INTRODUCCIÓN A LA FILOSOFÍA
SESIÓN 09: EL PROBLEMA DEL HOMBRE DESPUÉS DE LOS GRIEGOS
JEAN JACQUES ROUSSEAU: DISCURSO SOBRE EL ORIGEN DE LA DESIGUALDAD ENTRE LOS HOMBRES
SEGUNDA PARTE
El primero a quien, después de cercar un terreno, se le ocurrió decir «Esto es mío», y halló personas bastante sencillas para creerle,
fue el verdadero fundador de la sociedad civil. ¡Cuántos crímenes, guerras, muertes, miserias y horrores habría ahorrado al género
humano el que, arrancando las estacas o arrasando el foso, hubiera gritado a sus semejantes: «¡Guardaos de escuchar a ese
impostor; estáis perdidos si olvidáis que los frutos son para todos y que la tierra no es de nadie!» Pero bien podemos suponer que
entonces no habían llegado las cosas al extremo de no poder ya perdurar tales como eran; porque esta idea de propiedad, como
depende de muchas ideas anteriores que no han podido nacer sino sucesivamente, no se formó de un golpe en el espíritu humano.
Fue menester progresar mucho, adquirir industria e ilustración, transmitirlas y aumentarlas de edad en edad antes de llegar a ese
último término del estado de naturaleza. Tomemos, pues, las cosas desde más lejos y tratemos de reunir bajo un aspecto único la
lenta sucesión de sucesos y de conocimientos de un orden más natural.
El primer sentimiento del hombre fue el de su existencia; su primer cuidado, el de su conservación. Los productos de la tierra le
proveían de todos los auxilios necesarios a cuyo uso le llevaba el instinto. El hambre, otros apetitos, le hacían experimentar a su
tiempo diversas maneras de existir, y así tuvo una que le invitó a propagar su especie; y este ciego pensamiento, desprovisto del
sentimiento del corazón, no producía sino un acto puramente animal. Satisfecho el deseo, los dos sexos no se conocían más, y el
mismo hijo nada era para la madre tan pronto como podía prescindir de ella.
Tal fue la condición del hombre naciente; tal fue la vida de un animal, limitado desde luego a simples sensaciones, aprovechándose
apenas de los dones que la naturaleza le ofrecía, lejos de arrancarle cosa alguna. Mas pronto se presentaron dificultades, y entonces
fue preciso aprender a vencerlas: la altura de los árboles que le impedía llegar hasta sus frutos, la competencia de animales que
buscaban también en ellos su alimento, la fiereza de aquellos que para alimentarse querían su misma vida, todo obligó al hombre
a experimentarse en los ejercicios del cuerpo; necesitó hacerse ágil, rápido en la carrera, fuerte en la lucha. Las ramas de los árboles
y las piedras como armas naturales se hallaron muy pronto al alcance de su mano. Aprendió a dominar los obstáculos de la
naturaleza, a combatir en caso necesario con los demás animales, a disputar a los demás hombres la subsistencia y a resarcirse
de lo que era preciso ceder al más fuerte.
A medida que iba extendiéndose el género humano, los trabajos se multiplicaron juntamente con los hombres. La diferencia de
terrenos, de climas y de estaciones pudo obligarles a tenerla también en cuenta en su manera de vivir. Los años estériles, los
inviernos prolongados y rudos, los abrasadores veranos que todo lo consumen, exigieron de ellos nueva industria. En las costas del
mar y en las riberas fueron inventados los sedales y anzuelos, llegando de este modo a ser pescadores e ictiófagos. Hicieron en las
selvas arcos y flechas, y se convirtieron en cazadores y en guerreros. Con las pieles de animales muertos a sus manos, se cubrieron
en los países fríos. Un volcán, el rayo, cualquier feliz casualidad les dio a conocer el fuego, nuevo recurso contra el rigor del invierno;
así aprendieron a conservar este elemento, a reproducirlo después y, por último, a asar en él las carnes que antes devoraban
crudas.
Esta aplicación reiterada de los diversos seres a sí mismos y de los unos hacia los otros debió naturalmente de engendrar en el
espíritu del hombre la percepción de ciertas relaciones. Estas relaciones que expresamos con las palabras grande, pequeño, fuerte,
débil, rápido, lento, temeroso, atrevido, y otras semejantes ideas, comparadas por necesidad y casi sin pensar en ello, produjeron
al fin en el hombre cierta especie de reflexión, o mejor, una prudencia maquinal que le indicaba las precauciones más necesarias
para su seguridad.
Las nuevas luces que resultaron de este desarrollo aumentaron su superioridad sobre los demás animales, dándosela a conocer.
Ejercitóse en armarles cepos, lo engañó de mil maneras, y aunque muchos le aventajaban en fuerza en la pelea o rapidez en la
carrera, de aquellos que podían servirle o perjudicarle llegó a ser, con el tiempo, de los unos, dueño, y azote de los otros. Por esto
la primera mirada que puso en sí mismo produjo su primer movimiento de orgullo; por esto, acertando apenas a distinguir las
jerarquías y considerándose el primero por su especie, se preparaba de lejos a intentar ser también el primero como individuo.
Instruido por la experiencia de que el amor del bienestar es el único móvil de las acciones humanas, hallóse en situación de distinguir
las pocas ocasiones en que, por común interés, debía contar con la existencia de sus semejantes y aquéllas aún menos frecuentes
en que la competencia debía hacerle desconfiar de ellos.
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INTRODUCCIÓN A LA FILOSOFÍA
JEAN JACQUES ROUSSEAU: ELCONTRATO SOCIAL
LIBRO PRIMERO
CAPÍTULO I: Tema de este primer libro
El hombre ha nacido libre, y en todas partes está encadenado. Hay quien se cree señor de los demás y es más esclavo que ellos.
¿Cómo se ha producido este cambio? Lo ignoro. ¿Qué es lo que puede hacerlo legítimo? Creo que puedo resolver esta cuestión.
Si sólo considerase la fuerza y el efecto que de ella se deriva, diría: mientras un pueblo se ve obligado a obedecer, y obedece, obra
bien; tan pronto como puede sacudir el yugo, y lo sacude, obra mejor aún; pues al recobrar su libertad por el mismo derecho con
que le fue arrebatada, o tiene razón para reivindicarla, o no la tenían para quitársela. Pero el orden social es un derecho sagrado
que sirve de base a todos los demás. No obstante, este derecho no procede de la Naturaleza; luego se funda en convenciones. Se
trata de saber cuáles son estas convenciones. Antes de llegar a ello, debo explicar lo que acabo de adelantar.
CAPÍTULO II: De las primeras sociedades
La más antigua de todas las sociedades y la única natural es la de la familia. Pero los hijos no dependen del padre más que durante
el tiempo que lo necesitan para subsistir. En cuanto cesa esta necesidad, el vínculo natural se disuelve. Una vez exentos los hijos
de la obediencia que deben al padre y exento el padre de los cuidados que debe a los hijos, unos y otros vuelven a la independencia.
Si continúan unidos, ya no es naturalmente, sino voluntariamente, y la familia misma no se mantiene sino por convención.
Esta libertad común es una consecuencia de la naturaleza del hombre. Su primera ley es velar por su propia conservación, sus
primeros cuidados son los que se debe a sí mismo, y como, al llegar a la edad de la razón, ya es él el único juez de los medios
adecuados para su conservación, se convierte así en dueño de sí mismo.
La familia es, pues, si se quiere, el primer modelo de las sociedades políticas: el jefe es la imagen del padre; el pueblo, la imagen
de los hijos, y habiendo nacido todos iguales y libres, sólo por su utilidad enajenan su libertad. La única diferencia está en que, en
la familia, el amor del padre a sus hijos es el precio de los cuidados que les dedica, mientras que, en el Estado, el placer de mandar
sustituye a ese amor que el jefe no siente por sus pueblos.
Grocio niega que todo poder humano esté establecido en favor de los gobernados. Cita como ejemplo la esclavitud. Su manera más
constante de razonar es la de establecer siempre el derecho por el hecho. Se podría emplear un método más consecuente, pero no
más favorable a los tiranos.
Es pues, dudoso, según Grocio, si el género humano pertenece a un centenar de hombres, o si ese centenar de hombres pertenece
al género humano, y en todo su libro parece inclinarse a la primera opinión; ésta es también la opinión de Hobbes. He aquí, pues,
la especie humana dividida en rebaños de ganado, cada uno con su jefe, que lo guarda para devorarlo.
Así como un pastor es de naturaleza superior a la de su rebaño, les pastores de hombres, que son sus jefes, son también de una
naturaleza superior a la de sus pueblos. Así razonaba, refiriéndose a Filón, el emperador Calígula; concluyendo bastante bien de
esta analogía que los reyes eran dioses, o que los pueblos eran animales.
El razonamiento de Calígula reaparece en el de Hobbes y Grocio. Antes que todos ellos, Aristóteles había dicho también que los
hombres no son naturalmente iguales, sino que unos nacen para la esclavitud y otros para para la dominación.
Aristóteles tenía razón, pero tomaba el efecto por la causa. Todo hombre nacido en la esclavitud nace para la esclavitud, nada más
cierto. Los esclavos lo pierden todo en sus cadenas, hasta el deseo de liberarse de ellas: aman su servidumbre como los
compañeros de Ulises amaban su embrutecimiento. Es decir, si hay esclavos por naturaleza, es porque ha habido esclavos contra
Naturaleza. La fuerza ha hecho los primeros esclavos, la cobardía de los mismos los ha perpetuado.
Nada he dicho del rey Adán, ni del emperador Noé, padre de tres grandes monarcas que se repartieron el universo, como hicieron
los hijos de Saturno, a quienes se ha creído reconocer en aquéllos. Espero que se me agradezca esta moderación, pues,
descendiente directo de uno de esos príncipes, y acaso de la rama primogénita, ¿quién sabe si, comprobando los títulos, no
resultaría yo el legítimo rey del género humano? Como quiera que sea, no se puede negar que Adán haya sido soberano del mundo
como Robinsón de su isla, mientras fue el único habitante, y lo cómodo de este imperio era que el monarca, seguro en su trono, no
tenía que temer ni rebeliones ni guerras ni conspiradores.
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INTRODUCCIÓN A LA FILOSOFÍA
CAPÍTULO III: Del derecho del más fuerte
El más fuerte no es nunca lo bastante fuerte para ser siempre el amo, si no transforma su fuerza en derecho y la obediencia en
deber. De aquí el derecho del más fuerte; derecho tomado irónicamente en apariencia, y realmente establecido en principio. Pero,
¿no nos explicarán nunca esta palabra? La fuerza es un poder físico; yo no veo qué moralidad puede resultar de sus efectos. Ceder
a la fuerza es un acto de necesidad, no de voluntad; es, a lo sumo, un acto de prudencia. ¿En qué sentido podrá ser un deber?
Consideremos por un momento ese supuesto derecho. Yo afirmo que de él no resulta otra cosa que un galimatías inexplicable.
Pues desde el momento en que es la fuerza la que hace el derecho, el efecto cambia con la causa: toda fuerza que supera a la
primera, sucede a su derecho. Desde el momento en que se puede desobedecer impunemente, se puede legítimamente, y puesto
que el más fuerte tiene siempre razón, sólo se trata de procurar ser el más fuerte. Ahora bien: ¿qué derecho es ese que prescribe
cuando la fuerza cesa? Si hay que obedecer por fuerza, no hay necesidad de obedecer por deber, y si no se es forzado a obedecer,
ya no se está obligado a hacerlo. Se ve, pues, que esta palabra derecho no añade nada a la fuerza; no significa aquí absolutamente
nada.
Obedeced a los poderes. Si esto quiere decir: Ceded a la fuerza, el precepto es bueno pero superfluo; respondo que no será nunca
violado. Todo poder viene de Dios, lo reconozco; pero también viene de Dios toda enfermedad. ¿Quiere esto decir que esté prohibido
llamar al médico? Supongamos que un bandido me sorprende en un bosque: tengo, por fuerza, que entregarle mi bolsa, pero ¿es
que, además, estoy en conciencia obligado a dársela aun cuando pudiera evitarlo? Pues, después de todo, la pistola que el bandido
tiene es también poder.
Convengamos, pues, en que la fuerza no hace el derecho, y que no estamos obligados a obedecer más que a los poderes legítimos.
Así, mi primera cuestión sigue planteada.
CAPÍTULO IV: De la esclavitud
Puesto que ningún hombre tiene una autoridad natural sobre su semejante, y puesto que la fuerza no produce ningún derecho,
quedan, pues, las convenciones como base de toda autoridad legítima entre los hombres.
Si un particular, dice Grocio, puede enajenar su libertad y hacerse esclavo de un amo, ¿por qué todo un pueblo no ha de poder
enajenar la suya y hacerse súbdito de un rey? Hay aquí muchas palabras equívocas que necesitarían explicación, pero
atengámonos a la de enajenar. Enajenar es dar o vender. Ahora bien, un hombre que se hace esclavo de otro no se da, se vende,
al menos por su subsistencia; pero un pueblo ¿por qué se vende? Un rey, lejos de proveer a la subsistencia de sus súbditos, saca
de ellos la suya, y según Rabelais, un rey no se contenta con poco. ¿Los súbditos dan, pues, su persona a condición de que les
tomen también su hacienda? No veo qué es lo que les queda por conservar.
Se dirá que el déspota asegura a sus súbditos la tranquilidad civil. Sea; pero ¿qué ganan con esto, si las guerras a que su ambición
los lleva, si su insaciable codicia, si las vejaciones de su ministerio los asuelan más que los asolarían sus propias disensiones?
¿Qué ganan si esa misma tranquilidad es una de sus miserias? También se vive tranquilo en los calabozos, y ¿basta eso para
encontrarse bien en ellos? Los griegos encerrados en el antro del Cíclope vivían allí tranquilos mientras les llegaba la vez de ser
devorados.
Decir que un hombre se da gratuitamente es decir una cosa absurda e inconcebible; acto tal es ilegítimo y nulo, simplemente porque
el que lo realiza no está en su sano juicio. Decir lo mismo de todo un pueblo es suponer un pueblo de locos; la locura no hace
derecho.
Aunque cada cual pudiera enajenarse a sí mismo, no puede enajenar a sus hijos; nacen hombres y libres, su libertad les pertenece
a ellos, sólo ellos pueden disponer de la misma. Antes que lleguen a la edad de la razón, el padre puede, en nombre de ellos,
estipular condiciones para su conservación, para su bienestar; pero no darlos irrevocablemente y sin condiciones; pues semejante
donación es contraria a los fines de la Naturaleza y rebasa los derechos de la paternidad. Sería, pues, preciso, para que un gobierno
arbitrario fuese legítimo, que, en cada generación, el pueblo fuese dueño de aceptarlo o de rechazarlo; pero entonces tal gobierno
ya no sería arbitrario.
Renunciar a la propia libertad es renunciar a la cualidad de hombre, a los derechos de la humanidad, incluso a sus deberes. No hay
compensación posible para quien renuncia a todo. Renuncia tal es incompatible con la naturaleza del hombre, y privar de toda
libertad a su voluntad es privar de toda moralidad a sus acciones (…).
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INTRODUCCIÓN A LA FILOSOFÍA
LIBRO CUARTO
CAPÍTULO I: La voluntad general es indestructible
Mientras varios hombres reunidos se consideran como un solo cuerpo, no tienen más que una sola voluntad que se refiere a la
común conservación y al bienestar general. Entonces todos los resortes del Estado son vigorosos y simples, sus máximas son
claras y luminosas, no hay intereses "confusos, contradictorios, el bien común aparece en todo con evidencia, y no exige más que
buen sentido para verlo. La paz, la unión, la igualdad son enemigas de las sutilezas políticas. Los hombres rectos y sencillos son
difíciles de engañar por causa de su misma sencillez; las añagazas, los pretextos refinados no les impresionan; no son lo bastante
sutiles para ser víctimas de engaños. Cuando vemos en los pueblos más felices del mundo reuniones de campesinos arreglar los
asuntos del Estado a la sombra de un roble y conducirse siempre cuerdamente, ¿cómo no vamos a desdeñar los refinamientos de
otras naciones que se hacen ilustres y desdichadas con tanto arte y tantos misterios?
Un Estado gobernado así necesita muy pocas leyes, y a medida que va siendo necesario promulgar otras nuevas, esa necesidad
se ve universalmente. El primero que las propone no hace más que decir lo que todos han notado ya, y no hacen falta intrigas ni
elocuencia para plasmar en ley lo que cada cual ha resuelto ya hacer en cuanto los demás estén dispuestos a obrar como él (…).
Podría hacer aquí muchas reflexiones sobre el simple derecho de votar en todo acto de soberanía, derecho que nada puede quitar
a los ciudadanos, y sobre el de opinar, proponer, dividir, discutir, derecho que el gobierno tiene siempre buen cuidado de no dejar
más que a sus miembros; pero esta importante materia exigiría un tratado aparte y no puedo decirlo todo en éste.
Referencia
Rousseau, J. J. (1984). Discurso sobre el origen de la desigualdad entre los hombres. El contrato social. Buenos Aires: Ediciones
Orbis.