0% encontró este documento útil (0 votos)
62 vistas3 páginas

Kant

Kant nació en Königsberg en 1724 y se dedicó a la enseñanza y escritura filosófica tras graduarse de la universidad local. Escribió sus tres Críticas fundamentales que cambiaron la filosofía al proponer que el conocimiento se da a través de las facultades del sujeto en lugar de reflejar directamente la realidad. Kant argumentó que el sujeto crea la realidad mediante categorías como el espacio y el tiempo. Su trabajo tuvo una influencia enorme en filósofos posteriores y cambió para siempre la forma de pensar
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como DOCX, PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
62 vistas3 páginas

Kant

Kant nació en Königsberg en 1724 y se dedicó a la enseñanza y escritura filosófica tras graduarse de la universidad local. Escribió sus tres Críticas fundamentales que cambiaron la filosofía al proponer que el conocimiento se da a través de las facultades del sujeto en lugar de reflejar directamente la realidad. Kant argumentó que el sujeto crea la realidad mediante categorías como el espacio y el tiempo. Su trabajo tuvo una influencia enorme en filósofos posteriores y cambió para siempre la forma de pensar
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como DOCX, PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

La leyenda dice que nunca salió de la ciudad de Königsberg, entonces capital

de la Prusia oriental, donde había nacido el 22 de abril de 1724. Pero lo


cierto es que, según su biógrafo Manfred Kuehn, estuvo seis años fuera de allí
para ganarse la vida como preceptor y profesor a domicilio. Hijo de artesanos
del cuero con cierta dificultad económica, fue el cuarto de nueve hermanos, de
los cuales solo cuatro sobrevivieron más allá de la adolescencia. Él sabía que
debía subsistir por sus propios medios, pero el gran interés de su vida no
estaba en la artesanía, sino en el conocimiento.
Lo habían bautizado como Emanuel. Sin embargo, cuando aprendió hablar
hebreo, algunos dicen que fue él quien lo cambió por Immanuel. Esta actitud,
independiente y emancipada, tal vez podría resumir parte de su personalidad y
posición frente a las cosas y al mundo, la cual demostró en los primeros años de
estudiante en el Collegium Fridericianum. Sin bien allí no fue un interno, estuvo
desde los seis hasta los dieciséis años de edad. Es en este momento cuando
distinguió algunas cuestiones de su propia educación religiosa pietista: la
impartida por sus padres y la de sus maestros docentes. Mientras que aquellos
le brindaban, a partir de sus creencias, confianza, autoestima y nobleza, estos
otros se circunscribieron en el autoritarismo, el dogmatismo y hasta el
castigo. En el joven Kant comenzó a prevalecer un fuerte llamado del
cuestionamiento y la razón, para aproximarlo aún más hacia la autonomía
y la libertad que pronto expresaría en sus estudios superiores.
En 1740, ingresó a la Universidad de Königsberg para estudiar teología, aunque
se inclinaba más por la medicina. No obstante, leyó cuanto pudo y se acercó a
grandes profesores como Alexander Pope y a diversos temas de la cultura
inglesa; física experimental, matemática, metafísica, y se adentró en la
filosofía de Leibniz y Wolff, de la mano de uno de sus maestros, Martin
Knutzen, quien también lo introdujo en las investigaciones de Newton.
Además, Kant nunca dejó de leer a sus favoritos: Cicerón, Demócrito, Montaigne
y Erasmo. En 1744, a punto de graduarse, su padre enfermó y decidió
abandonar los estudios para cuidarlo. Finalmente, falleció dos años después y es
ahí cuando Kant dejó que sus hermanos se hicieran cargo del negocio artesano,
mientras él aprovechaba su conocimiento para dictar clases a niños de algunas
regiones de Judtschen, Arnsberg y otras cercanas de su natal Königsberg.

Hay quienes dicen que, luego de ello, retornó a la Universidad y se licenció en


1755, a los treinta y un años. Fue ayudante en la Biblioteca Real de Königsberg y
en 1770, luego de varios intentos, logró la titularidad del cargo de Profesor de
Lógica y Metafísica en su propia Universidad, de la cual también fue rector entre
1786 y 1788. Sin embargo, lo más interesante de la vida intelectual de Kant
fue todo lo que investigó y redactó, en paralelo a su actividad pedagógica:
todo su pensamiento filosófico que cambiaría para siempre el mundo de las
ideas.
La huella filosófica de Kant
Como intelectual e hijo del siglo XVIII ilustrado, fue uno de los primeros en
escribir sobre este movimiento histórico y cultural, caracterizado por la idolatría
a la Diosa Razón y en contra de la ignorancia, la superstición y la organización
sociopolítica de las monarquías del Antiguo Régimen. Así lo expresó en su
famoso ensayo Respuesta a la pregunta: ¿qué es la Ilustración? (1784), con
la que hizo muy popular su expresión “sapere aude” (Atrévete a saber). Fue
un gran lector de quienes llevaron adelante la Enciclopedia ilustrada, en la que
autores como Voltaire, Diderot y Jean-Jacques Rousseau asentaron las bases del
saber que desembocó en la Revolución francesa e inauguró una nueva
época. Estos textos, al igual que el de otros pensadores como David Hume,
le proporcionaron una nueva perspectiva de mirar y pensar.
Con Hume tuvo una relación en particular, ya que con este empirista inglés -
cuya filosofía se basa en que todo conocimiento parte de la experiencia-,
comenzó su propio camino filosófico más importante. Más allá de que Kant le
admitió ciertas concesiones, se posicionó desde otro lugar que marcó, como
sostienen varios autores, un enorme “giro copernicano”: se propuso conocer el
conocimiento. Desde esta premisa, y más allá de los textos y disertaciones que
ya había realizado en sus días de estudiante y docente, Kant escribió otras tres
grandes obras por la que sería recordado y estudiado, incluso hasta
hoy: Crítica de la razón pura (1781), Crítica de la razón práctica (1788)
y Crítica del juicio (1790).
Con sus Críticas -entendidas como conocimiento e, incluso, como aquella
facultad de juzgar- Kant se separa del Hume empirista en el sentido de que para
este las cosas sucedían por cuestión de causa y efecto, pero no por un hecho
científico ni por una necesidad en particular, sino por hábito. Es decir, con esta
idea de causalidad (a determinadas causas le siguen determinados efectos) no
se puede conocer la realidad, sino que solo “estamos habituados a ella”. Kant,
por el contrario, intentó buscar esa cientificidad que sustente los modos de
conocimiento, la propia facultad de conocer. Y es allí cuando marca un
cambio en el modo de pensar cómo se puede conocer: en lugar de partir
del objeto, como Hume, lo hace desde el sujeto. En otras palabras, es el
propio sujeto el que hace al objeto; es el sujeto quien crea la realidad a partir de
su propio conocimiento y le da forma a las cosas. Esa forma está condicionada
por un tiempo y espacio singulares. Así, Kant llega a uno de sus conceptos
fundamentales que denominó como “idea trascendental”: es la razón la
crea mundo y realidad para que ella misma pueda conocer.
El formalismo kantiano, entonces, tiene que ver con cómo el sujeto es capaz de
crear una realidad propia para él, y no con qué es la “realidad-en-sí” (quizá una
de las preocupación más constantes de la filosofía) a la que no podrá acceder.
Kant, mediante estos textos más que complejos, va a resumir su teoría de “la
experiencia posible”. En este sentido, marcó un hito en la historia del
pensamiento porque, al igual que René Descartes (incluso diferenciándose de
él), rompió con determinados parámetros de cómo se concebía esa realidad
y, a su vez, desarmó el sentido común del momento, que se establecía
como algo inmutable y previamente dado.
Este cambio de esquema, esa pelea contra el sentido común que va a plantear
en sus tres Críticas -en las que atraviesa la ciencia, la ética y la estética,
respectivamente- está basado en que no se puede conocer la realidad o las
cosas, sino mediante cómo son intervenidas. Es decir, no existe la posibilidad
de acceder a las cosas tal como son, sino cómo los sujetos pueden
conocerlas. Tal vez por eso se le adjudicó la frase: “No hace falta salir de mi
habitación para conocer el mundo”. Y es que, si a partir de los juicios y
categorías que señaló el filósofo para conocer los objetos (desde las
impresiones sensibles en un tiempo y espacio hasta los conceptos propios del
entendimiento, tanto previos como posteriores de la propia experiencia) ese
mundo es un proyecto que sale desde el propio ser. Entonces, conocer la
realidad es conocer al sujeto: para conocer hay que conocerse.

Kant se atrevió a saber y para saber, como expresan algunos autores, hay que
tomar posición. Él la tomó y fue más allá de las convenciones que le tocó vivir.
No se casó ni tuvo hijos, solo se dedicó a pensar, enseñar y escribir. Por
supuesto, tuvo sus propios detractores y colegas que mostraban desconfianza.
Sin embargo, la inmensa influencia que ejerció y produjo en otros filósofos
posteriores, como Hegel y Marx, fue decisiva no solo para sus futuras
obras, sino para las ideas de toda la humanidad.
En su amada Königsberg, murió el 12 de febrero de 1804, a los 79 años de
edad. No obstante, dejó uno de los legados más luminosos de la filosofía
universal: no solo la importancia de reflexionar sobre la razón y el
entendimiento, de acercarnos un poco más hacia cómo conocemos; sino la
posibilidad de deconstruir todo centro naturalmente impuesto, toda obviedad
que el poder ha intentado usar como artilugio para conservar su supervivencia y
mostrar un único camino posible, evitando la fisura o el cuestionamiento. Por
eso mismo, ¡sapere aude!, y a Kant se lo debemos.

También podría gustarte