VOL6 6 - El Retorno A Hiperborea - Dominguez Guadalupe
VOL6 6 - El Retorno A Hiperborea - Dominguez Guadalupe
The Return to Hyperborea: The Poplar Myth and its Imagery in El/ella
by Miguel Serrano
Enviado: 12/06/2021
Aceptado: 11/09/2021
Resumen:
En su novela de 1972, Elella: un libro de amor mágico, el escritor y diplomático chileno,
Miguel Serrano (1917-2009) —uno de los representantes más notables del complejo
discursivo del “hitlerismo esotérico”—, hace gala de su eclecticismo al presentar un héroe-
alquimista que busca llevar a buen fin su transmutación espiritual con la ayuda de maestros
tántricos y gnósticos en la India, Francia y los Andes. El vínculo entre estos lugares queda
consolidado a través de la evocación y reelaboración literaria del mito de Hiperbórea, en cuyo
imaginario y narrativa Serrano introduce un nuevo ingrediente, el andino, expandiendo así la
tradición perennialista a las Américas.
Abstract
In his 1972 novel, El/ella: Book of Magic Love, the Chilean writer and diplomat, Miguel
Serrano (1917-2009) —one of the most important representatives of the discursive complex
of “Esoteric Hitlerism— shows his eclecticism by presenting an alchemist-hero who tries to
carry out his spiritual transmutation with the help of tantric and gnostic masters in India,
France and the Andes. The link between these places is consolidated through the literary
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evocation and re-elaboration of the myth of Hyperborea, in whose imagery and narrative
Serrano introduces a new ingredient: the Andean, thus expanding the perennialist tradition to
the Americas.
Introducción
Junto con la francesa Savitri Devi (1905-1982), el escritor y diplomático chileno,
Miguel Serrano (1917-2009) es el más importante exponente del así llamado “hitlerismo
esotérico”: un complejo discursivo1 ecléctico de tipo político-religioso-mitológico, que toma
elementos de todo el espectro discursivo de las corrientes esotéricas occidentales —aunque
con especial énfasis en sus manifestaciones modernas, como la teosofía blavatskiana y la
escuela tradicionalista—, del budismo y el hinduismo (sobre todo en sus vertientes tántricas),
así como de los mitos germánicos, y los incorpora en una intrincada narrativa que aboga por
una lectura de la historia que se aparta, de forma radical, de su versión comúnmente aceptada.
En ella, la figura de Adolfo Hitler (1889-1945) aparece “divinizada”, elevada a la categoría
de bodhisattva2 (según su lectura “budista”), o de Kalki, el último avatar del dios Vishnú
1
El término “complejo discursivo” ha sido propuesto por Kenneth Granholm para sustituir las categorías de
“corriente” o “escuela” que normalmente se emplean en el contexto de los estudios de lo esotérico, sobre todo
en lo que respecta a sus iteraciones moderno-tardías y postmodernas (cf. Granholm, 2013).
2
En la escuela del budismo Mahayana, el bodhisattva es un término empleado para designar a un ser que ha
sido capaz de llegar a la iluminación, pero que, movido por la compasión, decide permanecer en los ciclos de
reencarnación para ayudar a los demás seres a alcanzar también su liberación.
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Sobre la transliteración de los términos en sánscrito: para mantener un consenso a lo largo del texto,
hemos decidio prescindir de los signos diacríticos, ya que el uso de éstos varía mucho de acuerdo con las fuentes
consultadas.
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“Serrano is creating not a series of disconnected assertions, but a mythological whole, for by linking all of
these other mythological and legendary traditions together, he seeks to create a Hitlerian metanarrative” (p.
126).
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Este tipo de ritual es un ejemplo de la alquimia que pasa por la transgresión, es decir,
que sigue el así llamado “sendero de la mano izquierda”,4 en oposición a la purificación por
vía de la ascesis mística o el “sendero de la mano derecha”. La elaboración literaria que
Serrano hace de la primera vía es paradigmática de la fascinación que el tema tántrico (con
la respectiva exageración de sus elementos sexuales y transgresores) ejerció sobre ciertos
grupos ocultistas que tenían interés en la magia sexual y sus posibilidades antinómicas, como
la Ordo Templis Orientis, O.T.O., (con Theodor Reuss [1855-1923] y Aleister Crowley
[1875-1947]) y más adelante también la escuela tradicionalista (Julius Evola disertó sobre el
asunto su libro La metafísica del sexo de 1958, por ejemplo), ambos bien conocidos por el
chileno. Sin embargo, no debemos obviar el hecho de que, si bien los círculos ocultistas
europeos fueron importantes receptores, apropiadores, re-significadores y re-transmisores de
las tradiciones filosóficas y religiosas del budismo y el hinduismo en sus propios contextos,
buena parte de su comprensión e interpretación estuvo permeada, ya sea por las limitaciones
del discurso académico orientalista que se elaboró sobre ellas en su momento, o por sus
propios prejuicios y modelos de pensamiento.5 De tal modo que, mientras que para la teosofía
blavatskiana, de inclinaciones más bien ascéticas, el tantra se volvió sinónimo de “magia
negra” y “depravación espiritual” (cf. Blavatsky, 1889, p. 279), para Julius Evola —cuya
visión es compartida por Serrano—, se perfiló como “el camino que no sólo se adhiere a la
transgresión, la amoralidad y la violencia, sino que incluso afirma la necesidad de la violencia
4
Según Kennet Granholm, el origen de este término y de su oposición al “sendero de la mano derecha” se da
en el contexto de las apropiaciones y reinterpretaciones del tantra que se dieron en Occidente durante el siglo
XIX, particulamente en los círculos ocultistas, como la teosofía blavtaskiana, que tuvo un papel muy importante
en la popularización de las tradiciones filosóficas y religiosas de la India. Como características primordiales del
“sendero de la mano izquierda”, Granholm identifica: la ideología del inidividualismo (en la cual el individuo
se identifica como parte de una élite iniciada, en contraposición al colectivo), la meta de la auto-deificiación
(en la cual el practicante busca elevarse al nivel de un creador o un dios y tomar el control del universo
existencial personal), una postura antinómica (en la cual se cuestionan las normas religiosas y culturales
colectivas mediante la práctica de rituales transgresores) (cf. Granholm, 2012, pp. 500-502).
5
El interés renovado por la cuestión tántrica, que se suscitó en las primeras décadas del siglo XX, debió mucho
a un cambio de paradigma que se produjo en el ámbito de los estudios académicos “orientalistas” a partir de la
publicación, en 1919, del libro The Serpent Power (El poder de la serpiente) del estudioso británico, Sir John
Woodroffe (1865-1936), mejor conocido entonces por su pseudónimo, Arthur Avalon. Si bien su texto conserva
algunos prejuicios con respecto a ciertos aspectos de la tradición tántrica, su presentación del tema impugnaba
la narrativa hasta entonces imperante en la academia europea, que tendía a valorar la vedanta por sobre otras
manifestaciones religiosas y filosóficas del hinduismo, y a considerar la tradición tántrica como sintomática de
la “degeneración cultural” de la India. Los estudios de Woodroffe tuvieron una muy buena recepción en los
círculos ocultistas, ejemplo de ello es el intercambio epistolar que Julius Evola mantuvo con él.
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física real y el derramamiento de sangre en la forma de la guerra”;6 es decir, que la vía tántrica
se convierte en un antídoto lo suficientemente “violento”, “viril” y “heroico” para
contrarrestar la “degeneración” del mundo moderno, supuestamente dominado por una
moralidad judeo-cristiana, “afeminada” y “burguesa”.
La segunda parte de la novela lleva por título “Los Pirineos” y se sitúa en la región del
Languedoc, durante el siglo XIII. En esta encarnación, el protagonista es un cátaro, un
caballero del amor cortés que busca acceso al castillo de Montsegur, en cuya base yace
dormida su amada (al igual que el protagonista masculino, ella también es una iteración más
en su propio ciclo de reencarnación) y para ello recibe la guía espiritual de los “Perfectos”,
quienes guardan un tesoro relacionado, según la leyenda, con el “Santo Grial”. Sin embargo,
pronto es revelado al caballero que dicho tesoro es un secreto sobre el amor mágico. Así, un
Perfecto afirma lo siguiente: “[n]os oponíamos al matrimonio y a la fornicación de los
cuerpos […] pero no nos oponíamos a la fornicación de la mente, al matrimonio mental,
como se practicaba en la ceremonia secreta, en la cámara de iniciación del castillo” (Serrano,
1972/1999, p. 57). Con la “fornicación de la mente”, el Perfecto se refiere al ritual sexual
cátaro del assais o asag, que implicaba caricias y “juegos” que podían “en la mayoría de los
casos, concluir con un orgasmo del hombre o de la mujer, o de ambos; nunca, al menos en el
marco del estricto fin’amor, podía haber coito, pues éste estaba excluido por razones más
mágicas que morales” (Markale, 1998, p. 241). En la novela serraniana, el ciclo de
encarnaciones de los protagonistas pone el ritual del assais en paralelo con el maithuna y
representa una más de las posibilidades de la boda alquímica, a medio camino entre el
“sendero de la mano izquierda” y el “sendero de la mano derecha”. Asimismo, la boda
espiritual se opone al matrimonio profano y a la reproducción física de los seres, producto de
una sexualidad no sublimada. Para despertar a la amada en la cámara secreta en la base del
castillo, el caballero sólo puede permitirse las caricias del assais y, si el ritual es exitoso,
ambos amantes, fusionados en uno, ascenderán por los corredores que conectan la base del
castillo con la más encumbrada torre, destruyendo por medio del fuego todo lo que se
encuentra a su paso. La destrucción del castillo de Montsegur recuerda a su vez el consumo
6
“the path that not only embraces transgression, amorality, and violence, but even affirms the necessity of real
physical violence and bloodshed in the form of war” (Urban, 2007, p. 158).
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de los cuerpos de los yogis que marca la culminación de la unión mágica en la primera parte
del texto.
La tercera y última parte de la novela lleva por título “Los Andes” y se lleva a cabo en
el siglo XX, presumiblemente en algún rincón de los Andes chilenos. En este episodio, el
protagonista intenta encontrar algún medio para salvar la vida de su amada enferma y, a lo
largo de su búsqueda, es auxiliado por un indígena “de ojos azules” (Serrano, 1972/1999, p.
62) y por el “Maestro” de su “Orden”, quienes le revelan algunos secretos del “amor mágico”,
que apuntan hacia la integración interna de los principios. Así, por ejemplo, el Maestro afirma
que “[n]i el hombre iniciado necesita la mujer fuera, ni la mujer iniciada necesita el hombre”
(p. 67); de tal modo que la muerte física de la amada termina por ser asumida, incluso por
ella misma, como un sacrificio “deseable” para la consumación de las bodas alquímicas,
como se evidencia en la siguiente afirmación: “Ya no podré amar con este cuerpo. Pero el
cuerpo visible será cada vez menos necesario. El amor deberá consumarse con los otros
cuerpos” (p. 70). La mención de los “otros cuerpos” es una clara referencia a la anatomía
sutil de los adeptos, a la que volveremos más adelante, baste ahora precisar que, tras la muerte
de la amada, su alma “preña” a la del adepto y se da a luz al “hijo de la eternidad” (p. 72).
Esta última unión, en donde no interviene el cuerpo denso de los consortes —a diferencia de
las dos anteriores— es reminiscente del ascetismo del “sendero de la mano derecha” y con
ella se completa el espectro de las posibilidades de la boda alquímica.7
La estructura de la novela parece presentar, de manera secuencial, la progresiva pérdida
de la “corporalidad densa” en el ritual, que implicaría, a su vez, un descenso en los niveles
7
Más allá de su contenido ideológico altamente cuestionable, la novela de Serrano tiene mérito literario de
haber dado continuidad, en el contexto de la literatura fantástica en lengua española, a la tradición germana de
la novela alquímica. Arthur Versluis ha afirmado que Elella se asemeja, en mayor o menor medida, a la ficción
de Herman Hesse y a la Jorge Luis Borges (cf. 2014, p. 124), sin embargo, como hemos argumentado en otra
oportunidad (Domínguez, en prensa), nos parece que las cinco novelas de tema alquímico del escritor austriaco,
Gustav Meyrink (1868-1932): El golem [Der Golem] (1915), El rostro verde [Das grüne Gesicht] (1916), La
noche de Valpurga [Walpurgisnacht] (1917), El dominico blanco [Der weiße Dominikaner] (1921) y El ángel
de la ventana occidental [Der Engel vom westlichen Fenster] (coescrita con Alfred Schmid Noerr en 1927),
fueron el principal modelo literario para el chileno. La narrativa novelística meyrinkiana se alínea
principalmente con la teosofía blavatskiana, de modo que su representación de la boda alquímica se da en
términos ascéticos, del “sendero de la mano derecha”. La inclusión positiva de la ceremonia del “sendero de la
mano izquierda” es el viraje más importante que la narrativa serraniana introduce en la tradición literaria
alquímica de corte germano.
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“was able to shift away from the normal experience of space, time, and historical process.” (Voss, 1998, p.
155)
9
La referencia original a la tierra bóreal de Hiperbórea, ubicada más allá de la parte norte del mundo conocido,
se encuentra en la mitología griega. Es posible que se tratara de una elaboración hiperbolizada de las
condiciones geográficas del extremo norte de Europa. Otro término asociado con ella es el de “Ultima Thule”.
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separan” (1978/1992, p. 90). El chileno incluso vincula la esvástica dextrógira, la que gira en
el sentido de las manecillas del reloj y que fue apropiada por los nazis como emblema, como
símbolo de ese movimiento de retorno (cf. p. 91). En la novela Elella, es justamente la
“iniciación hiperbórea” del amor mágico, en sus diferentes versiones, la que da cohesión a la
búsqueda del adepto a lo largo de sus distintas encarnaciones. No importa si sus iniciadores
son maestros tántricos, cátaros o indígenas andinos “de ojos azules”, el secreto del amor
mágico los vincula en su origen, a pesar de sus aparentes diferencias. Ahora bien, ¿qué
significados esotéricos se han adscrito a la región de Hiperbórea en los diferentes discursos
esotéricos y qué interpretación particular hace Serrano de los mismos?
La respuesta a estas preguntas puede buscarse en la tradición del “Mito de la Caída”,
del cual la expulsión de Adán y Eva del Jardín el Edén constituye sólo una iteración judeo-
cristiana. De manera general, puede decirse que este mito apunta a la noción general de una
“edad de oro” o de un “paraíso” que fue perdido, ya sea a causa de una transgresión, un
cataclismo, o simplemente por la transición ontológica del “ser” al “devenir”. Sin embargo,
a pesar de la pérdida, la nostalgia por el retorno permanece viva en el espíritu de los hombres
y, en algunas versiones, también la certeza de su posibilidad. Esta lectura optimista del “Mito
de la Caída” se integra a la tradición esotérica occidental por vía del neoplatonismo y
encuentra su aplicación concreta en la práctica alquímica. Ahora bien, según diferentes
versiones del mito, la pérdida y el retorno pueden darse de manera única, o de manera cíclica,
repitiéndose incontables veces en los abismos del tiempo. Algunas corrientes ocultistas,
como la teosofía blavatskiana —sobre todo en su fase “tardía”, cuando la sede de la Sociedad
Teosófica se había trasladado a la ciudad de Adyar, en la India— y la escuela tradicionalista
de René Guénon (1886-1951) y Julius Evola, se inclinaron por la interpretación cíclica de
este mito, influidas por la recepción y re-significación de las tradiciones religiosas de la India,
específicamente de la cosmología védica hindú y su noción de edades o “yugas”, que se
subdividen a su vez en cuatro fases, que van de la perfección a la degeneración (satya yuga,
treta yuga, dvapara yuga y kali yuga), y que se suceden cíclicamente unas a otras a lo largo
de periodos de tiempo tan vastos (manvantaras), que son imposibles de concebir por la mente
humana.
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10
Para un estudio más detallado de la historia del mito polar y sus variantes, remito al lector al texto clásico de
Joscelyn Godwin: Arktos: The Polar Myth in Science, Symbolism and Nazi Survival.
11
“is conceived on a far mor restricted time-scale” (1889, p. 21).
12
La publicación en 1903 del libro The Arctic Home in the Vedas, escrito por el estudioso indio de la tradición
védica, Bâl Gangâdhar Tilak (1856-1920), durante su permanencia en la cárcel por sus actividades en favor de
la independencia india de los británicos, fue muy influyente para consolidar la noción del origen polar del
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llamada Svita-Dvipa, la ‘Isla Blanca’, y tiene al Monte Meru como su centro mítico”.13 Para
los ocultistas modernos, que creían en la existencia de la philosophia perennis, o una
tradición de sabiduría primordial, la religión y la filosofía del hinduismo (incluido su sistema
de organización social por castas) se erigían, por su antigüedad y cercanía con el “Origen”,
como el receptor más directo de dicha tradición y el custodio de su versión más prístina.
Además de su relación con el hinduismo, las elaboraciones ocultistas del mito de
Hiperbórea se revisten de otros niveles de significación cuando la cuestión intersecta con el
campo discursivo del “mito ario”. En el periodo de la Ilustración, la intelectualidad europea,
cada vez más secularizada y menos proclive a aceptar la explicación bíblica del origen del
hombre, volteó su mirada hacia las regiones más apartadas del continente asiático, hacia la
India, en busca de la “verdadera” cuna de la civilización. Los filósofos y filólogos románticos
alemanes, como Herder (1744-1803) y los hermanos Schlegel, abonaron a la consolidación
de la teoría de un origen “indo-germánico” de la civilización europea y de la “raza blanca”;
separada de otras “ramas” raciales y lingüísticas, como la “semítica”. El término “ario”,
acuñado por el mismo Friedrich Schlegel (1772-1829), apuntaba a esa supuesta síntesis
“racial” originaria y, a medida que avanzaba la centuria, su uso se fue consolidando en los
círculos académicos europeos, cada vez más interesados en el estudio “científico” de las
“razas”, en su taxonomización y jerarquización; todo lo cual fue puesto, en última instancia,
al servicio del imperialismo, con las consecuencias nefastas por todos conocidas.
La narrativa del origen “ario” de la “raza blanca”, implicaba también la cuestión de la
migración, del abandono de la Urheimat y de su dispersión por distintos puntos geográficos
antes de alcanzar su “culminación” en los pueblos nórdicos europeos. Para Schlegel, la
trayectoria de dicha migración podía ser rastreada a partir del estudio comparativo de las
lenguas, hasta encontrar sus elementos originales (Ursprache); así, por ejemplo, “él
vincula[ba] el idioma alemán hacia atrás, a través del latín y el griego, al persa y al
pueblo indio, aludido mitológicamente como “el reino de los dioses” en los textos védicos (cf. Godwin, 1996,
pp. 31-35).
13
“the land of Hyperborea is called Svita-Dvipa, the ‘White Island,’ and has as its mythical center Mount Meru”
(p. 20).
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sánscrito”.14 El mismo principio podía aplicarse al estudio comparativo de las religiones, con
el propósito de encontrar el Urmythos y la Urreligion. La forma de pensamiento esotérica,
por su parte, no es ajena a este proceder, el cual se hace patente en la “práctica de la
concordancia”, uno de los dos componentes secundarios del modelo de Antoine Faivre. Ésta
se refiere a la tendencia a “establecer denominadores comunes entre dos diferentes
tradiciones, o incluso más, entre todas las tradiciones, con la esperanza de obtener una
iluminación, una gnosis, de cualidad superior”.15 La narrativa ficiniana de la prisca theologia
es un ejemplo paradigmático de la aplicación de la práctica de concordancia en el discurso
esotérico de la modernidad temprana, mientras que el perennialismo de la teosofía
blavatskiana y de la escuela tradicionalista es un ejemplo de su aplicación en las
manifestaciones esotéricas de la modernidad tardía.
Ahora bien, a pesar de las similitudes en los métodos, hay una diferencia importante
que no debe obviarse. Los pensadores románticos alemanes operaban en un marco de
pensamiento ilustrado, que partía de la firme convicción en el progreso continuo del hombre
y del universo, el cual se desplegaba a lo largo del tiempo histórico. Así, “Herder afirma[ba]
que la humanidad tiene su infancia en el Oriente, su mocedad en Egipto, su madurez lozana
en Grecia, su primera hombría en Roma [y] ahora el ‘nuevo hombre’ había nacido en el
norte”,16 de modo que la trayectoria de su progreso había seguido una dirección de este a
oeste. Esta progresión implicaba que, si bien el origen “ario” de los europeos era considerado
con un alto grado de nostalgia y respeto, el futuro de la “raza nórdica” en la Europa moderna
era esperado con franco optimismo.17 En el discurso esotérico ocurría lo contrario: la
humanidad había “caído” en el tiempo lineal, cuyo transcurrir lleva inevitablemente a la
degeneración; de ahí la imperiosa necesidad de regresar al orden perfecto del “Origen”
perdido. Lo anterior es un ejemplo de la aplicación de las complejas estructuras del
14
“He links the German language backward through Latin and Greek to Persian and Sanskrit” (Marchand, 2012,
p. 64).
15
“Establish common denominators between two different traditions or even more, among all traditions, in the
hope of obtaining an illumination, a gnosis, of superior quality” (1994, p. 14).
16
“Herder claims that humankind has its childhood in the Orient, its boyhood in Egypt, its youthful maturity in
Greece, and its first manhood in Rome; now the ‘new man’ has been born in the north” (Kontje, 2004, p. 72).
17
La creencia romántica en la excepcionalidad de la “raza nórdico-germánica” habría de influir en el desarrollo
de la ideología völkisch, en la segunda mitad del siglo XIX.
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18
“Orientalism combines a negative mirroring with its positive reversal: ‘what is good in us is [still] bad in
them, but what got twisted in us [still] remains straight in them’” (corchetes en el original, citado por Baier,
2016, p. 319).
19
Así, según Blavatsky, la presente “raza-raíz”, la quinta, correspondería justamente a la raza aria y habría
tenido su origen en Asia. Mientras que, en el modelo tradicionalista, la raza aria estaría relacionada directamente
con el continente de Hiperbórea.
20
Las cuevas, las cadenas montañosas y los supuestos orificios en los polos son un ejemplo de este tipo de
“puertas de acceso” al interior de la Tierra.
21
El conglomerado mítico “ario-hiperbóreo” intersecta aquí con la teoría de la “Tierra hueca”, surgida en el
siglo XVIII. Como su nombre lo indica, ésta proponía la idea de la composición del planeta Tierra no era densa,
sino hueca: la corteza terrestre se doblaba sobre sí misma en los polos, de modo que la superficie de la Tierra
se prolongaba de manera cóncava en su interior. Los continenes de la Tierra hueca eran iluminados, a su vez,
por un sol interno, que ocupaba la posición del “núcleo” terrestre. La teoría de la Tierra hueca tuvo una
recepción importante en los círculos ocultistas y literarios (sobre todo en sus modalidades fantástica y de ciencia
ficción) en el siglo XIX. Edgar A. Poe (1809-1949), Edward Bulwer-Lytton (1803-1873) y Julio Verne (1828-
1905) son algunos de sus exponentes más notables. El interés por la Tierra hueca permaneció bien nutrido
durante el siglo XX, donde adquirió nuevas variaciones, y continúa vivo en el siglo XXI, sobre todo en aquellos
grupos sociales que se identifican con las narrativas y posturas “contra-culturales”.
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su lugar de origen es una de las explicaciones más populares, entre cuyas variantes se
encuentran la inclinación del eje terrestre, las glaciaciones, el diluvio, e incluso la
transgresión espiritual de esta “raza primigenia”.
En el caso específico de los territorios alemanes, la recepción de la teosofía
blavatskiana en las dos últimas décadas del siglo XIX tuvo un impacto cultural importante,
que se tradujo en lo que Nicholas Goodrick-Clarke ha llamado un “reavivamiento ocultista”.
El contexto político-social de dichos territorios era bastante complejo en ese momento.
Alemania, o más bien, el Segundo Imperio, había logrado su tan ansiada unificación bajo la
dirección del ministro prusiano Otto von Bismarck (1815-1898), famoso por la falta de
escrúpulos y la efectividad de su “Realpolitik”. Los métodos a los que Bismarck recurrió para
conseguir su cometido, como falsificación del telegrama de Ems, que habría de “justificar”
la guerra franco-prusiana (1870-1871), sembraron las semillas de futuras discordias y dejaron
entre los alemanes un sentimiento de profunda insatisfacción. Por otra parte, el hecho de que
el Imperio Austro-húngaro hubiera quedado fuera del proyecto de unificación (debido, en
buena medida, a su fuerte tendencia a la “balcanización”) generó, entre los alemanes
austriacos, una sensación de abandono y de inquietud con respecto al futuro. En ambos
imperios, la cuestión del nacionalismo alemán, que había alcanzado un primer periodo de
apogeo durante el romanticismo (en el contexto de la expansión del imperio napoleónico),
volvió a plantearse con renovada fuerza, esta vez en su iteración “völkisch”, con su particular
mezcla de componentes racialistas, patrioteros, folclóricos, nacionalistas, anti-semitas y neo-
románticos. Los alemanes tenían la tarea de dar cohesión cultural al Segundo Imperio y los
austriacos sentían la necesidad de fortalecer y defender su “germanidad” para evitar su
potencial “dilución” en el contexto multi-étnico del tambaleante Imperio Austro-húngaro. A
todo lo anterior, ha de añadirse también el malestar general ante la cultura materialista y
racionalista de modernidad tardía y la nostalgia reaccionaria por el pasado (histórico o
mítico), por los tiempos “mejores”, más “naturales” y “sencillos”; todo lo cual se manifestó
en la adopción de formas “neo-románticas” de pensamiento, de espiritualidad y de vida. En
resumen: el contexto cultural alemán en el periodo del fin de siglo XIX era un escenario
propicio para la recepción de narrativas cosmológicas de tipo esotérico, donde el mito de la
“raza aria” ocupaba una posición central.
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22
La corriente estética del expresionismo alemán es un buen ejemplo de cómo este el interés por el mesianismo
encontró un buen cauce en el medio de las artes.
23
Para ahondar en la exploración crítica de este tipo de grupos remito al lector al libro Black Sun. Aryan Cults,
Esoteric Nazism and the Politics of Identity de Nicholas Goodrick-Clarke.
24
“it weaves together disparate global elements in ways that did not and could not have existed before global
communication was possible. Serrano exemplifies these tendencies: he is in fact a very sophisticated exemplar
of neo-esoteric religion. He mingles Asian and European traditions with South American ones; he looks toward
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a new era; he incorporates para-scientific themes in his works; he creates new mythologies, offers a key to
understanding the past, and looks towards the transcendence of conventional political polarities in the cosmic
figure of Hitler” (Versluis, 2014, p. 131).
25
La referencia al vínculo entre algunas culturas pre-colombinas y los antiguos continentes y “razas” perdidos
estuvo presente desde la llegada de los europeos al “Nuevo Mundo”, donde se creyó haber descubierto la
Atlántida platónica. En el ocultismo moderno, sobre todo en la teosofía, se mantiene la teoría del origen atlántide
de los toltecas, considerados en este contexto como los ancestros de los indígenas americanos. Como
antecedente del modelo serraniano, Julius Evola habla del origen nórdico, polar, de los toltecas: “La tradición
recurrente concerniente a los orígenes que se encuentra en Norte América, desde el Pacífico hasta la región de
los Grandes Lagos, menciona la sagrada tierra del ‘Lejano Norte’, situada cerca de las ‘grandes aguas’, de donde
supuestamente provienen los ancestros de los nahuatlanos, los toltecas y los aztecas. He mencionado
previamente que el nombre the esta isla, Aztlán, justo como la Sveta-dvipa hindú, denota la idea de blancura o
de tierra blanca” [The recurrent tradition concerning the origins that is found in North America, from the Pacific
to the region of the Great Lakes, mentions the sacred land of the “Far North,” situated by the “great waters,”
whence allegedly came the ancestors of the Nahuatlans, the Toltecs, and the Aztecs. I previously mentioned
that the name of this land, Aztlan, just like the Hindu Sveta-dvipa, denotes the idea of whiteness, or of white
land] (Evola, 1995, p. 192).
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En la más antigua América, que fuera llamada Albania (nombre alquímico, como albedo)
vivieron los Dioses Blancos, Quetzalcóatl, Kukulkan, Virakocha, Kontiqui, Mamakocha, y
otros. Fueron los instructores hiperbóreos de los gobernantes toltecas, mayas, aztecas, incas.
Los toltecas y los mayas afirmaban venir de Tule, del más lejano norte; los sabios mayas
regresan a Tule. El Popol Vuh nos habla de los Dioses Blancos. La princesa Papán, hermana
de Moctezuma, los esperaba. En lugar de ellos llegó Hernán Cortés, quien sólo se les parecía
en el color de la piel, desgraciadamente. (p. 70)
Ahora bien, aunque la descripción del continente americano como la “tierra blanca” de
los “dioses blancos” es una evidente referencia alquímica (albedo, purificación), no debe
desatenderse su implicación racial. Según Serrano, en “Hiperbórea se mantiene la pureza de
la ‘sangre azul’, de la raza azul-blanca del Polo Norte, de los acólitos de Lucifer, de los
Vigilantes del Alba, de los Guardianes de la Estrella de la Mañana” (1978/1992, pp. 68-69)
y parte del efecto que su alquimia ejerce sobre los hombres terrestres —los “esclavos de
Atlántida”— tiene que ver con el paso “de una raza a otra” (p. 68). Es decir, que la “blancura”
de los seres humanos se vuelve un significante de su progreso en la alquimia hiperbórea y
también un marcador de su posición en la jerarquía ontológica. Por eso, el indígena andino
de Elella no es cualquier indígena, sino un indígena “hiperborizado”, cuya apariencia suscita
una “comprensible” sorpresa en el protagonista: “No me extraña que seas ciego, pero sí que
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seas blanco. Pensé encontrar aquí a un mapuche, de pelo hirsuto” (1972/1999, pp. 62). De tal
modo que, si bien algunas civilizaciones pre-colombinas son integradas por Serrano al
“panteón esotérico”, en tanto que productos de la sabiduría hiperbórea, no todos los indígenas
aceptan participar de su alquimia y se obstinan en permanecer en el nigredo, en un estadio
inferior, ctónico, de existencia. Al respecto, el chileno afirma que el
Dios Blanco Quetzalcóatl había partido de México, disgustado con los sacrificios sangrientos,
según se dice, los que no había podido reprimir. Lo más posible es que el Guerrero-Sacerdote
Visigodo, quizás Vikingo, Quetzalcóatl, la Serpiente Emplumada, haya partido en busca de un
nuevo refugio para su raza, amenazada por el mestizaje con los “esclavos de la Atlántida”.
(2000, p. 291)
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no mezclarse con los pueblos aborígenes de color del subcontinente indio, con los “hijos de los
terrestres”, crearon el sistema varna, donde el color era lo más importante, la preservación del
color azul-blanco hiperbóreo, ario, de los “nacidos dos veces”. Se trataba de mantener la sangre
pura, la memoria de la sangre”. (1984/2000, p. 116)
26
Hugh Urban menciona que “[p]ara los Tantrikas brahamanes […], los rituales tansgresores de la práctica
tántrica eran, de hecho, un re-enforzamiento de su propio estatus y privilegio como un experto en el ritual y
como uno de los pocos miembros de la élite de iniciados, con el conocimiento y la valentía para cruzar los
límites morales que confinan a los hombres y mujeres ordinarios en una sociedad convencional.” [For Brahmin
Tantrikas (…), the transgressive rites of Tantric practice were in fact a reinforcement of his own status and
privilege as a ritual expert and as one of the elite, initiated few with the knowledge and courage to overstep the
moral boundaries that confine ordinary men and women in mainstream society] (p. 84, énfasis en el original).
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A-Mor de los Minnesänger germanos y de los trovadores occitanos, se recoge con renovada
fuerza y entusiasmo” (1984/2000, p. 171). Lo anterior explica la inclusión del elemento
cátaro en el segundo episodio de Elella, donde, como recordaremos, el protagonista aparece
encarnado como un caballero del amor cortés, que busca el tesoro del Santo Grial en el
castillo de Montsegur27 y se encuentra con que el verdadero significado de dicho tesoro es el
secreto de la boda alquímica. De este modo, el recorrido espiritual que el personaje sigue a
lo largo de sus tres encarnaciones (la india, la cátara y la chilena), a manera de espiral, se
interpreta como una búsqueda cósmica entre las ruinas para encontrar y unir los fragmentos
de la sabiduría hiperbórea perdida.
Ahora bien, el viaje de retorno a Hiperbórea también es representado en Elella (y en
los postulados del hitlerismo esotérico en general), como un viaje simbólico al “interior”: ya
sea al interior de la Tierra hueca, o al interior del cuerpo sutil de los adeptos, como veremos
a continuación.
27
Otto Rahn (1904-1939), ariósofo y miembro de la SS, es el principal responsable por la creación del
conglomerado mítico que asocia a los cátaros, a Montsegur y a su castillo con el Santo Grial (cf. Godwin, 1996,
pp. 90-91).
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donde se practica la meditación y la bondad con todos los seres. Un elemento sujeto a
variaciones es la cuestión de su ubicación: algunos tibetanos aseguran que Shambhala está
escondida en un lugar secreto de los Himalayas, otros dicen que desapareció de la faz de la
tierra, porque sus habitantes alcanzaron la iluminación y se desvanecieron en una esfera sutil
de la existencia (cf. Trungpa, 1984, pp. 25-27). La leyenda de Shambhala entró en la tradición
del esoterismo occidental por vía teosófica. Las primeras alusiones a esta ciudad pueden
encontrarse en Isis sin velo (Isis Unveiled), publicada en 1877, donde se la identifica con una
civilización perdida, ubicada en una isla en medio de lo que hoy es el desierto de Gobi.
Después de la muerte de Blavatsky y de los cismas al interior de la Sociedad Teosófica, fue
Alice Bailey (1880-1949) —una de los representantes de la así llamada “neoteosofía”—
quien dio nuevos bríos al asunto. Ella aseguraba servir como “canal” al Mahatma Djhwal
Khul, quien le compartió información sobre la existencia etérica de Shamballa, en la locación
antes mencionada, y sobre su gobernante, el “Señor del Mundo”, un bodhisattva dedicado a
la supervisión de la evolución espiritual de los seres humanos (cf. Godwin, 1996, pp. 97-
103). El mito de Shambhala como un centro vivo de sabiduría en el “Oriente” también
encontró buena acogida entre los tradicionalistas. Evola menciona, por ejemplo, que “Tibet
retiene la memoria de Tshang Shambhala, la mística ‘ciudad del norte’, o la ciudad de la
‘paz’ […]. Los maestros de las tradiciones tibetanas dicen que los ‘senderos del norte’
conducen al yogin a la gran liberación”.28 Serrano, por su parte, la recupera en este mismo
sentido.
En el hitlerismo esotérico, la existencia de estas ciudades es, al mismo tiempo, física y
etérica. Sobre su existencia física, en el interior de la Tierra hueca, el chileno afirma que
“[h]abría que penetrar mucho más allá de 1500 millas en el interior de la tierra para
encontrarse con Agharti, Shamballah y sus gigantes hiperbóreos. Y esto no se puede
conseguir sin su aceptación, sin que el Guardián del Umbral permita el paso” (1978/1992, p.
43, énfasis en el original). Como lo refiere en sus relatos de viajes (los que componen su
“trilogía de la búsqueda del mundo exterior”), Serrano intentó encontrar los accesos secretos
28
“Tibet retains the memory of Tshang Shambhala, the mystical ‘northern city’, or city of ‘peace,’ […]. The
masters of Tibetan traditions say that the “northern paths” lead the yogin to the great liberation” (Evola, 1995,
pp. 191-192).
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al interior de la Tierra durante sus expediciones en los Himalaya y la Antártica, sin éxito.
Pero esto no lo desanimó, antes bien lo llevó a replantearse la naturaleza del viaje y a tornar
la mirada hacia las puertas de acceso existentes en su propio “interior”, es decir, en la
anatomía sutil del ser humano. En la medida en que el “hogar” hiperbóreo es tanto un estado
físico como ontológico, el adepto puede (y debe, en estricto sentido) intentar el regreso a
través de su propia transmutación, posibilitada por la práctica de la alquímica espiritual. En
Elella, la amada del protagonista, en su encarnación chilena, hace la siguiente precisión con
respecto a las leyendas de Agharta y Shambhala:
Como tú comprenderás, esta leyenda es simbólica y señala un camino de ascensión interior.
Los cuerpos blancos, transparentes, los cabellos como de lana, el oro del pelo de las
sacerdotisas del hielo, no son cosas de este mundo, ni se refieren a los cuerpos materiales, sino
a los cuerpos invisibles. Al dar un sentido puramente material a la leyenda, interpretando
literalmente el retorno al hogar perdido, se corre el peligro de destruirlo todo. (Serrano
1972/1999, p. 65)
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“the descent of transcendent consciousness into the human microcosm [body], and the return of human
consciousness towards its source” (citado por Leland, 2016, Evolution of the Eastern Chakra System: a
Chronology, corchetes en el original).
30
El Matsyendranatha histórico (siglo IX-X e.c.), iniciador de la escuela kaula, es quien “presenta un sistema
de seis chakras, con los centros identificados por primera vez como cakra (ruedas) en sus locaciones familiares;
también introduce la noción de las ‘locaciones’ del cuerpo sutil (sthana, a veces sinónimo de cakra) con ‘radios,
hojas y pétalos’” [presents a six-chakra system, with centers for the first time identified as cakra (wheels) in
their familiar locations; also introduces the notion of subtle body “sites” (sthana, sometimes a synonym for
cakra) with “spokes, leaves, and petals,”] (Leland, 2016, Evolution of the Eastern Chakra System: a
Chronology).
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El protagonista busca el camino a Montsegur y pide a un cátaro que lo oriente; éste le contesta
que el castillo “no está afuera, sino dentro de ti. ¿Por qué sigues buscando en lo externo?”
(Serrano, 1972/1999, p. 39). Ante la incomprensión del peregrino, el cátaro revela lo
siguiente:
-Escucha, ya que has venido nuevamente, te revelaré al secreto.
Allá, en la base del monte, en un recinto sombrío, en una celda cuadrangular, duerme desde
tiempos inmemoriales una bella mujer. Nadie la ha despertado. Se dice que los Perfectos la
mantienen dormida a la espera de alguien que vendrá de lejanas tierras y tiempos. Cuando
despierte, se destruirá Montsegur y los Perfectos perecerán en el fuego. (p. 39)
Conclusiones
La revisión del tratamiento literario que Miguel Serrano da al mito hiperbóreo en su
novela Elella, permite atender a la forma en que el chileno entreteje contenidos discursivos
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mano izquierda” adquiere sobre la del “sendero de la mano derecha” (como se observa en la
“reversión del tiempo” planteada en la novela), es representativa del fenómeno de
romantización de las tradiciones filosóficas y religiosas del sur de Asia, propio del
“orientalismo positivo”. De este modo, los elementos transgresores involucrados en el ritual
del maithuna son hiperbolizados por los ocultistas del occidente moderno-tardío y celebrados
como una forma de resistir la supuesta “degeneración” del mundo occidental. Sin embargo,
la heroicidad y singularidad del adepto lo distinguen como miembro de una “élite espiritual”,
que lo separa ontológicamente de las masas de los no-iniciados. En este sentido, la afirmación
de la individualidad del adepto a través de sus proezas espirituales (conseguidas mediante el
ejercicio férreo de su voluntad), evidencian la modernidad misma (inescapable, a pesar de
sus pretensiones a lo contrario) de este tipo de complejos discursivos. La apropiación del
concepto del “cuerpo sutil”, con la consecuente acentuación de su “fluidez” (material y
semántica) y la atribución de nuevas pertinencias de sentido (en este caso, su significación
como “puerta de acceso” a las ciudades hiperbórea) constituyen un ejemplo de su
postmodernidad.
Referencias
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