Texto extraido de Leslie Bethell, Historia de América Latina, América Latina Independiente,
1820-70. Capítulo 3. México, por JAN BAZANT
La provincia de Texas se negó a aceptar el centralismo y finalmente se levantó en armas.
Después de que los colonos hubieran expulsado a las tropas mexicanas norteñas, Santa Anna
decidió dirigir en persona lo que él consideraba una simple expedición punitiva. Santa Anna
logró tomar San Antonio a principios de marzo de 1836, pero fue derrotado y hecho prisionero
al mes siguiente. Entonces los téjanos ya habían declarado su independencia. Santa Anna,
siendo prisionero de los téjanos, firmó un tratado que garantizaba la independencia de Texas y
reconocía a Río Grande como frontera entre ambos países. Después se le dejó en libertad y en
febrero de 1837 volvió a México, pero cayó en desgracia ya que entretanto el gobierno
mexicano no había aceptado el tratado y se negó a renunciar a sus derechos sobre la antigua
provincia.
En cierta manera México logró contrarrestar su derrota en el norte con un triunfo en el frente
diplomático europeo, ya que España y la Santa Sede finalmente reconocieron la
independencia de la nación a finales de 1836. Por las mismas fechas el Congreso aprobó una
constitución centralista muy detallada. Con la esperanza de dar al país la estabilidad que tanto
necesitaba se alargó el mandato presidencial de cuatro a ocho años y durante un tiempo
pareció que se conseguiría un periodo de paz. Las esperanzas fueron prematuras. Bustamante
había vuelto a ocupar su cargo como nuevo presidente, pero los conservadores que
recordaban su régimen fuerte de 1830-1832 quedaron desilusionados. Los dos principales
defensores del centralismo, Santa Anna y Alamán, habían quedado desacreditados, y
Bustamante sin su apoyo o presión mostraba una inclinación creciente hacia los federalistas
que pretendían que se reimplantara la constitución de 1824.
La invasión francesa de Veracruz acaecida en 1838, con el objeto de lograr una compensación
adecuada por los daños sufridos por un francés, dio a Santa Anna la oportunidad de volver a
ganarse la estima popular. Avanzó sobre Veracruz y su brava conducta le convirtió de nuevo en
un héroe nacional. Al año siguiente fue nombrado presidente interino mientras Bustamante
salía de la capital para enfrentarse a los federalistas rebeldes. Sin embargo, un mes más tarde
devolvió el cargo a su legítimo detentor y se retiró a sus propiedades esperando que se
produjeran sucesos favorables. No tuvo que esperar mucho. El apoyo popular a Bustamante
estaba disminuyendo y en julio de 1840 fue capturado por el ejército federalista. Éste llamo a
Gómez Farías —que al regresar de su exilio había entrado y salido de la prisión— e
implantaron una república federal. El levantamiento quedó aplastado después de varios días
de luchas callejeras, y Bustamante fue liberado. Santa Anna también estaba descontento con
la constitución de 1836, que había introducido un curioso «poder conservador supremo» para
limitar el poder del presidente. Por último, Yucatán declaró su independencia y Bustamante no
fue capaz de volverlo a hacer entrar en la república, ni por medio de negociaciones ni por
medio de las armas. El incremento de los impuestos, los aranceles y los precios sólo sirvió para
que el descontento se extendiera aún más.
Así pues, en agosto de 1841 el general Mariano Paredes Arrillaga, comandante de Guadalajara,
exigió la destitución de Bustamante y que un nuevo Congreso modificara la constitución de
1836. Pronto recibió el apoyo del ejército, y Santa Anna actuó como intermediario
convirtiéndose en presidente provisional en octubre de 1841. Las elecciones al nuevo
Congreso fueron lo suficientemente libres como para dar una mayoría de diputados federalista
o liberales, muchos de los cuales eran jóvenes y destacarían en los años siguientes.
En diciembre de 1842 el ejército disolvió el Congreso cuando estaba discutiendo las reformas
constitucionales y, en ausencia de Santa Anna, el presidente Bravo nombró un comité de
propietarios, eclesiásticos, oficiales del ejército y abogados conservadores que unos meses
después elaboró una constitución aceptable para Santa Anna. En el documento, centralista y
conservador, no se hacía referencia a los derechos humanos, sobre todo a la igualdad. Los
poderes presidenciales se vieron acrecentados por la omisión del «poder conservador
supremo» introducido en la constitución de 1836. Pero el poder del presidente no podía ser
absoluto porque no querían un déspota.
El nuevo Congreso resultó sólo un poco más tratable que el disuelto, y cuando las extorsiones
fiscales de Santa Anna se volvieron insoportables, el general Paredes, conocido por su
honestidad en las cuestiones fiscales, se rebeló en Guadalajara. La Cámara de Diputados en la
capital mostró simpatía por este movimiento y otras unidades del ejército pronto le apoyaron.
Santa Anna fue destituido a finales de 1844, fue encarcelado y después se le mandó al exilio
hasta su muerte. El Congreso eligió al general José Joaquín Herrera como presidente.
La última secuencia de revueltas políticas en la capital discurrieron teniendo como trasfondo
las deterioradas relaciones entre México y los Estados Unidos. En 1843 Gran Bretaña y Francia
arreglaron una tregua entre México y Texas, pero ésta no llevó al reconocimiento de la
independencia de Texas por parte de los mexicanos.
La anexión fue aprobada por el Congreso de los Estados Unidos en febrero de 1845. La opinión
pública mexicana, tanto la conservadora como la liberal, estaba enfurecidamente en contra de
los agresivos políticos de Washington, pero el nuevo presidente, el general Herrera, pronto vio
que el estado financiero y militar del país no le permitía oponer resistencia y que no llegaría
apoyo de Europa. Por ello intentó negociar un acuerdo. Dada la atmósfera existente, los
mexicanos vieron tal intento como una traición. En diciembre de 1845, el general Paredes se
rebeló con el pretexto de que «el territorio de la república se iba a disgregar manchando para
siempre el honor nacional con una infamia perpetua al consentir el reparto con el pérfido
gobierno de los Estados Unidos». Pidió la destitución de Herrera y otro Congreso
extraordinario elaboró una nueva constitución. Las unidades del ejército en la capital siguieron
el llamamiento, Herrera dimitió y Paredes se convirtió en presidente a principios de enero de
1846. Por entonces, la constitución de 1843 estaba en vigor y, buscando la manera de
cambiarla. Paredes, un católico conservador, naturalmente no pensaba en una república
liberal.
En abril de 1846 el ejército estadounidense derrotó a las fuerzas mexicanas y ocupó parte del
norte de México. La inhabilidad de Paredes para defender al país y sus simpatías monárquicas
desplazaron la opinión pública al otro extremo; se pensó que quizás el viejo federalista Gómez
Farías y el otrora héroe nacional Santa Anna.
Gómez Farías se dirigió hacia México y a principios de agosto, gracias a la ayuda recibida de las
unidades del ejército encabezadas por el general José Mariano Salas, se ocupó la capital y se
restauró la constitución de 1824. El gobierno de los Estados Unidos entonces permitió que
Santa Anna cruzara el bloqueo y desembarcara en Veracruz, creyendo quizá que con la caída
del extremadamente antinorteamericano Paredes la guerra se terminaría o que Santa Anna
firmaría la paz en términos favorables para los Estados Unidos, o bien que hundiría aún más en
el caos al ya caótico México. El 16 de septiembre de 1846, los dos héroes, Santa Anna y Gómez
Farías, desfilaron juntos por las calles de la capital en un carruaje abierto y su relación quedó
formalizada en diciembre cuando el Congreso nombró a Santa Anna presidente y a Gómez
Farías, vicepresidente.
Santa Anna pronto se marchó para dirigir al ejército y Gómez Farías, a fin de poder cubrir las
urgentes necesidades del ejército, nacionalizó propiedades de la Iglesia hasta un valor de 15
millones de pesos, lo que aproximadamente suponía una décima parte de la riqueza total que
ésta detentaba. Como no había tiempo para valorarlos, ordenó la confiscación inmediata y la
venta de bienes eclesiásticos estimados en 10 millones de pesos. La Iglesia protestó y hacia
finales de febrero de 1847 en la capital empezó una revuelta militar reaccionaria. Santa Anna
regresó el 21 de marzo y una semana más tarde repudió los dos decretos confiscatorios, pero
antes las autoridades eclesiásticas le habían prometido que le garantizarían un préstamo de un
millón y medio de pesos. Santa Anna había evidentemente aprendido a utilizar a los liberales
para chantajear a la Iglesia. Los religiosos se quejaron, sabiendo que el préstamo
probablemente nunca les sería reintegrado. Ellos no disponían de suficiente dinero en
metálico, pero el gobierno lo obtuvo vendiendo a los comerciantes bonos a corto plazo
con descuento con la garantía de que la Iglesia los redimiría. Como que Gómez Farías se
resistió a ser destituido, el 1 de abril se abolió la vicepresidencia. La segunda sociedad de los
dos dirigentes políticos del periodo se terminó para siempre.
El 9 de marzo, mientras la capital del país se sumergía en la guerra civil, el ejército
estadounidense bajo la dirección del general Winsfield Scott desembarcó cerca de Veracruz, y
el puerto se rindió el 29 de marzo. Las fuerzas invasoras entraron en Puebla en mayo y, a pesar
de varios actos de heroísmo de los habitantes de la ciudad, la capital fue ocupada el 15 de
septiembre. A l día siguiente Santa Anna dimitió como presidente (pero no como comandante
en jefe) y salió del país. La resistencia mexicana se terminó y el ejército de los Estados Unidos
no avanzó más. En la capital se estableció una junta municipal constituida por prominentes
liberales entre los cuales se encontraba Miguel Lerdo (que pocos años después sería famoso),
mientra se esperaba la constitución de un gobierno mexicano que pudiera empezar a negociar
la paz. Con el general Herrera que dirigía lo que quedaba del ejército, en el territorio no
ocupado de Toluca y Querétaro se formó un nuevo gobierno presidido por Manuel de la
Peña y Peña, el jefe máximo del Tribunal Supremo. Los liberales antinorteamericanos como
Gómez Farías y, entre la nueva generación emergente, Melchor Ocampo, que también sería
famoso años más tarde, no participaron en el nuevo gobierno. La derrota generalmente se
atribuyó a la incompetencia y traición de Santa Anna.
Los Estados Unidos hicieron todo lo posible para acortar el sufrimiento y la humillación de los
mexicanos. Se constituyó el nuevo gobierno, se negoció el tratado de paz y finalmente se firmó
el 2 de febrero de 1848. México perdió lo que en realidad ya había perdido: Texas, Nuevo
México y California. Los negociadores mexicanos consiguieron obtener la devolución de
territorios que los Estados Unidos creían que habían ocupado sólidamente, como por ejemplo
la Baja California. Incluso así, las provincias perdidas constituían cerca de la mitad del territorio
mexicano, aunque sólo contaban con un 1 o un 2 por 100 de la población total y por entonces
sólo se conocían unos pocos de sus recursos naturales. Por lo tanto, su pérdida no destrozó la
economía mexicana y a cambio recibió una indemnización de 15 millones de dólares.
Finalmente, un reticente Congreso ratificó el tratado el 30 de mayo y las fuerzas ocupantes se
marcharon.
Los últimos meses de 1850 presenciaron la celebración de nuevas elecciones presidenciales en
México. El favorito de Herrera era su propio ministro de la Guerra, el general Mariano Arista,
un liberal moderado. Esta fue la primera ocasión desde la independencia en que un presidente
no sólo pudo terminar el periodo de su mandato —si bien éste no fue completo—, sino
también entregar el cargo a un sucesor elegido legalmente. Sin embargo, el proceso
constitucional pronto iba a romperse de nuevo.
El gobierno del general Arista pronto fue atacado por los conservadores, los liberales radicales
y los seguidores de Santa Anna. La marea avanzaba en contra de los liberales moderados que,
según el sentir popular, habían traicionado a la nación al haber firmado el tratado de paz y por
«vender» la mitad de su territorio; eran los responsables del desastre existente.
En julio de 1852, en Guadalajara, José M . Blancarte, un antiguo coronel de la guardia nacional,
depuso al gobernador del estado, Jesús López Portillo, un liberal moderado, y de nuevo una
revuelta militar se extendió por los otros estados. Al principio no estaba claro quién se había
rebelado, si los conservadores, los liberales o ambos a la vez, y tampoco por qué motivo lo
habían hecho. Cuando la situación se aclaró unos pocos meses después, se vio que todo el
mundo quería que Santa Anna volviera. Arista dimitió y los militares, creyéndose incapaces
para mandar, acordaron llamar al antiguo dictador que entonces vivía en Colombia. El 17 de
marzo de 1853, el Congreso eligió debidamente a Santa Anna como presidente, y el gobierno
le pidió que regresara.
En marzo, unas pocas semanas antes de que éste se convirtiera en presidente, los Estados
Unidos se apropiaron de lo que ahora es una parte de Arizona. México no tenía ninguna fuerza
para expulsar a los invasores, y fue invitada a venderla a los Estados Unidos. Se llegó
a un acuerdo a finales de 1853. Del precio de venta establecido en 10 millones de pesos,
México iba a recibir inmediatamente 7 millones.