Sesión 1
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México
Resumen
En este texto tiene como objetivo repensar las ciencias ambientales para generarles un criterio de
demarcación y establecer su estatuto epistemológico. Se parte de una categorización preexistente
de definiciones de “ambiente” que vincula las definiciones a dos epistemologías rivales, para
acotar las concepciones de “problemática ambiental” y “ciencias ambientales” y vincular las
distintas propuestas sobre la identidad de las ciencias ambientales a los modelos disciplinario,
multidisciplinario, interdisciplinario y transdisciplinario. A partir de un examen de las posturas
escépticas y dogmáticas sobre la existencia de las ciencias ambientales, se propone una definición
que, desde el sistemismo, vincula “ambiente”, “problemática ambiental” y “ciencias ambientales”
sin las contradicciones que conlleva el dualismo; de manera que nos permite establecer algunos
fundamentos que compartirían las ciencias ambientales y así identificar las disciplinas que
pertenecen a estas ciencias. Con lo cual se pretende plantear a las ciencias ambientales como
disciplinas que conllevan el germen de una revolución científica. Lo que las aleja de ciencias
naturales y de ciencias sociales, así como de humanidades y tecnologías. Revolución científica
que, de completarse, no sólo implicaría una ruptura epistemológica, también un cambio de
ontología y, en suma, un cambio de matriz disciplinaria.
Nova Scientia ISSN 2007 - 0705, Nº 18 Vol. 9 (1), 2017. pp: 646 - 697
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Gerardo Morales Jasso
Abstract
This text aims to rethink the environmental sciences to generate a criterion of demarcation and
establish their epistemological statute. It starts from a pre-existing categorization of
“environment” definitions that links the definitions to two rival epistemologies, in order to limit
the conceptions of “environmental problems” and “environmental sciences” and to link the
different proposals on the identity of the environmental sciences to the disciplinary,
multidisciplinary, interdisciplinary and transdisciplinary models. From a review of the skeptical
and dogmatic positions on the existence of environmental sciences, a definition is proposed that,
from the systemism, links “environment”, “environmental problems” and “environmental
sciences” without the contradictions that dualism brings; in a way that allows us to establish
some foundations that would share the environmental sciences and thus to identify the disciplines
that belong to these sciences. In this way, environmental sciences are proposed as disciplines that
carry the germ of a scientific revolution. Which distances them from natural sciences and social
sciences, as well as humanities and technologies. Scientific revolution that, if completed, would
not only imply an epistemological rupture, also a change of ontology and, in sum, a change of
disciplinary matrix.
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Las ciencias ambientales. Una caracterización desde la epistemología sistémica
Introducción
En este artículo se da continuidad a un trabajo anterior que reflexionaba sobre la epistemología de
las ciencias ambientales a través de una discusión sobre el sentido de la categoría “ambiente”. 1
Pero como el trabajo concluyó con varios cuestionamientos sin responder y algunos postulados
plasmados en calidad de hipótesis a corroborar deductivamente, así como con la propuesta de
generar una validez más robusta sobre el axioma propuesto sobre un campo tan amplio como las
ciencias ambientales; se pretende con este artículo poner a prueba la hipótesis planteada en el
trabajo anterior o establecer límites a la misma (Morales 2016b, 582, 602) y “trabajar en la
construcción de esta base conceptual aparentemente ausente en ciencias ambientales” (Bocco
2010, 29) a través del proceso teórico de la clasificación (Bowler, 1998, 4), para así, generar una
sistematización de la epistemología de las ciencias ambientales.
La importancia de la definición de ambiente es tal que teniendo resuelta la identidad del ambiente
(que fue lo que se buscó en Morales 2016b), las definiciones de problema ambiental y ciencias
ambientales serían derivadas de la categoría “ambiente”. Esto en teoría sería así, pero la realidad
es que ambiente, problemática ambiental y ciencias ambientales aún necesitan ser definidos y
acotados en la práctica y no únicamente por un criterio lógico-deductivo. Como se usan
laxamente, es necesario un consenso semántico que nos permita superar la confusión conceptual
y teórica propia del uso de distintos lenguajes para explicar una misma cosa (Boada 2003, 11).
Sigue siendo posible definir “el concepto que sea con la imprecisión que a uno se le antoje; pero
difícilmente se podrá construir sobre esas definiciones elusivas, polimorfas” (Reynoso 2009, 94).
Este artículo pretende acotar la discusión en función de lograr el tan deseado consenso, pues tal
confusión ha generado posturas escépticas sobre la existencia de las ciencias ambientales, por lo
que se requiere dilucidar y legitimar la existencia de las mismas, que es lo que pretendo hacer en
este artículo a través de delinear el estatuto epistemológico de las ciencias ambientales y la
identidad de las disciplinas que la integran.
El abordaje del artículo es sintético, teórico y abstracto, pero también incompleto, pues muestra la
necesidad de que quienes se dedican a investigar las problemáticas ambientales, se informen y
formen una racionalidad ambiental y que sea visible para ellos el estatuto epistemológico de las
ciencias ambientales. El cual, tal como las ciencias ambientales, está en construcción. De allí la
1
Pues, “las condiciones epistémicas de nuestras preguntas están inscritas en el reverso de los conceptos que
utilizamos para darles respuesta” (Santos 2009, 20), asi que clarificar los conceptos no es sólo una lucha semántica,
sino que también es epistemológica y política.
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Rosi Braidotti (2013, 25, 87, 93, 104) plantea la doxa como sentido común y postula unas humanidades que
superan la doxa. Esta lectura suave de la doxa permitiría plasmar las humanidades como científicas, sino fuera
porque las ciencias utilizan un sentido más fuerte de doxa, debido a que el sentido de episteme que usan es también
fuerte.
3
La epistemología, como componente esencial de la mariz disciplinaria, orienta la investigación de forma más pro-
dunda que la educación (SEMARNAT 2006, 34).
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Las ciencias ambientales. Una caracterización desde la epistemología sistémica
centrales de las matrices disciplinarias (SEMARNAT 2006, 130, 131, 213; Collazo y Geli 2017,
149).
Por eso, será necesario tener en cuenta lo siguiente: La epistemología es la base racional de toda
teoría y la metafísica es la base de la epistemología, pero ésta última es imposible de probar en su
totalidad en el estado actual de la ciencia y los saberes, por lo que 1) es imposible rechazar la
metafísica, y se tendrá que rechazar una metafísica y explícita o implícitamente escoger otra, sin
poder probar su veracidad. 2) De la misma forma se tendrá que basar la teoría o las teorías y
metodologías usadas en una epistemología explicitada o tácita. 3) Al ser la epistemología la base
de las teorías usadas que se quieren traducir, la elección consciente e inconsciente de una
epistemología es inevitable, a diferencia de las teorías, sobre las que puede ejercerse una
indecibilidad transitoria, en función de la expectativa metafísica del avance del conocimiento, ya
sea en el sentido popperiano, lakatosiano, kuhniano, incluso en el feyerabediano.
Una vez dicho lo anterior, la estructura expositiva del artículo es la siguiente: En primer lugar, se
justifica una perspectiva epistemológica sobre las ciencias ambientales, no en beneficio de la
epistemología, sino de las ciencias ambientales. En segundo lugar, para generar la propuesta de
sistematización de la epistemología de las ciencias ambientales, se abordan distintos
pensamientos ambientales, se definen algunas características de dualismo y del sistemismo y se
identifican distintos sentidos de ambiente con el sistemismo y el dualismo, de modo que es dable
caracterizar el estado actual del conocimiento de lo ambiental como en medio de una revolución
científica. Posteriormente se abordan posturas escépticas y dogmáticas sobre la existencia de las
ciencias ambientales, entre las cuales están el sentido sistémico de ciencias ambientales, el saber
ambiental, y las definiciones de ciencias ambientales que son dependientes del concepto de
“problemática ambiental”. Enseguida se genera la propuesta de vinculación entre ambiente,
problemática ambiental y ciencias ambientales a través de la epistemología sistémica, se opone
esto a lo que se plantearía desde el dualismo y se genera una tipología de disciplinas ambientales.
Se intenta una primera aproximación a la identidad de las disciplinas que pertenecen a las
ciencias ambientales a través de su caracterización sub, multi, inter o transdisciplinaria y por
último se identifican algunas características que tendrían que compartir las disciplinas que
pertenecen a las ciencias ambientales.
En orden de reconceptualizar las ciencias ambientales se hace referencia a un corpus de textos
enfocados en la caracterización de las ciencias ambientales, especialmente de tipo
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epistemológicos. Se citan tales textos y refieren en extenso, pero el presente artículo no es una
síntesis acrítica de los mismos, pues se confrontan y discuten los argumentos en estos esgrimidos
con una propuesta propia que permite generar un criterio de demarcación de las ciencias
ambientales.
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Las ciencias ambientales. Una caracterización desde la epistemología sistémica
Boada 2003, 9-10; Bocco 2010, 30; Lezama y Graizbord 2010, 21), lo cual implica una confusión
terminológica que otras disciplinas han buscado superar con sus propios conceptos clave. 4
En general se puede vincular estas nociones más o menos disciplinares con tres significados de
ambiente. Ambiente1, que significa medio o entorno, es el que se remite a una ontología y
epistemología dualista (Escobar 2011, 269; Escobar 2013, 17; Lezama y Graizbord 2010, 12;
Lezama 2010, 24, 25; Galochet 2009, 8, 14; Perdomo 2007, 4; Arnold-Cathalifaud 2010, 3;
Alimonda 2011, 7; Fuente 2008, 94; Braidotti 2013, 40, 66, 67, 71, 79, 85, 139).5 Este se refiere
esencialmente al conjunto de factores externos (atmosféricos, climáticos, hidrológicos,
geológicos y biológicos) que pueden causar efectos directos o indirectos sobre un organismo, una
población o una comunidad (Giannuzzo 2010, 132; Spinello s/f; Morales 2016b 589). Ambiente 2
se vincula a la perturbación antrópica de la naturaleza: a la contaminación u otras consecuencias
de la acción del hombre que afectan tanto al ser humano como a la naturaleza. Más ampliamente
se definiría como naturaleza antroposocializada (Spinello s/f; Morales 2016b, 589; Plumwood
2001, 22; Baghel 2012, 3; Alimonda 2011, 3). Mientras que ambiente3 se refiere a la articulación
no dualista entre antroposociedad y naturaleza no antrópica (Leff 2006, 27; Leff 2002, 333, 336;
RCFA 2007, 15; González 2007, 31, 35, 36; Castiblanco 2007, 159; Noguera 2007, 54;
Giannuzzo 2010, 142 y Morales 2016b, 389; Lezama y Graizbord 2010, 11; Lezama 2010, 28,
38; Galochet 2009, 17-19, 25, 26; Perdomo 2007, 4; Alimonda 2011, 1) y, por lo tanto, sustituye
a lo socioecológico. Ambiente3 incorpora el mundo de las invenciones y de la cultura humana, así
como al humano mismo en interacción con la naturaleza, lo que afectaría la concepción misma de
la idea de humano (Giannuzzo 2010, 141, 151; Noguera y Pineda 2009, 265).
Ambiente1 es un fundamento de la tajante separación ética y práctica, pero no científica entre
naturaleza y sociedad que comparten ecocentristas y tecnocentristas. Ambiente 2 cuestiona el
lugar del hombre en el mundo y apunta hacia interrogantes de tipo ético, pero aún desde una
ontología y epistemología dualista (Foladori 2005, 88, 90; Nava 2012, 213, ss.; Escobar 2013, 17,
4
Cada disciplina tiene términos fundamentales que tienen definiciones elásticas e incluso problemáticas, por lo que
requieren “aclaraciones conceptuales”. En Brachet-Márquez (2010, 197, 198) por ejemplo, se muestran los multiples
sentidos de “pacto de dominación”, y así, generalmente las disciplinas científicas buscan concreter definiciones de
los conceptos técnicos que usan. Por lo cual, resulta interesante encontrar la poca atención que ha tenido el problema
de la polisemia de ambiente entre las multiples disciplinas que se avocan a estudiar lo ambiental. Bourdieu et. al.,
(2009, 32, 42, 43) llaman la atención al respecto al expresar que se require controlar las significaciones dudosas de
las metáforas y realizar “una crítica lógica y lexicológica del lenguaje común surge como el requisite previo más
indispensable para la elabroración controlada de las nociones científicas”.
5
“Dichos dualismos no solo están en la base de nuestra imagen del mundo como Mundo Único, sino que subyacen a
toda laestructura de instituciones y prácticas a través de las cuales se representa ese Mundo” (Escobar 2013, 17, 18).
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18). Ambiente3 es concebido como un producto de una ruptura epistemológica con el dualismo,6
basada en que es insuficiente intentar aplicar la experiencia anclada al dualismo a una situación
que requiere nuevas teorías (Rohde 2005, 34; Santos 2009, 31), por eso acude al sistemismo.7
¿Por qué al sistemismo? Frijtof Capra (en (Rohde 2005, 51, 52) indica que todo pensamiento
sistémico es pensamiento ambiental. Así que, es en el sistemismo donde podemos ubicar sin
contradicciones la epistemología ambiental, desde la cual, los humanos serían parte integrante de
la naturaleza y sería inútil, perjudicial y hasta perverso continuar sosteniendo el dualismo que
perpetua la oposición y disyunción entre naturaleza y sociedad a través de ver al ambiente como
algo externo u objetivado que se caracteriza por ser no humano, sea o no, producto de la
intervención antrópica (Morales 2016b, 582-589; Noguera y Pineda 2009, 276; Giannuzzo 2010,
146; Escobar 2013 18, 19).
Decir que los humanos son parte de naturaleza, es estar en contra de la visión dualista en la que la
naturaleza es lo lejano, intocado y explotable que es un espacio vacío que no tiene historia y que
se ha definido en oposición a lo humano (Boada 2003, 74; Toledo 2003, 173; Pérez-Marín 2016,
150; Ricco 2010, 33, 34) mientras que el ser humano es “reducido a racionalidad instrumental y a
categoría abstracta” que no tiene naturaleza, en una visión heredada del humanismo
6
El dualismo es disyuntivo y mecanicista por lo tanto, es excluyente, simplificador, reduccionista, unilineal y
logocentrista; escisiona y divide analíticamente desde una perspectiva metafísica. Tiene su origen moderno en René
Descartes, Isaac Newton y Francis Bacon, concibe el universo como formado por mecanismos (Descartes 1990;
Daturi 2011-2012; Cardiel 1998; Morales 2016b, 593; González 2007, 30, 35, 37; Nava 2012, 201, 206, 210;
Escobar 2013, 16-18, 21, 33, 35; Santos 2009, 17, 18, 21-31, 37, 43, 269, 336-338). Dice Arturo Escobar (2013, 27,
28, 36) que nuestro dualismo es ciego “a nuestro enraizamiento ecológico”. Pero, “el problema no es que los
dualismos existan, después de todo muchas sociedades se han estructurado alrededor de dualidades, si bien en la
mayoría de los casos se tratan estas en términos de complementariedad y según pares no jerárquicos”. Nuestro
dualismo occidental, siguiendo a Deborah Bird Rose, sostiene “un bucle de retroalimentación de de desconexión
creciente. Nuestras conexiones con el mundo más allá del ser son cada vez menos evidentes para nosotros, y cada
vez más difíciles de sostener y de experimentar como reales”. También, habria que destacar con Escobar (2000, 118,
121-125) que la “dicotomía entre la naturaleza y la cultura emerge como una de las fuentes de otros dualismos
predominantes desde los que están entre la mente y el cuerpo, y la teoría y la práctica, hasta los del lugar y el
espacio, el capital y el trabajo, lo local y lo global”, y por ultimo, retomando a Maturana y Varela y a Merleau-Ponty,
el cuerpo y el mundo en el que vivimos. De modo que desmontar la dicotomía entre cultura y naturaleza repara en lo
prejudicial que ha sido mantener tal disyunción que ya no se puede sostener. Véase también Castro-Gómez 2000,
160.
7
El sistemismo se remonta a la cibernética de Norbert Wiener y William Ross Ashby, a Heinz von Foerster, a
Ludwig von Bertalanffy, a Gregory Bateson y a Frijjtof Capra; concibe el universo como complejo, no como
formado por mecanismos, sino por sistemas formados de sistemas, que a su vez dan lugar a sistemas con propiedades
emergentes (Bertalanffy et al, 1981; Foerster 1991; Bateson 2006; Maturana y Varela 1999; García 2013; Morin
2007; Martínez 1993; Ramírez, 1999; Lazlo 1972; Corona y Cortés 2009; Cortés y Corona 2010; Brown, 1998;
Wagensberg 1998; Morales 2016b, 593, Nava 2012, 210, 211; Santos 2009, 34-57; Collazo y Geli 2017, 134, 151).
El sistemismo nos reconnecta “con los otros, los cuerpos, el mundo no humano, la corriente de la vida”, es relacional
(Escobar 2013, 35). Pueden verse otros autores que han contribuido a entender la complejidad en Reynoso (2009,
104), quien además, hace una critica de la complejidad moriniana.
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decimonónico (Noguera y Pineda 2009, 271) que ha ayudado a consolidar una ética
antropocéntrica como la rectora en la relación antroposociedad-naturaleza no humana (Ricco
2010, 33, 34; Plumwood 2001, 26, 30, 31).
“Otras culturas perciben la naturaleza de modos diferentes”, y por tanto clasifican y explican el
mundo en términos que para occidente no significa nada, pero que podrían indicar que quizá
“olvidamos algo en nuestro análisis de la naturaleza” (Bowler 1998, 6). Podemos clasificar las
formas en las que las culturas se relacionan y piensan la naturaleza en antropocéntricos,
animistas, totemistas, analógicos (Ricco 2010, 33, 34) y ecocéntricos. Pero como resultantes de la
hibridación y el desarrollo diferenciado de los anteriores se pueden identificar otros, tales como la
ecología profunda, el ecologismo verde, el ambientalismo moderado, el neomalthusianismo, el
antropocentrismo crítico, el ecomarxismo y el ecologismo liberal, que Guillermo Foladori (2005,
92-123, 135) describe. César Nava Escudero (2012, 199, 204, 205, 215-218, 225-237) sintetiza lo
que plantea Foladori y añade, entre otros, el ecofeminismo, 8 el gaianismo, el ecologismo
chamánico, el intervencionismo, el comunalismo, el acomodacionismo y el pachamama. Todos
los cuales son considerados pensamientos ambientales con los que, según la localidad a investigar
o transformar, tendrá que dialogar el investigador (Cubides y Durán 2002, 12). El asunto a lograr
al enfrentarnos a tal pluralidad es la discusión seria y la articulación de perspectivas tan dispares
o con matices tan específicas; sin interpretarlas de vuelta en el dualismo, es decir, reduciendo su
diversidad (Escobar 2011); en aras de la meta legítima de la conservación de la especie humana y
de la naturaleza no antrópica (Modvar y Gallopín 2005, p. 29).
El sistemismo genera su propia forma de pensamiento ambiental al permitir entender al humano
como una parte integral de la naturaleza al emerger de esta, así que, no sólo considera que el ser
humano está en la naturaleza, sino que ser seres humanos implica ser integrantes del mundo
natural, lo reconozcamos o lo pasemos por alto (Enriquez, et al., 2015, 5; Noguera y Pineda
2009, 263, 277; Boada 2003, 43; Toledo 2003, 182). El sistemismo consta de complejidad, no
linealidad, indeterminación, principio de incertidumbre y auto-organización; de propiedades
emergentes, las cuáles desde la física cuántica han sido propuestas para superar la mecánica
clásica, su consideración de objetos aislados y así poder caracterizar procesos y relaciones. Todo
fenómeno en el que existe diferenciación y recursividad entre los niveles de su sistema es un
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Carolyn Merchant (en Dias 2002, 205) identifica cuatro posiciones del ecofeminismo: feminismo liberal,
feminismo marxista, feminismo cultural y efminismo social.
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fenómeno complejo. En los sistemas lo importante son las relaciones y no los componentes
aislados porque en los sistemas todos sus elementos son igual de importantes, estén en un nivel
superior o inferior, pues es precisamente su acoplamiento el que da lugar a las propiedades
emergentes de los niveles superiores y que el todo no sea igual a la suma de las partes. La
complejidad además concilia variables cualitativas con variables cuantitativas y, entre otras
cosas, carece de direccionalidad central o telos. Todo lo cual facilita una mejor convivencia con
la naturaleza por parte del hombre y (Modvar y Gallopín, 2005, p. 7, Giannuzzo 2010, 130 y
Noguera 2007, 54, 55, 65; Rohde 2005, 51, 79; Noguera y Pineda 2009, 268; Nava 2012, 206,
226; Cubides y Durán 2002, 12; Santos 2009, 51) ha sido ocultado por más de 250 años por “la
claridad y distinción” del mecanicismo y el cartesianismo del pensamiento moderno, que “no ha
permitido ver las formas de correlación, los flujos, las intensas conexiones existentes entre los
componentes de ese todo que no existiría sino por esas intensas y potentes correlaciones”
(Noguera y Pineda 2009, 269;). Es decir, entre Parménides y Heráclito, la nueva matriz
disciplinaria tiene mayor afinidad con el último (Santos 2009, 26, 34; Autor 2016d, 123).
Es así que el sistemismo apunta a que hay emergencias que no son posibles de estudiar con el
paradigma del mecanicismo unilineal y que se requiere para hacerlo una articulación en función
de superar lo cartesiano que es propio de las humanidades, las ciencias sociales y las ciencias
naturales. Tendencia que no se limita al sistemismo y es adoptada por otras disciplinas
emergentes, como la Big History, que como el sistemismo ha aceptado que la naturaleza tiene una
historia (Bowler 1998, 5). Los académicos procedentes de ciencias naturales y sociales que
proponen la Big History, están proponiendo una reunificación del conocimiento que supera
herencias dualistas, que a su vez reunifica cómo se piensa la naturaleza. Ambas unificaciones
pueden servir “como instrumento de persuasión para que los científicos revaloren su tendencia a
dividir todo en compartimentos” (Bowler 1998, III).
La reintroducción del hombre como parte de la naturaleza resulta ser una reconfiguración más
ecosistémica que la realizada por la ecológica clásica. Implica la superación del sujeto aristotélico
que observa externamente la naturaleza, de aquel sujeto que cree que vive como si no formara
parte de esta (Rohde 2005, 56, 75, 79, 81, 82; Cubides y Durán 2002, 11). “Consecuentemente,
cualquier cosa que el hombre hace afecta el resto del sistema global y repercute a través de él –
eventualmente vuelve sobre él.” (Foladori 2005, 90) De allí que ambiente 3 no coincida con los
pensamientos éticos ecocentristas, que rebajan a la humanidad, ni con los antropocentristas, que
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Las ciencias ambientales. Una caracterización desde la epistemología sistémica
rebajan a la naturaleza; sino con el ambiocentrismo; resultante del diálogo crítico entre las
primeras dos posturas (Autor y Rojas 2015). Al concebirse desde ambiente3 al humano como
identificado con su entorno, imposibilita la identificación del ambiente con un sujeto o con un
objeto, así que rompe el sentido dualista de ambiente, convirtiéndolo en una relación inteligible
en sistemas que religa “todo con todo” (Nava 2012, 197, 206-209, 224) y que rechaza recuperar
el significado dualista de ambiente y requiere deshacerse de los sentidos de ambiente 1 y
ambiente2 para redefinir ambiente como la totalidad resultante de la relación sistema-ambiente1,
donde el sistema tendrá su propio entorno tras su frontera (Rohde 2005, 79). De manera que
ambiente, ya identificado con ambiente3, no puede ya identificarse con un simple afuera de lo
social, sino que plantea a lo social como subsistema de lo ambiental al enlazar continente y
contenido, lo interno y lo externo, res cogitans y res extensa.
Resulta, entonces, contraproducente volver a separarlo en ambiente natural y ambiente humano,
por más que tanto ambiente-afuera, ambiente natural y ambiente humano hayan ayudado a formar
la concepción sistémica de ambiente. Este significado sistémico de ambiente es afín a la
“racionalidad ambiental”, que a su vez se opone a la racionalidad instrumental y plantea una
crítica demoledora al concepto socioambiental al apelar a un sentido de ambiente, pero tender a
otro; pero también critica al de medio ambiente por, o bien, ser redundante o por apuntar a una
racionalidad dualista e instrumental que escinde el ambiente en natural y social y, en un afán
productivo, lo concibe como pasivo en oposición a la actividad humana para convertirlo en un
stock de mercancías medible. Así, ambiente no se refiere únicamente a la dimensión espacial
externa al sistema, sino que incluye al sistema mismo (Leff 2006, 42-49; Morales 2016b, 590-
593, 600, 601; Rohde, 2005, 87; Boada 2003, 9; Morales 2016a, 151, 152; RCFA 2007, 16). Por
lo tanto, la concepción sistémica de ambiente no sería la de un espacio geográfico clásico (lo que
apelaría al espacio newtoniano absoluto) donde ocurren relaciones, sino un sistema de relaciones
localizable cronotópicamente (lo que apela ya al espacio-tiempo de la teoría general de la
relatividad). Me refiero a las relaciones entre la antroposociedad y la naturaleza no antrópica. Lo
cual representa un desliz semántico importante, pero no sin precedentes, pues tal tipo de cambio
es llamado revolución científica, las cuales suelen estar rodeados de intensas polémicas cuando
aparecen, pero cuya estructura es el cambio de matriz disciplinaria, la cual es más amplia que una
teoría científica y a través de la cual no se pretende generar la ilusión de un inicio absoluto
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(Nebel y Wright 1999, 13; Bowler 1998, 17; Kuhn 2006, 313-320; Kuhn 1993, 10, 11; Rohde
2005, 50; Santos 2009, 40, 41; Perdomo 2007, 6; Bourdieu, et. al., 2008, 106).
Las polémicas respecto a lo ambiental en el seno mismo de las “ciencias ambientales” son
sintomáticas de una crisis epistémica. Si bien, la concepción de ambiente3 es fruto de la
revolución científica, al no estar completada tal revolución, las ciencias ambientales tampoco
están claramente definidas, y es que las disciplinas que estudian al ambiente 3 no caben en
ninguna clasificación dualista de las ciencias al no ser ciencias de las partes, sino ciencias de la
integración de las partes (Toledo en Artís 2003, 213). La emergencia de lo ambiental requiere una
teoría “inexistente en cualquier teoría del conocimiento, epistemología o filosofía de la ciencia
clásicas”. Así que “el advenimiento de las ciencias ambientales constituye una revolución que se
da, por lo menos, en tres niveles: científico, epistemológico y metafísico-ontológico” (Rohde
2005, 28-35, 40-42, 49) y a decir de Ana Patricia Noguera y Jaime Alberto Pineda (2009, 264,
277), lo ambiental requiere de una transformación ontológica-ética-estética-epistémica que nos
haga reconocernos “emergiendo de la naturaleza”, lo cual implica el derrumbamiento de los
paradigmas de la modernidad tales como “los supuestos sujeto/objeto de la epistemología
moderna, los aprioris kantianos y neokantianos”, pero que también precisa de “la emergencia de
cuerpos-mundos de-la-vida-simbólicos-bióticos, como una especie de oiko-sofía, de enigma
maravilloso y poético, donde se están disolviendo, también, las escisiones entre ontología,
estética, ética y epistemología”.
Es sumamente complicada de realizar esta transformación en medio de las inercias que nos atan a
una ética antropocéntrica, una ontología y una epistemología dualistas, compartidas por los
científicos ambientales que se comportan como si vivieran en la etapa de ciencia normal, ciegos a
que “la peculiar naturaleza de las ciencias ambientales engendra problemas especiales” (Bowler
1998, 4, 16), por lo que es más fácil reproducir disciplinaria y compartimentalmente el dualismo
(Escobar 2013, 30).
Mientras el cambio de matriz disciplinaria no finalice, el concepto ambiente será usado de forma
diferente. El problema es que si se continúa usando sin crítica alguna ambiente1 se validará
implícitamente el dualismo como forma de conocer lo ambiental y continuará la separación entre
humanidad y naturaleza no antrópica, entre sujeto y objeto; pero si se le critica, se encontrará que
el uso dualista de ambiente genera una tensión epistemológica que no se puede resolver con
ambiente2, sino solamente con la carga teórica que está vinculada al significado de ambiente 3
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Las ciencias ambientales. Una caracterización desde la epistemología sistémica
(RCFA 2007, 16; Morales 2016b, 601). Este es el axioma de base propuesto para las ciencias
ambientales, en el entendido que actualmente no es usado así por la totalidad de los científicos
ambientales, y que incluso, no es fácil encontrar referencias explícitas a los tres sentidos de
ambiente previamente descritos.
Amelia Nancy Giannuzzo (2010, 137, 140) identifica cuatro posturas respecto a lo ambiental, 1)
distingue entre ambiente y ecología, 2) hace de estos dos términos un equivalente. Las otras dos
son posturas que podrían considerarse como derivadas de la primera: 3) engloba lo ecológico
dentro de lo ambiental y 3) engloba lo ambiental dentro de lo ecológico. Mientras el significado
de ambiente3 se vincula al tercer sentido planteado por Giannuzzo, la concepción de Jan J.
Boersema no resultaría tan clara y tendríamos que vincularla con el primer sentido que plantea
Giannuzzo. Boersema (2009, 3, 4) destaca la existencia de una definición estrecha de ambiente
entendido este como naturaleza, en el sentido de lo biótico. Pero, en Principles of Environmental
Sciences, prefiere definir ambiente como “el derredor físico, vivo y no vivo de una sociedad con
el que tiene relaciones recíprocas”. La parte del derredor es claramente derivada de ambiente1,
pero lo demás es afín a ambiente3. Boersema explica que el concepto ambiente surge de la
ecología y por lo tanto lleva un germen relacional, pero que en las ciencias ambientales los
organismos que se relacionan con su medio son humanos, lo que explica por qué a veces se usa
como sinónimo de ciencias ambientales el término ecología humana, que enfatiza que no debe ser
visto el hombre sólo como un ser biológico, sino como miembro de una sociedad. Sin embargo,
también destaca que hay restricciones que excluyen dentro de las ciencias ambientales a lo social.
Tal exclusión es una consecuencia directa de considerar al ambiente un derredor o afuera de lo
social, como lo hace la ciencia clásica al cosificar a la naturaleza como objeto y al sujeto como
una entidad afuera y encima de la naturaleza (Castiblanco 2007, 159; Leff 2007a, 44; Noguera
2007, 63; Escobar 2013, 22). La concepción de Boersema de ambiente no es clara y no tiene un
fundamento epistemológico claramente definido. Llamémosla, junto a otras definiciones que
comparten tales características por sus herencias históricas difusas (Bocco 2010, 26, 30):
ambientex, que es la cuarta caracterización epistemológica de ambiente que encontraremos, la
indefinición epistémica, con todas sus consecuencias teóricas, metodológicas y prácticas.
Vistas las diferencias entre las distintas concepciones de ambiente, incluso tras considerar que la
pluralidad enriquece la investigación al ampliar las posibilidades de solución (Feyerabend 1989;
Santos 2006, 32), es imposible que tales concepciones sean consideradas como “aspectos de un
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Gerardo Morales Jasso
mismo concepto troncal”. Ambientex es una prueba de que “necesitamos precisar más qué
queremos decir con cada palabra que usamos, y aclarar nuestros conceptos”, no sólo para
nosotros, sino también para los otros, “para los “muchos”, como dirían los zapatistas” (González
2009, 312). El desarrollo del sistemismo en la temática ambiental implica cambios taxonómicos y
de esquemas conceptuales que hacen inconmensurables la definición dualista y la definición
sistémica de ambiente, lo que posibilita la generación de inconsistencias (Giannuzzo 2010, 141,
147, 148; Fuente 2008, 78) si se apela a ambas matrices epistémicas al mismo tiempo.
La coexistencia de posturas y planteamientos que parecieran ser similares o equivalentes, pero
que son tácitamente inconmensurables se vuelve constitutiva de las investigaciones ambientales
cuando los investigadores apuntan al mismo tiempo o en la misma investigación a varias
definiciones de ambiente irreductibles entre sí e incompatibles entre ellas. Esto coadyuva a
multiplicar las definiciones, no por un enriquecimiento, sino por carencia de rigor de parte de los
investigadores, quienes, al haberse formado en distintas disciplinas cuentan con diferentes
fundamentos y apreciaciones de lo que sería lo ambiental debido a sesgos (Giannuzzo 2010, 133,
134, 136). Algo que apunta a la necesidad de un consenso epistemológico. Uno que podría
realizarse a través de un cambio epistemológico profundo: despedirse críticamente del dualismo,
cambio que también ha de permitir articular ciencias naturales, ciencias sociales, tecnología (que
es un conocimiento-intervención) y humanidades de modo que se retroalimenten mutuamente, lo
cual es una tarea que para ser realizada, primero tendrá que lidiar con las incompatibilidades
epistemológicas, teóricas, conceptuales y metodológicas que existen entre estos dominios
disciplinarios distintos (Duval 1999, 69; Giannuzzo, 2010, 142, 143; Santos 2009, 189), para que
a la manera que planteaba C. P. Snow (1959) formen una tercera cultura que cree inteligibilidad
recíproca entre las otras dos (Santos 2009, 140). Por lo tanto, las ciencias ambientales tendrían
que tener tales características. Pero, ¿las tienen? Es más, en un contexto de transición de matrices
disciplinarias llena de tensiones e inconsistencias epistemológicas, teóricas y metodológicas,
¿existen?
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