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Historia de La Sensibilidad. Tomo II

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JOSE PEDRO BARRAN Historia de la sensibilidad en el Uruguay TOMO 2 EL DISCIPLINAMIENTO (1860 - 1920) Ediciones de la Banda Oriental Facultad de Humanidades y Ciencias CAPITULO III: LA SEXUALIDAD NEGADA Y OMNIPRESENTE 1. Los agentes represores. Ninguna €poca en la historia uruguaya fue tan puritana, tan separa- dora de los sexos, contempl6 con tal prevencién, que a veces era horror, a la sexualidad, como esta. Esa necesidad de castrar se ceb6 Particular- mente en el adolescente y la mujer y Se tradujo en la negacién formal de la sexualidad, en su obsesivo ocultamiento, notorio tanto en los silencios del lenguaje como en Ia discrecién del trato entre hombres y mujeres. a sin embargo, como observaremos, en Pocos perfodos también, la sexua- lidad estuvo tan presente como idea fija, como factor Pperturbador de to- das y cualquier relaci6n humana. Probablemente la sociedad entera se hallaba en el origen de estas con- ductas, pero lo que la documentaci6n revela es la influencia y el papel Predominante que tuvieron en Ia difusion del Puritanismo, ciertos agentes Tepresores, en particular, el cura, el maestro, el policfa, el padre y el mé- dico. Observaremos primero al clero, tal vez el Principal (al menos el m4s notado por aquella sociedad, Y Por nosotros investigadores también) agen- te internalizador del control de “‘los placeres de la carne’’, Del clero **barbaro’’, liberal en materia polftica y laxo en costum- bres, poco o nada quedaba ya en el Novecientos; desde la asuncién de Jacinto Vera en 1860, Vicario, Obispos y Arzobispos bregaron por su reforma teolégica y moral y ella incluy6, como aspecto clave, el triunfo de la “‘pureza"’ y “tener su carne mds subyugada"’, en palabras apro- badas por Monsefior Mariano Soler en 1898. La vigilancia de la Curia sobre el clero creci6, la conducta de los P4rrocos, y los curas sospechosos que Ilegaban desde el éxterior, fue ob- servada hasta en los m4s mfnimos detalles y cuando el Obispo salfa de gira por el interior del pafs, sus ayudantes desde 1a capital le tenfan al 126 tanto (405). Los p4rrocos que tenfan criadas sospechosas 0 “‘ahijadas’” fueron particularmente mirados y amenazados con el retiro de sus “facultades espirituales"’ (tampoco, por cierto, eran la mayorfa) (406). Incluso se les prohibié terminantemente la asistencia a ‘‘bailes ptiblicos"’, como lo muestra este borrador de carta de Jacinto Vera en 1875: “Ha legado al conocimiento del que firma que el Pbro. Dn. Gerénimo Zabala después de haber asistido la mayor parte de la noche a un baile piiblico, se present6 al dia siguiente a celebrar y celebré el Santo Sacrificio de la Misa. Sabe ademds, que el tiempo que emplea en la celebracién de la Misa casi nunca llega a 20 minutos. Se ordené [...] que el dia que el Sr. Zabala reitere su asistencia a los bailes o celebre empleando menos tiempo de 20 minutos, le retira Ud. por mi orden las facultades que tiene dicho Presbitero de ejercer [...] en este Vicariato’’ (407). Monsefior Mariano Soler impuls6 desde 1890 con més vigor atin, si cabe, este tipo de exigencias. En 1896, dict6 las **Constituciones Dio- cesanas’* que contenfan los deberes del clero y entre ellos especificé toda una serie de normas para evitar las ‘“‘ocasiones’’ del pecado “de la car- ne"’ y eliminar hasta las sospechas sobre la conducta sacerdotal. La di- rectriz consistfa en rehufr ‘‘el trato frecuente y familiar con persona de otro sexo, aun cuando no sean sospechosas de mala conducta, o frecuen- ten los sacramentos"’. A ese fin, los curas no debfan tener ninguna mujer “en su casa por ningiin motivo o pretexto a no ser que sean parientes suyas en primero o segundo grado de consanguinidad [...] y ademds, hon- radas y virtuosas"’. Si se necesitare “‘sirvienta o cocinera, empleard a alguna mujer de edad bastante provecta y de probidad y virtudes [...] co- nocidas’’. La confesién de las mujeres, hecho que obligaba al contacto, debfa rodearse de todas las garantfas: ser ‘‘en lugar piblico y patente a la vista de todos y no en lugares ocultos y escondidos, y siendo de noche debe estar la Iglesia iluminada"’, y en las realizadas ‘‘a domicilio de mu- jeres enfermas"’, el confesor debfa “‘redoblar su vigilancia. A ser posible L...] ofrse con las puertas abiertas y en lugar de donde puedan ser vistos, y no ofdos, el confesor o el penitente"’ (408). En 1898, el cura J.I. Bimbolino y el Arzobispo, crearon el ‘‘Instituto Apostélico del Uruguay’’ con la finalidad de ‘‘aplicar la vida comin al clero parroquial’’ y evitarle el aislamiento tan perjudicial desde siempre en los alejados y extensos curatos uruguayos, ‘‘a saber, el peligro de re- lajacién, y alguna vez grandes peligros para la virtud”’. La finalidad del Instituto no se agotaba en la preservaci6n de la “‘pureza’’ pero ella, de 127 acuerdo a sus ‘‘Constituciones’’ publicadas en 1904, era uno de sus ob- jetivos b4sicos. Para conservarla ‘‘inviolable y santamente’’ los sacer- dotes que adoptasen ‘‘esta forma de vida [...] vivirdn juntos en niimero de dos, tres o mas, sin permiter que mujer alguna habite en lo interior de sus casas"’. Ademés, y ‘‘para tener su carne mds subyugada [serfan] sobremanera atentos en observar la mds exquisita templanza en la co- mida y bebida. Para esto evitardn, en cuanto sea posible, convites, ya en casa, ya fuera’ (*) Este ‘‘cerrar las puertas de los sentidos y hutr todas las ocasiones del pecado’’ (409), convirtié al clero reformado en un eficaz impulsor del puritanismo entre los fieles. Desde los ptilpitos y el mucho mds eficaz confesionario, el clero fue el tinico personal especializado en la ‘‘represi6n’’ de ‘‘la pasion’’. Su pré- dica en ambos sitios, 1a culpabilizaci6n que aliment6é en el segundo, si- guié las directivas expuestas por Monsefior Mariano Soler en 1890: ‘‘zcudl es el sistema que conviene seguir para enfrenar esa pasién, y encerrarla en sus justos limites, para impedir que no acarree al individuo la des- dicha, a las familias el desorden, y a las sociedades el caos?, la regla invariable del Catolicismo [...] es la represién. Ni siquiera el deseo le consiente, y declara culpable a los ojos de Dios [Link]én mirase a una mujer con pensamiento impuro"' (410). La ‘‘represi6n’’ cat6lica que llegaba hasta ‘‘el deseo"’, atafifa, na- turalmente a la conducta. Debfa ‘‘enfrenar’* desde las relaciones sexua- Jes en el matrimonio —no todo allf era permitido—, hasta circunstancias que podfan parecer mds pueriles. Por ejemplo, *‘El Reparador de la Pa- sién’’, editado en Montevideo en 1901, aconsejaba a sus lectores evitar “tel mezclarse entre las sefioras al salir del templo hasta el punto de estar en contacto con sus vestidos’’, y abstenerse ‘‘de apartar la vista del lu- gar en que se celebren los oficios para fijarla en ninguna persona, es- pecialmente de otro sexo”’ (411). Pero fue el baile, particularmente el de méscaras pero no s6lo él, al que tan afecto habfa sido la sociedad Mon- tevideana ‘‘b4rbara’’, el que mereci6 las mayores reprimendas del clero. En primer lugar, hubo que modificar los criterios pues con anterio- (*) Para que ninguna mujer habitara en la misma casa de los sacerdotes, debian em- plearse hombres “‘en cuanto sea posible para los cuidados domésticos y para la cocina”’, y de no, sus madres o hermanas, “teniendo siempre cuidado de establecer entre la habi- tacién de las mujeres y la de los sacerdotes una perfecta separacién””. 128 Tidad a 1860, el clero habfa admitido el baile de mascaras, al grado que hasta 1867 “‘el periddico catédlico"’ cafa en la contradicci6n de publicar los avisos de éstos y al mismo tiempo editorializar contra ellos (412). En segundo lugar, este clero reformado bregé més y més (sin hallar eco ma- yoritario en este plano) por la supresi6n de la ‘‘palabra que pone en mo- vimiento a todo un pueblo"', por lo menos durante la Cuaresma (413). En tercer lugar, se conden6 no a los bailes nacionales y el rigod6n, sino al satdnico ‘‘wals’’, segin definicién de *‘E] Mensajero del Pueblo”’ en 1871: ‘‘viaje rapidtsimo alrededor de infinitos peligros, para el pudor y para la honestidad’’. Para ilustrar a los lectores, segufa este relato: “He visto a Emilia [...] El brazo de un joven rodeaba su cintura, —Es imposible. ___ -7Sus rostros se hallaban casi juntos, sus manos unidas, sus miradas inquietas. —ié Qué estd Ud. diciendo?! —Se oprimtan, se estrechaban, se confundian uno con otro. [Luego de mostrar a la madre su hija «valsando»J. La madre me mira, se sonrfe, me reconviene y me abandona tranquila y satisfecha [...] ;Cémo si en un wals, la cintura no fuera cintura, ni el brazo, brazo, ni la mano, ma- no!”’ (414). Casi treinta afios después, en 1899, los juicios no han variado. ‘‘El Amigo del Obrero’’ Mama a “‘los bailes de mdscaras [...] el escollo se- guro de la inocencia, la tumba del pudor, el triunfo de las mds cinicas pasiones, el teatro de la mundana vanidad, las redes de Satands’’. En esas salas todo despertaba y ambientaba ‘‘la sensualidad'’, desde la “pornografta’’ del lenguaje hasta la “‘indecencia del traje, gestos y ma- nifestaciones’’ y se revelaba ‘‘toda la podredumbre del alma’’ (415). Por €so, en el confesionario se aconsejaba ‘‘se emplee mucho rigor con los que van a los bailes’’ (416), el ‘‘Nuevo Catecismo en Ejemplos’* de 1893 sostenfa que ‘‘los bailes son siempre peligrosos porque dan ocasién a pe- cado y excitan las pasiones’’ (417), y el jesuita Elfas Reyero en 1902 pre- guntaba a los padres en el examen de conciencia si habfan permitido que sus hijos y sirvientes fuesen ‘‘a bailes y diversiones peligrosas, [Link], de que vienen de noche para casa’’ (418). La funcién represora del clero en este plano se ejercfa no solo desde el Pulpito y el confesionario, sino piblicamente desde la direccién de las diversas congregaciones en que se agrupaban los fieles devotos, en par- ticular las mujeres. Asf, por ejemplo, las ‘‘Hijas de Marfa’, congrega- 129 ci6n a la que pertenecfan centenares de mujeres en el Uruguay del No- vecientos, exigfa una conducta que ‘‘en nada [debfa] participar del es- ptritu del mundo; lejos de ellas la vanidad, el lujo, la frivolidad, los adornos costosos, los vestidos poco decentes y los indecorosos bailes de las hijas del siglo corrompido"’, segan determinaba el Manual bonaeren- se de 1905 (419). Ese afio, precisamente, la prensa anticlerical uruguaya hizo estallar un esc4ndalo a rafz de la expulsi6n de varias “‘Hijas de Ma- rfa"’ de la congregaci6n ‘‘que tiene su asiento en el Colegio de las Her- manas del Huerto’’, por haber asistido a los bailes del Carnaval durante ese verano. Segtin *‘El Dfa’’, el director espiritual de la congregaci6n era el responsable de ‘‘una prolija investigacidn, tomando por base las listas de nombres aparecidos en la prensa de las niftas que asistieron a las fies- tas’’ (420). (*) Et clero cont6 casi siempre con el auxilio de la policfa para reprimir algunos de estos ‘*excesos’’, en particular los cometidos por actores, j6- venes y clases populares en espectdculos ptiblicos y calles de la ciudad. A veces el clero denunciaba las ‘‘obscenidades"’ exhibidas, ‘‘cuadros in- morales"’, ‘‘estampas indecentes’’, ‘‘libros obscenos’’ (421), y en otras ocasiones los edictos policiales exigfan a los vigilantes, ‘‘aprehender y remitir [...] a todos [...] los que sorprendan escribiendo letreros, dibu- jando figuras deshonestas en las paredes, borrando todo en el acto’'; pto- hibfan la exhibici6n de: pinturas, cuadros, esculturas y grabados “inmorales"’ 0 ‘‘deshonestos’’, asi como ‘‘verter en piiblico palabras «obscenas» o faltar el respeto [los transetintes] a las sefioras’’ (422). Un estudio detallado de estas prohibiciones testimonia que la ‘‘civilizacién’’ agreg6 varias a la ‘‘barbarie’’ y que el Cédigo Penal de 1889 las incluy6 en un capitulo de ‘‘faltas contra la moral y las buenas costumbres"’, es- tipulando la multa de 4 a 40 pesos o prisién equivalente por ofender ‘‘el (*) En la década 1950-60, las alumnas del colegio catélico de clase alta, Sacre Cocur, eran aleccionadas por las monjas que lo regian contra el baile y sus peligros; se aconsejaba, por ejemplo, que entre uno y otro miembro de la pareja de danzarines hubiera espacio su- ficiente para ‘el Angel de 1a Guarda’’. 130 pudor con palabras 0 ademanes“dbscenos o escribir o trazar en algun lugar visible de la vta publica, palabras o dibujos ofensivos al pudor”’ (423). ba La colaboracién entre las dos fuerzas represoras llegaba a conver- tirse en complicidad cuando-el clero contaba con las simpatfas de los Je- fes Politicos y de Policia. Asf, en 1879, el cura de San Carlos luego de advertir que durante una de sus ausencias se habfa abierto “‘una casa Pi- blica de Prostitucién en una de las calles céntricas de este pueblo’’, se confabulé con el Jefe Polftico y este orden6, ‘‘bajo toda reserva al Comisario [...] que buscase 3 0 4 personas de su mayor confianza que puestos en inteligencia con él, armasen un escdndalo en la [...] casa”” a fin de poder expulsar a sus moradores, acontecimientos que en efecto se produjeron en ese orden y fueron comunicados en parte victorioso a Monsefior Jacinto Vera (424). ee Los médicos fueron, al lado del clero y 1a policfa, los agentes mas ¢ficaces de la represién sexual pues propagaron su sensibilidad “‘civilizada’’ con el ropaje del conocimiento con mAs prestigio en la épo- ca: la ciencia. Los consultorios eran los confesionarios laicos del Novecientos. Allf, el médico, por su madurez y aplomo algunas veces, por su prestigio so- cial otras, pero siempre por la autoridad que confiere un saber no vulgar y del que depende la vida, ofa y era ofdo. Ofa los secretos de alcoba de las parejas, las intimidades del hombre y la mujer solteros, 1a confesién de las cada dia mds frecuentes ‘‘histerias’’ femeninas y ‘‘neurastenias’” masculinas, 6 la consulta avergonzada del adolescente temeroso de sus poluciones nocturnas. Pero allf también era ofdo, y, al lado del diagnés- tico, el tratamiento y la receta, se vertfa el consejo. Consejo y tratamien- to formaban parte de una maraiia donde se confundfan, al grado de ya no poderse diferenciar, la cultura cient{fica y el juicio moral, la preven- cién de las enfermedades venéreas, por ejemplo, y la condena a los “excesos’’ de la juventud, todo dentro de un gran alerta ante la ‘“‘pasién’’. Un ejemplo de lo antedicho, un reflejo real pero por desgracia palido de esas charlas de consultorio, lo brinda el folleto que a pedido del Pre- sidente José Batlle y Ord6fiez publicé en 1906 el ‘‘Consejo Nacional de Higiene"’ sobre ‘‘Profilaxia de las enfermedades venéreo-sifilfticas’’. Esa 131 “obrita’’ del médico Alfredo Vidal y Fuentes, tenfa como objeto ‘‘prevenir alos jévenes que la lean, el peligro que corren andando por ciertas casas donde no debe entrarse sino tomando grandes precauciones"’. Esas en- fermedades —el chancro blando, la gonorrea y la s{filis— eran “‘terribles’’, “graves”, ‘‘muy dolorosas’’ y productan ‘‘la mayor parte de las veces, feas deformidades, pardlisis incurables, la locura, cuando no la muerte, ademds de la vergiienza’’, pues aunque también se las lamara ‘‘secretas’’, en alguna de sus fases todos se enteraban ‘‘de la fea enfermedad que se sufre””. El chancro blando y el sifilftico, al inflamarse tomaban “‘un aspecto de gangrena’’ y sino se atacaban pronto, ‘“‘pueden comerse casi todo el miembro. Estos chancros [...] pueden dejar la cabeza del pene lena de agujeros, y entonces al salir la orina parece que saliera de una rega- dera’’. El folleto describfa luego las etapas de la sffilis: a los 20 dfas de contrafda, el chancro duro sifil{tico o de Hunter; a los 60 dfas, las man- chas de color cobrizo en la piel, los fuertes dolores de cabeza y los gra- nos y costras (acné sifil{tico) que a veces invadfan la cara: “‘Cuando estos granos son mds marcados en la frente, se tiene la llamada Corona de Venus que a todo el mundo anuncia la sffilis que se lleva encima". A los tres meses, pelo de 1a cabeza, cejas, pestafias, bigotes y barba, em- pezaban a caer, quedando ‘‘los individuos con un aspecto ridtculo y re- pugnante"’, enseguida sobrevenfan las lagas en la boca, garganta, larin- ge y lengua, y a menudo, granos grandes en el resto de la piel, “‘con mu- cha supuracién"’ y dolorosa. Por ellos las ropas se pegaban al cuerpo y al desprenderse dejaban ‘‘#lceras llenas de materia y sangre, que repug- na al verlas, de las cuales se desprende a veces un olor a gangrena’’. Luego de otros sufrimientos, se entraba en “‘El tercer grado de la sffilis’” en que se producfan tumores en los Grganos importantes, por lo que mu- chos enfermos podfan ‘‘quedarse idiotas, locos, paraliticos, mudos o su- jetos a ataques de convulsiones’’. A menudo entonces se llegaba a la muer- te. El folleto fue ilustrado con tres grabados que representan las cabezas de hombres j6venes —advirtamos, no mujeres— en diferentes estadios de la sffilis: la ‘‘papulosa generalizada"’, cara y cabeza llena de pistulas y lamparones; la ‘‘polimorfa’’, cara con enormes granos deformantes; y un rostro con ‘‘da nariz hundida por la sffilis’’. La adjetivaci6n que el lector habr4 ya advertido, el hecho de destinar cinco veces més espacio a la descripcién de 1a enfermedad que a las pre- 132 cauciones para evitarla, y lo horripilante de los rostros mostrados en los grabados —hagase fe en el investigador—, testimonia la intenci6n de ate- rrorizar al lector joven masculino, el que importaba prevenir y cuidar a aquella sociedad. A los hombres que tuvieran ‘‘necesidad de estar con una mujer"’, se les aconsejaba la prostituta inscripta y con libreta médica al dfa, asf como lavados y lavajes diversos de ambas partes con pastillas de biclo- ruro. Pero el tono general de las recomendaciones tendfa a la prohibicién de la prostituta sin, empero, imponerla. El joven debfa pensar en los ries- gos que corrfa y hacfa correr a su familia y a su descendencia ‘‘antes de ir por esas casas donde se venden los carifios a precios tan caros, que en algunos casos no basta toda una existencia para pagarlos, y hasta hay necesidad de que la familia o seres queridos contribuyan también con su dolor para satisfacer el saldo’’. La moral puritana igualmente se filtraba en esta recomendacién: ‘‘No debe estarse con mujeres en posiciones for~ zadas 0 viciosas. Todas ellas predisponen a enfermedades, no solo ve- néreas, por la irritacién producida en los drganos genitales (miembro) sino también de la médula espinal. Es sobre todo muy peligroso la po- sicién de parado para esas enfermedades’’ (425). La ciencia médica con el terrorismo verbal de sus descripcionés y consejos, era un recurso Util para controlar los ‘‘excesos de la pasién’’ en los j6venes. La enfermedad venérea se habfa transformado por obra y gracia del médico, en una forma de castigo merecido ante la infraccién, un infierno laico, y ‘‘la corona de Venus’’ en el anuncio de la locura 0 la muerte. En 1925, el médico montevideano Nicolds Leone Bloise, aconsej6 en la Revista ‘‘Educaci6n’’, proporcionar lecciones de higiene sexual ‘‘en las escuelas industriales y en las escuelas nocturnas, frecuentadas por centenares de obreros adolescentes’’. Sostuvo que era inttil toda cam- pafia antivenérea si, ademas del folleto de propaganda, no se adoptaba este medio. La Medicina debfa ponerse al servicio de la ‘‘naturaleza’’ y rechazar los ‘‘excesos’’: ‘‘modificando la orientacién ideoldgica del jo- ven, desvidndole del cabaret, de las revistas pornogrdficas y de los an- tros de corrupci6n y llevandolo a la naturaleza, al campo de deportes, dénde se inunda de aire y de sol, dénde se vigoriza el misculo, se for- talece el cardcter y se moderan apetitos precoces"’. (425 b) La Medicina proporcioné asf a la sensibilidad ‘‘civilizada’’, funda- mentos cientfficos. 133 ee & El cura por medio de la amenaza del castigo divino, los padres por medio de su amor y su autoridad, el maestro por la raz6n, el médico por cl terror ante las enfermedades venéreas, el policfa por la vigilancia y la prisién, todos ellos contribuyeron a la conversi6n de la culpa y el pudor ante la sexualidad, en sentimientos permanentes del uruguayo ‘‘civilizado’’ del Novecientos. Posiblemente esos sentimientos sean connaturales del hombre, pero esta cultura los sobredimension6 y convirtié en valor apre- ciado. 2. La separacién de los sexos En cuantas ocasiones pudieron las autoridades arriba mencionadas y la propia sociedad, separaron a los sexos que la ‘‘barbarie’’ hab{a per- mitido convivir, y ello ocurrié primero, sobre todo, en los sectores altos y medios de la poblacién, pero las clases populares pronto se contagiaron © fueron Hevadas a esa practica. En el hogar, en la calle, en las asambleas polfticas y obreras, en los espectdculos ptiblicos, en las fiestas, cafés, picnics, tertulias familiares y clubes, en las playas, en las obras de caridad, en los entierros y pro- cesiones y durante las enfermedades, hombres y mujeres tuvieron por lo general espacios reservados 0 actividades rigurosamente delimitadas y se- paradas. Lleg6 a suceder incluso, que el choque ideolégico mds espec- tacular de fines del siglo XIX y el Novecientos, el acaecido entre Ciencia o Raz6n y Religién Catélica, entre los liberales y la Iglesia, encarné en aquella sociedad sexualmente dividida y asf la divisi6n se hizo enfrenta- miento, atin dentro del hogar, entre el esposo liberal, casi invariable- mente, y la esposa catdlica, casi invariablemente también. En la calle, las mujeres solteras y con frecuencia las casadas en au- sencia de sus maridos, no salfan solas de tardecita 0 de noche sino acom- pafiadas por algtin pariente. Sus amigos varones ‘‘se guardaban muy bien de pararse y cruzar con ellas algunas palabras de amistad, por temor de comprometerlas’’. (426) En las reuniones sociales, ‘‘los matrimonios conversaban separados; 134 los hombres en los escritorios, las mujeres en las salas’’, cuenta Josefina Lerena Acevedo de Blixen recordando su ‘*Novecientos'’. (427) En far- macias, cafés, confiterfas, casas de comercio, hogares de profesionales y librerfas, se formaban tertulias de hombres dénde se servfia a menudo café y se conversaba de polftica, literatura 0 la situaci6n econémica. (428) Para los hombres eran también los banquetes ofrecidos a alguna figura polftica en Montevideo, las despedidas de soltero y las fiestas campestres organizadas por los clubes recreativos de las ciudades del interior. (429) Las mujeres de clase alta, en el fnterin, organizaban el juego de sus vi- sitas vespertinas con sus dfas de recibo predeterminados, y las ‘‘aventuras’” de sus tés en las quintas del Prado o los chalets de Pocitos. As{ como en los cafés ellas no podfan entrar, en esos tés ningtin hombre que apreciara su fama viril ponfa su planta, a no ser algtin inofensivo cronista social. (430) Y asf, frente al gran Club de los hombres, el Jockey, apareci6 ‘‘Entre Nous’, el club femenino para mujeres solas en que se cosfa para los po- bres y se hablaba o de los temas insustanciales que la mujer tenfa la obli- ' gaci6n de preferir (para no pecar de ‘‘varona’’ ante los hombres y las otras mujeres), o de c6mo dulcificar los arrestos jacobinos de sus esposos liberales (431), a no ser que el tema de la ‘‘virtud’’ o la ‘‘cafda’’ de al- guna préjima convocara a todas a la unanimidad del parloteo. Durante el Carnaval, la época de las grandes transgresiones, ‘‘los no- vios no iban con las novias ni tampoco los hermanos con las hermanas"’ (en los coches de desfilar la alta sociedad), a lo sumo los j6venes sub{fan un instante durante el corso para galantear. La tinica libertad permitida en esa ocasi6n era la de que ‘‘cualquiera podia hablar con cualquiera [pero] esa evasion [...] no significaba atrevimiento, ni siquiera familia- ridad"’. (432) a La muerte y la Iglesia no debfan ser tampoco motivo de encuentros y roces entre los dos sexos. En las fotograffas de los sepelios (el caso de la ‘‘feminista’’ Irma Avegno en 1913, por ejemplo), no se observan mujeres aunque luego s{ desfilaron para ‘‘depositar flores sobre la losa’’. (433) En las procesiones, ‘‘el elemento femenino”’ y ‘‘las congregacio- nes de senoritas"’ desfilaban separadas de ‘‘las escuelas de varones"’ (434), y en los atrios de las Iglesias, curas y policfas prohibfan desde 1861 que “ningin hombre”’ se parase ‘‘de dfa o de noche’’ para observar 0 ga- lantear a las damas a la salida de misa. (435) Cumplfa con el nuevo tabi la existencia de dos sociedades de caridad del mismo nombre pero una reservada a las mujeres —la Conferencia de Sefioras de San Vicente de 135 Paul— y la otra a los hombres —la Conferencia de Hombres—. (436) La Conferencia de Sefioras no podfa ‘‘adoptar [...] hombres solos’’ entre “‘sus’’ pobres sino preferiblemente ‘‘esas clases de familias en que hay nifios y nifias a cargo de viudas o mujeres jévenes abandonadas de sus maridos’’, siempre que vivieran en ‘‘casas honestas'’ pues las sefioras “tendrtan que visitarlos y la caridad bien entendida empieza por uno mis- mo’’, como decfa el Reglamento de 1903. (437) Para toda la sociedad, y teniendo mis en vista tal vez a sus sectores populares, los edictos policiales comenzaron en 1861, por lo que sabe- mos, a fijar lugares distintos en las playas montevideanas para el bafio de los hombres y el de las mujeres, mientras en la época ‘‘bdrbara’’, co- mo se recordard, se habfa reservado un espacio para las mujeres pero no otro para los hombres y éstas concurrfan al bafio de aquellos. (438). Tal separaci6n de sexos se imit6 en este perfodo también en las ciudades del interior con costas sobre arroyos, rfos 0 el mar. (439) (*) La enfermedad fue cuidadosamente programada y analizada para que dejara de ser el gran mezclador de sexos que habfa sido, la ocasién para el encuentro del médico y la mujer, el enfermero o practicante y la en- ferma, la desnudez ptidica y la mirada impéidica. En 1857, por el Reglamento interno del Hospital de Caridad, se re- (*) La prensa ya no tomaba a broma, como en la época “*bérbara’’, a los hombres qué contemplaban a las mujeres bafiarse. En 1870, “El Ferrocarril’” pidié a la policia “‘castigar a los mirones’’ llevéndolos presos, y en 1891, el “*Montevideo Noticioso”’ calificé el hecho do “‘vergonzoso’’y a los mirones de “‘atorrantes’’. De su lado, las mujeres internalizaron In division de los sexos y comenzaron a quejarse a voz en cuello ya en 1870 cuando alguien las miraba, o dejaban de concurrir si eso se convertia en h4bito. En su ‘‘Novecientos”’, Josefina Lerena Acevedo de Blixen relata que “cuando el tranvia pasaba de una zona de bafo a la otra, y por lo tanto por encima del bafio de los hombres, las madres dectan a sus hijas que no miraran hacia el lado del mar. Y las nifias, obedientes, bajaban los ojos y miraban hacia los dridos arenales [...] Nadie concebia la posibilidad de los banos mix- tos’, Las mujeres iban totalmente vestidas muy de mafiana temprano a los ‘“‘camarines’” que estaban a disposicion de Jos bafistas desde las 4 1/2 de la mafiana hasta las 11 y desde las 3 de Ia tarde hasta las 8 de la noche en el Montevideo finisecular. Alli, “‘sofocdndose”’, se cambiaban por una indumentaria de bafio “también complicada”’ que consistia de: gorra de goma amarilla con volados duros o sombrero de paja, traje de aspera y gruesa sarga azul con mangas en los brazos, pantalones y un pollerin largo que los cubria, Josefina Lerena Acota: “estas mujeres parectan sin cuerpos y sin caras”. Precisamente de eso se trataba, de quitarle al cuerpo todo asomo de sensualidad. (440) 136 solvié que ‘‘los enfermeros no entraran en las enfermertas de las mujeres sin una orden de la Superiora o de las Hermanas’’ (441), y hacia esa fe- cha en el ‘‘departamento de dementes’’ se separaron los sexos. (442) La relaci6n de la mujer con el médico se dificulté y 1a obstetricia tendié a reservarse a las parteras, calificadas recién en 1926 de ‘‘resabio de pre- Juicios religiosos sexuales"’ por el doctor Augusto Turenne. (443) En 1867, la prensa advirti6 una reacci6n social contra ‘‘la costumbre [de que] un médico para asistir a una dama que se halla enferma [deba] practicar los reconocimientos y recetas de la misma manera’’. El periodista relaté la siguiente anécdota con muestras de aprobaci6n: ‘‘/Un amigo] teniendo @ una hermana enferma, llamé un médico para que la asistiera, el cual dijo que necesitaba reconocerla, para lo cual pidié a nuestro amigo que saliera de la pieza. Este, entonces, con una majestad que hubiera hecho honor a un rey, se levanté y le dijo: —Caballero, si una costumbre in- digna no hubiera introducido esta prdctica, yo tomarta la peticién de Ud. como una ofensa grave. Una hermana mia no queda sola en su cuarto con un hombre desconocido, serior doctor, puede Ud. retirarse’’. (444) Uno de los resultados de estas actitudes fue que hacia 1889, ‘‘una puerta de rejas separaba la seccién de los hombres de las mujeres’’ en 1 Hos- pital de Caridad y de esa manera los estudiantes se recibfan de médicos conociendo obstetricia y ginecologfa ‘‘por los libros’* ya que estaba pro- hibido pasar y ver un solo parto. (445) Y si bien en la tiltima década del siglo XIX esta situaci6n de incomunicaci6n ces6, fue porque la preocu- pacién por la salud result6 mds fuerte en esta sensibilidad que el pudor, el que, empero, siempre se experimentaba y producfa toda clase de in- convenientes y la preferencia de las mujeres por las parteras. (*) xe * La separaci6n de los sexos probablemente Ileg6 con menos rigor a las clases populares pero ellas también la practicaron. Asf como en las fotograffas de los actos polfticos del Novecientos no se advierten muje- Tes, a lo sumo se ven una 0 dos en las asambleas gremiales 0 en las con- ferencias Acratas organizadas por el Centro Internacional. En 1a fotogra- (*) En 1859, un extranjero prometié sanar la tartamudez y “‘curar a las sefioras [en] un cuarto independiente del de los caballeros””. (446) Esta sutileza indica, empero, extremos. 137 ffa de 1901 publicada por el Semanario ‘‘Rojo y Blanco’’ de los ciga- rreros en huelga, hombres y nifios estan en la calle y las mujeres dentro del edificio del Centro Internacional, asomadas a los balcones. (447) La autoridad estatal impuso la separacién absoluta de los sexos en abril de 1884 por el Reglamento interno del Asilo de Inmigrantes apro- bado por el Presidente Santos y su Ministro, Carlos de Castro, ya que “bajo ningtn pretexto los inmigrantes mayores de 12 afios podrén pe- netrar en el departamento de las mujeres sin la autorizacién del mayor- domo’’, y oblig6 a los celadores a “‘velar porque entre los inmigrantes no se falte a la moral y buenas costumbres’’. (448) La preocupacién por la **decencia’’ de los sectores populares también Iegé en 1892 al Asilo Nocturno, dependiente de la Junta Econémico-Administrativa de la Ca- pital facult4ndose al Administrador para ‘‘expulsar del establecimiento a cualquier asilado que no acate su autoridad en el sentido del orden, moralidad y respeto mutuo’’. (449) El Reglamento de 1892 para las Co- lonias Nacionales, General Rivera y Pintado, destinadas a las ‘‘familias pobres”’ de la campaiia, exigfa que los colonos ‘‘observasen buena con- ducta"’ para permanecer en ellas. (450) La moralizacién también arribé 4 los delincuentes: en 1897 se decidi6 1a construccién de la CArcel Co- rreccional de Mujeres y Menores para 500 personas, ‘‘a saber: 200 mu- Jeres prevenidas o condenadas"’ y ‘‘300 menores de ambos sexos en dos subdivisiones por cada uno de los sexos’’ (451), y al afio siguiente, en 1898, el Patronato de Damas aconsej6 al anticlerical Presidente Cuestas, y éste acept6, entregar ‘‘la Direccidn interna de la cdrcel [de mujeres} a las religiosas del Buen Pastor"’. (452) Cat6licos y liberales, si eran patrones con mayor acuerdo todavia, procuraron evitar la ‘‘lujuria’’ o el ‘‘libertinaje’’ de los sectores popu- lares. En 1902, el arquitecto catélico Antonio Llambfas de Olivar, criticé el mal “‘social y moral"’ de los conventillos por la estrechez antihigiénica de sus habitaciones y la ‘‘mezcla repugnante [en que vivian] varios jé- venes de diferente sexo"’. (453) En 1903, el Director de Salubridad, Mi- guel Lapeyre, un liberal, present6 un proyecto ‘‘de viviendas para obre- ros"’ que se fabricarfan ‘‘con apartamentos divididos y separados de to- do contacto interno, a fin de evitar la promiscuidad de los sexos por las graves consecuencias tanto morales como fisicas que se derivan de la exis- tencia diaria y permanente en comin"’. (454) Esta cruzada en pro de la moral de los pobres hall6 en las sociedades catdlicas de caridad uno de sus puntales, en particular en la ya mencionada San Vicente de Paul, pues 138 la exigencia de la ‘‘virtud’’ al pobre y de la legalizaci6n de su situacién matrimonial eran condiciones a menudo impuestas para continuar el au- xilio material. (455) La escuela vareliana también procur6 adecentar la vida de los de aba- jo. En los libros de lectura ya analizados de Alfredo Vasquez Acevedo y José H. Figueira, por ejemplo, se muestran como lugares peligrosos para los adultos, los cafés y aquellos en que se bailaba (456), y en los textos de moral se ensalza la ‘‘parsimonia’’, 0 sea ‘‘limitar el amor y el uso de las riquezas’’, as{ como se condena ‘‘el mds vituperable de los vicios, la ebriedad’’ (457), todo ello en pro de crear un ciudadano “atento"’, ‘‘puntual’’, ‘‘trabajador’’, ‘“‘honrado"’, ‘“‘ordenado"’, “parsimonioso"’ y ‘‘abstemio’’, caracterfsticas que trasladadas a las cla- ses populares hubiesen hecho de sus integrantes, obreros modelos. En el plano més difuso de la cultura formal, como adelantamos, la division de los sexos oper6 también con sin igual fuerza, al grado que el investigador debe preguntarse si las diferentes ideologfas que tenfan mayoritariamente los hombres por un lado y las mujeres por el otro, no son la punta de un iceberg que oculta formas de vida, conductas y men- talidades también distintas. La Religién Catélica, como fe y como prdctica en procesiones, ple- garias, concurrencias a la Semana Santa, idas a misa los Domingos y obras de caridad, se estaba convirtiendo aceleradamente en asunto de mujeres, al grado que a los liberales no les cost6 mucho identificarse con la vi- tilidad como valor. Los diarios anunciaban las funciones religiosas, si eran liberales, con frases del tipo empleado por ‘*La Tribuna’’ en 1876: “‘Quedan prevenidas las, beatas’’. (458) La ‘‘causa’’ catdlica también lo sabfa y era a las mujeres a quienes convocaban el clero y los dirigentes laicos —ellos sf, hombres— cuando el liberalismo arreciaba. Fueron las mujeres las que protestaron cn 1882 contra la reduccién del horario cs- colar asignado a la ensefianza del catecismo en las escuelas del Estado, y fueron ellas las que en petitorio que contenfa entre 50.000, segtin fuen- te clerical, y 12.500 firmas, segtin fuente liberal, se opusieron a la san- ci6n de la ley de matrimonio civil obligatorio en 1885. Los liberales ha- Haron en esta identificacién de la mujer con el catolicismo otra hermosa 2B9 raz6n para fundamentar su misoginia, actitud que se nutrfa en intereses y miedos muy poderosos que referiremos mas adelante. En 1893 lo dijo el furibundo anticlerical Mariano B. Berro: ‘‘El tambaleante catolicismo vive atin debido a las virtudes de las mujeres; el dia que las perddis sera aquél en que habrd dejado de existir la religién de los Papas’’. (459) Las tenidas de la Masonerfa, en cambio, eran para los hombres (aunque se haya pretendido y a veces logrado, acercar a las mujeres). Eran ellos los mayoritariamente ‘‘librepensadores’* y ‘‘progresistas’’, y am- bién los que dominaban todas las ramas del poder, desde las dirigencias de los partidos politicos a las empresas, desde las sociedades de resisten- cia 4cratas, hasta las directivas de la Asociacién Rural y la Asociaci6n de Propaganda Liberal. Fueron ellos los autores de la legislaci6n anti- clerical y de las leyes de divorcio, incluyendo la que lo concedi6 en 1913 a la mujer por su sola voluntad. (*) Los Censos de 1889 y 1908 en Montevideo certifican estas afirma- ciones. En 1889, el 87% de las mujeres se declar6 catdélico y un 3% li- beral, guarismos que en los hombres se transforman en 81% y 7%. En 1908, el porcentaje de mujeres catélicas fue del 77% y el de las liberales fue del 15%, cifras que en los hombres fueron 51% y 34%. Y si con- sideramos a los hombres uruguayos —y no a los extranjeros—, los ca- t6licos eran en 1908 ya minorfa —44%— y los liberales casi los alcan- zaban con el 40%. (460) En el Montevideo de 1908, entonces, habfa una catélica y media por cada hombre cat6lico. Ambos sexos, de tanto vivir separados en casi todas las esferas de (*) Hubo, por cierto, mujeres que Iegaron a militar en el seno del movimiento liberal. El 20 de febrero de 1908, por ejemplo, se fund6 en Durazno la “‘Asociacién de Damas Liberales”’ con el objeto de ‘‘Hacer la mds decidida propaganda en favor de la libertad de conciencia, socorrer a los pobres, sin distincidn de sectas, fomentar la educaci6n laica y buscar por todos los medios legales a su alcance para que la mujer ocupe el puesto que por naturaleza le corresponde enel estado de la civilizacidn actual’’. Las asociadas debian procurar “‘elevar el nivel moral e intelectual de la mujer, emancipdndola de la tutela sae las religiones positivas”* y se comprometian “‘a no practicar ninguin culto que is creencia religiosa””. Obsérvese, de paso, que no decian querer “‘liberarse’’ de Ia “utela* masculina. El némero total de socias que aprobé los estatutos de dicha asociacién fue de 80, en una poblacién femenina departamental mayor de 15 afios estimable en 11.000. Pro- bablemente este movimiento femenino estuvo més extendido en el Uruguay que en la Ar- gentina pero, 1a mayoria de las mujeres sigui6 siendo cat6lica. (459b) 140 la vida, habfan concluido por diferenciarse y sentirse enemigos en el pla- no idcolégico. (*) 3. La sexualidad negada La sensibilidad *‘civilizada’’ us6 el silencio, 1a discreci6n, el sigilo y “‘el lenguaje velado'’, para referirse a la sexualidad y, por extensién, a los actos del cuerpo —orinar, defecar, parir— que la trafan a la con- ciencia demasiado atrevidamente. De este modo, el mundo del espfritu, del vientre para arriba, como dirfa M. Bajtin, triunfaba sobre el de la ma- teria, asimilandolo, sumiéndolo en lo no expresable, en lo que anidaba del bajo vientre hacia las extremidades, en lo ‘‘inmoral’’ y lo ‘‘vulgar"’, calificaci6n esta ltima que revela secretas afinidades del ‘‘espfrite’’ con los sectores dominantes asf como de la ‘‘materia’’ —valga la confesién— (*) Hubo algunas excepciones a Ia regla de los sexos divididos y una fue importante: la instalaci6n de la coeducaci6n de nifias y nifios en los primeros afios de la escuela primaria estatal. El Reglamento General de esas escuelas aprobado por José Pedro Varela el 30 de octubre de 1877, estipulé que: “Ninguna nifia podrd ser alumna de una escuela de varo- nes; los varones de menos de 8 afios solo serdn admitidos en las escuelas de nifas, sea al fuere el grado de su saber”. (461) Las “‘escuelas mixtas””, como se las lamaba pot tir nifios de hasta 8 afios junto a las nifias (Varela hubiera deseado incluso borrar ese Iimite do edad), fueron defendidas en 1880 con el principal argumento de que “la union de los nifos y las nifias, de edad tan temprana, lejos de ser un peligro para las costumbres, tiende a contener el desenfreno precoz que no es raro en muchos nifios del sexo mascu- lino”, a “‘modificar los instintos feroces’” del varén. (462) A los cat6licos les correspondié expresar el horror puritano ante esta. “promiscuid liberal. “El Mensajero del Pueblo’ opiné en 1877 que no por menores de 8 afios los va- rones dejaban de serlo: “‘Sabido es que hay muchos nifios que a su natural despejo unen la mala escuela de ejemplos”. (463) “'E] Bien Piblico”’ abund6 en més razones en 1880: de nada valia sostener que la coeducacién se aplicaba en Estados Unidos, ““zNo saltan a la vista las diferencias esenciales entre las razas frias del Norte y las ardientes e impre- sionables de origen latino? [...] Son para nadie un misterio, desde que hay escuelas mix- tas, los repetidos casos de un Don Juan en miniatura ensayando prematuramente sus ins- tintos precoces, galanteando a las nifias con las cuales aprende las primeras letras?”” Por so “todas las madres de familia que solo buscan garanttas para el porvenir moral de sus hijas, han visto con horror esa promiscuidad imprudente. (464) “‘Esas escuelas”” que eran a la vez “un Harem de la educacién”’, al decit de Monsefior Jacinto Vera en su pastoral de 1878 (465), fueron tildadas de ‘peligrostsimas bajo el punto de la moral” por Mon- sefior Mariano Soler en 1895. (466) 141 con los populares. La sexualidad fue ocultada por el lenguaje hablado y escrito porque se crey6 que asf se la anularfa como fuerza, aunque la propia necesidad de la anulacién demostraba qué inmenso poder se le conferfa. Ese tipo de ocultamiento se asemejé a las trabas que puso la autoridad a la difu- si6n del anarquismo; ambos eran subversivos, aquella potencialmente, és- te, por definici6n. Pero el poder de la sexualidad residfa en que vivfa tam- bién dentro de los poderosos, en ese sentido se la aes un ene- migo interior, una fuerza a doblegar. — aa Al mundo del bajo vientre se le negaba hasta el derecho a ser nom- brado y cuando aparecfa debfa interpretarsele como mero s{mbolo del es- pfritu. Su puesta en palabras se temfa lo convocara a la rebelién. De este modo, la representaci6n grdafica de la ‘“‘Iujuria’’ en el ‘‘Curso de religion para los colegios catélicos’’, editado en Montevideo en 1931, era la de un joven contemplando unos puercos, referencia a la parabola del Hijo Prédigo que asf habfa terminado por ‘‘disipar’’ su herencia en ‘‘los pe- cados de la carne’’, evitandose de este modo 1a menor alusi6n al vicio en su especificidad pues nombrarlo hubiera equivalido a practicarlo. (467) Por ello también, el ‘‘Cdntico de los Canticos’’ de Salom6n, merecié una “Exposicion Mtstica’’ del Arzobispo montevideano publicada en 1902. El poema era, en realidad, un enorme conjunto de s{mbolos, ‘‘un ad- mirable bosquejo del amor que nos tiene [Dios]"’; los ‘dos pechos de la Esposa [eran] el amor de Dios y el del prdjimo, segiin se da bien a en- tender en el texto hebreo por las palabras que usa [...] los besos [significaban] siempre las consolaciones espirituales; los abrazos, las unio- nes con Dios; las dulces comidas, los gustos espirituales; los desfalle- cimientos, los regocijos y alegrias; los adormecimientos y suefios, los arro- bos y éxtasis [...] El Esposo serd siempre Dios increado 0 encarnado. La Esposa, el alma; el Coro de Doncellas, las distracciones mundanas’’. En ultima instancia, el poema celebraba ‘‘los eternos desposorios del Al- ma y Jesus’’ y su interpretaci6n literal —‘‘los amores de Salomén con su esposa’’— eraun “‘error’’ que, sin embargo (y pongémoslo a la cuen- ta de la originalidad de Monsefior Soler) ‘‘no se excluia’’. (468) Al lado de la conversién de la materia en pura alusi6n al espfritu, su negaci6n, pues el nombrarla llevaba al pecado como el conocimiento condujo a la desobediencia. Por eso, en 1864 el Abate Gaume, aconse- jaba a los confesores tener mucho cuidado al preguntar sobre ‘‘la pure- za"’ alos nifios: “‘nunca estard de mds la reserva [...] en especial cuando 142 se arriesga perder un bien mayor, porque no ensefiar el mal al que lo ignora, y no despertar la pasién en el que la experimentarfa, es un bien mucho mayor que la integridad [formal de 1a confesi6n/. Si te contesta que ha tenido malos pensamientos, pregintale de qué especie eran, pues con frecuencia solo se reducen a ideas de pueriles venganzas. No pases més adelante’. También se serfa ‘‘prudente y reservado con los adul- tos’’ para no exponerse ni el confesor ni el penitente ‘‘al peligro de una complacencia culpable’* ya que la pasién se reanimaba con su descrip- cién detallada: ‘‘serd bastante que preguntéis la especie del pecado ver- gonzoso y no el modo como se ha cometido"’. A esos consejos segufan Iuego las presuntas infracciones de los matrimonios y de los fieles en ge- neral sobre el sexto mandamiento, pero impresas en latin, no fuera que este ‘‘Manual de los Confesores’’ cayera en manos de un lector lego y la lectura, conduciendo su imaginacién, lo Hevase al pecado. (469) De la misma manera pensaban los liberales. En sus folletos anticle- ricales de 1902 y 1904, como hemos ya analizado, acusaron al confesor de violar ‘‘la virginidad inmaculada"’ de las hijas de familias decentes al exigirles ¢l ‘‘desnudo de las almas"’. La confesién profanaba por obli- gar a ‘‘confesores y pecadores a mantener didlogos indecentes y porno- grdficos capaces de enrojecer el rostro de vergiienza al hombre de mds mundo"’. (470) Y ademés, como habfa ya dicho ‘‘La Tribuna Popular’* en 1881, alertaba en demasfa pues las mujeres salfan de allf habiendo “aprendido algo mds de lo que debfan saber’’. (471) Los liberales Ie- garon a acusar al publicista cat6lico que denunci6é en 1896 el ejercicio de la prostituci6n en Montevideo, de describir con demasiado deleite ese vicio y de escribir un “‘opzisculo [que no podfa] ser lefdo, ni por las ma- tronas de nuestra sociedad, ni mucho menos por seforitas que no quie- ran enrojecer de vergiienza al enterarse del minucioso conjunto de de- talles con que el sefior Sienra [cuenta] las orgfas impiidicas de la sen- sualidad y de la carne’’. (472) Podrfa argumentarse que esta ‘‘sensibilidad’’ liberal por el aparente lenguaje imptidico nada menos que de los catlicos militantes —modelos de negaci6n de la sexualidad— era’un arma dialéctica para desprestigiar al clero. De ser asf, aun tendrfa valor el reproche precisamente por re- velar c6mo el sentimiento de vergiienza, extendidfsimo en aquella cul- tura, podfa utilizarse contra el clero por desconocerlo. Pero probable- mente esta acusaci6n es, adem4s de un recurso dialéctico, una nueva ma- nifestaci6n del horror ‘‘civilizado’’ ante la puesta en palabras de la 143 sexualidad y los términos todavia ‘‘barbaros”’ que la Iglesia a veces uti- lizaba para describirla. Acaso en una estancia en Queguay un sincero penitente extranjero, no reproché a un cura jesuita hacia 1900 ‘‘su liber- tad en predicar'"? aiiadiendo: ‘‘En mi tierra, nunca se nombra el sexto mandamiento, allt no se dice non fornicatas, allt solo se dice non con- cupisces, etc.; yo tenfa presentes, afiadid, a los sermones de ustedes, a varias sobrinas mfas, y se me cata la cara de vergiienza al ofrles hablar de tal manera’. (473) Debfa evitarse ‘‘la desnudez del alma"’, que trafa consigo la desnu- diez del vocablo anteriormente considerado natural y ahora cargado de alu- sién descarada. En 1901, por ejemplo, la escuela vareliana decreté la sus- tituci6n del Catecismo del Padre Astete, un texto del siglo XVI en uso hasta ese momento. La Comisi6n que informé sobre el punto a las au- toridades de 1a ensefianza, presidida por Carlos Vaz Ferreira e integrada ademds por Joaquin R. S4nchez y Eduardo Rogé, consider6 que frases tales como: ‘‘El segundo, creer que nacié de Santisima Virgen, siendo ella Virgen antes del parto, en el parto y después del parto’’; “‘El sexto, no fornicar’’; y ‘‘Saliendo del vientre de Marta Santtsima sin detrimento de su virginidad, a la manera que el sol nace por un cristal sin romperle ni mancharle"’, ponfan a ‘‘los maestros, especialmente a las maestras, en el duro trance de enrojecerse de vergiienza y de eludir respuestas a preguntas que de ningiin modo pueden satisfacer por 14 indole de su sig- nificado”’. La Comision hizo notar, ademés, ‘‘que por mucho menos ha dejado de inclutr en la lista de textos una excelente obra de anatom{la"’ y que convenfa adoptar un catecismo que “‘use un lenguaje mds velado, menos accesible a las consideraciones maliciosas por parte de los nifios”’. (474) Los silencios y veladuras del lenguaje invadieron todas las esferas de la vida. En 1885, el diputado liberal E. Garz6n reproché a las damas catdlicas usar el vocablo ‘‘concubinato"’ en su escrito contra el matri- monio civil obligatorio, pues ‘‘esos términos’’ no podfan estar “‘en sus bocas, ni deben conocerlos, y si los conocen, no deben darse por sabidas de tal cosa!"’. (475) En 1887, el Presidente Tajes y su Ministro de Jus- ticia, Culto e Instrucci6n Publica, Duvimioso Terra, prohibieron a los Ofi- ciales del Estado Civil emplear en los Registros ‘‘los titulos de adulte- rino, incestuoso, sacrilego, etc. aplicados a los hijos [y autorizaron usar solo] los tttulos de legttimo o natural’’. (476) La Medicina, de su lado, lamaba a la gonorrea y la sffilis en los avisos de medicamentos que pu- 144 blicaba la prensa finisecular, ‘‘los pecados de juventud’’ 6 “las enfer- medades secretas’’ (477), y los médicos que las trataban se anunciaban mAs discretamente que sus otros colegas. (478) Pero, no fue solo el lenguaje ptiblico el ocultador, también lo fue el privado. Muchas mujeres llamaban a los pafios higiénicos que usaban du- rante la menstruaci6n, ‘‘pafios secretos’’ y, naturalmente, los escondfan de la mirada de todos los hombres y nifios de la familia. (479) En 1914, el rematador de ganados Enrique Job Reyes, record6 con horror a su es- posa, la poetisa Delmira Agustini, que su suegra, en una conversacién en la sala, le habfa hecho ‘‘revelaciones monstruosas de impureza y des- honor’? sobre métodos anticonceptivos, ‘‘poniéndose como ejemplo que ella lo hacta con tu padre"’. (480) No se Ileg6 a los encubrimientos de las preciosas ridfculas que co- nocié Antonio Pereira en el Montevideo de la segunda mitad del siglo XIX, que llamaban a los pescados, ‘‘caddveres submarinos"’ y al viento mafianero, ‘‘céfiro matutino"’, pero se estuvo muy cerca. (481) (*) Aunque el calificativo de ‘‘malas palabras’’ tiene una historia m4s antigua, en la ‘‘civilizaci6n”’ saltaron a la fama y se incluyeron nume- rosas que la *‘barbarie’’ habfa admitido, desde “‘puta’’ a ‘‘fornicar’’. La nueva sensibilidad las conden6 por “‘soeces’’ € “‘inmorales’’. El ‘‘Tratado de Urbanidad’’ de 1890 que asf las califica, las consider6 ‘‘asquerosas y repugnantes, quizds mds que por su significado, por su uso”’. En ver- dad, la conversacién modelo era el arte del encubrimiento y el disimulo: “Los vocablos o términos de que nos valgamos con nuestros interlocu- tores para expresar una idea, deben ser adecuados al objeto, pertinentes al asunto, claros, decentes y cultos; porque no esta bien emplear pala- bras que, aunque admitidas en el Diccionario de la Lengua, expresen ideas u objetos desagradables’’ 0 que “‘puedan recordar cosas repugnantes o sucias’’. (482) De tal modo, varias de las funciones humanas, sobre todo las del bajo vientre, eran innombrables o merecfan, a lo sumo, el eufe- mismo. (*) Todavia en Ia década 1950-60, las alumnas del colegio cat6lico Sacre Coeur de- cian, al pedir permiso para ir al bafio, “‘permiso para ir a la fuente”” pues la palabra “‘bafio’” era considerada de muy mal gusto. En las escuelas piblicas se utilizaba, hasta no hace mu- cho, el vocablo “licencia”. 145 4. La sexualidad omnipresente La sexualidad no solo fue negada para procurar evitar sus manifes- taciones ‘*excesivas’’, también lo fue porque nunca se habfa pensado tan- to en ella y hablado tanto de las conductas ‘‘virtuosas’’ o ‘‘desarregladas’’ propias y del préjimo. Ella era el centro de la confesién catdélica; de la preocupaci6n familiar; de los miedos, repulsiones y charlas de las mu- jeres burguesas y de clase media; de la culpa del adolescente; de las con- versaciones ‘‘indecentes*’ de los jovenes donjuanes y de los pensamien- tos ocultos de los beatos. La sexualidad asomaba permanentemente en el silencio y el eufe- mismo, cual idea fija que aprovecha cualquier oportunidad para presen- tarse y aduefiarse del alma. Debfa vivirse en guardia pues la transgresion se disfrazaba de inocencia y puerilidad, en los juegos infantiles; de en- canto y alegrfa, en los bailes; de derecho a la intimidad, en los cuartos cerrados de los adolescentes, y reaparecfa hasta en el ascetismo del sa- cerdote cuando castigaba con demasiada pasion a su cuerpo o en la tur- bada e inquietante vigilancia del padre y la madre sobre la hija ennoviada. ZAcaso el confesionario no obligaba a decirse a s{ mismo primero, y luego al otro, todo lo que podfa concernir a las sensaciones, a las sos- pechas, a los pensamientos, a los menores placeres que podfan tener cier- ta afinidad con el sexo? La insistencia de la prédica clerical en la vir- ginidad de Marfa y la castidad como virtud, el uso en los sermones de figuras literarias erotizadas, ‘‘pecar [...] es un adulterio que comete el alma dejando a Jesucristo, el mds bello de los esposos, para unirse a Bel- cebud, principe de las tinieblas’’, decfa Mariano Soler en uno de los su- yos, trafa sistemdticamente a la memoria del fiel los ‘‘placeres de la car- ne”. La negaci6n de la sexualidad se habfa convertido en su omnipresen- cia y como se la vivfa culpablemente, se apoder6 de la imaginacién y ali- menté desde las fantasfas elaboradas y perversas, hasta las romAnticas e ingenuas. Un ejemplo de las primeras lo hallamos en la burguesfa que produjo los folletos anticlericales editados por la Asociaci6n de Propaganda Li- beral. En 1905, en uno de ellos se efectuaron 26 reproches a los curas; 19, el 73%, aludfan a su intolerancia y evocaban la esencia del conflicto con la Iglesia —-una disputa por el poder—, pero si de vicios se trataba, 146 el mds mencionado, 5 veces, era el de los ‘*excesos’’ sexuales de aquel personal que decfa vivir casto. (483) En el folleto N° 22 de 1902, se des- tac6d en enormes maydsculas este texto en la contratapa que fue atribufdo aun breve papal de 1550: ‘‘Hernos sabido que ciertos confesores abusan de su ministerio hasta el punto de solicitar para el pecado de lujuria en el mismo tribunal de penitencia, a las mujeres casadas, a las doncellas, como igualmente a los mancebos!"’ (484); en el N° 32 de 1903, se sefial6é que ‘“allf donde los frailes pululan es donde los hijos ilegitimos pululan también"’ (485); en el N° 38 de 1903, la lista de papas “‘infalibles’’ co- mienza con Alejandro VI, ‘‘que dormia con sus dos hijos, Francisco y César y con su hija Lucrecia, esa misma Lucrecia que presidia el con- cilio de los cardenales en traje de bacante"’, y sigue con Sixto IV, “‘que vendié al Cardenal Santa Lucta la autorizacion para practicar la sodo- mia todos los afios durante tres meses’’. (486) En 1893, Mariano B. Be- rro busc6 llevar la inquietud a sus lectores en el periddico de Mercedes “BI Teléfono’’, con estas palabras: “‘Ahf estd en el confesionario el con- {fesor soltero, el hombre fuerte y de pasiones reprimidas [...] postrada - a sus pies esté la casta esposa a quien interroga groseramente L..J Aht esté el confesor soltero y a sus pies [...} la virginal doncella [...] au- mentando su misma turbacién el tesoro de sus encantos"’. (487) Nada de extrafio entonces, que una de las hojas sueltas lanzadas por los liberales en sus conferencias de 1902, dirigida ‘‘Al Pueblo’’, dijera: “No frecuenten Uds. el trato de los sacerdotes catélicos, que son hom- bres solteros, que jamds se han distinguido por la honestidad de sus cos- tumbres. Apartense del confesionario que es una escuela de vicios y de co- rrupcion. No entreguen la educacién de sus tiernos hijos a esos celibatarios que han Ilenado los anales de la criminalidad con los mds infames aten- tados. Cuiden mucho de su hogar amenazado por la sotana y no se preo- cupen de los que viven honestamente lejos de una iglesia de frailes li- bertinos’’. (488) La sexualidad negada también estaba multipresente en 1a familia, bur- \ guesa y de clase media sobre todo, y no solo por los conflictos que con- \ tempordneamente Freud descubria. Aparecfa, por sobreentendida omen- | cionada con temor, en la separacién de dormitorios entre hijos y padres y entre hermanos y hermanas; en la vigilancia permanente del juego de los nifios, el cuarto de los adolescentes y el cuidado estricto de los novios n las salas; en las conversaciones familiares en torno a las compafifas convenientes y las que y por qué debfan evitarse; en la custodia de las hijas y la esposa en la calle, los teatros y los bailes; en la atencién sobre las costumbres de los sirvientes, compafieros no deseados pero reales de / los hijos (*), y, al final, pero solo porque no se Ilevaba frecuentemente/ a la conciencia, en esa red de relaciones entre padres € hijos, ssivienige y amos, tefiida de poder y erotismo casi nunca confesado. El escalpelo cruel del novelista a veces revela los misteriosos lazos cargados de sexualidad negada que ataban entre sf a los miembros de la familia burguesa. Véase la descripcién del hogar de ‘*Las Hermanas Flam- mari’, obra publicada en Montevideo en 1893: “‘La casa de Misia Adela era un agregado en vias de disolucién [...] Por un lado, Juan [el hijo casado] celaba a su mujer con Mauricio [el yerno de Misia Adela] y ésta le decta que tenta derecho de enamorarse de otro hombre ya que él, con su cardcter y su dichosa enfermedad al higado, nila trataba con las con- sideraciones que debia, ni cumplia a satisfaccion sus deberes de esposo. Por otro, Margarita fla hija soltera enamorada de Mauricio, su cufiado] cuya situacién especial hactala hutr el trato de toda su familia; y, por tiltimo, Elvira [la hija casada con Mauricioj, que habtase puesto intra- table al verse tan gorda y con su ojo paralttico e inexpresivo, que no po- da acompafar al otro en sus miradas acariciadoras [a Mauricioj"’. (491) En esa casa, sinembargo, las palabras *‘vulgares’’ y ‘‘soeces"’ no se ofan. * oe (*) La escuela vareliana en el Programa de ‘‘Maral”’ de 1880 ordené desarrollar ante Jos alumnos el siguiente ter “Precauciones que deben tomarse respecto del contacto de los nifios con los sirvientes” (489), y el jesuita Elias Reyero en su Devocionario de 1902, progunt6 a los padres: “Has sido vigilante para que los criados no les ensefien maldades, 0 los leven donde las oigan?’” (490) Los sirvientes eran el enemigo interior de la familia burguesa, personificaban a las “clases peligrosas’’ y su mayor contacto con la sexualidad nin ‘barbara’. ‘ 148 A veces, pocas, el documento histérico permite apreciar vidas con- cretas y situaciones especfficas, de esas que atafien al tipo de preguntas que aqu{ nos formulamos. Observemos cémo en dos de esas fuentes cier- tos personajes se tornan paradigmas, exagerados y caricaturescos, cierto, pero muy humanos, del sentimiento mezcla de atraccién y miedo que el hombre “‘civilizado"’ comenz6 a sentir ante la sexualidad. El primero es una carta del cura de Fray Bentos, Miguel Terrada, fechada el 8 de marzo de 1872 y dirigida a la Curia montevideana, donde relata las persecuciones de que era objeto en esa villa: “A causa de algunas desavenencias entre cényuges producidas por 86 9 individuos, gran canallas, he llegado yo a una situacién algo em- bromada. No he visto un fin mds malvado que el que se han propuesto estos pillos. Se ocupan descaradamente y sin la menor vergiienza en poner di- sensiones entre familias y principalmente entre matrimonios; en estorbar casamientos, en procurar el robo de muchachas, en proteger un sin ni- mero de mujeres de mala vida; en procurar perder a las honradas, y, finalmente en suplonar [sic] las cabezas de los esposos y de los padres, infundiéndoles celos y recelos. Ast es que luego cada casa es un infierno. Pronto se me presentan quejas y entonces los trabajos son para mf en Poner paz [...] Me veo en el caso de tener que decir que pueden ya mas los malvados que yo. Por lo mucho que los he contrarrestado, me tienen un odio tremendo. Ahora se hacen ayudar por mujeres infames, raza de chanchas, escoria y basura de la humanidad [...] Lo que mds me aflige es que de entre las mujeres perdidas, pusieron tiempo atrds en el mismo lado de la Iglesia a la mds escandalosa, bo- rracha y mal hablada de todas ellas. De esto me he quejado a las au- toridades y me han contestado Dios y yo sabemos cémo. No la quieren sacar por lo muy bien que les sirve. Varios vecinos también se han que- Jado y nada han conseguido. Cada dia de fiesta o cuando hay un entie- rro, al entrar y salir gente de la Iglesia, hay el mayor de los escéndalos pues se pone la malvada en la puerta de su pocilga, y sin distincién de sexo, ni edad, a cada persona maltrata. Ast es que muchas personas del pueblo, a quienes dice ella lo que los pillos le hacen decir, estén resen- tidas y avergonzadas, de manera que varias me han dicho que [no iran més a la IglesiaJ y desgraciadamente observo que a cada fiesta va fal- tando mds gente a la misa. Cerca de la madriguera de la mala bestia hay un colegio de ninas 149 y los padres [las] sacan de la escuela [...] Como no hay escuela del es- tado [...] y solo hay la particular mencionada, los padres no quieren man- dar a sus inocentes hijos a la perdicién y como asisten [...] tan pocas nifias a la escuela, los pillastres vociferan contra el descuido de los pa- dres en hacer educar [...] a los hijos y atribuyen a que no van porque yo influyo a los padres; ariaden, refiriéndose a mt, que en este pueblo hay una cabeza enemiga del progreso, de la ilustracién, de los adelan- tos, etc."’. (492) He ahf una hermosa paranoia estructurada en base a los miedos que sugerfa el contexto socio-cultural ‘‘civilizado’’: cercamiento del bien por el mal, del pérroco por un grupo de liberales lujuriosos aliados a una “mujer perdida’’, ‘‘una mala bestia"’ de la ‘‘raza de chanchas"’ que es- candalizaba a los penitentes a la salida de la Iglesia y a las nifias del co- legio. Toda la panoplia de la sexualidad ‘‘civilizada’’ masculina est, pa- tologizada, allf: misoginia, horror a la mujer, encarnaci6n de la carne y el mal; minorfas subversivas en lo ideolégico que a la vez actian liber- tinamente, roban muchachas, destruyen matrimonios y se unen a las pros- titutas. El burgués liberal s6lo tendr4 que cambiar el nombre de los pro- tagonistas para reconocer en este cuadro sus propios miedos, bastard po- ner en lugar de los liberales a los anarquistas y su ‘‘anor libre’’. El segundo documento relata sucesos acaecidos entre abril de 1867 y enero de 1869 que se centran en torno a las relaciones de un confesor jesuita y su joven penitenta. La secuencia de los hechos se inicia el 6 de abril de 1867, al recibir Monsefior Jacinto Vera una carta de la superiora de las Salesas —el tinico convento de monjas de clausura en Montevideo— anuncidndole que por “asuntos que no podemos tratar sino de viva voz [ha salido] la Sefiorita Da. Candelaria Guerra, que hemos podido conocer que no esté llamada para nuestro modo de vivir’’. (493) Luego de salir del Convento, Candelaria Guerra se puso bajo la di- recci6n espiritual del Capelldn del Hospital de Caridad, el jesufta Lopres- ti. Este, en carta que remiti6 a Jacinto Vera en enero de 1869, relat6 los avatares de esa relaci6n. Durante esa direccién espiritual, ‘‘el Diablo [hab{a] recibido derro- tas enormes [a pesar de que habfa] trabajado muchtsimo sirviéndose de toda clase de personas"’, en particular de un ‘‘fraile apéstata, un toro furioso que con cartas que les echaba en la escalera, en el balcén, dentro de la casa misma, vomitando en ellas los mas horribles insultados [sic]

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