RESEÑAS
CIC. Cuadernos de Información y Comunicación
ISSN: 1135-7791
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Teoría e historia de la propaganda (2017), Adrián Huici Módenes, Madrid, Editorial
Síntesis, 2017, pp. 278.
Adrián Huici Módenes es profesor titular en la Facultad de Comunicación de la Uni-
versidad de Sevilla. Durante su carrera académica se ha especializado en el campo
de la comunicación pública y la propaganda, investigando en torno a la relación de
ésta última con el mito y la cultura popular. En su último libro nos presenta amplio
repaso por la teoría y el desarrollo histórico de los fenómenos propagandísticos,
desde sus primeros antecedentes en las culturas antiguas, hasta sus más modernas
expresiones en torno a las nuevas herramientas que nos ofrece internet.
A lo largo de los dos primeros capítulos, en los cuales se presenta la propaganda
en términos teóricos, el autor conecta sus posiciones con una serie de obras funda-
mentales tanto dentro de la academia española como en las bases de la doctrina en
términos científicos a principios del siglo XX. Algunas de las mencionadas en este
sentido son Alejandro Pizarroso, Mario Herreros, Maria V. Reyzábal, Juan Rey y
Antonio Pineda. Respecto de las principales contribuciones desde el ámbito interna-
cional, el autor menciona a numerosos autores entre los que se encuentran pioneros
como Edward Bernays o Harold Lasswell y otros autores algo posteriores como
Jacques Ellul, Jean-Marie Domenach, Leonard Doob, Paul Watzlawick, Elliot Aron-
son y Anthony Pratkanis. Intercalando su saber con las aportaciones de éstos, el autor
expone en el segundo capítulo, el más extenso, el contenido propagandístico sustan-
cial, enfatizando su naturaleza práctica. De ese modo se introduce la relación entre
ésta y otros modelos de enunciados persuasivos, subrayando la importancia de la
imagen como elemento fundacional de la misma y su relación con el símbolo y el
mito. De igual modo se presentan una serie de reglas básicas para la articulación de
discursos propagandísticos, tanto en un contexto de gestión de la opinión pública en
tiempo de paz como durante la guerra. Se pone fin al desarrollo de la teoría de la
propaganda teniendo en cuenta de que modos se articulan cada uno de los lenguajes
de los cuales esta se sirve y sus diferentes códigos y canales.
Resulta muy reseñable el esfuerzo llevado a cabo por el autor en su intento de
abarcar, aunque de una manera esquemática, la casi totalidad de la historia de Occi-
dente. De ese modo, el autor nos invita en el capítulo tres a ver nuestra historia,
desde los sumerios hasta la protopropaganda de los imperios napoleónicos, a través
de los ojos del experto en propaganda. Éste último término, “protopropaganda”, es
utilizado como forma de conceptualizar todos aquellos elementos propagandísticos
propios de la política a lo largo de toda la historia previa al establecimiento de los
modernos medios de comunicación de masas: “…esto no significa que antes del
siglo XVIII no existieran formas persuasivas vinculadas con el poder y la ideología,
solo que carecían de los medios y de la sofisticación que aportan las nuevas tecno-
logías de la comunicación.” (p. 81) El extensísimo recorrido histórico al que se nos
invita puede inducirnos a ser conscientes de dos elementos problemáticos, que sin
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embargo no restan valor a la propuesta del autor. En primer lugar, debemos ser
conscientes de que no podemos abordar el capítulo tres ni como una historia propia-
mente dicha, ya que cada uno de los asuntos esquemáticamente tratados merecería
un abordaje mucho más extenso y detallado, ni como una historia de las ideas polí-
ticas. En segundo lugar, la obra parece en ocasiones conducirnos hacía una visión
de la política como mera canalización de mensajes propagandísticos. Ejemplos de
ello es la posibilidad de entender cualquier ámbito político como un terreno para la
expresión de la manipulación, desde la arquitectura monumental egipcia (p. 82) o la
propagación del modelo democrático hecho por los atenienses (p. 85) hasta el uso
de la guillotina por parte de los revolucionarios franceses (p. 113). Otro ejemplo se
encuentra en el tratamiento del nacionalismo, enfocado desde la perspectiva de las
Comunidades imaginadas de Anderson, y por tanto enfatizando su carácter contin-
gente: “debemos situar a la propaganda en la génesis misma del nacionalismo”
(p. 126)
Uno de los puntos fuertes de la obra es la posibilidad de dar cuenta de algunos de
los elementos de los que se está nutriendo la propaganda en nuestros días. El libro
trata por ello de tener en cuenta, aunque de una manera provisoria, algunos fenóme-
nos experimentados en los últimos cinco o diez años entre los que podemos citar la
irrupción de las redes sociales como un nuevo agente dentro de la comunicación
política o la maquinaria propagandística de la que se sirve el ISIS. Resulta evidente
que respecto de los fenómenos novedosos la obra no puede profundizar, de tal modo
que sólo el futuro nos dirá si las intuiciones plasmadas por el autor se cumplen o no.
En cualquier caso, algunas de éstas podrían ser matizadas: “…YouTube como un
nuevo ágora político, que en cierto sentido, superaba a la idealizada democracia ate-
niense.” (p. 270) También resulta adecuado señalar cómo la importancia de la ima-
gen dentro de las técnicas propagandísticas, lo cual es enfatizado en diversas ocasio-
nes, encuentra su paralelismo con la importancia que dentro del recorrido
argumentativo del libro tienen las diversas ilustraciones que acompañan cada una de
los puntos elaborados. De este modo podemos encontrar imágenes que da cuenta
desde el poder simbólico de los cuadros de Napoleón a la relevancia del debate tele-
visado entre Nixon y Kennedy en el año 1960.
Por otro lado, la obra contiene un evidente tono crítico hacia la propaganda
como técnica de condicionamiento social. Ciertamente, como es de esperar en al-
guien que se ha especializado en este campo, escapa de las visiones maniqueas que
se refieren a la propaganda como un elemento propio de los regímenes totalitarios
en tanto que se define por el uso de la desinformación, manipulación y mentira.
Frente a esto, el autor nos advierte desde un inicio en que los regímenes democrá-
ticos hacen un uso constante de la propaganda ya que ésta es indisociable de la
competición política, de tal modo que, si bien por medio de eufemismos como
“marketing político, publicidad política, marketing electoral o relaciones públi-
cas…la propaganda está tan vigente hoy como en os oscuros tiempos de Goebbels
o Stalin…” (12). Este fragmento nos permite de hecho dar cuenta de que, si bien el
autor es crítico con la relación entre democracia y propaganda, el verdadero blanco
de sus críticas parecen ser los nefastos usos de la propaganda por parte de modelos
políticos monstruosos surgidos en el periodo de entreguerras. La propaganda se
convierte así en un elemento técnico al servicio de regímenes políticos buenos y
malos. Si los malos son los totalitarios, en especial el nazismo y el comunismo, los
cuáles parecen juzgarse en los mismos términos, con una continua apelación a las
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similitudes entre Hitler y Stalin, los buenos, aunque con matices, son las democra-
cias liberales del mundo occidental. De este modo el libro se posiciona claramente
a favor de una opción, simplificando ciertos elementos, lo cual le da precisamente
un leve tiente propagandístico a su defensa de los valores hegemónicos (“En este
caso, el proceso de demonización parece un tanto gratuito, puesto que el carácter
intrínsecamente demoniaco de Hitler no necesitaba de mayores explicaciones: el
hombre se retrataba solo”, p. 51. “…procuraban identificar la figura poco agracia-
da de Franco con el mismísimo Campeador, algo que hoy resulta irrisorio, tanto
como los increíbles calificativos que la literatura del régimen prodigaba a Stalin:
los extremos siempre acaban tocándose.”, p. 59. “Afortunadamente, existen ejem-
plos en positivo y, sin duda, el más espectacular es el caso del rugby en Sudáfrica.
Recordemos que Nelson Mandela utilizó…” p. 70. “Naturalmente, cuando Lenin
dice “educación” o “ideología”, en lo que está pensando es en la propaganda.”
p. 164.)
Por tanto, el desarrollo argumentativo de la obra nos induce a planear lo siguien-
te: si aceptamos, tal y como se sostiene en la obra, que habitualmente se pretende
convencer de que propaganda es “lo de los otros”, mientras que “nosotros propaga-
mos la verdad”, ¿por qué el autor, que debiera enfatizar su visión crítica del fenóme-
no, acaba limitándose a considerar que existen propagandas “buenas” y propagandas
“malas”? En este sentido parece que se refiere implícita y frecuentemente a propa-
gandas que se justificarían por sus beneficiosos resultados y otras que, tal y como
podemos observar desde el prisma histórico, no solo no podemos justificar sino que
debemos contrarrestar en tanto que partícipes de un proyecto aberrante. A pesar de
esto, incluso en algunos fragmentos el autor parece inclinarse finalmente al argu-
mento central de aquellos que “luchan contra la propaganda en favor de la democra-
cia”, sosteniendo, a colación de la habitual frivolidad con la que se hace uso del
marketing político y la campañas negativas, que “todo ello, sin duda, va en desmedro
de la calidad de los mensajes, que no pueden profundizar sobre ningún tema, y de la
democracia misma, cuyo combustible fundamental es la información amplia y de
calidad” (p. 265)
Frente a los ejemplos anteriores, en los cuales el autor parece seguir a pies junti-
llas la ortodoxia cultural occidental, resulta interesante el modo en que reivindica
una lectura crítica en torno al modo en que el cristianismo se ha comportado históri-
camente, tratando a su vez de señalar cómo el islam ha sido y sigue siendo atacado
desde unos planteamientos que no se aplican en el caso de los seguidores de Jesucris-
to. En este sentido resulta muy reseñable el modo en que argumenta en torno al modo
en que el aparato mediático estadounidense y europeo se ha esforzado sistemática-
mente, tras la caída del muro de Berlín, por construir un nuevo monstruo, en este
caso el fanático islamista. En esta empresa el imperialismo cultural estadounidense,
encabezado por la industria cinematográfica, ha sido capaz de construir una imagen
del musulmán a través de películas citadas como Aladín, Mentiras arriesgadas o
Delta Force, de las cuales se desprende el estereotipo del “hombre barbudo, con un
turbante, un cinturón de explosivos y un Corán y un fusil de asalto en cada
mano.”(p. 273)
A modo de valoración general podemos considerar que la obra nos ofrece una
interesante recopilación de un material amplísimo tanto en términos teóricos como
históricos. Por tanto, podríamos considerarlo como un buen punto de partida para
llevar a cabo una investigación sistemática, teniendo en cuenta que introduce gran
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cantidad de temas y da cuenta de muchos de los más significativos estudiosos en
torno a la propaganda.
Miguel Fernández de la Peña
Universitat de Barcelona
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