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Feminismo: Lucha por la Igualdad de Género

El feminismo es un movimiento que busca la igualdad de género en los ámbitos social, cultural y económico. A pesar de ello, el término a veces es malinterpretado como una ideología que promueve la superioridad de la mujer sobre el hombre.

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Feminismo: Lucha por la Igualdad de Género

El feminismo es un movimiento que busca la igualdad de género en los ámbitos social, cultural y económico. A pesar de ello, el término a veces es malinterpretado como una ideología que promueve la superioridad de la mujer sobre el hombre.

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El feminismo

El feminismo es un movimiento social y político que se inicia formalmente a finales del siglo
XVIII -aunque sin adoptar todavía esta denominación- y que supone la toma de conciencia de
las mujeres como grupo o colectivo humano, de la opresión, dominación, y explotación de que
han sido y son objeto por parte del colectivo de varones en el seno del patriarcado bajo sus
distintas fases históricas de modelo de producción, lo cual las mueve a la acción para la
liberación de su sexo con todas las transformaciones de la sociedad que aquella requiera.

Atareadas en hacer feminismo, las mujeres feministas no se han preocupado demasiado en


definirlo cuenta Victoria Sau en su libro “Diccionario Ideológico feminista” del que
reproducimos un fragmeno referido a la definición del feminismo:
En el Diccionario (patriarcal) Ilustrado de la Lengua la voz feminismo es definida torpemente
así: «Doctrina social que concede a la mujer igual capacidad y los mismos derechos que a los
hombres.» Así de breve, falsa y tendenciosa la asume la Academia de la Lengua (patriarcal). La
propia definición incurre en aquello contra lo que el feminismo lucha: considerar que la
suprema mejora es elevar a la mujer a la categoría del hombre como ser modélico, y suprimir o
disimular cualquier imagen de la mujer que la presente como ser activo, dueña de su propia
lucha.

El Diccionario (patriarcal) Larouse dice: «Feminismo: Tendencia a mejorar la posición de la


mujer en la sociedad». En un articulo feminista del que son autoras Anne y Jacqueline se lee:
«El feminismo es la toma de conciencia por la mujer de la opresión que padece. Una opresión
que no es solo económica, jurídica y sexual, sino sobre todo psicológica.»

Marcuse dice que el movimiento feminista actúa a dos niveles: uno, el de la lucha por
conseguir la igualdad completa en lo económico, en lo social y en lo cultural; otro, “mas allá de
la igualdad” tiene como contenido la construccion de una sociedad en la que quede superada
la dicotomia hombre-mujer, una sociedad con un principio de la realidad nuevo y distinto.

("Marxismo y feminismo"). En una linea de pensamiento parecida M. Godelier reconoce que


"Nos orientamos hacia relaciones sociales sin referencia en el pasado."
De J .R. Evans (Las feministas) tomo la historia del termino feminismo, surgido primero en
Francia (feminisme) y adoptado en Inglaterra a partir de 1890 (feminism) en sustitucion de
womanism ("mujerismo"). En España la palabra feminismo aparece en la bibliografia en 1899,
con el libro de Adolfo Posada: Feminismo, como asi lo hace constar Aurora Diaz-Plaja en «La
mujer y los libros». Aunque ya las mujeres habian empezado a escribir sobre las mujeres
(como Josefa Amar y Concepcion Arenal, por ejemplo) fueron obra de varones los primeros
titulos conteniendo la polémica palabra, ya que en 1901 Romera Navarro sale en defensa del
sexo femenino contra el sexismo del autor de La inferioridad mental de la mujer con el
siguiente libro: Ensayo de una filosofía feminista: refutación a Moebius.
Los orígenes del feminismo como movimiento colectivo de mujeres hay que situarlo en los
albores de la Revolucion Francesa. Entre los numerosos Cahiers de doleances (Cuadernos de
quejas) que se publicaron entonces con ocasión del anuncio de convocatoria de los Estados
Generales, varios se hacian eco de quejas femeninas, aunque P.M. Duhet solo garantiza dos
como escritos por las propias mujeres, ansiosas de cambiar en muchos aspectos su situacion.
En la Biblioteca Nacional de Paris pueden consultarse estos folletos, que datan de 1788.
Qué es el feminismo y qué es ser feminista
Ser feminista no significa que pensemos que las mujeres merecemos derechos especiales;
significa que sabemos que merecemos los mismos. Defender la igualdad no implica
menospreciar o castigar a los hombres. El feminismo no habla de superioridad ni discrimina al
otro género, simplemente combate las desigualdades que sufren las mujeres por el mero
hecho de serlo. No se lucha por ser “más”, se lucha por ser igual.
En este contexto, no todos los hombres son machistas, pero lo es el sistema y es imposible
escapar de él. Ellos también sufren suposiciones y expectativas basadas en su género y ello les
condiciona a vivir y a actuar de cierta manera, pero no es comparable. Las mujeres estamos
hartas de ser juzgadas y criticadas por la manera en que nos vestimos o comportamos. Por la
forma en la que hablamos o trabajamos. Cansadas de que nuestra palabra valga menos o nada,
cansadas de la desigualdad, de cobrar menos, de trabajar más. Estamos hartas de empleos
informales y precarios, de los techos de cristal, de tener que demostrar nuestra capacidad,
nuestras habilidades, nuestra seguridad. Cansadas de que nos maten, de que nos acosen, de
que nos violen. Cansadas de ser nazis por defender la igualdad.
´´La sociedad nos enseña a no ser violadas en ves de No violar´´
En el mundo, 137 mujeres mueren a manos de su pareja o de un miembro de su familia cada
día. En España, ya son 14 las mujeres asesinadas en lo que va de año. Un total de 1.047 desde
2003. Nos están matando. Y no es un decir.
También hay violencia sexual. En el mundo, una de cada tres mujeres ha sido víctima de
violencia física o sexual. Y el 55% de las mujeres de la Unión Europea han experimentado acoso
sexual en, al menos, una ocasión desde que cumplieron los 15 años.
Lo diré de otra manera: las mujeres de entre 15 y 44 años tienen más riesgo de sufrir violencia
de género que de sufrir un accidente de tráfico o enfermedades como el cáncer o la malaria.
¿Cómo te quedas?
Por suerte se están llevando a cabo diferentes campañas de concienciación sobre la
importancia del feminismo, pero aún queda mucho por hacer.
El movimiento feminista #MeToo unió a miles de mujeres que alguna vez se habían sentido
acosadas y #Cuéntalo agrupó cientos de miles de experiencias personales sobre agresiones
sexuales. Muchos eslóganes se hicieron virales como “No es No” o “Sólo SÍ es SÍ”, ¡Hermana,
yo sí te creo!, ¡Ni una más! ¡Ni una menos!... Y se hizo historia con las huelgas feministas y la
asistencia masiva a las manifestaciones que se celebraron en todo el mundo. Fue toda una
demostración de fuerza y de intenciones.
Pero Naciones Unidas lo ha vuelto a recordar: ningún país ha alcanzado la igualdad de género y
las disparidades, la exclusión, el machismo en sus distintas intensidades y vertientes siguen
dando lugar a diferencias tan injustas como que llamen un 30% menos a las mujeres para una
entrevista de trabajo o que tengamos que trabajar más para ganar lo mismo.
La brecha salarial es un hecho en España (y en el mundo). Según un informe de CCOO, las
mujeres ganan un 30% menos de media que los hombres. ¿Y por qué? Por motivos como la
feminización de los trabajos peor remunerados o los complementos salariales. La nocturnidad,
la disponibilidad de tiempo... son “licencias”, por ejemplo, que muchas mujeres con hijos o
mayores a su cargo no se "pueden permitir". Según los datos del Instituto Nacional de
Estadística, nosotras dedicamos 12,5 horas más a las actividades del hogar y la familia cada
semana. ¡Ponte a sumar! ¡O mejor no! No te va a gustar.
El hombre no se ve igual de afectado en su carrera laboral al tener hijos. No los despiden ni los
marginan. Tampoco piden excedencias ni aceptan trabajos temporales o parciales por este
motivo. Son las mujeres quienes se encargan, en su gran mayoría, de hijos y mayores. Al final,
si sumamos de aquí y de allá, una mujer necesita trabajar de media 84 días más al año que un
hombre para cobrar el mismo salario. Y no lo digo yo. Lo dice un estudio de UGT. Y hay muchos
más. Todos apuntan en la misma dirección.
Más allá del dinero, a la gente le preocupa la escasa representación que tienen las mujeres en
las esferas de poder. A mí también. Los techos de cristal son las barreras que se consideran
“invisibles” y por las cuales una mujer no puede acceder a puestos de responsabilidad por
cuestiones machistas.
Y no hemos abordado todavía nuestro derecho a decidir sobre nuestro cuerpo y nuestra
maternidad. Nuestra manera de vivir la sexualidad, nuestra identidad. Tampoco las cosas del
día a día como tener miedo a caminar solas, a que no respeten nuestro “no”, a ser tratadas
como trofeos o desechos, a que nos cosifiquen o hipersexualicen, a que nos consideren el sexo
débil y culpabilicen en los casos de violencia de género y sexual, a que nos intenten controlar,
acallar, someter, a que nos piropeen por la calle como si fuésemos un objeto que admirar o
poseer.

El mundo necesita una sociedad igualitaria, libre de violencia machista, donde las mujeres
puedan vivir sin miedo, con igualdad de oportunidades, con los mismos derechos,
corresponsabilidad de tareas y cuidados, y una justicia y educación sin sesgo de género. Todas
las personas merecemos el mismo respeto, los mismos derechos, la misma igualdad. Se
acabaron las excusas.

Debemos avanzar.

El feminismo no busca la superioridad de la mujer respecto al hombre, sino que es la


ideología que defiende la igualdad en aspectos sociales, culturales y económicos entre
ambos sexos. A pesar de ello, la similaridad semántica de la palabra con el concepto de
machismo hace que en muchas ocasiones adquiera un significado incorrecto en el que se
la considera una especie de ‘antónimo’ de esta. En ese sentido, el error de interpretación
más habitual del concepto ‘feminismo’ lo hace adoptar el significado que actualmente
ostenta la palabra ‘hembrismo’.

El ‘hembrismo’, que no es un concepto recogido todavía por la RAE, es popularmente


conocido como la palabra equivalente al machismo aunque en sentido contrario. Así, el
‘hembrismo’ impulsa la preponderancia de la mujer, mientras que el machismo privilegia
al hombre y ninguno de los dos apuesta por la igualdad de género. Esta idea también
suele vincularse al concepto de la misandria, que es el desprecio a los varones.

Alcanzar la igualdad de derechos entre hombres y mujeres, sigue siendo una de las principales
exigencias del feminismo en pleno siglo XXI.
Actualmente, se constituye como una corriente de pensamiento que reúne un conjunto de
movimientos e ideologías, tanto políticas como culturales y económicas que busca lograr la
equidad de género y la transformación de las relaciones de poder entre ambos sexos.
En el marco del ciclo de actividades “Somos diversidad, retratos de género”, organizado por la
Dirección General de Divulgación de la Ciencia de la UNAM, Montserrat Dehesa Santillán,
egresada de la Escuela Nacional de Trabajo Social de la UNAM y colaboradora del Centro de
Estudios de Género, impartió la charla ¿Qué significa el feminismo?, donde abordó desde el
punto de vista social este tema.
El feminismo —expuso— es un movimiento social cuyas características principales son:
solidaridad, percepción específica de la realidad, ruptura y capacidad de producir. La
solidaridad está dirigida a promover o impedir cambios sociales. La percepción de la realidad
cuestiona las ideas normativas y reglas sociales que suponen desventaja para las mujeres.
La ruptura se refiere a la disolución de límites y normas de las relaciones sociales, es decir, no
permitir el menosprecio o el abuso por el hecho de ser mujer; actuar para que estas
situaciones cambien.
Y también está la capacidad de producir, esto es, la habilidad que se debe tener para la
producción de ideas, teorías y acciones colectivas; es el empuje entre los grupos de mujeres
encaminados hacia el cambio.
En el Museo de la Luz de la UNAM, refirió que el feminismo es toda una cultura de un conjunto
de mujeres que han cuestionado, debatido y cambiado el entorno para que sus derechos e
intereses sean reconocidos.

Las cuatro olas feministas


Una forma tradicional que ha contribuido a visibilizar los procesos de la lucha de las mujeres,
es la ubicación de cuatro olas históricas.
OLA DE LA ILUSTRACIÓN: se originó durante la época de la Revolución Francesa; las mujeres
cuestionaron los privilegios masculinos afirmando que no son una cuestión biológica y/o
natural. Aquí el movimiento no era conocido todavía como feminista.
OLA LIBERAL SUFRAGISTA: aquí el feminismo apareció por primera vez como un movimiento
internacional con identidad teórica. Es en esta ola que con grandes esfuerzos se consigue el
derecho al sufragio en 1918, cuando en Inglaterra se regula el voto para mujeres mayores de
30 años y poseedoras de una casa.
OLA DE LA LIBERACIÓN SEXUAL: con el lema lo personal es político se buscaba llamar la
atención sobre la opresión de la mujer en el ámbito privado. Esta ola hace referencia al
profundo y generalizado cambio ocurrido durante la segunda mitad del siglo XX en numerosos
países del mundo occidental, desafiando los códigos tradicionales relacionados con la
concepción de la moral sexual, el comportamiento sexual humano y las relaciones sexuales.
OLA DE LA SORORIDAD: Este término va encaminado hacia la hermandad entre mujeres con
respecto a las cuestiones sociales de género. Sororidad es un término derivado del
latín soror que significa hermana. Es un neologismo empleado para hacer mención a la
solidaridad que existe entre mujeres, especialmente, en las sociedades patriarcales.

Su análisis
Montserrat Dehesa detalló que igualmente, existen cuatro categorías de análisis de la teoría
feminista.
La primera de ellas es el orden patriarcal; el patriarcado se entiende como una institución en
virtud de la cual una mitad de la población, es decir las mujeres, se encuentra bajo el control
de la otra mitad, en este caso los hombres. En esta categoría se pone a la figura del padre
como el jefe de todo, desde las relaciones más pequeñas hasta las más amplias.
En la segunda categoría de análisis tenemos al género, el cual es una construcción social que
se basa en el conjunto de ideas, creencias y representaciones que generan las culturas a partir
de las diferencias sexuales, las cuales determinan los papeles de lo masculino y lo femenino. La
teoría de género la expresan de manera certera las feministas radicales de finales de los
sesenta y principios de los setenta del siglo XX.
La identidad de género es la tercera categoría. El género femenino se construye a partir del
antagonismo con el hombre desde la debilidad, servicio y ser para otros. En contraparte, el
género masculino es considerado el modelo de lo humano, y como tal se le atribuye fuerza y
poder.
Finalmente, está el análisis de la violencia de género, donde tienen cabida las agresiones,
acciones u omisiones contra la integridad de las personas, basadas en el orden patriarcal y en
las relaciones de poder-dominación que resulten en daño psicológico, físico, patrimonial,
económico, sexual, y feminicidio.
El feminismo es, ha sido y será un movimiento cuyo fin es buscar la autonomía de la mujer, así
como la igualdad de sus derechos ante los hombres.
ABORTO
 El embarazo puede interrumpirse extirpando quirúrgicamente el contenido
del útero o tomando ciertos medicamentos.
 No es habitual que haya complicaciones cuando el aborto se practica en un
hospital o en una clínica a cargo de un profesional de la salud capacitado.
 El aborto programado no supone un riesgo añadido para el feto o para la
mujer en embarazos posteriores.

Mientras que el aborto está penalizado por ley en algunos países, en otros puede realizarse
previa solicitud. Alrededor de dos tercios de las mujeres del mundo tienen acceso al aborto
legal.

En la mayoría de los estados de Estados Unidos, el aborto programado (aborto libre o aborto
iniciado por decisión personal) es legal en el primer trimestre (hasta 12 semanas). Después
de las 12 semanas de gestación, muchos estados imponen restricciones sobre cuándo se
puede practicar el aborto. Por ejemplo, puede requerirse un período de espera o
asesoramiento antes de que se pueda realizar un aborto. Estas restricciones varían en
función del Estado.

En Estados Unidos, alrededor del 50% de los embarazos no son intencionados, y alrededor
del 40% de los embarazos no deseados se terminan con un aborto programado, lo que lo
convierte en uno de los procedimientos quirúrgicos más comunes.

En los países donde el aborto es legal, suele ser seguro y no haber riesgo de complicaciones.
En todo el mundo, cerca del 13% de las muertes de mujeres embarazadas se deben a
abortos. La mayoría de estas muertes ocurren en países donde el aborto es ilegal.

La anticoncepción puede iniciarse inmediatamente después de un aborto realizado antes de


las 28 semanas de embarazo.

El aborto es una de las intervenciones quirúrgicas que se realizan con más frecuencia.

Las complicaciones del aborto son escasas cuando lo lleva a cabo un profesional de la salud
formado, en un hospital o en una clínica. Además, existen menos complicaciones después de
un aborto que después de un parto a término. Las complicaciones son graves en menos del
1% de las mujeres que sufren un aborto. La muerte después de un aborto es muy poco
frecuente. Alrededor de 6 de cada millón de mujeres que se someten a un aborto mueren,
en comparación con las cerca de 140 mujeres de cada millón que mueren al dar a luz a un
bebé a término.
El riesgo de complicaciones también guarda relación con el método utilizado.

Ensayo sobre el feminismo


Ejemplo de ensayo sobre el feminismo. Este es un ensayo argumentativo que habla sobre la
polémica del pensamiento feminista y los problemas que enfrenta a nivel mundial.

Título del ensayo: La polémica del feminismo a nivel mundial

Tipo de ensayo: Ensayo argumentativo

Largo: 434 palabras. Tema: Feminismo


Entre los movimientos sociales más populares en las últimas décadas se encuentra el
feminismo. Se trata de un pensamiento que ha tenido unos de los mayores despliegues a nivel
mundial, utilizando los medios de comunicación como el Internet para fomentar sus ideas. De
este modo, miles de personas alientan a las mujeres para que su rol en la sociedad sea
respetado, pero muchas veces de una manera inadecuada, que entra en conflicto con la
igualdad de género que supuestamente defienden.

Actualmente es común encontrar en las redes sociales y otras páginas similares a miles de
feministas que atacan a los hombres, generalizándolos como una caricatura misógina. Aunque
su objetivo es la lucha por recibir un trato justo y sin discriminaciones, es común que caigan en
la difamación, utilizando la retórica de una manera torcida que confunde la crítica al sexismo
con el accionar masculino.

Para muchas feministas que llevan su pensamiento al extremo, todos los hombres son iguales
y su comportamiento es condenable en cualquier tipo de circunstancia. Asimismo, las
objeciones que se manifiestan en contra de su opinión son rechazadas con violencia, siendo
consideradas un síntoma de complicidad.

Este antagonismo es un claro ejemplo de la polémica dentro del feminismo, donde muchas
militantes falsamente promueven la igualdad entre los sexos. En cambio, se convierte en una
obsesión basada en el mal comportamiento de la población masculina, desviando la atención
de problemas reales que deberían ser estudiados para hallar una solución. De esta manera, los
ataques que reciben los varones terminan provocando antipatía, tanto en ellos como en
algunas mujeres, y empiezan a aparecer las reflexiones negativas sobre las feministas y su
pensamiento.

Cuando todo lo antes mencionado llega a su máxima expresión aparecen las teorías radicales,
como aquellas que consideran que la civilización occidental se trata de un patriarcado donde
las mujeres tienen menos oportunidades y derechos. No cabe duda que esto ocurre en ciertos
países, pero es necesario delimitar su alcance para detener una visión subjetiva que solo
distorsiona la realidad. En caso contrario, nos encontramos con estudiantes que pregonan
ideas sin reflexionar sobre ellas, repitiendo lo que leen o escuchan, sin razonar sobre su
veracidad.

Es sumamente importante entender que las desigualdades sociales muchas veces son
ocasionadas por un pensamiento que es llevado al extremo. En esto se basa la polémica del
feminismo, donde ciertas mujeres optan por el odio al género masculino, argumentado que
está justificado porque ellos mantienen el poder y la mayoría de privilegios. La única forma de
establecer una sociedad donde se respeten los derechos y facultades de todos, es dejando
(Injoque, 2017)

RESUMEN

El artículo parte de la consideración del feminismo como un movimiento plural y crítico; de


ideas, denuncia y reivindicación, producto del conflicto social que genera una posición de
subordinación y desigualdad de las mujeres. Se describen algunas de sus características como
la configuración de un nuevo sujeto a partir de un doble proceso: individual y colectivo de las
mujeres, o el carácter multidimensional de su acción y su carácter transformador.
En una segunda parte se plantean las peculiares relaciones del movimiento con la sociedad a
partir de considerar algunos de los dilemas a los que se enfrenta. Se analiza la constante
redefinición, a partir de su acción en el campo social, de la dialéctica entre lo privado y lo
público. Se abordan las implicaciones teóricas y práctica de la tensión entre la individualidad
de las mujeres y su pertenencia de género. Y por último se defiende una práctica feminista que
combine elementos culturales de identidad con una política social de justicia e igualdad,
medidas de protección junto con políticas que avancen en la autonomía y libertad de las
mujeres.

Las mujeres: sujetos de un conflicto

El movimiento feminista surge ante la necesidad de actuar sobre un arraigado conflicto, que
atraviesa a la sociedad, determinado por el hecho de nacer mujer o varón. Si bien el análisis
sobre el origen y las consecuencias de la subordinación de las mujeres ha dado lugar a distintas
teorías, y en ocasiones a infructuosos debates, parto de la consideración de que es sobre esa
diferencia biológica inicial como se articulan los procesos que otorgan poder a los hombres
sobre las mujeres y generan discriminación y desigualdad que se manifiestan social, cultural y
económicamente. Se trata por tanto de un conflicto que conforma una de las características
estructurales del actual modelo de organización social.

La categoría “género”, acuñada por el feminismo, remite precisamente al carácter social y


cultural del proceso por el que se atribuyen características y significados diferenciados y
jerarquizados a mujeres y hombres, constituyendo estereotipos que varían geográfica y
temporalmente, sobre lo que es y debe representar nacer varón o mujer. Sin embargo
conviene señalar que al generalizarse el uso de este término, con frecuencia se vacía su
contenido crítico integrándolo en discursos políticos, académicos, de ONGs y medios de
comunicación, en los que no siempre designa relaciones de poder y procesos sociales de
discriminación. Esta última es la acepción que utilizaré a lo largo del texto.

El conflicto al que me he referido requiere y define un nuevo sujeto social, las mujeres, que
vertebran y protagonizan el discurso y la acción colectiva de denuncia y contestación a los
límites que a su libertad establece la sociedad patriarcal, en una dinámica de transformación
profunda de la sociedad. El movimiento feminista que da expresión a este sujeto se configura a
partir de un doble proceso: el personal e individual por el que, de muy distintas formas (todas
ellas necesarias, valiosas y legítimas), se rebelan contra aspectos particulares de su condición y
manifiestan las situaciones que viven y perciben como injustas; y la dinámica colectiva que
genera la identificación de unas con otras, la voluntad de actuar colectivamente contra el
sistema de prohibiciones y exclusiones que las encierra en identidades impuestas y la
necesidad de abrir nuevos horizontes en sus vidas. Esta acción conjunta, basada en una
interpretación de los deseos y necesidades de las mujeres, configura una identidad colectiva e
inestable, que va a estar permanentemente mediada por las múltiples individualidades,
identidades diversas y cambiantes de las mujeres, de sus experiencias, criterios y prácticas.
Porque es a través de su propia acción como el movimiento va a ir definiendo y redefiniendo
su identidad colectiva, su ideología y sus reivindicaciones (De Miguel, 2000). Y esta doble
dimensión: individual y colectiva, le otorga singularidad al movimiento y una enorme fuerza al
situarse como referente para muchas mujeres.

Por último, aunque pueda parecer una obviedad, considero imprescindible destacar el carácter
plural del movimiento, de su teoría, práctica y realidad organizativa, frente a cualquier visión
dogmática, pues no existe una única forma de analizar y representar la subordinación de las
mujeres. El feminismo no es un dogma (Agra, 2000) ni un proceso acabado; no dispone de una
teoría y proyecto cerrado ni de una práctica preestablecida. Se trata de un movimiento social
crítico que, a partir de su intervención concreta, se sitúa en permanente confrontación y
diálogo con la realidad social y con su propia evolución interna. En este proceso va a
desarrollar su capacidad para examinar y poner de manifiesto sus propias tensiones.

La multidimensionalidad de la contestación feminista

Hacer frente a las causas y manifestaciones de la subordinación requiere identificar y actuar


sobre los muy diversos mecanismos por los que la sociedad jerarquiza la diferencia sexual y
afianza una asimetría que se traduce en relaciones de poder muy precisas. Así, tanto la lucha
por reformas y mejoras concretas como la crítica y propuestas de transformación más radical,
lleva a transitar por la familia, la escuela, las leyes, el modelo sexual, las prácticas sociales, las
relaciones personales, la subjetividad, la economía, las instituciones representativas, y un largo
etcétera.

La multidimensionalidad y transversalidad de sus ámbitos de actuación es otro rasgo relevante


del movimiento. Siendo el género un elemento de organización social, las propuestas
feministas no se pueden circunscribir a un solo campo, sea éste el económico, social, cultural o
político, por más que resulte necesario avanzar en cada uno de ellos. Es más, no se puede
prescindir de la forma en que interactúan pues en todos ellos se manifiesta la adjudicación y
jerarquización de los géneros (Frasser, 1996). Ninguno de ellos por sí solo explica ni la
naturaleza ni la profundidad de la opresión de las mujeres, por tanto los análisis que hacen
recaer en la economía o en la cultura la causa primigenia de la subordinación limitan o
distorsionan el alcance y el éxito de las propuestas de transformación. Por tanto, identificar los
mecanismos por los que la diferencia sexual se traduce en posición de subordinación para las
mujeres, requiere una visión interactiva del funcionamiento social y cualquier alternativa
debería articular el conjunto de factores de esa compleja realidad.

A modo de ejemplo sirva el análisis de la relación de las mujeres con el mercado laboral. Su
participación en el trabajo asalariado es un elemento fundamental para su autonomía
económica a la vez que una fuente de sobreexplotación laboral y discriminación social. Para
constatarlo valga la referencia a algunos datos actuales: en el Estado español el salario medio
de las mujeres es entre un 25% y un 33% inferior al de los hombres, su tasa de paro es siempre
superior, la de ocupación siempre inferior, y la feminización de un sector de la economía lleva
aparejada su desvalorización social y la reducción relativa de sus salarios.

Pero la explicación a esta situación no se encuentra en los requisitos de un sistema capitalista


basado en la apropiación de la fuerza de trabajo de las personas, pues de ser así sería
indiferente que fueran mujeres u hombres quienes trabajan. La existencia de formas de
explotación específicas y diferenciadas, en función del sexo, hay que buscarla en la integración
de los imperativos económicos del sistema en la búsqueda del máximo beneficio, con lo que se
ha llamado el sistema sexo-género, que hace funcional al sistema la separación entre
producción y reproducción, entre el trabajo asalariado y el trabajo doméstico y de cuidados.

La opinión recogida en las encuestas, que de forma generalizada es favorable al reparto del
trabajo doméstico y de cuidados, no se acompaña de un cambio similar de comportamientos:
el 83% de quienes cuidan a personas dependientes son mujeres, y el aumento de la
participación masculina en el trabajo doméstico ha sufrido una variación mínima en los últimos
diez años. Este anacronismo se sustenta en elaboraciones e interpretaciones culturales y
simbólicas que atribuyen a las mujeres cualidades como la paciencia o la capacidad de
sacrificio, que al presentarlas como atributos propios y naturales establece la idea de su mayor
idoneidad para el trabajo de cuidados, y enmascara la división sexual del trabajo que subyace.
De esta forma se legitima su inestable, precaria y discriminatoria participación en el mundo
laboral, y el perverso efecto de vuelta, al servir de justificación para que las mujeres sigan
responsabilizándose del trabajo doméstico. La conciliación de la vida familiar y laboral parece
ser privativa de las mujeres (en el año 2004, “por razones personales”, 379.500 mujeres
tuvieron que abandonar el mercado laboral). El fenómeno de la “doble presencia” en lo
público y lo privado, se convierte en un elemento de conflicto y escisión de la propia vida de
las mujeres.

De todo ello se deduce que, junto con la lucha por reformas y cambios concretos en la
exigencia de igualdad laboral (acceso, salarios, formación) una estrategia de cambio real
implica también el reparto del trabajo reproductivo con los hombres y la responsabilización del
Estado en garantizar recursos públicos. Pero también muestran la necesidad de cambios
estructurales que apunten a la reorganización de la producción y la reproducción, es decir a la
propia organización social. Sin ánimo de ser exhaustiva entre esos cambios cabría citar: los
tiempos de trabajo y de ocio, las estructuras de convivencia, la estructura de la ciudad, la
distribución de recursos naturales, sociales y económicos, la socialización de los valores que las
mujeres aportan por su experiencia relacional y de cuidados, y el cambio de las políticas
económicas neoliberales.

En definitiva, se trata de modificar la propia conceptualización del trabajo, identificada sólo


con empleo, para incorporar el trabajo doméstico y de cuidados, y ampliar la idea de
productividad social incluyendo las tareas de reproducción, atención y mantenimiento de los
seres humanos, lo que obliga a una nueva idea de lo que representa y requiere la
sostenibilidad de la vida (Carrasco, 1999).

Pensamiento crítico

El feminismo es también un pensamiento crítico. Sus objetivos de transformación obligan a


actuar en el terreno de las ideas a fin de subvertir arraigados códigos culturales, normas y
valores, así como el sistema simbólico de interpretación y representación que hace aparecer
normales comportamientos y actitudes sexistas, que privilegian lo masculino y las relaciones
de poder patriarcal. En este contexto el feminismo desarticula los discursos y prácticas que
tratan de legitimar la dominación sexual desde la ciencia, la religión, la filosofía o la política.
Por ejemplo el fundamentalismo de la Conferencia episcopal formula un modelo de
sometimiento sin fisuras posibles e inscrito en la familia tradicional y la negación de la libertad
para las mujeres; tampoco hay que olvidar los distintos discursos populares o institucionales
que estimulan en el imaginario colectivo la idea de la supremacía masculina. Esta afirmación
de virilidad resulta un elemento de identidad de los hombres ante la percepción de una
superioridad maltrecha por el cambio de las mujeres. Afortunadamente en los últimos años
empiezan a aparecer públicamente nuevos referentes de masculinidad a raíz de la activa y
comprometida actitud de algunos hombres en el rechazo a la violencia sexista.

La frase que en su día formulara la pensadora francesa Simone de Beauvoir “mujer no se nace,
se hace”, ilustra el empeño que guió y guía al feminismo por rechazar el determinismo
biológico que de forma reiterada y con renovados discursos sustentan las teorías que asocian a
los hombres con la cultura y a las mujeres con la naturaleza. Desde todas las teorías feministas,
independientemente de su posterior concreción, se formula una fuerte crítica a la acepción
androcéntica de categorías supuestamente universales y aparentemente neutras que han sido
el soporte del pensamiento de la modernidad: desde el sujeto y la historia, pasando por la
libertad, ciudadanía, democracia y justicia, al contemplar el mundo, los acontecimientos y los
sujetos sociales desde la centralidad del varón, propiciando por tanto la identificación de las
personas con los hombres y de éstos con los sujetos universales portadores de derechos
(Amorós, 1997, Varikas). La formulación en positivo de estas categorías, una vez realizada esa
de-construcción, es el centro de las controversias y tribulaciones del feminismo moderno.

El feminismo aporta al conjunto de la sociedad un prisma singular desde el que analizar y ver el
mundo, porque las mujeres constituidas en sujetos activos cuestionan e interrogan a la
sociedad y a ellas mismas sobre lo que son, lo que hacen, sobre la organización social y el
mundo que les rodea. Realizan de este modo un proceso colectivo de reinterpretación de la
realidad, de elaboración de nuevos códigos y significados para interpretarla, para lo que
construyen términos con los que nombrar los nuevos fenómenos que el feminismo destapa:
acoso sexual, maltrato doméstico, violencia conyugal, doble jornada.

¿Lo personal es político?

En el marco de esta sucinta caracterización del movimiento quisiera apuntar la profunda


transformación que el feminismo ha provocado en la relaciones entre los ámbitos en los que
discurre su acción: el público donde concurre lo que se considera de interés general, y el
privado, entendido como el ámbito de lo personal. El tratamiento de la relación entre ambos
es de sumo interés ya que estos espacios no sólo designan ámbitos sociales, sino que actúan
como términos que otorgan o quitan legitimidad a intereses, opiniones y problemas. Son
espacios a los que se asignan distintos valores y funciones y, como incisivamente han
planteado algunas autoras, a los que incluso se aplica éticas diferenciadas: la ética de la justicia
basada en la imparcialidad y reciprocidad que rige lo público y la ética relacional del cuidado
que se proyecta en lo privado. Esta separación, como se ha visto en el ejemplo del trabajo,
resulta enormemente funcional para la construcción de los estereotipos de feminidad y
masculinidad que siguen operando hoy, aunque no tan rígidamente como hace unos años
debido a las fisuras introducidas por el movimiento.

Ahora bien, lo que pertenece a uno u otro espacio no es algo dado ni tiene fronteras
establecidas, es producto precisamente de una confrontación política e ideológica en la que
intervienen actores con distintos intereses sociales y económicos. El movimiento con su
actividad ha modificado esas fronteras y ha establecido el ámbito social como el terreno en el
que se dirime lo que pertenece a un espacio u otro y por tanto lo que es de interés colectivo y
requiere una participación pública y política. De este modo se introducen importantes fisuras
en una de las dicotomías más fuertemente desarrolladas por la modernidad: la que separa lo
privado y lo público. La consigna que levantó en los años 70 ”lo personal es político”, sigue
teniendo vigencia, aunque haya que liberarla de algunas interpretaciones excesivamente
lineales. Permite ampliar su espacio de actuación y hacer que necesidades derivadas de una
vida privada en la que se manifiestan relaciones de poder amparadas en esa privacidad,
adquieran legitimidad por su carácter social, poniendo además en evidencia los procesos de
exclusión que tienen como origen la separación entre el espacio público y el privado.

Pero, como mencionaba, también actúan otros actores que presionan en sentido contrario.
Desde planteamientos liberales, y en el contexto de crisis del Estado del bienestar, se busca
reprivatizar las necesidades y recuperar una privacidad que necesariamente cercena la libertad
de las mujeres. Se entra así de lleno en la pugna por la redefinición de lo que el feminismo ha
formulado. Hay algunos ejemplos que considero significativos, aunque evidentemente más
complejos de lo que aquí se puede reflejar.

En el contexto del debate sobre la ampliación de la limitada despenalización actual del aborto,
aparecen propuestas que vinculan la aceptación de la decisión de la mujer como motivo para
abortar, a su exclusión, por tratarse de una opción personal, de cualquier financiación pública.
Sin embargo, la lógica debiera ser la contraria: puesto que es un derecho no se puede
privatizar más bien al contrario se debería garantizar su ejercicio sin limitar el acceso a la
sanidad pública.

Otro ejemplo. En el debate sobre la configuración de un Sistema Nacional de atención a las


personas dependientes preocupa en el feminismo que se establezcan mecanismos que
institucionalicen la figura de la mujer cuidadora de su familia. Instituir esa figura como una vía
de solución a la actual crisis de los cuidados supone transferir los costes y la responsabilidad en
la creación los servicios públicos necesarios al ámbito privado, es decir, a las mujeres en la
familia. Un dato significativo en este sentido es que se prevé que para el año 2010 habrá mas
mujeres cuidadoras que plazas de Centros de Día y Residencia juntas.

En definitiva, no existe una frontera nítida y estable entre lo privado y lo público, ni tampoco
existe una norma sobre cómo tratar los aspectos de la vida privada que pasan a la escena
pública: qué aspectos hay que regular, sobre cuáles se debe legislar y cuáles tienen que
resolverse en el ámbito estrictamente social. En este sentido las leyes y medidas
institucionales no pueden considerarse en sí mismas la solución del conflicto, y mucho menos
en detrimento de la acción y la movilización social como instrumento para transformar la
realidad. La historia del movimiento feminista en el Estado español es ilustrativa en este
sentido.

Las implicaciones de la adscripción de género de las mujeres

A partir de esta visión sintética de algunas características del movimiento feminista. paso a
tratar en las siguientes líneas alguno de los dilemas a los que en la actualidad se enfrenta. Hay
que considerar que emergen como producto de varios factores: de los cambios que la lucha
feminista propicia en las mujeres por el acceso a nuevos derechos, en su subjetividad, en la
distinta forma de percibirse a sí mismas y por lo tanto de situarse ante la vida; de cambios
generales de las estructuras sociales; finalmente también por la acumulación de experiencias y
maduración del movimiento. El resultado es la aparición de nuevos retos ante una realidad de
las mujeres que es y/o se percibe más compleja, y que urge revisar y readecuar estrategias,
discursos y propuestas.

Uno de los aspectos que resultan conflictivos es la distinta interpretación de lo que supone
para las mujeres su adscripción de género. Comenzaré haciendo una breve referencia a
algunos argumentos que se sitúan en los extremos de un amplio abanico de posiciones (de los
que existe abundante literatura) presentes en polémicas y propuestas feministas actuales
(Alcoff, 2002).

Por un lado desde posiciones que derivan del “feminismo cultural” (corriente que surge en
EEUU en la década de los 80, siendo Katheleen Bary y Adrianne Rich algunas de sus autoras
más conocidas) se establece la existencia de una naturaleza femenina definida bien por la
condición biológica y su proximidad a la naturaleza al ser generadoras de vida, bien por su
sexualidad, o por diferenciaciones culturales fuertemente interiorizadas. Independientemente
de estas diferencias en su definición, se la considera provista de valores femeninos como la
ternura, entrega, paciencia y espíritu pacífico, asociados a su función maternal, a una
sexualidad diferenciada, o a su capacidad relacional. Es la represión de estos valores por la
cultura masculina, es decir la negación de su naturaleza, lo que origina la opresión. El objetivo
del movimiento es desarrollar esa cultura femenina frente a la masculinidad que se sitúa como
el verdadero problema. Mujeres y hombres constituyen de este modo dos colectivos con
intereses opuestos e identidades homogéneas que, en algunas versiones se consideran innatas
y en otras adquiridas, pero en ambos casos se definen como identidades homogéneas y
estables. El género es lo determinante para todas las mujeres, y a partir de las características
generalizables que establece se presupone la existencia de uniformidad en sus experiencias (al
igual que entre los hombres) lo que permite hablar de unidad natural entra las mismas. Sobre
ésta debe basar el feminismo su estrategia pues las diferencias entre las mujeres, aun
reconociéndolas, no se consideran relevantes para la propuesta feminista al debilitar esa
unidad que el género establece.

La consideración de una naturaleza femenina y los valores a ella asociados, así como la
consiguiente política de revalorización de la diferencia como lo propio de las mujeres, son
planteamientos compartidos por el llamado “feminismo de la diferencia”, que surge en Italia y
Francia, siendo Luisa Murazo, Luce Irigaray, Milagros Rivera algunas de sus autoras. Esta
corriente, que aparece en confrontación con el feminismo de la igualdad, si señala como
significtivas las diferencias entre las mujeres pero las sitúan en el mundo femenino que define
su existencia diferente al de los hombres y en el que debe circunscribirse la actuación del
feminismo.

La polémica con estas posiciones se ha producido tanto en el campo de la teoría como en el de


la práctica del movimiento. Situar como objetivo político revalorizar “lo femenino”, entendido
como lo que hacen y representan las mujeres, tiene sin duda un efecto positivo al dar fuerza a
las propias mujeres al verse así reconocidas. El problema es convertirlo en el centro de la
política feminista, pues reivindicarlo sin someterlo a crítica, es decir tal y como hoy se
manifiesta, es aceptar lo adjudicado por la cultura patriarcal y que tan útil resulta para
justificar situaciones de opresión; por otro lado, a mi modo de ver, dificulta la posibilidad de
alterar su significado dominante, porque la utilidad de las argumentaciones depende no sólo
del valor que tengan en sí, sino del contexto discursivo en que se formulen. En momentos se
requiere poner en primer plano la revalorización, por ejemplo, del trabajo de cuidados para
darle visibilidad y reconocimiento social, pero en otros puede servir de excusa para,
asociándolo a las supuestas cualidades femeninas, asignar la obligatoriedad social de cuidar a
los demás, lo que en la historia de las mujeres ha estado asociado a sumisión, dependencia y
límites a su libertad.

Por otro lado, mantener que las diferencias entre mujeres y hombres son innatas, deriva en
cierto esencialismo que, aparte de otras consideraciones, plantea la imposibilidad de cambio
en los propios hombres. Pero además contemplar la pertenencia al género femenino como lo
único realmente significante para las mujeres, es decir dar por buena la exclusiva identificación
de las mujeres como miembros de un grupo social definido por su pertenencia de género, lleva
a un tratamiento abstracto de las mujeres que dificulta la comprensión de su diversidad y de
sus cambios. Prescinde del hecho de que las identidades individuales de las mujeres no están
determinadas sólo por su pertenencia al género sino también por otras adscripciones sociales:
de clase, raza, sexuales, etc. que interactúan con él, y generan necesidades, prácticas e
identidades sociales mucho más complejas. Nadie es sólo mujer. Además, puede llevar a
posiciones normativizadoras puesto que, de hecho, formula una propuesta de lo que debe ser
la mujer en función de la naturaleza que la define, sea esta de origen biológico, sexual o
cultural.

A la reflexión sobre todo ello ha contribuido extraordinariamente la aguda crítica formulada al


movimiento por las feministas negras y las feministas lesbianas, calificándolo de excluyente
por reflejar sólo la realidad de una parte de las mujeres: las blancas y heterosexuales, y no
incorporar sus particulares perspectivas y necesidades.

En el otro extremo se sitúan las posturas que, influidas por el post-estructuralimo francés
(Lacan, Julia Kristeva, entre otros) y por la revisión que introduce el post-modernismo, buscan
precisamente lo contrario: restar relevancia a lo que el establecimiento del sistema de géneros
representa, minimizar su significado y por tanto relativizar las categorías mujer y hombre al
considerar que cualquier categoría identitaria es normativa y excluyente. Así, aún
reconociendo las diferencias que la asignación de géneros establece entre mujeres y hombres,
consideran que el objetivo del feminismo es quitarles valor político y partir del valor de las
experiencias singulares de cada mujer, dando un tratamiento más complejo a la subjetividad.
Abogan por tanto por identidades contingentes que no permitan establecer una definición de
lo que es la mujer ni por tanto, hablar en su nombre.

Estos planteamientos han tenido un efecto positivo pues ayudan a formular una crítica a
cualquier veleidad esencialista y, por tanto, a las políticas normativizadoras que de ellas se
derivan: así como a situar la centralidad que para el feminismo debe tener el acercamiento a la
construcción de la subjetividad. Pero también implican problemas de fondo. Privar, como se
hace, al análisis sobre la situación de las mujeres de la perspectiva de género significa
prescindir de analizar y actuar sobre el conflicto que representan las prácticas sociales de
subordinación y discriminación que, pese a los cambios logrados, persisten en nuestra
realidad, así como de los elementos de identificación que establece, por contingentes que
sean. Al obviar cualquier otra categorización social y considerar determinante la experiencia de
cada mujer, introduce cierto relativismo y una visión acrítica sobre las ideas y procesos sociales
que subyacen a dichas prácticas. No me refiero con ello a la práctica que muchas mujeres
inician ajena a cualquier consideración feminista, pero que deriva en experiencias de defensa
de espacios de libertad; sino a las que se enfrentan a la autonomía de las mujeres y afianzan la
subordinación, o fundamentan relaciones de poder entre las propias mujeres, aspectos que,
en distintas versiones, desarrolla el movimiento femenino de derechas.

Desde un punto de vista político, no todo es igualmente relevante para el proyecto feminista,
pues la especificad de la experiencia de una mujer no garantiza su valor político so pena de
caer en lo que las feministas mexicanas llaman “el mujerismo”. Cuestionar, someter a crítica
experiencias, intereses y procesos sociales que subyacen en dichas prácticas resulta
fundamental para formular un discurso crítico y propuestas de cambio.

Por otro lado, si no es posible ninguna consideración de la mujeres como colectivo, y se


prescinde de la discriminación sexista, dejan de resultar pertinentes las reivindicaciones
específicas e incluso el propio movimiento y la propuesta resulta paralizante para la acción
feminista, dificulta la crítica social y la conceptualización de la opresión como un proceso
estructurado (Young, 2000).

Proteccionismo/autonomía sexual

La disyuntiva que plantan estas posiciones se refleja, con sus particularidades, en un campo
tan relevante para la teoría y práctica feminista, como es el de la sexualidad, al ser un
elemento central en la identidad de mujeres y hombres. Por un lado se establece una
oposición entre la sexualidad masculina: agresiva, violenta y genital, y la femenina que por el
contrario se describe como suave, sensual y no genital. La violencia sexual estaría pues
intrínsecamente unida a la naturaleza violenta del varón, por lo que combatirla se convierte en
el eje de la política sexual del movimiento.

En el otro extremo están las posiciones que se limitan a reconocer y dar por válidas las
distintas prácticas sexuale, haciendo del placer el único eje de intervención feminista y por
tanto dejando de lado las relaciones de poder a las que la sexualidad no escapa.

Diversas autoras (Vance, 1989) han llamado la atención sobre algunos problemas que plantean
estas posiciones. Por un lado sobre la tentación de establecer un nuevo modelo sexual,
necesariamente normativo, al definir a partir de generalizar una parte de la conducta sexual de
algunas mujeres cómo deben ser sexualmente todas ellas, y por tanto negando sus distintas
manifestaciones de deseo, fantasías y experiencias sexuales. Y por otro lado, el obviar que la
sexualidad, aun presentando cierta autonomía respecto al género, es una construcción social y
por tanto susceptible de modificación.

Una política que sólo se centra en el peligro, la violencia sexual, lo hace aparecer tan
determinante que excluye cualquier otra posibilidad de actuación que no sea la protección
frente al deseo masculino, y deja de lado el discurso del placer, de la autonomía sexual de las
mujeres. Pero enfatizar sólo el placer y prescindir del peligro supone ignorar las relaciones de
poder en las que se inscribe la sexualidad y el modelo sexual dominante. Al feminismo no le
queda otra que transcurrir entre la tensión del placer y el peligro, y aunar la lucha contra todas
las expresiones de violencia sexual junto con la defensa del placer, la autonomía y libertad
sexual de las mujeres.

Las diversas identidades de la mujeres

La reflexión y reorientación práctica que suscita asumir la diversidad parte de considerar, en


primer lugar que el sexismo se manifiesta en distintas realidades culturales, económicas y
sociales por las que discurre la vida de las mujeres: es decir que, aunque la subordinación de
género es común, no son necesariamente idénticas las formas en que se concreta, como
tampoco lo son los procesos que tiene que levantar el feminismo en cada lugar del mundo
para enfrentarse a ellas. Requiere por tanto un feminismo situado histórica y culturalmente.

En segundo lugar, la ubicación social en función del género tiene distintas implicaciones en la
subjetividad de las mujeres. Indudablemente genera elementos comunes a partir de
experiencias compartidas de exclusión y discriminación, por más variados que sean los ámbitos
en los que se producen: la percepción que se tiene de las diferencias biológicas, sentimientos
compartidos de injusticia, lo que representa la asignación de las tareas relacionales y la
diferente forma de organizar la vida que implica, o la empatía que produce la búsqueda de
espacios de libertad personal, cualesquiera que sean estos y las formas de hacerlo. Pero dicho
esto, no se puede afirmar que todas tienen necesariamente las mismas experiencias: no todas
las mujeres sufren agresiones, ni todas son madres, o heterosexuales, ni proceden del mismo
país; los mismos problemas se pueden vivir de distinta forma, o en distintos momentos; y los
sentimientos que una misma situación provoca pueden ser muy diversos, como lo son los
recursos que tienen para enfrentarse a ella.

El género no define por tanto un modo de ser estable y universal pues la identidad de las
mujeres es diversa y compleja en la medida que actúa en una pluralidad de contextos sociales.
El feminismo por tanto se enfrenta al reto de acoger e interpretar la variedad de formas que
adopta el ser mujer. Esos interés e identidad cabiante de las mujeres también convierte en
más compleja, y algo desestabilizador, la acción del movimiento.

Un ejemplo que puede resultar ilustrativo de los problemas que plantea articular en la práctica
la diversidad lo encontramos en la dificultad de las leyes para atender realidades tan
complejas. La ley integral contra la violencia de género hace de la denuncia de las mujeres el
centro neurálgico de intervención, dejando por tanto fuera del acceso a los recursos sociales,
laborales y económicos a quienes no optan por la vía judicial como camino de resolución del
conflicto. Pese a que el número de denuncias ha ido en aumento sigue representando tan sólo
el 5% de las mujeres que sufren malos tratos por parte de su pareja o ex pareja. Las mujeres
no denuncian por muy distintas causas: por miedo a la reacción del agresor; porque no confían
en la justicia al ver los prejuicios y la imprudencia con que actúan algunos jueces dejándolas en
una situación de mayor riesgo por no adoptar en tiempo y forma las medidas cautelares
necesarias; o bien porque no quieren judicializar su caso, quieren acabar con la violencia que
viven pero no que “el padre de sus hijos” acabe en la cárcel. La denuncia es fundamental en
muchos procesos de violencia, pero no acoge a todas las mujeres, y al no contemplar la
enorme complejidad de los itinerarios vitales de las mujeres, las deja fuera del amparo de las
medidas públicas.

Otro tipo de problemas derivan de negar la diversidad. Es el caso del tratamiento de las
demandas de las trabajadoras del sexo. Dejando a un lado el intenso debate que suscita, me
remito a lo que ellas plantean, porque las prostitutas han tomado la voz y plantean cosas muy
distintas. Se atiende a quienes desean dejar la prostitución y denuncian las mafias que las
fuerzan mediante engaño y coacción a trabajar privadas de libertad y en condiciones
prácticamente de esclavitud. Pero desde distintas Administraciones y sectores del feminismo
se niega la voz, incluso su propia existencia, a quienes autodefiniéndose como trabajadoras del
sexo afirman que la prostitución no siempre es producto de la coacción, que no lo es en su
caso y quieren continuar trabajando como prostitutas. Sin dejar de cuestionar el modelo
sexual heterosexista y la progresiva mercantilización de cada vez más aspectos de la vida,
resulta evidente que no abordar la estigmatización social que recae sobre ellas y defender sus
derechos es situarlas en los márgenes de una legalidad donde se produce mayor indefensión y
abusos.
Y por último quisiera señalar un tercer tipo de problemas: la deriva discursiva y práctica de
victimización permanentemente de las mujeres (que obviamente no significa dejar de actuar
sobre situaciones de opresión y desigualdad). Me refiero al reiterado tratamiento de las
mujeres como sujetos pasivos de la dominación masculina, necesitadas de permanente tutela
y protección. Este enfoque muchas veces va en detrimento de su consideración como sujetos
activos, capaces, incluso en situaciones tremendamente duras, de desarrollar habilidades para
formular sus deseos y exigencias, en base a su capacidad ética para decidir sobre su vida. Este
discurso que encuentra un particular rechazo entre las mujeres jóvenes.

Justicia social e identidad cultural

Establecer si las mujeres ganan más con políticas en las que la diferencia sexual se hace
irrelevante o por el contrario en las que constituyen el fundamento de cualquier propuesta;
reclamar medidas específicas, proteccionistas, formulando derechos específicos o medidas que
partan de un trato igual a hombres y mujeres bajo el paraguas de los derechos generales no
deja de ser una discusión pragmática. Las distintas argumentaciones y medidas pueden tener
más o menos interés y eficacia para lograr cambios dependiendo de muchos factores: de la
oportunidad del momento, dónde esté situado el debate de partida en la sociedad, la dinámica
de lucha en la que se inscribe la reivindicación, y cómo se valora la situación de partida de las
mujeres. En este sentido no se puede obviar que, tras más de treinta años de presencia activa
del feminismo los cambios logrados en la sociedad y en las propias mujeres no han sido
lineales y han generado distintos niveles de autonomía económica, sexual y social.

Visibilizar y dar valor al trabajo de cuidados que realizan las mujeres es de justicia pero si esta
afirmación no se inscribe en una dinámica de justicia social en la que se exija la redistribución
de los recursos y la responsabilización de los hombres y los gobiernos, caería en corroborar la
identificación del cuidado con lo femenino como si fuera algo inamovible. Su sentido no es
afirmar la división del trabajo en función del sexo, sino al contrario tratar de desestructurarla.

En un momento dado puede ser viable la exigencia de medidas proteccionistas como son las
de acción compensatoria o discriminación positiva en el ámbito laboral (dejo a un lado la
discriminación positiva en la representación política pues incorpora elementos que lo hacen
más complejo, como la representación de grupo en el terreno de las ideas). Se parte de una
situación de desigualdad profunda y prolongada y se enfrentan a las resistencias de un
empresariado anti-igualitrista y preconstitucional. A mi modo de ver se trata de medidas
puntuales, evaluables y modificables en función de la eficacia y efectos producidos.

Sin embargo y acercándonos a otro tema de actualidad, la defensa de la custodia compartida,


al igual que la exigencia de un permiso de paternidad propio por el nacimiento de un hijo o
hija, se basa en el objetivo de lograr generalizar lo que hoy resulta una práctica minoritaria:
que los hombres asuman la paternidad social, facilitando que la maternidad deje de ser un
handicap en la vida de muchas mujeres, condicionando su desarrollo personal en otras facetas
personales y laborales, sin por ello lesionar los derechos de las mujeres que por haberse
dedicado al cuidado de hijos e hijas se encuentren sin recursos propios ante una separación y
por tanto requieran medidas específicas.

Enfrentarse a estos dilemas es un estímulo y plantea nuevas tensiones al movimiento feminista


a su práctica diaria, al enfoque de las reivindicaciones, y a su estrategia.
No dar por lógica y natural la unidad entre las mujeres no implica negar la existencia de
elementos comunes, supone tratar de articular las diferenciar para ir trabando esa unidad y el
diálogo entre las distintas experiencias y prácticas feministas y priorizaruna política de alianzas
sobre las propuestas y reivindicaciones que se formulan desde las distintas organizaciones
feministas.

Requiere también desarrollar políticas y discursos que integren el reconocimiento de cierta


identidad cultural de las mujeres, la búsqueda de su reconocimiento social en tanto que tales
junto con políticas de justicia social e igualdad que permitan romper lo que el género
determina, enfrentarse a las desigualdades y discriminaciones que genera la cultura patriarcal,
las estructuras sociales y económicas.

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