LA DIDACHE APOSTLICA
La Iglesia fue fundada por Jesucristo el jueves 13 de Nisán del 783 de la
fundación de Roma, según referencias de Flavio Josefo, o jueves 6 abril
del 30 d.C. según nuestro lenguaje actual. Se trató de una ceremonia
fundacional en la que Jesucristo dejó claro, aquel Jueves Santo, que la
Eucaristía y el Amor debían ser los pilares fundamentales del nuevo
sacerdocio que debían desarrollar en adelante los apóstoles, tanto hacia
ellos mismos como hacia el resto de discípulos que se les fueran
añadiendo.
En efecto, Cristo había encargado a sus apóstoles la proclamación
de un reino espiritual, basado en la conversión interior; un reino visible, a
través del culto a Dios y socorro al prójimo y necesitado; un reino
universal, sin distinción alguna y alcanzando al mundo entero; y un reino
unido, bajo su persona y las llaves de Pedro.
Y esto es lo que trataron de proclamar y enseñar los apóstoles,
mostrando a la Iglesia como Cuerpo Místico de Cristo, en expresión de
Pablo, y como Pueblo de Dios perfectamente estructurado en ministerios
y carismas, según fueron corroborando todos los sucesores de Pedro y de
los apóstoles.
a) Contexto
Al desaparecer Cristo de este mundo, Pedro empezó a hablar ad
extra como cabeza de los 12 apóstoles, y a ejercer el papel ad intra de
vicario de Cristo en la tierra, que ya le confiriese Jesucristo en el pasado[1]
y de cara al fortalecimiento en la de fe de sus hermanos[2]. Una vez que
hubo ejercido sus funciones, y se fueron agotando sus fuerzas, Pedro
estableció en Roma la forma de perpetuar para el futuro esa autoridad
máxima dada por Jesucristo a su Iglesia: sus sucesores petrinos, o futuros
Romanos Pontífices.
Una vez que fue creciendo la primitiva comunidad eclesial[3],
Pedro decidió que era la hora de buscar a un discípulo que llenara el hueco
dejado por el apóstol Judas fallecido. Fueron momentos de intensa oración
y elaboración de informes, para proponer una terna de la que surgiera el
sucesor apostólico de Judas. Hasta que la sors de la Providencia recayó en
Matías, el primero de los sucesores apostólicos o futuros obispos
eclesiásticos.
La figura de María estuvo intensamente presente en los primeros
balbuceos de la Iglesia, como primera seguidora de Cristo y como primera
discípula presente en la apertura exterior de la Iglesia en Pentecostés. Y
siempre lo hizo rodeada del grupo de las piadosas mujeres, a las que fue
introduciendo en los misterios más profundos de la Iglesia y en la
participación ad gentes exterior. Ella también hubo de ausentarse de este
mundo, pero ya había dejado otro legado para la Iglesia y su futuro: el
grupo de las mujeres o futuras religiosas consagradas, sus sucesoras en la
contemplación y en la acción.
Pablo había nacido el año 8 d.C. fuera de Israel, y por tanto alejado
de Cristo y su Iglesia. Pero pronto conocería y se pondría al servicio del
colegio apostólico (no sin antes tener que doblegar su voluntad, y pasar
por la etapa de formación). Se trataba de un joven rabino de la diáspora,
que pronto empezaría a recorrer los países extranjeros[4] y a engrosarlos
en las filas de la Iglesia, con toda su mentalidad pagana[5]. Fue lo que
originó la Asamblea de Jerusalén del año 50, embrión y primero de los
futuros concilios ecuménicos.
En cuanto a los grandes apóstoles, Juan evangelizó las diversas
regiones e islas de Asia Menor, formando una ilustre generación de
discípulos y padres de la Iglesia[6] e introduciendo un Apocalipsis en las
principales iglesias de Asia. Santiago el Menor se mantuvo al cuidado de
la Iglesia de Jerusalén, renunciando a las normativas judías arcaicas[7], así
como explicando la necesidad de las obras para la fe. Santiago el Mayor
fue decapitado el año 43 en Jerusalén, auspiciando en la Iglesia el orden de
los mártires.
En cuanto al resto de los apóstoles, Andrés predicó en el
Peloponeso (Grecia), Bartolomé en el Caucaso (Armenia), Mateo en
Persia (Irán), Simón en Mesopotamia (Irak), Tomás en Tabrobane (India),
Judas en Edesa (Siria), Felipe en Frigia (Turquía), Matías en el mar Rojo
(Etiopía) y Marcos en Alejandría (Egipto), todos ellos traduciendo la
enseñanza de Cristo y su Iglesia a sus lenguas y escrituras, o inventando
escrituras nuevas si era el caso.
b) Didaché de los Apóstoles
Constituye el primer texto escrito sobre las ordenanzas
eclesiásticas del s. I d.C, siendo famoso tanto en las primeras
comunidades[8] como santos padres[9] e Iglesia alto medieval[10], siempre
en fuerte fidelidad a la tradición ideológica e institucional.
Su composición fue ligeramente anterior a la aparición de los
primeros 3 evangelios bíblicos (años 50-70), y refleja las mismas
tradiciones que posteriormente describirá Mateo. Según Audet, fueron 3
sus etapas de composición:
-la pre-evangélica, que escribió los cap. I al X,-la contemporánea al 1º
evangelio, que añadió los cap. XI al XVI,-la contemporánea al 2º y 3º
evangelios, que interpoló los vers. 4-6 del cap. I, 2-3 del cap. VI, 2-4 del
cap. VII y 5-7 del cap. XIII[11].
Se estructura la Didaché de los Apóstoles en las 4 secciones de:
-catequesis pre-bautismal, del cap. I al VI, con la explicación de las dos
vías espirituales,-regulación litúrgica, del cap. VII al X, con la
presentación de los ritos sagrados a seguir,-disciplina sacerdotal, del cap.
XI al XV, con la descripción de los ministerios y servicios eclesiales,-
amonestación final, del cap. XVI, con la insistencia en la mentalidad
cristiana escatológica.
Refleja el documento la realidad de las comunidad apostólica del s.
I, estructurada en apóstoles, profetas y maestros[12], y presenta siempre su
contenido bajo el título de doctrina[13], con la idea de regular su ejercicio
e integrarlo en un concierto bien organizado de la primitiva comunidad.
Pues la Iglesia necesitaba una estructura organizativa, y la responsabilidad
que tuviera cada uno en sus funciones repercutía en el bien general de la
estructura eclesial. Todo ello sin olvidar el espíritu y finalidad última de
todo, que era la proclamación del reino salvífico de Cristo y la vivencia
comunitaria dentro de él, tras el bautismo.
b.1) Catequesis de las dos Vías
Recoge la Didaché la antigua tradición monástica esenia de los
judíos[14], que todavía guardaban en su espiritualidad judía los primeros
discípulos de Jesús[15] y que fue cristianizada catequéticamente por los
dirigentes apostólicos de la Iglesia:
“Esta es la doctrina del Señor para las naciones mediante los apóstoles”
(introd).
“Amarás a Dios que te creó, y a tu prójimo como a ti mismo. Y todo lo que
no quieras que te suceda a ti, tú tampoco lo hagas a otro (cap. I, 2).
Ayunad por los que os persiguen y amad a los que os odian, y no tendréis
enemigo alguno (cap. I, 3). Bienaventurado el que da según el mandato,
porque es inocente. ¡Ay, empero, del que tome!” (cap. I, 5).
“Hijo mío, abstente de codicias carnales y corporales (cap. I, 4). No seas
doble ni bilingüe, pues gran trampa es la doblez (cap. II, 4); no seas rapaz
ni soberbio (cap. II, 6), y tu palabra no será hueca sino llena de obra (cap.
II, 5); no seas concupiscente (cap. III, 3), y huye de todo lo que malvado
parezca (cap. III, 1); no seas agorero (cap. III, 4) ni mentiroso, porque la
mentira lleva al hurto (cap. III, 5). No te ensalces a ti mismo, ni hinches
de arrogancia tu alma (cap. III, 9), ni fluctúes entre el sí y el no” (cap. IV,
4).
Se trata de los caminos de la vida y la muerte, ambos antagónicos
y cada uno de ellos dominados por la luz y la tiniebla, respectivamente, y
por sus señores Jesucristo y Satanás:
“Hay dos caminos: uno de la vida, y otro de la muerte; pero muy grande
es la diferencia entre los dos caminos” (cap. I, 1).
“El camino de la vida consiste en cumplir los mandamientos y confesar
tus pecados a Jesucristo en la asamblea, porque así tendrá luz tu
conciencia” (cap. IV, 14).
“El camino de la muerte, en cambio, es el de todo malo y maldito de este
mundo: los asesinatos, adulterios, concupiscencias, fornicaciones, hurtos,
idolatrías, brujerías, preparación de venenos, rapiñas, falsos testimonios,
hipocresías, dobleces de corazón, dolos, malicias, orgullos, avaricias,
turpiloquios, envidias, espíritus atrevidos, altanerías, ostentaciones (cap.
V, 1). Y está lleno de tinieblas a causa de los agentes de la iniquidad”
(cap. V, 2).
Se trata de dos caminos con orígenes y fines muy distintos, y
empleados ambos de lleno en la construcción y la destrucción,
respectivamente, de puentes hacia la eternidad (en el camino de la vida), y
de todo tiempo actual (en el camino de la muerte):
“El camino de la vida busca cada día los semblantes de los santos, para
descansar en sus palabras (cap. IV, 2). Y respeta al que te habla de la
palabra de Dios, porque allí donde habla la autoridad del Señor, está el
Señor mismo (cap. IV, 1). Pone su mano sobre su hijo e hija, y les enseña
ya desde la juventud el temor del Señor (cap. IV, 9) y a guardar lo que
han recibido, sin añadir ni quitar nada (cap. IV, 13). Así va sobrellevando
todos los yugos del Señor, y llevando a sus hijos a la perfección” (cap. VI,
2).
“El camino de la muerte persigue a los buenos y genera enemigos de la
verdad, amantes de la mentira, desconocedores de la justicia, aficionados
a lo malo, alejados de la mansedumbre y la paciencia, amadores de cosas
vanas, ansiosos de remuneraciones, no compasivos del pobre, indiferentes
para con los apenados, desconocedores de su Hacedor, asesinos de sus
hijos, corruptores de la criatura de Dios, opresores del necesitado,
abogados de los ricos, jueces perversos y versados en todos los pecados:
¡Libraos de toda esta gente, hijos míos!” (cap. V, 2).
b.2) Regulación litúrgica
Recuerda la Didaché que todo sacramento ha de ser recibido tras la
recepción de una catequesis pre-sacramental precedente, sobre todo en el
caso de los sacramentos de iniciación:
“Nadie coma ni beba de vuestra eucaristía, sino únicamente los que están
bautizados en el nombre del Señor. Porque de esto el Señor ha dicho "no
deis lo santo a los perros” (cap. IX, 4).
Insiste, así mismo, en la práctica del ayuno pre-sacramental, tanto
para el receptor como para el ministro del sacramento, sin que sirva de
sustitución el otro caso de ayuno eclesial, el ayuno semanal de miércoles y
viernes:
“Antes del bautismo, el que bautiza y el que ha de ser bautizado, ayunen, y
asimismo otros que puedan hacerlo. Mandas ayunar al bautizando uno o
dos días antes” (cap. VII, 4).
“Vuestros ayunos, sin embargo, no sean con los hipócritas: los que
ayunan el segundo y el quinto día después del sábado. Vosotros, en
cambio, ayunad el cuarto día y el viernes” (cap. VIII, 1).
Describe el ritual del bautismo bajo la fórmula de inmersión en el
agua corriente, como la práctica más habitual, aunque admite también la
existencia del bautismo por medio de la infusión:
“En cuanto al bautismo, éste es el modo de bautizar: habiendo
previamente dicho todo esto, bautizad en el nombre del Padre, y del Hijo,
y del Espíritu Santo, en agua viva” (cap. VII, 1).
“Si no tienes agua viva, bautiza en otra agua. Si no puedes en agua fría,
bautiza en caliente (cap. VII, 2). Si, empero, no tienes ni una ni otra,
derrama agua sobre la cabeza tres veces en el nombre del Padre, y del
Hijo, y del Espíritu Santo” (cap. VII, 3).
Describe del ritual de la eucaristía como algo bien conocido, que
tiene diversos modelos de plegaria pero que tiene fijada unas mismas
palabras para el levantamiento de la copa y del pan. Todo ello con
resonancias del AT (la viña) y la tradición cristiana (la multiplicación del
pan), junto a otra serie de términos más propios de la tradición joánica (la
vida y la ciencia):
“En cuanto a la eucaristía, permitid a los profetas hacer gracias cuantas
quieran” (cap. X, 6).
“Pero en cuanto al levantamiento del Cáliz, así habéis de realizarlo: Te
damos gracias, nuestro Padre, por la sagrada vid de David, tu siervo, la
cual nos enseñaste por Jesús, tu Hijo y Siervo; A ti la gloria en los siglos”
(cap. IX, 2).
“Y sobre la partición del pan: Te damos gracias, nuestro Padre, por la
vida y la ciencia que nos enseñaste por Jesús, tu Hijo y Siervo: A ti la
gloria en los siglos. Como este pan fue repartido sobre los montes, y,
recogido, se hizo uno, así sea recogida tu Iglesia desde los límites de la
tierra en tu Reino porque tuya es la gloria y el poder, por Jesucristo, en
los siglos” (cap. IX, 3).
En cuanto a las fórmulas de oración, la Didaché sustituye las
viejas oraciones judías[16] por la oración del Padrenuestro de Jesucristo,
no en el número judío de 18 veces al día, sino en el número cristiano de 3
veces diarias:
“Tampoco habéis de rezar como los hipócritas, sino como el Señor enseñó
y mandó en su rezo del Padre Nuestro de los Cielos (cap. VIII, 2). Tres
veces debéis rezar cada día, de este modo” (cap. VIII, 3).
En cuanto a las fórmulas de petición, introduce la Didaché dos
intercesiones por la Iglesia muy significativas, referentes:
-a su unidad, bajo la imagen del pan, hecho de la misma masa pero
desmigajado por toda la tierra,-a su fortaleza, bajo la imagen del viento,
que mantiene su soplo a pesar de las dificultades y diversas orientaciones:
“Tú, oh Señor, Todopoderoso, diste comida a los hombres para su
fruición y para que así todos diesen gracias a tu único nombre (cap. X, 3).
Venga tu gracia y pase este mundo. Hosanna al Dios de David. Si uno es
santo, se acerque. Si no lo es, conviértase. Marán athá. Amén” (cap. X, 6).
“Acuérdate, Señor, de tu Iglesia, para librarla de todo mal y hacerla
fuerte. Aúnala desde los cuatro vientos en tu Reino que para ella
preparaste, porque tuyo es el poder y la gloria en los siglos” (cap. X, 5).
b.3) Disciplina sacerdotal
La Didaché implanta reglas de comportamiento respecto al
ministerio de los sacerdotes[17], basadas en el discernimiento de sus
carismas y motivaciones, y en un ministerio sacerdotal que han de ejercer
desde la itinerancia de unos lugares a otros:
“Todo el que viniere en el nombre del Señor, sea acogido por vosotros.
Pero habréis de probarlo, y así lo conoceréis, pues ya tenéis criterio para
juzgar entre la diestra y la siniestra (cap. XII, 1). Si a eso no quiere
conformarse, es un traficante de Cristo. Cuidado con ésos” (cap. XII, 5).
“Todo apóstol que llegue a vosotros, ha de ser recibido como el Señor
(cap. XI, 4). Pero no se quedará por más de un día o dos, si hace falta;
quedándose tres días, es un falso profeta (cap. XI, 5). Al partir, el apóstol
no aceptará nada sino pan para sustentarse hasta llegar a otro hospedaje.
Si pidiere dinero, es un falso profeta” (cap. XI, 6).
“A todo profeta que hable en espíritu, no le tentéis ni pongáis a prueba.
Porque todo pecado se perdona; mas este pecado no será perdonado (cap.
XI, 7). Pero no cualquiera que habla en espíritu es profeta, sino sólo
cuando tenga las costumbres del Señor. Pues, por las costumbres se
conocerá al seudo profeta y al profeta (cap. XI, 8). Todo profeta que
enseña la verdad, y no hace lo que enseña, es un profeta falso” (cap. XI,
10).
Reduce así mismo la Didaché las funciones sacerdotales a las de
enseñanza, confesión y pastoreo concreto asignado, así como a un
ministerio litúrgico que han de ejercer desde una óptica sacerdotal todavía
muy veterotestamentaria:
“Todo profeta, sin embargo, probado y auténtico, que celebra el misterio
cósmico de la Iglesia, pero no enseña a hacer lo que él hace, no ha de ser
juzgado por vosotros. Su juicio corresponde a Dios. Porque otro tanto
hicieron los antiguos profetas” (cap. XI, 11).
“Que los profetas reúnan a la comunidad los días del Señor, para la
partición del pan y para la acción de gracias, confesar los pecados y
hacer sacrificios puros” (cap. XIV, 1).
Respecto al ministerio episcopal, insiste la Didaché en su
instalación fija en las comunidades para ellos designadas, con la intención
de ir afianzando así una jerarquía local que con el tiempo pudiera ir
sustituyendo a la itinerancia ministerial:
“Elegíos obispos dignos del Señor, varones mansos, indiferentes al
dinero, veraces y probados, que os administren en adelante el oficio junto
a los profetas y doctores (cap. XV, 1). Y no los menospreciéis; porque
ellos son venerables entre vosotros” (cap. XV, 2).
“Ellos dirigirán vuestras oraciones, vuestras obras de caridad y todas las
obras que haya que hacer, conforme a lo ordenado por nuestro Señor”
(cap. XV, 4).
b.4) Amonestación final
Consiste en un epílogo escatológico cuyos elementos doctrinales
aluden a las categorías de sucesos premonitorios que pronto empezaron a
desarrollar los tres primeros evangelios, y muy posteriormente desarrollará
el Apocalipsis de Juan[18]:
“Velad por vuestra vida. Que vuestras linternas no estén extinguidas ni
desceñidos vuestros lomos; mas estad alerta (cap. XVI, 1), pues no os
aprovechará todo el tiempo que vivisteis en la fe, si no estáis perfectos en
el último tiempo” (cap. XVI, 2).
“En los últimos días, aparecerán las señales de la verdad: primero la
señal de la revelación en el cielo, después la señal de la voz de trompeta,
y finalmente, la resurrección de los muertos (cap. XVI, 6). Pero no de
todos los muertos, porque ya fue dicho que "vendrá el Señor, y sólo los
santos con él" (cap. XVI, 7). Entonces el mundo verá al Señor, viniendo
sobre las nubes del cielo” (cap. XVI, 8).
Argumenta la Didaché, en ese sentido, que toda la perversión
moral del tiempo final tendrá su origen en la seducción por el mundo
presente[19], concluyendo con un castigo eterno para los malos y la vida
eterna para los justos[20]:
“En los últimos días se multiplicarán los falsos profetas y los corruptores,
y se convertirán las ovejas en lobos, y el amor en odio (cap. XVI, 3). La
iniquidad se acrecentará, y entonces aparecerá el impostor del mundo,
haciendo señales y prodigios. Y la tierra será entregada en sus manos. Y
cometerá iniquidades como jamás se hizo en el decurso de los siglos”
(cap. XVI, 4).
“Entonces vendrá el juicio de los hombres, en el fuego de la prueba. Y
muchos se escandalizarán y perecerán, y serán condenados. Pero los que
perseveraren en su fe, se salvarán” (cap. XVI, 5).
c) Comentario de la Didaché
Consiste la Didaché, o Enseñanza del Señor a los gentiles por
medio de los Doce Apóstoles en la más antigua fuente de legislación
eclesiástica, el más antiguo código de derecho canónico y el primero de
los cánones apostólicos de la Iglesia. Se trató de un escrito que rondó el
canon bíblico y que fue tenido por inspirado, a forma de compendio sobre
preceptos morales, funciones litúrgicas e instrucciones sobre la
organización comunitaria cristiana[21].
Consta de 552 vocablos griegos, ordenados en 100 versos a lo
largo de 16 capítulos, todos ellos escritos con suma sencillez, ausencia de
arcaísmos y recursos retóricos, y fuerte sentido escatológico. Y responde
al propósito de su título, que no es tanto la enseñanza de los 12 apóstoles a
los demás, sino la enseñanza del Señor transmitida a través de ellos, para
todo el mundo.
c.1) Origen de la Didaché
El autor de la Didaché permanece en el anonimato, tanto porque él
así quiso mantenerlo cuanto porque el escrito salió de la reflexión de un
grupo de personas. No obstante, el escrito delata la existencia de una mano
judía, cristiana, erudita y competente.
Su fecha de composición es discutida[22], y los paralelismos
respecto a otros escritos[23] pudieron deberse a la existencia de otra
tercera fuente todavía sin descubrir[24], o a copias que hicieron otros de la
Didaché. Recurriendo a la crítica interna, nos encontramos con que la
Didaché:
-no pertenece a la era apostólica, años 30-50[25], pues el bautismo por
infusión ya está autorizado y ya se da por hecha la costumbre de los
profetas de la nueva ley,-sí está muy cercana a la era apostólica, años 50-
70[26], pues el bautismo por inmersión todavía es lo ordinario, el bautismo
por infusión es todavía la excepción, la liturgia descrita denota simplicidad
y no existe todavía un Credo apostólico ni un canon de libros evangélicos.
Respecto al lugar de composición, pudo haber sido:
-Siria, según Quasten, por los complejos procesos de asimilación de
culturas existentes en la Didaché,
-Antioquía, según Audet y Ruiz Bueno, por la confluencia en ella de
apóstoles, profetas y doctores, muy insistente en la Didaché.
c.2) Temáticas de la Didaché
La actitud escatológica es la temática estrella de la Didaché,
estando presente en toda su obra y salpicando todo tipo de explicación
moral, litúrgica o disciplinar. Se trata de una actitud que recopila señales:
-presentes ya en el Discurso Escatológico de Jesucristo, como la
conversión de ovejas en lobos, la perseverancia en la fe para salvarse, el
escándalo y la pérdida de muchos, la vigilancia en horas intempestivas...
-que aparecerán después en el Apocalipsis y Cartas Apostólicas, tales
como la proliferación de falsos profetas, la conversión del amor en odio, la
aparición del Anticristo o seductor del mundo...
Presenta también la Didaché una serie de máximas morales, bajo la
imagen de las dos vías: la del bien y la del mal[27]. Se trata de un recurso,
el de las dos vías, que se utilizaba para la formación de los catecúmenos,
imitaba el método empleado en las sinagogas helenísticas y plasmaba a la
perfección la instrucción a los prosélitos desarrollada por las comunidades
esenias del Mar Muerto. No obstante, todo ello como ropaje del verdadero
contenido interior: el Sermón de la Montaña de Jesucristo.
Aparece también en la Didaché, así mismo, un primigenio
concepto de Iglesia, que alcanza un sentido universal y designa a la
congregación de los creyentes (lit. santos) reunidos para orar, así como a
un pueblo nuevo que un día se establecerá definitivamente en el reino de
Dios. Se trata de un pueblo, o Iglesia, que debe ser uno y santo, sacando su
unidad y santidad del pan eucarístico (cuyos muchos y dispersos granos
mantienen todos la misma esencia).
Por lo que se refiere a la organización jerárquica, la Didaché habla
de los episkopoi (obispos), los diakonoi (diáconos) y los “profetas y
doctores” (especie de sacerdotes itinerantes), éstos últimos “vuestros
sumos sacerdotes” (XIII, 3), que pueden celebrar la eucaristía (X, 7),
recibir el diezmo (XIII, 3-7) y estar por encima del juicio humano (XI,
11). De ahí la necesidad, para éstos últimos, de una labor de
discernimiento antes de su consagración.
Respecto al bautismo, se decanta la Didaché por el ritual de
inmersión del catecúmeno en agua corriente (lit. viva), autorizando el
ritual de infusión de agua sobre la cabeza del catecúmeno sólo en caso de
necesidad (por ejemplo, en peligro de muerte) o impedimento (por
ejemplo, si no existía agua que corriera).
Respecto a la eucaristía, introduce la Didaché las preces
eucarísticas más antiguas de la Iglesia, y liga la recepción de la comunión
a la penitencia, como requisito indispensable previo. Se trata de una
confesión que ha de realizarse de forma también litúrgica, mediante una
fórmula muy parecida a la del Confiteor.
Respecto al ayuno, introduce la Didaché la novedad del ayuno pre-
sacramental (futuro ayuno pre-envío misionero), y transmite a las
comunidades cristiana la necesidad de observar dos ayunos, y no uno, muy
distintos:
-el ayuno judío, del viejo ritual judío del sábado,
-el ayuno cristiano, del nuevo ritual cristiano del miércoles.
Respecto a la oración dominical, la Didaché obliga a su recitación
3 veces al día (tercia, sexta y nona) pero no de cualquier manera, sino
supuestamente siguiendo el ritual judío: en pie y con las manos levantadas.
Entre las prácticas de caridad recomienda la Didaché la limosna y
el trabajo como medio de vida, todo ello en la medida en que se pueda y
bajo el lema de “que trabaje, y así se alimente” (XII, 2-5), recordando a la
posterior máxima de San Pablo de que “quien no trataba, que no coma”.
Madrid, 1 enero 2020
Mercabá, artículos de Cultura y Sociedad
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[1] En la confesión de fe de PEDRO y elección petrina de JESUCRISTO
en Cesarea de Filipo.
[2] Pastoreo que ya le confiriese JESUCRISTO en la última pesca de 153
peces.
[3] Crecimiento del número de cristianos, de 120 discípulos en Jerusalén y
500 hermanos en Galilea, que ya estaban previendo la enconada oposición
que se iban a encontrar entre los judíos y paganos.
[4] Ganando SAN PABLO para Cristo a los paganos, griegos, escépticos,
fugitivos, ateos y filósofos.
[5] Naciendo así para la Iglesia, y por obra de SAN PABLO, los carismas,
la gracia, la profecía, el don de lenguas, los votos, la interpretación, el
epistolario doctrinal, la filosofía, la transocialidad, la colecta caritativa, la
intachatez y el libre albedrío, todo ello bajo el prisma de Cristo y su
Iglesia.
[6] Como PAPIAS, IGNACIO DE ANTIOQUIA, POLICARPO DE
ERMIRNA... todos ellos forjados por el mismo SAN JUAN.
[7] Al mismo tiempo que SANTIAGO EL MENOR se ganaba el aprecio y
amistad de los judeocristianos.
[8] Como se ve en las referencias al mismo que ofrece la Carta de
Bernabé, XVIII, 1-21.
[9] Destacando las alabanzas que hacen del mismo EUSEBIO DE
CESAREA y ATANASIO DE ALEJANDRIA, en el s. IV.
[10] Como se ve en la copia y divulgación que hace del mismo el Códice
Hierosolymitanus, LIV, del año 1056.
[11] Por la existencia del "tú" casuístico de un interpolador, que diferencia
así su sentencia del resto de sentencias apostólicas, escritas de forma
impersonal, en 3ª persona y de forma genérica)
[12] Que posteriormente describirá SAN PABLO en su Carta I a los
Corintios, XII, 28.
[13] Conocida como Doctrina de los Doce Apóstoles, o Doctrina del
Señor por medio de los Doce Apóstoles, según se desprende de la
traducción del Codex Hierosolymitanus del s. XI.
[14] Como se puede ver en la Regla de Qumram de los esenios, idéntica
casi al pie de la letra a estos pasajes de la Didaché.
[15] Como se puede ver en la Carta de Bernabé y en los Testamentos de
los XII Patriarcas, éste último como remanente todavía vivo de la vieja
espiritualidad helenística judía.
[16] Como fue el caso del Shemonehesreh, conjunto de bendicionales
judíos ya superado, o en este caso suplido, por la Didaché.
[17] Llamados, en esta ocasión, bajo el título de profetas apostólicos.
[18] En las descripciones que SAN JUAN hará en su Apocalipsis sobre el
cielo abierto, las trompetas anunciadores y la resurrección de los muertos.
[19] Como también defenderá por dos veces SAN PABLO, en su Carta II
a los Tesalonicenses, II, 4 y VIII, 10.
[20] Como también concluirá SAN PABLO en su Carta I a los Corintios,
II, 9.
[21] Comunidades de las que poco o casi nada se puede saber, dada la
falta de evidencias o menciones internas del documento al respecto, tanto
en lugares como nombres propios o sucesos temporales acaecidos.
[22] Dada la existencia de:
-una Didaché original, o D1, de los cap. I al XI y perteneciente a la época
apostólica,
-una alargación de la Didaché, o D2, de los cap. XI al XVI y elaborada por
posteriores didachistas, designados para el caso,
-interpolaciones intermitentes, o J, en los cap. I, 3; II, 1; VII, 2-4; XIII, 3 y
5-7 y por obra de un interpolador posterior, que interpoló todo eso en
alguna de las traducciones manuscritas.
[23] Como los paralelismos existentes entre la Didaché (cap. I al VI) y la
Epístola de Bernabé (cap. XVIII al XX), suponiendo que ésta dependa de
aquella.
[24] Fuente Q sin descubrir que pudiera ser descubierta en el futuro, y que
demostrara que la Didaché dependía de ella como posterior a ella que era.
No obstante, de momento no hay vestigio de esta hipotética hipótesis, que
sin vestigio alguno no pasa de teología ficción.
Aunque sí hay que recordar que de esa misma manera fue
descubierta la Didaché, como Fuente Q sin descubrir que habría de haber
existido para encajar las piezas del puzzle, hasta que en 1873 fue
descubierta por el teólogo macedonio BRYENIOS en la biblioteca del
Monasterio Santo Sepulcro de Constantinopla y buscando en manuscritos
del Codex Alexandrinus.
O como anteriormente había sido descubierta la Epístola de
Bernabé en 1860, por el teólogo alemán TISCHENDORF en el
Monasterio Santa Catalina del Sinaí, y buscando entre los manuscritos del
Codex Sinaiticus.
[25] Desde el día de Pentecostés (año 30) hasta el Concilio de Jerusalén
(año 50), momento en que propone la primera introducción de nuevas
costumbres.
[26] Desde el Concilio de Jerusalén (año 50) hasta la Destrucción de
Jerusalén (año 70), momento en que los judíos salen a estampida de
Jerusalén, y pierden toda su primacía e influencia dentro de la Iglesia.
[27] Presentación que introduce al decir que “el camino de la vida es éste:
amarás a Dios... más el camino de la muerte es este otro” (Didaché, cap. I,
vers. 1-2).
La «Didajé»
La Didajé o Doctrina de los Doce Apóstoles -el término griego Didajé significa
doctrina- constituye, sin lugar a dudas, uno de los descubrimientos literarios más
importantes de los tiempos modernos. Olvidada durante siglos en antiguas
bibliotecas, esta obra fue descubierta en Constantinopla en el año 1873 por el
arzobispo Filoteo Briennios.
Además de este texto griego descubierto por Briennios, se conservan
fragmentos de traducciones al latín, árabe, copto, georgiano y siríaco. Desde su
publicación diez años más tarde, esta obra ha sido objeto de numerosos
estudios y motivo de largas controversias. Su fecha de composición es del todo
insegura, y algunos piensan que fue escrita aún antes de la destrucción de
Jerusalén en el año 70 (Audet) mientras que otros opinan que pertenece al siglo
tercero (Colson). De hecho, parece haber sido escrita a fines del siglo primero o
principios del segundo, aunque utilizando algunos materiales anteriores. Su
lugar de composición sería entonces alguna pequeña comunidad de Siria o
Palestina, apartada de las corrientes centrales del pensamiento cristiano. (J.
González)
Grupo: p. griegos
Año de referencia: 100
Introducción:
El índice del códice en que fue hallada la Didaché cita esta en la forma
abreviada: Διδαχή των δώδεκα αποστόλων, el título completo de la obra
es Διδαχή του Κυρίου δια των δοδεκα αποστόλων τοις εθνεσιν, o sea: ?La
instrucción del Señor a los gentiles por medio de los doce Apóstoles.? Este último
parece haber sido el título primitivo. El autor no revela su nombre. Pero sería
aventurado suponer, como lo hiciera Duchesne, que el título quiera indicar una
paternidad apostólica. El texto no justifica semejante conjetura en manera
alguna. La intención del autor de la obra fue evidentemente dar un breve
resumen de la doctrina de Cristo tal como la enseñaron los Apóstoles a las
naciones. Esto explicaría su título.
La Didaché es el documento más importante de la era post-apostólica y la más
antigua fuente de legislación eclesiástica que poseemos. Hasta el año 1883 era
totalmente desconocida. La publicó ese año el metropolita griego de Nicomedia,
Piloteo Bryennios, de un códice griego en pergamino (1057) del patriarcado de
Jerusalén. Desde entonces, y gracias a este documento, se han dilatado y
profundizado de manera sorprendente nuestros conocimientos sobre los orígenes
de la Iglesia. Los sabios, atraídos constantemente por el rico contenido de esta
obra, han encontrado en ella estímulo y luces siempre nuevas.
A juzgar sólo por el título, uno podría creer que la Didaché contiene la predicación
evangélica de Cristo; vemos, en cambio, que es más bien un compendio de
preceptos de moral, de instrucciones sobre la organización de las comunidades y
de ordenanzas relativas a las funciones litúrgicas; tenemos aquí un conjunto de
normas que nos ofrecen un magnífico cuadro de la vida cristiana en el siglo
II. Esta obra viene a ser de hecho, el código eclesiástico más antiguo, prototipo
venerable de todas las colecciones posteriores de Constituciones o Cánones
apostólicos con que empezó el derecho canónico en Oriente y Occidente.
(Quasten)
La «Didajé»: La Didajé (o Didaché)
Obra fundamental de entre los escritos de época apostólica: compendio de
moral, organización de las comunidades y ordenanzas relativas a la liturgia, que
nos dan un magnífico cuadro de la vida cristiana a fin del siglo I o inicios del [...]
Fuentes: SC 248 bis
Sitios de internet para hallar la obra:
»» mega.nz: texto griego y traducción, para descargar
»» escrituras.tripod.com: texto fuente
»» www.mercaba.org
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Acerca de este proyecto
Lista alfabética de obras
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Enseñanza del Señor transmitida a las naciones por los Doce Apóstoles
PRIMERA PARTE
El Catecismo o los «Dos caminos»
I. Existen dos caminos, entre los cuales, hay gran diferencia; el que conduce a la
vida y el que lleva a la muerte. He aquí el camino de la vida: en primer lugar,
Amarás a Dios que te ha creado; y en segundo lugar, amarás a tu prójimo como
a ti mismo; es decir, que no harás a otro, lo que no quisieras que se hiciera
contigo. He aquí la doctrina contenida en estas palabras: Bendecid a los que os
maldicen, rogad por vuestros enemigos, ayunad para los que os persiguen. Si
amáis a los que os aman, ¿qué gratitud mereceréis? Lo mismo hacen los
paganos. Al contrario, amad a los que os odian, y no tendréis ya enemigos.
Absteneos de los deseos carnales y mundanos. Si alguien te abofeteare en la
mejilla derecha, vuélvele también la otra, y entonces serás perfecto. Si alguien te
pidiere que le acompañes una milla, ve con él dos. Si alguien quisiere tomar tu
capa, déjale también la túnica. Si alguno se apropia de algo que te pertenezca,
no se lo vuelvas a pedir, porque no puedes hacerlo. Debes dar a cualquiera que
te pida, y no reclamar nada, puesto que el Padre quiere que los bienes recibidos
de su propia gracia, sean distribuidos entre todos. Dichoso aquel que da
conforme al mandamiento; el tal, será sin falta. Desdichado del que reciba. Si
alguno recibe algo estando en la necesidad, no se hace acreedor a reproche
ninguno; pero aquel que acepta alguna cosa sin necesitarlo, dará cuenta de lo
que ha recibido y del uso que ha hecho de la limosna. Encarcelado, sufrirá
interrogatorio por sus actos, y no será liberado hasta que haya pasado el último
maravedi. Es con este motivo, que ha sido dicho: «¡Antes de dar limosna, déjala
sudar en las manos, hasta que sepas a quien la das!»
II. He aquí el segundo precepto de la Doctrina: No matarás; no cometerás
adulterio; no prostituirás a los niños, ni los inducirás al vicio; no robarás; no te
entregarás a la magia, ni a la brujería; no harás abortar a la criatura engendrada
en la orgía, y después de nacida no la harás morir. No desearás los bienes de tu
prójimo, ni perjurarás, ni dirás falso testimonio; no serás maldiciente, ni
rencoroso; no usarás de doblez ni en tus palabras, ni en tus pensamientos,
puesto que la falsía es un lazo de muerte. Que tus palabras, no sean ni vanas, ni
mentirosas. No seas raptor, ni hipócrita, ni malicioso, ni dado al orgullo, ni a la
concupiscencia. No prestes atención a lo que se diga de tu prójimo. No
aborrezcas a nadie; reprende a unos, ora por los otros, y a los demás, guiales
con más solicitud que a tu propia alma.
III. Hijo mío: aléjate del mal y de toda apariencia de mal. No te dejes arrastrar
por la ira, porque la ira conduce al asesinato. Ni tengas celos, ni seas
pendenciero, ni irascible; porque todas estas pasiones engendran los
homicidios. Hijo mío, no te dejes inducir por la concupicencia, porque lleva a la
fornicación. Evita las palabras deshonestas y las miradas provocativas, puesto
que de ambos proceden los adulterios. Hijo mío, no consultes a los agoreros,
puesto que conducen a la idolatría. Hijo mío, no seas mentiroso, porque la
mentira lleva al robo; ni seas avaro, ni ames la vanagloria, porque todas estas
pasiones incitan al robo. Hijo mío, no murmures, porque la murmuración lleva a
la blasfemia; ni seas altanero ni malévolo, porque de ambos pecados nacen las
blasfemias. Sé humilde, porque los humildes heredarán la tierra. Sé magnánimo
y misericordioso, sin malicia, pacífico y bueno, poniendo en práctica las
enseñanzas que has recibido. No te enorgullezcas, ni dejes que la presunción se
apodere de tu alma. No te acompañes con los orgullosos, sinó con los justos y
los humildes. Acepta con gratitud las pruebas que sobrevinieren, recordando que
nada nos sucede sin la voluntad de Dios.
IV. Hijo mío, acuérdate de día y de noche, del que te anuncia la palabra de Dios;
hónrale como al Señor, puesto que donde se anuncia la palabra, allí está el
Señor. Busca constantemente la compañía de los santos, para que seas
reconfortado con sus consejos. Evita fomentar las disenciones, y procura la paz
entre los adversarios. Juzga con justicia, y cuando reprendas a tus hermanos a
causa de sus faltas, no hagas diferencias entre personas. No tengas respecto de
si Dios cumplirá o no sus promesas. Ni tiendas la mano para recibir, ni la tengas
cerrada cuando se trate de dar. Si posees algunos bienes como fruto de tu
trabajo, no pagarás el rescate de tus pecados.No estés indeciso cuando se trate
de dar, ni regañes al dar algo, porque conoces al dispensador de la recompensa.
No vuelvas la espalda al indigente; reparte lo que tienes con tu hermano, y no
digas que lo tuyo te pertenece, poque si las cosas inmortales os son comunes,
¿con cuánta mayor razón deberá serlo lo perecedero? No dejes de la mano la
educación de tu hijo o de tu hija: desde su infancia enséñales el temor de Dios.
A tu esclavo, ni a tu criada mandes con aspereza, puesto que confían en el
mismo Dios, para que no pierdan el temor del Señor, que está por encima del
amo y del esclavo, porque en su llamamiento no hace diferencia en las
personas, sinó viene sobre aquellos que el Espíritu ha preparado. En cuanto a
vosotros, esclavos, someteos a vuestros amos con temor y humildad, como si
fueran la imagen de Dios. Aborrecerás toda clase de hipocresía y todo lo que
desagrade al Señor. No descuides los preceptos del Señor, y guarda cuanto has
recibido, sin añadir ni quitar. Confesarás tus faltas a la iglesia y te guardarás de
ir a la oración con mala conciencia. Tal es el camino de la vida.
V. He aquí el camino que conduce a la muerte: ante todo has de saber que es
un camino malo, que está lleno de maldiciones. Su término es el asesinato, los
adulterios, la codicia, la fornicación, el robo, la idolatría, la práctica de la magia y
de la brujería. El rapto, el falso testimonio, la hipocresía, la doblez, el fraude; la
arrogancia, la maldad, la desvergüenza; la concupiscencia, el lenguaje obsceno,
la envidia, la presunción, el orgullo, la fanfarronería. Esta es la senda en la que
andan los que persiguen a los buenos; los enemigos de la verdad, los amadores
de la mentira, los que desconocen la recompensa de la justicia; los que no se
apegan al bien, ni al justo juicio; los que se desvelan por hacer el mal y no el
bien; los vanidosos, aquellos que están muy alejados de la suavidad y de la
paciencia; que buscan retribución a sus actos, que no tienen piedad del pobre, ni
compasión del que está trabajando y cargado, quie ni siquiera tienen
conocimiento de su Creador. Los asesinos de niños, los corruptores de la obra
de Dios, que desvían al pobre, oprimen al afligido; que son los defensores del
rico y los jueces inicuos del pobre; en una palabra, son hombres capaces de
toda maldad. Hijos míos, alejaos de los tales.
VI. Ten cuidado que nadie pueda alejarte del camino de la doctrina, porque tales
enseñanzas no serían agradables a Dios. Si pudieses llevar todo el yugo del
Señor, serás perfecto; sinó has lo que pudieres. Debes abstenerte, sobre todo,
de carnes sacrificadas a los ídolos, que es el culto ofrecido a dioses muertos.
SEGUNDA PARTE
De la Liturgia y de la Disciplina
VII. En cuanto al bautismo, he aquí como hay que administrarle: Después de
haber enseñado los anteriores preceptos, bautizad en el agua viva, en el nombre
del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Si no pudiere ser en el agua viva,
puedes utilizar otra; si no pudieres hacerlo con agua fría, puedes servirte de
agua caliente; si no tuvieres a mano ni una ni otra, echa tres veces agua sobre la
cabeza, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Antes del
bautismo, debe procurarse que el que lo administra, el que va a ser bautizado, y
otras personas, si pudiere ser, ayunen. Al neófito, le harás ayudar uno o dos
días antes.
VIII. Es preciso que vuestros ayunos no sean parecidos a los de los
hipócritas,puesto que ellos ayunan el segundo y quinto día de cada semana. En
cambio vosotros ayunaréis el día cuatro y la víspera del sábado. No hagáis
tampoco oración como los hipócritas, sinó como el Señor lo ha mandado en su
Evangelio. Vosotros oraréis así:
«Padre nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu nombre, venga tu reino,
hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo; danos hoy nuestro pan
cotidiano; perdónanos nuestra deuda como nosotros perdonamos a nuestros
deudores, no nos induzcas en tentación, sinó libranos del mal, porque tuyo es el
poder y la gloria por todos los siglos.»
Orad así tres veces al día.
IX. En lo concerniente a la eucaristía, dad gracias de esta manera. Al tomar la
copa, decid:
«Te damos gracias, oh Padre nuestro, por la santa viña de David, tu siervo, que
nos ha dado a conocer por Jesús, tu servidor. A tí sea la gloria por los siglos de
los siglos.»
Y después del partimiento del pan, decid:
«¡Padre nuestro! Te damos gracias por la vida y por el conocimiento que nos
has revelado por tu siervo, Jesús. ¡A Tí sea la gloria por los siglos de los siglos!
De la misma manera que este pan que partimos, estaba esparcido por las altas
colinas, y ha sido juntado, te suplicamos, que de todas las extremidades de la
tierra, reunas a ti Iglesia en tu reino, porque te pertenece la gloria y el poder (que
ejerces) por Jesucristo, en los siglos de los siglos.»
Que nadie coma ni bebe de esta eucaristía, sin haber sido antes bautizado en el
nombre del Señor; puesto que el mismo dice sobre el particular: «No déis lo
santo a los perros.»
X. Cuando estéis saciados (de la ágapa), dad gracias de la menera siguiente:
«¡Padre santo! Te damos gracias por Tu santo nombre que nos has hecho
habitar en nuestros corazones, y por el conocimiento, la fe y la inmortalidad que
nos has revelado por Jesucristo, tu servidor. A ti sea la gloria por los siglos de
los siglos. ¡Dueño Todopoderoso! que a causa de Tu nombre has creado todo
cuanto existe, y que dejas gozar a los hombres del alimento y la bebida, para
que te den gracias por ello. A nosotros, por medio de tu servidor, nos has hecho
la gracia de un alimento y de una bebida espirituales y de la vida eterna. Ante
todo, te damos gracias por tu poder. A Ti sea la gloria por los siglos de los siglos.
¡Señor! Acuérdate de tu iglesia, para librarla de todo mal y para completarla en
tu amor. ¡Reúnela de los cuatro vientos del cielo, porque ha sido santificada para
el reino que le has preparado; porque a Ti solo pertenece el poder y la gloria por
los siglos de los siglos!»
¡Ya que este mundo pasa, te pedimos que tu gracia venga sobre nosotros!
¡Hosanna al hijo de David! El que sea santificado, que se acerque, sinó que
haga penitencia. Maran atha ¡Amén! Permitid que los profetas den las gracias
libremente.
XI. Si alguien viniese de fuera para enseñaros todo esto, recibidle. Pero si
resultare ser un doctor extraviado, que os dé otras enseñanzas para destruir
vuestra fe, no le oigáis. Si por el contrario, se propusiese haceros regresar en la
senda de la justicia y del conocimiento del Señor, recibidle como recibiríais al
Señor. Ved ahí como según los preceptos del Evangelio debéis portaros con los
apóstoles y profetas. Recibid en nombre del Señor alos apóstoles que os
visitaren, en tanto permanecieren un día o dos entre vosotros: el que se quedare
durante tres días, es un falso profeta. Al salir el apóstol, debéis proveerle de pan
para que pueda ir a la ciudad donde se dirija: si pide dinero, es un falso profeta.
Al profeta que hablare por el espíritu, no le juzgaréis, ni examinaréis; porque
todo pecado será perdonado, menos éste. Todos los que hablan por el espíritu;
no son profetas, solo lo son, los que siguen el ejemplo del Señor. Por su
conducta, podéis distinguir al verdadero y al falso profeta. El profeta, que
hablando por el espíritu, ordenare la mesa y comiere de ella, es un falso profeta.
El profeta que enseñare la verdad, pero no hiciere lo que enseña, es un falso
profeta. El profeta que fuere probado ser verdadero, y ejercita su cuerpo para el
misterio terrestre de la Iglesia, y que no obligare a otros a practicar su
ascetismo, no le juzguéis, porque Dios es su juez: lo mismo hicieron los antiguos
profetas. Si alguien, hablando por el espíritu, os pidiere dinero u otra cosa, no le
hagáis caso; pero si aconseja se dé a los pobres, no le juzguéis.
XII. A todo el que fuere a vosotros en nombre del Señor, recibidle, y probadle
después para conocerle, puesto que debéis tener suficiente criterio para conocer
a los que son de la derecha y los que pertenecen a la izquierda. Si el que viniere
a vosotros, fuere un pobre viajero, socorredle cuanto podáis; pero no debe
quedarse en vuestra casa más de dos o tres días. Si quisiere permanecer entre
vosotros como artista, que trabaje para comer; si no tuviese oficio ninguno,
procurad según vuestra prudencia a que no quede entre vosotros ningún
cristiano ocioso. Si no quisiere hacer esto, es un negociante del cristianismo, del
cual os alejaréis.
XIII. El verdadero profeta, que quisiere fijar su residencia entre vosotros, es
digno del sustento; porque un doctor verdadero, es también un artista, y por
tanto digno de su alimento. Tomarás tus primicias de la era y el lagar, de los
bueyes y de las cabras y se las darás a los profetas, porque ellos son vuestros
grandes sacerdotes. Al preparar una hornada de pan, toma las primicias, y dalas
según el precepto. Lo mismo harás al empezar una vasija de vino o de aceite,
cuyas primicias destinarás a los profetas. En lo concerniente a tu dinero, tus
bienes y tus vestidos, señala tú mismo las primucias y haz según el precepto.
XIV. Cuando os reuniéreis en el domingo del Señor, partid el pan, y para que el
sacrificio sea puro, dad gracias después de haber confesado vuestros pecados.
El que de entre vosotros estuviere enemistado con su amigo, que se aleje de la
asamblea hasta que se haya reconciliado con él, a fin de no profanar vuestro
sacrificio. He aquí las propias palabras del Señor: «En todo tiempo y lugar me
traeréis una víctima pura, porque soy el gran Rey, dice el Señor, y entre los
pueblos paganos, mi nombre es admirable.»
XV. Para el cargo de obispos y diáconos del Señor, eligiréis a hombres
humildes, desinteresados, veraces y probados, porque también hacen el oficio
de profetas y doctores. No les menospreciéis, puesto que son vuestros
dignatarios, juntamente con vuestros profetas y doctores. Amonestaos unos a
otros, según los preceptos del Evangelio, en paz y no con ira. Que nadie hable al
que pecare contra su prójimo, y no se le tenga ninguna consideración entre
vosotros, hasta que se arrepienta. Haced vuestras oraciones, vuestras limosnas
y todo cuanto hiciéreis, según los preceptos dados en el Evangelio de nuestro
Señor.
XVI. Velad por vuestra vida; procurando que estén ceñidos vuestros lomos y
vuestras lámparas encendidas, y estad dispuestos, porque no sabéis la hora en
que vendrá el Señor. Reuníos a menudo para buscar lo que convenga a
vuestras almas, porque de nada os servirá el tiempo que habéis profesado la fe,
si no fuéreis hallados perfectos el último día. Porque en los últimos tiempos
abundarán los falsos profetas y los corruptores, y las ovejas se transformarán en
lobos, y el amor se cambiará en odio. Habiendo aumentado la iniquidad, crecerá
el odio de unos contra otros, se perseguirán mutuamente y se entregarán unos a
otros. Entonces es cuando el Seductor del mundo hará su aparición y titulándose
el Hijo de Dios, hará señales y prodigios; la tierra le será entregada y cometerá
tales maldades como no han sido vistas desde el principio. Los humanos serán
sometidos a la prueba del fuego; muchos perecerán escandalizados; pero los
que perseverarán en la fe, serán salvos de esta maldición. Entonces aparecerán
las señales de la verdad. Primeramente será desplegada la señal en el cielo,
después la de la trompeta, y en tercer lugar la resurrección de los muertos,
según se ha dicho: «El Señor vendrá con todos sus santos» ¡Entonces el mundo
verá al Señor viniendo en las nubes del cielo!