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Castigos divinos en la mitología griega

Nadie cobra venganza como los Dioses Griegos. Cuidado con ofenderlos pues sus castigos suelen ser eternos.

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Castigos divinos en la mitología griega

Nadie cobra venganza como los Dioses Griegos. Cuidado con ofenderlos pues sus castigos suelen ser eternos.

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Castigos divinos

I. El toro de Minos En el reino de Creta, gobierna Minos, un


rey tirano y despiadado que goza de organizar espectáculos de
peleas a muerte. Un día, ante Minos se aparece Poseidon, el
dios los mares. Él le pide al rey que mate lo primero que vea
salir del mar pues trae un mal augurio para Creta. Minos le
promete hacerlo pero al mirar al horizonte, ve a un toro
emerger de las aguas, el animal era tan hermoso que él
decidió ignorar el mandato de Poseidón e incorporar al toro
en su rebaño. Minos estaba casado con Pasífae, con quien
había tenido dos hermosas hijas. Sin embargo, él quería un
heredero y acusó a Pasífae de ser una mala esposa. El
sufrimiento de Pasifae alteró bastante a Afrodita, la Diosa
del amor, quien no podía comprender cómo un hombre que decía
amar a su mujer la trate tan mal. Ella en conjunto con
Poseidon, quien estaba furioso porque Minos le había
desobedecido, deciden hechizar a Pasifae para que se se
apasione por el toro. La reina de Creta queda embarazada y el
rey por fin es feliz. No obstante, cuando Minos conoce al
niño su alegría se quiebra en pedazos pues el recién nacido
tenía la cabeza de un toro. Minos se avergüenza de él y
decide llamar a Dédalo, el mejor arquitecto de Creta, para
que le construya un palacio con una distribución tan compleja
del que sólo un Dios sea capaz de escapar. Una vez que el
laberinto está terminado, Minos encierra al minotauro allí.
Él cancela sus preciadas peleas y en su lugar, cada año,
comienza a enviar a siete mujeres y siete hombres a morir al
laberinto para alimentar a la bestia. Pronto, la historia del
monstruoso hijo del rey se hizo conocida y venían héroes de
todas partes del mundo a enfrentarse al Minotauro, que
significa el toro de Minos. Durante nueve años, nadie fue
capaz de derrotar al Minotauro hasta que llegó Teseo, un
joven príncipe con deseos de grandeza. Él se ofrece como
voluntario y conoce a la princesa Ariadna. Ella se enamora de
él y teme por su vida, puesto que su hermana Fedra también se
había enamorado de uno de los guerreros que venían a matar al
Minotauro. Lamentablemente, el guerrero murió y Fedra, llena
de tristeza, se arrojó de un acantilado terminando con su
vida. El rey tenía miedo de que aparten a su hija Ariadna de
su lado y decide enviar a Teseo solo al laberinto. Lo que el
rey no sabía, es que la joven Ariadna le había pedido ayuda a
Dédalo para encontrar una manera en la que Teseo no se pierda
en el laberinto para siempre. El viejo inventor se conmueve
por el dolor de la doncella y le entrega al héroe un hilo de
seda tan largo como los pasillos del laberinto. Por la noche,
Teseo recibe la visita de Poseidón, quien lo convence de la
existencia de los Dioses y le confiesa que es su padre. El
Dios le ruega a su hijo que no entré al laberinto pero Teseo
no acepta pues vencer al minotauro es la única forma en la
que se convertirá en rey de Atenas. Horas más tarde, en el
laberinto, la Diosa Afrodita decide visitar al Minotauro pues
siente pena por él, una criatura que jamás conoció el amor.
La Diosa de la belleza le ofrece agua y un banquete exquisito
al Minotauro, y este se enamora de ella. Al día siguiente,
Minos envía a Teseo al laberinto con nada más que su escudo y
espada. El rey se siente aliviado pues ya no está en riesgo
de perder a su hija. Por otro lado, el héroe está decidido a
salir victorioso. Así pues, cuando encuentra al Minotauro, lo
enfrenta con valor. El toro de Minos quiere vencerlo y
escapar con el hilo que llevaba pues desea reencontrarse con
Afrodita. Sin embargo, pierde la batalla y Teseo sale vivo
del lugar para encontrarse con Ariadna, besándola por vez
primera. Al final, el corazón del rey Minos se rompe pues,
cuando entrega a su hija querida, su esposa Pasifae se
suicida por haber perdido a todos sus hijos. Así, la historia
termina con Minos recibiendo su castigo divino por hacer
enfadar a los Dioses.

II. El ladrón del fuego El pequeño pueblo de Tesalia era


conocido por su ubicación a las orillas del monte Olimpo,
lugar sagrado donde vivían los Dioses. Todo Grecia visitaba
Tesalia para rendir tributo a los Dioses. Allí también se
encontraba Prometeo, un titán que vivía en armonía entre los
humanos. Un día, los humanos sacrifican a un buey, el más
rechoncho de todos. El pueblo entero se reúne para repartir
al gran animal. Zeus exigía una parte del animal como
ofrenda, pero los humanos no querían entregarle la mejor
parte pues ellos habían criado al animal. Entonces, llamaron
a Prometeo, el hombre más sabio de la ciudad para que él
decidiera cómo repartir la res. Prometeo, quién no siente
nada más que resentimiento por los Dioses, engaña a Zeus y le
regala la parte más sosa del animal. Esto enoja al rey de
Olimpo y decide dejar a Tesalia sin fuego. Entonces, la gente
deja salir en la noche porque no tienen cómo defenderse de
los depredadores, tampoco pueden cocinar su alimento y
comienzan a comer la carne cruda. El titán Prometeo se siente
culpable por haber burlado a Zeus y para enmendar las cosas
se escabulle al Olimpo para robar el fuego de los Dioses. Al
final, Zeus lo descubre y perdona a los hombres al darse
cuenta que todo había sido solo plan de Prometeo. Los humanos
tienen de vuelta su fuego y celebran llenos de alegría. Sin
embargo, Prometeo termina encadenado a un risco condenado a
que un águila coma de su hígado para toda la eternidad.

III. El invitado de Licaón Licaón era un rey de Arcadia,


conocido por ser un hombre culto y religioso, muy querido por
su pueblo, al que ayudó a abandonar la vida salvaje que
habían llevado hasta entonces. Él fundó una ciudad en su
honor: Licosura, donde construyó su palacio. Allí también
erigió un altar a Zeus, el Dios del Rayo. Sin embargo, su
apasionada religiosidad le llevó a organizar sacrificios
humanos en nombre de Zeus. Pasaron tres años, y Licaón había
llegado al punto de sacrificar a todos los extranjeros que
llegaban a Licosura. Él los invitaba a pasar la noche en su
palacio y les ofrecía un festín. Luego, los asesinaba a
sangre fría ignorando por completo la sagrada ley de la
bendita hospitalidad. Cuando Zeus se enteró, se disfrazó de
peregrino y se hospedó voluntariamente en el palacio de
Licaón. Sin embargo , el rey era inteligente y notó algunas
señales de divinidad. Él quiso asegurarse de que su visitante
fuera un ser humano normal, por lo que hizo cocinar la carne
de un esclavo y se lo sirvió a Zeus. Durante la cena, Licaón
se sentó frente a Zeus y le sirvió de la carne. Entonces, el
Dios se llenó de cólera y transformó a Licaón en lobo,
condenado a alimentarse de carne cruda el resto de su vida.
También, incendió el palacio que había sido testigo de tanta
crueldad.

IV. La maldición de Medusa Medusa era hija de Forcis y Ceto,


dos divinidades marinas, por lo que nació con una belleza
increíble. La joven arrebataba corazones por donde pasaba.
Sin embargo, a pesar de su apariencia seductora, Medusa era
virgen y pura. Ella admiraba a la Diosa Atenea y quería ser
como ella. Así que decidió convertirse en sacerdotisa del
templo dedicado a Atenea. La castidad era indispensable para
esta posición. Medusa se convirtió en sacerdotisa, y por ser
tan bella, el número de visitantes que iban al templo solo
para admirarla aumentaba cada día. Medusa se sentía como una
verdadera Diosa. Toda la atención que recibía la llenaba de
felicidad pero eso también ponía muy celosa a Atenea. Medusa
tenía un rostro precioso y su cabellera lo era aún más pues
la cepillaba a las orillas del mar cada tarde. Cierto día, un
joven se atrevió a decir que su cabello sería más bello que
el pelo de la Diosa Atenea. A pesar de sentirse herida y
enfurecida, Atenea no tomó ninguna represalia pues Medusa no
había violado ninguna regla del templo. Una mañana, cuando
andaba cerca de la orilla, Medusa fue vista por Poseidon,
Dios de los mares. A la joven le encantó la idea de que un
Dios se enamorase de ella y la hiciera inmortal por lo que
sedujo al Dios bañándose desnuda en el agua. Sin embargo,
para Poseidon, que tenía una riña personal con la Diosa
Atenea, la idea de poseer a su sacerdotisa se convirtió en
una obsesión. Él quería hacer el amor con Medusa, pero ella
lo rechazó pues no quería perder la virginidad antes de
casarse. Lleno de excitación, el Dios decide poseerla a la
fuerza. Desesperada, Medusa corre al templo de Atenea en
busca de protección, Poseidon entra detrás de ella, agarra a
la joven y la viola en el suelo frente a la estatua de la
Diosa. Una vez terminada la violación, Atenea aparece ante
ellos enfurecida y decide castigar cruelmente a su
sacerdotiza. Consideró a Medusa culpable por seducir al Dios
y traer deshonra al templo. Atenea maldice a la joven
transformando sus bellos cabellos en serpientes y desde ese
día cualquiera que la vea a los ojos se convertiría en piedra
inmediatamente. V. La furia de los gemelos Ticio era hijo de
Elara, una mujer que en su juventud había conquistado a Zeus,
el esposo de Hera, razón por la cual la Diosa detestaba a la
mortal y a su familia. Durante su infancia, Ticio fue un niño
travieso al que le gustaba perseguir el rebaño de su vecino
el Dios Apolo, hijo nacido de una infidelidad de Zeus. Ticio
jugaba con el Dios del sol Apolo y su hermana gemela Artemisa
en su jardín, los Dioses confiaban en Ticio y lo veían como
un hermanito menor. Cuando Ticio llega a la pubertad, sin
embargo, comienza a sentir una fuerte atracción por la madre
de los gemelos, la titan Leto. Él se confiesa ante ella
cuando viajaba sola de Panopeo a Pito, ella lo rechaza y él
insiste. Ticio rasga sus vestidos e intenta violarla en medio
del sendero. En ese momento, Hera, quien siempre lo estuvo
vigilando, esperando que algún día cometiera un error, lo
detiene y lo lleva antes los gemelos. Artemisa y Apolo se
llenan de ira pues habían confiado en Ticio invitándolo a su
casa, y él les había pagado intentando ultrajar a su madre.
Ticio no podía ni mirarlos a los ojos y aceptó su castigo.
Siendo inmortal, fue arrojado al Tártaro por mandato de los
gemelos divinos a un ala apartada donde los buitres comerían
eternamente de sus entrañas.

VI. El terrible Acrisio El gran reino de Argos, era gobernado


por Acrisio, el cual tenía una bella hija llamada Dánae a la
cual menospreciaba por ser mujer. El rey anhelaba un heredero
pues no quería que su linaje terminara . Harto de esperar,
buscó respuestas en el oráculo, el cual predijo que no
tendría hijos varones y que sería asesinado por su único
nieto que aún no había llegado al mundo. Acrisio no quiere
aceptar su destino y, para evitarlo, encierra Dánae en una
torre de bronce para que nadie pueda nunca tocarla. Zeus, se
enamora de la joven al verla dormir a través de los barrotes
de su ventana y se presenta ante ella como una cálida lluvia
de oro. Dánae quedó encinta y a los pocos meses nació Perseo.
Al enterarse del nacimiento del semidiós, el rey no puede
creerlo y decide subir a la torre para ver con sus propios
ojos al niño. En lugar de sentir alegría por el nacimiento de
su nieto, Acrisio se horroriza y ordena a sus hombres
encerrar a su única hija y su bebe en un ataúd que arroja al
mar. La caja es encontrada por el pescador Dictis, pero al
abrirla, la madre yacía muerta junto a su hijo llorando.
Dictis decide acoger a Perseo en su casa en la isla de
Sérifos. Él cria a Perseo como su hijo, inculcando en él
valores como la humildad y solidaridad. Perseo crece y se
convierte en un héroe famoso por quitarle la vida a Medusa.
Acrisio, al enterarse que su nieto estaba con vida, lo manda
a matar, pero falla en su intento. Entonces, huye a Larisa
para evitar la profecía. Allí vive por un par de años como un
cobarde, hasta que un día, durante la celebración de unos
juegos, Perseo lanza un disco que es desviado por un rayo que
envía Zeus y cae en la cabeza de Acrisio quitándole la vida
cumpliendose así la profecía del oráculo.

VII. El hombre que embaucó a la muerte Sísifo un hombre sabio


pero ambicioso, funda la ciudad de Éfira. A él no le
importaba utilizar su ingenio para inventar mentiras acerca
de falsas proezas para mantenerse en el poder y evitar perder
el respeto de sus súbditos. La verdad era que el rey jamás
había peleado en su vida, y no poseía fuerza alguna, su
cuerpo era enclenque y perezoso, pero su mente, ágil. Había
matado a varias personas influenciando en otras para que
realizaran el trabajo por él. Vivió muchos años engañando a
las personas a su alrededor sin remordimiento. La ambición de
Sísifo se extendía con su territorio, tanto que al cumplir
los noventa años, empezó a imponer su voluntad en contra de
las normas que los Dioses del Olimpo dictaban a los mortales.
Entonces, Zeus, rey del Olimpo, consulta a las moiras cuando
será la muerte del rey de Éfira. Ellas le indican que su
muerte llegaría en un mes, lo cual deja despreocupado a Zeus.
Cuando Tánatos, la muerte, busca al rey Sísifo, este la
manipula para que se coloque las cadenas y grilletes que
estaban destinados a ser utilizados en él. El rey evadió la
muerte con éxito. La hazaña llega a oídos de Hades, el Dios
del Tártaro, quien disgustado decide él mismo traer el alma
de Sísifo al inframundo. Al llegar ante el anciano rey, Hades
le coloca los grilletes y el viejo no opone resistencia
alguna. Hades no se extraña y asume que Sísifo simplemente se
había rendido ante él. Sin embargo, el rey de naturaleza
perversa y embaucadora le había pedido a su hija que no
realice los típicos rituales en honor a los muertos, de modo
que luego pueda volver al mundo de los mortales para
castigarla. Este deseo es satisfecho por Hades, pero Sísifo
jamás regresa al dominio de la muerte. Hades se siente
humillado por lo que busca al rey hasta los confines de la
tierra, lo encuentra y finalmente lo castiga con cargar una
piedra gigante por una colina infinita hasta el final de los
tiempos.

VIII. La deshonra de Hera Zeus le había sido infiel a Hera


incontable veces, pero la gota que colmó el vaso fue cuando
se enamoró de la reina Alcmena de Tebas y decidió adoptar la
apariencia de su marido llamado Anfitrión. Alcmena sospechaba
que el hombre que la visitaba era un Dios disfrazado de su
marido pues Zeus la trataba con gentileza y amor, a
diferencia de su marido quien solo la quería para copular.
Ella aceptó al Dios y se unió a él en su lecho nupcial. Al
regresar victorioso de una misión, Anfitrión también yació
con Alcmena; por lo cual ésta quedó embarazada de mellizos;
Heracles, hijo de Zeus e Ificles, hijo del rey. Zeus visita a
Alcmena para revelarle que el oráculo había augurado que el
niño algún día alcanzaría la fuerza de un Dios. Entonces, él
le promete a la reina que en cuanto nazca el niño, él se lo
llevaría al Olimpo. Esto enfurece a Hera porque Zeus nunca
antes había traído a ningún hijo mortal al reino de los
Dioses. Heracles era una deshonra para la esposa de Zeus, así
que esta decide acabar con el fruto de su infidelidad. Hera
envía dos serpientes a matar al bebe mientras duerme en su
cuna, pero el niño dotado de una increíble fuerza estrangula
a una serpiente en cada mano y es hallado por su niñera
divirtiéndose con los animales muertos como si fueran unos
insignificantes juguetes. Zeus no desea perder a su mujer,
así que para calmar su ira le promete cortar el contacto que
tiene con el niño. Esto tranquiliza a la Diosa, no obstante,
unos años después se entera que su marido le había mentido,
que en realidad sí mantenía contacto con el fruto de su
infidelidad, e incluso le había ayudado a convertirse en un
héroe para toda Grecia. Hera, en un ataque de ira, enloquece
a Heracles para que mate a su mujer e hijos. Zeus confronta a
su mujer por el acto de maldad y ella le entrega en respuesta
el cuerpo de Alcmena, quien después de la tragedia de la
familia de Heracles había ido a quemar el templo de Hera y la
Diosa la asesinó. Al final, Zeus comprende, que inclusive
para él, la furia de otro Dios puede ser muy perjudicial.

IX. El pretendiente de Hera Ixión era un rey uno de los


lapitas más respetados en Grecia cuyo mayor deseo era
encontrar a una reina digna. Él conoce a Día y piensa en ella
como la esposa ideal por lo que inmediatamente comienza los
arreglos con Deyoneo, su padre, para desposarla. Él le hace
grandes promesas al padre de Día y este por fin acepta
entregarle la mano de su hija. No obstante, Ixión nunca
cumple las promesas que le hizo a su suegro. Deyoneo decide
robar las yeguas del rey como una amenaza. Ixión comprendió
que si no le pagaba a suegro, algún día este se llevaría a su
esposa de su lado, así que decide invitar a Deyoneo a una
fiesta en Larissa prometiendo que le pagaría, pero una vez
que lo tuvo en su castillo, lo lanzó a un foso lleno de
carbones ardiendo. Este crimen era una violación a las
sagradas leyes de la hospitalidad y horrorizó tanto a los
reyes vecinos que ninguno quiso exculparlo. Esto obligó a
Ixión a vivir escondido y en miseria. Él, entonces, viaja al
monte Olimpo e implora perdón a Zeus. El Dios se ve reflejado
en Ixión y recuerda las locuras que él hizo por amor.
Entonces, perdona su pecado e inclusive lo invita a la mesa
de los Dioses. Pero Ixión, lejos de mostrar agradecimiento,
intenta seducir a Hera, ya que él amaba a las mujeres que
poseían dotes de ama de casa y Hera era la Diosa de las
labores domésticas, por lo que era irresistible a sus ojos.
La Diosa Hera elabora un plan para vengarse de todas las
infidelidades de su marido, cita a Ixión en los jardines y
promete complacerlo cuando llegue la noche. La reina de los
Dioses era inteligente, pues sabía que Deméter, la Diosa de
la fertilidad tenía sus aposentos cerca de los jardines.
Deméter también había sido amante de Zeus en el pasado por lo
que guardaba resentimiento hacia Hera. Por esa razón, ella
sabía que si Deméter prevenía que iba a cometer una falta, se
lo avisará de inmediato a Zeus, y así lo hizo. Zeus,
entonces, le da a una yegua la forma de su mujer, y la hace
aparecer ante Ixión durante la noche. El rey se abalanza
hacia la yegua para poseerla. De la unión de Ixión y la falsa
Hera, nacieron los centauros, mitad hombres, mitad caballos.
Zeus se enoja con Hera pero no tiene derecho a ningún
reproche porque él sí había llegado a cometer adulterio y
Era, no. El Dios del rayo quiere desquitarse con Ixión pero
no puede matarlo ya que había comido de la ambrosía, fruto de
los Dioses, por lo que solo lo destierra. No obstante, cuando
se entera que Ixión presumía de haber poseído a Hera, no lo
dudo ni un segundo y le lanzó un rayo para que perdiera el
conocimiento y lo lleve al Tartaro. Allí, Ixión fue atado con
serpientes a una rueda en llamas condenado a dar vueltas en
sufrimiento para toda la eternidad.

X. El desafío de Aracne La ciudad de Lidia era famosa por la


púrpura, un extraño molusco que se criaba en sus playas, el
cual ocultaba un tesoro bajo sus entrañas: un tinte carmesí
tan intenso como el rubí. Los tejidos teñidos con púrpura
quedaban tan hermosos que Reyes y emperadores de todo el
mundo llegaban en barcos a diario para comprar un velo de la
hermosa púrpura. Las telas carmesí , sin embargo, no eran el
único tesoro que ocultaba Lidia pues la hija del rey Idmon,
Aracne, comenzaba a descubrir sus dotes de tejedora. La
princesa comenzó a componer velos con gracia y dedicación.
Cuando los visitantes vieron sus hermosos mantos quedaron
fascinados. Era solo cuestión de tiempo para que la belleza
de los mantos de Aracne se hicieran populares, y así fue.
Aracne amaba que sus telares recibieran tanta atención. La
joven estaba tan orgullosa de sí misma y sus habilidades que
comenzó a actuar de manera egocéntrica. Llegó a afirmar
incluso que era la mejor tejedora de Grecia e inclusive mejor
que la misma Atenea, la Diosa de las tejedoras. La gente,
entonces, le comenzó a advertir de la furia de los Dioses,
pero ella no tenía miedo. Estaba segura de ser la mejor
tejedora, tanto así que retó a Atenea. El desafío de Aracne
llega a los oídos de la Diosa Atenea, así que, decide viajar
a Lidia haciéndose pasar por una anciana. Aracne se acerca a
la vieja presintiendo el peligro. Ellas conversan y Atenea le
pide a la joven que se retracte de su osadía porque los
Dioses son muy vengativos. Aracne se rehúsa, acto seguido
reta de nuevo a Atenea. La Diosa se revela ante ella en ese
momento y comienzan una competencia, de la cual, el pueblo
sería jurado. Atenea elabora un bellísimo manto que relata
las grandes hazañas de los Dioses así como sus más hermosas
creaciones. Por otro lado, el manto de Aracne muestra la peor
cara de los dioses y los castigos crueles que le daban a los
humanos. Y como es de esperarse, el pueblo vota por el manto
de Aracne lo que hace que Atenea se enfade. Colérica y llena
de celos, Atenea desgarra el hermoso telar de Aracne con su
mirada. El corazón de la joven se rompe al ver que su
esfuerzo había sido en vano pues la Diosa seguía siendo
superior. Desesperanzada, Aracne se ahorca de una cuerda que
colgaba en una esquina de la sala, pero la Diosa no le
permite morir. Atenea la convierte en araña, la condena a
ella y a sus descendientes a tejer por el resto de su vida
colgando de un rincón donde nadie pueda verlos.

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