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Claudia Schvartz: Poética y Vida

Claudia Schvartz es una poeta, narradora, dramaturga y periodista argentina nacida en 1952 en Buenos Aires. Publicó su primer libro de poemas "Pampa Argentino" en 1991, el cual marcó su estilo despojado que continuó en libros posteriores. También ha publicado cuentos, traducciones de poesía francesa renacentista y antologías. Combina su trabajo literario con la actuación, la docencia y el periodismo. Vive actualmente entre Buenos Aires y la localidad bonaerense de Tigre.
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Claudia Schvartz: Poética y Vida

Claudia Schvartz es una poeta, narradora, dramaturga y periodista argentina nacida en 1952 en Buenos Aires. Publicó su primer libro de poemas "Pampa Argentino" en 1991, el cual marcó su estilo despojado que continuó en libros posteriores. También ha publicado cuentos, traducciones de poesía francesa renacentista y antologías. Combina su trabajo literario con la actuación, la docencia y el periodismo. Vive actualmente entre Buenos Aires y la localidad bonaerense de Tigre.
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CLAUDIA SCHVARTZ (Ciudad de Buenos Aires, Argentina, 3 de Diciembre de 1952), poeta y narradora,

dramaturga y actriz (interpretó monólogos teatrales de su autoría), traductora, coordinadora de colec-


ciones de poesía y de revistas literarias, y periodista especializada. Su primera publicación fue el libro
de cuentos para niños Xímbala (1984): En 1991 apareció su primer libro de poemas, Pampa Argentino,
que por la concisión, la cuidada elaboración y la violencia de su lenguaje marcan claramente el camino
estilístico de un progresivo despojamiento que seguirían La vida misma (1992), Ávido don (1999, verti-
do al francés en Canadá en el 2015, y al portugués un año después), Tránsito es nombre (2005), Eólicas
(2011) y Alcanfor (2018); además ha figurado en antologías de su país y del extranjero. E n 1991 debutó
en otro género con la “nouvelle” Nimia: una historia de amor en el marco más o menos hostil de París
y Nueva York, en la que, aunque la sencillez aparente recuerde a Chéjov, su desgarro interior evoca el
de los personajes “internacionales” de Henry James, como la atmósfera remite a Anita Brookner. En
1999 publicó su traducción de las elegías y sonetos de la poetisa renacentista francesa Louise Labbé, a
la que seguirían: la antología de poesía femenina provenzal Tú, mi único y su edición de una Antología
de la poesía erótica.

Respuesta autobiográfica de Claudia Schvartz a “En cuestión: un cuestionario” de Rolando Revagliatti:


“Nací en noche de tormenta, y antes de lo pensado, el 3 de diciembre de 1952. Al llegar, conocí a mi
familia. Y después, en mi segundo año, nació mi hermana, quien me transformó en la hermana del me-
dio. Mi abuela fue esencial en mi vida, porque mi brillante madre comenzó durante su tercer embarazo
la carrera de Historia en la Universidad de Buenos Aires y fue siempre una presencia esquiva. Fui alum -
na mediocre, pero lectora voraz, y muy ocupada en pasar desapercibida en una familia de gente brillan-
te. Estudié italiano en Primaria e hice la Secundaria en francés.
A los catorce años viajé a Tilcara [provincia de Jujuy], fundamental en mi existencia. Viajes sucesivos
anuales, hasta que a los quince viajé a Paris: La Sorbonne, curso del idioma in situ, y conocimiento de
gente talentosa…
Dieciséis años: clases de teatro (para vencer la timidez, según mi madre)… A los dieciocho, introducción
en el marxismo con Raúl Sciarretta.
A los diecinueve me caso con Adolfo Dorin, compañero de teatro. Empiezo a realizar traducciones y
correcciones para las editoriales de mi padre e imparto clases de teatro para niños y adolescentes.
En 1975 nace mi única hija, Lucía: maravillosa.
1976: Mi hermana Marcia parte al exilio. Desesperación y Miedo. En mi hogar, quema de libros y su
ausencia.
A los veinticuatro, separación violenta. Depresión...
1978: Trabajo en periodismo amarillo. Colaboro en guiónes sobre textos de Edgardo Cozarinsky... Actúo
y produzco “Beto Nervio contra las fuerzas del mal”: sumamente peligrosa; una parte de los participan-
tes tuvieron que emigrar.
1979: Viajo a Barcelona a ver a Marcia con mi hijita de tres años. Decido quedarme. Reciboo carta de
Adolfo Dorin: se ha establecido con su nueva esposa en París; Lucía ya tiene una hermana… Empiezo
a escribir el libro de cuentos para chicos Xímbala.
1980: Viajo a París para dejar a Lucía con su papá durante un mes. En Roma me encuentro con amigos;
y conozco al hombre imposible: Andrzey Sliwowsky, un científico franco- polaco con el que me mudo a
París, donde me ocuparé de hacer traducciones y correcciones, formo parte de varias películas france -
sas y sigo un curso de teatro con la profesora Vera Gregh.
1982: Llegamos a Buenos Aires el 30 de marzo. En Plaza de Mayo tiene lugar la primera manifestación
obrera contra la Dictadura: varios muertos. Dos días después, la declaración de guerra: camino loca-
1
mente por la ciudad, desesperanza, nadie en sus cabales. Lucía va al colegio: rápidamente recupera la
escritura en castellano.
Empiezo un período de actuaciones titerescas: en teatros, pero sobre todo en varios bares y cafés que
ya no existen.
Publicaciones en revistas, diarios y suplementos.
Sigo fracasando en cine, teatro y vodevil… Y sin amor.
Empiezo mi análisis. Dejo el teatro con gran esfuerzo. Época demencial de enorme sufrimiento... Escri -
bo, escribo...: bodrio tras bodrio.
Ya estoy viviendo con Lucía en una casita por Villa Crespo. Caminatas barriales. Escribo Pampa argen-
tino y empiezo La vida misma.
1984: amistad con los dos Ricardo, Zelarayán y Carreira; y, mientras ensayaba la pieza teatral de Grisel -
da Gambaro El campo, amistad con ella. Entonces comprendí en profundidad mi interés por el títere:
todos los personajes que creé después fueron a partir de ese yo-títere que siempre me asombra.
En 1993 encuentro refugio en el Tigre, al fondo del río Carapachay. Sola pero, como nunca, en paz...
En 1994 empiezo a traducir a Louise Labé.
En 1998 nace Clara, mi primera nieta. Después vendrían Pedro y Theo.
A finales de 2001 fallece mi padre. A mediados de 2002, cumpliendo la promesa que le había hecho y,
con el apoyo de mi madre, comienzo a ser la responsable de la editorial Leviatán.”

POEMAS (p.2). RELATOS: Primavera (p.5)

POEMAS

En río Carapachay, 2005


para Sandra

Quisiera volver, entrar otra vez


en esa casa, ver si se ha guardado el orden
y si acaso algo olvidado hay aún suyo allí
Allí donde antes decidía y hacía
allí donde ya nada suyo hay y todo es suyo todavía

***
Hubo un umbral cada día usado
como las páginas de un libro
que al darse vuelta recuperan el fascinante interés
al que, lector, te abandonas
Sólo buscas eso, ciertamente,
abandonarte al conocido abrazo reiterado
porque entre el libro y vos
la proximidad es tal, que te conoce
y conmoción no es poca la renovada siempre
2
***
...y su infancia viera disciplinar
-día a día
apenas uno
aquel presente-
por un viejo artesano del jardín

***
La casa llena de zonas de descarte
mudos rincones que acumulan
necesidad y desaliento o simplemente
lo inclasificable
que es la propia existencia
y los objetos menudos
capaces de tanta maldad
-como por ejemplo las horquillas,
que atraviesan alados pechos
ensartadas
en almohadones sobre alféizares
o abrochan un rostro miserablemente oculto:
el del rico que empavorece a los justos
ingenuos demandantes por auxilio y justicia

***
Detenerme volver y otra vez
detenerse. Ver y otra vez fúlgidamente
hasta el cogollo y en el reojo
de la cosa en el atisbo de todos los pasados
ver el mirar de los otros
y no verme
***
Ahí, en la comisura,
se ha plegado la sonrisa Ser sin ser
arrastrando tras de sí ceguera
del rostro la vivacidad y seguirás preguntando
y del cuerpo, la gracia sino humano la continua interrogación
renovada, idéntica, perentoria
Increíble que esto me pasara cuerpo y alma día a día
justamente a mí fricción y construcción inevitable
que hacia mi juventud que la historia cree capturar
no miro como fuente dorada o la poesía devela un único instante
sino de vasallaje y penuria
3
Sí, sí… la historia hecha pasión de la necesidad extrema, el dolor abismado
trino de la veracidad de generaciones sin esperanza
y apenas luego se hunde en el acertijo

¿Pero dónde uno y una? … ¿Cuerpo y alma?


¿Dónde los fastidiosos estoques de los grandes farsantes?

 De rev. Luvina 77; Univ. de Guadalajara, México, invierno de 2014:

***
in memoriam

El oro del té. La página devota. La mano. ella, fugaz, me saluda desde su sillita de paja
Basta el lápiz dejándose guiar De amor me colma
¿qué he visto entre las enredaderas alzarse? Y ahora, de nuevo, tan frágil
Retrocedo en mi mirada estoy aquí para decir he visto
¿Qué palabra? ¿Qué sonido? hoy mi sentido es ése
ascendente en arco sobre el agua ¿acaso debería ser sencillo?

OFELIA

Aquí consistencia, ardor, certeza Y el papel, abstracto vegetal


Aquí vacío, huella, remembranza volverá hacia el limo
Lo único que puedo ya sin filo
frente a la luz incierta de la vela su lento desempeño
es escribir la irresoluta carta de forma y contenido
que mañana el río Por cortejar
desleerá la corriente acompañará con frutos
Al contacto con el agua y hojas, pétalos, levísimas semillas
la tinta dibujará fantásticas serpentinas De vuelta al patio
dragones, mis palabras, rozaré el joven gajo
temblarán en la superficie que a mi palma recuerda
cada vez más transparentes el porvenir

PRIMAVERA (en antología pluriautorial “HISTORIA DE UN DESEO: el erotismo homo-


sexual en veintiocho relatos argentinos contemporáneos”; edit. Planeta, Buenos Aires, 2000)
4
a Luis Issaly

La primavera en Buenos Aires es terriblemente cruda. Sopla un viento áspero y helado, que echa por
tierra la frágil expectativa del veranito de San Juan. A veces, observaba Fermín, hace más frío en prima-
vera de lo que ha hecho en todo el invierno. No es que ese frío le disgustara, sino que, simplemente, lo
tomaba desprevenido. Ahora, por ejemplo, vivía en una zona bastante apartada y los colectivos lo deja -
ban a varias cuadras. Obligadamente tenía que caminar a lo largo de un paredón pelado, que daba a
una avenida gélida, surcada en su mayor parte por camiones con acoplado, que retumbaban sordamen-
te al pasar. El viento, en ese trayecto, soplaba despótico, tal vez con la certeza de que no había ningún
obstáculo. Tampoco el caserón donde tenía la pieza ofrecía amparo alguno.
Esa lamentable situación pronto sería peor si no conseguía algo de dinero para enfrentar el pago del
alquiler. Ese día, por lo pronto, encontraba a Fermín con apenas unas monedas en el bolsillo y un ham-
bre atroz. Había dado vueltas en la cama con los ojos cerrados hasta inventar una estrategia. Su única
posibilidad. Sólo entonces se había lavado con el chorrito helado, y vestido lo más decentemente posi-
ble. El hambre provoca mal aliento y Fermín sabía que eso sería adverso. Iba a pedir dinero prestado y
sería una situación delicada, en la que se jugaba su permanencia en la pieza. Mísera, pero era su casa y
en cualquier idioma del mundo, un hombre de treinta y cinco años sabe apreciar lo que esta palabra
significa.
Iría a ver a Elisa. No te nía idea de lo que haría después. En sus épocas de actor, Fermín había seducido
a muchas mujeres exquisitas. Las había seducido con su humor, su delicadeza, su extraordinario talento
en el escenario y un no menor talento en el arte de la conversación. Seducción que, por otra parte, no
entrañaba consecuencias, dada su clara definición sexual. Como verdadero caballero, Fermín solía no
hacer promesas en vano. De estas damas, Elisa era la más querida. A pesar de lo indigno que se sentía,
recurría ahora a ella en virtud de aquel afecto. De no haber mediado la certeza del mutuo cariño, Fer-
mín ni siquiera lo hubiera intentado. Tal era su situación.
Mientras el colectivo traqueteaba por las empedradas avenidas suburbanas, Fermín se estudió en el
gran espejo retrovisor. Iba sentado en el asiento individual y pudo hacer de sí la siguiente descripción:
un hombre todavía joven, ligeramente rojizo el pelo, ensortijado pero no demasiado largo, la piel muy
blanca (¿en exceso?), delgado pero no enjuto. El saco era un poco grande pero de color marrón, que le
sentaba bien. Tenía cierta elegancia, un poco fané [ajado, deslucido], pero elegancia al fin. Eran sus
ojos, de ansiedad inciertos... ¿dónde habría leído esa combinación a lo Darío? Muy cierta su ansiedad. A
pesar de los años en los escenarios, no había aprendido a enmascarar la perplejidad de los ojos, la hu -
medad de los labios... Eran esos sus rasgos más temidos, los que se resistían a todo maquillaje.
Elisa leía poesía. Fermín traía en el bolsillo del saco un libro pequeño pero delicioso, antigua edición de
un poeta menor, que ella sabría apreciar. ¿Acaso no había sido él quien le leyera por primera vez cuatro
cuartetos? Un golpe teatral: se despreció. Ahora despreciaba todo lo teatral que, en él, era ya una espe-
cie de segunda naturaleza. Se le ocurrió que el centro, al que no se acercaba desde hacía algunas sema-
nas, había multiplicado repentinamente su violencia. No entendía las corrientes turbulentas que enca-
rrilaban a la gente, ni las miradas hostiles e impertinentes de los que, como él, padecían la situación de
peatón. Codazos, presiones y apurones. El día es así, se dijo, por eso soy noctámbulo... lo vacío permite
advertir la perspectiva de la calle, la distancia apropiada para ver al otro, y tal vez, si se quiere, entablar
algún diálogo... Si se puede. Querer ya no enlazaba con lo posible para un hombre como él, que había
dejado el centro y el teatro en recurrentes exilios, cada vez más pronunciados. Antes -pensó- me trata -
ba como a un títere, pero era al mismo tiempo mi propio titiritero. Una especie de monumental cansan-
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cio le hundió los hombros y se le deslizó por el esternón como si se tratara de un precipicio. No podría
hacerlo hoy. Aunque se confesó, ocultando las manos heladas dentro de los bolsillos, que ese desdobla-
miento, precisamente hoy, frente a Elisa, habría sido útil... si él fuese otro.
El edificio tenía puertas vidriadas y piso de mármol blanco. El portero, que parapetado en el rincón
estaba enfrascado en el diario o la correspondencia, no alzó los ojos cuando Fermín se detuvo frente al
ascensor, pero sin mover un ápice le preguntó a quién venía a ver. Voz metálica, en cuya modulación
reconocía cualidad de mirilla.
-Segundo piso: Elisa Blixer -su voz delataba inseguridad y era acuosa.
No hizo falta que Fermín se diera vuelta para saber que el hombre lo fiscalizaba con mirada guardiana.
Las puertas de acero se cerraron tras de sí. Respiró profundamente. Ahora las manos temblaban un
poco. ¿Huir? Tomar fuerza, se corrigió in mente, ¿Tal vez un trago? El dinero no alcanza. De manera que
estaba haciendo lo que humanamente podía, sin perder la última cordura, o dignidad. No era una cosa
tan del otro mundo que una persona como él, de flagrante fragilidad -admiró su juego de palabras-
pidiera auxilio a alguien como Elisa. Las puertas de acero se abrieron y estuvo en el piso de la agencia
de publicidad. La alfombra color habano enmudeció sus pasos. Se sentó en las confortables sillas de
cuero a esperar que lo comunicaran. Elisa apareció al cabo de un momento. Venía con los anteojos en
la mano, como si acabara en ese preciso momento de levantarse de la máquina, dejando una frase a
medio terminar.
-¡Pero sí!... ¡Si sos vos! ¡No lo puedo creer! -Con frases como esa, Elisa lo abrazó una y otra vez y, to-
mándolo de los hombros, lo hizo pasar a su oficina- ¿Café?
Oh sí café y tostadas, pensó Fermín, y después un delicioso cigarrillo, olvidarse del tiempo y fundirse en
este sillón de cuero sedoso, y que me lleves muy lejos, muy lejos de aquí.
Elisa estaba demasiado maquillada para esta hora de la mañana, se la notaba tensa. Tal vez demasiado
enfática. Nunca había sabido vestirse: caderas anchas, cinto de cuero y como siempre la camisa mos-
trando el nacimiento de los pechos. Esta fidelidad al error lo hizo sentir de inmediato en familia.
-Fermín, siempre estamos conectados con la mente, vos y yo. Creo que sos la única persona con quien
puedo hablar de ciertos temas. Hay cosas, vos sabés, que te muerden el alma. ¡Irracional! Ya sabes...
obsesiones inconfesables.
-Creo que llegué demasiado temprano -se rió Fermín, y el humo salió sensual con cada sílaba pronun-
ciada. Siempre tan vehemente, Elisa.
-Ya sé que es para reírse. Pero llegaste justo, querido. Hay personajes en la vida que no se van por más
tiempo que pase. Sobre todo si te cagaron la vida.
-¿Quién? -se sobresalta Fermín
-Ninguna historia de amor, no te confundas. Sólo un perverso que me fritó los sesos. ¿Decirte que era
joven? Años después me confiesa que me hacía esas maldades por una cuestión... ¡En fin, algo ridícu lo!
Me da hasta pudor decirlo...
-¿Te lo volviste a encontrar?
-Sí. Hace poco. Vergüenza es poco, querido.
-¿Para tanto...?
-Un tipo demasiado inteligente para mí. La inteligencia es fascinante. Pero él, básicamente: un malva-
do.
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-Ya... Ernesto.
-Claro. Todas esas historias con su mujer, su amante, sus hijos, sus pacientes... Demasiado para una
pendeja petulante. Y yo, recién casada, sin dar pie con bola en la vida y con la cabeza llena de fantasías
acerca de cómo debía ser todo, acabé siendo testigo y partícipe de miles de historias de esa extraña
familia tan diferente a todo... Y bueno, no es el caso ahora de volver a desenmarañar las cosas, porque
todo estaba saldado. Como una cuestión dolorosa, pero saldada por prudencia... o algo así.
-El tiempo hace algunos favores a veces ¿no?
-Ya no estoy tan segura. Porque me lo encontré hace muy poco. Las Heras. Yo caminaba una noche. Lo
hago a veces. A menudo es lo único que hago, caminar como loca por la ciudad muy tarde. Me empon -
cho bien y salgo con dos mangos, la llave y los cigarrillos. La ciudad desnuda, vacía... me inspira. ¿Te
reís? Reíte que es para dar risa. Ni me ofende...
-Yo hago algo por el estilo, pero mi barrio es demasiado tormentoso.
-¿Qué? ¡ahora querés que me ría yo!
-¿Entonces? -dijo poniendo fin a la disgresión.
-Entonces me lo cruzo a Ernesto. Completamente alegre.
-Borracho.
-Claro. Y nos ponemos a conversar. Sólo una locura. Un impulso loco. Le digo «Me hiciste la vida imposi-
ble» Y él: que me lo tenía merecido porque siempre le avisaba a la mujer de sus citas con la amante. Me
dejó helada. Él perverso otra vez y yo vuelta a caer. ¿Querés creer que voy y le doy una respuesta sen -
sata? ¡Yo! ¡Otra vez! Ahora, ahora mismo no lo puedo creer.
-¿Y?
-Terminamos en un lugar inmundo y yo repitiéndole «cerdo, cerdo».
Mientras ella hablaba, se descubrió tratando de recordar su pasado en los escenarios, un tema que
había soslayado hasta que se había ido hundiendo en la bruma del desuso. Ni recordaba por qué, cuál
había sido la anécdota desencadenante. Había sostenido el ambiguo equilibrio que le proporcionaba el
escenario hasta que finalmente un día, se había encontrado fuera, física y espiritualmente imposibilita-
do de volver a transitar mutaciones. Elisa lo había la mentado como una pérdida personal. Todavía
guardaba la esquela que le había enviado a uno de sus domicilios falsos, diseminados por toda la ciu -
dad. Domicilios que había ido teniendo que abandonar a las apuradas, por una u otra razón. Hubiera
querido ofrecerle una pista concreta de sí mismo, pero en él todo era guedeja de apariencia. “Sí mis-
mo” era silencio, hubiera querido decirle. En la fuerte añoranza que cada tanto lo conmovía, también
estaba Elisa, que había sabido mantenerse próxima sin que se deslizara, nunca, ni una sombra de indis -
creción.
-Dos días después me lo vuelvo a encontrar en una disquería. Ni siquiera me había visto, creo. Pero me
dio tanto pánico verlo ahí, me sentí tan ridículamente expuesta que me acerqué brusca y le di un beso,
a él y a su nene, al que nunca había visto pero que tenía la misma cara de cerdo del padre, y me di me -
dia vuelta y salí de ese lugar que no lo vuelvo a pisar. Ahora tengo miedo de salir a la calle y encontrár -
melo en cualquier parte. La ciudad ya no es segura para mí.
Fermín esbozó un ademán que Elisa incluyó a modo de comentario.

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-Por supuesto. Debe estarse riendo con su risa de cerdo. Ya sé lo que piensa: que soy una estúpida. No,
peor que eso. Que soy una engreída... un tipo específico de engreída... Me parece estar escuchando su
risotada despectiva...
Había desayunado, entrado en calor, había fumado. También había escuchado. Ahora llegaba el mo-
mento de decir algo. Sin embargo, cualquier cosa que él dijera podría sonar insuficiente. O cruel. La
sensación de estar despegado de sí mismo persistía. Hubiera querido estar caminando, en ese mismo
momento, como en viejas despreocupadas épocas. Pero la aguda percepción de la ansiedad de Elisa,
cuyo silencio se había vuelto tan interrogativo como la postura de su cuerpo, exigía palabras. Todo ges-
to, en ese minuto, podía ser equívoco. «Para eso, sólo el tiempo, dormir, olvido.» ¿Podía, acaso, decirle
esto a Elisa, toda ansiedad y escote, con las caderas demasiado prietas bajo el ancho cinturón?, ¿su
amiga, en la que había pensado como último recurso? Arrojo y remordimiento: recuerdos de fuego.
Sentados frente a frente, Fermín sólo la rozó con su mano en una mejilla.
-Me detesto, me siento miserable -dijo Elisa en un hilo de voz, escondida la cabeza. Despuntaba en su
voz una peligrosa alarma.
Fermín, las manos cruzadas entre las rodillas, asintió brevemente mordiéndose los labios. Tomó la
mano de Elisa entre las suyas y se quedó en silencio un momento. Sólo se le ocurrían lugares comunes
acerca del miedo, la felicidad, el egoísmo. «La vida puede ser algo irrisoria». No le podía decir eso. Tam-
poco que necesitaba dinero. Palmeó suavemente la mano que descansaba entré las suyas. ¿Coinciden -
cias...? Tal vez no todo estaba saldado. Tampoco para él. Ella alzó los ojos y lo miró al fondo de los su -
yos. ¿No alcanzaba con lo dicho? Fermín agregó con solemnidad teatral: «Palabra de caballero». Elisa
hizo una rápida, fugaz sonrisa. Ahora es lo intocado que se oculta por decoro.
-Mira, se hizo la hora de almorzar -dijo ella como si acabara de entrar a escena con aire casual-. Acá a la
vuelta está la Casa Suiza que es como el extranjero... ¿O vamos a la Richmond?

FIN

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