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El Placer Femenino Libre

El documento habla sobre el placer femenino libre y cómo está conectado con el sentir originario y el alma. Argumenta que el verdadero placer solo puede ser libre y no puede involucrar dolor, violencia o sometimiento. Critica las teorías patriarcales que sugieren lo contrario. También discute el trabajo filosófico de María Zambrano en reconectar el sentir de las entrañas con el alma, y cómo filósofas feministas posteriormente sexuaron el conocimiento y la política para reconocer la diferencia sexual.
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El Placer Femenino Libre

El documento habla sobre el placer femenino libre y cómo está conectado con el sentir originario y el alma. Argumenta que el verdadero placer solo puede ser libre y no puede involucrar dolor, violencia o sometimiento. Critica las teorías patriarcales que sugieren lo contrario. También discute el trabajo filosófico de María Zambrano en reconectar el sentir de las entrañas con el alma, y cómo filósofas feministas posteriormente sexuaron el conocimiento y la política para reconocer la diferencia sexual.
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El placer femenino libre: placer del sentir, de

las entrañas y del alma

¿Puede haber placer femenino que no sea libre? ¿Puede haber placer que

no sea libre? Si una o uno busca respuesta en lo que ha aprendido en los

libros del pensamiento del pensamiento, ese pensamiento que construye

mentalmente opiniones de autores que se citan los unos a los otros en

cadenas ininterrumpidas de conocimiento racional y sin divino, dirá que

sí, que lo hay, que hay placer no libre; y probablemente, en su vida, se

equivocará de orgasmo. Lo digo por experiencia. En cambio, si busca

respuesta en su libro de la vida, o sea, en su experiencia personal y en el

pensamiento de la experiencia, entonces contestará que no, que el placer

es siempre libre, y que si no es libre, libre de espíritu y carne, no es placer

sino una mezcla corrupta de dolor y violencia. Y, en su vida, no se

equivocará de orgasmo. Los libros del pensamiento del pensamiento

enseñan con tratados, manuales, novelas, teatro, leyes, imágenes y

poesía que el masoquismo y el sadismo existen, dan placer y son incluso


rasgos propios de mentes sofisticadas y elegantes. Nos lo enseñan sobre

todo a las mujeres, que somos, en realidad, las que menos lo necesitamos

porque nacemos con una predisposición propia y particular para el

placer, la libertad de espíritu y el orgasmo. “Masoquismo” y “sadismo”

son palabras de hombres del siglo XVIII-XIX oscuramente patriarcales,

palabras que la madre nunca o casi nunca enseña ni pronuncia al

enseñar a su criatura a hablar y, hablando, a traer al mundo el mundo,[2]

su mundo. Masoquismo y sadismo son palabros que carecen de raíz en

la lengua materna. Derivan del apellido de dos sardónicos y mediocres

escritores que quisieron demostrar que hay placer sexual en el dominio,

el dolor, el sometimiento y el maltrato. Son palabros que contribuyeron

mucho, junto con otras teorías médicas masculinas del siglo XX sobre el

alma humana, a que las mujeres y, probablemente, también los hombres,

nos equivocásemos de orgasmo. El libro de la vida, el de la experiencia

personal padecida y gozada en todas sus facetas, enseña, en cambio, que

todas las cosas se buscan y se encuentran con lo que ellas mismas son: el

placer con el placer, el amor con el amor, el dolor con el dolor, el dominio

con el dominio, el maltrato con el maltrato, y así sucesivamente. No el

placer con el dominio ni el placer con el dolor ni con el sometimiento. El


libro de la vida es la expresión del sentir, sentir que todo el mundo

tenemos, sentir de las entrañas que a los seres humanos nos acompaña

y nos sostiene y orienta siempre, aunque no siempre conectemos con él

o nos fiemos de él. María Zambrano (1904-1991) lo llamó,

filosóficamente, “sentir originario”, sentir que es origen y origina: que

es origen porque viene de la madre, tu madre concreta y personal, y que,

como ella, origina creaciones por miles en fidelidad a su genealogía

femenina y materna, la genealogía de las Tres Madres de las culturas y

religiones mediterráneas prepatriarcales.[3] Escribió María Zambrano

de mayor, rememorando sus recuerdos: “y entonces hablé del sentir

originario en vez de la subconsciencia, de que el hombre es el ser que

padece su propia trascendencia y que busca sin tenerla identidad, pero

que algún día, quién sabe dónde, [...] la encontrará: que no se trata de

tener ya el ser, ni de conformarse con el ser, ese ‘es’, sino de ir –vuelvo

al agua– más allá de sí mismo.”[4] María Zambrano se separó así

radicalmente, o sea, desde la raíz originaria, del afamado inconsciente

de la doctrina psicoanalítica y de otras interpretaciones machistas del

siglo XX sobre el alma humana, convertida por ellos en psique, palabra

que jamás acompañó una caricia. Y se inclinó por el agua, principio por
excelencia del placer femenino y, también, de su fecundidad: el agua de

su propio nombre, María, la mujer anterior a la separación de las aguas

y la tierra, como la diosa sumeria Tiamat que reinaba en el Todo desde

el Mar, o la Laia ibera, Diosa Arquera cuyo arco era la Luna y reinaba

sobre los cinco elementos (agua, aire, cielo, tierra y quintaesencia), o la

Mari vasca o la diosa Ops Consiva itálica o la diosa délfica Gea o las Tres

Madres (Abuela, Madre, Hija) mediterráneas o Santa Ana y la Virgen

María del cosmos cristiano, que reinaban en el Todo desde la Tierra,

todas ellas mujeres divinas que conciben cuerpos sin coito y conceptos

sin falo, como las mujeres clitóricas (libres del patriarcado y su contrato

sexual) en la actualidad, de las cuales son protectoras. La mujer clitórica

sabe disfrutar del placer de ser mujer. Distinguiendo y separando el

sentir originario del inconsciente, María Zambrano recuperó para la

política y para el pensamiento occidentales el vínculo antiquísimo y

presente entre el sentir de las entrañas y el alma, vínculo roto por el

patriarcado allí donde dominó que, aun haciendo muchísimo daño en

todo lo que tocó, no fue nunca la realidad entera ni tampoco la vida

entera de una mujer o de un hombre, aunque lo ambicionara. Dice

María: “Quizá nada más difícil de definir en la vida anímica que los
sentimientos. Cuando pretendemos abarcarlos encontramos que

constituyen la vida toda del alma, que son el alma misma. ¿Qué sería de

un ser humano si fuera posible extirparle el sentir? Dejaría hasta de

sentirse a sí mismo. Todo, todo aquello que puede ser objeto del

conocimiento, lo que puede ser pensado o sometido a experiencia, todo

lo que puede ser querido, o calculado, es sentido previamente de alguna

manera: hasta el mismo ser, que si solamente se le entendiera o

percibiese, dejaría de ser referido a su propio centro.”[5] María

Zambrano fue indudablemente filósofa, y excelsa, como prueba el hecho

de que los filósofosno la reconocieran como uno de ellos. Pero ella no

sexuó explícitamente la filosofía, no fue esto lo que tenía que ser hecho

por ella, no fue lo que necesitó traer al mundo. De sí misma dijo “No fui

feminista, fui femenina: no cedí”. Las que sexuaron la filosofía,

sexuando el conocimiento entero y la política entera, fueron sobre todo

Luce Irigaray, la Librería de mujeres de Milán y las filósofas de la

comunidad femenina Diótima de la Universidad de Verona, a lo largo

del último cuarto del siglo XX, ya en el movimiento político de las

mujeres y en el feminismo. Sexuaron el conocimiento y la política

reconociendo la diferencia sexual, es decir, el sentido libre del ser mujer


u hombre, como significante, o sea, como fuente inagotable de

significado, de sentido, en todo lo que el ser humano vive, hace, piensa,

es y puede llegar a ser. Ellas dejaron de lado el no ceder porque se

hicieron señoras del juego poniendo entre sí y sí y entre sí y el mundo,

una mujer, tanto para el placer como para el saber, las relaciones y la

práctica política. Tradición de ser las mujeres señoras del juego la había,

y mucha, en la historia de Europa y, luego, de Occidente. Pero esta

tradición, bellísima por cierto, había sido condenada al olvido por el

conocimiento machista, como tantas cosas de la grandeza y del placer

femenino libre que, sin ser del todo olvidadas, no eran tampoco

recordadas en el momento oportuno ni con suficiente peso o gracia; lo

cual podía derivar y derivaba en que una se equivocara de orgasmo, por

muy liberada que estuviera o precisamente por ello si de lo que se había

liberado era de su ser mujer. Las beguinas y beatas medievales y

modernas, por ejemplo, eran señoras del juego y lo sabían. También a

ellas las distinguía el poner entre sí y sí, entre sí y el mundo y, en su caso,

entre sí y Dios, una mujer. Las beguinas practicaron en su vida lo que en

su tiempo llamaron Deificatio, deificación o endiosamiento. Fue su

camino para reconocer, vivir y disfrutar los placeres de sus entrañas y


su alma femenina sin límites, siguiendo lo que se llamó entonces la

“Doctrina de los dos infinitos”, uno de los cuales (de carácter cósmico)

eran ellas como mujeres y como Materia prima o Materia primera de

toda vida y de toda creación. Si una o uno lee hoy las novelas históricas

de Philippa Gregory, sabrá enseguida de lo que estoy hablando. Santo

Tomás de Aquino, el citadísimo escolástico del siglo XIII paradigma del

pensamiento del pensamiento, tan escolástico que no tuvo ni visiones ni

revelaciones hasta que se cayó de la mula y murió algo después del

accidente, declaró herejía la Deificatio femenina.[6] La masculina ya

tenía su Dios hecho hombre y empezaba a imponer que el infinito, como

más tarde, en laico, el falo, es uno y varonil, siempre como aspiración.

El sentido libre de la diferencia sexual le abre a una mujer un caudal

infinito de placer propio, placer sexual y placer cognitivo, independiente

de la procreación y, simultáneamente, abierto y sensible a ella cuando

una mujer la desea. Pone a su disposición la potencia significante de las

relaciones del mismo sexo, potencia que para lasbeguinas y beatas

(nombre este que quiere decir “bienaventuradas”) era infinita. Esta

potencia libera el placer femenino de la limitada dialéctica de las

antinomias del pensamiento u oposiciones binarias propias del


racionalismo griego y europeo masculino, del tipo activo contra pasivo,

hombre contra mujer, alto contra bajo, racional contra sensible, etc. Y el

orden de su vida lo orientan el sentir, la lengua materna, el placer, el

alma: Amor, en definitiva. Cuesta mucho hablar del alma, casi tanto

como del placer femenino libre, a pesar de que se haya cumplido el final

del patriarcado. Porque cuesta mucho recuperar la conexión perdida

con el sentir propio,[7] el sentir originario que es la vida toda del alma y

la fuente de veracidad de cuanto una mujer hace, dice, piensa, es y será.

El inconsciente del psicoanálisis, que Luce Irigaray ha por fin

desautorizado no hace mucho dudando tanto de su necesidad y utilidad

como de su existencia misma, ha dañado muchísimo la verdad de las

mujeres, que es verdad de las entrañas, verdad del sentir y del alma; la

ha dañado a fuerza de tenernos siempre temblando de tanto obligarnos

a dudar y dudar de todo, hasta convertir la duda en método, ignorando

la certidumbre enorme del sentir y del placer. Por eso cuesta tanto hablar

del alma, no solo por el laicismo de los siglos XIX y XX. “Otro lugar que

es garante de la realidad que percibo o de la verdad que afirmo” –ha

escrito Luce Irigaray– “es mi cuerpo. Puedo alejarme de mi propia

realidad o verdad, pero mi cuerpo las recuerda, ya sea perturbando mis


comportamientos o mis discursos, ya sea produciendo síntomas

patológicos que pueden acabar en enfermedades que la medicina

tradicional no consigue ni comprender ni curar.”[8] Estas enfermedades

–añado– son enfermedades del alma y suelen estropear el placer

femenino. En mi opinión, no hay placer femenino que no tenga en

cuenta el alma y su goce. Hace unos pocos años, las de Duoda, el Centro

de investigación de mujeres de la Universidad de Barcelona, pensamos

y publicamos un número monográfico de nuestra revista dedicado a El

placer si no es espiritual no es (para una mujer).[9] A pesar de ser

muchas de nosotras lectoras y admiradoras de la obra de María

Zambrano y en particular de su Hacia un saber sobre el alma, no nos

atrevimos entonces a poner en el título el alma, y menos a vincularla con

el placer, aunque atisbamos la conexión, que se quedó implícita. Pero

ahora sí. Y no solo esto. Reconociendo como reconozco la sexuación del

alma, sintiendo por fin en lo profundo lo que ya sabía con la mente

intrigada porque lo dejó dicho en el siglo XII Hildegarda de Bingen en

su Liber Scivias,[10] propongo recuperar para la política el vínculo

milenario entre el sentir, el alma y el placer femenino, el placer clitórico.

Es el alma, que Hildegarda hace miniar como chica exhalada por la boca
de una mujer al morir, la que impide que el placer femenino sea

reificado, objetivado, prostituido, convertido en mercancía o sometido a

Derecho, derecho que es el voluminoso constructo pretendidamente

simbólico (en realidad, realidad, ideológico) de la masculinidad

occidental no libre porque sometida al contrato sexual y a su obligación

de dominar el cuerpo de las mujeres para ser hombre.[11] Yo no he

sentido nunca placer en el dominio, en el dolor, en el sometimiento o en

el maltrato. Hoy, terminado el patriarcado, me atrevo a decir la verdad

de las mujeres, mi verdad: la verdad de las cosas que me pasan en el

sentir profundo. Para documentarlo me remito a la gran escritora

barroca Sor Juana Inés de la Cruz (1651-1695), que mucho sabía del alma,

del placer, del sentir y del agua. Escribió, por ejemplo, explicando el

título de su libro más erótico y bello, Inundación Castálida, inspirado en

las aguas divinas de la Fuente Castalia de Gea, la diosa preclásica del

templo de Delfos de la épsilon de los tres trazos,[12] libro dedicado a su

amada la virreina de México o Nueva España María Luisa Manrique de

Lara y Gonzaga: Quando tu voz sonora, Herirà mis oìdos delicada, Y el

alma que te adora, De inundacion de gozos anegada, A recibirte con

amante prisa Saldrà à los ojos desatada en risa?[13] El alma protege el


placer femenino de masoquismo y de sadismo. Sé que hay niñas que han

sufrido incesto o violación que, de mayores, atrofiado su sentir

profundo por esa violencia que no tiene perdón de Dios, buscan placer

en el dolor por sentir algo, por sentirse a sí mismas, por conseguir volver

a referirse a su propio centro. Pero aun así salen ilesas, inmaculadas, y

su alma espera paciente a que llegue el momento glorioso que las

devuelva sin violencia a la armonía del sentir que nunca les debería de

haber sido arrebatada. Lo dice a su manera sobrenatural y espasmódica,

tan sobrenatural y espasmódica como la experiencia que expresa, Emily

Dickinson (1830-1886) en su sinuoso poema 360:[14] El Alma tiene

momentos Vendados – Cuando demasiado aterrada para agitarse –

Siente que cierto Miedo horrible surge Y se detiene a mirarla –

A saludarla, con largos dedos – A acariciar su cabello helado – A sorber,

Trasgo, de los mismísimos labios Sobre – los que la Amante – revoloteó

– Indigno, que un pensamiento tan mezquino Se acerque a un Tema –

tan – bello –

El alma tiene momentos de fuga – Cuando reventando todas las puertas

– Ella baila como una Bomba, afuera, Y se columpia en las Horas,


Como haría la Abeja – llevada al delirio – Que largo tiempo

Encalabozada lejos de su Rosa – Tocara la Libertad – luego no conociera

más – Que Mediodía, y Paraíso –

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