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Epicureísmo: Placer y Sabiduría

1) El hedonismo epicureísta sostiene que el placer es el bien supremo y que la felicidad se alcanza a través de la ausencia de dolor físico (aponía) y perturbación mental (ataraxia). 2) Epicuro distinguía entre tres tipos de placeres: los naturales y necesarios, los naturales pero no necesarios, y los no naturales y no necesarios. 3) Según Epicuro, sólo los placeres del primer tipo deben ser satisfechos siempre, mientras que los del segundo tipo deben limitarse y los del tercer tipo deb

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Epicureísmo: Placer y Sabiduría

1) El hedonismo epicureísta sostiene que el placer es el bien supremo y que la felicidad se alcanza a través de la ausencia de dolor físico (aponía) y perturbación mental (ataraxia). 2) Epicuro distinguía entre tres tipos de placeres: los naturales y necesarios, los naturales pero no necesarios, y los no naturales y no necesarios. 3) Según Epicuro, sólo los placeres del primer tipo deben ser satisfechos siempre, mientras que los del segundo tipo deben limitarse y los del tercer tipo deb

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El hedonismo epicureísta

Epicuro

El helenismo es considerado como un conjunto de caracteres propios del


desarrollo cultural griego en la antigüedad y que fueron adoptados por varias
sociedades fuera de la propia Grecia. Este período cultural de la antigua
Grecia refiere cronológicamente al segmento histórico entre la muerte de
Alejandro Magno (323 a. C.) y la ocupación del Imperio Romano en forma
definitiva de la península griega (88 a.C.). Ahora bien, la primera de las
grandes escuelas helenísticas fue la de Epicuro, que surgió en Atenas hacia
finales del siglo IV a.C. (probablemente en el 307/306 a.C.). Epicuro había
nacido en Samos en el 341 a. C. (fallece en 270 a.C. aproximadamente) y ya
había enseñado en Colofón, Mitilene y Lámpsaco. El traslado de la escuela a
Atenas constituía en sentido estricto un desafío de Epicuro a las escuelas
platónicas y aristotélicas. El lugar que eligió Epicuro para su escuela expresa
la revolucionaria novedad de su pensamiento: no se trataba de un gimnasio,
símbolo de la Grecia clásica, sino de un edificio con un jardín -un huerto, más
bien- en las afueras de Atenas. El jardín estaba alejado del tumulto de la vida
pública ciudadana y cercano al silencio de la campiña, aquel silencio y aquella
campiña no lo decían nada los filósofos clásicos, pero que se convierten en
algo muy importante para la nueva sensibilidad helenística. De aquí proviene
el nombre de Jardín con que fue denominada la escuela, y las expresiones
“los del Jardín” o “los filósofos del Jardín” se transformaron en sinónimas de
seguidores de Epicuro o epicureístas.

Según Epicuro, el bien alcanzado que otorgaría felicidad al humano puede ser
identificado por la naturaleza misma en forma inmediata: el bien es el placer.
El término hedonismo se conforma de la raíz hedone, que en griego
significa placer, y del sufijo -ismo (se usa para formar sustantivos que
designan doctrinas, escuelas, actitudes, términos científicos, etc.).
Para Epicuro, el verdadero placer consiste en la ausencia de dolor en el
cuerpo (aponía) y la carencia de perturbación en el alma (ataraxia).

“Cuando afirmamos que el placer es un bien, no nos referimos para nada a los
placeres de los disipados, que consisten en embriagueces, como creen algunos que
ignoran nuestras enseñanzas o las interpretan mal. Aludimos a la ausencia de dolor
del cuerpo, a la ausencia de perturbación en el alma. Ni las libaciones y los festejos
ininterrumpidos ni el gozar de hombres y mujeres, ni el comer todo lo que se puede
presentar en una mesa opulenta, es el origen de la vida feliz. Sólo lo es aquel sobrio
razonar que escudriña a fondo las causas de todo acto de elección y de rechazo, y
que expulsa las opiniones falsas, por medio de las cuales se adueña del alma una
gran perturbación”.

Si esto es así, el elemento que rige nuestra vida moral (es decir, nuestros
valores y criterio para accionar en vistas a acciones correctas, buenas) no es
el placer en cuanto tal, sino la razón que juzga y discrimina, es decir, la
sabiduría práctica que elige entre los placeres aquellos que no acarrean
dolores y perturbaciones, y desprecia aquellos placeres que ofrecen un gozo
momentáneo, pero ocasionan dolores y perturbaciones posteriores.

Para garantizar el logro de aponía y ataraxia, Epicuro distinguió entre: 1-


placeres naturales y necesarios; 2- placeres naturales pero no
necesarios; 3- placeres no naturales y no necesarios. En este sentido,
Epicuro sostendrá que el objetivo deseado siempre se alcanza satisfaciendo
el primer tipo de placeres, limitándose con relación al segundo tipo y
huyendo siempre del tercero. A este propósito, Epicuro estaría llegando a
asumir una posición que podría calificarse de “asceta” (negación y
abstinencia de placeres materiales).

Entre los placeres del primer tipo, Epicuro enumera aquellos que están
íntimamente ligados con la conservación de la vida del individuo. Son los
únicos verdaderamente provechosos, en la medida en que eliminan los
dolores del cuerpo: por ejemplo, el comer cuando se tiene hambre, el beber
cuando se tiene ser, el reposar cuando se está fatigado, etc. De este grupo
se excluye el deseo y el placer del amor, porque es una fuente de
perturbación. Del segundo grupo, Epicuro menciona todos aquellos deseos y
placeres que constituyen las variaciones superfluas de los placeres naturales:
comer bien, beber licores refinados, vestir de manera rebuscada, etc. En
relación al tercer grupo, Epicuro coloca a los placeres vanos, que son los
nacidos de las vanas opiniones de los hombres: todos aquellos placeres
vinculados al deseo de riqueza, poderío, honores y cosas semejantes.

Los deseos y placeres del primer grupo son los únicos que hay que satisfacer
siempre y en todos los casos porque poseen por naturaleza un límite preciso,
que consiste en la eliminación del dolor: una vez que éste ha desaparecido,
el placer ya no crece más. En cambio, los deseos y placeres del segundo
grupo carecen de ese límite porque no hacen desaparecer el dolor corporal:
sólo modifican el placer y pueden provocar un daño notable. Finalmente, los
placeres del tercer grupo no quitan el dolor del cuerpo y además provocan
siempre una perturbación del alma.

En relación a los males, Epicuro sostiene que cuando se apoderan de


nosotros los males físicos no queridos: si se trata de un mal leve, el dolor
físico es siempre soportable y jamás llega a ofuscar la alegría del ánimo; si el
mal es agudo, pasa con rapidez; y si es muy agudo, conduce rápidamente a
la muerte, la cual constituye siempre un estado de absoluta insensibilidad.
Por otro lado, en relación a los males del alma, Epicuro dice que sobre ellos
no es necesario extenderse porque no son otra cosa que los producidos por
las opiniones falaces y por los errores de la mente.

Dice Epicuro en su Carta a Meneceo:

“Nadie por ser joven dude en filosofar ni por ser viejo de filosofar se hastíe. Pues
nadie es joven o viejo para la salud de su alma. El que dice que aún no es edad de
filosofar o que la edad ya pasó es como el que dice que aún no ha llegado o que ya
pasó el momento oportuno para la felicidad. De modo que deben filosofar tanto el
joven como el viejo. Éste para que, aunque viejo, rejuvenezca en bienes por el
recuerdo gozoso del pasado, aquél para que sea joven y viejo a un tiempo por su
impavidez ante el futuro. Necesario es, pues, meditar lo que procura la felicidad, si
cuando está presente todo lo tenemos y, cuando nos falta, todo lo hacemos por
poseerla”.

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