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Laicidad

Este documento presenta conceptos sobre laicidad y laicismo. Brevemente describe la historia de la educación laica en Uruguay, impulsada por José Pedro Varela en el siglo XIX. Luego define la secularización como la pérdida de influencia social de la religión, mientras que la laicidad garantiza la independencia de las personas respecto a organizaciones religiosas. Finalmente, plantea algunas situaciones problemáticas relacionadas a la aplicación de la laicidad en la educación y la libertad de expresión.

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Laicidad

Este documento presenta conceptos sobre laicidad y laicismo. Brevemente describe la historia de la educación laica en Uruguay, impulsada por José Pedro Varela en el siglo XIX. Luego define la secularización como la pérdida de influencia social de la religión, mientras que la laicidad garantiza la independencia de las personas respecto a organizaciones religiosas. Finalmente, plantea algunas situaciones problemáticas relacionadas a la aplicación de la laicidad en la educación y la libertad de expresión.

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ÍNDICE

1. Acerca de esta presentación……………………3


2. Breve Reseña histórica………………………….4
3. Laicidad y laicismo……………………………….5
4. Laicidad y Democracia…………………………..8
5. Situaciones problemáticas………………………9
i) Laicidad en las creencias: ¿verdadera convivencia
o pretexto para la represión?.....................................10
ii) El carácter dogmático de la dicotomía entre ciencia
y religión…………………………………………………12
iii) ¿Laicidad? ¿proselitismo?..............14
iv) Laicidad y libertad de expresión…..16
6. Interrogantes y conclusiones……………………18
7. Referencias……………………………………….20

2
Acerca de esta presentación
En este trabajo abordamos el concepto de laicidad. Con tal propósito, tomamos ideas de
diversos autores, del ámbito nacional como José Pedro Varela y Reina Reyes, como
también de la autora canadiense contemporánea de nombre Micheline Milot. La idea detrás
de esta presentación es exponer conceptos teóricos de los trabajos de los autores
mencionados para plantear situaciones concretas referentes a la laicidad en la esfera de la
educación, algunas de las cuales fueron tomadas directamente de nuestras propias
experiencias y puntos de vista para ser analizadas a la luz de la bibliografía.

Al tratarse de temas en cierta medida polémicos, resulta inevitable exponer puntos de


vista personales con cierto grado de carga ideológica y subjetiva. El componente
‘anecdótico’ y el posicionamiento personal, tanto como el planteo de interrogantes que
invitan a la reflexión sobre estos temas que a menudo suscitan el debate forman parte de
este trabajo y no es nuestra intención el relegarlos únicamente al terreno de la objetividad y
la neutralidad. Se trata justamente, en vista de lo que nosotros entendemos por laicidad, de
expresar nuestro parecer en el espacio que ofrece esta tarea en este curso de pedagogía.

No es nuestra intención el extendernos demasiado en la reseña histórica ni tampoco


profundizar exhaustivamente en los acontecimientos pasados, si bien se hace necesario
establecer un punto de referencia que enmarque un contexto que sirva para orientar la
narrativa y la reflexión.

Durante la investigación y la recopilación de ideas, encontramos un concepto central que


se repite a lo largo de muchas décadas (o incluso siglos) y que hemos adoptado como uno
de los ejes principales de esta exposición: la dicotomía entre laicidad y laicismo. Una rápida
búsqueda en internet arroja resultados varios acerca de esta temática concreta, pueden
encontrarse abordajes diversos tanto específicos del ámbito de la educación pública como
también más generales, procedentes de países europeos, latinoamericanos y países de la
anglo-esfera. Extendernos demasiado en la bibliografía no era la intención en este trabajo,
de todas formas resulta relevante esta acotación para remarcar lo preponderante de la
temática, tanto a través de distintas épocas como de distintas sociedades (si bien podría
decirse que se trata de sociedades occidentales con las cuales compartimos un alto grado
de similitud, si se compara con sociedades orientales que difieren en mucho mayor medida
de la nuestra y que no abordamos en este trabajo).

En otras palabras: el concepto de laicidad difiere en gran medida según a quién se


pregunte. Existen muy diversas visiones -muchas veces directamente enfrentadas unas con
otras- y al tratarse de un concepto estrechamente entrelazado con los derechos humanos y
la vida democrática en tolerancia hacia los demás, el hecho de que laicidad sea un
concepto tan esquivo y maleable es ciertamente motivo de preocupación (o al menos de
reflexión, para quitar un poco de dramatismo). Si bien la secularización es un aspecto clave
de la modernidad y puede encontrarse allí un grado de consenso por parte de diversos
actores, la tolerancia hacia las diferencias ideológicas y el rol del Estado a través de sus
instituciones para armonizar esas diferencias es ciertamente motivo de debate, desde los
albores de la Revolución Francesa hasta nuestros días; parece ser una cuestión de nunca
acabar.

3
Breve Reseña histórica
En esta sección se expone un breve recorrido histórico sobre los orígenes del término,
sobre todo en relación a la educación. Un claro referente de educación laica a nivel nacional
es Jose Pedro Varela, quien, tomando como referencia distintos países donde se iba
aplicando este concepto a la educación, fue formulando el significado que conforma para
nuestro país el comienzo de una educación laica.
En su libro La educación del pueblo, Varela (1874) plantea que: ‘Cuando se trata de la
escuela pública, abierta a los niños de todas las creencias, y encargada de perseguir no un
fin religioso, sino un fin social, a nuestro modo de ver, la única solución justa, y conveniente
a la vez, que puede dársele, es la que han adoptado los países que, como la Holanda y los
Estados Unidos, han establecido la escuela laica…la escuela laica responde fielmente al
principio de la separación de la Iglesia y del Estado’. (p. 97).

Así lo fue constatando en viajes realizados al exterior donde eran visibles la diversidad
de creencias, opiniones, ideas. En su obra escribe: ‘Se eleva el nivel moral e intelectual de
la sociedad, las naciones se alejan de la ignorancia, y aumenta el caudal de su sabiduría…
Las repúblicas sudamericanas, al norte y al sur del Ecuador, crecen y se engrandecen,
como la antigua Roma, recibiendo en su seno a ciudadanos de todos los países, a sectarios
de todas las creencias’. (Varela, 1874, p. 100)
Toma como ejemplo a los Estados Unidos donde los inmigrantes aumentaron su número
hasta representar dos terceras partes de la población en aquellos años. Varela remarca un
aumento de inmigrantes y por tanto un aumento de diversidad religiosa. Se preguntaba
entonces en relación a la educación: ‘¿Qué haréis de todos los protestantes venidos al país,
o nacidos en él, que hay en la República? Millares de inmigrantes, no católicos, nos llegan
todos los años de Inglaterra, de Francia, de Alemania, de todos los países donde domina el
Protestantismo. ¿Qué haremos con ellos y con sus hijos si persistimos en imponer en las
escuela la enseñanza de la religión Católica?’ (Varela, 1874, p. 101)
El surgimiento en nuestro país de una educación laica puede trasladarse al conflicto que
el mismo término arrastra desde Francia con la Revolución Francesa de 1789, donde los
revolucionarios le dieron a la palabra laicidad una connotación antirreligiosa. Sin embargo,
Varela mirando el ejemplo de otros países, no tenía como idea eliminar la religión sino más
bien la enseñanza dogmática. Así lo expresa:

‘Los Estados Unidos, el Alto Canadá, la Holanda, son


acaso los pueblos en que más hondamente arraigada
está la religión en las almas, en que ejerce mayor influencia,
y en que con más actividad concurre a la moralización de la
vida nacional’. (Varela, 1874, p. 104).

Estados Unidos es uno de los ejemplos paradigmáticos en los que se inspira Varela. Una
nación caracterizada desde sus inicios por la separación entre Iglesia y Estado, tolerante
con la diversidad de creencias y faro de la libertad de expresión (primera enmienda de su
Constitución), que a su vez se consolida como una nación próspera en base a un alto nivel
de instrucción, industrialización y libertad para sus ciudadanos (en tiempos posteriores a la
Guerra de Secesión). Contrariamente a lo que acontece luego cuando avanza la historia, los
Estados Unidos de aquellos tiempos logran alcanzar un alto nivel de bienestar y desarrollo

4
sin recurrir al ‘imperialismo belicista’ ni tampoco a la explotación financiera y el saqueo de
recursos de otras naciones y otros pueblos (características de la dominación
estadounidense fuera de fronteras de la segunda mitad del siglo XX). Existe un contraste
con la España de la época, donde domina la enseñanza dogmática y el desarrollo como
nación es mucho menor. Esto explica en buena medida el rechazo al modelo de influencia
clerical y la predilección por la laicidad (que no conlleva prejuicios antirreligiosos).

Es así como va tomando forma el nuevo modelo de educación que se fue


implementando en nuestro país. En el año 1909 se promulga la ley n. 3441 donde se
dispone que: ‘Desde la promulgación de la presente ley, queda suprimida toda enseñanza y
práctica religiosa en las escuelas del Estado’. Queda así finalmente consagrada la
educación laica en nuestro país, proceso iniciado por Varela alrededor del año 1877.
En 1918 la laicidad se afianza en la Constitución de la República, en su artículo n. 5, el
cual establece que: ‘Todos los cultos religiosos son libres en el Uruguay’ y que ‘El Estado no
sostiene religión alguna’.

Laicidad y Laicismo
Luego de la reseña histórica, y antes de definir los términos laicidad y laicismo, resulta
pertinente delimitar el concepto de secularización característico de la modernidad (al menos
en el hemisferio occidental), para que ‘secular’ no sea confundido con el adjetivo ‘laico’ (si
bien están relacionados). En su obra La laicidad, Micheline Milot (2008) se refiere a la
secularización de la siguiente manera:

Corresponde a una pérdida progresiva de pertinencia social y


cultural de la religión como cuadro normativo orientador de las
conductas y de la vida moral del conjunto de la sociedad [...] Si
la religión permanece pertinente para los individuos y legítima
socialmente, no puede imponerse más al conjunto de la
sociedad. (p. 27).

Entendemos por laicidad a la corriente de pensamiento que defiende la independencia de


la persona respecto de cualquier organización o confesión religiosa, dicha independencia es
lo que coloquialmente se conoce como ‘libertad de culto’ o ‘libertad de creencias’ en lo que
respecta a la fe religiosa (también podría aplicarse a la libertad de pensamiento político y
afiliación a tal o cual espacio). En el discurso, la gran mayoría de las personas manifiestan
estar de acuerdo con este concepto de libertad (al menos en nuestro país y podría decirse
que en la civilización occidental). Asimismo, la legislación de los Estados garantiza este
derecho humano fundamental. No obstante, en los hechos, la laicidad suscita un buen
número de cuestiones relativas a su implantación, su regulación, su adquisición y a sus
límites (Milot, 2008).
La laicidad se basa en dos elementos: la separación y la neutralidad. El orden político se
encarga de elaborar normas colectivas de interés general, y es libre de hacerlo sin el control
de ninguna religión o convicción particulares que domine las instituciones públicas. Esto se
entiende por separación. La neutralidad es una exigencia restrictiva que el Estado debe
necesariamente imponerse para no favorecer ni perjudicar, directa o indirectamente, a

5
ninguna religión. Sin embargo, el Estado tiene el deber de velar para preservar el orden
público y la libertad de los individuos, lo que podría comprometer la manifestación de ciertas
convicciones religiosas. Cabe recordar que el Estado es el representante del conjunto de
la sociedad, y no de una de las partes de la sociedad ni de las mayorías políticas o
circunstanciales (Milot, 2008). El deber del Estado, y podría decirse que su razón de ser, es
el de buscar armonizar la confrontación entre los distintos elementos de una sociedad y no
el de legitimar la imposición de las mayorías por sobre todo el resto. Podrá parecer evidente
y seguramente muchos manifiesten estar de acuerdo con este postulado en el discurso,
pero en la acción esto sencillamente no se cumple con igual intensidad ni constancia y no
resulta difícil comprobarlo si uno está dispuesto a despojarse de la rigidez ideológica
característica de, por ejemplo, el discurso de la lucha de clases del marxismo clásico que
aboga por la dictadura del proletariado, en sus múltiples formas o matices (esta es una
opinión personal, y no debe interpretarse como apologista de la explotación mercantilista
que hace de base para el paradigma socio-económico vigente en la enorme mayoría de las
sociedades a lo largo y ancho del mundo).

En su artículo, Néstor Da Costa (2009) habla de tres posiciones para clasificar la laicidad en
tres categorías. Una posición de ‘laicidad intransigente’, caracterizada por un marcado
prejuicio antirreligioso que extiende -en nuestra opinión- de manera muy poco acertada el
prejuicio anti-clerical originado por factores preponderantemente históricos hasta niveles
absolutamente hiperbólicos de manera errónea e injustamente generalizante. Tal vez esta
postura no resulte popular en el discurso, pero sin embargo no es difícil de encontrar en los
hechos. Aquí viene a colación el concepto de ‘tolerancia’ que paralelamente al de laicidad,
también es víctima de la tergiversación y de interpretaciones contrapuestas que se
enfrentan en los campos de batalla ideológicos, y no se trata únicamente de debates acerca
de ficciones teóricas, sino que por el contrario, esto afecta en gran medida la convivencia y
el bienestar de los integrantes de una sociedad, no tardando en encender pasiones y
alejándose dramáticamente del ‘sano debate’. No es la intención señalar con el dedo y
repartir culpas, es entendible que para muchos los asuntos de posicionamiento
político-filosófico y religioso resulten de gran relevancia, al grado de generar confrontación.
Ahora, hay que recordar que entre la confrontación y la intolerancia existe una línea muy
delgada que todos alguna que otra vez cruzamos. Hay que tener la humildad suficiente para
saber que el respeto hacia el que piensa distinto es más importante que el poder sostener
una postura frente a un debate. Después de todo, si existe firmeza de convicciones, nunca
se debería estar dispuesto a pagar el precio de la enemistad para poder cosechar cierto
grado de validación y reconocimiento por parte de terceros (algo tan característico de
quienes carecen de auténtica convicción e independencia de pensamiento). ‘Con la verdad,
ni ofendo ni temo’ no es un permiso para ir por la vida haciéndose de enemigos.
Simplemente no lo vale, la agresividad no es sinónimo de fuerza argumentativa, sino más
bien de debilidad. Es un buen criterio para saber con quién intercambiar ideas y debatir,
muchas veces simplemente hay que darse la vuelta y no darles lo que quieren (aunque sea
una lucha interna constante por contener el orgullo y la soberbia, no hay que caer en la
trampa).
En segundo lugar, existe otro tipo de laicidad que se basa en la necesidad de mantener
separados los asuntos confesionales del Estado y de lo educativo, pero sin dejar de
reconocer, respetar y valorar las distintas expresiones de religiosidad. Una ‘laicidad plural’.
En el ámbito educativo, cabría aceptar la inclusión de lo religioso pero sin que ello implique
ningún grado de confesionalización. Esto es, a nuestro entender y en palabras menos

6
abstractas, aceptar la diversidad en las creencias relacionadas con la fe y que puedan
expresarse siempre y cuando no resulte en detrimento del funcionamiento del ámbito de
(por ej.) una clase. ‘Él es judío, ella es católica, él es umbandista, ellos son materialistas’…
cada uno que crea lo que su conciencia le dicte y es libre de expresarlo en tanto no sea con
el fin de agraviar ni buscar validación. Desde nuestro punto de vista, nos adherimos a esta
concepción.
Por último, también existe una concepción negadora de la laicidad que reclama la
inclusión de la confesionalidad en el espacio público. No nos detendremos en esta postura,
pero cabe remarcar que una porción para nada insignificante de la población mundial se
adhiere a esta postura (en especial, y muchas veces de manera preocupante, en los países
musulmanes).
Señala Da Costa (2009) que las posiciones primera y tercera son de confrontación. La
segunda posición (plural) es probablemente la mayoritaria en la sociedad uruguaya, pero al
no disponer de estructuras dedicadas a su promoción es la menos frecuente de encontrar
en los debates y discusiones. En otras palabras, las minorías son a menudo las que gritan
más fuerte y esto puede conducir fácilmente a una percepción distorsionada de la verdadera
proporcionalidad.
Es cuando se exagera la laicidad hasta el extremo de negar e impedir que en la sociedad
existan organizaciones o confesiones religiosas cuando se cruza al terreno del laicismo
(Milot, 2008). Irónicamente, ‘El laicismo se hace ideología y toma, con frecuencia, la forma
de dogmatismo religioso’ (Milot, 2008, p. 12). Un ejemplo contundente si bien bastante
exótico es el caso de la sociedad norcoreana, ‘el reino ermitaño’, ‘la monarquía comunista’,
‘el culto al grandioso líder Kim Jong Un’. Triste ejemplo de los extremos de la opresión y la
subyugación, sostenido en base a décadas de incansable adoctrinamiento y decenas de
miles de piezas de artillería, millones de combatientes e incluso un arsenal nuclear
apuntando hacia todos aquellos que tengan la osadía de entrometerse. No es el propósito
de este trabajo el adentrarse en esta cuestión particular pero sí que invita a la reflexión, no
para medir ‘qué tanto (o tan poco) nos parecemos a ellos’ sino para estar atento de no dar
nunca ningún paso en esa dirección (por más ‘pasito’ pequeño que sea). Resulta
preocupante constatar que aun en el ‘mundo libre’ pueden encontrarse similitudes. La vida
en libertad y democracia requiere de una constante vigilancia –haciendo eco de los valores
fundacionales de los Estados Unidos de América y de grandes presidentes como J. F.
Kennedy y Dwight Eisenhower.
Volviendo al ámbito nacional, vale traer a colación un discurso del Presidente de la
República Dr. Tabaré Vázquez (julio de 2005). Vázquez distingue laicidad de laicismo, al
referirse a la laicidad como ‘un marco de relación en el que los ciudadanos podemos
entendernos desde la diversidad, pero en igualdad’, y afirmando que ‘la laicidad no es
incompatible con la religión; simplemente no confunde lo secular y lo religioso. La laicidad
no es empujar por un solo camino y esconder otros. La laicidad es mostrar todos los
caminos y poner a disposición del individuo los elementos para que opte libre y
responsablemente por el que prefiera […] La laicidad es asumir el compromiso de la
igualdad en la diversidad’.
Para terminar esta sección, algunas cuestiones que encontramos relevantes.
Contrariamente a una buena parte del imaginario colectivo, Milot (2008) sostiene que un
Estado que se proclama ateo no podrá ser considerado como laico. Vienen a la mente
los regímenes políticos comunistas (mayoritariamente extintos al día de hoy) e incluso el
nazismo, caracterizados por un posicionamiento acorde a una concepción particular de la
vida que se impone a todos los ciudadanos y cuyo grado de adhesión determina un trato

7
preferencial o un castigo ejemplarizante. En estos casos, definitivamente, el Estado pierde
su neutralidad (algo que sin lugar a dudas nunca fue la intención en estos ejemplos). Cabe
remarcar que un Estado que carece de una religión oficial (como Uruguay) no es
necesariamente un Estado ateo, algo que a menudo se presta para la confusión.
Asimismo, un Estado que adopta una religión oficial puede ser a la vez laico, en el
sentido que no existe legalmente ningún trato preferencial para quienes libremente optaron
por profesar la religión oficial (ni tampoco ningún castigo o limitación para quienes
decidieron no hacerlo). Un ejemplo de esto es la Argentina, que es un Estado laico a la vez
que establece en el art. 2 de la Constitución Federal que ‘el Gobierno Federal sostiene el
culto Católico Apostólico Romano’.
Y por último, ¿un creyente puede ser favorable a la laicidad? Para responder esta
interrogante nos adherimos a lo que expresa Milot (2008) en su obra:
La laicidad permite devolver a la expresión religiosa de los creyentes su significado
esencial, colocándola en el corazón de la experiencia de fe, más bien que en una
instrumentalización política o una etiqueta social. Para el creyente, la laicidad constituye
una garantía de la libertad de elección en materia de religión. (p. 73).

Laicidad y Democracia
Creemos relevante, y así lo plantea una de las autoras nacionales en cuyos textos
estuvimos profundizando, como lo es Reina Reyes en su libro El derecho a educar y el
derecho a la educación, que la laicidad se encuentra estrechamente relacionada con la
democracia. Para adentrarnos en la cuestión es necesario detenernos en algunos
conceptos como la libertad en relación con el pensamiento, la autonomía y la expresión.

‘Se afirma que la laicidad es condición intrínseca del ideal democrático’ (Reyes, 1967, p. 50)
pero para ello es necesario diferenciar dos formas de libertad, al menos así lo plantea
Reyes y nosotros creemos importante realizar esa diferenciación. Una se trata de la
libertad-autonomía y la otra de la libertad-social.
Si bien la laicidad tiene que ver con lo que se hace público y con el colectivo, ‘La laicidad
es función social, ya que solo se acusa en situaciones sociales’ (Reyes, 1967, p. 50), hay
otros aspectos que tocan la laicidad y que hacen a la democracia. Como la libertad de
pensamiento que tiene que ver con la libertad-autonomía que Reyes plantea en su libro y
que responde a una estructura de personalidad. Resaltamos este punto debido a que la vida
en sociedad obliga a un diálogo entre la libertad del hombre y la sumisión a las
disposiciones legales del orden democratico, en palabras de Reyes (1967): ‘El hombre, para
ser libre, debe estar en actitud de continua defensa frente a las múltiples amenazas de
enajenación a que está expuesto. El hombre, por lo mismo, es más o menos libre en cada
una de sus situaciones vitales y el grado de su autonomía en cada caso depende de su
capacidad reflexiva y de su equilibrio emocional’. (p. 49)

Por tanto, esto que parece ser más de índole personal y que tiene que ver con la libertad
de pensamiento, es un aspecto de nuestra democracia y así lo plantea el art. 29 de nuestra
Constitución al establecer que ‘Es enteramente libre en toda materia la comunicación de
pensamientos por palabras, escritos privados o publicados en la prensa, o por cualquier otra
forma de divulgación, sin necesidad de previa censura; quedando responsable el autor [...]’.
([Link]

8
Pero no se trata solo de lo que pensamos, sino de la comunicación de nuestros
pensamientos, es decir, nuestra libertad de expresión. ‘La libertad de expresión es una
libertad social y, en relaciones personales de igualdad, reclama el respeto a la libertad de
pensamiento y de expresión de otros…este juego de libertad y de respeto a la libertad en el
orden de pensamiento, esta relación de derecho y de deber, es lo que constituye la laicidad’.
(Reyes, 1967, p. 50)
A lo largo del ensayo iremos abordando distintas situaciones -sean experiencias
personales como también hechos acontecidos en otros países- donde se evidencia de algún
modo ese juego de libertad y de respeto a la libertad, sobre todo porque, como sostiene
Reyes (1967), la actitud laica se evidencia cuando hay un otro que discrepa con mi
pensamiento.
Entendiendo que el derecho a expresar nuestros pensamientos adquiere significado tan
solo si somos capaces de tener pensamiento propios, queda planteada la interrogante:
¿somos capaces de adoptar una actitud laica frente a alguien que piensa distinto? ¿Qué
dice nuestra práctica acerca de lo que entendemos por laicidad? ¿Cómo damos forma a la
vida democrática? ¿Qué entendemos por tolerancia?.

Situaciones problemáticas
Esta sección se enfoca en situaciones puntuales que invitan a la reflexión acerca de la
laicidad en el ámbito educativo. Con tal propósito, se hace referencia a cuestiones de
relevancia internacional (de carácter más genérico) y también a episodios puntuales de la
práctica docente que formaron parte de nuestra experiencia. A la luz de lo que ofrecen los
materiales referenciados previamente en este trabajo así como también en concordancia
con nuestras propias posturas personales al respecto, se ofrecen elementos para la
reflexión sobre la práctica docente mediante el relato crítico de estos episodios puntuales.
Podrían clasificarse estas temáticas en dos grupos: acerca de la laicidad en lo referente a
creencias religiosas y también sobre la laicidad en lo que respecta a posturas políticas y de
proselitismo de corte político-partidario. Vienen a la mente en buena medida conceptos de
Paulo Freire: el educador es un ser político, y es de gran relevancia la reflexión acerca de la
relación entre nuestra teoría y nuestra práctica.

Quizás parezcan episodios demasiado infrecuentes, cabe recordar que ciertamente no


son nuestra especialidad ni la filosofía, ni la teología, ni la ciencia política ni mucho menos la
confección de políticas públicas. Nuestra tarea es enseñar Biología y enseñar Física, no es
la intención desviarnos de los objetivos principales que orientan nuestra labor. Sin embargo,
eso no quiere decir que jamás se deba intervenir en cuestiones que puedan aparecer en el
transcurso del ejercicio de nuestra profesión. No es posible la ‘no intervención’, debido a
que la inacción absoluta (confundida a menudo con una postura neutral) lo que termina
logrando es ‘naturalizar’ todo lo que acontece, lo opuesto a fomentar el espíritu crítico y el
libre pensamiento. Tampoco se trata de pasarse para el otro lado y convertir todo en
polémica dentro de un aula, saboteando tanto nuestra labor así como nuestras intenciones.
Se trata de encontrar un balance. Nuevamente viene a la mente un concepto que expresa
Paulo Freire en una de sus cartas dirigidas a los educadores: el equilibrio entre el discurso
impaciente y el discurso demasiado paciente, no caer en los extremos (algo que vale la
pena tener en cuenta de manera permanente). El objetivo de estas reflexiones no es otro

9
que el de mejorar nuestra preparación para que nuestra práctica resulte de la mejor manera
posible, acorde a la concepción de educación que vamos construyendo ya desde estas
etapas tempranas.

i) Laicidad en las creencias: ¿Verdadera convivencia o pretexto para la represión?

Hemos visto desde el origen de este término, que la laicidad se asocia sobre todo a las
creencias religiosas, aunque en nuestra sociedad posmoderna está también incluída la
política partidaria e ideologías que van surgiendo.

Anteriormente nos referimos al origen del término laicidad, el cual tardó en traducirse al
francés debido al conflicto que esta palabra arrastraba desde la revolución francesa, cuyos
revolucionarios eran sobre todo anti-clericales. La transformación de este término a lo largo
de las épocas ha provocado lo que Reyes (1967) plantea cuando afirma que:

‘Si con respecto a varias palabras se ha experimentado la necesidad de diferenciar su


contenido ideológico del sentido con que se las ha usado o se usa, en lo que se refiere al
término laicidad tal práctica resulta ineludible. Tal vez no exista palabra en nuestro idioma
que genere más enconadas oposiciones ideológicas que la palabra laicidad […] Ha tenido la
cualidad viva de modificarse y crecer en la vida del pensamiento’. (p. 45).

En esta sección nos enfocamos en una situación vivida a nivel internacional


(prácticamente en toda Europa occidental) donde aflora esta problemática. Más
precisamente, en Francia, está sobre la mesa nuevamente un debate que viene de larga
data: la libertad religiosa y la laicidad en los centros de estudio públicos. Las autoridades
francesas pretenden implementar normas que prohíban definitivamente, dentro de los
centros educativos estatales, el uso de vestimentas características de los pueblos islámicos
(la abaya, prenda tradicional usada por las mujeres musulmanas). Una cosa fácilmente
entendible, es quitar la prédica o cualquier tipo de activismo de promoción religiosa que
rápidamente podría terminar degenerando en un clima de extrema beligerancia, sea de la
religión que sea. Pero otra cosa es pretender erradicar cualquier expresión de creencias o
cultura independientemente de si interfieren o no con el propósito formador del centro de
estudios y su funcionamiento. Nos preguntamos entonces dónde está el límite. ¿Qué tan
cerca se está de que el principio de laicidad sea usado como pretexto para la represión?
¿Cómo se debería hacer para congeniar el principio de laicidad con el de multiculturalismo?
¿Es realmente posible la convivencia pacífica entre distintas culturas, o es una mentira que
todos preferimos creer? Podrá sonar desesperanzadamente pesimista pero, ¿acaso las
visiones más intolerantes de la laicidad no son las que siempre están ahí amenazando con
imponerse?

Más allá de las interrogantes, y de lo lejana que pueda parecernos a nosotros este
ejemplo puntual relativo al Islam, algo queda claro: los sistemas educativos son actores con
roles protagónicos de primer orden en lo referente a la tolerancia y a la convivencia, y tanto
la inacción como la acción ineficaz pueden tener consecuencias catastróficas. Desde la
perspectiva individual de cada uno, cabe recordar que este accionar del sistema educativo
no es otra cosa que la suma (o combinación) del rol de cada uno, nadie está libre de
responsabilidad, por más mínima que pueda parecernos nuestra participación.

10
En este sentido, en relación a la responsabilidad que a cada uno le toca con respecto a
la educación, encontramos una carta escrita por Jean Jaurés, fundador del partido socialista
francés, dedicada a su hijo quien le solicitaba ser eximido de clase de religión en el colegio.
Nos parece un excelente ejemplo de responsabilidad y una gran lección de tolerancia. Este
escrito decía lo siguiente:

Querido Hijo, Me pides un billete que te exima de cursar la


religión, un poco por tener la gloria de proceder de distinta
manera que la mayor parte de tus condiscípulos, y temo que
también un poco para parecer digno hijo de un hombre sin
convicciones religiosas. Ese billete, querido hijo, no te lo
envío, ni te lo enviaré jamás. No es que desee que seas
clerical, a pesar de que no hay en esto ningún peligro, ni lo
hay tampoco en qué profeses las ideas que te expondrá tu
profesor.

Cuando tengas la edad suficiente para juzgar, serás


completamente libre; pero tengo decidido que tu instrucción y
tu educación sean completas, y no lo serían sin el estudio de
la religión…He dicho que quería que tu instrucción fuera
completa. ¿Cómo lo sería sin un conocimiento suficiente de las
cuestiones religiosas, sobre las que todo el mundo discute?
¿Quisieras tú por ignorancia voluntaria, no poder decir una
palabra sobre este asunto, sin exponerte a soltar un
disparate? Estudias mitología para comprender la historia y la
civilización de los griegos y romanos, ¿y qué comprenderías de
la historia de Europa y del mundo entero después de
Jesucristo, sin conocer la religión que cambió la faz del
mundo y produjo una nueva civilización?

En el arte, ¿qué sería para ti las obras maestras de la


Edad Media y de los tiempos modernos, si no conoces el motivo
que las ha inspirado y las ideas religiosas que contienen?

En las letras, ¿Puedes dejar de conocer no sólo a Bossuet,


Fenelón, Lacordaire, de Maistre, Veullot y tantos otros que se
ocuparon exclusivamente de cuestiones religiosas, sino también
a Corneille, Racine, Hugo, en una palabra, a todos esos
grandes maestros que deben al cristianismo sus más bellas
inspiraciones? Hasta en las ciencias naturales y en las
matemáticas encontrarás la religión. Pascal y Newton eran
cristianos fervientes… ¿Querrás tú condenarte a saltear
páginas enteras en todas tus lecturas y en tus estudios?

Hay que confesarlo: la religión está íntimamente unida a


todas las manifestaciones de la inteligencia humana, es la

11
base de nuestra civilización, y es ponerse fuera del mundo
intelectual y condenarse a una inferioridad manifiesta el no
querer una ciencia que han estudiado y que poseen en nuestros
días tantas inteligencias preclaras… no fijándome más que en
la necesidad de conocer las convicciones y los sentimientos de
las personas religiosas, si no estamos obligados a imitarlos,
debemos por lo menos comprenderlas, a fin de guardarles el
respeto, las consideraciones y la tolerancia que le son
debidos.

Esta carta te sorprenderá, estoy persuadido de ello; es


necesario que un padre diga siempre la verdad a sus hijos.
Ningún compromiso podría excusarme, si permitiera que tu
instrucción fuese incompleta y tu educación insuficiente.

([Link]

ii) El carácter dogmático de la dicotomía entre ciencia y religión

Para este apartado, algo que aconteció durante la práctica docente (correspondiente al
curso de didáctica). La profesora adscriptora a cargo del grupo estaba presentando a los
estudiantes el cambio de paradigma, a partir de la sustitución del modelo geocéntrico por el
heliocéntrico. Los hechos históricos (la persecución por parte de la inquisición católica) y los
hechos científicos (la correcta descripción de la configuración del sistema solar) conforman
el aspecto objetivo de los acontecimientos, puede argumentarse con certeza y de manera
absolutamente neutral. Esto, desde luego, es necesario enseñar.

Conforme avanzaba la clase -a modo de taller con la participación de los


estudiantes- la docente decidió en algún momento abandonar la neutralidad y dejar que sus
propias creencias y convicciones personales pasen a un primer plano, tomándose la libertad
de interpretar estos acontecimientos como argumento negacionista de cualquier creencia
religiosa, como una especie de ‘triunfo del materialismo’, por decirlo de manera cruda pero
concisa. En definitiva, su esfuerzo tomó como cometido el asociar toda creencia religiosa
con oscurantismo e ignorancia al servicio del sometimiento.

Algunos comentarios al respecto. Primero, esa conclusión no es científica ni


tampoco racional, es simplemente otra opinión, pues no cabe atribuir a la ciencia algo que la
ciencia no dice. Es decir, la ciencia y la religión tienen ‘objetos de estudio’ distintos. Si bien
no se requiere mucho esfuerzo para construir un relato de confrontación y aparente
dicotomía para presentarlo como fáctico, no hace falta ser un erudito ni en cuestiones
teológicas ni científicas ni históricas para desmentir este tipo de narrativas. Lo que sí es
necesario es tener un mínimo conocimiento de las múltiples aristas que conforman esta
cuestión así como un grado considerable de sobriedad como para saber que cada uno es
libre de creer lo que quiera pero nadie tiene la respuesta definitiva, y por lo tanto hay que
respetar las creencias de los demás. No se debe actuar como si uno tuviera la respuesta a
las preguntas más relevantes en la historia de la humanidad y tomar las cosas así tan a la
ligera. En fin, no es el objetivo de este trabajo profundizar en dichas cuestiones. El punto es

12
que se trata de una imposición de creencias, que no sería distinto de alguien predicando
cualquier doctrina religiosa dentro de un centro educativo, porque después de todo, el
negacionismo es en sí una creencia acerca de la fe y no una prueba inequívoca. Dejando
de lado el hecho de que catolicismo y cristianismo no son sinónimos, y dejando de lado el
hecho de que la Biblia en ningún momento afirma ni sugiere que el planeta Tierra sea el
centro físico del cosmos, acorde a los lineamientos de esta presentación proponemos
analizar el concepto de laicidad reflejado en el accionar de aquel docente en esa ocasión.

Continuando con el relato, hubo un alumno que pudo detectar lo incongruente de la


conclusión que intentó esbozar la profesora, esa extrapolación sin fundamentos científicos
ni tampoco teológicos presentada de manera bastante poco sutil. Un alumno

-evidentemente creyente- a la clase siguiente increpó a la profesora, se atrevió a cuestionar


su conclusión, tímidamente pero se animó al fin y al cabo (una actitud crítica encomiable). El
argumento que esbozó el docente para responderle lo recuerdo por lo inadecuado que me
pareció, literalmente le dijo al estudiante: yo ya sé que Dios no existe, sos vos el que me
tenés que demostrar que existe.

Podría decirse mucho al respecto, para empezar plantear la pregunta: ¿esto no es


una violación a la laicidad, o acaso la doctrina negacionista está exempta? ¿Por qué el
docente no se limitó a los hechos objetivos y en su lugar decidió instaurar su propia
prédica? Ese intercambio con el estudiante, ¿no podría al menos haber terminado en vos
tenés tus creencias, yo tengo las mías? ¿Por qué quienes no pueden acceder a un colegio
privado deben soportar ataques sin propósito educativo alguno a sus creencias personales
respecto a temas que escapan al objeto de estudio de la ciencia y a lo relativo a la
convivencia ciudadana? Laicidad, libertad de cátedra, derechos y obligaciones, objetividad,
tolerancia, honestidad, convivencia y respeto… todos estos parámetros están en constante
ajuste en el accionar dentro de las aulas y tarde o temprano pueden aparecer situaciones
que reflejan posturas acerca del quehacer educativo en lo que respecta a la laicidad.

Este constituye un caso de ‘laicidad intransigente’ (sino de laicismo), una postura


con la que no estamos para nada de acuerdo, independientemente de que seamos nosotros
creyentes o no. ¿En qué se diferencia del medioevo, cuando ciertas creencias religiosas se
querían imponer a toda costa? El ateísmo patrocinado va en contra de la laicidad, es válido
como creencia pero cuando se pretende imponer entonces la cosa cambia. Esa es la
cuestión. Público es laico pero laico no es ateo. Además, no-laico es intolerante.

Finalmente, si la fe religiosa es ‘para ignorantes’ y es la antítesis del pensamiento


científico, entonces todos estos son enemigos de la ciencia: Kepler, Copérnico, Newton,
Linneo, Einstein, Volta, Ampere, Cauchy, Gauss, Darwin, Edison, Marconi, Planck,
Schrödinger, Von Braun, y más… No era la idea referenciar vídeos pero aquí están
recopiladas varias de sus frases a partir de las cuales sostenemos nuestro argumento:
[Link] (duración < 10 minutos).

Queda a cuenta del lector el corroborar con otras fuentes si así lo desea. No es la intención
promocionar ese canal ni dar ningún tipo de opinión acerca del creador del contenido

13
referenciado ni de su trabajo. Simplemente repasamos la historia sin ánimo de que resulte
exhaustiva y encontramos esa recopilación muy conveniente.

En un espacio de verdadera laicidad entendida como plural, y recordando


nuevamente el fragmento citado del discurso del Dr. Vázquez, imaginamos cómo habríamos
manejado nosotros esta cuestión: presentando las visiones de científicos creyentes (ya sea
judíos, cristianos o católicos como quienes aparecen el el vídeo) y también de la vereda de
enfrente (científicos críticos de toda fe religiosa). La idea es contribuir a que los alumnos
tengan opciones y se embarquen en el proceso de decidir libremente, y si alguno llegara a
preguntar (directa o indirectamente): profe, ¿vos qué pensás?, intentaría de la mejor
manera posible permanecer totalmente neutral para no influenciarlo y le diría que importa lo
que piense él y no lo que creo yo. Laicidad no es necesariamente ‘no tocar el tema’.

Tal vez sea mucho menos probable que ocurra algún episodio de este tipo en
asignaturas como la Matemática, pero en Física y en Biología no se está tan lejos de poder
generar una situación que dé lugar a enseñar lo que nosotros entendemos por laicidad
respecto a las creencias. Es cuestión de proponérselo y planificarlo cuidadosamente, hay
terreno para de vez en cuando enseñar acerca del respeto y la diversidad de manera
efectiva y no repitiendo de forma estéril los mantras y discursos bonitos, hablamos de
aprendizajes significativos. No nos parece una cuestión menor, y creemos que es posible
despertar el interés genuino en los estudiantes sin desvirtuar en lo más mínimo la
enseñanza de nuestras asignaturas. La clave es que resulte fluido, pertinente, relevante,
complementario, constructivo y no como traído de los pelos.

iii) ¿Laicidad? ¿Proselitismo?

En los meses de febrero y marzo de 2021 trascendió en la prensa nacional el caso de un


grupo de docentes del liceo nº 1 de la ciudad de San José. Previamente, en el año 2019 y
en el marco de la campaña ‘Vivir Sin Miedo’ impulsada por ciertos sectores partidarios,
aparecieron publicadas en redes sociales fotografías de un grupo de docentes de dicho
centro educativo exhibiendo pancartas con leyendas en contra de esa campaña política,
tomadas en el interior y en la puerta del liceo. Las autoridades entendieron este
acontecimiento como una violación al principio de laicidad vigente, al tratarse de militancia
política dentro de un centro educativo por parte de algunos docentes y procedieron con la
implementación de la sanción correspondiente. Por otro lado, los sindicatos docentes
mantienen una postura de rechazo a las sanciones, entendiendo que se trata de
persecución sindical y atropello a la libertad de expresión.

En caso de no estar en conocimiento de lo acontecido:

[Link]
eo-con-carteles-de-no-a-la-reforma-y-la-defensa-de-fenapes-20213111244

Lo primero que cabe remarcar es que resulta evidente que los distintos actores en
este episodio tienen ideas muy distintas acerca del concepto de laicidad. Surge entonces la
interrogante: ¿cómo es posible que algo tan relevante al quehacer educativo como es la
laicidad (en este caso en lo que refiere a política) carezca aún hoy en día de una definición
establecida de manera más clara, detallada y concisa? ¿Por qué la legislación vigente es

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tan ambigua, hasta el punto de resultar a menudo ineficiente? ¿Por qué las reglas del juego
no están claras desde el principio y para todos por igual? Imaginemos lo que sería el
tránsito si la definición de ‘cruzar con la luz roja’ se prestara a la libre interpretación y reinará
la ambigüedad. Pues la solución en ese caso sería circular en un tanque de guerra, y que el
más fuerte tenga la razón. Esa es la imagen que viene a la mente, al ver estos dos bloques
(las autoridades y los sindicatos) que miden fuerzas como si se tratara de ver quién es el
dueño del barrio. Desde luego que los sindicatos deben ser combativos, se necesita la
unidad y la convicción para defender las conquistas de los trabajadores y continuar de
manera incansable con los justos reclamos y reivindicaciones. No hay democracia sin
organizaciones sociales de base fuertes y decididas, y su labor debe ser tanto de vigilancia
incesante como de acción eficaz y contundente, en la inclaudicable convicción de que es
posible la transformación hacia una sociedad mejor, más justa y solidaria.

Sin embargo, las autoridades no son siempre los villanos y en este caso en
particular tienen toda la razón. No se puede ser acrítico ni con un bando ni con el otro, no se
puede votar ‘con mano de yeso’ renunciando a toda autonomía de pensamiento y no se
puede defender lo indefendible. Así se destruye el accionar sindical, y es tristemente lo que
este ejemplo deja ver. El sindicato debería haberle dado la razón en esta a las autoridades,
y así habría salido fortalecido y no debilitado, contrario a lo que muchos puedan pensar
dominados por la rigidez ideológica. Lo triste del asunto es que esto resta peso a los
gremios en su lucha histórica por los más justos reclamos, desde épocas del pasado
reciente cuando la supervivencia como pueblo libre se vio seriamente comprometida hasta
cuestiones del día de hoy como lo son los reclamos (algunos de ellos) contra la
transformación educativa y la lucha aún en curso desde hace tanto tiempo por salario digno
y mejores condiciones de trabajo.

Hay fotografías. Pancartas políticas dentro de un centro educativo público. Caso


cerrado. La evidencia es concluyente, a tal grado que la ambigüedad inherente a la laicidad
no es ni de cerca suficiente como para justificar ese accionar. No se puede, desde el
fanatismo, pretender ganar el favor de la opinión pública. Eso no es propio de un sindicato
sino más bien de una secta. FENAPES habla de ‘libertad de expresión’. ¿En serio esa es su
defensa? Habla también de que ‘ya se había archivado’. Bueno, con esa lógica entonces la
Ley de Caducidad ‘ya había archivado’ las atrocidades de la dictadura y por lo tanto
corresponde justificar el terrorismo de Estado. Eso, desde luego, es una auténtica
barbaridad, los criminales genocidas deben pagar (así tengan 99 años de edad) y los
familiares de las víctimas merecen conocer el destino de sus seres queridos, la sociedad
uruguaya merece saberlo. Salvando las enormes distancias en lo que hace a la gravedad
de los hechos, es innegable el paralelismo y es lamentable que de veras existan posturas
de este tipo, sean del bando que sean y referentes a cualquier asunto. Eso tiene una
definición: falta de integridad. Eso abre la puerta a que las autoridades ‘gobiernen’ en
detrimento de los pueblos, y es en gran medida lo que vivimos y sufrimos en el Uruguay de
hoy en día en un estado de despojo, concentración obscena de la riqueza y extranjerización
de los recursos, pobreza intelectual, creciente exclusión social y económica, violencia y falta
de oportunidades, una brutal carestía y la más que preocupante destrucción del medio
ambiente para beneficio de unos pocos.

En definitiva, ese grupo de docentes o directamente violó la laicidad o se identifican


con las concepciones de laicidad no plurales. En cualquiera de los casos, su postura es

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repudiable, a nuestro parecer. Lamentamos que hayan sido sancionados pero creemos que
corresponde (sin embargo, no estamos para nada de acuerdo con la sanción económica).

iv) Laicidad y libertad de expresión

Recientemente en el I.P.A., el gremio de estudiantes colocó una serie de fotografías de


algunos de los detenidos desaparecidos durante la dictadura cívico-militar en nuestro país
durante parte de las décadas de 1970 y 1980. Las autoridades del Consejo Directivo Central
ordenaron retirar ese material, y como era de esperarse se encontraron con la negativa por
parte de los activistas. Resulta que al final no se retiró el material. Esto deja de manifiesto,
nuevamente, que el concepto de laicidad se encuentra en gran medida perdido en el terreno
de la ambigüedad. No existe una definición clara y precisa, de común acuerdo por todas las
partes. ¿A qué obedece este fenómeno? La homogeneidad en el pensamiento no es
deseable, pero sin embargo, el común acuerdo entre todas las partes respecto de la
normativa vigente es un requisito para el mejor funcionamiento del sistema educativo (y de
la sociedad en general). Estos conceptos se repiten como en la situación anterior y no es la
intención que resulte reiterativo.

La diferencia es que en este caso tiene razón el gremio de estudiantes. No existe


razón alguna por la que debían retirarse los afiches debido a que no representan ningún tipo
de activismo político. No es necesaria la pertenencia a ningún sector político en particular
para poder rememorar el pasado reciente: esos son los rostros de los desaparecidos, las
víctimas del terrorismo de Estado. Eso es historia, son hechos. Quizás a algunos no les
guste la expresión ‘terrorismo de Estado’ pero no viene al caso porque en ningún lado en la
cartelería se expresaron esos términos, así como tampoco había slogans ni simbología
comunista de ninguna clase. Eran nombres, rostros y fechas de aproximadamente 170
personas que fueron asesinadas a manos de las fuerzas armadas partícipes del Plan
Cóndor, muertos -muchas veces de manera horripilante- debido a sus convicciones políticas
(y no debido a sus acciones como algunos sostienen, como si aun eso fuera justificable,
para colmo). Esto ocurre en el marco de la Guerra Fría, cuando en el mundo entero se
definía una vez más el futuro de la civilización luego de concluído el capítulo de la Segunda
Guerra Mundial y la caída del III Reich y el Imperio de Japón.

Para simplificar el contexto: las sociedades latinoamericanas se encontraron en un


estado de confrontación interna entre el poder Estatal controlado por facciones a favor de
instaurar un modelo de sociedad dependiente de la Casa Blanca -caracterizado por la
imposición, a fuego y acero, de la propiedad privada y la acumulación de la riqueza por
parte de los sectores oligárquicos- enfrentados a quienes creían en un modelo de sociedad
patrocinado desde el Kremlin (basado en una mucho mejor distribución de la riqueza
mediante la estatización de los recursos y la economía planificada). En lo personal, rechazo
de manera tajante la ‘teoría de los dos demonios’ pero mi argumento es mucho más
práctico que ideológico. No se trató de una guerra civil, pero no porque no existiera la
intención de combatir sino porque en los hechos, no existía el apoyo debido por parte de
Moscú y la facción ‘revolucionaria’ jamás llegó a ser tal, al nunca llegar a constituir
verdaderas unidades paramilitares. Si bien estaba el ideal revolucionario de base, nunca se
llegó a alcanzar el nivel necesario de adhesión popular, organización, ni aprovisionamiento
de material bélico como para enfrentar efectivamente a la opresión estatal.

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Por lo tanto, la persecución fue puramente política y no se puede hablar seriamente
de ‘guerra civil’ ni de ‘sediciosos’ ni muchísimo menos de ‘terroristas’ (eso ya es una
sinvergüenzada). La respuesta de parte del Estado fue absolutamente desproporcionada e
injustificable. Sin embargo, no lo creen así muchos desde el gobierno de turno, y no solo
hago referencia a los que pertenecen a la facción militarista. Lo que algunos (los más
férreos exponentes) en realidad pretenden es envilecer a quienes se opusieron al mismo
modelo de sociedad del que ellos mismos se benefician (directa o indirectamente), ese
modelo de sociedad basado en el lucro, la exclusión, la explotación y a la expropiación del
trabajo ajeno mediante el fraude que es el sistema jurídico y la gran estafa del modelo
económico y financiero que descaradamente definen como ‘libertad’. Es triste que una
porción no menor del pueblo explotado también defienda ese tipo de posturas, pero resulta
entendible porque el accionar de la oposición asimismo dejó (y deja) mucho que desear. Lo
dijo el mismo Che Guevara cuando estuvo en nuestro país: ‘no están dadas las
condiciones’. En fin, eran tiempos muy difíciles y la coyuntura ha cambiado mucho desde
entonces, si bien la base de la confrontación ideológica permanece en cierta medida (pero
en un clima de estabilidad).

Para no desviarnos de la consigna de este trabajo, el punto es que las fotos de los
desaparecidos en las paredes del I.P.A. no contenían ningún tipo de inclinación política,
simplemente (y no lo digo de ingenuo) eran nombres, rostros y fechas, y cada uno es libre
de interpretar los acontecimientos de la manera que los entienda. Así es, ese material
dejaba al observador la libertad de pensar como le dé la gana (no era propagandístico), el
hecho de que fue el gremio que los colocó no quiere decir que uno se fuera a ver
influenciado a pensar como ellos ni tampoco puede decirse categóricamente que esa fuera
su intención (aunque sí lo haya sido), seamos objetivos. No obstante, las autoridades
cometieron un error y ‘rellenaron los vacíos’ con su propia versión de los hechos. Como si
ellos representaran la verdad inequívoca. El gremio fue inteligente y retrucó -con toda
razón- que esto no es proselitismo de ninguna clase y las autoridades no tuvieron otra
opción que ceder.

Al final se terminó respetando la laicidad. Si las autoridades hubieran sido más


competentes habrían mandado a alguien a colocar una foto de algún soldado caído, y si el
gremio mordía el anzuelo y alguien despegaba esas fotos, entonces sí habría constituído
una violación de la laicidad (en el sentido plural de laicidad). Pero no lo hicieron. Carecen de
la astucia necesaria, o de la voluntad combativa. Sea como sea, al menos tuvieron el
suficiente sentido táctico como para retirarse y a fin de cuentas el incidente no pasó a
mayores.

La moraleja de esta historia es que los ámbitos educativos públicos son


inevitablemente espacios de confrontación ideológica, pero puede darse la batalla de ideas
sin violar la laicidad, y ojalá más personas entendieran esto. Cuando algún actor pretende
instalar su narrativa de manera autoritaria e intolerante, recurriendo a la cancelación y a la
censura, no importa si tiene toda la razón del mundo en lo que sea que sostenga, ya perdió
porque no es la manera (retomando ideas de Francisco Ferrer i Guardia, un autor que me
parece simplemente genial). Esto me recuerda aquella situación que ocurrió en una clase
de Pedagogía cuando discutimos esto mismo con un compañero, él tenía su postura y yo la
mía respecto a la censura, y pudimos intercambiar de manera constructiva acerca de un
tema controversial sin romper la laicidad -algo que en lo personal me pareció bastante

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enriquecedor. Destaco el papel de la docente que se mantuvo en todo momento neutral, a
pesar de que quizás discrepe conmigo en muchos aspectos. Me atrevería a decir que en lo
que respecta a laicidad, no tenemos concepciones muy diferentes. Al menos esa es la
impresión que me quedó después de ese acontecimiento. Laicidad requiere libertad de
expresión, esa sería la conclusión de este apartado.

Interrogantes, Conclusiones
Para concluir esta presentación, algunas reflexiones finales. El sistema educativo tiene
un rol preponderante en la vida democrática, pues forma en gran medida -por acción u
omisión- el carácter, la ideología de las futuras generaciones -por la positiva o por la
negativa- y eso engloba mucho más que la instrucción específica en lo concerniente a
saberes disciplinares. Es un actor clave para que las juventudes puedan desarrollar
libremente el pensamiento crítico, y esto no requiere necesariamente de la intervención
directa en cuestiones morales y éticas (que podría tender a degenerar en adoctrinamiento)
ni tampoco debe necesariamente tomar espacio en detrimento de la instrucción concreta y
el cumplimiento de los objetivos programáticos de la currícula. Inevitablemente ocurren
hechos, acontecimientos, se dan situaciones que no solo se prestan para diversas
estrategias de enseñanza en cuestiones de gran relevancia, sino que también van a dejar,
siempre, por acción u omisión, algún tipo de insumo que en mayor o menor medida aporte a
la generación de conciencia. El quehacer educativo está ligado a cuestiones que conforman
la convivencia.

El concepto de laicidad está en centro de este fenómeno, al tratarse de un


componente fundamental en el relacionamiento entre los distintos actores de una sociedad.
No se trata de si hay o no hay confrontación de ideologías y creencias, sino que lo
importante es la manera en que transcurren estos procesos. Pluralidad, respeto y tolerancia
tienen su contrapartida en el autoritarismo, la imposición, la censura y el dogmatismo. La
convivencia no se trata de la supresión de toda expresión de carácter ideológico con el fin
de preservar una aparente armonía, porque de ser así, sería imposible fomentar el
pensamiento crítico. Tampoco se trata de ‘libertad irrestricta’ o ‘irresponsable’, porque de
esa forma sería imposible funcionar como sociedad salvo que todos pensáramos lo mismo.
Dentro de estos márgenes cada actor describe una trayectoria, y este recorrido obedece a
las convicciones (en especial a la concepción que se tenga acerca de la laicidad) y está
condicionado por las posibilidades.

¿Laicidad o laicismo? ¿Pluralidad o intransigencia? ¿Acción u omisión? ¿Imposición


o defensa de las ideas? ¿Pasividad o actividad? ¿Deben mostrarse las distintas posturas en
cuanto a asuntos de relevancia o por el contrario, se debería permanecer indiferente?

No es necesario -ni tampoco deseable- recurrir a la agresividad discursiva ni a la


intromisión, esto no es lo que sucede dentro de los ámbitos educativos. Tampoco hay por
qué esperar que ocurran grandes acontecimientos. Ya desde las pequeñas cosas, desde la
simple elección de las palabras, desde la mediación en los pequeños conflictos, desde el
relacionamiento, desde ofrecer una visión de los acontecimientos (o muchas visiones) es
desde donde se generan espacios a ser llenados con enseñanzas, a la vez que nosotros
mismos aprendemos. Esto ocurre en mayor o menor medida en el transcurso mismo de la

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vida educativa, es inevitable. Desde la manera de poner en orden una clase de
adolescentes dispersos, de llamar la atención, de elegir los criterios y las formas de
evaluación y la metodología de trabajo, desde la misma concepción pedagógica y desde la
misma implementación didáctica, desde el relacionamiento con las instituciones, desde la
visión que se tenga del mundo… Todo esto va a ser la base sobre la cual se va a edificar
nuestro accionar. Nunca hay que dejar de cuestionar el mundo en que vivimos y para ello es
necesario nunca dejar de cuestionarnos a nosotros mismos.

Sin duda este recorrido que nos ha hecho transitar este término con tanto contenido,
nos ha generado y sigue generando una cantidad de interrogantes que solamente se
pondrán a prueba a medida que vivimos, ya sea en la cotidianeidad de cada día como
dentro de un aula. Porque aunque podemos nombrar un montón de hechos históricos, e ir
repasando determinados autores, la reflexión y el aprendizaje sólo serán valiosos en la
medida que lo pongamos en confrontación con el hoy de nuestro país, el funcionamiento de
las instituciones educativas, de las aulas y el quehacer con los estudiantes que nos toca
tener cara a cara. Es allí donde se verá la realidad de nuestra actitud laica como medio para
ir logrando una educación que sea cada vez más integral.

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Referencias
- Varela, J. P. (1964) La educación del pueblo. Ministerio de Instrucción Pública y
Previsión Social.
- Reyes, R. El derecho a educar y el derecho a la educación. Editorial Monteverde.
- Milot, M. (2009) La laicidad. Editorial CCS.
- Da Costa, N. (2009) La laicidad uruguaya. Archives de sciences sociales des
religions.

[Link]

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