“Ciertamente, en otro tiempo, no conociendo a Dios, servían a los que por
naturaleza no son dioses; mas ahora, conociendo a Dios, o más bien, siendo
conocidos por Dios, ¿cómo es que se vuelven de nuevo a los débiles y pobres
rudimentos, a los cuales quieren volverse a esclavizar? Guardan los días, los
meses, los tiempos y los años. Temo por ustedes, que yo haya trabajado en vano
con ustedes” (Gálatas 4:8-12).
No hay fiesta del año más esperada que la Navidad, para la mayoría del mundo
representa una época donde el “dar y recibir” es lo que define el sentir de muchas
personas. Se celebra una cena con familiares, se intercambian regalos, y se
adorna un pino con luces de colores y a la sombra de éste se coloca el
representativo “nacimiento” de Jesucristo.
Nada más alejado de la verdad, en primer lugar porque la mayoría de la gente no
se enfoca al sentido original de esta fiesta, en segundo lugar porque los que creen
guardar el nacimiento de Jesucristo, ni lo celebran a él ni tampoco es el día que el
Salvador nació.
Cuánta gente hace lo que Pablo les dice a los gálatas: “No conocen de Dios y por
lo tanto ignorantemente sirven a otros “dioses”, y ahora siendo supuestamente
cristianos, se vuelven a las fiestas paganas de año en año volviéndose a
esclavizar por el pecado.”
Quizás esta sea una aseveración fuerte e hiriente para muchos que leen esto,
pero si son sinceros y en realidad existe un interés por descubrir la verdad y no
seguir la corriente del mundo, se detendrán un poco para reflexionar sobre el tema
en cuestión.
“Y cualquiera que haga tropezar a alguno de estos pequeños que creen en mí,
mejor le fuera que se le colgase al cuello una piedra de molino de asno, y que se
le hundiese en lo profundo del mar” (Mateo 18:6).
Sin duda los niños son los que más entusiastas se muestran con la Navidad, se
les premia a través del engaño haciéndoles ver que si su comportamiento es
aprobado, personajes ficticios les traerán regalos, pues ni Santa Claus ni los
Reyes Magos son reales. El personaje disfrazado de rojo fue una creación de la
compañía Coca Cola con fines publicitarios en el año de 1931. Basados en el
obispo católico llamado San Nicolás, la iglesia católica disfrazaría de inocencia
aquellos presentes que se daban en honor al sol en las fiestas paganas de la
Saturnalia celebradas en Roma, creando un ambiente de materialismo y
consumismo característicos de la Navidad. Con respecto a los otros personajes, ni
eran reyes ni tampoco magos sino astrólogos que sabían acerca de tal
acontecimiento y viajaron hasta Belén para conocer a Jesús cuando era de dos
años de edad (Mateo cap.4).
El origen del árbol de navidad
En el libro del Génesis en el capítulo 10 se hace mención de un hombre llamado
Nimrod, bisnieto de Noé, quien llegó a ser el primer poderoso en la tierra, vigoroso
cazador delante del Eterno y el comienzo de su reino fue Babel. El libro de
Jaser muestra que Nimrod, en un principio estaba en los caminos de Dios y fue
prosperado, pero su fama lo corrompió y se desvió de seguir a Dios, llegando a
ser más malvado que todos sus antecesores. Su idolatría le llevó a enseñar
maldades a los hombres y a servir a “dioses” de madera y piedra; posteriormente
construyó la torre de Babel desde donde gobernaba su reino. El nombre Nimrod
significa rebelión, pues esta fue la actitud que incluso le hizo tomar por esposa a
su propia madre Semiramis. A la muerte de Nimrod, su madre-esposa le dio
sepultura, y tiempo después en este lugar creció un árbol. Semiramis se dio a la
tarea de hacer creer que Nimrod había reencarnado en dicho árbol, por lo que
cada aniversario de su nacimiento (25 de diciembre) ella visitaba su sepultura y
llevaba muchos presentes los cuales colgaba del árbol. Esta costumbre se
extendió a los pueblos, entre los romanos la decoración del árbol consistía en
colgar máscaras de Baco para su protección; para celebrar la Saturnalia colgaban
variedad de objetos para una buena cosecha. En el solsticio de invierno (sol
quieto), se cortaba un árbol en memoria de Nimrod y era adornado cual la
vestidura de un rey. El 21 de diciembre es el día más corto del año, representando
la “muerte del sol” (Nimrod) y el día 25 su renacimiento.
“Porque las costumbres de los pueblos son vanidad; porque leño del bosque
cortaron, obra de manos de artífice con buril. Con plata y oro lo adornan; con
clavos y martillo lo afirman para que no se mueva. Derechos están como palmera,
y no hablan; son llevados, porque no pueden andar. No tengáis temor de ellos,
porque ni pueden hacer mal, ni para hacer bien tienen poder (Jeremías 10:3-5).
El origen del “niño dios”
Semiramis fue adorada también por los pueblos, incluyendo al pueblo de Israel, y
en las escrituras aparece como “la reina del cielo”.
“¿No ves lo que éstos hacen en las ciudades de Judá y en las calles de
Jerusalén? Los hijos recogen la leña, los padres encienden el fuego, y las mujeres
amasan la masa, para hacer tortas a la reina del cielo y para hacer ofrendas a
dioses ajenos, para provocarme a ira” (Jeremías 7:17-18).
Semiramis no solo se encargó de enseñar sobre el árbol de navidad, sino que
proclamó que Nimrod era el dios Sol, el cual había reencarnado en su hijo Tamuz,
demandando su debido culto. Tamuz fue proclamado como niño dios y se le
adoraba extendidamente. Cuando Tamuz era joven y cazaba en el bosque fue
muerto por un jabalí.
“Y me llevó a la entrada de la puerta de la casa del Eterno, que está al norte; y he
aquí mujeres que estaban allí sentadas endechando a Tamuz. Luego me dijo: ¿No
ves, hijo de hombre? Vuélvete aún, verás abominaciones mayores que estas. Y
me llevó al atrio de adentro de la casa del Eterno; y he aquí junto a la entrada del
templo del Eterno, entre la entrada y el altar, como veinticinco varones, sus
espaldas vueltas al templo del Eterno y sus rostros hacia el oriente, y adoraban al
sol, postrándose hacia el oriente” (Ezequiel 8:14-16).
El culto babilónico de la adoración de la madre y el hijo se extendió en diversas
culturas alrededor del mundo, a Semiramis y a Tamuz se les designaron como:
Egipto: Isis y Horus
Asia: Cibeles y Deoius
Grecia: Afrodita y Eros
Roma: Venus y Cupido
Y en todos los demás países que les fueron impuestos los “misterios babilónicos”
(iglesia católica, la Biblia la llama la gran Babilonia, madre de las rameras y las
abominaciones de la tierra), el culto a Semiramis y Tamuz adoptó el nombre de
María y Jesús. Quiero aclarar que en ninguna parte de la escritura se manda
adorar a Miriam, la madre de Jesucristo, en cambio toda la adoración, honra y el
honor se le da al hijo de Dios, Jesucristo.
En conclusión, el 25 de diciembre no es el nacimiento de Jesucristo, lo que el
mundo celebra es una fiesta pagana en el cual se rinde culto a un ser perverso,
que si bien ya no existe dejó un legado de maldad e idolatría en el cual el mundo
sigue sumergido, una falsa esperanza y un amor deshonesto hacia el semejante.
“Ustedes adoran lo que no saben; nosotros adoramos lo que sabemos; porque la
salvación viene de los judíos. Mas la hora viene, y ahora es, cuando los
verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque también
el Padre tales adoradores busca que le adoren. Dios es Espíritu; y los que le
adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren” (Juan 4:22-24).
La salvación viene de los judíos, Jesucristo ciertamente fue judío y él, como Dios
que es, exige una genuina adoración en espíritu y en verdad, su palabra es verdad
y Él es claro al decir que celebremos el hecho entorno a su muerte y su significado
de redención, no hay ninguna referencia a adorar el día de su nacimiento.
YESHÚA: Dios el Salvador
Nació en el otoño, no en invierno
Hubo en los días de Herodes, rey de Judea, un sacerdote llamado Zacarías, de la
clase de Abías; su mujer era de las hijas de Aarón, y se llamaba Elizabet (Lucas
1:5).
Elizabet era estéril y de edad avanzada, por lo que Zacarías y su mujer no tenían
hijos. Siendo éste sacerdote, le tocó ofrecer en el Santuario el incienso cuando se
le apareció un ángel del Señor el cual le anunció el nacimiento de su hijo al que
pondría por nombre Juan (Lucas 6:17).
Dijo Zacarías al ángel: ¿En qué conoceré esto? Porque yo soy viejo, y mi mujer
es de edad avanzada. Respondiendo el ángel le dijo: Yo soy Gabriel, que estoy
delante de Dios; y he sido enviado a hablarte, y darte estas nuevas buenas. Y
ahora quedarás mudo y no podrás hablar, hasta el día en que esto se haga, por
cuanto no creíste mis palabras, las cuales se cumplirán a su tiempo (Lucas 1:18-
20).
Y cumplidos los días de su ministerio, se fue a su casa. Después de aquellos días
concibió su mujer Elizabet, y se recluyó en casa por cinco meses, diciendo: Así ha
hecho conmigo el Señor en los días en que se dignó quitar mi afrenta entre los
hombres (Lucas 1:24-25).
Al sexto mes el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea
llamada Nazaret, a una virgen desposada con un varón que se llamaba José, de
la casa de David; y el nombre de la virgen era María. Y entrando el ángel en
donde ella estaba, dijo: ¡Salve, muy favorecida! El Señor es contigo; bendita tú
entre las mujeres. Mas ella, cuando le vio, se turbó por sus palabras, y pensaba
qué salutación sería esta. Entonces el ángel le dijo: María, no temas, porque has
hallado gracia delante de Dios. Y ahora concebirás en tu vientre, y darás a luz un
hijo, y llamarás su nombre Jesús (Yeshúa el Salvador).
Éste será grande y será llamado hijo del Altísimo; y el Señor Dios le dará el trono
de David su padre; y reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no
tendrá fin. Entonces María dijo al ángel: ¿Cómo será esto? Pues no conozco
varón. Respondiendo el ángel, le dijo: El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder
del Altísimo te cubrirá con su sombra; por lo cual también el Santo Ser que
nacerá, será llamado Hijo de Dios. Y he aquí tu parienta Elizabet, ella también ha
concebido hijo en su vejez; y este es el sexto mes para ella, la que llamaban
estéril; porque nada hay imposible para Dios (Lucas 1: 26-37).
Puesto que Juan el Bautista llevaba seis meses al concebir María, Juan nació seis
meses antes que Jesucristo.
Hubo en los días de Herodes, rey de Judea, un sacerdote llamado Zacarías, de la
clase de Abías; su mujer era de las hijas de Aarón, y se llamaba Elizabet (Lucas
1:5).
En los tiempos de David, éste distribuyó en veinticuatro clases las familias de
Aarón, y del mismo modo se distribuyeron por suertes las familias de otros levitas,
pues eran demasiados para cumplir como sacerdotes. Recordando que la tribu de
Leví era la encargada del sacerdocio y servían en el ministerio de Dios.
La primera suerte tocó a Joiarib, la segunda a Jedaías, la tercera a Harim, la
cuarta a Seorim, la quinta a Malquías, la sexta a Mijamín, la séptima a Cos, la
octava a Abías (I Crónicas 24:7-10).
Zacarías pertenecía a la clase de Abías, al cual le había correspondido el octavo
turno o suerte, cada turno duraba una semana y un día.
Y los levitas y todo Judá lo hicieron todo como lo había mandado el sacerdote
Joiada; y tomó cada jefe a los suyos, los que entraban el día de reposo, y los que
salían el día de reposo; porque el sacerdote Joiada no dio licencia a las
compañías (II Crónicas 23:8).
Los turnos de ocho días empezaban la primera semana del primer mes del
calendario sagrado judío, como está indicado en el Talmud del pueblo Judío, que
es un compendio de leyes civiles y religiosas reunidas a través del tiempo.
Habló el Eterno a Moisés y a Aarón en la tierra de Egipto, diciendo: Este mes os
será principio de los meses; para vosotros será éste el primero en los meses del
año (Éxodo 12:1-2).
Los hebreos comenzaban el año civil en otoño, y el año sagrado, según el cual
arreglaban las fiestas, en la primavera, en el mes que corresponde a parte de
marzo y parte de abril en cuyo tiempo salieron de Egipto.
Entonces, cada turno de sacerdotes correspondía a una semana, y empezaban la
primer semana del mes (el primer turno la primera semana, el segundo turno la
segunda semana).
En la tercera semana del calendario hebreo se celebraba la fiesta de la Pascua, la
cual empezaba el 14 del primer mes (Abib o Nisán), por lo que había muchos
sacrificios que hacer, todos los turnos, los veinticuatro, trabajaban juntos.
Entonces la cuarta semana correspondía al tercer turno de sacerdotes, y a
Zacarías le correspondería el turno de Abías que era el octavo y que entonces
correspondería a la novena semana, principios de junio.
En este mes (Siván) se celebraba la fiesta del Pentecostés, en la cual volvían a
trabajar juntos los veinticuatro turnos de sacerdotes, por lo que a Zacarías le tocó
quedarse una semana más. Zacarías terminó su ministerio después de la fiesta
del Pentecostés, cubriendo dos semanas, con lo que era la décima semana
(mediados o fines de junio).
Y cumplidos los días de su ministerio, se fue a su casa. Después de aquellos días
concibió su mujer Elizabet, y se recluyó en casa por cinco meses, diciendo: Así ha
hecho conmigo el Señor en los días en que se dignó quitar mi afrenta entre los
hombres (Lucas 1:24-25).
Si Elizabet concibió a finales de junio, y si sumamos seis meses, hacia el mes de
diciembre tenía Elizabet seis meses de embarazo, y tres meses más nació Juan
el bautista, hacia finales de marzo en época de Pascua. Y si tenemos en cuenta
que Jesucristo fue concebido cuando ella tenía seis meses de embarazo, cuando
Juan naciera, Jesús tendría tres meses en el vientre de su madre, por lo que
sumando otros seis meses a partir del mes que nació Juan el bautista (fines de
marzo), Jesucristo habría nacido a finales de septiembre o principios de octubre
(Tishrei).
Y dio a luz a su hijo primogénito, y lo envolvió en pañales, y lo acostó en un
pesebre, porque no había lugar para ellos en el mesón (Lucas 2:7).
En el mes de Tishrei que corresponde a fines de septiembre y principios de
octubre se celebraban la fiesta de las Trompetas y de los Tabernáculos (las
fiestas del otoño), y todos participaban de ellas, por lo que se explica que no
hubiera lugar en el mesón para José y María.
Había pastores en la misma región que velaban y guardaban las vigilias de la
noche sobre su rebaño. Y he aquí que se les presentó un ángel del Señor, y la
gloria del Señor los rodeó de resplandor; y tuvieron gran temor. Pero el ángel les
dijo: No temáis; porque he aquí os doy nuevas de gran gozo, que será para todo
el pueblo: que os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es
Cristo el Señor (Lucas 2: 8-11).