El placer femenino libre: placer del sentir, de
las entrañas y del alma
¿Puede haber placer femenino que no sea libre? ¿Puede haber placer que
no sea libre? Si una o uno busca respuesta en lo que ha aprendido en los
libros del pensamiento del pensamiento, ese pensamiento que construye
mentalmente opiniones de autores que se citan los unos a los otros en
cadenas ininterrumpidas de conocimiento racional y sin divino, dirá que
sí, que lo hay, que hay placer no libre; y probablemente, en su vida, se
equivocará de orgasmo. Lo digo por experiencia. En cambio, si busca
respuesta en su libro de la vida, o sea, en su experiencia personal y en el
pensamiento de la experiencia, entonces contestará que no, que el placer
es siempre libre, y que si no es libre, libre de espíritu y carne, no es placer
sino una mezcla corrupta de dolor y violencia. Y, en su vida, no se
equivocará de orgasmo. Los libros del pensamiento del pensamiento
enseñan con tratados, manuales, novelas, teatro, leyes, imágenes y
poesía que el masoquismo y el sadismo existen, dan placer y son incluso
rasgos propios de mentes sofisticadas y elegantes. Nos lo enseñan sobre
todo a las mujeres, que somos, en realidad, las que menos lo necesitamos
porque nacemos con una predisposición propia y particular para el
placer, la libertad de espíritu y el orgasmo. “Masoquismo” y “sadismo”
son palabras de hombres del siglo XVIII-XIX oscuramente patriarcales,
palabras que la madre nunca o casi nunca enseña ni pronuncia al
enseñar a su criatura a hablar y, hablando, a traer al mundo el mundo,[2]
su mundo. Masoquismo y sadismo son palabros que carecen de raíz en
la lengua materna. Derivan del apellido de dos sardónicos y mediocres
escritores que quisieron demostrar que hay placer sexual en el dominio,
el dolor, el sometimiento y el maltrato. Son palabros que contribuyeron
mucho, junto con otras teorías médicas masculinas del siglo XX sobre el
alma humana, a que las mujeres y, probablemente, también los hombres,
nos equivocásemos de orgasmo. El libro de la vida, el de la experiencia
personal padecida y gozada en todas sus facetas, enseña, en cambio, que
todas las cosas se buscan y se encuentran con lo que ellas mismas son: el
placer con el placer, el amor con el amor, el dolor con el dolor, el dominio
con el dominio, el maltrato con el maltrato, y así sucesivamente. No el
placer con el dominio ni el placer con el dolor ni con el sometimiento. El
libro de la vida es la expresión del sentir, sentir que todo el mundo
tenemos, sentir de las entrañas que a los seres humanos nos acompaña
y nos sostiene y orienta siempre, aunque no siempre conectemos con él
o nos fiemos de él. María Zambrano (1904-1991) lo llamó,
filosóficamente, “sentir originario”, sentir que es origen y origina: que
es origen porque viene de la madre, tu madre concreta y personal, y que,
como ella, origina creaciones por miles en fidelidad a su genealogía
femenina y materna, la genealogía de las Tres Madres de las culturas y
religiones mediterráneas prepatriarcales.[3] Escribió María Zambrano
de mayor, rememorando sus recuerdos: “y entonces hablé del sentir
originario en vez de la subconsciencia, de que el hombre es el ser que
padece su propia trascendencia y que busca sin tenerla identidad, pero
que algún día, quién sabe dónde, [...] la encontrará: que no se trata de
tener ya el ser, ni de conformarse con el ser, ese ‘es’, sino de ir –vuelvo
al agua– más allá de sí mismo.”[4] María Zambrano se separó así
radicalmente, o sea, desde la raíz originaria, del afamado inconsciente
de la doctrina psicoanalítica y de otras interpretaciones machistas del
siglo XX sobre el alma humana, convertida por ellos en psique, palabra
que jamás acompañó una caricia. Y se inclinó por el agua, principio por
excelencia del placer femenino y, también, de su fecundidad: el agua de
su propio nombre, María, la mujer anterior a la separación de las aguas
y la tierra, como la diosa sumeria Tiamat que reinaba en el Todo desde
el Mar, o la Laia ibera, Diosa Arquera cuyo arco era la Luna y reinaba
sobre los cinco elementos (agua, aire, cielo, tierra y quintaesencia), o la
Mari vasca o la diosa Ops Consiva itálica o la diosa délfica Gea o las Tres
Madres (Abuela, Madre, Hija) mediterráneas o Santa Ana y la Virgen
María del cosmos cristiano, que reinaban en el Todo desde la Tierra,
todas ellas mujeres divinas que conciben cuerpos sin coito y conceptos
sin falo, como las mujeres clitóricas (libres del patriarcado y su contrato
sexual) en la actualidad, de las cuales son protectoras. La mujer clitórica
sabe disfrutar del placer de ser mujer. Distinguiendo y separando el
sentir originario del inconsciente, María Zambrano recuperó para la
política y para el pensamiento occidentales el vínculo antiquísimo y
presente entre el sentir de las entrañas y el alma, vínculo roto por el
patriarcado allí donde dominó que, aun haciendo muchísimo daño en
todo lo que tocó, no fue nunca la realidad entera ni tampoco la vida
entera de una mujer o de un hombre, aunque lo ambicionara. Dice
María: “Quizá nada más difícil de definir en la vida anímica que los
sentimientos. Cuando pretendemos abarcarlos encontramos que
constituyen la vida toda del alma, que son el alma misma. ¿Qué sería de
un ser humano si fuera posible extirparle el sentir? Dejaría hasta de
sentirse a sí mismo. Todo, todo aquello que puede ser objeto del
conocimiento, lo que puede ser pensado o sometido a experiencia, todo
lo que puede ser querido, o calculado, es sentido previamente de alguna
manera: hasta el mismo ser, que si solamente se le entendiera o
percibiese, dejaría de ser referido a su propio centro.”[5] María
Zambrano fue indudablemente filósofa, y excelsa, como prueba el hecho
de que los filósofosno la reconocieran como uno de ellos. Pero ella no
sexuó explícitamente la filosofía, no fue esto lo que tenía que ser hecho
por ella, no fue lo que necesitó traer al mundo. De sí misma dijo “No fui
feminista, fui femenina: no cedí”. Las que sexuaron la filosofía,
sexuando el conocimiento entero y la política entera, fueron sobre todo
Luce Irigaray, la Librería de mujeres de Milán y las filósofas de la
comunidad femenina Diótima de la Universidad de Verona, a lo largo
del último cuarto del siglo XX, ya en el movimiento político de las
mujeres y en el feminismo. Sexuaron el conocimiento y la política
reconociendo la diferencia sexual, es decir, el sentido libre del ser mujer
u hombre, como significante, o sea, como fuente inagotable de
significado, de sentido, en todo lo que el ser humano vive, hace, piensa,
es y puede llegar a ser. Ellas dejaron de lado el no ceder porque se
hicieron señoras del juego poniendo entre sí y sí y entre sí y el mundo,
una mujer, tanto para el placer como para el saber, las relaciones y la
práctica política. Tradición de ser las mujeres señoras del juego la había,
y mucha, en la historia de Europa y, luego, de Occidente. Pero esta
tradición, bellísima por cierto, había sido condenada al olvido por el
conocimiento machista, como tantas cosas de la grandeza y del placer
femenino libre que, sin ser del todo olvidadas, no eran tampoco
recordadas en el momento oportuno ni con suficiente peso o gracia; lo
cual podía derivar y derivaba en que una se equivocara de orgasmo, por
muy liberada que estuviera o precisamente por ello si de lo que se había
liberado era de su ser mujer. Las beguinas y beatas medievales y
modernas, por ejemplo, eran señoras del juego y lo sabían. También a
ellas las distinguía el poner entre sí y sí, entre sí y el mundo y, en su caso,
entre sí y Dios, una mujer. Las beguinas practicaron en su vida lo que en
su tiempo llamaron Deificatio, deificación o endiosamiento. Fue su
camino para reconocer, vivir y disfrutar los placeres de sus entrañas y
su alma femenina sin límites, siguiendo lo que se llamó entonces la
“Doctrina de los dos infinitos”, uno de los cuales (de carácter cósmico)
eran ellas como mujeres y como Materia prima o Materia primera de
toda vida y de toda creación. Si una o uno lee hoy las novelas históricas
de Philippa Gregory, sabrá enseguida de lo que estoy hablando. Santo
Tomás de Aquino, el citadísimo escolástico del siglo XIII paradigma del
pensamiento del pensamiento, tan escolástico que no tuvo ni visiones ni
revelaciones hasta que se cayó de la mula y murió algo después del
accidente, declaró herejía la Deificatio femenina.[6] La masculina ya
tenía su Dios hecho hombre y empezaba a imponer que el infinito, como
más tarde, en laico, el falo, es uno y varonil, siempre como aspiración.
El sentido libre de la diferencia sexual le abre a una mujer un caudal
infinito de placer propio, placer sexual y placer cognitivo, independiente
de la procreación y, simultáneamente, abierto y sensible a ella cuando
una mujer la desea. Pone a su disposición la potencia significante de las
relaciones del mismo sexo, potencia que para lasbeguinas y beatas
(nombre este que quiere decir “bienaventuradas”) era infinita. Esta
potencia libera el placer femenino de la limitada dialéctica de las
antinomias del pensamiento u oposiciones binarias propias del
racionalismo griego y europeo masculino, del tipo activo contra pasivo,
hombre contra mujer, alto contra bajo, racional contra sensible, etc. Y el
orden de su vida lo orientan el sentir, la lengua materna, el placer, el
alma: Amor, en definitiva. Cuesta mucho hablar del alma, casi tanto
como del placer femenino libre, a pesar de que se haya cumplido el final
del patriarcado. Porque cuesta mucho recuperar la conexión perdida
con el sentir propio,[7] el sentir originario que es la vida toda del alma y
la fuente de veracidad de cuanto una mujer hace, dice, piensa, es y será.
El inconsciente del psicoanálisis, que Luce Irigaray ha por fin
desautorizado no hace mucho dudando tanto de su necesidad y utilidad
como de su existencia misma, ha dañado muchísimo la verdad de las
mujeres, que es verdad de las entrañas, verdad del sentir y del alma; la
ha dañado a fuerza de tenernos siempre temblando de tanto obligarnos
a dudar y dudar de todo, hasta convertir la duda en método, ignorando
la certidumbre enorme del sentir y del placer. Por eso cuesta tanto hablar
del alma, no solo por el laicismo de los siglos XIX y XX. “Otro lugar que
es garante de la realidad que percibo o de la verdad que afirmo” –ha
escrito Luce Irigaray– “es mi cuerpo. Puedo alejarme de mi propia
realidad o verdad, pero mi cuerpo las recuerda, ya sea perturbando mis
comportamientos o mis discursos, ya sea produciendo síntomas
patológicos que pueden acabar en enfermedades que la medicina
tradicional no consigue ni comprender ni curar.”[8] Estas enfermedades
–añado– son enfermedades del alma y suelen estropear el placer
femenino. En mi opinión, no hay placer femenino que no tenga en
cuenta el alma y su goce. Hace unos pocos años, las de Duoda, el Centro
de investigación de mujeres de la Universidad de Barcelona, pensamos
y publicamos un número monográfico de nuestra revista dedicado a El
placer si no es espiritual no es (para una mujer).[9] A pesar de ser
muchas de nosotras lectoras y admiradoras de la obra de María
Zambrano y en particular de su Hacia un saber sobre el alma, no nos
atrevimos entonces a poner en el título el alma, y menos a vincularla con
el placer, aunque atisbamos la conexión, que se quedó implícita. Pero
ahora sí. Y no solo esto. Reconociendo como reconozco la sexuación del
alma, sintiendo por fin en lo profundo lo que ya sabía con la mente
intrigada porque lo dejó dicho en el siglo XII Hildegarda de Bingen en
su Liber Scivias,[10] propongo recuperar para la política el vínculo
milenario entre el sentir, el alma y el placer femenino, el placer clitórico.
Es el alma, que Hildegarda hace miniar como chica exhalada por la boca
de una mujer al morir, la que impide que el placer femenino sea
reificado, objetivado, prostituido, convertido en mercancía o sometido a
Derecho, derecho que es el voluminoso constructo pretendidamente
simbólico (en realidad, realidad, ideológico) de la masculinidad
occidental no libre porque sometida al contrato sexual y a su obligación
de dominar el cuerpo de las mujeres para ser hombre.[11] Yo no he
sentido nunca placer en el dominio, en el dolor, en el sometimiento o en
el maltrato. Hoy, terminado el patriarcado, me atrevo a decir la verdad
de las mujeres, mi verdad: la verdad de las cosas que me pasan en el
sentir profundo. Para documentarlo me remito a la gran escritora
barroca Sor Juana Inés de la Cruz (1651-1695), que mucho sabía del alma,
del placer, del sentir y del agua. Escribió, por ejemplo, explicando el
título de su libro más erótico y bello, Inundación Castálida, inspirado en
las aguas divinas de la Fuente Castalia de Gea, la diosa preclásica del
templo de Delfos de la épsilon de los tres trazos,[12] libro dedicado a su
amada la virreina de México o Nueva España María Luisa Manrique de
Lara y Gonzaga: Quando tu voz sonora, Herirà mis oìdos delicada, Y el
alma que te adora, De inundacion de gozos anegada, A recibirte con
amante prisa Saldrà à los ojos desatada en risa?[13] El alma protege el
placer femenino de masoquismo y de sadismo. Sé que hay niñas que han
sufrido incesto o violación que, de mayores, atrofiado su sentir
profundo por esa violencia que no tiene perdón de Dios, buscan placer
en el dolor por sentir algo, por sentirse a sí mismas, por conseguir volver
a referirse a su propio centro. Pero aun así salen ilesas, inmaculadas, y
su alma espera paciente a que llegue el momento glorioso que las
devuelva sin violencia a la armonía del sentir que nunca les debería de
haber sido arrebatada. Lo dice a su manera sobrenatural y espasmódica,
tan sobrenatural y espasmódica como la experiencia que expresa, Emily
Dickinson (1830-1886) en su sinuoso poema 360:[14] El Alma tiene
momentos Vendados – Cuando demasiado aterrada para agitarse –
Siente que cierto Miedo horrible surge Y se detiene a mirarla –
A saludarla, con largos dedos – A acariciar su cabello helado – A sorber,
Trasgo, de los mismísimos labios Sobre – los que la Amante – revoloteó
– Indigno, que un pensamiento tan mezquino Se acerque a un Tema –
tan – bello –
El alma tiene momentos de fuga – Cuando reventando todas las puertas
– Ella baila como una Bomba, afuera, Y se columpia en las Horas,
Como haría la Abeja – llevada al delirio – Que largo tiempo
Encalabozada lejos de su Rosa – Tocara la Libertad – luego no conociera
más – Que Mediodía, y Paraíso –