“El camino hacia la libertad es tan difícil como raro, pero es posible encontrarlo”
Referencia al filósofo Baruch Spinoza, en Cerebro y Libertad
Tenemos valores morales que nos son muy preciados. En mi caso y seguramente el de la
mayoría, la libertad es uno de ellos. No obstante, toda consideración moral tiene que
“enfrentarse al hecho ineludible de nuestra realidad biológica.” (p. 60 de Cerebro y
Libertad). Es preciso investigar si nuestro cerebro, por ejemplo, realmente es libre. Esta
discusión sobre el libre albedrío está lejos de disiparse y varios neurólogos e
investigadores consideran que nuestro cerebro es menos libre de lo que se cree, o
sencillamente dista de ser libre, estando condicionado a automatismos biológicos,
incluyendo los genéticos y hormonales.
Es afortunada para esta discusión un espléndido ensayo publicado en castellano por el
investigador mexicano Roger Bartra Murià. Debe ser de los mejores textos en idioma
castellano que han salido al mercado en 2013. Se trata de Cerebro y Libertad. Ensayo
sobre la moral, el juego y el determinismo (Fondo de Cultura Económica, México:
2013). Y si señalo el gentilicio de Bartra, es porque este libro parece más bien escrito en
inglés. Nuestro amado castellano es delicioso para poesía y narrativa, pero
lamentablemente los ensayos o textos técnicos en castellano muchas veces tienen una
redacción enrevesada y carecen de un discurso bien estructurado. Este ensayo parecía
una traducción de un libro escrito en inglés. Y si digo esto es precisamente porque el
libro da aliento a tener un mejor estilo para publicar ensayos científicos en lengua
castellana.
En el pensamiento liberal, curiosamente, el problema del libre albedrío y las bases
biológicas de la libertad son temas que demandan más tratamiento. El libro de Bartra
menciona el caso del gran filósofo liberal y premio nobel de economía Friedrich A.
Hayek (1899-1992), a quien he comentado en más de un artículo. Hayek escribió un
ensayo que mantuvo inédito hasta 1952, The Sensory Order (hay traducción castellana
por Unión Editorial: El Orden Sensorial. Los fundamentos de la psicología teórica).
Es uno de los libros más inusuales de Hayek y de los menos explorados por los
liberales, porque es un texto de psicología, en lugar de los habituales trabajos en
economía o filosofía política. Lamentablemente, en esta exploración Hayek nunca da
una solución al problema del libre albedrío y se mantuvo en esa postura en otras obras
posteriores. Siguiendo a Bartra: “Unos años después, en su célebre The Constitution of
Liberty (1960)Hayek repitió su idea sobre el libre albedrío: se trata de un problema
fantasmal en el que no tiene sentido ni su afirmación ni su negación. Sin embargo,
después de discutir ideas voluntaristas y deterministas, se inclina claramente por las
primeras: «los voluntaristas están más cerca de lo correcto, mientras que los
deterministas están simplemente confundidos.»” (p. 140) Hayek intuye que pensamos
libremente, mas no consigue formalizar el argumento de modo conclusivo.
El problema del libre albedrío está lejos de ser una reliquia teórica o una discusión
bizantina. Cuando más se explora el cerebro humano, se toma constancia de cómo está
determinado por una serie de procesos automáticos, inconscientes y en gran medida
sujeto tanto a la genética como a la neuroquímica. Muchas decisiones las hacemos sin
pensar y ni hablar de cómo nos condicionan la costumbre y el poder externo (social,
familiar, corporativo…). Como señala Bartra: “La fuerza del argumento determinista
proviene de una idea simple: vivimos en un universo donde todos los acontecimientos
tienen una causa suficiente que los antecede.” (p. 27) En la medida que entendemos
mejor cómo funciona el cerebro y conocemos mejor los trastornos psiquiátricos, el
cerebro queda convertido sencillamente en un “campo de fuerzas” (concepto del
filósofo liberal Karl Popper comentado por Bartra en su p. 35). Y lo terrible es que
muchas de esas fuerzas para nada dependen de la voluntad o decisiones conscientes. La
neurobiología da cada vez más evidencia sobre esto y muchos investigadores optan por
descartar el libre albedrí[Link] el inicio de su investigación, Bartra admite: “… Hay que
reconocer que el libre albedrío es un bien escaso. Con esto quiero decir que no todos los
actos humanos son fruto de la libertad: solamente una pequeña parte de la actividad
humana se escapa de los mecanismos deterministas.” (p. 42)
Bartra procede entonces a revisar la obra de varios filósofos sobre el tema del libre
albedrío y a reseñar numerosas investigaciones sobre la dinámica cerebral. Él mismo
hace dos aporte notables al estudio del problema: la consideración sobre el fenómeno
del juegoy el concepto de exocerebro.
Uno de los filósofos que más gana dimensión en la investigación es el holandés de
ascendencia portuguesa y miembro del pueblo hebreo Baruch (Benedicto)
Spinoza(1632-1677). En su Ética demostrada según el orden geométrico, Spinoza
consideraba: “Los hombres se equivocan, en cuanto piensan que son libres; y esta
opinión sólo consiste en que son conscientes de sus acciones e ignorantes de las causas
por las que son determinados. Su idea de libertad es, pues, ésta: que no conocen causa
alguna de sus acciones.” (p. 21) La sutileza de este argumento es la siguiente: ¿Cómo
podemos ser libres si desconocemos cómo decidimos? Si no sabemos la causa última de
nuestros pensamientos y nuestras acciones, difícilmente podemos afirmar con
contundencia que somos libres. Sencillamente, “siendo ignorantes, los hombres no
pueden ser libres.” (p. 22) Spinoza, no obstante, cree en el concepto de libertad y de allí
que formule una ingeniosa solución conceptual al problema. Siguiendo a Bartra: “¿De
dónde proviene la fuerza que puede permitir a los humanos ser libres? Spinoza ubica esa
potencia en lo que llama conato (conatus), que es el esfuerzo que realiza la mente para
perseverar en su ser. El conato es una tendencia, propensión o impulso que abarca tanto
a la mente como al cuerpo…” (p. 25) Este concepto plantea que el ser humano tiene en
sí mismo una fuerza que le da identidad y le mantiene perseverando en mantener esta
integridad durante toda su experiencia vital. Esa fuerza, ese conato da conciencia a la
vida, invita a razonar y decidir libremente. Una intuición de esta índole, planteada hace
más de tres siglos, tiene vigencia incluso en estos tiempos neurobiológicos. “Algo” nos
mantiene conscientes y libres. ¿Qué puede ser?
En la exploración del problema, uno de los más deliciosos capítulos del ensayo de
Bartra es el quinto, “La libertad del juego”. Nuestros juegos, desde la infancia – y que
comparten en menor grado otros seres irracionales -, tienen en sí mismos una
demostración empírica de la libertad. Si algo caracteriza al ser humano (al punto que un
autor como Johan Huizinga lo llama Homo Ludens, “hombre lúdico”) es la sofisticación
de los juegos que ha creado. Antes de escribir estas líneas estaba viendo las Olimpíadas
de Invierno de Sochi y no puedo sino maravillarme por la complejidad y belleza del
juego deportivo. El juego tiene valor biológico como una especia de “simulación”,
donde los seres vivos ensayan situaciones de riesgo y desarrollan habilidades,
desactivando los circuitos neuronales que alertan sobre peligro (quien tenga perros o
gatos los ve jugar cotidianamente). Es una situación controlada. Ahora bien, el juego
humano, al igual que el arte, tienen una refinación importante, combinando unas reglas
sofisticadas (basta pensar en las normas vigentes para cualquier deporte) y al mismo
tiempo un amplio espacio para la creatividad. Una de las mejores frases al respecto es
una cita que hace Bartra sobre la obra de Erik H. Erikson: “cuando se termina la
libertad o los límites, se acaba el juego” (p. 74) Esto es, difícilmente un juego es
sostenible si carece de dos elementos contradictorios: reglas y libertad. Esto lo
descubrimos desde la infancia. Lo maravilloso del juego y su poder explicativo para la
libertad humana es eso: sujetos a reglas, tenemos un abanico amplio, quizás ilimitado de
creación. Un futbolista está sujeto a reglas durante noventa minutos, mas dentro de esas
normas encuentra combinaciones de jugadas, regateos y pases impredecibles, sin por
ello ir contras las reglas. En la música pasa lo mismo: hay normas de armonía,
estructura y forma, mas a partir de allí se puede jugar libremente. El juego es libertad
porque incorpora la imaginación. Una investigación sobre los juegos ayuda mucho a
entender el fenómeno de la libertad (los economistas tenemos nuestra “teoría de juegos”
para interpretar la interacción humana cooperativa y no cooperativa, por ejemplo). Un
autor mencionado por Bartra, Roger Caillois “habla de cuatro clases de juegos: agôn
(competencia), alea (azar), mimicry(simulación) e ilinx (vértigo).” (p. 88) Desde esta
óptica, los videojuegos (sujetos a reglas de programación informática) pierden esa
visión negativa sobre esclavización y embrutecimiento que denuncian muchos padres.
Una de las frases más felices para redondear esta idea es que “el juego rompe la cadena
de las determinaciones.” (p. 126)
La construcción teórica de Bartra en ese ensayo es el exocerebro. Rescata un concepto
del biólogo estonio Jakob von Uexküll, el Umwelt. Esto es, el ser humano no está
aislado, sino que es una unidad junto con su entorno. La idea tiene esta poderosa
implicación: “El concepto de Umwelt está estrechamente ligado a la idea de que la
conciencia no es únicamente un yo alojado en el cerebro, sino que incluye el entorno.”
(p. 131) Esta propuesta redondea la intuición del filósofo José Ortega y Gasset (1883-
1955) en Meditaciones del Quijote, citada por Bartra: “Yo soy yo y mi circunstancia, y
si no la salvo a ella no me salvo yo.” (p. 130) El exocerebro lo que plantea es que el
cerebro humano no se limita a este maravilloso órgano alojado en nuestro cráneo, sino
que el ser humano ha construido unas “prótesis” externas para terminar de cumplir sus
funciones cerebrales. Una de esas prótesis es la cultura. Incorporando una noción del
filósofo Martin Heidegger (1889-1976), “los humamos son formadores o
configuradores del mundo” (p. 134) El ser humano escapa de ese cerebro biológico y
construye una serie de elementos exteriores para reforzar sus funciones, algo que le da
una “riqueza de mundo” de la cual carecen los seres irracionales. Esto da un salto
importante, porque convierte al ser humano en lo que Ernst Cassirer denominaba desde
1944 como “animal simbólico” (p. 135). El cerebro humano se construye una serie de
redes externas que no están alejadas en sus propias conexiones neuronales y estos
nuevos circuitos incorporan un procesamiento simbólico.
Afinando esa idea, vale una noción de Cassirer elaborada por Bartra: “En el mundo
circundante de los animales hay solamente señales; en el del hombre hay símbolos.” (p.
136) Los humanos andamos inmersos en un “medio ambiente simbólico” (p. 142) en
nuestra vida cotidiana: leyes, normas, reglas, más o menos tácitas. Nuestro entorno
cotidiano, familiar, laboral, comunitario, lleva un complejo procesamiento de símbolos.
Es más, muchas personas con las que interactuamos diariamente entrañan en sí mismas
toda una serie de símbolos: de poder, afectivos, morales. Ahora bien, lo poderoso del
concepto de exocerebro para la libertad es precisamente que saca al pensamiento
humano de sus fronteras biológicas y corporales, construyendo unas redes novedosas,
culturales, donde se potencia el poder para el libre albedrío. En esta línea de
razonamiento, Bartra señala:
“A mi parecer, el entorno cultural incierto obliga a los seres humanos a tomar
decisiones constantemente. Pero, al mismo tiempo, el mundo simbólico que los rodea
les abre la posibilidad de escapar del espacio biológico determinista para entrar en un
mundo en el que es posible, aunque difícil, elegir libremente.” (p. 143)
La libertad se fundamentaría en que nuestro cerebro humano no es simplemente
biológico, sino que ha construido complejos apéndices socioculturales. Esta
particularidad nos permite “la coexistencia del indeterminismo y la deliberación.” (p.
149) Las instituciones sociales, en vez de considerarse como un ente esclavizador,
potencian precisamente el libre albedrío, bajo esta concepción. Una cita final de Bartra
completa esta exposición:
“La libertad se basa en la presencia de prótesis culturales artificiales (el lenguaje en
primer lugar) que suple funciones que el cerebro no puede realizar por medios
exclusivamente biológicos.” (p. 150)
El mensaje es positivo y liberador: el ser humano, lejos de estar determinado por la
biología, escapa de las limitaciones mediante la vida cultural. Y esa vida cultural es
precisamente una construcción propia del cerebro humano, dotado de un poder casi
ilimitado, don divino que escapa a las cadenas biológicas.
Para entender mejor este ensayo de Bartra, es preciso adentrarse en otro trabajo de él
que ya ando estudiando y reseñaré oportunamente: Antropología del cerebro. La
conciencia y los sistemas biológicos (Fondo de Cultura Económica, 2006).
Epílogo: la visión de Mauro Torres
Un destacado investigador y psiquiatra colombiano, D. Mauro Torres, ha hecho un
trabajo no menos fascinante sobre cerebro y libertad. Él considera un problema que
limita la libertad humana y está alojado en el cerebro biológico: las compulsiones.
Tras un exhaustivo trabajo de campo, incluyendo cárceles, garitos y prostíbulos, ha
analizado desde los años 1980 centenares de árboles genealógicos para sustentar una
teoría, la del “poder mutagénico débil del alcohol”. El argumento es que el consumo de
alcohol genera mutaciones débiles en los genes de las células reproductivas, originando,
mediante un proceso conocido como pleiotropía, la transmisión a los descendientes de
terribles compulsiones, más de cuarenta, incluyendo prevalencia de alcoholismo (46%
de los árboles genealógicos estudiados), obesidad (casi 10%), delincuencia (7%),
vagancia (5%), violencia (5%), adulterio (4%), tabaquismo (4%) y una gama de
comportamientos terribles como prostitución, juego, despilfarro, piromanía, pedofilia y
tantas otras conductas que arruinan al ser humano y la sociedad.
La compulsión es una poderosísima fuerza cerebral, donde el ser humano experimenta
un placer desmesuradamente intenso ante ciertos consumos. Se refuerza esta imposición
mediante el estímulo de tales conductas a los centros cerebrales de adicción. El ser
humano sometido a este condicionamiento genético coloca sus energías mentales e
inteligencia en entregarse a estas conductas que “matan dando placer”. La voluntad y la
acción humana quedan aprisionadas por algo totalmente ajeno al exocerebro de Bartra:
el cerebro biológico, genéticamente alterado por el consumo de alcohol en los ancestros.
En soporte a esta teoría Torres ha hecho una extensa investigación en varias obras y
ciertamente la presencia acentuada de obesidad y sobrepeso en casi la mitad de la
población mundial, junto a un acentuado hedonismo y desbarajuste de conductas
contemporáneo sería el producto acumulado por millares de años en que la humanidad
ha estado consumiendo alcohol.
Lo interesante de este enfoque es que muestra un lastre biológico capaz de someter el
potencial del cerebro humano. Sociedades con consumo notable de alcohol como las
latinoamericanas bien pueden atribuir parte de su esclavitud institucional y políticas a
estas fuerzas desatadas de la compulsión. Las terapias psicológicas ganan una nueva
dimensión y potencia con esta propuesta, ya que apelan a un tratamiento con enfoque
novedoso, donde la inteligencia del paciente, más que su voluntad, son las que permiten
refrenar estas fuerzas desatadas por la compulsión. El conocimiento científico abre
puertas para liberar al cerebro de la esclavitud a que lo sujetan las compulsiones. En vez
de apelar a traumas familiares o desórdenes neuróticos, la teoría de las compulsiones
rescata la dimensión biológica del cerebro, tan descuidada por muchos psicólogos y
educadores.
No pierde atractivo en estos agitados días que atraviesa Venezuelaevaluar el efecto del
alcoholismo en esa sociedad tan amiga de la cerveza y el güisqui.
Lejos de ser una arenga moralista, Torres coloca en el tapete la esclavización del
cerebro biológico por una droga como el alcohol, la cual altera los circuitos cerebrales
por generaciones. Es una línea de pensamiento destacable y válida de explorar, junto
con la del exocerebro propuesta por otro latinoamericano, Bartra y que también invita a
estudiar desde el cerebro la libertad humana.
(Una obra introductoria al pensamiento de Torres es: Obesidad. Segunda
Multiepidemia del Milenio 2000, después del alcoholismo. Digiprint Editores,
Colombia: 2012). Ya he reseñado sus importantes trabajos biográficos sobre Bolívar y
Freud desde la óptica compulsiva.
Bogotá, Febrero de 2014