E-book
Fátima
Secretos y Profecías
Heraldos del Evangelio
Índice
INTRODUCCIÓN...........................................5
CAPÍTULO 1
Por María quiso Dios venir al mundo,
y por Ella también quiere reinar...............11
CAPÍTULO 2
La opinión de la Iglesia sobre las
apariciones.................................................23
CAPÍTULO 3
La escena mundial en 1917.......................35
CAPÍTULO 4
Dios elige a los sencillos y a los
pequeños.....................................................45
CAPÍTULO 5
¿Por qué Portugal?....................................51
CAPÍTULO 6
El Ángel de Portugal, precursor de la
Virgen.........................................................71
CAPÍTULO 7
La primera aparición de la Virgen a los
pastorcitos...................................................81
2
Heraldos del Evangelio
CAPÍTULO 8
Lucía debe tomar una decisión difícil.......98
CAPÍTULO 9
Un secreto que atravesó el siglo xx..........115
CAPÍTULO 10
Dudas y pruebas.......................................143
CAPÍTULO 11
Quinta aparición: la Virgen suspende
una penitencia a los pastorcitos...............162
CAPÍTULO 12
El milagro del sol: un fenómeno visto
por 70.000 personas.................................166
CAPÍTULO 13
Canonización de Francisco y Jacinta.....176
CAPÍTULO 14
¿Cómo será el mundo después del triunfo
del Inmaculado Corazón de María?........181
Bibliografía...................................................211
3
INTRODUCCIÓN
Desde 1917 hasta hoy ha pa-
sado ya más de un siglo, pero el
mensaje transmitido por la San-
tísima Virgen en Fátima, dada la
profundidad que tiene, sigue siendo
totalmente actual: son profecías,
consejos y advertencias que han
atravesado el tiempo.
Los secretos revelados a
los tres pastorcitos han sido
ampliamente estudiados en
los últimos cien años y los
acontecimientos que tu-
vieron lugar en Cova da
Iria figuran entre los más
importantes del siglo xx.
5
Heraldos del Evangelio
Muchos se preguntan si todo lo que la
Virgen María dijo a aquellos tres niños en
sus apariciones, que fueron presenciadas
por multitudes, se ha cumplido.
Durante muchos años, la tercera parte
del secreto de Fátima, o el tercer secreto,
como muchos prefieren decir, fue una in-
cógnita y permaneció conocida sólo por sor
Lucía —la única de las videntes que vivió
hasta la vejez— y por los Papas.
Cuando escribió sus memorias, a pe-
tición del obispo de Leiria, sor Lucía na-
rró las dos primeras partes del secreto, pu-
blicadas en el año 1941. Pero ella misma
dijo que todavía no podía contar la tercera
parte del secreto, porque tanto Nuestra Se-
ñora como Nuestro Señor le habían dicho
que todavía no era el momento. Finalmen-
te escribió la tercera parte del secreto en
1944 y lo metió en un sobre lacrado que
acabó llegando a manos de Juan XXIII en
1959.
El Papa abre el sobre que contiene el
relato completo del secreto de Fátima, pero
6
INTRODUCCIÓN
lo vuelve a cerrar tras conocer su contenido
y decide no revelarlo al mundo.
En 1981, el papa Juan Pablo II sufre un
atentado en la Plaza de San Pedro, siendo
disparado a quemarropa. Habiendo escapa-
do de la muerte, pidió que le trajeran el sobre
y leyó el secreto. Tras leerlo, decidió renovar
su consagración a la Virgen, en unión con
todos los obispos del mundo, encomendan-
do a todos los hombres y a todos los pueblos
al Corazón Inmaculado de María.
Se difundió, entonces, la noticia de que
la tercera parte del secreto estaba relacio-
7
Heraldos del Evangelio
nada con el atentado. Sin embargo, el sobre
fue de nuevo sellado y guardado.
Cuando llegó el año 2000, San Juan
Pablo II quiso hacerlo público. Fue el día
26 de junio de 2000, durante una rueda de
prensa con el entonces cardenal Joseph
Ratzinger, futuro papa Benedicto XVI, y el
cardenal Tarsicio Bertone, respectivamen-
te prefecto y secretario de la Congregación
para la Doctrina de la Fe, cuando fue divul-
gada la tercera parte del secreto.
Sin embargo, en el pensamiento de mu-
chos, aún queda algo por ser desvelado del
gran secreto que se mantuvo bajo llave en
el Vaticano durante tanto tiempo.
¿Tiene sentido pensar algo así? ¿Real-
mente existe algo que aún no se sepa sobre
este secreto?
Más que la revelación y la comprensión
exacta de las tres partes del secreto, hay un
aspecto muy importante que debe ser consi-
derado: el cumplimiento de las profecías de
la Santísima Virgen y la correspondencia de
los católicos a las peticiones que Ella hizo,
8
INTRODUCCIÓN
pues de esta correspondencia dependía la
aplicación o la suspensión de los castigos
que debían sobrevenir a la humanidad.
¿Qué es lo que pidió la Virgen? ¿Y cuá-
les serían los castigos que caerían sobre la
humanidad si no se atendían sus peticiones?
Por encima de conjeturas sobre aspec-
tos ocultos, mensajes encriptados y la in-
exacta comprensión de lo que esconden las
entrelíneas del relato de sor Lucía, debe-
mos considerar que todo está aún en movi-
miento, pues el punto más importante del
mensaje de Fátima aún no se ha cumplido.
Las últimas palabras de la Santísima
Virgen María fueron palabras de victoria
y de esperanza: «¡Por fin, mi Inmaculado
Corazón triunfará!».
Todavía no hemos visto este triunfo, por-
que aún no se ha concretizado, pero estas pa-
labras tienen poder suficiente para guiar nues-
tras vidas, direccionar nuestros pasos, moldear
nuestro carácter y alimentar nuestra fe.
El triunfo de María Santísima represen-
ta la instauración del Reino de Nuestro Señor
9
Heraldos del Evangelio
J esucristo en la tierra y la preparación de su po-
deroso retorno, que cambiará la faz de la tierra
y hará nuevas todas las cosas: será una excelsa
realidad en la que todas las lágrimas se habrán
secado y todas las rodillas se habrán doblado
ante la divina majestad de nuestro Redentor.
En esta breve obra, hemos reunido diver-
sos relatos y consideraciones sobre las apari-
ciones de Fátima y su alcance hasta nuestros
días. Las memorias de sor Lucía, redactadas
con un lenguaje sencillo, contienen mucho
más que simples descripciones de aquel pe-
ríodo insólito que incluyó varias apariciones
de la Santísima Virgen. Sus memorias tienen
un aspecto profético y revelador, en el que
puede contemplarse el futuro del mundo.
Le deseamos una muy buena lectura.
10
CAPÍTULO 1
Por María quiso
Dios venir al mundo,
y por Ella también
quiere reinar
El foco principal de este libro incide
sobre las apariciones de la Virgen María en
Fátima y sus consecuencias, que se extien-
11
Heraldos del Evangelio
den hasta nuestros días y que irán mucho
más allá. Pero antes de abordar el hecho
concreto de las apariciones, es necesario
hacer algunas consideraciones importan-
tes, tanto desde el punto de vista espiritual
como humano.
Para empezar, tomemos como paráme-
tro un conocido pasaje del Evangelio de
San Juan (2, 1-11), que refleja la importan-
cia fundamental de María en la historia de
la salvación de la humanidad:
A los tres días había una boda en
Caná de Galilea, y la Madre de Jesús es-
taba allí. Jesús y sus discípulos estaban
también invitados a la boda. Faltó el vino,
y la Madre de Jesús le dice: «No tienen
vino». Jesús le dice: «Mujer, ¿qué tengo
yo que ver contigo? Todavía no ha llegado
mi hora».
Su Madre dice a los sirvientes: «Ha-
ced lo que Él os diga». Había allí colo-
cadas seis tinajas de piedra, para las pu-
rificaciones de los judíos, de unos cien
litros cada una. Jesús les dice: «Llenad
12
Por María quiso Dios venir al mundo, y por Ella también quiere reinar
las tinajas de agua». Y las llenaron hasta
arriba. Entonces les dice: «Sacad ahora
y llevadlo al mayordomo». Ellos se lo lle-
varon.
El mayordomo probó el agua conver-
tida en vino sin saber de dónde venía (los
sirvientes sí lo sabían, pues habían sacado
el agua), y entonces llama al esposo y le
dice: «Todo el mundo pone primero el vino
bueno y, cuando ya están bebidos, el peor;
tú, en cambio, has guardado el vino bue-
no hasta ahora». Éste fue el primero de los
signos que Jesús realizó en Caná de Gali-
lea; así manifestó su gloria y sus discípulos
creyeron en Él.
La acción decidida de María, indican-
do cómo deben actuar los hombres para
obtener la gracia de su divino Hijo: Haced
lo que Él os diga, y la propia receptividad
de Jesús nos muestran la cohesión entre
ambos y el papel que ejerce la Santísima
Virgen en los planes de Dios. Profundice-
mos ahora en el papel de la Iglesia dentro
de esos planes.
13
Heraldos del Evangelio
La Santa Iglesia y la llegada del
Reino de Dios prometido
La Iglesia nos enseña que Nuestro Se-
ñor Jesucristo vino a realizar la obra de la
Redención, a salvar a todos los hombres y
restaurar así el plan que Dios había conce-
bido desde el principio de la creación.
Jesucristo es el mediador entre Dios y
los hombres y, al ofrecerse en la Cruz, ob-
tuvo los méritos y las gracias para operar la
redención de toda la humanidad hasta el fin
del mundo. Nuestro Señor es, por tanto, el
sumo y eterno Sacerdote, que está siempre
ante el Padre, intercediendo a favor de los
hombres.
Pero la obra del Redentor no es sim-
plemente limpiar a los hombres del pecado,
sino establecer el Reino de Dios en el inte-
rior de las criaturas.
Cuando declaró ante Pilato: Yo soy Rey,
pero mi Reino no es de este mundo,1 Jesús
instauró el reino de la gracia, un reino que
1
Cf. Jn 18, 36-37.
14
Por María quiso Dios venir al mundo, y por Ella también quiere reinar
no se localiza en un territorio, un país o una
región, sino que debe extenderse por toda
la tierra. Un reino que debe estar presen-
te en el interior de los corazones. Ésta es
la finalidad de las acciones de Cristo, que
Dios sea conocido y amado por todos los
hombres.
Para que no nos olvidemos de este ob-
jetivo y perdamos el rumbo, fundó la Santa
Iglesia, que es su Cuerpo místico y la de-
positaria de todos los tesoros que Él obtuvo
del Padre. La Iglesia es la que, por medio
de los Sacramentos, aplica a los bautizados
15
Heraldos del Evangelio
los méritos que Jesús obtuvo en su Pasión
y durante su existencia sobre la faz de la
tierra.
Pero el Salvador desea que los frutos
de esta adquisición suya alcancen el ápice,
lleguen a su culminación, y esto lo propor-
ciona a través de la bendita intervención de
su Santísima Madre, la Virgen María.
Así también lo deseaban muchos san-
tos. Entre ellos, podemos destacar de ma-
nera muy especial a San Luis María Grig-
nion de Montfort, que previó un tiempo en
el que Jesucristo reinará por medio de Ma-
ría y será glorificado sobre toda la faz de la
tierra.
Este santo decía, de forma didáctica,
que Dios Padre reinó desde el inicio de la
creación hasta el momento en que el Ver-
bo se encarnó, cuando comenzó el reina-
do de Dios Hijo. Pero llegaría el momento,
afirmaba, en que comenzaría el reinado del
Espíritu Santo, que traería gracias, dones y
una tal santidad a la Iglesia y a la humani-
dad como nunca existió sobre la faz de la
16
Por María quiso Dios venir al mundo, y por Ella también quiere reinar
tierra. Preveía una era en la que surgirían
santos que, en comparación con los ante-
riores a lo largo de la historia de la Iglesia,
serían como los robles comparados con la
hierba. Y esta nueva era, llena de la acción
de Dios Espíritu Santo sobre las almas, será
el Reino de María Santísima.
¿Por qué un Reino de la Santísima
Virgen?
Porque Jesucristo la eligió. Él es el
Mediador entre Dios y los hombres, el que
ha obtenido todos los méritos, y quiere rei-
nar a través de la Virgen, que es la obra
maestra de la creación. Ella fue creada para
ser la Madre del Redentor, y sobre Ella de-
rramó Dios todos los dones, todas las gra-
cias, todas las bendiciones.
La Virgen es, pues, la matriz de lo que
Dios quiere realizar en toda la creación, en
todos los hombres y mujeres, en todos los
tiempos. Ella es un instrumento de Dios,
una ayuda para que la misma obra de santi-
ficación que Dios operó en su alma se rea-
17
Heraldos del Evangelio
lice en cada persona, en grados diferentes.
De este modo, a través de María, cada ser
humano está llamado a reflejar y a repre-
sentar distintos aspectos de Dios.
Y la Virgen es la que instaurará el Rei-
no del Espíritu Santo, el Reino de Dios en
la tierra. San Luis lo dice muy claramente
en su Tratado de la verdadera devoción a la
18
Por María quiso Dios venir al mundo, y por Ella también quiere reinar
Santísima Virgen: «Jesucristo vino al mundo
por medio de la Santísima Virgen, y por me-
dio de Ella debe también reinar en el mun-
do».2 Dios quiso hacerse hombre, quiso estar
con los hombres, quiso operar la Redención
y, para entrar en la historia de la humanidad,
eligió una puerta llamada María.
Por eso la Iglesia llama a la Virgen Ma-
ría «Puerta del Cielo», porque es la puerta
que une el Cielo con la tierra y la tierra con
el Cielo. Es a través de Ella como Nuestro
Señor quiere establecer su reinado. Ella fue
elegida por Dios para interceder por noso-
tros ante Jesucristo, como la omnipotencia
suplicante.
Por su Pasión, Muerte y Resurrección,
el Santísimo Redentor nos alcanzó todos
los méritos y gracias; Él compró nuestra
salvación con su sacrificio, y desea derra-
mar el infinito valor de su sangre sobre la
humanidad, por medio de María Santísi-
ma.
2
San Luis María Grignion de Montfort. Tratado de la verda-
dera devoción a la Santísima Virgen, n.º 1.
19
Heraldos del Evangelio
En los últimos tiempos, la aurora
del Reino de María despunta en las
apariciones marianas
La aurora del Reino de María comenzó
a manifestarse ya en el siglo xix, cuando la
Virgen empezó a aparecer sucesivamente a
algunas almas santas, para transmitir gra-
cias y mensajes a la humanidad.
Hemos tenido tres apariciones en Fran-
cia. En primer lugar, la aparición de Nues-
tra Señora de la Medalla Milagrosa a Santa
Catalina Labouré en París, en el año 1830,
cuando mostró a la tímida novicia el mode-
lo de la medalla que ha curado ya a tantas
personas y cuya devoción se ha extendido
por todo el mundo.
Más tarde se apareció también en La
Salette a los jóvenes Mélanie Calvat, de 14
años, y Maximino Giraud, de 11 años. En
esta aparición, la Virgen lloraba, desolada
por el rumbo que iba tomando la humani-
dad, el mal comportamiento de las perso-
nas y la crisis en el seno de la Iglesia.
20
Por María quiso Dios venir al mundo, y por Ella también quiere reinar
En 1858, fue Lourdes el lugar escogido
por la Virgen, un pequeño pueblo del inte-
rior de Francia. La Inmaculada se apareció
a una sencilla campesina que apenas sabía
leer y escribir, Santa Bernadette Soubirous,
que entonces tenía 14 años. La Virgen or-
denó a Bernadette que cavara un hoyo en
la tierra, del que brotó agua que resultó ser
milagrosa. Este manantial sigue fluyendo
hasta nuestros días y ha producido innume-
rables curaciones a quienes se bañan en él.
Fueron dieciocho las veces que se le apare-
ció Nuestra Señora a Santa Bernadette.
Y, finalmente, llegamos a las aparicio-
nes de Fátima, en Portugal, en el año 1917.
Pero antes de explicarlas detalladamente,
nos detendremos analizando el contexto
del mundo en aquella época.
Todas estas apariciones tenían algo en
común: mostrar al mundo que Dios envia-
ba a María Santísima para derramar gra-
cias sobre la Iglesia y sobre la humanidad.
Gracias que hasta ese momento aún no ha-
bían sido derramadas, para conceder a los
21
Heraldos del Evangelio
hombres bienes y favo-
res, pero también para
amonestarlos por los
pecados cometidos. La
Virgen vino a llamar la
atención y a recordar la
necesidad de la conver-
sión, y que Ella era la
puerta por la que Dios
quería entrar en comu-
nión con las almas.
Según palabras del
papa Benedicto XVI,
cuando aún era cardenal
y prefecto de la Congre-
gación para la Doctrina
de la Fe, «la visión de
Fátima tiene que ver sobre todo con la lucha
de los sistemas ateos contra la Iglesia y los
cristianos, y describe el inmenso sufrimien-
to de los testigos de la fe del último siglo
del segundo milenio. Es un interminable Vía
Crucis dirigido por los Papas del siglo xx».3
3
Congregación para la Doctrina de la Fe. El mensaje de Fáti-
ma (26/6/2000). In: [Link].
22
CAPÍTULO 2
La opinión de
la Iglesia sobre las
apariciones
Un aspecto importante que debemos
considerar, antes de entrar propiamente en
el tema de las apariciones, es lo que dice la
Iglesia sobre Fátima.
Desde la aparición de
la Virgen en 1917, todos
los Papas han hablado
de Fátima y han avalado,
confirmado y acogido
aquellas apariciones.
Para comprender
mejor lo que esto signifi-
ca, veamos la distinción
que hace la Iglesia entre
revelación pública y re-
velación privada.
23
Heraldos del Evangelio
Revelación pública y revelación
privada: su lugar teológico
La revelación pública es la revelación ofi-
cial por la que Dios se da a conocer a los hom-
bres y entra en contacto con ellos. Esta revela-
ción está contenida única y exclusivamente en
las Sagradas Escrituras; comienza en el Anti-
guo Testamento y concluye en el Nuevo Testa-
mento, con el advenimiento de la Encarnación
del Verbo Divino, el nacimiento de Jesús.
Es imprescindible que los fieles crean
en todo lo que contiene la Sagrada Biblia,
que es la base de nuestra Fe.
La revelación privada no es una verdad
de fe, sino sólo un apoyo. Los fieles no están
obligados a creer en ninguna revelación pri-
vada, ni siquiera cuando haya sido admitida y
proclamada como verdadera por la Iglesia. Por
tanto, no exige una fe irrestricta, semejante a la
que debemos tener en las Sagradas Escrituras.
Sin embargo, si Dios nos concede este
don de enviarnos mensajes a través de apa-
riciones, que son seriamente analizadas y
estudiadas por la Iglesia antes de admitir su
24
La opinión de la Iglesia sobre las apariciones
veracidad, no creer en ellas equivale a re-
chazar un beneficio que viene de Dios.
Aunque no se trate de una verdad de fe
y no estemos obligados a creerla, es sensato
adherirse a lo que la Iglesia considera verda-
dero, porque es una manifestación sobrena-
tural de la bondad de Dios para con sus hijos,
una ayuda más para recorrer el camino de la
justicia y de la fe que nos llevará al Cielo.4
Criterios de la Iglesia para determinar
la autenticidad de una revelación
La Iglesia es siempre muy prudente y re-
servada ante las manifestaciones sobrenatu-
rales, apariciones, visiones y revelaciones, y
lo hace así para dar una opinión justa, equi-
tativa y recta. Por esta razón, realiza siempre
una investigación muy estricta, utilizando
criterios sólidos y minuciosos, a fin de de-
terminar la autenticidad de un fenómeno.
Cuando la Iglesia acepta una determi-
nada revelación privada, evalúa ya desde
4
Cf. Congregación para la Doctrina de la Fe, El mensaje de
Fátima, op. cit.
25
Heraldos del Evangelio
todos los ángulos y de manera seria y pro-
funda el contenido del fenómeno, las cir-
cunstancias en que se produjo, las personas
implicadas, la coherencia y el significado
del mensaje transmitido, que debe estar
siempre en consonancia con la Palabra de
Dios y hacer bien a las almas de los fieles.
Veamos lo que dice el Catecismo de la Igle-
sia Católica sobre las revelaciones:
«“La economía cristiana, como alianza
nueva y definitiva, nunca pasará; ni hay que
esperar otra revelación pública antes de la
gloriosa manifestación de Nuestro Señor Je-
sucristo” (Dei Verbum, n.º 4). Sin embargo,
aunque la Revelación esté acabada, no está
completamente explicitada; corresponderá a
la Fe cristiana comprender gradualmente todo
su contenido en el transcurso de los siglos.
»A lo largo de los siglos ha habido reve-
laciones llamadas “privadas”, algunas de las
cuales han sido reconocidas por la autoridad
de la Iglesia. Éstas, sin embargo, no perte-
necen al depósito de la Fe. Su función no
es la de “mejorar” o “completar” la Revela-
ción definitiva de Cristo, sino la de ayudar a
26
La opinión de la Iglesia sobre las apariciones
vivirla más plenamente en una cierta época
de la historia. Guiado por el Magisterio de
la Iglesia, el sentir de los fieles (sensus fide-
lium) sabe discernir y acoger lo que en estas
revelaciones constituye una llamada auténti-
ca de Cristo o de sus santos a la Iglesia.
»La fe cristiana no puede aceptar “re-
velaciones” que pretenden superar o co-
rregir la Revelación de la que Cristo es la
plenitud. Es el caso de ciertas religiones no
cristianas y también de ciertas sectas re-
cientes que se fundan en semejantes “reve-
laciones”».5
También podemos ver, en el prefacio
del documento Normas sobre el modo de
proceder en el discernimiento de presuntas
apariciones y revelaciones, elaborado por
la Congregación para la Doctrina de la Fe
y firmado por el entonces prefecto, el car-
denal William Levada, la siguiente expli-
cación:
«La Congregación para la Doctrina de
la Fe se ocupa de las materias vinculadas
5
Catecismo de la Iglesia Católica, núms. 66-67.
27
Heraldos del Evangelio
a la promoción y tutela de la doctrina de
la fe y la moral, y es competente, además,
para el examen de otros problemas conexos
con la disciplina de la fe, como los casos de
pseudomisticismo, supuestas apariciones,
visiones y mensajes atribuidos a un origen
sobrenatural. [...]
»La actualidad de la problemática so-
bre las experiencias ligadas a los fenóme-
nos sobrenaturales en la vida y misión de
la Iglesia también ha sido notada reciente-
mente por la solicitud pastoral de los Obis-
pos reunidos en la XII Asamblea Ordinaria
del Sínodo de Obispos sobre la Palabra de
Dios, en octubre de 2008. Tal preocupación
ha sido recogida por el Santo Padre Bene-
dicto XVI en un importante pasaje de la Ex-
hortación Apostólica Postsinodal Verbum
Domini, insertándola en el horizonte global
de la economía de la salvación. Me pare-
ce oportuno recordar aquí la enseñanza del
Sumo Pontífice, que debe acogerse como
invitación a brindar una oportuna atención
a los fenómenos sobrenaturales a los cuales
se refiere también la presente publicación:
28
La opinión de la Iglesia sobre las apariciones
»[…] “El Sínodo ha recomendado ‘ayu-
dar a los fieles a distinguir bien la Palabra de
Dios de las revelaciones privadas’ (Propo-
sitio 47), cuya función ‘no es la de... com-
pletar la Revelación definitiva de Cristo,
sino la de ayudar a vivirla más plenamente
en una cierta época de la historia’ (Catecis-
mo de la Iglesia Católica, 67). El valor de
las revelaciones privadas es esencialmente
29
Heraldos del Evangelio
diferente al de la única revelación pública:
ésta exige nuestra fe; en ella, en efecto, a
través de palabras humanas y de la media-
ción de la comunidad viva de la Iglesia,
Dios mismo nos habla. El criterio de ver-
dad de una revelación privada es su orien-
tación con respecto a Cristo. Cuando nos
aleja de Él, entonces no procede ciertamen-
te del Espíritu Santo, que nos guía hacia el
Evangelio y no hacia fuera.
»La revelación privada es una ayuda
para esta fe, y se manifiesta como creíble
precisamente cuando remite a la única re-
velación pública. Por eso, la aprobación
eclesiástica de una revelación privada in-
dica esencialmente que su mensaje no con-
tiene nada contrario a la Fe y a las buenas
costumbres; es lícito hacerlo público, y los
fieles pueden dar su asentimiento de forma
prudente. Una revelación privada puede in-
troducir nuevos acentos, dar lugar a nuevas
formas de piedad o profundizar las anti-
guas. Puede tener un cierto carácter profé-
tico (cf. 1Tes 5, 19-21) y prestar una ayu-
da válida para comprender y vivir mejor el
30
La opinión de la Iglesia sobre las apariciones
vangelio en el presente; de ahí que no se
E
pueda descartar. Es una ayuda que se ofre-
ce, pero que no es obligatorio usarla. En
cualquier caso, ha de ser un alimento de la
fe, esperanza y caridad, que son para todos
la vía permanente de la salvación».6
Como se desprende de estas palabras,
si lo que se transmite en una revelación pri-
vada contradice la fe de la Iglesia, contra-
dice la revelación pública, los dogmas de fe
y la moral, esa revelación no se toma como
auténtica y digna de credibilidad.
La Santa Iglesia analiza también los
frutos que tendrá una aparición, tanto para
la persona que la ha recibido como para
otras que entrarán en contacto con el men-
saje. ¿En qué ha mejorado la vida espiri-
tual de quienes han recibido la revelación?
Después de haberla recibido, ¿se han vuel-
to más dados a la oración? ¿Han manifesta-
do un cambio de vida o pasos y progresos
en la línea de la vida espiritual, en la unión
6
Congregación para la Doctrina de la Fe. Normas sobre el
modo de proceder en el discernimiento de presuntas aparicio-
nes y revelaciones (14/12/2011). In: [Link].
31
Heraldos del Evangelio
con Dios? ¿Qué beneficio pueden recibir
los demás fieles de esa aparición, de esa re-
velación?
La Iglesia normalmente demora en pro-
nunciarse sobre los fenómenos místicos,
incluso cuando son presenciados y creídos
por multitudes, pero cuando se pronuncia
favorablemente es porque los fenómenos
han pasado por todos los tamices, según
los estrictos criterios del Magisterio, y son
dignos de fe.
Dicho esto, es importante saber que las
apariciones de Fátima fueron minuciosa-
mente analizadas y estudiadas, siendo ob-
jeto de profundas investigaciones durante
décadas, hasta que fueron consideradas le-
gítimas y verdaderas, siendo respetadas y
proclamadas por varios Papas.
Diferentes niveles de visión
sobrenatural
Cuando la tercera parte del secreto de
Fátima fue revelada, en el año 2000, el en-
tonces cardenal Joseph Ratzinger ofreció
32
La opinión de la Iglesia sobre las apariciones
una explicación acerca del carácter antro-
pológico y psicológico de las revelacio-
nes privadas.7 Decía que en este ámbito
se distinguen tres formas de percepción o
visión: el primero es la visión externa que
captan los sentidos, la percepción exter-
na corpórea, que involucra los objetos y
seres que están ante nuestros ojos. No se
trata aquí de las visiones de Fátima, por-
que, como veremos, cuando la Santísima
Virgen se apareció, los pastorcitos la vie-
ron, pero las demás personas que estaban
presentes en el lugar de las apariciones no
la vieron. Por tanto, la Virgen no se les
apareció corporalmente.
La segunda forma de visión que distin-
gue la antropología teológica se refiere a
la percepción interior que la persona apre-
hende y capta con los sentidos internos del
alma. Y, por último, está la visión intelec-
tual o espiritual, sin imágenes.
7
Cf. Congregación para la Doctrina de la Fe, El mensaje de
Fátima, op. cit. (En el capítulo 4 se ofrece al lector la explica-
ción detallada del cardenal Ratzinger al respecto).
33
Heraldos del Evangelio
En Fátima se trata de la categoría in-
termedia, la percepción interior, porque los
pastorcitos vieron a la Virgen, se comuni-
caron con Ella a través de la visión interior,
de los sentidos internos del alma, gracias a
los cuales captaron esas realidades, esos se-
cretos, pero sólo ellos; las demás personas
que los rodeaban, no.
Estas visiones no pueden de ninguna
manera ser tomadas por nosotros como una
simple fantasía de los niños, ya que han
sido profundamente analizadas y aceptadas
como verdaderas por las autoridades ecle-
siásticas.
34
CAPÍTULO 3
La escena mundial
en 1917
Otra característica que, por sí sola, ya
imprime un sentido de veracidad a las apa-
riciones de Fátima es el hecho de que los
mensajes de Nuestra Señora contienen in-
formaciones que están mucho más allá del
dominio de los pastorcitos, niños muy pe-
35
Heraldos del Evangelio
queños y sin contacto con la realidad del
panorama mundial de la época. Es decir, al
hablar con propiedad de algo que descono-
cían, es evidente que sólo estaban transmi-
tiendo lo que recibían durante las visiones.
Veamos ahora cuál era aquel panorama.
En 1917 nos encontrábamos en plena
Primera Guerra Mundial, que duró de 1914
a 1918, también conocida como «Gran
Guerra». Fue el acontecimiento que trans-
formó radicalmente Europa y el mundo.
Los orígenes de la guerra se remontan
a mediados del siglo xix, cuando las gran-
des potencias europeas se disputaban entre
sí mercados de consumo, materias primas
y metales preciosos en Asia y África. Esta
disputa dio lugar a una carrera armamen-
tística, es decir, a la inversión en armas po-
tentes para el caso de enfrentamiento entre
esas potencias.
Durante la guerra se formaron dos
grandes alianzas: la Triple Alianza, en la
que participaban el reino de Italia, el Im-
perio alemán y el Imperio austrohúngaro;
36
La escena mundial en 1917
y la Triple Entente, en la que participaban
el Imperio ruso, el Imperio británico, Fran-
cia y posteriormente Estados Unidos.
Portugal entró en la Gran Guerra el
9 de marzo de 1916, luchando contra Ale-
mania y las restantes potencias centrales
(Austria-Hungría, Bulgaria y el Imperio
otomano), poco después del apresamiento
de todos los buques alemanes en aguas por-
tuguesas. Sin embargo, desde el inicio del
conflicto, la nación lusa había mantenido
frentes de batalla en el continente africa-
no, para defender los territorios de Angola
y Mozambique.
La Primera Guerra Mundial terminó el
11 de noviembre de 1918. Y el 28 de junio
de 1919 se firmó el Tratado de Versalles,
cuyo objetivo era estipular los términos de
paz entre los países vencedores y Alema-
nia. El acuerdo también ayudó a establecer
la Sociedad de Naciones, cuya función era
prevenir futuros conflictos mundiales. La
firma de este tratado representó el fin de la
era de los imperios.
37
Heraldos del Evangelio
Antecedentes y motivos de la Primera
Guerra Mundial
A mediados del siglo xix, Europa atrave-
saba la segunda fase de la Revolución Indus-
trial, mientras otros países iniciaban el pro-
ceso de industrialización. Las unificaciones
alemana e italiana, que se produjeron durante
el mismo período, intensificaron la compe-
tencia de estas potencias por ampliar su domi-
nio económico en otras regiones, como Asia
y África. Estas unificaciones acontecieron a
través de guerras entre naciones europeas.
El neoimperialismo fue la dominación
europea de los continentes asiático y africa-
no. Además de las cuestiones económicas, la
cultura fue otro factor importante para la do-
minación europea de estos continentes. Eu-
ropa representaba el desarrollo y el progreso,
mientras que a África y Asia se las considera-
ba «inferiores» y necesitadas de esta domina-
ción externa para unirse a la civilización.
El beneficio obtenido en esta domi-
nación permitió a las potencias europeas
invertir fuertemente en la producción de
38
La escena mundial en 1917
armas de guerra, dado que el neoimperia-
lismo agudizó las disputas entre ellas. Otra
área en la que se invirtió y obtuvo así un
gran desarrollo fue la cultura, razón por la
cual el período anterior a la Primera Gue-
rra Mundial fue denominado Belle Époque
—época bella—, cuando Europa era la ma-
yor referencia en producción cultural.
Con el éxito económico y el surgimien-
to de nuevos países, como Alemania e Ita-
lia, el nacionalismo cobró fuerza en Euro-
pa. Por ello, cada nación se veía a sí misma
como soberana, mientras que las demás re-
presentaban amenazas para su desarrollo.
El estallido de la Primera Guerra Mundial
se produjo el 28 de junio de 1914, cuando el
archiduque del Imperio austrohúngaro, Fran-
cisco Fernando, y su esposa, Sofía, fueron
asesinados mientras desfilaban por las calles
de la ciudad bosnia de Sarajevo. En aquella
época, ese territorio estaba dominado por los
austríacos, y surgieron varios grupos clandes-
tinos que luchaban por la independencia. Uno
de estos grupos era la «Mano Negra», del que
formaba p arte G
ravilo Princip, quien disparó
39
Heraldos del Evangelio
y mató a Fernando y a Sofía. Este grupo tenía
vínculos con Serbia. Poco después del atenta-
do, el Imperio austrohúngaro declaró la gue-
rra a Serbia, y lo que debía ser una guerra de
castigo se convirtió en una guerra mundial.
Alemania, aliada de los austríacos, ofreció
apoyo militar. A su vez, Serbia se alió con
Rusia y Francia, que se pusieron del lado de
los serbios.
40
La escena mundial en 1917
Cabe señalar que en 1917 se produjo
un cambio decisivo para la victoria de la
Entente en la guerra. Debido a la Revolu-
ción bolchevique, los rusos se retiraron de
las trincheras de la Primera Guerra Mun-
dial. Estados Unidos entró en el conflicto
después de que un submarino alemán hun-
diera un barco estadounidense.
Consecuencias de la Primera Guerra
Mundial
El número de muertos durante los cin-
co años de la Primera Guerra ascendió a
ocho millones. Con la rendición alemana
y el final de la Primera Guerra Mundial,
en 1918, comenzaron los debates sobre las
consecuencias del acuerdo de paz. El pre-
sidente estadounidense Thomas Woodrow
Wilson propuso catorce puntos de paz para
evitar un nuevo conflicto mundial. De esta
propuesta surgió la Sociedad de Naciones,
una entidad internacional que pretendía
mediar diplomáticamente en las disputas
entre países.
41
Heraldos del Evangelio
En 1919 se firmó el Tratado de Versa-
lles, que consideraba a Alemania la gran
culpable de la guerra y el blanco de las ma-
yores sanciones y pagos compensatorios a
los países vencedores. Los alemanes salie-
ron humillados del primer conflicto mun-
dial, lo que dio pie a la aparición de líderes
42
La escena mundial en 1917
como Adolf Hitler, que utilizó el resenti-
miento como motivo para vengarse del re-
sultado de aquel tratado.
Segunda Guerra Mundial
La Segunda Guerra Mundial, que co-
menzó en 1939, fue la demostración de que
los acuerdos de paz concluidos tras la Pri-
mera Guerra Mundial no tuvieron los efec-
tos esperados. La Sociedad de Naciones
optó por una política de apaciguamiento y
no interfirió en la política expansionista de
la Alemania nazi. Hitler hizo caso omiso de
las sanciones del Tratado de Versalles, rear-
mó su ejército y ordenó la reconstrucción
de aviones de guerra, preparando a Alema-
nia para otra guerra.
Ésta es la visión histórica sobre el final
del primer conflicto y el comienzo del se-
gundo, sin embargo, en las apariciones de
Fátima, Nuestra Señora indicó lo que debía
hacerse para evitar el conflicto y profetizó
que se produciría una nueva gran guerra si
no se atendían sus peticiones.
43
44
CAPÍTULO 4
Dios elige a
los sencillos y a
los pequeños
En aquel tiempo, acercaban a Jesús ni-
ños para que los tocara, pero los discípulos
los regañaban. Al verlo, Jesús se enfadó y
les dijo: «Dejad que los niños se acerquen
a mí: no se lo impidáis, pues de los que son
como ellos es el Reino de Dios. En verdad
os digo que quien no reciba el Reino de
Dios como un niño, no entrará en él». Y
tomándolos en brazos los bendecía impo-
niéndoles las manos. (Mc 10, 13-16).
Al explicar los diferentes tipos de vi-
sión sobrenatural con ocasión de la revela-
ción del secreto de Fátima, en el año 2000,
como ya se ha dicho, el cardenal Joseph
Ratzinger se refirió a la experiencia vivida
por los pastorcitos en estos términos:
45
Heraldos del Evangelio
«No se trata de una “visión” intelectual,
sin imágenes, como se da en otros grados
de la mística. Aquí se trata de la categoría
intermedia, la percepción interior, que cier-
tamente tiene en el vidente la fuerza de una
presencia que, para él, equivale a la mani-
festación externa sensible.
»Ver interiormente no significa que se
trate de fantasía, como si fuera sólo una ex-
presión de la imaginación subjetiva. Más bien
significa que el alma viene acariciada por
algo real, aunque suprasensible, y es capaz de
ver lo no sensible, lo no visible por los senti-
dos, una especie de visión con los “sentidos
internos”. Se trata de verdaderos “objetos”,
que tocan el alma, aunque no pertenezcan a
nuestro habitual mundo sensible. Para esto se
exige una vigilancia interior del corazón que
generalmente no se tiene a causa de la fuer-
te presión de las realidades externas y de las
imágenes y pensamientos que llenan el alma.
»La persona es transportada más allá de
la pura exterioridad y otras dimensiones más
profundas de la realidad la tocan, se le hacen
visibles. Tal vez por eso se puede comprender
46
Dios elige a los sencillos y a los pequeños
por qué los niños son los destinatarios preferi-
dos de tales apariciones: el alma está aún poco
alterada y su capacidad interior de percepción
está aún poco deteriorada. De la boca de los
niños de pecho has sacado una alabanza, res-
ponde Jesús, con una frase del Salmo 8 (v. 3),
a la crítica de los Sumos Sacerdotes y de los
ancianos, que encuentran inoportuno el grito
de “hosanna” de los niños (Mt 21, 16).
»La “visión interior” no es una fanta-
sía, sino una propia y verdadera manera de
verificar, como hemos dicho. Pero conlleva
también limitaciones. Ya en la visión exte-
rior está siempre involucrado el factor sub-
jetivo; no vemos el objeto puro, sino que lle-
ga a nosotros a través del filtro de nuestros
sentidos, que deben llevar a cabo un proceso
de traducción. Esto es aún más evidente en
la visión interior, sobre todo cuando se trata
de realidades que sobrepasan en sí mismas
nuestro horizonte. El sujeto, el vidente, está
involucrado de un modo aún más íntimo. Él
ve con sus concretas posibilidades, con las
modalidades de representación y de conoci-
miento que le son accesibles.
47
Heraldos del Evangelio
»En la visión interior se trata, de manera
más amplia que en la exterior, de un proce-
so de traducción, de modo que el sujeto es
esencialmente copartícipe en la formación
como imagen de lo que aparece. La imagen
puede llegar solamente según sus medidas
y sus posibilidades. Tales visiones nunca
son simples “fotografías” del más allá, sino
que llevan en sí también las posibilidades y
los límites del sujeto perceptor.
»Esto se puede comprender en todas las
grandes visiones de los santos; naturalmen-
te, vale también para las visiones de los niños
de Fátima. Las imágenes que ellos describen
no son en absoluto simples expresiones de su
fantasía, sino fruto de una real percepción de
origen superior e interior, pero tampoco deben
imaginarse como si por un momento se quita-
ra el velo del más allá y el Cielo apareciese en
su esencia pura, tal como nosotros esperamos
verlo un día en la definitiva unión con Dios.
Más bien las imágenes son, por decirlo así, una
síntesis del impulso proveniente de lo Alto y
de las posibilidades de que dispone para ello el
sujeto que percibe, esto es, los n iños. Por este
48
Dios elige a los sencillos y a los pequeños
motivo, el lenguaje imaginativo de estas visio-
nes es un lenguaje simbólico».8
¿Quiénes eran los pastorcitos?
En nuestro camino a Fátima nos encon-
traremos con tres niños. Empecemos por
Lucía dos Santos, que nació en Aljustrel
el 28 de marzo de 1907 y tenía diez años
cuando vio a la Virgen.
Además de Lucía, están dos de sus pri-
mos, los hermanos Francisco y Jacinta Mar-
to. Francisco nació el 11 de junio de 1908, y
8
Congregación para la Doctrina de la Fe, El mensaje de Fáti-
ma, op. cit.; cf. V. O. en italiano.
49
Heraldos del Evangelio
su hermana Jacinta el 11 de marzo de 1910,
ambos en Aljustrel. En la época de la pri-
mera aparición, Francisco estaba a punto de
cumplir nueve años y Jacinta tenía siete. Los
tres, desde muy pequeños, tuvieron como
responsabilidad familiar el pastoreo. Ambas
familias tenían rebaños de ovejas que los ni-
ños sacaban a pasear y apacentaban en las
tierras de sus padres.
Y precisamente son estos tres pastor-
citos a quienes la Virgen elegirá para con-
fiarles el mensaje más trascendente que ha
conocido el siglo xx.
Sin embargo, antes de que la Virgen se les
apareciera, los pastorcitos fueron preparados
para esta luminosa experiencia. Porque cuan-
do Dios quiere realizar algo grande, como este
acontecimiento, siempre hay un prenuncio
grandioso que prepara a las almas para lo que
va a suceder. Dios no actuó de otro modo con
los pastorcitos: fueron preparados por un men-
sajero que vino a disponer sus almas para el
encuentro con la Reina del Cielo. Y este men-
sajero fue el Ángel de Portugal, que se les apa-
reció un año antes que la Virgen de Fátima.
50
CAPÍTULO 5
¿Por qué
Portugal?
Uno de los acontecimientos más impor-
tantes del siglo xx tuvo lugar en una región
montañosa de Portugal, la Serra do Aire, un
lugar remoto y discreto que, de no ser por
las apariciones, podría haber permanecido
hasta hoy ignorado por el resto del mundo.
En cambio, se ha convertido en uno de los
lugares de peregrinación mariana más fa-
mosos del planeta.
Portugal, una nación católica
Pero ¿por qué la Santísima Virgen eli-
gió precisamente Portugal? ¿Y, dentro
de esta nación, Fátima y la Cova da Iria,
que eran lugares apartados, ignorados y
prácticamente desiertos?
Los designios de Dios son desconocidos
para nosotros y lo único que podemos hacer
51
Heraldos del Evangelio
son conjeturas. Pero hay motivos que nos in-
dican el porqué de esta elección.
En primer lugar, debemos considerar
que no se trató de una elección casual, ya
que, como veremos, las apariciones de la
Santísima Virgen a los pastorcitos fueron
precedidas por la visita de un Ángel, que se
presentó a los niños como el Ángel de Por-
tugal. Más adelante veremos que la Virgen,
en una de sus manifestaciones, les reveló
que «en Portugal se conservará siempre la
doctrina de la Fe».9
Transcribimos ahora un
interesante relato, cuyo
original está en portugués,
extraído de la crónica de
Alfonso I de Portu-
gal —Dom Afonso
Henriques—, que
9
Sor Lucía. Memo-
rias I. Cuarta Me-
moria, c. ii, n.º 5.
10.ª ed. Fátima:
Secretariado dos
Pastorinhos,
2008, p. 177.
52
¿Por qué Portugal?
nos ofrece indicios de la predilección divina
por la tierra portuguesa, y gracias a la cual
podría haber sido elegido el bucólico escena-
rio de la Serra do Aire para las apariciones
de María Santísima. El texto hace referencia
a un hecho ocurrido con aquel primer rey de
Portugal durante una gran batalla contra los
moros que invadieron la Península Ibérica:
«Las cosas que se traía entre manos el
esforzado príncipe don Alfonso Enríquez
no eran de una calidad que le permitiera
mucho reposo, ni los pensamientos ocupa-
dos en la grandeza del negocio presente le
abrían hueco para que pudiera tomarse al-
gún respiro y descansar un poco. Entonces,
para distraerse de algún modo de aquellas
dificultades, echó mano de una Sagrada Bi-
blia que tenía en su tienda, y, comenzando
a leerla, lo primero que encontró fue la vic-
toria de Gedeón, el insigne capitán del pue-
blo judío, quien, con trescientos soldados,
destrozó a los cuatro reyes madianitas y sus
ejércitos, y había pasado a cuchillo a cien-
to veinte mil hombres, además de muchos
otros que murieron en el intento. Alegre el
53
Heraldos del Evangelio
infante con tan buen hallazgo, y tomando
de esta victoria un pronóstico feliz de la
que esperaba, se confirmó más en la reso-
lución presentar batalla y, con el corazón
inflamado y los ojos puestos en el Cielo,
prorrumpió en estas palabras:
—Bien sabéis Vos, mi Señor Jesucristo,
que por vuestro servicio y por la exaltación
de vuestro santo nombre, emprendí yo esta
guerra contra vuestros enemigos; Vos, que
sois todopoderoso, ayudadme en ella, ani-
mad y dad fuerza a mis soldados, para que
podamos vencerlos, pues son blasfemado-
res de vuestro santísimo Nombre.
»Dichas estas palabras, le sobrevino
mucho sueño, y comenzó a soñar que veía
a un anciano de venerable presencia, el cual
le decía que tuviese buen ánimo, porque sin
duda vencería en aquella batalla y, como
evidente señal de ser amado y favorecido de
Dios, vería con su ojos, antes de entrar en
ella, al Salvador del mundo, el cual lo que-
ría honrar con su soberana vista. Mientras
estaba el infante en medio de este feliz sue-
ño, ni bien dormido ni del todo despierto,
54
¿Por qué Portugal?
llegó de su cámara João Fernandes de Sou-
sa, entró en la tienda y le hizo saber que
había llegado un hombre viejo que pedía
audiencia y, según daba a entender, era so-
bre un negocio de gran importancia.
»Mandó el infante que entrase, pues
era cristiano y, apenas lo vió, reconoció al
mismo que acababa de proferir las palabras
que en sueño había oído, y confirmándole la
victoria y el aparecimiento de Cristo, aña-
dió que tuviese mucha confianza en el Señor
porque era de Él muy amado, y que en él y
en sus descendientes tenía puestos los ojos
de su misericordia, hasta la décimosexta ge-
neración, en la que casi no habría ya des-
cendencia suya, pero que aún en ese estado
pondría el Señor su ojos, y la habría. Que de
parte del mismo Señor le avisaba que, cuan-
do en la siguiente noche escuchase sonar la
campana de su ermita, en la cual vivía hacía
sesenta años, por un especial favor del Altí-
simo, saliese al campo, porque Dios le que-
ría mostrar la grandeza de su misericordia.
»Oyendo el católico príncipe tan sobe-
rana embajada, trató a su embajador con
55
Heraldos del Evangelio
v eneración, y dio gracias a Dios con pro-
fundísima humildad. Salió de la tienda el
buen anciano y retornó a su ermita, y el in-
fante, esperando la prometida señal, empleó
en fervorosa oración el resto de la noche
hasta la segunda vigilia, en la que escuchó
el sonido de la campana; armado, entonces,
con su escudo y su espada, salió fuera del
campamento y, mirando al Cielo, vio hacia
el oriente un hermosísimo resplandor que
se iba dilatando poco a poco y haciéndose
cada vez mayor. En medio de él pudo con-
templar el signo salvador de la Santa Cruz,
y en ella clavado el Redentor del mundo,
acompañado en rededor de una gran multi-
tud de Ángeles en figura de hermosísimos
mancebos con vestiduras blancas y res-
plandecientes, y pudo notar el infante que
la Cruz era de extraordinaria grandeza, y se
elevaba de la tierra casi diez codos.
»Asombrado de tan maravillosa visión,
lleno del temor y la reverencia debidos a
la presencia del Salvador, depuso el infante
las armas, se quitó la vestidura real y, des-
calzo, se postró en tierra; y con abundantes
56
¿Por qué Portugal?
lágrimas comenzó a suplicar al Señor por
su vasallos diciendo:
—¿Qué méritos habéis hallado en mí,
Dios mío, tan grande pecador que soy,
para enriquecerme con vuestra soberana
57
Heraldos del Evangelio
erced? Si lo hacéis para aumentar mi fe,
m
no me parece necesario, pues os conozco
desde la fuente del Bautismo como Dios
verdadero, hijo de la Virgen sagrada, según
la humanidad, y del Padre Eterno por gene-
ración divina. Sería mejor que los infieles
contemplaran la grandeza de esta maravi-
lla, para que, abominando sus errores, os
conozcan…
»Entonces, el Señor, con un suave tono
de voz que el príncipe pudo escuchar clara-
mente, le dijo estas palabras:
—No me he aparecido a ti de este modo
para aumentar tu fe, sino para fortalecer tu
corazón en esta empresa y fundar los prin-
cipios de tu reino sobre piedra firmísima.
Ten confianza, porque, no solamente ven-
cerás esta batalla, sino todas las demás que
diereis a los enemigos de la Fe católica.
Hallarás a tus hombres prontos para la gue-
rra, y con grande ánimo te pedirán que, con
el título de rey, comiences esta batalla; no
dudes aceptar, mas concede libremente a
la petición, porque yo soy fundador y des-
tructor de los imperios del mundo, y en ti
58
¿Por qué Portugal?
y en tu generación quiero fundar para Mí
un reino, por cuya destreza será mi nombre
anunciado a gentes extrañas. Y para que tus
descendientes conozcan bien de qué mano
reciben el reino, comprarás tus armas por
el precio con el que Yo compré el género
humano, aquel mismo precio por el que fui
vendido a los judíos, y quedará este reino
santificado, y lo amaré por la pureza de su
fe y la excelencia de su piedad.
»El infante don Alfonso, cuando oyó
tan singular promesa, se postró de nuevo
en tierra y, adorando al Señor, le dijo:
—¿En qué méritos fundáis, Dios mío,
una piedad tan extraordinaria como la que
usais conmigo? Pero ya que así lo queréis,
poned los ojos de vuestra misericordia en
los sucesores que me prometeis, conservad
libre de peligros al pueblo portugués y, si
contra él tienes algún castigo ordenado, os
pido lo deis antes a mí y a mis descendien-
tes, y quede a salvo este pueblo, a quien
amo como si fuera mi único hijo.
59
Heraldos del Evangelio
»A esta súplica dio el Señor respuesta
favorable, diciendo que nunca de él ni de los
suyos apartaría los ojos de su misericordia,
porque los había escogido por sus jornaleros
y segadores, para que le junten grande co-
secha en regiones lejanas. Después de esto
desapareció la visión, y el infante don Al-
fonso, recobradas las fuerzas y con el alma
jubilosa, como se puede imaginar, volvió al
campamento y se recogió en su tienda».10
10
Brandão, António. Crónica de D. Afonso Henriques. Porto:
Livraria Civilização, 1945, pp. 7-9.
60
¿Por qué Portugal?
Hubo muchos más episodios, pero lo
importante es saber que, en 1139, don Al-
fonso Enríquez organizó una gran expedi-
ción en los campos alentejanos, que culmi-
nó con la victoria de la batalla de Ourique,
el 25 de julio, fiesta del Apóstol Santiago. A
pesar de la superioridad numérica del ene-
migo, cinco reyes moros murieron a manos
de don Alfonso. Esto explica el origen de
los cinco escudos del blasón de Portugal.11
11
Tirso de Molina, en su comedia Las quinas de Portugal, pone
estas palabras en labios de Jesucristo: «Las armas que a Lusita-
61
Heraldos del Evangelio
Tras su victoria, el conde don Alfonso
Enríquez fue aclamado por sus tropas como
rey de Portugal. El rey y la monarquía por-
tuguesa nacieron antes de que el reino de
Portugal estuviera plenamente instaurado,
delimitado y estabilizado.
Una historia fascinante que muestra el
origen de la fe del pueblo portugués, el cual
la llevó a Brasil, donde lo primero que qui-
sieron realizar los portugueses fue celebrar
una Misa. Sin embargo, Dios, que es todo-
poderoso, hace lo que quiere, cuando quiere
y donde quiere. Y, por la razón que sólo Él
conoce, su elección recayó en tierras portu-
guesas, y el tesoro de valor incalculable del
mensaje de Fátima fue transmitido a partir
de allí al mundo entero, porque ésa fue la
voluntad de nuestro soberano Señor.
nia otorga mi amor propicio, en cinco escudos celestes han de
ser mis llagas cinco; en forma de cruz se pongan, y con ellas, en
distinto campo, los treinta dineros con que el pueblo fementido
me compró al avaro ingrato, que después, en otro siglo, tu escudo
con el Argarve se orlará con sus castillos» (cf. Tirso de Molina.
Las quinas de Portugal. Edición crítica, estudio y notas de Celsa
Carmen García Valdés. Madrid-Pamplona: Instituto de Estudios
Tirsianos, 2003, p. 19, vv. 1945-1956.
62
¿Por qué Portugal?
63
Heraldos del Evangelio
Pero ¿por qué Fátima?
A los seres humanos nos mueve mu-
chas veces la curiosidad y, como casi nun-
ca nos quedamos satisfechos con la simple
contemplación de las cosas tal como son,
puede ser que esta sorprendente explica-
ción sobre la elección del país en el que la
Santísima Virgen se aparecería para trans-
mitir su mensaje no nos satisfaga del todo.
Por eso, algunos se preguntarán: ¿Por qué,
si existen tantas ciudades grandes, bellas y
conocidas, la elección recayó exactamente
en Aljustrel, un caserío de la parroquia de
Fátima, que era una aldea lejana y sin im-
portancia, escondida entre las montañas y
de difícil acceso?
Esta pregunta ya ha sido formulada por
más personas. A modo de respuesta, ofre-
cemos al lector una descripción detallada
de la belleza y características de esa re-
gión. Para ello, traemos aquí las bellas pa-
labras de Mons. João Clá Dias, fundador
de los Heraldos del Evangelio, que tiene
una especial devoción a Nuestra Señora de
64
¿Por qué Portugal?
átima; en honra de esta advocación de la
F
Virgen ha levantado dos basílicas y un ora-
torio en el estado brasileño de São Paulo y
otro oratorio en el estado de Río de Janeiro;
y, siguiendo su ejemplo, los Heraldos han
ido dedicando a la Virgen de Fátima igle-
sias, capillas y oratorios en sus respectivos
países, como en Colombia, El Salvador o
Guatemala.
«Fátima fue el escenario elegido por
la Mensajera Celestial para manifestarse
al mundo. Situada en la diócesis de Leiria,
perdida en una de las estribaciones de la Se-
rra do Aire, a un centenar de kilómetros al
norte de Lisboa y casi en el centro geográ-
fico de Portugal, la pequeña ciudad tiene a
su alrededor, en un radio de unos veinticin-
co kilómetros, algunos de los monumentos
más elocuentes y simbólicos de la historia
portuguesa.
»En su entorno se puede contemplar el
castillo construido por Don Alfonso Enrí-
quez , en Leiria, cuyas imponentes ruinas,
altas murallas y fuertes y bellos torreones
65
Heraldos del Evangelio
se alzan sobre la cumbre de una colina; el
grandioso Monasterio de la Batalla, que,
con sus amplios salones, magníficos arbo-
tantes, pináculos y filigrana, es sin duda la
más bella joya de la arquitectura medieval
del país; el convento-fortaleza de Tomar,
antiguo cuartel general de los templarios
lusitanos y, más tarde, de la Orden de Cris-
to; no muy distante, rodeada de murallas
medievales y asentada sobre un cerro que
domina la extensa llanura, la encantadora
villa de Ourém, con sus estrechas y escar-
padas laderas, ruinas góticas y lienzos de
muralla del viejo castillo del señor feudal;
por fin, la abadía cisterciense de Alcobaça,
una de las mayores de Europa, construida
en el austero y elegante estilo gótico, y que
en sus días de gloria fue centro de fervor
religioso y de alta cultura, dando cabida a
más de mil monjes.
»Todavía cerca de Fátima, yendo en di-
rección al mar, se encuentra el varias veces
centenario pinar de Leiria, plantado por el
rey don Dionís, en plena Edad Media.
66
¿Por qué Portugal?
»En el paisaje de la región predominan
las colinas desnudas y pedregosas, salpica-
das de encinas, viéndose aquí y allí peque-
ños pueblos de casas blancas, que brillan a
la luz del sol, y, en los valles, algunos bos-
ques de olivos, robles y pinos.
»Fue este escenario bucólico, tranqui-
lo y denso en recuerdos, el escogido por la
Madre de Dios para revelar al mundo una
de las profecías más graves de la Historia.
Palabras venidas del Cielo, cargadas de ad-
vertencias, pero también de misericordia y
de esperanza».12
Fátima, princesa mora bautizada
como cristiana
Se cuenta que, en 1158, durante una ba-
talla entre caballeros cristianos y una cabal-
gata de moros, algunos de éstos murieron y
otros fueron hechos prisioneros. Llevaron
a los prisioneros ante la presencia de don
Alfonso Enríquez, junto con las damas de
12
Clá Dias, ep, João Scognamiglio. ¡Por fin, mi Inmaculado
Corazón triunfará! Madrid: Asociación Salvadme Reina de
Fátima, 2017, pp. 53-55.
67
Heraldos del Evangelio
la comitiva que los acompañaban. Las tro-
pas portuguesas contaban con un valiente
guerrero, don Gonzalo Hermingues, que
comandaba a los cristianos. Supuestamente
él se habría quedado encandilado con una
joven mora llamada Fátima, la más noble y
bella de las cautivas, hija de un importante
moro de la región de Alcácer do Sal, enton-
ces en poder de los mahometanos. Fátima
era un nombre corriente entre los moros,
porque así se llamaba la hija menor de Ma-
homa.
Don Gonzalo pide al rey que le conce-
da la mano de Fátima como recompensa
por sus hazañas. El rey acepta la petición,
con la condición de que la princesa mora
abrace libremente la Fe cristiana y consien-
ta el matrimonio.
Fátima aceptó, y tras la debida instruc-
ción fue bautizada con el nombre de Ou-
reana, que dio origen a la ciudad hoy llama-
da Ourém. Sin embargo, la alegría de Don
Gonzalo duró poco, pues su bella esposa
murió en la flor de la vida. Angustiado, este
68
¿Por qué Portugal?
gran guerrero decidió, entonces, abrazar la
vida religiosa, ingresando en la abadía cis-
terciense de Alcobaça, a treinta kilómetros
de la ciudad de Ourém.
Algunos años más tarde, esta abadía
fundó un pequeño monasterio en un pueblo
cercano, al que fue trasladado fray Gonza-
lo, quien pidió que los restos mortales de su
amada Oureana fueran trasladados a la ca-
pilla del nuevo monasterio; de ahí el nom-
bre de Fátima con el que se bautizó aquella
región.13
13
Cf. Barthas, C.; Fonseca, sj, G. Fatima, Merveille Inouïe: les
apparitions, le pèlerinage, les voyants, des miracles, des docu-
ments. 2.ª ed. Toulouse: Fides Montréal, 1945, pp. 23-25.
69
Heraldos del Evangelio
70
CAPÍTULO 6
El Ángel de
Portugal, precursor
de la Virgen
Como mencionamos anteriormente, los
grandes acontecimientos de Dios vienen
antecedidos por una preparación muy espe-
cial, porque Él quiere que las almas estén
predispuestas para lo que va a suceder. Así,
la Santísima Virgen no se apareció desde
el comienzo a los tres pastorcitos, Lucía,
Francisco y Jacinta, sino que antes hubo la
manifestación de un Ángel.
Primera aparición del Ángel de
Portugal
Una mañana de primavera de 1916, al
pasar por la Loca do Cabeço, los niños se
toparon con una visión en medio de unos
olivos: vieron una figura de aspecto huma-
71
Heraldos del Evangelio
no, pero resplandeciente, descrita así por
Lucía en sus memorias:
«[Era] una luz más blanca que la nieve,
con la forma de un joven, transparente, más
brillante que un cristal atravesado por los rayos
del sol. A medida que se aproximaba íbamos
distinguiéndole las facciones. Estábamos sor-
prendidos y medio absortos. No decíamos ni
palabra. Al llegar junto a nosotros, dijo: “¡No
temáis! Yo soy el Ángel de la Paz. Orad conmi-
go”. Y arrodillándose en tierra, dobló la fren-
te hasta el suelo. Transportados por un movi-
miento sobrenatural, lo imitamos y repetimos
las palabras que le oímos pronunciar: “Dios
mío, yo creo, adoro, espero y os amo. Os pido
perdón por los que no creen, no adoran, no es-
peran y no os aman”. Después de repetir esto
por tres veces, se levantó y dijo: “¡Orad así!
Los Corazones de Jesús y de María están aten-
tos a la voz de vuestras súplicas”».14
La atmósfera sobrenatural que los en-
volvía era tan intensa que permanecieron
en la posición en que el Ángel de Portugal
14
Sor Lucía, Memorias I, Cuarta Memoria, c. ii, n.º 1, op. cit.,
pp. 168-169.
72
El Ángel de Portugal, precursor de la Virgen
los había dejado, repitiendo una y otra vez
la misma oración. Por lo tanto, aquel con-
tacto con el mensajero celestial imprimió
en aquellos niños una conexión con lo divi-
no como nunca habían experimentado.
Segunda aparición del Ángel
El mismo Ángel se apareció una se-
gunda vez en el verano de ese mismo año,
cuando los niños estaban jugando en el te-
rreno contiguo a la casa de Lucía, junto a
un pozo que había allí. Así describe sor Lu-
cía el momento de la aparición del Ángel:
«De repente, vimos al mismo Ángel
junto a nosotros.
—¿Qué hacéis? ¡Orad! ¡Rezad mucho!
Los Corazones de Jesús y de María tienen
sobre vosotros designios de misericordia.
Ofreced constantemente al Altísimo plega-
rias y sacrificios.
—¿Cómo nos hemos de mortificar?
—pregunté.
—De todo lo que podáis, ofreced un
sacrificio, en acto de reparación por los
73
Heraldos del Evangelio
p ecados con que Él es ofendido, y de sú-
plica por la conversión de los pecadores».15
Si queremos la paz, aquí está el Ángel
de la Paz que nos muestra el camino: la
oración, el sacrificio, reparar ante Dios las
ofensas que se cometen contra Él y pedir
por la conversión de
los pecadores. Él nos
dice: «Sobre todo,
aceptad y soportad,
con sumisión, el su-
frimiento que el Se-
ñor os envíe».16 Si
sabemos, pues, acep-
tar y soportar con
sumisión, con amor,
con devoción, las
contrariedades que
Dios permite que padez-
camos en nuestra vida,
le estaremos dando la
gloria que Él espera de
nosotros.
15
Ídem, p. 169.
16
Ídem, ibídem.
74
El Ángel de Portugal, precursor de la Virgen
El Ángel de Portugal se les aparece
por tercera vez
El Ángel volvió a principios del otoño
de aquel mismo año, nuevamente a la Loca
do Cabeço. Los niños acababan de meren-
dar y se habían ido a jugar a una gruta que
había por allí, cuando el Ángel se les apa-
reció:
«Estando, pues, allí, se nos apareció
por tercera vez, portando en la mano un
Cáliz y sobre él una Hostia, de la cual
caían dentro del Cáliz algunas gotas de
Sangre. Dejando el Cáliz y la Hostia sus-
pensos en el aire, se postró en tierra y repi-
tió tres veces la oración: “Santísima Trini-
dad, Padre, Hijo, Espíritu Santo, os adoro
profundamente y os ofrezco el preciosísi-
mo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de
Jesucristo, presente en todos los sagrarios
de la tierra, en reparación de los ultrajes,
sacrilegios e indiferencias con que Él mis-
mo es ofendido. Y por los méritos infinitos
de su Santísimo Corazón y del Corazón
75
Heraldos del Evangelio
Inmaculado de María, os pido la conver-
sión de los pobres pecadores”».17
De esta oración debemos destacar que
el Ángel indica a los niños la necesidad de
tener una profunda devoción eucarística y
les pide que ofrezcan los méritos infinitos
del Corazón de Jesús y del Corazón Inma-
culado de María por la conversión de los
pecadores.
Lucía continúa su relato:
«Después, levantándose, tomó en la
mano el Cáliz y Hostia, y me dio la Hos-
tia a mí; y lo que contenía el Cáliz lo dio a
beber a Jacinta y a Francisco, diciendo al
mismo tiempo: “Tomad y bebed el Cuerpo
y la Sangre de Jesucristo, horriblemente ul-
trajado por los hombres ingratos. Reparad
sus crímenes y consolad a vuestro Dios”».18
Transportados por la fuerza sobrenatu-
ral que los envolvía, comulgaron y repitie-
ron de nuevo las oraciones que el Ángel les
había enseñado. La fuerza de la presencia
17
Ídem, p. 170.
18
Ídem, ibídem.
76
El Ángel de Portugal, precursor de la Virgen
de Dios era tan intensa que los absorbió casi
por completo y continuaron rezando allí
durante bastante tiempo. Estas tres apari-
ciones consecutivas del Ángel de Portugal,
con la sagrada comunión, cuando recibie-
ron el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Di-
vinidad de Nuestro Señor en el Santísimo
Sacramento, proporcionaron a los niños las
condiciones adecuadas para el encuentro
con la Santísima Virgen, la Reina del Cielo
y de la tierra.19
Es interesante señalar un acontecimien-
to que marcaría a Lucía e influiría en cómo
iba a reaccionar ante las apariciones de la
Virgen. Cuenta ella, en una de sus memo-
rias, que entre abril y octubre de 1915, ya
había sido objeto de una manifestación so-
brenatural. Mientras cuidaba el rebaño con
otras niñas, casi en la cima del monte lla-
mado Cabeço, vio al Ángel de Portugal.
Estaban rezando juntas el Rosario, y,
apenas habían comenzado, vieron que «so-
bre el arbolado del valle que se extendía a
19
Cf. Clá Dias, op. cit., p. 27.
77
Heraldos del Evangelio
nuestros pies flotaba como una nube, más
blanca que la nieve, algo transparente, con
forma humana».20 Este fenómeno se repitió
dos veces más, en días diferentes. Al año
siguiente, cuando el Ángel de Portugal se
manifestó claramente por vez primera, Lu-
cía reconoció esa misma forma que había
visto el año anterior.
Sin saber qué era aquella forma huma-
na, entre asombrada y asustada, la pastor-
cita hizo el propósito de no decir nada a
nadie, pero sus amigas lo contaron a sus
familias y la noticia acabó divulgándose.
Lucía, interrogada por su madre, intentó
explicar lo que había visto: «Parecía una
persona envuelta en una sábana».21 Y que-
riendo decir que no pudo ver las faccio-
nes, dijo: «No se le reconocían ojos ni ma-
nos».22 Su madre dijo que eran tonterías
de niños, y varias personas más, incluidas
sus hermanas, comenzaron a burlarse de
Lucía y de sus amigas.
20
Sor Lucía, op. cit., p. 168.
21
Sor Lucía, op. cit., Segunda Memoria, c. ii, n.º 1, p. 76.
22
Ídem, ibídem.
78
El Ángel de Portugal, precursor de la Virgen
Estos gestos y palabras de desprecio
dejaron muy afectada a Lucía, pues siem-
pre la habían tratado con mucho cariño,
pero eso no era nada comparado con lo que
aún tendría que padecer…
79
80
CAPÍTULO 7
La primera aparición
de la Virgen a los
pastorcitos
Como hemos visto, la Santísima Virgen
quiso que fuera por medio del Ángel de Por-
tugal como aquellas almas elegidas debían
ir siendo preparadas para recibir, en óptimas
condiciones, su visita, y para que aceptasen
la grandiosa misión que la Divina Providen-
cia les había destinado: ser portadores de
un mensaje del Cielo para el mundo, y orar
81
Heraldos del Evangelio
y sufrir en reparación
de todos los pecados
con los que Dios es
ofendido.
Estamos ya en
1917. Es mayo, en
plena primavera eu-
ropea. Una mañana
de domingo, día 13,
los niños habían ido con
las ovejas cerca de Cova da Iria. Después de
almorzar se pusieron a rezar el Rosario. Cer-
ca del mediodía, mientras jugaban, vieron
un relámpago. Estaban asombrados, porque
el cielo estaba muy abierto y no se notaba la
menor señal de lluvia. Lucía dijo a sus pri-
mos: «Es mejor irnos ahora para casa, hay
relámpagos; puede venir tormenta».23
Empezaron a descender la ladera con
las ovejas en dirección del camino y vieron
otro relámpago. Con susto redoblado, apre-
suraron el paso. Fue entonces cuando, ines-
peradamente, se encontraron con una visión
23
Sor Lucía, op. cit., Cuarta Memoria, c. ii, n.º 3, p. 172.
82
La primera aparición de la Virgen a los pastorcitos
c elestial que sor Lucía relata en sus Memo-
rias. Cuenta ella que vieron sobre una carrasca
—una encina pequeña, muy común en aquella
región— «una Señora, vestida toda de blan-
co, más brillante que el sol, irradiando una luz
más clara e intensa que un vaso de cristal, lle-
no de agua cristalina, atravesado por los rayos
del sol más ardiente».24 «Su semblante era de
indescriptible belleza, ni triste ni alegre, sino
serio, tal vez con una suave expresión de lige-
ra censura. ¿Cómo describir detalladamente
sus rasgos? ¿De qué color eran los ojos y el
cabello de esta figura celestial? ¡Lucía nunca
supo decirlo con certeza!».25
La propia Lucía declaró que nunca en su
vida pudo describir todos los rasgos de aque-
lla Señora. A lo largo de su vida, respondien-
do a las preguntas que le hacían, definió el
vestido que llevaba la Virgen como más blan-
co que la propia nieve y que parecía tejido
de luz. Las mangas eran relativamente estre-
chas y el cuello cerrado, llegando hasta los
pies, que, envueltos por una tenue nube, casi
24
Ídem, ibídem.
25
Clá dias, op. cit., p. 37.
83
Heraldos del Evangelio
no se veían, aunque era de suponer que roza-
ban las hojas de la encina. Un manto le cubría
casi todo el cuerpo desde la cabeza, y era del
mismo largo que el vestido, también blanco
y orlado de oro. Tenía las manos puestas en
actitud de oración, apoyadas en el pecho, y
de la derecha pendía un hermoso rosario de
cuentas brillantes como perlas, rematado por
una cruz de intensa luz plateada.26
A lo largo de su vida, y en varias ocasio-
nes, sor Lucía fue describiendo las aparicio-
nes, que fueron siendo recogidas y relatadas
por diversos autores. La descripción utilizada
aquí, por ejemplo, está tomada, entre otros,
de Antero de Figueiredo, escritor portugués
contemporáneo, que describe con el más mi-
nucioso detalle las apariciones de Fátima.
Otro autor ofrece algunos detalles más:
«Como único adorno, un fino collar de oro
reluciente, desde el cuello hasta casi la cin-
26
Cf. Figueiredo, Antero de. La Virgen de Fátima: gracias, secretos,
misterios. Cádiz: Escelicer, 1937, p. 23; Fonseca, sj, Luis Gonzaga
da. Las maravillas de Fátima: apariciones, culto, milagros. 2.ª ed.
española, traducción de la 8.ª ed. italiana por Facundo Jiménez, SJ.
Barcelona: Claret, 1943, p. 26; Walsh, William Thomas. Nuestra
Señora de Fátima. 3.ª ed. Madrid: Espasa-Calpe, 1953, p. 74.
84
La primera aparición de la Virgen a los pastorcitos
tura, del que colgaba una pe-
queña esfera del mismo me-
tal».27 Así vieron los niños a
la Virgen.
María Santísima viene irra-
diando luz y pureza, y trae un
mensaje para un mundo que,
ya a comienzos del siglo xx iba
hundiéndose cada vez más en
la inmoralidad.
La Madre de Dios se comu-
nica con los pastorcitos y
les hace una petición
La Santísima Virgen les
dirigió unas palabras de alien-
to:
—No tengáis miedo. No
os voy a hacer daño.
Lucía le pregunta:
Cf. Ayres da Fonseca, sj, Luis Gonzaga.
27
Nossa Senhora de Fátima. Aparições, culto,
milagres. 5.ª ed. Petrópolis: Vozes, 1954, p. 24.
85
Heraldos del Evangelio
—¿De dónde es Vuestra Merced?28
—Soy del Cielo.
—¿Y qué es lo que Vuestra Merced
quiere?
—Vengo a pediros que vengáis aquí seis
meses seguidos, el día 13 a esta misma hora.
Después os diré quién soy y lo que quiero.
Después volveré aquí aún una séptima vez.
—Y yo, ¿también voy al Cielo?
—Sí, vas.
—¿Y Jacinta?
—También.
—¿Y Francisco?
—También; pero tiene que rezar mu-
chos Rosarios.
Sor Lucía cuenta que en ese momento
se acordó de preguntar por dos muchachas
que habían muerto hacía poco. Eran amigas
suyas e iban a su casa a aprender a tejer con
su hermana mayor.
28
Lucía decía, en portugués, vossemecê. Este tratamiento era la
forma popular de intentar decir vossa mercê [vuestra merced].
86
La primera aparición de la Virgen a los pastorcitos
—¿María de las Nieves ya está en el
Cielo?
Esta joven había muerto hacía poco,
y la Virgen respondió que ya estaba en el
Cielo. Sor Lucía añade en su relato que
le parecía que debía tener unos dieciséis
años.
—¿Y Amelia?
—Estará en el Purgatorio hasta el fin
del mundo.
Amelia era una joven de entre 18 y 20
años. ¿Qué pecados debió cometer esta chi-
ca? Tal vez no fueran excesivamente gra-
ves, como los que vemos hoy en tantos lu-
gares. ¿Habrá cometido faltas de las que se
arrepintió superficialmente? ¿Habrá anda-
do por caminos tortuosos, bajo los impulsos
de sus propias ideas y caprichos, acabando
su vida demasiado alejada de donde Dios la
esperaba? Quizá por eso permanecerá en el
purgatorio hasta el fin del mundo, esperan-
do el momento de partir para el Cielo.29
29
Cf. Sor Lucía, op. cit., pp. 172-173.
87
Heraldos del Evangelio
La Santísima Virgen pide a los
pastorcitos una reparación constante
por los pecados de la humanidad
Después de decir esto, la Madre de Dios
pregunta a Lucía y a los otros pastorcitos:
—¿Queréis ofreceros a Dios
para soportar todos los sufri-
mientos que Él quisiera envia-
ros, en acto de desagravio por
los pecados con que es ofendido
y de súplica por la conversión
de los pecadores?
La Virgen les está dan-
do una verdadera vocación,
palabra que viene del latín
vocare ‘llamar’. María los
llama, los invita a que se en-
treguen como víctimas,
a permanecer al
pie de la Cruz
de su Hijo para
sufrir con Él.
Lucía responde
por los tres:
88
La primera aparición de la Virgen a los pastorcitos
—Sí, queremos.
Y Nuestra Señora les dice:
—Tendréis, pues, mucho que sufrir, pero
la gracia de Dios será vuestra fortaleza.
Sor Lucía había dicho que la Virgen te-
nía las manos juntas apoyadas en el pecho,
en actitud de oración, pero cuando dijo:
«La gracia de Dios será vuestra fortaleza»,
vio cómo abría por primera vez las manos;
entonces les comunicó a los pastorcitos una
luz muy intensa que de ellas se irradiaba.
Esa luz penetró en sus corazones y en lo
más profundo de sus almas. En aquel mo-
mento tuvieron una experiencia mística que
les hizo comprender quién es Dios y quién
es la Virgen.
A partir de esta primera aparición co-
mienza a abrirse para aquellos niños un ca-
mino de santificación, con gracias nuevas
que nunca antes alguien había recibido. Y
ellos, que acababan de tener la experiencia
de la misma luz que Dios había puesto en el
alma de María Santísima, son los primeros
89
Heraldos del Evangelio
de una serie de almas llamadas por María
Santísima para constituir su Reino.
¿Cómo supieron los niños que aquella
luz había penetrado en sus almas a través
de una experiencia mística? No tenían estu-
dios, no eran teólogos, no sabían casi nada,
pero la Virgen les hizo sentir, les hizo gus-
tar la presencia de Dios en sus almas. La
Santísima Virgen, con el amor de su Cora-
zón Inmaculado, comunicó a los pastorci-
tos su propia luz y los acercó a Dios, y ellos
mismos se veían en Dios.
Fue la Virgen Purísima quien introdujo
a aquellas tres almas en el trato y en la pre-
sencia de Dios, haciéndoles verse en Dios
con más claridad de la que nosotros po-
dríamos vernos en el mejor de los espejos.
Después, por un impulso íntimo, cayeron
de rodillas y repetían íntimamente:
«Oh, Santísima Trinidad, yo os adoro.
Dios mío, Dios mío, yo os amo en el Santí-
simo Sacramento».
Ésta es ya una de las primeras prue-
bas de la autenticidad del mensaje y de las
90
La primera aparición de la Virgen a los pastorcitos
a pariciones, porque la Virgen acerca a los
niños a Dios y al misterio más alto de nues-
tra Fe, el misterio de la Santísima Trinidad.
María lleva a los niños a sumergirse en esa
luz, a adorar íntimamente a la Trinidad y
a hacer un acto de adoración al Santísimo
Sacramento.30
Relación entre la devoción al Rosario
y el reinado de la Virgen María
Aquel día 13, durante la aparición, la
Virgen les había dicho a los niños: «Rezad
el Rosario todos los días para obtener la paz
para el mundo y el fin de la guerra».31
Como vimos al principio, las apari-
ciones de Fátima tuvieron lugar cuando la
Primera Guerra Mundial hacía estragos. La
Virgen se comunica con los niños y les pide
que recen el Rosario para que termine la
guerra. Esto nos muestra la tremenda im-
portancia y poder de esta oración tan sen-
cilla.
30
Cf. Sor Lucía, op. cit., pp. 173-174.
31
Sor Lucía, op. cit., p. 174.
91
Heraldos del Evangelio
El Rosario guarda una relación íntima
con el reinado de María y con las gracias
insignes que Ella quiere derramar sobre
nosotros; también hace depender de él los
acontecimientos de la humanidad: por eso
la Virgen pide a los niños que recen el Ro-
sario para obtener la paz del mundo; paz
que, como la define San Agustín, es la tran-
quilidad del orden.32
«Después que la aparición se eclipsó en la
infinitud del firmamento, los tres pastorcitos
permanecieron silenciosos y pensativos,
32
Cf. San Agustín. De civitate Dei. L. XIX, c. 13, n.º 1.
92
La primera aparición de la Virgen a los pastorcitos
contemplando durante un largo rato el cielo.
Poco a poco, se fueron recuperando del
estado de éxtasis que les había embargado.
[…] La celestial Mensajera había producido
en los niños una deliciosa sensación de paz
y radiante alegría, de levedad y libertad. Les
parecía que podrían volar como los pájaros.
De vez en cuando, el silencio en que se ha-
llaban se interrumpía por esta jubilosa ex-
clamación de Jacinta:
—¡Ay, qué Señora tan hermosa! ¡Ay,
qué Señora tan hermosa!».33
33
Clá dias, op. cit., p. 41.
93
Heraldos del Evangelio
A partir de entonces, todo les recorda-
ría a aquella Señora.
Es curioso notar la diferencia de im-
presiones que causaban en ellos las apa-
riciones de la Santísima Virgen y las del
Ángel. Sor Lucía dirá que, después de
cada contacto con el Ángel, no se atrevían
a hablar entre ellos, debido a la intensi-
dad e intimidad que sentían de la presen-
cia de Dios. Y aquellas visitas angélicas
dejaban a los pastorcitos en un gran aba-
timiento físico que los postraba, aunque
interiormente se quedaban llenos de paz
y felicidad.34
Esto ocurría porque, como enseña la
Teología, la naturaleza angélica es superior
a la del hombre. La aparición del Ángel no
les hizo sentirse mal, pero los efectos que
produjo aquel maravilloso encuentro en el
alma y en el cuerpo de los tres pastorcitos
fueron muy dispares.
Sin embargo, el contacto con la Señora
de luz fue completamente diferente: «Vino
34
Sor Lucía, op. cit., n.º 1, p. 171.
94
La primera aparición de la Virgen a los pastorcitos
a concentrarnos una vez más en lo sobrena-
tural, pero de una manera más suave».35
Francisco se vuelve más fervoroso:
una prueba de la autenticidad de las
apariciones
En esta aparición, como en las demás,
la Virgen Santísima habló sólo con Lucía,
mientras que Jacinta únicamente oía lo que
Ella decía. Francisco, que no la oía, con-
centraba toda su atención en verla. Cuando
las dos niñas le contaron que la Virgen ha-
bía dicho que él iría al Cielo, pero que antes
tenía que rezar muchos Rosarios, se llenó
de gran alegría. Cruzando las manos sobre
el pecho, el niño decía:
—¡Oh, Señora mía! ¡Rosarios rezo
cuantos queráis!
A partir de entonces, Francisco empezó
a rezar mucho. Sor Lucía cuenta algo que
se volvió muy frecuente en él: en medio
del pastoreo, mientras jugaban o cuando
iban a merendar, él se apartaba, fingiendo
35
Sor Lucía, op. cit., c. i, n.º 4, p. 140.
95
Heraldos del Evangelio
que estaba paseando, pero en realidad iba
a rezar. Cuando lo llamaban, preguntándo-
le qué hacía, levantaba el rosario y mostra-
ba que estaba rezando. Entonces, Lucía le
decía que fuese a jugar, que luego rezarían
juntos, pero él replicaba:
—Después rezo también. ¿No recuer-
das que Nuestra Señora dijo que tenía que
rezar muchos rosarios?
Pero no sólo se apartaba para rezar, sino
para contemplar. Un día dijo:
—¡Gozo tanto de Dios! ¡Pero Él está
tan disgustado a causa de tantos pecados!
Nunca debemos cometer ninguno.
A veces comentaba:
—Nuestra Señora dijo que tendríamos
que sufrir mucho. No me importa; sufro
todo cuanto Ella quiera. Lo que yo quiero
es ir al Cielo.
Pocos días después de la primera apari-
ción de la Virgen, al llegar al sitio del pas-
to, subió a un elevado peñasco y les dijo a
Lucía y a Jacinta que no subieran con él,
96
La primera aparición de la Virgen a los pastorcitos
así que se fueron
a jugar. Más tarde,
cuando lo llamaron
para merendar, no
quiso ir; y al invi-
tarle para rezar el
Rosario, respondió
que iría después.
Cuando Lucía vol-
vió a llamarlo, él
respondió:
—Venid a rezar aquí, junto a mí.
Subieron a lo alto del peñasco, donde
apenas cabían los tres puestos de rodillas y
le pregunto Lucía:
—Pero ¿qué estás haciendo aquí du-
rante tanto tiempo?
—Estoy pensando en Dios que está
muy triste debido a tantos pecados. ¡Si yo
fuera capaz de darle alegría!
Puede afirmarse que fue Francisco el
que gozó de una gracia de contemplación
más alta.36
36
Cf. Ídem, pp. 141-142.
97
CAPÍTULO 8
Lucía debe tomar
una decisión difícil
La mala experiencia que Lucía había
tenido la vez que se convirtió en el hazme-
rreír de su familia y conocidos, después de
las primeras manifestaciones sobrenatura-
les de 1915, no podía olvidarla fácilmen-
te… Había tenido entonces que soportar la
incredulidad y
la burla, pues la
gente le decía
que se lo esta-
ba inventando
todo. Como no
deseaba en ab-
soluto sufrir un
nuevo trauma,
hizo un «pac-
to infantil» de
secreto con sus
98
Lucía debe tomar una decisión difícil
primos, acordando no decirle nada a na-
die.37
Pero, como suele suceder con los niños
de esta tierna edad, sobre todo cuando son
muy vivaces, siempre corren a contarle a sus
padres todo lo que sucede. Es verdad que los
tres pastorcitos fueron agraciados con una ex-
traordinaria experiencia sobrenatural, pero,
como enseña la Teología, la gracia divina no
destruye ni anula la naturaleza humana, sino
que la perfecciona;38 por eso ellos no perdie-
ron la expansividad e ingenuidad propias de
la infancia, para convertirse en personas ma-
duras y comedidas, por más que el sufrimien-
to hubiera empezado ya a santificarlos.
En casa de Lucía, todo transcurrió con
normalidad: nadie notó nada diferente ni
en su semblante ni en su comportamiento.
Ella sabía ya contener las emociones. Pero
en casa de sus tíos la cosa no fue igual. Ja-
cinta, en cuanto vio a sus padres, que llega-
ban del mercado, echó a correr y se lanzó
a los brazos de su madre, cosa que no solía
37
Clá dias, op. cit., pp. 45-46.
38
Santo Tomás de Aquino. Suma de Teología. I, q.1, a.8, ad 2.
99
Heraldos del Evangelio
hacer, y como sentía dentro una fuerza que
no la dejaba callar, le dijo entusiasmada:
—¡Oh, mamá, vimos hoy en Cova da
Iria a una Señora tan hermosa!
Su madre la abrazó cariñosamente, pero
recibió la confidencia con un poco de sorna
y sin prestarle casi atención. Por la noche,
cuando todos estaban a la mesa, invitó a Ja-
cinta a contar lo que habían visto. Entonces,
con una alegría que le salía por los ojos, la
niña repitió la exclamación que le hacía vi-
brar todo su ser:
—¡Vimos en Cova da Iria a una Seño-
ra tan hermosa! ¡Tenía las manos así —e
imitaba la posición de las manos de la Vir-
gen— y tenía un rosario tan lindo!
100
Lucía debe tomar una decisión difícil
Francisco estaba presente, y todos sa-
bían que era absolutamente imposible oír
una mentira salida de sus labios. Cuando se
dio cuenta de que su hermana rompía el si-
lencio pactado, mantuvo una postura reser-
vada, bajó la mirada y no quiso decir nada.
El padre lo interrogó preguntándole si
era cierto lo que decía su hermana. Acorra-
lado, no tuvo forma de escaparse y, para no
mentir, se vio obligado a corroborar las pa-
labras de Jacinta. Así, fue imposible evitar
que la noticia corriera por todos lados.
Al día siguiente, Lucía se llevó una sor-
presa cuando Francisco le advirtió que Ja-
cinta había hablado. Ésta, muy arrepentida,
pidió perdón, diciendo que sentía en el pe-
cho una fuerza que no la dejaba callar aque-
lla alegría tan grande. Lucía, resignada ante
lo que podía ocurrir después de esto, pidió a
su prima que no llorase y que no dijera nada
más de lo que la Señora les había dicho.39
39
Cf. Carmelo de Coímbra. Un camino bajo la mirada de
María: biografía de la Hermana María Lucía de Jesús y del
Corazón Inmaculado, OCD. Coímbra-Burgos: Carmelo; Fonte,
2016, pp. 55-56.
101
Heraldos del Evangelio
13 de junio: segunda aparición
Llegado el día 13 de junio, los niños fue-
ron a Cova da Iria, como la Santísima Virgen
les había pedido. Pero ya antes de ponerse en
camino, estaban aguardándoles varias perso-
nas venidas de otros pueblos, algunos de ellos
distantes unos 25 km, que los acompañaron
haciéndoles mil preguntas. Cuando llegaron
al lugar de las apariciones, se encontraron allí
con más gente todavía, unas cincuenta perso-
nas. Entre ellas había muchos curiosos, pero
también mucha gente devota y personas fer-
vorosas que ya creían en las apariciones.
Los niños comenzaron a rezar el Rosario,
como la Virgen les había pedido, y la gente
que esperaba a ver qué ocurría se puso a rezar
con ellos. Cuando terminaron, una niña iba
a comenzar las letanías, pero Lucía la inte-
rrumpió diciendo que ya no había tiempo, e
inmediatamente se puso de pie y gritó:
—¡Jacinta, allá viene Nuestra Señora,
que ya se ha visto el relámpago!
Corrieron los tres pastorcitos para la en-
cina y la gente detrás de ellos; allí todos se
102
Lucía debe tomar una decisión difícil
a rrodillaron sobre las matas y helechos. Cuan-
do la luz brilló ante los niños, vieron que la
Virgen estaba de nuevo sobre la encina.
Conmovida, Lucía volvió a preguntar
qué quería la Virgen. La respuesta fue
que volvieran el día 13 del mes si-
guiente, que rezaran el Rosario todos
los días y que aprendieran a leer.
Lucía le pide que los lleve
al Cielo.
—Sí; a Jacinta y a Francisco
los llevaré pronto. Pero tú te que-
darás aquí algún tiempo más. Jesús
quiere servirse de ti para darme a
conocer y amar. Él quiere estable-
cer en el mundo la devoción a mi
Inmaculado Corazón. A quien la
abrazare, le prometo la salvación;
y estas almas serán amadas por
Dios, como flores puestas por Mí
para adornar su trono.
La Virgen anima a Lu-
cía diciéndole que nunca la
abandonará:
103
Heraldos del Evangelio
—Mi Inmaculado Corazón será tu refu-
gio y el camino que te conducirá hasta Dios.
De nuevo, abrió las manos y les comu-
nicó el reflejo de una luz intensa, como su-
mergiéndolos en Dios. Y delante de la pal-
ma de la mano derecha de la Virgen había
un corazón rodeado de espinas que pare-
cían atravesarlo. ¡Era el Corazón Inmacu-
lado de María ultrajado por los pecados de
la humanidad, que pedía reparación! Poco
a poco, esta visión se desvaneció ante los
ojos maravillados de los tres pastorcitos.
Y la Virgen, resplandeciente de luz, co-
menzó a elevarse suavemente hacia el este,
hasta desaparecer.40
Si se convierte, se curará
Desde que empezó a correr la noticia de
las apariciones, algunas personas se acer-
caban a Lucía para encomendarle diversas
necesidades, y ella tuvo la amabilidad de ir
40
Cf. Sor Lucía, op. cit., Segunda Memoria, c. ii, n.º 4, pp. 82-83;
cf. De Marchi, João. Era una Señora más brillante que el sol.
13.ª ed. Fátima: Missões Consolata, 2006, p. 65; cf. Clá dias, op.
cit., pp. 46-47.
104
Lucía debe tomar una decisión difícil
presentándoselas a la Virgen. En la segunda
aparición pidió la curación de un enfermo y
la Virgen respondió:
—Si se convierte, se curará durante el
año.41
¡Qué hermoso! La Virgen desea obrar
milagros, pero espera que correspondamos a
la gracia, porque quiere el bien de las almas.
Cuántas veces una persona deja de rezar y
se apaga su fe, pero, cuando necesita un mi-
lagro, se pone de rodillas y reza rosarios,
oraciones, pide Misas, busca a un sacerdote
para que interceda por una determinada in-
tención, por la curación de una enfermedad,
por la solución de un problema.
La gente desea obtener gracias, ¡pero
no quiere cambiar de vida! Sin embargo, la
Virgen pone una condición para que se pro-
duzcan los milagros, para que se concedan
esas gracias: si se convierten, se curarán.
Muchas veces, por misericordia con no-
sotros, Dios y la Virgen María no nos conce-
den lo que pedimos porque, si lo hicieran, sin
41
Sor Lucía, op. cit., Cuarta Memoria, c. ii, n.º 4, p. 175.
105
Heraldos del Evangelio
que cambiáramos de vida, sin que empezá-
ramos a vivir según el Evangelio y los man-
damientos de la Ley de Dios, nos resultaría
perjudicial. Por eso, muchas gracias, mila-
gros y dones que se piden con un corazón
que no busca la conversión, no se obtienen.
Nuestra Señora revela que los que tie-
nen devoción a su Corazón Inmaculado son
amados por Dios y Ella los coloca como
flores que adornan el trono de Dios, y les
promete que tendrán una intimidad con
Dios como nunca ha existido.42 María co-
locará a estas almas amadas y benditas, si-
guiendo el ejemplo de los pastorcitos, muy
cerca del trono de Dios, dentro de esa luz
que es Él mismo.
13 de julio: tercera aparición, pruebas
y sufrimientos
Todo parecía muy hermoso: la atmós-
fera sobrenatural, la luz de la gracia, el con-
suelo de escuchar a la Virgen. Pero no hubo
sólo maravillas en aquella experiencia: la
42
Cf. San Luis María Grignion de Montfort. Tratado de la
verdadera devoción a la Santísima Virgen, n.º 47.
106
Lucía debe tomar una decisión difícil
alegría y el gozo iban acompañados de la
cruz y del sufrimiento.
El hecho de que Jacinta rompiera el se-
creto fue providencial. La Virgen aprovechó
para aumentar, con la noticia, la fe de mu-
chas personas, atrayéndolas a Cova da Iria.
Después de la segunda aparición, aquellas
cincuenta personas comenzaron a contar
todo lo que había sucedido, y la noticia se
difundió más aún, así que aumentó la afluen-
cia de gente de una manera considerable; y
también los continuos interrogatorios y cen-
suras. Francisco sufría bastante con esto y se
lamentaba diciendo a su hermana:
—¡Qué pena! Si tú te hubieras callado,
nadie lo sabría. Si no fuese porque es men-
tira, diríamos a toda la gente que no vimos
nada, y todo acababa. Pero eso no puede ser.
Aquellos inocentes niños fueron someti-
dos a duras pruebas, tanto más difíciles por la
corta edad que tenían. La primera en empezar
a sufrirlas fue la propia Lucía, que, de los tres,
era la más agraciada, pues era la única que
podía ver, oír y hablar con la Virgen.
107
Heraldos del Evangelio
El sufrimiento de Lucía comenzó en su
propia casa. Sus familiares no querían creer
en las apariciones, especialmente su padre y
su madre. Y estaban tan convencidos y obs-
tinados creyendo que mentía, que su madre
la llevó al párroco de Aljustrel, pueblo cer-
cano a donde vivían, para que la interrogara.
En sus memorias, sor Lucía cuenta que el
sacerdote la atendió de manera muy amable,
con toda paciencia. Dejó que hablara, le hizo
preguntas, pero al final del interrogatorio le
dijo algo que la dejó perpleja. Le explicó que,
al escuchar su relato, se dio cuenta de que no
tenía elementos suficientes para probar que se
trataba efectivamente de la Santísima Virgen.
Al contrario, no le parecía que fuera una reve-
lación del Cielo y debía tener mucho cuidado,
¡porque tal vez fuese el diablo!
La justificación que daba el sacerdote
era que, cuando sucede algo así, de ordinario
Nuestro Señor o Nuestra Señora recomien-
dan que la persona lo comunique a su con-
fesor o al párroco. Pero, por el contrario, lo
que allí se notaba era que Lucía estaba cada
vez más retraída. Claro, él no sabía que la
108
Lucía debe tomar una decisión difícil
pobre ya había sufrido bastante, cuando em-
pezó a ser objeto de burlas el año anterior, la
vez que se divulgó la noticia de las primeras
manifestaciones sobrenaturales.
La niña, que había llegado al despacho
del párroco temblando de miedo, cuando el
sacerdote le dijo que tuviese cuidado por-
que a lo mejor aquello podría ser un enga-
ño del demonio, sintió como si le hubiera
caído una bomba encima. Pensaba: «¡Ca-
ramba! ¿Será cosa del demonio, para per-
derme? Dios mío, ¡yo no quiero hablar con
el demonio!».43
43
Cf. Sor Lucía, op. cit., Segunda Memoria, c. ii, n.º 5, pp. 84-85.
109
Heraldos del Evangelio
La difícil decisión de Lucía
Después de aquel interrogatorio, las
dudas comenzaron a invadir el espíritu de
Lucía. ¡Qué angustia comenzó a sentir!
Llegó a pensar que, desde que veía aque-
llas cosas, el bienestar y la alegría que an-
tes reinaban en su casa habían desapare-
cido. Siendo así, decidió manifestar sus
dudas a Francisco y a Jacinta.
Su prima le dijo:
—No es el demonio, ¡no! El demonio,
dicen que es muy feo y que está debajo de la
tierra, en el infierno; ¡y aquella Señora es tan
bonita!, y nosotros la vimos subir al Cielo.
Pero se acercaba el 13 de julio, y ella
seguía dudando, pensando que, si era el de-
monio, ¿para qué iba a ir a verlo?
Francisco, cuando la veía perpleja con
la duda, se echaba a llorar diciendo:
—Pero ¿cómo puedes pensar que es el de-
monio? ¿No viste a Nuestra Señora y a Dios
en aquella luz tan grande? ¿Cómo vamos a ir
allí sin ti, si eres tú la que tiene que hablar?
110
Lucía debe tomar una decisión difícil
El 12 de julio, por la tarde, comenzó
a juntarse la gente que iba a asistir a los
acontecimientos del día siguiente. Lucía,
que ya había tomado la resolución de no ir
a la Cova da Iria, informó a sus primos.
Ellos respondieron:
—Nosotros vamos. Aquella Señora nos
mandó ir allá.
Jacinta se ofreció para hablar con la Se-
ñora. Pero le dolía que su prima no fuese y
comenzó a llorar.
—¿Por qué lloras, Jacinta?
—Porque tú no quieres ir.
—No; yo no voy. Oye: si la Señora te
pregunta por mí, dile que no voy porque
tengo miedo de que sea el demonio.
Y los dejé solos para irme a esconder
y, así, no tener que hablar con las personas
que me buscaban para preguntarme.
Ya de noche, después de la cena, Fran-
cisco volvió otra vez a casa de Lucía:
—Escucha, ¿tú vas mañana?
—No voy; ya dije que no vuelvo más.
111
Heraldos del Evangelio
—¡Pero, qué tristeza! ¿Por qué tú pien-
sas ahora así? ¿No ves que no puede ser el
demonio? Dios ya está tan triste con tantos
pecados y ahora, si tú no vas, estará todavía
más triste. Anda, ven.
—Ya te dije que no voy más; es inútil
insistir.
Al día siguiente, a medida que se acercaba
la hora de partir, empezó a sentirse impulsada
por una fuerza extraña, a la que no le fue fácil
resistir. Fue a casa de sus primos y los encontró
en su habitación, de rodillas, llorando.
—Entonces, ¿vosotros no vais?
—Sin ti, no nos atrevemos a ir. Anda, ven.
—Allá voy.
Entonces, con el semblante alegre, par-
tieron conmigo. El pueblo, en masa, nos es-
peraba por los caminos. Con esfuerzo con-
seguimos llegar allá.
Pasados algunos días, Francisco le dijo
a Lucía:
—¡Dios mío! Aquella noche no dormí
nada; pasé toda la noche rezando y lloran-
do, para que Nuestra Señora te hiciese ir.
112
Lucía debe tomar una decisión difícil
Cuando llegaron al lugar de las aparicio-
nes, se quedaron sorprendidos con la cantidad
de gente que había. Más de dos mil personas
esperaban el extraordinario acontecimiento.
Según el señor Marto, padre de Fran-
cisco y Jacinta, en el momento en que la
Santísima Virgen apareció, una nubecilla
cenicienta se detuvo sobre la encina, el sol
empalideció y una brisa fresca comenzó a
soplar, aunque era pleno verano. En medio
del profundo silencio de la gente, se oía un
susurro como el de una mosca en un cánta-
ro vacío.
Una vez más, a la pregunta de Lucía so-
bre lo que Nuestra Señora quería de ella, la
Virgen respondió que quería que volvieran
ahí el 13 del mes siguiente; que continuaran
rezando el Rosario todos los días, en honor
de Nuestra Señora del Rosario, para obtener
la paz para el mundo y el fin de la guerra,
porque sólo Ella lo puede conseguir.
También pidió a los pastorcitos que se
sacrificaran por los pecadores y que dijeran
a menudo, sobre todo cada vez que hicieran
113
Heraldos del Evangelio
algún sacrificio: «Oh, Jesús, es por tu amor,
por la conversión de los pecadores y en re-
paración de los pecados cometidos contra
el Inmaculado Corazón de María».
Lucía, como si estuviese pensando en
las incomprensiones y dificultades que se
le venían presentando, aprovecha para pe-
dirle a la Santísima Virgen que haga un mi-
lagro para que todos puedan creer que Ella
se le aparecía de verdad. Hizo esta petición
con gran humildad, desde dentro del dolor
de su cruz. María Santísima respondió:
—Continuad viniendo aquí todos los
meses. En octubre diré quién soy, y lo que
quiero y haré un milagro que todos han de
ver para creer.
Antes de partir, la Virgen pronunció las
palabras que conmoverían al mundo entero:
les reveló el secreto, el corazón del mensa-
je de Fátima, ordenándoles al final: «Esto
no se lo digáis a nadie»...44
44
Cf. Sor Lucía, op. cit., n.º 6, pp. 85-87; Cuarta Memoria, c. i,
n.º 6, pp. 144-145; cf. Clá dias, op. cit., pp. 52-53.
114
CAPÍTULO 9
Un secreto que
atravesó el siglo xx
El asunto más esperado, más deseado
y más buscado cuando se habla del mensa-
je de Fátima es precisamente el secreto re-
velado a los pastorcitos. Es posible que no
haya habido, a lo largo del siglo xx, un mis-
terio tan investigado como éste, que atrave-
só esos cien años de un extremo a otro sin
que hubiera sido totalmente revelado.
Cuando la Santísima Virgen transmitió
el secreto a los niños, en su tercera apari-
ción, al final añadió:
—Esto no se lo digáis a nadie. A Fran-
cisco sí podéis decírselo.
Aunque después de la primera aparición
Jacinta fue incapaz de guardar sigilo, esta
vez, sin embargo, las cosas tenían otro peso
y gravedad; el secreto fue guardado por los
115
Heraldos del Evangelio
tres. Solamente
en 1941 sor Lucía
estaría preparada
para revelar las dos
primeras partes o,
como muchos pre-
fieren llamarlas,
los dos primeros
secretos. La terce-
ra parte debía ser
entregada al Santo
Padre en un sobre
lacrado.
En su tercera
aparición, el 13
de julio de 1917, María Santísima reforzó
la petición de que los niños hicieran peni-
tencia y sacrificios ofreciéndolos para repa-
rar las ofensas cometidas por los pecadores
contra su Inmaculado Corazón. En el mo-
mento en que se refirió a su Corazón, abrió
las manos como en los meses anteriores
y los pastorcitos pudieron ver nuevamen-
te el reflejo de aquella luz inmensa, pero
esta vez «el reflejo parecía penetrar en la
116
Un secreto que atravesó el siglo xx
tierra». Fue entonces cuando la Santísima
Virgen comunicó a los niños el secreto.
Aunque nada había sido revelado toda-
vía, la gente sabía que ese día había ocurri-
do algo fuera de lo común, ya que muchos
de los presentes en Cova da Iria pudieron
ver lo asustados que se quedaban los niños
por lo que iban viendo.45
La primera parte del secreto: la
visión del infierno
«El secreto consta de tres partes distin-
tas, de las cuales voy a revelar dos. La pri-
mera fue, pues, la visión del infierno».46
La Virgen les mostró a los tres pastorci-
tos el infierno, ciertamente para hacer que los
hombres pusieran más empeño en atender su
advertencia. La descripción de este lugar de
tormentos, con los demonios y las almas con-
denadas cayendo allí, es una de las más deta-
lladas que hace sor Lucía en sus Memorias, lo
que demuestra hasta qué punto les impresionó
45
Cf. Sor Lucía, op. cit., Tercera Memoria, n.º 5, p. 125; Cuarta
Memoria, c. ii, n.º 5, pp. 176-177.
46
Sor Lucía, op. cit., Tercera Memoria, n.º 2, p. 121.
117
Heraldos del Evangelio
aquella escena tremenda. Y no sólo a ellos,
sino a todos los que toman conocimiento del
mensaje de Fátima, pues hace un gran bien a
las almas y confirma la sabiduría que tiene la
Iglesia cuando recomienda meditar sobre los
novísimos del hombre, entre los que están las
penas eternas de los condenados.
Sigue Lucía: «Nuestra Señora nos mos-
tró un gran mar de fuego que parecía estar
debajo de la tierra. Sumergidos en ese fue-
go, los demonios y las almas, como si fue-
sen brasas transparentes y negras o broncea-
das, con forma humana que fluctuaban en
el incendio, llevadas por las llamas que de
118
Un secreto que atravesó el siglo xx
ellas mismas salían, juntamente con nubes
de humo que caían hacia todos los lados, pa-
recidas al caer de las pavesas, en los grandes
incendios, sin equilibrio ni peso, entre gri-
tos de dolor y gemidos de desesperación que
horrorizaban y hacían estremecer de pavor.
Los demonios se distinguían por sus formas
horribles y asquerosas de animales espanto-
sos y desconocidos, pero transparentes y ne-
gros. Esta visión fue durante un momento,
y ¡gracias a nuestra buena Madre del Cielo,
que antes nos había prevenido con la pro-
mesa de llevarnos al Cielo! (en la primera
aparición). De no haber sido así, creo que
hubiésemos muerto de susto y pavor».47
Segunda parte del secreto: la
devoción al Inmaculado Corazón de
María y las terribles consecuencias
de la maldad del mundo
Inmediatamente, los pastorcitos levan-
taron la vista hacia la Santísima Virgen, que
les dijo, entre bondadosa y triste:
47
Ídem, ibídem.
119
Heraldos del Evangelio
Aspectos de la Segunda
Guerra Mundial
120
Un secreto que atravesó el siglo xx
«Habéis visto el infierno, a donde van
las almas de los pobres pecadores; para sal-
varlas, Dios quiere establecer en el mundo la
devoción a mi Inmaculado Corazón. Si hi-
cieren lo que os voy a decir, se salvarán mu-
chas almas y tendrán paz. La guerra pron-
to terminará. Pero si no dejan de ofender
a Dios, en el reinado de Pío XI comenzará
otra peor. Cuando veáis una noche ilumina-
da por una luz desconocida, sabed que es la
gran señal que Dios os da de que va a cas-
tigar al mundo por sus crímenes por medio
de la guerra, del hambre y de persecuciones
a la Iglesia y al Santo Padre. Para impedirla,
vendré a pedir la consagración de Rusia a mi
Inmaculado Corazón y la Comunión repara-
dora de los primeros sábados. Si atendieren
mis peticiones, Rusia se convertirá y habrá
paz; si no, esparcirá sus errores por el mun-
do, promoviendo guerras y persecuciones a
la Iglesia. Los buenos serán martirizados y
el Santo Padre tendrá mucho que sufrir, va-
rias naciones serán aniquiladas. Por fin, mi
Inmaculado Corazón triunfará. El Santo Pa-
dre me consagrará Rusia, que se convertirá,
121
Heraldos del Evangelio
y será concedido al mundo algún tiempo de
paz. En Portugal se conservará siempre la
doctrina de la Fe».48
Esta parte del secreto es impresionante,
porque la revolución rusa, si bien ya estaba
en ebullición desde inicios de 1917, no que-
dó controlada por los bolcheviques hasta no-
viembre de aquel año. Por lo tanto, Nuestra
Señora hace en julio una predicción impre-
sionante: había advertido a los pastorcitos
acerca de los trági-
cos acontecimien-
tos que se darían
si la humanidad no
hacía caso de sus
avisos: la Segunda
Guerra Mundial,
de 1939 a 1945, y
la expansión de los
errores del comu-
nismo ateo a par-
tir de la revolución
48
Cf. Sor Lucía, op. cit.,
Tercera Memoria, n.º 2,
pp. 121-122; Cuarta Memo-
ria, c. ii, n.º 5, pp. 176-177.
122
Un secreto que atravesó el siglo xx
bolchevique. Era imposible que aquellos ni-
ños incultos, que no sabían leer ni escribir,
estuvieran al tanto de esos asuntos. «Incluso
con estas visiones, los pequeños videntes no
sabían bien quién era el Papa. Sólo con la ex-
plicación de dos sacerdotes que los visitaron
y les recomendaron que rezasen por el Santo
Padre, ellos comprendieron quién era».49
Así que no tenían forma de inventarse
todo aquello, ni de tener ningún indicio de
que aquellos acontecimientos fueran a su-
ceder.
Sor Lucía pone por escrito la tercera
parte del secreto
A petición del obispo de Leiria, Lucía, ya
adulta y con el hábito de religiosa Dorotea en
Tuy (España), comenzó a escribir sus memo-
rias, como fue comentado en la introducción
de este libro; lo hizo en varias etapas, contan-
do diferentes detalles sobre las apariciones y
también sobre sus primos Francisco y Jacin-
ta, que murieron todavía niños.
49
Carmelo de Coímbra, op. cit., p. 72.
123
Heraldos del Evangelio
Las dos primeras memorias sirvieron
más específicamente para este fin, además de
dar a conocer ya las manifestaciones del Án-
gel. Pero fue sólo en la tercera, fechada el 31
de agosto de 1941, cuando encontramos por
primera vez la narración de las dos primeras
partes del secreto. La tercera no quiso dejarla
documentada entonces, porque aún no había
obtenido el permiso de parte del Cielo.
A finales de 1943, Lucía cayó gravemen-
te enferma. Temiendo que la última parte del
secreto nunca fuese revelada, el obispo de
Leiria fue a Tuy a visitar a la pastorcita y le
dio una orden que la dejó aterrorizada: ¡escri-
bir la tercera parte del secreto! Pero, contra su
costumbre, esta vez se resiste a obedecer:
—¡Señor obispo, yo eso no lo puedo
hacer!
—Pero, entonces, ¿no le dice Nuestra Se-
ñora que siga el camino que yo le indique?
—Sí.
—Entonces, ahora es éste. Se lo pido
para gloria de Dios y de la Santísima Vir-
gen, Ella no se enfada, y si se disgusta será
124
Un secreto que atravesó el siglo xx
conmigo. Así, Ella bendecirá la humildad y
la obediencia.
El prelado se despidió y, cuando se retiró,
la pobre religiosa se quedó ante un gran dile-
ma: ¿obedecer a Dios, manifestado a través
de la voz del obispo, u obedecer a Dios según
la expresa determinación de Nuestra Señora
de no revelar la tercera parte del secreto?50
Pasado el período más duro de la con-
valecencia, trató de escribirlo, para cum-
plir aquella orden. Sin embargo, a pesar de
intentarlo en varias ocasiones, no lograba
poner en papel lo que se le había pedido.
Estaba perpleja.
En enero de 1944, Lucía tuvo una vi-
sión sorprendente mientras estaba de rodi-
llas rezando en la capilla, durante una visi-
ta al Santísimo Sacramento. Transcribimos
aquí sus propias palabras extraídas de sus
anotaciones privadas:
«Sentí, entonces, que una mano amiga,
cariñosa y maternal, me toca en el hombro:
levanto la mirada y veo a mi querida Ma-
50
Ídem, p. 284.
125
Heraldos del Evangelio
dre del Cielo. “No temas, quiso Dios pro-
bar tu obediencia, fe y humildad, estate en
paz y escribe lo que te mandan, pero no lo
que te he dado a entender de su significa-
do. Después de escrito, mételo en un sobre,
ciérralo y séllalo, y escribe por fuera que
sólo podrá ser abierto en 1960 por el señor
cardenal Patriarca de Lisboa o por el señor
obispo de Leiria”.
»Y sentí el espíritu inundado por un
misterio de luz, que es Dios, y en Él vi y oí:
la punta de la lanza como llama que se des-
prende, toca el eje de la tierra, ella tiembla;
montañas, ciudades, villas y aldeas con sus
habitantes son sepultados; el mar, los ríos y
las nubes se salen de sus límites, se desbor-
dan, inundan y arrastran consigo, en un re-
molino, viviendas y gente en número que no
se puede contar: es la purificación del mundo
por el pecado en el que se sumerge. ¡El odio,
la ambición provocan la guerra destructora!
»Después sentí, en el palpitar acelerado
del corazón y en mi espíritu, el eco de una
voz suave que decía:
126
Un secreto que atravesó el siglo xx
—En el tiempo, una sola Fe, un solo
Bautismo, una sola Iglesia, Santa, Católica,
Apostólica. En la eternidad, ¡el Cielo!
Esta palabra Cielo llenaba mi alma de paz
y felicidad, de tal forma que, casi sin darme
cuenta, quedé repitiendo por mucho tiempo:
—¡Oh, Cielo! ¡Oh, Cielo! Apenas pasó
la mayor fuerza de lo sobrenatural, fui a es-
cribir y lo hice sin dificultad, en el día 3 de
enero de 1944, de rodillas, apoyada sobre
la cama que me sirvió de mesa».51
Aquel día comenzaría sor Lucía la re-
velación de la tercera parte del secreto, y lo
haría con estas palabras:
«Escribo en obediencia a Vos, Dios mío,
que lo ordenáis por medio de Su Excelencia
Reverendísima el Señor Obispo de Leiria y
de la Santísima Madre vuestra y mía».52
El sobre lacrado quedó primero en po-
der del obispo de Leiria; después, según
palabras del cardenal Tarcisio Bertone,
51
Sor Lucía. O meu caminho, apud Carmelo de Coímbra, op.
cit., p. 289-291.
52
Sor Lucía, Memorias I, op. cit., Apéndice III, p. 213.
127
Heraldos del Evangelio
para que el secreto fuera mejor custodiado,
el sobre fue entregado en 1957 al Archivo
Secreto del Santo Oficio, la actual Congre-
gación para la Doctrina de la Fe.
La reacción de los Papas ante la
tercera parte del secreto
El 17 de agosto de 1959, el cardenal Ot-
taviani, secretario del Santo Oficio, llevó al
papa Juan XXIII el sobre que contenía la ter-
cera parte del secreto de Fátima. Tras algunos
titubeos, el Papa dijo: «Esperemos». Y consta
128
Un secreto que atravesó el siglo xx
en las memorias de aquel pontífice y en sus
biografías que quería leerlo únicamente en
presencia de su confesor. Pasado algún tiem-
po, tras leer el contenido del sobre, el Papa
decidió no revelar la tercera parte del secreto.
Cerró el sobre y lo devolvió al Santo Oficio.
Más de veinte años después, el 13 de
mayo de 1981, el papa Juan Pablo II su-
frió un atentado en la Plaza de San Pedro:
un disparo a quemarropa que, como él mis-
mo afirma, pudo haberle causado la muer-
te. Milagrosamente sobrevive, y declara:
«Una mano materna guio la trayectoria de
la bala, y el Papa agonizante se detuvo en el
umbral de la muerte».53 Pide entonces que
le traigan el relato del secreto de Fátima. El
18 de julio recibe dos sobres: uno blanco,
con el texto original de sor Lucía en por-
tugués, y otro de color naranja, con la tra-
ducción en italiano, y el 11 de agosto los
devuelve a los archivos de la Congregación
para la Doctrina de la Fe.
Juan Pablo II. Meditación desde el Policlínico Gemelli a los
53
Obispos italianos (13/5/1994), apud Congregación para la
Doctrina de la Fe, El mensaje de Fátima, op. cit.
129
Heraldos del Evangelio
El Papa pensó inmediatamente en la
consagración del mundo al Corazón In-
maculado de María, tal como la Virgen lo
había pedido. Compuso él mismo una ora-
ción para lo que definió «Acto de consa-
gración», que se celebraría en la Basílica
de Santa María la Mayor, en Roma, el 7 de
junio de 1981. Esta misma consagración la
repitió el 13 de mayo del año siguiente, en
Fátima. El 25 de marzo de 1984, el Papa
renovó de nuevo el acto, esta vez en unión
espiritual con todos los obispos del mundo,
consagrando a todos los hombres y pueblos
al Corazón Inmaculado de María.
Esta última vez, San Juan Pablo II se
refirió así a la Virgen: «Tú que sientes ma-
ternalmente todas las luchas entre el bien y
el mal, entre la luz y las tinieblas que inva-
den el mundo…».54
Después del atentado y de esta entrega
del mundo que hizo el Papa a la Virgen Ma-
ría, el asunto de la tercera parte del secreto
vuelve a quedarse sumergido en las brumas
Cf. Congregación para la Doctrina de la Fe, El mensaje de
54
Fátima, op. cit.
130
Un secreto que atravesó el siglo xx
del misterio, hasta que llegamos al umbral
del siglo xxi.
Anuncio de la revelación de la tercera
parte del secreto55
El 13 de mayo del año 2000, al final
de la solemne Concelebración Eucarística
presidida por el papa Juan Pablo II en Fáti-
ma, el cardenal Angelo Sodano, a la sazón
secretario de Estado, realizó el encargo que
le había hecho el Papa: anunciar al mundo
que la tercera parte del secreto por fin sería
revelada.
Aunque el texto vería la luz pública al
mes siguiente, el cardenal adelantó en aque-
lla ocasión algunos aspectos, advirtiendo
que la clave de la lectura debía ser de ca-
rácter simbólico. Mencionó que se trataba
de «una visión profética comparable a la
de la Sagrada Escritura», que sintetizaba y
condensaba sobre un mismo fondo «hechos
que se prolongan en el tiempo en una suce-
sión y con una duración no precisadas».
55
Ídem.
131
Heraldos del Evangelio
No obstante, declaró que «las vicisitu-
des a las que se refiere la tercera parte del
secreto de Fátima parecen ya pertenecer al
pasado». Citó como ejemplo la lucha de los
sistemas ateos contra la Iglesia y los cris-
tianos, así como el inmenso sufrimiento de
los mártires del siglo xx, culminando con el
atentado contra el Papa en 1981. Todo ello
configura, según sus palabras, «un intermi-
nable Vía Crucis dirigido por los Papas del
siglo xx», pero que aún no ha cesado, pues
continúan los ataques contra la Iglesia y los
cristianos en diversas partes del mundo.
Por encima de todo, recalcó que «la lla-
mada de la Virgen a la conversión y a la
penitencia, pronunciada al inicio del siglo
xx, conserva todavía hoy una estimulante
actualidad».
Por fin, la revelación del secreto al
mundo56
Fue el 26 de junio de aquel año, en
una conferencia de prensa celebrada en
56
Ídem.
132
Un secreto que atravesó el siglo xx
el Vaticano, con la presencia del cardenal
Ratzinger y del cardenal Bertone, respec-
tivamente prefecto y secretario de la Con-
gregación para la Doctrina de la Fe, cuando
se hicieron públicos, además de los manus-
critos de sor Lucía, otros cuatro textos:
1) la carta del Santo Padre a sor Lucía,
del 19 de abril del 2000;
2) un relato del coloquio entre el car-
denal Bertone y el obispo de Leiria-Fátima
con sor Lucía, en el carmelo de Coímbra, el
27 de abril del 2000;
3) la comunicación leída por encargo
del Santo Padre en Fátima el 13 de mayo
por el cardenal Sodano;
4) el comentario teológico del cardenal
Ratzinger.
Es precisamente en este comentario
teológico donde encontramos la clave de
interpretación que había sido avanzada por
el cardenal Sodano: «En la medida en que
se refiere a acontecimientos concretos, ya
pertenecen al pasado. Quien había esperado
impresionantes revelaciones apocalípticas
133
Heraldos del Evangelio
sobre el fin del mundo o sobre el curso fu-
turo de la historia debe quedar desilusiona-
do. Fátima no nos ofrece este tipo de satis-
facción de nuestra curiosidad».
Sin embargo, el cardenal Ratzinger no
deja lugar tampoco a un optimismo que pue-
da hacernos bajar la guardia: «El maligno tie-
ne poder en este mundo, lo vemos y lo expe-
rimentamos continuamente». Por eso, frente
al ataque continuo del Mal, nos recuerda las
palabras de Jesús: «Padeceréis tribulaciones
en el mundo, pero tened confianza; Yo he
vencido al mundo» (Jn 16, 33). Y concluye
diciendo que «el mensaje de Fátima nos in-
vita a confiar en esta promesa», la cual nos
viene expresada por María Santísima en es-
tos términos: «Por fin, mi Inmaculado Cora-
zón triunfará».
He aquí el contenido de la famosa ter-
cera parte del secreto:
Después de las dos partes que ya he
expuesto, hemos visto al lado izquierdo de
Nuestra Señora, un poco más en lo alto, a un
Ángel con una espada de fuego en la mano
134
Un secreto que atravesó el siglo xx
izquierda; centelleando emitía llamas que
parecía iban a incendiar el mundo; pero se
apagaban al contacto con el esplendor que
Nuestra Señora irradiaba con su mano dere-
cha dirigida hacia él; el Ángel, señalando la
tierra con su mano derecha, dijo con fuerte
voz: «¡Penitencia, Penitencia, Penitencia!».
Y vimos en una inmensa luz qué es
Dios: «Algo semejante a como se ven las
personas en un espejo cuando pasan ante
él»; a un Obispo vestido de Blanco: «He-
mos tenido el presentimiento de que fuera
el Santo Padre».
También a otros Obispos, sacerdotes,
religiosos y religiosas subir una montaña
empinada, en cuya cumbre había una gran
Cruz de maderos toscos, como si fueran de
alcornoque con la corteza; el Santo Padre,
antes de llegar a ella, atravesó una gran
ciudad medio en ruinas y medio temblo-
roso con paso vacilante, apesadumbrado
de dolor y pena, rezando por las almas de
los cadáveres que encontraba por el cami-
no; llegado a la cima del monte, postrado
de rodillas a los pies de la gran Cruz, fue
135
Heraldos del Evangelio
muerto por un grupo de soldados que le
dispararon varios tiros de arma de fuego y
flechas; y del mismo modo murieron unos
tras otros los Obispos, sacerdotes, religio-
sos y religiosas y diversas personas segla-
res, hombres y mujeres de diversas clases y
posiciones.
Bajo los dos brazos de la Cruz había
dos Ángeles, cada uno de ellos con una
jarra de cristal en la mano, en las cuales
recogían la sangre de los Mártires y rega-
ban con ella las almas que se acercaban
a Dios.
El secreto de Fátima apunta al futuro
de la Iglesia57
El propio cardenal Joseph Ratzinger,
diez años después de revelar el secreto, es-
taría en Fátima celebrando Misa en la ex-
planada del santuario, no ya como cardenal
ni como prefecto de la Congregación para
57
Cf. Benedicto XVI. Homilía en la explanada del Santuario de
Fátima (13/5/2010); Palabras a los periodistas durante el vuelo
hacia Portugal (11/5/2010). In: [Link]; Congregación
para la Doctrina de la Fe, El mensaje de Fátima, op. cit.
136
Un secreto que atravesó el siglo xx
la Doctrina de la Fe, sino como Vicario de
Cristo. En aquella ocasión dijo: «Se equi-
voca quien piensa que la misión profética
de Fátima está acabada. Aquí resurge aquel
plan de Dios que interpela a la humanidad
desde sus inicios: “¿Dónde está Abel, tu
hermano? [...] La sangre de tu hermano me
está gritando desde la tierra” (Gén 4, 9)».
Es decir, es el Papa quien despierta a la
humanidad apuntando al mensaje de Fátima,
alertando acerca de su actualidad. ¿Pero no
habían afirmado en el año 2000 que el gran
secreto cuya revelación todos esperábamos
se refería al pasado? ¿Por qué en 2010 vuel-
ven a recordarnos el mensaje de Fátima? ¿Y
por qué lo hace un sumo pontífice, un 13 de
mayo, en el lugar mismo de las apariciones,
refiriéndose a la tercera parte del secreto?
Una cosa son los «acontecimientos concre-
tos» que «pertenecen ya al pasado», pero
otra, muy diferente, profunda y trascenden-
te, es la referencia a la vida de la Iglesia, que
afecta directamente a los cristianos, y, por
extensión, a todo el género humano, pues la
misión de la Iglesia es universal.
137
Heraldos del Evangelio
Tomemos de nuevo sus palabras, pero
no de la Misa que celebró en el santua-
rio, sino las que dirigió a los periodistas,
acerca del secreto, durante el vuelo hacia
Portugal: «Además de la gran visión del
sufrimiento del Papa, que podemos referir
al papa Juan Pablo II en primera instan-
cia, se indican realidades del futuro de la
Iglesia, que se desarrollan y se muestran
paulatinamente».
Es decir, debido a su carácter simbó-
lico, las escenas que la Santísima Virgen
mostró a sor Lucía no quedan circunscritas
y agotadas en la descripción del relato de la
visión, sino que se proyectan hacia el futu-
ro, pues en ellas «se esconde un contenido
que va más allá, más profundo, y sólo en
el curso de la historia podemos ver toda la
hondura, que estaba, por decirlo así, “ves-
tida” en esta visión», explicó el Papa en
aquel vuelo.
Por eso es indispensable y urgente la
conversión personal, regada con oración y
penitencia, ya que aquélla será la base de
138
Un secreto que atravesó el siglo xx
una futura renovación de la Iglesia, de la
cual ya hablaba San Luis María Grignion
de Montfort,58 y sin la cual no se podrá ob-
tener la renovación del mundo. Se trata de
una renovación que pide nuestra colabora-
ción, «porque además del momento indica-
do en la visión, se habla, se ve la necesidad
de una pasión de la Iglesia, que naturalmen-
te se refleja en la persona del Papa, pero
el Papa está por la Iglesia y, por tanto, son
sufrimientos de la Iglesia los que se anun-
cian», dijo Benedicto XVI, y la Iglesia la
formamos todos los bautizados, los testigos
de los cuales «deriva una fuerza de purifi-
cación y de renovación».
También explicó en la mencionada
Misa en la explanada que «en la Sagrada
Escritura se muestra a menudo que Dios se
pone a buscar a los justos para salvar la ciu-
dad de los hombres y lo mismo hace aquí,
en Fátima», cuando María Santísima nos
interpela, pidiendo que nos ofrezcamos a
Dios, sabiendo soportar el sufrimiento por
58
Cf. San Luis María Grignion de Montfort. La Oración Abra-
sada. In: Obras. Madrid: BAC, 1954, p. 597.
139
Heraldos del Evangelio
amor a Él, como acto de reparación por los
pecados y como súplica por la conversión
de los pecadores. Así como los Ángeles de
la visión regaban con la sangre de los márti-
res las almas que se acercaban a Dios, tam-
bién nosotros podemos ofrecer, en unión
con Jesús en la Cruz, la «sangre» de nuestro
«martirio» diario, especialmente la lucha
por nuestro progreso espiritual, el esfuerzo
de dar buen ejemplo, de hacer apostolado
con los demás, buscando su conversión y
santificación.
Y este aspecto descubre para nosotros
algo que frecuentemente olvidamos acerca
de la lucha entre el bien y el mal: el peso
que tienen ante Dios y sus Ángeles las ac-
ciones buenas y las malas. Una vez que, se-
gún las palabras del Santo Padre en la mis-
ma ocasión, «el hombre ha sido capaz de
desencadenar una corriente de muerte y de
terror, que no logra interrumpir...», se hace
más necesario que nunca incrementar en la
balanza de la historia el «peso» del bien,
para que el «peso» del mal se vuelva insig-
nificante, es decir, «movilizar las fuerzas
140
Un secreto que atravesó el siglo xx
del cambio hacia el bien», como él había
dicho ya en su comentario teológico diez
años antes.
Esta perspectiva debe llenarnos de en-
tusiasmo y confianza, porque todos somos
llamados por la Santísima Virgen a partici-
par activamente en el cumplimiento de sus
profecías, atentos siempre a los «signos de
los tiempos» (cf. Mt 16, 3b), dispuestos a
cualquier sacrificio por la nueva evangeli-
zación, impulsando así «el anunciado triun-
fo del Corazón Inmaculado de María para
gloria de la Santísima Trinidad».
141
Heraldos del Evangelio
142
CAPÍTULO 10
Dudas y pruebas
Hemos dado un salto en el tiempo, ha-
blando de los secretos y de su revelación.
Ahora volvamos a las apariciones y conoz-
camos las dificultades a las que tuvieron
que enfrentarse los pequeños videntes.
La cuarta aparición tuvo lugar en agos-
to de 1917, pero no fue el día 13 ni tampoco
en la Cova da Iria, debido a una situación
que causó mucho dolor a los pastorcitos.
La noticia de las apariciones de la Vir-
gen en Fátima fue difundiéndose de boca en
boca. La primera vez que hubo gente acom-
pañando a los niños, eran unas cincuenta
personas. En la tercera aparición, el número
de asistentes rondaba ya los dos mil. A partir
de entonces el tema de las apariciones co-
menzó a difundirse de una forma extraordi-
naria, y llegó a oídos no sólo de la autoridad
eclesiástica, sino también de la civil.
143
Heraldos del Evangelio
Familia de Arturo de Oliveira Santos,
administrador del concejo de Vila Nova de Ourém
Pero eran los años posteriores a la caí-
da de la monarquía en Portugal, ocurrida en
1910, y la Iglesia Católica vivía días difí-
ciles. El administrador del concejo de Vila
Nova de Ourém, Arturo de Oliveira Santos,
era un anticatólico declarado. Y el caserío
donde residían los pastorcitos, Aljustrel,
pertenecía a la parroquia de Fátima, y ésta
al concejo.
Al oír las noticias de los aconteci-
mientos que estaban ocurriendo en Cova
da Iria, se alteró mucho. Y así, comenzó
una persecución muy severa contra los
tres pastorcitos.
144
Dudas y pruebas
Lucía es interrogada59
Sabiendo que la Virgen había prometi-
do que volvería a aparecerse en Cova da Iria
el 13 de agosto, el administrador decide in-
tervenir. Manda llamar a los padres de los
pastorcitos, junto con sus hijos, que estaban
a una distancia a pie de tres horas de Vila
Nova de Ourém, para comparecer el sábado
11 de agosto a mediodía. La Divina Provi-
dencia permitió que este enemigo de la Fe
anticipara, con los duros interrogatorios a
los que sometería a los pastorcitos, las dudas
que habrían de surgir más adelante, haciendo
brillar la verdad de aquel Mensaje celestial.
El padre de Francisco y Jacinta dijo
que no iba a llevar a los niños; que él sí
se presentaría porque la autoridad civil se
lo ordenaba, pero que no iba a llevar a sus
hijos porque no habían hecho nada malo: él
respondería por ellos.
A diferencia de la familia Marto, los
padres de Lucía no creían en lo que decía
su hija, y vieron, en este interrogatorio que
59
Cf. Clá Dias, op. cit., pp. 57-59.
145
Heraldos del Evangelio
el administrador quería hacer, una excelen-
te ocasión para desmentir toda la farsa; así
que decidieron llevar a Lucía. Para la niña,
todo esto supuso un tormento, pues se sen-
tía como si hubiera sido entregada por sus
propios padres a este hombre, que le pare-
cía tan malo, y de hecho lo era, porque no
tenía fe y se oponía a las apariciones de la
Santísima Virgen.
En la mente de los niños, toda aquella si-
tuación, y especialmente el hecho de que se
llevaran a Lucía para
interrogarla, era terri-
ble. Francisco y Ja-
cinta, que se quedaron
en Aljustrel, pensando
que harían daño a Lu-
cía, que la torturarían.
Seguían rezan-
do por su prima, pues
temían que fuera cas-
tigada e incluso asesi-
nada, porque la gente
estaba muy ansiosa,
María Rosa, madre de Lucía
deseando saber cuál
146
Dudas y pruebas
era el secreto que
la Virgen había re-
velado. Y los vi-
dentes estaban dis-
puestos a no contar
el secreto a nadie,
aunque tuvieran
que morir.
Al llegar a la
casa del adminis-
trador, Lucía es
sometida a un lar- Olimpia de Jesús y Manuel Pedro
Marto, padres de Francisco y Jacinta
go interrogatorio.
El hombre quiere,
a toda costa, arrancarle de los labios la re-
velación del famoso «secreto». Pero la niña
se mantiene firme y dice que no lo revela-
rá porque no puede. La Señora de luz dijo
que no podía contárselo a nadie, y por eso,
aunque tenga que morir, no lo contará. El
administrador la somete a un interrogato-
rio agotador, la amenaza, pero no consigue
sacarle ni una sola palabra sobre el secreto.
Ella dice que no miente, que vio a la Virgen,
147
Heraldos del Evangelio
que es verdad que le dijo un secreto, pero
que no puede contarlo.
La familia regresa a Aljustrel. Los pa-
dres de Lucía están decepcionados y siguen
incrédulos. Aunque ven sufrir a su hija, si-
guen sin creer que realmente estaba viendo
a la Virgen y recibiendo esa comunicación
del Cielo.
Los pastorcitos son secuestrados60
Descontento con el resultado de aque-
lla tentativa, el administrador decidió pre-
pararles una trampa a los niños el mismo
día en que debía aparecerse la Virgen.
En Aljustrel, aquel día 13 y ya desde
la víspera, la gente había estado llegando
de todas partes: querían ver a los pastor-
citos, hacerles preguntas y peticiones, para
que se las transmitiesen a la Santísima Vir-
gen. Se sentían, en medio de aquellas per-
sonas, como una pelota con la que juegan
los niños, porque cada visitante quería una
60
Cf. Sor Lucía, Memorias I, Segunda Memoria, c. ii, n.º 11,
op. cit., p. 91; cf. Carmelo de Coímbra, op. cit., pp. 79-81.
148
Dudas y pruebas
a tención exclusiva, y el resultado era que
no les daba tiempo a responder a nadie.
Mientras tanto, el administrador quiso
desplazarse hasta allí por la mañana. Había
preparado un plan y quería ejecutarlo con
éxito. Para ello, mandó una orden al padre
de Lucía convocándolo, junto con su hija, a
la casa del Sr. Marto. Nuevo interrogatorio
a los pastorcitos, intentando que revelasen
el secreto y que prometiesen que no volve-
rían a la Cova da Iria.
Como no consiguió lo que quería, optó
por servirse de una artimaña, llevando a los
videntes a la casa del párroco, para que fue-
ran examinados nuevamente por él mismo
y por el propio sacerdote.
Allí el párroco se «lavó las manos» para
quedar bien con la autoridad civil: comenzó
interrogando a Lucía, diciéndole que esta-
ban mintiendo y engañando a muchas per-
sonas con la historia de las apariciones, y
que los que mienten van al infierno. Lucía,
para quien estos momentos supusieron una
gran prueba y sufrimiento, reafirmó que era
149
Heraldos del Evangelio
verdad que veían a la Señora y que Ella les
había hablado.
Después de ver frustrado su intento, el
administrador decidió utilizar otra táctica.
Engañó a los pequeños invitándolos a su-
bir a su calesa para llevarlos al lugar de las
apariciones. Sin embargo, en realidad los
secuestró llevándolos rápidamente a Ou-
rém.
Cuando llegaron a su destino, gritó fu-
rioso el administrador:
—Quedarán presos hasta que digan el
secreto. Y si tardan mucho, ¡serán fritos en
aceite!
Aquel día los dejó encerrados en un
cuarto de su casa, solos. Más tarde, su espo-
sa les dio buena comida, los trató bien, y los
puso a dormir en unos colchones. Con estas
manifestaciones falsas de amabilidad, espe-
raban ablandar el corazón de los videntes.
El día 14 fue intenso. El administrador
los sometió a un interrogatorio en el Ayun-
tamiento, incluyendo amenazas de muerte
y ofrecimiento de regalos, culminando con
150
Dudas y pruebas
la prisión para los tres niños, donde estu-
vieron con delincuentes comunes.
En determinado momento, apareció un
guardia mal encarado en la cárcel que obli-
gó a los niños a que lo siguieran al Ayun-
tamiento. Allí dio órdenes para que prepa-
rasen una caldera de aceite hirviendo y los
dejó solos en un cuarto, donde se quedaron
rezando, en el silencio de sus corazones.
Tiempo después, que les pareció una eter-
nidad, fueron llamados uno a uno, y colo-
cados en la disyuntiva de contar el secreto
o morir: primero Jacinta, luego Francisco,
y finalmente Lucía.
Cuando Lucía llega a la habitación
donde pensaba que hallaría a sus primos ya
muertos, los encuentra vivos, y se abrazan,
llenos de alegría. Pero el guardia les dice
que no se alegren demasiado, porque si no
cuentan el secreto, morirían fritos los tres.
Aquella noche también la pasaron en
una habitación de la casa del administra-
dor, al cuidado de su mujer, que los trató
bien, como el día anterior.
151
Heraldos del Evangelio
Al día siguiente, el administrador in-
tentó de nuevo sacarles el secreto, pero al
no conseguir nada, los llevó él mismo a
la casa parroquial de Fátima, llegando allí
justo cuando los fieles salían de Misa, el 15
de agosto, día de la Asunción de la Virgen.
Es obvio que los niños estaban muy
asustados. Y Jacinta más aún, porque era la
más pequeña. Pero incluso ella estaba dis-
puesta a ser arrojada al aceite hirviendo para
no contar el secreto de la Santísima Virgen.
Aquí vemos una prueba más de la au-
tenticidad de las apariciones, porque ¿cómo
es posible que una niña de siete años sea
tan fuerte como para estar dispuesta a ser
sumergida en aceite hirviendo sólo para no
contar un secreto?
Detrás de esto había un profundo odio a
la religión, así como un refinamiento de mal-
dad. Sin embargo, analizándolo con calma,
mirando más allá de las apariencias, podemos
afirmar sin temor a equivocarnos que, a veces,
los malvados tienen más «fe» que los buenos.
En este caso, quienes podían beneficiarse en
152
Dudas y pruebas
primer lugar, es decir, los familiares de los
pastorcitos y el párroco, no creyeron en las
palabras de Lucía. Sin embargo, este hombre
que estaba en contra de la Iglesia Católica, que
se oponía a la religión y se autodenominaba
ateo, tenía mucha más «fe». Quería impedir
que los niños se encontraran con la Virgen,
así que se los llevó. Si no hubiera creído que
las apariciones eran reales, no habría necesi-
tado tomar una actitud tan radical.
Incluso en la prisión, los niños
inocentes impresionan61
En un momento dado de su estancia en
la cárcel de Ourém, sucedió una cosa muy
hermosa: los tres pastorcitos empezaron a
rezar el Rosario en medio de aquellos ban-
didos, para quienes la presencia de los vi-
dentes bien podría haberles sugerido que la
Virgen había llegado hasta ellos. El caso es
que los presidiarios tuvieron el buen cora-
zón de aconsejarles que revelaran el secreto
para que pudieran verse libres de la prisión.
61
Cf. Sor Lucía, Memorias I, Cuarta Memoria, c. i, n.º 8, op.
cit., p. 146; cf. Carmelo de Coímbra, op. cit., pp. 79-80.
153
Heraldos del Evangelio
Como los pastorcitos se pusieron a re-
zar el Rosario, aquellos delincuentes se
sintieron tocados, y poco a poco se fueron
sumando al rezo con respeto y devoción.
Francisco se fijó en que uno de los prisio-
neros, que estaba rezando de rodillas, tenía
la boina puesta, y le dijo:
—Señor, si quiere rezar, haga el favor
de quitarse la boina.
Después de rezar el Rosario, Jacinta se
echó a llorar, pero no por miedo de sus com-
pañeros de celda, y dijo a Lucía entre sollozos:
Encina donde Lucía, Jacinta y Francisco esperaban a
que la Virgen se apareciese – Fátima (Portugal)
154
Dudas y pruebas
—Ni tus padres ni los míos vienen a
vernos; ¡no les importamos nada!
—No llores —le dice Francisco—; a
mamá, si no la volvemos a ver, paciencia.
Lo ofreceremos por la conversión de los pe-
cadores. Lo peor es que la Virgen no vuelva
más. Esto es lo que más me cuesta, pero
también esto lo ofrezco por los pecadores.
Y el pequeño, levantando los ojos y las
manos al cielo, hizo el ofrecimiento.
—¡Oh, Jesús mío, es por tu amor y por
la conversión de los pecadores!
Jacinta añadió:
—Y también por el Santo Padre y en
reparación de los pecados cometidos contra
el Inmaculado Corazón de María.
La Santísima Virgen se aparece en
otro lugar, fuera de la fecha prevista62
El administrador temía que se produjera
un levantamiento popular porque, mientras
62
Cf. Clá Dias, op. cit., pp. 61-65; Carmelo de Coímbra, op.
cit., pp. 83-85.
155
Heraldos del Evangelio
los pastorcitos estaban con él en Vila Nova
de Ourém, llevados a la fuerza, en Cova da
Iria se había reunido una multitud de unas
cinco a seis mil personas, que estaban re-
zando el Rosario y cantando desde las once.
Pero hacia el mediodía, que era la hora en
que la Santísima Virgen se aparecía, llegó
allí alguien de Fátima con la noticia del rap-
to de los pastorcitos, despertando una fuerte
indignación entre los presentes.
Fue en ese preciso momento cuando, re-
pentinamente, se escuchó un leve murmullo,
seguido de un resplandor como de un relám-
pago, como las otras veces. La gente vio en-
tonces una nubecilla blanca, transparente y
ligera, que se posó suavemente sobre la ca-
rrasca por unos instantes. Poco después, se
elevó y se disipó en el cielo azul.
El administrador, viendo frustrado su
último intento y temiendo lo peor debido a
un multitudinario levantamiento en defensa
de los niños, y como quería salvar su pro-
pia piel, decidió devolverlos a la residencia
del párroco de Fátima.
156
Dudas y pruebas
La fecha en que María Santísima les
había pedido que estuvieran en Cova da
Iria ya había pasado, y esto les partía el co-
razón. Estaban muy tristes y desanimados.
Francisco, que al principio pensaba que la
Virgen se les aparecería en la casa del ad-
ministrador, llegó a preguntarse:
—A lo mejor la Virgen se ha quedado
triste porque no hemos ido a Cova da Iria,
y no volverá más a aparecérsenos. ¡Y me
gustaba tanto verla! Aunque seguro que no
se nos apareció el día 13 para no ir a casa
del señor administrador, tal vez porque él
es tan malo.
Sin embargo, la Santísima Virgen no se
les apareció en Vila Nova de Ourém porque
deseaba encontrarse con ellos en otro lugar.
Cuatro días después del secuestro, el 19
de agosto, los niños volvieron a pastorear
el rebaño, esta vez en un lugar llamado Va-
linhos. Sin embargo, a Jacinta no la dejaron
ir sus padres; aquel día, Lucía y Francisco
fueron acompañados por João, hermano de
Jacinta y Francisco.
157
Heraldos del Evangelio
Mientras estaban con las ovejas, tanto
Lucía como Francisco empezaron a notar
en el ambiente aquella misma sensación
que tenían cuando se les iba a aparecer
la Virgen. Volvieron a ver un destello en
el cielo. Entonces le pidieron a João que
fuera corriendo a casa de Jacinta para lla-
marla.
Cuando llega allí y ve a su madre, doña
Olimpia, dice:
—¡Lucía está pidiendo que Jacinta
vaya a los Valinhos!
—¿Y para qué la quieren allí?
Ante la resistencia de João, le dice:
—Si no me dices para qué es, no la dejo
ir.
João, acorralado, confiesa:
—Es que Lucía dice que la Virgen se
va a aparecer, porque ha visto las señales
en el cielo.
La madre no hizo más preguntas, sino
que dio una orden, informando de dónde
estaba la niña:
158
Dudas y pruebas
—Ve a buscarla, pero pasad por aquí
antes de ir a los Valinhos.
Sin embargo, cuando João transmitió el
recado a su hermana, ésta no oyó la orden
de pasar primero por su casa y echó a co-
rrer, como si tuviera alas, en dirección a los
Valinhos, seguida por João. Nada más lle-
gar, la Señora apareció sobre una carrasca
y comenzó el diálogo:
—¿Qué es lo que Vuestra Merced quie-
re de mí?
—Quiero que sigáis yendo a Cova da
Iria el día 13; que continuéis rezando el Ro-
sario todos los días.
Es la cuarta vez que la Virgen se apa-
rece y es la cuarta vez que pide lo mismo:
rezar el Rosario todos los días.
—El último mes haré el milagro para
que todos crean.
Pregunta Lucía:
—¿Qué es lo que Vuestra Merced quie-
re que se haga con el dinero que la gente
deja en Cova da Iria?
159
Heraldos del Evangelio
Pregunta esto porque el lugar había em-
pezado a convertirse en un foco de peregri-
nación y las personas querían dejar allí sus
limosnas y hacer donaciones. Lucía, muy
honesta, pregunta a la Virgen qué hacer con
ese dinero.
—Que hagan dos andas: una, llévala
tú con Jacinta y dos niñas más, vestidas de
blanco; y otra, que la lleve Francisco con
tres niños más. El dinero de las andas es
para la fiesta de Nuestra Señora del Rosa-
rio; lo que sobre es para ayudar a una capi-
lla que deben hacer.
Una vez más, Lucía pide la curación
de algunos enfermos, y la Virgen respon-
de que a algunos los curaría durante el
año. Luego, con semblante entristecido,
añade:
—Rezad, rezad mucho, y haced sacri-
ficios por los pecadores, pues van muchas
almas al infierno, por no tener quien se sa-
crifique y pida por ellas.
Esto nos muestra la importancia que,
ante Dios, tienen nuestras acciones, y lo
160
Dudas y pruebas
mucho que Él acoge los sacrificios que ha-
cemos para reparar los pecados y para que
los pecadores reciban gracias de arrepenti-
miento.
Lugar de la aparición del
19 de agosto de 1917,
Valinhos (Portugal)
161
CAPÍTULO 11
Quinta aparición:
la Virgen suspende
una penitencia a
los pastorcitos
A medida que pasaban los meses en que
la Santísima Virgen se aparecía en Cova da
Iria, iba aumentando la multitud de perso-
nas que acudían al lugar para presenciar el
momento en que aquellos pastorcitos en-
traban en comunicación con la Reina del
Cielo.
El 13 de septiembre de 1917 amaneció
con una increíble multitud dirigiéndose al
lugar de las apariciones. Los historiadores
hablan de quince a veinte mil personas, y
algunos de más aún. Sor Lucía se refiere a
ello en sus memorias:
«Al aproximarse la hora, fui allí con Ja-
cinta y Francisco, entre numerosas personas
162
Quinta aparición: la Virgen suspende una penitencia a los pastorcitos
que apenas nos dejaban andar. Los caminos
estaban apiñados de gente. Todos nos que-
rían ver y hablar. Allí no había respetos hu-
manos. Numerosas personas, y hasta señoras
y caballeros, consiguiendo romper por entre
la multitud que alrededor nuestro se apiña-
ba, venían a postrarse de rodillas delante de
nosotros, pidiéndonos que presentásemos a
Nuestra Señora sus necesidades».63
Pero aquellas escenas no debían ser
muy diferentes de las que presenció el Di-
63
Sor Lucía, Memorias I, Cuarta Memoria, c. i, n.º 8, op. cit.,
pp. 178-179.
163
Heraldos del Evangelio
vino Maestro en su tiempo. Ante Lucía y
sus primos aparecían las miserias de la po-
bre humanidad. Algunos les gritaban desde
lo alto de los árboles y paredes, donde se
subían para verlos pasar: por la curación de
un hijo sordo, de un ciego, de un inválido,
para que vuelva de la guerra un marido o
un hijo; por la conversión de un pecador,
por un tuberculoso…
Años después, cuando sor Lucía, ya re-
ligiosa, leía en las páginas del Nuevo Tes-
tamento las encantadoras escenas del paso
del Señor por Palestina, recordaba aquellas
otras de las cuales, siendo niña, fue testi-
go en aquellos pobres caminos y carreteras
desde Aljustrel hasta Fátima y Cova da Iria.
Y le daba gracias a Dios, pensando que si
aquellas personas se humillaban así delante
de tres pobres niños porque veían y habla-
ban con la Madre de Dios, ¿qué no harían
si vieran al mismo Jesucristo?
Después de pedir una vez más a los
pastorcitos que rezaran el Rosario todos los
días, la Virgen les hizo una advertencia:
164
Quinta aparición: la Virgen suspende una penitencia a los pastorcitos
—Dios está contento con vuestros sa-
crificios, pero no quiere que durmáis con la
cuerda; llevadla sólo durante el día.
Los niños habían llegado a utilizar como
cilicio un trozo de cuerda gruesa, que no se
quitaban ni para dormir. Esto les impedía
a menudo conciliar el sueño y pasaban no-
ches enteras en claro. De ahí el elogio y la
recomendación de la Madre de Dios.
La Virgen no dispensa la penitencia, el
sufrimiento ni el sacrificio, sino que estable-
ce todo ello en su debido equilibrio. Podían
llevar aquella cuerda sólo durante el día, y
era bueno que lo hicieran en aquel contexto.
Aquí encontramos una lección para nues-
tra vida. ¿Cuántas veces nos quejamos de
ciertos inconvenientes y problemas, cuan-
do podríamos ofrecer a Dios el sufrimiento
que nos producen? A esos niños tan peque-
ños, María Santísima les pide, ya desde la
primera aparición, que se ofrezcan a Dios
para soportar los sufrimientos, en acto de
desagravio por los pecados y de súplica por
la conversión de los pecadores.
165
CAPÍTULO 12
El milagro
del sol: un
fenómeno
visto
por 70.000
personas*
La Virgen había prometi-
do en sus apariciones de julio,
agosto y septiembre, que rea-
lizaría un milagro para que
todos pudieran creer; y se-
ría en octubre. La prensa
había difundido la noti-
cia, no por atraer gen-
te al lugar, aunque eso
ayudó a que acudieran
*
Cf. Clá Dias, op. cit., pp. 73-
81; Carmelo de Coímbra, op.
cit., pp. 92-99.
166
El milagro del sol: un fenómeno visto por 70.000 personas
allí personas de muchos lugares del país, en
una época en que las comunicaciones eran
muy lentas: fue el medio del cual se sirvió
la Providencia para reunir a tantísima gente
en la Cova da Iria. Allí acudieron curiosos,
creyentes y quienes no creían. También se
había extendido el rumor de que las auto-
ridades pondrían una bomba en el lugar de
las apariciones, pero esto no hizo desistir a
nadie de ir allí, y mucho menos a los tres
videntes, incluso a sus padres, que también
acudieron a ver el fenómeno.
Fue precisamente el padre de Lucía
quien la llevó hasta el pie de la encina. Cir-
culaban muchas amenazas a los videntes si
nada aconteciese ese día... Sus padres es-
taban aterrados porque, si el milagro pro-
metido no sucedía, estarían perdidos ante
tanta gente que se sentiría engañada.
Aquel 13 de octubre cayó una lluvia
torrencial y toda la región de Cova da Iria
se transformó en un tremendo lodazal. Sin
embargo, a pesar de la lluvia y el barro, una
multitud de cerca de setenta mil personas
estaba allí.
167
Heraldos del Evangelio
Lucía narra que se repitieron las es-
cenas del mes anterior, pero esta vez eran
más numerosas y conmovedoras, pues ni
siquiera el barro de los caminos impedía a
la gente arrodillarse con la actitud más hu-
milde y suplicante.
Cuando llegaron al lugar de las apari-
ciones, Lucía, movida por un sentimiento
interior, pidió a la gente que cerrara los pa-
raguas para rezar el Rosario.
La Virgen se aparece nuevamente a los
pastorcitos; les dice que continúen rezando
el Rosario todos los días, les anuncia que
la guerra va a acabar, como ocurrió al año
Personas observando el milagro del sol, 13 de octubre de 1917
168
El milagro del sol: un fenómeno visto por 70.000 personas
s iguiente, y les manifiesta otra vez que Dios
está muy ofendido y pide al mundo que deje
de ofenderlo. Después de decir esto, abrió
sus manos, haciéndolas reflejarse en el sol;
y, mientras se elevaba, continuaba el reflejo
de su propia luz proyectándose en el sol.
Un fenómeno nunca visto
Al terminar su coloquio con la Santísi-
ma Virgen, Lucía grita a la gente:
—¡Miren el sol!
Se entreabrieron las nubes y el sol apa-
reció como un inmenso disco luminoso. A
pesar de su brillo intenso, se podía mirar
directamente sin que dañara la vista. La
multitud lo contemplaba absorta, cuando,
súbitamente, el astro se puso «a danzar y
bailar; y una y otra vez comienza a danzar
y a bailar hasta que por fin pareció que se
desprendía del cielo y venía encima de la
gente»,64 según la descripción de uno de los
presentes.
64
De Marchi, João. Era una Señora más brillante que el sol.
13.ª ed. Fátima: Missões Consolata, 2006, p. 165.
169
Heraldos del Evangelio
El milagro del sol pudo observarse a
una distancia de muchos kilómetros del lu-
gar de las apariciones.
La pluma de otro testigo ocular —ade-
más científico, por tanto, nada sospecho-
so—, el Dr. José María Proença de Almei-
da Garret, catedrático de Coímbra, quien, a
pedido del P. Manuel Nunes Formigão, uno
de los principales investigadores de Fátima
—conocido como el Vizconde de Montelo,
seudónimo que usaba para evitar las críti-
cas de los escépticos de la época—, hizo un
relato sobre el espectacular milagro del sol,
dos meses después del acontecimiento:
«Es maravilloso que durante un tan lar-
go espacio de tiempo se haya podido con-
templar aquel astro, foco de luz y centro
de calor, sin que perjudicase la vista y sin
un deslumbramiento que cegase la retina.
Este fenómeno, con dos breves interrupcio-
nes durante las cuales el astro rey echó los
rayos más brillantes y más cegadores, que
obligaron a volver los ojos, duró aproxima-
damente unos diez minutos.
170
El milagro del sol: un fenómeno visto por 70.000 personas
»Este disco nacarado tenía el vértigo
del movimiento, el cual no consistía (sola-
mente) en el centelleo de un astro en plena
vida, sino que giraba (realmente) sobre sí
mismo a una velocidad impetuosa.
»De nuevo se oyó un clamor, como un
potente grito de angustia de todo este pue-
blo. Conservando la velocidad de su rota-
ción, el sol se desprende del firmamento y,
rojo como la sangre, avanza sobre la tierra,
amenazando aplastarnos bajo el peso de su
inmensa masa ígnea. Fueron unos segun-
dos de terrorífica impresión».65
65
Vizconde de Montelo, apud Barthas, Chanoine. La Virgen
de Fátima. Madrid: Rialp, 2004, p. 397.
Multitud observando el milagro del sol
171
Heraldos del Evangelio
Muchas personas se convirtieron y lle-
garon a creer en las apariciones de Fátima a
partir de entonces. Quien presenció el pro-
digio con recta intención, creyó, pero siem-
pre están los que de antemano no quieren
creer y, entonces, aunque el mundo caiga
a sus pies, aunque en su interior se rindan
a la evidencia, nunca dan el brazo a torcer.
Por eso comentaba sor Lucía: «No se hace
caso».
El milagro había sucedido y el ciclo de
las visiones de Fátima había terminado.
Así fue como, en octubre de 1917, Ma-
ría Santísima cumplió grandiosamente la
promesa que había hecho en los meses pre-
cedentes. Había prometido decir quién era
y lo que quería: dijo que era la Señora del
Rosario, pidió que se hiciera en aquel lugar
una capilla, que se ha transformado en uno
de los santuarios marianos más grandes del
mundo; pidió que se rezase el Rosario y,
con el semblante muy entristecido suplicó:
«No ofendan más a Dios, nuestro Señor,
que ya está muy ofendido».
172
El milagro del sol: un fenómeno visto por 70.000 personas
Ésta es la razón de la visita de la Ma-
dre del Redentor y de todas sus peticiones.
Nuestra Santísima Madre, solícita del bien
de todos, vino a alertar del peligro que co-
rre quien se deja encadenar por el pecado
y a indicar el remedio para ese mal supre-
mo, pues «¿de qué le sirve a un hombre
ganar el mundo entero y perder su alma?»
(Mc 8, 36).
Testimonios
La temática de las apariciones de Fá-
tima, especialmente a partir de septiembre
de 1917, y, sobre todo, después del milagro
del sol, alcanzó una proyección nacional en
Portugal, siendo objeto de artículos en los
principales periódicos, además de numero-
sos relatos de testigos oculares recopilados
por investigadores de la época.
Pero independientemente de lo que los
medios publicaron en su día, y muy por
encima de ello, quedó todo grabado a fue-
go en el buen corazón del pueblo portu-
gués y en los anales de la historia aquel
173
Heraldos del Evangelio
país privilegiado por la Santísima Virgen.
Y nadie fue capaz de defender que aque-
llo pudiera haber sido una ilusión colecti-
va o algo fruto del fanatismo religioso de
decenas de miles de personas reunidas en
la Cova da Iria. Porque había allí mucha
gente incrédula, muchos curiosos que ha-
bían acudido para burlarse de la religión
y de los pastorcitos. Y pudieron contem-
plar, como la Virgen lo había prometido,
un deslumbrante milagro.
Inmediatamente después del milagro
del sol, todos se miraban entre sí, llenos de
confusión, pero enseguida se produjo una
explosión de alegría:
—¡Milagro! ¡Los niños tenían razón!
Los gritos de entusiasmo resonaban por
las colinas circundantes y mucha gente no-
taba que su ropa, empapada unos minutos
antes, se había secado completamente.
174
El milagro del sol: un fenómeno visto por 70.000 personas
Os videntes após a última aparição
175
CAPÍTULO 13
Canonización de
Francisco y Jacinta
El 13 de mayo de 2017, Francisco y
Jacinta Marto se convirtieron en los san-
tos más jóvenes de la Iglesia, aparte de los
mártires. La canonización tuvo lugar en
Cova da Iria, durante las celebraciones del
Centenario de las Apariciones, después de
que un milagro atribuido a Francisco y Ja-
cinta fuera aprobado, validado por el Va-
ticano el 23 de marzo
de 2017 y anunciado el
20 de abril, al final del
Consistorio Ordinario
Público para la vota-
ción de algunas causas
de canonizaciones, en
lo que sería la última
etapa de un proceso
176
Canonización de Francisco y Jacinta
que ha durado sesenta y
cinco años.
A las 10:26 de aquel
13 de mayo, la santidad
de Francisco y Jacin-
ta Marto fue declarada
en el altar del Recinto
de Oración, durante un
rito de canonización que
tuvo lugar justo al inicio
de la Misa y tras la petición formal del en-
tonces obispo de Leiria-Fátima, don Antonio
Marto, acompañado por el postulador de la
causa de canonización de Francisco y Jacinta.
También Lucas, el niño brasileño que
recibió el milagro, subió al altar con su fa-
milia en ese día histórico.
Las reliquias de los nuevos santos fue-
ron expuestas durante las celebraciones,
habiendo integrado la procesión inicial y
final de la Misa de ese día.
Durante el día de la canonización, las
tumbas de los pastorcitos, en la Basílica
de Nuestra Señora del Rosario de Fátima,
177
Heraldos del Evangelio
f ueron visitadas por miles de personas, que
no quisieron abandonar el Santuario sin an-
tes rezar junto a los santos más jóvenes de
la Iglesia.
Con la canonización, quedó establecido
el 20 de febrero, día de la muerte de Santa
Jacinta, como fiesta de los Santos Francis-
co y Jacinta Marto.
Francisco Marto nació el 11 de junio de
1908 y fue bautizado el 20 de junio. Jacin-
ta, su hermana menor, nació el 5 de marzo
de 1910 y fue bautizada el 19 del mismo
mes. Ambos nacieron en Aljustrel y fueron
bautizados en la parroquia de Fátima. Eran
los menores de los siete hijos de Manuel
Pedro Marto y Olimpia de Jesús, y primos
de Lucía Rosa dos Santos, futura sor Lucía.
A lo largo de los seis encuentros, la Se-
ñora del Rosario mostró a los pastorcitos la
esperanza que Dios ofrece a un mundo to-
cado por el sufrimiento y el mal, invitándo-
los a comprometerse en la conversión de los
corazones mediante el rezo del Rosario, del
sacrificio reparador y de la consagración de
178
Canonización de Francisco y Jacinta
sus corazones y del mundo al Corazón In-
maculado de María. Las vidas de Francisco
y Jacinta se quedaron definitivamente trans-
formadas a la luz del mensaje de María.
Francisco asume una vida de contem-
plación, entregado a consolar a Dios, que
le parecía «tan triste». La Virgen le había
recomendado rezar muchos Rosarios. Y
Francisco rezaba mucho, buscando la sole-
dad de la montaña o la compañía del Jesús
escondido en el sagrario de la iglesia parro-
quial para, simplemente, pensar en Dios.
Jacinta se dejaba conmover por el su-
frimiento de los pecadores, rezaba y se sa-
crificaba por su conversión, por la paz en el
mundo y por el Santo Padre: «Sufro mucho
—le confiaba a Lucía durante su enferme-
dad—, pero lo
ofrezco todo por
la conversión de
los pecadores y
para reparar el
Corazón Inma-
culado de Ma-
ría, y también
179
Heraldos del Evangelio
por el Santo Padre». Poco antes de morir,
dijo: «En el Cielo voy a amar mucho a Je-
sús y al Corazón Inmaculado de María».
El 4 de abril de 1919, a las diez de la
noche, murió Francisco, que sólo tenía diez
años. Se había puesto enfermo en octubre
de 1918, con la epidemia de bronconeumo-
nía, al igual que su hermana Jacinta, que fue
ingresada en el Hospital de Ourém y pos-
teriormente en Lisboa, en el Hospital Doña
Estefanía. Jacinta murió sola, a las 22:30 del
20 de febrero de 1920, a la edad de 9 años.
A diferencia de sus primos, Lucía tuvo
una larga existencia, pues vivió casi 98
años. Poco después de las apariciones, en
1921, entró en el colegio de las Hermanas
Doroteas de Vilar, cerca de Oporto, desde
donde se trasladó en 1928 a la ciudad es-
pañola de Tuy, donde vivió algunos años.
En 1946 regresó a Portugal y, dos años des-
pués, entró en el Carmelo de Santa Teresa
de Coímbra. Falleció el 13 de febrero de
2005. Está en proceso de beatificación.66
66
Cf. Santuario de Fátima. Los Pastorcitos fueron canonizados
hace 5 años (12/5/2022). In: [Link].
180
CAPÍTULO 14
¿Cómo será el mundo
después del triunfo
del Inmaculado
Corazón de María?*
Cualquier suposición sobre el triunfo
del Corazón de María no pasa de un sim-
ple bosquejo, si se compara con las mara-
villas que Dios obrará a fin de glorificar
*
Cf. Clá Dias, ¡Por fin, mi Inmaculado Corazón triunfará!, op.
cit., pp. 103-125.
181
Heraldos del Evangelio
a su Hija predilecta, su Madre virginal, su
Esposa inmaculada.
Mons. João Clá, ep
El Reino de María: la gran profecía
de Fátima
A principios del siglo xx, cuando tan
sólo estaba empezando a perfilarse tímida-
mente el esbozo de un mundo que nacería
de la victoria de los Aliados en la Prime-
ra Guerra Mundial, se dio uno de los he-
chos más notables de la Historia Contem-
poránea: se aparece la Madre de Dios para
transmitir un mensaje a la humanidad.
Y dicho mensaje llegó en un momento
crucial. La impiedad y la impureza se exten-
dían por todo el orbe hasta tal punto que, para
sacudir a los hombres, había eclosionado una
auténtica hecatombe que fue la propia Gran
Guerra, como les había dicho la Santísima
Virgen a los pastorcitos. No obstante, la con-
flagración terminaría cierto tiempo después
de sus apariciones, dándoles a los pecadores
oportunidad para enmendarse.
182
¿Cómo será el mundo después del triunfo del Inmaculado Corazón de María?
Por lo tanto, en Cova da Iria la Virgen ad-
vertía sobre la existencia de una asombrosa
crisis en la sociedad, que, en el fondo, no era
otra cosa sino la consecuencia de una crisis
religiosa que desembocaría en una catástrofe
de carácter más bien moral que político.
Sería un azote para la humanidad, si ésta
no diera oídos a la voz de la Reina de los
profetas. Y, en este caso, a ese mal le sucede-
rían otros: guerras y persecuciones a la Igle-
sia y al Papa, martirios, varias naciones se-
rían aniquiladas. La Virgen indicaba, de esa
manera, la extensión de una calamidad que
se propagaría por la tierra, pero que al final
su Inmaculado Corazón triunfaría.
La crisis moral sigue acentuándose
A pesar del clarísimo aviso de Nuestra
Señora, la crisis moral ha ido en aumento
desde 1917 hasta hoy. Las modas, las leyes
y las costumbres defienden cada vez más
abiertamente el crimen, el pecado y la aver-
sión a la Ley de Dios, frutos de una cultura
laica y materialista. Se está instaurando una
completa inversión de valores, un orden de
183
Heraldos del Evangelio
cosas que favorece el vicio y dificulta la
práctica de la virtud. Y el motivo central de
esta profunda crisis es, sin duda, el abando-
no de la Religión.
La humanidad ya no vive en su función
de su Creador, sino de sí misma. Se olvidó
de que su finalidad en esta tierra consiste
en amar a Dios y en conquistar la salvación
de las almas. Ante un cuadro tan dramático,
¿puede esperarse que deje de venir sobre el
mundo una intervención para regenerarlo?
¿Cómo Dios va a ignorar la inmensa crisis
en la que el mundo está sumergido por cau-
sa de la maldad de los hombres?
Un cambio de la sociedad hacia la ver-
dadera conversión es cada vez más impro-
bable. Y a medida que avanzamos rumbo al
paroxismo de la degradación moral, tam-
bién es más probable la consumación de
los castigos profetizados por la Virgen.
Esto visto, todavía nos falta volver nues-
tra mirada hacia una luz que brilla en el hori-
zonte de los acontecimientos actuales, y que
nos invita a confiar en la promesa hecha por
184
¿Cómo será el mundo después del triunfo del Inmaculado Corazón de María?
la Santísima Virgen hace cien años: «Por fin,
mi Inmaculado Corazón triunfará».
Este triunfo será propiamente el Reino
de María, es decir, el ápice de la Historia,
cuando la preciosísima Sangre de Cristo,
derramada por nuestra redención, produci-
rá sus mejores frutos.
San Luis María Grignion de Montfort
y el Reino de María
Pero ¿por qué un Rei-
no de Nuestra Señora?
Porque «Jesucristo vino
al mundo por medio de la
Santísima Virgen, y por me-
dio de Ella debe también rei-
nar en el mundo»67 enseña el
gran mariólogo San Luis María
Grignion de Montfort, en su Tra-
tado de la verdadera devoción a
la Santísima Virgen.
67
San Luis María Grignion de
Montfort. Tratado de la verdadera
San Luis Grignion de
devoción a la Santísima Virgen, n.º 1. Montfort – Basílica de
San Pedro (Vaticano)
185
Heraldos del Evangelio
Con todo, uno podría preguntarse: si
el mismo Jesucristo le dijo a Pilato que su
Reino no era de este mundo (cf. Jn 18, 36),
¿cómo explicar un reinado suyo por medio
de su Madre Santísima aquí en la tierra? ¿No
se referirá San Luis Grignion al reinado de
la Virgen en la eternidad, al final de todos
los siglos? ¿O a su título de Reina de Cielo y
tierra, que recibió cuando subió a los Cielos
y fue coronada por la Santísima Trinidad?
No. Lo que San Luis Grignion afirma,
cuando habla de un reinado temporal de
María, es que Ella será, de hecho, la Rei-
na de los hombres y ejercerá un gobierno
efectivo sobre la humanidad. Cuando lle-
gue ese tiempo, «las almas respirarán a
María, como los cuerpos respiran el aire».68
Será una nueva era histórica en que la gra-
cia habitará en el corazón de la mayoría de
los hombres, que serán dóciles a la acción
del Espíritu Santo a través de la devoción a
María: «Cosas maravillosas acaecerán en-
tonces en esta tierra miserable, en que el
Espíritu Santo, encontrando a su Esposa
68
Ídem, n.º 217.
186
¿Cómo será el mundo después del triunfo del Inmaculado Corazón de María?
como reproducida en las almas, vendrá a
ellas con la abundancia de sus dones y las
colmará de ellos, particularmente del don
de sabiduría, para obrar maravillas de la
gracia».69 Será un tiempo feliz, un «siglo
de María, en que las almas, escogidas y ob-
tenidas del Altísimo por medio de María,
absorbiéndose en el abismo de su interior,
lleguen a ser copias vivas de María para
amar y glorificar a Jesucristo».70
Sin embargo, ¿cómo se va a realizar
todo esto en nuestro mundo, que vemos en
un estado tan lamentable? Es que nos resul-
ta difícil imaginar una época en la que reine
entre los hombres la virtud y la aspiración a
la santidad…
Pero San Luis Grignion es el que nos
explica, en una de las oraciones más admi-
rables que haya sido compuesta por alguien,
su Oración Abrasada, cómo será esta ma-
ravilla: «El Reino especial de Dios Padre
duró hasta el diluvio y terminó por un dilu-
vio de agua; el Reino de Jesucristo terminó
69
Ídem, ibídem.
70
Ídem, ibídem.
187
Heraldos del Evangelio
por un diluvio de sangre; pero vuestro Rei-
no, Espíritu del Padre y del Hijo, continúa
actualmente y se terminará por un diluvio
de fuego, de amor y de justicia».71
Caerá sobre la tierra una lluvia del fuego
abrasador del Espíritu Santo que transforma-
rá las almas, como ocurrió con los Apósto-
les (cf. Hch 2, 3), que estaban reunidos en el
Cenáculo con María Santísima después de
la Ascensión de Jesús (cf. Hch 1, 14), en los
comienzos de la Iglesia naciente. De medro-
sos y cobardes durante la Pasión de Nuestro
Señor, se convirtieron en héroes de la Fe, sin
miedo y dispuestos a todo, para ir por todo
el mundo y predicar «el Evangelio a toda la
creación» (Mc 16, 15).
Por lo tanto, podemos decir con San
Luis Grignion que la vida de la Iglesia es
un Pentecostés prolongado, en que el Rei-
no del Espíritu Santo se suma al Reino de
Cristo, igual que éste se sumó al Reino de
Dios Padre. Y en este Reino predicho por
él, la sociedad temporal crecerá tanto en
71
San Luis María Grignion de Montfort. La Oración Abrasa-
da. In: Obras, op. cit., p. 600.
188
¿Cómo será el mundo después del triunfo del Inmaculado Corazón de María?
dignidad que los hombres, aunque vivan en
esta tierra de exilio, serán semejantes a los
habitantes del Cielo.
María: Reina en el sentido más excelso
La realidad de los hechos nos demuestra
que la sociedad moderna es como un edifi-
cio en ruinas, especialmente si se compara
con la época en que «la filosofía del Evan-
gelio gobernaba los Estados», según las pa-
labras de León XIII en su encíclica Immor-
tale Dei (n.º 9). No obstante, lo cierto es que
189
Heraldos del Evangelio
la r estauración de estas ruinas será gloriosa,
porque el reinado de María será la plenitud
del reinado de Nuestro Señor Jesucristo, ya
que la devoción a Nuestra Señora es la de-
voción, la misericordia y el amor de Nuestro
Señor elevados hasta la más alta perfección.
Pero no será tan sólo un período en que
la filosofía del Evangelio gobernará a los
pueblos; yendo aún más lejos, será la edi-
ficación de la Ciudad de Dios descrita por
San Agustín,72 donde la cultura, la civiliza-
ción, el Estado y la familia, en fin, todos los
elementos que constituyen la vida en este
mundo vivirán del amor a Dios.
San Bernardo dice hermosamente que
María Santísima, por ser «la Reina del Cielo,
es misericordiosa. Y, sobre todo, es la Madre
del Hijo único de Dios. Esto es lo que nos
convence de que su poder y ternura son ili-
72
El obispo de Hipona define con particular precisión los dos ca-
minos que el hombre puede seguir en esta vida. El primero de
ellos parece que ha llegado a su paroxismo en nuestros días, y el
otro prenuncia el Reino de María del cual estamos hablando: «Dos
amores fundaron pues, dos ciudades, a saber: el amor propio hasta el
desprecio de Dios, la terrena, y el amor de Dios hasta el desprecio de
sí propio, la celestial» (San Agustín. De Civitate Dei. L. XIV, c. 28.
In: Obras. Madrid: BAC, 1958, vol. xvii, p. 985).
190
¿Cómo será el mundo después del triunfo del Inmaculado Corazón de María?
mitados; ¿y vamos a poner en duda el honor
que el Hijo de Dios tributa a su Madre?».73
Así, esta nueva era histórica se llamará,
con toda propiedad, Reino de María, pre-
cisamente porque las gracias que recibirá
la Iglesia vendrán por medio de Aquella
que es la Medianera de todas las gracias.
Y será realmente necesario que la devoción
a la Santísima Virgen sea plena, como Ella
lo dijo en Fátima: que ésa es la voluntad
de Dios, para que llegue el triunfo de su
Inmaculado Corazón. Ahora bien, cuando
la devoción a Ella es plena, es porque Ella
está reinando y es Reina en el sentido más
excelso; por lo tanto, es el Reino de María.
En consecuencia, el Reino de María será
la gloria de Dios, la de su Madre Santísima y
la de la Santa Iglesia Católica; a decir verdad,
será un esplendor tal de la luz de la virtud que
sobrepujará todo el dominio que han tenido
las tinieblas de esta época en que vivimos:
«Donde abundó el pecado, sobreabundó la
73
San Bernardo de Claraval. Sermón Primero, en la Asun-
ción de Santa María, n.º 2. In: Obras completas. 2.ª ed. Madrid:
BAC, 2006, vol. iv, p. 339.
191
Heraldos del Evangelio
gracia» (Rom 5, 20). Ese Reino conllevará
una reparación de todo el mal practicado en
el pasado, y especialmente en nuestros días,
realizando, por fin, la voluntad de Dios en la
tierra como en el Cielo.
Plenitud y perfección de la Iglesia
En el Mensaje de Fátima se deja claro
que la venida del Reino de María es irre-
versible. Pero no sólo eso: el reinado de la
Santísima Virgen traerá consigo una nueva
plenitud y perfección para la Iglesia, porque
al castigo seguirá la misericordia; el Reino
de María vendrá por un acto de clemencia
de la Virgen, puesto que la afirmación «mi
Inmaculado Corazón triunfará» significa
que triunfarán la misericordia y la bondad
de la Madre de Dios. Después de obtener
para el mundo un castigo regenerador, Ella
lo va a colmar de dones. Así, el Reino de
María será una gran reconciliación, que es
indispensable para que la Iglesia alcance la
perfección a la que es llamada.
Habría sido contrario a los planes de la
Providencia que Nuestro Señor no alcanzara
192
¿Cómo será el mundo después del triunfo del Inmaculado Corazón de María?
la plenitud de su desarrollo físico, moral
e intelectual, en su humanidad santísima,
antes de la muerte en Cruz, porque Él no
podría haber venido al mundo y quedarse
incompleto en algo, sin llegar a su perfec-
ción, en la forma como se dio.
Basándonos en el principio de que todo
lo que se refiere a Nuestro Señor puede
y debe ser aplicado a su Cuerpo Místico,
tampoco correspondería a los planes de la
Providencia que el mundo terminase sin
que la Iglesia alcanzara la perfección a la
que está llamada. Sin embargo, en el pasa-
do, en ninguna época histórica después de
Cristo, llegó a su auge de perfección; por lo
tanto, esa perfección todavía está por llegar
y nada la podrá frenar.
Por esta razón, el deseo del advenimien-
to del Reino de María debe estar presente en
el alma de todo católico, como un soplo de
la gracia, una certeza colocada en el alma
por la acción del Espíritu Santo, pues el que
pierde esta esperanza es como si dejara que
el amor de Dios saliera de su corazón.
193
Heraldos del Evangelio
Una ley inexorable de la historia
De este modo, teniendo en cuenta todo
lo que se ha analizado hasta aquí, nadie
puede negar que el mundo está en una crisis
sin precedentes, denunciada por la propia
Madre de Dios en Fátima. Esta crisis, cuyo
ámbito de acción es el propio hombre, ya
sea en el ámbito moral, religioso o social,
tiende a avanzar hacia un trágico desenla-
ce. Frente a un cuadro tan dramático, esta-
ríamos tentados a pensar que no hay nin-
guna solución para el problema, si no nos
acordáramos de la afirmación del Apóstol:
Expulsión del Paraíso Diluvio
194
¿Cómo será el mundo después del triunfo del Inmaculado Corazón de María?
«Todo lo puedo en Aquel que me conforta»
(Flp 4, 13).
En este sentido, si nos fijamos en la tra-
ma de la Historia, vemos que, en muchísi-
mas ocasiones, el número de los fieles se
queda reducido a un resto que, fortalecido
por la gracia, enarbola la bandera de la ver-
dad y la ortodoxia. Esto se puede compro-
bar incluso en las Sagradas Escrituras, don-
de se revelan muchas circunstancias en las
que Dios hace resurgir el bien a partir de un
puñado de justos. De hecho, se conoce el
nombre misterioso que Isaías le pone a su
Torre de Babel Crucifixión de Nuestro Señor Jesucristo
195
Heraldos del Evangelio
primer hijo; a decir verdad, es un nombre
de carácter profético: «Sear-Yasub» (7, 3),
que significa ‘un resto volverá’.
Es como si Dios tuviera el plan de con-
ducir hacia determinada dirección a la huma-
nidad; ésta, no obstante, se corrompe, pero
Él traza un nuevo plan, eligiendo a los pocos
fieles que han quedado como instrumentos
suyos y haciendo surgir algo aún mejor.
Si analizamos la Historia Sagrada, vemos
que después de la caída de Adán y su consi-
guiente expulsión del Paraíso, hubo tales pe-
cados entre los hombres que se hizo necesa-
rio un castigo divino para destruirlo todo: el
Diluvio. Sin embargo, Dios separó a un resto:
a Noé y a su familia. Y, al concluir una alian-
za con él, la tierra es repoblada otra vez.
La prevaricación de los hombres en la
construcción de la Torre de Babel fue algo
a la manera de un segundo pecado origi-
nal. Por eso sobrevino otro castigo divino:
la dispersión de los pueblos y la confusión
de las lenguas. Una vez más, Dios llama a
un justo, Abrahán, para que sea el padre de
196
¿Cómo será el mundo después del triunfo del Inmaculado Corazón de María?
un pueblo que Él mismo elige para sí, y es-
tablece con él una nueva alianza con la que
inaugura una era patriarcal entre sus elegi-
dos. Estos episodios confieren a la Historia
una belleza particular.
Y el proceso vuelve a comenzar con una
maravilla superior: la promesa del Mesías,
que nacería de ese pueblo, de una Virgen
que concebiría y daría a luz al Hijo de Dios
(cf. Is 7, 14). No obstante, el pueblo elegi-
do y amado por el Altísimo viola muchas
y muchas veces la alianza, se rebela contra
su Creador y va hundiéndose en continua
decadencia hasta «la plenitud del tiempo»
«El regreso del hijo pródigo», reproducción de la obra de Bartolomé
Esteban Murillo – Hospital de la Caridad, Sevilla (España)
197
Heraldos del Evangelio
Coronación de la Virgen María
(Gál 4, 4), cuando ocurre el Nacimiento del
Mesías. Sí, el Mesías que sería entregado
para morir por su propio pueblo con una
«muerte de Cruz» (Flp 2, 8).
Otra vez parece que el plan divino no se
realiza, puesto que Dios aplica su justicia y
dispersa al pueblo hebreo, pero se sirve de
un resto de fieles de este amado Israel para
fundar su Iglesia y extender el buen olor
del Evangelio por toda la faz de la tierra,
lográndose así una nueva victoria divina.
Sin embargo, con la decadencia de la Edad
Media, los buenos fueron debilitándose, a
198
¿Cómo será el mundo después del triunfo del Inmaculado Corazón de María?
pesar de algunos intentos de resurgimiento,
y llegamos a nuestros días en medio de una
aparente derrota del bien.
El mejor vino llega al final
Así pues, si Dios realizó cosas tan
extraordinarias en el pasado, seguro que
también las hará en el futuro, y cosas aún
mayores. Haciendo una interpretación de
carácter sobrenatural de toda esta perspecti-
va histórica, podemos afirmar que, después
de haber sido muy derrotado y muy aplas-
tado, el bien resurgirá con nuevo vigor.
Alguien podría objetar haciendo una pre-
gunta: ¿cómo se prueba que el Reino de María
es irreversible? Respondemos con la lógica
de la fe: el mal tiene que llegar a su paroxis-
mo, igual que el hijo pródigo del Evangelio,
que tuvo que llegar a comer las bellotas de los
cerdos (cf. Lc 15, 16) para caer en sí y volver
a la casa de su padre, a la verdad de la Fe.
El mismo Evangelio nos enseña que «si
el grano de trigo no cae en tierra y muere,
queda infecundo; pero si muere, da mucho
199
Heraldos del Evangelio
fruto» (Jn 12, 24). Existe, por lo tanto, un
dinamismo misterioso de la Divina Provi-
dencia, por el cual es necesario que el fruto
se descomponga y muera para que la se-
milla sea liberada. De forma análoga, es
necesario que el ciclo de la decadencia del
mundo moderno llegue a su fin y se destru-
ya a sí mismo, como la enfermedad, que
desaparece llevando al enfermo a la muer-
te: enfermedad y muerte acaban juntas.
Además, fue María Santísima quien, en
las Bodas de Caná, obtuvo de Nuestro Señor
el milagro de la transformación del agua en
vino. Y aunque es cierto que el mayordomo
le dice al novio que había guardado el mejor
vino hasta el final (cf. Jn 2, 9-10), bien pode-
mos exclamar encantados, llenos de alegría
y gratitud hacia Nuestro Señor: «Has deja-
do tus mejores gracias y tus mejores favores
para el final de la Historia del mundo».
Las Bodas de Caná, primero de los
signos hechos por Jesús a ruegos de Ma-
ría, es la más clara prefiguración del Reino
de María. En éste surgirá, cual vino nue-
vo, una sociedad admirablemente superior
200
¿Cómo será el mundo después del triunfo del Inmaculado Corazón de María?
a todo lo que podamos imaginar. Para usar
una bella metáfora del Dr. Plinio Corrêa de
Oliveira, mentor espiritual de Mons. João
Clá, será como «un lirio nacido en el lodo,
durante la noche y bajo la tempestad», tam-
bién a ruegos de Aquella que es la Reina
del Cielo y de la tierra.
El reinado de Jesucristo a través de
su Madre74
El plan del Altísimo sorprenderá inclu-
so a los espíritus más perspicaces, pues Él
«puede hacer mucho más sin comparación
de lo que pedimos o concebimos» (Ef 3,
20). Cualquier suposición sobre el triunfo
del Corazón de María y del consecuente
enaltecimiento de la Iglesia no pasa de un
simple bosquejo, si se compara con las ma-
ravillas que el Señor de los Ejércitos opera-
rá a fin de glorificar a su Hija predilecta, su
Madre virginal, su Esposa inmaculada.
74
Este subtítulo y los siguientes han sido extraídos, con adapta-
ciones, de: Clá Dias, ep, João Scognamiglio. ¡María Santísima!
El Paraíso de Dios revelado a los hombres. Madrid: Asociación
Salvadme Reina de Fátima, 2022, vol. iii, pp. 119-129.
201
Heraldos del Evangelio
Esta sublime realidad no excluye, sin
embargo, otra aún más bella, que fue seña-
lada por el Dr. Plinio: «En la medida en que
los justos van concibiendo la idea de cómo
será el Reino de María, éste se acerca a no-
sotros». Porque lo propio del profetismo es
prevenir y anunciar, pero no solamente eso,
sino también anticipar y antegozar, de algu-
na forma, los hechos percibidos a distancia.
Las almas respirarán a María
Dentro de la expectativa profética del
Dr. Plinio, la era marial será una época de
transmisión de dádivas celestiales inéditas:
«Yo espero que la Santísima Virgen nos
conceda dones inimaginables, inmensos,
mucho más hermosos y admirables que los
ya conocidos por nosotros, de tal manera
que nos quedemos sin palabras». Ahora
bien, para que se verifique tal comunicación
de gracias y designios, la humanidad debe
entrar por la misma vía que siguió María
Santísima: la de la Sagrada Esclavitud.
En el Reino de la Virgen, los hombres
participarán en un grado altísimo del amor
202
¿Cómo será el mundo después del triunfo del Inmaculado Corazón de María?
que une el Divino Espíritu Santo a la Ma-
dre del Redentor. Según la ya mencionada
expresión de San Luis Grignion de Mont-
fort, «respirarán las almas a María», o sea,
sentirán que son el blanco de su amor in-
conmensurable y gratuito y, en consecuen-
cia, la amarán con confianza, arrebatamien-
to y cariño. De este afecto inefable nacerá
un discernimiento de los espíritus mutuo,
por el que contemplarán, unas almas en las
otras, el aspecto específico de la Madre de
Dios que están llamadas a reflejar.
Sin embargo, esto sólo podrá realizar-
se por medio de un vínculo de esclavitud
espiritual estrechísimo con la Soberana del
Universo, repleto de enlevo,75 veneración
y ternura, bien como de una disposición
radical para el servicio, la obediencia y el
holocausto. De este modo, toda la sociedad
será elevada a un plano más alto de vida
75
La palabra enlevo designa en portugués una sensación de éxtasis,
arrobo o intenso deleite. Mons. João Clá, sin embargo, suele utili-
zarla para describir una actitud de encanto y admiración a lo que es
más elevado, a veces de una intensidad extraordinaria, llevando a la
persona a la completa entrega de sí mismo a Dios. Por este motivo,
hemos preferido mantenerla en portugués. (N. del T).
203
Heraldos del Evangelio
sobrenatural, cumpliendo así plenamente
las palabras de San Pablo: «Si alguno está
en Cristo es una nueva criatura» (2Cor 5,
17). En el conjunto de la opinión pública
refulgirá la imagen y semejanza de Jesús,
gracias a la Mediación Universal de María.
Reinado de la clemencia, la piedad y
la dulzura
Dentro de esta perspectiva, ¿cómo defi-
nir el Reino de María?
Será el reinado de la clemencia, de la
piedad y de la dulzura de la Santísima Vir-
gen, la era histórica en la cual su espíritu
estará presente en cada criatura y su amor
cubrirá, como una niebla alba y discreta,
toda la tierra. Así como en los días actuales
se inhala por cualquier parte el hálito pesti-
lente e inmundo de la Revolución, caracte-
rizado por la rebelión, el igualitarismo y la
sensualidad desenfrenada, durante el Reino
de María se respirará el suave perfume de
la presencia y de las virtudes de la Reina
Celestial, tanto en las almas y en los am-
204
¿Cómo será el mundo después del triunfo del Inmaculado Corazón de María?
bientes como en las costumbres y hasta en
las civilizaciones.
El gran profeta y apóstol de María, San
Luis Grignion de Montfort,76 explica que la
Virgen Santísima engendrará en las almas de
los paladines de su reinado una santidad tan
superior, por tratarse de una participación en
sus propias virtudes, que tendrán, en el orden
de la gracia, la proporción de cedros del Líba-
no en comparación con arbustos, si se equi-
paran a los santos de las épocas anteriores.
A estos elegidos Ella ha de mostrarse y
de entregarse por entero, como nunca. Habrá
un momento en que cada uno de sus hijos y
esclavos la verá como transfigurada delante
de sí, y experimentará los torrentes de amor
y de misericordia que emanan de su Corazón.
El Secreto de María será desvelado
Tal auge de vitalidad sobrenatural hará
de la Iglesia y de la sociedad una imagen del
Cuerpo glorioso de Cristo. S ubstancialmente
76
Cf. San Luis María Grignion de Montfort, Tratado…, op.
cit., n.º 47.
205
Heraldos del Evangelio
será siempre el mismo y único Cuerpo Mís-
tico, pero estará adornado con cualidades
nuevas que le conferirán una luz intensísi-
ma. Por otro lado, los hombres continuarán
sujetos a las malas tendencias instiladas por
el pecado original; pero es de esperar que, en
la mayoría de los casos, permanecerán so-
metidas a la razón iluminada por la fe, como
resultado de una moción extraordinaria de la
gracia concedida por la misericordia divina.
Para lograr este grado de santificación
y renovación de su Esposa Mística, Nues-
tro Señor realizará a favor de la humanidad
algo análogo a lo sucedido con los discí-
pulos en los días posteriores a la Pascua de
Resurrección: les abrirá el entendimiento
para que comprendan las Escrituras (cf. Lc
24, 45). Será desvelado, entonces, el Secre-
to de María, que consiste en una verdad ya
conocida, pero no plenamente comprendi-
da y amada. En este sentido, el Dr. Plinio
afirma:
«Tengo la impresión —no puedo te-
ner la certeza— de que el Secreto de Ma-
ría será una luz nueva sobre una verdad ya
206
¿Cómo será el mundo después del triunfo del Inmaculado Corazón de María?
anifestada, pero cuya interpretación sal-
m
tará a la vista particularmente en esa época
de la Historia. Tal verdad, contenida en la
Revelación oficial, se referiría a la propia
esencia de Dios y, a partir de ella, a las rela-
ciones de Dios con la Santísima Virgen, con
la Iglesia y con todas las almas. En conse-
cuencia, la relación de los hombres con el
universo —en el ámbito cultural, político,
social y económico— quedaría condicio-
nada profundamente
por este nuevo dato,
sobre el cual incidi-
ría una luz especial».
Pero el Secreto
de María no se limi-
tará a la simple asi-
milación de una ver-
dad, aunque esto sea
necesario, pues no
se puede amar aque-
llo que no se cono-
ce. La noción clara
acerca de quién es
la Virgen Santísima
207
Heraldos del Evangelio
producirá en los corazones un efecto seme-
jante al que experimentaron los discípulos
de Emaús cuando oían las enseñanzas del
Divino Maestro: «¿No ardía nuestro cora-
zón mientras nos hablaba por el camino y
nos explicaba las Escrituras?» (Lc 24, 32).
Debido a una acción de la gracia, esta
cognición vendrá acompañada de un au-
mento de amor, devoción y piedad hacia
Ella, que redundará, como indica el Dr.
Plinio, en «una cierta unión de pensamien-
tos y de vías con María —y, por Ella, con
Jesús—, que no entendemos ahora cómo
podrá ser. Se trata de algo sublime y mis-
terioso».
De estas gracias surgirá una nueva
civilización
La plena revelación de este Secreto
abrirá las mentes y los corazones a dos as-
pectos específicos de la Santísima Virgen.
Por un lado, se podrá verificar una enorme
profundización en la comprensión de su
unión con las Tres Personas Divinas, como
208
¿Cómo será el mundo después del triunfo del Inmaculado Corazón de María?
fue mencionado anteriormente. A la luz de
esta forma de relación, la imbricación entre
las almas adquirirá un tal tenor que, como
explica el Dr. Plinio, «se establecería una
especie de paz y de tranquilidad entre los
hombres, dando así lugar a una nueva civi-
lización». Y, de modo especial, «se inaugu-
raría una relación con los Corazones de Je-
sús y de María, caracterizado por una nota
de intimidad que antes no había».
Por otro lado, en virtud de un desarro-
llo teológico favorecido por gracias insig-
nes y, quizá, por dones místicos, quedará
patente la Mediación Universal de María,
así como el papel que ejerce la Virgen en
la salvación de los hombres, realzando la
superexcelencia de su santidad. Como co-
rolario, se arrojará luz sobre el enigmático
proceso revolucionario y los falsos profetas
que lo sustentan y que envolvieron en tinie-
blas a la propia Iglesia.
Resalta aún el Dr. Plinio que «esta
nueva comprensión abriría a los hombres
la posibilidad de recibir una tal amplitud
209
Heraldos del Evangelio
de gracias, daría un carácter tan filial y, al
mismo tiempo, tan humilde al vínculo con
Ella, que elevaría el nivel de la piedad de
los fieles y, a fortiori, del clero, a una al-
tura que apenas fue vagamente presenti-
da en los siglos anteriores. Así, llegado el
momento de la revelación del Secreto de
María, ¡nuestras esperanzas de santidad se
multiplicarán por un millón!».
Como consecuencia, el bien será exal-
tado como nunca, y el mal execrado hasta
las últimas consecuencias. A medida que
esa bendita era vaya progresando y acer-
cándose a su apogeo, estarán asentadas las
bases para que se le pueda dar por comple-
to la honra debida al Creador, y con ello se
ponga un glorioso término a la Historia.
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