Magallanes: La primera vuelta al mundo
Magallanes: La primera vuelta al mundo
Página 2
Stefan Zweig
Magallanes
El hombre y su gesta
ePub r1.5
Titivillus 22.12.2022
Página 3
Título original: Magellan. Der Mann und seine Tat
Stefan Zweig, 1938
Traducción: José Fernández
Página 4
Introducción
Los libros pueden tener su origen en los más variados sentimientos. Se escriben libros
al calor de un entusiasmo o por un sentimiento de gratitud, pero también la
exasperación, la cólera y el despecho puede, a su vez, encender la pasión intelectual.
En ocasiones, es la curiosidad quien da el impulso, la voluptuosidad psicológica de
explicarse a sí mismo, escribiendo, unas figuras humanas o unos acontecimientos;
Pero otras veces —demasiadas— impelen a la producción motivos de índole más
delicada, como la vanidad, el afán de lucro, la complacencia en sí mismo. En rigor, el
que escribe debería dar cuenta de los sentimientos, de los apetitos personales que le
han motivado a escoger el asunto de cada una de sus obras. El íntimo origen del libro
que aquí veis se me aparece a mí mismo con toda claridad. Nació de un sentimiento
algo insólito, pero muy penetrante: la vergüenza.
Sucedió de este modo: el año pasado tuve por primera vez la tan anhelada
oportunidad de un viaje a América del Sur. Sabía que en el Brasil me esperaban
algunos de los paisajes más bellos de la tierra, y en la Argentina un círculo de
camaradas intelectuales cuya compañía sería para mí un inigualable gozo. Y a esta
anticipación, que por sí sola me hubiera hecho el viaje delicioso, uniéronse las
circunstancias inmediatas del mismo: un mar tranquilo, la natural distensión en el
holgado y rápido transatlántico, el sentirse libre de todas las ataduras y de las
cotidianas vejaciones. Gocé infinitamente de los días paradisíacos que duró la
travesía. Pero, de pronto —esto fue en el séptimo u octavo día—, me sorprendí en
flagrante impaciencia. Siempre el mismo cielo azul y el mismo mar azul en calma.
¡Qué largas me parecían las horas de viaje en medio de aquella súbita reacción!
Deseaba íntimamente haber llegado al término y me alegraba la idea de que el reloj,
incansable, iba acortando el tiempo. Ahora, el flojo, el indolente placer de la nada, me
molestaba. Las mismas caras de unas mismas personas llegaban a hastiarme, la
monotonía del movimiento de a bordo me excitaba los nervios, precisamente por la
tranquila regularidad del pulso. ¡Adelante, adelante! ¡Más aprisa, más aprisa! De
pronto, el bello transatlántico, tan lujoso, tan cómodo, no andaba con la suficiente
velocidad.
Tal vez sólo faltaba ese minuto en que se me reveló mi estado de impaciencia
para que inmediatamente me avergonzara de mí mismo. Estás haciendo —me dije,
airado—, la más galana de las travesías en el más seguro de los buques; tienes a tu
disposición todo el lujo que se puede alcanzar en la vida. Si, llegada la noche, la
atmósfera refresca excesivamente en tu camarote, no tienes más que dar vuelta con
dos dedos a una llave y el aire se calienta. Si el mediodía en el ecuador te resulta
demasiado bochornoso, tienes a un paso los ventiladores, que refrescan el aire, y diez
pasos más allá te espera la piscina. En la mesa de este hotel, el mejor provisto, puedes
Página 5
escoger el plato o la bebida que se te antojen, pues de todo hay en este mundo
encantado, como traído por manos de los ángeles. Si así te acomoda, puedes estar
solo y leer libros, o bien hacer una partida de juego, o gozar de la música y de la
sociedad hasta saciarte. Se te brindan todas las comodidades y toda seguridad. Sabes
el término de tu viaje, a qué hora llegarás y que serás acogido amablemente. Y los
habitantes de Londres, París, Buenos Aires, Nueva York conocen también, hora por
hora, en qué punto del universo se encuentra el buque. Te basta subir unos pocos
peldaños, dar unos veinte pasos, y la dócil chispa salta del aparato de telegrafía sin
hilos y lleva tu pregunta, tu saludo, a cualquier punto de la tierra, y al cabo de una
hora, desde donde sea, tu mensaje es correspondido. ¡Acuérdate, impaciente;
acuérdate, descontentadizo, cómo era en otro tiempo! Compara un momento este
viaje de hoy con los de antaño, sobre todo con los primeros viajes de aquellos
temerarios que descubrieron, en beneficio nuestro, estos mares inmensos y un mundo
nuevo, y avergüénzate en su memoria. Intenta representártelos partiendo en sus
frágiles barcas de pescador hacia lo desconocido, ignorantes de los derroteros,
perdidos en lo infinito, continuamente expuestos al peligro, al capricho de las
inclemencias del tiempo y a todas las torturas de la escasez. Sin luz en la noche, sin
más bebida que el agua tibia de las cubas y la que recogieran de las lluvias; sin más
comida que la sosa galleta y el tocino rancio, y aun faltos días y días de esta
somerísima alimentación. Ni una cama, ni el oasis de una tregua, infernal el calor, sin
misericordia el frío, y además la conciencia de la soledad, del desamparo en el
desierto cruel del agua. Allá, en los hogares, durante meses y años, nadie sabía dónde
estaban; ni ellos mismos sabían adónde iban. La escasez era su compañera, la Muerte
los cercaba de noche y de día en mil formas, por mar y tierra; no podían esperar más
que peligros, así de los hombres como de los elementos, y durante meses y años la
soledad más espantosa rodeaba sus míseras embarcaciones. Sabían que nadie saldría
a su socorro, que no encontrarían un solo barco durante meses y meses en aquellas
aguas no surcadas, que nadie los sacaría del apuro y del peligro, ni podrían hacer
saber su muerte, su fracaso. Así revivían en mi interior los primeros viajes de los
conquistadores del mar, y hube de avergonzarme de mi impaciencia.
Una vez experimentado, este sentimiento de vergüenza no se borró de mí en toda
la travesía. El pensamiento de aquellos héroes anónimos no me dejó un instante. Y
quise saber más de quiénes fueron los primeros en afrontar a los elementos, y leer
sobre los primeros viajes por los océanos inexplorados, cuya descripción ya me había
impresionado en los años de mi infancia. Entré en la biblioteca del transatlántico y
cogí al azar unos volúmenes. De entre todas las figuras y todas las rutas, mi
admiración se asió a los hechos del hombre que, en mi sentir, llegó a lo más
extraordinario en la historia de los descubrimientos geográficos: Fernando
Magallanes, el que salió de Sevilla con cinco barcas de pescador para dar la vuelta a
toda la tierra. Tal vez en la historia de la humanidad es la odisea más magnífica esta
partida de los doscientos sesenta y cinco hombres decididos, de los cuales sólo
Página 6
dieciocho volvieron a sus lares en los míseros barcos castigados, pero con la bandera
de la gran victoria en el mástil. No eran muy abundantes las noticias, para mi deseo al
menos, en aquellos libros. De vuelta a mi hogar, leí e investigué más y más,
asombrándome a cada paso de lo poco digno de crédito que se había expuesto hasta
entonces sobre aquella realización heroica. Como ya me ha sucedido otras veces, no
hallé mejor ni más eficaz modo para aclararme a mí mismo el hecho que darle forma
y describirlo para los otros. Así nació este libro, causándome sorpresa a mí mismo, si
he de decir honradamente la verdad. Mientras describía (ajustándome a los
documentos fidedignos a mi alcance, fiel a la realidad) esta segunda Odisea, tenía
continuamente la singular sensación de contar algo inventado, uno de los más altos
anhelos, una de las sagradas leyendas de la Humanidad. ¡Nada hay más excelente que
una verdad que parece inverosímil! Siempre se adhiere a las grandes gestas de la
Humanidad algo de inconcebible, porque, en realidad, se elevan muy por encima del
nivel medio. Es precisamente en lo increíble que ha llevado a cabo como la
Humanidad remoza la fe en sí misma.
Página 7
«Navigare necesse est»
En el principio eran las especias… Desde que los romanos, a través de sus viajes y
sus campañas, empezaron a hallar gusto en los ingredientes estimulantes, calmantes o
embriagadores de Oriente, las tierras occidentales no saben ya prescindir de la
especiería de las drogas índicas, tanto en la cocina como en la bodega. Hasta muy
entrada la Edad Media, la alimentación nórdica resulta sosa hasta lo inconcebible, y
aun las hortalizas hoy día más comunes, como las patatas, el maíz y los tomates,
tardarían todavía mucho en adquirir carta de naturaleza en Europa; el limón como
acidulante y el azúcar para endulzar son todavía una vaguedad, y los sabrosos
tónicos, el café y el té, no se han descubierto aún. Hasta entre los príncipes y la gente
distinguida, la burda voracidad es el desquite de la monotonía sin espiritualidad de las
comidas. Y aparece el prodigio: un solo gramo de un condimento índico, un poco de
pimienta, una flor seca de moscada, una punta de cuchillo de jengibre o de canela
mezclados en la más grosera de las viandas, bastan para que el paladar, halagado,
experimente un raro y grato estímulo. Entre el tono mayor y el menor de lo ácido y de
lo dulce, de lo cargado y de lo insulso, aparecen de pronto una serie de ricos tonos y
semitonos: los nervios del gusto, todavía bárbaros, de la gente medieval nunca se
satisfacen bastante con los estimulantes nuevos: un plato no está en su punto si no lo
cargan de pimienta; llegan a echar jengibre a la cerveza y refuerzan el vino con
especies molidas, hasta que cada sorbo quema en la garganta como la pólvora. Pero
no se limitaba a la cocina el uso de abundantes masas de especiería. La vanidad
femenina es también cada vez más exigente respecto a los aromáticos de Arabia, y va
del almizcle voluptuoso al ámbar sofocante y al dulce aceite de rosas; los tejedores y
tintoreros hacen elaborar para ellas las sedas chinas y los damascos de la India, y los
orfebres, montar las perlas blancas de Ceilán y los azulados diamantes de Narsingar.
Más imperiosamente todavía, la Iglesia católica impulsa el consumo de los productos
orientales, pues de los millares de millones de granos de incienso que levantan el
humo de los incensarios movidos por los celebrantes en los millares de iglesias, ni
uno solo ha salido de tierra europea; cada uno de esos millares de millones de granos
de incienso llegaban por mar, embarcados en tierras de Arabia. También los
boticarios son asiduos clientes de los tan celebrados específicos de Indias, tales como
el opio, el alcanfor, la tan estimada resina, y saben por experiencia que para el
enfermo no hay bálsamo ni droga que parezcan tan activos como los que en los botes
de porcelana que los contienen llevan en letras azules las palabras mágicas arabicum
o indicum. Por su carácter de cosa selecta y rara, y quizá también por lo elevado del
precio, todo lo oriental ejercía una atracción hipnótica en los europeos. Como en el
siglo dieciocho lo francés, los atributos árabe, persa, indostánico, se identificaban en
la Edad Media con los conceptos de exuberante, refinado, distinguido, cortesano,
Página 8
costoso y precioso. Ningún artículo tan apetecido como la especiería. Era como si el
aroma de las flores orientales hubiera enajenado con su mágica influencia el alma de
Europa.
Precisamente porque, con el aceite de la moda, es tanta la demanda, la mercancía
índica se mantiene a altos precios, que siguen subiendo. Hoy son poco menos que
incalculables las curvas de aquellos precios en continua alza, ya que todas las tablas
caen en lo abstracto, y es aún más fácil hacerse cargo de la loca supervaloración de
las especias por vía óptica, recordando que la misma pimienta que hoy hallamos a
libre disposición en cualquier mesa de fonda, y que se prodiga como si fuera arena, al
principio del segundo milenario era contada por granos y casi tan apreciada al peso
como la plata. Tan sólido se consideraba su valor, que eran varios los Estados y
ciudades que calculaban a base de pimienta, como si fuera un metal noble: a cambio
de pimienta se adquirían haciendas, se pagaban dotes y se obtenía el derecho de
ciudadanía; príncipes y ciudades cobraban tributo en pimienta, y cuando en la Edad
Media se quería ponderar la riqueza de un hombre, se le motejaba de saco de
pimienta. El jengibre, la canela, la quina y el alcanfor se pesaban en balanzas de
orfebre o de boticario, tomando la precaución de cerrar puertas y ventanas, no fuera
que una corriente de aire aventara ni siquiera una dracma de polvo precioso. Absurda
podrá parecer hoy esta valorización, tanto como justificada la vemos en cuanto
consideramos las dificultades y el riesgo del transporte. Oriente y Occidente están en
aquel entonces a una distancia imponderable entre sí. ¡Cuántas dificultades y
obstáculos tienen que vencer los buques, las caravanas, los carros en sus trayectos!
¡Qué odisea han de afrontar cada grano, cada flor, desde que se cosechan en el
archipiélago hasta que, llegados a la última playa, descansan sobre el mostrador del
tendero europeo! Ninguna de esas especias es en sí misma una rareza. Allá, a la otra
parte del globo terráqueo, crecen los tallos de canela, de Tidore, los clavos de
Amboina, las nueces moscadas de Banda, los arbustos de pimienta del Malabar, con
la misma prodigalidad y espontaneidad que los cardos en nuestro suelo, y allá en las
islas malayas, un quintal de ellos no tiene más valor que en Occidente lo que cabe de
los mismos en una punta de cuchillo. Pero la mercancía pasa de mano en mano, ¡y
por cuántas ha de pasar hasta llegar, a través de desiertos y mares, a las del
consumidor! Como siempre, la primera mano es la que peor se paga: el esclavo
malayo que coge las flores frescas y, con los haces sobre su morena espalda, las lleva
al mercado, no recibe otro salario que el del propio sudor. Pero su dueño ya empieza
a sacar provecho del negociante mahometano que le compra su carga y la lleva, en
una mala embarcación a remo, bajo el incendio del sol, ocho, diez o más días de las
islas especiarias, hacia Malaca —en las cercanías del actual Singapur—. Aquí está ya
al acecho la primera araña dispuesta a sacar jugo; el señor del puerto, un poderoso
sultán, exige un tributo del negociante para la descarga. Una vez satisfecho el tributo,
el romántico producto puede ser transportado a otra embarcación más grande, y
vuelve a resbalar lentamente, impelido por el ancho remo o la vela cuadrilátera, de
Página 9
una a otra costa índica. Transcurren meses en ese monótono avance, y vienen las
esperas interminables, cuando cae el viento bajo un cielo ardiente, sin nubes; y el
esquivar los tifones y huir de los corsarios… Trabajoso hasta lo indecible y rodeado
de peligros es ese transporte a través de dos, de tres mares tropicales; casi siempre, de
cada cinco barcos sucumbe uno por el camino, bajo la tormenta o el asalto de los
piratas.
El comprador de la mercancía bendice a Dios cuando ha podido dar felizmente la
vuelta a Camboya y alcanza por fin Ormuz o Adén y, con ello, el paso a la Arabia
feliz o a Egipto. Pero no es menos deficiente la forma de fletamento que aquí
empieza, ni menos arriesgada. Largas hileras de millares de resignados camellos
esperan en aquellos puertos de transición. Dóciles a la señal de su dueño, se
arrodillan, y un saco detrás de otro, los haces de pimienta y de nuez moscada vienen
sobre el lomo de aquellos barcos de cuatro patas que oscilarán lentamente a través del
mar de arena. Durante meses las caravanas árabes llevan las mercancías índicas, por
Basora, Bagdad y Damasco, y Beirut y Trebisonda, o por Dschidda al Cairo, nombres
que resuenan con las maravillas de Las mil y una noches. Antiquísimas son esas
largas rutas a través del desierto, y familiares a los mercaderes desde el tiempo de los
faraones y de los bactrianos. Pero no menos las conocen, por desgracia, los beduinos
—esos piratas del desierto—. A veces un ataque osado y rápido aniquila en un
momento el fruto adquirido y defendido a duras penas durante muchos meses. Lo que
habría escapado felizmente a las tempestades de arena y a los beduinos, tienta la
codicia de otros: emires de Hedscha, sultanes de Egipto y Siria, que exigen el tributo,
y costosísimo por cierto, para cada fardo —se calcula en cien mil ducados lo que se
recauda anualmente por derechos de pasaje de especias solamente en Egipto—. Y por
fin cuando el cargamento ha alcanzado la desembocadura del Nilo cerca de
Alejandría, le espera un nuevo usufructuario, y no el menos exigente, en la flota de
Venecia. Desde la pérfida abolición de la competidora Bizancio, la pequeña
República de Venecia se ha apropiado el monopolio del comercio oriental de las
especias; la mercancía, en vez de ir directamente a su destino, ha de pasar por el
Rialto, donde los factores alemanes, flamencos e ingleses la encarecen. Y de allí, en
carros de anchas ruedas, atravesarán las nieves y los hielos de los pasos alpinos, las
mismas especias que dos años antes brotaban al sol tropical, hasta dejarlas en poder
del tendero europeo y, por ende, en manos del consumidor.
Por doce manos si no más —así lo apunta melancólicamente Martín Behaim en su
famosa Esfera del Mundo de 1492—, ha de pasar usurariamente la especia índica
antes de llegar a la última, la del consumidor. «Ítem, conviene saber que la especiería
ha de pasar por muchas manos antes de llegar a la venta en nuestra tierra». Ni aun
siendo doce las manos que se reparten la ganancia, se satisface cada una de ellas con
el áureo jugo de las especias índicas. A través de todos los riesgos y obstáculos, el
comercio de la especiería se considera el más lucrativo de los de la Edad Media, pues
en él se reúnen el más pequeño volumen y el margen más grande de beneficio. Si de
Página 10
cinco embarcaciones —la expedición de Magallanes es de esto un vivo ejemplo— se
pierden cuatro con su cargamento, y si de los doscientos sesenta y cinco hombres que
partieron vuelven sesenta y cinco, el mercader no solamente no habrá perdido nada
en el juego, sino que saldrá aún ganando: si de los cinco barcos vuelve uno solo al
cabo de tres años, su carga compensa con creces del desastre, pues un solo saco de
pimienta vale en el siglo XV más dinero que toda una vida humana. ¡No es, pues,
maravilla el que, con la gran oferta de menospreciadas vidas humanas y la
avasalladora demanda de especias, las cuentas se salden siempre a pedir de boca! Los
palacios de Venecia y los de los Fugger y Welser se construyeron casi exclusivamente
con dinero ganado en la especiería índica.
Pero la envidia va unida a los grandes beneficios como la herrumbre a la hoja de
acero. Todo privilegio será estimado por los otros como injusticia, y allí donde sólo
un pequeño grupo se enriquece en demasía, se forma inevitablemente una coalición
de los perjudicados. Hace muchos años que genoveses, franceses y españoles miran
con evidente animosidad a los más listos venecianos que han sabido captar los
chorros del oro en el Gran Canal, y con más enojo todavía vuelven los ojos hacia
Egipto y Siria, donde el Islam tiene echada una cadena infranqueable entre la India y
Europa. No le es permitido a ningún buque cristiano surcar el mar Rojo, ni a ningún
comerciante le es lícito el paso; todo el comercio índico queda rigurosamente
limitado a las manos de los mercaderes turcos y árabes, con lo cual no solamente
sube inútilmente de precio la mercancía para los consumidores europeos y se le hace
imposible desde un principio toda ganancia al comercio cristiano, sino que también se
corre el riesgo de que todo el sobrante de metal rico fluya hacia Oriente, ya que las
mercancías europeas no tienen, ni con mucho, el valor de trueque alcanzado por las
preciosas materias índicas. Bastaba este sensible déficit comercial para que la
impaciencia de Occidente aumentase cada vez más, ansiosa de sustraerse al ruinoso y
rebajante dominio, hasta que las energías hallaron su punto de convergencia. Las
Cruzadas no fueron solamente —como románticamente se ha interpretado— un
intento puramente místico para arrebatar a los infieles la tierra donde se erige el Santo
Sepulcro; esta primera coalición cristiano europea representaba asimismo el primer
esfuerzo lógico y ordenado conscientemente para echar abajo aquella barrera que
vedaba el mar Rojo, y franquear a Europa y a la cristiandad el comercio con Oriente.
Como este golpe se frustró y, no pudiendo arrebatar Egipto a los mahometanos, el
Islam continuaba atajando el camino de la India, se despertó el deseo de encontrar
otro camino libre, independiente. El valor que dio el impulso a Colón para explorar
hacia Occidente, a Bartolomé Díaz y a Vasco de Gama hacia el Sur, y a Cabot al
Norte, hacia el Labrador, nació, ante todo, de la voluntad de descubrir, por fin, en
beneficio del mundo occidental, una ruta marítima libre, sin pago de derechos,
quebrantando así la ignominiosa prepotencia del Islam.
En todo descubrimiento o invención hay un estímulo moral, una fuerza alada del
espíritu; pero, muy en general, lo que da el empuje definitivo hacia la realización es
Página 11
la conciencia de unos móviles materiales. Cierto que el rey y sus consejeros se
hubieran entusiasmado, en todo caso, con la atrevida idea que encerraban los
propósitos de Colón y de Magallanes de buscar un mundo nuevo; pero nunca el
dinero necesario para sus planes hubiera corrido el riesgo, nunca los príncipes y los
especuladores hubieran armado y puesto a su disposición una flota, sin la perspectiva
de poder sacar enormes réditos de la suma empleada en el viaje de descubrimiento.
Detrás de los héroes de aquella edad de los descubrimientos se movían como fuerzas
impulsivas los negociantes; también este primer impulso heroico hacia la conquista
de un mundo partía de fuerzas muy terrenales. En el principio eran las especias…
Página 12
sabe si África es habitable más allá del Trópico y si el omnisciente griego mintió
burdamente al pretender que el inexplorado continente no se puede rodear
navegando, y que no hay camino que lleve al mar de la India? Entonces Portugal,
precisamente porque está en un extremo occidental, sería la verdadera palanca de
todos los descubrimientos, el pueblo que tiene más corto el camino de la India. Lejos
de ser repelida por el océano, sería destinada a la navegación como ninguna otra
tierra de Europa. Este sueño de elevar el pequeño Portugal su poder a primera
categoría marítima y de convertir en estrecho el océano Atlántico, considerado hasta
aquel día como una barrera, es in nuce la idea vital del infante Enrique, a quien la
Historia, con razón y sin ella, llama Enrique el Navegante. Sin razón porque, salvo su
corto viaje a Ceuta con fines guerreros, Enrique no subió a bordo de una nave, ni
existen de su mano libros, tratados náuticos ni mapas. Pero también hay razón para
otorgarle el nombre de Navegante, porque el hijo de príncipes dedicó toda su vida y
su fortuna a la navegación y a los navegantes. Ya en el sitio de Ceuta —1492—, uno
de los hombres más acaudalados del país se da cuenta de la brillante eficacia a que
podría llevar sus ambiciones aquel hijo de un príncipe portugués y sobrino de un rey
de Inglaterra; todas las cortes le invitan y los ingleses le brindan un alto mando. Pero
el visionario singular elige como forma de vida la soledad creadora. Se retira a Cabo
Sagres, el un día sagrado promontorio de los antiguos, y desde allí prepara, por
espacio de unos cincuenta años el viaje marítimo en dirección a la India y, con él, la
gran ofensiva contra el mare incognitum.
Lo que inspiraba valor a aquel temerario iluso para sostener decididamente,
contra las más altas autoridades cosmográficas de su tiempo, contra los secuaces de
Ptolomeo, que África no era un continente pegado al Polo, sino que podía rodearse
navegando y era el verdadero camino marítimo para la India, es un último secreto que
no se descifrará así como así. Nunca, empero, había cedido del todo la sospecha —
que también asomaba en Heródoto y en Estrabón— de que una vez, en los oscuros
tiempos faraónicos, una flota fenicia había bajado por el mar Rojo y, sin voluntaria
revisión, al cabo de dos años había regresado a través de las Columnas de Hércules
—el estrecho de Gibraltar—. También podía haber tenido noticia el infante, por boca
de algún mercader de esclavos moros, de que allende la Libia desértica y el arenoso
Sahara se extendía una tierra de los tesoros, bilat ghana, y, en efecto ya en un mapa
que en 1150 delineó un cosmógrafo árabe para el rey de los normandos Rogerio II, se
destacaba muy bien la actual Guinea bajo ese nombre de bilat ghana. Entra en lo
posible que Enrique, por medio de asiduos informadores, estuviera más enterado de
la forma real de África que los geógrafos escolásticos, que sólo sabían jurar con la
mano puesta sobre los códices de Ptolomeo y desechaban como fabulosos los
informes de Marco Polo y de Ibn Battuta. La importancia moral de la actitud de
Enrique estriba en haber reconocido, a la vez que la magnitud del objetivo, las
dificultades que éste suponía, convencido con noble resignación de que él no podía
ver ya realizado su sueño, pues no basta una generación para preparar una tan magna
Página 13
empresa. Porque, ¿quién hubiera osado entonces emprender un viaje por mar desde
Portugal a las Indias sin tener conocimiento del mar y sin los buques aptos para la
travesía? No es fácil imaginar lo primitivos que eran a la sazón los conocimientos
geográficos y náuticos en Europa. En los caóticos siglos de ofuscación que siguieron
a la caída del Imperio romano, la Edad Media había olvidado casi todas las nociones
que los griegos, fenicios y romanos trajeron de sus arriesgados viajes. Habíase hecho
increíble como un cuento, en aquellos siglos de horizontes limitados, la proeza de un
Alejandro llegando a las fronteras de Afganistán y penetrando hasta la India. Perdidos
los primorosos mapas, las ilustraciones del universo de los romanos, y maltrechas sus
vías militares y sus piedras miliarias, que se extendían hasta el interior de Inglaterra y
de Bitinia; desaparecido su servicio de noticias políticas y geográficas, habían
decaído el gusto de descubrir, la facultad de viajar y el arte de la navegación. Sin
aquel objetivo atrevido en lontananza, sin una buena brújula, sin mapas
suficientemente claros, las pequeñas embarcaciones van costeando de un puerto a
otro, recelando continuamente de la tormenta o de la no menos temible piratería. En
medio de una decadencia tal de la cosmografía y con unos barcos lamentables, era
demasiado temprano todavía para someter los océanos y conquistar reinos de
ultramar. Lo que durante siglos de indiferencia se había malogrado, tenía que
recuperarse con una generación de sacrificio. Y Enrique —ésta es su grandeza— tuvo
la decisión de sacrificar toda una vida a realizaciones futuras.
Del que fue un día castillo de Cabo Sagres quedan en pie sólo un par de paredes
rotas. Lo que el príncipe Enrique erigía, un heredero de su ciencia, muy
desagradecido por cierto, Francis Drake, lo removió y demolió. Hoy es casi imposible
sacar en claro, de entre las sombras y los velos de la leyenda, el detalle de las
particularidades en que se movía el príncipe Enrique para asentar los precedentes de
las conquistas portuguesas. Según los informes, tal vez románticos, de sus cronistas
de cámara, recorría los cuatro puntos cardinales para procurarse todos los libros y
mapas imaginables, llamaba a los sabios árabes y judíos y les mandaba construir
mejores instrumentos y componer tablas. No había navegante o capitán de regreso de
un viaje a quien no hiciera preguntas, y todas las noticias y experimentaciones eran
cuidadosamente ordenadas en un archivo privado, a la vez que concertadas una serie
de expediciones. El arte de la construcción de naves es fomentado sin tregua, y en
pocos años sustituyen a las antiguas «barcas», o sea, botes de pesca abiertos, con una
tripulación de dieciocho hombres, las genuinas «naos», anchas embarcaciones de
ochenta y cien toneladas, capaces de soportar los azares atmosféricos en la
navegación de alta mar. Este nuevo tipo más apto de buque determinó el empleo de
un nuevo tipo de navegante. Agrégase al timonel un «Maestro en astrología», nauta
experimentado en la lectura de los portulanos y en la fijación de las declinaciones y
de los meridianos. Teoría y práctica se reúnen con ánimo creador, y paulatinamente
va saliendo de las expediciones de simples pescadores y marineros una generación de
navegantes y descubridores sistemáticamente formados, cuyas gestas quedan
Página 14
reservadas al porvenir. Como Filipo de Macedonia legaba a su hijo la invencible
falange para la conquista del mundo, así legó Enrique de Portugal los mejores
buques, los más adelantados de su época y los hombres de mar mejor dispuestos para
la conquista del océano.
Pero un trágico sino de los precursores es morir en el umbral sin haber divisado la
tierra de promisión. Enrique no consiguió vivir ni uno solo de los grandes
descubrimientos que inmortalizaron a su patria en la historia del descubrimiento del
mundo.
En 1460, el año de su muerte, apenas se ha alcanzado algo visible en un sentido
propiamente geográfico, pues el tan sonado descubrimiento de las Azores y de
Madeira no fue otra cosa que un segundo descubrimiento —el Portulano Laurentino
las registraba ya en 1351—. Sus barcos, en la costa occidental, no han logrado
siquiera llegar al ecuador, y no han de conseguir mayor fama con el pequeño tráfico
iniciado: el del marfil blanco; ni tampoco con el del «marfil negro», o sea la masa de
hombres negros robados en la costa senegalesa para venderlos en el mercado de
esclavos de Lisboa; ni vale la pena el poco polvo de oro encontrado. Estos
insuficientes preliminares es todo lo que Enrique pudo ver de su soñada acción. Pero,
en realidad, el éxito decisivo está logrado. Porque el primer triunfo de la navegación
portuguesa en aquel entonces no consiste precisamente en el trecho recorrido, sino en
un factor de carácter moral: en el acrecentamiento del apetito emprendedor y en la
abolición de una leyenda nefasta. Por siglos y siglos se había susurrado entre
hombres de mar que detrás del cabo No —«no más allá»— (Bojador), la navegación
se hacía imposible. Allá detrás empezaba «el mar verde de lo misterioso», y ¡ay del
barco que se aventurase a entrar en la zona mortífera, porque en aquellos parajes el
mar hierve y las tablas y el velamen se convertirían inmediatamente en llama viva, y
la piel del cristiano que intentara hollar la Tierra de Satanás, adusta como un paisaje
volcánico, se volvería negra al instante! Tan insuperable se había hecho, al arrullo de
tales fábulas, el horror de un viaje al Sur, que el Papa, con la intención de
proporcionar a Enrique unos tripulantes para las primeras expediciones, aseguraba a
los que participaran en ellas la remisión de sus culpas; así se logró reclutar, para los
primeros viajes de exploración, unos pocos hombres arrojados. ¡Qué júbilo cuando,
en 1434, Gil Eannes dio la vuelta a ese cabo No!, reputado inabordable, y pudo
anunciar desde Guinea que aquel tan famoso Ptolomeo acababa de revelarse como un
atolondrado, ya que «aquí se puede navegar a la vela tan fácilmente como en nuestras
aguas, y la tierra es en extremo rica y hermosa». El punto muerto ha sido vencido.
Ahora, Portugal ya no se verá precisado a reclutar la tripulación, porque de todas las
tierras llegan ofrecimientos de voluntarios, aventureros de raza o gente dispuesta a
catar la aventura. Cada nuevo viaje feliz acrecienta la temeridad de los tripulantes, y,
de pronto, se dispone de una generación de jóvenes para los cuales la aventura
importa más que la vida. Navigare necesse est; vivere non est necesse. Este proverbio
Página 15
de la gente de mar vuelve a ejercer su dominio en las almas. Y ya es sabido que
donde exista una generación decidida, el mundo se transformará.
La muerte de Enrique representa el punto en que se toma aliento para dar el gran
salto. Así y todo, el avance que se inicia con la elevación al trono del rey Juan II llega
a superar las mejores esperanzas. Lo que hasta entonces había sido paso de caracol se
convierte de una vez en torrente impetuoso y en salto leonino. Ayer se señalaba como
un gran logro el hecho de salvar a la vela, al cabo de doce años de tanteos, las pocas
millas hasta el cabo Bojador, y se necesitaban otros doce de lento avance para llegar a
Cabo Verde; desde ahora ya no se considera nada extraordinario una embestida de
cien, de quinientas millas.
Tal vez nuestra generación, la que ha vivido la conquista del aire; nosotros que
nos alborozamos ya al saber que un avión se había sostenido en el aire hasta la
distancia de tres, de cinco kilómetros del Campo de Marte, y que diez años más tarde
hemos visto volar sobre continentes y océanos, seamos los únicos capaces de
imaginar la ardiente solidaridad, la jubilosa excitación con que toda Europa
acompañó el súbito empuje de Portugal hacia lo desconocido. En 1471 se alcanzaba
el ecuador; en 1484, Diego Cam ponía pie en la desembocadura del Congo y,
finalmente, en 1486 se cumplía el sueño profético de Enrique: el navegante portugués
Bartolomé Díaz llegaba a la punta sur del África, al cabo de Buena Esperanza,
bautizado primero con el nombre de cabo de las Tormentas, en memoria de las
tormentas que allí tuvieron que soportar. Pero el valiente conquistador, aunque la
tormenta haya rasgado las velas y quebrado el árbol, guía decididamente el timón
más adelante. Ya ha llegado a la costa oriental de África, desde donde no dejan de
procurarse fácil acceso a la India los pilotos mahometanos. Pero he aquí que los
tripulantes se amotinan, y Bartolomé Díaz, herida el alma, ha de renunciar y volver
atrás, perdiendo así por culpa ajena la gloria de haber sido el primer europeo que
forzara la ruta de las Indias, gesta que llevará a cabo otro portugués, Vasco de Gama,
dando lugar a que Camoens lo inmortalice en su poema. Como siempre, el que
comienza, el trágico iniciador, quedará olvidado, en beneficio del más afortunado que
lleva a cabo el hecho. Sea como fuere, el paso decisivo está dado. Por primera vez, la
figura geográfica del continente africano queda fijada, y probado, contra la opinión
de Ptolomeo, que la libre ruta marítima a la India es un hecho práctico. Los discípulos
y herederos de Enrique, una generación después de su maestro, realizan lo que fue
ilusión de su vida entera.
Con asombro y envidia vuelve el mundo la mirada hacia el pequeño pueblo
perdido en un rincón extremo de Europa, del cual no se hacía caso. Mientras las
grandes potencias: Francia, Italia, Alemania, se despedazaban en insensatas guerras,
Portugal, la cenicienta de Europa, ensanchaba sus dominios en una proporción de
millares respecto al territorio estricto del reino. ¿Quién podrá atajar su vuelo? ¿Quién
la aventajará? De la noche a la mañana, Portugal se ha convertido en la primera
nación marítima del mundo y se ha asegurado con sus empresas no solamente la
Página 16
posesión de nuevas provincias, sino también el dominio de verdaderos mundos. Diez
años más, y esta nación, la más pequeña de Europa, pretenderá la posesión y régimen
de más amplios espacios, como no lo fueron ni los que poseyó el Imperio romano en
la época de su mayor expansión.
Es evidente que la exigencia imperialista llevada a tal extremo, al ser puesta en
práctica habrá de agotar pronto las energías de Portugal. Un muchacho hubiera
podido prever que un país de millón y medio de habitantes no podrá mucho tiempo
por si solo ocupar, colonizar, administrar, ni siquiera monopolizar comercialmente
toda el África la India y el Brasil, y menos aún defenderlos por un tiempo
incalculable de los celos de las demás naciones. Una gota de aceite no puede calmar
un océano turbulento, ni una tierra del tamaño de un alfiler tener sometidas unas
tierras cien mil veces más extensas. Desde un punto de vista racional, la ilimitada
expansión de Portugal representaba un absurdo, una quijotada de las más peligrosas.
Pero lo heroico es siempre irracional y antiracional; siempre que un hombre o un
pueblo se lanzan a una empresa que rebase su propia medida, crecen también sus
fuerzas hasta lo nunca imaginado. Tal vez no haya otra nación que en un único
momento triunfal se concentrara más eficazmente que Portugal en el transcurso del
siglo XV: no solamente el país crea de improviso su Alejandro y sus argonautas con
Albuquerque, Vasco de Gama y Magallanes, sino también su Homero en el poeta
Camoens, y su Livio en Barros. Eruditos, arquitectos, grandes comerciantes, ocupan
cada uno su sitio: como la Grecia bajo Pericles, Inglaterra bajo Isabel y Francia al
mando de Napoleón, un pueblo realiza en forma universal su íntima idea y se ofrece
al mundo como un hecho viviente. Portugal se convierte por un momento, inolvidable
ante la Historia, en la primera nación europea, la que acaudilla a la Humanidad.
Pero la gran acción de un pueblo en particular se realiza siempre para todos los
pueblos. Todos ellos barruntan que ese primer asalto a lo desconocido rompe con las
medidas, nociones e ideas de distancia hasta entonces aceptadas. Por eso, con
impaciencia palpitante, en todas las cortes, en todas las universidades, se está al
acecho de las últimas noticias de Lisboa. Con señalada clarividencia, Europa se da
cuenta del poder fecundador de este hecho portugués que ensancha al mundo;
comprende que la navegación y el descubrimiento están llamados a transformar el
mundo más decisivamente que todas las guerras y todos los protocolos, y que una
época centenaria, milenaria, la Edad Media, ha tocado a su fin, y se inaugura una
nueva edad que pensará y creará dentro de otras dimensiones de espacio. Sintiendo
plenamente el momento histórico, un humanista de Florencia, Policiano, levanta la
voz solemnemente, como representante de la razón pacífica, en loor de Portugal, y
vibra en sus palabras entusiastas el agradecimiento de toda la Europa culta: «No
solamente ha dejado detrás de sí las Columnas de Hércules y apaciguado el océano
enfurecido, sino que ha establecido al mismo tiempo la unidad del mundo habitado,
que no podía realizarse. ¡Cuántas nuevas posibilidades y ventajas económicas, qué
elevación del conocimiento y de confirmaciones de la antigua ciencia, hasta hoy
Página 17
desechadas como increíbles, se nos prometen todavía! Nuevas tierras, nuevos mares,
nuevos mundos —alii mundi— surgen de una oscuridad de siglos. Portugal es hoy el
custodio y el centinela de un mundo más».
Venient annis
sæcula seris, quibus Oceanus
vincula rerum laxet et ingens
pateat tellus, Typhisque novos
detegat orbes, nec si terris
Ultima Thula.
Página 18
En verdad, parece que ha llegado «el tiempo en que el océano revela, tras de
siglos, su secreto y aparece una tierra desconocida; cuando el piloto argonáutico
descubre otros mundos y Thule ya no es el sitio más remoto de nuestra tierra». Cierto
es que Colón, el «piloto argonáutico» no sospecha haber descubierto una nueva parte
del mundo. Hasta el fin de su vida, el obstinado fantaseador se había encerrado en la
ilusión de que ya había alcanzado el continente de Asia, y que navegando hacia el
occidente de su Hispaniola podrá pisar la tierra en la desembocadura del Ganges, tras
pocos días de navegación. Es esto precisamente lo que infunde un miedo mortal a los
portugueses. Porque, ¿de qué le servirá a Portugal la carta del Papa concediéndole en
el viaje a Oriente todas las tierras, si ahora, antes de la final embestida, en los últimos
momentos, España viene a quitarle la India por el más corto camino occidental? Con
esto perderían su sentido la labor de cincuenta años de Enrique, y los afanes de los
cuarenta años que a su muerte siguieron. Las islas se malograrán para Portugal
gracias a la loca aventura del maldito genovés. Si Portugal quiere hacer valer su
preeminencia y sus derechos sobre la India, no le queda ahora más elección que
tomar las armas contra el intruso.
Página 19
Por grotesca que a primera vista pueda parecer una generosidad que divide entre
dos únicas naciones casi la totalidad del mundo, sin acordarse de las otras, hemos de
admitir en esta solución pacífica uno de los escasos actos razonables de la Historia,
con el cual se resuelve un conflicto no por la violencia, sino por medio de un pacífico
acuerdo. Quedaba prácticamente conjurada, durante años y decenios, toda guerra
colonial entre Portugal y España gracias al Tratado de Tordesillas, aunque, desde un
principio, la solución sólo pudiera ser provisional. Porque cuando se corta una
manzana no se sabe lo que queda en el interior de cada parte, más allá de la línea del
corte. ¿Dentro de cuál de las dos mitades se encuentran las apetecidas, las tan ricas
islas de las especias? ¿Al este o al oeste del corte, en el otro hemisferio? De momento
no pueden adelantarlo ni el Papa ni los eruditos, porque nadie ha medido aún la
redondez de la Tierra, y la Iglesia, por su parte, de ningún modo quiere reconocer
públicamente la forma esférica del cosmos. De todas maneras, bastante tienen que
hacer ambas naciones, antes de que llegue la decisión final, con zamparse las
inmensas tajadas que la suerte les ha echado: la colosal América, a la pequeña
España; y toda la India y el África, al diminuto Portugal.
Página 20
descubrimientos serán de memoria perdurable. En 1498, Vasco de Gama, «al servicio
de Dios y provecho de la corona portuguesa» como expresa con orgullo el rey
Manuel, llega a la India, desembarcando en Calicut (Kozhikode); aquel mismo año,
Cabot, en calidad de capitán al servicio de Inglaterra, otea Terra Nova y, con ella la
costa norte de América, y a la vuelta de un año, simultáneamente y cada uno por su
lado, Pinzón bajo pabellón español y Cabral bajo el portugués, descubren el Brasil, en
tanto que Corterreal emula, a quinientos años de distancia, la empresa de los vikingos
pisando la tierra de Labrador. En los primeros años del nuevo siglo dos expediciones
portuguesas, una de ellas guiada por Américo Vespucio rozan la costa sudamericana
hasta cerca del Río de la Plata. Y en 1506 los portugueses descubren Madagascar; en
1507, Mauricio; en 1509 llegan a Malaca, y en 1511 la toman por asalto, que es como
tener en la mano la llave del archipiélago malayo. En 1512, Ponce de León franquea
Florida; en 1513, Núñez de Balboa es el primero de los europeos que contempla
desde Darien el océano Pacífico. En adelante ya no hay mares desconocidos para la
Humanidad. En el corto espacio de cien años la navegación se ha superado en sus
actividades no ya como cien veces, sino como mil. Mientras en 1418, a las órdenes de
Enrique, ya se vio con asombro la llegada a Madera de las primeras barcas, en el año
1518 unos barcos portugueses llegan —compárense las distancias en el mapa— a
Cantón y a tierra japonesa; un viaje a las Indias se considerará pronto empresa muy
por debajo de la que significaba antaño el viaje hasta cabo Bojador. A este paso, la
figura del mundo se transformará y se ampliará de año en año, de un mes a otro. Los
grabadores de mapas y los cosmógrafos ocupan día y noche sus mesas de trabajo en
los talleres de Augsburgo y no pueden dar abasto a los numerosos encargos. Les
arrebatan el grabado de las manos, todavía húmedo y sin colorear; y tampoco bastan
al afán de noticias del mundus novis los informes de viajes y los atlas con que los
impresores acuden a las ferias de libros. Pero apenas los cosmógrafos han grabado
sus mapas mundiales pulcra y exactamente, ajustándose a las últimas referencias,
llegan ya nuevos informes y es preciso hacer el trabajo desde el principio, pues lo que
se creía isla ha resultado ser continente. Hay que trazar otros ríos, costas y montes, y
así, los grabadores tienen que empezar otro mapa, rectificado y ampliado, no bien han
terminado el nuevo. Nunca, ni antes ni después, la Geografía, la Cosmografía y la
Cartografía han llegado a un ritmo tan acelerado, tan arrollador, como en aquellos
cincuenta años progresivos, durante los cuales se fijaban la forma y la extensión de la
Tierra por primera vez desde que los hombres viven, respiran y piensan, y ellos
mismos aprendían a conocer el planeta en el cual, desde el principio de los tiempos,
son llevados por el espacio. Y todo ello en una generación. Soportaban sus
navegantes toda clase de peligros en beneficio de la posteridad, franqueaban sus
conquistadores todos los caminos, y resolvían sus héroes todos o casi todos los
propósitos. Un solo hecho quedaba por cumplir, el último, el de más bizarría, el más
costoso: dar la vuelta a toda la Tierra en un buque, y en este único viaje medir y
probar con toda evidencia la forma redonda de nuestra tierra, contra todos los
Página 21
cosmólogos y los teólogos del pasado. Y éstos serán la idea y el destino del portugués
Fernão de Magelhaes, que conocemos por Magallanes.
Página 22
Magallanes en las Indias
Los primeros barcos portugueses que salían del Tajo hacia la lejanía incógnita habían
servido al descubrimiento; los segundos procuraban establecer relaciones comerciales
con los nuevos territorios descubiertos, en un plan pacífico. La tercera flota ya
presenta en su equipo un carácter guerrero. Este triple ritmo caracterizará toda la
época colonizadora que empezaba en 25 de marzo de 1505. Durante siglos se repetirá
el mismo proceso: primero se erigirá la factoría; luego, la fortificación para su
pretendido amparo. Al principio se negociará pacíficamente con los dominados
indígenas; después, así que se disponga de un número suficiente de soldados, se les
tomarán las tierras y, con ellas, toda la mercancía. Diez años han pasado apenas y
Portugal, en medio de sus nacientes prosperidades, ya no se acuerda de que su única
ambición era tener una modesta participación en el comercio de las especias de
Oriente. Los buenos propósitos se desvanecen muy pronto en la bienandanza; desde
el día que Vasco de Gama entra en las Indias, siente Portugal el prurito de echar fuera
a las demás naciones. Considera el África, las Indias y el Brasil como un coto
particular. En lo sucesivo, desde Gibraltar a Singapur y a la China, ningún barco
cortará los mares ni se atreverá nadie al tráfico en todo el hemisferio si no pertenecen
a la nación más pequeña de la pequeña Europa.
Magno espectáculo el de aquel 25 de marzo de 1505, cuando la primera flota de
guerra portuguesa que ha de conquistar el nuevo Imperio —el más extenso de la
Tierra— sale del puerto de Lisboa: un espectáculo sólo comparable en la Historia al
de Alejandro Magno atravesando el Helesponto; también aquí el propósito es arduo,
porque la flota sale asimismo para subyugar no ya a un pueblo, sino a un mundo.
Veinte buques esperan con las velas tensas el mandato del rey para levar anclas; no
son barcas abiertas, de pequeña dimensión, como en tiempos de Enrique, sino anchos
y ponderados galeones con altos castillos a ambos extremos, poderosos barcos de
vela con tres y cuatro mástiles, y tripulados por hombres aptos. Al lado de los
centenares de marineros ejercitados en la guerra, muévense a bordo no menos de mil
quinientos soldados armados de punta en blanco y doscientos granaderos; hay,
además, carpinteros y artesanos de toda clase, que, una vez en la India, montarán
nuevas embarcaciones sobre el terreno.
Bastará una mirada para que cualquiera se dé cuenta de que una flota gigante sólo
por una finalidad gigante puede ser impulsada: la toma de posesión de la tierra
oriental. No en vano se ha impuesto al almirante Francisco d’Almeida el título de
Virrey de Indias, ni es casualidad que el primer héroe y navegante de Portugal, Vasco
de Gama, almirante de las aguas índicas, haya presidido el equipo de la flota. El
propósito militar de Almeida no es dudoso. Almeida va a devastar todas las ciudades
Página 23
comerciales de Indias y del África, a instalar fortificaciones y a establecer una
guarnición en todos los puntos estratégicos. Adelantándose a la que sería idea política
de Inglaterra, va a hacerse fuerte en todos los puntos de salida o de paso y a bloquear,
desde Gibraltar a Singapur, todos los estrechos, para cerrar el paso al tráfico
comercial extranjero. El virrey tiene, además, a su cargo el aniquilamiento del poder
naval del sultán de Egipto, así como el del rajá indio, y una vigilancia de todos los
puestos tan severa, que ningún buque sin pasaporte portugués podrá cargar desde este
año del Señor, 1505, ni siquiera un gramo de especias. Y van de la mano esta misión
militar y otra misión ideológica religiosa: la expansión del cristianismo a todas las
tierras conquistadas; por esto la expedición guerrera tiene, al mismo tiempo, el
ceremonial de una Cruzada. Por su propia mano confía el rey a Francisco d’Almeida,
en la catedral, la nueva bandera de damasco blanco que lleva entretejida la Cruz de
Cristo y ha de tremolar victoriosa sobre los territorios paganos y moriscos. De
rodillas la aceptan el almirante y los mil quinientos soldados, que hacen Juramento de
fidelidad a su señor en la Tierra, el rey de Portugal, después de haber confesado y
comulgado para unirse con su Señor celestial, cuyo reinado han de establecer sobre
aquellos países forasteros. Con solemnidad procesional atraviesan la ciudad, camino
del puerto; retruena la artillería en señal de despedida, y los galeones resbalan con
grandiosidad en la corriente del Tajo hacia el mar abierto que su almirante es el
llamado a conquistar para Portugal hasta el otro extremo de la Tierra.
Entre los mil quinientos que prestan juramento de fidelidad ante el altar, con la mano
levantada, hay también de rodillas un hombre de veinticuatro años, hasta entonces de
nombre oscuro. Es Fernando de Magallanes. Poco se conoce de su pasado, a no ser
que nació en 1480; ya no hay acuerdo al tratar del lugar del nacimiento: el de
Sabrosa, en la provincia de Tras os Montes, que defienden los cronistas del tiempo, se
ha demostrado como falso en posteriores investigaciones, por ser falsificado el
testamento del cual se sacó la noticia; el más verosímil de los datos es el que sitúa a
Porto su nacimiento. Tampoco se tienen más datos de su familia que el de su nobleza,
y ésta de cuarto grado, la de «fidalgos de cota de armas», ascendencia que da a
Magallanes el derecho de llevar y traspasar en herencia un escudo propio y le abre las
puertas de la corte real. Se supone que, siendo más joven, sirvió a la reina Leonor de
Portugal como paje, sin que esto aclare nada sobre otra posición cualquiera de mayor
importancia durante los años anónimos. Así, cuando el «fidalgo» entra en la flota a
los veinticuatro años, no es más que un «sobresaliente» entre tantos, y uno más entre
los mil quinientos hombres de guerra subalternos que comen, viven y duermen en la
cámara del barco, en común con los trabajadores de a bordo y los grumetes, un
«soldado desconocido» más, de los que a millares salen a la conquista del mundo en
Página 24
esta campaña, de los cuales muchísimos caerán, y quedarán una docena para contar la
aventura, y uno sólo que se llevará la gloria imperecedera del hecho colectivo.
Magallanes es, pues, en este viaje, uno de los mil quinientos, y nada más.
Buscaríamos en vano su nombre en las crónicas de la guerra de Indias, y poco más
podemos asegurar honradamente de todos aquellos años, a no ser su inigualable valor
como años de aprendizaje para el futuro viajero del mundo. Un sobresaliente no se
escapa de manejar las velas en las tormentas y de aguantar firme al servicio de las
bombas del agua, y hoy ha de formar en el asalto de una ciudad, y mañana le toca
acarrear la arena para construir fortificaciones bajo un sol ardiente. Tiene que llevar a
cuestas fardos de mercancías para el trueque y hacer centinela en las factorías, y
pelear en tierra firme o a bordo, y ser tan diestro en el manejo de la sonda como de la
espada, y saber obedecer y saber mandar. Partícipe en todo, aprende a poner el alma
en todo, y será a la vez soldado, navegante, mercader y conocedor de la gente, de las
tierras, de los mares y de los astros. Ya de joven el destino le asoció a los grandes
acontecimientos que determinarán el aprecio de su nación en el mundo y la estructura
de la Tierra para los siglos. Por esos derroteros recibe Magallanes el auténtico
bautismo de fuego en el combate naval de Cannanore —16 marzo 1506—, después
de algunas escaramuzas que tuvieron más carácter de pillaje que de verdaderas
batallas.
El ataque de Cannanore señala el punto decisivo en la historia de las conquistas
portuguesas. El zamorín de Calicut —la actual Calcuta— había recibido afablemente
a Vasco de Gama en su primer desembarque, manifestándose dispuesto a entablar
relaciones comerciales con la nación desconocida. Pero pronto tuvo que reconocer,
cuando los vio volver pocos años después con una flota más grande y, bien provista
que los portugueses aspiraban a un notorio derecho de dominación sobre las Indias.
Con terror vieron los mercaderes indios y mahometanos la súbita aparición de un
esturión voraz en medio de las carpas de su tranquilo estanque. Porque lo cierto es
que aquellos forasteros se apoderan de todos los mares. Ya no hay navío que se
arriesgue a salir de un puerto por miedo a los brutales piratas de nuevo cuño, y se
entorpece el negocio de las especias, y las caravanas de Egipto son esperadas en
vano. Hasta el Rialto de Venecia llega la aprensión de que una mano muy dura ha
debido de cortar el antiguo curso de los acontecimientos. El sultán de Egipto, que ve
menguar la recaudación de sus derechos, es el primero que levanta la voz, instando al
Papa. Le escribe que en el caso de que los portugueses insistan en portarse como
salteadores en el mar Índico, demolerá el Santo Sepulcro de Jerusalén. Pero ni el
Papa ni otro emperador o rey tiene ya ninguna autoridad sobre la voluntad
imperialista de Portugal. La única salida que a los perjudicados se ofrece es juntarse y
Página 25
dar jaque a los portugueses en Indias, antes de que sienten allí sus reales
definitivamente. El zamorín de Calicut prepara el ataque ayudado secretamente por el
sultán de Egipto, así como por los venecianos, que mandan bajo mano a Calicut —
porque el oro pesa más que la sangre— fundidores de cañones y maestros artilleros.
Con un ataque por sorpresa, la flota cristiana quedará abatida para no levantarse más.
Pero, a veces, una figura de último término, con su presencia de espíritu y su
energía, da a la Historia un giro que durará siglos. Una feliz casualidad salva a los
portugueses. Vaga por el mundo en aquellos tiempos un temerario aventurero italiano
a quien llaman Ludovico Varthema. Ni el espíritu de lucro ni vanidad alguna mueve
al joven aventurero, sino el gusto de vagabundear que lleva en la sangre. Este vago
por naturaleza confiesa sin falso recato: «Porque soy tardo en comprender y no
inclinado al estudio de los libros», se ha decidido, dice, «a ver personalmente, con
mis propios ojos, los distintos lugares del mundo, pues tienen más valor los informes
de un solo testimonio de vista que todo lo que se aprende de oído». El osado
Varthema, el primero de los que no creen si no ven, se ha filtrado en la prohibida
ciudad de la Meca —su informe queda principalmente como descripción modélica de
la Kaaba— y alcanza, tras de mucho porfiar, no solamente los derroteros de Indias,
Sumatra y Borneo, que ya conoció Marco Polo, sino que es, además, el primero entre
los europeos —y esto influye decisivamente en la gesta de Magallanes— que alcanza
las tan buscadas islas de la especiería. A la vuelta, disfrazado de monje mahometano,
se entera en Calicut, por boca de dos cristianos renegados, del planeado ataque del
zamorín contra los portugueses. Animado de solidaridad cristiana, corre a reunirse
con los lusos, atravesando peligros de muerte, y llega, por suerte, a tiempo. Cuando
en 16 de marzo de 1506 los doscientos barcos del zamorín esperan caer por sorpresa
sobre los once de los portugueses, éstos ya están dispuestos a la defensa. Es el
combate más rudo que hasta el día haya sostenido el virrey. Con no menos de ochenta
muertos y doscientos heridos —que eran muchos en aquellas primeras guerras
coloniales— han de pagar los portugueses su victoria, la cual no deja de afianzarles el
dominio sobre las costas índicas.
Entre los doscientos heridos está Magallanes: es su destino, como cada vez
durante esos años de vida oscura, recibir heridas y no distinciones. Pronto lo mandan
a África al lado de otros heridos. Y aquí se pierde su rastro, porque ¿quién llevará el
registro de las circunstancias de la vida y de la muerte de un simple sobresaliente?
Durante cierto tiempo parece que residió en Sofala, y más tarde, no se sabe de qué
modo, debieron de llamarle para dirigir un transporte; probablemente —en este punto
las crónicas no coinciden— vuelve a Lisboa en el mismo barco que llevaba a
Varthema. Pero la ausencia ha ejercido su poder sobre el navegante. Portugal le
saluda como a un extranjero, y su corto permiso no es más que la tregua impaciente
hasta poder embarcar en la próxima flota destinada a Indias, que le vuelva a la que es
propiamente su patria: la aventura.
Página 26
A esta nueva flota en que Magallanes vuelve a las Indias le incumbe una misión
especial. Sin duda, su ilustre compañero de viaje, Ludovico Varthema, ha informado
a la corte de la riqueza de la ciudad de Malaca y ha dado detalles sobre las tan
perseguidas islas de la especiería, que él ha visto ipsi oculis el primero entre los
europeos y cristianos. Gracias a sus informaciones, en la corte portuguesa entienden
que la conquista de las Indias quedará incompleta y toda su riqueza malograda
mientras no caiga en poder de Portugal la cámara del tesoro de todas las especias: las
islas de la especiería; pero esto presupone tener en la mano las llaves que las encierra:
el estrecho y la ciudad de Malaca —el actual Singapur, cuya importancia estratégica
no ha pasado por alto a los ingleses—. Siguiendo la política encubierta, la flota de
guerra portuguesa no se pone en camino. Es López de Sequeira, al frente de cuatro
barcos, el encargado de rondar Malaca precavidamente, tantear el terreno y, por fin,
introducirse bajo la máscara apacible de un mercader.
Sin incidentes dignos de notar, la pequeña flota llega a las Indias en abril de 1509.
Ahora el viaje a Calicut, que diez años atrás era una gesta única, por la cual Vasco de
Gama merecería ser inmortalizado en la Historia y en el poema, lo lleva a cabo
cualquier capitán mercante portugués. Desde Lisboa a Mombassa y desde Mombassa
a la India, son conocidos todos los escollos y todos los puertos. No hay necesidad de
pilotos ni de maestros de Astronomía. Únicamente desde el 19 de agosto, al salir
Sequeira del puerto de Cochín para seguir el curso hacia Oriente, surcan los barcos
portugueses zonas desconocidas.
El 11 de septiembre de 1509, al cabo de tres semanas de viaje, se aproximan los
barcos, los primeros de Portugal, al puerto de Malaca. Ya de lejos advierten que el
valeroso Varthema no inventaba ni exageraba al decir que en aquel puerto «atracaban
más barcos que en cualquier otro del mundo». Alinéanse en la ancha rada, velamen
contra velamen, los barcos grandes y pequeños; blancos o abigarrados, los de
procedencia malaya, china y siamesa, cada grupo con sus formas características.
Porque, debido a su natural situación, el aurea chersonesus, el estrecho de Singapur,
está como destinado a ser el gran parador de Oriente. Cada nave que intenta pasar de
Este a Oeste, de Norte a Sur, de las Indias a la China, de las Molucas hacia Persia,
tiene que cruzar ese Gibraltar de Oriente. Truécanse en este emporio toda clase de
mercancías, los clavos de especia de las Molucas y los rubíes de Ceilán; la porcelana
china y el marfil de Siam; los casimires bengalinos y el sándalo de Timor; las hojas
damasquinadas árabes la pimienta del Malabar y los esclavos de Borneo. Todas las
razas con los colores diversos de sus pieles y hablando todos los idiomas, hormiguean
babilónicamente en este emporio del comercio oriental, y se elevan, poderosos, en
medio de él, por encima de la confusión de maderas de las casas bajas, un palacio
refulgente y una mezquita de piedra.
Página 27
Admirados contemplan los portugueses desde sus naves la poderosa ciudad,
codiciosos de aquella joya oriental que resplandece clara bajo el sol deslumbrante,
destinada a adornar, como la más bella piedra preciosa, la corona de Portugal, señora
de Indias. Admirado y, a la vez, intranquilo, contempla también desde su palacio el
príncipe malayo los barcos extranjeros, que son una amenaza. ¡Allí están los
bandidos, los malditos herejes, que han dado por fin con la ruta de Malaca! Ya desde
hace tiempo se viene propagando en una extensión de millas la noticia de las batallas
y las degollinas de Almeida y de Albuquerque; bien saben en Malaca que aquellos
terribles portugueses no vienen, como los patronos siameses y japoneses en sus
barcazas, con el único objeto de trocar mercancías; los portugueses aguardan
pérfidamente la ocasión para asentar, por fin, su dominio y saquearlo todo. Lo más
prudente sería no permitir la entrada del puerto a aquellos cuatro barcos; luego que el
invasor logra poner pie en el umbral, ya es demasiado tarde. Pero el sultán tiene
también noticias fidedignas sobre la eficacia de aquellos pesados cañones que
amenazan con su negra boca silenciosa desde los castillos de la flota portuguesa, sabe
que los bandidos blancos luchan como demonios y no hay resistencia que valga
contra ellos. Lo mejor sería devolver engaño por engaño, falsa amistad con
hospitalidad fingida, y antes de que ellos muevan el brazo para atacar, echárseles
encima y dar a punto el golpe mortal.
Por eso el sultán de Malaca recibe a los emisarios de Sequeira y corresponde a sus
presentes con forzada gratitud. Les transmite su más cordial bienvenida y su deseo de
que puedan concertar a su gusto los negocios que les convenga. Dentro de pocos días
les habrán procurado pimienta y otras especias con tal profusión que colmarán los
barcos. Invita amablemente a los capitanes a comer en su palacio, y aunque esta
invitación, por las razones íntimas que se quiera, no es aceptada, la tripulación corre y
goza a sus anchas por la hospitalaria ciudad forastera. Diversión, tierra firme bajo los
pies, mujeres complacientes: todo los invita. ¡Poder respirar otro aire que el de las
cámaras fétidas o el de las infectas aldeanas, donde los puercos y las aves de corral
viven en común con las desnudas bestias humanas!… Platican los felices marineros
en las casas de té, compran a su capricho en los mercados, regodéanse con las bebidas
y los frutos recién cogidos; en ningún otro sitio han sido recibidos tan cordialmente,
tan familiarmente, desde que salieron de Lisboa. Centenares de malayos reman en sus
botes pequeños y veloces, cargados de provisiones de boca, y rodean los barcos
portugueses, trepan, ágiles como monos, por los cables, y los forasteros se quedan
boquiabiertos ante cosas nunca vistas; se ha desplegado un festivo trueque de
materias; y con disgusto se entera la tripulación de que el sultán ya tiene a punto el
cargamento prometido y ha dado instrucciones a Sequeira para que mande los botes a
la playa a la mañana siguiente y tenga cargado antes de la puesta del sol todo lo
concertado.
Sequeira, contento por la rápida obtención de los preciados géneros, manda, en
efecto, a la ribera todos los botes de que dispone la flota, con numerosa tripulación. Y
Página 28
él, como buen hidalgo portugués, estimándose superior al tráfico, permanece a bordo
haciendo una partida de ajedrez con un camarada, la más juiciosa ocupación en el
aburrimiento de un día bochornoso a bordo. Los otros tres barcos están también
quietos, amodorrados. Pero una circunstancia alarmante llama la atención de García
De Susa, el capitán de la pequeña carabela que sigue a las otras cuatro naves. El
capitán ha notado que el número de los botes malayos crece por momentos alrededor
de los cuatro barcos casi abandonados y que, con el pretexto de subir mercancías a
bordo, son cada vez más los muchachos desnudos que trepan por las cuerdas. Llega a
sospechar el capitán de la carabela si tal vez el amable sultán está preparando un
ataque por sorpresa.
Afortunadamente, la pequeña carabela no ha mandado su bote a la playa con los
demás. De Susa encomienda a su hombre de confianza que salga enseguida a remo
hacia el barco almirante para poner alerta al capitán. El hombre de confianza a quien
da el encargo no es otro que el sobresaliente Magallanes. Rema a golpes frecuentes y
enérgicos. Encuentra al capitán Sequeira jugando tranquilamente al ajedrez; ve con
disgusto, a la espalda de los dos jugadores, un grupo de malayos, al parecer curiosos,
pero con el cris al cinto siempre a punto. El hombre susurra disimuladamente la
advertencia a Sequeira. Éste no pierde la presencia de espíritu y sigue jugando para
no despertar sospechas. Pero ordena a un marinero que se ponga alerta en la gavia, y
desde este momento, sin dejar el juego, no quita una mano de la espada.
La alarma de Magallanes llegaba a tiempo. Casi en el mismo instante se levantaba
por encima del palacio del sultán una columna de humo, la señal convenida para
atacar a un tiempo a bordo y en tierra. El marinero que otea desde la gavia es
oportuno en dar la alarma. Instantáneamente, Sequeira da un salto y rechaza a un lado
a los malayos, sin darles tiempo de atacar. Suena la señal de alarma y la tripulación se
reúne a bordo; en todos los barcos los malayos son acorralados, y ya es en vano que
se acerquen por todos lados en sus botes, armados y dispuestos a atacar la flota.
Sequeira ha ganado tiempo para levar anclas, y ya retumban los cañones con
poderosas salvas. Gracias a la vigilancia de Susa y a la prontitud de Magallanes, el
golpe ha fracasado.
Peor les va a los infelices que confiadamente han desembarcado, una porción de
desprevenidos que andan esparcidos por la ciudad, contra millares de astutos
enemigos. Son pocos los portugueses que logran escapar de la muerte huyendo hacia
la playa, y aun éstos lo pasan mal: los malayos ya se han apoderado de los botes, con
los que se les hace imposible la vuelta a bordo. Caen los portugueses uno tras otro
bajo el poder del número. Uno solo, el más valiente, logra escapar de la muerte, el
amigo fraternal de Magallanes, Francisco Serrão. Ya le rodean, ya le hieren y parece
perdido cuando aparece Magallanes remando en su bote, con otro soldado, sin miedo
y dispuesto a exponer la vida por su amigo. Un par de golpes decididos bastan para
quitarlo de las manos de los que le agredían, y lo pone a salvo en su barca. La flota
portuguesa perdió en aquel ataque más de una tercera parte de sus hombres. Pero
Página 29
Magallanes ganó en él, por segunda vez, un amigo cuyo afecto paternal y cuya
confianza serán decisivos para sus acciones venideras.
Página 30
Albuquerque logre vencer la resistencia del sultán. Y entonces cae bajo las manos de
los saqueadores un botín como no lo habían cobrado nunca en las benditas Indias;
con la conquista de Malaca, Portugal tiene en el puño todo el mundo de Oriente. Por
fin se ha cortado para siempre la arteria del tráfico mahometano, que se desangrará en
pocas semanas. Todos los mares, desde Gibraltar —las Columnas de Hércules—
hasta el estrecho de Singapur, el aurea chersonesus, son ahora un solo océano
portugués. El resonar de este golpe, el más decisivo que en todos los tiempos haya
recibido el Islam, se oye a lo lejos hasta China y el Japón, y el eco lo devuelve
jubiloso a Europa. Ante los fieles congregados, el Papa da las gracias públicamente y
levanta sus preces por el hecho magnifico de los portugueses al poner en manos de la
Cristiandad la mitad de la Tierra. Roma asiste al espectáculo de un triunfo como no
había visto el caput mundi desde el tiempo de los Césares. Una embajada presidida
por Tristão da Cunha trae el botín de guerra de la India conquistada: preciosos
caballos embridados, leopardos y panteras; pero la pieza principal, y la que más llama
la atención, es un elefante que forma parte del cargamento de la flota portuguesa y
que ahora, levantando gritos de júbilo en la multitud, se arrodilla tres veces ante el
Padre Santo.
Pero el triunfo no llega a calmar el desenfrenado prurito de expansión de
Portugal. Nunca se ha visto en la Historia que un vencedor se vea saciado en la
victoria, por grande que ésta sea. Malaca no es más que la llave del tesoro de la
especiería: ahora que la tienen en la mano, los portugueses se disponen a acercarse a
él y apoderarse de las fabulosas islas de las especias; archipiélago de la Sonda, las
islas de Amboina, Banda, Ternate y Tidore. Se arman tres naves al mando de Antonio
d’Abreu, y algunos de los cronistas de la época citan también el nombre de
Magallanes entre los participantes de aquella expedición al entonces más lejano
extremo de la Tierra por Oriente. Pero, en realidad, la jornada índica de Magallanes
en aquellos momentos ha tocado a su término. «Basta —le dice el destino—. Ya has
visto bastante en Oriente, ya lo has vivido bastante. Sigue otros derroteros, los
tuyos». Aquellas fabulosas islas de las especias con que soñara toda su vida y que ve
desde ahora con la mirada interior fascinada, nunca las ha podido ver Magallanes por
sus propios ojos. Jamás le fue concedido poner la planta en ese El dorado; quedarán
para él reducidas a un sueño, un sueño creador. Pero, gracias a la amistad de
Francisco Serrão, estas islas nunca vistas le son familiares como si hubiera vivido en
ellas, y la singular robinsonada de su amigo le anima a emprender la más grande y
osada aventura de su tiempo.
Esta insigne aventura personal de Francisco Serrão, tan decisiva para Magallanes en
su futura vuelta al mundo, representa una benéfica distensión en medio de la crónica
Página 31
sangrienta de las batallas y las degollinas portuguesas; entre tantos renombrados
capitanes, la figura del hombre modesto merece una atención especial. Después que
se hubo despedido cordialmente en Malaca de su entrañable amigo Magallanes, que
iba de vuelta al hogar, Francisco Serrão se dirige con los capitanes de las otras dos
naves a las legendarias islas de las especias. Sin esfuerzo ni incidente de notar
alcanzan la ribera lozana, donde son recibidos con afabilidad sorprendente. Porque en
aquellas orillas apartadas los mahometanos no son exigentes en cultura ni de espíritu
bélico; viven en estado natural, desnudos y pacíficos, ignorantes de lo que sea el
dinero y sin grandes ambiciones. Por un par de cascabeles o de brazaletes, los
ingenuos isleños transportan grandes fardos de clavos de especia, y como en las dos
primeras islas, Banda y Amboina, los barcos de los portugueses quedan ya colmados
hasta los bordes, el almirante D’Abreu decide no visitar las islas restantes y volver a
Malaca sin tardanza.
Tal vez la codicia haya cargado demasiado los barcos; lo cierto es que uno de
ellos, y precisamente el que manda Francisco Serrão, da contra un escollo, y
solamente las vidas humanas se salvan del naufragio. Van errantes por la playa
desconocida, y cuando ya los amenazaba un ocaso que hubiera sido el de sus penas,
Serrão consigue, con un golpe de astucia, apoderarse de un barco de piratas, en el
cual hacen rumbo de nuevo a Amboina. Con la misma afabilidad que cuando habían
abordado, como grandes señores recibe el jefe a los que acuden ahora a refugiarse en
sus playas y les brinda acogimiento con la más perfecta generosidad. Con tal amor,
veneración y magnificencia fueron recibidos y hospedados, que les parecía, en medio
de su dicha y gratitud, un caso increíble.
Parece que el más elemental deber militar dictaría al capitán Francisco Serrão, no
bien repuestos los ánimos, la inmediata partida en una de las barcazas que
continuamente se dirigen a Malaca, a fin de entrevistarse con su almirante, y después,
ya de vuelta a Portugal, poner enseguida sus armas a disposición del rey, al cual le
atan los vínculos del juramento y del sueldo que de él recibe.
Pero el país paradisíaco, el clima cálido y balsámico corroen pérfidamente en
Francisco Serrão el sentimiento de la disciplina militar. Y, de pronto, le resulta del
todo indiferente que haya dondequiera, a muchas millas, en cierto palacio de Lisboa,
un rey que tache su nombre, refunfuñando, de la lista de capitanes o pensionados.
Está convencido de que bastante ha hecho por amor a Portugal y de que ha expuesto
su piel por la patria con frecuencia. Hora sería de que él, Francisco Serrão, pudiera
por fin empezar a vivir, sin más ansias ni incomodidades, la vida de ese Francisco
Serrão, con la misma plenitud que gozan de la suya todos los pobladores desnudos y,
sin cuidado de aquellas benditas islas. Que los otros marineros y capitanes continúen
enhorabuena arando el mar y comprando con sangre y sudor la pimienta y la canela
para unos trujamanes forasteros; que vayan corriendo riesgos y batallas como unos
bobos leales, sólo para que la Alfanda de Lisboa pueda atesorar más tributos en sus
arcas. Él, personalmente, Francisco Serrão, de ahora en adelante excapitán de la flota
Página 32
portuguesa, ya está saciado de guerras y de aventura y de negocio de especias. Sin
más ceremonia, el valiente capitán renuncia al mundo heroico y pasa al mundo
idílico, dispuesto a vivir en lo sucesivo de incógnito, al modo primitivo y
magníficamente perezoso de aquella amable gentecilla. Tampoco le da mucho trabajo
el alto honor de gran visir con que el rey de Ternate le distingue: sólo una vez, en una
guerrilla que sostiene su señor, es llamado a ejercer de consejero militar y se lo
recompensan, dándole posesión de una casa con sus esclavos y servidores, a más de
una esposa bonita y morena, de la cual cosecha dos o tres niños de un color moreno
claro.
Años y años permanece Francisco Serrão, como otro Ulises que ha olvidado su
Itaca, en los brazos de la morena Calipso, y ni el mismo Ángel de la Ambición sería
capaz de sacarle de aquel paraíso del dolce far niente. Nueve años, hasta su muerte,
pasó aquel Robinsón voluntario, aquel desertor de la cultura, en las islas de la Sonda,
no precisamente el más heroico entre los conquistadores y capitanes de la jornada
heroica de Portugal, pero sí, acaso, el más prudente y también el más dichoso.
La huida romántica de Francisco Serrão no parece, a primera vista, tener relación
alguna con la vida y las tareas de Magallanes. Pero, en realidad, el epicúreo
renunciamiento de aquel capitán sin lustre ejerció la más decisiva influencia en la
forma de vida de Magallanes y de rechazo, en el curso histórico del descubrimiento
del mundo. Porque, a través de la inmensa distancia en el espacio, los dos entrañables
amigos se comunican continuamente. Cada vez que se le presenta la ocasión de
mandar desde su isla un emisario a Malaca, y de allí a Portugal, Serrão escribe a
Magallanes detalladas cartas, ponderándole con entusiasmo la opulencia y la
hospitalidad de su nuevo hogar.
Le escribe literalmente: «Aquí he hallado un nuevo mundo más rico y más grande
que el de Vasco de Gama»: Y, prisionero del encanto de los trópicos, insta al amigo
para que, abandonando de una vez la ingrata Europa y la ínfima retribución que se da
a sus servicios, se apresure a imitar su ejemplo. Es casi indudable que fue Francisco
Serrão quien dio a Magallanes la idea de buscar las islas según la orientación de
Cristóbal Colón, desde el Oeste, preferible a la de Vasco de Gama.
Ignoramos hasta dónde llegaron las confidencias de los dos amigos, pero algo
concretarían, cuando, después de la muerte de Serrão, se encontró entre sus papeles
una carta de Magallanes en la que éste promete confidencialmente al amigo que irá
pronto a Ternate, «sino desde Portugal, por otro derrotero». Y la idea que alimentó
Magallanes toda su vida fue precisamente concretar este otro camino.
Página 33
el frente de las Indias. Tanto él como todos los soldados que allí se batieron han de
ver con singular asombro, tal vez con una cierta indignación, al desembarcar por fin
en la Lisboa del año 1512, una ciudad nueva, un Portugal que no es el que dejaron
siete años atrás. Ya al entrar en Belem comienza su asombro. Donde había aquella
iglesia pequeña y baja en que Vasco de Gama recibió un día la bendición, antes de
emprender su ruta, se levanta, por fin terminada, la catedral sólida y magnífica,
primera muestra visible de la enorme riqueza que con las especias índicas ha entrado
en su patria. Dondequiera que se vuelvan, los ojos caen sobre algo nuevo. En el río,
ayer apenas surcado, se tocan unas velas con otras; en los astilleros de la orilla
martillean los operarios que se ocupan en la apresurada construcción de flotas más
capaces. Tremolan flámulas y velas en los barcos nacionales y forasteros, apretados
en el puerto; desborda la rada de mercancías, que colman asimismo los almacenes; y
millares de personas circulan por las calles, rompiéndose su murmullo y sus pasos en
las paredes de los magnos palacios recién construidos. En las factorías, en las casas
de Cambio y en los cuchitriles de los corredores cunde un torbellino babilónico de
todas las lenguas. Gracias a la explotación de las Indias, Lisboa se ha convertido, en
diez años, de ciudad pequeña, en emporio, en ciudad de lujo. Las damas de la
nobleza, en carroza abierta, exhiben sus perlas índicas; un numeroso enjambre de
cortesanos escarcea por el castillo, luciendo sus atavíos, y el que vuelve de nuevo a la
patria ha de reconocer que la sangre que han derramado él y sus camaradas en las
Indias, por misterios de la química se ha convertido en oro. Mientras ellos luchaban,
padecían, conocían las privaciones y daban la sangre bajo el sol implacable del Sur,
Lisboa se convertía, gracias a sus gestas, en la heredera de Alejandría y de Venecia, y
Manuel, el «Afortunado», llegaba a ser el monarca más rico de Europa. Su patria se
ha transformado en todo, y todos viven en el mundo viejo más ricos, más ufanos, más
pródigos y dados a los placeres como si las especias conquistadas y el oro ganado
hubieran embriagado los sentidos. Sólo él vuelve a una patria donde nadie lo espera
ni le demuestra gratitud. Pasa como un forastero, sin recibir de nadie un saludo. Así
entra en su patria el «soldado desconocido», el portugués Fernando de Magallanes.
Página 34
Magallanes se emancipa
Página 35
Ha de esperar cosa de un año, pero llega el verano de 1513, y no bien el rey
Manuel ha aprestado la gran expedición militar contra Marruecos, para acogotar, por
fin, a los piratas moros, el luchador de Indias se da prisa a incorporarse, corazonada
que sólo se explica como desquite de su forzada inactividad. Porque no será en una
guerra en tierra firme donde Magallanes (que casi siempre ha servido en la marina y
se ha revelado durante siete años expertísimo navegante) pueda hacer gala de las
dotes que le son propias. En medio de la gran Armada que se dirige a Azamor no
pasa, una vez más, de oficial sin categoría, de subalterno sin independencia en el
mando. Una vez más, como en Indias, su nombre no figura en primer término en
ningún informe, aunque su persona, lo mismo que en los combates de Indias, esté
siempre en primer término en el peligro. También esta vez —y es la tercera—
Magallanes sufre una herida en un cuerpo a cuerpo: una lanzada en la rodilla, que
interesa al nervio y le deja la pierna entorpecida para siempre.
En el servicio del frente, un hombre que cojea impedido de andar aprisa y de
montar a caballo, no sirve para gran cosa. A Magallanes se le presentaba ahora una
cómoda oportunidad para dejar África y exigir, como herido, una crecida pensión.
Pero vuelve a abrazarse al ejército, a la guerra, al peligro, que son su elemento. El
herido es designado, junto con otro oficial, para el cargo de oficial de presas
—quadrileiro das preses— y administra la enorme cantidad de caballos y ganadería
tomados a los moros. A raíz de este cargo, Magallanes se halla envuelto en un ingrato
incidente; una noche desaparecen de los gigantescos apriscos algunas docenas de
carneros y se extiende el malévolo rumor de que Magallanes y su camarada han
revendido secretamente a los moros una parte de las presas, o bien han facilitado con
su negligencia que las sacaran de sus majadas al amparo de la oscuridad. Por singular
coincidencia, esta miserable sospecha de infidelidad en perjuicio del Estado es la
misma con que los empleados de las colonias portuguesas, unos decenios más tarde,
denigrarán a otro hombre famoso: el poeta Camoens. El honor de entrambos, que
tuvieron cien facilidades para enriquecerse en el saqueo durante sus años de Indias y
volvieron pobres, será manchado con las mismas injuriosas sospechas.
Pero, afortunadamente, Magallanes es de más fuerte madera que el blando
Camoens. No se le ocurre que aquella clase de criaturas hayan de llamarle a juicio y
dejarle consumir durante meses en las prisiones, como a Camoens. No vuelve la
espalda a sus contrarios, como lo hiciera el suave autor de Os Lusiadas, sino que,
apenas extendido el rumor y antes de que nadie se atreviera a acusarle públicamente,
deja el ejército y se presenta en Portugal para pedir explicaciones.
Página 36
para defenderse, antes al contrario, para exigir por fin, plenamente satisfecho de la
obligación cumplida, una ocupación más digna y mejor paga. De nuevo ha perdido
otros dos años, de nuevo ha recibido en franca lucha una herida que casi le deja inútil.
Pero es mal acogido; el rey Manuel no da tiempo al enérgico acreedor para exponer
sus pretensiones. Ya enterado por el alto mando de África de que el intratable capitán,
obrando a su antojo, sin pedir autorización, había abandonado el ejército de
Marruecos, el rey trata al benemérito oficial herido como a un vulgar desertor. No
queriendo oír nada más, ordena sin rodeos a Magallanes que vuelva a África para
ocupar inmediatamente su sitio, y se ponga, ante todo, a la disposición del superior.
Magallanes ha de callar por disciplina. Se embarca para Azamor en la primera nave.
Huelga decir que, una vez allí, ya no se habla de pública investigación, ni se atreve
nadie a acusar al digno soldado, y apoyado por la declaración expresa del alto mando
de que ha salido del ejército con honor y provisto de todos los documentos que
atestiguan su inocencia y sus merecimientos, Magallanes vuelve a Lisboa por
segunda vez, ya se puede suponer con qué exasperación de ánimo. En vez de
distinciones han caído sobre él sospechas; en vez de recompensas, cicatrices.
Bastante ha callado y se ha mantenido en último término. Ahora, a los treinta y cinco
años de edad, la fatiga no le permite ya implorar su derecho como si fuera una
limosna.
La prudencia debió aconsejar a Magallanes en aquel caso dejar para más adelante
el insistir cerca del rey Manuel. Sería mejor pasar una temporada quietamente
granjeándose relaciones y amistades en las esferas cortesanas, no escatimando su
presencia ni las lisonjas. Pero la habilidad y la flexibilidad nunca se avinieron con
Magallanes. Por poco que sepamos de él, basta para cerciorarnos de que aquel
hombre tostado, pequeño, borroso y reservado no poseyó ni un gramo siquiera del
don de gentes. El rey, no se sabe por qué, le tuvo inquina toda la vida —sempre teve
hum entejo— y aun su inseparable Pigafetta ha de confesar que los oficiales lo
odiaban sinceramente —li capitani sui lo odiavano—. «Todo era aspereza a su
alrededor», como dice la Raquel de Kleist. No sabía sonreír ni ser amable ni
complaciente, como tampoco dar cuerpo a sus ideas en la conversación. Nada afable
ni comunicativo, siempre envuelto en una nube misteriosa, el solitario eterno debía
crear a su alrededor una atmósfera glacial, de incomodidad y de recelo, pues pocos
llegaron a tratarle y ninguno conoció su íntimo sentir. Instintivamente, sus camaradas
barruntaban en su callado alejamiento una ambición de índole oscura que se les hacía
más sospechosa que la de los cazadores de ocasiones, los cuales, abiertamente, sin
rubor y con vehemencia, se lanzaban sobre las tajadas. Algo quedaba continuamente
oculto tras de sus ojillos hundidos y duros, tras de su boca emboscada: un secreto que
no descubría a nadie; un hombre que guarda un secreto y tiene la fuerza de oprimirlo
años enteros tras de los dientes, se hará extraño a unos y a otros. Magallanes, desde
los abismos de su ser, fue siempre creándose alrededor la oposición. No era fácil estar
Página 37
con él y por él; quizás era más difícil aún, para el trágico solitario, estar tan solo
consigo mismo.
También esta vez el fidalgo escudeiro Fernando de Magallanes se presenta solo,
sin protector ni abogado, a la audiencia del rey, escogiendo el peor de los caminos
para la corte: el camino recto y sincero. El rey Manuel lo recibe en la misma sala, tal
vez desde el mismo trono donde su antecesor Juan II había despachado a Cristóbal
Colón; y en el mismo sitio se reproduce una misma escena histórica. Porque el
hombrecillo de anchos hombros de campesino, de ademán rudo, con su barba negra;
el portugués de ojos emboscados y hundidos que ahora se inclina ante su soberano, y
a quien éste despedirá con el mismo desdén, no desmerece en los propósitos de aquel
genovés llegado de fuera; y tal vez en decisión y en experiencia sea Magallanes
superior a Colón, su famoso antecesor. No hubo, de aquella hora del destino, otro
testigo que el rey; pero, a través de las descripciones coincidentes de los cronistas de
la época, nos parece estar en la sala del trono, salvando la distancia de siglos.
Magallanes, cojeando de su pierna maltrecha, se acerca al rey y, con una inclinación,
le tiende los documentos que prueban en forma incontrovertible lo injusto de las
maliciosas acusaciones. Inmediatamente después de presentadas esas pruebas hace al
rey el primer ruego; que, en atención a su última herida, que le hace inútil para la
guerra, le sea aumentado su sueldo mensual, su moradia, en medio crusado —
aproximadamente, un chelín inglés de nuestros días—. Es un aumento insignificante,
ridículo, el que reclama, y no parece propia del hombre orgulloso, recio y con
ambiciones, esta petición, con la rodilla hincada. Y es que a Magallanes poco le
importa, naturalmente, la pieza de plata de medio crusado; lo que le importa es su
categoría, su honor. Allá en la corte, el importe de la moradia, de la pensión, entre los
cortesanos celosos unos de otros, que se apartan a codazos, representa el grado que
ocupa cada noble en la casa real. Magallanes, con sus treinta y cinco años, veterano
de las guerras de Indias y de Marruecos, no quiere permanecer más tiempo a la
retaguardia de aquellos muchachos a quienes apunta el bozo, que aguantan el plato al
rey o abren la portezuela de su coche. Nunca el orgullo le ha movido a dar empujones
a nadie, pero sí le veda el dejarse poner detrás de los más jóvenes y de los que tienen
menos méritos. No quiere que se le estime en menos de lo que él se estima a sí mismo
y a su tarea.
Pero el rey Manuel observa, duro el entrecejo, al inquieto solicitante. Tampoco a
él, rico entre todos los monarcas, le importa la miserable moneda de plata. Lo que le
molesta es la actitud de este hombre, que, lejos de rogar humildemente, exigía
impetuoso; que no se conforma con esperar que el rey le conceda el sueldo como una
gracia, sino que insiste, envarado y cerril, como si se tratara de un derecho. ¡Ea, ya
aprenderá a esperar y a pedir ese muchacho testarudo! Mal aconsejado por el enojo,
Manuel, llamado el fortunado, el dichoso, rehúsa, por desdicha, el aumento de
pensión que exige Magallanes, sin imaginar los miles de ducados de oro que, en día
no lejano, quisiera poder pagar a cambio del medio crusado que ahora niega.
Página 38
Es hora de que Magallanes se retire, pues la frente nublada del rey no deja esperar
ni un rayo siquiera de cortesana benevolencia. Pero, lejos de inclinarse, servil, y dejar
la sala, Magallanes endurecido por el orgullo, permanece de pie, imperturbable ante
su monarca y expone su segundo ruego, el que más le interesa. Inquiere si el rey
tiene, acaso, para él un cargo, una ocupación digna, por medio de la cual pudiera
cumplir su deber, pues se siente demasiado joven y dispuesto para quedar reducido a
vivir de limosna toda la vida. Cada mes, y hasta cada semana, salen de los puertos de
Portugal los barcos que van a Indias, a África y al Brasil; nada tan propio como
confiar el mando de uno de los muchos barcos a un hombre que conoce los mares del
Este tan bien como el mejor. Nadie en la ciudad ni en todo el Imperio, con excepción
del veterano Vasco de Gama, podría gloriarse de superar en conocimiento a
Magallanes. Pero al rey Manuel se le hace cada momento más insoportable la dura
mirada exigente del querellante. Sin dar a Magallanes ninguna esperanza, le responde
fríamente que no tiene ningún cargo para él.
Es asunto concluido. La última palabra. Pero Magallanes expone todavía una
tercera petición, más bien una simple pregunta. Magallanes pregunta al rey si tendrá
inconveniente en que preste sus servicios a otro país donde haya esperanzas de ser
mejor atendido. El rey, con una frialdad ofensiva, le da a entender que a él le tiene sin
cuidado y que puede prestar sus servicios donde mejor le acomode. Con esto
Magallanes queda convencido de que en la corte portuguesa se renuncia sin reservas
a sus actividades, que le reconocen todavía graciosamente el derecho a la limosna
para lo sucesivo, pero que estarían conformes en que volviera la espalda al país y a la
corte.
No hubo más oyente que el rey en esta audiencia. No se sabe si fue entonces o en
otra ocasión cuando Magallanes debió de exponer al rey su plan secreto. Tal vez no le
dieron oportunidad de desplegar sus ideas o las oyeron con frialdad. Lo cual no es
óbice para que en la misma audiencia Magallanes manifestara una vez más su
voluntad de poner, como hasta entonces, la sangre y la existencia al servicio de
Portugal. Por reacción de la áspera negativa, se creyó obligado a tomar una decisión,
caso que se presenta inevitablemente, uno a otro día, en la vida de todo hombre
creador.
Página 39
enemigas. Ha visto una porción de mundo inconmensurable, sabe más del oriente de
la tierra que todos los geógrafos y los cartógrafos famosos de su tiempo; ha dado
testimonio de conocer toda la técnica de la guerra en casi diez años de prueba; sabe
manejar la espada y el arcabuz, servirse del timón y de la brújula, y gobernar el
velamen como el cañón, el remo, la azada y la lanza. Sabe orientarse en los
portulanos, servirse de la sonda y, con no menos exactitud que un maestro en
Astronomía, utiliza todos los instrumentos náuticos. Lo que otros curiosean
únicamente en los libros: las interminables calmas del viento y los ciclones que duran
días, las batallas en el mar y en la tierra, los cercos y los pillajes, el ataque por
sorpresa y el naufragio, él lo ha vivido y en todo ha actuado. Por espacio de diez
años, en mil noches y días se ha templado en la espera sobre el infinito de los mares,
y ha tenido que saber aprovechar el instante decisivo que pasa como un relámpago.
Se ha familiarizado con toda raza de hombres, amarillos y blancos, negros y morenos,
hindúes y negros, malayos y chinos, árabes y turcos. En todas las formas de servicio,
por mar y tierra, en las diversas estaciones y en las diversas zonas, entre los hielos y
bajo cielos ardientes, ha servido a su rey y a su país. Pero servir es propio de la
juventud, y ahora, al borde de los treinta y seis años, Magallanes decide que ya ha
sacrificado bastante tiempo a los intereses y a la fama de los demás. Como todo
hombre creador, experimenta, media in vita, el anhelo de la propia responsabilidad y
de la realización personal. La patria le ha abandonado y ha roto los vínculos que le
unían al cargo y al deber ¡Mejor! Ahora es libre. Como tantas otras veces, el puño
que intentaba apartar a un hombre, lo que logra en realidad es hacerlo entrar en sí
mismo.
Página 40
principalmente los que un tiempo surcaban las aguas del Sur. ¿Pero de qué pueden
hablar mejor los cazadores sino de caza, y los navegantes de cosas de mar y del
descubrimiento reciente de tierras? Tampoco es bastante para despertar ninguna
sospecha el verle en la Tesoraria, archivo particular del rey Manuel, sobre los mapas
de las costas, los portulanos y las libretas de a bordo de las últimas expediciones al
Brasil, que allí se archivan en calidad de secretissima. ¿En qué se ocuparía un capitán
cesante, en sus muchas horas libres, sino en el estudio de los libros y los informes
sobre las tierras y los mares recién descubiertos? Más bien puede resultar chocante la
amistad que ha hecho Magallanes. Este hombre, Ruy Faleiro, con quien parece
intimar de día en día, por lo inquieto y nervioso, por su fogoso intelectualismo y la
vehemencia de su temple, presuntuoso y pendenciero como es, no se diría apto para
congeniar con el navegante guerrero, silencioso, contenido, impenetrable. Pero las
dotes de los dos hombres, a los que pronto se ve como inseparables, precisamente
porque son los dos polos, dan por resultado una cierta armonía que necesariamente
será breve. Como para Magallanes la aventura del mar y la investigación práctica del
mundo terrestre, son para Faleiro lo más apasionante las noticias abstractas del cielo
y de la tierra. En calidad de teórico puro y de estudioso que no ha pisado los barcos,
que no ha salido de Portugal, y sólo sabe de la tierra a través de los cálculos, libros,
tablas y mapas, conoce Ruy Faleiro los lejanos derroteros del cielo y de la tierra, y en
esta esfera abstracta, como cartógrafo y astrónomo, es considerado la más alta
autoridad. No sabe armar una vela, pero tiene un sistema de su invención para
calcular las longitudes, que, aunque defectuoso, abarca todo el globo y prestará
decisivos servicios a Magallanes, andando el tiempo. No ha gobernado nunca un
timón, pero los mapas oceanográficos, los portulanos, los astrolabios y otros
instrumentos construidos por su propia mano parecen haber sido los más perfectos
auxiliares de la navegación en su época. Magallanes, el práctico ideal, cuyas
universidades fueron la guerra y la aventura, que no sabe más del cielo y de la tierra
que lo que en sus viajes ha aprendido, pudo sacar inmensa utilidad de la
frecuentación de aquel especialista. Precisamente porque son como dos polos
opuestos en sus dotes e inclinaciones, se completan ambos felizmente, como siempre
se han completado el cálculo y la experiencia, la idea y la acción, el espíritu y la
materia.
Pero en este caso particular hay, además, la comunidad de destino. Estos dos
portugueses extraordinarios han sido ofendidos en las convicciones por su soberano y
se les ha impedido realizar la empresa de su vida. Ruy Faleiro aspira desde hace años
al cargo de astrónomo real, y nadie se hallaría en tierra portuguesa con derecho tan
bien adquirido a tal aspiración. Pero, como Magallanes con su reservado orgullo, Ruy
Faleiro parece tener ofendida a la corte con su condición impulsiva, nerviosa, pronta,
y que se molesta fácilmente. Sus contrarios le tachan de majadero y, para deshacerse
de él por medio de la Inquisición, propagan la sospecha de que Faleiro utiliza en sus
trabajos fuerzas del espíritu más allá de lo natural y debe de estar aliado con el
Página 41
demonio. Así se ven entrambos, Magallanes y Ruy Faleiro, relegados, por razones de
odio y desconfianza, en su misma patria; y esta presión de desconfianza y odio en el
ambiente es lo que los acerca más. Faleiro estudia las comunicaciones y proyectos de
Magallanes. Les da estructura científica, y sus cálculos reafirman con datos precisos
lo que Magallanes conocía por pura intuición. Cuanto más el teórico y el práctico
cotejan sus experiencias, más apasionada se hace la decisión de dar realidad a su
proyecto concreto y de que sea en común, como en común lo han madurado y
estructurado. Comprométense bajo palabra de honor a guardar en secreto su propósito
hasta que llegue el momento decisivo de la realización, y si es preciso, llevar a cabo
sin el apoyo de su patria, y hasta contra ella, un hecho que no ha de pertenecer a un
país único, sino a toda la Humanidad.
Página 42
de aquella ruta marítima que los llevara a las Indias anheladas. Porque la nueva tierra
de América resultaba ser mucho más extensa de lo que sospecharon al principio.
Fuera por el Sur, fuera por el Norte, en todas las rutas del mar que quieren abrir con
sus buques, les sale al paso una escarpada barrera de tierra firme. Como una ancha
viga les cierra el camino el extenso continente, ese «estorbo» de América. Uno tras
otro prueban fortuna los grandes conquistadores a ver si dan con el paso con el
estrecho apetecible. Colón, en su cuarto viaje, se decanta al Oeste para regresar por
las Indias y da con la barrera. La expedición en la cual participa Vespucio tienta en
balde toda la costa americana del Sur «con propósito di andare a scoprire un isola
verso Oriente che si dice Melacha», para llegar a las Molucas, las islas de la
especiería. Cortés, en su cuarta relación, promete explícitamente al emperador Carlos
que va a buscar la entrada por Panamá. Corterreal y Cabot intentan la entrada al
Norte por los derroteros del Mar Glacial, y Juan de Solís, al Sur, por el río de la Plata.
¡Pero es en vano! Por todas partes, al Norte, al Sur, en las zonas glaciales como en los
grados tropicales, ¡la misma muralla inconmovible de tierra y piedra! Empieza a
desvanecerse la esperanza de llegar por el océano Atlántico a aquel otro que vio por
primera vez Núñez de Balboa desde los altos del Panamá. Los cosmógrafos ya trazan
en sus mapas el sur de América como pegado al Polo Antártico, ya se han estrellado
innumerables barcos en esa vana exploración, y España se conforma con quedar
excluida de las tierras y mares del opulento océano Indico, porque es imposible
encontrar el paso, la entrada, con tanta pasión buscados.
Y, de pronto, sale del anónimo de su existencia el pequeño capitán Magallanes y
declara, con la emoción de la seguridad absoluta: «Hay un paso del océano Atlántico
al Pacifico. Lo sé; conozco el sitio. Dadme una escuadra y, en beneficio vuestro,
llegaré a él; y, de Este a Oeste, daré la vuelta a toda la tierra».
Nos hallamos ante el secreto de Magallanes que ha ocupado durante siglos a eruditos
y psicólogos. El proyecto de Magallanes en sí mismo —esto ya se vio entonces— no
ofrecía originalidad alguna; quería, en sustancia, lo mismo que Colón, Vespucio,
Corterreal, Cortés y Cabot. La novedad desconcertante del propósito no es el
propósito en sí mismo, sino lo concluyente de la afirmación de Magallanes sobre una
ruta marítima occidental hacia la India. Porque, ya en su principio, no dice, con la
modestia de sus antecesores: «Espero hallar en alguna parte un paso, una entrada»,
sino que afirma, con el tono de una seguridad de bronce: «Hallaré el paso. Porque soy
el único que conoce la existencia de ese paso entre el océano Atlántico y el Pacifico,
y sé en qué paraje lo he de encontrar».
Pero ¿cómo puede Magallanes —aquí el enigma— conocer de antemano la
situación de este derrotero que todos los otros navegantes persiguieron sin resultado?
Página 43
Nunca se ha acercado él mismo a la costa americana, y su colega Faleiro tampoco. Si
afirma, pues, con tal certeza la realidad de este derrotero será porque le consta su
existencia y su situación por experiencia de algún predecesor que vio el paso ipsis
oculos. Pero si otro navegante lo hubiera visto, entonces —¡complicada situación!—
Magallanes no sería el glorioso descubridor que festeja la Historia, sino el plagiador,
el usurpador de la realización ajena. Entonces estaría tan fuera de lo justo el haber
dado su nombre al estrecho de Magallanes, como el dar a América el de Américo
Vespucio, que no fue su descubridor.
En esta única pregunta queda, pues, condensado el verdadero secreto de la
historia de Magallanes. ¿Por quién y por qué camino el pequeño capitán portugués
tuvo tan fiado conocimiento de la existencia de un paso de mar a mar, para atreverse
a prometer el cumplimiento de lo hasta entonces tenido por imposible, o sea dar la
vuelta al mundo en un solo viaje? El primer indicio de cuál pudiera ser la base de
información que tal seguridad prestaba al propósito de Magallanes lo debemos a
Antonio Pigafetta, su confidente y biógrafo, quien da este informe: aun teniendo ante
los ojos la entrada de aquel estrecho, ninguno de los tripulantes hubiera creído en la
posibilidad de su oficio de comunicación entre los océanos. El convencimiento de
Magallanes hubiera sido el único inconmovible, por conocer ya de antemano la
existencia del escondido estrecho gracias a un mapa del famoso cosmógrafo Martín
Behaim que había atisbado en el particular archivo del rey de Portugal. Esta noticia
de Pigafetta es de muy verosímil autenticidad, tanto por el hecho de que Martín
Behaim fue cartógrafo del rey de Portugal hasta su muerte —1507— como por
constarnos que el reservado investigador Magallanes había sabido procurarse
oportunamente el acceso a aquel archivo secreto. Pero el tal Martín Behaim —el
rompecabezas se complica— no había tomado parte personalmente en ninguna
expedición de ultramar; por lo tanto, también él debió de recoger de otros navegantes
la pasmosa afirmación de la existencia de un «paso». También él debió de tener
precursores. Y una pregunta sigue a la otra. ¿Quiénes eran los precursores, esos
navegantes desconocidos, los auténticos descubridores? ¿Penetraron en realidad otros
buques portugueses, antes de que nadie delineara aquellos mapas y globos, hasta el
misterioso estrecho del Atlántico al Pacífico? He aquí que unos documentos
intangibles vienen a darnos la seguridad de que a principios del siglo varias
expediciones portuguesas —una de ellas guiada por Vespucio— habían dado noticia
de las costas del Brasil y tal vez de la Argentina; ellos solamente podían haber visto
el «paso».
Pero la cuestión no acaba aquí y una pregunta llama a la otra. Aquellas
misteriosas expediciones ¿hasta dónde habían llegado? ¿Habían alcanzado la travesía,
el estrecho de Magallanes? Para suponer que otros navegantes conocieran el «paso»
antes que Magallanes no existía más punto de apoyo que aquella noticia de Pigafetta
y un globo de Juan Schöner, hoy todavía existente, que ya en 1515, antes, por lo
tanto, de la expedición de Magallanes, señala claramente un «paso» al Sur, si bien en
Página 44
un sitio equivocado. Nada de esto, empero, nos explica de dónde pudieron sacar sus
informaciones Behaim y el profesor alemán. En aquella edad de los descubrimientos,
cada nación velaba con celo comercial por que permanecieran rigurosamente secretos
los resultados de las expediciones. Las libretas de observación de los pilotos, las
memorias de los capitanes, los mapas y portulanos se guardaban severamente en la
Tesorería de Lisboa, y el rey Manuel prohibía, por el edicto de 18 de noviembre de
1504, «hacer declaraciones acerca de la navegación más allá de la corriente del
Congo, a fin de que los extranjeros no puedan aprovecharse de los descubrimientos
de Portugal». Ya se hubiera creído vana la cuestión de la primacía cuando, a un siglo
de distancia, un hallazgo insospechado vino a aclarar —o así pareció, al menos— a
quién debían Behaim y Schöner, y por remate Magallanes, sus conocimientos
geográficos. Era una hoja en alemán, impresa en un papel muy malo, lo que se
descubrió: «Copia der Newen Zeytung au Presillg Landt» y tenía el carácter de un
informe que el comercio de Portugal presentó a principios del siglo a los grandes
mercaderes de Augsburgo. En un alemán espeluznante se da noticia, en la hoja, de
que un buque portugués, cerca del grado cuarenta de latitud, ha encontrado un cabo,
correspondiendo al de Buena Esperanza, y que, dando la vuelta a ese cabo, se ha visto
que detrás, en dirección de Este a Oeste, hay un ancho paso, parecido al estrecho de
Gibraltar, que comunica con el otro mar, de modo que es cosa fácil por ese camino
alcanzar las Molucas, las islas de la especiería. Claramente afirma, pues, dicho
informe la existencia de una comunicación entre el océano Atlántico y el océano
Pacífico —quod erat demostrandum.
El enigma parecía, así, descifrado, y Magallanes declarado usurpador, plagiador
de un descubrimiento anterior a él. Porque, naturalmente, Magallanes debió de
conocer, tan bien como otros, los resultados de aquella anterior expedición
portuguesa, con lo cual todo su mérito quedaría reducido, desde el punto de vista
histórico, a haber sabido transformar enérgicamente un secreto bien guardado en una
decisión útil a toda la humanidad. Todo el prestigio de Magallanes consistiría en
haber sido hábil y decidido en aprovecharse del éxito ajeno.
Pero esto no acaba aquí todavía. Hoy sabemos muy bien lo que Magallanes
ignoraba: que aquellos navegantes de la desconocida expedición portuguesa no
llegaron nunca prácticamente al estrecho de Magallanes y que sus informes (los
cuales Magallanes, no menos crédulo que Martín Behaim y Juan Schöner, aceptó
como buenos) eran, en realidad, una mala interpretación, un error fácilmente
comprensible. Porque ¿qué es lo que habían visto —y aquí ponemos el dedo en la
llaga— aquellos pilotos, cerca del grado cuarenta de latitud? ¿Qué es propiamente lo
que comunica aquel testimonio de vista de la Newen Zeytung? Esto y nada más: que
aquellos navegantes, aproximadamente en el grado cuarenta de latitud, habían
descubierto una bahía, dentro de la cual navegaron dos días sin llegar a su término; y
que así, sin hallar salida, una tormenta los había impelido hacia atrás. No vieron más
que esto: la entrada de un estrecho, que les pareció ser —pero sin más seguridad— el
Página 45
tan buscado canal de comunicación con el océano Pacífico. Mas el paso auténtico —y
eso lo sabemos desde Magallanes— cae cerca del grado cincuenta y dos de latitud.
¿Qué es, pues, lo que pudieron ver aquellos marinos anónimos en la proximidad del
grado cuarenta? En este punto tenemos una fundada sospecha. Sólo quien haya visto
por primera vez las moles inmensas de agua, la ancha llanura líquida con que el río de
la Plata desemboca en el mar, podrá comprender que no fue equivocación
circunstancial, sino necesaria, el tomar por una bahía, por un mar, esta aparatosa
desembocadura de un río. Nada tan comprensible como que aquellos navegantes, que
nunca habían visto en Europa un río de tan gigantes dimensiones, cantaran victoria a
la vista de la anchura interminable, creyendo, en su precipitación, que aquél tenía que
ser el tan buscado estrecho, el paso que unía un océano con otro. Que aquellos pilotos
a que se refiere la Newen Zeytung confundieron la magna corriente con un estrecho lo
atestiguaron plenamente los mapas trazados al dictado de su acción. Porque si los
tales pilotos anónimos, aparte la corriente del Plata, hubieran hallado más hacia el Sur
el verdadero estrecho de Magallanes, el auténtico «paso», se vería marcado también
en sus portulanos, así como en el globo de Schöner, el de la Plata, ese gigante entre
las corrientes de la tierra. Pero he aquí que lo mismo Schöner que los otros mapas que
conocemos no señalan la corriente del Plata, sino que señalan en su lugar el «paso» el
estrecho mítico, precisamente en el mismo grado de latitud. Con esto queda
plenamente dilucidada la cuestión. Aquellos fiadores de la Newen Zeytung se
engañaron en medio de su probidad, víctimas de una confusión ajena muy explicable;
y con igual probidad procedía Magallanes al afirmar que tenía noticia auténtica de la
existencia de un «paso». Cayó en error a través del error de otros cuando, al proyectar
su magno plan de la vuelta al mundo, echó mano de aquellos mapas e informes. El
secreto de Magallanes fue, en definitiva, un error honradamente aceptado.
¡Pero no maldigamos del error! Hasta de un error, si el genio lo toca y un buen
azar lo conduce, puede salir una elevada verdad. Cuéntase por cientos y por miles los
inventos trascendentales, en todos los terrenos del conocimiento, que han sido
promovidos en medio de falsas hipótesis. Nunca se hubiera arriesgado al mar
Cristóbal Colón de no existir aquel mapa de Toscanelli que, calculando con absurda
falsedad la extensión del orbe, le hacía abrigar la ilusión de haber hallado el derrotero
para llegar, en el menor tiempo posible, a la costa oriental de la India. Nunca
Magallanes hubiera podido persuadir a un monarca para que le confiara una flota si,
con seguridad ingenua, no hubiera puesto fe en aquel mapa erróneo de Behaim y en
aquellos informes fantásticos de los pilotos portugueses. Sólo porque creía conocer
un secreto le fue posible a Magallanes descifrar el secreto geográfico más grande de
su época. Sólo porque se entregó con toda el alma a una ilusión transitoria descubrió
una verdad permanente.
Página 46
Una idea que se realiza
Página 47
un contrabandista, sino con la visera levantada y consciente de todas las injurias que
su paso al otro lado va a acarrearle.
Pero el hombre creador se mueve más allá de lo estrictamente nacional. Quien ha
de realizar una acción o llevar a cabo un descubrimiento que toda la Humanidad
reclama, ya tiene por patria su obra más bien que su misma patria. En último término
se sentirá responsable únicamente ante la empresa misma que le es encomendada, y
antes le será tolerado que menosprecie los intereses estatales y pasajeros que la íntima
obligación que le imponen su particular misión y su personal aptitud. Magallanes, al
cabo de años de fidelidad a su patria, en medio del camino de la vida, reconoce su
tarea ineludible. Ya que su patria se niega a ayudar a la realización de la misma, se ve
obligado a hacer patria de su propia idea. Decidido, renuncia a su nombre y al honor
de ciudadano para levantarse y andar hacia un hecho inmortal, consecuente con su
propósito.
Página 48
No hay mejor testimonio de la extraordinaria facultad de reserva de Magallanes y
de su genial capacidad de callar y esperar, que el aplazamiento de esta indispensable
diligencia. Nunca extravagante, jamás excediéndose en el optimismo ni mintiéndose
a sí mismo vanidosamente, sino más bien calculador constante, psicólogo y realista,
Magallanes pone en la balanza sus garantías personales y decide que no son de
suficiente peso. Sabe que sólo entrará con buen pie en la «Casa de Contratación» si
otros le preparan antes el terreno. Porque a él ¿quién le conoce allí? El haber viajado
siete años por Oriente y luchado a las órdenes de Almeida y Albuquerque no significa
gran cosa en una ciudad cuyas tabernas y mesones hormiguean de aventurados y
desesperados, y donde viven todavía los capitanes que navegaron al lado de Colón,
de Corterreal y de Cabot. Tampoco son recomendaciones que pueden ayudarle el
llegar de Portugal y no haber logrado entenderse con su rey, y el ser emigrante y, en
un sentido más estricto, fugitivo. No; la «Casa de Contratación» no depositará en él,
el innominado, el fuoruscito, ninguna confianza; por eso Magallanes no traspone el
umbral. Le basta su experiencia para saber lo que hace falta en un caso semejante.
Ante todo, como los proyectistas y proponentes en general, necesita «relaciones» y
«recomendaciones». Antes de empezar las negociaciones con los que tienen el poder
y el dinero, es preciso que poder y dinero le guarden las espaldas.
Al precavido Magallanes le parece una relación imprescindible de tal naturaleza
la que entabló ya antes de su salida de Portugal. En la casa de Diego Barbosa, otro
portugués que renunció a su nacionalidad y está al servicio de España como alcaide
del Arsenal hace catorce años, es recibido desde luego cordialmente. Muy
considerado en toda la ciudad, caballero de la Orden de Santiago, resultó para el
recién llegado un ideal fiador. Existen bastantes datos que coinciden en establecer el
parentesco de Barbosa y Magallanes, pero lo que desde el primer momento estrecha
el vínculo entre ambos, mejor que cualquier parentesco de tercer grado, es el hecho
de ser Diego Barbosa, desde bastantes años antes que Magallanes, viajero de Indias.
Su hijo, Duarte Barbosa, ha heredado la pasión de la aventura. También él ha
atravesado en todos los sentidos las aguas índicas, persas y malayas, y dejó un libro
de viaje muy estimado en su tiempo, O livro de Duarte Barbosa. Estos tres hombres
contraen pronta amistad. Si todavía hoy los oficiales de colonias o soldados que han
luchado en el mismo sector durante la guerra, forman toda la vida como un gremio
cerrado, ¡cuánto más debieron de sentirse unidos en aquel tiempo el par de docenas
de veteranos del mar, salvados por milagro y vueltos al hogar, de aquellos azarosos y
mortíferos viajes! Barbosa insta, hospitalario, a Magallanes para que se quede a vivir
con él; su hija Bárbara no tarda mucho en sentir preferencias por el hombre de treinta
y siete años, enérgico y autoritario. Antes de acabar el año, Magallanes pasa a ser
yerno del alcaide, asegurándose con ello simpatía y arraigo en Sevilla. El que arriesgó
su personalidad portuguesa toma ahora carta de naturaleza en España. Ya no es el
refugiado, sino el «vecino de Sevilla», donde está en su casa. Acreditado por su
amistad y su pronta alianza con los Barbosa, escudado en la dote de su mujer, que
Página 49
importa 600 000 maravedíes, puede ahora sin vacilaciones franquear el umbral de la
«Casa de Contratación». No existen noticias fidedignas acerca de las relaciones que
con ella debió de tener, ni de la acogida que debieron de dispensarle. No sabemos lo
que Magallanes, comprometido por su juramento con Ruy Faleiro, llegaría a confiar
de su proyecto a la Comisión, y probablemente es incierto, por burda analogía con el
caso de Colón, el rumor de que sus propósitos fueron rechazados ásperamente por la
comisión, o que ésta estuvo a punto de tomarlos a risa. Sólo sabemos de cierto que la
«Casa de Contratación» no quiso o no pudo participar en la empresa del desconocido
bajo propia responsabilidad y riesgos. Los profesionales en el orden comercial han de
desconfiar de todo lo que se sale de lo ordinario, y otra vez se llevó a cabo uno de los
logros definitivos de la Historia no gracias al apoyo de los organismos adecuados,
sino a pesar de ellos.
Página 50
aquel desconocido capitán portugués, o bien la íntima convicción con lo que exponía,
algo debió de imponerse al experto y ponderado negociante. Lo cierto es que Aranda,
ayudado tal vez de la razón o por puro instinto, rastrea detrás del magno plan la
posible magnitud del negocio. El haber oficialmente declinado, como no rentable
para la Corona, la proposición de Magallanes no le impide al funcionario real Aranda
hacer el negocio «en sí», como dicen en el dialecto de los negociantes, patrocinando
financieramente la empresa a título de particular, o al menos sacando del
financiamiento una comisión en calidad de intermediario. Cierto que este modo de
obrar dando carpetazo a un proyecto como funcionario de la Corona y cortesano, para
aceptarlo bajo mano, no es muy correcto ni muy limpio; y, en efecto, más tarde, la
«Casa de Contratación» abrió un proceso contra Juan de Aranda por su participación
financiera en él.
Magallanes no puede andar con repulgos en tales momentos. No tiene más salida
que uncir a su empresa lo que pueda sacar adelante la carreta, y en esta situación
crítica confía, probablemente, a Juan de Aranda, del común «secreto», más de lo que
su fidelidad hacia Ruy Faleiro le permitía. Se goza de haber ganado a Juan de Aranda
para su empresa. Éste, antes de poner dinero e influencia en el arriesgado negocio con
uno a quien no conoce, hace lo que haría hoy cualquier diestro financiero en ocasión
semejante: pide informes a Portugal sobre el crédito que merezcan Magallanes y
Faleiro. La persona a quien se dirija confidencialmente no es otra que Cristóbal de
Haro, financiador un día de aquella primera expedición hacia el sur brasileño y que
posee el más amplio conocimiento sobre la materia y las personas. La información —
una feliz coincidencia más— da un resultado excelente: Magallanes es un hombre
experto, un navegante puesto a prueba, y Faleiro está considerado como un
cosmógrafo de categoría.
Queda sorteado el último escollo. Desde esta hora el gerente de la Casa de Indias,
cuyo fallo en cosas del mar es tenido como decisivo en la corte, está dispuesto a regir
los de Magallanes, que son también los suyos. Magallanes y Faleiro ganan un tercer
asociado; aportan un capital básico en este trifolio: Magallanes, su experiencia
práctica; Faleiro, sus conocimientos teóricos, y Juan de Aranda, sus relaciones. No
vacila en dirigir una extensa carta al canciller de Estado de Castilla, en la cual
manifiesta la importancia de la empresa y recomienda a Magallanes como un hombre
«que podría prestar grandes servicios a Su Alteza». Pone luego al corriente del plan a
cada uno de los consejeros, con lo cual asegura a Magallanes la audiencia. Y más
aún: el celoso agente no sólo se declara dispuesto a acompañar él mismo a
Magallanes a Valladolid, sino que le adelanta, además, de su bolsillo el coste del viaje
y de la estancia. Ha cambiado el viento de la noche a la mañana. Magallanes ve
superadas sus más atrevidas esperanzas. En un mes ha conseguido más de España que
de su patria en los diez años de abnegado servicio. Ahora que se le han abierto las
puertas del palacio real, escribe a Faleiro que venga confiado a Sevilla cuanto antes
mejor, pues todo va como una seda.
Página 51
Era de esperar que, el bravo astrólogo acogería entusiasmado el sorprendente
progreso de las negociaciones y daría un abrazo de gratitud a su compañero. Pero en
la vida de Magallanes —y en lo sucesivo persistirá el mismo ritmo— no hay día claro
que alguna nube no empañe. Ya el hecho de la afortunada iniciativa de Magallanes
parecía haber exasperado el natural reacio, colérico y sensible de Ruy Faleiro, que, a
causa de ella, pasaba a la reserva; y la indignación del astrólogo, tan poco versado en
las cosas del mundo, llega al colmo cuando se entera de que Aranda no patrocina la
empresa por amor a la Humanidad, sino porque aspira a una participación en las
futuras ganancias.
Esta circunstancia da lugar a escenas acaloradas. Faleiro acusa a Magallanes de
haber faltado a la palabra revelando el «secreto» a un tercero, sin su aquiescencia. En
un histérico arrebato de cólera se resiste a ir a la corte de Valladolid en compañía de
Aranda, no obstante haberle anticipado éste los gastos del viaje. Esa vana cerrilidad
de Faleiro amenazaba seriamente la empresa, cuando Aranda recibe de la corte la
fausta noticia de que el rey concede la audiencia requerida. Empieza una excitada
negociación, con idas y venidas, a propósito de la comisión sobre lo cual los tres
componentes no llegan a un acuerdo hasta el último momento, ante los mismos
portales de Valladolid. Antes de haber cazado el oso se reparten ya buenamente su
piel. A Aranda le es asignado un octavo por sus actividades de agente, y con este
octavo de la ganancia futura —del cual Aranda, Magallanes y Faleiro jamás verán un
maravedí— no quedan, en verdad, bastante bien pagados sus servicios, pues es él
quien conoce la situación y sabe cómo regirla, y quien, aun antes que el del rey,
desconocedor de su enorme poder, habrá de ganarse el beneplácito del Consejo de la
Corona.
En este Consejo de la Corona parece que el plan de Magallanes ha de hallar
terreno no del todo favorable. Porque, de sus cuatro miembros, hay tres: el cardenal
Adriano de Utrecht, amigo de Erasmo y futuro Papa, Guillermo de Croix y el
canciller de Estado Sauvage, que son nativos de los Países Bajos; vuelven la mirada
más hacia Alemania donde el rey español Carlos ceñirá la corona imperial y hará que
el nombre de Habsburgo se adueñe del mundo. Para esos aristócratas feudales o
humanistas bibliófilos un proyecto de ultramar cuyo probable provecho se desplegará
a la postre exclusivamente en favor de España, está muy lejos de sus planes. El único
español en el Consejo de la Corona, protector de la Casa de Contratación y, al mismo
tiempo, el que posee indiscutibles conocimientos náuticos, es por desgracia, el
famoso e infamado cardenal Fonseca, obispo de Burgos. Con sincero terror debió de
oír Magallanes el nombre de Fonseca al pronunciarlo Aranda por primera vez, pues
todo navegante sabía que Colón no tuvo en su vida más enconado adversario que este
cardenal realista y mercantil, que se opone con la más rígida desconfianza a todo plan
fantástico. Pero Magallanes nada tiene que perder y, en cambio ve ganancias en
Página 52
perspectiva. Decidido, con la cabeza alta, se presenta ante el reunido Consejo para
defender su idea y llevar adelante el proyecto.
Página 53
monarcas más poderosos, pasará a ser, con su adquisición, el príncipe más rico de la
tierra.
Pero tal vez —rectifica Magallanes, continuando— Su Majestad tendría reparo en
emprender una expedición hacia las Molucas, temeroso de invadir la esfera que Su
Santidad el Papa destinaba a los portugueses en su partición. Este cuidado queda
excluido. Gracias al conocimiento exacto que tiene del sitio y a los cálculos de Ruy
Faleiro, él, Magallanes, puede asegurar y probar que las islas del tesoro caen dentro
de la zona que Su Santidad el Papa asignó a España; es, pues, una equivocación por
parte de España esperar más tiempo, a pesar de su indiscutible derecho de prioridad,
con lo que facilitaría a los portugueses el sentar sus reales en territorio de la Corona
española.
Magallanes hace una pausa. Ahora la exposición está a punto de pasar de lo
práctico a la teoría, porque toca a los meridianos y a los mapas el dar testimonio de
que las islas de la especiería son del dominio de la Corona de España. Magallanes se
aparta para ceder a su camarada Ruy Faleiro la argumentación cosmográfica. Ruy
Faleiro arrastra una gran esfera; gracias a su demostración se puede precisar
claramente que las islas de las especias se encuentran en el otro hemisferio, allende la
línea de división que trazó el Papa, y, por lo tanto, en dominio español; y, apoyando
sus palabras, señala con el dedo el curso que él y Magallanes tienen el propósito de
seguir. (Lo cual no es óbice para que, andando el tiempo, se demuestre que todos los
cálculos de longitudes y latitudes de Ruy Faleiro caían de lleno en la fantasía, porque
este geógrafo de gabinete ni siquiera sueña en la extensión del aún no descubierto ni
surcado océano Pacífico. Veinte años más tarde se podrá, además, precisar que todas
sus consecuencias caen por la base, que las islas de la especiería no están en dominio
español, sino portugués). No todo lo que el excitado astrónomo expone, gesticulando
mucho, son puras aproximaciones. Pero todos los hombres y todas las naciones están
dispuestos a creer lo que les aprovecha. Desde el momento que el doctísimo
cosmógrafo declara que las islas de la especiería pasarán a ser de España, los
consejeros del rey ya no tienen ningún interés en discutir una manifestación que tanto
les favorece. Es cierto que algunos de ellos se mostraron curiosos de ver señalado en
la esfera el punto en que se encontraba la travesía de América, el paso, el estrecho
que llevaría el nombre de Magallanes, y que, al no verlo marcado, Faleiro les explicó
que era con toda intención, a fin de que ese gran secreto no fuera divulgado hasta el
momento preciso.
El Emperador y sus consejeros, displicentes los unos y ya interesados los otros,
habían escuchado. Pero aquí sobreviene lo nunca previsto. No son los eruditos, los
humanistas, quienes se interesan por el viaje alrededor del mundo, que fijará por fin
la extensión terrestre y eclipsará todo documento anterior; es precisamente aquel
escéptico tan temido de todo navegante, el obispo de Burgos Fonseca quien se pone
decididamente al lado de Magallanes. Tal vez en su interior le remuerda ahora, como
un delito contra la Historia, el haber perseguido a Colón, y no quiere cargar por
Página 54
segunda vez con el ludibrio de ser un enemigo de toda gran idea; tal vez le ha
convencido. Lo cierto es que el impulso decisivo parte de él. En principio acepta el
proyecto, y Magallanes y Faleiro son invitados oficialmente a comunicar por escrito
al Consejo de Su Majestad los antecedentes y los fines de su empresa.
Todo está ganado con esta audiencia. Pero a quien ya tiene le es dado más, y una vez
la suerte ha respondido al reclamo, seguirá fácilmente al favorecido. Más dieron
aquellas pocas semanas a Magallanes que lo que en años había obtenido. Ha hallado
en su camino una esposa amante, amigos fieles, impulsores que hacen propia su idea,
un rey que deposita en él la confianza; y, por fin, viene a sus manos, en el juego
apasionante, un triunfo que ha de decidir su suerte. Aparece aquellos días en Sevilla,
de improviso, el renombrado naviero Cristóbal de Haro, aquel opulento especulador
flamenco que trabaja al unísono del gran capital internacional de su tiempo y que ha
equipado a costa suya una serie de expediciones. Había tenido hasta entonces su
cuartel central en Lisboa. Pero también a él le había exasperado el rey Manuel con su
tacañería e ingratitud, por eso le resulta de perlas todo lo que pueda enojar al
monarca. Sabe quién es Magallanes, le merece confianza, y como tampoco le parecen
mal las perspectivas de la empresa desde el punto de vista del negocio, le asegura,
muy obligado, que en el caso de que la corte española y la «Casa de Contratación» no
quisieran emplear el dinero necesario en la empresa, él y sus colegas estarían
dispuestos a costear la flota.
Gracias al inesperado ofrecimiento tiene Magallanes ahora dos opciones. Cuando
llegó a la puerta de la «Casa de Contratación» era él quien iba a rogar que le
confiaran una flota, y después de la audiencia se trató aún de especular con sus
pretensiones y rebajar sus demandas. Ahora, con la oferta de Cristóbal de Haro en el
bolsillo, Magallanes puede presentarse como capitalista. Si la corte no quiere correr
el riesgo, tiene el orgullo de decir que esto no perjudicará sus planes, pues no necesita
otro dinero, y sólo pide el honor de salir bajo el pabellón de España. A cambio de este
honor entregará a la Corona, en un generoso rasgo, un quinto de la ganancia.
Esta nueva proposición, que deja fuera de cualquier riesgo a la corte española, es
de tal modo favorable, que, paradójicamente, o más bien dentro de la estricta
argumentación lógica, el Consejo de la Corona decide no aceptarla. Porque si un tan
curtido comerciante como Cristóbal de Haro —así argumenta el Consejo de la
Corona de España— se presta a poner dinero en la empresa, es que la tal empresa
promete ser de las más beneficiosas. Vale más, por consiguiente, financiar el proyecto
con dinero del Tesoro, asegurándose así la principal ganancia y, con ella, la gloria.
Después de corto regateo son aceptadas las condiciones de Magallanes y de Ruy
Faleiro en su totalidad; con una prisa en abierta oposición con la marcha ordinaria de
Página 55
los asuntos oficiales del país, aquél pasa delante de todos. Y en 22 de marzo de 1518,
Carlos V, en nombre de su madre Juana —incapacitada por su locura— y con el
solemne «Yo el Rey», firma de su puño y letra la «Capitulación», o sea el
compromiso con Magallanes y Ruy Faleiro.
Página 56
Como si esto no bastara, se especifica que todas las autoridades y funcionarios de
España, desde los más elevados a los inferiores, se den por enterados de este pacto,
para que Magallanes y Faleiro hallen facilidades «en todo a por todo, para agora e
para siempre»; y esta orden es comunicada «al Ilustrísimo Infante D. Fernando, e a
los Infantes, Prelados, Duques, Condes, Marqueses, Ricoshomes, Maestres de las
órdenes, Comendadores a Subcomendadores, Alcaldes, Alguaciles de la nuestra Casa
e Corte a Chancillerías, e a todos los Consejos a Gobernadores, Corregidores a
Asistentes, Alcaldes, Alguaciles, Merinos, Prebostes, Regidores a otras cualesquier
justicias a oficiales de todas las ciudades, villas a logares de los nuestros Reinos a
Señoríos». Y, en fin, a todos los brazos y organismos, y personas, desde el príncipe
heredero al último soldado. No puede anunciar con mayor precisión que desde aquel
momento todo el reino español está propiamente al servicio de dos desconocidos
emigrantes portugueses.
Magallanes no podía esperar tanto ni en sus más osados sueños. Pero sucede algo
todavía más pasmoso y trascendental: Carlos V, en sus años juveniles y más bien de
un temperamento vacilante, reservado, se declara el más impaciente y fervoroso
abogado de aquella nueva expedición de argonautas. Algo debió de apasionar de
modo desacostumbrado al joven monarca, ya fuera en la actitud varonil y firme de
Magallanes, o bien en lo osado de la empresa. Él es quien más insiste en que se arme
y salga pronto la expedición. Quiere que le enteren, semana por semana, del curso de
la empresa, y si un obstáculo cualquiera aparece, basta que Magallanes se dirija a él
para que una carta del rey rompa inmediatamente la oposición. Es casi la única vez
durante su largo reinado que aquel Emperador, en general vacilante y fácil a las
influencias, se puso al servicio de una idea magna. ¡La protección de un rey-
emperador como Carlos V, toda una tierra a su disposición!… Al mismo Magallanes
debió de pasmarle esta ascensión como soñada que, de la noche a la mañana, lo lleva
a él, hombre sin patria, sin empleo despreciado y vilipendiado, al cargo de capitán
general de una flota, a caballero de la orden de Santiago, a futuro gobernador de todas
las nuevas islas y territorios, a dueño de vida y muerte, a señor de una armada, y, por
encima de todo, a dueño por primera vez de sus propios pasos.
Página 57
Una voluntad contra mil obstáculos
En las grandes acciones, la gente se fija con preferencia, por una especie de
comodidad óptica, en los momentos dramáticos o pintorescos de sus héroes: César al
pasar el Rubicón; Bonaparte, en el puente de Arcole. Quedan en la sombra los años,
no menos creadores, de la preparación; la gradación espiritual, paciente,
organizadora, de un hecho histórico. También en el caso de Magallanes, el pintor y el
poeta se inclinan a presentarle en el momento del triunfo, cuando su nave surca el
estrecho que ha descubierto. En la realidad, su incomparable energía se ejerció tal vez
con más intensa grandeza cuando aún se trataba de obtener una flota y de llevar
adelante su armamento en medio de los mil obstáculos. El «sobresaliente», el soldado
desconocido, se encuentra de pronto frente a frente de una tarea heroica. Porque es
algo totalmente nuevo, sin precedentes, lo que ha de llevar a cabo el no probado
todavía en las tareas de organización. Tiene que armar una flota de cinco naves para
un viaje del que no existe un patrón en el pasado y para el cual no valen las anteriores
medidas. Nadie puede aconsejar a Magallanes en su arrojada empresa, porque nadie
conoce las zonas no pisadas y los mares no surcados en los cuales se aventura antes
que nadie. No hay tampoco quien pueda decirle ni aproximadamente el tiempo que
durará el viaje alrededor de la esfera terrestre, no medida aún; ni a qué clima, a qué
pueblos le llevarán las rutas vírgenes. La flota ha de estar bien equipada, en previsión
de todo lo imaginable: hielo ártico y calor tropical, tormenta y calma chicha, para un
año, y tal vez para dos, o tres; para la guerra y para el tráfico mercante. Y todo esto,
apenas calculable, a él solo le toca preverlo, adquirirlo y defenderlo contra los más
inesperados obstáculos. Ahora que, por el solo hecho de concertar los preparativos, la
empresa muestra sus dificultades, se hace patente la magnitud de la escondida labor
de años enteros. Mientras su rival en la fama, Colón, ese Don Quijote de los mares,
ese ingenuo fantaseador que vivía en la luna, confió a los Pinzón y a otros pilotos
todos los detalles prácticos, muéstrase Magallanes —otro Napoleón— tan osado en la
concepción del conjunto como preciso y minucioso en la previsión, en el cálculo de
cada detalle. También en él se funde la fantasía genial con la genial exactitud, y del
mismo modo que Napoleón, antes de su fulminante paso de los Alpes, hubo de
calcular semana tras semana cuántas libras de pólvora, cuántos sacos de avena tenían
que estar tal día en tal sitio a disposición de sus tropas en marcha, Magallanes, el
conquistador de un mundo, se cree obligado a prever todo lo que puede hacer falta
para dos, para tres años, y adelantarse a las dificultades que puedan presentarse.
Enorme tarea para un solo hombre en una empresa tan intrincada, tan difícil de
abarcar en su variedad, y que le obligará a sortear los numerosos e inevitables
tropiezos que surgen al pasar de la idea al hecho; el acondicionamiento de los barcos
Página 58
exige, por sí solo, una lucha de meses. Es verdad que el emperador Carlos había
empeñado su palabra de que facilitaría todo lo necesario y encarecería lo mismo a
todos los servicios oficiales. Pero entre un mandato y su cumplimiento —aunque el
mandato sea imperial— hay sitio para muchas dilaciones y estancamientos: lo que es
verdaderamente creación, sólo el mismo creador puede ejecutarlo, si aspira a lo
acabado. Y, en realidad, nada, ni lo que llamaríamos materias, dejó Magallanes en
manos ajenas de lo que fue la empresa de su vida. En sus tenaces negociaciones con
la «Casa de Contratación», las oficinas, los comerciantes, los proveedores, los
artesanos, leía siempre la responsabilidad que tiene con los que a confían sus vidas, y
está al tanto de todas las particularidades. No hay mercancía que no inspeccione,
cuenta que no repase, ni, a bordo, cuerda, tabla o arma que no examine
personalmente; conoce cada uno de los cinco barcos, desde la punta del palo mayor
hasta el fondo de la quilla como conoce las uñas de sus dedos. Y, a semejanza de los
que trabajan en la construcción de los muros de Jerusalén, que tenían en una mano la
llana y en la otra la espada, Magallanes, al mismo tiempo que adereza la flota que ha
de salir hacia lo desconocido, tiene que defenderse de la envidia y animosidad de los
muchos que quisieran impedir a toda costa la expedición. Lucha heroica de un solo
hombre contra tres frentes: los enemigos exteriores, los del interior y el obstáculo que
la materia por sí misma opone a toda empresa que rebasa lo ordinario. Por esto, la
suma de todas las dificultades vencidas es la que, al fin y a la postre, da la medida de
un hecho y del hombre que lo lleva a cabo.
Página 59
limpio que volviera a ponerse al servicio de su monarca, que en Lisboa le daba,
seguramente, generosa recompensa?
Pero Magallanes sabe muy bien lo poco que le ama su señor; sospecha, no sin
razón, que a la vuelta a su patria no le esperaría seguramente en ella ningún saco
henchido de oro, sino una aguda puñalada, y declara, sintiéndolo mucho, que es
demasiado tarde. Ya ha dado su palabra al rey de España y es preciso cumplirla.
Magallanes, el hombrecito, el insignificante y, sin embargo, peligroso campesino,
no tiene rival sobre el tablero del ajedrez diplomático. Álvaro da Costa propone un
atrevido jaque al rey. Su carta demuestra cómo era adicto al joven monarca: «Por lo
que toca al asunto de Fernando Magallanes —escribe al rey Manuel—, Dios sabe lo
que he porfiado. Hablé de ello al rey muy enérgicamente… Le insinué cuán feo e
insólito proceder es el de un rey que toma a su servicio sujetos de otro monarca
amigo, contra el expreso deseo de éste… Le rogué que tomara en consideración cómo
es ésta menos que ninguna la ocasión de disgustar a Vuestra Alteza, y en empresa
dudosa y de poca monta. Bastante tiene con sus vasallos si se le antoja emprender
algún descubrimiento, para que haya de servirse precisamente de los que están
indispuestos con Vuestra Alteza. Le expuse cómo disgustaría a Vuestra Alteza saber
que esos hombres solicitaron volver a su patria y España les negó el permiso. Para
concluir, le rogué, por su propio bien y el de Vuestra Alteza, que se dignara hacer una
de las dos cosas: o permitir a los dos hombres la vuelta a la patria, o abandonar por
este año la empresa».
El rey de dieciocho años, que lo es hace poco, no tiene todavía experiencia
bastante en asuntos diplomáticos. Por eso no logra ocultar del todo su sorpresa ante la
descarada mentira de que Magallanes y Faleiro anhelaban volver a Portugal, y que si
no lo hicieron fue porque la corte española se lo impidió. «Tan sorprendido estaba —
refiere Da Costa—, que a mí mismo me desconcertó». También en la proposición de
aplazar un año el viaje, hecha por el enviado portugués, reconoce inmediatamente el
monarca la pezuña del diablo. Porque es precisamente el año que necesitaba Portugal
para poder adelantarse a los españoles con una flota propia. Fríamente declina el
joven monarca la proposición, diciendo al enviado que será mejor que hable con el
cardenal de Utrecht. El cardenal remite el asunto al Consejo de la Corona, éste al
obispo de Burgos, y en tales dilaciones, y en medio de continuas promesas cortesanas
de que su primo Carlos no intenta oponer la menor dificultad «a su muy caro a amado
tío e hermano» el rey Manuel, la queja diplomática de Portugal es archivada sin que
Álvaro da Costa haya conseguido nada. Peor aún, porque la celosa intervención de
Portugal ha dado nuevo impulso a Magallanes; de pronto, se cruzan en el destino del
que ayer era todavía un hidalgo sin lustre los arranques de los dueños del mundo.
Desde el momento en que el rey Carlos ha confiado una flota al oficialito de un día,
Magallanes es para el rey Manuel un personaje importante. Y el rey Carlos, por su
parte, no lo cedería por nada del mundo desde que el rey Manuel quiere recobrarlo a
Página 60
toda costa. Cuanto más España procure apresurar la salida de la expedición con más
ahínco Portugal pondrá los medios para impedirlo.
La labor principal del solapado sabotaje de la flota será encomendada por Lisboa a
Sebastián Álvares, el cónsul de Portugal en Sevilla. Este espía oficial rondará
continuadamente los barcos, examinará y recontará cada cargamento que llega a
bordo; no dejará tampoco de contraer íntima amistad con los capitanes españoles que
frecuentan el puerto. Con fingida indignación les pregunta si realmente los caballeros
castellanos se dejarán imponer por aquel par de aventureros portugueses evadidos de
su territorio. Ya se sabe que el nacionalismo es una cuerda que aun la mano más
grosera es capaz de hacer vibrar sin gran trabajo; no tardan los marineros castellanos
en corear las insidias con sus charlas y ocurrencias. ¡Dónde se ha visto! ¡Sin que
hayan hecho un solo viaje al servicio de España, sólo por oír decir, se ha confiado una
flota a esos fugitivos, nombrándolos, sin más ni más, almirantes y caballeros de la
Orden de Santiago!
Pero Álvares hace algo más que fomentar murmuraciones e invectivas en la mesa
de los capitanes y en las tabernas. Promueve una verdadera agitación popular que
puede costar el mando —y tal vez la vida— a Magallanes. Este motín —
concedámoslo— es puesto magistralmente en escena por el diestro agente
provocador.
En todos los puertos del mundo se encuentran innumerables vagos que no saben
cómo matar el tiempo. Nada mejor para esos remolones, en un día soleado de
octubre, que mirar cómo trabajan los demás. Un pelotón de desocupados se ha
reunido alrededor de la nave almiranta Trinidad, que ha sido puesta en la ribera para
calafatearla y repasar su quilla. Con las manos en los bolsillos, mascando tal vez
tabaco fresco de la India occidental, los sevillanos contemplan la destreza de los
valientes marineros en su tarea, reparando cada grieta con pez y estopa. De pronto,
uno de los curiosos señala a los demás el palo mayor del Trinidad. «¡Qué descaro! —
exclama indignado—. ¡Ese Magallanes salido de no sabe dónde, arbolando en pleno
puerto del reino español, en la misma Sevilla, el pabellón portugués!… Un andaluz
no debiera dejarse provocar así». Aquellos holgazanes con tal vehemencia increpados
no observan, en su primer ardor, que el archipatriota que tan enfáticamente demuestra
su indignación ante una ofensa al honor nacional no es ningún español, y que quien
asume a la sazón el papel de agente provocador no es otro que don Sebastián Álvares,
cónsul del reino de Portugal. Sin hacer más preguntas, se suman a la protesta
voceando, hasta el punto de llamar la atención de otros curiosos, que corren de todos
lados hacia donde ha estallado el tumulto. Y basta que uno de ellos proponga dejarse
Página 61
de comentarios y subir sin demora a arrancar la bandera, para que la pandilla se
precipite sobre la nave.
Magallanes, que ha estado presidiendo la labor de los marineros desde las tres de
la madrugada, se apresura a aclarar el error al alcalde, que ha acudido al puerto. Si el
pabellón español no ha sido izado en el palo mayor es por una casualidad:
precisamente están repintándolo. En cuanto a la bandera que hay en el mástil, no es la
bandera nacional portuguesa, sino la suya, la bandera particular del almirante, que a
él cumple izar en el barco. Después de haber enderezado el error en la más cortés de
las formas, Magallanes pide al alcalde que, haciendo valer su autoridad, mande salir
del barco a todos aquellos escandalosos relajados.
Pero siempre resulta más fácil agitar la masa que apaciguarla. El populacho no
renuncia a la diversión, y el alcalde se pone a su parte. Ante todo, ¡abajo el pabellón
extranjero o harán valer el derecho por sus propias manos! Es en vano que el doctor
Matienzo, el más alto cargo de la Casa de Indias, pretenda hacer valer su mediación a
bordo. Entre tanto, el alcalde ha recurrido al apoyo nacional: el capitán del puerto, el
teniente del almirante y un fuerte grupo de policía. Declara que la transgresión de
Magallanes es una ofensa a España, y ordena a sus alguaciles que prendan al capitán
portugués por haber izado la bandera del rey de Portugal en un puerto español.
Matienzo interviene con energía. Reprende al capitán del puerto haciéndole
observar que puede resultar muy peligroso para un funcionario real arrestar al
capitán, a quien su soberano ha conferido el mando supremo, con cartas selladas.
Sería más cuerdo no ponerse en riesgo de quemarse los dedos en un asunto candente.
¡Es ya tarde! La tripulación de Magallanes y el grupo del puerto han venido a las
manos. Han salido a relucir espadas, y únicamente la presencia de ánimo y la calma
de Magallanes logran parar los pies a los amotinados, contemplados con regocijo por
el agente provocador que había urdido la agitación. «Bien —declara Magallanes—.
Estoy dispuesto a arriar la bandera, y aun a retirar el barco, y que disponga el rey
como guste de lo que le pertenece; la responsabilidad de lo sucedido recaerá, desde
luego, sobre los funcionarios reales del puerto». La solución no es a gusto del
excitado alcalde, y los ofendidos en su honor nacional se retiran refunfuñando, y no
tardan muchos días en catar el látigo. Porque Magallanes ha escrito inmediatamente
al Emperador, quejándose de la ofensa que en su persona se ha inferido a su Real
Majestad. Carlos I le reitera sin vacilar su favor y le asegura que los empleados del
puerto serán castigados. Álvares se había regocijado demasiado pronto. La empresa
vuelve a su curso normal.
Gracias a los nervios bien templados del ponderado Magallanes, la intentona ha sido
sofocada. Pero, en tan vasta empresa, apenas cosido un lado, la tela se descose por
Página 62
otro. Cada día trae nuevos sinsabores. La «Casa de Contratación» opone resistencia
pasiva, y no vuelven los funcionarios de su terca sordera hasta que estalla a sus oídos
un rescripto de puño del Emperador. Pero pronto, en pleno armamento de la flota, el
tesorero declara que no hay dinero en las arcas de la «Casa de Contratación» y parece
que, por tal causa, la empresa va a ser diferida por tiempo indeterminado. La recia
voluntad de Magallanes sabe también cómo vencer esta dificultad: convence a la
corte para que asocie en el negocio a ciudadanos de manifiesta solvencia. De los ocho
millones de maravedíes que ha de costar el armamento, dos millones quedan
cubiertos rápidamente gracias a Cristóbal de Haro, que adquiere, en cambio, el
privilegio de participación con la misma cuota en las expediciones sucesivas.
Ahora que el aspecto financiero queda resuelto, se puede empezar a poner las
naves en las mejores condiciones para el viaje y proveerlas de todo lo necesario. No
era muy regio su aspecto cuando se presentaron en el puerto de Sevilla los cinco
galeones reales. «Son muy viejos y remendados —comunicó triunfalmente a Portugal
el espía Álvares—. Temería viajar en ellos ni siquiera hasta las islas Canarias, pues su
costillaje es blando como mantequilla». Pero Magallanes, bragado navegante de
Indias, que sabía muy bien que se monta mejor a veces y con más seguridad sobre un
jaco que sobre un potro, y que la labor de un operario experto puede hacer marineros
hasta los buques más cansados de surcar el agua, no ha perdido su tiempo, y mientras
los operarios, siguiendo las instrucciones que él les ha dado, trabajan día y noche en
volver lo viejo nuevo, él se cuida del alistamiento de una tripulación entendida en los
azares del mar.
¡Pero ya acecha una nueva dificultad allá en el fondo! Por más que los pregoneros
recorren a son de tambor las calles sevillanas, y que los agentes de reclutamiento van
hasta Cádiz y Palos, no hay modo de reunir los doscientos cincuenta hombres
indispensables. Se habrá propagado la sospecha de que el viaje no ofrece seguridad,
pues los reclutadores no aciertan a dar informes claros del objetivo final de la
expedición; resulta igualmente embarazoso a la gente el hecho de que se lleven
provisiones de boca para dos años, caso nunca visto. Así, pues, no es precisamente,
en su aspecto, una guardia de honor la de aquellos hombres harapientos que al fin se
logra reunir; recuerdan los reclutas de Falstaff; abigarrado conjunto de toda raza y
nación: españoles y negros, vascos y portugueses, alemanes, ingleses, chipriotas,
corfuenses e italianos, todos ellos auténticos desperados que venderían el alma al
diablo; y se embarcarán por fin, de buena o mala gana, hacia Oriente u Occidente,
con tal de cobrar algún dinero y que haya esperanzas de mayor ganancia.
No bien cobijada la tripulación aparece un «pero» más. La «Casa de
Contratación» protesta contra los reclutamientos de Magallanes; pretende que es
excesivo el número de portugueses a que da cabida en la armada real española, por el
cual no se pagaría ni un maravedí por sus jornales. Ahora bien, a juzgar por las
cláusulas de la real cédula, a Magallanes no se le ponían limites en el derecho de
escoger la tripulación a su gusto: «que la gente de mar que se tomase fuese a contento
Página 63
como persona que de ella tenga mucha experiencia». Y él se mantiene firme en este
su derecho; escribe de nuevo al rey rogándole que le asista. Pero esta vez Magallanes
se ha apoyado en un punto flaco. Carlos V, pretextando no querer molestar al rey
Manuel, pero en realidad por recelo de que Magallanes, con sus portugueses, llegara
a adquirir una extremada independencia, resuelve no admitir a bordo más de cinco
portugueses. Y sobrevienen otras dificultades: los artículos pedidos a provincias y
hasta a Alemania, en atención a la baratura, no han llegado a su tiempo; uno de los
capitanes españoles se rebela, a su vez, contra el almirante y le ofende ante la
tripulación. Nuevo recurso a la corte para que el aceite real cure las rozaduras. Cada
día acarrea su chismorreo y se cruzan sin tregua las cartas entre ambas partes y con el
rey. Un rescripto alcanza al otro. Una docena de veces diríase que la armada va a
encallar sin haber salido todavía del puerto de Sevilla.
Pero Magallanes, gracias a su recia y vigilante energía, pasa por encima de todos
los estorbos. El asiduo cónsul del rey Manuel ha de reconocer con inquietud que
todos sus ardides para frustrar la expedición se han estrellado contra el paciente pero
inconmovible rechazo del contrario. Cargados ya los cinco barcos, sólo esperan la
orden de partida. Ya parece imposible que nada pueda poner nuevo impedimento a
Magallanes. Pero Álvares lleva todavía oculta en el carcaj una última flecha
envenenada; agrio y malicioso, tiende el arco para herir a Magallanes en el punto más
vulnerable. «Porque, a mi parecer —escribe el agente secreto a su señor el rey
Manuel—, había llegado el momento de exponer lo que Vuestra Alteza me confió,
salí en busca de Magallanes. Lo encontré en su casa, atareado en colocar provisiones
y objetos en cajas y cestos. De esto saqué que estaba decidido a poner en ejecución su
nefanda idea, y convencido de que sería aquélla nuestra última conversación, le
recordé una vez más las pruebas que yo, como buen portugués y amigo, había puesto
en práctica para disuadirle del burdo error que estaba a punto de cometer. Púsele
delante los muchos peligros que, cual rueda de Santa Catalina, erizaban el camino
que iba a emprender, y cómo haría mejor en volver a su patria y a la protección de
Vuestra Alteza, con cuya magnanimidad podía contar… Bien veía él mismo que
todos los castellanos de categoría en Sevilla hablaban de él como de un sujeto de baja
estofa y mala educación… y que, en general, se le menospreciaba por traidor desde
que se puso en oposición con el país que rige Vuestra Alteza».
Pero estas amenazas no hacen la menor impresión en Magallanes. No le viene de
nuevo lo que ahora le comunica Álvares bajo la máscara de la amistad. Nadie sabe
mejor que él mismo que Sevilla, que España le profesan enemistad, y que a los
capitanes castellanos les rechinan los dientes al cumplir sus órdenes como gran
almirante. Ódienle los alcaldes sevillanos, rabien los envidiosos y murmuren los de
sangre azul; ahora que la flota está a punto de zarpar, ni un emperador ni un rey
pueden oponerle demora ni obstáculo. Una vez en el mar abierto, está salvado.
Entonces tendrá señorío sobre vida y muerte, será el árbitro de sus caminos y de sus
objetivos. Y a nadie deberá obediencia si no es a su propia misión.
Página 64
Álvares no ha jugado todavía el último triunfo tanto tiempo guardado. Ahora sale
con él. Irremisiblemente, por último, le insta con máscara de amigo a que oiga sus
amonestaciones «por lo bien que le quiere». Le previene «lealmente» para que no
preste mucho crédito a las «palabras de miel» del cardenal, ni aun a las afirmaciones
del rey de España. Es cierto que el rey de España los ha nombrado a él y Faleiro
almirantes de la flota, y con esto se le confiere a él, en apariencia, un mando
ilimitado. Pero ¿podría asegurar Magallanes que, al mismo tiempo, no se hayan dado
a otros, instrucciones secretas que vengan a mermar encubiertamente su autoridad,
instrucciones que se guardarán de comunicarle a él? Que no se engañe Magallanes y,
sobre todo, que no se deje engañar. A pesar del sello y de la carta autógrafa, se
sospecha algo muy efímero en su mando único. Trataríase —y no puede ser más
explícito— de sus cláusulas secretas, de unas instrucciones confiadas a los
inspectores del Rey, de las cuales le enterarán cuando ya será demasiado tarde para su
honor.
«Demasiado tarde para su honor». Magallanes hace un movimiento involuntario,
con el cual, el impertérrito, el que solía dominar sus emociones, da a entender que la
flecha ha dado en el punto sensible, y con orgullo puede comunicar el tirador a su
rey: «Se demostró altamente sorprendido de que yo supiera tanto».
De todos modos, es el creador de una obra quien mejor conoce sus faltas ocultas y
a lo que está expuesta; lo que Álvares le indica, Magallanes lo sabe hace mucho
tiempo. No ha podido ignorar cierta ambigüedad en la actitud de la corte española y
toda clase de indicios que le dan a entender que no se juega limpio con él. ¿No obró
ya el Emperador contra el texto de la «Capitulación» al prohibirle llevar a bordo más
de cinco portugueses? ¿Sería que en la corte le toman por un agente secreto de
Portugal? Y aquellos veedores, aquellos tesoreros y contadores de que le han
rodeado, ¿son unos contadores o unos guardias de vista que tal vez han de acabar
minando su autoridad? Magallanes siente en la nuca el glacial aire colado del odio y
de la traición —no negaría que hay una cierta verosimilitud en la pérfida insinuación
del bien informado espía—; y el hombre que todo lo había calculado para la
expedición se encuentra ahora ante un riesgo no previsto y experimenta una desazón
comparable al estado de ánimo de uno que se hubiera sentado a la mesa de juego con
unos desconocidos y, aun antes de tomar los naipes, le invadiese la idea turbadora de
que son unos jugadores de ventaja conjurados contra él.
Lo que Magallanes experimenta en aquellos momentos es la tragedia de
Coriolano, del que desertó de su patria por ofensas a su honor, tal como lo ha
representado Shakespeare con trazos inolvidables. Coriolano, lo mismo que
Magallanes, es el patriota que ha servido abnegadamente a los suyos año tras año y
que, arrojado por éstos injustamente de su patria, movido por esa injusticia, ha puesto
su malogrado valor al servicio del contrario. Pero de nada le vale al desertor, ni en
Roma ni en Sevilla, su recta intención. Le sigue como sombra la sospecha: quien ha
Página 65
desertado de un pabellón, fácilmente traicionará al nuevo; quien ha abandonado a un
rey, podría ser infiel a otro rey.
El desertor está perdido, tanto si triunfa como si es vencido, odiado de los unos y
de los otros; se encontrará solo en todas partes, y solo contra todos. Una tragedia
empieza en realidad en el momento que el héroe se da cuenta de lo trágico de su
situación. Magallanes vio, probablemente por primera vez, todos los males que le
acechaban.
Pero ser héroe significa luchar contra un destino que se impone. Decidido,
Magallanes aparta a un lado al tentador. No; así y todo, no pactará con el rey Manuel,
aunque España no le agradeciera sus servicios. Hombre de honor, será fiel a su
palabra, a su cargo, al rey Carlos. Álvares no tiene más remedio que escurrirse,
ceñudo, convencido de que sólo la muerte puede romper la voluntad de aquel hombre
de acero y por eso cierra el informe que manda a Lisboa con el piadoso deseo:
«Pluguiera al Dios Todopoderoso que les fuera en este viaje como a los Corterreal».
O sea: que Magallanes y su flota desaparecieran en el mar desconocido sin dejar
rastro, como los valerosos hermanos Corterreal, cuyo tránsito y cuya tumba son
todavía un misterio. Si se cumple este su piadoso deseo, si Magallanes, por suerte,
fracasa en su viaje, entonces «puede Vuestra Alteza estar descuidado y será la envidia
de todos los príncipes de la tierra».
Página 66
bastante tiempo que el astrónomo es para él una rémora. En nada ha contribuido a la
obra el teórico durante aquellos meses tan difíciles y extenuantes, porque no son
oficios de astrólogo el reclutar marineros, proveer al calafateo de las naves y
seleccionar provisiones, probar mosquetones y trazar reglamentos. Llevarle sería
como atarse al cuello una piedra, y Magallanes necesita tener la mano libre a derecha
a izquierda contra los peligros que le salgan delante y la conjuración que se trame a
sus espaldas.
Cómo se arregló Magallanes para llevar a cabo esa filigrana diplomática del
descarte de Faleiro, no se sabe; preténdese que el mismo Faleiro se hizo su propio
horóscopo, deduciendo de él que no volvería del viaje, y entonces se retiró
voluntariamente. Esta renuncia, tan lindamente compuesta, había de redundar
exteriormente en una especie de elevación de Faleiro: un edicto imperial le nombra
comandante único de una segunda flota —que solamente sobre el papel tiene tablas y
velas—, y Faleiro traspasa a Magallanes sus mapas y cuadros astronómicos. Con esto
queda salvada la última de las cien dificultades, y la empresa de Magallanes vuelve a
ser lo que en un principio: su propia idea y su propia acción. Ahora todo recae sobre
él solo, los afanes, la responsabilidad y el peligro pero también la máxima dicha
espiritual de una naturaleza creadora: ser responsable únicamente ante sí mismo de la
realización del hecho que uno mismo ha elegido.
Página 67
La partida
20 septiembre 1519
El 10 de agosto de 1519, un año y cinco meses después de que Carlos, el futuro señor
de ambos mundos, firmase el pacto, los cinco barcos dejan, por fin, tras de sí la rada
de Sevilla para seguir río abajo hacia Sanlúcar de Barrameda, donde el Guadalquivir
desemboca en el mar; aquí ha de tener lugar la última verificación y abastecimiento
de la flota. La despedida se ha celebrado en la iglesia de Santa María de la Victoria.
Magallanes, después de haber prestado de rodillas el juramento de fidelidad de toda
la tripulación reunida, ante una devota multitud, recibe el estandarte real de manos
del corregidor Sancho Martínez de Leyva. Tal vez vuelve a su memoria en este
instante otro juramento prestado igualmente en una catedral, de rodillas, antes de su
primer viaje a Indias. Hacía entonces voto de fidelidad a otra bandera, la portuguesa,
y ponía su sangre al servicio de otro rey, Manuel de Portugal, no Carlos de España.
Pero, con la misma veneración de entonces al mirar el joven «sobresaliente» al
almirante Almeida desplegar la bandera de seda, blandiéndola sobre las cabezas de la
multitud arrodillada, miran ahora los doscientos sesenta y cinco hombres a su señor y
guía de sus destinos.
En aquel puerto de Sanlúcar, frente al castillo del duque de Medina Sidonia, hace
Magallanes su último examen antes de partir hacia lo desconocido. Con el amor
solícito y temeroso de un artista que prueba su instrumento, tantea y vuelve a tantear
su flota antes de emprender el viaje. Conoce los cinco barcos con la misma exactitud
que su propio cuerpo. ¡Qué mala impresión le causaron cuando, recién comprados en
un lote, a toda prisa, los vio lastimosos, destartalados, viejos y cansados de navegar!
Pero desde entonces se ha hecho muy buena labor; cada uno de los cinco galeones ha
sido renovado, sustituido el reblandecido costillaje con nuevas planchas, y, desde la
quilla a la punta del palo mayor, encerado y empecinado, calafateado y fregado de
nuevo. Magallanes ha golpeado con su propia mano cada pieza, cada tabla, para
asegurarse de que la madera no estaba podrida o carcomida, y ha comprobado la
calidad y eficacia de cada puerta, cada tornillo, cada clavo. De reforzado lienzo y
recién pintadas son las velas que ostentan la cruz de Santiago, patrón de España;
renovadas las bisagras, lucientes los metales, y todo limpio y en su lugar; no habría
envidioso ni espía que se atreviera ahora a burlarse de los galeones remozados,
rejuvenecidos. No se les ha podido prestar una velocidad que no está en ellos, y poco
aptos serían para una regata aquellos cúteres panzudos; pero, gracias a su sólida
anchura y a su profundo calado, ofrecen mucho espacio para la carga y una cierta
seguridad en las travesías difíciles; precisamente por su pesadez pueden arrostrar,
según humana previsión, las más crudas tormentas. El mayor entre esa familia de
buques reunidos como hermanos es el San Antonio, con sus ciento veinte toneladas.
Página 68
Por algún motivo que desconocemos, Magallanes lo confía al mando de Juan de
Cartagena, y elige para sí el Trinidad, que será la nave capitana, a pesar de sus diez
toneladas menos. Por orden de magnitud siguen luego el Concepción, con noventa
toneladas, al mando de Gaspar Quesada; el Victoria, que hará honor a su nombre,
capitaneado por Luis de Mendoza, con ochenta y cinco toneladas: el Santiago, de
setenta y cinco, al mando de João Serrão. Magallanes quiso expresamente esa
variedad de tipos, porque necesitaba los pequeños, por su menor calado, como
embarcaciones de reconocimiento y, a la vez, como avanzada; será preciso, por otra
parte, un arte muy marinero para mantener reunida constantemente en mar abierto
una escuadrilla de hermanos desiguales entre sí.
Página 69
de la alimentación lo constituye la galleta de barco: veintiún mil trescientas ochenta
libras ha mandado cargar Magallanes, que cuestan, junto con los sacos que la
contienen, trescientos setenta y dos mil quinientos diez maravedíes; hasta donde
llegue la humana previsión, este colosal racionamiento puede durar dos años. Al leer
la lista de provisiones de Magallanes, más bien se imagina un trasatlántico moderno
de veinte mil toneladas, que cinco cúteres pesqueros sumando en total unas
quinientas o seiscientas toneladas —diez toneladas de aquella época equivalen a once
de las actuales—. ¡Qué no habrá amontonado en el espacio estrecho y húmedo! Cerca
de los sacos de harina, de judías, lentejas, arroz y todas las legumbres imaginables,
hay cinco mil seiscientas libras de carne y de tocino, doscientos barriles de sardinas,
novecientos ochenta y cuatro quesos, cuatrocientas ristras de ajos y cebollas;
agréguese toda clase de sabrosos requisitos, como mil quinientas doce libras de miel,
tres mil doscientas libras de uva de Málaga, pasas y almendras; abundancia de azúcar,
vinagre y mostaza. Siete vacas —pero poco vivirían los buenos cuadrúpedos— son
subidas a bordo todavía a última hora: con ellas hay leche a discreción para los
primeros tiempos, y, para lo sucesivo, carne fresca comestible. Pero a los recios
muchachos les importa más el vino como bebida habitual. Para mantener los ánimos
de la tripulación, Magallanes mandó comprar en Jerez lo mejor de lo mejor, y nada
menos que cuatrocientos diecisiete odres y doscientos cincuenta y tres toneles, con lo
que quedaba asegurado teóricamente por dos años la bebida en la mesa de los
marineros.
Con la lista en la mano anda Magallanes de un galeón a otro y de uno a otro
objeto. ¡Cuántos afanes le costó reunir, examinar, calcular y pagar todo aquello! ¡Qué
de luchas durante el día con las oficinas y los comerciantes, y qué angustias por las
noches con la idea de que algo ha quedado olvidado o mal repartido! Pero parece que
ya nada falta de lo que necesitarán para el viaje doscientos sesenta y cinco estómagos.
Se ha provisto a lo que será el reparo de los hombres. Los barcos son también como
seres vivientes y mortales. La tempestad rasga las velas, tira de los cables y los
desgaja; el agua de mar muerde la madera y oxida el acero; el sol marchita los
colores; la oscuridad gasta el aceite y las velas. Cada pieza del equipo supone otras de
recambio; el áncora y el cordaje, la madera, el hierro y el plomo, los troncos para
labrar nuevos mástiles, la tela de saco para renovar el velamen. No menos de la carga
de madera que cabe en cuarenta carros llevan los barcos para la rápida reparación de
cualquier desperfecto, para renovar las planchas y el costillaje, además de alquitrán,
pez, cera y estopa a toneladas para tapar las junturas; no falta, naturalmente, el
indispensable arsenal de tenazas, sierras y taladros, tornillos, palas y martillos, clavos
y picotas. Amontónanse millares de anzuelos, docenas de arpones y abundante
reserva de redes para coger los peces que han de ser, al lado del pan, el alimento
principal de la tripulación. Se ha pensado en hacer frente a las tinieblas con ochenta
linternas pequeñas y mil cuatrocientas libras de velas, sin contar los gruesos y
pesados cirios para la misa. También se ha calculado para largo plazo en los artículos
Página 70
de utilidad náutica: brújulas y agujas, relojes de arena y astrolabios, cuadrantes y
planisferios, preciados instrumentos insustituibles; y se dispone de quince libros en
blanco para los empleados que hacen los cálculos —porque, ¿cómo proveerse de
papel durante el viaje, a no ser en China?—. Contando con los incidentes
desagradables, no faltan las cajas de medicamentos, los aparatos de salvamento, las
manillas y cadenas para los insumisos; y también se ha atendido a la diversión, con
tambores y tamboriles, a los cuales no dejarían de acordarse un par de violines,
pífanos y gaitas.
Es esto una reducida muestra del catálogo, verdaderamente homérico, del equipo
naval de Magallanes, que sólo se refiere a algunas cosas esenciales de las mil que los
hombres y sus embarcaciones requieren para un viaje cuyas circunstancias escapan a
toda previsión. Pero no es por curiosidad únicamente por lo que el futuro dueño de
ambos mundos manda hacia lo desconocido una flota que importa, con todo su
pertrecho, hacia los ocho millones de maravedíes; estos cinco barcos no han de
aportar al Consorcio sólo unos resultados cosmográficos, sino también tanto dinero
como sea posible. Es preciso llevar abundantes artículos, y bien elegidos, para
trocarlos por las mercancías tan anheladas. Nadie como Magallanes conoce, por sus
viajes a Indias, el gusto ingenuo de los hijos de la Naturaleza. Le consta que hay dos
cosas que hacen efecto en todas partes: el espejo, dentro del cual el habitante de la
tierra, sea negro, moreno o amarillo, ve con asombro su propia cara, y luego, las
campanillas y los cascabeles, encanto eterno de las almas infantiles. No menos de
veinte mil de esos sonoros chirimbolos lleva la flota consigo, junto con novecientos
espejos pequeños y diez grandes —de los cuales, por desgracia llegarán rotos la
mayor parte— y cuchillos made in Germany que la lista subraya en estos términos:
«400 docenas de cuchillos de Alemania, de los peores», cincuenta docenas de tijeras
y, naturalmente, los imprescindibles pañuelos de bolsillo de vivos colores, y las
caperuzas encarnadas, los brazaletes de latón, la pedrería falsa y los abalorios.
Pónense aparte, así como otros trapos chillones de lana y de terciopelo, un par de
trajes turcos; en conjunto, la más infame pacotilla, tan poco apreciada en España
como las especias en las Molucas, pero que llena idealmente la función mercantil, de
modo que tanto el comprador como el vendedor mejoran en el trueque diez veces el
valor de la mercancía que ofrecen, haciendo ambos fuertes ganancias.
Peinetas y caperuzas, espejos y juguetes, sólo entran en juego, naturalmente, en el
caso afortunado de que los indígenas se hallen dispuestos a alternar pacíficamente.
Pero también se ha provisto holgadamente para el caso contrario, o sea el de la
posible hostilidad. Cincuenta y ocho cañones, siete largos falcones, tres pesados
morteros, asoman su adusta facha por las aberturas, y pesan en el vientre de las naves
abundantes balas de hierro y de piedra, así como el plomo a toneladas para fundir
otras. Mil lanzas, doscientas picas y doscientos escudos expresan una terminante
decisión, sin contar con que la mitad de la tripulación tiene su equipo de cascos y
corazas. Dos arneses fueron encargados a Bilbao para el almirante, que le visten de
Página 71
acero de pies a cabeza: así puede presentarse a los pueblos extraños como un
invulnerable ser sobrenatural. La expedición, pues, considerada militarmente, aunque
el plan y el carácter de Magallanes sean ajenos a la intención guerrera, no va peor
equipada que la de Hernán Cortés, que conquistaba en el mismo verano de 1519 un
vasto Imperio en el otro extremo del mundo, con un puñado de hombres. Un año
heroico parecía alborear para España.
Página 72
Victoria, a la sombra del estandarte; en lo íntimo del alma son sus enemigos y le
tienen envidia. Conviene guardarse de esos hidalgos españoles.
Ha tenido la suerte, a pesar de todo, de poder soslayar el rescripto real y la
enojada protesta de la «Casa de Contratación», dejando colarse en la flota a treinta
portugueses entre ellos un par de fiados amigos y parientes. Ahí está, antes que nadie,
Duarte Barbosa, su cuñado, experto en expediciones; Álvaro de Mesquita, también
pariente, y Estevão Gomes, el mejor piloto de Portugal. Ahí está João Serrão, que
consta como español en la lista y ha estado en la Castilla del Oro, participante en las
expediciones de Pizarro y de Pedro d’Arias, pero que por algún lado debe de ser su
compatricio, siquiera por el parentesco con Francisco Serrão, el amigo entrañable de
Magallanes. También representa una buena adquisición la presencia de João
Carvalho, que conoce el Brasil desde muchos años antes, y viene ahora a bordo en
compañía de un hijo que le nació allá de una esposa brasileña de tez morena. Ellos
pueden ser, gracias a conocer el idioma y el sitio, los más excelentes vanguardistas;
si, por otra parte, lograran llegar, por encima del Brasil, a las islas de las especias y a
Malaca, en la zona del lenguaje malayo, les haría de intérprete Enrique, el criado
esclavo de Magallanes. Éste se encuentra, pues, entre los doscientos sesenta y cinco,
con media o una docena de hombres incondicionalmente adictos. No es mucho. Pero
quien no puede elegir, ha de correr el riesgo contra el número y las circunstancias del
momento.
Página 73
parte en la misteriosa expedición, lo recomienda a Magallanes, y, de pronto,
comparece entre aquellos lobos de mar, codiciosos aventureros, un idealista de los
más singulares, que no se arriesga por amor al dinero, sino por una auténtica pasión
de trotamundos; que empeña su vida en la aventura como dilettante, en el sentido más
bello de la palabra, o sea por su diletto, por el puro goce de ver conocer y admirar.
Pero, en realidad, este excedente, este superfluo, es el que más importa a
Magallanes de los que participan en la expedición. Porque, si alguien no lo describe,
¿qué valdrá un hecho? Un hecho histórico no halla su cumplimiento en la ejecución
inmediata sino en la circunstancia de ser transmitido al porvenir. Lo que se llama
Historia no consiste en la suma de todos los hechos significativos que se han
producido en el espacio y en el tiempo; la Historia del mundo sólo abarca el pequeño
sector que la expedición poética o sabia logró iluminar. Nada sería Aquiles sin
Homero, y toda figura es sombra y los hechos se disuelven como la onda líquida en el
mar inmenso si no existe el cronista que los hace permanentes en su descripción o el
artista que les da nueva forma. Tampoco de Magallanes y de sus hechos sabríamos
gran cosa si no tuviéramos más documentos que la Década de Pedro Mártir, la ceñida
carta de Maximiliano Transilvanus y el par de apuntes y las libretas de a bordo de los
diversos pilotos. Es este modesto caballero de Rodas, el excedente, el superfluo,
quien ha puesto en evidencia para la posteridad la gesta de Magallanes.
No era, en verdad, nuestro bravo Pigafetta ni un Tácito ni un Livio. Como en el
arte de la aventura, tampoco pasó de aficionado en el de la pluma. Simpático él, no se
puede decir que sea su fuerte el conocimiento de los hombres. Como si hubiera
estado durmiendo en medio de la tensión de ánimo trascendental entre Magallanes y
los otros capitanes de la flota. Pero precisamente porque le importan poco esas
correspondencias, Pigafetta observa más cuidadosamente las particularidades y las
apunta con la vigilante pulcritud del muchacho a quien dan como deber la descripción
de su paseo dominical. No siempre podemos fiar en él, porque a veces, en su
ingenuidad, los viejos pilotos, que adivinan enseguida en sus trazos al bisoño, le dan
gato por liebre; pero de ese poco de fábula y de inexactitud nos compensa de sobra
Pigafetta con la curiosidad solícita que le guía en la descripción de cada pormenor; el
haber llegado a tomarse la molestia de interrogar, estilo Berlitz, a los patagones,
reservó al modesto caballero de Rodas, sin que él mismo lo sospechara, la gloria
histórica de haber redactado el primer vocabulario de expresiones americanas. Pero
un honor más alto le esperaba: el de que nada menos que Shakespeare echara mano,
para su Tempestad, de una escena del libro de viaje de Pigafetta. ¿Qué suerte mejor
puede caber a un escritor mediocre que la de instar al genio a tomar de su obra
efímera un destello para la suya imperecedera, levantando así, en su vuelo de águila,
un nombre insignificante a las esferas eternas?
Página 74
Magallanes ha terminado su ronda de inspección. Con la conciencia tranquila puede
decir: «Todo lo que un mortal es capaz de calcular y prever, lo tengo calculado y
previsto». Pero la aventura de un viaje de descubrimiento exige poderes más altos
que todo lo que puede ser medido y pesado. El hombre que intenta fijar con la mayor
exactitud todas las posibilidades del éxito, ha de tomar también en consideración el
final más probable de un viaje tal, o sea: no volver de él. Por eso Magallanes, luego
que ha convertido en acción su propósito, redacta su última voluntad dos días antes
de la partida.
No puede menos de sentirse conmovido quien lea ese testamento de Magallanes.
Porque, generalmente, el que dicta su última voluntad conoce, al menos
aproximadamente, la extensión de sus bienes. ¿Cómo podía Magallanes calcular, ni
siquiera aproximadamente, lo que dejaría en herencia? Aún guardan los astros el
secreto de si dentro de un año será un mendigo o uno de los hombres más ricos de la
Tierra. Todo su haber consiste en aquel pacto con la Corona. Si el viaje es venturoso,
si Magallanes da con el legendario «paso», alcanza las islas de la especiería y vuelve
de allí con rico cargamento, este que ahora zarpa como pobre aventurero volverá al
solar sevillano convertido en un Creso. Y si por el camino descubre unas islas, sus
hijos y nietos podrán añadir a tanta riqueza un título hereditario; serán gobernadores y
adelantados. Pero si se equivoca en la ruta, si los barcos se estrellan, su esposa y sus
hijos levantarían las manos en las puertas de las iglesias implorando la caridad de los
fieles para no morirse de hambre. Sólo unos poderes superiores, los mismos que
guían el viento y las olas, pueden decidir. Y Magallanes, fervoroso católico, se
humilla ante la voluntad inescrutable de Dios. Por eso, antes que a los hombres y a
los poderes terrenales, ese testamento conmovedor se dirige «al alto y omnipotente
Dios Nuestro Señor, que no tiene principio ni fin». Hablan en este testamento,
primero, el cristiano; luego, el hidalgo; y sólo al final, el marido y el padre.
Pero un Magallanes nunca será oscuro o embrollado ni aun en medio de las
piadosas disposiciones, y dedicará a la vida de más allá el mismo arte de previsión
asombrosa que en las cosas de la vida terrenal. Todas las probabilidades están
calculadas y escalonadas cuidadosamente. «Cuando esta mi vida actual acabara y
empezara la eterna», desea «que lo entierren con preferencia en Sevilla, en el
convento de Santa María de la Victoria, en su tumba de propiedad». Si le alcanza la
muerte durante el viaje y no fuera posible trasladar su cuerpo al hogar, «den el último
descanso a mi cuerpo en la iglesia más próxima dedicada a la Madre de Dios». Con
tanta precisión como piedad, reparte el creyente cristiano los legados religiosos. Un
décimo de aquella quinta parte del contrato ha de ser dividido en partes iguales entre
el convento de Santa María de la Victoria, el cenobio de Santa María de Montserrat y
el de Santo Domingo, en Oporto; mil maravedíes a la capilla sevillana donde recibió
la sagrada comunión antes de la partida, y en el cual, Dios mediante, pensaba
recibirla también a su regreso; un real de plata a la Santa Cruzada, otro real de plata
para la Redención de Cautivos Cristianos en manos de los infieles, otro real de plata
Página 75
al Hospital de San Lázaro y un cuarto y quinto reales al Hospital de las Bubas y a la
Casa de San Sebastián, a fin de que los que reciban las limosnas «rueguen allí a Dios
Nuestro Señor por mi alma». Treinta misas han de ser rezadas ante su cadáver, y otras
tantas, treinta días después de su sepultura en Santa María de la Victoria. Aparte esas
honras, dispone «que en este día de mi sepultura tres pobres sean vestidos, recibiendo
cada uno un traje de tela gris, una gorra, una camisa y un par de zapatos, para que
recen a Dios por mi alma. Y deseo que en tal día sea dada comida no tan sólo a esos
tres pobres, sino a otros doce, para que recen igualmente a Dios por mi alma, y que
sea repartido un ducado de oro como limosna para las ánimas del purgatorio».
Una vez que la Iglesia ha tenido piadosa parte en su herencia, se espera que su
última voluntad se dirigirá por fin a la esposa y al hijo. Pero el hombre
profundamente religioso dispone todavía antes, de modo conmovedor, del destino de
su esclavo Enrique. Tal vez ya anteriormente su conciencia se había detenido en
considerar si a un verdadero cristiano le es licito tener como de su propiedad un
esclavo, ni más ni menos que si se tratara de un pedazo de tierra o de una prenda de
vestir, mayormente si ha recibido el bautismo cristiano, convirtiéndose así en un
hermano de religión, un ser con alma inmortal. Magallanes no quiere presentarse ante
Dios con semejante inquietud espiritual; por eso dispone que «desde el día de mi
muerte, mi cautivo y esclavo Enrique, nacido en la ciudad de Malaca, de unos
veintiséis años de edad, quede libre de todo oficio de esclavitud o sujeción y proceda
a su albedrío. Deseo además que de mi herencia sean destinados diez mil maravedíes
en dinero constante a su sostenimiento. Le aseguro esta herencia porque se hizo
cristiano, y a fin de que rece a Dios para la salud de mi alma».
Hasta después de considerar tan fervorosamente lo de la otra vida y dispuesto «las
buenas obras que aun para los más pecadores pueden ser intercesoras en el juicio
final», no pasa Magallanes a referirse, en el testamento, a su familia. Pero también en
este punto precede al cuidado de los bienes una disposición acerca de algo inmaterial:
la conservación de sus blasones y el nombre de su estirpe; hasta el segundo y el tercer
miembro dispone Magallanes —¡oscuro presentimiento!—, los sucesores de su hijo
en los títulos, en el caso que éste no le sobreviviera. Como el cristiano, el hidalgo
demuestra también, en esta voluntad íntima, el anhelo de inmortalidad.
Después de todo esto, procede Magallanes a la partición de los bienes —
meciéndose éstos, inciertos todavía, entre las olas y el viento— a su esposa y a su
hijo: con un carácter de letra seguro y rígido como él mismo, firma el almirante:
«Hernando de Magallanes». Pero el destino no se deja atar con una rúbrica ni
apaciguar con Juramentos. Su voluntad dominadora es más fuerte que el más
fervoroso anhelo humano. Ninguna de las disposiciones de Magallanes llegó a
realizarse; su última voluntad queda reducida a una hoja baldía, sin la menor eficacia.
Los que nombró como herederos no heredarán, los pobres de que se ha acordado no
tendrán los prefijados consuelos; su cuerpo no recibirá sepultura en ninguno de los
sitios que él dispuso, y sus blasones serán como perdidos. Únicamente la acción a que
Página 76
él mismo puso fin sobrevivirá al Viajero del mundo y será la Humanidad su única
heredera.
Página 77
Buscando en vano
Página 78
noche, para los cinco veleros, mantener la comunicación constante, y, con tal fin, se
instala un sistema especial de señales luminosas. Al anochecer se enciende, en el
interior de un farol colgado en sitio eminente del Trinidad, una tea para que las naves
que van detrás de la capitana no puedan perder de vista su rumbo. Si además de la
antorcha de madera aparecen encendidas en el Trinidad otras dos luces, los barcos
que le siguen han de entender que conviene moderar la marcha o bordear, a causa del
viento desfavorable. Tres luces señalan el temor de una racha y aconsejan recoger la
vela inferior. Cuatro luces ordenan bajar todas las velas. Unas llamas movedizas en la
nave del almirante o el estampido del cañón ponen en cuidado los barcos que siguen,
pues hay, próximos, bancos de arena o bajíos. De este modo se elaboró un ingenioso
sistema de señales, lenguaje de fuego en la noche para los casos y azares que puedan
presentarse.
Pero cada uno de los barcos ha de responder inmediatamente a la nave capitana
por el mismo procedimiento del primitivo telégrafo de luces, de manera que el
capitán general sepa si han sido entendidas y ejecutadas todas sus órdenes; además,
cada noche, antes de oscurecer, los cuatro barcos, uno por uno, deben acercarse a la
nave almirante para saludar a su jefe con las palabras: «Dios os salve, señor Capitán
general y Maestre, a buena compañía», y recibir las órdenes para el espacio de las tres
guardias nocturnas. Por medio de esta diaria comunicación de los cuatro capitanes
con el almirante, parece garantizada la disciplina desde el primer día; la nave
almirante guía, y las otras la siguen; el almirante impone el curso, y los otros
capitanes tienen que seguirle sin preguntas ni quejas.
Esta guía severa y autoritaria en manos de un solo hombre, del callado portugués
engolfado en sus secretos, que los manda comparecer cada día como reclutas y los
despide una vez dadas las órdenes, como si fueran unos peones, desazona a los
capitanes de los cuatro barcos restantes. Indudablemente —y no sin derecho—
esperaban, digámoslo de una vez, que el Magallanes que en España había procedido
tan sigilosamente acerca de la meta de la expedición, lo hacía así para sustraer a las
charlas y al espionaje el secreto del «paso». Pero creían que, una vez en alta mar,
desecharía tal precaución, los llamaría a bordo de su almiranta y, con los mapas a la
vista, les detallaría finalmente el plan tan celosamente callado hasta entonces. Lejos
de esto, se encuentran con un Magallanes más reservado que antes, si cabe; más frío e
inabordable. Ni los llama, ni consulta sus opiniones, ni solicita consejo siquiera una
vez de ninguno de los experimentados capitanes. No pueden hacer más que seguir
sumisos la bandera durante el día y el farol por la noche, como el perro sigue a su
amo. Por unos días, los oficiales españoles aceptan como cosa corriente el laconismo
con que Magallanes les impone su rumbo. Pero cuando el almirante, en vez de hacer
vela hacia el Sudoeste, hacia el Brasil, acentúa el rumbo más al Sur, y hasta Sierra
Leona no deja de bordear la costa africana, Juan de Cartagena, en la comparecencia
de aquella noche, le pregunta sin rodeos cómo es que el curso ha sufrido variación
respecto a las instrucciones dadas en un principio.
Página 79
Esta franca pregunta no significa de ningún modo arrogancia por parte de Juan de
Cartagena —y conviene acentuarlo, porque en la mayor parte de narraciones, para
descargo de Magallanes, se presenta a Juan de Cartagena como un turbio traidor—.
Lógico y justo debe considerarse que la conjuncta persona nombrada por el rey, el
capitán da la nave más grande y veedor de la Corona de España, pregunte
cortésmente al primer comandante por qué se ha variado el curso prescrito. Aun en el
sentido náutico asistía la razón a Juan de Cartagena, ya que el nuevo curso se revelará
en la práctica como un viraje que no hay duda costó a la flota catorce días de
superfluo rodeo. No se sabe qué razones movían a Magallanes para alterar la ruta. Tal
vez siguiera por la costa africana hasta Guinea, para, una vez allí —secreto de
navegación portuguesa ignorado de los españoles—, tomar barlovento; o bien se
apartó del curso porque prefería evitar los barcos que el rey de Portugal había
mandado, probablemente en corso contra su flota, con rumbo al Brasil. De todos
modos, a Magallanes le hubiera sido más fácil exponer a los otros capitanes los
motivos del cambio de rumbo. Pero Magallanes no tiene en cuenta la particularidad,
sino el principio; más que un par de millas hacia un punto o hacia otro, le importa
asentar desde el comienzo la disciplina de la flota. Si hay conjurados a bordo, como
lo anunciaba su suegro, prefiere conocerlos frente a frente. Si realmente existen unas
instrucciones ambiguas que le hayan ocultado, que se aclaren y todo será en favor de
su autoridad. Le parece muy oportuno que Juan de Cartagena le llame a discusión,
porque así se pondrá en claro si este hidalgo es su igual o su subordinado. Hay algo
vacilante todavía en esta cuestión de categoría. Originariamente, Juan de Cartagena
fue puesto en la flota por el Emperador en calidad de veedor general, y siéndolo y a la
vez capitán del San Antonio, quedaba subordinado al almirante, sin derecho a consejo
o discusión. Pero la situación modificóse en cuanto Magallanes descartó a su colega
Faleiro, al cual sucedía Juan de Cartagena, nombrado conjuncta persona, que
significa adjunto. Ambos pueden apoyarse en un documento regio: Magallanes en el
suyo que le encomienda claramente el alto y único mando de la flota, y Juan de
Cartagena en la «cédula» que le encarga «velar en el caso de que observe alguna
negligencia, que falle la perspicacia y la vigilancia de los otros». Pero ¿puede
también esa conjuncta persona pedir explicaciones al almirante? Magallanes no
quiere que quede un momento en suspenso la pregunta, y por eso replica
inmediatamente a la primera interrogación de Juan de Cartagena, con brusca decisión,
«que le siguieran y no le pidieran más cuenta».
Es rudo. Magallanes prefiere, a largas amenazas o transacciones, dar a tiempo con
el garrote. Es como decir sin rodeos a los capitanes españoles —y tal vez conjurados
—: «No os engañéis. Llevaré el timón yo solo y enérgicamente». Pero, si bien sabe
empuñar el volante, faltan a la mano de Magallanes otras facultades, y, ante todo, la
de suavizar con habilidad las heridas que ha causado con su presión. Nunca llegó a
aprender Magallanes el arte de decir cosas duras de un modo amable y de entenderse
cordialmente y con holgura, tanto con los superiores como con los subordinados. Por
Página 80
eso no pudo menos de crearse desde los primeros pasos una atmósfera de tirantez, de
hostilidad, con todo y ser él un centro de energía de primera clase; y la animosidad
latente se agrava en la masa cuando el cambio de curso impugnado por Juan de
Cartagena se manifiesta como un error evidente. El viento no los favorece y las naves
quedan estancadas durante dos semanas en medio del mar en calma. Y siguen a estas
horas de tempestad tan violenta que, según el romántico informe de Pigafetta, no
tenían más luz ni refugio que la radiante aparición del corpo santo de los patronos
San Anselmo, San Nicolás y Santa Clara, que los sacaron de apuro. Catorce días
baldíos, por culpa del obstinado cambio de rumbo ordenado por Magallanes. Al fin,
Juan de Cartagena no puede aguantar más, ni su deber se lo permite. ¡Ya que
Magallanes no hace caso de consejos, ya que no soporta la crítica, que vea toda la
flota el poco caso que él, Juan de Cartagena, hace del mísero navegante! No deja, por
ello, de comparecer aquella noche, como todas, en el Trinidad para recibir órdenes de
Magallanes. Pero por primera vez, Juan de Cartagena no se deja ver personalmente en
la cubierta de su San Antonio para el saludo prescrito. Envía en su lugar al maestre,
quien dirige al almirante estas palabras de salutación: «Dios vos salve, señor capitán
y maestre».
Magallanes, ni por un momento cree que este saludo deficiente sea una
equivocación casual, sin intención. Si Juan de Cartagena hace que se le dirijan
llamándole capitán, y no capitán general, de acuerdo con, su cargo de almirante, es
para significar ante toda la flota que la conjuncta persona no reconoce a Magallanes
como superior. Por eso manda comunicar a Juan de Cartagena que espera, en lo
sucesivo, recibir la salutación que corresponde. Pero también Juan de Cartagena se
quita el antifaz. Fría es su respuesta al transmitirle que lo lamenta, y que si esta vez
ha enviado como emisario al hombre más calificado de la tripulación, acaso la
próxima le mandará al grumete. Durante tres días, el San Antonio, visible a distancia
para toda la flota, interrumpe el saludo, dando a entender a los otros barcos que su
capitán no reconoce la dictadura sin límites del comandante portugués. Bien
manifiestamente —sea dicho en honor de Juan de Cartagena, que nunca fue el traidor
solapado que algunos suponen—, el hidalgo español echa su guante de acero a los
pies del portugués.
Página 81
pupilas bajo las espesas cejas; ni un nervio se estremece alrededor de la emboscada
boca. Tiene en un puño a su temperamento, y su misma frialdad le hace transparentes
las cosas, como de cristal; emparedado en su glacial silencio, profundiza y calcula
mejor sus planes. Ni una sola vez en su vida ha procedido acaloradamente o con
precipitación; precede al rayo un silencio largo, austero, sombrío, suspendido como
una nube en el espacio.
También esta vez enmudece Magallanes. Quien no lo conociera —y los españoles
no lo conocen todavía— creería que le ha pasado por alto la provocación de Juan de
Cartagena. En realidad, Magallanes se está preparando para la réplica. Sabe que no
conviene destituir de su cargo con violencia, en medio del mar, al capitán de una nave
más grande y mejor armada que la propia. ¡Paciencia! ¡Más vale pasar por embotado
o indiferente! Así calla ante la ofensa Magallanes, como él sabía callar: con el fervor
de un fanático, con la tenacidad de un campesino y la pasión de un jugador. Le ven
pasear tranquilamente arriba y abajo del Trinidad, absorto, al parecer, en los detalles
cotidianos de a bordo. No se le ve incomodado por la ausencia absoluta de la
acostumbrada salutación nocturna del San Antonio, y los capitanes se dan cuenta de
que el hombre enigmático se manifiesta, de pronto, inclinado a la reconciliación; por
primera vez, con motivo de una grave transgresión de la disciplina de un soldado,
llama a su nave el almirante a los cuatro capitanes para que le asesoren. Sospechan
éstos que la hostilidad con todos sus camaradas se le ha hecho insoportable; se habrá
convencido, una vez comprobada su equivocación, de que es mejor aconsejarse con
los viejos capitanes expertos, que tratarlos como quantité négligeable. El mismo Juan
de Cartagena sube a bordo de la almiranta y viendo que se le brinda al fin la tan
difícil oportunidad de hablar claro, repite la pregunta de por qué Magallanes ha
alterado el curso del viaje. Magallanes, fiel a su modo, así como a su premeditado
propósito, permanece frío; nada le acomoda tanto como ver que Cartagena se excita
más y más delante de él; no muerde el anzuelo. Como el más alto empleado del rey,
Cartagena cree tener derecho a la libre crítica, derecho del cual parece haber usado en
grande. Al fin Cartagena se acalora y llega hasta el punto de negar obediencia a
Magallanes. Esta explosión de abierta rebeldía es lo que esperaba el buen psicólogo
para utilizarla en provecho de sus fines. Porque ahora puede descargar el golpe. Hace
uso inmediato del incondicional derecho de justicia que le delegó Carlos V. Pone las
manos sobre el pecho de Cartagena, con las palabras: «¡Daos preso!», y ordena a su
alguacil —maestre de armas y oficial de policía— que prenda al sedicioso.
Los otros capitanes españoles tienen el pasmo en los ojos. Pocos minutos antes
eran todos de Juan de Cartagena, y, en lo íntimo, siguen fieles todavía a su
compatricio y contra el poderhabiente forastero. Pero la prontitud del alarde de
autoridad, la diabólica energía con que Magallanes cogió e hizo prender como
delincuente al enemigo, ha enajenado su voluntad. Es en vano que Juan de Cartagena
los exhorte a prestarle ayuda. Ninguno se atreve a avanzar un paso, ni siquiera a
levantar los ojos contra aquel hombre achaparrado y robusto que, por primera vez,
Página 82
deja asomar algo de su siniestra energía entre los matorrales de su peculiarísimo
silencio. Hasta que llevan a Cartagena para encerrarlo en un calabozo, no se dirige
uno de ellos a Magallanes suplicándole con toda sumisión que no ponga hierros a
Juan de Cartagena, que considere su calidad de hidalgo español. Basta con que, bajo
juramento, lo confíe como prisionero a uno de ellos. Magallanes consiente, pero
prometiendo Luis de Mendoza, que es quien se obliga por su honor, a ponerlo a
disposición del almirante en cualquier momento. Asunto concluido. Una hora más
tarde, otro oficial español, Antonio de Coca, tiene el mando del San Antonio;
puntualmente y con todos los requisitos saluda por la noche al «capitán general»
desde su barco, y el viaje continúa sin otro incidente. El 29 de noviembre, un grito
lanzado desde la cofa anuncia la proximidad de la costa brasileña en las
inmediaciones de Pernambuco, donde no desembarcan. El 13 de diciembre, después
de un viaje de once semanas sin interrupción, los cinco barcos entran en la bahía de
Río de Janeiro.
La bahía de Río de Janeiro, sin duda tan magnífica entonces, por lo pintoresco, como
hoy en su esplendor ciudadano, no podía menos de aparecer como verdadero paraíso
a la extenuada tripulación. Bautizada con el nombre de Río de Janeiro porque fue
descubierta el día de San Jenaro, y erróneamente Río porque detrás del embrollo
isleño se quiso ver la desembocadura de un poderoso río, ya quedaba entonces dentro
de la esfera de dominio portuguesa, y Magallanes había decidido no tomar tierra en
aquel sitio. Pero los portugueses no se habían establecido aún, ni fortificación alguna
amenazaba con su artillería. Y era la pintoresca bahía, propiamente, una tierra de
nadie. Impunemente pueden los barcos españoles bordear las islas encantadoras que
protegen la playa florida y anclar sin que los moleste nadie. Apenas los botes de
arribada se acercan, los indígenas se apresuran a salir de sus cabañas y de los
bosques, y reciben con curiosidad y nada recelosos a los soldados cubiertos de acero.
Manifiéstanse de ánimo pacífico y confiado, aunque más adelante Pigafetta se entera,
con disgusto, de que aquellos bravos caníbales, en ocasiones ensartan en su asador a
los enemigos que han vencido y luego, como si se tratara de un buey de Pascua,
cortan las doradas lonchas y se las comen. No tienen, en cambio, los guaraníes,
caprichos de esta naturaleza para con los divinos blancos que llegan de lejos, por lo
cual pueden los soldados excusarse de utilizar los complicados arcabuces y las
pesadas lanzas.
Al cabo de pocas horas se ha establecido ya un activo trueque de artículos. Y he
aquí al buen Pigafetta en su elemento. El ansioso cronista no ha encontrado mucho
que describir durante la travesía de once semanas: total, un par de historietas acerca
de unos tiburones y de unos pájaros raros. ¡Ni que hubiera estado durmiendo durante
Página 83
el proceso del apresamiento de Juan de Cartagena! Pero ahora no tiene plumas
bastantes en su estuche para consignar en el dietario tantas magnificencias. Cierto que
no nos pinta el escenario maravilloso, pero no se le puede tachar por ello, ya que la
descripción de la Naturaleza no fue inventada hasta tres siglos después por Juan
Jacobo Rousseau; le ocupan extraordinariamente los frutos desconocidos, los ananás,
«unas frutas parecidas a grandes piñas redondeadas, pero muy dulces y de un sabor
excelente»; y la batata, que compara en el gusto a las castañas; y la «caña dulce», la
caña de azúcar. El bravo muchacho no logra contener su entusiasmo ante la baratura
inaudita a que les vende los víveres aquella gente insensata. Por un anzuelo les dan
aquellos mentecatos de tez morena cinco o seis pollos; por un peine, un par de
gansos; por un espejuelo, cuatro preciosos papagayos irisados; a cambio de unas
tijeras, un montón de pescado suficiente para saciar a una docena de hombres; por
una campanilla —y recordemos que los barcos llevan no menos de veinte mil— se
cargan un pesado cesto lleno de batatas, y por la figura recortada de un «rey» de
baraja le dan cinco pollos, y los guaraníes pretenden todavía haber engañado al
inexperto caballero de Rodas. Las muchachas, «que llevan su cabellera por único
vestido», según escribe con ternura Pigafetta, se cotizan a un precio que es una
bendición: por un cuchillo o un hacha se adquieren dos o tres para toda la vida.
Mientras Pigafetta prosigue en su libro de notas el reportaje, y los marineros
pasan el tiempo entre la comida, la pesca y la compañía de las complacientes
muchachas de tez morena, Magallanes no tiene más idea que la continuación del
viaje. La animación de los tripulantes le parece bien, pero, al mismo tiempo,
mantiene con todo rigor la disciplina. Investido de sus deberes hacia el rey de España,
prohíbe la compra de esclavos a lo largo de toda la costa brasileña, así como
cualquier acto de violencia, no fuera caso que los portugueses hallaran pretexto para
acusarlos.
Esta conducta leal da a Magallanes un feliz resultado. Los indígenas pierden el
miedo al ver que no se les hace ninguna injusticia: en tropel se precipita a la playa
aquel pueblo infantil y bonachón cuando se celebra solemnemente la misa. Reparan
en las singulares ceremonias, y al ver que los forasteros blancos, por cuya llegada
creen haber alcanzado la tan deseada lluvia, se ponen de rodillas ante una cruz
levantada, arrodíllanse ellos también y juntan las manos, lo cual interpretan los
piadosos españoles como signo cierto de que el misterio de la fe cristiana ha
penetrado en ellos. Cuando al cabo de trece días, a fines de diciembre, la flota
abandona la extensa bahía inolvidable, Magallanes puede proseguir la ruta con la
conciencia más tranquila que los conquistadores de aquella época, en general, porque,
si bien no puede conquistar nuevos dominios para su Emperador en las tierras que
deja atrás, ha ganado, en cambio, como cristiano, unas almas para su Señor celestial.
No se ha causado a nadie el menor daño durante los días precedentes, ni ha sido
arrancado violentamente de su patria y hogar ninguno de los confiados pobladores.
En paz llegó Magallanes, y en paz salía hacia más allá.
Página 84
A su pesar han abandonado los marineros aquel paradisíaco Río de Janeiro, y a su
pesar cortan las aguas sin poder detenerse en las atractivas costas del Brasil que van
bordeando. Magallanes no puede ofrecerles más tregua. Una ardiente impaciencia
íntima empuja al hombre en apariencia inconmovible hacia aquel «paso» cuya
situación sospecha por el mapa de Behaim y por el informe. Si las descripciones de
los pilotos portugueses y los datos de latitud registrados en el mapa de Behaim fueran
ciertos, el paso se abriría detrás mismo del cabo Santa María, y por eso Magallanes
guía sin interrupción su nave hacia aquella meta. Por fin, el 10 de enero ven
levantarse de una extensa llanura la colina que llamarían Montevidi —hoy
Montevideo—. Guarécense del peor de los tiempos en la gigantesca bahía que, al
parecer, se extiende interminable hacia el Oeste.
El seno gigante en que se hallan no es, realmente, otro que la desembocadura del
Río de la Plata. Pero Magallanes no tiene idea de tal cosa. Sólo ve, con satisfacción
apenas contenida, en el sitio que aquellas secretas noticias le prometían, enormes
moles de agua que fluyen hacia el Oeste; éste ha de ser el estrecho que vio señalado
en el mapa de Martín Behaim. El aspecto y la situación parecen coincidir
exactamente con aquellas descripciones que obtuvo de los desconocidos garantes en
Lisboa; éste es seguramente el «Calfo» a través del cual, según la Newen Zeytung,
quisieron los portugueses, veinte años atrás, hacer rumbo hacia el Oeste. Con
precisión confirma Pigafetta que, a bordo, todos tenían el convencimiento de que en
la ancha extensión líquida habían dado, finalmente, con el tan anhelado paso. «Si era
creduto una volta esser questo un canal che metterse nel Mar del Sur». Fuera de toda
comparación con las mansas desembocaduras del Rin, el Po, el Ebro y el Tajo, en las
cuales se distinguen todavía a derecha e izquierda las riberas aquí se extiende sin fin
la anchura del agua; otro Gibraltar, otro Canal de la Mancha, otro Helesponto, debe
empezar en esta bahía, y la unión entre uno y otro océano. Confiando a ciegas en su
guía, sueñan con poder atravesar en pocos días aquel nuevo estrecho, y llegar así al
otro mar, el legendario Mar del Sur que lleva a la India, al Japón, a China, hacia las
islas de las especias, a los tesoros de Golconda y a toda la riqueza de la tierra.
Que también Magallanes a la vista de aquellas moles gigantes de agua, vivió
desde el primer momento en la certidumbre que se hallaba ante el derrotero tan
soñado, lo prueba la obstinación con que, durante quince días perdidos en tanteos,
recorre la desembocadura del Plata. Apenas ha calmado un poco la tempestad que se
les vino encima a la llegada, Magallanes divide la flota. Los barcos más pequeños son
mandados al supuesto canal en dirección oeste —en realidad, corriente arriba—. Los
dos mayores, bajo su mando personal, atraviesan la desembocadura del Plata hacia el
Sur, «por ver si había pasaje». Lenta y cuidadosamente mide todo el circuito de la
bahía en dirección sur, mientras los barcos pequeños recorren el Oeste. ¡Amargo
desengaño! Al cabo de quince días de excitado pilotaje en «Montevidi» alborean por
Página 85
fin las velas de los barcos que vuelven. Pero ni una flámula que anuncie la alegría en
los mástiles. Los capitanes llegan con esta noticia al estrecho que, en su precipitación,
confundieron con la travesía perseguida, no es más que una poderosa corriente de
agua dulce la cual, en memoria de Juan de Solís, que persiguió también por allí el
camino hacia Malaca y sólo halló la muerte, llaman Río de Solís —hasta más tarde
no fue llamado Río de la Plata.
Es hora de que Magallanes ponga en tensión sus músculos de acero. Ninguno de
los capitanes, nadie en la tripulación, ha de darse cuenta del golpe mortal que sufre
con esta desilusión su íntimo convencimiento. Porque una cosa sabe ahora de cierto
el almirante: aquel mapa de Martín Behaim era falso, y un error, por precipitación,
aquellas noticias de los portugueses acerca de la supuesta travesía descubierta.
¡Engañosas las informaciones sobre las cuales él había asentado su plan de la vuelta
al mundo, erróneos todos los cálculos de Faleiro, falsas sus propias opiniones, falso
lo que había prometido al rey de España y a sus consejeros! Si el paso existe —y por
primera vez el hasta entonces archiconvencido hace esta reserva— ha de estar más
hacia el Sur. Pero navegar con rumbo al Sur no significa ya acercarse al calor, sino
acercarse a zonas polares, pues han traspasado en buen trecho el ecuador. Al otro lado
del ecuador, febrero y marzo no significan, como en las zonas patrias, el fin del
invierno, sino su principio. De no abrirse muy pronto un camino al Mar del Sur, se
habrá desperdiciado sin remedio la estación favorable para doblar la América del Sur,
y sólo quedarán dos soluciones: retroceder hacia unas zonas más templadas o buscar
por allí donde pasar el invierno.
Oscuros pensamientos debieron de turbar el alma de Magallanes desde el instante
en que vio de vuelta los barcos exploradores. Y como se ensombrece su interior, se
ensombrece también el mundo externo. La costa se muestra cada vez más ingrata,
más desnuda y vacía, y más opaco el cielo. Extinguióse la luz blanca, la luz
meridional, y el azul del cenit se ha convertido en batallón de nubes grises. ¡Quedan
lejos las selvas tropicales con su denso aroma dulce que, desbordando de las riberas,
llega a rodear las naves que van hacia ellas! ¡Desapareció para siempre el amable
paisaje brasileño, con sus árboles opulentos cargados de fruto, las balanceantes
palmeras, los animales multicolores, los atezados pobladores hospitalarios! Aquí no
hay más que pingüinos zancajeando por la playa desnuda, huyendo, temerosos, al
acercarse alguien; y los leones marinos revolcándose perezosamente torpes, sobre los
peñascos. Fuera de esto, ninguna señal de vida en toda la extensión de la mirada,
como si hombres y bestias hubieran muerto en el desierto opresor. Una sola vez ven
correr a unos hombres salvajes recubiertos de pieles, que parecen esquimales, en
confusa huida. Ni las campanillas ni las caperuzas de colores los atraen. Desabridos,
rechazan la proximidad de los forasteros. Huyen, y es en vano que éstos busquen las
huellas de sus viviendas.
Cada vez se hace más laborioso y más lento el viaje, porque Magallanes tiene el
propósito inexorable de bordear las costas. Son explorados a fondo cada
Página 86
insignificante bahía, cada puertecillo, y se hace uso frecuente de la sonda. A decir
verdad, Magallanes ya no tiene, de un tiempo acá, fe alguna en el mapa que primero
le instó al viaje y luego le traicionó durante el mismo. Pero ¿quién sabe si se hará el
milagro? ¡De pronto, en paraje insospechado, se le mostrará el paso y podrán llegar al
Mar del Sur antes del invierno! Es bien manifiesto que aquel hombre, en medio de su
inseguridad, se agarra a la única esperanza de que tal vez el mapa y los portugueses
se equivocaron en la fijación de las latitudes, y el estrecho buscado está un par de
millas más al sur de lo que, a la ligera, pretendían. Cuando el 24 de febrero llega la
flota a la vista de otra ancha e interminable bahía, el golfo de San Matías, la
esperanza se reanima todavía, como la llama de un cirio. Magallanes manda una vez
más los barcos pequeños a la exploración «viendo si había alguna salida para el
Maluco», o sea las Molucas. ¡Nueva desilusión! Otra bahía cerrada. Exploran otras
dos con igual resultado: la bahía de los Patos, llamada así porque abundan en ella los
pingüinos, y la bahía de los Trabajos, porque fueron terribles los que hubieron de
soportar los hombres que allí tocaron tierra. Pero sólo trajeron los tripulantes, medio
helados, los cuerpos muertos de unas focas: ni rastro de la ansiada nueva.
Y las naves van costeando más y más lejos bajo el cielo sombrío. La soledad se
hace cada vez más atroz, más cortos los días y más interminables las noches. Ya no
resbalan los barcos en el azul suave al soplo de la brisa ligera: ahora la tormenta
helada maltrata el velamen, caen los granos blancos de la nieve y la escarcha y el mar
de plomo se encabrita amenazador. Dos meses lucha la flota contra la atmósfera
hostil, para ir del Río de la Plata a Puerto de San Julián. Los marineros han de luchar
casi a diario contra los huracanes; los temibles «pamperos» de aquellos parajes, los
bruscos embates del viento que rompen mástiles y rasgan velas; el frío arrecia de día
en día, crece la oscuridad y el paso no aparece. Será preciso desquitarse de las
semanas perdidas. Mientras la flota rebuscaba todos los recodos, todas las bahías, el
invierno les ha dado alcance, y ahora tienen delante el peor enemigo, el más
peligroso, que les cierra el camino con sus tormentas. Ha pasado medio año, y
Magallanes no se cree más cerca de su objetivo ahora que cuando zarpó en Sevilla.
Página 87
Magallanes
De la colección de retratos del archiduque Fernando del Tirol
Página 88
Velero y peces voladores
Grabado de la obra de Bry (1594)
Página 89
Cabo de Buena Esperanza
Grabado holandés (circa 1594)
Página 90
Magallanes
De la obra de Dapper sobre América (1673)
Página 91
Magallanes
Grabado de Crispín de Passe
Página 92
Mapa del Estrecho de Magallanes
Grabado de la obra de Hulsius (1626)
Página 93
Globo celeste
Xilografía del Opusculum Geographicum, de Schöner (1533)
Página 94
Observaciones con el báculo de Jacob
Xilografía de la Introductio Geographica, de Apianus (1533)
Página 95
Naves junto a la Isla de los Ladrones
Grabado de la obra de Bry (1620)
Página 96
Muerte de Magallanes
Grabado de la Consmographie Universelle, de Thevet (1575)
Página 97
Paso del Estrecho de Magallanes
Xilografía (1801)
Página 98
invierno, y luego, bajo una atmósfera más benigna, proseguir la ruta. Pero la
tripulación ya no se deja apaciguar con palabras huecas. No; no valen las
comparaciones. No puede ser que el Rey sospechara un viaje por aquellas zonas
heladas, y lo que el almirante les cuenta de Noruega y de Islandia es otro asunto. Allá
la gente está acostumbrada al frío desde la infancia, y además es un consuelo saber
que en todo caso, salen, a lo más, ocho, catorce días lejos de sus casas. Otra suerte es
la suya en aquellos sitios desolados que ningún cristiano habrá pisado antes y que no
quieren por morada ni los paganos ni los antropófagos ni siquiera el oso y el lobo.
¿Qué tienen que hacer allí? ¿Por qué los conduce por tales derroteros existiendo el
estrecho de las Indias orientales, que los llevaría cómodamente a las islas de las
especias sin necesidad de tocar en esas zonas desoladas y mortíferas? Así responden
los tripulantes a las razones conciliatorias del almirante. Pero entre ellos, cuando
están solos, a la sombra protectora de su cámara, las murmuraciones se hacen, sin
duda, más violentas. Vuelve la antigua sospecha, que ya mascullaban allá en Sevilla,
de si el endemoniado portugués está sosteniendo un «doble juego», o sea que por
captarse de nuevo la gracia del rey portugués, se halla dispuesto a acabar con los
cinco barcos españoles y sus tripulantes.
Con callada satisfacción observan los capitanes españoles el creciente enojo de la
tripulación. Ellos no se mezclan en la cuestión y evitan las conversaciones con el
almirante, siendo curioso ver cómo acentúan todavía la actitud reservada. Pero es más
temible esta reserva que el mal humor locuaz de los marineros. Sabiendo más que él
de cosas náuticas, no puede haberles pasado inadvertido que Magallanes ha debido de
ser inducido a error por unos mapas equivocados y de que, desde hace tiempo, no está
ya seguro de su «secreto». Si en realidad hubiese conocido, por los grados de
longitud y latitud la situación del supuesto paso, ¿cómo se explicaría que durante
quince días, fuera de toda utilidad y buen juicio, hubiera mandado los barcos al Río
de la Plata? ¿Y con qué objeto dejaría perder ahora un tiempo precioso mandando dar
vueltas a la más mínima bahía durante días enteros? O Magallanes ha engañado al
Rey o se ha engañado a sí mismo pretendiendo conocer la situación del paso, porque
ya no cabe duda de que ahora está buscando una salida que desconoce aún. Con mal
disimulada malicia le observan, en cada claro, fijar la mirada a los lejos de la playa.
¡Vaya enhoramala llevando la flota cada vez más lejos a través del frío! Ellos no han
de advertirle ni pasar pena. Pronto confesará él mismo que no puede ir más adelante
ni sabría por dónde. Entonces habrá llegado el momento de tomar el mando y hacer
bajar, por fin, la cabeza al hombre altanero y silencioso.
Página 99
Plata, y la segunda en la bahía de San Martín) en que fue cruelmente defraudada su
esperanza, ya no puede disimularse a sí mismo que la fe sagrada en aquel mapa de
Behaim y en las opiniones, tenidas muy a la ligera por ciertas, de unos pilotos
desconocidos fueron error sobre error. Aun en la coyuntura favorable de que el
supuesto paso existiera, únicamente puede estar situado más hacia el Sur, más
cercano a la zona antártica, quedando así excluida la posibilidad de la travesía en
aquel año. Le ha alcanzado el invierno, y todos sus cálculos se han venido abajo: la
flota, con unos barcos cansados de navegar, y la tripulación mal dispuesta, no podría
sacar partido, antes de la primavera, tal buscado estrecho, aunque ahora lo
descubrieran. Nueve meses se han perdido sin que Magallanes asiente la planta en las
Molucas, como había prometido irreflexivamente. Su flota se mece todavía fuera de
todo camino conocido, luchando por la vida contra los más feroces huracanes.
Lo razonable sería confesar ahora la verdad. Reunir a los capitanes y declararles
que los mapas y las narraciones se habían burlado de él, y que la busca del estrecho
había de sufrir un aplazamiento hasta la primavera. Valía más volver la proa, huir de
las borrascas, seguir la costa hacia el Brasil, y allá, en la tierra amable y cálida, pasar
el invierno, reponiendo los barcos y los hombres, y al llegar la primavera, tomar la
ruta del Sur. Esto sería lo más expeditivo y humano. Pero Magallanes ha ido ya
demasiado lejos para volver atrás. El engañado ha engañado a los otros demasiado
tiempo, asegurándoles que conocía una ruta nueva, la más corta, hacia las Molucas.
Ha castigado con demasiada dureza a los que opusieron la menor duda a su
«secreto»; ha ofendido a los oficiales españoles y relegado y tratado como un
delincuente al más alto empleado del Rey. Todo esto sólo puede hacerlo olvidar un
triunfo grande, rotundo. Si ahora indicara tan sólo —no ya declarado— que no estaba
tan seguro de su objetivo como cuando habló de él a su monarca, los capitanes y los
tripulantes no dejarían ni una hora más en sus manos el mando de la flota; el último
grumete se negaría a quitarse la gorra en su presencia. No hay marcha atrás posible
para Magallanes; en el momento que se pusiera al timón para retroceder hacia el
Brasil, ya no sería el que manda a los oficiales, sino su prisionero. La decisión que
toma es atrevida. Como Cortés, que en aquel mismo año quemaba las naves para
impedir a sus soldados el regreso, decide ahora Magallanes detener la flota en un sitio
tan remoto que, ni aun queriéndolo, podrían obligarle a dar la vuelta. Si en la
primavera encuentra el paso todo está salvado, y todo perdido si no da con él. No hay
término medio. La obstinación es su única fuerza, y sólo la osadía puede salvarle.
Una vez más el calculador de lo incalculable se prepara en silencio para un golpe
decisivo.
De día en día se recrudece el invierno, y las borrascas se ceban en la flota. Los
barcos apenas logran avanzar y necesitan dos meses para alcanzar un miserable
adelanto de la latitud hacia el Sur. Por fin, el 31 de marzo se les presenta una nueva
bahía en la costa desierta. Lo primero que el almirante escruta, y su última esperanza,
es si la bahía se abre, si podría ser el anhelado «paso». No, la bahía es cerrada. De
Página 100
todos modos, Magallanes ordena el avance. Y como en una somera exploración se
comprueba que hay en el paraje frescos manantiales y abundancia de pesca, ordena:
«¡Abajo las áncoras!». Sorprendidos, tal vez aterrados, los capitanes y la tripulación
se convencen de que su almirante, sin pedir consentimiento a nadie, ha decidido
detenerse para establecer su cuartel de invierno en San Julián, una bahía desconocida
e inhabitada, en el grado cuarenta y nueve de latitud y uno de los más apartados sitios
de la tierra, que ningún navegante había señalado jamás.
Página 101
La sublevación
Página 102
dura: ¡vale más una pronta explicación que aumentar el malestar aplazándola! Es
preferible verse ante unos enemigos declarados que dejarse acorralar.
Página 103
rey están decididos a coger por la manga al tozudo de Magallanes y concluir con sus
evasivas, exigiéndole cuenta exacta de sus propósitos en lo sucesivo.
Por su parte, Magallanes no puede reconciliarse consigo mismo, ni permitir que le
obliguen a emitir su informe mientras no haya hallado el paso, pues de no obrar así,
pierde la autoridad.
Los oficiales tienen, pues, el derecho de su parte y la situación de Magallanes es
muy falsa. Si le instan no es por una vana curiosidad, sino por el imperativo del
deber. Sea dicho en su honor: los capitanes no atacaron arteramente a Magallanes por
sorpresa. Le hacen la última insinuación, dándole a entender que se les acaba la
paciencia, y Magallanes pudiera haberlo entendido muy bien. Para atenuar con un
gesto sociable y cortesano la exacerbación de los capitanes, los invita solemnemente
a oír la misa juntos el domingo de Pascua de Resurrección, y a comer, luego, a su
mesa en la nave almirante. Pero los hidalgos españoles no se dejan comprar por una
comida. Puesto que el alto señor Fernão de Magelhaes, que se ganó la insignia de
caballero de Santiago con puras fanfarronadas, no les ha concedido ni siquiera una
entrevista durante nueve meses, haciendo caso omiso de su experiencia de navegantes
y de su real empleo, le dan atentamente las gracias sin aceptar la invitación. Mejor
dicho, ni las gracias le dan. Queda excluido hasta ese ademán de cortesía. Sin tomarse
la molestia de excusarse, los tres capitanes, Gaspar Quesada, Luis de Mendoza y
Antonio de Coca, pasan por alto el convite de su almirante, lo olvidan. Las sillas
quedan vacías, intactos los platos. Solo, lastimosamente solo, está Magallanes ante la
mesa puesta, con su primo Álvaro de Mesquita, a quien, usando de plenos poderes, ha
nombrado comandante. Amarga debió de ser aquella comida de Pascua que había
preparado como una fiesta de la paz. Los tres capitanes, con su ausencia colectiva, le
han arrojado a los pies el guante de desafío. Han declarado abiertamente a
Magallanes: «¡El arco está tenso! Ponte en guardia o sé razonable».
Página 104
Cartagena, Gaspar Quesada y Antonio de Coca están escondidos en el bote que se
desliza como contrabandista. El plan de los oficiales aliados es enérgico y calculado.
Saben que para reducir a un adversario del tesón de Magallanes es preciso ser potente
y prepotente. A esta prepotencia de los capitanes españoles había aspirado Carlos V
muy cuerdamente; una sola de las naves, la almiranta, había sido confiada al
portugués Magallanes, y puestas premeditadamente por la corte bajo mando español
las cuatro naves restantes. Esta proporción que el rey había querido, Magallanes, en
verdad, la alteró a su albedrío al quitar el mando del San Antonio, primero, a Juan de
Cartagena, y luego, a Antonio de Coca, por «desconfianza», y poner el mando del
mismo en manos de su primo Mesquita. Con los dos buques más grandes a su
absoluta disposición se sabe, en caso de apuro, dueño de la flota, aun militarmente.
Para romper, pues, el frente de defensa de Magallanes; para restablecer la voluntad
imperial, sólo hay una salida: apoderarse de nuevo del San Antonio y reducir a la
ineficacia el mando ilegal de Mesquita por cualquier medio incruento. Entre los
españoles quedarán de nuevo tres a dos frente a Magallanes y podrán impedir al
almirante la partida hasta que se avenga a dar las deseadas informaciones a los
funcionarios del rey.
Plan excelente en idea, no lo será menos en la ejecución, conocidas las dotes de
los capitanes. Surca el bote precavidamente, con sus treinta hombres armados, hacia
el confiado San Antonio, que dormita en el puerto sin un mal centinela a bordo, libre
de sospechas adversas. Por medio de la escala de cuerda trepan los atacantes, siendo
los delanteros Juan de Cartagena y Antonio de Coca. Conocedores de la nave como
antiguos capitanes de la misma, hallan a tientas el camino hasta el sitio donde duerme
el comandante. Antes de que pueda incorporarse, aturdido, Álvaro de Mesquita ve
unos hombres armados que le rodean, le ponen grilletes en los pies y le empujan
hacia la cabina del amanuense. Algunos marineros se han despertado y uno de ellos,
el maestre Juan de Elorriaga, sospecha la traición. Pregunta bruscamente a Quesada
qué es lo que le lleva allí de noche. Pero Quesada, por toda respuesta, sin vacilación,
le asesta seis puñaladas, y Elorriaga se desploma bañado en sangre… Todos los
tripulantes portugueses son aherrojados. Con esto se da jaque mate a los más fiados
partidarios de Magallanes, y para granjearse al resto de la tripulación, Quesada
manda franquear las despensas y permite que todos los marineros puedan tomar esta
vez una abundante ración de pan y de vino. A no ser por el enojoso apuñalamiento de
Elorriaga, que convierte en rebelión sangrienta aquel simple secuestro, el golpe ha
sido a satisfacción de los capitanes españoles. Sin cuidado pueden Juan de Cartagena,
Quesada y De Coca remar hacia sus barcos para ponerlos en disposición de luchar, si
conviniera; entre tanto, el San Antonio queda confiado a uno cuyo nombre aparece
aquí por primera vez: Juan Sebastián Elcano. En esta ocasión se le llama para impedir
que se realice la idea de Magallanes; en una segunda ocasión el destino lo elegirá
para dar remate a la idea de Magallanes.
Página 105
Y ahí están las naves, impertérritas otra vez, como grandes bestias que dormitan
al amparo de la bahía. Ni un rumor, ni un destello de luz dan idea de lo sucedido.
Página 106
jugárselo todo a una carta y, a pesar de lo cerrado del horizonte, intentar un golpe, por
su parte, encaminado a dividir a los rebeldes.
Página 107
atacarlo impulsivamente, sino al contrario: emprender algo en extremo peligroso con
el máximo de precaución y cálculo. Los planes más atrevidos de Magallanes son
siempre como buen acero, forjado, sí, en la llama de la pasión, pero endurecido luego
en la reflexión más moderada; cada vez triunfa de todos los peligros gracias a esta
mezcla de fantasía y precaución. El plan queda fijado en un minuto y lo restante del
tiempo ha de emplearse exclusivamente en precisar con toda cautela sus
particularidades. Magallanes reconoce que debe seguir el mismo procedimiento de
los capitanes: ha de apoderarse, al menos, de una nave para volver a ganar ventaja.
¡Pero qué fácil lo tuvieron los capitanes y qué difícil lo tiene Magallanes! Ellos
atacaban, en la oscuridad de la noche, a una nave totalmente desprevenida. Dormía el
capitán, dormían sus hombres. No había preparada ninguna defensa, ni uno solo de
los marineros tenía un arma a su alcance. Ahora es pleno día; recelosos, observan los
capitanes desde tres barcos distintos cada movimiento en la nave almiranta de
Magallanes, y tienen a punto cañones y bombardas y cargados los arcabuces.
Bastante conocen los amotinados el valor de Magallanes para sospechar que muy
bien podría intentar un ataque desesperado.
Conocen su valor, pero no su astucia. No sospechan que el diligente calculador
puede llegar a emprender lo inverosímil: un ataque en pleno día con un puñado de
hombres, contra tres barcos bien pertrechados. Ya es una maniobra genial la de no
escoger para el temerario ataque el San Antonio, donde está encadenado su primo
Mesquita. Porque, naturalmente, contra éste el ataque era más de recelar.
Precisamente porque se espera el golpe a la derecha, Magallanes cae contra la
izquierda, no contra el San Antonio, sino contra el Victoria.
Cada particularidad de este contraataque ha sido objeto de meditación. En primer
lugar, Magallanes entretiene a los que en bote a remo le han traído la «suplicación»
de Quesada, con lo cual se gana en dos sentidos: primero, debilitar la tripulación de
los barcos rebeldes restándoles algunos hombres, y segundo, disponer de dos botes en
vez de uno, ventaja que parece insignificante, pero que en el ataque se manifestará
muy pronto decisiva. Reservando su propio bote, puede ahora con el otro, como
tomado en corso, mandar al Victoria, acompañado de cinco hombres, a su
incondicional maestre de armas, el alguacil de la flota Gonzalo Gómez de Espinosa,
con una carta para el comandante sublevado Luis de Mendoza.
Sin maliciar nada, ven los rebeldes desde sus bien armados barcos el lejano bote
que se acerca a remo. Nada sospechan. ¿Cómo podría un bote tripulado por cinco
hombres atacar una nave con sesenta soldados bien armados, disponiendo de
bombardas y capitaneada por un hombre de la solvencia de Mendoza? Una cosa no
han podido observar, y es que los cinco hombres esconden unas armas debajo del
vestido, y que Gómez de Espinosa va con un encargo de importancia. Despacio, muy
despacio, con una lentitud tasada de antemano, en la que se ha calculado hasta el
segundo, sube a bordo con sus cinco soldados y entrega al capitán Luis de Mendoza
la invitación de Magallanes, que le llama a una entrevista en la nave capitana.
Página 108
Mendoza lee la carta. Se acuerda muy bien de la escena cuando Juan de
Cartagena fue prendido por sorpresa en el Trinidad como un delincuente. ¡No sería él,
Luis de Mendoza, tan majadero que se dejara coger en la ratonera! «No me pillará
allí», sonríe durante la lectura de la carta. Pero su sonrisa acaba en un grito ahogado.
El puñal del alguacil le ha dado en la garganta un golpe mortal.
En el mismo instante —y aquí se ve con qué fantástica exactitud había calculado
Magallanes cada minuto y cada metro de paso a remo de un barco a otro— trepan a
bordo del Victoria sesenta hombres con todas las armas, que Duarte Barbosa ha
conducido en el otro bote del Trinidad. Fascinados, miran los tripulantes el cadáver
de su capitán, a quien el maestre de armas de la flota ha ajusticiado de un solo golpe,
y antes de que hayan tenido tiempo de explicarse lo sucedido y formar una decisión,
ya Duarte Barbosa se ha hecho cargo del mando y sus hombres ocupan todos los
sitios, dando órdenes que la tripulación, angustiosa, ejecuta. En un momento se ha
levado el áncora, se han izado las velas, y antes de que los otros dos barcos rebeldes
vean el relámpago iluminar el espacio sereno, el Victoria, apresado por su almirante,
se acerca ya a la nave almirante para ponerse a su lado. Tres naves: Trinidad, Victoria
y Santiago, se oponen ahora al San Antonio y al Concepción, cerrando la boca de la
bahía contra cualquier intento de huida de los rebeldes.
Gracias a esta expeditiva maniobra, el platillo de la balanza sube, y la partida es
ganada contra toda esperanza. En el espacio de cinco minutos, los capitanes han
pasado de nuevo a segundo término; les quedan tres posibilidades: huir, luchar o
darse por vencidos. Contra la primera se ha precavido con tiempo el almirante
cerrando el paso de la bahía con sus tres naves. En la lucha no hay que pensar, porque
el alarde de Magallanes ha hecho trizas el valor de sus contrarios. Son vanos los
intentos de Gaspar Quesada, que se presenta de punta en blanco a su gente, en una
mano la lanza, y la espada en la otra, para excitarlos al combate. Despavoridos, ya no
le siguen. Basta para vencer cualquier resistencia, en el Concepción y en el San
Antonio, la sola presencia de un bote tripulado por unos marineros de Magallanes. Al
cabo de pocas horas Álvaro de Mesquita anda en libertad y quedan presos los
capitanes rebeldes en las mismas cadenas que humillaron al fiel seguidor de
Magallanes.
Página 109
atendiera a la autoridad de que dispone, debería castigar duramente a algunos de los
rebeldes, a los cuales no puede castigar. Porque ¿cómo se concibe la continuación de
la travesía una vez haya hecho justicia en un quinto de la tripulación? A mil millas
del hogar, en un sitio inhospitalario, no puede, como almirante, privarse de cien
pobres trabajadores; no tiene más remedio que seguir con los culpables y ganarles el
corazón por la bondad, sin que, por otra parte, pueda prescindir de atemorizarlos con
un castigo ejemplar.
A fin de manifestar su autoridad con un enérgico escarmiento, Magallanes se
decide a sacrificar a uno solo, y elige al único que se había puesto a la cabeza del
motín con el acero desnudo: el capitán Gaspar Quesada, que había herido
mortalmente a su fiel piloto Elorriaga. El lamentable juicio empieza con todos los
requisitos. Son llamados los amanuenses y los testigos para redactar el acta, y con la
misma precisión y las mismas formalidades que si estuvieran en una escribanía de
Sevilla o de Zaragoza, llenan páginas de un papel que es materia preciosa en aquel
desierto que bordea las costas de la Patagonia. Mesquita, como presidente, entabla el
juicio, acusando a Gaspar Quesada, excapitán de la Armada, por homicidio y
sedición. Y Magallanes dicta la sentencia. Gaspar Quesada es condenado a muerte, y
la única gracia que el almirante otorga al noble español es que la ejecución no sea en
garrote, sino bajo el sable. Pero ¿quién será el verdugo? Difícilmente se hallará un
voluntario entre los tripulantes. Por fin se improvisa uno, ¡y a qué espeluznante
precio! El criado de Quesada puso también sus manos en la agresión a Elorriaga y ha
sido declarado culpable. Y ahora se le brinda el perdón en el caso que se halle
dispuesto a llevar a cabo la decapitación de Quesada. La alternativa entre ser
degollado él mismo o ser el degollador de su patrón debió de levantar un áspero
combate en la conciencia de Luis de Molina, el criado de Quesada. Por fin, se declara
dispuesto para la ejecución. De un solo golpe separa del tronco la cabeza de su amo
para salvar la propia. Los cadáveres de Mendoza y de Quesada fueron descuartizados,
siguiendo la costumbre horrible de la época, y los pedazos expuestos en la punta de
unas estacas, trasplantando por primera vez al mundo patagónico los escalofriantes
usos de la Tower y de otros sitios europeos de ejecución.
Pero otra sentencia le toca dictar a Magallanes, no diremos si más benigna o más
cruel que la muerte a filo de espada. También Juan de Cartagena, propiamente el
cabecilla de la sublevación, y un sacerdote, en los cuales el rescoldo de la rebelión
luce todavía, han sido hallados culpables. Tiembla la mano de Magallanes ante la
idea de firmar una declarada sentencia de muerte. El almirante no se atrevería a
entregar al verdugo a quien el mismo Rey le puso como adjunto, ni a derramar la
sangre de un sacerdote, cuya cabeza fue consagrada con los santos óleos, pues su
conciencia de católico se resiste a cargar sobre ella un acto tal. Tampoco es hacedero
dejar consumir en las cadenas, a través de la mitad de la tierra, a esos dos principales
promotores. Magallanes hurta el cuerpo a la decisión. Cuando la flota se haga
nuevamente a la vela, ambos serán dejados en la playa de San Julián, proveyéndolos
Página 110
de vino y víveres para algún tiempo, y sea Dios quien decida de su vida o de su
muerte.
¿Estuvo en lo justo Magallanes, en este juicio a muerte de Puerto de San Julián? ¿No
se podría objetar algo a los protocolos que su primo Mesquita hizo levantar allí y que
no dejaban lugar a la defensa? ¿Son, por otra parte, justas las declaraciones
posteriores de los oficiales españoles en Sevilla, pretendiendo que Magallanes había
remunerado al alguacil y a sus hombres con doce ducados por haber dado muerte a
Mendoza, adjudicándoles además los haberes de los dos hidalgos muertos? Son
afirmaciones a las cuales Magallanes ya no puede alegar ni quitar nada. Casi todos
los acontecimientos, al ser descritos, se tiñen con el equívoco, y si desde entonces la
Historia ha dado la razón a Magallanes, no olvidemos que la da casi siempre al
vencedor, en perjuicio del vencido. Hebbel dijo un día esta frase magnífica «A la
Historia le es indiferente cómo suceden las cosas. Se pone al lado del que ejecuta, del
ganancioso». Si Magallanes no hubiera encontrado el paso, si no hubiese llevado a
cabo su empresa, la eliminación de los capitanes españoles que protestaron contra su
arriesgada aventura sería considerada como un asesinato. Pero como los hechos se
cuidaron de dar la razón a su empresa, encumbrándolo a perpetua memoria, los
muertos sin gloria pasan al olvido, y si no en lo moral, en lo histórico, el buen éxito
de Magallanes ha venido a justificar su dureza e inflexibilidad.
Peligroso ejemplo fue, en todo caso, el cruento juicio de Magallanes para el más
genial de sus sucesores, Francisco Drake. Cuando, cincuenta y siete años más tarde,
este héroe y pirata inglés se ve amenazado, en un viaje no menos arriesgado, por una
sublevación no menos peligrosa, al desembarcar en el mismo desdichado Puerto de
San Julián, paga siniestro tributo al querer imitar el modo marcial de Magallanes.
Francisco Drake conoce muy bien los acontecimientos de la travesía de su
predecesor, los protocolos referentes a la implacable justicia de Magallanes;
probablemente vio en Puerto de San Julián el bloque sangriento sobre el cual fue
cumplida la sentencia en el sedicioso, cincuenta y siete años antes. Su insumiso
capitán se llama Tomás Doughty; lo mismo que Cartagena, había sido aherrojado
durante el viaje, y, por rara coincidencia, es dictado el fallo en las mismas playas, en
el mismo porto negro de San Julián, y también a la última pena. Pero Francisco
Drake deja al que fue su amigo la elección entre la muerte rápida y honrosa por el
acero, como la que sufrió Quesada, o ser expuesto al azar de los acontecimientos en
aquella bahía, como Juan de Cartagena. Doughty, que también había leído la historia
de la expedición de Magallanes, sabe que nunca se halló más rastro de Cartagena ni
del sacerdote expuestos a la soledad de aquella playa y elige la muerte cierta, pero
rápida, la muerte varonil y noble por la espada. Una vez más rueda por la arena una
Página 111
cabeza —destino eterno de la Humanidad, cuyos hechos memorables han sido casi
siempre regados con sangre, siendo los más duros los que mayores resultados han
conseguido.
Página 112
El momento solemne
Cuatro, cinco meses, queda sitiada por el invierno, en este lamentable puerto de las
desdichas, la flota de Magallanes. Vacío y pesado dilátase el tiempo en la abominable
soledad; pero el almirante, sabiendo muy bien que nada siembra el descontento en el
corazón de los hombres como la ociosidad, procura a los marineros una labor
constante y esforzada. Manda reparar las naves escrupulosamente, desde la quilla
hasta la punta del palo mayor; cortar troncos y aserrarlos y pulirlos. Llega, tal vez, a
improvisar ocupaciones superfluas, con el único propósito de dar esperanzas a los
tripulantes de que el viaje se reanudará pronto, llevándolos desde la insoportable
desolación del invierno a las ansiadas islas del Sur. Aparece, por fin, una señal de
primavera. En todas aquellas semanas de cielo oscuro, de atmósfera glacial, la
tripulación creyó hallarse confinada en una tierra de nadie, desierta de hombres y de
bestias; y el sentimiento de miedo, muy comprensible, de habitar allí como en las
cuevas prehistóricas, separados de todo lo humano, oscurecía sus pensamientos. Pero
una mañana aparece en la cima de la colina una figura singular, un hombre que, de
pronto, no reconocen como a un semejante, pues, turbados por la sorpresa, se les
antoja de doble talla que un hombre en las proporciones. «Duobus humanam
superantes staturam», escribe Pedro Mártir, y confirma Pigafetta: «Tal era la talla de
aquel hombre, que sólo llegábamos a la altura de su cinturón. Tenía esbeltez,
colorado el ancho rostro, y pintados alrededor de los ojos unos anillos verdes y una
mancha en forma de corazón sobre cada mejilla. Su pelo era corto y blanco. Le
cubrían unas pieles de animales cosidas entre sí». Sorprende particularmente a los
españoles el tamaño gigante de los pies de aquel fenómeno, y por esta seña bautizan a
los indígenas de pies grandes (patagão) y llaman a su tierra «Patagonia». Pero pronto
cede aquel terror ante el hombre de raza singular vestido de pieles, que ahora
ensancha cada vez más los brazos y baila y canta, mientras mira a los otros sin dejar
casi ni un momento de desparramar arena sobre los blancos cabellos. Magallanes,
algo versado en los hábitos de los hijos de la Naturaleza desde sus primeros pasos,
interpreta acertadamente esta manifestación como un deseo de buenas relaciones, y
manda a uno de sus marineros que se ponga a bailar por el mismo estilo y se eche
arena sobre la cabeza. Con regocijo de los cansados marineros, el salvaje ve en esta
pantomima un saludo de bienvenida y se acerca a ellos con mansedumbre. Por fin, los
Trínculos, como en La tempestad, han conquistado a Calibán; por primera vez en
aquel yermo les es dado a los marineros poder alternar y tener diversión. Al poner
ante las narices del gigante bonachón un espejo metálico, el hombre da un brinco tan
inesperado, al ver su propia cara, que arrastra en su caída a cuatro marineros. Su
apetito les hace olvidar lo corto de su propia ración. Con los ojos encandilados ven a
Página 113
aquel nuevo Gargantúa sorberse un cubo de agua y zamparse media canasta de
galletas como si fueran un par de nueces ¡Y qué jolgorio cuando, al presentar dos
ratas a su voracidad, las engulle en vivo, sin siquiera quitarles la piel, dejándolos
entre el horror y la risa! Una cordial simpatía nace por ambos lados: el voraz indígena
y los marineros. Y al regalarle, por remate, Magallanes, un par de campanillas, llama
a otros «gigantes» y también a algunas «gigantas».
Precisamente esta despreocupación acarreará la perdición de los ingenuos hijos de
la Naturaleza. Magallanes —como Colón y otros conquistadores— tenía encargo
expreso de la «Casa de Contratación» de traer a España algunos ejemplares no
solamente de las plantas y los animales, sino también de las nuevas variedades
humanas que descubrieran. Coger vivo a uno de esos gigantes parece, de pronto, a los
marineros no menos arriesgado que la captura de una ballena por las aletas.
Escúrrense, medrosos, alrededor de los patagones, y, en el momento decisivo, acaban
siempre por encogerse. Hasta que imaginan una vulgar astucia. Llenan las manos a
dos de los gigantes de tal cúmulo de regalos, que necesitan todos los dedos para que
no se les escape el botín, y en esta situación enseñan a los bienaventurados un objeto
más precioso, reluciente y sonoro, un par de grilletes y les preguntan si no les
agradaría ceñírselos a los pies. Los pobres patagones ríen de oreja a oreja y cabecean,
embelesados, soñando con el tintineo con que aquellos objetos sonoros acompañarían
a su paso. Aguantando con las manos crispadas los regalos, miran, bajando la cabeza,
aquella hermosura de fríos anillos que les rodean las articulaciones y hacen una
música tan alegre. ¡Ya los tienen! Ahora pueden sin temor derribar a aquellos
gigantes como un saco de arena, porque, aherrojados, no son ya peligrosos. En vano
los engañados dan alaridos y se rebullen y dan golpes a su alrededor, implorando a su
mágico dios Setebos —el nombre procede de Shakespeare—. ¡La «Casa de
Contratación» pide curiosidades! Como a los bueyes los empujan, los arrastran al
interior de la nave, donde perecerán inevitablemente por escasez de alimentación.
Este pérfido asalto de los que les traían nueva cultura destruye de un golpe la buena
inteligencia, y los patagones se mantienen ahora a distancia de los que les han
engañado, y un día que un pelotón de españoles los ronda —aquí el relato de
Pigafetta se diluye singularmente— para alcanzar también o visitar a alguna de las
mujeres de la misma raza, pónense a la defensiva, y uno de los marineros paga la
aventura con su vida.
Pero, lo mismo que a los indígenas, les resulta fatal a los españoles este Puerto de
San Julián. No sacan de él más que desgracia; nada le favorece en él a Magallanes,
nada le sale bien: una suerte fatídica va unida a esa playa manchada de sangre…
«¡Vámonos pronto de aquí! ¡Pronto! ¡Regresemos!», gimen los tripulantes.
«¡Vámonos pronto! ¡Más adelante!», ansía Magallanes. Y crece, con los días más
largos, la impaciencia de todos. Apenas han cedido las furiosas tormentas invernales,
Magallanes intenta el primer empuje. Manda el más rápido de sus barcos, el más
ligero, el pequeño Santiago, que gobierna el fiado capitán Serrão, como paloma Noé
Página 114
que traiga el mensaje. Serrão deberá surcar hacia el Sur, escrutar las bahías y, al cabo
de un plazo señalado, estar de vuelta con su informe. Pronto pasa el tiempo, y
Magallanes se impacienta con la mirada puesta en el horizonte. Pero, en vez de llegar
por el agua el mensaje, viene de la tierra firme: un día, dos raras formas movedizas se
acercan, bajando de la colina. Al pronto los toman por indígenas patagones y
preparan las ballestas. Pero aquellos hombres desnudos, medio helados, hambrientos:
aquellos espectros de color terroso, los llaman a voces en español. Son dos marineros
del Santiago que vienen con malas noticias. Serrão había llegado felizmente a la
cómoda embocadura de un río colmado de pesca: río de Santa Cruz; pero, mientras
procedían a nuevas exploraciones, la tormenta estrelló el barco contra la costa. Pudo
salvarse la tripulación, que, en apurado trance, estaba esperando auxilio junto a dicho
río; ellos dos solamente habían logrado avanzar hasta San Julián, alimentándose,
durante aquellos once días, de hierbas y raíces.
Magallanes manda salir un bote. Vuelven en él los náufragos. Pero ¿qué podrán
los hombres sin el otro barco, el más ligero de la flota, el más dispuesto de todos? Es
la primera pérdida y, como todas las que sufren en aquellos remotos parajes, no tiene
reparación. Cuando por fin Magallanes, el 24 de agosto, ordena la partida y abandona
la fatídica bahía de San Julián, dando una última mirada a los dos conspiradores allí
abandonados, tal vez maldice, en su interior, el día que mandó varar. Tiene una nave
menos; tres capitanes han dejado allí la vida y, sobre todo, ha pasado un año entero
que no volverá a recuperar, y a nada se ha llegado; no se ha encontrado ni se ha
realizado nada.
Aquellos días debieron de ser en la vida de Magallanes los más sombríos, tal vez los
únicos en que el hombre de fe inquebrantable se desesperó, sin darlo a entender. La
fingida firmeza con que, a la salida de San Julián, manifiesta que está dispuesto, si es
preciso, a seguir hasta el grado setenta y cinco de latitud en la costa patagónica, y que
si entonces no da, tal vez con la travesía para el otro mar, elegirá la ruta trillada,
doblando el cabo de Buena Esperanza, descubre, con el «si es preciso» y el «tal vez»,
su inseguridad. Por fin admite la posibilidad de un retroceso, por primera vez concede
a sus oficiales que el buscado paso puede no existir o encontrarse en aguas árticas. Es
manifiesto que ha perdido la seguridad interior. La idea del «paso» que le sonríe en
sus sueños le abandona en la hora decisiva. Pocas veces habrá concertado la Historia
una situación más irónica y maliciosa que la de Magallanes cuando, después de dos
días de navegación, vuelve a detenerse en la desembocadura del río Santa Cruz
descubierto por Serrão, y aconseja otro sueño invernal de un par de meses para las
naves. Con nuestros mejores conocimientos geográficos de hoy día nos
representamos el contrasentido de tal decisión. Ahí tenemos un hombre que,
Página 115
impulsado por una generosa idea, desviado por una noticia imprecisa y además
errónea, se ha impuesto como finalidad de su existencia la travesía del Atlántico al
Pacifico para encontrar antes que nadie el itinerario alrededor de la tierra. Gracias a
su enérgica voluntad ha vencido el obstáculo de la materia, ha reunido a los que le
ayuden en su plan irrealizable, ha conseguido de un monarca extranjero, gracias a la
fuerza sugestionadora de su idea, la flota indispensable, a la cual ha llevado
felizmente más lejos, bordeando las costas sudamericanas, que ningún otro
navegante. Dominó los elementos y la rebeldía de los hombres; nada hasta ahora ha
podido detenerle ni desilusionarle en la fanática certeza de que aquel «paso», aquella
meta de sus sueños, estaba a su alcance. Y he aquí que, precisamente a punto de
triunfar, se le nubla la vista, a él, tan perspicaz, como si los dioses que no le quieren
bien le hubieran puesto maliciosamente una venda en los ojos. Porque, en aquel 26 de
agosto de 1520, cuando Magallanes dispone que su tripulación se tome un nuevo
descanso de dos meses, se puede decir que ya toca su objetivo. Unos grados más de
latitud, dos días de navegación después de los trescientos, un par de millas después de
las tantas que han medido, le faltaban solamente para que su alma turbada rompiera
en un grito de júbilo. Pero —escarnio y malignidad del destino— el desdichado no
sabe ni puede adivinar lo cerca que está de la meta. Durante dos meses vacíos,
interminables, que él llena de preocupaciones y desconfianza, espera el tiempo
primaveral en la desembocadura de aquel río insignificante, en aquel sitio
despoblado, como el hombre que, en medio de una extensión nevada, se acurruca
helado de frío ante su propia choza, sin ocurrírsele que, con sólo dar un paso, estaría
bajo cubierto. ¡Dos meses, dos meses interminables, perdidos, pasa Magallanes en
aquel yermo, ocioso y con la obsesión de si hallará o no el paso mientras que, a dos
días de navegación solamente, le espera el estrecho que llevará para siempre su
nombre! Hasta el último momento sentirá la garra dilaceradora del buitre de la duda
el hombre que, cual otro Prometeo, se ha propuesto arrancar a la tierra el secreto
último.
¡Pero tanto más hermosa es la liberación! Únicamente llega la emoción a las cumbres
de la bienaventuranza cuando logra remontarse desde las hondonadas del
desasosiego. El 18 de octubre de 1520, al cabo de dos meses superfluos de tregua,
Magallanes ordena una vez más el avance. Oyen misa solemne, la tripulación se
acerca a la Sagrada Mesa y luego parten las naves a toda vela con rumbo al Sur. El
viento les viene de frente y avanzan con pena. Todavía no halla consuelo la mirada en
rastro alguno de vegetación; un llano solitario, inhospitalario, una costa de arena y
rocas… Al tercer día —21 de octubre de 1520— se levanta por fin un cabo con
blancos escollos, una playa quebrada. Y he aquí que, tras este resalto, al cual, en
Página 116
conmemoración del día, Magallanes llamó cabo de las Vírgenes, se abre una honda
bahía de aguas oscuras. Los barcos se acercan más. ¡Qué raro paisaje, vigoroso y
austero! Cerros escarpados, accidentados, y en la lejanía —panorama completamente
nuevo en aquel viaje— altas cumbres coronadas de nieve. ¡Pero qué muerto todo! Ni
un ser humano, y apenas un árbol o un matorral; el zumbido continuo del viento
atraviesa el rígido silencio de la espectral bahía solitaria. La tripulación mira con
disgusto aquel piélago de aguas sombrías. Absurdo les parece a todos que esta bahía
rodeada de montañas, y sus aguas del Averno, pudiera llevar a una llanura ni al «Mar
del Sur», al mar claro y lleno de sol. Es unánime el convencimiento de los pilotos de
que aquella profunda entalladura no puede ser más que un fiordo semejante a los de
las tierras nórdicas, y que serán afán y tiempo perdidos el sondear en aquella bahía
cerrada o rodearla navegando. Bastantes semanas llevan ya malogradas en el
reconocimiento de todas aquellas bahías patagónicas, sin que ninguna haya resultado
salir a la ansiada travesía. ¡Basta ya de vacilaciones! ¡Adelante! Y en el caso de que
el «estrecho» no aparezca pronto, aprovechar el buen tiempo para la vuelta a casa o
hacia el Mar de las Indias por el cabo de Buena Esperanza.
Pero Magallanes, poseído por la idea fija del escondido estrecho, insiste en dar la
vuelta completa a la singular bahía. Con enojo es obedecida la orden por los que
preferían pasar más allá pues «todos pensábamos y afirmábamos que era aquélla una
bahía cerrada» —serrato tuto in torno—. Dos de las naves, la almiranta y la Victoria,
se quedan para explorar el exterior de la bahía. Las otras dos, San Antonio y
Concepción, reciben el encargo de avanzar cuanto puedan, pero sin tardar más de
cinco días en el regreso. Porque el tiempo es cada día más precioso y más escasas las
provisiones. Magallanes no puede ya, como en el Río de la Plata, conceder quince
días. Cinco días de reconocimiento es su máxima concesión para la última prueba que
intenta.
Página 117
rocas. Lo que le preocupa son los otros dos barcos el San Antonio y el Concepción. El
vendaval debe de haberlos cogido en la bahía interior, en aquella angostura donde no
tienen espacio para bordear, ni la más mínima oportunidad de anclar y guarecerse. A
no ser que haya ocurrido un milagro, debe de hacer ya mucho tiempo que la marejada
los ha empujado a la orilla, estrellándolos contra los escollos.
¡Qué horrible espera, en la fiebre y la impaciencia, la de Magallanes durante
aquellos días, en las horas que iban a decidir su destino! Pasa un día, y no se ve señal.
Pasa un segundo día, y no han vuelto. Y pasan tres y cuatro. Magallanes sabe que si
los dos barcos han naufragado, todo está perdido. Los dos restantes no serán aptos
para proseguir la ruta. Su empresa, su ensueño, se habrán estrellado contra aquellas
peñas de una tierra remota.
Por fin, una señal en la cofa. ¡Horror! No son los barcos de regreso lo que el vigía
señala, sino una columna de humo que se ve en la lejanía. ¡Momento terrible! El
significado de aquel humo es una demanda de auxilio de los náufragos. Perdidos sus
mejores barcos, el San Antonio y el Concepción, ¡ha naufragado también su empresa
en la bahía innominada aún! Magallanes ha ordenado ya bajar los botes para remar
bahía adentro y salvar cuántas vidas humanas sea posible. ¡Pero hay un cambio
inesperado! Es como el momento grandioso del Tristán, cuando la ya expirante
melodía plañidera y desesperada de la muerte se reanima de pronto en la flauta del
pastor y brinca en el torbellino de una jubilosa tonada de danza, desbordante de
felicidad. ¡Una vela! ¡Un barco! ¡Bendito sea Dios! Uno, al menos, se ha salvado.
¡No: son los dos barcos, que se acercan, los dos! El San Antonio, el Concepción,
sanos y enteros… Pero ¿qué es aquello? No bien se han hecho visibles a Magallanes
y a los suyos, uno, dos, tres fogonazos centellean a babor, seguidos del estampido de
los cañones, que se ensancha en el eco de las montañas. ¿Qué ha sucedido? ¿Por qué
los que ahorraban hasta un gramo de pólvora la derrochan ora en repetidas salvas?
¿Cómo es que banderas y gallardetes van izados en todo su esplendor y con tal
profusión que Magallanes no cree a sus ojos? ¿Qué señas son aquéllas y qué voces de
capitanes y marineros, y por qué las dan? La distancia no le permite todavía entender
las voces entremezcladas, ni lo que quieren significar sus camaradas. Pero todos, y
Magallanes el primero, tienen la impresión de que es aquél el lenguaje del triunfo.
Y, realmente, el mensaje que traen las dos naves es un fausto mensaje.
Ensanchándosele el corazón, escucha Magallanes el relato que le hace Serrão. A los
dos barcos les fue mal al principio. Habían penetrado ya muy adentro en la bahía
cuando estalló la tormenta. Por más que cogieron rizos a las velas, el torbellino de la
corriente los empujó indefensos, agotándolos, más lejos cada vez, hasta el punto de
hacerles creer que iban a perecer sin remedio contra las riberas rocosas que se
levantan en el fondo de la bahía. No se dieron cuenta hasta entonces de que el muro
de roca que tenían delante no era del todo cerrado, sino que se quebraba tras un
resalto en una especie de canal. A través de aquel estrecho, de aguas más calmadas,
llegaron a una segunda bahía que se estrechaba en un sitio para ensancharse en otro.
Página 118
Tres días duraba el viaje, sin hallar el fin de aquel singular estrecho. Sin embargo, el
imponente camino de agua de ningún modo podía ser un río. El agua era salada en
toda su extensión, y con regularidad y ritmo aparecían las mareas alta y baja. No era
una corriente, como el Plata, que se estrechara agua arriba de la desembocadura;
antes al contrario, ancha y con caracteres oceánicos, la superficie se extendía en aquel
piélago singular con profundidad constante. Era más que probable que aquel fiordo,
aquel canal, saliera al tan buscado Mar del Sur, cuyas orillas divisara hacía pocos
años, desde las alturas de Panamá, el primer europeo, Núñez de Balboa.
En todo un año no había recibido Magallanes, el hombre tantas veces puesto a
prueba, una noticia más satisfactoria. Ya se puede suponer cómo iluminaría de súbito
su alma sombría y acongojada. En su fuero interno desesperaba ya y había previsto la
vuelta por el cabo de Buena Esperanza. Nadie sabe qué secretos votos y oraciones
debió de elevar de rodillas a Dios y a sus santos. Y ahora que su fe vacilaba, la ilusión
empieza a ser verdad, y el sueño a realizarse. Es cuestión de no vacilar un solo
instante. ¡Arriba las áncoras! ¡A desplegar velas! Una última salva en homenaje al
emperador y una plegaria al Almirante de todos. Y enseguida, adelante a través de
aquel laberinto. Si encuentra en aquellas aguas aquerónticas un camino que salga al
otro mar, él será el primero que habrá dado con la ruta alrededor del mundo. Con sus
cuatro barcos emprende Magallanes animosamente la navegación de aquel canal, que
en conmemoración de la festividad del día bautiza con el nombre de canal de Todos
los Santos y que la posteridad, agradecida, denominará de Magallanes.
Una rara visión espectral debió de ser el avance de los cuatro barcos silenciosos, los
primeros en la historia de la Humanidad que surcaban las aguas negras y misteriosas,
desiertas desde tiempos inmemorables. Les espera un inmenso silencio. Como
montañas magnéticas los miran los cerros metálicos a lo largo de las riberas; pesa el
cielo oscuro, allí siempre nublado, y el agua tiene tonos negros; como la barca de
Aqueronte en la Estigia, sombras entre sombras, surcan los cuatro barcos silenciosos
la región semejante al Hades. A lo lejos resplandecen unas montañas con nieve en las
cumbres, y por la noche trae de ellas el viento un soplo glacial. No se ve alrededor ni
un ser vivo, pero hombres debe de haber por allí escondidos, pues de noche se ven
unas llamas en las tinieblas, por lo que Magallanes da el nombre de Tierra del Fuego
a la que acaban de descubrir. (Esas lumbres que jamás se apagan caracterizan a las
razas de cultura inferior, las cuales, desconociendo los procedimientos para producir
fuego, se ven obligadas a mantenerlo ininterrumpidamente en sus reductos con
madera o hierba seca). Pero los oprimidos marineros, que atisban hacia todos lados,
no han conseguido una sola vez oír una voz o ver una figura humana. Los marineros
que Magallanes ha mandado a la playa en un bote no encuentran habitación ninguna
Página 119
ni rastro de vida, sino una morada de muerte: dos docenas de fosas abandonadas. El
único animal que logran descubrir es el cadáver gigante de una ballena que los
embates del mar han arrojado sólo para morir, a aquellas playas del misterioso
pasado, donde siempre es otoño. La mirada de pasmo de los navegantes se clava en
aquella calma espectral; es como si hubieran caído en medio de un paisaje astral
agostado, sin vida. ¡Adelante! ¡Adelante!… Y vuelven a resbalar lentos los barcos al
impulso de la brisa, quebrando el color de noche, que no había sentido aún la quilla
de un barco. Sondean una vez más el agua sin hallar fondo; Magallanes no cesa de
mirar angustiosamente a todos lados, no fuera que la bahía se cerrase de pronto al
final de la ruta líquida. Pero el estrecho no tiene fin y repetidas señales anuncian que
por él han de salir al mar abierto. Así y todo, no llega todavía el momento anhelado, y
la ruta es intrincada y el alma se turba. La mágica expedición atraviesa la noche
quimérica, más adentro cada vez, teniendo por única compañía el salvaje himno
incomprensible del viento que zumba y chilla, frío, entre los cerros.
Pero, a la vez que sombrío, el viaje es peligroso. El estrecho no se parece lo más
mínimo a aquel canal de fantasía, trazado a cordel, que en sus cómodas celdas, allá en
Alemania, los honrados cosmógrafos Schöner y, antes que él, Behaim habían trazado
en sus mapas. Resulta un puro eufemismo, para abreviar, la calificación de «Estrecho
de Magallanes»; porque, en realidad, es más bien un ininterrumpido cruce de
caminos, un laberinto de vueltas y revueltas, de bahías, calas, fiordos, bancos de
arena y complicadas redes liquidas, que los barcos logran atravesar a fuerza de
mucho ingenio y suerte. Ora alargándose, ora replegándose en las más singulares
formas, se ven esas bahías, cuyas profundidades son difíciles de precisar, erizadas de
islas, sembradas de bajíos; tres, cuatro veces, a derecha o a izquierda, el estrecho no
deja de ramificarse y nunca se sabe cuál es el buen paso, si el que va hacia el Oeste,
hacia el Norte o hacia el Sur. Hay que evitar los bancos de arena y sortear los
peñascos, y el viento enemigo, incansable, vuelve a barrer el inquieto estrecho en
súbitos torbellinos, los llamados williwaws, que agitan las aguas y rasgan las velas.
Leyendo las numerosas descripciones posteriores, se comprende por qué el Estrecho
de Magallanes ha sido durante siglos el terror de los navegantes. En él «reina siempre
viento norte desde todos los puntos del espacio». Nunca se consigue en él la calma, el
sol y la comodidad apetecidos. Son a docenas los barcos que en travesías ulteriores
han naufragado en el inhospitalario estrecho, hoy no bien colonizado todavía, y nada
prueba mejor el arte náutico de Magallanes que el haber sido durante años y años, a la
vez que el primero, el último que logró atravesarlo sin perder un solo barco. Si se
considera lo elemental de sus medios, reducidos a la hinchada vela y al timón de
madera, y que con ellos hubo de tener en cuenta las cien arterias y hacer y deshacer
camino sin cesar, para reunir luego toda la flota en un punto determinado, y en la
estación ingrata y con una tripulación agotada, se comprenderá que su expedición
haya sido glorificada como un prodigio por generaciones de navegantes. Como en
Página 120
todas las esferas, fue, en su arte de navegar, el genio propio de Magallanes la
paciencia, la inconmovible precaución y previsión.
Un mes entero perseveró en su confiada exploración, consciente de la
responsabilidad. No se apresura, no se impacienta, por mucho que palpite en lo
íntimo de su alma el ansia de ver, finalmente, el Mar del Sur. En cada cruce reparte su
flota; cada vez que dos de los barcos bordean un fiordo al Norte, los otros dos
exploran simultáneamente el camino del Sur. Como si el hombre solitario supiera que
ha nacido bajo una constelación que no le permite creer en los azares venturosos, ni
una sola vez confía a la casualidad la elección entre los muchos caminos, como quien
echa una moneda a cara o cruz; siempre busca y escudriña todos los caminos para
hallar el verdadero, el único, y así, triunfan a la vez su genial imaginación y la más
sombría y la más suya de las virtudes: la heroica perseverancia.
¡Triunfo! Las primeras lenguas del mar del estrecho han sido salvadas felizmente y se
llega a las segundas. Una vez más se encuentra Magallanes en una encrucijada donde
la ensanchada bahía se bifurca a derecha e izquierda, sin que pueda nadie saber cuál
de los dos caminos lleva al mar abierto cuál de ellos es un callejón sin salida, inútil
para sus fines. Una vez más reparte Magallanes su pequeña flota. Sigan el San
Antonio y el Concepción los recodos por la parte sudeste, mientras él explorará con
su almiranta y el Victoria el canal hacia el Sudoeste. Y sea el punto de encuentro de la
flota, al cabo de cinco días a lo sumo, la desembocadura de un pequeño río que
denominarán río de las Sardinas, a causa de la abundancia de pesca. Los capitanes
llevan las más detalladas instrucciones. Ya iban a ser izadas las velas, cuando sucede
algo que nadie esperaba. Magallanes llama a bordo de su almiranta a los capitanes
para tratar, antes que nada, de las provisiones —punto que somete a su informe— y
oír su opinión sobre si conviene proseguir la expedición o regresar con la feliz
noticia.
¿Para oír su opinión?… «¿Qué ha sucedido?», se preguntan con sorpresa. ¿Por
qué esa actitud democrática desconcertante, sin más ni más? ¿A santo de qué el
dictador de acero, que hasta entonces no había reconocido a ninguno de sus capitanes
el derecho de hacer una pregunta o criticar una orden, eleva ahora a camaradas, a
oficiales que eran sus subordinados, con ocasión de una maniobra insignificante?
Nada más lógico, en realidad, que este cambio. Los dictadores, después del bien
ganado triunfo, están siempre más propensos a reconocer derechos, y permiten más
generosamente la libre emisión de la palabra, una vez asegurado su poder. Ahora que
ha encontrado el «paso», el «estrecho», Magallanes no tiene por qué rehuir ninguna
interrogación. Con el triunfo en la mano, poco le importa todo lo demás, y pone los
naipes boca arriba. Siempre es más fácil obrar rectamente en la prosperidad que en la
Página 121
desgracia. ¡Por fin, por fin el hombre duro y reservado, metido en sí mismo, rompe el
silencio que apretaba obstinadamente entre los dientes! Desde que su secreto ya no lo
es, Magallanes puede ser comunicativo.
Los capitanes comparecen para informar acerca de los víveres. Y su informe no es
muy satisfactorio. Los víveres son escasos. Cada barco lleva provisiones para tres
meses, a lo sumo. Magallanes toma la palabra: «Es un hecho sin discusión —dice
enérgicamente— que el objetivo de este viaje ha sido alcanzado. El paso, la travesía
al Mar del Sur puede llamarse una realidad». Y ruega a los capitanes que expongan
con toda libertad su criterio sobre si la flota ha de contentarse con este éxito o si ha de
procurar poner un remate a lo que él prometió a su Emperador, o sea llegar asimismo
a las islas de las especias y tomar posesión de ellas para España. Concedido que los
víveres son ya escasos y que sus andanzas no han terminado aún; pero grandes son
también la fama y la riqueza que a todos ellos esperan en el caso de llevar la empresa
a su fin total. Su ánimo no decae. Pero ha querido, antes de tomar una resolución, oír
el parecer de sus oficiales sobre si es conveniente volver ahora al hogar con el
semiéxito, o bien perseverar hasta que se llegue a la meta definitiva.
No nos han sido transmitidas las respuestas de los capitanes y pilotos, pero no es
disparatado suponer que la mayoría de ellos permanecieron callados. Se acuerdan
demasiado de la playa de San Julián y de los miembros descuartizados de sus
camaradas españoles; no aciertan todavía a alternar holgadamente con este acerado
portugués. Uno solo manifiesta sin rodeos su pensamiento. Es éste el piloto del San
Antonio, Estevão Gomes, un portugués, supuesto pariente de Magallanes. El franco
criterio de Gomes es que ahora que, según todas las apariencias, han dado con la
travesía, lo mejor es volver a España, y luego, con una nueva y bien equipada flota,
reanudar el viaje para llegar a las islas de las especias siguiendo el camino abierto.
Porque, a su parecer, los barcos de que disponen ahora no son ya muy aptos, sin
contar con que las provisiones escasean y nadie sabe si el nuevo océano desconocido,
el Mar del Sur, se extiende todavía muy allá tras el estrecho descubierto. Un error en
el rumbo por aquel mar desconocido, la lejanía del primer puerto, podrían arrastrar la
flota al final más desgraciado.
Por boca de Estevão Gomes habla la razón, y, probablemente, Pigafetta, a quien
siempre se hace sospechoso el que opina diferente de Magallanes, es injusto con
Gomes al atribuirle miras mezquinas encubiertas en su opinión. Porque en la práctica,
desde el punto de vista lógico y positivo, la proposición de regresar, de momento, con
honor y salir luego en una segunda expedición para llegar al último objetivo era
acertada; hubiera salvado la vida de Magallanes y la de casi doscientos hombres más.
Pero a Magallanes no le importa la vida mortal ante el inmortal hecho. Quien piensa
en héroe, tiene que obrar necesariamente contra la razón. Sin titubear, pide la palabra
Magallanes para responder a la opinión de Gomes. Sin duda alguna les esperaban
dificultades; probablemente, tendrían que luchar contra el hambre y con todos los
obstáculos imaginables, pero —palabras proféticas—, aun cuando hubieran de
Página 122
devorar el cuero de las vergas, él considera como un deber la continuación del viaje
hasta descubrir la tierra que prometió. Con esta apelación a la aventura, la consulta,
tan singular en su psicología, parece ya asunto concluido, y de uno a otro barco cunde
la orden, proclamada a voces, de que va a continuar el viaje. Pero, en particular,
Magallanes da orden —a los capitanes— de ocultar cuidadosamente a la tripulación
la escasez de víveres. Y advierte que peligra la vida de quien se atreva a hacer
siquiera una insinuación sobre el asunto.
Callados reciben la orden los capitanes y los dos barcos destinados a la exploración
del canal del Sur, el San Antonio, al mando de Mesquita, y el Concepción, al de
Serrão, desaparecen en el embrollo de las escarpadas y onduladas bahías. Los otros
dos, el Trinidad, barco almirante de Magallanes, y el Victoria, no tienen por qué
atosigarse ahora. Anclan en la boca del río de las Sardinas y en vez de ser ellos
mismos los que exploren el resto del canal hacia el Oeste, Magallanes confía este
primer reconocimiento a un bote. No hay ningún peligro en aquella porción del canal,
cuyas aguas son mansas. Una cosa les encarece Magallanes: que estén de vuelta del
reconocimiento, lo más tardar, el tercer día. Estos tres días, hasta la vuelta del
Concepción y del San Antonio, son de asueto para las otras dos naves. Magallanes y
los suyos gozan del clima templado del paraje. La naturaleza se ha embellecido
singularmente en el espacio de aquellos últimos días, a medida que han avanzado
hacia el Oeste. A las ásperas rocas areniscas han sucedido sonrientes praderas,
arboledas, bosques. Son más suaves las faldas de las colinas, y brillan en la lejanía las
heladas cumbres. Los marineros se regalan con el agua dulce de las fuentes, después
de semanas enteras de no conocer más que la pestilente de los toneles. Tumbados
sobre la hierba blanda, admiran perezosamente la maravilla de los peces voladores.
Pero pronto se desperezan, y se levantan para entretenerse en la pesca de las sardinas,
que abundan hasta lo increíble en el río. Hallan vegetales a discreción, de los que
pueden saciarse al cabo de meses, y con tal belleza y halago los invita la Naturaleza,
que Pigafetta exclama, entusiasmado: «Credo che non sia al mondo el più bello e
miglior stretto comè è questo».
Pero ¿qué significa este pequeño goce de la comodidad y de la distensión, al lado
de la dicha mayor, la que embriaga y arrebata a Magallanes en su ardiente atmósfera?
Ya se acerca, se cierne en el aire. Al tercer día, la chalupa vuelve dócilmente, y otra
vez los marineros hacen señales de lejos, como antes, en el día de Todos los Santos,
después de descubrir la entrada del estrecho. ¡Pero lo de ahora es mil veces más
importante! Han descubierto la salida y han visto por sus propios ojos el mar en que
desemboca el canal, el desconocido gran Mar del Sur. Thalassa, thalassa!, la
milenaria voz de júbilo con que los griegos saludaban las aguas eternas al regresar de
Página 123
largas expediciones, resuena ahora en otra lengua, pero con igual júbilo, meciéndose
beatíficamente en una esfera que nunca había oído el entusiasmo de la voz humana.
Este minuto es el momento cumbre de la vida de Magallanes: el momento del
más extraordinario embeleso que el hombre vive una sola vez. Todo se ha cumplido.
Ha mantenido la palabra dada al Emperador. Ha realizado, el primero y el único, lo
que otros mil se limitaron a soñar: ha encontrado el camino que lleva al otro mar.
Justificada y digna de la inmortalidad es su vida desde este momento.
Y aquí sucede lo que nadie hubiera sospechado en aquel hombre recio y
encerrado en sí mismo. De pronto, el calor interior que le abrasa domina al soldado
impertérrito que nunca ni delante de nadie se demostró emocionado. Una corriente de
lágrimas cálidas, abrasadoras, cae de sus ojos y se esconde en el oscuro matorral de
sus barbas. La primera y la única vez en su vida que el hombre de acero derrama
lágrimas de felicidad. «Il Capitano Generale lacrimó per allegrezza».
Un momento, uno solo en toda su vida oscura y afanosa, le cabe sentir a Magallanes
el más alto gozo concedido al hombre creador: saber realizada su idea. Pero el destino
señalado a este hombre en los astros es pagar un amargo tributo a cambio de un poco
de felicidad. A cada uno de sus triunfos va enlazado inevitablemente un desengaño.
Sólo le es permitido ver la felicidad: que no intente abrazarla ni retenerla. Y también
este momento de embeleso, el más generoso en toda su vida, se desvanece antes de
que pueda sentirlo en su plenitud. Porque ¿dónde están los otros dos barcos? ¿Cómo
tardan tanto? ¿Llegarán, por fin, el San Antonio y el Concepción para recibir ellos
también la buena nueva de la salida a nuevo océano? Cada vez más inquieto,
Magallanes tiene la mirada fija en los confines de la bahía. Ha pasado de sobra el
plazo acordado. Han transcurrido ya cinco días y no se ve rastro de los dos barcos.
¿Les habrá sucedido algo? ¿Perdieron el rumbo? Magallanes está muy excitado
para poder esperar ocioso en el sitio convenido. Manda poner las velas y hacer
marcha atrás por el canal, hacia los barcos retardados. Pero vacío se ve el horizonte,
desierta el agua fría. Ni una señal, ni un rastro.
Al segundo día de estar buscando se ve blanquear por fin un velero. Es el
Concepción, al mando del fiel Serrão. Pero ¿adónde para el otro barco, el que importa
más por ser el más grande de la flota, el San Antonio? A Serrão le cuesta responder.
Durante el primer día, el San Antonio les precedía a la vista; pero luego desapareció.
Magallanes no sospecha todavía nada malo. Acaso el San Antonio ha perdido el
rumbo o quizá su comandante no entendiera bien el acuerdo. Por eso manda salir
todas las embarcaciones hacia distintos puntos, para explorar todos los recodos del
canal mayor, el estrecho Almirante —Admiralty Sound—. Manda encender fuegos
como señal; clávanse, en sus gallardetes hincados en tierra, unas cartas con
Página 124
instrucciones por si el barco hubiera perdido la orientación. Pero no se ve rastro de él.
Debe de haber acontecido algo funesto. O el San Antonio ha naufragado, hundiéndose
con su gente, lo cual no es muy verosímil, porque aquellos días reinaba precisamente
una calma excepcional, o bien —y esto entra más en lo posible— Estevão Gomes, el
piloto del San Antonio, que tanto abogó en el consejo por el inmediato regreso, ha
realizado su idea en rebeldía, y él y los oficiales han dominado al capitán y desertado
con todas las provisiones.
Magallanes no aseguraría lo que ha sucedido. Sólo sabe que ha de ser algo terrible
para él. Carecen de la nave mejor, de la más grande y bien provista de víveres de su
flota. Pero ¿dónde habrá ido? ¿Qué ha sido de ella? Nadie puede informarle, en la
inmensa soledad, de si yace en el fondo del mar o ha desertado a toda prisa con
rumbo a España. Solamente las raras constelaciones, la Cruz del Sur, circundada de
todo su brillante cortejo, fueron testigos de lo ignorado. Ellas podían darle respuesta
sobre el paradero del San Antonio. Se comprende que Magallanes, que, como tantos
contemporáneos suyos, confiaba en la ciencia adivinadora de los astros, llamara al
astrólogo y astrónomo Andrés de San Martín, que ocupaba en la nave el cargo de
Faleiro, porque es el único que tal vez pueda leer algo en las estrellas. Le manda
sacar el horóscopo para aclarar con su arte lo que haya sido del San Antonio. Y,
excepcionalmente, la astrología tiene razón; el buen astrólogo, que recuerda muy bien
la actitud de Estevão Gomes en aquel consejo, vaticina que la nave ha desertado y
que su capitán está preso.
Una vez más Magallanes tiene que afrontar una decisión inaplazable. Su júbilo fue
prematuro. Demasiado fácilmente se abandonó a la despreocupación. Curioso
paralelismo entre la primera vuelta al mundo por mar y la segunda: ha sufrido el
mismo contratiempo que su sucesor Drake, cuyo mejor barco desaparecerá de noche
con el rebelde capitán Winter. En medio de la ruta gloriosa, un compatricio, uno de su
propia sangre, le llevará con su acto solapado a tal extremo, que si antes escaseaban
los víveres en la flota, ahora le amenaza algo peor. El San Antonio llevaba a bordo las
provisiones más abundantes y mejores. Por si esto fuera poco, se han dilapidado en la
espera y la exploración los víveres de seis días. El avance hacia el ignoto Mar del Sur,
que hace ocho días, bajo mejores auspicios, era ya una temeridad, ahora, desde la
huida del San Antonio, es casi un suicidio.
Magallanes ha rodado, de pronto, desde la más alta cumbre de la orgullosa
seguridad, al abismo de la confusión. No había necesidad del informe que nos ofrece
Barros: «Quedó tan confuso que no sabía qué determinar», pues la inquietud de
Magallanes la vemos claramente grabada en la orden —única que se ha conservado—
comunicada en este momento de perplejidad a todos los oficiales de su flota. Por
Página 125
segunda vez en el espacio de pocos días les pide su opinión sobre si conviene
proseguir o regresar; pero ahora ordena a sus capitanes que le den la respuesta por
escrito. Porque Magallanes quiere —y esto demuestra su previsión— una garantía.
Scripta manent. Necesita para el día de mañana un testimonio material de que
preguntó a sus capitanes. Ve con toda claridad —y los hechos se cuidarán de
confirmarlo— que aquellos rebeldes del San Antonio, no bien lleguen a Sevilla, se
convertirán en acusadores para que no se les acuse a ellos de rebeldía.
Indudablemente, le pintarán a él, el ausente, como un hombre terrorífico; excitarán el
sentimiento nacional español con descripciones exageradas de cómo el forastero
portugués aherrojó cruelmente a los funcionarios del Rey e hizo decapitar y
descuartizar y dejó perecer de hambre a unos hidalgos castellanos, para luego, contra
el estricto mandato del Rey, dejar la flota en manos de portugueses exclusivamente.
Para quitar fuerza a esa inevitable acusación de haber impedido a los oficiales
exponer toda libre opinión durante el viaje, por medio del terror más brutal,
Magallanes redacta aquella orden singular que más parece en propio descargo que
para pedir amistoso consejo. «Dada en el canal de Todos los Santos, enfrente del río
del Isleo, x 21 de noviembre», empieza la orden. «Yo, Fernando Magallanes,
Caballero de la Orden de Santiago y Capitán general de esta Armada… he tomado
cuenta de que a todos vosotros parece una decisión llena de responsabilidad la
continuación del viaje porque juzgáis que ha pasado demasiado tiempo. Soy hombre
que nunca ha desatendido la opinión o el consejo de otro, antes bien desea tratar y
ejecutar sus asuntos de común acuerdo con todos».
Probablemente, los oficiales sonríen un poco ante esa característica que de sí
mismo traza el interesado. Porque si un rasgo significativo hay en Magallanes es su
inflexibilidad en la dirección y el mandato. Harto se acuerdan de cómo el mismo
hombre ha rechazado con mano férrea cada una de las reclamaciones de los demás
capitanes. Pero el mismo Magallanes sabe que han de acordarse de su implacable
dictadura en el opinar, y por eso prosigue: «A nadie ha de intimidar, pues, el recuerdo
de los acontecimientos de Puerto de San Julián, y cada uno de vosotros tiene el deber
de manifestarme sin temor cuál es su punto de vista referente a la seguridad de
nuestra Armada. Sería contrario a vuestro juramento y a vuestro deber el ocultarme
vuestra opinión. Cada uno de por sí —exige— ha de emitir su opinión claramente y
por escrito sobre si conviene más proseguir la ruta o disponerse al regreso,
exponiendo las razones que para ello le asistan».
Pero no se recobra en una hora la confianza que se ha ido perdiendo a lo largo de
meses y meses. Los oficiales tienen todavía el miedo demasiado metido en la médula
para decir con toda franqueza que lo mejor es el regreso. La única respuesta que nos
queda, la del astrónomo San Martín, demuestra lo poco inclinados que estaban a
compartir la responsabilidad con Magallanes, precisamente ahora que ésta se había
agigantado. El buen astrólogo, como cuadra a su profesión, habla ambiguamente,
nebulosamente, navegando entre dos aguas. Duda, en verdad, de poder llegar a las
Página 126
Molucas por el canal de Todos los Santos. «Aunque yo dudo que haya camino para
llegar a Maluco por este canal». Así y todo, aconseja seguir adelante, porque
«tendrían en las manos el corazón de la primavera». «Pero, por otra parte, no
conviene ir demasiado lejos, sino volver más bien en enero, pues los hombres están
debilitados y decaen sus fuerzas. Tal vez es mejor navegar no hacia el Oeste, sino
hacia el Este, aunque Magallanes puede hacer lo que mejor le parezca, y Dios le
señale el camino». Con la misma vaguedad debieron expresarse los otros oficiales.
Pero Magallanes no ha preguntado a sus oficiales para saber sus respuestas, sino
únicamente para poder presentar una prueba de que los ha interrogado. Sabe que ha
ido ya demasiado lejos para retroceder. Sólo como triunfador puede entrar en España;
si no es así, está perdido. Aunque el buen astrónomo hubiese vaticinado la muerte, su
obligación era seguir la heroica carrera. El 22 de noviembre de 1520, cumpliendo sus
órdenes, los barcos abandonan el puerto junto al río de las Sardinas, y pocos días
después pasan el estrecho de Magallanes —que así se llamará para siempre— y, a su
salida, ver detrás de un promontorio, que denominan con gratitud el cabo Deseado, el
infinito ondear del océano no surcado todavía por ningún barco europeo. Vista
conmovedora: allá, hacia el Oeste, detrás del horizonte sin fin, deben extenderse las
islas de las especias, las islas de la riqueza, y, detrás de ellas, los extensos reinos de
Oriente, China, el Japón y la India; y, más allá, infinitamente lejos, el hogar. ¡España,
Europa!… ¡Ahora, unos días de tregua, la última, antes de la embestida definitiva en
el océano desconocido, nunca atravesado desde el principio de la tierra! Y luego, el
28 de noviembre, levar anclas e izar banderas; y los tres barcos humildes, solos,
saludan, respetuosos, con descargas de artillería al mar desconocido, como se hace,
caballerescamente, con un adversario de talla a quien se ha retado a un combate a
vida o muerte.
Página 127
Magallanes descubre un reino para sí
La historia de esta primera travesía del hasta entonces innominado océano, «un mar
tan extenso que apenas el espíritu humano puede abarcarlo» —según dice el informe
de Maximiliano Transilvanus—, es una de las gestas inmortales de la humanidad. Ya
el viaje de Colón a los espacios sin lindes fue reputado en su época, y lo ha sido
después, como un acto de decisión sin igual; y, con todo, este hecho abnegado no
puede compararse a la victoria ganada por Magallanes a los elementos, en medio de
indecibles dificultades. Porque Colón navega con sus tres barcos, bien carenados y
aparejados, treinta y tres días solamente, y ya una semana antes de echar pie a tierra,
unas hierbas flotantes y maderas exóticas, y el vuelo de ciertos pájaros, le confirman
la proximidad de un continente. Sus tripulantes están sanos y animosos, sus naves
llevan tanta provisión que, en el peor caso, podrían volver a puerto sin penuria. Lo
desconocido está ante él, y detrás tiene la patria para sacarle a camino, sea como sea.
Magallanes viaja en el vacío más completo, y no partiendo de una Europa confidente,
con sus puertos y sus hogares, sino de una Patagonia extraña e inhospitalaria. El
hambre y la necesidad los acosan, viajan con ellos y se levantan ante ellos
amenazadoras. Su indumentaria está fuera de uso, hay desgarrones en el velamen, las
cuerdas se desgastan. Hace semanas que no han visto un rostro humano nuevo, no se
han acercado a una mujer, no han catado el vino, la carne fresca ni el pan reciente, y,
en el fondo del alma, envidian a los camaradas que han desertado a tiempo hacia sus
hogares. Y así navegan los tres barcos, veinte, treinta, cuarenta, cincuenta, sesenta
días, y todavía no se divisa la tierra, ni siquiera un signo de esperanza que les indique
su proximidad. Y otra semana, y otra, y otra más; cien días: ¡tres veces el tiempo que
empleó Colón en atravesar el océano! Con mil y mil horas vacías avanza la flota de
Magallanes en el espacio vacío. Desde el 28 de noviembre, en que vieron alborear en
el horizonte el cabo Deseado, de nada han servido tablas medidas. Cuantas distancias
calculara Faleiro desde su gabinete se han manifestado erróneas, de modo que cuando
Magallanes cree haber dejado atrás Cipango, el Japón, en realidad ha recorrido
apenas un tercio del océano desconocido que, por su calma, denomina el Pacífico,
como desde entonces se llama para siempre. Pero ¡qué cruel calma, qué martirio el de
la monotonía en aquel silencio de muerte! El mar, como un espejo azul, invariable, y
siempre el mismo cielo candente y sin una nube, y el aire mudo, y siempre la misma
anchura y la misma redondez del horizonte, un corte metálico entre el cielo igual y el
agua igual, que poco a poco van grabándose hondamente en el corazón. Siempre la
misma nada azul inmensa en torno de los barcos insignificantes, únicos objetos que
se mueven en medio de la horrible inmovilidad; y siempre la misma luz cruda del día
para ver continuamente lo único, lo mismo; y, por la noche, las mismas estrellas de
Página 128
siempre, frías y calladas, a las que se interroga en vano. Siempre los mismos objetos
en el escaso espacio poblado del barco; las mismas velas, el mismo mástil, la misma
cubierta, la misma áncora, los mismos cañones, las mismas mesas… Siempre el
mismo olor podrido y dulce de lo que se corrompe en las entrañas del barco. Siempre,
mañana, tarde y noche, los mismos encuentros, las mismas caras que se miran unas a
otras y de día en día desmejoran en la callada desesperación. Húndense más los ojos
en las órbitas y su brillo se empaña con cada mañana que amanece sin nada nuevo;
demácranse más las mejillas, y, el paso es cada día más flojo y débil. Como espectros
circulan ya, surcadas las mejillas sin color, los que hace pocos meses eran unos
mozos temerarios, que trepaban por las escaleras y se movían diligentes para
defender el barco de la tormenta. Ahora vacilan como enfermos o yacen extenuados
sobre el jergón. Cada uno de esos tres barcos que salieron para una de las más osadas
aventuras de la humanidad se ve ahora poblado por unos seres en los cuales apenas se
reconocería a los marineros, y cada cubierta es un hospital flotante.
Disminuyen los víveres de un modo espantoso durante esa inesperada travesía, y
aumenta la estrechez. Lo que diariamente reparte el jefe de la despensa entre los
tripulantes, más bien puede llamarse basura que comida. Se ha agotado el vino, que
refrigeraba un poco los labios y el ánimo. El agua dulce, cocida por el sol implacable,
puesta en odres y en toneles sucios, despide tal pestilencia que los infelices han de
taparse la nariz mientras humedecen la garganta con el único sorbo diario que les dan
medido. La galleta de barco, que con los peces pescados por ellos mismos es su único
alimento, hace tiempo se ha convertido en un polvo gris y sucio lleno de gusanos y de
excrementos de ratas, las cuales, enloquecidas también, se han precipitado sobre los
últimos restos miserables de la alimentación humana. Tanto más, por consiguiente,
son apetecidos los repugnantes animales, cuya persecución por todos los rincones no
conduce solamente a suprimirlos, sino también a procurarse con su muerte un
requisito culinario; medio ducado de oro es la recompensa del experto cazador que
coja uno de esos chillones animales, y el feliz comprador se traga el repugnante asado
con verdadera fruición. Para engañar al estómago, que suele retorcerse en dolorosos
espasmos; para acallar de algún modo, por ficticio que sea, el hambre devoradora, la
tripulación inventa engaños cada vez más peligrosos: mezclan una pasta hecha de
serrín con los desperdicios de la galleta de barco, a fin de aumentar aparentemente la
miserable ración. Llega a tal punto la necesidad, que se realizan las palabras
proféticas de Magallanes de que llegarían a comer el cuero de las vergas del barco;
hallamos en Pigafetta una descripción del recurso a que acudieron, desesperados, los
hambrientos, haciendo comestible lo que no lo era: «Llegamos al extremo de comer,
para no morir de hambre, los pedazos de cuero con que estaba recubierto el palo
mayor para evitar que el cable se deshilara. Expuestos a la lluvia, al sol y al viento
durante años, aquellos pedazos de cuero eran tan duros que teníamos que sumergirlos
en el mar durante cuatro o cinco días para ablandarlos un poco. Los poníamos
entonces sobre la lumbre, y luego los engullíamos».
Página 129
No es maravilla que aun los más resistentes entre aquellos hombres de acero
acostumbrados a las penalidades no pudieran tolerar semejante nutrición por algún
tiempo. A consecuencia de la falta de víveres frescos —hoy diríamos
«vitaminosos»— se presenta el escorbuto. Las encías de los atacados empiezan a
hincharse y luego se corrompen; y los dientes oscilan hasta desprenderse, se forman
tumores en la boca y, por fin, el paladar se hincha y duele de tal manera que, aun
cuando tuvieran alimentos, los desgraciados no estarían ya en estado de tragarlos,
hasta que sucumben. También a los supervivientes les quita el hambre las últimas
energías. Con las piernas lastimadas o estropeadas, andan a duras penas, apoyados en
bastones, o se acurrucan en cualquier rincón. No menos de diecinueve, o sea casi un
décimo de la tripulación, perecen en este cortejo del hambre, en medio de horribles
sufrimientos. Una de las primeras víctimas es el pobre gigante de la Patagonia, a
quien habían bautizado Juan Gigante, el que hace pocos meses había sido tan
admirado precisamente porque devoraba en un santiamén media caja de galletas de
barco y se bebía luego un cubo de agua como si fuera un vaso. Cada día del
interminable viaje disminuye el número de los marineros todavía aptos para el
trabajo, y atinadamente acentúa Pigafetta que, en tal estado de decaimiento de sus
tripulantes, los tres barcos no hubieran podido hacer frente a la menor tormenta: «Si
Dios y su bendita Madre no nos hubiesen concedido tan buen tiempo hubiéramos
perecido todos de hambre en aquel mar inmenso».
Tres meses y veinte días anda, en total la solitaria caravana de los tres barcos a través
del infinito desierto líquido, soportando todos los sufrimientos imaginables, hasta el
más terrible: el de perder la esperanza. Porque, así como en el desierto los sedientos
creen de pronto descubrir un oasis (las palmas meciéndose, las sombras frescas y
azules invitándoles en medio de la luz inclemente le deslumbra hace días) y ya creen
oír el chorro de la fuente, pero apenas dan unos pasos vacilantes, con sus últimas
energías, desparece de súbito la placentera visión y el desierto se extiende de nuevo
ante ellos, más hostil que antes asimismo son víctimas de un espejismo los hombres
de Magallanes. Una mañana parte de la cofa un ronco clamor. Es que un marino ha
visto tierra, tierra por primera vez desde hace tiempo. Una isla. Como locos se
precipitan los hambrientos, los sedientos, a cubierta, y hasta los enfermos, que
estaban echados en el suelo como guiñapos, se arrastran para ver. Sí; se acercan a una
isla. ¡Pronto, vengan los botes! Los sentidos, sobreexcitados, ven ya manar las
fuentes, y sueñan con el agua y el reparo a la sombra de los árboles, y saborean, tras
tantas semanas de rodeos, el placer de pisar tierra firme y no las eternas tablas
vacilantes sobre la vacilante onda. ¡Miserable engaño! Al llegar más cerca, ven que la
isla, y otra más allá, que, en su exasperación, las denominan islas Desventuradas, son
Página 130
tierras de rocas inhabitadas e inhabitables, un yermo sin hombres ni bestias, sin
fuentes, sin frutos. Sería tiempo perdido un solo día que se detuvieran en medio de
aquellas rocas inhóspitas. Sigue el viaje a través del desierto azul, más y más lejos,
durante días y semanas: el viaje marítimo tal vez más terrible y lleno de privaciones
que registra la eterna crónica del dolor humano y de la humana capacidad de
sufrimientos que llamamos Historia.
Al fin llega el día 6 de marzo de 1521. Más de cien veces se ha levantado el sol sobre
el azul igual, vacío e inmóvil, y se ha hundido en el mismo azul implacable; cien
veces la noche ha sucedido al día y el día a la noche, desde que la flota navega por el
estrecho de Magallanes hacia el mar abierto, cuando vuelve a oírse aquel grito en lo
alto de la cofa: «¡Tierra, tierra!». Ya era hora; dos días, tres días más en aquel vacío, y
probablemente no hubiera pasado a la posteridad ni rastro de aquel hecho heroico.
Con la tripulación famélica, y cual cementerio ambulante, los barcos hubieran errado
sin gobierno hasta que una tormenta o el choque duro de una roca hubiese dado
cuenta de ellos. Pero esta nueva isla —Dios sea loado— tiene unos pobladores y
encontrarán en ella el agua que alivie a los que están consumiéndose. Apenas la flota
se aproxima a la bahía, todavía sin echar el ancla ni arriar las velas, ya centellean
unas chalupas pintadas, cuyas velas son de hoja de palma. Flexibles como monos, los
hijos de la Naturaleza, enteramente desnudos e ingenuos, trepan a bordo, y son tan
ajenos a toda idea de conveniencia social que se llevan sencillamente cuanto les viene
a mano. En un momento desaparecen los más varios objetos, como si hicieran juegos
de manos, y hasta el bote del Trinidad se han llevado, cortando la cuerda. Alegres y
despreocupados por completo de toda sospecha de haber obrado mal, riendo al ver
cuán fácilmente han adquirido lo nunca visto, se vuelven, remando, con su preciado
botín. Porque a aquellos sencillos paganos les parece tan natural y corriente —los
hombres desnudos desconocen los bolsillos— meterse entre los cabellos un par de
chirimbolos brillantes, como a los españoles, al Papa y al Emperador declarar
propiedad legal del Rey cristiano todas aquellas islas, aun sin descubrir, con sus
hombres y bestias.
En su difícil situación, Magallanes no puede pararse en consideraciones ni en
fórmulas. Le es imposible ceder a los diestros salteadores aquel bote que, según
consta en los archivos, costó a Sevilla tres mil novecientos treinta y siete y medio
maravedíes, y que allí, a miles de millas lejos, resulta de un valor inestimable. Por eso
al día siguiente desembarca Magallanes cuarenta marineros armados para recobrar su
bote y dar una lección a los isleños. Un par de sus cabañas se hunden bajo las llamas,
pero no se llega a entablar un verdadero combate, porque tan inexpertos son en el arte
de matar aquellos pobres hijos de la Naturaleza, que al sentirse hincadas de pronto en
Página 131
el cuerpo sangrante las flechas de los españoles, no comprenden cómo aquellas cosas
puntiagudas y aladas llegan de lejos y les causan un dolor tan terrible al clavarse
profundamente en la piel. Tiran de las flechas, desesperados, y se precipitan en
tumulto hacia los bosques huyendo de los detestables bárbaros de color blanco. Por
fin los hambrientos españoles pueden tener agua fresca para los que iban a sucumbir,
y emprenden la requisa de productos alimenticios. Con apresurado anhelo arrastran
cuanto pueden alcanzar fuera de las abandonadas chozas: aves de corral, cerdos,
frutos. Una vez robados mutuamente, los más cultos le ponen este nombre a las islas:
«Ladrones».
Es indudable que tal requisa salva a los que estaban a punto de morir de hambre.
Tres días de tregua. El acopio de frutos recién cogidos y el agua refrigerante del
manantial han sido un reparo para los tripulantes. Mueren todavía algunos marineros
de agotamiento, una vez reanudado el viaje; entre ellos, un inglés, el único que
llevaban a bordo, y aún hay una porción de enfermos y extenuados. Pero lo peor ha
pasado, y las naves hacen rumbo hacia Oeste con nuevos ánimos. Cuando, al cabo de
otra semana, el 17 de marzo, vuelve a surgir la silueta de una isla, y otra poco más
allá, Magallanes reconoce que el destino se ha apiadado de él. Según sus cálculos,
deben de ser las Molucas. ¡Júbilo! ¡Júbilo! Ha alcanzado su objetivo. Pero ni la
ardiente impaciencia de asegurarse de su triunfo lo más pronto posible es capaz de
llevarle a la precipitación o a la imprevisión. En vez de desembarcar en Suluán, la
más grande de las dos islas, Magallanes elige para anclar otra más pequeña, que
Pigafetta llamará «Humunu». La elige precisamente porque no tiene pobladores.
Magallanes entiende que, por atención a los enfermos, ha de evitar cualquier
encuentro con los indígenas. Antes de negociar o luchar, que se restablezcan los
tripulantes. Que los enfermos sean bajados a tierra, confortados con el agua pura y la
carne de uno de los cerdos que han acogido en las islas de los Ladrones. Ante todo,
reposo. Ya quedará tiempo para la aventura. Pero, en la tarde del día siguiente, se
acerca, desde la isla más grande, una canoa con unos indígenas que dan señales de
confianza y amabilidad. Traen unos frutos que el buen Pigafetta desconocía y que no
se cansa de admirar. Son unos plátanos y unos cocos cuya agua lechosa hace efectos
benéficos en los enfermos. Un rápido trueque se inicia, que les permite adquirir para
los hambrientos unos pescados, aves de corral, vino de palmera, naranjas y toda clase
de legumbres y de frutos, a cambio de unas campanillas y unos vidrios de colores. Y,
por primera vez desde hacía semanas y meses, los enfermos y los sanos vuelven a
comer a su satisfacción.
Página 132
entendería su lenguaje. No; éstos no son sus paisanos. La casualidad les ha llevado a
estos archipiélagos. Una vez más han resultado erróneos los cálculos de Magallanes,
que le hicieron seguir un curso en el océano Pacífico diez grados demasiado hacia el
Norte. Con su error ha descubierto otro grupo de islas que ningún europeo había
mencionado ni sospechado siquiera: el archipiélago de las Filipinas, ganando así para
el emperador Carlos una nueva provincia destinada a permanecer más tiempo en
poder de la Corona de España que cualquiera de las que descubrieron y conquistaron
Colón, Cortés y Pizarro. Pero también para sí mismo ha asegurado un dominio con
este inesperado descubrimiento, porque, según el pacto, tanto él como Faleiro tienen
ese derecho sobre dos de las nuevas islas, dado el caso de que descubrieran más de
seis. De la mañana a la noche, el que ayer era todavía un pobre aventurero, un
desperado a punto de hundirse en el ocaso, ahora es el Adelantado de un territorio
propio, partícipe a perpetuidad en todas las ganancias que dimanen de esas nuevas
colonias, y, por ello, uno de los hombres más acaudalados de la tierra.
¡Prodigioso tránsito, obra de un solo día, después de centenares y centenares de
días sombríos y vanos! No menos que el sustento abundante, fresco y sano, que todos
los días traen los indígenas de Suluán a bordo del improvisado sanatorio, es un elixir
de vida para los enfermos aquella seguridad al fin encontrada. Al cabo de nueve días
de cuidados en la tranquila ribera tropical, casi todos han sanado, y Magallanes puede
dar ya como segura la posesión de la próxima isla, Massawa. Un enojoso
contratiempo hizo peligrar, en el último instante, el gozo del que, por fin, sentíase
dichoso. Su cronista y amigo Pigafetta adelantó excesivamente el cuerpo mientras
estaba pescando y cayó al agua, sin que nadie se diera cuenta. Estuvimos a punto de
perder en el mar toda la historia de aquella vuelta al mundo, pues el buen Pigafetta,
que no sabía nadar, tenía muchas probabilidades a ahogarse. Por fortuna, en el último
momento se asió a una cuerda que colgaba del barco y, acudiendo los marineros a sus
gritos, izaron a bordo a nuestro tan indispensable cronista.
¡Con qué alegría son arboladas esta vez las velas! Todos saben que aquel océano
inmenso llegó a su fin y ya no los oprimirá más aquel vacío pavoroso. Unas horas, un
par de días más de viaje les quedan solamente, durante los cuales aparecen ya los
contornos de unas islas a derecha e izquierda. Por fin, al cuarto día, el 28 de marzo,
un jueves Santo, la flota aborda en Massawa para un descanso antes del último
empuje hacia el objetivo tanto tiempo perseguido en balde.
En Massawa, una isla diminuta, insignificante, del archipiélago filipino, que en los
mapas corrientes requiere la lupa para no pasarla por alto, Magallanes vive uno de los
más grandes momentos dramáticos de su carrera. En medio de su oscura y penosa
existencia, esos momentos felices irrumpen como una llamarada, compensando con
Página 133
su embriagada intensidad la aspereza y pesadumbre de las innumerables horas de
paciencia. El motivo exterior se disimula esta vez más que nunca. Apenas los tres
barcos forasteros se acercan imponentes, con sus velas hinchadas, a las riberas de
Massawa, la población se reúne, curiosa y alegre, en espera de los extraños. Pero
Magallanes, antes de desembarcar, tiene la precaución de enviar a su esclavo Enrique
como mensajero de paz, pensando, muy cuerdamente, que a los indígenas les
inspirará más confianza un hombre de tez tostada que uno de aquellos hombres
blancos, barbudos, vestidos de un modo raro y armados.
¡Pero aquí de lo inesperado! Los isleños medio desnudos rodean a Enrique entre
charlas y risas, y el esclavo malayo se queda atónito. Ha oído primero palabras
sueltas y ahora entiende lo que le dicen, lo que le preguntan aquellos hombres. El que
fue arrebatado a su hogar, vuelve, al cabo de años, a oír acentos de su propia lengua.
Momento memorable, pues la historia de la Humanidad no puede olvidar aquel en
que, por primera vez desde que la Tierra se mueve en el universo, un hombre vuelve a
su patria después de dar la vuelta al mundo. Es indiferente que sea un simple esclavo.
No en el hombre, sino en su destino, hallamos aquí la grandeza. Este insignificante
esclavo malayo, del cual sólo conocemos el nombre que como esclavo le pusieron,
Enrique; que fue sacado de la isla de Sumatra al chasquido del látigo y arrastrado
luego por las Indias y el África hasta Lisboa, es el primero, entre las miríadas de
pobladores de la tierra, que a través del Brasil y la Patagonia, de todos los océanos y
mares, ha vuelto al lugar donde se habla su misma lengua; a través de cien mil
pueblos y razas y estirpes que dan distinta forma fonética a cada concepto, regresa a
aquel único pueblo que le corresponde y por el cual es comprendido.
En este momento Magallanes tiene conciencia de que ha logrado su fin. Viniendo
del Este vuelve a bordear el círculo de idioma malayo que abandonó doce años atrás
con rumbo al Oeste. Pronto le será dado devolver sano y salvo a Malaca al esclavo
que en Malaca compró. Si esto sucede mañana o más tarde, o si es otro y no él quien
llega a las islas prometidas, es indiferente. Porque lo propio de su empresa queda ya
cumplido en este momento único que da testimonio, por primera vez y para todos los
tiempos, de que el hombre que avanza perseverante en el mar, ya sea hacia el sol o
bien contra su curso, tiene que volver necesariamente al mismo sitio de donde salió.
Lo que los más sabios sospechaban hacía miles de años, lo que soñaban los
ilustrados, acaba de demostrar que es cierto, con su tesón, un hombre único. La tierra
es redonda. Ahí tenéis un hombre que la ha rodeado.
Aquellos días en Massawa son los más venturosos y los de mayor relajación de todo
el viaje. La estrella de Magallanes brilla en el cenit. Dentro de tres días, Domingo de
Pascua, se cumple el siniestro aniversario de cuando, en Puerto de San Julián, se vio
Página 134
obligado a defenderse de la conspiración con el puñal y la violencia; y desde
entonces, ¡cuánta desgracia, cuánto padecimiento y cuántas dificultades! Deja detrás
un sinfín de horrores: los días pavorosos del hambre y de la penalidad, las noches de
tormenta en los mares desconocidos… y la mayor tortura: la incertidumbre
abominable que le ahogaba el alma durante meses y meses, la duda ardiente de si
guiaba o no por buen derrotero la flota que le habían confiado. Ahora ha concluido la
horrible lucha interior. El creyente puede en aquella Pascua celebrar una verdadera
resurrección, en la cual se le aparece rodeado de gloria el hecho que acaba de
coronar, mientras se aleja la turba de las contrariedades. Lo inmortal a que aspiraba
con todos sus sentidos y potencias de años acá, se ha cumplido: Magallanes ha
encontrado el derrotero occidental de las Indias que en vano buscaron Colón,
Vespucio, Cabot, Pinzón y otros navegantes. Ha descubierto tierras y aguas que nadie
vio anteriormente, ha cruzado con éxito un océano inmenso antes que otro europeo,
antes que hombre alguno de todos los tiempos. Ha llegado más allá de la tierra que
ningún otro. ¡Qué pequeño, qué fácil se le aparece lo poco que le falta conseguir en la
gloriosa conquista llevada a cabo! Sólo unos días para llegar con sus fiados pilotos a
las Molucas, las islas más opulentas del mundo, y se habrá cumplido el voto que hizo
al Emperador. Un abrazo de gratitud al amigo Serrão, que allí vive, el que le animó y
le señaló el camino, y enseguida, con los barcos repletos de especias, ¡al hogar, por el
camino bien sabido: doblando la India y el Cabo, cuyos puertos y bahías tiene
grabados en la memoria! Y de allí ¡a España, triunfante y rico, llevando los títulos de
Adelantado y Gobernador, ceñida la frente con el laurel inaccesible de la
inmortalidad!
Pero sin prisas, sin impaciencia. Es lícito que tenga un descanso y apure el gozo
de lo cumplido al cabo de meses de andanzas llenas de sufrimiento. En el bendito
puerto, los argonautas victoriosos saborean la paz en el descanso. Magnífico es el
paisaje, paradisíaco el clima, acogedores los naturales, que viven todavía la edad de
oro, amantes de la paz, en la holganza y sin preocupaciones —Questi popoli viviano
con iusticia, peso e misura; amano lo pace, l’otio e la quiete—. Pero además de ser
amantes de la ociosidad y la tranquilidad, lo son también, esos hijos de la Naturaleza,
de la bebida y de los buenos manjares, de modo que —como en los cuentos— los
marineros que hace poco engañaban al estómago hambriento tragando serrín y carne
de ratas, creen vivir en Jauja. Tan irresistible es la tentación de los manjares frescos y
sabrosos, que cae en ella el mismo piadoso Pigafetta, el cual nunca olvida de dar las
gracias a la Madonna y a todos los santos. Es un viernes, y Viernes Santo, el día en
que Magallanes lo envía al rey de la isla, Calambu —éste es su nombre— le
acompaña a su bote, donde, a la sombra de la cámara de bambúes se está cociendo un
suculento trozo de cerdo. Por cortesía al jefe, y tal vez también por gula, Pigafetta
comete el pecado: no puede resistir la seducción, y come de aquella rica carne en el
más santo y riguroso de los días de ayuno, y bebe después vino de palmera. Pero, a la
misma salida del convite apenas los hambrientos emisarios de Magallanes han
Página 135
llenado los estómagos, el rey los invita a un festín en su propia choza de estacas.
Sentados sobre las piernas cruzadas —«como los sastres en su faena», cuenta
Pigafetta— deben colocarse los invitados. Inmediatamente se ven circular los platos
desbordantes de pescados asados, y el jengibre, y el vino de palmera. El pecador cae
de nuevo en la tentación. ¡Y no acaba esto aquí! Apenas terminada esta segunda
comida, Pigafetta y su compañero reciben la bienvenida del hijo del jefe, a cuya mesa
han de sentarse por cortesía. Esta vez, para variar, les presentan pescado en guiso
diferente y arroz cargado de especias, con tal profusión rociados, que el compañero
de Pigafetta propiamente cebado, tartamudeando y vacilante, ha de ser acompañado
bajo el techo de bambú para dormir la primera embriaguez de un europeo en tierras
filipinas, durante la cual debe de soñar en el paraíso.
Pero no es menor que la de sus hambrientos huéspedes la exaltación de los
isleños. ¡Qué hombres extraordinarios les ha traído el mar! ¡Con qué magníficos
regalos los han obsequiado! ¡Cristales bruñidos en que se ven su misma cara,
cuchillos relucientes y hachas pesadas que derriban una palma de un solo golpe! ¡Y
qué preciosidad de caperuza colorada y el traje turco con que ahora se está
pavoneando su jefe! ¡Y qué cosa increíble el arnés luciente que hace invulnerable a
quien va revestido de él! A una orden del almirante, uno de los marineros se endosa la
acerada armadura, y los indígenas lo golpean o hacen blanco en él con sus miserables
flechas de hueso, y tienen que oír cómo se ríe y se burla de ellos el invulnerable
soldado en su vestidura de hierro. ¡Qué brujos! Ese Pigafetta, por ejemplo, coge una
especie a palillo o una pluma de cualquier ave y, cuando oye hablar, garabatea unos
signos negros con la pluma sobre la hoja blanca, ¡y al cabo de dos días puede
repetirle a uno, exactamente, lo que le dijo entonces! ¡Y qué magnífico lo que hacen
en el domingo que llaman de Pascua! Montan una cosa rara, una especie de armario
que llaman altar, y ponen encima una cruz y brilla al sol. Luego, llegan todos, de dos
en dos, el almirante y cincuenta hombres con sus mejores vestidos, y mientras se
arrodillan ante la cruz, salen unos relámpagos de los barcos y, estando el cielo sereno,
retumba el trueno sobre el mar. En la creencia de que ha de tener efectos mágicos lo
que aquellos extranjeros blancos, que tanto pueden, practican durante la ceremonia
religiosa, los indígenas imitan sus actitudes, entre respetuosos e intimidados. Se
arrodillan, besan la cruz. Y dan las gracias al capitán, regocijados, cuando éste les
declara que está dispuesto a hacer construir para ellos una cruz más grande todavía
que la suya, una cruz que se divise desde todos los puntos del mar. El jefe de la isla
no es ya solamente un aliado del rey de España, es asimismo un hermano en la fe
cristiana. No sólo ha sido ganado un territorio para la Corona, sino también las almas
de aquellos hijos de la Naturaleza para la Iglesia católica y su Salvador.
Página 136
¡Días espléndidos, idílicos, los de esta semana en Massawa! ¡Pero basta de descanso,
Magallanes! Los marineros están repuestos, animados: déjalos ir con rumbo al hogar.
¿Para qué demorarlo? ¿Qué importa el descubrimiento de una isla insignificante más
o menos, ahora que has llevado a feliz término el descubrimiento más grande del
siglo? Basta llegar a las islas de las especias y quedarán cumplidos tu misión y tu
voto. Y, enseguida, hacia el hogar, donde te espera una esposa que ansía mostrar al
padre el segundo hijo, nacido durante tu ausencia. ¡Al hogar, para convencer a los
rebeldes que te calumnian cobardemente! ¡Al hogar, para que el mundo conozca lo
que pueden el valor de un hidalgo portugués, la decisión y la resistencia de unos
navegantes españoles! ¡No hagas esperar más a tus amigos, no dejes en la turbación a
los que confiaron en ti! ¡Guía hacia el hogar, Magallanes!
Pero el más íntimo peligro de un hombre está en su propio genio, y el genio de
Magallanes era la paciencia: su gran capacidad para esperar y para callar. Más fuerte
que el anhelo de la entrada triunfal y de la gratitud que le exprese el dueño de ambos
mundos es en él la idea del deber. Todo lo que hasta ahora ha emprendido fue objeto
de la más escrupulosa preparación, y llevado a cabo hasta sus últimas consecuencias.
Y ahora tampoco saldrá Magallanes del archipiélago filipino que ha descubierto sin
haber comunicado primeramente, por el medio que sea, al emperador Carlos el
dominio sobre la nueva provincia y el haber consolidado este dominio para España. A
su sentimiento del deber no le bastan la visita y la anexión de una pequeña isla; ya
que no dispone de una tripulación suficiente para dejar allí representantes y factores,
concertará con los príncipes más poderosos de ese reino isleño los mismos pactos que
ha concertado con el insignificante jefe Calambu, y levantará sobre todo el
archipiélago la bandera española y la cruz católica como duraderos emblemas de
señorío.
A sus preguntas, el jefe le señala como la más grande de las islas la de Cebú —
Zubu—. Y cuando Magallanes le pide un piloto, el jefe recaba humildemente el
honor de guiarle y acompañarle él mismo. Este honor real será un factor de retraso,
pues el buen Calambu ha hecho tales excesos en la comida y la bebida que la flota no
puede ser confiada al pantagruélico piloto hasta el día 4 de abril. Parten los barcos de
la bendita playa que los salvó del peligro extremo. Avanzan por el mar en calma
bordeando una porción de islas e isletas que les sonríen, hospitalarias, hasta llegar a
la que ha elegido el mismo Magallanes, pues así lo quiso su desdichada suerte, «cosi
voleva la sua infelice sorte»; según lo expresa con duelo el fiel Pigafetta.
Página 137
La muerte ante el triunfo
Al cabo de seis días de mar tranquilo y feliz travesía, la flota se avecina a la isla de
Cebú; numerosas aldeas indican ya desde lejos lo muy poblada que es. El leal piloto
Calambu gobierna el timón, con mano segura, hacia la capital, y Magallanes queda
convencido, con la primera mirada al puerto, de que esta vez habrá de tratar con un
rajá o un rey de la más alta categoría y de mayor cultura, pues se ven en la rada
embarcaciones extranjeras y numerosas canoas indígenas. Es cuestión de hacer una
entrada imponente, manifestándose señor de rayos y truenos. Magallanes manda
disparar una salva a todas las naves y, como siempre, este prodigio de una tempestad
artificial en tiempo sereno despierta el pánico en los hijos de la Naturaleza; huyen a la
desbandada y se esconden. Pero Magallanes les envía enseguida, a título de emisario,
a su buen intérprete Enrique, para anunciar diplomáticamente al soberano de la isla
que no ha de interpretar el trueno como señal de hostilidad, sino como magna muestra
de respeto que el poderoso comandante profesa al poderoso rey de Cebú. El señor de
aquellos barcos no es más que el servidor del más grande señor del mundo, a cuyas
órdenes él ha cruzado el mar más grandioso de la tierra en busca de las islas de las
especias. No ha querido pasar por alto la ocasión de hacer una visita amistosa al rey
de Cebú, pues se ha enterado en Massawa de la sabiduría y amabilidad de tal
príncipe. El comandante de la nave de los truenos se halla dispuesto a enseñar al
monarca de la isla preciosas mercancías nunca igualadas y entrar en tratos para el
cambio. No es su intención prolongar la estancia más del tiempo indispensable para
el establecimiento de amistosas relaciones. Inmediatamente después saldrá de las
islas, sin ánimo de causar la menor molestia al sabio y poderoso rey.
El rey, o más bien rajá de Cebú, Humabon no es ya un inofensivo hijo de la
naturaleza como los salvajes desnudos de las islas de los Ladrones y los gigantes de
Patagonia. Ya ha catado la fruta del árbol de la ciencia, y sabe qué es dinero y el valor
que tiene; este príncipe de tez morena tirando a amarillo, confinado en un extremo de
la tierra, es práctico en economía nacional, y pruébalo el que tenga establecido para
su puerto la alta conquista cultural de los derechos de tránsito, ya sea por haberlo
aprendido de otros o bien por iniciativa propia. Al bragado mercader no le impone el
retumbar del cañón ni le ablandan las melifluas palabras del intérprete. Declara a
Enrique con toda frialdad que de ningún modo impedirá al desconocido forastero la
entrada en su puerto, y que le es grata la proposición de unas relaciones comerciales.
Pero todo barco que ancle en su puerto ha de satisfacer sin excepción un derecho
portuense. Que se digne, pues, ese gran capitán de los tres barcos extranjeros pagar el
derecho corriente si tiene intención de entablar algún trueque comercial.
Página 138
El esclavo Enrique sabe, sin necesidad de preguntárselo, que su amo, como
almirante de una armada real y caballero de Santiago, nunca pagará un derecho
portuense a ese jefe de menor cuantía. Porque, por el hecho de pagar tal tributo,
reconocería implícitamente la soberanía o independencia de un territorio que España
había considerado ya de antemano como provincia suya, de conformidad con la bula
pontificia. Enrique insta, pues, al rey Humabon para que renuncie, en este caso
particular al tributo, evitando así la enemistad del rey del trueno y del rayo. El rajá,
fiel a su negocio, lamentándolo de nuevo, viene a decir que lo indicado se antepone a
la amistad. El primer deber era pagar, y en esto no había excepciones. Y, para dar
testimonio de lo expresado, hace comparecer a un mercader mahometano que acaba
de llegar de Siam y ha pagado el tributo sin el menor reparo.
Comparece, al cabo de poco, el mercader moro. No bien ve las naves con la cruz
de Santiago en las tensas velas, se pone pálido, pues cree adivinar una mala situación.
¡Hasta aquellos remotos sitios donde, sin miedo a los piratas, se podía ejercer un
honrado tráfico han llegado a escudriñar los cristianos! ¡Ahí están, con sus tremendos
cañones y sus arcabuces, esos mortíferos enemigos de Mahoma! ¡Se acabaron el
negocio pacífico y las buenas ganancias! Apresúrase a susurrar al soberano que tenga
cuidado y no se enrede en diferencias con tan enojosos huéspedes. Son los mismos —
y aquí toma seguramente a los españoles por portugueses— que saquearon y
conquistaron Calicut, toda la India y Malaca. Nadie puede hacer frente a tales diablos
blancos.
Otro círculo se ha cerrado con esta casual identificación; en el otro extremo del
mundo, bajo otras estrellas, Europa se ha puesto de nuevo en contacto con Europa.
Hasta aquí, en su rumbo hacia el Oeste, Magallanes había encontrado, casi en todas
partes, territorios no pisados por europeos. Ninguno de los indígenas que se les
habían puesto delante conocían ni de oídas a los blancos, ninguno había visto
anteriormente ni siquiera un europeo. A Vasco de Gama, al desembarcar en las Indias,
se le acercó un árabe hablándole en portugués; Magallanes no vio en dos años a nadie
que le diera sensación de ser conocido. Los españoles habían errado en el vacío,
como en un astro extraño. A los patagones les parecieron unos seres celestiales, y los
habitantes de las islas de los Ladrones se escondieron de ellos en los matorrales como
si fueran diablos o espíritus fatídicos. Pero aquí, en otro extremo de la tierra, los
europeos vuelven a estar frente al europeo que los conoce. Se ha echado un puente
desde su mundo a los mundos nuevos a través de las extensiones oceánicas. El círculo
se ha cerrado: unos días, unas pocas millas más y, después de dos años de ausencia,
volverá a reunirse con los europeos, cristianos como él, sus camaradas, sus adictos. Si
Magallanes dudase todavía de que está cerca de su objetivo, aquí se le presentan los
hechos: tócanse esfera y esfera, lo más extraordinario se ha cumplido, se ha dado la
vuelta al mundo.
Página 139
Las advertencias del mercader moro hacen impresión visible en el rey. Intimidado,
renuncia inmediatamente al cobro del derecho portuense. Para dar una prueba
evidente de sus disposiciones amistosas, invita a una opípara comida a los enviados
de Magallanes. Tercer indicio de que los argonautas están cerca de Argos es que los
manjares de esta comida no les son presentados sobre cortezas o bandejas de madera,
sino sobre porcelana venida de la China, de la legendaria Cathai de Marco Polo.
Están, pues, al alcance de la mano Cipango y la India; bordean ya los españoles la
cultura oriental. El sueño de Colón, alcanzar la India por el Oeste, es un hecho.
Prescindiendo del incidente diplomático, se procede ahora al cambio oficial de
cumplidos y de mercancías. Pigafetta es mandado a tierra con todos los poderes; el
rey de Cebú se manifiesta muy bien dispuesto a un tratado de paz perenne con el
poderoso emperador Carlos, y Magallanes hace cuanto está de su parte para mantener
lealmente esa paz. En evidente oposición con los procedimientos de otros
conquistadores, que sueltan enseguida sus perros de presa y caen brutalmente sobre
los pobladores para darles muerte o hacerlos esclavos, pensando tan sólo en
apoderarse cuanto antes y sin escrúpulos del botín, a este descubridor, más humano y
de más ancho criterio, lo vemos durante toda la expedición dispuesto a la penetración
pacífica. Desde un principio procuró Magallanes conseguir la incorporación de las
nuevas provincias con el buen trato y los pactos, no por la sangre y la violencia. Nada
presta a Magallanes una tan extraordinaria preeminencia moral sobre los otros
conquistadores de la época, como esta inflexible voluntad humanitaria. Magallanes
era, por sus disposiciones naturales, duro y reservado; mantenía una disciplina férrea
en su flota, como lo probó con su conducta a raíz de la sublevación; no era propenso
a tolerancias ni a consideraciones. Pero, aunque severo, nunca fue cruel; ninguno de
los actos que empañan las gestas de otros grandes conquistadores oscurece su
memoria, ni deshonra su triunfo ningún rompimiento de palabra a que, generalmente,
se creían autorizados aquellos con los gentiles. Esta honradez era la mejor arma de
Magallanes y perdura incorporada a su fama.
Entre tanto, el trueque de géneros ha comenzado con entusiasmo por ambas
partes. Maravíllanse principalmente los isleños ante el hierro, ese duro metal que
traen los forasteros, de tan magnífica utilidad para las armas, la azada, el arado; en
comparación, les parece de poco valor el pálido oro y, como en el bendito año de la
guerra de 1914, truecan entusiasmados oro por hierro. Catorce libras de este metal, no
muy estimado en Europa, son pagadas con quince libras de oro, y Magallanes se ve
obligado a ordenar una rigurosa prohibición de tal comercio a los marineros (que,
embelesados ante la loca prodigalidad de los menospreciadores del oro, empezaban a
vender, a cambio del precioso metal, ropas y hacienda), para evitar que los indígenas
empezaran a sospechar, por la extrema demanda, el valor de aquel metal, lo cual
motivaría la depreciación de los objetos de trueque. Además, Magallanes no quiere
aprovecharse de la ignorancia de la gente de Cebú. A él, que ha pensado siempre en
grande, no le importa las pequeñas ventajas del dinero, pero sí evitar que la
Página 140
posibilidad comercial se estropeara en lo sucesivo y ganar al mismo tiempo el
corazón, las almas de la nueva provincia. Y el cálculo se demuestra exacto una vez
más: las relaciones de los nativos con los amables y poderosos extranjeros adquieren
tal forma de confianza, que el rey, y con él la mayor parte de su séquito, se
manifiestan dispuestos a hacerse cristianos. Lo que otros conquistadores pretendían
lograr con la tortura, con la inquisición, Magallanes, profundamente religioso y libre
de fanatismos, lo consigue en pocos días y sin violencia. Con qué sentimiento
humano, con qué libertad de espíritu procedió en el curso de esta conversión,
podemos leerlo en Pigafetta: «El capitán les dijo que no habían de hacerse cristianos
por temor que nos tuvieran o por complacencia, sino por espontáneo deseo y por
amor a Dios. Pero si no querían hacerse cristianos, nada desagradable les sucedería.
Los que se hicieran cristianos merecerían, es claro, las mejores atenciones. Como un
solo hombre respondieron que si querían hacerse cristianos no era por temor ni por
complacencia, sino por su libre voluntad. Se ponían en sus manos y que él los tratara
como a sus propios súbditos. En esto el capitán los abrazó con lágrimas en los ojos,
tendió las manos al príncipe y al rey de Massawa y les dijo que, tan cierto como creía
en Dios y era fiel a su emperador, les prometía que, en adelante, vivirían en paz
perdurable con el rey de España; y ellos le hicieron una promesa recíproca».
El domingo siguiente, 17 de abril de 1521 —el ocaso de la felicidad de
Magallanes está próximo—, los españoles celebran su mayor triunfo. Levántase en la
Plaza Mercado de la ciudad un baldaquín. Se han traído unas alfombras de a bordo y
se han colocado sobre ellas dos sillones de terciopelo uno para Magallanes y otro
para el rey. Delante del baldaquín, el altar, que se ve lucir desde lejos, está rodeado de
centenares y millares de atezados indígenas en espera de lo anunciado. Magallanes,
que con sagaz propósito no había tocado tierra todavía, confiando a Pigafetta todas
las anteriores negociaciones, entra ahora en escena apoteósicamente. Precédenle
cuarenta soldados de punta en blanco y, tras ellos, el abanderado hace ondear el
estandarte de seda del Emperador Carlos, el mismo que en la iglesia de Sevilla había
sido confiado al Almirante, desplegado ahora por primera vez en el nuevo dominio de
la Corona. Sigue luego Magallanes, pausado, severo y solemne, con sus oficiales. En
el momento que echa pie a tierra, saliendo del bote, la voz de saludo de los cañones
retumba en las naves. En un primer movimiento de miedo, los espectadores se
dispersan en todas direcciones. Pero al ver que su rey —avisado de antemano— se
mantiene en su sillón sin inmutarse, vuelven a sus sitios y miran entusiasmados cómo
es erigida una cruz gigante, al pie de la cual el rey, con los hederos del trono y
muchos otros, inclinan la cabeza para recibir el bautismo. Magallanes, su padrino, le
da, en sustitución del de Humabon, el nombre cristiano de Carlos, que es el de su
señor. La reina, que es bonita y podría alternar con la mejor sociedad, pues lleva
pintados los labios y enrojecidas las uñas (anticipándose en cuatro siglos a sus
hermanas europeas y americanas), recibe el nombre de Juana, y las princesas son
bautizadas con los nombres cortesanos de Catalina e Isabel. Ya es de suponer que la
Página 141
restante haute volée de Zubu y todas las islas vecinas no quiso quedar atrás de sus
reyes y jefes. Hasta muy entrada la noche, el sacerdote de a bordo estuvo ocupado en
bautizar a los centenares de personas que se agolpaban. Las noticias acerca de los
extraordinarios forasteros cunden pronto. Al día siguiente acuden en tropel los
naturales de las islas restantes, que han oído hablar de las mágicas ceremonias del
extranjero prodigioso; en pocos días casi todos los jefes de las islas vecinas han
sellado el pacto de fidelidad con España y bajado la cabeza para recibir el agua del
bautismo.
Raras veces se habrá llevado a cabo una empresa con mayor plenitud. Magallanes
lo ha alcanzado todo. El paso se ha encontrado y se ha tocado el otro extremo de la
tierra. Se han ganado para la Corona de Castilla nuevas islas riquísimas, y para Dios
innumerables almas de infieles, todo esto —triunfo sobre triunfo— sin haber
derramado una sola gota de sangre. Dios ha asistido al creyente. Lo ha sacado de
dificultades como no las ha conocido peores ninguna criatura humana; Magallanes se
encuentra penetrado de un sentimiento religioso de seguridad. Después de las
dificultades vencidas, ¿puede venir algo más que ponga en peligro su empresa,
aureolada de un esplendor triunfal? Con una fuerza ultraterrena, se siente poseído de
una fe humilde y está dispuesto a arriesgarlo todo por Dios y por su Rey. Y a este
fervor seguirá su desgracia.
Página 142
actitud arisca contra los huéspedes de Humabon le parece propicia para responder
con una demostración de fuerza. No solamente el rey de Cebú, sino todos los jefes de
las islas circundantes se enterarán de lo conveniente que es ponerse al lado de los
españoles y cuán caro lo paga todo el que se opone al señor de los truenos y los rayos.
Esta demostración, no muy sangrienta, puede ser más convincente que todas las
palabras. Magallanes expone, pues, a Humabon que se propone dar una lección
militar a aquel jefe recalcitrante, a fin de imponer el respeto, en lo sucesivo, a los
otros jefes. El caso curioso es que el rey de Cebú no participa del entusiasmo de
Magallanes, temiendo tal vez que, no bien los españoles hayan partido, volverán a
levantarse contra él las tribus sometidas. Serrão y Barbosa, por su parte, desaconsejan
al almirante una expedición guerrera tan innecesaria.
Pero Magallanes no piensa en un verdadero combate. Si el rebelde mozo se
somete voluntariamente, mejor para él y para todos. Enemigo jurado del
derramamiento de sangre, verdadero antípoda de todos los otros conquistadores,
Magallanes manda primeramente a su esclavo Enrique y al mercader moro a
Silapulapu para que le ofrezcan una honrada concordia. Sólo le pide que reconozca la
soberanía del rey de Cebú y el dominio protector de España. Si el jefe consiente, los
españoles están dispuestos a vivir en la mejor avenencia con él. Si negara el
acatamiento al poder supremo, le harán saber cómo muerden las lamas españolas.
Pero el rajá responde que también sus hombres empuñan lanzas y, aunque son de
caña de bambú, las puntas se han templado al fuego, de lo cual podrían muy bien
convencerse los españoles. Ante la altiva contestación, a Magallanes, que simboliza
el poder de España y le incumbe el defenderlo, no le queda otra elección que el
argumento de las armas.
Página 143
cien de aquellos miserables. Esta expedición de escarmiento iba, pues,
exclusivamente a propagar a todas las islas el mito de la invulnerabilidad y de la
cualidad semidivina de los españoles. Lo que pocos días antes fue mostrado como
una diversión a los reyes de Massawa y Cebú, allá en su barco, esto es, que sobre una
buena cota española podían dirigir sus golpes con miserables lanzas y dagas veinte
indígenas a la vez sin herir al español, iba ahora a ser demostrado en mayor escala al
rajá rebelde. Con esta mira psicológica sale ahora el tan previsor con sólo sesenta
hombres y admite la colaboración del rey de Cebú únicamente como espectador,
rogándole que no se muevan de las embarcaciones él y sus guerreros, desde donde
podrán presenciar cómo cinco docenas de españoles desbaratan a todos los jefes, rajás
y reyes de aquellas islas.
¿Acaso el experto calculador se equivocó esta vez en sus cálculos? No hay tal.
Históricamente considerada, no era de ningún modo un absurdo la proporción de
sesenta españoles bien armados contra mil indios desnudos y con lanzas de hueso.
Cortés y Pizarro conquistaron reinos enteros con cuatrocientos o quinientos hombres
contra millares y millares de mejicanos y peruanos; al lado de tales empresas, la
expedición de Magallanes a una isla del tamaño de la cabeza de un alfiler es, en
verdad, un paseo militar. Que salió al campo de la lucha tan sin cuidado del peligro
como otro gran nauta, el capitán Cook, que sucumbió en un combate con isleños no
menos insignificantes, lo prueba sobradamente la circunstancia de que el fervoroso
Magallanes antes de emprender una acción decisiva hacía comulgar a la tripulación, y
nada semejante dispone esta vez. Con un par de tiros y otro par de mandobles, los
pobres muchachos de Silapulapu volverán grupas como tímidos conejos. Sin
verdadero derramamiento de sangre, la intangibilidad del señorío hispánico quedará
gloriosamente asentada para siempre.
Página 144
de mosquetes y ballestas, que suele dispersar con un solo ruido a los indígenas. Sin
pensar en cubrir su retaguardia, los sesenta hombres, con sus pesadas armaduras,
saltan al agua. Los restantes permanecen en los botes. «Magallanes va al frente,
porque como buen pastor, no quería abandonar a su grey», escribe Pigafetta. Andan
con agua hasta la cintura el largo espacio hasta la costa, donde la horda numerosa de
los indios les espera aullando, dando voces y blandiendo los escudos. Y pronto
chocan los dos frentes.
La más fidedigna de las diferentes descripciones del combate puede ser la de
Pigafetta, que, seriamente herido por una flecha, perseveró cerca de su amado
capitán. «Saltamos al agua —dice— que nos cubría hasta el lomo, y tuvimos que
chapotear hacia la playa, que estaba a dos buenos tiros de arco, mientras nuestros
botes tenían que quedar atrás a causa de los arrecifes. En la playa encontramos mil
quinientos de los isleños repartidos en tres grupos que, en medio de una gritería
horrible, se precipitaron hacia nosotros. Dos de los grupos nos envolvieron por los
flancos, y el tercero nos atacó de frente. Nuestro capitán dividió sus hombres en dos
grupos. Nuestros mosqueteros y ballesteros hicieron fuego durante media hora desde
los botes, pero nada consiguieron, porque sus balas, flechas y picas no podían, desde
tan lejos, llegar a atravesar los escudos de madera y a lo sumo, herían en los brazos al
enemigo. El capitán, viendo esto, dio en voz alta la orden de no tirar más —es
evidente que para ahorrar municiones en previsión del ataque final, pero no le oyeron.
Al ver los isleños que nuestros disparos les causaban poco daño o ninguno, ya sólo
pensaron en el avance. Gritando cada vez más alto, saltando de un lado a otro para
evitar nuestros tiros, resguardados por sus escudos, se nos acercaron en masa,
arrojándonos flechas, picas y lanzas de madera con la punta endurecida al fuego,
piedras y lodo hasta el punto de no darnos lugar para defendernos. Algunos de ellos
llegaron a arrojar alabardas con puntas de bronce contra nuestro capitán.
»Éste, para meterles el miedo en el cuerpo, envió alguno de los nuestros con
orden de incendiar sus cabañas, lo cual los enfureció más. Acudieron algunos de ellos
al incendio, que devoró veinte o treinta viviendas, y mataron a dos de nuestros
hombres. Los isleños restantes, acrecentada su cólera, se precipitaron hacia nosotros.
Al darse cuenta de que nuestro busto quedaba defendido bajo la cota, pero no las
piernas, fueron éstas el objeto de sus golpes. Al capitán le atravesaron el pie derecho
con una saeta envenenada. Enseguida dio la orden de retroceder al paso. Pero casi
todos nuestros hombres huían a la desbandada, de modo que sólo quedaron con él
seis u ocho, y como cojeaba desde hacía años, nuestra retirada era más lenta.
Expuestos por todos los lados a las lanzas y piedras que el enemigo arrojaba sobre
nosotros, no había resistencia posible. No nos servían las bombardas que teníamos en
los botes, porque lo superficial del agua en aquel sitio los obligaba a quedarse
demasiado lejos. Íbamos retirándonos paso a paso, sin dejar de luchar un momento, y
estábamos ya a un tiro de arco de la playa, con agua a la rodilla; pero los isleños no
dejaban de seguirnos tercamente, cogiendo a su paso los venablos que antes nos
Página 145
habían lanzado; de manera que podían servirse de los mismos cinco o seis veces
habían notado la presencia del capitán y él era su blanco preferido; dos veces dieron
en su casco, que rodó al suelo. Pero él, con los pocos que le rodeábamos, mantenía su
puesto sin intentar ya retroceder; Y así luchamos más de una hora, hasta que uno de
los indios logró dar en la cara al capitán con un proyectil de caña. Encendido en
cólera, Magallanes atravesó el pecho del atacante con su lanza; pero ésta quedó
clavada en el cuerpo del muerto, y al intentar el capitán desenvainar la espada no
pudo acabar su acción, porque una pica que le lanzaron le hirió en el brazo. Cuando
los contrarios se dieron cuenta, precipitáronse a la vez contra él, y uno de ello le abrió
tal herida de un lanzazo en la pierna izquierda, que le hizo caer de bruces. Enseguida,
todos los indios se le echaron encima y le acribillaron con lanzas y otras armas. Y así
quitaron la vida al que era nuestro espejo, nuestro consolador y fiel caudillo».
Página 146
La vuelta sin el caudillo
Página 147
seguramente en el rey de Cebú un escalofrío saludable. Pero don Carlos Humabon —
que ya no llevará más este nombre imperial— ve, por el contrario, que los vencidos
mandan al jefe unos emisarios que se humillan hasta pedir el cuerpo de Magallanes a
cambio de mercancías y dinero. Y he aquí que el insignificante caudillo de la
insignificante isla Mactán provoca a los dioses blancos y despide con cajas
destempladas a sus intermediarios.
La pusilánime conducta de los dioses blancos no puede menos de mover al rey
Carlos Humabon a singulares reflexiones. Experimentó tal vez algo parecido a la
amarga decepción de Calibán con Trínculo, al reconocer que, en su presentación,
había tomado por un dios a quien sólo era un pedante y un charlatán. Por lo demás,
los españoles dieron motivos bastantes para echar a perder la buena inteligencia que
los uniera con los isleños; Pedro Mártir recibe de un testigo ocular (qui omnibus
rebus interfuit), probablemente del genovés Martín, noticias harto verosímiles:
«Feminarum stupra causam perturbationis dedisse arbitrantur». No pudo
Magallanes, a pesar de emplear la máxima energía, impedir que los marineros, tras la
abstinencia de un viaje varios meses, acosaran a las mujeres de sus anfitriones; en
vano intentó poner freno a su violencia, y hasta castigar a su propio cuñado Barbosa
por quedarse durante tres noches en tierra; sin embargo, el desenfreno parece que se
agravó después de su muerte. Lo cierto es que concluyó, por parte del rey, todo
respeto a los alardes guerreros de aquellos, a la par que toda consideración para los
desmandados intrusos. Algo debieron de barruntar los españoles de la creciente
desconfianza, pues se los ve de pronto, impacientes. Cargan lo antes posible con el
género y la ganancia y salen aprisa con rumbo a las islas de la especiería. La idea de
Magallanes de mantener las islas Filipinas, con paz y amistad, para el reino y para la
fe, no tiene con tanto cuidado a sus sucesores, más mercantilizados: sólo piensan en
poner punto final a la expedición y apresurarse al regreso. Pero, para cerrar tratos
especiales, los españoles necesitan apremiantemente de Enrique, el esclavo de
Magallanes, por ser el único que, conociendo el lenguaje, puede servir de
intermediario para relacionarse con los indígenas y cambiar artículos; y en este
detalle se hará patente la diferencia en el don de gentes gracias al cual, el más
humano, Magallanes, consiguió siempre sus mayores éxitos. Hasta el último
momento perseveró cerca de él en la lucha el fiel Enrique. Herido, lo han llevado a
bordo, y ahora yace inmóvil en su camastro, ya sea a causa de las heridas, o bien
porque, con la lealtad de un animal fidelísimo, lamenta la pérdida de su querido amo
y se retira tercamente. Pero he aquí que Duarte Barbosa, elevado a jefe supremo por
la tripulación, junto con Serrão después de la muerte de Magallanes, comete la
necedad de ofender mortalmente al criado de éste en su lealtad canina. Atropéllale,
echándole en cara que se crea con derecho a hacer el holgazán, como si no fuera
esclavo por el mero hecho de haber muerto su amo. Una vez en España, será
entregado a la señora de Magallanes, y, entre tanto, que esté sobre aviso. Si no se
pone en pie inmediatamente para ayudar como intérprete en la venta de los géneros,
Página 148
su piel catará el látigo de los perros. Enrique, que es de la peligrosa raza de los
malayos, los cuales nunca perdonan una ofensa, oye la provocación con los ojos
nublados. No hay duda de que está enterado de que Magallanes le declara libre en el
testamento desde el momento de su muerte, además de asignarle un legado. Calla,
mordiendo el freno: esos desfachatados sucesores de su gran señor y guía, que le
quieren hurtar la libertad y no comprenden su dolor, han de pagar caro el haberle
llamado perro y el tratarle como a tal.
El astuto malayo nada deja traslucir de sus pensamientos de venganza.
Dócilmente va hacia el mercado, dócilmente cumple su oficio de trujamán en la
compra y venta; pero luego emplea en algo más osado su arte de intérprete. Persuade
al rey de Cebú de que los españoles ya han tomado las medidas para llevarse a sus
barcos las mercancías pendientes de venta y desaparecer a la mañana siguiente, bien
henchidos. Si el rey da un golpe de mano rápido, no solamente podrá apoderarse
fácilmente de todos los géneros sin tener que dar nada en cambio, sino también
saquear los tres magníficos barcos aprovechando la ocasión.
Probablemente, Enrique no hizo más que expresar, con su proposición vengativa,
los íntimos deseos del rey de Cebú. Sus palabras son bien acogidas, y entrambos
preparan el golpe con toda cautela. En apariencia, el cambio de mercancías va
siguiendo activamente su curso; el rey de Cebú se presenta a sus nuevos hermanos de
religión más cordial que nunca, y Enrique parece haberse enmendado rápidamente de
su pretendida holgazanería desde que Barbosa le ha mostrado el látigo. Tres días
después de la muerte de Magallanes, el 1.º de mayo, su rostro llega a manifestarse
radiante en el acto de comunicar a los capitanes el más halagüeño de los mensajes.
Por fin, el rey de Cebú ha recibido las preseas que prometió enviar a su señor y amigo
el rey de España. Para festejar la entrega de las mismas tenía ya convocados a sus
capitanes y súbditos; que se dignaran, pues, los dos capitanes Barbosa y Serrão
preséntanse, junto con los más distinguidos, para recibir los regalos destinados al rey
Carlos de España de la propia mano del rey Carlos de Cebú.
Si Magallanes hubiera vivido aún, recordaría, sin duda, sus años de campaña
índica, cuando el rey de Malaca le hizo una invitación no menos amable y, a una
señal, fueron asesinados los capitanes que, sin temer nada, habían desembarcado,
debiéndose a su valor personal la salvación del homónimo de Serrão. Pero ahora, el
otro Serrão y Duarte Barbosa caen ingenuamente en la trampa del nuevo hermano.
Aceptan la invitación, y una vez más se confirma que los que leen en los astros nada
saben de su propio destino. Porque también el astrólogo Andrés de San Martín,
olvidado, según parece, de hacer su propio horóscopo, se junta con los otros dos,
mientras que a Pigafetta, de por sí tan curioso, le salva el flechazo que recibió en el
combate de Mactán. Se queda en su camastro y así escapa de la muerte.
Veintinueve son los españoles que van a tierra, y entre ellos se encuentran, por
desgracia, los mejores, los más expertos guiadores y pilotos. Los reciben
ceremoniosamente en un bosquecillo de palmeras donde el rey ha concertado un
Página 149
festín. Numerosos grupos de indígenas, en apariencia atraídos por la curiosidad, se
han reunido allí y con las mayores muestras de cordialidad rodean a los huéspedes
españoles. La asiduidad con que el rey conduce a los españoles a la sombra de las
palmeras no es muy grata al piloto Juan Carvalho, que comunica su sospecha a
Gómez de Espinosa, maestre de armas de la flota, y van ambos sin tardanza al barco
con objeto de que acuda el resto de la tripulación para que, en el caso de una traición,
pudieran prestar servicio. Con un ingenioso pretexto se abren paso entre la multitud y
van remando hasta sus barcos. Pero no bien llegan a bordo, se elevan unos gritos de
horror desde tierra. Exactamente como un día en Malaca, los indígenas se han
precipitado sobre los que estaban reunidos en el festín, ajenos a toda malicia, antes de
que tengan ocasión de defenderse. El solapado rey de Cebú se ha deshecho, mediante
un solo golpe, de todos sus huéspedes, quedando él dueño de las mercancías y armas
desembarcadas, así como de las invulnerables cotas de los españoles.
En los barcos, los camaradas, paralizados de miedo en los primeros momentos,
obedecen luego a la orden de Carvalho, a quien el asesinato de los otros dos capitanes
ha elevado en un minuto al más alto mando. Avanzan hacia la playa y dirigen todos
los cañones hacia la ciudad. De un flanco a otro retruenan las descargas. Tal vez
Carvalho espera todavía, con esta represalia, salvar al menos un par de camaradas, o
bien obedece a una explosión de cólera. Pero apenas las primeras balas han dado
contra las cabañas, se desarrolla una de esas escenas terroríficas que a todos los que
sobreviven les quedan para siempre grabadas en su pavorosa realidad. Uno solo de
los agredidos, el más valiente de todos, João Serrão —misteriosa coincidencia con el
caso de Francisco Serrão en la playa de Malaca—, ha logrado escapar de las manos
de los asesinos, huyendo hacia el mar. Pero los adversarios le siguen, le rodean, se
apoderan de él. Indefenso en medio de sus asesinos, da voces con sus últimas fuerzas
para que le oiga la flota y dirijan el fuego de artillería a la ciudad, con lo que sus
verdugos le soltarían, tal vez. Y les dice que le manden pronto un bote cargado de
mercancías, para su rescate.
Llega un momento en que parece que las negociaciones prosperan. Ya se ha fijado
el precio para el rescate del más valiente de los capitanes: dos bombardas y unas
toneladas de cobre. Pero los indígenas exigen que las mercancías les sean puestas en
la orilla, y Carvalho teme que los belitres, los cuales ya han desmentido una vez su
fidelidad, se apoderen no sólo de los géneros, sino también del bote. Aunque pudiera
ser, igualmente, que el ambicioso colega no se avenga a ceder su categoría de
almirante, caída del cielo; que no se sienta dispuesto, en fin, a tener que servir como
simple piloto a Serrão, luego que le hayan rescatado.
En la playa está sangrando un hombre, mojada la frente con el sudor de la agonía,
bajo el ataque mortífero de la banda que le rodea. Su única esperanza son las tres
naves españolas bien tripuladas, henchidas de velas, que se levantan a un tiro de
piedra. En el pretil del barco abanderado está precisamente su compatricio Carvalho,
su compadre y entrañable amigo, con quien ha compartido mil peligros y que lo
Página 150
sacrificará todo antes que dejarlo en el atolladero. Los gritos que al mismo dirige son
incesantes: le pide que mande los géneros que sirvan para su rescate. Devora con los
ojos el bote que se balancea a un lado del barco. Pero ¿por qué titubea Carvalho y
deja pasar tanto rato? De pronto, el navegante Serrão, conocedor de todas las
maniobras de a bordo, ve con ojos febricitantes que izan el bote. ¡Traición! ¡Traición!
Lejos de salir hacia él con el bote salvador, las naves empiezan a moverse, a dirigir su
rumbo al mar abierto. El primer barco ha virado, hinchando el velamen bajo la brisa.
El infeliz Serrão no puede, no quiere comprender en el primer momento que los
propios camaradas, a un mandato de su entrañable amigo, le dejan cobardemente a
disposición de unos asesinos. Con la voz ya más apagada, increpa por última vez a
los que le abandonan; suplica, implora, se desespera en una angustia de muerte.
Cuando ve que realmente las naves han evolucionado ya hacia la rada y le dejan allí,
con el último aliento de su pecho oprimido por las ataduras, levanta un grito
desacordado por encima de las ondas, maldiciendo a Juan Carvalho, diciéndole que el
día del Juicio le exigirá ante Dios responsabilidades por su villanía.
Esta maldición será su última palabra. Los infieles camaradas han de presenciar
desde cubierta como su comandante cae asesinado. Y, cuando no han dejado todavía
el puerto, rueda al suelo la cruz monumental entre alaridos de júbilo. Todo lo que
había edificado Magallanes durante semanas de la más revisora y paciente labor, se
derrumba por la sandez de sus sucesores. Cubiertos de ignominia, con el grito de
maldición de su capitán moribundo en los oídos y la provocación de la danza de los
salvajes a sus espaldas de fugitivos, aléjanse los españoles, como delincuentes
perseguidos, de la isla que pisaron como dioses al mando de Magallanes.
Triste cortejo el de esos que se salvan ahora del desdichado puerto de Cebú. De todos
los golpes del destino que la flota sufrió desde la salida, fue el más infausto el que les
cayó encima en aquella isla. Además del insustituible caudillo Magallanes, han
perdido los capitanes más calificados: Duarte Barbosa y João Serrão, los cuales,
conocedores de la costa índica oriental, tan útiles hubieran sido en ese viaje de vuelta
a España; la muerte de Andrés de San Martín los privó de un nauta experto; la huida
de Enrique, de su intérprete. Si se cuenta hombre por hombre la tripulación, quedan
solamente ciento quince de los doscientos sesenta y cinco que subieron a bordo en
Sevilla, y este escaso equipo ya no permite tripular convenientemente las tres naves.
Será, pues, mejor que, para mantener la eficacia náutica de los otros dos galeones, sea
sacrificada una de las tres naves. Toca la suerte del preparado naufragio al
Concepción, un barco que ha recorrido ya mucha agua y del cual es de temer que no
aguantaría el difícil trecho que le queda por hacer. Esta sentencia de muerte se
cumple cerca de la isla Bohol. Desde el más ínfimo clavo o cabo de cuerda, todo lo
Página 151
que puede utilizarse es subido a los otros dos barcos. La escueta carabela es pasto de
las llamas. Con la mirada sombría, sin pestañear, ven los marinos cómo la llama,
pequeña al principio y vacilante, se ensancha luego en unos brazos de fuego que
abarcan toda la nave que fue su hogar y su patria durante dos años, ahora convertida
en humo y carbón, hundiéndose en un mar extraño y hostil. Cinco alegres barcos,
llenos de gallardetes con su tripulación completa, habían salido del puerto de Sevilla.
La primera víctima fue el Santiago, que se estrelló en la costa patagónica. En el
estrecho de Magallanes perdieron miserablemente el San Antonio; ahora se consumía
el Concepción. Sólo dos barcos, los últimos, navegan al presente en lo desconocido:
el Trinidad, un día la nave abanderada de Magallanes, y aquel otro insignificante, el
Victoria, cuya gloria será el haber hecho bueno su nombre y haber llevado a la
inmortalidad la idea de Magallanes cuando él ya no era de este mundo.
Que a esa flota tan mermada le falta el verdadero guía, el probado almirante
Magallanes, se verá pronto en el indeciso curso que siguen los barcos. Como ciegos,
como deslumbrados, andan a tientas por el archipiélago de la Sonda. En vez de
dirigirse rectamente al Sudoeste, hacia las Molucas, que están cerca, divagan por el
Noroeste en zigzag, ya adelantando, ya retrocediendo. Medio año pasan entre
aquellos laberintos que los llevan a Mindanao y hasta Borneo. Pero, con más
evidencia aún que en esta inseguridad náutica, se nota la ausencia del guía nato en el
relajamiento de la disciplina. Bajo la férula de Magallanes no existían los caprichosos
pillajes en tierra, ni piratería alguna en el mar. Manteníase rigurosamente el orden, y
de todo se llevaba cuenta: ni un momento dejó Magallanes de considerar que, como
almirante de su rey y señor, tenía el deber de mantener el honor del pabellón español
hasta en los más remotos extremos de la tierra. En cambio, su lamentable sucesor,
Carvalho, que debe únicamente el almirantazgo al asesinato de sus superiores por los
rajás de Mactán y Cebú, no conoce escrúpulos morales. Ejerce descaradamente la
piratería y se apodera de lo que se le presenta. Canoa que le pase cerca será
sencillamente acosada y saqueada; el dinero que exige Carvalho como rescate en
tales ocasiones, se lo mete casi entero en su bolsa, sin reparo. Contador y tesorero a la
vez, no lleva contabilidad, y mientras Magallanes, respetuoso con la disciplina, no
había admitido nunca a bordo una mujer, él se atribuye nada menos que tres, que iban
en una de las lanchas apresadas, con pretexto de llevarlas como presente a la reina de
España. Los tripulantes acaban por juzgar harto chocante el proceder de este bajá.
«Vedendo che non faceva cosa che Posse in seraitio del re» —o sea: que no miraba
por la hacienda de su rey, sino por su lucro personal—. Destituyen al bajá y ponen en
su lugar el triunvirato formado por Gómez de Espinosa como capitán del Trinidad,
Página 152
Juan de Elcano como capitán del Victoria, y el piloto Poncero en calidad de
gobernador de la Armada.
Pero nada se gana con los insensatos rodeos y zigzags de las dos naves. Es cierto
que los extraviados consiguen sin dificultad, con el trueque y el saqueo, renovar sus
provisiones en aquellos parajes densamente poblados, pero la misión verdadera que
llevó a Magallanes a la travesía cae en olvido; por fin, un golpe de mano feliz les
aclara la salida del archipiélago de la Sonda. Uno de los prisioneros hechos en una de
las embarcaciones pirateadas es originario de Ternate y, por lo tanto, debe conocer el
camino de su patria, el de las ansiadas islas de las especias. Y así es. Conoce también
a Francisco Serrão, el amigo de Magallanes. Por fin hallan quien los saque del
laberinto. Vencida la última prueba, pueden ir directamente a su objetivo, al cual se
acercaron repetidamente durante aquellas semanas locas, rodeándolo como si no
tuvieran ojos. Ahora, un par de días de descansada navegación los llevan más
adelante que seis meses de desatinados tanteos. El 6 de noviembre ven elevarse a lo
lejos unos montes, las alturas de Ternate y Tidore. Las benditas islas están allí.
«El piloto que nos guió —escribe Pigafetta— nos dijo que eran las Molucas.
Todos dimos gracias a Dios y, para demostrar nuestro gozo, disparamos la artillería.
No es de extrañar nuestra dicha, ya que habíamos empleado casi veintisiete semanas
en la busca de las islas, pasando, rodeando y cruzando entre otras innumerables, hasta
dar con ellas».
El 8 de noviembre de 1521 tocan tierra en Tidore, una de las cinco benditas islas
con las cuales Magallanes soñó toda la vida. Como el Cid, que, ya muerto, es puesto
aún por sus hombres sobre su fiel caballo y gana su última batalla, así alcanza la
energía de Magallanes la gesta triunfal más allá de su muerte. Las naves, los
tripulantes, están ante aquella tierra que, cual otro Moisés, les había prometido, sin
que a él le fuera dado pisarla. Pero tampoco vive el que, a través de los océanos, le
había llamado y animado a la realización de la idea. En vano Magallanes hubiera
corrido con los brazos abiertos a quien le señaló el camino alrededor del mundo.
Serrão había muerto pocas semanas antes, se supone que envenenado. Los dos
primeros que pensaron en la vuelta al mundo pagaron con su muerte prematura el
galardón de la inmortalidad. Las descripciones entusiastas de Serrão se demostrarán,
aparte eso, bien fundadas. No solamente el paisaje es magnífico y rebosante de toda
natural riqueza, sino que también los pobladores se prodigan en amabilidad. «¿Qué
decir de estas islas? —escribe Maximiliano Transilvanus en su carta famosa—. Aquí
todo es sencillo y a nada se da tanto valor como la paz, la comodidad y las especias.
La más excelente de estas cosas, sin embargo, y tal vez el mayor bien de la patria, o
sea la paz, parece como si, huyendo de la maldad de los hombres de nuestro mundo,
se hubiera refugiado aquí». El rey, de quien Serrão había sido amigo y sostén, se
acerca diligente en un palanquín de seda y recibe como hermanos a los recién
llegados. Cierto que a bordo de la nave, y siendo un creyente mahometano, se tapará
las narices para no percibir el olor de la odiosa carne de cerdo; pero esto no impide
Página 153
que ese rey Almanzor abrace a los cristianos con fraternal afecto. «Venid —los
consuela— y gozad, después de tanto vagar por las aguas en medio de peligros, los
beneficios de la tierra. Reparad vuestras fuerzas y pensad solamente en que habéis
llegado al reino de vuestro propio señor». Voluntariamente reconoce la soberanía del
rey de España, y al contrario de los otros caudillos que habían hallado en su ruta, los
cuales sólo pensaban en sacar lo que podían de ellos, este generoso príncipe los insta
a que cesen en sus dones, pues «no posee nada con que poder corresponder
dignamente a sus ofrendas».
¡Venturosas islas! Todo lo que ansiaron los españoles lo reciben aquí a manos
llenas, las más preciosas especias, los víveres y los granos de oro; y lo que el amable
rey no puede proporcionarles lo requiere de las islas vecinas. Los marineros se
sienten dichosos, después de haber pasado tantas penas y privaciones; compran
locamente más y más especias y preciosas aves del paraíso —comperanno garofani a
furia—, dando, en cambio, sus camisas y fusiles, ballestas, capas y correajes, porque
ya poco tardarán en volver a sus hogares, y serán como ricos, gracias a los tesoros
que han pagado ridículamente baratos. No hay duda de que algunos preferirían seguir
el ejemplo de Serrão, quedándose en aquel paraíso. Ya a punto de zarpar, buen
número de ellos acogen con palmas la noticia de que solamente uno de los barcos
parece apto para resistir el viaje de vuelta, y que unos cincuenta marineros del
centenar aproximado deberán quedarse en las felices islas mientras se recompone el
otro barco.
El condenado a involuntario estancamiento es la vieja nave almiranta de
Magallanes, el Trinidad, aquella «capitana» que salió primero de Sanlúcar, la que
cató antes el agua del estrecho de Magallanes y del Pacífico, siempre en la delantera,
como si se personificara en ella la voluntad de su señor y guía. Ahora que el caudillo
no está allí, su barco se resiste a navegar; como perro fiel que no se deja arrancar del
pie de la fosa de su amo, el Trinidad se niega a continuar más allá de la meta
propuesta por Magallanes. Ya a bordo las provisiones de agua, de comestibles y los
numerosos quintales de especias; izada la bandera de Santiago con la inscripción:
«Éste es el signo de nuestro feliz regreso»; ya tersas las velas, el viejo barco
carcomido gime, de pronto, separadas las junturas. Entra el agua en el barco sin que
nadie sepa descubrir la vía, y es preciso descargarlo a toda prisa para salvar su
contenido. Pero se emplearán semanas y semanas en la reparación, y en tanto, el
barco gemelo, único que queda de la vieja Armada, no puede estar ocioso; ahora que
les es propicio el viento este, en el tercer año de sus andanzas, es hora de mandar al
Emperador el mensaje anunciándole que Magallanes ha cumplido su promesa al
precio de la vida y que queda realizado, bajo la bandera española, el hecho cumbre de
la historia de la navegación. Se decide unánimemente que el Trinidad intente, una vez
reparado, atravesar de regreso el océano Pacífico para alcanzar por el Panamá la
España ultramarina, mientras el Victoria, a favor de los vientos favorables, hace
rumbo de regreso por Occidente, a través del océano Índico.
Página 154
Los comandantes de los dos barcos que ahora, al cabo de año y medio de vida
común, están frente a frente a punto de darse el adiós —Gómez de Espinosa y
Sebastián de Elcano—, lo estuvieron ya otra vez en momentos decisivos. Aquella
noche memorable de la sublevación en Puerto San Julián, el entonces maestre de
armas Gómez de Espinosa fue el más fiel apoyo de Magallanes; su audaz puñalada
reconquistó el Victoria, salvando así la continuación de la ruta. Sebastián de Elcano,
entonces un joven «sobresaliente» vasco, se puso, en cambio, aquella noche al lado
de los amotinados: con su ayuda, los otros rebeldes dominaron el San Antonio.
Agradecido Magallanes, recompensó al fiel Gómez de Espinosa y perdonó,
indulgente, a Elcano. Si el destino hiciera justicia, Espinosa debiera ser ahora elegido
para dar remate a la gloriosa gesta de Magallanes, puesto que fue quien aseguró el
triunfo de su idea. Pero, más generoso que justo, el destino se inclina en favor de los
que no lo tienen merecido. Mientras Espinosa con sus compañeros de glorias y
fatigas, tripulantes del Trinidad, al cabo de indecibles andanzas y sufrimientos caerá
sin fama y la Historia, ingrata, se olvidará de él, coronarán las estrellas con un
destello de inmortalidad la frente de quien precisamente quiso poner obstáculo a la
acción de Magallanes, del agitador un día contra el almirante: Sebastián de Elcano.
Esta vuelta a la patria del humilde y zarandeado velero, al cabo de un viaje de años
bordeando la mitad de la tierra, pertenece a las grandes gestas de la navegación;
Página 155
honrosamente expió Elcano su culpa cerca de Magallanes, puesto que convirtió en
realidad el proyecto del caudillo muerto. Nada hay muy difícil, a primera vista, en el
encargo de gobernar un barco desde las Molucas a España. Porque ya desde
principios de siglo, las flotas portuguesas van y vienen periódicamente; un viaje a la
India que, hace diez años, bajo Albuquerque y Almeida, era todavía un vuelo a lo
desconocido, requiere ahora únicamente el conocimiento de las rutas, y un capitán
encuentra, si es necesario, en cada estación de la India o de África, en Malaca,
Mozambique y Cabo Verde, unas factorías portuguesas y pilotos y funcionarios
portugueses, así como provisiones y material de repuesto. Pero la inmensa dificultad
que Elcano ha de arrostrar consiste precisamente en que no sólo debe prescindir de
estas estaciones de abastecimiento, portuguesas, sino evitarlas dando grandes rodeos.
En Tidore, la gente de Magallanes se ha enterado, por un refugiado portugués, de que
el rey Manuel ha dictado orden de apresamiento contra los barcos de Magallanes y
que sean hechos prisioneros sus tripulantes, considerándolos como piratas. Elcano
tiene, pues, a su cargo aquel viejo barco, cargado de mercancía, del cual, casi tres
años antes, en el puerto de Sevilla, había afirmado el cónsul Álvares que no iría en él
ni a las Canarias. Ahora irá nada menos que a través de todo el océano Indico de un
tirón, y doblará luego el cabo de Buena Esperanza y, después, toda el África, sin
hacer escala ni en un Puerto siquiera, propósito que conviene seguir sobre el mapa
para comprender en toda su magnitud la importancia del encargo, y que hoy todavía,
después de cuatrocientos años, significaría algo extraordinario para un moderno
transatlántico equipado con la más perfecta maquinaria.
Este sin par salto de león desde el archipiélago malayo a Sevilla comienza —
fecha memorable— en 15 de febrero de 1522. Salen de un Puerto de la isla de Timor.
Elcano ha cargado víveres y agua y fiel al espíritu previsor de su difunto maestro, ha
mandado calafatear y reparar la embarcación antes de ser juguete incesante de los
vientos y de las ondas durante meses y meses. En los primeros días, el Victoria no se
aparta todavía de las islas, columbrando allá el verdor tropical y los contornos de las
montañas. Pero la estación está muy avanzada para que puedan permitirse un
descanso, y Elcano ha de aprovechar el viento que sopla del Este: sin hacer escalas,
deja atrás el Victoria aquellas atractivas islas, muy a disgusto del insaciable Pigafetta,
que no ha visto aún bastantes «cosas prodigiosas». Para matar el aburrimiento se hace
dar noticias de aquellas islas que ven alborear por los indígenas que han tomado con
ellos —diecinueve, junto a los cuarenta y siete tripulantes europeos—, y los atezados
isleños le refieren los cuentos de Las mil y una noches. En la isla que allá se ve viven
unos seres humanos no más altos de un palmo, pero con las orejas tan grandes como
todo el cuerpo, una de las cuales les sirve por la noche como de colchón, y la otra, de
manta. La islita de más allá tiene mujeres por únicos pobladores y ningún hombre se
atrevería a poner el pie en ella, lo cual no impide que tengan hijos, fecundadas por el
viento; si el recién nacido era niño le daban muerte, pues sólo dejaban vivir y
prosperar a las niñas. Pero, poco a poco, desaparecen en la colina azul hasta las
Página 156
últimas islas descritas por los malayos con adornos de su cosecha, al buen Pigafetta, y
sólo el océano abierto rodea la nave con su inmutable azul. Durante semanas y
semanas ven, a través del vacío del océano Índico, cielo y mar en una monotonía
fastidiosa y terrible. Ni un hombre, ni un barco, ni una vela, ni un sonido; siempre
azul, azul, y el vacío, el vacío de una llanura infinita.
Ninguna voz les llega de fuera, ni ven más rostros que los de los compañeros
durante semanas y semanas. Pero, de pronto, sale del escondido seno del barco el
conocido espectro de ojos hundidos y cara descolorida: el hambre, que ya había sido
su compañera terriblemente fiel en el océano Pacífico. Implacable, torturadora y
asesina de viejos camaradas, debe de haberse colado a bordo sin ser vista, y ahora
aparece entre ellos, provocativa, codiciosa, y escudriña sus semblantes alterados. Se
ha presentado la imprevista catástrofe que destruye todos los cálculos de Elcano. Sus
hombres han subido a bordo víveres para cinco meses, especialmente mucha carne.
Pero no encontraron sal en Timor, y bajo el sol índico abrasador, la carne,
insuficientemente salada, empieza a corromperse y se ven obligados, para librarse de
la pestilencia de aquella carroña, a echar al agua toda la provisión. Sólo les queda el
arroz. Arroz y agua, agua y arroz y siempre igual; cada vez menos arroz, y el agua,
más escasa y mala para beber, semana tras semana. Se presenta de nuevo el escorbuto
y, una vez más, la muerte se cierne sobre la tripulación. A principios de mayo la plaga
se ha hecho tan terrible que una parte de los tripulantes insiste en que se cambie de
rumbo y, una vez en el próximo Mozambique, se confíe el barco a los portugueses,
antes que continuar un viaje que los hará morir de hambre sin remisión.
Pero, con el mando, se ha infiltrado también, en el que un día fue agitador, algo
de la acerada voluntad de Magallanes. El mismo Elcano, que un día, en calidad de
subalterno, quiso forzar al regreso a sus conquistadores, hoy exige a los que están
bajo sus órdenes que aguanten hasta el extremo de su valentía, y consigue
doblegarlos a su voluntad. «Ma inanti determinnamo tutti morir che andar in mano
dei portoghesi» —Decidimos antes morir que entregarnos a los portugueses—, como
podrá comunicar con orgullo más tarde al Emperador. Un intento de abordaje en las
costas africanas del Este resulta inútil; no encuentran ni agua ni frutos en la tierra
pelada; sin poder mitigar su necesidad mortal han de reanudar el funesto viaje. En el
cabo de Buena Esperanza, al que instintivamente dan el viejo nombre de cabo de las
Tormentas, los asalta una furiosa tempestad que arranca el palo de proa y rompe el
palo mayor. Reparan laboriosamente el desperfecto lo mejor que pueden los ya
vacilantes marineros; lentamente, con dificultad, gimoteando, se arrastra el barco,
como un herido, a lo largo de la costa africana, rumbo al Norte. Pero ni en la
tempestad ni en la calma, ya sea de día o de noche, se aparta de ellos el hórrido
verdugo que los provoca con sus muecas: el espectro gris del hambre. Provocativo, en
efecto, porque esta vez ha imaginado otro martirio más diabólico todavía. No están
ahora vacías las bodegas hasta las últimas migajas, como cuando, en tiempos,
surcaban el Pacifico. Esta vez, el vientre de la nave va henchido hasta los topes.
Página 157
Setecientos quintales de especias lleva el Victoria: setecientos quintales, suficientes
para sazonar sus más suculentas comidas miles y millones de hombres. La
hambrienta tripulación disponía colmadamente de especias. Pero ¿se pueden mascar
granos de pimienta con los labios resecos? ¿Se sustituye el pan con canela y
moscada? Así como resulta una ironía cruel padecer sed en medio del mar
provocativamente rodeado de moles de agua, de igual modo se convierte en tormento
diabólico la miserable muerte de hambre a bordo del Victoria entre montañas de
especias. Cada día se arroja al mar algún apergaminado cadáver humano. Treinta y
uno de los cuarenta y siete españoles, y tres de los diecinueve indígenas, quedan en
total cuando el cansado barco se acerca, por fin, a las islas de Cabo Verde el día 9 de
julio, después de cinco meses de navegación ininterrumpida.
Cabo Verde es colonia portuguesa, y el establecimiento de Santiago, un puerto
portugués. Echar anclas aquí significa propiamente someterse a los rivales, a los
enemigos; significa capitular a un paso de la meta. Pero las raciones durarán, a lo
sumo, dos o tres días: el hambre no les deja otra alternativa que arriesgarse a una
ficción. Elcano decide recurrir a ella y engañar a los portugueses, de los que no puede
prescindir. Pero antes de mandar a tierra, en un bote, dos de sus hombres para la
compra de víveres, toma juramento solemne a la tripulación de que no dará el menor
indicio a los portugueses de que sean los supervivientes de la flota de Magallanes, en
su vuelta al mundo. Se prescribe a los marineros la fábula de que, a consecuencia de
una tormenta, su barco se ha visto empujado hacia los dominios españoles. El estado
deplorable de la embarcación, el mástil roto, hacen verosímil el cuento, por suerte
suya. Sin muchas preguntas, sin mandar a bordo ningún funcionario para comprobar
los datos, animados de camaradería hacia los marineros, reciben los portugueses
como huéspedes gratos a los que se acercan en el bote. Mandan agua y víveres
frescos a los españoles en el bote, que hace varias veces el trayecto con rica
provisión. El éxito de la astucia parece asegurado, el descanso, y más todavía la carne
y el pan de que tanto tiempo carecieron, han reparado las fuerzas de los tripulantes, y
casi pueden asegurar que no les faltará sustento hasta Sevilla. Una vez más, y ésta
será la última, Elcano manda salir el bote para cargar arroz y frutas. Luego podrán
cantar victoria. Pero ¡qué rareza! La embarcación no vuelve. Elcano se hace
inmediatamente cargo de lo que ha sucedido. Alguno de los marineros habrá charlado
más de la cuenta, o se le habrá ocurrido trocar algunas especias por aguardiente, del
que carecen hace tanto tiempo, y los portugueses habrán reconocido la nave de su
mayor enemigo Magallanes. Elcano avista una embarcación que costea, dispuesta a
piratear la suya. Sólo con un acto de resuelta temeridad se puede salvar el regreso.
Mejor que dejarse pillar, a un palmo de la meta, es dejar a algunos en tierra. ¡Pecho, y
a coronar la expedición más osada que conoce la Historia! Aunque el Victoria cuenta
solamente con dieciocho hombres a bordo, muy pocos, en verdad, para la entrada en
España, Elcano manda levar anclas y montar las velas a toda prisa… Es una huida,
pero una huida hacia la gran victoria, la definitiva.
Página 158
Corto y arriesgado ha sido el alto hecho en Cabo Verde, pero a él debe Pigafetta, el
apto cronista, en los últimos momentos de su estancia, uno de los prodigios por amor
a los cuales emprendió la expedición: es el primero en observar allí uno de los
fenómenos que por su novedad y significación le absorberá durante mucho tiempo.
Los hombres que habían ido a la playa para comprar víveres traen, asombrados, la
noticia de que en Cabo Verde es jueves, mientras a bordo les aseguraban que era
miércoles. Tampoco Pigafetta sale de su asombro porque, precisamente, durante
aquel viaje de casi tres años ha llevado su dietario con toda exactitud. Sin
interrupción ha venido contando: lunes, martes, miércoles, etc., semana tras semana,
año tras año. ¿Habrá pasado por alto un día? Pregunta a Francisco Albo, el piloto, que
registra también todos los días la fecha en su libro de a bordo, y ¡tiene asimismo
aquel día registrado como miércoles! En su vuelta al mundo, siempre con rumbo al
Oeste, se les habrá escapado un día, por razones inexplicables, a los navegantes, y
cuando Pigafetta comunica el singular fenómeno, el mundo ilustrado se admira. Se ha
descifrado un secreto que ni los sabios de Grecia, ni Ptolomeo, ni Aristóteles,
pudieron concebir, y que el impulso de Magallanes estaba destinado a revelar; al fin
se ha probado, por la observación exacta, lo que Heráclito de Ponto había dado como
hipótesis cuatrocientos años antes de Jesucristo: que la esfera del mundo no
permanece fija en medio del universo, sino que se mueve con ritmo singular sobre su
propio eje, y que quien la sigue en su giro navegando hacia Occidente puede arrebatar
tiempo a la eternidad. Esta nueva experiencia, o sea que el tiempo y las horas son
diferentes según las distintas partes del mundo, ocupa a los humanistas del siglo XVI,
como al mundo actual la teoría de la relatividad. Pedro Mártir se hace aclarar
inmediatamente el fenómeno por un «hombre docto», y lo comunica al Emperador y
al Papa. Así, mientras los otros se contentan con fanegas de especias, precisamente el
modesto caballero de Rodas saca de este viaje lo más valioso en la tierra: ¡un nuevo
conocimiento!
Pero la nave no ha abordado todavía en las costas patrias. Se arrastra con sus
gimientes junturas, lenta, cansada, prodigando las últimas fuerzas. ¡Pobre Victoria!
De los camaradas que salieron en ella de las islas de las especias sólo quedan a bordo
dieciocho, y de los ciento veinte brazos sólo treinta y seis trabajan, precisamente
ahora que tanta falta hacen los puños vigorosos. Porque ya a punto de llegar al
término, les amenaza una nueva catástrofe. Las viejas tablas del barco se desencajan
y el agua se filtra sin interrupción. Intentan remediarlo por medio de una bomba. Pero
no les sirve. Lo más eficaz sería echar al agua, como lastre inútil, algo de los
Página 159
setecientos quintales de especias, para evitar el calado excesivo. Pero Elcano no
quiere desperdiciar los bienes del Emperador. Relévanse día y noche, al pie de las dos
bombas, los hombres cansados en su áspera labor de presidiario, pero al mismo
tiempo las velas exigen que alguien las cuide, y el timón alguien que lo gobierne, y
alguien que ocupe los sitios de los vigías, y así sucesivamente las cien ocupaciones
cotidianas. Llega el agotamiento. Los tripulantes andan titubeando como sonámbulos
después de noches y más noches en sus puestos sin conocer el sueño, «tanto debili
quanto mai uomzni furono» —cansados como jamás lo estuvieron seres humanos—.
Así escribe Elcano al Emperador. A pesar de lo cual, cada uno ha de hacer doble o
triple servicio. Lo hacen, exhaustos, con la esperanza de la llegada. El 13 de julio
salieron de Cabo Verde los dieciocho héroes; por fin, el 4 de septiembre de 1522, casi
tres años después de haber salido del hogar, un grito ronco de júbilo parte de la gavia.
Alguien ha avistado Cabo San Vicente. Para nosotros acaba la tierra europea en este
cabo, mas para ellos, los navegantes que han rodeado el mundo, empieza allí Europa,
el hogar. Va brotando de las ondas el áspero peñasco, a la par que el ánimo en su
corazón. ¡Adelante! ¡Sólo les falta soportar dos días y dos noches! ¡Sólo dos noches y
un día! ¡Sólo una noche y un día! ¡Sólo una noche, una sola noche… y por fin, todos
se precipitan y se apiñan con un escalofrío de felicidad! Se ve una franja plateada que
surca la tierra; el Guadalquivir, que desemboca en el mar junto a Sanlúcar. De aquí
zarparon hace tres años los barcos conducidos por Magallanes: los cinco barcos con
sus doscientos sesenta y cinco hombres. Ahora es un solo barco de poca monta el que
llega. Ancla en la misma orilla, y dieciocho hombres salen de él dando traspiés,
doblándoseles las rodillas, y besan la tierra patria, la bondadosa, la firme. En este 6 de
septiembre del año 1522 fue coronado el hecho más grande de la navegación. El
primer deber que cumple Elcano al pisar tierra es mandar una carta al Emperador con
la mala noticia. Sus hombres cogen, entre tanto, con manos codiciosas el pan caliente
y tierno que les brindan; hacía años que no habían sentido el tacto blando de la miga
del bendito pan, ni gustado el vino, la carne, los frutos de su tierra. Mirábanlos todos
impresionados, como si los vieran llegar del Hades. No quieren creer el prodigio.
Pero apenas se han confortado caen pesadamente sobre la cama y duermen, duermen
por primera vez toda una noche, como antaño, sin cuidados, con el corazón apretado
contra el de su patria.
A la mañana siguiente, un remolcador arrastra al vencedor, al Victoria,
Guadalquivir arriba, hacia Sevilla. Una vez rodeado el mundo, ya no tiene fuerzas el
Victoria para luchar contra la corriente. Parten miradas y voces de sorpresa de los
otros barcos, pues nadie tenía ya recuerdo del barco que, unos años atrás, había salido
para lejanas tierras. Hacía tiempo que Sevilla, España, el mundo, creían naufragada,
perdida, la flota de Magallanes, y ¡he aquí que el barco victorioso, trabajosamente,
pero con orgullo, va hacia el triunfo! Ya resplandece allá la Giralda, el campanario
blanco. ¡Sevilla! ¡Sevilla! Ya se dibujan la ribera, el Puerto de las Muelas, del cual
salieron. Elcano da orden de hacer unas salvas de artillería, y éste será el último
Página 160
mandato de la expedición. Retumban las salvas anchamente sobre el río. Por las
mismas bocas de acero fue saludada su partida de la patria. Los mismos cañones
solemnizaron el descubrimiento del estrecho de Magallanes y el ignoto océano
Pacífico; ellos elevaron voces de triunfo a la vista del desconocido archipiélago de las
Filipinas y anunciaron con júbilo tronitoso el cumplimiento del proyecto de
Magallanes a su llegada a las islas de las especias; ellos dieron el saludo de despedida
a los camaradas de Tidore, cuando se vieron obligados a dejar atrás, en la lejanía
mortal, el barco hermano. Pero nunca sus voces férreas sonaron con tal diafanidad y
júbilo como ahora, que propagan este mensaje: «¡Estamos de vuelta! ¡Hemos
cumplido lo que nadie alcanzó antes que nosotros! ¡Somos los primeros hombres de
todos los tiempos que han dado la vuelta al mundo!».
Página 161
Los muertos no tienen razón
Página 162
romanos ha sido superada, y vencida la oposición de la Iglesia, y la fábula ingenua de
los antípodas que andan cabeza abajo. Ha quedado fijada para todos los tiempos la
medida de la órbita de la Tierra; vendrán todavía otros valientes descubridores a
contemplar la afirmación con otras particularidades de la forma terrestre, Pero la
afirmación básica se debe a Magallanes y se mantiene incólume hasta nuestros días y
para los sucesivos. La Tierra tiene puestos sus lindes y la Humanidad disfruta de su
conquista. Con esta jornada histórica queda ensalzado el orgullo de la nación
española. Bajo el pabellón español empezó Colón el descubrimiento del mundo, y
bajo el mismo pabellón lo ha completado Magallanes. En un cuarto de siglo, la
Humanidad ha aprendido más sobre su habitación terrestre que durante los miles y
miles de años anteriores. Instintivamente, la generación que en la dicha y la
embriaguez de la gloria ha presidido esta transformación en el solo espacio de una
vida, se siente poseída de esta realidad: un tiempo nuevo, la Edad Moderna, ha
comenzado.
Página 163
someramente de una bahía en la cual habían entrado y de que la ruta buscada por
Magallanes se revelaba «inútil y sin provecho». Eran, en cambio, graves las
acusaciones que hacían al ausente. Decían que se había deshecho arteramente de los
hombres de confianza del Rey para dejar la flota a disposición de los portugueses, y
que si ellos habían conseguido salvar su barco fue gracias a haberse apoderado de
Mesquita, el primo de Magallanes, que éste había pasado de contrabando.
No de todo lo que decían los sublevados hizo caso el tribunal del Rey, y con una
imparcialidad digna de ser notada declaró sospechosas a ambas partes. Tanto los
capitanes sublevados como el fiel Mesquita fueron encarcelados, a la vez que se
prohibía salir de la ciudad a la señora de Magallanes, que aún no sabía que fuera
viuda. La decisión del tribunal del Rey fue esperar hasta que los otros barcos y el
almirante volvieran, como testimonio; pero habiendo transcurrido un año entero, y
casi un segundo año sin que tuvieran noticias de Magallanes, los sublevados
recobraban los ánimos. Pero las salvas de salutación que anuncian la vuelta de uno de
los barcos de Magallanes retumban lúgubremente en sus conciencias. ¡Están
perdidos! A Magallanes le ha salido bien la empresa, y su venganza será terrible
contra aquellos que, deshonrando el juramento y delinquiendo contra las leyes del
mar, le abandonaron cobardemente y, sublevándose contra su capitán lo aherrojaron.
¡Cómo se sienten aliviados al enterarse de que Magallanes murió! El principal
acusador enmudece. Y su confianza aumenta cuando les dicen que es Elcano quien ha
conducido el Victoria. ¡Elcano es su cómplice, uno de los conjurados de aquella
noche en Puerto de San Julián! No se atreverá a presentarse como acusador en un
delito en que él tiene parte. No se presentará a ser testigo contra ellos, sino a su favor.
Bendita sea la muerte de Magallanes y el testimonio de Elcano. Los acontecimientos
les dan la razón. Si, por una parte, Mesquita es sacado de la prisión, ellos salen
también libres, gracias a la ayuda de Elcano, y su rebelión queda olvidada en medio
de la general alegría; siempre tienen razón los vivos contra los muertos.
Página 164
Los dos hombres que Sebastián Elcano lleva a Valladolid no podían ser otros, por
lo probados, que Pigafetta y el piloto Albo; no tan clara aparece la conducta de
Elcano en lo tocante al otro deseo del Emperador, que le entregue todos los papeles
de la flota. La conducta de Elcano es ambigua, puesto que no entrega ni una sola
línea escrita por Magallanes. El único documento de éste redactado durante la
travesía debe su conservación a la circunstancia de haber caído, con el Trinidad, en
poder de los portugueses. Queda casi fuera de duda que Magallanes, un hombre tan
exacto y fanático de su deber, consciente de la importancia de su misión, llevaba un
dietario que sólo una mano envidiosa pudo destruir secretamente, de creer que a
todos aquellos que durante el viaje se habían levantado contra el caudillo, les pareció
harto peligroso que el Emperador pudiera tener noticias imparciales de aquellos
sucesos; así, desaparece misteriosamente, después de la muerte de Magallanes, hasta
la última línea de su puño, y se pierde también, cosa no menos singular, aquel gran
diario del viaje, obra de Pigafetta, y cuyo original ofreció al Emperador en esta
circunstancia. «Fra le altre cose li detti uno libro, scritto de mia mano, de tutte le
cose passate de giorno in giorno nel viaggio nostro». Porque este diario oficial no
puede identificarse de ningún modo con la narración de viaje posterior que
conocemos, y es a todas luces un simple extracto de aquél; buena prueba de ello la da
el informe del embajador de Mantua, que hace mención, en 21 de octubre, de un libro
en el cual Pigafetta escribió diariamente, «libro molto bello che de giorno in giorno li
a scritto el viaggio e pase che anno ricercato». Tres semanas más tarde, el mismo
embajador habla de un «breve extracto o summario del libro che anno portato quelli
de le Indie»; o sea lo que hoy conocemos como el informe de Pigafetta, al cual
pueden unirse, como insuficiente complemento, las anotaciones de los varios pilotos
y la carta de Pedro Mártir y de Maximiliano Transilvanus. Por qué razones este diario
de Pigafetta desapareció sin que quedara la menor huella, sólo podemos sospecharlo;
dolosamente, con el tiempo hubo empeño en oscurecer lo que hacía referencia a la
oposición de los oficiales españoles contra el portugués Magallanes, para hacer
triunfar más rotundamente a Elcano, el hidalgo vasco. También esta vez, como ocurre
a menudo en la Historia, la honrilla nacional pasa delante de la justicia.
Ya el fiel Pigafetta parecía desconcertarse al ver que Magallanes era relevado
sistemáticamente a último término. Recelaba que allí no se pesaban los méritos
equitativamente. Verdad es que en todo tiempo el mundo ha recompensado al
finalista, al afortunado que acaba un hecho, dejando en el olvido a todos aquellos que
lo han amasado y llevado a la posibilidad con su espíritu y su sangre. Pero esta vez la
repartición lleva lo injusto hasta un grado lamentable. Quien cosecha toda la gloria y
los honores y dignidades es precisamente aquel que, en el momento decisivo, quiso
poner obstáculos a la realización y se levantó contra Magallanes: Sebastián Elcano.
Queda solemnemente expiado su antiguo delito: la venta de un barco a un extranjero,
o sea lo que, en cierto modo, le impulsó a refugiarse en la flota de Magallanes, y le es
asignada una pensión vitalicia de quinientos florines de oro. El Rey lo eleva a la
Página 165
categoría de hidalgo y le otorga un escudo que señala simbólicamente a Elcano como
ejecutor del hecho inmortal. Llenan el campo dos ramas de canela cruzadas, junto con
nueces moscadas y clavos de especia, realzado con un casco y la esfera terrestre
circundada por la arrogante inscripción: Primus circumdedisti me (fuiste el primero
en rodearme). Y la injusticia sube de punto con la recompensa a aquel Estevão
Gomes que había desertado en el estrecho de Magallanes, y que ante el tribunal de
Sevilla afirmó que no se había hallado el paso y sí únicamente una bahía abierta.
Estevão Gomes precisamente, que con tal descaro negaba el descubrimiento de
Magallanes, recibe un título de nobleza por el mérito «de haber hallado el paso como
guía y primer piloto». Toda la fama, todo el mérito de Magallanes recaen en aquellos
que más encarnizadamente intentaron impedir, durante la expedición, la que fue
empresa de su vida.
Pigafetta está callado y reflexiona. Por primera vez, el que fue hasta entonces de
una buena fe encantadora, el joven modelo de fidelidad, sospecha algo de la injusticia
eterna que llena nuestro mundo. «Me ne partti de li al meglio Potei» (partí de allí en
cuanto pude). Aunque los aduladores cortesanos oculten los hechos de Magallanes,
aunque los ineptos presionen para recibir los honores a él debidos, no podrá olvidar
Pigafetta lo grande de la idea, el trabajo y los merecimientos que van unidos a la
empresa inmortal. Allí, en la corte, no puede hablar, pero por amor a la justicia se
propone legar a la posteridad la fama del gran olvidado. Ni una palabra dedicará a
Elcano en su narración del regreso: escribe invariablemente: «navegamos»,
«decidimos», para denotar que Elcano no hizo ni más ni menos que los otros, podía la
corte recompensar a los que se lucraron con la casualidad, pero a Magallanes era
debida la verdadera gloria, a él, que ya no puede verlo. Con una fidelidad
impresionante se pone Pigafetta al lado del vencido, y sale con palabra persuasiva a
favor del que ya no puede hablar. «Espero —escribe Pigafetta en la dedicatoria de su
libro al gran Maestre de Rodas— que la fama de un capitán valeroso como fue él
jamás se borrará de la memoria del mundo. Entre las otras muchas virtudes que le
adornaban, sobresalía la de su firmeza, superior a la de los demás, hasta en medio de
la mayor desgracia. Soportó el hambre con más paciencia que otro alguno. No había
otro hombre en toda la tierra tan entendido en el conocimiento de los mapas y de la
náutica. Y la verdad de esto se manifiesta en que llevó a cabo lo que antes nadie supo
ni tuvo ánimo para llegar a descubrir».
La muerte es quien descifra el último secreto vital de una figura; hasta el postrer
momento, en que su idea llega a feliz realización, no se manifiesta la íntima tragedia
de aquel hombre solitario, a quien sólo fue lícito llevar la carga de su misión, sin que
pudiera gozar del éxito final. Entre la masa de incontables millones, solamente a él lo
Página 166
escogió la suerte para tal proeza, al callado y taciturno, al encerrado en sí mismo, que
estaba dispuesto, sin dejarse doblegar, a sacrificar a su idea todo cuanto en la tierra
poseía, y su vida además. Lo eligió sólo para el trabajo, no para el goce, y una vez
terminado aquél, lo despidió como a un jornalero, sin darle las gracias. Otros
cosechan la gloria de su obra, otros echan la mano a la ganancia y disfrutan del festín;
el destino fue exigente con ese recio soldado, como él lo había sido en todo y con
todos. Solamente le otorga lo que él había anhelado con todas las fuerzas de su alma:
encontrar el camino para dar la vuelta a la tierra, la parte más venturosa de su carrera.
Lograr ver únicamente la corona de la victoria, tender la mano hacia ella, pero
cuando intenta asegurarla sobre su frente, el destino dice: «¡Basta!», y le abate la
mano ansiosamente levantada.
Esto es lo único que le fue concedido a Magallanes, el hecho, mas no su áurea
sombra: el triunfo y la gloria temporal. Nada tan conmovedor, en este instante en que
el propósito de su vida llega a realizarse, como la lectura de su testamento. Todo lo
que, a punto de regresar, fue su anhelo, se lo niega la suerte. Nada le responde de lo
que en aquella «capitulación» quiso legitimar como suyo y de los suyos. Ni una sola
disposición —literalmente, ni una siquiera— de las que con tanta previsión y tino
asentó en su última voluntad, se cumple, después de su heroico tránsito, con sus
sucesores, y le es negado despiadadamente hasta el más puro y santo de sus deseos.
Magallanes había precisado el sitio de su entierro en la catedral de Sevilla, y el
cadáver se corrompe en una playa remota. Treinta misas dispuso que fueran rezadas
sobre su tumba, y, en vez de esto, se oyen los aullidos triunfales de la horda de
Silapulapu alrededor de su cuerpo mutilado ignominiosamente. Tres pobres debían
recibir vestidos y comida el día de su entierro, y ni uno solo tendrá la comida, ni el
par de zapatos, ni el vestido gris. Nadie será llamado —ni el más humilde mendigo—
«para rezar por el bien de su alma». Los reales de plata que destinaba a la Santa Cruz,
y las limosnas para los presos, y los legados a los conventos y asilos, no serán
satisfechos. —Porque nada ni nadie se presta al cumplimiento de sus últimas
voluntades, y aun en el caso de que sus camaradas hubiesen trasladado su cuerpo al
hogar, no hubieran encontrado en éste un maravedí para pagar la mortaja.
¿Pero no son ricos, al menos, los herederos de Magallanes? ¿No va a la sucesión,
según el pacto, un quinto de todas las ganancias? ¿No es su viuda una de las señoras
de más posición de Sevilla? ¿No son sus hijos, nietos y bisnietos, los Adelantados y
Gobernadores hereditarios de las islas recién descubiertas? No; nadie hereda de
Magallanes pues nadie de su sangre vive ya para exigir la herencia, durante aquellos
tres años han muerto su esposa Beatriz y los dos hijos, todavía menores. Queda
extinguida la descendencia de Magallanes. Ni hermano, ni sobrino, ningún
consanguíneo vive para recoger su escudo. ¡Ni uno tan sólo! Fueron vanos los
cuidados del hidalgo, del esposo y del padre, y baldío el piadoso deseo del creyente
cristiano. Le sobrevive su suegro, Barbosa, pero ¡cómo debe maldecir el día en que
aquel huésped sombrío, aquel «holandés errante» entró en su casa! Hizo suya a la
Página 167
hija, y esta hija ha muerto; se llevó a su hijo en la expedición, el único hijo que tenía,
y no ha vuelto con los supervivientes. ¡Qué terrible atmósfera de desdichas en torno
al hombre único! A quien fue su amigo y su apoyo lo ha arrastrado a su mismo
destino siniestro, y quien en él confiaba lo ha pagado caro. A todos los que estaban
con él y por él, les ha sorbido la felicidad, como un vampiro, en los azares de su
acción: Faleiro, su asociado un tiempo, se ve preso al llegar a Portugal. Aranda, que
le allanó el camino, envuelto en infamantes inquisiciones, pierde todo el dinero que
por Magallanes había arriesgado. Enrique, a quien había prometido la libertad, vuelve
a ser tratado como esclavo. Mesquita, su primo, es aherrojado tres veces por haberle
sido fiel; Serrão y Barbosa le siguen en la muerte con pocos días de diferencia, como
arrastrados por el mismo sino, y únicamente el que le ha sido contrario, Sebastián
Elcano, se hace con toda la gloria y la ganancia de los que murieron fieles.
Circunstancia más trágica todavía: el mismo hecho a que Magallanes lo ha
inmolado todo, incluso él mismo, resulta vano, al parecer. Magallanes quiso ganar, y
ganó, las islas de las especias para España, poniendo su vida en la empresa, y he aquí
que lo que él empezó como gesta heroica acaba en mísero mercado: por trescientos
cincuenta mil ducados revende el emperador Carlos a Portugal las islas Molucas. El
camino de Occidente que encontró Magallanes es poco frecuentado, el estrecho que
él inauguró no reporta dinero ni ganancia alguna. Hasta después de su muerte
persiguió la desdicha a quienes en Magallanes confiaron, pues casi todas las flotas
españolas que quieren emular su arrojo de navegante naufragan en el estrecho de su
nombre, y los españoles y los navegantes, temerosos, preferirán arrastrar sus
cargamentos en largas caravanas por el estrecho de Panamá, antes que correr el riesgo
de cruzar los sombríos fiordos de la Patagonia. Tan general se hace al fin la
reputación de peligroso del estrecho de Magallanes —cuyo descubrimiento tan
universalmente fue festejado—, que cayó en olvido dentro de la misma generación,
convirtiéndose en un mito, como antes. Treinta y ocho años después de la travesía de
Magallanes, en el famoso poema La Araucana se manifiesta abiertamente que el
estrecho de Magallanes ya no existe, que se ha hecho difícil de hallar e intransitable,
ya sea porque un monte lo ataje o porque una isla se le interponga.
Tan desechado queda, tan legendario se hace, que el osado pirata Francis Drake lo
utilizará, medio siglo más tarde, como escondrijo, para, desde allí, irrumpir en las
colonias españolas de la costa occidental y saquear los barcos que llevan la plata.
Hasta entonces no vuelven a acordarse los españoles de la existencia del estrecho, y
Página 168
construyen a toda prisa una fortificación para impedir el paso a otros filibusteros.
Pero la desdicha persigue a todos cuantos son seguidores de Magallanes. La flota que
Sarmiento conduce al estrecho por encargo del Rey, naufraga; la fortaleza que ha
construido se derrumba lastimosamente y el nombre «Puerto del Hambre» perpetúa
los horrores sufridos por sus colonizadores. Unos pocos balleneros que van y vienen
son los únicos barcos que frecuentan el estrecho de Magallanes, el que éste había
soñado como la gran vía comercial de Europa a Oriente. Y cuando un día de otoño
del año 1913 el presidente Wilson aprieta en Washington el botón eléctrico que abre
las compuertas del canal de Panamá, y con ello une para siempre ambos océanos, el
Atlántico y el Pacífico, queda el estrecho de Magallanes reducido a la inutilidad
absoluta. Sellado su destino, desciende a la categoría de puro concepto histórico, de
simple idea geográfica. No es ya el tan buscado paso la ruta de millares y millares de
barcos, ni el más próximo y rápido camino de las Indias; ni es más rica España ni más
poderosa Europa por su descubrimiento; hoy mismo, de todas las zonas del mundo
habitables, las costas entre Patagonia y Tierra del Fuego cuentan como las más
abandonadas y pobres de la tierra.
Pero, en la Historia nunca la utilidad práctica determina el valor moral de una
conquista. Sólo enriquece a la Humanidad quien acrecienta el saber en lo que le rodea
y eleva su capacidad creadora. En este sentido, la hazaña de Magallanes supera a
todas las de su tiempo y significa para nosotros una gloria singular en medio de sus
glorias: la de no haber inmolado, como ocurre la mayor parte de las veces, la vida de
miles y centenares de miles por su idea, sino solamente la propia vida.
Por la gracia de tal heroísmo perdurará la proeza magnífica de esos cinco
endebles y solitarios barcos que salieron para la guerra santa de la Humanidad contra
lo ignoto; e inolvidable será también el nombre del primero que defendió la idea
osada de la vuelta al mundo hasta la última de sus naves. Porque con la medida del
circuito de nuestro planeta, perseguida en vano desde hacía mil años, la Humanidad
adquiere una nueva idea de su capacidad, puesto que, en la magnitud del espacio
ganado, se le revela, acrecentando su gozo y su valor, la propia grandeza. El hombre
da lo mejor de sí con un ejemplo, y si hay un hecho que pruebe algo es el de
Magallanes, que, contra todo olvido, traspasará los siglos para dar testimonio de que
cuando una idea vuela con las alas del genio, cuando se lleva adelante
denodadamente y con pasión, es más fuerte que todos los elementos de la Naturaleza;
y que está destinado siempre al hombre único, a un individuo con su menguada vida
fugaz, el poder convertir en realidad y en verdad perdurable lo que ha sido un deseo
soñado durante las cien generaciones que le precedieron.
Página 169
STEFAN ZWEIG, (Viena, 1881 - Petrópolis, Brasil, 1942). Fue un escritor
enormemente popular, tanto en su faceta de ensayista y biógrafo como en la de
novelista.
Su capacidad narrativa, la pericia y la delicadeza en la descripción de los
sentimientos y la elegancia de su estilo lo convierten en un narrador fascinante, capaz
de seducirnos desde las primeras líneas.
Es sin duda, uno de los grandes escritores del siglo XX, y su obra ha sido traducida a
más de cincuenta idiomas. Los centenares de miles de ejemplares de sus obras que se
han vendido en todo el mundo atestiguan que Stefan Zweig es uno de los autores más
leídos del siglo XX.
Zweig se ha labrado una fama de escritor completo y se ha destacado en todos los
géneros. Como novelista refleja la lucha de los hombres bajo el dominio de las
pasiones con un estilo liberado de todo tinte folletinesco.
Sus tensas narraciones reflejan la vida en los momentos de crisis, a cuyo resplandor
se revelan los caracteres; sus biografías, basadas en la más rigurosa investigación de
las fuentes históricas, ocultan hábilmente su fondo erudito tras una equilibrada
composición y un admirable estilo, que confieren a estos libros categoría de obra de
arte.
En sus biografías es el atrevido pero devoto admirador del genio, cuyo misterio ha
desvelado para comprenderlo y amarlo con un afecto íntimo y profundo.
Página 170
En sus ensayos analiza problemas culturales, políticos y sociológicos del pasado o del
presente con hondura psicológica, filosófica y literaria.
Página 171