Feminismo: Lucha por la Igualdad de Género
Feminismo: Lucha por la Igualdad de Género
El feminismo es un movimiento social y político que se inicia formalmente a finales del siglo
XVIII -aunque sin adoptar todavía esta denominación- y que supone la toma de conciencia de
las mujeres como grupo o colectivo humano, de la opresión, dominación, y explotación de que
han sido y son objeto por parte del colectivo de varones en el seno del patriarcado bajo sus
distintas fases históricas de modelo de producción, lo cual las mueve a la acción para la
liberación de su sexo con todas las transformaciones de la sociedad que aquella requiera.
Marcuse dice que el movimiento feminista actúa a dos niveles: uno, el de la lucha por
conseguir la igualdad completa en lo económico, en lo social y en lo cultural; otro, “mas allá de
la igualdad” tiene como contenido la construccion de una sociedad en la que quede superada
la dicotomia hombre-mujer, una sociedad con un principio de la realidad nuevo y distinto.
El mundo necesita una sociedad igualitaria, libre de violencia machista, donde las mujeres
puedan vivir sin miedo, con igualdad de oportunidades, con los mismos derechos,
corresponsabilidad de tareas y cuidados, y una justicia y educación sin sesgo de género. Todas
las personas merecemos el mismo respeto, los mismos derechos, la misma igualdad. Se
acabaron las excusas.
Debemos avanzar.
Alcanzar la igualdad de derechos entre hombres y mujeres, sigue siendo una de las principales
exigencias del feminismo en pleno siglo XXI.
Actualmente, se constituye como una corriente de pensamiento que reúne un conjunto de
movimientos e ideologías, tanto políticas como culturales y económicas que busca lograr la
equidad de género y la transformación de las relaciones de poder entre ambos sexos.
En el marco del ciclo de actividades “Somos diversidad, retratos de género”, organizado por la
Dirección General de Divulgación de la Ciencia de la UNAM, Montserrat Dehesa Santillán,
egresada de la Escuela Nacional de Trabajo Social de la UNAM y colaboradora del Centro de
Estudios de Género, impartió la charla ¿Qué significa el feminismo?, donde abordó desde el
punto de vista social este tema.
El feminismo —expuso— es un movimiento social cuyas características principales son:
solidaridad, percepción específica de la realidad, ruptura y capacidad de producir. La
solidaridad está dirigida a promover o impedir cambios sociales. La percepción de la realidad
cuestiona las ideas normativas y reglas sociales que suponen desventaja para las mujeres.
La ruptura se refiere a la disolución de límites y normas de las relaciones sociales, es decir, no
permitir el menosprecio o el abuso por el hecho de ser mujer; actuar para que estas
situaciones cambien.
Y también está la capacidad de producir, esto es, la habilidad que se debe tener para la
producción de ideas, teorías y acciones colectivas; es el empuje entre los grupos de mujeres
encaminados hacia el cambio.
En el Museo de la Luz de la UNAM, refirió que el feminismo es toda una cultura de un conjunto
de mujeres que han cuestionado, debatido y cambiado el entorno para que sus derechos e
intereses sean reconocidos.
Su análisis
Montserrat Dehesa detalló que igualmente, existen cuatro categorías de análisis de la teoría
feminista.
La primera de ellas es el orden patriarcal; el patriarcado se entiende como una institución en
virtud de la cual una mitad de la población, es decir las mujeres, se encuentra bajo el control
de la otra mitad, en este caso los hombres. En esta categoría se pone a la figura del padre
como el jefe de todo, desde las relaciones más pequeñas hasta las más amplias.
En la segunda categoría de análisis tenemos al género, el cual es una construcción social que
se basa en el conjunto de ideas, creencias y representaciones que generan las culturas a partir
de las diferencias sexuales, las cuales determinan los papeles de lo masculino y lo femenino. La
teoría de género la expresan de manera certera las feministas radicales de finales de los
sesenta y principios de los setenta del siglo XX.
La identidad de género es la tercera categoría. El género femenino se construye a partir del
antagonismo con el hombre desde la debilidad, servicio y ser para otros. En contraparte, el
género masculino es considerado el modelo de lo humano, y como tal se le atribuye fuerza y
poder.
Finalmente, está el análisis de la violencia de género, donde tienen cabida las agresiones,
acciones u omisiones contra la integridad de las personas, basadas en el orden patriarcal y en
las relaciones de poder-dominación que resulten en daño psicológico, físico, patrimonial,
económico, sexual, y feminicidio.
El feminismo es, ha sido y será un movimiento cuyo fin es buscar la autonomía de la mujer, así
como la igualdad de sus derechos ante los hombres.
ABORTO
El embarazo puede interrumpirse extirpando quirúrgicamente el contenido
del útero o tomando ciertos medicamentos.
No es habitual que haya complicaciones cuando el aborto se practica en un
hospital o en una clínica a cargo de un profesional de la salud capacitado.
El aborto programado no supone un riesgo añadido para el feto o para la
mujer en embarazos posteriores.
Mientras que el aborto está penalizado por ley en algunos países, en otros puede realizarse
previa solicitud. Alrededor de dos tercios de las mujeres del mundo tienen acceso al aborto
legal.
En la mayoría de los estados de Estados Unidos, el aborto programado (aborto libre o aborto
iniciado por decisión personal) es legal en el primer trimestre (hasta 12 semanas). Después
de las 12 semanas de gestación, muchos estados imponen restricciones sobre cuándo se
puede practicar el aborto. Por ejemplo, puede requerirse un período de espera o
asesoramiento antes de que se pueda realizar un aborto. Estas restricciones varían en
función del Estado.
En Estados Unidos, alrededor del 50% de los embarazos no son intencionados, y alrededor
del 40% de los embarazos no deseados se terminan con un aborto programado, lo que lo
convierte en uno de los procedimientos quirúrgicos más comunes.
En los países donde el aborto es legal, suele ser seguro y no haber riesgo de complicaciones.
En todo el mundo, cerca del 13% de las muertes de mujeres embarazadas se deben a
abortos. La mayoría de estas muertes ocurren en países donde el aborto es ilegal.
El aborto es una de las intervenciones quirúrgicas que se realizan con más frecuencia.
Las complicaciones del aborto son escasas cuando lo lleva a cabo un profesional de la salud
formado, en un hospital o en una clínica. Además, existen menos complicaciones después de
un aborto que después de un parto a término. Las complicaciones son graves en menos del
1% de las mujeres que sufren un aborto. La muerte después de un aborto es muy poco
frecuente. Alrededor de 6 de cada millón de mujeres que se someten a un aborto mueren,
en comparación con las cerca de 140 mujeres de cada millón que mueren al dar a luz a un
bebé a término.
El riesgo de complicaciones también guarda relación con el método utilizado.
Actualmente es común encontrar en las redes sociales y otras páginas similares a miles de
feministas que atacan a los hombres, generalizándolos como una caricatura misógina. Aunque
su objetivo es la lucha por recibir un trato justo y sin discriminaciones, es común que caigan en
la difamación, utilizando la retórica de una manera torcida que confunde la crítica al sexismo
con el accionar masculino.
Para muchas feministas que llevan su pensamiento al extremo, todos los hombres son iguales
y su comportamiento es condenable en cualquier tipo de circunstancia. Asimismo, las
objeciones que se manifiestan en contra de su opinión son rechazadas con violencia, siendo
consideradas un síntoma de complicidad.
Este antagonismo es un claro ejemplo de la polémica dentro del feminismo, donde muchas
militantes falsamente promueven la igualdad entre los sexos. En cambio, se convierte en una
obsesión basada en el mal comportamiento de la población masculina, desviando la atención
de problemas reales que deberían ser estudiados para hallar una solución. De esta manera, los
ataques que reciben los varones terminan provocando antipatía, tanto en ellos como en
algunas mujeres, y empiezan a aparecer las reflexiones negativas sobre las feministas y su
pensamiento.
Cuando todo lo antes mencionado llega a su máxima expresión aparecen las teorías radicales,
como aquellas que consideran que la civilización occidental se trata de un patriarcado donde
las mujeres tienen menos oportunidades y derechos. No cabe duda que esto ocurre en ciertos
países, pero es necesario delimitar su alcance para detener una visión subjetiva que solo
distorsiona la realidad. En caso contrario, nos encontramos con estudiantes que pregonan
ideas sin reflexionar sobre ellas, repitiendo lo que leen o escuchan, sin razonar sobre su
veracidad.
Es sumamente importante entender que las desigualdades sociales muchas veces son
ocasionadas por un pensamiento que es llevado al extremo. En esto se basa la polémica del
feminismo, donde ciertas mujeres optan por el odio al género masculino, argumentado que
está justificado porque ellos mantienen el poder y la mayoría de privilegios. La única forma de
establecer una sociedad donde se respeten los derechos y facultades de todos, es dejando
(Injoque, 2017)
RESUMEN
El movimiento feminista surge ante la necesidad de actuar sobre un arraigado conflicto, que
atraviesa a la sociedad, determinado por el hecho de nacer mujer o varón. Si bien el análisis
sobre el origen y las consecuencias de la subordinación de las mujeres ha dado lugar a distintas
teorías, y en ocasiones a infructuosos debates, parto de la consideración de que es sobre esa
diferencia biológica inicial como se articulan los procesos que otorgan poder a los hombres
sobre las mujeres y generan discriminación y desigualdad que se manifiestan social, cultural y
económicamente. Se trata por tanto de un conflicto que conforma una de las características
estructurales del actual modelo de organización social.
El conflicto al que me he referido requiere y define un nuevo sujeto social, las mujeres, que
vertebran y protagonizan el discurso y la acción colectiva de denuncia y contestación a los
límites que a su libertad establece la sociedad patriarcal, en una dinámica de transformación
profunda de la sociedad. El movimiento feminista que da expresión a este sujeto se configura a
partir de un doble proceso: el personal e individual por el que, de muy distintas formas (todas
ellas necesarias, valiosas y legítimas), se rebelan contra aspectos particulares de su condición y
manifiestan las situaciones que viven y perciben como injustas; y la dinámica colectiva que
genera la identificación de unas con otras, la voluntad de actuar colectivamente contra el
sistema de prohibiciones y exclusiones que las encierra en identidades impuestas y la
necesidad de abrir nuevos horizontes en sus vidas. Esta acción conjunta, basada en una
interpretación de los deseos y necesidades de las mujeres, configura una identidad colectiva e
inestable, que va a estar permanentemente mediada por las múltiples individualidades,
identidades diversas y cambiantes de las mujeres, de sus experiencias, criterios y prácticas.
Porque es a través de su propia acción como el movimiento va a ir definiendo y redefiniendo
su identidad colectiva, su ideología y sus reivindicaciones (De Miguel, 2000). Y esta doble
dimensión: individual y colectiva, le otorga singularidad al movimiento y una enorme fuerza al
situarse como referente para muchas mujeres.
Por último, aunque pueda parecer una obviedad, considero imprescindible destacar el carácter
plural del movimiento, de su teoría, práctica y realidad organizativa, frente a cualquier visión
dogmática, pues no existe una única forma de analizar y representar la subordinación de las
mujeres. El feminismo no es un dogma (Agra, 2000) ni un proceso acabado; no dispone de una
teoría y proyecto cerrado ni de una práctica preestablecida. Se trata de un movimiento social
crítico que, a partir de su intervención concreta, se sitúa en permanente confrontación y
diálogo con la realidad social y con su propia evolución interna. En este proceso va a
desarrollar su capacidad para examinar y poner de manifiesto sus propias tensiones.
A modo de ejemplo sirva el análisis de la relación de las mujeres con el mercado laboral. Su
participación en el trabajo asalariado es un elemento fundamental para su autonomía
económica a la vez que una fuente de sobreexplotación laboral y discriminación social. Para
constatarlo valga la referencia a algunos datos actuales: en el Estado español el salario medio
de las mujeres es entre un 25% y un 33% inferior al de los hombres, su tasa de paro es siempre
superior, la de ocupación siempre inferior, y la feminización de un sector de la economía lleva
aparejada su desvalorización social y la reducción relativa de sus salarios.
La opinión recogida en las encuestas, que de forma generalizada es favorable al reparto del
trabajo doméstico y de cuidados, no se acompaña de un cambio similar de comportamientos:
el 83% de quienes cuidan a personas dependientes son mujeres, y el aumento de la
participación masculina en el trabajo doméstico ha sufrido una variación mínima en los últimos
diez años. Este anacronismo se sustenta en elaboraciones e interpretaciones culturales y
simbólicas que atribuyen a las mujeres cualidades como la paciencia o la capacidad de
sacrificio, que al presentarlas como atributos propios y naturales establece la idea de su mayor
idoneidad para el trabajo de cuidados, y enmascara la división sexual del trabajo que subyace.
De esta forma se legitima su inestable, precaria y discriminatoria participación en el mundo
laboral, y el perverso efecto de vuelta, al servir de justificación para que las mujeres sigan
responsabilizándose del trabajo doméstico. La conciliación de la vida familiar y laboral parece
ser privativa de las mujeres (en el año 2004, por razones personales, 379.500 mujeres
tuvieron que abandonar el mercado laboral). El fenómeno de la doble presencia en lo
público y lo privado, se convierte en un elemento de conflicto y escisión de la propia vida de
las mujeres.
De todo ello se deduce que, junto con la lucha por reformas y cambios concretos en la
exigencia de igualdad laboral (acceso, salarios, formación) una estrategia de cambio real
implica también el reparto del trabajo reproductivo con los hombres y la responsabilización del
Estado en garantizar recursos públicos. Pero también muestran la necesidad de cambios
estructurales que apunten a la reorganización de la producción y la reproducción, es decir a la
propia organización social. Sin ánimo de ser exhaustiva entre esos cambios cabría citar: los
tiempos de trabajo y de ocio, las estructuras de convivencia, la estructura de la ciudad, la
distribución de recursos naturales, sociales y económicos, la socialización de los valores que las
mujeres aportan por su experiencia relacional y de cuidados, y el cambio de las políticas
económicas neoliberales.
Pensamiento crítico
La frase que en su día formulara la pensadora francesa Simone de Beauvoir mujer no se nace,
se hace, ilustra el empeño que guió y guía al feminismo por rechazar el determinismo
biológico que de forma reiterada y con renovados discursos sustentan las teorías que asocian a
los hombres con la cultura y a las mujeres con la naturaleza. Desde todas las teorías feministas,
independientemente de su posterior concreción, se formula una fuerte crítica a la acepción
androcéntica de categorías supuestamente universales y aparentemente neutras que han sido
el soporte del pensamiento de la modernidad: desde el sujeto y la historia, pasando por la
libertad, ciudadanía, democracia y justicia, al contemplar el mundo, los acontecimientos y los
sujetos sociales desde la centralidad del varón, propiciando por tanto la identificación de las
personas con los hombres y de éstos con los sujetos universales portadores de derechos
(Amorós, 1997, Varikas). La formulación en positivo de estas categorías, una vez realizada esa
de-construcción, es el centro de las controversias y tribulaciones del feminismo moderno.
El feminismo aporta al conjunto de la sociedad un prisma singular desde el que analizar y ver el
mundo, porque las mujeres constituidas en sujetos activos cuestionan e interrogan a la
sociedad y a ellas mismas sobre lo que son, lo que hacen, sobre la organización social y el
mundo que les rodea. Realizan de este modo un proceso colectivo de reinterpretación de la
realidad, de elaboración de nuevos códigos y significados para interpretarla, para lo que
construyen términos con los que nombrar los nuevos fenómenos que el feminismo destapa:
acoso sexual, maltrato doméstico, violencia conyugal, doble jornada.
Ahora bien, lo que pertenece a uno u otro espacio no es algo dado ni tiene fronteras
establecidas, es producto precisamente de una confrontación política e ideológica en la que
intervienen actores con distintos intereses sociales y económicos. El movimiento con su
actividad ha modificado esas fronteras y ha establecido el ámbito social como el terreno en el
que se dirime lo que pertenece a un espacio u otro y por tanto lo que es de interés colectivo y
requiere una participación pública y política. De este modo se introducen importantes fisuras
en una de las dicotomías más fuertemente desarrolladas por la modernidad: la que separa lo
privado y lo público. La consigna que levantó en los años 70 lo personal es político, sigue
teniendo vigencia, aunque haya que liberarla de algunas interpretaciones excesivamente
lineales. Permite ampliar su espacio de actuación y hacer que necesidades derivadas de una
vida privada en la que se manifiestan relaciones de poder amparadas en esa privacidad,
adquieran legitimidad por su carácter social, poniendo además en evidencia los procesos de
exclusión que tienen como origen la separación entre el espacio público y el privado.
Pero, como mencionaba, también actúan otros actores que presionan en sentido contrario.
Desde planteamientos liberales, y en el contexto de crisis del Estado del bienestar, se busca
reprivatizar las necesidades y recuperar una privacidad que necesariamente cercena la libertad
de las mujeres. Se entra así de lleno en la pugna por la redefinición de lo que el feminismo ha
formulado. Hay algunos ejemplos que considero significativos, aunque evidentemente más
complejos de lo que aquí se puede reflejar.
En el contexto del debate sobre la ampliación de la limitada despenalización actual del aborto,
aparecen propuestas que vinculan la aceptación de la decisión de la mujer como motivo para
abortar, a su exclusión, por tratarse de una opción personal, de cualquier financiación pública.
Sin embargo, la lógica debiera ser la contraria: puesto que es un derecho no se puede
privatizar más bien al contrario se debería garantizar su ejercicio sin limitar el acceso a la
sanidad pública.
En definitiva, no existe una frontera nítida y estable entre lo privado y lo público, ni tampoco
existe una norma sobre cómo tratar los aspectos de la vida privada que pasan a la escena
pública: qué aspectos hay que regular, sobre cuáles se debe legislar y cuáles tienen que
resolverse en el ámbito estrictamente social. En este sentido las leyes y medidas
institucionales no pueden considerarse en sí mismas la solución del conflicto, y mucho menos
en detrimento de la acción y la movilización social como instrumento para transformar la
realidad. La historia del movimiento feminista en el Estado español es ilustrativa en este
sentido.
A partir de esta visión sintética de algunas características del movimiento feminista. paso a
tratar en las siguientes líneas alguno de los dilemas a los que en la actualidad se enfrenta. Hay
que considerar que emergen como producto de varios factores: de los cambios que la lucha
feminista propicia en las mujeres por el acceso a nuevos derechos, en su subjetividad, en la
distinta forma de percibirse a sí mismas y por lo tanto de situarse ante la vida; de cambios
generales de las estructuras sociales; finalmente también por la acumulación de experiencias y
maduración del movimiento. El resultado es la aparición de nuevos retos ante una realidad de
las mujeres que es y/o se percibe más compleja, y que urge revisar y readecuar estrategias,
discursos y propuestas.
Uno de los aspectos que resultan conflictivos es la distinta interpretación de lo que supone
para las mujeres su adscripción de género. Comenzaré haciendo una breve referencia a
algunos argumentos que se sitúan en los extremos de un amplio abanico de posiciones (de los
que existe abundante literatura) presentes en polémicas y propuestas feministas actuales
(Alcoff, 2002).
Por un lado desde posiciones que derivan del feminismo cultural (corriente que surge en
EEUU en la década de los 80, siendo Katheleen Bary y Adrianne Rich algunas de sus autoras
más conocidas) se establece la existencia de una naturaleza femenina definida bien por la
condición biológica y su proximidad a la naturaleza al ser generadoras de vida, bien por su
sexualidad, o por diferenciaciones culturales fuertemente interiorizadas. Independientemente
de estas diferencias en su definición, se la considera provista de valores femeninos como la
ternura, entrega, paciencia y espíritu pacífico, asociados a su función maternal, a una
sexualidad diferenciada, o a su capacidad relacional. Es la represión de estos valores por la
cultura masculina, es decir la negación de su naturaleza, lo que origina la opresión. El objetivo
del movimiento es desarrollar esa cultura femenina frente a la masculinidad que se sitúa como
el verdadero problema. Mujeres y hombres constituyen de este modo dos colectivos con
intereses opuestos e identidades homogéneas que, en algunas versiones se consideran innatas
y en otras adquiridas, pero en ambos casos se definen como identidades homogéneas y
estables. El género es lo determinante para todas las mujeres, y a partir de las características
generalizables que establece se presupone la existencia de uniformidad en sus experiencias (al
igual que entre los hombres) lo que permite hablar de unidad natural entra las mismas. Sobre
ésta debe basar el feminismo su estrategia pues las diferencias entre las mujeres, aun
reconociéndolas, no se consideran relevantes para la propuesta feminista al debilitar esa
unidad que el género establece.
La consideración de una naturaleza femenina y los valores a ella asociados, así como la
consiguiente política de revalorización de la diferencia como lo propio de las mujeres, son
planteamientos compartidos por el llamado feminismo de la diferencia, que surge en Italia y
Francia, siendo Luisa Murazo, Luce Irigaray, Milagros Rivera algunas de sus autoras. Esta
corriente, que aparece en confrontación con el feminismo de la igualdad, si señala como
significtivas las diferencias entre las mujeres pero las sitúan en el mundo femenino que define
su existencia diferente al de los hombres y en el que debe circunscribirse la actuación del
feminismo.
Por otro lado, mantener que las diferencias entre mujeres y hombres son innatas, deriva en
cierto esencialismo que, aparte de otras consideraciones, plantea la imposibilidad de cambio
en los propios hombres. Pero además contemplar la pertenencia al género femenino como lo
único realmente significante para las mujeres, es decir dar por buena la exclusiva identificación
de las mujeres como miembros de un grupo social definido por su pertenencia de género, lleva
a un tratamiento abstracto de las mujeres que dificulta la comprensión de su diversidad y de
sus cambios. Prescinde del hecho de que las identidades individuales de las mujeres no están
determinadas sólo por su pertenencia al género sino también por otras adscripciones sociales:
de clase, raza, sexuales, etc. que interactúan con él, y generan necesidades, prácticas e
identidades sociales mucho más complejas. Nadie es sólo mujer. Además, puede llevar a
posiciones normativizadoras puesto que, de hecho, formula una propuesta de lo que debe ser
la mujer en función de la naturaleza que la define, sea esta de origen biológico, sexual o
cultural.
En el otro extremo se sitúan las posturas que, influidas por el post-estructuralimo francés
(Lacan, Julia Kristeva, entre otros) y por la revisión que introduce el post-modernismo, buscan
precisamente lo contrario: restar relevancia a lo que el establecimiento del sistema de géneros
representa, minimizar su significado y por tanto relativizar las categorías mujer y hombre al
considerar que cualquier categoría identitaria es normativa y excluyente. Así, aún
reconociendo las diferencias que la asignación de géneros establece entre mujeres y hombres,
consideran que el objetivo del feminismo es quitarles valor político y partir del valor de las
experiencias singulares de cada mujer, dando un tratamiento más complejo a la subjetividad.
Abogan por tanto por identidades contingentes que no permitan establecer una definición de
lo que es la mujer ni por tanto, hablar en su nombre.
Estos planteamientos han tenido un efecto positivo pues ayudan a formular una crítica a
cualquier veleidad esencialista y, por tanto, a las políticas normativizadoras que de ellas se
derivan: así como a situar la centralidad que para el feminismo debe tener el acercamiento a la
construcción de la subjetividad. Pero también implican problemas de fondo. Privar, como se
hace, al análisis sobre la situación de las mujeres de la perspectiva de género significa
prescindir de analizar y actuar sobre el conflicto que representan las prácticas sociales de
subordinación y discriminación que, pese a los cambios logrados, persisten en nuestra
realidad, así como de los elementos de identificación que establece, por contingentes que
sean. Al obviar cualquier otra categorización social y considerar determinante la experiencia de
cada mujer, introduce cierto relativismo y una visión acrítica sobre las ideas y procesos sociales
que subyacen a dichas prácticas. No me refiero con ello a la práctica que muchas mujeres
inician ajena a cualquier consideración feminista, pero que deriva en experiencias de defensa
de espacios de libertad; sino a las que se enfrentan a la autonomía de las mujeres y afianzan la
subordinación, o fundamentan relaciones de poder entre las propias mujeres, aspectos que,
en distintas versiones, desarrolla el movimiento femenino de derechas.
Desde un punto de vista político, no todo es igualmente relevante para el proyecto feminista,
pues la especificad de la experiencia de una mujer no garantiza su valor político so pena de
caer en lo que las feministas mexicanas llaman el mujerismo. Cuestionar, someter a crítica
experiencias, intereses y procesos sociales que subyacen en dichas prácticas resulta
fundamental para formular un discurso crítico y propuestas de cambio.
Proteccionismo/autonomía sexual
La disyuntiva que plantan estas posiciones se refleja, con sus particularidades, en un campo
tan relevante para la teoría y práctica feminista, como es el de la sexualidad, al ser un
elemento central en la identidad de mujeres y hombres. Por un lado se establece una
oposición entre la sexualidad masculina: agresiva, violenta y genital, y la femenina que por el
contrario se describe como suave, sensual y no genital. La violencia sexual estaría pues
intrínsecamente unida a la naturaleza violenta del varón, por lo que combatirla se convierte en
el eje de la política sexual del movimiento.
En el otro extremo están las posiciones que se limitan a reconocer y dar por válidas las
distintas prácticas sexuale, haciendo del placer el único eje de intervención feminista y por
tanto dejando de lado las relaciones de poder a las que la sexualidad no escapa.
Diversas autoras (Vance, 1989) han llamado la atención sobre algunos problemas que plantean
estas posiciones. Por un lado sobre la tentación de establecer un nuevo modelo sexual,
necesariamente normativo, al definir a partir de generalizar una parte de la conducta sexual de
algunas mujeres cómo deben ser sexualmente todas ellas, y por tanto negando sus distintas
manifestaciones de deseo, fantasías y experiencias sexuales. Y por otro lado, el obviar que la
sexualidad, aun presentando cierta autonomía respecto al género, es una construcción social y
por tanto susceptible de modificación.
Una política que sólo se centra en el peligro, la violencia sexual, lo hace aparecer tan
determinante que excluye cualquier otra posibilidad de actuación que no sea la protección
frente al deseo masculino, y deja de lado el discurso del placer, de la autonomía sexual de las
mujeres. Pero enfatizar sólo el placer y prescindir del peligro supone ignorar las relaciones de
poder en las que se inscribe la sexualidad y el modelo sexual dominante. Al feminismo no le
queda otra que transcurrir entre la tensión del placer y el peligro, y aunar la lucha contra todas
las expresiones de violencia sexual junto con la defensa del placer, la autonomía y libertad
sexual de las mujeres.
En segundo lugar, la ubicación social en función del género tiene distintas implicaciones en la
subjetividad de las mujeres. Indudablemente genera elementos comunes a partir de
experiencias compartidas de exclusión y discriminación, por más variados que sean los ámbitos
en los que se producen: la percepción que se tiene de las diferencias biológicas, sentimientos
compartidos de injusticia, lo que representa la asignación de las tareas relacionales y la
diferente forma de organizar la vida que implica, o la empatía que produce la búsqueda de
espacios de libertad personal, cualesquiera que sean estos y las formas de hacerlo. Pero dicho
esto, no se puede afirmar que todas tienen necesariamente las mismas experiencias: no todas
las mujeres sufren agresiones, ni todas son madres, o heterosexuales, ni proceden del mismo
país; los mismos problemas se pueden vivir de distinta forma, o en distintos momentos; y los
sentimientos que una misma situación provoca pueden ser muy diversos, como lo son los
recursos que tienen para enfrentarse a ella.
El género no define por tanto un modo de ser estable y universal pues la identidad de las
mujeres es diversa y compleja en la medida que actúa en una pluralidad de contextos sociales.
El feminismo por tanto se enfrenta al reto de acoger e interpretar la variedad de formas que
adopta el ser mujer. Esos interés e identidad cabiante de las mujeres también convierte en
más compleja, y algo desestabilizador, la acción del movimiento.
Un ejemplo que puede resultar ilustrativo de los problemas que plantea articular en la práctica
la diversidad lo encontramos en la dificultad de las leyes para atender realidades tan
complejas. La ley integral contra la violencia de género hace de la denuncia de las mujeres el
centro neurálgico de intervención, dejando por tanto fuera del acceso a los recursos sociales,
laborales y económicos a quienes no optan por la vía judicial como camino de resolución del
conflicto. Pese a que el número de denuncias ha ido en aumento sigue representando tan sólo
el 5% de las mujeres que sufren malos tratos por parte de su pareja o ex pareja. Las mujeres
no denuncian por muy distintas causas: por miedo a la reacción del agresor; porque no confían
en la justicia al ver los prejuicios y la imprudencia con que actúan algunos jueces dejándolas en
una situación de mayor riesgo por no adoptar en tiempo y forma las medidas cautelares
necesarias; o bien porque no quieren judicializar su caso, quieren acabar con la violencia que
viven pero no que el padre de sus hijos acabe en la cárcel. La denuncia es fundamental en
muchos procesos de violencia, pero no acoge a todas las mujeres, y al no contemplar la
enorme complejidad de los itinerarios vitales de las mujeres, las deja fuera del amparo de las
medidas públicas.
Otro tipo de problemas derivan de negar la diversidad. Es el caso del tratamiento de las
demandas de las trabajadoras del sexo. Dejando a un lado el intenso debate que suscita, me
remito a lo que ellas plantean, porque las prostitutas han tomado la voz y plantean cosas muy
distintas. Se atiende a quienes desean dejar la prostitución y denuncian las mafias que las
fuerzan mediante engaño y coacción a trabajar privadas de libertad y en condiciones
prácticamente de esclavitud. Pero desde distintas Administraciones y sectores del feminismo
se niega la voz, incluso su propia existencia, a quienes autodefiniéndose como trabajadoras del
sexo afirman que la prostitución no siempre es producto de la coacción, que no lo es en su
caso y quieren continuar trabajando como prostitutas. Sin dejar de cuestionar el modelo
sexual heterosexista y la progresiva mercantilización de cada vez más aspectos de la vida,
resulta evidente que no abordar la estigmatización social que recae sobre ellas y defender sus
derechos es situarlas en los márgenes de una legalidad donde se produce mayor indefensión y
abusos.
Y por último quisiera señalar un tercer tipo de problemas: la deriva discursiva y práctica de
victimización permanentemente de las mujeres (que obviamente no significa dejar de actuar
sobre situaciones de opresión y desigualdad). Me refiero al reiterado tratamiento de las
mujeres como sujetos pasivos de la dominación masculina, necesitadas de permanente tutela
y protección. Este enfoque muchas veces va en detrimento de su consideración como sujetos
activos, capaces, incluso en situaciones tremendamente duras, de desarrollar habilidades para
formular sus deseos y exigencias, en base a su capacidad ética para decidir sobre su vida. Este
discurso que encuentra un particular rechazo entre las mujeres jóvenes.
Establecer si las mujeres ganan más con políticas en las que la diferencia sexual se hace
irrelevante o por el contrario en las que constituyen el fundamento de cualquier propuesta;
reclamar medidas específicas, proteccionistas, formulando derechos específicos o medidas que
partan de un trato igual a hombres y mujeres bajo el paraguas de los derechos generales no
deja de ser una discusión pragmática. Las distintas argumentaciones y medidas pueden tener
más o menos interés y eficacia para lograr cambios dependiendo de muchos factores: de la
oportunidad del momento, dónde esté situado el debate de partida en la sociedad, la dinámica
de lucha en la que se inscribe la reivindicación, y cómo se valora la situación de partida de las
mujeres. En este sentido no se puede obviar que, tras más de treinta años de presencia activa
del feminismo los cambios logrados en la sociedad y en las propias mujeres no han sido
lineales y han generado distintos niveles de autonomía económica, sexual y social.
Visibilizar y dar valor al trabajo de cuidados que realizan las mujeres es de justicia pero si esta
afirmación no se inscribe en una dinámica de justicia social en la que se exija la redistribución
de los recursos y la responsabilización de los hombres y los gobiernos, caería en corroborar la
identificación del cuidado con lo femenino como si fuera algo inamovible. Su sentido no es
afirmar la división del trabajo en función del sexo, sino al contrario tratar de desestructurarla.
En un momento dado puede ser viable la exigencia de medidas proteccionistas como son las
de acción compensatoria o discriminación positiva en el ámbito laboral (dejo a un lado la
discriminación positiva en la representación política pues incorpora elementos que lo hacen
más complejo, como la representación de grupo en el terreno de las ideas). Se parte de una
situación de desigualdad profunda y prolongada y se enfrentan a las resistencias de un
empresariado anti-igualitrista y preconstitucional. A mi modo de ver se trata de medidas
puntuales, evaluables y modificables en función de la eficacia y efectos producidos.
Bibliografía
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https://www.msdmanuals.com/es-ec/hogar/salud-femenina/planificaci%C3%B3n-
familiar/aborto