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Maturin y "La familia de Montorio"

Este documento presenta un resumen biográfico de Charles Robert Maturin, autor de la novela gótica Melmoth el errabundo. Maturin nació en Dublín en 1780 y estudió en el Trinity College, donde se graduó en retórica y composición poética. En 1806 publicó su primera novela, La familia de Montorio, bajo seudónimo. La obra tuvo una buena recepción por parte de Walter Scott. Maturin continuó escribiendo novelas góticas con poco éxito comercial hasta la publicación de su obra maestra Melm

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Maturin y "La familia de Montorio"

Este documento presenta un resumen biográfico de Charles Robert Maturin, autor de la novela gótica Melmoth el errabundo. Maturin nació en Dublín en 1780 y estudió en el Trinity College, donde se graduó en retórica y composición poética. En 1806 publicó su primera novela, La familia de Montorio, bajo seudónimo. La obra tuvo una buena recepción por parte de Walter Scott. Maturin continuó escribiendo novelas góticas con poco éxito comercial hasta la publicación de su obra maestra Melm

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Charles Robert Maturin (1780-1824), autor de la inmortal novela gótica

«Melmoth el errabundo» (1820) colección Gótica nº 21, tomó prestado a los


veinticuatro años el castillo de Udolfo de Ann Radcliffe, lo rebautizó con el
nombre de Muralto un guiño al canónigo de san Nicolás, de Otranto,
encendió una vela y se sentó a contarnos la horrible tragedia de la familia
Montorio. Una historia espeluznante.
Maturin había estudiado en el Trinity College de Dublín, su ciudad natal, y
tras graduarse se sumerge de manera absorbente en el estudio de obras de
muy diversos géneros que van cayendo en sus manos, ya sea filosofía,
teología, historia, novela o poesía. No obstante, la literatura es la gran pasión
de su vida, la pasión que le transporta y le arrastra finalmente hasta el mismo
borde de la locura. Se ordena clérigo en 1803, y desde entonces trata de
hacer compatible su carrera eclesiástica con la de novelista y autor teatral.
Acabó su primera novela, Venganza fatal en 1806, que publicó al año
siguiente en Londres bajo seudónimo, y en 1816 estrena su famoso drama
Bertram. Después de escribir tres novelas más sin gran éxito entre 1808 y
1818, publica su monumental Melmoth en 1820, obra cumbre de la literatura
gótica.
«La familia de Montorio» (aparecida originalmente con el título de «Venganza
fatal») es un relato oscuro, una maraña de historias lo vuelven intrincado.
Maturin va contando a un tiempo, separadamente, las zozobras de Ippolito y
de Annibal, los hermanos Montorio, con los que viajamos a pie y a caballo
por buena parte de la región de Nápoles. Sobre ellos se cierne la influencia
de un personaje siniestro, el desconocido para Ippolito y el confesor para
Annibal. Una fatalidad traba las vidas de los moradores del castillo de
Muralto formidable, ennegrecido, silencioso, residencia de la familia
Montorio, y sus destinos se deslizan de forma inexorable hacia la catástrofe
final.

ebookelo.com - Página 2
Charles Robert Maturin

Venganza fatal,
o la familia de Montorio
Valdemar: Gótica - 70

ePub r1.0
orhi 24.02.2018

ebookelo.com - Página 3
Título original: The Fatal Revenge; or, the Family of Montorio
Charles Robert Maturin, 1807
Traducción: Francisco Torres Oliver
Ilustración de cubierta: Francisco Torres Oliver

Editor digital: orhi


ePub base r1.2

ebookelo.com - Página 4
Prólogo
«Dadme un castillo, y os contaré una historia
que os pondrá los pelos de punta».

Así debió de pensar Charles Robert Maturin (1780-1824) cuando, a los


veinticuatro años más o menos, tomó prestado un castillo de Ann Radcliffe, lo
rebautizó con el nombre de Muralto —un guiño al canónigo de san Nicolás, de
Otranto—, encendió una vela, y se sentó a contarnos la horrible tragedia de la familia
Montorio. Una historia espeluznante.
Cuando escribía, nada debía turbar su concentración. No le importaba que hubiera
gente pululando o hablando alrededor: se sellaba la frente con una oblea y se pegaba
los labios con miga de pan para significar que, aunque lo vieran, en realidad estaba en
otra parte, en su mundo. Durante esas horas, su espíritu se perdía en las regiones
oscuras de la ficción; «parecía que abandonaba por completo el cuerpo, dejando atrás
un mero organismo físico; su rostro largo y pálido adquiría el aspecto de una máscara
mortuoria, y sus ojos grandes y saltones adoptaban una mirada vidriosa». Se cuenta
también —lo cuenta un periodista; no se sabe si es cierta la anécdota; algunos
biógrafos la ponen en duda— que una vez tuvo media hora al obispo de Meath, que
había ido a ofrecerle un ascenso, en el cuarto de al lado, esperando a que terminara un
pasaje; y cuando salió por fin, lo hizo teatralmente, en camisón, con una pluma de
escribir prendida en el pelo, declamando como en un escenario, y al terminar el
parlamento se desplomó en el sofá como si sufriese un desmayo; con lo cual, al
prelado le faltó tiempo para salir corriendo.
Acabó La familia de Montorio, en 1806, y consiguió que se la publicasen en
1807, en Londres y bajo seudónimo —dos datos a tener en cuenta—, en el taller de
impresión de Longman, Hurst, Rees y Orme. Pero tuvo que pagar de su bolsillo los
costes de la edición.
Pero quizá no le preocupaban mucho en esa época las cuestiones económicas.
Todavía no le agobiaba la falta de dinero; pronto le agobiaría, de manera rampante,
quitando un breve periodo, hasta su muerte. Había cumplido veintisiete años, y desde
hacía tres era ministro de la Iglesia reformada de Inglaterra. Había abrazado la
religión por consejo paterno; de este modo continuaba la tradición familiar, se
aseguraba un porvenir y, sin duda, ascendería como su abuelo y su bisabuelo, que
alcanzaron el deanato. Nada más ordenarse lo asignaron a una parroquia de mala
muerte del condado de Galway; pero gracias a las amistades de su padre, o a las del
padre de Henriette, su esposa —se habían casado el año anterior—, lo trasladaron a la
iglesia de san Pedro de Dublin, situada en un barrio elegante. Su sueldo, sin embargo,
era exiguo: ochenta libras al año. Pero la joven pareja vivía sin estrecheces porque, al
regresar a la capital, se había instalado en la casa paterna de Maturin. Su padre era un

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alto funcionario del servicio de Correos y gozaba de prestigio: a su mesa se sentaban
personajes públicos y jerarcas de la Iglesia.
Maturin firma esta primera novela, La familia de Montorio, con el seudónimo de
Dennis Jasper Murphy. También firmará así la segunda, The Wild Irish Boy; y la
tercera, The Milesian Chief. Debajo del seudónimo, el editor especifica esta vez:
«Autor de Montorio». Unos años más tarde, como no había conseguido ganarse el
favor de los lectores, decidió escribir teatro; y entonces, debido a los pasos que tuvo
que dar para que le representasen su primera pieza, y al éxito que obtuvo con ella, se
vio obligado a abandonar definitivamente ese fingimiento.
Al principio adopta el seudónimo por temor. Porque es clérigo, y sabe que los
clérigos literatos suelen despertar recelo en sus superiores; lo que le podía acarrear
dificultades. Por otra parte, los tiempos andan revueltos en Irlanda: aún se respiran
aires independentistas, después de los conatos de levantamiento del decenio anterior,
con la consiguiente represión, y un pastor anglicano debe mirar dónde pisa en una
ciudad mayoritariamente católica, a pesar de que él se siente profundamente irlandés.
Pero quizá tenga que ver también en la decisión de esconderse tras un nombre
supuesto, esa especie de inseguridad, o temor, o timidez que suele asaltar al autor
novel en el momento de someterse por primera vez al juicio del público y de la
crítica, verdadero bautismo de fuego. En cualquier caso, no son pocos los escritores
de su tiempo que prefieren ocultar el nombre en su primer libro: Horace Walpole,
Clara Reeve, Ann Radcliffe, M. G. Lewis…; el mismo Walter Scott publica
anónimamente su primera novela, Waverley, en 1814; en las siguientes, y durante
bastante tiempo, solo se le conoce como «el autor de Waverley». No obstante, y
aunque joven, Maturin cuenta con una sólida preparación: ha estudiado en el Trinity
College, donde se gradúa, y de donde sale con honores «en retórica y en composición
poética», y familiarizado con los clásicos griegos y latinos. Además, es un lector
insaciable («omnívoro», dice algún crítico): se sumerge de manera absorbente en
todo lo que cae en sus manos, ya sea filosofía, teología, historia, novela o poesía. Lo
que más le atrae, no obstante, es la literatura. Maturin ha nacido no tanto para
predicar —que lo hará de manera irreprochable— como para dejar correr sin trabas el
torrente de su imaginación en forma de una prosa incontenible. Esa es la gran pasión
de su vida, la pasión que le transporta, y le arrastra finalmente —en la larga y febril
gestación de Melmoth el errabundo, obra en la que vierte pedazos dolorosos de su
propia existencia— hasta el mismo borde de la locura.
Así que, cuando decide ponerse a escribir La familia de Montorio, conoce a fondo
a los grandes de la novela gótica, y sabe excavar en ellos para extraer el mineral que
necesita. Y el resultado es una espléndida demostración.
La familia de Montorio aparece por primera vez en 3 tomos. Los editores
(Longman) le imponen un subtítulo para hacerla atractiva: Fatal Revenge. Él lo
encuentra muy comercial («a very book-selling appellation»); no le hace gracia, pero
accede. Y se imprime como Fatal Revenge; or, The Family of Montorio. Al año

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siguiente, en 1808, la misma editorial le publica su segunda novela, The Wild Irish
Boy, también en 3 tomos; y también tiene él que correr con los gastos. Y en 1812
Henry Colburn le publica la tercera, The Milesian Chief, en 4 tomos. Esta vez el
editor le paga ochenta libras por ella.
Y en ese mismo año de 1812 ocurre una circunstancia que marca en su vida un
antes y un después. Esa circunstancia se llama Walter Scott.
Ocurrió lo siguiente: en la revista Quartely Review, en el número correspondiente
a mayo de 1810, tres años después de la aparición de La familia de Montorio, Walter
Scott publica una reseña que le sirve de pretexto para dar un repaso a las novelas
populares de entonces, denunciar su escasa calidad, y lamentar su falta de
originalidad y la estupidez de sus intrigas. De ese puñado de novelas salva
únicamente la del señor Murphy, a la que dedica un largo análisis, y de la que cuenta
más tarde que le impresionó su estilo vigoroso y el poder nada común de su
imaginación. No obstante, le encuentra defectos —su «exceso» en particular—;
también lamenta que el autor se haya dejado influir por esa especie de vicio
radcliffiano de querer explicar los prodigios. Para Scott, es como si después de
acabada una función de teatro se empeñasen en mostrarnos los mecanismos de la
tramoya; empeño tanto más chocante, en el caso del Montorio, cuanto que ninguna
explicación es capaz de volver tales prodigios medianamente creíbles, o posibles
desde una perspectiva natural. Con todo, Walter Scott anima al joven Murphy a
seguir escribiendo, y le recomienda que busque el consejo de algún autor con
experiencia, y se deje guiar por él. En cierto modo, lo que hace W. Scott no es sino
responder a las palabras finales de Maturin en el prefacio: «Tengo veinticuatro años,
carezco de padrinos y consejeros literarios…»
Walter Scott publica su reseña sin firma; por lo que Maturin tarda en averiguar
quién lo elogia y le manda ese alentador mensaje. Al enterarse por fin, en 1812, le
escribe para identificarse, y expresarle su agradecimiento. Y a partir de ese momento
se inicia entre ellos una correspondencia que durará hasta la muerte de Maturin, en
1824. Y sir Walter Scott se convierte no solo en su amigo, sino también en ese mentor
que le había aconsejado que buscase; y le va a proporcionar constante aliento y
ayuda.
Y desde ese momento, Charles Robert Maturin se vuelve visible literariamente.
De cómo era físicamente tenemos hoy idea gracias al dibujo de Brocas
conservado en la National Gallery de Dublin, y reproducido por primera vez en la
edición de Melmoth de 1892, según informa R. E. Lougy en su monografía sobre él:
lo vemos con una nariz larga, ojos grandes y visionarios, cabellos rizosos y revueltos
que le dan un aire entre renacentista y romántico, y haciendo un gesto
enigmáticamente indicativo con la mano izquierda. Asimismo, gracias a las críticas y
noticias de prensa que aparecieron sobre él en su tiempo, a las notas necrológicas y
reseñas biográficas posteriores, y a los estudios que se han realizado sobre su vida y
su obra ya en el siglo XX, conocemos también multitud de facetas de su personalidad.

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Era alto, delgado, bien proporcionado, y realzaba su figura con ropas oscuras, cuerpo
ajustado y medias claras; vestía llamativamente elegante. Le gustaba igualmente lucir
a Henrietta —joven, graciosa, inteligente, de voz bonita y cultivada—, muy acicalada
y maquillada. Maturin no responde exactamente al modelo de figurín. Más que un
petimetre romántico como pretende Balzac, era, dicen sus compatriotas, el irlandés
más extravagante de su tiempo. «Nous l’avons rencontré en octobre —cita el profesor
Maurice Lévy de la revista Deux Mondes— sur les bords d’un lac, armé d’une ligne
immense, vêtu comme un beau danseur de Londres ou de Dublin, en escarpins et bas
de soie [«Lo hemos encontrado en octubre, a orillas de un lago, provisto de una
enorme caña de pescar, vestido como un bello bailarín de Londres o de Dublin, con
escarpines y medias de seda»…]. Como un bailarín. El símil no parece casual; porque
lo cierto es que le gustaba bailar, «bailar al elegante estilo francés». Cuenta Idman —
que ha estudiado con amplitud su vida y su obra— que era el primero en iniciar el
baile y el último en dejarlo; que el salón de baile era su templo de inspiración y de
culto; que incluso se encargaba personalmente de organizar sesiones matinales de
baile en casa de los miembros predilectos de su coterie, dos o tres por semana; y que
estaba muy pagado de su gracia y su donaire; también, que le deleitaba la compañía
de las damas: entonces se mostraba alegre y animado. En cambio, cuando se
encontraba rodeado solo de hombres y la situación se prolongaba, se impacientaba y
se ponía de malhumor. Y cuentan que sus chifladuras y fantasías eran tantas que
podría llenarse un libro con ellas; así que no es extraño que su nombre estuviera
continuamente en boca de sus conciudadanos y en las páginas de los periódicos; a tal
extremo que Idman asegura que las fuentes más abundantes para conocer a nuestro
hombre (aunque quizá «no las más fiables») son los periódicos y las revistas de su
tiempo. Con motivo del estreno en 1816 del Bertram, su famosa pieza dramática, no
fueron pocos los que quisieron conocerlo; y más de un escritor dejó constancia de su
sorpresa ante la gran disparidad entre el joven alegre y ocurrente que tenía delante, y
el genio tenebroso y terrible que escribía unas historias que encogían el alma, y de
que este Petronio clerical subiese al púlpito a tronar y predicar el abandono de las
vanidades seculares después de haberse dado, como quien dice, un baño de
mundanidad.
Pero estas pinceladas solo proporcionan un retrato congelado de él; y su vida,
como la de todo ser humano, es fluida; puro devenir: el número de hijos aumentaba
deprisa, las deudas se multiplicaban —no siempre por su falta de sentido práctico—,
los problemas con sus superiores crecían al ritmo de su popularidad, y su situación
era cada vez más complicada y sombría. Muy pronto se había dado cuenta de que
dentro de la Iglesia tenía cerrado el camino, y de que nunca saldría de coadjutor. «De
la Iglesia no espero nada», escribe a Walter Scott en 1813. En 1816, a raíz de la
representación del Bertram, se cierne sobre él una amenaza no exenta de tintes
políticos que procede precisamente de sus superiores, y el ministro de la guerra,
Palmerston —cuenta Claude Fierobe—, escribe al ministro de Asuntos Irlandeses

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intercediendo por él. Pero lo cierto es que las ideas de algunos personajes de sus
novelas resultan escandalosas, a menudo son claramente ofensivas y blasfemas, y
despiertan la sospecha de que, no ya lo que escribe, sino él mismo como sacerdote,
está contaminado de heterodoxia; lo que da lugar a interminables acusaciones; de tal
manera que se siente obligado a pedir una y otra vez que no le interpreten
torcidamente. Todavía en 1824, el año de su muerte, desde el prefacio de su última
novela, suplica a los lectores (en realidad, a los críticos literarios y a sus superiores
eclesiásticos) que no le imputen los errores y opiniones con que modela a sus
personajes. Porque él es un buen cristiano y un buen pastor, firme en sus principios,
elocuente en sus sermones y sincero en su profesión. Y tampoco escribe por el deseo
de entretener, sino que aspira a conjugar la doctrina de la fe con la literatura; o más
bien, valerse de esta para difundir aquella: «su compromiso con la religión le hacía
escribir con el propósito de difundir su interpretación del cristianismo».
Pero nunca logró el aprecio de los críticos de su tiempo ni la satisfacción de los
obispos. La familia de Montorio no despertó el interés de nadie, excepto el de Walter
Scott. El resto de sus novelas y dramas, salvo el aplauso que cosechó Bertram —y
aun este recibió atroces andanadas de Coleridge que hirieron profundamente a
Maturin—, fueron acogidas con la misma indiferencia; o, en el caso de Melmoth, con
declarada hostilidad. En 1816, desengañado, había escrito a W. Scott: «No tengo
poder de conmover ni esperanzas de instruir, y ningún drama mío ni obra de otra
clase arrancarán jamás una lágrima, ni darán una enseñanza al corazón; así que me
gustaría que me dejasen hacer lo único para lo que sirvo: sentarme junto a mi Caldero
mágico, mezclar mis oscuros ingredientes, observar el burbujeo y ver surgir a los
espíritus, y mostrar al mundo la mejor de mis delicias». Es lo que hizo en 1818,
después de cosechar tres fracasos; y el resultado fue Melmoth el errabundo. Pero con
Melmoth no consiguió otra cosa que exacerbar la ferocidad de los católicos y de los
anglicanos; unos y otros censuraron y condenaron sus excesos de imaginación; y se
preguntaban —y le preguntaban— cómo un ministro de la Iglesia no tenía problemas
de conciencia a la hora de divulgar esas obscenidades y ofensas a Dios, esas novelas
que no tenían un solo pensamiento que pudiera considerarse normal, una sola página
en la que el lector pudiera encontrar elegancia. «Con su estilo gólgota, sus
monstruosidades y sus tinieblas —dice M. Lévy—, Maturin se hizo culpable del
crimen menos fácilmente perdonable: la falta de gusto».
Y su osadía de escribir y publicar Melmoth fue considerada de un «nauseabundo
exhibicionismo moral».
Entre La familia de Montorio y Melmoth el errabundo media casi toda la carrera
literaria de Charles Robert Maturin —no muy larga, diecisiete o dieciocho años a lo
sumo—. Sin embargo, entre estas dos novelas hay conexiones más sólidas que entre
el resto de su producción; no en vano participan del mismo espíritu «gótico», y las
innovaciones que aporta la una se repiten dilatadas y enriquecidas con innumerables
matices en la otra. Así que, cuando nos adentramos en la historia de la familia

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Montorio —si hemos leído Melmoth—, tenemos la impresión de encontrarnos en
lugares ya visitados. No es que las dos se desarrollen en un mismo espacio físico: con
John Melmoth habíamos recorrido media España; ahora, con los hermanos Montorio
viajamos, a pie y a caballo, por buena parte de la región de Nápoles, aun cuando la
historia es contada ante las puertas de Barcelona. Pero da igual; para Maturin, la
geografía tiene valor de metáfora; en esto se sitúa en el polo opuesto de Ann
Radcliffe, a la que admira, y a la que intenta imitar. Ann Radcliffe utiliza las
montañas, los valles, los ríos, los bosques como escenarios sublimes donde enmarcar
sus episodios, y les dedica páginas de cuidadas descripciones con lo mejor de su
talento. Para Maturin, en cambio, el verdadero territorio es interior; tanto los
precipicios, los volcanes, los torrentes como los subterráneos, las criptas o las
prisiones, no son sino la acotación de un espacio emocional en el que aloja una
pasión o un estado de conciencia. No otra cosa es el castillo de Muralto, formidable,
ennegrecido, silencioso, cuyos habitantes lo recorren como sombras melancólicas…
«Matadero blasonado y amurallado», lo llama Annibal una vez.
En las dos novelas, el relato avanza con idéntico procedimiento: revelaciones
orales, cartas, poesías, confidencias sorprendidas, confesiones, digresiones… un
narrador cede la palabra a otro, y este la cede a un tercero, para luego volver a
tomarla el primero, o el segundo. La familia de Montorio, menos larga que Melmoth,
es estructuralmente más ambiciosa. El autor va contando a un tiempo, separadamente,
las zozobras de Ippolito y de Annibal, sobre los que se cierne la influencia de un
personaje siniestro, que para Ippolito es el desconocido, y para Annibal, el confesor.
El vínculo más identifiable a primera vista entre La familia de Montorio y
Melmoth el errabundo es sin duda el trasunto de «réprobo eterno» —eco lejano entre
el judío errante y el doctor Fausto—, que en La familia de Montorio se insinúa en
forma de esbozos o tanteos; esbozos o tanteos que Maturin utiliza para caracterizar al
menos a dos personajes, al confesor y, en un largo pasaje, al propio Ippolito que,
huido, acosado por el fanatismo y la calumnia, deja escrito a su amado Cyprian antes
de abandonarlo: «¡Ojalá pudiera convertirme en un ser errante y vagabundo sobre la
faz de la tierra!»

***

La familia de Montorio es un relato oscuro. En su trama se entrecruza una maraña


de historias que la vuelven intrincada y difícil. Pero, como en las tragedias griegas,
una fatalidad traba todos sus episodios, que van sucediéndose encadenadamente hasta
la catástrofe final. Nada parece ocurrir de manera gratuita ni parece contingente,
desde el descubrimiento del esqueleto por parte de Annibal hasta la muerte de los dos
hermanos. No ya una decisión, sino ni siquiera un gesto de los personajes escapa a
esa inexorabilidad; y la misma fuerza irresistible que los empuja parece marcar
también los acontecimientos del cosmos. «Solo el primer movimiento es voluntario;

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los demás son consecuentes e inevitables», sentencia el gran ilusionista, solemne y
tremendo, persuadido de ser él quien gobierna la maquinaria implacable que ha
construido y puesto en marcha, y de controlar la rotación de sus engranajes. Hasta
que, en el instante definitivo, en ese instante que ha estado preparando durante años,
con el que ha soñado tanto tiempo, y por el que se ha sometido con paciencia infinita
a disciplinas y privaciones inimaginables, en ese instante supremo, los engranajes lo
atrapan y lo trituran también.
Fco. Torres Oliver
Villajoyosa, marzo de 2008

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PREFACIO
La presente novela se inscribe en un género que deploran no poco los que son o
dicen ser afectos a la causa de la literatura. Cuentos de «diavolerie» para asustar a
los niños, horrores germanos, son los calificativos más suaves que nos dedican.
Cualesquiera que sean los productos literarios traídos en el barco apestado de las
letras alemanas, me encantaría que los inspectores competentes los declarasen
contrabando. Pero sinceramente creo que los asuntos de estas novelas y romances
están calculados para liberar la reserva de sentimiento y fantasía de toda suerte de
lectores. Dudo que exista en nuestro interior una fuente de emoción más poderosa y
general que el miedo que proviene de los objetos aterradores del mundo invisible.
Quizá ninguna ha predominado, en determinada etapa de la vida, de manera tan
indeleble en las personas de todas las clases y todas las condiciones. El amor, que se
tiene por la pasión más universal, lo han sentido muy pocos en toda su pureza;
algunos no han llegado a conocerlo, ni siquiera en su forma más simple y elemental.
Lo mismo puede decirse, a fortiori, de otras pasiones. En cambio, ¿quién es el
que no ha recordado inopinadamente, estando solo o a oscuras, alguna conseja que ha
oído contar? ¿Quién el que no se ha estremecido por un influjo que no reconocería ni
siquiera ante sí mismo? Yo podría explorar esa pasión hasta su fuente más alta y
manifiesta.
Me basta, para mi propósito, afirmar su existencia y su predominio, que no
discutirán los que han tenido experiencia de ella. Es absurdo menospreciar esta
pasión, y burlarse de su influjo. No es la débil y trivial reacción del niño que
desdeñan los adultos. Es el ansia del espíritu; «la pasión de los inmortales» que temen
y anhelan a su morada definitiva.
El uso abusivo que hacen de esta pasión escritores vulgares e impíos no es razón
para proscribirla. Es verdad que el libro mágico ha caído a menudo en poder de un
zafio ignorante, como William Deloraine cuando abandonó la abadía de Melrose con
su tesoro maravilloso. Caliban se apodera muchas veces de la varita y la túnica de
Próspero. Pero en manos de un maestro, ¡Dios mío, qué prodigios puede obrar!
He leído novelas, narraciones de fantasmas, en las que el espectro se muestra tan
familiar con la carne y el hueso, y tan dócil, que debo confesar que casi esperaba que
alguno de sus interlocutores humanos, como los conspiradores de la obra del señor
Bailey, «abriera su cajita de rapé y saliese de ella ondulando». Tales escritores ponen
en ridículo lo que Shakespeare ha considerado y tratado como algo sobrecogedor.
Esos son los que han suscitado el clamor en contra de convertir el teatro de la
literatura en una fantasmagoría, y de sustituir esas formas —visibles a «los ojos de
quien se vuelve en un acceso de frenesí»— por figuras de una linterna mágica
alemana. Pero pace tantorum virorum, he tenido la osadía de fundar el interés de este
romance en la pasión del miedo sobrenatural, y casi únicamente en ella. Es penoso
reclamar la censura merecida e inevitable: cada libro tiene sus defectos, y en lo que

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atañe al mío, doy mi cordial bienvenida a los críticos. No soy insensible al elogio, ni
inaccesible, espero, a la animadversión. Si la juventud, los usos literarios y el
«pecado original» de la premiosidad nacional merecen alguna atenuación del rigor,
sea crítico o ecléctico, y de los fríos y cortantes vientos del norte, me permito
informar al lector de que tengo veinticuatro años, carezco de padrinos y consejeros
literarios, y soy irlandés, de nombre

Dennis Jasper Murphy


Dublin,
a 15 de diciembre, de 1806.

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INTRODUCCIÓN

En el sitio de Barcelona, llevado a cabo por los franceses en el año 1697, dos
jóvenes oficiales participaron en la fase más violenta y enconada. Su apariencia
causaba cierta sorpresa y perplejidad: su melancolía era española, su acento italiano,
y sus nombres y vestimenta franceses.
Se distinguieron en la acción por una especie de arrojo irreflexivo y desesperado
que parecía igualmente insensible al elogio y al peligro. Tomaban parte en todos los
coups de main y en todas las salidas osadas y peligrosas, frecuentes en un asedio
tenaz, al que imprimen un carácter más violento y variado que el de una campaña
normal. Aquí se encontraban en su elemento. Pero con sus compañeros oficiales se
mostraban tan fríos, tan distantes, tan adustos que incluso los que admiraban su
valentía o lamentaban su tristeza los miraban con embarazosa y vacilante simpatía.
Con todo, aunque no eran propensos a aceptar el favor del que su comportamiento les
hacía acreedores, sus reacciones eran siempre espontáneamente conciliadoras. Y
emanaba de sus figuras y gestos tan manifiesta nobleza, y era tan llamativo su afecto
mutuo, y tan hondo y desesperanzado su abatimiento que todos trataban de indagar en
sus vidas, movidos por un impulso más fuerte que la curiosidad. Nadie consiguió
averiguar nada; nada pudieron saber, o siquiera colegir.
Durante el asedio, llegó un oficial italiano de mediana edad para asumir el mando
de un puesto destacado. Su primer encuentro con estos dos jóvenes fue sorprendente:
se quedaron mudos, mirándose largamente. De la mezcla de emociones que pasó por
sus semblantes, los numerosos testigos que los rodeaban no notaron una más
significativa que otra.
En cuanto se separaron, el oficial italiano fue abordado con preguntas sobre los
desconocidos. No contestó a ninguna; sin embargo, admitió que conocía detalles
bastante extraordinarios sobre estos jóvenes, que eran, dijo, naturales de Italia.
Unos días más tarde, las tropas francesas tomaban Barcelona. El asalto fue
terrible; los jóvenes oficiales se batieron en lo más enconado de la lucha; buscaban,
anhelaban el peligro; resistían a pie firme en medio de las granizadas de balas y de
metralla; se arrojaban al mismo corazón y cráter de las explosiones; literalmente, se
«batían en el fuego». Todos preveían cuál iba a ser el resultado de su arrojo tremendo,
pero eran inútiles las llamadas e intentos de disuadirlos que les llegaban de todos
lados.
Una vez tomada la ciudad, se organizó una búsqueda general de los hermanos.
Con dificultad, fueron encontrados sus cuerpos, y llevados con triste ceremonia ante
el jefe de la operación. El oficial italiano estaba presente; y todos se volvieron hacia
él.
En el silencio general había una petición. Comprendió el italiano, y accedió a
responder.
—Ninguna circunstancia —dijo— me habría excusado de la revelación que voy a

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hacer, salvo esta en la que veo a los valerosos y desdichados jóvenes. Sé sus nombres,
su país y sus desventuras. Revelarlos no puede ya acarrearles daño alguno: se hallan,
definitivamente, a salvo de la deshonra y el dolor. En cambio, para los que viven no
está de más la enseñanza; así que a ellos va destinado lo que paso a contar, ya que
puede serles de utilidad.
Y a trechos, como requería su longitud, refirió la siguiente historia:

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CAPÍTULO I
Saeva Pelopis domus.
HORACIO
«Cruel progenie de Pélope»

Hacia el año 1690, la familia de Montorio, una de las más distinguidas de Italia,
habitaba su solar ancestral en la vecindad de Nápoles. Pero quizá convenga esbozar
una idea de su carácter antes de entrar en la historia de sus extraños destinos.
Estaba marcado por rasgos insólitos y violentos, que suelen ser raros en regiones
más templadas. Pero en un país como el que fue teatro de estas aventuras, en el que el
clima y el paisaje influyen en el ser humano casi tanto como el hábito y la educación,
el asombro se disuelve, y la manifestación más sorprendente de los fenómenos
morales se muestra como un reflejo de los naturales.
La familia Montorio encarnaba plenamente la noción general del carácter italiano:
débil pero terco; crédulo pero desconfiado; inflamado por un deseo desmedido de
alcanzar los secretos y la comunión con el otro mundo, pero hundido en la
superstición nacional y local. Los palacios eran frecuentados por grupos de monjes,
magos, alquimistas y astrólogos; y en el estado más supersticioso del país de la
superstición, la Casa de Montorio destacaba por su débil y sombría credulidad. El
temperamento y los hábitos del actual conde eran, como los de sus predecesores,
extravagantes. Había tomado prematuramente posesión de la riqueza y los títulos
ancestrales tras la muerte inesperada del señor anterior y su familia. Anonadado por
extrema desgracia, el conde abandonó precipitadamente el castillo; y transcurrió
mucho tiempo antes de que decidiese dejar Apulia y regresar. Cuando al fin lo hizo,
se vio claramente que el daño sufrido era incurable. Volvió acompañado de su esposa,
sus hijos y un nutrido séquito de sirvientes; y desde ese momento no hubo caras
alegres ni voces animadas dentro de las murallas de Muralto. Los viejos criados que
habían permanecido allí durante la ausencia del señor, y habían sentido esa ausencia
como su propio exilio, vieron ahora con pesar que el cambio que traía su regreso era
casi peor. La vida del castillo y su actual dueño les hacían echar de menos a su
antiguo señor; y la alegría de aquellos días felices arrojaba una sombra más densa
sobre la tristeza solemne de los presentes. Prodigaban elogios a su antiguo amo; y
como es propio del entusiasmo recordar solo las virtudes que place alabar, a la vez
que celebraban las excelencias y las gracias de su carácter, olvidaban que había sido
celoso, violento y vengativo más allá incluso de la irritabilidad italiana; que su
credulidad era absoluta, su ira irresistible, y su venganza despiadada. Pero las
numerosas gracias de su persona, y el triste destino de morir súbitamente cuando
disfrutaba de su más intensa sensibilidad y de las delicias domésticas, oscurecían la
memoria de sus defectos; y los que le recordaban, lo recordaban solo como un amo
de mirada benevolente, y de mano pronta al regalo.

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Frente a la imagen de tales días y personajes, el contraste de los de ahora no podía
ser más grande: el conde, sombrío, reservado, solitario, rechazaba cualquier
acercamiento, se aislaba de todo afecto; y cuando sus sirvientes osaban mirarle a los
ojos, decían ver en ellos una expresión que les hacía retirarse con indefinible e
instintivo temor. El humor del amo, aunque sea desabrido, impregna en poco tiempo
a la casa entera. Los criados andaban sigilosos por los aposentos como si les asustase
el eco de sus propios pasos; las órdenes se impartían en voz baja y se cumplían en
silencio; y casi el único sonido que se oía entre sus muros era el de la campana
llamando a los moradores al descanso o a la oración. A veces, esta calma se rompía
de manera súbita y extraña, cuando el conde, acompañado de su confesor, mandaba
llamar en plena noche a la familia para que acudiese con él a la capilla, donde se
entregaban a severos ejercicios ascéticos hasta la madrugada; o, a menudo, presa de
agitaciones espirituales más terribles aún, sacaba de su sueño a la condesa y a sus
hijos, y obligaba a todos a acompañarlo a Nápoles, de donde, tras una breve estancia,
regresaba una vez más a la soledad y el silencio del castillo. Tan extraño
comportamiento daba pie a multitud de rumores; pero las últimas desgracias y el
conocido carácter de la familia eran suficiente explicación, y no tardó la curiosidad
en cansarse de un asunto que no daba satisfacción a las interrogantes. Además, el
conde había llegado ahora a esa etapa de la vida en que un hombre es representado
principalmente por los hijos, en que las aristas más afiladas de su carácter se
difuminan en el recogimiento y el sosiego… en que delegaba su ambición, ya en
retroceso, en aquellos por los que ha luchado, y transfiere sus esperanzas y
expectativas sociales a sus jóvenes sucesores.
De la numerosa familia del conde, aún vivían cuatro hijos y cuatro hijas. Todos
compartían las peculiaridades de la casa; en especial los dos mayores. Entre los
miembros de la familia, la figura de la condesa destacaba de manera señalada y
original. Con su belleza todavía no tocada por el tiempo ni su ánimo mermado por la
debilidad de su sexo o su país, participaba sin embargo del desaliento de su esposo.
Pero si bien el origen y grado de ese secreto pesar parecían los mismos, los modos de
sufrirlo eran muy distintos. En él, era el abatimiento de un espíritu agobiado por la
aflicción; en ella, el de un espíritu decidido a reprimirla. Él era brusco y atrabiliario,
propenso al desánimo; en cambio ella era tranquila, serena y reservada. Pero su
serenidad era evidentemente la del dolor dominado; la serenidad del que, tendido en
el potro del tormento, no permite que se le escape un gemido. En el círculo más bajo
de las obligaciones domésticas, se desenvolvía con un despego que no era ni
indolente ni afectado, sino fruto más bien de la abstracción de una mente capaz de
ocupaciones elevadas, y para la que atender a los quehaceres ordinarios no
representaba ningún esfuerzo, ni la suspensión de su actividad interior. Realizaba los
más severos ejercicios ascéticos que su supersticioso marido le exigía con la
paciencia imperturbable del que se somete a un remedio pero no espera alivio de él;
en los hijos no encontraba consuelo; en el marido no buscaba consejo; cualesquiera

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que fuesen sus secretos sufrimientos, parecía dispuesta a soportarlos sin ayuda, sin
alianzas, en soledad. Ofrecía la imagen de un gran espíritu, como César cuando cayó
al pie de la estatua de Pompeyo, pero cubriéndose el rostro mientras caía.
De su progenie, a las que más quería era a las hijas; y de los varones, a los dos
más jóvenes; aunque los mayores eran manifiestamente los más favorecidos por la
naturaleza, como por la sociedad. En Nápoles, el hermoso y disipado Ippolito, el
mayor de todos, era el deleite de las reuniones sociales, el alma de todas las fiestas;
alejado del retiro, de la tristeza del castillo y de sus habitantes, autorizado por su
rango a concurrir a las tertulias más selectas, y provisto por su padre de una
espléndida renta, Ippolito se zambullía en todas las locuras voluptuosas de Nápoles,
dispuesto a resarcirse de la severa sujeción de sus años tempranos. Todo el rico
repertorio de fantasías que la juventud, el talento y la sensibilidad pueden presentar, y
la adulación magnificar y embellecer, Ippolito trataba de hacerlas realidad en su
brillante y tumultuosa carrera. Así, la llama de su genio, que debía haberse
alimentado con un cultivo profundo e interior, se consumía en insensatas y
excéntricas llamaradas; y la sociedad, con atolondrado egoísmo, agotaba el talento en
cuya exhibición se placía. Si la naturaleza o el hábito hubiesen enseñado a este joven
a dirigir la imaginación y vencer las pasiones, su ser se habría respondido a una meta
más valiosa que al placer de la disipación o el ejemplo de una fábula. Ippolito se
parecía a su madre en las gracias personales, que reproducían los cánones acabados
de la antigüedad clásica: un rostro encendido con los ricos matices de la belleza
italiana, y un cutis moreno en el que el calor de la conversación o el sentimiento, la
viveza del gesto o el movimiento casual encendían un rubor elocuente; unos ojos
cuyo fulgor, a veces moderado, a veces intenso, cuando tenía apartados los rizos, o
dejaba que le cayesen sobre ellos, denotaba sensibilidad en cada cambio de dirección;
rasgos en los que la expresión misma del alma fluctuaba en forma de mil encantos
mezclados y cambiantes. Tal era la morada física que encerraba un espíritu osado,
fogoso, crédulo y volátil de razón tan poco disciplinada como las pasiones. Poseía
talento, pero se deleitaba más en exhibirlo que en ejercitarlo; exhibición que era de lo
más fantástica: le encantaba elevarse a las regiones inexploradas del pensamiento,
erigir en el vacío las fábricas etéreas de la fantasía, trasponer los confines del
intelecto, y abismarse en el mundo de las sombras y las formas incorpóreas. Este
desarreglo espiritual se le había agravado con el tiempo, al extremo de que ninguna
proposición le impresionaba si no era en forma de paradoja, ni ningún suceso le
interesaba si no lo oscurecía alguna sombra de misterio o de aventura. Pero dicha
anomalía era solo parcial; se limitaba al modo de aprehender, no de perseguir
objetos; porque, una vez que se descubría la dirección de su mente, acechando su
parte observable, podía preverse su progreso futuro sin concederse dilaciones ni
desvíos. Con tan férvida y arrebatada disposición había emprendido el estudio de la
astrología; estudio del que nadie sino los que han viajado conocen su influencia, que
es tan general como profunda, y por la que se sabe que la nobleza extranjera mantiene

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en sus palacios a un astrólogo profesional, más como auxiliar de conocimientos
normales que como agente de secreta superstición. Para un espíritu como el de
Ippolito, esta pretensión tenía un peligro especial: al proponerse como objeto de
estudio algunos de los asuntos más asombrosos para el sentido, tentaba a su espíritu
demasiado impresionable frente a estas materias. Pocos son insensibles a la emoción
que produce el espectáculo nocturno del firmamento italiano; espectáculo en el que la
Hueste del Cielo se despliega en magnitud, número y esplendor jamás presenciado ni
imaginado en nuestro nuboso y contraído hemisferio; y pocos son capaces de calcular
la tremenda ansiedad a que llegan esas emociones, cuando el observador cree
contemplar en esos objetos majestuosos a los árbitros de su destino, sigue en su
progreso el movimiento misterioso de los hados, y trata de extraer de su posición el
conocimiento de sucesos que todos anhelan conocer, aunque saben que el hecho de
alcanzarlo no puede retardar o acelerar su marcha, disminuir su certidumbre, ni
mitigar su rigor. Al principio, este estudio se limitó a los acontecimientos más
importantes de la vida; pero al poco tiempo, su influencia se ensanchó tanto que lo
aplicaba a lo más trivial, incluso a esos momentos alegres que se consideran una
interrupción del pensamiento serio. Si alguien sacaba a relucir este tema, callaba la
risa, se suspendía la diversión, y el atolondrado Ippolito se quedaba ensimismado, o
se volvía afanosamente inquisitivo. Una prueba de esto tuvo lugar una vez, poco
después de su llegada a Nápoles, acompañada de circunstancias algo particulares. En
la época alegre del carnaval, cuando la superstición concede a sus devotos relajar la
austeridad, Ippolito asistió a un baile de máscaras que daba un napolitano de alcurnia.
Esa noche, a cada hora se aparecía él caracterizado como un personaje diferente, y
siempre ocurrente, o retozando con bulliciosa ligereza. En el jardín, con las luces
atenuadas, el follaje, las fuentes, los cantos invisibles y la luz entretejida de la luna
que hacía que pareciese un boscaje encantado, andaba él, unas veces como el pastor
de Guarini y otras como el héroe de Ariosto; ora atraía a la multitud con una canción
o una explosión de elocuencia, ora lisonjeaba a una máscara femenina con graciosa
galantería. Por último, cansado de corretear, se puso un disfraz de dominó y,
mezclándose entre los grupos, dejó que le divirtiesen como él había divertido con
prodigalidad. Al poco rato le llamó la atención una máscara que había estado dando
vueltas toda la velada, y que no parecía tener relación con ningún grupo. Su figura y
su atuendo eran fantásticos, más incluso de lo que autoriza un disfraz: combinaba los
rasgos de gitano y de astrólogo con un atuendo simbólico; su máscara representaba
un rostro frenético y demacrado; y su lenguaje, a diferencia de la jerga singular de la
región, era sombrío, solemne, insólito. Se había acercado varias veces a Ippolito a lo
largo de la noche, aunque cada vez que él intentaba dirigirle la palabra se alejaba
bruscamente. Sin embargo, su ademán y su tono eran invitadores; porque unas veces
cantaba, y otras declamaba los versos siguientes entre los grupos:

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Agentes de este orbe mundano,
ya en la cima luminosa de la dicha,
o en la negra morada del dolor,
cautivos de la esperanza, presos del cuidado,
pero locos, al fin, por conocer
los cambios de la mística corriente:
oíd mi canto, honrad mi arte,
creedme, y dignaos escuchar.

II
Es mi oficio encender los colores de la vida,
acrecer su dicha, paliar su aflicción,
suprimir las sombras y ahuyentar las dudas;
a la gente carente de futuro;
sosegar el sueño febril de las pasiones,
alimentar de la ambición la llama oculta,
refrenar el gozo con amenaza de males,
y dar al dolor promesa de placer,
hasta que la esperanza, en la mímica contienda,
se vista con el color de la verdad y la forma de la vida.

III
No me falta artificio para alcanzar la fuente
que remeda el reino reducido de la tierra;
donde baten las aguas contra el cielo,
rebaso el lugar donde sus límites se funden,
y en medio de las rodantes esferas
leo sus caracteres invisibles.
Esas formas menguantes, desvaídas,
estorbos de la luna, que navegan vagamente,
y revelan al ojo que los lee
lo que ningún mortal podría oír:
después, hiendo el silencio de la noche,
detengo el cometa en su carrera,
monto sobre sus ardientes alas,
y en él cabalgo envuelto en mis conjuros.
¡Agentes de este orbe inferior,
creedme, y dignaos escuchar!

La fiesta estaba acabando y la gente se dispersaba; y cuando ya se alejaban


alegres los últimos murmullos, la máscara se acercó otra vez a Ippolito. Este se

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volvió. La máscara se detuvo, y le habló con voz temblorosa y vacilante:
—Joven —dijo—; esta noche preside tu estrella favorable.
—Pues hasta ahora he notado muy poco su influjo —dijo Ippolito con
despreocupada jovialidad—: He venido a divertirme; pero no he encontrado más que
aburrimiento y decepción. He buscado el néctar en los labios de una Hebe, y casi me
asfixia su olor a diavola. Estaba a punto de llevar a la diosa de la castidad a un
casino, cuando, al suplicarle que saliese del eclipse, se quitó la máscara, y descubrí a
Diana convertida en Hécate. Me he topado con una vestal cuyo santuario…
Aquí le interrumpió la máscara, mezclando reflexiones morales con un discurso
convencional, para informarle de que había sido comisionada por los astros para
anunciarle la llegada inminente de un mentor etéreo, un pequeño silfo, benévolo y
solícito.
—Ahora mismo —dijo—, está viniendo veloz del planeta Mercurio, a lomos de
un rayo de luz invisible… invisible a los ojos de todos, excepto a los míos. La misión
que trae es perfeccionar tu moral; y tu felicidad será su satisfacción y su recompensa.
Adoptará un cuerpo y un lenguaje como los tuyos. Te servirá, te vigilará y te
aconsejará. Guárdate de rechazarlo; porque si lo haces, abrirá sus alas sobrenaturales,
y la dicha se alejará de ti para siempre.
Este discurso tuvo pleno efecto en el espíritu de Ippolito dada su peculiar
inclinación. De haberse referido a cualquier otro asunto, lo habría escuchado con
sorna; pero el hecho de empedrarlo con los términos de la astrología despertó su
interés y su curiosidad. El momento y el lugar, también, reforzaron de manera
insospechada la impresión: la soledad que acababa de suceder a la multitud, y el
silencio al bullicio, del que aún perduraba un murmullo confuso en sus oídos; la luz
confusa que alumbraba parcialmente el rostro de la máscara; la voz, que en todo
momento adoptó una gravedad de lo más doliente y natural.
—¿Cuándo y dónde veré a ese mensajero? —dijo Ippolito, casi serio—; si tenéis
poder para anunciarme su venida, igualmente lo tenéis para aligerarla. Mostradme su
persona, dejadme oír su voz.
—Si lo hago —le interrumpió la máscara—, ¿creerás mi predicción, lo admitirás
a tu servicio, le concederás tu confianza?
Ippolito asintió. La máscara vaciló incrédula. Ippolito, encendido ahora de
curiosidad, lo prometió solemnemente:
—Mira aquí —dijo la máscara, sacando de debajo de su vestidura un espejo en el
que había escritos extraños caracteres—. Mira aquí; y serás complacido.
Ippolito miró ansiosamente en el espejo; vio asomar un rostro, por encima de su
hombro, y desaparecer. Fue una visión fugaz, pero su efecto fue imborrable; porque
tenía una expresión tan conmovedora que una vez vista era difícil olvidar. La máscara
se alejó y, mientras Ippolito seguía perplejo, se perdió entre los grupos y las sombras.
Sentía su asombro a la vez placentero y frustrante; placentero porque se
conciliaba con su fascinación por el prodigio, y frustrante porque dejaba insatisfecha

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la curiosidad que le había despertado. Mientras regresaba a casa despacio, casi
esperaba ver surgir al prometido visitante de la sombra de una columna al pasar junto
a ella, o cruzarse en su camino dirigiéndole algún extraño saludo. Sin embargo, llegó
al Palazzo di Montorio sin ningún incidente. Y se disponía a subir la escalinata
cuando se le acercó una figura delgada que había estado apoyada en la balaustrada,
casi invisible, y solicitó que la acogiese con el lenguaje de la máscara; mientras
hablaba se quitó un gran sombrero que le ocultaba la cara, revelando la misma
fisionomía que Ippolito había visto fluctuar en el espejo del mago. Incapaz de hacer
otra cosa que mirar, estudió al individuo, y por un instante le asaltó la duda de si
pertenecería o no a este mundo; luego, tras un esfuerzo por recobrarse, le habló con
oportuno humor: le preguntó de qué esfera había caído, y si había cabalgado a lomos
de un meteoro o de un rayo de luna. Su burla solo recibió como respuesta una súplica
vehemente de que le aceptase; e Ippolito, afectado por los sucesos de la noche más de
lo que estaba dispuesto a reconocer, y a resistir, accedió finalmente. Tal era la
disposición de este joven voluble, cuyo juicio e imaginación estaban en guerra
perpetua y desigual, y que en un momento dado se reía de los sentimientos para, al
momento siguiente, dejar que estos decidiesen el curso de su vida. Ignoraba si la
persona que acababa de admitir era o no un asesino o un hereje; pero admitirla
halagaba la inclinación que dominaba en él: su amor a lo maravilloso.

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CAPÍTULO II
¡Ah, desdichada! ¡En vano te creíste esposa de Dios!
POPE

Al día siguiente, Ippolito se enteró de un reciente suceso que era tema de


conversación en las tertulias que visitaba. En las historias sobre prodigios nunca nos
conformamos con el suceso en sí, sino que inquirimos los motivos, aunque los
resortes más sutiles de las acciones humanas escapan a menudo a los mismos que las
ejecutan. Pero aquí había amplio espacio para la conjetura: Rosalía di Valozzi, hija de
una noble familia de Nápoles, reunía los dones naturales más peligrosos: una figura
atractiva, y un espíritu sensible «hasta la locura».
En ella se combinaban los modos más suaves y más fuertes de esta peligrosa
cualidad. Hay una sensibilidad doméstica que se consume en las vicisitudes
ordinarias y en las pequeñas desdichas de la vida, y hay una alta sensibilidad que,
haciendo caso omiso de las maneras inferiores de sufrimiento humano, crea para sí un
orden de dignidad heroico, insensible a la aflicción.
Las suyas eran las versiones más sutiles de la una y la otra, aunque purificadas,
amalgamadas, reconciliadas; la primera, sin su trillado despliegue de exhibiciones
diarias; la segunda, sin su orgullosa y pedantesca inutilidad. Así que no conocía ese
alivio de que gozan la sensibilidad vulgar y la romántica por separado (la una a causa
de la natural disminución del sentimiento dividido, la otra por la necesaria atenuación
de la arrogancia sobrehumana), y sus sentimientos se combinaban en esa exquisita
mezcla de dulzura y firmeza que, aunque buscaba su objeto y su ejercicio entre las
cosas de este mundo, utilizaba para obtenerlos una capacidad y una energía que solo
guardaban proporción con las grandes metas del otro.
Estas facultades excepcionales las desarrolló primero en un escenario
singularmente apropiado para sacar lo que tenía dentro, y estimular la incipiente
sensibilidad de su joven espíritu: en el bosque, cuya sombra densa sosegaba y
solemnizaba, en el mar, cuya inmensidad y serenidad infundía quietud al alma, en las
montañas, cuya feroz fisonomía inspiraba miedo y maravilla, en las moles de ruinas
góticas y griegas cuyas piedras exhalaban ese espíritu innominado de antigüedad que
nos hace temblar con delicioso temor en el suelo marcado por sus restos. En esos
parajes vagaba Rosalía, todavía niña; en ellos, su alma se impregnaba de una tintura
de entusiasmo, llena, rica y profunda. Porque en medio de esos parajes se alzaba el
convento donde Rosalía, con otras hijas de la nobleza, recibía educación. Aquí
vagaba, sin acompañamiento; porque la melancolía es insociable y el entusiasmo es
impaciente frente a la sujeción y las interrupciones; en cuanto a los sentimientos a los
que se abandonaba, no quería compartirlos, y evitaba toda suerte de control. Aquí
dedicaba su vida a estimular su sensibilidad, ya demasiado exquisita para la razón, y
casi para la vida, en vez de a perseguir la utilidad racional y la felicidad alcanzable; a

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elevarse hasta el hacedor de otro sistema, rodeada de formas y objetos de su propia
creación, cuyo esplendor proclamaba su falta de realidad, y cuyos exquisitos y falaces
deleites la incapacitaban para la sencillez de un goce sustancial. La naturaleza y la
soledad conducen gradualmente a la abstracción; y del conjunto de imágenes
abstractas, las más poderosas y espléndidas son las de la presencia y perfección de la
Deidad. A estas, por tanto, se elevaba su espíritu de manera natural; y ninguna
impresión de objetos externos o temporales conseguía pervertir el homenaje de sus
sentimientos.
Así que a los catorce años, sin plantearse que sus sentimientos pudieran tener otra
meta y ocasión de ejercicio que las actuales, ni que existiese ningún motivo de interés
fuera de los límites del claustro y del ámbito del monacato, anunció su intención de
tomar el velo dentro de los muros del convento donde se había educado. Su familia,
demasiado rica para adoptar la política de las familias menesterosas italianas, de
hacer profesar a la hija más joven, oyó con disgusto esta decisión, y trató de
disuadirla. Ella se mantuvo inflexible, y sus padres le pidieron que aplazara su
decisión solo un año, proponiéndole que lo pasase con ellos en Nápoles. Rosalía
accedió con ese desdén hacia la tentación del que suele venir el más grande peligro. Y
más para gratificar sus sentimientos religiosos con un acto solemne que para
afianzarlos con un vínculo inviolable, sola, a medianoche, al pie del altar, hizo
promesa vehemente de volver al convento, una vez que el mundo hubiese cesado de
importunarla, y tomar el velo. Así fortalecida, entró en el mundo, dispuesta a
concederle una mirada desdeñosa antes de abandonarlo definitivamente… y en su
primera aparición fue recibida con alegría y asombro. Su belleza pensativa y monjil,
la sencillez de sus maneras, y su espíritu, en el que el rubor del entusiasmo y la
sombra de la melancolía se alternaban como los matices diversos de un cutis
hermoso; la despreocupación con que dejaba fluir sus sentimientos, a la vez que
dominaba con feliz excelencia lo que los refinamientos de la práctica y los esfuerzos
del arte suelen enseñar con sufrimiento y trabajo, todo esto hacía de ella, incluso para
el más sofisticado sentido de la moda, un festín nuevo y exquisito. Rosalía se retrajo
al principio; porque, aunque no era consciente de sus prendas, la notoriedad la
cohibía, y era demasiado asustadiza ante el halago. Pero nos reconciliamos fácilmente
con el elogio que se nos dispensa; así que no tardó en encontrar grato estar algún
tiempo más en el mundo, para iluminarlo y deleitarlo.
En medio de este halo de admiración, cuando una dulce conciencia de placer
parecía que le iba invadiendo solapadamente el espíritu y los sentidos, se volvió, de
repente, más solitaria y ensimismada que nunca: sus mejillas palidecieron, y la
mirada se le quedaba perdida. La familia, que observó el cambio y le preguntó la
causa, recibió respuestas evasivas; y cuando su solicitud, cada vez más grande
conforme veía que aumentaba su postración, se hizo insistente, les respondió que su
determinación de tomar el velo se estaba retrasando demasiado, y que había decidido
no dilatar más ese paso.

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Aunque todos lamentaron esos escrúpulos de conciencia, nadie se opuso; y al año
de haber entrado en el mundo, lo abandonó para siempre. Pero desde el instante en
que la reja se cerró tras ella, su silencio se convirtió en abatimiento, y su melancolía
en desdicha. Y al cabo de unos meses de languidecer sumida en un desaliento
desesperanzado, desapareció una noche al concluir el oficio de vísperas, y no la
volvieron a ver. Nadie pudo explicarse el motivo ni los medios de tan extraño suceso;
y después de las habituales pesquisas y lamentaciones, solo alguna descabellada
conjetura, o alguna exclamación de extrañeza, recordaron la suerte de Rosalía.
Cuando Ippolito regresó al palacio, encontró una carta de su hermano Annibal,
que vivía con la familia en el castillo, y con el cual mantenía una correspondencia
regular. La unión que esto había generado entre ellos era sorprendente, dada su
diferencia de carácter. Annibal era tímido, callado y receloso en la misma medida que
Ippolito era osado, crédulo y espontáneo; pero los dos participaban por igual de la
afición al estudio de oscuras materias que caracterizaba a la familia, y de esa
resolución tenaz con que se lanzaban a una búsqueda quimérica, por extravagante que
pareciese. El tenor de la carta era más o menos como sigue:

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CAPÍTULO III
Praeterea fuit in tectis de marmore templum
Hinc exaudiri voces, et verba vocantis.
VIRGILIO

Un templo de mármol se alzaba en la arboleda;


a veces, cuando ella visitaba la bóveda solitaria,
extrañas voces salían de la tumba de su esposo.
DRYDEN

He tenido la atención tan ocupada en extraños sucesos y en las reflexiones que me


sugerían, que hace bastante que estoy sin escribirte. Ahora que me dispongo a
contártelos, vuelvo a darle vueltas a los detalles, muy simples a primera vista, aunque
ponen de manifiesto algo que suspende la incredulidad misma y apunta a cosas
oscuras y desconocidas… Pienso en todo esto, y me parece estar soñando; y en vano
intento dar forma y consistencia a las sombras que fluctúan a mi alrededor.
Me he dormido y me he vuelto a despertar. He estado un rato junto a la ventana;
son el madroño y el laurel, que se agitan debajo; es la brisa fresca del mar que llega
hasta aquí; veo el sol estático en el cielo… Todo eso son objetos del sentido que
dejan en mí su impresión lógica y habitual. En cambio, las cosas de las que he sido
testigo últimamente no son menos palpables. Tú que te sueles reír de mis lúgubres
quimeras, disponte ahora a compartir el ridículo, o a renunciar a la evidencia de tus
sentidos.
La vieja capilla, fuera de las murallas del castillo, lleva mucho tiempo en ruinas, y
actualmente está llena de obreros. Ya conoces mi afición a las ruinas. Después de la
siesta me di un paseo hasta allí; encontré las grandes puertas cerradas, y que los
obreros entraban por una grieta abierta debajo de un ventanal hecho añicos. Al
asomarme por esa abertura, los diversos detalles que se veían: fragmentos de
albañilería, grupos de lugareños, unos trabajando, otros mirando alrededor, y la
silueta de un muchacho que, medio oculto entre los arbustos, tocaba unas notas
singulares con su flauta, me inspiraron esa tristeza placentera que nace de la
contemplación de lo antiguo deteriorado y de la moderna apatía, del esplendor
desolado con gente ignorante contemplando sus restos. Y estaba yo apoyado en un
saliente de la grieta, invisible, cuando me llegó una conversación, sin duda sugerida
por el lugar, que habría dado lo que fuera por oír en una noche ventosa junto a un
fuego medio apagado. Era sobre espíritus y sombras, sobre velas que se encendían
solas, y campanas que tañían sin que nadie las tocase dentro de esos muros desiertos.
Escuchaba gratamente excitado de curiosidad, hasta que ciertas alusiones oscuras me
hicieron reaccionar. Presté atención, pero no lograba comprender; hablaban de que
«el conde no iba a descansar mejor en la cama que sus antepasados en la tumba si se
supieran esas cosas», añadiendo que «el viejo y canoso Michelo, aunque no decía

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nada, estaba bien enterado». Si bien mi primer impulso, al volver al castillo, fue
mandar llamar al viejo ayuda de cámara para que saciase mi sed de prodigios con sus
consejas, lo único que pretendía era distraerme una hora oyendo alguna leyenda que
no hiciese falta creer ni me diese que pensar. Poco recelaba lo que me aguardaba;
poca sensación tenía de hallarme en el trance del que es empujado gradualmente
hacia un precipicio cuyos terrores no puede medir ni evitar. Michelo acudió a mi
llamada. Deseoso de obtener de él toda la información, y conociendo su carácter
tímido y reservado, procuré formularle hábilmente la petición. «Michelo —dije—, he
oído contar muchas veces leyendas de la familia de las que guardas no pocas en tu
memoria; pero me han dicho que conoces algunas más maravillosas y terribles aún,
historias que no osarías revelar a oídos vulgares, y que confío que hagas una
excepción con los míos». Este discurso, que lejos de acusarle, señalaba tan solo que
lo que supiera no estaba reñido con la más pura inocencia, produjo un efecto terrible
en el anciano. Le temblaron los labios, le cambió la expresión, y me suplicó
vehementemente que no le obligase a hacerme la revelación que pedía. La impresión
que me causó su nerviosismo fue indecible. La vaga curiosidad con que había
iniciado la conversación se me convirtió de pronto en la persecución de algo de lo
que no tenía una idea clara, pero cuya importancia aumentaba con su oscuridad.
Le dije que estaba convencido de que sabía algo «que quizá yo, como hijo de esta
casa, debía conocer; debía investigar, y no por mera curiosidad». Le aseguré que
contaría con mi favor si me ayudaba; y en caso contrario, incurriría en el enojo de
nuestro padre. Aunque su respuesta fue confusa y entrecortada, no es fácil que la
olvide. «¡Oh, signor, por lo que más queráis! no le digáis a vuestro padre nada de esta
conversación; no atraigáis su ira sobre nosotros; su ira será terrible. Poco sabéis, y
poco sé yo también, ay de mí; porque si así fuese, o diese crédito siquiera a lo que he
oído, cómo iba a pasar por delante de la capilla, como hago todas las noches, y
atravesar esas habitaciones desiertas, ni atreverme a dormir en la torrecilla, encima
del aposento que… donde el viento gime tan lastimero que si me pusiera a pensar
acabaría imaginando que es… que acabaría volviéndome loco». Le pedí que se
sosegase, aunque yo estaba lejos de tener el sosiego que le recomendaba. A mi
insaciable avidez por lo maravilloso se sumaron ahora otros sentimientos: no podía
creer (aunque fingía que sí) que la agitación del anciano se debiera a consejas propias
de una servidumbre supersticiosa. Se incorporó, reprochándose el «haberse
traicionado estúpidamente, y haberse dejado sorprender por una pregunta inesperada
y unos ojos sagaces». No quiero aburrirte repitiendo las amenazas, las súplicas, las
reconvenciones, las excusas y las evasivas. Al final accedió a conducirme por la
noche a su torrecilla aislada y lejana, porque temía que la familia nos descubriese o
incluso nos viese hablando. La noche, como cualquier plazo al que la ansiedad añade
una longitud imaginaria, tardó en llegar.
Cuando subíamos a la torrecilla me pareció observar en el rostro del anciano una
expresión de fingida tranquilidad, fruto del esfuerzo de una astucia concentrada y

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resuelta. Se sentó, despabiló la lámpara, y seguidamente me preguntó qué quería que
me contara. Con el nerviosismo de la expectación, en ese estado de suspenso del que
espera una revelación, se me había ido eso totalmente de la cabeza; y dándome cuenta
de que podía burlar mi curiosidad inventándose cualquier patraña, le pedí,
precipitadamente y sin intención ninguna, que me relatase las circunstancias por las
que nuestro padre, que a lo que yo sabía tenía un parentesco lejano con el señor
anterior, había llegado a recibir los títulos de la familia. Se quedó desconcertado,
aunque sin posibilidad de retroceder; y se me ocurrió que, si lograba hacer que
empezase, era casi seguro que con su habitual locuacidad acabaría revelando lo que
pretendía ocultar. Tras alguna dilación, me informó que ese señor era tío nuestro, y
hermano de nuestro padre. Hizo un retrato del hombre que pareció animar su
elocuencia; lo describió como una combinación de las más excelentes cualidades y
las pasiones más violentas. Su amor era locura; su valor, temeridad; su odio, arma
mortal; y de su venganza, aunque honorable, como la califican los caballeros de
Nápoles, nadie escapaba con vida. «Vuestra casa —prosiguió— ha sido muy dada a
estudios secretos; vuestro tío en particular era muy versado en extraños libros y artes,
y en una manera de consultar los astros sobre si iba a ser feliz o desdichado. ¡Ay!,
mejor habría hecho en consultar a su propio corazón. Muchas noches pasaba mi señor
encerrado en los altos torreones del castillo; y cuando bajaba, paseaba en su aposento
durante horas, hablando consigo mismo sobre trinos, sextiles, cuadrantes, horóscopos
y ascensiones, palabras difíciles que se me quedaron de tanto oírselas repetir, aunque
no sé qué significan.
»De haber sido yo el señor de este castillo, tampoco habría querido saberlo.
Porque un santo benedictino me aseguró una vez que todo eso es herejía, y que no
son más que nombres diferentes que dan a Lucifer». Trataré de resumir lo que me
contó: habló del matrimonio de nuestro tío con la más bella, dulce y celestial de las
mujeres. Dijo que había tenido hijos. Aún se conservaba el retrato de la condesa, dijo,
en una parte no habitada del castillo, con casi todo el mobiliario de aquellos días
dichosos; allí los había trasladado él, al regreso de nuestro padre. Es una historia
dramática y confusa; contó que la felicidad conyugal de nuestro tío se truncó debido a
una propensión a la violencia y a la melancolía que adquirió de repente, y cuyos
comienzos Michelo hace coincidir enfáticamente con la llegada de nuestro padre al
castillo, con un criado de su confianza llamado Ascanio. «Incluso durante la fiesta y
regocijos por la llegada de mi señor —dijo—, los criados que traía de Nápoles
comentaban en voz baja que la dama tendría que adoptar una vida de solitario y
penoso esplendor; porque, debido a los celos de mi señor, o a algún secreto motivo de
inquietud que ya entonces arrojaba una sombra de tristeza sobre el bellísimo rostro de
ella, los dos parecían decididos a vivir en el más completo retiro. La situación se
volvió aún más sombría y extraña; mi señora lloraba a solas en su cámara; mi señor
se paseaba en silencio en la suya; vuestro padre parecía desolado ante la aflicción de
que era testigo, y hablaba separadamente con el uno y el otro, supongo que tratando

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de reconciliarlos y apaciguarlos. Finalmente anunciaron que mi señor, vuestro tío, se
disponía a realizar un viaje a las islas griegas; la condesa, cercano ya el momento del
alumbramiento, no lo acompañaría; solo sería asistido por Ascanio. Ascanio, a la
sazón, parecía gozar en exclusiva de la confianza de los dos hermanos. Yo no lo
envidiaba; mi amor y fidelidad a mi señor eran, como deben ser en un criado,
modestos y distantes, aunque profundos; lamentaba la aflicción de mi señor, pero no
se me ocurría indagar en ella. En cambio Ascanio era osado, impertinente y sutil».
«¿Vive aún ese Ascanio? —pregunté—. Podría ampliar tu historia con algún detalle
particular». «Desde luego que podría —dijo el anciano—. No, signor; está muerto.
Tuvo un fin espantoso y extraño». No quise tirarle de la lengua. «Cuando llevaba ya
mi señor unos meses ausente, observamos que en el castillo reinaba la más grande
consternación; a cada hora llegaban correos de fuera; la condesa no abandonaba
nunca sus aposentos, y vuestro padre parecía abrumado y nervioso. Por último, hacia
el final del otoño, una estación que había sido sofocante y malsana, la montaña se
mostró tempestuosa, y la gente, oyendo sus fragores, decía que anunciaban que
pronto iban a acontecer sucesos extraños. Nos reunieron en la sala del castillo para el
rezo de vísperas, porque por entonces estaban reparando la capilla. Una ráfaga de aire
caliente entró por el ventanal, y algunos criados que habían estado en Nápoles ese día
nos contaron que la montaña había emitido extraños ruidos durante la noche, y que la
ciudad aguardaba con terror la llegada de la noche; uno de ellos dijo que, junto a
aquellos retumbos, se oía un rumor sordo que salía del bosque, y que las copas de los
árboles se agitaban aunque no soplaba ningún viento. “Sí —dijo otro—; pero eso no
es lo más extraño que he visto yo en el bosque hoy”. Le pedimos que nos lo contara,
y el criado aseguró entonces con gran seriedad que se le había aparecido el conde su
señor, ese día, a poca distancia de… Ante esta fantástica alusión a alguien que
sabíamos que se hallaba en las islas griegas, nos echamos a reír; y de repente el
hombre se levantó de su silla y, dirigiéndose a la galería con la que comunica la gran
escalera, dijo en voz alta: “Mirad; allí sube”, haciéndole señas desde la balaustrada.
Un instante después estaban todos en la galería, y oyeron claramente ruidos de pasos.
Algunos afirmaron haber visto pasar una sombra en la escalera. Pero otra cosa hizo
que desviáramos en seguida la atención: llegó Ascanio, agotado y sin aliento; y
apartando con ambas manos a los que lo asaltaban con preguntas, se dirigió corriendo
al aposento de vuestro padre. Entretanto, la oscuridad del atardecer había aumentado
poblándolo todo de sombras; de la montaña brotó una masa de vapor, y el sol pareció
como un globo borroso y sangriento en medio de una bóveda inmensa de nube negra.
Cada uno de nosotros murmuró una plegaria para sus adentros; pero nadie confesó en
voz alta su miedo. Un momento después, una columna de fuego más clara que el
mediodía se elevó de la montaña, arrojando un resplandor espantoso de luz
amarillenta sobre el bosque y la playa, con los bordes emitiendo relámpagos y el
centro blanco de intenso calor. Se quedó en suspenso unos instantes a su máxima
altura, o así parecía a nuestros ojos, y a continuación se precipitó por las laderas del

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monte en forma de torrentes de lava; siguió un fuerte temblor de tierra; el aire y los
elementos entraron en prodigioso movimiento, y los relámpagos, o más bien
meteoros anchos y escamosos, siseaban y se contorsionaban con horrísono juego en
la punta de las torrecillas y el coronamiento de las ventanas. Cuando pasó la primera
impresión de terror, pensé en la condesa y sus hijos; solía pasar el tiempo con ellos en
una torre alta y solitaria, que estaba seguro que había sido reducida a cenizas. Subí
corriendo la gran escalera, cuando… Ahora viene lo aterrador de esta historia. Es
demasiado para mí; dejadme tomar aliento, y que me dé un poco el aire, signor».
Comprensivo con el viejo criado y su historia, le ayudé a levantarse y le sostuve
hasta la estrecha ventana. Unos momentos después respiraba mejor; observé cómo se
iba recuperando. No dejaba de mirarlo a los ojos; y de repente la mirada se le quedó
fija, ausente; extendió un brazo hacia fuera de la ventana; el aliento que acababa de
recobrar le abandonó por completo, se había quedado sin habla; seguí con los ojos la
trayectoria que su dedo señalaba. La noche era tranquila y oscura; al pie de la ventana
se veía la capilla ruinosa… y descubrí una luz, pálida pero inequívoca, que iluminaba
sus muros y los arbustos de alrededor. La observé con atención: se desplazaba sin que
la sostuviera ninguna mano, sin que la acompañaran ningunos pasos; recorrió el
presbiterio (vi cómo fluctuaba al pasar por delante de nuestra ventana), y desapareció
en la tumba de nuestro tío. Michelo y yo seguimos paralizados casi una hora, mudos,
sin respirar apenas… y entonces la vimos reaparecer. Intenté tragar el nudo que me
obstruía la garganta. «Michelo —dije—, ¿alguien ha visto eso antes?» «Yo, muchas
veces —dijo el anciano—; estando solo». «¿No tiene forma visible, no la acompaña
ningún ruido?» «Muchas veces», volvió a decir. «¿Y lo has comunicado alguna vez?»
«Signor; a vos únicamente confesaría yo lo que he presenciado: se habla mucho de
otras apariciones extrañas dentro de estos muros; esta es muy reciente. Hace pocas
noches, cuando la vi por primera vez, tuve la tentación de seguirla. Pensé que podía
ser alguien a quien la curiosidad o la ignorancia le conducían hasta ahí, y entré sin
miedo. La luz avanzaba delante de mí, y desapareció en la tumba del conde Orazio; oí
algo que brotó de ella, no sé si podría llamarlo gemido, aunque sonó parecido a una
voz humana. Me acerqué, no sé cómo; todavía me estremezco al contarlo, aunque en
aquel momento no sentí miedo. La pesada reja de la cripta estaba abierta del todo;
bajé… sí, bajé; surgió otra vez un resplandor; y al tiempo que siseaba en el ambiente
húmedo, los velos ondularon con visible movimiento; los ataúdes se sacudieron sobre
las andas… algo, que no pude distinguir ni soy capaz de describir, flotó delante de
mis ojos, una mano (que no era normal) se posó sobre mi cara y me la apretó; era
huesuda, y fría, y húmeda. Perdí la conciencia y, cuando me recobré, estaba tendido
fuera de la capilla, sobre la hierba, con mi farol ardiendo a mi lado. ¿Había caminado
todo ese trecho en trance? Regresé corriendo a mi aposento, me detuve a recobrar el
aliento, y mis ojos se posaron en ese espejo que estáis mirando: ¡¡¡tenía la cara llena
de hilillos de sangre!!! No se lo he contado a nadie, salvo ahora a vos».
Nadie que hubiera oído la voz vehemente del anciano, y visto la palidez de su

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rostro, habría podido no creerle. Tú conoces mi afición a razonarlo todo. Pero ¿qué
podía pensar de lo que acababa de ver y oír? Era demasiado palpable para atribuirlo a
la imaginación, pero demasiado insensato para encontrarle una lógica; así que me
esforcé, igualmente en vano, en considerarlo un mero vapor de la mente, o juzgarlo
por cualquier regla de razonable solución. De Michelo y su relato pasé a pensar en
mí. Insensiblemente, empecé a imaginarme en su situación, poseyendo oscuros
secretos al parecer, e incitado a entrar en contacto con lo sobrenatural. Me pregunté
hasta dónde me cogería prevenido tal eventualidad. Pensé en la posibilidad de que
fuera un engaño. Analicé mi manera de ser, y el probable poder que tales impresiones
ejercerían en mí si me expusiera a ellas. El resultado me produjo una extraña
satisfacción. Me sentí como si me llamasen para someterme a esa prueba y saliese
airoso de ella. Soy fuerte de cuerpo, firme de nervios, y lento de comprensión; soy
muy poco propenso a la jovialidad y a la fantasía; rara vez les doy rienda suelta; y
cuando lo hago, vigilo ambas expansiones como vigila el viajero la danza falaz de
unos fuegos fatuos para evitar su ilusión. Tal carácter tiene un punto débil: la afición
a las cuestiones visionarias que, según he oído, ha distinguido siempre a nuestra
familia.
Pero ni siquiera ejerce una influencia habitual ni manifiesta en mi espíritu.
Difunde más una penumbra que una oscuridad; su efecto ha sido el del crepúsculo
cuyas sombras inspiran un temor dudoso y placentero, no el de la medianoche que
puebla sus rincones tenebrosos de formas amedrentadoras. La conclusión de mis
deliberaciones ha sido la misma, quizá, que si no hubiese deliberado: satisfacer el
simple y original impulso de curiosidad con una investigación de lo que en vano
pretendo atribuirle una naturaleza más elevada. Decidí presionar a Michelo para que
terminase de contarme su historia; y decidí también visitar la tumba del conde Orazio
por la noche. No necesito decirte que acepté con gusto el ofrecimiento de Michelo de
acompañarme. Conoce pasadizos secretos del castillo que podemos utilizar para que
no nos vean. «Signor —dijo—, es mejor que vayamos por esos pasadizos hasta los
aposentos, tanto tiempo cerrados, de vuestro tío y su esposa la condesa. Me
permitiréis que vaya con los ojos cerrados. Vos me guiaréis, signor; y cuando estemos
cerca, hablad con buen ánimo, y dejadme sentir vuestra mano en la mía».
Acepté todas estas condiciones. Y ha llegado la noche; la familia descansa, y yo
estoy en la torre esperando a Michelo. ¡Ippolito!, ¿qué hay en esa naturaleza y ese
estado a que aspira nuestra parte superior, que la creencia en su realidad resulta
espantosa, y se nos hace insoportable la idea de su presencia o proximidad visible?
No tengo un temor definido acerca de lo que pueda encontrar o ver, pero noto dentro
de mí una desazón y una alarma, como si presintiese algún mal de dimensiones
demasiado grandes, o de caracteres demasiado terribles, aun siendo venidero.
Compruebo, al menos, que ese pensamiento no deja espacio a ningún otro, aunque en
sí mismo es vago e indeterminado. Me he traído libros, pero no soy capaz de leer. He
empezado varias cadenas de pensamiento; todas las he desechado con sobresalto al

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imaginar que estaba en la cripta. A pesar de mi resolución, la respiración se me
acelera, y un nudo me oprime la garganta. Intento pasear arriba y abajo en este
angosto aposento; no me sirve de nada… mis pasos se reducen a un pequeño trecho,
más allá del cual casi me da miedo aventurarme, y las pisadas suenan demasiado. Se
acerca la hora; dentro de unos instantes tocará la campana. Casi empiezo a lamentar
que no esté más lejos el momento que estaba deseando. Casi temo oír la llegada de
Michelo… ¡Atención! Suena la campana; esta vieja torrecilla parece oscilar con su
resonancia. Y el silencio que sucede, ¡qué profundo, qué callado! Podría oírse el
chillido del búho. ¡Ah!, un relámpago acaba de deslumbrarme. Me acercaré a la
ventana; el fragor de los elementos será bienvenido en un momento como este… La
noche es oscura y revuelta; el viento embiste con rachas furiosas contra la ventana.
Las nubes desfilan deprisa como un rebaño disperso. Hay un murmullo que viene de
abajo, del bosque, que si fuese de día no me importaría escuchar; pero en mi actual
estado de ánimo, no me atrevo a prestar atención. ¡Ojalá hubiera llegado mi anciano
guía! Cualquier temor es soportable si tenemos cerca un ser humano… ¿Ha sido mi
imaginación ese alarido?… Otro; y otro… ¡Imposible! ¡Atención! Hay tumulto en el
castillo; luces y voces al pie de la torrecilla… ¿Qué es lo que dicen?

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CAPÍTULO IV
—————Nec mens mihi, nec color
Certa sede manet, humor et in genas
Furtim labitur, arguens
Quam lentis penitus macerer ignibus.
HORACIO

Mi razón huye confusa,


palidece el dudoso color de mis mejillas;
y mis lágrimas delatan resbalando
la llama durable de mi alma.
DRYDEN

No fue posible sacarle al portador de esta carta ninguna información adicional. A


Ippolito se le iba despertando, mientras la leía, el espíritu visionario que tenía dentro,
y deseó haber sido él quien estuviera en el castillo para regalar su imaginación con
oscura imaginería de terrores espectrales. En cambio Annibal, de temperamento
diferente, se resistía con fuerza a la supuesta impostura y se sometía con renuencia al
influjo que tan enigmáticamente se le imponía. Pero Ippolito sentía a la sazón tanta
curiosidad por su joven criado como Annibal por el suyo anciano. Divertido por las
asombrosas circunstancias de su presentación, Ippolito le había asignado un aposento
contiguo al suyo, y eximido de todos los trabajos serviles. Era, a decir verdad, una
concesión gratuita; porque de haber caído Cyprian, como se llamaba, de la esfera de
otro planeta, apenas habría sido más ignorante de tales menesteres. Ippolito se dio
cuenta, y dejó que se ocupase de lo que quisiera.
Cyprian era menudo, delgado y endeble de cuerpo, con un espeso cabello castaño
que le ocultaba las mejillas, y acentuaba la oscura y pensativa tristeza que
perpetuamente le teñía el semblante. Rara vez levantaba la cabeza, rara vez
desaparecía de su rostro la expresión concentrada; pero cuando esto ocurría, un súbito
y ansioso destello de inteligencia delataba un espíritu de energía contenida, y de
habitual desaliento. Aunque aceptó de buen grado un puesto de servidumbre, poseía
modales refinados y conocimientos propios de las clases más altas de la sociedad.
Sentado ante el órgano o el arpa, Cyprian dejaba fluir entre sus finos labios
semiabiertos un hilo de sonido más parecido a la respiración que a los acentos
modulados por el arte y la práctica; eran suspiros de la música misma, en tanto sus
dedos, hundiéndose en las cuerdas, casi parecían participar de una sensibilidad viva, y
olvidar el poder del movimiento en la cadencia. Como pintor, su mérito era también
distinguido; sin embargo, nada de cuanto hacía resultaba forzado, ni siquiera
acabado; parecía estar en posesión del genio del arte sin sometimientos a reglas ni
preceptos, y en todo reflejaba una especie de fragilidad, una cierta delicadeza de
imperfección, propia de los esfuerzos inconexos de un cerebro que solo necesita
hallarse estable para llegar a la perfección. Pero pronto se hizo evidente que ni como

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pintor ni como músico descuidaba esa influencia que demandaba misiones superiores.
Asumió su puesto de instructor de Ippolito con un espíritu y una autoridad que
verdaderamente parecían venirle de arriba. Ippolito le escuchaba con sorpresa; pero
era la sorpresa con que la dulzura del censor desarma de enojo, y con que su
elocuencia infunde admiración.
Tomando a broma, empero, una discusión con el muchacho, recurrió a los poderes
retóricos y dialécticos de los que se solía valer, pensando que con cuatro frases
brillantes confundiría rápidamente a su pobre interlocutor. Pero en vano desplegó
toda su engañosa sofistería. Cyprian, sencillo, serio, sincero, atacó a su florido
adversario con la elocuencia de un hombre y el fervor de un ángel. No se dejó
deslumbrar por la verbosidad, ni desconcertar por las sutilezas, y en vano empujó el
orgullo a Ippolito a defender una causa de la que su conciencia desertaba. La
conclusión del debate probó que no era por la victoria por lo que el joven había
discutido; había procedido con diez veces más ardor para extraer la consecuencia
práctica de obligar a Ippolito a hacer concesiones. El orgullo de este era tan ingenuo
que no osaba practicar lo que no era capaz de defender; y el muchacho arrancó al
libertino atolondrado la promesa de reformarse. Pero aún quedaba una empresa más
difícil: encauzar su vida hacia una opción mientras aún se hallaba en suspenso, y
hacer posible la transición de una conducta a otra; si bien ocultando esa transición, e
impidiendo las oscilaciones en el vacío intermedio. Así que, en este momento,
Cyprian desplegaba todas sus cualidades: en pintura, en armonía y en poesía; y sobre
todo, su gusto difundía un hechizo sobrio y tierno como la luz de la luna bañando el
paisaje… hasta que Ippolito empezó a encontrar satisfacción en el ejercicio
consciente de cualidades que albergaba en su interior, y que sin embargo tomaba por
nuevas adquisiciones; con lo que Cyprian consiguió despertar a los placeres
olvidados de la naturaleza y el gusto a un espíritu saturado de perniciosos
estimulantes y de voluptuosidad artificial. Pero a los espíritus así habituados no se les
aparta fácilmente de abandonarse al exceso periódicamente; y cuando llegaba la
noche, ni el gusto ni el talento de Cyprian lograban impedir la crónica comezón de la
abstinencia. Cuando estos fracasaban, incluso el alma reflexiva del pequeño
instructor cedía a su solicitud por el discípulo: con graciosa petulancia de postiza
autoridad, rodeaba a Ippolito con sus brazos delgados y, con femenina zalamería, le
recordaba que no debía salir; zalamería a la que él se rendía con la sonrisa
enfurruñada de quien lo hace de mala gana.
Les encantaba vagar por la costa, contemplar la rica franja púrpura del final del
día sobre un paisaje que se fundía en la sombra, y recrear los ojos en mil siluetas
híbridas y quiméricas. El mar extendía su infinita superficie de esplendor, punteada
de esquifes y galeras, con los muelles y promontorios extendiendo sus líneas
estrechas en él, rematados con torres vigía que retenían en lo alto la luz del sol; y con,
al nordeste, el Vesubio alzando su mole de tumultuosa oscuridad. Allí se demoraban
escuchando los ruidos tranquilos del atardecer, el blando soplo de la brisa, el

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murmullo de las olas, las voces rasposas de los marineros, y los acentos suaves de los
campesinos que bailaban en grupos en la playa, que, aunque distintos, se mezclaban
con el bordoneo incesante que una ciudad populosa produce al anochecer, formando
una especie de música animal que sosegaba, si no animaba. Allí se estaban hasta que
Ippolito, «no conmovido sino transportado», brindaba a Cyprian ocasión para abordar
el asunto de su inacabable cuidado.
Hablaba de las cosas terrenas que, con toda su belleza y su excelencia, no son
sino un velo que se extiende sobre la perfección plena e impasible que no nos es dado
contemplar sino a través de ellas; decía que la disolución de los seres de este mundo
no es otra cosa que la supresión de dicho velo. Cuando esto ocurre, lo que oculta
irrumpirá sobre nosotros con toda su gloriosa excelsitud, inundando nuestros sentidos
de un gozo inefable «como no han visto los ojos, ni los oídos han oído».
Ippolito, escuchándole, estaba «casi convencido de que era cristiano».

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CAPÍTULO V
Cum subite e sylvis, macie confecta suprema
Ignoti nova forma viri, miserandaque cultu Procedit.
VIRGILIO

Cuando surge del bosque, ante nosotros,


un ser entre espíritu y humano,
enjuto, macilento, desmedrado,
tan sin carne que hombre no parece.
DRYDEN

Segunda carta de Annibal

En la anterior terminé bruscamente. Me interrumpí creyendo que había ocurrido


algo importante; fue una decepción: los gritos provenían de un criado que, al pasar
cerca de la capilla, vio o imaginó ver algo que le dio un susto de muerte. Le oí contar
lo sucedido. No quiero saber más historias de esas; me alteran los nervios y perturban
mis facultades cuando más necesito fortalecerlas y concentrarlas. Tengo el
presentimiento de que voy a ser llamado a realizar algo que requerirá mucha energía
de pensamiento y de acción. El único detalle digno de contar sobre el susto de este
hombre es que, al recobrarse, pidió que lo condujeran a nuestro padre, y una vez ante
él solicitó que estuviese presente su confesor. Nuestro padre accedió con una presteza
que me llenó de asombro; pero no encontraron al monje por ninguna parte. Nuestro
padre, entonces, pareció recordar algo que le turbó. E iba a despedir al criado cuando
surgió el monje de una pequeña puerta de su oratorio, y se acercó a nosotros. Su
aparición en ese instante, con el rostro flaco y cetrino, los nudos de su disciplina
manchados de sangre, la holgura de sus hábitos negros prestando una especie de
oscuridad flotante a su figura, dejó en mí una imagen nada agradable de evocar; en el
criado que había pedido verlo el efecto fue terrible: se desvaneció otra vez, y tuvieron
que llevárselo del aposento. Descubrí que Michelo había aprovechado la confusión
del momento para frustrar mi propósito de hacer una visita a la capilla esa noche;
propósito que no sabría decir si los últimos incidentes contribuyeron a desalentar o a
reforzar. ¿Te he hablado ya del confesor? Si no es así, permíteme que lo haga ahora.
Es un ser extraño. En otro tiempo fue clérigo del rito griego, a cuyos errores
renunció, y poco después ingresó en el convento cercano a Nápoles, cuyo superior lo
recomendó como persona de excepcional fervor y santidad. A esto añadía la fama de
su severa casi sobrenatural austeridad; títulos que le hacían aún más grato a los ojos
de nuestro desalentado padre.
Jamás he visto una figura y una actitud más ultraterrenas, ni una apariencia más
ajena a los seres y los asuntos de este mundo que las de este hombre al que llaman
padre Raffaello Schemoli. En sus ojos grandes y fijos parece haberse apagado para
siempre todo fuego humano; su rostro muestra las huellas del pasado, más que las

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pasiones o experiencias del presente; es como el lecho de un torrente ya
desaparecido, pero cuya violencia ha dejado surcos profundos y desiguales, ahora
secos. Los poquísimos que conocen o han visto a este hombre hablan de él con una
especie de oscuro temor; para ellos es, desde luego, motivo de superstición y de
quimera, con el que se fomentan a sí mismos el miedo. Incluso a mí, la impresión que
me produce a veces es la de uno de esos seres que están en comunión con ambos
mundos, y son capaces de burlarnos asumiendo forma y conducta humanas, mientras
desarrollan sus oscuras actividades en un elemento distinto del nuestro. Me da
vergüenza referirme a él en términos tan supersticiosos, pero tendrías que verlo.
Michelo me estuvo rehuyendo durante los tres días siguientes; al final lo encontré en
el corredor oeste. Y sin aguardar a su respuesta, aunque estaba decidido a no darla
por oída, le dije que iría a su aposento esa noche, y lo dejé. Pero en cuanto me
presenté en su cámara, cuál no sería mi asombro al encontrarme con su obstinada
negativa a concluir la historia de la desaparición de nuestro tío. Le supliqué y le
razoné; pero se mantuvo firme; entonces le amenacé con recurrir a nuestro padre. Él
meneó la cabeza enérgicamente: «No es probable que mi señor intervenga en este
asunto —dijo—. Sabe todo lo que yo pueda contar, y tal vez no le guste que os lo
cuente». Irritado, le insinué que podía recurrir a medios violentos. «La violencia no
puede hacer otra cosa que destruir —dijo—; ¿y qué satisfacción encontraríais en
acabar con un anciano infligiéndole dolor unos días antes de que encuentre la paz
definitiva?» ¿Qué podía yo replicar a tan dramática obstinación del anciano? Con
todo, seguí insistiéndole, hasta que, paseando una mirada escrutadora alrededor de la
cámara, se levantó, me agarró las manos un instante, y susurró: «Signor, me está
prohibido». Creo que con su gesto quería comunicarme la impresión que en seguida
saqué de sus palabras: que el poder que se lo vedaba no era humano; sin embargo, mi
ansiedad era irresistible, y más aún tras esta oscura alusión. Y continué haciéndole
preguntas vagas e indirectas, esperando lograr por ese medio que me lo desvelara.
«¿Hace mucho que murieron mi tío y la condesa?» «Sus tumbas están en la vieja
capilla desde hace dieciocho años». «Eso es muy impreciso, Michelo; lo que sabes es
seguramente más concreto». «¿Es posible, de verdad, distinguir a los muertos de los
vivos? —dijo frenético—. Hay algunos que van y vienen, y andan entre nosotros
como si estuviesen vivos, cuando en realidad hace mucho que les pusieron encima un
buen montón de tierra y una lápida. En cuanto al conde Orazio —rectificando—,
ojalá tengan paz sus huesos. Pero desde luego, no descansan en la capilla de sus
antepasados». «Explícate, Michelo». «Lo haré, signor; porque eso sí lo puedo contar.
Poco después de la noticia de la muerte de la condesa…» «Entonces, ¿la condesa ha
muerto?…» «Perdonad, signor; solo me refiero a la noticia de su muerte… Yo
regresaba de un viaje (al que me había mandado vuestro padre); y cuando estaba
llegando al castillo, de noche, vi iluminada la capilla, y oí cánticos de muchas voces
que entonaban el réquiem. Me dirigí allí a toda prisa, y me enteré por los criados de
que mi señor había muerto en el extranjero, y que en esos momentos estaban

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enterrando sus restos, traídos por Ascanio. Al principio me quedé de piedra. ¡¡¡La
condesa, los hijos, mi señor, todos, en espacio de unos meses!!! Cuando me recobré,
entré en la capilla. El oficio había terminado; los monjes y los criados se estaban
dispersando; la mayoría de las antorchas se habían apagado; solo se oía el tañido
lento de la última campana. Me acerqué al féretro; todos habían bajado a la cripta a
preparar su lecho definitivo. Me había quedado solo; y quise contemplar el rostro de
mi señor por última vez. Al inclinarme sobre el paño mortuorio, tuve la impresión de
que se movía; retrocedí; pero me acerqué otra vez y, con mano temblorosa, lo retiré.
No había sudario ni mortaja. Miré el interior con asombro: no había cadáver ni nada
que perteneciese a un cadáver; el féretro solo contenía el paño mortuorio y un vestido
extendido. Volví a cubrirlo; oí pasos de los asistentes que subían de la cripta. Me
retiré…» Le pregunté en vano qué pensaba de tan extraordinario hecho; finalmente
dijo: «A veces, signor, creo que si está efectivamente muerto, lo han enterrado en
algún lugar remoto y profano, y el pobre errabundo viene a buscar descanso entre sus
antepasados, aunque no lo consigue». Una larga pausa siguió a esta explicación
melancólica y poco satisfactoria. Pensé que estos sucesos debieron de causar
perplejidad cuando ocurrieron, y le pregunté si nadie había expresado dudas al
respecto, si no se habían hecho indagaciones, y si la sociedad se había mostrado
apática ante estas maravillas.
Michelo empezó su relato con temor: «Poco después de estos hechos —dijo—, mi
señor, vuestro padre se retiró a sus posesiones de Apulia, donde habéis nacido vos, y
la mayor parte de vuestra familia. Yo me quedé en este castillo, del que llevaba
nuevas a vuestro padre. Hará unos diez años, emprendí ese viaje a finales del otoño.
Como tenía que cruzar forzosamente los montes apulianos, había tomado la
precaución de buscar a alguien que me diese hospedaje en esa región agreste; este
hombre, como es costumbre allí, se trasladaba con su rebaño según las estaciones. Yo
esperaba encontrarlo en un rincón boscoso de las montañas; pero tras pasarme la
tarde buscándolo, encaminé finalmente la mula hacia el pie de las montañas con la
esperanza de dar con algún otro cobijo donde pasar la noche. Y llegué a una cabaña
en la que había un grupo de campesinos sentados alrededor de un animado fuego de
leña; me uní a ellos, y descubrí entre ellos a mi antiguo hospedero: les estaba
contando una historia asombrosa, así que me puse a escuchar como los demás. Era
disparatada y extraña; sobre algo que habían visto hacía poco en las montañas, y que
había causado tal terror a los de allí que habían bajado a refugiarse en el valle; no
entendí de qué se trataba; unos lo describían como un espíritu benévolo, otros como
un demonio del mal; unos decían que era un hombre como ellos, otros afirmaban que
perseguía a los viajeros hasta hacerlos enloquecer para llevárselos a su guarida y
devorarlos. Con esta conversación fue pasando la noche, y una vez que se vaciaron
las botellas, y el fuego se hubo reducido a brasas, nos tumbamos sobre pieles y hojas
que había por allí, dispuestos a dormir.
»Las extrañas historias que acababa de oír me tuvieron un rato desvelado; y

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mientras el fuego difundía su resplandor por la cabaña, casi imaginé ver siluetas que
se estremecían. Finalmente, sin embargo, encomendé mi alma al santo patrón de las
montañas, y procuré descansar. Oí un ruido suave en la puerta, como si levantasen el
pestillo y lo dejasen caer. Me despabilé inmediatamente, y me incorporé sobre un
codo; aún tenía la cabeza llena de lo que habían contado, y me quedé mirando la
puerta. Unos instantes después se abrió; apareció alguien, se quedó en suspenso un
momento, y entró. Nada más aparecer, pensé que era el ser que habían visto en las
montañas. Desde luego, era espantoso y horrible; y moviéndose, a la luz mortecina de
las brasas, sin duda parecía una criatura salida de la cárcel del dolor. No sé si fue
debido a la curiosidad, o a la misma extremidad del miedo, pero al darme cuenta de
que no hacía caso de mí, no desperté a nadie. Por último se acercó al fuego, e inició
un murmullo bajo, acompañándolo de gestos extraños; empecé a temer que estuviera
practicando alguna hechicería; pensé que la cabaña iba a salir por los aires con los
que estábamos dentro. Pero al cabo de un rato se levantó y se fue. Después, durante
toda la noche, sopló un viento fuerte de las montañas con unos gemidos largos y
aislados que parecían provenir de una voz humana. Por la mañana reanudé mi viaje».
«¿Y no tuvo eso consecuencia ni explicación?» «A partir de entonces, cada vez que
viajaba a Apulia, signor, indefectiblemente oía repetir la misma historia. Y un par de
años más tarde, cuando pasaba las montañas, a la caída de la noche, llegué a un
desfiladero poblado de espeso y oscuro bosque; un bosque de fresnos y olmos y
castaños. Al adentrarme en él, me pareció que me llamaba una voz; era un tono como
no había oído en mi vida. Me volví, y vi que se acercaba la mismísima figura que
había visto en la cabaña del bosque; mi mula se paró. Cuando estuvo delante de mí,
dijo algo que me pareció mi nombre. Estaba oscuro; a mi alrededor tenía una gran
espesura de árboles, y las copas apenas dejaban pasar la luz. Quise internarme más a
toda prisa, pero la mula no me obedecía. Temblando, me santigüé; entretanto la figura
se llegó hasta mí. Habló; pero su voz sonó más salvaje que el aullido de un lobo. Su
lenguaje era todo muecas y chillidos; sin embargo, me retenía, y parecía deseoso de
hablarme. Le dije algo, no recuerdo qué, en tono tranquilizador; y noté, al perder un
poco el miedo, que articulaba palabras. Habló extensamente en una especie de verso
extraño que, aunque no entendí, no se me ha olvidado: entre otras cosas dijo:

Hay otro de nosotros aquí,


los dos vivimos solos;
el cuervo al vernos alza el vuelo;
y palidece la loba
que nos sorprende cuando hay luna.

«Entonces recobré algo de valor, y le hablé de manera coherente; pero me


interrumpió:

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Ve con mi mensaje;
no huyas haciendo muecas,
como esos seres que anidan nocturnos
en la cavidad de mi pecho.
Un grumo de fuego tengo en la garganta
que ahoga el esfuerzo de mi confesión;
atado me tienen con oscuro hechizo,
y no puedo contar mi historia,
y mando a menudo el mensaje
en las hojas que caen y en la tormenta.
Está en el rugido del mar
en el gemido del viento que gime en las copas;
y cada forma que adopta la naturaleza
lo escribe con bruñidos caracteres.
No hay ojos que lo puedan leer,
no hay lengua que lo pueda contar;
así, hasta que esa acción horrible se sepa,
mi grito sonará en el bosque y las rocas.

»Al terminar me soltó, y reemprendí la marcha a toda prisa. Pero un rato después
volvió a aparecérseme; y me estuvo persiguiendo así toda la noche. Unas veces me
cogía la brida de la mula y me miraba fijamente a la cara; otras lo veía saltar como un
duende entre las ramas de los árboles, de donde aterrizaba a mis pies para, a
continuación, con un grito salvaje, dar un salto y perderse en el bosque. Llegué,
cansado y sin aliento, a una aldea del interior del bosque, y…» «Pero ¿en qué ayuda
todo eso a explicar nada de lo que pudo ocurrir en el castillo?» «Perdonad el exceso
de palabras de este anciano, signor; si no cuento las cosas como me ocurrieron, seré
incapaz de contarlas. No queda mucho, ya que esa última vez me quedé a pasar la
noche con el viejo del valle que me solía hospedar. Lo vi nada más entrar; ardía de
ganas de contar una noticia extraña, y no esperó mucho para hacerlo. “Hace dos
noches —dijo—, oímos llamar a la puerta, y tuvimos mucho miedo de que fuese el
vampiro; pero al abrirla por la mañana, lo encontramos tendido allí delante, sin
sentido ni movimiento. Cuando lo entramos, y revivió, empezamos a sospechar que
se trataba de una criatura humana; y al recobrarse, nos habló como un cristiano; y, lo
mismo que haría un cristiano, nos rogó que le diésemos cobijo y bendita caridad. Y
hablaba como el que vuelve de un largo trance, y los sentimientos humanos empiezan
a despertar en su corazón. Todo ese día estuvo débil y desmadejado, aunque hablaba
como una persona muy devota; pero hacia la noche empezamos a sentirnos algo
inquietos otra vez: no sabíamos qué mal podía tener, y temiendo que fuera
desconocido, encendimos un buen fuego y pasamos la noche sentados alrededor,
rezando el rosario y velándolo tendido; de cuando en cuando se agitaba y gemía,

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aunque no se despertó en toda la noche”. Por la mañana se encontraba más débil aún,
y les rogó por el amor de la Virgen que le buscasen un hombre piadoso a fin de
recibir los ritos de la cristiana caridad, y la gracia que se concede con ellos.
Mandaron deprisa por un monje santo a un monasterio de la montaña. Cuando este
llegó, se sobresaltó al ver al moribundo; pero después de hablar con él, y recibir
claras y piadosas respuestas, se dispuso a oír su confesión, y a administrarle los
últimos sacramentos. El campesino y su familia salieron de la cabaña, y dejaron solos
al monje y al moribundo; estuvieron encerrados todo el día, hasta el anochecer; y
cuando el anciano volvió a entrar, se quedó mudo de impresión ante la escena: al
penitente apenas le quedaba un soplo de vida, y el confesor parecía casi en el mismo
trance; sostenía el crucifijo con mano temblorosa hacia el moribundo; y en el instante
en que este exhaló el último aliento, cayó desmayado. Mientras hacían lo
humanamente posible para reanimarlo, murmuró unas palabras extraordinarias; todos
creyeron que se refería a algún terrible secreto de la confesión que acababa de oír. En
cuanto se recobró, se preparó para regresar al monasterio. Pero entonces empezó una
tormenta, y no tuvo más remedio que esperar. Un angustioso desasosiego le
dominaba. Deambulaba por la cabaña, se asomaba a la ventana; finalmente preguntó
al viejo campesino si podía proporcionarle elementos para escribir. “Porque —dijo—
si se me va de la memoria el más pequeño detalle de lo que tengo que dar testimonio,
puede que después me traiga consecuencias”. Dieron al monje lo que pedía, se sentó,
y se pasó la noche escribiendo, santiguándose de rato en rato, tras soltar la pluma, y
esforzándose en continuar. Cuando terminó por fin, se levantó y dijo que debía
regresar al monasterio. “Y nosotros —dijo el viejo— vamos a prepararnos para
seguirle con el cadáver, a fin de que le den sepultura”. Pregunté si aún lo tenían allí, y
corrí al cuarto donde se hallaba tendido. Me acerqué a él con curiosidad y temor;
porque lo recordaba de nuestro encuentro en el bosque, cuando ningún poder habría
podido persuadirme de que fuera humano. Me incliné sobre él; había desaparecido de
su semblante la desfiguración de la suciedad y el hambre y la locura. Me quedé
mirándolo; no daba crédito a mis ojos, y seguí mirándolo y mirándolo; era
efectivamente la figura que yo había visto en el bosque; y esa figura, signor, era…
Ascanio». «¿Cómo, Michelo, quién? ¿El criado de confianza del que me hablaste la
otra vez?» «El mismo, signor. En mis últimas visitas a Apulia, había notado ya la
ausencia de Ascanio, y oído a los criados hacer extrañas suposiciones». «Pero,
entonces, ¿del monje, y del motivo secreto de la confesión… no llegó a saberse nada;
siguen sin solución esos enigmas, sin un final?» «Tengan paz las almas de los
difuntos —murmuró Michelo santiguándose—. Dicen que se recurrió a extraños
medios para acallar esa historia. Poco después de volver yo al castillo, corrió el rumor
de que el monje estaba en posesión de un secreto oscuro y terrible relacionado con la
familia de Montorio; se convirtió en motivo de pública consternación y ansiedad.
Toda la región de Nápoles tenía los ojos puestos en la agitación del monasterio;
decían que iban a poner algo en conocimiento de la autoridad secular, y que el monje

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que había confesado al moribundo errante había recibido permiso para ir a hablar con
el Papa; otros decían que no era el mismo desde que había recibido dicha confesión, y
que la había puesto en conocimiento del prior, quien debía asumir la dirección del
caso. Por último, es verdad que el monje emprendió el viaje con numerosa escolta;
que iba muy nervioso; que viajaba con extraordinaria diligencia; que se le oía decir a
menudo (aunque gozaba de perfecta salud) que no acabaría vivo el viaje, y que,
llegados a una oscura posada del camino a Roma, desapareció y no volvió a saberse
de él. Hubo mucha investigación y mucho revuelo. El posadero y la familia fueron
llevados a la Inquisición, y varias personas del pueblo vecino fueron detenidas; se
ofrecieron enormes recompensas a quien diese alguna información sobre el monje o
los documentos que supuestamente llevaba consigo cuando desapareció. El prior del
convento, apoyado, dicen, por los enemigos de la familia Montorio, llevó a cabo la
investigación con el celo y la tenacidad de un inquisidor. Pero la tumba guarda sus
secretos demasiado bien. Así, signor, desapareció la única posibilidad que quedaba de
poder conocer esos sucesos, por lo que seguimos sumidos en la ignorancia y el
temor».
No me atrevo a insinuar siquiera, Ippolito, lo que me vino a la cabeza en el
instante en que dejó de hablar. Puedes deducirlo tú, si quieres, por la pregunta que le
hice: «¿Le afectaron mucho esos sucesos a mi padre?» «Mucho le afectaron, sí, esos
sucesos», dijo el anciano, como temiendo utilizar otras palabras que las mías.
«Quizá —dije— su actual abatimiento se debe a que le afectan aún». «Estoy
convencido —dijo Michelo— de que aún le afectan —hizo una lúgubre pausa; la
campana dio las tres—. Es tarde, signor, llevamos muchas horas hablando de esta
triste historia. Permitid que os acompañe a vuestra cámara».
Me levanté maquinalmente. Todavía sonaban sus palabras en mis oídos, y no se
apagaron después de retirarme a descansar.

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CAPÍTULO VI
——Attonitusque legis
terrai frugiferai————

No es raro que estas cartas no hiciesen especial efecto a Ippolito. Su espíritu no


era propenso a responder a la impresión que Annibal pretendía comunicarle. Cada
detalle de lo que contaba dejaba claro que cierta extraña sombra envolvía a los
difuntos condes. Sin embargo, Ippolito, de natural inocente y noble, leyó atentamente
las cartas no con recelo, sino con curiosidad; y la misma avidez que puso en leer este
relato de misterios hizo que le pasara totalmente inadvertida la posibilidad de que su
padre tuviera algo que ver con estos sucesos como la oscura penetración de Annibal
quería darle a entender. Sus dos pasiones dominantes, el amor a lo maravilloso y el
amor a la aventura heroica, le inspiraron la idea de que se había perpetrado una
acción opresora o violenta, cuya reparación le estaba reservada. Y pensando en aliviar
el sufrimiento, o en defender la virtud, se le encendieron las mejillas, y el pecho se le
dilató e inflamó de generoso entusiasmo. Cyprian le hizo volver de este transporte de
heroísmo invitándole a su habitual excursión de la tarde. Ippolito, que se hallaba en
ese estado de ánimo que se complace en sí mismo y en sus propósitos, accedió; y la
sonrisa que, al asentir, iluminó su hermoso rostro le confirió casi un resplandor y una
bondad angelicales. Cada vez que le asomaba esa expresión, Cyprian se volvía
bruscamente de espaldas temblando. Cuando ese rostro se hallaba medio desviado, lo
observaba con fijeza, como si su mente fuese ojo; y cuando se volvía hacia él sin
ninguna expresión especial, se aventuraba tímidamente a alzar los ojos. Pero si
Ippolito sonreía, Cyprian se encogía con un placer morboso y desdichado tan difícil
de describir como de explicar.
Salieron. Era uno de esos atardeceres cuya belleza resulta difícil de imaginar a
quien no está familiarizado con el paisaje y el clima italianos. Había un centelleo
animado pero apacible que se extendía por la tierra, y el mar, y el cielo; había un
resplandor que no deslumbraba, una opulencia que no saciaba; y no había ni una nube
en el cielo, ni una mancha oscura en la tierra; los ojos vagaban por toda la extensión
del panorama, cuya luz hacía que pareciese inmensurable, y descansaban en él con
plena complacencia. El poniente, que presentaba una ancha franja de luz dorada; el
mar, que fragmentaba su reflejo con el movimiento de su superficie y de las naves;
los entrantes boscosos de la costa, y los promontorios tapizados con los verdes más
preciosos, la interminable variedad de formas y sombras, desde los arbustos marrón
oscuro a los brotes plumosos de las ramas que temblaban con la brisa y dejaban ver el
azul del cielo entre sus hebras; las torres y los palacios, cuyas espléndidas fachadas
brillaban al oeste como jaspes y topacios con el sol del ocaso: todas estas cosas
componían una especie de armonía visual, tan perceptible para la vista como una
armonía de sonidos para el oído.

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Subieron por un sendero que conocían, hasta un rincón cubierto de madroños y
magnolios, y se sentaron a contemplar la perspectiva.
Tras un rato en silencio:
—Decidme —dijo Cyprian—, ¿qué más precisa la formación de un poeta, además
de impregnarse de paisajes como este?
—Hacen falta muchas cosas más —dijo Ippolito—: Trabajo, arte y estudio, y
conocimientos que se adquieren con la experiencia, con la observación de las formas
combinadas de la vida artificial, y con esos hábitos hereditarios de asociación de
sentimiento y lenguaje que han de conquistarse mediante una relación íntima con las
obras de autores similares. El que meramente se abandona a las impresiones de la
naturaleza adquirirá efectivamente una sensibilidad, pero será un sentimiento
silvestre y solitario, que no puede embellecer por falta de un cultivo interior, ni puede
comunicar por falta del concurso y el colorido de un lenguaje apropiado.
—Disculpad —dijo Cyprian—; parece que vuestras propias palabras están de mi
parte: habláis de hábitos de asociación hereditarios que pasan de unos poetas a otros.
Admito que es cierto; y si eso es cierto, ha de seguirse que las primeras
representaciones se distinguieron por su fidelidad y excelencia; ahora bien, los
primeros poetas debieron de copiar de la naturaleza únicamente, porque la sociedad
se hallaba en un estado primario y elemental, y los primeros artistas carecían de
modelos anteriores.
—Cuando hablo de los primeros poetas —dijo Ippolito—, no me refiero a los
aborígenes del Parnaso, a los bardos de las tribus salvajes, tan salvajes como ellas,
cuyas efusiones eran orales y tradicionales; me refiero a los poetas de una época
cultivada, aunque no tanto como la nuestra. La naturaleza debe ser efectivamente el
objeto de la representación poética; pero debe ser la naturaleza modificada y
conformada con los hábitos existentes y con el gusto de la sociedad.
—Si yo fuese poeta —dijo Cyprian—, invertiría esa regla, y solo admitiría en mis
composiciones la influencia de las maneras predominantes en la medida en que
fuesen acordes con la naturaleza. De la especie que llaman pastoril, por ejemplo,
suprimiría el adorno y aderezo fantástico que la priva de aquello con lo que la
observación y la imaginación han mantenido siempre alianza. Pastores que dejan a un
lado todo interés por los objetos y los placeres sencillos de la vida pastoril para
perseguir a sus amadas con discursos que deberían resultarles indiferentes e
incomprensibles, y dedican un tiempo que la vida rural no puede permitirse a hablar
de penas y deleites que incluso el refinamiento finge sentir, y que aquí, por tanto,
despoja a la ficción de toda semejanza con la verdad; todo eso lo cambiaría por
imágenes verdaderas y visibles de la vida rural: por el pequeño zagal cazando una
luciérnaga, o criando gusanos de seda, o sesteando en una sombra, o yendo a parar,
persiguiendo a una oveja extraviada, a un paraje de soledad inexplorada, avanzando
con pasos asustados por sitios cuyos ecos no suenan humanos, y descubriendo
escenarios que ningunos ojos han contemplado nunca, salvo los del genio del lugar; o

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tocado por la superstición local y rural, temblando a la luz de la luna o bajo la
tormenta, entre unas ruinas que toma por el lugar de reunión de seres que no son de
este mundo. O, si han de enamorarse los pastores, los representaría amando como
pastores, con fidelidad sencilla, con unos celos sin melindres, con favores que una
vida de pastores puede desear y recibir, y con esperanzas de un goce rústico, como el
que puede alcanzar el trabajo y disfrutar la sencillez. Estoy seguro de que imágenes
así agradarían a los que aman la naturaleza; los que no, que busquen en las óperas y
los carnavales pastores y pastoras suficientemente corteses y artificiosos.
—Deberías estudiar la poesía de los heréticos ingleses, en penitencia por tu
heterodoxia poética —dijo Ippolito—; aunque tal vez tendría poco de penitencia esa
tarea. Hace algún tiempo que conozco al capellán de la embajada inglesa; se le
considera hombre de letras en su país, y si no fuera porque es hereje, diría que es una
persona lúcida y de probidad. Me cuenta que (debido a la hosca independencia del
alma de su pueblo, a lo riguroso del clima, o a un gusto derivado de sus antecesores)
hay en su poesía un espíritu completamente diferente del que alienta en la
continental: es una llamada sencilla a los sentimientos fuertes y comunes de nuestra
naturaleza, a menudo expresada en el lenguaje con que los que hablan en la vida
corriente visten sus ideas. Y me dice que el efecto es inimaginable para el lector
acostumbrado a la poesía italiana. Las aventuras remotas y heroicas están casi
desterradas de sus dramas y poemas, que hablan con emoción del campesino
menesteroso llorando sobre sus pequeñuelos famélicos, del maníaco que grita en el
páramo nocturno, de la vejez que se consume en la soledad de la miseria; del honesto
trabajador aplastado en su lucha dolorosa y estéril por la opresión y la adversidad, en
vez del príncipe delirante o el héroe declamatorio. Tienen también una especie de
poesía (desconocida de todos, creo, salvo de las naciones del norte de Europa) que
contribuye a conservar ese gusto: historias tradicionales de sus antepasados, toscas
crónicas de gente osada y belicosa, cuyo lenguaje suena violento incluso a los oídos
de sus admiradores, y está dotado de un ritmo antiguo y singular que se asocia
irremediablemente, en el espíritu del oyente, con pensamientos de tiempos muy
antiguos, con recuerdos melancólicos y sobrecogedores. Son baladas del occidente y
norte de Europa; están puestas en una melodía simple y monótona, y son cantadas
con entusiasmo.
»Hay una nación salvaje y poco conocida en una isla de Occidente, cuya poesía
nacional es más rica aún, y cuya armonía dicen que es más conmovedora que la
inglesa; he olvidado su nombre, pero se trata de un pueblo muy dotado, cuyo nombre
saldrá alguna vez de la oscuridad. El pequeño poema que voy a leerte relata las
acciones de un rudo caudillo de ese país:

BRUNO-LIN, EL FORAJIDO IRLANDÉS[1]


A. D. 1302
Bruno-Lin despertó en plena noche,

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empuñó la clava y, usando de su fuerza,
salió a la larga empresa, con los suyos,
de llenar su sala de comida y botín.

Comida y botín buscó su gente


de la torre guardada a la cabaña.
Banda desalmada: lanza en mano
ningún enemigo podía resistirles.
Todo lo arrasó la banda sanguinaria
sin hallar comida en cuatro millas.
En Melik[2], morada de sagrada paz,
irrumpen y queman las celdas del convento;
rompen la píxide al pie del presbiterio,
arrojan el vino a la cara del sacristán.

Con mueca feroz empuña la clava


(dura y pesada de manejo,
de cobre forrada, herrada de acero)
la luna un instante asoma entre nubes.
Y blandiéndola, jura por santa María
salir al encuentro del pobre viajero.

Y sale de su torre Bruno-Lin


en la hora más oscura de la noche,
cruzó el húmedo pantano, el brezo enmarañado,
saltando inquieto como el fuego fatuo,
sin descanso, hasta poner el pie
donde el vado[3] divide la corriente perezosa.

Sobre la ancha corriente del Shannon,


ningún otro paso había,
donde, bajo un arco de oscuros pilares,
hoy sus aguas azules espejean.

Apostado tras la roca musgosa,


el paso esperaba de viajeros solitarios.
Ningún ruido le llega,
ninguna figura se mueve temerosa.
El mochuelo maullaba en su oculto agujero,
el río arrullaba con manso murmullo.
Y de pronto sonaron ruidos callados.
Un rumor le llenó los sentidos,

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y su fija mirada vio formas nocturnas
temblando imprecisas.
La calma tremenda de la hora
oprimía su alma con fuerza especial
bruno maldijo la callada intensidad,
blandió la clava para darse valor
prefería el trueno de la tempestad,
el rugido de las olas encrespadas.

Suena un paso: él sigue tras la roca;


otro paso: ahí llega el viajero solitario.

Era una noche de lúgubre cariz:


su mano sin arma, su lanza en reposo;
su corcel bardado marchando sin rienda,
los pies yertos pisando el estribo.
Tres veces se adentró en la orilla
mientras una voz de dolor poblaba el río;
en las tres; a la luz menguante de la luna,
una nube de sangre manchó las aguas.

Saltó Bruno de su apostadero.


Descargó su clava en el corcel
aplastándole el hueso de la frente,
bañando de sangre la lanza hasta la coz.
Loco de dolor, el caballo
voló como un meteoro,
dejando en mal trance al jinete,
que al instante en el agua se hundió.

Bruno saltó combativo sobre el hombre,


lo sacó a tierra segura;
sobre el hierro resonante y la malla desgarrada,
la gruesa clava cayó como granizo.
No puede levantarse, le falta el aliento,
la lanza trabada, la espada enfundada,
del tajo y desgarro la sangre le mana,
le vence el desmayo y le mengua la fuerza,
la cabeza flaquea, el pecho se agita,
el fin confiesa de una vida perseguida:
«Enterradme en la santa orilla del Melik»,
y tras una plegaria le abandona el aliento.

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Bruno retrocedió tres pasos.
Miró largamente el cadáver,
luego trató de levantarlo en brazos.
Y sintió que era el peso de un hombre muerto;
arrancó la malla del pecho ensangrentado
arrancó las gemas de su emplumada cimera
del escudo libró el brazo izquierdo
y medio desenvainó la bruñida espada;
pero no quiso levantar la visera,
por no ver el semblante del muerto;
sobre la roca musgosa deposita sus despojos
para acechar el paso de otro viajero solitario.

Ahí llega: es un hombre solo, humilde,


de andar cansado, y pobre condición
envuelto va en hábitos oscuros,
y rezando en voz alta el rosario.
Bruno, desdeñoso, a este enemigo
con astucia o armado podría atacar,
o trabar batalla con él;
y saliéndole delante, dijo: «Muere».
«Por la santa madre de Cristo, no me matéis;
no os suplico porque tenga apego a la vida,
sino por la lucha preciosa de un alma
por el que murió en la Cruz.

Guerrero: anchos son mis dominios,


puertas de hierro defienden mi castillo,
y una guardia armada velaba mi sueño.
Guerrero: yo tuve una escolta de hombres fuertes.
Esta mano, que guió a mi osada compañía
en el feroz saqueo del Pale,
armada de ancha espada labrada,
¡esta mano ha matado a mi único hermano!

¡Ah, quién va a dar descanso a un asesino!


Aún, aún siento dentro al gusano,
aún arde en mí el fuego del pecado
mientras vengo vagando del este al oeste.
Cincuenta coros pedí para su réquiem;
en cincuenta capillas arden cirios,

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cincuenta sacerdotes velan la noche,
con misas cantadas y ritos alumbrados.

Sobre cruz florida y adornada tumba


su bandera ondea con fuerza belicosa;
las campanas tañerán hasta el día del juicio.
¡Ah, quién dará descanso al asesino!
Siento dentro al gusano que no muere,
aún arde en mí el fuego del pecado,
mientras vengo vagando de este a oeste.

Ayuda imploro a cada nombre santificado


del claustro soberbio a la cueva de ermitaño;
a la roca, al pozo, incansable me dirijo,
en el túmulo descanso la cabeza;
llorando postrado paso el día,
mis rodillas son de piedra, de asta mis ojos,
y todo es vano; penitencia, disciplinas,
ritos y reliquias, las cuentas del rosario,
la pálida vigilia, y los hábitos de peregrino.

Y ahora camino con paso inseguro.


Estos ricos regalos ganará Melik,
última cuarta de mis dominios
(el negro demonio me acosa sin tregua)
para ganar la paz del alma que se va,
o librar del pecado al alma que se queda.
Guerrero: por piedad enfunda tu arma,
a fin de que tu última oración prevalezca
a fin de que tu alma parta en paz,
a fin de que triunfe con gloria duradera,
no hundas un alma aún no perdonada».

Bruno no quiso saber de esta queja;


poca era su capacidad de penitencia,
escasa su piedad por las santas vestiduras.
«Peregrino, una breve absolución te valdrá
si sabes rezar sin libro:
reza, pues aquí quedará tu cuerpo».
¡Mucho se debatió el hombre angustiado!

Pero Bruno lo agarró sin esfuerzo

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como se arranca una planta del suelo mojado,
y lo arrojó a la negrura de abajo,
en tanto el viento arrastraba su grito:
«¡Ojalá pueda llegar a la oscura capilla,
y expirar allí a su sombra!»,
hasta que las aguas apagaron su voz.
Entonces volcó Bruno de su bolsa
una píxide, un cáliz, un cirio,
un crucifijo, una imagen de altar,
un vaso, una vestimenta de sacristía,
y una provisión de riqueza monacal.

Todo lo dejó sobre la roca musgosa.


Inútil decir cuántos infelices
cayeron bajo su clava esa noche:
inútil decir los ricos botines
que arrostrando trances peligrosos
obtuvo esa noche de viajeros solitarios.

Al fin emprende Bruno el regreso,


son pesados los despojos que lleva,
una parte le encorva los hombros,
otra la lleva en su ancho manto,
y otra va atada en el extremo de su clava.
A casa vuelve con agobiado paso.
Pisando el musgo con pies pesados,
apenas doblando la cabeza,
cuando ve que un meteoro de fuego es su torre,
que brilla como mágica morada
y al llegar observa junto al río,
cómo las llamas señalan el camino,
con brillante y prodigiosa luminaria.

Acude corriendo, sus secuaces


de comida y trofeos habían llenado la sala.
Con grandes voces se celebran,
enseñando el botín, restañando la sangre,
cuando Bruno acalló brusco el festín.
Los ojos tenía encendidos de desdén,
y arrojando al suelo la depredación
descansó sobre su clava con ocioso ademán.
Mientras, sus secuaces se miraban entre sí.

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Y entonces, con ademán temeroso:

«¿Quién llena de luz nuestra casa?


Sobre la alta cresta de estos muros,
torres y atalayas
ventanas y aspilleras,
resquicios y aberturas enrejadas,
un torrente de llamas se alza
cuando al llegar era todo oscuridad».
Ninguna causa encontraron.
Mucho meditaron, y murmuraron:
«La vela que alumbra la sala
brilla en una grieta del muro,
no más ancha que la torre de Melik,
que se alza en el borde del Shannon».

Pero saliendo en seguida del asombro,


gozaron alrededor del vivo fuego,
entre chanzas alegres y burlas,
pasándose el cáliz de unas manos a otras,
cuando: ¡Silencio! ¡Silencio!
¡Alguien llama a la puerta atrancada!
Toda la banda sacó su puñal,
toda contuvo el aliento temblando,
agarrando la mesa por debajo,
mirando con ojos espantados.
Más fuerte, la coz del hierro
de un astil descargó nuevos golpes;
el más osado de los comensales,
con la boca apretada, el gesto precavido,
sacó la espada con mano segura,
y salió… para no volver más.

Arreciaban con fuerza los golpes,


el barrote saltaba en astillas;
sale otro provisto de clava;
su oído vacila inseguro;
escucha bajando;
ni voces ni pasos se oyen,
fuertes, más fuertes suenan los golpes.
Unos no se mueven, otros acuden corriendo.
Bruno sigue sentado en su silla.

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Ve cómo su banda, uno tras otro,
baja la escalera de piedra
al húmedo piso enlosado;
oye repicar de sandalias de hierro,
oye cómo alcanzan la puerta arqueada,
donde acaba todo rumor.

Se quedó sin ningún compañero.


Su corazón rechazó quedarse solo;
y con osada mirada orgullosa
se puso de pie lentamente. A través de la niebla
ve el arco oscuro de la puerta.
Parece un hechizo, se santigua,
murmura muy bajo un avemaria.
La puerta se abre por sí misma,
¿qué formas son esas que en la niebla,
ora se insinúan, ora se disuelven
envueltas en las llamas fatuas de la ciénaga,
y, ya cerca, ya lejos, recorren el filo de la nube,
desfilan por el lomo del cerro,
y bajan a lo espeso del valle
de zarzas y de malezas,
rígida la cabeza, ganchuda la mano,
con garras y dientes, de fuego cubiertas,
fugaces y visibles todas ellas?

Formas vestidas de pálido fuego,


centelleantes como escarcha nocturna,
envueltas en remolinos de llamas,
que giran veloces, ligeros,
llevándolas por los aires
en tanto en sus cuerpos sutiles,
brilla incierto el azul tenebroso,
en sus tostadas calaveras de cuencas candentes,
como tachones de acero sobre morriones,
o cirios sepulcrales de luz de zafiro,
o rojos carbunclos engastados en ébano.

Era una visión espantosa; pero el osado Bruno


pensó que era un extraño cortejo
de duendes grotescos,
desfilando en la niebla y el pantano.

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Todo un cortejo espectral
formaban los asesinados.

Con el ceño severo y la malla rasgada


el caballero descubrió su cuerpo acuchillado;
cárdeno brilló el pálido penitente,
al trazar una cruz insegura en el aire:
y lejos, muy lejos, en vela brumosa,
otras sombras venían más tristes.
Raudo, deprisa, corrió el homicida;
en mitad del horror se lanzó de cabeza.
En esa hora de tiniebla y pavor,
le urgía con fuerza el impulso del alma.

Adelante el pensamiento le empuja;


adelante su paso inconsciente.
Y al volver los ojos con miedo,
ve cómo el cielo va enrojeciendo;
la nube de espectros, voluta inflamada,
envuelve las torres de su castillo:
figuras gigantes con brillo de acero
blanden sus dardos y espadas;
arrojan sus rayos sulfúreos.
En la torre crestada están sus figuras
con bocas sin molde terreno
(en las rejas de las ventanas,
en la puerta de luchas marcada)
llaman a la guerra con trompas de ébano.
Todos los colores y pálidos matices
lucía la claridad ultraterrena;
sombrías iban las formas brumosas,
con fulgores de rico crisólito,
de ópalos y rubíes la malla plateada,
y destellos de esmeralda y amatista.

Adelante se lanzó el espantado homicida,


hasta que el Shannon le cortó la carrera:
adelante le incitaba su casa incendiada
y mientras corría con paso apresurado,
se desplomó sobre su cabeza,
volando en sulfúrea tormenta.
Gritos le llegaban, voces, gemidos espectrales,

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que le herían como golpes de látigo.

Oscuro discurre el río de noche,


quieta y callada va su superficie,
ningún destello devuelve de luz impía.
El asesino se detuvo un instante,
y con grito espantoso (que aún resuena,
y recorre las brumas del agua)
se arrojó a ella. Los vientos callan al fin,
el eco se duerme; y todo se sosiega.

—Reconozco —dijo Cyprian— que encuentro en estos versos un placer que no


veo en los fríos y sentenciosos concetti de nuestra poesía. Cómo me gustaría ser uno
de esos arcadi, o de los que ocupan un lugar tan eminente en el mundo literario que
les permite extender su influencia a las artes.
—¿Por qué te gustaría tener esa influencia, y cómo la emplearías? —dijo Ippolito.
—Me gustaría tenerla —contestó Cyprian— porque la conexión entre la literatura
y las artes es íntima e inseparable; así que me gustaría hacer que unas y otras fueran
canal de perfeccionamiento recíproco. Cuánto más grande sería el efecto si, en vez de
los rígidos personajes de nuestro drama, que salen con ropas de ahora a soltar
gorgoritos de música moderna, en contraste con los personajes clásicos o románticos
cuyos nombres usurpan, el bardo de esos tiempos y lugares remotos que acabáis de
describir apareciese con tosco y flotante ropaje, con sones de un canto sin metro,
abordando episodios de una historia antigua y prodigiosa, y todo en un escenario
acorde con el personaje: no entre resplandores de luces y decorados artificiales, sino
entre peñascos y ruinas, el murmullo de las aguas, y el temblor de la luna. Hablo de
un personaje, pero ¿no podrían ser centenares, con la melodía apropiada de su tiempo
y nación, tal vez simples, rudos, salvajes, pero más interesantes por los emocionados
recuerdos que evocarían que las más elaboradas composiciones de los modernos
armonistas?
—¿Y qué harías —dijo Ippolito— para extender semejante perfeccionamiento al
campo de la pintura?
—Bueno —dijo Cyprian—, a ese lenguaje mudo cuyas posibilidades estoy
convencido de que aún se hallan inexploradas, lenguaje hoy solo inteligible para los
ojos, le enseñaría a hablar directamente al alma. En vez de copiar el colorido de un
artista, el dibujo de otro, los árboles, la luz del sol, y las ruinas según se transmiten de
siglo en siglo con un perfeccionamiento y una imitación maquinales que excluyen la
originalidad, haría que el pintor observase la vida a su alrededor y dentro de sí
mismo; haría que copiara de la naturaleza en estado de movimiento, de la vida
existente, de esas formas y matices de la manera y el sentimiento que se hallan en
perpetuo estado de fluctuación a nuestro alrededor, y son más numerosos, más

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variados y más vívidos de lo que puedan haber sido, desde el estado rudimentario de
la sociedad, en los tiempos de los antiguos maestros; haría que todas mis figuras
fueran personajes; y todos mis grupos, circunstanciados y narrativos. Pero para la
representación sensible, vale más un ejemplo que un argumento. Yo he visto un
cuadro pintado por un oscuro maestro; el asunto era corriente: se trataba del entierro
de un cadáver; y representaba el instante después de cerrar la cripta; por algunos
elementos supuse que se trataba del entierro de una persona joven y, por la expresión
de un viejo (cuya actitud no tenía nada de especial), tuve el convencimiento de que
era su hijo único. El semblante del sacerdote reflejaba una casta y santa tristeza,
como la que sienten sin duda los hombres a los que la firme esperanza en una vida
mejor hace perfectamente llevaderas esta clase de golpes. En cambio el infortunado
padre inclinaba la cabeza ante el sacerdote que acababa de celebrar los últimos ritos;
le daba las gracias con la humildad de una aflicción resignada por haberle quitado
para siempre el último asidero y apoyo terrenal. Había algo en la expresión del
anciano, que trataba de relajar el gesto contraído de angustia con una sonrisa amable,
mezclando la obligación del momento con sus sentimientos desgarrados, y de no
olvidar el decoro en medio de la amargura… que no sé explicar. El resto de lo que
había en la galería lo contemplé con bastante tranquilidad. Asuntos así son los que yo
introduciría, o me propondría en cada esfuerzo del espíritu, o del gusto; y fueran
literarios o artísticos, los complementaría con detalles apropiados de paisaje y
personas.
—Y este paisaje, ¿con qué grupo lo asociarías? —dijo Ippolito; Cyprian calló—.
¿Y si yo te cogiera el lápiz, y me convirtiera en un artista de tu nueva escuela? Siento
que me viene la inspiración; deja que pruebe… Esbozaré un silfo pequeño y amistoso
induciendo con amable arte a un libertino frívolo y calavera, con la sensibilidad
viciada de placer, a abrazar esos goces puros e inocentes que le avergüenza tener
tanto tiempo olvidados.
—¡Oh, mi señor, mi amado señor! —dijo Cyprian—; intentadlo; y asombraos de
haberlos abandonado alguna vez. Esa luz difusa que nos vela las formas y los colores
de la tierra confiere al cielo una densa y sombría majestad que amo más que el azul
radiante del mediodía, más incluso que el resplandor ambarino del ocaso. Mirad la
bóveda del cielo, encima de nosotros, qué inmensa, qué espaciosa, sin una estrella, y
sin una nube. Tiene algo de serena estabilidad e inmutable duración. Se alza sólida; y
su silencio habla de eternidad.
—Y mira allá lejos, encima de Capri —dijo Ippolito—, donde el cielo es más
pálido: una estrella pequeña parpadea con su fuego de plata; y sobre ella la luna, con
su creciente ladeado, que asciende despacio. ¿No parece una corteza de perla flotando
en el océano azul oscuro? Y mira; mientras hablamos, diez mil estrellas empiezan a
brillar. Ahí está mi Saturno nativo, exactamente donde señalo; qué pálido se ve esta
noche; ¡ojalá tuviese un telescopio espiritual para leer los caracteres escritos en esa
mancha oscura! —murmuró pensativo; y Cyprian observó con angustia el cambio de

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su expresión—. Observa —dijo recobrándose—, en este silencio profundo del
anochecer, la nitidez de los ruidos más débiles y lejanos. Escucha la campana que
llega de la ciudad; creo que sé exactamente de qué convento es; ¡qué solemne difunde
su tañido en el aire… es un toque de difunto!
—Descanse en paz el alma que se va… ¡Ahora contemplará este paisaje con otros
ojos! —dijo Cyprian santiguándose.
—Sí; en un instante, cómo ha cambiado su perspectiva, sus atributos, el alcance
de su existencia y su movimiento —dijo Ippolito—; de estar en el lecho oscuro y
angosto de la agonía, donde lo único de la naturaleza que percibiría era la llama
desmedrada debatiéndose en la palmatoria, a ver, un instante después, con la visión
ilimitada y radiante de un espíritu, la naturaleza entera con sus mundos, sus sistemas,
sus leyes, sus causas y sus movimientos. Y sí: ¡al mismísimo Primer Motor! ¡Algo
verdaderamente prodigioso!
—Allí le seguiremos nosotros. Aunque no ahora, sino transcurrido un espacio de
tiempo, que para la duración de ese mundo será un instante —dijo Cyprian—; y estad
seguro de que esos momentos frescos y saludables de pensamiento apacible,
sustraídos a los febriles torbellinos del mundo, tendrán un efecto que no se olvidará ni
pasará inadvertido. Allí son contadas y evaluadas las mejores horas de nuestra vida; y
nuestras mejores horas, creo, transcurren en medio de la quietud de la naturaleza y el
silencio del pensamiento.
Descendieron, y regresaron a Nápoles.

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CAPÍTULO VII

El ascendiente que había adquirido Cyprian con estas conversaciones sobre el


espíritu de Ippolito era grande y singular. Incluso el modo oscuro con que había
entrado a su servicio y la peculiaridad de sus modales añadían una sombra de temor a
impresiones que de otro modo habrían sido débiles y fugaces. Dado su sexo, no podía
inspirar amor; sin embargo, demasiado femenino para los sólidos sentimientos de una
amistad varonil, Cyprian revoloteaba alrededor de su amo como un silfo guardián,
con la oficiosidad del celo incansable y el deleite en comunicar pureza.
Ya en Nápoles, Cyprian observó que pasaba el tiempo sin que Ippolito fuera a
reunirse con él, aunque habían bajado juntos del carruaje. Cuando al fin apareció, le
notó extraño y cambiado. Tenía una expresión desencajada, asombrada, con los labios
blancos y la mirada perdida. De repente hizo una serie de preguntas a los criados en
el tono del que quiere satisfacer su curiosidad sin desvelar el motivo; pero no logró
sacarles ninguna información: «No habían visto a nadie», «no habían oído nada»;
hasta que algo más que la imposibilidad de encontrar respuestas hizo que Ippolito
interrumpiera súbitamente su interrogatorio. Poco después, fue a vestirse para acudir
a una reunión, y Cyprian se encerró en su aposento, donde, en ausencia de su amo, se
dedicaba a escribir, y donde (alguien a quien el hábito de fisgar de los criados
italianos había inducido a vigilarle afirmaba que) se abandonaba a emociones tan
intensas que era asombroso que tan delicada persona fuera capaz de soportarlas.
Al regresar, Montorio llamó a su ayuda de cámara para que le atendiese a solas.
Su gabinete era contiguo a la habitación de Cyprian; y este, obedeciendo a un
impulso que justificó ante sí mismo con la preocupación por su amo, pegó el oído al
tabique, en un estado de ansiedad que las voces bajas que le llegaban a intervalos no
hacían sino aumentar. De cuando en cuando distinguía palabras sueltas como
«extraño», «espantoso», «tremendo», y toda suerte de expresiones de asombro.
Seguidamente el criado hizo cierto comentario, al parecer con intención de explicar o
atenuar la importancia de algo, e Ippolito contestó con vehemencia:
—Imposible; como que estoy vivo y en mis sentidos, que le he visto… Tres veces
esta noche: claro y terrible.
A continuación sonó un murmullo del criado que, en parte por lo prolongado de la
tensa atención, y en parte por la respuesta, Cyprian dedujo que preguntaba sobre una
sombra o figura. Siguió otra respuesta imprecisa de Ippolito, aunque Cyprian no pudo
determinar si la falta de precisión se debía a que la figura era demasiado confusa o
demasiado horrible para describirla.
Cesó la conversación; y apenas acababa Cyprian de sentarse ante sus papeles, y se
ponía a hojearlos con manos nerviosas y mirada vacía, cuando irrumpió Montorio.
Empezó a pasear sombríamente arriba y abajo; luego, como el que despierta poco a
poco de un sueño opresivo, miró a su alrededor, y exhaló un suspiro profundo.
Cyprian, deseoso de atribuirse a sí mismo el desasosiego que le dominaba para no

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irritar a un espíritu atormentado, dijo con timidez:
—He estado escribiendo desde que me leísteis la poesía inglesa, y ese es el
motivo de este estúpido embarazo. Deseaba enseñároslo, y a la vez me da vergüenza.
Le tendió un papel, que Ippolito tomó con apatía. Y mientras leía, Cyprian estuvo
observando su semblante con una expectación que tenía poco que ver con el juicio
que mereciera su poema.

LA DAMA Y SU PAJE

I
Fue a una hora dulce y tranquila,
de una cálida noche de estío,
cuando la dama, en su blanco palafrén,
cruzaba el páramo gris.

II
A menudo tiraba de la rienda,
como si oyese detrás un ruido.
Un temor le engañaba el oído:
eran solo susurros del viento.

III
Un paje lleva delante de ella,
guiando despacio la rienda de seda,
cuidando con gran deferencia
la larga cola de su vestido.

IV
Y ese paje era un caballero
que por amor a la muy alta dama,
así la servía,
aunque enemigo jurado era del padre.

V
Una luz ha surgido en la niebla,
y el paje se detiene y palidece:
«¡Mira, señora, al pie de aquel árbol
cómo arde un fuego azul!

VI
Es el príncipe-duende de la noche
en su orgía fantasmal;

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detente, dulce dama; toma esta cruz en la mano,
o aquí moriremos los dos.

VII
Porque dicen las leyendas que un hechizo
lo protege de toda herida mortal,
menos de esta hoja mojada
en el agua de una pila bendita».

VIII
Afligiose la dama al ver partir al paje;
temía no volver a verle más,
pues en secreto su alma penaba
de un amor que la hacía temblar.

IX
¡Ah!, ¿qué ruido sale del suelo
que luego se alarga en el aire?
No quiere mirar, y presa de miedo
murmura estremecida una plegaria.

X
En el páramo sombrío una brisa embalsamada
sopla dulce de rosas y violetas,
y la azul lavanda, goteante de rocío,
siembra el suelo junto a la dama.

XI
«Venid, gentil doncella, a nuestra morada.
Aquí podréis solazaros;
las luciérnagas prestarán su luz
a nuestra danza alrededor del fresno.

XII
Con alas enjutas jugaremos en las corrientes
que discurren bajo el mar
y subiremos a la luna, si al fin accedes
a ser mi amor y mi dama».

XIII
Miró la dama de soslayo, alzó los ojos;
ante sí vio a un joven tímido,

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era en verdad doncel hermoso
como nunca vieron ojos de doncella.

XIV
Los rizos le caían abundantes
velándole el cuello de nívea blancura;
sus ojos eran de crisólito, y sus alas
como las plumas del pavo real.

XV
La aurora boreal brillaba en sus pupilas,
sus mejillas eran pálidas y tristes;
un surco de cuidado había en ellas
que un espíritu podía leer y lamentar.

XVI
Su vestido celeste a sus párpados presta color.
El alma parecía desbordarle de dolor,
y la blanca, blanca rosa de sus sienes,
hacía más intensa su intensa palidez.

XVII
«Te he estado contemplando todo el día,
y velado de noche mientras dormías,
te amo, señora, intensamente,
con un amor más caro que mi vida.

XVIII
Tus suspiros en sueños he oído, señora,
y también tus susurros cuando rezas;
ningún mortal había cerca,
solo yo, llorando mi tristeza.

XIX
Con ojos certeros, señora,
he visto asomar en ti el amor;
sé que tu pecho suspira, señora,
y que no puede ser por mí».

XX
Nada dijo la dama; su sangre ardiente
daba a sus labios un cálido color;

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apretaba el crucifijo de su pecho,
el corazón le seguía siendo fiel.

XXI
«Descansa aquí, gentil señora,
mi ánimo alegre y trovador,
con el laúd, con el arpa
tañerá para ti una melodía».

XXII
Todo enmudeció en la loma de los duendes,
todo calló en el valle de la tarde,
nada se oía, ningún crujido de rama,
ninguna hoja se agitaba.

XXIII
Y entonces, una nota lenta
se difundió en el aire dormido.
Era como el canto de una sirena
peinándose su hermosa cabellera.

XXIV
Como una endecha flotando sobre el mar,
grave del marinero solitario,
que mientras duermen los mortales, canta, se duele,
o sale con la luna a navegar.

XXV
Luego se elevó como un cántico gozoso
que acude a refrescar al ermitaño:
como querubines que dejan su morada celestial
para traer consuelo a su hora postrimera.

XXVI
¡Cómo late el corazón de la dulce dama!
No por miedo ni temor ninguno;
el canto salvaje su sentido ha cautivado,
y, ansiosa, no quiere otra cosa que escuchar.

XXVII
Pero ¿quién corre con el alma en los ojos,
blandiendo un alfanje de acero?

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Por su rubor, antes que la dama lo diga,
podría señalarlo un pequeñuelo.

XXVIII
(Era un duende maligno con disfraz de caballero,
era un ardid del rey de los trasgos;
su visión ofrecía una figura tan bella
que el alma de la dama afloró a sus mejillas).

XXIX
«Sosiega el temor; aquí está tu caballero
con la espada bendecida por su santo patrón:
ningún duende osará ponerla a prueba,
pues fue sumergida en las aguas de Sant’Angelo.

XXX
Y el fraile y el libro del convento,
aguardan para oficiar nuestras nupcias;
deprisa, mi señora, que la noche no espera
y ya se agrisan las nubes de oriente.

XXXI
Pero dame el crucifijo de tu pecho,
y dame el rosario también.
Yo te guiaré por el páramo peligroso,
por mi fe de caballero fiel».

XXXII
Y ella, ¡ay!, le dio el crucifijo,
y le dio también el rosario;
cogió ambas cosas, y las arrojó al suelo con enojo
levantando así una tropel de elfos.

XXXIII
Al punto empezaron a chillar
y a bailar formando muchos corros;
y la leve cintura de la casta dama,
finalmente ciñó el rey de los elfos.

XXXIV
La dama tenía suelto el cabello, el pecho desnudo;
y el rey de los elfos, con ojos osados,

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besaba sus labios, la piel de su pecho,
y luego agarraba sus rizos dorados.

XXXV
Pero un duro golpe hizo al alevoso
soltar a su hermosa presa,
y gimiendo de dolor, huyó malherido;
y la tribu espectral se disolvió en el aire.

XXXVI
«Te he salvado, mi amor, con la ayuda del cielo;
te he salvado de daños mortales».
Nada dijo ella; tan solo lo miró
y se desmayó en los brazos de fiel caballero[4].

Ippolito leyó estos versos con la indiferencia del que está absorto en otros
pensamientos; no obstante, parecía deseoso de librarse de ellos buscando
ansiosamente algo en que fijar la atención. Así que cogió los papeles que Cyprian
tenía delante, y se puso a leerlos. Cyprian, nervioso, se levantó y le suplicó que se los
devolviese.
—No son para ser leídos…
—Haces que aumente mi deseo de examinar una composición escrita… para no
ser leída —dijo Ippolito con lánguida sonrisa.
—No deben ser leídos por vos. No pueden daros ningún placer; son la simple
historia de amor de una mujer; y vos y yo creemos que las mujeres no saben amar; no
es una historia para contar en los momentos alegres, o cuando el trato con personas
veleidosas y frías ha endurecido el corazón, y no os deja ver que hay seres que viven
solo para sentir, y que mueren de sentimiento. Escoged otra hora, y traed con vos otro
corazón. No os exigiré una compasión extravagante, porque sé que el asunto que
tratan se aparta demasiado de la línea y tópico del sentir mundano para esperarlo. Ni
creo que el verdadero sufrimiento busque nunca alivio, sino en la paciencia de una fe
incontestable. Es lo único que os pediría; pero me temo que os lo pediría en vano en
este momento.
—Cyprian —dijo Montorio conmovido por estas palabras—, la frivolidad en la
que me ves inmerso es fastidiosa y artificial; tengo un corazón capaz de apasionarse,
pero en vano busco el objeto que me inspire esa pasión. Hace muy poco que he
entrado en la sociedad pertrechado con los sentimientos ardientes de la juventud, y
exaltado por la esperanza: me han sido rechazados, aplastados, casi sofocados esos
sentimientos. Me he sometido a un penoso compromiso con el depravado sistema de
la sociedad; tomo a la ligera a los frívolos del día, y me consumo en la esperanza de
una excelencia imaginaria. A las que son hermosas las puedo admirar; pero solo

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puedo amar a la que es capaz de amar… —juntó las manos, alzó sus ojos oscuros,
ardientes al cielo, y se quedó con el gesto y la energía de la inspiración.
—Si ese ser ha existido alguna vez —dijo Cyprian—, esta es su historia.
—¿Y vive aún —dijo Ippolito—; y se la puede encontrar?
—No; ya no vive; se ha ido, como mueren algunos, sin ruido, y sin dejar
recuerdo. Todo lo que suele sujetar el recuerdo o la imagen de un difunto la ha
abandonado: murió sin una lágrima, sin una lápida, ¡sin una sepultura!
»Es un relato de emociones, no de hechos: no hay oídos ni ojos que hayan sido
testigos de su aflicción; y nunca el ser al que dedicó sus pensamientos llegó a
compartir uno solo con ella. Es preciso, antes de empezar a leer estos fragmentos, que
os diga que la autora era joven en años y en espíritu, e hija de la sencillez y el
entusiasmo; unión no imposible en la juventud. Entró en el mundo, y este la envolvió,
la deslumbró y la llenó de confusión. Pero sus sentimientos se expandieron como el
ojo que se habitúa al resplandor de una luz reciente. En el tumulto de nuevos
placeres, descubrió a alguien a quien miró con la sonrisa del amor recién nacido; fue
su última, su postrera sonrisa: él siguió indiferente, porque la ignoraba; y ella jamás
le confesó su amor; hasta que su póstuma revelación no fue ya el crimen en una
vestal.
Ippolito se dispuso a escuchar, aunque era ya tarde, porque todo se conjugaba
para inclinarlo a prestar atención: la luz atenuada, el aposento tranquilo, cuya
fragancia estimulaba los sentidos, la actitud de sosegada tristeza de Cyprian, que
ocultaba su rostro con las manos, y leía con la voz del que teme delatar, al leer, sus
propias emociones.
—El primer fragmento —dijo— describe lo que siente al verlo:

1 de abril
Son las doce de la noche, todo está callado a mi alrededor; ni una brisa, ni
un murmullo suena arriba ni abajo. Y yo, en medio de esta quietud de la
naturaleza, ¿qué soy y cómo soy? ¿Qué es este tumulto febril de pensamientos
y emociones que contrasta con el silencio que me envuelve y lo hace más
grande? ¿A quién he visto? No lo sé; no quiero decir su nombre; no quiero
pensar quién es; soy muy feliz. Mis sentimientos se recrean calladamente en
su tesoro interior. La alegría, dentro de mí, es tranquila y balsámica como el
sol matinal de un día de primavera. No hay nadie tan dichoso como yo esta
noche, salvo él. Debe de ser feliz; es tan hermoso… ¿Cómo puede conciliarse
una agitación desbocada y una calma tan grande como las que siento yo esta
noche? Tengo el ánimo agitado, pero mi alma está serena…

7 de abril

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La insipidez suntuosa, las caras de hastío, las fiestas fastuosas de la
sociedad arrogante… se han desvanecido. Todo eso es tedioso para mí; ha
dejado de impresionarme. ¿Qué me importa dónde estoy, cuando él está
siempre conmigo? La simple formulación de un pensamiento, de un deseo no
expresado, de un movimiento de labios espirituales, lo trae a mí. Tenemos un
precioso depósito de pensamientos gratos en los que nos gusta demorarnos a
solas, sin expresarlos, sin que nadie lo sospeche. El mío es el pensamiento de
él…
En medio de la multitud, me llega el susurro espiritual e inaudible de su
nombre. Pienso en él, y la dicha me invade como el perfume callado de la
noche; como una música que se difunde sobre las aguas iluminadas por la
luna…

9 de abril
Hoy he permanecido sentada durante horas, sin conciencia de pensar,
aunque sin sentirme vacía; su imagen me llena el alma como una fascinación.
Ha pasado mucha gente por delante de mí; he oído sus pasos sin darme cuenta
de sus personas. ¿No es esto como el amor? Imposible: una vestal no puede
amar. No; en mi felicidad no hay sufrimiento de amante; no hay inquietud, no
hay celos, no hay tortura de esperanza imposible, no hay angustia de
desencanto. No; yo puedo abandonarme a esos sueños sin peligro, y sin
temor; porque no puedo amar. No es en su belleza en lo que pienso; es en él
mismo. Sin embargo, recuerdo bien su figura de ángel, sus mejillas radiantes,
y los rizos de su cabello castaño. Pero no pienso en esas cosas; no me hace
falta: las tengo siempre delante.

***

20 de abril
¿De dónde me viene este deseo desconocido de mezclarme con el mundo?
¿Acaso es que quiero verlo otra vez? ¿Y por qué querría verlo? Los que han
presenciado el paso de un meteoro, y han contemplado su radiante estela con
las manos y los ojos levantados, no se esperan a que vuelva; ¿por qué habría
yo de consumir mi vida mirando? No tengo otra esperanza. ¿Qué estoy
haciendo? ¿Adónde he ido? Esperanza; él: a veces es peligroso pensar en el
peligro.

30 de abril
Pienso demasiado en él; lo que antes me parecía imposible, es cierto: creo

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que pienso demasiado en él. ¿Debo abandonar este amado pensamiento, este
hechizo cuyo callado agente me abre la visión momentánea de un maravilloso
territorio espiritual? ¿Quién robaría al pobre ermitaño su único tesoro, el
rostro amable de su Virgen, el único sonriente que se le ha permitido ver
nunca, y hacia el que se vuelve en las horas de soledad y de vacío con
fervorosa e inextinguible devoción?
Así habría esperado que su imagen fuera para mí en la vigilia de las horas
oscuras, en la soledad de mi celda… ¿Y debo renunciar a ella?

***

En este momento entraron varios criados, cada uno de los cuales dijo algo a
Ippolito en voz baja; y este, tras preguntarles consternado, salió precipitadamente del
palacio, y no volvió hasta el atardecer del día siguiente.

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CAPÍTULO VIII
Gaudet imagine rerum.
Disfruta evocando cosas pasadas.

El castillo de Muralto, residencia de la familia Montorio, era totalmente diferente


de las mansiones modernas de la nobleza italiana. Muy pocos vestigios de la
arquitectura gótica quedaban en el continente que siguieran habitadas.
Los palacios italianos se caracterizan por la elegancia, la ligereza y la novedad.
En sus pulidas construcciones utilizan el mármol combinado con materiales que en
los climas nórdicos se consideran preciosos; se encuentran embellecidos con todos
los órdenes y ornamentos de la arquitectura, y la imagen que ofrecen no puede estar
más lejos de la lobreguez y la solemnidad. Este castillo, en cambio, había sido
construido en tiempos de los reyes normandos de Sicilia; poseía todo el carácter
imponente y severo de esa época, y estaba ennegrecido por los rigores del tiempo.
Las murallas como pilas de roca, el espesor de los lienzos ciegos, las esquinas
reforzadas con torreones almenados, las puertas estrechas coronadas con los escudos
gastados de la casa y sus alianzas, unas con pedestales, otras con restos de estatuas
gigantescas que en otro tiempo se alzaron sobre ellas, y cuyos enormes fragmentos
obstruían el paso a los que su vetusta grandeza invitaba a admirarlas… Todos estos
elementos parecían materializar las descripciones de los romances góticos, y llenar el
espíritu de melancólico temor y abrumadora solemnidad. Se levantaba en una
eminencia de la rica Campania, al pie de la montaña. En medio de una comarca de
fértiles cultivos y centelleantes palacios, el castillo alzaba su fachada castigada y
belicosa; parecía guardar un hosco reposo, herido por las guerras y el tiempo, y
contar la grandeza de las épocas que lo habían visto en su esplendor. Tal era el
castillo, que es preciso describir para mejor entender unos hechos que resultarían
oscuros e incomprensibles si hubieran tenido lugar entre los muros de un palacio
moderno.
Unos días más tarde llegó otra carta de Annibal:

***

Había comunicado a Michelo mi intención de visitar los aposentos tanto tiempo


cerrados. Él intentó disuadirme otra vez; pero cuando las razones que se aducen son
contradictorias, se invalidan mutuamente; total, lo que consiguió fue que me
confirmara aún más en mi propósito, diciéndome unas veces que no descubriría nada,
y otras que lo que descubriese podía ser fuente de interminable desazón. Me molestó
que el anciano me tratase como si fuese un niño que solo pretende satisfacer una
curiosidad pueril, y se le puede desviar de ella con argumentos pueriles.

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Empecé a exponerle mis motivos y, como guiado por un destello de inspiración
que de pronto ilumina lo que se nos ocultaba, me expresé sin pretenderlo con una
vehemencia y una solemnidad de las que hasta ese momento no había sido
consciente. Le dije que no creyera que trataba de satisfacer un impulso caprichoso y
gratuito, sino que lo hacía con un propósito concreto, de oscura pero real importancia,
y que, como real que era, requería todo el celo, energía y capacidad del espíritu más
fuerte.
«Si mis presentimientos son ciertos, Michelo, gozaré del más alto honor otorgado
a un hombre: confirmar el testimonio y cumplimiento de los designios divinos; si no
es así, al menos me libraré de dudas y temores que se me están volviendo
insoportables; descubriré y castigaré la impostura, y desde luego obtendré un remedio
contra cualquier engaño futuro». Al decir esto me volví hacia él; pero su semblante
seguía impasible. En realidad, no tengo ningún motivo para recelar de él.
Seguidamente le hablé de mi intención de visitar los aposentos esa misma noche, y le
pregunté si podía facilitarme las llaves. «Soy yo quien guarda esas llaves desde hace
años, signor; en mi juventud gocé de la mayor confianza de vuestro tío, y todavía hoy
hay comisiones que mi señor, vuestro padre, no está dispuesto a confiar a otros, y por
tanto aún se me permite a mí desempeñarlas».
Observo que Michelo es de los que torturan a sus oyentes con continuas alusiones
a secretos que nunca acaban de revelar, de los que elevan la expectación a un grado
de suspenso doloroso, y te deja jadeante e insatisfecho; y no tanto por malevolencia,
o por el desliz de una indiscreción, como por una lucha perpetua entre su espíritu
agobiado por un peso demasiado grande para sus fuerzas (y del que ansía librarse
contándolo), y las admoniciones de la conciencia, que le dice que no está bien
revelarlo, o el temor, que le susurra que no sería prudente.
Así que me he acostumbrado a su actitud, y me abstengo de importunarlo. Ha
prometido acompañarme; pero dada la belleza de estas noches, durante dos seguidas,
nuestro padre ha pedido que llevasen hielos y refrescos al pabellón de la fuente. No
tuvimos más remedio que acompañarle. Allí, en medio de la satisfacción de todas las
apetencias y el regalo de todos los sentidos; con músicas, perfumes, flores y
banquetes; perspectivas, a través de celosías enramadas, de jardines exuberantes y
cálidos crepúsculos como el ámbar, que espejeaban, casi en el límite de la vista, en un
río parpadeante de brillo indefinido de agua y de bosque, sobre los que flotaba una
melodía lejana tan dulce y desmayada que parecía reverberar en la concha espiritual
de los que escuchaban; en medio de tales escenarios, nos hallábamos sentados con
lúgubre humor, mudos y tristes profanadores de la naturaleza y el gozo, más como
estatuas decorando el festín que como seres humanos participando de sus deleites.
La tercera noche esperé a Michelo en mi aposento. Llegó a la hora acordada; la
hora en que reina la quietud del crepúsculo. Todo estaba tranquilo en el castillo, y la
luz grisácea que entraba por las ventanas prometía silencio y oscuridad. Recorrimos
deprisa las galerías abovedadas que conducían a la planta inferior de la torre; luego,

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abriendo una puerta que daba acceso a un largo corredor, entramos en una región
desconocida del castillo. Aquí desapareció todo signo de vida y habitación: las
paredes tenían aspecto de no haber albergado jamás a ningún ser humano. El eco
mismo estaba dotado de una extraña resonancia, como si lo despertasen por primera
vez unos pasos humanos. Llegamos a otra puerta que no parecía haber sido abierta
nunca; Michelo metió una de las varias llaves que acababa de sacar, y tuve que
ayudarle con todas mis fuerzas para que cediese. Entonces descubrimos el pie de una
escalera de caracol que se perdía en las alturas, y Michelo se detuvo en el pasamanos
a recobrar el aliento. Subimos; era estrecha y oscura, y nos condujo a otra puerta; y
aquí tuvimos que volver a unir nuestras fuerzas para abrirla. Michelo, que se quedó
agotado con este esfuerzo, entró tambaleante tan pronto como se abrió, y se dejó caer
en una silla. Le seguí, sin dejar de mirar a mi alrededor. Era un aposento amplio,
evidentemente atestado de muebles descoloridos; pero en el que no se veía nada con
claridad porque la luz que entraba por las ventanas desvencijadas y rotas solo
permitía distinguir los bultos. Michelo retiró vacilante las cortinas de una de ellas.
Ahora recorrí la estancia con la mirada: el deterioro procedía más del abandono que
del tiempo. El polvo lo cubría y casi lo enterraba todo. Estaba el mobiliario completo
de una cámara. La cama se alzaba con su dosel oscuro y desgarrado; pero aún
conservaba las cortinas, las columnas y el plumaje. «Esta era la alcoba nupcial del
conde Orazio —dijo Michelo—. Aquí pasó la condesa la mayor parte de su triste
vida; y aquí»… Se dio la vuelta.
Le pregunté por qué habían cerrado estos aposentos, y por qué se permitía que se
deteriorasen unos muebles costosos que podrían decorar los cuartos más modernos.
«Tal vez porque habrían despertado recuerdos dolorosos —dijo Michelo
tartamudeando—. Cuando mi señor regresó al castillo, recibí la orden de traer aquí
todos los muebles, y cerrar estas puertas para siempre. Orden que siento haber tenido
que infringir». Lleno de un asombro que era fruto de las circunstancias del lugar y de
las oscuras ideas que inspiraban, volví a insistir a Michelo que terminase de contarme
lo que había empezado en la cámara de la torrecilla.
Me escuchó con angustia y perplejidad, pero con obstinada resolución. Paseó la
mirada por el aposento como si temiese que fueran oídos los balbuceos incoherentes
que le salían. «No puedo; no me atrevo. No sabéis en qué apuro me encuentro —se
retorcía las manos y hablaba en tono lastimero—. Una mano de hierro me atenaza;
me domina oscura pero palpablemente. No; no puedo; no me atrevo». Y en ese
momento, sin saber por qué, se me ocurrió de pronto una pregunta, y se la hice:
«Michelo, ¿tiene algo que ver este silencio tuyo con el confesor Schemoli?» Jamás se
me olvidará la cara que puso al oírme: le afloró una expresión aterrada, como si al
formularle la pregunta me hubiese puesto yo en peligro. Se levantó y, llevándose un
dedo a los labios, me indicó elocuentemente con ese gesto su miedo a que nos
oyesen; aunque era imposible que hubiese ningún oyente humano donde estábamos.
Me quedé tan confundido ante esta reacción que me abstuve de repetir la pregunta. Y

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siguió un largo silencio. «¿Queréis ver el otro aposento, signor?», dijo.
Le seguí con ese hosco mutismo con que accedemos a la proposición de alguien
que acaba de decepcionarnos, al que, malhumorados, deseamos ocultar que estamos
interesados en el resto de su información. Entramos en la otra habitación… Escribo
esto, y me detengo a pensar: me doy cuenta de lo importante que puede ser ese
momento en la relación de mi vida; y me asombra haberme acercado a él,
inconscientemente, con tan poca emoción. Esta otra pieza estaba, como la primera,
oscura y deteriorada. La luz que entraba por las ventanas manchadas y borrosas, los
últimos rayos de la tarde se conjugaban bien con lo que revelaban: la muda
descomposición de lo perecedero, la polvorienta quietud de la desolación, y la
memoria del viejo criado señalando con mano consumida las reliquias de lo que en
otro tiempo proporcionó morbosos y melancólicos placeres.
Empezó a descubrir los retratos: primero el del conde Orazio. Creo que el pintor
ante el que posó debió de temblar cada vez que alzaba los ojos hacia él; debió de
sentir lo que el profeta al contemplar directamente el rostro de Hazael y predijo los
sufrimientos de su pueblo. Es uno de esos rostros que revelan el carácter a la primera
ojeada: la frente audaz y reflexiva, las cejas oscuras y casi juntas, la nariz aguileña y
prominente, la curva orgullosa del labio superior en la que incluso la sonrisa parece
aliarse con el desdén, el color rico, oscuro, sanguíneo de la tez, que es como el de las
pasiones del amor. De un personaje así cabría esperar los más violentos arrebatos, el
heroísmo más orgullosamente severo, lo mismo una virtud de altura sobrehumana
que un acceso de extravagante depravación, el esplendor impasible de un ángel, o la
poderosa y airada malignidad de un demonio.
Michelo sostuvo el cuadro con los ojos apartados, y lo volvió a colgar temblando
de pies a cabeza. «Y este —dijo, descubriendo otro— es el de la condesa Erminia.
Cuando miro este retrato, me da la impresión de que se desvanecen veinte años, y
siento lo que sentí cuando la vi por primera vez, tal como era: con ese encanto alegre
y descuidado. Sin embargo, incluso entonces hubo quien dijo que a través de su
belleza y su esplendor se adivinaba tristeza y desaliento. Yo no veía eso; era tan
encantadora que siempre la encontraba sonriente». Creo que siguió hablando. Dejé de
oírle, aunque el rumor de sus elogios se demoraba en mis oídos como algo que
concordaba con mis propios sentimientos, y que era grato, aunque no distinto para
mí. Seguí en mudo transporte de admiración. Me arrodillé ante el retrato sin decir
nada, sin un suspiro, casi sin un pensamiento. Era la primera vez que contemplaba la
belleza, la primera vez que conocía el amor: no llamo belleza a la combinación de
colores, a la que los fríos ojos del juicio otorgan el elogio de la armonía y a
continuación se olvidan de ella; no, es la comunicación de un placer desconocido; es
el descubrimiento de esa cuerda inexplorada del espíritu que pulsa por primera vez la
mano de la armonía; es la comprensión de esas formas que flotan en el sueño de la
madrugada, en las meditaciones del anochecer: es el retrato de Erminia. En el espacio
de lo que me pareció un instante, experimenté todas las emociones que acompañan al

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variado carácter de la pasión: la angustia deliciosa, el gozo doloroso, el temor más
dulce que la esperanza, la esperanza más dulce que el deleite, la existencia visionaria,
el sueño representado, el tono alto y sobrehumano que solo esta pasión confiere a los
sentimientos y al carácter. En un instante he vivido la vida entera de un amante; ya no
era un cuadro ante lo que me arrodillaba: estaba convencido de que aún vivía el
original. Me parecía más probable que el sol se borrase del cielo que no que se
permitiese a tal ser abandonar la existencia sin dejar rastro ni testimonio. Había una
autenticidad de sentimientos en mí, y una firmeza de convicción de que aún existía,
que no sé a qué atribuirlas, si no es al vivido encanto de esa figura: una frente que
pensaba; unos ojos que hablaban; unos labios que sonreían, que sonreían
mudablemente, con un cambio vivo y sensible; unos cabellos ante los que, para no
alterar su tenue guedeja, contenía el aliento mientras los contemplaba. Estaba como
en sus días de temprana felicidad. La escena y la actitud eran bucólicas: un cervatillo,
al que ella tendía la mano, huía veloz; yo tenía extendida la mía también. Y sus
cabellos: son de ese color castaño oscuro, cuyas ondas se hacen más oscuras, y los
rizos, como zarcillos, tienen ese reflejo bruñido del sol que semeja el follaje de un
cenador, dotado de las ricas calidades de la luz otoñal. ¡Ay, cómo quisiera jugar con
esos rizos, asomarme a esos ojos intensos, besar ese cuello palpitante…! Dirás que
estoy loco; quizá lo esté; lo estaba cuando, arrodillándome y rindiendo homenaje a la
hermosa figura, prometí salir al mundo en busca del original, reservarle todos mis
afectos con una consagración de vestal; hacer de mi vida una larga peregrinación de
amor, y no dar paz a mi cuerpo ni a mi alma hasta encontrarla y poseerla.
Se piense lo que se piense de tal propósito, yo al menos experimenté con él lo que
esperaba: sosegó mi espíritu; exaltó y gratificó mis sentimientos; y de su misma
condición de irrealizable saqué un augurio realmente alentador. Parecía estar a la
altura de la dignidad de mi pasión; parecía prometer que ninguna dificultad impediría
esa búsqueda; que ya la había emprendido, desafiándolo todo.
La luz se estaba yendo deprisa. Había transcurrido una hora desde que entramos
en el gabinete, y me había olvidado por completo de mi propósito original; pero
cuando iba a salir se me ocurrió una idea. Y bendije mi providencial destreza para el
dibujo. Saqué mis tablillas, y antes de que se desvaneciera del todo la luz que, como
mi propia mirada, parecía demorarse en el rostro del retrato, tracé un boceto con tal
fidelidad que me convenció de que el inventor de la pintura tuvo que ser el amor.
Seguí cotejándolo con el retrato a una luz con la que nadie sino el ojo estimulado por
la pasión podría haber distinguido nada. Al colocar el boceto, tan perfecto al
principio, junto al retrato, me pareció falto de mil detalles. Seguí añadiéndolos, más
por gusto que con la esperanza de mejorarlo. Pero Michelo, aterrado por mi tardanza,
me suplicó tan fervientemente que lo dejase, ya que nos exponíamos a ser
descubiertos, que finalmente abandoné. Era ya tarde cuando llegué a mi habitación
sin percance y a oscuras. Me senté junto a la lámpara a reflexionar (como
probablemente habrás imaginado) en las perspectivas con que había iniciado mis

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pesquisas, y la quimérica misión por la que las había suspendido. El hombre que va
con el dudoso convencimiento de cumplir una orden celestial y de poseer la vaga
dignidad de un agente del cielo, armado con los poderes de su naturaleza, y temiendo
esa demanda más que ninguna, y que al llegar dedica la hora de la prueba a
permanecer arrodillado delante de un cuadro, y a volcar su pasión en la
representación insensible de una difunta, no constituye precisamente un ejemplo de
resolución humana. Mientras estaba dedicado a estos sensatos razonamientos, mis
ojos se posaron en el dibujo que tenía en las manos, y me perdoné a mí mismo. El
resto de la noche la pasé haciéndome reproches y decidiendo ser más firme en
adelante; pero lo terminé y lo coloreé. Ahora estoy con la familia; llevo el retrato de
Erminia guardado en el pecho, y me siento como el que ha descubierto un tesoro y
sonríe pensando que los de su alrededor no saben nada, como el que lleva consigo un
talismán contra los cuidados y el dolor, contra la apatía del sentimiento dormido y el
vacío de una vida ociosa.

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CAPÍTULO IX
Sed mihi vel tellus optem prius, ima dehiscat,
Vel pater omnipotens adi at me fulmine ad umbras,
Ante pudor quam te violo, aut tua jura resolvo.
VIRGILIO

Pero ojalá la tierra exhiba su abismo espantoso,


y, abriéndolo, me arrebate del radiante día;
ojalá sea arrojado por el señor de los cielos,
traspasado por el trueno, envuelto en llamas,
del reino de la luz a las tinieblas del averno,
antes, ¡sagrado honor!, que traicionar tu causa
de palabra o pensamiento, que violar tus leyes,
PITT

En esta carta romántica descubrió Ippolito claras huellas de una pasión verdadera,
que surge en las circunstancias más inesperadas, y lucha contra dificultades ante las
que cualquier otra habría decaído por juzgarlas insuperables. Pero ahora no tenía
tiempo ni ganas de pensar en asuntos de tan poco fuste. Un personaje oscuro y
desconcertante acaparaba sus pensamientos. Desde la noche en que diera muestras de
gran agitación después de regresar de una excursión con Cyprian, no había recobrado
el sosiego. Parecía ensimismado, o sostener un intenso debate interior; la perplejidad
y el recelo presidían todas sus acciones, y eran tan imprevisibles que hacían pensar
que se hallaba ocupado en alguna actividad nada común. El día lo pasaba
habitualmente solo; hacia la medianoche abandonaba el palacio, sin que nadie supiera
adónde iba. Ante este cambio, sus compañeros de diversión se reían, sus amigos se
asombraban, y Cyprian lloraba. Pero no podían hacer otra cosa que preguntarse y
callar; su mutismo era impenetrable. A veces se mezclaba con la sociedad, y reía y
revoloteaba con la ansiosa exaltación del que ha decidido darse una tregua en su
dolor; pero tanto si se divertía él como si divertía a otros, en cuanto el reloj daba las
doce se desvanecía el encanto. Pasada esa hora, ni los placeres ni las insistencias
conseguían retenerle: se levantaba, despedía a los criados, y no lo volvían a ver hasta
la mañana siguiente, en que regresaba solo, despacio, por la Strada di Toledo.
Algunas veces admitía la compañía de Cyprian, y escuchaba la continuación de sus
fragmentos, porque no lo importunaba reclamándole sus comentarios o su
aprobación; y Cyprian, ignorante de todo artificio, continuaba leyéndole con la
esperanza de que el silencio se debiera a su atención; o, incluso cuando descubría que
no escuchaba, transigía a cambio del placer de estar junto a Ippolito.

7 de mayo
Esta duda perpetua es peor que cualquiera de las alternativas: hacer lo que
temo hacer o verlo otra vez, aunque sea pecado de un momento. ¿No sería

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mejor que consumir la vida en esta incertidumbre desventurada, en la que no
encuentro ni la resolución de la inocencia, ni el goce de la culpa? ¿Y si no lo
veo más? Pero ¿por qué no verlo, teniéndolo siempre en el pensamiento?
¿Acaso no es más seductor, más fatalmente hermoso, a los ojos de la
imaginación que a los del sentido? Sí, lo veré; fijaré mis ojos en él; descubriré
qué distinta es su persona respecto de mi pensamiento, su imagen respecto de
este sueño. Y después dejaré de pensar en él.

16 de mayo
Lo he vuelto a ver; todavía estoy sin aliento; todavía me siento incapaz de
analizar mi interior; aunque debo pensar… Sí, he pensado bastante en mi
vida. Y seguiré pensando horas y horas mientras viva, en el convento. ¡Ah,
qué gloriosamente hermoso es! Qué pensamientos revolotean alrededor de su
imagen; como la música que precede a la proximidad de un visitante etéreo;
como las nubes ámbar y rosa que visten y se funden con la forma sutil de
alguna criatura de los elementos. En esa radiante luminosidad espiritual se me
apareció. Cuando las sombras del crepúsculo empezaban a envolver a los
grupos del Corso, esperé (me atreví a esperar) a que pasara. Amparada en la
oscuridad, pasaría sin verme; no me oiría suspirar, solo yo sentiría el ardor de
mis mejillas; y podría verlo, incluso podría tocarlo cuando pasara. En un
grupo que se acercaba, vi una pluma que destacaba por encima de las demás;
avanzó… ¡Ay, qué temblorosa palpitación, qué sofocante oleada de
expectación! Era tan excesivo el gozo que no podía creerlo. ¡Se acercaba!; no
lo vi ni lo oí; en ese instante todo se volvió niebla y oscuridad a mi alrededor;
pero sentí su presencia: era él; y sentí que se alejaba. Y su desaparición fue
como el desvanecimiento de una fragancia; rica, lánguida, embriagadora;
desde ese instante quedó en el aire una morbosidad deliciosa; sentía una
opresión suave en el corazón. Era incapaz de hablar; de haberme dirigido
alguien la palabra, solo habrían podido contestarle mis lágrimas. He estado
toda la noche en vela, repitiéndome de cuando en cuando: «Lo he visto».
Empieza a entrar el amanecer en mi cámara, aunque la noche se retarda en el
Corso, y dentro de mí…

20 de mayo
¿Puedo continuar en este estado de embobamiento? Sin embargo, me
atrevo a examinar mi corazón: él es alimento y descanso para mí; sin embargo
digo que no amo; es pensamiento, sueño y visión para mí; sin embargo digo
que no amo; ofrezco a él mis plegarias; y sin embargo no amo. ¿Adónde
dirigirme? Me siento terriblemente asediada. Dejad que me ponga en manos

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de Aquel a quien he ofendido, antes que en las de ese corazón que me ha
traicionado y destruido. ¿Debo decir: «he pecado»? ¿Ha de ser, entonces,
pecado amar?

27 de mayo
Pero era amor; sentía que flotaba milagrosamente; no tenía conciencia de
la corriente; pero al hacerse de día, estoy en el océano inmenso: sola, helada,
asustada. De haber oído contar esto en mis días de inocencia, ¡cómo habría
condenado a la desdichada que se engaña y traiciona a sí misma! ¡Ah, tú que
alardeas de una virtud que no ha sido puesta a prueba, que desafías a las
tentaciones que la misericordia te ha ahorrado! En otro tiempo, yo era pura
como tú; como tú, era orgullosa. Pero me he apartado del rebaño. Me he
extraviado en el desierto. La sierva del Señor ha abandonado a su amor
primero, al guía de su juventud, y ha ido en pos de extraños…

3 de junio
No hay luz ni tinieblas en mí ahora, me hallo en un estado contradictorio y
crepuscular, y quisiera dormir. ¡Ojalá me venciera un sueño plácido y
profundo como cuando soñaba que no amaba, y tuviera las visiones que
iluminaban ese sueño, y aquellas revelaciones radiantes que habían bebido la
luz del meteoro y eran figuras celestiales! Han desaparecido.

***

Hablan de llevarme a Roma: que me lleven a donde quieran… ¿De dónde


me viene esta pasividad? Él se ha ido de Nápoles. Me golpeo el pecho, pero
mi corazón sigue latiendo allí.

7 de julio
¿Qué han hecho de mí unos meses, unos poquísimos meses? ¡Dios mío!
Yo era feliz. Es un pecado hacerme desgraciada. Pasaba los días absorta en las
cosas divinas, muerta, aunque en el mundo, para las cosas del mundo, viva
solo para las personas que estaban donde yo creía que estaban mi tesoro y mi
corazón. Puros eran mis placeres, mis esperanzas sobrenaturales, mi espíritu
corregido y sosegado; una luz que bajaba del cielo difundía grata y callada
claridad a mi alrededor, y me encantaba pasear envuelta en esa luz. La
mañana me despertaba para la oración; por la noche meditaba en el día
inmaculado y me dormía rezando. Estimaba que cada día debía ser como el

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anterior, exento de culpa y de sufrimiento, y que debía volar con ese mismo
movimiento, como con alas de querubín, hacia ese lugar donde creo seguro y
cercano mi gozo. ¿Tan breve espacio ha pasado, y me he perdido ya? ¿Soy ya
este ser febril, enajenado, culpable, que cada día osa recorrer un trecho más
de permisividad, trecho ante el que habría temblado el día anterior, y que, con
la mirada vuelta hacia atrás, calcula angustiado lo lejos que se encuentra de la
senda de la paz, y que no está más cerca de aquel por quien se ha apartado
hasta perderse?

***

15 de julio
Ha venido a mí con sonrisa de ángel; ha amanecido en mí como la mañana
con sus mil matices y formas luminosas. El gozo, la belleza, el esplendor,
todo cuanto es alegre y rico en la vida, todo cuanto puede seducir a los
sentidos y al corazón danzaba a su alrededor en mágica visión. Miré, y
escuché, y sucumbí: era el amor. En la sonrisa de su nacimiento, en el alba
angélica de la pasión recién nacida, ¿quién piensa en los gemidos y la
angustia? Pero dejad que absuelva al cielo; desde el principio temblé y tuve
miedo; rocé la copa con labios vacilantes. Pero ¡ah, qué dulce, qué dulce este
licor!

17 de julio
No me han valido de protección mis atribuladas devociones frente a mis
largos y voluptuosos sueños diurnos, mi frialdad frente a pensamientos
elevados. ¡Ojalá estos sufrimientos me hicieran odiar su causa! Si estas horas
de angustia que me consumen pudieran volverme impaciente o resistente,
habría esperanza. Pero, ¡ay!, por muchas lágrimas que derrame, jamás podré
borrar con ellas los caracteres que su imagen escribió en mi corazón la
primera vez que lo vi.
Día y noche le doy vueltas a esto en silencio, con desamparo. Ninguna
reacción me despierta, salvo un impaciente desasosiego. Culpable, me aferro a
ella. Desdichada, me aferro a ella. Condenada por mí misma, me aferro a ella.
Me he hundido en una pasividad insulsa y letárgica, y los reproches de la
conciencia me suenan como la tormenta en el oído de un vejestorio bajo
techado, que fastidia a su sordera, pero no turba su apática comodidad.

21 de julio
Rezo… aunque una oculta esperanza me dice que no me valdrán esas

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plegarias; varío sus expresiones; creo que redoblo mi fervor, aunque algo me
susurra que las retiraría si temiese que iban a ser oídas.
He decidido enfrascarme en alguna labor durante el día, ocultarme a mí
misma en qué lo ocupo siempre; pero aunque creo que estoy concentrada, una
conciencia de que pensar en él va a ser su única actividad parece burlarse de
mis esfuerzos; y lo constato sin emoción, sin el menor deseo de resistir, y sin
miedo a rendirme. Las decisiones tomadas con embarazo no duran, las
resoluciones de la vida sostienen una batalla timorata con su materialización.
Las lágrimas son ahogadas por las complacencias, cuyas débiles
amonestaciones eliminan el placer a la vez que dejan la culpa; y las plegarias
son contradichas, en el instante de rezarlas, por los susurros de un corazón
rebelde.
¡En esto me he convertido! ¡Objeto de mi pasión fatal, ven y mira qué has
hecho de mí…! No. No vengas a ver cómo gozo en mi culpa; no vengas a
derramar compasión sobre sufrimientos cuyo inventario me proporciona un
extraño y espantoso deleite.

23 de julio
Es inútil: no resisto más. No puedo vivir y no ser como soy. Para dejar de
ser culpable, debo dejar de ser… No me atrevo a querer eso; ni lo quiero. Esta
aflicción es demasiado preciosa para mí, y no cambiaría las lágrimas
solitarias, nocturnas, amargas del corazón por todos los placeres que he
probado. ¿Y me atrevo a llamar sufrimiento a esto? ¡Ah, no! No, no. Su
sonrisa, su malvada, embrujadora sonrisa, me reprueba cuando lo hago.
Sus ojos me miran; parecen preguntarme si me quejo. Extraño, prodigioso
ser, ¿qué has hecho conmigo? Su imagen asoma a mi alma como la luna en las
noches de tormenta. En medio de masas oscuras, en medio de agitadas
volutas, en medio de rayas quebradas y furiosas, irrumpe con breve y glorioso
esplendor, cubriendo de belleza las formas inquietas y agitadas, mientras el
viajero, agobiado, mira hacia arriba y bendice su visión por un momento.

25 de julio
¿Es un crimen amar? ¿He cambiado de pasión, o solo su nombre? En mi
niñez, amaba los colores del ocaso, el soplo de la brisa vespertina, la luna
pálida y errante dando lustre con su luz a las cenefas algodonosas de un cielo
de verano. Digo que amaba esas cosas; ¿puedo no amarlo a él de la misma
manera, con inmaculado, plácido, sereno amor? ¿Acaso no es obra de la
misma mano; no ha sido creado todo para ser amado? ¿Es mi maldición que
deba mezclar la culpa con los sentimientos que otros se permiten con toda

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inocencia? ¿No puedo pensar de él lo que pienso de esas otras cosas: que es
claro, hermoso, distante, inalcanzable? ¿No puedo sentarme a ver pasar la
vida, sin deseos de elevarme a las alturas? No, no; estas cosas brotan de la
pluma, no de mi corazón.
El pensamiento salvaje, ingobernable, el deseo del ensueño, no me atrevo
a decir cuál, me enseña que una vestal no puede amar a un ser humano como
amaba el rayo de luna en su niñez.

26 de julio
Hay mil flujos y reflujos de sentimiento que solo conoce quien ama; y que
continuamente me hacen temblar de miedo a que mi agitación los descubra a
los demás. Oigo su apellido sin emoción cuando alguien alude con él a algún
miembro de su familia; pero cuando lo aplican a él, cuando el que lo
pronuncia se refiere a él de manera despreocupada, tiemblo toda entera, se me
nublan los ojos; deshecha como estoy, mi alma sonríe con triste y culpable
alegría al sonido de ese nombre…
Yo casi nunca me atrevo a pronunciarlo; se me hace un nudo en la
garganta que me impide respirar; pero qué gozo cuando oigo pronunciarlo, y
cuántos pretextos sutiles y desdichados utilizo para encauzar la conversación
de manera que tengan que hablar de él; y cuando lo consigo, y cuando dicen
su nombre, ¡no se dan cuenta de cómo callo, cómo tiemblo! ¡Ah!, ¿y qué si es
así? ¿Acaso no me ve un ojo, para esconderme del cual de buen grado dejaría
que me descubriese el mundo entero…?
… Muy grandes son mis sufrimientos. Quién sino yo ha conocido la
infelicidad sin alivio; quién sino yo ha conocido la desesperación sin
esperanza. Nos engañamos a nosotros mismos con los términos: cuando
decimos desesperación no queremos indicar que no hay posibilidad de alivio,
sino que el alivio está lejos, o es dudoso… Pero ¿hacia dónde volverme?
¿Hay una mota de luz en mi horizonte? No, no. A oscuras, desamparada,
atravieso torrentes de desesperación. Lucho sin fuerzas. Me levanto sin
consuelo. Me hundo sin esperanza. En las horas de angustia insoportable,
cuando el espíritu, cansado de sufrir, y espoleado para obtener de él una
energía frenética, se ve forzado, como una viuda importuna, a llamar
ansiosamente a la puerta de la esperanza; en esas horas, me digo a mí misma:
¿quién me ayudará? Mostradme las dificultades que hay que vencer,
mostradme los sufrimientos que hay que soportar; dejadme contender con
todos los seres terrenales y posibles, y lo haré. ¿Qué no estoy dispuesta a
hacer? Pero soy como el polvo en un torbellino. Como una hoja en el torrente
que ha barrido el bosque. La fuerza y la corriente de las cosas me arrastran.
Para mi gusto, la naturaleza debería invertir su orden: la Deidad debería

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cambiar. La mujer debería buscar al hombre, y ser aceptada. La vestal debería
poder renegar sin merecer castigo; así que me vuelvo a la esperanza, me
vuelvo al tiempo, me vuelvo al espacio; me vuelvo al yo (porque al yo, que
posee infinitos recursos y es fuente de consuelo inagotable, nos volvemos y
agarramos al final), y todo es desesperación. Pero ¿me atreveré a decirlo? He
hecho mi transacción: sí, he vendido mi alma por una sonrisa, me he
traicionado con un beso. ¡Ay, amor mío, amor mío, no has pedido demasiado!
No me mires con esa sonrisa de inocente belleza. No me mires con esa mirada
fatal, fatal. No te aparezcas ante mí con esa figura seductora. No lo hagas, o
pensaré que todo, todo es demasiado mezquino. Pero verdaderamente, has
pedido mucho, amor mío…

27 de julio
De la luna, a veces pienso que él la está mirando cuando yo la contemplo,
y entonces se me llenan los ojos de lágrimas de placer, y me las enjugo para
captar el instante en que la miramos los dos a la vez. De la brisa, adivino que
le refresca la cara, y entonces presento mis mejillas enjutas y pálidas para
recibir ese placer con él.
Pero mi deleite supremo es susurrar su nombre, a hurtadillas, al oído de la
noche, en la hora profunda y callada, cuando el vaho nocturno flota quieto en
el aire, tenue como el aliento de un niño, cuando las hojas del álamo y del
chopo permanecen inmóviles, cuando el mismo silencio sisea al oído.
Entonces me encanta acodarme en el alféizar de la ventana y susurrar su
nombre, primero suavemente; luego deprisa, fuerte, produciendo miríadas de
imágenes que flotan y centellean a mi alrededor.
Luego, de madrugada, el tibio rubor, el nacimiento vernal de la pasión
angelical, se apodera de mí. La primera entrevista, la emoción arrobada de
joven alarma, la expansión de un sentimiento nuevo, la irrupción de un mundo
de deleite: todo eso está en mí; lo evoca su nombre. Y dejo que me invada,
siento que me precipito en su caudal inconsciente. Una imagen de nueva y
osada indulgencia me detiene. Me sobresalto, retrocedo, pero solo para ver el
trecho recorrido. Es menos imposible ir demasiado lejos que volver. Vacilo,
estoy perdida… Cuando me recobro, descubro que estoy llorando. Pienso que
debería derramar lágrimas de penitencia, y me doy cuenta de que solo son
lágrimas de pasión…

29 de julio
¿Y es un crimen amar? No puedo conciliar el pensamiento de la culpa con
el de él. Cuando miro dentro de mí, cuando su imagen me sonríe, cuando la

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oleada de incipiente placer me inunda el corazón, dejo de sentirme culpable;
ya no me siento desdichada. Soy solo la feliz visionaria que ha renunciado a la
vida por un sueño gozoso…
Sí; a veces me asaltan el temor y la perplejidad. A veces daría un mundo
por saber si estoy perdida totalmente, si no hay esperanza para alguien que se
ha atrevido a amar. He ido a acodarme en la ventana con angustia y solicitud,
he observado el curso brillante de las estrellas, les he preguntado: «¿hay
alguna esperanza?» He pensado decidirlo por la primera que vea caer a la
derecha… el que regula el vuelo del gorrión podría dirigir la caída del
meteoro para beneficio de su criatura expectante y temblorosa. He estado ahí
hasta que ha caído una a la derecha; y he comprobado que no me traía ningún
sosiego…
Al regresar, esta noche, me he cruzado en la puerta con un perro que me
ha mirado pensativo; con sus ojos tristes y mudos fijos en mí. He seguido
andando, y él ha seguido mirándome. Con la impertinencia de mi desventura,
le he dicho: «¿Eres acaso un espíritu; tienes poder para servirme?» Me he
alejado deprisa, a tiempo de salvar la cordura.

—¿Y con esa sensibilidad —exclamó Ippolito, que no podía más—, ha


consentido el mundo que languideciera y muriera? ¿Ha existido un corazón así, y se
ha permitido que estallara? ¡Ah, solitaria y temblorosa criatura! De haber sido yo el
destinatario de tus afectos, con lo profundos y amables que eran, ¡cómo te habría
buscado, cómo te habría consolado, cómo te habría secado a besos tus preciosísimas
lágrimas, y habría indagado en tus tímidos ojos la luz de la esperanza restaurada!
—Eso solo son dulces palabras —dijo Cyprian—. ¿Qué podíais haber hecho por
alguien a quien la naturaleza y la sociedad condenaban?
—La naturaleza —dijo Ippolito— no es enemiga del amor; y en cuanto a la
sociedad, la habría llevado en brazos por toda la faz de la tierra, mientras ella se
reservase para mí; me habría enfrentado con todo el que se hubiese opuesto; habría
desafiado a quien hubiese pretendido difamarla; la habría llevado a algún retiro
apacible, santificado por la soledad y el amor; por ella, habría desdeñado y
renunciado a un mundo incapaz de comprender y valorar un gozo como el nuestro; y
en la pausa del plácido deleite, sonriendo, le habría preguntado si el amor no
compensaba todas sus penas.
—Horribles, deliciosas y embriagadoras palabras —murmuró Cyprian—. La
habrían llevado a la perdición; gracias a los santos, no las oyó; así no sumó la
deshonra a sus sufrimientos. La mató el lento y cruel veneno que iba bebiendo; no la
copa de la férvida impureza: murió de amor, pero pura y penitente. De haber oído
esas palabras, incluso moribunda habría sentido la tortura del deseo; el tumulto de la
lujuria, el gemido de la agonía, se habrían mezclado con el suspiro de las ansias; no

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habríais podido retener a la pecadora en este mundo, y habríais arrebatado al cielo
una penitente. Pero no, no; ahora descansa en lecho oscuro. No puede oíros; sus oídos
se han cerrado como se cierran al morir.
—Muchacho —dijo Ippolito—, nos habría salvado a los dos; ella no habría
muerto de pasión desengañada, y yo me habría ahorrado muchas horas oscuras y
febriles. Pero divago: yo no era el destinatario de la pasión que describes.
—Sois vos, y solo vos —dijo Cyprian con una explosión de sentimiento—. Es a
vos a quien ella amaba, y por quien ella ha muerto. Por vos desafió los peligros del
placer culpable; por vos se atrevió a desear; por vos tembló, penó y lloró. Creedme:
ella os amaba, Montorio. Y murió por vos.
—¿Por mí? ¿Por mí? —exclamó Ippolito, al tiempo que se estremecía, y un rubor
de cálida vergüenza le encendía las mejillas y la frente—. ¿Y por qué no ha vivido
por mí? Cyprian; te estás burlando de mi vanidad.
—No —dijo Cyprian, que se había levantado envuelto en su capa, y reviviendo
con súbita animación—. No; no me burlo de vos; su espíritu ronda cerca de nosotros
para confirmar esta revelación. Decidme, Montorio, ¿la habríais amado?
—Te burlas de mi credulidad —dijo Ippolito sonriendo.
—No; por su presencia, por su presencia cercana que siento en este instante, que
no me burlo. Contestad a mi pregunta: ¿habríais podido amarla, Montorio?
—¿Que si habría podido? —repitió Ippolito, lanzando una mirada al cielo—. Si
su espíritu está efectivamente presente, quede satisfecho con el homenaje de mi
corazón.
—Está presente —dijo Cyprian con vehemencia—; está presente, y sin duda
cerca de nosotros, hasta que sea absuelto.
—Muchacho entusiasta, ¿qué quieres decir? ¿Qué pretendes?
—Imaginad por un momento que yo soy ella —dijo Cyprian, cayendo a los pies
de Ippolito y ocultando su rostro—. Imaginad que soy ella; dadme un beso.
—Muchacho entusiasta.
—Dadme solo un beso, y su espíritu se irá complacido y absuelto.
—Visionario; haces lo que quieres de mí. Jamás había besado yo a nadie de mi
propio sexo; pero haz lo que quieras conmigo.
Medio ruborizándose, medio torciendo el gesto, le ofreció sus labios rojos, y
Cyprian los rozó y se desmayó.

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CAPÍTULO X

Carta de Annibal di Montorio

Me han atormentado tanto la confusión y las dudas desde que te escribí que era
incapaz de pensar sensatamente, ni de separar los sucesos de los sentimientos que los
acompañaban. Así que aplacé la continuación de mis cartas con la esperanza de
escribirte finalmente con calma y sosiego. Mis esperanzas han sido vanas. Las
extraordinarias circunstancias en las que me he visto implicado me han privado de
toda capacidad de discriminar y reflexionar; se encuentran tan imbricadas en mi
modo de pensar que soy incapaz de hacer otra cosa que describirlas; y aun eso, no
como haría un espectador, o como una mente filosófica tendería a hacer, sino con la
confusión de los sentidos, la minuciosidad supersticiosa, y todas las débiles
explicaciones de un temor real y presente. No sé si lo preferirás a un relato más
ecuánime; pero si no, tendrás que transigir por necesidad; porque es lo único que en
mi actual estado de ánimo puedo proporcionarte.
Se acercaba la noche en que había decidido visitar nuevamente los aposentos, y
dejar que Michelo me contase su historia. Recordaba cómo la vez anterior me había
dominado el miedo primero, y luego el gozo; así que decidí ahora hacer acopio de
todas mis fuerzas, y confirmar toda la resolución que pudiera preservarme de la
debilidad y el engaño.
Incluso leí viejas leyendas en nuestra biblioteca, de esas en las que abundan
aventuras como la mía; me esforcé en tomar parte activa en el relato, y superar la
timidez, o adquirir la entereza de la que hacían gala sus diversos actores. Pasé algún
tiempo ejercitándome en esta disciplina mental; aunque encuentro que sin efecto, si
su influencia debía preservarme del temor.
A medida que se acercaba el momento se me hacían más acuciantes las ansias de
ver el paraje que iba a visitar. Salí a la terraza que conduce a la torre, al pie del muro
donde estaba el aposento; su aspecto exterior era como el de dentro: oscuro, solitario,
desierto. Vi una hilera de ventanas estrechas que, a juzgar por su dirección, supuse
que daban luz a la larga galería por la que me había guiado Michelo. Estaban
desguarnecidas, y se abrían a cierta distancia del suelo; pero los numerosos huecos
del muro y los fragmentos de almenas caídas me ayudaron a encaramarme hasta su
altura. Me asomé sin peligro; era una hora en que los criados andaban atareados en
una parte alejada del castillo, de manera que podía tomarme el tiempo que quisiera.
Me asomé al interior. Como había supuesto, la ventana daba luz a la galería, que me
pareció, como la noche en que la había recorrido, húmeda, y oscura, y desierta; pero
al mirar hacia el fondo, a ras del alféizar, vi salir de la pared del otro extremo una
figura; avanzó despacio, con paso inseguro, en mi dirección. Solo puedo decir que era
una figura humana porque iba envuelta en ropas holgadas; aunque, debido a la
oscuridad, no distinguía la forma o clase de hábitos.

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Se fue acercando. Me produjo cierta alarma pensar que iba a pasar junto a la
ventana donde yo estaba apostado. Iba con la cabeza cubierta y con un brazo
extendido; la oscura capucha le ocultaba la cara. Yo estaba tan fascinado y enajenado
de curiosidad que hasta que no lo tuve a unos pasos no se me ocurrió que podía
descubrirme; aflojé los dedos y escondí la cabeza detrás del ancho alféizar. Pasó; y
aunque noté a través de los cristales rotos el aire que agitaba con su marcha, sus pasos
no hicieron ruido ninguno; alcé la cabeza: se alejaba, y lo vi perderse en la lejana
oscuridad. Seguí un rato en el alféizar; no se oía ningún ruido ni se veía ninguna
figura. No sabía qué pensar. No era Michelo, eso seguro; y no había nadie más que
pudiera tener acceso a esos lugares, salvo por medios que casi estaba tentado de creer
que poseía el personaje aquel. Me entretuve en vagas y poco convincentes conjeturas,
hasta la hora en que Michelo había prometido acudir en mi ayuda. Cuando sonó la
hora, se presentó puntual; y tomando las mismas precauciones, llegamos a los
aposentos sin ser vistos. Michelo se detuvo nuevamente a recobrarse del temor y de la
marcha. Yo examiné los aposentos más detenidamente, y con mejor luz que la vez
anterior. «Signor —dijo Michelo, llamándome—; os he traído aquí para poder
contaros sin interrupción, y sin sobresaltos, lo que en cualquier otra parte del castillo
no sería prudente hacer a medianoche, ni siquiera en mi apartada torrecilla. Hemos
venido para evitar las sospechas que me temo que ya hemos despertado con nuestras
frecuentes conversaciones. Aquí en cambio es imposible que nos vean». Yo no estaba
tan seguro; pero me callé lo que había visto, y le pedí que prosiguiera. En ese
momento me llamó la atención una extraña mancha del piso. «¿Puede ser esto,
Michelo, un efecto de la sombra que arrojan las ventanas cerradas?» Michelo no dijo
nada.
«Mira dónde se extiende en largas rayas oscuras, y terminan junto a aquella
puerta». «Es sangre», dijo el anciano con un escalofrío. «¿Sangre? —repetí—.
¡Imposible; esa mancha se extiende por media habitación! Para dejar un rastro así
tendría que haber habido en este aposento, no ya un homicidio, sino una matanza».
«Es sangre —repitió el anciano levantándose y acercándose a mí, que examinaba las
manchas—. Aquí cayó; y aquí, en esta pared, hay salpicaduras; debió de brotar con
violencia; y las huellas acaban aquí, en esta puerta»… Me detuve; todas las causas y
signos dispersos, que hasta ahora habían estado flotando inconexos en mi cerebro,
produciéndome solo una parcial sensación de temor, o de asombro, o de ansiedad,
ahora se ensamblaron con fuerza, dando lugar a una espantosa convicción.
«O sea, Michelo, que aquí hubo un asesinato, y tú sabes de qué venas salió esta
sangre; seguramente estuviste presente en esa hora, fuiste testigo del crimen, y sin
embargo guardas un silencio obstinado. Pero quizá tus extraños sufrimientos se deben
a las visitas de la víctima; quizá ronda por este lugar donde fue derramada su sangre,
en espera de recibir absolución, de ser llamada; y quizá haya sido vista su sombra
esta noche, vagando por los corredores de esta cámara». «Seguid adelante —dijo el
anciano con solemnidad—; hacia donde una mano más poderosa que la mía parece

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conduciros. Yo podré guiaros muy poco trecho; mi tiempo es breve, y mi tarea
limitada. De grado habría continuado, pero un poder al que no me es dado resistir me
lo impide». Siguiendo el rastro, llegamos al otro aposento: aquí terminaba. En mi
impaciencia por descubrir, volví a fijarme otra vez en las losas sueltas del suelo, y en
el vapor húmedo e inmóvil que flotaba en el aire.
Crucé la habitación; el piso crujió debajo de mí; frenético de impaciencia decidí
romper las tablas; tarea para la que me sentía con fuerzas, y que probablemente me
aliviaría o daría empleo a mis nervios, que a duras penas lograba contener, excitados
hasta el último grado, tensos, vehementes y terribles. «Deteneos, deteneos, signor —
dijo Michelo—; aunque estos aposentos parecen desiertos, tienen un visitante. El
conde, vuestro padre, tengo sobradas pruebas, suele venir a estas cámaras siempre a
la misma hora. Y temed su venganza si descubre que pies distintos de los suyos han
hollado este suelo ensangrentado; ¡su venganza es terrible!» «Es la segunda vez —
dije con enfado, aprovechando sus palabras—, la segunda vez, Michelo, que me
haces esa advertencia; es claro que tiene un significado que va más allá del temor; y
sea cual sea ese significado, me lo vas a decir antes de que abandonemos este lugar:
¿Qué sabes o sospechas de su venganza?» «Su venganza es terrible», dijo una voz
profunda, distinta, junto a mí.
«Otra vez me lo repites», dije; porque la impaciencia me impedía discernir con
claridad. «Yo no he dicho nada; no he abierto la boca —dijo Michelo, asustado, y
pegándose a mí—. Ha sido una voz que ha salido del muro. Vámonos de aquí, por
san Gennaro, vámonos, si es que salimos vivos».
Yo no estaba, como él, paralizado ni muerto de miedo; pero tenía algo confusos
los sentidos. Por mucho que queramos resistir a la presencia o al miedo a la presencia
de los muertos, nos es casi insoportable. La podemos resistir en una conseja porque
es una conseja; y la conciencia de que se trata de una fantasía equilibra la angustia de
la credulidad. Pero yo sentía la opresión de una evidencia que parecía irresistible, y
también el natural temor que comparto con el campesino y el niño, y que mi
percepción más experimentada aumentaba quizá añadiendo muchos detalles menudos
y sutiles. Reflexioné un momento. Me invadió una oleada de quimérico heroísmo; y
decidí examinar el entarimado, cuando Michelo, incapaz de hablar, me agarró el
brazo y me señaló la pared opuesta. Mis ojos siguieron instintivamente a los suyos, se
detuvieron en la figura de un hombre armado representado en el tapiz, cuyos trazos
pronunciados hacían que destacara fuertemente incluso con aquella luz mortecina.
Señalaba con el arma que sostenía la dirección que yo había pensado explorar; tenía
la cabeza echada hacia atrás, y su perfil enérgico señalaba la misma dirección.
Mientras lo contemplaba, sus ojos parecieron cobrar vida: se movieron; me miraron;
se volvieron hacia el lugar que apuntaba su arma; y el arma tembló con lento y
palpable movimiento. Luego se quedó inmóvil, apagado, muerto como una figura
artificial. Lo que había visto y oído fue suficiente para mí. Me enardecí, me exalté,
me excité; una dignidad excelsa tiñó mis sentimientos; me sentí llamado a ejercer de

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agente del destino, aunque intuía que estaba rodeado de horrores, que pisaba un suelo
no hollado por los vivos, que me llamaban voces ante las que se estremece la
naturaleza. Pero para mí eran instrumentos por los que se me llamaba a cumplir
alguna gran empresa, y los agarré con mano crispada pero audaz.
Empecé a explorar el aposento. El enmaderado de las paredes tenía las tablas
desclavadas y sueltas por efecto del tiempo y el abandono. Pero solo descubrían el
muro sólido. Examiné más detenidamente un panel que parecía menos deteriorado
que el resto. Resistía, pero no fue obstáculo para la fuerza que yo sentía en esos
momentos; y en poco tiempo lo arranqué de la pared. No tardó en disiparse la nube de
polvo que había levantado, y descubrí en el interior, débilmente iluminada, una
escalera de caracol de peldaños toscos y desiguales. Susurré unas palabras de ánimo a
Michelo, que se había recostado exhausto en la pared, y me dispuse a bajar. Él intentó
disuadirme; no le hice caso. La escalera, por la que era imposible bajar con pie firme,
parecía excavada en el muro, a juzgar por la tosquedad de los escalones; una claridad
desleída entraba en ella desde una claraboya que parecía estar a una altura enorme, en
el techo. El polvo que levantaba a cada paso apenas me permitía distinguir dónde
pisaba; y los densos vapores que había notado en la cámara parecían reinar también
en este paso.
La escalera, después de bajar unas vueltas, terminaba en una puerta que no
pudimos abrir con ninguna llave, ni hacerla ceder con ningún esfuerzo. Michelo, que
me había seguido, confesó que no sabía, ni se le ocurría, según lo que conocía del
castillo, adónde daba esta puerta. Nos pareció que aquí terminaba nuestra excursión;
y miré alrededor con desaliento. Estaba convencido de que había un secreto a mi
alcance; y no dar con él, después de tanta expectación y tantos trabajos, me resultaba
inaceptable. Mi mismo empeño me reprochaba este fracaso. Incluso la densa y
lóbrega quietud del lugar parecía burlarse de mi impaciencia.
Cuando regresaba de mala gana, estudiándolo todo palmo a palmo, observé un
trozo de muro en el que se apreciaba como una fractura regular entre los sillares, que
formaba casi un ángulo recto. Apliqué allí la mano, cedió a la presión, y se
desprendieron gran cantidad de cascotes que cayeron a mis pies. Me sentí inspirado;
con la ayuda de Michelo, no tardé en descubrir una puerta bajo una delgada capa de
yeso que se deshacía al tacto, sin otra cosa que la ocultara o la cerrara. La abrí
arrastrando, y reveló un hueco, apenas lo bastante ancho para pasar. Entré inclinado y
encogido, y debido a sus dimensiones (en parte palpando y en parte gracias a la tenue
claridad que la claraboya enrejada aún proporcionaba), tropecé en seguida con una
especie de arcón desvencijado y mal cerrado. Con impaciencia frenética, procedí a
abrirlo recurriendo a la fuerza. Por el golpeteo suelto y pesado de su contenido,
adiviné con un estremecimiento qué era. Sin embargo continué mi trabajo. Michelo
se animó de pronto, y se esforzó en ayudarme. Con la fuerza febril que me prestaba
mi ansiedad, cedieron las tablas carcomidas, y lo conseguí finalmente. ¡Ah, Ippolito,
Ippolito! ¡Mis manos tropezaron con los huesos roídos y deshechos de un esqueleto!

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Sus miembros secos repiquetearon al desprenderse las tablas. La luz cayó sobre su
cabeza, prestándole una calidad más mortal a las cavidades de la boca y los ojos.
Pálido, jadeante, retrocedí con un estremecimiento; se me enfrió el ardor del esfuerzo
y de la búsqueda; había llegado a un punto terrible de la prueba, y el mudo y macabro
testigo que tenía ante mí había hablado. La palabra asesinato sonó en mis oídos
mientras lo miraba, aunque aún me sentía inseguro e inquieto. Había puesto al
descubierto el crimen, aunque seguían siendo un misterio la víctima y quienes lo
habían perpetrado.
Entretanto, me di cuenta de que Michelo se inclinaba sobre el cadáver y lo
estudiaba con atención; le vi estremecerse y juntar las manos. Hay estados de ánimo
que el ser humano solo es capaz de comunicar con su actitud. Corrí a su lado, entré en
el nicho, y observé el esqueleto otra vez. Michelo, con elocuente y muda expresión,
señaló uno de los brazos consumidos: tenía una mano cortada. Nos miramos,
conscientes los dos de lo que el otro estaba pensando. Finalmente dije, articulando
trabajosamente las palabras: «Michelo, ¿lo que sabes sobre el pasado te sugiere algo
que pueda explicar esto? Si es así, no hagas daño a tu propia alma, y al alma de la
víctima asesinada, ocultándolo más tiempo». El anciano se dio un golpe de pecho, y
se santiguó.
«Yo soy inocente —murmuró—; yo soy inocente. Pero estos restos me traen a la
memoria una historia que tenía olvidada desde hace tiempo, y que cuando la oí, pensé
que era una patraña inventada para disipar el misterio de aquella noche terrible.
Corrió el rumor de que aquella noche trajeron a alguien en secreto al castillo y que lo
asesinaron y enterraron en un lugar ignorado. Nadie intentó averiguar quién era, ni
quién lo mató, ni por qué».
Esta explicación hizo que aumentaran mis sospechas, aunque no que disminuyese
mi perplejidad. Parecía cierto que se había cometido una acción abominable aquella
noche de la que tanto se ha hablado; sin embargo, la mano ejecutora seguía oculta a
los ojos de los hombres y de la Inquisición. «Una pregunta más, Michelo, y dejo de
importunarte: ¿crees que este es el cuerpo de mi tío, del conde Orazio?» «Hay
muchos detalles, signor, que me inclinan a creer que es el cuerpo del difunto conde; y
hay otros que indican que no. Pero ¿por qué iba yo a sugeriros que fue asesinado?
Dicen que aquí —prosiguió— suenan campanas; que se ven pasar sombras; que unas
veces desfilan junto a las ventanas largas procesiones con luces llameantes; y que
otras se han oído cantos fúnebres». «Eso son historias que se cuentan en todas partes,
y que se creen los incautos». «Signor; yo mismo las he visto»… «¿Qué has visto?»
«He visto cosas, signor, que hacen que no me sorprenda demasiado este
descubrimiento. He visto luces que iban de un lado a otro; y he oído ruidos que salían
de esos aposentos, a una hora en que sabía que no podían deberse a ninguna causa
humana». «¿Eran esas apariciones que dices como la que vimos en la capilla?» «No
me preguntéis más, signor —dijo el anciano—; hasta aquí, y más de lo que estaba a
mi alcance complaceros, ha quedado satisfecha vuestra curiosidad. Vayámonos ahora

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de este tétrico lugar».
Sus palabras enfriaron mi exaltación, ese valor pasajero que la excepcionalidad
del momento me había inspirado me abandonó de repente. Miré a mi alrededor. Dos
seres solitarios que temblaban ante un descubrimiento que solo les comunicaba terror,
a la luz evanescente del crepúsculo, en la torre remota y desierta de un antiguo
castillo, lejos de la ayuda y la presencia humanas, e incapaces de enfrentarse a nada
más, aunque temerosos, mientras seguían allí, de que alguien les sorprendiera; eso
éramos Michelo y yo. Un escalofrío me recorrió al pensarlo. La seguridad de
sentirme un delegado del cielo me había abandonado; me había convertido en un ser
humano asustado, sitiado por cosas y amenazas ante las que retrocede la naturaleza, y
ansioso por escapar ciegamente de ellas; como el niño que, cerrando los ojos y
huyendo aterrorizado, imagina que se pone a salvo.
Aparté la vista de la repugnancia que tenía delante; miré hacia el pasadizo oscuro
y estrecho, y me sorprendió mi propia temeridad al explorarlo. Unos momentos antes,
nada me habría impedido avanzar; ahora, nada me haría seguir. Durante un instante
me asombré de mí mismo, y casi atribuí mi cambio a un influjo que formaba parte de
los misterios de este lugar. Pero el cansancio, sumado a mi timidez, disolvió este
asombro; comprendí que era solo el natural decaimiento después de la
sobreexcitación, y que si al cielo le placía utilizarme como agente, impediría que la
confianza de su instrumento se convirtiera en presunción, abandonándolo de cuando
en cuando a las flaquezas de la naturaleza, a sus hábitos comunes de entusiasmo y
abatimiento, a los normales flujos y reflujos del espíritu, que prueban que nuestras
mejores fuerzas son de resistencia imperfecta y de duración limitada.
Ayudé a Michelo, a la luz que aún quedaba, a tapar la cavidad con las piedras y
escombros que habíamos retirado, y luego nos dispusimos a salir de la escalera.
Mientras volvíamos, procuramos no mirar las oscuras y calladas paredes, ni el techo,
donde la claridad era tan pálida y lejana que me recordaba la que llega a los ojos del
cautivo a través de los barrotes de su mazmorra; ni siquiera la tosca escalera, que
debía de ser la que utilizó el asesino para llegar furtivamente hasta el lecho de su
víctima dormida, o llevársela para esconderla en el nicho que acabábamos de
descubrir. Pero, a donde mirase, veía algo que despertaba pensamientos sombríos.
Aceleré el paso.
Cruzamos deprisa y en silencio el gabinete y la alcoba, con el aliento contenido
de temor, y cogidos el uno al otro, procurando no levantar la vista del suelo; aunque
con la sensación a cada instante de ir a descubrir ante nosotros algo que no osábamos
decir en voz alta. Habíamos llegado a la escalera por la que teníamos que bajar,
cuando oímos claramente, en el aposento que acabábamos de dejar, pisadas sonoras
de alguien que parecía seguirnos. Michelo, muerto de miedo, se detuvo en el borde de
la escalera. Con un esfuerzo desesperado, lo arrastré conmigo, y bajamos corriendo.
Las pisadas se iban haciendo más audibles y rápidas detrás de nosotros. No me
atreví a mirar hacia atrás, corría a ciegas, tirando de mi compañero jadeante.

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Cada vez sonaban más cerca; notaba cómo se curvaban los peldaños bajo las
pisadas detrás de mí; temía sentir de un momento a otro la dentellada de sus
«colmillos ardientes». Pero ahora habíamos llegado a la puerta que comunicaba con
el pasadizo: la abrí arrastrando, y con esa precaución instintiva que el miedo adopta
contra lo que lo provoca, sin atreverme a mirar, tiré de ella después de pasar, y la
cerré, al tiempo que me pareció oír detrás una exclamación, aunque no sé si de dolor
o de terror. Fuera cual fuese el poder de quien nos seguía, debió de renunciar; porque
no volvimos a oír ningún ruido, ni topamos con obstáculo alguno. Atravesamos la
galería en silencio, y llegamos a la parte habitada del castillo sin ser vistos.
Estos incidentes no me han aclarado ni confirmado nada; solo me han dejado
perplejo y lleno de terror. He estado pensando, pero sin llegar a ninguna conclusión.
He deliberado, pero sin ser capaz de decidir. Unas veces me parece una temeridad
este empeño mío, ¡y otras una supina cobardía!
¿Soy un agente del cielo, o un juguete del miedo y el engaño? ¿Me llamaba la voz
que oí, o me prohibía seguir? ¿Se ha desenvainado el arma para indicarme que siga o
para hacerme retroceder? ¿Debo detenerme, o seguir?
En este estado de confusión, miro el retrato de Erminia… y recobro una deliciosa
paz momentánea. Addío.

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CAPÍTULO XI
Ut assidens implumibus pullis avis
Serpentinum allapsus timet
Magis relictis; non, ut adsit, auxilii
Latura plus præsentibus
HORACIO.

Así, el pájaro abandonó a su implume pollada


viendo subir a la serpiente,
ya que con gran angustia teme
que quedarse no les sirva de nada.
FRANCIS

Cuando esta carta llegó a Nápoles, Ippolito se encontraba aún más hundido en la
tristeza y la abstracción. Había renunciado a las diversiones pasajeras que otras veces
le habían sacado del abatimiento; y salvo las horas en que asistía a esas citas
nocturnas, ocupaba su tiempo en oscuras y solitarias meditaciones. Y llegó la carta;
pero ningún criado osaba molestar a su amo, cuando hasta ahora no les había
inspirado ningún temor. Y Cyprian, al oírlos discutir, aprovechó la ocasión para ver a
Ippolito. Este llevaba varias horas encerrado en su aposento. Cyprian llamó a la
puerta, con la carta en la mano. Una voz que jamás había sonado desabrida, preguntó:
—¿Quién es?
—Miedo me da contestar a esa voz —dijo Cyprian—; habladme con otro tono, y
contestaré: «Soy Cyprian».
—Puedes pasar —dijo Ippolito.
Cyprian entró tímidamente. Su amo estaba tendido en el sofá; se cubría los ojos
con la mano. Esta actitud revelaba un deseo de contrarrestar el desasosiego con el
relajamiento corporal.
—Ha llegado una carta de vuestro hermano —dijo Cyprian tendiéndosela; y como
Ippolito seguía indiferente, la dejó, tras un momento de vacilación, y fue a sentarse
delante del sofá con los brazos cruzados.
—¿Por qué esperas? —dijo Ippolito, con voz hueca y lánguida.
—No lo sé —dijo Cyprian, cuya angustia le estalló ahora en lágrimas, y corrió
hacia la puerta—. No sé por qué vivo. Ni tengo alegría, ni sirvo para nada ahora. No
sé por qué vivo.
Cegado por las lágrimas, trataba inútilmente de abrir la puerta. Ippolito se levantó
de un salto y le retuvo.
—Perdóname, Cyprian; no me había dado cuenta de que eras tú. He oído tu voz,
pero no he visto que estabas ahí. Perdóname. Desde hace bastantes días, tengo los
sentidos confusos y embotados. Me los han trastornado las noches en vela. Incluso
ahora, te miro, y no me pareces el de antes. Y si adoptaras de repente una figura
extraña como las que he visto hace poco, no me causaría ninguna sorpresa.

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—¡Oh, no habléis así! —dijo Cyprian—. ¿Qué figuras y sufrimientos son esos
que decís? ¿Qué sueño de quimérica angustia os persigue y atormenta? ¿Qué brazo
invisible os ha arrancado de la vida y los placeres y os ha encadenado a la prisión del
dolor y la soledad? ¿Os persigue el poder de los vivos, o el de los muertos? Pero tal
vez soy importuno porque no tengo miedo. Hace dos días, dos terribles días, que me
encuentro privado de vuestra presencia; de vuestra presencia, que es el alimento de
mi vida. Mil veces en ese tiempo me he acercado a vuestra puerta; he escuchado,
deseando oír alguna expresión alegre o alguna señal que me animase a entrar; y me
he retirado acongojado porque solo oía vuestros gemidos. Soy desventurado; he
perdido el temor a enojaros. Pero incluso eso soportaré si no me apartáis de vuestro
lado; reprendedme, miradme con enojo si podéis; pero dejad que esté cerca. El sonido
de vuestra voz me compensará de cualquier cosa que digáis. La imagen de vuestra
angustia cuando estáis ausente, vuestra angustia imaginada, es mil veces más terrible
que cuando estáis delante. O quizá el veros hace que sea leve todo sufrimiento.
—¿Quieres estar cerca de mí? —dijo Ippolito, aparentando comprender con
dificultad lo que acababa de oír—. ¿Acaso no sabes que la desdicha es contagiosa?
—¿La desdicha? —repitió Cyprian—; ¿de dónde, de dónde proviene esa queja
obstinada de sufrimiento voluntario? Si os quejáis vos, ¿a quién no se le consentirá
gemir? ¡Ay, a pesar de lo hermoso, de lo brillante, de lo brillantísimo que sois, más
parecido al fantasma radiante de una ilusión juvenil que a un ser de carne y hueso,
partícipe predestinado de la fragilidad y el sufrimiento, casi parecéis no tener ningún
deseo, ningún temor! ¿Qué es ese siroco del espíritu que irrumpe en pleno meridiano
de la vida y abrasa la frescura de todos los deleites? ¿Por qué he de hacer yo el
inventario de las bendiciones a las que no podéis estar ciego, con ninguna de las
cuales ha olvidado distinguiros la naturaleza? ¡Dios mío!, ¿por qué necesito
recordaros quién sois?
—No hace falta que me recuerdes quién soy. Lo sé; demasiado bien lo sé. Soy un
ser perseguido, atormentado, acosado. La presa impotente de un torturador invisible.
Cyprian: un cruel fuego interior me consume. Los manantiales de la vida, las fuentes
del deleite, se han secado dentro de mí. Siento agostadas las energías de la mente, y
marchitas a causa de la meditación de un asunto terrible, como les ocurriría a mis
ojos si los fijara en un punto de intenso calor, del que, sin embargo, no pudiera
apartarlos. Un asunto, un único asunto está perpetuamente presente dentro de mí.
Hacia donde me vuelva, lo encuentro, y cualquier cosa que haga tiene que ver con él.
Más aún: cuando, cansado de sufrir, me quedo casi vacío de pensamientos y
sentimientos, una sensación sorda y desabrida de dolor mezcla su levadura con esos
momentos de inconsciencia.
»Cyprian, acabas de arrancarme esto con tu piedad cruel, superfluamente cruel,
contigo y conmigo. Tus penas pueden aumentar por contagio de las mías; en cambio
las mías no se mitigan aunque tú participes de ellas. He soportado la tormenta
demasiado tiempo para protegerte; ahora expones a ella tu debilidad; y ya no me

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queda la dignidad del sufrimiento solitario, ni tengo la ayuda de un apoyo valedero.
—¡Oh, no! —dijo Cyprian—; no conocéis el poder y la eficacia de un afecto
sólido, de un afecto que se niega a mezclar su luz con la llama abrasadora del goce, a
sumar sus notas al canto coral del halago y el placer; las reserva para las horas
aciagas, cuando el que sufre, perplejo, recorre con la mirada un mundo desierto,
cuando descubre que lo que sujetaba no es más que polvo en sus manos, cuando lo
que esperaba que fuese suelo firme es una simple caña; entonces llega el momento, la
hora del afecto sincero; entonces corre a él; lo coge de su fría mano; le susurra
palabras de consuelo a su oído confuso; se agarra a él con toda la fuerza de su ser,
con una fuerza más poderosa que el sufrimiento y la muerte; soporta el conflicto de la
hora oscura, y se adentra en el valle de la muerte con su compañero. Porque esa es su
auténtica naturaleza y poder; solo esas contingencias lo hacen aflorar y le dan
realidad; solo entre ellas despliega sus poderes, y cobra conciencia de su exigencia; y
más aún, busca su recompensa. No me habléis por tanto de sufrimientos y de penas;
es por eso por lo que os busco y no quiero dejaros. Algo me susurra que esta es la
hora de la confianza, no del desaliento; que puedo hacer mucho para serviros y
salvaros; que puedo llevar a cabo algo que dejará maravillados a los hombres, ante la
energía de mi celosa fragilidad. Montorio, os amo, os amo; y para este sentimiento
nada hay imposible. Montorio, quiero examinar vuestro corazón; y me vais a confesar
la causa cuando la descubra…
—Contente, mi gentil, mi querido muchacho; extiendes tus ramas endebles a la
tempestad que te ignora. Cuando llegue te abatirá al polvo, y se precipitará sobre mí
sin obstáculo. Cyprian, he sostenido una lucha angustiosa; el enemigo me ha
acometido de manera implacable una y otra vez; mis fuerzas y mis defensas van
menguando, y acabará prevaleciendo; sí, ya me tiene en tenebrosa esclavitud.
—¡Ay! —dijo Cyprian—, ¿por qué agrandamos las triviales zozobras de la vida
con palabras de tan triste y misterioso significado, que al oírlas casi nos convencemos
de que sufrimos algo que la humanidad jamás ha soportado, y exigimos tal dignidad
por sufrirlas, y tal mérito por confesarlas, que finalmente empezamos a encontrar
placer en la desgracia? Tal vez os hayáis tenido que enfrentar a algún mal común, a
alguna caída de la flaqueza humana, o a un pecado propio de la juventud. Vuestro
espíritu noble, generoso, y acostumbrado largamente al lujo, retrocede ante el dolor, o
ante el recuerdo de sus errores. Pero todavía siente miedo; el vuestro ha debido ser,
ha tenido que ser, venial; y si vuestras reflexiones han previsto la censura de la
sociedad, debéis escucharlas con el sosiego y la justeza requerida, y no consentir que
tuerzan la recta dirección de vuestro espíritu una vez que ha vuelto al sendero
verdadero.
—¿Es a Cyprian a quien estoy oyendo confundir —dijo Ippolito— los colores del
bien y del mal, y enseñar a un espíritu honesto a abdicar de esa prevención al elogio
que le proporciona su mejor seguridad, así como su más alta recompensa? ¿Es este mi
instructor?

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—¡Perdonadme, perdonadme por vos mismo! —dijo Cyprian—. Sois vos quien ha
corrompido mi juicio y mi corazón. Mi amor por vos casi me ha anulado las
distinciones del bien y del mal. Cuando os miro, Montorio, no puedo creeros
culpable; no puedo creer que vuestro espíritu sea menos perfecto que vuestra persona;
y me esfuerzo con afecto culpable en atribuir a otros el engaño que sufre mi juicio.
¡Cómo he trabajado por devolveros a la senda de la pureza y de la paz, de la que
vuestras encendidas tentaciones y pródiga juventud habían logrado desviar a vuestro
noble corazón! ¡Cómo os he vigilado y aconsejado! ¡Cómo he peleado y os he
importunado! ¡Cómo he temblado y rezado por vos! ¿Qué podría obligarme a atacar
ese gran propósito y meta de mi vida? ¿Qué, sino el mismo afecto que me empujaba a
llevarlo a cabo? No soporto veros sufrir. Os he visto errar, y he arriesgado la vida; sí,
he arriesgado la vida, para haceros volver y recuperaros. Pero cuando os he visto
sufrir, no he podido hacer otra cosa que llorar, y sentirme culpable; he olvidado el
gran objetivo de mi misión; he olvidado que soy vuestro instructor; y he recordado
solamente que os amaba. Perdonadme, Montorio; por vos mismo, perdonadme.
—Todo te lo perdono, Cyprian, menos que derroches ese amor desbordante en un
desdichado al que hiere pero no puede beneficiar.
—¡Oh, no digáis eso!; yo tengo grandes recursos; más que esperanzas y consejos.
Recursos considerables.
»¿Qué peso es ese que os agobia el espíritu? Montorio, he vigilado vuestras
salidas nocturnas. ¿Habéis sido atraído a las veladas febriles de la casa de juego? ¿Os
habéis convertido en un desdichado enfangado en cálculos y probabilidades, en pieza
de caza de hábiles truhanes, en víctima arruinada del engaño de los granujas? ¡Ah,
gracias doy a los santos por la sana lección de vuestra ruina! En esa espantosa
ocupación, triunfar es sin la menor duda estar perdido; aunque caer en la ruina hace
posible la salvación. No os desaniméis; la fortuna de vuestra casa es inmensa; y
vuestro padre, aunque he oído que es riguroso y severo, es también orgulloso, y no
consentirá que el honor de su familia quede empañado por una deuda. O en caso de
que vuestras pérdidas no requieran la fortuna de una casa para enjugarlas, yo tengo
recursos, Montorio; recursos, felizmente guardados para los momentos de tribulación;
tomadlos, amado mío, tomadlos todos.
—Detente, Cyprian, detente. Tu suposición es equivocada. Mis vigilias no son de
jugador; aunque son desdichadas, y casi quisiera que lo fueran.
—¡Ay!, ¿por qué son entonces —dijo Cyprian angustiado y sorprendido—, qué
hay más terrible que la desgracia y la ruina? ¿Leo otra causa en vuestros labios
apagados, en vuestras mejillas ensombrecidas, en vuestra mirada perdida? Esos,
dicen, son síntomas de los que aman. ¿Amáis, Montorio? ¿Es posible que améis, y sin
embargo, viváis en la desesperación? Pero no, no; ¡demasiado feliz sería esa mujer!;
demasiado dichosa, creo, para la satisfacción del capricho concedido; demasiado
dichosa para el triunfo insignificante de su desdén; no es posible que se haya
castigado a sí misma para infligiros dolor. Y si lo ha hecho, que os vea ahora; ahora,

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con esa sombra seductora de belleza melancólica, y no tendrá… y no tendrá… ¡Ay!,
¿qué es ese gemido, Montorio? ¿Sois acaso víctima del amor, de una pasión
desbocada? ¡Pero, qué digo! He oído hablar de mujeres desventuradas, que son
capaces de amar a cambio de oro, que acogerían en sus brazos a la deformidad y la
decrepitud, antes que a vos, si os superasen en el precio de la perdición de su cuerpo
y de su alma. Por una mujer así no podríais languidecer mucho tiempo. ¡Ay!, ¿qué
estoy diciendo? Perdonadme, perdonadme, amado mío; no me hagáis agente
involuntario de corrupción; no arranquéis de mi agónico afecto su larga, su última y
querida integridad. ¡Ay, ay, así es la locura de mi amor culpable! Soportaría saberos
criminal; pero no puedo, no puedo soportar saberos desdichado.
—Deja de embrollarte con esa casuística espiritual; no te atormentes con
remordimientos superfluos de una culpa que te imputas. Me es imposible darte el
consuelo de que pienses que el mío es un caso de sufrimiento que se puede compartir,
o que se halla al alcance del consuelo ordinario. Ojalá, ojalá fuese víctima de
cualquiera de las penas que imaginas, o de todas las que puedas enumerar, en vez de
lo que soy.
Cyprian, totalmente perplejo de desaliento, se quedó callado. Se había ido
acercando a Ippolito conforme proseguía la conversación, y ahora, cogiéndole la
mano, murmuró débilmente;
—Si esa última y espantosa culpa, estigma de la sociedad civilizada, espantosa
imposición de un fantasma arbitrario, es vuestra; si habéis eliminado de este mundo,
y de la esperanza, a vuestro hermano imprudente y ofensor, y si por un crimen que el
hombre no podría perdonar, lo habéis mandado a responder de todo ante el supremo
Juez; con su carrera inacabada, su tarea inconclusa, su alma no absuelta, su salvación
no obtenida; si habéis encontrado que lo que la sociedad puede paliar y perdonar, la
conciencia no puede, ¡aún hay una aurora de esperanza! Si los agentes de la justicia o
la venganza os persiguen, huyamos, huyamos juntos de esta tierra de costumbres
sanguinarias y pervertidas, donde la dolorosa alternativa de la infamia o la culpa
incita a la mano rebelde de la virtud a acciones que su elogio no puede purificar ni su
sanción expiar. ¡Oh, huyamos, y las plegarias de los hombres santos y buenos estarán
siempre con nosotros; en ellas y en los oficios de nuestra sagrada fe hay una bendita
virtud que hace posible alcanzar la paz y la remisión del alma gravemente asediada!
—¿Puede, entonces, ser perdonado el homicidio? Pero si el puro crimen,
cometido bajo una intensa tentación y una causa acuciante, no osa suplicar clemencia,
¿qué puede pedir el que no obedece a ningún motivo, ni lo justifica ningún pretexto,
ni lo protege ninguna conspiración? ¿La culpa persistente, arraigada, inveterada?
Pues eso, todo eso, no es nada comparado con las sombras de esta visión tenebrosa.
—No comprendo ese lenguaje terrible —dijo Cyprian, con expresión aterrada—.
Si tenéis algo que revelar, decidlo rápidamente, porque tengo embotados los sentidos,
y estoy cansado de suplicar.
—Tengo una historia que contar, pero no es para tus oídos —se levantó

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impulsivamente y cogió a Cyprian del brazo—. Desventurado muchacho, ¿por qué te
has unido a mí con esa fuerza desvalida? Soy un ser perseguido y acosado; todas las
noches, ¿me oyes, Cyprian?, todas las noches encienden un fuego en mi corazón; y
me ponen una daga en la mano; al llegar la medianoche, los ministros del destino me
rodean; me incitan, me empujan hacia delante, hacia delante; a mi alrededor todo está
quieto, es la quietud espantosa del momento previo. Mi aproximación no puede ser
advertida; mi golpe no puede ser esquivado; mi víctima no puede resistirse; mis
cómplices no pueden traicionarme. Sin embargo, vacilo, quisiera renunciar, quisiera
retroceder; pero no puedo sustraerme a mi destino.
Cyprian escuchaba impotente con horror.
Ippolito se acercó a la ventana; se apoyó contra la celosía enramada; la brisa de la
noche agitaba hacia atrás sus negros cabellos. Cyprian le contempló con una mezcla
dolorosa de angustia y amor más amarga que la muerte. En esas visiones en las que el
espíritu, agobiado por el sufrimiento, vaga en busca de consuelo, pero solo encuentra
que se le vuelve más hondo y refinado, imaginó ver esos preciosos rizos desgreñados
por la tribulación; esas mejillas, aunque brillantes, consumidas y pálidas; esa noble
figura hundida y atormentada; y sintió una punzada que no debía manifestar; y a
duras penas logró sofocar un grito que le subió a los labios. Ippolito estaba acodado
en la ventana; miraba hacia el jardín del palacio; la brisa que agitaba los rosales y los
naranjos jugaba en sus mejillas; el sol poniente filtraba sus rayos en un follaje
centelleante y moteaba el agua de una fuente que gorgoteaba entre ellos, caía en su
taza en forma de lluvia plateada y, remansada y profunda, reflejaba sin una mancha,
sin una sombra, el azul brillante y hermoso del cielo. Ippolito estuvo largo rato
callado; finalmente murmuró:
—Contemplo todo esto sin alegría ni emoción; el peso que me agobia el alma me
oprime los sentidos también. O tal vez me he convertido ya en un átomo calamitoso y
discordante en medio de toda esta armonía y amor. ¿Acaso estoy ya en guerra con la
naturaleza? ¡Ah, qué espantoso ser un extraño en tu propio orden y especie!; no poder
beber la brisa de la noche o brillar con los rayos del sol poniente; no conocer siquiera
el placer que esos insectos encuentran en sus rayos. Desear en vano la vida tranquila
de la fuente que fluye, de la hoja que cae. Pero no: investido de una terrible
responsabilidad, estoy obligado a actuar; a tallar con esfuerzo extenuante la losa que
me va a reducir a polvo. ¿No hay otra empresa para mí, entre los miles y miles de
líneas de vida humana que se ramifican y entrecruzan en interminable movimiento e
infinita dirección? ¿No hay para mí otra opción que esta? ¿Para mí, cuyo corazón
jamás abrigó un sentimiento de enemistad contra ningún ser vivo, que ignoraba qué
entendían los hombres por la palabra odio? En mis días de juventud, Cyprian, evitaba
molestar al insecto que revoloteaba a mi alrededor, aplastar al reptil que se arrastraba
a mis pies. ¿Y debo… debo hacerlo… sin posibilidad de negarme? ¿No tengo
escapatoria? ¡Autor de mi ser y mi destino, escucha mis gemidos, escucha mi
desesperación! ¡Padre, no son estos los gemidos de un corazón rebelde! ¡No es esta la

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desesperación de un agraviado! Pero perdóname, perdóname.
Mesándose los cabellos a puñados, se arrojó al suelo. Cyprian, aterrado, incapaz
de contenerse, corrió a él y trató de levantarlo y apaciguarlo. Unos momentos
después, Ippolito se incorporó súbitamente, tambaleante; tenía el cabello desgreñado,
los puños apretados, la mirada febril y extraviada, el rostro oscurecido por mil
sombras; una mancha ardiente y rojiza le teñía cada mejilla.
—¿Adónde vais? —exclamó Cyprian sujetándolo cuando se dirigía a la puerta.
—Al teatro, a la casa de juego, al burdel —rugió—; a los ríos de vino, a las
canciones de locura. No puedo soportarlo. Deja, suéltame, Cyprian. ¿O acaso quieres
acompañarme a la disipación, al frenesí, a la ruina?
Ninguna súplica consiguió apaciguarlo, ningún esfuerzo pudo retenerlo: cogió la
espada y la capa, y abandonó precipitadamente el palacio, gritándole a Cyprian
desquiciadamente que le siguiera. El desventurado Cyprian se detuvo; este instante le
pareció el decisivo de su vida y su felicidad. Ser visto en las calles de Nápoles era
enfrentarse a una muerte cierta y terrible. Hacía tanto tiempo que consideraba su vida
un medio de servir a su amo que apenas se habría detenido a pensar en tal posibilidad.
Pero ¿qué esperanza había en seguir la carrera de un maníaco? ¿Qué aprovecharía a
Ippolito que él presenciase las orgías de las que no podía salvarlo? Se demoró un
momento. Triunfó su gran afecto, y sintió que el peligro al que se exponía y la
desesperación de servir a su amo se desvanecían ante el triste y desconocido placer
que nos produce siempre el simple gesto de unirnos a la persona amada; incluso
cuando la ayuda es imposible, y el consuelo infructuoso. Siguió a Montorio. Pero lo
siguió con pasos vacilantes. La apasionada fuerza de sus sentimientos no podía
acallar la alarma que sentía al ir por primera vez a pie y sin protección por la calle.
Frágil y aterrado, trataba de mantener no obstante el paso precipitado de Ippolito, el
cual, con esos destellos de sentimiento generoso que lo iluminaban incluso en medio
de la tormenta de sus pasiones, le dirigió unas palabras consoladoras, aunque
incoherentes; luego, sosteniéndolo con un brazo, siguió presuroso. De cuando en
cuando, Cyprian intentaba decir unas palabras conciliadoras; pero la angustia que le
causaba ver sus mejillas febriles y su mirada perdida las hacía retroceder a su
corazón; o si las pronunciaba, le salían tan inarticuladas que Ippolito no hacía caso.
Siguieron andando deprisa, aunque sin rumbo aparente, en tanto Cyprian, con la
provisional cautela del temor, trataba de distinguir las calles en las que quizá en breve
podía quedar abandonado. Poco después llegaron al final de esa parte de la ciudad en
la que se alzaba el palacio de Montorio; entraron en un paraje cerrado, oscuro y
solitario. Ippolito, a quien el rumor y concurso de las calles que recorrían parecían
haber sumido en la abstracción, se detuvo ahora y miró ansioso a su alrededor, como
asombrado por la quietud y soledad del lugar.
—¿Por qué hemos venido aquí? —dijo Cyprian con timidez.
—Porque —dijo Ippolito tartamudeando— es un lugar desierto y oscuro; porque
es el apropiado para la ruina y la desdicha. Me gusta contemplar esta callada

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lobreguez; oír el viento cavernoso que agita los árboles. Ojalá las sombras de la
noche se aposentaran en este lugar para siempre; ojalá pudiera apurar aquí mi ser y
mi conciencia con aturdida y estúpida apatía.
Se apoyó contra un árbol con la capa recogida en un brazo. Dos veces intentó
Cyprian hablar con el corazón rebosante, pero no consiguió decir una sola palabra
coherente. Ippolito oyó los angustiosos balbuceos junto a él.
—¿Aún estás ahí, Cyprian? ¿Vas a pegarte a mí? Déjame, no me acompañes; este
combate a oscuras debo afrontarlo solo. Evitar la portentosa concentración de
sombras que me envuelve sería tanto como querer detener el avance de la noche que
va extendiéndose a nuestro alrededor. Aléjate de mí, Cyprian, y ponte a salvo. ¿Por
qué tendría yo que destruirte, mi dulce e inocente muchacho? No te acerques a mí, y
deja de amarme. Si no fuese por mí, habrías florecido con inmaculada y dichosa
pureza; pero quisiste tentar al destino de un hombre arruinado; quisiste caminar junto
a mí por esta senda oscura e inexplorada que hay que recorrer dolorosamente y
concluir con desesperación. Aléjate ahora que aún puedo advertirte, que aún puedo
apiadarme, que aún siento compasión de ti. Dentro de unos momentos me volveré
feroz e indestructible como la fiera acosada que se arroja sobre las armas de los que
la acosan y las tritura con sus colmillos.
—¿Es esta, entonces, nuestra última hora de bondad y de paz? ¿Es requerido mi
agónico afecto para su prueba final? ¿Queréis efectivamente dejar de ser Ippolito?
Entonces ya no tengo más que decir, ni más que sufrir. Con todo, debo sujetaros con
mi mano moribunda; debo seguir junto a vos con esa fuerza que vence todas las
cosas, el amor, ¡que es más fuerte que la muerte! Ignoro el destino que os aguarda;
llega envuelto en nieblas; tampoco estoy ansioso por disiparlas, por descubrirlo. Me
basta con que sea el vuestro. Así que, por esta poderosa necesidad que es el amor,
tendrá que ser el mío. La única meta de mi breve y desdichada existencia habéis sido
vos: por vos he vivido, y con vos debo morir.
Cegado por el miedo, ahogado por los sollozos convulsos, se agarró a Ippolito,
quien, zafándose de él con una carcajada insensata, corrió hacia un edificio donde
acababan de encender luces, y en el que iba entrando gente. Estupefacto de asombro,
Cyprian se quedó mirando este cambio; pero el miedo instintivo a quedarse solo le
impulsó a seguirle. Una vez dentro, ni siquiera su ignorancia le impidió comprender
qué actividad se desarrollaba allí dentro: era una casa de juego, de la más baja
categoría al parecer. Ya había varios enfrascados en la ocupación de la noche.
Ippolito se sumó a ellos con tan viva y osada ansiedad que su compañero lo miró con
angustia redoblada. Su ademán impetuoso, su impaciencia vociferante, su noble
figura, a la vez que amedrentaban a la mayoría, atrajeron a unos cuantos taimados
merodeadores que lo consideraron desarmado por la embriaguez y lo tuvieron por
presa fácil. Cyprian, asustado, solo, inadvertido, aturdido por la luz, por la confusión,
por la algarabía, impresiones nuevas y condenables para un espíritu puro de vestal, y
de vida casi tan recluida como la de una vestal, conservaba empero su capacidad de

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observación, gracias a ese sentimiento por el que se había expuesto a perderla. De
estas violentas vicisitudes dedujo no que los sufrimientos de Ippolito eran demasiado
grandes para el poder de la razón, sino que eran demasiado intensos para la
resistencia de alguien que, aunque no carecía de fortaleza natural, hacía tanto tiempo
que se había acostumbrado a recurrir a placeres y consuelos artificiales que era
incapaz de reequilibrar su presente tribulación con el habitual balance de alivio
extrínseco, y se retorcía en convulsiva desesperación, y daba libre curso a esas
agonías de postración y de furia, de abatimiento y de locura que eran casi tan terribles
para el testigo como para el que las sufría.
No tuvo tiempo de reflexionar; porque Ippolito, cuyo éxito había sido tan
fulgurante como inesperado, derramando el dinero que le afluía de todos lados de la
mesa, repartiéndolo entre los lazaroni que montaban guardia en la puerta, y con un
grito de triunfo, abandonó la casa de juego a toda prisa.
Cyprian fue tras él con toda la celeridad y el temor que le quedaban. Lo llamó,
pero no recibió respuesta; intentó seguir la dirección de sus pasos; pero descubrió que
estaba siguiendo a un desconocido. El miedo y la angustia lo dominaron entonces;
vagabundo en una ciudad populosa, cohibido, solo, y expuesto a peligros más
grandes que los que parecían amenazarle, por un momento en su vida sintió una
angustia que no tenía nada que ver con sus sentimientos hacia Ippolito. Siguió
andando deprisa, aterrado, por numerosas calles y avenidas, con el pensamiento
ciegamente puesto en seguir, aunque con creciente alarma a cada paso, hasta que se
encontró nuevamente en las proximidades del palacio de Montorio. De pronto le vino
Ippolito al pensamiento: era imposible continuar tras él; aunque le era igualmente
imposible abandonarlo. Entonces se le ocurrió dirigirse al palacio de Alberotti, que
estaba a poca distancia, y del que solo sabía que su dueño era tío de Ippolito, para
informarle de los últimos sucesos, y suplicarle que interviniera. Aunque la idea era
poco razonable, y entrañaba el evidente peligro de ser reconocido, se dirigió allí con
fuerza renovada dispuesto a hacerlo. Pero al llegar al palacio de Alberotti encontró el
acceso obstruido por numerosos carruajes, y el pórtico iluminado con antorchas. Se
celebraba una conversazione a la que había acudido gran parte de la nobleza
napolitana, entre la que habría quienes inevitablemente lo reconocerían, y su muerte
por tanto sería segura.
Renunció, pues, a este último recurso, cansado de cuerpo y ánimo; dio unos pasos
de regreso, pero el pensamiento de Ippolito entregado a la disipación y la depravación
le infligió una profunda punzada. Le flaquearon las piernas; se dejó caer en la
escalinata de una casa vecina, y prorrumpió en ese torrente de agonía desconsolada
que nos hace ver que somos tan incapaces de reprimirla como de encontrar consuelo
en ella.
El súbito vacío de la calle, la dulzura de la noche, la quietud, el silencio, y el
apaciguamiento de las emociones se concertaron para sumirlo en una especie de
plácida imbecilidad. Había cesado la explosión de emociones apasionadas y ahora

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solo le salían blandas y abundantes lágrimas. Demasiado agotado para sentimientos
intensos o angustiosos, las imágenes que habían desfilado ante él habían dejado en su
espíritu una estela de tristeza melancólica, no de locura y desesperación. Cada
imagen de antigua ternura y luminosidad, cada sueño con que había adornado el
pensamiento de Ippolito, y dotado de matices atrayentes o destellos de esplendor,
ahora, en cruel contraste, le hacían cobrar conciencia de su actual estado. Hundido en
el vicio y la desdicha, la degradación de sus propios sentimientos le estremecía el
alma, y percibía la diferencia entre los que acompañaba a las lágrimas del transporte
y los del dolor de la humillación. Entre el ser ante el que casi se postraba en
adoración, y el ser al que seguía para rescatar y se inclinaba para levantar.
Después de llorar sentía alivio. Se levantó, calmado y triste, y decidió regresar al
palacio de Montorio, con la débil esperanza de que los criados tuvieran alguna noticia
de su veleidoso señor. Al doblar la esquina de la Strada di Toledo, le llamó la
atención una lámpara que ardía ante la imagen de san Genaro; y con ojos
compungidos, se volvió para elevar una breve oración, cosa que las tribulaciones de
su espíritu le habían hecho olvidar demasiado a menudo. Cuando se acercaba a la
lámpara, pasó por delante de él, presurosa, una figura embozada. Pero no le valía
ningún disfraz:
—¡Montorio! ¡Montorio! —casi gritó.
Dejó al santo y echó a correr tras él. Iba tan deprisa que le costaba seguirlo, y
hacía esfuerzos para no perderlo de vista. La dirección en que iba lo alejaba del
palacio. Finalmente, Cyprian lo vio entrar, a lo lejos, en una casa grande que parecía
llena de gente. Cyprian se detuvo, dudando. Quizá había estado siguiendo a un
desconocido, hacia un lugar donde era peligroso ir. Había adquirido una especie de
valor fragmentario en estos frecuentes apuros.
Vio a cierta distancia a dos caballeros de ademán grave. Se acercó a ellos, y en un
tono que era como el del ángel extraviado que busca el camino hacia una región más
pura, les preguntó qué casa era aquella en la que había entrado el caballero que había
pasado ante ellos. El de más edad se le quedó mirando un instante.
—Quizá, signor —dijo—, no debería contestar a vuestra pregunta; pero dado que
vuestra juventud y aspecto me inducen a esperar que no la hacéis por ningún motivo
personal, os informaré: es la casa de Nerina di——, la cortesana más conocida de
Nápoles.
Siguieron andando, y Cyprian se quedó solo. Aunque estupefacto ante esta
información, le había llegado cada sílaba, y era plenamente consciente de su
significado.
Montorio en una casa de lenocinio y de deshonra; la última meta de su frustrada
vida; su única esperanza extinguida… Pero, pese a que había perdido toda
perspectiva del bien, el miedo al mal seguía en él; el peligro de entrar en los confines
del vicio no podía evitarlo; sí, en cambio, el de permanecer dentro de ellos. Cyprian
vaciló en seguirle. Pero ahora le había desaparecido el delicado arrebol de sus

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sentimientos. La impresión del encuentro había hecho disminuir el peligro; o más
bien, comparado con el de Ippolito, todo peligro parecía diluirse.
Desde el instante en que había contemplado fatalmente a Montorio no había
vuelto a ser él mismo. Había adoptado, paciente y sucesivamente, el talante que el
temperamento y las vicisitudes de Ippolito le habían obligado a asumir. Sus sonrisas o
sus penas eran el eco uniforme y necesario de las de su amo; había sido sujeto pasivo
de su afecto, cuya felicidad podían controlar las circunstancias exteriores, y cuya
fidelidad no podía, nunca. Seguirlo hasta el borde de la ruina parecía ser el único
camino que le señalaba; zambullirse en ese abismo con él, desde su punto final, le
parecía el único modo de cumplir la rigurosa pero absoluta misión que le había sido
asignada.
Estas reflexiones se le agolparon en el cerebro en un instante, y casi sin darse
cuenta se encontró en un aposento de la casa. Nadie hacía caso de sus preguntas por
Montorio; todos estaban ocupados en algo que parecía muy alejado del propósito que
le había llevado allí. Asqueado, mareado, aterrado, fue de habitación en habitación,
llamando, preguntando. La casa estaba llena de voces, de risas, de tumulto. Notaba el
corazón encogido, los sentidos doloridos, las piernas flojas. Medio insensible, pero
sin dejar de llamar, empujó una puerta y, al abrirse, descubrió a Montorio rodeado de
unos cuantos jóvenes licenciosos de la nobleza, bebiendo, cantando, ebrios ya y
anegados de vino. El grupo (alguno de ellos le había visto con Montorio) miró
divertido a Cyprian, como objeto de burla y persecución. Lo rodearon, le abrumaron
con burlescas felicitaciones, y compitieron en distinguirle con honores festivos.
Con esa fuerza corporal y de espíritu que a veces debemos a una ausencia parcial
de la razón, Cyprian se zafó de ellos; se dirigió tambaleante a donde Ippolito se
hallaba recostado, y exclamó:
—¡Salvadme, salvadme; salvad vuestra propia alma… Sacadme de esta casa de
pecado, o moriré a vuestros pies!
Ippolito, saliendo de su estupor, protegió a Cyprian con su arma; rechazó a los
que lo acosaban con una fiereza que asustó incluso a los que la embriaguez hacía
sentirse enojados, y salió de la casa con su protegido. Les siguieron unos cuantos
disolutos vociferando; pero en seguida dejaron de oírles. Aspiraron la brisa fresca y
húmeda de la noche; observaron el casto y callado resplandor de las estrellas;
captaron el rumor profundo y apagado con que la noche regala el oído.
Llegaron al palacio de Montorio en silencio; y Cyprian observó con alegría que
Ippolito se disponía a entrar. Habían subido hasta al pórtico, cuando el reloj de la gran
sala dio las doce. Ippolito se sobresaltó y se detuvo, y a la luz de las lámparas de la
entrada vio Cyprian que sus ojos se volvían temerosos, y que daba media vuelta.
—¿Adónde, adónde vais? ¿Os he buscado, os he salvado para esto? —exclamó
Cyprian agarrándolo con impaciencia y angustia renovadas.
—Suelta, déjame. No debo retrasarme; no debo llegar después de las doce. No
corro ningún peligro; a donde voy no tienen acceso el bien y el mal humanos; la

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virtud y el vicio son cosas negativas. En esta hora dejo de ser un agente mortal;
suéltame; ha llegado mi hora y no debo retrasarme.
—Esas son palabras de locura —dijo Cyprian forcejeando para sujetarlo, aunque
sin esperanza—. ¿Adónde no os he seguido? ¿Y por qué habríais de rechazarme? ¡Ni
el miedo, ni el peligro, ni el pecado me han disuadido! ¡Oh, no me dejéis! ¿Qué
puedo presenciar que sea peor que mis temores? ¿Qué puedo sufrir que sea tan
terrible como vuestro peligro?
Suplicó en vano. Ippolito desapareció a una velocidad que las fatigas de la noche
hacían maravillosa, y Cyprian entró en el palacio nuevamente dominado por una
angustia que los sufrimientos no habían consumido.

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CAPÍTULO XII
Turn demum horrisono stridentes cardine sacræ
Panduntur portæ. Cernís, custodia qualis
Vestíbulo sedeat.
VIRGILIO, lib. VI.

Entonces, se abre sola la puerta eterna;


con espantoso ruido chirrían los goznes de bronce.
Ves en la entrada qué espectro avanza,
trae soldados, forma la guardia.
DRYDEN

Carta de Annibal di Montorio

Cualquiera que sea el final de estas pesquisas, ya lamento las consecuencias de


haberlas emprendido, y no puedo volver sobre las circunstancias que voy a contarte
sin reprocharme mil veces mi timidez y, más aún, mi obcecación. Comuniqué a
Michelo la duda y la incertidumbre que me habían dejado la última visita a los
aposentos, y él, deseoso de aprovechar cualquier pretexto para excusarse de la tarea
que le había impuesto, expresó su creencia de que el ocupante de esa torre había
manifestado el desagrado que le había causado nuestra intrusión con las muestras que
habíamos presenciado, de las que afirmó que una mala interpretación podía
exponernos a peligros que no se atrevía a concretar. Desafortunadamente para los
dos, hice caso de su temor; y creyendo, o más bien obligándome a creer, que una
fuerza a la que sería impiedad resistir nos cerraba esa vía, decidí acudir a medianoche
a la capilla, y visitar la tumba del conde Orazio, donde las apariciones que estaba
decidido a investigar eran más frecuentes y evidentes, y donde mi sospecha de que se
debían a algún agente como yo, atemperaba el miedo que en la torre me había
resultado insoportable. Michelo, cansado de poner reparos tanto como yo de
importunarlo, no se opuso; y cuando (para contrarrestar mi propia pusilanimidad al
renunciar a la torre) determiné visitar la tumba esa noche, prometió acompañarme.
Debía conseguir las llaves. Se negó con tal terror a ir nuevamente por los
corredores subterráneos que me abstuve de proponérselo. Reunimos sin tardanza unos
pocos pertrechos: capas largas, una lámpara dentro de una linterna, y la espada que
decidí llevar yo. Hicimos estos preparativos con el mayor sigilo, y nos separamos.
Durante el resto del día rehuí instintivamente los ojos de Michelo, por temor a que
alguien nos sorprendiese intercambiando una mirada, y desbaratase nuestro plan.
Al fin llegó la noche; se separaron los desalentados y regulares miembros de
nuestra casa, y yo me retiré a mi aposento. No paraba de pensar en el plan de la
noche, a la vez que me esforzaba en apartar de mi cabeza los incidentes de la última
visita a la capilla: pero se alzaban ante mí nítidos y claros; los veía allí donde mirase
mientras paseaba arriba y abajo. Los sentía mientras luchaba por arrancármelos del

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pecho, donde me oprimían como un peso denso e impalpable.
Con ellos me acudían multitud de presentimientos de males indefinidos; el
espantoso tropel parecía desplegarse para la batalla de medianoche en la tumba. Mis
terrores aumentaban; y aunque me daba cuenta de que la aparición de Michelo sería
señal para que dichos terrores comenzaran su asedio, sin embargo ansiaba su llegada,
la presencia de un ser humano. Un ruido en la puerta interrumpió estas reflexiones
indeseadas; era Michelo. «Chist, soy yo, signor. ¿Estáis preparado?» «Lo estoy».
«Entonces, signor, hablad y caminad quedamente». «¿Por qué esta cautela? ¿No se ha
retirado la familia?» «Todos, signor; salvo los pajes que acuden ahora a velar en la
cámara de mi señor, el conde. Pero además, signor…» «Además, ¿qué? ¿Por qué esa
vacilación?» «Hay alguien en la casa —acercando su cara pálida a la mía, y
susurrando—; alguien que nunca duerme. O si lo hace, puede ejecutar tantas acciones
como un hombre vivo, y muchas más, aunque parezca dormido». «Eso es absurdo,
Michelo; desecha esos delirios que te infunde el miedo». «Está bien, me callo. Pero
caminad suavemente, signor». Avanzamos por la galería con paso precavido;
habíamos llegado ahora a la escalera. «Alto», dije. Michelo se volvió, y se sobresaltó
al verme cerca del aposento del padre Schemoli; me lo dijo en voz muy baja.
«Sigamos —dije—. He visto al confesor retirarse a su aposento hace una hora». «Sí
—murmuró Michelo—; pero sabe Dios en qué otros puede estar ahora». Bajamos la
escalera con la linterna cerrada, sobresaltándonos cada vez que el viento sacudía las
ventanas o crujían los peldaños bajo nuestras pisadas. Llegamos a la gran sala, y nos
escabullimos por ella casi sin tocar el enlosado.
El silencio profundo de la noche, la humedad y la hueca resonancia del suelo de
mármol, la altura inmensa y oscura de las paredes y el techo, en los que nuestra
lámpara solitaria arrojaba un resplandor desmedrado y mortecino, hacían que
pareciese que cruzábamos una cripta. Michelo metió la llave en la gran puerta, y yo
cubrí la cerradura con la capa para amortiguar el chirrido. No te extrañe esta
minuciosidad; no puedo imaginarme avanzando en silencio, encogido, sin desear a
cada paso que estuvieses a mi lado; porque, voluntariamente o no, siempre esperamos
que algo recompense nuestros sufrimientos, ya sea en forma de participación o de
comprensión. Salimos al patio exterior, y sentí que el aire del cielo me refrescaba,
aunque soplaba húmedo y sofocante.
Entramos en la capilla; y llegados a la tumba del difunto conde, sorteando
multitud de obstáculos ruinosos, ocultamos las lámparas, nos embozamos en nuestras
capas a fin de disimular nuestra figura lo más posible (por si nos veían); y
apostándonos detrás del zócalo que sobresale del sepulcro, nos dispusimos a aguardar
acontecimientos en un estado de nervios difícil de describir. Nada había que relajase
la profunda tensión: no sonaba ningún ruido; no había ninguna luz, no se veía ningún
movimiento. Era una de esas noches en las que notas de cuando en cuando una ráfaga
de aire abrasador, y vuelve otra vez el silencio, una noche en la que parecen agitarse
dentro de uno tumultos de nubes espesas y negras, en la que de tanto esperar la

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tormenta, empezamos casi a desear que estalle pronto.
La luna, luchando con las nubes, tiñó un momento sus masas sombrías e inquietas
con una luz súbita y brillante que se desvaneció al instante siguiente. El rocío goteaba
con casi perceptible pesantez. En los detalles imprecisos del edificio, en las tumbas y
los monumentos, en los ventanales oscurecidos por el follaje, en los arcos ruinosos,
estas irrupciones de luz y oscuridad jugaban con tan sombrío influjo que cualquiera
habría necesitado tener los sentidos muy firmes para estar seguro de no ver otra cosa
que lo que se veía de día.
Sin embargo, me daba cuenta de que debía hacer acopio de firmeza, e intentar
hablar con Michelo. «Dime —le dije—, ¿por qué, siendo las criptas de esta capilla lo
bastante numerosas y espaciosas para acoger a toda nuestra familia, se tuvo que erigir
un monumento para el conde Orazio; alguien, además, cuyo final tengo motivos para
creer que fue oscuro y trágico? ¿Y por qué, sobre todo, lo erigió en esta fábrica
ruinosa y desierta, en vez de hacerlo dentro de los muros del castillo, que aún
frecuenta la familia?»
«Hay un extraño rumor —susurró el anciano— acerca de este sepulcro; y del
motivo por el que lo construyeron. Muchas cosas han contribuido a que se me fuera
de la memoria; pero vuestra pregunta me lo recuerda ahora. No hace falta que os
diga, signor, lo aficionada que ha sido vuestra ilustre familia a cultivar estudios
secretos. Pero de todos sus miembros, el más apasionado fue el conde vuestro
bisabuelo, que se entregó en alma y vida a ellos; y no solo eso, sino que algunos lo
dicen en un tono como dando a entender que lo hizo literalmente… Pero, signor, ¿qué
estoy diciendo? Descansen en paz sus huesos, que yacen a unos pasos de nosotros».
«¿Por qué esa interrupción, Michelo?» «¿No es un temeridad, signor, hablar de los
muertos cuando los tenemos tan cerca?» Procuré ocultar el efecto que me hizo este
comentario, pero le insté a que prosiguiese.
«Pues bien, signor —bajando la voz como para que no le oyese el difunto—,
comoquiera que sea, ningún poder logró apartarlo de sus estudios; y finalmente se
dijo que con sus artes había construido un espejo capaz de mostrar cualquier suceso y
persona que se desease ver. Lo cierto es que cuando murió, mi amo vuestro abuelo se
pasó muchos días encerrado en el estudio de su padre, examinando y destruyendo sus
instrumentos y sus libros; y dicen que salían voces extrañas y lastimeras de ese
aposento mientras lo hada. Pero fue un trabajo forzado por la necesidad; porque
parece ser que la Inquisición empezaba a mirar con sospecha sus actividades, y había
despachado ministros para que las examinasen, y registrasen el castillo.
»Dicen que, poco antes de morir, el conde había descubierto con sus artes que
existía un paraje en el recinto del castillo que sería escenario de la desgracia y
destrucción de la familia. Al punto se dedicó a averiguar cuál podía ser ese paraje; y
concluyó que, si se requería mucha habilidad para averiguar su existencia, mucha
más se necesitaría para descubrir el lugar. Sin embargo, no se desanimó vuestro
bisabuelo, sino que perseveró resueltamente, y finalmente descubrió que dicho lugar

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fatal era el mismísimo en el que ahora estamos». «¡Cómo! ¿El sitio donde se levantó
esta tumba?» «El mismo, signor. Y he oído contar que el conde informó a su familia
de todo esto; pero el descubrimiento quedó relegado al olvido, hasta que vuestro tío,
el conde Orazio, muy versado también, como he dicho, en esos estudios, al oírlo,
mandó erigir un monumento para él en este lugar, con la esperanza, por este medio,
de cumplir y, sin embargo, frustrar la predicción; vencerla y, sin embargo, no parecer
desafiarla».
Pocos que ligasen lo que yo había visto en este lugar con lo que ahora oía podrían
reprobar la emoción que me dominó durante un momento. Pero, aunque la denuncia
era terrible, hay una solemnidad en aquello que suponemos relacionado con nuestro
destino, que lo despoja de ese horror espantoso que acompaña a otros asuntos de
carácter sobrenatural, y que marca los límites del pavor y el horror. Ante una
sentencia, el espíritu se inclina con controlada y melancólica pasividad, sobrecogido
pero no convulso, sin la aversión y el rechazo del terror quimérico. Como mis
intentos de sosegar mis emociones habían sido infructuosos, recurrí al silencio y a la
meditación en busca de alivio. La campana dio las doce.
Michelo ahora, ansiosamente, pero en voz muy baja, dijo:
«Mirad, signor; mirad a través de esa grieta de la pared; podréis ver… No, signor,
más abajo, más abajo. Debéis inclinaros, signor… ¿Veis ahora un trozo del castillo,
justo en lo alto de la gran escalera?» «Veo esa parte del castillo, que creo que es
inmediata a la escalera grande».
«Ahí, signor, está el aposento del padre Schemoli. Esa parte de la torre, y esa
ventana estrecha en la que veis arder una luz, pertenece a su oratorio. Pues bien,
signor, todas las noches se ve esa luz en la ventana hasta la medianoche; y siempre,
cuando suena la campana, dicen que desaparece; y que desde esa hora no se le puede
encontrar, ni se sabe a qué se dedica. Solo una cosa se sabe: que no está en su
aposento. Dicen que sus amigos nunca lo tienen desocupado. Unas veces celebra con
ellos un festín en la cripta, y otras los acompaña en sus procesiones por esa torre, y
canta en sus misas impías de medianoche». «¿Qué dices, Michelo, a qué te refieres?»
«No me hagáis caso, signor. Observad la lámpara. Mirad, signor, mirad: el resplandor
disminuye; ya no está. Por san Pedro, que pasará por aquí dentro de un momento».
Deseché la emoción con que observé la extinción de la lámpara, ya que me
pareció totalmente trivial. «¿Y qué podemos deducir de eso, Michelo? ¿No le está
permitido al confesor apagar la lámpara a medianoche?» «¡Ah!, pero, signor —
bajando la voz a un hilo casi inaudible—, es que a partir de ese momento dicen que
comienzan las extrañas apariciones de esta tumba». «No tardaremos en poder juzgar
la verdad de eso», dije, tratando de sacar fuerzas de la inteligencia. La expectación
que me creaba apenas me permitía respirar. Seguí mirando fijamente al vacío, porque
no sabía en qué dirección podía aparecer la visita. «Mirad, signor, mirad —exclamó
Michelo—; allí… ¿Lo creéis ahora, signor; lo creéis, ahora que lo veis?» Mientras
hablaba, surgió una luz igual que la que habíamos visto antes, pálida, mortecina, que

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empezó a desplazarse a lo largo de la galería abovedada que desemboca en la nave
este de la capilla. Vi con asombro cómo subía del extremo más bajo, donde sabía que
no había ninguna puerta ni acceso.
Seguí mirando cómo se acercaba, porque lo hacía despacio: pareció surgir del
suelo; subía poco a poco, avanzando tenue, temblorosa, sepulcral.
Michelo se apoyó en una arista del monumento, y me agarró un brazo. No sonaba
ningún ruido; incluso el viento había callado. Yo oía los latidos de mi corazón. En ese
momento la luna, asomando por encima de las nubes agitadas, vertió súbitamente sus
raudales de luz en la galería, se filtró inquieta por las grietas de la techumbre, y dio de
lleno en el arco que comunicaba con la capilla. Entonces descubrí una figura de pie,
bajo el arco; era gigantesca, oscura; no tuve tiempo de distinguir su forma y su
actitud; la luz fue breve y repentina, y la visión confusa e imprecisa; pero descubrí
que, envuelta en su ropaje, sostenía la luz que habíamos visto, que la luna reducía a
un parpadeo desmayado. Le apreté el brazo a Michelo a manera de aviso; él me
devolvió el apretón; no hablamos ninguno de los dos. Todo quedó a oscuras; incluso
desapareció la lucecita. «Nos ha visto», murmuró Michelo. «Chist —dije—;
esperemos en silencio a ver si se acerca». «Aquí hay alguien —dijo el anciano—;
noto un ligero hundimiento del piso junto a mí, como de unos pies». «Chist —dije—;
todo está en silencio; nadie puede moverse sin hacer ruido». «Pues aquí cerca hay
alguien —susurró otra vez—; porque he notado un movimiento del aire». «Es el
murciélago —dije—, que da pasadas por encima; o el aire que mueve la hiedra; yo no
he oído ni he notado nada». «¡Ah, no, signor!; hay algo extraño en el aire; un frío
rancio y sofocante, como si alguna criatura malsana nos echase encima su aliento».
Efectivamente, me llegó un soplo de aire no como el de la noche, fuerte y cálido;
sino frío y repugnante como la vaharada de un pudridero. Nos estremecimos;
comprendí que debía hacer un esfuerzo para librarme de la parálisis que se estaba
apoderando de mí. «Michelo, no nos dejemos confundir por segunda vez. Esa figura,
sea quien sea, probablemente se está acercando; antes de que nos tenga bajo su
influjo extraño, voy a ir a su encuentro; tanto si viene con buenas o con malas
intenciones, sabré cuál es su fuerza y qué pretende».
La voz contenida de Michelo intentando disuadirme se perdió en el viento que
suspiraba cavernosamente en las naves laterales. Salí de mi escondite, avancé
tanteando en dirección a la luz y la figura; porque la nave central estaba ahora
completamente a oscuras. Di unos pasos, noté que alguien pasaba deprisa junto a mí,
no con las pisadas claras y alternas de unos pasos humanos, sino como si se deslizase
sin tocar el suelo y fuese transportado sin esfuerzo. Me detuve y alargué los brazos;
tropecé con algo que me pareció una mano levantada, extendida por así decir,
señalando hacia fuera. Entonces dije en voz alta a Michelo que abriese la linterna y
guardase la puerta de la cripta. Por el ruido que siguió, supuse que intentaba
obedecerme; pero en ese instante brotó de la tumba un grito de horror, desapareció la
luz, y la puerta de la cripta se cerró con un estampido atronador. Todo quedó en

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silencio y a oscuras. Me dejó paralizado; llamé a Michelo, y me estremecí al oír el
eco de mi propia voz. Traté de moverme, pero me pareció como si un paso más allá
de mis pies se abriese un abismo. Finalmente, me libré de esta inmovilidad; me
acerqué a tientas a la tumba, y llamé a Michelo otra vez, convencido de que se había
desmayado. Tanteé el pavimento y el zócalo con el pomo de la espada. No encontré a
Michelo: parecía que la tumba había abierto la boca y se lo había tragado. Empujé
con todas mis fuerzas la puerta de la cripta sin resultado, y aunque casi esperaba que
al abrirse revelara una visión capaz de secar los ojos o trastornar el cerebro, seguí
empujando con desesperación; mis esfuerzos no consiguieron nada, ni hubo ningún
ruido que los alentara. Una vez me pareció oír débilmente un gemido, pero se perdió
en el confuso zumbido que la tensión de escuchar me llenaba los oídos. El miedo y la
vergüenza y la impaciencia me aturdían. Obligar al anciano, víctima desdichada y
renuente, a una empresa que le aterraba; traicionarle en el mismo dominio y círculo
de esta; abandonarle agonizando en medio de horrores en los que era peligroso
pensar; hacer todo eso me era imposible.
De buen grado me habría enfrentado al ser que me había asustado para rescatar a
su desventurada presa; pero no había esperanza ni posibilidad de prestarle ayuda. No
podía abrir la cripta; y alarmar al castillo habría significado atraer sobre nosotros el
enojo de nuestro padre, lo que habría sido tan terrible como la amenaza de cualquier
poder. Más de una hora pasé en esfuerzos e intentos infructuosos; por último, pensé
en la posibilidad de despertar a alguno de los criados que se alojaban en el ala
adyacente del castillo, y comprar su silencio sobre el objeto para el que requería sus
servicios con alguna recompensa.
Salí de la capilla dispuesto a cumplir este propósito, cuando me asaltaron terrores
hasta ahora desconocidos para mí: estaba solo, en esa hora de la medianoche, entre
los muertos y sus moradas, y probablemente cerca de algún ser cuya influencia e
imagen se me hacían más terribles por su misma condición de indefinido e
inimaginable; porque fluctuaba con el aspecto vago de la incertidumbre entre
elementos y agentes de diferentes mundos; porque no le podía atribuir ningún motivo
claro ni sensible de temor, ni estaba preparado en absoluto frente a él, como lo están
siempre los hombres que van a enfrentarse a un enemigo humano, y a veces a un
enemigo invisible.
Abrumado por estos sentimientos, seguí andando de todos modos. La noche
estaba ahora callada y oscura. A cambio de vislumbrar un atisbo de luz en la sombra
espesa y enorme que el castillo desplegaba ante mí, habría dado yo la mitad de lo que
valía. No se veía ninguna. En ese silencio profundo (que hacía que el eco de mis
pasos pareciese el de una multitud) no se perdía el más tenue ruido. Casi había
llegado a la terraza del castillo, y estaba deliberando a qué ala dirigirme, cuando me
llegó el ruido áspero de la puerta de la cripta al arrastrar. Me detuve; oí que se
cerraba. Inseguro, temeroso, aunque con un alivio vago y expectante, regresé
apresuradamente. Una brisa ligera me agitaba el cabello. Se retiraron de oriente las

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volutas de nube y vapor como los pliegues de un cortinaje oscuro, y surgió la luna
serena y brillante sobre un campo azul profundo, tiñendo de plata las masas
fracturadas e inquietas que se retiraban. La bendije, y me pregunté cuántas veces
había contemplado yo esta hermosa claridad con apatía, o con un placer ajeno al de
quien, sorprendido por la noche, la saluda, o al del viajero al que socorre.
Busqué otra vez la nave lateral. La luna derramaba una luz clara como el día a
través de los ventanales. Vi la tumba del conde Orazio, y vi una figura sentada en
ella. Avancé con esperanza y temor. Era Michelo; estaba sentado como un marinero
que descansa en una roca pelada después de la tempestad y el naufragio; estaba
macilento, extenuado, jadeante. Corrí hacia él, pero no pareció oír mis pasos; tenía la
cabeza levantada y la mirada fija en el arco de la galería; la luna prestaba una palidez
amarillenta a su semblante. Lo miré a los ojos; los tenía vidriosos, ausentes. Le toqué
la mano; estaba fría y yerta. Me estremecí; apenas me parecía una criatura de este
mundo. Un instante después me reproché mis aprensiones; quise preguntarle, decirle
unas palabras de consuelo, pero me lo impidió un miedo que no provenía de Michelo.
«¡Dolor, dolor!», gimió el anciano con un acento que no parecía mortal, los
brazos en alto, los ojos dilatados, y su actitud y toda su persona tocadas de un
transporte profético. Me aparté instintivamente de él. «¡Dios mío, Michelo!, ¿qué te
ocurre? Deja que te aleje de este lugar; jamás me perdonaré haberte obligado a venir.
Ven deprisa conmigo; mi padre puede despertarse a estas horas. Puede ordenar a los
criados que le acompañen a una de sus vigilias en la capilla, y descubrirnos. ¡Vamos
deprisa, Michelo!» «¡Dolor, dolor!», repitió el anciano; y dobló la cabeza y se
desplomó al pavimento.
Me lo llevé en brazos de la capilla, tambaleándome bajo el peso de sus años y de
su insensibilidad. El aire le hizo revivir; y observé, a la luz de la luna, que volvía algo
así como color a su rostro muerto. Mientras lo miraba, y le hablaba, una sombra más
densa que las de las ramas de los cipreses cruzó el lugar. Alcé los ojos, y vi salir, de
detrás del contrafuerte en el que me había apoyado con mi carga, la figura informe
que había notado. Se ocultó la luna; la figura pasó por delante de mí, en dirección al
castillo. Abrí la boca, pero no me salió la voz; extendí un brazo, pero no encontré
fuerzas para seguirla, y vi con estos ojos cómo entraba en el muro del castillo, en el
ángulo del contrafuerte de una torre, cuyos recios perfiles eran visibles en la sombra.
No había puerta ni abertura, pero no encontró ningún obstáculo. La luna surgió de
nuevo en el instante en que desaparecía, y Michelo abrió sus débiles ojos a su luz. Se
puso de pie temblando; y tuve que sostenerlo. Continuamos andando hacia el castillo;
no hablamos ninguno de los dos, aunque él profería grandes gemidos, y cerraba los
ojos a intervalos. Llegamos a la gran sala, cuya puerta habíamos dejado abierta. Toda
capacidad y deseo de indagar habían muerto en mí.
Michelo, al oír nuestros propios pasos en el pavimento de la sala, y comprender
que estábamos en la región de los vivos, se santiguó con mano temblorosa, y volvió a
desmayarse. Me costó bastante llevarlo a mi aposento, y varias veces me pareció oír

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como si alguien se me adelantara: noté un movimiento en el corredor distinto del que
yo ocasionaba; pero me hallaba en ese estado en que es difícil evitar que el miedo nos
cree ilusiones. Cuando revivió y volvió en sí, me suplicó que le ayudase a llegar a su
aposento. Tenía la mirada extraviada, y sus palabras eran incoherentes. Estuve
dudando, pero finalmente accedí. «Signor, llevadme a mi torrecilla —dijo—; otras
manos me sacarán de allí; llevadme a mi lecho. En breve recibiré un descanso
mejor».
Lo ayudé. Me había abstenido de importunarlo; pero su frenética resolución, el
misterio de su silencio, junto con mi convicción de que estaba fuera de peligro,
contribuyeron a despertar en mí una ansiedad que no pude resistir. Lo senté en su
silla, encendí la lámpara y, cuando iba a marcharme, no muy convencido, le pregunté:
«Michelo, ¿qué has visto?» «Los secretos de la tumba», dijo el anciano sin vacilar y
sin un suspiro. Su firmeza me animó. «¿Te atreverías a contármelos, Michelo?» «¿Os
atreveríais vos a escuchar, si yo me atreviese?», dijo el anciano; sus ojos, dotados
ahora de una luz extraña, se clavaron en mí. «Me atreveré. Que Dios me ayude, y
todos los santos; porque ningún interés personal, debilidad ni temor condicionan el
ánimo con que aguardo la revelación de estos misterios». «Esta noche no, signor —
dijo el anciano, recayendo en la debilidad—; dejadme esta noche, dejadme en manos
del silencio y del cielo. Necesito rezar, y prepararme; mi tiempo es breve, y mi tarea
terrible. Pero venid mañana a mi torrecilla, llamad; y si sigo vivo, os responderé». Se
dejó caer ante un crucifijo, y rezó fervorosamente. La lámpara iluminaba sus sienes
blancas y sus ojos cerrados. Me retiré; y al cerrar la puerta del estrecho aposento,
sentí como si cerrase la de una tumba.

***

Las líneas que anteceden las escribí durante lo que quedaba de esa noche aciaga,
ya que estaba demasiado excitado para poder conciliar el sueño. No te las he querido
mandar para añadir una relación de nuestra…

***

Ippolito, estoy consternado de vergüenza y de compunción: Michelo se muere. El


primer criado con que he topado esta mañana me ha dicho (me he esforzado en
escucharle como con sorpresa) que Michelo se encuentra mal, y que ha pedido la
asistencia de un monje de san Nicolo, de Nápoles. «Es extraño, signor —ha dicho el
criado—, que teniendo en el castillo un confesor tan piadoso como el padre Schemoli,
prefiera que venga alguien del monasterio de san Nicolo».
Me esforcé en aceptar esta noticia; porque aunque Michelo se hubiera puesto así
por la impresión recibida, no era concebible que le durase o fuera grave, y mucho

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menos mortal; y decidí visitarlo al anochecer, plazo suficiente para alejar cualquier
sospecha, si la había. Pero cuál no fue mi alarma cuando oí declarar al médico de la
familia que probablemente el paciente no viviría hasta la noche. Su sistema vital
había sufrido una conmoción que no era capaz de descubrir ni eliminar. «Michelo no
se muere de vejez ni de enfermedad, pero no es probable que llegue a la noche». He
oído rumores en el castillo de que nuestro padre, al enterarse, ha querido verlo, pero
que él se ha negado. ¡Extraña condescendencia, y extraña negativa! Dos veces he
intentado verle hoy, pero aún no ha salido su confesor; llevan horas los dos solos.
¡Atención! Me llaman; subo a verle ahora. El monje acaba de abandonar el castillo de
repente. Estoy sumamente afectado. Hace un momento me sentía nervioso; pero esta
llamada, y la expectación que me produce, me inspiran una enorme tensión. En
medio de la pena que siento por este anciano desventurado al que he matado tan
seguramente como si le hubiese clavado un estilete en el corazón, subsiste una
impresión de solicitud, de duda y de miedo que estoy deseoso de apaciguar con esa
extraña información que va a confiarme. La hora, el lugar, el propósito son de lo más
solemnes. ¡Acudo al lecho de un moribundo para averiguar los secretos de la
tumba…!

***

Acabo de regresar; ¿cómo se disipará la impresión que traigo conmigo? Tengo el


espíritu tan embargado que siento como si no pudiera pensar en nada más; y escribo,
casi como pienso, maquinalmente. He visto a Michelo en su camastro. Un simple
candil alumbraba el aposento; tenía el crucifijo en las manos, al que dirigía los ojos
de cuando en cuando. Había otra persona; una vez que me he acostumbrado a la
escasa luz, he reconocido a su sobrino Filippo. «Signor Annibal —dice el anciano—,
acercaos; tengo muchas cosas que contar; aunque lo que me queda de tiempo sigue
bajo el gobierno de quien lo tiene desde hace mucho, y hasta que se cumpla
determinado plazo, no puedo revelar nada de importancia. Signor, me estoy muriendo
como veis; este es el pago a mi largo y culpable silencio. Yo hacía cuenta que guardar
silencio no era participar; pero el lecho de muerte convence a quienes pretenden
engañarse a sí mismos. El santo monje que se acaba de ir es ahora depositario de mi
última confesión; preparaos, signor, para las consecuencias. Habéis perseguido un
descubrimiento que saldrá al paso de vuestros esfuerzos. Yo mismo, que hubiera
querido ocultarlo con expedientes conciliadores, he tenido que ser instrumento de su
revelación. Lo veo acercarse con la indiferencia del que ya no es parte de este mundo;
pero a vos, a vos, ¿cómo os puedo preparar, joven noble e impetuoso, cómo os puedo
preparar para recibirlo? ¡La Casa de Montorio deberá caer!»
El asombro, la indignación, me dejaron sin habla un momento; no era el
moribundo que tenía ante mí alguien a quien podía pedir satisfacción; pero deseé
fervientemente que esas palabras las hubiera pronunciado otro para haberlo ensartado

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con la espada.
«Bien está —dije—; puesto que tal anuncio no viene de un vivo; aunque no creo
que sea verdad ni aun viniendo de un muerto». El anciano besó el crucifijo. «Acoja
mi alma Aquel hacia el que se apresuran mis pasos».
No dije nada y, temblando, le hice una seña de que continuara.
«Todavía no, todavía no, signor. Aún no ha llegado el momento; mientras no
llegue, no soy libre. Pero son muchos los signos de que se acerca.
»No tardará, signor; decidme la hora, y decidme el instante». «Dentro de cinco
minutos —dije— serán las once». «Cinco minutos —repitió él—; parece muy breve
plazo para quien ha visto correr sesenta y cinco años; sin embargo, quisiera que
hubiesen pasado ya. Seguid mirando, signor, y contad cada segundo que pasa». Así lo
hice. El anciano repetía los números según los iba diciendo yo. «Y ahora, signor,
ahora —dijo—, ¿se ha cumplido ya el último?»
«La manecilla está en el último; ya llega. Y ahora… las campanadas». «Las once.
Filippo, déjanos solos».
Se retiró Filippo, y yo me acerqué más.
El anciano empezó a hablar débilmente y con muchas pausas.
«Llega el momento de mi disolución. Pronto será conocido lo que he ocultado, y
lo que sé. Presiento demasiado bien que la revelación afectará al destino y el honor de
vuestra casa. Así que la empresa de mi última hora debe ser prepararos para recibirla,
signor. Hay un ser… que no pertenece al mundo de los vivos. Sus pensamientos y sus
acciones se nos escapan; sin embargo, pasa ante vuestros ojos, y anda, y habla, y se
muestra en todo como una persona viva. Bueno, pues ese ser, del que no me atrevo a
dar el nombre, me ha tenido mucho tiempo bajo su dominio; de manera que no osaba
hacer ni decir nada sino por su mandato, ya que tiene un poder que los hombres no
pueden resistir. Pero ya me he liberado, porque me estoy muriendo. Pronto seré como
él, y verlo no me causará ningún temor. Pero mientras puedo valerme de mi voz
humana, dejad que os advierta de lo que se cierne sobre vuestra casa, signor. Él es el
genio maligno que la amenaza, la potencia comisionada para obrar y presenciar su
destrucción». «¿De quién hablas?» Se santiguó la frente. «No puedo nombrarlo; lo
único que puedo decir es lo que ha dicho él; porque lo que ha dicho,
irremediablemente, ocurrirá.
»Muchas noches lo he visto confusamente, muchas noches me ha llegado al oído
su murmullo profundo al pasar; pero anoche, anoche… —dijo con un
estremecimiento—, ¡fue cara a cara!» «Pero ¿a quién? ¿Dónde? No retrases más esa
información; ¿a quién has visto, y qué has oído?»
«Yo estaba en la puerta de la cripta —dijo tartamudeando—, donde me habíais
dejado; avancé por la nave… Noté una presencia sobrenatural; me mandasteis que
abriese la linterna; intenté hacerlo, pero una especie de influencia me retuvo. Una
mano fría y huesuda me sujetaba; la sangre me corrió por las venas con el frío
movimiento del gusano. Se abrió de golpe la puerta de la cripta, y un torbellino me

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arrojó al interior; la puerta se cerró sobre mí, y sentí como si ya no perteneciese a este
mundo… No perdí la cabeza; me daba cuenta de que estaba entre los muertos, y con
alguien que me sobrecogía más que ellos; pero aún me quedaba una especie de
macabro valor. Era como si el contacto de esa mano me igualara a su dueño. Tuve
ánimos para mirar a mi alrededor. La luna penetraba a través de las grietas de la
cripta. Vislumbré su figura desplazándose entre ataúdes y huesos; y en esa claridad
imprecisa y estremecedora pareció mezclarse con ellos; y entonces se metió en el
ataúd del conde Orazio, del que brotó una voz que me dijo (yo estaba atento, con
todos los oídos del cuerpo y del espíritu tensos)…»
«Dolor y muerte», murmuró una voz que provenía de debajo de nosotros. Su tono
no era humano; fue más como el gemido de una ráfaga nocturna, como el rumor largo
y profundo de un mar lejano. Pero el mensaje que contenía era inequívoco y claro.
Al anciano se le erizaron los cabellos y le centellearon los ojos. «¿Qué acabáis de
oír?», dijo. La verdad era demasiado terrible y cercana para ocultarla o negarla. «Una
voz —dije—. Ha dicho: “¡Dolor y muerte!”». Juntó las manos y se dejó caer de
espaldas: «El arrepentimiento llega demasiado tarde; ha sido el grito mortal del
espíritu; debo morir; morir sin haber hablado; sin haber expiado».
Se relajó, aspiró con trabajo, se ennegreció. Me arrodillé frenético a su lado.
«¡Habla, te conmino! mientras te queda aliento… mientras te queda un momento.
Habla, si quieres partir en paz, si quieres ir al paraíso». De su garganta salió un
estertor. Yo estaba inclinado sobre él, esperando angustiado a que articulase una
palabra. Murmuró hacia dentro con voz profunda: «Demasiado tarde… Erminia…
Orazio… —dijo otro nombre que no entendí—. Asesinados, asesinados. Tengo sus
figuras delante de los ojos; y la sangre de los dos sobre mi alma». Se estremeció,
sufrió una convulsión, y expiró. Llamé a Filippo para que me ayudase; pero era inútil
toda ayuda: ¡Michelo se había ido!

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CAPÍTULO XIII
Tempus abire tibi est___
HORACIO

«Es hora de que abandones los escenarios voluptuosos».

En el palacio de Montorio todo era confusión y exceso. Todo el ascendiente que


Cyprian había ganado sobre él, y las concesiones que le había arrancado, se habían
ido al traste con esta nueva ocurrencia de celebrar una bacanal.
Ippolito volvió a sus antiguos pasatiempos con una avidez que prometía resarcirle
de su corta abstinencia. Sus días eran días de placer; sus veladas, veladas de
diversión; pero sus noches seguían siendo noches de misterio. Cada día se mostraba
más irritado, más agitado, más intratable. Su angustia interior parecía ser más intensa,
a juzgar por sus esfuerzos para sofocarla. Y a menudo, mientras agitaba los dados o
bebía vino, su semblante ojeroso revelaba que su corazón estaba muy lejos de
participar de ninguna alegría o solaz. El estragamiento de sus orgías y sus vigilias
combinadas, las fatigas de su espíritu que buscaba el tumulto incluso en el placer y
desterraba el sosiego del descanso mismo, le estaban devorando el cuerpo y el
carácter por igual.
El espíritu elevado y romántico, el vaivén de los sentimientos altivos y delicados,
la despreocupada y feliz vivacidad, el juego de la alegría espontánea, todo eso lo
había perdido; en su lugar tenía intervalos de abatimiento y de furia, de ánimo
exaltado a extremos desdichados y furiosos, o se hundía en taciturno desaliento. Solo
le quedaba la belleza; porque, inflamado con la llama febril del desenfreno, o pálido
con el sombrío cansancio de las noches en vela, seguía siendo hermoso.
En tales momentos, Cyprian lo miraba con esa complacencia patética y dolorosa
con que contemplamos las paredes desconchadas y estropeadas de nuestra casa natal,
o las ramas heridas y desmochadas del árbol que nos encantó con su belleza y nos
refrescó con su sombra.
Una de esas noches en que Cyprian, recluido en la total soledad, pensaba con
amargura en el ser que en otro tiempo le había llenado y deleitado esta clase de
momentos, recibió el anuncio de que un desconocido de rango solicitaba verle. Era
una petición insólita y alarmante, y al principio estuvo a punto de negarse a recibirlo;
pero su preocupación perpetuamente alerta le sugirió que el objeto de esta visita
podía tener que ver con Ippolito, así que mandó que hiciesen pasar al desconocido.
Entró. Era un oficial español de edad madura. Al aire decidido e imponente de su
oficio añadía la dignidad de su nación; y saludó a Cyprian con esa soltura que denota
familiaridad con muchas esferas de la vida.
—El signor Cyprian, supongo —dijo. Cyprian hizo una inclinación de cabeza—.
No ignoro, signor, vuestra calidad y vuestra adhesión al conde Montorio; mi

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confianza en vuestro celo es el motivo de esta visita. Yo mismo lo conozco y lo
estimo; es un joven noble de valía y honor. De lo contrario, un castellano —dijo
retorciéndose los bigotes— no sentiría ningún interés por él.
Cyprian, ablandado por estos elogios a Ippolito, escuchó con un placer que no
sentía desde hacía tiempo.
—Por esa razón —dijo el español—, siento profundamente el estado en que le
veo hundido; pero antes permitidme preguntaros si sus hábitos familiares han sufrido
el mismo menoscabo que los sociales. Vos, naturalmente, los conocéis bien, y podéis
juzgar si en casa parece desasosegado, nervioso y desigual; o si esas muestras son
únicamente consecuencia de los excesos a los que se abandona cuando sale.
—¡Ay; no, caballero! —dijo Cyprian—. Una nueva y espantosa revolución ha
trastornado la contextura entera de su espíritu; le aqueja a todas horas y en todas
partes. En casa no conoce el sosiego; ya no es Ippolito di Montorio.
—El cambio es, pues, tan intenso como extenso —dijo el español—. Hace
apuestas que sería locura aceptar; se hunde a menudo en la embriaguez, vicio raro en
vuestro clima; recorre las moradas licenciosas de Nápoles, como si todo su esfuerzo
lo cifrara en perder la razón y en consumir la salud. No obstante, no tiene todo esto
visos de ser consecuencia de un deseo furioso de placer, sino la impaciencia de un
dolor; esos excesos parecen la espantosa alternativa a una angustia insoportable. Los
vicios que acabo de enumerar —dijo el soldado liberal— podrían perdonársele a un
joven acomodado de complexión sanguínea, pero ningún exceso debería conducir a
un noble a atentar contra su propia dignidad y la grandeza de su linaje, ni a mezclar la
ligereza con el libertinaje.
Cyprian conocía la naturaleza humana lo bastante para saber que los motivos para
la rectitud varían según el carácter y los hábitos de quien los concibe. Así que,
aunque rechazaba las distinciones de esta teoría mundana, aceptaba las consecuencias
extraídas de ella.
—Al principio —dijo el español—, creía que esto era un arranque de súbita
impetuosidad, consecuencia de algún desengaño en sus opiniones o en sus pasiones;
pero recientes circunstancias me inducen a pensar que a un espíritu tan noble y de
tanta energía no puede pervertirlo ninguna causa baladí; y el suceso de esta última
noche confirma mis sospechas.
—¿Sospechas? ¿Qué sospecháis? —exclamó Cyprian levantándose nervioso.
—Sospechas —dijo el español en el tono más bajo de su voz profunda— de que
está atado a alguna clase de relación perniciosa para su alma o para el bienestar de su
cuerpo, de la que intenta librarse, aunque demasiado tarde, o demasiado débilmente.
Si no conociese bien el sentido del honor del conde Ippolito, temería que se hubiera
asociado a alguna siniestra conspiración contra el Estado; pero como lo conozco, creo
que persigue algún secreto desquite; aunque retrocede a menudo, unas veces ante la
magnitud o lo odioso de la acción, y otras ante el peligro de los medios que debe
utilizar para llevarla a cabo.

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—¡Imposible! —dijo Cyprian encendido—; es imposible que Ippolito se deje
arrastrar a ninguna acción siniestra o rencorosa. Si lo hiciera, ese peligro le haría
renunciar a semejante propósito.
—Iba a deciros —dijo el español— qué es lo que me ha llevado a esta conclusión:
sus propias palabras, que unas veces se le escapan sin querer, y otras se las arranca un
súbito dolor. Aunque, en todo caso, no son concluyentes. Sin embargo, me apresuro a
informaros de lo ocurrido anoche; porque no necesito recordaros, signor, que un
castellano no se precipita en sacar conclusiones.
Cyprian se dio cuenta de que lo había ofendido con su brusquedad; pero la
emoción que sentía le impidió también disculparse.
—Anoche —prosiguió el español—, nos reunimos bastantes en un casino cercano
al Corso; hubo juego alto, y varios desconocidos se sumaron a la partida; algunos
enmascarados, como es habitual. El conde Ippolito tomaba parte en ese estado
agitado y febril que acabamos de lamentar. Hacía apuestas enormes, y se daba ánimos
bebiendo sin parar. Sus voces, su impaciencia, su ademán y su figura, que exhibía una
especie de demencia espléndida y disoluta, le convertían en centro de todas las
miradas. De repente, todas se volvieron hacia un desconocido que apareció de pronto,
al que me es tan difícil describir como definir la impresión que nos causó a los que
estábamos. Vestía una capa larga, negra, en la que se envolvía de arriba abajo.
Llevaba una máscara sobre la que colgaba el plumaje de su sombrero, de forma que
casi se la tapaba. Avanzó despacio, sin conocer a nadie al parecer, y sin que nadie lo
conociera tampoco. Su presencia, aunque no suspendió el juego, sí suspendió la
animación. Las vivas y sonoras voces de los jugadores se fueron reduciendo casi a un
murmullo; los mirones dejaban sitio libre donde él se acercaba, y un viejo caballero
de Malta me contó que había notado un frío extraño en el aliento del desconocido al
pasar junto a él.
»Jamás habría creído que un hombre callado causara tal impresión si no hubiese
experimentado yo también una sensación extraña que no puedo describir ni quiero
recordar, una sensación que jamás he tenido en la brecha ni en el combate. Esta
persona, después de mucho deambular, fue a situarse finalmente junto a la mesa en la
que jugaba el conde, de pie, inmóvil, enfrente de él. Yo estaba cerca. Un observador
superficial habría imaginado, por la conducta del conde, que este no había advertido
su presencia; pero sus voces cada vez más altas y sus modales cada vez más
arrebatados me hicieron comprender lo contrario. Los ojos de todos estaban fijos en
la mesa. El desconocido, tras permanecer callado unos momentos, empezó a hacer
gestos extraños e incomprensibles, evidentemente dirigidos al conde. La única
reacción de este fue pedir y beber más vino, y doblar sus apuestas. El desconocido
entonces alzó un brazo lentamente y, sacándolo de la capa, señaló directamente al
conde. Era un brazo huesudo, gigantesco; alguien dijo que tenía salpicaduras de
sangre; yo no vi ninguna. El conde, inclinándose sobre la mesa, ordenó furiosamente
a su contrincante, que se había quedado paralizado, que atendiese al juego. Siguieron.

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El desconocido no dijo nada; pero sacó un reloj, y lo acercó a la vela que había junto
al conde; la llama lo iluminó; las manecillas señalaban las doce. Muchos que estaban
de pie en el otro lado dijeron que tenía grabadas extrañas figuras detrás. Tampoco las
vi, dado que estaba enfrente. Montorio apartó la luz con impaciencia. El desconocido
se hizo atrás; y todas las miradas le siguieron. Se quedó inmóvil delante del conde; se
palpó la ropa como buscando algo. Entonces corrió por el casino la sospecha de que
quizá era un asesino, y el rumor se extendió a todos los rincones. Pero en seguida lo
apagó una sorpresa: el desconocido sacó una daga manchada, la levantó, e hizo con
ella un ademán lento de amenaza hacia Montorio. Ante esta escena, este perdió toda
su fiereza. Se quedó mirándolo un instante, y exclamó, en un tono entre alarido y
carcajada: “El infierno ha ganado”, y abandonó la mesa. El desconocido se guardó la
daga, y se fue despacio de la sala, volviéndose a cada momento para hacerle señas a
Montorio, que le siguió con pasos vacilantes, los ojos cansados, y un temblor en el
cuerpo.
»Eso ocurrió anoche, en presencia de varias personas de rango, en un casino
concurrido. Los testigos prefirieron no seguirlos; y cuando preguntaron a la
servidumbre, esta dijo que los habían visto pasar, pero que se perdieron
inmediatamente en la oscuridad de la noche.
Cyprian escuchaba con angustiada perplejidad.
—He hablado con algunos amigos del conde Montorio, y hemos llegado a la
conclusión de que la escena que presenciamos únicamente puede atribuirse a una de
las causas que he dicho. Así que hemos decidido averiguar si su familia ha observado
en él el mismo cambio; y en caso de ser así, recomendar que se tomen medidas para
descubrir y eliminar esa causa. Vuestro afecto, y la beneficiosa influencia que se dice
que ejercéis en los hábitos y el talante del conde, os señalan como persona idónea
para esta misión. Así que en vuestras manos la dejo; y dejo también a vuestra
discreción decidir qué puede ser más eficaz en este caso, si recurrir a su familia, al
consejo espiritual, o a las autoridades.
Iba Cyprian a darle las gracias por esta información cuando los interrumpieron
grandes voces que procedían de la entrada.
—Es el conde que viene del Corso —dijo el español— con algunos camaradas
bulliciosos. Yo había quedado también en venir a cenar con ellos, y he aprovechado
la invitación para adelantarme a informaros.
—Quedaos, pues, os lo ruego —dijo Cyprian—. Hacedle compañía esta noche.
Está tan acostumbrado a salir a esta hora que su regreso me llena de extraños
presagios; quizá esta noche se propone romper esas ligaduras que le tienen atado. Por
favor, quedaos con él, y no dejéis que se abandone a la locura de la disipación. Vos
sois un hombre de espíritu y brazo firmes, un hombre al que yo acudiría en mi hora
de peligro, y le pediría que se quedase a mi lado. Yo estaré en la habitación de al
lado; si ocurriese algo, recordad que me tenéis a mano.
Los participantes en la juerga subían ahora por la escalera; el español fue a

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reunirse con ellos, y Cyprian corrió a una habitación contigua, donde estuvo
debatiéndose entre la esperanza y el temor.
Pero no tardaron en agitarle sentimientos menos remotos: pronto le llegaron los
comentarios de los comensales, y escuchaba con un horror que, a la vez que le
impulsaba a irse, le ataba a su silla, a la impureza, a la depravación, y al desenfreno
que emanaba de aquellos hijos del goce y del regalo. La alegría, cuyo rasgo más
encantador es la ligereza, la habían desterrado por completo con sus groserías
repugnantes, su degradación ofensiva y sus bromas sacrílegas. A menudo habría
querido tener una varita mágica, o «las alas de la mañana», para rescatar a Ippolito de
la contaminación, en la que su parcial esperanza se resistía a creer que se hubiera
sumergido de manera voluntaria.
Pero la voz de Ippolito era la más fuerte, incitando al frenesí de una euforia
artificial. Y empezaba Cyprian a encontrar algún consuelo pensando que esto
implicaba que había aplazado su visita de medianoche; cuando, en una de esas pausas
súbitas y totales que se producen en todo júbilo ficticio, oyó decir a Montorio:
—Si entrase alguien ajeno y viese esta manera de divertirnos, ¿qué pensaría de
nosotros?
—Explicaos —dijo un caballero.
—¿Se le ocurriría pensar que puede haber entre nosotros alguien que no quiere
afrontar esta hora a solas, que acude a esta fiesta no para divertirse, sino para
protegerse?
Muchos de los que oyeron la pregunta se echaron a reír, y todos contestaron que
no.
—¿Imaginaría —prosiguió Montorio con más énfasis— que puede haber quien
haya venido para evitar a alguien que le persigue; para huir de una influencia capaz,
incluso aquí, de apagar las luces, envenenar los vinos y hacer que las caras coloradas
de mi alrededor parezcan alumbradas por un resplandor azul sulfúreo?
—¡No, no, no! —vociferó otra vez la compañía.
—¿Imaginaría que, dentro de unos momentos, enmudecerán las voces de los
bulliciosos y palidecerán todos los semblantes?
Otra vez se repitió la negativa; pero fueron menos las voces, y en tono menos
convencido.
—Pues entonces —dijo Montorio—, se equivocaría.
Un silencio acogió este extraño comentario.
—¿Qué significan esas preguntas? —murmuraron los caballeros.
—Os habéis puesto pálido, conde Montorio —dijo el español.
—¿De veras? ¿Y por qué iba a ponerme pálido? —dijo Ippolito en tono
atropellado—. Aún no ha sonado mi hora; así que divirtámonos hasta ese instante.
¿Por qué estáis todos sentados a mi alrededor como estatuas y callados como
espectros? Dejad que note la presión de vuestras manos y la música de vuestras
voces. Reíd, reíd de nuevo; os lo suplico, reíd; yo también reiré… Aunque cuando lo

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intento, un cuervo parece que grazna en mi garganta.
Cogió una guitarra, y se arrancó con extemporáneas estrofas que, a la vez que las
recitaba, adaptaba a una melodía variada y sin medida.

I
Llenad la copa; a los males de la vida
no doy el valor de una pluma,
nada nublará esta noche mi alma,
ni ocultará el sol de mi alegría.

II
He sufrido hasta dolerme el corazón
y he gemido, pero ahora, sin poesía,
mi último cuidado se ahoga en esta copa,
mi último suspiro se apaga en ella.

III
Gozaré con amarga alegría,
me reiré de las penas frustradas;
no quiero naufragar en el dolor:
y sí despertar con la mañana.

IV
Una dulce flor, última rosa,
adorna este lívido otoño;
y los caros rayos del gozo
que irrumpen donde menos los buscamos.

Arrojó la guitarra.
—Desafino; no tengo el tono ni en el alma ni en la voz. Pero necesito música.
Que vaya uno de vosotros a llamar a Cyprian. Que venga en seguida con su arpa.
Cyprian, que había estado escuchando cada palabra, se asustó al oír esto, y se
apresuró a abandonar la habitación contigua. Pero los criados vieron dónde se
refugiaba; y al salir los caballeros a cumplir lo que el humor tornadizo de su amo les
había pedido, abrieron la puerta de golpe y lo descubrieron. Ippolito lo llamó a
grandes voces; y Cyprian, que obedecía a esa llamada de manera inconsciente y
maquinal, fue, aunque avergonzado y aterrado. Muchos caballeros estaban ebrios, y
todos habían reanudado la ruidosa animación que las preguntas de Montorio habían
interrumpido. Unos clamaban que querían jugar, otros que necesitaban más vino;
pero Ippolito, con abundantes e hiperbólicos elogios a la destreza de Cyprian, mandó
traer el arpa, e insistió en regalar a la compañía con sus interpretaciones. Cyprian,

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callado pero serio, le suplicó con la mirada que le ahorrase este trance; pero la
petición se volvió más insistente. Llegó el arpa, y tuvo que sentarse con triste y dolida
renuencia a cumplir un menester que no podía estar más lejos de su ánimo y del
ambiente adecuado. Tocó con mano temblorosa. Las notas inseguras parecían llorar,
como él, la mudanza de su destino. Los momentos en que, con el esfuerzo de su
talento, había esperado despertar los sentidos y deleitar la virtud; en que el silencio
del elogio llegaba más hondamente a su delicada sensibilidad que las ruidosas
felicitaciones que, lejos de animarle, le aterraban; en que esperaba que el vaivén de
los placeres que refinaban el espíritu de Montorio y la influencia que lo corregía
hubiera repartido su vida entre el ejercicio y el gozo de la virtud, en vez de dejarle
vacío en las pausas del báquico frenesí, y con la inteligencia menospreciada y
prostituida… esos momentos y esas esperanzas le venían a la memoria, y las lágrimas
le caían sobre sus manos inquietas mientras recorrían las cuerdas.
Pero la emoción que le estremecía añadió el sentimiento a lo que le negaba la
habilidad; alzó los ojos hacia Montorio, y le llegó la inspiración. Le pareció, en
medio de los bulliciosos, un espíritu frágil y errabundo seducido por una hueste
apóstata, y mezclado en una lamentable asociación. Su luminosidad disminuía,
aunque no se apagaba: «abatido, pero no destruido» La intensidad del sentimiento
exaltó el entusiasmo de su genio, y derramó notas que podían haber devuelto tal
espíritu a su esfera y su gloria original. Todos estaban mudos de arrobamiento; habían
olvidado el festín; sus oídos y miradas estaban pendientes del músico, y el reloj dio
las doce sin que nadie lo oyera. En ese instante, Ippolito profirió una exclamación,
saltó de la silla, y se quedó de pie, con los brazos tendidos hacia la puerta. Todas las
miradas siguieron la dirección de la suya. Los criados que se habían agrupado junto a
la puerta se apartaron atropelladamente, al tiempo que surgía en ella la figura que
muchos habían visto la noche anterior en el casino.
Su aspecto era tal como el español lo había descrito: una figura oscura, informe,
gigantesca; ocultaba su rostro con un antifaz, y el plumaje le tapaba la cabeza. Los
caballeros no paraban de mirarla y de murmurar. Cyprian se pegó a Ippolito, en tanto
la figura avanzaba despacio hacia el centro del salón. Se había producido un absoluto
silencio; incluso había cesado el susurro de capas de los invitados al dejar sus copas
sin probar y volverse hacia el desconocido. Y casi se oía la respiración acelerada de
todos, cuando el desconocido, apartando sus ojos de Ippolito, ante el que se había
detenido, se dirigió a la compañía:
—Vengo sin haber sido invitado. ¿No hay nadie que quiera hacerle los honores al
desconocido? Entonces yo mismo me doy la bienvenida.
Se sentó junto a la cabecera de la mesa, en tanto sus vecinos dudaban si apartarse
o no. Su aspecto los había llenado de asombro, pero su voz los heló; había algo tan
singular en el tono, era tan cavernoso, tan enérgico, tan claro, y a la vez tan distante,
que los que le oían no escuchaban sus palabras, sino el sonido, y estaban pendientes
de su eco como de algo que provenía de algún punto invisible.

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Ippolito se hundió lentamente en su silla, todavía con el rostro vuelto y los ojos
fijos en el desconocido.
—Siga la alegría, caballeros —dijo el personaje, otra vez en un tono que
paralizaba todo atisbo de buen humor—; el asunto que me trae es solo con el conde
Montorio.
—No me tendréis, a menos que me arrebate de aquí un torbellino. Ningún poder
conseguirá llevarme de grado y vivo a vuestros dominios.
—Conoces mi propósito y mi poder: no os retraséis; no os resistáis, no
retrocedáis.
—Es de lo más extraño —murmuró Ippolito con voz hueca, pegándose al
respaldo de la silla y agarrándole el brazo al español, mientras sus ojos se desviaban
continuamente hacia el desconocido—; de lo más extraño. Lo veis sentado; veis su
figura sólida y visible entre nosotros; todos los ojos lo pueden ver y todos los oídos lo
pueden oír. Es de lo más extraño. Las sombras que se alzan ante nosotros en nuestros
sueños nocturnos y diurnos, o esas más consistentes que se aparecen en las escenas de
horror, en la soledad de la medianoche, en los panteones de los muertos, en las
cámaras de la brujería, una modesta influencia puede suprimirlas con la misma
facilidad con que son evocadas; puede disiparlas la luz, la presencia humana, incluso
el esfuerzo de una mente concentrada. Pero cuando nos persiguen hasta el mismo
reducto y círculo de nuestro refugio, cuando se sientan ante nosotros, en medio de
nuestra diversión y de nuestro vino, en medio del resplandor de las luces y el grato y
confortante sonido de las voces humanas; cuando hacen eso, y no hay manera de
ahuyentarlas, ¿qué podemos pensar?
—Ippolito di Montorio —dijo el desconocido—; no os retraséis, no os resistáis,
no retrocedáis. ¿Debo pronunciar las palabras de poder, mostrar el sello de vuestro
pacto?
—Llamad a vuestros instrumentos y vuestros poderes —exclamó Montorio con
una carcajada—. Que me prendan con sus garras; sacudid esta casa hasta los
cimientos y sepultadme bajo sus ruinas; o llevadme si podéis. No seré una presa fácil.
El desconocido se levantó; Cyprian profirió un grito, los caballeros saltaron de
sus sillas murmurando, dispuestos a sacar la espada. El desconocido alzó el brazo.
—Hijos de este mundo, apartad —dijo con voz atronadora—; ningún interés os
incumbe aquí. Ippolito di Montorio, yo os reclamo; la campana ha sonado ya, y ha
pasado la hora. Ippolito di Montorio, venid conmigo.
Ippolito siguió callado e inmóvil. El desconocido, como antes, sacó un reloj: eran
las doce y cuarto.
—¿Sabes qué hora es? —dijo—. ¿Sabes qué hay que hacer en esta hora? Ippolito
di Montorio, ven.
Ippolito no se movió. El desconocido sacó la daga terrible; las manchas eran
numerosas y lívidas; la volvió a blandir hacia Montorio, cuyos ojos, fijos en ella,
parecían haber perdido toda racionalidad.

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—Por este instrumento espantoso, yo te conjuro; por aquel cuya sangre mancha
esta hoja, yo te conjuro; te conjuro por los que vieron derramarla, a quienes no
puedes defraudar ni eludir. Ippolito di Montorio, acompáñame…
—Falso… Eso es una falsedad —tronó Ippolito—. Él vive, la sangre corre aún
por sus venas, y ninguna daga la drenará jamás. ¿Por qué os quedáis todos junto a mí
con mortal turbación? Prendedlo, encerradlo. Si lo dejáis un instante más, sus
hechicerías os encadenarán a vuestras sillas; os llevará a todos por los aires a millas
de aquí. Quitadle esa daga… Tengo revelaciones que hacer.
Mientras hablaba, él y la compañía rodearon al desconocido; sacaron ahora las
espadas, y tendieron los brazos hacia él para detenerlo. Podo era confusión y tumulto;
Cyprian, que corrió a ellos, se metió en la barahúnda de voces: «¡Cogedlo!» «¿Dónde
está?» «¡Aquí!» «¡Ahí va!» «¡Ha desaparecido!»
Los invitados se miraron unos a otros con desconcierto. En el aposento había
únicamente dos puertas, pero no le habían visto salir por ninguna. Hubo unos
momentos de desconcierto; porque Montorio, exclamando: «El que se sienta con
fuerzas que me siga», abandonó el palacio a toda prisa. La compañía, en parte con esa
perplejidad que se deja llevar por la primera voz que oye, y en parte porque hacer
algo representaba un alivio, salió también asistida por los criados, a los que parecía
producirles un pavor ominoso quedarse detrás. Y de cuantos presenciaron esta
extrañísima escena, solo Cyprian se quedó en el aposento desierto.
Una vez todos en la calle, se dieron cuenta de la necesidad de tomar diferentes
direcciones. Entre ellos había un noble que había sido muy amigo del padre y del tío
de Ippolito, pero al que los años no habían enseñado a abstenerse de las diversiones
juveniles. La aparición del desconocido le había causado una honda impresión y
estaba muy nervioso: todo el tiempo había estado pendiente de su figura, de su voz,
de sus palabras; y ante la proposición de dividirse en distintas direcciones, escogió la
que ofrecía menos probabilidades de dar con él, y no consintió que nadie lo
acompañase. Pero con el tumulto de la embriaguez y del terror, nadie dio importancia
a este empeño, y dejaron que el noble caballero fuese solo.
Otros dos, que habían seguido la suya sin éxito y regresaban al punto de
encuentro, oyeron voces sofocadas y ruidos como de lucha detrás del campanario de
una iglesia que sobresalía. Se detuvieron, en esa pausa en la que los sentidos intentan
confirmar lo que perciben, y entonces oyeron claramente una exclamación terrible
que más tarde todavía resonaba en sus oídos:
—¡Dejadme, no sabéis quién soy!
—¡Pues por estos muros sagrados —dijo el noble que había preferido ir solo—
que lo sabré antes de soltaros! No os atreváis a enfrentaros a mí, sino dadme vuestro
nombre. Vuestra vida está a mi merced, si verdaderamente sois de este mundo.
Hubo un silencio, y a continuación un grito espantoso que brotó de los labios del
último que había hablado. Acudieron corriendo los dos que habían oído el lance, y
hallaron al noble solo, tendido en el pavimento, desmayado. No oyeron pasos ni

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vieron siquiera la sombra del que había estado con él. De todos modos, tenían que
auxiliar a su compañero en primer lugar, ya que al parecer estaba malherido.
Los que se habían dispersado en otras direcciones regresaron al oír los gritos, y
ayudaron a transportar al duque di—— al palacio. Todos esperaban, cuando se
recobrase, conocer de él, y de los que habían estado en el atrio, detalles sobre el
individuo que acababan de perseguir. Pero esta recuperación se presentaba larga y
difícil. Llegó la ayuda médica, y al herido le fue volviendo poco a poco la conciencia
y el habla. Aunque solo para aumentar el suspenso de los oyentes; porque de cuando
en cuando murmuraba: «Lo he visto; es él…» Pero la debilidad le impidió responder
a ninguna pregunta. Otra cosa atrajo entonces la frustrada atención e interés de los
presentes: descubrieron, por las ansiosas preguntas de Cyprian, que Ippolito no había
regresado con los demás, y no sabían qué dirección había tomado.
El duque fue llevado ahora, todavía parcialmente insensible, a su carruaje, y la
alegre compañía se disolvió atemorizada, impresionada e insatisfecha. Por la mañana
volvieron a asediar con renovadas preguntas al herido postrado en el lecho.
Continuaba casi inconsciente. Ninguna revelación le sacaron los amigos, ninguna
queja le sacó su médico, y ninguna confesión su director espiritual. Pasó unos días en
ese estado de delirio, y finalmente expiró pronunciando las mismas palabras.
Ippolito, a la mañana siguiente del festín, regresó nervioso, como siempre, pero
asombrosamente activo. Dedicó el día a visitar a sus camaradas, para rogarles
vehementemente que no dijesen nada sobre lo ocurrido la noche anterior. No les costó
complacerle, porque era poco lo que habrían podido contar, aparte de su propio
miedo e incertidumbre. E Ippolito volvió a sus vigilias sin interrupciones ni
injerencias. Pocos días después llegó un billete de Annibal, cuya primera parte hacía
referencia a cierta carta que había recibido de Ippolito.

Carta de Annibal

Entonces estás como yo: en tu carta describes a un ser como el que me


tiene dominado a mí. ¿Qué podemos pensar? ¿Quién es ese que nos guía, y
adónde? Me da miedo avanzar, y me da miedo detenerme; y tampoco sé si las
acciones correspondientes disiparán o suscitarán dudas, confirmarán mi
sospecha de impostura o que se trata de un poder que llega a todas partes y se
vale de las personas y situaciones más remotas para cumplir sus fines. Una y
otra alternativa me reafirman en mi intención de continuar las pesquisas, que
deberán conducirme finalmente al descubrimiento del engaño o la verdad.
Cómo exaltamos nuestros motivos. Si se analizaran los míos, quizá se vería
que la principal razón de mi heroísmo quimérico es la mera curiosidad; sin
embargo, he presenciado cosas que hacen que esta curiosidad sea casi un

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deber. Filippo, que se ha vuelto muy adicto a mí desde la muerte de su tío, me
asiste a menudo con una cara de lo más significativa, como invitándome a
preguntarle. Pero sería dejarme tomar el pelo por la vulgar superstición. No
tiene nada que contar que yo quiera saber. Es evidente que Michelo no le
reveló lo que a mí me ocultaba.

***

Las 11 de la noche
En el castillo hay un enorme revuelo: por lo visto ha llegado un mensajero
de Nápoles con una noticia extraordinaria, y se ha ido; nadie sabe qué es, ni
quién la envía. Pero han empezado a hacer preparativos a toda prisa, en
silencio. ¿Qué puede significar?
Acaba de estar aquí Filippo. «¿Sabéis las nuevas que han llegado de
Nápoles, signor?» «¿Qué es lo que sabes? Porque parece que has venido a
contármelo». «¿Yo, signor? Nada, signor; os aseguro que no sé nada de cierto.
Yo solamente acabo de oír que se espera una gran visita de Nápoles; que se
están haciendo grandes preparativos para recibirla, y que su llegada ha
sorprendido muchísimo a mi señor, vuestro padre. Y nadie recela cuál puede
ser el motivo de esa visita», añadió, mirándome astutamente con sus ojos
oscuros. «¿Y tú sabes quién es esa visita, Filippo?» «Ahí, signor, no osaría
aventurar ninguna opinión; aunque dicen —bajando la voz, a pesar de que
estábamos solos—, aunque dicen que se trata del duque di Pallerini, privado
de Su Majestad. No es su ministro oficial, sino más bien un agente de
confianza, por así decir, al que siempre se le encomiendan servicios
importantes y secretos; ya me entendéis, signor».
La gravedad con que le escuchaba le hizo callar. ¿Debo creer a este
hombre, o no? Percibo en él una sagaz diligencia que me gusta. ¿Tendrá esta
visita alguna relación con el objeto de mis indagaciones? Lleno de perplejidad
y de temor como estoy, me agarro a cualquier cosa en busca de alivio; y todo
me decepciona y me defrauda…

Mediodía
Efectivamente, acaba de llegar el duque. ¿Has oído algo, ahí en Nápoles,
sobre el objeto de su visita? Si se trata de un asunto importante y reservado,
reconozco, con solo haberlo visto un momento, que es el hombre perfecto
para eso. Al principio solo observas en él una suavidad de cortesano; pero si
te fijas, descubres que es únicamente un velo que oculta otras cualidades. Su
conversación se limita a cosas calculadamente indiferentes, de las que el
encanto de sus modales hace olvidar su intrascendencia. Sus mismas palabras

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parecen pesadas en la balanza del decoro diplomático, aunque notas que sus
movimientos más triviales obedecen a un propósito. Me hace el efecto de un
asesino cerebral que acecha agazapado detrás de lo que dice, dispuesto a saltar
sobre su presa. Pero a menudo sacamos conclusiones no de lo que vemos,
sino de lo que estamos decididos a ver. Su presencia ha infundido algo así
como vida a esta lúgubre casa. Nuestro padre, nuestra madre, parecen
alegrarse de la visita. El resto de la familia, yo incluido, la acogemos como un
paréntesis en esta monotonía gris.

***

Filippo acaba de estar aquí otra vez; traía pintado en la cara un secreto que
no podía contener mucho tiempo. «¿Recuerda el signor —ha dicho— que hay
aposentos en el castillo que al parecer no ha pisado nadie desde hace muchos
años, de los que tenía las llaves mi tío?» «He oído hablar de ellos, sí». «Pues
yo he oído decir, signor, que desde la muerte de mi señor, vuestro tío, ni se
han visitado, ni se han abierto, ni se ha acercado nadie por allí». «Eso —dije
casi instintivamente— sé que no es verdad». «Yo también», replicó Filippo
vivamente. «¿Tú?», dije con asombro. «Y si mi signor se digna escucharme
—añadió—, oirá algo más extraño aún. Nuestros aposentos, signor, están
situados cerca de esa torre; el mío está justo debajo de un corredor que dicen
que comunica, por una escalera, con esos aposentos; y a menudo, cuando
estoy acostado escuchando el viento que gime al colarse por dicho corredor,
me parece oír otros ruidos mezclados con él. Desde no hace mucho, esos
ruidos han aumentado, y a veces me parece oír pasos; pasos que entran en mi
cuarto y se pasean alrededor de mi cama; tan claros y distintos son. Pero el
peligro que corrí al comentar la aventura de la antigua capilla me ha enseñado
a callar y aguantarme el miedo.
»Sin embargo anoche, signor, vuestro padre nos dio orden de agasajar a
los criados del duque, y convidarlos con abundante vino; así que no
escatimamos siquiera el lacrimæ Christi. Son unos bribones redomados, y
muy astutos. Cuanto más vino trasegaban, más callados se volvían. Al final
fingieron amodorrarse; algunos se durmieron de verdad; y entonces
descubrimos que llevaban enormes estiletes debajo de la capa. ¡Es muy raro
que un noble vaya a visitar a otro con criados armados!» «¿Eso es todo lo que
querías contarme, Filippo?» «Excusadme, signor. Como iba diciendo, nos
separamos tarde; y nada más meterme en la cama oí como si abriesen la
puerta del corredor; presté atención; era un ruido que no había oído nunca;
porque aunque en ese corredor suenan pisadas a veces, parece que procedían
del muro. Jamás había oído ninguna cerradura ni puerta, hasta anoche. La
abrieron como con cautela, y luego sonaron muchos pasos encima de mí. Me

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incorporé, y miré al techo instintivamente. Es un techo viejo, en mal estado,
con grietas; y por ellas pude ver que pasaba una luz, que se perdió después de
dejar atrás la distancia de mi cuarto. No sé, signor, si fue que el vino me dio
valor; pero me levanté, salí sigilosamente, y me dirigí a donde unos pocos
escalones conducían a una puerta de ese corredor; los subí: la puerta estaba
abierta; y al mirar desde allí, vi claramente varias figuras; entre ellas, una que,
por los hábitos, sin duda era un monje. Seguí escondido hasta que se fueron.
Entonces oí que abrían otras puertas. Y durante el resto de la noche estuve
oyendo ruidos que me llegaban de esa dirección; ruidos que habría
confundido con el viento si no hubiera visto lo que vi. Pero ahora, signor,
viene lo más extraño de todo: pensando en lo ocurrido por la noche, esta
mañana, cuando no había criados a la vista, me he atrevido a ir a ver esa
puerta. Todavía estaba abierta. Dos veces he estado allí, y sigue abierta. Mejor
dicho, signor: cerrada, pero sin pasar el cerrojo. Así que, si mi signor siente la
curiosidad puede visitar esos aposentos…» Yo estaba sorprendido de lo que
contaba. «Has dicho —dije, ocultando que ya lo sabía—, has dicho que tu tío
tenía las llaves de esos aposentos; ¿quién las guarda ahora?» «Eso, signor, no
lo sabe nadie. Más aún, nadie llegó nunca a saber de cierto que las tuviera el
viejo Michelo. Él no lo dijo nunca. Los criados solamente lo sospechaban, y
le preguntaban por ellas para hacerlo rabiar».
Medité unos momentos. Eran muchos los detalles, incidentes y personas
que intervenían inconsciente pero ordenadamente en el mismo asunto; todos
dispares en cuanto a los medios, pero todos coincidentes en el fin; todos
procediendo de una manera involuntaria pero uniforme que sugería la idea de
un designio superior. Su progreso no lo detenía ningún estorbo, ni lo
disuadida ningún temor, ni al parecer acababa con la muerte de su motor
principal. Todas estas cosas me traían la convicción de que caminaba
fatalmente en la dirección que señalaban sin poderme resistir, y de que aunque
lo hiciera, mis esfuerzos serían vanos. Así que capitulé en silencio. Con
temor; no con abatimiento. Me resignaba, pero sin desanimarme. «Sí —dije,
con una gravedad que pareció sorprender a mi criado—. Sí; vamos a visitar
esos aposentos. Esta noche, los criados, cansados del trabajo y embotados
seguramente por el vino, dormirán como troncos. En cuanto el duque se retire
a dormir, vienes aquí, y haremos esa visita». Filippo asintió con tal animación
que centellearon sus ojos oscuros.
Ippolito: otra vez me dirijo a esa torre. Mil veces decepcionado por la falta
de resultados claros y las increíbles dificultades, voy esta noche convencido
de que no será una visita infructuosa.
Adiós.

***

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Fue y, asombrosa e inexplicablemente, los habitantes del castillo no
volvieron a verlo nunca más.

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CAPÍTULO XIV
Que ambos mundos se disloquen
antes que comer con temor, y dormir
atormentados por esos sueños terribles
que de noche nos estremecen.
Macbeth

El motivo de la visita a la que se refiere la carta de Annibal queda explicado en la


que sigue, que precedió en un día a la llegada de quien la escribía, e iba dirigida

Al Conde di Montorio

Su Majestad, el Rey de Nápoles, siempre atento a los intereses de sus


súbditos, y especialmente celoso del honor de las esferas superiores, ha
recibido cierta información que le mueve a ordenar la investigación de
determinados sucesos que, según parece, han acaecido en la ilustre casa de
Montorio. Convencido de que sus miembros expondrán sobradas razones que
los exculpen por entero de la responsabilidad que se les imputa, y de que no
verán con resentimiento, sino con gratitud, la oportunidad que Su Majestad
soberana les brinda para tal propósito.
El duque de Pallerini, a quien Su Majestad se ha dignado encomendar tan
delicado e importante asunto, suplica licencia para llamar la atención del
conde de Montorio sobre este nuevo ejemplo de la real benevolencia, y
hacerle saber que la encuesta será reservada, sin las formalidades de un
tribunal, ni la concurrencia de testigos y documentos públicos. El duque de
Pallerini anuncia, pues, el placer de una visita al castillo del conde, de donde
está seguro de volver con pruebas más que suficientes del absurdo de las
imputaciones que se le ha encomendado esclarecer.

Esta carta, verdadera elaboración de un político italiano, que en el primer párrafo


disfrazaba lo odioso de su oficio haciendo al rey su impulsor, ocultaba el carácter
débil y espurio de la misión fingiendo desaprobar la publicidad ofensiva que suponía
la constitución de un tribunal, e impedía la posibilidad de una preparación al ocultar
el objeto, al tiempo que desarmaba la ansiedad que este suscitaba afectando tratarlo
con ligereza. Fue llevada por un correo que la entregó en mano al conde. Este estuvo
una hora meditando después de leerla, y a continuación mandó llamar a la condesa.
Entró la condesa, salieron los sirvientes, y el conde cerró con llave la puerta de la
antecámara. Al regresar señaló la carta que estaba sobre la mesa. Y cubriéndose la
cara, se dejó caer en su silla.

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La condesa la leyó sin decir palabra, ni se le alterase el semblante; luego, con un
gesto que la cautela había hecho habitual, la rompió y la arrojó al fuego. El conde
alzó los ojos lentamente y se quedó mirándola. Era una mirada firme que podía
sostenerse sin rechazo; la de ella, en cambio, escrutaba y se clavaba más cargada de
oscuro significado del que dejaba traslucir.
—Se avecina una tormenta —murmuró el conde.
—Pues que estalle —replicó la condesa—. ¿Qué tenemos que temer, o precaver?
—¿Qué tenemos que temer? —repitió el conde—. ¿Lo decís con desesperación o
con desafío? ¿Qué tenemos que temer? Los que se ven forzados a fiar en agentes
humanos, o a utilizarlos, siempre tienen motivo para temer. La impotencia del poder
humano nos confunde y exaspera. El brazo es incapaz de ejecutar siquiera su propia
función. El espíritu debe descender de esas ideas intrépidas y osadas que lo expanden
casi con una sensación de omnipotencia, al prosaísmo de los medios y los agentes;
debe recurrir a desdichados a los que teme y odia; a desdichados que andan siempre
sopesando el precio de la sangre con una mano, y el de la traición con la otra. Confiad
el secreto de vuestra culpa a un ser humano, solo a uno; susurradlo a un solo oído, por
remoto, por seguro, por inatacable que os parezca, y… temblaréis como tiemblo yo
ahora.
—¿Y por qué tembláis? ¿No nos hemos asegurado con juramentos y sobornos y
miedos y peligros recíprocos el silencio de cuantos conocen nuestra acción o
participaron en ella? ¿No hemos cerrado todas las bocas y atado todas las manos?
Más aún, ¿no tenemos de algunos absoluta, terrible, definitiva garantía de su silencio
y su discreción?
—¡Chist, chist, chist! —dijo el conde agitando una mano con impaciencia,
mientras con la otra seguía tapándose la cara—. ¡Siempre… siempre las palabras!…
Sean las voces que sean, las oigo mezcladas con lo que ellos dicen; sean cuales sean
los objetos que miro, las encuentro escritas en ellos; y vos misma me hostigáis con
ellas. ¿No podéis hablar sin referiros a ese asunto? O si lo tocáis, ¿por qué tenéis que
hacerlo tan declaradamente? ¿No podéis hablar como quien lo ignora; o si lo sabe,
como el que desconoce los detalles? No necesito ningún recordatorio… ninguno.
—¿Qué significa ese apocamiento inconsecuente, que no se espanta de la acción,
pero sí de nombrarla? Cuando aún era tiempo de evitar el daño, podíais habéroslo
permitido; ahora que ya no podéis, debéis cambiarlo por esas perspectivas de
provecho que os movieron a cometerla. Invirtiendo absurdamente el orden del deseo
y el remordimiento, perdemos la paz de la inocencia y el goce de la culpa. Si el
remordimiento puede evitar la culpa, que la preceda; pero si la culpa promete el goce,
hagamos que el goce vaya después. ¡No, Montorio, nosotros no podemos permitirnos
esa inconsecuencia! Extrañas acciones nos han familiarizado con un lenguaje extraño.
Debemos deliberar en los fríos y duros términos de la necesidad.
—Entonces, si debemos… si debemos hablar como asesinos nocturnos en su
cueva sanguinaria, si ha de ser así, sentaos junto a mí, cerca, y callada; y estudiemos

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de qué lado nos viene el peligro, y cómo averiguar adónde apunta, y con qué fuerza.
—Solo hay un lado del que puede venirnos peligro. La mujer no hablará; no
hablará porque tiene parte en la culpa; pero Ascanio, ¡ah, Ascanio!; con ese trabajo
inacabado, del que no tenemos noticia ni confirmación, me llena de extrañas
aprensiones, y tiñe mis pensamientos y mis sueños desde que abandonamos Apulia.
—Ojalá fuera eso lo único que me atormentara a mí —murmuró el conde para sus
adentros.
—Esa historia tenebrosa, nunca contada del todo, esas patrañas de los lugareños
apulianos, he pensado a menudo que podrían ser un rastro de Ascanio, en tal caso, el
monje de la montaña… la confesión, las cartas de velada amenaza que recibisteis del
prior del monasterio…
—Que ahora es prior de san Nicolo, de Nápoles —interrumpió el conde.
—¿Es verdad eso, Montorio?
—Desde luego; pero ¿por qué tembláis?
—De ese convento mandaron un confesor al viejo Michelo para que le asistiera
en su agonía.
—¡Cierto, cierto! —dijo el conde, dándose una palmada en la frente—. ¡Ah, qué
caos tengo aquí! Se me cruzan unos pensamientos con otros, entrechocan los detalles,
y nada me aparece seguro ni recto. No tengo ningún motivo de temor, salvo la
conciencia de la culpa. Esos incidentes han podido acontecer en el curso normal de
las cosas: que se le hubiese ido la cabeza a ese hombre en sus últimos momentos, que
le asistiera un monje en su lecho de muerte, que el prior de un convento haya sido
trasladado… sin que nada de eso suponga amenaza ni peligro para mí. Pero hay una
coherencia, un encadenamiento de circunstancias, una especie de orden y
articulación; como si una mano sigilosa, lenta, invisible estuviera dedicada a
desenredar y poner al descubierto el tren entero. ¿O es maldición de la culpa creer
que todas las causas y agentes comunes de la naturaleza son elementos de delación,
ver la tempestad en un radiante mediodía? Lo es, lo es. El gusano que hay dentro de
mí nunca muere, y convierte cada pensamiento y objeto en su morboso alimento.
—Montorio, ¿he venido aquí para oír vuestras lamentaciones? Si hay peligro, el
tiempo apremia y debemos prepararnos. ¡Chist, atención! ¿Qué ruido es ese? ¿Habéis
cerrado la puerta de la antecámara?
—Sí. Chist: otra vez. Estamos perdidos; alguien ha estado escuchando.
—¿Os dais por perdido? ¿Acaso no tenéis una daga? Posiblemente solo es uno, y
no os será difícil despacharlo.
Se habían levantado; corrieron a la puerta.
—¡Cómo! ¿Más sangre? —dijo Montorio, medio retrocediendo—. ¿Debe correr
más sangre?
La condesa replicó con una mirada y el gesto de ir a quitarle la daga. Pero el ruido
lo había producido el descorrer de cerrojos de otra puerta: la que comunicaba con el
aposento del confesor, el cual, abriéndola, entró repentinamente. Montorio regresó

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tambaleante a su silla, en tanto su esposa, con gesto involuntario de temor, alzó la luz
para alumbrar el rostro del visitante y cerciorarse de que era efectivamente él.
El monje habló en tono apresurado, pero sin la ansiedad del que ha descubierto
algo:
—Os conozco bien; conozco el secreto de vuestra tribulación; conozco vuestro
propósito.
—¿A quién, y qué conocéis, y a qué viene esta intromisión? —dijo la condesa,
interponiéndose con hábil ligereza entre el conde y el confesor para ocultar el rostro
súbitamente pálido del primero, al que lanzó una mirada de furia contenida y le
murmuró entre dientes—: ¡Qué vergüenza, qué vergüenza!
—Es inútil —dijo el conde con una expresión de angustia y horror—; es inútil. Lo
sabe todo.
—Lo sé todo —repitió el monje.
—Repite vuestras palabras. ¿Sois su apuntador? O, si lo sabe todo, ¿no tenéis a
mano el remedio? —le señaló la daga; luego, volviéndose osadamente hacia el monje
para ocultar los movimientos del conde, le preguntó otra vez qué sabía y por qué
estaba allí.
El monje soltó una carcajada. A Montorio y a la condesa se les heló la sangre;
casi desearon que les hubiese revelado su descubrimiento.
—Señora —dijo—, no me presionéis. Conozco la acción, el momento, el lugar y
el significado. Y puedo repetir la señal del secreto. He leído su marca en la frente.
¿Os acordáis de Ascanio, vuestro miserable agente? ¿Os acordáis del monje de la
montaña… de la confesión… de las cartas del prior… de cómo temblabais ante sus
veladas insinuaciones?
—¿Quién, quién es este? —dijo la condesa aterrada.
—¿Debo continuar, o he sacudido ya vuestra alma? ¿Os acordáis de Orazio y
Erminia, traicionados, acorralados, asesinados?
—¡Callad, callad! ¡Oh!, ¿quién sois?
—¿Os acordáis —dijo el monje con una voz que les paralizó—, os acordáis de
aquella noche, de aquella noche terrible en que estallaban los truenos, y la tierra se
abrió para infundiros temor en vano? ¿Os acordáis de la torre norte, de la escalera
angosta, de la lobreguez de aquel atardecer? ¿Cómo se debatía vuestra víctima?
¿Cómo os maldijo al morir? ¿Su grito de agonía? Seis estocadas le disteis con la
daga… Yo las siento todas. Con la séptima, la sangre saltó hasta la empuñadura.
Oísteis sus estertores… visteis cómo se retorcía… Observasteis sus convulsiones…
¡Ja, ja, ja! Vamos, tranquilizad a vuestro esposo: está blanco y parece que se va a
desmayar.
Soltó el brazo de la condesa, que le sujetaba con fuerza. Se apartó ella
tambaleante, y se derrumbó sin sentido. El conde estaba petrificado, con la daga
medio sacada.
—Atended a la dama —exclamó el monje—. No he venido a infundiros terror,

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sino a salvaros. Estáis en peligro; sé de dónde viene, sé su naturaleza… incluso su
intensidad. Pero no temáis; no podrán hacer nada sin mí; estáis a salvo de todo poder
humano, y de toda humana venganza. Soy vuestro escudo oscuro e invisible.
Mostraos osado, decidido ante ellos. Montorio, hombre triste y asustado: mostraos
osado y decidido.
Desapareció por la puerta secreta. El conde levantó a su esposa. La condesa se
recobró. Murmuró:
—¿Estamos…?
—Solos —dijo el conde.
—¿No habéis pedido ayuda? ¿Nadie nos ha visto?
—¡Nadie!
—Bien, bien —jadeó la condesa— ¡Antes morir que ser descubiertos!
Se levantó, apoyándose sin fuerzas en Montorio, y con la energía de su espíritu
luchando contra su debilidad corporal. Apenas podía tenerse en pie. Pero su mirada y
su voz eran firmes.
—¿Qué voz terrible es la que me ha hablado?
—No era una voz terrible. Ha dicho que tengamos valor y ánimo. Sí. Y desde que
ha hablado, siento dentro de mí un valor y unas fuerzas singulares.
—¿Estáis loco, Montorio? Sabe nuestro secreto… Id tras él; va desarmado, y aún
debe de andar por el corredor.
—¡Mujer! ¡Mujer! —exclamó Montorio frunciendo el ceño—; débil y osada a la
vez. Hace un momento os habéis desmayado al oír nombrar la sangre; y ahora me
instáis a derramarla. No lo perseguiré. Aunque estuviese aquí, mi espada no lo
tocaría. Zenobia: ese hombre es el mismísimo agente de nuestro destino. Desde el
instante en que vi sus ojos negros y oí su voz profunda, sentí que mi espíritu y mi
genio se sometían a él. En nuestra primera entrevista comprendí que poseía el secreto
que me agobia el alma; y que lo poseía no con la vulgar satisfacción de un espíritu
entrometido, sino con la profunda conciencia y compasión que no piensa en el
crimen, sino en el criminal. Ha rezado con fervorosa agonía conmigo y por mí,
noches enteras, hasta asomar en su frente pálida gotas gruesas como las de la muerte.
Pero nunca, hasta ahora, había insinuado hasta dónde llega lo que sabe. Cuando hablo
con él, parece perfectamente enterado de cosas ocurridas hace mucho, por muy
secretas y muy insignificantes que sean; donde yo he estado, parece haber estado él
también, haber visto lo que yo he visto, y saber lo que yo sé. Su presencia y su voz
obran sobre mí como un hechizo; mi espíritu, cansado de sufrir, se hunde en esa
languidez que precede al desenlace, o se inclina ante su árbitro con consciente
sumisión y me dice que descanse en él. Incluso ahora, al irse, me ordena que sea
fuerte y decidido. No temeré: descansaré en él.
—Montorio, tomáis el asombro de vuestro espíritu atormentado por la confianza
del que conserva el dominio sobre sí. Este es el monje de la montaña que vuestra
superstición quisiera transformar en ministro de vuestro destino; posee el secreto de

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la confesión; y quizá solo aguarda la llegada de Pallerini, mañana, para revelársela.
¿Y consentís, consentís ver a la serpiente deslizándose dentro de vuestros muros, y
afilando el aguijón que os va a clavar, sin hacer nada por aplastarla?
—Ahora es imposible alcanzarlo —dijo Montorio.
—¿Imposible?
—Sí. Cuando vino a vivir aquí, me dijo que no se le llamase nunca de noche;
porque, dijo, en esas horas debe cumplir una tarea que no admite aplazamiento ni
suspensión.
—Una excusa para tener ocasión de espiar.
—No; a menudo, en mis ejercicios nocturnos, lo he mandado llamar; pero nunca
lo han encontrado. Las puertas del castillo se cierran al anochecer; pero él las cruza
sin obstáculo ni ruido; conoce sus accesos secretos mejor que nosotros. Lo he visto
salir de los muros donde no hay ninguna puerta; lo he visto en los corredores de… de
la torre. Pero no hay medio de encontrarlo por las noches.
—Vuestra explicación casi me tienta a compartir vuestra confianza en él. Porque
si no, lo único que nos queda es la fortaleza involuntaria de la desdicha, que convierte
sus instrumentos de sufrimiento en instrumentos de consuelo. Al menos, me contento
con esperar a mañana; porque, ¿qué podemos hacer ni saber hasta entonces?
—¿Decís algo, Zenobia?
—No; estaba envainando la daga que habéis dejado caer.
—Me ha parecido oíros murmurar la palabra «mañana»; pero suelo equivocarme
muchas veces. Buenas noches, Zenobia. Decid a los criados que entren, y mandad
hacer los preparativos para que todo resulte lo más alegre mañana.
La condesa se levantó para irse; pero al pasar por delante del conde, este le agarró
un brazo; alzó los ojos. Temblaron los párpados de los dos. El conde tenía los dientes
apretados; irguió el cuerpo en un tenso movimiento. La retenía con fuerza; aunque sin
decir nada.
—¿Qué es esto, Montorio? Hablad; ¿qué veis, Montorio, qué sentís? Decid
algo… ¿debo pedir ayuda?
—No os mováis; no habléis —siseó él a través de los dientes cerrados.
—¿Qué, a qué viene esto?
—Allí… allí… allí —suspiró despacio, mientras la tensión que le dominaba
empezaba a relajarse; volvieron a moverse sus ojos, y sus músculos recobraron el
tono y el sentido.
Se recostó en la silla, con el brazo de ella todavía sujeto, y casi arrastrándola con
él.
—Escuchad; no debéis dejarme esta noche.
—¿Que no os deje?
—No; me ha venido el anuncio. Conozco ese lenguaje mortal que me dice lo que
va a ocurrir esta noche.
—¿Lo que va a ocurrir esta noche?

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—Sí. Siempre, cuando me viene, la vista se me vuelve borrosa, me silban los
oídos, la piel se me eriza, y me tiembla la carne. Entonces sé que me levantaré, que
pasearé dormido. Por eso debéis quedaros a mi lado, Zenobia. Por la manera de
mirarme los que velan junto a mí, sé que hablo en esas visitas nocturnas. Debéis
quedaros a mi lado, Zenobia. Nadie más que una asesina debe oír los delirios del
asesino.
—Sí, velaré con vos. Esa es la recompensa de nuestra osadía. Pero ¿cómo sabéis
que os llegará eso esta noche?
—Siempre que la mención de ese asunto me trastorna el espíritu, sé que me
visitará. Tengo también una breve convulsión que la precede. Me habéis visto
excitado a causa de ese acceso; pero ahora… Preparaos para la noche, mi buena
esposa. ¡Para qué noche debo de prepararme yo!

***

—¿Qué hora es? —dijo el conde alzando los ojos pesados hacia su esposa.
—Son casi las doce.
—Entonces falta muy poco; siento que me llega ya el primer aviso, una pesadez
más grande que el sueño; aunque no es como el embotamiento del sueño.
—¿No hay medio de impedirlo o atenuarlo, no podéis orientar los pensamientos
en otra dirección?
—¿Podéis vos? —replicó Montorio, fijando la mirada en ella.
—¿No es posible, al menos, rechazar el sueño, y rechazar así ese terrible
compañero?
—No, no —murmuró él con la premiosidad de un sopor no deseado—; he
intentado mil veces mil procedimientos, pero jamás he podido resistir el plomo de ese
sopor antinatural. ¡Ah, os burlaríais, Zenobia, si os contara a qué cosas infantiles y
absurdas he recurrido para evitar esas visitas nocturnas! He dedicado el día al
cansancio y la noche a la disipación; pero cada vez que llegaba, aunque el sueño que
me vencía era profundo como la muerte, me levantaba casi en el instante en que mi
cabeza tocaba la almohada. Me he puesto a velar junto a la ventana contemplando la
luna y las nubes, sus cambios y sus formas. He concentrado mis pensamientos en un
único punto y objeto, y cuando se me escapaba de la conciencia, he tratado de
retenerlo. He contado las chispas de las ascuas y las figuras de los tapices, para
obligar la atención y mantenerme así despierto. Pero cada vez que llega la
medianoche, el sueño se apodera de mí con toda la horrible conciencia de que no es el
sueño normal, de que no me trae el descanso, sino un infierno hirviente que me estaba
aguardando. He mandado a mis criados que me lean, variando el tono y el asunto, con
la orden, si veían que me adormilaba, de sacudirme hasta despabilarme. Pero todo es
inútil; en cuanto he vuelto a la conciencia, los he sorprendido a todos dormidos con el
libro entre las manos; y al reprenderles su negligencia han caído de rodillas,

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declarando que no habían podido despertarme, ni evitar caer ellos bajo la misma
influencia.
—Válgame Dios; ¿y desde el instante en que se os cierran los ojos?
—Los ojos no se me cierran nunca; esas noches —dijo Montorio, con el
semblante dolorosamente pálido— los tengo abiertos todo el tiempo que duran los
vagabundeos.
—Va a ser para mí una visión espantosa veros así.
—Sí, pero tenemos que sobrellevarlo; tenemos que aprender a conciliarnos con
nuestro destino, y con toda su terrible circunstancia y ocasión. Pero escuchad: por
horrible que sea la visión, no cerréis los ojos; no los cerréis un solo instante. Si lo
hacéis, el sueño os vencerá; y los bribones que tengo ahí fuera podrán oírme, o entrar
furtivamente. No; aunque agotada y asustada, la esposa del homicida no debe dormir.
—No temáis; ni me dormiré ni me asustaré.
—Por desesperados que sean mis forcejeos, mis tormentos, mis convulsiones;
aunque veáis que se me erizan los cabellos, que mana sangre de mi nariz, que me
empapa el sudor de una espantosa agonía, no me despertéis, Zenobia. Dejad que la
visión vaya perdiendo fuerza; porque si despertase en medio de ese paroxismo
perdería la razón de manera irrecuperable. ¡Ah, Zenobia, veo, con esta luz, que
vuestros ojos empiezan a vagar, y vuestra voz suena apagada; despertad, despertad!
No os durmáis, Zenobia. Decidme la hora, y cuánto tiempo llevamos deliberando.
—Tenéis el reloj junto a vos.
—Sí, pero quiero que os mováis, y oír que me responde vuestra voz; decidme la
hora, mi buena esposa.
—Son las doce y cuarto.
—¡Un cuarto de hora, un cuarto de hora nada más! Yo creía que habría pasado lo
menos una hora. Cuando, mediante un gran esfuerzo, he podido resistir su influjo una
hora, ¡con qué placer he oído dar la una, y he pensado que se había acercado todo eso
la mañana, que se había alejado todo eso la terrible noche! Pero incluso esa mísera
tregua se me niega esta noche. Siento que un sueño mortal me llega deprisa;
habladme, habladme, Zenobia; dejad que sienta vuestra mano, que note que os
movéis. No, no; todo se paraliza, se entumece, se adormila.
—Procurad levantaros, y pasear arriba y abajo por vuestro aposento; yo os
sostendré.
—Es inútil, es inútil —murmuró el conde—; me dormiría sobre el movimiento de
una ola.
—Al menos, retiraos a la cama antes que se apodere de vos; quizá podáis
descansar un poco.
—No, no; seguiré sentado en esta silla. Aunque dormido, siento el horrible
esfuerzo de levantarme de la cama.
La última frase le salió casi inarticulada: se estremeció; gimió; cayó hacia atrás;
se le cerraron los ojos un instante, pero los volvió a abrir, y se quedó mirando.

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Inmóvil, muerto, las manos le temblaban débilmente; y su respiración, pesada, sonaba
como un estertor. La condesa, asustada, agarró instintivamente el crucifijo que
llevaba colgado sobre el pecho; pero lo soltó en seguida. Una expresión terrible cruzó
por su semblante;
—¿Qué tengo yo que ver contigo? —medio murmuró, medio pensó; a
continuación cogió un libro que había sobre la mesa y se puso a leer con la atención
concentrada y vehemente, sin permitir que su mirada se desviase de la página. Los
gemidos de Montorio la molestaban; se puso a leer en voz alta, en un intento de
sofocarlos. Pero se iban volviendo cada vez más fuertes y terribles; finalmente dejó
de entender lo que leía, y el libro se le cayó de las manos.
A los gemidos siguieron otros sonidos inarticulados; y de repente empezó a hablar
con una voz tan clara, aunque tan poco humana, que la condesa pensó que seguían
siendo gemidos.
—Zenobia, Zenobia —dijo en tono bajo y rápido—; ¿adónde os habéis ido? ¿Qué
es ese resplandor melancólico por el que os sigo? ¿Es efecto de las ascuas? ¿No?
Entonces debe de estar cerca. Descorreré las cortinas de esta cama. ¿Sois vos,
Zenobia? ¡Que un rayo me fulmine, es Erminia! ¡Dejadme, dejadme huir!; no, no, no.
Su mirada me paraliza, su contacto me hiela. ¿Debo quedarme aquí, eternamente de
pie, clavado, congelado, tocándonos, mirándonos a la cara? No puedo mover los pies
ni desviar los ojos; ni siquiera imaginarme lejos de aquí. ¡Ah, su frío sudario me
envuelve como un manto de nieve; sus brazos muertos me rodean; el frío dardo de
sus ojos me oscurece el cerebro! ¡Socorro, ayudadme, Zenobia! ¡Me hundo, me
hundo con ella! ¡Océanos de niebla y nieve! ¡Tormentas de lluvia y cellisca! ¡Ah,
frío, y frío, y frío!
Le castañeteaban los dientes de manera espantosa, y la silla trepidaba con el
temblor de sus piernas.
—¿Adónde, adónde vais ahora? —murmuró—. Ya sé, conozco vuestra morada;
¡sé de dónde sale esa luz antinatural! No me llevaréis a esa torre; está en el castillo, lo
sé; y no en esa bahía brumosa. Me esconderé en esta sima, y lo impediré. ¡Ah! Aquí
es; me muevo sin mover los pies, y sin cambiar de sitio. ¡Es cosa de brujería! Rezaré
y me santiguaré, y ningún mal tendrá poder sobre mí. Padre Schemoli, santiguadme
en el pecho izquierdo; aquí, cerca del corazón; porque dicen que lo tengo turbado e
impuro; me santiguaría yo mismo, pero mis manos están manchadas de sangre. ¡Ah!,
¿qué mano ha escrito en mi pecho: Orazio, Erminia, Verdoni, con letras de azufre
ardiendo? Pido que sea la señal de la cruz. ¡Favor, aquí! ¡Agua! ¡Lavad este acero!
¡Borradlo! ¡Rompedlo! ¡Me penetra la carne! ¡Se bebe mi sangre! ¡Ahora me rodean
todos! ¡Salvadme, salvadme! ¡Soy su ardiente alimento! ¡Ah, sus tenazas al rojo! ¡Me
abrasan! ¡Ah, arrancadme el corazón de una vez! Mirad cómo se lo reparten. Se
desparrama, y arde; ¡y las llamas suben y suben! Prenden en mis cabellos, mis ojos se
derriten; ardo azul, y verde, y rojo… ¡Soy un infierno! ¡Fuego, fuego, fuego!
Su rugido fue estruendoso y horrendo, saltó de la silla con los brazos extendidos,

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haciendo gestos como el que lucha con las llamas. Un alarido brotó de la garganta de
la condesa, pero al punto lo reprimió con convulsiva firmeza. A esta explosión siguió
un silencio mortal; y en ese intervalo la condesa oyó la respiración profunda y pesada
de los pajes dormidos en la antecámara. Comprendió que su letargo era anormal. Pero
la seguridad que eso representaba compensaba el miedo a que hubiesen sido testigos,
y escuchó con alivio.
El conde se levantó, y se dirigió a la puerta despacio pero con paso firme; allí
pareció encontrar a alguien, a quien dijo en tono bajo y tranquilizador:
—Es cierto, mi señor, es cierto; seréis satisfecho. Tenéis motivo. Aguardad a que
me traigan las llaves de la torre norte. ¡Bellacos asquerosos!, ¿por qué las traéis
manchadas de sangre y llenas de gusanos? Lleváoslas de aquí, y… ¡Ah, las puertas se
abren solas! Buen augurio, mi señor. Vos primero, os lo ruego. No; lo haría, pero
estos pisos viejos gimen bajo el peso de un hombre; y si entro yo primero podríais
pensar que gimen porque soy yo quien los pisa.
Dio una vuelta por la habitación, tocando y señalando diversos objetos; la
condesa se retiraba de los sitios a los que se acercaba.
—Mirad, mi señor, mirad: todo está a salvo. Morirán personas, y habrá que
enterrarlas… Y habrá vapores mortales; y niebla. Niebla, mi señor; pero eso son
cosas que se disipan; ¿y quién pensará en ellas, entonces? ¡Ah, golpead con furia el
muro, malvados! ¡Malvados! ¿Quién ha abierto un boquete en esa pared? ¿Quién
señala escalera abajo? No bajéis ahí, Pallerini. No hay nada; nada. Solo un esqueleto
desarticulado, unos cuantos huesos secos y revueltos, una visión lamentable de
nuestra mortal condición. Nada puede decir. ¿Quién ha oído hablar a los muertos? No
le pidáis tampoco que escriba; no tiene medios. Mirad; lo tocaré: es una visión
espantosa, pero inofensiva. Sin embargo, si fuese yo el asesino, manaría sangre por
los agujeros de la calavera. ¡Ah!, ¿qué es eso? ¿Quién ha levantado su brazo
descarnado y tableteante para darme con él en la boca? ¡Otra vez! ¡Y otra! Salgamos,
vámonos. Donde los muertos se mueven, no es lugar para nosotros. Pero ya lo habéis
visto; no ha dicho que haya sido yo —calló, hizo con el brazo un gesto lento,
autoritario—: Disponed el festín, el vino, la música; pero mirad que no haya cuchillos
como dagas en la mesa; y no consintáis que los criados pongan esa cara de
facinerosos. ¡Ea, vamos; haya alegría! —se dejó caer en su silla y abrió los brazos—.
Dadme vino. ¡Eh! ¿Quién es ese? ¡Ascanio! Vete de aquí, con tu cara hosca y de
pocos amigos. Hace tiempo que quería verte, Ascanio; pero no es este el momento ni
el lugar. Así que vete. ¿Por qué te quedas ahí, mirándome con esa sonrisa? Te repito
que no es el momento. ¡Noble Pallerini, a vuestra salud! —contrajo la boca—. ¡Ah,
qué pócima! ¿Qué es? ¡Sangre de Erminia! ¡Bellacos!, ¿por qué me servís esto? ¿Y
qué habéis puesto ante mí? ¡Una daga ensangrentada! ¿Por qué me miráis
horrorizados? ¿Por qué reís vos, Pallerini? Eh, traed una vela. ¡Luces! Son Orazio,
Erminia y Verdoni… ¡Fuera!; se acabó la fiesta: hay muertos entre nosotros. Las
luces son de azufre; la música son aullidos. Fuera, fuera; ¿quién me tiene sujeto a esta

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silla? El suelo se está hundiendo debajo de mí; más, y más, y más. ¡No puedo
respirar, ni sentir, ni ver! ¡Aaah!
Se tambaleó… gritó… y se despertó. La condesa corrió a sostenerlo.
—¡Chist, chist, Montorio; no pasa nada! Estáis vivo; habéis despertado; estáis en
mis brazos.
Montorio se estremeció; y vaciló apoyado en ella. Fijó los ojos en su esposa, pero
no la veía: su voz se mezclaba con las voces de su sueño. La condesa volvió a
hablarle suavemente, con voz susurrante, para tranquilizarlo.
—¿Estoy vivo? ¿Estoy a salvo? ¡Pero sigo siendo un asesino! Gracias a Dios, aún
no ha llegado mi hora, mi hora de fuego y de agonía.
—Chist, chist, Montorio; sed vos mismo otra vez. ¿Os acobardan los miedos que
visitan al niño dormido… las fantasías de un sueño?
—¿Y vos carecéis de temor y de aprensión? ¿Dormís toda la noche? ¿No tenéis
sueños tenebrosos, de esos que no visitan a los niños que duermen?
—Muchas veces. Pero me río de ellos, y de mí misma. A menudo me interrumpen
el descanso horrendos sobresaltos. A menudo veo, a través de las cortinas de mi
lecho, figuras que me observan fijamente, figuras sin ojos que me miran desde su
vacío. Y oigo a menudo alrededor de mi lecho ruidos apagados, dudosos, que el
sentido no sabe si proceden de él mismo o le llegan del exterior. Entonces descorro
las cortinas, o enciendo la lámpara de noche, o me burlo de los miedos que llegan
demasiado tarde para impedir nada, y son demasiado triviales para traerme
remordimientos.
—Dejad de hablar —dijo Montorio—. Los consuelos que salen de la boca del
culpable son como las plegarias del hechicero: se invierten nada más pronunciarlos.
No quiero vivir esta vida de horror sino con la esperanza de ganar una mitigación en
la otra.

***

Siguieron sentados, en silencio, casi hasta el alba. Un ruido de la puerta secreta


los sacó del ligero sopor que los dominaba. Nuevamente apareció el monje ante ellos.
Le miraron con el estupor impotente con que miramos al que posee el secreto de
nuestra ruina, pero sobre el que no tenemos ninguna influencia que nos garantice su
silencio.
—He estado muy lejos de aquí —dijo—. He aprendido muchas cosas. Quisiera
hablar con los dos.
La condesa lo miró con desagrado; pero el confesor no hizo caso. Se dispuso a
hablar; el conde le indicó una silla.
—Hablad, entonces; pero hacedlo bajo; los criados están en la antecámara —dijo
la condesa—. Y retiraos la capucha, reverendo padre, porque tengo los sentidos
embotados y cansados de luchar toda la noche, y apenas os oigo.

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—¿Por qué ese deseo? —dijo el monje—. Nadie me ha visto nunca con la
capucha retirada; ni nadie me verá, hasta…
Calló. El conde y la condesa se inclinaron hacia delante con el rostro oculto y el
oído atento. El monje atacó su discurso en voz baja, acompañándolo con gestos
vehementes, mientras Montorio y su esposa intercambiaban de cuando en cuando
mudas miradas de temor. El monólogo duró hasta que las luces de la guardia se
volvieron débiles y mortecinas en la claridad azul que se filtraba a través de las
cortinas. Entonces el confesor se enderezó de la silla, en la que se había apoyado para
hablar.
—Así pues —dijo, recogiéndose sus hábitos oscuros—, debéis prepararos
inmediatamente.
—No temáis por nosotros; nuestra actitud no revelará otra cosa que sosiego y
tranquilidad.
—Disculpad, señora; nunca he dudado de vuestra capacidad para adoptar el porte
y el lenguaje que más os convienen. Yo hablo —dijo con descuidada ironía— de otra
preparación. Hablo de un sitio difícil de ocultar, y difícil de disimular; de un sitio
hacia el que podrían orientarse las pesquisas de Pallerini, y donde esas pesquisas
podrían sacar a la luz a un testigo mudo pero terrible de nuestro secreto. ¿Conocéis
un sitio así en este castillo, mi señora?
—Se refiere a la torre norte; al nicho mortuorio que hay en la escalera secreta.
—¿Por qué, por qué lo detalláis con tan espantosa minuciosidad? Sí, lo conozco,
reverendo padre; y debemos anticiparnos a cualquier posible registro de ese lugar:
hay que retirar de ahí el cadáver.
—¿Cuándo, y cómo, y quién lo ha de hacer? —dijo el monje con voz cavernosa.
—Esta misma noche —dijo la condesa.
—Y lo vais a hacer vos —añadió Montorio.
—¿Yo?
—Sí, vos. No discutáis; yo soy un hombre con el alma acosada y maltrecha. No
podría visitar ese paraje.
Las pocas cuestiones que quedaban las acordaron en susurros. Se retiró el monje.
El conde llamó a sus criados, y no tardó el castillo en acometer los alegres y afanosos
preparativos para la llegada de la visita.

***

Un día y una noche duraron los agasajos.


—¿Puedo esperar que me recibáis esta noche a las doce en vuestro aposento,
conde?
—Allí os recibiré, duque.
Pero esa noche, cuando la familia se hallaba reunida en la sala, entró el confesor y
susurró algo al conde. Este se sobresaltó, se levantó nervioso y, delegando los

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honores en la condesa, se retiró.
—No olvidaréis nuestra cita, ¿verdad, conde? —dijo el duque, cuando Montorio
pasó junto a él, con tan fugaz solemnidad que apenas pareció sustraerse un segundo a
la alegría reinante.
—Voy a prepararla —fue la respuesta. Y Montorio y el monje se retiraron.
La condesa, que comprendía la necesidad de sus esfuerzos, los redobló; aunque
de haber sabido el motivo por el que se ausentaba el conde, casi habría preferido
cambiar su silla de anfitriona por el potro de tormento. Llegó la medianoche; y no fue
posible sostener más tiempo la alegría fingida y superficial. La condesa casi hablaba
para sus adentros; y el duque pareció perplejo y receloso cuando un criado le anunció
que el conde estaba en su aposento. Era la señal para la entrevista. La familia se
dispersó. El duque se retiró a su cámara y, cuando comprendió que el castillo
descansaba, fue en busca de Montorio.
El conde y la condesa estaban solos. El duque entró en silencio, con dos
sirvientes. Los rostros, las personas, las fórmulas del encuentro experimentaron un
cambio súbito y total. No hubo saludos, ni alegría, ni cortés jovialidad. Los
semblantes reflejaban únicamente matices diferentes de recelo o de hosca seriedad,
como correspondía al carácter de los diversos inquisidores y acusados. El duque
avanzó.
—¿Es necesario —dijo Montorio señalando a los asistentes—, es necesario que
estén presentes vuestros lacayos en este extraordinario procedimiento?
—Espero que toméis esta explicación que voy a daros —dijo el duque— como
una prueba más del respeto hacia vos que anima el procedimiento entero: estas
personas son oficiales de la justicia, disfrazados de criados, y designados para tomar
por escrito los detalles del interrogatorio que se me ha encomendado llevar a cabo;
otros se han distribuido por vuestro castillo, igualmente disfrazados, prestos a
ejecutar las órdenes que el desarrollo de este interrogatorio pueda obligarme a dar. En
estas condiciones, conde, comprenderéis que cualquier oposición sería
completamente vana; así que confío en que recomendéis la delicadeza que el
expediente sugiere.
—Proceded a vuestra comisión —replicó el conde.
—¿No desea la condesa retirarse? —dijo el duque—. Este no es lugar para la
presencia de una mujer, ni los términos y asuntos de nuestra entrevista pueden ser
gratos a sus oídos.
—El lugar donde se pone en tela de juicio el honor de mi familia es el más
apropiado para mí —replicó la condesa.
Los secretarios se sentaron en una mesa baja del fondo del aposento. El conde
quitó las luces que había cerca de él, y el susurro de los papeles fue lo único que
rompió un silencio prolongado y general.
—¿Teníais un hermano, conde?
—Lo tenía.

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—¿Estaba casado, y con hijos?
El conde asintió.
—¿Cuánto tiempo hace que sufrió su trágico y terrible fin?
—Veinte años.
—Y durante tan largo periodo, ¿no se ha hecho ninguna investigación? ¿No os ha
suscitado ningún interrogante el fin de vuestro hermano?
—Disculpad; no hizo falta ninguna investigación. Fui debidamente informado de
lo ocurrido y de las circunstancias.
—No obstante, ¿no emprendisteis ninguna acción para que se castigase al
homicida?
—El homicida se castigó a sí mismo: mi hermano se dio muerte por su propia
mano.
—¿Cómo? Eso está en contradicción con el informe y los documentos que obran
en mi poder.
—Mi hermano se quitó la vida en un acceso de desesperación al enterarse de la
muerte de su esposa.
—Así pues, la muerte de su esposa precedió a la suya. ¿Fue también un suicidio?
—No; estaba preñada. Los terrores de la última erupción, ocurrida hace veinte
años, le provocaron un parto prematuro; y murieron ella y el niño.
—Eso, como es natural, es fácil de establecer: una mujer de su rango,
evidentemente, debió de ser asistida de manera adecuada.
—El peligro se presentó de forma demasiado repentina y mortal; solo fue
atendida por la nodriza de sus hijos.
—¿Vive aún?
—No; no sobrevivió mucho tiempo a su ama.
—Una extraña fatalidad se ha abatido sobre todos los agentes de este caso; la
tormenta de aquella noche causó numerosas víctimas, conde. Pero habéis mencionado
a los hijos. ¿Cómo desaparecieron?
—Esa noche fueron llevados a casa de la hermana de la nodriza para que no
molestasen a la condesa; murieron de una enfermedad propia de la infancia.
—¡Qué oportuno, llevárselos del castillo esa noche! Sin duda su madre conoció la
paz poco después de que se fueran. Pero ¿puedo preguntar si vive la mujer que los
tenía cuando murieron?
—Sí vive —interrumpió la condesa—. En la actualidad vive en los Abruzzos; se
llama Teresa Zanetti.
—¿El aire de los Abruzzos sienta bien a los niños débiles y enfermos?
—Tenemos motivos para creer que sí —comentó la condesa—. Nuestros hijos
mayores, Ippolito y Annibal, fueron criados por esa mujer, y en la misma casa de
campo; y hoy son dos jóvenes sanos y fuertes.
—Volviendo al conde Orazio —dijo el duque—; tengo entendido que murió en
Grecia. ¿Fue allí donde se suicidó y, si es así, quién presenció el suicidio?

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—Encomendamos a un criado de confianza que le llevase la noticia: pero al oírla,
mi hermano sufrió un acceso de locura, y se arrojó de un peñasco, en el cual se
hallaba descansando al volver de una partida de pesca.
—Y de sus numerosos criados (porque un noble no emprende solo un viaje a
Grecia), ¿no hubo ninguno que impidiera esa tragedia?
—Iba solo, porque le gustaba disfrutar de la soledad. Ascanio lo encontró solo; y
un simple brazo no iba a reducir la fuerza de la locura, que a menudo puede con
varios.
—Naturalmente, sosegasteis el dolor de ese triste suceso mandando erigir un
público y espléndido monumento; ordenasteis traer los restos de vuestro hermano, y
la familia le rindió solemnes exequias.
—Ascanio, comprendiendo el dolor que me habría causado saber que el cuerpo de
mi hermano estaba tan horriblemente destrozado que era impensable enterrarlo
debidamente, mandó celebrar un funeral y simuló dar sepultura a sus restos. Más
tarde me enteré de que habían quedado tan dispersos que habría sido imposible.
—¿Nadie llegó a ver esos restos, aparte del fiel Ascanio?
—No me ocupé de indagar cuántos pescadores nativos vieron el cadáver.
—Parece, por vuestra propia confesión —dijo el duque, mientras las plumas de
los secretarios rasgueaban sin parar—, que ignoráis si vuestro hermano murió o no,
puesto que solo tenéis como confirmación la declaración de un único doméstico que
no aportó ni testigos ni pruebas de su declaración, y que podría haberos engañado en
la parte más fundamental del suceso mismo. ¿Puedo preguntar si ese Ascanio vive
aún?
—Murió hace unos años.
—¿Murió estando a vuestro servicio?
—No; se había ido. No sé al servicio de quién estaba.
—Qué extraño que se despida un criado tan útil, de tanta confianza y tan discreto.
—Si esperáis que os dé una relación de los criados que se han ido, me temo que
vuestra comisión va a dar un resultado muy poco satisfactorio.
Siguió una larga pausa; el duque habló en voz baja con sus secretarios.
—¿Afirmáis, entonces, que ignoráis los motivos de Ascanio para dejar vuestro
servicio; y lo que le haya podido ocurrir desde entonces?
—Lo afirmo.
—Conde —dijo el duque—, hay dos maneras de soslayar el resultado de una
encuesta: con medias respuestas engañosas y sutiles, o con hoscas y tajantes
negativas; esta segunda manera es, desde luego, la más segura; porque la sutileza
siempre corre peligro de ser atraída hacia una trampa y ser descubierta. Pero la
negativa es el escudo de la obstinación. Sin embargo, me temo que ni siquiera eso os
valdrá; porque no vengo desarmado a esta grave comisión. Tengo documentos, conde
Montorio; ¡documentos y pruebas de peso!
—Eso es falso —dijo una voz detrás de él. El interrogador, el acusado y los

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secretarios se volvieron estupefactos. Descubrieron al monje de pie, junto a la silla
del primero. Nadie lo había visto entrar. Tenía el rostro oculto. Y después de hablar se
quedó tan inmóvil y hierático que todos dudaron de que la voz hubiese salido de él.
—¿Quién es este que está entre nosotros? —preguntó el duque en un tono que
denotaba la resolución del temor—. Hablad, ¿de dónde salís, y por qué habéis entrado
aquí?
—Poco importa de dónde o por qué vengo —dijo el monje sin mover un músculo
—; básteos saber que conozco puntualmente vuestros poderes y vuestra comisión; no
tenéis ninguna prueba, y quien las tiene, no las entregará fácilmente a reyes ni a
ministros.
—¿En virtud de qué derecho os entrometéis en este asunto —demandó el duque
—, o con qué poderes pretendéis discutir el ejercicio de los míos?
—El poder por el que vengo —murmuró el monje— no admite resistencia ni
discusión. El poder que me ha comisionado no obra con la limitación de las acciones
terrenas; no pretende remediar la falta de pruebas dando crédito a la suposición, ni
suplir la carencia de testigos con una confesión arrancada a la fuerza. No me
consiente, como os ha consentido a vos el vuestro, renunciar a una investigación
clara, ni que se la degrade tachándola de falsedad. Y me autoriza desde este instante a
exculpar al conde Montorio, y a declarar que no existen contra él acusadores,
testigos, ni pruebas.
—Magnífico expediente, conde —dijo el duque indignado—. Vuestro confesor,
con la ayuda de una puerta secreta, desempeña su papel de manera admirable. Pero el
próximo interrogatorio se efectuará en un lugar a salvo de la intrusión de clérigos
presuntuosos —y mientras hablaba, se volvió hacia el conde; pero la cara de
inesperada estupefacción con que este miraba al extraño defensor le desengañó
inmediatamente, pese a lo predispuesto que estaba a sospechar una connivencia entre
ambos.
—¿Por qué persistís en contender con vuestra propia conciencia? —prosiguió el
monje con dogmática aspereza—. Repito que no tenéis pruebas; que no tenéis
ninguna. Están muy lejos, y enterradas donde nadie las puede alcanzar. Y son tales
que nadie las puede calcular.
—Luego admitís que existen pruebas —dijo el duque con el habitual recurso de
valerse de cualquier concesión, aunque sin esperar sacar nada positivo.
—Sí, las hay —dijo el monje—. Pero no son para la luz del día, ni para
conocimiento de los hombres; existen, pero no las nombréis, porque hay en los
horrores supremos una dignidad que no debe violar la lengua de los hombres
corrientes. Y para el débil instrumento que vos sois de una autoridad extrínseca e
inocua, existe también una prueba; una prueba suficiente de que no tenéis «nada que
hacer en este asunto», de que aún no ha llegado el momento, y de que cuando llegue,
no se os llamará para tal empresa; que es cosa solo de espíritus elevados y escogidos.
Seguidme; os mostraré esa prueba.

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El duque pareció indeciso; el conde y los escribanos estaban mudos de asombro.
—Seguidme —repitió el monje—. Debemos ir solos.
Había en este hombre una audacia, una desenvoltura, una melancólica seguridad
que estaban por encima de lo humano. Parecía moverse en una esfera aparte,
totalmente exento de sufrimiento, de debilidades, de cualquier rasgo que pudiese
conciliario con la compasión o la simpatía; y no volverse a mirar los hábitos y los
sentimientos de los hombres sino para desdeñar al débil y fulminar al culpable.
Poseía una solemnidad tremenda que hacía aterradoras sus intimaciones y las volvía
irresistibles; quienes las oían no podían sustraerse de seguirlas; y los que las seguían,
lo hacían con una mezcla casi indefinible de confianza y temor.
El duque se levantó, pero se miró la espada, como dando a entender que estaba
dispuesto a enfrentarse a cualquier peligro; la sonrisa ferozmente desdeñosa del
monje se perdió en los oscuros pliegues que le ocultaban el rostro. El duque y él se
dirigieron despacio a otro aposento. En cuanto al conde y a la condesa, es imposible
describir la emoción con que habían presenciado esta escena y ahora aguardaron su
conclusión; les impedía exteriorizarla la presencia de los secretarios que, asombrados,
y no sabiendo cómo proceder, no se habían movido de donde estaban. Ignoraban los
motivos del monje para esta intervención, y las provisiones que había adoptado para
que tuviese todo el efecto; de lo que sí estaban seguros era de que conocía su delito, y
de que parecía decidido a que nadie más lo supiese y pudiese acusarlos. Pero, con la
incertidumbre de sus conciencias culpables, a veces pensaban, por el modo de
llevarse al duque, que iba a comunicarle una revelación más cierta y terrible; y ese
temor, que se transmitían el uno al otro con miradas tan elocuentes como las palabras,
se les hacía insoportable por la misma imposibilidad de discutirlo abiertamente, o de
concertar un expediente que pudiera retardar o mitigar su peligro; una mirada, un
gesto indicativo de preocupación, habría degradado su ademán de dignidad ofendida,
que consideraban obligado mantener ante los escribanos; pero escuchaban con
sobrecogida atención el rumor de voces que llegaba de cuando en cuando de la
habitación contigua. Esta espera, que juzgaban insoportablemente larga, duró solo
unos minutos; porque el duque volvió precipitadamente del otro aposento con el
horror en el semblante; y, tras ordenar sin apenas aliento a los escribanos que se
retirasen, balbuceó una atropellada disculpa al conde por esta visita y sus
circunstancias. Toda duda, tartamudeó, había quedado despejada, toda sospecha
disipada, y no cumplía ahora otra cosa que excusarse por las molestias ocasionadas y
retirarse. Lo que hizo cuando ya empezaba a clarear, dejando al conde y a la condesa
exculpados, con una mezcla de perplejidad y recelo.

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CAPÍTULO XV

—Traigo el arpa —dijo Cyprian—. ¿Puedo tocarla? ¿Os leo estos versos que
encontramos en la gruta de Posilippo? He coloreado el boceto de Castel Nuovo que
tanto alabasteis, ¿os gustaría verlo?
Un mortal silencio siguió a cada pregunta. Ippolito, al que iban dirigidas,
continuaba con las manos entrelazadas, y la mirada fija en un punto, totalmente en
silencio.
—Soy muy desdichado —suspiró Cyprian tras una pausa, que el mutismo de su
compañero hizo que pareciese soledad.
—Eso es falso —dijo Ippolito—; y al decirlo, sabes que lo es.
—¡Ah!, ¿qué palabras son esas —dijo Cyprian—, y a quién os dirigís con esa
expresión y ese gesto tan serios?
—¿No habéis dicho que soy un asesino? —exclamó Ippolito, levantándose.
—¡Virgen santísima, tranquilizaos! ¡Aquí no hay nadie, ni nadie ha hablado más
que yo!
—¿No está aquí? —dijo Ippolito suspirando, y mirando con aire ausente a su
alrededor—. Habría jurado por todos los santos que lo he visto, y que acababa de
hablar conmigo. Pero siempre está cerca de mí. Es extraño, Cyprian, pero lo veo en la
oscuridad, le siento cuando estoy solo; siempre está a mi lado.
—Puede ser, querido Ippolito; nuestros sentidos son órganos débiles y propensos
al engaño; los míos creo que me fallan también; incluso mientras hablo, me parecéis
distinto de antes; vuestra voz no suena como la que he escuchado en horas más
amables —lloraba y sollozaba con emoción no contenida.
—Eso no es verdad —dijo Ippolito, que no le había oído—; pero cambiemos de
conversación. Todo poder está limitado por el lugar y el tiempo; y el cambio de uno y
otro puede modificar ese poder. Digo esto porque… porque… si oyes que salgo para
Capua esta noche…
—¿Esta noche? ¿Salís de Nápoles esta noche? —exclamó Cyprian.
—Sí —dijo Ippolito—; puede que esta noche —luego añadió—: Si el poder que
me persigue controla los elementos; si la mano que trata de alcanzarme puede llegar a
cualquier parte, entonces seré como el que se queda sin fuerzas para luchar: me
encogeré cuando la sienta; y seré…
—¡Ah, piedad, por el amor del cielo!; no me hagáis temblar con esos miedos
terribles; no los soportaré mucho más. ¿Qué sería de vos, o qué haríais? Os
acompañaré; si huís, dejadme ir con vos.
—¿Venir conmigo? Nunca; quiera Dios que ese destino oscuro y caprichoso visite
mi cerebro, y deje en paz el tuyo.
Lo dijo con grave ternura, posando una mano sobre la cabeza de Cyprian. Cyprian
notó que se le hacía un nudo en la garganta, y que la cabeza le daba vueltas. En
medio de todos sus sufrimientos, jamás se le había ocurrido que la persona que amaba

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fuera a dejarlo; ahora que le llegaba ese anuncio, sintió como si nunca hubiese
conocido la desventura hasta este momento. Una incapacidad para suplicar o
protestar le dominaba; con ojos nublados y manos temblorosas, trató de seguir a
Ippolito, repitiendo débilmente:
—Huiré con vos; dijisteis que me amabais; llevadme con vos. ¡Os seguiré
descalzo y mendigando por el mundo! ¿No dijisteis que me amabais?
Hablaba a las paredes: Ippolito se había ido; Cyprian se quedó paralizado,
boquiabierto, y luchando inútilmente por liberarse de lo que sentía como un hechizo o
un sueño. No tardó en disipársele esa sensación: el reloj dio las doce, y al punto le
vino al pensamiento el compromiso de Montorio a esa hora misteriosa. Se arrodilló, y
rezó con nuevo y fervoroso dolor por él, por quien empezaba a temer que era vano
rezar.

***

A esa hora, la hora de la medianoche, en un paraje subterráneo del que nadie


conocía el lugar ni la dirección, y a través de señales y caminos ocultos, se había
congregado un grupo de seres cuyo aspecto estaba en terrible consonancia con el sitio
y el motivo del encuentro. Muchos de estos seres mostraban las deformaciones de
esos horrores fantásticos que despiertan y sobresaltan al durmiente, o se insinúan a
los ojos del medroso cuando se encuentra solo en la oscuridad; otros estaban
inmersos en una negrura en la que el ojo imaginaba discernir siluetas y sombras
indeciblemente más siniestras de lo que la luz podría revelar. Todos estaban
silenciosos e intensamente ocupados; pero sus gestos y movimientos eran tan
distintos de los de los vivos que no era fácil comprender qué hacían. Un resplandor
espasmódico los iluminaba, procedente de un esqueleto humano que, en posición
erecta, ocupaba un nicho del subterráneo: alrededor de sus huesos parpadeaba un
fuego pálido y azulenco que no los consumía; en el fondo de sus cuencas ardían dos
llamas. En otras cavidades de los muros ardían velas sostenidas por manos marchitas
cuya mortal amarillez acentuaba la luz que difundían, y que revelaba otras visiones
de horror: sombras y siluetas en las paredes y el techo, en cuyas tenebrosas e
inmensurables dimensiones el ojo buscaba en vano un término o límite. Unas se
movían en un horrendo remedo de vida; otras estaban tan quietas como en la tumba,
de la que parecían recién arrancadas. En un extremo, si es que era tal, y
confusamente, colgaba algo que hacía de separación entre este espacio y una cripta
interior, aunque el ojo no alcanzaba a distinguir si se trataba de una cortina o una
pantalla transparente, ya que en ella se insinuaban espesas sombras como de pliegues.
Delante se extendía algo que semejaba un altar, sobre el que flotaba una nube densa
que ocultaba lo que hacían en él y los instrumentos que empleaban; a través de esa
niebla se veía un resplandor mortecino, en el que se movían sombras de seres aún
más terribles; sobre el altar había tendido el cuerpo de un hombre, lívido, relajado,

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como si acabase de morir; pero estaba con los ojos abiertos, y ese brillo vidrioso que
solo la muerte suele dar les prestaba una luz extraña, como de vida. Tenía la mano
derecha levantada, y el dedo en los labios; y esta postura, y la fijeza de los ojos,
conferían un efecto elocuente y terrible al cadáver. De pronto sonaron tañidos de
campana, como a una enorme distancia bajo tierra. Al oírlos, el suspenso y la duda se
hicieron visibles en el gesto de los reunidos, que cesaron en su actividad, y se miraron
dubitativos unos a otros y alrededor. Se apagaron poco a poco los tañidos,
despertando resonancias hasta una lejanía incalculable. La pausa fue breve: sonó otro
ruido, acompañado de una súbita ráfaga de viento; las luces se agitaron y
parpadearon, y sus llamaradas hicieron más intensa la sensación de frío húmedo. En
el silencio mortal que siguió, no se oyó otra cosa que el chisporroteo de las llamas.
Un instante después, sonaron pasos que bajaban una escalera; se fueron acercando y
haciendo más sonoros. «Ya es nuestro para siempre», exclamó la asamblea. ¡E
Ippolito irrumpió en la cripta!…

***

Esa noche, en el palacio, súbitos y breves ruidos turbaron multitud de veces el


inquieto descanso de Cyprian; pero tanto se mezclaban con los de su ensueño que le
parecían los mismos, y procuraba volver a dormirse. Finalmente, un criado lo sacó
del embotamiento en que suelen caer los que duermen mal para preguntarle a qué
hora deseaba comer, ya que era casi mediodía. Algo sorprendido por la pregunta, le
dijo que consultara a su amo.
—El signor se ha ido —replicó el criado.
—¿Se ha ido? —gritó Cyprian—. ¿Adónde? ¿Cuándo? ¿Cómo? ¡Habla!
—Adónde y cómo, signor, ninguno de nosotros lo sabe —replicó el criado—.
Salió de Nápoles como a las dos de la madrugada, con solo un criado; habéis tenido
que oír el trasiego de los preparativos, porque nada más llegar nos despertó a todos,
y… Pero, signor, quizá os lo explique en esta carta que ha dejado para vos…
—He oído el ruido de su partida —exclamó Cyprian—; lo he oído, y no me daba
cuenta de que se iba… ¡Desventurado, desventurado de mí!
Abrió ansiosamente la carta; el contenido no contribuyó a sosegar su emoción:

Huyo a no sé dónde, ni me importa, de una persecución de la que no


tengo esperanza de escapar, pero no puedo seguir soportando. El que me
arroja de aquí tiene poder para seguirme a todas partes. No puedo hacerle
frente ni perderlo de vista; pero huyo porque no estoy dispuesto a ser presa
fácil. Correré hasta el final de la cadena; cuando llegue a su extremo
intentaré arreglármelas para encontrar una tregua, ya que no la liberación.
Un destino espantoso va a abatirse sobre mí, me arrancará del gozo y la

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plenitud de la vida, que ningún mortal ha amado como yo, y me arrastrará
a… ¡Ah, ojalá fuera posible aceptar la desdicha y sustraerme a la culpa!
Ojalá pudiera convertirme en un ser errante y vagabundo sobre la faz de la
tierra, sin morada, sin descanso, sin afecto doméstico, de manera que evitase
al menos eso. No sé adónde voy. Te escribiré, pero tú no me escribas a mí,
porque probablemente no estaré en ningún lugar más de una noche. Además,
la dirección podría delatarme. ¡Ay! ¿De qué sirve el ingenio humano frente al
ser con el que debo contender? Adiós, amado Cyprian, mi locura y mi
desdicha me han dejado sin una lágrima que poder derramar, sin un tierno
pensamiento que poder dedicarte. Hubo un tiempo en que no habría querido
hacerlo. Pero soy de temperamento vivo, insensato, atropellado. Pero ¿qué
puedo darte a cambio de tu paciencia, de tu sufrido amor, de tu sumisión, y
afecto, y fidelidad casi conyugal? Soy un hombre acosado y con el corazón
deshecho. No puedo rezar; ¡no quiero bendecirte porque sobre mí pesa una
maldición! —MONTORIO.

El criado, cuando terminó de leer la carta, le informó que el signor había


dispuesto que siguieran manteniendo el palacio para él como hasta ahora, y que sus
órdenes fueran puntualmente obedecidas por toda la casa. Cyprian no lo oyó. Todo
ese horrible día lo pasó en una especie de estupefacción, sin que ese estado le
ahorrara una sola punzada de dolor. Montorio, su nombre y su presencia, le parecían
siempre tan imprescindibles para su existencia que ahora, sin él, no tenía conciencia
de vivir. Vagó de habitación en habitación, con la mirada perdida, en busca de algo
cuya ausencia le imprimía una expresión de indecible desamparo.
Hacia el atardecer, vencido por el desmadejamiento corporal, se dejó caer en el
sofá, y sintió que le volvía el recuerdo al aumentarle el dolor. Ya de noche, entró un
criado a anunciarle que había llegado un desconocido, sin dar a nadie su nombre ni
informar de sus intenciones. Cyprian se alarmó, aunque estaba demasiado débil para
preguntar ni prepararse, cuando el desconocido entró en la estancia, e indicó al
doméstico con una seña que se retirara. La luz era escasa; pero Cyprian descubrió en
su aire sorprendente ciertos rasgos de la casa Montorio. Avanzó.
—Siento que en esta casa estoy seguro —dijo—; sin embargo, entro con duda y
con temor.
—En la casa de Montorio, señor caballero —dijo Cyprian—, está seguro el honor
de todo hombre.
—Yo poseo derechos —dijo el desconocido, vacilando— que quizá fuera mejor
que callase; no obstante, el tono de vuestra voz me inclina a confiar. Debéis de ser
Cyprian. Yo soy Annibal de Montorio.
—¡Annibal! —repitió Cyprian con alegría incontenible—; ¡Annibal! ¡Oh, corred
tras él, seguidle, traedlo de vuelta! ¿O acaso lo habéis encontrado ya, y está con vos?

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¡Hablad, hablad de él!
Annibal se sobresaltó.
—¿Dónde está Ippolito? He venido a pedirle protección… ¿Dónde está Ippolito?
—¡Oh! —dijo Cyprian, retrocediendo y angustiado de terror—; ¿no está con vos?
He creído… he pensado que sabíais su paradero. Sois su hermano, y al veros… ¡Oh!,
¿entonces no sabéis dónde está?
—Me dejáis asombrado… Me alarmáis. Ignoraba su ausencia. He venido en
busca de refugio, huyendo de un peligro, de una situación extrema. No estando él, ya
no me siento seguro. Pero ¿cómo seguirlo, cuando vos no sabéis dónde está?
Decidme —recobrando su cautela habitual—, ¿han sido contratados recientemente
los criados que tenéis aquí? ¿Y son de la ciudad?
—Creo que sí.
—Entonces no corro peligro, al menos durante un tiempo. Pero estoy agotado y
muerto de sueño. Me he pasado el día escondido en el bosque; permitid que tome
algún refrigerio, y que nos atienda mi criado que ha escapado conmigo; os daré
cuenta de todo… de todo lo que sé; y de todo lo que temo. Mi hermano tiene
depositada una confianza ilimitada en vos.
Cyprian obedeció, temblando de solicitud insatisfecha, y temiendo el anuncio de
alguna desgracia.
Fue servido el refrigerio, y Annibal tomó su silenciosa comida con reserva y
temor, atendido por Cyprian, que hacía esfuerzos para abstenerse de preguntar, y
Filippo, que no podía contener su locuacidad por la euforia que le producía el haber
escapado su amo y él, y su propia destreza para conseguirlo.
Habían traído luces con la misma discreción, y Filippo se había ido. Annibal se
levantó. Inspeccionó la sala, cerró las puertas; sacó un estilete de debajo de la ropa y
fue a dejarlo sobre la mesa, junto con dos pistolas. Cyprian observó estos
preparativos con una opresiva sensación de temor. Regresó Annibal; prestó atención a
los pasos de un criado que pasaba en dirección a otras habitaciones; dejaron de oírse,
y todo quedó en silencio. Llegó la medianoche; Annibal miró a su alrededor con
expresión de seguridad; luego, volviendo a su silla junto a Cyprian, y apretándose la
frente como el hombre que lucha con su propia debilidad y cansancio para recordar
los incidentes que le agobiaban, dijo:
—El aprecio que os tiene mi hermano justifica estas confidencias que voy a
haceros. Ninguna fuerza, salvo la confianza, podría arrancármelas. Se trata de algo
tenebroso y lleno de amenaza. No sé a qué peligros os expondréis al compartirlas.
Pero contrastando lo que ambos sabemos sobre este oscuro asunto, tal vez podamos
averiguar cosas que de otro modo nos pasarían inadvertidas. O quizá lo hago
cediendo a la debilidad de mi espíritu abrumado. Un camino oscuro, incierto, se abre
ante mí. Debo recorrerlo solo, sin guía ni compañero; y antes de emprenderlo quiero
confiar a otro lo que tal vez no tenga otra ocasión de contar. Me gustaría pensar que
no se perderá lo que sé, como probablemente me ocurrirá con la vida. Así que voy a

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contaros las circunstancias que en espacio de cuatro meses nos han acontecido a
Ippolito y a mí. De las últimas, según me ha dicho él, no sabéis nada. En realidad,
creo que de ninguna, excepto los efectos, que era imposible ocultar.

***

Había avanzado Annibal bastante en su relato cuando tuvo que dejarlo porque
Cyprian no podía seguir escuchando: impulsado por una agonía de devoción y terror,
se había arrojado al suelo suplicando a los santos que perdonasen al desventurado
errabundo e intercediesen por él. Annibal se sumó con igual devoción, aunque más
sosegada, incluyendo su propio nombre en sus jaculatorias.
—¿Habéis terminado? —dijo Cyprian, levantándose—. Era cuanto teníais que
contarme, ¿verdad? —Annibal negó con la cabeza—. ¡Dios misericordioso!, ¿hay
más horrores? Ni todo el oro del mundo me haría seguir escuchando otra hora.
—Solo llevamos media desde que empezamos —dijo Annibal.
—Pues a mí me ha parecido un término espantosamente largo —dijo Cyprian—.
De todos modos, no puedo seguir escuchando; solo me interesa hablar de él. Pasemos
la noche aquí, en vela, y tratemos de averiguar adónde puede haberse dirigido.
—Por ahora —dijo Annibal—, no creo que sea posible saber adónde ha ido. Al
escapar del castillo, había pensado unirme a él, y convencerlo de que nos fuéramos a
Francia; el talante belicoso de Luis XIV y de su gobierno es un estímulo para los
jóvenes arrojados y aventureros; y si la mano del cielo no se extiende sobre nosotros
para mal, podremos olvidarnos de nuestro país, de nuestro nombre, y de estas
desgraciadas obsesiones que parecen inseparables de ambas cosas.
—¿Habéis sufrido entonces una persecución similar? —dijo Cyprian—. ¿Habéis
sido expulsado de vuestro hogar? Es horrible. ¿Es un demonio el que persigue vuestra
casa?
—Un demonio —dijo Annibal lúgubremente— al que ningún poder es capaz de
desviar de su presa, y al que ningún exorcista puede someter; un demonio sediento
que exige sangre.
Se levantó, y empezó a pasear por la habitación agitando los brazos.
—Cyprian, me asaltan horribles presentimientos. Sí; me iré a Francia. ¡Allí tengo
parientes, además! Aquí me falta el aire, el corazón se me atasca. Pero no debo partir
al menos hasta mañana por la noche; mejor debería decir hasta esta noche (porque
veo que empieza a clarear), ya que solo puedo viajar en la oscuridad. Si no estáis
saturado de estas cosas tenebrosas e insensatas, de estas cosas que desquician la razón
y hacen estremecer la fantasía, os contaré una historia… os contaré algo que me ha
ocurrido.
—Adelante —dijo Cyprian en tono fuerte y hueco—; ahora puedo oír lo que sea.
—No; ahora no —dijo Annibal, retractándose de su propósito—; ahora necesito
descansar; me echaré en este sofá. Poned las pistolas cerca de mí, Cyprian, y dejad

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esa daga floja en su vaina. ¡Cómo tembláis! Esperad; lo haré yo mismo.
Se tumbó en el sofá, pero un instante después se incorporó y preguntó a Cyprian
si no intentaba dormir.
—Estoy demasiado preocupado por vos para dormir —dijo Cyprian—; permitid
que me quede en la antecámara, donde me llegará el más leve ruido, y podré
despertaros en seguida. Sería un remedo miserable del sueño, del descanso confiado y
tranquilo, acostarse con dagas en la almohada, y levantarse para sorprender los pasos
del asesino.
—Yo dudo, también, que mi breve sueño sea tranquilo y profundo; tengo dentro
una tranquilidad sombría, concorde con el momento.
Dio permiso a Cyprian para que saliese a la habitación de fuera, cerró la puerta y
se dispuso a descansar.

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CAPÍTULO XVI
¿Por qué me rindo a esa sugestión,
cuya imagen horrenda me eriza el cabello,
y hace que el corazón me golpee las costillas
en contra de lo que es natural?
Macbeth

Durante el día Annibal le dio a Cyprian unas hojas con la explicación de lo último
que le había ocurrido, después de esbozarle brevemente los antecedentes
imprescindibles; o sea, el asunto de su correspondencia con Ippolito. «Donde es
escasa», le dijo, «puedo suplir las lagunas, después, de palabra; la he escrito estando
solo y encerrado; por tanto, no esperéis otra cosa que el detalle de unos sentimientos
solitarios y personales; la diversidad estaba vedaba por la aridez de la total soledad; y
el adorno por la ausencia de cuidado en un manuscrito que creía que no iba a ver
nadie hasta después de mi muerte».

***

La segunda noche de la llegada de Pallerini al castillo, tomé la decisión que me


había sugerido Filippo de visitar la torre. Cuando pienso en lo que esperaba de este
paso, y lo comparo con lo que efectivamente ocurrió, no acabo de creer que el ser que
era entonces, con cierta mezcla de temor y curiosidad en el espíritu, y con una
expectación que contrarrestaba el escepticismo, y una credulidad que la experiencia
había puesto en alerta, que se hallaba en ese estado de suspenso en el que el miedo no
es demasiado grande ni el cuidado demasiado severo, pueda ser el de ahora, de
espíritu colmado y sentimiento tenso, que ha visto los terrores de su destino sin una
nube ni una sombra, sin mitigación ni interposiciones, cuyo miedo carece de
esperanza, y que no tiene el consuelo de la incertidumbre humana ni el cobijo de la
oscuridad natural. Esa noche cenamos en la galería grande: hacía mucho calor.
Observé que el duque y nuestro padre estaban enfrascados en su conversación, y me
fui de la mesa sin que nadie lo advirtiera. Me dirigí a mi aposento, adonde esperaba
que Filippo no tardase en acudir; pero estaba ya allí, con sus ojos oscuros llenos de
algo. A menudo se los había visto repletos de asombro y curiosidad; nunca de temor.
Se anticipó a mis preguntas: «¡Ay, signor! ocurren cosas muy extrañas esta noche
entre estos muros… cosas que nadie imaginaría que pudieran suceder tan cerca de
nosotros, tan espantosamente cerca —y añadió, pegándose a mí y susurrando muy
bajo—: No vais a creer lo que he visto, signor». «¿Qué has visto, Filippo?» dije,
bajando la luz. «¡Al confesor! ¡He visto al confesor, signor! Lo sabía hace tiempo. Se
lo he dicho al conde; quiera el cielo que la Inquisición le eche el guante. Ojalá santa
Ágata y el cardenal primado de Nápoles le ajustasen las cuentas. Había un viejo

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cartujo en mi pueblo que descubría la presencia de un espíritu en menos que canta un
gallo; de su convento expulsó a un duende recalcitrante que llevaba un montón de
tiempo resistiendo el agua bendita y el latín. ¡Ah!, si yo encontrase a ese monje, os
aseguro que le iba a quitar las ganas de pasearse por las criptas y tratar con los
muertos y…» «Tranquilízate, Filippo; si tienes algo que contar, cuéntalo sin rodeos ni
exageraciones; el tiempo apremia. Y además, no quiero que me distraigas del asunto
que me ocupa». «Signor; os contaré sin exageraciones lo que realmente… Pero
disculpad si lo hago entre sobresaltos. Recordad que es medianoche, y que hablo de
cosas que me horrorizan… Sabéis, signor, lo receloso que estoy con ese padre
Schemoli, como dice que se llama; aunque, por lo que he oído, nadie vio nunca a su
padre, ni a su madre, ni a ningún pariente suyo; sino que hace unos años, cuando
pronunció los votos en el convento dominico de Gaeta, corrió el rumor de que unos
pescadores que naufragaron en una horrible tempestad lo habían visto, iluminado por
un relámpago, en lo alto de un acantilado, en una isla desolada del mar de Grecia.
Aunque eso no tiene nada que ver». «Cosa que debías haber tenido en cuenta,
Filippo». «Pues bien, signor; yo siempre lo vigilo con recelo y temor; y al verlo pasar
anoche, claramente, por la galería de la torre norte, me vino la idea de que tenía que
ver con los extraños ruidos de esa torre y las historias que cuentan. Así que lo he
estado buscando todo el día por el castillo; porque, signor, me gusta estudiar la cara y
los ojos de una persona cuando me inspira sospecha; siempre pienso que puedo
descubrir algo en ellos. Pero ha sido inútil. Finalmente he pensado que era una
osadía, que hay en el castillo quienes se meterían en un nido de escorpiones antes que
acercarse a su aposento; cosa que me repetía a mí mismo cuando me dirigía hacia allí.
Sé que los tabiques y las puertas se encuentran en mal estado; y pensé que quizá a
través de algún agujero o grieta podría sorprenderlo haciendo alguna rareza. Mirad,
signor, vos sois hombre de estudios, y puede que tengáis una explicación mejor de
vuestros sentimientos; pero yo estoy convencido de que una voz audible sonó dentro
de mi cabeza, por así decir, advirtiéndome que si iba no sería en vano; la oí tan clara
como si uno de estos retratos me hablase desde su marco. Me pareció muy extraño;
sin embargo, eso mismo me dio valor. Así que a mediodía, cuando casi toda la
familia estaba durmiendo, me dirigí allí calladamente, con el aliento contenido, y sin
dejar de mirar en todas direcciones, aunque no había nadie a la vista. Y al llegar a la
puerta misma, no pude evitar echar una ojeada hacia atrás para asegurarme de que no
había nadie; porque tenía la sensación de que me venían siguiendo todo el rato, y de
que caerían sobre mí ante la puerta. Pero todo estaba tranquilo, no había un alma en
la galería; y la puerta estaba cerrada. Un ruido tenue sonaba dentro de su aposento; de
cuando en cuando cesaba, y luego volvía a empezar; como si alguien estuviese
haciendo algo y se interrumpiese para evitar que lo oyeran; probé a mirar por mil
rendijas, tratando de obtener la mejor visión del interior; finalmente me metí en un
hueco lóbrego y polvoriento, detrás un antiguo retrato; porque toda la parte de la
torrecilla oeste está medio en ruinas; y dicen que esa es precisamente la razón por la

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que él escogió dicho alojamiento. Desde allí lo vi perfectamente: sentado con la
capucha retirada. Nunca, salvo en los sueños de la fiebre, he visto una cara como esa.
Tenía un brazo extendido; y por su actitud comprendí que hablaba con gesto serio,
irritado diría yo (como haría en el confesonario, reprobando a un penitente), aunque
parecía que estaba solo. Cambié de posición, en la grieta, para averiguar quién había
con él, y… Sí, signor, vi con estos ojos»… «¡Chist!, Filippo; calla, que puede oírte
alguien, además de mí». «Entonces, signor —se me acercó de puntillas—,
permitidme al menos que hable bajito; porque siento que voy a chillar si no lo hago».
«Pues adelante; continúa si quieres». «Vi sentado en una silla frente a él, Madre
santísima, un esqueleto mondo, tieso, y con la horrenda tranquilidad del que hace una
visita a un compañero. Se me emborronó la vista. Habría preferido verlo injuriar y
maltratar a esos huesos muertos, como dicen que hacen los que practican las artes
infernales; porque estar sentado frente a frente en pleno día, como un hombre delante
de otro, con los restos podridos de la tumba, con algo tan repugnante a los ojos
mortales… ¡ah, me pareció más horrible que la noche en que lo sorprendí en la cripta
de la antigua capilla! No pude soportar esa visión, y me aparté de la raja. Y cuando
me iba, oí dentro un tableteo seco, como si se pusiese en movimiento un objeto
extraño. Eché a correr, y no me sentí a salvo hasta que bajé la escalera grande y vi a
suficiente distancia el estrecho ventanuco del oratorio, como la boca de la guarida de
un brujo». «Una visión horrenda, desde luego; pero no tiene nada que ver con el
asunto que nos ocupa; enciende esa otra lámpara y sígueme». Me levanté. «Esperad,
esperad, signor; eso no es todo. ¡Ah, estas cosas espantosas ocurren a menudo cerca
de nosotros sin que nos demos cuenta! Pensar que estamos junto a la cámara de un
ser que tiene tratos con los muertos… Pues bien, esta noche, signor, esta noche lo he
vuelto a ver». «Reprime esos aspavientos, Filippo; cuentan cosas que son peores que
tu historia». «¡Ah, signor!, es que ha sido exactamente así: los brazos se me
levantaban, los dientes me castañeteaban, y los ojos se me han abierto como platos al
verlo salir de su aposento y venir por la galería». «¿Por qué te cruzas en su camino, si
lo único que consigues es pasar miedo?» «No he podido evitarlo, signor; no he
podido. Habría echado a correr, pero tenía las piernas paralizadas; se acercaba
despacio como si caminara cargado. No me ha visto; esos ventanales dejan entrar
poca luz, y yo estaba acurrucado al pie de uno de ellos. Al pasar, me ha dado la
impresión de que sonaba algo con sus pasos. Me he fijado en él, por detrás, y he visto
que por debajo de su ropa asomaban los pies del muerto. ¡Ah!, en ese ser hay cosas
que son de vivos y cosas que son de muertos, así que no sabemos a quién estamos
viendo cuando pasa ante nosotros, ni en qué se va a transformar mientras lo miramos.
Lo he seguido, aunque sin saber adónde iba, ni sentir el suelo bajo mis pies. Ha
bajado unos cuantos escalones a la izquierda, donde sabéis, signor, que hay un muro
ciego y grueso como este. Entonces me ha parecido ver algo que me costaría toda una
vida explicar: no sé si se abrió el muro para recibirlo, o se hundió el suelo debajo de
él, o lo agarró una mano negra y gigantesca; o se extendió un olor a azufre en el

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instante de desaparecer». «Está bien, está bien; pero ¿qué has visto en realidad?»
«Pues he seguido tras él. No sé cómo me sentía, pero me he puesto a seguirle, cuando
de repente se vuelve hacia mí. ¡Santos benditos, no era el monje! Era una calavera lo
que me estaba mirando, con un brazo descarnado que me señalaba hacia atrás. He
echado a correr, pero sin osar volverme mientras lo tenía cerca, no fuera a
perseguirme. Eso ha sido hace más de una hora, y aún lo veo en todas partes: en las
paredes, en los techos; cuando la luz decae, lo sigo viendo. Incluso cuando cierro los
ojos. Jamás dejarán de mirarme esas cuencas profundas y oscuras». «¿Es así como te
preparas para acompañarme, sugestionándote con terrores acerca de alguien que,
sobrenatural o no, no tiene nada que ver con nosotros, ni con el plan de esta noche?»
«¿Vais a ir a la torre esta noche, signor?» «Allí voy, Filippo». Me levanté y cogí la
lámpara, porque sabía que era más fácil convencerle con el temor a la vergüenza que
con argumentos; aunque no me gustaba la idea de ir solo. Todos somos esclavos, en
todas las etapas de nuestra existencia y en todos los niveles de inteligencia, de un
miedo íntimo a la otra vida y a sus criaturas. El más sabio de nosotros, en el mismo
cenit de su lucidez, se sentirá súbitamente impresionado y coartado por una influencia
que le llega con los recuerdos de la niñez, con los sueños de la enfermedad, con una
visión nocturna o solitaria, con una historia, con una admonición, o con el mero
comentario de un criado o de una vieja del más bajo nivel de inteligencia o de
condición social, de cuyas fuerzas se ríe, se estremece y se rinde. Filippo me siguió
en silencio, avergonzado de exteriorizar sus miedos, aunque contrariado por tenerlos
que someter a una prueba más. Ippolito (porque es a ti a quien escribo estas páginas,
aunque dudo que llegues a verlas): deberás imaginar los pasos sigilosos, la
respiración contenida, la mirada baja y recelosa de los ojos que acompañan a esta
marcha, para poder describirte el efecto. Llegamos a la puerta de la galería. La
empujamos. Estaba abierta. En otro momento, este detalle me habría causado
extrañeza; pero ahora, la expectación me embargaba de tal modo que lo acepté con
esa satisfacción ciega que sentimos ante algo que inesperadamente nos facilita un
trabajo. Al entrar en la galería, no obstante, me asaltó una sensación desagradable. La
primera vez que la pisé lo hice guiado por el pobre Michelo, el desventurado anciano
al que mi curiosidad o mi miedo había causado la muerte. Con gesto instintivo, alcé
la lámpara hacia el rostro de Filippo para averiguar si estaba afectado; porque notaba
un cambio en mis percepciones que me predisponía a ver y justificar cualquier
extraña aparición en ese momento; y dos o tres veces, no de manera inconsciente pero
sí involuntaria, me oí a mí mismo llamarle Michelo. «No me llaméis Michelo aquí,
signor». Me turbó e irritó oír ese nombre; aunque era yo quien lo había pronunciado
primero, causándole un dolor que él deseaba olvidar.
Con muchas aprensiones de este género, unas veces resistiéndolas, y otras
resistiéndolas en vano, llegamos a los aposentos. Las puertas estaban abiertas
también; pero procuré apartar la atención de los detalles secundarios, calmar la
efervescencia y diversidad de mis pensamientos, y concentrarme solo en

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inspeccionarlo todo, y fijarme en cualquier circunstancia que explicase por qué
habían sido abiertos y visitados la noche anterior. Recorrí los dos cuartos sin prisa,
mirando en torno mío; pero no vi nada especial. Filippo iba más despacio, con la
morosidad del miedo, lámpara en alto, fijándose solo donde la luz alumbraba de
lleno. En el segundo aposento descubrí que habían quitado un tablero de la pared. En
seguida me vinieron a la memoria los detalles de mi última visita. Me dirigí
maquinalmente hacia allí; y Filippo, al verme entrar, no pudo contenerse. «¡Ah,
signor, cómo se nota que conocéis estos lugares horribles!; ¿acaso vais a bajar por esa
escalera, que parece conducir a la tumba? —se estremeció—. Si entrase yo ahí,
pensaría que la puerta se iba a cerrar detrás de mí, y que iba a quedarme encerrado
para siempre en esa oscura caverna. Pensaría —acercando la luz a la puerta con mano
temblorosa— que iba a descubrir los huesos putrefactos de algún desventurado, de
cuyo fin no se ha enterado nadie, arrojado a uno de esos rincones polvorientos».
Consiguió inquietarme al hacerme revivir, sin pretenderlo, todo lo que yo quería
apartar de mi pensamiento; porque comprendía que si me demoraba en las cosas
espantosas que recordaba o imaginaba, perdería toda resolución, y cuando llegase la
prueba suprema, si es que llegaba, no estaría en situación de afrontarla.
Le cogí la lámpara y, ordenándole que esperase en el aposento, bajé la escalera.
«Perdonadme, signor —dijo, siguiéndome ansiosamente—; si surge algún peligro, no
debéis afrontarlo solo». Pero no me costó convencerle de que esperase, ya que no
quería que descubriese lo que yo había visto, ni supiese lo que yo sabía. Era
demasiado despierto y porfiado; y si veía lo que allí había, no dejaría de sacar
conclusiones, demasiado atrevidas quizá. En cuanto a mí, tenerlo a mano aliviaría la
sensación de lobreguez y soledad.
Me metí solo; la lámpara ardía con dificultad en el aire denso. Habría querido ir
deprisa sin mirar más allá del límite de la luz que portaba; pero mi propósito era
investigar, y me sentía obligado a hacerlo. La abertura de la puerta-panel y la de la
escalera no podía decirse que fueran normales. En seguida llegué al sitio donde había
descubierto el esqueleto; ahora se hallaba abierto y vacío. Era el mismo nicho; pero
no había ni rastro de su anterior inquilino. Me quedé de una pieza. Mis pensamientos
fluían como ríos que se entrecruzaban oscuros, inquietos, turbulentos, cada uno
llenándome de perplejidad durante el breve momento que prevalecía. Todavía estaba
asomado a ese hueco, sumido en la duda y el temor, aunque con la sensación de que
se me estaban pasando, cuando vi a Filippo en lo alto de la escalera, haciéndome
señas. No reaccioné en seguida porque estaba completamente absorto, y me resistía a
sus gestos impacientes como el durmiente se resiste a las sacudidas que le damos para
despertarlo; pero antes de darme cuenta de cuál era su alarma, oí que se acercaban
pasos, y vi otras luces arriba. Eran pasos decididos y rápidos. Comprendí que no se
trataba de ningún espectro, y subí corriendo con mil emociones y propósitos. En un
instante quedaron sofocados, aplastados, borrados: mi padre y su confesor estaban en
la cámara. ¡Ah, cuántos pensamientos cruzaron por mi cabeza en esa pausa

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momentánea! Me olvidé de mi situación y de mis miedos. Las alusiones de Michelo,
los descubrimientos que habíamos hecho él y yo, el carácter y costumbres de nuestro
padre, el bien guardado secreto de estos aposentos ensangrentados… Ippolito, eres mi
hermano: después, he tenido ocasión de ver más que confirmadas mis sospechas; si
no, preferiría morir antes que contarte todo esto. Pero ¿qué es lo que he averiguado?
¿Qué tengo que añadir? Aunque mis pensamientos eran confusos y remotos, mis ojos
estaban involuntaria y dolorosamente fijos en los de nuestro padre: tenía una
expresión terrible. El monje, detrás de él, sostenía en alto una vela con su mano
huesuda, y su rostro estaba en sombra. «¿Qué haces aquí, Annibal?», dijo nuestro
padre con voz entrecortada de ira. Me quedé callado; porque ninguna réplica podía
aliviar mi agitación. «¡Desdichado, rebelde, parricida! —tronó—. ¿Qué haces aquí, y
quién te ha traído?» Su enojo me hizo reaccionar. «¿Por qué? ¿Acaso es un crimen
estar aquí?», dije. «Eso lo vas a saber —exclamó con fiereza—, al menos por el
castigo que merece». Dio media vuelta; y al descubrir a Filippo, pareció que le daba
un acceso de locura. Sacó la espada y embistió contra él con tal fuerza que el criado
se salvó milagrosamente saltando a un lado; pero la arremetida fixe tan enérgica que
la espada se hincó en la pared y se quedó clavada. Desarmado, volvió a arrojarse
sobre él; y de no ser porque intervinimos el monje y yo, lo habría arrojado escaleras
abajo, o lo habría estrangulado contra el zócalo. ¡Ah, es horrible sujetar unos brazos
que forcejean a la vez que miras unos ojos sanguinolentos, unos labios contraídos y
lívidos, y oyes los bramidos de un hombre convertido en demonio de pasión!
«¡Bellaco! —tronaba, echando espumarajos, y casi sin que pudiéramos sujetarlo—.
Por culpa de individuos como tú soy perseguido, calumniado y puesto en sospecha;
mi castillo se ha vuelto una prisión, y tiemblo cada vez que sorprendo las miradas de
mi propia servidumbre. Os reunís junto al fuego a conspirar, y hasta el búho parece
que me grita “asesino” desde las almenas». «¡Chist, chist, no digáis locuras!»,
murmuró el monje en un tono especial. «Seguidme —dijo nuestro padre, volviendo a
su estado de sombría hosquedad—. ¿Dónde está mi espada?» Miró hacia el lugar
donde se había quedado clavada. La luz que el monje se apresuró a levantar le
alumbró el rostro de lleno: no querría yo tener en el pecho, por muchos millones que
me ofrecieran, un corazón concertado con la expresión que afloró a su semblante
unos segundos. La espada se había ido a hincar en un sitio de la pared donde la
mancha de sangre destacaba de manera palpable. Con los ojos (que parecía incapaz
de apartar o cerrar) terriblemente fijos en ese punto, dijo dos veces, desfallecido, y
para sus adentros: «¿No hay nadie que quiera darme mi espada? ¿No hay nadie que
quiera acercarse a esa pared?» Fue el monje, la arrancó y se la devolvió. Nuestro
padre dio media vuelta con el esfuerzo del que trata de levantar la cabeza, henchir el
pecho, y caminar con orgullo; pero su paso era desigual, y le temblaba todo el cuerpo.
Nos ordenó secamente que le siguiéramos; no fui capaz de negarme, y estaba tan
enajenado que no pensé en mi situación. El monje, que llevaba la luz, se detuvo un
momento, como para vernos desfilar de la habitación. «Venid deprisa, padre; estoy a

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oscuras y solo; ¡vamos, vamos, venid!» Fue elevando la voz, como si se acercase
rápidamente algo que le causaba alarma; el final fue casi un chillido. El monje se
apresuró a salir, y le seguimos. Nuestro padre se colocó entre nosotros al bajar la
escalera. No puedo explicarte mis sentimientos: eran oscuros, confusos, extraños.
Estaba convencido de que un peligro se cernía sobre mí, pero no lograba identificarlo
ni calcularlo. Ippolito: no sé si me vas a censurar o a admirar; pero si analizo lo que
sentí en ese momento, creo que fundamentalmente fue placer; un placer dudoso,
sombrío; pero a la postre, placer. El descubrimiento que había hecho parecían
confirmarlo plenamente esta persecución de nuestro padre, su ira, su terror, y otros
mil detalles. Y ya se debiera al orgullo que me inspiraba mi propia sagacidad y
perseverancia, a la satisfacción irresistible que acompaña a la disipación final de la
duda y la perplejidad, o a alguna otra fuente secreta dentro de mí, lo cierto es que era
claramente consciente de un placer no pequeño. Pero en medio de todo este terror y
de este peligro, lo que sentía estaba a punto de acabar dramáticamente. Llegamos
abajo sin oír otra cosa que nuestros propios pasos. Torcí impensadamente hacia la
izquierda, donde el corredor comunicaba con el castillo. Nuestro padre y el monje se
detuvieron. Adiviné una consulta homicida en esa pausa. Los miré. La lámpara
alumbraba poco debido al movimiento, y no reveló un solo rasgo de sus caras en el
que poder confiar o leer compasión. Me asusté mortalmente. «Ese es el pasadizo —
balbuceé, señalándolo— por el que se sale de la torre». «Pasadizo —dijo nuestro
padre lúgubremente— que tardarás mucho en recorrer». Mis oídos captaron sus
palabras en ese estado de confusión en que comprendemos su significado pero se nos
confunden los sonidos. Sabía que me amenazaba un peligro, pero era incapaz de
imaginar su naturaleza y su grado. Nuestro padre dio unos pasos a la derecha, abrió
una puerta con dificultad, y me indicó con la mano que entrara. Obedecí con un
desaliento estúpido que me privaba incluso del deseo de resistir. Había una especie de
vínculo oscuro entre él y esa torre, de manera que lo sentía como el señor del lugar, y
del tiempo, y obedecí al gesto de su mano como si fuese yo el instrumento de su
poder. Un instante después se cerró la puerta detrás de mí. Los rostros humanos se
habían quedado fuera. Sus pasos se perdieron en seguida, y oí cómo se iban cerrando
puertas, una tras otra, cada vez más lejos. Pero no tuve conciencia de que me quedaba
solo hasta que se apagó completamente el último eco.
Cuando miré a mi alrededor, todo era oscuridad y silencio. No tardó en despuntar
el alba, y me reveló un cuarto desolado, tan cubierto de polvo por el largo abandono
que las paredes, las ventanas y el techo parecían dormir el mismo sueño gris e
indistinto. No había nada que destacase especialmente; podía uno estar mirando hasta
volvérsele la vista tan borrosa como los objetos, sin que estos la aliviasen con alguna
variedad: todo era uniforme, denso, inerte. Un momento después había completado la
penosa inspección, y me abismé en mis propios pensamientos. Intenté orientarlos
hacia fuera. No había nada que me los fijara o atrajera. Salió el sol, y el largo, largo
día fue transcurriendo sin que hubiese nada en que ocuparme. «El hombre acudía a su

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trabajo y su labor» mientras yo permanecía sentado, presa de una fría parálisis. La
llegada del monje con la comida me liberó de unas ideas que momentos antes me
habían llenado de angustia. También me trajo medios con que prepararme un lecho; y
tan miserablemente deseoso de variedad está el espíritu en esa clase de situaciones
que todo lo miré con ojos desamparados. La misma posibilidad de que me cambiasen
de encierro, que ahora vi frustrada, había representado un implícito alivio para mí.
Vino y se fue envuelto en un mutismo que mis súplicas no consiguieron romper; ni
arrancarle siquiera una mirada que indicase un deseo o un futuro propósito de hablar.
Se marchó y me dejó solo. ¡Qué soledad, estar encerrado! Ojalá no vuelva a sufrir
una experiencia como esa. Cualquier otra aflicción genera la fuerza necesaria para
resistirla. Ha habido quienes cantaban en la hoguera, y sonreían en el potro de
tormento. Pero el sufrimiento enervado, la sórdida languidez, el vacío desamparado
del confinamiento solitario, en el que el tiempo transcurre sin que nada lo marque o
lo mida; en el que la luz y la oscuridad son lo único que distingue el día y la noche,
en vez del trabajo y el descanso; en el que, con el embotamiento de la inactividad, el
hombre siente que se va volviendo parte de los objetos inertes que lo rodean, igual
que las cadenas que se le hunden en la carne con fría y sorda sensación empiezan a
formar parte de ella… ¡Ah!, ¿qué significa todo eso para un ser dotado de
pensamiento, de movimiento, de inteligencia? La conciencia de la vida sin sus
atributos… la oscuridad de la muerte sin su descanso.
Cuando cesó este primer tumulto de emociones, y comprendí que efectivamente
me habían dejado solo, me puse a considerar con qué recursos contaba; porque me
horroriza la completa inactividad. No tenía libros, ni pluma, ni ningún instrumento o
medio para dibujar. Lo único que podía hacer era… explorar mi cerebro, y
alimentarme de lo almacenado en él. Había leído y reflexionado más que la mayoría
de los jóvenes de mi edad; y me esforcé en convencerme de que, a falta de objetos
externos, abismarme en la meditación sería una ayuda más que un impedimento. Pero
al poco tiempo me di cuenta de lo diferente que es cuando acudes a ella en busca de
alivio. No podía pensar. Cualquiera que fuese el curso por el que pretendiese
encauzar mis pensamientos, ya fuera somero o profundo, en seguida se volvía
insípido y languidecía hasta perder toda consistencia. A cada intento de ejercicio
mental sucedía una abstracción monótona, vacía de objeto, de asunto, de nada que
estimulara la reflexión, así que me aferraba lúgubremente a las cosas de alrededor sin
extraer de ellas una imagen ni una consecuencia. Aquí estaba desterrado todo
consuelo exterior. El que se cansa puede arrojar el libro, o cambiar de compañero, o
entregarse a la meditación sin temor al vacío. Yo no podía hacer nada de eso. Mi
condena debía ser sin remisión ni variedad, y mi desaliento sin esperanza. Cuánto
tiempo luché, y cuán amargamente tuve que desistir. Incluso intenté entablar debates
interiores, plantear objeciones, construir respuestas; pero mi capacidad de razonar se
desvanecía dentro de mí. Me esforzaba en interesarme en un asunto, en encontrar
placer donde sabía que lo había sentido antes; en considerar importante aquello por lo

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que había luchado a menudo; pero todo resultaba frío, oscuro, remoto. No conseguía
establecer contacto espiritual con nada; sin embargo, me daba cuenta de que me
convenía mantener lo más alejado posible aquello que se interponía. Finalmente
empecé a hablarme a mí mismo en voz alta con la esperanza de fijar la atención y el
interés. Intentaba afirmar, y refutar, e interrumpir, con la forzada afectación de los
debates encendidos y apasionados de sociedad. Las palabras se me embarullaban sin
querer; y aunque fingía hablar con vehemencia, tenía los ojos y el pensamiento
maquinalmente pendientes de la puerta y de las ventanas, situadas a una altura
inalcanzable.
El monje me visitaba solo una vez al día, estoy convencido de que con toda
intención; pero al menos una vez al día tenía la satisfacción de ver su cara grave, y oír
siquiera sus pasos lentos y descorazonadores. ¡Me es imposible decir con qué
ansiedad aguardaba ese momento, y cómo estaba atento a oír los chirridos de la llave
al resistirse la cerradura herrumbrosa, a fin de sentir más tiempo la presencia de un
ser humano (como yo lo consideraba)!… ¡Cómo alargaba yo los preparativos para la
comida que traía, a fin de obligarle a estar más tiempo delante de mí! ¡Cómo
multiplicaba mis preguntas, aunque sabía que no las iba a contestar, solo porque la
conversación se hacía más humana viendo a la persona a la que hablas! ¡Cómo me
levantaba sin probar la comida para observarlo cuando se iba, y me quedaba en
suspenso para averiguar, forzando los sentidos, si era su última pisada, o la
penúltima, lo que oía! Sin embargo, eso no era sino una balsa de aceite comparado
con lo que soportaba por las noches. Durante el día podía recorrer las regiones de mi
cerebro y examinar sin temor sus rincones más tenebrosos; pero las primeras sombras
de los arcos profundos de las ventanas eran aviso de que debía cerrar el acceso a toda
idea insensata, o solemne, o fantástica; a todo lo que tuviese relación con los
sentimientos que el lugar podía sugerir. Medía el reducido círculo de mis
pensamientos con la cautela del que avanza por un pasadizo con miedo a que surja un
asesino de cualquier recodo y se abalance sobre él. Cuando llegaba la hora de la
oscuridad, que ninguna luz artificial atenuaba, ni las sombras retrasaban su llegada
para hacerla amable, dejaba de mirar a mi alrededor; porque las siluetas, sólidas
durante el día, empezaban a desdibujarse con la luz dudosa. A menudo me quitaba la
capa y me envolvía la cabeza con ella, no fuera que algún otro ruido se ocultase en el
susurro de sus pliegues. Pero aunque la oscuridad a mi alrededor era siempre espesa,
sabía que podía haber quietud sin reposo y opresión sin cansancio. Me era imposible
dormir: permanecía despierto para velar mis pensamientos, y sobresaltarme con
instintivo temor cuando alguno derivaba hacia los detalles de la noche última. Si me
dominaba el sopor, el hábito me sacaba de él en el instante en que me visitaba alguna
de esas imágenes. Tras la experiencia de la primera noche, decidí dormir más, al
menos, valiéndome del cansancio corporal. Las dimensiones del aposento me
permitían muchos modos de ejercicio; porque, como sabes, soy fuerte y activo. Así
que cada intervalo de una hora, según podía calcular, me levantaba a ejercitar los

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músculos. ¡Pero qué aburrido es el esfuerzo en solitario sin el estímulo de una
competición, el espíritu atlético sin una meta o un triunfo que disputar con otros! Me
levantaba y me esforzaba hasta el agotamiento. Notaba, sin embargo, cuando me
hallaba en ese estado tumultuoso en que los movimientos se vuelven en cierto modo
involuntarios, que los míos se orientaban todos a trepar. Una de las veces conseguí
subir por el muro desigual con sorprendente agilidad; pero me solté en cuanto me di
cuenta, porque sabía que no tenía posibilidad de escapar por ese medio. Pero cuando
lo dejé (el ritmo que el ejercicio violento imprime a la sangre y al ánimo parece
comunicarse a todas las cosas, por lo que el ejecutante, después, mira en torno suyo
con una sensación de euforia que el mundo parece compartir: los árboles y los
campos se mecen y ondean ante sus ojos), cuando lo dejé, ninguna voz me aclamó. El
eco del ruido que hice resonó larga y pesadamente en los corredores; y los muros
siguieron inmóviles, oscuros, impasibles, como si quisieran mostrar su desprecio
hacia el esfuerzo insignificante por escapar incluso al pensamiento de su influjo,
hacia unos ejercicios por la salud y la libertad practicados en una prisión. Miré a mi
alrededor con desaliento. Casi esperé oír una carcajada siniestra junto a mí; casi
esperé ver las figuras de esos (si es verdad que los hay) que se placen en frecuentar
las prisiones para recrearse en el sufrimiento; en turbar el breve sueño del cautivo; en
presentarle, en la oscuridad de su celda, sombras que aguardan la hora del descanso
para sorprenderlo; en mandar a su reja las caras y los murmullos de aquellos a los que
ama, y cuando abandona de un salto su yacija, asomar por los barrotes un semblante
deforme que hace mofa de él. ¡Ah, qué preñada de imágenes espantosas está la
soledad! Finalmente, pensé en lo que había leído sobre los recursos que otros han
utilizado en la soledad de la prisión. Pensé con amargura en el escaso interés con que
había leído esas cosas. La tercera noche, no obstante, empecé a hacer muescas con el
cuchillo en la madera de la puerta para contar los días que pasaba encerrado. Pero al
darme cuenta de que era un completo cautivo, y de que había adoptado tan pronto los
comportamientos y hábitos del que lleva años consumiéndose en la enfermedad y la
esperanza diferida, en la muerte lenta de la ansiedad prolongada… el cuchillo se me
cayó de las manos, y me eché a llorar. ¡Ah, que nadie me hable, que nadie me hable
en lo sucesivo, de los poderes de los que adquiere conciencia el espíritu en soledad!;
de la utilidad de la reclusión, y de los descubrimientos con que nos deleita el
conocimiento interior. El hombre solitario no conoce otra cosa que la aflicción y el
vacío. La soledad es un principio hostil que repugna a la naturaleza; es el letargo de la
vida, la tumba del espíritu.
Ese fue el estado general de mis sentimientos durante mi encierro. La undécima
noche, cuando ya me suponían quebrantado por el cansancio o por la impaciencia del
confinamiento, me disponía a dormir, cuando me pareció oír pasos. Me incorporé con
esperanza y temor. Se acercaban. No hay palabras que puedan expresar los
sentimientos encontrados con que los oí acercarse: vi luz a través de las rendijas de la
puerta; oí girar la llave, y chirriar los goznes. La libertad no habría podido

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compensarme de semejante momento. ¡Era nuestro padre!
Se acercó con paso lento, indeciso, según me pareció; alzó la luz que traía, y
paseó ávida y atentamente la mirada a su alrededor. Me dio la impresión de que había
otros fuera. Al descubrirme, se irguió orgullosamente. Me levanté para escuchar lo
que tuviera que decirme. «Annibal —dijo bajando la luz y clavando sus ojos en mí—;
como ves, no soy hombre al que se pueda provocar impunemente». «Lo que veo —
dije— es que podéis castigar sin que medie provocación; ¿o por qué estoy aquí? ¿Por
haber visitado una parte de la morada paterna? ¿Por haber entrado donde no puedo
molestar ni alarmar?» «Debía haberte bastado mi voluntad de que no se abran esos
aposentos. ¿De quién puedo esperar obediencia, cuando mis propios hijos sobornan a
los criados para que transgredan mis órdenes? ¿Y qué —añadió tras una pausa—, qué
has obtenido con tu desobediencia? ¿Qué has visto o has conseguido que mereciera el
riesgo de mi enojo? No has encontrado más que polvo y escombros… nada que no se
pueda ver en otras ruinas». Había una extraña calma en su voz que me despertó de la
apatía que me dominaba. Alcé los ojos. Me miraba con tan singular expresión que al
punto me hizo reparar en lo último que había dicho, y comprender su significado. Sus
preguntas, evidentemente, pretendían sonsacarme qué había visto, qué había hecho o
qué había descubierto; si había dado con algo que no siempre se puede encontrar en
unas ruinas.
La confirmación de que había venido no a compadecerse de mí y a liberarme,
sino a sondear e interrogar a quien creía que el confinamiento había ablandado y
debilitado, me deprimió y me dio fuerzas a la vez. Semejante falsedad me sublevó.
Me pareció que no era mi padre, sino un asesino que aprovechaba la ventaja de tener
a su víctima desarmada; y decidí resistirle con las fuerzas que me quedaban, y
rechazarlo, confundirlo y derrotarlo. Aún tenía la posibilidad de contraatacar; porque
había oído contar muchas veces cómo habían sacado a más de uno revelaciones que
se esforzaba en ocultar, haciéndolo caer súbitamente en un arrebato de ira, o
responder a una réplica inesperada.
«Cualquiera que sea el descubrimiento que haya hecho —dije—, estoy
convencido de que carece de interés para Vuestra Señoría, y por tanto no puede ser
causa de vuestro enojo». «Entonces, ¿has hecho descubrimientos? —dijo, impaciente
—. ¿Y por qué debe presumirse que carecen de interés para mí?» «Yo al menos no
esperaba que lo tuvieran —dije con maliciosa satisfacción—. Pero dado que Vuestra
Señoría dice que no hay nada que descubrir, que nada hay aquí que no podamos
encontrar en otras ruinas, debo suponer que lo que he visto es una ilusión o una
insignificancia; y en uno y otro caso, ¿qué interés puede tener para vos?»
Sus ojos llamearon, y le temblaron los labios. «¡Bellaco insolente, te burlas, y
gozas rebelándote porque crees que no tengo poder para castigarte, pero te equivocas!
Poseo medios terribles… medios que ni imaginas. No me obligues a recurrir a ellos.
Recuerda que no serán momentáneos, porque no están concebidos para arrancar una
confesión, sino para castigar la porfía. No; yo no necesito tu confesión, muchacho

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estúpido. Yo sé todo lo que tú puedas saber; y también la explicación, cosa que tú no
sabes. Pero reconozco que deseo disponer de una excusa para perdonarte y levantarte
el castigo. Dime, pues, cuántas veces has venido aquí con ese viejo falsario al que la
muerte ha salvado de mi enojo. Dime qué te contó, y qué te enseñó; dime…»
Calló, como si de pronto se hubiese dado cuenta de que estaba mostrando
demasiada ansiedad. No pude reprimir el impulso que sentí en ese instante. Me
incorporé y, clavando los ojos en él, exclamé: «Si os lo dijera, agravaríais aún más mi
cautiverio, o me mandaríais a donde todos dejamos de sufrir». Pero en cuanto hube
satisfecho ese impulso, comprendí que lo que había dicho era peligroso y estúpido; y
confundido, desvié los ojos. «Si —dijo con la voz del que está decidido a sacrificar
sus pasiones a una meta—, si tan temible soy, ¿por qué no tienes miedo de mí? Te
aseguro que no sería infundado. Piensa hasta dónde llega mi poder, y piensa que estás
a su alcance. La resistencia que hasta ahora se te ha permitido ofrecer la atribuyes
erróneamente a una quimérica fortaleza de espíritu y de principios que imaginas que
ninguna prueba puede doblegar. Créeme: eso es solo porque la prueba hasta ahora no
ha sido rigurosa —sentí que la tierra me faltaba bajo los pies—. Has crecido en el
lujo, Annibal, y entregado al espíritu romántico de un retiro contemplativo. Para ti, la
soledad no implica sufrimiento mientras no la acompañen esas privaciones que la
caracterizan como castigo. Siempre que te traigan alimento abundante y aceptable, y
tus medios de descanso sean cálidos y amplios, la soledad a que te sometan no tendrá
ningún efecto sobre ti. Pero si te quitan esos estímulos de ficticio valor, si te niegan la
luz, y el calor, y el espacio, y la libertad, descubrirás cómo ese valor que imaginas
que mana inagotable del principio resulta ser siervo efímero de una causa
contingente, demasiado insignificante para contar entre los altos motivos de un héroe
encadenado».
Sus palabras me encogieron el corazón. ¡Cuán profundamente ciertas eran! ¡Cuán
superfluamente cruel su ironía! ¡Ah!, es fácil resistir a los que solo se valen de las
armas ordinarias del castigo, cuyos golpes podemos calcular y esquivar; a los que
dirigen sus golpes a las partes expuestas y preparadas para el común asalto diario.
Pero cuando el torturador se te acerca armado con un conocimiento superior de tu
naturaleza, cuando sabe exactamente qué nervio responderá con la más intensa
vibración de dolor, qué puntos débiles estás deseoso de guardar y ocultar, cuáles son
las vías y accesos a los centros de sufrimiento más íntimos y vitales de tu persona,
entonces, entonces llega el dolor de verdad, entonces llega el miedo de verdad, el
sometimiento desesperado. Eso es lo que yo sentí, aunque aún quería ocultarlo.
«Sé que tenéis mucho poder —dije—, y creo que no tenéis piedad. Sin embargo,
no me considero falto de recursos. Aún conservo intacto el espíritu; mi enojo contra
la opresión es connatural, y mi conciencia está limpia de agravios. Ese es mi gran
sostén y asidero. No voy a declamar sobre la excelsitud de la inocencia encerrada en
una mazmorra; sería ridículo, y opuesto a la naturaleza. Probablemente sufriré
mucho; pero ese sufrimiento, estoy convencido, lo harán soportable las grandes

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ayudas que acabo de citar. No dormiré mejor sobre una losa que debajo de ella; pero
hasta que me destruyáis la salud, dormiré tranquilo; y no me asustará, mientras esa
luz confusa dure, contemplar los rincones de mi mazmorra por toscos y tenebrosos
que sean, ni, cuando esté acostado, escuchar los cambiantes aullidos del viento en los
corredores; lo peor que puedan anunciarme será que esa noche va a ser oscura y fría».
Mientras hablaba, una ráfaga sonora sacudió la puerta, y agitó y avivó la llama de la
lámpara.
«¿Eso es todo? —dijo nuestro padre con una voz que pretendía que sonase
despreocupada—. ¿Estás seguro?» «Me recrearé, incluso divertido —dije; porque me
sentía exaltado y con enormes ganas de seguir hablando—, en las sombras fantásticas
que la oscuridad y mi visión nublada hagan surgir de los muros de mi prisión… tal
vez mi tumba». Me vinieron las imágenes mientras hablaba; y me asomaron lágrimas,
no de desaliento, sino de tristeza y convicción.
«¿Fantásticas? —murmuró él para sus adentros—, ¿llamas fantásticas a esa clase
de figuras?» «¿Qué figuras?», dije, sobresaltándome a mi vez. Alcé los ojos; le
sorprendí mirando de manera extraviada por la cámara. Extendió un brazo, y lo
retrajo. Dio un paso atrás, casi encogiéndose, hasta que se pegó a mí. «¿Qué es lo que
veis —dije—, que hacéis ese gesto?» «¿Acaso no tienes ojos, que no lo ves? Tú eres
el causante; el que lo ha llamado aquí. ¿Por qué hablas de esas cosas? Mencionarlas
siempre trae esto» —alargó un brazo hacia atrás para agarrarme; no para que
observara, sino para apoyarse, mientras señalaba con el otro, desplazándolo
lentamente a su alrededor con el movimiento quimérico que veía. Me estremecí
horrorizado. Era la primera vez que tenía delante a alguien convencido de la
presencia de una naturaleza espiritual. Mis ojos siguieron involuntariamente la
dirección de los suyos; pero no veía nada, salvo el fondo oscuro y vacío del cuarto,
que el ofuscamiento que se estaba apoderando de mí volvía más oscuro aún.
«No me hagáis señas —prosiguió en voz baja—; ese no es el sitio… No… no
podéis mostrarlo… Aquí, en esta habitación, estoy a salvo».
Su expresión se dilató en un rictus demasiado horrible para llamarlo sonrisa. «En
nombre de cuanto hay sagrado, ¿con quién habláis, y qué señaláis?» «¿Quién está
junto a mí? —dijo—. ¡Ah, eres Annibal! ¿Por qué me agarras así del brazo? ¿Qué
miras tan fijamente? Ahí no hay nada… nada, créeme». «Yo no veo nada —dije—,
pero vuestras palabras me desconciertan». «Entonces mira hacia otro lado. Ya ves que
no hay nada; extiendo el brazo así, ¿te das cuenta?, y no tropieza con nada; pero las
sombras de estos antiguos aposentos a menudo adoptan formas caprichosas —se pasó
la mano por la frente una o dos veces—, Annibal, cuando tengo el espíritu agotado
como ahora, suelo decir incoherencias. No las escuches; y si lo haces, atribúyelas a la
ansiedad que me causas, y hablemos de asuntos que te atañen: Annibal, revélame qué
has visto y oído».
Me quedé estupefacto ante semejante cambio, de amenazarme con un castigo
espantoso a intentar ocultar su culpa con las argucias más abyectas. No pude contener

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mi indignación. «Lo que he visto y oído —dije con vehemencia— confirma mis
descubrimientos». Estas palabras enérgicas le sacaron al punto de su horrible
abstracción. «¿Cómo te atreves —dijo con severidad—, cómo te atreves a persistir en
esa parodia de sospecha y ofensa? Porque es una parodia: engañas a tu propia
credulidad y falseas tu propia convicción a fin de perseguirme y calumniarme; no
tienes ninguna prueba… lo que has visto en la torre no lo admite como tal sino un
espíritu malvado que prefiere acusar mentalmente a su padre de asesinato a que falte
alimento a sus ansias frenéticas de emoción». «Me acusáis injustamente —dije,
asombrado ante la claridad de sus alusiones, pero dispuesto a sacar partido de su
aparente disposición a razonar—; lo que he descubierto me lo han revelado una serie
de acontecimientos que ni podía controlar ni conocía su origen. Os aseguro que seguí
esos pasos encogido y lleno de aprensión, con un miedo que sobrepasaba el natural,
con sombríos presentimientos cuyas consecuencias me temo que se van a confirmar
sobre mi cabeza. Las visiones que he tenido…» «¿Visiones? —me interrumpió—;
solo ha habido una, y maldita la insensatez que me ha tentado a revelarla. Pero cómo
iba a pensar que ese viejo fisgón te llevaría a husmear precisamente en ese sitio». Lo
dijo con tan involuntaria rapidez que estoy convencido de que imaginó que no le oía;
como el hombre que, sin darse cuenta, responde a sus propios pensamientos. Pero
cada palabra me llegó tan clara como si su propósito fuera grabármelas en el cerebro.
Creo que leyó el horror en mi cara; porque retrocedió, y dijo con furia: «Tu semblante
es horrible; me fulminarías con los ojos si pudieses; veo una expresión en ellos peor
que la que brillaba hace un momento. Lo importante es que estén callados ellos, y no
digas nada tú, aunque veas esas cosas. Pero tú no eres como ellos; a ti puedo
prenderte y encerrarte, y hacerte sufrir. Y recuerda que en esta contienda de
persecución llevas las de perder. Tengo medios para infligirte más de lo que puedas
imaginar, más de lo que podrías creer. El espíritu que ha resistido la oscuridad y la
soledad puede ser doblegado hasta el menosprecio y la degradación. ¡Desdichado, no
conoces siquiera la mitad de mi poder! Ignoras que estoy en posesión de un secreto
cuya revelación podría convertirte en un vagabundo, en un mendigo sin nombre ni
fortuna, con el escarnio aullando a tus talones y el hambre obligándote a seguir; que
esta misma noche podría arrojarte de mi puerta a la indigencia y a la infamia».
«Arrojarme a la indigencia podréis; pero no a la infamia. Y pido a Dios que os haga
confesar ese secreto, y me arrojéis de vuestra casa como amenazáis. Porque tal vez no
me libre de la infamia mientras lleve vuestro nombre y viva en este matadero
blasonado y amurallado. Si me fuera dado ganar mi propio nombre, y establecer mi
propia fama, querría solo tener limpio el corazón, las manos fuertes, la espada que me
habéis quitado, y este precioso retrato que me infunde nobles pensamientos». En el
transporte de entusiasmo, me saqué del pecho el dibujo, lo besé, y lo mojé con cálidas
lágrimas. Él se inclinó para verlo, con indiferencia me dio la sensación; pero, ¡Dios
mío, qué efecto le produjo! ¡La expresión con que unos momentos antes había mirado
o parecía mirar las sombras de los muertos había sido plácida y serena, comparada

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con esta mezcla de emociones terribles! ¡Era de horror y de júbilo salvaje! Lo
observó unos instantes con avidez y desesperación, ¡y a continuación trató de
arrebatármelo! «¿Dónde…? ¿Cómo…? ¿En virtud de qué hechizo o brujería has
conseguido eso? Dámelo. Me pertenece. Es mío. ¡Desdichado!, ¿cómo te atreves?…
Te has apoderado de él para perderme y hacerme enloquecer. No intentes oponerte; se
lo arrebataría a un lobo hambriento». «A mí no me lo quitaréis —dije, protegiéndolo
con firmeza—; me ha acompañado en la paz y la libertad, y nadie me privará de él en
el cautiverio. No me importa quién lo vea, ni que se sepa su procedencia; lo he
copiado de un retrato de esa torre. El original lo llevo en mi corazón: es su elegida,
futura dueña de él. He hecho promesa solemne de buscarla por todo el mundo;
promesa que cumpliré si salgo con vida de este lugar». «Muchacho desventurado y
miserable; si es verdad eso, no sabes lo que dices —juntó las manos con fuerza dos o
tres veces en un gesto de consternación; hablaba, evidentemente, sin reserva ni temor
—. Mis crímenes han maldecido el mundo. El veneno chorrea de los bordes de
nuestro vestido. Las generaciones venideras volcarán su cargamento de pecados sobre
mi cabeza. ¡Annibal, Annibal, óyeme bien!: me has llenado el alma de desolación;
¿quién sino tú me ha visto humillado de este modo? No hablo dominado por la pasión
o la venganza; por una venganza como la que tu desventurada obcecación, me
estremece pensar, podría dirigir contra mí. No quiero hundir la tuya en la
condenación eterna. Annibal, si vieses alguna vez el original de ese retrato, huye de
él, de su morada, de su contacto, de su vista. Si su pensamiento te visita, destiérralo
como harías si se tratase de un espíritu maligno con los susurros tentadores del
mismo Satanás; cuando te asedie, acude a un hombre santo y pídele que te enseñe la
penitencia y la plegaria virtuosa para arrojarlo de tu lado. Recuerda que esta
advertencia no la hace alguien movido por debilidad del amor —calló porque le
ahogaba la ansiedad—. Annibal, déjame verlo, te lo ruego. Deja que vea ese rostro,
solo una vez más. Lo veo tan a menudo envuelto en llamas y horrores que quisiera
verlo en paz, sonriente de vida —lo dijo con la caima tremenda del sufrimiento
cotidiano; se lo mostré con mano precavida—. Pobre Erminia —murmuró para sí; y
lo contempló con esa ternura apenada y compungida con que miramos un semblante
transido de dolor—. ¡Pobre Erminia!», exclamó otra vez, sin dejar de mirarla.
Entretanto, yo me había recobrado. «Si ya no vive el original —dije, sin esperanza de
que contestara—, ¿qué puedo temer de lo que, a lo más, sería una aparición? El
original ha muerto y descansa en su tumba; ¿debo huir entonces de su sombra?» «No,
no —dijo en voz baja—; no descansa en su tumba». ¡Nuevamente observé que su
mirada se quedaba fija en ese vacío horrendo y sin nombre que denota la presencia de
algo invisible al órgano común de la vista! Otra vez se me heló la sangre. «Os lo
ruego —dije, levantándolo y sosteniéndolo con firmeza—, os lo ruego; no os dejéis
anonadar de ese modo otra vez; no soporto veros así. Vuestros criados están ahí fuera;
mandad que vengan, antes que dejar que os domine. No puedo soportarlo. Soy un ser
cautivo, solitario, atemorizado; veré vuestro rostro demacrado en todos los rincones;

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en todas mis pesadillas». No podía moverlo. Parecía que tenía las piernas trabadas y
tiesas; los ojos, también, los tenía absolutamente fijos; no podía hacer que los
desviara. Parecía que hablaba con gesto serio a alguien que estaba entre la puerta y él;
pero sus palabras se perdían en un murmullo inarticulado. Mis ojos seguían la
dirección de los suyos; y aunque un miedo casi rayano en la agonía me aguzaba la
vista, no conseguía distinguir nada. «Sí —dijo con esa voz baja y extraña—;
¡demasiado bien la veo! ¡No sois de este elemento! Ahora surgís del suelo, ¡os dirigís
a la puerta! ¡No se han ido aún… aún no! No. Son más grandes… más oscuros…
¡más feroces! —calló, pero no se apaciguó su terror; yo no podía hablar; luego añadió
en tono más profundo, con solemne entusiasmo—: ¡Si sois efectivamente reales, y
venís con poder, y con un propósito concreto; aguardad, y me reuniré con vosotros si
me está permitido; porque a ese modo de asentir con la cabeza y llamar con gestos
nadie puede resistirse! Quedaos ahí, y teneos ante mí visiblemente; comprobaré si
sois realmente como parecéis. ¡Voy con vosotros! ¡Ahora! ¡Ahora! —agarró una luz
en cada mano y fue derecho a la puerta—. ¡No están! ¡No están! No quiero volver a
mirar, no vaya a ser que surjan otras figuras —y mientras retrocedía, dijo—: Por el
Cielo, me han oído los de fuera… se están riendo de mí… ¿También tú te ríes,
desdichado rebelde? Tú me has traído esto. A esta debilidad me han reducido tus
crueles persecuciones». Abandonó el aposento, dejándome con la convicción de que
los planes del culpable los frustran a menudo sus propios terrores, y que su cobardía
contrarresta suficientemente su malevolencia. Pero toda la utilidad de la lección se
esfumó con los temibles recuerdos que la acompañaban. Si el objeto de su visita era
castigar, desde luego lo había cumplido. El terrible espectáculo de un ser
debatiéndose bajo el peso de la acción cometida, o la conciencia de un crimen,
agobiaba mi alma casi como si hubiese participado yo también; cada ráfaga de viento,
esa noche, me traía aquella voz baja y extraña con la que había hablado, según creía
él, con seres que no eran de este mundo; veía su cara pálida y desencajada cuando
cerraba los ojos, y cuando los abría pasaba ante mí silencioso, en la oscuridad; cada
vez que me dormía, lo veía en sueños. Pero «con la mañana llegó el gozo»; un gozo
como ninguna madrugada me había traído desde que estaba encerrado. Bajo la
conducción del monje, fui trasladado de ese lóbrego lugar a otro de la misma torre,
más espacioso y luminoso. Y respondiendo magnánimo a mis insistentes súplicas,
dijo que me traería algún libro.
Cuando salió a cumplir su promesa, me invadió una sensación nueva; como si una
luz de esperanza acabara de caer sobre mi vida. No es posible describir la frescura y
novedad de mi alegría ante la idea de disponer de un recurso que tanto tiempo me
había sido negado; que me asombraba haberlo desechado en otro tiempo por apatía,
capricho o abandono; que me asombraba que, poseyéndolo, pudiese nadie sentirse
desdichado; que me asombraba, sobre todo, no haber comprendido hasta ahora su
valor. Durante la hora que el monje estuvo ausente me sentí demasiado dichoso para
contemplar la posibilidad de un desencanto. Mil sensaciones risueñas me

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embargaban. Con la generosidad propia de la alegría, habría querido comunicar mi
estado de ánimo a esos haraganes que bostezan ante las bibliotecas, a esos cuyos ojos
recorren los libros sin enterarse de su contenido. Mi inminente ocupación me parecía
inagotable: me acordé de cuando me quejaba si no tenía varios libros entre los que
escoger. Ahora, en cambio, me bastaría uno para enfrascarme el día entero.
Podré detenerme en cada frase, me decía; y aunque su significado carezca de
novedad, o de originalidad, pensar en ella me suscitará alguna cadena de
pensamientos; llegaré a algún descubrimiento, a alguna nueva combinación o
semejanza entre objetos hasta ahora no alumbrada; al menos, me distraerá la
actividad. Estaré intensamente, deliciosamente ocupado; y cuando vuelva de mi
excursión intelectual, miraré cuántas páginas me quedan por leer, cuánta ayuda que
interponer entre la sensación de soledad, o la hora de la oscuridad, y yo. Aunque la
lectura nunca ha ido acompañada de tales consecuencias, mis impresiones eran tan
nuevas que confiaba en disfrutar de todo esto, y más, tan pronto como tomase
posesión de ese nuevo tesoro; y decidí racionar juiciosamente mis reservas; no
permitir que mis ojos vagasen indiferentes sobre una sola página; detenerme a
reflexionar sobre ellas, a saborearlas, digerirlas con morosidad epicúrea. Casi deseaba
que mis facultades fueran más lentas, estar obligado a avanzar más despacio, y así
retener más tiempo. Finalmente llegó el tesoro: un único libro. Fue una biblioteca
entera para mí. Apenas me entretuve en dar las gracias a mi hosco servidor: abrí el
libro, y se desvaneció como una ilusión. Tan acuciante era mi apetito literario, y tan
prolongada mi hambre de lectura, que no podía contenerla, como no hubiera podido
contener la fuerza de un torrente: me lancé sobre mi escaso alimento, y cuando me di
cuenta estaba llegando a la mitad del libro sin haber puesto en práctica mi plan de
leer solo una página. Al terminarlo (era temprano aún), decidí leerlo otra vez, y volví
a empezar; pero no tardé en darme cuenta de que el placer ya no era el mismo; era
menor incluso que el que se obtiene de una segunda lectura; ante mí tenía una tarea;
me daba cuenta de que debía realizarla para tener tranquilidad. No podía levantar la
vista con el dichoso abandono del que sabe que no está irremediablemente atado a un
único recurso; yo sabía lo que hacía; que debía persistir aunque me faltasen la
atención y el placer, y lo hiciera por tanto con fastidio. Además, como estaba
oscureciendo, no me apetecía adentrarme ahora en muchos pasajes visionarios en los
que, en el tumulto de mi primera fruición y a la luz del día, me había recreado con un
gozo especial. Surgían al comienzo de una página; y los recorría con ojos rápidos,
cohibidos, como si temiese que los caracteres se volvieran de trazo más grueso
mientras los leía.
En general, observé que disfrutaba menos de lo que había esperado; mis ideas
desfilaban demasiado confusas y rápidas para poder recrearme en ellas. Continué
sorbiéndome un pasaje tras otro con ciega admiración y vértigo infantil, sin pausas ni
distinciones. Sin embargo, incluso meditar sobre esto me proporcionaba ocupación y
era ocupación lo que buscaba. La tenía en abundancia: mi confusión de ideas no me

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dejaba dormir; cambiaba de postura una y otra vez; me repetía los trozos que había
leído, y descubría que los que me venían a la cabeza eran los que menos me habían
interesado. Al poco rato, lo que recordaba se me hizo aburrido e insulso debido al
desasosiego, y deseé sinceramente olvidarlo todo.
Cuando la campana del castillo dio las doce, escuché con alivio momentáneo sus
tañidos, cómo se apagaba su larga y profunda resonancia; los mismos rincones de mi
cámara respondieron a ellos, y a la vez que se perdían, parecía que se propagaban
arriba, abajo y alrededor. Los estuve escuchando hasta que mi imaginación llenó la
pausa de sonido. Ojalá hubiera seguido llenándome eternamente los oídos. Y
entonces, una voz humana, fuerte, distinta, gritó de manera desgarrada «¡asesinato,
asesinato, asesinato!», tres veces; tan cerca que me pareció que salía del muro que
tenía a mi lado. No puedo describirte la impresión que me produjo; cualquier impulso
que hubiera podido tener de socorrer a esa persona, de gritarle unas palabras de
aliento, de lamentar mi encierro, y de decirle que un ser humano muy cerca lo oía y
se condolía, lo ahogó la súbita e inexpresable convicción de que esas voces no habían
salido de un ser mortal. No me explicaba de dónde venían, ni había forma de
averiguarlo. Eran irresistibles, imborrables; y me encadenaron al silencio. No fui
capaz de preguntar ni de decir nada; ni siquiera de llamar al carcelero para que me
informase. Todo ese día me sentí como el hombre cuya paz corroe un secreto. Miraba
con profundo desaliento a mi alrededor, las paredes, las ventanas, los rincones
oscuros del aposento, como si tuviesen conciencia de lo que habían oído; como si
pudiesen vomitar y revelar las voces terribles que se habían tragado. En medio de este
desaliento, me acordé del libro; lo cogí, y con una diligencia digna de mejor
recompensa, leí de nuevo cada sílaba, y me detuve en las mismas interjecciones, con
una minuciosidad supersticiosa que me hizo sonreír al darme cuenta. Pero fue inútil.
Había perdido mi capacidad de sentir placer. Era como esos individuos vulgares que
en cuanto tienen una dolencia la achacan al corazón; el interés que prestaba me
dejaba una sorda sensación de inquietud interior que no podía desechar, e incluso
temía advertir. Pero mucho antes de que anocheciera, me había terminado el libro.
Sin embargo, estaba dispuesto a no «dejarme atormentar antes de tiempo»; había
resuelto mantener alejada la impresión de lo que había oído con todos los medios a
mi alcance, hasta la medianoche, hora en que quizá ya no me sería posible. ¡Ah, no
sabes lo que son los lánguidos esfuerzos de la soledad! Disponer de mil maneras el
escaso mobiliario, lo más diferente que se me ocurría; imponerme la obligación de
pasear arriba y abajo por la habitación siguiendo una grieta del suelo, y cuando mis
pasos se volvían inseguros al ir estrechándose, mirar atrás, no fuese que una mano me
empujara para hacerme perder la trayectoria; seguir las vetas serpenteantes de las
tablas del zócalo, que me distraían y atormentaban con su parecido a las ramas de los
árboles y arbustos; seguirlas con la mirada donde eran visibles, y con el tacto cuando
no. Eran recursos miserables de una situación que reclama variedad, aunque priva al
ánimo de todo poder y de los medios de ejercerlo; y estos recursos miserables eran un

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alivio en mi horrible estado. Aunque ni siquiera pude disfrutar de ese alivio mucho
tiempo.
Llegó la hora. Durante muchos minutos estuve callado, jadeando, como
esperando el ruido que me asustaba. Tenía el libro abierto ante mí. No veía una sola
palabra en él. Sentí el movimiento lento y progresivo que te va acercando al horror.
Sentí que se me erizaba el cabello. Sentí que se me abrían los poros, y la conciencia
de que fría, solapadamente, se iba extendiendo sobre mí algo que no podemos
nombrar. Un siseo me llegó al oído. Mis ojos estaban dilatados. Era como si, en el
silencio intenso del preámbulo, se me fueran acercando invisibles pero de manera
perceptible todos los poderes oscuros, dispuestos a empezar su trabajo. La manecilla
de un pequeño reloj que me habían traído seguía moviéndose en silencio. Un mundo
habría dado por un ruido cuando vi que llegaba a la hora. Sonó la campana del
castillo. Fue solo un momento —no habría podido soportarlo mucho más—; y la voz
volvió a gritar «¡asesinato!» Fue, si cabe, más horrible que la noche anterior; había en
ella más angustia; era más la voz del que siente en el cuello los dedos del homicida,
del que grita con todas las fuerzas de su desesperación por encima de su misma
capacidad, del que exhala la fuerza agónica de su ser con el grito que será el último
que profiera en vida. Ni siquiera el que oye un grito así puede sentir lo que sentí yo.
Ver al hombre, tenerlo efectivamente delante en la situación más espantosa que se
pueda ver o imaginar, no es nada comparado con el puro terror, la duda, la sospecha
de que hay junto a ti un ser que no es de este mundo. Entre ellos y nosotros se abre un
abismo donde asomarse o vacilar es más terrible que cualquier tormento físico. No es
posible describir la naturaleza y grado de esa sensación misteriosa. Su oscuridad, su
carácter remoto, su carencia de forma constituyen su poder y su influencia. No sé si
mi cerebro estaba exhausto de tanta agitación; pero recuerdo que me dormí tan
repentina y profundamente que al despertar me sobresalté, y que me despabilé en un
instante: el monje estaba sentado frente a mí, junto a la mesa en la que tenía el reloj y
una lámpara. Apoyaba la cabeza en una mano y observaba el reloj en silencio. Al
punto comprendí con total claridad: a esa hora, su visita solo obedecía a un propósito.
¡Ah!, cómo expresar el horror que invade el corazón de quien, solo y sin amparo, se
despierta a medianoche para encontrarse entre los muros de su prisión, y descubrir
enfrente el rostro de su asesino, pálido, concentrado, cruel, junto a la luz desmedrada
de su lámpara.
Me incorporé de un salto, aunque estaba sin fuerzas para resistir. Me quedé
mirándolo gravemente. Él no levantó la cabeza ni dijo nada. Su silencio me
desconcertó. Ejercía una especie de sortilegio sobre mí; no podía romperlo; no podía
hablar: tenía los ojos fijos en él, y mis pensamientos corrían vertiginosos,
comparados con mi incapacidad de expresarlos. Se me ocurrieron mil motivos para
que no hablara: tal vez esperaba a que llegase algún ayudante y me redujera, o le
ayudara a arrojar mi cadáver a un hoyo oscuro y apartado donde nadie pudiera
encontrarlo, donde un hermano pusiera los pies sin sospechar mi muerte. Tal vez

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aguardaba una señal para abalanzarse sobre mí; tal vez que trajesen algún medio
nuevo y horrible de darme muerte para administrármelo; tal vez —y sería lo peor—
me habían administrado ya ese medio en la comida, o mientras dormía, y había
venido a comprobar su efecto, a presenciar mis ansias, mis ojos desorbitados, mi
rostro contraído, mis músculos agarrotados, sin el auxilio que todo ser humano espera
y presta por igual.
Todavía me atormentaban estos pensamientos cuando la manecilla del reloj
señaló la una. El monje alargó la mano, lo tocó, y alzó la cabeza. «Ahora ya puedo
hablar», dijo clavando sus ojos grandes y graves en mí. Me asaltó mi anterior
sospecha. «Entonces —dije—, vais a anunciarme mi fin; presiento que habéis venido
a eso; presiento que habéis venido a asesinarme —movió la mano en un gesto de
tristeza; solo se me ocurría una razón para ese movimiento—. Hablad, os lo ruego.
Vuestros ojos son oscuros y me asusta leer en ellos; incluso mirarlos. ¿Cuál es
vuestro propósito?» «La muerte», dijo el monje. «Entonces, ¿debo morir, morir en
este rincón oscuro, sin ninguna opción, sin lucha, sin una tabla donde agarrarme?
¡Ah, Dios misericordioso!» «¿De qué tenéis miedo? —dijo el monje levantándose—.
Mi tarea es la muerte; pero no la vuestra. ¿De qué tenéis miedo? Mirad esta mano;
han pasado muchos años desde la última vez que empuñó un arma; años desde la
última vez que la sangre hirvió en sus venas —le miré la mano; la toqué
involuntariamente: la tenía fría; callé, esperando una explicación de su presencia y
sus palabras—. Mi tarea es la muerte; tarea largo tiempo aplazada, y largo tiempo
inacabada. Por ella he sido llamado, y he estado años vagando sin esperanza ni
descanso. Muchas peregrinaciones he hecho sin compañía ni testigos; nadie me ha
conocido, nadie ha sabido mi nombre o mi propósito. Pero el plazo se acaba, y pronto
habré dado fin a mi empresa. De momento, se me ha permitido venir a conversar con
vos». Hablaba tan reposadamente que me dio tiempo a serenarme. Su extraño
discurso me tenía asombrado. «No sé qué queréis decir, ni a qué tarea os referís —
dije—. Si mis sentidos no me engañan, sois el padre Schemoli, consejero de mi
padre». «Lo soy —dijo en un tono especial—; soy perpetuo compañero de vuestro
padre». «Sé quién sois. Os veo pálido y extraño con esta luz melancólica; pero sé
quién sois. Lo que no sé es con qué objeto venís a esta hora, ni comprendo lo que
acabáis de decir». «¿Solo me conocéis como el padre Schemoli? ¿No me habéis visto
nunca con otra apariencia? ¿No recordáis la última vez que me visteis?» «La
recuerdo; fue en la torre oeste; llevabais una luz; acompañabais a mi padre; os
recuerdo bien». «¿No me habíais visto nunca allí?» «No; fuera cual fuese mi
sospecha, nunca os he visto por allí». «Pensad, pensad: ¿qué descubristeis, enterrado
y mohoso, en uno de los corredores?» «Descubrí una terrible visión —dije con un
estremecimiento—; pero en mi siguiente visita al lugar, la habían hecho
desaparecer». «No; la visteis, aunque con otra forma. La visteis tan claramente como
me veis a mí ahora». «No sé qué queréis decir. Vuestra voz me hiela la sangre, pero
no os comprendo». «No queréis comprenderme; mirad mis ojos, mi rostro, mis brazos

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—dijo levantándose y extendiendo los brazos—; la última vez que los visteis estaban
podridos y descarnados, sepultados en ese rincón inmundo. Sin embargo, la fuerza de
su constitución, de su forma, de su carácter, habrían sorprendido a unos ojos menos
sagaces y atentos que los vuestros». Mientras hablaba —¿fue mi imaginación o el
hechizo de la hora y el lugar?—, sus ojos, su boca, su nariz, todas las oquedades de su
rostro se volvieron más profundas y oscuras; la piel de su cráneo rapado, a la luz
desmayada de la lámpara, parecía tensa y amarillenta como el hueso de una calavera;
y las articulaciones de sus manos grandes y nudosas eran tan pronunciadas y visibles
como si se le hubiera secado la carne. Tragué una especie de bulto que me taponaba
la garganta, e intenté resistir la impresión de sus palabras y de su aspecto; porque
ofendía mi convicción y mis sentidos a unos extremos que ningún terror local,
impostura ni fantasía podían justificar. «¿Es esto burla o extravío? ¿Pretendéis
seducir mis ojos y mis oídos? Si os he comprendido, insinuáis algo que no podría
engañar la credulidad de un niño, ni siquiera la del supersticioso. ¿Queréis hacerme
creer que vos, a quien he visto ejercer todas las funciones, a quien he visto ir y venir
entre nosotros, sois alguien que murió hace años, que ahora habitáis otro cuerpo, que
la carne que yo he tocado hace un momento no es real? ¿Acaso pensáis que la prisión
y los sufrimientos me han reducido a semejante debilidad? ¿Creéis que tengo el
espíritu igual de encadenado y entumecido que el cuerpo? Y aunque así fuese, ¿creéis
que tengo los sentidos embotados y anulados hasta ese extremo; que no soy capaz de
oír, de ver, de sentir ni de juzgar las impresiones que los objetos dejan en esos
sentidos, tan bien como si ahora no fuese medianoche, y no estuviese en esta prisión
oscura, y con esta luz sencilla y humilde? ¡Fuera de aquí! ¡Aún no he llegado a esa
debilidad!» Me escuchó sin alterarse. «Ya que queréis juzgar solo por el testimonio
de vuestros sentidos, ¿por qué no consultáis mejor el de vuestro oído? ¿Nunca habéis
oído antes esta voz? ¿Ni recordáis dónde?» «Sí —dije con esa vehemencia que
impone la verdad—; sí, creo que sí; aunque no recuerdo cuándo, quizá porque el
miedo me nubla la percepción, o se me nublan los recuerdos. Es como una voz que he
oído en sueños, o como esos sonidos que nos visitan en la oscuridad y se mezclan con
el viento. Sin embargo, observo también que no es la misma con que habláis con la
familia».
No dejaba de mirarlo mientras hablaba, tratando de encontrar en su rostro algún
rasgo que me ayudase a identificar el tono anterior de su voz. Se situó frente a mí, y
me miró fijamente. «¿Qué voz —dijo— fue la que confirmó al aterrado Michelo, en
la torre oeste, que la venganza de vuestro padre sería terrible? ¿Qué voz cruzó ante
vos con el viento cuando contemplabais la tumba de Orazio? ¿Qué voz susurró al
oído del moribundo “aflicción y muerte” cuando estabais arrodillado junto a su
lecho? ¿Qué voz grita “asesinato” cada noche desde profundidades jamás medidas
siquiera por la imaginación desde que fueron erigidos estos muros? ¿No es la que os
habla ahora?» Su acento se había ido volviendo cada vez más grave, casi hasta
apagarse; pero en la última pregunta, su fuerza casi me traspasó los oídos. Su figura

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se había agrandado: casi flotaba en la oscuridad. La luz alumbraba únicamente sus
manos extendidas, que casi resplandecían. El resto de su figura lo ocultaba una
oscuridad general e imprecisa. Yo estaba sumido en la confusión y el temor; como
solo se siente el que descubre de pronto que otros conocen su secreto, como el que
descubre que lo que creía importante ocultar está en poder de otro, y juega con él.
«¡Virgen santa!, ¿quién sois? ¿Dónde estabais escondido? ¿Cómo me seguisteis?
¿Quién pronunció esas palabras…? O si fuisteis vos…» «No podéis admitir cosas que
ofenderían a la credulidad del niño y del supersticioso; no podéis creer que haya
asumido otra forma que la que ahora tengo; estáis preparado con vuestros
razonamientos, vuestras refutaciones, y vuestras pruebas físicas y lógicas, para
explicar todas las presencias y apariencias que se ofrezcan a vuestra percepción —
prosiguió con burla—. ¿Podéis decirme, entonces, qué ser visita cada noche el
cementerio de la antigua capilla? ¿A quién visteis cuando decidisteis entrar en la
cripta? ¿A quién sorprendisteis en los corredores de la torre oeste? ¿Quién extendió
un brazo y os señaló el ojo vivo del muro muerto? ¿Quién cerró, y no pudisteis abrir,
la puerta de la cripta? ¿Quién —cuando descubrió que vuestra pretensión de violar
los secretos de los muertos no era sino una débil e impía curiosidad—, quién se
trasladó de esa torre, sin ser visto, a la madriguera miserable y oscura desde donde os
llega mi grito cada noche? ¿Quién podrá decirlo, si no podéis vos?»
Al oír estas palabras, el miedo, y cualquier emoción que pudiera haberme
inspirado, se desvanecieron ante la perspectiva que abrían de satisfacer mis dudas, mi
asombro, mi larga e insaciable curiosidad. No puedo explicarte la impresión que me
produjo esta enumeración tan clara, tan puntual en sus partes. Infundió nueva vida al
sentimiento que predomina en mi naturaleza; imágenes remotas, brumosas, siempre
recordadas con duda y perplejidad, volvieron ahora a mi memoria con la fuerza de
una luminaria. Un centenar de preguntas se me agolparon en los labios, y un centenar
de deseos en el corazón. Todo mi interior era desasosiego, inflamada expectación.
¿Quién, al ver mis ojos ardientes (porque sentía que me ardían en las cuencas) y mis
manos extendidas, quién habría creído que me dirigía a semejante ser, a una criatura
hecha, en su aspecto más favorable, no para atraer, sino para causar repulsión; ahora
agravada y envuelta por la niebla, y la oscuridad, y los terrores sin forma de un
agente sobrenatural?
«¿De verdad poseéis esos conocimientos? ¿Sois de verdad el ser al que apuntaban
las sospechas de Michelo, y mis propias esperanzas, y las dudas que tanto tiempo
perseguíamos? ¿Podéis allanar esos parajes abruptos por los que he vagado tanto
tiempo? ¿Dejarán de tropezar mis pies definitivamente en las montañas de la
oscuridad? ¿Me diréis todo… todo lo que deseo saber… todo (porque podéis) lo que
necesito saber? Si hacéis eso, os creeré, os honraré, os veneraré. Sacadme de esta
casa de tinieblas, y de prisión, y de culpa; enseñadme lo que ha sido tormento y meta
de mi vida, decidme si soy víctima de los engaños del miedo y de la credulidad; o,
como me ha susurrado a veces la confianza, he sido escogido para algo grande, y

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excelso, y remoto. Hacedme saber eso, y me consagraré a vuestro servicio; por
cuanto hay sagrado, me ataré con un vínculo y un medio tan terrible que incluso vos,
con todo el horror de vuestro genio y propósito, lo tendréis por sagrado y temblaréis
al oírlo».
Con la vehemencia del discurso, no había reparado en que la lámpara empezaba a
parpadear. Me di cuenta al seguir su mirada. «¿No decís nada? —dije—; la lámpara
se está apagando. Hablad, antes de que se consuma del todo; porque entonces, quizá,
temblaré al oír vuestra voz, y querré que os marchéis. Hablad, os lo suplico. Es
espantoso quedarme en las tinieblas con tales sentimientos agitándose dentro de mí;
satisfacedlos antes de iros. ¿Os vais? ¿O es que me engaña esta luz agonizante?»
Solo le veía los ojos y las manos, que movía espasmódicamente a la luz insegura.
«Esa lámpara me advierte que debo irme; debo acudir a mi otra tarea; debo velar a la
cabecera de vuestro padre». El tono en que dijo estas palabras me convenció de que
no hablaba en su calidad terrena. La luz se extinguió. Dejé de verlo. Desapareció en
la oscuridad sin ruido de puertas ni rumor de pasos. ¡Dios mío, qué sensación me
invadió al sentirme solo después de lo que había visto y oído! Me arrebujé debajo de
mi capa, y deseé que la vista, el oído y la memoria se me apagaran por completo.
Tenía la sensación de haber conseguido un extraño tesoro; la convicción de que la
visita y sus comunicaciones eran sobrenaturales y maravillosas; pero me asustaba
asomarme a mi propia conciencia; me daba miedo pensar en ellas; eran demasiado
descabelladas y oscuras para admitirlas como compañeras de la noche y la soledad.
Quería pensar a fondo en lo que había presenciado, pero no antes de que amaneciese.
Deseaba vehementemente que un sueño profundo y pesado apaciguase mi cabeza
aturdida, que me latía, me daba vueltas, me zumbaba; hasta que, sujetándomela con
las manos, traté de cerrar todos sus accesos a los pensamientos y las sensaciones. Fue
una noche lúgubre. Oí dar todas las horas. Despuntó la mañana; y cuando vi
finalmente iluminadas las paredes con el sol radiante y alegre, me tumbé a descansar
con una confianza y una satisfacción que no creo que vuelva a experimentar nunca
cuando me acueste por las noches.
El padre Schemoli me visitó, como de costumbre, durante el día. No había en su
continente la menor huella de lo ocurrido en la víspera. Me encogí al verlo entrar;
pero en seguida me sorprendió su silencio y su expresión impasible. Le hablé; le
hablé de la noche anterior, primero con preguntas de carácter general. Pero no obtuve
respuesta. Me puse nervioso; le insistí, le exigí, le supliqué en vano. Después de estar
el rato habitual, se marchó sin haber relajado un solo músculo, sin decir una palabra,
o indicar con una mirada o un gesto que me hubiese oído siquiera. Se marchó,
dejándome en ese estado de desasosiego en el que uno empieza a poner en duda el
testimonio de sus sentidos, y a no saber si las cosas que le preocupan no son sombras
de un sueño.
Pasó el día. Llegó la noche con su cortejo de pensamientos sombríos y tristes. No
conseguía rechazarlos. Dejé de intentarlo. Mi espíritu se había hundido en la

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languidez de una larga y vana resistencia, o familiarizado con cosas extrañas y
repulsivas a nuestra naturaleza; me parecían el mobiliario apropiado de mi prisión.
Me volví hacia ellas con lúgubre apatía, sin rehuirlas, ni rechazarlas como había
hecho al principio. Con ese estado de ánimo, no es de extrañar que los pensamientos
del sueño fueran tan oscuros como los de la vigilia. En realidad, todos fluctuaban
entre la visión y la conciencia; a menudo he partido de un punto al que me habían
conducido, y me he preguntado: ¿era un sueño inasible? Esa noche, cansado por la
vigilia de la anterior, me tumbé en el camastro en cuanto empezó a oscurecer. Apenas
hube cerrado los ojos, me sentí investido de esos poderes extraños que el sueño
concede, más allá de todos los poderes de la vida.
Imaginé que Michelo vivía todavía, y que me guiaba a los aposentos de la torre
oeste. Estaban espléndidamente decorados, y llenos de gente que se volvía a mirarme,
como si esperase algo con mi llegada. Pasé entre ellos, hasta esa cámara cuyas
manchas siniestras recordaban los peligros que mi curiosidad o mi valor desafiaban.
Estaba más iluminada que el resto. En la cabecera de una mesa suntuosa se hallaban
sentados nuestro tío y su esposa, tal como los había visto en sus retratos: alegres,
jóvenes, radiantes. Desde cierta distancia, parecía que se sonreían el uno al otro, y a
los de alrededor; pero al acercarme, su sonrisa se cambió en una expresión extraña;
como si se esforzasen en ocultar una intensa angustia. Seguí avanzando, con el temor
de que su expresión influyera en mis sentimientos. Al llegar, nuestro tío me cogió la
mano y me atrajo hacia él; luego, abriéndose la camisa de colores vivos, me enseñó
su pecho atravesado con dagas y manchado de sangre. Me estremecí y, mientras le
miraba el pecho, se arrancó del costado una de las dagas y la hundió en el de su
esposa, que cayó agonizante junto a él. Y con uno de esos cambios súbitos que en los
sueños no suscitan asombro, se transformó de repente en el padre Schemoli, con su
cabeza rapada y sus hábitos de monje, y se puso a cantar el réquiem sobre el cadáver
de su esposa. Un millar de voces le contestaban. Miré a mi alrededor; los alegres
partícipes se fueron convirtiendo en una procesión de monjes, con velas y cruces. Y
el aposento era una cripta. Las luces, mientras miraba, se volvieron azulencas y
pálidas; y poco a poco, pero perceptiblemente, el cadáver se fue descomponiendo
hasta convertirse en un esqueleto envuelto en un sudario ensangrentado. La fila de
monjes se transmutó en una hueste espectral, con aspecto de muertos, pero con
ademán y movimientos de vivos. Sus ojos se volvieron cavernosos, y sus vestiduras
una piel azul descolorido. Las manos que llevaban las velas eran amarillentas y flacas
como ellas. Yo los observaba a mi alrededor, todos de pie, en un solo punto del suelo:
iban bajando; sus figuras desaparecían en la oscuridad, al tiempo que los últimos
cánticos del réquiem me llegaban a retazos apagados, y como desde muy abajo.
Después cambió la escena, y me descubrí recorriendo habitaciones espaciosas pero
vacías y lúgubres. Del suelo, de las paredes, de cada rincón, surgía mi nombre en
tono apagado, pero distinto: Annibal, Annibal. Lo oía por todas partes. Siguiendo esa
llamada, pero sin saber apenas la dirección, iba de aposento en aposento. Finalmente,

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llegué a uno que tenía una atmósfera de especial soledad; la voz se apagó con un
siseo que se propagó en el aire como si hubiese conseguido su propósito. Miré a mi
alrededor, expectante. En el centro había extendida una capa suntuosa. Me acerqué,
consciente de que este era el punto final de mis vagabundeos. No sé por qué, la
levanté. Pero la solté, y retrocedí: debajo yacía un cadáver ensangrentado. Cuando me
retiraba, la prenda empezó a moverse, y a levantarse; y entonces la figura sacó una
mano, me agarró —no podía zafarme—, y me metió debajo de la capa ensangrentada.
El suelo se hundió debajo de nosotros, y descubrí que me hallaba en un pasadizo
bajo, largo y oscuro. La figura inició la marcha, haciéndome señas de que la siguiese.
A lo lejos se veía una luz débil y azulenca. Fui detrás de la figura mutilada. Entramos
en un lugar que parecía una capilla. Y vi otra vez a nuestro tío, de pie, junto a un
altar. Los cirios que ardían encima de él difundían la extraña luz que había visto. Era
espantoso el contraste entre el mobiliario de la capilla, que era alegre y nupcial, y la
figura del caballero y la de una dama sentada cerca del altar, envuelta en un sudario y
mortaja. Se le acercó el caballero; se levantó ella, y nuestro tío empezó a recitar las
fórmulas de la ceremonia nupcial. El caballero extendió su brazo ensangrentado, y la
dama alargó la mano: era Erminia. Me dije a mí mismo: «¿Es esto una boda?» Corrí
furioso, movido por un impulso apasionado de celos y de terror. Me descubrió la
dama, profirió un grito, dejó el altar y, cogiéndome de la mano, me llevó ante nuestro
tío. Este me miró un instante; luego me abrazó, y vi que se convertía de nuevo en el
padre Schemoli. Me libré de su abrazo, y me aparté con un movimiento instintivo de
repugnancia y horror.
Me desperté con el forcejeo, y descubrí que el monje estaba otra vez sentado
frente a mí, observando el reloj junto a la lámpara todavía encendida. Totalmente
despabilado por la impresión, me incliné a mirar si había llegado la hora: eran las
doce pasadas. Sentí un alivio que ni siquiera el descubrimiento del visitante, allí
presente, fue capaz de anular. No dijo una palabra, como en la noche anterior, y su
silencio volvió a dominarme. Su figura era grave y extraña. Nos miramos largamente.
Yo no era capaz de apartar los ojos de él ni de decir nada. Quienquiera que nos
hubiese visto habría creído que me tenía bajo el influjo de algún sortilegio, hasta que
él apartara sus ojos de mí y lo disipara con su dedo extendido. Tan intensamente
perduraban en mí las imágenes del sueño reciente que su presencia real no me
causaba más impresión que la quimérica. Había dejado de ser agente; pero al parecer
venía como intérprete. Una vez más, cuando la manecilla del reloj señaló la una, alzó
los ojos y dijo: «Ahora puedo hablar». «¿Qué es —dije, familiarizado ya con su
aparición— lo que os prohíbe hablar hasta este instante? Parece que se os concede
una extraña libertad llegada esta hora. Yo os exhortaría a que vinierais a hablar
conmigo de día, cuando la conversación es más natural y más semejante a la de los
hombres. Pero os gusta venir a mí sigilosamente y de noche, mientras duermo, y
mirarme con ojos extraños, y hablarme con la voz de los sueños y la imaginación».
«Es porque a esa hora mis poderes son limitados; no puedo hablar cuando quiero, ni a

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quien quiero. Solo me está permitido hacerlo a determinada hora, y a una sola
persona. Esta pesada vestidura que me envuelve me oprime, y estorba mis
movimientos; pero son los crespones de un espíritu-peregrino, y a veces dejan pasar
el resplandor para dar testimonio de su extraño huésped». «¿A qué os referís; qué es
lo que os coarta y os constriñe?» «Esta forma de apariencia carnal que aloja a mi
espíritu prisionero y en pena». ¡Dios mío, qué aspecto tenía en ese momento!: triste,
borroso, evanescente. Mis ojos apenas podían delinear su figura, que parecía fundirse
con la oscuridad que la envolvía. «En pena, en efecto —dije, casi crédulo, con un
estremecimiento—; ya que estáis encerrado en semejante forma. Pero ¡qué insensata,
qué monstruosa ficción insinúan vuestras palabras! ¡Dios mío, no me hagáis perder la
razón mientras os miro; guardadme de una credulidad que me privaría del uso de mis
sentidos, que me haría víctima de una pesadilla horrenda e imposible! ¿A qué no se
me podría empujar si os creyese? Sometido a vuestro influjo, podríais hacer de mí un
asesino. No; estas visitas nocturnas, y los terrores que me traéis, no son sino el
principio de ese suplicio con que mi padre me amenaza. Veo malevolencia en esta
persecución: ha utilizado la soledad, y el encierro, y la privación de cuanto
corresponde a mi rango y a mis años, y no ha conseguido doblegarme el ánimo.
Ahora os envía a vos, a quien la naturaleza y el hábito os ha hecho apto para
mensajero del horror; y os envía para amedrentarme y aterrorizarme; manda que
griten voces en el corredor, y envía un rostro como el de los condenados para que lo
sorprenda mirándome en el momento de despertar. ¡Dios mío! —exclamé,
levantándome, espoleado por el calor y la angustia de un miedo cada vez más grande
—, qué acoso despiadado; y no son estos sus últimos ataques; me perseguirá hasta la
locura. Gritaré hasta mi último aliento en este agujero; me estallarán los nervios de
los ojos ante alguna visión espantosa; moriré de terror, y moriré solo. ¡Ah, apartad de
mí ese rostro! Veo, percibo una sonrisa de burla y de tormento en vuestro silencio. Lo
sé; sé que la próxima noche estaréis aquí; oiré vuestros gritos propagándose en la
oscuridad y en el viento de los corredores. Entonces vendréis a visitarme con alguna
otra forma, quizá me arrancaréis de mi sueño —me había ido formando un cuadro
que perfilaba y confirmaba todo lo descrito—. ¡Fuera —exclamé, arrojándome en el
camastro y tapándome la cabeza con la capa—; marchaos! Cierro los ojos para no
veros». «Si fuese ese mi propósito —dijo él con tranquilidad—, ¿por qué no haber
actuado antes, cuando la impresión era más eficaz por ser inesperada? ¿Y por qué
arrojo un velo sobre la forma quimérica de mi ser, y converso con vos como haría un
hombre con otro hombre? Si mi propósito fuese aterrorizaros, ¿por qué habría de
obrar así?» «No lo sé; vuestro oficio y costumbre es comerciar con el misterio,
atormentar con la duda. Si no, ¿por qué no decís claramente qué pretendéis y os
marcháis? Bastante oscura es ya esta cámara sin vuestra presencia. Pero no —me
levanté y le agarré la mano—; esta noche no. Mañana; contádmelo mañana, a
mediodía, y os escucharé». «Mañana a mediodía no podré; yaceré en mi rincón
ensangrentado. No puedo salir a la luz, ni valerme de una voz que pueda oír el

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hombre». «Vuestra figura externa —dije— estará aquí». «Solo será mi apariencia»,
dijo él. «Pero ¿por qué os son tan necesarias la oscuridad y la soledad? ¿Sois acaso un
búho, o un cuervo, que deben habitar en las ruinas y ulular a la luz de la luna?» «Os
contaré una historia más oscura que la del búho posado en las ruinas desoladas, y que
la del cuervo que golpea con su pico la ventana del moribundo». «Entonces ahorraos
el trabajo; no quiero oírla. Y dejadme; bastante tengo con los terrores de la soledad y
mis propios pensamientos». «No pensabais así cuando obligasteis al viejo Michelo a
llevaros a la torre oeste para que vigilase con vos la tumba; cuando me seguisteis de
sitio en sitio, y casi me descubristeis en una empresa que nadie debe ver». «Entonces
no estaba encerrado en esta prisión —dije—; y por tanto no se me permitía hablar con
vos. Extraño ser, que sabéis a un tiempo atraer y repeler; que sabéis templar el miedo
con la curiosidad; que sabéis poner más empeño a la vez que aparentáis relajar la
influencia. Siento que no resisto más. Domináis todas las puertas del espíritu
humano; podéis hacerme sentir miedo, y deseo, y encogimiento, y suspenso, y
determinación a vuestro antojo; incluso cuando más creo que os temo, sabéis recurrir
a algún objeto de secreto estudio o interés anhelado por mi curiosidad, para forzarme
a ceder y a suplicar. Siento que mi corazón, y mi espíritu, y mi destino están a vuestra
merced o a vuestro capricho. Habéis estado conmigo a solas; me habéis visto cuando
nadie me veía; habéis sorprendido mis pensamientos cuando no los expresaba.
Continuad, contadme lo que queráis; anunciadme lo que debo saber, o hacer…
adelante; algo me dice que debo creerlo todo». «Hace veinte años, yo era como vos
ahora, un mortal con pasiones y hábitos mortales. Hace veinte años, la sangre corría
por mis venas, en ellas me latía el pulso de la vida; y el caudal que manaba por ellas
era intenso y fogoso. Yo vivía una vida de pecado y de locura. El cielo y las cosas
sagradas quedaban muy lejos de mi pensamiento; y el poder que abandoné me
abandonó. Me entregué a un espíritu réprobo. Mi vida transcurrió en una hoguera de
inextinguible maldad, y tuvo un fin sangriento. Unas manos impías y asesinas me
arrastraron a la tumba; manos, como las mías, inflamadas de maldad y empapadas de
sangre; manos que se me ha asignado ver alzarse cada noche implorando perdón, y
denunciar que se alzan en vano. Mi cuerpo fue arrojado al hueco donde lo
descubristeis; y mi alma…» «¿Adónde ha ido? Os lo ruego, no os detengáis ahí.
Decidme: ¿adónde ha ido vuestra alma?»
«Eso no debo decirlo; ni vos podéis oír secretos del mundo de las sombras; los
que me envían, que siempre rondan cerca, surgirían ante vos como un relámpago y
me arrebatarían, si intentase revelaros qué hacen. Y su sola visión os fulminaría;
destruirían esta gruesa torre y la derrumbarían sobre vuestra cabeza; no me molestéis
con preguntas ni me interrumpáis cuando hablo; mi tiempo es breve, y mis palabras
limitadas; pero estad seguro de esto: ninguna visión de enajenado, ningún recuerdo
del asesino en su agonía, ninguna imagen de horror religioso ha rozado siquiera los
confines del mundo de la aflicción. Tras un término de años (durante el que se me
concedió una remisión del sufrimiento, para cabalgar sobre pesadillas a través de un

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aire oscuro y malsano; para esconderme entre los cortinajes del enfermo, y surgir ante
sus ojos cuando se retiraban sus criados, hasta que gritaba que volviesen; para gemir
y atraer hacia el torrente, o el despeñadero, o la caverna, al viajero extraviado o al
hijo errante de la desesperación, que se precipitaban detrás de mí, y descubrían con
ojos agónicos quién los hacía caer en el engaño; para rendir así un servicio
abominable a las más diabólicas naturalezas, a los íncubos, a los vampiros y a los
gules; para llevarles nuestros restos putrefactos, como alimento execrable, desde los
diversos abismos que los habían engullido; para ver a los gusanos pululando y
cayendo de su presa; para sentir el dolor de nuestra carne devorada con una
sensibilidad mortal no totalmente extinguida, como esa débil conciencia de dolor que
tenemos mientras dormimos, la precisa para turbar nuestros sueños, y asaltar las
defensas de la percepción), tras un término de años pasados de este modo, una noche
en que los demonios señoreaban los aires, empujado por las horcas quebradas del
rayo, las balas afiladas del granizo, y los gritos y alaridos y risas orgiásticas de las
huestes de las tinieblas, me refugié en la caverna de una montaña, y clamé por que
cerrase sus entrañas de roca sobre mí; pero me vi obligado a seguir, en tanto los
flancos de los montes bramaban bajo las pezuñas hendidas de mis perseguidores.
Seguí corriendo por oscuros y secretos senderos, de la naturaleza jamás visitados por
el sol, empapados de humedades, agostados por los vientos, abrasados por los fuegos
meteóricos de esa mazmorra de la fábrica del mundo, hasta trasponer una abertura
por la que cabrían todos los ejércitos, y salí a una llanura inmensa, en el centro de la
montaña, donde pilas de rocas ardientes y encantadas, con nombres prohibidos
tallados en ellas, impedían la huida incluso a los espíritus desencarnados. Creí que
había llegado a mi meta final, y casi pensé con alegría que los últimos truenos
reducirían a polvo esa prisión adamantina. Pero me equivocaba, sí. Aunque espíritu
irredento, me engañaba con la esperanza. Era una llanura inmensa en la que, en otros
tiempos, hubo una ciudad enorme con muchísimos habitantes; habitantes que habían
sido idólatras y malvados, invocadores de poderes y estudiosos de las artes del
mundo tenebroso e inferior.
»Así que el poder supremo, enojado, hizo que una inmensa masa de fuego
volcánico irrumpiese en el centro de la ciudad; y en una noche la consumió con todos
sus habitantes, al tiempo que vomitaba piedras y masas minerales y derramaba fuego
sólido por todo alrededor que, haciendo bóveda sobre ella, formó una montaña que
ocultó su nombre y su lugar y su memoria por los siglos de los siglos. Y a partir de
entonces, ha sido guarida predilecta de los espíritus impuros; nadie más podría llegar
a esa ciudad y vivir. Allí he visto formas que nadie debe nombrar, ni decir cuál es su
ocupación. Me acurruqué en un rincón, a cubierto de las luces abominables; y allí
descubrí que mi vuelo había sido involuntario, que nada era menos deliberado que
una tregua del dolor, y que incluso la diversión de los demonios tenía que ser
malvada. En aquel lugar, un gran fuego, alimentado con un combustible ultraterreno,
elevaba sus largas lenguas foliadas, verdes, rojas y blancas. A su alrededor,

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incrustadas en la roca e iluminadas con esa luz cambiante, había figuras de hombres
de sólido azufre o mineral derretido, cuerpos fundidos y mezclados, fruto monstruoso
de un parto volcánico; eran un conciliábulo de hechiceros que se habían reunido para
celebrar sus ritos tenebrosos la noche misma en que fueron sorprendidos y abrasados
por el fuego del mundo inferior. Se hallaban petrificados alrededor de la hoguera
mágica que habían encendido, todos en la actitud en que los había sorprendido el
castigo, hundidos en las paredes del vasto templo de la magia donde se habían
congregado, ahora convertido en una caverna de esa región interior. Aún mostraban
en sus rostros petrificados el gesto y el miedo de la hora poderosa; aún estaban
armados con sus sigilos, sus terafim y sus talismanes. En el centro de la hoguera
había un cuerpo humano medio consumido desde hacía dos mil años, parcialmente
evocado con algún mágico propósito cuando les llegó la muerte a todos; y hasta que
el hechizo se invierta, allí continuará el cuerpo eternamente. Pero un poder más fuerte
que ellos, el poder de mis compañeros, los obligó a volver de ese sueño de horrenda
existencia, para que reanudasen ese rito inacabado, y despertasen el cadáver del
centro de las llamas. Obedecieron, ya que no podían resistirse a las palabras de poder;
y vieron cómo su crimen se convertía en su castigo. Fue una visión espantosa, incluso
para un alma condenada: sacados de la roca humeante que querrían que hubiese caído
sobre ellos y los hubiese ocultado; con sus figuras de escoria metálica y ceniza en que
los rasgos humanos, de tonos púrpura y rojo y verde calcinados y sucios, luchaban
horriblemente por salir la masa candente y negruzca; sus ojos de piedra moviéndose
con una vida extraña; abiertas sus bocas selladas para emitir una voz como el rugido
de los vientos subterráneos, y agitándose alrededor del fuego cuyas llamas les
apuntaban de manera deliberada. Concluida la ceremonia, el cadáver quedó libre, y
los muertos vivientes se recluyeron de nuevo en sus mortajas adamantinas. Entonces
se entonaron fórmulas y escribieron caracteres que nadie de este mundo podría oír y
seguir viviendo; y para cumplir mi penitencia, me vi forzado a ocupar el cuerpo al
que habían restituido sus funciones en el que debo seguir encerrado hasta que
concluya el plazo de mi sufrimiento, y sean enterrados mis huesos, y castigado mi
asesino mortal». «Callad, callad —dije con vehemencia—; no puedo seguir
escuchando. La cabeza me da vueltas, la vista se me nubla; si seguís hablando
mientras os miro, me quedaré sin aliento. ¿Puede un hombre creer esas cosas? ¿Puede
un hombre creer todo eso?», me repetí a mí mismo; pero al mismo tiempo me
pregunté: «¿Puede un hombre inventar todo eso?» «Sí —prosiguió—; estos son
huesos sólidos de tiempos pasados. Esta piel oscura la ha tostado un sol dos mil años
más viejo que el que os alumbraba a vos ayer. Este cuerpo pertenece a un habitante de
aquella ciudad antigua, resucitado para usarlo en tenebrosas brujerías la misma noche
de su destrucción. ¡Ah!, pensad lo que supone volver a sentirse encerrado en una
carne pecadora, sin los poderes de la vida ni el deseo de vivir; mirar el mundo a
través de los órganos confusos de la muerte; ver a los hombres como sombras a mi
alrededor, y ser una sombra para ellos; percibir los objetos y agentes mundanos que

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impresionan mis sentidos apagados como si fuesen las imágenes de un sueño, pero
estar terriblemente despierto a esa imaginería, a todos esos movimientos ocultos a los
hombres. Cuando estoy entre vosotros, veo figuras y oigo voces; hablo con los
muertos, y no obstante deambulo entre los vivos; ¿cómo puedo perder esta terrible
sensación de otro estado de existencia? Ningún ser vivo la podría adquirir, pero los
muertos jamás la pueden perder… si es que hay otros muertos como yo con una
misión que cumplir. No puedo deciros qué palabras me han sido reveladas, ni qué
sombras hay en este instante junto a mí».
Mientras él hablaba, el entusiasmo y el temor me asaltaban alternativamente
como el vaivén del oleaje en el océano. Yo había proferido mis últimas palabras bajo
el influjo del miedo; ahora, involuntariamente también, dije movido por el otro
impulso: «Vos podéis, debéis hacer que vea esas formas; debo oír esas voces. ¿Están
tan cerca de mí los secretos del otro mundo y no puedo captarlos?» «No podéis; nadie
puede contemplar esas cosas, y seguir con vida». «Yo estoy dispuesto a arriesgar la
mía —dije con frenética ansiedad— con tal de verlas». «Mortal, perverso y
arrebatado; sacrificaríais la vida para satisfacer una curiosidad impía, y en cambio oís
sin emoción a un espíritu desesperado que os pide a gritos remisión y descanso desde
el pozo donde no hay agua». «¿A mí? ¿Quién me llama? ¿Quién apela a mí? ¿Qué
debo hacer; y por qué yo? ¡Ah, no me llaméis, no acudáis a mí! Temo que la muerte
tienda sus trampas a mi alrededor mientras hablo con vos. Contentaos; me habéis
llenado de horrores, habéis encendido en mi alma un fuego que jamás se apagará.
Quedad satisfecho, y marchaos. Esta es una hora irracional, poblada de pensamientos
tenebrosos, y asechanzas de los poderes malignos. Dejadme. He oído demasiado; he
pensado demasiado». «No; no puedo dejaros; no debo dejaros. Repetiré mi visita
cada noche; cada noche oiréis mi historia, quizá contada por otras voces. Largo
tiempo se me ha ocultado el nombre de mi liberador. Durante años, he estado
condenado a vagar por el mundo, acosado por los elementos, proscrito por el hombre,
ignorado por todos, aunque obligado a visitar cada noche el lugar donde mis huesos
desventurados se consumen, a recorrer noche tras noche el suelo de la capilla
exhalando gemidos que harían estremecer a los espíritus, con mi carga desdichada, a
abrir la tierra con las manos, y darles en ella profana sepultura, mientras los demonios
que acechan a las almas perdidas de esas criptas, con bramidos y cirios encantados,
remedando el rito que no he recibido, los sacan otra vez, y los arrojan entre risas y
maldiciones a ese nicho salpicado de sangre donde no tienen descanso. Era penoso
visitar así cada noche ese lugar, aunque el sol se había puesto para mí en los desiertos
de África. Finalmente, se me permitió entrar en este castillo con una personalidad que
me resguarda de las miradas frecuentes, y de tener que mezclarme demasiado con los
hombres. Sin embargo, pese a mi retiro, los criados no me quitaban ojo, me temían y
me vigilaban, y su curiosidad ha sido castigada. Aquí he sabido quién deberá
liberarme de mi tenebrosa esclavitud: sois vos, Annibal di Montorio. Vos debéis
recoger mis huesos insepultos, depositarlos en tierra consagrada con los ritos

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pertinentes, con el toque de campanas y la bendición de un hombre santo. Pero,
Annibal di Montorio: vuestra misión no acaba ahí. Del suelo gimiente donde fui
asesinado brota una voz que clama “sangre por sangre”».
«Callad, callad, o me volveré loco. Si sigo oyendo esas palabras, no merezco
vivir. Sé su terrible significado; sé a quién apuntan; pero es imposible, es antinatural,
es la perdición. No debo escucharos, no me atrevo; sois, efectivamente (los
pensamientos se me iban volviendo cada vez más solemnes), sois efectivamente lo
que decís: un espíritu maligno. Las cosas que me habéis dicho no podría concebirlas
un ser humano, no podría relatarlas un mortal. Las creo completamente; y creo que
sois un espíritu de la tentación, un espíritu de la falsedad, lleno de insinuaciones
pavorosas. ¡Ay, Virgen María, vértigo me da pensar en la oscuridad a la que me
habéis conducido! ¡Aparta, maligno; aléjate de mí! Seas quien seas, hueles demasiado
al poder que te inspira. En un instante te veré huir gritando, acosado por una jauría de
duendes aulladores, arañado por sus garras y sus colmillos. ¡Ah, no me miréis así! Os
compadezco; por el cielo con todos sus santos, os compadezco, y rezaré por vos.
Todos los oficios de la gracia y el amor se harán por vos: misas, plegarias,
peregrinaciones; vuestros huesos descansarán en tierra consagrada, con la cruz, con
reliquias, con agua bendita, y ceremonias para expulsar al poder que os tiene en
tenebrosa prisión. Todos los requisitos que puedan dar la paz a un alma separada se
cumplirán por vos; pero no habléis más, no insinuéis nada más; no quiero seguir
escuchándoos. No me miréis con esos ojos oscuros, llenos de intención; sé quién es;
lo sé todo… pero que sea otra mano. ¿Acaso soy yo el ángel de la venganza para
cruzar los aires con esa misión aterradora, hasta las entrañas de la naturaleza, hasta el
grito de la humanidad, hasta la sangre de un padre?»
Ippolito, si no descubres por ti mismo estas frases sueltas de horror y aversión del
mensaje que leo en las palabras del espectro, yo no me atrevo a ser más explícito. Él
sí me comprendió, desde luego: «Habéis comprendido cuál es la misión; cuando se
trata de un designio del destino, descubrirlo y obedecerlo son una misma cosa: pero
estáis hecho de carne, y estáis lleno de aprensiones carnales. Aún no habéis alcanzado
esa triste y solitaria exención del sentimiento mortal que todo agente del destino lleva
grabada en la frente. No habéis entrado en la densa nube de vuestra misión, de la que
brotan relámpagos y truenos, y aterra al común de los hombres. Pero volveremos a
vernos». «¡Nunca, nunca! ¡En nombre de lo más sagrado, si es que lo sagrado tiene
poder sobre vos, os suplico que os vayáis; no me atormentéis más! Podréis
empujarme a la desesperación, pero jamás a la culpa. Retiraos; os lo ruego y os lo
ordeno. No debemos vernos más. No sé a qué terrores podría precipitarme vuestra
presencia. La locura, o algo peor que la locura, me amenaza cuando os veo. Vuestras
palabras penetran hasta el fondo de mi ser. Nada podrá arrancármelas jamás. Jamás
podré olvidar vuestra apariencia y vuestra historia. No hace falta que me la repitáis.
Si os importa la salvación y la paz de un alma inmortal, dejadme, y no vengáis a
verme más».

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Negó tristemente con la cabeza. Siguió meneándola, acompañando este gesto con
una expresión tan desconsolada que me froté los ojos dos o tres veces, dudando si no
sería la debilidad lo que me hacía ver esa oscilación. Finalmente dijo: «Mis visitas no
dependen de mí. Estaba condenado a vagar por el mundo hasta encontrar al ser
escogido por el Destino para dar descanso y reparación a mi cadáver y a mi alma;
ahora que os he encontrado, vuestra sombra, vuestros miembros, vuestra conciencia,
vuestra alma y vuestro corazón no serán más íntimos y omnipresentes compañeros
vuestros que mi terrible historia y yo. Noche tras noche, os visitaré; rondaré junto a
vos durante el día; mis susurros jamás abandonarán vuestros oídos ni mi presencia
vuestra imaginación. Huid de mí, sumergíos en otros escenarios y ocupaciones,
cambiad de país, de identidad, de hábitos… y os seguiré a través de todo espacio, y
viviré con vos a través de toda vida; la voluntad eterna me ha maridado con vos.
Suspended el oleaje de los mares, detened la luna en su carrera, cambiad todas las
cosas bajo el trono del cielo, y desesperad luego de expulsarme de vos. Los poderes
de ambos mundos se hallan igualmente armados contra vuestra impía oposición. Ni el
infierno dulcificará sus tormentos, ni el cielo revocará sus decretos. Puedo
perseguiros de manera aún más terrible; puedo hablaros con la voz tumultuosa del
lago hirviente de fuego y azufre. Quizá perdáis la razón en esta lucha, pero debo
perseguiros hasta que mi cuerpo y mi alma encuentren la paz. Entonces, cuando haya
sido asestado el golpe definitivo —los ojos se le pusieron en blanco y se agrandó su
figura—, y la ira, la ira largo tiempo contenida del cielo, haya reducido a polvo estas
torres negras y ensangrentadas, entonces, por única y postrera vez, me veréis en mi
forma original, a horcajadas de estas murallas malditas, figura gigantesca de fuego,
abrir las criptas donde el asesinato ha dormido décadas, y arrancar los secretos
culpables de una casa cuyos anales de crímenes y desdichas acabarán en mí».
En vano intenté interrumpirlo, o no escucharlo. Era como pretender acallar los
delirios de la Sibila, o detener la tormenta del cielo. Siguió inundándome los oídos y
el alma con un torrente de palabras y pensamientos que me hacían jadear y mirar
desorientado a mi alrededor, tratando de saber si la voz me llegaba de arriba o de
abajo, si los muros se estremecían, si el suelo se levantaba bajo mis pies, o se abría
para exhalar esa voz atronadora. Tan absorbida tenía la atención que, hasta que no
calló, no me di cuenta de que estábamos a oscuras. Con el tumulto de mis
pensamientos, se me había vuelto a escapar esta circunstancia que había querido tener
firmemente en cuenta. Alcé la lámpara de llama vacilante, y vi su figura imprecisa en
el instante de retirarse, aunque no pude distinguir en qué dirección desaparecía, dada
la negrura de mi cueva, Dejé la lámpara y tendí los brazos, tanteé a mi alrededor
llamándolo, hasta que el eco de mi voz, fantásticamente agravado, y deformado por
las mil resonancias de esos corredores interminables, volvió a mí de manera temible;
y con un movimiento instintivo, encogí los brazos, no fuera a tocar los de él, o de
algún otro ser extraño, y su fría garra me paralizase.
Me tumbé en el camastro a esperar una noche terrible; pero la energía de mis

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sentimientos contrarrestó su desbocada agitación. Me encontraba demasiado lejos del
ámbito de la naturaleza humana para que sus miedos me afectasen. A cada ataque y
asalto de un pensamiento inquietante oponía una resistencia y un desafío como nunca
había hecho antes, y ahora me llenaba de sorpresa. El resto de la noche dormí
profundamente sin que me turbase ninguna pesadilla ni sobresalto.
Al día siguiente, cuando desperté, miré a mi alrededor con una sensación nueva.
Extendí las manos y me dije, casi en voz alta: soy un ser nuevo. Me levanté, y paseé
por la habitación con el ademán orgulloso del que se halla por encima de la
sensibilidad y atributos naturales. Sentía que había estado en comunión con un
morador de otro mundo, de ese mundo pavoroso para nuestra conciencia y alejado de
nuestras concepciones. Una sombría dignidad me envolvía. Un sentimiento de
orgullo, exento de las precarias cualidades del orgullo mundano, me animaba. Me
consideraba superior a los reyes y a todos los poderosos de la tierra. ¿Cuál es su
poder?, me decía a mí mismo; dura unas horas y, gusanos como son, tiemblan bajo su
yugo. Para conseguirlo consultan en secreto y arman a su gente, su conservación les
quita el sueño, y cuando lo pierden, su pérdida los aniquila. En cambio el poder del
que yo estoy investido se extiende a un estado futuro e inacabable. Dependientes de
mí hay toda una categoría de seres, cuya sustancia es indisoluble y cuya duración es
eterna. Para solicitar mi ayuda, han sido cambiadas las leyes del cielo y rasgado en
dos el velo del templo de la eternidad. Puedo reducir y someter a tormento a seres
que, si andan sueltos, podrían violar y desintegrar el orden y los elementos en que
vivo; y puedo hacerlo, valiéndome de poderes superiores a los más grandes de la
naturaleza… poderes que me han sido especial y exclusivamente conferidos por un
periodo que sobrepasa el de mi propia vida, y quizá la de la humanidad.
No veía lo horrible de tan flamante privilegio con todas estas consideraciones, o
más bien con el vigor y el ánimo refrescados con que empezamos el nuevo día,
ocupado en una especial cadena de pensamientos, e iluminado por un sol radiante y
matutino. Miré a mi alrededor, y los pocos objetos que ofrecía el espacio de mi celda
se convirtieron en combustible para mi percepción y mi conciencia dilatadas. Sus
impresiones diversificaban mis pensamientos sin disminuirlos. Observé el sol, o
mejor dicho su luz que, cuadriculada por la gruesa carpintería, caía sobre los anchos
arcos de las ventanas. Lo miraba como si fuese capaz de dominarlo, y hacer que sus
rayos dieran la vuelta. Pensé con desdén en su función: hacer que miríadas de
criaturas semianimadas abandonen el sueño animal por el letargo de la mente; una
noche de sopor por un día de vacuidad; llamar a los seres exactamente igual que lo ha
hecho desde su primer amanecer en la tierra, con exactamente igual procedimiento, a
un reposo exactamente igual.
Y pensé en mí, escogido por la mano del cielo para llevar a cabo un designio
secreto y sublime: abrir el libro oculto de los crímenes, y leérselos a un mundo
sobrecogido; agarrar como Sansón los pilares de esta fábrica de iniquidad, derribarla,
y morir aplastado bajo sus ruinas gigantescas. Pensé que el corazón del hombre,

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movido por sus esperanzas y temores más vitales, por su tierno amor a la vida y
tembloroso de solicitud por el futuro, abrazaría los anales de mi vida, en tanto las
historias de las naciones, de los reinos y de sus adalides se volverían efímeras
burbujas de tiempo que se desharían en sus manos. Contemplé las paredes de mi
prisión con desdén; con secreto, rencoroso desdén. Sí, pensé, podéis fruncir el ceño y
humillarme; podéis hacer más densas vuestras sombras y más sólidos vuestros
cerrojos; pueden los vientos del cielo dar a vuestro mortero la solidez de la roca, y
hacer de vosotros una mole adamantina. Pero El que me llama levantará el brazo, y
vosotros, y todos los obstáculos terrenos, desapareceréis como el humo. Podéis mirar
con mirada torva a otros cautivos; podéis dejar morir aquí, en el anonimato y el
olvido, a esos hijos de la tierra; y pueden ellos alzar los ojos, temblar bajo vuestras
bóvedas de hierro, y decirse a sí mismos «no tengo redención». Pero ¿qué sois para
mí, cuando la Potestad que me guía puede sacarme del fondo del océano, arrancarme
del cráter del volcán, mandar a los elementos que retrocedan, o hacer que se abra la
tumba, «porque me necesita»?
Me recreé en estas reflexiones. Tenía el espíritu lleno de una valentía terrible, de
una exaltación audaz, de una sublimidad salvaje y tenebrosa. La materia de mis
sentimientos era el miedo; pero un miedo depurado de toda mezcla grosera, de toda
debilidad terrenal. Era auxiliar de seres ultramundanos, no su presa; ya no me
agarraba al manto que arrastraba el profeta sino que, montado en su carro de fuego,
volaba veloz por toda la extensión del espacio, al tiempo que las formas de los
elementos se inclinaban a mi paso y mi poder: Durante horas, estuve dando vueltas
arriba y abajo de mi prisión, que era espaciosa y de techo alto, pero cuyas paredes me
devolvían el aliento. Cada vez paseaba más ansioso, con el cuerpo sudando y
palpitando, el espíritu flotando, hasta que me di cuenta de que hacía rato que había
pasado la hora de que apareciese mi visitante.
Apenas le di importancia. Finalmente oí que se acercaban pasos, y que metían una
llave en la cerradura. El hábito de prestar atención a los pequeños detalles me había
aguzado tanto los sentidos que en seguida adiviné, por la manera lenta e inexperta de
girar, que no la manejaba la mano de siempre. Y no bien había llegado a esta
conclusión, se abrió la puerta de golpe, como si el carcelero se hubiese impacientado
por la lentitud; y medio sollozando, medio gritando, entró Filippo y se arrojó a mis
pies. Jamás había experimentado, ni volveré a experimentar, tan profunda
demostración de lo mudables que son los sentimientos humanos. En un instante
cambió todo dentro y fuera de mí. Me alegró conciliar mi oscura y brumosa elevación
espiritual con los cálidos y modestos sentimientos que despertaba en mí la visión de
un ser humano, mi camarada de carne mortal, con sus flaquezas y sus afectos, y que
tan devoto se mostraba. Me alegró bajar del precipicio de la existencia aérea y
reclamar mi parentesco con el hombre. Dejé unos momentos que desahogase sus
emociones. Me apaciguaba, me complacía sentirle derramar sus cálidas lágrimas y
sus besos sobre mis manos, mi vestido, mis rodillas, en rápida y ansiosa sucesión.

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Solo me inclinó a contenerlo la consideración de que quizá nos estaban observando, y
que sus elocuentes muestras de adhesión podían exponerle a algún peligro. Me
esforcé en levantarlo. Lo comprendió él, y escuchó mis temores. No había nadie
cerca, dijo. Nadie pensaba en vigilarnos, ni sospechaba de nosotros; todos se fiaban
de él gracias a los santos, y en especial a su patrón san Filippo, que le había ayudado
a engañar a nuestro padre, e incluso al diabólico monje, como él llamaba al confesor
con aversión manifiesta.
Yo no podía ocultar mi asombro ante su aparición y sus palabras. Me había creído
aislado del mundo, de toda cercanía y afecto humanos; y de ningún modo podía
suponer que permitirían visitarme con total libertad a alguien que compartía conmigo
la persecución que me tenía encerrado; pero era inútil hacerle preguntas y más
preguntas: Filippo impuso su ansiedad y su euforia, impidiéndome hablar hasta
pasada la primera media hora; y aun entonces, a duras penas pude sacarle una
explicación coherente sobre el medio por el que nos habíamos vuelto a reunir.
«¡Ay, signor! —dijo—, ¿os acordáis de la noche terrible en que os detuvisteis al
pie de la escalera, abrieron esa puerta oscura, y la cruzasteis tan pálido que pensé que
bajabais a vuestra tumba? Pues aún no había tenido tiempo de pensar nada, cuando al
intentar seguirlos me dieron un empujón, echaron la llave y me dejaron encerrado en
el corredor. No sabía qué se proponían. Se me ocurrieron cosas terribles. Pero me
dominaba una enorme pesadez, no sé si debido al atontamiento que se había
apoderado de nosotros, o a la falta de sueño, o a los sucesos de la noche; el caso es
que me senté en el suelo, me envolví la cabeza con la capa, y allí estuve sin
moverme, aunque no inconsciente. Me sentía extraño, signor, ahora que recuerdo.
Pero no tenía miedo; no proferí ni una sola queja; aunque creía que tenía las horas
contadas; oí con embotamiento unos pasos que se acercaban; pensé que sería alguien
encargado de despacharme; pero cuando llegaron junto a mí, y comprendí que debía
levantar la cabeza para ver a quién tenía delante, di un grito, aunque no por ningún
dolor, ni por ningún peligro: era el monje. Me agarró del brazo, me levantó sin
miramientos, y me ordenó que le siguiese. ¡Virgen santa, por qué sitios me llevó! Qué
joya sería este castillo para la Inquisición, o para una banda de salteadores, con tantos
pasadizos, subterráneos, y cámaras de gruesas paredes, sin ventanas, ni tragaluces, ni
acceso ninguno de comunicación humana, y con un aire en el que a duras penas
conseguía arder nuestra lámpara… ¡un aire como el aliento de la cripta! Pensé que si
me dejaban allí moriría, tendría una muerte cierta y miserable, incluso sin violencia ni
padecimiento; pero no conseguí obtener del monje la más ligera indicación de lo que
se proponía hacer conmigo. A veces pensaba que era tan fuerte como él, que no había
nadie cerca que nos ayudase al uno ni al otro; y que si apagaba la luz, podría echar a
correr y esconderme en alguna revuelta de los subterráneos, lo que era preferible a
seguirlo dócilmente como un buey al matadero. Estos pensamientos me venían de
cuando en cuando, y miraba de reojo la cara oscura que iba a mi lado, para calcular si
era atacable, y si delataba alguna debilidad o temor. Pero, ¡ay, signor!, en seguida

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desviaba los ojos sin la menor esperanza. Nada hay humano en él. Me temo que no es
un hombre. Si yo supiera cuáles son mis armas, y quién es mi compadre, me aferraría
a la vida y lucharía por ella tanto como el más pintado de Italia; pero cuando estoy
cerca de ese monje, me siento… ¡no sé cómo decir! El aire que me llega de él es
gélido; clava en mí sus ojos grandes y muertos, y su voz me llega como el retumbo de
una tormenta cuando nos tapamos los oídos porque nos da miedo oírla. ¿No os parece
un ser extraño, signor?», dijo, volviéndose de repente y mirándome con sus ojos
oscuros dilatados por el miedo. «Lo es, desde luego —dije involuntariamente—; pero
continúa», dije tras una pausa. «¿Creéis que es un hombre como nosotros?»,
prosiguió con creciente ansiedad, y con la cara más estirada. «No lo sé; no sabría
decir. Te ruego que no hables más de él; sigue con lo que estabas contando; pero
nómbralo lo menos posible». «Bien, signor; pues he pasado cuatro días solo y a
oscuras. Pero ¿cómo seguir, si no puedo nombrar al monje? Era en el único en quien
pensaba, el único al que veía, salvo ahora a vos. ¡Ay!, signor, imaginad lo que
representa pasar cuatro días en total soledad, en completa oscuridad, excepto cuando
venía él a traerme la mísera ración de comida; entonces, la mísera luz que traía me
permitía adivinar confusamente la inmensidad de ese subterráneo. Era extraño,
signor; pero lo veía mejor no estando él. Cuando él entraba con la luz, todo parecía
envuelto en niebla, en una especie de vaho tembloroso, azulenco, que se extendía más
allá de los límites de ese pálido resplandor; y en cuanto se iba todos los nichos y
rincones oscuros, antes invisibles, se recortaban claros y perceptibles a mis ojos. En
vano me envolvía cada vez más la cabeza con la capa; en vano me decía: estoy a
oscuras; esas cosas no están delante de mí; me encuentro en un rincón cerrado y
oculto donde nadie puede entrar y del que nadie me sacará. Sin embargo… Bueno,
me parecía que caminaba sin rumbo, me precipitaba por una pendiente empinada,
oscura, iba a parar a un sitio lóbrego, seguía a una luz extraña que parpadeaba delante
de mí, hasta que de repente surgía en la oscuridad una cara demacrada que me
sonreía, y me hablaba. Entonces yo regresaba tanteando a la paja, hasta donde me
seguía; y traspasaba la capa y me miraba por entre sus pliegues; porque me daba la
sensación de que la seguía viendo, aunque cerraba los ojos y estaba en medio de una
total oscuridad».
Pese a lo melancólico de la peripecia, me alegraba conversar con alguien, y
contrastar mis sentimientos con los de otro en parecida situación.
«¡Ah, signor —exclamó Filippo con ardor—, qué dichosos son los caballeros
instruidos y cultos, que pueden buscar en su interior, y recordar lecturas, e inventar
conversaciones, y tener consigo, en su cautividad y soledad, todo cuanto tuvieron o
amaron, gracias a la fuerza de su mente! Yo estaba convencido de que nunca iba a
sentir esa profunda y pesada soledad si conseguía traer a mi memoria algo en que
pensar, algo que me transportase lejos de ese lugar oscuro, y me pusiese entre las
cosas y las personas con las que en otro tiempo he sido feliz. ¡Pero el cielo me asista!,
no sabía nada que expulsara de mi corazón esa soledad. Hice lo único que sabía: rezar

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las oraciones que mi tío Michelo me había enseñado, cada vez que me traían la
comida, porque no tenía ningún otro medio de saber la hora; y también trataba de
recordar lo mejor que podía algunos versos de Ariosto que había oído a un recitador
en Nápoles. Descubrí que la memoria me aumentaba asombrosamente con la
oscuridad y la soledad: me vinieron a la cabeza muchos versos que había olvidado, y
los repetí una y otra vez; más aún, incluso añadí algunos, sin duda muy distintos de
los originales. Pero ¿a qué no recurriría, y qué no encontraría interesante, un
prisionero solitario? De todos modos, tenía tal soledad y vacío dentro de mí, tal falta
de ocupación y de pensamiento que incluso envidiaba al ser mudo y hosco que me
traía la comida. Él al menos tenía que cerrar puertas, recorrer pasadizos, y ocuparse
de cosas. ¡Y cómo os envidiaba a vos, signor, que tenéis el poder de llenar toda
soledad leyendo vuestros libros y conversando con vuestros amigos, por lejos que
estén de vos!»
Las palabras de Filippo me ruborizaron. Me daba cuenta de cuán poco gozaba yo
de esa felicidad, y cómo las circunstancias podían reducir los espíritus a un mismo
nivel, desnudarnos de los accidentes transitorios, y mostrar que una vena común de
sufrimiento y de debilidad recorre el pecho de todos, una vez que la eliminación de
distinciones externas nos permite descubrir y reconocer las afinidades.
«Pero continúa, Filippo. Has dicho que tu total soledad ha durado solo cuatro
noches». «Sí, signor; al término del cuarto día, el confesor, después de traerme la
cena y esperar a que acabara de comer, me dijo que le siguiera, y me dispusiese a
abandonar el subterráneo. Su ademán es tan autoritario que me quita el valor para
preguntar o resistirme cuando habla. Lo seguí sin chistar, ni saber, mientras me
guiaba, si iba a morir o a volver a la vida. Empezaba a recelar que a lo primero,
cuando me di cuenta de que me conducía al aposento de vuestro padre. Aún no era de
noche; pero las velas estaban ya encendidas porque vuestro padre odia la oscuridad.
Al entrar en la habitación estaba allí de pie. Había alguien más, pero no lo distinguí
bien porque tenía los ojos debilitados y las piernas me temblaban. Vuestro padre me
miró con asombro. “¿Es este Filippo —dijo, volviéndose al monje—; este espectro,
esta sombra es Filippo?” El encierro me había dejado una flojedad infantil. Su voz
sonó compasiva. ¿Qué voz no me habría sonado grata después de un silencio de
cuatro días? Quise suplicarle. Creí que mi aspecto le había conmovido; pero me falló
la voz, y me quedé temblando, mudo, ante él. “Filippo —dijo—, ya has visto qué
consecuencias trae desobedecer; ya has comprobado que puedo castigarte, y que toda
provocación y oposición es inútil. Sé que eres de los que piensan con la cabeza, y no
un vulgar zoquete; así que condescenderé a razonar contigo. Si dejamos que los
jóvenes románticos y sus criados husmeen por todas partes, inventando o diciendo
que han descubierto prodigios, ¿qué descanso puede tener el honor de una familia,
qué persona podrá sentirse en paz? No permitiré que saques a la luz cosas que no
harán sino confundirte; porque incluso las desgracias de una familia ilustre, si se
divulgan, acarrean una especie de deshonra por los prejuicios de la sociedad; al

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menos, no está bien que la lengua de un criado se explaye en ellas y las propale por
ahí”.
»Parecía sincero y razonable todo lo que decía; su afabilidad, sus palabras
amables y llenas de humanidad sonaban raras y deliciosas a mis oídos, a la vez que
hacían que me sintiera avergonzado y culpable; condené interiormente mi
desobediencia y mi curiosidad. Intenté balbucear una excusa, pero él me interrumpió:
“Está bien —dijo—; no pretendo aplastarte, sino corregirte. Ya has sufrido bastante;
pero dado que la influencia de tu joven amo podría ponerte otra vez en peligro, sería
culpa mía si volvieses a cometer la misma falta. Así que vete; y si eres agradecido,
sabe que estás obligado a mí. Marco, mi mayordomo apuliano aquí presente, te
llevará con él a las propiedades que allí poseo; tiene instrucciones de colocarte en un
puesto algo inferior al suyo, donde podrás aprender los hábitos de la regularidad y la
obediencia. No me abrumes con agradecimientos; no… no quiero oírlos”. Traté de
decir unas palabras incoherentes de gratitud, pero me rechazó con una impaciencia
que me confundió. “No quiero saber más del asunto. No lo soporto. ¿Queréis
llevároslo de aquí, padre? —no abrí la boca—. Saldrás inmediatamente —dijo—. El
mejor momento para viajar es la noche; por la mañana habrás llegado al final del
viaje. Marco será tu guía”. Se retiró escoltado por su confesor. “Ven, compañero de
viaje —dijo Marco, abriendo la marcha—. ¿Nos ponemos en camino? La noche se
nos echa encima”.
»Ahora lo vi claramente por primera vez: era un individuo extraño, de aspecto
feroz. Me asombraba encontrar a un sujeto así en el aposento del conde, entre cuyas
virtudes nunca destacó la condescendencia. Pero todo a mi alrededor era admirable; y
con el gesto del conde, y lo inesperado de mi liberación, en seguida dejé de pensar en
la pinta de Marco, y le dije que estaba preparado para seguirlo. Pero al verme tan
débil, y que me tambaleaba; se acercó a la mesa donde había una jarra de vino.
“Toma —dijo—; bebe; por un viaje rápido y sin percances. Bébetelo de un trago;
necesitas recobrar fuerzas”. Cogí el vaso, a la vez que lo miraba con los ojos ausentes
de la debilidad; aunque me llamó la atención su expresión, a pesar de mi flojedad; era
una expresión extraña. Incluso ahora me asusta pensar en ella. Salimos en seguida;
Marco se encargó de que no me viera nadie de la casa. Nos dirigimos a las cuadras.
Yo me sentía enardecido por el vino; y emprendimos el viaje a caballo, charlando
animadamente. Poco después, no obstante, mi compañero enmudeció y se abismó en
sus pensamientos. Le hice mil preguntas sobre el viaje, cuál era su objeto, y su
destino. Solo conseguí sacarle una respuesta muy breve y ambigua; esta: “Tu viaje
será corto y cómodo; terminará mañana por la noche”. Entonces me puse a hablar del
conde, y de su benevolencia conmigo; pero noté que, mientras yo hablaba, él se iba
poniendo sombrío y nervioso; así que le pregunté cuánto tiempo llevaba al servicio
del conde Montorio. “Llevo sirviéndole —dijo— muchos años”. “Pues no recuerdo
haberte visto nunca, hasta esta noche”, dije. “Es muy posible; no siempre se me ve en
la casa; aunque pocos pueden alardear de estar más constantemente dedicados a él, ni

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de prestar más útiles servicios a su excelencia”. “Servicios secretos, al parecer”, dije
medio en broma. “Probablemente; pero no por eso menos útiles”, dijo con seriedad.
»Continuamos en silencio, y esa noche dormimos en la choza de un viñedo de la
Campania; de esas que, como sabéis, sirven para vigilar la uva en la época de la
vendimia, se construyen con palos, ramas y otros materiales desechables. Ese fue
nuestro alojamiento. Yo tardé en dormirme; porque no paraba de pensar en todo lo
ocurrido en las horas previas al viaje; y no llevaba mucho rato acostado mi
compañero cuando descubrí que era inútil intentar dormir: empezó a hablar consigo
mismo, y a dar voces con tal vehemencia que habríais creído que allí dentro había
una trifulca de gente armada, corría la sangre, y el suelo estaba sembrado de
cadáveres. Unas veces gritaba que limpiasen las dagas; otras, que escondiesen las
ropas manchadas de sangre; otras: “¡Ah!, ¿aún forcejeáis? ¡Ponle una rodilla en el
pecho y agárralo por el cuello! Sí, eso bastará. Ahora ciérrale los ojos y límpiale esa
espuma sanguinolenta de la boca”. Luego, incorporándose, gritó: “Mirad, mirad,
compañeros; se ha escapado; corred tras él; seguidlo. El conde mi señor os da la
mitad de sus tierras a cambio de su sangre”.
»Eran extrañas esas palabras, pero confieso que mientras contemplaba la luna
brillante, y recibía la brisa a través de la ventana de hojas, tan fresca y grata después
de los calores húmedos de la mazmorra, las escuchaba con una curiosidad distante,
más que con temor. Mirando al cielo claro, me pareció identificar la misma estrella
que solía ver posada sobre la torre oeste cuando volvía del bosque; titilaba entre las
almenas, signor, exactamente igual que la llama débil de una vela en una ventana. Al
verla en lo alto, sobre las colinas oscuras de los viñedos, pensé en el castillo y en vos.
Y aunque eran muy extraños el viaje y el compañero con el que lo hacía, habría dado
lo que fuera por que hubieseis estado conmigo; así que determiné averiguar dónde os
tenían en cuanto llegásemos a Apulia, y liberaros si era posible».
«Filippo, creo que esto es un añadido que no tiene nada que ver con la historia.
¿Con la alegría de tu inesperada liberación te pusiste a pensar en mí?» «¿Por qué no,
signor? ¡Ah, no sabéis con qué celeridad la cabeza del recién liberado del sufrimiento
vuelve a imágenes que realzan el contraste con su estado anterior! Pensar en mí era
pensar en vos; porque pensar en mí era pensar en un ser solitario, en un ser
desamparado, encerrado y consumido; así que pensaba en vos. Todo lo que
recientemente sentía por mí, lo trasladaba a vos; no era afecto, signor, sino intenso
recuerdo… Recuerdo de la mazmorra y la oscuridad, de la luz lacrimosa, de la
comida que apenas veía, de las caras extrañas me que miraban mientras dormía, de
los sapos que ahuyentaba en el instante de despertar; en todo eso pensaba; así que,
¿cómo podía dejar de pensar en vos?
»Al amanecer reanudamos la marcha; cabalgamos por una región boscosa y
salvaje todo el día, y paramos a dormir en el hueco de un castaño durante las horas de
calor. Al anochecer estábamos en un bosque espeso, con senderos enrevesados, y no
muy frecuentados al parecer. Marco se quedaba callado de cuando en cuando; miraba

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en todas direcciones con desconfianza; detenía a la mula, observaba entre los árboles,
y aguzaba el oído, cuando el viento que se había levantado gemía entre las ramas, a
veces igual que una voz humana. Era inútil preguntarle; y estaba empezando a
afectarme su mutismo, y lo oscuro de la noche, cuando de repente, después de llevar
un rato murmurando para sus adentros, espoleó con violencia a su mula, dio la vuelta
y, agachando la cabeza, vino hacia mí tan veloz que lo esquivé por los pelos. Le
pregunté por qué había hecho eso. “Ha sido un pronto de esta mula, maldito penco —
dijo, azotando al animal y situándose detrás de mí—. Será mejor que no te estorbe el
paso —dijo, cruzando a la otra rodada—. Sí, sí; así marchas mejor”, murmuró. Y sin
más salió disparado, y desapareció en una espesura de matorrales que había a la
derecha. Ante esta reacción, me sobresalté por primera vez, y fui tras él lo más
deprisa que podía. Pero era inútil: el hombre conocía el bosque y sus senderos
oscuros. No aflojé la marcha hasta que dejé de oír el galope de su mula. Poco
después, el bosque se abrió inesperadamente a la derecha, y vi un edificio grande y
viejo que parecía las ruinas de una casa, apropiada para vivienda de un guardabosque.
No se veían dependencias, ni ningún signo de labores campesinas; era extrañamente
lúgubre. Marco estaba en la puerta; había desmontado, y hablaba con un sujeto de
mala traza. Al verme, vinieron a mi encuentro con aparente satisfacción. “Este es tu
hospedero —dijo Marco—; se llama Venancio. Te habrás asustado al verme salir al
galope y dejarte solo… pero sabía que seguirías el sendero; nadie se pierde una vez
que lo toma”. “De todas maneras, ha sido una estupidez dejarlo solo —dijo Venancio
de malhumor—. Podía haber desaparecido, y habría sido inútil buscarlo. Vamos,
muchacho, desmonta; no lamentarás encontrar una buena cama, y un buen descanso
después de una jornada de viaje”. Descabalgué y lo seguí a una estancia amplia y
melancólica. Había una mesa grande y rústica con una jarra de vino encima, y
sentados alrededor de ella un par de hom