María José Quiñinao Aguilar
ENAMORARTE
DEL PROCESO
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¿QUÉ ES UN PROCESO?
DEL PUNTO A AL PUNTO B:
ESTABLECER OBJETIVOS
Este libro te invita a un proceso de observación inter-
na, de autoconocimiento, donde tú eres quien guiará las
palabras hacia donde más resuenen contigo. Por eso es
importante que entiendas las etapas que conlleva un
proceso personal y así puedas enfocar tu energía en el
camino y en el objetivo.
Cuando iniciamos un proceso interno, siempre hay un
punto de partida. A este punto lo llamaremos Punto A,
y es donde te encuentras ahora, leyendo estos párrafos.
Hoy estás en tu Punto A, y para avanzar en cualquier ám-
bito de tu vida hay varios caminos y según el que elijas,
llegarás a un destino. ¿Cierto? Pues no. Justamente, eso
no. Te invito a pensarlo al revés: visualizamos nuestro ob-
jetivo personal, con nuestra sexualidad, con nuestra vida,
con nuestro trabajo, nuestros estudios, nuestro deporte,
lo que sea. Visualizamos el objetivo y el lugar al que que-
remos llegar y luego vemos qué caminos nos acercan a
ese objetivo. Como dice Robin Sharma, autor canadiense
experto en liderazgo y desarrollo personal, en su libro El
monje que vendió su Ferrari: “Es imposible dar a un blanco
que no puedes ver”. Nosotras fijamos nuestro Punto B:
establecer quién queremos ser, cómo nos queremos ha-
blar y cómo queremos que sea nuestra sexualidad.
Para que las cosas que deseas ocurran, un objetivo
claro marca la diferencia. Para ejemplificar la importan-
cia de tener claro tu objetivo, quiero compartir la fábula
de “el sabio y el aprendiz en el Himalaya”, escrita por el
autor mencionado anteriormente:
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Cerca de donde estábamos había un roble imponente. El
sabio arrancó una rosa de la guirnalda que solía llevar
puesta y la colocó en la mitad de un tronco. Luego sacó
tres objetos de la mochila que llevaba consigo siempre
que se aventuraba en cumbres distantes como la que es-
tábamos visitando. El primer objeto era su arco favorito,
que estaba hecho de una madera de sándalo muy fragan-
te, pero robusta al a vez. El segundo era una flecha y el
tercero era un pañuelo blanco.
El sabio le pidió entonces que le pusiera el pañuelo so-
bre los ojos a modo de venda.
—¿A qué distancia estoy de la rosa? —preguntó el sabio
al aprendiz.
—A unos treinta metros —calculó el aprendiz.
—¿Me has visto alguna vez practicando el antiquísimo
deporte del tiro al blanco? —preguntó el sabio, sabiendo
perfectamente cuál iba a ser la respuesta.
—Te he visto dar en una diana a casi noventa metros, y
no recuerdo que hayas fallado ni una sola vez a la distan-
cia de ahora —dijo el aprendiz.
Luego, con los ojos tapados por el pañuelo y los pies
bien apoyados en tierra, el maestro tensó el arco y dis-
paró la flecha apuntando a la rosa que colgaba del tronco
del roble. La flecha se hincó en el árbol con un golpe sor-
do, fallando estrepitosamente el tiro.
—Pensaba que ibas a hacer alarde de tus mágicas habi-
lidades, sabio. ¿Qué ha pasado?
—Si estamos en este lugar tan apartado es solo por una
razón. Lo que acabas de ver confirma el principio más im-
portante para cualquiera que busque alcanzar sus metas:
es imposible dar a un blanco que no puedes ver.
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Si abres la posibilidad de habitar tu cuerpo, de li-
derarlo, de sentirte, de entenderte y convertirte en una
especialista en ti, serás capaz de mirar siempre con
perspectiva, porque te llevas a ti misma por delante, y
por consecuencia, tu sexualidad.
UN CAMINO CON OBSTÁCULOS Y
APRENDIZAJES
A veces, esperamos que del Punto A al Punto B exista un
camino lineal. Ojalá, con la menor cantidad de obstáculos
posible, para demorarnos lo menos posible, llegar lo más
rápido posible, sin errores, sin equivocaciones. Así, evita-
mos la frustración, las emociones y los sentimientos que
no queremos.
Por eso, es importante que sepas que tanto la adversi-
dad como los errores son muy útiles e incluso necesarios
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para que desarrolles una mente y un cuerpo capaces de
interpretar a tu favor lo que sea que estés viviendo.
Tienes que saber que a lo largo de tu vida vivirás mu-
chos procesos, y cada uno tiene su camino, y cada cami-
no su paisaje, y tú irás por ese camino, ya sea corriendo,
caminando, en bicicleta, quizás en tren, haciendo pausas,
con subidas o bajadas, muchas veces tropezando. Pero
lo importante es que lo transites a tu manera, enamo-
rándote del proceso y no del resultado, incorporando los
errores y aprendiendo de ellos.
Al transitar el conocimiento de tu cuerpo y tu sexua-
lidad, puede ocurrir que simplemente te sientas cómoda
tal como estás, muy segura del "nací así": "es que soy
así"; "es que soy vergonzosa"; "es que soy ansiosa"; "es
que soy despistada". Así, asumes que tu sexualidad "es
así" y que no cambiará, que ya viviste las experiencias
sexuales que necesitabas y te resistes a la idea de salir
de esa zona que es cómoda pero te impide ver lo que hay
más allá de lo que conoces de ti. Dejamos de intentar
conocernos porque "es muy difícil" o porque no sabemos
por dónde empezar o qué cuestionar.
Pongamos un ejemplo: quieres aprender un deporte
nuevo y tu objetivo es ser la mejor. Pero a medida que
pasan los meses, te vas dando cuenta de que practicar
te toma varias horas por semana, que involucra cambios
de hábitos y frustraciones... y lo terminas dejando. Esta-
bas enamorada del resultado y no del proceso, y eso no
significa fallar o que no te gusten los desafíos. Muchas
veces nos interesa más el resultado, lo rápido, lo lineal y
fugaz. Parece que en esta sociedad, nos centramos solo
en el resultado.
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BUSCABA UN TRÉBOL DE CUATRO
HOJAS Y ENCONTRÉ SEMILLAS:
LAS COSAS PUEDEN CAMBIAR
Estábamos en mi casa mi hermana, mi sobrino y yo. En
los intentos de crear un huertito, los tréboles decidieron
llenar cada espacio de la tierra, realmente una plaga de
tréboles, así que decidimos hacer los tres juntos la man-
tención del jardín. Mi sobrino, en ese entonces de ocho
años, estaba muy feliz porque nos contaba que su gran
idea era la posibilidad de encontrar, entre medio de todo,
un trébol de cuatro hojas “de la suerte”, decía. Como mi
jardín estaba plagado de tréboles necesitaba sacar unos
cuantos (varios en realidad) para poder mantenerlos
controlados, así que le enseñé a mi sobrino a sacarlos
con mucho cuidado con la raíz y la semilla intacta, ya que
así no volverían a crecer. Cuando saqué el primer trébol
con cuidado para mostrarle cómo se hacía, no podía con-
tener su sorpresa al ver la semilla que estaba oculta bajo
tierra, así que su plan cambió rápidamente: no buscaría
más un trébol de la suerte, sino semillas, porque así él
podría plantarlas en un macetero y aumentar la posibili-
dad de tener tréboles propios (y así lo hizo). No encontró
su trébol de la suerte, pero creó su propio tesoro, encon-
trar semillas.
En el proceso las cosas pueden cambiar, pueden
transformarse porque todo es dinámico, todos los días,
todo tu cuerpo, toda la sociedad se mueve, y si todo se
mueve, tu proceso también. Lo importante es aprender
no solo de las subidas y bajadas, sino que también de
las curvas o cambios de dirección que puedan surgir en
tu camino, y así como el objetivo puede ir cambiando, lo
importante es que te haga sentido.
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TRANSITAR
TU CAMINO Y EL PAISAJE,
INFLUIDOS POR LA SOCIEDAD
Transitar significa “ir o pasar por un lugar”. Imaginemos
que estás sobre un camino hecho para ser transitado,
para pasar por él, para habitarlo, no solo para llegar a un
destino. Este camino es tu vida.
Este camino tiene, por supuesto, un paisaje, que po-
dría ser un bosque, un campo, una ciudad, una playa, el
mar, las montañas o tu lugar favorito.
Pero esta vez, el paisaje que nos rodea tiene que
ver con cómo está definido el ser mujer en esta socie-
dad: los modelos de comportamiento, ese rol que nos
han impuesto. Entonces el paisaje se ve lleno de estos
mandamientos, como carteles enormes a los lados de
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tu camino: “pelo largo”, “vestido”, “rosado”, “sentarse con
piernas juntas”, “depilada”, “maternidad”, “no hacer tra-
bajo físico”, “correr como niña”, “llorar como niña”, “buena
madre”, “buena esposa”, “maquillaje”. En ese paisaje está
todo lo que debes y no debes hacer para ser una niña o
una mujer.
Hasta escribirlo se siente agobiante. Es así, solo que
no lo vemos. Está tan instaurado en la sociedad, que des-
de el útero de nuestra madre nos regalaban ropa de un
color específico y no de otro, porque es lo que corres-
ponde. Si de niñas usábamos el pelo corto, seguramente
nuestra madre, padre o cuidador tuvo que aguantar mu-
chas veces la pregunta: “Ay, ¿es niño o niña?" Las perso-
nas, sin darse cuenta, están interesadas todo el tiempo
en etiquetar, categorizar.
Este paisaje va cambiando constantemente a medida
que vamos creciendo y lo vamos transitando. Nuestro ser
transita nuestra vida, pero nuestra vida está envuelta por
este paisaje creado por la sociedad.
Si transitamos de manera inconsciente, como los ca-
ballos de carreras que solo pueden ver la meta e ir todo
el tiempo hacia adelante, viviremos como nos digan que
tenemos que vivir: influidas por ese paisaje. Pero cuan-
do empezamos a despertar y a hacernos conscientes de
que podemos construir nuestra propia realidad, ese ca-
mino ya no solo lo transitamos, sino que podemos permi-
tirnos parar de caminar, respirar más lento, sentarnos a
contemplar el paisaje y eliminar poco a poco estos man-
datos, ir sacando estos carteles a los lados del camino.
Así podremos mirar eso que sí queremos ver, como si se
despejara una neblina. Generamos nuestro propio y per-
sonal paisaje, y empezamos a construir un pensamiento
crítico.
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A veces ocurre que, cuando somos conscientes, em-
piezan a aparecer las preocupaciones, porque nos quere-
mos aferrar a una sola realidad. Pero como dice Shunmyō
Masuno, monje japonés y autor del libro Vivir con senci-
llez: “Nuestra confusión y preocupaciones surgen de la
incapacidad de aceptar que el mundo está cambiando
constantemente”.
Y es realmente un alivio aceptar que el paisaje puede
cambiar y nosotras también. Empiezas a entender que
la sexualidad en realidad eres tú, tú y tu cuerpo, que mu-
chas veces también se ve influido por el paisaje. Pero si
eres consciente de cómo se ha construido ese paisaje,
podrás moldearlo, y eso te permitirá moldearte también.
RESISTENCIA AL CAMBIO:
CRÍTICAS Y AUTOCRÍTICAS
Aunque seamos conscientes de que la sociedad puede
influir en cómo nos comportamos para “ser mujer”, igual
hay una resistencia al cambio. Muchas veces aparece
porque queremos calzar dentro del paisaje, no queremos
ser rechazadas en nuestra sociedad, en nuestro círculo,
en nuestra familia ni por nuestros amigos y amigas.
Un artículo de 2015, escrito por investigadores de la
Universidad de California, llamado El dolor social y el ce-
rebro, muestra que la crítica o el rechazo social hace que
se activen las mismas partes del cerebro asociadas al
dolor físico. La crítica que recibimos activa la corteza cin-
gulada, área dedicada a la consciencia corporal, y la in-
sula, otra zona neuronal implicada en la construcción de
la idea de identidad, de "quién soy yo”. Ambas, son áreas
cerebrales involucradas en el dolor físico.
Estudios científicos se abren a la idea de que el ce-
rebro procesa las críticas de forma similar a la violencia
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física. Las críticas sociales duelen tanto como un golpe.
El dolor es una sensación desagradable, un mensaje de
nuestro cuerpo que nos dice: “Deja de hacer lo que estás
haciendo y sal del lugar en el que estás, ahora”. La crítica
social nos nubla el paisaje y los ojos.
Nadie quiere sentir dolor. Nadie quiere ser excluido.
Por lo tanto, nuestro cerebro hará lo posible para que no
nos sintamos rechazadas. Esa es la resistencia al cambio
que muchas veces aparece.
“Cuando comprendes que toda opinión es
una visión cargada de historia personal,
empezarás a comprender que todo juicio
es una confesión”.
Nikola Tesla
Pero las críticas no vienen solo de afuera. Muchas
veces nosotras mismas las generamos desde dentro.
Cuando transitamos por nuestro camino, surge algo que
parece prácticamente innato: la comparación. Como si hu-
biésemos nacido con esta capacidad de compararnos de
forma natural para sobrevivir. Cuando caminamos y ob-
servamos el paisaje, estos mandamientos de la sociedad,
y luego volcamos la mirada hacia dentro, inevitablemen-
te aparece la comparación, aparecen cuestionamientos:
¿Qué tan alineada estoy con la sociedad? ¿Qué tan bien lo
estoy haciendo como mujer? Algunos ejemplos:
⁕ Si hay que estar depilada: “¡Qué peluda que estoy!”
“¡Perdón, es que no me he depilado!”
⁕ Si hay que ser delgada: “¡Qué gorda que estoy!”, “¡Me
veo gorda con esto!”
⁕ Si hay que maquillarse y no lo hago: “¡Qué
desarreglada soy!”
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⁕ Si hay que usar tacos y no los uso: “¡Qué poco
femenina soy!”
⁕ Si hay que tener hijos y no quiero: “¿Tendré poco
instinto de mujer?”
Aquí no solo nos juzga el entorno y los demás. Lo ha-
cemos nosotras, y eso se convierte en una radio mental
que no se apaga nunca. Se termina transformando en el
lenguaje con el que nos hablamos mientras miramos el
paisaje.
Un estudio, publicado el 2010 por investigadores del
departamento de psicología de la Universidad de Derby
e investigadores de la ciencia de la salud en la Universi-
dad de Aston en Inglaterra, titulado Having a word with
yourself: neural correlates of self-criticism and self-reas-
surance (en español: "Hablar contigo mismo: correlatos
neuronales de la autocrítica y la autoconfianza"), indica
que nuestra actitud hacia nosotras mismas cambia nues-
tra anatomía cerebral. Cuando te criticas, estás activando
todas las partes del cerebro que promueven la ansiedad
y la depresión.
La autoconsciencia es clave para entender que eres
un cuerpo, un ser concreto en este mundo, que puede
mirarse a sí mismo, que va transitando su propio camino.
Si te haces consciente de la cantidad de distractores que
hay en tu paisaje, empiezas a cambiar la forma de mirar
tu cuerpo, y por supuesto, tu sexualidad.
Hablarte con amabilidad despierta partes del cerebro
asociadas a la atención y la memoria. Entender que eres
capaz de percibir cómo te estás hablando y hacerte cons-
ciente de la radio mental que está sonando en tu cabeza,
te ayudará a despertar y frenar la autocrítica. Igualmen-
te, serás capaz de entender por qué te estás criticando.
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EL CUERPO NO ES UNA
DISCULPA INFINITA
Cuando la incomodidad se hace presente
en el cuerpo, invita a las palabras a salir
de tu boca para que cualquiera que te
escuche sepa que tú eres consciente de
que no estás cumpliendo con el estándar
que la sociedad te indica. Pero que no
es que no quieras, sino que simplemente
en ese momento no pudiste cumplir la
exigencia.
*
Por ejemplo, cuando te disculpas
ante alguien por no estar depilada,
es la sociedad diciéndote que: “Debes
estar sin pelos en el cuerpo para ser
mujer”. Entonces, si alguien ve tus
pelos, pides disculpas, porque sabes
que la otra persona también vive bajo
esos mismos estándares y que podría
sentirse incómoda por lo que ve (sin
darse cuenta) y podría pensar mal de ti
y juzgarte. Entonces, lanzas la disculpa
para que se sepa que tú también sabes que
deberías estar sin pelos, pero por alguna
razón no has podido cumplir con esa
exigencia…
¡Ufff, solo pensarlo ya me agota!
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VER EL CAMINO DE LA OTRA:
EMPATÍA Y COMPASIÓN
Cuando vemos algo que nos genera una sensación desa-
gradable, ya sea en redes sociales, la tele o alguna noti-
cia, nuestro primer impulso es alejarlo de nosotras: “Me
duele ver eso”; “Cambia el canal o las noticias, que no me
gusta ver eso”.
Los seres humanos contamos con una capacidad
llamada empatía, que hace posible compartir indirecta-
mente un sentimiento con otra persona. “Tú sientes dolor,
por lo tanto, yo siento dolor”. Comparto un sentimiento
parecido al tuyo, pero al mismo tiempo, sé que ese dolor
que siento no es mío. Sé que siento tu dolor indirecta-
mente. Somos capaces de seguir transitando nuestro ca-
mino, pero podemos mirar el camino de las personas que
giran alrededor, empatizar y conocer otra perspectiva de
alguna situación en especial.
Durante la pandemia, en redes sociales se comenzó
a evidenciar una mayor cantidad de publicaciones y de
preguntas sobre la sensación de tristeza, agobio, pena,
dolor, y no solo por el encierro, sino porque se empezó a
visibilizar algo que viene hace cientos de años: la violen-
cia hacia la mujer. Los casos de violencia intrafamiliar y
abusos se hicieron más tangibles gracias a medios, co-
lectivos y agrupaciones.
Cada vez más mujeres se hacían conscientes de que
algunas de sus vivencias eran realmente un abuso, y así
también otras mujeres decidieron sacar la voz.
Una paciente ingresada por vaginismo (dolor en las
relaciones sexuales), un día me escribió: “No fue hasta
escuchar la canción de Lastesis que pude hacer todo
consciente”. Lastesis es un colectivo feminista de la re-
gión de Valparaíso en Chile, que creó Un violador en tu
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camino; una puesta en escena participativa con el obje-
tivo de manifestarse en contra de las violaciones a los
derechos de las mujeres en el contexto de las protes-
tas de noviembre de 2019, y que luego se replicó a nivel
internacional.
Muchas mujeres me escribían sobre el dolor que
sentían cuando veían o leían esas noticias. Dolor por to-
das las mujeres que habían sido violentadas de alguna
manera. No vivimos solo nuestro propio camino, sino
que tenemos la capacidad de ver el de otras personas,
y especialmente empatizar con nuestro mismo género.
Cuando vemos que el camino de otra duele, a nosotras
nos duele y afecta también. Esto se llama empatía.
Por otro lado, existe la compasión, que es cuando, al
enfrentarnos al sufrimiento de otra persona, no necesa-
riamente compartimos el mismo sentimiento, pero sí po-
demos sentir calidez y amor. Aquí sentimos por la otra y
eso nos motiva a aliviar su sufrimiento, y ojalá ser capa-
ces de transformarlo.
En neurociencias sociales, la empatía y la compasión
se fundamentan en una ruta neuronal afectiva dirigida al
entendimiento del otro. La importancia está en que, si el
dolor de la otra se refleja en nosotras con mucha intensi-
dad y resulta que al final experimentamos angustia per-
sonal por nuestra empatía, vamos a querer consciente
o inconscientemente reducir nuestro propio sufrimiento:
“No quiero ver más este tipo de noticias”, querer alejarnos
del camino de la otra para que no nos “influya”. Por otro
lado, si solo conocemos este tipo de ejemplos, puede lle-
gar un punto en que nos disguste ser mujeres. Por ejem-
plo: “Quiero ser hombre para no tener menstruación” u
“ojalá los hombres tuviesen la menstruación aunque sea
un día”. Porque lo que se nos presenta a diario en nuestro
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camino y en el de otras, nos aleja de la hermosa visión
del ser mujer. Llegamos a sentir que ser mujer es dolor,
es injusticia, es inequidad, es desigualdad, es sufrimien-
to. Y sí, lamentablemente lo es, y es complejo y profundo.
Pero es importante que sepas que el ser mujer, a pesar
de estar asociado a las injusticias en el mundo, compren-
de un hermoso poder en nuestro cuerpo, hay una energía
femenina maravillosa cuando conocemos nuestro cuer-
po y nuestro potencial y lo importante que ha sido este
sexo/género en otras culturas.
Por eso, es importante que al transitar sepas que el
exceso de consciencia abre la posibilidad de que ser po-
sitivas sea una gran lucha… o quizás no. Todo depende de
nosotras, porque todas somos diferentes. Puede que al
caminar aparezcan cosas con las que empatices, otras
con las que no estés de acuerdo, otras que te generen
rabia o pena. No solo eso, sino que te encontrarás con
otras mujeres que transitan su camino junto al tuyo y te
permitirán sentir alegría, alivio, goce, disfrute, ternura y
amor. Hay de todo en el mundo, y junto a tu camino ve-
rás muchos otros, pero eres tú quien tiene el poder de
interpretar el camino que recorren otras personas a tu
alrededor para que entiendas la capacidad de influencia
que hay sobre el tuyo.
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TRANSFORMAR
LA MATERIA NO SE CREA
NI SE DESTRUYE, SOLO SE
TRANSFORMA: MEMORIAS E
IMAGINACIÓN
En el campo de la química, existe un principio llamado
Ley de Lavoisier, que indica que: “La materia ni se crea
ni se destruye, solo se transforma”. Es decir, que en una
reacción química, los átomos, la unidad más pequeña de
la materia, no desaparecen, sino que simplemente se or-
denan de otra manera.
Nosotras somos materia, somos cuerpo, somos emo-
ciones y memorias. Esto no es aplicado solo a la química
que recuerdas del colegio, nosotras somos química todos
los días. Cuando cambiamos externamente nuestra rela-
ción con el mundo, seguimos siendo las mismas, pero en
nuestro interior modificamos la manera de relacionar-
nos, de pensarnos, de hablarnos y así nos comportamos
de diferente manera.
Probablemente hay memorias que guardas en un co-
fre con mucho amor y las traes al presente cada vez que
es necesario para conectar con ellas. Así como existen
esas memorias, también hay otros recuerdos que no nos
gusta traer al presente, porque nos hacen sentir incomo-
didad, inseguridad y abren una puerta a que nuestro cuer-
po reaccione de tal manera que sentimos menos control,
porque hay memorias de vivencias que nos inquietan.
Pero no somos computadores y no podemos mandar
a la papelera la carpeta de las cosas que no nos sirven,
porque la materia en este plano no se destruye: se trans-
forma, se mueve.
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Las vivencias que han construido nuestra sexualidad
determinan efectivamente cómo somos hoy con ella,
pero si queremos vivir la sexualidad de otra manera, la
solución no está en eliminar esas experiencias, sino en
aceptarlas y entender que las podemos transformar.
En este punto, solo quiero recordarte que hay vi-
vencias que no podemos abrir solas, y para ayudarnos
existen profesionales de la salud, como psicólogas/os y
coaches de vida que te orientan a observar y canalizar
mejor cada situación.
Así como existe lo que puedes recordar, también exis-
te lo que puedes crear. Esto sería la imaginación, eso que
creas en tu cerebro con información que ya tienes, in-
formación intrínseca con el objetivo de crear una repre-
sentación en tu cabeza percibida en algún momento por
tus sentidos. Son neuronas trabajando para que creemos
imágenes mentales y esa imaginación puede jugar en
nuestra contra o a nuestro favor.
A veces, cuando vivimos desconectadas del mun-
do exterior, nuestra radio mental, que piensa y piensa,
nos hace imaginarnos en el peor escenario y sin darnos
cuenta, nuestro cuerpo ya sintió ese peor escenario, por-
que nuestro cerebro no sabe diferenciar la realidad de la
“ficción”. No logra diferenciar si eso que estás imaginan-
do pasó en realidad o si te lo estás inventando. La ima-
ginación o nos ayuda o nos autoboicotea. Por ejemplo, si
tenemos que hablar en público y minutos antes empe-
zamos a imaginar que nos vamos a quedar en blanco o
que nos vamos a tropezar al subir, el cuerpo empieza a
sentirlo de verdad, y nos ponemos nerviosas porque el
cerebro envía señales al cuerpo para que perciba eso y
esto nos puede jugar una mala pasada.
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En nuestra sexualidad, que es un ámbito más de
nuestra vida, pasa igual. Si estoy saliendo con otra per-
sona y dejo correr mi imaginación para que se ponga en
diferentes escenarios, pensando que si estoy desnuda la
otra persona opinará de mi cuerpo y podría no gustarle,
el cuerpo empieza a sentir vergüenza de esa imagen vi-
sual inventada, sin haberme siquiera sacado la polera.
Aquí entra claramente el trabajo de mi autoimagen y au-
toestima, que son los que gatillan imaginar una cosa u la
otra también, las comparaciones.
Así como creamos memorias e imaginación, las po-
demos transformar y canalizar hacia un mejor lugar.
Transformar es el proceso por el cual hacemos que algo
cambie o sea diferente, pero sin alterar sus característi-
cas esenciales. Mantenemos su origen.
SOY LA ALQUIMISTA PARA SANAR
Y AMAR MI PROPIA HISTORIA
Analogía de la cuerda de guitarra:
Te miro, te veo feliz, nuevamente con tu guitarra entre
tus manos, sentado y con una profunda sonrisa. Me
dices, mientras intentas tocarla:
—Tiene una cuerda rota… —con voz nostálgica.
—¿Por eso dejaste de tocar? —le pregunto.
—Sí, se le rompió hace mucho tiempo. ¡Qué extraño
es tocar, mi dedo queda en un vacío cuando toca ese
espacio! —mientras le saca la cuerda rota y sigue
tocando.
—A ver, sigue tocando —le digo, mientras pienso si soy
capaz de notar que le falta una cuerda… Finalmente, no
lo noto.
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Nos puede faltar algo, una pieza, y para los demás puede
parecer que estás bien.
—Dame un minuto, voy a ver si la puedo arreglar —me
dices.
Se pone a buscar herramientas y encuentra una cuerda,
la instala y sigue tocando.
—Nunca había intentado arreglarla —me dice mientras
se ríe.
—¿Nunca, nunca? Pero si la arreglaste en nada de
tiempo —le digo.
—Es que no se me había ocurrido… igual se nota la
cuerda más gruesa que le puse —me dice.
—¿Pero puedes seguir tocando? —le pregunto
impresionada.
—Sí, estamos casi listos —me dice mientras afina la
guitarra.
A veces, la vida se toca con una cuerda menos, y solo
tú sabes que falta esa cuerda. Se nos olvida que tenemos
la posibilidad consciente de arreglarla a nuestra manera
y seguir tocando música, de tomar lo que tenemos y ha-
cer algo. Lo importante no está en la persona que logra
escuchar música aunque te falte una cuerda, lo impor-
tante es que tú hayas decidido volver a tomar la guitarra
que tanto te gustaba, que la hayas tocado, que te hayas
hecho consciente de que le faltaba una cuerda y que ha-
yas ido por las herramientas para intentar hacer algo.
A veces, hay que hacer las cosas con lo que tenemos
en este momento, pero lo importante es hacerlo. A veces,
pensamos que no es suficiente para hacer algo, porque
la vida actualmente exige mucho, y ya sabes, nos com-
paramos, pero ya puedes hacer algo por ti, contigo. Y ser
alquimista es esto.
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