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CUEBTO

Este documento narra la historia de un ser marginado que vive en el bosque y es rechazado por su apariencia. Un día conoce a un grupo de criaturas también marginadas que lo aceptan como parte de su comunidad. Juntos aprenden bajo la guía de una anciana a valorarse a sí mismos y a convivir en armonía.

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Isabel Sofia
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CUEBTO

Este documento narra la historia de un ser marginado que vive en el bosque y es rechazado por su apariencia. Un día conoce a un grupo de criaturas también marginadas que lo aceptan como parte de su comunidad. Juntos aprenden bajo la guía de una anciana a valorarse a sí mismos y a convivir en armonía.

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LA UNIÓN DE LOS AJENOS

Nací en el último cuarto de una casa sombría y crecí entre muebles antiguos, libros de caballería y
ciencias, mi amor por el arte crecía cada vez más con los grandes retratos y pinturas que colgaban sobre
las desgastadas paredes que componían aquella vieja casa al final del bosque, una vista hermosa, pero
que nadie admiraba, pues temían de un desagradable ser que atormentaba los sueños de los más
pequeños de la aldea, para mi dicha o desgracia nunca me atemorizo aquella bestia que en los cuentos era
narrado como frío y violento, lamentablemente, yo era aquella bestia.

Nací de una relación forzosa e incestuosa dando origen a múltiples deformidades que me acompañaban,
aunque mi cerebro está lleno de curiosidades mi boca es incapaz de pronunciarlas, odio cuando quiero
hablar y solo salen extraños sonidos que siendo honesto, se asemejan a los de una bestia, mi cara era
extraña, nací sin orejas por lo que nunca he escuchado el cantar de las aves en las mañanas, y tampoco los
pasos de aquellos niños valientes que vienen cada tarde a apedrearme cuando recojo fruta, mis pies están
chuecos por lo que nunca jugué a la pelota, ni pudo correr cuando entre varios me golpeaban, mis manos
tenían pocos dedos así que nunca pude recoger muchas uvas ni lanzar algún golpe que pudiera
defenderme, nunca lo intente al final, no quería que me vieran más monstruo de lo normal, quería que me
conocieran, me amaran por mi amor a los libros, al arte a las cosas sencillas, pero eso nunca paso.

Dura, pero felizmente vivía una gran vida, podía ver los hermosos atardeceres, y aunque me costó gracias
a las sirvientas aprendí a leer, no necesitaba la compañía de personas cuando estaba entre letras, era todo
mi mundo y estaba conforme con él, todo hasta que aquella pequeña de ojos azul brillante aparecía a mi
lado, no me temía, lo veía en su rostro, pero yo a ella sí, la pequeña intento pronunciar palabras, pero por
mi expresión rápidamente comprendió que era inútil, pues no la podía oír, tomo su pequeño cuaderno de
tapa roja, desgastado y con tierra, pero con un hongo en el centro, dorado y brillante, en él anoto: “¿Eres
aquel al que llaman maldecido por la luna?”, realmente no entendía a que se refería y antes de poder
intentar indagar más un grupo de jóvenes apartaron a la pequeña de mí, lo único que vi después fue a todo
huir con una expresión de miedo en sus caras, ya estaba acostumbrado a aquellos sucesos, pero la frase
de la niña dejo una intriga en mí.

Pasaron los días y llego aquella noche, sombría, lluviosa, pero extrañamente cálida, una espesa niebla
envolvía el lugar, las nubes tenían un color que se asemejaba a la ceniza, pero entre tanto la luna llena
resplandecía en lo alto. ¡Oh! Aquella maravilla natural, mi más grande consuelo en las noches, hoy tenía
un aspecto nuevo, acogedor y entonces, mientras admiraba el extraño color blanco de ella, escuche,
literalmente, escuche, un pitido agudo que viajaba por toda mi cabeza, un intenso mareo me obligo a
recostarme sobre el suelo y entonces nuevamente escuche, ruido de ramas crujir bajo los fuertes pasos de
alguien que se avecinaba con rabia hacia mí.

Una presencia parecía envolverlo. La niebla se espesaba aún más, dificultando su visión y envolviendo su
cuerpo como una siniestra sábana. Los árboles retorcidos parecían alargarse para tocarlo, y un susurro
inquietante llenaba sus oídos, sus manos temblaban la sensación fría y húmeda, lo mantenía alerta,
conocía el lugar, pero nunca había vivido aquello.

Finalmente, recupero las inexistentes fuerzas que aún tenía y camino hacia un claro donde la niebla se
disipaba. Allí, frente a él, se encontraba un grupo de criaturas misteriosas. Sus ojos brillaban con una luz
inquietante, de inmediato reconoció los ojos que alguna vez lo miraron sin temor, la niña de aquel
cuaderno desgastado rojo. Sus cuerpos parecían estar hechos de sombras retorcidas. Sin embargo, nunca
me atacaron, por alguna razón me sentía, protegido.
Una figura alta y esbelta emergió del grupo. Era una anciana con arrugas profundas y cabello blanco
como la nieve. Su voz era suave y acogedora, esa mujer de cara ámale me hablo: "Bienvenido, pequeño
valiente. Somos los guardianes de este bosque. Hemos observado tus intentos de pertenecer y tu lucha por
el respeto", podía reconocer la expresión de mi cara, deforme, pero aún podía expresar miedo, la anciana
lo noto, sonrió comprensivamente y respondió: "Este bosque es un refugio para aquellos que han sido
marginados y juzgados. Aquí, todos somos diferentes, pero nos respetamos y nos aceptamos mutuamente".

Pregunte por qué a pesar de haber vivido toda mi vida ahí nunca los note, me explicaron que no
cualquiera entraba, muchos marginados pasaban de víctimas victimarías y eso estaba en contra de sus
leyes, era más complicado de explicar, pero intentaban mostrarle al mundo que no éramos monstruos,
finalmente aquella niña de ojos inocentes dio un paso tímido al frente, la anciana me contó que la niña le
había hablado sobre mí y mis constantes intentos de ser amable con las personas, mi corazón y mis ojos
lloraban, pero por primera vez no era de tristeza, sino de felicidad, por fin hacia parte de un grupo.

Todos los presentes eran iguales o parecidos a mí, unos sin extremidades, otros ciegos, otros mudos y
sordos que gracias a la anciana podían ingresar a una nueva vida, me uní a todos ellos, podía
comunicarme con todos ellos y de alguna manera me comprendían, podía ser yo con ellos, pues muchos
compartían mi gusto por arte y los libros, nos unía el ser “diferentes” pero eso nos volvía iguales, historias
de vida similares nos enseñaba moralejas valiosas en la vida. La anciana nos enseñó todo lo que sabía, nos
enseñó a hablar, a escribir, a bordar y a tejer, nos enseñó a cocinar y nos ayudó a saber comunicarnos, esa
mujer de piel canela nos enseñó que más allá de cómo nos veíamos éramos igual de valiosos a los demás,
nos enseñó a amarnos y aceptar que tenemos mucho por mejorar pero también mucho que dar.

Finalmente, algunos habitantes curiosos se acercaban a nosotros, aún temerosos, pero abiertos
empezaron a cambiar su mente, aquel lugar se llenó de mis obras de arte, florecía nueva vida dentro y
fuera del lugar, aquel bosque retomo la vida que un día perdió; sin embargo, la felicidad no era completa,
aquella anciana que me había tratado como madre se fue. Poco a poco entendimos que su misión en aquel
lugar había terminado, esa mujer le enseño al pueblo la unión y la aceptación, no está mal ser diferentes y
esa mujer le enseño cada individuo lo que era amarse, nunca será olvidad, pues su trabajo fue honorable
al fin todos hacíamos parte, parte de algo, parte de personas que aunque un día lastimaron se arrepentían
y aquí estábamos finalmente felices.

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