Laicidad
Laicidad
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Acerca de esta presentación
En este trabajo abordamos el concepto de laicidad. Con tal propósito, tomamos ideas de
diversos autores, del ámbito nacional como José Pedro Varela y Reina Reyes, como
también de la autora canadiense contemporánea de nombre Micheline Milot. La idea detrás
de esta presentación es exponer conceptos teóricos de los trabajos de los autores
mencionados para plantear situaciones concretas referentes a la laicidad en la esfera de la
educación, algunas de las cuales fueron tomadas directamente de nuestras propias
experiencias y puntos de vista para ser analizadas a la luz de la bibliografía.
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Breve Reseña histórica
En esta sección se expone un breve recorrido histórico sobre los orígenes del término,
sobre todo en relación a la educación. Un claro referente de educación laica a nivel nacional
es Jose Pedro Varela, quien, tomando como referencia distintos países donde se iba
aplicando este concepto a la educación, fue formulando el significado que conforma para
nuestro país el comienzo de una educación laica.
En su libro La educación del pueblo, Varela (1874) plantea que: ‘Cuando se trata de la
escuela pública, abierta a los niños de todas las creencias, y encargada de perseguir no un
fin religioso, sino un fin social, a nuestro modo de ver, la única solución justa, y conveniente
a la vez, que puede dársele, es la que han adoptado los países que, como la Holanda y los
Estados Unidos, han establecido la escuela laica…la escuela laica responde fielmente al
principio de la separación de la Iglesia y del Estado’. (p. 97).
Así lo fue constatando en viajes realizados al exterior donde eran visibles la diversidad
de creencias, opiniones, ideas. En su obra escribe: ‘Se eleva el nivel moral e intelectual de
la sociedad, las naciones se alejan de la ignorancia, y aumenta el caudal de su sabiduría…
Las repúblicas sudamericanas, al norte y al sur del Ecuador, crecen y se engrandecen,
como la antigua Roma, recibiendo en su seno a ciudadanos de todos los países, a sectarios
de todas las creencias’. (Varela, 1874, p. 100)
Toma como ejemplo a los Estados Unidos donde los inmigrantes aumentaron su número
hasta representar dos terceras partes de la población en aquellos años. Varela remarca un
aumento de inmigrantes y por tanto un aumento de diversidad religiosa. Se preguntaba
entonces en relación a la educación: ‘¿Qué haréis de todos los protestantes venidos al país,
o nacidos en él, que hay en la República? Millares de inmigrantes, no católicos, nos llegan
todos los años de Inglaterra, de Francia, de Alemania, de todos los países donde domina el
Protestantismo. ¿Qué haremos con ellos y con sus hijos si persistimos en imponer en las
escuela la enseñanza de la religión Católica?’ (Varela, 1874, p. 101)
El surgimiento en nuestro país de una educación laica puede trasladarse al conflicto que
el mismo término arrastra desde Francia con la Revolución Francesa de 1789, donde los
revolucionarios le dieron a la palabra laicidad una connotación antirreligiosa. Sin embargo,
Varela mirando el ejemplo de otros países, no tenía como idea eliminar la religión sino más
bien la enseñanza dogmática. Así lo expresa:
Estados Unidos es uno de los ejemplos paradigmáticos en los que se inspira Varela. Una
nación caracterizada desde sus inicios por la separación entre Iglesia y Estado, tolerante
con la diversidad de creencias y faro de la libertad de expresión (primera enmienda de su
Constitución), que a su vez se consolida como una nación próspera en base a un alto nivel
de instrucción, industrialización y libertad para sus ciudadanos (en tiempos posteriores a la
Guerra de Secesión). Contrariamente a lo que acontece luego cuando avanza la historia, los
Estados Unidos de aquellos tiempos logran alcanzar un alto nivel de bienestar y desarrollo
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sin recurrir al ‘imperialismo belicista’ ni tampoco a la explotación financiera y el saqueo de
recursos de otras naciones y otros pueblos (características de la dominación
estadounidense fuera de fronteras de la segunda mitad del siglo XX). Existe un contraste
con la España de la época, donde domina la enseñanza dogmática y el desarrollo como
nación es mucho menor. Esto explica en buena medida el rechazo al modelo de influencia
clerical y la predilección por la laicidad (que no conlleva prejuicios antirreligiosos).
Laicidad y Laicismo
Luego de la reseña histórica, y antes de definir los términos laicidad y laicismo, resulta
pertinente delimitar el concepto de secularización característico de la modernidad (al menos
en el hemisferio occidental), para que ‘secular’ no sea confundido con el adjetivo ‘laico’ (si
bien están relacionados). En su obra La laicidad, Micheline Milot (2008) se refiere a la
secularización de la siguiente manera:
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ninguna religión. Sin embargo, el Estado tiene el deber de velar para preservar el orden
público y la libertad de los individuos, lo que podría comprometer la manifestación de ciertas
convicciones religiosas. Cabe recordar que el Estado es el representante del conjunto de
la sociedad, y no de una de las partes de la sociedad ni de las mayorías políticas o
circunstanciales (Milot, 2008). El deber del Estado, y podría decirse que su razón de ser, es
el de buscar armonizar la confrontación entre los distintos elementos de una sociedad y no
el de legitimar la imposición de las mayorías por sobre todo el resto. Podrá parecer evidente
y seguramente muchos manifiesten estar de acuerdo con este postulado en el discurso,
pero en la acción esto sencillamente no se cumple con igual intensidad ni constancia y no
resulta difícil comprobarlo si uno está dispuesto a despojarse de la rigidez ideológica
característica de, por ejemplo, el discurso de la lucha de clases del marxismo clásico que
aboga por la dictadura del proletariado, en sus múltiples formas o matices (esta es una
opinión personal, y no debe interpretarse como apologista de la explotación mercantilista
que hace de base para el paradigma socio-económico vigente en la enorme mayoría de las
sociedades a lo largo y ancho del mundo).
En su artículo, Néstor Da Costa (2009) habla de tres posiciones para clasificar la laicidad en
tres categorías. Una posición de ‘laicidad intransigente’, caracterizada por un marcado
prejuicio antirreligioso que extiende -en nuestra opinión- de manera muy poco acertada el
prejuicio anti-clerical originado por factores preponderantemente históricos hasta niveles
absolutamente hiperbólicos de manera errónea e injustamente generalizante. Tal vez esta
postura no resulte popular en el discurso, pero sin embargo no es difícil de encontrar en los
hechos. Aquí viene a colación el concepto de ‘tolerancia’ que paralelamente al de laicidad,
también es víctima de la tergiversación y de interpretaciones contrapuestas que se
enfrentan en los campos de batalla ideológicos, y no se trata únicamente de debates acerca
de ficciones teóricas, sino que por el contrario, esto afecta en gran medida la convivencia y
el bienestar de los integrantes de una sociedad, no tardando en encender pasiones y
alejándose dramáticamente del ‘sano debate’. No es la intención señalar con el dedo y
repartir culpas, es entendible que para muchos los asuntos de posicionamiento
político-filosófico y religioso resulten de gran relevancia, al grado de generar confrontación.
Ahora, hay que recordar que entre la confrontación y la intolerancia existe una línea muy
delgada que todos alguna que otra vez cruzamos. Hay que tener la humildad suficiente para
saber que el respeto hacia el que piensa distinto es más importante que el poder sostener
una postura frente a un debate. Después de todo, si existe firmeza de convicciones, nunca
se debería estar dispuesto a pagar el precio de la enemistad para poder cosechar cierto
grado de validación y reconocimiento por parte de terceros (algo tan característico de
quienes carecen de auténtica convicción e independencia de pensamiento). ‘Con la verdad,
ni ofendo ni temo’ no es un permiso para ir por la vida haciéndose de enemigos.
Simplemente no lo vale, la agresividad no es sinónimo de fuerza argumentativa, sino más
bien de debilidad. Es un buen criterio para saber con quién intercambiar ideas y debatir,
muchas veces simplemente hay que darse la vuelta y no darles lo que quieren (aunque sea
una lucha interna constante por contener el orgullo y la soberbia, no hay que caer en la
trampa).
En segundo lugar, existe otro tipo de laicidad que se basa en la necesidad de mantener
separados los asuntos confesionales del Estado y de lo educativo, pero sin dejar de
reconocer, respetar y valorar las distintas expresiones de religiosidad. Una ‘laicidad plural’.
En el ámbito educativo, cabría aceptar la inclusión de lo religioso pero sin que ello implique
ningún grado de confesionalización. Esto es, a nuestro entender y en palabras menos
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abstractas, aceptar la diversidad en las creencias relacionadas con la fe y que puedan
expresarse siempre y cuando no resulte en detrimento del funcionamiento del ámbito de
(por ej.) una clase. ‘Él es judío, ella es católica, él es umbandista, ellos son materialistas’…
cada uno que crea lo que su conciencia le dicte y es libre de expresarlo en tanto no sea con
el fin de agraviar ni buscar validación. Desde nuestro punto de vista, nos adherimos a esta
concepción.
Por último, también existe una concepción negadora de la laicidad que reclama la
inclusión de la confesionalidad en el espacio público. No nos detendremos en esta postura,
pero cabe remarcar que una porción para nada insignificante de la población mundial se
adhiere a esta postura (en especial, y muchas veces de manera preocupante, en los países
musulmanes).
Señala Da Costa (2009) que las posiciones primera y tercera son de confrontación. La
segunda posición (plural) es probablemente la mayoritaria en la sociedad uruguaya, pero al
no disponer de estructuras dedicadas a su promoción es la menos frecuente de encontrar
en los debates y discusiones. En otras palabras, las minorías son a menudo las que gritan
más fuerte y esto puede conducir fácilmente a una percepción distorsionada de la verdadera
proporcionalidad.
Es cuando se exagera la laicidad hasta el extremo de negar e impedir que en la sociedad
existan organizaciones o confesiones religiosas cuando se cruza al terreno del laicismo
(Milot, 2008). Irónicamente, ‘El laicismo se hace ideología y toma, con frecuencia, la forma
de dogmatismo religioso’ (Milot, 2008, p. 12). Un ejemplo contundente si bien bastante
exótico es el caso de la sociedad norcoreana, ‘el reino ermitaño’, ‘la monarquía comunista’,
‘el culto al grandioso líder Kim Jong Un’. Triste ejemplo de los extremos de la opresión y la
subyugación, sostenido en base a décadas de incansable adoctrinamiento y decenas de
miles de piezas de artillería, millones de combatientes e incluso un arsenal nuclear
apuntando hacia todos aquellos que tengan la osadía de entrometerse. No es el propósito
de este trabajo el adentrarse en esta cuestión particular pero sí que invita a la reflexión, no
para medir ‘qué tanto (o tan poco) nos parecemos a ellos’ sino para estar atento de no dar
nunca ningún paso en esa dirección (por más ‘pasito’ pequeño que sea). Resulta
preocupante constatar que aun en el ‘mundo libre’ pueden encontrarse similitudes. La vida
en libertad y democracia requiere de una constante vigilancia –haciendo eco de los valores
fundacionales de los Estados Unidos de América y de grandes presidentes como J. F.
Kennedy y Dwight Eisenhower.
Volviendo al ámbito nacional, vale traer a colación un discurso del Presidente de la
República Dr. Tabaré Vázquez (julio de 2005). Vázquez distingue laicidad de laicismo, al
referirse a la laicidad como ‘un marco de relación en el que los ciudadanos podemos
entendernos desde la diversidad, pero en igualdad’, y afirmando que ‘la laicidad no es
incompatible con la religión; simplemente no confunde lo secular y lo religioso. La laicidad
no es empujar por un solo camino y esconder otros. La laicidad es mostrar todos los
caminos y poner a disposición del individuo los elementos para que opte libre y
responsablemente por el que prefiera […] La laicidad es asumir el compromiso de la
igualdad en la diversidad’.
Para terminar esta sección, algunas cuestiones que encontramos relevantes.
Contrariamente a una buena parte del imaginario colectivo, Milot (2008) sostiene que un
Estado que se proclama ateo no podrá ser considerado como laico. Vienen a la mente
los regímenes políticos comunistas (mayoritariamente extintos al día de hoy) e incluso el
nazismo, caracterizados por un posicionamiento acorde a una concepción particular de la
vida que se impone a todos los ciudadanos y cuyo grado de adhesión determina un trato
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preferencial o un castigo ejemplarizante. En estos casos, definitivamente, el Estado pierde
su neutralidad (algo que sin lugar a dudas nunca fue la intención en estos ejemplos). Cabe
remarcar que un Estado que carece de una religión oficial (como Uruguay) no es
necesariamente un Estado ateo, algo que a menudo se presta para la confusión.
Asimismo, un Estado que adopta una religión oficial puede ser a la vez laico, en el
sentido que no existe legalmente ningún trato preferencial para quienes libremente optaron
por profesar la religión oficial (ni tampoco ningún castigo o limitación para quienes
decidieron no hacerlo). Un ejemplo de esto es la Argentina, que es un Estado laico a la vez
que establece en el art. 2 de la Constitución Federal que ‘el Gobierno Federal sostiene el
culto Católico Apostólico Romano’.
Y por último, ¿un creyente puede ser favorable a la laicidad? Para responder esta
interrogante nos adherimos a lo que expresa Milot (2008) en su obra:
La laicidad permite devolver a la expresión religiosa de los creyentes su significado
esencial, colocándola en el corazón de la experiencia de fe, más bien que en una
instrumentalización política o una etiqueta social. Para el creyente, la laicidad constituye
una garantía de la libertad de elección en materia de religión. (p. 73).
Laicidad y Democracia
Creemos relevante, y así lo plantea una de las autoras nacionales en cuyos textos
estuvimos profundizando, como lo es Reina Reyes en su libro El derecho a educar y el
derecho a la educación, que la laicidad se encuentra estrechamente relacionada con la
democracia. Para adentrarnos en la cuestión es necesario detenernos en algunos
conceptos como la libertad en relación con el pensamiento, la autonomía y la expresión.
‘Se afirma que la laicidad es condición intrínseca del ideal democrático’ (Reyes, 1967, p. 50)
pero para ello es necesario diferenciar dos formas de libertad, al menos así lo plantea
Reyes y nosotros creemos importante realizar esa diferenciación. Una se trata de la
libertad-autonomía y la otra de la libertad-social.
Si bien la laicidad tiene que ver con lo que se hace público y con el colectivo, ‘La laicidad
es función social, ya que solo se acusa en situaciones sociales’ (Reyes, 1967, p. 50), hay
otros aspectos que tocan la laicidad y que hacen a la democracia. Como la libertad de
pensamiento que tiene que ver con la libertad-autonomía que Reyes plantea en su libro y
que responde a una estructura de personalidad. Resaltamos este punto debido a que la vida
en sociedad obliga a un diálogo entre la libertad del hombre y la sumisión a las
disposiciones legales del orden democratico, en palabras de Reyes (1967): ‘El hombre, para
ser libre, debe estar en actitud de continua defensa frente a las múltiples amenazas de
enajenación a que está expuesto. El hombre, por lo mismo, es más o menos libre en cada
una de sus situaciones vitales y el grado de su autonomía en cada caso depende de su
capacidad reflexiva y de su equilibrio emocional’. (p. 49)
Por tanto, esto que parece ser más de índole personal y que tiene que ver con la libertad
de pensamiento, es un aspecto de nuestra democracia y así lo plantea el art. 29 de nuestra
Constitución al establecer que ‘Es enteramente libre en toda materia la comunicación de
pensamientos por palabras, escritos privados o publicados en la prensa, o por cualquier otra
forma de divulgación, sin necesidad de previa censura; quedando responsable el autor [...]’.
([Link]
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Pero no se trata solo de lo que pensamos, sino de la comunicación de nuestros
pensamientos, es decir, nuestra libertad de expresión. ‘La libertad de expresión es una
libertad social y, en relaciones personales de igualdad, reclama el respeto a la libertad de
pensamiento y de expresión de otros…este juego de libertad y de respeto a la libertad en el
orden de pensamiento, esta relación de derecho y de deber, es lo que constituye la laicidad’.
(Reyes, 1967, p. 50)
A lo largo del ensayo iremos abordando distintas situaciones -sean experiencias
personales como también hechos acontecidos en otros países- donde se evidencia de algún
modo ese juego de libertad y de respeto a la libertad, sobre todo porque, como sostiene
Reyes (1967), la actitud laica se evidencia cuando hay un otro que discrepa con mi
pensamiento.
Entendiendo que el derecho a expresar nuestros pensamientos adquiere significado tan
solo si somos capaces de tener pensamiento propios, queda planteada la interrogante:
¿somos capaces de adoptar una actitud laica frente a alguien que piensa distinto? ¿Qué
dice nuestra práctica acerca de lo que entendemos por laicidad? ¿Cómo damos forma a la
vida democrática? ¿Qué entendemos por tolerancia?.
Situaciones problemáticas
Esta sección se enfoca en situaciones puntuales que invitan a la reflexión acerca de la
laicidad en el ámbito educativo. Con tal propósito, se hace referencia a cuestiones de
relevancia internacional (de carácter más genérico) y también a episodios puntuales de la
práctica docente que formaron parte de nuestra experiencia. A la luz de lo que ofrecen los
materiales referenciados previamente en este trabajo así como también en concordancia
con nuestras propias posturas personales al respecto, se ofrecen elementos para la
reflexión sobre la práctica docente mediante el relato crítico de estos episodios puntuales.
Podrían clasificarse estas temáticas en dos grupos: acerca de la laicidad en lo referente a
creencias religiosas y también sobre la laicidad en lo que respecta a posturas políticas y de
proselitismo de corte político-partidario. Vienen a la mente en buena medida conceptos de
Paulo Freire: el educador es un ser político, y es de gran relevancia la reflexión acerca de la
relación entre nuestra teoría y nuestra práctica.
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que el de mejorar nuestra preparación para que nuestra práctica resulte de la mejor manera
posible, acorde a la concepción de educación que vamos construyendo ya desde estas
etapas tempranas.
Hemos visto desde el origen de este término, que la laicidad se asocia sobre todo a las
creencias religiosas, aunque en nuestra sociedad posmoderna está también incluída la
política partidaria e ideologías que van surgiendo.
Anteriormente nos referimos al origen del término laicidad, el cual tardó en traducirse al
francés debido al conflicto que esta palabra arrastraba desde la revolución francesa, cuyos
revolucionarios eran sobre todo anti-clericales. La transformación de este término a lo largo
de las épocas ha provocado lo que Reyes (1967) plantea cuando afirma que:
Más allá de las interrogantes, y de lo lejana que pueda parecernos a nosotros este
ejemplo puntual relativo al Islam, algo queda claro: los sistemas educativos son actores con
roles protagónicos de primer orden en lo referente a la tolerancia y a la convivencia, y tanto
la inacción como la acción ineficaz pueden tener consecuencias catastróficas. Desde la
perspectiva individual de cada uno, cabe recordar que este accionar del sistema educativo
no es otra cosa que la suma (o combinación) del rol de cada uno, nadie está libre de
responsabilidad, por más mínima que pueda parecernos nuestra participación.
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En este sentido, en relación a la responsabilidad que a cada uno le toca con respecto a
la educación, encontramos una carta escrita por Jean Jaurés, fundador del partido socialista
francés, dedicada a su hijo quien le solicitaba ser eximido de clase de religión en el colegio.
Nos parece un excelente ejemplo de responsabilidad y una gran lección de tolerancia. Este
escrito decía lo siguiente:
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base de nuestra civilización, y es ponerse fuera del mundo
intelectual y condenarse a una inferioridad manifiesta el no
querer una ciencia que han estudiado y que poseen en nuestros
días tantas inteligencias preclaras… no fijándome más que en
la necesidad de conocer las convicciones y los sentimientos de
las personas religiosas, si no estamos obligados a imitarlos,
debemos por lo menos comprenderlas, a fin de guardarles el
respeto, las consideraciones y la tolerancia que le son
debidos.
([Link]
Para este apartado, algo que aconteció durante la práctica docente (correspondiente al
curso de didáctica). La profesora adscriptora a cargo del grupo estaba presentando a los
estudiantes el cambio de paradigma, a partir de la sustitución del modelo geocéntrico por el
heliocéntrico. Los hechos históricos (la persecución por parte de la inquisición católica) y los
hechos científicos (la correcta descripción de la configuración del sistema solar) conforman
el aspecto objetivo de los acontecimientos, puede argumentarse con certeza y de manera
absolutamente neutral. Esto, desde luego, es necesario enseñar.
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que se trata de una imposición de creencias, que no sería distinto de alguien predicando
cualquier doctrina religiosa dentro de un centro educativo, porque después de todo, el
negacionismo es en sí una creencia acerca de la fe y no una prueba inequívoca. Dejando
de lado el hecho de que catolicismo y cristianismo no son sinónimos, y dejando de lado el
hecho de que la Biblia en ningún momento afirma ni sugiere que el planeta Tierra sea el
centro físico del cosmos, acorde a los lineamientos de esta presentación proponemos
analizar el concepto de laicidad reflejado en el accionar de aquel docente en esa ocasión.
Queda a cuenta del lector el corroborar con otras fuentes si así lo desea. No es la intención
promocionar ese canal ni dar ningún tipo de opinión acerca del creador del contenido
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referenciado ni de su trabajo. Simplemente repasamos la historia sin ánimo de que resulte
exhaustiva y encontramos esa recopilación muy conveniente.
Tal vez sea mucho menos probable que ocurra algún episodio de este tipo en
asignaturas como la Matemática, pero en Física y en Biología no se está tan lejos de poder
generar una situación que dé lugar a enseñar lo que nosotros entendemos por laicidad
respecto a las creencias. Es cuestión de proponérselo y planificarlo cuidadosamente, hay
terreno para de vez en cuando enseñar acerca del respeto y la diversidad de manera
efectiva y no repitiendo de forma estéril los mantras y discursos bonitos, hablamos de
aprendizajes significativos. No nos parece una cuestión menor, y creemos que es posible
despertar el interés genuino en los estudiantes sin desvirtuar en lo más mínimo la
enseñanza de nuestras asignaturas. La clave es que resulte fluido, pertinente, relevante,
complementario, constructivo y no como traído de los pelos.
[Link]
eo-con-carteles-de-no-a-la-reforma-y-la-defensa-de-fenapes-20213111244
Lo primero que cabe remarcar es que resulta evidente que los distintos actores en
este episodio tienen ideas muy distintas acerca del concepto de laicidad. Surge entonces la
interrogante: ¿cómo es posible que algo tan relevante al quehacer educativo como es la
laicidad (en este caso en lo que refiere a política) carezca aún hoy en día de una definición
establecida de manera más clara, detallada y concisa? ¿Por qué la legislación vigente es
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tan ambigua, hasta el punto de resultar a menudo ineficiente? ¿Por qué las reglas del juego
no están claras desde el principio y para todos por igual? Imaginemos lo que sería el
tránsito si la definición de ‘cruzar con la luz roja’ se prestara a la libre interpretación y reinará
la ambigüedad. Pues la solución en ese caso sería circular en un tanque de guerra, y que el
más fuerte tenga la razón. Esa es la imagen que viene a la mente, al ver estos dos bloques
(las autoridades y los sindicatos) que miden fuerzas como si se tratara de ver quién es el
dueño del barrio. Desde luego que los sindicatos deben ser combativos, se necesita la
unidad y la convicción para defender las conquistas de los trabajadores y continuar de
manera incansable con los justos reclamos y reivindicaciones. No hay democracia sin
organizaciones sociales de base fuertes y decididas, y su labor debe ser tanto de vigilancia
incesante como de acción eficaz y contundente, en la inclaudicable convicción de que es
posible la transformación hacia una sociedad mejor, más justa y solidaria.
Sin embargo, las autoridades no son siempre los villanos y en este caso en
particular tienen toda la razón. No se puede ser acrítico ni con un bando ni con el otro, no se
puede votar ‘con mano de yeso’ renunciando a toda autonomía de pensamiento y no se
puede defender lo indefendible. Así se destruye el accionar sindical, y es tristemente lo que
este ejemplo deja ver. El sindicato debería haberle dado la razón en esta a las autoridades,
y así habría salido fortalecido y no debilitado, contrario a lo que muchos puedan pensar
dominados por la rigidez ideológica. Lo triste del asunto es que esto resta peso a los
gremios en su lucha histórica por los más justos reclamos, desde épocas del pasado
reciente cuando la supervivencia como pueblo libre se vio seriamente comprometida hasta
cuestiones del día de hoy como lo son los reclamos (algunos de ellos) contra la
transformación educativa y la lucha aún en curso desde hace tanto tiempo por salario digno
y mejores condiciones de trabajo.
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repudiable, a nuestro parecer. Lamentamos que hayan sido sancionados pero creemos que
corresponde (sin embargo, no estamos para nada de acuerdo con la sanción económica).
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Por lo tanto, la persecución fue puramente política y no se puede hablar seriamente
de ‘guerra civil’ ni de ‘sediciosos’ ni muchísimo menos de ‘terroristas’ (eso ya es una
sinvergüenzada). La respuesta de parte del Estado fue absolutamente desproporcionada e
injustificable. Sin embargo, no lo creen así muchos desde el gobierno de turno, y no solo
hago referencia a los que pertenecen a la facción militarista. Lo que algunos (los más
férreos exponentes) en realidad pretenden es envilecer a quienes se opusieron al mismo
modelo de sociedad del que ellos mismos se benefician (directa o indirectamente), ese
modelo de sociedad basado en el lucro, la exclusión, la explotación y a la expropiación del
trabajo ajeno mediante el fraude que es el sistema jurídico y la gran estafa del modelo
económico y financiero que descaradamente definen como ‘libertad’. Es triste que una
porción no menor del pueblo explotado también defienda ese tipo de posturas, pero resulta
entendible porque el accionar de la oposición asimismo dejó (y deja) mucho que desear. Lo
dijo el mismo Che Guevara cuando estuvo en nuestro país: ‘no están dadas las
condiciones’. En fin, eran tiempos muy difíciles y la coyuntura ha cambiado mucho desde
entonces, si bien la base de la confrontación ideológica permanece en cierta medida (pero
en un clima de estabilidad).
Para no desviarnos de la consigna de este trabajo, el punto es que las fotos de los
desaparecidos en las paredes del I.P.A. no contenían ningún tipo de inclinación política,
simplemente (y no lo digo de ingenuo) eran nombres, rostros y fechas, y cada uno es libre
de interpretar los acontecimientos de la manera que los entienda. Así es, ese material
dejaba al observador la libertad de pensar como le dé la gana (no era propagandístico), el
hecho de que fue el gremio que los colocó no quiere decir que uno se fuera a ver
influenciado a pensar como ellos ni tampoco puede decirse categóricamente que esa fuera
su intención (aunque sí lo haya sido), seamos objetivos. No obstante, las autoridades
cometieron un error y ‘rellenaron los vacíos’ con su propia versión de los hechos. Como si
ellos representaran la verdad inequívoca. El gremio fue inteligente y retrucó -con toda
razón- que esto no es proselitismo de ninguna clase y las autoridades no tuvieron otra
opción que ceder.
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enriquecedor. Destaco el papel de la docente que se mantuvo en todo momento neutral, a
pesar de que quizás discrepe conmigo en muchos aspectos. Me atrevería a decir que en lo
que respecta a laicidad, no tenemos concepciones muy diferentes. Al menos esa es la
impresión que me quedó después de ese acontecimiento. Laicidad requiere libertad de
expresión, esa sería la conclusión de este apartado.
Interrogantes, Conclusiones
Para concluir esta presentación, algunas reflexiones finales. El sistema educativo tiene
un rol preponderante en la vida democrática, pues forma en gran medida -por acción u
omisión- el carácter, la ideología de las futuras generaciones -por la positiva o por la
negativa- y eso engloba mucho más que la instrucción específica en lo concerniente a
saberes disciplinares. Es un actor clave para que las juventudes puedan desarrollar
libremente el pensamiento crítico, y esto no requiere necesariamente de la intervención
directa en cuestiones morales y éticas (que podría tender a degenerar en adoctrinamiento)
ni tampoco debe necesariamente tomar espacio en detrimento de la instrucción concreta y
el cumplimiento de los objetivos programáticos de la currícula. Inevitablemente ocurren
hechos, acontecimientos, se dan situaciones que no solo se prestan para diversas
estrategias de enseñanza en cuestiones de gran relevancia, sino que también van a dejar,
siempre, por acción u omisión, algún tipo de insumo que en mayor o menor medida aporte a
la generación de conciencia. El quehacer educativo está ligado a cuestiones que conforman
la convivencia.
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vida educativa, es inevitable. Desde la manera de poner en orden una clase de
adolescentes dispersos, de llamar la atención, de elegir los criterios y las formas de
evaluación y la metodología de trabajo, desde la misma concepción pedagógica y desde la
misma implementación didáctica, desde el relacionamiento con las instituciones, desde la
visión que se tenga del mundo… Todo esto va a ser la base sobre la cual se va a edificar
nuestro accionar. Nunca hay que dejar de cuestionar el mundo en que vivimos y para ello es
necesario nunca dejar de cuestionarnos a nosotros mismos.
Sin duda este recorrido que nos ha hecho transitar este término con tanto contenido,
nos ha generado y sigue generando una cantidad de interrogantes que solamente se
pondrán a prueba a medida que vivimos, ya sea en la cotidianeidad de cada día como
dentro de un aula. Porque aunque podemos nombrar un montón de hechos históricos, e ir
repasando determinados autores, la reflexión y el aprendizaje sólo serán valiosos en la
medida que lo pongamos en confrontación con el hoy de nuestro país, el funcionamiento de
las instituciones educativas, de las aulas y el quehacer con los estudiantes que nos toca
tener cara a cara. Es allí donde se verá la realidad de nuestra actitud laica como medio para
ir logrando una educación que sea cada vez más integral.
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Referencias
- Varela, J. P. (1964) La educación del pueblo. Ministerio de Instrucción Pública y
Previsión Social.
- Reyes, R. El derecho a educar y el derecho a la educación. Editorial Monteverde.
- Milot, M. (2009) La laicidad. Editorial CCS.
- Da Costa, N. (2009) La laicidad uruguaya. Archives de sciences sociales des
religions.
[Link]
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