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La Primera Guerra Mundial

La Primera Guerra Mundial fue un conflicto global entre las Potencias de la Entente (Gran Bretaña, Francia, Rusia y más tarde Italia, Estados Unidos y otros) y las Potencias Centrales (Alemania, Austria-Hungría, Imperio Otomano y más tarde Bulgaria) entre 1914 y 1918. La guerra involucró trincheras y guerra de desgaste en el Frente Occidental, así como combates en otros frentes. Finalmente, la entrada de Estados Unidos en la guerra y el colapso del frente oriental llevaron a la derrota de

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La Primera Guerra Mundial fue un conflicto global entre las Potencias de la Entente (Gran Bretaña, Francia, Rusia y más tarde Italia, Estados Unidos y otros) y las Potencias Centrales (Alemania, Austria-Hungría, Imperio Otomano y más tarde Bulgaria) entre 1914 y 1918. La guerra involucró trincheras y guerra de desgaste en el Frente Occidental, así como combates en otros frentes. Finalmente, la entrada de Estados Unidos en la guerra y el colapso del frente oriental llevaron a la derrota de

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 LA PRIMERA GUERRA MUNDIAL

La Primera Guerra Mundial fue un conflicto bélico de alcance global que tuvo lugar entre 1914
y 1918. La guerra involucró a las principales potencias mundiales de la época, incluyendo a
Alemania, Austria-Hungría, el Imperio Otomano, el Reino Unido, Francia, Italia, Rusia, Japón y
Estados Unidos. La guerra comenzó con el asesinato del archiduque austrohúngaro Francisco
Fernando en Sarajevo en junio de 1914. Austria-Hungría declaró la guerra a Serbia, lo que
desencadenó una serie de alianzas militares que llevaron a la entrada de otras potencias en el
conflicto.
Durante la guerra, se utilizaron nuevas tecnologías militares, como la ametralladora, el tanque,
el gas venenoso, los aviones y los submarinos, lo que la convirtió en una de las guerras más
cruentas y mortales de la historia. La guerra tuvo un impacto profundo en la política y la
sociedad de la época, y sus consecuencias se sintieron en todo el mundo. La guerra llevó a la
caída de los imperios austrohúngaro, otomano y ruso, y sentó las bases para la Segunda Guerra
Mundial. También tuvo un impacto significativo en la economía y la cultura de la época, y se
convirtió en un tema recurrente en la literatura y el cine.
En resumen, la Primera Guerra Mundial fue un acontecimiento histórico fundamental que
cambió el curso de la historia y tuvo un impacto duradero en el mundo moderno.
1. Libros históricos
"La Primera Guerra Mundial" de Hew Strachan es una obra que ofrece una visión general
completa de la guerra, desde sus orígenes hasta sus consecuencias. El libro se basa en una
amplia investigación y presenta una narrativa accesible y bien documentada.
2. Memorias de guerra
"Adiós a todo eso" de Robert Graves es una autobiografía que describe la experiencia del autor
como soldado británico en la Primera Guerra Mundial. El libro ofrece una perspectiva personal
y conmovedora de la contienda.
3. Informes oficiales
El informe "La Guerra de 1914-1918" elaborado por el Imperial War Museum de Londres es
una fuente importante de información sobre la Primera Guerra Mundial. El informe se basa en
una amplia investigación y presenta estadísticas detalladas sobre las operaciones militares y las
bajas sufridas por cada país involucrado en la guerra.
4. Correspondencia y diarios
"Cartas desde una guerra" de Vera Brittain es una colección de cartas que la autora escribió a su
familia mientras trabajaba como enfermera en la Primera Guerra Mundial. El libro ofrece una
perspectiva única de la contienda desde el punto de vista de una mujer que sirvió en el frente de
batalla.
5. Artículos de revistas académicas
El artículo "La Primera Guerra Mundial y la Revolución Rusa" de Mark D. Steinberg publicado
en la revista "The Russian Review" es un análisis detallado de las conexiones entre la Primera
Guerra Mundial y la Revolución Rusa. El artículo se basa en una amplia investigación y
proporciona una visión interesante y bien informada de la relación entre estos dos
acontecimientos históricos.
[Link]
La Gran Guerra, un conflicto por tierra, aire y mar, fue tan terrible que dejó más de ocho
millones de víctimas militares y 6,6 millones de víctimas civiles. Murieron casi el 60 por ciento
de las personas que lucharon. Muchas más desaparecieron o resultaron heridas. En solo cuatro
años, entre 1914 y 1918, la Primera Guerra Mundial cambió los conflictos bélicos modernos,
convirtiéndose en uno de los más letales en la historia mundial.
En aquel momento, la situación social y política en la que se encontraba España llevó al rey
Alfonso XIII a tomar la decisión de quedarse al margen de la Gran Guerra. “Es una neutralidad
un poco forzosa. España no está dentro de las alianzas ni de los bloques que llevan a
desencadenar la Primera Guerra Mundial, pero indirectamente sí forma parte de ella”. Durante
los 100 años previos al conflicto, España había sufrido una invasión, pronunciamientos
militares, el cambio de dinastía, el asesinato de un primer ministro y una corta República. En
este contexto, la pérdida de las últimas posesiones de ultramar en 1898, inclinó la balanza hacia
la neutralidad ante la Gran Guerra. Sin embargo, nuestra posición fue también protagonista a
través de espionajes y exportación de armas.
Las causas de la Gran Guerra
La Primera Guerra Mundial tuvo diversas causas, pero sus raíces se encuentran en una compleja
red de alianzas entre las potencias europeas. En esencia, fue la desconfianza entre —y la
militarización de— la informal «Triple Entente» (Gran Bretaña, Francia y Rusia) y la secreta
«Triple Alianza» (Alemania, el Imperio austrohúngaro e Italia).

Los actores más poderosos, Gran Bretaña, Rusia y Alemania, gobernaban imperios coloniales
mundiales que querían expandir y proteger. A lo largo del siglo XIX, consolidaron su poder y se
protegieron forjando alianzas con otras potencias europeas. En julio de 1914, las tensiones entre
la Triple Entente (también conocida como los Aliados) y la Triple Alianza (también
denominada Potencias Centrales) escalaron tras el asesinato del archiduque Francisco Fernando,
heredero al trono de Austria-Hungría, por parte de un nacionalista serbio-bosnio durante su
visita a Sarajevo. Austria-Hungría culpó a Serbia por el ataque. Rusia respaldó a su aliado,
Serbia. Cuando Austria-Hungría declaró la guerra a Serbia un mes después, sus aliados
intervinieron y el continente entró en guerra.
La expansión de la guerra
A medida que se desarrollaba la contienda otros países y potencias se fueron sumando a uno y
otro bando. El Imperio Otomano, aunque dudó se sumó al bando de las Potencias Centrales,
mientras que más decisiva fue la entrada de Estados Unidos en la guerra.
Así, conflicto pronto se expandió al resto del mundo y afectó a las colonias y a los países
aliados de África, Asia, Oriente Medio y Australia. En 1917, los Estados Unidos entraron en la
guerra tras un largo periodo de no intervención. Entonces, el escenario principal de la guerra —
el Frente Occidental en Luxemburgo, Países Bajos, Bélgica y Francia— fue el emplazamiento
de un bloqueo letal.

pesar del uso de avances tecnológicos como el gas tóxico o los tanques blindados
y submarinos, ambas facciones estaban atrapadas en una guerra de trincheras que se cobró un
gran número de víctimas. Batallas como la de Verdún y la primera batalla del Somme fueron
unas de las más mortíferas en la historia del conflicto humano. Con la ayuda de Estados Unidos,
los aliados se abrieron paso con la Ofensiva de los 100 Días, que provocó la derrota militar de
Alemania. Oficialmente, la guerra llegó a su fin a las 11:11 de la mañana del 11 de noviembre
de [Link] entonces, el mundo estaba en manos de una pandemia de gripe que afectaría a un
tercio de la población mundial. Se habían desatado revoluciones en Alemania, Rusia y otros
países. Gran parte de Europa estaba en ruinas. La «neurosis de guerra» y las secuelas de la
intoxicación por gas se cobrarían miles de vidas má[Link] neutralidad de España no eximió
nuestro país de sufrir también las consecuencias. “Aparentemente se vendió como un punto
positivo porque España queda fuera de un conflicto de estas dimensiones, [pero] en realidad es
una debilidad. Desde las crisis marroquíes, o antes de la Guerra de Cuba, España pasó a ser
segunda o tercera potencia. La dimensión colonial que tiene España prácticamente queda
reducida a la Guerra de Marruecos”

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Durante la Primera Guerra Mundial, las Potencias de la Entente -- Gran Bretaña, Francia, Serbia
y la Rusia Imperial (a las que más tarde se unieron Italia, Grecia, Portugal, Rumania y Estados
Unidos) -- lucharon contra las Potencias Centrales: Alemania y Austria-Hungría (a las que más
tarde se incorporaron la Turquía Otomana y Bulgaria).
El entusiasmo inicial de todas las partes respecto a una victoria rápida y decisiva se desvaneció
cuando la guerra se empantanó en un punto muerto de costosas batallas y guerra de trincheras,
particularmente en el frente occidental. El sistema de trincheras y fortificaciones en el oeste se
extendió en su punto máximo a 475 millas (764 km), aproximadamente desde el Mar del Norte
hasta la frontera suiza, y definieron la guerra para la mayoría de los combatientes
norteamericanos y de Europa Occidental. La vasta extensión del frente oriental impedía una
guerra de trincheras a gran escala, pero la escala del conflicto era equivalente a la del frente
occidental. También hubo intensos combates en el norte de Italia, en los Balcanes y en la
Turquía otomana. Los combates tuvieron lugar en el mar y, por primera vez, en el aire.
En abril de 1917, se produjo un cambio decisivo en las hostilidades cuando la política de guerra
submarina irrestricta de Alemania sacó a Estados Unidos del aislacionismo y lo llevó al centro
del conflicto. Las nuevas tropas y el nuevo material de la Fuerza Expedicionaria Estadounidense
(American Expeditionary Force, AEF) bajo el mando del General John J. Pershing, junto con el
bloqueo en constante aumento de los puertos alemanes, a la larga ayudaron a cambiar el
equilibrio del esfuerzo bélico a favor de la Entente.
Apenas conseguida, esta ventaja para las fuerzas de la Entente fue compensada por los sucesos
que tuvieron lugar en el teatro de operaciones oriental de la guerra. Desde comienzos de 1917,
Rusia, una de las potencias principales de la Entente, había sufrido una gran agitación. En
febrero de ese año, el mal manejo de la guerra por parte del gobierno zarista había contribuido a
inspirar un levantamiento popular: la Revolución de Febrero. La revolución forzó la abdicación
del zar Nicolás II y puso en el poder un Gobierno Provisional de facciones liberales y
socialistas, que a fin de cuentas estaba bajo el mando del miembro del partido Socialista
Revolucionario, Alexander Kerensky. Este breve experimento con la democracia pluralista fue
caótico y, en los meses del verano, el continuo deterioro del esfuerzo bélico y una situación
económica cada vez más calamitosa provocó disturbios por parte de los trabajadores, los
soldados y los marinos rusos ("Los días de julio").

[Link]
La Primera Guerra Mundial
En 1914 estalló la guerra más mortífera habida hasta entonces en Europa. Las razones de un
conflicto bélico de esta magnitud hay que buscarlas en las rivalidades económicas y coloniales
entre las grandes potencias y en los conflictos y reivindicaciones nacionalistas en el seno del
continente. La Primera Guerra Mundial enfrentó a dos bloques de países: los aliados que
formaban la Triple Entente (Francia, Inglaterra y Rusia, a los que se unieron entre otros Bélgica,
Italia, Portugal, Grecia, Serbia, Rumanía y Japón) y las potencias centrales de la Tripe Alianza
(el Imperio alemán y el Imperio austrohúngaro, apoyados por Bulgaria y Turquía).

Aunque todo el mundo creyó que sería breve, la Primera Guerra Mundial se prolongó por
espacio de cuatro años (1914-1918). Tras una fase de estancamiento en que la muerte de
centenares de miles de soldados en las trincheras apenas movió los frentes, en 1917 los Estados
Unidos entraron en la guerra en apoyo del bando aliado, que resultaría a la postre el vencedor.
Las tensiones de la guerra propiciaron en octubre de 1917 el triunfo de la Revolución Rusa, la
primera de las revoluciones socialistas, que se convertiría en referencia para las organizaciones
y partidos de la clase obrera en el siglo XX. Con la devastación demográfica y económica
ocasionada por la Primera Guerra Mundial se inició el declive de la Europa occidental en favor
de nuevas potencias emergentes: los Estados Unidos, Japón y la URSS.

La Europa de 1914

Como consecuencia de la expansión industrial de las décadas anteriores y del dominio colonial,
en 1914 Europa el centro económico, político y cultural del mundo. El viejo continente, sin
embargo, no era en absoluto un conjunto homogéneo. Francia, Gran Bretaña y Alemania
lideraban casi todas las ramas de la industria; entre las tres naciones se estableció una feroz
competencia en la que los germánicos comenzaron a destacar. Rusia, el Imperio austrohúngaro,
Turquía y las pequeñas naciones de los Balcanes habían comenzado a modernizarse, pero
todavía la mayor parte de la población de estos países vivía de la agricultura.
Desde el punto de vista político, Francia y Gran Bretaña gozaban de sistemas democráticos,
mientras que los imperios alemán y austrohúngaro, pese a fundarse en constituciones liberales,
se regían por sistemas más autoritarios. Rusia, pese a las reformas iniciadas en 1905, era un
imperio en el que el Zar mantenía una autoridad casi absoluta.

La rivalidad económica y las tensiones generadas por las aspiraciones contrapuestas de los
nacionalismos favorecieron a finales del siglo XIX la configuración y consolidación en Europa
de dos grandes alianzas internacionales fuertemente armadas. Las relaciones políticas
internacionales descansaban desde 1871 en el sistema de alianzas y equilibrio entre las grandes
potencias que había diseñado el canciller Otto von Bismarck con el objetivo de aislar a su rival,
Francia, y colocar a Alemania en una situación de supremacía en el continente europeo.
Ya en tiempos de Bismarck, y por iniciativa del estadista alemán, se había constituido la Triple
Alianza (1882), que agrupaba a los llamados Imperios Centrales (El Imperio alemán y el
Imperio austrohúngaro) y al reino de Italia, que no obstante se uniría al bando contrario tras
iniciarse las hostilidades. El ascenso al trono de Guillermo II, que destituyó de Bismarck (1890),
intensificó el expansionismo económico del Imperio alemán. La respuesta al peligro potencial
que suponía la Triple Alianza fue la Triple Entente: lentamente gestada y negociada entre 1894
y 1907, consiguió reunir los intereses comunes de Francia, el Reino Unido y el Imperio ruso.

Causas de la Primera Guerra Mundial

Las causas profundas de la Primera Guerra Mundial se sitúan tanto en el orden económico como
en el político, y pueden reducirse al antagonismo económico y colonial entre las principales
potencias industriales (Francia e Inglaterra por un lado y Alemania por otro) y a la exacerbación
de los conflictos territoriales de signo nacionalista.

La unificación de Alemania en 1871 había convertido a esta nación en una gran potencia que
amenazaba directamente los intereses económicos de Francia y del Reino Unido. La fuerte
competencia por la búsqueda de nuevos mercados y materias primas ya había provocado
tensiones y enfrentamientos por la pretensión alemana de extender su imperio colonial, la cual
chocaba con el reparto diseñado por sus rivales. Gran Bretaña y Francia tenían numerosas
posesiones en todo el mundo, e incluso algunas naciones pequeñas o pobres, como Bélgica y
Portugal, dominaban zonas más extensas que sus propios estados. Los Imperios Centrales, en
cambio, habían llegado tarde al reparto colonial. El Imperio austrohúngaro carecía de colonias,
y Alemania únicamente había conseguido, después de muchas tensiones, cuatro territorios
africanos sin riquezas ni demasiadas posibilidades económicas (Togo, Camerún, el desierto de
Namibia y la actual Tanzania).

Este componente económico hizo que, al estallar el conflicto, las organizaciones obreras
denunciasen la situación como una guerra de intereses propia del capitalismo y rechazasen la
participación en la contienda bélica. Los líderes socialistas de algunos países, como el francés
Jean Jaurès, se pronunciaron inequívocamente contra un conflicto que calificaban de
imperialista. Pero la división de los socialistas europeos y el asesinato de Jaurès desmoralizó la
oposición pacifista, y el sentimiento nacionalista acabó por imponerse incluso entre los obreros,
que ingresarían sin reticencias en los respectivos ejércitos.

En el plano político, la penetración del ideario nacionalista en buena parte del cuerpo social de
los distintos pueblos y países contribuyó a crear un clima de belicosidad. La Revolución
francesa había introducido como principio el derecho de los pueblos que compartían un origen y
lengua comunes a constituirse en naciones soberanas. Algunos movimientos nacionalistas
llegaron a colmar parcial o totalmente sus aspiraciones a lo largo del siglo XIX (independencia
de los Países Bajos en 1830, unificación de Italia en 1861, unificación de Alemania en 1871);
pero, a principios de siglo XX, la mayor parte de las reivindicaciones nacionalistas seguían sin
satisfacerse.

Exaltando la grandeza y la gloria de la propia nación frente a las otras, el nacionalismo


proclamaba la necesidad de una unión sin reservas de todos los ciudadanos contra el enemigo
exterior común; tal doctrina, que allanaba desigualdades sociales y discrepancias políticas o
culpaba al vecino de los problemas económicos, convenía a las clases dirigentes, y se vio
fomentada en la escuela, en el servicio militar o mediante celebraciones patrióticas; incluso en
la prensa, principal medio de comunicación de la época, se denigraba sin pudor al enemigo. El
fuerte espíritu patriótico presente en los discursos políticos eclipsó los argumentos planteados
por los líderes socialistas y obreros. Así, las reivindicaciones territoriales formuladas por
ejemplo por el nacionalismo francés (devolución de Alsacia y Lorena, en poder de Alemania) y
por el nacionalismo italiano (incorporación de las regiones del norte de Italia, en poder del
Imperio austrohúngaro) cuajaron en los ciudadanos hasta hacer sentir esas regiones como
territorios «irredentos» que debían ser liberados e incorporados a la nación.

En la Europa central y oriental y particularmente en los Balcanes, por otro lado, diversas
minorías reclamaban su derecho a formar un Estado propio, mientras países como Serbia y
Bulgaria se consideraban legitimados para una ampliación de fronteras que acogiese a todos los
miembros de la patria; todo ello chocaba con los intereses de los imperios colindantes, es decir,
el Imperio austrohúngaro y el Imperio turco. Las reivindicaciones de los pueblos eslavos eran
defendidas por Rusia, que a su vez perseguía una salida al Mediterráneo que mejorase su
posición geoestratégica.

En este complejo panorama, la recuperación de territorios históricos por naciones consolidadas


y el afán independentista de los pueblos sin Estado convivía con aspiraciones transnacionales.
Diversas corrientes de pensamiento alimentaban el deseo de conseguir, más allá de las propias
fronteras, la unificación de los pueblos de origen común; las más importantes eran el
pangermanismo alemán, que pretendía agrupar en un gran imperio todos los pueblos de origen
germánico, y el paneslavismo serbio, que proponía la unión bajo un mismo Estado de los
pueblos eslavos.

El detonante: el atentado de Sara¡”vo

La Primera Guerra Mundial vino precedida por diversos conflictos locales que pusieron a
prueba las alianzas internacionales y no hacían sino presagiar un enfrentamiento a gran escala
que cualquier chispa podía encender. Perfectamente conscientes de ello, muchas naciones
habían venido realizando fuertes inversiones en el fortalecimiento y modernización de sus
ejércitos, dotándolos de una potencia formidable con finalidades teóricamente defensivas; la
escalada armamentista alcanzó tal nivel que el periodo comprendido entre 1871 y 1914 es
llamado «La paz armada». Las fricciones por cuestiones coloniales dieron pronto lugar a
diversas crisis, entre las que destacan las causadas por el dominio de Marruecos (1905 y 1911),
resueltas ambas en perjuicio de Alemania y en favor de los franceses, que contaban con el
apoyo de Inglaterra.

Otro constante foco de tensiones era la zona de los Balcanes, encrucijada de etnias diversas y
objeto de interés de distintos países. Para el Imperio austrohúngaro, que carecía de colonias y de
una fácil salida al mar, los Balcanes constituían uno de los mercados más importantes; por este
motivo rechazaba la aspiración de Serbia de unificar todos los pueblos eslavos meridionales en
un solo país. El Imperio otomano, que durante siglos había controlado la zona, quería conservar
su prestigio e influencia en la misma; el Imperio ruso, como ya se ha indicado, necesitaba
conseguir una salida al Mediterráneo, y por ello se erigió en defensora de los pueblos eslavos.
Todos estos agentes e intereses se enfrentaron en la Guerra de los Balcanes (1912-1913), que
apenas llegó a resolver nada; en 1914, la zona seguía siendo un polvorín.

En una situación tan conflictiva como aquélla, un enfrentamiento entre dos países que, en otras
circunstancias, habría quedado aislado o se habría superado por medio de negociaciones, dio pie
al estallido de la guerra más sangrienta conocida hasta entonces. El 28 de junio de 1914, el
asesinato en Sarajevo del heredero de la corona austrohúngara, el archiduque Francisco
Fernando de Austria, fue la chispa que desencadenó el conflicto. El autor material del asesinato
fue un estudiante bosnio vinculado a la sociedad secreta La Mano Negra, una organización
nacionalista radical de la que formaban parte oficiales del servicio secreto serbio y que estaba en
contacto con los jóvenes activistas bosnios.
Desarrollo y fases de la Primera Guerra Mundial
El atentado provocó la indignada protesta del gobierno austrohúngaro, que por medio de un
duro ultimátum amenazó a Serbia con la guerra si no atendía sus exigencias de tomar medidas
inmediatas contra los nacionalistas radicales serbios. La negativa serbia condujo a una
declaración de guerra y puso en marcha el sistema de alianzas: sucesivamente se implicaron
Rusia, Alemania, Francia e Inglaterra. Recibida con cierto entusiasmo entre la población de los
países contendientes, comenzaba la «Gran Guerra», así llamada por aquel entonces; tras la
nueva conflagración que asoló Europa entre 1939 y 1945, ambos conflictos serían bautizados
con ordinales: «Primera Guerra Mundial» (1914-1918) y «Segunda Guerra Mundial» (1939-
1945).

Las fuerzas de los dos bloques enfrentados eran bastante equilibradas. La superioridad naval y
numérica de la Triple Entente (Francia, Inglaterra y Rusia) era compensada, en los Imperios
Centrales, por la capacidad de movilización y un potencial bélico mayor. El Imperio alemán y el
austrohúngaro carecían de grandes dominios coloniales, pero formaban un bloque territorial
compacto y coordinado.

Con la idea de derrotar a Francia antes de que pudiese recibir la ayuda de Inglaterra y de que
una ofensiva de Rusia los obligase a combatir en dos frentes, los alemanes aplicaron de
inmediato el plan Schlieffen, concebido años atrás por el anterior jefe del Estado Mayor alemán,
el mariscal Alfred von Schlieffen. Este plan de ataque preveía un vasto movimiento de las
fuerzas alemanas que, en seis semanas, habían de penetrar en Francia pasando por Bélgica,
eludiendo así las tropas y fortificaciones fronterizas francesas.
El espejismo de una guerra rápida (1914)
Bajo la dirección del general Helmuth von Moltke, el ejército alemán venció la resistencia
belga, atravesó el país y en pocos días se adentró en territorio francés, pero el embate germánico
fue frenado alrededor del eje constituido por el río Marne. Las fuerzas francesas, dirigidas por el
general Ferdinand Foch, resistieron el avance alemán, pero carecieron a su vez del poderío
militar suficiente para forzar su retirada; con todo, al disipar la posibilidad de una rápida
ofensiva que llevase a los alemanes a las puertas de París, la batalla del Marne (6-9 de
septiembre de 1914) resultó decisiva; representó asimismo un triunfo moral para los franceses y
marcó el curso ulterior de la guerra.
Nuevas batallas y combates entablados desde el río Marne hasta el Atlántico tuvieron un
desenlace similar; el frente occidental se estabilizó y, a principios de 1915, ambos bandos se
encontraban atrincherados en una línea de ochocientos kilómetros que se extendía desde Suiza
hasta la ciudad belga de Ostende, en la costa del Mar del Norte. Prácticamente no cambiaría
hasta la primavera de 1918.

En el frente oriental, Alemania hubo de responder a la ofensiva lanzada por Rusia. Mal
entrenadas y poco coordinadas, las tropas rusas fueron vencidas por las alemanas, comandadas
por los generales Paul von Hindenburg y Erich Ludendorff, en la batalla de Tannenberg (26-30
de agosto de 1914). Los rusos sufrieron numerosísimas bajas, pero su acción posibilitó el éxito
de Francia en el frente occidental, ya que obligaron al general alemán Helmuth von Moltke a
trasladar diversas divisiones del frente occidental al oriental para frenar la ofensiva rusa. La
ausencia de estas divisiones fue decisiva para inclinar la batalla del Marne en favor de los
franceses.

Pese a la derrota frente a los alemanes, el Imperio ruso obtuvo algunas victorias sobre los
austriacos; pero, aunque no tan firmemente como el occidental, el frente oriental quedó también
estabilizado en una línea que se extendía desde el mar Báltico a los Montes Cárpatos. A finales
de 1914, estaba claro que la guerra sería larga. Ante los exiguos resultados conseguidos por la
llamada «guerra de movimientos» de 1914 (rápidas movilizaciones de grandes contingentes
para aplastar al enemigo), los estados mayores se prepararon para la «guerra de posiciones», es
decir, para una agotadora guerra de desgaste que se prolongaría casi hasta el final de la
contienda.

La guerra de trincheras (1915-1916)

A principios de 1915, ambos bandos construyeron complejas líneas de trincheras que


serpentearon por los cientos de kilómetros del frente. La fortificación alcanzaría tal grado de
virtuosismo que ninguno de los contendientes lograría una penetración decisiva. Al quedar
protegidos los soldados del alcance de las ametralladores enemigas, la capacidad
armamentística (morteros, lanzagranadas, lanzallamas) y muy especialmente la artillería pesada
se transformó en dueña y señora del campo de batalla. La industria siderometalúrgica se puso al
servicio de las necesidades militares y produjo masivamente cañones, morteros y obuses. El
consumo de municiones en los primeros meses de la guerra rebasó largamente las previsiones, y
la cuestión del aprovisionamiento acabó trasformándose en un asunto esencial, que obligó a
modernizar y planificar la producción y a utilizar mano de obra femenina.

Ciertamente, la única arma eficaz contra las trincheras era la artillería, pero ni siquiera los
bombardeos de saturación podían garantizar una ruptura del frente, ya que eran contrarrestados
por la mayor eficacia de las medidas de protección personal y la complejidad de la red
defensiva, que incluía el escalonamiento en profundidad de las fuerzas de reserva. Sin embargo,
mientras los frentes se mantenían incólumes, las trincheras registraban espantosas carnicerías.
Después de cada batida de la artillería, el terreno quedaba arrasado, cubierto de hombres
destrozados o mutilados. Las trincheras se convirtieron en un infierno porque, además, las
condiciones higiénicas eran deplorables; el abastecimiento, insuficiente; y la tensión,
insoportable. El uso intensivo de armas como los gases letales obligó además a los soldados a
luchar con unas máscaras que reducían la visibilidad e intensificaban su angustia.
Ante esa situación de estancamiento, durante el año 1916 alemanes y franceses intentaron
romper el frente concentrando los esfuerzos bélicos en un solo punto. Tal era el objetivo de la
gran ofensiva alemana sobre la ciudad de Verdún, planeada por el jefe del Estado Mayor, Erich
von Falkenhayn. Iniciado el 21 de febrero de 1916, el ataque topó con la tenaz resistencia de los
franceses, que, bajo las órdenes del general Henri Philippe Pétain, frenaron el avance sobre la
ciudad y recuperaron, ya en noviembre del mismo año, las escasas plazas que había llegado a
ocupar el enemigo. La ofensiva aliada sobre la región del río Somme, planeada por el mariscal
francés Joseph Joffre y el general británico sir Douglas Haig, tuvo el mismo carácter masivo;
iniciada el 1 de julio de 1916, concluyó sin éxito a mediados de noviembre del mismo año.
Ambas campañas costaron centenares de miles de vidas y sólo movieron los frentes unos pocos
centenares de metros.

La guerra en el mar tuvo su episodio central en la batalla de Jutlandia (31 de mayo de 1916), en
la que se enfrentaron la armada británica y la alemana, comandadas respectivamente por los
almirantes John Jellicoe y Reinhard Scheer. Aunque la «Gran Flota» de Jellicoe sufrió pérdidas
superiores, el resultado favoreció a los ingleses: la escuadra alemana no pudo romper el cerco
establecido por los aliados, de modo que su campo de acción quedaría reducido al Mar del
Norte durante toda la guerra. La excepción fueron, obviamente, los submarinos, que antes y
después de Jutlandia obstaculizaron el aprovisionamiento por vía marítima de Gran Bretaña
hundiendo los barcos británicos o aliados que se acercaban a la isla. En mayo de 1915, el
hundimiento del trasatlántico de pasajeros Lusitania, que había zarpado de Nueva York,
provocó una airada reacción estadounidense, y el alto mando alemán hubo de aceptar
restricciones a la guerra submarina. Pero en febrero de 1917, los alemanes anunciaron la
extensión del bloqueo a todas las embarcaciones sin importar su pabellón, decisión que pondría
fin a la neutralidad de los Estados Unidos.
La intervención estadounidense y el final de la guerra (1917-1918)

Durante el año 1917, la población civil de muchas naciones en conflicto llegó a una situación
límite: a las dificultades para la mera subsistencia había que sumar los trastornos familiares por
la pérdida o ausencia de los miembros más jóvenes y el agotamiento psicológico. Hubo intentos
de amotinamiento en las guarniciones, que fueron severamente reprimidos, y también huelgas
de protesta por la escasez de productos de primera necesidad.

La aceptación más o menos entusiasta que gran parte de la población de los países contendientes
había manifestado al inicio de la guerra se había convertido en un rechazo frontal a su
continuación, sobre todo en las grandes ciudades industriales de Alemania. También era
especialmente crítica la situación en el Imperio austrohúngaro, donde el desabastecimiento y la
falta de productos básicos se agudizaban día a día. Por otra parte, después de la división y
dispersión iniciales, y a la vista del inmenso matadero en que se habían convertido los frentes, el
movimiento obrero internacional se pronunció abiertamente contra la guerra, y los socialistas de
cada Estado comenzaron a adoptar posiciones críticas radicales.

En octubre de 1917 triunfó en Rusia la revolución dirigida por Lenin y los bolcheviques, que se
hicieron con el poder; el agotamiento de la población y la promesa de poner fin a la guerra
favorecieron el éxito revolucionario. Para Lenin, que siempre había tachado el conflicto de
«conflagración burguesa, imperialista y dinástica» y de traidores a los socialdemócratas
europeos que la habían apoyado, la paz era prioritaria e imprescindible para poder organizar el
nuevo Estado surgido de la revolución; de ahí que se apresurase a firmar un armisticio y a
acordar la paz con los Imperios Centrales (tratado de Brest-Litovsk, 3 de marzo de 1918), aun a
cambio de importantes concesiones territoriales.
Pero el acontecimiento clave de aquel año fue la entrada de los Estados Unidos en la guerra (6
de abril de 1917). El motivo oficial fue la decisión alemana de suprimir las restricciones a la
guerra submarina; en adelante atacarían a todos los buques (militares o civiles, aliados o
neutrales) para sostener el bloqueo marítimo contra Inglaterra. También se dio difusión a un
mensaje enviado por el ministro de Asuntos Exteriores alemán, Arthur Zimmermann, a su
embajador en México: el llamado «Telegrama Zimmermann», interceptado por los servicios
secretos británicos, reveló el propósito del Imperio alemán de incitar a México a declarar la
guerra a los Estados Unidos, brindando al país vecino ayuda militar y financiera para recuperar
los territorios perdidos en la Guerra Mexicano-Estadounidense de 1846. El motivo de fondo, sin
embargo, era el temor a no recuperar los créditos concedidos a Gran Bretaña y Francia en caso
de que ganasen los Imperios Centrales.

El apoyo de Estados Unidos a Francia e Inglaterra decidió el desenlace de la guerra. En pocos


meses desembarcaron en Francia más de un millón de soldados y un gran número de tanques,
aviones, camiones y piezas de artillería; con el respaldo de la llamada Fuerza Expedicionaria
Estadounidense, comandada por el general John Pershing, la superioridad bélica de los aliados
se hizo abrumadora.

En otoño de 1918, tal superioridad comenzó a dar resultados concretos; a principios de


noviembre, tras la destrucción de las líneas austriacas en la batalla de Vittorio Veneto, el
Imperio austrohúngaro aceptó el armisticio. En el frente occidental, un último intento alemán de
avanzar sobre el Marne fue desbaratado en la batalla de Château-Thierry (4 de junio de 1918);
en septiembre, la contraofensiva aliada había obligado a los alemanes a retroceder hasta la Línea
Hindenburg, que sería aniquilada a primeros de noviembre. En Alemania, una insurrección
socialista se propagó de Baviera a Berlín, donde un gobierno provisional proclamó la República
y obligó al emperador Guillermo II a abdicar y a exiliarse en los Países Bajos. El 11 de
noviembre de 1918, Alemania firmaba el armisticio.

Consecuencias de la Primera Guerra Mundial


Las consecuencias más evidentes de la Primera Guerra Mundial fueron las que derivaron de los
diversos tratados de paz, que modificaron profundamente el mapa de Europa. Contra lo que
pueda sugerir su nombre, la Conferencia de Paz de París fue una mera negociación entre los
dirigentes de los países vencedores: el presidente norteamericano Woodrow Wilson, el primer
ministro británico David Lloyd George, su homólogo francés Georges Clemenceau y el jefe del
gobierno italiano, Vittorio Emanuele Orlando. Ningún representante de Alemania participó en la
conferencia, de modo que la razón asistía a quienes calificaron de «diktat» (imposición) el
tratado de Versalles, firmado el 29 de junio de 1919, tras casi seis meses de conversaciones.

Aunque se partió de los bienintencionados catorce puntos propuestos por el presidente


norteamericano Woodrow Wilson, las condiciones impuestas a los vencidos fueron muy duras,
y, especialmente por parte de Francia, no hubo ninguna voluntad conciliatoria. El tratado de
Versalles declaraba a Alemania única culpable de la guerra y supuso para el antiguo Imperio
alemán la pérdida de todas sus colonias y también de numerosos territorios, que pasaron a
manos de los viejos y nuevos países limítrofes (Francia, Bélgica, Dinamarca, Checoslovaquia,
Polonia). El tratado establecía asimismo la desmilitarización general del país (prohibiendo a
Alemania fabricar armamento, barcos y aviones de guerra y tener más de cien mil soldados) y la
obligación de pagar reparaciones de guerra, tasadas en 132.000 millones de marcos oro, a las
potencias vencedoras.

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Los principales cambios territoriales como consecuencia de la Primera Guerra Mundial fueron:

• Alemania devolvió Alsacia y Lorena a Francia, Poznan y Prusia occidental pasaron al nuevo Estado
de Polonia, y Schleswig pasó a Dinamarca.

• Austria-Hungría se dividió en los Estados de Austria; Hungría; y Yugoslavia, que reagrupó los
territorios de los antiguos reinos independientes y Montenegro, las tierras de la ex Corona croata, las ex
provincias turcas de Bosnia y Herzegovina y las provincias de los Habsburgo en Eslovenia y
Dalmacia; Checoslovaquia, integrada por los territorios de Bohemia, Moravia y Silesia, junto con
Eslovaquia y la Rutenia de los Cárpatos, ex territorio húngaro.

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