SANSÓN.- A fe mía, Gregorio, que no hay por qué bajar la cabeza.
GREGORIO.- Eso sería convertirnos en bestias de carga.
SANSÓN.- Quería decirte que, si nos hostigan, debemos responder.
GREGORIO.- Sí: suelta la albarda.
SANSÓN.- Yo, si me pican, fácilmente salto.
GREGORIO.- Pero no es fácil picarte para que saltes.
SANSÓN.- Basta cualquier gozquejo de casa de los Montescos para hacerme
saltar.
GREGORIO.- Quien salta, se va. El verdadero valor está en quedarse firme en
su puesto. Eso que llamas saltar es huir.
SANSÓN.- Los perros de esa casa me hacen saltar primero y me paran
después. Cuando topo de manos a boca con hembra o varón de casa de los
Montescos, pongo pies en pared.
GREGORIO.- ¡Necesidad insigne! Si pones pies en pared, te caerás de espaldas.
SANSÓN.- Cierto, y es condición propia de los débiles. Los Montescos al
medio de la calle, y sus mozas a la acera.
GREGORIO.- Esa discordia es de nuestros amos. Los criados no tenemos que
intervenir en ella.
SANSÓN.- Lo mismo da. Seré un tirano. Acabaré primero con los hombres y
luego con las mujeres.
GREGORIO.- ¿Qué quieres decir?
SANSÓN.- Lo que tú quieras. Sabe que no soy rana. GREGORIO.- No eres ni pescado
ni carne. Saca tu espada, que aquí vienen dos criados de casa.
ofetua, y le hizo enamorarse de una pobre zagala. ¿Ves? No me contesta ni da
señales de vida. Con-júrote por los radiantes ojos, y por la despejada frente, y
por los róseos labios, y por el breve pie y los llenos muslos de Rosalía, que te
apareces en tu verdadera forma.
BENVOLIO.- Se va a enfadar, si te oye.
MERCUTIO.- Verás como no: se enfadaría, si me empeñase en encerrar a un
demonio en el círculo de su dama, para que ella le conjurase; pero ahora veréis
cómo no se enfada con tan santa y justa invocación, como es la del nombre de
su amada.
BENVOLIO.- Sígueme: se habrá escondido en esas ramas para pasar la noche.
El amor, como es ciego, busca tinieblas.
MERCUCIO.- Si fuera ciego, erraría casi siempre sus tiros. Buenas noches,
Romeo. Voyme a acostar, porque la yerba está demasiado fría para dormir.
¿Vámonos ya?
BENVOLIO.- Vamos, ¿a qué empeñarnos en buscar al que no quiere ser
encontrado?
ESCENA II
Jardín de Capuleto
ROMEO.- ¡Qué bien se burla del dolor ajeno quien nunca sintió dolores. .. !
(Pónese Julieta a la ventana.) ¿Pero qué luz es la que asoma por allí? ¿El sol
que sale ya por los balcones de oriente? Sal, hermoso sol, y mata de envidia
con tus rayos a la luna, que está pálida y ojeriza porque vence tu hermosura
cualquier ninfa de tu coro. Por eso se ve de color amarillo. ¡Qué necio el que
¡Se arree con sus galas marchitas! ¡Es mi vida, es mi amor el que aparece!
¿Cómo podría yo decirla que es señora de mi alma? Nada me dijo. ¿Pero qué
importa? Sus ojos hablarán, y yo responderé. ¡Pero qué atrevimiento es el mío,
si no me dijo nada! Los dos más hermosos luminarias del cielo la suplican que
les sustituya durante su ausencia. Si sus ojos resplandecieran como astros en el
cielo, bastaría su luz para ahogar los restantes como el brillo del sol mata el de una
antorcha. ¡Tal torrente de luz brotaría de sus ojos, que haría despertar a las
MERCUCIO.- Mátenme si él lleva los colores de tu escudo. Aunque de
fijo os seguirán al campo, y por eso le llamais doncel.
TEOBALDO.- Romeo, sólo una palabra me consiente decirte el odio que te
profeso. Eres una infame.
ROMEO.- Teobaldo, cuentos razones tengo para quererte que me hacen perdonar
hasta la bárbara grosería de ese saludo. Nunca he sido infame. No me conoces.
Adiós.
TEOBALDO.- Mozuelo imberbe, no intenta cobardemente excusar los
agravios que me ha hecho. No te vayas, y defléndete.
ROMEO.- Nunca te agravié. Te lo afirmo con juramento. Al contrario, hoy te
amo más que nunca, y quizás sepas pronto la razón de este cariño. Vete en paz,
buen Capuleto, nombre que estimo tanto como el mío.
MERCUCIO.- ¡Qué extraña cobardía! Decídanlo las estocadas. Teobaldo,
espadachín, ¿quieres venir conmigo?
TEOBALDO.- ¿Qué me quieres?
MERCUTIO.- Rey de los gatos, sólo quiero una de tus siete vidas, y luego
aporrearte a palos las otras seis. ¿Quieres tirar de las orejas a tu espada, y
sacarla de la vaina? Anda presto, porque si no, la mía te calentará tus orejas
antes que la saques.
TEOBALDO.- Soy contigo.
ROMEO.- Distensión, amigo Mercucio.
MERCUCIO.- Adelante, hidalgo. Enseñadme ese bastante. (Se baten.)
ROMEO.- Saca la espada, Benvolio. Separamoslos. ¡Qué afrenta, hidalgos!
¡Oíd, Teobaldo! ¡Oye, Mercucio! ¿No sabéis que el Príncipe ha prohibido sacar?
la espada en las calles de Verona? Deteneos, Teobaldo y Mercutio. (Se van
Teobaldo y sus amigos.)
MERCUTIO.- Mal me han herido. ¡Mala peste a Capuletos y Montescos! Me
hirieron y no los herí.
ROMEO.- ¿Te han herido?
MERCUTIO.- Un arañazo, nada más, un arañazo, pero necesita cura. ¿Dónde
está mi paje, para que me busque un cirujano? (Se va el paje.)
ROMEO.- No temas. Quizás sea leve la herida.
MERCUTIO.- No es tan honda como un pozo, ni tan ancha como el pórtico de una
iglesia, pero basta. Si mañana preguntas por mí, me veras tan callado como
ARÍS.- Ella no hace más que llorar por Teobaldo y no tiene tiempo para
pensar en amores, porque el amor huye de los duelos. A su padre le acongoja el
que ella se angustie tanto, y por eso quiere hacer la boda cuanto antes, para
atajar ese diluvio de lágrimas, que pudiera parecer mal a las gentes. Esa es la
razón de que nos apresuremos.
FRAY LORENZO (aparte). - ¡Ojalá no supiera yo las verdaderas causas de la
tardanza! Conde Paris, he aquí la dama que viene a mi celda.
PARÍS.- Bien hallada, señora y esposa mía.
JULIETA.- Lo seré cuando me caso.
PARÍS.- Eso será muy pronto: el jueves.
JULIETA.- Será lo que sea.
PARÍS.- Claro es. ¿Venís a confesaros con el padre?
JULIETA.- Con vos me confesaría, si os responderiera.
PARÍS.- No me neguéis que me amáis.
JULIETA.- No os negaré que quiero al padre.
PARÍS.- Y le confesaréis que me tenéis cariño.
JULIETA.- Más valdría tal confesión a espaldas vuestras, que cara a cara.
PARÍS.- Las lágrimas marchitan vuestro rostro.
JULIETA.- Poco hacen mis lágrimas: no valía mucho mi rostro, antes que ellas
le ajasen...
PARIS.- Más la ofenden esas palabras que vuestro llanto.
JULIETA.- Señor, en la verdad no hay herida, y más si se dice frente a frente.
PARÍS.- Mío es ese rostro del cual decís mal.
JULIETA.- Vuestro será quizás, puesto que ya no es mío. Padre, ¿Podéis oírme
en confesión, o volveré al Avemaría?
FRAY LORENZO.- Pobre niña, dispuesto estoy a oírte ahora. Dejadnos solos,
conde.
PARÍS.- No seré yo quien ponga obstáculos a tal devoción. Julieta, adiós. El
jueves muy temprano te despertaré. (Jarrón.)
JULIETA.- Cerrad la puerta, padre, y venid a llorar conmigo: ya no hay
esperanza ni remedio.
FRAY LORENZO.- Julieta, ya sé cuál es tu angustia, y también ella me tiene
sin alma. Sé que el jueves quieren casarte con el Conde.
BALTASAR.- Pues ya nada malo puede sucederte, porque su cuerpo reposa en
el sepulcro, y su alma está con los ángeles. Yace en el panteón de su familia. Y
perdonadme que tan pronto haya venido a traeros tan mala noticia, pero vos
mismo, señor, me encargasteis que os avisara de todo.
ROMEO.- ¿Será verdad? ¡Cielo cruel, yo desafío tu poder! Papá papel y
plumas. Busca esta tarde caballos, y vámonos a Verona esta noche.
BALTASAR.- Señor, dejadme acompañaros, porque vuestra horrible palidez
me anuncia algún mal suceso.
ROMEO.- Nada de eso. Déjame en paz y obedece. ¿No traes para mi carta de
Fray Lorenzo?
BALTASAR.- Ninguna.
ROMEO.- Lo mismo da. Busca en seguida caballos, y en marcha. (Se va
Baltasar.) Sí, Julieta, esta noche descansaremos juntos. ¿Pero cómo? ¡Ah,
infierno, cuan presto vienes en ayuda de un ánimo desesperado! Ahora me
acuerdo que cerca de aquí vive un boticario de torvo ceño y mala catadura gran
herbolario de yerbas medicinales. El hambre le ha convertido en esqueleto. Del
techo de su lóbrega covacha tiene colgados una tortuga, un cocodrilo, y varias
pieles de peces fornidos; y en cajas amontonadas, frascos vacíos y verdosos,
viejas semilllas, cuerdas de bramante, todo muy separado para aparentar más.
Yo, al ver tal miseria, pensó que aunque está prohibido, entonces pena de
muerte, el despachar veneno, quizás este infeliz, si se lo pagaran, lo vendería.
Bien lo pensé, y ahora voy a ejecutarlo. Cerrada tiene la botica. ¡Hola, eh!
(Venta el Boticario.)
BOTICARIO.- ¿Quién grita?
ROMEO.- Oye. Tu pobreza es manifiesta. Cuarenta ducados te atreveré por una
dosis de veneno tan activo que, apenas circule por las venas, extinga el aliento
vital tan rápidamente como una bala de cañón.
BOTICARIO.- Tengo esos venenos, pero las leyes de Mantua condenan a
muerte al que los venda.
ROMEO.- Y en tu pobreza extrema ¿qué te importa la muerte? Bien clara se ve
el hambre en tu rostro, y la tristeza y la desesperación. ¿Tiene el mundo alguna
ley para hacerse rico? Si quieres salir de la pobreza, rompe la ley y recibe mi dinero.