquero ligero de ciudad. Ahora se llevó las manos a
los cabellos recogidos sobre la cabeza; retiró los alfileres y dejó caer aquéllos
sobre sus hombros.
Dos minutos después de marcharse la furgoneta, el conductor del coche de
la Policía vio salir a Amy Kelso de la casa. Ella se paró un momento,
contemplando la lluvia, y después, bajó la escalera y se alejó
apresuradamente.
Él la miró con franca admiración y la vio doblar la esquina y perderse de
vista. No le habría gustado tanto si la hubiese visto subir a la furgoneta
amarilla en Park Street, ponerse al volante y salir pitando.

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Cuando Katherine Riley cruzó apresuradamente la puerta cristalera y
entró en el vestíbulo delantero del «Albert Hall», la primera persona a quien
vio fue Harry Baker, que estaba hablando con dos policías de uniforme. Él la
vio también inmediatamente y, en cuatro zancadas, le cerró el paso al dirigirse
ella a la taquilla.
—Bueno, doctora, ¿qué significa eso?
—Tengo reservada una localidad.
Él meneó la cabeza, la asió del codo y la empujó de nuevo hacia fuera.
Una camioneta de aspecto vulgar se hallaba parada en la pequeña zona de
aparcamiento para coches oficiales; era el puesto de mando de la Rama
Especial. El coche de Ferguson estaba aparcado al lado de ella. Y Ferguson
estaba sentado en la parte de atrás, con Deville.
El brigadier abrió la portezuela y se apeó.
—¿No iba usted a Cambridge?
—Cambié de idea —dijo ella—. Decidí que quería oírle tocar otra vez.
—¿Eso es todo? ¿No se le ha ocurrido alguna tontería…?
—¿Cuál, brigadier? ¿Avisarle? ¿A dónde podría ir?
—Cierto —admitió Ferguson, y asintió con la cabeza.
Ella miró al francés.
—¿También usted, Mr. Deville?
—Así parece, Mademoiselle.
Kate volvió a mirar a Ferguson.
—¿Puedo irme ya?
—Desde luego, doctora. Usted se merece más que nadie presenciar el
último acto.
Ella se volvió y se dirigió apresuradamente a la entrada. Ferguson se
asomó al interior del coche.
—No puede tardar en empezar. ¿Le gustaría entrar, señor abogado?
Deville sacudió la cabeza.
—En realidad, no, brigadier. Por extraño que le parezca, dadas las
circunstancias, le diré que el piano, como instrumento, nunca me ha llamado
la atención.

En el Cuarto Verde, Mikali se ajustó la corbata delante del espejo,


mientras Previn esperaba junto a la puerta. Llamaron a ésta, y apareció el
director de escena.
—Todo listo, caballeros.

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Previn sonrió y levantó una mano.
—Suerte, John.
Mikali abrió los brazos.
—No la necesito. Para el gran Mikali, todo es posible.

El «Albert Hall» estaba lleno hasta los topes, y, además de los palcos, las
butacas de platea, las sillas de orquesta y el anfiteatro, había quinientas
entradas de paseo, muchos de cuyos poseedores estaban en la galería y otros
en los pasillos y delante del escenario, apretujados y apoyados en la
barandilla; había muchos estudiantes vestidos de un modo estrafalario, de
acuerdo con la tradición de la última noche de Proms.
Y cuando Previn se dirigió al escenario, seguido de Mikali, la ovación fue
mayor que cuantas había oído Mikali hasta entonces, y la sangre corrió más
de prisa por sus venas, y sintió una excitación y una emoción enormes.
Saludó una y otra vez, mientras Previn reía y aplaudía también, y después,
se volvió y miró hacia el palco del final de la curva, precisamente frente al
escenario, y vio que Katherine Riley estaba sentada en él.
Pasó entre los músicos, se quitó la rosa roja del ojal y la arrojó a
Katherine.
Ésta cogió la rosa, la sostuvo un momento entre sus dedos, mirando a
Mikali como en sueños, y después, la besó y se la devolvió. Mikali la prendió
de nuevo en su ojal y correspondió con un beso lanzado con la punta de los
dedos. El público expresó ruidosamente su regocijo, y él se dirigió al piano y
se sentó.
Cesó todo el ruido. Se hizo un silencio total. Previn, como era costumbre
en estos casos, prefirió dirigir el concierto desde el escenario propiamente
dicho y se colocó muy cerca del piano.
Se volvió a medias hacia Mikali, ahora con el semblante grave. Bajó la
batuta, la orquesta empezó a tocar y los dedos de Mikali se deslizaron sobre el
teclado.
Kelso entró con el «Cortina» en Prince Consort Road y detuvo el coche
junto al bordillo. Mantuvo el motor en marcha y se volvió hacia Morgan.
—¿Algo más, coronel?
—Olvidar que me conoces, y lo digo por tu bien.
—Un poco difícil —repuso Kelso.
Morgan, que llevaba una vieja trinchera y una gorra de tweed que le había
proporcionado el sargento mayor, se apeó y se inclinó junto a la ventanilla.
—Gracias, Jock. Y ahora, lárgate de prisa.

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El «Cortina» se alejó rápidamente y Morgan se levantó el cuello de la
trinchera para protegerse de la lluvia y se dirigió a la parte de atrás del «Hall».
Se detuvo junto a la estatua del Príncipe Consorte y observó la entrada
posterior del edificio. Había tres policías uniformados montando guardia al
pie de la escalera. Y, en realidad, había al menos uno de guardia ante todas las
otras puertas que alcanzaba a ver, con la capa brillando bajo la lluvia.
En aquel momento, un camión dobló la esquina y se detuvo delante de la
entrada de los artistas. Llevaba pintado en el costado el nombre de una de las
fábricas de cerveza más conocidas de Londres. Mientras Morgan observaba,
salieron tres o cuatro mozos llevando gorras e impermeables, y empezaron a
descargar cajas de cerveza, bajo la mirada de los dos policías de guardia en
aquella puerta.
Morgan cruzó la calle y se colocó en la sombra, al lado del vehículo,
esperando el momento oportuno. Los dos policías habían acercado sus
cabezas y se reían. Un mozo salió del edificio, agarró una caja y se metió de
nuevo en aquél. Morgan, sin vacilar, pasó a la parte de atrás del camión,
agarró la caja siguiente y se dirigió a la puerta.
Los policías rieron con más fuerza, detrás de él. Pasó por delante del
quiosco del portero, a su izquierda, torció a la derecha y avanzó por el pasillo,
observando al mozo que le precedía a pocos metros y que, sin duda, se
encaminaba a uno de los bares.
Vio a su derecha una puerta abierta que daba a una escalera. La cruzó
rápidamente, dejó la caja en la sombra y subió al primer rellano.
Ahora podía oír claramente la orquesta y el piano, cerca de donde se
encontraba, y salió a uno de los largos corredores curvos típicos del «Albert
Hall». Frente a él había una puerta con el rótulo de Salida. La abrió y se halló
en el extremo del pasillo que llevaba a una escalera que bajaba a la platea, al
lado izquierdo del escenario. Y allí, al fin, estaba John Mikali.

Próximo a terminar el movimiento final, y mientras la orquesta repetía el


tema, Mikali esperaba, abriendo y cerrando los dedos, respirando
profundamente y preparándose para el enorme esfuerzo físico que tendría que
realizar en los últimos momentos.
Miró a André Previn, observándole atentamente y esperando su señal, y,
en el mismo instante, vio, por encima del director, que se abría la puerta de
salida en lo alto de la escalera y que Asa Morgan asomaba en ella.
La impresión fue tan enorme que, de momento, se quedó petrificado.
Katherine Riley, que no dejaba de observarle, siguió la dirección de su

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mirada; pero Morgan había retrocedido ya y desaparecido.
«¡Dios mío! —pensó Mikali—. Está vivo. Ese bastardo logró salvarse y
ahora viene por mí». Unas frases del Bushido acudieron a su memoria. «No
hay soledad más profunda que la del samurái. Salvo, quizá, la del tigre en la
selva».
No sentía miedo; más bien un regocijo furioso, una especie de exaltación.
Previn movió vivamente la cabeza, y Mikali se sumió en el dramático final de
aquella Pieza que, entre su extenso repertorio, era su preferida, y tocó como
nunca lo había hecho en su vida.
Al terminar, sonó la mayor aclamación que jamás hubiese escuchado en
toda su carrera musical. Todos aplaudían. La orquesta, Previn, los oyentes
apretujados contra la barandilla y que extendían las manos hacia él.
Miró al palco de Katherine Riley y vio que ésta se había puesto en pie,
apoyándose en la baranda y mirándole fijamente. Entonces, Previn le agarró
de un codo y le empujó por el Bullrun.
El director de escena estaba delante del Cuarto Verde, con una copa de
champaña en cada mano.
—Nunca había oído nada parecido —dijo, mientras aumentaba el ruido y
los del gallinero empezaban a corear el nombre de Makali.
Éste sorbió el champaña caliente e hizo un pequeño guiño.
—¿He estado bien, maestro, o sólo en fragmentos?
Previn, visiblemente conmovido, levantó su copa.
—Mi querido amigo, la vida tiene a veces grandes momentos. Esta noche
ha sido uno de ellos.
Mikali sonrió y bebió un poco más de champaña, mirando hacia el final
del pasillo, donde se unía éste al corredor principal, y pensó que Morgan,
campando por sus respetos en aquel coto cerrado, debía de estarle esperando
en la sombra.
Cuando se habían enfrentado en la villa de Hydra, Morgan había dicho
que quería a Mikali para él. Sin duda seguía pensando igual. A fin de cuentas,
nada había cambiado.
Los aplausos se hicieron más insistentes.
—Vamos, John —dijo Previn—. Si no salimos, invadirán el escenario.
Cuando aparecieron de nuevo, el público gritó «¡Mikali! ¡Mikali!», y
empezaron a arrojarle flores y gorros y bufandas universitarias. Todo el
mundo estaba ahora en pie, aplaudiendo, agradeciéndole que les hubiese
dejado compartir aquella experiencia única.

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Él saludó, sonriendo, agitando ambas manos, lanzando un beso a
Katherine Riley y pensando que la única salida del escenario era por el
Bullrun y hacia el corredor más allá del sitio donde Morgan debía de estar
esperándole.
Entonces se le ocurrió pensar que esto no era exactamente cierto. Se
volvió, estrechó la mano al primer violín y se acercó a la barandilla. Abajo, a
tres metros y medio de profundidad, había un pasadizo que conducía al
corredor exterior.
Se inclinó hacia delante, saludando a los que estaban de pie en primera
línea.
—Sois demasiado para mí. Demasiado buenos para que pueda expresarlo
con palabras. Creo que no podría resistirlo más.
Puso un pie sobre la barandilla y se dejó caer en el pasadizo. Sonaron
varios gritos y una súbita exclamación general, pero aterrizó sin novedad,
abrió y cerró la puerta de golpe, y desapareció.
Entonces todo fueron risas y un aplauso atronador, al que se unió la propia
orquesta, ante la más heterodoxa salida de un gran artista que jamás se
hubiese presenciado en la larga historia del «Albert Hall».

El corredor estaba desierto, pero, dentro de un momento, la gente llenaría


todos los pasillos del edificio, dirigiéndose a los bares durante el intervalo. La
tercera puerta de salida le condujo a la escalera que llevaba a la entrada
posterior del «Hall».
Harry Baker estaba hablando con dos policías de uniforme en el vestíbulo
inferior. Mikali le reconoció inmediatamente, dio media vuelta y volvió a
subir la escalera.
¿Era posible que se hubiese equivocado, que Morgan hubiese adoptado,
en definitiva, la actitud más sensata? Avanzó rápidamente por el corredor
principal, todavía desierto, y buscó la puerta que conducía a la oficina del
conserje y a la entrada de los artistas.
Al llegar miró cautelosamente a su alrededor y vio dos guardias, que se
habían refugiado en el interior para resguardarse de la lluvia; una vigilancia
que jamás había visto en el «Albert Hall».
No necesitó más. El sexto sentido que le había mantenido con vida
durante tanto tiempo, haciéndole oler el peligro como un animal de la selva, le
dijo que su situación era muy apurada.
Dio media vuelta y echó a andar apresuradamente y en sentido contrario
por el corredor; un personaje extraño, elegante y solitario, de frac y corbata

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blanca. Y, un momento después, André Previn y un nutrido grupo de personas
en traje de noche aparecieron en la curva del pasillo y le cayeron encima.
En un segundo, se vio rodeado de admiradores entusiasmados. Previn le
dijo:
—¿Qué pretendió hacer? ¿Romperse la cabeza? Ha sido una salida
singular, incluso para la última noche de los Proms.
—Sólo quise añadir algo a la tradición, a mi manera —respondió Mikali.
—Bueno, todos le están esperando en el «Salón del Príncipe Consorte».
La duquesa de Kent, el embajador de Grecia, el Primer Ministro. No hay que
hacerles esperar. —Previn se echó a reír—. Recuerde que estamos en
Inglaterra.
Asió a Mikali del brazo y tiró de él con firmeza, pasillo adelante.

La escalera que conducía al «Salón del Príncipe Consorte» estaba llena de


gente, y Katherine Riley tuvo que abrirse paso a viva fuerza. Por último, llegó
a la puerta de cristales y se encontró con un portero uniformado que le cerraba
el paso.
—La invitación, señorita; por favor.
—No la tengo. Pero soy amiga de Mr. Mikali.
—Es usted una entre muchos esta noche, señorita.
Señaló hacia la atestada escalera, y un grupo de estudiantes empezó a
gritar: «¡Mikali! ¡Mikali!».
A través de los cristales, Katherine pudo ver el salón repleto de damas
elegantemente vestidas y de caballeros en traje de etiqueta, a excepción del
superintendente jefe Harry Baker, que llevaba un traje azul marino y estaba
plantado de espaldas a la puerta.
Katherine golpeó con los dedos el cristal, antes de que el portero pudiese
impedírselo, y Baker se volvió. La observó gravemente un momento y,
después, abrió la puerta.
—No se preocupe —dijo al portero—, yo cuidaré de esto. —La asió del
brazo y la llevó a un rincón del rellano—. Es inútil, doctora; todo ha
terminado para él. No tiene usted nada que hacer aquí.
—Lo sé —aceptó ella.
Él permaneció un momento inmóvil, mirándola fijamente, y después, hizo
algo sorprendente. Le acarició amablemente los cabellos y meneó la cabeza.
—¡Mujeres! Todas son iguales. Nunca aprenden, ¿verdad?
Abrió la puerta, se hizo a un lado y la invitó a pasar con un ademán.

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Edward Heath, Primer Ministro británico, era también músico notable y
estrechó la mano de Mikali con entusiasmo.
—Extraordinario, Mr. Mikali. Nunca olvidaré esta noche.
—Muchas gracias, señor.
Conducido por Previn, se acercó a la duquesa de Kent, tan encantadora y
bien informada como siempre.
—Creo que no han grabado juntos el Cuarto de Rachmaninov, ¿verdad?
—preguntó.
Previn sonrió.
—No, señora; pero creo poder asegurar que, después de la interpretación
de John de esta noche, esta omisión será remediada en un futuro muy
próximo.
Mikali les dejó hablando y siguió estrechando docenas de manos. Se
detuvo para hablar con el embajador de Grecia, sin captar realmente lo que
éste le decía, mirando inquieto a su alrededor, temiendo a medias sorprender
el rostro macilento de Morgan mirándole entre la multitud.
Pero, en vez de Morgan, vio a Katherine Riley junto a la puerta, al lado de
Baker. Mikali le sonrió irónicamente, porque ahora se explicaba muchas
cosas, y echó a andar en su dirección. Entonces, al abrirle paso los que
estaban cerca, vio a Ferguson y a Jean Paul Deville, apoyados en la pared y
bebiendo champaña.
Vaciló un momento y se acercó a ellos.
—Hola, Jean Paul —saludó, con naturalidad.
—Creo que ya conoce al brigadier Ferguson —dijo Deville.
Mikali sacó una elegante pitillera de oro del bolsillo interior de su frac y
cogió un cigarrillo.
—Sólo por su fama —contestó, y le ofreció la pitillera—. Lo siento, pero
es tabaco griego. Yo siento mucho apego por mi raza. Quizá no le guste.
—Al contrario —repuso Ferguson, cogiendo un cigarrillo y aceptando la
lumbre que le ofrecía Mikali.
—¿Y el coronel Morgan, el de las siete vidas? ¿No va a reunirse con
nosotros?
—No —contestó Ferguson—. No me atrevería a decir que está durmiendo
tranquilamente en su cama, pero sí que está bajo lo que podríamos llamar
arresto domiciliario. Sólo por esta noche, naturalmente. Nos pareció lo más
sensato. Él quería encargarse personalmente de usted, ¿sabe?
—¿Ha dicho arresto domiciliario? —Mikali lanzó una sonora carcajada—.
Bueno, usted ha completado mi velada, brigadier.

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Sonó el timbre anunciando el comienzo de la segunda parte dentro de
cinco minutos. Ferguson dijo:
—Supongo, amigo mío, que se habrá dado cuenta de que no hay
escapatoria posible. Para emplear una vieja frase muy apreciada por los
polizontes británicos, será mejor que venga sin armar ruido.
—Pero, mi querido brigadier, ¿cuándo hice yo algo sin ruido?
El embajador de Grecia le dio una palmada en el hombro.
—Nos sentiríamos muy honrados si quisiera usted compartir nuestro palco
durante la segunda parte del concierto.
—Con mucho gusto, señor embajador —aceptó Mikali—. Sólo tardaré
unos minutos.
Se volvió hacia Ferguson, que ya no sonreía.
—Su interpretación de esta noche ha sido algo que siempre recordaré,
pero lamentaría que fuese su epitafio. Piense en esto.
Tocó a Deville en un brazo. El francés sonrió.
—Le dije lo que pasaría, John. Y usted no quiso escucharme.
—Pero se equivocó, viejo amigo. —Mikali sonrió—. Usted dijo que sería
el viernes próximo, y hoy es sábado por la noche.
Salieron por la puerta y Mikali les siguió con la mirada, mientras la gente
se apretujaba a su alrededor. Baker había desaparecido, pero Katherine
esperaba junto a la pared, separada de él por los que le rodeaban.
Él se abrió paso hasta ella y se quedó plantado, con las manos en los
bolsillos y un cigarrillo colgando de la comisura de sus labios. Y, cuando
sonrió ella, sintió que le daba un vuelco el corazón.
—¿Hace tiempo que lo sabes?
—Con seguridad, desde Hydra. Encontré a Morgan en el monte, en mal
estado; o él me encontró a mí.
Mikali asintió con la cabeza.
—¡Ah! Ahora lo comprendo. Si te importa, lo de su hija fue un accidente.
Traté de evitarlo. Pero no pude.
—¿Por qué, John? —inquirió ella.
Él se apoyó en la pared y, por un instante, hubo una intimidad total entre
los dos.
—No lo sé. La gente parecía empeñada en morir delante de mí. Después,
supongo que todo fue una progresión natural. Y lo malo es que yo tenía unas
facultades extraordinarias para esto. Pero tú eres el médico, doctora
Explícamelo.

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—Tenías talento —dijo ella—. Un don especial. Esta noche lo has
demostrado. Y al fin…
—Palabras, ángel mío —cortó él—. Nada queda; todo pasa. —El
embajador de Grecia salió con sus acompañantes y Mikali tomó a Katherine
del brazo y le siguió—. ¿Sabes? Me han dicho que hay varias millas de
pasillos en esta conejera y ni un solo trecho en línea recta. Todo es circular;
las curvas se suceden, y Asa Morgan me estará esperando detrás de cualquiera
de ellas.
—Es difícil —dijo ella—. El brigadier Ferguson le ha confinado para toda
la noche en su piso de Upper Grosvenor Street.
—Pero no se ha salido con la suya. Hace unos veinte minutos que vi a
Morgan en la puerta de salida del pasillo, precisamente debajo de tu palco, y
su talante no parecía muy tranquilizador. Y te diré una cosa: esto puso
emoción en los últimos minutos de mi concierto.
Ella le agarró del brazo, obligándole a detenerse.
—Por el amor de Dios, ¿qué vas a hacer?
—¿Qué? Reunirme con el embajador de Grecia y su grupo en el palco,
para escuchar la segunda parte. Lo de costumbre. Pomp and Circumstance, de
Elgar; A Fantasía on British Sea Songs, y para terminar, todo el mundo
poniéndose de pie para cantar Jerusalén hasta desgañitarse. La última noche
de los Proms, ángel mío. ¿Cómo podría perdérmelo, siquiera por Asa
Morgan?
Ella se apartó de él, horrorizada, y corrió a la salida más próxima. Mikali
siguió andando detrás del grupo del embajador, manteniéndose a un par de
pasos de distancia, y se volvió rápidamente al llegar ante una puerta de salida
del corredor, refugiándose en la sombra del descansillo y esperando a que se
extinguiese el rumor de sus pisadas.
Hubo un breve silencio, y la orquesta empezó a tocar Pomp and
Circumstance March, de Elgar.
Mikali dijo en voz baja:
—Bueno, amigo mío, veamos si puedo encontrarte.
Y echó a andar por el corredor desierto.

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18

Harry Baker estaba hablando con un inspector uniformado en el vestíbulo de


la entrada posterior, cuando Katherine Riley le encontró. Estaba visiblemente
trastornada y le agarró de los brazos.
—¡Eh! ¿Qué pasa?
—Asa —explicó ella—. Está aquí, en algún lugar del edificio. Mikali lo
sabe. Le vio en la sala, momentos antes del descanso.
—¡Santo Dios! —exclamó Baker—. ¿Dónde está ahora Mikali?
—Se ha reunido con el grupo del embajador griego, para escuchar la
segunda parte.
Él la hizo sentar en una silla.
—Bien, no se mueva de aquí.
Tuvo una brevísima conversación con el inspector y desapareció
corriendo escalera arriba.

Ferguson y Deville volvían a estar en el asiento de atrás del automóvil del


brigadier, en la zona de aparcamiento, cuando un sargento se apeó de la
camioneta del puesto de mando y llamó a Ferguson. Al cabo de un rato, éste
volvió a su coche.
—¿Algún contratiempo? —preguntó Deville.
—¡Y que lo diga! Parece que Asa Morgan anda suelto por el edificio.
—Por lo visto, el arresto domiciliario no bastó para detenerle. Pero usted
contaba ya con esto, ¿no?
Ferguson dijo:
—El Cretense y John Mikali. Todo saldría a la luz. Forzosamente. ¿Ya
que le condenarían? No a la horca, sino a cadena perpetua, porque vivimos en
una Era ilustrada y liberal. ¿Puede usted imaginarse lo que sería esto para un
hombre como él?
—Por consiguiente, usted prefiere que Morgan haga de verdugo.

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—Asa representó siempre bastante bien el papel de ejecutor oficial. En
todo caso, Mikali, vivo, nos serviría de poco. Usted sí que puede sernos útil, y
la prematura desaparición de aquél simplificaría enormemente su posición.
—Eso está muy claro —dijo Deville—. Salvo en un punto bastante
importante que parece haber olvidado.
—¿Y es?
—Que su coronel Morgan corre el mismo riesgo de acabar con una bala
en el entrecejo.

Harry Baker bajó la escalera del vestíbulo de la entrada posterior del


edificio. Katherine se levantó, y él le dijo:
—No hay rastro de él en el palco del embajador de Grecia. Lo he
comprobado.
Se volvió al inspector y empezó a hablar con él en voz baja y apremiante.
Katherine Riley quedó olvidada de momento, y lo aprovechó para deslizarse
sin ruido escalera arriba y echar a correr al doblar la primera esquina.
Se detuvo en el rellano de debajo del «Salón del Príncipe Consorte»,
donde se había celebrado la recepción, sin saber qué hacer ni a dónde ir.
Desde la sala de conciertos llegaban débilmente hasta ella los excitantes
acordes de Pomp and Circumstance, de Elgar, y entonces, de pronto y para su
total asombro, oyó el sonido de un piano que seguía la melodía desde arriba.

Mikali sabía que, esta vez, no podía ir a parte alguna. No tenía


escapatoria. De pie en la sombra de su última barricada, escuchando los ecos
de Pomp and Circumstance, recordó Kafsa, el olor de las llamas, los cuatro
fellagha avanzando sobre él, que, sentado en el suelo y apoyado de espalda a
la pared, se aferraba a la vida, negándose a abandonar. Desde entonces, había
pasado mucho tiempo. Muchísimo tiempo.
—Está bien, Morgan —murmuró—. Te facilitaré las cosas.
Subió la oscura escalera a su derecha. Abrió con cuidado la puerta de
arriba y echó un vistazo al «Salón del Príncipe Consorte», donde se había
celebrado la recepción. Tal como esperaba, estaba vacío, sin más ocupante
que su otro yo reflejado en el alto espejo del fondo. La sombría y elegante
criatura que le había perseguido durante tanto tiempo.
—Bueno, viejo amigo —gritó—. Por ser la última vez, hagamos las cosas
bien.

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Había un gran piano de concierto, un «Schiedmayer», en el rincón del
salón junto a la ventana. Se acercó a él, sacó la pitillera de oro del bolsillo,
eligió un cigarrillo griego y lo encendió. Después, levantó la tapa del
«Schiedmayer» y se sentó. Sacó la «Ceska» de la pistolera y la dejó en el
extremo del teclado.
—Bueno, Morgan —dijo, a media voz—, ¿dónde estás?
Y empezó a tocar Pomp and Circumstance con gran maestría, siguiendo
los lejanos acordes de la orquesta.

Sonaron pisadas en la escalera, pero no apareció Morgan, sino Katherine


Riley. Se apoyó en la jamba de la puerta, para recobrar aliento, y entró.
—Esto es una locura. ¿Qué estás haciendo?
—Recordando un poco a Elgar. Había olvidado lo divertido que es.
Ahora tocaba con brillantez y gran maestría, inclinado sobre el piano,
colgando el cigarrillo de la comisura de sus labios.
El sonido se deslizó por la escalera y por los curvos pasillos, y Asa
Morgan, que esperaba en las sombras del pasadizo que llevaba al «Cuarto
Verde», se volvió rápidamente y empezó a subir la escalera, asiendo la culata
de la «Walther» que llevaba en el bolsillo derecho de su trinchera.
El sonido llegó incluso hasta Baker, que estaba con el inspector en el
vestíbulo de atrás. Y, al oírlo, aquél echó a correr escalera arriba, con el
inspector y dos guardias pisándole los talones.

—Por favor, John, si alguna vez signifiqué algo para ti…


—¡Oh! Claro que sí, ángel mío. —Mikali sonrió—. ¿Recuerdas aquella
mañana en los Backs de Cambridge, junto al río? Fue un encuentro preparado,
porque necesitaba conocerte para asegurarme de que Lieselott no era una
amenaza para mí.
—Ahora ya lo sé.
—Pero eso no importa. La verdad es que eres la única mujer a quien
aprecié de veras. ¿Podrías explicármelo?
Y entonces, Asa Morgan salió de la sombra y ocupó todo el umbral.

Mikali dejó de tocar.


—No te has dado mucha prisa, ¿verdad? A lo lejos, la orquesta empezó a
tocar la Fantasía on British Sea Songs. Morgan dijo:
—Pero ahora ya estoy aquí, bastardo, y esto es lo único que importa.

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—El campo de batalla es una tierra de cadáveres en pie —citó Mikali,
sonriendo—. Un estratega militar chino, llamado Wu Ch’i, dijo esto hace
bastante tiempo. Yo diría que esto nos define perfectamente a los dos. En
definitiva, no hay mucho que escoger entre nosotros.
Levantó la mano, empuñando la «Ceska». Katherine Riley gritó y se
interpuso entre los dos, con los brazos abiertos.
—¡No, John!
Mikali vaciló un momento y, cuando empezaba a levantarse, Morgan
hincó una rodilla en el suelo y disparó dos veces su «Walther». Las dos balas
atravesaron el corazón de Mikali, y éste cayó de espaldas sobre el taburete del
piano. Su muerte fue instantánea.

Entonces aparecieron Baker y los tres policías. Morgan se quedó en pie


junto a la puerta, con la «Walther» colgando sobre el muslo. Katherine Riley
esperaba, con las manos apoyadas en los costados, mientras Baker se
inclinaba sobre Mikali.
—Pudo haberte matado, Asa —dijo, con voz ronca—. Pero yo me
interpuse. Vaciló, porque me interpuse entre los dos.
Baker se irguió y se volvió, sosteniendo la «Ceska».
—Se equivoca, querida. Él no iba a matar a nadie, al menos con esta
arma. Está descargada. Véalo usted misma —dijo, extrayendo el cargador.
El inspector se dirigió al teléfono interior, colgado en la pared del bar, y
habló en voz baja:
—Póngame con el vehículo del puesto de mando. Con el brigadier
Ferguson.
Katherine Riley se adelantó y se arrodilló al lado de Mikali. La pechera de
la blanca camisa de éste estaba manchada de sangre; pero su cara permanecía
incólume, con los ojos cerrados y una débil sonrisa entre los labios.
Ella le apartó los cabellos de la frente y, con mucho cuidado, desprendió
la rosa roja de su ojal. La rosa que él le había arrojado al palco. La rosa que
ella había besado y le había devuelto.
Se volvió y salió, pasando por delante de Morgan sin decir palabra.
—¡Kate! —la llamó él, disponiéndose a seguirla.
Baker le asió de un brazo.
—Déjala marchar. Asa. Y dame esa pistola.
Morgan le tendió la «Walther» y Baker la descargó.
—¿Te sientes mejor ahora? ¿Has recuperado a Megan?
Morgan se acercó al cadáver de Mikali.

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—¿Por qué hizo esto?
—Bueno, yo diría, Asa, que debió de ser algo así. Tú eres bueno en el
oficio, pero él sabía que era mejor que tú y, esta vez, no pudo hacerlo. No
tenía escapatoria.
—¡Que se vaya al infierno! —exclamó Morgan.
—No es más que una opinión. A propósito, Asa, ¿has leído el Daily
Telegraph de hoy? Publica una lista de ascensos en el Ejército. Al fin lo has
conseguido. Eres brigadier. Ahora puedes mandar incluso a Ferguson al
diablo.
Pero Morgan ya no le escuchaba. Se volvió y salió corriendo al pasillo.
Estaba desierto, salvo por Katherine Riley, que desaparecía detrás de la curva
del extremo.
—¡Kate! —gritó, y echó a correr, mientras sonaba en la sala una salva de
aplausos al terminar la Sea Songs Fantasía.
Cuando llegó a la escalera que descendía al vestíbulo principal, Kate
había desaparecido. Bajó los peldaños de dos en dos y salió por la puerta de
cristales. Detrás de él, la orquesta y el coro y todo el público entonaron los
acordes gloriosos de Jerusalén.
Llovía con fuerza, y el tráfico de la calle era muy intenso. Al bajar la
escalinata, Ferguson le salió al paso, sosteniendo un paraguas abierto sobre su
cabeza.
—Enhorabuena, Asa.
—Lo que tú querías, ¿eh? Lo supe desde el principio. Fue cosa de los dos.
Como en los malditos viejos tiempos; como siempre.
—Muy bien expresado.
Morgan miró furiosamente a su alrededor.
—¿Dónde está ella?
—Por allí. —Ferguson señaló al otro lado de la calle—. Si estuviese en tu
lugar, me daría prisa, Asa.
Pero Morgan, sorteando el tráfico bajo la fuerte lluvia, se retrasó
demasiado, pues, al llegar al otro lado, ella había rebasado ya el Albert
Memorial y desaparecido en la oscuridad del parque.

FIN

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